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Relatos de lo cotidiano

Autor: Julio Calisto Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-224153230, 56-224153208. www.editorialforja.cl info@editorialforja.cl Edición electrónica: Sergio Cruz Primera edición: diciembre, 2021. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.

Registro de Propiedad Intelectual: N° 2021-A-10815

ISBN: Nº 9789563385519

eISBN: Nº 9789563385526

A mi querida familia y a todos mis amigos, compañeros de aventuras que me han servido de inspiración para estas líneas.

Prólogo
La aventura como recurso

Cuando niño, mi pasión por los libros era más bien débil, por no decir inexistente. Me costaba mucho entusiasmarme con las lecturas que el colegio imponía y tampoco tenía a mano una biblioteca exuberante en la que pudiera perderme para encontrar ese libro diferente, capaz de volarme la cabeza. A eso se sumaba una pasión distinta que, con muy pocos años, había estallado en mí: el fútbol. Mis horas libres las consumía corriendo detrás de una pelota. Soñaba dribleando jugadores, marcando un gol como en ese tiempo pudo haberlo hecho Carlos Caszely, gritando junto a la barra con los puños apretados y la boca deformada por la emoción. Si algo leía con gusto era la revista Barrabases; cuando no, la revista Estadio, que alimentaban a partes iguales mi imaginario futbolístico. No me animaba mucho la imagen de un niño leyendo con el gesto concentrado y el cuerpo inmóvil. A las claras prefería la otra, la de un cuerpo en movimiento, la frente sudorosa y la mente despierta intentando anticiparme a los movimientos del rival del turno. Sin embargo, todo cambió cuando un profesor me explicó que leer era como hacer un viaje o vivir una aventura, que había que entrar en los libros como el explorador que se interna en una selva desconocida o en un mundo perdido. «Y es tan fácil viajar así, solo basta con abrir un libro y dejarse llevar por las páginas», dijo el profesor.

Aquello obró en mí como una epifanía. Desde entonces, los libros se convirtieron en mundos en los que yo me interno con la excitación y la curiosidad de los exploradores de antaño, como Livingstone pudo hacerlo en el corazón de África; como Scott y Amundsen, en el Polo Sur, o George Mallory y Andrew Irvine, en el Everest.

Ese descubrimiento me transformó en un lector converso, pero también me llevó a exigir a toda historia que leo la necesidad del viaje, la obligatoriedad de la aventura.

Escribo esto precisamente porque los cuentos de Julio Calisto tienen encarnados en su ADN el viaje y la aventura. No importa la naturaleza de ese viaje, da igual si el cuento versa sobre una vicisitud amorosa –como ocurre en «Ramiro el italiano»– o si trata del intento por llegar a la cima de un cerro –como ocurre en «Ascenso», donde los protagonistas buscan conquistar la cumbre del Ojos del Salado–, invariablemente la prosa y el imaginario de Julio se conjugarán para sacarnos de nuestro mundo y llevarnos a viajar por el suyo en una experiencia que el lector agradecerá.

La propuesta narrativa de Julio es simple, no echa mano a tramas enrevesadas ni se ocupa de incluir excesivos juegos literarios. Para él, un cuento es un espacio que debe ser llenado por una historia, y el primer mandamiento al que él adscribe como autor es que en esa historia ocurran cosas. Y en ese plan, Julio tiene el oficio para enganchar al lector y mantenerlo en vilo a lo largo de todo el cuento. En «El boxeador», por ejemplo, un joven viaja a Canadá siguiendo los consejos de un tío que le habla maravillas de ese país. Una vez ahí, socorre una muchacha dominicana a la que tres delincuentes intentaban asaltar. Gracias a las clases de boxeo que le enseñara su padre, el muchacho se las arregla sin problemas con el trío, y la muchacha se lo agradece con tanta efusividad que terminan emparejados. Pero de ahí en más la vida del muchacho al lado de la señorita se complicará, secuestrando el interés del lector que tendrá que llegar hasta el final para saber cómo se resuelve la historia. Los cuentos de Julio están llenos de peripecias, siempre pasa algo.

Por otro lado, la mayoría de las historias que encontrarán en este volumen tiene un asidero real: o las vivió Julio, o conoció a un amigo que le tocó vivir algo parecido, o lo leyó en un diario o una revista. Claro, no tal cual él las cuenta, porque en el proceso de escritura la imaginación mete su cola y Julio se deja llevar, mechando episodios biográficos con aquellos que las musas le susurran al oído mientras escribe. Recuerdo la sorpresa de todos sus compañeros del taller de escritura de Vitamayor –donde nos conocimos, yo como profesor, y él como alumno– cuando confesó que el cuento «La princesa del Nilo» se originaba en un suceso real vinculado a su familia. Y así ocurrió también con otros cuentos.

En este sentido, las experiencias que Julio desarrolla en sus cuentos responden, de alguna manera, a su espíritu curioso que lo ha llevado a emprender diferentes aventuras, sobre todo deportivas, a lo largo de su vida. Más allá de haberse graduado como ingeniero civil mecánico en la universidad, Julio ha sido también rugbista, maratonista, triatleta, montañista y actor. Por lo mismo, a nadie debería extrañar entonces esta nueva cruzada que ha emprendido, la de la escritura.

Los invitó a leer estas historias, a dejarse llevar por ellas, por el imaginario de Julio, por sus mundos interiores y exteriores vaciados con tanta gracia en cada uno de sus cuentos. Como alguien dijo por ahí, una vida no contada no es vida. Y aunque estos textos no sean necesariamente autobiográficos, la vida de Julio se asoma cada tanto entre las líneas de sus historias. Vengan a compartirla con él, vengan a vivirla con él, será una linda aventura.

Marcelo Simonetti, periodista y escritor.

El gato y el loro

Me casé con Gloria apenas me titulé, mis suegros no lo aceptaban sin ese requisito. Ella aún no se había recibido.

Llenos de pasión, al año nos había llegado el primer hijo, el segundo también vino rapidito y fue el último.

Hace poco celebré mi primer medio siglo, amorosa mi mujer se preocupó de celebrarme e intentar romper el hielo que se estaba dando entre nosotros. Los hijos ya se habían ido, había soledad en nuestro hogar.

Conversamos con preocupación sobre el sentimiento del nido vacío, afortunadamente aún nos sentíamos jóvenes y cada uno tenía su trabajo y sus pasatiempos.

Para llenar el hogar y sentirnos acompañados, decidimos comprar un gato y un loro.

Eran mi compañía cuando llegaba a la casa, siempre mucho antes que mi señora, situación que no me molestaba, me había acostumbrado. Leía, escuchaba música, trataba de enseñar algunas palabras al loro y jugaba con el gato.

Un día, estando en mi rutina habitual con ellos, escuché claramente: “¡Cuidado te están engañando!”. Dudé de si lo había soñado o realmente lo había escuchado.

Le dije al loro, “por favor, loro, repite lo que dijiste; por favor, lorito, habla”, pero no tuve respuesta.

Estaba en eso, cuando escuché nuevamente: “¡Cuidado te están engañando!”.

En la casa no había nadie, es decir si el que habló no había sido el loro tendría que haber sido el gato. Tamaña fue mi sorpresa. No le pedí que repitiera para no quedar en ridículo, solo me limité a agradecerle que me hubiera advertido de esta situación no sospechada y le hice mucho cariño.

Me quedé pensando en todas las oportunidades que tiene Gloria de engañarme y posiblemente yo ya no le resulto atractivo.

Desgraciadamente empecé a dormir mal, no lograba sacarme la idea de la cabeza, así que busqué en internet agencias de detectives y elegí “Vivir tranquilo”, especialista en estos casos.

Me reuní en privado con René, quien se presentó como el dueño, asegurándome total privacidad y secreto profesional.

Me pidió muchos antecedentes de la vida de ella. No era barato, pero decidí contratarlo. Me dijo que antes de sesenta días tendría respuesta.

En mi trabajo tengo variados quehaceres, uno de ellos es ir a hacer depósitos y a sacar dinero de los bancos para el pago de los sueldos. Previo a esta responsabilidad, gerencia me mandó a un curso de defensa personal, se me entregó un revólver y una navaja de tamaño respetable.

Un día tocó pago de sueldos. Como de costumbre fui al banco, manejando con precaución y mirando a mi alrededor.

En Santiago la mayoría de los autos son blancos, es decir, es un buen color para confundirse entre ellos, sin embargo, uno me llamó la atención porque siempre se mantenía a una distancia prudente de la mía, en la autopista.

Cuando tomé la salida 8 B también lo hizo, curioso; no me alteré, pensé que pudo haber sido una coincidencia.

Retiré el dinero y, al salir, vi que el auto que me seguía estaba estacionado muy cerca del mío.

Por precaución y cumpliendo con el protocolo, metí mi mano al bolsillo y tomé la pistola, afortunadamente no hubo de su parte ninguna provocación, por lo que no la tuve que usar.

Al día siguiente, salí de la oficina para visitar a un cliente, nuevamente vi que el mismo auto blanco me seguía. Al salir de la reunión también estaba ahí.

Di un rodeo y fui por atrás del chofer y le coloqué el cuchillo en su garganta.

–¿Quién eres? ¡Habla, desgraciado!

Como no respondió, le hice un corte; la sangre le corrió, al sentirla se asustó y dijo:

–Señor, no me mate yo solo hago mi trabajo.

–¿Qué trabajo?

–Seguirlo a usted.

–¿Quién te envió?

–Don René, de la oficina de detectives.

Tremenda sorpresa.

Partí furioso donde René y le expuse:

–Bonito su accionar, los he contratado para que investiguen a mi mujer y resulta que al que persiguen es a mí.

Después de presionarlo mucho y al no encontrar explicaciones lógicas, me explicó que también mi señora los había contratado para que descubrieran si yo la engañaba.

Inédito, pero fue así. Maldito gato que se burló de nosotros dos.

Ramiro, el italiano

Ramiro era hijo único y vivía con su mamá. A su padre hace años que no lo veía, pero esto no le impidió tener una vida ordenada, asistiendo a una escuela donde hizo amigos con los que jugaba a la pelota. Se recibió de técnico en diseño industrial y, con su cartón bajo la manga, se presentó a muchos trabajos sin lograr ser contratado; solo consiguió uno de mozo que estaba muy debajo de sus aspiraciones en lo intelectual y en lo económico. La mitad de lo que ganaba se lo daba a su madre, con el saldo compraba euros, ya que soñaba poder obtener la nacionalidad italiana heredada de su abuela materna quien había llegado de pequeña a Chile; con ello podría emigrar a Italia en busca de un mejor futuro económico.

Después de múltiples trámites y un año de espera, logró el visado. Para celebrar, invitó a su mamá a una heladería que a ambos les gustaba mucho.

Al momento de recibir los barquillos, le dieron un topetón que hizo caer las bolas del helado sobre él. Ramiro giró, vio a una muchacha, que inmediatamente se disculpó y, a su lado, a Miguel, uno de sus buenos amigos del liceo.

Se sentaron los cuatro en una mesa, se pusieron al día contándose lo que había sido de sus vidas en los últimos años. Miguel contó que se había recibido de abogado y que estaba entrando al mundo de la política; Ramiro le dijo que dentro de muy poco partiría a Italia. En un momento en que Miguel fue al baño, Sylvia, la joven que lo acompañaba, le pasó un papelito a Ramiro donde estaba escrito un número telefónico y un “llámame”.

Ramiro le envió un WhatsApp a Sylvia y quedaron de reunirse en una plaza muy cerca de la heladería. Fue a la reunión muy intrigado, pero todo fue muy agradable; la conversación fue muy fluida y daba la impresión de que se habían conocido hacía muchísimo tiempo. Se despidieron con un simple adiós, pero se prometieron seguir comunicados.

Ramiro se sintió bien, nunca había tenido una experiencia de ese tipo, en otras condiciones estaba seguro de que muy pronto se hubiera enamorado. Puso paños fríos en su cabeza, sabiendo que en dos semanas más partiría por mucho tiempo.

Para su sorpresa, Sylvia lo invitó a un aperitivo a su departamento. Todo marchó lindo, a las ocho de la noche ya llevaban cada uno dos piscolas y una hora después compartían la cama.

Al regresar a su casa se sintió caminando en las nubes, se pellizcó preguntándose si era cierto lo que había ocurrido. Fue la última vez que se vieron, después compartieron lindos mensajes telefónicos.

Nunca las despedidas fueron alegres, pero en este caso Ramiro consideró que su mamá estaba tranquila, muy consciente de que la partida era lo mejor para su hijo.

Duros primeros meses tuvo que soportar en Milán, sin contactos ni conocer el idioma. Al tercer mes logró trabajar en una tintorería como operador de máquinas, lo que fue un alivio para no comerse la plata que le quedaba y también poder enviarle algo a su madre.

La comunicación con Sylvia se había cortado y le pareció bien, lo mejor era romper todo vínculo con ella y con Chile. Un día recibió un WhatsApp donde ella le contó que estaba embarazada. Se puso pálido, pidió el día para irse a la pieza donde vivía. Repasaba lo acontecido, se preguntaba cómo tanta coincidencia; por otro lado, le emocionó la idea de que iba a ser papá. Le contestó preguntándole si estaba segura; aunque pensó que era bien tonta la pregunta, igual lo hizo.

En los siguientes meses no tuvieron comunicación. Al octavo mes de esa noche apasionada, Sylvia le pidió plata: necesitaba comprar todo lo necesario para recibir a la guagua y le adjuntó una foto mostrándole una abultada panza, lo que a Ramiro lo conmovió y, sin dudar, le hizo una transferencia de todo su sueldo de ese mes. Tiempo después recibió una nueva foto de una guagua con un escrito: Hola, papá, mándame plata. Esta frase lo desconcertó, pero sintió que debía responder y así lo hizo sagradamente todos los meses. Aunque la comunicación con Sylvia era nula, cada cierto tiempo recibía fotos mostrando cómo crecía el bambino. Con tristeza se dio cuenta de que todos sus planes de ahorro se habían ido al tacho.

Le había prometido a su madre que volvería a visitarla cuando cumpliera tres años de su partida, lo que cumplió. Le escribió a Sylvia: Iré a Chile. No recibió respuesta.

Tuvo un emocionante encuentro con su madre. Al día siguiente fue al departamento donde vivía Silvia, nadie respondió. Un vecino le informó que se había ido hacía tiempo. No supo qué hacer, por primera vez se preguntó si era cierto lo del embarazo y si él sería realmente el papá de la guagua.

Fue a la sede del partido político donde militaba su amigo Miguel, pensando que él podría ser el único que le diera información. En el comando le dijeron que concurría habitualmente, pero que no tenía horario. Se quedó todo el día haciéndole guardia, no tuvo suerte. Con angustia y desesperación regresó al día siguiente y, cuando creía que ya no vendría, vio venir a una pareja. Estaba seguro de que era Miguel acompañado de Sylvia.

Sintió la aceleración de los latidos de su corazón, pero no perdió la calma, se acercó, Miguel lo saludó cariñosamente y le presentó a su señora; ella, compungida, le dio la mano y se excusó diciendo que debía entrar a una reunión, pero lo dejó muy invitado para que le contara sus andanzas por Europa.

Catafalco

Soy el primogénito de ocho hermanos. Asistí a la escuela rural que quedaba cerca del fundo donde vivía con mi familia en la Séptima Región. Mi padre decidió enviarme a Santiago para que cursara la educación media. Así el mundo se te abrirá, me dijo, mira que los de la capital son re avispados. Reclamé la decisión, pero era guerra perdida y así fue como llegué a la casa de la hermana de mi papá, donde fui bien recibido.

En el colegio me hice de algunos amigos que me apodaron “el Huaso” en vez de llamarme Diego. La verdad es que no me gustaba nadita estudiar, creo que muchas veces los profesores me regalaban el cuatro para que pasara de curso ya que les hacía gracia este espécimen tan distinto y algo abrutado. Yo solo quería egresar para volver al campo, pero mi papá insistió en que estudiase alguna carrera técnica. Esta diferencia de opinión hizo que la comunicación se cortara. Me amenazó con quitarme la mesada y el pago a la tía, cosa que cumplió al yo negarme a seguir estudiando.

Mi tía no sabía si obedecer a su hermano o apoyarme, me había tomado cariño; trató de ser el puente, pero de nada sirvió. Temiendo un quiebre familiar pidió que me fuera, pero me ofreció la alternativa de ir como segundo administrador a un campo de un amigo cerca de Coyhaique. Muy contento acepté.

No tuve problemas para adaptarme a ese clima hostil, de paisajes hermosos, una naturaleza potente con la que feliz me comunicaba. Me dieron un caballo y adopté tres perros que me acompañaban adonde fuera. Disfrutaba de la soledad y la majestuosidad de esos parajes, la música del viento deleitaba mis oídos e inflaba mis pulmones.

Cuando cumplí veintiún años me ofrecieron administrar un campo más al sur, por la carretera austral, un poco antes de llegar al río Murta. Acepté el desafío y pedí que la mitad de mi sueldo fuera para ir pagando un pedazo de campo, porque quería tener lo propio. Partí con mis perros, “la soledad es dura, así que mejor estar acompañado”.

En una de mis primeras salidas a recorrer la hacienda, me encontré con un tipo que se veía muy cansado y lo ayudé llevándolo a casa. En un mal castellano, me explicó que se llamaba Bill, que venía de Canadá y que andaba recorriendo para establecerse en la zona.

Emocionado me contó que estos lugares eran el paraíso en la Tierra y que sería buen negocio traer turistas para que pudieran pescar. Me propuso hacer un lodge de pesca. Yo ni conocía esa palabra, pero consideré que sonaba bonito.

Bill me prometió que enviaría dólares para que construyera cabañas hasta que me alcanzara la plata y me pidió que encontrara los mejores lugares para la pesca, pues los turistas entre más piques recibían, más pagaban. Cuando llegaron los dólares, renuncié a la pega, quise dedicarme por entero a sacar adelante el proyecto.

¡Lindo mi campo! Elegí el sitio donde pondríamos las cabañas, lo malo era que las lagunas no tenían peces. Gigante problema, pues sin ellos no había negocio. Bill me dijo que introdujera ovas y luego alevines, advirtiéndome que era trabajo delicado y muy técnico. Lo realicé alegremente gozando de la aventura que todo ello creaba. Desgraciadamente el resultado fue malo.

–¿Qué se te ocurre, Huaso Diego? –me preguntó.

Caminando bajo una enorme luna llena, vi en una laguna cercana, que no estaba en mi propiedad, cómo saltaban las truchas buscando atrapar insectos. Ahí estaba la solución, sería un método más eficiente y menos engorroso: decidí trasladar truchas vivas, sabía que había otras lagunas llenas y serían fáciles de pescar.

Construí un catafalco, una especie de conteiner de un metro de largo, cuarenta centímetros de ancho y cincuenta de alto para el traslado, lo llené de agua y puse dentro un oxigenador conectado al enchufe del encendedor de la camioneta.

Partí temprano para ejecutar el primer traslado. En un bote de goma salí a pescar, las fui depositando en un balde y, cuando se llenaba, iba a la orilla a vaciar el contenido en el catafalco. Al mediodía ya tenía cien, meta que me había propuesto, solo me faltaba regresar y arrojar las truchas a mis lagunas.

Le escribí a Bill contándole de mi logro, me prometió que vendría pronto. Juntos construimos cuatro cabañas, más la nuestra, y seguimos acarreando peces. El futuro nos sonreía.

Dicen que el viento dispersa las noticias. En la zona se habló del robo que estaban haciendo unos jóvenes. La policía les contestó que era necesario pillarnos con las manos en la masa. Unos vecinos seguramente envidiosos prometieron atraparnos.

Llegó la temporada de pesca, el lodge se llenó de turistas que felices disfrutaron de todas las bondades de la zona, la atención de los guías y de la excelente pesca con mosca. Como el sistema consiste en atrapar y dejar, la cantidad de piques no disminuyó.

Durante cuatro años, al terminar la temporada, Bill regresaba y yo descansaba hasta la nueva temporada. El movimiento de truchas entre lagunas había que hacerlo con mucho cuidado, pero el riesgo valía la pena: cada día eran más grandes y fuertes, el intercambio genético de tantos cruces dio resultados positivos. La noticia voló, vinieron a entrevistarme de un diario de la capital para un reportaje en la Revista del Domingo.

Humildemente este huaso malo pal estudio y bueno pal trabajo había triunfado; es más, fui declarado por el gobierno dentro de los diez emprendedores del año.

Con más entusiasmo seguí con el acarreo de truchas hasta que un día en un camino interior me detuvo la policía. Me incautaron la mercadería y me llevaron detenido. Cumpliendo con la ley me permitieron hacer un llamado… ¿a quién?... al mismísimo ministro que me había condecorado. Al poco rato estaba libre.

Chancho seis

Juego dominó hace más de cuarenta años y nunca he logrado sacar de mi cabeza la preocupación de que podría salir entre mis fichas el chancho seis; me produce lipiria y toda la belleza del juego, la comunicación con mi compañero, se me viene al suelo y lo único que busco es deshacerme de él. Según me han dicho es como si les hablara en chino, idioma que como es lógico no entienden y entonces perdemos la partida.

Trabajé toda mi vida como vendedor viajero, generalmente ganaba poco, pero lo más importante es que me entretenía. Si supieran la cantidad de anécdotas que tengo para contar, hasta podría escribir un libro. Y cuando nos reuníamos a jugar domino aprovechábamos de relatar nuestras historias que, con el correr de los años, eran una gran mezcla de imaginación con realidad.

Cumplidos los 65 años me jubilé y comencé a recibir una pensión de gracia, ya que nunca me impuse. No me quejaba, me las arreglaba perfectamente, tenía mi casita pagada y necesitaba muy poco. Puede que consideren que soy un tipo muy sencillo; lo soy, pero les voy a contar un secreto, es una forma para ser feliz.

Sin dudar, partí a un club social en la comuna donde vivo y me acerqué a los salones donde se juega cacho y dominó y, un poco más allá, cartas.

Llegué antes del mediodía pensando que no iba a encontrar a nadie, pero qué equivocado estaba, había tres hombres de apariencia más joven que yo que, rápidamente y felices, me incorporaron a su mesa para completar el cuarto e iniciar la partida.

Con mis años de experiencia estaba tranquilo, eso sí rezaba para que no me saliera el temido chancho seis.

Tuve una agradable experiencia, quedé matriculado para jugar todas las mañanas a partir de las once.

Poco a poco los fui conociendo, casi no contaban de sus vidas personales, la conversación giraba en torno a cuentos y anécdotas de hechos ocurridos, que para eso yo tenía muchos, y el resto, bromas de la capacidad sexual de cada uno y la recomendación del uso del viagra para no quedar en ridículo.

Comentarios de política y religión sabiamente estaban prohibidos.

Al repartir las cartas achicaba los ojos agudizando la mirada, para tratar de adivinar los números de las fichas por el otro lado.

Cuando tuve algo más de confianza, pero asustado de recibir una pachotada, me atreví a preguntarles cómo siendo tan jóvenes ya no trabajaban.

El de menor edad contó que había jubilado a los 48 años, le había salido un tumor en la cabeza del cual fue operado y afortunadamente había quedado bien. Solicitó su jubilación por sentirse incapacitado para trabajar y después de múltiples trámites se la aprobaron y, desde ese día, era dueño de su tiempo.

Seguimos jugando y ganamos. Mi compañero de ese momento relató que lo había hecho tempranamente presentando una solicitud por persecución política. Cuando era muy joven, partió exiliado con toda su familia a México y al regresar se incorporó a un grupo que intentaba derrocar al gobierno; estuvo preso por un tiempo, lo soltaron, no sin antes haber recibido una buena pateadura. Con esos antecedentes y con la ayuda de un buen abogado obtuvo una pensión y estaba feliz, porque ahora era dueño de su vida.

Al día siguiente, como era habitual, empezamos jugando tempano en la mañana, esta vez saqué varias veces el chancho seis, hablé en chino y perdimos.

Faltaba que solo uno explicara por qué pudo dejar de trabajar antes de la edad permitida por la ley. Empezó relatando que tenía sesenta años, que hacía solo unos meses había logrado jubilar. Explicó que llevaba muchos años aburrido de hacer lo mismo, por lo que había decidido declarar que era mujer. Después de algunos exámenes, aceptaron su versión por lo cual le permitieron jubilar. Se sentía feliz porque ahora era dueño de su cuerpo.

Quedamos mudos, estupefactos. Sacó aplausos y rápidamente pedimos un borgoña para celebrar, lo relatado no le llegaba ni a los talones a todas las historias anteriores, por muchas exageraciones e imaginación que le pusiera el autor.

Lo más extraordinario es que este cuento no es un cuento, sino una historia real.

Crucero

Cuando Facundo tuvo los requisitos para terminar su vida laboral, cumplió con las dos promesas que le había hecho a Evita, su señora. Jubiló y compró dos pasajes en un crucero que partía en Buenos Aires y terminaba en Santiago de Chile, donde tomarían un avión que les traería de regreso a su casa en La Plata, cerca de ciudad capital.

Durante muchos años veían pasar esos barcos gigantes, verdaderas ciudades, por lo que estaban muy felices de poder hacer ese viaje.

Cuando abordaron el barco el 5 de marzo, la prensa ya hablaba de un virus COVID-19 que se estaba esparciendo por el mundo. Facundo decía que Sudamérica estaba lejos de todo, que no había que preocuparse y que si el capitán del barco autorizaba la partida todo era seguro, claro y luminoso.

Disfrutaron de la piscina, la comida, los tragos exóticos, los espectáculos y hasta al casino fueron a tentar la suerte. Su sueño de tantos años se estaba convirtiendo en realidad.

Cuando llegaron a Puerto Madril, disfrutaron de los relatos sobre el apareamiento de las ballenas.

En la siguiente escala, las islas Malvinas, fueron a visitar el cementerio de los caídos en la guerra. Dejaron unas flores en la tumba del hijo de una vecina.

Después de cinco días de la partida llegaron a Ushuaia, la ciudad más linda y acogedora del sur del mundo. El matrimonio se sentía orgulloso de lo que estaban conociendo de su país.

La navegación siguió hacia el Pacífico, no sin antes pasar por el temido Cabo de Hornos, luego por canales donde tuvieron la oportunidad de ver vistas espectaculares de glaciares.

Cuando llegaron a Punta Arenas, en Chile, estaban muy contentos ya que nunca habían salido de su país.

Llevaban más de una semana de magia, la que desgraciadamente fue interrumpida por el tema del coronavirus, muchas eran las preocupantes noticias que llegaban de todas partes del mundo. El capitán hizo una declaración para tranquilizar a viajeros y tripulantes, señalando que en el barco no había ningún indicador de que alguien a bordo estuviera infectado, pero igual ellos estaban obligados a cumplir con todos los protocolos del caso, por lo que el agrado de la convivencia dejó de serlo.

El viaje se empezó a poner tan gris como las nubes de la región.

Cuando el crucero llegó a Puerto Montt, se dio la orden de que nadie podría bajar. El capitán habló nuevamente diciendo que esto era mejor, porque así el virus no podría llegar al barco.

La travesía hasta San Antonio fue larga y tensa, ni la buena comida, ni la calidad de los espectáculos lograban que los pasajeros disfrutaran; claramente la gran mayoría quería llegar al puerto de desembarque y luego a sus casas.

El día veinte arribaron a San Antonio, destino final del crucero. Sorpresa gigante: el gobierno de Chile había declarado cierre total de sus fronteras. Nadie podría bajar.

Discusiones y gritos. No hubo caso, ni el capitán del barco ni los superiores de su compañía lograron revertir dicha orden.

Para colmo, apareció un pasajero con tos y fiebre, no se sabía si por una gripe o por haberse contagiado con el coronavirus.

Si en el barco había pánico, Facundo y Evita tenían terror, no aceptaban la idea de tener que viajar en esas circunstancias hasta San Diego, en la costa oeste de los Estados Unidos, único puerto que aceptaba recibirlos.

El barco estaba anclado aproximadamente a un kilómetro de la costa. Partiría cuando hubiera completado de cargar suficiente agua y comida para esa larga travesía.

Facundo no aceptó la decisión que le habían impuesto, le dijo a Eva que tendrían que tirarse al agua y nadar para fugarse.

Recorrió el barco en busca de la mejor vía de escape. Recordó que cuando se bajaban en los puertos se hacía por los pisos cuatro y cinco, pero al estar imposibilitados de bajar, esas salidas estaban cerradas. Por más que dio vueltas no encontró ninguna abierta, solo podrían dejar el barco tirándose al agua desde el balcón de su habitación que estaba en el piso ocho.

No había otra solución, era todo o nada… blanco o negro.

Desde la pieza donde se guardaban las sábanas, sacó varias y empezó a atarlas entre ellas haciendo una gran cuerda que les ayudaría a descender y con la ayuda de flotadores llegarían a la playa.

Eva, siempre confiando en su marido, dio su aceptación. Lo harían cuando oscureciera.

Facundo amarró la cuerda por donde Eva empezó a descender. Cuando iba en la mitad del recorrido, los brazos no le resistieron. Cayó al agua. Facundo no dudó en saltar en ayuda de su amada, sin embargo, la caída desde esa altura fue brutal; quedó inconsciente.

Eva fue en su auxilio, pero el agua helada a la cual no estaba acostumbrada le paralizó los músculos.

En el fondo del océano todo se veía negro.

Desde la cárcel

Este documento que van a leer lo he escrito desde la cárcel. Llevo tres días preso y mi abogado defensor me ha dicho que escriba mi declaración, para así poder memorizarla antes del comparendo que será mañana.

Como el tiempo me sobra les voy a contar cómo y por qué estoy acá.

Desde pequeño destaqué por mis habilidades matemáticas, fui puntaje nacional y no dudé en entrar a estudiar ingeniería civil. Como los intereses comunes atraen, desde el segundo año un grupo de los “destacados”, como nos clasificaban los profesores, o los “mateos o secos”, como nos decían nuestros compañeros, nos hicimos amigos y compartimos la vida universitaria. Somos cuatro varones y una chiquilla llamada María Lourdes.

Con los años, mantuvimos nuestro alto nivel académico y una buena relación que se resintió cuando Iván (el mayor del grupo) le declaró su amor a Lourdes y ella lo rechazó. Curiosamente se arrimó a mi lado y yo con los brazos abiertos la recibí. Cómo yerba seca, nuestra relación prendió. Aunque sabíamos que teníamos que cuidarnos, pues nuestro deseo era obtener una beca para seguir estudiando un doctorado, desgraciadamente nos falló el método y, empezando el último año de la carrera, nos convertimos en papás.

Y así nomás fue, el 15 de marzo nació Rosa María, que nos llenó de felicidad. Al tercer mes nos dimos cuenta de que había algo raro en su desarrollo. Visitamos a un pediatra, luego a otro que nos solicitó múltiples exámenes. Conclusión: nuestra hija había nacido con una enfermedad degenerativa autoinmune. Nos sentimos destrozados, amargados, sin encontrar respuesta, la única posibilidad de salvación era suministrarle durante un buen tiempo una droga que era necesario importar a un costo mensual de cinco mil dólares.

Ni el servicio de salud ni la isapre ayudaban en lo económico, la enfermedad no estaba codificada. Yo había tomado dos ayudantías para parar la olla, pero el dinero que necesitábamos al mes era más de lo que ganaba en un año, sin considerar ningún gasto.

La situación resultaba apremiante, si no encontraba una solución nuestra hija moriría.

Pensé en muchas posibilidades, pero me concentré en los juegos de azar, donde nuestra capacidad matemática pudiera ser de ayuda. Descarté la hípica y la lotería, solo me quedaban los juegos en los casinos. Había leído que en la ruleta el crupier que tira la bola lo hace con una fuerza parecida, por lo que la bolita repite algunos números. Fui y llevé la estadística, no era así, era totalmente azaroso. Me cambié a la veintiuna real y fui capaz de memorizar cuantos monos salían, así en los últimos juegos del naipe podría deducir cuándo jugar; lo intenté, pero no siempre resultaba, ya que los jugadores a veces pedían con quince o se chantaban con trece. Descartado.

Mi última posibilidad fue la punta y banca o las chances simples de la ruleta. Observé, pensé y creé un método que podría resultar, pero necesitaba a mi equipo pues en algunos casos de perder requería de mayor capital para duplicar lo perdido.

Expliqué el método a mis amigos y partimos a un casino que está cerca de Santiago. Jugamos tímidos e inseguros, pero el sistema funcionó, ganamos medio millón que repartimos según lo convenido, el sesenta por ciento de las utilidades sería destinado a la compra del medicamento, el saldo se repartiría entre los amigos.

Asistíamos una vez a la semana, lo suficiente para obtener el dinero para la importación. Al tercer mes nos sentimos observados, entonces nos fuimos a otro casino. Mi felicidad era gigante cuando veía sonreír a mi hija, aunque fuese por pocos instantes, se llenaba de alegría mi corazón.

Pueden pensar que mi invento no es verdad, por ello les explico a ustedes y al mundo cómo funciona: Creé una serie que indica la forma de apostar: si uno apuesta siempre el doble más uno de lo que ha perdido siempre a la larga gana. Eso se logra con cualquier serie: 1, 2, 3, 4. Si se apuesta la suma de los extremos (1+4=5) $ 50.000 si se gana se borra la serie los números que ganaste (1 y 4,) se apuesta de nuevo la misma suma a los números que quedan (2 y 3 = 5). Si ganas perfecto, pero si pierdes, se pone en la serie el número perdido o sea el 5 y se vuelve apostar la suma de los extremos es decir (2 + 5 = 7) y así sucesivamente.

Cuando se logra cerrar la serie, o sea borrar todos los números, quiere decir que se ganó la suma de la serie (1+2+3+4) o sea $ 100.000 De esa forma, durante un año pude importar la medicina y mi hija empezó a mostrar los primeros signos de mejoría.

Parecía ir todo bien, pero para mi sorpresa me prohibieron la entrada a todos los casinos. Decidí disfrazarme, así fue como logré ingresar y seguir obteniendo el dinero para la compra. Cuando según el doctor quedaba un mes para terminar el tratamiento y estando en pleno juego en compañía de Iván, fuimos detenidos y por separado nos interrogaron. A las pocas horas a él lo dejaron libre, y a mí detenido, acusado como jefe de la banda delictual creada para robar en los casinos. Según me dijeron fui denunciado por él (me tinca que todavía estaba picado por quitarle a Lourdes) de ser el creador del sistema.

Matemáticamente estaba tranquilo, nada me podrían argumentar, no había ninguna ilegalidad en mi sistema. Se dieron cuenta de que la falla era de ellos, desde ese día limitaron el monto a apostar en los juegos de chance simple. Simplemente quedé detenido por obra de sus poderosos abogados, que finalmente me acusaron por falsificar identidad, por lo cual estoy seguro de que mañana estaré de regreso en casa con María Lourdes y Rosa María.

Efraín, el justiciero

Mi madre tenía el control absoluto de la casa. Si alguien hacía algo que no le parecía correcto, la sanción no se demoraba en llegar, pero también entregaba cariño a los que cumplíamos. Escuchábamos con atención las experiencias de un primo de ella que era carabinero y nos entreteníamos mucho con sus cuentos.

A los 16 años tenía muy claro lo que quería ser.

Terminé la enseñanza media a los 18 años y rendí la PSU, con ella cumplía todos los requisitos necesarios para postular: chileno, soltero y 1.72 metros de altura. Fui aceptado en la escuela de suboficiales, de donde egresé con honores después de un año y medio. Fui destinado a una comisaría en la orilla del lago Llanquihue, lugar cercano a la casa de mis padres.

La experiencia fue enriquecedora y en los años que estuve allí nunca tuve problemas, la gente era buena y la autoridad se respetaba. Cuando iba a ver a mis taitas, la comunidad me recibía con alegría.

Llevaba dos años en el cargo cuando fui ascendido a cabo y me otorgaron un curso de control de carreteras. Luego fui trasladado a una comisaría en un pueblo grande, según mi cálculo, en la orilla de la ruta 68, que conecta Santiago con Valparaíso. Fui asignado a controlar la circulación de los automóviles en esa autopista.

Eran muchos los que no respetaban la velocidad máxima de los 120 kilómetros por hora, si apenas terminaba de escribir un parte, tomaba la pistola con la que fiscalizaba y a los pocos minutos ya encontraba un nuevo infractor. Eran geniales las diferentes actitudes de los conductores, unos se ponían prepotentes, otros bajaban el moño aceptando su culpabilidad y otros intentaban dar variadas excusas que yo, por mi formación, muy pocas veces acepté.

Supimos que el juez respaldaba nuestro trabajo y por ese motivo había adquirido fama de intratable. Nos sentíamos orgullosos al ir comprobando que con el tiempo poco a poco se fue respetando la velocidad máxima permitida.

En una ocasión tuve una triste experiencia: cuando detuve a un auto que venía a más de 150 kilómetros por hora, el chofer fue insolente y me dijo que trasladaba a una persona muy importante, quien ni siquiera levantó la vista para observar lo ocurrido. No dudé, le pasé el parte con agravantes de falta de respeto. No conocía hasta ese momento esas actitudes de prepotencia.

Habían pasado pocas semanas de ese lamentable suceso cuando nuevamente, por la misma infracción, detuve al mismo auto. El chofer me gritó diciéndome que por mi culpa había salido en la prensa un artículo en contra de los honorables que transitaban a mayor velocidad de la permitida; yo, inmutable, le solicité los documentos. En ese momento se bajó el pasajero, quien me dijo ser un importante miembro del congreso que tenía muchas responsabilidades, que no estaba dispuesto a que un simple paco lo molestase en su trabajo; todo esto dicho con tremendos aires de suficiencia. Impertérrito le manifesté que mi obligación era hacer la denuncia al tribunal y le solicité respeto a mi investidura. De nada sirvió, quizás fue para peor, su furia fue en aumento y me agredieron tratando de recuperar el carné del chofer que tenía en mi poder. Afortunadamente recibí ayuda de mi compañero, los redujimos, los esposamos y los llevamos detenidos al cuartel, el cual solo pudieron abandonar después de varias horas.

Me sentí orgulloso de hacer bien mi trabajo, pero desde ese día mi carrera policial se vio truncada; en la institución perdí todo apoyo, por lo que preferí renunciar.

Estuve deprimido por meses y sin saber hacia dónde caminar y en qué creer. ¡Qué injusticia más grande!, me faltaba tan poco para ser ascendido a sargento.

Seguía perdido cuando afortunadamente recibí un llamado de una municipalidad de la quinta región, donde se enteraron de mi historia y de mi forma de ser y me ofrecieron trabajo: sería el encargado de examinar a las personas que postulaban para obtener carné de conducir.

Nuevamente creo haber desempeñado bien mi pega: era exigente y justo, siempre les hacía hincapié en cuanto a respetar la velocidad máxima en carretera y en la ciudad, ya que esa era la principal causa de accidentes graves que dejaba muertos y heridos, y de paso les agregaba que no olvidaran circular por la derecha.

Habiendo logrado tranquilidad emocional y económica, me enamoré y formé familia.

Cuando recordaba lo ocurrido, me decía:

–Efraín, ten fe en la justicia, esta demora, pero llega.

Así fue como a los pocos años el congresista de mi conflicto fue desaforado y enjuiciado por múltiples faltas a la ética. De regalo extra y en reconocimiento a la injusticia que se había cometido conmigo, fui llamado a reincorporarme a la institución que con tanto amor había abrazado.

Me excusé diciendo que estaba casado.

Con los nuevos tiempos, y la influencia de mi madre, he aplicado la misma rigurosidad en la enseñanza de mis hijos, la que ha sido una pálida muestra comparada con la que yo recibí.

Cuando nos fue posible, nos asociamos con mi señora e instalamos una escuela de conductores, mi currículo nos permitió ser atractivos y exitosos. A mí me gusta mucho, porque ahí puedo expresar mi verdadera personalidad: riguroso e inflexible, convencido de que en nuestro país eso es lo que se necesita.

El ascenso

Bordeábamos el medio siglo de edad. En nuestras vidas habíamos tenido gratos y bellos momentos, pero quedamos marcados por una mala decisión que no nos permitió ser papás. Nos propusimos encontrar un desafío que diera sentido a nuestra existencia, había corrido mucha agua bajo el puente.

–¡Qué largo es nuestro país! –exclamó Francisca, con el mapa de Chile extendido en nuestra mesa del comedor.

–Tantos lugares diferentes para conocer –demoré mi respuesta considerando que nos gustaba la vida al aire libre–. Vamos al norte donde se encuentran los cerros más altos. Frente a Copiapó hay muchos de ellos que tienen más de seis mil metros de altura, entonces, ya que queremos trascender, elijamos el más alto de Chile, los Ojos del Salado con 6.850 metros sobre el nivel del mar.

Brindamos con champaña, el compromiso estaba adquirido. No tengo dudas de que esa noche los dos dormimos mal, ¿sería mucho para nuestras capacidades? Fijamos la partida para el 4 de diciembre, teníamos tres meses para prepararnos y conseguir todo el equipamiento necesario.

Llegó la fecha. Partimos muy entusiasmados para cumplir nuestro desafío. Arrendamos una camioneta 4x4 la que nos llevó sin problemas, cenamos en un restaurante, a sabiendas que sería la última comida atendidos y sentados en una cómoda mesa.

Continuamos según el programa y llegamos a Laguna Verde a 2.800 metros de altura; estábamos los dos solos en esa gigante meseta, bajo un cielo estrellado como nunca habíamos visto. Se fue el sol y apareció el frío, tempranito nos metimos en nuestros sacos de dormir.

La belleza del lugar nos dejó atónitos, el agua tenía un color turquesa que reflejaba su pureza y frialdad. Dormimos a cuatro mil metros con un leve dolor de cabeza, pero ella era orgullosa y yo fuerte. Cuando llegamos al refugio Murray, las condiciones eran duras. Intentamos dormir, lo logramos muy poco: el dolor de cabeza se hizo recurrente, lo que ayudó a descontrolarnos y nuestra relación se puso tensa y, como habitualmente Francisca lo hace, me sacó en cara mi mala decisión. Siempre considera que yo soy el culpable.

Alrededor de nosotros todo era tierra, piedras y rocas; por primera vez divisamos la cima de esa gran montaña, ¡cuánto nos faltaba por subir! Decidimos quedarnos ahí dos días, nuestros cuerpos necesitaban acostumbrarse a la altura y parecía que nos gustara sentir que no éramos nada, bajo ese gigantesco cielo que esconde el infinito universo.

La última noche antes del ataque a la cumbre conversamos de nuestra locura, nos preguntábamos qué diablo estamos haciendo aquí, repasábamos lo malo y bueno de nuestras vidas, sin llegar a cuestionarnos. Sabíamos que podría ser nuestra última noche, la montaña en altura tiene grandes riesgos, cualquier accidente sería fatal, no había nadie cerca de nosotros.

Eran las cinco, con una temperatura de ocho grados bajo cero, tomamos café, nos besamos con nuestros labios partidos, una leve sonrisa y partimos guiados por las linternas frontales. Llevábamos una hora caminando cuando empezamos a ver los primeros rayos de sol. A las ocho horas, ingerimos el resto de la colación, evaluamos nuestra condición y nos animamos a seguir. Nos encontrábamos a solo cien metros de la cumbre, los pasos eran cada vez más cortos, sin duda el cansancio se había apoderado de nosotros. Dábamos tres pasos, un alto y tres más, no teníamos energía para continuar. Estimé que no llegaríamos, la alarma del reloj marcó la hora límite del ascenso.

Le dije que debíamos regresar.

–Solo nos falta escalar los últimos cincuenta metros –replicó–. Tanto que nos hemos esforzado para llegar hasta aquí.

Insistí en que debíamos regresar. No lo acató y siguió, claramente no confiaba en mis decisiones. ¿Qué hago?, pensé. Miles de ideas dieron vueltas en mi cabeza. Acepté su mensaje. ¿Vida o muerte, sentido común o brutalidad?

Imposible seguir viviendo con recriminaciones constantes.

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132 стр. 4 иллюстрации
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9789563385526
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