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EL BARRIO DE LA PLATA


Julià Guillamon

EL BARRIO DE LA PLATA

L'AVENÇ

Barcelona

2020

Edición original: Barcelona, 2018

© del texto, Julià Guillamon

© de esta edición digital, L'Avenç, S.L., 2020

Passeig de Sant Joan, 26, 2n 1a 08010 Barcelona

Teléfono: 93 245 79 21 Fax: 93 265 44 16

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diseño y composición: Albert Planas

Inspirado en el diseño del libro La Prostitution (1959), de Marcel Sacotte.

Diseño y composición de la edición digital: Víctor Sabaté

Imágenes: Films 59, Familia Guillamon Mota, Familia Puerto Barceló, Merche Fernández, Julià Guillamon, Arxiu Municipal Contemporani de Barcelona, Josep Miquel i Solé, Arxiu Històric del Poblenou (AHPN), Pepe Encinas, Santi Ferrer-Vidal, Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona - Ajuntament de Barcelona, Joan-Pere Viladecans, Carles Guiral, Ángel Uzkiano, Pepito Bas, Ateneu Enciclopèdic Popular (CDHS-AEP), Google maps, Montserrat Montaner, Arxiu Nacional de Catalunya, bar El Roble.

Imagen de la cubierta: muleta de Julián Guillamón El niño del Tibidabo.

Fotografía de Ramiro Elena.

ISBN: 978-84-18680-00-7

BIC: FA

Ref. AVEN103

Para Cris, de espaldas,

en el pasillo de la calle Luchana.

–Taxi!

–But I’ve no money.

–I have.

–Where are we going?

–Where I belong.

My Fair Lady

1
EL PASAJE MAS DE RODA

Busco una manera de empezar, el hilo de Ariadna que me llevará de regreso al barrio de la Plata, el barrio de los valencianos, en Pueblo Nuevo, donde viví hasta casi los treinta años. Y encuentro el inicio inesperadamente en La Vanguardia de hoy, 21 de octubre de 2014, que en la página treinta y cinco publica una información sobre la muerte de José Daurella. En los años cincuenta, junto a su hermano Francisco, se puso al frente de Cobega, la empresa fundada por su padre, que fabricaba y distribuía la Coca-Cola en España y Andorra (más tarde también en Portugal y en algunos países del norte de África). En 1983, cuando entré a trabajar en el diario Avui, la redacción conservaba algunas costumbres corporativas del viejo periodismo. Por ejemplo, el 24 de enero se celebraba san Francisco de Sales, patrón de periodistas y escritores. Cobega mandaba a unas azafatas que servían vasos de Coca-Cola. Por esta razón, y por los anuncios a página entera que pagaba generosamente, cuando Francisco Daurella publicaba una de sus novelas, el diario le correspondía. Mandaba a un redactor, que fabricaba una breve noticia sobre el acontecimiento social que rodeaba la presentación. Daurella era un tipo inquieto, acabó montando un museo en Barcelona y otro en Madrid, con una buena colección de pintura. Escribía novelas históricas y de ambiente cosmopolita con el seudónimo de Fran Daurel. Yo era el redactor más joven de la sección de cultura y me correspondía asistir a las presentaciones. Era lo que en el lenguaje del periodismo de aquel tiempo se llamaba un pesebre: un acto de compromiso, con poca substancia cultural. Y, a pesar de ello, había algo admirable en aquel Fran Daurel, propietario de una de las primeras fábricas a la americana de Barcelona, en la calle Guipúzcoa, que acogía a los niños de los colegios, en visitas culturales, un tipo forrado que escribía novelas de detectives y regalaba Coca-Cola a los periodistas.

Quizás porque al propio Daurella le gustaba escribir, Coca-Cola promovía el Concurso Nacional de Redacción. Participaban en él chicos y chicas de toda España: todos los escritores de mi generación desfilaron por allí. Seleccionaban a tres o cuatro alumnos de cada colegio, que participaban en las eliminatorias provinciales y, más adelante, en la final nacional. Yo no pasé de una de las rondas de Barcelona, pero años más tarde conocí a un tipo que ganó el Concurso Nacional. Lo obsequiaron con un viaje a Río de Janeiro. En aquellas primeras rondas regalaban libros. Recuerdo que iba a por leche a la calle Joncar, el carrer dels gitanos (la calle de los gitanos) como lo llamaba mi yaya, obsesionado con la idea de ganar aquellos libros que acabarían siendo el punto de partida de una biblioteca. Me rondaba por la cabeza un monólogo interior como el de los dibujos animados de Oliver y Benji: «¡tengo que ganar esos libros, tengo que ganar esos libros!». Era una especie de confesión o de examen de conciencia, los buenos propósitos a los que siempre aludía mi madre. Me regalaron tres libritos de una colección de la Editorial Bruguera que se llamaba «SÍ-NO». Recuerdo que uno de los autores, quizás el autor de los tres, era José Repollés. Nacido en Calanda en 1914, «prolífico autor de obras de carácter popular, en ocasiones escribió bajo seudónimo (…). Es autor, entre otros libros de divulgación, de una deslucida Historia de España. Su escritura carece de relieve artístico». Pobre hombre: vaya manera de tratarlo en la Wikipedia.

Cada uno de los libritos abordaba un tema de forma didáctica. Empezaba por un test de doscientas preguntas al que debías contestar escogiendo entre cuatro opciones. A continuación, el autor se las componía para dar respuesta a todas aquellas preguntas en un texto continuo. Los años setenta fueron la época de oro de las fichas y de los test, continuación natural de la teoría de conjuntos y de los móviles que se utilizaban con fines pedagógicos en el parvulario y en los primeros cursos de primaria: la simplificación divertida, la idea de que, con solo algunas nociones, dejándote guiar por la intuición, podías llegar a resolver cualquier problema. Recuerdo unas fichas azules y otras de color tostado, de historia y de ciencias sociales, respectivamente. Y las hojas de ejercicios del método Ruaix para aprender catalán, que también funcionaban a base de fichas. En el mercado de lance he encontrado libros de la colección «SÍ-NO». Me han sorprendido El teatro universal, de Maria Aurèlia Capmany, La música, de Jaume Vidal Alcover y Napoleón, de José Miguel Mínguez Sender, porque cuando empecé a moverme en los ambientes literarios en los años ochenta los conocí a los tres. No recuerdo que me tocara ninguno de esos volúmenes. Igual regalaban los que se vendían menos. Repollés era un escritor sin relieve artístico, los libros de la colección «SÍ-NO» no eran demasiado atractivos, pero era una manera de empezar.

El colegio Voramar era lo que en los años sesenta se llamaba una escuela de padres. Enseñaban catalán, en una época en la que no formaba parte de los programas educativos. Nuestro profesor era Joan-Enric Vives, un cura joven de la iglesia de Santa María del Taulat. Vestía vaqueros y conducía un Citroën Dyane 6. Mucho más tarde, siempre con sotana o clergyman, ha sido obispo auxiliar de Barcelona, obispo de Urgel y copríncipe de Andorra. Los sábados por la mañana, su hermana Josefina daba clases de guitarra clásica en el comedor del colegio. Era una familia catalana, de Pueblo Nuevo de toda la vida. Me resultaba chocante que pudieran existir personas de Pueblo Nuevo de toda la vida, porque me sentía desarraigado y tenía la sensación de que estábamos allí por accidente. Un año, por la fiesta del libro, Joan-Enric nos llevó a los puestos de la Rambla, y compré un libro de historia de Ferran Soldevila, Resum d’història dels Països Catalans, con una miniatura en la cubierta que reproducía las Cortes Catalanas del siglo xv: el primer libro que no era del colegio y el primero que pagué de mi bolsillo. Mi madre se había apuntado al Círculo de Lectores que, a principios de los setenta, además de los libros con encuadernaciones de cartoné que imitaban la piel, empezó a vender discos. Crearon una marca, Orlador, la primera marca blanca que vi en mi vida. Publicaron un disco del cantautor Raimon, A Víctor Jara, cambiándole la portada. En la versión original reproducía un retrato de Leopoldo Pomés, con la cara de Raimon que quemaba el papel. Debieron encontrarla demasiado atrevida. También eliminaron el título, que era políticamente comprometedor, porque a Víctor Jara, otro cantautor, lo había asesinado Pinochet en Chile. El libro de Ferran Soldevila, publicado por Teide, es de 1974. El disco de Raimon, de Orlador, de 1975. Yo debía tener trece o catorce años.

Como resultado de las clases de guitarra de Josefina Vives, mi primera idea fue ser cantautor, y lo primero que escribí fueron letras de las canciones que inventaba: unos poemas de amor tristes y llenos de añoranza. En casa, antes de que entraran los catálogos de Círculo de Lectores, había muy pocos libros. Recuerdo una biografía del tenor Emili Vendrell escrita por su hijo y un libro de recuerdos del dibujante Valentí Castanys, dos personajes muy populares en el mundo menestral catalán. Mi madre los tenía arrinconados en un estante, en el mueble del comedor, comprimidos entre facturas viejas y algunas cartas. También tenía el libro que más quería: Cançoneret de Nadal, publicado en 1933 por Foment de Pietat Catalana, con los villancicos tradicionales. En un armario donde guardábamos las maletas ajadas y ropa que ya no utilizábamos, encontré unos cuantos libros más. Uno de estos libros era la Antologia de la poesia social catalana de Àngel Carmona, de 1970, una selección de poemas de todas las épocas con contenido reivindicativo o social. Uno de los poemas, «Cançó de la roba estesa» («La canción de la ropa tendida»), me gustó y le puse música:

La roba estesa

de la gent pobre

als patis foscos

i als descampats

coneix l’angoixa

dels dies grisos

sap l’enyorança

del temps gastat.

[Ropa tendida

de la gente pobre

en los patios oscuros,

y en los descampados,

conoce la angustia

de los días grises

sabe la añoranza

del tiempo pasado].

Me identificaba con este poema, me sabía parte de un mundo pobre, a pesar de que, al escribir el poema, Feliu Formosa pensaba en un barrio de chabolas y nosotros vivíamos en una casa obrera, un tanto extravagante, pero una casa al fin y al cabo. Cuando años después viajé regularmente a Brasil y me aficioné a la música popular brasileña encontré muchas canciones que, como la «Cançó de la roba estesa», hablaban del paisaje y de las casas de la gente humilde. Por ejemplo «Chão de Estrelas» («Suelo de estrellas») compuesta por Orestes Barbosa y Sílvio Caldas en los años treinta. Elizeth Cardoso la grabó en 1957:

Nossas roupas comuns dependuradas

na corda, qual bandeiras agitadas

pareciam um estranho festival!

Festa dos nossos trapos coloridos

a mostrar que nos morros mal vestidos

é sempre feriado nacional.

[Nuestras ropas modestas tendidas

en la cuerda, como banderas agitadas

¡parecían un extraño festival!

Fiesta de nuestro trapos coloridos

para mostrar que en los suburbios mal vestidos

es siempre fiesta nacional].

Otra era «Viaduto Santa Ifigênia» («Viaducto Santa Ifigenia») de Adoniran Barbosa: un emigrante del barrio italiano de Beixiga canta en un portugués atropellado al viaducto que forma parte de su paisaje querido, y sufre por si, en una reforma de la ciudad, a alguien se le ocurre demolerlo: si esto sucedirera se vestiría de luto y se mudaría al interior del país. En otra canción, «Saudosa maloca» («Añorada chabola»), Adoniran recuerda con tristeza la demolición de la barraca donde vivió con sus amigos Matogrosso y Joca, con quienes llegó a São Paulo.

Peguemos todas nossas coisas

e fumos pro meio da rua

apreciá a demolição.

Que tristeza que nóis sentia.

Cada táuba que caía

doía no coração.

[Cogimos todas nuestras cosas

y fuimos hacia el medio de la calle

a contemplar la demolición.

Qué tristeza sentíamos.

Cada tabla que caía

dolía en el corazón].

Recuerdo el día que asumí que no sería cantante, en aquel tono de examen de conciencia. Aunque, si no cantaba, podía escribir. ¿Qué escribiría? Tenía el paisaje, lo que me rodeaba, el pasaje Mas de Roda que recorría todos los días de ida y vuelta del colegio. Delante de casa, la agencia de transportes Hursa me gustaba porque uno de los camiones tenía la matrícula de Valencia. En mis juegos de niño, cuando salíamos de casa con mis padres y subíamos en autobús al barrio de Gracia, donde vivían mis abuelos, imaginaba partidos de fútbol: los resultados se decidían con las letras de las matrículas de los coches que encontrábamos por el camino. En aquella época los coches de cada provincia se identificaban con una inicial o dos. De pequeño era del Valencia C. F. Salíamos de casa, veía el camión: Madrid 0 - Valencia 1. El Valencia siempre empezaba ganando. En la esquina del pasaje, a la derecha, la casa de Marcelino, que era del mismo pueblo de mi padre, en el Alto Mijares, y que estaba casado con una catalana –Mercè del Marcelino–. Tenía dos hijas que iban a las monjas del paseo del Triunfo, con las que su padre hablaba en catalán. A continuación, en la misma mano, un bar con trinquete (otra reminiscencia valenciana) y unas casas bajitas, donde vivía una chica que años después fue compañera en el colegio, Mercè Climent. En la azotea de su casa, habían construido una torre con un palomar. En la esquina de la calle Granada, un colegio de niños pequeños, lo que en Cataluña se conoce como una escola de caganers (ahora la palabra suena mal pero yo la he oído como apodo de una rama de la familia paterna: los cagones). En la otra mano, una de aquellas fábricas que no se sabía lo que fabricaban, igual ya no fabricaban nada. Pasada la calle Granada encontrabas dos bares. Uno, cerrado desde hacía años, con un cartel herrumbroso: el Bar Moreno. El otro, el Mesón Nouriño, era un restaurante gallego. El propietario tenía la cara abotargada y se parecía al boxeador Urtain. Mi abuela nos invitó una cuantas veces a toda la familia a comer allí el día de Reyes. Pegada al mesón, una agencia de transportes, los estibadores bromeaban a mala leche y gritaban mucho. Al fondo, casi a la altura de la calle Badajoz, encontrabas el almacén de la Sucran. Y a la derecha, una fábrica antigua, de ladrillos, con un gran patio de carga y descarga, como salida de una novela de Charles Dickens. Parecía abandonada. Aparece en un capítulo de la novela La Moràvia (2011), que escribí en los años noventa. El protagonista deambula, ve el patio y, al fondo, una luz encendida, bajo una pantalla metálica. Le parece un plato de batería que cubre un fantasma pequeñísimo: la luz de una bombilla de sesenta vatios. Al fondo, la cubierta ondulada de la fábrica de hielo de la Unión Mutualista de Vendedores de Pescado, unas bóvedas que ennoblecían la perspectiva en fuga. Yo era un chaval solitario y caminaba concentrado, intentando asimilar todo lo que veía, dejando que me penetrara, pensando que podía llegar a ser el centro de mi vida. Y, de hecho, la fábrica de hielo es una de las fábricas mitificadas que aparecen en el libro de prosa experimental La fàbrica de fred (1991) («La fábrica de frío»). Deshabitado y desbaratado, el pasaje Mas de Roda constituía una realidad autónoma en mi pensamiento: el mundo industrial.


Nocturno 29 (1968), de Pere Portabella. Lucía Bosé cruza la calle de la fábrica, sube a la planta, descubre la máquina y pone en marcha el movimiento.

Cuando era adolescente salía a caminar por el barrio, las tardes del domingo, fascinado por tanta desolación: las calles estrechas, las fábricas cerradas, los coches recubiertos de una película de humedad de las antiguas marismas. La humedad se mezclaba con el polvo, el aceite y la grasa de los talleres de reparaciones que dejaban los coches y camiones aparcados en la calle, días y días, sin reparar. Uno de estos talleres ocupaba la misma edificación que los transportes Hursa. Junto al bordillo se había formado un charco aceitoso, que no se secaba, del que sobresalía media bola negra: estuve mucho tiempo obsesionado por aquella bola, pensaba en ella de noche y cuando la visualizaba, oscura y reluciente, tenía arcadas y creía que iba a vomitar la cena.

En 1993 asistí a la proyección de Nocturno 29 (1968), de Pere Portabella, en un ciclo en la Filmoteca. Es una película de vanguardia, basada en las acciones escénicas del poeta Joan Brossa. Retrata a un hombre y una mujer ricos, interpretados por la actriz Lucía Bosé y por Mario Cabré, actor, torero y poeta. Ella entra en un almacén de tejidos. El dependiente le muestra banderas de diferentes países. Deja una pieza de ropa morada en un estante, y con otras dos piezas, amarilla y roja, forman la bandera de la República Española. Él entra en la sede central de uno de aquellos bancos que en los años setenta ocupaban los mejores edificios del paseo de Gracia, unas oficinas monumentales con decenas de oficinistas. Aparecen los ordenadores –en aquella época se llamaban cerebros electrónicos–, la panoplia con las llaves de los cofres privados. Otras escenas están filmadas en el Círculo Ecuestre, un club privado muy conservador, y en el golf de Sitges. El pintor Joan Ponç aparece vestido de arlequín. El músico Carles Santos interpreta una pieza al piano. Mario Cabré y Lucía Bosé tienen conversaciones absurdas: «A qué esperas para aprender equitación ¿Cuando seas viejo?», pregunta ella. «Un mapa no es un lugar adecuado para escribir preguntas», responde él. En una escena, que me pareció central, la mujer entra en una fábrica. Recorre las naves desiertas, con decenas de telares. Se sitúa frente a una máquina cubierta con una sábana. Da una vuelta entera a su alrededor y tira de la sábana. Gira un volante de hierro y activa el movimiento de ruedas y engranajes. Acciona una palanca y el movimiento se acelera. En el último plano, la rotación pasa de la máquina a la rueda del coche, un lujoso Jaguar, que circula por el pasaje Mas de Roda y gira a la derecha, por la calle Badajoz. Al fondo se ven las bóvedas de la fábrica de hielo.

Me emocioné. Acababa de publicar La fàbrica de fred, estaba escribiendo La Moràvia. Así que aquel paisaje, para mí privado, el camino por el que iba al colegio todos los días, formaba parte del mundo de artistas y poetas, de teatro y cine experimental, al que yo aspiraba a pertenecer.

Empecé este libro y una de las primeras cosas que se me ocurrió fue contactar con el director de Nocturno 29, Pere Portabella, para preguntarle cómo surgió la idea de localizar esta escena en el pasaje Mas de Roda, quién encontró el sitio y por qué filmaron allí. Alguien, en nombre de Portabella, me mandó un mail:

«Atendiendo a su demanda de información sobre la secuencia de Nocturno 29 en la que Lucia Bosé se pasea por una fábrica y donde tiene lugar la escena de ella con la máquina, quiero informarle de que no se trata de Pueblo Nuevo, sino del complejo de La Magòria (can Batlló), en el distrito de Sants-Montjuïc. No recuerdo, y tampoco lo tenemos documentado, por qué se eligió esta localización, pero, teniendo en cuenta que usted está escribiendo un libro sobre Pueblo Nuevo y el hecho de que nuestra fábrica no esté allí, entiendo que ya no debe tener, por lo tanto, más interés para usted».

El pasaje Mas de Roda volvía al olvido, de donde había salido momentáneamente aquella tarde en la Filmoteca. El interior debe ser can Batlló. Pero la escena del Jaguar se filmó en el pasaje Mas de Roda. No puedo estar equivocado: pasaba por allí todos los días. Ha desaparecido de los archivos de Films 59, como si nunca hubiera existido. Mi amigo Jordi Ribas dice que el tema de todo lo que escribo es la desaparición. Lo que pasó y se ha borrado, lo que ha sido suprimido, la memoria perdida de las cosas. Reúno restos, colecciono fragmentos para construir un espacio mental: el barrio de la Plata.


El Jaguar de Lucía Bosé avanza por el pasaje Mas de Roda y gira a la derecha, por la calle Badajoz, en Nocturno 29.

2
ISABEL DE LA VAQUERÍA
Y LA SEÑORA BALBINA

Julián Guillamón Puerto y Maria Mota Robert se conocieron en el baile Monumental de la calle Mayor de Gracia. Hasta el momento de casarse a mi padre le gustaban mucho los bailes. Siempre recordaba que el jueves era el mejor día de la semana porque las chachas libraban. En aquella época –finales de los años cincuenta– las empleadas del hogar gozaban del prestigio erótico que más tarde acapararon las separadas. Mi padre y su amigo se acercaron a mi madre y su amiga y en algún momento debieron decirles: «Somos de Toga, Castellón». El lugar era tan desconocido y remoto que era obligado decirlo en un paquete: «Toga, Castellón» o, si el interlocutor tenía un poco de idea de geografía valenciana: «Toga, en la cuenca del río Mijares». Toga era un pueblo de frontera. Siguiendo el Mijares hacia la costa, en dirección a Onda y Villareal, los pueblos tienen nombres de origen catalán: Cirat, Vallat. Siguiendo el Mijares hacia Teruel, en dirección a la Puebla de Arenoso, aragonés: Torrechiva, Ludiente, Arañuel. Los pueblos junto a Toga, Espadilla y Argelita, los he visto escritos como Espadella y Argeleta, con el sufijo catalán. Pienso que si el nombre del pueblo de mi padre hubiera sido aragonés se habría llamado Tuega, y así aparece, de hecho, en documentos antiguos. El nombre de Argelita es indicativo de lo que debió suceder. Toda aquella comarca, desde Onda, en la Plana, hasta Montán y Montanejos, en la Sierra de Espadán, fue tierra de moriscos. Tantos debió haber que Argelita era «la pequeña Argelia». Cuando expulsaron a los moriscos, en 1609, quedó una tierra de nadie que se repobló con gente de otros lugares. He oído decir que en el siglo xvii, en Toga, la peste liquidó a una parte de la población. Y que llegó otra oleada de repobladores, entre los cuales había navarros y mallorquines. De ahí que una de las especialidades que no he encontrado en otros lugares de Castellón ni de Valencia sean las picantosas, unos chorizos con pimentón y mucha guindilla, que quizás originalmente fueron chistorras. Y que mi abuela se llamara Puerto Barceló: Barceló es un apellido mallorquín. Todo esto son suposiciones construidas a partir de las investigaciones de un familiar, abogado, Octavio Guillamón, que tenía curiosidad por la historia, y de los nietos –Mercè Tolrà, Lola Barceló y yo mismo–, que ya hemos vivido siempre en Cataluña. Cuando era un chico me divertía oír a la tía Enriqueta que hablaba de prisquillas babosas (melocotones de agua) y de chullas (costillas de cordero), que mucho después entendí que eran bresquilles y xulles: palabras de frontera.

Mi madre y mi padre se conocen en el Monumental, se hacen novios, se casan. Mi madre era una muchacha del barrio de Gracia, hija de una heredera de Vila-rodona, Pepita Robert, y de un mozo, de Viladrau, Joaquim Mota, camarero profesional, que había trabajado en el Gran Café Barcelona de la plaza de la Universidad y más adelante en el restaurante del Campo de Aviación. De Tarragona y del Montseny. De pronto, mi madre se encuentra viviendo en casa de sus suegros, en Pueblo Nuevo. Mi padre era calderero, había trabajado en distintos talleres. Cambiaba de trabajo a menudo. Al primer cabreo, no le costaba gran cosa cabrearse, cogía el portante. El yayo Julián era un obrero de can Girona –Material y Construcciones S.A.–, era un obrero enfermizo, se retiró prematuramente y murió joven. La yaya Manuela había trabajado en la fábrica Aranyó, una industria textil que ocupaba un edificio que parecía el castillo de Cumbres borrascosas, actualmente es el Campus de Comunicación de la Universitat Pompeu Fabra. Llegaron a Barcelona en los años veinte, o antes quizás, mi padre nació en 1929 en las chabolas de detrás del Cementerio del Este. Pienso en la sensación de extrañamiento que debió sentir mi madre cuando llegó a Pueblo Nuevo. Una casa vieja, con una escalera de paredes desportilladas, y la puerta que daba a la calle, que se abría desde el piso tirando de una cuerda. Cuando yo nací todavía había comuna. Quedaba en un tramo de la calle Luchana –hoy Roc Boronat–, entre el barrio de la Plata (la calle Wad-Ras –hoy Josep Trueta–, entre Granada –hoy Ciutat de Granada– y Badajoz) y la Rambla: un lugar muy despoblado, con pocas casas. Solo teníamos unos vecinos, los Rosich, Vicenç y Trini, una familia trabajadora. Tenían dos hijos, cuatro o cinco años mayores que yo: Jordi y Nuri. El número 18 de Luchana era lo que se llamaba unos pisos altos, una casa que había quedado tocada por una bomba de la guerra. Enfrente, la casa de Mercè y Marcelino. El resto eran almacenes, talleres, agencias de transporte y fábricas abandonadas.

Tenías la sensación de estar viviendo lejos de todo. Y más todavía cuando subías a ver a los abuelos, en Gracia. En el trayecto del autobús 6, desde el paseo de Gracia, frente al rascacielos del Banco Comercial Transatlántico, hasta la esquina de Wad-Ras con Llacuna, parada final, mudabas de piel. La primera parte del recorrido seguía por la Diagonal hasta el paseo de San Juan. El paisaje estaba formado por casas burguesas, con grandes balcones y galerías acristaladas. Me gustaba el monumento al inventor Narcís Monturiol, obra del escultor Josep M. Subirachs, frente al edificio de la Mútua Metalúrgica, que años después supe que era un edificio notable, precursor de la arquitectura moderna de los años cincuenta, proyectado por Oriol Bohigas y Josep M. Martorell. Yo era un chiquillo y se me iban los ojos tras el submarino de bronce que atravesaba la peana escultórica. Llegábamos al paseo de San Juan, con las dos direcciones del tráfico separadas por un seto de pitósporos. En aquella época se utilizaban a troche y moche en la jardinería municipal. El autobús giraba por la calle Caspe en dirección al puente de Marina, que sobrevolaba las vías del tren que iban a morir a la estación del Norte. Después de Buenaventura Muñoz se entraba en una tierra incógnita, de espacios despoblados, las calles estaban adoquinadas y el autobús que llegaba prácticamente vacío, traqueteaba, con un gran estruendo de asientos, plásticos y cromados. En aquella época, la calle Llacuna iba de mar a montaña: el 6 tenía la parada final frente a la fábrica de yute, tristemente famosa porque en los primeros años de posguerra fue campo de concentración. Mi madre, que enseguida empezó a no entenderse con mi padre, debía vivir estos trayectos como un viaje hacia el destierro. Cuando hablaba de Gracia le brillaban los ojos: «Es de Gracia…». Solo faltaba que, siguiendo una costumbre habitual en los pueblos, mi yaya albergara en su casa a un hermano pequeño, que decidió venir a Barcelona tras perder unos camiones que tenía y cerrar la empresa de transportes. Llegaron el tío de mi padre, Manuel Puerto, su mujer, Enriqueta Barberán, y tres hijos: Manuel, Basilio y Enriqueta. Era una presencia extraña para una joven casada que quería vivir con su marido y su hijo y se encontraba compartiendo piso con sus suegros, el hermano de la suegra y su familia, que acaban de llegar de un pueblo perdido. Era un fastidio y fue su suerte: mi madre y la tía Enriqueta llegaron a ser muy amigas, se hicieron mucha compañía y la tía la ayudó a pasar el mal trago de la soledad en el barrio de la Plata.

Yo nací en medio de esta situación de, digamos, choque cultural. Tenía una familia catalana y una familia valenciana que hablaba en castellano. Abuelos y yayos. Un mundo en Gracia y otro en Pueblo Nuevo. A causa de su trabajo en el aeropuerto, en el restaurante de la sección de vuelos internacionales, el abuelo Quimet estaba en contacto con muchas novedades. En la casa de Gracia encontraba objetos preciosos que sugerían una realidad luminosa: cajetillas metálicas de cigarrillos Benson & Hedges, calendarios de la Pan-Am. Mi abuelo trabajaba en el turno de la mañana. Por la tarde, cuando regresaba del trabajo, compraba El Noticiero Universal, un vespertino que leía con fruición. El hermano de mi madre, el tío Josep Maria, era dependiente de una tienda de electrodomésticos: una tienda de postín de la Vía Augusta, que se llamaba Bohigas, junto al Instituto de Estudios Norteamericanos. Mi tía Mari tenía un puesto de pescado en el mercado de la Libertad. Se ganaban bien la vida, viajaban, eran jóvenes y modernos. En Pueblo Nuevo mi padre leía Marca o As, los diarios deportivos de Madrid, porque era del Valencia C.F. y en estos diarios se hablaba más de su equipo que en los diarios de Barcelona. Mi madre compraba Telva y, más tarde, la revista de patrones Burda Moden, de donde sacaba los modelos que confeccionaba con la máquina de coser Wertheim. Mi padre acababa reventado del trabajo de la semana y no aprovechábamos mucho los días de fiesta. Cuando todavía se trabajaba los sábados por la mañana, por la tarde dormía. Salir a tomar un aperitivo era algo impensable: lo consideraba un gasto innecesario, casi un pecado, más tarde supe por qué. Nos levantábamos tarde, remoloneaba por casa, mi madre se desesperaba, mi hermano y yo nos aburríamos esperando. Salíamos cuando ya casi era la hora del almuerzo. A veces subíamos en el 6 hasta el final, en Collblanc, en el otro extremo de Barcelona. Otras veces salíamos a buscar algún quiosco que estuviera abierto hasta las tres, para comprar el As. Pasábamos por aquellas calles tan vacías del domingo a primera hora de la tarde: Badajoz, Ávila, Álava, Pam­plona, Zamora, atravesábamos uno de los pasos a nivel sin barreras y llegábamos a la calle Marina, que era la primera que parecía una calle de verdad y no el patio de una fábrica. La Fundación Torras ocupaba dos manzanas y media, entre las calles Llull y Pujadas. Dos de las naves estaban conectadas por unos raíles como los del tran­vía por donde, en otros tiempos, debían circular las vagonetas con escorias y carbones. Era uno de los lugares que me gustaban, cuando pasábamos caminando a paso ligero el domingo a mediodía.


Maria Mota, Isabel Castelló y Pepita Robert.

Esta gran extrañeza la asocio hoy con la leche. Mis abuelos vivían en la esquina de la calle Neptuno con Luis Antúnez, en la frontera entre el barrio menestral de Gracia y el más elegante San Gervasio. En la esquina de Luis Antúnez con Vía Augusta, a finales de los años cuarenta, existía una vaquería, con sus corrales y sus vacas. Mis abuelos entablaron una gran amistad con los vaqueros Joaquín Bonada e Isabel Castelló, que vivían en la misma escalera. Cuando prescindieron de las vacas, abrieron una lechería en la calle Luis Antúnez, frente a donde habían tenido los corrales. Mi madre y mi abuela ayudaban en el reparto. Conservo una foto de las dos en el portal, con la señora Isabel, con unos delantales impecables. El barrio de Gracia estaba más conectado con el mundo que Pueblo Nuevo y las novedades llegaban antes allí. Cuando subíamos a visitar a los abuelos, entrábamos en la granja de la señora Isabel. Toda la leche era envasada, lo que me llamaba la atención. En Pueblo Nuevo, mi madre me mandaba a buscar la leche con una lechera a la vaquería de la señora Balbina, en la calle Juncar, junto al Casino de la Alianza. La vendían directamente en el corral, con una gran jarra de aluminio y un cucharón. Isabel, en cambio, tenía botellas, bolsas y Tetra Pak. Mi abuela encontraba buenísima la leche de la Cooperativa de los Vaqueros, en bolsa. Descubrí que podía existir un refinamiento de los productos industriales y que la leche en Tetra Pak, solo por estar envasada en Tetra Pak, era especial. Las marcas que empezaban a envasar leche lanzaban promociones con pequeños regalos. Un avión de la marca Letona, que de pequeño me fascinaba, lo encontré años más tarde en un catálogo: era un recortable de Juan Pedragosa, uno de los pioneros del diseño gráfico de los años sesenta.


La señora Balbina y sus hijos.

Cuando empecé a escribir este libro busqué –y conseguí contactar con ella– a Merche Fernández, la hija de la señora Balbina, que vive todavía en Pueblo Nuevo, en el bloque de pisos que se construyó en los terrenos donde su familia había tenido la vaquería.

Merche me explicó que sus abuelos eran comerciantes de ganado en Selaya, un pueblecito de alta montaña de la provincia de Santander. El padre compraba bosques enteros para vender la madera. Era un trabajo muy pesado. Por esta razón, cuando en 1960 surgió la posibilidad del traspaso de una vaquería decidieron venir a Barcelona. La madre enseguida se encontró a gusto en Pueblo Nuevo y ya no se movió de allí. Merche es dos años mayor que yo y me había vendido leche. Me contó que la idea de despachar en la cuadra fue de su padre, que lo entendía como un reclamo comercial. Ordeñaban las vacas delante de los clientes, con un cubo y un colador. La gente se llevaba la leche caliente. Los tíos de Merche tuvieron una vaquería en la calle Providencia, en Gracia, y más adelante, en Las Corts, pero no se adaptaron y regresaron a Santander. Su padre compró una finca en Olesa de Montserrat y montó una granja que todavía funciona. Una ley del año 1962 prohibía las vaquerías en los núcleos urbanos. Su padre resistió hasta el último momento: fue uno de aquellos vaqueros que en 1972 y 1973 aparecían a menudo en los diarios de Barcelona porque se resistían a prescindir del ganado. Lo hacía por la misma razón comercial: la gente decía que la leche de Olesa de Montserrat llegaba mareada y que no era tan buena. Merche me desmontó el mito de la Cooperativa de los Vaqueros: tenían las instalaciones en Pueblo Nuevo, en la calle Pamplona. «No es que la leche fuera de mala calidad, pero estaba muy manipulada y no podía compararse con la leche acabada de ordeñar».


El viaje de la leche. Folleto de La Lactaria Española S.A.

Mientras la cabeza me bailaba entre Isabel de la vaquería, la señora Balbina y su hija Merche, en Pueblo Nuevo la industria de la leche esterilizada funcionaba a toda máquina. En la calle Bach de Roda tenía la fábrica La Lactaria Española S. A., que producía la leche RAM. En la esquina de Perú con Bilbao, en octubre de 1960 se inauguró la nueva factoría de Frigo, que fabricaba batidos y helados. Letona, que también fabricaba el Cacaolat, estaba en la calle Pujadas, pasada la vía del tren. De manera que a pocas calles de distancia convivían la fábrica automatizada y la vaquería de sesenta vacas. Mientras preparaba este capítulo estuve buscando fotografías, folletos y anuncios de las marcas de leche, helados y batidos que se fabricaban en Pueblo Nuevo. Encontré un folleto de la RAM con el ciclo de la leche, desde las montañas a las casas pasando por la fábrica. Mi generación se quedaba pasmada ante ese tipo de diagramas y Pablo Carbonell les dedicó aquella canción tan divertida que se titula «Mi agüita amarilla». Realicé otro descubrimiento más impactante aún. Con la experiencia de mi abuelo camarero, a finales de los años cincuenta la familia de mi madre arrendó en Arbúcies, en el Montseny, un hotel de temporada: Hostal Castell. Los amos del hotel eran también propietarios de una masía, el Marcús, con una gran extensión de bosques y cultivos. Tenían vacas. En el hostal se gastaba leche embotellada, pero traían una pequeña cantidad de leche fresca para nosotros y para algún cliente que mi abuela y mi madre mimaban especialmente. Encontré un calendario de Frigolat, el batido de chocolate de Frigo. Reconocí de inmediato el lugar que aparece en la fotografía: es el puente que conecta la carretera de Arbúcies a Viladrau con el Marcús. Por aquel puente habían pasado muchos litros de leche en dirección al Hostal Castell. Mientras mi abuela compraba bolsas de leche de los vaqueros pensando que era más buena que la de otras marcas, la deslocalización llamaba a la puerta.


El puente del Marcús, en Arbúcies.

3
EL PASEO RIBALTA

En el Arxiu Municipal Contemporani de Barcelona se conservan unos índices del Padrón Municipal de los años 1900, 1905 y 1924, en los que figuran, anotados a mano, todos los vecinos de Pueblo Nuevo: el apellido del padre, el apellido de la madre, la edad, la calle, el número y el piso. En los índices de 1900 hay dos páginas y media de gente que se apellida Guillamón: sesenta y cinco personas. Muchas veces el segundo apellido es también valenciano. A menudo son apellidos que he oído nombrar, de familiares y vecinos del pueblo de mi padre: Puerto, Morte, Catalán o Sevilla. En 1905 los Guillamón son noventa y seis. Hay otros apellidos conocidos: Agustina, Andreu, Lecha. De 1924 se conserva un índice general de habitantes de Barcelona. Ciento nueve hombres y ciento cuatro mujeres se llaman Guillamón, la mayoría en el distrito de San Martín. Entre las mujeres, he encontrado a una hermana de mi yayo, Generosa Guillamón Tomás, de veintinueve años, vecina de la calle Topete, número 7. Casada con Clemente Franquero, de treinta y tres años, en el listado no consta el segundo apellido. Esta casa de la calle Topete todavía existe: parece una casa de pueblo, encalada, con un pequeño balcón.

La primera industria de Pueblo Nuevo fueron las indianas: telas estampadas de algodón. Más tarde se instalaron fábricas textiles, de curtidos, fundiciones, harineras, fábricas de mosaicos, de aguardiente, de azúcar, de aceites y jabones: todas estas industrias necesitaban trabajadores. En el paso del siglo xix al siglo xx, los pueblos del interior de la provincia de Castellón, relacionados de forma natural con Cataluña, generaron un flujo de personas ininterrumpido, una gran emigración olvidada, anterior a la emigración murciana y andaluza. Antes de aquel incidente con los camiones que lo empujó a marchar del pueblo, el hermano pequeño de mi yaya, Manuel Puerto, venía a Tarragona como temporero en las vendimias. Recordaba a un campesino que le preguntaba: «¿Estàs tip? ¿Vols un ou ferrat?» («¿Tienes apetito? ¿Quieres un huevo frito?»). El tío Manuel, que nunca habló catalán, recordaba esta frase escuchada en su juventud, cuando nada hacía pensar que acabaría viviendo en Barcelona. En el siglo xix, en la calle Wad-Ras existían diversas tonelerías. Quizás algunos de estos valencianos fueron toneleros. Hasta hace cuatro días, frente a la puerta del almacén de la bodega Castells, en la esquina de las calles Ávila y Pujadas, y en las bodegas Montroy Massana, entre las calles de Granada y Wad-Ras, se sentía un olor embriagante a vino. Dejaron de funcionar décadas atrás pero el olor del mosto había impregnado la construcción. He oído contar que estos toneleros cobraban en monedas de plata: de ahí el nombre del vecindario. También se decía que cobraban en plata los trabajadores que a principios de los años veinte llegaron a Barcelona para la construcción del Gran Metro. La plata era el símbolo de una nueva prosperidad.

Toga es un pueblo pequeño que no sale nunca en los periódicos. Por eso me pareció significativa una noticia de La Vanguardia del 13 de octubre de 1882, que habla de unas inundaciones que afectaron la Puebla de Arenoso, Montán, Montanejos, Fanzara, Toga, Espadilla y Vallat hasta Onda. Podrían ser el punto de partida de una emigración que en pocos años se volvió torrencial, hasta el punto de que el número de personas que se apellidaban Guillamón se triplicó: de sesenta y cinco a doscientos trece. Primero llegó la hermana de mi yayo, Generosa Guillamón, y su marido, Clemente Franquero, y se instalaron en la calle Topete. Más tarde, Marcelino Andreu, el padre del Marcelino del pasaje Mas de Roda, abrió un bar en la calle Taulat. Mi padre hablaba de ellos como si fueran familia y quizás lo eran: vecinos y parientes de lejos. No sé exactamente cuando llegaron mis yayos. No aparecen en el listado del padrón de 1924 ni en el padrón de 1930. Pero en el padrón de 1940 he leído una nota que dice que el yayo vivía en Barcelona desde hacía treinta años, y la yaya, dieciocho.

Mi padre nació en 1929. A partir de ese momento se produjo un goteo constante de gente de Toga: las hermanas de mi yaya vinieron a Barcelona a servir, no se adaptaron y regresaron al pueblo. Ahora me sorprende ver a mi bisabuela, vestida con bata, en la plaza de España y en la cima del Tibidabo, y a mi bisabuelo en las vendimias. La tía de mi padre, Enriqueta, que conserva estas fotos, me aclara que pasaban temporadas en Cataluña. Mi padre explicaba siempre que había nacido en las chabolas de detrás del Cementerio del Este. Cuando yo era chico todavía vivían en la misma casa unos medioparientes. Re­cuerdo haber estado en la casa, que no tenía nada de chabola: era una casa sencilla de paredes encaladas. En aquella época ya debía tener luz y agua corriente. Cuando mis yayos se instalaron en la calle Luchana, en los años treinta, la casa se convirtió en lugar de paso para los parientes, antes de que encontraran trabajo y piso. Unos traían a los otros: como hacen hoy los chinos y los magrebíes. El tío Manuel y la tía Enriqueta llegaron en 1963. Las hermanas de mi yaya se quedaron en Toga, pero sus hijos acabaron emigrando en la posguerra: Nicanor y Juanito, hijos de la tía Clara y, más adelante, Miguel, hijo de la tía María.


La casa de la calle Topete, donde vivió Generosa Guillamón.

Mi amigo Xavier Bou me ha proporcionado un dato que encontró en un libro del historiador Joan B. Culla: en 1916 la comunidad de Castellón debía ser muy importante, porque se creó un Centro Instructivo Republicano Radical Castellonense, vinculado al Centro Democrático Radical de Pueblo Nuevo. Su primer presidente fue Domingo Gimeno Calpe. Cuando la entidad tuvo suficiente peso se instaló con sede propia en la calle Luchana, número 23. Funcionaba allí una escuela laica. Según cuenta Culla, en 1926 tenía aún sesenta socios. De manera que el portal del número 23 de la calle Luchana, con una gran escalera que se veía desde la calle, ¡había sido el Centro Instructivo Republicano Radical Castellonense! En las listas de entidades que recibían subvenciones del Ayuntamiento de Barcelona a principios de los años veinte solo el Centro Aragonés de la calle Joaquín Costa y el Centro Democrático Radical Castellonense especifican la procedencia de sus socios. El partido de Lerroux debía confiar en sacar tajada del desarraigo de los castellanoparlantes del barrio de la Plata.

Cuando yo era chico este núcleo inicial se había disuelto, la gente había dejado de ser y sentirse valenciana. Los hijos, catalanes o castellanos, eran barceloneses. El sentido de pertenencia se había debilitado y ha sido mucho después cuando hemos ido reconstruyendo, con amigos y conocidos, una especie de red. Un compañero de clase de mi hermano se llamaba Vicenç Gallén: un día descubrimos que sus abuelos eran de Espadilla. Los abuelos del diseñador de Edicions de l’Eixample, Salvador Saura, resultó que eran de Argelita. Juanjo Caballero, que durante muchos años fue el editor del magazine de La Vanguardia, tenía familia en Fuentes de Ayódar. Un día tuve que realizar una consulta de los fondos de la antigua sala de conciertos Zeleste, en el Razzmatazz de la calle Almogàvers, y me atendió un chico que se apellidaba Agustina, como un primo de mi padre. Lo adiviné: de Argelita.

En la misma finca de la casa donde vivíamos, casi en la esquina de Wad-Ras y Luchana, se encontraba un bar muy típico: la gente lo llamaban indistintamente Bar Montins o Bar Victoriano. De pequeño mi madre me mandaba allí a comprar hielo para la primera nevera que tuvimos en casa, de la marca Pingüino. De más mayorcito era mi padre el que me enviaba a comprar tabaco, cigarrillos rubios que se vendían sueltos, o a tirar la quiniela en una oficina de las Apuestas Mutuas Deportivo Benéficas, con su famoso 1x2, en la entrada. Contaba las monedas y me las ponía en la palma de la mano: el dinero justo para dos o tres Lucky o Chesterfield sin filtro. Cuando empecé a preparar estas páginas quise informarme un poco sobre el Bar Victoriano. Al tipo que atendía en el mostrador todos lo llamaban Adróver. En el expediente que se conserva en el Arxiu Municipal Contemporani de Barcelona he descubierto que se llamaba Gabriel Adrover y que estaba casado con Francisca Montins, que en 1973 se hizo cargo del bar que su padre, Victoriano Montins, tenía desde antes de la guerra. Cuando lo depuraron, en 1939, era un hombre de cuarenta años y llevaba viviendo en la calle Wad-Ras desde hacía veintisiete. Quedé muy sorprendido al constatar que este Victoriano Montins Sanz había nacido en Zucaina, a 32 kilómetros de Toga por la carretera que va a Cortes de Arenoso y Mora de Rubielos.

En el colegio donde iba de pequeño, el Voramar de la calle Badajoz, esquina con la calle Enna –hoy Ramon Turró–, nunca se hablaba de los abuelos valencianos. Regresábamos a casa por la calle Enna, y nos parábamos a comprar chicles o helados de sobre en el colmado que tenían los padres de uno de nuestros compañeros de clase. Era un chaval retaco, muy peludo, con unas cejas muy negras, que le daban un aspecto silvestre. Era una característica de la familia: el padre, la madre y la hermana, todos tenían la misma constitución: retacos, peludos y silenciosos. La tienda era oscura y estaba a reventar de productos. El hombre vestía siempre con un guardapolvo azul. Mi hermano decía que se parecía al padre de Manolito, el tendero de Mafalda. Y se parecía realmente. Un día, en una clase, puede que de historia, nos preguntaron la procedencia de nuestros antepasados. El chico se llamaba Pedro Calpe Calpe y nos pareció muy cómico que hubiera nacido en un pueblo que se llamaba Los Calpes. Hasta hoy no he mirado donde queda: es un pueblo del término de la Puebla de Arenoso, en la cuenca del río Mijares. Nuestros abuelos eran vecinos.


Victoriano Montins y José Calpe, nacidos en Zucaina y en Los Calpes de Arenoso, vecinos en el Alto Mijares y en Pueblo Nuevo.

En el expediente del traspaso del establecimiento que he encontrado en el Arxiu Municipal Contemporani de Barcelona he descubierto que el padre de mi amigo se llamaba José Calpe Calpe. Aquella gente debía naufragar en un mar de relaciones consanguíneas. Se hizo cargo del colmado en 1960, después de que el antiguo inquilino, Jaime Genovés, hijo de valencianos de la Vall d’Uixó, se hubiera «ausentado de la ciudad ignorándose su paradero». El colmado existía desde 1939. En 1956 la familia Calpe todavía vivía en Los Calpes de Arenoso, porque en los papeles del traspaso aparece el número del Documento Nacional de Identidad expedido en el pueblo, en septiembre de 1956. Era eso, quizás, lo que nos parecía extraño en nuestro amigo: vivía en Barcelona desde hacía cuatro días. Las familias de los otros chavales valencianos del Voramar le llevábamos treinta años de ventaja.

De aquel mundo del Alto Mijares y su gente quedaba muy poco. Mi yaya todavía seguía una ruta: la alpargatería de Eladia, en la calle Taulat, una pollería de la calle Mariano Aguiló. Nos llenaba la cabeza con genealogías complicadas y no le hacíamos mucho caso. Para mi padre era un recuerdo lejano. En una esquina de la calle Pedro IV un cartel anunciaba el Bar Mijares. Cada vez que pasábamos por delante, decía: «Proceden de Castellón». Algo parecido sucedía con los Guillamón que hacían algo de provecho en la vida: un futbolista del Sevilla o uno que tenía un bar en Castellón de la Plana. «Se apellida como nosotros», subrayaba mi padre, como si quisiera demostrar que él también hubiera podido ser futbolista o tener un bar.

Contaba que lo mandaron a Toga en los años de la guerra. Siempre había pensado que era para evitar los bombardeos. En 1938 una bomba cayó muy cerca de casa y el bloque de pisos altos de Luchana, número 18, quedó tocado: todo el mundo la llamaba la casa de la bomba. Pero, entre los papeles que rescaté cuando mi padre murió y me tocó vaciar su piso, hay un ejemplar, muy ajado, de Juanito. Obra elemental de educación, escrita en italiano por L. A. Parravicini (1911). En la primera página lleva el sello de la Librería de 1ª y 2ª enseñanza Boix (en González Chermá, 64, Castellón). También he encontrado un «Cuaderno del niño Julián Guillamón». El cuaderno está editado por Eloisa Más, en Onda. Los trabajos escolares de mi padre llevan las fechas de diciembre de 1941 y enero de 1942. Iba al colegio en Toga: debió quedarse en el pueblo mucho más tiempo del que yo pensaba.

Allí vivió una experiencia que le trastornó, de la que no hablaba mucho: la muerte del tío Basilio. Le quedó una experiencia de la vida sencilla. Fue pastor y explicaba lo que sufrió cuando tuvieron que sacrificar una de las ovejas del rebaño que, a causa de una negligencia suya, se rompió una pata. Paladeaba los nombres de lugares del pueblo: el Azud, el Ejido, la Huertica, el Plano. Recordaba entrañablemente el Puente Colgante que cruzaba el río Mijares, antes de que construyeran la carretera asfaltada. Hablaba de pájaros y plantas que había conocido en el campo: «parece una buscareta», decía de una chica que se movía como un parajillo inquieto. Experimentaba una gran satisfacción al explicar los desayunos sencillos: «sube a la porchá y cógete un puñao de higas». Estas higas, para mi padre, eran las manzanas de oro.


Un macho que arrastra un trillo. Dibujo escolar de 1942.

Solo faltó que en la temporada 1943-1944, acababa de volver a Barcelona, el Valencia C. F. jugara la final de la Copa del Generalísimo contra el Athletic de Bilbao en el Estadio de Montjuïc. El partido se disputó el 25 de junio de 1944. En unas fotografías que he comprado en un anticuario, se ve a unos aficionados del Valencia C. F., con traje y corbata, y una banderola blanca, a­ni­­­­­mando a su equipo. Mi padre asis­­tió a aquel partido y se enamoró del Valencia C. F. Había decidido que sería valenciano.


Julián Guillamón en Toga.

El 18 de julio de 1936, cuando estalló la guerra, acababa de cumplir siete años. En 1942 iba al colegio en Toga. Debía pasar allí de los ocho o nueve años hasta los catorce. No creo que llegara a ir al colegio en Pueblo Nuevo, porque he encontrado una cartilla profesional de la CNS, del sindicato del metal, y lleva los sellos de enero-octubre de 1943. Mi padre era un chaval de trece años, calderero de 3ª del Grupo Transformación y Manufactura Férreas: pasó directamente del campo al taller.

También he encontrado un papel del Ayuntamiento de Barcelona. Negociado de Beneficencia. Trabajo de Menores.

«Permiso paterno:

Ante mí, Jefe del Negociado de Beneficencia del Ayuntamiento de Barcelona, comparece D. Julián Guillamón, domiciliado en la Calle Luchana 12, 1º 1ª y dice que, como padre que es de Julián Guillamón Puerto le concede permiso para efectuar Trabajos Industriales. De todo lo cual doy fe, y solo para los efectos del párrafo primero del art. 16 del Reglamento para la aplicación de la Ley de 13 de Marzo de 1900, lo hago constar a 19 de Octubre de 1943».

Eran unas normas de 1900 que todavía se aplicaban para proteger a los menores de los abusos de la Revolución Industrial.

«Artículo 16. Para que un menor de edad pueda ser admitido al trabajo tendrá que acreditar:

Permiso del padre, o en su defecto, de la madre, del tutor o del Director del establecimiento donde estuviese asilado, para dedicarse al trabajo».

Cuando pasábamos por delante de la Protección de Menores de la calle Enna o Wad-Ras, entre Álava y Pamplona, siempre decía horrorizado: «¡el asilo!» Con mi madre pasaba algo parecido cuando hablaba del Asilo Durán, de la calle Tuset, cerca de donde vivía con mis abuelos. Todos los niños de aquella época se veían como niños perdidos.

Para mi padre, Castellón fue siempre la pequeña patria que alternaba con su gran pasión: Valencia, con las fallas, las mascletás, el barrio del Carmen y el bar Barrachina. De mayor iba a las fiestas de la Magdalena, a principios de febrero, que abrían la temporada de los toros. Se instalaba en el pueblo, donde tenía la casita que mi yayo había construido poco antes de morir y subía y bajaba con alguien que le acompañaba en coche o con los autocares de Furió. A principios de los años setenta el C. D. Castellón jugó unas temporadas en la primera división de fútbol. En abril de 1973 fuimos con mis padres y mis tíos a ver el partido contra el F. C. Barcelona en el viejo Castalia. Conservo una película de super-8 de aquel día. Yo llevo un abrigo marrón hasta los pies y una bandera a rayas blancas y negras. Nos pasamos la mañana cantando «¡Pam, pam, orelluts!», el grito de guerra de los aficionados del Castellón, que nos hacía mucha gracia. El Castellón ganó al Barça 4-0. Aparecemos paseando por el paseo Ribalta, el típico parque de una ciudad provinciana, con parterres y glorietas, que para mi padre era como Schönbrunn. Cuando murió, una de las cosas que me emocionaron fue encontrar una serie de fotografías de la estación de Castellón que había sacado en uno de sus viajes, antes de que la derribaran para construir una nueva estación subterránea. Era el lugar a donde llegaba, desde Barcelona, cuando iba a las fiestas del pueblo, en agosto; o en febrero, a la Magdalena. Era su centro del mundo, como la estación de Perpiñán lo fue para Dalí. Pero si para Dalí era el lugar que le permitía dar el salto hacia París y Nueva York, para mi padre era la puerta de entrada a un espacio privado, introspectivo, un reducto ideal, donde había vivido la edad de la inocencia, antes de enfrentarse al taller y a las durezas de la vida.


La antiga estación de Castellón, desaparecida en 1998.

4
GANGS DE PUEBLO NUEVO

Los Quatre Cantons (las cuatro esquinas) son una travesía de la calle Pedro IV. La calle San Juan de Malta llega desde el barrio del Clot, cruza Pedro IV, y cambia de nombre al otro lado: Mariano Aguiló. Es la calle que marca el paso desde los antiguos territorios de San Martín de Provençals y el nuevo vecindario del Taulat, nacido de la industrialización y la colonización de marismas y fincas agrícolas. Es también el camino tradicional de unión entre el Clot y Pueblo Nuevo. La gente que vivía en el Clot y trabajaba en las fábricas de Pueblo Nuevo lo recorría a diario. Pero cuando yo era chico, los Quatre Cantons eran un cruce sin relieve. A la altura de la calle Luchana, donde estaba la cochera de los autobuses, la calle Pedro IV se desdoblaba. El ramal realmente importante era aquella hijuela bastarda, la calle Almogávares, que unía Pueblo Nuevo con el puente de Marina. La calle Mariano Aguiló había perdido también su relieve. La calle principal era el paseo del Triunfo, la Rambla del Pueblo Nuevo, que corría paralela. En la Rambla encontrabas el Colegio Asunción de Nuestra Señora, las monjas, las primeras casas altas con grandes vestíbulos de estilo moderno, las tiendas de juguetes: Novedades La Cigüeña, Deportes California y Almacenes Triunfo –con aquel papel de envolver blanco con unos círculos amarillos y negros que muchos niños asociábamos con la mañana de Reyes–, la Alianza Vieja y la Alianza Nueva. Los antiguos nombres de las calles habían quedado como una reliquia del pasado. Mariano Aguiló era el antiguo carrer de Sant Pere: mi yaya no la llamó nunca de otra forma. La calle Pedro IV era la carretera de Mataró o carretera de França. Era como si el plano se hubiera desplazado, como la imagen doble de las impresiones estereoscópicas: el carrer de Sant Pere y la Rambla, la carretera de Mataró y la calle Almogávares. Dos trazados, dos centralidades, dos imágenes en una sola, un pueblo y una ciudad.

En el Arxiu de Sant Martí he encontrado dos documentos que me han permitido revivir esa sensación de extrañeza (no saber exactamente donde estás ni cuál es la norma que se ha seguido en la construcción del lugar en el que te encuentras) que todo el mundo que ha vivido en Pueblo Nuevo ha sentido en uno u otro momento. En primer lugar, un expediente sobre la segregación del barrio del Taulat que, entre 1863 y 1864, se quiso independizar de San Martín de Provençals y crear un nuevo municipio. La decisión debió desconcertar a las autoridades, porque el 30 de noviembre de 1863, el gobernador civil de Barcelona solicita información al alcalde de San Martín sobre la distancia entre el barrio del Taulat y San Martín, y el número de vecinos y los medios de transporte entre estos dos núcleos urbanos, para comprobar si se trata de una demanda justificada. Diez días después, el 9 de diciembre, el alcalde de San Martín informa: San Martín y el Taulat están separados por 1300 metros. En el Taulat viven 815 vecinos. La vía de comunicación principal es una calle que va del barrio del Clot hasta la playa: la calle San Juan de Malta, que pasada la carretera de Mataró (Pedro IV) se transforma en el carrer de Sant Pere (Mariano Aguiló). Se abre un expediente de segregación y se elabora una lista nominal «de todos los vecinos del barrio del Taulat con expresión del número de almas de que cons­ta cada vecino y contribución directa que cada uno satisface por su riqueza». Es decir, con los impuestos, que debían jugar un papel fundamental en la decisión de segregarse. En el nuevo vecindario florecía la industria y los vecinos reclamaban un nuevo centro administrativo.


Los Quatre Cantons en 1910, cuando era la puerta de entrada a Pueblo Nuevo.

El 28 de abril de 1864, el alcalde de San Martín de Provençals, Pedro J. Vintró, se mostraba perplejo ante la decisión de los vecinos del Taulat de solicitar la independencia municipal, en un momento en que se estaba construyendo la Gran Barcelona:

«Los cuatro Barrios que constituyen este distrito municipal, tres de ellos en toda su totalidad, que lo son los de Clot, Sagrera y Taulat y mucha parte del cuarto, el de la Montaña, se hallan comprendidos dentro del perímetro de ensanche de la ciudad de Barcelona, en cuyo plano se hallan trazadas multitud de calles que no tan solo unen el barrio del Taulat con su matriz el del Clot, sino que quedan embebidos dentro de aquella ciudad. […] Ninguna población de las comprendidas dentro de la zona del ensanche de la ciudad de Barcelona ha tomado el rápido vuelo que la presente en materia de edificaciones con arreglo al plano aprobado para el expresado ensanche; y estas edificaciones que se han verificado y las que se hallan en proyecto muy luego han de unir los barrios del Clot y Taulat en una sola población por ser los dos de los cuatro existentes que situados en el llano reúnen las principales condiciones. ¿No sería una anomalía que dos barrios unidos ya hoy día del modo que dejo indicado y próximos a enlazarse por medio del referido plan de ensanche, se decretase la segregación, cuando a la simple vista del plano mencionado todos juntos han de formar una ciudad en ciernes orgullo de la Nación Española?».

Y ahora viene la cuestión central. Si el barrio del Taulat quiere segregarse, antes que nada hay que saber qué es. El alcalde Vintró le escribe al gobernador:

«Éste, al humilde concepto del que escribe, es el punto más delicado de este expediente, por cuanto no teniendo el barrio del Taulat límites jurisdiccionales ni naturales conocidos como son ríos, rieras, torrentes, caminos, etc. se hallan las fincas rústicas y urbanas enclavadas dentro de este distrito y solo fue calificado de tal para los efectos de la Estadística: por otra parte, habiéndose levantado el croquis del terreno por cuenta de los interesados en la segregación según orden de Vd. de 4 del mes último, habrán comprendido en él el terreno que menor les haya parecido, y hasta el punto donde habrán considerado más ventajoso a sus intereses».


La calle Almogávares, llegando a Marina, en 1978, fotografiada por Pepe Encinas.

Tenemos un barrio que quiere segregarse, pero del que no acaba de saberse dónde empieza ni dónde acaba. Tenemos un listado de vecinos de 1864, en el que no aparece ninguno de los apellidos valencianos que encontramos en los padrones de cuarenta años más tarde. Forman este listado los nativos de Pueblo Nuevo, los primeros colonos. Badia, Matons, Suñol, Rovira, Castelló, Sánchez, Montal: vecinos de la carretera de Mataró. Ribas, Pujol, Nualart, Caballé, Vidal, Vilagrasa, Surroca: vecinos de la calle de San Pedro. En la carretera de Mataró vivían 281 personas, en la calle de San Pedro, 243, muchas más que en la calle Mayor (la actual calle Taulat), que había surgido en paralelo a la vía del tren, donde había registradas 139 personas. En la Rambla (calle Triunfo) solo vivían 32 vecinos. Cuando se firmó este documento, no existía ninguna de las calles del barrio de la Plata –Wad-Ras, Enna, Granada y Badajoz–. ¿Qué debían pensar aquella gente del barrio del Taulat, cuando vieron llegar a aquella riada de gente de Castellón?

El otro documento tiene relación con una finca de la calle Luchana, muy cerca de donde se instalaron mis yayos y donde yo viví de chico. Muchos propietarios de terrenos de Pueblo Nuevo residían fuera del barrio. Eran propietarios de campos o fábricas, de los que se encargaban lugartenientes y directores, mientras ellos se encontraban en el Ensanche o en Sarriá. Es el caso de las hermanas Aurelia, María de la Concepción y Joaquina de Paz y de Canals, propietarias del terreno de detrás de nuestra casa. Vivían en la calle de Sarriá, 47, 4º 2ª. Entre 1878, cuando cursaron los documentos de la herencia de la madre, y 1888, cuando actualizaron la herencia, las alineaciones del plano habían cambiado. Entre la calle Luchana y la calle Llacuna se habían construido algunos edificios. La calle Luchana no existía como tal, pero ya se podía calcular la «prolongación de su eje». Y esta prolongación afectaba a la propiedad de las señoras de Paz y de Canals. En el plano se ven dibujados un huerto, un algibe, norias, la acequia de la llacuna, un camino de servidumbre. Encima, delineadas con lápiz rojo, las cuadrículas del Ensanche. Entre el plano de 1878 y el de 1888 ha desaparecido la «casa huerto», y han surgido nuevos espacios de «terreno edificable» y «terreno viable»: solares y calles.

Las hermanas de Paz y de Canals acompañaron la escritura de «rectificación de división de bienes» de la herencia de su madre con un plano y una certificación del Ayuntamiento.

«Para la debida y necesaria claridad se acompaña también adjunto el plano geométrico de fecha tres de agosto de mil ochocientos setenta y ocho, en el que, con sujeciones a estacas de replanteo de calles, algunos encajes de ejes de las mismas y señales valladas de una pared, hecho todo por topógrafos del Gobierno Civil con relación al plano del Ensanche y también por el arquitecto municipal o sus dependientes, se señalaron las calles que afectaban al terreno y como en primero de mayo de mil ochocientos ochenta y ocho fue necesario alterar las bases de la división, por lo cual como base fue previo formular un nuevo plano tomando las alineaciones de las calles de las edificaciones ya en parte allí existentes».

Qué imagen tan potente: las calles del Ensanche marcadas en el suelo con estacas, señales valladas y paredes, en medio de una antigua finca rural, regada per acequias y canalizaciones de la laguna. A su alrededor, las casas que habían empezado a construirse antes de que se dibujaran las calles. La certificación, del 5 de marzo de 1897, se acompaña de un formulario estándar.

«EL AYUNTAMIENTO CONSTITUCIONAL DE SAN MARTÍN DE PROVENÇALS

Primera. La fachada del edificio seguirá la línea y rasante fijadas en los proyectos de alineación aprobados o que en los sucesivo se aprobaren, a cuyo efecto serán aprobados por el Ayuntamiento del Municipio.

Segunda. Si la construcción o edificio ha de emplazarse en el ensanche de la población, vendrá a cargo del propietario el replanteo de la parte de manzana que le corresponda, al cual será también comprobado por el Arquitecto Municipal y quedará además obligado a cumplir la Ley de 22 de diciembre de 1876 y demás disposiciones vigentes.

Tercera. Deberá verificar la explanación del trozo de vía correspondiente al edificio que pretende construir hasta la mitad del ancho de la calle y observar las ordenanzas municipales de Barcelona referentes a obras de nueva construcción ínterin no las tenga propias este Municipio».

Se habían acabado los caminos de carro, los pasajes, los cobertizos que bordeaban los caminos, los campos: a partir de ahora todo debería mantenerse en el interior de la cuadrícula.


El número 1 de 4 cantons, de 30 de junio de 1963.

Pero, a pesar de esta idea unificadora, el barrio siguió con sus leyes. Una línea de autobús, la Catalana, cubrió el trayecto entre el Clot y Pueblo Nuevo hasta 1980, como si los dos vecindarios continuaran unidos por el cordón umbilical de la calle San Juan de Malta. En su recorrido por el dédalo de calles estrechas, la Catalana ignoraba la A-19 que conectaba con la autopista del Maresme y que, fea y pretenciosa, había substituido la antigua carretera de Mataró. Las calles del Ensanche no unieron Pueblo Nuevo con Barcelona, separados por la A-19 y por la vía del tren. En lo que más tarde sería la avenida Diagonal se construyeron algunos edificios aislados, de acuerdo con «la prolongación de su eje» (que recortaba las esquinas en ángulo agudo, sin que se pudiera entender muy bien cual era el sentido de aquella extraña alineación). Hasta los años noventa solo había unos pocos tramos de la Diagonal construidos, separados por fábricas, descampados y el campo de fútbol del All i Oli, en el cruce de la calle Llacuna.


El autobús la Catalana, que hasta 1980 cubría la línea Clot-Poblenou.

En 1963, desde la parroquia de Santa Maria del Taulat se puso en marcha una revista. La titularon 4 cantons, para recordar aquel cruce que había sido el centro del barrio. Proponía rutas (los toneleros, la playa de la Marbella, la fábrica de galletas Solsona). Sus jóvenes reporteros entrevistaban a vecinos singulares: Francisco Martín El Chaparrero, torero (otro matador fue Sebastián Rengel: ninguno de los dos triunfó en los ruedos). Explicaban que las industrias del barrio Montroy Masana, Frigo y Trinaranjus tenían estands en la Feria de Muestras; que Pueblo Nuevo era el último reducto de los tranvías de vía estrecha o que un vecino aventurero, José Fiusa, sobrevivió a un naufragio en el océano Índico. Si enviaban a un colaborador al barrio de la Plata o a los Quatre Cantons, enumeraba las tiendas, como si estuvieran desde siempre y tuvieran que permanecer allí para siempre.

«Los cuatro establecimientos que, realmente, forman los 4 cantons son los siguientes: el popular comercio de vinos y licores conocido familarmente por Ca’n Guixer; el garaje de la compañía de Autobuses San Martín (las populares Catalanas); una sucursal de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Barcelona y otra sucursal del Banco de Bilbao. También se identifican con el lugar la Pastelería Rodríguez, el pequeño establecimiento destinado a la venta de helados, la sastrería La Africana, la parada de taxis y algunos otros».

Y a continuación entrevistaban, como si de una personalidad se tratara, al propietario de can Guixer.

La colección de 4 cantons se puede leer de muchas maneras. Como un punto de partida de los movimientos vecinales; como un foco de resistencia al plan de la Ribera y a las actuaciones urbanísticas que han acabado por destruir el barrio; como el núcleo desde el cual, en diferentes etapas, surgieron periodistas de la Transición como Rafael Pradas o Josep M. Huertas Claveria. Me he apuntado el titular de un reportaje de 1963: «En los límites de nuestro barrio, el zoo barcelonés es uno de los mejores de Europa». Qué bestia. Menudo esfuerzo para evitar ser digeridos por la nada, dibujar un territorio, definir una identidad. Crear un mapa mental que contrastaba con el Pueblo Nuevo que conocías, tan inconcreto y fragmentario. En todos estos años Pueblo Nuevo no ha cambiado mucho. Pequeños núcleos de casas antiguas en medio de un páramo formado por descampados y fábricas, más tarde por talleres y agencias de transportes, hoy por hoteles y promociones inmobiliarias.


Pesetas de Pueblo Nuevo (1978): se emitieron para paliar la falta de moneda fraccionaria a causa de la automatización del cobro de los autobuses.

En 1977 sobrevino en Barcelona una gran escasez de moneda fraccionaria. Transportes de Barcelona instaló en algunas líneas de autobuses máquinas de cobro automático de la marca Azkoyen. En la línea 36, que comunicaba Pueblo Nuevo con la Barceloneta, por la avenida Icaria, desaparecieron las unidades con cobrador, que tenían entrada por la parte trasera, con una plataforma. En lugar del cobrador encontrabas una máquina, pintada de amarillo, con una ranura para introducir las monedas. Estas máquinas no daban cambio, y como el precio del billete era de nueve pesetas, cada vez que subías al autobús necesitabas un duro y cuatro pesetas: en pocas semanas, las monedas de peseta desaparecieron de la circulación. El mercado de Pueblo Nuevo emitió unas pesetas de latón, en diferentes modelos, que llevaban dibujadas verduras, dos pescados, un bacalao… Mi madre regresaba de la plaza con estas pesetas sin valor real, pero que nos despertaban una ilusión inexplicable. En alguna cajita, en el piso de la calle Luchana, se debieron quedar. Las he buscado cuarenta años después, y he localizado una colección en una tienda de antigüedades. He descubierto que el mercado de San Andrés también tuvo sus pesetas, de diferentes modelos (con un queso, unos rábanos y un bote de conserva). En el lenguaje de la numismática, este dinero sin valor legal se conoce como monedas de necesidad.

Monedas de Pueblo Nuevo: las guardaríamos. Con suerte nos ayudaban a echar raíces. Años después las podríamos mostrar como se enseñan los cupones de racionamiento y los billetes de la guerra: como un mundo que existió y que tal vez existe aún en secreto, enterrado bajo una agobiante mediocridad.


5
EL PASAJE FERRER VIDAL

En las últimas décadas del siglo xx las diferencias sociales se redujeron como nunca antes en la historia. El acceso a la educación, el deporte, la sociedad de consumo, pusieron en contacto a personas de diferentes orígenes sociales y fueron formas efectivas de nivelación, aunque las diferencias no han dejado nunca de existir. Nos parece natural dejar de pertenecer al mundo de nuestros abuelos y de nuestros padres y, a partir de un determinado momento, vivir la vida como si hubiéramos sido siempre ricos y hubiera habido siempre de todo. Hasta hace poco, para nuestros hijos esta era la única realidad posible. Cuando estalló la guerra, mi madre tenía dos años y mi tío seis. Para evitar los bombardeos, mi abuelo, que era de Viladrau, los mandó al pueblo de sus padres. Cuando en 1975 se publicó el dietario del poeta Marià Manent El vel de Maia (El velo de Maya), que explica los tres años que pasó en Viladrau durante la guerra civil, mi madre, que no acostumbraba a comprar libros más allá de los del Círculo de Lectores, lo leyó enseguida. Se emocionó porque Manent hablaba de su padrina, que murió de parto en Nochebuena de 1937:

«Vaig veure l’Assumpció de can Garrofó, una pobra dona veïna que està morint-se. Pàl·lida, anguniosa al llit rústic, voltada de dones amatents. El seu marit beu vi i diu coses terribles».

«Vi a Asunción de can Garrofó, una pobre vecina que se está muriendo. Pálida, angustiosa en la cama rústica, rodeada de mujeres diligentes. Su marido toma vino y dice cosas terribles».

Era un hilo finísimo, que conectaba a mi madre con un mundo que estaba justo al lado, pero con el que no llegó a tener ningún contacto efectivo. La familia de mi abuelo se dedicaba a fabricar zuecos. Conservo una fotografía antigua que parece tomada en el Far West: debe ser 1913 o 1914, porque mi abuelo Quimet iba con el siglo y en esta fotografía parece tener trece o catorce años: es el chico de la corbata de lazo. Uno de los hermanos, Carlos Mota, que en la fotografía luce un bigotito de señor, vino a Barcelona: trabajaba de representante, las cosas le iban bien y mandó llamar a su hermano menor. Pocos años después de todos aquellos hermanos y hermanas que aparecen en la fotografía solo uno, el tío Mariano, que era un bebé, vivía en Viladrau. Eran gente sencilla. Mi madre contaba que mi abuelo iba a Sant Hilari, a pie, a buscar agua de la Font Picant (la fuente picante) para llevarla a los veraneantes de Barcelona. Después entró a trabajar en el Hotel Bofill y de allí pasó a vivir en San Andrés, con su hermano Carlos, y a trabajar como camarero en el Gran Café Barcelona de la plaza Universidad.

Per influencia de lecturas y de películas, me sentía más cercano a los señores que veraneaban en el Hotel Bofill que a fabricantes de zuecos, aguaderos o camareros. Yo también quería levantarme en la casa de Rosquelles y sentir el sol tibio, oír el canto de las cogujadas que llegaba del bosque, el sonido de los abetos del parque agitándose como una hierba: todo aquello tan bonito que escribía Manent. Hacia 1997 o 1998 pasé una temporada obsesionado por ese desajuste. Acababa de tener un hijo. Hacía años que estaba encallado con una novela en la que intentaba contar mi relación con el barrio y con mis padres. Me gustaban mucho las películas de Buster Keaton, leí un par de biografías y pensé en escribir un libro sobre él. Nació en una familia de comediantes y de muy pequeño ya actuaba en el espectáculo familiar. El padre –Joe Keaton, que aparece como secundario en algunas de sus películas– lo trataba a porrazos. Aparecía anunciado como the human mop: la bayeta humana. Pero en los largometrajes que protagonizó años después interpretaba a un millonario que no había pegado golpe en su vida, un tipo incapaz e inútil. Me obsesionaba la idea de descubrir un momento de la filmación en el que la ficción dejara de ser ficción y llegara a ver en la escena lo que sucedía realmente: un hombre sentado en una silla, en el centro de una pequeña habitación, mientras filman una película. Keaton nació en un pueblecito de Kansas, en 1895: era cinco años más joven que mi abuelo.


La familia Mota Recasens en Viladrau hacia 1914.

A finales de los años ochenta, el almacén de la esquina de la calle Wad-Ras con la calle Luchana, junto a donde vivíamos, quedó abandonado. El mecánico de abajo, Antonio Mestres, me advirtió del peligro de que pudieran entrar ladrones: la esquina entera estaba en un estado deplorable, las puertas reventadas con muchas paredes y tabiques caídos. Se podía circular fácilmente de una casa a otra. Era agosto y había muy poca gente en el vecindario. Estábamos solos en la finca: los vecinos del rellano, Vicente Rossich y Trini, se habían trasladado a vivir permanentemente en el chalet de veraneo. Los ladrones tenían mil maneras de entrar en casa, si querían. Era una situación de un extraño desasosiego, que se repitió otras veces en aquellos años. Mi madre y mi hermano estaban fuera, trabajando en el hostal de Arbúcies, mi padre no sé por dónde paraba. Pasé un par de noches sin apenas dormir, vigilando la calle. Una de esas noches, mientras leía en el balcón, vi pasar al escritor Joan Rendé, haciendo marcha atlética, con los bigotes retorcidos, parecía un barón de Coubertin. De esta manera descubrí que Rendé era vecino del barrio y que su familia tenía una casa de propiedad en la calle Llacuna.

Hemos quedado en el bar del Casino de la Alianza para hablar de mis investigaciones sobre Pueblo Nuevo. Me explica que sus abuelos, Matons y Masdeu, eran traperos y transportistas del barrio del Taulat. Compraban hierros: los aros de las botas, que enderezaban a mano para hacer flejes. También acarreaban carbón desde el puerto a las fundiciones, con grandes espuertas, que cargaban en unas carretas de ruedas robustísimas. En poco tiempo fueron propietarios de unas casas en la calle Mayor del Taulat y en la calle Odón Pinós, uno de los núcleos más antiguos de Pueblo Nuevo: muy sencillas, con unos pisos pequeños y unos bajos que tenían un huerto en la parte de atrás. En una de estas casas, hacia finales del siglo xix se instaló Joaquín Monzó Vidal, soplador de vidrio, valenciano de Benigánim, en el valle de Albaida: el abuelo del escritor Quim Monzó. Por eso uno de los cuentos del primer libro de Monzó, Uf, va dir ell (1978), está dedicado: «Al nét del Matons, del nét del tio Ximo» («Al nieto del Matons, del nieto del tío Chimo»). En aquella época Rendé y Monzó tenían mucho trato.


Joaquim Mota, camarero en el aeropuerto. Buster Keaton y Ruth Drwyer, millonarios, en Seven Chances (1925).

La abuela de Rendé nació en 1886. Contaba que para ir a la vieja Alianza, en el cruce de la calle Wad-Ras con el paseo del Triunfo, ponían unas tablas y que las chicas pasaban por encima con las faldas arremangadas. En invierno el barrio era un barrizal. Cuando iban hacia el mar decían que iban para arriba, porque la laguna quedaba a un nivel más bajo que el litoral: la Rambla subía. Rendé ha cambiado un poco de look. Ya no parece Coubertin. Ahora recuerda a un coronel del ejército británico, con la cara fibrada, el cogote rasurado, el pelo cortísimo: sigue practicando mucho deporte y monta a caballo. La familia amplió el negocio y en 1918 construyó la casa de la calle Llacuna, entre Llull y Pujadas, la primera que se levantó en aquella manzana. En uno de los bajos estaba el almacén y en el otro la cuadra con los caballos. La pasión por los caballos le viene de ahí.

Uno de los carreteros del abuelo era el tenor Miguel Fleta, uno de aquellos cantantes líricos que en Barcelona salían de la clase trabajadora, como Manolo Utor, conocido como el musclaire (el mejillonero), un personaje pintoresco que fue muy popular en los años treinta. A otro carretero lo llamaban el Valencia. Era muy trabajador, muy formal, pero cuando acababa la semana, el sábado al mediodía, se emborrachaba hasta el lunes por la mañana. Una noche sus abuelos regresaban de la plaza Palacio con un charrete que tenían. Ven una sombra que se mueve en un socavón. El abuelo saca el revólver. «¿El revólver?», le pregunto. «¡Claro! ¡La gente llevaba revólver!». Entonces descubre al Valencia, bebido, doblado en el socavón, que le dice: «todo gira, todo gira y esperaba que pasara la cuadra para meterme dentro».

Rendé recuerda los antiguos apellidos de Pueblo Nuevo, amigos de casa: los Andreu y los Tamareu, que eran curtidores; los Alcover, que fabricaban maquinaria; los Saladrigas y los Benguerel, del ramo del agua (industrias auxiliares del textil). Y sobre todo los Illa, que eran parientes de sus abuelos, y que montaron una fábrica de tintes y aprestos que ganó mucho dinero. Tenían dos palcos contiguos en el Liceo, donde daban enormes fiestas. En la nueva fábrica que construyeron en los límites del barrio, en la calle Bolivia, trabajaban unas dos mil personas. Vivían en la calle Mallorca y gastaban etiqueta a todo trapo. Rendé asistió una vez a una boda con un chaqué que fue de los Illa. Me cuenta que Teodora Illa había trabajado como criada. La tía Rosa cogió por banda a su hijo Vicenç, que la había dejado embarazada: «¡O te casas con ella o te echo de casa!». Concluye Rendé: «Se habían hecho a sí mismos. En los pueblos confeccionaban ropa con unos telares dotados de lanzadora manual. Y cuando llegaron a Barcelona instalaron fábricas con telares mecánicos. Muchos de ellos pasaron del terruño a ser señores, por eso eran tan excesivos».

Al día siguiente he quedado en el bar Bauma de la Diagonal con Santi Ferrer-Vidal. Lo conozco desde hace quince años, cuando los dos jugábamos a fútbol. Estudió arquitectura y es interiorista, ha sido profesor de la escuela de diseño Eina y por esta razón hemos ido coincidiendo aquí y allá. Una de estas mañanas en las que he salido a pasear y a sacar fotos del barrio, junto a la farmacia de las hermanas Clemente –nuestra farmacia–, en la esquina donde iba a dar clases de repaso particulares a un chaval que se llamaba Carles Prats –Luchana, entre Llull y Pujadas–, me fijé en el nombre del pasaje: Ferrer Vidal. Pensé que podría ser un antepasado de mi amigo: efectivamente lo era. El pasaje Ferrer Vidal cruza la manzana entre Luchana y Llacuna y desemboca frente a la casa de Joan Rendé. En el mismo lugar del pasaje, hacia 1860, se levantaba una de las fábricas más importantes de Pueblo Nuevo: José Ferrer y Compañía, que llegó a tener novecientos trabajadores. Los Ferrer eran de Vilanova, isabelinos, defendieron la ciudad durante la segunda guerra carlista. El padre era tonelero y se ganaba bien la vida. Quiso enviar al hijo a Burdeos a estudiar, pero en el último momento Sebastián Gumá le pidió que dirigiera su fábrica de tejidos. Tomó el control de la industria, la modernizó y le cambió el nombre. Es la famosa Fábrica del Mar, de la Rambla de Vilanova. Se casó con Conchita Soler, hija de una familia de indianos, y abrió una segunda fábrica en Pueblo Nuevo, en el solar que ahora cruza el pasaje que lleva su nombre.

En mi época de estudiante universitario salía de casa para ir a buscar el metro en la estación de Llacuna, pasaba por delante de los talleres de La Vanguardia, propiedad de la familia Godó, junto a la harinera La Asunción de Juan Viaplana, que en la entrada lucía una J y una V de hierro con el coup de fouet característico del modernismo. A principios de los años ochenta, la fábrica estaba cuarteada en talleres y agencias de transporte. Si seguía por el pasaje Masoliver –me gustaba pasar por allí porque conservaba la calzada de adoquines–, pasaba frente a la antigua fábrica de la familia Illa. Para completar este panorama de grandes factorías solo faltaba aquella fábrica desaparecida.

Los Ferrer Vidal vivían en el paseo de Gracia, en la esquina donde hoy se levanta la Pedrera de Gaudí. Más tarde se trasladaron a un bloque de al lado. Luego, mandaron construir al arquitecto Eduardo Ferrés y Puig una casa que recuerda la secesión vienesa en el número 114 de paseo de Gracia. Originariamente tenía una tribuna con una gran vidriera que Oriol Bohigas elogió en su clásico libro sobre la arquitectura modernista. El hijo de José Ferrer, José Ferrer-Vidal, fue un gran coleccionista de arte y reunió un gabinete de curiosidades. Se casó con Josefina, hermana del industrial Eusebio Güell, y obtuvo un título pontificio: marqués de Ferrer-Vidal. Ni José Ferrer-Vidal ni sus hermanos Luis y Juan quisieron seguir en el negocio textil. Vendieron la fábrica de Pueblo Nuevo y, junto con otros socios, crearon los cementos Asland. El abuelo de mi amigo, Luis Ferrer-Vidal, fue uno de los fundadores de la Caja de Pensiones para la Vejez y de Ahorros. Con el padre de Santi empezó la decadencia. Lo expulsaron de todos los colegios. Estudió para capitán de la marina mercante, pero no se embarcó en la vida. Su madre lo obligó a entrar en Cubiertas y Tejados, que era propiedad de la familia, pero no encajó en la empresa. Finalmente abrió un taller metalúrgico en Cornellá. Le pregunto a Santi cómo se llamaba el taller: Ferreco, de Ferrer y Cortella. Mi padre cambiaba continuamente de trabajo, sería muy fuerte que hubiera trabajado en Ferreco. Santi ha conservado un óleo que representa a su bisabuelo, José Ferrer-Vidal, con la Gran Cruz de Isabel la Católica colgada en el pecho, y lo tiene en el recibidor del piso.


José Ferrer-Vidal, propietario de una fábrica en la calle Luchana.

Después de hablar con mis amigos me encuentro nuevamente en el Arxiu Històric de Sant Martí de Provençals. He buscado los nombres de todos los propietarios del expediente de segregación de 1864. Encuentro a un Augusto Matons, que quizás era hermano de aquel Juan Matons que tenía la casa en la calle Odón Pinós, el abuelo de Joan Rendé. Entre los propietarios no residentes he localizado algunos de los grandes nombres de la industria catalana: Juan Arañó, Ramón Bonaplata, Manuel Girona, Jerónimo Juncadella… También he encontrado un documento del 16 de abril de 1877. José Ferrer y Vidal, «fabricante de Hilados, Tejidos y estampados», pide ampliar la fábrica. El arquitecto municipal, Pedro Falqués Urpí, reclama «un plano de emplazamiento que indique la situación del solar de la obra respecto a las vías públicas contiguas». Entonces presentan un plano en el que no hay nada dibujado. Las calles Luchana, Llacuna, Llull y Pujades aún no existían: sólo se ve la curva que dibuja la acequia La Llacuna y los límites de propiedad de dos grandes familias de Barcelona: los Grau y los Villavecchia.

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