Читать книгу: «3 pasos contra el sedentarismo»

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JUANJE OJEDA

3 PASOS

CONTRA EL

SEDENTARISMO

Prólogo de Marcos Vázquez,

de FITNESS REVOLUCIONARIO


NOTA IMPORTANTE:

La intención de este libro es facilitar información y presentar alternativas, hoy disponibles, que ayuden al lector a valorar y decidir responsablemente sobre su propia salud, y, en caso de enfermedad, a establecer un diálogo con su médico o especialista. Este libro no pretende, en ningún caso, ser un sustituto de la consulta médica personal. Aunque se considera que los consejos e informaciones son exactos y ciertos en el momento de su publicación, ni los autores ni el editor pueden aceptar ninguna responsabilidad legal por cualquier error u omisión que se haya podido producir.

© del texto: Juan Jesús Ojeda Croissier, 2020.

© del prólogo: Marcos Vázquez, 2020.

© de las ilustraciones: Francisco Javier Guarga Aragón, 2020.

© de esta edición: RBA Libros, S.A. 2020.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

rbalibros.com

Revisión médica a cargo del Dr. Jordi Sagrera.

Primera edición: abril de 2020.

REF.: ODBO714

ISBN: 978-84-9187-646-5

COMPOSICIÓN DIGITAL • GRAFIME, S.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

Dedico este libro a mis padres, de los que aprendí que es más importante tratar de ser una buena persona y ser feliz con lo que haces que buscar el dinero o la fama.

A mi hermana, que ha sido mi mejor amiga toda mi vida, mi modelo de persona fuerte y valiente. También ha sido siempre la fan más incondicional en todas mis locas aventuras.

Y a Maui, cuyo apoyo y comprensión han sido claves para dar a luz esta obra.

CONTENIDO

1  Prólogo

2  Introducción

3  DE NÓMADAS A SEDENTARIOS Entorno sedentario La salud: un problema complejo Sistema cardiovascular Movimiento como nutrición ¿Se puede realmente dejar de ser una persona sedentaria?

4  PROBLEMAS COMUNES: LIMITACIONES DE LA MOVILIDAD, EL DOLOR Y EL ESTRÉS Sistema nervioso Sistema vestibular Movilidad Dolor Estrés

5  3 PASOS PARA SALIR DEL SEDENTARISMO Caminar más Sentarse más en el suelo Colgarse más de las manos Paso extra: respiración ¿Y ahora qué? Siguientes pasos

6  Conclusiones

7  Referencias

8  Agradecimientos

PRÓLOGO

Hay muchos libros sobre entrenamiento y fitness en el mercado, pero hay pocos sobre algo más importante: el movimiento. El ejercicio es opcional, pero el movimiento es esencial.

Nuestros antepasados no hacían ejercicio, pero el entorno los obligaba a moverse durante toda su vida. El mundo moderno ha eliminado tal obligación, y el resultado es una sociedad sedentaria. Nos pasamos gran parte del día sentados, mirando una pantalla, y cada vez usamos menos las piernas para desplazarnos de un lugar a otro. Los coches, los ascensores y las escaleras mecánicas nos hacen el trabajo. En consecuencia, nuestra anatomía se atrofia y nuestra salud se deteriora.

Hay mucha gente consciente del problema, especialmente cuando empiezan a sufrir las consecuencias: fatiga, dolor, sobrepeso. Finalmente, algunos deciden cambiar, pero no saben por dónde empezar. Asumen que deben apuntarse a un gimnasio o hacer entrenamientos complicados. Sienten que ni tienen el tiempo ni pueden adquirir el conocimiento, o creen que, sencillamente, es demasiado tarde. En cualquier caso, se equivocan, y este libro explica por qué.

Juanje Ojeda lleva años ayudando a cientos de personas a salir del sedentarismo. Para ello combina información teórica rigurosa con aplicaciones prácticas sencillas, sumando además su propia experiencia a la hora de lidiar con los efectos de su pasada vida sedentaria. Su estrategia se basa en recuperar una funcionalidad básica, sin grandes inversiones de tiempo ni técnicas complejas. Las cosas más sencillas son a veces las más efectivas.

En la primera parte de este libro, entenderás la verdadera magnitud del problema al que nos enfrentamos y por qué el movimiento es la única solución. En la segunda parte, Juanje pasa de la teoría a la práctica en tres sencillos pasos. Pequeños cambios, como caminar más, colgarse de las manos y pasar más tiempo en el suelo, pueden tener un gran impacto.

Este libro es una guía básica para las personas sedentarias, pero también para atletas avanzados. La práctica deportiva suele generar una especialización excesiva, cosa que causa descompensaciones que limitan el rendimiento y elevan el riesgo de lesión. Sea cual sea tu situación, las siguientes páginas te ayudarán a moverte mejor.

Tienes en tus manos la mejor guía para acompañarte en este proceso. Pasa la página y da el primer paso.

MARCOS VÁZQUEZ,

Creador del fitness revolucionario www.fitnessrevolucionario.com

INTRODUCCIÓN

Si te han recomendado este libro, te lo han regalado o lo has encontrado en alguna librería, probablemente te preguntes: ¿quién es este Juanje Ojeda y por qué debería hacerle caso?

Así pues, lo mejor será que te cuente un poco mi historia. No porque sea especial, sino para que me conozcas un poco más y entiendas cómo he llegado a lo que te contaré en las páginas que siguen.

Seguramente, muchas experiencias que he vivido serán similares a las tuyas, especialmente en la edad adulta. Es algo que ha ayudado mucho con mis clientes. Me resulta fácil ponerme en su lugar porque he llevado una vida similar durante muchos años.

Ahora mismo soy entrenador personal. Esa es la forma más fácil que tengo de describirlo, pero la realidad es que me dedico a ayudar a personas que sufren dolores crónicos, lesiones que no se curan o que, simplemente, están tan metidas en su día a día sedentario que no saben cómo salir de ahí.

Sin embargo, como veremos más adelante, se puede ser deportista y sedentario, así que no solo ayudo a personas que no se mueven, sino que también me ocupo de gente muy activa.

Gran parte de mi trabajo con estos clientes es de educación (o reeducación) física. No me interesa proponerles solo unos ejercicios o un plan de entrenamiento. Lo que quiero es que entiendan cómo funciona su cuerpo, de dónde vienen los problemas que tienen y proporcionarles herramientas para que sean personas autónomas. El objetivo es que no dependan de mí ni de nadie para tener un cuerpo sano y funcional.

Y el objetivo de este libro es condensar esos conocimientos y esas herramientas que comparto con mis clientes, para que puedas controlar mejor tu salud.

Sé que mucha gente quiere una pastilla, un aparato o un método mágico que le quite sus problemas, pero eso no es posible. El cuerpo humano es muy complejo y las soluciones mágicas no funcionan. Por desgracia, eso es algo que tardé en comprender.

Fui el típico niño curioso que quería saber el porqué y el cómo de todo. No aceptaba un «porque sí» como respuesta. Era algo que detestaba y que hacía que me surgieran aún más preguntas.

Esa actitud tuvo sus cosas buenas y sus cosas malas. Hizo que desarrollara un espíritu bastante crítico, pero también terminé siendo «el que siempre tiene que llevar la contraria», y en según qué entornos (académico o laboral) no siempre se recibe bien la crítica.

¿Y por qué te suelto este rollo? Pues porque esta actitud crítica y ese cuestionarme el «es que siempre se ha hecho así» fue lo que me ayudó a darle un giro a mi vida, replantearme lo que creía que sabía y recuperar mi salud.

Sin embargo, volvamos a cuando era niño. Una de las cosas por las que más curiosidad sentía era el cuerpo humano. Me parecía fascinante y quería saber todo lo posible al respecto. En aquella época no tenía acceso a Internet (ni sabía lo que era), así que mis fuentes de información eran los veinte tomos de la enciclopedia Larousse de mis padres y los libros que caían en mis manos. Aparte de la maravillosa serie de dibujos animados Érase una vez la vida.

A pesar de que era un niño muy tranquilo al que no le gustaba moverse más de lo necesario, practiqué bastantes deportes en el colegio, y más adelante hice otros por mi cuenta. Y me empezó a interesar cómo entrenar.

En esta época ocurrieron dos sucesos que influirían mucho en mi vida. Por una parte, me entró mi primer ataque de ciática. Sufrí dolores en la zona lumbar que me hicieron dejar temporalmente algún deporte y pasé momentos en los que aquel dolor me recorría la pierna hacia el talón, como un rayo, cosa que hacía que casi me cayera mientras jugaba al baloncesto en el recreo. Esto sucedió en mi último año en el colegio, con trece años.

Esa fue la primera vez, pero ni mucho menos la última.

Ese mismo año, a final de curso, me rompí el húmero del brazo izquierdo. Al ser el hueso que va desde el hombro hasta el codo, la manera de inmovilizarlo fue fijarlo al tronco. Así que estuve tres meses con el brazo inmovilizado y pegado al cuerpo. Inicialmente, un mes y medio; pero unos problemas con el vendaje hicieron que no soldara bien y tuve que estar mes y medio más, lo que limitó mucho mi movimiento en general. Básicamente fueron tres meses sin mover el hombro.

Siendo un niño de trece años acostumbrado a practicar mucho deporte, fue una experiencia bastante frustrante y que me hizo subir de peso.

Cuando me quitaron la escayola, mi brazo estaba totalmente atrofiado, no era capaz de subirlo a la horizontal. Se caía cuando llegaba a esa altura. Pero no me mandaron rehabilitación… así que tuve que hacerla por mi cuenta. La primera de muchas.

Antes de eso no me había fracturado nada, pero a partir de ese momento me rompí y me lesioné muchas cosas. Eso aumentó mi interés por el cuerpo humano, la curación, la rehabilitación y el entrenamiento. Con cada lesión, aprendía sobre ella, sobre la parte del cuerpo correspondiente y alguna cosa más. Empecé a buscar libros de anatomía, masajes, vendajes funcionales, entrenamiento y todo lo que parecía que podía aportarme información.

Empecé a escalar, así que busqué toda la (poca) información que había sobre entrenamiento específico para la escalada. Diseñé mis entrenamientos y mejoré en muchos aspectos, pero, aun así, me lesionaba con mucha frecuencia. A pesar de «hacerlo todo bien» (calentar, estirar, trabajar la fuerza, cuidar la técnica, etc.), no paraba de lesionarme. Finalmente, el médico me sugirió que tal vez ese deporte no era para mí y que sería mejor buscar otro.

Durante esta época tuve bastantes tendinitis y capsulitis en los dedos de ambas manos, una luxación del hombro derecho con rotura parcial de la cabeza larga del bíceps y tendinitis en el manguito rotador, rotura en el músculo flexor común de los dedos de la mano izquierda, y también padecí alguna que otra lesión menor.

Cuando te apasiona mucho una actividad y cada poco tiempo tienes que dejar de hacerla por culpa de una lesión, resulta algo muy frustrante y desmoralizante.

Para entonces había entrado en la universidad. Inicialmente quise estudiar Fisioterapia, pero no me llegaba la nota, así que me centré en la otra carrera que me gustaba: Ciencias de la Actividad Física y del Deporte. Una licenciatura muy bonita en la que aprendí muchísimas cosas por las que siempre me había preguntado.

Curiosamente, sufrí muchas lesiones durante la carrera. Algunas tuvieron que ver con la escalada, pero otras con las prácticas. No era raro ver a estudiantes con escayolas o muletas en clase. No es que fuera una carrera peligrosa, ni nada parecido, pero supongo que nos exponíamos a más accidentes que alguien que estudia Ingeniería o Derecho.

Debido a todas esas lesiones y a otras razones personales, decidí dejar la carrera y pasarme a Ingeniería Informática. Después de cuatro años en Ciencias de la Actividad Física, y a poco de terminar, parecía que no tenía sentido no licenciarme, pero realmente necesitaba un cambio, e Informática me tentaba desde hacía tiempo.

Aquí fue donde mi vida pasó de ser muy activa y variada a ser extremadamente sedentaria.

Por un lado, pasé de no estar mucho tiempo sentado y de practicar muchas actividades físicas diferentes a estar casi todo el día sentado delante de un ordenador. Además, se agravó mucho una de las lesiones que tuve durante mis anteriores estudios, la de rodilla. Una dolencia que me acompañó durante unos quince años (desde los veintidós años hasta los treinta y siete) y me impedía correr, bajar escaleras y aguantar mucho rato caminando. Tampoco me permitía estar demasiado tiempo con la rodilla flexionada, por lo que viajar en coche o avión era una tortura.

Seguir comiendo como una persona muy activa, pero pasando muchas horas sentado y sin poder caminar demasiado, es una buena receta para subir rápido de peso. Lo que no ayuda mucho a los problemas de la rodilla.

Además, se fueron sumando otros hábitos poco saludables, como dormir poco, no ver casi nunca la luz del sol, moverme lo mínimo, comer constantemente en sitios de comida rápida, bollería o alimentos con muchas calorías y pocos nutrientes.

Evidentemente, cada vez tenía menos ganas de moverme, menos energía y más problemas de salud. Me ponía malo de la garganta y la barriga con mucha facilidad, padecía dolores de cabeza casi a diario, la espalda también me dolía con frecuencia, me resentía de las antiguas lesiones y, si intentaba hacer alguna actividad física, las probabilidades de que tuviera una nueva lesión eran aún más altas que antes.

Mi cuerpo me dio algún aviso (como quedarme dormido de pie o en mitad de una conversación) y decidí empezar a dormir de forma algo más regular y obligarme a caminar cada vez un poco más.

Gracias a que empecé a aumentar paulatinamente mis paseos (al principio no podía más de cincuenta metros sin tener que sentarme), también empecé a notar mejor la rodilla y comencé a sentir más energía. Aproveché para mejorar un poco lo que ingería. No hice dieta, pero traté de evitar comer fuera de casa.

Poco a poco me fui notando lo bastante mejor como para hacer algún ejercicio en casa. Nada del otro mundo, solo algo para empezar a moverme y recuperar un poco las fuerzas.

La mejora fue significativa. No fue de un día para otro, pero avancé mucho. Seguía teniendo dolores de vez en cuando, me seguía poniendo malo con frecuencia, sentía que mi cuerpo ya no era tan joven, pero estaba muchísimo mejor.

En esa época trabajaba como ingeniero informático y pasaba muchas horas delante de un ordenador. Me apasionaba mi oficio; cuando no estaba trabajando, estaba investigando y aprendiendo, siempre delante del ordenador. Pero traté de mantener la costumbre de caminar un poco todos los días, no comer demasiado mal y hacer algún que otro ejercicio en casa. Incluso llegué a apuntarme alguna vez al gimnasio. Como la mayoría, no duraba más de una o dos semanas. Pero, bueno, la intención estaba ahí.

Recuerdo que un día, corriendo detrás de la guagua (así es como llamamos al autobús en Canarias), noté que me asfixiaba y decidí que no tenía edad para estar así (tenía veintinueve años), que debía ponerle remedio. Así pues, me decidí a empezar a entrenar. Ya lo había hecho antes y podía volver a hacerlo.

Y me preparé para empezar a correr. Además, en aquella época se había iniciado la moda del running, y había mucha información en Internet, mucho calzado especializado pero también muchos «especialistas».

Pronto me di cuenta de que buena parte de esa información disponible no era de muy buena calidad. Vi que la mayoría de la gente que seguía los consejos típicos de Internet estaba continuamente lesionada y tardaba mucho en progresar. Por eso decidí desempolvar mis libros y conocimientos de la carrera para entrenar de forma inteligente, no a lo loco.

Recuerdo que un compañero de trabajo, que se había apuntado a la moda del running, me dijo: «Lo primero que tienes que saber es si eres pronador o supinador, para comprarte las zapatillas de correr adecuadas». Esto me dejó algo sorprendido, pues en la carrera estudié anatomía, fisiología, biomecánica, atletismo, técnica de carrera, sistemas de entrenamiento y muchas cosas más, pero no sabía qué era eso de ser «pronador» o «supinador». Sabía que el pie «pronaba» y «supinaba». Son movimientos naturales y necesarios para andar y correr, pero ignoraba que había gente que solo hacía una de las dos cosas… Bueno, quizá lo «ignoraba» porque no era cierto.

Después de seguir (con mucho escepticismo) el consejo de mi amigo y analizar mi pisada, me recomendaron primero un tipo de calzado, luego otro, después unas plantillas. Lo único que consiguieron todos estos «inventos» fue cambiar de lugar mis dolores a la hora de correr y reforzar mi creencia de que todo aquello no tenía mucho sentido.

Así que me volví aún más crítico y traté de filtrar mejor la información que consumía en Internet. Traté de aplicar la lógica, el sentido común y mis conocimientos sobre el cuerpo humano, para que no me siguieran confundiendo.

Buscando información de calidad y fuentes fiables di con varias, entre ellas el blog de Marcos Vázquez, «Fitness Revolucionario». Fue muy gratificante descubrirlo porque el mundo del fitness estaba lleno de artículos sensacionalistas, recetas mágicas y opiniones sin respaldo científico. En cambio, Marcos explicaba cosas con mucho sentido común y aportando estudios científicos que lo avalaban.

Me sorprendió porque muchos de sus artículos reflejaban lo que yo ya pensaba sobre un buen número de temas, pero de lo que también dudaba, pues casi todo el mundo decía lo contrario. Gracias, en parte, a Marcos Vázquez pensé que a lo mejor no estaba tan loco…

Esto me inspiró a seguir estudiando e investigando, a seguir siendo crítico y a cuestionarme todas esas afirmaciones sobre la salud y el cuerpo humano que no me cuadraban.

Por aquel entonces leí el libro Mueve tu ADN, de Katy Bowman. Fue una lectura que me hizo cambiar la forma de ver el movimiento humano e influyó muchísimo en todo mi trabajo posterior. De hecho, me inspiro en muchos de sus libros, en sus artículos y en sus cursos para explicar conceptos en este texto o proponer ejemplos.

También empecé a explorar el mundo de la movilidad y el movimiento de la mano de Kelly Starrett, Gray Cook o Ido Portal. Cada uno aporta cosas diferentes, desde distintos puntos de vista. Pero, entre todos, me dieron nuevos caminos en los que investigar, para sacar mis propias conclusiones.

Ya pasados los treinta empezaba a aceptar que había cosas que ya no podría hacer, que con la edad todo va a peor y todas esas cosas que nos dicen continuamente. Distintos médicos y fisioterapeutas me habían dejado claro que mi rodilla o mi hombro ya no volverían a ser lo que fueron. Que debía aceptar los distintos dolores y enfermedades crónicas que tenía.

Sin embargo, tanto mis nuevos conocimientos como todo lo aprendido en la universidad me decían que eso no tenía sentido y decidí ponerle remedio.

Aunque seguía trabajando como ingeniero y pasaba muchas horas sentado, comencé a experimentar con todo eso que iba aprendiendo. Viendo lo que funcionaba y lo que no. Y, así, empecé a mejorar.

Pero, sin duda, el momento más importante fue el cambio de mentalidad. Dejar de pensar que no puedo hacer nada para transformar mi situación, que «son cosas de la edad», que soy mi enfermedad o mi dolor crónico y que soy frágil. Nada de eso era cierto. Me di cuenta de que mi cuerpo está continuamente adaptándose y cambiando a lo que hace.

Algo que yo pensaba (y mucha gente también cree) es que «crónico» significa «para siempre» o «incurable». Pero no es así. Un dolor o una enfermedad crónica es aquella que tenemos desde hace mucho tiempo. Más tiempo del que suele necesitar para curar. Generalmente, más de seis meses se considera crónico. Pero crónico no significa «incurable». Existen enfermedades «incurables» y «degenerativas», que normalmente son también crónicas. Eso sí, hemos de tener claro que son conceptos diferentes.

Es importante porque es muy común sufrir enfermedades o dolores crónicos. Muchas de estas dolencias suelen darse debido a nuestro estilo de vida sedentario: de ellas hablaré más adelante. Pero es importante saber que sí se pueden curar. Que llevemos mucho tiempo con ellas o que algún profesional sanitario nos haya diagnosticado alguna dolencia crónica no significa que tengamos que aprender a vivir con ella, sino que llevamos mucho tiempo con ella.

La diferencia entre una forma de verlo y otra es la diferencia entre hacer algo al respecto (y, por tanto, mejorar) o no hacerlo.

Por eso digo que ese cambio de mentalidad fue crítico para mí. No es que alterar mi forma de ver mi salud generara algún cambio mágico, sino que dejó de limitarme a la hora de buscar soluciones.

Algo que me ayudó mucho a buscar remedios, aparte de todo lo que aprendí en la carrera y luego investigando por mi cuenta, fue mi experiencia de quince años trabajando como ingeniero de sistemas informáticos.

Siempre he sido muy curioso y he tratado de aprender de todo tipo de cosas y de todas las personas con las que me cruzo. Una habilidad que desarrollé bien pronto fue la capacidad de ver cómo aplicar el conocimiento de un área a otra totalmente diferente. Durante mi carrera profesional como ingeniero, me especialicé en varias áreas que he podido aplicar al mundo de la salud, el entrenamiento y la rehabilitación. Son más, pero si tuviera que resaltar dos habilidades que me hicieron destacar profesionalmente antes, y que he aplicado ahora, serían:

 La capacidad de entender sistemas complejos.

 Poder explicar de forma sencilla conceptos o problemas complejos.

El cuerpo humano, como el de cualquier ser vivo, es un sistema complejo. Es decir, un sistema de sistemas (nervioso, cardiovascular, locomotor, vestibular, hormonal…) que interaccionan unos con otros y en el que el todo es mucho mayor que la suma de las partes.

Un problema que he vivido en mis carnes, pero que es la historia de prácticamente todos mis clientes, es sufrir una lesión en una parte del cuerpo y que te examine un especialista en esa zona. Normalmente, el problema lo verá ahí y la solución estará centrada en esa parte. Es lo que puede llamarse enfoque «reduccionista».

Por ejemplo, con un dolor en la rodilla, lo más común es que te miren la rodilla y te manden algún tratamiento o ejercicio para esta articulación, sin tener en cuenta otras partes del cuerpo que pueden estar produciendo ese síntoma.

Sin embargo, en el cuerpo, nada ocurre de forma aislada. El movimiento de la rodilla está afectado por el propio movimiento del pie, del tobillo y de la cadera. Las tensiones en el tendón o el cartílago se ven afectadas por el movimiento de la articulación (biomecánica), pero también por tensiones en los diferentes músculos implicados, por la actividad que hagamos, etc. El dolor, a su vez, puede venir por un daño en el tejido, por una hipersensibilidad del sistema nervioso, por una inflamación sistémica, por un problema hormonal, por un dolor anterior que se ha cronificado; puede ser un mecanismo de defensa, un aviso de que nos falta fuerza o estabilidad, un problema en el equilibrio, etc.

Cuando ocurre un accidente, una rotura o una infección, es mucho más fácil saber de dónde viene el problema, y un especialista en el área afectada podrá ayudar mucho. Pero cuando hablamos de problemas que se han ido creando con el tiempo, que han ido apareciendo poco a poco y que son crónicos, es mucho más complicado analizarlos de forma aislada. El cuerpo habrá ido adaptándose a la situación y cada vez más sistemas se habrán visto afectados.

Y este es el tipo de casos que más se originan por nuestra vida sedentaria. Veremos más adelante cómo el estilo de vida moderno y sedentario es responsable, directa o indirectamente, de gran parte de los problemas crónicos que tenemos. En ellos, un enfoque reduccionista (centrarnos en el área afectada) no es tan efectivo como uno sistémico.

Una de las cosas que he aprendido de trabajar en sistemas complejos es que no se pueden conocer todas las variables, todos los sistemas, todas las relaciones entre los sistemas, todas las reacciones. Lo que quiere decir que siempre aparecerán efectos inesperados y que siempre nos faltará información.

Esto explica por qué un mismo tratamiento para dos personas que (aparentemente) tienen el mismo problema puede producir resultados totalmente diferentes. Lo mismo sucede con los entrenamientos. Y esta es también la razón por la que no existen dietas, planes de entrenamiento, ejercicios o tratamientos que le sirvan a todo el mundo. Ni siquiera a personas con características o problemas muy similares.

Sin embargo, lo bueno de los sistemas complejos es que se autorregulan. Es decir, se adaptan continuamente a su entorno para buscar un equilibrio. Si el entorno y los estímulos que recibe el sistema son los adecuados, se crearán los ajustes internos necesarios para mejorar el sistema como conjunto.

Puede sonar complicado, pero quedará más claro en los siguientes capítulos.

De hecho, verás cómo, entendiendo ciertos conceptos básicos de cómo funciona el cuerpo como sistema, y de cómo interactúan los distintos subsistemas, es muy fácil mantener un cuerpo sano y funcional.

Aplicando estos principios básicos, sin matarme en el gimnasio, ni someterme a dietas especiales ni a tratamientos caros, ni confiar en secretos de ningún «gurú», mejoré. Y, tras años de muchos problemas y pocas soluciones, conseguí que mi cuerpo volviera a estar sano y sin dolor.

A mis cuarenta y dos años, tengo menos dolor, más fuerza, más movilidad y me siento más capaz que a los veinticinco. Esa rodilla que «no podía» bajar escaleras ahora es capaz de hacer sentadillas, correr, saltar y lo que haga falta. Y hacerlo sin dolor.

Y si yo, que no tengo ni genética ni físicamente nada especial, pero que sí tuve muchas lesiones, dolores y enfermedades, he podido recuperar las riendas de mi salud y mejorar en vez de ir a peor con la edad, tú también puedes.

Aunque haber pasado por ese proceso me ha hecho aprender mucho, habría agradecido que alguien me hubiera explicado todo lo que ahora sé, de forma sencilla. Sin tecnicismos, sin secretos que solo sabe el «gurú X», sin marketing y sin tener que estar conectando puntos que ni siquiera sabía que existían.

Esto es lo que me ha motivado a escribir este libro. Quiero que sea el libro que le daría a mi yo de hace diez o quince años. Quiero que sea claro, sencillo, práctico, pero que también me ayude a entender el porqué de las cosas.

Quiero que me ayude a poder filtrar mejor lo que leo en Internet, a tener un conocimiento básico que me haga independiente. No quiero que mi salud dependa de mi médico, de mi fisioterapeuta, de mi entrenador, de mi gurú de Internet, de la nueva moda de la industria del fitness.

Evidentemente quiero que me atienda un especialista cuando tenga un problema grave, pero deseo ejercer el control de mi salud y hacer todo lo posible para no tener que llegar a ese punto. Y si llego, saber llevarlo de la mejor manera posible.

Basándome en mi conocimiento, en mi experiencia personal y en la de muchos clientes, estoy convencido de que el contenido del libro cumpliría con las expectativas de mi antiguo yo. Asimismo, espero que cumpla con las tuyas.

¿A QUIÉN VA DIRIGIDO ESTE LIBRO?

A cualquier persona adulta que se haya criado en un país «civilizado». Como explicaré más adelante, el sedentarismo tiene más que ver con la cultura y el entorno en los que nos hemos criado que con preferencias o decisiones personales.

Veremos que existen distintos aspectos de la vida moderna que nos hacen ser sedentarios, independientemente de a qué nos dediquemos o lo activos que creamos ser.

Por otro lado, este libro pretende explicar, de forma sencilla, cómo funciona nuestro cuerpo en términos básicos, cómo nos afecta el sedentarismo y de qué formas podemos contrarrestar o compensar sus efectos.

Si eres una persona curiosa, a la que le gusta saber los porqués y los cómos, este libro es para ti. Sin duda.

Y si no te importan tanto, pero sientes que tu cuerpo no responde como antes, que tienes ciertos dolores que no se van, que te gustaría hacer más cosas, pero que te falta la energía, la fuerza o la movilidad para hacerlas, que practicar el deporte que te gusta supone visitas frecuentes al fisioterapeuta, que te gustaría hacer algo para mejorar tu salud, pero no sabes por dónde empezar…

Si te identificas con algunas de esas situaciones, este libro te va a ayudar. En él no solo se explica lo necesario para entender y mejorar dichas circunstancias, sino que se dan pasos muy prácticos. Podrás empezar a retomar las riendas de tu salud desde el primer día.

Como verás, en la segunda parte del texto hay acciones sencillas y muy concretas que te pueden ayudar desde este mismo momento. Y como explicaré más adelante, no solo son una buena forma de romper la inercia y comenzar a movernos más, sino que son acciones que tienen muchísimo más impacto en nuestra salud y nuestra capacidad de movernos de lo que podríamos imaginar.

Eso sí, este no es un libro de medicina, ni pretende ser una explicación científica y exhaustiva de los distintos procesos que ocurren en el cuerpo. Mi objetivo es describir algo tan extremadamente complejo como el cuerpo humano de tal forma que cualquier persona pueda entenderlo. Para ello tendré que simplificar muchos conceptos. En ese sentido, la explicación dejará de ser cien por cien precisa, pero basaré todo lo que explique en lo último que sabemos (gracias a la ciencia) sobre estos temas.

¿CÓMO USARLO?

Para hacerlo más cómodo, he dividido el libro en dos partes. La primera es más teórica y se centra en el conocimiento básico necesario para entender mejor las propuestas prácticas.

Se pueden hacer los ejercicios sin necesidad de todo este conocimiento, pero saber por qué hacerlos, cómo hacerlos y en qué nos ayudan nos puede despertar la curiosidad por probarlos y convencernos para seguir practicándolos. Y los únicos ejercicios que sirven son los que se hacen.

Además, en la primera parte de esta obra se explican conceptos importantes como el dolor, la movilidad, la adaptación de los tejidos o por qué se dan ciertos problemas comunes. Independientemente de que hagamos los ejercicios propuestos, estos conocimientos nos ayudarán a entender nuestro cuerpo y a filtrar mejor la información que nos llega cada día.

Así que tendríamos una primera parte más teórica y una segunda totalmente práctica. Aunque he querido estructurarlo de tal forma que puedas comenzar a usar la parte práctica desde el principio.

Si optas por leer el libro en el orden en el que está escrito, contarás con la ventaja de entender mejor por qué haces lo que te propongo y cómo te va a ayudar. Aparte, no tendrás que volver atrás para revisar conceptos que se explicaron en capítulos anteriores, pues ya tendrás cierta familiaridad con ellos.

En cualquier caso, creo que se puede leer de ambas formas sin ningún problema.

Aquí te muestro los capítulos y de qué se habla en cada uno, para que quede más clara la estructura del libro:

Parte teórica:

 De nómadas a sedentarios.

 Problemas comunes.

Parte práctica:

 3 pasos para salir del sedentarismo.

De nómadas a sedentarios: se explica qué es realmente el sedentarismo, qué problemas puede generar, cómo se adapta nuestro cuerpo, cuál es la forma más eficaz de evitar, revertir o minimizar esos problemas, y algunas nociones básicas sobre cómo funciona nuestro organismo.

Problemas comunes: primero explicaré conceptos básicos para entender el dolor, los problemas de movilidad y algunos conceptos más (sistema nervioso, sistema vestibular, estrés, placebo, nocebo…) para después detallar cuáles son las adaptaciones que se suelen producir en personas sedentarias, qué problemas pueden crear dichas adaptaciones y dónde deberíamos mirar si queremos mejorar esa problemática.

3 pasos para salir del sedentarismo: en este apartado explico cuáles son las tres actividades más sencillas, fáciles de añadir en nuestro día a día, y qué impacto van a tener en esos problemas más comunes. También daré diferentes alternativas, por si las acciones propuestas nos resultan muy difíciles (o, por el contrario, muy fáciles) para que encuentres la opción más adecuada a tu nivel actual y para que puedas progresar.

En resumen, puedes empezar a buscar esos pasos y a ponerlos en práctica, para luego buscar información sobre cómo y por qué funcionan.

O puedes tratar de tener una base de conocimiento antes de ponerte a trabajar.

De todas formas, tanto la parte práctica como la teórica pueden servir de referencia y se pueden consultar cuando haga falta, ya sea para buscar un ejercicio nuevo que empezar a hacer o para entender cómo funciona el dolor, la movilidad o cualquiera de los conceptos que se explican.

DE NÓMADAS
A SEDENTARIOS

Contrariamente a lo que mucha gente piensa, una persona sedentaria no es aquella que pasa mucho tiempo sentada o que no se mueve demasiado.

Para entender el concepto de sedentarismo, deberíamos remontarnos a los orígenes, a cuando pasamos de ser nómadas a ser sedentarios y cambiamos nuestros hábitos, costumbres y alimentación.

En el paleolítico, cuando éramos nómadas, vivíamos en grupos pequeños, en los que había poca especialización de las tareas diarias. Nos movíamos con frecuencia de ubicación y teníamos que adaptarnos a los alimentos que hubiera en la zona en esa época del año.

A veces había mucha comida; otras veces, poca. En ocasiones había que cazar; otras, que recolectar (sobre todo tubérculos, frutos, bayas y semillas).

Pero luego nos convertimos en sedentarios y vivimos en grupos más grandes, donde había que especializarse más y repartirse más las tareas. Ya no había necesidad de mover el asentamiento para buscar comida o cobijo. Ubicamos los poblados cerca de los recursos necesarios para subsistir, de modo que dejaron de ser necesarios los grandes desplazamientos. Construimos casas sólidas en las que nos procuramos cada vez más comodidades. Y las rutinas de cada miembro de la comunidad hacían la vida más eficiente.

De repente, ya no necesitábamos movernos tanto para encontrar comida y cada individuo del grupo tenía funciones y tareas cada vez más especializadas: siembra, recolección, ganadería, caza, construcción de herramientas, de ropa, de casas, cuidado de los enfermos, etc.

A medida que fuimos creciendo en número y construyendo sociedades más complejas, creamos muchos más oficios específicos. También más comodidades.

Si somos más y no nos vamos a mudar, mejor estar cómodos, ¿no?

Pues sí, pero todo esto cambió nuestro entorno, nuestras necesidades y nuestras costumbres. Ni para bien ni para mal, simplemente nos adaptamos a nuestro nuevo hábitat, pero también lo adaptamos a nuestras nuevas necesidades. Hablaré con más detalle sobre este punto en el capítulo «Entorno sedentario». Es un tema clave.

Sin embargo, lo importante es saber que el hecho de pasar de ser nómadas a sedentarios alteró nuestra forma de movernos en el día a día. Este cambio fue más pronunciado con cada revolución tecnológica: agraria, industrial, digital… Las necesidades de movernos de nuestro entorno actual cambiaron respecto a las exigencias de movilidad que teníamos en tiempos pasados.

Hay que recordar que las transformaciones en la evolución son muy lentas. Como especie, hemos pasado más de dos millones de años viviendo como nómadas, y solo unos diez mil años siendo sedentarios. Así, que todavía estamos más adaptados a ser nómadas que a ser sedentarios.

Enfermedades de la civilización

Por suerte, el ser humano es muy bueno transformando el entorno para adaptarlo a sus necesidades.

No obstante, se ha estudiado el impacto en la salud de estos cambios en el neolítico, tras la revolución agrícola y el paso al sedentarismo, y se ha constatado la aparición de enfermedades crónicas y cardiovasculares, de problemas dentales, de disminución en la estatura y de otros trastornos que no se daban antes de ese cambio en el estilo de vida.

Se sospecha que muchos de estos problemas los provocaron cambios en la alimentación (introducción de cereales), pero no conocemos al cien por cien todos los factores que influyeron. Lo que sí sabemos es que muchos de esos problemas siguen y han empeorado en nuestra sociedad contemporánea.

Con la aparición de nuevas tecnologías, y el desarrollo de la ciencia y la medicina, empezaron a erradicarse o a disminuir considerablemente las defunciones por infecciones o enfermedades de tipo contagioso. Estas eran las muertes más comunes. Cuanto más avanzamos en la historia y más prósperas son las sociedades, menos se dan este tipo de dolencias, al tiempo que nacen otras que se convierten en enfermedades crónicas y no transmisibles. Hasta el punto de que estas últimas son las principales causas de defunción en la actualidad.

De hecho, a este tipo de dolencias se las ha llamado «enfermedades de la civilización». No existe siempre una relación directa entre lo civilizada de una sociedad y la aparición de este tipo de dolencias, pero sí la hay con los cambios en los hábitos alimentarios, la disponibilidad de comida hipercalórica y la forma de moverse.

En el año 2016, estas eran las principales causas de muerte en países con rentas medias-altas:

 Enfermedad isquémica del corazón.

 Infarto.

 Enfermedad pulmonar obstructiva.

 Cánceres de pulmón y tráquea.

 Alzheimer y otras demencias.

 Infecciones respiratorias.

 Diabetes mellitus.

 Accidentes de tráfico.

 Cáncer de hígado.

 Cáncer de estómago.

La lista está por orden de número de muertes, y las dos primeras superan con creces a las siguientes. De todas ellas, solo dos no se relacionan con las llamadas «enfermedades de la civilización»: las infecciones respiratorias y los accidentes de tráfico. Pero cada una de ellas supone siete veces menos casos de muerte que los trastornos cardiovasculares. Así que hemos mejorado muchísimo respecto a un tipo de afecciones, gracias a la medicina. Sin embargo, nuestro estilo de vida nos está generando otra clase de dolencias. Enfermedades menos agudas, pero más crónicas.

En la especialización está la clave

¿Y por qué es importante la diferencia entre ser nómadas y sedentarios? Porque el cambio en la forma de movernos e interactuar con nuestro entorno es una de las claves para entender por qué afecta el sedentarismo a nuestra salud.

En una sociedad sedentaria, es más útil que cada persona se especialice en unas tareas y actividades concretas. Pero lo que es bueno para la especie o la sociedad no tiene por qué serlo para el individuo.

Como sociedad, nos beneficiamos de tener individuos expertos en neurocirugía, arquitectura, fontanería, electrónica, música y cualquier profesión que se nos ocurra. Si no hubiera gente especializada en tales áreas, no seguiríamos avanzando.

Pero todo entraña un coste. Esas personas han tenido que rechazar y sacrificar muchas otras cosas para poder ser expertos en su área.

Ese coste suele ir más allá de simplemente no ser expertos en otras áreas. Casi cualquier profesión tiene alguna clase de lesión o de enfermedad típica. Algún problema que suele darse con el tiempo en casi todas las personas que ejercen ese oficio. Es algo muy normal.

Todo se reduce a lo que hacemos mucho y a lo que hacemos poco.

El cuerpo humano, como cualquier organismo biológico, busca la supervivencia y para ello intentará siempre ser lo más eficiente posible. Eso implica dos cosas:

 Adaptarse a lo que más hace.

 Desadaptarse de lo que menos hace.

En otras palabras, si usamos demasiado unos tejidos del cuerpo (fibras musculares, neuronas, vasos sanguíneos, etc.), este tratará de mejorarlos y mantenerlos lo más sanos posible. Pero si no los usamos, nuestro organismo los desechará o destinará menos recursos (nutrientes y energía) a mantenerlos vivos.

Esto es lo que pasa con la especialización de tareas y actividades diarias. Así, en nuestras actividades diarias usamos mucho algunos tejidos, pero prácticamente no utilizamos nada otros.

Este es el precio que como individuos pagamos por la sobreespecialización. Ya no movemos todo el cuerpo, ni tanto ni de forma tan variada. Cada vez somos mejores en ciertos movimientos y posiciones, pero cada vez nos cuesta más hacer cualquier otra cosa.

Y, como veremos más adelante, esto no se limita a los músculos y a poder hacer ciertos ejercicios o practicar deporte. Esto afecta (y mucho) al sistema cardiovascular, a nuestra densidad ósea, al estado hormonal, al sistema nervioso, al equilibrio, a la digestión, al estado emocional, al estrés, etc.

Nuestras células se adaptan

Para comprender mejor cómo movernos de una forma u otra puede perjudicar tantos aspectos de nuestra salud, deberíamos entender que el movimiento nos afecta a varios niveles.

Estamos acostumbrados a pensar en el movimiento en términos de impulsar un brazo o una pierna, o también de mover alguna otra parte del cuerpo o desplazarnos. Además, siempre que hablamos de sedentarismo o salud, solemos hablar de ejercicio o deporte. Pero el movimiento es muchísimo más amplio que estos dos conceptos.

Hemos de pensar que el movimiento es la forma que tiene nuestro cuerpo de garantizar su supervivencia. Ya sea moviéndonos para buscar alimento como llevándonos ese sustento a la boca, pero también masticándolo, activando los tubos digestivos para llevarlo hasta el estómago, luego a los intestinos y finalmente expulsando las sobras.

Hablar con otra persona requiere movimientos de la mandíbula, la lengua, las cuerdas vocales, músculos faciales (de expresión) y prácticamente toda la musculatura del cuerpo (la expresión no verbal es una parte muy importante de la expresión total). Y para animales sociales como los humanos, hablar con otra persona es la forma principal de conseguir comida, cobijo, protección, compañía, etc.

Incluso aunque nos comuniquemos con el móvil o el ordenador, necesitamos mover nuestros dedos, ojos, brazos, y puede que algo más. En resumen, el movimiento, por pequeño que sea, es necesario para realizar funciones fisiológicas y para asegurar nuestra supervivencia.

Así pues, en la categoría de movimiento podemos incluir, aparte del ejercicio y el deporte, masticar, tragar saliva, ingerir la comida, respirar, sudar, erizar el vello, subir o bajar la presión sanguínea, los latidos del corazón, mover la sangre de un lado a otro del cuerpo, parpadear, enfocar la vista, mantener el equilibrio y miles de pequeños movimientos que garantizan nuestra supervivencia.

Y es importante que pensemos en todos ellos, porque la sobreespecialización también les afecta y hace que se nos den peor algunos de ellos, y eso puede tener un impacto negativo para la salud. Pero hay más niveles en los que nos afecta el movimiento. Por ejemplo, celularmente.

El cuerpo humano está formado por casi cuarenta billones de células. Cada una de ellas es un organismo vivo independiente y que interactúa con su entorno. Y se adapta a él.

Las células se unen formando tejidos, que a su vez generan órganos, que cumplen funciones específicas en el organismo y que suelen formar parte de uno o varios sistemas (digestivo, respiratorio, nervioso…). Entre todos constituyen el cuerpo humano.

Es, sin duda, uno de los ejemplos más claros de un sistema complejo. Un conjunto formado por distintas partes o subsistemas, y en el que el todo es mucho mayor que la suma de las partes.

Es decir, las funciones de un tejido (por ejemplo, tejido muscular) son diferentes de las que tiene cada una de sus células. Y la función del órgano en el que esté ese tejido (corazón, estómago, bíceps, etc.) será muy diferente dependiendo de dónde esté y con qué otros tejidos interactúe.

Aunque nosotros solo veamos la función del organismo, o de los órganos, no debemos olvidar que esta dependerá de que cada una de las células que lo componen esté sana y cumpla su función. De hecho, para crear cualquier adaptación en el organismo, deberá crearse una adaptación celular. Así que vale la pena pararse un momento a ver qué implicaciones tiene esto.

Para que una célula se adapte necesita cuatro cosas:

 Materia prima (nutrientes).

 Energía.

 Una razón para adaptarse (un estímulo).

 Tiempo (sin el estímulo) para adaptarse.

Para que una célula cambie, precisamos de la materia prima para inducir los cambios necesarios: construir nuevas partes de la célula, que se reproduzca, crear señales químicas que mandar a otras células, cambiar su forma, el grosor de su membrana o simplemente vivir.

Esta materia prima serían los nutrientes de la célula: aminoácidos, ácidos grasos, enzimas, vitaminas, minerales, glucosa, etc.

Por otro lado, se requiere energía. La mayor parte de funciones celulares y transformaciones requieren energía. Esta suele obtenerse en las mitocondrias celulares, un orgánulo de la célula encargado de generar energía a partir del oxígeno y la glucosa. Hay más formas de obtenerla, pero esa es la principal.

También necesitan una razón para adaptarse. Porque dicha adaptación requiere nutrientes y energía. Ambos recursos son indispensables para la supervivencia de la célula y no se usarán para otra cosa, salvo que sea estrictamente necesario. Así que la razón debe ser suficientemente importante como para destinar recursos a ese proceso.

Pero ¿qué es una razón para adaptarse? Pues es una señal, un estímulo que llegue a la célula y que le indique que, si no cambia, su supervivencia está en peligro.

Algo importante de esta señal es que no solo indica que hace falta cambiar, sino de qué forma.

La mayoría de los estímulos que recibe una célula son mecánicos o químicos. Es decir, o bien son tensiones que le llegan de las células vecinas, o bien señales químicas de su entorno.

Se sabe que existen unos filamentos en el interior de las células que atraviesan su núcleo. Esto hace posible que, si cambia la forma de la célula debido a las presiones y tensiones de sus vecinas, se produzcan cambios en su comportamiento. Por ejemplo, sintetizando ciertas proteínas, cambiando la ratio de producción de energía, mandando señales a otras células, creciendo o reduciendo su volumen, desencadenando la reproducción celular… Todo esto tendrá implicaciones en el tejido del que forma parte dicha célula.

Pondré un ejemplo para que se vea más fácil. Fijémonos en una célula de nuestra piel y en cómo se verá afectada por sus vecinas. Si nos movemos de tal forma que se estire la zona de la piel donde se encuentra dicha célula, esta se estirará. Si el estímulo es puntual, la célula simplemente se estirará y volverá a su forma original; pero si mantenemos esa postura durante mucho tiempo o nos movemos así a menudo, el estímulo será tan frecuente que le dará una «razón» a la célula para hacer algo al respecto.

Puede que la célula se alargue, para soportar mejor la tensión. O puede que se divida, creando otra célula con la que repartir la tensión. O quizá se refuerce, soportando mejor los tirones de sus vecinas.

Cada célula de esa zona de la piel recibirá un estímulo ligeramente diferente, así que los cambios de cada célula pueden ser distintos. Pero la suma de esas alteraciones dará como resultado la adaptación de esa zona de la piel.

Algo que hemos de tener en cuenta cuando analizamos la adaptación a nivel celular es que hay fuerzas que ejercen tensión y presión sobre cada una de las células de nuestro cuerpo, de forma constante. En concreto, la fuerza de la gravedad, que afecta constantemente a cada una de nuestras células, todo el tiempo (mientras estemos en la Tierra).

Pero la incidencia que tiene sobre cada célula en particular será distinta. No será igual con una célula de la piel de la cara que con una de un hueso del pie. Sobre todo si estamos levantados.

Es más, esa fuerza (tanto en intensidad como en dirección) cambiará en función de la posición en la que nos encontremos.

Por ejemplo, haz lo siguiente: levanta un brazo y ponlo paralelo al suelo. Mantenlo así treinta segundos.

Se te cansa el brazo, ¿no? Pero… si el brazo pesa lo mismo que cuando estaba colgando, ¿por qué ahora tenemos esa sensación?

Independientemente de que podamos pensar en si uno u otro músculo está más débil, lo que ha pasado es que ha cambiado la distribución del peso, la palanca que hace con el resto del cuerpo y, básicamente, la tensión entre las células vecinas. El peso del brazo no ha cambiado, pero sí cómo experimenta el peso cada una de las células y los tejidos que forman. Y hemos notado la diferencia porque las células (de músculos, tendones, ligamentos y piel) estaban más acostumbradas (adaptadas) a una distribución que a otra.

Así que, en última instancia, cualquier adaptación en el cuerpo, ya sea por nuestros hábitos o por hacer ejercicio, se traduce en adaptaciones celulares, que, sumadas, crean la adaptación del organismo.

Hay un ejemplo muy claro. En El Hierro, una de las Islas Canarias, existe un árbol que es famoso por sus formas caprichosas y retorcidas. Son las sabinas de El Hierro.


Pero la sabina es una especie que, de forma natural, crece muy recta y vertical.


La diferencia es el entorno en el que nacen y crecen. Es una zona muy árida y ventosa, lo que crea un estímulo constante para cada una de sus células y que termina afectando a cómo irá creciendo.

Lo mismo nos pasa a nosotros con la gravedad. Las diferentes posturas que adoptamos durante nuestra vida van determinando cómo afecta la gravedad a cada una de nuestras células y a cómo se adaptarán.

Pero, como decía antes, debe ser un estímulo constante o muy frecuente para que realmente compense crear una adaptación.

Un ejemplo clarísimo de esto y de cómo se adapta nuestro cuerpo constantemente a su entorno es el de los astronautas en el espacio. En pocas semanas, pierden el 40 % de su densidad ósea. Simplemente, porque los huesos no necesitan ser tan densos y robustos. Ese es el estímulo (señal) que reciben las células del hueso de su entorno.

Estamos hablando de cambios bastante grandes en poco tiempo, y en un tejido que tenemos por muy poco adaptable. Solemos pensar que los huesos, una vez que somos adultos, no cambian mucho. Pero nada más lejos de la realidad. Como cualquier otro tejido en el cuerpo, cambian constantemente ante los estímulos diarios que reciban. Pero no hace falta irse a casos extremos como el de los astronautas. Se han hecho estudios en personas inmovilizadas en cama durante varias semanas o meses (gente en coma, muy mayor o con enfermedades que requieran convalecencia en cama) y los resultados eran similares al de los cosmonautas.

En este caso, afectan dos factores: al estar siempre en posición horizontal, el peso sobre cada célula será mucho menor que si estuviera de pie. Por otro lado, la contracción muscular es un estímulo importante para justificar la necesidad de que el hueso sea robusto. Si este se doblara o se partiera al contraerse el músculo, no se podría generar movimiento. Como la persona en reposo total, no se tiene dicho estímulo y la necesidad de aumentar o mantener la robustez ya no existe. Un hueso denso es más costoso de mantener (más nutrientes) que uno poco denso.

Un detalle curioso e ilustrativo del estudio del cambio en la densidad ósea de los astronautas es que, antes de salir al espacio exterior, tenían mayor densidad ósea en las piernas que en los brazos.

Es normal, pues las piernas aguantan el peso del cuerpo y hacemos mucha más fuerza con ellas que con los brazos. Pero lo curioso es que, después de varias semanas en el espacio, aparte de disminuir la densidad ósea en general, cambió la diferencia entre el tren superior e inferior. Se observó que los brazos tenían mayor densidad ósea que las piernas. Probablemente se debe a que los astronautas, para desplazarse en la ingravidez de la nave, no caminan, sino que se mueven usando los brazos.

Pero no hay que olvidar el último requisito para la adaptación: tiempo. En concreto, «tiempo de recuperación» o, lo que es lo mismo, tiempo sin el estímulo. Este último punto es fundamental y, a menudo, olvidado. Por ejemplo, el entrenamiento es un ejemplo de adaptación dirigida. Es decir, tenemos claro un tipo de adaptación que queremos, y proporcionamos los estímulos necesarios para conseguirla. Pero la mayoría de las personas se obsesiona con la parte de proporcionar el estímulo y se olvida de que la adaptación se produce cuando descansamos. Es decir, en el tiempo en el que el cuerpo no está recibiendo el estímulo.

Esto es algo que tienen muy claro los culturistas profesionales desde hace años: el músculo no crece en el gimnasio, crece mientras duermes y descansas, y tras haber ingerido suficientes nutrientes. En el gimnasio se le da el estímulo necesario para que, después, se genere la adaptación. Pero si solo se estimula el músculo, este no puede adaptarse.

Esto es algo muy importante también para quienes no somos culturistas. Porque en nuestra vida sedentaria muchas lesiones y problemas musculares vienen de darle un estímulo mayor del que soporta el tejido, pero no proporcionarle los nutrientes y el tiempo de recuperación suficientes como para que se produzca la adaptación.

Sin sangre no hay adaptación

He hablado de una parte importante de esa adaptación celular, el estímulo, la razón para adaptarse, que no solo indica que hay que crear un cambio, sino que señala en qué dirección hay que hacerlo.

Pero había dos elementos más en la adaptación celular: la energía y la materia prima.

La adaptación celular podemos verla como la construcción de un muro: necesitamos una razón para construirlo, así como ciertos requisitos del muro (altura, longitud, grosor), pero también necesitaremos ladrillos (materia prima) y fuerzas. Si no hemos dormido la noche anterior o no hemos comido desde hace varios días, no tendremos muchas fuerzas para construirlo.

Y tanto los nutrientes como la energía le llegarán a la célula a través del torrente sanguíneo. Por la sangre viaja la materia prima para crear cualquier tipo de cambio celular, así como los recursos necesarios para generar energía. Pero no solo es necesario para crear cambios en la célula, sino también para vivir.

Si la sangre no alcanza alguna célula, no llegan los nutrientes y la célula se muere. Si se mueren muchas células de un tejido, el tejido perece; si perecen muchos tejidos (o alguno vital), el ser vivo se muere.

Esta es la razón por la que el sistema circulatorio es tan importante para la supervivencia.

Aunque no pensemos mucho en ello, es algo que todos sabemos. Pero algo que no tanta gente sabe y a lo que no se le presta suficiente atención es cómo funciona ese sistema circulatorio.

Explicaré esto con más detalle en el apartado «Sistema cardiovascular», porque es un tema amplio y que vale la pena conocer mejor. Lo que sí adelantaré es que el movimiento (la contracción muscular) influye mucho en cómo se desplaza la sangre por el cuerpo. Las zonas que más movemos reciben más sangre, mientras que las que menos movemos reciben menos afluencia. Es algo muy importante porque, si impulsamos poco una parte del cuerpo, la capacidad de regeneración de las células de esos tejidos disminuye considerablemente.

Por otro lado, cualquier órgano o tejido que necesite energía o nutrientes mandará señales químicas que ayudarán a que llegue más sangre.

Esto puede parecer una obviedad, pero es la clave de muchos problemas del sedentarismo. Si nos movemos siempre de la misma forma y adoptamos siempre las mismas posturas, habrá zonas del cuerpo adonde llegará menos sangre. Así que todos los tejidos de esa zona tendrán menor capacidad de repararse, adaptarse o crecer. Es decir, estarán menos sanos. Hacer siempre las mismas cosas, de la misma manera, implica que habrá órganos y tejidos que usemos mucho y otros que empleemos poco o de formas muy específicas.

Por ejemplo, cuanto más usemos unas neuronas en concreto, más sangre llegará a ellas y a sus vecinas, lo cual contribuirá a que tanto unas como las otras estén más sanas. Pero si se usan poco otras neuronas, estas y sus vecinas también recibirán menos sangre. Y eso provocará que toda el área funcione peor.

Y no hay que olvidar que ser sedentarios significa especializarnos y hacer unas pocas cosas mucho, pero el resto menos. Esto no solo implica tareas físicas, sino también intelectuales o cognitivas.

Realizar las mismas tareas mentales siempre de la misma forma es otro efecto del sedentarismo y la sobreespecialización. Y el resultado es que habrá áreas del cerebro y redes neuronales mucho más activas y sanas que otras. Habrá tareas que nos resultarán facilísimas, pero otras que cada vez nos costarán más.

Tipos de adaptación

Creo que va quedando claro que los problemas del sedentarismo tienen que ver con cómo los cambios en nuestro entorno y nuestros hábitos determinan las adaptaciones de nuestro cuerpo. Pero las adaptaciones del organismo no se reducen a adaptaciones celulares. Nuestro comportamiento y nuestros hábitos también pueden cambiar y crear una forma diferente de interactuar con el entorno. Es decir, aprendemos nuevas formas de relacionarnos con este.

Así pues, podríamos decir que tenemos dos formas principales de adaptarnos a nuestro entorno:

 Crear cambios en las células.

 Aprender.

A estas alturas, los cambios celulares deberían estar claros, pero puede que lo de «aprender» (como forma de adaptarnos) no lo esté tanto.

Desde que nacemos, nuestro sistema nervioso busca constantemente la forma más eficiente de realizar cualquier tarea: desde buscar el pecho de nuestra madre para alimentarnos hasta ponernos de pie o caminar. Se trata de un proceso de experimentación constante. De ensayo y error.

No obstante, si siempre estuviéramos experimentando, nunca haríamos nada de forma eficiente. Así pues, de esos experimentos, vamos aprendiendo cuáles son los que nos dan mejores resultados y reducimos las distintas opciones sobre las que experimentar.

Imagina que nunca has visto un dardo, pero decides tirarlo a una diana. Como nunca has visto a nadie tirarlo antes, probarás a lanzarlo de muchas maneras diferentes. Lo sujetarás por un extremo, por el otro, por el medio. Lo lanzarás dando vueltas, tratando de que no gire, con efecto, sin efecto, etc.

Poco a poco, irás aprendiendo de qué formas puedes tener más éxito. Así que te limitarás a probar esos pocos modos. Cuanto más los pruebes, más conseguirás refinar el movimiento y mejor serás. Pero todo depende de que aprendas en qué opciones debes centrarte y cuáles descartar.

Esto nos pasa con cualquier movimiento, pero también con cualquier tarea cognitiva, e incluso con las interacciones sociales.

Nuestro sistema nervioso tiene diferentes formas de aprender las mejores (también las peores) opciones y decisiones, para no perder tiempo y energía teniendo que volver a evaluar situaciones y tomar decisiones. Esta es otra forma de garantizar nuestra supervivencia: mejorar la capacidad y la velocidad de respuesta ante problemas, al tiempo que ahorramos la energía de tener que evaluar continuamente situaciones, probar, equivocarnos y volver a probar.

Uno de los mecanismos que nos ayudan a recordar las mejores decisiones es la repetición. Cuando repetimos muchas veces algo y obtenemos un buen resultado de ello, nuestro cerebro se encarga de reforzar el recuerdo de esa decisión para que sea la respuesta más probable la siguiente vez que sea necesaria.

Hay otros mecanismos para reforzar el recuerdo de una decisión y procurar que se use de forma prioritaria: la emoción. Lo hemos experimentado todos más de una vez y se puede entender mejor desde el punto de vista de la supervivencia. Si estamos en una situación en la que tememos por nuestra vida, nos interesa recordar qué situación es esa y cómo llegamos hasta ahí, para no repetirla.

Lo mismo sucede con cosas, acciones o personas que nos proporcionan alegría o bienestar. Si un alimento nos causa dolor de barriga y otro nos da placer, nuestro cuerpo querrá recordar cuál es cuál, para no confundirlos. O si alguien nos hace un favor y otra persona nos traiciona, querremos recordar quién es quién sin tener que repetir mil veces la traición.

Así que hay aprendizajes que tienen más que ver con la supervivencia y las emociones, que se fijan más rápido, y otros que tienen que ver con la exploración y experimentación, para buscar la forma óptima de hacer alguna tarea. Estos últimos dependen más de la repetición. Evidentemente, es una sobresimplificación. Existen más tipos de recuerdos y formas de aprendizaje. Pero creo que esto resume bien los más importantes.

Y dirás: «Todo esto es muy interesante, pero ¿qué tiene que ver con ser sedentarios?».

Pues bien, mucho, porque, cuando somos sedentarios, nos especializamos en ciertas tareas, así que aprendemos la forma más eficiente de realizarlas. Esto creará dos tipos de adaptaciones:

 Buscaremos y aprenderemos la forma de realizarlas usando las menos partes del cuerpo posibles, así como la menor energía de la que seamos capaces.

 Los tejidos encargados de realizar las tareas se adaptarán a usar menos energía para hacer la misma tarea.

En una tarea física, puede significar buscar la manera de que usemos los menos músculos posibles; aprender esa forma, para que sea la que hagamos siempre, y optimizar esos músculos para que gasten menos energía.

En una tarea mental, suele significar buscar el menor número posible de neuronas y conexiones neuronales para realizar dicha tarea.

En resumen, en ambos casos se usa menos energía, lo que es muy bueno para garantizar la supervivencia. El problema es que usaremos menos otros músculos y neuronas, que recibirán menos sangre, con lo que no estarán tan sanos. Si la especialización es muy grande, el número de tareas, movimientos y posiciones será muy reducido. Lo que significa que la cantidad de tejidos que se usen más y estén más sanos también será muy limitada.

¿Cuál es la mejor postura?

Nos hemos especializado en ciertas posturas. Por ejemplo, en estar sentados en una silla o en algo parecido. Eso implica que nuestro cuerpo es bueno en tener la cadera flexionada noventa grados, pero no tanto en tenerla totalmente extendida (posición natural de estar de pie). Por otro lado, nuestro tronco está adaptado a permanecer apoyado en un respaldo, y ya no lo está a sostenerse a sí mismo. En realidad, hay una larga lista de adaptaciones y desadaptaciones por el hecho de pasar mucho tiempo de nuestra vida en esa postura.

Sin embargo, estar sentados no es lo único que hacemos mucho. Y tampoco se puede decir que dejar de adoptar otras posturas o movimientos nos hace desadaptarnos de ellos.

Por ejemplo, no solemos subir los brazos más allá de la altura de los ojos, ni abrirlos mucho más allá de la anchura de los hombros. Eso hace que ya no seamos tan buenos subiendo los brazos o abriéndolos mucho. Prueba de ello es cuánto nos cuesta subir una maleta pesada al compartimento de encima del asiento en un avión, frente a subirla a la altura del pecho. O todos los problemas de hombro que suele tener una persona normal a partir de cierta edad.

Entonces, ¿cuál es la solución?, ¿cuál es la mejor postura? Son preguntas que me hacen continuamente y que se repiten en muchos contextos diferentes. En el trabajo, a la hora de levantar un objeto pesado, haciendo ejercicio, etc. Pero la realidad es que no existe una postura perfecta. Como hemos visto, el problema no viene de una postura, sino de especializarnos en una o unas pocas. Así como de todas las adaptaciones que irá creando el cuerpo para mantener esa postura de la forma más eficiente posible.

Si esto es así, la solución es sencilla: evitar mantenernos mucho tiempo en ninguna postura fija.

Vale, si tenemos que trabajar (ya sea sentados o de pie), probablemente parezca imposible hacer esto. Pero hay formas. Sobre todo porque estamos hablando de adaptaciones celulares, así que cualquier pequeño cambio de postura cuenta. Y todo suma.

Además, de todas las horas que pasamos en una postura similar (sentados), habrá muchas que son obligatorias (en el trabajo, conduciendo, etc.), pero otras que son opcionales. Aprovechar para variar estas últimas es la forma más sencilla de minimizar el problema. Aparte de que efectuar pequeñas pausas y ligeros cambios de postura puede hacer mucho para interrumpir esa constante adaptación.

Sin embargo, hay un tema relacionado con la postura que creo es muy importante y que desarrollaré en la siguiente parte del libro. Además, se entenderá mejor con los conceptos que explicaré en el apartado «La salud: un problema complejo». Se trata de que, aunque ninguna postura es necesariamente buena o ideal, hay algunas que son mejores para completar determinadas tareas. Son posturas en las que el cuerpo puede ser más eficiente usando menos energía, siendo más estable y teniendo una mayor calidad de movimiento. Pero estas posiciones de las distintas partes del cuerpo dependerán de la tarea que estemos realizando y pueden ser diferentes para cada persona. Dependerá del tamaño y de la forma de su cuerpo, de su nivel de movilidad, fuerza, etc.

En esto se basa la técnica en los ejercicios y deportes. Buscan la forma más eficiente de hacer los movimientos.

Sin embargo, hay que diferenciar entre la forma óptima de hacer un movimiento para ganar una competición y para llevar a cabo una tarea cotidiana. No tiene por qué ser la misma y no debemos obsesionarnos por tener una técnica perfecta a la hora de realizar esas tareas diarias. Nuestro cuerpo debería poder hacerlas con «mala técnica» o «mala postura» sin ningún problema.

Hay que tener presente que no es lo mismo agacharse para levantar una barra de doscientos kilos que agacharse para recoger la bolsa de la compra. En el primer caso, seguramente sea una buena idea buscar la forma «óptima»; en el segundo, no debería hacer falta.

Aquí es donde entra uno de los principios que suelo usar, como punto de partida, con mis clientes: la postura debe ser una opción.

Es decir, existen ciertas posturas «neutras», que son básicas y que cualquier persona debería ser capaz de adoptar. No tenemos que andar por la vida con ellas, pero deberíamos poder elegirlas, no ser algo imposible. No es lo mismo, por ejemplo, estar de pie con las piernas algo abiertas y las puntas de los pies apuntando hacia fuera, porque te apetece o te gusta, que porque no eres capaz de estar con las piernas más cerradas y los pies apuntando hacia delante. Y no hay nada malo en sentarte con la espalda totalmente curvada si también puedes hacerlo con la espalda recta. Y así con todo.

Lo veremos más detalladamente en la parte práctica.

No es un bug, es una feature

En la jerga informática, un bug es un error de programación. En la época en la que trabajaba de ingeniero, era muy común escuchar la frase en inglés «It’s not a bug, it’s a feature». Que venía a significar algo así como: «No es un error, es una nueva característica».

Y es que, a veces, se interpretaba como un error o como un comportamiento anómalo algo que era simplemente una nueva característica que aún no se conocía.

Claro que luego la frase se convirtió en una broma que le soltabas a alguien que descubría un error en tu código. Pero esa es otra historia. La moraleja es que solemos ver como un error algo que es perfectamente normal; sucede que nuestro conocimiento sobre el problema o el contexto nos hace percibirlo como anómalo.

Además, tendemos a buscar explicaciones para justificar tal creencia.

Permíteme que te cuente una anécdota un tanto absurda que me ocurrió en una empresa en la que trabajé. Resulta que un cliente muy importante nos dio, a última hora, un portátil nuevo para que le instaláramos el sistema operativo que les estábamos preparando, para que los jefazos hicieran una presentación.

Y resultó que algo que había estado funcionando bien en otros ordenadores no había forma de que arrancara en ese portátil. No podíamos instalar el sistema operativo. Varias personas de distintos equipos estuvieron tratando de solucionar el problema, pero nada.

Teniendo en cuenta los «síntomas», aparecieron muchas teorías que parecían tener sentido. Todos opinábamos. Incluso alguno afirmó haber visto una solución en un chat chino sobre sistemas operativos parecidos.

Sin embargo, era muchísimo más sencillo que todo eso: el portátil no tenía disco duro, por eso el sistema operativo no podía verlo y no podía instalarse.

Esto mismo nos suele pasar con la salud. Ante cualquier síntoma o problema, enseguida buscamos explicación en los casos raros, cuando la explicación suele ser mucho más sencilla y normal.

Tenemos la idea de que cuando algo «va mal» en nuestro cuerpo es que «se ha estropeado», que «hay algo mal» en él. Pero, aunque creamos lo contrario, esos son los casos más raros. La mayoría de estas veces, nuestro organismo está haciendo lo que debe hacer. Funciona bien y hace lo más eficiente para adaptarse al entorno en el que se encuentra y a los estímulos que recibe.

Es decir, el problema no suele ser cómo reacciona el cuerpo, sino a qué reacciona.

La fiebre, la inflamación o el dolor no son errores o problemas de nuestro cuerpo que debemos corregir, sino mecanismos del organismo para avisarnos de que algo va mal y para enfrentarse a infecciones, heridas, lesiones, etc.

Aun así, seguimos centrándonos en quitar la fiebre, la inflamación o el dolor, como si ese mecanismo y ese síntoma fueran el verdadero problema. Y, normalmente, lo único que conseguimos es retrasar o impedir el proceso natural de recuperación del cuerpo.

Evidentemente, habrá infecciones u otros problemas médicos en los que los procesos naturales del organismo se queden cortos. Ahí es donde la medicina moderna y el enfoque reduccionista son más útiles. Y, en muchos casos, resultan imprescindibles para curarnos.

Pero hay otros muchos casos, sobre todo relacionados con enfermedades crónicas derivadas de nuestro estilo de vida sedentario, donde este tipo de intervenciones no son muy efectivas. Ahí es donde el enfoque sistémico y de control del entorno suele ser lo más eficaz. Porque el problema no fue un virus o un accidente, sino la adaptación constante a determinadas condiciones del entorno: qué comíamos, cómo nos movíamos, cuánto y cómo descansábamos, cuánto nos exponíamos a la luz solar, cuánto y a qué estresores estábamos expuestos (ruido, luz, contaminación, estrés emocional, estrés social, etc.).

En resumen, es mejor que nos centremos en evaluar nuestro entorno y los estímulos a los que estamos expuestos antes de empezar a buscar explicaciones «exóticas» a lo que pueden ser respuestas normales de nuestro organismo.

Resumen y conclusiones
¿Qué significa ser sedentarios?

Significa que tenemos un estilo de vida y un entorno que fomentan el movernos menos y hacerlo siempre de la misma forma, donde existe una abundancia de alimentos hipercalóricos, pero de bajo contenido de nutrientes, y donde es más útil sobreespecializarse y tener rutinas.

¿Qué problemas crea el estilo de vida sedentario?

El exceso de calorías, la falta de nutrientes, la carencia de movilidad y la variedad de movimiento reducida conllevan algunos problemas de salud. Estos problemas son de tipo crónico y no contagioso:

 Enfermedades metabólicas y endocrinas como la obesidad, la diabetes mellitus tipo 2, el síndrome metabólico y la osteoporosis.

 Enfermedades cardiovasculares como la arterioesclerosis, hipertensión arterial, infarto del miocardio y otras cardiopatías.

 Trastornos alimentarios, trastornos del estado de ánimo y el abuso de sustancias.

 Otras enfermedades: cáncer, insuficiencia renal crónica, alergias y asma.

También generan problemas de movilidad, dolores crónicos y falta de funcionalidad.

Todo esto son adaptaciones a nuestro entorno y a los estímulos que recibe el cuerpo, no un problema de nuestro cuerpo. No es que nuestros genes hayan cambiado y sean peores.

¿Qué podemos hacer para remediarlo?

Hacer cambios en nuestro entorno, nuestros hábitos, movernos más y de forma más variada.

Puede parecer algo muy abstracto y difícil de llevar a cabo, pero en la segunda parte del libro proporcionaré algunas claves para conseguirlo. Encontrarás ejemplos muy prácticos, adaptados a todos los niveles y fáciles de integrar en el día a día.

ENTORNO SEDENTARIO

Como hemos visto, todo ser vivo se adapta constantemente a su entorno y a los estímulos que le llegan de él. Tanto celularmente como cuanto al ser vivo en sí, el entorno determinará la forma en la que se adapte.

Nuestros movimientos, nuestras posiciones, lo que comemos, lo que dormimos, etc., van a determinar el entorno de nuestras células y su adaptación. Nuestra cultura, nuestras costumbres, tecnología, arquitectura, etc., determinarán nuestro entorno y cómo nos adaptamos a él.

Como especie no somos especialmente fuertes ni rápidos, no tenemos coraza ni garras. En general, no disponemos de ningún atributo físico que nos proporcione una ventaja frente a otros animales. Pero algo que sí tenemos es que nos adaptamos muy bien a nuestro entorno y que hemos desarrollado la capacidad de adaptarlo a nuestras necesidades.

Gracias a la tecnología (fuego, ropa, zapatos, casas, vehículos, herramientas, armas, alcantarillado, etc.), hemos sido capaces de vivir en sitios cálidos y en lugares muy fríos, sobrevivir a sequías y a lluvias torrenciales, defendernos de depredadores y de otros grupos de humanos. Hemos ido adaptando nuestro entorno, primero para sobrevivir y luego para vivir mejor.

Con el progreso llegaron muchísimas cosas buenas (medicinas, mayor disponibilidad de agua y alimentos, medios de transporte, formas de comunicarnos a distancia, modos de compartir el conocimiento y un sinfín de cosas más) y una vida más cómoda. Pero en el afán de facilitarnos la vida, hemos cambiado nuestro entorno hasta el punto de que una persona podría pasarse toda su vida sin interactuar directamente con el ambiente en el que vivieron sus antepasados.

Y no hablo de hace miles o millones de años, hablo de cientos de años. Hoy en día, hay gente que no ha vivido nunca fuera de una ciudad.

Esto no es necesariamente bueno ni malo, pero sí es un entorno muy distinto al que esperan nuestros genes.

A continuación explicaré algunos de esos cambios que hemos creado en nuestro entorno y que nos afectan de forma negativa. Si bien no es fácil escapar del ámbito sedentario que nos rodea desde que nacemos, veremos que la solución tampoco es irnos a vivir a la selva.

¿CÓMO O POR QUÉ ES NUESTRO ENTORNO SEDENTARIO?

Si vemos el sedentarismo como una sobreespecialización en posturas y movimientos, será fácil identificar qué elementos a nuestro alrededor nos invitan a movernos de determinada manera o limitan nuestro movimiento.

Por ejemplo, es muy probable que el 99 % del tiempo camines por un suelo totalmente plano y liso. Es decir, que no hayas tenido que estar constantemente esquivando piedras, ramas, agujeros en el suelo, subiendo y bajando pequeños montículos o laderas, ¿no?

Evidentemente, es muchísimo más cómodo caminar por suelos planos y sin obstáculos. El problema de esto es que nuestros pies, tobillos, rodillas, cadera, columna, sistema nervioso y sistema vestibular se vuelven especialistas en caminar en este tipo de terrenos totalmente planos y sin obstáculos. Tan especialistas que dejan de ser buenos a la hora de subir o bajar montículos, esquivar obstáculos y, en general, cualquier cosa que se salga de ese movimiento en el que nos hemos especializado.

Esto nos lleva a sentirnos bastante cómodos cuando nuestro tobillo está cerca de los noventa grados, pero nos cuesta sacarlo de esa posición.

Podemos pensar que si subimos y bajamos escaleras, estamos cambiando un poco la forma en la que nos desplazamos. Pero los escalones no dejan de ser una forma de seguir caminando en superficies planas. Son un modo de evitar tener que subir o bajar una cuesta, es decir, mover el tobillo en otros ángulos.

En realidad, bajando las escaleras sí deberíamos doblar más el tobillo, aunque es muy probable que, debido a las adaptaciones que ya tenemos, nuestro cuerpo busque la forma de que no sea necesario doblarlo. Básicamente, es rotando la punta del pie hacia fuera y levantando el talón antes de tiempo, cayendo con más fuerza en la pierna delantera, en vez de frenar con la de atrás.

Subir y bajar escaleras es interesante, porque aumenta la variedad de movimientos de la cadera, y usamos de forma diferente algunos músculos de las pierna. Sin embargo, no ayuda mucho a la variedad de movimientos en nuestros tobillos. Así que, probablemente, el suelo en el que caminamos todos los días sea lo que más nos «obligue» a especializarnos y a ser sedentarios, sin darnos cuenta. Y no podemos hacer gran cosa al respecto.

Existen otros muchos ejemplos como este y que afectan igual a otras partes del cuerpo. Por ejemplo, llevar calcetines y zapatos limita mucho el movimiento de los pies y de los dedos. Si a esto le sumamos que los zapatos suelen tener la suela algo rígida y la punta más estrecha que nuestro pie, que suelen llevar algo de tacón y, algunos incluso un soporte para el puente, nos daremos cuenta de que sufrimos demasiadas limitaciones que generarán unas adaptaciones muy concretas.

Nuestros pies se adaptarán a ese microentorno que les hemos creado y al que están expuestos casi todo el tiempo que no pasamos durmiendo.

Veremos más adelante las implicaciones de tales adaptaciones. No solo en los pies, sino también en rodillas, cadera, columna, sistema nervioso, el equilibrio, etc.

Por otra parte, parece que el sedentarismo tiene que ver solamente con no movernos demasiado y con cómo esa falta de actividad física a nivel motor nos afecta a la salud. Pero muchas veces no tenemos en cuenta la cantidad de pequeños movimientos que hace nuestro cuerpo para garantizar nuestra supervivencia.

Entre todos estos movimientos están los de los ojos. Para poder ver de cerca, de lejos, ampliar o cerrar el campo de visión, ver con distintas intensidades de luz, detectar profundidad y utilizar otras capacidades que tienen nuestros ojos, se necesitan movimientos de muchos pequeños músculos que controlan el globo ocular, aparte de distintos sensores, nervios y otras estructuras.

Si llevamos a cabo algunos de estos movimientos constantemente, nuestros ojos se adaptarán a ser buenos haciendo estas acciones más habituales, pero no tanto las otras.

Ahora observa tu entorno diario y lo que haces con los ojos cada día. Lo más probable es que lo más lejos que hayas mirado en mucho tiempo sea al otro lado o al final de la calle. Pero la mayor parte del día mirarás a la pared de enfrente, al móvil, a la tableta, a un libro o a un ordenador que estén a medio metro, como mucho.

Para nuestros ojos, mirar lejos es mirar al horizonte. Es decir, al menos, a varios (cientos de) kilómetros. Pero ya hemos visto que no es algo que solamos hacer.

Al final tenemos unos ojos especialistas en mirar de cerca, con una intensidad de luz parecida todo el día (usamos gafas de sol y luz artificial para asegurarnos). En todo lo demás, ya no somos tan buenos.

Y qué decir de la famosa silla, el nuevo «demonio» de la salud. Hace unos años se empezó a recalcar los problemas del sedentarismo diciendo que «sentarse es el nuevo tabaco» (Sitting is the new smoking). Esto llevó a cambios positivos y negativos. Se fue más consciente del problema, pero también condujo a creer que el problema era estar sentados. Y aparecieron soluciones como trabajar de pie.

Como hemos visto, el problema no es la silla o estar sentados, sino pasar mucho tiempo en una misma postura. Y pasamos muchísimo tiempo en posición de estar sentados en una silla o en un mueble similar.

Si eres una persona que trabaja en una oficina y te pregunto cuántas horas al día pasas sentado o sentada, me dirás que unas ocho. Pero si te digo que tienes que sumar el tiempo que estás en esa misma posición comiendo, descansando, en el baño, viendo la tele o una serie, en medios de transporte, tomando algo con unos amigos, usando el ordenador o el móvil, seguro que llegas fácilmente a las catorce o quince. Y si duermes en posición fetal, estás básicamente en la misma postura durante toda la noche. Y si practicas ciclismo o spinning, lo harás en la misma posición. Así que esa postura es, sin duda, en la que más tiempo pasas cada día. Y esto es así desde que empezaste a ir al colegio.

Piensa ahora en las horas diarias y en los años que llevas «entrenando» para convertirte en especialista de esa postura. Ahora mismo eres un «ninja» de la silla.

Así pues, el problema no es que la posición sea mala, sino que pasamos tanto tiempo en ella que a nuestro cuerpo le cuesta mucho todo lo que no sea estar sentados. Más adelante veremos distintas adaptaciones y problemas que puede generarnos.

Hay muchísimos más ejemplos de cómo costumbres, aspectos culturales o arquitectónicos de la vida moderna pueden influir mucho en nuestros movimientos y posturas, e, indirectamente, en cómo se adapta nuestro cuerpo.

 El suelo puede influir en cómo usamos nuestros tobillos.

 Las casas, edificios, trabajos y ocio, en cómo usamos nuestros ojos.

 Nuestra forma de sentarnos, en cómo funciona nuestra cadera.

 El llevar zapatos, en cómo funcionan nuestros pies.

 Tener todo a la altura del pecho o la cara, en cómo usamos nuestros brazos.

 Ingerir mucha comida blanda, en cómo funciona nuestra mandíbula o la distribución de nuestros dientes.

 El que no esté bien visto sentarse en el suelo, en nuestra capacidad de levantarnos si nos caemos.

Y la lista podría ocupar todo un libro.

Hay otro tipo de aspectos del entorno que afectan no tanto a cómo nos movemos sino a cuánto nos movemos. Por ejemplo, tener más comida disponible ha hecho innecesario que debamos salir a cazarla, cultivarla o recolectarla. Sin embargo, asimismo, ha provocado que podamos tener toda la comida que necesitemos en una nevera, despensa, armario, máquina expendedora o en la mesa donde trabajamos.

No es algo intrínsecamente malo, pero casi ha eliminado la necesidad de movernos para comer. Y buscar el alimento es una de las pocas motivaciones que tiene un animal para moverse. Las otras son reproducirse, huir de depredadores y buscar cobijo. Todo lo demás es gastar energía innecesariamente y poner en peligro la supervivencia.

Teniendo en cuenta que el cobijo y los depredadores ya no suelen ser un problema, nos quedan pocas razones para movernos.

Como tenemos comida muy disponible y no necesitamos movernos demasiado, nos encontramos en una situación en la que consumimos muchas más calorías de las que gastamos y buscamos formas de desprendernos de algunas de las que nos sobran. Así, sin darnos cuenta, nuestro entorno nos ha llevado a darle la vuelta al ciclo de nutrirnos. En vez de movernos para poder alimentarnos, para poder tener energía y nutrientes, nos movemos porque queremos «quemar» el exceso de energía que hemos consumido.

Lo importante de todo esto es ser conscientes. No podemos cambiar algo que no sabemos que existe. Además, entender que la mayoría de nuestros problemas sedentarios vienen derivados de nuestro entorno hace más fácil la solución. Transformando aspectos de nuestro alrededor, mutaremos hábitos, que cambiarán adaptaciones y mejorarán nuestros problemas. Evidentemente, habrá elementos de nuestro entorno que no podremos cambiar, pero otros sí. Y, en muchos de esos casos en los que no podemos cambiar el entorno, podremos añadir algún hábito que nos ayude a «contrarrestar» los efectos de exponernos demasiado a ellos.

La memoria, la fuerza de voluntad o la motivación no son características fiables en el ser humano. Por eso, basar en ellas un plan nutricional, de entrenamiento o un cambio de vida, probablemente no sea la mejor idea. Podría entrar en detalles fisiológicos que explican por qué no son características fiables, pero creo que todos contamos con suficientes experiencias como para que, en el fondo, sepamos que es así. Un programa o un plan que dependa exclusivamente de ellas no solo tiene muchas menos probabilidades de éxito, sino que tiende a culpabilizar a la persona:

«Es que no tengo suficiente fuerza de voluntad».

«Es que soy un desastre, siempre me olvido».

«Tengo que tomármelo más en serio».

Me encontré con un problema parecido cuando trabajaba con equipos de programadores, administradores de sistemas informáticos y otros profesionales del sector. En la mayoría de los trabajos, depender de la memoria, la fuerza de voluntad o la motivación llevará a cometer errores innecesarios.

En aquella época encontré dos soluciones a estos problemas. Y se pueden llegar a aplicar en el contexto de la mejora de la salud:

 Automatizar todo lo que se pueda.

 Ponerte fácil lo que necesitas hacer, y difícil lo que necesitas evitar.

Con máquinas y ordenadores podemos automatizar muchas tareas, pero el ser humano tiene su propio sistema de automatización: los hábitos.

A lo largo de nuestra vida, hemos ido adquiriendo muchísimos hábitos. Y ellos nos permiten no tener que estar tomando infinitas decisiones durante todo el día. Por eso, una buena manera de hacer cambios en nuestra vida, que duren y que no nos supongan un esfuerzo mental extra (o una sensación de que nos quitan tiempo), es convertirlos en hábitos.

No me extenderé en esta parte ahora, porque más adelante habrá un apartado entero para hablar sobre los hábitos y cómo crearlos (o romperlos). Pero lo importante es que hay muchas más posibilidades de conseguir nuestro objetivo si dependemos de hábitos que si lo hacemos de la fuerza de voluntad, la memoria o la motivación.

CAMBIA TU ENTORNO

 Ponte FÁCIL lo que necesitas hacer.

 Ponte DIFÍCIL lo que necesitas evitar.

Es otra estrategia muy potente (y sencilla) para conseguir cambios y evitar el estrés mental que supone. Es algo en lo que suelo trabajar mucho con mis clientes. Buscamos elementos cotidianos que podemos modificar para que cambien nuestra manera de actuar.

Un ejemplo un tanto radical para algunas personas sería quitar sofás, sillas y sillones de la casa. Con esto consigues no tener que pensar en sentarte X minutos al día en el suelo. Ahora la única opción que tienes es sentarte en el suelo. Pero tampoco hace falta que lleguemos a tales extremos. Puede ser más sencillo.

Recuerdo el caso de una clienta que tenía mucha tensión en un lado del cuello; después de mucho observar su día a día, se dio cuenta de que siempre se apoyaba en ese brazo, en el apoyabrazos de la silla, cuando estaba sentada trabajando. Así pues, probamos a quitar el apoyabrazos de la silla de trabajo. En poco tiempo, la tensión del cuello comenzó a desaparecer.

Otro ejemplo típico se da con la comida. Si tienes cerca alimentos que quieres evitar, tendrás que hacer un esfuerzo sobrehumano para no tomarlos. Pero si, directamente, no tienes esa comida en tu casa, es muy posible que el esfuerzo de salir a comprarla sea mayor que la tentación de zampártela.

Lo mismo sucede con los alimentos que sabes que deberías comer, que te gustan, pero que te da pereza tomar (como la fruta). Si los tienes muy disponibles, hay muchas más posibilidades de que los comas. O agua. Si nunca tomas agua y te pones una botella en la mesa del trabajo, las posibilidades de que bebas más aumentan muchísimo. Claro que, si ya sueles ingerir agua, y lo que quieres es levantarte más de la silla, puedes ponerte el agua en una mesa lejos o en otra habitación. Así «te obligas» a levantarte de vez en cuando para ir a beber.

Como verás, aunque el entorno y los problemas son similares para todo el mundo, lo ideal es personalizar estos cambios. Para ello, lo mejor es empezar por buscar lo que haces mucho y lo que haces poco. Eso te dará una pista sobre qué tipo de cambios introducir. También ayuda mucho ver casos como los que te comento.

Más ejemplos. Si te pones una barra de dominadas en el pasillo de tu casa, hay muchas posibilidades de que te cuelgues de vez en cuando de ella. Muchas más que de que vayas a un parque a hacerlo.

Puede que necesites masajearte la planta del pie para trabajar en una fascitis o, simplemente, mejorar la salud de tus pies. Pero quizá nunca te acuerdes de hacerlo o te resulte una pesadez. Prueba a dejar la pelota debajo de la mesa del trabajo y verás cómo te pones a jugar con ella sin darte cuenta.

En resumen, si quieres dejar de hacer algo que haces mucho, póntelo difícil. Cambia tu entorno de tal forma que sea más complicado hacerlo que no hacerlo.

Y viceversa. Si quieres empezar a hacer algo, o hacerlo más intensamente, cambia algo en tu entorno para ponértelo fácil.

LA SALUD: UN PROBLEMA COMPLEJO

Sabiendo que el cuerpo humano es un sistema complejo, podemos aplicar algunos conceptos de este tipo de sistemas. En vez de tratar partes del mismo, o cómo se comportan de manera aislada, es mejor establecer cambios en el entorno y dejar que el propio sistema se reorganice y adapte.

Es decir, si nos duele la rodilla, en vez de tratarla a ella o a su dolor, posiblemente sea mejor observar cómo se comportan la cadera y el tobillo. Es un ejemplo muy simplificado, pero muy real y que trataremos en el capítulo de «Problemas comunes».

Sin embargo, para que se entienda un poco por qué hago referencia tanto a este tipo de sistemas y por qué insisto en su importancia para tratar las lesiones, enfermedades, el dolor y, en general, el cuerpo humano, voy a resumir cuáles son sus características básicas y cómo podemos aplicarlas de forma práctica.

En primer lugar, debería decir que hay dos términos que intercambiamos con frecuencia, pero que son diferentes:

 Complejo.

 Complicado.

Algo complejo está formado por varias partes o elementos. Y, normalmente, existen relaciones entre dichos elementos que hacen que el todo sea mucho más que la suma de las partes.

En cambio, algo complicado es una cosa que es difícil de entender. Puede tener varias partes, pero no necesariamente.

Esta distinción es importante, pues que un problema o un sistema sea complejo no depende de lo difícil que resulte de entender, sino de las partes que lo componen y (sobre todo) de las relaciones entre estas.

Podríamos decir que un problema complejo siempre será complejo, por mucho conocimiento que tengamos del mismo. Pero un problema complicado será más sencillo a medida que sepamos más sobre él. Por eso, la forma de enfrentarnos a un problema complicado y a uno complejo no es la misma.

Si el problema es complicado, lo mejor es buscar a alguna persona experta en este tipo de asuntos o aprender más sobre ellos.

Sin embargo, esa solución no funciona con problemas complejos. Normalmente, en este tipo de cuestiones, existen muchos puntos de vista válidos desde los que se podría analizar la cuestión. Cada uno de ellos válido, pero incompleto.

Mejor explico algunas de sus características y pongo algún ejemplo, para que se vea más claro.

CARACTERÍSTICAS DE UN SISTEMA COMPLEJO

Estas son algunas de las características típicas de un sistema complejo:

 Multinivel.

 Emergencia.

 No lineal.

 Bucles de retroalimentación.

 Variabilidad.

 Atractores.

 Adaptabilidad.

 Autoorganización.

Multinivel

Posiblemente es la característica más fácil de ver. Casi todos los sistemas complejos están compuestos de otros, también complejos, pero, además, suelen formar parte de otro sistema complejo mayor.

En este sentido, la Tierra es un buen ejemplo de un sistema complejo. Por un lado, contiene multitud de seres vivos, tectónica de placas (movimiento de las placas tectónicas y los continentes), fenómenos atmosféricos, etc. Cada uno de estos, considerados sistemas complejos.

Pero, además, la Tierra forma parte del sistema solar, formado por otros planetas, con sus propias interacciones y reglas. Y el sistema solar forma parte de una galaxia, la Vía Láctea. Y así sucesivamente.

En un ser vivo nos encontramos con el mismo fenómeno. Un ser humano está formado por órganos y sistemas, que, a su vez, están formados por tejidos, que están compuestos por células, que están compuestas por orgánulos, etc. Al mismo tiempo, el ser humano forma parte de una familia, que pertenece a una comunidad (tribu, barrio, pueblo, ciudad, etc.), que pertenece a un país, etc.

Cada uno de estos grupos tiene características y dinámicas diferentes. Por ejemplo, el comportamiento de un individuo no es el mismo que el de un país. Ni las relaciones entre ciudades son las mismas que entre países o entre familias.

Emergencia

Se refiere a características que «emergen». Son propiedades del sistema, que no tiene ninguna de las partes que lo componen y que surgen a partir de las relaciones entre dichas partes.

El sentido de la vista (bueno, en realidad, cualquiera de los sentidos) es un buen ejemplo. Al contrario de lo que solemos pensar, los sentidos no son una manera de «ver» la realidad que nos rodea tal cual es. Los sentidos se componen de dos partes:

 La sensación.

 La percepción.

La sensación es la información que llega a alguno de los muchos sensores que tenemos en el cuerpo. En el caso de la vista, serían los sensores que poseemos en el ojo y que detectan ondas de luz. Esta señal es detectada por distintos sensores y transformada en señales químicas y eléctricas que puedan viajar por el sistema nervioso hasta una zona del cerebro, donde se interpretarán.

Sin embargo, luego entra en juego la percepción, que es la interpretación de esas señales y su significado. Aquí no solo se evaluarán las señales recibidas, sino también el contexto en el que se recibieron. Se tendrán en cuenta expectativas (lo que se esperaba ver), recuerdos (lo que hemos visto antes en ese sitio o en situaciones parecidas), lo que hay alrededor, las emociones que estamos sintiendo (¿tenemos miedo?, ¿sentimos placer?), lo relevante que sea para nuestra supervivencia o la tarea que estamos realizando y muchas cosas más.

Lo que vemos es una reconstrucción de nuestro cerebro a partir de esas señales, más todas esas consideraciones. Por eso funcionan los efectos ópticos.

Así que la vista es una característica que surge de la interacción de distintas partes del ojo con nervios y zonas diferentes del cerebro. Cada parte realiza cosas por su cuenta, sin tener en cuenta el resto, pero el resultado es nuestra «experiencia» de ver.

El movimiento del brazo sería otro ejemplo de esta característica en el cuerpo. Para que se mueva, se necesita la coordinación de neuronas, nervios, muchos miles de fibras musculares diferentes, tendones, huesos, fascias, ligamentos, piel, sensores propioceptivos… Ninguno de estos elementos es capaz de generar el movimiento por sí mismo. Solo la coordinación entre todos ellos puede hacerlo.

Este ejemplo nos sirve para ver el problema que planteaba antes: existen muchos puntos de vista válidos.

Podríamos ver este movimiento como un problema biomecánico. Es decir, palancas, poleas y vectores de fuerza. Unos músculos se contraen y generan una fuerza en determinadas direcciones, esa tensión se redirige por «poleas» en las articulaciones (por ejemplo, el codo) y se mueven palancas (los huesos del brazo).

Es un punto de vista válido y que permite analizar mucha información útil para aprender sobre el movimiento humano. Pero es evidente que el modelo se queda corto.

Podríamos mirarlo desde el punto de vista fisiológico, analizando qué pasa en las células del músculo cuando este se contrae. Ver los distintos tipos de fibras musculares que existen, cómo se contraen, cómo funciona el aporte de oxígeno o glucosa. También ver cómo influyen la rigidez y la capacidad de absorción de la fuerza de los tendones y el resto de tejido conectivo. Cómo influye ese tirón (la contracción muscular) en la adaptación del tendón y del hueso. Y mucho más.

Esto nos daría muchísima información sobre cómo funcionan los tejidos, acerca de cómo se adaptan y de sus propiedades, pero no tanto sobre las fuerzas y palancas generadas.

También podríamos mirarlo desde el punto de vista del sistema nervioso. Cómo se planifica movimiento en la corteza prefrontal (parte delantera del cerebro) a partir de la información que tenemos sobre esa parte de nuestro cuerpo. Luego se envía esa información a varios centros nerviosos para hacer otras comprobaciones y mandar la señal adecuada a neuronas motoras, que se encargarán de enviar señales a las fibras musculares adecuadas, para que se contraigan con la intensidad necesaria para realizar el movimiento. Todo esto mientras se analiza que todo vaya según el plan, para corregir el movimiento (trayectoria, velocidad, fuerza) sobre la marcha.

Y así podríamos seguir.

La cuestión es que todos esos modelos y puntos de vista son válidos y aportan información única e importante. Pero ninguno da todas las respuestas.

Hay especialistas en cada una de estas áreas. Por eso, muchas veces, cuando acudimos con un problema a un especialista, puede darnos una explicación o solución que es válida, pero que no nos soluciona el problema. Porque es muy posible que dicho especialista solo esté contemplando las variables de su modelo, su punto de vista, e ignorando toda la información de los demás.

No es que decida ignorarlos, sino que es especialista en su punto de vista, y es ahí donde se enfocará.

Pero, antes de profundizar más en los ejemplos, es mejor que nos centremos en el resto de las características.

No lineal

Otra característica de un sistema complejo es que «no es lineal». Esto quiere decir que el sistema no aumenta o disminuye uniforme y progresivamente.

Por ejemplo, si estamos construyendo un muro, cuantos más ladrillos le añadamos, más grande será. Si le quitamos ladrillos, será más pequeño. Es más, podemos predecir perfectamente cuánto crecerá sabiendo los ladrillos que se van a añadir.

En este sentido, un sistema complejo es totalmente impredecible.

Imagínate que estás trabajando en construir ese muro. Si alguien te ayuda, acabarás más rápido, ¿no? Sin embargo, a medida que vas sumando gente al proyecto de construcción, empiezan a aparecer (emerger) tareas de coordinación que antes no existían. Esas tareas llevan tiempo, así que, a partir de cierto número de personas, parte de ese tiempo que ibas a ganar lo inviertes en coordinar a toda esa gente.

Para ser más eficientes, seguramente se dividan el trabajo. Unos mezclan el cemento, otros traen ladrillos, otros los colocan, otros se aseguran de que no se acaben los materiales y de traerlos cuando se vayan agotando. Esto puede crear ciertos cuellos de botella, es decir, puntos donde no se avance el trabajo y se ralentice al resto de las personas. Puede que se acaben los ladrillos y que quien los debe colocar deba estar esperando. O que suceda lo mismo con el cemento o el agua. Todo esto va a hacer que la velocidad de crear el muro no sea tan lineal como hubiera sido con una única persona. Porque hemos añadido más elementos al sistema, y lo hemos vuelto cada vez más complejo e impredecible.

Respecto al cuerpo humano, un ejemplo de este tipo podría ser la sal. O, mejor dicho, la cantidad de sal que ingerimos. Un componente principal de la sal común es el sodio. Junto con el potasio, el sodio es fundamental para mantener el equilibrio en los líquidos dentro y fuera de las células. Ambos minerales son necesarios, de hecho son imprescindibles, y debemos consumir un mínimo de cada uno de ellos para mantener nuestras células vivas y sanas.

Seguro que habrás leído que tomar mucha sal es malo para la salud. Así pues, podríamos pensar que lo bien o mal que nos sienta la sal es algo lineal: cuanta más sal tomemos, peor.

Pero si no consumimos nada de sal (sodio) podemos morir. Y también podemos fallecer si tomamos demasiada (aproximadamente cuatro cucharadas soperas). Así que la relación ya no es tan lineal.

El problema real es que, tomando mucha sal, estás subiendo los niveles de sodio en el cuerpo, y eso puede romper ese equilibrio entre el sodio y el potasio, lo cual genera diferentes problemas en la salud. Pero si consumieras poca sal, tendrías otros contratiempos distintos. Y puesto que el problema tiene que ver con esa relación entre el sodio y el potasio, con la misma cantidad de sal podemos sufrir efectos diferentes en la salud, en función también de la cantidad de potasio que ingiramos. Además, podrían influir otros factores como la cantidad de agua que bebamos, si hace mucho calor y sudamos mucho, lo que hemos orinado, cuánto pesamos, etc.

En resumen, la cantidad de sal que debemos ingerir no es, ni de lejos, una propiedad lineal, y existen muchos factores que pueden influir en cómo afecta la misma cantidad.

Otra característica que suelen tener los sistemas no lineales es que normalmente tienen un punto de saturación. Es decir, un momento en el que se produce un cambio drástico en el comportamiento del sistema.

En el ejemplo de la sal, si partimos de la cantidad óptima y vamos subiendo la dosis, cada vez irá funcionando todo peor. Pero si sobrepasamos cierta cantidad, no es que estemos un poco peor que antes, es que morimos. La diferencia entre el estado anterior y el nuevo es muy grande, no solo algo distinto.

De todas formas, esto es solo un ejemplo. Resulta complicado llegar a ese punto en el consumo de sal. Y lo mismo pasa con cualquier otro nutriente. Parafraseando al médico y alquimista suizo del siglo XVI Paracelso, «en la dosis está el veneno».

Bucles de retroalimentación

Otro fenómeno frecuente en estos sistemas complejos es el de «feedback loops» o bucles de retroalimentación. Normalmente los hay de dos tipos:

 Bucles positivos.

 Bucles negativos.

Estos bucles de información son mecanismos que el sistema posee para autorregularse y buscar el equilibrio o la adaptación. El negativo buscará mantener el equilibrio del sistema, mientras que el positivo buscará que se adapte y crezca.

Tenemos muchos bucles negativos con el fin de garantizar una serie de condiciones básicas para seguir vivos. Por ejemplo, disponemos de miles de sensores en los músculos, la piel y las articulaciones que mandan información para saber la posición de cada parte de nuestro cuerpo y nuestra posición en el espacio. Es lo que llamamos el sentido de la propiocepción.

Además, contamos con un conjunto de sensores en el oído interno capaz de detectar nuestra posición respecto al suelo, giros de la cabeza y si estamos tumbados, de pie o boca abajo. Es el llamado «sistema vestibular».

Nuestro cerebelo (una parte de nuestro sistema nervioso alojada en la base del cráneo) es capaz de usar la información de estos dos sistemas, compararla con la de la vista y crear el «sentido» del equilibrio. Como puedes ver, es una propiedad emergente de la interacción de los tres sistemas. Pues este equilibrio es un bucle negativo que detecta si perdemos la verticalidad o si nos caemos. De forma automática, sin que tengamos que pensar en nada, nuestro sistema nervioso dará las órdenes adecuadas a los músculos necesarios para evitar perder el equilibrio del sistema. Es decir, para que no nos caigamos.

Como este, hay muchos más. Por ejemplo, tenemos mecanismos para monitorizar la temperatura, la presión sanguínea, la acidez de la sangre o de los tejidos, etc., y que lanzan las acciones necesarias para volver al estado óptimo.

Hay otros menos automáticos. Por ejemplo, si se detecta que hace mucho calor o que hacen falta líquidos por alguna razón, se lanzará una señal de sensación de sed. Será una llamada para actuar. Podemos beber agua o no. Es una decisión consciente que deberemos tomar. Y en función del resultado, se cancelará la llamada o no.

Veremos más adelante que el dolor entra dentro de esta categoría de bucles negativos de información.

Por otro lado, tenemos también bucles positivos de información. En vez de buscar frenar ese estímulo que trata de romper el equilibrio del organismo, promoverá cambios en la dirección del desequilibrio. Cambiará el sistema para producir una adaptación o crecimiento.

Estos bucles positivos podrían llegar a generar problemas si promueven cambios hacia el desequilibrio.

Son los casos del hambre y la saciedad. El hambre es un bucle positivo que nos invita a comer. Comer nos ayuda a nutrirnos y a tener energía suficiente como para crecer o reparar el organismo. Así que comer nos da una sensación placentera, que nos invita a seguir haciéndolo. Sobre todo, alimentos dulces o grasos, que tienen más energía. Como dice el dicho, «comer y rascar, todo es empezar». Pero si siguiéramos engullendo sin parar, no nos ocuparíamos de otras funciones importantes para la vida, aparte de que seguramente acabaríamos ingiriendo demasiado de algún nutriente que terminaría haciéndonos daño.

Para evitarlo, tenemos un bucle negativo, la saciedad. La sensación de saciedad aparece cuando nuestro cuerpo detecta que hemos comido suficiente y previene que el organismo entre en desequilibrio.

Así que el hambre nos hace comer (indispensable para vivir, crecer, reparar tejidos, etc.), mientras que la saciedad controla que no nos pasemos comiendo.

Y estarás pensando… entonces ¿por qué como más de la cuenta o parece que nunca dejo de tener hambre?

Tiene que ver con cambios en la alimentación que hemos ido introduciendo a medida que dejábamos la vida nómada y nos íbamos haciendo más sedentarios. Como ya comenté en el capítulo «Entorno sedentario», nuestros genes y nuestro organismo están más adaptados a la vida nómada que a la sedentaria.

Cuando éramos nómadas, comíamos alimentos que encontrábamos en la naturaleza. Poco a poco, aprendimos a cocinarlos y a procesarlos, para digerirlos mejor o hacerlos más palatables (más sabrosos). Pero la materia prima seguía siendo algún alimento: fruta, verdura, carne, pescado, semillas, etc.

Así pues, a lo que mejor está adaptado nuestro organismo es a esos alimentos. Suelen contener varios nutrientes diferentes, y nuestro cuerpo desarrolló una sensibilidad a algunos de ellos, para detectar cuándo era demasiada comida. Por ejemplo, a la fibra y a las proteínas, ambos bastante saciantes.

Así que si ingerimos una comida con muchos azúcares, como la fruta, detectaremos la fibra y otros nutrientes que contiene para saber cuándo es mucho azúcar.

Lo mismo sucede con la carne. Nuestro cuerpo detectará que hemos comido suficiente proteína, para evitar que nos pasemos con las grasas.

Tanto el azúcar como las grasas eran un bien preciado para nuestros antepasados. Son nuestras fuentes principales de energía. Y hay que tener en cuenta que, hasta hace unos pocos cientos de años, no había tanta comida. Además de que no existían neveras, supermercados, empresas de transporte de alimentos, etc., había plagas, hambrunas y guerras que hacían imprevisible el abastecimiento de comestibles. Así pues, a nuestro organismo le interesaba tener energía de sobra. Y priorizaba (mediante bucles positivos de retroalimentación) la ingesta de comestibles dulces y grasos.

Sin embargo, la industria alimentaria progresó mucho y se crearon alimentos con un alto contenido en estos nutrientes que tanto nos demandaba el cuerpo, pero sin los otros nutrientes que esperaba encontrar con ellos. Es el caso de la fibra.

Esto hizo que apareciera una comida capaz de satisfacer el bucle positivo (hambre de alimentos dulces para tener más energía), pero que se saltara el bucle negativo (saciedad cuando se consuma suficiente fibra o se mastique lo suficiente).

Esto es fácil de ver con el siguiente experimento. Hazte un zumo con cuatro naranjas. Seguramente podrás bebértelo sin problema. Es más, es posible que pudieras tomar más.

Ahora trata de comerte las cuatro naranjas enteras, a mordiscos. Es muy probable que a partir de la segunda ya se te estén quitando las ganas de seguir.

Podemos ingerir muchísima más comida en forma líquida que si tenemos que masticarla. Y si contiene más fibra.

Ahora piensa en la cantidad de azúcares y grasas que tomas de forma líquida y sin la fibra con la que suele venir acompañada. Y no solo líquida, sino en formas sólidas, pero que casi se deshacen en la boca sin masticar. Por ejemplo, dulces, bollería, pan de molde, pasta, embutidos, quesos, yogures, batidos, etc.

Por eso, a pesar de existir estos bucles negativos para evitar pasarnos con la comida, en las sociedades modernas solemos comer más de la cuenta.

Otro bucle positivo muy importante es el llamado «sistema de recompensa del cerebro». Consiste en diversas áreas del cerebro que se activan para motivarnos a repetir ciertas acciones. Suele activarse cuando tal acción nos produce algún tipo de sensación placentera.

Este sistema es la base del aprendizaje, la experimentación, los hábitos y también las adicciones. Es lo que nos lleva a explorar y nos invita a repetir aquellos experimentos que han dado buenos resultados, pero evitar aquellos que no han sido positivos.

Este tipo de bucles positivos pueden llegar a crear desequilibrios graves en el sistema, si no hay algún tipo de bucle negativo (el que buscaba mantener el equilibrio) para frenarlos. Como en el caso anterior (comer demasiado azúcar y grasa), existen sustancias y acciones que activan este circuito de recompensa, obteniendo la sensación placentera, pero que se saltan el bucle negativo. Así que entramos en un ciclo de desequilibrio creciente. Esto es lo que sucede muchas veces con las adicciones.

Hace años, se llevó a cabo un experimento con ratas sobre este fenómeno. Mediante electrodos, se estimulaban los centros nerviosos relacionados con la recompensa. Bueno, en realidad se le dio a las ratas la posibilidad de estimular dichos centros, accionando una palanca. El resultado fue que las ratas se dedicaban a activar la palanca sin preocuparse de nada más. No comían ni bebían agua ni hacían caso a otras ratas en celo.

Por eso es tan importante que haya bucles negativos que controlen a los positivos. Y por tal motivo también tiene efectos tan nocivos para la salud crear artificialmente mecanismos que nos recompensen (que nos den placer) sin tomar en cuenta los mecanismos de control de los que ya disponemos.

Variabilidad

Otra característica típica del sistema complejo es la variabilidad. Debido a los diferentes elementos que lo componen y a la cantidad de relaciones entre ellos, los posibles estados y resultados de estas relaciones son enormes. Esto provoca que para cualquier pequeño cambio en el sistema o su entorno se puedan dar multitud de respuestas, cosa que lo hace bastante impredecible.

Una versión muy simplificada sería un bombo del bingo. Si tenemos una bola, el resultado esperado se puede predecir fácilmente. Sin embargo, a medida que añadimos más elementos (bolas), el resultado es cada vez más difícil de predecir.

No obstante, estos sistemas no solo son muy variables en cuanto a resultados, sino que cuanto más variables sean, mejor funcionan.

Básicamente, cuanto más variables sean los estímulos que recibe el sistema, más tratará de adaptarse. Preparándose para una mayor variedad de estímulos y circunstancias, pero también manteniendo activos los mecanismos de adaptación (como los bucles de retroalimentación).

Si siempre has vivido en una región con una temperatura constante y que no varía mucho (por ejemplo, aquí en Canarias la temperatura ronda los veintidós grados todo el año), tu cuerpo tolerará bien esa temperatura, pero no soportará nada bien estar bajo cero o por encima de los cuarenta grados.

Lo mismo para una persona que viva en Groenlandia: estar a cuarenta y cinco grados puede ser muy duro para su organismo. Pero si vives en una región donde pasas inviernos a cero grados o por debajo y veranos a cuarenta grados, tu cuerpo no lo pasará tan mal en ninguno de los dos extremos. Está adaptado a un abanico más amplio de temperaturas.

Evidentemente, esto era así hace unos cientos de años. Hoy en día, con la calefacción y el aire acondicionado, las temperaturas se pueden regular para que se mantengan razonablemente estables todo el año. El inconveniente es que, con esa regulación externa de la temperatura, nuestro sistema interno de regulación ya no funciona tan bien. Así pues, esa falta de variabilidad de la temperatura nos vuelve más indefensos ante cambios repentinos.

Es solo un ejemplo, pero cualquier estresor (estímulo) al que nos expongamos tiene el mismo efecto. Por ejemplo, nuestro organismo funcionará mucho mejor y soportará mejor cambios en la dieta si no siempre comemos lo mismo y de igual forma.

Pensemos en nuestros antepasados nómadas. A veces había comida disponible, pero era normal pasar uno o varios días sin comer. En ocasiones, ingerían lo que cazaban; otras, lo que recolectaban. Así que el tipo de alimento y la frecuencia o cantidad de las comidas eran muy variables. Básicamente, comían en función de la época del año y lo que hubiera disponible en la región en la que se encontraran.

Esto les hacía muy resistentes a hambrunas, sequías, plagas, etc. De hecho, se sabe que cuanto más especializado sea un animal (en cuanto a su alimentación), más vulnerable es a este tipo de desastres naturales.

Para que percibamos la importancia de esta variabilidad para nuestra salud, podemos decir que hoy se sabe que la variabilidad de la frecuencia cardiaca (HRV o VFC), la variación de los intervalos de tiempo entre latido y latido, es un factor protector del corazón. Es decir, cuanto más varíe el tiempo entre latidos, mejor para el corazón. Esto se debe a que una parte del sistema nervioso (el sistema nervioso autónomo) se encarga de regular la subida y la bajada de esta frecuencia (lo rápido o lento que lata el corazón); si no varía mucho, la capacidad de este sistema no es muy buena.

Por simplificar, cuando detectamos peligro, estamos estresados o sufrimos ansiedad, nuestro sistema nervioso autónomo (simpático) toma las riendas y hace latir el corazón de forma más rápida y rítmica. Mientras que cuando estamos relajados y sin mucho estrés, el sistema autónomo (parasimpático) baja el ritmo de los latidos.

Tener un ritmo muy constante de los latidos del corazón suele indicar que pasamos más tiempo en el «modo simpático», es decir, que nuestro cuerpo está estresado y preparándose para el peligro, y que probablemente pasa poco en el «modo parasimpático», más relajado y realizando tareas de mantenimiento del organismo. Aparte de que estaremos menos preparados para cambiar de uno a otro.

También es importante adaptarnos a las distintas formas que tenemos de obtener energía. Cuando nos movemos, dependiendo de la intensidad del esfuerzo y de la duración, nuestro cuerpo usará diferentes mecanismos para obtener energía. Si siempre nos movemos de la misma manera, siempre usaremos el mismo mecanismo y el resto se irá atrofiando.

No es lo mismo correr una larga distancia a una velocidad baja o moderada que correr con todas tus fuerzas una distancia corta. Igual que tampoco es lo mismo hacer cien sentadillas con tu propio cuerpo que hacer tres sentadillas sujetando sobre tus hombros una barra con el doble de tu peso. Está claro que los requisitos musculares son diferentes, pero también la cantidad y el tipo de energía. Cuanto más variados sean los esfuerzos que hagamos, más flexible será nuestro sistema de obtener energía y más fácil resultará mantener sanas nuestras células.

Atractores

Un nombre extraño que hace referencia a la tendencia del sistema a adaptarse en ciertas direcciones. La gravedad podría considerarse un «atractor». Provocará que cualquier objeto vaya hacia el punto más cercano del centro de la Tierra. Si el objeto está en el pico de una montaña, tenderá a bajar de esta hasta el valle.

El ser humano tiene muchos atractores que condicionarán la dirección en la que el sistema se adapta, tanto interna como externamente. Por ejemplo:

 Supervivencia.

 Hábitos y costumbres.

 Los gustos.

 Fortalezas y debilidades.

 Cultura.

 Aceptación social.

 Gravedad.

 Eficiencia.

El primero es el más fácil de entender: cualquier proceso que ocurra en el cuerpo va a tener como prioridad garantizar la supervivencia. Así que eso determinará muchas interacciones, reacciones y decisiones que se tomen a muchos niveles (celular, en órganos, sistemas, etc.).

Los hábitos y las costumbres son otros atractores importantes, tanto para el comportamiento como para determinar cómo nos movemos y nos relacionamos con el entorno y con otros seres vivos. Podríamos decir que, en ausencia de otras razones o de decisiones conscientes, tenderemos a hacer aquello que tenemos «programado» como hábito o a lo que estemos acostumbrados.

Lo mismo sucede con los gustos. Tenderemos a querer hacer aquello que más nos gusta hacer. Y de la forma en la que nos gusta hacerlo.

Pero esto va muy de la mano de las fortalezas y debilidades. Nos suele gustar hacer aquello en lo que somos buenos, pero no nos gusta mucho hacer aquello que no se nos da tan bien. Pero, claro, cuanto más hagamos algo, mejores seremos haciéndolo. Y cuanto menos lo hagamos, peores. Así pues, los gustos y las fortalezas están muy relacionados. Y es algo sobre lo que podemos influir.

La cultura también desempeñará un papel determinante en las decisiones que tomemos. La mayor parte de ellas (tanto para movernos como para interactuar con otras personas) se basan en conductas aprendidas. Y dependerán mucho de la cultura en la que nos hayamos criado. Comer con las manos, cubiertos o palillos; sentarnos en el suelo, en una silla o ponernos en cuclillas; mover mucho los brazos y las manos mientras hablamos; abrazar y besar a otras personas o mantenerse a distancia, etc. Hay infinidad de acciones y decisiones de nuestro día a día que dependen muchísimo de dónde nos hemos criado.

La aceptación social también podría verse como un atractor. Aunque está bastante relacionado con el punto anterior, es un poco diferente. Los seres humanos somos animales sociales. Es algo que tiene mucho sentido. Piensa en el tiempo que tarda un recién nacido en ser autónomo. Comparado con otros mamíferos, un bebé humano está totalmente indefenso muchísimo más tiempo. Su familia lo protege y le da de comer. Depende de ella, hasta para las tareas fisiológicas más básicas.

Luego, de adultos, necesitamos de otras personas para conseguir cobijo, alimentos, etc. No solo cuando cazábamos o evitábamos ser cazados. También ahora.

Piensa en quién hizo tu casa, tu ropa, tu medio de transporte, quién recolectó los alimentos que usas para cocinar, quién fabricó tu microondas, para quién trabajas o quiénes son tus clientes, que te dan dinero para comprar todo lo anterior. Hoy en día es muy complicado hacer nada sin interactuar con alguien. Las relaciones entre personas son muy valiosas. Tanto, que se ha descubierto que tenemos toda una red neuronal en el cerebro dedicada exclusivamente a estas relaciones sociales. Esto nos permite disponer de un registro de quién es quién, quién nos ha hecho algún bien o algún mal, quién nos debe un favor, de quién podemos fiarnos, quién nos proporciona tal o cual recurso, etc. Así que tanto esta información sobre las relaciones sociales como las acciones para ser aceptados en nuestro entorno social determinarán también nuestra conducta. En última instancia, también esto es un mecanismo de supervivencia.

Por otro lado, no podemos olvidar que la gravedad nos afecta, y mucho. Quizá, de cara a nuestro organismo y a cómo se adapta, o reorganiza, la lucha contra la gravedad es un atractor aún mayor. De hecho, tenemos varios sistemas cuya misión es evitar que nos caigamos: el sistema vestibular, la propiocepción y la vista, que forman el sentido del equilibrio.

Desde que somos bebés, nuestro cuerpo lucha entre explorar el entorno y evitar caerse. Y estos dos «atractores» van creando adaptaciones que son la base de nuestra supervivencia y locomoción (capacidad de desplazarnos).

El simple hecho de mantenernos erguidos fortalece la musculatura, que, luego, nos permitirá mantener esta posición sin dificultad. Ahora mismo te parecerá que estar de pie no requiere esfuerzo y que se trata de una postura estática, pero la realidad es que toda la musculatura del cuerpo está evitando activamente que te caigas. Son pequeños movimientos y ajustes, casi imperceptibles, pero ahí están.

Es algo que se ve más claramente en niños pequeños, que mueven la cabeza o el tronco constantemente. O piensa en la primera vez que te subiste a una bicicleta. Para ir en línea recta y mantener el equilibrio, hacías muchos giros bruscos del manillar. Pero a medida que ibas aprendiendo a tener más control, parecía que no manipulabas el manillar y que no tenías que moverte para mantener el equilibrio.

Estar de pie es una lucha constante contra la gravedad. Y a medida que ganamos habilidad, los movimientos para mantenernos erguidos serán más pequeños e imperceptibles.

Es algo importantísimo, porque esta lucha constante va a determinar nuestra postura, muchas de las tensiones que sentimos en el organismo y la mayor parte de las compensaciones que este cree. Por ejemplo, nuestro cuerpo realizará los cambios necesarios en pies, rodillas, caderas, pelvis y columna para que la cabeza se mantenga erguida. Incluso si eso supone crear una pequeña escoliosis, rotar la pelvis o reducir el puente de uno de los pies.

Y, por último en la lista de atractores (aunque seguramente el cuerpo humano tendrá muchos más), está la eficiencia, que no es más que la capacidad de hacer algo empleando el menor número de recursos posible. De alguna forma, nuestro cuerpo se rige por la popular «ley del mínimo esfuerzo». Si puede realizar algo con menos energía, nutrientes o partes involucradas, así lo hará.

Si lo pensamos desde el punto de vista evolutivo, es algo que tiene mucho sentido. Todos los organismos vivos se desarrollaron en un entorno en el que la obtención de energía y nutrientes era incierta. Así pues, cuanto menos se gaste, más posibilidades hay de sobrevivir, incluso cuando haya menos comida disponible. Es una de las estrategias más básicas de cualquier ser vivo y que lleva millones de años grabada en nuestro ADN. Y es una regla que seguirán incluso en abundancia de alimentos.

Esto tiene muchas implicaciones en todos los sistemas del cuerpo y está muy relacionado con las adaptaciones que se producen debido a los hábitos de vida sedentaria. Ya he nombrado muchas de estas adaptaciones. Es lo que explica el proverbio inglés «Use it or lose it». O lo que es lo mismo: «Úsalo o lo perderás».

Este atractor irá guiando las adaptaciones en función de lo que más uses, pero también tratando de optimizar. Si se puede usar una neurona en vez de dos, se usará una y (con el tiempo) se descartará la otra. Y así con todas las células y tejidos del cuerpo.

Lo mismo pasará con el movimiento. Nuestro organismo buscará constantemente formas de moverse usando menos energía. Puede suceder adaptando los tejidos encargados de realizarlo, o buscando formas de llevar a cabo el movimiento empleando la menor cantidad de músculos y fibras musculares.

La primera estrategia sería una «adaptación» de los tejidos a estímulos frecuentes; la segunda, una «autoorganización» del cuerpo para resolver un problema o tarea concreta.

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Возрастное ограничение:
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Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
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296 стр. 27 иллюстраций
ISBN:
9788491876465
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