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JUAN PABLO FUSI

Juan Pablo Fusi Aizpurua (San Sebastián) es historiador, miembro de Jakiunde (Academia de las Ciencias, de las Artes y de las Letras del País Vasco) desde 2012 y de la Real Academia de la Historia desde 2015.

Su obra se ha ocupado ante todo del País Vasco, del nacionalismo en el siglo XX, y de la cuestión de la dictadura y la democracia en el mundo contemporáneo, especialmente en España. También se articula en torno a la idea de la historia como problema.

Entre sus numerosas publicaciones, destacan, en los últimos años, La patria lejana (2001), el best seller Historia mínima de España (2012), Espacios de libertad (2017) e Ideas y poder (2019).

La reflexión sobre España tiene una larga e ilustre tradición. Desde la generación del 98 España se presentaba ante todo como un problema. La República, la guerra civil y el franquismo, obligaron a repensarlo todo: España en su historia, la democracia como posibilidad, el atraso económico, la identidad nacional, el problema militar, la aparición de los nacionalismos catalán, vasco y gallego o la organización territorial del Estado.

Desde Unamuno, Ortega y Azaña hasta Marías, Semprún y Savater, los intelectuales han tenido en la historia contemporánea española un papel singular y en buena medida necesario.

Pensar España responde a un doble propósito: exponer ideas sobre la España del siglo XX y proporcionar «materiales» para comprender sus problemas esenciales. Este libro de Juan Pablo Fusi es una aproximación muy selectiva y personal (pero no arbitraria) al pensamiento español. En sus páginas se combinan capítulos sobre Ortega y Azaña, la cultura en la República, bajo el franquismo y en la Transición, pequeñas monografías sobre Jorge Semprún y Julián Marías, con ensayos generales sobre España en el siglo XX, la guerra civil y sus profundas huellas, el advenimiento de la democracia o el problema de ETA.

PENSAR ESPAÑA

Juan Pablo Fusi

PENSAR ESPAÑA

En torno al pensamiento español del siglo XX


Pensar España

En torno al pensamiento

español del siglo XX

© 2021, Juan Pablo Fusi

© 2021, Arzalia Ediciones, S. L.

Calle Zurbano, 85, 3º-1. 28003 Madrid

Diseño de cubierta, interior y maquetación: Luis Brea

ISBN: 978-84-17241-93-3

Producción del ePub: booqlab

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotomecánico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso por escrito de la editorial.

www.arzalia.com

Índice

Prólogo

1. España: el siglo xx

España: del 98 a la caída de la monarquía

República y guerra

La dictadura

De la dictadura a la democracia

2. Dos ideas de España: Ortega y Azaña

El Escorial: Ortega

El Escorial: Azaña

España como problema

3. La República de los intelectuales

La República, Estado cultural

El apogeo republicano

Particularismo cultural

La politización de los intelectuales

4. España, campo de ruinas

Líneas de fuego

La dictadura de Franco

La España inmóvil

5. En el Laberinto

Dos regresos: Ortega y Brenan

Raymond Carr (1919-2015)

6. Espacios de libertad

El fin de la posguerra

Re-pensar España

Rehacer la historia

El régimen como problema

La reinvención de la democracia

7. La democracia en España

La nueva democracia española

La transición económica

La monarquía como solución

España, país europeo

8. La libertad recuperada

Examen de conciencia

Libertad creativa: la nueva modernidad española

España revisada

9. Jorge Semprún: ficción verdadera

La vida

La escritura

La identidad

10. ETA como problema

La aparición de ETA

La «lucha armada»: la ofensiva terrorista

«La socialización del sufrimiento»: terrorismo selectivo y violencia social

El agotamiento de ETA: terrorismo residual

11. Julián Marías: España como preocupación

Epílogo: Leer sobre España (comentario bibliográfico)

Bibliografía

A la memoria de Rogelio Rubio Hernández 1938-2020

Prólogo

Pensar España responde a un doble propósito: exponer ideas y reflexiones en y sobre la España del siglo XX; proporcionar «materiales» para comprender sus problemas esenciales (o algunos de ellos). El libro, una aproximación muy selectiva y personal (pero no arbitraria) al pensamiento español, combina, así, capítulos sobre Ortega y Azaña, la cultura en la República, bajo el franquismo y en la Transición, sobre Semprún y Julián Marías, con ensayos generales sobre España en el siglo XX, la Guerra Civil y sus consecuencias, la democracia de 1978 y ETA como problema.

La reflexión sobre España tiene una larga y nada desdeñable tradición en la cultura del país. A las generaciones del 98 y del 14, España se les presentó ante todo como un problema, como una preocupación. La República, la Guerra Civil, el franquismo obligaron enseguida a repensarlo todo: España en su historia, la democracia como posibilidad, el atraso económico, la identidad nacional, el problema militar, la aparición de los nacionalismos catalán, vasco y gallego, la organización territorial del Estado. De ahí, por un lado, la preocupación y el interés de mi propia generación historiográfica, nacida en torno a la década de 1940, por el problema de la democracia en España, y por otro, que muchos observadores pudieran —pudiéramos— ver la Transición y la nueva democracia española de 1978 como la respuesta a la crisis que el país parecía padecer desde su formación como Estado nacional moderno a lo largo del siglo XIX.

Porque, en efecto, la crisis que vivió entre 1808 y 1840 —invasión napoleónica, guerra de independencia, revolución gaditana, pérdida de América, primera guerra carlista— pareció dejar a España prácticamente sin Estado o, si se quiere, como un Estado nacional fallido1. Para Ortega y Gasset, la España de la Restauración de 1876 no era aún una nación verdaderamente vertebrada; para Azaña, el problema era ante todo un problema de democracia. Ambos, así lo entiendo, llevaban razón. «España, nación fallida» y «La democracia en España» son ciertamente temas de enorme relevancia. De ahí se derivó en definitiva —esa es la idea última que subyace a este libro, Pensar España— la crisis española del siglo XX: caída de la monarquía, II República, deslegitimación del régimen republicano, Guerra Civil, destrucción de la democracia, dictadura de Franco.

Esos son los temas en torno a los que se articula este libro, sus capítulos generales, sus capítulos sectoriales o mínimamente monográficos. Pensar España es, no obstante, un ejercicio de historia intelectual. La perspectiva precisa aclaración (aunque sea telegráfica). A. J. P. Taylor escribió en English History 1914-1945, su libro de 1965, que las novelas de Virginia Woolf eran «irrelevantes» para el historiador, puesto que solo interesaron a «un pequeño grupo de intelectuales». La perversidad de Taylor —desacralizar a Virginia Woolf— puede ser válida para Gran Bretaña. La figura del intelectual como conciencia pública, moral, de un país no existe en el mundo anglosajón (o existe de otra manera). La historia francesa, latinoamericana, española, rusa y muchas otras no se entienden, sin embargo, sin la figura del intelectual (Tolstoi en Rusia; Zola, Gide o Sartre en Francia; Croce en Italia; Thomas Mann, Günter Grass, en Alemania; Sarmiento, Alberdi, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Vargas Llosa, en América Latina).

Se comprende. Cultura es, según escribió Ortega en Meditaciones del Quijote (1914), nada menos que el sistema de ideas de un país. La crítica como patriotismo era para el propio Ortega lo que en España habían hecho intelectuales eminentes como Cervantes. En cualquier caso, desde Unamuno, Ortega y Azaña a Julián Marías, Semprún y Savater, los intelectuales han tenido en la historia contemporánea española papel singular y en buena medida necesario. También escribió Ortega, en La deshumanización del arte e Ideas sobre la novela (1925), que, aparte la filosofía, «las emociones intelectuales más poderosas que el próximo futuro nos reserva vendrán de la historia y la novela». Sobre esas «emociones» (y alguna otra: arte, cine…) está construido este libro.

J. P. F. A.

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1 Sobre estos temas —crisis del Antiguo Régimen y revolución liberal— debe verse toda la obra, espléndida, de Miguel Artola: Los afrancesados, Antiguo Régimen y revolución liberal, Los orígenes de la España contemporánea, La España de Fernando VII, La guerra de la Independencia…

1
España:
el siglo XX

El español que pretenda huir de las preocupaciones nacionales será hecho prisionero de ellas diez veces al día, y acabará por comprender que para un hombre nacido entre Bidasoa y Gibraltar es España el problema primero, plenario y perentorio.

JOSÉ ORTEGA Y GASSET,

«La pedagogía social como problema político», conferencia leída en Bilbao, el 12 de marzo de 1910


A principios del siglo XX, España era para Pío Baroja «el país ideal para los decrépitos, para los indianos, para los fracasados, para todos los que no tienen nada que hacer en la vida…»1. España (18,6 millones de habitantes en 1900; dos tercios de población rural y analfabeta) era, en efecto, un país rural y atrasado, sumido en buena medida en la miseria y el subdesarrollo, que aparecía como el paradigma del fracaso: una modesta nación, sin apenas presencia en el mundo, que en 1898 acababa de perder lo que le quedaba de su formidable pasado imperial (Cuba, Filipinas, Puerto Rico). En 2009, esa misma España (40,8 millones de habitantes; economía industrial y de servicios; 78 por ciento de población urbana) era, por su Producto Interior Bruto, la octava economía del mundo. Democratizada desde 1975 e integrada en la Unión Europea desde 1986, la España de finales del siglo XX contaba de nuevo en la vida internacional. Políticos españoles figuraban al frente de importantes organismos mundiales (Javier Solana, secretario general de la OTAN y alto representante del Consejo para la Política Exterior y de Seguridad Común de la Unión Europea; Federico Mayor Zaragoza, director general de la UNESCO; Enrique Barón y José María Gil Robles Gil Delgado, presidentes del Parlamento Europeo…). España acogía relevantes acontecimientos mundiales (Cumbre de Madrid sobre Oriente Medio, 1991; Juegos Olímpicos de Barcelona, 1992; Exposición Universal de Sevilla, 1992). Tropas españolas participaban en acciones militares conjuntas, con sus aliados, en distintos puntos del planeta.

El cambio había sido, por tanto, formidable. La modernización de España —esto es, su transformación en un país democrático, europeo y desarrollado— era un hecho histórico de extraordinaria trascendencia: la verdadera revolución española del siglo XX. Precisemos. La modernización española no fue resultado de una evolución gradual y tranquila. La plena modernidad solo llegó a partir de 1975, tras el restablecimiento de la democracia a la muerte del general Franco y la aprobación de una nueva Constitución, democrática y consensuada, en 1978. Antes, la Guerra Civil de 1936-1939 (300.000 muertos, 300.000 exiliados permanentes, 300.000 represaliados por la dictadura de Franco entre 1939 y 1945) y su secuela, la dictadura franquista (1939-1975), habían dejado, como era lógico, huella indeleble en la vida histórica del país: habían hecho que la historia de España fuera vista como la historia de un fracaso.

España: del 98 a la caída de la monarquía

Sin duda, España parecía a principios del siglo XX fracasada como nación. Eso podían revelar, por ejemplo, la derrota del 98 y la aparición, ya en la década de 1890, de movimientos nacionalistas en Cataluña y el País Vasco (y del galleguismo cultural), el atraso de Andalucía, Galicia y Extremadura, o que casi tres millones de personas emigraran entre 1900 y 1930. España entró en esa centuria con tres grandes problemas: un problema de atraso económico, un problema de democracia y un problema de organización territorial del Estado. Pero España era desde 1900 (en realidad, desde antes) una sociedad en transformación que experimentaba ya un nada desdeñable proceso de cambio —descenso de la población rural, crecimiento de las ciudades, formación de una sociedad profesional, auge de las clases medias— y de desarrollo industrial (al menos en Cataluña, Vizcaya, Guipúzcoa, las minas de Asturias y el propio Madrid). La población registró un crecimiento sostenido entre 1900 y 1930. En este último año, Barcelona y Madrid —muy modernizada desde la apertura a partir de 1910 de la Gran Vía y el comienzo, luego, en 1927, de la construcción de la nueva Ciudad Universitaria— tenían cerca de un millón de habitantes y el 42 por ciento de la población del país vivía ya en núcleos de más de 10.000. La II República creyó necesario por eso que once ciudades (Barcelona, Córdoba, Granada, Madrid, Málaga, Murcia, Cartagena, Sevilla, Valencia, Bilbao y Zaragoza) formaran circunscripción electoral propia (separada de sus respectivas provincias). Unamuno decía en 1933 que la clase media (no la aristocracia terrateniente ni los jornaleros sin tierra) era el «nervio y tuétano de la patria». Precisamente, y como habrá ocasión de ver más ampliamente, con Unamuno, Azorín, Menéndez Pidal, Baroja, Valle-Inclán, Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna y García Lorca España alcanzó entre 1900 y 1936 una «asombrosa plenitud intelectual» (en palabras de Julián Marías). Zuloaga, Sorolla y Falla lograron un excepcional reconocimiento internacional. Picasso transformó de raíz todo el arte del siglo XX. La obra filosófica y las empresas culturales de Ortega (El Sol, Revista de Occidente…) constituyeron uno de los episodios esenciales de la cultura europea de su tiempo. La misma España que en 1898 perdía sus últimas colonias, liquidaba victoriosamente en 1927 la guerra de Marruecos, donde ejercía una labor colonialista de protectorado desde los primeros años del siglo y donde la ocupación española había encontrado —en Tetuán, en Melilla, en el Rif— resistencia armada significativa.

La España de Alfonso XIII (1902-1931) tuvo muy graves dificultades políticas y sociales: Cataluña, Marruecos, la cuestión social, la violencia anarcosindicalista, la paulatina afirmación del poder militar, la fragmentación de los partidos, la inestabilidad gubernamental. Debido al fraude electoral, el sistema político español, que Joaquín Costa definió en 1902 como oligarquía y caciquismo, arrastró un gravísimo déficit de representatividad. El mismo Alfonso XIII, que inició su reinado con una idea liberal y regeneracionista de la política, fue acentuando con el tiempo, y especialmente desde 1917-1919, las críticas al parlamentarismo y a los partidos políticos. Pero los problemas españoles no fueron ni excepcionales ni insolubles. Muchos de los hombres que gobernaron antes de 1923 fueron políticos notables y con alto sentido del Estado. Hubo sin duda gobiernos eficaces y competentes, como por ejemplo el gobierno largo de Maura (1907-1909) o el gobierno Canalejas de 1910-1912. Podía volver a haberlos. España era en 1923, el año en que el golpe del general Primo de Rivera liquidó el régimen parlamentario, un país liberal. El mismo golpe militar de 1923 no nació de un movimiento de opinión antiliberal, autoritario y ultranacionalista: su detonante fue la crisis abierta (exigencia de responsabilidades, pugna poder civil-poder militar) por el desastre sufrido por el ejército español —unos 9.000 muertos, pérdida casi total de la comandancia de Melilla— en Annual (Marruecos), en julio de 1921, ante la guerrilla de Abd el-Krim. La dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) no fue un régimen fascista: fue una dictadura paternalista, tecnocrática y, a su modo, regeneracionista, que impulsó las obras públicas, la electrificación y las comunicaciones, concluyó la guerra de Marruecos y realizó importantes cambios en la estructura del Estado (y que fracasó básicamente porque, carente de proyectos ideológicos y políticos bien definidos, no pudo institucionalizarse).

Dicho de otro modo: el golpe de Primo de Rivera de 1923 —que, improvisado y azaroso, pudo o no haberse producido o haber fracasado— cambió el curso de la historia de España, una de las tesis sustantivas en la interpretación de España de Raymond Carr2. La dictadura impidió la posible evolución de la monarquía de Alfonso XIII hacia un régimen plenamente representativo, tal como cabía esperar, no de la voluntad de la clase política sino de las «reformas silenciosas» (en expresión de Mercedes Cabrera) que operaban ya, de forma cada vez más evidente, en la propia sociedad española. El giro fue, pues, esencial. La dictadura, cuya caída en 1930 arrastró a la monarquía, trajo la República; la República trajo la Guerra Civil; y la guerra, la dictadura de Franco. Lo que pudo haber sido evolución tranquila en un país en desarrollo que vivía un luminoso momento cultural se trocó en unos años en tragedia: una crisis de dimensiones formidables que marcó irreversiblemente la historia del país.

República y guerra

En efecto, la II República (1931-1936) supuso la más clara e ilusionada posibilidad de transformación democrática que España había conocido hasta entonces. Encarnada ante todo en Manuel Azaña3, la República abordó entre 1931 y 1933 la solución de todos los grandes problemas (agrario, militar, religioso, regional) que habían condicionado la evolución del país hacia la modernidad: quiso expropiar los latifundios y repartir la tierra; crear un ejército democrático y profesionalizado; limitar la influencia de la Iglesia y secularizar la vida social, y conceder la autonomía a Cataluña y al País Vasco (y con el tiempo, a Galicia y otras regiones). Pero el proyecto republicano polarizó la vida política. El anarco-sindicalismo vio en la República la ocasión para la revolución española y desencadenó de inmediato una verdadera ofensiva de huelgas revolucionarias4. La España católica, la Iglesia, los propietarios de tierras, parte del ejército, se opusieron frontalmente a las reformas republicanas. El general Sanjurjo protagonizó un intento (fallido) de golpe de estado antirrepublicano ya en agosto de 1932. La orientación maximalista que desde 1933 siguieron los dos grandes partidos del país—la CEDA, el partido de la derecha católica dirigido por José Mª Gil Robles; el sector de Largo Caballero del PSOE, el gran partido de la izquierda— hizo casi inviable la experiencia republicana. Tras ganar las elecciones de 1933, la España conservadora procedió a rectificar la República desde dentro. La revolución que en octubre de 1934 lanzó el PSOE contra la entrada de la CEDA en el gobierno (ante el temor de que dicha formación fuese un fascismo a la española) dañó seriamente la legitimidad del régimen. Cuando en febrero de 1936, la izquierda, unida en el Frente Popular articulado en torno a Azaña y Prieto, ganó las elecciones, los militares de la derecha fueron directamente a la conspiración y al posterior golpe de Estado. La situación social y política de la primavera de 1936 —desórdenes públicos, huelgas, ocupaciones de tierras, destitución del presidente de la República, Alcalá Zamora, asesinato de José Calvo Sotelo, el líder de la derecha monárquica— hizo insostenible la situación.

Los militares sublevados, que veían en la República un régimen sin legitimidad política y contrario a la unidad nacional y la esencia católica de España, creyeron que el golpe, que estalló el 18 de julio de aquel año, triunfaría fácilmente. Se equivocaron: desencadenaron una devastadora Guerra Civil de tres años. La derecha vio la contienda como una cruzada contra el comunismo; la izquierda la idealizó como la resistencia del pueblo y del proletariado contra el fascismo. La guerra tuvo, desde luego, profundas connotaciones sociales e ideológicas, además de políticas. Su causa última fue, con todo, la división moral del país. Aun así, el proceso desencadenante de la guerra (conspiración, sublevación militar) se articuló a través de decisiones individuales de los líderes del golpe5 que, como es obvio, pudieron no haberse tomado.

La sublevación militar, a cuyo frente apareció enseguida el general Franco, triunfó solo en una parte de España6. Como reacción, en la zona republicana se desencadenó un verdadero proceso revolucionario de la clase trabajadora, bajo la dirección de los partidos obreros y de los sindicatos. La oficialidad del Ejército se partió por la mitad en sus lealtades7. La República retuvo gran parte de la aviación y de la marina. La guerra española, que conmocionó la conciencia del mundo, se internacionalizó desde el primer momento. Alemania e Italia reconocieron a Franco en noviembre de 1936. Alemania envió ese mismo mes la Legión Cóndor8 y unos 5.000 asesores a lo largo de la contienda. Italia mandó unos 70.000 soldados. La URSS puso al servicio de la República unos 2.000 asesores; 50.000 voluntarios extranjeros combatieron con la República alistados en las Brigadas Internacionales.

El conflicto escaló de guerra de columnas y milicias, en sus momentos iniciales, a guerra total entre dos ejércitos cada vez mejor equipados y más numerosos9 en la que la artillería y la aviación, con bombardeos sobre poblaciones civiles, terminaron por cobrar importancia decisiva. El objetivo inicial de las tropas rebeldes fue Madrid. El fracaso, por la tenaz resistencia republicana, reforzó la leyenda del antifascismo español10. Franco llevó luego la guerra al norte. Primero, en marzo de 1937, al País Vasco, región autónoma desde octubre del 36, y luego a Santander y por último, a Asturias, áreas que sucesivamente cayeron en poder de la España nacional11. Euskadi cayó en junio de 1937. Pese a un brillante contraataque republicano en julio sobre Brunete, cerca de Madrid, Franco se apoderó de Santander en agosto y de Asturias en octubre (tras contener otra importante ofensiva republicana, esta vez en Belchite, en Aragón).

Franco, que desde octubre de 1936 tuvo el mando militar y político de la España sublevada, impuso en abril de 1937 la unidad política en su zona. La República careció, por el contrario, de unidad territorial (y aun militar), y de estabilidad política. Entre julio de 1936 y mayo de 1937 se formaron hasta cuatro gobiernos diferentes. El fraccionamiento político y militar del norte —entre la Euskadi autónoma, Santander y Asturias— fue, precisamente, una de las causas del derrumbamiento de la región. Cataluña quedó paralizada por la dualidad de poder que existió desde julio de 1936 entre el gobierno autónomo catalán y el poder sindical del Comité de Milicias Antifascistas bajo control de la CNT y la FAI, dualidad que culminó en mayo de 1937 cuando milicias de la CNT-FAI y del POUM (un pequeño partido filotrotskista) se enfrentaron en Barcelona con las fuerzas del gobierno central que, ante la situación, trataban de imponer su autoridad y recuperar los puntos y edificios estratégicos controlados por las milicias12.

Tomado Teruel tras duros combates, el ejército rebelde avanzó, en la primavera de 1938, por el Ebro hacia el Mediterráneo, operación que partió en dos el territorio republicano. Fracasado el contraataque republicano en el río Ebro, ya en julio de 1938, en la batalla más larga y dura de la guerra, Franco ocupó Cataluña (enero de 1939). Aunque la República aún retenía Madrid, la Mancha, Valencia y el sudeste del país, la guerra estaba decidida. 500.000 personas —el presidente de la República, Azaña, entre ellas— habían salido hacia el exilio tras la caída de Cataluña. Solo Negrín y sus asesores comunistas creían posible la resistencia: el 4 de marzo de 1939, el teniente coronel Casado, jefe del Ejército del Centro, se sublevó contra Negrín y formó un Consejo Nacional de Defensa para negociar la paz con Franco (mientras, paralelamente, se sublevaban militares y marinos de la base naval de Cartagena). Madrid fue escenario durante varios días de violentos combates entre fuerzas de Casado y fuerzas de Negrín, en los que murieron 2.000 personas (y en torno a 1.500 en los hechos de Cartagena). Franco no quiso negociación alguna. Exigió la rendición incondicional: sus tropas entraron en Madrid el 28 de marzo de 1939.

Franco ganó porque supo imponer la unidad militar y política en su zona, por la mayor moral de sus tropas, la calidad de la ayuda internacional que recibió y la mayor capacidad militar de sus ejércitos y oficiales; también por las propias debilidades de la República. La guerra, en efecto, había terminado. Murieron unas 300.000 personas (de ellas en torno a 60.000 en la represión en la zona nacional y 40.000 en la represión en la zona republicana), devastó numerosos núcleos urbanos y destruyó la mitad del material ferroviario y una tercera parte de la ganadería y de la marina mercante. Franco ejecutó a decenas de miles de personas en la inmediata posguerra. La contienda dejó una profunda huella en la psique nacional que condicionó a varias generaciones de españoles.

La dictadura

El resultado de la Guerra Civil fue la dictadura de Franco —un militar conservador, católico, desconfiado, prudente, obsesionado por el comunismo y la masonería—, régimen que se prolongó hasta su muerte el 20 de noviembre de 1975. Basado en las ideas nacionalistas y fascistas de la Falange, en el pensamiento social de la Iglesia y en los principios de orden y unidad de los militares, el franquismo fue una dictadura personal, el arquetipo de régimen autoritario: totalitario hasta 1945; confesionalmente católico y anticomunista desde 1945-1950, al hilo de la Guerra Fría; tecnocrático y desarrollista desde 1957-1960. La dictadura no fue, con todo, un mero paréntesis en la historia de España. El país cambió decisivamente entre 1939 y 1975: no se modificaron, sin embargo, ni la naturaleza antidemocrática del franquismo ni su acción represiva permanente.

Instalada, en efecto, en la Europa de Hitler, España vio desde 1939 la creación de un Estado nacional-sindicalista, la oficialización de los rituales fascistas de la Falange, la recatolización de España, la afirmación del Movimiento como partido único y la adopción de políticas económicas basadas en la autarquía y el control estatal. España no entró en la II Guerra Mundial, pero mandó la División Azul a Rusia en 1941. Tras la derrota del Eje en 1945, el régimen de Franco fue definiéndose como una monarquía social y representativa y como una democracia orgánica. Franco retuvo siempre todo el poder: las jefaturas del Estado y del Gobierno, la jefatura del Movimiento, el mando de las Fuerzas Armadas. Las Cortes, creadas en 1942, fueron concebidas como un órgano de colaboración, no de control del gobierno. Eran designadas, no elegidas: carecían de funciones legislativas. La dictadura prohibió partidos políticos, movimientos nacionalistas, sindicatos, huelgas y manifestaciones y controló, a través de la censura y las consignas, la prensa y la radio.

Régimen autárquico y nacionalista, el franquismo organizó un fuerte sector público: ferrocarriles, minas, teléfonos, distribución de gasolina y transporte aéreo. Para impulsar la industrialización, en 1941 creó el Instituto Nacional de Industria, que entre 1941 y 1957 construyó fábricas y empresas de aluminio y nitratos, industrias químicas, astilleros, grandes siderurgias, refinerías y fábricas de camiones y automóviles. El régimen impulsó las obras públicas (pantanos, centrales térmicas). Controló precios y salarios, y el comercio exterior. Integró desde 1940 a trabajadores y empresarios en la Organización Sindical, los sindicatos verticales del Estado; y creó un modesto sistema de seguros sociales de tipo asistencial y paternalista. El coste que todo ello supuso para España fue, sin embargo, muy elevado. La autarquía tuvo un precio desmesurado y se hizo a costa de un proceso inflacionario alto. La política agraria del primer franquismo fue un desastre. El cuatrienio 1939-1942 se caracterizó por años de hambre. La reconstrucción de lo destruido durante la guerra fue solo aceptable. La producción, pese al esfuerzo inversor del Estado, no alcanzó el nivel de 1936 hasta 1951. En 1960 España era uno de los países más pobres de Europa.

La derrota del fascismo en la II Guerra Mundial dejó, además, al país en una situación dificilísima. La ONU rechazó en 1945 la admisión de España; el 12 de diciembre de 1946 votó una declaración de condena del régimen español y recomendó la ruptura de relaciones con el mismo, resolución que la comunidad internacional, con pocas excepciones, comenzó a cumplir de inmediato. El régimen de Franco sobrevivió, con todo, a las dificultades que había provocado. Desde 1945, hizo cambios que le dieron una fachada más aceptable: Fuero de los Españoles, leyes de Referé ndum y de Sucesión, amnistía parcial, supresión del saludo fascista, evacuación de Tánger, ocupada en 194013. Su política exterior buscó formas (limitadas) de legitimación internacional: pacto ibérico con Portugal, hispanidad, amistad con los países árabes, concordato con el Vaticano. La Guerra Fría fue, con todo, esencial. Revalorizó al régimen de Franco ante los Estados Unidos y propició la aproximación hispano-norteamericana: en septiembre de 1953 cedió a Estados Unidos bases militares en Torrejón, Zaragoza, Morón y Rota14. Tras su ingreso en la ONU el 15 de diciembre de 1955, la España de Franco fue ya una nación reconocida por la comunidad internacional. Nunca tuvo, con todo, legitimidad democrática. En febrero de 1956 se produjeron graves protestas contra el régimen, protagonizadas por estudiantes de la universidad de Madrid. En abril, España daba precipitadamente la independencia al Marruecos español, forzada por la decisión previa francesa de retirarse del Marruecos francés. En octubre, inflación, déficit exterior y pérdida masiva de reservas de divisas extranjeras crearon la situación de crisis económica más grave desde el fin de la guerra.

España cambió en la década de 1960. La clave de la transformación fue el Plan de Estabilización de julio de 1959, un modelo ortodoxo de estabilización15 y una apuesta por la liberalización de la economía española que rectificaba todo lo que el régimen había hecho desde 1939. Estabilización y liberalización provocaron, en efecto, el despegue económico. Los años del desarrollo (1960-1973), pilotados por gobiernos con fuerte presencia de ministros del Opus Dei, hicieron de España un país industrial y urbano. Grandes migraciones transformaron su estructura demográfica. En 1960 hubo 6 millones de turistas; en 1975, 30 millones: el turismo cambió la economía de muchas regiones y enclaves, y los hábitos y comportamientos de los españoles. La producción y el uso de automóviles y electrodomésticos aumentaron de forma espectacular. La economía española creció a una media anual de entre el 5 y el 10 por ciento entre 1966 y 1971. En 1970, el 75 por ciento de la población laboral trabajaba ya en la industria y los servicios. En 1975, en torno al 75 por ciento de la población vivía en ciudades de más de 10.000 habitantes. El número de estudiantes universitarios pasó de 87.600 en 1962 a 255.000 en 1971-1972. El «milagro español» tuvo graves contrapartidas: estancamiento de la agricultura, fuertes desequilibrios regionales, elevado éxodo rural, sector público ineficiente y deficitario, graves insuficiencias de tipo asistencial, horrores urbanísticos, desastres ecológicos, hacinamiento de la población industrial en barriadas carentes de servicios. Pero España había superado la barrera del subdesarrollo. En 1971 era el cuarto país del mundo en construcción naval; la primera empresa española era SEAT, del sector del automóvil. La renta per cápita que en 1960 era de 300 dólares, llegaba en 1975 a 2.486.

La década del desarrollo vio, como contrapartida, la reaparición de la conflictividad. Estudiantes e intelectuales se rebelaron en demanda de libertades y derechos democráticos. Los trabajadores reclamaron libertades sindicales y mejores condiciones laborales. ETA, creada en 1959 y que desde 1968 recurrió al terrorismo, reactivó el problema regional. Desde el Concilio Vaticano II (1964), la misma Iglesia fue divorciándose del régimen. La contradicción entre una sociedad en vías de modernización y un régimen político autoritario y de poder personal se hizo así manifiesta. Escindido entre aperturismo e inmovilismo, el franquismo, que tuvo ahora su hombre fuerte en el almirante Carrero Blanco, entró en crisis a partir de 1969. El crecimiento económico siguió a un muy fuerte ritmo en los años 1970-1975. Pero el continuismo institucional que Franco y Carrero Blanco quisieron proyectar en los últimos años del régimen era cuando menos problemático: la naturaleza del régimen debilitaba su propia autoridad política y moral ante los conflictos, y amenazaba su propia estabilidad16. El juicio que en diciembre de 1970 tuvo lugar en Burgos contra 16 militantes de ETA provocó violentas protestas en toda Europa. ETA mató en diciembre de 1973 al propio presidente del gobierno y pieza clave del régimen, Carrero Blanco.

La apertura prometida en febrero de 1974 por el último ejecutivo de Franco, encabezado por Arias Navarro, promesa que galvanizó la política del país —y permitió la acción pública de la oposición moderada y una considerable libertad de prensa—, fue un fracaso: no hubo democratización del régimen. En marzo de 1974 fue ejecutado un joven anarquista acusado de terrorismo, Salvador Puig Antich. Una bomba de ETA mató en Madrid, en septiembre de 1974, a once personas. El 27 de septiembre de 1975 fueron ejecutados, en medio de la indignación internacional, dos militantes de ETA y tres del FRAP, un grupo de extrema izquierda aparecido en 1973 que había atentado contra varios policías. La evolución del franquismo hacia la democracia era imposible.

De la dictadura a la democracia

El franquismo no sobrevivió a la muerte de Franco. La transición de la dictadura a la democracia —impulsada por el propio rey Juan Carlos, el hombre que Franco había designado en 1969 como su sucesor— fue una operación compleja y un gran éxito histórico. Fue, en cualquier caso, un proceso menos coherente y planeado de lo que su desenlace final podría sugerir. Exigió iniciativas y negociaciones complicadas, a menudo polémicas (y alguna, errónea), a veces presididas por la improvisación y siempre por la incertidumbre. A la Transición contribuyeron sin duda la transformación económica y social que el país había experimentado desde 1960 y la coyuntura internacional. Pero se derivó sobre todo de la convicción del rey Juan Carlos, de sus asesores y de sus primeros gobiernos (desde que Adolfo Suárez fue nombrado primer ministro en 1976) de que la paz y el futuro de España, y también la institucionalización de la monarquía restaurada, exigían su transformación en un régimen democrático de integración nacional. La Transición fue posible porque se acertó con el hombre, Suárez, y con el procedimiento, una reforma en profundidad desde la propia legalidad franquista; y porque la oposición a la dictadura —encabezada en 1975 por el PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra y el Partido Comunista de Santiago Carrillo— supo anteponer, por pragmatismo político y sentido de la historia, el restablecimiento de la democracia a consideraciones doctrinarias y revanchistas. Restablecidas las libertades, celebradas elecciones en 1977 (las primeras desde 1936), el nuevo consenso histórico se plasmó en la Constitución de 1978: España se configuraba como una monarquía parlamentaria y democrática y como un Estado autonómico en el que nacionalidades y regiones tenían derecho a la autonomía.

Apoyada en un electorado que desde 1977 votaría, por lo general, posiciones de centro, y en unos medios de comunicación nuevos de gran dinamismo y pluralidad, la nueva democracia española era, cuando finalizaba el siglo, un sistema estable. Ciertamente, el terrorismo de ETA17 había condicionado la transición a la democracia; igualmente, pese a la creación del Estado autonómico y a la concesión de una amplísima capacidad de autogobierno a sus regiones, los nacionalismos vasco y catalán, y en menor medida el gallego, cuestionaban la idea de España como nación y planteaban su transformación en un Estado plurinacional. Pero la monarquía, lejos de ser cuestionada, era altamente popular. El grado de participación electoral era siempre elevado, como mostraron todas las elecciones posteriores a 1977. La alternancia de partidos en el poder funcionaba. El único intento contra la democracia, el conato de golpe de Estado de 23 de febrero de 1981, fracasó. Los atentados —terribles, brutales— de ETA conmocionaron a la sociedad española: nunca pudieron imponerse al Estado. La izquierda volvió al poder, por primera vez desde 1936, tras la gran victoria electoral de los socialistas (PSOE) en las elecciones generales de octubre de 1982.

Entre 1976 y 1982, gobernó la Unión de Centro Democrático, el partido de Suárez, que restableció la democracia, aprobó la Constitución e inició el proceso autonómico. Leopoldo Calvo Sotelo (1981-1982) completó la «transición exterior». El largo periodo de gobierno socialista (1982-1996), bajo el liderazgo de Felipe González, significó la consolidación de la democracia, la entrada en la Comunidad Europea, la reconversión industrial, la ampliación del Estado del bienestar, una importante modernización de las infraestructuras del país, la recuperación del prestigio internacional de España y varios años de fuerte crecimiento económico. Desde 1996 gobernó el Partido Popular, dirigido por José María Aznar: hasta el año 2000 dio gran estabilidad a la acción del gobierno, mantuvo el crecimiento económico, redujo sensiblemente el desempleo y llevó a España a la integración monetaria europea.

Cuando terminaba el siglo XX, los viejos problemas de España parecían definitivamente resueltos. Aparte de ETA y los nacionalismos, los problemas de España eran los de una sociedad desarrollada, urbana, moderna: medio ambiente, financiación del Estado del bienestar, marginalidad social, tercera edad, consumo de drogas, incluso (ya en la década de 1990) inmigración clandestina, procedente sobre todo del norte de África. España era una economía pujante: un país inversor (especialmente en América Latina) y un país de inmigrantes (procedentes de ese mismo continente, de Europa del Este y del norte de África). Era una sociedad dominada sobre todo por el peso de las clases medias urbanas vinculadas a las profesiones liberales, a la gestión de empresas, a los servicios, al funcionariado, con niveles relativamente altos de bienestar económico y un alto grado de homogeneidad en valores, actitudes y mentalidad. Con el ingreso en la OTAN (1981) y en la Unión Europea (1986), España parecía haber resuelto el problema de su identidad como nación y encontrado su papel en el ámbito internacional. España, en suma, se había encontrado con la modernidad.

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1 La dama errante, 1906.

2 En su gran libro España 1808-1939 publicado en español en 1969 y en inglés en 1966.

3 Aunque no solo: Alcalá Zamora y Miguel Maura; los líderes socialistas Largo Caballero, Prieto, Besteiro y Fernando de los Ríos; Lerroux, José Mª Gil Robles, Martínez Barrio; Macià, Companys, José A. Aguirre; José Antonio Primo de Rivera, Dolores Ibárruri, José Calvo Sotelo…, muchos otros, tuvieron igualmente protagonismo decisivo.

4 La CNT y la FAI, las dos organizaciones anarco-sindicalistas, desencadenaron insurrecciones violentas en enero de 1932, enero de 1933 y diciembre de 1933.

5 Los generales Mola, Franco, Queipo de Llano, Goded y otros.

6 La sublevación fracasó en Madrid, Cataluña, Levante, Guipúzcoa, Vizcaya, Santander y Asturias, en el centro-sur del país y en gran parte de Andalucía y Aragón.

7 De los 15.300 oficiales en activo que el ejército español tenía en 1935, en torno a 8.000 se sublevaron y 7.260 permanecieron leales a la República.

8 En torno a un centenar de aviones con pilotos y mandos alemanes.

9 500.000 soldados por cada bando en la primavera de 1937.

10 La última ofensiva sobre Madrid, esta vez desde Guadalajara y a cargo principalmente de fuerzas italianas, fue en marzo de 1937.

11 En el curso de la guerra en el norte, Guernica fue bombardeada por aviones alemanes el 27 de abril de 1937.

12 La crisis, una guerra civil dentro de la Guerra Civil, se saldó con la reafirmación del poder del gobierno, pero a costa del reforzamiento del poder de los comunistas en el gobierno republicano, la dimisión del jefe del mismo, Largo Caballero, y su sustitución por Juan Negrín. El POUM fue ilegalizado; su líder, Andreu Nin, fue secuestrado y asesinado al parecer por policías comunistas.

13 La Ley de Sucesión (26 de julio de 1947) definió a España como Reino y como Estado «católico social y representativo», definiciones que iniciaron el proceso, nunca plenamente concluido, de desfalangización del régimen y de su institucionalización.

14 Estado Unidos concedió a España una sustanciosa ayuda económica cercana a los 1.000 millones de dólares.

15 Devaluación de la peseta, reducción de la circulación fiduciaria, elevación de los tipos de interés, liberalización de las importaciones, congelación del gasto público, créditos internacionales.

16 Pese a que la huelga estaba prohibida, en 1970 hubo un total de 1.595 huelgas y en 1974, cerca de 2.000.

17 750 muertos entre 1975 y 2000, 854 hasta 2011, el año en que ETA abandonó la «lucha armada», su eufemismo por terrorismo.

2
Dos ideas de España:
Ortega y Azaña

Casi todos los que a ver El Escorial se llegan, van con antojeras, con prejuicios políticos y religiosos, ya en un sentido, ya en el contrario; van, más que como peregrinos del arte, como progresistas o como tradicionalistas, como católicos o como librepensadores. Van a buscar la sombra de Felipe II, mal conocido también y peor comprendido, y si no la encuentran la fingen.

MIGUEL DE UNAMUNO,

«En El Escorial», Salamanca, mayo de 1912


Ortega y Azaña fueron dos de aquellos intelectuales que pronto asumieron un papel rector en la vida española. Lo hicieron, como se irá viendo, desde perspectivas enseguida diferentes y con proyectos sin duda discrepantes. Pero con un fundamento intelectual común: la preocupación por España como Estado y como nación.

Significativamente, El Escorial —como experiencia biográfica, como paisaje, como metáfora de España— tuvo para ambos valor y sentido especiales. Fue un paisaje esencial; les enseñó, o eso pareció, «moral e historia»18.

El Escorial: Ortega

El Monasterio de El Escorial —escribió Ortega en la «Meditación preliminar» de Meditaciones del Quijote, 1914— se levanta sobre un collado. La ladera meridional de este collado desciende bajo la cobertura de un boscaje, que es a un tiempo robledo y fresneda. El sitio se llama La Herrería. La cárdena mole ejemplar del edificio modifica, según la estación, su carácter merced a este manto de espesura tendido a sus plantas, que es en invierno cobrizo, áureo en otoño y de un verde oscuro en estío. La primavera pasa por aquí rauda, instantánea y excesiva, como una imagen erótica por el alma acerada de un cenobiarca. Los árboles se cubren rápidamente con frondas opulentas de un verde claro y nuevo; el suelo desaparece bajo una hierba de esmeralda que, a su vez, se viste un día con el amarillo de las margaritas, otro con el morado de los cantuesos… Hay aguas claras corrientes que van rumoreando a lo largo, y hay dentro de lo verde avecillas que cantan —verderones, jilgueros, oropéndolas y algún sublime ruiseñor

Ortega hizo así de El Escorial (que visitó en numerosas ocasiones a lo largo de su vida y sobre el que escribió ensayos, como el citado, especialmente enjundiosos), del monasterio y su imponente entorno, un paisaje filosófico. En las líneas últimas de la misma «Meditación preliminar», decía que Meditaciones del Quijote no era sino «pensamientos suscitados por una tarde de primavera en el boscaje que ciñe el Monasterio de El Escorial, nuestra gran piedra lírica […] Ellos —concluía— me llevaron a la resolución de escribir estos ensayos sobre el Quijote».

Ortega unió así El Escorial y sus Meditaciones del Quijote, dos símbolos —decisivos— de España. Meditaciones del Quijote no fue un libro más. Fue, ya se sabe, el primero de Ortega, un libro de ensayos dispersos, de varia lección, sin unidad aparente, meditaciones como proclamaba el título: sobre España y sus circunstancias, sobre la cultura, sobre las cosas y su sentido, sobre la realidad y la forma de aprehenderla, sobre los géneros literarios (épica, novela, tragedia, comedia, mitos, héroes) y sobre Cervantes, como forma de fundamentar una filosofía española basada en el cervantismo (que Ortega asociaba a desengaño, ironía, crítica, vida como naufragio, como esencial derrota, como dirá en 1922 en «Temas de viaje»), pero cuya introducción deslizaba, casi inadvertidamente, una de las claves de su pensamiento, probablemente la más conocida: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».

El Escorial dio a Ortega, paralelamente, idea histórica de España. «Meditación del Escorial», uno de sus mejores ensayos al respecto19, era desde luego una manera de ver España en la historia. Era, primero, una bellísima descripción paisajística: «sobre el paisaje del Escorial —escribía Ortega—, el Monasterio es solamente la piedra máxima», piedra —sostenía— que se confundía con las canteras circundantes; la luz castellana (una luz, decía, coloreada de azul por el efecto del sol sobre la sierra) transformaba El Escorial en un «pedernal gigantesco»; un paisaje de granito «hosco y silencioso» que hacía del edificio «nuestra gran piedra lírica». El ensayo era, también, una aproximación al carácter fundacional del monasterio y, por tanto, a su posible significación. Por un lado, El Escorial expresaba la visión de lo divino en Felipe II, y era por ello un templo a la mayor gloria de Dios; por otro, la masa enorme del edificio se le antojaba como la encarnación de un esfuerzo —del propio Felipe II— consagrado a un ideal, «un tratado del esfuerzo puro», esto es, empeño, querer, voluntad, ansia, ímpetu. Esta era la clave orteguiana: El Escorial como explicación a la vez de la grandeza y de la decadencia de España en la historia; un gran esfuerzo sin propósito cuya consecuencia no pudo ser otra que la amargura y la tristeza, cuya expresión fue el Quijote.

El paisaje como nuestra circunstancia: esa era la tesis de Ortega. En uno de los textos sobre El Escorial que dejó sin publicar, Ortega contemplaba desde el Jardín de los Frailes del monasterio —«lugar sublime», «jardín metafísico», el mismo que inspiraría la novela que con ese título, El jardín de los frailes, Azaña publicó en 1927— las glebas onduladas de Madrid hasta Alcalá y las altiplanicies del Duero: Castilla, escribía Ortega como si fuese una meditación, casta brava, ruda, primitiva, indómita…

El Escorial: Azaña

El Jardín de los Frailes era, en cambio, para Azaña un recuerdo «de tristeza por el tiempo que allí perdí» —como escribió en su Diario, el 7 de marzo de 1915— y también, lo que importa más, «las raíces primeras» de su sensibilidad, todo ello alusiones al tiempo —1893 a 1897— que pasó en El Escorial como estudiante de Derecho, en el Colegio de Estudios Superiores de María Cristina, colegio universitario de los agustinos. Fue la experiencia que plasmó en El jardín de los frailes, su novela autobiográfica —un ejercicio literario y estilístico de gran de densidad expresiva aunque tal vez carente de tensión narrativa—, una novela sobre la educación sentimental y el despertar de la personalidad de un adolescente (el joven Azaña).

Azaña escribió El jardín de los frailes a partir de 1921: los doce primeros capítulos los publicó en la revista La Pluma, en 1921-1922; los siete restantes, en 1925-1927. La trama, la ya apuntada; el desenlace, obvio, esperable: distanciamiento y rebelión del narrador, que al final, en el último capítulo, se habrá liberado de la educación recibida y habrá orientado su vida por rumbos muy distintos a los previstos en los supuestos pedagógicos del colegio. Lo que el narrador recibió en El Escorial, símbolo en la novela de la educación española prenoventayochista —el 98, que aparece al final del libro, sería la expresión del fracaso educativo de la juventud española—, fue esto: enseñanza rutinaria en manuales ineptos, religión vacía, mero cumplimiento litúrgico; ideas conservadoras; patriotismo hueco, retórico —España, país católico, Felipe II, El Escorial—; instrucción para un horizonte vital convencional y triste: oposiciones, funcionariado, matrimonio de conveniencia, vida profesional y familiar estable y mediocre. El monasterio aparecía para los estudiantes —y para el narrador— como un «error grandioso», un monumento que se contemplaba desde su significación histórica, la España católica, impersonal, eterno, sobrehumano, que «no simpatiza, ni recrimina, ni conturba», cuya expresión plena y señera se materializaba en el invierno: el invierno gris, monótono, frío de la sierra madrileña; un ámbito donde únicamente se salvaba el jardín de los frailes, «uno de los lugares más deleitables del mundo», que para el protagonista, el joven Azaña, supuso, casi como para Ortega, el descubrimiento del paisaje —«la deuda más grave que tengo con El Escorial», escribió—, la emoción ante la belleza. Escribía Azaña en la novela:

El hechizo del jardín a tales horas [febrero, un domingo por la mañana] era un sosiego gozoso, una paz —paz sin melancolía ni barruntos, paz toda en sazón y fluente— que nos devolvía el alma a la extrema quietud dominical… El sol reverberaba en las pizarras, en los cristales, en la haz del estanque: el lienzo de granito entre las torres, hiriente e impasible y sin fondo por lo común, se arropaba en una atmósfera más densa, suave, donde temblaba la haz.

Pero el narrador había visto también en El Escorial —en el colegio de los agustinos, en el monasterio— alumbrar su conciencia española, una conciencia, como puede inferirse, negativa, atroz: «ortodoxia españolista», «españolismo de colegio», «historia en pociones caseras», personajes grandiosos, exaltación de los Reyes Católicos, España en América. «España», en definitiva, como «la monarquía católica del siglo XVI». No era esa la España que gustaba a Azaña. En la misma novela esbozaba, sugería, otra distinta (que en el libro el narrador vislumbraba tras una visita de verano a Alcalá de Henares, su localidad natal): una España menos heroica y grandilocuente, una España humilde, de las glebas, artesana, labriega, en la que su literatura, y no la monarquía y la religión, parecía encarnar el ideal nacional (en alusión, aunque no lo dijera, a sus dos grandes emociones españolas: Cervantes y Alcalá de Henares).

España como problema

Para Ortega y para Azaña, pensar El Escorial fue, claro está, una manera de pensar la España contemporánea, la España del siglo XX, un país que, en contraste con la grandeza histórica que, gustase o no, encarnaba El Escorial (un lugar con el que Azaña se reconciliaría, con el que con el tiempo llegaría a sentirse, según dijo, «en perfecta comunión» y al que volvería regularmente desde 1931, en busca de descanso de sus responsabilidades políticas), se les presentaba ante todo, y por múltiples razones20, como una nación fallida.

La cuestión capital española de los siglos XIX y XX iba a ser, precisamente, articular España como un verdadero Estado nacional. Problema de extraordinaria complejidad en sí mismo, en España se complicó por distintos factores y circunstancias:

• por la simultaneidad desde el siglo XIX del doble proceso de desarrollo de construcción del Estado nacional y aparición de los hechos particulares, luego nacionalismos, catalán, vasco y gallego;

• por la debilidad del nacionalismo español decimonónico como fuerza de cohesión social y de vertebración territorial del Estado español;

• por el desarrollo tardío de una maquinaria moderna de gobierno y administración;

• por los fuertes desequilibrios regionales que definieron la evolución de la economía española a lo largo de los siglos XIX y XX.

Azaña estuvo convencido de que la carencia de un verdadero Estado moderno constituía el principal problema de la España de los siglos XIX y XX. En la conferencia titulada «Tres generaciones del Ateneo» que pronunció en ese centro madrileño el 20 de noviembre de 1930, dijo que el Estado liberal salido de la crisis del Antiguo Régimen fue «un Estado inerme, una entelequia que a nadie intimida, y apenas se extiende más allá de las personas de sus conductores». Su gran ambición política fue rehacer el Estado, construir un Estado nuevo, fuerte y verdaderamente nacional —que él creía debía ser republicano—, como instrumento de la gran reforma que en su opinión necesitaba España. En una serie de artículos que escribió en 1939, ya en el exilio en Francia21, Azaña decía que si el catalanismo había subsistido después de doscientos años de centralismo estatal, era porque «en España, durante una gran porción de esos dos siglos, el Estado carecía de tales prestigio y poderío, y había pocas escuelas».

La visión de Ortega era distinta. Ortega pensaba que en España no existía verdadera emoción nacional, un verdadero nacionalismo español: «Desde largo tiempo —dijo en mayo de 1917— carece España de toda emoción nacional por la cual comuniquen los bandos enemigos». Lo que en su opinión definía a España era «el torrente de las emociones provinciales locales». El localismo, título del artículo que publicó en El Sol el 12 de octubre de aquel año, esto es, «la organización y la afirmación de la vida local», le parecía la única «actitud clara» de los españoles, y todo lo demás se le antojaba o «caduco» o «vago» o «problemático». La tesis central de su pequeño gran libro La redención de las provincias22 subrayaba que España era pura provincia, que la provincia era «la única realidad enérgica existente en España», que el español medio era el hombre de provincias y que, por tanto, la gran reforma que había que hacer en España era una reforma desde las provincias y para las provincias. Con un propósito; edificar una verdadera vida nacional, hacer una España nacional: «… la auténtica solución consiste precisamente —escribía en ese libro— en forjar, por medio del localismo que hay, un magnífico nacionalismo que no hay».

Para Azaña, por tanto, en España, en la España de 1930, no había todavía un verdadero Estado nacional. Para Ortega, no había ni vitalidad nacional ni una España nacional: no había nacionalismo. Replanteaban, pues, cuestiones esenciales sobre la naturaleza, dimensiones y capacidad del Estado español contemporáneo nacido, a partir de 1808, de la crisis del Antiguo Régimen, sobre su organización territorial y la vertebración de España como nación (y por extensión, sobre la aparición de los nacionalismos periféricos).

Ortega y Azaña llevaban razón. La España del XIX fue un país de centralismo oficial pero de localismo real. Pese a las tendencias nacionalizadoras que inspiraron la creación del Estado español moderno, la fragmentación económica y geográfica del país siguió siendo considerable hasta que las transformaciones sociales y técnicas terminaron por crear un sistema nacional cohesivo. Eso no culminó hasta las primeras décadas del siglo XX. La creación del Estado moderno, del Estado nacional, fue resultado en España, y también fuera de España, de un largo y lento proceso de construcción institucional y de regulación administrativa y jurídica del país, de un proceso de integración y asimilación y de surgimiento de una voluntad y una conciencia verdaderamente nacionales, que terminó cristalizando en la formación de una nacionalidad común, proceso que exigió el crecimiento y la integración de mercados, regiones y ciudades, el desarrollo de un sistema de educación unitario y común, la creación de un servicio militar obligatorio y la expansión de los medios modernos de comunicación de masas (telégrafos, carreteras, ferrocarriles y transportes modernos interurbanos, prensa popular…).

Ciertamente, los procesos de creación de un Estado y una nación españolas, regulados por las sucesivas constituciones políticas del país, avanzaron considerablemente a lo largo del siglo XIX. La administración central fue modernizándose a partir del surgimiento y consolidación (décadas de 1830 y 1840) del sistema ministerial de gobierno y de la creación de cuerpos de funcionarios. Las comunicaciones se multiplicaron con la extensión de redes de carreteras y del ferrocarril a partir de 1848 (aunque no fue terminado hasta principios del XX). El control del Estado sobre la sociedad se reforzó tras la institución de la Guardia Civil en 1844. La unificación del derecho progresó con la promulgación de los distintos códigos hasta culminar en el Código Civil de 1889. Pese a la pobreza y mala calidad de la educación (lo mismo secundaria que superior), se produjo una progresiva nacionalización de la vida social y cultural, especialmente desde la aparición de periódicos modernos de masas a fines de la centuria. Hechos como la guerra de África de 1860 o luego, la guerra del 98, provocaron manifestaciones patrióticas por todo el país: el lenguaje de los políticos del XIX fue haciéndose enfáticamente españolista. Como argumentó José Álvarez Junco23, la Iglesia y los sectores conservadores del país fueron apropiándose paulatinamente de la idea de España como nación católica.

Pero el siglo XIX vio también, desde 1833, la cristalización administrativa de la provincia. La idea de provincia, de hecho, impregnó profundamente la percepción de los españoles sobre su instalación territorial (como mostrarían, por ejemplo, la importancia que en España tuvo desde el primer momento la prensa local o provincial y el papel que las capitales de provincia desempeñaron en la vida local). Aunque localismo y nacionalismo no fueran incompatibles, significativamente la localidad, la comarca, la provincia, la región fueron, más que la nación, el ámbito de la vida social española hasta bien entrado el siglo XX. La idea de completar la administración provincial del Estado con la creación de regiones fue contemplada y estudiada por distintos gobiernos en diferentes momentos del XIX.

La aparición de los nacionalismos catalán y vasco a fines del siglo XIX (y del nacionalismo gallego algo después) y su irrupción en la política española desde la llegada al Parlamento en 1901 de diputados de la Lliga Catalanista —aparición que, tras la derrota española en la guerra del 98, pareció subrayar lo ya dicho varias veces, el fracaso de España como nación— cambió la política e hizo de la reforma territorial del Estado, de la rebelión de las provincias contra Madrid, como diría Ortega, uno de los grandes problemas del siglo XX: Cataluña fue la gran cuestión de la política española entre 1900 y 1936. El pesimismo crítico de la generación del 98 produjo la idea de España como problema y el mito de Castilla como esencia de la nacionalidad española. Para la generación de 1914, la generación de Ortega y Azaña, que en 1931, tras la proclamación de la República, iba a asumir las responsabilidades del poder, el hilo conductor y central de todas sus preocupaciones políticas seguiría siendo España y su vertebración como nación. A Ortega, por ejemplo, España se le presentaba como un problema histórico —la historia de una interminable decadencia, consecuencia de la ausencia de minorías creadoras— y como un problema inmediato que exigía europeización, liberalismo y nacionalización. «Hablo de nación y de nacional —diría Azaña, por su parte, en octubre de 1933—, porque estoy hablando de política».

La generación del 14 tuvo, así, que abordar el problema territorial y entender, o tratar de hacerlo, las razones de la autonomía regional y de los nacionalismos. La idea que Ortega expondría en La redención de las provincias era la organización de España en diez «grandes comarcas», término que acuñó para enmascarar el de región, no autorizado en 1927-1928, cuando Ortega escribió su texto, todas ellas autónomas y dotadas de una amplia capacidad de autogobierno y de instituciones democráticas propias (gobierno regional, asamblea legislativa). Era hacer una España nueva y era proyectar una gran política nacional, hechas, una y otra, para las provincias y desde las provincias.

La «gran reforma» que Ortega proponía era lo que pronto iba a llamarse Estado regional. Pero con matizaciones importantes. Primero, porque Ortega no ignoraba que la proyección política de los movimientos regionalistas españoles era, por lo general, débil. En «La cuestión esencial», artículo de 4 de noviembre de 1918, Ortega distinguía solo seis regiones dotadas de «conciencia colectiva diferencial»: Aragón, Cataluña, País Vasco, Navarra, Asturias y Galicia. Consideraba que otras dos, Valencia y Murcia, estaban en transición y se aventuraba a anticipar que quizá tal conciencia no llegase a aparecer ni en Extremadura, ni en las dos Castillas, ni en Andalucía (punto este último que repetiría en su controvertida Teoría de Andalucía, de 1927). Segundo, porque La redención de las provincias seguía dentro de una tradición, la regeneracionista, preocupada hasta la obsesión por el problema de España. A Ortega no le preocupaban las regiones por su especificidad étnica, cultural o histórica: en su libro no hablaba ni de nacionalidades, ni de lenguas propias, ni de derechos históricos (de las regiones). Es más, incluso eludía el problema de los movimientos nacionalistas. Ortega volvía a la provincia y a la región por considerar que en ellas se encarnaba y cristalizaba la realidad de España, porque entendía que constituían el horizonte social y vital del español medio. Ortega no creía que el Estado español contemporáneo —esto es, el régimen de la Restauración de 1876— hubiera fracasado por su centralismo, sino por constituir un sistema y un régimen abstractos y artificiales que —como dijo en Vieja y nueva política, en 1914— representaban la España oficial, pero desconocían la España real.

Ortega, en suma, se ocupaba de España. Creía que la «gran reforma» nacional —expresión que recordaba al término regeneración de los años 1899 y 1900— tenía que comenzar por su realidad más auténtica, que era, en su opinión, las provincias. Quería que las provincias asumiesen su responsabilidad en el quehacer nacional y entendía que eso suponía dotarlas de personalidad política propia y concederles amplias atribuciones; pero lo que le preocupaba era el renacer de España, construir desde el fuerte localismo de regiones y provincias la conciencia y la voluntad nacionales —esto es, españolas— de que el país aún carecía.

El caso de Manuel Azaña ejemplifica la idea que en la II República hubo de España y la actitud de aquel régimen ante el hecho nuevo de la autonomía regional. Azaña fue la encarnación de la República; fue, además, pieza esencial en la concesión de la autonomía a Cataluña en 1932 y fue probablemente, como suele afirmarse, el político e intelectual de la izquierda española que mejor y más inteligente y generosamente entendió el problema catalán, el gran problema, recuérdese, de la política española antes de 1936. Pues bien, dicho clara y esquemáticamente: Azaña tuvo siempre un profundo sentimiento de españolidad; desconoció durante mucho tiempo el problema regional; «descubrió» Cataluña y el catalanismo tarde, en marzo de 1930 (con 50 años, por tanto), cuando visitó aquella región en compañía de un numeroso grupo de intelectuales castellanos; asumió, con todo, sin reservas y con sinceridad, y hasta con apasionamiento, la idea de la autonomía de Cataluña, y lo hizo con particular intensidad entre 1932 y 1934; apenas si le interesaron, en cambio, el País Vasco y Galicia; y, finalmente, Cataluña le decepcionó amargamente (y aún guardaría para ella algunos de sus más agrios y despectivos comentarios).

El españolismo de Azaña tenía una doble raíz: el regeneracionismo republicano y la obsesión noventayochista por el ser de España (por más que le irritasen el pesimismo y la egolatría de los hombres del 98). Este sentimiento profundo de preocupación por España inspiró toda su biografía política, desde su primera conferencia pública en 1911, titulada significativamente «El problema de España», hasta sus amargas reflexiones de La velada en Benicarló y de sus espléndidos artículos sobre la guerra escritos en el exilio. En toda su primera obra24 no alentaba otra preocupación que España, su decadencia, su pobreza intelectual, la anemia de su vida pública, el caciquismo, el atraso económico, la ausencia de un ideal nacional; escribía en 1923: «Me interrogo —como incumbe a cada uno— para desentrañar el ser de España».

Azaña tenía una visión idealizadamente regeneracionista de la República. Creía en ella, ante todo, como instrumento esencial para la restauración de España como nación. La concebía como un régimen esencialmente nacional, como la encarnación —según diría en más de una ocasión— del ser nacional, como el sistema que, al devolver las libertades a los españoles, les devolvería su propia dignidad nacional. Siempre creyó en España como una unidad cultural. Antes de 1930, hizo alguna alusión vaga y ocasional o al localismo o a la individualidad de los distintos pueblos de España, pero su idea —como la del liberalismo histórico español— era vigorizar las entidades locales (no las regionales), hacer del municipio escuela de soberanía, recuperar la vieja tradición castellana —comunera— de las libertades municipales. Después de 1930, y siempre pensando principalmente en Cataluña, Azaña admitió la necesidad de reestructurar el Estado y de otorgar a las regiones que manifestasen una conciencia histórica diferenciada la autonomía que demandase la voluntad popular. Pero con tres salvedades: que Azaña creía con españolismo «profundo, puro y ardiente» —son sus palabras— en la solidaridad moral de los pueblos hispánicos; que entendía que las libertades de esos pueblos eran consecuencia de las libertades de España; y que veía en España y en la cultura española la síntesis superior en la que se reconciliaban la conciencia y las culturas diferenciadas de las regiones y pueblos españoles.

Desde antes de proclamarse la República, desde su visita a Barcelona de 27 de marzo de 1930, Azaña asumió la defensa de la autonomía de Cataluña. En esta ocasión dijo incluso sentir «la emoción del catalanismo». Luego, en 1932, llevó el Estatuto catalán al Congreso, y su gobierno lo promulgó el 15 de septiembre de ese año. Aquella emoción fue, ciertamente, enfriándose, pero a cambio se impuso en Azaña su sentido de hombre de Estado (que, en este punto, no le falló): tenía la firme convicción de que la República fracasaría si no resolvía el problema catalán —en el que veía el «primer problema español»— y estaba convencido de que había que reconocer la realidad del sentimiento nacionalista catalán y obrar en consecuencia, «aunque nos duela nuestro corazón de españoles», según dijo en las Cortes el 25 de junio de 1934.

Azaña, con todo, ponía condiciones y límites a su política autonomista. En concreto, tres: a) derivación de la autonomía del marco constitucional español, lo que excluía admitir principio alguno de soberanía de las regiones; b) autonomía como expresión de la voluntad de las regiones o, en otras palabras, rechazo a una generalización de autonomías regionales (Azaña decía que las autonomías de regiones sin conciencia histórica ni tradición regionalista serían «flores de estufa»; no creía en la República federal); c) estructuración de la autonomía regional sobre principios democráticos y republicanos, lo que apuntaba a impedir que determinadas regiones autónomas pudieran constituirse en bastiones de la reacción y de la derecha, como podía ocurrir, en 1931-1936, en el caso del País Vasco. Sobre todo, dos principios eran para Azaña por definición irrenunciables: la unidad de España y la preeminencia del Estado.

Desde 1935, Azaña habló poco de Cataluña. En su libro Mi rebelión en Barcelona, publicado ese año, dejó dicho lo que pensaba al respecto. No ignoraba que el catalanismo era indiferente a la forma del Estado español, ni siquiera que muchos catalanistas rechazaban toda vinculación con España; pero seguía creyendo que la autonomía terminaría por provocar la adhesión de numerosos catalanes a la República y a España. Era evidente que Azaña seguía creyendo en su política, pero, probablemente, ya no sentía el catalanismo con tanta emoción como en 1930. Con la guerra, lo que quedase de su fe en Cataluña debió de derrumbarse. Al menos, eso cabe pensar a juzgar por las palabras que hacía decir a su alter ego Garcés en La velada en Benicarló, escrita en 1937:

… el Gobierno de Cataluña, por su debilidad y por los fines secundarios que favorece al amparo de la guerra, es la más poderosa rémora de nuestra acción militar […] un país rico, populoso, trabajador, con poder industrial, está como amortizado para la acción militar. Mientras otros se baten y mueren, Cataluña hace política.

Más aún, Garcés se lamentaría de que se hablase de Cataluña como «nación» y recordaría los esfuerzos que la República tuvo que hacer para vencer la hostilidad que suscitaban las reivindicaciones catalanas. Azaña estaba, pues, profundamente decepcionado por el escaso apoyo que Cataluña prestaba al esfuerzo de guerra republicano; en su novela, ni siquiera los personajes catalanes defendían a su región.

La decepción de Azaña fue todavía más patente y explícita en los últimos artículos que escribió en su vida. Allí censuraba, sin disimulos ni cautelas, la pasividad de Cataluña en la guerra y culpaba públicamente de ello al gobierno de Cataluña y, por extensión, al nacionalismo catalán y a los sindicatos: a los primeros, por anteponer sus intereses particularistas a las necesidades de la guerra; a los segundos, por paralizar, con su política revolucionaria, el esfuerzo industrial y económico de la región.

Azaña era bien consciente del efecto que producían sus comentarios. En una carta que escribió el 10 de febrero de 1940 a su antiguo secretario Juan José Domenchina, le decía que había quien le tenía por «el mayor enemigo de Cataluña». No lo era. Menos aún lo había sido: al contrario, podía jactarse con razón de haber sido el último político español que había conseguido que se vitorease a España en Cataluña, en razón, precisamente, de su leal defensa de la autonomía catalana (lo que no era desdeñable en quien decía ser —y era— español y castellano por los cuatro costados). Azaña creyó en el tipo de Estado que creó la República, en el Estado «integral». Llegó a ver en ese Estado la encarnación de una España libre y restaurada. Creyó en la autonomía, porque la veía como parte sustancial de las libertades españolas. Que su intensa españolidad, así entendida, chocara con la realidad de los particularismos nacionalistas no era sino expresión de la complejidad que el problema territorial tenía ya en España.

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19 J. Ortega y Gasset, «La pedagogía del paisaje», El Imparcial, 17 de septiembre de 1906.

19 Apareció en España, el 9 abril 1915, y Ortega lo recogió luego en El Espectador VI (1925).

20 Decadencia de la España imperial, pérdida de América, guerras carlistas, pronunciamientos militares, atraso económico, caciquismo, desastre del 98…

21 Recogidos como libro en M. Azaña Díaz, Causas de la guerra de España (1986).

22 Lo escribió en 1927-1928, pero fue publicado como libro en 1931.

23 Lo hizo en Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX (2001).

24 El problema de España, Estudios de política española contemporánea, «Los motivos de la germanofilia», «El idearium de Ganivet», El jardín de los frailes, La invención del Quijote…

3
La República de
los intelectuales

La libertad no hace felices a los hombres, los hace simplemente hombres. La República no promete glorias […] prometemos paz y libertad, justicia y buen gobierno. Llevad este mensaje a todos los rincones de la Península.

MANUEL AZAÑA,

«La Revolución en marcha», discurso en la Plaza de Toros,

Madrid, 29 de septiembre de 1930


«¿Quién ha traído la República?», «¿Por quién ha venido la Republica?», se preguntaba Azorín en un artículo25, apenas dos meses después de la implantación del régimen republicano. «La Republica —se contestaba— la han hecho posible los intelectuales». Azorín llevaba razón solo en parte. Pero su tesis no era retórica. El cambio cultural que España vivió desde finales del XIX, que se concretó en la aparición, en un periodo de tiempo comparativamente corto, de un conjunto notable, si no espléndido, de escritores, ensayistas, libros, revistas e instituciones nuevas, fue en muchos sentidos excepcional.

Modernismo literario y 98, por ejemplo, provocaron una verdadera revolución formal en la literatura española. Baroja, Azorín, Valle-Inclán, Antonio Machado, enseguida Juan Ramón Jiménez hicieron que en España se escribiera para siempre de otra manera. La reacción noventayochista fue literaria, moral (no política). Como también dijo Azorín (pero antes, en 1913), los hombres del 98 negaron una España, la España retórica y artificiosa proyectada por buena parte de la cultura del siglo XIX, pero recuperaron otra, el paisaje, los pequeños pueblos españoles, los poetas primitivos (Berceo, el arcipreste de Hita, el marqués de Santillana), Góngora, Larra. Con Ganivet y Joaquín Costa, la generación del 98 creó además, y especialmente así Unamuno, la tesis de España como problema, la reflexión ensimismada sobre la idea e identidad de España —identificada con Castilla y el paisaje castellano— y sobre su realidad histórica. Con sus escritos (En torno al casticismo, La vida de Don Quijote y Sancho, Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, Niebla, Cómo se hace una novela…), que componían una filosofía de la individualidad —la vida como búsqueda trágica y desgarrada de la identidad del yo—, y al hilo de sus frecuentes y controvertidas intervenciones públicas, Miguel de Unamuno (1864-1936) —paradójico, solitario, en lucha siempre consigo mismo, provocador, como dijo de él Jean Cassou en 1926— creó, además, la figura del intelectual como conciencia moral de la sociedad: fue el «despertador de una nación» (Curtius), el agitador de la conciencia del país.

La cultura española, que desde 1910 iba a tener su lugar señero en la Residencia de Estudiantes dirigida por Alberto Jiménez Fraud, había despertado. Beruete, Regoyos, Zuloaga, Sorolla, Romero de Torres, Rusiñol, Casas y pronto Vázquez Díaz hicieron de la pintura española una pintura moderna. Albéniz y Granados, dos músicos exquisitos, crearon la música sinfónica del país. En 1902 se publicaron tres libros decisivos: La voluntad de Azorín, Sonata de otoño de Valle-Inclán y Camino de perfección de Baroja26. La creación en 1907 de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, estructurada en distintos institutos y laboratorios, hizo posible que existieran, o empezaran a existir, los principios de una ciencia moderna española. Tras el 98 apareció enseguida, además, una nueva generación de escritores (Pérez de Ayala, Gabriel Miró, Ramón Gómez de la Serna, un escritor, este último, insólito, genial, desbordante, una anticipación de la vanguardia, la contraimagen del 98). En 1914 Juan Ramón Jiménez publicó Platero y yo, un relato poético memorable, y Ortega y Gasset Meditaciones del Quijote, su primer libro, un semillero de ideas en el que aparecía el fundamento de su pensamiento: la vida como circunstancia. Manuel de Falla estrenó en 1915 sus Siete canciones españolas y la primera versión de El amor brujo. En diciembre de 1917 apareció el diario El Sol (y en Bilbao, en el mismo año, la revista Hermes), en 1920 en Orense, Nós, la revista clave del renacimiento cultural gallego del siglo XX, y en 1923 Ortega lanzó en Madrid Revista de Occidente, la mejor publicación cultural española de todo el siglo. Valle-Inclán, otro escritor excepcional e inclasificable, ideó en 1920 el esperpento, una estética basada en la deformación grotesca y truculenta de situaciones y personajes, y del propio lenguaje literario, al servicio de una visión de España como país trágico y absurdo, que plasmó en Luces de bohemia, Tirano banderas, El ruedo ibérico y el resto de su obra de los años veinte.

En ese contexto, la obra de la generación nacida en torno a 1900, que hizo su aparición en la década de los años veinte —la poesía de la generación del 27 (Lorca, Diego, Salinas, Emilio Prados, Alberti, Altolaguirre, Guillén, Cernuda, Aleixandre), el ultraísmo, la pintura y la escultura de los miembros de la Asociación de Artistas Ibéricos de 1925 (Alberto, Solana, Arteta, Dalí, Benjamín Palencia…), la música del Grupo de los Ocho (Ernesto y Rodolfo Halffter, Robert Gerhard, Mompou, Esplá, Vinyes, Pittaluga, Bacarise), la arquitectura racionalista de los arquitectos asociados en el Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea, GATEPAC—27, fue ya una variable de las vanguardias europeas de la década. España se asomaba en efecto a Europa. Instalados en París, Picasso, Juan Gris, María Blanchard, Joan Miró, Julio González, Vázquez Díaz durante unos años y enseguida Dalí, fueron más parte de la cultura europea que de la propia cultura española. Los estrenos en la capital francesa de El retablo de maese Pedro y El amor brujo de Falla, en 1923 y 1925, respectivamente, fueron éxitos clamorosos. La agonía del cristianismo (1925) de Unamuno apareció antes en francés que en español. La rebelión de las masas (1930) de Ortega, su visión de la crisis de la modernidad, fue un verdadero bestseller internacional.

La República, Estado cultural

El 14 de abril de 1931, la llegada de la II República fue de algún modo —la tesis de Azorín— resultado político de aquel cambio. Por decirlo de otra forma: la profunda y en buena medida sorprendente transformación que el mundo de las ideas, que el clima cultural y moral del país, experimentó en las tres primeras décadas del siglo XX preparó el camino al cambio de régimen político. La República, se diría que en pura lógica con lo dicho, iba a hacer de la cultura la expresión de la España nueva que surgía en 1931. Como Azaña haría decir a uno de los personajes de La velada en Benicarló (1937), la República quiso cambiar la vida intelectual y moral de España.

Varios de los nuevos líderes del país, algunos de los más significados, procedían precisamente, como ya sabemos, del mundo de la cultura y las letras. Azaña, presidente del Consejo de Ministros en 1931-1933 y Presidente de la República en 1936-1939, había publicado Estudios de política francesa. La política militar en 1919, traducido entre otras cosas La Biblia en España (1921), el gran libro de viajes por la España de 1836-1840 de George Borrow, y dirigido las revistas España y La Pluma. En 1926 había obtenido el Premio Nacional de Literatura por Vida de Don Juan Valera. Al año siguiente apareció El jardín de los frailes. En junio de 1930 fue elegido presidente del Ateneo de Madrid, una de las grandes instituciones culturales del país de la que ya había sido secretario. En 1931, ya jefe del gobierno republicano, estrenó La Corona, drama que había escrito el año anterior. En 1934 publicó En el poder y en la oposición, una selección de sus discursos políticos; en 1935, Mi rebelión en Barcelona, su versión de su supuesta participación en los sucesos revolucionarios de octubre de 1934. En 1937, en plena Guerra Civil y cuando era presidente de la República, escribió La velada en Benicarló, la novela dialogada en la que expresaba su visión lúcida y amarga de la guerra.

Fernando de los Ríos (1879-1942), ministro de Instrucción Pública entre diciembre de 1931 y junio de 1933, y luego ministro de Estado, pariente lejano de Giner de los Ríos, el gran educador desde la Institución Libre de Enseñanza —que creó en 1876— de la España contemporánea, y emparentado posteriormente con los García Lorca, era catedrático de universidad y había publicado varios ensayos de filosofía política28. Julián Besteiro (1870-1940), presidente de las Cortes o Congreso de los Diputados entre 1931 y 1933, había sido alumno de la Institución Libre de Enseñanza y profesor en los institutos de segunda enseñanza de Orense y Toledo, y era desde 1911 catedrático de Lógica en la Universidad de Madrid. Luis de Zulueta (1878-1964), ministro de Estado entre 1931 y 1933, y luego, en 1936-1937, embajador de la República ante el Vaticano, fue profesor primero en la Institución Libre de Enseñanza y luego en la Escuela Superior de Magisterio de Madrid, y había publicado abundantemente sobre cuestiones religiosas y pedagógicas.

La República nombró ciudadanos de honor, su máxima distinción, a Miguel de Unamuno que desde su cátedra y rectorado de la Universidad de Salamanca había despertado la conciencia moral del país, y a Manuel Bartolomé Cossío (1857-1935), el gran estudioso del Greco y sucesor en 1915 de Giner de los Ríos al frente de la Institución Libre de Enseñanza. 64 catedráticos y profesores y 47 escritores y periodistas fueron diputados en las Cortes constituyentes de 1931-1933. Pérez de Ayala, Gabriel Alomar, Américo Castro y Salvador de Madariaga fueron nombrados embajadores. Por concluir: Ortega y Marañón, Unamuno y Antonio Machado, Menéndez Pidal, el gran historiador de los orígenes de la lengua española, del romancero y del Cid, y Sánchez Albornoz, igualmente gran historiador, diputado en 193129, ejercieron un ascendiente excepcional en la vida pública, académica y social.

En los años 1931-1933, la República hizo, en efecto, un gran esfuerzo educativo y cultural. Los presupuestos de educación se elevaron de inmediato en un 50 por ciento. Bajo el impulso del subsecretario de Educación, Domingo Barnés, otro hombre de la Institución Libre de Enseñanza, y del director general de Enseñanza Primaria, el socialista Rodolfo Llopis, se reformaron enseguida tanto la enseñanza primaria como el bachillerato, sobre los principios de escuela única, laicismo y coeducación. Prohibida paralelamente la enseñanza a las órdenes religiosas, disuelta en 1932 la Compañía de Jesús y confiscados sus centros educativos, entre 1931 y 1933 se construyeron unas 10.000 escuelas y se habilitaron cerca de 7.000 nuevos maestros. En mayo de 1931 se crearon las Misiones Pedagógicas, un programa (bibliotecas de préstamo, cine, coros, reproducciones de obras de arte, ciclos de conferencias) para llevar la cultura al mundo rural. Al año siguiente se creó La Barraca, un teatro universitario dirigido por Federico García Lorca que representaba por provincias obras del teatro clásico español y que hasta abril de 1936 realizó un total de veintidós giras nacionales.

El gobierno republicano quiso también reformar la universidad, sobre la base de autonomía universitaria, reducción de exámenes, flexibilización de los planes de estudio y libre elección de asignaturas, criterios que empezaron a aplicarse de forma experimental en algunas especialidades de humanidades: la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, instalada desde enero de 1933 en un nuevo edificio obra de Agustín Aguirre (con una bellísima y espectacular vidriera art-decó presidiendo el vestíbulo central), ya en terrenos de la nueva Ciudad Universitaria iniciada en 1929, con un profesorado que incluía a los filósofos García Morente, Ortega y Gasset, José Gaos, Besteiro, Zubiri y Zaragüeta, los historiadores Menéndez Pidal, Sánchez Albornoz y Américo Castro, el prehistoriador Hugo Obermaier y el historiador del Arte Manuel Gómez Moreno, pudo convertirse, según Julián Marías, que estudió en ella, en la mejor institución universitaria de la historia española. En 1932 comenzaron dentro del mismo recinto universitario las obras del Hospital Clínico, obra de Sánchez Arcas, y en 1933 las de las nuevas facultades de Ciencias y Arquitectura.

Ese mismo año se había inaugurado en Madrid, en el complejo educativo de los Altos del Hipódromo, donde se ubicaba desde años antes la Residencia de Estudiantes, el nuevo edificio para el Instituto Nacional de Física y Química, cuyo primer director fue Blas Cabrera; él y sus colaboradores30 hicieron del centro, según el juicio de la propia comunidad científica internacional, una de las mejores instituciones europeas de investigación. En 1933 se celebró en Madrid por primera vez la Feria del Libro. Ese año, el gobierno, por iniciativa de Fernando de los Ríos, creó en Santander la Universidad Internacional de Verano, cuyo primer rector fue don Ramón Menéndez Pidal (y el segundo, Blas Cabrera) y el primer secretario, el poeta y profesor Pedro Salinas. El crucero por el Mediterráneo que, por iniciativa de García Morente, hicieron en junio-julio de 1933, a bordo del Ciudad de Cádiz, ciento noventa profesores y estudiantes de las universidades de Madrid y Barcelona31, en el transcurso del cual visitaron los grandes lugares históricos de Túnez, Egipto, la Palestina bíblica, Creta, Rodas, Esmirna, Constantinopla, Grecia (Atenas, Olimpia, Delfos…), Sicilia y Nápoles, resultaría un viaje inolvidable en la vida y educación de los participantes, y un símbolo en su memoria, y para historiadores de la cultura, de la decidida vocación cultural de aquella —al menos en sus inicios— República de intelectuales.

La República reformó también la legislación relativa al patrimonio artístico y creó una red de archivos nacionales y una junta para la adquisición de fondos bibliotecarios. En septiembre de 1931, el director general de Bellas Artes, Ricardo Orueta, reestructuró el Museo de Arte Moderno, nombrando al crítico e historiador del Arte bilbaíno Ricardo Gutiérrez Abascal (1883-1963) —Juan de la Encina era su seudónimo— como director y al pintor Timoteo Pérez Rubio como subdirector; ambos pusieron en marcha una nueva política de adquisiciones y mejoraron sensiblemente las instalaciones (situadas, a falta de museo propio, en el edificio de la Biblioteca Nacional en Madrid). Valle-Inclán fue nombrado en 1933 director de la Escuela de Bellas Artes de España en Roma. Finalmente, el ministro de Obras Públicas (1931-1933) Indalecio Prieto asumió los planes que para el engrandecimiento de Madrid había propuesto el arquitecto Secundino Zuazo (1887-1971): para 1933 se había concluido uno de ellos, la prolongación del paseo de la Castellana, y se había puesto en marcha la construcción de los Nuevos Ministerios, un proyecto colosal, obra del propio Zuazo, que se terminaría mucho después, ya en la época de Franco.

El apogeo republicano

La República fue de esa forma el periodo de cristalización y culminación del despertar que la cultura española experimentaba desde principios del siglo XX. Ortega y Gasset recogió en 1932 gran parte de su ya copiosa obra32 en un volumen de obras completas, reeditado en 1936. En «Unas lecciones de metafísica», su curso universitario de 1932, culminó su reflexión, capital a su filosofía, sobre la vida como realidad radical, tema también (la vida como naufragio y salvación, la vida como quehacer, como forzosidad de realizar la propia existencia) de su espléndido ensayo «Pidiendo un Goethe desde dentro» que publicó en español y alemán en abril de 1932. Su «En torno a Galileo», el curso que dio en 1933 para inaugurar la nueva Facultad de Letras de Madrid, esbozó su teoría de las generaciones, otra de sus grandes incitaciones intelectuales: la generación como factor de cambio en la estructura vital, como factor en suma del cambio histórico (dentro de una reflexión apuntada en Meditación de la técnica, 1933, y planteada en Historia como sistema, 1935, que bajo la influencia de Dilthey le había llevado a concluir que el hombre no tiene naturaleza sino historia, y que la razón histórica es por ello la única explicación que el individuo puede tener de sí mismo y de lo que existe). Marañón (1887-1960), el gran endocrinólogo del país, el médico que introdujo en España la medicina interna moderna, que con libros como La edad crítica, Gordos y flacos y Tres ensayos sobre la vida sexual había familiarizado a la sociedad española con problemas como el crecimiento, la obesidad, la menopausia y la sexualidad (y cuya sobrecogedora Memoria de 1922 sobre Las Hurdes, la comarca extremeña, había hecho de la sanidad una preocupación nacional), publicó a partir de 1930, con gran éxito, varias biografías33 que eran estudios del alma humana y que, por ello, enfatizaban el papel del individuo y de su personalidad biológica como factor determinante de la acción histórica.

Unamuno publicó en 1931 su pequeña gran novela San Manuel Bueno mártir, la historia de un cura que había perdido la fe, que creía además que el propio Cristo llegó a perderla, pero que seguía entendiendo que la religión era el único consuelo para la realidad de la vida. Baroja concluyó en 1935 sus Memorias de un hombre de acción, el conjunto de veintidós novelas que empezó a publicar en 1912 donde recogía su peculiar visión del siglo XIX, publicó dos biografías (Aviraneta y Juan van Halen) relacionadas con esa serie, escribió la trilogía La selva oscura (1932), novelas y relatos sobre acontecimientos inmediatos a la proclamación de la República, y en 1936 publicó El cura de Monleón, también sobre las dudas respecto a la fe de un sacerdote. Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez completaron también ahora sus respectivas obras: Machado, que escribió y estrenó con su hermano Manuel algunas comedias, reeditó sus Poesías Completas (1933) y publicó (1936) Juan de Mairena, la mejor de sus creaciones «apócrifas» —apuntes, sentencias, notas, diálogos—, en la que explicitó su visión profundamente humana y social de la vida y de la literatura; Juan Ramón Jiménez publicó Sucesión y Presente, cuadernos de hojas sueltas (como los llamó), reelaboraciones en realidad de toda su obra anterior en las que incluyó varios de los brevísimos retratos en prosa de escritores y artistas españoles que había ido publicando en la prensa desde 1923, un prodigio de belleza literaria y precisión psicológica (que luego, ya en 1942, en el exilio, recogió como libro con el título de Españoles de tres mundos).

Federico García Lorca (1898-1936) —personalidad desbordante, talento excepcional— tuvo también ahora, en la República, su plenitud. Publicó Poema del cante jondo, variedades de la copla andaluza; Llanto por Ignacio Sánchez Mejía, su emocionante poema elegíaco por su amigo muerto trágicamente, y Diván del Tamarit, una actualización de formas de la poesía árabe (y dejó terminado, y se publicó en 1940, Poeta en Nueva York, un complejo y difícil poema, muy distinto ya de su poesía estetizante y andaluza, una prueba más, por ello, de su extraordinaria capacidad poética). Dirigió La Barraca; creó en 1932, con Encarnación López, la Argentinita, y la hermana de esta, Pilar López, la Compañía de Bailes Españoles, que interpretó versiones estilizadas de danzas populares y baile y cante flamencos; y revolucionó literalmente el teatro español con sus obras Bodas de sangre (1933), una tragedia rural, Yerma (1934), el drama de la mujer estéril, y La casa de Bernarda Alba, drama de las mujeres en los pueblos de España, presentada y leída en público en 1936, pero estrenada, tras el asesinato de Lorca en Granada en los primeros días de la Guerra Civil, en Buenos Aires en 194534.

De hecho, la generación del 27 escribió en los años treinta parte de la mejor poesía español del siglo XX: Vicente Aleixandre, Espadas como labios y La destrucción o el amor; Gerardo Diego, Fábula de Equis y Zeda; Pedro Salinas, La voz a ti debida; Jorge Guillén, Cántico (nueva edición); Luis Cernuda, La realidad y el deseo, la recopilación de toda su obra; Alberti, Consignas y Nuestra diaria palabra, poesía política, muy alejada ya del inspiradísimo popularismo andaluz de Marinero en tierra (1924); José Bergamín, el prosista del grupo, Mangas y capirotes, un ensayo sobre el teatro español del siglo XVII. Ernesto Halffter, que en 1928 había estrenado su ballet Sonatina, que incluía dos pequeñas piezas para piano de gusto exquisito, las Danzas de la Pastora y de la Gitana, dirigió el Conservatorio de Sevilla entre 1934 y 1936, estrenó en París en 1937 L’Espagnolade (y su hermano Rodolfo, en Madrid, el ballet Don Lindo de Almería en 1935), y compuso, también en 1937, Rapsodia portuguesa para piano y orquesta, que, aun preparada para la inauguración de la Bienal de Venecia de 1939, se estrenó, al suspenderse esta, en Lisboa ya en 1940.

El racionalismo continuó definiendo la arquitectura española, con realizaciones excelentes como el edificio Carrión o Capitol (1931-1933) en Madrid, de Luis Martínez Feduchi y Luis Eced; la Facultad de Letras, también en Madrid, de Agustín Aguirre; el Dispensario Central Antituberculoso (1934-38) en Barcelona, obra de Josep Lluis Sert y Josep Torres i Clavé; la Casa Bloc (1933-36) de viviendas obreras, también en Barcelona, obra de Sert, Torres i Clavé y J. B. Subirana. Los arquitectos Carlos Arniches y Martín Domínguez hicieron, con el ingeniero Eduardo Torroja, el nuevo hipódromo de la Zarzuela de Madrid (1935-1936), con la gran novedad de una tribuna cubierta por bóvedas laminares de hormigón, inspirada en la arquitectura popular. Revistas nuevas como Arte y Orto de Valencia y Gaceta del Arte de Tenerife, asociaciones artísticas también nuevas, como ADLAN (Amics de L’Art Nou, Barcelona, 1932), Unión de Escritores y Artistas Proletarios (Valencia, 1932) y Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios (Madrid, 1933) y, sobre todo, algunas grandes exposiciones individuales y colectivas (Óscar Domínguez y arte surrealista, Tenerife 1933; Exposición Picasso y Exposición Lógicofobista, Barcelona 1936; Pablo Gargallo y Max Ernst, Madrid, Museo de Arte Moderno 1935 y 1936; Asociación de Artistas Ibéricos, San Sebastián 1931 y Copenhague y Berlín 1932; Exposición de Arte Español Contemporáneo, cerca de 500 obras, París 1936) mostraron la vitalidad y modernidad de la vida artística republicana.

Varios artistas dieron con su obra, madurada precisamente entonces, la medida de los derroteros por los que se adentró el arte en la etapa republicana: la escultura de formas orgánicas y fantásticas de inspiración popular, a caballo entre surrealismo y realismo, del escultor toledano Alberto Sánchez (1895-1962); la pintura paisajista —material, terrosa, tangible— de Benjamín Palencia (1894-1980); los fotomontajes y el cartelismo del valenciano Josep Renau (1907-1982), que su autor concebía dentro del más riguroso realismo crítico al servicio del pensamiento socialista y comunista; la pintura de Arturo Souto (1902-1964), por un lado temas gallegos y por otro, pintura metafísica, de figuras monumentales y sólidas, de clara influencia italianizante e impregnada de intemporalidad y melancolía; las propuestas surrealistas—óleos, dibujos, fotografías, fotomontajes— de Nikolás Lekuona (1913-1937). El artista cántabro Pancho Cossío (1894-1970), establecido en París en los años veinte, sintetizó en su pintura —bodegones, retratos, peces, barcas, puertos— influencias diversas (cubistas, surrealistas, abstracción) derivando hacia una pintura de apariencia intensa e imprecisa y gran fuerza poética. El vasco José Mª Ucelay (1903-1979) cultivó un tipo de hiperrealismo estilizado y elegante que daba a su obra (retratos, patos, bodegones, romerías vascas) un aire desconcertante, mágico, libre desde luego de connotaciones etnográficas incluso cuando pintaba temas vascos. Dentro del surrealismo, con las variedades individuales que fueran, se movieron Maruja Mallo, José Caballero, Javier Ciria, Moreno Villa, Eugenio Granell, Gregorio Prieto y Óscar Domínguez; en el realismo, Luis Quintanilla, Ramón Gaya, López Torres, Francisco Mateos, Souto y Ucelay, y escultores como Emiliano Barral, Victorio Macho y Francisco Pérez Mateo.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
23 октября 2025
Объем:
288 стр. 15 иллюстраций
ISBN:
9788417241933
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Правообладатель:
Bookwire
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