Читать книгу: «Cómo acertar con mi vida»

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Prólogo

El tiempo fluye como una corriente impetuosa a ratos, apacible y risueña otras muchas veces, que puede ofrecer a primera vista cierta ilusión de movimiento y de variedad. Pero para vivir una vida que valga la pena no basta flotar a la deriva; el hombre no es un tronco en el agua, y el simple pasar del tiempo lo envejece, lo agita, lo golpea, pero no lo hace mejor. Quien no se empeña en descubrir quién es y en decidir a dónde va, quien no fija el timón y empuña los remos de su libertad para seguir su camino, acaba viendo cómo el flujo de la vida le arrastra a donde no quería llegar. La vida humana no es cuestión de estar vivo y dejarse ir.

Estas páginas son una invitación apasionada a asumir personalmente la gozosa aventura de vivir. El autor —con quien me une una amistad añeja y regocijante, que es la razón principal de que yo haga este prólogo— escribe sin el menor desinterés, sin sombra de distanciamiento o exquisitez intelectual. Escribe porque le importa decir unas cuantas cosas que sabe por su larga experiencia y que a otros muchos les importan, o les importarían si cayeran en la cuenta de ellas. Es éste un libro lleno de vitalidad, con la estructura teórica imprescindible para ayudar a entender la vida y a vivirla bien.

El lector no encontrará aquí propiamente un ensayo de antropología académica, sino más bien un acompañamiento práctico, a pie, para descubrir el misterio de la vocación como clave fundamental de la existencia humana, y para construir la propia existencia en torno a esa clave, para vivir con sentido de vocación. Esto —el sentido vocacional— significa, por supuesto, que en el mismísimo punto de partida hay una propuesta paradójica: para llegar a ser uno mismo es preciso romper la soledad del ensimismamiento.

Se empieza a vivir de verdad personalmente cuando se sale de sí mismo. Se trata, es cierto, de asumir personalísimamente el protagonismo de la propia vida, pero esto no acontece en primera persona del singular, sino en primera persona del plural. Y aquí entra Dios: el descubrimiento de sí mismo, de la propia verdad, se da definitivamente al descubrir a Dios y a los demás. Por eso el autor se esfuerza en orientar la mirada, en enseñar a mirar, para no terminar viviendo a tientas, casualmente, la libertad.

En esta perspectiva aparecen en el libro cuestiones que interesan profundamente a cualquiera: la autenticidad, el sentido de la libertad, la autoestima, el compromiso, el amor, la incertidumbre, la seguridad... y el miedo. Quizá no sea descabellado afirmar que el momento cultural, sin dejar de mostrar un punto de arrogancia en no pocos aspectos, ofrece también un muestrario prácticamente ilimitado de temores. Casi más que el anhelo de felicidad, que los clásicos identificaron como el profundo latido común a todos los hombres, domina en el fondo de tantas actitudes el miedo a perder, a errar, a no ser feliz.

Se me ocurre, por eso, que una fórmula acertada para recomendar la lectura de estas páginas podría ser: para perder el miedo a vivir. Que la vocación es la clave antropológica fundamental significa, a fin de cuentas, que toda la existencia de cada hombre, de cada mujer, que se despliega como respuesta a una llamada personal de Dios, está atravesada por el acento tierno y reconfortante de estas palabras que acompañan a cada vocación narrada en la Sagrada Escritura: ¡No temas!

Porque Dios es el coprotagonista estelar y socio mayoritario en la empresa de vivir, y en estas páginas. En realidad, hablar del hombre sin hablar de Dios no llega siquiera a la media verdad. Este libro, como el autor desearía que sucediera con la vida de cada lector, comienza en los ojos del hombre, en su mirada atenta, y acaba en los brazos de Dios. Ojalá su lectura ayude a muchos a buscar el buen comienzo para tan buen final.

Jorge Miras

12 de octubre de 2002

Nuestra Señora del Pilar

Al lector

Dicen que hay pocas vocaciones, pero sería más preciso decir que hay pocas respuestas, pues Dios no deja de llamar.

Así lo explicaba Mons. Fernando Sebastián, en una carta con ocasión del Día de Oración por las Vocaciones de 2002: «Sería más exacto decir que vocaciones sí hay, porque Dios no deja de llamar para todo aquello que la Iglesia y el mundo necesitan. Lo que no hay son respuestas. La voz de Dios se oye sólo cuando hay un cierto grado de silencio interior, es una voz íntima que resuena sólo a cierta profundidad de uno mismo. El que vive volcado sobre el exterior, acaparado y seducido por las cosas exteriores no puede oír la llamada de Jesucristo. Si uno no se pregunta para qué está en el mundo, qué es lo que de verdad vale la pena en la vida, qué quiere Dios de mí, nunca llegará a percibir ni formular una respuesta. Donde no hay pregunta tampoco llega la respuesta.

Por eso se puede decir que si no hay vocaciones es porque en un nivel más profundo, no hay sentido vocacional de la vida. Nuestros jóvenes no tienen tiempo de preguntarse para qué están en este mundo, qué es de verdad vivir, qué es lo que puede dar verdadero valor a su vida, lo que les puede llenar el corazón y darles la felicidad a largo plazo. Por eso es más exacto decir que no es que no haya vocaciones, lo que no hay es proyecto realmente libre y personal de la propia vida. Se vive impersonalmente, dejándose llevar, sin tener el valor de salirse de la fila para pensar, proyectar y definir la propia vida».

Las consideraciones que contiene este libro no buscan añadir nada nuevo al tratamiento teológico, jurídico o antropológico de la vocación. Sencillamente, tratan de ayudar a «salirse de la fila», de ofrecer un poco de luz a tantas personas que alguna vez se han planteado o llegarán a plantearse el sentido de su existencia: para qué estamos en el mundo. Quieren transmitir una experiencia vivida a lo largo de muchos años, contrastada en muchas conversaciones, que podría ayudar a entender mejor que la existencia del hombre, mi existencia, se configura y se despliega como respuesta de la criatura a una llamada de Dios Creador y Redentor.

En el primer capítulo de estas consideraciones he tratado de exponer sucintamente un tema que me apasiona y que llevo en el corazón. Así lo he expuesto durante varios años a los alumnos de Ética del tercer curso de Derecho: el tema del «encuentro».

Cuando mi libertad se topa con la verdad (Dios, los demás, la realidad de las cosas...) se produce un encuentro decisivo para la existencia personal. Si se vive en la apertura necesaria para concurrir a esa cita, para dejarse encontrar, el encuentro con la verdad necesariamente apasiona, enamora, lleva a vivir con plenitud de sentido, de voluntariedad y, por eso, de libertad. Responder a la vocación personal es tanto como vivir la propia existencia con verdad y en libertad.

Para ilustrar esta cuestión fundamental he tratado de sintetizar en muy pocas páginas algunas ideas de los autores (Guardini, López Quintás, Polo, etc.) que me han ayudado a comprender las condiciones y actitudes necesarias para el encuentro de mi verdad y de Dios, sin las cuales difícilmente llegará el hombre a ser plenamente hombre y, por lo tanto, a ser hijo de Dios. También en las reflexiones que propongo sobre la vida entendida como vocación ha influido la lectura y meditación de textos de otros autores, como Torelló, Frankl, Yepes, Pigna, Thibon, Llano, etc., sin olvidar a quien ha sido mi gran maestro y Padre en todo lo referente a la vocación: Josemaría Escrivá de Balaguer, a quién la Iglesia acaba de canonizar.

El segundo capítulo expone la doctrina de siempre sobre la existencia y la vocación cristiana. En ella procuro ofrecer algunas consideraciones que ayuden a que cada uno las personalice, la interiorice, en su meditación personal. Son reflexiones que nacen de la vida misma, de la sinceridad personal, y que espero contribuyan a orientar la vida de quienes las lean.

He visto necesario, en ese capítulo, entrar a deshacer un equívoco que frecuentemente se da entre los que se plantean su vocación. Unos entienden la vocación como inclinación; otros como la llamada misma de Dios; otros como un camino concreto a seguir. Y el resultado final es pensar que sólo tienen vocación aquellos que sienten inclinación por un camino concreto, de manera que los demás (la mayoría), son personas tan ocupadas que no pueden dedicarse a perder el tiempo en otras cosas, viendo la vocación como una complicación añadida a la ya de por sí complicada vida cristiana. ¡Qué gran error!

Si se comprende en su verdadera dimensión, la vocación cristiana implica un compromiso que sola­mente puede ser de Amor, y ese compromiso —vivir comprometidamente, deberse a— es lo que muchos rechazan por miedo a cerrar posibilidades que el futuro pudiera ofrecer. Todas esas situaciones anímicas —miedos, sospechas, temores— se tratan en el capítulo tercero bajo el título «obstáculos y dificultades».

He dejado para el final, como cuarto capítulo, lo que para un hijo de Dios debe aparecer como la reacción más natural, al mismo tiempo que sobrenatural ante la llamada: la consideración del Amor de Dios. Con la fuerza del Amor, ¡podemos!

Debo reconocer que, en caso de tener que elegir epígrafe para aconsejar como prioritario, no dudaría en indicar el titulado «Ojos y mirar ingenuos». En él he intentado animar a ver nuestra realidad y la realidad de las cosas con la mirada de Dios, porque la vocación es siempre iniciativa y llamada de Dios. Nosotros podemos ayudarle con nuestras disposiciones si nos esforzamos en llevar una vida sencilla y mirar con su mirada.

Si nos viéramos con sus ojos, como Él nos ve, habríamos descubierto nuestra vocación. Dios siempre nos ve como algo muy bueno, como hijos predilectos suyos, como personas de las que se ha enamorado antes de formar el mundo: nos ha puesto en la existencia por Amor, y nos llama a realizar nuestra vida plenamente como una enamorada correspondencia al Amor. Esto es, a ser santos. Peter Kreeft, en su libro Cómo tomar decisiones, tiene un hermoso capítulo titulado «La sencillez» cuya lectura recomiendo encarecidamente.

Como se podrá observar, la mayoría de las citas son de Juan Pablo II y de san Josemaría Escrivá, pero también las hay de autores clásicos y modernos, cuyos libros citados he procurado recoger en la bibliografía final, para hacerlos fácilmente accesibles a los interesados en leer más sobre algunos aspectos que aquí se desarrollan menos.

Quiero dejar constancia de mi agradecimiento más sincero a cuantos me han ayudado con sus consejos: los profesores Jon Borobia, Juan Ignacio Bañares y Pablo Casas. Al que ha sido mi interlocutor más habitual, Jorge Miras, sin cuyo asesoramiento y profunda intuición poética, este libro no habría visto la luz. Y también al futuro brillante economista que será Borja Granado, por su pericia en el ordenador.

* * *

En una ocasión, conversando con un sacerdote mayor y experto en humanidad, le pregunté cuál pensaba que sería la causa por la que a los jóvenes de hoy les cuesta ser generosos para entregarse por Dios y por los demás. Su respuesta fue: porque sólo el Buen Pastor da la vida por sus ovejas.

Reconozco que esta reflexión, hecha con naturalidad sobrenatural, hizo resonar con especial fuerza unas palabras de san Josemaría Escrivá que, en su momento, dieron tanta luz a mi vida que se me grabaron para siempre. Las propongo ahora como pórtico por el que cada uno pueda hacer pasar su cabeza y su corazón para adentrarse en estas consideraciones con la perspectiva adecuada: «Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una misma cosa con Él» (Via Crucis, Estación XIV).

Este libro va dedicado a mi hermana Piluca.

Introducción

Cuentan que, en cierta ocasión, una señora se acercó al Santo Cura de Ars para preguntarle cuál sería su vocación. El Santo le respondió sin vacilar: «Señora, tenga por seguro que su vocación es ir al Cielo».

Esta invitación que Dios nos hace a la vida eterna es el puerto que todo hombre ha sido llamado a alcanzar. Pero, así como cualquier viaje largo exige un itinerario preciso, con hitos y etapas bien determinados, esa llamada de Dios encierra en sí otras muchas llamadas que, durante nuestra existencia terrena, nos van orientando, según un itinerario personal, del mejor modo posible para llegar al destino.

Son muchos los que, sin mérito de su parte, han recibido de Dios gracias y dones constantes, que les han puesto en situación de entender y querer las cosas del espíritu, de adquirir una buena formación humana y espiritual. El amor de Dios por ellos es evidente: todo en su vida parece una paciente preparación por parte del Señor para facilitarles la generosidad. Sin embargo, al concretarse la llamada de Dios, no ven nada: parece que están ciegos (o deslumbrados por demasiadas luces).

Y es que no es difícil que suceda lo que a cierto romano que vivía junto a la Basílica de San Pedro y había sido bautizado en ella, pero nunca había vuelto a entrar desde entonces. Algo así nos puede pasar: estamos tan cerca de Dios y nos comportamos como si no lo estuviéramos, o como si fuese algo que se da por descontado, tan cotidiano y rutinario que no suscita mayor interés.

Debemos despertar, dejarnos despertar para no tratar los tesoros que Dios ha puesto en nuestra existencia como realidades sin valor.

Hay que pedir la gracia de saber encontrar ese tesoro escondido en los profundos repliegues de nuestros corazones, como aquel hombre de la parábola evangélica, que descubrió en un campo un tesoro tan valioso que fue rápidamente y liquidó todos sus bienes para poder hacerse con él. O aquel otro, tratante de gemas, que un día descubrió una perla tan hermosa que comprendió que valía la pena vender cuanto tenía con tal de conseguirla.

Es cierto que ya somos amados por Dios, que nos ha elegido para ser sus hijos por pura benevolencia: Él nos ha amado primero, dice san Juan. Tenemos el tesoro a nuestra disposición. Pero es necesario llegar a descubrirlo y poseerlo interiormente: este don sólo muestra todo su valor cuando lo aceptamos conscientemente, cuando nos enamoramos tanto al descubrirlo que dejamos que configure toda nuestra vida.

Hace muchos años, conversando con un joven estudiante, se me presentó una situación que después me he vuelto a encontrar repetidas veces. Podríamos decir que lo tenía todo en esta vida: inteligente, trabajador, buen cristiano —buen hijo y buen compañero—, gozaba de muy buena salud, era deportista, tenía amigos que procuraba acercar a Dios. Estaba feliz, satisfecho. Además era consciente de que todo eso se lo debía a Dios. Conociéndole bien, le pregunté si se había planteado la posibilidad de entregar su vida a Dios. Me explicó que él estaba muy a gusto así, y que ya hacía muchas cosas por Dios y los demás.

Intenté animarle haciéndole considerar los muchos dones que había recibido; que Dios tiene derecho a pedirnos el corazón entero; le razoné la parábola de los talentos, y muchas más cosas. Insistía en que él tenía la conciencia tranquila, y en que lo único que quería era ir al Cielo. Se me ocurrió preguntarle entonces si le parecía que amaba a Dios por ser Él quien es... Después de pensarlo un poco, me dijo, medio conmovido, que a él Dios, por sí mismo, le traía un poco sin cuidado, que ya cumplía los mandamientos.

La historia terminó bien. Yo me quedé pensando: ¿Qué le había pasado? ¿Se amaba mucho a sí mismo? ¿Muy poco a Dios? ¿Quizá no había descubierto lo que significaba que él era el amado y escogido de Dios?

Así como los pedagogos hacen notar que para enseñar física a Carlitos hay que conocer la física y a Carlitos, de la misma manera, para tener un encuentro con Cristo, que en eso consiste la vocación, conviene tener en cuenta al mismo tiempo el contenido objetivo de la llamada del Evangelio, la grandeza misma de la vocación divina, y la situación existencial de aquellos a quienes se dirige. Si sólo se tiene en cuenta a los destinatarios, se corre el riesgo de mutilar la riqueza y trascendencia de la llamada a la santidad y halagar las tendencias espontáneas, sinceras, pero a menudo alicortas, de la subjetividad.

Se debe tener muy en cuenta, ciertamente, la situación subjetiva de los destinatarios, pero sin hacer de su situación existencial la medida, ni menos aún la fuente, del contenido de la llamada. Quedarse en la subjetividad no deja de ser una vía inevitablemente estrecha.

Es cierto que Cristo es capaz de colmar el corazón del hombre («Venid a mí todos los que estáis cargados y agobiados y yo os aliviaré» [Mt 11, 28]) y que sólo Él nos atrae desde lo más íntimo de nosotros mismos (¿»A quién iremos, Señor? Tú tienes palabras de vida eterna» [Jn 6, 68]). Pero el Señor es infinitamente más que el instrumento de nuestra plenitud: es el Hijo del Padre, digno de ser amado por sí mismo y no, en primer lugar, porque él colma nuestros deseos. La llamada que cada uno recibe por el simple hecho de ser criatura es más que un mero colmar los deseos del hombre; es ante todo, la libre manifestación de la gloria de Dios.

El que yo ame a una persona podría deberse a que me atrae y me hace feliz. Esto es legítimo. Pero una persona humana es mucho más que un medio para mi completo desarrollo, por eso si amo a alguien, debería ser por sí mismo, por su propia personalidad. Esto mismo debemos aplicarlo a Jesucristo, pero en grado sumo.

La «nueva sensibilidad» posmoderna, que es ambiental y por eso contagiosa, lleva fácilmente a considerar lógico que «mi visión» de las cosas sea la que establezca la medida de lo que Dios quiere de mí, totalizando todo en función y alrededor del yo. Como si los demás, y Dios mismo, fueran sólo el marco de mi yo, un simple momento de mí mismo.

Qué importante es descubrir que yo soy yo porque Dios me tutea. Que valgo, que importo porque Dios me ama. Que soy libre porque Dios me invita a ser coautor con Él de una historia maravillosa: de nuestra historia.

Con frecuencia muchos se conforman con una natural buena disposición: ¡Si yo soy bueno! Es como si les costara indeciblemente dejar entrar en su biografía un planteamiento trascendente —¿qué piensa Dios de mí y de mi vida?—, quizá por miedo a complicarse. No terminan de caer en la cuenta de que esos valores naturales que se dan en su vida pueden y deben asumirlos como dones recibidos. San Pablo, que de esto sabía un rato, nos invita a preguntarnos: «¿qué tienes que no hayas recibido?». Dones recibidos, de valor incalculable, que podrían dar un fruto maravilloso si no los dejamos enterrados.

Algunos parecen sospechar —como aquel personaje que, lleno de miedo a las complicaciones, enterró el talento recibido— que preguntarse por la propia vocación y responder a ella generosamente supondría añadir otro aspecto de lucha y sufrimiento, de vida dura, a la ya exigente vida cristiana... ¡Qué gran equivocación! Muchos de los idolillos que nos hemos creado, a los que servimos realmente —nuestra imagen, nuestra autonomía, nuestro prestigio, nuestras ambiciones...—, suponen más esfuerzo y entrega que el verdadero amor de Dios. Y nada puede consolarnos del vacío tremendo que dejan en el alma cuando descubrimos, quizá tarde, que no han valido la pena.

Capítulo I. Al encuentro de la vocación

I. Itinerario para el encuentro

1. Libertad, verdad y compromiso en el encuentro

Dicen que los vikingos fueron los primeros en llegar a las costas de América. No pongo en duda semejante posibilidad, pero lo que sí está claro es que no encontraron América. Por el contrario, Cristóbal Colón, intentando demostrar la posibilidad de una nueva ruta hacia las Indias, fue quien verdaderamente descubrió América, aunque en un principio no supiese que se trataba de un nuevo continente. Con su proyecto propició un encuentro que ha sido uno de los sucesos más importantes de la historia de la humanidad; un encuentro entre culturas y una visión nueva que completaba el marco geográfico de la existencia del hombre sobre la tierra.

He querido utilizar esta comparación para subrayar que sólo si sé a dónde quiero ir, estoy en condiciones de diseñar la mejor ruta y las etapas que me llevarán a mi meta. Colón diseñó un itinerario que, tal como él veía entonces las cosas, le debería haber llevado a la India. Sus previsiones no se cumplieron, pero sin semejante apertura jamás habría llegado a una meta aún más extraordinaria: el descubrimiento de un nuevo e inmenso continente.

Mi vida y la tuya son también un apasionante viaje que, teniendo el mismo destino, presenta siempre un camino particular para cada uno. Y es necesario que cada cual asuma la responsabilidad de proyectar y trazar su ruta para llegar a ese destino: sólo con esa actitud de empeño personal nos ponemos en condiciones de ir más allá, de descubrir verdaderamente el valor insospechado de nuestra vida y los horizontes inmensos que se abren ante ella.

A ésto llamo el encuentro. Se podría definir como el acontecimiento que me hace capaz de descubrir los valores que se encierran en la realidad. Es una luz sobre mi vida, en todas sus dimensiones, que me permite ordenar y diseñar las etapas de un viaje personal extraordinario. Para entender la existencia humana es necesario entender ese encuentro, que es algo mucho más rico que un simple choque entre dos objetos. El encuentro implica intercambio de posibilidades, capacidad de iniciativa; es una realidad dinámica y con mucho de aventura. Es saber descubrir mi lugar y mi función dentro de la vida. No es lo mismo llegar a las costas de América que descubrir América.

Es indudable que ese encuentro ha de darse en apertura hacia el exterior. Yo actúo como persona cuando no me muevo sólo a impulsos de mis propias pulsiones, creando la realidad desde mí mismo, desde mi parecer, pues entonces jamás podría reconocer que eso que yo creía la India es algo abso­lutamente distinto. Soy más libre cuanto más acepto la verdad que se evidencia ante mí, aunque se oponga a lo que en un principio tenía por definitivo. Por eso, al ser libre, escojo las acciones que me permiten crecer y no encerrarme en la cámara oscura de mi subjetividad. Amar la verdad es condición de mi libertad.

Es cierto que esto se percibe con mayor claridad cuando se trata de realidades físicamente abarcables, como en el caso del descubrimiento de América. Pero ¿qué sucede con el conocimiento de realidades de carácter espiritual, como las artísticas y las religiosas? El encuentro con esas realidades no es tan materializable como en lo físico: no se me imponen por sí mismas, como la ley de la gravedad o el tamaño de un continente, de manera que si no busco personalmente conocerlas y asimilarlas, su verdad puede no afectar a mi vida en cuanto se configura basándose en decisiones libres.

En definitiva, el conocimiento propio de las rea­lidades espirituales supone una opción personal, una actitud comprometida ante la verdad que tiene estos rasgos principales: humildad, disponibilidad, entrega, voluntad de entrar en una relación de trato y participación, compromiso, amor.

Ya se ve que, aunque no es extraño que muchos confundan este tipo de conocimiento con algo meramente subjetivo, una especie de gusto o sensibilidad peculiar de cada persona, nada hay más lejos de la realidad. Una persona que se comporta como dueña absoluta de su vida, aunque se mueva con una libertad de maniobra total, poniéndolo todo a su servicio y decidiendo exclusivamente según sus preferencias —gustos, sensibilidad— de cada momento, no ha comenzado aún a ser libre.

El mero elegir libremente es condición para la libertad, pero no constituye la verdadera libertad interior. Soy libre cuando estoy en disposición de asumir libremente como proyecto personal el reto de llegar a ser en plenitud lo que realmente soy. Sólo estaré en condiciones de hacer un uso correcto de la libertad, y por tanto de ser plenamente libre, si el conocimiento de mi realidad es verdadero y si mis elecciones me llevan a realizar verdaderamente la vocación y misión de mi vida, a ser libremente quien soy.

Es esencial, por tanto, la exigencia de apertura al exterior, sólo posible desde la realidad de mi libertad. Por eso, para que el hombre pueda encontrarse a sí mismo, en su plenitud humana, debe alcanzar una madurez personal que se manifiesta en disposiciones y virtudes tan fundamentales como la veracidad, la apertura de espíritu, la confianza y la sencillez, la tenacidad y la fidelidad, la magnanimidad y la generosidad, de las que luego hablaremos.

Ya hemos visto que no existe verdadera libertad cerrada en sí misma: lo que constituye en tal al hombre es la asunción de valores, de encuentros, la práctica de virtudes. La verdadera libertad va unida al compromiso y a la vinculación con lo que encierra un valor. El encuentro lleva al hombre a dar lo mejor de sí mismo y lo edifica en la doble vertiente personal y comunitaria. Por eso, en el plano religioso, ante la posibilidad de escoger, quien es verdaderamente libre escoge aquello que más agrada, no a él, sino a Dios, fundamento verdadero de su existencia.

2. Para acertar a reconocer el encuentro

Lo que aquí entendemos por encuentro no es el simple cruzarse con la realidad por parte del hombre. No lo son el toparse con alguien en la esquina o la relación que suele darse en un autobús. En el verdadero encuentro (encuentro personal) sale a la luz la singularidad, atrayendo mi atención a la vez que pone en juego mi libertad para absorber esa vivencia existencial desde mi querer.

En la historia de los grandes descubrimientos siempre se pueden delimitar una serie de presupuestos o combinaciones de factores, a veces fortuitos, que los hacen posibles. Lo mismo podemos decir para el encuentro: no siempre llega a producirse, aunque la verdad está ahí.

Ante un hecho concreto, unos no percibirán nada extraordinario; otros reaccionarán negativamente, quizás molestos; y habrá otros que en tal suceso perciban, en cambio, un hondo significado para sus vidas. ¿Por qué los hombres responden con reacciones tan variadas ante las mismas condiciones o sucesos?

Son muchos y diversos los factores que pueden provocar tal pluralidad de reacciones. Si tuviera que señalar ahora algunos que parecen definitivos para que se produzca el encuentro tal y como lo venimos entendiendo, propondría los siguientes:

• Oportunidad del momento

• Apertura

• Atención

• Disponibilidad

Todo encuentro auténtico es regalado, inmerecido. La verdad me sale al encuentro y yo la integro, la asimilo de acuerdo conmigo. La clave del encuentro es la libertad. Cuando uno encuentra su vocación —dirá Polo— ha de vivirla, y al vivirla, la verdad se despliega a partir de su encuentro. El que asegure que la verdad no existe no es libre, porque la verdad sale al encuentro sólo al ser libre. El hombre no es libre ante la verdad, es la verdad la que le hace libre.

Además, lo que distingue el encuentro es el aspecto creativo: los ojos, el corazón y el espíritu se abren en respuesta al hecho de verse tocados e interpelados desde fuera. Encontrar la verdad despierta una inspiración. En el encuentro hay gozo, situación de sobreabundancia. Lo que mueve en el encuentro con la verdad es generosidad pura. Del encuentro surge el conocimiento fecundo, la semilla creadora. En el encuentro brota el misterio.

La siguiente reflexión de Romano Guardini nos lleva al meollo del encuentro. «‘Quien quisiere poner a salvo su vida, la perderá; mas quien perdiere su vida por mi causa, la hallará’. Vida, alma, podemos traducir: ‘sí mismo en el propio ser’. Quien se aferra a su sí mismo en su propio ser, lo perderá; quien lo pierde por causa de Cristo, lo encuentra». Parece una paradoja, pero es la expresión exacta de una conducta fundamental de la existencia humana. El hombre llega a ser él mismo liberándose de su egoísmo.

Por esto conviene que nos preguntemos seriamente qué actitud adoptamos ante lo que nos rodea, cómo es nuestro modo de mirar la realidad.

3. Aprender a mirar

Nuestra mirada hacia las realidades, humanas o sobrenaturales, puede ser muy distinta según seamos superficiales (mirada pragmática) o profundos (mirada al ser).

La mirada pragmática —pragmatismo, utilitarismo— es racionalidad cuantificadora a la que no le interesa qué son las cosas en sí mismas, sino cómo se puede intervenir sobre ellas para someterlas al propio interés. El bien del hombre se traduce, así, en satisfacción de necesidades y la verdad se considera en términos de eficacia: verdadero sólo es lo que se adecua a mis deseos. El hombre que cifra su entidad en su capacidad de dominio se revela en el fondo como un ser de necesidades.

En la mirada al ser —una mirada atenta, respetuosa, amorosa, abierta—, las cosas se revelan, la realidad se entiende como un don o regalo, el hombre se comprende como un ser de realidades, es alguien —no algo— «único en el mundo». El tiempo se mira como donación de uno mismo y la libertad se convierte en la capacidad para disponer radicalmente de sí mismo: poder darse, autodeterminarse. Soy yo quien, porque quiero, me determino a mí mismo a tomar postura y actuar, porque la iniciativa parte de mí, soy dueño de mis propios actos y puedo responder de ellos.

El verdadero encuentro con la verdad, con los ideales, con otras personas, con Dios, se podrá dar siempre que no tengamos una actitud de dominio o posesión. Los acontecimientos propiamente humanos son aquellos en los que la persona sale de sí misma. El encuentro es el comienzo de ese proceso. Podemos ir más allá de nosotros mismos en pos de lo que nos sale al encuentro.

Si lo que buscáramos en nuestra vida fuera a nosotros mismos, nos cerraríamos. El afán de dominio o posesión quiere forzar a la realidad a crecer desde nosotros, como propiedad nuestra. Y por muy grande que se haga esa propiedad, siempre será propiedad particular en la que las personas que se van incluyendo se convierten en útiles, ya sean para trabajo, para ocio, para inquietudes, para llenar los afectos y sentimientos.

En cambio, si la vida de una persona es buscar lo que se le da como algo que se le da, es decir, si va creciendo en la capacidad de abrirse a los dones (los otros, el otro, como fin), esa vida se transforma en un gozar de la realidad que se abre a su admiración y conocimiento, y permite conocerla y conocerse a sí mismo, usar de las cosas y amar a las personas y a sí mismo.

El amor es un aumento, un crecimiento en la apertura a los otros (que siempre son fines, nunca medios para algo). La libertad fundamental consiste en poseernos en lo que somos. Y en lo que somos se incluye esencialmente el estar abiertos a los demás. Si el hombre se busca a sí mismo prescindiendo de algo que él es esencialmente —la apertura a los otros—, empequeñece su libertad fundamental y se desarraiga de sí mismo.

4. La mirada ante la vocación

Todo lo anterior vale para el encuentro entendido en su sentido más amplio y general: pequeños y grandes descubrimientos, percepción de verdades, valoración de los demás, etc. Pero de una manera especialísima, se refiere al encuentro con la propia vocación.

Ya hemos dicho que el encuentro no siempre se produce, y que hay diversos factores que influyen en ese hecho: unos exteriores —al menos en parte—, como la oportunidad del momento, y otros que dependen de una serie de disposiciones personales del sujeto (he enumerado: apertura, atención y disponibilidad). Pues bien, ¿qué condiciones deben darse en la mirada para que la libertad y la verdad puedan encontrarse, haciendo posible descubrir y realizar la vocación personal? He aquí algunas:

• Generosidad. El encuentro con la vocación no se puede dar en forma de dominio o posesión. Generosidad procede del latín «gignere» (engendrar). Es generoso el que crea vida, la otorga y la incrementa. Si se mira la vocación con criterios de utilidad-para-mí, se rebaja. El egoísmo, el encerrarse en sí mismo constituyéndose en centro, criterio y fin de todo, es el camino más directo hacia la propia autodestrucción e infelicidad.

• Disposición abierta. Es estar a la escucha y atender. Estar disponibles exige no estar repletos de sí mismos, y también no ir con prisas, en un activismo desbordante que no permite interesarse por nada que no parezca «urgente». Parece como si nos realizáramos siempre hacia fuera, y nunca hacia dentro. Decía Pascal: «han caído sobre nosotros todos los males porque el hombre no sabe sentarse solo tranquilamente en una habitación».

• Integrar en lo mejor de nosotros mismos. Quien se mueve sólo en el ámbito sensorial, en el nivel de los sentimientos, sensaciones e impresiones, termina encontrándose aislado. Hay que respetar todos los modos de ser de la realidad, y ciertas realidades —como la vocación—, para ser conocidas adecuadamente, exigen una mirada profunda, interior; piden ser integradas en nuestra intimidad: sólo en ese nivel se da la escucha de la que acabamos de hablar. Esto requiere evitar la dispersión, pues el pensamiento superficial va unido a una vida superficial. La actitud habitual que otros llaman recogimiento nos capacita para dominarnos interiormente y dominar la vida desde el ámbito de nuestra verdad más profunda y personal.

• Veracidad. Encontrarse con la verdad —ya lo hemos visto— no es simplemente estar cerca de ella, sino integrarla en uno mismo, reconocerla como verdad sobre sí mismo. La verdad más radical que el hombre puede encontrar en esta vida es la verdad personal: su vocación. Y si no se llega al encuentro con la vocación, no hay una tarea asumible como sentido de la existencia, no hay coherencia posible, ni verdadera libertad: se vive de la casualidad.

• Respeto. Respetar es estimar, estar a la vez cerca y a cierta distancia (cuando se invade posesivamente lo que se tiene cerca, se lo deforma para adaptarlo a la propia conveniencia). Toda vocación es un encuentro con Cristo y para eso es necesario estar cerca, crear vínculos. El distanciamiento, sosiego espiritual, clarifica la mirada para discernir lo que nos es dado. El respeto hace apreciar la vocación como algo tan propio y tan familiar que es mío y, a la vez, como un don recibido que no debo manipular, sino acoger y secundar.

• Actitud de agradecimiento. Capacidad de asombrarse ante lo valioso, que lleva a aceptarse a sí mismos por ser nuestra vida un don inmenso e inmerecido. La gratitud es una de las actitudes básicas del ser humano, y se ha de dirigir hacia Dios, dador de la existencia y de la gracia, y hacia los hombres (D. Von Hildebrand). El gran enemigo del hombre es la indiferencia, porque en la indiferencia todo se reduce, todo da lo mismo porque todo es lo mismo, ya que en última instancia todo acabará con la muerte (Libro de la Sabiduría, cap. IX). Con razón se ha dicho que lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. En la gratitud viven la verdad, la libertad, la humildad, la bondad y la magnanimidad. Agradecer —como amar, alabar y glorificar— pertenece a la vida que permanecerá en la eternidad sin fin.

• Confianza. Abrirse a la vocación significa entrega y eso implica cierta dosis de riesgo. Algunos querrían contar con una absoluta seguridad —estar, no ya seguros, sino asegurados— a la hora de decidir sobre su futuro, y la única seguridad inconmovible en esta vida es Dios: si no se pone la confianza en Dios, que no engaña ni traiciona, entonces toda seguridad parece poca —con razón— y la indecisión se instala en el ánimo.

• Compromiso en los valores. Es necesario contemplarse dinamizado interiormente por Dios, comprender la belleza de pertenecer enteramente a Dios. La virtud de la magnanimidad —muy relacionada con la humildad y con la fortaleza— consiste en la disposición del ánimo hacia las cosas grandes y la llama santo Tomás ornato de todas las virtudes. El magnánimo se plantea ideales altos y no se amilana ante las críticas ni los desprecios, no se deja intimidar por los respetos humanos, le importa más la verdad que las opiniones. Cultiva un alma grande donde caben muchos. En sus decisiones no media la cicatería, ni el cálculo egoísta, ni la trapisonda interesada. No se conforma con dar, se da.

• Fidelidad y paciencia. Paciencia es respetar los ritmos naturales. Es imprescindible la paciencia con nuestros defectos: estar alegres, tranquilos, contentos, a pesar de descubrir en nuestra vida tantas lagunas y de percibir, tantas veces, que podríamos amar más y mejor. No se trata de ser imperturbables o resignados: ser pacientes supone energía interior, fuerza espiritual hacia dentro de nosotros y hacia fuera, hacia el trabajo que debemos llevar adelante, pero con plena conciencia de que nada que valga la pena se consigue con sólo desearlo. La paciencia es comprender en profundidad al hombre, como lo comprende Dios, que cuenta con nuestros defectos y nos da su confianza y su gracia para vencerlos. Y la paciencia engendra fidelidad.

II. El encuentro con la vocación

1. La libertad que ama la verdad es el camino para la vida

En un coro, cada una de las voces es independiente, pero se armoniza y vibra con las otras, las apoya y es apoyada. Si uno canta a capricho no contribuye a recrear la obra, más bien la destruye.

Del mismo modo, el camino de una vida lograda es recorrido por la libertad en armonía con la verdad. Nuestra verdad plena es una sinfonía que cada uno debe interpretar a su manera, usando su libertad. No es autónomo el hombre para establecer lo que está bien o mal, sino para adecuarse a la realidad; el hombre descubre la verdad, no la crea: sin su aceptación activa la verdad no se le revela, pero él no es su dueño: se la apropia adecuándose a ella libremente.

Vemos, así, que la verdad —libremente aceptada, pero sólo porque es la verdad— se hace camino para la vida: «La entrega libre y necesaria al enamoramiento auténtico es la forma suprema de aceptación del destino y eso es lo que llamamos vocación» (J. Marías).

Dicho de otra manera, cada uno se encuentra ante la necesidad de decir libremente sí o no al modo en que Dios ha decidido, amorosamente, organizar las cosas y, especialmente, al modo en que Dios lo ha querido a él. El descubrimiento de la vocación será, entonces, el encuentro de cada uno consigo mismo, la mirada sobre sí mismo, tal como Dios le ve. Para verse así, hay que descubrir el «porqué» y el «para qué» de la propia vida.

El porqué es fácil: se nos ha revelado. Dios creó las realidades inanimadas, los vegetales y animales, mandándolas existir («Dijo Dios: Hágase la luz, y se hizo la luz» (Gn 1, 3) al servicio del hombre. Pero al ser humano lo creó llamándole por su nombre, por amor, y lo ha hecho partícipe de su propia vida. Cada ser humano, único y e irrepetible —lo ha recordado tantas veces Juan Pablo II—, recibe la vida de Dios para ser no algo, sino alguien: alguien a quien Dios se dirige hablándole de tú y le llama a vivir con Él para siempre. Alguien que puede llamar Tú a Dios.

Tener conciencia de esta realidad significa reconocer a Dios como nuestro origen y nuestro fin. Dios en la creación no ha hecho más que iniciar algo que completará después con la colaboración del hombre: ese es el para qué. Por eso nuestra norma primaria de actuación es vivir la libertad conscientes de nuestro origen y nuestro fin: en actitud de entrega, de diálogo con Dios, de correspondencia.

2. La verdad impulsa al amor

No hay nada más íntimo en el hombre que lo que constituye en cada momento el impulso interior de su vida (Dios). Lo explica muy bien Juan Miguel Garrigues, en su libro Dios sin idea del mal, cuando dice: «Dios quiere que su proyecto de amor bondadoso pase por nuestra imaginación, a través del instrumento de nuestra libertad. Quiere que juguemos con ese instrumento; no quiere escribirnos una partitura o un guión de antemano y pedirnos que los ejecutemos. Para Dios, no hay un guión escrito por anticipado porque la paternidad divina tiene esa cualidad única comparada con nuestra paternidad humana, que siempre vive en el presente de la libertad de sus hijos».

Las normas divinas, su voluntad, no son externas o ajenas al bien propio del hombre, como la partitura y el poema no lo son al bien del músico y del declamador: se obedece, pero no desde fuera sino desde dentro de la obra creada.

Alejandro Llano explica que el yo humano no es un recinto cerrado y agobiante: es un vector de proyección y de entrega. En cierto modo, es un vacío que clama por su plenificación. Ahora bien, para que esta plenitud de la vida lograda comience a desarrollarse es necesario proceder, simultáneamente, al vaciamiento de uno mismo y a la apertura amorosa. Mi peso interior no son mis ocurrencias, experiencias o caprichos, de los que más bien he de liberarme; lo que me afirma en la vida y me aporta voluntad de aventura —pasión por usar la vida y la libertad de un modo que valga la pena— es mi amor personal, definitivo e irreversible.

Porque, en efecto, cuando el ser libre encuentra la verdad, tiene lugar el enamoramiento. En la persona la verdad y el amor están unidos. Afirma Polo que la verdad en el hombre es indisolublemente amor, superabundancia, más que un remedio necesitado. Someter la verdad al criterio de certeza —tratarla como un medio o instrumento para conseguir seguridad— constituye un error (es lo que les sucede a los que exigen una garantía abso­luta para decidirse a actuar). La verdad no está destinada primariamente a aquietar la sospecha o la duda, sino a movilizar. No deja de ser curioso que el padre de la mentira, que es Satanás, siempre actúe igual: induce al hombre a la sospecha y a la duda para paralizarle en el seguimiento de Dios, como hizo con Adán y Eva.

3. Vocación, autenticidad y casualidad

La vocación es el porqué y el para qué de la vida. El reconocimiento de mi vocación es el descubrimiento de mi identidad.

Se oye mucho hablar de ser «auténticos», como sinónimo aproximado de espontáneos o sinceros, pero no se termina de entender bien en qué consiste ser auténticos. La autenticidad es más profunda que la sinceridad. Consiste en la adecuación entre lo que se piensa —se siente, se dice, se hace— y lo que se debe hacer por ser quien se es. Es vivir conforme a la realidad de mi deber ser; pero sólo en cuanto sé quién soy, puedo saber quien puedo —y por eso debo— llegar a ser. La madurez, consecuencia de la autenticidad con que se vive, es clave para poder ejercer nuestra libertad, para poder disponer de nosotros mismos. Son muchos los que no acaban de darse por no disponer de sí mismos: el que no se posee no se puede dar, porque nadie da lo que no tiene.

Está de moda decir que todo es por casualidad. Dos moléculas se encuentran por casualidad, dos personas se encuentran por casualidad, se enamoran por casualidad...

En la casualidad todo es fortuito, no hay elección, hay desorden, todo es inevitable. Una vida que se vive por casualidad es una vida suspendida entre el aburrimiento y la angustia por el fin. Un hombre escindido de su destino de redención es un hombre ciego (S. Tamaro).

Porque los hombres no existimos por casualidad. «Toda la historia de la creación es una carta que Dios sigue escribiendo al hombre. La tarea del hombre está en esforzarse, momento a momento, para descifrarla» (A. Pigna). Frente a la vida «casual» se sitúa precisamente el compromiso de asumir la propia existencia con autenticidad, a base de decisiones libres y conscientes. Sin duda, somos lo que decidimos ser, pero sobre una base que no hemos decidido nosotros.

En efecto, no hemos decidido ser, ni ser personas; en consecuencia, tampoco hemos decidido libremente ser libres, ni ser lo que somos. Decidimos algo de lo que somos, pero no quiénes somos, que es el asunto de la vocación.

a) El hombre, en primer lugar, experimenta que no existe ni vive en virtud de ninguna opción que él haya hecho, y su actitud natural y primigenia es la del agradecimiento ante la completa gratuidad de su propia existencia. Ésta es la primera manifestación de la religiosidad. El acto creador, en efecto, constituye una primera vocación a la existencia, y así es percibido en todas las religiones históricas.

b) Tampoco el hombre ha decidido ser persona, ni ser la persona que en concreto es. La personalidad que nos caracteriza tiene, sin duda, algunos rasgos que nos hemos ido dando libremente a nosotros mismos, pero no en todas, ni en la mayoría de sus facetas, ni siquiera en las más externas: no elegimos la familia en la que nacemos, la época, el país, la educación, la sociedad en la que nos hemos desarrollado, etc., aspectos todos ellos que modulan profundamente nuestro modo personal de ser.

c) A la vista de esto, cabe concluir que sólo en parte somos autores de nuestra biografía. Más bien habría que decir que somos co-autores. «En» nosotros hay algo ya decidido, y no «por» nosotros. Elegimos lo que somos, sí, pero a partir de una radical identidad.

A esta vocación a la existencia podemos corresponder libremente: podemos asumir nuestro papel fundamental o no asumirlo, pero radicalmente no decidimos cuál es ese papel. El término «vocación» procede del verbo latino vocare y significa primeramente «llamada». Uno no se llama a sí mismo; es llamado, se vive impulsado o requerido a dar una respuesta, la cual sí que es libre. Por tanto, elegimos desde lo que somos, pero no sobre lo que somos.

d) La existencia personal es resultado de una llamada creadora del Amor divino. Esa llamada, por tanto, no se dirige a un ser ya constituido, sino que es ella precisamente la que lo constituye desde la nada. Por eso puede decirse que lo primero que, en el orden de naturaleza, tiene el hombre es su apertura radical a Dios.

La criatura humana tiene una estructura en la que lo fundamental es su relación con Dios: su ser por y para la relación con Dios. Como ha explicado el Concilio Vaticano II, «El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento, pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor, y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador» (Const. Gaudium et spes, n. 19).

Por lo tanto, la actitud fundamental de la criatura será dejarse mirar y dejarse querer. No es lo mismo ser mirado o ser querido que dejarse mirar o dejarse querer. Esto segundo supone una postura activa, una actitud de confianza y correspondencia.

4. La vida como «misión», a la luz de la vocación

El hecho mismo de existir es mucho más que un mero hecho: es una misión, porque nuestra vida se nos da como algo en parte hecho y en parte por hacer. La conciencia de una misión en la vida —de una misión que es la vida— constituye la ayuda fundamental que tiene el hombre para vencer, o por lo menos afrontar con entereza, las dificultades objetivas o subjetivas que se presenten. Una misión de carácter personal hace al que la recibe insustituible, insuplantable. La vida adquiere así el valor de algo único, y cobra, en rigor, tanto mayor sentido cuanto más difícil se haga. Sólo en la medida en que consideremos nuestra vida como misión, buscaremos darle sentido. Para Frankl, «ser hombre significa estar preparado y orientado hacia algo que no es él mismo».

Hasta hace un momento, hemos venido considerando que uno no elige su identidad, su ser quien es y, por tanto, su verdad. Pero esto no significa que la misión que se recibe al ser llamado a la existencia sea una especie de determinación fatal, algo así co­mo el «hado» o el «destino» inexorable, escrito por anticipado, de los que creen que la libertad humana no es, en realidad, más que una apariencia ilusoria.

El mismo Frankl dice en La presencia ignorada de Dios: «No es el hombre quien ha de plantearse la pregunta por el sentido de la vida, sino que más bien sucede al revés: el interrogado es el propio hombre; a él mismo toca dar la respuesta; él es quien ha de responder a las preguntas que eventualmente le vaya formulando su propia vida».

Y las respuestas serán muy distintas según sea el sentido que le hayamos dado a nuestra vida.

A este respecto, resulta útil distinguir el sentido de la vida como dirección (sentido de su andadura) y como significado (sentido que la explica).

El sentido de la vida, entendido como «dirección», es la vida eterna: hacia ella nos encaminamos. Esta fe en la vida que no acaba, sino que se transforma, permite enfrentarse a la muerte con serenidad y buen humor, pero sobre todo permite enfrentarse a la vida diaria llenándola de sentido, o sea, de significado. Y el sentido de la vida como «significado», su razón y explicación, es el amor, como hemos visto hace un momento. El amor no tiene porqué ni para qué. Si alguien preguntara: ¿por qué vives?, deberíamos responder: vivo para vivir, obrando por sobreabundancia del bien que me posee, brillando y haciendo brillar, ardiendo y haciendo arder (J.B. Torelló).

Es precisamente la vocación lo que llena de sentido —de orientación y significado— nuestra vida, y permite asumirla como misión personalísima: «La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos a dónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía» (J. Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 45).

III. La vida hecha vocación

1. La libertad y los valores

El hecho de existir supone una misión que cada uno debe ir cumpliendo con su actuar libre. Pero en todas las fases de nuestras acciones —explica Yepes— intervienen unos criterios previos que uno tiene ya formados antes de actuar y de los que parte para escoger —o rechazar— unos u otros medios. A estos criterios previos los llamamos valores.

Los valores son los distintos modos de concretar o determinar la verdad: son la verdad y el bien tomados, no en abstracto, sino en concreto. Su característica principal es que no contestan a la pregunta ¿y esto para qué vale? Valen por sí mismos; es más, todo lo demás vale —o no vale— por referencia a ellos.

Los valores son, por eso, criterio para la toma de decisiones, para la acción. Pueden ser muy variados: utilidad, belleza, poder, dinero, familia, ecología, sabiduría... El máximo valor es Dios: el Bien supremo en función del cual los demás valores son medios, es decir, tienen un valor relativo que se juzga por su concreta relación aquí y ahora con el Valor Absoluto.

A la hora de discernir y asumir como propios los valores que serán criterio de nuestra actuación, debemos estar atentos a algunos peligros, para no vivir tomando decisiones por motivos equivocados o inconsistentes. Algunos, por ejemplo, podrían tomar como valor una necesidad ficticia (como ganar fama). Y cabe también el peligro de asumir valores verdaderos, pero sólo de manera teórica, es decir, sin interiorizarlos (permanecen como referencias externas que nos parecen bien, pero sin pasar a integrar las motivaciones internas de nuestra libertad); o de interiorizar una versión incompleta o equivocada de ellos: por ejemplo, se siente la necesidad de Dios, pero se trata con Él sólo en momentos «difíciles»; o se hace algo no en función del valor mismo, sino de la satisfacción personal que nos produce; o por buscar una compensación, llamar la atención, etc. (R. Berzosa).

Es necesario aprender a vivir la libertad como un poder de ob-ligarse a todo lo grande. No somos libres cuando optamos por una acción porque nos agrada, sino cuando tomamos distancia de nuestras apetencias —que pueden ser caprichosas, variables según los momentos y las circunstancias— y elegimos en virtud del ideal que más vale, que más trascendencia tiene para los demás, para dejar en esta vida un surco profundo, divino, eterno. Esto es lo que supone elegir la verdad de la vocación como núcleo y referencia de valores. Al hacerlo así, el hombre se siente esponjado, libre y desbordante de luz y alegría.

2. Correr el riesgo de elegir el amor

Sólo la persona abierta, dispuesta a asumir el compromiso que lleva consigo el encuentro con su verdad, es capaz de descubrir la vocación, porque esa persona responde a las posibilidades que le son ofrecidas y las asume como propias. Si no se tiene esa disposición, es inevitable tomar como valores de referencia, más o menos conscientemente, distintas manifestaciones del afán de defender y asegurar la propia vida, según aquellas palabras evangélicas que ya hemos comentado.

En el ámbito humano, la persona que se entrega confiadamente con sinceridad y sencillez, con generosidad, se expone a que traicionen su confianza, pero si no se corriera ese riesgo, no se enamoraría nadie, no habría encuentros.

Cuando busco conformar toda mi vida al Valor Absoluto, no estoy obedeciendo a una instancia externa y extraña, sino a una voz interior que es algo mío. No me alieno, me elevo, más bien, a lo mejor de mí mismo, pues lo mejor de mí mismo es lo que voy llegando a ser a través del riesgo de la entrega y el compromiso con la verdad, con Dios, que no engaña ni traiciona.

A veces nos sorprende —y a algunos les cuesta aceptarlo— el silencio de Dios: nos gustaría que nos hablara más claro, tener más seguridad de lo que nos pide. Es como si nos incomodara la figura de un Dios que oculta su divinidad y se anonada. Quizá nos falta descubrir que el silencio de Dios puede tener un sentido muy positivo, a saber: no imponer la fuerza de la divinidad, dejar libres a los hombres para aceptar o rechazar su propuesta.

El silencio «aparente» de Dios es respeto a lo más preciado del hombre: su libertad ante el sentido último de la vida y ante la decisión más importante de su vida. Dios quiere que la relación que tengamos con Él sea absolutamente libre, porque sin libertad no se puede amar ni dejarse amar.

Todo lo grande se compra a un precio muy alto: exige compromiso, entrega, riesgo, dedicación, vaciamiento de uno mismo. La vocación se capta al dejarse captar por ella.

La luz para comprender las realidades más profundas brota en el trato mutuo. Para conocer a Dios y su llamada es necesario mirarle, oírle y una relación de trato personal que pueda fundar sucesivos encuentros. Lo decisivo aquí es la hondura habitual del conocimiento, no la seguridad (tal como se suele entender, porque, a fin de cuentas, ¿cabe mayor seguridad que la confianza en Dios, en un Dios tan cercano que quiere ser Dios con nosotros?).

La llamada de Dios no tiene límites rígidos, es abierta, dinámica, se debe renovar y vivir cada día, por eso no puede ser fijada en el conocimiento de forma inequívoca. En la medida en que nos comprometemos con la vocación —y sobre todo con Aquél que llama— vamos cobrando seguridad, como san Pablo, quien a pesar de las durísimas dificultades de su vida, podía exclamar: «Sé de quién me he fiado». En cambio, el que permanece a la expectativa, queriendo mantenerse sin compromiso hasta tener la plena certeza de que no tiene más remedio que comprometerse, no captará nunca la luz que brota del encuentro.

El descubrimiento de la vocación nunca es sólo pasivo: requiere decidirse a correr el riesgo de salir, con disponibilidad, al encuentro del Amor, porque «Dios no es el patrono que gobierna esclavos, sino la fuente interior de nuestras posibilidades, llamándonos a la salvación e indicándonos personalmente el camino, Él no coarta nuestra libertad, sino que nos ofrece sencillamente la posibilidad y nos capacita para realizarla» (A. Pigna).

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