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© 2013, Juan Francisco Andrade Bellido

© 2014, De esta edición: Nova Casa Editorial

Editor

Joan Adell i Lavé

Cubierta:

Pablo Basagoiti

Composición de portada

Francisco Rivas

http://www.franciscorivas.com/

Maquetación

Alpha e Omega

www.alphaeomegaeditora.pt

Fotografia solapa:

Pablo Basagoiti

Impresión

QP Print

Primera edición en Nova Casa Editorial: Noviembre del 2014

Depósito Legal: DL B 1395-2015

ISBN: 978-84-16281-17-6

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70/93 272 04 47).

Juan Francisco Andrade Bellido

El Ciclista

Nova Casa Editorial

Querido lector:

Desde siempre el hombre ha sentido la necesidad de contar historias y de escuchar o leer las que otros cuentan. Pero hay quien convierte esa necesidad en vocación literaria, por eso los autores convierten la literatura, en este caso la narrativa, en el vehículo que les permite sacar fuera todo un mundo que bulle en su interior y que es fruto de la imaginación, la observación, el análisis y la documentación.

Y ahora te encuentras en el momento mágico en el que el trabajo del escritor cobra sentido, ya que vas a empezar a leer la novela. Así que es mejor no entretenerse mucho en preámbulos, solo se trata de presentar la historia que Juan Francisco Andrade ha creado para ti y que ha revisado para esta nueva edición, me consta que con ilusión y minuciosidad.

“El Ciclista” es la segunda novela de una trilogía de género policíaco, aunque esto no impide que se pueda leer de manera independiente; se inicia con “Señales de Humo”, en la que ya aparecen dos de los personajes principales, Ramón Castillo y Luis Bernal, y que culminará con otra titulada ”Sobre el Abismo” que se publicará próximamente.

Los hechos transcurren en Málaga, ciudad natal del autor, esto hace que los personajes de ficción se desenvuelvan por lugares reales de esta ciudad que son descritos con detalle, casi con visión cinematográfica y que puedes reconocer perfectamente si paseas por ellos.

El personaje que da nombre a la novela representa la encarnación del Mal, es un asesino metódico, calculador, sin ninguna capacidad de empatizar y siempre vigilante, omnipresente.

La lectura de la novela hará que se produzca, como en la tragedia griega, un efecto de catarsis, de purificación, al comprobar hasta qué grado puede llegar la maldad en el ser humano y cómo algunas personas, en este caso El Ciclista, para dar rienda suelta a sus instintos más perversos, son capaces de justificar lo injustificable.

A descubrir quién es la persona que se esconde detrás de ese apodo y que ha sido capaz de cometer crímenes atroces se van a dedicar Fernando Muriel, subinspector de policía, Luis Bernal, agente de Europol y Lorenzo Clotet, guardia civil retirado. Pero lo más sorprendente es que entre a formar parte de la investigación, aunque él se resista a implicarse, Ramón Castillo, médico de profesión y dotado de una extraordinaria y preclara intuición que poco a poco va convirtiéndose, casi sin querer, en protagonista y que va a ser determinante en el desenlace de la historia.

Aunque la trama gira en torno a la muerte de Natalia y de otras chicas que pueden estar relacionadas, Carolina, la mujer de Muriel, junto con Castillo van a participar de una acción que transcurre de forma paralela: averiguar qué ha pasado con la desaparición de algunos adolescentes. Si al principio parece no haber conexión, al final todo converge y encaja perfectamente como las piezas de un puzle.

Ahora te toca a ti, lector, conocer los hechos y participar de la investigación junto con Castillo, Muriel, Bernal, Clotet y Carolina para llegar poco a poco a descubrir la verdad. Así se cerrará el círculo de la creación literaria, el escritor sentirá que su esfuerzo ha merecido la pena cuando alguien como tú haya entendido e interpretado su mensaje.

María Dolores Rossi

La felicidad debería siempre estar condicionada por

el conocimiento de la desgracia.

Graham Greene

A Jovita, por el cielo que ha tejido sobre mí,

y por hacerme soñar despierto.

A Juan Francisco, Mario y Diego, que

saben cuánto me importan e influyen.

—Mirella…

La prostituta franqueó la primera entrada de la casa, que tenía una doble puerta con un recibidor pequeño, entremedias. Un perro ladró. No lo tenía a la vista. Mirella tenía mucho miedo a los perros. Auténtico pánico. Se detuvo un instante.

—¿No me dijiste que eras rubia?

—¿Tu perro muerde?... Me dan miedo los perros.

—No muerde.

—Enciérralo si quieres que me quede.

El hombre de aspecto insignificante y mirada vacía se acarició la barba postiza, mientras meditaba qué hacer. La puta estaba dándole órdenes y ni siquiera había entrado en la casa… ni siquiera se había dignado a contestarle por qué lo había engañado con respecto al color de su pelo. Tendría que idear algo sobre la marcha. Sí, improvisaría.

—Pasa. Está en el patio de atrás. No puede entrar en la casa.

La prostituta dejó entreabiertos de pura alerta sus gruesos labios modelados con silicona, mientras sus ojos miraban rápidamente en una dirección y la contraria. No se fiaba. Todavía podía sentir el dolor que los colmillos de aquel foxterrier le habían causado en la pantorrilla.

—¿Seguro?

La puta olía a tabaco. No se le ocurriría encender un cigarrillo. Allí, no.

—Sí, joder. No eres rubia —insistió el hombre insignificante. Era difícil calcular su edad, y no porque llevase barba postiza precisamente. No era ni muy joven ni muy viejo, pero ningún rasgo de su cara proporcionaba pistas. Era una cara insulsa, de las que se ven a cientos entre las multitudes que se aglomeran en los estadios deportivos. Un rostro en el que nadie se fijaría.

La prostituta se adentró en la casa. Había un pasillo detrás de la segunda puerta de entrada. El hombre le indicó a la derecha. Pasaron a un salón de regular tamaño cuyo mobiliario tenía una curiosa disposición: no había nada en el centro, ni una pequeña mesa, ni una silla; nada. Las tres sillas de la habitación, de estilo inglés, estaban pegadas a la pared, intercaladas con otros muebles.

—Dame los sesenta euros —la prostituta que se hacía llamar Mirella alargó la mano.

El hombre se hurgó en el bolsillo del pantalón, sacó tres billetes de veinte euros y se los puso sobre la palma extendida. Ella los estrujó en el acto. El perro ladró otra vez con fuerza. La prostituta, de unos treinta años, los introdujo en su barato bolso de mano, alargado y brillante.

—¡Bruno, cállate!—ordenó con voz impersonal el sujeto. Los ladridos cesaron inmediatamente—... Dije que tenías que ser rubia.

—Soy rubia —la prostituta se quitó la chaqueta y se dejó caer en el sofá—. ¿Cómo te llamas?

—Me estás cabreando.

—Si quieres tirarte la hora hablando, allá tú —dijo con descaro la prostituta—. Me he dado mechas, pero soy rubia natural, tío.

—Voy a soltar el perro —dijo el hombre, muy serio. La prostituta dio un respingo. Se incorporó de un salto y cogió la chaqueta.

—No me jodas, ¿eh?... Deja de joderme ya o me voy ahora mismo.

El hombre de aspecto insignificante sonrió al reconocer el miedo. Era miedo de verdad, sin artificios.

—Todavía no te he jodido...

La prostituta se recogió el pelo hecha un manojo de nervios. Parecía a punto de salir corriendo.

—¿Es que no me oyes?... ¡Los perros me dan miedo, joder!

—Sí, estás completamente cagada. Siéntate…

—ordenó el hombre de la barba postiza—. Ya te he dado el dinero y ahora harás lo que te diga.

—No me vuelvas con lo del perro. —Mirella elevó su dedo índice y lo balanceó como advertencia.

—No te habrás afeitado el coño, ¿verdad?

—Mi coño es rubio —dijo ella más tranquila, y volvió a sentarse—. Como lo digas otra vez, me voy.

—Espera.

El hombre salió de la habitación. Al instante volvió con una peluca rubia oro, suavemente rizada, y otra rubia trigo más voluminosa, sólo ondulada.

—Pruébatelas —le ordenó, mientras sacaba de su bolsillo un espejo de mano y se lo alargaba.

Mirella estaba hasta el mismísimo coño rubio natural de degenerados.

—Tú no estás bien del coco. ¿Qué quieres, que me llene de piojos?

—No tienen piojos —dijo el hombre, con calma—. Están sin usar. La culpa es tuya por haberme engañado. Pruébate primero ésta—. Y le indicó la rizada.

La prostituta obedeció de mala gana.

—Está bien —dijo el hombre, cuando ella terminó de colocársela—. Te quedas con esa. Desnúdate y tiéndete en el suelo.

—¿Ahí? Está frío; no me harías entrar en calor ni aunque te corrieras tres veces.

—Desnúdate y tiéndete —repitió impasible él.

—Dame otros cincuenta.

Eso era algo que había previsto.

—Claro, pero harás lo que yo te diga —Y sacó la cartera, extrayendo a continuación un billete de cincuenta. Mirella se lo guardó en el bolso y comenzó a desnudarse.

—Por lo menos pon una manta, cariño —suplicó sin mucha fe la prostituta, en ropa interior.

El hombre fue a buscar una estera de gomaespuma, que empleaba para hacer abdominales. Al regresar, Mirella se había quitado las bragas. Sí, su coño era rubio, sin rasurar.

Se tendió sobre la estera en cuanto se quitó el sujetador rojo. Abrió las piernas y le ofreció un preservativo que guardaba en su mano derecha.

El hombre lo rechazó.

—No voy a follarte.

—¿Qué te gusta?

—Quédate quieta. Cierra los ojos.

La prostituta no obedeció al principio. Insistió en saber lo que quería de ella.

—Cierra los ojos —repitió él.

—¡No te creas que vas a hacerme daño!—. La prostituta se incorporó alterada, apoyándose en los codos.

—¡Ciérralos de una puta vez y quédate quieta, coño!—bramó el hombre.

Mirella deseaba salir de allí cuanto antes, así que su única salida era seguirle la corriente. ¿Qué daño podía hacerle aquel degenerado? No era peor que otros; sólo que tenía la mirada helada y no olía a alcohol como la mayoría. Además…, no se atrevería… Jesús conocía la dirección del «servicio».

La prostituta contrajo los párpados y se quedó completamente quieta, con las piernas abiertas. El hombre se quitó los pantalones y los calzoncillos. Luego se puso a horcajadas sobre el cuerpo de ella.

—Hazte la muerta —ordenó él, y se arrodilló. Tenía el tronco de la puta entre sus piernas. Aposentó las nalgas en el vientre de ella, aunque sin dejar caer el peso del cuerpo.

—¿Qué vas a hacerme, cariño?—Mirella intentó parecer sumisa. Pero estaba un poco asustada.

—Estás muerta —dijo él—. No respires—Y dejó caer su peso.

—¿Qué haces? No me… dejas… respirar, tío —jadeó, entrecortadamente Mirella, intentando apartarlo con los brazos. La peluca se le movió.

—¡Calla! ¡Vuelve a cerrar los ojos!—aflojó un poco el hombre, sosteniendo la mitad de su peso con las rodillas— Estate quieta, y te daré otros cincuenta.

Ella obedeció. No podía ver lo que hacía, pero sabía que estaba masturbándose. Intentó mantenerse todo lo quieta que pudo. El peso no era tan grande ahora en su estómago. Ladeó la cabeza, y en ese momento sintió la mano del tío en su cuello. Aunque los dedos no hacían presión, un escalofrío la sacudió de pies a cabeza. Unos segundos después, el ruido de fricción de la otra mano sobre el pene se aceleró, y empezó a recibir la descarga viscosa en pechos, barbilla y cara. «¡No se te ocurra abrir los ojos! ¡Tu carne empieza a corromperse, puta! ¡Estás muerta, muerta, muerta!», volvió a escuchar, ahora como si le susurrase. Un corto silencio vino a continuación. El tío había retirado la mano de su cuello, pero Mirella no se atrevía a abrir aún los ojos... Luego hubo un ruido como de carraspear. La prostituta percibió el contacto de… ¿podía ser verdad? El cerdo le había escupido en toda la cara. Le entraron ganas de vomitar. Quiso quitárselo de encima y mandarlo a la mierda al muy cabrón, pero no le dio tiempo porque él se levantó antes, liberándola. Ella entreabrió entonces los ojos y comenzó a limpiarse instintivamente, con el dorso de ambos antebrazos, la mezcla de semen y saliva. El tío todavía tenía restos en la barba. Mirella tuvo un arrebato de rabia al verlo reír, al comprobar, asqueada y humillada, que sonreía con desprecio, pero se contuvo cuando descubrió que había otro billete de cincuenta euros sobre su vientre. Cogió la toallita que él había arrojado cerca de su hombro derecho, se limpió y se vistió deprisa, sin decir nada. Él hizo lo mismo. No pronunció una sola palabra. Era repugnante, pero disponía de otros cien euros extra, de los que Jesús no sabía nada. Abrió el bolso, comprobó que estuviese el dinero y sacó un cigarrillo.

—Aquí no fumes —dijo él, en tono imperativo.

Mirella se guardó el cigarrillo, mascullando entre dientes un inaudible: «cerdo, hijo de puta». Le dio la espalda y fue hacia la salida.

No volvería allí ni aunque le ofreciese trescientos.

El hombre de aspecto insignificante vio cómo doblaba la esquina a paso ligero. Iba escupiendo, a media voz, una catarata de palabras soeces. No las oía bien, pero podía imaginárselas. Pensaba en lo sucia que la había dejado, en lo sucia que se sentiría. Se daba asco a sí misma.

¿No era eso lo que merecía la puta?

Primera Parte

1

16 de septiembre de 2003

—¿Cómo es tu clase?

María giró la cabeza sobre su hombro izquierdo mientras exhalaba el humo del cigarrillo rubio. Se había apoyado con su hombro derecho sobre el marco de la puerta de dirección. Llevaba allí más de veinte minutos y empezaba a estar cansada. La directora se encontraba despachando con dos de sus compañeras de primaria que, a juzgar por alguna que otra palabra altisonante, debían de tener sus diferencias sobre las respectivas adjudicaciones de alumnos. Era su segundo cigarro.

—Hola —saludó alegre al recién llegado, besándole en ambas mejillas—. ¿Qué te ha pasado?

María se refería a que había faltado durante la primera quincena de septiembre, en la que se organizaba el curso. El hombre, cuya edad era difícil de estimar si uno se atenía en exclusiva a sus rasgos faciales, había sido compañero de claustro durante el curso anterior. Le explicó los detalles del percance que le había obligado a llevar la pierna izquierda enyesada durante veintidós días. Ella parecía estar contenta de verlo de nuevo, tras aquellos meses de alejamiento.

—¿Te ha tratado bien el sorteo?—insistió el hombre. Sus pequeños ojos marrones, con pestañas cortas pero tupidas, brillaron desde una lejana atalaya, desde el observatorio de un viejo y avezado cazador solitario.

—No parecen malos —ella le sonrió—. Pero prefiero no hacerme ilusiones; ya sabes lo que pasa luego… ¿Y los tuyos?

El hombre carraspeó para disimular su nerviosismo. Trataba por todos los medios de mantener las formas e impedir que le delatase el vendaval de emociones que se había desatado en su interior al verla. Los últimos quince días habían sido angustiosos. El accidente lo había apartado de estar a su lado. Si se le hubiese ocurrido una excusa para ir a la presentación, sin duda habría estado allí con las muletas. Pero el médico, con toda seguridad, le habría negado el alta. Habría sido absurdo. Así que esperó y, mientras, se mordió las uñas de impaciencia. Maldecía el haber subido a aquella escalera de mierda. Tendría que haberla tirado a la basura mucho antes, seguir su instinto. Sabía que algún día sufriría un percance por su culpa. Era tan perezoso para algunas cosas… Pero ahora se centraría en el presente. En que había vuelto a oír su voz cálida. El presente era poder respirar donde ella respirase, percibir la oleada fresca de su perfume en los pasillos, rastrear con miradas furtivas el estallido blanco de su risa en los corros de profesores. Su optimismo vital regresó de golpe. El sol de media mañana inundaba la entrada del pasillo. Hacía un día espléndido.

—Tengo un listillo —dijo mirando hacia la puerta del patio.

—¿No será Kevin?

—El mismo.

María chasqueó los dedos como diciendo: «lo que te espera».

Se abrió en ese instante la puerta del despacho y salieron las dos maestras. La de más edad llevaba un guardapolvo a rayas. La otra, vestida de calle, era tan delgada que parecía anoréxica. Su malhumor era evidente y no se esforzaba en disimularlo.

El hombre las ignoró. Tenía las manos metidas en los bolsillos. María le había visto algo raro al principio y entonces se fijó en que había adelgazado varios kilos. Tenía mejor aspecto.

—¿Qué tal el verano?—preguntó el compañero.

Ella volvió a sonreír. Tenía la sonrisa más cautivadora que había visto nunca. Y ahora, con el tostado de la playa, le pareció que estaba en verdad resplandeciente.

En adelante dejaría de observarla con disimulo en el gran espejo rectangular que había en la sala de juntas. Ya no sería necesario. Aunque imaginaba que acabaría por echarlo de menos. Realmente era ella, sin ninguna clase de subterfugios... María no sabría nunca que se había enamorado espiando todos sus gestos.

La primera de las cosas que había aprendido durante el acecho era que sólo cuando las mujeres no tienen conciencia de estar siendo observadas se muestran tal como son en realidad ¡Cuántas veces se había quedado allí un par de minutos, haciendo como que hojeaba unos informes! Viéndola hablar y sonreír como si no hubiese hecho otra cosa a lo largo de su existencia. ¡Qué difícil le resultaba mostrarse indiferente!... Pero, al conseguirlo, había podido ejecutar su plan.

Y ahora tocaba pensar en el futuro de ambos. Tenía ante sí la oportunidad de su vida y no iba a desperdiciarla. No lo permitiría.

Para ser sinceros, jamás había sido capaz de imaginar que alguien como María pudiese compartir su modo de pensar y ver la vida. Imaginaba sus propios deseos y los de María como entes indiferenciables, reflejos devueltos por el espejo que era cada uno del otro. Por lo pronto, existía. Por primera vez, era él y no un mero espectro sin rostro ni nombre. ¡Estaba tan sorprendido! Todas lo habían ignorado hasta la fecha. Ni siquiera eran capaces de recordar cómo se llamaba. Todas menos ella.

El hombre que pasaba desapercibido a las mujeres sintió como un hormiguero recorriéndole el cuerpo. Aquello debía de ser lo que todo el mundo llamaba FELICIDAD, lo que antes creía una patraña estúpida de los cuentos para niños.

Tal vez estuviese equivocado, puede que eso que llamaban felicidad no fuera sólo un invento de literatos y religiosos.

—Luego hablamos, ¿vale? —dijo María, y se adentró en el despacho de dirección.

El hombre asintió con la cabeza. Después se encaminó de muy buen humor hacia su aula, que estaba al otro lado del patio.

El sol le cegó un instante al salir al exterior. Pero ni siquiera lo advirtió. Iba como sonámbulo, con una especie de pantalla en la mente, en la que sólo aparecía la imagen que le hubiera gustado tener siempre en la cabeza, la de la cara tostada y sonriente de María.

Se le había hecho tan largo el verano.

Las dos horas de clase que le restaban transcurrieron en un suspiro. Hasta era posible que los niños le hubiesen notado ausente. No podía dejar de pensar en ella un solo instante. Sobre todo pensaba en la tarde, cuando acabase el claustro. Tenía decidido afrontar la situación sin esperar ni un día más. Cuanto antes pasase el trance, mucho mejor. Pero no podía evitar sentirse como un flan.

El calor era tan pegajoso cuando abandonó el Centro, que se notaba la piel como si hubiese sido rociada por algún tipo de adhesivo. Odiaba el calor de septiembre; era igual de odioso que el desdén con el que le trataban. Igual de odioso que ellos.

Pero María iba a cambiarlo todo.

El claustro estaba convocado para las cinco y media. Era demasiado tiempo para andar dando tumbos por la barriada, así que en vez de almorzar en El Jerezano, el bar que había en la misma parada del autobús, y aguardar empapado en sudor a que llegase el momento, tomó la decisión de volver a casa. Planeó entonces pararse en el Carrefour de Carretera de Cádiz y comer en Los Patios, en un restaurante del que había oído hablar poco tiempo atrás, con precios razonables y en el que servían muy rápido. Luego iría a darse una ducha y a cambiarse de ropa, antes de volver.

La buena reputación del sitio era merecida. El primero consistió en un gazpacho como no había probado en mucho tiempo y, de segundo, le sirvieron una fritura de pescado de calidad equiparable a la que ofrecía cualquier chiringuito del Bajondillo. No llegó a doce euros, incluyendo la cerveza y el café.

Todo el tiempo que duró la comida estuvo pensando en cómo cambiarían las cosas en adelante. Muchos aspectos de su vida iban a sufrir una transformación radical. El hecho en sí mismo de haberse parado allí, de decidir sobre la marcha dónde comería. De hacer, en suma, lo que le apeteciese en cada momento. No había sido consciente hasta la fecha de su libertad. Estaba tan acostumbrado a tomar esa clase de decisiones que ni se daba cuenta de que hacía veinticinco años que no dependía de nadie. Y de pronto entendió que nada podría seguir siendo ya del mismo modo…

Tendría que adaptarse. Puede que a veces no fuese sencillo; María tenía bastante temperamento, aunque confiaba en que aprendiese rápido cuál era su nuevo espacio en el mundo. Lo encontraría atractivo a poco que se interesase por descubrirlo. Era una mujer inteligente. Compartirían todas las decisiones, claro está, pero él estaría siempre allí, alerta, para guiarla.

Quizá no era todavía el momento de decírselo, quizá lo mejor sería esperar a llevar un tiempo juntos… Sí, esperaría un poco, lo que hiciese falta. Luego le haría ver que no podría seguir fumando, que su estúpida fijación por el cigarrillo debía acabar para siempre. Esa adicción la degradaba, y él no podía consentir que un hábito tan vulgar y carente de sentido la despojase del aura de divinidad que irradiaba cada vez que sonreía.

Salió de casa a las cinco y cinco y puso el aire acondicionado a tope. El tráfico era escaso. Extendió la mano y palpó el parabrisas. Habría podido freír un huevo en él.

Durante el regreso al colegio no dejó de pensar en todos los planes que había hecho en los tres últimos meses. Estaba ansioso por tener un rato a solas con ella y contárselos con detalle. Ahora veía que había sido mejor no precipitarse. Meses atrás no se sentía tan seguro de sí mismo. Había tenido que irrumpir en su vida una mujer para que adquiriese conciencia de lo abandonado de su aspecto.

Era probable que ella no se hubiese dado cuenta aún, pero se había pasado el verano en un gimnasio, poniéndose en forma. Se había inscrito en uno que abría incluso los domingos y festivos. Cuatro horas diarias; siete días a la semana; dos meses enteros. A cambio de su amor y admiración, no había sacrificio que le pareciese imposible hacer por María.

También había tenido cuidado de renovar completamente su vestuario; se había comprado unos cuantos polos de colores vivos. «A los hombres, a cierta edad, no les van bien esos tonos apagados», le había dejado caer ella.

Ahora se daba cuenta de lo larga que había sido su búsqueda, ahora que, al fin, encontraba su lugar en el mundo, en el epicentro de un mundo sin cadenas ni mazmorras ni sombras.

Una punzada de aprensión y angustia recorrió un instante su pecho. Ese amor suyo significaba cambiarlo todo. Sí: cambiar, eso era… La transformación de toda una vida que parecía únicamente poder transitar por los raíles de la destrucción, de una vida dominada por unas «necesidades específicas» que le habían situado fuera de la órbita humana. Pero él cambiaría. María era la luz que le rescataría de aquel bosque tenebroso en el que llevaba recluido treinta años…, y, entonces, el instinto se vería sofocado por el manantial de una nueva razón pacífica y elevada, el instinto acabaría por apagarse del todo hasta convertirse en una inofensiva mancha de ceniza.

La Providencia le había enviado un ángel en carne y hueso para darle la oportunidad de ser otro.

La transformación había comenzado, de hecho… No se reconocía al mirarse ahora al espejo con su nueva vestimenta… Por primera vez veía sus pectorales dibujándose bajo el tejido. Había otro hombre dentro, otro hombre dispuesto a borrar el pasado… y si no podía borrarlo, lo enterraría… Sí, sepultaría cualquier rastro de su vida anterior; tan profundamente oculto lo dejaría que nadie sería capaz de hallarlo hasta que se convirtiese en un mero registro nominal apilado en un archivador, diez generaciones después.

Tenía que ponerse manos a la obra inmediatamente; era preciso deshacerse de tantos recuerdos… No se sentía orgulloso de muchas de las cosas que había hecho, pero, como cualquier hombre, tenía derecho a repudiar sus actos. Siempre había sido de la idea de que los actos de cada uno son una simple extensión de la voluntad. Sus actos le pertenecían; ninguna otra persona podía juzgarle.

También había trabajado duro acondicionando la casa. Se había gastado un dineral en reformas, casi la mitad de sus ahorros. Estaba tan ilusionado con enseñársela… Claro que a María a lo mejor le parecía inapropiada. Contaba con eso. En tal caso, estaba dispuesto a ponerla en venta. Si ella tenía las ideas claras al respecto, haría todo lo posible y lo imposible por complacerla. Buscarían juntos otra casita o un piso, tal vez en la misma costa. Sí, eso haría: María necesitaba estar cerca del mar; lo necesitaba tanto como el aire y como el amor que él había reunido con todos los sacrificios inimaginables, para entregárselo puro y brillante como una piedra preciosa.

2

Cuando llegó a la sala de juntas, una habitación de grandes dimensiones que parecía haber sido diseñada como gimnasio y en donde las voces retumbaban por culpa de la desnudez de sus paredes, se percató de que estaba un poco acelerado: el corazón le retumbaba rítmicamente en las sienes y tenía reseca la boca. Pero había sido el primero en llegar y eso era justo lo que necesitaba para recuperar el dominio de sí mismo.

No podía aparecer ante María en ese estado. Su madre se lo había recordado muchas veces: nada más digno de desprecio para una mujer que un hombre inseguro de sí mismo. No merece mayor consideración que una hormiga. Y a veces puede ser tan irritante como esos perros que ladran sin descanso en la noche.

Así que trató de calmarse haciendo unas cuantas respiraciones profundas y pausadas, como le había enseñado su monitor deportivo. Ángeles, la directora, entró a continuación con su cartera de mano, le dio la bienvenida y le preguntó cómo iba lo del accidente. Los demás fueron llegando mientras conversaban. En un par de minutos, la sala se llenó de gente.

Tenía un plan elaborado al detalle. María se sentaría a su lado y él aprovecharía cualquier receso para invitarla a tomar algo. Pero las cosas no rodaron bien: al entrar, María iba hablando con uno de los nuevos y ni siquiera le miró.

«Sólo es un imprevisto», rumió, enojado, el hombre, mientras buscaba acomodo en la rígida silla de madera.

La directora tomó la palabra para explicarles que debían discutir El Plan del Centro, además de diseñar las actividades complementarias que se ofrecerían al alumnado. Antes, hizo las presentaciones: José Luis, Raquel, Inma, Diego…, fue nombrándolos uno a uno, incluido a Andrés, el que se había sentado junto a María.

La deferencia de Ángeles le habría halagado de ser otras las circunstancias. Sin embargo, el admirador secreto de María permanecía abstraído del todo desde que la vio cruzar el umbral de la sala; se mezclaban en su cabeza las frases que había ensayado para abordarla, con el «incidente». Odiaba cambiar de planes, pero ahora tendría que conformarse sólo con mirarla.

Así hizo en los minutos siguientes. Las palabras le llegaban ensordecidas por su ansioso deseo de poseerla. Le parecían absurdas, tediosas, insoportables.

Después, la directora les aclaró que la reunión se había pospuesto hasta que estuviesen todos, y en ese instante le pasó unos folios de los que los demás al parecer ya disponían.

—Repásalos luego —le dijo con amabilidad—. Y si ya tenías algo en mente, puedes aportarlo ahora.

Él les echó un vistazo. Pero inmediatamente se le escapó la mirada hacia María. Todo aquello le parecía superfluo y hasta desesperante. ¡Si pudiera hacerlos desaparecer a todos! Un mundo vacío de seres estúpidos y egoístas, sería el mejor regalo que podía hacerles Dios a ambos.

Hizo como si leyese, mientras se imaginaba estar por fin a solas con ella. Ansiaba leer en sus ojos el catálogo completo de sus intenciones y deseos, descifrar la clase de amor que había germinado durante el verano... ¿Sumiso?… ¿Apasionado?... Lo sabría con mirarla un instante, pero deberían estar solos, centrados el uno en el otro.

Él era el único ser en la Tierra capaz de vaciar de todo significado a una mirada, el único que podía hacer que pareciese una pared blanca e infinita. Una cualidad excepcional, que los que se jactaban de conocerle jamás hubiesen sospechado. El DOLOR había rendido ese utilísimo fruto. Además de desollarle el corazón, las humillaciones modelaron un hombre nuevo. Ahora era una suma de reflejos condicionados que interaccionaban entre sí. Era un sustituto de sí mismo, como un holograma perfecto e indiferenciable. Podía ser otro en cualquier instante.

María, en cambio, no podía hacerlo. Ella carecía de ese don; era tan transparente como el resto de la gente normal.

—He pensado en formar un equipo de baloncesto —le dijo a la directora, intentando abarcar con el rabillo del ojo a su amada.

La directora tomó notas en la agenda. Se oyeron otras propuestas entonces, que fueron igualmente anotadas. Y el orden previo se diluyó momentáneamente, porque varios de los presentes intercambiaron opiniones entre sí, haciendo corrillos. Se convirtió en una cosa caótica. La chica nueva que estaba sentada a su derecha trató de explicarle de un modo confuso ciertas dificultades que surgirían durante la implantación de algunas de aquellas actividades. Cosas de recursos, principalmente. ¿Qué le importaba a él todo eso? Era lo que se le ocurrió pensar mientras miraba furtivamente a María. Acto seguido se le heló el corazón. No podía creer lo que veían sus ojos. Le pareció que estaba en medio de un mal sueño del que, sin embargo, tenía la remota esperanza de despertar. Ella reía y reía, por algo que estaba cuchicheándole el rubio maniquí que tenía a su lado, pero no era como las risas que le había regalado antes a él: esta vez eran las típicas risas de coquetería que hace una mujer sin sentido de la dignidad y sin decencia cuando siente esa locura que la arrastra hacia un hombre, esa clase de atracción que las convierte en peleles de casanovas sin escrúpulos.

Pero estaba despierto, lo comprendió al instante. Miraba a su alrededor y lo que veía eran gentes de carne y hueso, las caras estúpidas de sus compañeros y su banalidad. La ira estuvo a punto de traicionarle. Todos sus sueños y proyectos hechos añicos. Todo absolutamente se había ido al carajo. De repente María se había convertido en un ídolo caído. De repente sintió que la odiaba con toda la fuerza oculta de su ser, y con toda la energía de su parte racional. En cierta medida, le desconcertaba el sentirse dominado por un odio tan violento y tan brusco. Se sentía confundido dentro de su desolación por la virulencia de la transformación afectiva que había experimentado de golpe. Le hubiese entregado su vida en ofrenda unos minutos antes, y ahora, sin embargo, le aliviaba el concebir su muerte, le reconfortaba pensar en cerrar personalmente sus ojos para siempre, sofocar su risa de puta barata… «Te mataría aquí mismo», rezó entre dientes, simulando leer el contenido de aquellos papeles.

Sin querer, su mirada volvía a posarse a hurtadillas en ella.

Le costaba tanto creerlo. Quince días le habían bastado para echarse en brazos de un extraño, para entregársele sin reservas. A él, sin embargo, le había mantenido a distancia durante todo un año. Sí, el curso anterior había corrido el rumor de que Pepe Arjona se las había arreglado para sacarla de fiesta unas cuantas noches. Pepe era un personaje patético, cuya vida estaba dirigida en exclusiva a pavonearse; vestido con una ropa ajustada que pondría en ridículo incluso a alguien mucho más joven; un idiota hortera que babosea halagos a niñatas a las que dobla en edad, después de sus clases de educación física; siempre luciendo un par de pulseras de cuero de las que venden en los mercadillos, y que se cree irresistible con su pelo cortado y peinado en una de esas peluquerías unisex que proliferan en los peores barrios de las grandes ciudades. Las idiotas podían dejarse engatusar por un idiota; María, no. Pero entendió el juego de ella cuando se arrimaba al idiota. El clásico juego de la sirvienta enamorada. Quería que lo supiese: dándole celos, se aseguraba atraer su atención.

Esto era diferente. El brillo de sus ojos parecía como blindado para todo lo que no fuese aquel maniquí repulsivo. No era distinta de la putita de la administrativa. Era mucho peor que ella, porque se las daba de santurrona. Al menos a Gema no le importaba que todos supiesen de su predilección por llevarse a la cama a maestros de primer año. Cada curso se follaba a uno o dos. Pero María… ¡Por Dios! ¿Cómo había podido caer tan bajo? Se había subastado como cualquier puta de burdel de moda y el rubito había ganado la subasta por el precio de una sonrisa de escaparate. Le causó repugnancia ver que no se conformaba sólo con reír las gracias del donjuán. La puta le tocaba el antebrazo, se arrastraba la muy puta ante el cretino, sobándole sin pudor…

Suspiró honda y entrecortadamente. Y con un esfuerzo sobrehumano, sonrió, sonrió y expuso sus ideas acerca de las actividades extraescolares a la profesora nueva que antes se le había dirigido. Cosas de recursos, principalmente.

Tenía que controlarse. Era primordial hacerlo por muchas y variadas razones.

Cuando la reunión se terminó, la cabeza le dolía de un modo cruel. Pero seguía sonriendo. Se desearon, unos a otros, suerte para el curso, mientras se entremezclaban en la zona de acceso a la puerta de la enorme sala. María se le acercó; el donjuán cretino la sujetaba desde detrás por los hombros.

—Tienes los ojos muy rojos —le dijo al pasar a su lado—. ¿Ya estás con la alergia otra vez?

María, La Puta, le trataba como a un animalillo de compañía. ¿Acaso creía ella que no se había dado cuenta? El corazón de la muy puta rebosaba de felicidad y las migajas sobrantes eran para gente como él, para que las apurase mientras ella se entregaba a su impúdica fascinación por el tipejo de la melenita rubia. Conocía esa conducta. Su madre había sido así. Follando, era amable con él. Sólo cuando metía en la cama a alguno de los inquilinos de la pensión se fijaba en los cardenales que tenía por culpa de los matones del barrio. Tenía que revolcarse como cualquier guarra para adquirir la noción de que había alguien más a su lado que la necesitaba. «¿Quién te ha hecho estos moratones, hijo?», decía pasándole un dedo por la carne mortificada. La chupapollas no se percataba de las palizas que recibía un día sí y otro también hasta que un sujeto de aquellos la reducía a lo que realmente era: una perra en celo que ladraba arrodillada suplicando ser cubierta. Entonces, una vez recobrada la compostura, podía esperar alguna carantoña de ella, alguna palabrita considerada. Entonces él volvía a existir. Para desaparecer nuevamente a sus ojos, quince minutos más tarde.

—No. Es sólo que me duele la cabeza —respondió forzando una sonrisa cordial.

Ella se marchó sin decir nada más. Se fue pensando en su nuevo adonis, seguramente excitada de rozarse con él. ¿Qué le importaba su dolor o su amor?

Pero el dolor le estalló en los ojos durante el viaje de vuelta a casa. Lloró como un niño. La ira, sin embargo, se había disuelto en sus lágrimas. Ya sólo se sentía infinitamente desconsolado y, al mismo tiempo, abandonado por el resto del mundo. Era como si ambas sensaciones estuviesen entrelazadas, como si fuesen estrechamente interdependientes. Había descubierto de repente que todo a su alrededor parecía como sin vida, ajeno a su existencia; de nada serviría gritar porque nadie le escuchaba. El mundo entero estaba sordo y ciego ante su sufrimiento. Se reprochaba el haberse hecho aquellas ilusiones estúpidas, cuando toda su experiencia vital le decía que no podía confiar en los seres humanos. La infinita perfidia presente en su naturaleza se hacía tristemente visible a la primera oportunidad.

Ahora, por desgracia, cobraban sentido las reflexiones que escribió en su diario. En verdad el Hombre era una desdibujada y pálida copia de Dios, que, como Él, aniquilaba cuanto había creado. Su poder de destrucción era ilimitado. Puede aparentar compasión y piedad, pero detrás de esa máscara hay sólo una amalgama de feroces instintos. ¿Cómo escuchar, entonces, los gritos de auxilio a los que sólo el corazón puede prestar oídos porque no brotan del interior de una garganta sino del alma de una mirada?

Al resbalar hasta sus labios, las lágrimas se habían mezclado con su propio sudor. Se restregó el dorso de la mano derecha para liberarse de aquella salada humedad. La soledad rodearía en adelante su vida, como un alambre de espino. Estaba escrito.

Condujo como un autómata, sin noción del tiempo y del lugar por el que transitaba. Fuera, el mundo desfilaba borrosamente ante sus ojos, tan gris y sordo que habría sido incapaz de describir una sola de las avenidas y calles que iba dejando atrás. Pero, conforme se acercaba a casa, algo pesado y lóbrego, algo que era tan denso como el plomo licuado y que parecía expandirse desde dentro mismo de su ser, comenzó a oprimirle con fuerza en el pecho. Por primera vez en su vida tenía miedo de traspasar el umbral y cerrar la puerta tras de sí. Intuía que hacer eso era como segregarse para siempre del resto de La Humanidad. Sería un muerto en vida. Sintió como si aquellas cuatro paredes fuesen a devorarle. Entonces el odio se le volvió a incrustar en las entrañas como una bala. Los odiaba a todos: a María por su vulgaridad, fría y traidora; al resto, por vivir la vida que a él se le había negado con cruel obstinación.

El porvenir era el presente.

Al bajar del coche, se miró con desprecio el Lacoste azulón que había estrenado aquella tarde. Estaba arrugado y mojado por el sudor. «¡Dios!», gritó entre dientes. «¡Dios, Dios, Dios…!»—repitió hasta que, exhausto y abandonado de sí mismo, su voz se apagó. La vista se le empañó y le tembló la barbilla unos segundos… María le hubiese salvado. Sólo ella hubiera podido redimirle.

Aunque el calor seguía siendo asfixiante, un extraño sudor helado le empapaba todo el cuerpo. Y, entonces, una sensación completamente benéfica comenzó a inundarle por dentro, como si su ser entero fuese una bodega vacía a la que llegase de pronto una paz torrencial y liberadora. Se sentía como si acabase de superar un violento acceso de fiebre, una fiebre que se había marchado de golpe de su cuerpo después de llevarle al borde de la muerte. Mejor así, se dijo, mejor así. Era tan distinto a los demás. Diferente a todos. Sí, él necesitaba sentir emociones que nadie era capaz de imaginar. ¿Qué mujer se hubiese sometido para satisfacerle?

Ahora sabía que ninguna mujer era decente.

Lo pagaría con creces. Todas lo pagarían.

CUATRO AÑOS DESPUÉS

3

El semáforo se cerró obligando a Natalia Blanes a frenar con brusquedad. Desde el retrovisor interior controló preocupada la trayectoria del vehículo que la seguía, con un temor instintivo a resultar embestida. Había observado, unos momentos antes, que circulaba imprudentemente próximo a la zaga del suyo. Las luces amarillearon en el espejo y los neumáticos aullaron en el asfalto. Cuando al fin se detuvo el coche —un modelo que no fue capaz de identificar en la coctelera de identidades y perfiles que es la noche, aunque le pareció un utilitario, un vehículo de tamaño equivalente al suyo—, unos tres metros detrás de su Honda Civic, respiró aliviada.

Natalia sabía que la parada duraría dos minutos. Para hacer tiempo, entresacó un cedé de la bolsa que había depositado sobre el asiento del copiloto y dedicó unos segundos a mirar los créditos de la contraportada. Ninguno de los títulos de las canciones le resultaba familiar. En letra casi microscópica pudo leer al pie que había sido grabado en dos mil uno.

Lo volvió a colocar dentro de la bolsa y metió primera. El avisador de peatones pasó a rojo. Antes de comenzar a pisar el acelerador, miró hacia atrás, esta vez girando la cabeza. Natalia tenía la vaga noción de que había visto esa misma calandra y esas mismas luces tras de sí en otras ocasiones. Sin que tal idea se viese seguida por ninguna deducción concreta, reinició la marcha.

Era difícil no pensar en lo que se encontraría el lunes a las ocho en punto. El taller en el que Natalia Blanes trabajaba desde hacía ya catorce meses y nueve días era un hervidero en vísperas de las vacaciones. Todo prácticamente se gestionaba y canalizaba desde la recepción. Se trataba de un trabajo muy exigente puesto que León Azpitarte, su jefe, el dueño del negocio, no toleraba los fallos, fuese cual fuese su naturaleza y la causa que los originara. Para Azpitarte, los fallos eran sin excepción el resultado de una conducta negligente. Y lo que Azpitarte entendía por fallos era cualquier incidencia: retrasos en la entrega, citas mal gestionadas, una comunicación deficiente y quejas injustificadas de la clientela. Todo, en fin, lo que sugiriese un «desajuste» en la máquina perfectamente engrasada que quería que fuese su negocio. En ese sentido, Natalia estaba bien posicionada. Dentro de una empresa que aplicaba tales criterios, ella era un modelo de eficiencia.

Algo le preocupaba y no era capaz de averiguar qué era. Harta de intentar descifrarlo, dejó de pensar en ello. Podía ser un sinfín de cosas. Lo que sí sabía a ciencia cierta es que estaba cansada, por decenas de motivos que escapaban a su control. La semana había sido una completa locura. Quizá por ello no podía dejar de pensar en la desagradable perspectiva de volver a enfrentarse a lo mismo al día siguiente. Visitar a su madre tampoco le había servido para fortalecer su ánimo, sino todo lo contrario; tarde o temprano siempre acababan discutiendo a cuenta de Álvaro. Ya que su madre no iba a cambiar nunca de opinión, necesitaba al menos que comprendiese que no podía seguir controlándole la vida al milímetro, como cuando era una niña. Pero no había hallado aún la forma.

Cuánto odiaba tener que volver a casa con ese pellizco en el estómago. En lugar de haberle servido para recargar las baterías, el saldo de su estancia en Coín era un espíritu agotado y unos músculos tensos. En especial, su cuello. Supuso que no mejoraría precisamente con su vuelta al trabajo; más bien todo lo contrario. Sin embargo, no era la exigencia de atender sus obligaciones desde el pequeño mostrador lo que más le cansaba, sino conducir durante aquellos doce kilómetros. En los días lluviosos, podía convertirse en un suplicio. La sacaba de sus casillas. Los embotellamientos en los accesos al polígono eran la tónica esos días. Como aquél, precisamente.

Al entrar en el aparcamiento subterráneo del edificio, Natalia se dio cuenta de que podía servirse de aquel enojoso cúmulo de adversidades para quemar muchas más calorías. Inmediatamente le cambió el humor. Volvió a recrearse en la música que había comprado, ciertamente a ciegas. Era el tipo de riesgos que le gustaba correr. Sin embargo, estaba segura de haber acertado y de que los discos de LeAnn Rimes y Faith Hill, en especial, no le defraudarían. Era el tipo de música que más le apetecía escuchar en las horas de penumbra. Había decidido parar en El Corte Inglés, de vuelta a casa, y aprovechar la oferta de descuento progresivo en la sección de música. Pero su ánimo volvió a cambiar nada más entrar en el salón. Un cosquilleo desagradable recorrió las intrincadas callejuelas y esquinas de su cavidad torácica. Álvaro había incumplido nuevamente su promesa. Álvaro era menos responsable de lo que había creído en un principio. Seguía creyéndose un niño que deja en manos de su madre todo lo relacionado con la intendencia. El cinturón estaba sobre el respaldo de uno de los sillones y los mocasines en mitad del comedor. Ni siquiera había sido capaz de dejarlos alineados, debajo de una de las sillas.

…Qué estúpidamente infantil había sido al tomar esa decisión. La convivencia sacaba a relucir otro yo distinto en las personas, era evidente. Eso lo había aprendido muy rápido. Ahora se reconocía a sí misma que no había sido capaz de preverlo, que todos sus planes inmediatos habían estado infectados por el germen de la superficialidad, de la ligereza de miras. Pensar que las cosas ruedan por sí solas era muy propio de la juventud. Pero la realidad la abofeteaba casi todos los días. Debía despertar de una vez.

Estaba harta, joder. A ver con qué humor venía de Cádiz. Estaba desilusionada. Sí, ésa era la palabra exacta: desilusionada. Ya no estaba segura de querer a Álvaro. En ciertos momentos añoraba su anterior independencia y en otros momentos quería que Álvaro la follase. ¿Era ése el amor con el que había soñado desde la niñez? ¿Era el amor al que tenía derecho a aspirar sólo un buen polvo, o debía incluir algún ingrediente más? De niña se había imaginado que cada hombre poseía una despensa de ternura dispuesta a ser vaciada sobre una sola mujer, sobre la mujer que pulsase el resorte adecuado. Natalia había puesto todo de su parte para encontrar el resorte de Álvaro. Pero no había tenido éxito hasta el momento. Álvaro no le había prodigado caricias, fuera del sexo; ni detalles románticos; ni una de esas palabras que aúnan comprensión y dulzura, y que hacen que una mujer se sienta mágicamente frágil e invulnerable a la vez, aislada de la infelicidad por un cristal que quizá podría romperse o quizá durar toda una vida. Se había consolado pensando que Álvaro era una excepción, un autista emocional que la adoraba su manera. Y ahora todo aquel equilibrio ilusorio entre el deseo de convivencia y un amor que era como un fantasma que crees ver y nunca tocas, estaba a punto de desmoronarse ¿Había llegado el momento de hablarlo? Tenía miedo a decírselo a sí misma, pero el ensayo parecía estar fracasando.

Mientras se despojaba de los pantalones de pana elástica, Natalia testeó maquinalmente su cuerpo, con el inconsciente propósito de apreciar de dónde procedían las señales de cansancio. Una vez detectadas, solía examinarlas con brevedad para averiguar si podrían condicionar sus planes. De inicio, supo que le dolía la nuca y que la pantorrilla izquierda estaba sometida a la presión de una especie de pinza, parecida a la de un cangrejo pero con los bordes romos. Los pequeños pinchazos bajo el ombligo, también emergieron de pronto. Hacía días que los había notado, atribuyéndolos al efecto del aire atrapado en su intestino. Pero podía olvidarlos temporalmente. Esto le sorprendió; el hecho en sí de haberlo apreciado sólo al pensar en ello, no su propia existencia, que la apremiante actividad en la sección solía desplazar a un cuarto término. Allí nadie podía permitirse el lujo de tomarse un momento de asueto; el trasiego de gentes con prisa era constante y el teléfono no paraba de sonar. En tales circunstancias, únicamente sus jaquecas se negaban a demorarse unas horas. Raras veces se había visto obligada a dejar el trabajo pero, cuando esto había sucedido, era a causa de aquellos tormentosos dolores de cabeza. Por suerte eran muy poco frecuentes.

Fugazmente, consideró con satisfacción que su salud era una de las cosas de las que podía sentirse plenamente orgullosa.

Olfateó primero y examinó a continuación la blusa fucsia, y decidió meterla en la lavadora. El resto de ropa que acababa de quitarse, la terció, para ventilarla, sobre las barras suspendidas del tendedero de la galería, y se puso un pantalón deportivo de paño y una sudadera gruesa. Fue en busca del iPod, y comprobó que la batería estaba a algo menos de media carga, suficiente para una hora de uso. Se lo metió en el bolsillo derecho y desplegó los auriculares, en forma de diadema, sin llegar a pegárselos a los oídos; se los colocó sobre el cuello, a modo de collar, antes de recogerse el pelo en una coleta, empleando una felpa rosa. Luego, miró a través de una de las puertas correderas, ligeramente entreabierta, del balcón interior, fijándose en el aspecto del cielo. Las nubes filtraban una porción del resplandor de una inmensa luna, y la atmósfera estaba preñada de plomiza y recalcitrante humedad. No era de esperar un aguacero, pero quizá lloviese. Pensando en ello, Natalia volvió a su dormitorio en busca del chubasquero Columbia naranja fosforito y salió del piso.

4

Desgastadas por el polvo, las luces de los faroles de hierro que colgaban del edificio caían mortecinas sobre los bancos de madera de la parte urbanizada del recinto. A cincuenta metros de los portales, las altas farolas plateadas emblanquecían con su potente luz el asfalto del paseo marítimo, y el mar esparcía su olor en la penumbra ilimitada.

El tráfico era abundante aún. A esa hora, las nueve y veinte, las gentes que residían en el extrarradio y en los pueblos de la costa retornaban a sus casas. Poco a poco, el tumulto de luces serpenteantes iría aquietándose y el dispar murmullo de los motores diluyéndose como el eco de un grito. Vendría el tiempo y lugar de los solitarios que tanto fascinaba y asustaba a Natalia.

Cruzó la carretera a una veintena de metros del paso de cebra que había bajo el semáforo, sorteando las ramas espinosas de las palmeras enanas de la mediana, mientras se preguntaba qué clase de fuerza irresistible era aquella que constantemente le incitaba a transgredir las normas; por qué tenía que andar por fuera de las aceras como los perros vagabundos y atravesar las rotondas, siempre en línea recta, saltando a veces por los setos centrales cuando no eran demasiado elevados; o pisotear las zonas de césped de los jardines y parques en lugar de utilizar los senderos de empedrado. No podía resistirse al encanto de lo incorrecto.

La noche era perfecta para Natalia: fresca pero no fría, húmeda, serena. El mar tronaba en la playa abriendo sus fauces y mostrando una dentadura blanca. A Natalia le gustaba la efervescencia voraz del agua regresando a su hábitat; le relajaba y le ayudaba a reflexionar.

En cuanto llegó a la ancha acera, separada de la arena por el viejo muro de piedra que había sobrevivido a la época en que el mar se estrellaba contra el extenso roquedo, giró a la izquierda, conectó el pequeño artilugio y miró un instante a la lejana aglomeración de puntos amarillos de El Morlaco. Se le ocurrió pensar de repente en los secretos que se ocultaban entre aquellas luces. Cuántos serían… Cosas impensables.

Miserables, muchas.

Unas pocas quizá fuesen hermosas.

Gentes que, a cobijo del escrutinio de los demás, se transforman. Como Álvaro mismo.

¡Pero qué estaba pensando!

Aceleró el paso prestando simultáneamente atención a sus piernas, ordenando acción a sus músculos. Le satisfacía mucho que le respondiesen. El trayecto de ida le gustaba cubrirlo a paso rápido, casi como una marchadora. Al llegar al pie de Los Baños Del Carmen daba la vuelta, y entonces aflojaba el ritmo, procurando aspirar y empaparse durante su regreso del aire salino que venía a ráfagas de la oscuridad. Unos pocos ciclistas la sobrepasaban silenciosos, las parejas retozaban sobre el frío muro; hombres maduros de aspecto solitario se veían arrastrados literalmente por la vitalidad de sus perros. A esas horas, por el paseo marítimo siempre deambulaba una extraña fauna. Una buena parte de los rostros le resultaban familiares, aunque a veces le diesen miedo algunos de aquellos especímenes taciturnos con los que se cruzaba.

La oscuridad de los merenderos, cerrados durante la mayor parte del invierno, le sobrecogía un poco. Cuando pasaba junto a ellos, dirigía la vista a la carretera buscando las luces en movimiento de los vehículos. En cierta medida, la música le ayudaba a superar aquella aprensión; era como si las melodías y voces la hicieran sentirse fugazmente rodeada de luz y gente. Para ello bastaba que el piano de Allen Toussaint no dejase de sonar.

Al iniciar la vuelta, los ojos de Natalia se sintieron atraídos por la silueta lejana pero imponente de las cinco enormes grúas portuarias, con sus balizas rojas destellantes, como los ojos malignos de un dragón monstruoso, y sintió un ligero estremecimiento. La acera se había quedado casi desierta. Volvió la cabeza sin ver a nadie. Una figura masculina, corriendo a ritmo de jogging, venía hacia ella por la curva de Bellavista. Se sintió confortada porque esa presencia le pareció tranquilizadora. Por desgracia, la sobrepasaría muy pronto. Debería enfrentarse, totalmente sola, a la zona de sombras que las triadas de grandes palmeras del borde del paseo generaban sobre la acera a esa altura. A Natalia no le gustaban nada las sombras. Era por los recuerdos que le evocaban, los recuerdos borrosos de cuando era muy pequeña. No había luz en ellos, sólo la estampa de un denso bosque de desolación desconocido, como si estuviese viendo la viñeta de uno de esos cómics tenebristas que describen reinos de leyenda aniquilados tras crueles batallas.

Y lo peor era la tristeza. Cuando se esforzaba en desentrañar las vivencias asociadas a sus recuerdos, una sensación de horrible desamparo la embargaba.

El perro la sobrepasó a buen paso. Zigzagueaba olfateando el suelo, siguiendo el rastro quizá confuso de una hembra sin aparear. Iba la correa, tensada al límite, sofocando el ímpetu del animal. Natalia vio mascullar algo inaudible al hombre llevado a rastras. Seguramente, pensó, se trataría de uno de esos reproches cursis que se suelen dirigir a las mascotas. «Hablan con ellos como si fuesen personas», murmuró para sus adentros

La frente del hombre brilló al pasar, con la tenue luz reflejada de las farolas. Natalia tuvo una sensación de vacío, extraña y repentina, al verlo alejarse, como si al distanciarse inexorablemente, el mundo se quedase deshabitado de pronto. Un mundo que, sin lógica alguna, se tornaba así amenazador en su conjunto.

El álbum de Toussaint había dado paso a The Hunter, de Jennifer Warnes, uno de sus discos preferidos. Sin embargo, el tono melancólico de Pretending to Care era muy poco apropiado para revertir aquel desánimo suyo. Adelantó una canción y Whole of the Moon la puso a mil revoluciones por un momento.

Pero esa noche la luna había hecho todo lo posible por esconderse.

La respiración se le anudó durante un segundo. No obstante, pronto llegaría un joven corredor solitario, que venía hacia ella a trote ligero. El ciclista volvió a pasar a su lado. Entonces el temor se desvaneció porque el vacío había sido llenado.

Natalia Blanes conocía de vista al joven con el que acababa de cruzarse. Llevaba unos enormes auriculares que tapaban por completo sus orejas.

La curva de Bellavista es de trazado suave. Se propuso transitarla lo más rápidamente posible. Girando la cabeza sobre su hombro izquierdo, sin dejar de caminar, observó que el corredor se alejaba a buen paso en dirección al viejo tranvía expuesto en el ensanche final, frente al Morlaco. En muchos metros delante de ella, la acera estaba absolutamente desierta, y las luces de los automóviles que venían en su dirección (el flujo había descendido a la mitad, con respecto a media hora antes) se distanciaban de la zona de sombras debido al efecto centrífugo que originaba el ángulo de la curva que debían trazar.

Natalia sólo sintió sorpresa, justificada por el golpe seco en su cuello y el contacto laminar y helado. En la primera milésima de segundo supuso que un cable o alambre de acero, tenso, la había golpeado al soltarse de su anclaje. El impacto debía de haberle arrancado el auricular derecho, pues la música solo le llegaba ahora por el izquierdo. No se hubiera alarmado demasiado de no ser porque notaba que la cabeza parecía como si fuese a desplomársele sobre el hombro izquierdo. Creyó ver con el rabillo del ojo derecho una sombra apartándose velozmente de su lado, aunque nunca estuvo segura de que no fuese sino una mera intuición. Nunca en adelante, en su corto final. La segunda milésima de segundo de su pensamiento fue para la preocupante inestabilidad de su cabeza. Al responder al instinto de sujetársela llevándose las manos al cuello, algo caliente mojó a chorros la derecha. Y, entonces, a su sorpresa, se sumó el estupor horrorizado de una terrible evidencia. Las fuerzas comenzaron a abandonarla a una velocidad vertiginosa. Sus ojos se abrieron más de lo que se habían abierto nunca antes, como si el instinto inconsciente de vivir le separase los párpados, como si algo endógeno y esencialmente animal y primitivo le alertase de que, de cerrarlos, se desconectaría irreversiblemente de cuanto le rodeaba. Temblaba de los pies a la cabeza, aferrándose a la esperanza de que aquello no fuese más que otra de sus pesadillas (había tenido tantas en las que se veía a punto de morir, y luego despertaba en el último instante…). La vista de Natalia se nubló de miedo y un sabor ferruginoso invadió su boca. Un dolor intensísimo, lacerante, le mordió un instante el cerebro. Su cuello se había convertido en un manantial por el que además de aquel liquido viscoso y caliente, se le escapaba a chorros la vida.

Se desplomó ahogándose en su sangre y en su miedo.

Natalia Blanes murió inmediatamente, sin tener un solo pensamiento de despedida hacia las personas que quería.

El pequeño vio una figura moverse rápido hacia la oscuridad de debajo de los árboles. La hoja de algo que parecía una espada destelló un instante a la luz de las farolas, colgando del brazo de aquella figura. No tuvo tiempo de ver nada más, aunque giró la cabeza interesado en la visión, debido a que el Passat de su padre terminó de trazar la curva, en dirección a La Cala del Moral, y el escenario de la visión quedó oculto definitivamente a sus ojos. Pablo dijo entonces a su padre que había visto «un hombre con una espada», pero éste no prestó atención a su hijo de cinco años. En ese instante su mente estaba ocupada con las imágenes de la película que acababa de ver, y filtró la fantasía del niño, tal y como hacía siempre.

5

Las minúsculas gotitas de lluvia caían como un enjambre de abejas furiosas sobre el parabrisas del Smart de Fernando Muriel, y la calefacción a duras penas podía desempañar el vaho interior del cristal. Era la velocidad a la que circulaba, y no la intensidad de la lluvia, lo que hacía que el parabrisas se enturbiase en cuestión de un par de segundos. Los destellos dorados de las luces de las farolas se ondulaban con la agitada danza de las escobillas. Tenía que forzar la vista para distinguir cualquier silueta y calcular las distancias. El tráfico por fortuna era fluido, pero verse obligado a conducir en tales condiciones le ponía de muy mal humor y más cuando alguien le daba prisas. El mensaje era confuso o, más bien, poco explícito, aunque no había lugar a dudas en cuanto a que debía dirigirse urgentemente al paseo marítimo, a la altura de Bellavista. Había intentado contactar con Gaby pero saltaba el contestador. Malditos sean los domingos y malditas sean las noches de trabajo. ¿Para qué coño le querrían ahora? ¿Cuánto tardaría Carolina en cansarse de tantas llamadas intempestivas? No haría ni dos horas que había estado con Ramos. La playa era un clásico entre los cementerios provisionales, discurría Muriel, y cada vez recogía más cuerpos, los cuerpos de la desesperación y de la indiferencia. Hacía apuestas sobre lo que se encontraría allí, mientras rodeaba la fuente del parque, tapizada como siempre por Navidad con un manto rojo de pascueros. Seguramente uno o más cadáveres. Quizá el mar había devuelto un cuerpo mutilado, se imaginaba, un cuerpo en el que había heridas que no encajaban con las que causaban los roquedos de los espigones o las hélices de las embarcaciones. O simplemente un miembro cercenado limpiamente, como había sucedido en las playas de Guadalmar, nueve años atrás, mucho antes de su acceso a Homicidios. Qué extrañas e improcedentes pueden llegar a ser las reflexiones que suscitan los hechos extraordinarios. Aquel brazo de mujer joven separado del cuerpo a la altura de la axila era algo que no debería aparecer en ningún lugar del mundo, pensaba entonces, y mucho menos en una playa, entre la cruel impavidez de la arena húmeda y vacía. Lo recordaba como si hubiese sido ayer; se recordaba a sí mismo fascinado por aquel misterio, leyendo con fruición las noticias publicadas en la prensa durante días y semanas. La experiencia le había marcado como ningún otro acontecimiento anterior, infectándole una fiebre nueva. Hasta se aventuró a construir una teoría: el brazo pertenecería a una prostituta de lujo, de las que trabajan sin la protección del proxeneta, la clase de prostituta que hace tiempo rompió lazos con su familia para evitar que supiesen lo que hace, y a la que se cita mediante la llamada a un número privado. Eso explicaría que nadie hubiese denunciado su desaparición. Supo entonces que se dedicaría a investigar, que la débil esperanza que albergaba aún su padre de que se hiciese médico, se vería irremediablemente truncada. Muriel habría dado cualquier cosa por examinar las uñas quebradas (así se describían en la prensa) de aquel brazo anónimo. Quizá hubiese descubierto algo que se le había pasado por alto a la policía, suponía en su delirio vocacional. Al pasar los meses, las noticias cesaron. El resto del cuerpo nunca había aparecido.

A la altura del restaurante Antonio Martín, la circulación comenzó a trabarse y cien metros más allá se había convertido en un verdadero atasco. Las manecillas del reloj acababan de rebasar las veintitrés y cuarenta y cinco. Una cierta inquietud, ajena a la excitación que siempre experimentaba en vísperas de un «nuevo caso», le oprimía la boca del estómago. Llevaba un retraso considerable. A Gaby no le gustaba nada que le hiciesen esperar. Estaría ya de bastante mal humor, meditó mientras estrujaba absurdamente el volante con sus largos dedos. Cuando, a punto de rebasar las doce, alcanzó el semáforo instalado a la altura del antiguo hospital 18 de Julio, comprendió la causa de la retención. Dos vallas amarillas impedían la circulación en dirección a Almería, y el tráfico estaba siendo desviado hacia la avenida de Pintor Sorolla por dos policías municipales apostados delante de ellas. Tampoco se podía circular a partir de allí por los otros dos carriles. Debían de haber hecho la misma operación en el semáforo de Bellavista, supuso Muriel. Y entonces supo que no era en la playa donde estaba el «problema».

Muriel arrimó su coche a las vallas, en lugar de girar; hizo descender la ventanilla izquierda mientras arreciaban las señas de los agentes para que no se detuviese y se identificó inmediatamente. Uno de ellos le abrió la segunda valla y le invitó a pasar. Había dejado prácticamente de llover, aunque seguían cayendo algunas gotas sueltas, casi microscópicas. Dos coches Z de la Policía estaban estacionados setenta u ochenta metros más adelante. Había varios vehículos más sin distintivo oficial, además de una ambulancia del Servicio de Emergencias, con los rotativos de color naranja girando en silencio. Y otras luces, luces blancas de focos, alumbrando el paseo. Mientras estacionaba el Smart, Muriel podía ver el fulgor de los focos y la gente, moviéndose de un lado a otro. Descendió del coche devorado por la curiosidad. Sentía cómo los últimos rescoldos de la lluvia en plena huida le humedecían los párpados y se le enredaban en las pestañas.

Al adentrarse en la acera del paseo, después de atravesar la corta franja de césped del borde, vio el bulto sobre el embaldosado, que brillaba con el agua recién caída. Resaltaba un color naranja chillón, propio de una prenda deportiva. Las cintas habían sido colocadas a una distancia de quince metros una de otra, rodeando los árboles que había al borde de la carretera. Al lado contrario, el del mar, seguían la línea del muro, de alrededor de un metro de altura, que separaba la acera de la playa. Formaban un rectángulo. Aproximadamente entremedias estaba el cuerpo de una mujer joven sobre un charco de sangre enorme, el más grande que Muriel había visto jamás. Al instante se le apareció en el pensamiento Cristina Lozano, la joven empleada de hogar muerta una tarde de mayo del año anterior, sorprendida por su asesino en una solitaria calle de la urbanización Vaguada Verde, mientras caminaba hacia la parada de autobús. También ella tenía una herida en el cuello; también había mucha sangre que, por la pendiente, había formado un riachuelo espeso. Pobre criatura, que nunca llegaría a cumplir los veintiséis, que nunca podría tener a su recién nacido en los brazos. Muriel, que había sido testigo de la muerte inesperada de una de sus jóvenes primas durante la celebración de una boda, a causa de un aneurisma de aorta, solía pensar primero en el robo de la maternidad perpetrado por la muerte, como había hecho su brazo ejecutor desconocido con aquella muchachita rubia y menuda. Desde que se había convertido en padre, Muriel asociaba automáticamente en su pensamiento cada muerte prematura con las oportunidades perdidas.

Muriel tomó aire en sus pulmones Miró con extrañeza cómo Goyo, uno de los agentes de Homicidios, fotografiaba a buen ritmo toda la escena del crimen. «¿Dónde están los de la científica?», farfulló en su cabeza, confundido por el cuadro. Aunque no era la primera vez que se habían visto obligados a prescindir de su ayuda y recoger ellos las pruebas, le extrañó sobremanera no verlos allí. Los agentes se esforzaban en impedir que los curiosos se aproximasen a las cintas. También debían mantener a raya a los periodistas de los diferentes medios, que iban agolpándose como un enjambre de moscas. Gritaban a menudo «dense la vuelta, por favor», y «atrás». Muriel atisbó con el rabillo del ojo derecho a unas cuantas personas que permanecían a espaldas de los agentes, fuera del área delimitada. Imaginó que serían posibles testigos de lo ocurrido. Desplomada entre el muro y el pavimento, había una mujer llorando. A menudo, gesticulaba algo con las manos y su llanto se hacía más desconsolado. Un sanitario trataba de calmarla.

—¡Fernando! ¡Fernando!

Muriel había escuchado la voz de Gaby, mientras se agachaba para sortear la cinta, pero no había vuelto la cabeza porque sus ojos no podían desviarse del cuello abierto en dos de aquella mujer vestida con ropa deportiva. Un enorme coágulo a medio formar descendía hasta el suelo, desde la herida. Muriel percibió, con la violencia de una bofetada, un olor a sangre y a vómito agrio, entremezclándose con el de la brisa marina.

—¿Dónde coño estabas?—Gabriel Ramos, inspector del Grupo de Homicidios de la Comisaría Provincial de Málaga, le cogió del brazo y le apartó a un lado. Los policías de uniforme que se ocupaban de mantener a raya a los curiosos, le habían saludado sucesivamente con la mirada.

—Perdona. Me dejé el teléfono en el coche —explicó Muriel, aturdido por la escena—. ¿Qué ha pasado?

—¡Quítate ese cigarro de la boca! ¿Qué quieres?, ¿contaminarme la escena? —Ramos amonestó a uno de los policías uniformados que acababa de invadir la zona—. Que ningún periodista se acerque a esa gente. Recuérdales que no pueden hablar con nadie hasta que terminemos. —Luego, dirigiéndose a Muriel, dijo—: No se sabe.

Muriel no entendió de entrada lo que significaba exactamente la respuesta de su jefe. Un par de segundos más tarde, mientras se ponía unos guantes de látex que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón, supo a qué se refería.

—Quieres decir que no hay testigos —dijo.

—Eso parece.

—¿Nadie ha visto nada? —Muriel parecía no creérselo del todo.

Ramos asintió con la cabeza. Había bastante perplejidad en sus ojos, los de un policía experto que era incapaz de explicarse que en un sitio tan concurrido se hubiese perpetrado un ataque tan brutal, sin captar la atención de nadie. Tampoco tenía noticias por el momento de que alguien hubiese visto huir al autor del crimen. Todo eso le resultaba inconcebible.

—Una pareja la encontró así hace cosa de hora y media. Por lo que cuentan, debía de estar ya muerta.

—¿Es que la tocaron? ¿Intentaron reanimarla?

El jefe de Homicidios se entretuvo un par de segundos en negar con la cabeza y pellizcarse la nariz.

—Al parecer —dijo casi ceremoniosamente, como para que constase en acta que ya había comenzado a esbozar su propia teoría—, el corazón ya no bombeaba porque no manaba sangre de la herida… Claro que una herida como esa te mata en diez o quince segundos. He hablado con ellos y aseguran que no vieron a nadie cerca, ni movimiento alguno que les pareciese sospechoso. En cualquier caso, Fernando, mañana tenemos que volver a interrogarlos con tranquilidad. Quizá saquemos algo más. Puede que se les haya pasado por alto algún detalle…

6

La punta de la nariz de Muriel estaba a punto de comenzar a gotear. Le ocurría durante gran parte del invierno. Como por instinto, se pasó el dorso de la mano por ella mientras miraba en todas direcciones. Alzó los ojos descubriendo que algunos de los focos adosados a la parte posterior de las farolas, que debían iluminar la playa y el paseo, permanecían semiocultos entre los penachos de las grandes palmeras. Había demasiadas zonas de sombras a aquella altura del paseo. Se fijó en el merendero que había a pocos metros del cadáver. El acceso, de unos diez metros de anchura, era posible gracias a que el muro se desvanecía.

—Algún automovilista tiene que haber visto algo.

—Esperemos. Si así ha sido, nos llamará.

—Me encargaré de que le den publicidad, no te preocupes.

Ramos asintió, con aire abstraído. Muriel se desenvolvía como pez en al agua entre el gremio periodístico.

—Me recuerda a Cristina Lozano —observó éste.

Ramos se encogió de hombros.

—Las heridas se parecen. Pero a Lozano la derribaron de un golpe…—recordó—. No parece que esta pobre desgraciada tenga ningún golpe… pero…, desde luego, eso tendrá que decirlo el forense.

Muriel se abstuvo de hacer ningún comentario. En lugar de ello, reflexionó brevemente. A Cristina Lozano, en efecto, le habían rebanado el cuello cuando ya estaba en el suelo, a merced de su asesino, después de que éste la golpeara en la cabeza con un objeto contundente. Tenía un corte profundo en la nuca, que llegó al paquete vascular izquierdo.

—¿Dónde están los demás?—preguntó Muriel, extrañado de no haber visto al resto de agentes del Grupo.

—De baja.

—¿Todos?—La mirada de Muriel se desviaba a intervalos hacia la muerta—. ¿Los tres?

Ramos dejó entrever una velada crítica en su sonrisa.

—Maribel, no —negó pausadamente con la cabeza—: se pidió permiso el viernes. Lauri está en la cama, con gripe. Y Lucía se ha vuelto a caer esquiando. ¿Te lo puedes creer, Fernandito?

Muriel se encogió de hombros, sonriendo al igual que su jefe.

—Tú mandas —dijo, esperando instrucciones.

—No lleva documentación. De momento no sabemos quién es, aunque uno de esos tíos de allí —señaló hacia los posibles testigos—, que viene a correr a diario al marítimo, dice conocerla de vista, y está seguro de que vive en La Malagueta… Aquí ya hemos recogido todo lo que había. Falta que venga el juez, y no estoy para jodiendas de última hora, Fernando. ¿Me entiendes? Antes de que llegue y se nos eche encima, quiero que la examines. A ver qué te parece. Cuatro ojos ven más que dos. Vamos a terminar con esto ya porque para mañana nos queda rastrear la playa.

Muriel asintió, consciente de que Ramos había estado esperándole tanto tiempo porque confiaba en él y porque sabía que trataría de responder a esa confianza absorbiendo lo mejor posible todos los elementos presentes en la escena, dándoles cabida en su cerebro. Inmediatamente, inclinándose sobre el cuerpo de la infortunada, que se había desplomado sobre su costado izquierdo, quedando toda la herida del cuello expuesta a la vista, comenzó a esculpir en el interior de su cabeza la aterradora fotografía. Los ojos entreabiertos parecían mirar a la mano derecha de la víctima, encogida, agarrotada y desnuda de abalorios. La tomó para examinarla, al igual que la mano izquierda, que sobresalía entre el chubasquero. En ésta llevaba un Junghans de acero con la esfera en fondo azul. Un buen reloj, aún de precio moderado. Entre el coágulo se podía ver una especie de cable blanco. Muriel tiró suavemente de él. El olor oxidado de la sangre le estalló en la cara al hacerlo. Resultó ser un segmento de cable de unos auriculares de botón, que habían sido cortados limpiamente. El auricular derecho, del que procedía el segmento, estaba enredado entre el pelo ensangrentado, oculto parcialmente. Muriel lo desprendió cuidadosamente y pidió una bolsa de pruebas a Gaby.

—El muy cabrón no tuvo que andar con sigilo —dijo al entregársela.

Ramos la cogió y se entretuvo en observarla unos segundos. Luego, mientras la balanceaba suavemente entre sus dedos, dijo:

—Supo aprovecharlo.

La muchacha no tendría más de treinta años, quizá estaría más próxima a los veinticinco. Muriel no pudo evitar examinar su rostro desde otro punto de vista menos profesional. Rápidamente decidió que debía de haber sido bastante guapa en vida.

—Nunca había visto una herida como ésta —dijo al incorporarse—, ni siquiera la que mató a Lozano era tan grande y profunda. ¿Qué crees que habrá sido? ¿Un hacha?

—Francamente, no lo sé. Pero no es un cuchillo —dijo Ramos—. ¿Tienes un bolígrafo?

Muriel rebuscó en el bolsillo interior de la cazadora, hallando inesperadamente un Parker de baquelita azul, bajo la cartera. Se sintió contento pues hacía días que no sabía de él, y, luego, súbitamente molesto por sucumbir a consideraciones tan prosaicas en medio de aquella tragedia.

Le entregó el bolígrafo a Ramos, algo abstraído por tales pensamientos. Acto seguido hizo un gesto y, pocos segundos después, los agentes uniformados cubrían el cadáver con una manta térmica plateada.

—Goyo ha recogido las colillas que había en toda esa franja de césped —. Ramos anotó algo en una agenda pequeña que llevaba en el bolsillo y luego señaló bajo las palmeras que había en el interior del perímetro marcado por las cintas—. No tiene heridas defensivas ni hay rastros de sangre en otras direcciones.

—Oye, Gabriel, ¿y la científica? ¿Es que no va a venir?

El inspector negó un par de veces, con un rictus de contrariedad en los labios.

—No me jodas.

—Hasta mañana, no. Parece que nos ha mirado un tuerto. Esta noche tendremos que arreglárnoslas solos. Están con otro fregado —añadió—. Hace dos horas que los avisaron los de la UDYCO para el registro de un chalet… Bueno, sigamos… ¿Ves esa sangre de ahí?—ahora miraba con fijeza a una mancha irregular en zigzag, como un reguero, a espaldas del cadáver. Las salpicaduras desbordaban en mucho la línea principal de la mancha. —Debió de asestarle el golpe donde comienza. Apenas pudo caminar un par de metros antes de caer. Y no se volvió hacia su asesino. Veremos cuando la examine el forense pero sólo parece tener la herida del cuello. Es difícil decirlo, Fernando, pero, si se trata de un loco, pudo cruzarse con ella y darse la vuelta al verla con los auriculares. Tal vez se colocó detrás unos metros hasta estar seguro de que nadie le veía. También es factible que la acechase desde ese lugar —señaló nuevamente a las palmeras—. Es lo que haría alguien racional. Está muy oscuro. Pero no me atrevería a decir si es diestro o zurdo, porque todo dependería del ángulo del golpe.

Muriel asintió. Ramos acostumbraba a reunir velozmente las piezas y hacer un resumen en la escena misma del crimen, lo que le había granjeado una mezcla de fama, admiración y envidia. Pronto ascendería a inspector jefe y todo el mundo daba por descontado que se convertiría en comisario. Nadie, excepto Ramos, prescindía de las fotos para un primer análisis. Pero en lugar de liderar los casos, lo curioso era que a partir de ese instante pasaba a una especie de segundo plano y se ocupaba más de captar las ideas e iniciativas ajenas que de dirigir propiamente la investigación. Era como si perdiese toda la energía en ese impulso inicial. Ni Muriel ni nadie del Grupo sabía explicarse esa actitud tan extraña.

—Tampoco es mal sitio ése. —Muriel indicó con la mirada el acceso al merendero, distante unos cinco metros.

Ramos le devolvió el bolígrafo

—¿No es mal sitio para qué?

—Pues para esperar el momento. O tal vez para esconderse.

—No sé que decirte. Yo no me metería ahí. Está demasiado bajo y no se domina bien el acerado del paseo… A menos que sea alguien de tu estatura —replicó con una sonrisa irónica.

Muriel no dijo nada, aunque pidió una linterna a uno de los agentes de uniforme y se adentró en el merendero vacío. El mostrador, hasta el techo, estaba sellado con planchas metálicas. Había algunas bolsas de chucherías desparramadas por el suelo de cemento, al igual que cáscaras de pipas. Latas de refrescos y un par de envases de vidrio de cerveza, de litro, que no tenían aspecto de haber sido consumidas recientemente. El resto también parecía en orden, incluida la zona trasera.

Las olas, blancas y suaves, rompían con pereza en la pendiente pronunciada de la arena. Goyo se les arrimó despacio; de paso iba guardando la cámara en su funda.

—¿Quién será Cortacuellos? —tatareó en voz baja.

—Déjate de chascarrillos, Goyito —siseó Ramos con su pronunciado acento vallisoletano—. Como se te ocurra darle la idea a un periodista, te corto los huevos.

A Goyo le afloró la sonrisa de conejo que le había hecho famoso en la comisaría. Sus compañeros, incluido Ramos, le conocían como El Anencéfalo, aunque sólo lo usaban cuando no podía oírles. Maribel se lo había puesto a los dos días de trabajar juntos. Decía que era un calco de un feto sin cerebro que vio una vez en un libro.

—Mañana recogeremos lo que haya —comentó Muriel al volver al paseo.

—Bueno.

—Ahí la tienes.

Ramos volvió la cabeza. Una visión que probablemente odiaba más que las tardes de domingo aliñadas con retransmisiones deportivas, había irrumpido en el rectángulo iluminado.

—Me cago en la puta —masculló por lo bajo.

Goyo se estiró discretamente el paquete, mientras abría una boca redonda y ligeramente lasciva.

Era real: Amor Caldas, la juez titular del juzgado de instrucción número 4 estaba allí, bajo los focos. Ciento nueve kilos apretujados en un chaquetón deportivo, reconcentrados en ciento cincuenta y ocho centímetros. La calva rubia de Bernardino, el forense más veterano de los juzgados de la capital, relucía a su lado con el brillo de las bolas de adorno de una escalera de caoba. La corte de su señoría se completaba con el secretario judicial, un joven de pelo prematuramente canoso, y dos agentes judiciales, de uno de los cuales, alto, delgado, pecas abundantes y pelo anaranjado y robusto, se rumoreaba que mantenía una relación sentimental con Caldas. Ramos fue hacia ellos, lamentándose en silencio de su pésima suerte.

—¿Qué nos cuenta usted? —preguntó su señoría a Ramos, después de que se intercambiasen unos saludos de cortesía.

Por toda contestación, Ramos se inclinó y tiró de la manta térmica. Caldas retrocedió intentando no desviar la mirada.

—¿Qué saben?

—Nada más que lo que ve usted.

—¿Y su identidad?

—No lleva encima ningún documento. Pero es de por aquí cerca, porque venía a hacer ejercicio al paseo marítimo. La ropa deportiva que lleva así lo indica… En fin, todo lo que teníamos que hacer ya lo hemos hecho, doña Amor.

Las emociones nunca serían la causa de las futuras arrugas de Caldas.

—No se vaya tan rápido, señor Ramos —dijo, totalmente sobrepuesta al impacto de la horrible visión—. Bernardino: le toca.

Ramos tensó las mandíbulas tratando de contenerse.

—Doña Amor… —intentó protestar.

—Señoría, si no le importa.

El forense se había abalanzado sobre la muerta. Con una mano hurgaba en la herida, y con la otra le examinaba los ojos y la boca. Se manejaba con la destreza e indiferencia de los que hacen transacciones con animales y comprueban su salud mirándoles la dentadura.

La juez dio, entretanto, diferentes instrucciones a los allí presentes. Ramos hizo lo imposible por no perder la paciencia. Tenía que aguantar el chaparrón como fuese. En su opinión, Amor Caldas incurría permanentemente en abuso de autoridad. Y no era sólo él quien lo pensaba; en general, era una opinión extendida dentro del Cuerpo.

Ramos se ponía enfermo cuando lo asignaban a los casos que caían en manos de Caldas.

—…Señoría, mañana tengo que madrugar y poner a trabajar temprano a todo mi equipo…

Caldas permanecía imperturbable.

—¿Qué me dice del arma? ¿La han encontrado?

—No, señoría. Mañana rastrearemos toda la playa. Y, si es necesario, haré que vengan los submarinistas… Le voy a pedir un favor…

—Dígame.

—Hágase usted cargo de que nadie de su juzgado… —Ramos miró desafiante un instante a los acompañantes de Caldas— hable con la prensa.

Su señoría enrojeció ligeramente de ira y soberbia.

—No me diga lo que tengo que hacer, señor Ramos. Aquí las órdenes las recibe usted, ¿entiende? Usted haga su trabajo y déjeme a mí…

Los acompañantes de la juez se apartaron discretamente. Caldas se percató de inmediato.

—Quédense aquí —ordenó.

Los agentes volvieron al lado de su señoría.

—Se lo he pedido como favor —recordó Ramos sin inmutarse.

—¿Está seguro de que mañana habrá terminado aquí?

—Sí… —Ramos dudó—. Si no viene un temporal… Con la mañana tendremos de sobra. A mediodía estará listo el rastreo —añadió, convencido de sus previsiones.

—El martes procederemos a la reconstrucción de los hechos —declaró Caldas—. Tendrá que tener dispuesta a su gente —dijo en tono amenazador.

Las mandíbulas de Ramos chirriaron levísimamente.

—¿El martes?... No habrá problemas.

—Más le vale. No quiero impedimentos de última hora.

—El martes podemos estar aquí a las ocho de la mañana si hace falta —propuso Ramos con aire gozosamente vengativo, sabedor del odio congénito de Caldas a los madrugones.

La juez se revolvió.

—Será cuando yo decida.

—Mándeme aviso de la hora —insistió Ramos, con sorna—. Me da lo mismo temprano que tarde. Pero dígamelo mañana.

—Le hago responsable de la vigilancia durante esta noche —le advirtió Caldas, visiblemente irritada por haberle salido el tiro por la culata.

—Por supuesto.

Bernardino, con los guantes empapados en sangre coagulada, miraba en silencio la conversación.

—El corte se ha llevado todo el paquete vascular del cuello —explicó a la concurrencia con un cerrado acento malagueño.

—Un hachazo —sugirió Muriel.

Ramos le censuró con una mirada relampagueante.

—La hoja es demasiado gruesa —dijo Bernardino, negando con la cabeza al mismo tiempo.

—¿Podemos irnos?

—Venga aquí —ordenó su señoría. Ramos obedeció al instante y se apartaron del resto.

Muriel los miraba con curiosidad mientras hablaban. Caldas alzó su rechoncho dedo índice un par de veces, apuntando al pecho de Ramos, como si le amonestase o le estuviese dando un ultimátum, aunque ninguno levantó la voz.

Ramos echaba fuego por los ojos al separarse de ella. Sus esfuerzos por contener una rabia que sólo podían despertar en él los advenedizos de la calaña de Caldas, eran tan ímprobos como evidentes.

—Vamos, Fernando —le cogió por el brazo, empujándole fuera del rectángulo.

El Anencéfalo les esperaba en el borde de la carretera para concretar el plan del día siguiente. Entonces oyeron gritar a Caldas, en tono autoritario:

—¡Recuérdelo usted! ¡Antes de mediodía!

Pero Ramos, que iba escupiendo sapos y culebras por lo bajo, no volvió la cabeza.

7

—¡Me cago en toda su raza puta!—atronó Ramos, en cuanto se supo a resguardo del oído de su señoría.

Pasaba de la una de la madrugada y ambos habían subido al Smart. Podían tomarse un pequeño respiro al fin, un respiro de horas. Ahora el cuerpo de la infortunada pertenecía a Caldas hasta que le diesen sepultura.

De pronto Ramos se veía asediado por una gran pereza; más que pereza, fatiga, aunque no la de su cansancio natural después de haber trabajado sin pausa durante dieciséis horas. Era una sensación distinta, como si hubiese envejecido de golpe veinticinco años, como si tuviese que enfrentarse solo a una montaña que no dejaba pasar la luz del sol. Sentía una especie de vértigo; ya le había ocurrido otras veces en situaciones parecidas a aquella («comenzar, comenzar», se decía; qué cuesta arriba se le hacía cada comienzo, era como volver a nacer, transitar por los temores irracionales de la infancia, experimentar otra vez sus fragilidades afrontándolas sin el vigor y la inocencia de una juventud que ya no volvería), sólo que ahora era peor, porque se sentía más aislado que nunca. Hacía tiempo que no disfrutaba con el trabajo, pero su única reacción había sido vigilar sus modales, sus gestos, disfrazarlos, con tal de ocultarlo a los demás. No debían saber que se había equivocado al elegir ser policía. Ramos no tenía claro cuál era su propósito al confundir a sus colaboradores, haciéndoles creer lo que no era, sólo que «tenía que hacerlo»…

Achicó los ojos, mirando sin ver las altas e indiferentes luces blancas de las farolas del paseo. Luego volvió a la realidad y suspiró con languidez: tenía que regresar a sus obligaciones, pensar en el día después, decidir por dónde empezarían. Su deber era hacerlo cuanto antes. Se sorprendió al darse cuenta de que, inconscientemente, se había dado a sí mismo el pistoletazo de salida, diseñando mentalmente un plan para la mañana: enviaría un equipo a la playa a las ocho en punto para intentar dar con el arma. Si el desalmado se había deshecho del cuchillo (o lo que fuese) allí, lo encontrarían y, con suerte, hallarían sus huellas en él. También, a lo largo de la mañana, volvería a hablar con los primeros en llegar: los dos jóvenes y la mujer. Puede que en el segundo interrogatorio aflorase algo que por el estado de shock inicial hubiese permanecido oculto. Acababa de cursar sus primeras órdenes: había ordenado a dos agentes que se quedaran vigilando el paseo y la playa en cuanto retirasen el cadáver.

Varios periodistas les habían abordado al traspasar las cintas, pero Ramos se los había quitado de encima con muy malos modales. Polonio, responsable de las páginas de sucesos de La Opinión de Málaga, estaba entre ellos. El malhumor de Ramos no hizo sino empeorar con el nuevo incidente. Eran amigos desde hacía años. Ahora, a sus inmediatas obligaciones, debería añadir una disculpa en privado.

Mientras caminaba en busca de su coche, Goyo procedió a limpiar el objetivo de la cámara y la metió dentro de la funda.

—Venga, te llevo —murmuró.

Ramos rechazó el ofrecimiento y dijo de llamar a un taxi. Era lo que hacía siempre para desplazarse dentro de la ciudad.

—Mañana tienes que darte un madrugón —repuso. Acto seguido hizo la consideración de que Goyo vivía en El Palo, en dirección contraria a la que él debía tomar.

Muriel dijo entonces que no le causaba ningún trastorno dejarle en su domicilio de la calle Alemania. Prácticamente le cogía de paso.

El compromiso era volver a verse a media mañana. Todo el equipo, todos sin excepción. Goyo llamaría al resto, pero antes tenía que llevar el carrete a revelado. Muriel giró media vuelta el contacto para que las escobillas desalojasen la fina capa de agua que cubría el parabrisas. Pero no arrancó el motor. También él estaba agotado. Comenzaba a dolerle la cabeza, y cuando podía dejar de elucubrar sobre lo ocurrido un par de horas antes en la curva de Bellavista, se le representaba su cama, mullida y caliente. Y con ella, la preocupación de no despertar a Carolina y Ale. Eran demasiadas preocupaciones a la vez, para que no se cebase en él la odiosa jaqueca que había heredado de su madre. El tráfico era casi inexistente ya, aunque los policías locales no se habían movido de donde estaban, y las vallas seguían colocadas.

—¿Qué te ha dicho?

Ramos se retorció en el asiento, rechinando los dientes.

—¡Será vaca, la bola de sebo! ¡Me cago en su coño! ¿Sabes lo que se le ocurrido ahora? ¿No te lo imaginas, verdad?—Ramos estaba fuera de sí— ¡Ahora quiere remover el expediente de la viuda de Capuchinos, el de marzo de dos mil cinco! ¡De hace más de dos años y medio!

—¿Para qué?

—Y yo qué coño sé. Pregúntale tú.

—Eso ha sido por meterle el dedo.

—Sí, en el coño… —De repente Ramos se puso como a considerar algo en lo que no había caído antes— ¿Como se las apañará ese chiri bailas para enchufársela?—murmuró, seriamente pensativo— Como no sea que Bernardino le separe mientras los muslos con un torno…

Muriel se encogió de hombros, sonriendo. Imaginaba la brillante calva de Bernardino entre los pantagruélicos muslos de Caldas.

—Tranquilo, hombre. ¿Te vas a complicar más la vida? Dáselo, y ya está —propuso Muriel.

Ramos lo atravesó con la mirada.

—No, Fernando, ya está no. La buena de Amor Caldas no se conforma con el informe oficial. El que ya le di, por cierto… El que ya tiene, por cierto. Ahora, la buena señora necesita, para mañana, ¡antes de mediodía!, ¿eh?—estiró el cuello— todas las putas pesquisas que hayamos practicado durante este tiempo. Bien recolectadas, ordenadas y transcritas —graznó con retintín.

—Pues no hay —dijo Muriel—. Dile que has buscado y no has encontrado nada nuevo.

Ramos no respondió. Se limitó a respirar con fuerza.

—Joder, Gabriel… ¿Y qué hacemos con esto, lo dejamos pendiente?

—Venga, arranca.

Muriel obedeció sin rechistar. Dio la vuelta e hizo sonar el claxon para que retiraran una de las vallas. Era evidente que Gaby no estaba en situación de darle excusas a Caldas.

Hasta llegar al Paseo de los Curas, permaneció callado, administrando el escaso resto de lucidez que no había sucumbido al cansancio y a la jaqueca. Allí volvió a sacar el tema:

—¿Qué cojones quiere? Yo creía que ya no iba a haber juicio…

Ramos reclinó la cabeza sobre el respaldo e inspiró aire con todas sus fuerzas, intentando desbloquear todos sus músculos a la vez. ¿Juicio? ¿Es que ése era el motivo del súbito interés de Caldas? Era imposible saberlo, y, además, ¿qué más daba? No había, que él supiese, nuevos elementos para imputar el crimen a otra persona distinta de… ¿cómo se llamaba?… Pepe… sí, Pepe Cruz… o algo así… no lo recordaba bien. A menos que los de la judicial hubiesen averiguado cosas de las que él no estuviese enterado, aunque lo dudaba. Pero tal vez la gorda estaba dispuesta a meter el hocico porque se había tomado de repente muy a pecho las quejas de la familia del sospechoso. ¡Estúpida! Esa gente haría y diría cualquier cosa con tal de limpiar su nombre. A falta de una coartada consistente con la que poder apoyarle (había sido visto en el edificio la misma tarde del crimen), una de las cosas en la que habían hecho hincapié ante Caldas era que Pepe y Rosalía, la viuda muerta, tenían una relación de años, de antes de que ella enviudase. Bastaría para explicar la presencia de las muestras en el lugar más comprometedor, que era la vagina y las uñas. Claro que no había pruebas del todo concluyentes contra el jefe de instaladores de Calefacciones Grosso, pero el más evidente de todos los indicios que se acumulaban en su contra era su propio suicidio, después del primer interrogatorio. Además, el único ADN encontrado en el piso, además del de Rosalía, era suyo. El caso no se había cerrado por una formalidad: la ausencia de una autoinculpación por escrito previa al suicidio. Éste, para todos, a excepción de su familia, tenía la validez de una confesión. Ellos sostenían que el suicidio sólo probaba la «dignidad» del acusado… Bueno, no era exactamente la familia quien lo decía, sino más bien su hermano, un abogado bastante habilidoso. «Cualquier persona inocente es incapaz de arrastrar la vergüenza que supone una injusta imputación por un hecho tan grave», había sentenciado ante el beneplácito de una parte de la prensa.

—Le he estado pasando notas a la fiscalía —dijo Ramos—. Periódicamente.

—¿Notas…?

—Cada vez que hacía una gestión relacionada con el caso… fuera lo que fuese…, le pasaba recado.

Caldas le había humillado sacándole del caso, pero aunque Muriel no había participado en la investigación, lo que estaba escuchando por boca de Ramos no era usual ni tenía demasiada lógica. ¿A espaldas de la juez?... ¿Por qué puentear a Caldas? Claro que para algo era el que mandaba y no tenía por qué darle cuentas de todo lo que hacía.

Habían llegado hasta el domicilio de Ramos.

—Tenemos un acuerdo. Pero eso es cosa mía —dijo éste al bajarse.

—¿A qué hora nos vemos?... ¿A las nueve?

Ramos asintió una sola vez con la cabeza y se dio la vuelta, desapareciendo rápidamente en el oscuro portal.

Lo primero que se le vino a la cabeza a Muriel al girar en donde años atrás había habido una gasolinera, fue: ¿Por qué?... Por qué Ramos pactaba a espaldas de la Brigada; por qué Caldas, delante de aquel cadáver, volcaba sus energías en ajustar cuentas con él, en lugar de cumplir con su deber primero… por qué, en fin, el crimen. Por qué, por qué, por qué…

Carolina hizo amago de despertarse, pero se quedó tranquila al instante. A oscuras, con el corazón sobrecogido por la infinita vulnerabilidad que irradiaba aquel sonido, Fernando Muriel percibió la tenue respiración de Ale, desde el rincón junto a la ventana.

Debía impedir que esa palabra, el concepto encerrado en ella, dominase su mente, se dijo Muriel nada más meterse en la cama. Le habían enseñado que obsesionarse con el porqué podía desviar al investigador del cómo y el quién.

8

El entierro había sido fijado a las doce.

Luis Bernal estiró el cuello todo lo que pudo para no perder de vista ni un solo instante la boca de salida de la cinta de equipajes. Había tenido la suerte de encontrar plaza en el vuelo directo desde Ámsterdam, evitándose las molestas escalas en Madrid o Barcelona. Los aeropuertos le colmaban la paciencia, pero por desgracia formaban ya parte de su vida. Quizá, pensaba, le ocurría con los aeropuertos lo mismo que a algunos médicos les sucede con los hospitales, por los que sienten una inexplicable aversión. Toda una paradoja.

No viajaba a Málaga desde 2001, en primavera. Había sido un viaje de carácter oficial, además, con motivo de un congreso sobre asuntos de seguridad en el que habían participado delegaciones de veinticinco países (I Congreso Para La Seguridad Interior En Europa Y Nuevas Estrategias En La Lucha Contra Redes Delictivas, fue el pomposo nombre que habían pactado los organizadores con los países participantes). Apenas había tenido tiempo para visitar la ciudad durante aquellos cuatro agotadores días. La encontró entonces muy cambiada, respecto a cómo la recordaba de su paso por Coín, lo que no le extrañó, por supuesto. En lo poco que le dio tiempo a ver, la ciudad había dado un vuelco espectacular. Quizá, caviló, ahora tuviese tiempo de recorrerla a fondo.

La cinta estaba atestada de bolsos de viaje y maletas de todos los tamaños, formas y colores. Un grupo de turistas holandeses le había tomado la delantera. Todos eran más altos que él, de modo que debía hacer un esfuerzo suplementario para evitar que su trolley Samsonite de color rojo pasase de largo y diese otra vuelta completa. La comezón que le estaba carcomiendo por dentro, había comenzado treinta horas antes, con la llamada de Miguel Gaona. Aún le costaba creerlo. Le habían matado a la pequeña Natalia, su ángel de ojitos verdes, la adorable Lita. Tenía anudada la palabra en la garganta: «asesinada». Maldita sea, le hacía daño recordar la voz cavernosa de Miguelito. La memoria le había vaciado de golpe en el consciente todos sus recuerdos de 1981 en Coín. Las sobremesas en el Descanso, la niñita de Dora tomándole de la mano, como un padre sustituto, aunque le dijese «tito» con aquella risita de color esmeralda que se le había enredado en el corazón. Es curioso: Lita nunca había llegado a saber que se había metido en la cama de su madre pero era como si lo intuyese. Los niños poseen ese fantástico instinto para detectar a quienes los quieren. Y también perciben el amor y la atracción en los demás, aunque traten de ocultarlo. ¿Qué le diría a Dora? No tenía ni idea de cómo reaccionaría al verla. La relación que habían mantenido no terminó del todo bien. Su marcha a Sevilla hizo que no volvieran a verse. Así de sencillo, así de lógico y así de cruel. Era consciente de ello. Durante un tiempo le había telefoneado, principalmente para hablar con la niña. Eso tenía que reconocerlo, como reconocía que Dora no había ejercido ningún tipo de presión sobre él. A lo más que había llegado en los primeros meses, fue a decirle: «me gustaría verte». No era amor. Para ella había sido sólo deseo, cubrir una necesidad fisiológica, una forma de renegar de aquella abstinencia convencionalmente forzosa. El marido de Dora había salido a comprar el AS con una maleta a rebosar dentro del coche y la totalidad de los ahorros guardados en un depósito a plazo fijo que había cancelado durante la mañana. Nunca volvieron a saber de él. Sin embargo, a nadie, salvo a la propia Dora, le pareció que aquello fuese una huida. Cundía en el pueblo la impresión de que regresaría en cualquier instante y todo el mundo daba por hecho que Dora estaba obligada a esperarle indefinidamente. Muchos no le perdonaron que desafiara aquella norma no escrita. Pero Dora no soportaba la soledad. Era del tipo de mujer que necesita tener cerca un hombre. Y a quién mejor que a un policía. Confiaba en ellos. Dora era de esas personas chapadas a la antigua que creen a rajatabla en la honradez de los servidores del orden público.

Poco a poco los nudos habían ido desatándose. Ni tan siquiera estaba al tanto de si había vuelto a casarse. Llevaba diecinueve años sin saber nada de ellos. En el avión pensó que quizá habría cambiado tanto como él, que quizá su aspecto fuese tan diferente a como la recordaba que, al verla, se sintiese como un completo extraño en su presencia. En cierta manera, sentía una morbosa curiosidad por descubrir qué emociones sería capaz de despertar el encuentro.

El móvil sonó, justamente cuando alargaba la mano derecha para recuperar su equipaje. En la pantalla apareció dentro de un cuadradito con marco rojo luminiscente «Follador»

La megafonía del aeropuerto casi sepultaba la poderosa garganta de Miguelito.

—¿Has llegado?

Las siguientes palabras le llegaron algo confusas.

—No te oigo bien. Espera —dijo Bernal aplastando el teléfono contra su oreja y concentrando toda su atención en el pequeño altavoz.

Miguel, locutor de la radio local de Coín, Follador para los amigos como Bernal, insistió:

—¿Dónde estás? ¿Me oyes ahora?

—Sí, sí —contestó Luis, tirando del trolley en dirección a la salida. Sin detenerse, giró la maleta para empujarla en vez de arrastrarla, y estiró la mano que sujetaba el asa. Faltaba media hora para el funeral. Eso decía su reloj.

—¿Pero dónde estás?—repitió Miguel

—Saliendo del aeropuerto.

—Todavía tienes tiempo. Si no hay mucho tráfico, claro.

—Ahora hablamos —Bernal plegó su Samsung, indagando al mismo tiempo con la vista sobre cuál de aquellos taxis blancos en fila india le llevaría al tanatorio.

Parlanchines y siesos. Eran las dos categorías de taxistas que Bernal había establecido en su universo particular (su proceso mental se basaba en esa clase de automatismo: categorizar, catalogar, clasificar todo cuanto veía). Le había tocado en suerte uno que hablaba por los codos, y no estaba de humor.

Bernal mantuvo la boca cerrada con la esperanza de aburrirlo, pero fue en vano. Trató de abstraerse oteando el cielo a través del cristal de su ventanilla: había nubes altas, que filtraban algo de sol. Más o menos a la altura de Los Asperones, el taxista dejó de atizarle a su suegra y abordó otro asunto, más banal aún. Bernal perdió por completo el hilo. Hacía un buen rato que había desconectado, aunque estaba deseoso de que el viaje llegase a su fin. Su infinita tristeza anterior había dado paso a una cierta inquietud. Nervioso, miró el reloj varias veces. No quería realmente llegar tarde, pero una parte de él mantenía la esperanza de que así sucediera. Si llegaba con la misa recién comenzada, se evitaría enfrentarse de golpe con Dora. Tendría tiempo para pensar. Quizá le fuese útil para serenarse y dar con las palabras adecuadas…

9

La fuente del recinto exterior del tanatorio apareció ante sus ojos cuando el reloj marcaba las doce y tres minutos. Despidió al taxista al pie de la iglesia y se encaminó hacia las escaleras muy despacio. Tenía que deshacerse de la maleta durante un rato y no estaba seguro además de en qué parte del templo se estaría oficiando la ceremonia. Optó, después de dudarlo un instante, por dirigirse a la oficina de atención al público, donde le dieron la información que buscaba y se hicieron cargo muy amablemente de su equipaje.

El sacerdote desbrozaba la homilía cuando entró. Decía algo sobre el reencuentro de las almas, en un reino de amor y paz. ¡Una vida mejor!... ¡Qué ilusión tan vana y tan estúpida! Bernal carecía de esa clase de esperanzas.

Había un par de cámaras de televisión, grabando. Sus ojos se clavaron sobrecogidos en el féretro de aluminio gris. ¡Qué sola estaba su niña, al marcharse!, gimió desde lo más hondo del corazón, al ver el escaso centenar de personas que la acompañaban en su adiós. Dora nunca había sido una persona sociable. Quizá en Coín la iglesia se hubiese visto desbordada de gente, pero hasta Teatinos sólo se habían desplazado los más allegados y algunos curiosos. De espaldas, reconoció a Miguelito en un tipo delgado, de indumentaria calculadamente bohemia y rala coleta gris. Supuso que Dora era la señora de cabello corto y mechas casi doradas, sentada en el primer banco de la derecha del altar, y su hermana Fuensanta debía de ser quien estaba a su lado, una mujer alta y corpulenta (si lo era, había cambiado poco; él la recordaba así). No había cerca de ellas ningún hombre.

Y esperó en pie, junto a la puerta.

No se había equivocado. Era Dora. Se escandalizó de su aspecto. Toda aquella vitalidad… sintió nostalgia de la Dora anterior, del cuerpo que había recorrido centímetro a centímetro con todos sus sentidos. Pero ahora… ¿Cuántos años tendría? Él era, desde luego, algo más joven cuando se conocieron. ¿Cincuenta y seis?... No se había parado realmente a pensarlo. Un vértigo deprimente aplastó su escaso ánimo. Los estragos del tiempo se reflejaban en Dora, como si ella fuese, de pronto, un simple espejo de sí mismo. Todo lo que le era ajeno pasó a un segundo plano; ahora Bernal se compadecía de su propio aspecto; pensaba en lo mal que había gastado el tiempo y en lo poco que podría resarcirle de los años perdidos su incierto futuro. Dora parecía una anciana. Los hombros cargados bajo aquel vulgarísimo abrigo negro; la carne y la piel de los carrillos, descolgándose… Quizá estuviese enferma, se dijo.

Sentía como si también él hubiese envejecido veinte años de repente.

La gente comenzó a salir y Dora permaneció sentada en su banco, mientras la besaban al despedirse. Los cámaras se apresuraron para apostarse en el exterior. Miguel se le acercó entretanto y le dio un callado abrazo. Los pequeños cráteres que le salpicaban el rostro se habían hecho más profundos con los años, a base de experiencias de todo tipo, supuso Bernal. Pero seguía irradiando aquel carisma singular, que le resultaba imposible explicarse.

Luego, el locutor, le empujó con un gesto hacia ella.

Los gemidos de Dora y Fuensanta subieron de tono cuando se llevaron el ataúd en dirección al crematorio. Bernal suspiró hondo.

Dora no se quitó las gafas de sol al verle. Le dio la impresión de que no le reconocía en los primeros instantes. Debía de haber cambiado mucho más de lo que suponía. Aquello servía de confirmación a sus peores temores, así que la tragedia que le había llevado hasta allí huyó de su pensamiento, empujada por su propio ego. El yo de Bernal había expulsado a Natalia, igual que hace el pollo del cuco invasor con los huevos del carricero común.

Bernal quiso salir corriendo.

Entonces ella bajó la cabeza y balbució algo, apenas susurrado, que fue incapaz de entender. Sintió que le rechazaba y por un instante dudó sobre qué hacer. Pero mientras lo sopesaba, Dora alargó el brazo, ofreciéndole tímidamente su mano. Fuensanta lloraba desconsolada, tras reconocerle. Parecían habérsele refrescado muchos de sus recuerdos. Fuensanta conocía perfectamente la devoción que sentía Lita por él.

—¿Qué ha sido?—lloriqueó Dora, atrayéndole hacía su pecho.

Bernal la abrazó un momento, con cierto pudor, como si temiese ofenderla.

—No lo sé —dijo con voz quebrada—. Acabo de llegar… Pero me enteraré —añadió.

Dora se soltó de su mano y se encaminó, tambaleante, a la salida, cogida del brazo de su hermana.

—Lleva tres días sin pegar ojo —observó ceñudo el locutor, mientras la discreta luz del mediodía y los destellos de los flash bañaban a ambas en el umbral de la capilla.

Bernal asintió sin encontrar palabras. Miguel lo arrastró hacia el exterior.

—¿Qué vas a hacer?

—No sé —dijo Bernal, sacando al mismo tiempo las gafas de sol del bolsillo interior de la chaqueta.

—¿No sabes?

Bernal se incomodó por el tono exigente de Miguel.

—A ver de lo que me entero en comisaría —dijo ligeramente irritado—. Sólo sé lo que me contaste por teléfono.

—Degollada mientras paseaba —dijo con aire abstraído Miguel—. Según la prensa, sin testigos. Cuesta creerlo, Luisito. —Acto seguido pronunció entre dientes aunque con cierta entonación cavernosa la palabra «abominable», una de sus preferidas en sus alocuciones radiadas. Sonó perfectamente profesional.

Bernal dejó escapar un suspiro.

—¿Sobre qué hora fue? ¿Lo dicen?—preguntó.

—Parece que cerca de las diez de la noche.

El ex inspector de Homicidios, Luis Bernal, pareció sorprenderse un tanto.

—No es probable que a esa hora el paseo marítimo estuviese desierto —observó, pensativo—. Cuando menos, el tráfico debía de ser considerable.

El locutor lo miró como si esa deducción estuviese reservada a los policías, aun tratándose de algo elemental. Desde luego que él no se había parado a pensarlo.

—¿Y…?

—Pues que hace pensar que quien lo haya hecho lo tenía estudiado y planificado.

—Quieres decir que la conocía.

Bernal giró la cabeza con aquellos ojos de un azul desvaído pertrechados detrás de las gafas tintadas. Parecía mirar en dirección a la ciudad.

—Quiero decir que no parece obra de un sicótico. Esa gente mata al azar, por un impulso. Normalmente dejan rastro. Y testigos. No saben protegerse. Pero, en fin, eso ya lo sabe cualquier investigador.

—Es un comienzo —apuntó Miguel.

—No lo creas. No se puede descartar ninguna opción a priori. Porque, siendo menos probable, también podría tratarse de un crimen al azar. No sería la primera vez que a un sujeto se le cruzan los cables, coge un arma y se lanza a la calle resuelto a matar, y que además tiene la suerte de no ser visto. El factor suerte cuenta en relación a los testigos. Quizá se esté trabajando ya en una línea de investigación muy concreta. Sé por experiencia que los investigadores son los responsables interesados de la mayoría de las filtraciones a los periódicos.

—Quizá —meditó el locutor—. La prensa de hoy ya no dice nada —comentó, estrujándose la nariz—. Ayer, un par de periódicos de aquí le dedicaban media o una página a la noticia.

—¿Todavía los tienes?

—El Sur, seguro. No sé si el otro me lo devolvió mi vecino.

—Tengo que recoger mi maleta — recordó en ese instante Bernal—. La dejé en la oficina.

Los familiares y amigos se habían dispersado en su totalidad. Los periodistas retiraban el material hacia los furgones rotulados de sus respectivos medios.

—¿En qué oficina?

—La del tanatorio —aclaró Bernal, dándose la vuelta con la intención de ir a buscarla.

—Venga, te acompaño. ¿Te quedarás muchos días en Málaga?

—Una semana, por lo pronto —dijo Bernal, mientras comenzaba a caminar muy despacio y con aire distraído.

—Quédate en mi casa —le ofreció Miguelito.

Luis Bernal le dedicó un esbozo de sonrisa. Miguel seguía en Coín y convivía con una rusa de treinta y pocos. No era una situación precisamente cómoda, por mucha hospitalidad que se empeñase en demostrarle.

—Gracias —declinó la invitación con un gesto.

—¡Que tengo sitio, coño!

—No es por eso. Es que me conviene estar aquí, en Málaga.

Entraron en la oficina.

—Pero tendrás que irte a un hotel.

Bernal asintió mientras la empleada le entregaba su equipaje, después de sacarlo de detrás del mostrador.

—Mejor —dijo, lacónico.

Jamás, que él recordase, desde el día de su emancipación, había vuelto a sentir Miguel por las fiestas navideñas otra cosa que indiferencia. A pesar de ello, como por un reflejo, le espetó:

—Y pasar solo la Nochebuena.

Bernal no pudo evitar el dejar escapar un leve suspiro. Era demasiado pequeño cuando se rompió todo. Curro se había convertido en un muñequito persiguiendo un balón, unos ojillos vivarachos y un llanto denunciando al extraño que le susurraba palabras sin significado. Curro era una guerra perdida después de la batalla ganada de una paternidad que quedaría reducida a un mero formulismo legal. Pronto sería sólo un recuerdo borroso.

Pero tenía también a Adriana y a Luz

Bernal pensó inmediatamente en sus hijas. Escenificó en su cabeza la imagen de las últimas navidades que había pasado junto a ellas, en La Haya. De eso hacía tres años. Posteriormente, la madre había conspirado con habilidad y tesón para impedir nuevos reencuentros. Era curioso que al pensar en Adriana y Luz, siempre las recordase vestidas de yudocas, tan chiquitinas las dos, tan inconscientes y alegres. Quizá porque había sido la mejor etapa de su vida.

—Puede que me escape a Carmona —suspiró—. Hace años que no veo a mis tíos. Por cierto, Miguel, ¿no vivía Lita con su novio?

Miguel ofreció un L&M a Bernal y se puso otro entre los labios. El aire les venía de cara, en suaves ráfagas. Se dio la vuelta y arqueó el cuerpo, generando una oquedad libre de turbulencias.

—Llevaban juntos un tiempo, sí —dijo tras expulsar una bocanada de humo.

—¿Y dónde estaba? No he visto a nadie cerca de Dora.

—Unos bancos por detrás. En el velatorio me comentaron que no se hablaban.

—¿Tú lo conoces?

Miguel negó con la cabeza mientras sostenía el cigarrillo entre los labios. Después de quitárselo de la boca, explicó:

—Sólo de darle el pésame, pero parece buena gente. Es un vendedor del concesionario.

Bernal dio un par de caladas rápidas y profundas a su cigarrillo y se agachó, frotando a continuación el ascua de la punta contra la tierra húmeda que bordeaba el césped, hasta apagarlo. Pero en lugar de tirar la pava, se la guardó en uno de los bolsillos de la chaqueta. Miguel le vio hacer, atónito.

—Te llamo de aquí a dos o tres días. —Dijo, cambiando de

dirección, como para dirigirse a la parada de taxis del aparcamiento.— ¿Tan mal estás de pasta, que te lo fumas en dos veces?

Luis Bernal sonrió lánguidamente, sin detener la marcha.

—Esto es una de las cosas que aprendes de las sociedades avanzadas.

—¿Ahorrar?

—No ensuciar las calles.

Miguelito sacudió la cabeza.

—¿Pero adónde vas, coño? Tengo el coche allí, en segunda fila —y señaló con la mano el aparcamiento principal, en suave pendiente descendente, bajo los árboles—. Yo te acerco al centro… ¿O vas a otro sitio?

El ex inspector de Homicidios tenía decidido muy de antemano dónde alojarse. Veinte minutos más tarde, Miguel Gaona lo dejó a las puertas del Hotel Tryp Alameda, junto al Centro Comercial Eroski, a trescientos cincuenta metros del casco antiguo y menos de un kilómetro de la Comisaría Provincial de Policía.

10

Una figura de aspecto anodino, ramplón, ni alta ni baja, observaba de reojo al chico, que llevaba cuatro o cinco minutos rebuscando en la sección de informática y videojuegos. Un par de días antes, había descubierto que no había cámaras de seguridad en el interior del establecimiento. La figura masculina había entrado unos segundos después que él en la tienda de compraventa de artículos varios y se había puesto a mirar las vitrinas con disimulo. Ya había comprobado que hacía ese recorrido solo. Entraba en la tienda, se entretenía curioseando un rato y luego se marchaba, calle arriba. En realidad, era su perro quien lo había elegido. Lo venía observando desde hacía cuatro tardes, aprendiendo de memoria sus movimientos. Lo había seguido incluso hasta su domicilio, en una de las últimas urbanizaciones levantadas en La Colonia de Santa Inés, un bloque de doce plantas con recinto ajardinado, en el margen de una gran rotonda de reciente construcción. Y sin duda era perfecto. Cuanto más alejado estuviese de su barrio, menos sospechas levantaría y menos posibilidades habría de que lo reconocieran. Sabía que haciendo las cosas con suficiente cuidado era casi imposible que los relacionasen.

Desde que lo vio junto a otra docena de chavales en los jardines de Picasso, mientras paseaba a Bruno, no había dejado de pensar en él. Se fijó en que tenía los ojos de un raro e intenso color verde, de modo que al mirar centellaban, y unos labios sonrosados, como los de una niña. Y la piel del rostro, completamente lampiña. Comprobó también, con el tipo de admiración que se presta a una obra de arte, que mostraba al reír unos dientes perfectos. Sintió la misma turbación de nuevo. Ésa que le hacía incapaz de saber lo que deseaba de verdad, lo que en realidad era. El muchacho, al que le calculaba quince o dieciséis años, se había interesado mucho por su perro, y Bruno parecía haber simpatizado inmediatamente con él. Estaba seguro de que el chico no se había fijado en su cara, porque ninguno de aquellos muchachos se fijaba nunca en él. Nadie por lo general le prestaba atención. Algo con lo que había nacido, le hacía pasar desapercibido. Incluso en la clase tenía a veces la sensación de ser invisible. Una especie de tara muy útil. La gente sencillamente no pensaba en él. Era un perfecto don nadie. En todo caso, se sentían atraídos por su perro, un fila brasileño de pura raza, de brillante pelo leonado, y con un carácter excelente, muy sociable y cariñoso. Bruno era un perro tan noble y dócil que podía ir suelto durante los paseos, sin riesgos de ningún tipo. Bastaba un silbido suyo para alejarle de peleas con otros perros. Era el más obediente de los cinco ejemplares de su camada.

Un escalofrío le recorrió de los pies a la cabeza. Hacía tanto tiempo que no había tenido a un adolescente, que sus cinco sentidos se habían concentrado a la vez en la idea. Era maravillosamente excitante el pensar que lo tenía al alcance de la mano. Tanto por poseerlo como por el peligro que representaba en sí mismo. En ese instante no se hubiera cambiado por el hombre más rico de la Tierra.

Había mirado hacia el cielo al salir a la calle. La lluvia podía fastidiarlo todo. Sin embargo, un día como aquél, en el que la humedad se condensaba en los techos de los automóviles, podía ser su mejor aliado. La humedad hacía más taimada e indecisa la luz artificial.

Lo tenía todo perfectamente calculado y planificado. Aprovechando que a los comercios y oficinas aún les faltaba una hora para abrir, había dejado aparcado el coche a cien metros de allí, con Bruno dentro. Probablemente el muchacho iría calle arriba cuando saliese de la tienda. Si era como esperaba, le adelantaría para soltar al perro. Estaba convencido de que funcionaría. Bruno, que era muy zalamero, se acordaría del chico y lo cubriría de agasajos.

Y así había sucedido, en efecto. El chico salió y, tal y como había previsto, enfiló en la dirección que conducía a la Peugeot Partner gris titanio. Llevaba una bolsa de plástico con algo pequeño dentro. Tendría que pasar por fuerza junto al coche. Estaba oscureciendo, cuando Bruno cumplió con el papel para el que había sido adiestrado.

—¡Bruno, ven aquí!—le gritó la insignificante figura masculina desde fuera del coche. Sabía que, para no levantar sospechas, debía mantenerse lejos del chico.

—No me molesta, déjeme que lo acaricie —dijo el muchacho, entusiasmado por las atenciones que le dispensaba Bruno.

El hombre se mantuvo a distancia y dijo:

—Es muy pesado. ¡Bruno, estate quieto!

Y se metió en el coche, dejando entreabierta la puerta. Pero no lo arrancó. Se limitó a observar cómo interaccionaban Bruno y el chico de los ojos verdes.

Era una calle a medias comercial, bastante transitada pero no demasiado bulliciosa, próxima a la estación de autobuses. Una calle donde todo el mundo es desconocido. La gente que pasaba junto a ellos no parecía fijarse en nada de lo que estaba ocurriendo allí. Eso era algo verdaderamente magnífico.

El chico se metió como pudo la bolsa en uno de los bolsillos de la cazadora y luego se agachó para frotarle el cuello con ambas manos, por detrás de las orejas. Estaba enamorado del perro, que era una copia exacta del que aparecía en la película «La verdad sobre perros y gatos», en la que Uma Thurman y Jeanne Garofalo, mantienen un divertido equívoco con Ben Chaplin, el dueño del animal. No recordaba con exactitud las veces que había visto la película, aunque con seguridad no eran menos de cuatro. Aquél era el perro más bonito que había visto nunca.

—Parece que sabes tratarlo. ¿Tenéis algún perro en casa?—preguntó, evitando deliberadamente que la pregunta pareciese personal.

—No.

—Vaya, hombre. Qué pena.

El muchacho se encogió de hombros en un gesto de resignación.

—Te gustaría tener uno igual, ¿a que sí? —le dijo aquel hombre embutido en el asiento de la Peugeot.

El chico movió la cabeza de arriba abajo en señal de asentimiento y siguió concentrado en el cuello y el lomo de Bruno, que parecía extasiado por las caricias.

—¿Cuántos años tienes?

Él nunca les preguntaba cómo se llamaban. Los chicos desconfiaban de un desconocido que se interesaba por su nombre. Eso era lo que hacían los bujarrones.

—Dieciséis.

—Perfecto. Es una buena edad para tener un perro. Porque a un perro hay que cuidarlo, ¿sabes?

El joven asintió.

—No te puedes hacer una idea de cuántos terminan en una perrera, abandonados por sus dueños. O, lo que es peor, atropellados… La gente se cansa de ellos.

«No puede ser posible», parecía leerse en la expresión del rostro del chico, que era completamente incapaz de entender aquellas conductas de los adultos. ¿Abandonar a un animal como aquél? No, de ninguna de las maneras le resultaba comprensible. ¡Él nunca haría una cosa así!

Mientras la gente seguía pasando acera arriba acera abajo, el hombre le miraba complacido. Había predicho todos los pensamientos del joven y ahora los estaba viendo reflejados en sus ojos como si hubiesen sido grabados en grandes letras de molde. «¡Perfecto!», murmuró en la más recóndita de las guaridas de su cerebro. Y volvió, como por ensalmo, el recuerdo de la primera vez. Nada le emocionaba como aquello; la sacudida que sufría en su interior cada vez que rememoraba lo acontecido, era indescriptible. Quizá porque aún percibía El Miedo fluyendo a borbotones dentro del coche, devastándolo todo como un río turbulento: el miedo de la sorpresa en la oscuridad, de la mentira desenmascarada, del callejón sin salida… Espontáneo e incontrolable miedo suyo y del niño.

Había sido el miedo de ambos entremezclado de repente lo que le hizo Nacer.

Lo recordaba ahora eternizándose hasta casi lo insoportable. Durante meses. Aislándole de todo cuanto le rodeaba, como si estuviese en un islote en medio del océano, pero a la vista del mundo. Haciéndole sentir que mil pares de ojos se le clavaban en un continuo allí donde estuviese. Ojos que sospechaban. Se sentía perseguido por las miradas de la multitud, de los compañeros de trabajo, de los agentes de policía que veía por la calle. El Miedo llenaba al completo su vida, como si ésta fuese una tinaja que hubiera estado siempre vacía. Era un líquido en continua efervescencia; día y noche desplazándose en su interior, agitando su corazón que palpitaba más rápido e irregular que nunca. A menudo se sentía cubierto por entero de un sudor frío, pero descubrió más adelante que no era sudor en realidad: era ese líquido que rezumaba de dentro. ¡No tenía otra cosa dentro de sí! Hasta el punto de pensar que sería incapaz de soportarlo, que se vería vencido por Él finalmente. Al cabo, por extraño que pareciera, El Miedo había obrado un inesperado y reconfortante efecto benefactor, redoblando su fortaleza mental, dotándole de una gruesa e impenetrable coraza como la concha de las tortugas. Se dio cuenta entonces de que hubiese fracasado de no tenerlo y sentirlo hasta la médula misma. Lo necesitaba tanto. Era su mejor aliado, precisamente por ser su peor enemigo.

Pero había aprendido una lección que no olvidaría. No daría lugar a otra ocasión que sirviese para convertir en una celebridad al niño que se volatilizaba en una parada de autobús. Jamás volvería a acercarse a un niño de once años.

Se había hecho ese propósito.

Claro que sólo era eso: un propósito.

Pero no era ningún imbécil, no. Aunque la gente lo ignorase —de igual modo que parecían ignorar que existiese siquiera— tenía una inteligencia muy despierta. Si quería perdurar, estaba obligado a agudizar el ingenio, siendo más listo que ellos, más fuerte. Saber, por ejemplo, qué clase de jóvenes son los que pueden albergar una «razón» para huir de casa. Y a qué edades. Con catorce años o menos, valían demasiado para la policía: eran como una bomba que podía estallarle en las manos en cualquier momento. Se convertían en noticia de primera plana; la «sociedad» se movilizaba en tromba y él tenía que evitar a toda costa que la policía sospechase lo que estaba sucediendo. Con una vez había tenido suficiente. Suspiraba pensando que no había nada que se pudiese comparar a un jovencito en proceso de cambio, nada le colmaba como aquello, pero por mucho que le perturbase la vida de algunos de aquellos pequeños, no podía asumir tales riesgos. Así que dejaba que se le escapasen muchas y buenas oportunidades para no alterar la estadística.

Aunque a veces le era imposible resistirse, a sabiendas de que arriesgaba demasiado, de que tenía que espaciar todo lo posible el contacto con los más jóvenes. La experiencia le había enseñado que cuanto más tiempo transcurría entre una y otra desaparición, más difícil resultaba relacionarlas entre sí.

Entretanto, se veía obligado a saciar su hambre con sucedáneos, aunque con más años eran demasiado fuertes y, sobre todo, habían perdido esa intrigante e irresistible indefinición en sus cuerpos y en sus caras.

—Yo no lo abandonaría —susurró embobado el chico, amasando con ambas manos la piel que colgaba del cuello del animal.

Entonces el individuo ni alto ni bajo ni joven ni viejo, de pelo fuerte, lacio y caído sobre la frente, se sacó la cartera del chaquetón, extrajo una foto y se la ofreció al chico.

—Estos son los hijos de Bruno —explicó.

Era la fotografía de cinco cachorros de fila brasileño, una de las muchas copias que hizo en su momento y que tan útiles habían revelado ser para sus propósitos. La camada era una preciosidad. En esa foto sólo estaba representada la mitad del total, explicó, la parte que le había correspondido del apareamiento con una perra de su misma raza. Dos machos y tres hembras, le dijo al muchacho mientras éste miraba embelesado la instantánea.

—Ni tengo sitio en la casa, ni me puedo ocupar de toda la descendencia de mi perro. Pero no quiero venderlos; y eso que valen un buen dinero.

Los ojos verdes del joven brillaron emocionados. Pensaba que si fuesen suyos se los quedaría todos. Nunca regalaría uno de aquellos perritos.

—¿Por qué no los vende?—dijo ingenuamente el chico, sin dejar de mirar la foto.

—Ya te lo he dicho: porque podrían ir a parar a gente sin consideración con los animales. Prefiero regalarlos a personas como tú, que los entienda.

El muchacho parecía realmente confiado.

—Mi padre no me deja tener perro.

El hombre sonrió e hizo un gesto que era algo como «¡Bah!». Seguía en el interior del coche, a cierta distancia del muchacho.

—Es severo.

El chico movió la cabeza como signo de aceptación de aquel juicio de valor formulado un poco a ciegas. Había acertado, era severo. ¿Y si se tratara de un miembro de la policía o de la guardia civil? O, aún peor, alguien de la judicatura. La sola idea le causaba escalofríos. Esto último era muy improbable, debido a la ropa tan vulgar que vestía, pero no podía fiarse. Tenía que saberlo para continuar o descartar inmediatamente a aquel crío.

—No te preocupes por tu padre, hombre —sonrió despreocupadamente—. Estoy convencido de que se puede razonar con él. ¿Qué le pasa para ser tan recto? ¿Es profesor, da clases como yo?

El chico negó con la cabeza una sola vez.

El hombre volvió a sonreír sin que se transmitiese ninguna emoción concreta a sus rasgos vulgares.

—No será policía…

—No. Es empleado de Mercadona.

Las pupilas pardas del hombre centellearon de alivio un instante.

—Te diré algo en lo que no has pensado: si se lo llevas a casa, te dejará que te lo quedes. Seguro. Sé de gente que no quería perro y nada más verlos así, de cachorrillos, se han puesto a cuidarlos como si se tratara de un niño. Lo que te puedo garantizar es que no se enfadará, ya verás. Y menos cuando sepa que puede sacarle un buen dinero al perrito, por lo menos quinientos euros. Tienen muy buena venta, aunque yo te lo regalo para que te lo quedes, desde luego… —hizo una pausa para que el joven meditase sobre todo ello—. Cómo va a regañarte tu padre —le insistió.

El crío le devolvió caviloso la foto. Intentaba pensar en la manera de convencer a su padre, que era muy rígido, mucho más de lo que había admitido.

El hombre sonrió sin separarse del coche. Era el crío quien se le había acercado, después de todo.

—Bueno —dijo al fin el muchacho—. ¿Dónde los tiene?

Ya lo tenía en el bote, pero no podía arriesgarse a ofrecerle subir al coche allí mismo. Era demasiado pronto. Ése había sido su fallo la primera vez; el adolescente había recelado de sus prisas.

—Están en mi casa. Ahora no puedo dártelo —dijo el hombre anodino, poniéndose la máscara de formalidad. Pero debajo de ella, había una erupción latente: los ojos verdes que tenía ante sí eran como una espátula que daba vueltas en su interior—. Tengo que llevarlos al veterinario. Pero espérame en la esquina de mi calle, así como a las ocho y media, y cuando vuelva te lo daré desde el mismo coche. —Y le explicó al muchacho dónde vivía aproximadamente (siempre se las arreglaba para ser impreciso), proporcionándole una falsa dirección, y después de darle éste igual información, le indicó incluso el autobús que debía tomar.

—Mira, voy a darte un consejo: si de verdad quieres el perro, es mejor que no lo comentes con nadie, ni siquiera con tus amigos. Y, por supuesto que no debes decirle nada a tus padres, porque puede que intenten quitarte la idea de la cabeza. En serio, dales la sorpresa. Tú hazme caso: así será más fácil que lo acepten.

—De acuerdo.

Todo había salido a la perfección. Ahora tenía que confiarse a la suerte. Sin embargo, su instinto le decía que el joven estaba dispuesto a tragarse el cebo de un solo bocado.

Se despidió de él, arrancó el coche y se fue hasta casa para esperar, lleno de excitación, el momento de la verdad.

Todavía no estaba seguro de hacerlo.

11

Él los conocía bien.

El hombre de aspecto vulgar en el que nadie reparaba, había aprendido muy pronto que los jóvenes se comportan como si fuesen invulnerables, estúpidamente inmortales, y que nunca se dejarían amedrentar por El Miedo. Por eso no pueden usarlo, no pueden protegerse con El Miedo, como él. Y la realidad es que son tan vulnerables, tan estúpidamente mortales como los gorriones en celo, que caen sobre una hembra ante los mismos bigotes de un gato.

Al hombre ni alto ni bajo ni joven ni viejo le encantaba observar a los gatos durante la época de apareamiento de los gorriones.

Le seguía causando asombro la ingenuidad de la adolescencia, una edad en la que se tienen pesadillas con Freddy Krueger, Cara de Cuero y Jason, la noche anterior al día en el que uno se adentra en un paraje solitario con un hombre cuyo perro es cariñoso, amigable y dócil. El dueño de un animal con semejantes cualidades tiene que ser apacible, sincero, honesto. Se trata de una deducción directa y sencilla.

Son tan atolondrados e inconscientes esos muchachos.

Un educador aprende al tiempo que enseña, aprende cosas que nadie imagina. Cosas útiles para sobrevivir, incluso después de la muerte.

Cada vez que se abría el semáforo central de la avenida, los vehículos se abalanzaban sobre las cuatro vías vacías y, al llegar a la altura de donde se hallaba el suyo, aparcado en una de las vías de servicio, producían un zumbido breve, monótono, que le hacía sentirse vivo en aquella espera en la que el tiempo parecía suspendido. Entonces estiraba el cuello para no perder de vista la parada, pues no era seguro que viniese en el 14. Algunos llegaban a pie.

Hacia las ocho y cuarto se había apostado con su Partner a unos treinta metros de la parada del autobús para comenzar el acecho. La parada, en pleno corazón del barrio de Carranque, estaba situada en un lugar bastante concurrido a esas horas. Ese aspecto era importante para que el éxito sonriera a su plan. Lo había estudiado concienzudamente, minuciosamente, sin ninguna prisa, más de mil veces. Había considerado todas las variantes posibles; cualquier contingencia imaginable había sido prevista con la tozudez estadística de un observatorio meteorológico. Si la parada hubiese estado situada en un lugar solitario, más de la mitad de aquellos chicos no se hubiesen presentado a la cita o se habrían marchado al poco de llegar. Un lugar público frecuentado y conocido los volvía más confiados.

No siempre había utilizado el perro para atraerlos. Tenía otros modos de conseguir que fuesen suyos pero se sentía muy cómodo con aquel ardid. La foto era un reclamo tentador y a él le encantaban los críos que mostraban debilidad por los animales. Se establecía de inmediato una relación especial con ellos. No era algo premeditado, sino que fluía de modo natural.

A fuerza de realizar numerosos ensayos, había pulido enormemente su táctica. En la práctica, había eliminado todos los posibles fallos del plan, controlando los imprevistos. Ésa, y no otra, era la autentica clave para llevarlo a buen puerto. Había ideado un sistema para minimizar los riesgos, que se basaba en un único principio «intocable»: que hasta el último instante pudiese abortar la operación, sin que nadie sospechase lo más mínimo y sin que relacionasen su propósito con el «punto de ruptura». Cuando descubrió que tenía que hacer aquello, decidió armarse de paciencia. Si había algo que le sobraba era precisamente paciencia. Paciencia, además de determinación. Las cuatro primeras veces habían sido meras pruebas, para estudiar el comportamiento de los chicos. Sólo quería comprobar si cumplían en lo que se habían comprometido. Después de su primer éxito, decidió hacer un ensayo cada dos o tres meses. Siempre en un lugar distinto, remotos unos de otros. Se acercaba a ellos, les prometía el regalo, y si decían aceptarlo, los citaba junto a una parada de autobús y, luego, se apostaba a observarlos desde la furgoneta. La Peugeot era para él como la choza para el cazador. Raramente dejaban de acudir, porque sabía ser muy persuasivo. Era una especie de entrenamiento, como el de un deportista. Cada entrenamiento le aproximaba a ser el mejor en lo que hacía.

El muchacho bajó del autobús poco después y, siguiendo sus instrucciones, anduvo hasta la esquina de la calle donde habían quedado citados, junto a la iglesia parroquial, que destacaba del resto de edificios por su intenso color teja. Seguía divisándole en la lejanía; llevaba la misma cazadora roja. «Maldito sea», murmuró entre dientes. Sentía una ligera preocupación; era un color muy llamativo. ¿Y si alguien lo reconocía, o se acordaba de haberlo visto por allí, cuando diesen su descripción? Eso podría ser un contratiempo relativo. Esperó un poco. Tenía que cerciorarse de que venía solo. A veces, bajaban del autobús en compañía de algún amigo. Recordaba que en una ocasión, uno de ellos había traído a su madre consigo. Tenía que ser muy cauto.

Para estar completamente seguro, dio una vuelta y pasó muy cerca sin que le viese. «¡Ya está!», se dijo, ardiendo de entusiasmo. Giró a la derecha, por la primera bocacalle y regresó a donde se encontraba.

—Hola —le saludó desde el interior del coche.

El joven sonrió tímidamente.

—Hola.

El desconocido formuló al muchacho la misma pregunta de las otras veces:

—¿Qué te han dicho tus padres del cachorro?

—Nada... No lo saben —mintió el chaval—. Usted me dijo que era mejor.

El hombre sonrió hondamente complacido. Aquellos críos eran tan atrevidos e ingenuos…

—Ven detrás de mí —dijo, reiniciando la marcha muy despacio.

El chico pareció titubear un instante pero no dijo nada y le siguió por la acera unos metros. Era una calle bastante ancha y larga, sin edificios ni comercios, toda ella de casas mata, tranquila y mal iluminada. La humedad parecía condensarse sobre el débil alumbrado público. El hombre detuvo el coche como a unos cincuenta metros, estacionándolo al pie de la acera.

La oscuridad no asustaba al muchacho, pero fue consciente de lo solitario del lugar. Nadie transitaba a pie en esos instantes. Miró hacia atrás, como en un reflejo, y vio la claridad amarillenta de los focos, y los automóviles que circulaban en buen número en ambas direcciones. En la calle donde se había bajado del autobús, perpendicular a ésta, parecían estar concentradas toda la luz y la vida del barrio.

—Ahí está mi casa —dijo el desconocido, indicándole con el índice izquierdo una edificación chata, de fachada adornada con azulejos jaspeados—. Tú espérame aquí, si quieres. Volveré en unos diez minutos. Bueno… —hizo una pausa, mirando al chico a los ojos sólo un instante—. O acompáñame. Como mejor veas.

Como aquél se quedara callado, sin reaccionar, el hombre de aspecto insustancial continuó:

—Se me ha complicado la tarde y no me ha dado tiempo a recogerlos de mi otra casa, ¿sabes? Si me hubieses dado tu móvil, te habría llamado, para no hacerte venir hasta aquí…

Una nueva pausa. El muchacho dudaba. No había contado con que hubiese un cambio de planes. Pensaba que aquel hombre traería consigo el cachorro. Y ahora…

Podría haberle avisado, se dijo en silencio. Así habría buscado una excusa para llegar un poco más tarde.

Todo era tan confuso.

—Venga, sube —le animó con un gesto—, y le haces compañía a Bruno—. Esto está muy oscuro como para que te quedes a esperarme. Está muy cerca de aquí… No te preocupes, yo mismo te dejo después en la parada del autobús, o te acerco a casa si no te importa.

De repente, la voz del hombre sonaba cálida, acogedora, casi hipnótica, como la de esos desconocidos que, en los anuncios de televisión, susurran carnosamente «erase una vez una princesa...».

Le hizo sentir bien ahora que empezaba a inquietarse. Se le estaba haciendo tarde y sabía que se llevaría una buena bronca como llegase a casa después de las nueve y media. Eso podía dar al traste con todo. Con su padre enfadado por la tardanza, ¿cómo convencerle de quedarse al perrillo? Subió, pues, a la furgoneta, y se volvió hacia Bruno, que mostró su alegría con un ladrido de bienvenida. Durante el corto trayecto, el desconocido estuvo muy simpático: le dijo que era profesor en un colegio de una de las barriadas nuevas, por la zona del Puerto de la Torre, que le gustaban toda clase de animales y que hacía poco que había tenido una serpiente enorme en casa, una pitón asiática, que tenía que alimentar con ratones grandes, y que al final se había tenido que desprender de ella, porque le daba miedo de que escapase de su recipiente y atacase a alguien.

El móvil del muchacho sonó entonces. Los tonos reverberantes sobresaltaron al hombre, que puso sus cinco sentidos en él. Trató de pensar rápido. Se preguntó si no era mejor abortar el plan. Pero antes de que pudiera tomar una decisión, el joven había pulsado «colgar».

—¿Tus padres?...

—Era un amigo —le rectificó, sin mirarle, el muchacho.

El hombre de pequeños ojos carentes de expresión, desplegó las antenas.

—¿Y por qué no le contestas?

—Me ha dado un toque.

—Claro. Hay que estirar las recargas.

El muchacho asintió con un gesto. El hombre comenzó a cavilar sobre aquel móvil en general y sobre la llamada en particular. Le preocupaba. Los críos empleaban los toques en el móvil como un sistema de comunicación codificada. Tenía que averiguar si aquella llamada significaba algo concreto y si el colgar ocultaba también algún tipo de mensaje.

Se le ocurrió una idea. Redujo la velocidad.

—¿Me dejas que lo vea un momento?—dijo, señalando al teléfono con su dedo índice.

El muchacho se lo entregó.

—Se parece mucho al mío —dijo el hombre, examinándolo en busca del PIN. Era conocedor de que algunos críos llevaban una pegatina con el número, adherida en el dorso de la carcasa.

Pero éste no era el caso.

Presionó firmemente con disimulo el botón rojo. Y pisó el freno.

—Vaya, perdóname —el hombre se lo devolvió—. Lo he apagado sin querer.

—No importa—dijo el crío, y lo tomó entre sus manos. Inmediatamente se dispuso a conectarlo.

Con el rabillo de su ojo derecho, el hombre no perdía de vista sus movimientos. Memorizó las teclas: tercera fila, el primero por la derecha; primera fila, el del centro o primero por la izquierda; cuarta fila…; tercera fila, casi seguro el primero por la izquierda… El de la cuarta fila sólo podía ser el 0. Cuatro combinaciones posibles: 9207, 9107, 9108, 9208… ¡Casi lo tenía!

—¿Sabe tu amigo lo del cachorro?—preguntó como por rutina.

—No.

—Ah. Es que pensé que habríais quedado y que por eso te llamaba.

—No, qué va. No se lo he dicho a nadie —dijo cada vez más locuaz el muchacho—. Es mejor.

El cerebro vigilante que había a su lado procesó el tono de la respuesta, la inflexión de la voz… Juraría que le estaba diciendo la verdad. Sin embargo, tenía la intuición de que ocultaba algo que le había disgustado. No parecía el mismo de hacía unas horas.

Entonces supo que seguiría hasta el final, que lo haría a pesar del riesgo potencial que representaba ese cabo suelto. Y por primera vez tuvo miedo de sí mismo, de abandonarse a sus impulsos, de perder el control. Era un miedo nuevo y, quizá por su aparente insignificancia, mucho más perturbador y peligroso.

Casi sin que se hubiera dado cuenta de las calles que habían atravesado y la barriada en la que estaban, el coche se detuvo de nuevo, esta vez en una callejuela estrecha, que moría unos metros más allá, en lo que parecía el muro de una fábrica. Sólo en un lado de la acera había casas; en el otro, se extendía a lo largo de un centenar de metros la fachada de una nave enorme, con aspecto de estar fuera de uso. Bajaron, y Bruno saltó al instante por la puerta del acompañante y se lanzó a festejar al chico. Pero ni un ladrido. El hombre hizo como que buscaba algo en el interior del maletero, entretanto.

—Bruno, entra —le ordenó, y el perro atravesó la verja de una casa que había frente al coche. El pequeño patio que la separaba de la vivienda tenía dos grandes tinajas, usadas como macetas, a ambos lados de las columnas del porche.

El muchacho se quedó parado, indeciso. Un ciclomotor atravesó la intersección más próxima, haciendo eses. Los jovenzuelos que viajaban en él, iban hablando y riéndose. Después de que lo oyeran alejarse, quedó un gran silencio.

—Ve con Bruno, si quieres —dijo el desconocido con voz atonal, todavía hundido en las entrañas del maletero. Simulando no encontrar lo que buscaba, miró alternativamente en todas direcciones. Sabía que Bruno mantenía distraído al chico. Pero era esencial cerciorarse de que no estaban siendo objeto de la atención de ningún transeúnte.

Nada estaba sucediendo como había prometido aquel hombre. Sin embargo, los pensamientos del joven se centraban en el cachorro y en lo que haría con él. Estaba loco por acariciarlo. Sería suyo. Nadie, ni su padre siquiera, podría arrebatárselo. Ya buscaría un sitio donde tenerlo. Daba igual. Lo importante era que estaba a punto de conseguirlo. Atravesó también la verja, mientras se oía caer la tapa del maletero.

El desconocido se apresuró a entrar. Al fin estaba seguro. Nadie en la calle. La luz que salía de algunas ventanas no constituía una amenaza. Muchas noches había estado paseando el perro en ambas direcciones para estudiar a sus vecinos. En una calle de casas mata, sin edificios altos, el alcance de la visión desde las ventanas se limitaba al espacio que ocupaban las tres casas de enfrente. Pero frente a la casa que guardaba el regalo del chico, lo que había era una edificación sin vestigios de vida. Había empleado varios meses de paciente búsqueda en encontrar un lugar así, con unas características tan específicas. De hecho, no había existido otra razón para haberse mudado a esa calle, ocho años atrás.

—¿Sabes que al final no he podido llevarlos hoy al veterinario? Me ha surgido un problema con el coche —se excusó nervioso el desconocido, caminando hacia la casa; pero tenía ensayados diversos trucos para que aquella indescriptible emoción y excitación pasaran desapercibidas; los había ensayado ante el espejo durante horas y horas; cosas como atarse un zapato, estrujarse la nariz, hurgarse en los bolsillos interiores del chaquetón… Y siempre resultaban—. Te llevarás a Telmo, que es el más cariñoso de todos —dijo, empujándole de un modo suave y amistoso con su mano derecha. Detrás de la puerta de entrada, había un rellano de tres metros cuadrados a un escalón por debajo, y otra puerta que daba ya al interior de la casa. El rellano no tenía luz propia, pero desde las vidrieras centrales de la segunda puerta se filtraba algo de luz artificial del interior de la vivienda.

El hombre de aspecto insulso e inofensivo sentía como si su corazón hubiese emprendido un corto y caprichoso viaje y ahora se encontrase latiendo violentamente en el centro de su garganta, retumbándole en los oídos. Su corazón a punto de estallar no le asustaba, sino que le hacía sentirse más vivo de lo que se había sentido nunca; sólo tenía miedo a que le delatase, que el muchacho lo oyese latir. Pero consiguió dominar ese miedo (El Miedo otra vez), consiguió reconducir a un río común toda la adrenalina dispersa en su cuerpo. Era una sensación increíble. Y, entonces, le entregó una llave y le pidió un favor. Como su vista no era buena, le agradecería que abriera la segunda puerta por él. Bruno ladraba, inquieto. Cuando el muchacho se inclinó servicial sobre la cerradura, la primera puerta se cerró con un mínimo empujón y algo redondo, macizo y pesado, se estampó sobre su zona occipital con la fuerza justa para aturdirle. La sangre brotó indómita. Inmediatamente, sin dejarle caer, el brazo derecho de aquella especie de Papá Noel sin disfraz se le enroscó con celeridad y destreza sobre el cuello. Pese al dolor y la confusión que siguieron al golpe, pese a tener la sensación de que sus ojos habían sido arrancados de las órbitas y catapultados contra un pared de cemento, el chico intentó defenderse, revolviéndose y haciendo palanca con sus pies sobre la pared; incluso hizo trastabillar y golpearse en la cabeza al desconocido, pero éste había inmovilizado con su brazo izquierdo los del muchacho e iba aumentando poco a poco con el derecho la presión sobre el cuello, al estilo de una serpiente constrictora. La presión le hacía imposible gritar al chico, aunque lo intentó con todas sus fuerzas. Bruno ladraba y ladraba, furioso; ladraba tanto que ahogaba con sus ladridos cualquier posible evidencia de la lucha que se estaba librando en aquella exigua trampa. Los vecinos estaban acostumbrados a esos ladridos. A veces le habían dado alguna queja; lo normal en esos casos.

Un minuto después, el hombre en el que nadie reparaba notó excitado que algo caliente mojaba su rodilla y muslo derecho a través de la loneta de su pantalón. Casi siempre ocurría. El chico había dejado de luchar pero él siguió cerrando, implacable, su anillo de muerte, hasta perder el aliento. Tuvo una erección instantánea. Resultaba sorprendente que cuanta más energía consumía en el abrazo, más calor se le agolpaba en el pene y en los testículos. Era como si un fuego maravilloso ardiese circularmente en sus entrañas sin quemarle.

Pero no era sólo el instinto de gozar de aquel calor sobrenatural lo que le hacía seguir apretando, más y más fuerte, hasta casi perder el sentido. Sabía que no podía confiarse. Una vez, uno de aquellos chicos había «resucitado» minutos más tarde, dándole un buen susto.

Cuando estuvo completamente seguro, aflojó la presa y se levantó vacilante y casi sin respiración. Notaba la sangre aún caliente adherida a su mentón, su vaho metálico elevándose desde el cabello rubio alborotado que tenía bajo él. El condenado crío era más fuerte de lo que parecía, o él había perdido facultades en el último año. Estaba exhausto. Cada vez le costaba más hacer aquello.

Abrió la segunda puerta. Bruno se había calmado y ahora gemía lastimero. Arrastró al muchacho hasta dentro, tirando de ambos pies, y se quedó más de cinco minutos mirando extasiado los ojos sin vida del crío, contemplando orgulloso su obra.

Nada en aquel rostro era capaz de turbarle ya.

12

El tic-tac del reloj de pie sobrenadaba su respiración y la del perro. Se dejaba oír por encima de ellas. Ambos ruidos tenían una pauta y eran los únicos que perturbaban el silencio reinante. Los latidos habían vuelto a enclaustrársele en la caja torácica. Bruno se había tendido, los ojos negros contemplando sin parpadeos la cara inerte, a verle hacer, sumiso y atento como siempre. Bruno se había acostumbrado al juego.

El cadáver del adolescente se encontraba en el centro de una habitación cuadrada, en la que los muebles parecían apretujarse contra las paredes, como si pretendiesen mantener despejado el lugar. El hombre insignificante en el que nadie reparaba los había dispuesto de esa forma con un único propósito.

Dio unas cuantas vueltas alrededor, despacio, observándolo desde todos los ángulos posibles. La idea de que el esfuerzo y el peligro habían merecido la pena era la más pujante de todas cuantas se entrecruzaban en ese instante por la red de galerías de su tejido cerebral. Se aferró a ella febrilmente.

Llevó al perro al patio posterior y corrió a buscar la Polaroid. El sudor le bañaba el rostro como si acabase de jugar un partido de fútbol, y una gota estuvo a punto de caérsele desde la nariz, pero se la restregó con el dorso de la manga. Luego sacó cinco fotos del cuerpo. En dos de ellas enfocó sólo el rostro, poniendo al máximo el zoom. Las descargas del flash se filtraron por los visillos de una de las ventanas hasta la calle vacía y silenciosa.

Luego, volvió a contemplarlo emocionado. El tiempo se diluyó del todo en un éxtasis inenarrable.

Los reproches se tornarían alabanzas si entendiesen lo que acababa de hacer. Aquel crío ya no tendría que enfrentarse a la dolorosa imagen de la vejez, como le ocurriría a él seguramente. Le había ahorrado esa indignidad. Si pudiese comprender cuán repugnante es ser todo uno pellejos malolientes, lo perdonaría e incluso lo admiraría por su coraje. Detener esa máquina de destrucción que es el tiempo, era el mayor regalo que podía hacerle. «Es fascinante morir hermoso, sin una arruga, que tu alma vea únicamente esa maravilla compacta, tersa, al desprenderse y volar libre. Sé que me lo agradeces. Cuando yo me vaya, no tendré más remedio que contemplar el despojo que dejo. Con todos sus pecados… ¿No te das cuenta del favor que te he hecho?»

El hombre acarició con la yema de sus dedos la frente del chico e introdujo su mano derecha abierta, por entre el cabello, hasta sentir el delicioso cosquilleo en sus dedos. Ahora le pertenecía. Era suyo para siempre. Era inenarrable lo que le otorgaba la muerte de aquellos muchachos, volvió a decirse a sí mismo. Como si el mundo en su totalidad se rindiese a sus pies. Allá fuera, en medio de la falsedad de las reglas impuestas por unos pocos, todo le estaba vedado. Y, sin embargo, había un lugar separado del resto, donde él era el dueño absoluto. Nadie podría invadirlo, a menos que lo permitiese. Sintió al pensar de nuevo en ello que era más importante y más grande que nadie que hubiera conocido. Quería gritarlo al mundo con todas sus fuerzas. A duras penas se contuvo. Le costaba controlar sus impulsos. Cogió el inalámbrico y lo depositó en el suelo, a un lado del cadáver. Estaba empapado en sudor, el calor que radiaba su sangre bullía benéficamente hasta su piel. Jadeó de placer durante un tiempo indeterminado. Luego se despojó de la parka marrón y se puso a desnudar el torso del chico. La cazadora y la sudadera se mancharon de la sangre a medio coagular que se había juntado entre su nuca y el terrazo barato de tonos grises. A continuación le quitó los tejanos y los boxer empapados de orines. Se vio arrastrado a mirar sus genitales, pero furtivamente, con un pudor extraño ahora que era todo de él. Apartó la vista y varias veces volvió a mirarlos, refrenando su apetito de la forma más sencilla que conocía: negándoselo a sí mismo.

Cerró los ojos. Y el sueño regresó vívido, emocionante:

Llega el día en que la ciudad amanece desierta. Algo hace que la gente no pueda despertar, y están a merced mía, las puertas de sus casas se quedaron abiertas para mí. El día que esperaba desde que era niño. Bajo a pisar mi nuevo reino. Cruzo las calles del centro tan silenciosas…todo está inmóvil. Subo por la Plaza del Teatro. La tienda de deportes… Cuánto lo ansiaba. Me digo: «no tienes que contenerte, no tienes que destrozar nada. Lo que hay detrás de ese escaparate es tuyo. Los cerrojos no existen; prueba a entrar. Puedes coger el juego de estilográficas, las Nike. Con tenerlas en mis manos, sin nadie vigilándome, me daría por satisfecho». Sí, es tan extraño poder pasear por las calles vacías…; pero no tengo miedo. Despacio…, no hay por qué tener prisas. Todo es mío, al menos por una mañana, así que… luego lo haré. Me gusta la idea de aplazar el momento, dejarlo para cuando me apetezca hacerlo. Están en sus casas, dormidos, y no hay nadie, nadie en kilómetros a la redonda. Sé que todos están en sus casas, tienen los ojos cerrados, no sienten. Están a merced mía, todos ellos. La gente duerme y no les dejaré despertar, haré que duerman hasta que termine con ellos. Cogeré lo que me plazca, puedo hacer con ellos lo que quiera, follarme a mi antojo al que me apetezca. Pensar que sus carnes son mías. Corto el vientre, el brazo…, la garganta... La sangre salta sobre mi cara. ¡Qué cálida es la sangre al brotar y qué fría y viscosa se vuelve al instante!... No hay lucha, los párpados descansan quietos. La vida o la muerte se quedan varadas en habitaciones y lechos... Y ahora que lo pienso, sé dónde vive Sofía, qué cerca está de aquí, a dos calles... Me doy cuenta de que puedo subir las escaleras, las piernas me tiemblan cuando imagino las suyas desnudas; ella tendida en la cama, pero no despertará mientras la toco, mientras huelo su coño caliente, mientras lo saboreo. La muy puta me ignoraría si estuviese despierta, haría como si no me hubiese visto. No me importa. La polla me duele... Me gusta tanto.

Suspiró de placer. Dejó a continuación toda la ropa extendida a un lado y se sentó sobre el vientre flácido. Nunca había experimentado una sensación igual a aquella. Le fascinaba dejar caer su peso sobre aquel cuerpo y ver que todo seguía igual, que nada en él reaccionaba. Le fascinaba dictar sus propias normas sobre aquella pieza de orfebrería de la Naturaleza.

Acarició los pezones rosados, y más tarde los pellizcó y estrujó con todas sus fuerzas. Podía al fin hacer y deshacer lo que se le antojase. Se sofocó al percibir que aquello le inflamaba; eso hacía que se sintiese confundido acerca de la causa de su estado, no soportaba admitir para sí que pudiese excitarle aquel contacto carnal. «Nada de eso», farfulló furioso acariciando el pálpito de detrás de la cremallera de sus chinos negros. Siempre había un momento de duda. Pero ahora, no. Era él quien tenía el bastón de mando. El dolor había cambiado de bando para siempre, le pertenecía, era dueño del dolor que les corroería como un ácido. Había nacido para alterar vidas y muchos se empeñaban en ignorarlo. Desechos estúpidos. Eran carne que se corrompería, nombres que se esfumarían sin que nadie los recordase, que sólo durarían una generación. Sin embargo, a él lo recordarían las siguientes generaciones. Ahora, sin conocerle, mirarían para los restos hacia su obra perfecta y desconocida.

¡Imbéciles! No se daban cuenta de lo que él significaba para sus vidas.

Se desabrochó el pantalón. «Nada, cabronazo», repitió con creciente furia sin dejar de friccionarse el miembro. « No has conseguido nada».

La erección, bastante apreciable, era casi satisfactoria.

Aunque muchos lo habían pensado antes de él, Sade fue el primero en proclamarlo a los cuatro vientos: no había otro afrodisíaco igual a la fantasía, al poder del pensamiento...; la verdadera libertad residía dentro de uno, de su imaginación y lo que fuese capaz de construir… El resto…, toda esa pornografía estúpida, resultaba superfluo. Pero esta vez necesitaba oír la voz de una mujer. Marcó un ochocientos tres que había en la memoria del inalámbrico. Eyaculó rápidamente sobre la cara y el pecho del cadáver, apenas comenzada la conversación. Luego pulsó la tecla de colgar. Pero no estaba relajado. Muy al contrario, sentía erizársele el vello bajo la camiseta y una especie de vibración le agitaba todo el cuerpo.

Miró su reloj. Faltaba un minuto para las diez. El pánico a ser descubierto le infectó de repente el sistema nervioso. No podía evitarlo, aunque se consolaba pensando que era algo pasajero. Se levantó y comenzó a ir de un lado para otro por la habitación intentando ordenar sus ideas. Repasó con celeridad todo lo que había ocurrido desde las cuatro de la tarde: su conversación con el muchacho, su encuentro posterior en Carranque. Y la llamada del móvil. La posibilidad de que les hubieran grabado en la calle del comercio de compraventa con una cámara de video vigilancia era muy remota. Había hecho las comprobaciones necesarias un par de días antes, rastreando pacientemente las fachadas. Sabía cómo detectarlas. La oficina bancaria más cercana al lugar donde estacionó la Partner estaba en la dirección contraria a donde se habían dirigido tras salir de la tienda, a unos setenta metros, al otro lado de la calle. Calle arriba sólo había una tienda de ropa y tres pequeñas cafeterías, entre varios locales cerrados, sin alquilar. Le tranquilizaba el pensar que el ángulo de visión de aquella cámara no podía alcanzar la puerta de la tienda. Pero con el móvil tenía otra clase de sensación Eso era lo que más le inquietaba, y no sabía muy bien el porqué. Rebuscó en los bolsillos de la cazadora roja y tomó entre sus manos el Nokia; lo desbloqueó y examinó la lista de llamadas y las horas. Mientras miraba la agenda, le sorprendió la vibración y los tonos de una llamada que entraba. Casi se le cae de las manos del susto. En la pantalla apareció «Mamá». Colgó e intentó discurrir a toda prisa. La llamada se repitió. Volvió a colgar, después de tres tonos. Sintió la tentación de apagar el teléfono pero se contuvo. Tenía el presentimiento de que podía serle útil mantenerlo encendido, aunque en ese momento no adivinaba cómo. En cambio, si lo apagaba, podría perder cualquier posibilidad de usarlo más tarde. Tenía que pensar rápido. No podía colgar una y otra vez sin estar seguro de que fuese la mejor solución.

Odiaba ferozmente la improvisación y, sin embargo, tuvo que reconocer con cierta repugnancia hacia sí mismo que no había sido capaz de prever lo del móvil.

En primer lugar valoró la posibilidad de dejarlo sonar toda la noche. Cuando los padres del chico se inquietasen aún más por su tardanza, no pararían de llamarle. ¿Qué pensarían si los tonos se agotaban sin obtener respuesta? Era muy difícil meterse en el pellejo de unos desconocidos. Después de reflexionarlo un poco, decidió que se alarmarían mucho pensando que algo grave le habría sucedido. Se comenzaría la búsqueda de inmediato, probablemente con gran despliegue de medios y de publicidad.

La idea le llegó de la nada como una inspiración. Fue al buzón de salida y envió un SMS al número de la llamada. «m voy d casa no m busk k vi m vid». E inmediatamente apagó el teléfono.

Tenía tres oportunidades y cuatro opciones posibles… Pulsó para encenderlo de nuevo. 9107. Código erróneo… Le sudaban las manos. El segundo en número de posibilidades: 9207. Código erróneo. Apareció un avisador en la pantalla. El teléfono se desconectaría si el nuevo código era incorrecto. Siguió el orden que él mismo había establecido. Si fallaba, tendría que llevarle el aparato a un hacker. No era una idea que le entusiasmase… 9108. Código correcto. Sus pequeños ojos marrones se iluminaron durante una fracción de segundo. Improvisando, también se podía sacar tajada de una situación crítica. Como por arte de magia las probabilidades de colar la versión de la fuga se habían multiplicado por cien.

Lo apagó, guardándoselo en uno de los bolsillos del pantalón. Tenía muy claro lo que hacer.

¿Cómo se lo tomarían los padres?

«Tengo que parar» —murmuró para sus adentros, con una náusea de miedo y alarma en el estómago. (Un miedo sudoroso y carnoso, palpitante, vivo. Lo conocía: era El Miedo, de nuevo) —. «No puedo seguir arriesgándome; he de parar de una vez por todas. Tengo que dejarlo, o me cogerán»

Poco a poco fue acallando la inquietud que sentía, imaginando el desconcierto que causaría el mensaje. Aunque la policía barajase todas las opciones, tendrían que poner sobre el tapete en primer lugar la de la fuga del chico. Confiaba en que nadie se acordase de haberlos visto juntos.

Le buscarían. Desde la mañana siguiente, no cesarían de buscarle: siempre ocurría lo mismo. Estaciones de autobuses y de trenes, gasolineras, refugios, centros de asistencia social…Lo removerían todo durante días y, quizá, semanas. Luego se cansarían… se irían olvidando poco a poco. Se sabía de memoria lo que debía hacer.

Tenía que seguir confiando en que, como siempre le sucedía, hubiese pasado desapercibido a ojos de la gente.

Estaba agotado y hambriento. Se acostó sobre el sofá, después de comer un sándwich mixto, dejando el cuerpo del muchacho allí mismo, desnudo. Se durmió enseguida.

Al día siguiente le esperaba un arduo trabajo.

13

Lo había olvidado completamente. El mejor momento para hacerlo había pasado, así que tenía que aprovechar una de las escasas e imprevisibles pausas generadas por las ausencias en la lista. Por fin, sobre las doce cuarenta, cerró el despacho y fue hacia el mostrador en busca de un impreso. Estaban perfectamente ordenados en unos clasificadores de plástico. Paula se lo proporcionó con su proverbial diligencia. Mientras lo cumplimentaba, él irrumpió. Era una de esas rondas de vigilancia encubierta, que llevaba a efecto a intervalos de una hora aproximadamente. Desde su nombramiento, habían aumentado sus visitas al aseo, y no sólo eran más frecuentes, sino que estaban revestidas, por así decirlo, de cierta vestimenta estratégica.

—Firma el papel de mis días, César —dijo un hombre vestido con ropa de calle y un fonendoscopio colgado al cuello a otro de pelo ensortijado y espaldas cargadas, que arrastraba los pies y una vieja bata, otrora también blanca, y que pasaba por delante del mostrador en ese momento.

El interpelado frenó en seco, y retrocedió sobre sus pasos, pasando al otro lado del mostrador por el rincón de la derecha. Tomó en sus manos el papel que le ofrecía su compañero y lo examinó un momento.

—¿Tantos días te quedan?—dijo con cierta sequedad el director del Centro de Salud.

—Hombre, tú veras. Todavía no he disfrutado de ninguno —le contestó el del fonendo al cuello.

El rostro del director, prematuramente envejecido, se crispó de contrariedad, y las sortijas capilares se le desordenaron en cuanto fue consciente del problema que se le venía encima. Tendría que reorganizar de nuevo las agendas, y éstas, tan subordinadas a los imprevistos, parecían siempre cogidas con alfileres.

Finalmente cedió sin rechistar y rubricó el documento, apoyándose sobre una de las mesas que utilizaba el personal administrativo.

—Gracias —dijo el médico, intentando salirse del mostrador.

—Espera, Ramón. No te vayas tan rápido.

—Me queda gente que ver todavía —se justificó aquél.

—A mí, también —dijo el director. Desde su nombramiento, mostraba una evidente obsesión por recalcar que él trabajaba tanto o más que el resto de médicos, que no se estaba escudando en su cargo para aminorar sus propias «cargas asistenciales»—. Espera que lo encuentre —dijo, volviéndose hacia la mesa para rebuscar entre varias filas de documentos apilados—… Aquí está —y le entregó una hoja de reclamación que había sido arrancada del correspondiente talonario, con un texto a bolígrafo, de regular caligrafía.

Ramón Castillo la leyó todo lo rápido que pudo. Al concluir no cabía en sí de asombro.

—¿Cómo voy a contestar esta mierda? —rio, intentando devolvérsela.

El director no hizo nada por cogerla.

—Será una mierda y todo lo que tú quieras, pero hay que contestarla.

Paula Díaz dejó de teclear en el ordenador los nombres de la lista y se volvió a mirar a ambos.

—Pues contéstala tú —dijo Castillo.

—Sabes que hay un protocolo —dijo César, y se dio la vuelta zanjando de ese modo la discusión.

La auxiliar administrativa sonrió enarcando las cejas. Simpatizaba con Castillo, pero también era el ojito derecho del director, lo que la incitaba a mostrarse neutral cuando ambos discutían. En este caso, sin embargo, no podía inclinarse por ninguno porque los dos tenían razón. Paula Díaz ya conocía el contenido de la reclamación. Y claro que era indigno perder un minuto siquiera en dar respuesta a aquella sarta de tonterías.

Pero había que seguir el protocolo.

Castillo regresó a su despacho, pensando simultáneamente en el encargo de Sandra y en la estúpida cosa que la burocracia le obligaba a hacer. ¿En qué cabeza cabía semejante disparate?

La jovenzuela estaba junto a la puerta del despacho. Abrió tanto la boca que le enseñó el piercing de la lengua para espetarle insolentemente:

—Oye, que te has olvidado de darme el volante.

Castillo sintió un pellizco en el estómago. No pudo evitar pensar en cómo se habría dirigido al médico, de ser él aquella muchacha. Él hubiera dicho, sin duda, algo como: «Me da el volante, por favor»; o simplemente: «Me falta el volante»… Pero qué estupideces estaba pensando. Él era de otra generación, y sanseacabó.

Algo de nostalgia sí sentía del trato que le dispensaban en el pueblo.

—A ver, pasa un momento.

La joven puso su mejor cara de perdonavidas. Luego siguió al médico.

Castillo escribió el nombre del inyectable y la pauta en un P-10.

En cuanto hubo cerrado la puerta, releyó más atentamente el texto de la reclamación.

Le he dicho al médico que me dolía el hombro, yo creo que es reúma, el médico me ha mandado inyecciones, como puede ser todavía manden inyecciones. Yo pensaba que las inyecciones ya no se mandavan, que ahora hay pastillas o sovres para todo.

Yo he estado en Cataluña trabajando con mi marido veinte años y allí no me han mandado nunca inyecciones, hace mucho que no se las mandan a nadie que yo sepa.

Pienso que estamos muy atrasados aquí en Andalucía, los médicos deben estudiar más los tratamientos modernos, y no lo digo por uno, es por todos, para que lo tengan en cuenta, que los enfermos ya no queremos inyecciones.

Carmen Rovira Palacios

El médico apartó el papel, dejándolo en la esquina izquierda de la mesa. ¡Qué cojones podía contestar!

Una cosa era segura: no se lo pondría fácil a César, que era quien tenía que dar la cara.

Decidió centrarse en acabar la consulta.

La buena noticia era que ya tenía asegurado disfrutar de los días que había elegido.

Sandra tendría su edición en pasta dura de Crimen y Castigo. Aunque tuviese que recorrer todas las librerías de Málaga.

Alrededor de media hora más tarde, sintió la vibración del teléfono en el bolsillo del pantalón. El tono vino después. Recordó al instante que durante gran parte de la mañana había estado sin cobertura. La pantalla mostraba el número de la casa de su padre.

—Un momento —suplicó a la mujer de mediana edad con el cabello en inenarrables tonalidades violeta, que atendía en esos instantes—. Dígame, Leonor.

Leonor, con voz monocorde, tono dulzón y a volumen muy bajo, comenzó a explicar el parte del día:

—Todo bien, señor…

—¿Seguro? ¿Pasa algo?

—Es su padre, que ha tenido fiebre esta noche. Me ha vomitado el desayuno.

Castillo estaba acostumbrado a que el «todo bien, señor» precediese a buenas y malas noticias, y a la ausencia de ellas.

La mujer de mediana edad se ofreció a abandonar el despacho. Castillo negó con la cabeza.

—¿Tose o estornuda?

—Tiene tos, sí. Yo creo que está acatarrado, señor —dijo entrecortadamente Leonor y como susurrando.

Apenas había podido descifrar la mitad de las palabras. Pero, en esencia, Castillo había entendido que debía ir. Y no dejarlo para el día siguiente.

—Leonor, dele una pastilla de efferalgan. Las efervescentes... —precisó Castillo—. Después me acercaré. Y, mientras tanto, que beba. Intente darle agua.

—Bueno, señor. Gracias.

—Hasta luego.

Torremolinos quedaba demasiado lejos de Pedregalejo, como para regresar con tiempo antes de la hora del almuerzo. Hacia las dos, Castillo telefoneó a Sandra.

—Leonor me ha llamado hace un rato…

—¿Pasa algo?

—Mi padre tiene fiebre.

Sandra se quedó callada, pensando en que era martes. Precisamente en martes. De sobras sabía para qué llamaba Ramón.

—Lo más probable es que sea una tontería —añadió Castillo.

—Tienes que ir, ¿no?

—No quiero dejarlo para la tarde.

—¿Tan mal está?—dijo Sandra sin poder (ni, posiblemente, querer) esconder cierta decepción y disgusto.

—Hasta que no lo vea, no lo sabré. Puede no ser nada, pero ya sabes que tuvo una neumonía hace dos años. A lo mejor tengo que llevármelo al Clínico para que le hagan una placa.

Sandra entendió inmediatamente las prisas de su marido. Si finalmente decidía llevarse a su suegro al hospital, podrían pasar varias horas hasta que tuviese un diagnóstico.

Otro día que no comerían juntos.

Castillo podía percibir el secreto disgusto de Sandra, como una sombra silenciosa. Ella se esforzaba en disimular cuánto le contrariaban los cambios de planes, a causa del estado de su suegro. Se esforzaba mucho, pero él podía detectar con nitidez la sinuosa línea de fractura en su voz, porque era la voz lo que traicionaba a Sandra, no sus gestos. Se delataba incluso a través del teléfono.

El problema lo constituía el trabajo de ambos. Mientras que su jornada era continuada y de mañana, a excepción de los miércoles, que debía presentarse a las tres de la tarde en el Centro de Salud, Sandra tenía jornada partida o, más exactamente, estaba desempeñando a tiempo parcial dos empleos. Por las mañanas, en una residencia de ancianos de las afueras de Churriana y, por las tardes, menos los martes, en un centro de reconocimiento de conductores, en la capital, al que dedicaba tres horas.

El único día laborable en que podían comer juntos era el martes.

Cuando colgó, Castillo se propuso prestar toda su atención al trabajo pendiente. Intentaría que los imprevistos no le demorasen ni un minuto. No podía permitir que se le fuese el santo al cielo pensando en la enfermedad que postraba a su padre ni en la carrera de obstáculos en que se había convertido la búsqueda de algo de normalidad, de un esbozo de mínima rutina, en su vida con Sandra. Sentía que las cosas no marchaban como debían, como en cierta ocasión, imaginando la vida familiar, supuso que serían al pasar el tiempo.

A las dos y diez estaba en carretera, camino de la casa de sus padres. Había grandes retenciones en algún tramo de las rondas de la capital. No estaba lloviendo ni se veían señales de que estuviesen realizando obras más adelante. Tampoco había signos de ningún accidente. Comenzó a ponerse de mal humor. En su frustración, golpeó en varias ocasiones el volante. Si había algo que no soportaba era que un embotellamiento absurdo le desbaratase lo que había planificado. Y las grandes ciudades estaban llenos de ellos. En ése y otros aspectos, echaba de menos al pueblo.

Llegó a la casa cerca de las tres: había perdido media hora sobre lo previsto. Encontró a su padre postrado en cama. En toda la mañana, Leonor había sido incapaz de incorporarle y sentarle en el sillón que había en el dormitorio. Su piel estaba caliente y seca y tenía la mirada perdida. Comprobó que su temperatura rozaba los treinta y nueve grados. La impresión que le dio al verle fue la misma que cuando la neumonía.

Le dijo a Leonor que se preparase para ir al hospital. Luego llamó a emergencias para que le enviasen una ambulancia.

Los «filtros» que hay que atravesar cuando se entra en el hospital ralentizan hasta la desesperación cada uno de los pasos del «proceso», así que cuando Sandra le llamó la primera vez para saber cómo iba todo —exactamente a las cuatro y media—, era demasiado pronto: acababan de pasar a su padre a una de las consultas. Dos horas más tarde le llamó de nuevo, pero aún no le habían comunicado el resultado del TAC. Convinieron ambos que la siguiente llamada la efectuaría él, en cuanto estuviesen los resultados completos. Eso fue en torno a las diecinueve y cuarenta y cinco. Las imágenes de la tomografía confirmaban lo que había evidenciado la radiografía: una condensación en la base del pulmón izquierdo. El internista de guardia le propuso mantenerlo en la unidad de observación unas doce horas. Iniciarían inmediatamente el tratamiento con antibióticos por vía intravenosa. Si experimentaba cierta mejoría a lo largo de la noche, podría darle de alta por la mañana.

Castillo se preparó para pasar una parte de la noche en el hospital. Se turnaría con Leonor. Puso a Sandra al corriente y se dirigió a una de las cafeterías de la calle colindante. Cenó un par de raciones, compró un par de revistas en el exterior del recinto y fue a recoger a Jorge al pabellón de deportes; lo dejó en casa y volvió al hospital.

Se armó de paciencia.

Por lo menos, aquella noche tuvo tiempo de sobra para pensar. La estupidez que le exigía hacer César. Lo que le aburría el trabajo, en suma.

También en lo lejos que se veía por momentos de Sandra.

14

Amaneció nublado. Un vehículo de la empresa municipal de limpieza operaba a lo largo de la calle semivacía, justo en el instante en que Bernal apartaba la cortina con los dedos. El conductor gritaba a uno de los operarios que iba a pie. El tipo tenía un vozarrón enorme y tonante que recordaba a los viejos pregoneros municipales y que traspasaba con suma facilidad el grueso cristal de la habitación a la altura de la segunda planta.

Durante su precipitado viaje, Luis Bernal no había tenido tiempo de pensar en la Málaga que se encontraría. En los recuerdos que le traerían el olor y la brisa templada de la ciudad. Con todo eso se iba a dar de bruces el día veintiuno por la mañana, cuando pudiese desalojar de sus pensamientos siquiera una porción de Dora, de Natalia, de los porqués y de los sinsentido que lo copaban absolutamente todo (aunque tenía que reconocer, siendo sincero, que Adriana y Luz también nadaban ahora libremente en su interior, vinculadas con una sensación de peligro que era nueva para él)

Por razones que no estaban del todo claras en su cabeza, Málaga le recordaba muchísimo a Santander. Quizá al hecho de que ambas eran costeras y estaban empapadas del mismo olor salino; el clima; el bullicioso aspecto del centro… Era difícil decirlo. Hasta que abría el grifo de agua fría. La tibieza casi caldosa del agua de Málaga, hacía que la sensación al lavarse las manos fuese completamente distinta. En Santander el agua salía siempre helada.

Bernal no se encontraba bien aquella mañana y se preguntó cuál podría ser la razón. Se había levantado según su costumbre unos minutos antes de las ocho, con las piernas doloridas, como si tuviese unas décimas. Quizá fuese la resaca. Buscó la caja de paracetamol que llevaba en uno de los compartimentos de su maleta y se tragó un comprimido ayudándose con el caldo que expulsaba el grifo. Tuvo un primer acceso de tos en el baño. Se dio una ducha templada y se afeitó con parsimonia y, tras inundarse generosamente la mitad del rostro con su afther save favorito, el Allure de Chanel, perdió casi diez minutos retocándose las ondas de su cabello gris y blanco con un cepillo de cerdas duras que llevaba consigo a todas partes. También, como cada mañana, volvió a mirarse con desencanto y preocupación las bolsas de color macilento que ahora ocupaban sus párpados inferiores. Las contemplaba como un brujo examina el objeto de su próximo hechizo. Inconscientemente, albergaba dentro de sí la absurda esperanza de levantarse una mañana y ver que ya no estaban allí.

Volvió a toser varias veces seguidas, sintiendo cómo se desprendían costosamente las flemas de su pecho. Pero no asoció el hecho con los veinte cigarrillos que fumaba a diario. Bernal creía honestamente que un fumador sólo ponía en peligro su salud cuando alcanzaba los dos paquetes al día. Su comentario cuando alguien le preguntaba al respecto era que su tos se debía a un resfriado «mal curado».

Le dolía ligeramente la cabeza. Había dado muchas vueltas en la cama y una pesadilla en la que veía a sus pequeñas a punto de caerse de un bote en medio de la mar agitada, le había hecho despertarse sobresaltado. La causa había sido el par de güisquis que se tomó sobre las once y media en el bar del hotel. El alcohol le alteraba el sueño, pero a veces no podía prescindir de él.

Necesitaba dar un paseo, incluso antes de tomar el primer café del día. Vagamente recordaba que una de las cafeterías de la cadena La Canasta se encontraba no lejos de allí, en dirección a la comisaría. Al salir a la calle le asaltó la idea de que quizá fuese vestido de un modo poco conveniente. El abrigo azul de cashmere parecía una prenda de alto ejecutivo, no de un policía que pretendía hablarles de tú a tú a otros policías. Por un momento había olvidado que ya no era un agente del orden. Se había convertido en un burócrata y llevaba años sin relacionarse con sus compañeros como durante su pertenencia a la Brigada de Homicidios en Sevilla. Tal vez había perdido práctica para las relaciones. Tuvo miedo de que un ridículo detalle, fruto de su descuido, frustrase la visita. Sabía por experiencia que la primera impresión podía abrirle las puertas o cerrárselas a cal y canto. Dependía esencialmente de él y de la suerte. La subordinación a la suerte de su éxito o fracaso, le hizo reflexionar: estaba totalmente en manos de ella. Sería muy difícil sacar algo en claro, si la persona encargada no tenía un buen día. No era una intuición; le bastaba con recordarse a sí mismo. De inspector, había sido desconfiado, y tuvo fama, quizá merecida, de hermético y antipático. Se comportaba de un modo especialmente borde con los curiosos profesionales, esa gente que tenía el vicio de hacer preguntas sólo para satisfacer una insana necesidad. Los olfateaba a una legua de distancia y se ponía en guardia. Ahora trataba de ponerse en el lugar del otro, del funcionario que le atendiese. Decidió que tenía que esforzarse por causarle buena impresión. No podía permitirse el lujo de volver a La Haya con los bolsillos vacíos, y mucho menos de no mantener abierto un canal de comunicación para el futuro. Podría suceder que la investigación se estancase, y no soportaba la idea de quedarse al margen.

Cuando bajó por las escaleras exteriores del hotel, miró instintivamente al cielo. Las nubes eran altas y blancas. Corría un aire suave. No había indicios de que lloviese pronto.

Bernal se dijo que era un buen día para pasear, pero tuvo conciencia de que no se sentía con ánimos de disfrutar del paseo. Pese a ello, enfiló despacio hacia la avenida de los Nuevos Ministerios, intentando separar lo anímico de lo sensorial, siquiera por unos minutos. Siempre gustaba de empaparse del ambiente y de los olores de las ciudades que visitaba. El olor salino del mar impregnaba el corazón de la ciudad. Levantó la vista al cielo, sin dejar de caminar, y vio planear majestuosas las gigantescas gaviotas que habían colonizado en los últimos años las azoteas de los edificios. Bernal recordó que muy pocos en la costa oriental las llamaban «gaviotas»; sus habitantes las conocían como «pavanas» y reservaban el nombre de paínos para sus parientes menores, muy parecidos a aquellas, pero de un tamaño cuatro o cinco veces inferior. En poco más de cinco minutos divisó la cafetería. Había un kiosco de prensa enfrente. Cruzó la calle y pidió el diario Sur al quiosquero. El hombre, oculto tras unas gafas de opacos y gruesos cristales, le hizo un comentario rutinario sobre el tiempo mientras le devolvía el cambio del billete de cinco euros. Al entrar en la cafetería, la mezcla de olores agradables le causó un bienestar inesperado. El pan recién hecho, la bollería y el aroma del café lo inundaban todo. El tramo más largo de la barra estaba vacío. Un camarero le atendió de inmediato. En cuanto dio el primer sorbo del «crema» que le habían servido, encendió un camel y comenzó a hojear el periódico. Fue a la sección de opinión y leyó superficialmente los editoriales y artículos. Luego saltó a las páginas de sucesos, sin encontrar nada que le interesara, es decir, ningún comentario acerca del crimen. Un hombre se había arrojado al vacío desde el balcón de su casa; habían atropellado a una anciana en la calle Cristo de la Epidemia, hiriéndola de gravedad; una reyerta en un pub había concluido con un herido grave, y una banda de atracadores de chalet acababa de ser desarticulada. Pero ningún comentario sobre el crimen que había conmocionado a la ciudad cinco días atrás. Simplemente habría dejado de ser actualidad, se dijo. Pero al retroceder a las primeras páginas, dedicadas a la capital, se encontró con un amplio reportaje, en el que se volvían a analizar las circunstancias del suceso. Nadie era capaz de explicar lo ocurrido. Una mujer atacada en pleno paseo marítimo, asesinada sin razón aparente, de un tajo limpio en el cuello. Involuntariamente, volvió a pensar en «sus niñas». De repente, se dio cuenta de que ya eran dos mujeres. Las fotos que había recibido vía SMS del último cumpleaños de Luz, desfilaron por su mente. «Veintiuno, ya», murmuró. Pensó que Adriana cumpliría veintitrés en poco más de dos meses, y sintió nostalgia de unos años en los que, curiosamente, se había lamentado con amargura por estar perdiéndose el crecimiento de sus hijas. Pero ahora, al recordarlo, tuvo la noción exacta de no haber temido por su seguridad durante aquella etapa, entendió que siempre había dado por descontado que se encontraban a resguardo de los peligros que acechan en la calle, la maldad que él conocía tan bien y que, trágicamente, había alcanzado de lleno a Natalia. Ese temor era ahora constante, denso, casi angustioso, porque sentía que no podía protegerlas, y que nadie les brindaría esa protección en su lugar. Eran mayores de edad, y ni siquiera su madre podría hacer nada al respecto. Esas reflexiones le trastornaron algo más de lo que ya estaba. Trató de quitárselas de la cabeza rescatando de su memoria los recuerdos de su último viaje de placer, que le había llevado a Estambul y a recorrer la península de Anatolia. Fugazmente recreó la imagen del Porsche Cayenne, con el que soñaba desde hacía un año. Lo vio surcar aquellos parajes. Pero Bernal no estaba de ánimo. Se dijo a sí mismo que los pensamientos hedonistas debían quedar relegados para otra ocasión. Pidió un desayuno completo y, mientras se lo servían, hizo varias llamadas hasta conseguir que le pusieran con un tal Muriel, un subinspector de Homicidios. Bernal dijo a aquel hombre con voz de jovenzuelo sabelotodo que quería «tratar con la policía información relacionada con Natalia Blanes». Evitó deliberadamente decir «sobre la muerte»… Su propósito era ver cuanto antes al responsable del caso. Fue parco en palabras pretendiendo darle un tono «oficial» al contacto. Le chocó mucho que no se le exigiese aclarar quién era en realidad él (y cuál era su relación con la víctima, si es que había alguna), y qué le impulsaba a contactar con la policía. Preguntas básicas, todas; preguntas que él hubiera formulado sin duda si hubiese estado en el lugar del agente. La respuesta de Muriel fue muy escueta. Sencillamente, le dijo: «de acuerdo». Muriel tampoco había puesto excesivo celo en identificarle. Se limitó a preguntarle los apellidos, y seguramente los anotó, a juzgar por la pequeña pausa que siguió a su pregunta, y a renglón seguido le ofreció ir a verle a su lugar de trabajo o donde le viniese bien, si le era imposible acudir a la comisaría. Bernal supuso que el teléfono al que llamaba tenía sistema de registro e identificación de llamadas y que por eso Muriel no le pidió el número de móvil. Pero ¿qué sabía aquel agente acerca de la propiedad del teléfono? ¿Y si era prestado? Para salvaguardar su anonimato podía haber usado uno cualquiera con sistema de prepago. Si llegara a cambiar de idea, a Muriel le habría sido muy difícil localizarle.

Bernal decidió que el subinspector había obrado descuidadamente.

Sin embargo, algo que ocurriría más adelante le iba a hacer cambiar de opinión sobre la competencia profesional del agente.

Por fortuna, el paracetamol había actuado ya. Bebió pausadamente el zumo de naranja al tiempo que reflexionaba sobre su propia actitud. Descubrió con cierta sorpresa que seguía pensando como un policía. Todo el tiempo. Estaba juzgando el trabajo policial ajeno por una especie de automatismo. Cada pensamiento incluía una valoración y cada valoración, una o varias deducciones. Era una estructura lógica, desarrollada y pulida a base de intervenir en la investigación de muchos casos. El haberse convertido en un burócrata no le había cambiado sustancialmente. Había empleado una falsa excusa, que se le había ocurrido sobre la marcha mientras sonaban los tonos. De pronto presintió que yendo de frente podría fracasar en su empeño. Era arriesgado, claro. Podría pasarle factura luego, en cuanto se viese obligado a explicar los verdaderos motivos para haber concertado la cita.

Parte del pastel seguía en el plato cuando encendió el segundo cigarrillo. Era incapaz de terminarlo. Comprobó en su reloj que tenía más de una hora. «Puede venir a las doce», le había dicho el subinspector antes de colgar. Pidió la cuenta y salió a la calle sin tener decidido en qué ocupar el tiempo que restaba. Se había levantado bastante el día. Caminó parsimoniosamente mirando los escaparates. A unos pocos pasos de la cafetería se topó con una tienda de ropa. Una prenda de las expuestas en el escaparate le llamó la atención: era un chaquetón marinero. Se le ocurrió una idea. Entró, se lo probó y decidió quedárselo. Entonces le pidió al dependiente que le guardara el abrigo unas horas. Probablemente iría a recogerlo por la tarde.

Bernal abandonó la tienda vestido con la prenda recién comprada. En un cuarto de hora estaba en la puerta de entrada de la comisaría. Faltaban once minutos para las doce.

15

El gesto del agente con el que había contactado cambió al examinar someramente sus credenciales. Era evidente que estaba sorprendido y preocupado a la vez por la visita. Bernal pensó inmediatamente en el efecto que debía de causarle su presencia allí. La mera sospecha de que pudiese tratarse de una inspección encubierta del alto organismo policial europeo intimidaría a muchos funcionarios. Circulaba cierta leyenda al respecto por todas las comisarías del continente: se rumoreaba que Europol podía estar enviando a sus agentes con cualquier pretexto para realizar inspecciones sorpresa. Se jugaban mucho los mandamases con los contenidos de los informes que se elaborarían. Todos los comisarios jefe tenían la mosca detrás de la oreja con aquel rumor, fuera o no fuera un bulo. Se dijo a sí mismo, maliciosamente, que no haría nada en un buen rato por deshacer el equívoco. Podría incluso convenir a su propósito el dejar a Muriel preso de esa incertidumbre. Quizá le ablandara. Trató de ponerse en el lugar del superior de Muriel y vio que también con él podría tal vez serle útil la táctica de dejar en una confusa indefinición el porqué de encontrarse allí. A mayor rango, mayor cuota de responsabilidad.

Muriel era mucho más alto de lo que había imaginado al oír su voz a través del teléfono. Le calculaba unos veintiocho años y que excedía probablemente del metro noventa y cinco. Iba bien afeitado y, aunque no eral mal parecido, tenía un rostro «convencional»: ojos oscuros sin color definido, nariz poco desarrollada y boca pequeña, con labios finos. Algunas canas se le desparramaban por los márgenes del cabello, cortado y peinado sin mucho estilo. Era también muy delgado, tanto que daba cierta impresión de fragilidad a pesar de su estatura. Pero no era una delgadez homogénea. Había algo en él que distorsionaba al mirarle, como si a un muñeco le hubiesen ensamblado de forma incorrecta alguna de las piezas, intercambiándola por error con otra parecida. Bernal invirtió unos veinte segundos de disimulado escrutinio —el tiempo que tardó en caminar unos pasos el joven agente— en descubrir la causa: los brazos de Muriel eran proporcionalmente más robustos que sus piernas.

Bernal se quitó el chaquetón nada más entrar. Hacía bastante calor en el interior de la comisaría, pese a lo cual Muriel llevaba puesto un jersey de lana de notable grosor. Lo encontró en la planta baja del edificio, en una enorme oficina en la que se hacinaban varias mesas de trabajo tras los mostradores. Muriel se comportó con amabilidad, aunque era incapaz de disimular la inquietud de estar pasando por un imprevisto examen. Bernal supuso que era tal vez por ese motivo, por el que no daba muestras de estar demasiado interesado en la información que antes le había prometido entregar. No hubo ninguna mención al asunto en los primeros momentos. Era como si temiese dar un traspié al abordarlo. Bernal decidió darle cuerda.

El subinspector Muriel le condujo a través de un largo pasillo a un ascensor reservado al personal y subieron a la planta superior. Allí le atendió en un pequeño despacho de corte moderno, en cuya mesa no había ningún papel; ni tan siquiera una carpeta. Sólo una obsoleta pantalla de ordenador, que parecía fuera de uso. Muriel le aseguró que el inspector que se había hecho cargo de la investigación llegaría en cualquier momento. Pero si se trataba sólo de ponerle al corriente de algún dato interesante acerca de Natalia Blanes, no había motivos para esperarle puesto que él también estaba trabajando en el caso. Podía confiárselo, naturalmente con plenas garantías de que trataba con la persona adecuada. A partir de ese momento algo cambió en su actitud: dio la impresión de que su cerebro comenzaba a asociar por primera vez ambas circunstancias porque se quedó como ausente de un modo particularmente abrupto. Seguramente se estaría preguntando qué tenía que ver Europol con la investigación de esa muerte.

Bernal le dio las gracias, diciéndole seguidamente que prefería esperar a hablar con su superior por motivos que no venían al caso. Tras ese comentario, el altísimo agente le miró dubitativo y extrajo un móvil extraplano del bolsillo derecho del pantalón. Pulsó uno de los botones y se lo puso al oído.

Aunque no lo había mencionado expresamente, Bernal supo que había llamado a su superior.

—¿Dónde estás?—preguntó Muriel a quien estuviese al otro lado de la línea.

—…

—Es que está conmigo… —hizo un gesto inquisitivo mirando a Bernal.

—Luis Bernal —la voz de Bernal rezumaba ahora seguridad, e incluso cierta autoridad.

—Luis Bernal —repitió Muriel—. Es de Europol… Dice que quiere hablar del caso de Natalia Blanes… —hubo una pausa larga, en la que se percibió que el inspector estaba gritando—. Estoy en el veinticuatro —continuó con gesto ceñudo, y, plegando el teléfono, explicó a Bernal—: Está ya en el edificio. Sube ahora mismo.

Bernal asintió con la cabeza e hizo un breve comentario sobre el tiempo. Veía a Muriel cada vez más tenso.

Menos de un minuto después, cuando pensó que se le hacía ya insoportable la espera al muchacho, que no sabía donde dirigir la mirada para evitar la suya, Bernal oyó abrirse la puerta a su espalda. Giró la cabeza en un acto reflejo y siguió con la vista al hombre que había irrumpido en el despacho. Éste le ofreció cordialmente la mano al llegar a su lado derecho. Pero Bernal se percató de que un manto de recelo bien visible cubría sus formas educadas.

—Soy Gabriel Ramos. Usted es Luis Bernal, ¿no es eso?

Muriel se levantó y se hizo a un lado.

Bernal alargó incautamente la mano desde su asiento. El saludo era la forma en que Ramos se describía a sí mismo ante los demás, el botón que al ser pulsado proporcionaba las claves de su personalidad. Las personas que le conocían exclamaban en su interior: «¡Joder! Un tío sano». «Es una persona directa, que no se anda con rodeos». «Es sincero y sin dobleces». Todo eso lo pensaban entre la sorpresa y el dolor porque Ramos tenía la costumbre de usar ambas manos para el apretón, y las suyas eran unas manos descomunales y velludas que trituraban con involuntaria aunque sistemática crueldad las de la persona contraria. Hablaba con un pronunciado acento castellano que a Bernal le resultaba vagamente familiar; sabía que lo había escuchado antes en boca de un amigo o conocido, pero no era capaz de recordar de quién se trataba. Bernal cotejó que había una gran expectación en sus pequeños ojos claros.

El interminable armazón de Muriel buscó apuntalarse con el tablero saliente de la estantería vacía. Finalmente encontró el apoyo necesario en sus nalgas huesudas.

De pronto, Muriel recordaba la noche del crimen.

El inspector se acomodó en el sillón que antes había ocupado su subordinado. Tendría unos cuarenta años. La cara era alargada, con el mentón prominente y facciones agradables, aunque la nariz resultaba demasiado afilada dentro del conjunto. El pelo castaño, ondulado, peinado de forma que ocultase las entradas que iban ganando terreno inexorablemente. Todo en Ramos transmitía una sensación de inagotable energía.

—Usted dirá.

—¿Podría dedicarme unos minutos de su tiempo?

El inspector de Homicidios pensaba en sus sagradas cañas del mediodía.

—Hasta las doce y media no tengo problemas.

—Para mí es más cómodo que nos tuteemos. Si no te importa, claro.

Ramos pareció aliviado. Tenía la sensación de haber visto antes al hombre que estaba al otro lado de la mesa. Intentó pensar en ello, a la par que intentaba no perder el hilo.

—Perfecto —contestó distraído—. Me ha dicho mi compañero que eres de Europol.

Bernal sacó de la cartera su carné de funcionario y se lo entregó al inspector. Ramos lo examinó tímidamente, como si se avergonzase de tener que comprobar su autenticidad y se lo devolvió al instante.

—Sí —dijo Bernal. Trabajo en Delitos Financieros.

Ramos y Muriel cruzaron una mirada.

—Y que querías darnos información sobre Natalia Blanes —dijo en tono prudente el inspector.

—No es así exactamente. Digamos que quería hablar de Natalia.

—¿Pero qué tiene que ver Europol con este caso?

Bernal sonrió.

—Confío en que nada —dijo, alimentando deliberadamente las dudas que pudiesen albergar ambos.

Ramos se echó sobre el respaldo flexible del modesto sillón de oficina tapizado en calurosa tela azul y cruzó las piernas.

—Bueno… Estaremos encantados de escucharte.

—No quiero entrometerme. Os agradecería que sólo me digáis si tenéis algún indicio sobre quién puede ser el autor.

Inspector y subinspector volvieron a mirarse, perplejos.

—Antes de continuar, debo llamar al comisario —dijo con decisión Ramos—. Tengo que ponerle al corriente de esta conversación.

Bernal se encogió de hombros. Luego, agobiado por el calor de la estancia, se quitó del regazo el chaquetón y lo terció sobre el reposabrazos de su asiento.

—Como estimes conveniente. Pero mi visita no es oficial, si eso es lo que te preocupa.

—Entonces…

—Mi interés es exclusivamente personal. Te doy mi palabra de que esto es privado, y que a nadie más que a mí concierne.

Ramos volvió a adoptar una actitud más relajada. Aspiró profundamente el aire caliente de la habitación.

—¿Por qué motivo, si puede saberse?

—Soy amigo de la familia. He viajado desde Holanda, para estar en el funeral. Puedes llamar a la madre y confirmarlo.

Gabriel Ramos se rascó maquinalmente la coronilla. De pronto recordaba dónde había visto a Luis Bernal: en la iglesia, durante el entierro de Natalia.

—Podías haber empezado por ahí, hombre.

Bernal lo sabía. Sabía que lo lógico era haber empezado por ahí. Pero entonces, quizá Gabriel Ramos no estaría en tan buena disposición, pues no tendría la sensación de haberse quitado un gran peso de encima.

—Lo sé —dijo en un susurro.

—Nos has alarmado un poco.

Ramos notaba que la presión de imaginarse bajo el escrutinio implacable de Europol había desaparecido sólo a medias.

Bernal sonrió con una mueca de disculpa.

—Llama a Dora. Supongo que tendrás su teléfono. Dile que estoy aquí.

Ramos miró de nuevo a Muriel, que continuaba apoyado sobre el mueble, los brazos cruzados y la mirada baja. Parecía como si le disgustase que aquella conversación se estuviese produciendo.

—La madre es Dora —reflexionó—. No recordaba haberla oído nombrar de esa manera.

—Preferiría que la llamases —insistió con suavidad Bernal.

Ramos carraspeó nervioso, se levantó del sillón y se hurgó en silencio en el bolsillo derecho del pantalón de tergal de color tostado, que estaba pidiendo a gritos un día en la lavandería. Salió un instante de la habitación, tecleando en el móvil. Volvió en un minuto aproximadamente.

—No era necesario —dijo a modo de disculpa—. ¿Qué otra razón ibas a tener para venir aquí?

Bernal miró por toda la habitación en busca de un cenicero sin hallarlo. Notaba el deseo acuciante de fumarse un cigarrillo. Pero no tenía la sensación de hallarse frente a gente con el mismo hábito. Tendría que controlarse.

Al pensar en ello, recordó los tiempos en la Brigada. En aquel entonces todos sus compañeros fumaban como carreteros.

—Yo también estuve en Homicidios —dijo.

Ramos mostró un gran interés.

—¿Ah, sí? ¿En qué lugar?

—En Sevilla. Pero hace más de veinte años de eso.

—Razón de más…

—Para saber que la batuta es tuya —le interrumpió Bernal—. Mira, yo fui inspector jefe de la Brigada de Homicidios del Distrito Sur. Sé perfectamente cómo funciona esto. La responsabilidad que conlleva estar al mando. Nadie quiere interferencias ni que le fisgoneen la investigación.

Ramos experimentó una punzada agradable por toda aquella comprensión que le mostraba el recién llegado. Le caía simpático Bernal, de eso no tenía duda.

—Es una gran verdad —admitió—. Cuanta más repercusión tenga un crimen, más complicado se vuelve todo.

—Te seré sincero —dijo Bernal—. Natalia era mi ahijada. Y durante casi un año, hice las veces de padre. Digamos que represento a la familia. Comparte conmigo la información que quisiera tener su madre, la que tú le darías si estuviese capacitada para asimilarla. La única diferencia será que conmigo podrás usar todos los tecnicismos necesarios… —se detuvo un instante para darle un énfasis especial a sus siguientes palabras—. Piensa en lo que harías si llevaras la investigación de un crimen, siendo la víctima la hija de uno de tus compañeros ¿No le darías cuenta de todos tus pasos? Creo que puedo pedirte que me trates como a un antiguo compañero. Sólo eso.

Ramos volvió a sentir parecida incomodidad a la que le había hecho ponerse en guardia en un primer momento. Pero ahora había algo distinto en él, una fuerza que le impedía blindarse del todo frente a aquel ex inspector.

Cruzó los brazos, se echó hacia atrás y dijo con un leve aire de resignación:

—Veremos hasta dónde puedo llegar. Prueba.

—Gracias —dijo satisfecho Bernal—. Bueno, ambos sabemos que la mayoría de los homicidios se resuelve en las primeras cuarenta y ocho horas. Es uno de los axiomas de la investigación criminal. Cuando no es así, el crimen tiene muchas posibilidades de quedar impune.

—Eso no va a ocurrir en este caso.

Bernal absorbió como un sumidero tal declaración de buenas intenciones.

—He leído los periódicos locales esta mañana… Te preguntaba antes sobre pistas —le recordó muy serio.

Ramos negó con la cabeza tras una pausa en la que pareció cavilar la respuesta. Luego miró a Muriel un instante y dijo:

—Nada importante hasta ahora. A pesar del lugar y la hora no parece que haya habido testigos del crimen. Hicimos un llamamiento a través de la prensa y la televisión. Quizá alguien vio al asesino aunque no lo sepa… Sabes que resulta normal que algunos testigos tarden varios días en darse cuenta de que vieron algo o en decidirse a hablar. Por eso no hemos perdido la esperanza. Las llamadas que hemos recibido —unas diez, aproximadamente—, carecen de credibilidad. Hemos interrogado a un posible testigo… Claro que… es un niño de cinco años. Bueno —miró de nuevo a su compañero—… lo que le contó a su padre es que había visto «un hombre con una espada» moverse entre las palmeras. Y el padre nos llamó a nosotros. Creemos que pudo acecharla oculto entre las palmeras del borde de la vía. Hemos peinado a fondo la zona, incluyendo la franja de césped que hay al pie de las palmeras cercanas, para buscar algo que pudiera estar relacionado con el autor: envoltorios, colillas…, pero las huellas que hemos encontrado en una bolsa de frutos secos y en las colillas en donde era posible identificarlas, no estaban en el fichero de delincuentes. Todavía no tenemos a punto los resultados de las pruebas de ADN.

—Supongo que dais por hecho que es un hombre.

Sin quererlo (no de forma consciente, al menos) Bernal había deslizado un reproche casi imperceptible en su conjetura. ¿Habían pecado de ligereza por descartar a una mujer como posible autora? Sólo por el hecho de que el método y la fuerza empleada hablasen de un varón, no se podía dejar de considerar la otra hipótesis.

Ramos lo captó enseguida. Aparentemente no se molestó.

—No. Pero es lo más probable —dijo escuetamente.

—Claro… ¿Es fiable el testimonio de ese niño? —preguntó, ligeramente decepcionado, Bernal.

—El niño viajaba con su padre, en dirección al Rincón de la Victoria, así que no ha sido posible elaborar un retrato robot… —hizo una pausa como si esperase que Bernal le preguntase el porqué, pero Bernal seguía mirándole atentamente—. Por esa vía se circula a una velocidad media de setenta kilómetros por hora. Además, el lugar que nos señaló está en completa penumbra. Es prácticamente imposible que el niño haya visto algo más que una sombra.

—¿Y del arma? ¿Qué sabéis?

Ramos dudó un instante. Luego se acarició el mentón y mirando a Muriel dijo:

—Que no es un cuchillo cualquiera.

—Gabriel, no creo…

El inspector detuvo a Muriel con una señal de su mano.

—Natalia no murió degollada tal como dicen los periódicos.

Muriel frunció el ceño.

—¿Te parece que es conveniente hablar de esto ahora?—dijo con cara de no creerse del todo que su jefe estuviese vulnerando el pacto de silencio que habían sellado ambos.

—Da igual, Fernando. Antes o después se sabrá.

—No estoy de acuerdo contigo —replicó molesto el subinspector—. Se nos jodería toda una línea de investigación.

—¿Es que crees que los del juzgado no van a dar el cante? Como si no los conocieras, coño.

Gabriel Ramos zanjó la discusión con un ademán y volvió a dirigirse a Bernal.

—Perdona este pequeño rifirrafe entre compañeros. Fernando se fía demasiado de la gente, pero aquí la mayoría se van de la lengua, empezando por los forenses. No hay uno de ellos que no sirva de fuente a un periodista. Y pongámonos todos… Pero, bueno, ¿qué voy a decirte que ya no sepas?

El desacuerdo de Muriel con su jefe salió disparado a través de su nariz prepuberal, en forma de un corto resoplido. ¿Por qué cojones tenía Gaby que revelar ese detalle al de Europol con tal de agradarle?

Bernal asintió con la cabeza. La causa de la controversia no había hecho sino llenarle de expectación.

Lo descrito en El Sur, La Opinión y Málaga Hoy, variaba muy poco. En lo que todos coincidían era en que la muchacha había encontrado la muerte tras ser «degollada». Supuestamente, el asesino, apostado en la franja de oscuridad de debajo de los árboles, le habría rebanado el cuello con un cuchillo o navaja, sorprendiéndola por la espalda.

—La intención del asesino de Natalia era decapitarla, algo que consiguió sólo a medias —concretó Ramos. (El rostro de Bernal adquirió una cierta lividez al oír esta confidencia.) —No ha sido posible encontrar el arma y todavía no sabemos de qué arma se trata… Según el forense, el corte se produjo por una hoja muy afilada, de borde recto y con un peso elevado. La hoja penetró hasta la cuarta vértebra cervical y dejó una muesca en ella. No es un hacha, desde luego. Es una clase de arma con la que no estamos familiarizados. Estamos examinando las que pudieran amoldarse al tipo de herida.

—Podría ser un machete —intervino, resuelto, Muriel, que parecía haber dominado su anterior resistencia a compartir la información con Bernal —. Aunque lo del peso es un problema. Desconocemos todavía si hay algunos tan pesados y, en tal caso, dónde se pueden adquirir.

—Tenemos a nuestra gente trabajando en ello —añadió Ramos—. Pronto cerraremos el abanico y nos habremos hecho una idea muy aproximada.

Las descripciones pusieron a Bernal ante la horrible mutilación que había sufrido Lita. Se le ensombreció el rostro.

—Hijo de puta —susurró para sí.

Luego tuvo conciencia de que también él había asumido que se trataba de un varón.

—Lo cogeremos —aseguró Fernando Muriel.

Bernal no dijo nada. Se limitó a cruzar las piernas. Estaba vacunado contra toda clase de voluntarismos.

—Por muchas bestialidades que veas, nunca llegas a acostumbrarte —comentó Ramos, echando el cuerpo hacia delante.

—Esto es especial —dijo a media voz Bernal.

La mirada azul de Ramos adquirió un brillo intenso aunque fugaz.

—¿En qué?

—En que es calculadamente salvaje y sádico.

—¿Calculadamente?... ¿Qué quieres decir?

Bernal aspiró aire como si la congoja y la rabia que sentía le estuviesen ahogando.

—Es la elección… ¿Por qué optar por un método que requiere tanta precisión para conseguir el mismo resultado?... No sé. Perdonadme pero ni siquiera sé lo que estoy diciendo —dijo con aire de disculpa.

Muriel sintió un ligero estremecimiento, aunque no era porque las palabras del inesperado visitante describiesen bien la monstruosa frialdad del asesino. El propósito en sí, agudamente expuesto por Bernal, era lo que de repente le turbaba.

—Me he preguntado cómo escapó el que lo hizo —dijo Bernal, cambiando de asunto. Ya no tenía dudas de que el asesino era un hombre.

Gabriel Ramos se adelantó a responderle.

—Aún no lo sabemos —dijo negando con la cabeza.

—Conozco la zona. Sé que tuvo que cruzar la carretera por fuerza después de cometer el crimen.

—Eso es lo que haría yo, desde luego. Es la única salida. En la dirección contraria sólo está el mar… Aunque, para ser sinceros, aún no hemos descartado que saliese del paseo marítimo a la altura de los Baños del Carmen. ¿Los conoces?—Bernal asintió—… Pero, pensando con lógica, la mejor vía de escape sería atravesando la carretera, porque es la única forma de eludir el cerco policial. La verdad…, nos cuesta pensar que corriese a lo largo de la playa para alejarse de allí.

—Pero pudo haberse escondido —añadió Muriel.

—Eso es muy improbable —intervino el inspector—. La zona se batió casi inmediatamente.

Bernal captó en el acto la pequeña discrepancia en el enfoque que subyacía entre ellos. Tuvo la sensación de que lo habían discutido antes, sin llegar a ponerse de acuerdo.

—¿Esconderse? ¿Dónde?

—Fernando tiene una teoría —dijo Ramos dirigiéndose a Bernal en un remotísimo tono de sorna.

Bernal asintió.

Muriel, que no podía ni quería disimular que sus reparos a compartir toda aquella información permanecían aún vivos, concretó con semblante serio:

—En la misma playa.

—No, no. No hay donde ocultarse —repuso convencido Ramos.

—Hay un merendero cerrado…

—Eso no se me pasa por la cabeza —se irritó el inspector—. Permanecer agazapado allí unos minutos hubiese sido jugársela… Un comportamiento así sería completamente suicida. Y este sujeto, Fernando, no es un imbécil…

El móvil de Ramos sonó entonces, sobresaltándoles a todos un poco con su volumen tan elevado. Ramos miró la pantalla y, tras disculparse con Bernal, salió inmediatamente de la habitación.

La interrupción había dejado con la palabra en la boca a Fernando Muriel.

16

Muriel empleó el minuto que tardó en regresar Ramos en tratar de entablar una conversación sobre cosas banales con el agente de Europol. Intentó que no pareciese forzada. Sólo tuvieron tiempo para comentar la diferencia de inviernos entre La Haya y Málaga.

Tuvo tiempo, además, para pensar en la actitud de su jefe.

¿Por qué se mostraba Gabriel tan condescendiente y hasta claudicante con Bernal? ¿Qué clase de temor le inspiraba? ¿Y por qué ese empecinamiento en ignorar su explicación a la poco comprensible ausencia de testigos de la huida del asesino en un sitio tan concurrido?...

El razonamiento de Ramos era que sólo un chapucero hubiese permanecido en el lugar del crimen. A Muriel le parecía simplista en exceso. Algunos criminales tratan de confundirse entre la gente que acude a curiosear nada más cometer el asesinato. Gozan al contemplar la reacción del público; les hace sentirse importantes. No es sólo que les convierta en protagonistas, sino que también les resulta útil para escabullirse. El problema más relevante que encierra este tipo de conducta es que tienen que desprenderse del arma. Y estar plenamente seguros de que no se han manchado durante la agresión. La playa estaba muy oscura aquella noche. Y había suficientes sitios donde ocultarse. Claro que suponía un riesgo: no se había desprendido del arma. Pero ¿y si la hubiese enterrado en la arena, o arrojado al mar? ¡Coño! No habían dado orden de remover la arena; sólo se había rastreado en superficie. Ni se habían enviado los submarinistas. Y ya habían pasado cinco días. El arma era grande y difícil de esconder. ¿Y si hubiesen dado la orden de retener y registrar a los curiosos? Pero esa orden no llegó a emitirse, por desgracia. Se les había pasado por alto, seguros desde un primer momento de que el sujeto cruzó la carretera. Las patrullas que llegaron al lugar tomaron algunos nombres, aunque hubo quienes se acercaron y se les ordenó dispersarse.

Había que tener sangre fría para hacer aquello. ¿Pero es que acaso no la tuvo para asesinar a Natalia?

Fernando Muriel se abstuvo de compartir sus conjeturas y desistió además de seguir defendiendo su punto de vista sobre aquella cuestión aún no resuelta. En cuanto terminase la reunión, se ocuparía de tomar las medidas que debieron tomarse la misma noche del crimen.

Ramos regresó acalorado, como si acabase de tener una fuerte discusión. La frente le brillaba. Los dientes le rechinaron al masticar un inaudible: «¡Hija de puta!¡Me cago en sus muertos!». Suspiró una vez y la respiración se le entrecortó por la ira. Suspiró de nuevo, con una profundidad liberadora. «¿Dónde estábamos?», dijo maquinalmente, sin despegar la vista del suelo.

Entonces Bernal intervino para decir:

—Entiendo perfectamente que haya que barajar todas las opciones. Sin embargo, yéndonos a la más probable, pensemos que decidió cruzar. No pudo esperar a que se cerrara el semáforo. Tenía que irse de allí inmediatamente

—Sigue —le pidió Ramos.

—En ese caso, algún conductor debería haberlo visto atravesando la calzada.

Aunque Caldas le había jodido el día, la opresión que Ramos sentía en el pecho se debía a la marea de celos que lo había inundado. Al principio había sido algo casi imperceptible. Ahora, sin embargo, le costaba respirar. Lamentó haberse precipitado con Bernal. Por un lado, no le gustaba lo más mínimo que sus discrepancias con Muriel sobre aspectos de la investigación saliesen a relucir delante de extraños. De otra parte, se daba cuenta de que Bernal estaba yendo demasiado lejos: no se limitaba a hacer las preguntas rutinarias para estar al tanto de la investigación, estaba participando en ella con sus especulaciones. Y, pensando un poco más detenidamente en ello, le habían abierto las puertas a un desconocido a cambio de nada. ¿Por miedo? Le jodía tanto admitirlo. Ramos se había acostumbrado a asimilar con humildad cualquier aportación, pero aquello era diferente: la forma en que Bernal desgranaba sus opiniones, lo dejaba en mal lugar, pues era como si se esforzase por rellenar los huecos y las fisuras de un proceso que no había hecho sino dar sus primeros pasos. Sin embargo, Ramos trató de dominarse y sacar a relucir su perfil más «político». En el fondo, temía desairar a alguien con poder.

—Quizá tuvo suerte y cruzó en un momento en el que la carretera estaba vacía. Luego huiría en un coche o tal vez en una motocicleta que quizá tuviese aparcada en un lugar cercano, probablemente en la misma avenida del Pintor Sorolla. Hemos explorado esa hipótesis, pero ningún testigo ha podido confirmarla.

—El periódico dice que el cadáver lo descubrieron unos muchachos. ¿Es así?

—Sí. Así es. Una pareja de estudiantes. Casi al mismo tiempo llegó una mujer de mediana edad, que se desvaneció al ver el cuadro.

«Casi al mismo tiempo». Bernal tuvo inmediatamente la sensación que aquel modo de describir el acontecimiento encerraba en sí mismo una interesante peculiaridad. Pero lo archivó en su memoria sin comentar nada al respecto.

—¿Y ninguno de ellos vio nada? ¿No vieron a nadie alejarse de allí?

Ramos y Muriel negaron con la cabeza a la vez. El subinspector fue el primero en contestar

—Hemos insistido mucho durante el interrogatorio. A uno de ellos le pareció ver algo a lo lejos. Pero ni siquiera está seguro de que no fuese una sombra.

—A partir de las nueve y media de la noche, en invierno, esa zona del paseo está muy solitaria —dijo Ramos, recobrado del todo de su enfado—. Puede que transcurriera un par de minutos desde el instante del crimen hasta que vieron el cuerpo.

—La zona donde fue atacada está justo en una curva amplia —añadió el subinspector—. La referencia del piso se pierde por ambos lados y el muro obstaculiza bastante la visión de peatones o ciclistas, a partir de cincuenta o sesenta metros. La falta de luz difumina los contornos.

Se hizo una pausa larga. A Bernal se le habían acabado las preguntas. Por curioso que le resultase, durante el paso de los minutos las reticencias iniciales de los investigadores (particularmente de Fernando Muriel) parecían haberse vencido por obra de un competitivo afán común de búsqueda, que los liberaba de cualquier atadura previa. Una cosa así ocurría de vez en vez, pero Bernal había aprendido a detectar la aparición de esa magia especial que unía a los policías y revitalizaba de pronto la investigación de los casos. Era como si el puro instinto de cada uno de ellos hubiese actuado como una pócima milagrosa, capaz de borrar todo rastro de egoísmo. No había frenos entonces. Bernal sabía que tal hecho era producto de un instante concreto y que, más tarde, se esfumaría.

—Éste es un crimen muy poco usual, si no me equivoco —dijo pensativo el ex inspector.

—No te equivocas —admitió Ramos—. Y…

—Más allá de lo que se haya hecho publico... ¿cuál es vuestra opinión?

—Ahora mismo no descartamos nada.

—Ya. Pero yo te pedía una opinión sincera, no un comunicado a la prensa.

Ramos esbozó una sonrisa comprensiva. Cuando hacía algo así, el dibujo en cubeta de su boca se le quedaba grabado en la cara más de veinte segundos.

—Barajamos que pueda tratarse de una ejecución.

Muriel miró a su jefe con el rabillo del ojo. Ésa era una hipótesis de segundo orden. Significaba eso que estaba dispuesto a proteger de intromisiones la investigación.

Así que Gabriel iba a mostrarse menos complaciente de lo que había supuesto. Fernando Muriel se sintió aliviado.

—¿Una… ejecución?—balbució Bernal, sin reponerse de la sorpresa que le había causado lo que acababa de oír.

Por un instante pareció que iba a decir algo más. Sus anfitriones tuvieron esa misma sensación y permanecieron callados unos segundos. Pero Bernal se sumió en un estado catatónico que se prolongaba más allá de lo razonable.

—Un crimen por encargo —especificó al fin Muriel, haciendo reaccionar a Bernal—. Tenemos constancia de que algunos sicarios han usado a veces un hacha o una catana.

—Parece que éste ha disfrutado.

La sugerencia de Bernal no dejó indiferente a Muriel, que se apresuró a matizar:

—Algunos son auténticos psicópatas, que consiguen que les paguen por hacer lo que les gusta.

Bernal asintió después de suspirar.

—Centraremos la investigación en el entorno —dijo Ramos—. Tenemos que entrar a fondo en su círculo de amistades; saber con quién iba. La empresa en la que trabajaba, sus compañeros. Todas las posibilidades en ese terreno están abiertas. Ya hemos interrogado al hombre con el que convivía. Aunque no hemos descartado por completo que esté implicado, no es sospechoso. A la hora del crimen regresaba del Puerto de Santamaría. Fue de pesca con unos amigos.

Podían leérselo en los ojos: a Bernal le había molestado profundamente la insinuación de que «su» Lita pudiese estar metida en una red de delincuencia. Una parte de él rechazaba la idea, pero había otra parte, más emocionalmente neutra y metódica, que tenía que admitirla por mucho que le doliese.

—Llevé un caso parecido en Sevilla. Y luego resultó ser un crimen pasional —dijo con la débil esperanza de rescatar la reputación de Lita de ese fango de dudas.

Ramos negó un par de veces con la cabeza.

—Los crímenes pasionales son audaces en muchas ocasiones. Pero la planificación suele ser muy deficiente. La improvisación deja muchas pistas y los errores nos conducen rápidamente al culpable… Además…, es bastante raro que en un crimen pasional se inflija una única herida. El criminal suele descargar sobre su víctima mucha de su rabia acumulada. No. Esto es diferente.

—¿Qué quieres decir con que es diferente?

—Tú mismo lo mencionaste antes. Que parece obra de un profesional. O de alguien muy inteligente y cuidadoso.

Bernal captó a la primera la intencionalidad del comentario.

—Organizado —dijo.

—Exacto… Verás —Ramos miró a Fernando Muriel con ojos titubeantes que pestañearon un par de veces, como si ya hubiese perdido del todo la confianza en estar haciendo lo correcto en cuanto a compartir tanta información con el recién llegado. Sin embargo, alguno de los argumentos a favor que sopesaba en ese instante de duda debió de pesar lo suyo, porque continuó diciendo casi de corrido—: Este crimen se parece bastante al de dos mujeres que murieron en 2004 y 2006, una en Benalmádena y otra aquí mismo, en la ciudad. Mujeres jóvenes, de entre veinticinco y treinta años, de aspecto físico parecido. Atacadas de una forma muy similar a Natalia. Demasiadas casualidades, quizá. Ambos casos siguen abiertos. Sin pistas ni sospechosos.

—Creemos que ambos crímenes son obra de un asesino en serie —explicitó Muriel —. Un psicópata que actúa en la costa porque probablemente es de por aquí. Aunque… —miró dubitativo al jefe— todavía no es una tesis oficial.

Bernal se quedó pensando unos segundos. Procesando la información que acababan de revelarle.

—¿Y qué pensáis vosotros?

Ramos volvió a rascarse la coronilla.

—Es difícil decirlo. El caso de Benalmádena se llevó por la comisaría de Torremolinos, pero estamos al tanto de los pormenores de la investigación. Lo suficiente para saber que hay diferencias, no sólo entre aquellos crímenes, sino también con éste. Sabemos que en los tres casos el asesino es diestro. Y que las sorprende por la espalda. Pero hay un hecho diferencial importante y es que la primera mujer fue acechada y atacada en el portal de su casa. La segunda, en cambio, lo fue en una urbanización de las afueras, en mitad de una de las calles interiores… Supongamos que este sujeto es también el responsable de la muerte de Natalia. Parece… es decir, si es así, es como si con Natalia hubiese perdido toda la cautela que demostró en los anteriores crímenes. ¿Qué hacía arriesgándose tanto?... En fin… Además, no sabemos si el arma es la misma pese a que los cortes son muy similares. Es una cuestión que genera muchas dudas.

De todo cuanto acababa de oír, Bernal extrajo una conclusión propia de viejo policía.

—Tampoco se halló el arma —dijo.

Ramos negó con la cabeza.

—Son crímenes extraños —continuó Muriel—. No siguen el patrón propio de los psicópatas sexuales. El que lo ha hecho busca sorprender para matar con una única herida. No hay ensañamiento. No toca para nada el cadáver, ni se lleva ningún objeto de las víctimas, que nosotros sepamos. No hay interés sexual por ellas.

—Entonces eso también los relaciona. Aparte de las similitudes entre las víctimas —dijo Bernal.

Ramos le miró con viveza.

—Exacto. Exacto —repitió.

Muriel intervino:

—Pero carecemos de evidencias concretas y definitivas para decir que son obra de la misma persona.

—Lo que parece un nexo, podría ser fruto de la casualidad, ¿no es eso? —aventuró Bernal.

—Es una posibilidad, sin duda… Lo que más nos confunde son dos aspectos: las heridas (no del todo similares) y que en uno de los casos tuvo que acechar por fuerza a su víctima. El otro tiene toda la pinta de un fatal encuentro casual.

Un tono de impaciencia comenzaba a evidenciarse en las palabras y los gestos de Ramos. Bernal lo detectó y se dijo que era hora de dar por terminada la entrevista, antes de que la impaciencia fuese sustituida por hostilidad. Era esencial que aquel encuentro terminase de un modo amistoso.

—Os agradezco mucho vuestro tiempo —dijo al levantarse de la silla.

Ramos le ofreció proporcionarle su número de móvil.

—Gracias —dijo Bernal, y lo guardó en la agenda del suyo.

Muriel salió con ellos pero tomó la dirección contraria, después de despedirse con un apretón de manos. Bernal se dio cuenta de que estaba deseando marcharse quizá para completar algo que se había dejado a medias.

—No esperes resultados demasiado pronto —aconsejó el inspector mientras bajaban por las escaleras—. Estamos trabajando en otros casos.

Bernal asintió con la cabeza.

—Es lo que decimos siempre los de Homicidios —dijo con su sonrisa más amable.

Gabriel Ramos no dio la impresión de estar ofendido.

—En este caso es verdad. Pero lo de Natalia tiene prioridad absoluta.

—¿Dejando a un lado la media de los intervalos? —murmuró pensativamente Bernal.

—¿Cómo dices?

—Ya sabes… Tener en cuenta el promedio de tiempo que transcurre entre un crimen y el siguiente. Así calculas con cuánto tiempo cuentas para cogerle antes de que vuelva a matar.

—Te garantizo que eso no va a ralentizar la investigación.

—Gracias —susurró Bernal

—Ya sabes cómo va esto —dijo Ramos—. Hay que entrevistar a mucha gente… Es un trabajo de chinos. Cuando haya algún avance, le diré a Dora que me llames. ¿Estarás en contacto con ella?

—Claro —dijo Bernal tendiéndole miedoso la mano. Ramos volvió a triturársela sin piedad. —La llamaré… a menudo —balbució condolido—. Además… ella sabrá cómo… localizarme si hay alguna novedad.

Se había levantado un viento molesto y frío, que desplazaba caprichosamente balanceantes envoltorios de chucherías y otras materias vegetales muertas.

Bernal se apresuró a subirse el cuello del chaquetón recién estrenado. Se metió las manos en los bolsillos laterales e hizo instintivamente ejercicios de estiramiento con la aún dolorida. Luego partió caminando hacia el centro, en busca de un buen restaurante.

En la primera esquina donde se encontró a resguardo del viento encendió un camel.

17

No había tiempo que perder ¿Cómo era posible que nadie hubiese tenido la idea de mandar los perros a la playa? Fernando Muriel llevó a toda prisa su espigada estructura hacia la cuarta mesa del fondo de la gran oficina. «Qué bien que la conservación de las playas sean competencia municipal», murmuró mentalmente mientras llegaba a su destino. Buscó en el ordenador el archivo que contenía el material de investigación del caso, lo repasó rápidamente e hizo una llamada con el móvil. Tenía que volver a hablar con Ramos, antes de que se diese a la fuga en dirección a uno de los bares que había frente a Barbarela para completar el cupo de Heineken diarias, dejándose el móvil convenientemente olvidado en la comisaría. Se sentía excitado por la idea que acababa de ocurrírsele. Gabriel Ramos se dio por enterado de lo que pretendía hacer sin mostrar ninguna clase de entusiasmo, pero tampoco dijo nada que le hiciese suponer que estaba dispuesto a boicotear su iniciativa. Para empezar, le autorizó a poner la playa bajo vigilancia inmediatamente. Bastaría con un agente, hasta que llegara el equipo. El jefe era todo menos un tipo autoritario; es más, primordialmente era un mero coordinador de equipos, por pura vocación. Le gustaba dar cancha a su gente para que pensaran por sí mismos. La única condición que ponía era estar informado de sus pasos. Ramos le sugirió que usase un detector de metales. En menos de veinticuatro horas podría encontrar a alguien en la Universidad o entre el registro oficial de equipos de particulares, dispuesto a hacer el trabajo. Era gente que colaboraba encantada en cualquier tarea de búsqueda, más si era para la policía. Estratégicamente, era muy conveniente para los buscadores de tesoros hacer favores a los cuerpos de seguridad del estado. Lo meditó unos instantes. No era una mala idea, pero contaba con dos inconvenientes: tener que posponer un día como mínimo la operación, y que la enorme cantidad de basura metálica enterrada (chapas de bebidas, fundamentalmente) ralentizase tanto el rastreo que tuviese que cerrar una amplia zona de la playa y montar un dispositivo de vigilancia con varios agentes para que nadie alterase el proceso. Nada más terminar de hablar con Ramos, agarró el teléfono de sobremesa marcando a continuación su número de contacto en el ayuntamiento, que conocía de memoria. Había mirado su reloj para establecer el siguiente cálculo: el tiempo que se tardaría en reunir una cuadrilla de cuatro o cinco operarios, y hacer que los mandaran al paseo marítimo, restado de las horas de luz natural que le quedaba al día. En seguida supo que habría tiempo suficiente para llevar a cabo lo que había pensado, antes de que oscureciese. No se marcarían los metros mediante pasos. Llevarían una cinta de carrete para delimitar el área. Nada de chapuzas. Dio aviso por radio a una pareja de motoristas. Dirían a la cuadrilla la tarea exacta a realizar y se encargarían de vigilar el desarrollo de la operación, en cuanto se pusiesen manos a la obra. Si encontraban lo que debían buscar, los motoristas le avisarían inmediatamente.

Las órdenes eran claras: los operarios debían rastrillar un tramo de cien metros de playa, cuyo punto intermedio se calculase trazando una línea perpendicular desde el lugar exacto del crimen hasta la orilla: cincuenta metros a un lado y otro de esa línea imaginaria. El rastrillado no debía ser superficial; se les insistiría a todos que ahondasen unos veinte centímetros.

A eso de las tres y cuarto, los cinco operarios municipales comenzaron a tirar de los rastrillos en el extremo oeste del segmento, alineados en formación. Se trataba de «barrer», «tira a tira», toda la arena del segmento, siguiendo el plan de trabajo dictado a los motoristas por el subinspector Muriel. Y el plan era que la primera «tira» de playa a remover, sería la superior, esto es, la más cercana al muro, continuando con la inmediatamente inferior y así sucesivamente hasta llegar a la orilla.

¡Cómo no se le había ocurrido antes! Fernando Muriel estaba cabreado consigo mismo por no haber sido capaz de «ver» desde el principio aquella posibilidad. ¡Nada más fácil que enterrar un objeto en la arena sin que se note! Y además de fácil, rápido. Cuestión de dos o tres segundos, incluso para conseguir que el objeto quede a una profundidad razonable. En ningún otro lugar puede hacerse nada parecido sin exponerse al riesgo de que lo descubran inmediatamente. ¡En ningún otro lugar salvo en la arena! Tenía que agradecérselo en parte al tal Bernal, que había puesto en alerta todas sus neuronas. Si no hubiesen analizado juntos los pormenores y, sobre todo, si Bernal no hubiese insistido en la vía de escape del asesino, quizá nunca lo hubiese pensado. Sentía rabia, sin embargo, porque habían pasado cinco días. A nadie se le había ocurrido poner la playa bajo vigilancia. Y el asesino podía haber recuperado el arma.

El televisor había sido dejado encendido por la misma absurda inercia que lleva al ciudadano moderno a coger el coche siempre que sale de casa. Sólo que ahora estaba sin voz, o mejor dicho, con el volumen tan bajo que era poco más que un zumbido, fagocitado por el ruido del tráfico que llegaba de la calle.

A las cinco de la tarde la luz menguaba vertiginosamente y el celeste del cielo, donde no le cubría el sudario de las nubes, se volvía de un tono mate, gélido. Muriel seguía sin noticias de la operación en la playa. Miró al atardecer del cielo a través del ventanal del pequeño comedor. Pensó que estaba estúpidamente sentado allí, en el estar de su pisito de Armengual de la Mota, sin concentrarse en nada que no fuese la pantalla de su móvil, que esperaba ver brillar en cualquier instante.

Carolina rezaba una «oración» en el dormitorio. Era una letanía hecha de palabrotas sobre algo que era incapaz de encontrar. Muriel no sabía si se trataba de un papel u otro objeto, pero sí sabía muy bien que era preferible no preguntarle. Que le preguntasen en plena expedición de búsqueda de cosas perdidas era lo que más irritaba a Carolina.

Fernando Muriel tomó una decisión. Se desplazaría inmediatamente al paseo marítimo. Con suerte llegaría en diez minutos, y todavía habría luz suficiente para supervisar lo hecho. El problema era decírselo a Carolina. Hubiese preferido no hablarle en esos momentos. A Carolina no le gustaba nada escuchar que debía marcharse, aunque eso no significase que si finalmente se quedaba, doblegándose frente a sus reproches, ella fuese a dedicarle una atención determinada. Sencillamente prefería tenerlo en casa, como una estatua de sal.

—Tengo que irme, Caro —avisó Muriel elevando la voz.

Carolina salió como una centella del dormitorio. Fernando Muriel, que ya estaba en pie, poniéndose la cazadora, supo al ver la expresión de su cara que no tenía uno de sus mejores días.

—¿Cómo que tienes que irte?—dijo furiosa—. ¿Y la compra?

—Antes de las ocho estaré de vuelta. Seguro.

El llanto entrecortado de Ale brotó del fondo del pasillo. Carolina giró la cabeza sin moverse. Por lo general, el sueño del niño volvía enseguida a la normalidad.

—Antes de las ocho… —farfulló Carolina—. Siempre pasa lo mismo, Fernando. ¿En qué mundo vives? ¡No te das cuenta de que pasado mañana es Nochebuena!

Fernando Muriel se preguntó por qué a Carolina no le servía el supermercado de El Corte Inglés, que estaba a dos pasos. Una pregunta que sólo ella podía responder. Sin embargo, sí que había aprendido algo de su esposa en los casi dos años de convivencia: Carolina Granados era una gran escaladora a la que aburría mortalmente transitar terreno llano.

—Ya sé que está todo abarrotado de gente —se disculpó Muriel.

—¿Es que no te das cuenta de que a esas horas es imposible moverse?... Y eso si llegas… —dijo Carolina cada vez más furiosa, como si recordase en ese instante la infinidad de veces que la había dejado colgada.

Claro que, según la opinión de su marido, eran muchas menos, tan pocas que la mitad de los dedos de su mano derecha le habrían bastado para contarlas

Fernando Muriel comenzó a impacientarse. La noche se le echaba encima.

—Mira, no tengo tiempo para discutir. No me puedo entretener. En hora y media estoy de vuelta.

Carolina se dio la vuelta. De regreso al dormitorio principal, masculló:

—Haz lo que te salga de los huevos.

—Qué fina eres, Caro.

—El coño de tu hermana.

Fernando Muriel no se ofendió, dado que era hijo único.

Ella era tanto más guapa cuanto más enfadada estaba. Los labios desafiantes de Carolina eran como cerezas maduras y cuando sus ojos echaban chispas, se llenaban de un boscoso brillo de fruta recién llovida.

Pensó al salir del piso en la primera palabra que diría cuando regresase. Ojalá que Carolina no hubiese cambiado de opinión sobre la compra en el supermercado. Sería una señal funesta con vistas a ese instante en que Ale se entregaba a su largo sueño «ininterrumpido» de dos horas. Últimamente había mejorado mucho en ese aspecto. Claro que una renuncia de Carolina a sus planes de ir de compras, afectaría irreconciliablemente a su humor nocturno.

Sí, de una primera palabra bien elegida dependía que cabalgasen juntos aquella noche.

18

El taxi no podía parar en pleno paseo marítimo ni siquiera para que se apease un policía. Muriel había invitado al taxista a ir por la avenida de Pintor Sorolla. Pararía en Bellavista. Allí hay un paso de cebra y un semáforo por el que, con suerte, cruzaría inmediatamente.

Le dolía la pierna del accidente. Comenzó a notarlo en el interior del taxi: era el dolor profundo que parecía salir de debajo de la placa; el de las otras veces; el que predecía la lluvia en un plazo de cuarenta y ocho horas como máximo. Nunca le había fallado desde la operación.

Empezaba a estar oscuro de verdad. Menos mal que vivía en una calle donde pasan taxis sin cesar. «Lo habrán dejado ya»—se dijo Fernando Muriel, mientras se apostaba en el semáforo—. «No se puede seguir con esta luz».

Corrió hacia el lugar y desde la distancia vio a los operarios con sus monos de trabajo haciendo corro con los motoristas. Parecían mirar algo a sus pies. En la playa había una claridad fantasmagórica, como si una sucesión de antorchas blancas brotasen del espumoso filo del mar.

Desde el mismo muro, Fernando Muriel llamó la atención del motorista cuyo nombre conocía.

—¡Ortega!—gritó.

Uno de los motoristas giró la cabeza. Al ver que un hombre espigado se acercaba a paso ligero, fue a su encuentro. Ortega no conocía en persona a Muriel. Al menos no relacionaba su nombre con el joven que le había llamado y al que creía haber visto en alguna ocasión anteriormente.

Se encontraron en el acceso a la playa que había justo al lado del merendero, en la plataforma de cemento. El subinspector se presentó:

—Soy Fernando Muriel. Soy yo quien os ha llamado.

Ortega asintió con la cabeza. Luego hizo un gesto para que le acompañase.

—¿Habéis encontrado algo?

—Sí, hemos desenterrado un cuchillo —explicó mientras caminaban en dirección al grupo. Muriel aceleró el paso al escuchar la noticia; la arena le entró en los zapatos. —Hace diez minutos, o así.

—¿Y por qué no me habéis avisado?

—Cómo que no. Le he llamado al móvil pero no lo ha cogido.

La arena le daba dentera. Muriel se dijo que no era momento de preocuparse por eso. Comprobó su móvil. Efectivamente tenía una llamada perdida. Con el fragor del tráfico se le había pasado por alto.

El corro se abrió y las miradas de aquellos hombres se clavaron en él, en su cuerpo. La sensación de que estaban calculando su tamaño, como si de una serpiente se tratase, se repitió. Ocurría constantemente.

—Que se alejen —dijo Fernando Muriel.

Los empleados municipales retrocedieron unos pasos sin que tuviesen que intervenir los policías.

Una violenta exaltación, debida al descubrimiento, se había apoderado de Muriel. Pero era una alegría avergonzada, como la sórdida felicidad que produce contemplar la derrota del rival cuando has quedado excluido de la lucha por la victoria.

Porque aunque todavía no lo había examinado, estaba seguro de haber dado con el arma usada en el asesinato de Natalia Blanes, y de que el hallazgo refrendaba exactamente lo que había predicho.

Al acuclillarse sintió un escalofrío. No era como se lo había imaginado: era aún peor. ¿Podía ser aquella la «espada» que había visto el crío? Se había hecho de noche y apenas se veía nada pero el acero del cuchillo de carnicero destacaba en la arena gris. Una pieza de un tamaño sorprendente, destinada seguramente a uso profesional. Fernando Muriel se lo imaginó empuñado por el asesino de Natalia. Se lo imaginó blandiéndolo mientras el coche trazaba la curva. El niño mirando a través de la ventanilla. Trató de verlo con los ojos de un niño. «Para un niño de esa edad sería una espada», concluyó después de meditarlo un poco. A una parte del borde y de la hoja propiamente dicha se adhería una costra negra con arena masificada, que cualquier persona cabal —no era necesario que fuese un investigador avezado— hubiese identificado como restos de sangre.

Sacó un guante de látex del bolsillo interior izquierdo de la cazadora junto con una bolsa de pruebas de buen tamaño. Los operarios murmuraban entre sí, mientras procedía a guardar el cuchillo en la bolsa. El desalmado que había tenido la ocurrencia de matar con un arma así ¿qué era sino un hijo de puta de la peor especie? Quería ser distinto al resto, dejar su propia impronta. Había que ser muy retorcido para… ¡Joder! ¡Era para segar la arteria!... En las decapitaciones, la sangre surge como de un surtidor. Ése era el estímulo supremo, no la muerte. Sí… el peso y la delgadez de la hoja… Un hacha no le hubiera servido para asestar ese golpe. Un hacha era demasiado gruesa; su poder de penetración en la carne era inferior.

El subinspector sintió un pequeño estremecimiento. No lograba estructurar el boceto psíquico del vampiro. ¿Quién era, qué clase de vida llevaba? De repente, bajo el atento escrutinio de aquellos testigos circunstanciales, tuvo una inspiración. Debía tratar de imaginarse cuáles eran los más aterradores anhelos de la mente del asesino. Quizá eso le indicase una ruta concreta.

Sospechaba que debían esforzarse en saber más de él que de Natalia, para poder cogerle.

Muriel se entretuvo en sopesar el arma. Calculaba que pesaba casi un kilogramo. Aunque esa clase de arma no se la había imaginado antes entre las candidatas, ahora que la veía se explicaba su utilidad para un asesino que huía del contacto directo con sus víctimas, que se comportaba, salvando las distancias, como un francotirador. Con cierta práctica, se manejaría con la precisión de un machete.

—¿Quién de ustedes lo ha sacado?—preguntó Muriel recorriendo el grupo con la mirada.

El que contestó «yo», rondaba los cuarenta. Al fijarse en él, Muriel pensó de inmediato en su jefe. Gabriel Ramos hubiese dicho de él nada más verlo que parecía un «administrativo divorciado», algo que en su tipología particular, doctamente impartida en el largo aprendizaje al que sometía a los novatos, correspondía a un hombre menos alto que la media, calvo y barrigón, y, por supuesto, miope de gafas «culo de vaso». «¿Por qué divorciado?», le preguntaban candorosamente éstos. «Pues porque su mujer le pide el divorcio después de verlo dos días seguidos recién levantado». «O es que crees que va a aguantar un mes viéndole esa cara». Si alguno era lo suficientemente incauto para preguntarle que por qué «administrativo», o, aún peor, que cómo se casaban siempre tipos tan feos, Ramos sencillamente se las arreglaba para sacarlo de la unidad, a menos, claro, que fuese una hembra «mona de cara», a las que galantemente concedía una segunda oportunidad. Y, a veces, hasta una tercera.

Fernando Muriel le hizo una pregunta de valor esencial:

—¿Estaba muy hondo o casi en la superficie?

El operario buscó en las alturas el rostro de Muriel pero estaba demasiado oscuro.

—Jondo, jondo —dijo con aparente convencimiento, aunque un segundo después pareció dudar al añadir—: Yo creo que jondo.

Muriel giró la cabeza y dirigió la vista al muro, en donde algunos curiosos se habían congregado ya. Las motos y los uniformes habían captado su atención. Las luces del paseo habían sido encendidas, y ahora, por contraste, la playa estaba realmente a oscuras. A ojo, el subinspector calculó que estaban situados a unos ocho metros al este de la línea imaginaria, y a una distancia de quince del muro, y, por consiguiente, en una de las «tiras superiores». ¿Qué le decía aquello? Había varias conclusiones esperando que las ordenase pronto en su cabeza.

—¿En qué quedamos?

Aquella desmesurada y siniestra herramienta hubiese podido cortar también el silencio que vino después.

—A un palmo, por lo menos —dijo el calvo barrigón, y colocó su mano en vertical.

—Bueno… Vale.

Fernando Muriel les agradeció el trabajo que habían hecho y fue hasta el escalón de salida al paseo. Tenía que hacer varias cosas y hacerlas por orden: llevar el cuchillo al laboratorio, llamar a Gabriel y pensar en lo que significaba el hallazgo, formular las deducciones correctas. No esperaría a saber el resultado de los análisis para ponerse a meditar sobre las intenciones del monstruo. Tenía que averiguar por qué enterró el cuchillo.

Sí, sobre todo era esencial pensar.

Antes de llegar a la zona iluminada, se quitó la cazadora y ocultó la bolsa de pruebas en ella. Los curiosos no debían ver qué era lo que llevaba en la mano.

19

Dum, dum, dum…

Parecía como si estuviesen percutiendo un tambor dentro de su pecho. Dum, dum, dum…

La adrenalina, pensó. Era ésa la causa de su estado. Todo el mundo hablaba de ella, la hacía responsable de los estados de agitación como el suyo, aunque desconociesen del todo cuál era su papel. Se había convertido en una eficaz muletilla en la jerga de la calle.

El subinspector Muriel salió del laboratorio comprobando la hora en su reloj de muñeca. Eran las diecinueve y veintiocho. Sí, había mucha adrenalina en circulación, quizá demasiada para pensar con lógica. Tenía tiempo aún si lo dejaba todo arreglado. No se habían encontrado huellas ni en el mango ni en la hoja, pero un análisis preliminar confirmaba que la sangre del cuchillo y la de Natalia Blanes eran del mismo grupo. Para saber si era realmente su sangre, habría que esperar al análisis genético.

Llamó al jefe.

Gabriel Ramos se había mostrado sorprendido por la aparición del arma, aunque se esforzaba evidentemente en disimularlo. Debía de costarle reconocer que, en el punto en el que principalmente habían discrepado, el equivocado era él.

¿O no había deducido todavía que el resultado era ése? Muriel no estaba del todo seguro.

—¿Qué coño dices?—aulló Ramos—. No. ¡No puedo reunir al equipo a las diez de la noche en vísperas de Nochebuena!— ¿Estás de coña?

Fernando Muriel apartó el móvil de su oreja y redujo el volumen del auricular.

—Veámonos tú y yo…

—No.

—Podemos discutirlo entre ambos.

Ramos era inflexible en cuestiones de discusión de casos y trabajo en equipo. Tenía que avisarse a todos los miembros. Aunque ese requisito lo retrasase todo.

—No, Fernando. Mañana a las nueve. Los llamaré ahora para que sean puntuales.

Muriel detestaba la dictadura del equipo. Se daba cuenta de que las puestas en común hacían aflorar las antipatías y de que éstas absorbían demasiada energía positiva, consumían demasiada inteligencia. Un gran número de veces las rivalidades resultaban destructivas. Raramente servían para estimularles las neuronas, como defendía Ramos. Por lo general, la «cronología de los hechos» era la siguiente: Goyo permanecía en segundo plano hasta que Maribel formulaba su análisis del caso, y, a menos que coincidiese con el del jefe, hacía lo imposible por desmontárselo. Su habilidad para hacerle perder los estribos se convertía en motivo de diversión para el resto.

Cualquiera puede hacer cábalas sobre lo que sucedía a partir de entonces, pero, en esencia, la reunión concluía allí. Y algunos, en particular, se dedicaban a hacer apuestas. Lauri solía apostar con Lucía su desayuno; normalmente sobre el tiempo que tardaría Maribel en mandar a tomar por culo a Goyo.

Lo más increíble era que los burdos manejos de Goyo tuviesen en Ramos a su mejor aliado, dado que éste creía a pies juntillas que su obligación como jefe era mostrarse neutral en las disputas. Maribel, claro está, acababa desquiciada. Ése era el único interés que solía rendir la rígida postura de Ramos.

Pero Goyo no la menospreciaba en su totalidad; el trasero de Maribel le atraía como el color rojo atrae al toro de lidia. Según su criterio, una mujer que tuviese un buen culo no podía ser lista; decía que la fuerza se iba a un sitio o a otro, pero era incapaz de subsistir en los dos al mismo tiempo.

Sin embargo, los problemas del Grupo no se circunscribían a ese antagonismo. Muriel también sentía que Maribel le detestaba. Cuando se tratase lo del arma, ella haría lo posible por minimizar su importancia.

De suceder tal cosa, Goyo le echaría un cable.

Ése, y no otro, era el cálculo apriorístico que Fernando Muriel había formulado ya en su cabeza sobre la reunión del día siguiente.

Lo que no conseguía entender era que Ramos no lo viese de la misma manera.

Carolina se había tomado su tiempo antes de bajar para encontrarse a pie de calle con su marido. La distancia desde comisaría no era problema, sino el tráfico, muy trabado a esas horas de la tarde. Su marido insistía siempre en que estuviese abajo cuando él llegase porque no había manera de aparcar en doble fila en la calle Armengual de la Mota, ni siquiera durante unos pocos segundos.

Muriel tenía la sensación de estar contemplando una ciudad casi irreal bajo el alumbrado navideño. El techo de las calles y avenidas del centro de la ciudad supuraba luz amarilla y la partitura abstracta de los cláxones y los villancicos tenía algo de la impiedad del hacendado rico que ignora la pobreza de su alrededor.

El subinspector se vio obligado a dar una vuelta a la manzana para volver sobre sus pasos. Estaba acostumbrado. El Smart era un buen aliado para moverse con destreza entremedias del tráfico atestado, aunque la gente que lo veía subir y bajar del coche quedase a veces boquiabierta, sin explicarse tal vez que una pieza de su tamaño cupiese dentro de semejante espacio, aunque fuese plegada.

Por fin, Carolina estaba en el borde de la acera oteando las luces de los vehículos que venían de la calle Mármoles. El pelo, atrapado entre el cuello subido de la cazadora, se le ahuecaba por los lados. Y esas cejas negras pobladas que cercaban sus ojos felinos, resaltaban entre la jauría de destellos multicolores como adornos de azabache… Fernando Muriel sintió un profundo orgullo al contemplarla con aquel aire confiado y sereno de las diosas inmortalizadas en mármol, y una vez más fue incapaz de concebir los motivos que habían llevado a aquella criatura hermosa, temperamental e inteligente a partes iguales, a sentirse atraída y decidir unirse más tarde a la desproporción personificada en su cuerpo. Su asombro venía a ser en cierto modo similar al que experimentaba frente al reciente éxito de los minúsculos mesones y bares de tapas que atestaban el centro histórico de la ciudad, y en donde la clientela, a menudo selecta y adinerada, peleaba con uñas y dientes los viernes y sábados noche por colonizar unos exiguos metros cuadrados sin mesas ni taburetes, para sostener luego con sus manos las raciones y las bebidas como si fuesen los camareros que el establecimiento se ahorraba. Él debía de ocultar en alguna parte de sí mismo, como esos mesones para su amplia clientela, un incomprensible atractivo para Caro que ojalá que nunca se extinguiese.

La suerte había comenzado a sonreírle una tarde calurosa de junio de 2002, en la terraza de La Fuente de Reding, una cafetería muy de moda entonces, en la que, de vuelta del gimnasio, solía hacer un alto las tardes de verano para disfrutar de un Häaggens-Dazs o de una cerveza helada; y más raramente (sólo cuando su organismo clamaba en silencio por una urgente y generosa reposición de azúcares refinados) de una voluminosa pieza de repostería casera que llamaban «La pesadilla del cura».

La iniciativa partió de Carolina. Según ella, todo había sido fruto de una confusión. Supuso que el periódico que había en su mesa era para uso de los clientes. Inmediatamente ambos cayeron en la cuenta de que se habían conocido unos quince o veinte días atrás en la Delegación de Hacienda. En realidad, la coincidencia quizá no era tal. Fernando Muriel bromeaba de cuando en cuando sobre ciertas sospechas que siempre albergó desde entonces. Lo del periódico le parecía una de las típicas excusas para que una mujer interesada en un hombre vistiese con el disfraz de la casualidad un encuentro deliberado. ¿Se habría propuesto resarcirle del encontronazo?

Carolina era una abogada con un contrato de prácticas, cuyo cometido consistía en confeccionar las declaraciones de la renta para los ciudadanos que lo desearan. Fernando Muriel había utilizado el programa PADRE en ejercicios anteriores. Pero ahora era diferente. Con una modesta cartera de acciones y fondos de inversión heredados de un hermano de su madre en el 2001, había optado por buscar asesoramiento, al no entender cómo se aplicaban las correspondientes plusvalías. Carolina estaba enfadada aquel día. Más que enfadada, estaba hecha una furia. Y no hizo ningún esfuerzo por ocultarlo. Muriel guardaba un recuerdo muy especial y contradictorio de aquellos diez minutos que estuvieron frente a frente. Se le encogió el corazón, mientras los ojos incandescentes de Carolina viajaban a los suyos —esquivos de pura timidez—, desde aquellos certificados bancarios que revisaba con rabia. Una placentera aprensión se le hizo presente. Nunca antes se había sentido de aquella manera en presencia de una desconocida. Si Muriel creía que su sola estatura impresionaba a la gente, con Carolina no surtió ningún efecto. De hecho, le lanzó con bastante puntería unas cuantas puyas. Le hizo sentirse como cuando era un niño y le regañaba la maestra. Muriel demostró buenos reflejos. «Perdóneme, pero yo no tengo la culpa si está usted enfadada. Yo no soy el motivo», llegó a replicarle —con miedo, eso sí, a estropearlo del todo—, cuando ella le dijo por tercera vez y con muy malos modos que «si no sabía qué documentación estaba obligado a traer». Fueron las palabras más afortunadas que había pronunciado en su vida, habida cuenta de sus milagrosos efectos: por lo visto, hicieron mella en aquel volcán con forma de mujer. Carolina le pidió disculpas y —lo mejor de todo— lo hizo sonriéndole de un modo que no olvidaría nunca. El corazón le latió con tanta fuerza que Carolina tuvo que oírlo, aunque ella siempre lo negó. La chica le atraía muchísimo, así que no dejó pasar la ocasión. En adelante, ella bromearía a menudo con el incidente, confesándole que siempre le habían gustado los hombres altos, pero hasta aquel día había creído que todos eran indolentes o idiotas. Nunca pensó que «alguien así» pudiese callarle la boca, aunque reconoció que había sido «injusta y grosera» con él. La intemperante cabezonería de su predecesor en la cola, un hombrecillo de avanzada edad, que exigía que le aplicasen una desgravación sobre unos recibos que no venían avalados por la correspondiente certificación, había resultado providencial.

Muriel salió aturdido de aquel encuentro. Los ojos de la abogada permanecieron durante varias horas atornillados en sus pensamientos. Era la primera vez que deseaba volver a ver cabreado a alguien.

Carolina admitió finalmente casarse por lo civil y a regañadientes, después de diez meses saliendo juntos. Prefería una convivencia sin ataduras. Era paradójico que la propuesta partiese de Muriel porque lo habían educado para imaginar que la inclinación por las formalidades era un atributo femenino. Pero el fracasado matrimonio de su hermana Paloma había dejado en Carolina una marca indeleble. Es probable que antes de aquella experiencia ni siquiera tuviese una opinión formada sobre el matrimonio. Nunca hablaba de ello, pero no era Carolina el tipo de mujer que proyecta ilusiones hacia el futuro. Ella era la mujer más pragmática que Fernando Muriel había conocido. No había una escama de romanticismo o ensoñación en la corteza de su magnífico cerebro. Paloma, que era casi tan agraciada como Caro pero mucho más sosa, dio con sus huesos con uno de esos encantadores de serpientes de doble vida, a los que les salen gratis muchas de sus tropelías y engaños al amenizarlos con una sonrisa de dientes blancos y perfectos y una caída de ojos con las pestañas vueltas en tres cuartos de círculo. No había transcurrido una semana del regreso del viaje de bodas cuando Cristian reanudó sus escapadas a Puerto Marina, pero esta vez sin Paloma. Aquellas noches trepidantes, siempre aderezadas con un par de rayas, consumieron más o menos el setenta por ciento de las recaudaciones de la céntrica tiendecita de ropa interior femenina que regentaba Paloma, hasta que el suegro de Cristian tuvo en sus manos el informe del detective que había contratado, y que éste resumió en una frase lapidaria.

—Su yerno debe de tener el culo como un bebedero de patos —sentenció en su dictamen, mientras se metía en el bolsillo interior de la chaqueta los tres mil seiscientos euros acordados.

Sin embargo, y por chocante que resulte, el suegro de Muriel tuvo más dificultades de las esperadas para sacar a Paloma de la inopia. No le quedó otro remedio que dar una simbólica patada en el suelo, cancelando la póliza de crédito que había contratado para el negocio, antes de que Cristian lo canjease definitivamente por coca y orgasmos mercenarios. Así consiguió que Paloma reaccionase.

—El hermafrodita de mi cuñado… —decía siempre Carolina al referirse a Cristian.

Era una especie de juego, al que jugaban ambos a menudo. Repetir algo que daban por sobrentendido. Fernando Muriel reía con la definición y a renglón seguido le explicaba a Carolina que pagar los servicios de un chapero un día y de una prostituta caribeña al siguiente hacía de Cristian un bisexual, no un hermafrodita.

—Qué más da, Fernando.

Muriel solía hacer entonces una reverencia.

—Lo que tú digas, Caro.

Sin previo aviso, el cuchillo se convirtió otra vez en la foto fija que dominaba su pensamiento. Accionó el intermitente derecho, para detenerse y recoger a Carolina. Volvía a ser subinspector de Homicidios, por un momento contra su voluntad. Hubiese preferido seguir recreándose en los buenos recuerdos.

—¿Lo ves?... Te dije que no me retrasaría.

Carolina ocupó su asiento en el coche sin dirigir la mirada a su marido.

—Hoy es la excepción —dijo ella, mientras se ponía el cinturón de seguridad.

Fernando Muriel inició la maniobra de incorporarse a la vía.

—Estás guapísima.

A Carolina Granados le soliviantaban las continuas loas que dedicaba Fernando a su supuesta belleza. Siempre había visto graves desajustes en la imagen que devolvía el espejo. Era el típico dilema al que se enfrentan las mujeres inteligentes. En el fondo, lo que Carolina temía era que el atractivo ahogase el resto de ella, lo que había debajo. Que aquella armonía superficial obrase el efecto de una lujosa pero gruesa cáscara, tras la cual pereciesen de olvido e indiferencia sus ideas y pensamientos, cuya relevancia eran infinitamente mayores para Carolina que el propio envoltorio.

—Deja de mirarme —le conminó—. Miras a todos sitios menos donde tienes que mirar.

Muriel obedeció con una sonrisa y trató de avanzar por entre el atasco, pero la rotonda de El Corte Inglés estaba colapsada. Carolina resopló un par de veces, justo después de mirar su reloj. Luego comenzó a echar sapos y culebras por la boca. Si algo odiaba Caro eran los atascos causados por gente estúpida que va en busca de la compra navideña.

Unos treinta y cinco minutos después, en torno a las veinte y cuarenta, estaban en los pasillos interiores del supermercado. Gracias a que el Smart podía aparcarse perpendicular a la acera, donde sólo cabía una moto, pudo dejarlo en la calle Navas de Tolosa, a sesenta metros de la entrada al local. Durante el trayecto, los pómulos de Carolina se habían encendido y apagado varias veces como si en ellos se reflejase el destello rojo intenso de los semáforos que iban encontrándose. En opinión de su marido se había puesto más guapa que nunca. Aquellas dos chapetas le favorecían más que las turquesas con esmeraldas que colgaban de sus pluscuamperfectas orejas.

Llenaron el carro con latas de bebidas refrescantes, incluyendo ginger ale, una botella de Carlos V, dos de Vodka Smirnoff —que austeramente consumido adoraba Fernando, en combinación con naranja natural—, una caja de Freixenet «etiqueta negra», salmón ahumado, ternera de Ávila, piña natural y varias latas de conservas, incluyendo huevas de lumpo, paté a las finas hierbas, troncos de palmito y mazorcas para ensaladas. El pan tostado envasado para canapés lo eligió Carolina, segura de que si se lo encargaba a su marido, una parte del contenido de la bolsa estaría deshecho al llegar a casa, pues Fernando era en opinión de Carolina especialmente descuidado en lo concerniente a la integridad y consistencia del pan que compraban.

Volvieron a separarse con la idea de que Fernando buscase en los refrigerados unas anchoas de buen tamaño.

Carolina prestó entonces atención a la foto.

20

La fotografía del cartel estaba en blanco y negro, pero la cara le resultaba familiar a Carolina. Se parecía a alguien que ella conocía. Tuvo un presentimiento. Había más de una docena a lo largo de todo el local, colocadas sobre las columnas. Al pie de ellas, rezaba:

DESAPARECIDO

«Falta de casa desde el diecinueve de noviembre»

Se ruega a quien tenga noticias de su paradero o lo haya visto, que llame al 9…

Había dos teléfonos: el nacional para personas desaparecidas y un móvil, a todas luces, particular.

Carolina buscó a un empleado para informarse. A la vuelta del pasillo, en la sección de bebidas refrescantes, encontró a una joven de tez morena y pelo coloreado con el uniforme de la firma, etiquetando y reponiendo, desde un carro, en el estante. Los pasillos estaban atestados de gente y carros a rebosar de productos comestibles.

—Perdone. ¿Está por aquí Javier González, el encargado?

La empleada prosiguió reponiendo bebidas en los estantes y masticando chicle. Pero miró de soslayo un instante a Carolina y dijo:

—No está. ¿Para qué lo quiere?

—Sólo quería saludarlo.

—Está de baja… ¿no lo sabe?

Era de esa clase de preguntas cuya respuesta va implícita en el tono.

—No.

—Su hijo ha desaparecido —dijo con cara de circunstancias la empleada, indicando con un gesto el cartel más próximo.

Carolina Granados conocía a Javier González desde hacía nueve años. Una mañana de inicios de septiembre del año noventa y ocho, la había sacado de una situación apuradísima en la playa de La Cala del Moral. Un exceso de confianza había llevado a Carolina a dejarse envolver por la resaca del oleaje de poniente, que la arrastró mar adentro. Nada hubiera temido de no haber llevado en brazos a su hermano pequeño, porque ella era muy buena nadadora, pero con el niño agarrado a su cuello pronto supo que sería incapaz de salir del agua sin ayuda. Javier fue el primero de los bañistas en advertir el riesgo que corrían ambos. Sin dudarlo un instante, se había lanzado a rescatarla. Llegaron exhaustos a la orilla; a Javier le faltó poco para ahogarse, y, como cosa confusa, Carolina guardaba la visión de una mujer joven de enormes y angustiados ojos verdes, temblando como un flan, con un niño poco mayor que Diego, asido fuertemente de la mano. Diego (al que en casa llamaban Pampi) tiritaba lloroso y tosía con violencia a causa del agua tragada. Tenía sólo cinco años y, desde entonces, no volvió a adentrarse más allá de donde el agua le cubriese la cintura. Carolina todavía recordaba el fenomenal susto que se habían llevado sus padres, que fueron alertados por el alboroto cuando el grupo de amigos de Javier se arremolinó en la orilla. Más tarde, supo por mediación de uno de ellos que Javier casi no sabía nadar y que le daban miedo las olas. Pero el grupo se había esfumado antes de que pudiese darle siquiera las gracias. Meses después volvieron a encontrarse en el mostrador de una sucursal bancaria. En todo ese tiempo, Carolina se lamentó a menudo de no haber tenido ocasión de mostrar a su salvador toda la gratitud que su valiente acción merecía. Por fin, charló un minuto con él. Pasado un par de años, volvió a verlo en el supermercado. Javier había dejado su empleo en una agencia de transportes por aquél, en busca de una mayor estabilidad y una expectativa sólida de promoción a medio plazo. Fue una casualidad que se encontrasen porque Carolina no había comprado nunca allí, pero aquel día, mientras tomaba un café en la Fuente de Reding con su mejor amiga, Leonor, y el novio de ésta, advirtió que necesitaba con urgencia unas compresas. Se alegró mucho de verle de nuevo. Javier era un hombre tímido, de pocas palabras, con el que todos simpatizaban al instante de conocerle pese a su retraimiento. Carolina se preguntaba si era la bondad que parecía traspirar por todos los poros de su cuerpo, lo que conmovía a las personas que se le acercaban. No había artificios en su forma de ser. A diferencia de otras personas bondadosas que había conocido, no era posible hallar en Javier la guía de una razón determinada. Era evidente que no se esforzaba en ser como era. A partir de entonces, Carolina adquirió la costumbre de acudir regularmente al supermercado. Era una excusa para saludar a Javier González, que dos años más tarde había ascendido al puesto de encargado. Carolina no había sido con su marido todo lo sincera que le hubiese gustado ser. Temía el efecto que pudiese causarle el saber que su joven esposa albergaba unos sentimientos determinados hacia otro hombre, fuesen cuales fuesen éstos. A Carolina, evidentemente, no le atraía Javier en el sentido que hubiese traicionado la confianza que Fernando tenía en ella, pero era difícil de aceptar para éste que la única razón que empujase a su mujer a comprar en un lugar alejado de casa, fuese el volver a ver a un varón bastante bien parecido, al que dispensaba un afecto de naturaleza confusa.

—No… lo sabía —balbució sorprendida Carolina, buceando entremedias en las noticias que pudo haber filtrado su mente. Le sonaba haber oído o leído algo al respecto días atrás.

Dio las gracias a la empleada y giró el carro para buscar a su marido en el pasillo de al lado, pero la voz aguda y musical de éste le hizo volver la cabeza.

—¡Caro! ¡Caro!

—Vamos —indicó Carolina, observando las anchoas envasadas en la mano derecha de Muriel.

Las cajas tenían ante sí una cola de cuatro o cinco personas cada una. Pero lo peor era el aspecto de los carros, de los que rebosaban ingentes surtidos de chacinas, turrones, piezas de jamón, y bebidas variadas. Optaron por unirse a la cola de la segunda caja, comenzando por la entrada, en la que los carros, aunque atestados, porteaban artículos de mayor tamaño. Supusieron que acabarían antes.

Carolina vio la oportunidad de hablarle con franqueza a Fernando sobre Javier González. Comenzó por contarle el incidente en la playa, pues se sentía un poco avergonzada de no haber sabido hallar la forma de decírselo antes; supuso que anteponer la heroicidad de Javier era una buena fórmula para facilitarle a Fernando digerir el resto. Le alivió quitarse aquel peso de encima, tanto que supo comprender que había convivido durante demasiado tiempo con unos estúpidos remordimientos por su mutismo acerca de las visitas al supermercado. Ahora era inevitable que Muriel dedujese los motivos de la predilección de su mujer por comprar allí, pero ninguno de los dos mencionó el hecho.

—Pobres padres. A ver si te enteras de algo, Fernando.

Muriel asintió con la cabeza. Tenía un conocimiento superficial de lo sucedido puesto que se había alertado a la totalidad de agentes de la provincial. En una comisaría más pequeña seguramente hubiera sido de su competencia, dado que la investigación de las desapariciones era encomendada a las Brigadas de Homicidios en todo el país, pero algunas comisarías habían optado a lo largo del tiempo por reorganizar sus actividades en pos de una mayor capacidad operativa, creándose unidades específicas de pocos agentes, dedicadas en exclusiva a los desaparecidos. En particular, en sitios donde el número de desapariciones superaba a la media nacional. Comandaba la de Málaga un inspector veterano, curtido en varios casos de gran relevancia e impacto en los medios de comunicación.

—Mañana hablaré con Julio Villalobos —dijo, pensativo.

Fernando había mencionado el nombre de Villalobos con cierta familiaridad, pero Carolina solía hacer oídos sordos a todos y cada uno de los nombres que se «traía» a casa su marido. En alguna parte de su cabeza existía un tamiz que filtraba aquella información. Ramos era el único nombre que le sonaba.

—Nadie merece pasar por esa experiencia. Y menos que nadie, Javier.

—No creo que pueda llegar a saber más de lo que ya sepan sus padres, salvo…

—¿Qué?

—Las teorías que manejen. Si las más fundadas son pesimistas, no las habrán compartido con ellos.

Carolina bajó la cabeza, sin decir nada. Una súbita aprensión le había quitado las ganas de hablar.

—A esa edad casi siempre terminan por aparecer —le animó su marido.

—Ojalá —dijo sin convicción Carolina.

La cajera comenzó a escanear a velocidad de vértigo los códigos de barra de los productos que iban depositando sobre la cinta. La imagen de Ale, a cuatro patas, en el interior del parque, se le apareció a Fernando.

—Te has puesto muy seria —dijo sin mirar a Carolina.

Pero era él quien sentía una gran tristeza de pensar en su niño.

21

A primera hora, había sido la consigna de Ramos. Y desde primera hora la navidad se había infiltrado en las calles. Coches y más coches que atestaban el centro y los accesos. La avenida de Andalucía, en dirección oeste, convertida en un desfiladero de almas embutidas en casas andantes. Paradas, casi varadas a lo largo de kilómetro y medio. A veces, reptando con extrema lentitud… Hubiese sido más práctico acudir caminando.

Pero hacía frío; más de lo que era habitual en Málaga durante esas fechas.

Se encontraron en las escaleras exteriores: el tráfico les había retrasado a todos.

Pepe Marcos no le había devuelto la llamada, cavilaba Muriel al llegar a la puerta circular de entrada. ¿Se trataba de una táctica o de simple indolencia? Marcos procedía del antiguo Cuerpo Superior de Policía, una élite a extinguir. Según Ramos, los que procedían del Cuerpo Superior, habían recibido una excelente formación y solían ser los mejores investigadores. La idea de salir escaldado de su cita con Marcos le causaba una preocupación que a él mismo le parecía exagerada. Pero no podía evitar pensarlo. Quizá porque ahora no podía fallar. No, esta vez debía impedir a toda costa que el caso se le fuese de las manos. Marcos podía ser un problema. Un veterano en la comisaría de la población con más homicidios por número de habitantes de toda la costa española. Curtido en el delito y, probablemente, en toda clase de artimañas. Un periodista, recordaba ahora Muriel, había escrito una vez que Torremolinos se parecía a las cafeteras de los bares. Lo que destaca al mirarlas es el brillo pulido de su armazón metálico. Pero cuando lo levantas suelen aparecer unas cuantas cucarachas que han prosperado en la calurosa oscuridad de su estructura. Circulaba por el Cuerpo el dicho —otros insistían en que se trataba de un mito— de que el trato continuado con indeseables le iba degradando a uno poco a poco, de manera que, después de muchos años de trabajo policial, algunos no se diferenciaban de los delincuentes que debían detener.

Marcos llevaba más de veinte años lidiando con toda clase de tipejos. Muy pronto averiguaría si la fama de hijo de puta que arrastraba estaba o no justificada.

Muriel era muy remiso a tratar con Marcos la información de que disponían. ¿Y si la utilizaba en su provecho? Quizá era demasiado retorcido al pensarlo pero había llegado a imaginarse que Marcos mantenía oculta alguna de sus pistas. Esperando el momento. Tal vez no hiciese otra cosa que dotarla de sentido. Y entonces ellos perderían.

A Gabriel esas «menudencias» se la sudaban completamente, pero él era de otra manera, era normal, tenía ambiciones. No podía regalarle el caso a Marcos. Le estresaba la idea de que pudiese apropiárselo. Sin embargo, Muriel confiaba en sí mismo. Presentía que si revisaba con detalle el material almacenado, podía llegar todo lo lejos que fuera posible, y eso era más lejos de lo que Marcos llegaría nunca. A condición, claro, de que no le hubiese hurtado información. Por esa razón tenía que saber más de la muchacha hallada muerta en el portal del edificio La Caracola, en noviembre de 2004. Más de las circunstancias, de lo pequeños detalles. Quizá en aquel examen apresurado de después de Vaguada Verde, se les pasó algo por alto. Las mujeres no se parecían mucho físicamente, excepto en la estatura y la edad. Pero la herida, la única herida… Tal vez encontraría algo ahora que fuese un inconfundible sello del estilo del autor. No convenía demorarse. Debía decidir pronto si el responsable del crimen podía ser la misma persona que había segado la vida de Blanes. Luego…

El Anencéfalo dejó atrás a Maribel, que apuraba ansiosamente su cigarrillo rubio, y alcanzó a Fernando Muriel a pocos metros del despacho. Le devoraba la curiosidad pero, por encargo expreso de Ramos, Muriel se negaba a darle más detalles del hallazgo. Se posponía cualquier análisis hasta la reunión de la mañana. Ramos no era partidario de que su equipo acudiese a la misma con demasiadas ideas preconcebidas. Les decía que podían verse luego bloqueados por ellas.

Goyo se planteó llevar a cabo un último intento.

—El cuchillo que encontraste es bestial —dijo tratando de espolearle.

Sonriendo, Muriel corrigió:

—Es un hacha.

—Igual que en Vaguada Verde, ¿no?

—Sí —dijo Muriel por pura rutina—. Se parecen bastante.

En realidad, no tenía la menor de idea de cuánto valor albergaban aquellas similitudes.

Pero esperaba saberlo pronto.

Maribel les había alcanzado en la misma puerta. Tenía clavado el que Fernando Muriel hubiese descubierto el arma.

—¿Hacha…?— dijo, tratando de disimular sus celos—. Yo creía que era un cuchillo de carnicero.

—Se llama hacha de carnicero. O hachuela —precisó Muriel. Hasta hacía veinticuatro horas también él hubiese utilizado la palabra cuchillo. Lo que acababa de aprender acerca del arma homicida no podría olvidarlo nunca.

—Cortacuellos tiene una carnicería —tarareó alegremente Goyo, cogiéndoles la delantera.

Habían tomado en fila el corredor de la derecha. Maribel se volvió a rezagar. «Gilipollas» salió entonces de su boca como un sordo escupitajo.

Muriel hizo como si no la hubiera oído. Sin embargo, aquellas pequeñas circunstancias accesorias —el insulto de Maribel; la burlona actitud de Goyo—, se habían colado en su cabeza como si fuesen dos niños apaleando un tambor.

Trató de apartarlas en vano.

¿Qué sucedía para que Goyo fuese incapaz de tomarse nada en serio? Parecía no afectarle lo más mínimo el asesinato. A veces, se sentía desconcertado con aquella actitud suya. ¿Qué era en realidad? Sobrevolaba a menudo en su mente la noción, débil pero inquietante, de que Goyo pudiese albergar una personalidad asocial apenas disfrazada con cierta chispa ocurrente y simpática. Sí, podría ser así, cavilaba Muriel, resistiéndose a admitirlo del todo. Pero era un hecho conocido la atracción que ejercía el trabajo policial en individuos con personalidad psicopática. Algunos embarrancaban en los cuerpos de seguridad o en agencias de seguridad privada. Y por raro que pareciese —era más que alarmante aceptar que algo así pudiese suceder—, muchos de esos sujetos eran lo suficientemente hábiles para ocultar su condición a los test psicológicos.

En los últimos tiempos, a Goyo le picaba demasiado la nariz: siempre estaba frotándosela. Gabriel había tenido que darse cuenta, pero no decía nada.

Muriel tenía la sensación de estar entre dos fuegos. Sentía los disparos y el silbido de los proyectiles. Era cuestión de tiempo que cualquiera de aquellas balas le abatiese.

Encontraron la puerta cerrada. Fernando Muriel fue el primero en entrar. La luz del techo estaba apagada y la del proyector, enfocada sobre la pantalla desplegada ante la pared, mostrando la página del buscador Google. Todo era silencio en la habitación de juntas. Todo a excepción del ventilador del Toshiba, que estaba girando en esos instantes a la máxima potencia. Lo primero que llamaba la atención eran los pequeños cristales de las gafas de Ramos reflejando los destellos cambiantes de la pantalla del ordenador. Casi no se veían sus ojos azules.

Los ojos de un hombre contrariado.

Eran las nueve y diez. A Ramos, como a todo buen castellano de pura cepa, le sacaba de quicio la impuntualidad.

—Venga, todos adentro —dijo—. El trabajo se nos va a acumular como no espabilemos.

Al poco, se habían acomodado de forma aleatoria en la mesa, cada uno de ellos probablemente en un sitio diferente al de la reunión anterior. Ramos prohibía que sus agentes adquiriesen la titularidad de las sillas.

—Bien, atended —Ramos señaló a la pantalla de la pared en donde fueron apareciendo diferentes imágenes en las que se veían varias clases de hachuelas, unas redondeadas por la punta y las otras cuadradas; algunas, de hoja estrecha y amenazadoramente anchas, otras—… Ahí tenéis el arma usada para matar a Blanes— la pieza, después de que Ramos picase el icono correspondiente, apareció ocupando la parte central de la imagen—. Como podéis ver es un hacha de carnicero IKEA serie Skärpt, de 32 cm, con hoja en acero inoxidable de molibdeno… La espiga atraviesa todo el mango —continuó Ramos, leyendo textualmente las características del arma, impresas al pie de la foto—… lo que la hace muy, muy sólida, prácticamente irrompible. Nuestro primer problema es que no es una pieza para profesionales, aunque no sea tampoco demasiado corriente.

—Es prácticamente imposible seguirle la pista —añadió, con aire de decepción, Muriel.

—Veamos —dijo Ramos—: El agresor sorprende a Blanes por detrás y la mata de un solo tajo. Sin forcejeos. ¿Después de haberla acechado? Es posible, pero no lo sabemos… Luego, se lanza hacia la playa a través del acceso al merendero. Escarba en la arena y entierra el arma inmediatamente. Después escapa… ¿A través de la playa? Durante cierto trecho, sin duda. Pero tiene que acceder al paseo marítimo nuevamente. No hay otra salida. ¿Hacia dónde? Probablemente hacia el este; es más seguro. Eso es lo que podemos deducir hasta ahora.

Muriel estaba en todo de acuerdo con el análisis de su jefe. Se había deshecho ya de la idea de que el homicida podía haberse escondido en el interior del merendero.

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Дата выхода на Литрес:
13 августа 2024
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701 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9788416281176
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