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Para Mauricio Gómez Escobar, gran maestro y gran amigo.
Juan Esteban Constaín
Calamares en su tinta
© 2020, Juan Esteban Constaín
© 2020, Intermedio Editores S.A.S.
Primera edición, julio de 2020
Edición, diseño y diagramación
Equipo editorial Intermedio Editores
Diseño de portada
Alexánder Cuéllar Burgos
Intermedio Editores S.A.S.
Avenida Calle 26 No. 68 B 70
www.eltiempo.com/intermedio
Bogotá, Colombia
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor.
ISBN:
978-958-757-934-5
Impresión y encuadernación
A B C D E F G H I J
Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions
CONTENIDO
Primera parte
Introducción
Un tema para escribir
Segunda parte
Noticias de Barataria
Sal de estatuas
(Fidel Castro)
Un cuento de Navidad
(Charles Dickens)
Lo que (no) buscaba
(Serendipia)
Un matrimonio feliz
(Emma Hamilton, chichisbeo)
La nieve del almirante
(Álvaro Mutis)
El olvido que seremos
(Lawrence de Arabia, Christoph Kramer)
Elogio de Álvaro Uribe
(Rueda)
Yo no sé, Charlie
(Fernand Braudel)
Predecir el pasado
(Eric Hobsbawm)
El espejo enterrado
(Martin Bernal)
El viaje sentimental
(Werner Jaeger)
Que sea un motivo
(Jaime Jaramillo Uribe)
Flores a Llorente
(El prócer favorito)
El mejor libro
(El poder político en Colombia)
El año del cometa
(Astronomía)
Elogio del idiota
(James Boswell)
Cura de burro
(El funeral de Gabriel García Márquez)
Cien años de soledad
(La soledad sonora de Nicolás Gómez Dávila)
Se lo comió
(El corazón de Guillem de Cabestany)
La mejor historia
(Don Eduardo Silva)
Contar para qué
(23 de abril)
Los paseos de Ludovico
(Ernesto Volkening)
El rumor sutil de la prosa
(Hernando Téllez y otros)
Abracaribes
(Punto)
Nunca es tarde
(Sixto Díaz Rodríguez)
Ataque y defensa
(El mal de Tanganyika)
Botellas al mar
(Los libros)
La máquina del tiempo
(Ovidio regresa del exilio)
Casi el último
(George Steiner)
El buen gobierno
(de algunos animales)
La verdadera crítica
(en vías de extinción)
Héroe de verdad
(El vuelo libertario de Tao Hsiao)
La barca sin pescador
(El último viaje de Michael Jacobs)
Fe de erratas
(revelada)
Saber tocar
(Pete Best, el Beatle que no fue)
¿Ya cerraron?
(En defensa de la impuntualidad)
Cosas más extrañas
(Voluntaria suspensión de la incredulidad)
Viejos oficios
(El afilador de cuchillos y otros mundos que sobreviven)
Quién dijo miedo
(El tesoro de la lengua)
Midashigo
(Palabras japonesas)
El beneficio de la duda
(El optimista)
Estupidez artificial
(El mito de Pigmalión)
Qué dirán
(La obsesión por la fama y el buen nombre)
Cartas recomendadas
(Tiempo extraviado y recobrado)
Golpe de suerte
(Síndrome de la sabiduría inesperada)
Ruinas con sombra
(El apartamento de la señora De Florian)
Muertes paralelas
(En Notre-Dame)
Tu rostro mañana
(Los mil rostros de William Shakespeare)
Orgullo del padre
(Genealogía literaria)
Por el revés
(Las distintas Españas)
Pasaporte ladino
(Ahora sí muchos quieren ser judíos)
Ahora sí
(Mijito, yo soy sefardí)
Limpieza de sangre
(La hispanidad)
Nuestra lengua ladina
(La traga)
Dime si son latinos
(Herencia pagana)
Maquiavelo recargado
(Italia y su política)
Margarita
(Una ventana al pasado)
De dientes para adentro
(Jenny Julia Eleanor Marx)
Con la doble
(La hija abandonada de Neruda)
Magias parciales
(La poesía es una invocación)
Horóscopo para siempre
(Número de suerte: 208)
Sí existe
(El viejo espíritu de la Navidad)
Libro es libro
(…, maestro)
El defensor y la balanza
(En el 9 de abril)
Otros treinta años
(De José «Pepe» Bianco)
Qué fanatismo
(Por el sí o por el no)
Un arma caliente
(El amor entre poetas)
El traje del emperador
(«Recuerda que eres mortal»)
Detrás del mito
(Donde está el Papa, allí está Roma)
De cuerpo presente
(Gram Parsons)
Miseria y comedia
(El tren de un circo)
Quiera Dios enfermar
(Del síndrome de Stendhal)
Ser humanos
(Desde los neardentales)
Con el dedo
(El día del índice)
Nombre y apellido
(Los síndromes literarios)
La música del mar
(Del camarón pistola Pink Floyd)
Tocar a oído
(De los correctores de estilo)
Adentro y afuera
(El fanatismo)
Todo es de color
(Dos milagros del verano del amor)
El bastón de León
(Contra la «sobrevaloración»)
Como sonámbulos
(Rumbo a la Gran Guerra)
¿La guerra a muerte?
(La historia republicana)
El pasado en presente
(El sectarismo como historia de Colombia)
Silencio por favor
(Dice el silenciario)
Elegía sin ver
(Al doctor Calle)
¿Colombia protestante?
(El abismo entre la ley y lo que somos)
A pico de botella
(Tirada por la borda)
Camino al andar
(Ascenso borracho)
Cuento ruso
(De estropeado final)
Elogio del arquero
(Las emociones del solitario)
Comer hambre
(La bibliofilia)
Suave y hermoso
(Jonathan Swift)
Lunares benignos
(Y selenitas)
Original y copia
(Von Kleist y Kafka)
Palabras de cobre
(Voces odiadas)
Cofres viejos
(Entre páginas)
Heridas abiertas
(Hipocresías históricas)
Messi y Procusto
(El síndrome de los mezquinos)
Hijos del «SUP»
(El síndrome del único que se las pilla)
Borrar la historia
(Una paradoja del progreso)
Notas al pie
PRIMERA PARTE
UN TEMA PARA ESCRIBIR
Dicen que fue John Hill, un farmaceuta y botánico inglés del siglo XVIII, el primer columnista en serio de la historia. La suya se llamaba «El Inspector» y empezó a publicarse a diario, desde marzo de 1752, en el London Daily Advertiser, un periódico muy famoso de la época. Algunas de esas columnas se consiguen hoy por internet y son una delicia, escritas al calor de lo que iba pasando todos los días en esa Inglaterra de la Ilustración que es quizás el momento más sabio de la historia, o al menos el momento en que más sabios se han juntado en un mismo sitio y tiempo, allí y entonces, para dialogar y discutir y saciar sin éxito y con encanto su curiosidad inagotable. Esto además en un bar o una taberna o un «pub»: un espacio público enriquecido por la erudición y la chismografía; un lugar festivo en el que la filosofía, los viajes, la economía, la política, la historia, la literatura y la vida fueron un pretexto inmejorable para emborracharse y conversar. Ese es, de hecho, uno de los grandes géneros literarios de la Ilustración europea, la conversación. Y allí, en el arte abrasador del diálogo, floreció la Modernidad. Basta hacer una enumeración incompleta de los contertulios de aquel tiempo: desde el Doctor Johnson –el mejor– hasta su amanuense y escudero James Boswell, quien también escribió una de las primeras columnas de la historia llamada «El Hipocondriaco»; desde el historiador Edward Gibbon hasta el pintor Joshua Reynolds; desde el italiano Giuseppe Baretti hasta el irlandés Edmund Burke o el escocés Adam Smith. Y la lista podría seguir y exceder este libro: Tobias Smollett, el médico y novelista, que vino a Cartagena con el almirante Vernon en 1741, todo un Hay Festival; el científico Joseph Priestley, inventor de la gaseosa, fundador entre otros de una hermandad científica y secreta llamada «La Sociedad Lunar»; el naturalista Joseph Banks, el naturalista del Capitán Cook, más loco que una cabra. En fin: nunca antes, y tal vez nunca después, tanta gente tan inteligente se había dado cita en un mismo tiempo y un mismo espacio.
Y eso es lo que se ve en las columnas de John Hill: una voracidad de hablar a un tiempo sobre todo y sobre nada, sobre lo que sea; una pasión desmedida por el mundo y sus misterios y sorpresas y delirios y absurdos, sus magias y encantos. Claro, él escribía una columna diaria: ¡una columna todos los días, qué agotamiento! Como en su momento lo hicieron, aquí en Colombia, maestros del género como Calibán o Juan Lozano y Lozano o Germán Arciniegas o Daniel Samper Pizano o Germán Vargas Cantillo, en las toldas liberales, o Gregorio Espinosa en las toldas conservadoras. Aunque más valiente era Lucas Caballero Calderón, el grande, que escribía a veces dos columnas al día, una para El Espectador y otra para El Tiempo con el seudónimo de «Klim» que luego sería tan famoso. Hasta que Luis Cano le dijo: «Carajo: allá en el periódico de los Santos hay un tipo que te está imitando. Pero no te preocupes: tú eres mucho mejor».
En el caso de John Hill, como para volver a la Inglaterra del siglo XVIII, él escribía sobre lo que fuera: sobre fantasmas, sobre cocina, sobre el comercio en las Indias, sobre la poesía de Ovidio, sobre las novelas de sus contemporáneos, sobre cómo llevar con dignidad la bolsa del mercado. Y lo hacía tan bien que muy pronto acabó inmiscuido en un episodio histórico que se llama «la guerra de los periódicos» y en el que todos sus contemporáneos, columna va y columna viene, trasladaron al ámbito de la prensa las discusiones de los cafés, y se batieron a muerte en una verdadera justa dialéctica. Allí partieron armas hasta el novelista Henry Fielding y el actor David Garrick, el famoso «yo soy Garrick» de la leyenda.
El surgimiento de las columnas de opinión como un género periodístico, y a veces también como un género literario, basta leer cualquiera de García Márquez, tiene que ver pues con el surgimiento de la consciencia pública en la Modernidad. El espíritu del debate, la discusión, la curiosidad. Y tiene que ver sobre todo con la reivindicación, en el espacio abierto y polémico de la Ilustración, del autor como un individuo cuya voz es inconfundible, de eso se trata. Las columnas se incrustan en un periodismo informativo y comercial como el del siglo XVIII, y muy pronto se vuelven el espacio natural para que en ellas se ventilen temas de todo tipo, en especial temas literarios y políticos. Pero lo que los lectores quieren es confrontarse con esa voz que está allí, dialogar con ella ya sea para refutarla o celebrarla, para odiarla o adorarla. Da igual: lo importante es que uno sepa muy bien que detrás de esas ideas o esos caprichos, ese universo, lo que hay es eso: una concepción del mundo, una forma muy particular de ver las cosas. Y eso no tiene nada que ver con la coherencia, un rasgo que tantos consideran la gran virtud y que para mí es un defecto terrible, el sello inequívoco de los idiotas. De hecho nada hay más aburrido (y es mi opinión, pero para eso estamos) que saber de antemano lo que va a decir y a pensar siempre alguien, conocer por defecto cualquiera de sus reacciones y opiniones frente a todo. Al final lo interesante, al menos en las columnas, no es tanto el qué como el cómo: la misteriosa forma en que se expresa esa voz que tanto nos gusta o nos repele, que nos seduce o nos enfurece pero que nunca nos deja indiferentes.
Eso es lo que yo, como lector, busco siempre en una columna de opinión, y lo soy casi desde niño. No sé por qué, pero desde que empecé a leer periódicos, hace muchísimos años, lo que más me interesó desde el principio fue la llamada «página editorial»: las columnas. Así descubrí a Enrique Santos Calderón, a Antonio Caballero, a Daniel Samper Pizano y a muchos otros maestros de un oficio tan extraño que consiste en creer que uno tiene algo que decir, y lo dice. Pero repito: al final lo importante no es tanto lo que se dice sino cómo se dice, cuál es el estilo que hay allí. Sé que hay quienes leen columnas (o incluso las escriben) para informarse, para tener una opinión calificada sobre el precio del café, por ejemplo, o las últimas decisiones de la Corte Constitucional. Y eso está muy bien, cada quien es cada quien. También está muy bien esa nueva modalidad, o no tan nueva, se remonta al siglo XIX, de usar la opinión como un espacio investigativo y de denuncias. Insisto: nada importa, el género de las columnas no tiene casi reglas, más allá de las que impone la ley. Y además ofrece el gran encanto de la variedad, leer lo que a uno se le dé la gana y por las razones que sea. Y si uno no quiere leer eso, pues no lo hace. Es así de fácil. Más en un mundo como el de hoy, marcado por la superabundancia de opiniones y reflexiones de todo tipo, a diario, a cada instante, cada segundo. En un mar cada vez más nutrido y tormentoso, cada vez más inundado, ¿qué sentido tiene opinar en un periódico? ¿Para qué escribir columnas, para qué llover sobre mojado?
No puedo dar una respuesta colectiva, ni mucho menos, a una pregunta así. Faltaba más. Y cada columnista la responderá a su manera, y la responde además con cada texto que escribe y que publica. En mi caso hay primero una razón literaria, y es que aunque soy escritor, o se supone, eso trato, no tengo la disciplina ni el oficio para sentarme todos los días a escribir una «obra», o lo que se suele llamar así aunque parezca tan pretensioso. Sé que hay colegas que sí tienen esa facilidad, y los envidio y los admiro. Yo no: yo escribo cuando quiero y cuando puedo, y la columna es un espacio que me permite de alguna manera «ejercitar» el músculo de la escritura, calentarlo todas las semanas. Esa es la razón también por la que la escribo como la escribo, una razón fundamental para mí, y es la de la exploración casi diaria de algún tema que me emocione o me conmueva o me interese. Puede ser un libro o un viejo episodio de la historia o un personaje o una noticia extraña o un rasgo inesperado o cómico o absurdo del mundo o mi país, cualquier cosa que llame mi atención se me vuelve un objeto literario: un tema para escribir. Quizás por eso también casi nunca me ocupo, en mi columna, de la actualidad política ni de la coyuntura, aunque respeto mucho y leo a quienes sí lo hacen con rigor y con seriedad, con gracia, con pasión, con desmesura, con ensañamiento y abnegación. Yo decidí desde el principio, si se me permite aquí esta confesión, pero si no es aquí dónde, si no es Barco quién, yo decidí que si iba a escribir una columna tenía que ser sobre temas que me hicieran feliz, que me gustaran mucho. Además con la tranquilidad y la dicha de saber que nadie está esperando que yo me pronuncie sobre nada, mucho menos sobre las grandes discusiones políticas de cada semana. Y como eso ya lo hacen muchos otros que lo hacen tan bien, escogí mejor el camino ecléctico de la curiosidad y el entusiasmo: usar el privilegio de escribir cada semana en El Tiempo, privilegio que me honra mucho, para rescatar nostalgias y viejas hogueras, para atizar las brasas de otros temas y otras cosas. Con la consigna, además, de no lastimar nunca a nadie. Tratar de hacerlo, en un país en el que el envilecimiento y la infamia son tantas veces un método tan eficaz para hacerse célebre.
Estas columnas que aquí se publican resumen eso, mi visión del mundo. Eso quise que fueran, al escribirlas, y ahora que las vuelvo a leer, o que las leo por primera vez, en este libro, así las siento. En ellas hay también un homenaje permanente a mis maestros: a Aulo Gelio o Thomas Browne o Montaigne o Francisco de Cascales o Jerónimo Feijoo o Max Beerbohm o Mary Beard, autores capaces de escribir sobre todo y nada a la vez, sobre los que se les dé la gana. Pienso también en Umberto Eco, en Ortega y Gasset, en Mariano José de Larra, en Karl Krauss, en Kurt Tucholsky: autores que hicieron del «columnismo» una parte esencial de su vida y su trabajo, de su obra. Yo no oso en compararme con ellos, claro que no, pero sí los invoco cada miércoles en la mañana cuando abro el computador y me siento a escribir esta «Ínsula de Barataria» que el lector tiene entre sus manos ahora en forma de libro, la mejor forma que hay. Lo digo y me emociono porque cada semana es una nueva sorpresa, una nueva incertidumbre, un nuevo descubrimiento.
¿Por qué le puse ese nombre a la columna desde el primer día, la «Ínsula de Barataria»? No lo sé. Solo recuerdo que se me ocurrió eso: bautizar cada una de mis salidas semanales con el nombre de la isla en la que gobernó Sancho Panza. ¿Y por qué calamares en su tinta? Tampoco lo sé. Quizás porque estos textos están hechos de su propia sustancia, están pensados como un modesto juego literario. Ojalá.
Empecé a ser columnista en El Tiempo hace diez años ya, desde noviembre u octubre del 2009. Le agradezco mucho a Mauricio Vargas, que fue quien me trajo, y sobre todo a Roberto Pombo, quien me ha dado esta oportunidad única de escribir sobre lo que se me dé la gana todas las semanas. También les debo un agradecimiento especial a Ricardo Ávila, Federico Arango, Luis Noé Ochoa y Carlos Bonilla, el admirable equipo de las páginas editoriales y de opinión del periódico; ellos, y los correctores de estilo, mejoran siempre los textos y nos salvan a los columnistas de quién sabe cuántos disparates al día. A mi esposa, María Virginia Turbay, que es la primera lectora de la columna los miércoles en la tarde antes de mandarla. A mis amigos y colegas Ricardo Silva Romero y Daniel Samper Ospina, que tanto me ayudan cuando se enreda la pita o se pierde la inspiración. Y a mi editor y amigo Leonardo Archila, siempre tan paciente y minucioso y refinado en su trabajo, sin cuyo entusiasmo este libro no existiría. Por supuesto a los lectores por su generosidad, de verdad mil gracias.
Y los dejo, porque hoy es miércoles en la mañana y me tengo que ir a escribir una columna.
EL AUTOR
SEGUNDA PARTE
SAL DE ESTATUAS
(Fidel Castro)
Nunca he estado en Cuba, por desgracia para mí, pero me dicen que allí no hay estatuas de Fidel Castro, aunque sí del Che Guevara, del músico «Bola de Nieve», de Federico Chopin hablando solo, de Ernest Hemingway pidiendo un trago en la barra de un bar, del pobre John Lennon sentado en la banca de un parque, e incluso hay una de un vagabundo, «El Caballero de París».
Pero de Fidel no hay estatuas en Cuba, ni siquiera un busto. ¿Por qué? No sé bien la razón, aunque tengo entendido que esa fue la voluntad del comandante tanto en vida como después, según él por motivos de austeridad y mesura, aunque eso es imposible, y menos en su caso. Un amigo que sabe mucho del tema me dice que es una pura superstición: una trampa para evitar que la posteridad lo baje algún día de su pedestal.
Y no sería raro ni absurdo, pues los tiempos de Fidel Castro –que es como decir el siglo XX– fueron pródigos en estatuas destronadas, muchas de las cuales no alcanzaron ni siquiera a cumplir los años de rigor para que el bronce o el mármol se asentaran en ellas y se ensombrecieran lo suficiente como para que el que pasaba y las veía se sintiera de veras delante de la eternidad.
Eternidad que suele ser un poco larga y tediosa, sin duda, por eso uno de los que mejor la han soportado es don Miguel Antonio Caro, siempre tan sabio, quien la contempla desde su estatua en la Academia Colombiana de la Lengua, sí, pero sentado. Como esa gente que lleva su propia silla plegable mientras hace fila o espera, así ve pasar el tiempo, desde el andén, el más agudo de los gramáticos colombianos. Un crack.
Pero decía que el siglo XX fue rico en estatuas derribadas, y es entendible que Fidel Castro no quisiera ser, ni muerto, el protagonista de esa escena que se repitió tanto y que vimos tantas veces por televisión: una multitud liberada y enfurecida, con toda la razón, jalando con cuerdas y con palos la efigie de algún tirano caído en desgracia: Lenin, Stalin, Saddam Hussein, Gadafi…
En 1810 Napoleón Bonaparte erigió una columna en la Plaza Vendôme de París; era (es) una copia de la del emperador Trajano que está en Roma, pero levantada en este caso para conmemorar la victoria francesa en Austerlitz. En la cima de la columna se puso una estatua en bronce del propio Bonaparte como si fuera un César, con una mano en la espada y la otra sosteniendo el mundo, nada menos y nada más.
En 1814, tras la primera abdicación de Napoleón, el pueblo francés tumbó también la estatua, que fue fundida luego en 1818 y vuelta a hacer y vuelta a poner en 1833, hasta 1871, cuando la Comuna la consideró un símbolo de la barbarie imperial y de nuevo la tiró al piso. ¿Para siempre? No, no todavía: en 1875 se hizo una nueva estatua del emperador, copia de la primera, y allí sigue hasta una próxima ocasión.
No es seria la eternidad, hay que decirlo, y a esta pobre gente la tenemos de arriba para abajo en sus pedestales como si no tuvieran nada más que hacer… Y tal vez no, pero ese no es motivo tampoco para someterla a semejante puerta giratoria. Piensen ustedes en el pobre Américo Vespucio que está en Bogotá, sodomizado cada tanto por hinchas de Millonarios, con el argumento delirante de que es un símbolo del América de Cali (?).
Américo Vespucio, uno de los mayores geógrafos del Renacimiento. Y ahí está, con su mano abierta que sostiene una esfera celeste. A veces se la quitan y le ponen un canasto o una botella de aguardiente; a veces no le dejan nada y parece pidiendo limosna. Max Beerbohm decía que era mejor hacer solo pedestales: imaginarse cada quien las estatuas, qué mejor monumento que ese.
Eso quiere decir la palabra monumento: lo que nos obliga a recordar. Sobre todo cuando no está.
UN CUENTO DE NAVIDAD
(Charles Dickens)
Charles Dickens es el escritor más grande de todos los tiempos. Habrá otros que también lo son, sin duda, pero él lo es por su prosa magistral e hipnótica, por su humor y su compasión y su ternura, por sus personajes inolvidables a los que vemos aparecer por primera vez en la distancia, y con una sola palabra ya sabemos cómo van a ser el resto de la vida. «Ya lo soy», le respondió Dickens a un profesor del colegio que le dijo que algún día sería muy importante.
Y el nombre de Dickens, como se sabe, está asociado a la Navidad más que el de cualquier otro escritor o artista en el que uno pudiera pensar de un solo golpe –creo–, por cuenta de su famosa Canción de Navidad que todos hemos leído o visto, aun sin saberlo; que todos recordamos así no sepamos de quién es ni cuándo nos cruzamos con ella por primera vez en la vida. En un ajado libro infantil, en la versión de Disney con Tío Rico, en el colegio, en la calle: todos conocemos esa historia de Navidad.
La historia del viejo y millonario Ebenezer Scrooge, un avaro que odia la Navidad y que pasa los días contando monedas con sus manos temblorosas y enjutas, encorvado, huraño. Pero una Nochebuena su sobrino Fred lo invita a celebrarla con él y Scrooge se niega con repugnancia. Su pobre trabajador, Bob Cratchit, también se va para su casa, explotado y noble como siempre. El avaro se queda solo, alumbrado solo por la luz de un candil tan tacaño como él mismo.
El resto de la historia ya lo conocemos de sobra: el espíritu de Jacob Marley, un viejo socio, se le aparece a Scrooge para advertirle que no hay peor infierno que el de un avaro; que la avaricia es el infierno, en este mundo y en todos. Luego llegan, en orden, los tres espíritus de la Navidad: el de la «pasada», con sus recuerdos y nostalgias; el de la «presente», con su soledad; y el de la «futura» que le muestra a Scrooge la tumba de un hombre abandonado: la suya.
Lo curioso es que, según algunos aficionados, el nombre de Scrooge le llegó a Dickens justo así, como Juan Rulfo encontraba también los de sus personajes: en las tumbas. En una lápida escocesa de un presunto sobrino de Adam Smith, Ebenezer Lennox Scroggie, que antes que un avaro era un bohemio y un sibarita sin freno. Se trata de una historia falsa y apócrifa, pero tan bella y tan paradójica que debería ser cierta.
Aunque las verdaderas fuentes de inspiración de Dickens para Un cuento de Navidad –que así también lo llaman– no son menos interesantes ni menos asombrosas: por un lado, el terrible relato «Cómo Mr. Chokepear pasa una feliz Navidad», aparecido en 1841 en la revista de humor Punch. La historia de un hombre implacable y perverso que sin embargo llega a la Navidad convencido de ser el mejor de los cristianos por rezar y por juzgar con dureza a los demás. Solo por eso.
Y por el otro lado está la vida de novela de John Elwes: un célebre avaro y político inglés del siglo XVIII, de verdadero apellido Meggot, por el que Dickens sentía una extraña fascinación (también lo menciona en Nuestro común amigo), y cuya mezquindad era tanta como su infinita riqueza, heredadas ambas de su padre y de su tío. Era tan rico que vivía en un castillo, pero era tan tacaño que allí vivía a oscuras para no gastar nunca el sebo de las velas.
Cuenta el capitán Topham, su biógrafo, que John Elwes no se cambiaba jamás la ropa para no gastar agua ni jabón. Que hacía largas filas con los pobres para comer gratis lo que fuera. Una vez, en una taberna, alguien preguntó por él como un «caballero». El mesero respondió: «Aquí no había ningún caballero, solo un mendigo».
Los tacaños no van al infierno, ser tacaño es el infierno. Lo dice Scrooge en un cuento de Navidad.
LO QUE (NO) BUSCABA
(Serendipia)
«Serendipity» (serendipia en español) es una palabra inglesa que le da nombre a un fenómeno que es también uno de los mayores motivos de felicidad y asombro de la especie humana: cuando uno encuentra algo maravilloso que no estaba buscando. Cuando al acecho de otra cosa, o ni siquiera, nos salta por delante un tesoro, un poema, un libro que no esperábamos, un amor, una nueva palabra. Cuando nos metemos la mano al bolsillo para coger una llave y aparece un billete. Eso.
Fue Horace Walpole, un exquisito aristócrata londinense, quizás el mejor conversador de su época –y no es poca cosa: el siglo XVIII fue el siglo de la conversación–, quien acuñó la palabra por primera vez en una carta de enero de 1754 a su amigo Horace Mann. Allí le contaba de un hallazgo inesperado que había hecho en un cuadro, y le daba ese nombre: Serendipity: una «palabra expresiva» que consiste en hacer descubrimientos, «por accidente o astucia», de cosas que no se buscaban.
¿De dónde obtuvo Walpole la idea para sacarse esa palabra de la manga, esa palabra sonora y mágica? Lo dice también en su carta para ilustrar mejor la definición: la obtuvo de un cuentico que una vez leyó, Los tres príncipes de Serendip: la historia de tres hermanos que eran herederos de ese reino (hoy Sri Lanka), y fueron enviados por su padre a rodar por el mundo. Y en cada lugar al que llegaban buscando una cosa en particular, descubrían otra muchísimo más interesante y feliz. Otra cosa inesperada y mejor.
También lo dice Walpole en su carta: la clave de la serendipia, su magia, está en el golpe de suerte. En la sorpresa y en la dicha accidental. «Ningún descubrimiento de cosas que uno estuviera buscando ya entra en esta definición…», aclara. Conozco muchas explicaciones de lo que es Serendipity, incluso un estudio magnífico que hizo el gran Darío Achury Valenzuela. Pero la mejor me la dio Felipe Ossa, citada por el profesor Sutcliffe en sus investigaciones sobre el calcio florentino: “Serendipity es buscar una aguja en un pajar y encontrarse con la hija del molinero, desnuda”.
Muchas cosas del mundo se han inventado así, como la penicilina o el brandy, las llantas de caucho de los hermanos Michelin, el azul prusiano, el Viagra, la distorsión de la guitarra eléctrica, el matrimonio, el continente americano. Con ese criterio se levantó también la mejor biblioteca de la Tierra, la de Aby Warburg: un salón circular y alucinante en el que el azar, o más bien la justicia poética, rige el orden de los libros, y uno entra buscando uno sobre cualquier tema y descubre veinte o mil muchísimo mejores sobre algo de cuya existencia ni siquiera tenía noticia.
Es también lo que pasa con las enciclopedias o los diccionarios o las historias naturales o la poesía –Borges, en resumen–, y hoy con Internet y Google y Wikipedia y otras tantas maravillas: que navegamos a tientas por sus aguas turbulentas creyendo saber muy bien lo que queremos. Pero en el viaje se nos atraviesan tentaciones que nos hacen más felices, que justifican el extravío. Hay quienes buscan solo lo que ya saben que van a encontrar, hay quienes encuentran solo lo que buscan. Ojalá una serendipia enderece su camino.
Si alguien me pidiera un consejo a la hora de investigar o de escribir, una recomendación metodológica, nada más se me ocurriría hoy: estar siempre alerta de lo otro, porque quizás allí duerme lo que necesitábamos. El tema que queríamos, nuestro tema. Ir al archivo o a la biblioteca confiando también en el azar, con la esperanza de que el lobo nos abra otro camino. Porque las cosas también esperaban por nosotros. Todo encuentro es un reencuentro.
Iba a escribir esta columna sobre algo distinto. Y sí.
UN MATRIMONIO FELIZ
(Emma Hamilton, chichisbeo)
El otro día hablábamos con un gran amigo sobre Emma Hamilton y el más que merecido homenaje que le está rindiendo, con una bellísima exposición, el Museo Marítimo de Londres, justo al lado del Observatorio Astronómico de Greenwich, donde el corazón del mundo suele dar la hora con precisión. En este caso se demoró casi dos siglos en hacerlo, pero por fin lo hizo, ya era tiempo.
Eso tienen de bueno –eso y la música, claro– los ingleses: que puede tomarles una eternidad, pero al final nunca le niegan el honor a quien se lo merece, sea un físico, un peluquero, un pirata o un borracho; esto último con mayor razón. Por eso sus pedestales están poblados por la gente más encantadora y dispar, desde William Shakespeare hasta Johnny Rotten, desde Amy Winehouse hasta Winnie Pooh.
Emma Hamilton fue una absoluta precursora que logró imponerse con talento e inteligencia en una época y un mundo del todo masculinos, los años finales del siglo XVIII y los primeros del siglo XIX. A tal punto que cuando a Goethe le preguntaron que cuál era el hombre más importante de su tiempo, lo dijo sin la menor vacilación: «Emma Hamilton, quién lo duda».
Todos hablaban de ella, de su talento para el baile y la conversación, de su olfato certero para manejar los hilos del poder entre Nápoles y Londres. Pero hablaban de ella también porque era la protagonista del que es acaso, aun hoy, el trío amoroso más célebre de la historia, completado por su marido, lord William Hamilton, y por el almirante Horacio Nelson, quien perdió la cabeza por ella.
También es cierto que la cabeza era lo único que le quedaba por perder a Nelson, pues ya antes había dejado en la guerra y en el mar un brazo y un ojo, sobre el que sin embargo se ponía siempre el catalejo para divisar al enemigo, y gritaba en la batalla: «¡No veo nada, no hay barcos en el horizonte!». A Emma Hamilton la vio por primera vez en 1793 y luego la volvió a ver en 1798; primero con dos ojos, luego solo con uno.
Y se enamoró de ella sin remedio las dos veces y ella también de él. Y el único problema que se interponía entre ambos, el marido, fue más bien una solución, pues él también adoraba a Nelson (de otra manera, sí) y consideraba un honor que semejante héroe de la patria se hubiera fijado con tan buenas intenciones en su esposa. En una carta le dijo una vez: «Querida: el amor de Horacio es un tesoro que no podemos perder».
Esa forma a la vez tierna y escandalosa que tenía lord Hamilton de incentivar y cultivar el romance entre su esposa y Nelson no es otra cosa, llevada al extremo, claro, que la vieja costumbre italiana del «chichisbeo»: la posibilidad para un marido muy ocupado o entrado en años de conseguir un buen hombre, ojalá joven y educado y fino, para que se volviera el confidente de su mujer, su «amigo» para todos los efectos.
El chichisbeo era como un confesor y un apoyo y todo lo demás; de allí su nombre, pues en italiano la palabra quería decir “hablar entre susurros”, y ya sabemos en qué acaba eso casi siempre. Una venerable tradición que en algunos casos –solo algunos, por favor– era la fórmula secreta de un matrimonio feliz, pues mientras el marido estaba en lo suyo, su esposa y su chichisbeo también.
Recuerdo la historia del papá de Alfredo Bryce Echenique, que era banquero y tenía una «amiga». Su esposa lo descubrió y él le dijo que sí, que era terrible, pero que ese era un requisito de su gremio, que había que cumplirlo para no quedar mal. Ella aceptó, cómo no. Al otro día vieron a un colega suyo con su amante y le dice la esposa a Bryce: «¿No cierto mi amor que la nuestra es más bonita?».
Coletilla (como todo columnista): el anterior es apenas un relato que no constituye consejo ni obligación.
LA NIEVE DEL ALMIRANTE
(Álvaro Mutis)
El primer libro de Álvaro Mutis, La balanza, se imprimió en febrero de 1948 en los talleres bogotanos de la Editorial Prag. Era un poemario a cuatro manos con Carlos Patiño Roselli, y los autores pudieron recogerlo solo en abril, cuando lograron juntar por fin la plata para pagar la edición. Alguna vez dijo Mutis que es el libro más exitoso de la historia universal, pues se agotó en un día, «por incineración»: el 8 unos pocos ejemplares llegaron a las manos de los amigos, y el 9 ardieron todos los demás junto con Bogotá y sus ruinas.
La poesía de Mutis en La balanza tenía ya, a pesar de su juventud, la mayoría de los elementos que la definen hasta hoy. El furor del lenguaje, su adjetivación apocalíptica; la obsesión de la tierra caliente, del poder corrosivo y nostálgico de la naturaleza, del mundo. Hay también en esos primeros textos un homenaje al surrealismo que entonces deslumbraba al joven poeta, algo que se fue difuminando luego en los libros por venir: Los elementos del desastre, Los trabajos perdidos, Caravansary, Los Emisarios...
Y allí, en ese primer libro agotado por el fuego, ya estaba presente el personaje central de toda la obra de Mutis, Maqroll el Gaviero. Es asombroso (para mí lo es), pero es así: en la intuición y las alucinaciones de un poeta de veinticinco años que ni siquiera sabía si quería serlo o no, ya estaba entero, como una revelación, el protagonista de su literatura. Ese Maqroll de La balanza es el mismo que va a aparecer en las novelas cuarenta años después, embarcado siempre en las más inútiles empresas, acechado por la ruina y por la muerte. Al margen, heroico.
Creo que eso es lo mejor que tiene la obra de Álvaro Mutis: su concepción del mundo, su coherencia; podría decir que su «ética», si los políticos no hubieran devaluado esa palabra ni la hubieran despojado de su sentido verdadero. Y al hablar de la «coherencia» no me refiero a esa virtud presunta e imposible que los seres humanos vivimos exigiéndonos los unos a los otros, como si de verdad la vida fuera racional y exacta y nuestros actos pudieran obedecer siempre a las mismas ideas, a los mismos principios, a las mismas pasiones. No. Hablo de la única coherencia que existe, la del honor y la soledad.
Sé que hay muchos detractores de Mutis que le adjudican terribles defectos, como si lo fueran: la ampulosidad y el barroquismo, la incorrección política, la negligencia, el monarquismo, el éxito. Yo, como fanático, respondo siempre dos cosas, mejor tres: la primera, que los grandes autores de verdad no son solo sus virtudes sino incluso sus defectos, que sus defectos son también su obra y sus virtudes; la segunda, que Mutis logró lo más difícil que hay en el arte, construir un universo, un mundo suyo y único. Y la tercera, que al que no le guste no lo lea, y ya.
Pero el que no lo lea se va a perder de ese universo fascinante y épico. Anacrónico, solemne, sí, pero también hermoso y reparador. Porque la obra de Álvaro Mutis es una profunda reflexión sobre el tiempo y sus astillas, sobre la dignidad y la inquietud que laten en el pasado, en todo lo que sobrevive. Maqroll es justo eso: un sobreviviente, un héroe. También Alar el Ilirio, el protagonista de La muerte del Estratega, el mejor relato de la literatura colombiana, para mí. Quien diga que Mutis no sabe escribir es porque no ha leído esa joya.
Pero Mutis es también un gran provocador de lecturas, desde las Memorias del Príncipe de Ligne hasta las novelas de José Lins do Rego o la poesía de Eliseo Diego. No hay mejor ventana que la suya al vicio impune de leer.
Por eso, por todo lo que le debo, yo también vine a decirle cuánto lo quiero. «Duerme el guerrero, solo sus armas velan».
EL OLVIDO QUE SEREMOS
(Lawrence de Arabia, Christoph Kramer)
Hay un poema del insuperable y exquisito Robert Graves que Borges siempre citaba como si fuera un cuento, porque de alguna manera también lo es. Todos los poemas lo son. Y Borges lo contaba con tanta gracia —en sus conferencias, en sus entrevistas, en sus libros— que nunca dijo el título ni la fecha, solo el nombre del autor, y muchos llegaron a creer que era otro más de sus juegos y artificios: otra festiva y humilde atribución suya de lo suyo a los demás, al otro.
El poema, sin embargo, existe, claro que existe. Se llama El estatero partido y Graves lo publicó en un libro de 1925 y se lo dedicó «al piloto 338171, T. E. Shaw», es decir a T. E. Lawrence o «Lawrence de Arabia», quien entonces usaba esos seudónimos, o el de John Hume Ross, para estar en la Real Fuerza Aérea o en el Real Regimiento de Tanques sin que el ruido y la sombra de su fama le impidieran ser lo único que él quería ser de verdad en la vida: un soldado y un guerrero, un hombre de acción.
Esa es la historia que narra el poema de Graves que Borges hizo cuento: la de un guerrero que huye de su gloria y vuelve a ser lo que siempre fue, por el solo placer de serlo, por el honor y por el juego. No es, además, cualquier guerrero: es Alejandro Magno, que renuncia a ser dios y emperador y se extravía en el Asia, y allí vive como un soldado más mientras en Macedonia lloran su muerte. Pasan los años y un día, después de un motín, Alejandro recibe en pago una moneda en la que está grabada su cara.
Según Borges, así recobra su pasado y se dice: «Eres un hombre viejo; esta es la medalla que hice acuñar para la victoria de Arbela cuando yo era Alejandro de Macedonia…». La idea de Graves es quizás más irónica: los generales se reparten solos el botín y por eso se rebelan los soldados, cuando ya no queda nada de valor que darles. Entonces les ofrecen las sobras: monedas viejas, pedazos de plata y de bronce. A Alejandro le corresponde ese estatero roto con su cara en él. ¿No era su imperio más grande?, se pregunta antes de gastar la moneda en una juerga.
De la manera más inesperada y absurda me acordé de este poema y esta historia al leer ayer, tal vez un poco tarde, no lo niego, la noticia del mediocampista alemán Christoph Kramer, quien fue inicialista con su selección en la final del Mundial pasado*, cuando tuvo que remplazar a Sami Khedira, lesionado antes de que empezara el partido. La suerte para el pobre Kramer, sin embargo, se fue por donde vino, pues a los 31 minutos del primer tiempo, en una pelota disputada con Ezequiel Garay, recibió un golpe en la cabeza que lo dejó en el piso y sin sentido.
Kramer trató de reincorporarse muy rápido al juego pero el juez pidió que lo cambiaran cuando se le acercó y le hizo la pregunta más desconcertante del mundo y sin duda del Mundial: «Réferi: ¿esta es la final?». Ahora me entero de que los médicos le han confirmado al jugador que, por culpa de ese mal golpe (como suelen serlo todos), lo más probable es que nunca en su vida pueda llegar a recordar que estuvo allí en el pasto del Maracaná ese 13 de julio del 2014. Sabrá que estuvo, sí, pero jamás podrá recordarlo.
Es decir: el partido que se supone que es el partido de la vida en la vida de cualquier jugador de fútbol; el partido en el que todos los que alguna vez patearon un balón sueñan con estar desde niños, desde el potrero… ese partido va a ser para Christoph Kramer, siempre, un recuerdo vacío y mudo: 31 minutos en los que estuvo y no estuvo en la final del Mundial, y que nunca podrá saber cómo fueron.
Dice él que lo ha repetido mucho en video para «recordarlo». Supongo que mientras lo hace acaricia la medalla que les suelen dar a los campeones del Mundial.
ELOGIO DE ÁLVARO URIBE
(Rueda)
Para no desentonar con la obsesión que carcome y enloquece a Colombia desde hace ya tantos años, yo también quiero hablar aquí de Álvaro Uribe. Con admiración y gratitud. Porque en efecto se llamaba así, Álvaro Uribe Rueda, y fue un político colombiano del siglo XX, «nacido en Bucaramanga y bachiller de los jesuitas», como él mismo pedía que lo presentaran adonde fuera, o por lo menos en sus libros. Y como todo colombiano que se respete —y aun los que no—, quiso ser presidente de la república, pero no lo logró.
Fundó, junto con Alfonso López Michelsen y otros «compañeros», el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), una disidencia de ese partido opuesta al Frente Nacional y sobre todo a lo que entonces se llamó «la alternación»: la llegada por turnos, entre liberales y conservadores, a la presidencia de la república, como en el juego de la silla caliente o el del tingo-tango. Cuatro años los unos, cuatro los otros. Eso sumado a «la paridad»: la repartición en dos mitades exactas de la burocracia y el presupuesto, «la malparidad». Esto a ustedes, esto a nosotros.
Pero no me voy a poner a hablar mal aquí y ahora del Frente Nacional, que además fue uno de los pocos procesos de paz que han funcionado en la historia de Colombia, para bien y para mal; y su «posconflicto», de alguna manera, es nuestro conflicto de hoy, así que ahí les dejo esa uña en el trompo. Lo cierto es que Álvaro Uribe Rueda fue durante años un político profesional y activo, hasta que se dio cuenta, según sus propias palabras, «de que no hay nada más triste y sórdido que la política», y se retiró.
Entonces se encerró en su biblioteca a escribir un libro, La otra cara de la Luna, que era una refutación de la «leyenda negra» contra España y una defensa del legado hispánico en América, con sus luces y sus sombras. La misma hipótesis de López Michelsen y de Indalecio Liévano que estaba en el origen del MRL, a saber: que la corona española, durante la Conquista y la Colonia, había buscado la defensa de los débiles (es en serio), y que en ese propósito se le atravesaron los encomenderos y los herederos de los conquistadores, los señores feudales de acá, los próceres.
Así, la Independencia habría sido, según esa visión de la historia, un proceso oligárquico y no popular: el triunfo del patriciado criollo, tan blanco y tan cristiano, que se había aprovechado del vacío de poder en España para dar por fin un golpe de mano, incubado durante siglos, contra la única autoridad que frenaba su apetito y su poder, la corona. La utilización perversa del discurso democrático para negarlo en la realidad y perpetuar con él las estructuras de una sociedad premoderna y señorial.
La república como una prolongación de la Colonia y sus peores vicios. Eso quería decir también Uribe Rueda en su libro: que la nuestra es una sociedad que desde la Independencia cree ser moderna de verdad, con instituciones liberales que suenan muy bien en la teoría, sí, pero que en la práctica se estrellan a diario con nuestra identidad tan hispánica y tan intolerante, tan confesional, tan excluyente, tan soberbia. El choque brutal entre lo que decimos ser y lo que somos.
Álvaro Uribe Rueda dejó sin terminar, y no era para menos con ese título tan bello, La otra cara de la Luna, pues mientras lo escribía lo desvió otro libro monumental que también hizo y publicó, Bizancio, el dique iluminado. Ambos, aunque suene absurdo, hacen parte de la misma historia, la nuestra. Y ahora podemos leer también el primero, por fin, publicado por la Universidad de los Andes. Así como quedó, inconcluso, polémico, brillante.
La otra cara de la luna: el lado de nuestra historia que no siempre vemos y que también fuimos y seremos.
YO NO SÉ, CHARLIE
(Fernand Braudel)
En 1987, el historiador francés Fernand Braudel publicó su Gramática de las civilizaciones: un manual para que los jóvenes de su país pensaran la historia más allá de los hechos (aunque sin ignorarlos, claro), y la vieran en toda su complejidad geográfica y cultural, económica, política, moral. Por eso, para él, las «civilizaciones» eran el mejor protagonista del relato histórico: la mejor categoría para entender, en la larga duración, la evolución del ser humano.
¿Y qué es una civilización? ¿Una cultura? ¿Son lo mismo? Ese fue el debate de muchos de los grandes filósofos e historiadores europeos de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: Dilthey, Huizinga, Toynbee, Spengler, Collingwood, Ortega, Elias… Y Braudel en su libro lo recoge y dice que al final no importa, y que para él una civilización es varias cosas a la vez: una cultura, sí, también. Un espacio vital con sus técnicas, su economía, sus valores; una identidad y una continuidad y una mentalidad.
Y el primer capítulo del libro es sobre el islam. Sobre su historia y su evolución, sobre las condiciones culturales y materiales que lo hicieron posible. Sobre el pueblo que lo creó, el pueblo árabe, un pueblo semita, y los distintos pueblos, tan distintos, que lo nutrieron luego: los persas, los turcos, etcétera. Sobre la eterna disputa, desde el siglo VIII, entre el mundo islámico y la cristiandad, y sobre la actualidad y el futuro de esa disputa. Braudel pone entonces un mapa mundial con los lugares de mayor influencia y presencia del islam, y no está Europa. No todavía.
Ahora: ¿es el islam una civilización? Para Braudel sí lo es, al menos según sus premisas. Aunque ese es otro debate interminable, pues hay quienes dicen que, más que una civilización, el islam es una religión en la que confluyen muchas civilizaciones y muchos pueblos, muchas culturas. Pero en fin: si uno habla de la «civilización cristiana», como un sujeto histórico, puede hacerlo también, como Braudel en su libro, de la «civilización musulmana»: una civilización prodigiosa –una cultura: lo que sea– que es mucho más rica, compleja y refinada que esa caricatura fanática que Occidente hizo de ella.
¿Y qué es Occidente? Ahí está el problema: que ya nadie lo sabe bien. Fue la «civilización cristiana», sí, pero luego se despojó de sus contenidos religiosos y empezó a definirse a partir de discursos políticos y económicos que se resumen y se consuman en eso que se llama la modernidad: la democracia, el liberalismo, el capitalismo… Discursos a nombre de los cuales Occidente se impuso en el mundo como si sus valores fueran absolutos y universales, y como si fueran superiores y mejores. Y no lo son.
O tal vez lo sean, no lo sé. En realidad no estoy haciendo un juicio: estoy apenas pensando en voz alta, porque creo que esto no tiene remedio. El integrismo islámico es una maldición, sin duda, pero lo es también para millones de musulmanes pacíficos que son sus víctimas en el mundo entero y que tienen que responder por él cada vez que sus alienados voceros cometen una atrocidad. Solo que los yihadistas ya no surgen solo «allá», como antes, sino también «acá». Ya no hay «allá» ni «acá».
Europa es ahora también una madraza de la que surgen islamistas. Y no son «inmigrantes», ya no: son franceses, o belgas, o ingleses: herederos marginados y envilecidos del colonialismo, o del multiculturalismo fallido, o de la sociedad del bienestar, que buscan su salvación en ese brutal martirio. Todo dentro de un círculo fatal: el fracaso de Occidente engendra por igual a los radicales que lo quieren matar y a los radicales que lo quieren salvar y defender.
Si ya hasta Putin, por favor, anda diciendo que él también es Charlie.
PREDECIR EL PASADO
(Eric Hobsbawm)
Eric Hobsbawm, que acaba de morir en Londres a los 95 años*, fue sin duda uno de los mejores historiadores de nuestro tiempo. Lo fue en los dos sentidos de la expresión, tan ambigua: como uno de los mejores y más lúcidos historiadores nacidos en nuestro tiempo –«nuestro» es un decir, pero esa es también la gran enseñanza de la historia: que todos los tiempos son nuestros, que todos viven en nosotros–, y como uno de sus mejores y más agudos intérpretes.
Yo lo vi sólo una vez en mi vida, el año pasado en Hay-on-Wye durante el Hay Festival de Gales. Allí habló con Tristram Hunt de lo que significaba ser marxista, de lo que significaba la esperanza para un hombre de 94 años. Dijo entonces que sólo los viejos pueden darse ese lujo, el de la esperanza, porque los jóvenes saben demasiado y son muy serios, y son muy jóvenes. Luego lo vi asistir a todas las charlas del festival –todas–, cargado en andas como en una procesión. Enfermo, sabio, curioso y feliz.
Y ahora que Hobsbawm ha muerto y ha dejado de ser un sobreviviente, un testigo; ahora que su vida ya le pertenece sólo al tiempo cumplido, el tiempo que él mismo quiso comprender y asir con sus palabras, que hoy son historia en los dos sentidos de la expresión, tan ambigua. Ahora todo el mundo ha hecho el merecido elogio del maestro. En el Guardian, en el Times, en Le Monde, en Arcadia. Por su lealtad a sus ideas, por el rigor de sus métodos, por la riqueza de sus temas y sus reflexiones, por su amor al jazz.
Y ya que todo el mundo ha dicho eso y más, con tanta justicia, yo quiero celebrar aquí un aspecto fundamental de la obra de Hobsbawm que muchos científicos sociales considerarán algo menor e intrascendente, prescindible, vano: su estilo, su manera de escribir. Porque, más allá de sus ideas, de sus intuiciones –algunas fallidas: en 1963 dijo que en veinte años nadie iba a saber quiénes eran los Beatles–, de su apuesta teórica y política, Hobsbawm fue un gran escritor, un gran narrador.
Y la historia es una ciencia social, claro, o una «disciplina» como dicen ahora: un conjunto de métodos y de debates, un lenguaje, unas teorías, unas posturas filosóficas, unos problemas, unas preguntas, incluso unas respuestas que siempre se agotan. Pero la historia es también un relato –muchísimos relatos– y en esa medida, como lo sabían los antiguos sin el menor complejo, comparte su suerte con la literatura. Por eso el estilo de los historiadores no es sólo una cuestión estética; es también una cuestión científica, de método.
Recrear e inquirir el pasado, convocarlo de nuevo al presente que es lo que hace el historiador para sembrar de dudas y de conjeturas su propio tiempo, su vida y la de sus contemporáneos –contemporáneos del tiempo, luego recuerdos–, es una labor adivinatoria en cuyo éxito influyen por igual las fuentes y las metáforas. El rigor, los documentos, la imaginación, la ciencia, la nostalgia. Inventar también quiere decir descubrir.
Cuenta la historia (la historia es un acto de fe) que Walter Raleigh decidió escribir una «Historia Universal desde los asirios hasta mis días», mientras pasaba largos meses de prisión en la torre de Londres. Una noche oyó un ruido aterrador bajo su celda; no pudo dormir. Al otro día preguntó que qué había pasado, nadie fue capaz de contestarle, nadie sabía. Puso en su diario: «Hasta hoy llega mi proyecto de hacer esa Historia Universal. ¡Si no puedo saber qué pasó anoche bajo mi celda, qué voy a poder saber cómo eran los asirios hace miles de años!».
Eso dijo Hobsbawm cuando le pregunté, en una cafetería del Hay, por los Beatles: «Me alegra haberme equivocado. Predecir el futuro es tan difícil como predecir el pasado».
EL ESPEJO ENTERRADO
(Martin Bernal)
El pasado 9 de junio* murió en Cambridge, en su Inglaterra natal, Martin Bernal. Uno de los mejores académicos de los últimos cuarenta años en el mundo, y de quien diría con gusto y admiración, si no me pareciera tan abominable esa palabra, que era también un gran «intelectual»: un pensador incisivo y de verdad, un escritor curioso e impertinente que estaba siempre dispuesto a remover con sus preguntas y sus libros las piedras en que se suelen recostar muy cómodos los dueños oficiales de la verdad y del saber, pobres.
Bernal nació en Londres en 1937 e hizo una carrera brillante como experto en la historia y la cultura de China, cuya lengua hablaba como si hubiera nacido allá, o aun mejor (sí); también sabía vietnamita y japonés, hebreo, griego, latín y francés. Era hijo de J. D. Bernal, el gran científico y erudito, y de Margaret Gardiner, la artista e hija rebelde del egiptólogo Alan Gardiner, que una vez puso sobre su mesa de noche la gramática de los jeroglíficos y le dijo a su nieto Martin: «Prohibido tocarla». Desde entonces no la pudo soltar.
Pero lo mejor de la obra de Martin Bernal fue el libro descomunal y polémico por el que muchos lo conocimos y aprendimos a admirarlo y a quererlo, Atenea negra: tres tomos alucinógenos de un alegato en contra de la idea tradicional (ninguna lo es; ese fue el debate luego) que todos tenemos en Occidente sobre la Grecia clásica y su influencia en nuestra vida diaria y nuestra cultura, aquí y ahora. Había que raspar en las piedras para encontrar la verdad, decía él.
De alguna manera, Bernal hizo con los estudios clásicos (sobre todo con su desarrollo y evolución en la Europa del siglo XVIII y el siglo XIX) lo que Edward Said quiso hacer con los «estudios orientales». Es decir: mostrar la manera en que el conocimiento científico y académico es también, o puede llegar a serlo, un instrumento ideológico y de dominación, una construcción sesgada que muchas veces refleja más los intereses y los prejuicios de quien la construye, que la realidad del objeto que ese conocimiento busca definir.
No voy a rescatar aquí, no hay tiempo, la controversia sobre Said y el orientalismo, y apenas menciono la sabia reseña y refutación que le hizo Robert Irwin. Pero en el caso de Martin Bernal y su Atenea negra el escándalo fue inmediato, porque muchos clasicistas saltaron indignados a corregirle los errores y a defender su oficio, no faltaba más. Lo que él decía era que la filología del siglo XVIII había manipulado la complejidad de la cultura helénica, construyendo un «modelo ario» de Grecia que negaba sus influencias semíticas o egipcias. Lo que ellos decían era que no, que estaba equivocado.
Fue una disputa política complicadísima, como se ve, que nunca se resolvió; hasta el sol de hoy. Pero más allá de su tecnicismo, se refiere a algo de verdad importante: la influencia que ejerce sobre nosotros, todos los días, la cultura griega antigua; y la manera en que los occidentales hemos ido descubriendo en nuestra historia, e inventando y usando y explotando, las palabras de esa cultura. Grecia es el mayor de los mitos griegos y a él volvemos siempre que queremos adjudicarles a las cosas un origen noble, desde la democracia hasta la superstición, desde la economía hasta el azar.
Somos occidentales, esa extraña manera de seguir siendo griegos. Esa fue la mejor enseñanza del gran Martin Bernal: que cada quien tiene la Grecia que se merece; que ellos fueron nuestro invento y nosotros el suyo. Que Grecia es un espejo ladino que no miente –el mar, el mar–, ni da lo que no somos ni tenemos.
Dondequiera que esté ahora Martin Bernal estará removiendo una piedra. Hablando en chino con Homero. Brindo por ellos, por los griegos.
EL VIAJE SENTIMENTAL
(Werner Jaeger)
Hace poco leí una anécdota de Werner Jaeger que me hizo quererlo y admirarlo todavía más, si cabía. Una anécdota ejemplar: estaba el maestro en Atenas en 1956, era la primera vez que iba y creo que fue la única que estuvo allí en ese lugar de sus sueños, el escenario histórico –al menos eso– de esa cultura antigua y eterna que había marcado su destino y que lo hizo ser quien fue. Igual que a todos en Occidente.
Jaeger fue uno de los grandes estudiosos y entusiastas en el siglo XX de la antigüedad griega, y sobre esa cultura escribió un bellísimo libro llamado Paideia: un clásico que para muchos sigue siendo, y lo es, uno de los mejores caminos para descifrar o por lo menos para empezar a entender esa herencia riquísima y compleja que es el alma, el andamio de nuestro mundo aún hoy.
Pero en ese viaje ateniense, de frente por fin a todos esos lugares de los que había hablado y escrito toda la vida, el maestro prefirió no verlos y en cambio se quedó tranquilo en su habitación tomando vino. Parece que sí fue a la Acrópolis, pero en vez de subirla la contempló en la distancia, vio desde abajo el Partenón, muy rápido, y se montó en un taxi y se fue para su hotel y nunca más volvió.
Nadie lo podía creer: una de las personas que más habían hecho en el mundo por la reivindicación de la herencia griega y por despertar el interés de la gente moderna en esa herencia no quería verla. Estaba allí y le daba la espalda. Jaeger explicó entonces que con el aire del lugar le bastaba y que prefería quedarse con la imagen de ese sitio sagrado tal como él se lo había inventado o lo había soñado, no como era en la realidad.
A veces es mejor no arruinar la magia de las cosas; a veces es mejor recordarlas sin haberlas conocido. Eso mismo, según Jaeger, había hecho August Boeckh, otro de los mayores expertos en la Grecia antigua y quien un siglo antes que él, y con el mismo argumento, también se había negado a ir a Atenas a verla de verdad: prefería no hacerlo, aterrado ante la posibilidad de que la realidad fuera inferior a su ilusión y a sus expectativas.
Dos posturas extremas y románticas, claro, como de otros tiempos, aunque ocurrieran hace no tanto. Pero dos posturas también explicables y honradas, casi «platónicas», para usar un adjetivo que a ambos les habría hecho mucha gracia: la actitud de dos enamorados para los que Grecia, toda Grecia, era un mito, y que prefirieron mantenerla así en su memoria y en su corazón (son lo mismo) sin la intervención mezquina de la realidad.
Aunque también es una lástima que Boeckh y Jaeger, cada uno en su momento, no hubieran visto con sus propios ojos esas piedras y esas ruinas que suelen no decepcionar a nadie. A pesar de las hordas de turistas que las trepan sin freno y que las retratan para luego olvidarlas, a pesar de todas las expoliaciones del tiempo, esas ruinas conservan muy bien el espíritu de la cultura que las levantó antes de que lo fueran.
Y en ellas se ve la evolución de ese mundo: las distintas épocas que lo habitaron –la historia es corrosiva–, los dioses y las guerras que no pudieron acabarlo del todo. Jaeger habría visto del otro lado de la Acrópolis, por ejemplo, la piedra sobre la que san Pablo fundó el cristianismo al asegurarles a los atenienses que ese «dios desconocido» al que le habían hecho un altar era el mismo Jesús. Eso es el Evangelio.
Pero ya no hay viajeros así: ya nadie cierra los ojos para tratar de entender el alma de los sitios, su olor y su voz y su memoria. Estamos todos muy ocupados, hoy, en ver cómo salimos en las selfis. Lo demás no importa, da igual.
Y aunque salimos todos con los ojos tan abiertos, qué curioso, qué horror, casi nunca vemos mejor.
QUE SEA UN MOTIVO
(Jaime Jaramillo Uribe)
Leo en la prensa que se murió en Bogotá*, casi de cien años, Jaime Jaramillo Uribe, uno de los historiadores más importantes de Colombia, si no el más importante o al menos el que más influyó en todos los demás. Y si no lo hizo de forma directa con su pensamiento y sus preguntas y sus métodos, sin duda sí como un precursor (un ejemplo) que contribuyó como nadie a mejorar la manera en que aquí se estudiaba y se entendía el pasado.
En el caso de Jaramillo Uribe, con una vida tan larga y tan llena de realizaciones, claro, la muerte no significa tanto una sorpresa como el recordatorio nostálgico de que aún estaba vivo. Pero debe significar también, y sobre todo, una oportunidad y un pretexto para volver a su obra: para leer otra vez sus libros o para descubrirlos; para renovar con ellos algunas de las ideas más lúcidas e interesantes que se hayan dicho sobre lo que es este país.
Un país, qué extraño, del que se podría decir que ha tenido mejores historiadores que historia, mejores intérpretes del pasado que fortuna en él. Mejor historiografía que suerte, y quizás lo uno por lo otro, no lo sé. Pero escribe uno nombres al azar, casi sin pensarlos, y ninguno sobra y faltan muchos, más bien: Joaquín Tamayo, Luis Ospina Vásquez, Margarita Garrido, Santiago Castro-Gómez, Jorge Orlando Melo, María Clara Guillén…
En fin: gente muy valiosa –y toda la que falta, ya digo– que se ha ocupado de nuestro pasado y lo ha cuestionado y ha tratado de entenderlo y recrearlo, de volverlo presente porque todo pasado siempre lo es. Cada quien con sus más y sus menos, con sus sesgos, sus ideas, sus diferencias y obsesiones; todos con las limitaciones propias de su época y de su vida, faltaba más, ya lo decía Lucien Febvre: «Toda historia es hija de su tiempo».
Y en esa tradición, la de nuestro pasado hecho ciencia, por feo que suene, y suena horrible, la obra de Jaime Jaramillo Uribe fue definitiva, un antes y un después. Por los instrumentos de otros saberes, como la sociología o la demografía, que incorporó en sus reflexiones; por los debates que propuso o que trajo de afuera para enriquecer las interpretaciones que aquí se hacían todavía muy a la antigua, demasiado a la antigua.
Pero ante todo, creo, por su ausencia total de dogmatismo: por su afán sincero de comprender, que en sus textos se percibe siempre abierto y generoso, lleno de dudas y de preguntas más que de respuestas a la brava y atropellos al lector. Jaime Jaramillo Uribe es un ejemplo en este país de lo que es de verdad un pensador liberal, aquí donde ese adjetivo está tan devaluado y manoseado por quienes son su negación y lo llevan en el pecho.
Es que era tan liberal Jaramillo Uribe que fue quien mejor entendió, por no decir que fue el único que lo hizo, a don Miguel Antonio Caro. Yo recomiendo siempre un libro suyo que se llama La personalidad histórica de Colombia: una selección de algunos de sus ensayos, en donde aparecen todos sus méritos intelectuales: su curiosidad, cuando habla del Romanticismo; su agudeza, cuando reivindica el espíritu mediocre de este país…
Y recomiendo también, por supuesto, su obra maestra, El pensamiento colombiano en el siglo XIX: una profunda disección, autor por autor, de una sociedad cuya mente estaba todavía (y está, quizás) en la Colonia, pero que trataba de ser moderna a pesar de sus estructuras señoriales. Un país contradictorio y feudal que decía ser democrático y pocas veces lo fue de verdad.
Que la muerte de Jaime Jaramillo Uribe sirva para recordar su vida. Sobre todo ahora que se habla al mismo tiempo de la memoria y de la inutilidad de las humanidades.
Que sirva para volver a sus libros, que hicieron mejor nuestra historia.
FLORES A LLORENTE
(El prócer favorito)
Todos los años, desde hace años, le rindo un homenaje el 20 de julio a don José González Llorente: el español al que los oligarcas santafereños apalearon en su propia tienda, luego de ir a pedirle prestado (a él, que vendía cosas) un florero o un charol para una fiesta. Dijo que no, hoy no fío, mañana sí, y casi lo matan: le dieron palo hasta que fue a esconderse donde Lorenzo Marroquín. La víspera habían bañado en tinta sus libros.
Por eso, todos los años, el 20 de julio, Llorente es mi prócer de la independencia favorito y entonces hago algo en su honor, lo que sea: me emborracho, pongo completa In a Gadda da Vida, rompo un florero, sodomizo la estatua de Camilo Torres (no «Fritanga» ni el cura, el otro), algo. Por un señor que siempre fue honorable y decente, según documentos, y que además era lo único que nunca fueron sus verdugos: un burgués, un moderno, un vendedor de cosas.
La historia de la Independencia que nos han contado (la del colegio, digamos, no la de quienes han hecho reflexiones serias, desde Margarita Garrido hasta Jorgito Arias de Greiff, el comodoro) es más o menos así: que aquí vivíamos en la noche colonial oprimidos por los españoles, y que un día, de la mano de las ideas liberales de la Ilustración y la Revolución, los valerosos criollos nos liberaron y rompieron las cadenas de tres siglos.
Así empezamos, dicen, un proceso bienhechor por el camino del liberalismo y la modernidad, con ideales de igualdad y justicia para todos: los negros, los blancos, los indios, los zurdos. Construyendo nación, dicen, haciendo camino al andar. Pensando en grandes cosas como el Progreso y el Desarrollo; Fritanga. Así, en mayúsculas. Convencidos de que pronto llegaría el futuro.
Se trata de una versión de las cosas falaz y codiciosa, como suelen serlo las historias nacionales, casi todas las historias: un relato del pasado que es más un acto de fe que otra cosa, en el que la verdad solo sirve cuando sirve, no cuando es cierta. Y así ha sido desde la Antigüedad, por eso no hay que escandalizarse; en algo tenemos que creer, algo tendremos que ser.
El problema de nuestra historia patria, sin embargo, es que sus errores y desfalcos no han sido ni siquiera útiles, al revés, y su sombra todavía nos persigue y empaña nuestra identidad; hoy más que nunca. Muchos próceres, por ejemplo, no eran modernos ni liberales sino todo lo contrario: herederos y gestores acá del orden colonial, sus dueños, que hicieron la Independencia para seguir en el poder, para prolongar la Colonia.
Eran lo que dije arriba –tenía que decirlo–: unos burócratas, unos hipócritas. Obsesionados con la blancura y la limpieza de sangre, enfrentados con España porque no los reconocía como españoles de verdad; porque la Corona frenaba su apetito, su manera terrible de tratar a los «bárbaros», a los que no eran como ellos. Científicos, sí, que usaron la ciencia para confirmar sus prejuicios religiosos. Lectores de la Biblia más que de Voltaire y de Locke.
Se trata de un típico caso de gatopardismo: una élite que se sirve de la revolución para que nada cambie y para conservar sus privilegios. Por eso acá el Estado funciona así: porque somos feudales y católicos y autoritarios –todos, víctimas y victimarios–, con ideas modernas que nada tienen que ver con nuestra mentalidad o nuestra vida. Como dijo Guillén Martínez, somos la Encomienda y la Colonia con el disfraz de la República. Todos, los buenos y los malos.
Un disfraz mal hecho, remendado. Por eso hoy me permitirán que clave esta esquirla del florero en honor de Llorente, quizás el único liberal de verdad que ha habido en nuestra historia. De ahí que los criollos lo apalearan.
EL MEJOR LIBRO
(El poder político en Colombia)
La editorial Ariel acaba de publicar, no sé si por décima o vigésima vez, el que es quizás el mejor libro que se haya escrito sobre este país, o al menos sobre la obsesión suprema y vesánica de este país –y de todos– que es la política: la manera en que aquí, desde el principio, han conseguido el mando los que mandan. Y también la manera en que los que no mandan han permitido que eso sea así.
El libro, escrito por Fernando Guillén Martínez, se llama El poder político en Colombia y debería ser estudiado no solo por su contenido, que es riquísimo, sino además por ser una especie de milagro editorial en nuestro medio, pues aunque es un texto académico y teórico, se volvió un libro de culto que se edita y se reedita y se agota como si fuera un libro pirata de superación personal, aunque al final todos los libros lo son.
De hecho El poder político en Colombia, como lo cuenta Fernán González en el prólogo, circuló primero en una especie de edición clandestina de mimeógrafo, y así siguió por largo tiempo de mano en mano entre sus devotos lectores, hasta que por fin, en 1979, cinco años después de la muerte de su autor, salió como libro y desde entonces no ha parado de imprimirse, quizás ante la mirada perpleja de sus propios editores.
Lo que explica ese hecho casi milagroso, que un libro así se venda tanto y se agote siempre, es sin embargo una obviedad, y es que el libro es extraordinario y en su momento significó una verdadera revelación y una ruptura, no por discreta menos profunda ni menos importante y explosiva, con la manera en que hasta entonces se pensaba la historia política de Colombia, sus procesos y sus estructuras y sus tradiciones.
Guillén fue además un magnífico escritor, cultísimo y con un estilo al mismo tiempo conciso y elevado, transparente. Basta leer su libro La torre y la plaza, otra joya, para saber desde la primera página que en él late la voz de un gran prosista. Pero también la voz de un investigador riguroso que tuvo la apertura mental y la inteligencia de usar sin dogmatismo métodos que entonces eran muy novedosos y audaces, al menos acá.
En un tiempo en el que el pensamiento colombiano, sobre todo el pensamiento histórico y social, exigía el sectarismo de partido o la militancia ideológica y confesional, Guillén Martínez tuvo la valentía de pensar con total libertad –cómo más–, rechazando incluso ideas que muchos de sus contemporáneos aceptaban a rajatabla, como la de la revolución violenta, por ejemplo, o la del odio ciego al legado español en América.
De ahí parte, entre otras cosas, El poder político en Colombia: de una definición de la forma en que se fueron configurando las estructuras políticas en nuestro país, empezando por la conquista española, que planteó unas relaciones de dominación muy particulares entre el elemento ibérico y el elemento indígena, hasta desembocar en la Encomienda, esa institución política por excelencia de la época colonial.
Al final, dice Guillén, la Encomienda quedó aquí como la forma más eficaz de organizar el poder, quizás con otros nombres y aun después de la Colonia, hasta hoy. Pero el espíritu fue siempre el mismo: una estructura señorial de caudillos y gamonales que remplazan al Estado, a los partidos, al gobierno, y que hacen de la política una transacción entre ellos y sus beneficiarios, su clientela. La ciudadanía como servidumbre.
Eso dice Fernando Guillén Martínez y muchas cosas más, demostrando además, como los grandes maestros, que en las ciencias sociales sí se pueden decir cosas profundas con belleza y claridad.
«En los libros están también las rosas», escribió alguna vez en otra parte. Y el suyo es el mejor que se haya escrito aquí para entender nuestras espinas.
EL AÑO DEL COMETA
(Astronomía)
Debo reconocer que caí un poco tarde a la emoción que produjo en el mundo –en el espacio, qué carajo– la llegada el 12 de noviembre del aterrizador Philae al cometa 67P/Churiumov-Guerasimenko*. Vi las noticias, claro, porque no se hablaba sino de eso. Pero solo hasta ahora, casi ocho días después, puedo sentarme frente al computador a saber bien cómo fue todo, desde el desprendimiento del módulo de la sonda espacial Rosetta hasta su entrada por fin al destino final, dando tumbos.
Y la verdad es que como uno no sabe nada de eso, ni de nada, lo que alcanza a ver o a entender de lo que ve allí es muy poco, y al final lo que cuenta y lo que queda, por lo menos en mi caso, son algunos relatos y algunas imágenes: como fulgores (como poemas) que lo explican todo, así uno no entienda nada; porque en el fondo esa es quizás la única manera de entender aunque sea un poco: con la emoción y el asombro; con la certeza inamovible de que algo es importante así no sepamos muy bien por qué.
Eso tiene la astronomía de hermoso, aunque quizás esté diciendo una pura herejía de ignorante y de profano. Pero sus hazañas y sus misterios y sus revelaciones nos emocionan tanto a todos, o a casi todos, así no entendamos nada, porque en ellos está también la poesía: la magia que mueve al Universo; la ciencia ficción; la música de las esferas; la fe o sus vacilaciones. Fenómenos que han acompañado al hombre desde que está en la Tierra y que lo han hecho ser lo que es, aun hoy.
Porque de todas las ciencias quizás no haya ninguna más ambiciosa o más desarrollada que la astronomía –no lo sé, otra herejía–, pero tampoco debe de haber otra que conserve un apego tan profundo a sus fundamentos filosóficos, a sus orígenes. El Universo, voy a decir una solemne tontería, es el gran misterio de la humanidad, y la astronomía ha sido uno de los caminos más bellos que nuestra especie ha trazado para descifrarlo. No en vano ese camino se ha cruzado tantas veces con el de la religión, porque a veces «en las grietas está Dios, que acecha».
Además creemos, de manera equivocada, que la ciencia es solo razón y distancia, la fría comprensión de las cosas más frías. Es al revés, o debería serlo. Por lo menos en el caso de quienes estaban al mando de la misión de la sonda Rosetta en la Agencia Espacial Europea lo era. Había que ver sus gritos de felicidad, sus lágrimas, su emoción por el milagro que estaban logrando. Me conmovió sobre todo la escena de la doctora Mónica Grady, en la BBC, cuando se supo que Philae ya estaba por fin en el cometa: lloraba y daba alaridos de felicidad, sin poder creerlo.
No es para menos: diez años y poco más duró la extenuante proeza de cazar al cometa alrededor del Sol, para luego ensillarlo y saber sus secretos. ¿De qué está hecho un cometa? No lo sé, más herejías: de rocas, de polvo, de gases, de hielo: ese amasijo incandescente que cada tanto, desde el principio de los tiempos, cruza nuestro cielo con sus augurios y promesas, como el que pintó el Giotto sobre el pesebre en que nació Jesús. O como el que cruza el tapiz de Bayeux en la Edad Media, mientras los hombres lo miran absortos: «Isti mirant stella», estos admiran la estrella.
Ese fue el mismo cometa, el cometa Halley, que muchos aquí salimos a ver una noche de 1986. Y no lo vimos, claro que no, pero sabíamos que allí estaba, que allá iba: ese año providencial del Mundial de México y su barrilete cósmico. Estos admiran la estrella, aunque no la vean. ¿Sirve de algo llegar a un cometa? Quizás nos sirva, han dicho ahora los científicos, para responder una pregunta menor: de dónde venimos, cuál es el origen del mundo.
Y hay quienes creen que es poca cosa. No importa: piensan lo mismo de la poesía.
ELOGIO DEL IDIOTA
(James Boswell)
La literatura y el pensamiento están llenos de parejas célebres y heroicas: don Quijote y Sancho, quizás la mejor; Dante y Virgilio, aunque en realidad allí lo que había era un trío, con Beatrice; Goethe y Eckermann, Borges y Bioy Casares, Garzón y Collazos, Ortega y Gasset: como si el mundo tuviera sentido solo de dos en dos, como si la vida compartida así fuera más llevadera y feliz. Y es probable que sí.
Pero de esas parejas literarias hay una que ha ido cambiando a través de la historia aunque acaso ya no le importe a nadie y pocos la recuerden o la frecuenten o sepan de ella; una cuyos dos miembros principales (porque eran pareja pero también extensa comunidad: un imán del que muchos se fueron pegando; un mundo entero, un refugio y un bar) se han ido trasladando, como planetas que se mueven por el sistema solar.
Me refiero a la pareja del doctor Samuel Johnson y su amigo James Boswell: un genio el primero, quizás el hombre más inteligente de su siglo, el siglo XVIII, quizás el siglo más inteligente de la historia; un idiota el segundo: un hombre elemental y disoluto y bohemio, ingenuo, vividor, festivo y enamorado y banal: un amigo de sus amigos –el mejor–, un zoquete consciente de serlo y agradecido por vivir rodeado de sabios y luminarias.
De hecho, eso es lo que más sorprende y emociona hoy de los libros de Boswell, el buen señor Boswell: que por ellos pasa todo el mundo, la gente más importante y brillante de su época. Desde Adam Smith hasta el actor Garrick, desde el naturalista Joseph Banks o el historiador Edward Gibbon hasta Voltaire y Rousseau. De todos fue amigo o conocido, a todos los vio y los hizo hablar. Como un Forrest Gump del Siglo de las Luces.
Siempre se las arreglaba para estar en el momento justo, siempre. Como cuando fue a visitar al filósofo empirista David Hume, quien por casualidad se estaba muriendo ese día. Se le acercó entonces al lecho de muerte, Boswell, y le preguntó si no se arrepentía, si no era mejor creer en Dios para encontrarse en el cielo con los amigos que se le habían adelantado. Le respondió Hume: «Ellos tampoco creían en Dios, no van a estar allá».
Pero su gran adoración y admiración sí era Johnson, el doctor Johnson: lo seguía a todas partes, viajaba con él, anotaba por las noches, en un diario, todas sus frases y sus consejos y lo que les hubiera pasado durante el día. Lo oía con reverencia y devoción, cual si fuera un Dios, y no toleraba que nadie en su presencia hablara mal de él, jamás. Y si alguien lo hacía, se levantaba como un caballero y le daba un feroz bastonazo.
Lo curioso es que Johnson, cuya obra maestra fue la lengua inglesa, de la que escribió un diccionario, su libro más famoso, lo curioso es que Johnson despreciaba a Boswell y lo reprendía todo el tiempo. O más que despreciarlo, lo trataba con resignación y condescendencia: una estatua que le habla desde su pedestal a un pobre mortal que la adora deslumbrado, ciego de amor.
Y sin embargo, con los años y los siglos –ahí está el detalle–, ese mundo tan brillante y genial es comprensible y tolerable solo en la mirada de Boswell. Gracias a ella lo conocemos mejor, lo disfrutamos de verdad, lo recordamos siquiera. Es en su relato donde esas mentes privilegiadas encontraron la eternidad y la salvación; de no ser por él, en muchos casos, nadie se acordaría de quién era quién allí.
Boswell, además, resultó ser el mejor escritor de su tiempo: el más talentoso para retratar el alma de la gente; el más sutil, el más divertido, el más profundo. Sin pretensiones ni arrogancia, sin creerse nada y sin buscar la gloria.
Un hermoso ejemplo y sobre todo una advertencia. Para que nunca menospreciemos a nadie: ahí bien puede estar el genio que nos salve.
CURA DE BURRO
(El funeral de Gabriel García Márquez)
La única vez en mi vida que lo vi fue a lo lejos y en su funeral, hace siete años. Llegó de blanco y con una corbata de flores, como levitando, de la mano de su esposa y esperado por un rey. Era el congreso de la lengua española en Cartagena de Indias y allí se despidió de todos; como en ese sueño de su propia muerte, en el que aprendió, según dijo luego, que morirse es no estar nunca más con los amigos.
Ese día de su funeral fue una fiesta, como a él, con sus pavores de brujo, le habría gustado tanto que lo fuera. Con esa tristeza que solo puede causar la alegría, es decir la nostalgia; las flores que se apagan en las manos de quien las celebra. Recuerdo el discurso de Muñoz Molina, bellísimo, y el de Tomás Eloy Martínez sobre nuestra lengua y sus lugares, que acabó con una frase que parecía un verso: «Madre, mamá, mamá grande».
Después vino su propio discurso: la oración fúnebre que pronunció el difunto, allí, parado sobre su gloria. Dijo que aún no podía salir del asombro: que ni siquiera su fe en las estrellas había logrado explicarle bien cómo era posible que tanta gente quisiera leer algo escrito por él en la soledad de su cuarto, «con veintiocho letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal». Contó entonces la historia de su gran libro, ese río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes, y cómo lo había partido en dos para que cupiera en el correo.
Y mientras iba leyendo su propia historia, esos recuerdos que ya no eran suyos, el maestro se rio. Como si los estuviera viviendo por primera vez en la vida. Y así era; sin que nadie lo supiera entonces, o casi nadie, así era. Porque su más fundada certeza, la del olvido, se estaba empezando a cumplir ya. Pero el arte de García Márquez es tan grande que incluso podía redimirlo a él mismo de su memoria perdida. Ese día de su funeral cayeron del aire mariposas amarillas de papel. Amuletos, pedazos de la vida de todos los que estábamos allí.
Sé que a estas alturas todo lo que se podía decir de él ya se dijo. Incluso me cuentan que alguien lo condenó muy rápido al infierno. Ojalá: allí queda el paraíso de los escritores. Y García Márquez fue uno de los más grandes, aunque nuestros profesores quisieran volverlo lo peor que pueda ser nadie, una tarea. Pero su obra es tan bella que ni siquiera el colegio la pudo arruinar, y él se dio el lujo, como Cervantes, de ser al mismo tiempo un autor impuesto y un autor prohibido: uno al que hay que leer a escondidas para no tener que leerlo en clase.
Todo se debe de haber dicho ya: lo bueno y lo malo, lo justo. Que traicionó a Colombia, dirán algunos con su alma de piedra, como si no fuera Colombia la que nos traiciona siempre, «el patriotismo es el último refugio del canalla». Que se fascinaba con el poder, que su estilo era un milagro y una maldición. Que sus adjetivos eran solo suyos y en los labios de otros se marchitan y envenenan. Que era mexicano, que no multiplicó los panes y los peces. Como si con sus libros no bastara.
A mí me conmueven hasta el final sus supersticiones y sus magias, su arte. Que en su enfermedad, hace años, no hubiera querido cambiarse la sangre porque qué tal que el secreto de todo estuviera allí. Que no fuera nunca más a Buenos Aires para no romper el conjuro de su buena suerte. Que acabara como uno más de esos personajes suyos bendecidos por el olvido que saben que solo es posible morirse un jueves santo, mierda, porque solo ese día se muere la gente con una flor amarilla en las manos.
Insomne el patriarca que raspa los últimos grumos del tiempo en una lata de café y dice el verso de ese poeta de su infancia al que tanto odiara: si el alma es inmortal, yo soy el alma.
CIEN AÑOS DE SOLEDAD
(La soledad sonora de Nicolás Gómez Dávila)
Este año –algún día de mayo, para ser muy preciso– se cumple el primer centenario del nacimiento de don Nicolás Gómez Dávila, uno de los mejores escritores que ha dado Colombia y uno de los pensadores más profundos e inquietantes, y más lúcidos y sabios, de la filosofía occidental. Un erudito, un maestro, un señor. Dirán que exagero y es cierto: exagero con la parquedad de mis elogios. Así que en esta primera columna del 2013 doy el tiro de salida del aniversario y sus celebraciones.
Don Nicolás fue durante muchísimo tiempo una especie de dicha clandestina y hermética: un secreto que pasaba de mano en mano, un pensador silencioso cuyo nombre era la seña masónica de quienes habían entrado, cada cual a su manera, por milagro, en una obra excepcional y prodigiosa. Lo dijo Hernando Téllez en su artículo de 1955 sobre Notas, el primer libro de Gómez Dávila, publicado en México sólo para sus amigos: un estilo así no puede compararse sino con el de los clásicos.
Y era obvio que algún día ese tesoro oculto se iba a hacer famoso y todo el mundo le haría justicia; no podía no pasar. Primero fueron los alemanes que lo tradujeron deslumbrados, luego los italianos y los polacos, luego los franceses, luego los ingleses, luego los españoles que aún esperan también su traducción. Vinieron además las impecables ediciones de Benjamín Villegas y el entusiasmo del gran Franco Volpi, que este año hará más falta que nunca.
Pero en el fondo, a pesar de la fama y del ruido, a pesar sobre todo del abuso ideológico que se puede hacer de ese pensamiento inasible que es la negación misma de la ideología y de la estupidez, en el fondo la obra de don Nicolás Gómez Dávila sigue siendo lo que siempre fue, lo que él quiso que fuera: una aventura solitaria y rebelde, el diálogo en la noche con los asuntos esenciales de la condición humana. Quizás ese sea el “texto implícito” al que se refieren los escolios, no lo sé.
Claro: Gómez Dávila era un conservador y un católico, un reaccionario en el viejo sentido de la palabra, un aristócrata, un enemigo feroz de la modernidad y sus miserias, un crítico de la democracia. Para decir eso escribió sus libros, ni más faltaba. Pero quien lo asuma como todas esas cosas desde la caricatura y el fetiche, desde la militancia partidista o sectaria, es porque no lo entendió ni entiende nada. Y en él va a encontrar, sin darse cuenta siquiera, lo cual es mucho peor, al más implacable de los verdugos.
Porque la obra de don Nicolás Gómez Dávila, aunque resulte paradójico decirlo, es un instrumento libertario y provocador, casi revolucionario: una invitación a pensarlo todo sin concesiones ni dobleces, una oportunidad para cuestionar desde el fondo los dogmas de la modernidad, tan soberbios, tan ingenuos. En cada escolio, en cada nota, en cada texto suyo, acechan como sombras las voces de los más grandes inconformes de la historia y la filosofía, desde Platón hasta Nietzsche. Como sombras, como antorchas.
Nicolás Gómez Dávila nació el 18 de mayo de 1913. Pasó buena parte de su niñez y adolescencia en Europa, bajo el cuidado de tutores personales que lo iniciaron en las literaturas y en las lenguas y en el amor por los clásicos griegos y latinos. Por eso decía ser, más que un católico, «un pagano que cree en Cristo». Luego volvió a Bogotá para encerrarse en su biblioteca infinita a leer y a escribir. De él aprendí que la Ilíada y la Odisea son el otro Antiguo Testamento que tenemos los cristianos.
Vivió con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres. Que esta celebración sea un pretexto más para oír otra vez su soledad.
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