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OFICIO Y COMPROMISO CÍVICO
MEMORIAS DE UN PROFESOR UNIVERSITARIO (1973-2015)
Josep M.ª Jordán Galduf
PATRONAT SUD-NORD. SOLIDARITAT I CULTURA - F.G.U.V.
PUBLICACIONS DE LA UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
© Josep M.ª Jordán Galduf, 2015
© De esta edición: Patronat Sud-Nord. Solidaritat i Cultura de la Fundació General de la Universitat de València i Publicacions de la Universitat de València, 2015
Diseño del interior: Inmaculada Mesa
Corrección: Communico C.B.
Diseño original de la cubierta: Pere Fuster (Borràs i Talens Assessors, S.L.)
Maquetación y edición digital: JPM Ediciones
ISBN: 978-84-370-9679-7
Edición digital
Desde mi gratitud
A mi familia, a los profesores que inspiraron mi quehacer, a los estudiantes que encontraron algún provecho en mi docencia, a los compañeros con los que compartí mi tarea universitaria y cívica, y a los amigos con los que estreché tantos lazos de afecto y complicidad.
Índice
PRÓLOGO
INTRODUCCIÓN
I. APRENDER EL OFICIO EN TIEMPO DE CAMBIOS (1973-1984)
El espejo de la orla
Profesor ayudante de clases prácticas
Profesor adjunto interino
Profesor adjunto numerario
Alcalde de Llíria
Los desafíos de una gran crisis
Los frutos de una fallida agregaduría
Una buena aunque difícil decisión
II. AÑOS DE APERTURA Y CREATIVIDAD (1984-1994)
Un curso en Reading
La entrada de España en la UE
Catedrático de universidad
Hay vida después de una cátedra
Otro impulso de Reading
Un mundo en cambio
El plano comarcal y local
Recogiendo velas
La intensa tarea de un año crítico
Cruzando el ecuador
III. MANTENERSE ERGUIDO CONTRA EL VIENTO (1994-2004)
Oteando el horizonte
Nace la Asociación Euromediterránea
Un año de viajes y nuevas experiencias
El Campus de Tarongers
XXV aniversario como profesor
El inicio del euro
Nuevo milenio, nueva cartera
El desarrollo deviene un reto mundial
De Europa al Mediterráneo
Tiempo de cartas, informes y valoraciones
IV. LA MADUREZ EN LA PROFESIÓN (2004-2015)
Presidente ejecutivo del Patronat Sud-Nord
Cooperación y grupos vulnerables
Entre el vértigo y la serenidad
Línea de sombra
Un año de tristes recuerdos
En el décimo aniversario del euro
Regreso a Bruselas
Segunda recesión
Reivindicación de la socialdemocracia
El sueño europeo
Último impulso
EPÍLOGO
ANEXO 1
Currículum de Josep M.ª Jordán Galduf
Cronograma académico esquemático
Cargos ejercidos en distintos momentos
ANEXO 2
Publicaciones de Josep M.ª Jordán Galduf
Libros
Libros coordinados
Colaboración en otros libros
Artículos en revistas
PRÓLOGO
«Mis convicciones de otros tiempos las he cambiado por ideas y buenos deseos». Arturo García Igual: Entre esta España nuestra y la peregrina, 2.ª ed., p. 322.
No es habitual encontrar un libro de memorias como el que, querido lector, tienes a la vista. El profesor Josep María Jordán Galduf, de la Universitat de València, realiza un ejercicio de expresión múltiple. En este libro Josep María manifiesta sentimientos de fraternidad con todo ser viviente que se cruzó en su camino, y de cierta melancolía pero a la vez entusiasmo por una labor profesional realizada durante 42 años. Enuncia razonamientos coherentes, con un conocimiento profundo de la realidad económica de nuestro país, y con propuestas basadas en el sentido común y la solidaridad. Desborda respeto por la labor de muchas personas. ¡Tanto expresa!
Nuestro amigo Josep María (Pepe) se retira de la actividad académica. Lo dice él mismo: «tiene un final mi vida como profesor universitario». Y más adelante escribe: «la vida es una sucesión de generaciones». Y en el epílogo parece que nos da una pista: «a veces pienso que he escrito demasiado…».
Amigo Pepe, cuesta verte como alguien retirado. Aunque a lo mejor me equivoco y sigo viéndome atrapado en un esquema de objetivos y metas profesionales que no capta que ya has cumplido sobradamente con tu responsabilidad y que hay vida más allá de la universidad. ¿Y qué es ser universitario, después de todo?
En efecto, el profesor Josep María Jordán Galduf es un universitario. Así lo creemos quienes tuvimos el privilegio de compartir su amistad y momentos de reflexión. En mi caso, tuve la suerte de conocer al profesor Jordán a inicios de los noventa, en un periodo de mi carrera en el que su experiencia me ayudó mucho. Ser más joven que Josep María Jordán tiene sus ventajas, pues él es un buen maestro, y lo puedo afirmar como docente que soy de la Universitat Politècnica de València, al otro lado de la avenida Tarongers.
Gracias al profesor Jordán comprendí que trabajar en temas económicos del Mediterráneo, con mi especialización agraria, no era perder el tiempo, y me transmitió una visión sobre los problemas sociales de la región que acabará aceptándose tarde o temprano. La vocación por el desarrollo humano en el sur del Mediterráneo de Jordán se recordará cuando dejen de existir obstáculos físicos y políticos entre ambas orillas. Qué acierto tuviste, Pepe, al marcarnos ese camino, en una obra fecunda en artículos y libros, siempre orientada a superar las barreras de la integración euro-mediterránea a través de soluciones «por elevación», como a su vez te inspiró el maestro George Yannopoulos en la segunda mitad de los ochenta. Pienso que la obra de Jordán sobre esta materia debe releerse, pues sigue aportando puntos de encuentro necesarios.
Pero surgió otro punto de coincidencia cuando en 1997 mi padre, Arturo García Igual, representante del legado Manuel Castillo en el Patronat Sud-Nord de la Fundación General de la Universitat de València, me habló de un profesor de la Facultad de Economía que apreciaba los temas de agricultura en el Mediterráneo. Cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que se refería a Pepe Jordán. Esta casualidad resultó importante en mi vida por dos motivos. El primero, porque me estimuló a interesarme en la ingente labor de cooperación de la Universitat de València, respaldada por un grupo de intelectuales activistas de la paz y de la solidaridad. El segundo motivo fue que me ayudó a poner en valor el trabajo que mi padre había realizado como albacea de Diego Castillo Iglesias, quien aportó en su testamento la dotación inicial del Patronat. Arturo García había sido un luchador de esa España truncada por la Guerra Civil, un emprendedor en el exilio mexicano, y ahora desvelaba que seguía siendo un individuo inquieto, con proyectos en la etapa final de su vida. Pepe Jordán fue la primera persona ajena a mi familia que leyó las memorias de Arturo García Igual e impulsó su primera edición en 2005. A veces no apreciamos la labor de quienes tenemos cerca. Gracias, Pepe, por ayudarme a descubrirlo.
El libro de memorias de Josep María Jordán Galduf es algo más que una autobiografía. Es una rendición de cuentas ante la sociedad. Más allá de una lista de numerosos textos, lo que nos devuelve es una justificación de por qué fueron escritos. Y es un alegato. Por la independencia intelectual y por la defensa de la función social del profesor, de una especie de profesor que no respalda el sistema actual que fomenta la disciplina y no la rebeldía. Josep María ofreció un legado académico notable, siempre con fundamentos de gran altura en el área de la integración europea, y con un texto de referencia, Economía de la Unión Europea. Ha sido, además, un profesor vinculado a su entorno, como lo demuestran sus trabajos específicos sobre la comarca del Camp de Túria, y un gran divulgador y columnista, como reflejan sus aportaciones en Saó y en Levante-EMV, entre muchas otras publicaciones.
Josep María Jordán deja una obra relevante, pero puede recordarse por pequeños actos que lo sitúan como pionero de una manera de entender la universidad basada en la colaboración y en el trabajo en red. En cierta medida, es un precursor del VLC-Campus, de esa alianza de las universidades públicas del área metropolitana de Valencia. Quizá anecdótico, pero ilustrativo de esa vocación, fue su docencia en el grupo internacional de Economía de la Unión Europea. Coincidía semestralmente con mi grupo de Economía Mundial en mi universidad. Y tomamos como costumbre intercambiarnos una clase al año, él en la Politécnica y yo en la Facultat. Nadie nos obligaba, y ello pertenece al tipo de iniciativas que no son recogidas en los indicadores individuales de actividad académica. Pero siempre en esta colaboración, como en otras, el objetivo final de Jordán y el mío era el de motivar a nuestros alumnos a través de un concepto tan actual como la fertilización cruzada.
Jordán ha sido (y es) un profesor comprometido políticamente, sobre todo en el ámbito municipal de Liria, siendo alcalde de esa ciudad durante los albores difíciles de la democracia en la España de la transición. Hace un buen ejercicio de memoria histórica. La transición española merece respeto y no resultó necesariamente de pactos de dominación, sino de generosidad y pasión por una nueva historia que relegara la dictadura y el enfrentamiento. D’un temps que será el nostre…, dice la canción de Raimon. Muchos lo creímos y lo intentamos practicar. Jordán representa el mejor saber intelectual de la transición. De una transición que muchos contribuyeron a impulsar. Pero, como muchos otros, Jordán no eligió apropiarse de ella, sino contribuir de buena fe al debate económico e institucional de España. La historia del cambio político no es de renuncias, sino de una intensa controversia intelectual que ha quedado algo dejada de lado por la urgencia de la crisis actual. Debemos revisar el sistema político español en aspectos fundamentales, pero no por ello renegar de la labor de personas que intentaban hacer bien su trabajo, con responsabilidad, y que requieren toda nuestra consideración. Toda una generación que menciona Jordán, con nombres y apellidos.
Sería imposible resumir la obra de Josep María Jordán en breves párrafos y por ello recomiendo la lectura de sus memorias. Es destacable su contribución a la economía de la integración, con estudios relevantes en el momento en que se analizaba la adhesión de España al proceso europeo. Siempre fue por delante en desgranar, de manera consciente y clara, los mitos de la integración en el espacio euro-mediterráneo. Como él mismo apunta, su visión de la realidad económica fue evolucionando desde la comprensión de la combinación de elementos de distintos paradigmas, con lucidez en la detección de las deficiencias estructurales de la economía española. Siempre de manera ajena al oportunismo político y con una firmeza intelectual congruente con su elegancia al exponer sus argumentos, soportados por evidencias.
Quienes hemos leído y escuchado a Jordán podemos dar fe de tres atributos. Uno, muy evidente para sus lectores: claridad, concisión, profundidad, un prodigio de escritor. Lo anota todo y trabaja en trenes y aviones. Y aporta obras no técnicas y entrañables en castellano y catalán, como Cartes a Judes, entre otras. Leyéndolo, nos conocemos mejor a nosotros mismos y encontramos sentido a las cosas.
El segundo atributo es su vocación internacional, siempre insatisfecho con sus límites, ansioso por aprender de sus referentes académicos y con un buen dominio del inglés en una época en la que a los profesores les costaba expresarse en esa lengua.
El tercero es su capacidad de compartir sus lecturas con sus amigos y lectores. La historia de Pepe se puede escribir a través de los libros que ha leído y que has leído porque él los ha leído. Y es que resulta admirable su capacidad de recordar lo que lee y sobre todo, dónde lo leyó y qué impacto tuvo su lectura en cada momento de su vida.
Este prólogo puede parecer un panegírico de Pepe Jordán. Pero lo es más de una generación que aportó lo suyo para hacer este país mejor de lo que cree ser. Y de una manera de entender la universidad que supone sentar bases de madurez y responsabilidad en investigadores y estudiantes.
El sistema no siempre fue justo con Pepe Jordán, lo que se trasluce en algunos fragmentos de sus memorias que él expone sin rencor. Cuenta que uno de sus leiv-motivs es la canción Resistiré. Jordán resistió a las presiones de obedecer algunas imposiciones incomprensibles. Y al ser como es no se equivocó, lo que deseo expresar con contundencia. Como profesor ha sido muy apreciado en el entorno español, pero también en el ámbito europeo, como muestra su participación en el grupo de asesores externos deThe European Report on Development en 2010, elaborado por la Comisión Europea.
Este libro no es solo autobiográfico, sino también biográfico, pues muchas personas se verán reflejadas en su historia y les encantará recordar sus hechos a través de sus colaboraciones con Josep Maria Jordán Galduf.
Querido Pepe, si vuelves a escribir no te reprocharé que no te retires.
JOSÉ MARÍA GARCÍA ÁLVAREZ-COQUE
Valencia, noviembre de 2014
INTRODUCCIÓN
¿Dónde estamos ahora?, «Where are we now?», se preguntaba en 2013 el cantante británico de las mil caras, David Bowie, en una de sus últimas canciones, como una despedida. Y eso también me pregunto yo aquí, cuando termina mi carrera en plena madurez y parece que me pierdo gradualmente en el camino del tiempo: ¿dónde estamos ahora?
Estas son mis memorias como profesor universitario durante los cuarenta y dos años que van de 1973 a 2015. Como acertó a decir hace tiempo Antonio Tabucchi, «una vida no se escribe, se vive». Aun así, yo he querido mostrar aquí mi labor como docente e investigador. Ello me permitirá descubrir a la vez el rastro de numerosas personas que, de un modo u otro, apoyaron esa actividad y me hicieron mucho bien. Evidentemente, no es un relato completo de aquello que he vivido como profesor. Toda narración es siempre selectiva, y lamento que habrá compañeros que dejaré de nombrar, aun cuando les guardo admiración y afecto.
No quiero aparecer en estas memorias ni como un héroe ni como un antihéroe. Todos tenemos unas determinadas capacidades para nuestro trabajo y todos hemos vivido nuestras propias experiencias. Cuando yo era joven me gustaba jugar al baloncesto. Soy más bien bajito, y tampoco he tenido nunca un gran tiro a distancia. Sin embargo, tenía una buena visión del juego, era rápido y buen pasador. Como profesor universitario, no creo haber tenido una inteligencia privilegiada ni unas especiales dotes para la investigación, pero sí una buena intuición, una gran capacidad de trabajo y una verdadera vocación docente. También un cierto sentido de la responsabilidad social y del compromiso cívico.
¿Dónde estamos ahora? El tiempo pasa y son muchas las cosas que van quedando atrás. De pronto, uno siente que él mismo comienza a alejarse de forma ineludible. Cada cual es hijo de su tiempo, de la época que le ha tocado vivir, y es allí donde se reconoce y se siente alguien. Sin embargo, también es verdad que existe un puente permanente entre las sucesivas generaciones, y reconocemos en nosotros la herencia de otras personas que nos precedieron en el tiempo.
«Somos lo que dejamos en los otros», dijo en cierta ocasión la escritora mexicana Ángeles Mastretta. Yo también lo creo así. Los seres humanos imprimimos nuestra huella los unos en los otros, a veces de forma positiva y otras de manera negativa. Yo quiero acordarme aquí, sobre todo, de las cosas positivas, y expresar mi gratitud a todas aquellas personas que dejaron en mí una influencia que me ha hecho ser un poco mejor. Deseo igualmente que el rastro que pueda dejar mi propia conducta haya sido beneficioso para alguien.
No, no pretendo hacer aquí ningún ejercicio de reflexión sobre la evolución de la Universidad, tal como lo hizo, por ejemplo, Jordi Llovet en su libro Adiós a la universidad, escrito con motivo de su jubilación como profesor. Al menos no de una forma directa y explícita. Coincido con él, sin embargo, en sentir que en la actualidad se vive bajo una cierta tiranía del presente, como si el pasado no explicase la hora actual y se reinventara el mundo en cada momento. Ello entraña mucha ignorancia y estupidez, y según Llovet se debe en buena medida a la pérdida de peso de las humanidades en los distintos niveles educativos.
En mi caso, me he manifestado también en alguna ocasión en defensa de la Filosofía y del sentido que esta le aporta a la Economía. No puedo olvidar, por ejemplo, cuánto influyó el profesor Ernest Lluch en que los economistas de mi generación nos interesáramos por la historia del pensamiento económico. Dicha historia es, en realidad, la historia de las controversias entre sus distintos paradigmas y planteamientos teóricos a lo largo del tiempo. De hecho, es a través de estas controversias como ha avanzado la Economía como disciplina en los dos últimos siglos y medio de existencia.
¿Y cuál es el objeto de esa ciencia social que yo elegí personalmente como carrera universitaria en 1968? Según Sylvia Nasar, y estoy bastante de acuerdo con ella, la gran búsqueda de la Economía ha sido convertir a la humanidad en dueña de sus circunstancias materiales para contribuir así a su mejor bienestar social. Con todo, es cierto también que ha habido y sigue habiendo grandes discrepancias sobre cómo debe hacerse esto.
Pero no es este el momento para seguir tratando este tema. ¿Dónde estamos ahora? Hace ya tiempo que siento el aliento de una nueva generación que empuja con fuerza para ocupar profesionalmente su sitio. Es natural, y prefiero, pues, retirarme discretamente. Escribo estas memorias principalmente para mí mismo, para fijar mi posición en el transcurso del tiempo, a modo de despedida personal. Aun así, quizá puedan ser también de interés para otras personas. En este caso, me sentiré realmente muy complacido.
I. APRENDER EL OFICIO EN TIEMPO DE CAMBIOS (1973-1984)
El espejo de la orla
Por fin me he decidido a desembalar la orla de final de carrera. Pone en ella: Universidad de Valencia, Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, Promoción 1968-1973. Tal como la recibí entonces, la tenía guardada y empaquetada aún en un rincón de la casa. Ahora he querido abrirla para ver los rostros de aquellos compañeros de estudios de quienes guardo un recuerdo muy especial, algunos fallecidos ya. Por qué lo hago, no lo sé. Quizá por pura nostalgia. O quizá porque, como decía antes, con el paso del tiempo el ayer nos parece más vivo y más nuestro que el propio presente, y queremos agarrarlo para que no se nos escape del todo.
Veo en aquella orla a jóvenes de distintos estratos sociales. Algunos, como yo, chicos de pueblo y de familia más bien modesta: José Luis Faguás Martín (de Paterna), Paco Almela (de Benaguasil), Virgilio Gómez Labrado (de Riola), Ezequiel Labernia (de Sant Mateu)… También personas que con el devenir de los años se convertirán en destacados profesionales y dirigentes de empresa. El caso de mayor éxito es, sin duda, el de Juan Roig, presidente de Mercadona, junto a su mujer, Hortensia Herrero, que aparece igualmente en la orla. Hay a su vez unos cuantos compañeros que elegirán, como yo, la carrera académica: Francisco Pérez (director académico desde hace muchos años del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas), Ernest Reig, Andrés García Reche, José Antonio Martínez Serrano, Josep Sorribes (todos ellos profesores de la Universidad de Valencia), Constantino Martínez Gallur (que se marchó a la Universidad de Murcia y ya falleció), Ignacio Jiménez Raneda (que fue rector de la Universidad de Alicante)…
Sobre aquellos años de estudios, a finales de los sesenta y principios de los setenta, escribí en el libro Cartes a Judes, publicado por la editorial Saó en 2000. La nuestra fue una de las primeras promociones (la tercera) de la recién creada Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Valencia. Finiquitaba el franquismo y diversos movimientos sociales empujaban entonces hacia la transición democrática en España. La facultad inició sus pasos en el Convento de Mercedarios del barrio del Carmen, pasó por unas aulas en la antigua Facultad de Derecho y después ocupó la sede histórica de la Universidad en la calle de la Nave. Por fin, en la primavera de 1973, cuando acabábamos quinto de carrera, se estrenó el edificio de la Avenida de Blasco Ibáñez que hoy ocupa la Facultad de Filología, Traducción y Comunicación.
La etapa de formación universitaria suele ser muy importante, en general. Los jóvenes de mi generación forjamos allí grandes sueños. Yo vivía entonces en un piso de la calle Matías Perelló de Valencia, junto a otro estudiante de la facultad que se convirtió en un gran amigo para siempre: José Vicente Pérez Cerverón (de Casinos). Al margen de las clases y del material docente, estaban las lecturas de todo tipo (revistas, novelas, ensayos) y otras actividades (conferencias, seminarios, cine) que completaban nuestra formación y alimentaban nuestros sueños.
Recuerdo a la mayoría de mis profesores. Entre ellos, influyeron quizá más en mi formación algunos como José Jiménez Blanco, Jordi Nadal Oller, Rafael Martínez Cortiña, Miguel Olmeda, Ernest Lluch, Emèrit Bono, Manuel Sánchez Ayuso, Alejandro Lorca... ¿Cuántos de mis alumnos, tras cuarenta y dos años de docencia, se acordarán también de mí y me mencionarán entre los profesores que han ejercido tal vez una buena influencia en ellos?
Por cierto, en mis presentaciones del libro Cartes a Judes, en el año 2000, era frecuente la pregunta de quién era Judas. Me interesaba la ambigüedad en el título, y hacer pensar que pudiera tratarse de un símbolo de la traición como elemento clave en mi ensayo. Pero la verdad es que no me refería al Judas traidor del Nuevo Testamento, sino a Antonio Judas Moreno, un amigo jesuita, algo mayor que yo, a quien conocía desde la adolescencia. A ese viejo amigo le participaba en el libro mis preocupaciones, reflexiones e inquietudes, mediante unas cartas en las que aludía también a mi evolución personal.
Me veo al final de la carrera, en una clase del profesor Lluch sobre la historia del pensamiento económico. Me apasionan los debates que plantea y la bibliografía que nos sugiere. Allí se habla del gran Alfred Marshall, que concibió claramente la Economía como un estudio de los requisitos materiales del bienestar. Y también de otro gran economista como John M. Keynes, discípulo de Marshall. Ambos tuvieron un papel crucial a la hora de convertir la Economía en un instrumento de conocimiento para afrontar los problemas de su tiempo. Aún hoy sigue teniendo vigencia la idea formulada por Keynes en 1928 de que el problema político de la humanidad es cómo combinar los principios de eficiencia económica, justicia social y libertad individual... ¿Qué mundo hemos sido capaces de hacer nosotros en el presente, y serán capaces de hacer en lo sucesivo nuestros continuadores?
Profesor ayudante de clases prácticas
Al término de la carrera, cuando estaba considerando la posibilidad de preparar oposiciones a algún cuerpo técnico de la Administración pública, recibí dos propuestas de gran interés para poder incorporarme como profesor ayudante de clases prácticas a la Universidad de Valencia: una, por parte del profesor Manuel Artís, para entrar en el Departamento de Estadística; otra, por parte de los profesores Emèrit Bono y Manuel Sánchez Ayuso, para entrar en el Departamento de Política Económica. Las dos me resultaban muy atractivas, porque había descubierto que me gustaba realmente la docencia y la investigación. Y entre las dos propuestas me incliné por la segunda, porque pensaba que me conducía al corazón mismo de la economía aplicada. Antes, sin embargo, debía hacer un examen de grado (una especie de reválida de la carrera) o bien una tesina para poder realizar después los cursos de doctorado en la facultad. Opté por hacer el examen de grado, que concluí agotado el 16 de julio de 1973.
El Departamento de Política Económica se hallaba en la sexta planta del nuevo edificio de la facultad en la Avenida de Blasco Ibáñez, y a él me incorporé en septiembre de 1973. Su director era el profesor Manuel Sánchez Ayuso, que había llegado un año antes como catedrático a la Universidad de Valencia procedente de la Universidad de Bilbao, tras haber estado en la Universidad Complutense de Madrid y en el servicio de estudios del Banco de España. El segundo de a bordo era el profesor Emèrit Bono, formado en las universidades de Madrid y Barcelona y con un gran conocimiento de la realidad valenciana. A continuación aparecían tres profesores más jóvenes formados en la propia facultad de Valencia: Juan Antonio Tomás Carpi, Víctor Fuentes Prósper y Luis Espinosa (que se marchó al mundo empresarial un par de años después). Y a ellos nos uníamos ahora Andrés García Reche y yo.
El ambiente del departamento era agradable y muy abierto, marcado sin duda por el talante humano, cálido y tolerante de sus dos líderes. En el otoño de 1973, Manuel Sánchez Ayuso, Emèrit Bono y Víctor Fuentes estaban enfrascados en un análisis de las exportaciones valencianas que luego publicaron en la revista Información Comercial Española. Mientras tanto, J. A. Tomás Carpi se hallaba estudiando la experiencia en el Chile del Gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende, en unos momentos en los que el golpe de Estado del general Pinochet acababa de dar al traste con esta; tiempo después cambiaría el objeto de su tesis doctoral y lo centraría en las aportaciones de Gunnar Myrdal al pensamiento económico, más aún cuando este extraordinario autor sueco consiguió el Nobel de Economía en 1974.
Por mi parte, durante el curso 1973-1974 apoyé las clases de Política Económica del profesor Sánchez Ayuso, realicé los cursos de doctorado en la facultad y empecé a trabajar a fondo en mi tesis doctoral (en un contexto con gran protagonismo del movimiento reivindicativo de los profesores no numerarios, PNN). No fue fácil seleccionar el tema de la tesis. Durante un par de meses me atrajo la idea de realizar un análisis comparado de los procesos de desarrollo de España y Portugal, pero pronto descarté esa idea y centré mi investigación en la forma en que operaba la política monetaria en España y en sus efectos sobre la evolución económica del país. Influyó en ese cambio temático el director de mi tesis, el profesor Sánchez Ayuso, no porque me impusiera nada (pues no era en absoluto su estilo), sino porque ello me daba la ventaja de su conocimiento del tema como anterior miembro del servicio de estudios del Banco de España.
Gradualmente fui dedicando más y más horas a la realización de la tesis doctoral en unos momentos en que muchas otras cosas reclamaban asimismo nuestra atención. Entre otras, la transición política de nuestro país. Recuérdese que el atentado que acabó con la vida del almirante Carrero Blanco sucedió el 20 de diciembre de 1973, que Arias Navarro pronunció su famoso discurso el 12 de febrero de 1974 y que en abril de dicho año tuvo lugar la Revolución de los claveles de Portugal. Durante el verano de 1974, cuando yo estaba haciendo mis prácticas como sargento de milicias, se creó la Junta Democrática de España, un movimiento unitario en el que se implicaron mucho en Valencia Manuel Sánchez Ayuso y Emèrit Bono, y en el que nos fuimos involucrando también numerosos profesores de la Universidad de Valencia. Ese fue el primer paso para comprometernos después en alguno de los partidos políticos que pugnaban por la democracia; en mi caso, en el PCE.
De manera sorprendente, esa participación en la transición política no nos restó demasiadas energías para continuar nuestro trabajo como docentes e investigadores en la Universidad. Así, en 1974 el profesor Emèrit Bono defendió su tesis doctoral con el título La base exportadora agrícola de la economía del País Valenciano y el modelo de crecimiento hacia afuera, una tesis que suscitó un intenso debate intelectual e inspiró otros estudios sobre la realidad valenciana. En octubre de 1974 se incorporaron al Departamento de Política Económica dos nuevos profesores ayudantes, Isidro Antuñano y Raúl Herrero, que apoyaron los proyectos de investigación promovidos entonces por Manuel Sánchez Ayuso. Y en 1975 este publicó el interesante ensayo Política Económica: una aproximación crítica, en el que Andrés García Reche aportó un sustancioso apéndice sobre el poder económico y el poder político. Todavía conservo un ejemplar de aquel libro en el que, de su puño y letra, Manolo escribió: «A Pepe Jordán, colaborador de gran valor en la cátedra, con un fuerte abrazo».
Por mi parte, en aquel periodo empecé a romper la mano con algunos trabajos que guardaban relación con mi tesis. Así, el 2 de junio de 1974 publiqué el artículo «Política monetaria y discriminación» en el semanario Valencia Fruits; a finales de 1974 publiqué una recensión del libro de J. L. Guglielmi Les experiences de la politique monetaire en la revista Anales de Economía, y en abril de 1975 publiqué el artículo «La inflación y el caso español» (en colaboración con Emèrit Bono) en la revista Iglesia Viva.
Durante el curso de 1974-1975 había vuelto a vivir en la casa de mis padres en Llíria. Mi abuelo Simeón había muerto, su casa había quedado temporalmente vacía y allí instalé mi tienda de campaña para trabajar horas y más horas, con absoluta quietud, en mi tesis doctoral. Pude así acelerar la terminación de esta y presentarla ante un tribunal el 2 de julio de 1975, con el título Instrumentación, alcance y efectos generales de la política monetaria en España (1939-1973).
La idea central de la tesis era que la política monetaria no constituía la causa última de los problemas inflacionistas que padecía de forma crónica la economía española, sino que desempeñaba un papel permisivo de estos. Esos males se manifestaban como resultado de una interacción de factores monetarios y factores reales. El carácter desequilibrado del crecimiento económico español, primero con la autarquía y luego con un modelo más abierto pero con bastante protección exterior, exigía para su financiación un elevado ritmo de expansión de las magnitudes monetarias. Una política monetaria restrictiva no podía eliminar las causas de la inflación (que se hallaban ancladas en diversos ámbitos del sector productivo y el sistema institucional) sin estrangular al mismo tiempo el crecimiento de la actividad económica. Así pues, la mejora de la formulación de la política monetaria en los últimos años (en sus objetivos e instrumentos) no era suficiente para reducir las tensiones inflacionistas del país, cuya resolución exigía atacar a la vez sus causas estructurales.
El tribunal que juzgó mi tesis estuvo compuesto por los profesores Emilio de Figueroa Martínez (de la Universidad de Madrid), Salvador Condominas Ribas (de la Universidad de Barcelona), Manuel Vela Pastor (decano de la Facultad de Valencia), Ernest Lluch Martín y Manuel Sánchez Ayuso (pues en aquel tiempo, el director de la tesis participaba asimismo en el tribunal de esta). Todos ellos, en general, elogiaron bastante mi trabajo, aunque Ernest Lluch, como era su estilo habitual, formuló también algunos comentarios críticos y obligó a que me creciera en las réplicas.
Unas semanas antes, por cierto, el profesor Lluch había sido detenido en una reunión en Alaquás en la que diez representantes de diversos partidos valencianos se hallaban constituyendo otra plataforma unitaria de fuerzas democráticas; por suerte, todos ellos fueron liberados muy pronto. Y ese mismo año, en octubre, Ernest Lluch ganó el premio de ensayo Joan Fuster con su magnífico e influyente trabajo La vía valenciana, publicado por la editorial Eliseu Climent en 1976.
Profesor adjunto interino
Con el grado de doctor, pude ser contratado ya como profesor adjunto interino por la Universidad de Valencia en el curso 1975-1976. Un curso en el que seguía atendiendo mis quehaceres académicos mientras se aceleraba el proceso de transición política en España. Por primera vez tuve a mi cargo la docencia de dos asignaturas de política económica en la facultad, una de carácter general y otra centrada en la política monetaria y de comercio exterior. Por otro lado, empecé a trabajar en distintos aspectos de la economía valenciana. Fruto de ello fue mi colaboración en un artículo colectivo publicado en la revista Hechos y Dichos en noviembre de 1975, y otro artículo más especializado («El ahorro contra la región», realizado en colaboración con Emèrit Bono) que apareció en la revista Doblón en mayo de 1976. Aquel año, por cierto, Emèrit ganó la oposición a una plaza de profesor agregado de universidad, la cual se transformó en cátedra tiempo después.
Pero el acontecimiento más importante de aquel periodo fue, sin duda, la muerte del general Franco el 20 de noviembre de 1975. Unas semanas antes, mientras se alargaba su enfermedad, Víctor Fuentes y yo escuchábamos cada día las noticias de la radio a la hora de la comida en la facultad, junto a muchos otros colegas (la conocida mesa del bar de Económicas donde nos sentábamos un grupo de profesores de esa facultad y la de Derecho, conformando un auténtico foro de debate e información compartida). Hasta aquel día en que, con la muerte del dictador, se inició una nueva etapa en la historia de España. Ahora el rey D. Juan Carlos asumía la jefatura del Estado y era toda una incógnita saber cómo se produciría la transformación de un régimen autoritario en un sistema democrático. En todo caso, una ola de esperanza y de activismo político comenzó a extenderse por toda la sociedad española.
Yo participé también de aquel ambiente social sin descuidar demasiado mi trabajo académico. En tal sentido, un asunto de gran relevancia personal fue la publicación de mi primer libro a mediados de 1976. Era un libro basado en mi tesis doctoral, realizado con la colaboración de Víctor Fuentes (siempre tan dispuesto a apoyar el trabajo de cualquier compañero) y Manuel Sánchez Ayuso. Lo publicó la editorial Túcar, de Madrid, con el título Introducción a la política monetaria (general y de España). Un libro con el formato de manual que me sirvió de herramienta durante algún tiempo en mis clases sobre la materia en la facultad, y que, por ser el primero, dediqué a título personal a mis padres (Pepe y Rosario) y a mis hermanos (Salva y Sime).
La transición política se aceleró en el verano de 1976, cuando el rey designó a Adolfo Suárez presidente del Gobierno en sustitución de Arias Navarro. Hubo contactos entre el Gobierno y las fuerzas democráticas, pero el hecho más relevante fue la celebración del referéndum para la reforma política el 15 de diciembre de aquel año. Su resultado positivo abrió las puertas para el cambio democrático, a pesar de la resistencia que oponían las fuerzas de la extrema derecha (recuérdense los asesinatos de la calle de Atocha en enero de 1977). Los sindicatos y los partidos políticos fueron legalizados (el PCE en abril de 1977), y las primeras elecciones democráticas tuvieron lugar el 15 de junio de 1977. Tras estas, Manuel Sánchez Ayuso y Emèrit Bono fueron elegidos diputados en el Parlamento español, el primero por la candidatura del PSP y el segundo por la del PCE-PCPV.
Viví con gran intensidad aquel curso de 1976-1977. A mi actividad docente e investigadora, se sumó mi labor de compromiso político y cívico. Carmen y yo nos casamos en abril de 1977 y optamos por seguir viviendo en Llíria. Ahora mi tarea de investigación y publicación, que me gustaba en sí misma, tenía también la meta de cosechar méritos para afrontar con solvencia, lo antes posible, la oposición a una plaza de profesor adjunto numerario (o profesor titular) de universidad. Así pues, aparte de una labor periodística de mayor compromiso cívico, a la que me referiré después, hubo una tarea de estudio y de investigación que se plasmó en distintos trabajos académicos.
Los trabajos de este tipo publicados en aquellos momentos los agruparé en tres grandes líneas temáticas. En primer lugar, los referidos a la economía en general, entre los que cabe mencionar el artículo «Notas en torno a una visión crítica de la teoría convencional de la Política Económica», que apareció en la Revista de Economía Política de enero-abril de 1977, y el artículo «Milton Friedman: un Nobel de Economía», que se publicó en el Boletín Informativo del Colegio de Economistas de Valencia de abril del mismo año.
En segundo lugar, se hallan los trabajos relativos a la economía valenciana en un sentido amplio, entre los que cabe citar el artículo «Economía Política y Universidad en el País Valenciano» (realizado en colaboración con Manuel Sánchez Ayuso), que se publicó en la revista Escuela 75 de enero de 1977, y el artículo «La agricultura en el País Valenciano» (realizado también en colaboración con Manuel Sánchez Ayuso), que apareció en la revista Agricultura y Sociedad de enero-marzo del mismo año.
Finalmente, están los trabajos específicos sobre mi propia comarca, el Camp de Túria, destacando entre ellos el artículo «La industrialización hacia el interior del País Valenciano», publicado en colaboración con Ricard Torres en la revista Panorama Bursátil de enero de 1977. Ricard era un magnífico estudiante de Económicas que estaba acabando la carrera por entonces y con el que tuve mucho gusto de trabajar. El artículo en cuestión fue elogiado por Vicent Ventura en Valencia Fruits, y además se nos pagó por él. Con el dinero que recibimos, Ricard se compró un perro y yo me compré una alfombra para la nueva casa.
De aquel artículo derivó después el opúsculo Llíria i la comarca Camp de Túria: les transformacions econòmiques cap a l’interior del País Valencià, publicado por la editorial Lindes, de Valencia, avanzado el año 1977. Un pequeño libro donde se completó el artículo realizado con Ricard Torres con otros análisis sobre la materia, y que por el momento en el que apareció dediqué especialmente a Carmen.
Cada generación mira la historia desde la perspectiva de su tiempo, y la mirada de mi generación a la realidad regional y local se vio, sin duda, deslumbrada por las grandes transformaciones recientes experimentadas por esta. En mis trabajos publicados en 1977, subrayaba que a partir de 1960 la economía española comenzó a abrirse hacia el exterior y recibió el impacto favorable de Europa Occidental. En ese contexto, Valencia y la comarca de L’Horta se convirtieron en un auténtico foco de desarrollo económico cuyos efectos impulsores incidieron de manera progresiva en la vecina comarca del Camp de Túria. Cabía hablar, así, de una especie de rutas centrífugas hacia el interior de la Comunidad Valenciana. A través de estas iban perdiendo fuerza gradualmente aquellos efectos impulsores, hasta llegar a perderse en los municipios más alejados del interior (ya en la Serranía) que se hallaban estancados o en regresión.
Mis trabajos de entonces, por otro lado, se situaban en el contexto de una gran oleada de publicaciones sobre la realidad valenciana, muchas de ellas a cargo de profesores de la Facultad de Económicas de Valencia. Como botón de muestra, cabe recordar dos libros de Josep Picó, Empresario e industrialización. El caso valenciano (editado por Tecnos) y El moviment obrer al País Valencià sota el franquisme (editado por Tres i Quatre, con un interesante prólogo de Ramiro Reig); el libro Raons d’identitat del País Valencià, premio de ensayo Joan Fuster, escrito por el colectivo Pere Sisé (entre cuyos componentes aparecían Vicent Soler y José Antonio Martínez Serrano), y el libro de J. A. Tomás Carpi Economía valenciana: modelos de interpretación, editado por Fernando Torres.
Profesor adjunto numerario
Durante el curso 1977-1978, aparte de impartir mi docencia habitual, centré mis energías en la preparación de la oposición que se había convocado para cubrir algunas plazas de profesor adjunto numerario de universidad en la asignatura «Política Económica». Dicha oposición tuvo lugar en Madrid, en el edificio del Instituto de Estudios Fiscales, en mayo de 1978. Nos presentamos a ella Juan Antonio Tomás Carpi y yo, junto a diversos aspirantes de otras universidades españolas, realizando distintos ejercicios a lo largo de varios días. Afortunadamente, aprobamos los dos, lo que estabilizó nuestra situación como profesores titulares de universidad, ocupando sendas plazas en la Facultad de Económicas de Valencia. Todo ello era ahora aún más importante para mí, ya que el 25 de enero de aquel año Carmen y yo habíamos tenido nuestro primer hijo, Ernesto.
En aquellos momentos, el Departamento de Política Económica había crecido ya bastante, y a los profesores mencionados anteriormente se habían añadido otros nuevos: Eduardo Fayos Solá, Margarita Sanz Alonso, José Luis Monzón Campos y Agustín González Díaz. Además, teníamos una eficiente y paciente secretaria, Amparo San Luis, que hacía más fácil nuestra tarea (aunque nos dejó unos años después, cuando ganó unas oposiciones de profesora de griego en secundaria). Los profesores Manuel Sánchez Ayuso y Emèrit Bono combinaban su labor como diputados en el Congreso con su dedicación parcial a la Universidad, y siguieron publicando y alentando nuestros propios trabajos.
En mi caso, reuní una parte del material que había preparado para la oposición de profesor adjunto en un libro de ensayo que titulé La Política Económica como Economía Política. Apareció publicado a principios de 1979 por la editorial Fernando Torres de Valencia, y lo dediqué a mi hijo Ernesto. Era un libro sobre los fundamentos de la política económica, con las orientaciones que mostraban distintas corrientes de pensamiento en la materia. El prólogo lo hizo Manuel Sánchez Ayuso, fechado el 1 de julio de 1978, y Raúl Herrero aportó un documentado apéndice sobre la experiencia de las economías socialistas.
Con este libro, quedé mejor equipado para impartir mis clases de política económica en el curso 1978-1979, en el que figuré ya como profesor adjunto numerario de Universidad. Eran clases que daba en tercero de Económicas, combinándolas con otras de política monetaria y de comercio exterior en cuarto de la misma carrera.
Pero además del trabajo académico, ahora debo referir igualmente mi labor periodística vinculada a un compromiso cívico. En tal sentido, llevé a cabo por entonces colaboraciones esporádicas en los diarios Las Provincias y Levante, en los semanarios Dos y Dos y Valencia Fruits, y en las revistas Valencia Semanal y Saó. Ahora bien, fue en la revista Cal Dir, que se hallaba conectada al PCPV-PCE, donde realicé una colaboración más constante e intensa (en torno a una quincena de artículos y reportajes) entre septiembre de 1977 y febrero de 1979; tiempo en que dicha revista estuvo dirigida primero por Joan Oleza y después por Ernest García, ambos profesores de la Universidad de Valencia (uno de Literatura y otro de Filosofía).
Aquel fue un buen entrenamiento periodístico para seguir de cerca la evolución de los problemas reales del país y ofrecer análisis y reflexión al respecto, aunque confieso que llegué a caer también en algún exceso ideológico. Por entonces, España acusaba sensiblemente el impacto de la crisis económica internacional más grave desde la gran depresión de 1929-1933, mientras realizaba su transición desde una dictadura a un sistema democrático. Algunos de mis artículos se ocuparon de la política económica de los primeros gobiernos de la democracia bajo la presidencia de Adolfo Suárez, y otros se centraron en diversos aspectos de la realidad sectorial y territorial valenciana.
Y bien, con aquel material de base escribí después mi libro El país que nos duele, publicado por la editorial Fernando Torres en 1980. Un libro prologado por el profesor Emèrit Bono y que dediqué a la memoria de mi madre, que había fallecido en agosto de 1979. Su contenido se organizaba en dos partes: la primera centrada en la crisis económica y en la respuesta de los primeros gobiernos democráticos a esta, con especial atención al análisis de los Pactos de la Moncloa; la segunda parte orientada al estudio de los problemas socioeconómicos de la Comunidad Valenciana, con notable énfasis en la perspectiva comarcal.
Mucho antes de publicar este libro, sin embargo, e incluso antes que el anterior, tuve otra experiencia literaria muy distinta, aunque vinculada también en cierto sentido a mi compromiso político y cívico. Sucedió a principios del verano de 1978, cuando me sentía bastante relajado tras haber aprobado la oposición a profesor adjunto de universidad. Recibí entonces la visita de una persona curiosa y muy interesante, Vicente Vila Castillo. «Quiero que me ayudes a escribir mi biografía», me espetó sin demasiados preámbulos. Tomamos un café y tardó poco en convencerme. Su vida era desde luego apasionante. Me la contó con detalle durante muchas tardes de aquel verano en su casa de L’Eliana. Y basándonos en aquellas conversaciones, reconstruimos su historia personal en el libro Generación Truncada, que publicó la editorial Difusora de Cultura a finales de 1978.
Vicente Vila había nacido en Albal en 1908, y su historia, que aparece relatada en primera persona en el libro, representa en buena medida la de toda su generación, cuya vida quedó cortada de repente por la Guerra Civil. Él vivió dicha guerra como teniente de las Fuerzas de Asalto de la República, y después sufrió la clandestinidad y la cárcel. No quedaba, sin embargo, en nuestro personaje odio ni resentimiento alguno, y las páginas del texto, nutridas de anécdotas de gran humanidad, traslucían una gran esperanza y el deseo de un futuro mejor. Así lo fuimos contando ambos en las distintas presentaciones que hicimos del libro por la Navidad de 1978 y los inicios de 1979, quedando establecida una relación muy afectuosa entre nosotros hasta su muerte el 31 de diciembre de 1987.
Alcalde de Llíria
Una de las instituciones donde presentamos Generación Truncada fue la Asociación de Vecinos de Llíria, de la cual yo era entonces un miembro bastante activo; entre otras cosas, colaborando en su boletín La Veu de Llíria, centrado en los problemas y otros aspectos de la realidad local. En ese ambiente de preocupación ciudadana, me animé a encabezar la candidatura del PCPV-PCE al Ayuntamiento de Llíria en las primeras elecciones municipales que se celebraron en España el 3 de abril de 1979.
Llíria era aquellos momentos un pueblo de unos 12.500 habitantes, y yo era muy joven y muy idealista. Mi falta de experiencia la quise suplir con el mayor conocimiento posible de la realidad local, y por eso la estudié concienzudamente antes de encarar el reto de la gestión municipal. Para esta me sobraba entusiasmo y me faltaba quizá también suficiente madurez. Pero ¿cuándo se adquiere esta? Los resultados de dicho estudio los agrupé en un pequeño libro titulado Gent de Llíria (economia i societat d’un cap comarcal del País Valencià), que publicó aquel mismo año la Conselleria de Benestar Social i Transports del Gobierno preautonómico valenciano, regida por José Galán.
Quise captar en aquel trabajo el alma de este pueblo. Por eso analicé de manera sintética su evolución demográfica a través de la historia; su forma de vida tradicional, deteniéndome especialmente en la agricultura y en la industria del pasado; las transformaciones que experimentaba el municipio en los últimos años, y la situación específica de distintos colectivos sociales, prestando particular atención a la inmigración y a la juventud. Fue un relato que elogió singularmente Enric Pla Ballester, del Servicio de Investigación Prehistórica de la Diputación de Valencia. Y esa realidad local iba a depender ahora de mi propia gestión, al menos por un tiempo, a partir del 19 de abril de 1979 en que fui elegido alcalde.
Aquella fue, sin duda, una experiencia muy interesante, y creo que hicimos una gestión aceptable. Dos años en los que ejercí dicho cargo sin dejar de dar mis clases en la Universidad, tan solo reduciendo un tanto mi dedicación a esta. Hasta que presenté mi dimisión a la alcaldía de Llíria el 28 de abril de 1981. Lo he relatado todo en el libro Una història de dos anys publicado por la editorial Tres i Quatre. Un libro que refleja el día a día de aquella experiencia (incluyendo el 23-F) y habla de la precaria mayoría del equipo de gobierno municipal; su núcleo lo formábamos los regidores socialistas y comunistas, mientras que dos regidores republicanos basculaban frecuentemente hacia la oposición y nos dejaban en minoría en los temas más importantes. Busqué el mayor consenso posible pero no lo conseguí. Así pues, como comportaba un alto coste y mucha tensión prolongar aquella situación, decidí cortar por lo sano y dimitir, dando la oportunidad de gobernar el municipio a la derecha (independientes y UCD) con el apoyo de los republicanos.
Todavía permanecí unos meses en el Ayuntamiento de Llíria como concejal en la oposición. En aquella tesitura, recibí el encargo de instruir el preceptivo expediente para conceder el título de hijo predilecto del municipio al escultor Silvestre de Edeta, autor de una importante obra artística, incluyendo el conocido grupo escultórico Homenaje al río Turia de la plaza de la Virgen de Valencia. Me tomé aquel trabajo como una liberación de otras cosas, y a lo largo del verano de 1981 me volqué en el estudio de la vida y la obra del artista. Al final, más allá de presentar el expediente que se me había encargado, escribí el libro L’escultor Silvestre d’Edeta i el país del seu temps, que publicó la editorial Fernando Torres. Por aquel entonces Silvestre tenía 72 años, y yo pensaba que su vida ya no se alargaría demasiado. Sin embargo, el insigne escultor murió cerca de cumplir los 105 años, el 17 de julio de 2014.
De cualquier manera, mi tiempo en el Ayuntamiento de Llíria se había agotado. Más aún cuando dejé de militar en el Partido Comunista en enero de 1982 a raíz de una crisis interna que provocó la salida de este del sector más «eurocomunista». Dejé constancia de ello en un par de artículos que escribí en Diario de Valencia, uno el 19 de noviembre de 1981 y otro el 13 de enero de 1982. Por todo lo cual, entregué también mi acta de concejal y me concentré en mi trabajo en la Universidad, donde por otro lado había recuperado la dedicación exclusiva desde el inicio del curso 1981-1982.
Lo más gratificante de aquel periodo en la alcaldía de Llíria fue sin duda el contacto con mucha gente, y especialmente con aquellos compañeros con los que compartí la gestión del municipio (Miguel y Julia Arastey, Miguel Contreras, Enric Llopis, Juan Muñoz, Manuel Pacheco, Juan Palacios y Paco Pla), algunos fallecidos ya. Un periodo en el que murió mi madre, en agosto de 1979, y nació mi hija Mari Carmen, el 29 de octubre de 1980, una bendición esta última que nos compensó a Carmen y a mí de las tristezas y los sacrificios de aquellos momentos. A mi hija y a mi hijo dediqué después el libro El Camp de Túria, publicado por el Institut Alfons El Magnànim de la Diputación de Valencia, a finales de 1981, en su colección «Descobrim el País Valencià».
Este fue un pequeño libro que hice por encargo, con gran gusto e interés, y en el que quise dar una visión de conjunto de la comarca, estimulando la realización de otros trabajos más específicos. Había allí una reflexión sobre la denominación y la delimitación del Camp de Túria, sobre su situación en las distintas etapas históricas y sobre sus principales cambios y desafíos en el presente. Además, acompañaban el texto unas cuidadas fotografías realizadas por Josep Vicent Rodríguez en unos entretenidos paseos que ambos hicimos entonces por los pueblos de la zona. El libro me consta que fue bastante leído y sirvió también como instrumento de apoyo en determinadas actividades docentes.
Tiempo después realizaría otro libro con la misma metodología sobre la vecina comarca del interior, Los Serranos, publicado asimismo por el Institut Alfons El Magnànim en la colección «Descobrim el País Valencià». Aparte de la relación de vecindad, mi interés por esta comarca derivaba también de mi colaboración con la Asociación Democrática Cultural de Villar desde la creación de los Premios Histórico-Literarios de La Serranía en 1979, uno de cuyos artífices fue Jesús Martínez Guerricabeitia (empresario que una década después auspició la creación de un conocido patronato artístico de la Fundación General de la Universidad de Valencia). Tuve el honor de formar parte del jurado calificador de dichos premios en tres ediciones. Durante las dos primeras, junto al profesor Manuel Sanchis Guarner. Este murió, sin embargo, el 16 de diciembre de 1981. De hecho, la tercera edición, celebrada en febrero de 1982, sirvió para rendir un emotivo homenaje a la figura del eminente filólogo valenciano. Por mi parte, a lo largo de aquel año concluiría el libro Los Serranos, aunque no se publicó hasta 1984.
Este libro tuvo también una buena difusión. En realidad, el conjunto de la colección «Descobrim el País Valencià» fue un verdadero acierto editorial. Mi libro sobre la Serranía, que iba acompañado igualmente de unas interesantes fotos a cargo de Josep Vicent Rodríguez, mereció en particular los elogios de la escritora María Ángeles Arazo, autora entre otros de dos excelentes trabajos publicados por Prometeo: Gente del Rincón (1966) y Gente de la Serranía (1970). María Ángeles era redactora a la vez de Las Provincias. Este periódico fue muy crítico conmigo (como lo fue en general con toda la izquierda) durante mi periodo de gestión municipal, pero ella no dejó de comentar allí favorablemente mis escritos en aquella época difícil. Algo que siempre le agradeceré.
Los desafíos de una gran crisis
Se me difumina la memoria. Veo en mi archivo que, además de colaborar esporádicamente en la revista Saó y en Diario de Valencia, volví a publicar artículos académicos tan pronto recuperé la dedicación exclusiva a la Universidad; el primero de ellos, titulado «Notas sobre la financiación de las Autonomías y el reequilibrio espacial de la economía española», realizado en colaboración con Emèrit Bono, apareció en la revista Iglesia Viva en el último cuatrimestre de 1981. Encuentro también un folleto en el que aparezco participando en Benetússer, en diciembre de 1981, en un seminario sobre la economía valenciana junto a Vicent Soler, Emèrit Bono, Manuel Pérez Montiel y Ernest Lluch. Con todo, recuerdo que mi estado de ánimo en aquellos momentos era de cierto desconcierto ante la larga crisis económica que estábamos viviendo y la falta de respuestas adecuadas de carácter teórico.
Veo en mis estanterías algunos textos que aportaban avances positivos en este sentido (como los realizados por el profesor Luis Ángel Rojo), mientras que otros se alejaban entre dogmas en el túnel del tiempo (particularmente los de una cierta corriente marxista). En la facultad se estaban haciendo algunas cosas interesantes (encuentros, seminarios, papeles). Recuerdo, por ejemplo, un libro de Aurelio Martínez Estévez, publicado por Fernando Torres en 1977, con el título Reflexiones en torno a la crisis de los años 70, y otro de Manuel Sánchez Ayuso e Isidro Antuñano, publicado por Pirámide en 1981, con el título Crisis económica: hechos, políticas e ideas. Pero aún faltaba avanzar más para entender mejor los factores explicativos de aquella gran crisis y orientar políticas apropiadas en pos de la reactivación económica y la creación de empleo.
Desde finales de la Segunda Guerra Mundial hasta mediados de los años setenta había predominado en el mundo occidental, y especialmente en Europa, un paradigma económico de carácter keynesiano y socialdemócrata, ya que la experiencia de la gran depresión de los años treinta debilitó la fe en los planteamientos liberales extremos. Había un reconocimiento generalizado de que el capitalismo, la economía de mercado, era un sistema imperfecto, propenso a la evolución cíclica y a la desigualdad social, que requería como complemento la intervención del Estado en los ámbitos de la regulación, la estabilidad macroeconómica y la redistribución de la renta. Se forjó así un amplio consenso en la necesidad de establecer unas economías mixtas que contaran con una importante presencia del Estado de Bienestar.
En su conjunto, ello produjo unos resultados económicos bastante satisfactorios en los países donde se aplicó, de manera que el capitalismo puso allí su capacidad productiva al servicio de los ciudadanos y se conjugaron con mayor armonía los criterios de eficiencia, estabilidad y equidad. Ahora bien, la crisis de los años setenta implicó un cambio drástico en la situación anterior. Primero el fin del sistema monetario internacional de Bretton Woods (de tipos de cambio fijos y controles sobre la circulación de capitales) y después las fuertes elevaciones en el precio del petróleo (en 1973-1974 y 1979-1980) crearon un difícil escenario para responder a una crisis esencialmente de oferta (con grandes reajustes productivos, donde se combinaban de manera muy complicada los problemas de paro e inflación) mediante políticas keynesianas de regulación de la demanda. Y el déficit público se disparó de manera general.
El fracaso de las políticas de corte keynesiano ante la crisis de los años setenta propició un relanzamiento de las propuestas de inspiración liberal. Según estas, la intervención del Estado en la economía estaba dificultando la capacidad de respuesta de los mercados ante el cambio de circunstancias. Es decir, si los socialdemócratas habían subrayado antes los «fallos del mercado», ahora los neoliberales insistían en los «fallos del Estado» que obstruían los necesarios reajustes productivos. Se entendía que el Estado había alcanzado un tamaño demasiado grande e introducido un exceso de regulaciones en detrimento del funcionamiento de los mercados, por lo que convenía una política tendente a reducir todas esas interferencias.
En la práctica, hubo un notable desconcierto del paradigma keynesiano-socialdemócrata en su respuesta a aquella prolongada crisis económica. Ello favoreció el avance de las posiciones más conservadoras, las cuales alcanzaron sus victorias más sonadas en los casos de Margaret Thatcher en Reino Unido (en 1979) y Ronald Reagan en Estados Unidos (en 1980). Con estos mandatarios tomó cuerpo una nueva ortodoxia liberal que inspiró la aplicación de importantes recortes en la función del Estado en la economía e impulsó la desregulación de los mercados a escala nacional e internacional.
En España los problemas económicos internacionales se sumaron a los fuertes desequilibrios internos, a la vez que tenía lugar la transición política hacia la democracia. Hubo que realizar así un severo ajuste, tanto macroeconómico como microeconómico, que fue difícil de asumir y llevar a la práctica, y que abarcó casi una década. La economía española tardó bastante en recuperar la senda del crecimiento. Hicieron falta grandes reformas que fueron facilitadas por un importante consenso político, económico y social, y por la posterior incorporación a la Comunidad Europea.
La crisis alteró también los planteamientos de la teoría y la política de desarrollo regional. La teoría del crecimiento económico se orientó gradualmente hacia modelos (de tipo schumpeteriano) cuyo factor clave es la innovación de los procesos productivos y los productos. Y la política regional puso su punto de mira, coherentemente, en la capacidad de activar el desarrollo endógeno de los distintos territorios.
Pero todas estas ideas se fueron produciendo a lo largo de aquellos años muy poco a poco, y yo las fui asimilando ciertamente muy a tientas, modificándose progresivamente mi visión de la realidad económica, con una combinación de elementos de distintos paradigmas, sin circunscribirse necesariamente a uno solo. Ello era, en definitiva, la consecuencia de una crisis estructural que había desafiado muy en serio el conocimiento adquirido previamente.
Los frutos de una fallida agregaduría
Supongo que todas esas inquietudes se pondrían de manifiesto en mis clases de Política Económica en la facultad en los primeros años ochenta. Un periodo en el que inicié también mi participación en distintos congresos y foros de debate académico. Así, en mayo de 1982 presenté la ponencia «Requisitos generales para una política regional valenciana» en las I Jornadas de la Asociación Valenciana de Ciencia Regional, una asociación que presidía en aquellos momentos el profesor Ángel Ortí. Y de aquella ponencia derivó después el artículo «Frente a los desequilibrios comarcales del País Valenciano», que publicó la revista Generalitat, de la Diputación de Valencia, en diciembre del mismo año. La Comunidad Valenciana había tenido una experiencia de gobierno preautonómico desde 1979 hasta 1982, cuando se aprobó el Estatuto de Autonomía que permitió iniciar en 1983 un régimen propiamente autonómico en el marco de un Estado español ampliamente descentralizado.
En otro orden de cosas, en la primavera de 1982 formé parte, por sorteo, de un tribunal de oposiciones a profesor adjunto de Universidad en la asignatura Política Económica. Yo era el secretario del tribunal y su miembro más joven. Y en aquella oposición, celebrada en Madrid, en el Instituto de Estudios Fiscales, obtuvieron brillantemente su plaza tanto Andrés García Reche como Isidro Antuñano.
Sin duda, la gente de mi promoción iba consolidando su posición académica y afianzándose como unos buenos profesionales. Así, recuerdo que por aquel entonces la editorial Blume publicó el excelente libro Economía española 1960-1980. Crecimiento y cambio estructural, realizado por un equipo de la facultad entre cuyos componentes aparecían Francisco Pérez, José Antonio Martínez Serrano y Ernest Reig. Escribí una recensión sobre él en el número 6 de la revista Trellat, una publicación que dirigía en aquel tiempo Gustau Muñoz, otro colega de mi promoción.
Y bien, en junio de 1982, cuando realizábamos los exámenes de final de curso, salió publicada la convocatoria de una oposición para ocupar una plaza de profesor agregado de Política Económica en la Universidad de Valencia. Fue una de las últimas agregadurías que se convocaron en España, pues poco después desapareció esa figura de profesor y quedó simplemente la cátedra, además de la adjuntía (o titularidad). El candidato de nuestro departamento a aquella plaza era Juan Antonio Tomás Carpi, pero tanto Manuel Sánchez Ayuso como Emèrit Bono me pidieron que preparara yo también dicha oposición para ayudar a J. A. Tomás en su competencia con los candidatos de otras universidades.
Así pues, aquel mismo verano inicié los trabajos necesarios al respecto. Poco a poco realicé una amplia Memoria sobre concepto, metodología, programa y fuentes de la disciplina de Política Económica, que vino a actualizar y completar el trabajo de mi oposición anterior a profesor adjunto. Además, preparé una investigación original mientras daba mis clases y llevaba a cabo otras tareas que reclamaba el día a día de un profesor. Así, en el diario Noticias al día (que vino a sustituir, aunque por poco tiempo, al recién desaparecido Diario de Valencia) analicé algunos problemas clave de nuestra economía y reseñé las Memorias de John K. Galbraith que acababa de publicar la editorial Grijalbo. Por otro lado, formé parte de un equipo de la facultad, coordinado por los profesores Aurelio Martínez y José Honrubia, que elaboró un informe sobre las consecuencias económicas de la trágica riada del Júcar que tuvo lugar el 20 de octubre de 1982.
Poco después de aquella riada, como es sabido, se celebraron las elecciones generales que dieron la victoria por primera vez al PSOE y convirtieron a Felipe González en presidente del Gobierno. Manuel Sánchez Ayuso se hallaba entre los diputados electos por Valencia, pero de pronto sucedió algo totalmente imprevisto y tremendamente doloroso. Manolo murió el 8 de noviembre de 1982 a causa de un infarto de miocardio. Un hombre joven (41 años), con una considerable labor académica, una notable dedicación pública a sus espaldas (había sido decano de la facultad, conseller de Sanidad, diputado en el Congreso) y un futuro muy prometedor, veía de repente sesgada su vida. El Departamento de Política Económica de la Universidad de Valencia había perdido a su director y a un buen amigo para todos. Los miembros de este, encabezados por Emèrit Bono, realizamos una publicación sobre su figura que fue editada por la Facultad de Económicas. Una publicación que subrayaba su humanidad y su valía intelectual, algo que permanece en la memoria de cuantos le conocieron.
Pero la vida debía seguir, y en el departamento teníamos pendiente el reto de la oposición a una agregaduría, sin que ahora pudiéramos contar con la asistencia de Manolo. De una manera natural, Emèrit pasó a ser el nuevo director.
En ese contexto, en diciembre de 1982 presenté la comunicación «El enseñante, la enseñanza de la Economía y la crisis de la Universidad», en el I Congreso de Economía y Economistas de España. Tal congreso se celebró en Barcelona, organizado por el Consejo General de Colegios de Economistas de España, y en su clausura produjo un gran interés la conferencia pronunciada por José Luis Sampedro sobre la crisis económica, una conferencia a la que asistí en compañía de Roberto Escuder y Ricard Torres.
El tema de la crisis era, por supuesto, el centro de todos los encuentros celebrados entonces por los profesionales y los académicos del área de la economía. En tal sentido, la Universidad del País Vasco y el ISMEA de París organizaron en Bilbao, a finales de enero de 1983, un seminario internacional sobre el mismo tema, al que presentamos una ponencia conjunta Emèrit Bono, J. A. Tomás y yo mismo. Nuestra aportación, titulada «Notas sobre crisis de legitimación, déficit público y transición política en España», despertó un cierto interés y fue publicada después en la revista Economies et Sociétés del ISMEA. Allí subrayamos las dificultades que afrontaba una política de reducción del déficit público en nuestro país, dado el bajo nivel de satisfacción de las necesidades públicas y la exigencia de legitimación del nuevo Estado democrático. En consecuencia, llamábamos a continuar la reforma fiscal ya emprendida y a reestructurar (sin reducir) el gasto público.
Por fin, la oposición a la plaza de profesor agregado para la Universidad de Valencia se celebró en Madrid, en el Instituto de Estudios Fiscales, en la primavera de 1983. Pasé el primer ejercicio (consistente en una exposición de la memoria referida antes), pero ya no pasé el segundo (en que presenté una investigación original) porque el tribunal quería concentrar su atención en el tercer ejercicio en la pugna entre los dos candidatos principales: J. A. Tomás Carpi y José M.ª Marín Quemada (de la Universidad Complutense). Finalmente, el tribunal se inclinó por dar la plaza objeto de concurso al segundo y J. A. Tomás hubo de esperar a ganar una cátedra dos años después.
Por mi parte, no fue un trabajo inútil la preparación de aquella agregaduría. De allí surgieron, para empezar, dos artículos importantes que aparecieron en el primer cuatrimestre de 1984: una reflexión metodológica publicada en Cuadernos de Economía con el título «Teoría y Política Económica: la consideración de la Economía como una ciencia aplicada y prescriptiva», y el estudio «Perspectivas neoliberal y postkeynesiana de la política económica de oferta», publicado en Cuadernos Económicos de ICE.
Pero más allá de esos artículos, la oposición me hizo pensar también en la necesidad de dar un salto cualitativo en mi trayectoria si quería impulsar mi trabajo en la Universidad. Aquella fue la base para que tomase más adelante una importante decisión de cambio. De momento, sin embargo, había unos compromisos que cumplir y un camino condicionado por ellos el resto de aquel curso y el curso siguiente.
Una buena aunque difícil decisión
¿Cómo y cuándo sucedieron las cosas entre 1983 y 1984? No lo sé con plena exactitud. Me resulta difícil rescatar y ordenar aquellos recuerdos, incluso en asuntos que fueron importantes para mí. No consigo ubicar, por ejemplo, el preciso momento en que Emèrit Bono y yo participamos en un seminario interdisciplinar organizado por la revista Iglesia Viva sobre el tema «Posibilidad y criterios de valoración ética de los diferentes sistemas económicos». Un seminario tremendamente estimulante en el que participaron también, entre otros, Antonio Duato, Adela Cortina, Jesús Conill y Antonio Ariño, a quienes conocí allí por primera vez. Tengo el número monográfico de la revista que derivó de aquel seminario. Corresponde al primer cuatrimestre de 1984, y cuenta con dos colaboraciones mías: «Tres grandes doctrinas político-económicas: el liberalismo, la socialdemocracia y el socialismo» y «Desigualdades económicas y necesidad de un Nuevo Orden Económico Internacional».
Tampoco consigo precisar el momento en el que visitaron nuestra facultad dos interesantes profesores de la Universidad de Reading: Geoffrey Denton y George Yannopoulos. El primero era coautor de un conocido manual sobre la política económica en Gran Bretaña, Francia y Alemania, recomendado en nuestras clases. El segundo, un profesor griego afincado en el Reino Unido, responsable del máster sobre Estudios Europeos de la Universidad de Reading. Ambos nos hablaron precisamente de este máster, cuyo interés era evidente para los universitarios de un país como el nuestro que estaba preparando su entrada en la Comunidad Europea. Comencé a considerar entonces la posibilidad de realizar dicho máster, salvando las dificultades que ello podía representar.
Yo era entonces vicedecano de la Facultad de Económicas de Valencia, en el equipo decanal de Aurelio Martínez. Ocupé dicho cargo solo un año, entre marzo de 1983 y marzo de 1984, siendo mi cometido principal la relación con los estudiantes. Con todo, participé activamente en la organización del acto de homenaje póstumo al profesor Sánchez Ayuso que tuvo lugar en junio de 1983 y en el que se lanzó la publicación sobre su figura realizada por el Departamento de Política Económica. También participé en algunos actos relacionados con la visita a nuestra universidad del profesor John K. Galbraith, de la Universidad de Harvard. Esta visita tuvo lugar en febrero de 1984, y tanto Isidro Antuñano como yo escribimos algunos artículos para explicar a la sociedad y a la comunidad universitaria la relevancia de dicho profesor. Isidro había hecho su tesis doctoral sobre este y dio cuenta de ello en el diario Levante. Por mi parte, publiqué unas notas en las revistas Generalitat, de la Diputación de Valencia, y Estudi, de la propia Universidad.
John K. Galbraith fue un referente intelectual para muchos de los profesores que nos dedicábamos entonces a la economía pública y a la política económica. Su enfoque institucionalista lo apartaba sensiblemente de la ortodoxia dominante en el gremio. Por otro lado, su estilo desenfadado e irónico y su lenguaje claro y directo hicieron que su obra (plasmada en libros como El crack del 29, Capitalismo americano, La sociedad opulenta, El nuevo Estado industrial y La economía y el objetivo público) llegase a un público bastante amplio. Aunaba la experiencia en distintos cargos de la Administración pública con una gran creatividad intelectual. Tenía ya 75 años cuando vino a Valencia en 1984, pero aún fue capaz de publicar después algún nuevo libro de sumo interés (como La cultura de la satisfacción, que apareció en 1992), antes de fallecer en 2006, a la edad de 97 años.
En otro orden de cosas, en 1983 habían tenido lugar las segundas elecciones municipales en España y tuve presiones para encabezar la candidatura del PSOE al Ayuntamiento de Llíria. Dados mis planes de futuro, me resistí a estas presiones, pero acepté ir como número dos en aquella lista con la condición de estar solo unos meses en el grupo municipal. La candidatura la encabezó Vicente Soldevila, que pasó a ser el nuevo alcalde de Llíria. Junto a él aún participé en las negociaciones para comprar los terrenos de la antigua fábrica de Ríos (Fatex), que dieron un amplio espacio para ubicar con posterioridad importantes servicios públicos. También apoyé al concejal de Cultura, Miquel Nácher, en su iniciativa de crear una interesante revista municipal (Lauro. Quaderns d’Història i Societat), en cuyo número 1 (aparecido en la primavera de 1984) publiqué una nota introductoria y el artículo «Llíria i el Camp de Túria en la crisi dels anys setanta».
Pero mi permanencia en el Ayuntamiento de Llíria solo duró hasta finales de 1983, pues entonces yo ya tenía claramente decidido mi plan de marchar a Inglaterra. En efecto, esta fue una importante decisión que tuve que madurar, sopesando muy bien los pros y los contras. Como he dicho antes, la idea surgió inicialmente con la visita a Valencia de los dos profesores de la Universidad de Reading, pero aún tuve que rumiarla bastante antes de decidirme por completo.
El Departamento de Política Económica estaba evolucionando en aquellos momentos y había oportunidades de promoción a catedrático. J. M. Marín Quemada había tomado posesión de su plaza de profesor agregado, pero se marchó inmediatamente a la UNED en una comisión de servicios. En diciembre de 1983 se incorporó un nuevo profesor al departamento, Amat Sánchez, mientras que otros antiguos lo habían dejado ya por distintas razones (Marga Sanz era profesora de secundaria, Raúl Herrero trabajaba como economista en el Ayuntamiento de Valencia y Eduardo Fayos se hallaba en Inglaterra al frente de la oficina del Comité de Gestión para la Exportación de Frutos Cítricos).
En el plano positivo, sentía la necesidad de alejarme por un tiempo del camino recorrido hasta entonces y hacer una inversión en mi propia formación. En el plano negativo, estaba el gran esfuerzo que podía representar marcharme un año a Inglaterra, incluyendo el coste personal del alejamiento familiar (pues Carmen y yo habíamos decidido que ella se quedaría en casa con nuestros dos hijos). No era un balance (de beneficios y costes) fácil de dilucidar, pero poco a poco me incliné por la decisión de realizar un curso en Inglaterra. Quizá sin saberlo, el último empujón en ese sentido lo recibí del profesor Antoni Zabalza, catedrático de Teoría Económica en nuestra universidad, que había hecho el doctorado en la London School of Economics. En una de las comidas que compartimos en la facultad me habló del gran beneficio que aportaba romper la inercia y cargar temporalmente las baterías en una universidad en el extranjero. Le hice caso y emprendí de inmediato los pasos en esa dirección.
Solicité una beca de la Diputación para ampliar estudios en la Universidad de Reading, y aproveché las vacaciones de Pascua de 1984 para viajar a Inglaterra con el fin de realizar los trámites necesarios para cursar el máster de Estudios Europeos en dicha universidad. A raíz de estas gestiones, pude conocer que la Universidad de Reading ofrecía también unos cursos de inglés para los estudiantes extranjeros que iban a realizar cursos de posgrado en ella. Consideré que esa opción era muy conveniente para mí y me matriculé en dichos cursos, aunque ello supusiera tener que adelantar mi estancia en Reading a primeros de agosto, en lugar de hacerlo a finales de septiembre.
El final del curso 1983-1984 fue así un tanto ajetreado para mí. Los temas municipales y del vicedecanato habían quedado ya atrás, pero tenía que cerrar diversos aspectos de la docencia y profesionales (aparte de los familiares) para estar con tranquilidad un año fuera. Por ejemplo, la Generalitat Valenciana había convocado el Primer Congrés d’Economia Valenciana, y Ricard Torres y yo consideramos de interés presentar una comunicación a este. La dejamos lista antes de marcharme a Inglaterra, con el título de «Efectos de la crisis económica sobre el proceso de industrialización hacia el interior de la Comunidad Valenciana: el caso del Camp de Túria». La presentó Ricard en nombre de los dos en el momento de la celebración del congreso, ya en diciembre, y salió publicada en sus actas. Posteriormente, sobre la base de esta, publicamos el artículo «La industria del Camp de Túria y la crisis económica» en el número 2 de la revista Lauro, que apareció en la primavera de 1986.
Por otra parte, tenía que intensificar mi estudio del inglés para ir lo más preparado posible a Inglaterra. En ese sentido, guardo como recuerdo especial de aquel verano la lectura de la novela de Graham Greene Monseñor Quijote, en castellano y en su versión original. Siempre es un placer leer a Greene, y más en su propia lengua. Lo haría después también con otras de sus novelas. Una buena compañía en cualquier momento, y particularmente en periodos de cambio, como lo era aquella etapa de mi vida que entonces emprendía.
II. AÑOS DE APERTURA Y CREATIVIDAD (1984-1994)
Un curso en Reading
La ciudad de Reading es un poderoso núcleo económico que se halla al sureste de Inglaterra, a mitad de camino entre Londres y Oxford, en el valle del río Támesis. Llegué allí a principios de agosto de 1984 para realizar un curso intensivo de inglés previo a la realización del máster en Estudios Europeos que comenzaría en octubre. La Universidad de Reading cuenta con una larga tradición y tiene cuatro campus. En el más grande, el del lago Whiteknights, es donde estaban los centros de mi interés: la Graduate School of European and International Studies, los departamentos de Economía y Economía Agraria, la biblioteca y las áreas de servicios y actividades múltiples. Permanecí en Reading hasta junio de 1985, viviendo en dos residencias universitarias: durante los meses de agosto y septiembre, en Wessex Hall, y durante el curso académico, en Saint George’s Hall.
De pronto me sentí como un estudiante más. El curso de inglés era muy completo y ocupaba buena parte del día. Además, iba acompañado de otras actividades complementarias de carácter cultural (cine, charlas, música) o turístico (viajes a Londres, Oxford, Cambridge). Una parte de los estudiantes de aquel curso había venido tan solo a perfeccionar su inglés durante el verano, pero la mayor parte eran estudiantes que, como yo, iban a realizar a continuación algún curso de posgrado en la propia universidad, en cualquiera de sus especialidades. Había estudiantes europeos y latinoamericanos, pero la mayoría procedía de países de la Commonwealth (africanos o asiáticos). En definitiva, aquella fue una experiencia formidable que, sin duda, abrió más mi mente.
Vine a casa durante unos días a finales de septiembre, pero regresé de inmediato a Reading para iniciar en octubre el máster en Estudios Europeos. Conocí en seguida a los compañeros de curso: algún británico y algún francés, unos cuantos griegos e italianos, y otro español (Antonio Fernández, de Asturias, que después se convertiría en profesor de la Universidad Autónoma de Madrid). También conocí a mis principales profesores: Geoffrey Denton, George Yannopoulos y Alan Swinbank.
Cada uno de ellos fue coordinador y responsable de un curso diferente del máster: el primero sobre la teoría de la integración económica, el segundo sobre la política regional europea y el tercero sobre la política agrícola común (PAC). Estos cursos combinaban la parte analítica con la aplicada, y exigían nuestra constante participación en clase con la elaboración de pequeños ensayos y trabajos prácticos. Y para culminar el máster, además de superar los exámenes finales, era preceptivo realizar también un trabajo de investigación original (una MA Dissertation). En mi caso este consistió en un análisis de las implicaciones de la entrada de España en la CEE para el sector citrícola (The Implications of Spain’s Accesion to the EEC and the Citrus Fruit Sector), y conté con la supervisión de Alan Swinbank. A finales de 1985 publiqué en castellano un resumen de este en el número 3 de la Revista Valenciana d’Estudis Autonòmics, con el título de «La integración de España en la CEE y el sector citrícola».
Se amontonan los recuerdos de mi estancia en Reading. El contacto con otros estudiantes de diversos países, mi relación con los profesores, el seguimiento de ciertas actividades culturales; especialmente, un ciclo de cine europeo con la exhibición semanal de una película de un país diferente (la de España fue El sur, de Víctor Erice). Quise también hacer deporte y entré en el equipo de baloncesto de la Universidad, pero sufrí al cabo de unas semanas una lesión en el tendón de Aquiles y lo tuve que dejar; dicha lesión, por cierto, me hizo comprobar las bondades de la sanidad pública británica.
Me viene a la memoria la recepción semanal de un ejemplar de la edición internacional de El País a la que me suscribieron, a modo de regalo, mis amigos José Vicente Pérez Cerverón y Ricard Torres. Y también me vienen a la memoria las visitas que realicé a otros compañeros de la Facultad de Económicas de Valencia que se hallaban en distintas partes de Inglaterra: José Antonio Martínez Serrano y su mujer, Tina Paricio, estaban realizando un máster en la London School of Economics; Eduardo Fayos trabajaba en Londres para el Comité de Gestión de Frutos Cítricos y me brindó una importante ayuda en el trabajo de investigación sobre dicho sector; Josep Picó analizaba la evolución del Estado de Bienestar en la Universidad de Cambridge, y Miguel Olmeda indagaba sobre la Economía de la Salud en la Universidad de York.
Levanto la cabeza y veo en mis estanterías buena parte del material que me traje de aquel máster sobre Estudios Europeos en la Universidad de Reading. Manuales básicos de los distintos cursos y otra bibliografía adicional. Está, por ejemplo, el libro The Political Economy of European Trade, de Richard C. Hine, de la Universidad de Nottingham. Un excelente libro que trabajé a fondo en 1985 y orientó mi interés hacia las relaciones exteriores de la Unión Europea. Algunos años después, como ya indicaré, conocí al profesor Hine y trabamos una buena amistad. Ahora veo la dedicatoria de aquel libro, a su mujer Anne y a sus hijos, y me emociono al saber que ya ha fallecido Anne.
Mientras realicé el máster, vine en dos ocasiones a Valencia, aprovechando los dos periodos de parón en el curso académico: Navidad y Semana Santa. Hasta que, por fin, superados los exámenes finales y evaluado positivamente mi trabajo de investigación, conseguí la graduación en junio de 1985. El sacrificio había merecido la pena. Ahora podía volver de nuevo a mi trabajo en la Universidad de Valencia, con las baterías recargadas, y también al lado de mi familia.
La entrada de España en la UE
Avanzado el año 1985, el tema dominante de discusión en la Universidad y en el conjunto de la sociedad española era la inminente entrada de nuestro país en la Comunidad Europea. La solicitud de adhesión había sido presentada por el primer gobierno democrático en julio de 1977, y las negociaciones al respecto comenzaron a principios de 1979. Unas negociaciones largas y difíciles que se cerraron en marzo de 1985 y culminaron con la firma del Tratado de Adhesión de España y Portugal a la Comunidad Europea el 12 de junio de 1985. De acuerdo con dicho tratado, la entrada de estos dos países en la actual UE iba a tener lugar el 1 de enero del año siguiente.
Se discutía si los resultados de aquellas negociaciones habían sido mejores o peores para España, pero lo importante era sin duda que nuestro país iba a convertirse ya en un Estado miembro de la UE. Su situación económica y social era entonces francamente difícil tras una década de crisis, y había la esperanza de que la integración comunitaria tuviese un impacto positivo por la movilización de los recursos que implicaría y las ayudas financieras que atraería. De momento, el Gobierno central y los gobiernos autonómicos trataban de evaluar los puntos fuertes y débiles para orientar las mejores decisiones posibles en materia de política económica.
En esta tesitura, la Conselleria de Economía y Hacienda de la Generalitat Valenciana, de la mano de su director general de Economía, Francisco Pérez, puso en marcha la redacción de un Libro Blanco sobre la repercusión en la Comunidad Valenciana de la Adhesión de España a la CEE, e invitó a toda una serie de economistas y profesionales a realizar contribuciones al respecto. En mi caso, tuve el honor de redactar el trabajo «Los Acuerdos Preferenciales de la CEE con Terceros Países y sus posibles efectos sobre la Comunidad Valenciana». La presentación del Libro Blanco se llevó a cabo en unas jornadas sobre la economía valenciana y la Comunidad Europea que tuvieron lugar en Alicante en noviembre de 1985. Recuerdo la intervención en estas jornadas de José Viñals, un economista licenciado en nuestra facultad y doctorado en Harvard, cuya gran preparación y capacidad expositiva hacía augurar una brillante trayectoria en el futuro.
Desde el inicio del curso 1985-1986, yo había retomado las clases en la Facultad de Económicas de Valencia e impartía la asignatura «Política Económica (General y de España)» en tercero de Empresariales. Además, participaba en los cursos de extensión universitaria organizados por la Universidad de Valencia en colaboración con diversos ayuntamientos, dando charlas sobre «La Comunidad Económica Europea y la Economía Valenciana». Asimismo, en agosto de 1986 intervine en la tercera edición de la Universitat d’Estiu de Gandia, en un curso dedicado a la integración española en la UE; un curso que tuvo como invitado especial al profesor George Yannopoulos.
Por otra parte, en el otoño de 1985 inicié una colaboración regular en el diario Levante a propuesta del subdirector Francisco Esquivel. Al parecer, el director, Jesús Prado, pretendía que hubiera una mayor presencia de firmas universitarias en las columnas de opinión del diario. Mi primer artículo fue sobre Franco Modigliani, que había sido distinguido con el Nobel de Economía en aquellos momentos. Un artículo al que siguieron otros sobre la actualidad económica europea, española y valenciana. Hasta noviembre de 1987, cuando finalicé mi colaboración en Levante por ciertas desavenencias con el nuevo director, Ferran Belda. Mi último artículo daba cuenta de la visita a Valencia de Alan Swinbank y su visión de la reforma de la PAC.
Pero no adelantemos acontecimientos. Estamos aún en 1986. España acababa de entrar en la Comunidad Europea y ya había ciertos indicios de recuperación económica. Se animaban los procesos de inversión empresarial, si bien la tasa de paro del país persistía todavía en niveles muy altos. El Gobierno socialista pretendía reducir las rigideces del mercado laboral y apoyar la adaptación de nuestro tejido productivo al entorno europeo, mientras los sindicatos mostraban cierta urgencia en la percepción de beneficios sociales. Aparecía un conflicto entre distintos actores que no era fácil de arreglar, y algunos de mis artículos de prensa abordaban este tema, postulándome a favor de la concertación social.
Mientras tanto, avanzaba también en mi trabajo académico. Así, en 1986 escribí en colaboración con Víctor Fuentes un capítulo sobre la política de vivienda en el manual Política Económica de España dirigido por Luis Gámir; Víctor se hallaba bastante ocupado entonces en su labor como miembro del Parlamento valenciano, pero seguía siendo el alma y el referente de la asignatura «Política Económica de España» de la licenciatura de Economía. Por otro lado, en mayo de dicho año presenté la ponencia «Agricultura y modernización: algunas reflexiones sobre el caso valenciano» en las Jornadas sobre Modernización y Economía organizadas por la Generalitat Valenciana, cuyo material reprodujo después un monográfico de la Revista Valenciana d’Estudis Autonòmics.
Con todo, creo que mi mejor trabajo de 1986 fue el artículo «La Comunidad Valenciana en el contexto del Área Mediterránea», publicado en la revista Papeles de Economía Española (en su serie sobre Economía de las Comunidades Autónomas). Era un artículo que abría una nueva línea de investigación sobre las relaciones norte-sur en el Mediterráneo, a la que dediqué bastante esfuerzo a partir de entonces. Por lo demás, en aquel número de la revista sobre la Comunidad Valenciana colaboraron también numerosos profesores de la Facultad de Económicas de Valencia.
Dicha facultad estaba aumentando mucho su matrícula en aquellos momentos. En realidad, como consecuencia de los cambios demográficos, políticos y sociales, el acceso de estudiantes al conjunto de la Universidad española fue ascendiendo de manera sensible a lo largo de los años ochenta. Ello exigió, como respuesta, un notable incremento de la contratación de profesores en los distintos departamentos. Así, en Política Económica entraron dos nuevos profesores en 1986 (Fernando Toboso y Miguel Torrejón), cuatro más en 1987 (José Luis Contreras, José M.ª Nácher, Tono Sánchez y Ángel Villalba) y otros dos en 1988 (Carlos Ochando y Juan Such). El departamento se hacía, por tanto, más grande, y las relaciones personales resultaban menos próximas.
En paralelo, fue cambiando también la normativa universitaria. En Valencia, uno de tales cambios implicó la creación en octubre de 1986 de un amplio Departamento de Economía Aplicada, que pasó a fusionar los antiguos departamentos de Economía Política, Estadística, Estructura Económica, Hacienda Pública y Política Económica (que quedaron como unidades docentes integradas en el nuevo departamento, aunque Estructura Económica se separó de este poco después). Yo fui elegido entonces el primer coordinador del Departamento de Economía Aplicada, pero solo ejercí dicha función (en la que recibí tan buenos consejos de Ismael Fernández Guerrero) hasta el otoño de 1987, cuando decidí dejarla para poder preparar mejor la oposición a la cátedra.
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