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José Rivera Ramírez

La urgencia de ser santos

Ejercicios espirituales para sacerdotes

Transcripción de: Jesús A. Hermosilla

Ediciones Trébedes


1ª edición, marzo 2011. Instituto Teológico San Ildefonso, Toledo, España.

© del texto, Fundación José Rivera.

© de esta edición, Ediciones Trébedes, 2019.

Rda. Buenavista 24, bloque 6, 3º D. 45005, Toledo.

Portada: Ediciones Trébedes

Nihil obstat. Censor: Julio Alonso Ampuero.

Imprimatur.  Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Toledo, Primado de España. Toledo, 3 de febrero de 2011.

www.edicionestrebedes.com

info@edicionestrebedes.com

ISBN de la edición impresa 978-84-120497-2-5

ISBN 978-84-120497-3-2

Edita: Ediciones Trébedes

Printed in Spain.

Estos artículos han sido registrados como Propiedad Intelectual de sus autores, que autorizan la libre reproducción total o parcial de los textos, según la ley, siempre que se cite la fuente y se respete el contexto en que han sido publicados.

“Nosotros somos los que hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él

(1Jn 4, 16)

“Hay quien se burla de la obediencia, del ayuno, de la oración... Sin embargo, ése es el único camino de la verdadera libertad. Yo suprimo las necesidades superfluas, domo y flagelo mi voluntad altiva y egoísta por medio de la obediencia, y así, con la ayuda de Dios, consigo la libertad del alma y, con ella, la alegría espiritual”.

F. Dostoiewski, Los hermanos Karamazov,

Segunda parte, Libro VI, cap II, V

“Sigue siendo válido para todos –sacerdotes, personas consagradas y laicos, y especialmente para los jóvenes– la invitación a recurrir a los consejos de un buen padre espiritual, capaz de acompañar a cada uno en el profundo conocimiento de sí mismo, y conducirlo a la unión con el Señor, para que su existencia se conforme cada vez más al Evangelio. Para ir hacia el Señor necesitamos siempre una guía, un diálogo”

Benedicto XVI, Catequesis sobre

Simeón el Nuevo Teólogo,

16 de septiembre de 2009

NOTA A LA SEGUNDA EDICIÓN

Junio 2019

La Fundación José Rivera, ante la demanda de este volumen, agotado en su primera edición, nos encargó en mayo de 2018 la reedición de La urgencia de ser santos, de José Rivera, publicado siete años atrás por el Instituto Teológico San Ildefonso de Toledo.

Como el objetivo de esta reedición era fundamentalmente proporcionar a los lectores nuevos ejemplares de este libro, hemos intentado reducir al mínimo las modificaciones sobre la edición anterior, manteniendo las notas a pie de página, el texto y la estructura general del libro. Solo hemos introducido algunos cambios en la cubierta y las fotografías, adaptándolas a una edición de estas características, se han corregido algunas erratas tipográficas y se ha ajustado la maquetación al estilo de nuestra editorial.

La elaboración de esta edición se ha demorado hasta ahora por nuestra voluntad de incluir el acceso al audio original de don José Rivera, como ya hicimos en la colección de predicaciones recogidas en el libro El hechizo de la misericordia, editado por nosotros en 2018. Desgraciadamente, las grabaciones que fueron transcritas para elaborar este volumen no han podido ser localizadas y no queríamos demorar la publicación. Si aparecieran en el futuro, nos encantaría incluirlas en ediciones posteriores.

Desde la primera edición, en 2011, hasta la fecha de la publicación de esta edición, ha ocurrido un hecho destacable: la proclamación de José Rivera Ramírez como Venerable por la Iglesia, el 1 de octubre de 2015. Este hecho aporta un interés adicional a esta publicación por difundir los textos de alguien reconocido como digno de veneración. El Decreto de Virtudes Heróicas por el que se le declara Venerable puede encontrarse en el libro Tu rostro buscaré, editado por Ediciones Trébedes.

Finalmente, agradecer al Instituto Teológico San Ildefonso de Toledo toda su colaboración en la transferencia de toda la información del libro en su primera edición y su generosidad en la cesión de los derechos de edición.

El editor

NOTA BIOGRÁFICA

El Siervo de Dios José Rivera Ramírez nació en Toledo (España) el 17 de diciembre de 1925 y murió el 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, de 1991. En su juventud empezó a hacer estudios universitarios de Filosofía y Letras, en Madrid, que interrumpió para prepararse al sacerdocio. Ingresó en el Seminario de Comillas (Santander) donde estuvo cinco años y donde conoció al P. Nieto, jesuita que dejó huella en él por su profunda vida de oración y austeridad. Más tarde se trasladó a Salamanca donde concluyó los estudios teológicos. En 1953 recibió la ordenación sacerdotal y realizó los primeros años del ministerio en algunas parroquias de Toledo.

La intensidad con que vivió el ministerio los diez primeros años desembocó en “un agotamiento físico y psíquico que le hizo necesaria una temporada de retiro y descanso”1; en un noviciado de los Hermanos de san Juan de Dios va a pasar dos años dedicado a la oración y al estudio.

Desde 1957 se dedicó, sobre todo, a la dirección espiritual; primero en Salamanca, en el Colegio Mayor del Salvador y en el Colegio Mayor Nuestra Señora de Guadalupe. Más tarde en el Seminario de Palencia y, después, ya hasta el final de su vida, en Toledo. Además de la dirección espiritual de seminaristas, D. José atendió espiritualmente a numerosas personas: sacerdotes, religiosas y laicos, dirigió multitud de retiros y ejercicios espirituales por muchas diócesis españolas y vivió la opción preferencial por los pobres, especialmente con los gitanos de Toledo.

Anunció y diagnosticó lo que se ha llamado la crisis posconciliar de la Iglesia, especialmente de la Iglesia española, en sus causas más profundas, hasta el punto de ser considerado por muchos exagerado y raro, e hizo todo lo que pudo para ponerle remedio, sobre todo predicar incansablemente el amor de Dios, el llamado a la santidad y la abnegación cristiana viviendo en radicalidad evangélica. En 1970 escribió:

“Sólo un éxito, aunque, eso sí, esencial, pero no mío; incomparablemente mayor que todos mis ensueños de adolescente: esa inquebrantable terquedad de mi confianza, este no dimitir jamás, ni en las circunstancias más desalentadoras, de mi esperanza de ser santo”.

D. José no escribió propiamente libros para la publicación2; decía que Jesús no había escrito sino sus discípulos... En colaboración con D. José María Iraburu publicó, en 1982, la obra Espiritualidad católica (Madrid, Cete) de más de mil páginas. De ella surgió después la Síntesis de Espiritualidad Católica, un tratado excelente de teología y lectura espiritual.

El 13 de marzo de 1991, mientras se dirigía en autobús a predicar un retiro, sufrió un infarto y días después otro; el 25 de marzo falleció, a los sesenta y cinco años de edad. Unos meses antes de su muerte había ofrecido a Dios su vida por la vuelta al ministerio de otro sacerdote. Su cuerpo fue trasladado a la Facultad de Medicina de la Complutense de Madrid a la que había hecho donación del mismo. Allí permaneció hasta que, cuatro años después, fue enterrado en la capilla del Seminario Santa Leocadia de Toledo. En la lápida de su sepultura se lee: “Formador de sacerdotes, maestro de vida espiritual, padre de los pobres”. El 21 de noviembre de 1998 se abrió, en Toledo, el proceso de canonización de este Siervo de Dios y sabio sacerdote3.

1 F. del Valle Carrasquilla, Apunte biográfico, en AAVV, José Rivera, sacerdote, testigo y profeta, BAC popular, Madrid 1996, 16. Para un primer acercamiento a la personalidad de José Rivera puede leerse esta biografía espiritual, obra de un equipo de personas que le conocieron de cerca.

2 Sí escribió para uso personal un Diario, poesías, muchos estudios personales de obras sobre todo de teología, esquemas de charlas y retiros y otros materiales para la formación de seminaristas. Muchísimas charlas, retiros, conferencias y ejercicios espirituales de D. José han sido publicados, en folleto y en varios DVDs, por la Fundación de Toledo que lleva su nombre. Pueden descargarse gratis en la página: www.jose-rivera.org.

3 Nota de la 2ª ed.: El proceso diocesano finalizó en octubre del año 2000 y pasó a la Congregación de las Causas de los Santos en Roma. El 1 de octubre de 2015 se publicó la declaración de José Rivera como Venerable.

José Rivera en los años de la Universidad.


Ejercicios Espirituales a los Seminaristas 1973

Casa de Ejercicios de las Misioneras Cruzadas de

la Iglesia en Zamora


PRÓLOGO

Las meditaciones que se publican en este libro fueron predicadas por D. José Rivera en un Retiro de ocho días para sacerdotes de Toledo y algunos de Guadalajara y recogidas en cinta magnetofónica. El retiro tuvo lugar en el Monasterio de Valfermoso de las Monjas, Guadalajara, en el verano de 1989. Me he atrevido a transcribir estas predicaciones aun sabiendo que no es lo mismo oír que leer y que todo texto hablado y puesto después por escrito pierde los matices de la entonación, la energía y, en nuestro caso, la pasión y el entusiasmo con que fue pronunciado, y no alcanza la lógica, concisión y precisión que se procura cuando se escribe. Pero el hecho de haber sido transcritas desde la predicación oral tiene su encanto y puntos positivos: se pueden apreciar en ellas la espontaneidad y vivacidad de la alocución oral y expresiones coloquiales que permitirán, a quienes no lo hayan escuchado, conocer mejor cómo hablaba el P. Rivera, y que dan además al escrito un tono más ameno. También es posible apreciar su mucho humor y fina ironía3.

A pesar de la distancia temporal y los cambios tan profundos que se producen en nuestros días, estas predicaciones no han perdido actualidad. No sólo en lo que tienen de teología espiritual perenne, sino incluso en muchas aplicaciones prácticas a la pastoral, porque seguimos con los mismos males que él denunciaba y, en muchos casos, bastante peor: muchas iglesias locales, no sólo en España, siguen derrumbándose, los presbiterios diocesanos –a nosotros está dirigido este retiro– no acabamos de entrar en un proceso de verdadera renovación en la espiritualidad, la comunión, la radicalidad evangélica; en algunos presbiterios, la situación de deterioro y desangramiento no ha tocado fondo, más bien la hemorragia sigue abierta. Consecuentemente, tampoco la pastoral da los frutos que cabría esperar.

D. José no buscaba agradar a nadie ni recabar las alabanzas de nadie ni tampoco temía las críticas o comentarios negativos sobre su vida y enseñanzas. Por eso, no tenía pelos en la lengua y hablaba con plena libertad: a lo largo de estas predicaciones aparecen juicios sobre las situaciones y prácticas pastorales, la sociedad española de aquellos años, la Iglesia en general, los presbiterios, los obispos... con los cuales, por supuesto, no juzgaba a personas concretas, sino que veía más allá y más radicalmente los males y la situación real de la Iglesia de lo que otros lo hacían. Desgraciadamente sus “profecías” se han cumplido con creces. Cuando ahora leo declaraciones de algunos obispos españoles alarmados por la secularización y el laicismo de España me digo “esto ya lo decía D. José hace treinta años y les parecía un exagerado”.

Los temas que trata D. José son básicamente los que él consideraba más esenciales y necesarios en la vida de los presbíteros. Con diversas variaciones, encontramos estos mismos temas en las otras tandas de ejercicios o retiros que predicó a los sacerdotes en los últimos años de su vida. Después de una introducción sobre las disposiciones adecuadas para entrar en el retiro, pasa a presentar el llamado a la santidad y las cualidades con que ha de vivirse: radicalidad, interioridad, coherencia y totalidad, que son las del evangelio; a este tema dedicó tres charlas. Viene después el misterio del pecado y la actitud frente a él, se ocupó de ello en otras tres charlas realmente geniales; en la tercera habló también del Sacramento de la Penitencia. A continuación, otras meditaciones más centradas en Jesucristo: El conocimiento de Cristo y su transmisión, Cristo Mediador y su unión con el Padre. Continuó hablando de La oración, el estudio y el testimonio, La Caridad como amor al prójimo, su universalidad, el amor del pastor. De otras realidades de espiritualidad sacerdotal se ocupó en las siguientes meditaciones: la obediencia sacerdotal y El celibato, El sacrificio de Cristo y nuestra participación en él, la humildad, la humillación y la abnegación. Las últimas predicaciones fueron sobre María, virgen y madre, la maternidad de la Iglesia y dos sobre el Espíritu Santo: La acción del Espíritu Santo en nuestra vida y la unidad en el Espíritu Santo.

D. José no se atenía exactamente al enunciado del tema, su reflexión, creemos que movida por el Espíritu Santo, discurría relacionando el tema general con otros temas y haciendo aplicaciones pastorales y constantes paréntesis o excursus. Es la dinámica de la predicación oral, que se sale a veces del desarrollo metodológicamente lineal o lógico y D. José, por supuesto, no buscaba un discurso literariamente bello, aunque no le faltaban cualidades para poder hacerlo. No cuidaba la forma. Predicaba, le salía la Palabra a borbotones. De ahí que, en algunos casos, el título que hemos dado a las reflexiones no sea exactamente el que él propuso al comienzo de la meditación, sino deducido a posteriori de los argumentos e ideas que desarrolla en la charla4.

Quienes conocieron a D. José saben que hablaba muy rápido y, por tanto, a veces, no vocalizaba bien; en la transcripción hemos tenido que suprimir algunas palabras difícilmente inteligibles. Hemos intentado, cuando hay ideas interrumpidas que se continúan después, ordenar un poco la exposición sin traicionar el pensamiento5. En estas charlas, encontramos, unas veces, repeticiones o versiones parecidas de la misma idea y, otras, frases sin terminar que dejan la conclusión al oyente. He procurado subsanar estos inconvenientes suprimiendo algunos párrafos repetitivos y completando el sentido de los otros. Espero que estas limitaciones no sean un obstáculo para su lectura sino que, más bien, susciten el interés por escuchar directamente al P. Rivera6.

D. José dice mucho. Estas meditaciones son para eso: para meditarlas detenidamente y saborearlas leyendo cada párrafo, releyéndolo, reflexionándolo, examinándose y, por supuesto, orando. Seguramente habrá expresiones e ideas sobre las que el lector no alcance una plena comprensión, especialmente si no ha tenido un contacto más abundante con sus charlas y escritos. También de ello D. José era consciente; por eso decía que no había que meditar todo lo que decía ni empeñarse en querer comprenderlo todo, sino ver qué me dice personalmente el Señor. Comentaba que, en una predicación, por supuesto, hay que tener en cuenta a los oyentes pero que, si va con espíritu, produce su fruto aunque no entiendan mucho. No es exactamente igual leyendo, pero en cierto modo sí, puesto que D. José sigue vivo y la lectura de estos textos es una ocasión para escucharle, preguntarle, dialogar con él, para que él siga realizando su misión, ahora con mucha más eficacia. Él no consideraba la lectura de un libro como un simple medio o mecanismo de conocimiento sino como un diálogo con el autor, diálogo mucho más fácil con cualquier autor ya fallecido, sobre todo si se tiene la certeza de haberse salvado. Por otra parte, siempre insistía en que, incluso en los retiros o especialmente en ellos, Dios se nos comunica, sobre todo, a través de la liturgia (de las horas y eucaristía) y que a ella había que estar mucho más atentos que a lo que él predicara.

El título que he dado a esta publicación, La urgencia de ser santos, creo que expresa bien lo que D. José buscaba en el ejercicio de su ministerio sacerdotal: colaborar con el Espíritu Santo para que tomemos conciencia del llamado universal a la santidad como la vocación fundamental, única en cierto modo. Más necesaria para los sacerdotes y más urgente. Una de sus “obsesiones” era la urgencia: hay que ser santo ya, la situación de la gente lo requiere (y hablaba hace más de veinte años). De un modo u otro, en todas sus charlas aparece esta idea machacona: no podemos esperar, hay que convertirse ya, hay que actuar ya.

Mi primer deseo, al publicar esta obrita poco después haberse celebrado el año sacerdotal que Benedicto XVI convocó, es que estas meditaciones del gran maestro José Rivera susciten en algunos –ojalá fuera muchos– presbíteros y seminaristas teólogos, el deseo de vivir realmente, desde ya, el llamado urgente a la santidad y de renovarse en su vocación y ministerio. Ojalá ayuden mucho también –y es un segundo deseo– a los laicos y religiosas que llevan o desean llevar una vida espiritual seria, más madura. El hecho de que estas charlas vayan dirigidas a sacerdotes no es obstáculo para que aprovechen a cualquier lector, su contenido sustancial es válido para todos, aunque ciertas aplicaciones vayan hechas a la vida y ministerio de los sacerdotes; mutatis mutandis (hechas las adaptaciones oportunas), pueden ser llevadas a la propia vocación, sea laical o religiosa.

Esta publicación quiere ser además mi particular homenaje a quien fue, y sigue siendo, mi maestro y guía en la vida y el estudio de la espiritualidad católica. Con él aprendí mucho más que en los cursos de espiritualidad de la universidad. Estas predicaciones pueden ser tomadas como tema de reflexión y oración en unos días de retiro o como lectura espiritual.

Un agradecimiento especial a las Hnas. Benedictinas del Monasterio de san Juan Bautista de Valfermoso de las Monjas (Guadalajara-España) en donde D. José predicó este retiro y en donde, gracias a su hospitalidad, fue transcrito en su mayor parte durante el mes de agosto de 2009.

3 Tal vez en algunos casos resulte un poco difícil, a quienes no hayan conocido a D. José, darse cuenta del tono irónico de ciertas expresiones.

4 También son nuestros los epígrafes intercalados a lo largo de la exposición.

5 Entre corchetes [ ] van a lo largo del texto algunos añadidos míos que he considerado oportunos para la mejor lectura e intelección del discurso. Sobra decir que las separaciones en párrafos, la puntuación, puntos suspensivos, entrecomillados, ciertos signos de admiración o interrogación y otros signos gramaticales han sido introducidos según la entonación, sentido y otras características del contenido de la predicación. Me he permitido igualmente introducir algunas notas que ayuden a comprender mejor las ideas del texto.

6 Debo decir también por honestidad que la versión de que me he servido, grabada directamente por Eusebio Monge, sacerdote de Guadalajara, no recoge completamente alguna de las charlas cuando D. José hablaba más tiempo de la duración del casette. Tampoco he incluido en esta edición las homilías de la Eucaristía de esos días, por no hacer excesivamente voluminoso el libro.

1. Actitudes al comenzar los ejercicios

Llamados a la intimidad con Cristo, urgencia y esperanza

Actualización en lo que va a ser el retiro: Jesucristo “explicándose”, dándose a conocer.

Lo más oportuno para empezar [este retiro] es que os recojáis y os actualicéis más en lo que va a suceder aquí en estos días. Una actualización, al menos en un sentido psicológico, conciencia refleja también, de la intimidad con Jesucristo y, por tanto, de esta revelación de Jesucristo a nosotros.

En los evangelios aparece muchas veces que Jesucristo, después de predicar, se retira con los apóstoles y les explica: “porque a vosotros se os ha dado conocer los misterios del reino”. No se les ha dado de tal manera que se les dé a ellos solos, porque nos dice que “lo que han oído en secreto lo prediquen desde los terrados”; se les da a los apóstoles respecto de cualquiera y a nosotros respecto de una serie de personas. Otras ya están metidas en la intimidad con Dios más que nosotros mismos. A nosotros se nos da el conocerlo antes, por tanto, el conocerlo ciertamente también en un nivel de explicación, en un nivel de intimidad personal. El conocimiento amoroso es esencial, pero también con esta explicitación de tipo incluso racional y sentimental que provoca la explicación; Jesucristo se explica. Nosotros disponemos de todos los elementos: la Biblia, la liturgia..., pero además disponemos de la gracia interior de Jesucristo mismo.

Conciencia de la presencia especial de Jesucristo

Lo primero, pues, es tener esta conciencia de la presencia especial de Jesucristo tal como es: el Hijo de Dios, el Ungido por el Espíritu Santo que nos comunica, y la Cabeza del Cuerpo místico, y que nos habla a nosotros como miembros de ese Cuerpo místico. Pero que nos habla además como a ministros suyos. Conciencia de que somos ministros del Señor. Que somos curas y ya está. Que estamos elegidos para todo lo que ya sabemos –y que de alguna manera profundizaremos en este retiro–, pero que no siempre lo estamos teniendo en cuenta ni de una manera refleja ni siquiera de una manera directa; si no, andarían las cosas de otra manera en nosotros y en nuestros alrededores.

Urgencia y esperanza

También la conciencia –y por consiguiente esta esperanza– de la urgencia y de la necesidad7. Vosotros también lo veis... Es que yo, cada vez que me doy un garbeo, por cualquier lado, sea hablando con personas –que evidentemente son siempre buenas, como se ve por la muestra– y he leído un montón de cosas, [veo que] realmente la urgencia de la situación es tremenda. Pues esto: ver si temblamos; ver si temblamos, por una parte, de la dignidad nuestra. Después meditaremos más despacio sobre ello. Pero, para empezar, si tenemos esta conciencia de esperanza, de complacencia, porque Jesús va a pasar unos días con sus ministros para que sus ministros nos unamos más a él y ejercitemos mejor el ministerio, es decir, para que pueda vivir mucho más en nosotros.

Examinar las disposiciones

Y luego ver qué disposiciones negativas puedo tener. Las positivas son la fe, la esperanza y la caridad, contemplar a Jesucristo y que yo soy su ministro; más aún, que estamos un grupo de ministros de Jesucristo. Ver qué actitudes puedo tener que impidan el que reciba esta revelación, este aumento, este acrecentamiento total, personal, que me santifica más, de la revelación de Jesucristo y de esta intimidad suya. Cada uno verá. Pero, en fin, yo pondría, recordando, por una parte, el año pasado8. Jesucristo habla de cómo la palabra muchas veces –o la semilla–, dejando aparte donde no cae o casi no cae, no produce [fruto] por el miedo, por las tribulaciones. Démonos cuenta que, muchas veces, puede ser que interiormente no acojamos la Palabra de Dios suficientemente porque tenemos miedo. Es un sentimiento que la gente lo tiene bien consciente. Le da miedo acercarse a Dios por lo que le vaya a pedir. Cuando lo tiene tanta gente, no tiene nada de particular que también lo tengamos nosotros. Nos puede dar miedo que, si nos abrimos más, si no ponemos obstáculo ninguno, Jesucristo nos va a iluminar algunas cosas que puedan no gustarnos sencillamente. Lo primero, pues, es [preguntarse] esto: ¿tengo miedo? ¿me acerco al Señor con un resabio de miedo? Digo un resabio porque mucho no tendréis, si no, no habríais venido. Resabio de miedo que hace que vengamos, pues tenemos suficiente deseo y esperanza para ello, suficiente caridad, pero que vengamos con ciertas reservas a esta apertura a cualquier cosa que el Señor nos pueda decir. Por tanto, que [cada uno] coja la Escritura entera y esté dispuesto a cualquier cosa que el Señor le quiera dar.

Otro aspecto es al revés: el de las preocupaciones, no el miedo a lo que vaya a pasar, sino la preocupación que tengo ya. En nosotros puede haber también preocupaciones de tipo material o de tipo meramente natural. Ahora, la preocupación precisamente son las cosas pastorales o sus alrededores: estas preocupaciones son las que tendríamos aunque no creyéramos en Dios, sólo que trasladadas a otra materia. Estas preocupaciones ahogan también la Palabra de Dios. Lo que dice [la parábola] “la preocupación de la riqueza”, nuestras riquezas, quitando la preocupación de comprar coche, no son así riquezas materiales muy grandes, pero son reales. Las preocupaciones pueden ser de tipo espiritual. Aparentemente muy buenas... [Pero entonces] estaré más preocupado por lo que me pasa a mí que contemplando este amor de Dios que es el que tiene que liberarme de las preocupaciones.

Después otra cosa: qué actitud traigo en cuanto a decisión, aquella “determinada determinación”, de que habla Santa Teresa. Ni yo puedo juzgar, ni vosotros siquiera, cada uno a sí mismo, pero un poco de sensación sí que da –que puede ser engañosa– de que vamos arrastrándonos un poco en la vida, de que vamos manteniéndonos y no acabamos de romper. Puede ser culpable, puede ser inculpable, y puede ser una impresión falsa, no hay inconveniente, pero vamos, la impresión ya se entiende. [Hemos] pues de preguntarnos: ¿tenemos la decisión de “cortarnos la mano” que sirve de escándalo, “sacarnos el ojo” que sirve de escándalo, en fin, estas posturas plenamente tajantes? Esto que recuerdo siempre –y que para empezar está bien–: ¿entramos con una actitud de tibieza que es simplemente ir pasando y no querer darles la importancia que tienen las cosas espirituales? ¿O con una actitud de mediocridad? Que quiere decir que, teóricamente, les damos importancia cuando nos paramos, pero que luego, de hecho, estamos más atentos a las realidades naturales que a la realidad sobrenatural –como postura general digo, en momentos claro está que nos pasará eso–. Les damos más importancia, de hecho, que a la palabra de Dios, no buscamos ante todo el reino de Dios y su justicia y lo demás lo esperamos por añadidura. Buscamos más la añadidura, que puede ser el fervor o la visión del fruto o lo que sea.

La actitud de confianza y la conciencia del amor de Cristo

O estamos en la actitud de fervor de recibir sencillamente lo que Dios quiera y “cargarnos” lo que Dios quiera que nos carguemos. Aquí, naturalmente, entra la actitud de confianza en Dios. Si el Señor nos ha traído [a este retiro] es porque nos ama a nosotros, a cada uno. La elección de Jesucristo, que se realizó eternamente, el día del bautismo, el día de la confirmación, el día de las órdenes, esta elección perdura, y perdura con el mismo amor y, por consiguiente, con el mismo deseo de llevarnos a la plenitud de la santidad. Con el mismo deseo, que nosotros no podemos particularizar, concretar, de que en este momento tengamos la santidad que nos corresponde. No sabemos cuál es, claro. Pero lo que sí sabemos es que es muy probable que tengamos un poco menos de la que nos correspondería y, por tanto, seamos también un poco menos fructuosos.

[Hay que actualizar] la conciencia del amor que Cristo [nos tiene], me tiene, y la conciencia del amor que Cristo tiene a los demás, a tantas personas como de hecho se beneficiarán si nosotros respondemos con fervor a la acción gratuita de Cristo, y no se beneficiarán si nosotros no respondemos.

Supuesto esto, se trata de vivir unos días con fervor, y decir con fervor quiere decir con paz. Se trata de pasar unos días con Jesucristo con todas estas actitudes. Lo importante, lo principal es que podáis tener más tiempo para revolver la Palabra de Dios de la Misa, de la Liturgia de las Horas, y del Ritual de Sacramentos sencillamente. Después, repasar la carga que llevamos durante el año.

Que la esperanza sea muy intensa. Fijaos que Jesucristo no tiene inconveniente ninguno en hacer milagros que dejan estupefacta a la gente cuando hay fe suficiente. Lo mismo que el amor de Cristo supera todo conocimiento, también el misterio del pecado supera todo conocimiento y, si no tenemos suficiente esperanza, entre otras cosas, es porque no tenemos suficiente visión de la necesidad que hay. Por otra parte, también la capacidad nuestra, en cuanto ministros de Cristo, supera todo lo que podamos pensar, por eso tenemos que ver, y examinar un poquito ahora, si entramos con esta esperanza, con este deseo de conversión, y de conversión rápida, es decir, que los ejercicios no pasen como una especie de parche que echamos o de una pequeña revisión o de un pequeño adelanto. El estar unos días con Jesucristo en intimidad tiene que incluir un cambio muy grande. Y aun suponiendo que no lo necesitáramos nosotros, lo necesita la sociedad que nos rodea, debemos, pues, entrar esperándolo. Y eso no es fruto de un ponernos nerviosos sino simplemente de una actitud de esperanza que, por cuanto es esperanza, es un deseo muy intenso –puede ser muy sensible– y que también es una paz muy tranquila, porque es simplemente confiar en la voz del amado.

7 La urgencia y necesidad de la santidad y actividad pastoral de los presbíteros dada la situación de la gente.

8 Se trata de examinarse o evaluarse de un año para acá respecto a las disposiciones negativas personales.

2. Llamados a la santidad

Santidad y conversión - hacerse como niños

Teniendo en cuenta que, en último término, de lo que se trata [en el retiro es] de conocer más, ejercitando la fe, el amor que nos tiene Dios, para participarle, y que le conocemos en Cristo y por el testimonio que nos da interiormente el Espíritu Santo, lo primero que podríamos meditar es precisamente la llamada universal a la santidad.

Recordad que la santidad no es simplemente un modo de comportamiento, sino un modo de ser, una participación de la naturaleza divina. Ahora, en el evangelio de san Mateo, dejando aparte el evangelio de la infancia y partiendo de cuando aparece ya Jesús, la predicación comienza diciendo “convertíos”. Convertirse quiere decir no sólo cambiar de conducta, sino cambiar de principio de vida, quiere decir recibir al Espíritu Santo que, además, es el que nos perdona los pecados; no hay más que recordar que el mismo san Mateo comienza la cosa con el bautismo de Jesús; en el bautismo de Jesús se manifiesta precisamente el Espíritu Santo y es el que le lleva, le conduce por el desierto para las tentaciones y le conduce para la predicación y para la muerte y la resurrección.

La conversión, que significa precisamente ser discípulos de Cristo, seguir a Cristo, significa [también] recibir al Espíritu Santo. Ahora bien, esta conversión es un don del Padre. Enseguida en el sermón de la montaña aparece esto como discriminante, [hay] alusiones continuas en el sermón de la montaña; lo que cambia precisamente es que se establece una relación inmediata con el Padre: respecto de la oración, la forma de hacerla, el rezar el padrenuestro, la forma de ayunar, la limosna, en fin, todo depende del Padre. Sobre todo cuando Jesucristo les dice “si no os convertís y os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos”; esta es una de las frases que me sirven de señal de lo que digo tantas veces: no acabo de entender por qué “diablos” –¡y aquí son diablos, eh!– se toman en serio unas palabras del evangelio y otras no. ¿Por qué se toma en serio “el que creyere y se bautizare se salvará y el que no, no se salvará”, que dice san Marcos, y no se toma en serio otra palabra que es exactamente igual: “si no os convertís y os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos”? Tan necesario es hacerse como niños como bautizarse; no veo por qué haya de darse importancia a una cosa y pensar que el que no se bautiza –a todo tirar– se va al limbo y, en cambio, el que no se hace como niño no sé por qué se va al cielo. Porque Jesucristo dice claramente que “no entraréis al reino de los cielos”; la frase no puede ser más clara.

Un modo de ser distinto

Pero, sobre todo, la referencia al Padre está recalcada en la alusión continua al reino de los cielos; lo que se anuncia es “convertíos porque está cerca el reino de los cielos”; por consiguiente, la santificación nuestra es un modo de ser celestial ya; no suelo hablar de que “estamos en la tierra” sino de que estamos todavía “en condición, en modo terreno”, pero que ya vivimos en el cielo. No estamos en plenitud porque todavía no hemos llegado a la plenitud.

La llamada a la santidad, está claro que es llamada; todo es don de Dios y todo es anuncio de Jesucristo, anuncio de Jesucristo que nos va a cambiar. Incluye, ante todo, una lucha continua contra Satanás, que precisamente es el que da el reino de la tierra. Esto ya no es de san Mateo, es de san Juan, pero –vamos– san Juan está recalcando muchas veces: “yo soy del cielo, vosotros de la tierra; yo soy de arriba, vosotros de abajo”. Hay algo claro en san Mateo y es que precisamente esta conversión, este cambio, en resumidas cuentas, es recibir el reino de los cielos, es recibir la justicia; [el discípulo] tiene que ser distinto de todos los demás; entramos en una vida literalmente nueva: hay que ser distinto de los publicanos, distinto de los fariseos y distinto de los gentiles. “Si vuestra justicia no abunda más que la de los fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Y si saludáis nada más que a los que os saludan, ¿qué gracia tenéis? También lo hacen los paganos...” Es decir, empezamos una vida distinta, la santidad es un modo de ser distinto.

Esta santidad es una perfección. Los fariseos parecían el “non plus ultra” de la santidad judía; era la rama preocupada del cumplimiento de la ley. Jesucristo dice que si nuestra justicia no es de otra manera, que la supera, ni siquiera se puede entrar en el reino de los cielos, no sólo que no se llega a la perfección. Ahora, está bastante claro que todo nos llama no sólo a un modo de ser distinto, la santidad, sino que nos lleva a la perfección, puesto que nos dice que seamos perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. Y luego, todo ello se presenta en una lucha contra Satanás. Jesucristo empieza con las tentaciones, en las que aparece directamente el diablo, y sigue expulsando demonios, y no sólo haciéndolo él, sino dando potestad a los apóstoles para que expulsen demonios también.

Llamados a ser santos ya

Nosotros estamos llamados a ser santos, pero estamos llamados a ser santos ya, de una manera inmediata. Porque estamos llamados como los apóstoles, pero, como los apóstoles después de la ascensión, estamos enviados ya, estamos en esa situación. El decir “sígueme” es situar la llamada a la santidad como apóstoles de Cristo. No vendría mal recordar la historia de esta llamada. Recordar la llamada a la santidad como ministros de Cristo, como sacerdotes, quiere decir, tener en cuenta, por ejemplo, lo de san Pablo: que nos ha elegido desde toda la eternidad, antes de la constitución del mundo; que estamos llamados de la manera más real en la generación del Verbo –y esto es antes de la constitución del mundo– y después de la constitución del mundo. En la generación del Verbo, en la concepción de Cristo, en el nacimiento de Cristo, en el bautismo de Cristo, en la muerte y resurrección de Cristo y luego en nuestra concepción, en nuestro bautismo, en nuestra confirmación y en el sacramento del orden.

No estaría mal que recordarais la historia de la llamada: meditar, contemplar un poco cómo llama a los apóstoles, no sólo en san Mateo, sino en los demás evangelistas, cómo los elige. Pensar en nuestra semejanza o identificación, por una parte, con los apóstoles en general, por otra parte, con la historia de san Pedro y ojalá acabemos así... (No como papas, pues tendría que haber una mortandad papal muy grande para que llegáramos todos a papas y un gasto muy grande con tantos cónclaves..., claro que así los periodistas dirían menos suciedades una temporada). También la historia de Judas. En la lista de los apóstoles aparece Judas diciendo “que fue el que lo traicionó”; pensad que podían haber puesto nuestro nombre porque en la historia de nuestra vida ha habido ya muchas traiciones y –vamos– al pie de la letra. ¿Que no hemos entregado a Cristo materialmente? Entre otras cosas, porque no hemos tenido ocasión, si no ya lo hubiéramos visto. Pero el pecado, en resumidas cuentas, más o menos es ese. Y si no hemos hecho nunca un pecado mortal será porque Dios no lo ha permitido.

La historia de mi llamada

Después id recordando la historia de la llamada. No para hacer una meditación de pecados, sino para hacer una historia del amor de Dios. Viendo la elección de Dios, desde toda la eternidad, en primer lugar, para que naciéramos, pues se mueren muchos fetos sin culpa de nadie, muchísimos niños que no llegan a colmo. Después, desde el uso de razón, ir viendo un poco la historia del amor de Jesucristo y pensar que el amor de Jesucristo os ha ido manteniendo y desarrollando precisamente porque os llamaba para ser apóstoles. Y aunque no lleguéis a ser obispos..., el simple hecho de ser presbítero es una participación eminente en esta misión, de modo que podemos aplicarnos tranquilamente la llamada de Jesucristo “ven y sígueme”. Y ver un poco lo que hay de respuesta nuestra –no lo que hay de no respuesta, eso vendría después– porque la respuesta nuestra es consecuencia absoluta a la llamada, es la gracia eficaz sin más explicaciones. La llamada de Jesucristo es de tal fuerza que nos ha ido desarrollando en su seguimiento. Con todos los defectos que sean, pero de hecho lo estamos siguiendo.

¿Y yo me doy mucha cuenta de esta elección? ¿Soy consciente siempre? ¿me siento siempre elegido? ¿Me siento llamado a ser santo siendo sacerdote? ¿siendo ministro de Jesucristo? Recoged las escenas en las que Cristo habla especialmente a los apóstoles (“a vosotros se os ha dado a conocer los misterios del reino”, pero se han dado a conocer para que los prediquéis...). Esta experiencia de consagrados, que no la tenemos más que nosotros; objetivamente no hay un momento de más intimidad con Jesucristo que cuando decimos “esto es mi cuerpo”. La eficacia de la consagración será convertir el pan y el vino en Cristo, pero eso se hace para algo, por consiguiente, la eficacia de la Eucaristía es también convertirnos a nosotros; no está fuera del sacramento; otra cosa es que eso pueda fallar porque nosotros no [tenemos las disposiciones necesarias]... sin que el sacramento deje sustancialmente de ser válido. Hace poco leía una carta pastoral de Martini a sus curas y les decía esto: cuando consagréis tened en cuenta que estamos consagrando también el cuerpo místico futuro; simplemente que todos los sacramentos son signos de tres realidades: de lo pasado, de lo presente y de lo futuro. Lo pasado es todo el sacrificio de Jesucristo, lo presente es el cuerpo de Cristo en cuanto que se sacrifica y está sacrificado y lo futuro es el cuerpo místico: toda la resurrección de la carne depende de la Misa.

Llamada a la intimidad con Cristo y a dar fruto

Démonos cuenta de la intimidad a la que nos llama Jesucristo. Muy principalmente que la llamada de Cristo es una llamada a su intimidad, a seguirle. Pero podemos hacer una cosa que Cristo mismo admite que puede pasar: habla de que el que conculque los mandamientos más pequeños será el más pequeño en el reino de los cielos; parece que entrará en el reino de los cielos también, pero será el menor. Será el menor también en fruto; es decir, que nuestra fructuosidad está en proporción a nuestra santificación personal y que en el sacramento del orden se nos confiere el Espíritu Santo no sólo para que produzca un carácter sacramental, que nos capacita para hacer ciertas cosas, sino la gracia, es decir, la certeza de la actividad santificante del Espíritu Santo en nosotros, en este nuevo modo de ser ministerial, para que podamos hacerlo bien, por tanto, para que podamos hacerlo fructuosamente.

Y aquí, además de la gratitud y la complacencia, pensad que nuestra santificación, la nuestra ya precisamente, se hace en la tierra en una intimidad con Jesucristo que ciertamente es mayor que la de los demás. Tenemos las experiencias más altas del amor de Jesucristo, porque donde se hace más presente, según el magisterio, Cristo sacerdote, con su actividad redentora, es en la actividad litúrgica y somos nosotros los que la tenemos que realizar, casi en su totalidad, y también los que hacemos que los demás la puedan hacer (nosotros somos los que consagramos, los que absolvemos), y en fin todos los sacramentos que administramos, menos el del orden –si es que no nos delega algún obispo...–. Esta intimidad es una cosa psicológica, personal, estamos llamados a tener esta intimidad interior; si no la tenemos, sencillamente no damos fruto. Darnos cuenta, pues, de nuestra responsabilidad, de esta necesidad de santidad.

Santidad y discernimiento

He estado releyendo la vida del beato Ezequiel Moreno, obispo de Pasto, agustino, en Colombia, lo canonizarán, pues resulta muy ejemplar. No voy a meterme con él, pero hay una cosa que se ve en la vida de los santos y son ciertas equivocaciones, cierto influjo –digamos– mundano, que no hay que achacar a culpa, sino que Dios no les iluminaría bastante; quiero decir que [Ezequiel Moreno] tiene una actitud tremendamente integrista en sentido político, porque esa fue la formación que le dieron y no veía más. [Quiero indicar con esto] la capacidad de discernimiento que hemos que tener –los apegos nos dice san Juan de la Cruz que oscurecen, oscurecen para discernir–; nosotros en cada caso no podemos hacer más que según lo que vemos. Entonces tenemos la impresión –y lo malo es que es verdad– de que obramos con buena voluntad, pero eso no quiere decir que obremos bien; eso quiere decir que no haremos daño positivo, el Espíritu Santo no permitirá que hagamos algo positivamente mal, pero el Espíritu Santo sí que permite que el santo no vea más allá. No le ilumina, sencillamente. Estamos en un misterio. Y entra el temor de que, como todavía no hemos llegado a la santidad –estamos todavía bastante bien de salud...–, tengamos que llegar a ella recibiendo mucho perdón de Dios de las oscuridades que tenemos ahora. Pero mientras tanto podemos hacer multitud de disparates; y son tanto más peligrosos cuanto que no caemos en la cuenta de que los hacemos. Hay tanto más riesgo de que caigamos en ese peligro cuanto el ambiente está con un confusionismo impresionante. No voy a poner ejemplos porque no hace falta. ¡La falta de discernimiento que hay¡ Personas que no parecen de especial mala voluntad ¿cómo pueden no ver en la Iglesia el signo de Jesucristo?

Un polaco, a quien acaban de dar el premio nobel, no tiene mala voluntad contra la religión, pero no cree en nada ya y además lo que dice es que la Iglesia se va deteriorando y que se acabará dentro de poco y que por eso tiene tanta fuerza el comunismo; pero es que además –dice– que los comunistas piensan que el comunismo es una nueva fe y les gusta hacer paralelos con los primeros tiempos del cristianismo; y ahí está lo malo, que los segundos tiempos del cristianismo en que vivimos no se parecen a los primeros; se parecen más los comunistas; él va explicando por qué muchos intelectuales se pueden hacer comunistas y una de las cosas que dice es esta: que la religión ya no tiene fuerza, no tiene atractivo; es una cosa que es necesaria para el ser humano, pero no tiene fuerza. ¡Eso lo dice un polaco, uno de los sitios donde la Iglesia parece que funciona! pero funciona de tal forma que ya no atrae al que no tiene mucha fe; sólo atrae al Papa que tiene mucha, por supuesto. Pero esto es tremendo, porque la Iglesia somos nosotros y somos nosotros de una manera muy fontal, de una manera muy especialmente expresiva.

El beato Ezequiel convierte a mucha gente, pero el proceso de descristianización sigue en Colombia. Y vas viendo cómo hay una serie de aspectos que uno dice “pero es que esto no estaba bien”. El tiene mucho amor a los pobres, pero tiene una actitud con los ricos –y le repatean bastante– que, en fin, no se atreve a... porque el ambiente era aquel. Podemos ir con un deseo sincero de santificación pero no suficientemente intenso respecto a la gracia de Dios. Y entonces, sin darnos cuenta, con esta peligrosidad de que si hacemos examen de conciencia no lo vemos siquiera, porque teníamos que ver antes unos presupuestos que son los que nos oscurecen, no vemos nada malo. Estamos cediendo a una serie de aspectos que son literalmente del reino de Satanás, porque son del reino de este mundo, son mundanos, pero es la mundanidad que está dentro de la Iglesia. Y podemos caer por dos capítulos: por un capítulo de reacción en contra o por otro capítulo de dejarnos influir.

En este momento en España es todavía facilísimo encontrar en política a individuos que dicen: “Bah si es que los de alianza popular9 son igual...”, y les da igual que la gente sea del psoe, y otros individuos al revés: como les parece muy mal el psoe, entonces ponen que el reino de Dios consiste en que estos no gobiernen de ninguna manera; esto prácticamente significa [admitir] una serie de cosas políticas que son totalmente antievangélicas, porque tampoco se dedican a discernir. Esto mismo le puede pasar a la derecha polaca; por eso muchos intelectuales, que no eran circunstancialmente anticatólicos, tienen un respeto a la religión, pero una cosa es tener respeto, otra cosa es tener parte, otra cosa es ser católico y otra ser santo. Daos cuenta que nosotros podemos caer en ello también: podemos vivir de tal forma que no tenemos ni suficiente discernimiento ni suficiente fortaleza para ofrecer el evangelio de forma que no escandalicemos ni demos ocasión a que [se] caiga en el mal; esto se está viendo todos los días. Necesitamos muchísima luz del Espíritu Santo.

Santidad eximia y santidad heroica

Por eso, son necesarias [dos etapas] en la santidad del sacerdote: decía Pío XII que hay una santidad eximia, que no es todavía la santidad heroica a la que hay que llegar, la última perfección; ahora bien, una santidad eximia no es simplemente ser muy bueno, no es ni siquiera ser un hombre espiritual, [sino] ser un hombre muy espiritual; esta es la doctrina del magisterio. Pío XII habla de cualquier sacerdote. El sacerdote, cuando lleve veinte años10, tiene que tener esta santidad ya; cuando lo ordenan automáticamente tiene que salir ya, con lo cual debe salir dispuesto. Estado de fervor. Un estímulo para este fervor y para esta santidad eximia es precisamente que tenemos que estar continuamente pidiéndole al Espíritu Santo que no nos permita recibir el influjo del mundo, que nos haga vivir continuamente el reino de Dios.

La oración de intercesión por los pastores

Es más, somos los encargados de pedir perdón por el pueblo: el pueblo –pienso que por eso muchas cosas en la Iglesia no han avanzado más– no se merece que Dios nos ilumine a nosotros; en un momento determinado yo me santifico igual predicando una cosa que otra, pero la gente necesita una, no necesita la otra, el que Dios me ilumine, muchas veces no va a ser el fruto de mi buena voluntad, de mi apertura, va a ser el fruto de la petición de los demás. Durante el concilio –teniendo asegurada la asistencia del Espíritu Santo– tanto Juan XXIII como Pablo VI, estaban recordándonos continuamente que pidiéramos luces al Espíritu Santo ¿Por qué? Porque una cosa es no equivocarse y otra cosa es decir las cosas más prudentes, una cosa es no cometer una imprudencia y otra hablar de la manera más prudentemente posible. Podemos no predicar una cosa mala, pero podemos omitir miles de cosas necesarias para que haya el minimun de evangelización y omitir las predicaciones que eran necesarias para que la gente se convirtiera. Esto nos lleva a estar continuamente abiertos al Espíritu Santo. Lo mismo que tenemos que tener siempre conciencia de que somos personas humanas –ya la tenemos– y obramos como personas más o menos, tenemos que tener la conciencia continua de que estamos movidos por el Espíritu Santo y obraremos más o menos espiritualmente. Por eso, siempre que vemos que una actitud o una orientación nos lleva a estar más abiertos al Espíritu Santo, esta orientación es acertada, [pero] siempre que veamos que nos lleva a sustituirle es que no está acertada.

Resumiendo, estamos llamados a la santidad, la santidad es el modo de ser divino, estamos llamados a estar divinizados, pero estamos llamados a llegar a la perfección. La cumbre de la perfección para todos es la caridad y nosotros tenemos nuestra llamada, personal de cada uno. Nuestra llamada personal es de ministros de Cristo; esto supone una intimidad ya con Jesucristo, una intimidad realmente especial que tiene que ser también una intimidad subjetivamente especial. Cristo nos la quiere dar. De esta intimidad especial, distinta del común, depende nuestra labor pastoral, depende nuestra fructuosidad. Y esta llamada nos lleva a una santidad eximia ya y a un estado de fervor, de dependencia consciente del Espíritu Santo, siempre con el temor de que, como estamos luchando no contra la carne y contra la sangre sino contra el príncipe de este mundo, es decir, contra el demonio, que es todavía más listo que yo –“que yo” quiere decir que cada uno de nosotros–, tenemos que estar en una alerta continua, “para no caer en la tentación”.

Santidad, discernimiento y Espíritu Santo

Aun a los santos les ha podido pasar o que no han llegado a la santidad que tenían que llegar o que no les ha iluminado Dios como les quería iluminar porque la gente no se lo ha merecido. Entonces tenemos que poner un plus de santidad para alcanzar que la gente nos entienda. [Tomemos también] conciencia de que podemos llegar a santos pero habiendo pasado por épocas de no fervor en que hayamos “hecho polvo” a mucha gente, escandalizado a mucha gente, no porque hayamos hecho cosas que le chocan, sino precisamente porque le hemos apoyado las tendencias mundanas. Por ejemplo: ¿cómo tenemos el discernimiento para convencer a la gente de que no tiene que irse a las piscinas ni a las playas? Pues no lo sé; no sé si hay que hablar primero a los obispos, o primero a ellos; este discernimiento tiene que darlo el Espíritu Santo. Es muy complicado en cada momento, porque una palabra demasiado exigente puede hundir a una persona y una palabra poco alta puede no darle ganas de elevarse. En fin, que estamos manejando la sangre de Jesucristo, sencillamente, y esto nos tiene que llevar a este hambre y sed del Espíritu Santo, que es una de las formas –lo recuerdo siempre– que excita a la santidad. La santidad es el desarrollo pleno de nuestra personalidad que, al irse desarrollando, está abierta al Espíritu Santo, que es el que la desarrolla. Es estar movido por el Espíritu Santo y este vivir como hijo de Dios, pero participando de su acción paternal.

9 Antiguo partido político, integrado ahora en el Partido popular; era un partido de “derechas”, en ciertas cosas más afín a los planteamientos de la Iglesia; el psoe (partido socialista obrero español) es un partido de “izquierdas”, más opuesto, en cuestiones de moral familiar, defensa de la vida, educación, a los planteamientos morales de la Iglesia.

10 Parece referirse al seminarista de veinte años, que ya debería tener un nivel de santidad bastante alto.

3. La continuidad de la llamada y el riesgo de no escuchar

La llamada a la santidad como conciencia de la actividad gratuita y constante de Cristo

La llamada a la santidad es una llamada. Por consiguiente [mantengamos] la conciencia de que la iniciativa siempre es de Dios. Esto no significa una continuidad de conciencia refleja de la llamada ni menos de la expresión estricta de que “estamos llamados a ser santos”, sino que significa la continuidad de la actividad gratuita santificante de Jesucristo y del Padre. Y de esto tenéis: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos” y estaré como el que os envía. “Cristo vive en mí” y “el que permanece en mí y yo en él ese da mucho fruto”. Es una permanencia de Cristo y Cristo actuando. Aunque yo estoy pensando en vosotros como ministros, esto se da en cualquier bautizado, con matices diversos. Esta continuidad, como recuerdo siempre, se refiere a cada momento, de manera que siempre la actividad gratuita de Cristo es preveniente; antes de que nosotros podamos hacer algo, Cristo nos mueve a que lo hagamos. Esto en todo.

Cristo llama continuamente

Y es continua en el sentido de que no se acaba nunca. El deseo de Cristo no se acaba nunca porque en el cielo prosigue, aunque allí ya no hay problema, ya no hay peligro de que no nos dejemos mover. Pero quiere decir también que, en la tierra, esté uno en la situación que esté, Cristo le sigue llamando; de manera que, [por ejemplo] nos llaman a dar la unción (ya la van a dar al mismo tiempo que el bautismo, porque el bautismo cada vez lo atrasan más y la unción la empiezan a dar antes, de manera que llegaremos a que a los quince años se dé todo junto y luego ya no hay nada que hacer...); por el momento, si nos llaman a dar la santa unción a un enfermo –porque a veces se da a los enfermos todavía– y está el hombre realmente apartado, objetivamente hablando, en peligro de irse inmediatamente a la gehenna, y además de prisa..., no tenemos que acudir [sólo] a ver si lo salvamos; tenemos que acudir para que Dios le perdone, para que Cristo, de alguna manera, le dé la plenitud de la santidad a la que le había llamado, porque Cristo sigue llamando. De modo que, la llamada de Cristo, mientras estamos en condición terrena, o en condición de purgatorio o en condición celestial, es continua, eterna; únicamente si la rechazamos hasta el último momento de nuestra existencia en condición terrena, y nos vamos al infierno, se interrumpe.

Contemplar el amor de Cristo en esta llamada

Aquí lo que me parece que hay que meditar un poco, en primer lugar, contemplarlo, porque creerlo ya lo creemos, es lo que significa el amor de Cristo, del Padre y del Espíritu Santo, que quieren mantenernos en esta intimidad, a nuestra manera, es decir, progresiva. La Virgen es llena de gracia, pero una plenitud de gracia que va progresando; en nosotros también va progresando; la diferencia, aparte de otros aspectos muy importantes, es que en la Virgen no tiene el carácter de perdón, porque en la Virgen era progresiva ya en esta condición terrena pero no era falible, mientras que nosotros somos progresivos y falibles y fallamos. Ciertamente, esta continuidad de la llamada de Cristo, progresiva, tiene el aspecto de que nos hace progresar perdonándonos las desatenciones anteriores. Pero tiene que ser de tal forma que estos fallos queden inmediatamente, o bastante por lo menos, enjugados por la acción gratuita del perdón de Jesucristo. Contemplar, pues, este amor de Cristo, ver si nos lo creemos, para nosotros y para los demás.

Realmente, poco a poco, cada vez más, la primera visión que [hemos de] tener de una persona, la expresemos o no la expresemos, la que tenemos enfrente, es que está llamada a la santidad, no la de que es de una manera o de la otra, sino simplemente que es una persona que Cristo la está amando tanto que la llama a ser santa. Y esto, por consiguiente, quiere decir, que si vive Cristo en nosotros, así nos lo hace ver; esto es lo primero. Lo otro11, una de dos: o es algo puramente terreno que no tiene importancia o es algo que puede ser, porque nosotros no podemos tener un juicio absoluto, precisamente una repulsa de esa actividad gratuita de Cristo; y esto es una invitación por parte de Cristo a nosotros para que, colaborando con él, perdonemos también y colaboremos a ayudarle [a esa persona], a fortalecerle y que no falle tanto por lo menos; no caiga en pecado mortal, por ejemplo, y vaya saliendo de los hábitos de pecado venial.

La atención a Cristo que se nos comunica

Nosotros podemos fallar –examinémonos– por falta de atención a Cristo. No es una atención continuamente refleja y angustiosa, porque esto no sería atender a Cristo; el que se angustia –dejando las angustias patológicas que no son culpables, claro– pensando en cómo sé lo que dice Cristo, es que no sabe todavía quién le está hablando; Cristo se expresa muy bien; nosotros mismos ya sabemos expresarnos, cuando queremos una cosa ya sabemos decirla. Por muy como niños que nos hagamos... Jorge tiene año y medio y no sabe hablar pero lo que quiere ya se lo expresa... Jesucristo se expresa perfectamente, por tanto, no hay que estar nervioso a ver qué dice. Hay que atender; en los salmos decimos, muchas veces, que estamos así como los ojos de los esclavos están fijos en el señor, pero estamos fijos en el Señor que precisamente me ama con esta intimidad.

Esta atención, naturalmente, sabe también –cada vez con más espontaneidad, con más certeza– cuáles son los signos por los que actúa Jesucristo: es la Palabra, la liturgia, que [nos] dice bastante, al cabo de cada día, a nosotros; es la obediencia; la liturgia, tomando la Palabra de Dios con toda la confianza, tomándola en serio; con la actitud de que no vamos, de golpe, a entenderlo todo, pero que no nos pase como a los apóstoles que lo oían y no lo entendían tantas veces; nosotros hemos recibido ya el Espíritu Santo; por lo menos unas equivocaciones tan gordas como las que tenían los apóstoles, que les habla de la levadura de los fariseos y se ponen a decir que no tienen pan... sandeces por el estilo, esas no debemos tenerlas nosotros ya que hemos recibido al Espíritu Santo, y ellos todavía no lo habían recibido. Pero incluso las faltas de entendimiento, démonos cuenta de que, generalmente hablando, en nuestro caso –el de nuestros feligreses o personas seglares puede no ser culpable–, algo de culpabilidad tiene que haber ya.

Me pregunta uno, al salir de clase:

–“Y un cura que dice “yo tengo derecho natural a casarme, es así que el Papa no me permite casarme, luego yo tengo derecho natural –que es anterior– a desobedecer al Papa; por tanto, como tampoco el gobierno español me deja casarme (porque no había matrimonio civil todavía en aquel momento) pues entonces me junto y ya está...”

–Le digo que hay dos cosas: una, que haya sido muy infiel a la gracia de Dios; para que Dios permita esa falta de inteligencia, hace falta haber rechazado mucho la gracia o, [dos], que esté como una “cabra”...

Cuando vemos que nos hemos equivocado de una manera ya tan gruesa o parecida, démonos cuenta de que estamos como unas cabras o que estamos en una actitud de infidelidad a la gracia de Dios.

Démonos cuenta de muchas incertidumbres que tenemos; si humildemente reconocemos: “aquí o estoy yo especialmente atontado o es que ciertamente no atiendo lo suficiente a la palabra de Dios”, esta humildad me está disponiendo a recibir lo que me falta sencillamente. Pero lo trágico es que nos vamos embotando en una no inteligencia de la Palabra de Dios; que nos vamos embotando no cabe duda, no hay más que oír a la gente hablar, y “la gente” estoy pensando, sobre todo en curas, y si queréis en obispos –y no pasa nada porque queráis–, pues están haciendo interpretaciones del evangelio que son verdaderamente de una falta de inteligencia tremenda. Es imposible que Cristo no les quiera iluminar.

Es evidente que una persona que está acostumbrada –vosotros en esta época no lo habéis conocido, pero yo sí– cuando, por ejemplo, se rezaba el breviario sin fallar ni un solo día... En una tanda de ejercicios un sacerdote se convierte –hay gente que se convierte–, se convierte porque vivía en pecado y el hombre, después de acusar una vida de sacrilegios a todas horas, entre otras muchas cosas dice que ha dejado de rezar el breviario tres veces en cinco años... ¡actualmente eso es para canonizarlo...! Todavía en aquella época era una tercera parte más largo que ahora... Pero, ¿cómo se rezaría? ¿Qué actitud ante la Palabra de Dios puede tener una persona que la reza todos los días y ningún día le da por convertirse? Quiere decir que lo está rezando con un embotamiento impresionante, que no se entera de nada de lo que le dice nuestro Señor. Esto es perfectamente posible.

Y sin llegar a eso de vivir en pecado mortal, puede vivir en gracia de Dios, pero en gracia de Dios [de tal manera] que uno piensa: éste está en gracia de Dios porque aquí hay un misterio y Dios sabrá, pero el que objetivamente está viviendo con tal situación de pecado de omisión... la frase de san Juan: “el que teniendo bienes de este mundo y ve a su hermano padecer necesidad y le cierra las entrañas, ¿cómo diremos que la caridad de Dios habita en él?” .... Y si la caridad de Dios no habita en él es que está en pecado mortal. Este es nuestro lenguaje. Desde luego, así hay un montón de gente y comulgan todos los días y los curas les dan la comunión; aquí hay un embotamiento por parte del que administra y por parte del administrado que ¡yo no sé¡ ¡Dios sabrá¡ Menos mal que no soy yo quien tiene que juzgarla, porque la situación, objetivamente hablando, no hay manera de entenderla. Pues ver cómo entendemos el evangelio. Ver si tenemos esta atención a la liturgia y a la Palabra de Dios.

Llamada, obediencia y oración

Después, la obediencia. Daros cuenta de que posturas, sumamente evangélicas en un aspecto, están en plena desobediencia. Uno dice ¿cómo se puede dar esto? El que atiende a la obediencia, atiende a Cristo en el superior y el que atiende a Cristo en la Palabra es que está haciendo oración. La oración, el examen, sea como sea, la atención a cómo actúa Cristo en mí, cómo respondo yo, los signos de los tiempos, interpretar los signos de los tiempos, darnos cuenta de qué significa cada cosa. Cuando se trata de cosas un poco complicadas yo no digo que tenga que saberlas al principio, pero digo que por lo menos se va creciendo. El irse haciendo cargo, por ejemplo, de qué significa en la gente de los pueblos tal o cual actitud... qué significa que no vayan a misa, qué significa un montón de cosas que objetivamente hablando son muy graves...

[Esto no hay que] solucionarlo con las normas, sino ver qué quiere decir esto en estas personas... Porque se ve cuál es el tiempo en el que estamos y se sabe interpretar; las tendencias políticas, artísticas... uno no puede saberlo todo, pero estoy hablando de una actitud de discernimiento... Y Dios ya me hablará por donde quiera; a cada santo por muchos lugares; lo que creo es que muchas veces no entendemos y entonces no nos dejamos mover. ¿Hay culpa? A última hora la culpa tendrá que juzgarla él. Pero que tengamos la humildad de reconocer que es muy probable que haya ciertos embotamientos por nuestra parte, cierta falta de atención que trae este no entender, estar todavía sin entendimiento, como dice Cristo a los apóstoles.

Meditación, estudio, lectura para entender

¿Qué distribución hacemos de nuestro tiempo, por ejemplo? Las dosis de actividad pastoral misma, las dosis de descanso, en qué descansamos, las dosis de estudio... ¿Cómo va a entender lo mismo el individuo que pone un interés serio por entender la palabra de Dios –meditarla, estudiar exégesis, preguntar, autores que le vayan aclarando, leer cómo lo han entendido los santos– que el individuo que decide que todo eso no tiene tiempo para hacerlo. Lo que os decía antes era una cosa que a mí me llenaba de extrañeza: ¿cómo podía un cura haber rezado durante cuarenta años los salmos todos los días sin saber qué querían decir?; esto es realmente intrigante, para mí por lo menos; puede ser una falta de curiosidad humana absoluta, pero, vamos, es que, muchas veces, sí que tenían curiosidad humana; no era eso, eran otras cosas: es que veías que no había estudiado una exégesis nunca, sencillamente; mientras que, vas cogiendo la vida de los santos y ves cómo, de una forma y otra, se interesaban; en la vida de san Juan de Ávila y las cartas que escribe a los curas está bastante claro... [Hay] pues que investigar a ver qué me dice Dios.

¿Tengo esta actitud de recibir la palabra de Dios con los medios normales que Dios me ilumina de tantas maneras? Porque todo esto no es que se me ocurra a mí, es que está requete recomendado en todos los documentos últimos de los papas: que estudiemos, que recemos, que meditemos, que nos examinemos... Naturalmente, cuando uno reza el breviario con atención le van viniendo luces, se va dando cuenta, va planteándose problemas, que el que no reza con atención no se plantea nunca. Es muy peligroso decir: “yo tengo buena voluntad”; ¿a qué llamamos buena voluntad? La bondad es algo positivo, no meramente negativo...

Ya os he contado... en los tiempos en que el seminario se iba deshaciendo... claro la culpa la tenía D. Demetrio que estaba allí... venían, me consultaban... al cabo de un mes volvían a aparecer... y ya me preguntan un día:

–“¿Pero qué pasa que tenemos buena voluntad y sin embargo...?”

–“Pues yo no sé a qué llamarás buena voluntad... si llamas buena voluntad a no poner bombas en los sagrarios, no seducir a las abadesas y no matar a los obispos... pues bueno, tenéis buena voluntad, pero si la buena voluntad es una cosa positiva, que es buscar a Dios, no la veo por ninguna parte; por lo menos, los consejos que yo os doy no hacéis maldito el caso, volvéis a los tres meses a preguntar lo mismo, claro que estáis un poco más embotados que la vez anterior, no pasa más que eso...”

Y al final ya, se marchaban porque tenían estas actitudes; pero que eran bastantes... por eso se quedó vacío el seminario.

La sensación de actuar nosotros mismos

Otro pecado, otro desconcierto, respecto a la llamada es la sensación que tenemos muchas veces de actuar nosotros. [Porque] una cosa es atender y otra la sensación. Evidentemente, la acción del Espíritu Santo nos va dando cada vez más consciencia de que es Él el que actúa; por lo cual se va ayudando esta actitud de discernimiento también, pues cuando estamos con una persona y ella es más diestra que nosotros en lo que sea, no nos es tan difícil un poquito de humildad y preguntarle. Es una oposición a esta llamada de Jesucristo, a esta actividad de iniciativa de Cristo en nosotros, el ver las cosas como si las tuviera que hacer yo por mi cuenta.

Tenemos, por un lado, la falta de confianza. Entraría también aquí esa especie de angustia: ... “no sé qué hacer...” Pues que te lo diga... te lo puede decir por cualquiera de estos modos que he recordado ahora mismo. Por otra parte, [está] la sensación de autosuficiencia, de actividad propia y de iniciativa propia –tanto en cuanto a lo que tengo que hacer como en cuanto a lo que he hecho ya–, de atribuirme las cosas que hago o que me guste simplemente que me atribuyan lo que hago. El que a uno le guste que reconozcan lo que hace, puede ser bueno o puede no serlo; hay santos que se han puesto tan contentos, porque está en el evangelio: “que brille vuestra luz ante los hombres”... Que la gente reconozca que hago una cosa buena es lo que Jesucristo quiere; ahora, que la gente me atribuya la cosa buena no, porque entonces no ven la luz de Dios, lo que ven es que yo hago tal o cual cosa, y esto es mentira sencillamente y, en la medida que voy teniendo más amor a Cristo, como Cristo es la verdad, me van molestando las mentiras. Tampoco es que me tenga que coger un infarto cada vez que me digan algo, pero me está molestando ver que la gente se empeña que yo tengo tales cualidades u otras porque hago eso.

Por una parte, saber que tenemos que hacer tal o cual cosa –estudiar, estar preparado, tener virtudes– y, por otra parte, darnos cuenta de que no podemos apoyarnos en ello sino usarlo; además, el usarlo es una gracia de Dios, aun en el sentido de un don natural. El que una persona tenga una capacidad intelectual, aun en el nivel natural es un don de Dios; el que la pueda usar espiritualmente es el mismo don pero elevado. El teólogo más experto hará mal en no darse cuenta que sabe teología, porque estaría negando lo que Dios le está dando, hará mal en no profundizar, en no usar ese don; pero haría muy mal si se apoyara en ello, porque es una cosa que le tenía que dar Dios. Por eso, [hay que] estar dispuesto a poner en cuestión –esto es el examen– las cosas que hacemos; por aquí es por donde tenemos que ir.

Si nos apoyamos en las cualidades naturales o sobrenaturales que tenemos se ve enseguida por una razón muy simple: porque es una especie de apego; una señal de los apegos siempre es que nos molestan cuando nos los contradicen. El que yo esté empleando cualquier cualidad que Dios me ha dado y la esté empleando porque Cristo me mueve a emplearla y reconozco incluso que aquello es una cualidad que Dios me da, esto se llama agradecimiento y reconocimiento de la verdad; puedo disfrutar incluso haciéndolo. Pero si, cuando me contradicen aquello o me lo niegan, me está molestando, quiere decir que, de alguna manera lo estaba considerando como mío porque, si no, no me molestaría, me dolería que no reconocieran a Jesucristo, que es completamente distinto. Por ejemplo, generalmente no he visto que a los curas nos dé ninguna vanidad decir misa. Nos puede doler que la gente no vaya a misa, pero no se nos ocurre que es un desprecio a nosotros; pues igual que pasa con la celebración de la misa pasa con cualquier otra cosa. Todo es un don de Dios. Cuando estamos registrándolo como algo nuestro, no estamos reconociendo que es una llamada de Cristo a la santidad, sino que estamos pensando que nuestra colaboración pasa por una autonomía que ya no es don de Dios –una llamada de Dios– sino que es un empeño mío.

La única llamada - Responsabilidad

Y la conciencia de que esta es la única llamada: “buscad el reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura”. O sea, que si las demás cosas, que las hay, claro, las necesitamos en el plan de Dios, forman parte de la llamada en resumidas cuentas; cosas de tipo natural: la salud, el estudio, que nos salga un viaje... o lo que sea. En esto de la última llamada, ¿qué cosas pueden suceder que busque yo que no sean precisamente el reino de Dios? Estas es evidente que no vienen del impulso de Jesucristo.

Hay otros dos aspectos de la llamada de Jesucristo, tal como aparece en el evangelio de san Mateo sobre todo. Uno es la responsabilidad: tenemos que responder por nosotros y por los demás. Pero esta responsabilidad [significa] que hay que responder y que nos coloca ante un dilema definitivo y absoluto. Recuerdo siempre –y esto también nos pasa a nosotros– la tendencia que sentimos muy frecuentemente a la mediocridad. De manera que, tanto en la tarea pastoral como respecto de nosotros mismos, lo que entendemos es que no hay que exagerar “por arriba”, que somos hombres, y que “por abajo” al infierno no vamos a ir, no vamos a condenarnos... Hace unos cuantos años había más gente que decía: “pues que se vaya al infierno” ... y se quedaban tan frescos; ahora no, ahora somos más compasivos; yo creo que somos más compasivos porque nos desahogamos más, porque, de hecho, cuando tenemos odio matamos a la gente y ya estamos desahogados... de manera que las conversaciones pueden ser mucho más suaves; hace unos cuantos años, como la gente no se atrevía a matarse, con esa facilidad, las matanzas eran verbales; ahora es al revés: generalmente hablando siempre hay que respetar a las personas porque uno ya se ha desahogado suficientemente cargándoselas cuando llega la ocasión, ¡quién no se ha cargado un niño ya a estas fechas!... si no por lo menos en la carretera, aunque sea sin querer... se va desahogando.

Actualmente tendemos a pensar que no se condena nadie, que Dios es muy bueno. El evangelio, que es la buena noticia, no habla así ni de lejos. Repasar un poco los primeros capítulos de san Mateo, que se hace bien fácil; daos cuenta de la cantidad [de veces] que habla Jesucristo del infierno ¡es algo tremendo! Se presenta como algo que tienes que elegir; por ejemplo: que tengáis cuidado porque si uno entra por la puerta ancha, por la puerta ancha se va a la perdición; y la perdición está claro lo que él entiende: la gehenna; y que tengáis cuidado, porque sois la sal de la tierra y si la sal se torna insípida, no sirve para nada más que para arrojarla y arrojarla es, igual que al invitado, arrojarlo a las tinieblas exteriores y allí será el llanto y el rechinar de dientes; y al que se queda con un solo talento y no negocia con él, se lo quitan y ¡ala! a arrojarle; y arrojarle es, sencillamente, arrojarle del cielo, es condenarse. Jesucristo está hablando con un tono enormemente tajante, más claro no puede ser... La fuerza de decisión que tienen las cosas –que lo dice dos veces hablando en distintos contextos–: que si tu mano o tu ojo te son ocasión de escándalo que te lo cortes y ya está: ¡más definitivo no puede ser!

Sería bueno que nos paráramos un poco, por una parte, preguntándonos: ¿me planteo yo las cosas así? ¿vivo con el temor –y vamos a ser sinceros: no somos tan altruistas ni tan desinteresados que no nos importe condenarnos– o ya hemos decidido que estamos situados bien y, por tanto, es imposible que nos condenemos? En el fondo, vivimos como si no existiese ese peligro; de manera que la frase “velad y orad para no caer en tentación”, que Jesucristo dice a los discípulos, no será para asustarles, vamos, es que él mismo va a morir por ellos en ese momento. Pues nosotros no nos la creemos; ¡por poco que recemos siempre será bastante para salvarnos...! Cristo no dice eso. ¿Esta posibilidad de condenarnos angustia? Yo pongo siempre el mismo ejemplo: cuando yo voy a Madrid no es tan difícil que me agarre un coche... simplemente tengo algo de cuidado, no soy tan insensato que me dedique a pasar por los semáforos cuando están en rojo, simplemente tengo cuidado, y lo hago instintivamente, de pasar por los semáforos cuando están en verde y además mirar; hasta ahora no parece que estoy mal del corazón...y a Madrid he ido millares de veces en mi vida. O sea, que se puede tener cuidado y no angustiarse en absoluto. Puedo vivir tan tranquilo pensando que, efectivamente, hay la posibilidad de condenarse.

En una noche oscura, espiritualmente hablando –y en temperamentos angustiados claro–, no parece que sea raro el que [uno se angustie por la posibilidad de la condenación]. Un san Alfonso María de Ligorio... He estado leyendo la vida de san Juan de Sahagún: pasó unas temporadas tremendas pensando si se iba a condenar..., luego tenía visiones todos los días; pero de vez en cuando le venían estas ideas. Yo no digo que tengamos que estar pensando que nos vamos a condenar, pero otra cosa es que hayamos decidido que nosotros no nos podemos condenar, y esto no está en el evangelio, es evidente. Buena noticia quiere decir que Dios se me ofrece, no que se haya dado ya mientras estoy en la condición terrena. Pero es que, hablando de los demás, ¿qué estoy planteando a los demás? La tarea, la de que el Espíritu Santo me invada, es lenta, porque el progreso del hombre es lento.

Leyendo unas conversaciones con Sartre, él dice que ser ateo es muy difícil –y dice igual que nosotros pero al revés–; dice que ser ateo, idealistamente, es muy fácil, negar a Dios es muy fácil, pero vivir como si no hubiera Dios es dificilísimo. Estamos tan empapados de la idea de la divinidad que estamos actuando siempre en la suposición de que hay una divinidad. Aquí en nosotros digo lo mismo: el ser cristiano, idealmente, es muy fácil, pero llevarlo a la totalidad es difícil porque el hombre tiende a la mediocridad, a la superficialidad; en la superficialidad, es difícil de creer que vive Cristo, pero que hay algo divino es muy fácil; y entonces hacemos ahí unas mezclas...

Pues bien, veamos si tenemos esta tendencia de sentirnos responsables. La respuesta es: o que recibimos la vida que se nos ofrece en plenitud –y podemos recibirla en plenitud– o, al revés, que no recibimos la vida. Y esto, al mismo tiempo, es para todos los demás. ¿Cómo vamos a responder de la cantidad enorme de gente que se nos confía si no vamos viviendo más como sal de la tierra?

La alegría de la llamada

Y finalmente, otro aspecto de la llamada que aparece en san Mateo es el de la alegría. Porque lo primero que hace Jesucristo, apenas empieza a predicar, son las bienaventuranzas. A lo que nos llama Jesucristo es a la plenitud del ser dichoso. A todo el mundo. Lo que pasa es que hace falta bastante fe para darse cuenta que la dicha que Cristo nos ofrece, lo mismo que dice de la paz, no la da Él como la da el mundo. Y por otro lado El, que dice: “he venido a traer la paz”, en otra parte dice que no ha venido a traer la paz; darnos cuenta que no hay contradicción, que sencillamente son las mismas palabras que están expresando matices muy distintos y materias muy distintas; la bienaventuranza, lo que la gente entiende por alegría –no digo que todo el mundo– ... la mayor parte de la gente entiende por alegría las cosas sensibles, la alegría sensible; no es casualidad que a eso se le suele llamar divertirse, es decir distraerse, salir de sí mismo...no es estar uno metido en la alegría, es al revés, salirse uno de sí mismo para buscar la alegría; mientras que una persona intelectual la alegría la entiende de otra manera... ¡lo que yo disfruto leyendo solo!... leyendo y pensando. Jesucristo está hablando de la alegría nuestra y entonces las formas de ser alegre también son distintas.

[Es necesario] creernos, por ejemplo, que la alegría es tan mandato como el no fornicar o como el santificar las fiestas; es tan mandato porque está mandado; los mandatos de san Pablo son tan mandatos como los que están en el AT pero más: “estad siempre alegres, os lo repito, alegraos en el Señor”. Alegraos. Uno puede sentir tristeza, sentir angustia por causas biológicas, pero tienen que ser biológicas... porque las demás tienen que acabar desapareciendo todas, porque la tristeza que se pueda pasar por cosas que realmente son tristes tendrá que ir siempre ya como un ingrediente precisamente de la alegría, de la alegría que en ese momento será espiritual, no será sensible, pero una alegría de verdad.

Cuando vosotros veis a la gente ¿os dan verdaderamente ganas de hacerla feliz? ¿o no sentís un poco decir “vamos a no complicarle la vida que, después de todo, bastante tranquilo está y si lo metemos en estos líos... luego empieza y se va uno enredando y ya no hay por donde salir...”?. Uno de los aspectos de nuestro apostolado es que ¿nos da pena ver que la gente sufre?, aunque sufra la gente que está contenta; podemos encontrar perfectamente unas personas que la temporada que las encontramos están tan a gusto, dentro de ciertas molestias que tiene este mundo, pero están felices... y de momento nosotros las inquietamos y les organizamos un lío psicológico, de momento, claro, porque estaban tan a gusto allí. ¿Tenemos la conciencia de que estamos simplemente volviendo a la vida a una persona que está en coma? ¿volviendo a la sensibilidad a una persona que había perdido la sensibilidad, que estaba embotada, pero para hacerla feliz precisamente? Por supuesto que saberlo lo sabemos todos, pero examinaros un poco, porque esto es un aspecto del apostolado, es simplemente expandir el gozo de Jesucristo. Es predicar la buena nueva. Predicar una buena noticia: que está cerca el reino de Dios.

La gente se quedaba atónita, realmente revuelta, cuando hablaba Cristo, precisamente por esto, porque la palabra de Dios es como una espada de dos filos, que va cortando en lo profundo, por tanto se siente el corte y ¿estamos atónitos? ¿sentimos la autoridad de Cristo? Ya meditaremos que, en cuanto somos pastores, nosotros tenemos esa autoridad y en cuanto somos cristianos sin más. Vamos a dejarle a Jesucristo que nos santifique durante estos días.

La alegría de asemejarse a Cristo

San Ignacio en los ejercicios coge a la gente y supone que la primera semana hay que limpiarla un poco; en fin, yo supongo que ya estáis limpios por la palabra que el Señor os habla... y, por consiguiente, empiezo ya por lo menos por la segunda semana. Pero está muy bien que expresamente hagamos esta respuesta también: la respuesta a que san Ignacio invita es a ponerse a disposición para que yo me santifique y a lo que invita es a que se hagan oblaciones de mayor momento; si somos sacerdotes, la santidad eximia necesariamente tiene que expresarse por eso de pedirle que, en la igualdad de gloria suya, prefiramos parecernos más a él (aparte que lo de la “igualdad de la gloria” no me lo creo mucho; siempre habrá alguna diferencia si usamos más los medios que tiene); pero que por nuestra parte prefiramos más oprobio que quedar bien, más enfermedad que salud, más pobreza que riqueza, etc., etc. Y dándonos cuenta de una cosa: que cuando le pedimos a Dios las cosas no en balde ha dicho “pedid y se os dará si pedís en mi nombre”.

Yo me he encontrado algunas veces, después de unos cuantos años, con personas, generalmente mujeres, pero no sólo, que proceden de otras épocas, de la mía, de cuando yo era joven, y en aquella época habían hecho su voto de víctima... y luego te vienen [diciendo] que lo pasan muy mal... ¿Pues no hiciste voto de víctima?, pues aguanta... o qué te crees; tú no sabías lo que hacías, pero Dios sí, por eso vas aguantando, después de todo; pero cuando uno se le ofrece a Dios es que está movido por él, si se le ofrece en las condiciones debidas; está movido por él, realmente le mueve a que le pida que le haga de una manera especial sentir esta tarea de expiación, que podemos llamar “víctima”, porque se lo piensa dar... Pero luego que no gruña.

Yo no sé vosotros, esto ya es una manera de ser, a mí lo que me revienta es que un tío se haga cura y luego venga protestándome, que un individuo se case y luego venga gruñendo, que se haga médico y luego se enfade porque es médico y que pida ser víctima y luego se enfade por ser víctima ¡Aguanta marea que para eso lo has pedido! Daos cuenta de que si realmente le pedimos al Señor que nos haga pobres, lo más probable es que nos haga pobres. Pero además lo más probable es que nos haga pobres no como a nosotros se nos ocurre esta tarde, sino de otras maneras bastante más molestas para la naturaleza humana. Y que, si le pedimos oprobios, pues no son los insultos o las cosas que se nos ocurran a nosotros esta tarde; yo me acuerdo, dando ejercicios, hace mucho tiempo, a seminaristas, les decía: pedir la cruz, muy bien, pero daos cuenta que vosotros la cruz os la imagináis irse a Los Alares y allí vivir una vida pobre y escondida y hacer oración y pasar frío y tratar con la gente e irla convirtiendo... Resulta que salís y os ponen en las oficinas de palacio y la máquina os revienta... ¡pues ponte la máquina a la espalda a ratos y esa es la cruz que tienes que llevar y ya está!; está bien que le pidas cruz al Señor, pero no se la señales, ya te la dará él. Pues aquí pasa igual, es un entregarse de verdad, un acto de confianza. Para mañana, en la misa, actualizar esta respuesta a la llamada a la santidad.

11 Los defectos o “pecados” de la persona que tenemos enfrente.


Su despacho con la vieja cartera que viaja con él

a todos los sitios a donde va.

4. Radicalidad, interioridad, totalidad y coherencia

La radicalidad en cuanto a Dios

Nuestra actitud viene de arriba. La actitud primera es esta: la radicalidad. He puesto muchas veces el ejemplo de la pobreza. Uno puede decir: “pues yo soy pobre porque ¿para qué quiero tantas cosas?”; esto es muy razonable... pero lo pensaba también Diógenes, q.e.p.d., y no parece que era especialmente cristiano. San Jerónimo, comentando aquello de “lo hemos dejado todo” dice: “Jesucristo no les contesta <vosotros que lo habéis dejado todo>, sino <vosotros que me habéis seguido> porque dejarlo todo también lo dejaron Cráteres y otros filósofos”. Se trata de que cada cosa venga hecha porque sois hijos de Dios, que venga del Padre. La buena noticia es que somos hijos de Dios.

Otra contestación que puede dar otro es: “yo quiero ser pobre porque así me domino más, soy más dueño de mí mismo, soy más libre”... Pero eso lo puede decir también un pagano; entonces ¿qué gracia tenemos? ¿y qué gracia tiene el asunto? No es que esté mal, esa expresión puede ser válida, pero no es la expresión cristiana todavía, no es la definitiva.

Puedo decir: “es que cuando hay tanta gente que se muere de hambre, yo no quiero morirme de indigestión...” Está bien, la solidaridad humana está bien, será filantropía, una cosa buena, digna de alabanza, pero no es cristiana; si lo hacemos por eso, todavía no estamos actuando cristianamente. Y por tanto estamos todavía “en la carne” y, por consiguiente, “la carne no aprovecha para nada”, “el que siembra de la carne cosecha corrupción”, etc.

Uno puede decirme: “es que Jesucristo lo hizo”. Ya estamos en otro terreno. De todas maneras se puede preguntar: ¿y por qué lo hizo Jesucristo? Jesucristo lo hizo porque es el hijo de Dios. Y usted lo hace porque es hijo de Dios también. Yo estoy en la intimidad de Cristo cuando estoy viviendo, conviviendo, su vida de Hijo de Dios. Entonces me es válida la expresión: lo hago porque Jesucristo lo hizo. Si decimos “porque es el Hijo de Dios” ya no hay más, porque más allá de Dios ya no existe nada. Y entonces ya estamos en la raíz. La raíz de todo es el Padre; quiere decir que es el origen de todo.

Acostumbrarnos a hacer esto –de una manera u otra, con la técnica que use cada uno– es esencial, porque, si no, vamos teniendo unos planteamientos que radicalmente deben estar bien, pero resulta que, momento tras momento, vamos viviendo de una manera muy carnal. Vamos haciendo unas mezclas que, en resumidas cuentas, resulta que son inoperantes, no producen fruto o, por lo menos, no producen el que tenían que producir.

La radicalidad en cuanto a mí

Ahora la radicalidad, en un segundo término, que ya no es la última radicalidad sino que es consecuencia de la anterior, será esta expresión o consideración de Cristo mismo y del Espíritu Santo. Pero la radicalidad también tiene que ver, después, con nosotros mismos: tenemos que bajar a la última raíz nuestra; la última raíz nuestra es mucho más complicada. El Padre eterno es muy misterioso, pero de complicado nada: es la simplicidad absoluta. Nosotros no somos tan misteriosos, pero somos de una complicación impresionante; de manera que es dificilísimo conocernos. [Es necesario] que vayamos también procurando que las cosas broten de nuestra personalidad, que es lo que podemos llamar radical, esas cosas que los místicos llaman “el hondón”, “el ápice”, el centro, lo profundo... del alma; que broten de ahí. Porque es facilísimo que nos pongamos como una especie de vestido, una serie de hábitos, de costumbres, de modos de operación, de maneras de ser, que muchas veces son incluso meramente biológicas o meramente sociológicas, de costumbres. Por eso cambiamos con tantísima facilidad. En resumidas cuentas, quiero decir que o no tenemos el centro y la raíz en la Santísima Trinidad, en Cristo o que nosotros no estamos agarrados a ella a pesar de que nos creamos que sí. Esto no es más que lo que dice Jesucristo: “el que recibe mis palabras y las oye es como la casa que está hecha en piedra y viene las lluvias y los vientos y lo que venga y la casa no se hunde”; y el que no está arraigado en la Palabra de Dios, no la recibe, vienen las lluvias o lo que sea y se cae.

–“¿Y cómo han pasado todas estas cosas en España? En España éramos todos tan buenos... Y resulta que rezábamos unos rosarios, que se organizaban en el Retiro, donde iba un montón de gente...”

–Bueno, para lo que es Madrid no iba nadie, en resumidas cuentas;

–Pero bueno, el Retiro se llenaba...

–También se llena cuando traen un animal nuevo y lo exponen allí... Por supuesto, si viene el Papa o si viene Eisenhower... es igual... La gente no sabe qué hacer... Ya hasta celebramos en Toledo los comuneros... de los cuales no sabe casi nadie ni quiénes son... Yo contesto: porque aquello no tenía raíz, sencillamente. Y cuando vinieron las aguas se hundió.

–¿Por qué no me secularicé yo ni el otro o el otro?

–Bueno, no voy a decir que ningún español tenía nada de raíz en Cristo, pero la sustancia de ese deterioro tan absoluto del catolicismo español es sencillamente que no estaba arraigado en Cristo ¡y no hay más historias! ¡no hay más razones! Luego se pueden ver montones de señales... pero la razón es esta y es que, además, está en el evangelio.

Decía: “ver si estamos nosotros arraigados” ¡Que nos conozcamos!... Que nos demos cuenta ¿Es mi raíz, es mi personalidad la que va creciendo a partir de mi filiación divina o simplemente voy plantándome una serie de costumbres, de costumbres mentales incluso, de hábitos que se deterioran con otros hábitos u otras costumbres y otras maneras? Por eso cambia la moda y cambian las personas también. Y ahí, darnos cuenta de lo fácil que nos es el sustituirnos a nosotros mismos por razonamientos o por lo que sea. El vernos como una unidad. Por ejemplo: uno dice: – “Pues yo estoy predicando y, sin embargo, la gente no me hace caso...” Yo le contesto: –“¿Y a qué llama usted predicar?... El decir palabras no es predicar sin más.

Jesucristo nos ha enviado a dar testimonio, no a hablar. He puesto siempre este ejemplo: “la verdad es la adecuación moral de la palabra con el hecho” ¡mentira y gorda...! La palabra siempre es un puro signo de la persona que habla. Cuando mi padre estaba escondido y venían los rojos y preguntaban “¿está D. José?” Mi madre para decir la “verdad” ¿tenía que haberles dicho: “está escondido, búsquenle”; luego jugamos como en el lago: frío, frío, coger agua del río, caliente, caliente...? Se dice que no está; ¿se miente? En absoluto; ¿por qué? Porque esa pregunta no tiene... Sencillamente, habla la persona, y la persona habla en su contexto y situación... Entonces, para que yo predique de verdad hace falta que yo sea yo y que yo sea un predicador. Y no basta con decir que lo que digo es verdad y que la gente no me hace caso, porque la gente no tiene por qué hacerme caso, porque [Jesucristo] no me ha enviado a hablar, a razonar, me ha enviado a dar testimonio.

En la medida que la palabra que estoy diciendo es un testimonio, porque forma parte de la expresión de un testigo, en esta medida, si me rechazan estarán rechazando un testimonio de Jesucristo; pero si están rechazando simplemente una serie de cosas que diga yo, aunque estén muy bien dichas, no están rechazando nada porque [lo que digo] no me está expresando.

Pues ver este aspecto de radicalidad. Para eso hace falta que me vaya conociendo a mí. Conocimiento propio no es una consecuencia de la tendencia psicologista moderna, es una cosa muy vieja en los autores espirituales: conocer a Dios y conocerse a sí mismo; san Agustín ya lo decía –sólo que lo decía en latín– “Señor que te conozca y que me conozca”. Se trata de conocernos, estar examinando: ¿lo radical de mi personalidad está arraigado en Dios? Radicalidad en cuanto a Dios y radicalidad en cuanto a mí.

La radicalidad en cuanto a las cosas

Pero además otra cosa, radicalidad en cuanto a las cosas: en cuanto a qué sentido tienen las cosas en sí, las tareas que vamos a hacer; lo cual naturalmente supone una actitud de acogida, de entendimiento, y partiendo de ese conocimiento, y como consecuencia, una actividad desbordante realmente. Estar atento a las cosas, ver cuál es su realidad y ver qué hay dentro y ver de dónde salen... Hay esta costumbre, ¿por qué la hay? Quiere decir que tenemos que conocer también a las demás personas en su realidad personal, por tanto en su radicalidad. Por una parte, ciertamente, tenemos tendencia a esto, porque tenemos raíz sencillamente, porque realmente nuestra raíz está en el Padre eterno porque nos está engendrando en última hora en el Verbo. Pero también tenemos tendencia a lo otro... Tenemos tendencia a esto porque somos unas personas y tenemos tendencia a la superficialidad porque empezamos de chiquititos a conocer por los sentidos y seguimos conociendo por los sentidos y porque, como nos hemos criado –sin meterme con los padres ni las madres de nadie, ni con los maestros y curas que nos hayan tratado– viendo, oyendo y sorbiendo un ambiente en el cual, lo sensible, aunque no se dijera nunca que era más importante que lo que no se ve, pero de hecho se le estaba dando más importancia en ciertos momentos determinados, pues nos hemos criado con una tendencia a dar importancia a las cosas... superficialidad sencillamente.

Gracias a Dios, muchas veces hay más hondura de la que parece pero estamos viviendo muy en la superficie, lo cual quiere decir que no estamos viviendo, que nos estamos desgastando. Por eso, la gente, cuando llegan casos que manifiestan, descubren, la radicalidad o toma unas actitudes muy radicales también –se convierte– o, al revés, lleva hasta el extremo los aspectos sensibles; quiero decir que, ante una peste, por ejemplo, hay gente que se convierte y hay gente que le da por aumentar las orgías, sencillamente. Esto pasaba en la guerra igual; los soldados venían a descansar al seminario y uno veía que había dos clases: unos que les daba por lo devoto (“dentro de nada hay un ataque y existe un cincuenta por ciento de [probabilidad de] que nos maten o nos dejen completamente inútiles”), y entonces les daba por la devoción, se confesaban y se preparaban a bien morir por si acaso; pero otros era al revés: [les daba] por emborracharse y por preguntar dónde estaban las casas de prostitución para divertirse más. ¿Por qué? Porque el hombre unas veces reacciona con su radicalidad poniéndose radicalmente bien y otras veces es al revés; reacciona ante los casos extremos. Esto por lo que se ve es normal, bueno, en cierto sentido es anormal, porque debía ser lo primero nada más; es lo que suele suceder... Yo no he estado en otra guerra más que en esta, pero he leído bastante de otras guerras, pestes y cosas por el estilo y veo que pasa eso.

La interioridad

El otro aspecto –todos están en relación– es la interioridad. Es muy curioso cómo nosotros estamos continuamente –está en relación con lo anterior– con una serie de cosas que tienen mucha relación precisamente con lo sensible, porque entran por lo menos –aparte que también tienen su sensibilización– en la zona de lo controlable, intelectualmente también razonable, y podemos quedarnos tranquilos. Hay una cosa que leí hace muchísimos años y que me hizo gracia en un libro de Bertot; dije: “pues lleva toda la razón porque a mí me pasa eso”: llegaban los exámenes en el instituto y uno se sentía angustiado porque no sabía nada de la mitad de las asignaturas y entonces... “¡esto no puede ser! ¡esto hay que arreglarlo! ¡hay que empezar a estudiar!” Entonces me cogía los textos –no era el ejemplo que ponía él, pero vamos...– los programas, veía los días que me quedaban, hacía la distribución y esa tarde ya me había quedado tranquilo, como si lo hubiera hecho, ya daba lo mismo, ya no hacía falta estudiar, ya sabía que cada tarde tenía que estudiar tres lecciones de matemáticas, cinco lecciones de física, cuatro de química... Y, una vez que había hecho la distribución, a descansar... porque ya todo está hecho... Luego no estudiabas, claro, pero te habías quedado tranquilo.

Esto nos viene a pasar igual con la vida cristiana: en cuanto podemos colocar unas cuantas normas: “hay que venir a misa, hay que comulgar...” Si veis la historia de la Iglesia, esto va pasando continuamente ¡es divertidísimo! En cuanto se han establecido unas leyes... ya si se guardan importa menos, pero ya tenemos todo legislado, ya sabemos lo que está bien, lo que está mal, y la interioridad se queda como antes... A mí me resulta extraordinariamente curioso porque me parece que una de las notas que más se resaltan en los evangelios, en las discusiones de Jesucristo con los fariseos, es cabalmente esto. Jesucristo no dice nunca que no haya que hacer ciertas cosas, es más, dice expresamente que éstas no hay que omitirlas, pero claro, hay que partir de la interioridad, porque, por ejemplo, lo que mancha al hombre no es lo que entra de fuera sino lo que sale del corazón.

Esto no lo niega nadie, pero luego en la práctica lo practicamos muy poco; [basta] estar en una reunión de superiores... En cuanto nos podemos apoyar en unas cuantas normas externas que se guardan bastante bien, ya tenemos la conciencia tranquila. Y claro, resulta que lo característico del evangelio respecto de las interpretaciones generales de la gente piadosa –no digo de la piadosa de verdad, sino de la gente piadosa oficialmente de los judíos, los fariseos por ejemplo– es cabalmente esto: que Jesucristo busca lo interior y ellos se contentan con lo exterior. Pero es que seguimos igual.

Entonces, pues, examinaros un poco: ¿Qué fuerza tiene en mí la tendencia a lo interior y qué fuerza la tendencia a lo exterior? Una cosa que tenemos que tener en cuenta con mucha frecuencia es si tenemos la capacidad, incluso psicológica, de captar como real lo que no vemos; ya he puesto ese ejemplo muchas veces: hay una obra de teatro que se llama “La barca del pescador” y lo que tiene para empezar es una frase, que creo que es de Voltaire: “si te dijeran que apretando un botón se moría un chino y con eso te daban a ti un tesoro, a que apretabas el botón..., porque un chino ¿qué es eso?”; y nadie niega que un chino sea una persona, pero bueno, como no le conocemos...; en Toledo ahora vemos ya bastante gente de ese estilo, pero como no conocemos o no hemos tratado a ninguno, al lado de la cantidad de chinos que hay... Es una cosa completamente irreal un chino, un vietnamita, uno de Alaska... que se mueran todos ¡qué más da!

Esto nos está pasando continuamente; ¿por qué nos ponemos a pensar un rato en la capilla o en el cuarto y vemos tan claro que hay que amar al prójimo y apenas salimos resulta que el prójimo nos resulta tan poco fácil de amar? Sencillamente, porque hacemos una abstracción de lo que a nosotros nos parece real el rato que estamos [orando]... La sensación que tenemos es: lo real es que este es así... es un pesado... Esto está ligado con lo otro, lo de la sensibilidad y superficialidad, en resumidas cuentas. Y esto nos dificulta continuamente el ir a lo interior realmente y el estar continuamente colocando las cosas que son sensibles como signos. [Por eso hay que] ver qué significa esto en esta persona... La mayor parte de las veces no lo podemos saber ni en nosotros mismos. Esto que he hecho ¿qué significa en mí? Cada acto puede significar cincuenta actitudes distintas... o por lo menos cuarenta y nueve; y resulta que esto es complicado, nos exige pensar... Es más fácil decir “este ha dicho esto luego piensa esto”... Este ha dicho esto y puede pensar lo contrario, porque está significando tal o cual cosa. Esto tiene una manifestación y realización continua en toda la vida espiritual.

La gente en general, en España, está catequizada –los que están, vamos– pero no está evangelizada. ¿Por qué? Porque catequizar es enseñar, expresar de una manera racional y con unas normas morales... y hasta ahí hemos llegado todos. En cambio, evangelizar es dar un testimonio de Cristo y a Cristo no se le ve. Y Cristo sí que es sensible pero nosotros no le podemos ver todavía. Y lo mismo pasa con las actitudes interiores: la actitud interior no sé cuál es. Me importan mucho más todas las tendencias legales que en cierto sentido las tenemos un poco todos...

¡La cara de asombro que pone la gente cuando digo cosas de estas! No es lo mismo dar clase que ser profesor: dar clase es algo necesariamente concreto que tiene sus horarios determinados, sus tesis, sus apuntes, su instrumental... y se ve enseguida... Ser profesor es toda una actitud: profesar algo. La obligación no es dar clase, la obligación es ser profesor, que quiere decir que te ligas tú –una persona– con Dios que te envía, con las personas a quienes se te envía, con aquellas a las que se te envía inmediatamente y con una multitud de personas en que va a estar redundando lo que enseñes. Ahí el dar clase es uno de los signos y, como es uno de los signos nada más, pierde mucha categoría.

La gente que se caracteriza porque cumple muy bien con su obligación suelen ser cargantísimos. Es al revés: ¿qué quiere decir ser profesor? (profesor de EGB estoy pensando, pues no se puede decir maestro, que es una palabra mucho más bonita pero que está muy desacreditada, precisamente porque es más bonita), quiere decir que llego a clase a las nueve y media en punto y salgo a la una y media en punto, y he estado soltando rollos toda la mañana menos la media hora de recreo... y como he hecho esto pues ya está... y si no han aprendido peor para ellos... y si no me he explicado bien pues peor para ellos... Un maestro de verdad es un individuo que tiene el dinamismo interior de comunicar y de formar a esas personas y entonces está continuamente –en cierto sentido, moralmente hablando– viendo cómo puede enseñar mejor, a fulanito que es muy torpe y a menganito que es más listo de lo corriente... En fin, supone mucho más... supone una vida personal. Ver, pues, si tenemos y hasta qué punto la tendencia a quedarnos en lo exterior.

También podría haber –no porque haya [interioridad] de verdad sino porque nos disculparíamos así– un disculparnos de no saber significar lo interior [en lo exterior]. Lo interior necesariamente tiene sus signos en el ser humano, ya que de alguna manera tiene que manifestarse, y entonces, por ejemplo, tienen que existir unas normas en el seminario, en las clases, de alguna manera hay que hacer las cosas, porque tenemos cuerpo y vivimos en el tiempo. Pero es completamente distinto que una interioridad vaya creando unas formas de expresión a que nos quedemos puramente en las normas de expresión.

Esto está muy ligado a que debemos examinar de vez en cuando qué imagen tengo yo de lo que es un santo, qué imagen tengo yo de mí mismo cuando sea santo, porque generalmente tendemos lo mismo a poner unas cosas exteriores, que muchas veces no son las que tenemos que hacer. ¿Cómo me imagino yo la cruz sacerdotal? Me la imagino, pues, a mi gusto, porque a mí de momento ahora no me cuesta pensar, en cambio la cruz sacerdotal consiste en que el obispo me ponga en un sitio más cómodo pero mucho más molesto psicológicamente para mí. Entonces, pues, ver estas dos cosas: ¿tengo una tendencia a la interioridad? ¿voy creciendo en ella?, pero a la interioridad personal. Y, por consiguiente, ¿voy creciendo en la capacidad de inventar –que quiere decir que me doy cuenta, que descubro y soy capaz de llevar a término– los signos verdaderamente significantes de esta interioridad?

Como hay algunos –bastantes– que son comunes, quiere decir que caigo en la cuenta del valor de signo que tienen muchísimas cosas: la misa, los sacramentos, la predicación... Pero voy cayendo en la cuenta de qué significan. Porque, si no, lo que pasa es que para unos lo que importa es decir misa y para otros no importa decir misa... y lo que importa es lo interior... La pobreza de espíritu: lo que importa es la actitud interior de pobreza, la radicalidad que decía antes, pero naturalmente los que me dicen que tienen espíritu de pobreza y cada año se han mejorado materialmente en cincuenta cosas... a lo mejor lo hacen para disimular... pero lo que hay que concluir es que no tienen espíritu de pobreza... O es que no veo la forma de realizarlo... pues son unas limitaciones naturales... Una pobreza sin espíritu no sirve para nada, pero un espíritu de pobreza sin pobreza, sin un intento serio de ir siendo cada vez más pobre, [significa] que no existe y ya está. Igual en la obediencia y en todas las cosas.

Podemos caer en las dos cosas; lo más corriente es que caemos en la mediocridad: ni somos muy interiores ni somos muy exteriores, porque no nos conviene ninguna de las dos cosas; si tomamos muy en serio lo exterior: a estas fechas, después de veinte siglos de Iglesia, tantos engorros, tantas cosas que hacer, que es un rollo y, de no ser algunos temperamento muy especiales... procuramos en ese momento recurrir a lo interior. Pero lo interior, una labor seria –la palabra trabajo no me gusta mucho–, de atención a Dios, atención al Espíritu Santo, de atención a nosotros mismos... tampoco tenemos ganas de hacerla. Y entonces estamos ahí a medias, que es la situación más antipática.

La totalidad

Otro aspecto del evangelio, muy importante me parece a mí, es la totalidad. Un sentido de totalidad de recibir al Espíritu Santo, que es simplicísimo y si le recibimos no podemos más que recibirle totalmente, pero nosotros vamos recibiendo al Espíritu Santo –como cualquier objeto humano o material que recibamos– por grados, con aspectos, al menos en lo consciente. Entonces, tenemos que ver: lo que estamos hablando ¿es coherente con el resto del evangelio? Para saber si una cosa viene del Espíritu Santo, una de las normas de discernimiento es esta: ¿es coherente con lo demás? Porque, claro, ver cómo unas personas se fijan en unos aspectos, incluso los desarrollan, y otras personas se fijan en los contrarios... Uno dice, pero bueno... si es que están las dos cosas en el evangelio de verdad, pero lo que pasa es que precisamente no lo han tomado de la raíz, de la raíz del Espíritu Santo que les iluminaría, un poco antes o un poco después, para ver la coherencia, sino que, como viene precisamente de su superficialidad, de su pura manera de ser, no de quién son sino de cómo son, a uno le atrae tal aspecto y, como le atrae, puede realizarlo con facilidad y como lo realiza con facilidad ya se da por satisfecho y procura no fijarse en el otro y desvalorizarlo lo más posible... Y al otro le pasa igual sólo que al revés. Esto es continuo. Y nos llenamos de estupor porque resulta que la gente no cambia, sino que la gente cada vez está peor...

Estaba yo dando ejercicios y una noche tuvimos una reunión para aclarar algunas cosas que había dicho: sobre todo, que había dicho que la caridad no consiste en dar gusto a la gente. Esto a algunos les pareció rarísimo. Fueron hablándose muchísimas cosas. Y dijo un cura:

–“Es que yo ya no sé qué hacer... tengo todos los movimientos que existen en la Iglesia en la parroquia y la gente no cambia...

Debía de tener todo lo habido y por haber... El hombre se veía que era buena persona, que trabajaba... Y uno le sugiere –yo no me atrevía a hacer semejante sugerencia–:

–¿No será que personalmente no acabas de rematar y no haces bastante oración y bastante mortificación, no eres bastante austero..., en fin, no eres tú?

Yo no recuerdo lo que contestó, porque estaba al otro lado de la mesa y yo esa conversación la dejé que siguiera por sus cauces y no me quise meter en ella, pero esta es la realidad. Sustituimos la acción del Espíritu Santo por alguna cosa parcial, que materialmente hablando coincide con algo que el Espíritu Santo quiere hacer, pero es una cosa suelta, no proviene del Espíritu Santo, proviene de que ahí coincidimos, en esa cosa material. Por ejemplo, tanto la oración, como la atención a los pobres, por no fijarme más que en estos dos aspectos. Hay gente que dice: “pues fulano reza mucho –a veces se ven negros para encontrar un ejemplo...– y luego...” Si reza mucho y luego no funciona, o una de dos: o es que está empezando el hombre a rezar ahora y todavía no ha dado fruto o es que no reza; está en la iglesia sin hacer nada o dando vueltas a lo que le parece, aunque sea el evangelio, pero por su cuenta, porque, si no, es imposible que no tuviera consecuencias...Y la conclusión que sacan es que no hay que rezar tanto... “Los que rezan tanto... los que van a misa... son los peores”. O al revés: siempre se encuentra algún individuo que se ha dedicado a los pobres y por dedicarse a los pobres se ha perdido... Y te dicen enseguida: “vaya, vaya...” Bueno, yo prefiero al P. Llanos12 a muchísimos curas que conozco, entre otras cosas, con su carnet comunista y todo... Pero aparte de eso, ¿y todos los curas que se han despistado y no se han dedicado a los pobres...? Sobre esto tiene cosas muy sabrosas y muy repetidas santa Teresa respecto de la oración, porque, claro, esta objeción no es nueva, estas cosas no son nuevas.

Que nos demos cuenta de que, aparte de que no hay manera de santificarnos, es que escandalizamos mucho. Porque si uno hace una cosa que materialmente está en el evangelio y que, por tanto, tendría que hacer probablemente de una manera u otra, pero no hace las demás, entonces las personas a quienes les cae simpático naturalmente aquello dicen: “eso es lo que es un sacerdote – esto lo habréis oído todos– y no reza tanto y no obedece al obispo; los buenos sacerdotes son los que atienden a la gente y se dejan de tanta obediencia y tanto rezo” O viceversa, al que le cae mal o no tiene ganas de meterse y sentirse más o menos comprometido a una tarea de más caridad con la gente...: “pues D. fulano es bueno sin hacer extravagancias...” Con lo cual nadie puede recibir el testimonio entero. Pues mire usted, es que la oración lleva a esto o no es oración. O la atención a los pobres viene de Jesucristo o no es atención cristiana. Esto es claro para nosotros pero para la gente no es tan claro. Pero, aparte de esto, aunque no diéramos ese escándalo, que le damos de verdad, nosotros no nos santificamos y, por esa razón, basta y sobra para que no santifiquemos a la gente tampoco.

La coherencia

La coherencia en el evangelio incluye una cosa como base: que meditemos el evangelio, que le meditemos con mucha frecuencia, que le meditemos con buenas disposiciones. Cuando digo evangelio quiero decir Sagrada Escritura, pues toda es buena noticia. Que lo meditemos humildemente con las ayudas que necesitamos, pidiendo a Dios, pero pidiendo también el auxilio a los que la Iglesia ha puesto para que nos ilustren –a Julio y a Paco, que para eso los han mandado a Roma–, los libros que nos puedan recomendar, en fin, una atención seria a la Palabra de Dios. Esto es bastante sencillo, no es complicado porque hay libros de exégesis a montones, hay libros malos pero hay muchos muy buenos... El estar atentos partiendo y también en coherencia. El sentirse coherente cuando uno lee la vida de un santo, por ejemplo, y darse cuenta que no hace más que seguir recibiendo la palabra de Dios; porque, por la misma razón que entiendo de la sensibilidad, tendemos a establecer inmediatamente compartimentos totalmente separados para leer la Sagrada Escritura y leer la vida de un santo.

Hay una consideración del P. Cossade que decía: una buena parte de la Biblia consiste en las interpretaciones que da el profeta de asuntos políticos: dar luz a la historia de Israel, las invasiones y todo eso... Sería un poco curioso que, después, que el Espíritu Santo se nos manifiesta actuara menos que antes, de manera que –estos son los signos de los tiempos– recibir la palabra de Dios también se recibe por las circunstancias que van pasando; hay que tener en cuenta que todos tenemos nuestra realidad profética. Con mucha humildad. Para partir, la base estará en la liturgia y en la Escritura, la palabra de Dios sin más, la interpretación y orientación nos la da la santa Madre Iglesia como tal, a última hora el Papa, en fin, la jerarquía, pero también nosotros tenemos nuestra capacidad de interpretación; partiendo de ahí, pero viendo si la cosa es coherente o no es coherente.

Ahora mismo estoy leyendo la biografía del obispo de Pasto; es curiosísimo, porque a este hombre, que es un santo, le parece normal –y le parece un disparate lo contrario– que se arme una guerra para convencer a la gente. No sois buenos... pues a tiros... Uno dice: pero bueno, a mí me parece que el evangelio deja bastante claro que esto no es sistema; él quería que invadieran el Ecuador –el gobierno ecuatoriano de aquel momento era anticatólico, muy radical– y los más lanzados querían entrar en el Ecuador y derrocar al gobierno y cambiarlo y al obispo le parecía que era lo que había que hacer y esto en el nombre de la fe... Que hubiera que hacerlo por razones políticas... soy bastante inclinado a pensar que muchas veces no hay más remedio que acabar a palos... pero esto son razones humanas... Pero que el evangelio no se impone a tiros esto me parece evidente, creo que está bastante claro; pues es una cosa bastante clara que no la han entendido bastantes santos... Falta de coherencia. Si nos falta y el Espíritu Santo no nos quiere iluminar... pues qué le vamos a hacer, El sabrá... pero que no nos falte porque nosotros no la buscamos.

Y esto supone toda una actitud. Y si esto no es coherente con lo demás, quiere decir que no viene del Espíritu Santo, por lo menos no viene tal como lo estoy entendiendo yo. Y hay cositas más pequeñas –que se preguntan muchas veces en el seminario–: el conflicto entre la obediencia y la caridad:

–“Es que es más caridad atender al compañero e irle a entretener porque sé que se aburre estudiando y resulta que el reglamento dice que no salga del cuarto en tiempo de estudio... ¿y la caridad?”

–¡Qué caridad ni qué niño muerto! La caridad ahora es más que la obediencia como virtud moral, pero precisamente la obediencia es la que te indica cuándo Dios te concede ejercitar la caridad... Si estas no son horas de salir del cuarto, quiere decir que Dios no te concede la gracia de ejercitar la caridad así... ¡deja al compañero que se aburra y que duerma tranquilo! En último término, tú obedece, que es lo que tienes que hacer, y así ejercitar la caridad.

La tendencia que tenemos hacia la incoherencia es algo curiosísimo. Lo que estoy hablando es ya una actitud de abnegación. Positivamente es recibir la acción del espíritu Santo, saber discernir que viene por ahí: por lo radical, por lo interior, por lo coherente, pero lo interior recibido personalmente, por tanto exteriorizado después; por lo coherente, que nos va formando personalmente. Pero además hay que negar la tendencia contraria que también la tenemos: tendencia a la superficialidad, tenemos tendencia a lo no radical, tenemos tendencia a lo incoherente. El caso es que a todos nos molesta, cuando hablamos con alguien, ver lo incoherente que es y a nosotros mismos nos molesta no ser coherentes y pensar de una manera y obrar de otra; tenemos que tener la humildad de reconocer que empezamos así. Cada uno vea: hay que examinarse un poco, en qué nivel me parece que, más o menos, estoy. Para saber cómo tengo que entender al Espíritu Santo. Pero hay que saber que tenemos que tender, en lo que dependa de nosotros, a ciertas actitudes y lo que no me hace tender hacia ahí no viene del Espíritu Santo.

Tenemos que ser coherentes también en la interpretación de los hechos. Y tenemos que tender a que haya coherencia entre nuestro pensamiento y nuestra realización. No el pensamiento que tengo yo pero en abstracto y las realizaciones que hago yo pero en abstracto, porque muchas veces mi pensamiento, precisamente porque le he recibido yo, va a obrar en mí y al obrar en mí va a obrar de unas maneras, porque tiene una coherencia en un nivel, en un grado, con unos matices distintos que la va a tener en otros. ¿Por qué? Porque soy yo el que lo hago, sencillamente.

Y finalmente, después de esta radicalidad, de esta coherencia y de esta interioridad, hay otro aspecto, que va íntimamente unido, que es el aspecto de totalidad, que podemos verle también como coherencia: ver todos los aspectos, cómo se iluminan los aspectos unos a otros, porque se iluminan unos a otros. La Palabra de Dios recibida coherentemente nos hace conocer a Cristo de verdad y, si no, no nos hace conocer a Cristo, nos hace conocer tal o cual palabra. La radicalidad precisamente es ser consciente de que cuando estamos recibiendo la Palabra de Dios, es Palabra de Dios. Es simplemente el llegar hasta el final en las cosas; vamos, por lo tajante.

La tendencia que tenemos nosotros, por todas las razones anteriores, es un poco a quedarnos en los medios, mientras que el evangelio va siempre hasta el final. El final en cuanto a que vamos, aspiramos a, esperamos, la perfección de la santidad, para nosotros y para los demás. Vuelvo a repetir: la perfección de la santidad de esta persona que, como es una persona humana progresiva y falible, y como además puede tener condicionamientos inculpables, puede suceder perfectamente estar en plena coherencia, que obliga a reconocer que somos incoherentes, porque la personalidad total no se va a realizar más que en la resurrección y la resurrección no se va a dar aquí en la tierra y, por tanto, no podemos pretenderla aquí en la tierra... Pero tenemos que tender siempre. Esto no es más que lo que expresa santo Tomás hablando de un religioso, vamos de los religiosos en general: al religioso se le podría reprochar siempre que no tienda a la perfección, pero no se le puede reprochar nunca que no sea santo en este momento, porque no se ha comprometido a ser santo en el año veintitantos, se ha comprometido a tender a la perfección; mientras se ve que tiende no hay nada que decirle. “Usted tiene muchísimos defectos todavía...” Pues sí, no he dicho que no voy a tener defectos, he dicho que voy a tender continuamente a la perfección, que son dos cosas distintas.

Aquí es igual: nosotros hemos de tender a la coherencia, la coherencia total, con nosotros mismos, que por nada en la tierra la vamos a conseguir, pero el Espíritu Santo nos mueve hacia una tendencia que incluye la humildad de reconocer que, en ciertos aspectos ya, que no dependan de nuestra voluntad, el Espíritu Santo puede dejarlos en absoluta incoherencia. Bueno pues, lo tajante en cuanto a cualquier situación; prudentemente tendremos que tener paciencia con mucha gente, irle dando cuerda, hasta que le propongamos la aplicación de lo tajante, pero tenemos que empezar, para nosotros mismos, por supuesto, y también tenemos que tener paciencia y ver que todavía no lo podemos realizar. Las cosas tienen que ser totales y por tanto tajantes; aquí una de las frases más fuertes es esa: que si tu ojo te escandaliza te lo saques y que si tu mano te escandaliza te la cortes; parece un poco difícil, no creo que la izquierda tenga fuerza para cortar... Esto no lo aplicamos casi nunca y, en cambio, lee uno la vida de los santos y son... Ahí tendríamos que ver que, como el evangelio es así, no digo que en tal o cual momento, pero ¿la gente es capaz de hacerlo siempre? No digo siempre en cada momento; acabo de decir que no. Digo que todo el mundo es capaz de hacerlo, es decir, que el evangelio crea las fuerzas.

En un momento determinado no podremos exigir –porque sería una exigencias nuestra, que no tiene sentido siquiera– a tal o cual persona que “ahora mismo tiene usted que dejar a esta persona con la que está liada”, cosa que nos vamos a encontrar continuamente, lo estamos encontrando ya; yo no se lo puedo exigir porque no tiene fuerzas en ese momento; pero desde luego, el andar con paños calientes o el ir pensando que como es tan duro... Pues mire usted, ni duro ni blando, depende de las energías que tenga él; y siempre tenemos que contar que para muchas personas, en un momento determinado, la única forma de solucionar las cosas es romperlas ya; y que lo que tenemos que discernir es si es esto lo que tenemos que aconsejar –o lo que tenemos que hacer nosotros mismos–. Porque, así como hay casos en que la prudencia aconseja tener más paciencia, en cambio me parece que muchas veces faltamos a la prudencia porque no somos capaces de proponer las soluciones drásticas.

12 Célebre jesuita español que se fue a vivir a El Pozo de tío Raimundo, un barrio marginal de Madrid, llegando a militar políticamente en el Partido comunista español.

5. El pecado, rechazo de los dones paternales de Dios

La lucha contra el pecado, lucha contra el demonio

Cuando Jesucristo empieza invitándonos a la conversión y en todo el relato del comienzo de su vida pública, aparece ya el Padre, aparece Jesucristo, aparece el Espíritu Santo y aparece también el demonio. Es decir, que lo primero que aparece es precisamente que Jesucristo viene a luchar contra Satanás. Esto para nosotros tiene dos aspectos: uno que llevaría a colocar estas meditaciones bastante más adelante, como un aspecto de nuestra tarea, y otro que tenemos, al convertirnos, que salir del influjo del pecado en nosotros mismos. Hablaremos de los dos aspectos al mismo tiempo. Y además es que desde Carrión de los Condes no he vuelto a hablar del pecado... Estuvimos hablando tres días o por ahí... Hoy no tenemos tanto tiempo... Entonces, vamos a hablar un poco en general del pecado.

En primer lugar la idea. La idea para sentirla una realidad viva, como desde los dos aspectos a que me he referido antes. Lo realmente importante es el perdón; la conversión es un perdón ya sin más; la Virgen, estrictamente, convertirse no se ha podido convertir nunca, ha ido progresando, que es distinto. Nosotros todos hemos tenido que ser convertidos, por lo menos por el bautismo cuando éramos pequeños, pero además es que ahora mismo, sin intención de ofendernos, convertirnos supone también salir de un dominio, de una manera u otra, del pecado y ciertamente para luchar contra el pecado en general y, en última hora, contra el diablo o contra los diablos, porque son muchos, según decían ellos...

El pecado como rechazo de los dones paternales de Dios

El concepto del pecado ¿qué es? El pecado consiste en que Dios nos ofrece paternalmente, por Cristo, la vida, siendo Cristo mismo la vida y comunicándonos al Espíritu Santo como principio de vida, y nosotros lo rechazamos. Si lo que rechazamos es la vida misma, pues tenemos un pecado mortal, y los que rechazan la vida se mueren...Si lo que rechazamos no es la vida pero sí el crecimiento, el acrecentamiento de la vida que tenemos, entonces hay un pecado venial. Entre paréntesis, y aunque no esté de acuerdo con el lenguaje del Papa propiamente hablando, pero al Papa le enseñaron otra cosa, pues estudió con el Padre Lagrange donde leí esta observación que me gustó hace muchísimos años: no suelo decir pecado grave y leve, porque si decimos pecado leve da la impresión de que es un pecado sin importancia. Es “leve” respecto del pecado mortal, pero nos fijamos más en lo de la levedad que en lo de pecado y, a última hora, un pecado leve no tiene importancia... Pecado venial ya es una cosa muy especial y puede ser más fácil que la gente capte que se trata de un pecado. Es cuestión de lenguaje.

El pecado, algo no jurídico sino ontológico

En todo caso se trata, en primer lugar, de algo ontológico. El ejemplo que he puesto muchísimas veces: si un padre ofrece la comida al niño y al niño no le da la gana de comer, suponiendo que el padre le dejara esa libertad... (porque si al niño no le da la gana de comer, el padre o la madre tienen varios sistemas: le pueden tapar la nariz y abre la boca, le pueden contar un cuento en el que hay que abrir la boca y cuando abre la boca el niño le meten la cuchara y, si no, para que abra la boca por delante se le da un azote por detrás y también es un sistema que puede dar resultado...), de manera que si un niño rechazara el alimento sin más, el niño se moriría; y no es que desobedezca o no desobedezca, es simplemente que es así; en cambio, si el niño no rechaza el alimento pero rechaza ciertas clases de alimento que le hacían falta y no come más que chocolates y cosas por el estilo, el niño se cría pero se cría canijote... No es una cuestión en primer lugar jurídica el pecado. El individuo que rechaza la vida sin más comete pecado mortal. Y el individuo que rechaza aspectos que le acrecentarían la vida, no se muere pero se cría canijo, que suele ser la situación más general por desgracia dentro de la Iglesia, y entre la gente que hace ejercicios, porque los otros no hacen ejercicios.

En esto, lo primero es recalcar que se trata de algo real, de algo ontológico, que no se trata de unas normas que Dios pone y si no las cumples te castiga; se trata de que esto es así y no puede ser de otra manera. Como Jesucristo es la vida... En el evangelio de san Juan yo creo que sólo hay un pecado concreto, que es rechazar a Jesucristo, en lo cual va implícito las demás cosas. Luego, naturalmente, el ofrecimiento de la vida puede tomar muchos aspectos; como los alimentos, la madre puede ofrecer muchos alimentos al niño... Y ya entonces tenemos las diversas virtudes y diversos matices dentro de cada virtud... Pero el pecado consiste en eso: en la repulsa del don paternal. Por eso, el perdón no quiere decir más que Dios nos vuelve a ofrecer lo que habíamos rechazado y, es más, nos lo ofrece con mayor abundancia, porque per normalmente es una partícula abundancial, significa que hay abundancia. Perduración es abundancia de duración y así sucesivamente...

El pecado a la luz del relato de Gn 3: autoafirmación

e independencia

Sobre el pecado, vamos a recordar dos relatos: uno es el del pecado original. Dejando aparte muchas cosas que ahora no nos interesan, ahí lo que se está enseñando es que Dios Padre les está ofreciendo a Adán y Eva la vida y su amistad y Adan y Eva lo que hacen es preferir rechazar el don de Dios, autoafirmándose a sí mismos, y anteponiendo, en esa autoafirmación, el proyecto que se hacen... Uno decía: “si en lugar de prohibirles comer la manzana les hubiera prohibido comer la serpiente, ¿qué hubiera pasado?” Pues a lo mejor se hubieran comido la serpiente. Al [desear] ser como dioses –ya eran a imagen y semejanza de Dios– lo que no quieren Adán y Eva es ser dependientes de Dios, fue un acto de independencia. Y en esta narración lo que resalta también es que eso ni siquiera es un acto de independencia como comienzo, sino una sugerencia externa, algo que viene del demonio. Esto es lo que caracteriza siempre al pecado: el que nosotros nos autoafirmamos, es decir, nos afirmamos a nosotros mismos frente a Dios y hacemos nuestro proyecto, pensamos que así vamos a ser más felices. Por tanto, no nos fiamos de Dios ni le obedecemos, pero no obedecerle quiere decir que no recibimos su Palabra, no recibimos la vida que nos ofrece. Y esto es un engaño porque, en primer lugar, no hay tal autoafirmación, sino que estamos bajo otros influjos, el influjo diabólico, y porque las consecuencias –ya las conocéis– no son precisamente la felicidad que uno ha planeado: conocer el bien y el mal siendo como Dios sino, al revés, es sentir mucho más todavía la dependencia y quedarse sin los bienes.

El quedarse sin los bienes es algo también ontológico; si Dios es la fuente del bien, propiamente el que se aparta de Dios se queda sin bien ninguno; en la tierra no se nota; en el infierno... no se nota del todo, porque como Dios no nos quiere aniquilar, no quiere dejar de crearnos, pues esto toma un tono distinto, pero, en realidad, a lo que tiende el pecado ciertamente es a la aniquilación porque si yo estoy siendo creado y rechazo a quien me crea evidentemente a lo que tiendo es a desaparecer. Pero es que ni siquiera puedo eso; el pecado está manifestando siempre nuestra impotencia, impotencia porque no puedo hacer lo que a mí me parece, sino que hago lo que alguien me sugiere, alguien superior a mí, e impotencia porque no consigo lo que quería, ni muchísimo menos, sino que consigo realmente lo contrario; y a última hora no consigo ni siquiera –lo que llega al colmo de la desesperación– la aniquilación porque no puedo aniquilarme. El que se suicida, se suicida, pero no queda aniquilado.

El pecado a la luz de la parábola del hijo pródigo

El relato del hijo pródigo es igual. El hijo pródigo no pide nada nuevo, pide menos de lo que tiene: “dame la parte de hacienda que me toca”; la situación en que estaba, según le dice el padre al hijo mayor “todo lo mío es tuyo”, tenía todo, pero tenía todo inmediatamente de modo filial, recibido todo del padre, y él lo que quiere es tener menos, pero suyo, hacer lo que le parece a él. Y entonces hace su proyecto; no me le contó, pero lo que fuera... Irse por ahí a vivir por su cuenta... Y tampoco le sale; alguna temporada... y después se queda sin nada. Observo que el hijo pródigo era idiota por otras razones, aparte de otras cosas más monumentales, porque dice el relato que quería algarrobas y nadie se las daba... ¡Para comer algarrobas no hace falta que te las dé nadie, vamos! Si estaba él guardando los cerdos, las algarrobas estarían a su disposición, pero ya se ve que el muchacho era tonto de capirote... Lo cual no tiene nada de particular... si no, no se hubiera ido de casa...

¿En qué consiste el pecado del hijo pródigo? Otra vez lo mismo: en una autoafirmación y en un proyecto independiente de su padre, no querer ser hijo sencillamente. Esta es la sustancia del pecado. Aquí hay otros aspectos que no aparecen, por ejemplo el del diablo; daos cuenta que el hijo pródigo no se arrepiente, por mucho que digamos, vuelve porque no tiene qué comer y no vuelve creyendo en su padre, porque vuelve para ofrecerse como uno de los jornaleros, lo cual [indica que tiene] una idea del padre bastante baja y bastante inexacta; no cree en su padre. Lo que pasa es que, después, el padre le recibe bien.

La otra figura que aparece es igual. Si el hijo mayor aparece como antipático, no quiere a su hermano, es porque tampoco se siente como hijo; tampoco tiene una actitud filial. El pródigo se quiere marchar sin más, pero el mayor lo que pasa es que ha tomado otra determinación para arreglar su vida, una determinación que no le acaba de llenar, porque lo que le dice al padre es una palabra o una expresión perfecta en boca de un criado pero absolutamente desplazada en la boca de un hijo: “hace tantos años que te sirvo, nunca he transgredido uno de tus mandatos y no me das ni un cabrito para merendar con mis amigos...” El Padre lo que le contesta –es que casi ni le contesta– “todo es tuyo; ni me sirves de nada, ni te mando nada, ni tengo que darte nada, coge lo que quieras y ya está, porque es tuyo”. Es decir, el hijo mayor tampoco tiene actitud filial. También aparece pecaminoso en la parábola. El pecado en lo que consiste es en esto.

El pecado: ofensa contra Dios

No estaría mal que vierais un poco: ¿tengo esta conciencia? Fijaos que estamos en la radicalidad... La gente suele acusarse de desórdenes de tipo humano que, como le han enseñado que son pecado, pues ya está... En el examen de conciencia lo que suele buscar son unas cosas que, en muchísimas ocasiones, si no fuera católico, podría contárselas igual a alguien por descargar su conciencia, podría contárselas igual, porque las cosas que dice están mal de todas maneras: “me he enfadado con mi mujer, con mis hijos, sin motivo..., me he dejado llevar de la ira, me he dejado llevar de la lujuria, he sido egoísta...”. Eso está mal sea católico o no lo sea... O las expresiones: “he pecado contra la castidad”, “he pecado contra la caridad”... A mí me dan ganas de decir: “la caridad es una señora que no me ha dado ningún encargo... entiéndase usted con ella. Y la castidad pues lo mismo, y la misericordia y todas las virtudes... aquí no estoy en nombre de ninguna virtud... ¿Ha ofendido usted a Dios, sí o no? Yo estoy aquí en nombre de Dios, en nombre de Jesucristo, no en nombre de ninguna virtud...” No se peca contra las virtudes, se peca contra Jesucristo en la materia que sea; la materia será la virtud, pero el pecado no es contra la virtud, la virtud no es nadie...

Examinar un poco. ¿Tenemos esta concepción? Daos cuenta que estamos en plena consonancia con lo de antes: esto es totalmente radical. ¿Contra quién he pecado? contra Dios, rechazando a Cristo que es donde Dios nos comunica su vida y rechazando al Espíritu Santo, en resumidas cuentas. Estas frases tan personales que aparecen [en el NT], por ejemplo: “no extingáis el Espíritu... no contristéis al Espíritu Santo”... El Espíritu Santo, contristarse, contristarse, no creo que se contriste, pero la expresión es la expresión exacta: llevarle la contraria al Espíritu Santo, eso es lo que es el pecado. Paraos pues, un poco a pensar si realmente vamos creciendo en esta conciencia de lo que es el pecado; porque la repugnancia al pecado está en razón directa con el espíritu filial que tenemos y con el espíritu de conservación que tenemos.

El instinto de conservación espiritual

En la medida que vamos teniendo vida, un aspecto de la vida, que es esencial, es el instinto de conservación; el instinto de conservación, propiamente hablando, no es sólo de conservación... ese ya se tiene cuando uno no tiene más remedio; pero una de las cosas más ofensivas que se puede decir es “¡qué bien se conserva usted!”... ¡Vamos, por favor, eso está bien para la lata de las sardinas y esas cosas, pero una persona humana que se “conserva” bien... Mire usted, estamos en pleno desarrollo! ¡no faltaba más...! Que uno se conserva, parece que le han metido en alcohol...

El instinto de conservación es instinto de perfeccionamiento, sencillamente, de crecimiento. Y el instinto de crecimiento está en relación inmediata con el rechazo de todas las cosas que nos amenazan. Un individuo que no tenga instinto, un niño pequeñito, pequeñito de verdad, recién nacido, no tiene instinto de conservación; quiere decir que tiene poca vida todavía... Esto es evidente. Cuando manifestamos tan poca reacción espontánea frente al pecado y frente a los peligros del pecado, estamos declarándonos a nosotros mismos que tenemos muy poco instinto vital todavía. Cuando las personas se están poniendo en tal cantidad de peligros de pecado, una de dos: o es que no tienen humildad ninguna o es que no tienen instinto de conservación, no se sienten en peligro, porque el instinto detecta los peligros. Cuando a uno se le viene encima un coche, espontáneamente, sin más, se aparta; esto es una cosa instintiva; cuando no le pasa eso quiere decir que ese individuo no anda bien; si le puede aplastar tranquilamente el primer coche que se acerque, quiere decir que no tiene instinto vital, quiere decir que su vida es muy defectuosa... Pues, cuando estamos viviendo de esta manera en que nos estamos dejando debilitar continuamente por los pecados veniales y nos estamos poniendo en tantos peligros de pecados mortales, eso es una de las formas de ver qué vida tenemos: ¿tenemos una vida robusta? ¿tenemos una vida de caridad intensa?, ¿o tenemos una vida muy débil?

Instinto de conservación del Cuerpo místico

Ahora, también pasa una cosa; como el pecado no es una cosa individual, porque los individuos no existen como individuos, existimos dentro de la humanidad, existimos dentro del cuerpo místico, si un miembro no tiene un movimiento inmediato, reflejo, espontáneo, de protección de los demás miembros del cuerpo y de sí mismo –porque conciencia no tiene un miembro del cuerpo– , pero instintivamente, si el organismo funciona, cada miembro se siente amenazado cuando le pase algo a otro miembro, de modo que sacrificándose él salve al otro. Cuando no tenemos esta sensación de horror instintivo ante el pecado en el mundo, quiere decir que nuestra vida funciona muy levemente, que nuestra vida es muy pobre todavía, es o muy infantil o muy enfermiza ya, de alguien que está muy enfermo, que no se conserva bien siquiera. Daos cuenta que así solemos vivir.

Cuando uno piensa la historia que ha vivido: la guerra española o la guerra mundial que le siguió y la situación actual de terrorismo, de campos de concentración, ¡y que podamos vivir tan tranquilos...! Leía que cuando algunos individuos del este [europeo] – Clement concretamente, que se ha exiliado y está en Francia– oyen por radio las cosas que dicen los intelectuales del occidente, la primera idea que le viene es que no están bien de la cabeza: ¿cómo se pueden preocupar de esas estupideces que se preocupan estando el problema de sobrevivir, porque están viviendo en amenaza continua? El que desaparezcan millones de personas al mismo tiempo en Alemania y en Rusia13 y nos quedemos tan tranquilos, es algo que sobrepasa la capacidad de concepción cuando uno se pone a pensarlo. ¿Cómo se puede estar preocupado con tantas estupideces, con tantas cosas absolutamente insustanciales, cuando hay cosas tan sustanciales humanamente, como es la eliminación de golpe de unos seis millones de personas? Entre los rusos y los alemanes se cargaron a unos seis millones de personas. Cuando se está viendo la forma de crueldad humana que existe... Vosotros pensad: en el año cuarenta y tantos ya, se sublevan los de Varsovia..., se sublevan porque les dice el gobierno inglés–polaco que se subleven para facilitar el fin de la guerra; y entonces los rusos, que eran los que tenían que liberarles, en teoría, se paran para que los alemanes los puedan ir aniquilando y los alemanes los aniquilan; los alemanes estaban ya acabando la guerra y estaban perdidos, pero –vamos– hasta ahí llegaban y, cuando han matado doscientos mil polacos sublevados, entonces entran los rusos para “liberarles”... El que se junten unos cuantos magnates: Churchill, Roosevelt, con Stalin y le dejen [a Rusia] todos los países orientales para que maten a todo el que quieran... ¡y se quedan tan frescos...! Y esos señores son unos “héroes” de la guerra y se habla de ellos y después los recibe el Papa como si fueran... Se llega al colmo de la criminalidad, ¡y aquí no ha pasado nada...! Los únicos que pagan son unos cuantos alemanes que, por supuesto eran criminales, pero no más que los otros... Hay cosas que... ¡y la humanidad se queda tan tranquila! En cuando pasa el día, al día siguiente, ya está cada uno pensando en sus sandeces.

Daos cuenta de que aquí hay algo mucho más profundo todavía: el que se murieran unas cuantas personas, aunque fueran millones, se habrían muerto de todas las maneras... Pero lo malo no es que se murieran, lo malo es que las mataron, que ya no es lo mismo. Los grados de crueldad y los grados de egoísmo a que se llega son escalofriantes, pero no nos escalofriamos ¡esto es lo trágico! Esto quiere decir, entonces, que apenas tenemos sentido ni del pecado ni de la vida, pero ni de la vida humana siquiera; el valor humano de una humanidad como la actual que vive delante de ellos y se queda tan tranquila, es evidente que no existe... ¿Que es algo pasado?... pasó hace cuarenta años... De manera que vive todavía mucha gente; cuando canonizaron al P. Kolbe allí estaba a quien le había salvado la vida él...

Amor a la vida y horror al pecado

Ver qué vida tenemos; podemos medirla precisamente por esto: qué horror tenemos a la muerte –a la muerte natural no, al pecado–, qué horror tenemos al deterioro, qué amor tenemos a la vida, qué amor tenemos a la salud, al desarrollo. Naturalmente no nos puede chocar todo este terrorismo, por ejemplo, que se cargue con tanta facilidad a una serie de personas, que les estorban en cuanto que hace falta dar un golpe que sea sonado, porque las personas concretas no saben ni quiénes son en muchos atentados, todo lo que es el aborto y todas estas cosas... No puede extrañarnos... ¡Es que nosotros no tenemos amor a la vida...! Esa frase, creo del Libro de la Sabiduría, “Señor, amigo de la vida”... Dios ama la vida, porque es la vida misma; nosotros podemos constatar lo que hay en nosotros de hijos de Dios, de personas vivas, por el horror que tenemos a la muerte, por el horror que tenemos a todo lo que es peligroso; y no sólo a la muerte, sino a lo que nos amortigua, a lo que nos deja con falta de vida. Y, por supuesto, no tenemos que esperar que se acaben poco menos que de golpe todas estas actitudes de aborto, de eutanasia, todas estas cosas, sino al revés, tenemos que esperar que aumenten porque no están en proporción a argumentos, sino que están en proporción al amor a la vida que hay en el mundo.

Mientras no haya un número –no sé cuántos tienen que ser, tendrán que ser muchos porque el mundo tiene muchos habitantes en estos momentos– de personas que amen realmente la vida, simplemente el amor a la vida no prevalece en la tierra; prevalece el egoísmo y la muerte no asusta y se van encontrando inmediatamente razonamientos... que, francamente, si no se tiene un sentido muy sobrenatural, me parecen muy difíciles de eliminar muchos de esos razonamientos; no estoy tan seguro qué razones tenemos mejores que ellos, aparte de la fe claro. Si no partimos de la fe... el aborto, la eutanasia, la eliminación de los subnormales, de los enfermos mentales, crónicos... yo no la veo tan absurda... Si no hay más que esto ¡qué pinta toda esa gente? No pinta nada... Y esto no son teorías porque esto es lo que ha pasado hace cuarenta años en el mundo; esto es lo que hizo Hitler... Y el que no piensa como nosotros, pues simplemente está estorbando, y esto es lo que hizo Stalin... Ahora dirán lo que quieran... Pero, en resumidas cuentas, tampoco están en una línea muy diferente, ya lo veis. Lo único que se hace de una manera más suave, más poco a poco; en los regímenes totalitarios es mucho más rápido, más eficaz, y, en último término, tiene más sentido común, dentro de la línea que están; los regímenes democráticos van a paso de tortuga, pero van llegando a lo mismo exactamente; y lo mismo digo de todas los demás errores y aberraciones que puede haber en cualquier nivel.

La gravedad del pecado

Darnos cuenta, examinando un poco, todas estas implicaciones del pecado. Un aspecto también del pecado –hablando en general– [es su gravedad] ¿Me doy cuenta de la gravedad en sí mismo? Decía santa Teresa –la frase está escrita de otra manera, pero la idea es esta– “¡que no me digan que no tiene importancia que yo sé que Dios quiere una cosa, por chica que sea, y yo hago otra!”. Aquí el lenguaje es bastante expresivo, lo que decía antes de los pecados leves... el empeño que tiene la gente por llamar faltas [a los pecados]... No sé si os dais cuenta que la gente un poco “educada” no se acusa de pecados, se acusa de faltas... y la verdad es que casi siempre son sobras... “pues me he enfadado... y ya no me acuerdo de más faltas...” Pero le cuesta un horror decir que ha pecado. Falta desde luego que es, falta de amor de Dios.

La diferencia entre el pecado y la imperfección me parece que deberíamos expresarla así: la imperfección es aquello que nosotros no somos todavía capaces de hacer o no hemos sido capaces en ese momento, por falta de darnos cuenta, pero no ha sido una acto humano, responsable. Eso es una imperfección. Pero en el momento mismo en que yo concibo que el Espíritu Santo quiere una cosa y a mí no me da la gana de hacerlo, eso se llama pecado venial. Porque en eso consiste el pecado venial: si yo sé que el Espíritu Santo quiere –si no lo sé no puede haber pecado– que en este momento esté estudiando y no me da la gana, eso es un pecado venial cabalmente, decirle al Espíritu Santo que no, rechazar la acción del Espíritu Santo que me quiere santificar; si yo sé que el Espíritu Santo quiere que atienda a esta persona y no me da la gana atenderla, eso es un pecado venial... “Total ¿qué importancia tiene?” Pues la importancia que el Espíritu Santo tendría en sus planes, que yo no lo sé ... ¡y a mí no me da la gana de dejarle desarrollarlos...! Ahora ¡si no tiene importancia contradecir al Espíritu Santo! no sé qué es lo que tiene importancia en este mundo ni en el otro.

La gente procura no hablar de pecado. Yo me acuerdo –y hace muchos años ya, porque era en Salamanca en el colegio hispanoamericano– una noche di una plática sobre esto... “Bueno... ¿entonces eso es pecado?...” Me quieres decir qué más te da el nombre... Lo que es tremendo es que tú hayas contrariado al Espíritu Santo... El que le llames pecado o le llames falta me da igual... Sabía que os ibais a dar más cuenta si le llamaba yo pecado... Pero que lo que hacéis son pecados... Otro ejemplo que he puesto otras veces: después que uno se acusa de sesenta pecados veniales, dice: “... y para que haya materia...” Pues ¡vaya con los pecados de la vida pasada!, ni que los pongas ni que los quites... si materia hay de sobra..., lo que no hay es arrepentimiento ni conciencia ni nada; por lo cual, la confesión esta me temo que no sirve para nada, menos mal que no sirve para hacer un pecado más porque no tiene usted mala voluntad... Una de las razones del poco fruto y del poco adelanto y, probablemente del abandono de la confesión, en la práctica, es cabalmente que se ha sacado poco fruto y se ha sacado poco fruto por el dado poco arrepentimiento sencillamente.

La gravedad para uno mismo y para los demás

Ya podéis examinar un poco: ¿tengo esta conciencia de la gravedad del pecado? La gravedad del pecado en tres aspectos: primero en sí mismo; lo que estoy diciendo: decirle que no a Dios. En segundo lugar, la gravedad que tiene en cuanto a mí mismo; pensar que nos pasamos la vida trabajando para desvivirnos...Ya os comenté esta idea de Sartre: que ser ateo idealmente, intelectualmente, es muy fácil, o sea, negar la idea de Dios, expresamente, reflejamente, pero que, en cambio, ser ateo materialmente, realmente, es muy difícil y que a él le costó mucho trabajo... ¡lástima de trabajo! De manera que, desde los once o doce años que tuvo la intuición de que Dios no existía –y no ha vuelto a tener dudas, según él– ya tuvo que ir trabajando toda su vida para elaborar el ateísmo, porque la sociedad no es atea, está el mundo lleno de la conciencia de la divinidad todavía... “y hay que trabajar para ver esto cómo lo quitamos porque es un desastre”14. Y uno piensa: “y que este pobre hombre estuviera venga trabaja y trabaja para hacerse ateo... también es pena...” En rigor es lo que estamos haciendo todos... Lo que pasa es que, por la misericordia de Dios no lo conseguimos. ¡El trabajo que nos tomamos para pecar! Yo creo que la experiencia de todos nos dice que, cuando no nos dejamos mover por Dios, sufrimos inevitablemente porque estamos distorsionándonos a nosotros mismos; es como el individuo que trabajara para torcerse los brazos y las piernas... ¡y luego a ver cómo se las colocan! “No sabe usted el trabajo que me ha costado dislocarme los brazos ¡he tenido que hacer unos esfuerzos!” ¡Ese hombre está completamente loco! Pues ¡completamente locos estamos, claro!

En tercer lugar, la gravedad para los demás. ¡Pensad la cantidad de gente que estaría mejor si yo hubiera respondido a la gracia de Dios! Todos podéis tener experiencia –todavía podéis tener alguna– de que hay personas que están mejor (no es una declaración de fe, porque no se definen estas cosas), de que hay gente que está mejor porque nos ha tratado; la persona está mejor porque se ha encontrado conmigo y hemos hablado y yo, con un poco de idea de la vida espiritual, y un poco de ayuda, le he ayudado a que esté mejor... Y uno piensa: ¿y si me hubiera dejado llevar de la gracia de Dios y hubiera atendido a otras muchas personas...? No las he atendido... ¿Ha sido por mala idea...? (“no voy a atenderlas para que se condenen...”) Conste que a esto se llega... Recuerdo cuando la guerra precisamente, una prima mía le dice a uno: “pero bueno ¿y cuando fusiláis gente procuráis, en fin, que mueran bien?...” Contesta: “si... ¡para que se salven encima!”... Si no es con esa mala idea, pero simplemente con esta falta de visión...

Necesitamos una apertura al Espíritu Santo amplísima porque si no nos embarullamos y no recibimos su luz y no podemos ayudar a los demás tampoco. El aspecto positivo: que nuestra respuesta a la gracia va permitiendo que el Espíritu Santo, con nuestra colaboración, vaya santificando a mucha gente. Y es al revés cuando nosotros no funcionamos... “El día que tú no ardas mucha gente morirá de frío...” dice Mauriac, y recuerdo la frase del Papa: “misterio verdaderamente tremendo que la salvación de muchos depende de la oración y voluntarias mortificaciones de los miembros del cuerpo místico”. Pero si uno piensa: ¿y cuántas oraciones habría hecho y cuántas voluntarias mortificaciones, cuántos testimonios habría dado si hubiera sido fiel a la gracia desde los siete años en que tengo uso de razón? ¡Esto es una responsabilidad, tengo que responder por toda esa gente!

El estremecimiento y los sufrimientos por el pecado

Por eso uno entiende perfectamente que los santos se estremezcan; por lo menos a ratos; un cura de Ars, un san Juan de Sahagún, casi todos los santos... han tenido momentos de auténtico terror... ¡Porque tengo que dar cuenta de multitud de personas! Lo que ya no sé si estaba muy bien la solución: “me voy de la parroquia...” Me voy de la parroquia y me voy a un monasterio... que es lo que decía el cura de Ars... Tampoco me salvo así... ¡Cómo si la gente no tuvieras que salvarla de todas las maneras! Examinar pues la gravedad del pecado desde estos tres puntos de vista y qué visión tengo yo de esta gravedad del pecado. La gravedad del pecado con las consecuencias y si me doy cuenta que las consecuencias del pecado son todos los males que hay en la tierra; la expresión del Génesis es bastante clara y es realísima... Y no porque cada uno de los sufrimientos de la tierra venga del pecado inmediatamente hablando, que a veces viene de la caridad. Pero si viene de la caridad el sufrimiento es porque hay que redimir el pecado y es porque el otro te está haciendo sufrir con un sufrimiento que no tenía que ser, por el pecado que él tiene; el pecado del otro puede no ser un pecado formal, simplemente es que no ve más allá, no ve otra cosa. Pero aun en lo que viene del pecado inmediatamente, las posturas meramente egoístas, lo que se sufre por amor propio, por codicia, por lujuria... ¡la gente sufre horrores, por ejemplo, porque los han humillado sencillamente! La cosa es completamente idiota en los niveles naturales... ¡pero sufren! ¿esto de dónde viene? Pues del pecado, está claro... Me decía un psiquiatra: ¿no cree usted que si la gente fuera más virtuosa tendría menos problemas psicológicos? Pues es cierto: muchos sufrimientos en los niveles psicológicos, en resumidas cuentas, vienen de que la persona esa no tiene bastante virtud... Y otros vienen de que a personas con muy poca virtud, o simplemente con una actitud total de pecado, les han hecho sufrir por falta de caridad. Al ver todo este mar tremebundo de sufrimiento se da uno cuenta que todo esto viene del pecado... Pero ¿nos lo creemos?

He contado muchas veces esta anécdota. Yo ya era sacerdote, cuando empecé a caer enfermo. Una tía mía me dijo que dijera sencillamente una cosa que era mentira a los médicos y le contesté: “pero tú crees que soy tonto... ¿voy a hacer un pecado para sufrir más...? ¡Ni hablar! Digo la verdad y si les molesta que les moleste, ¡qué le vamos a hacer!”. Pero vamos, tanto como hacer un pecado para quitarme un dolor, no se me ocurre, porque tendría más sufrimiento todavía; esto no ya sólo porque el pecado es mucho peor que el sufrimiento, sino porque tendría más [sufrimiento]. ¿Nos vamos dando cuenta? ¿Vamos sintiendo el horror del pecado del mundo? No ya para nosotros mismos, ¿sino del pecado del mundo? ¿Vamos sintiendo a la gente, experimentando a la gente el peligro, y no sólo el peligro de pecar mortalmente –por supuesto tenemos motivos continuos para experimentarlo– sino del pecado venial? ¿Nos va dando cada vez más horror, cada vez más pena?

La vida de los santos como testimonio

Horror me refiero, sobre todo, a un movimiento instintivo de espanto, pero que nos impulsa a funcionar. Por eso uno coge la vida de los santos... Lo he dicho muchas veces: los santos no es que tengan más dosis de lo que sea, es que su vida es de una calidad –caridad– distinta; cualquiera de los santos que he leído últimamente, no es [sólo] que tuvieran más fortaleza para aguantar malos ratos, más que yo, es que es otra fortaleza; varía tanto la cantidad que hay un cambio cualitativo; es otra manera de funcionar. Y que aguantan sufrimientos impresionantes; nosotros enseguida tenemos que descansar... Si no tenemos más capacidad ¡qué le vamos a hacer! Pero la vida de la mayor parte de los santos tiene un tono completamente distinto. Y no digo que sólo por esto, sino por lo otro: ¡este horror al pecado es por el amor a Cristo!, por el amor a la gente, por el amor a sí mismos, por la caridad –el aspecto positivo–; pero ahora estoy hablando de este aspecto y este aspecto es la consecuencia del otro y bastante significativo del otro. Ver, por de pronto, todo este misterio del pecado.

Nuestra actitud frente al pecado

Ahora me extiendo un poquito y voy a hablar todavía, antes de entrar en la consideración de nuestra manera de ser, lo que es el pecado, la gravedad del pecado y las consecuencias del pecado. ¿Qué actitud tenemos frente al mal? Porque una de las cosas que más nos cuesta es asimilar la existencia del mal. Yo no voy a revelar un misterio porque no lo sé explicar. Pero el pecado es el colmo del mal. No estaría mal que mirarais un poco: ¿de verdad para mí el mal es el pecado y lo demás –no voy a decir que no se sufre, lo contrario sería mentir– me parece que no tiene importancia? ¿Y me parece que, en cambio, tiene muchísima importancia el pecado venial? Y no si me parece durante el rato que estoy en la capilla sino si este es el juicio espontáneo que voy haciendo sobre las cosas.

Voy a hablar un poco de cómo permite Dios el pecado y cómo tenemos que integrar todo esto. La existencia del mal, por de pronto, le plantea un problema a la gente; y de esto tenemos la expresión nosotros mismos, continua, porque en los salmos sale a todas las horas: “¿por qué haces esto?” No digo ya cuando los salmistas están optimistas y les parece que son buenos ellos (“todo esto nos ha venido sin culpa nuestra...” encima, éramos tan buenos y mira donde nos has metido...); generalmente el salmista ya reconoce que él tiene su culpa, pero de todas maneras ... “defiéndeme, por qué permites esto...”. Yo no sé por qué lo permite Dios, lo que sé es que lo permite ¿verdad? Lo que sé es que el mal no tiene por qué desconcertarnos, y tenemos que darnos cuenta, incluido el pecado, que es el mal radical, tenemos que contar con él...

Esto es una actitud muy complicada psicológicamente porque, cuando estamos hablando a la gente, tenemos que tener, al mismo tiempo –y lo difícil es expresarlo– dos actitudes, que no son contradictorias pero que son muy difíciles de expresar a la vez: “lo que ha hecho usted está muy mal, pero no tiene importancia”; es decir, lo que ha hecho usted está muy mal y además me da muchísima pena, pero vamos...

Dos historias que he contado muchas veces. Una vez, un primo mío que acababa de convertirse y se había confesado después de muchos años y, al cabo de unos días me dice:

–“Y yo debería confesarme ¿no?...”, pues veía que se confesaba su familia...

Estaba en la cama enfermo entonces y le digo:

–Si yo hiciera la vida que haces tú me confesaría tres o cuatro veces al día a ver si cambiaba, porque es que no das ni golpe...

No porque hiciera nada malo, sino porque no hacía nada bueno... Fuimos hablando de esto del pecado y me hace esta declaración:

–“Bueno... eso te pasará a ti, yo cuando me confieso a los curas les trae sin cuidado mis pecados...”

¿La gente puede pensar que nos da pena el pecado? ¿La gente puede pensar que tenemos este horror al pecado como tal? Esto por una parte. Porque, por otra parte, tenemos que hablar de tal forma que les signifiquemos la confianza que tienen que tener. Y generalmente hablando, o nos ponemos tan tajantes que la gente sale asustada o sale enfadada: “¡este cura qué bruto es!” y también: “¿qué querrá que le diga?... no voy a decir mis virtudes, que tengo tantas, si he venido a confesarme, de manera que le he dicho mis pecados...” O la gente sale al revés: “esto no debe tener tanta importancia como yo me creía, total ¡lo ha tomado con tanta naturalidad!”.

He contado también la historia de la guerra europea, en una novela de Mauriac. Estaban discutiendo por qué en la guerra europea los capellanes católicos tenían más éxito que los protestantes y entonces uno contó esta historia: Un hombre había matado a otro y, después de matarle –aquello fue un arrebato– se quedó con la conciencia cargadísima y el hombre necesitaba contárselo a alguien; y decía “si se lo cuento a alguien me denuncia”... Echó a andar y vio una casa un poco aislada, era [la casa de] un pastor protestante y le contó la historia; el pastor protestante le dice: “haga el favor de marcharse y dé gracias a Dios que no le denuncio... Encima de que es un criminal viene aquí a mí a contármelo...” El hombre salió más atribulado que antes todavía y siguió andando... Ya vio otro edificio, una iglesia, entra, ve allí una garita encendida, se acerca y le dice: “padre, he matado a uno...” Y el otro le contesta: “¿y cuántas veces hijo mío, cuántas veces...?” Claro, se animó... Pero la impresión que da es que no tiene importancia que mates a uno. En Toledo había un Padre que decía: “he matado a mi madre” “¿cuántas veces hijo mío, cuántas veces...? Pues no lo vuelvas a hacer, hijo, no lo vuelvas a hacer...”.

Esta actitud que tenemos ante el mal tiene que ser, pues no sé... Nos tiene que inspirar el Espíritu Santo... Y nos tiene que inspirar incluso la expresión. Y en el confesionario es tanto más difícil porque no tenemos idea casi nunca de la actitud que traen, no sabes cómo es. Hay que estar con una actitud de apertura tremenda y una actitud de contrición continua, para que el Espíritu Santo nos pueda iluminar y no estemos obscurecidos y podamos decir lo que haga falta en aquel momento, pues es imposible que nosotros lo sepamos.

13 Se refiere a la Segunda Guerra mundial (1939–1945)

14 Evidentemente se refiere al trabajo de las filosofías y filósofos ateos para quitar del mundo la idea de Dios.


Panel con fotos de niños hambrientos, colgada en la pared de su despacho: “Si la Iglesia es madre, ¿cómo puede dejar que sus hijos mueran de hambre?”. Pensamiento que le obsesionaba para ayunar y vivir más pobremente cada día.

6. El misterio del pecado

Pecado y mal moral

El pecado es un misterio y un misterio especialmente difícil de entender porque, por una parte, es un campo ancho de materia: coincide con cosas que nos parecen mal moralmente; pero, aunque coincidan, no es el mismo concepto; no es lo mismo hacer algo moralmente malo que pecar; pecar es rechazar a Dios, y el individuo que no cree en Dios... más o menos puede tener una conciencia moral en ciertos aspectos. Desde luego, la gente que tiene conciencia moral sin creer nada en Dios, casi, casi es por un residuo –al menos eso decía Sartre– por un residuo de vida católica, porque es que, si no existe Dios, la moral prácticamente no tiene fundamento; algunas cosas ya se ve que son malas: matar a uno porque sí... está mal, pero quedan pocas más cosas... Así lo interpreta él y, en realidad, me parece bastante normal...

Nosotros –no digo sólo nosotros sino en general el ambiente en que nos movemos– podemos hacer coincidir el pecado con cosas que están mal; lo que decía [en la meditación anterior]: llega la gente, se confiesa, y lo que dice son una serie de cosas que, si no creyera en Dios, en el ambiente europeo en que nos movemos, seguiría diciendo que esas cosas están mal; hay ciertas materias [cuya transgresión] no les parecería mal porque prefieren más otras: el que le gusta más la justicia se acusaría de injusticia y con mucha delicadeza y al otro la justicia no le importa, pero tiene cierta tendencia a la castidad y le parecen mal las cosas de lujuria, y se acusaría de esas cosas... No están acusándose de pecados para nada... Y esto es lo que me parece que pasa muchas veces... Porque no deja de ser significativo que, precisamente en los campos en que el pecado es más solo, por ejemplo el de la fe o el de la esperanza, la gente no se acusa casi nunca; hay muy poca gente que se acuse de que no tiene confianza en Dios o de que no siente la complacencia de Dios en él; se acusan de faltas de prácticas... Si no fuera católico, sería budista o se haría animista... Alguna práctica religiosa tendría... porque no quiere decir que esto sea cristiano. Pues esto tenemos que tenerlo en cuenta.

La dificultad de reconocernos pecadores

En segundo lugar, el pecado es un misterio especialmente difícil simplemente porque nos joroba ser pecadores: tenemos que reconocer que funcionamos mal. Aunque en ciertos momentos nos gusta que lo sean los demás, para poder criticar de ellos, en otros momentos tampoco nos gusta: por un lado, tenemos que convertirlos y, por otro lado, no podemos fiarnos de nadie... Es una cosa bastante desagradable. Consecuencia: que del pecado ni nos gusta hablar mucho, como no sea en teoría, ni nos gusta mucho examinarnos. Una de las pocas cosas que me han molestado dando ejercicios es cuando, en un monasterio de varones, al segundo o al tercer día, me llama uno de los padres y me dice:

–“Es que estamos desilusionados... porque empezó usted muy bien, hablando de Dios unas cosas muy bonitas... pero es que lleva tres meditaciones sobre el pecado... Usted no entiende este ambiente nuestro...” (Queriendo decir: “es que somos todos tan buenos... ¿a qué viene hablar del pecado a nosotros?”).

Yo me quedé estupefacto... Entonces ¿ni pecan ellos ni tienen que expiar? Pues a ver si los convierto... porque están muy mal... Cuando a un individuo le hablan del pecado y no se siente aludido es que anda muy mal...

[En la charla anterior] hablé del pecado en general, ahora vamos a concretar un poco más. Vamos a ver el panorama de pecado en que nos movemos. En primer lugar, darnos cuenta de que somos pecadores; esto lo sabéis porque a unos cuantos os lo he enseñado yo –y si no os tengo que quitar la nota que os diera– ... [En rigor] no podemos decir que somos pecadores, no estamos declarando públicamente que cometemos sacrilegios, porque estamos celebrando o comulgando todos los días... Y ser santo y pecador, al mismo tiempo, es imposible; está condenado expresamente. Cuando decimos “que somos pecadores” no queremos decir necesariamente que estamos en pecado mortal, sino que, en primer lugar, en nosotros hay una fuerza que nos inclina al pecado; por eso tenemos que morir al pecado; estamos vivos para el pecado todavía, porque el pecado vive en nosotros... –como queráis–; a última hora es el influjo del diablo.

La comparación que he hecho varias veces, como me parece bastante gráfica, la vuelvo a recordar. Es como el individuo que tiene, en estos momentos, un tumor que de suyo es mortal, un cáncer... El individuo sabe que él no es un cáncer, es la persona de antes, pero tiene cáncer; y sabe que irremisiblemente el cáncer le va reduciendo las fuerzas vitales, físicas, y primero no le deja ir al trabajo –lo cual tiene sus ventajas, pero bueno–, después no le deja salir a la calle, después no le deja salir de la habitación, luego no le deja salir de la cama y luego no le deja salir del ataúd... ¡esto no tiene remedio! Y el hombre tiene la conciencia de que esto es así y su psicología está funcionando en relación con que tiene cáncer... Si está en esta época todavía, el hombre tiene la conciencia de que esto no tiene remedio y que, antes o después, lo más fácil es que “la palme...”, pero bastante pronto. Pero, un día u otro, aparecerá una medicina que cure el cáncer o algún remedio –si no, qué hacen los médicos, para eso cobran...– Cuando aparezca, se podrá decir, como de otras tantas enfermedades que hace unos cuantos años eran mortales: “... pues mire, usted tiene cáncer –quiere decir que usted se muere de todas las maneras–, pero yo le curo –quiere decir que “yo le curo de esto”–. El individuo puede tener, al mismo tiempo, perfectísimamente, la conciencia de que tiene una cosa mortal y de que no se va a morir. Porque la salvación le viene de otro, esto le va a crear una actitud de docilidad al médico, para no hacer lo que el médico le prohíbe y docilidad para hacer lo que el médico le mande; esta situación se da en montones de enfermedades en esta época.

El pecado en nosotros: una fuerza que nos lleva a la muerte

Esto es lo que nos pasa con el pecado que vive en nosotros. Nosotros sabemos que tenemos, en nosotros, una fuerza que irremisiblemente nos va llevando al pecado mortal y el pecado mortal al infierno; de aquí nosotros no podemos salir. Y que lo sabemos, lo sabemos. Ahora, si lo sabemos de una manera muy vital, si esto es operante, si lo saboreamos, si nos asustamos, si obramos en consecuencia... esto es “otra canción”. De eso se trata en esta predicación: plantearse un poco qué fuerza tiene en nosotros esta conciencia que, en resumidas cuentas, viene de la fe. Precisamente, la grandeza de la Virgen María consiste radicalmente en que es la única persona humana que no le ha pasado esto. Nosotros hemos de tener esta conciencia: “yo irremisiblemente me voy al infierno...” y al mismo tiempo tener la tranquilidad absoluta de que hay un Salvador. Pero esto me dará una conciencia de docilidad, que es de lo que se trata, de docilidad absoluta al Espíritu Santo. Se trata de que tengo que estar pendiente del Espíritu Santo, lo cual evidentemente es muy agradable, porque es muy buena persona, y tengo que no hacer lo que me dice que me puede dañar y tengo que hacer lo que me dice que me puede salvar. Esto es el asunto.

Humildad y prudencia

Esto se manifiesta, por ejemplo, por la humildad. Los santos han tenido esta conciencia clarísima respecto del Señor y respecto de los demás; se manifiesta [también] por la prudencia. ¡La abundancia de imprudencia tan fenomenal que hay en esta época...! A mí sencillamente, una persona que ve la televisión, ahí a lo que le echen, ya sin más explicaciones, me digo: “pero este tío está completamente loco”. La actitud que tenemos ante las cosas en general; por ejemplo, nadie me podrá decir que en el evangelio se diga que las riquezas son malas, pero nadie me puede negar que dice que son peligrosas: no se habla ni una sola vez “procurad tener mucho dinero y veréis qué bien os va, que eso es muy bueno para la salvación”; siempre se habla de ello como algo peligroso... Pues la gente está deseando que les toque la lotería... Una cosa que no me la explico... ¡Siempre se está felicitando a la gente porque tiene más peligros para salvarse que antes...! Es una cosa que no se concibe. Y no ya sólo en estas riquezas [materiales]; por ejemplo, no conozco un solo santo que, ante el hecho del episcopado, que es una riqueza espiritual [no le haya dado cierto miedo]. No me refiero a las cosas externas, que en cada época... en tiempos de Franco le regalaban un “mercedes” a cada obispo... era más barato que comprarle... ahora no tiene esas ventajas... Pero el mero hecho de tener una cierta grandeza espiritual, a todos los santos les ha dado cierto miedo. Desde los padres del desierto, que decían que había que estar lejos de las mujeres y de los obispos, para que no les hicieran curas siquiera... –¡más miedo tendrían a ser obispos...!–, hasta cualquier santo modernísimo que ha tenido que ver muy clara la voluntad de Dios [para aceptar], porque si no –mire usted– esto es muy peligroso.

A nosotros parece que nos divierte el jugar con los peligros... ¡Cuantas más dificultades tengamos mejor! Pongamos [otro caso]: los mismos conocimientos; es evidente que el conocer, que es una riqueza, es un peligro. Ya hablaré del estudio como algo que hay que hacer. Pero es completamente distinto decir “Dios quiere que yo estudie, Dios quiere que yo tenga conocimientos” que divertirme yo y ponerme muy contento por lo que sé... porque es un peligro sencillamente. Las cosas de este mundo todas son peligrosas. Y en este mundo incluso las cosas del otro porque las usamos mal. Pues ¡estamos continuamente tan contentos de estar rodeados de peligros por todas partes! Quiero decir que no tenemos ni idea de que somos pecadores, que tendemos al pecado, que usamos las cosas mal, que nos sirven de ocasión de pecado ¡nada! ¡Es algo curioso!

Yo el progreso de una persona, en parte, lo mido por esto. He puesto varias veces el ejemplo de una señora, casada, a la que le decía hace poco: “dese usted cuenta de que una señal de progreso evidente, en usted, es que hace unos cuantos años siempre su preocupación era la salud física de sus hijos y actualmente no habla usted nunca más que de la santidad o no santidad de los hijos... Es evidente que ha cambiado, que tiene una conciencia clara del miedo al pecado...” Hace quince años tenía miedo a las enfermedades y actualmente, que viven en Madrid que es mucho más peligroso que el pueblo donde vivían, lo único de lo que me habla no es de la posibilidad de que los coja un coche o se vayan en coche y se maten... Eso también le interesará, pero ya no es el centro de su preocupación, es sencillamente si pueden perderse, si pueden despistarse, si no comulgan bastante, si andan con malas compañías, en fin, los ambientes... Pues esto respecto de los demás y respecto de nosotros mismos... ¿Es lo que nos va interesando cada vez más? Hablo desde el punto de vista de la prudencia, la prudencia de evitar peligros... puesto que no lo vemos como peligro... porque no nos creemos que somos pecadores.

Todos los santos, hasta el final de su vida, han tenido, al mismo tiempo, la confianza en Dios para meterse en cualquier cosa peligrosa, cuando sabían que Dios quería que se metieran, pero, en cambio, han tenido, al mismo tiempo, la prudencia de no meterse en una cosa peligrosa porque sabían que, si no estaba claro que Dios quería, podían caer. Y la impresión que da la gente ahora –curas y monjas y obispos y seglares– es que somos todos invulnerables. Yo me acuerdo que, en Palencia, pusieron una vez una película, a la cual yo tuve la culpa de ir, que era de una indecencia impresionante ¡las cosas como son!, pero en fin... Al acabar, me viene todo asustado un muchacho –seminarista– diciéndome:

–“Mire yo vengo muy preocupado porque le dije a usted el otro día que no tenía problemas en materia de castidad y el ver esta película me ha perturbado mucho...”

–Pues, hijo, es que eres el único sensato... porque es que no ha venido nadie más...

Y esto es lo trágico: que es que ya nadie siente nada... Aquí se puede ver lo que sea y no siente nadie nada... Que no lo sentiríais alguno porque estuvierais igual que yo pensando “qué hacemos, decimos que se corte esto o qué... tenemos la esperanza de que no salgan más barbaridades o esto va a seguir hasta el final siempre con el mismo tono...

Pero es que a la edad que tenéis todos, y aunque seáis mayores... Bueno, pues, allí nadie se conmovió; es más, alguno me fue a decir:

–“Es que esta película, para nosotros no importa...”

–Dije: anda estos..., por lo visto, son de madera o no me lo explico. Pero es que esto es normal. Oís hablar de una película indecente y la mayoría de los curas os la cuentan... y es porque la han visto ¿Por qué la han visto? Porque no les pasa nada... Una vez –debió de ser hace un par de años o por ahí– a las ocho de la mañana me llama un cura de un pueblo diciéndome:

–“Mira es que me dijeron que una película que era muy interesante y, francamente, la he visto y yo me he quedado muy preocupado y no sé si comulgar y decir misa...”

Digo: “dila, tú tranquilo... me lo sé de memoria... no pasa nada”

Y al poco tiempo un matrimonio me cuenta: “es que hemos visto la misma película –por la misma razón, porque les habían dicho que era muy interesante– y es que estamos volados...” Un matrimonio de cuarenta y tantos años... “Yo me iba a la cocina cinco minutos, el otro cogía el periódico, porque estábamos avergonzados de las burradas que veíamos...”

Pues yo les he oído comentar a otra serie de curas: “que nada, que eso no tiene nada de particular”... ¡Yo me quedo asombrado! Esto es lo que explica otras muchas cosas: que no tenemos ni idea del pecado; que no tenemos ni idea de que somos pecadores, quiero decir, ni que podemos caer en pecado... Esto nos va produciendo un embotamiento y acabamos por no ser sensibles para nada... Y el celo pastoral ¿dónde va a quedar? ¿y el celo pastoral respecto de mí mismo y el deseo de santidad...? Esto meditarlo y pedirle a Dios.

De hecho pecamos

En segundo lugar, que somos pecadores se manifiesta porque pecamos... Y aquí, hablando de nosotros, todos hacemos pecados veniales, seguro... ¿Qué sean muy deliberados? Esperemos que no. Pero es que, además, tened en cuenta que está definido que los hacemos... Pero es que da la impresión de que los hacemos todos menos yo... porque aquí todo son “faltas”, pecados no hay nunca... Si está definido que no puede pasar nadie un tiempo largo sin cometer pecados veniales... ya los teólogos afinan: no serán plenamente deliberados... porque muchos santos dan la impresión que un pecado plenamente deliberado no han hecho –santa Teresa del Niño Jesús–; pero si santa Teresa del Niño Jesús, que desde los tres años no ha negado nunca nada a Dios con plena conciencia, se confesaba, me extraña que nosotros no tengamos que confesar más que cada cuatro meses... Y –vamos– esto es cada vez más corriente en la mayor parte de los ambientes. Pues que pecamos... Y que mucha gente está en pecado mortal. Y que, por supuesto, podemos pecar. Si no hemos hecho un pecado mortal es porque Dios nos tiene de su mano, ni más ni menos.

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480 стр. 17 иллюстраций
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9788412049732
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