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La liturgia,

casa de la ternura de Dios

© Del texto, Fundación José Rivera

© De la edición, Ediciones Trébedes, 2021. C. Comercial Buenavista, local 45. 45005 - Toledo.

Diseño de la portada: Ediciones Trébedes

Foto de portada de eze cmf en Unsplash

Correctora: María Alcaide Escalonilla

Nihil obstat. Censor: Jesús Martín Gómez

Imprimatur. X Francisco Cerro Chaves, Arzobispo de Toledo, Primado de España. Toledo, 25 de enero de 2021.

www.edicionestrebedes.com

info@edicionestrebedes.com

ISBN: 978-84-19317-00-1

D.L. TO 59-2022

Edita: Ediciones Trébedes

Este escrito ha sido registrado como Propiedad Intelectual de su autor, que autoriza la libre reproducción total o parcial de los textos, según la ley, siempre que se cite la fuente y se respete el contexto en que han sido publicados.

José Rivera Ramírez

la liturgia,

casa de la ternura de dios

Ediciones Trébedes


José Rivera Ramírez, sacerdote diocesano, nació y murió en Toledo (1925-1991). Su infancia se vio sacudida por los dramáticos sucesos de la Guerra Civil española, especialmente por la muerte de su hermano, Antonio Rivera, que le dejó una profunda huella humana y espiritual. Muy joven inicia sus estudios en diversos seminarios y es ordenado en 1953. Tras una breve, pero intensa experiencia en la vida parroquial, pasa a desempeñar labores de acompañamiento espiritual y formación en diversos seminarios. Su labor de formador de sacerdotes le acompañará toda su vida. Igualmente destaca muy pronto como director espiritual y predicador, desarrollando una inagotable actividad de acompañamiento personal y promotor de retiros, ejercicios espirituales y charlas formativas para seminaristas, sacerdotes, religiosos y seglares. Es recordado por su amor a los pobres, especialmente a los gitanos.

En 1998 se abrió la etapa diocesana del Proceso de Canonización, que concluyó en el año 2000. El 30 de septiembre de 2015, José Rivera fue declarado venerable.

La Fundación José Rivera tiene como objetivo conservar y difundir la memoria del venerable José Rivera. Es una fundación canónica constituida en la Archidiócesis de Toledo. Cuenta con un grupo de personas que ayudan desinteresadamente en las diversas tareas que se desarrollan para alcanzar sus objetivos. La Fundación se financia con donativos y a través de sus publicaciones. Todos los derechos de autor de este libro se destinan a este fin.

Contenido

«RESONANCIAS DE UN DIARIO» 11

2.- Gozo de recibir 16

3.- Luminosa humillación 16

4.- Inquebrantable esperanza 17

5.- Hambre y sed del Espíritu que brota de la liturgia 18

EL AÑO LITÚRGICO 21

DE SU DIARIO 21

SU VOZ EN LA LITURGIA 21

DE SUS CUADERNOS 23

EL AÑO LITÚRGICO: SENTIDO Y REVISIÓN 23

CRITERIOS Y REVISIÓN DEL AÑO LITÚRGICO 28

ADVIENTO Y NAVIDAD 35

DE SU DIARIO 35

AL ACERCARSE EL ADVIENTO 35

MARÍA EN EL ADVIENTO 45

A LAS PUERTAS DE LA NAVIDAD 53

TODO ESPERA LA GRACIA 56

LOS DONES DE LA SOLEMNIDAD 60

BENEDICTUS 62

MAGNIFICAT 64

EPIFANÍA 68

DE SUS CUADERNOS 71

TIEMPO DE ADVIENTO 71

EL MISTERIO DE LA NAVIDAD 79

ALGUNOS NOMBRES DE CRISTO 85

DE SUS PREDICACIONES 92

RETIRO DE ADVIENTO PARA SEGLARES 1986 92

CUARESMA 113

DE SU DIARIO 113

DISPOSICIÓN A LA CUARESMA 113

MIÉRCOLES DE CENIZA 116

DE SUS CUADERNOS 129

SENTIDO CRISTIANO DE LA CUARESMA 129

RETIRO DE CUARESMA PARA SACERDOTES 132

SACRAMENTO DE LA PENITENCIA 138

EL SENTIDO DE LA CRUZ 158

JESUCRISTO SALVADOR 171

EL MISTERIO DEL PECADO 178

SEMANA SANTA 189

DE SU DIARIO 189

AL HILO DE LOS DÍAS: SEMANA SANTA 189

AL HILO DE LOS DÍAS: LAS RIQUEZAS DE LA PASCUA 198

LA EXPIACIÓN 213

DE SUS CUADERNOS 216

NOTAS SOBRE LA SEMANA SANTA 216

PARA VIVIR LA SEMANA SANTA 225

LA AGONÍA DE GETSEMANÍ 230

NOTA SOBRE EL SALMO MISERERE 255

CHARLAS: SEMANA SANTA 258

DE SUS PREDICACIONES 279

HOMILÍA JUEVES SANTO 1983 279

CONSIDERACIONES SOBRE LA LITURGIA DEL VIERNES SANTO 286

HOMILÍA VIERNES SANTO 1983 289

VIGILIA PASCUAL 295

DOMINGO DE RESURRECCIÓN 301

PENTECOSTÉS 309

DE SU DIARIO 309

PREPARANDO PENTECOSTÉS 309

DE SUS CUADERNOS 327

NOTAS PARA RETIRO DE PENTECOSTÉS 1979 327

RETIRO ESPIRITUAL EN LA VIGILIA DE PENTECOSTÉS 1981 334

NOTAS RETIRO VIGILIA DE PENTECOSTÉS 1982 338

DE SUS PREDICACIONES 341

EL ESPÍRITU SANTO: PERSONA DIVINA 341

EL DON DEL ESPÍRITU SANTO 367

INTRODUCCIÓN

«RESONANCIAS DE UN DIARIO»

Así me gustaría introducir estos escritos del Venerable José Rivera sobre la liturgia y su vivencia que la Fundación José Rivera desea publicar. Vienen a recoger —aunque enriquecidos con otros textos— aquellos primeros Cuadernos sobre los diversos tiempos litúrgicos publicados no mucho después de su muerte. Y que nacieron precisamente como las primeras sorpresas ante el hallazgo de un Diario, escrito del Venerable, que sorprendió a todos, propios y extraños, por su volumen y su transparencia espiritual.

Quien tenga ocasión de acercarse a su Diario constatará que estos textos son resonancias del mismo, en el que refleja esplendorosamente su modo personalísimo de vivir toda su vida «pegado» a la liturgia de la Iglesia madre. Es decir, viviendo siempre al compás del año litúrgico de la Iglesia, fiesta tras fiesta de las que nos propone la liturgia, en la compañía y amistad de los santos que nos acompañan especialmente desde la propia liturgia. Y sobre todo, sabiendo vivir e iluminar todos los acontecimientos de la vida diaria y del ministerio sacerdotal desde el hontanar de la liturgia, que en su valor más profundo es Cristo resucitado y su Espíritu acompañando y fecundando nuestras vidas, en permanente camino de Emaús.

En el tesoro de la liturgia, el Venerable Rivera encontró siempre la ternura de Dios, que lo acariciaba y levantaba una y otra vez de sus desánimos y dificultades. Volver al agua viva de la liturgia era promesa de nuevas gracias y avances en el camino de la santidad siempre buscado y pretendido. Así, al compás de la liturgia, Dios supo hacer con él el camino de su personal historia de salvación. Comenzaba el año litúrgico y cada nuevo tiempo como quien estrena gracia, como quien se abre a la sorpresa del amor de Dios Padre, que en la liturgia gusta de despertar en nosotros la sed de él más fuerte y santificadora.

En un Sábado Santo, de esos ajetreados por la abundante predicación y entrevistas, acompañado por un fuerte dolor de cabeza que «se resiste a las cafiaspirinas», encuentra el momento de ternura divina «tan recalcada en estos días santos», en un detalle concreto:

«Ayer, un tanto al azar, en uno de esos momentos en que estás “haciendo tiempo”, tomé el libro Dios les basta, y lo abrí y topé con aquella frase —ya conocida— de santa Teresa de Lisieux: “Hermana mía, usted quiere la justicia de Dios, y la tendrá. Porque el alma recibe exactamente de Dios lo que de él espera”. Salí llorando, porque en unos momentos en que tengo tan presente mi fracaso, me asegura cabalmente el éxito. Pues, esto es cierto, siempre he esperado de Dios el amor sin más, y lo he esperado en circunstancias, diríamos, desesperantes. Y por ello estoy seguro de recibirlo. Exactamente eso, pero en abundancia infinitamente mayor» (Diario, p. 56).

La liturgia es para don José, junto con la Palabra de Dios, la fuente principal de la vida cristiana y la fuente de todo el vivir del hombre, de la sociedad, de la Iglesia y del mundo. Como el hontanar donde el hombre de fe, que vive del misterio, sabe encontrar siempre nuevas gracias. Es incesante su preocupación por encontrar en la liturgia, sobre todo en la eucaristía, el texto o el momento que ilumina la tarea y la acción concreta, la circunstancia y la prueba que el amor de Dios nos procura cada día y en cada momento. Don José contempla la Iglesia y el mundo, a cada persona con la que trata, como brotando del amor de las personas divinas, que se nos revela amor personal en la liturgia y también se nos comunica eficazmente.

Además, entraba en la liturgia, en el año litúrgico, como pastoreando y sabiendo llevar hasta el altar de la Palabra y de la ofrenda a cada uno de todos:

«Entremos yo y todos los que Dios me ha confiado en el Adviento. Tiempo de gracia peculiar. Esperemos realmente su venida, la arremetida especialmente intensa de su amor sobre nuestro egoísmo disimulado, disfrazado de mil modos. Y esperemos en primer lugar una intensificación de sus iluminaciones para discernir nuestros disfraces de sus confortaciones, para dejarnos desnudar de ellos» (Diario, p. 273).

Así, con frecuencia comentaba esperar más —infinitamente más— de la liturgia, de un tiempo litúrgico fuerte, que de todos los planes pastorales juntos.

El comienzo del año litúrgico es actualización de grandes promesas y gracias por parte de Dios. Abre el horizonte de nuevas gracias, de nuevas acciones de Dios, como una historia de salvación renovada. Frente a esas gracias, don José responde siempre dejándose avivar y espolear en la esperanza cristiana.

El año litúrgico es como el ámbito de vida, celebración y ministerio que le envuelve en su santificación y en su vida sacerdotal. Estima continuamente que es bueno apreciar los «lugares sagrados», pero no menos los «tiempos sagrados». Y por eso se siente en todo momento cuidado por la liturgia, por el tiempo litúrgico, por las fiestas, por la celebración: es la expresión, para él, más sublime del cuidado providente de Dios Padre, que en Cristo y por su Espíritu vuelcan sobre el mundo y la Iglesia su gracia a través de la liturgia.

Además gustaba de testimoniar en la predicación y en la vida que la liturgia es para todo cristiano fuente del agua viva del Espíritu que se nos da abundantemente, como torrentera, para fecundar toda nuestra vida, y para él, sobre todo, su santidad y su ministerio sacerdotal. A muchos sorprendía que don José no «preparaba» inmediatamente las homilías o las charlas, pero todas brotaban en él especialmente enriquecidas por la liturgia celebrada, vivida, saboreada largamente en la contemplación y el estudio. Y hemos constatado todos que, a partir de su vuelta a Toledo, en los comienzos del pontificado de don Marcelo, avivó el gusto de la liturgia con retiros en los tiempos litúrgicos fuertes, con la recomendación del Misal litúrgico para todos, con la invitación a la vivencia de la misa diaria. Ciertamente lo hacía desde el estudio orante de los documentos del Concilio Vaticano II, sobre todo los que se refieren a la Palabra de Dios y la liturgia.

Me gustaría subrayar solamente algunos matices de toda la riqueza que presenta su testimonio y su vivencia constante de la liturgia:

1.- Vivir la realidad

Vivir de la realidad personal, que es Dios, que es la Trinidad, es la obsesión santa de don José Rivera. Y por eso le hemos conocido tan sensible a lo personal, a lo sobrenatural y, por contra, rechazando todo lo que es mentira, apariencia, espectáculo, falsedad, hipocresía, mediocridad…

«Claro que retrocedo, a veces, ante actuaciones concretas, mas cuando me voy dejando llevar de ideas sobrenaturales, de esos conceptos de realidades personales: Padre, Hijo, Espíritu Santo, Virgen María, ángel…, entonces actúo realmente» (Diario, p. 2).

Por la liturgia, todo lo contempla brotando de la realidad primera que es la Trinidad. Si es la oración y la alabanza y la acción de gracias, brota de la contemplación de la grandeza de Dios, de la hermosura del Verbo resucitado, que lo ilumina todo. Si es la vida ministerial, la liturgia es comunión y colaboración con Cristo, sumo y eterno sacerdote, que hay que llevar a la cama de un enfermo, a la predicación apostólica o al corazón de cada dirigido. Si es el resto de la vida, hasta las acciones más naturales, todo nos descubre el amor de Dios Padre y hemos de vivirlo para su gloria.

Por eso para el Venerable Rivera adorar no es simplemente una palabra, sino una manera de vivir, la primera manera de vivir de todo cristiano. Esa manera de vivir que él normalmente iniciaba tan de madrugada con la Liturgia de las Horas y que procuraba no abandonar a lo largo del día.

Don José predicaba mucho contra la desobjetivación, es decir, contra el obrar frente a la multiplicidad de las cosas, no por la visión real de la fe, no por la realidad auténtica. Por eso su insistencia en la fe viva y personal para vivir siempre de la realidad de Dios. Esta falta de objetividad sobrenatural le parece verdadero obstáculo a la santidad. Ello es, en definitiva, falta de fe.

Vivir de la realidad que es Dios y su continuo y providente actuar en la Iglesia y en el mundo, sobre todo, en el corazón de los hombres.

En el año 1971, escribe: «La tragedia de mi vida es que, desde hace años, Dios está intentando revelarme personalmente la realidad del nivel sobrenatural, y yo no me presto dócilmente a recibirla. Y sin embargo, ¡Qué fecundidad la mía, si fuera dócil!» (Diario, p. 19).

Pero no solo en la liturgia, sino siempre don José procura vivir «en la anchura de la realidad». Porque la «realidad» de todo es Dios presente y actuando. Si se trata del conocimiento propio, en la relación con Dios que es la realidad más profunda de nosotros mismos. Si se trata de las cosas, en todas el Verbo encarnado está obrando, está informando y recreando y por eso no encontramos nada sino en él. De ahí don José concluía que propiamente no vamos a Dios desde las cosas, sino que vamos a las cosas desde Dios; o no vamos o no vivimos la realidad o caminamos entre fantasmas.

En un momento concreto, reconoce en él estas tres realidades fundamentales de su vida interior: La inhabitación. La encarnación. La eucaristía. De ellas vive y para ellas. Es decir, del amor personalísimo de Cristo.

2.- Gozo de recibir

Es seguramente la actitud fundamental de la liturgia que don José cuida con especial esmero de fe y esperanza. Porque en la liturgia Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo se hacen presentes, dando y dándose, y nosotros, siempre menesterosos, participamos sobre todo recibiendo.

El gusto de recibir es lo propio de los niños que se saben realmente amados; también de los pobres, que se encuentran verdaderamente necesitados. Y es por tanto el gozo de los espirituales en todo encuentro con Dios.

Mirándose en el ejemplo de Cristo, escribe:

«El hombre tiene —como Cristo— dos aspectos en su única realidad: lo tiene todo recibido, pero lo tiene; es decir, posee realmente una copia no pobre de cualidades. Ahora, Cristo se complace, en primer término, en calidad de recibido, el hombre se complace, casi únicamente, en calidad de posesión. En esto hay grados, pero llegamos, no raramente, al disgusto de recibir: y estamos en pleno pecado mortal de soberbia» (Cuaderno de estudio, p. 983).

El pecado principal de los ángeles y de los hombres es la soberbia o la autosuficiencia frente a Dios, que la liturgia continuamente purifica para construirnos en la verdad.

La liturgia nos enseña y capacita para recibirlo todo de Dios y siempre, pues él es el que da puro amor y nosotros lo recibimos.

3.- Luminosa humillación

Es la misma de Cristo, la que nos viene de él, en todo el Evangelio: «El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras» (Juan 14, 10) . Porque la liturgia de la Iglesia le recuerda continuamente que la obra no es suya, sino del Padre, de Cristo. Y la liturgia le actualiza siempre la verdad de que el Espíritu Santo es el obrero de todo y nosotros humildes colaboradores.

Preparando la renovación de las promesas sacerdotales en la misa crismal, escribe:

«La simple lectura de las promesas, que voy a renovar dentro de unas horas, me ilumina más intensamente todavía mi vida como una “catarata de desastres”. Y como una fidelidad amorosa y omnipotente de Cristo, del Padre, del Espíritu. Pero hay que cambiar casi todo… No se trata de propósitos míos, sino de confianza en la acción del Espíritu y en abundancia consecuente de oración» (Diario, p. 53).

Toda la seriedad de la liturgia, que nos abre al misterio, a la adoración y contemplación de Dios y a la entrega y ofrenda por los hermanos, brota de la seriedad con que en la liturgia Dios trata al hombre, lo toma en serio. Por eso la liturgia no será nunca una broma, una comedia o un espectáculo.

4.- Inquebrantable esperanza

Bebía a borbotones la esperanza y la confianza en la gracia y en el amor de Dios, en la liturgia, y luego la proyectaba en la vida de cada uno, con esa irrefrenable sonrisa de la acogida.

Un 9 de Diciembre, pero del año 1963, meditando los textos de la misa de Adviento, Isaías 40, 25-31, Salmo 102 y Mateo 11, 28-30, —creo que corresponden al miércoles de la segunda semana— escribe:

«¡La enorme figura de Yahvé en las palabras de Isaías! El texto es 40, 25-31. “¿A quién podéis compararme que me asemeje? —dice el santo—. A nadie por cierto. Y esta inextinguible sed de aristocracia; esta complacencia de mi propia distinción, este gusto en los elogios de Sócrates, cuando Alcibíades, en su alabanza, dice que es distinto a todos, ¿dónde pueden saciarse sino en la contemplación de mi Padre? Pues se trata de mi Padre, sin más; de quien tiene tal empeño en serlo, que se pasa la vida persiguiéndome, acariciándome, hiriéndome, esperándome, acechándome, alcanzándome, como sea, para ser mi Padre. El que ha tenido la paciencia de aguardar —y no era la primera vez— cinco años seguidos, enteros, para poder llamarse con verdad, una vez más, Padre mío. Creador de todo, y de cada cosa, y de cada persona; el que “a cada uno lo llama con su nombre…” ¡Dónde se ha ido, Dios mío, la sensación de desánimo, de tristeza! Basta un contacto tan somero con él para que las nubes tenebrosas se iluminen a la luz del que es luz, y se disipen al soplo de su Espíritu. Pues Isaías sabía que Dios era poderoso, creador, sabio, eterno, consolador…, pero nada sabía de que era Padre, ni de que espiraba al Espíritu personal, cuyo templo soy en Cristo» (Diario, p. 17).

Don José vivió con la viva esperanza de recibir el don de la santidad heroica. Un deseo y una certeza que nunca le faltó: «Jamás —ni en las peores circunstancias— parece que he renunciado a recibir la santidad heroica. “Aunque me quite la vida esperaré en él”» (Diario, p. 57).

5.- Hambre y sed del Espíritu que brota de la liturgia

Don José Rivera supo beber abundantemente este don en todas las fuentes que Dios le ofreció a lo largo de su vida: La eucaristía, la oración, los sacramentos, la Iglesia, la cruz y las humillaciones, la expiación abundantísima, también los hombres y la creación, la belleza y la poesía de la vida, en todos sus gestos y «sacramentos»…

Pero todas estas fuentes tienen un origen y un sabor comunes: la intimidad con Cristo, de quien brota el agua viva; Cristo esposo, entregado y arrebatador, con quien convive siempre, pero sobre todo en las noches de adoración y vigilia, estudio y contemplación, poesía e intimidad divinas:

Por otra belleza lucho

y en otra viña me empeño;

y habré de matar mi sueño,

aunque el sufrir sea mucho.

Me enloquece un más y más

que irresistible detrás

de sí me arrastra y apura.

Sublime, ignota hermosura

sin materia, ni figura

que nadie gustó jamás.

Un ejemplo concreto puede ser el recuerdo de la vivencia de una misa crismal del año 1972:

«La misa crismal, auténtica maravilla, me sumió en una situación de sereno gozo humilde. ¡Esta presencia del Espíritu! Porque aunque poco, realmente amo al Espíritu Santo. Verdad que me brotan espontáneas las visiones sobrenaturales con sus dos aspectos, cada uno de los cuales acrecienta la claridad del otro. ¿Qué sería yo ahora si hubiese sido fiel al Espíritu, al menos desde aquellos días de Salamanca, en que estudié el tratado de Trinidad?» (Diario, p. 53).

La vivencia de la liturgia le ilumina sobre todo el camino que el Espíritu Santo se va abriendo en su vida sacerdotal y en su personalidad cristiana total; es el empeño de conversión y purificación continuas; es el deseo vivo de la comunión eucarística, fuente principal del Espíritu porque en ella está Cristo comunicándolo.

Todo su empeño de madurez no busca el autodominio y menos aún manifestar cualidades humanas especiales, sino el señorío de Cristo sobre él, que busca vivir.

Vivía sobre todo la eucaristía sacerdotalmente, corredentoramente con el hambre y el deseo de recibir el amor de Cristo, el amor de las personas divinas a la luz de la expresión de san Juan de la Cruz, que cita así: «Dios se da al alma para que pueda darle a quienquiera» (Diario, 1983).

Esta presencia activa y amorosa de las personas divinas, del Espíritu Santo, es su fe y esperanza. Y la liturgia es la fuente de este amor y ternura. En eso permaneció y murió.

José Luís Pérez de la Roza

1 EL AÑO LITÚRGICO

DE SU DIARIO

SU VOZ EN LA LITURGIA

Seguridad en que Dios me salva; experiencia de la faena ya efectuada. Y relato, necesidad de relatarlo a los demás: «magnificad conmigo al Señor; exaltemos juntos su nombre».

Pues me encuentro débil para la tarea; busco colaboradores, compañeros en la celebración. Y entonces el breviario y la misa —sobre todo la misa— eran —y están volviendo a ser— necesidad psicológica en mi labor de celebración. Porque también los demás son improporcionados a este altísimo trabajo de glorificación. Y entonces él acude a esta debilidad. Y en la liturgia me presta su voz misma. Y el Padre queda suficientemente loado por la voz de Cristo, que brota de mis propios labios.

Multiforme es el amor a mis propios ojos cegatos; pero Cristo posee todas las formas, porque Cristo es el amor. Y yo mismo —¡yo mismo, con esta potencia que experimento contrastando con la flojera de cuantos circundan!— quedo desbordado, vencido, incapaz de amar como él, de competir con él, ni muy de lejos. «Aunque el hombre diera toda su hacienda, sería reputado por nada». Mi hacienda es todo mi ser. Y todo mi ser no es nada en esta competición inimaginable. Cuando me comparo, aun sin querer, con los hombres que conozco, con los hombres cuyas noticias me llegan en biografías, en escritos confidenciales; con el hombre tipo que me ofrecen los estudios de psicología, yo me veo egregio, es decir, fuera de esa grey, superior, al menos en deseos. Si atiendo a una vieja y amada definición de Ortega, captada amigablemente hacia los 14 años, según la cual hombre selecto —es decir, separado de la masa, en suma egregio— es aquel que se exige más que los otros; siempre he podido considerarme egregio —y el trato frecuente con los hombres me ha confirmado, intensa e indestructiblemente, en tal convicción—, pero cuando me enfrento con Cristo —el que ama— me veo, al contrario, como el incapaz de amar, si no es por el deseo. Pero entonces, reducido a límites, encerrado en mi estrecho terruño (yo, a quien todo el mundo llama exagerado, es decir, salido de la tierra, de los confines) puedo esperar de él que me salve de la mediocridad.

Y tal es el misterio al que no he logrado ni siquiera asomarme. Si los hombres desean —y necesitan— sentirse amados, saborearse asegurados, si Cristo ama a cada uno de esos hombres y es su única seguridad, ¿por qué no se encuentran tales amores?

«Gustad y ved cuán bueno es el Señor». Y este es el arcano. Que casi nadie ha gustado la bondad —la amabilidad— de Cristo.

Y esta es mi tarea: gustarla y manifestarla a todos. Enseñarla, atestiguarla. En la medida que la gusto, la deseo y deseo que sea deseada; en la medida que la deseo y la gozo, hablo de ella y espero en ella, y siento que no sea conocida. Y en la medida que espero y deseo, mi testimonio se carga de la fuerza divina, del Espíritu, del aliento de Dios, que se me transmite a través de esa confianza. Y entonces mi palabra es eficaz, porque lleva ese aliento divino. Tal es el misterio del apostolado.

Y tal la explicación —y esto es claro— del fracaso rotundo de tantos ensayos apostólicos. Que no llevan ni la palabra, ni el aliento del Padre. Hablando exactamente: que no son apostolados…

(Diario, 70-71)

DE SUS CUADERNOS

EL AÑO LITÚRGICO: SENTIDO Y REVISIÓN

1.- Introducción

La vida cristiana es «vida de hijo de Dios», plenamente filial, que recibimos del siempre inicial amor del Padre, por la gracia del misterio salvador de Cristo y en la comunicación del Espíritu Santo.

Esta vida no se recibe en abstracto, sino entrando en comunión, en comunicación real y ontológica con las personas divinas. Y esto en la Iglesia; nunca al margen o fuera de ella. Ya en el credo confesamos a la Iglesia como obra del Espíritu Santo que actúa en ella. Por eso nuestra vida de hijos de Dios es vida también de hijos de la Iglesia: recibimos de la Iglesia, tal como ella es y existe; y hemos de saber recibir lo que ella nos quiere comunicar.

La Iglesia nos vivifica y hace crecer sobre todo por la liturgia: sacramentos, Liturgia de Horas, continuamente celebrados para hacer eficaz el misterio de la redención de los hombres. Al ritmo del año litúrgico, la Iglesia madre alimenta y vivifica a sus hijos para llevarlos a la plenitud de la madurez en Cristo.

El año litúrgico es entonces la celebración continuada y progresiva que la Iglesia, movida por el Espíritu Santo, realiza del misterio salvador de Cristo, por cuya «memoria» nos vamos configurando cada vez más perfectamente a Cristo, se nos comunica vitalmente el Espíritu Santo y llegamos a ser plenamente hijos de Dios Padre y hermanos de todos los hombres: santos.

Cada tiempo litúrgico —Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua, Pentecostés, Tiempo Ordinario— y cada fiesta o domingo nos va revelando y comunicando distintamente este amor que nos hace hijos de Dios. Cada acto redentor de Cristo, que celebramos en la liturgia, tiene su matiz específico: expresa y comunica algo de la riqueza insondable que es Cristo, el Padre y el Espíritu. Al celebrarlo nos enriquece y personaliza en esa línea del misterio celebrado.

2.- Sentido fundamental de todo tiempo litúrgico

Tomamos como ejemplo el tiempo de Adviento, pero estos son criterios que pueden aplicarse a cualquier tiempo.

El Adviento es el tiempo litúrgico con el que la Iglesia comienza la celebración de los misterios de la vida de Cristo, a lo largo de todo el año litúrgico.

Nos prepara directamente a celebrar la Navidad, nos recuerda la primera venida de Cristo y más profundamente nos dispone a vivir el encuentro definitivo con Cristo al final de nuestra vida y de todos los tiempos.

Las actitudes que suscita en nosotros el tiempo de Adviento deben ir avivándose a lo largo de todo el año.

En la liturgia, lo fundamental, lo primero es «contemplar para poder recibir»:

a) La iniciativa amorosa del Padre:

Este tiempo de Adviento es manifestación de la iniciativa amorosa del Padre que quiere salvar a todos los hombres en Cristo, su Hijo muy amado, por la comunicación creciente del Espíritu. Y no ha dudado en hacer lo imposible para llevar a cabo este plan de salvación.

El Adviento resume para nosotros eficazmente todo el Antiguo Testamento y así nos hace conocer y gozarnos y recibir el amor infinito del Padre que ha creado todo y ha dispuesto todo desde antiguo, a lo largo de toda la historia del mundo y del pueblo escogido, para nuestra salvación.

Conocemos así el amor de Dios Padre creador y salvador, su sabiduría infinita, su deseo de comunicarse a los hombres, su misericordia y perdón ante el misterio del pecado de los hombres, su ternura insobornable al redoblar continuamente sus ofrecimientos, su acción incansable en la historia.

La fuente de la vida en la liturgia es el Padre, dador de todo don, porque es la fuente de la vida trinitaria misma, en cuyo seno se inserta la liturgia misma.

b) La acción redentora de Cristo:

Cristo, que está viniendo continuamente, actúa siempre en su Iglesia por laliturgia. Él es el sumo y eterno sacerdote, presente en toda acción sacerdotal. Y actúa eficazmente, porque él es quien nos salva, redime, eleva, diviniza…

Dejamos que Cristo actúe en nosotros para que nos introduzca en sus misterios: encarnación, nacimiento, vida oculta, muerte y resurrección, glorificación…

Así vamos creciendo en el conocimiento sabroso, amoroso, confiado, eficaz que Cristo nos tiene a cada uno y cuyo origen es el amor eterno del Padre al Hijo y a nosotros en él. Cristo nos da a conocer y a participar en la liturgia de todo este misterio.

Por eso la liturgia no es mero recuerdo, sino realización, acto real de Cristo sacerdote. Y nosotros podemos «reaccionar» a su acción, en la medida en que nos dejamos mover por el Espíritu Santo.

c) Acción santificadora del Espíritu Santo:

El Espíritu de Cristo, que es santo y vivificador, santifica a la Iglesia, esposa de Cristo, especialmente en la liturgia y siempre en conexión con ella.

Es en la liturgia donde el Espíritu Santo nos es dado abundantemente, como comunicado por el Padre y el Hijo.

El Espíritu Santo nos dispone, nos abre a recibir todo lo que el Padre y Cristo nos quieran dar. Nos impulsa continuamente a contemplar a Cristo y a amarle, y en él al Padre. Él trabaja incesantemente en nosotros la purificación de nuestros pecados, la perfección de nuestra santificación.

Este impulso remata siempre en vida de adoración y glorificación, que vienen de arriba, de la liturgia celestial.

d) En la Iglesia:

La liturgia es obra santificadora de las personas divinas en la madre Iglesia. Porque «solo» en la Iglesia actúan y se revelan y comunican las personas divinas. Dios Padre convoca a su Iglesia en atención a Cristo, para entregarla a su Hijo, como regalo de bodas. Cristo es principio de vida para cada hombre, en la medida en que está integrado en la Iglesia que es su cuerpo. Y en el seno de la Iglesia, como en el seno de María, el Espíritu Santo quiere «formarnos», darnos forma a nosotros que somos «informes»; nos forma formando a la Iglesia, unificándola, purificándola, asistiendo a la jerarquía, también en las realizaciones litúrgicas y asistiendo también a los fieles para que reciban lo que por la jerarquía les es dado. «De este modo la Iglesia aparece ante el mundo unificada por virtud y a imagen de la Trinidad, como cuerpo de Cristo y templo del Espíritu, para alabanza de la infinita sabiduría del Padre» (Prefacio dominical).

Por todo esto hemos de crecer en la conciencia y en la actitud de recibir en la Iglesia, sobre todo y especialmente en la liturgia.

Todo esto se nos comunica en la sabia trabazón de tiempos y fiestas, domingos y días de feria, celebraciones de María y de los santos.

También es eficaz la liturgia en la palabras —sobre todo la palabra de Dios proclamada— y en todos los signos y gestos litúrgicos. En todos ellos, hasta los más simples que estructuran y embellecen la liturgia, las personas divinas se nos quieren comunicar eficazmente.

De ahí la importancia de calar su sentido, de profundizar su significado, de penetrar la riqueza de su contenido, de «traducir» (normalmente se suele traducir para entender y saborear mejor una cosa) tanta gracia que Dios nos regala en la liturgia.

3.- Nuestra postura ante la liturgia

Ya hemos recordado algunas posturas. Señalamos ahora ordenadamente otras.

a) Visión de fe:

El año litúrgico, sus tiempos y celebraciones, miran sobre todo a acrecentar nuestro conocimiento de las personas divinas, como ellas son. En definitiva, en esto consiste la vida. Conocimiento de sus atributos, de sus cualidades, de su manera de actuar con los hombres, de sus planes sobre mí y sobre todos los hombres.

Visión de la sabiduría del Padre, que me da a conocer en el desarrollo del año litúrgico la perfección misteriosa de su plan de salvación, la realización progresiva y siempre admirable y «escandalosa» del mismo en la historia. Sabiduría que nos es expresada, hablada, dicha para nosotros en Cristo y que puedo disfrutar, gozar y saborear por la íntima comunicación del Espíritu Santo.

b) Actitud contemplativa:

Por todo lo que venimos diciendo, lo más importante es contemplar: «mirar a Cristo», fuente de este conocimiento y comunicación. Crecer en una atención amorosa cada vez más continua del misterio que celebramos y que quiere centrar todo el día, todo el domingo o fiesta, toda una temporada o toda nuestra vida.

c) Adoradores en espíritu y verdad:

Adorar significa dejarse divinizar cada vez más, «entusiasmados» por el misterio. Movidos por el Espíritu Santo para adorar al Dios tres veces santo; iluminados, aclarados por la verdad que es Cristo, es decir, hechos verdaderos hijos de Dios. En actitud gloriosa y glorificadora de la Trinidad.

d) Esperanza cierta:

Deseo confiado de recibir fructuosamente toda esta gracia por la seguridad de la acción de las personas divinas, por la certeza de la acción de la Iglesia.

Necesidad de purificar continuamente la esperanza, liberándola de deseos malos, inútiles, falsamente mesiánicos que distraen del misterio.

e) Crecimiento continuo:

La vida divina se nos comunica purificándonos y divinizándonos en progresión siempre creciente. De ahí la importancia de una actitud receptiva cada vez más pura.

El año litúrgico y su forma progresiva de celebración modera y equilibra en nosotros el deseo de recibir, la urgencia de responder a tanta gracia, la atención sosegada a la voluntad de Dios, la paciente espera de los frutos.

Para prepararse mejor a cada tiempo litúrgico o fiesta es preciso meditar despaciosamente los textos de la misa y de la Liturgia de Horas. Ayudará también leer algún documento bíblico con sabor espiritual y sapiencial y algún estudio de la liturgia en general o de los distintos tiempos litúrgicos.

Es muy necesario y conveniente saber integrar y acomodar a la liturgia, en sus tiempos y fiestas, las diversas formas de la piedad personal (adoración al Santísimo, rosario, viacrucis…), para que así ayuden más eficazmente a la perfección de toda la personalidad cristiana, unifiquen y enriquezcan la vida cristiana. Y esas devociones y sus formas de expresión tengan siempre a la liturgia de la Iglesia como fuente última de inspiración y moderación.

(Notas para la reflexión)

CRITERIOS Y REVISIÓN DEL AÑO LITÚRGICO

La vida del cristiano es vida de hijo de Dios, vida plenamente filial que recibe del Padre por Cristo en el Espíritu Santo. Esta vida no se recibe en abstracto, sino «en» la Iglesia, nunca al margen de ella o fuera de ella.

1. Elementos fundamentales:

—Presencia activa y eficaz de las personas divinas: acción fontal del Padre, entrega continua-eterna del Hijo, donación muy eficaz del Espíritu Santo.

—Palabra de Dios especialmente proclamada, sobre todo, en los tiempos litúrgicos que llamamos «fuertes». Palabra siempre eficaz y transformadora.

—Signos y gestos litúrgicos, expresivos y eficaces para comunicarnos los misterios de nuestra fe.

—Celebración de todos los misterios de la vida de Cristo: verdadera comunión —simultaneidad— con ellos. También celebración del misterio de Cristo en María y en los santos.

2.- Visión de fe

Examinar la visión de fe del año litúrgico como gracia de Dios ofrecida en la Iglesia. Sentido de indignidad, de necesidad de esta gracia. Visión de la sabiduría del Padre que manifiesta el año litúrgico, expresada en el Hijo que es la sabiduría y comunicada interior y sabrosamente por el Espíritu Santo.

Conciencia de la eficacia del año litúrgico bien vivido, por la acción del Espíritu Santo que actúa en la Iglesia. Deseo confiado, receptividad continua a la acción litúrgica, a la iniciativa divina que manifiesta. Atención a la liturgia que vivo desde todos los campos de mi vida: trabajo, estudio, oración, lecturas, santificación personal, abnegación, visión de la Iglesia, visión del mundo, organización de la vida (del día, de la semana, del ritmo del año). Contraste que experimento con la organización del tiempo y del descanso que vive el mundo.

Conocimiento de las personas divinas que me comunica la liturgia: sus cualidades, sus atributos, su manera de actuar, sus acciones en los hombres y en el mundo, sus deseos, su acción en mí.

«Mentalidad» litúrgica que se me va desarrollando: perfectamente integrada. Que integra los diversos niveles de mi persona en orden a la santidad: sensibilidad, manera de ver las cosas y los hombres, criterios, posturas, deseos…

El año litúrgico como cristificación, configuración con Cristo continua: comunicación eficaz, inmediata del misterio de Cristo, entrando en comunión real con él, con su vida aquí en la tierra. Acción continua de Cristo sacerdote, con toda su eficacia…

Necesidad de recibir y de cooperar a esta actividad de las personas divinas y de la Iglesia como miembros vivos del cuerpo místico…

3.- Adviento

Deseo de Cristo, Hijo de Dios, Verbo eterno y verdadero hombre. Deseo de Cristo como salvador. Conciencia de la necesidad de ser salvado, de ser liberado. Conciencia de la necesidad que tiene la Iglesia y cada uno de los hombres. Verdadera necesidad de salvación: profundidad que adquiere el criterio en mi vida real; manifestaciones…

Actitud de esperanza: ver la virtud en general. Deseo confiado, continuo, permanente, radical, sin fisuras de esta salvación para mí y para los demás.

Objetos de mis deseos: abnegación continua de apegos. Deseo de la vida eterna, del encuentro definitivo con Cristo. Conciencia de los obstáculos que pongo. Planteamiento cada vez más consciente de toda la vida como un continuo adviento de Cristo a mí y a los demás. No solo preparación para la Navidad, sino para todo el año litúrgico.

4.- Navidad

Amor a Cristo, Verbo encarnado para mí, porque es complacencia del Padre y del Espíritu Santo, porque nos es dado para esta complacencia perfecta y eterna. Intimidad con Cristo esposo.

Tendencia fácil y gozosa a la oración: intimidad consciente y explícita. Contemplación abundante de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

«Intercambio que nos salva»: si mi vida va teniendo sentido centrada en Cristo.

5.- Epifanía

Manifestación de Cristo a todos los hombres. Si le reconozco en sus distintas manifestaciones y presencias. Y con fuerza y expresividad (Inhabitación, liturgia, sacramentos, Iglesia, pobres, sufrimientos, humillación, cruz, superiores…). Si voy siendo manifestación de Cristo cada vez más luminosa, más clara, más reconocible.

6.- Tiempo anterior a Cuaresma

Nos presenta la vida cristiana como seguimiento de Cristo. Conciencia de haber sido llamado ya desde el bautismo: iniciativa divina; Cristo ha venido a llevarme consigo.

Vida de santidad, como vida de relaciones personales con las personas divinas y por ello también con los demás y con el mundo. Cristo me introduce, es mediador, siempre desde él. A partir del bautismo.

Llamada a la santidad, a la plenitud de la vida divina en Cristo: «Este es mi Hijo muy amado, en quien me complazco. Escuchadle». La vida cristiana como complacencia en Cristo, como escucha del que es la única palabra que tiene el Padre.

Certeza de la llamada a la santidad. Manifestaciones de esta llamada: seguridad, confianza… Esperanza de seguir. Criterios equivocados frente a esta llamada que todavía me funcionan: que es difícil; que solo llama a algunos; desconocimiento; la dificultad de mis pecados e infidelidades…

7.- Cuaresma

«Está cerca el reino de Dios; convertíos»: actitud continua de conversión ante Cristo, siempre presente.

a) Bautismo: gracia de filiación divina, deificación, elevación al nivel sobrenatural. Si lo vivo de manera habitual, consciente y gozosa. Si lo valoro debidamente. Si lo agradezco como don inmerecido. Consecuencias de esta vida divina: en mi pensamiento, en mis deseos, en mis sentimientos, en mis actuaciones… a lo divino. Trabajo, como colaboración con la gracia para desarrollar todas las «virtualidades» del bautismo.

b) Penitencia: vida divina rechazada por el pecado. La realidad de mi pecado; su gravedad en lo que tiene de específico. Importancia real que le doy (humildad, prudencia y medios que pongo para evitarlo…). Ofensa a Dios. Horror al pecado, mi ser de pecador. Necesidad de penitencia. Contrición.

Deseo de purificación que el mismo Cristo me comunica: de mi pensamiento (errores, vanidades, pensamientos inútiles, criterios falsos…). De mi afecto (desarreglos respecto a personas o cosas…). De mis tendencias corporales (gustos, comodidades…).

c) Oración: gracia de trato real con las personas divinas. Conciencia de relación personal. Frecuencia. Sentido de indignidad. Oración continua. Intercesión y petición: criterios; experiencia…

d) Limosna: desprendimiento hasta de lo necesario. Tendencia a la pobreza efectiva. Capacidad de donación de sí mismo. Sentido de administración. Actitud de providencia.

e) Ayuno: «Mi comida es hacer la voluntad del Padre». Qué cosas me «alimentan», me descansan. Negación del alimento natural, en todas sus formas, para acceder más fácilmente al gusto y deseo espiritual.

f) Mortificación: criterios. Abundancia. Muerte continua al hombre viejo, carnal. Espíritu de sacrificio, de cruz, como tendencia de identificación con Cristo. Tendencia al conocimiento de Cristo que se manifiesta en la cruz. Realizaciones prácticas de una vida mortificada.

8.- Jueves Santo

a) Sacerdocio: conocimiento, aprecio, conciencia de presencia personal de Cristo, buen pastor. Actitudes que lo significan en mí.

b) Caridad fraterna: presencia de Cristo en los demás, especialmente en los pobres, en los que sufren… Tendencia creciente a la caridad universal, total en cuanto a mi entrega, en cuanto a todos. Manifestaciones diversas de egoísmo…

c) Eucaristía: presencia sacramental, real de Cristo mismo. Deseo, aprecio, valoración real (ver manifestaciones de ello), sentido de indignidad, adoración, comunión (con todos sus matices y efectos). Criterio de todo esto y su eficacia en mí.

9.- Viernes Santo

Tendencia a contemplar a Cristo crucificado.

Sentido de cruz: amor a la cruz, a los padecimientos, a la humillación. Búsqueda gozosa. Deseo de compartir los padecimientos de Cristo, de completar lo que falta a su pasión.

Intercesión, expiación, sentido del valor redentor del sufrimiento. Criterio y realizaciones prácticas.

10.- Resurrección y tiempo pascual

Gozo sin más de la glorificación de Cristo, de que viva glorioso en el cielo, de su triunfo definitivo, eterno.

Conciencia de que vive siempre para interceder en nuestro favor, de que nuestra fe tiene sentido a partir de su resurrección.

Deseo del cielo de vivir los bienes eternos, gozándome en Cristo mismo. Deseo de estar con nuestra cabeza, de participar plenamente de su gloria.

Cristo resucitado nos hace testigos de su resurrección: testimonio. Apostolado. Celo apostólico…

11.- Pentecostés

Madurez cristiana: relación personal, consciente y amorosa con el Espíritu Santo. Principio vital de todos los actos del cristiano. Espíritu de adopción: «Los que se dejan mover por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios». Docilidad a sus impulsos.

Apertura al don del Espíritu Santo, como fruto de la muerte y resurrección de Cristo. Incluso como fruto de todo el año litúrgico. Apertura continua porque es el verdadero don.

El misterio de la Iglesia: fruto del amor fecundo de Cristo y animada por el Espíritu Santo. Visión de fe: jerarquía, distintos miembros. Conocimiento y amor a la Iglesia y deseo de que sea conocida y amada por todos, como signo de salvación. Esposa de Cristo; cuerpo místico que anima el Espíritu Santo. Los cristianos como miembros de este cuerpo, en cuanto que son uno con Cristo y templos del Espíritu Santo.

12.- Tiempo ordinario

«El Espíritu Santo os lo recordará todo». Atención al Espíritu Santo en la liturgia. Escucha continua a Cristo. Maduración consciente y creciente en los distintos misterios y actitudes que se me van proponiendo. Conciencia de crecimiento, de maduración, de plenitud y totalidad, de acabamiento.

Permanencia y crecimiento en las distintas virtudes que se me ofrecen en cada tiempo y que crecen y se perfeccionan ahora.

Examinar en concreto los misterios que miran al fin: cielo, infierno, purgatorio, juicio, pecado, condenación… Su repercusión real en toda mi vida, como estímulo, como fuerza de relativización de todo lo de acá.

13.- Fiestas de María

Conocimiento de la presencia de María en el misterio de Cristo y de la Iglesia según el plan de Dios. Su aplicación a mi vida. Atención a la presencia de María en la liturgia.

Relación con ella: conciencia de su maternidad, de su intercesión continua. Actitud verdaderamente filial. Complacencia y confianza, seguridad y abandono. Devoción: manifestaciones. Crecimiento en esta relación filial, tal como Dios me la ofrece en la Iglesia y en la liturgia.

14.- Fiestas de los santos

Conciencia de la realidad de los santos y de nuestra comunión con ellos. Conciencia de su presencia, intercesión y ejemplo que la Iglesia me ofrece. Testigos privilegiados de Cristo, de su bondad, de sus perfecciones, de su gloria, de su riqueza insondable. Testigos de la potencia de la gracia.

Relación real con ellos: acudir a su intercesión. Edificación con su ejemplo. Vivencia del misterio de la comunión de los santos que es vivencia creciente del conocimiento, de la relación, del dejarme hacer, de la caridad, del perfeccionamiento de los santos sobre mí y sobre toda la Iglesia.

(Notas para la reflexión)

1 ADVIENTO Y NAVIDAD

DE SU DIARIO

AL ACERCARSE EL ADVIENTO

Comenzamos la última semana antes del Adviento. Y la comenzamos con la solemnidad de Jesucristo Rey. Invitación a la esperanza: el que viene es el Señor, por lo mismo viene con poder y se abre camino él mismo.

Las incitaciones interiores, en la medida que deban ser cumplidas, pueden todas cumplirse. Apertura al Espíritu. Procurar recoger —si me es posible en un día de retiro, si no pudiera ser, al menos con más largos ratos de oración— las iluminaciones de la última época, para llevarlas a cabo en cuanto me sea concedido.

Ha habido durante mucho tiempo una iluminación intensa y, con sus deficiencias, operante, respecto de la expiación, la calidad de víctimas.

Parece llegado el tiempo de realizarla. El Adviento debe sin duda teñirse para mí de esta totalidad expiatoria, victimal. He de contemplar abundantemente la cruz de Cristo: en las realizaciones sacramentales; en la oración: meditaciones, viacrucis…; en la actividad: advertencia gozosa a la contradicción corporal o psicológica; práctica esmerada de mortificaciones físicas (ayuno en todos los aspectos) y de combate contra la impulsividad.

El conocimiento amoroso de Cristo víctima se recibe sobre todo partiendo de los sacramentos, compartiendo la contradicción en el correr del día y revolviendo todo en el corazón. Esta es la faena propia de este Adviento que va a empezar.

Naturalmente, sin exagerar, va siendo más probable, según va pasando el tiempo, que mi actividad exterior merme. Como era de esperar, voy sintiendo cansancio en ocasiones en que no hace mucho mi cuerpo resistía perfectamente. Inevitablemente la gente se irá apartando…

Pero las actitudes fundamentales, con expresiones distintas ahora: la oración, el mérito, la expiación…, esas no solo perviven, sino que crecen en vitalidad.

Pues dependen no más de la caridad. Por el momento, no obstante, esa situación todavía apenas se plantea, y el testimonio ha de ocupar su lugar capital en mi estilo de vida. He de apresurar las determinaciones testimoniales. El despojo de muchas cosas; la imagen ofrecida hacia fuera… Espero que este año litúrgico la actividad litúrgica del Señor en la tierra aporte tales modificaciones, en la intensidad y maneras, muy notablemente.

El motivo de la esperanza es el de siempre: cuando Dios hace desear algo —y conozco que me lo hace desear él, porque no hay lugar al egoísmo, a la carne que siente cabalmente lo contrario—, nos está preparando para recibirlo.

La certidumbre, un poco más sentida que en cualquier otra época, de la enfermedad gravísima de la sociedad, aun en lo interior de la Iglesia, y de mi responsabilidad y poder de ayuda a la salvación, indica la cercanía de gracias salvíficas por recibir.

El Adviento —con dedicación especial de este templo que soy yo mismo, dedicación al culto, en exclusiva, con eliminación de otros menesteres, con esmero en la limpieza, en el decoro, en el esplendor del culto divino— ha de disponerme a esta transformación de claridad en claridad.

Pensar, ante todo, en el incremento de la oración: intensidad y tiempo… Es lo primordial.

Día 27 de noviembre

Oración de 5,15 a 7,15. Estamos a martes: quedan 4 días enteros para comenzar el Adviento. Pienso que es hora de iniciar la actitud práctica de espera: intensificación de la oración y del ayuno.

Procurar rematar las lecturas «profanas» para dejarlas el Domingo.

Abandonar toda la satisfacción del gusto y acelerar la eliminación de comodidades. El valor de la cruz, de la mortificación, de la «incomodidad», del dolor, para encontrar a Cristo. Pues desde la cruz nos atrae y allí, por tanto, ha de ser encontrado.

Capital es la impetración: multiplicar las peticiones de luz y vigor, en orden al ejercicio del desprendimiento práctico. El encuentro con el Señor en la comida eucarística se proporciona con el abandono de los gustos de alimento terreno.

La dejación de todos estos días: he abundado en menudas satisfacciones materiales. Solamente las posturas han mejorado: mucho más raramente me he sentado en butacas, sillones… En cambio, en la comida ha sido regalado.

A partir de mañana he de comenzar-recomenzar, pero extremando la realización de mis visiones: existencia muy austera en todos los campos.

Notablemente austera: notable para mí, que debo recibir la revelación de Cristo crucificado, pobre, identificado con los que sufren en la tierra… Notable para los demás, que han de recibir un choque con los minúsculos actos en cada terreno.

No debo centrarme, intentar centrarme en varios puntos: sino des-centrarme de ellos, y dejarme centrar, v. gr., en el ayuno de comida y bebida, en la austeridad de las posturas corporales. Y luego, en el Adviento, en la exclusión de las lecturas no espirituales o teológicas. Incluidos, en cambio, los estudios de psicología.

Repasar las motivaciones para la austeridad: dedicar una «vigilia» al asunto. Podría simplemente comenzar una noche antes o acabar una mañana más tarde… Que pueda tomarme varias horas seguidas…

Valor de la expiación: necesidad peculiar de la época…

Quizás mi «problema» se reduzca a la lentitud. Desde que contemplo cualquier realidad, incluso como aliciente, hasta que comienzo a practicarla en la caridad, transcurren de ordinario muchos días y aun meses. Quizás debería estar más atento a las minúsculas realizaciones. Una por una, una tras otra.

Escribo dubitativamente: quizás, quizás… pues no estoy cierto de que sea verdad lo escrito. Pues quizás sea tal mi idiosincrasia que precise de esta lentísima asimilación. Con tal, desde luego, ciertamente ahora, de que camine, aun despaciosamente.

Y, sin embargo, mi rapidez general ¿no indicaría que lo peculiar en mí es cabalmente la realización pronta de lo entrevisto?

Dejemos abiertas las posibilidades: intentemos, para probar, hacer así: prontamente, cosa tras cosa, algunas de las prácticas que me ocurren reiteradamente. Primero las más fáciles, las más gustosas o menos costosas.

Después, una por una, las demás. Verdad que apenas llevada a cabo una posibilidad vienen a ofrecerse siete más. De ahí la duda: ¿qué género de vida sería ya el mío si hubiera practicado una tras otra tantas ideas como me han ido viniendo a las mientes desde hace seis o siete años? Creo que podría hacer larga lista de actos y modos suprimidos o instaurados en pocos años. Mas el camino de la supresión y de la acción es interminable. Y en el camino soy acrecentado en robustez de amor.

El ciento por uno… ¡Qué sugerencia de apremio! Notar que una de las primeras consecuencias del ciento por uno, simultánea con otras, es la apertura de cien nuevas «renuncias», aún no experimentadas como tales.

En todo caso he de tener paciencia con mi torpe caminar en zigzag… Los retrocesos, los «descansos» caben tornarse en progresos de humildad y comprensión y paciencia y esperanza… y, sobre todo, en conocimiento del amor de Cristo…

La repetición, no buscada, de estas ideas, de estas aspiraciones parece indicar proximidad de donación por parte de Dios. Muy probablemente me halle en los umbrales de una «vida nueva», incomparablemente más saturada de Espíritu, por tanto incomparablemente más austera a los ojos de la carne de los pobres espectadores humanos, entre los cuales me encuentro yo mismo.

Día 28 de noviembre

Oración de 5 a 7. Comenzar el Adviento intensificando y actualizando una vez más la conciencia del pecado en nosotros. Esperamos al «salvador», a «Jesús», «Cristo»: ungido por el Espíritu Santo, por el mismo Espíritu que ha de comunicarnos para nuestra salvación.

Es muy oportuna esta experiencia de incapacidad total para salir de mis ataduras pecaminosas. Las inhibiciones que impiden el desarrollo de los dinamismos de la fe y de la caridad. Esta represión de los más levantados instintos que, naturalmente, produce incomodidad. Y que se transparenta en las minúsculas sensaciones de incomodidad por cosillas materiales…

Cierto asombro, perdurable desde hace mucho tiempo: ¿cómo no recibo ya estas gracias demandadas continuamente en la oración litúrgica? La oración para iniciar el rezo de cada día: «Aperi Domine os meum…». Y no obstante sigue la suciedad y la dispersión y la vanidad en mis operaciones mentales, y la sequedad en la voluntad, y la dignidad no se presenta, y la atención no llega y la devoción parece inalcanzable…

La dejación de la temporada, en cuanto a mortificaciones materiales (comida, tabaco…): calculada, desde luego; pero hay que retornar a la práctica de la austeridad en todo. Y con mayor esmero, intensidad y extensión… Más que nada: esperar-atender al Espíritu…

No puedo pasar por alto la realidad del progreso, patente en muchos detalles. No obstante, el conjunto… Y la actitud radical mía: los desfallecimientos continuos…

Probablemente me falta todavía conciencia gozosa de mi autoridad: esta especie de temor frente a antiguos dirigidos; no pienso que sea respeto a las personas, sino debilidad de mi certidumbre de la propia autoridad para ayudarles. Verdad que casi nunca es cierta en particular, en cuanto a tal o tal otra persona.

Por otra parte, las mismas omisiones aludidas en materia de austeridad indican la flojedad de tal conciencia. No creo, o creo muy débilmente, en la eficacia de la cruz. Se manifiesta en la vida de cualquier santo pastor.

Día 29 de noviembre

Oración de 6,30 a 8,30. He despertado tarde; pero no tengo que comenzar los menesteres exteriores hasta las 10, aunque deseo ir antes al centro. Idea animosamente asumida de Adviento. Recibir a Jesucristo como es. Recibirlo realmente. El Hijo de Dios, ungido por el Espíritu Santo.

Espíritu que me va siendo comunicado para que lo posea en común con Jesús, para ser poseído por él con Jesús mismo.

El Adviento nos da la esperanza del Espíritu. No desear menos: pues el Espíritu constituyéndose más y más en principio de mis actos me va ensanchando. Poca fe es fe débil; pero asimismo: fe estrecha, poco abierta, poco dilatada para coger los regalos que nos prepara. Y que de momento no podemos imaginar. Lo peor es que constreñimos el alma y el deseo a la medida de nuestras concepciones e imágenes.

Abnegación primera… Negación de nuestra individualidad en favor de nuestra personalidad… Universalidad, hasta formar un solo individuo con todos los hombres…, y con Cristo mismo, y de ahí, en cierto sentido, con la Trinidad misma, infinita, individual… Deseo confiado de que durante el año que comienza se rompan, aunque sea «a lo bestia», muchas ataduras: personales, en cuanto que soy yo quien las padece, mi persona atada, en sí individuales, sea con otros individuos personales o con cosas o con acontecimientos…

Un Adviento que integre abundantemente la conciencia de la cruz del hombre: el viacrucis, las imágenes del dolor humano…

Deseo de avanzar en la unificación personal con todos: nada humano puede serme ajeno. Menos que nada la humanidad de mi salvador; pero la humanidad de mi salvador es toda la humanidad con cada una de sus circunstancias…

A lo largo del año que termina he ido llevando a cabo muchas tareas nuevas: generalmente al insistir en unas se debilitaba la ejecución de otras. He de repasarlas todas y elegir las que estimo como dones permanentes. Y luego insistir solamente en ellas. Y lo demás lo recibiré por añadidura…

Día 30 noviembre. San Andrés, apóstol.

Oración de 5 a 7,30, con la misa. Luego viaje a Madrid.

Asidua y fructuosa lectura del maestro Eckhart, desde hace bastante tiempo.

La familiaridad con un autor, incompatible verosímilmente con la actitud de «estudio», de intento de «dominio de su doctrina», actitud manifiestamente agresiva va influyendo suave, lenta, pero inexorablemente en el lector.

Cuando se trata de autores espirituales el influjo es incomparablemente más eficaz, ya que fluye el mismo Espíritu Santo.

«Suave y fuertemente», con blandura y fortaleza: la ternura, la grata ternura, mana del vigor, como tantas veces he anotado. La repetición de la dulce verdad va transformando graciosa y sabrosamente a la persona que la recibe. Realidad del trato personal con los autores. Las amistades con los santos, con los que perviven en el cielo no es menos, sino más real que las amistades en la tierra. Lo decimos, como viejo e indiscutible enunciado; no solemos creerlo. Las pocas personas que «viven» con «sus muertos» suelen echarle imaginación y se desviven con fantasmas. Pero la realidad es esa. Los fantasmales somos los terrícolas…, los que tenemos fantasía para suplir a la realidad…

Mas la inteligencia del maestro exige la práctica esmerada de sus doctrinas.

La asunción a la «verdad una», a la «unidad» presupone la aceptación de la renuncia a la multiplicidad. Paulatina, paciente, humilde, blando…, pero real: el ejercicio de la renuncia, ejecutado más que nada como elección reiterada de lo más valioso, lo más sabroso, lo más suculento y nutritivo.

He de consagrar un rato «tranquilo» —¡ojalá pudiera ser esta noche misma!— al repaso de las acciones del año que termina. A la petición de luz para escoger las actividades centrales, en que habré de ejercitarme en el comienzo del año que se inicia…

¡Cuántas mudanzas, realmente, en mi vida! El movimiento «uniformemente acelerado». Mucho despojo, pero naturalmente, me ha dejado abierto el camino a despojos mucho más amplios. ¡Cómo se ensancha el espíritu con el desasimiento! Cuidado de realizarlo. ¡Si pudiera dedicar una vigilia del sábado al domingo!

Lecturas que no pasan a la práctica, se indigestan perniciosamente.

Prácticas que no manan de pensamiento, engañan y tuercen el ánimo…

Necesidad de «lo total». «Asunción a lo universal». Importancia de planear «humildemente» las «hipótesis del Adviento».

Considerar más y más las maneras de «venida» de Cristo: los signos: presencias sacramentales, los superiores, los acontecimientos, las inspiraciones interiores, el prójimo. Cada vez que discierno su figura en las «especies» sacramentales o cuasi-sacramentales de las que se rodea soy espiritualizado. ¡Prisa, acuciamiento pacífico, gozoso, por ser encontrado de una vez! Hambre y sed del Espíritu Santo.

Mis actitudes no son mediocres en cuanto que sinceramente busco casi continuamente a Cristo. Son mediocres en cuanto que las interrupciones en el ardor son frecuentísimas y los actos imperfectos y aun pecaminosos muy reiterados.

Esencial, este discernimiento de Jesús en sus muy diversos signos. El sentido simbólico del universo: la conciencia —hasta llegar a la sensación incluso— de todas las acciones como «mías», puesto que han sido producidas de una u otra manera por mi propio espíritu. Ser propiedad del Espíritu es igual, por la gracia, a ser propietario del Espíritu. Y todo lo que pueda producirse en el mundo, aun el pecado en cuanto es acto, viene producido por él. Y es mío, acto santificador para mí. Solamente he de verlo y aceptarlo, dejándome mover intelectual, volitivamente, también en los aspectos afectivos (no necesariamente siempre «sensibles») por el Espíritu mismo. La consonancia, la armonía deleitosa, forzosamente deleitosa entre el objeto, la persona, el suceso, cualquiera que sea, y mi propia personalidad. El rechazo del «no», según la expresión de Eckhart. De lo «nada» que separa del Espíritu y consiguientemente del hombre, de la realidad, sin más.

Necesidad de vivir en esta zona preeminentemente intelectual, volitiva. Acto tras acto, circunstancia tras circunstancia…

Ejercitarme de nuevo —como hice abundantemente hace muchos años— en la visión explícita del amor de Dios en cosas y acontecimientos. Es el ejercicio más santificante y juntamente el más grato que pueda concebir.

Día 3 de diciembre

Último del año litúrgico.

Oración de 6 a 7,15. Me levanto tarde, poco antes de las 6, por el cansancio del viaje de ayer. Esta noche debo hacer vigilia disponiéndome inmediatamente al nuevo año; terminaré las horas postreras del año presente e iniciaré de inmediato las del siguiente.

La impresión tantas veces anotada de notable progreso, pero lento, pero muy parcial, con muchos retrocesos igualmente parciales. La temporada final ha sido muy deficiente: disminución de interés en el examen; algunas omisiones en la oración (más o menos compensadas en otros ratos); pocas, muy pocas vigilias; remisión casi total en el combate contra los impulsos; debilidad en la tarea de liberación de las redes «sociales»; descenso en el recogimiento… De manera que sí, en conjunto puedo comenzar el nuevo año en un nivel bastante más alto que el pasado. Sin embargo, me encuentro más bien flojo, débil y frágil ante los menesteres no solo entrevistos, sino incluso ya practicados.

En todo preciso de incremento de energía, de aliento, de Espíritu Santo. La desproporción entre los deseos —sinceros y todo— y las realizaciones es abrumadora. Sin duda alguna —de modo que no cabe tentación en esto—, me experimento con toda mi personalidad impotente incluso para el primer paso. Situación no contradictoria, sino viceversa, muy propicia para la esperanza.

Un Adviento y unas Navidades en plena dedicación —literalmente consagración—, totalmente consagradas, a lo explícitamente espiritual, con exclusión de cualquier otra faena.

Lecturas, predicación, ayuno, mortificaciones, incomodidades… Despegue hacia la altura… Siento brotar en mí, como no míos, muchedumbre de impulsos: pensamientos, imágenes, voliciones, deseos, sensaciones corporales… en plena inconformidad con mi proyecto vital. Este proyecto que experimento como mío y que mana de la fuente divina. Agua que salta hasta la vida eterna, acción del Espíritu Santo, a quien reconozco como alma verdadera de mi verdadera personalidad.

Ello dificulta mi desenvolvimiento vital. Como advierto muchas veces: no sufre el torpe, sino el inteligente inhibido. Sufre quien capaz de experimentar tendencias vigorosas hacia el objeto y de experimentarlas —lo capte intelectual, racionalmente, o no lo capte así— como propias se siente incapaz de llevarlas a término. Así mi situación actual. Continua o, al menos, reiterada defección de la vertical ascendente del agua que salta hacia la vida: acciones ejecutadas en declarado descenso, torcimiento hacia abajo, del impulso «personal» hacia delante: hacia el seno del Padre, hacia el interior del Padre en que ya vivo…

Así parece que acabo el año comenzado en el Adviento del 83. Dentro de un par de horas escasas celebraré la misa. Voy a ofrecerla «directamente» por mí, teniendo en cuenta a tantos como en el plan de Dios dependen de mi fecundidad para su santificación.

Acción de gracias porque al cabo he «recibido» muchas gracias fecundas para ellos.

Petición de perdón en plenitud: que nos sean dadas las gracias necesarias para iniciar el Adviento presente como deberíamos iniciarlo de haber recibido las gracias rechazadas.

Imploración de nuevas gracias que nos elevan a la altura que la Iglesia entera, y el mundo entero, precisa de nosotros…

Esta noche comenzaré un nuevo cuaderno, aunque el rato primero de la vigilia sea del día de hoy: litúrgicamente ya habrá comenzado el Adviento con las primeras vísperas del I Domingo.

Señor ten piedad de nosotros…

(Páginas finales del Diario, año 1984)

MARÍA EN EL ADVIENTO

Día 7 de diciembre de 1974

Oración desde las 5. Progreso en la relación con la Virgen. Comienzo a sentir más intenso, más real y más puro que nunca el gozo de su contemplación. A penetrar regocijadamente la realidad de su acción maternal. A confiar más en ella.

Creer de verdad que es quien ha de educarme y que mi adelanto espiritual, mi crecimiento vital, se proporciona a esta actitud de abandono en sus manos. Toda la idea del «juego», pero en conexión con su faena materna […].

Es muy verosímil que se me conceda, pero ha de ser así: una gracia claramente otorgada. No la gracia de trabajar yo, a puro tirar de mí, sino la gracia de sentirme gustoso en la renuncia, por el aliciente de alguna dádiva en trueque. Digan lo que quieran los otros. La vida espiritual es toda gracia, don… y la paz y el gozo son frutos discriminantes de la acción del Espíritu…

Gusto especial en leer sus grandezas, en contemplar sus cualidades. Y facilidad creciente en la conciencia de su presencia activa. Se trata de que me eduque, ni más ni menos. Y la educación no consiste en tener al crío reprimido, sino en estimularle continuamente a dejar lo menos bueno por lo mejor.

Por eso lo único importante es insistir en las lecturas, oraciones, reflexiones prolongadas y luego, al comenzar cada acto, al plantearme la conveniencia o necesidad de alguna tarea, renunciar a mis juicios y voluntades y gustos, y acudir a ella, para que me lleve. En brazos, claro. ¡Son las madres quienes trabajan para los hijos! No viceversa… Los últimos meses han frutado actitudes deseadas desde hace años y jamás conseguidas y en poco tiempo —no llega a los cuatro meses— he realizado avances realmente espectaculares, sin esfuerzo alguno. Todo lo contrario; constituyen una de las épocas más agradables y más suaves de toda mi vida. Pensemos en los nueve meses de una gestación normal. No voy a señalar plazos a Dios, pero ¿qué será de mí en mayo? La postrera «conversión» tuvo lugar en agosto…

Es verdad que me descubro más y más macas en toda mi personalidad, pero ello es, ciertamente, un indicio de doble sentido: progreso, puesto que mi vista se purifica y penetra más y más esclarecidamente; maldad actual, puesto que me observo sin esfuerzo tantas deficiencias…

La educación de mi impulsividad será probablemente labor de mucho tiempo, pero es menester grato, realizado así, tal como lo veo, tan inmediatamente guiado por tales personas.

Hoy me toca confesar. Una de las piezas cardinales de mi renovación. En el sacramento se me actualiza la acción de las personas divinas, de María. Es un puro recibir. Como gracias a Dios, en todas estas confesiones no suelo tener materia deliberada, me ocurre la idea de especificar pecados pretéritos «humillantes». No tengo todavía humildad para hacerlo. Podría, claro, con esfuerzo, pero no creo que sea el camino. Espero que probablemente pronto me broten espontáneas acusaciones de ese tipo, sin sentir la humillación como tal, sino el gozo de proclamar la bondad de mi Padre que así me va trocando…

Confesar cada vez más con el deseo impregnado totalmente de confianza, de recibir cuanto voy viendo que me falta. El confesor, es claro, entenderá lo que pueda, pero en mi boca, mis acusaciones son la expresión de mis esperanzas. Me culpo de deficiencia de celo pastoral porque espero que Dios va a colmar ese enorme hoyo; de debilidad ante mis impulsos porque espero la confortación del Espíritu Santo…

Es una sensación de estar a menos de medio hacer, precisamente porque yo no me he dejado construir; por eso se trata de acusaciones contra mí mismo. Las circunstancias de mis fallos se tornan, en ocasiones, de un propio conocimiento bastante pacífico que se convierte sin dilación en esperanza y humildad.

Todo ello me trabaja honda y extensamente en la contrición. Pues advierto la experiencia de una vida nueva, apenas columbrada hasta ahora. Y ello me ha incapacitado, según las normas ordinarias de la acción divina, para ser genuinamente apóstol. ¡Qué inimaginables frutos pastorales producirán los años que me resten de vida en la tierra si soy fiel durante una temporada continua! La petición más intensa, más humilde es que Dios no me deje caer en la tentación. En ninguna. ¡Que no quiebre yo esta línea de gracias! ¡Que no me escape del torrente de un amor que me vuelca encima!

Cuidar de que los fallos en los proyectos sean rectamente considerados. Siempre señalo que no se trata de algo que hay que realizar cueste lo que cueste, sino de una raya o unos hitos que han de servir para reconocer mi flaqueza, si no los alcanzo, o la gracia de Cristo, si se me otorga llegar a ellos. Evidentemente, casi nunca hago todo lo que veo hacedero, pero si comparo mis actividades de ahora con las del curso anterior, la diferencia es desmesurada…

Día 10 de diciembre. Retiro en Cevico

Comienzo a las 8.30. Lectura de «Contemplata». Laudes: Conciencia de mi enorme indigencia de perdón, de re-creación. Comienzo, realmente, la vida espiritual. Lejanía inefable de la madurez cristiana. Ineficacia consecuente de mi faena apostólica…

Después de la plática determino consagrar la oración de la mañana a contemplar la figura de la Virgen, siguiendo mis acotaciones y subrayados del libro de Regamey.

La Virgen María desaparece en su función maternal… Debo mirarla como madre, solo así se muestra. Y yo he de desaparecer igualmente en el menester pastoral. Soy, todavía, demasiado notable como persona concreta. Una figura sacerdotal, un cura. Y basta.

Cuanto más grandes son las realidades evangélicas, Dios las dispone más humildemente: la humildad, la sencillez de la escena de la Anunciación… Y acaso fue más sencilla aún… Creer de una vez que hay aquí un estilo divino definitivo de actuación. Que no me acabo de creer. Los mismos cuadernos…

Soy excesivamente estruendoso, dentro del marco realmente humilde en que Dios me ha puesto y que he aceptado de buena gana. Tengo demasiado interés en que el testimonio no pase inadvertido. Ciertamente, he de compaginar este ocultamiento con la manifestación testimonial. Pues nuestro testimonio tiene que ser incisivo…

Pero acaso todo se reduzca a poner aquí la misma tranquilidad, el mismo desinterés que en tantas otras cosas. Sí, dar el testimonio, pero no sentir la preocupación de recalcarlo yo mismo, de interpretarlo para que sea rectamente entendido. El que tenga oídos para oír, que oiga. Y Dios sabrá a quién da oídos y a quién se los abre…

Meditar la frase de Regamy: «María es la memoria profunda y silenciosa, el amor y la luz interior, es la que guarda las cosas de Dios, cuyo sentido alcanza. Un contraste discreto, pero ciertamente puesto de manifiesto, se nota entre ella y todos los demás, que no profundizan tanto y que, sin embargo, se exteriorizan más».

Desde luego cada uno tiene su vocación y la mía, por ahora, es predicar. Pero cabalmente por ello, siempre me acecha la tentación de exteriorizar lo inexistente…

La denominación «llena de gracia» se le da como nombre; es un nombre insólito. El sentido inmediato es: «objeto de todas las complacencias».

Pienso que la manera única de ordenar mis impulsos, de enervar cualquier tentación es llegar a complacerme instintivamente en este objeto de las complacencias divinas. Se comprende fácilmente la actitud de tantos santos escritores, como han lanzado laudes y laudes sobre ella. Realmente: sobre María nunca se dice bastante, puesto que es el objeto de las complacencias de Dios. Y se la puede aplicar la frase de santo Tomás, respecto del sacramento:

Quantum potes, tantum aude,

quia maior omni laude,

nec laudare sufficis…

Los últimos tiempos me han traído un acrecentamiento muy considerable en este aspecto, pero ¡cuánto deberá crecer todavía en el conocimiento de María, de su belleza, de su santidad, de su poder, de su amor! Y de la intimidad de nuestras relaciones con ella… Y en primer lugar de las mías, claro.

La predicación de la otra noche, vigilia de la Inmaculada: relación de la Virgen con las personas divinas, partiendo de la narración de san Lucas y de san Pablo (cfr. Ef. 1). ¡Qué panorama admirable! ¡Y ciertamente cómo se desdibuja todo junto a esto!

La pregunta de la Virgen. Pero, claro, «su virginidad sirve precisamente a los designios de Dios, que la ha inspirado». María, llena de gracia, no pasa de ser una criatura y entiende como obstáculo al anuncio lo que es cabalmente el modo esencial en el plan de Dios… ¡Qué lección! Para nuestra suficiencia humana que todo lo quiere comprender y organizar los planes. Aquí el recuerdo del poema de Juan Ramón: ¡Quien sabe del revés de cada hora! Qué lección siempre reiterada por el Espíritu empeñado en enseñarla y siempre rechazada por nosotros, más empeñados, parece, en no aprenderla…

«Ella pronuncia el fiat del abandono más humilde, que contiene todo lo desconocido del destino prodigioso del que ella pierde ya la noción».

Cuanto más se va entendiendo la vida cristiana, más se va entendiendo a la Virgen. Y viceversa. Y hay que ver en ella un modelo-fuente, hecha una cosa con Cristo, de la vida real. Por eso me ocurre una especie de renovación de mi vida, en el sentido de aceptar mi vocación, de pronunciar un nuevo fiat, mucho más personalmente que hace veintiún años, cuando fui consagrado sacerdote. Mucho más humilde, creo. Tener muy en cuenta la frase siguiente: «Bienaventurada el alma que cree en su vocación, por misteriosa que pueda ser, ya que esa vocación se cumplirá».

Vivo en cierto peligro sutil, pues frente a casi todo el mundo llego a parecer un iluso, por exceso de fe; cuando la verdad, al contrario, es que mi fe es debilísima aún. Si tuviera fe como un grano de mostaza… Que debo pedir instantemente con los discípulos: «Señor, auméntame la fe», y que debo cotejarla incansablemente con esta fe de mi madre y con la fe de sus hijos más preclaros…

La oración antigua de los cursillistas: «Que no necesitemos milagros para creer y obrar, pero que tengamos tanta fe que merezcamos que nos los hagas…». No pedir signos a Cristo, no, pero esperarlos muy confiadamente. Recordar cómo repetía en los primeros años de seminario la vieja traducción del salmo: «Tus amigos se alegrarán al verme, porque esperé contra esperanza en tus promesas»: «Quia in verba tua supersperavi…».

El anuncio de Simeón: La vida de la Virgen se desarrolla inexorablemente bajo la sombra de la cruz prevista, tanto más dolorosa cuanto incomprensible, ignota… Así mi vida; debo saber que vendrán sufrimientos. Sí. Y la gracia para soportarlos garbosamente. Y de una especie prácticamente desconocida, aunque pueda hablar desde ahora bastante atinadamente sobre su naturaleza: fruto, digo, de la caridad…

María no entiende por qué les deja Jesús. ¿Es extraño que nada entendamos nosotros tantas veces? Algo puede ayudarme en mis incomprensiones —y ante las ajenas— saber que la madre que me ayuda tiene experiencia humana inmediata de ellas.

Contemplar el plan del Padre: cómo va formando el corazón de la Virgen, sacramentalmente —con experiencias humanas espiritualizadas— para el cumplimiento de su misión maternal. Contemplar la belleza de estas respuestas de la Virgen —fiat continuo—. Y creer que ahora ella colabora con el Padre para hacer lo mismo conmigo. Y así se me desenvuelve esa fe en mi vocación que me llevará a cumplirla. Lo que sin duda lleva consigo el cumplimiento, al menos relativo de otras muchas, que de otra manera no se cumplirán. Horror de no ser santo: No hay tragedia comparable. La única mayor es también incomparable por el otro extremo: la condenación eterna.

Dichosa porque ha oído la palabra de Dios y la ha guardado. Qué plenitud de sentido tiene esta frase de Cristo aplicada a la Virgen, entendida bajo la iluminación del Espíritu Santo…

Marcos 3, 34-35: «Quién es mi madre…». Elogio de María. Establecimiento de las nuevas realidades. Pensar la inteligencia de santa Teresa respecto de este pasaje. Y las múltiples expresiones del malentendido habitual…

Juan 19, 25-27: «He ahí a tu madre…». Leer en la página 60 el admirable comentario de Orígenes.

En los Hechos de los Apóstoles se nombra —y nada más— a María con los apóstoles…

La oración de san Efrén:

Santísima señora, madre de Dios…

que vivís más allá de toda pureza, de toda castidad, de toda virginidad…

vedme culpable, impuro, manchado en mi alma y cuerpo

por los vicios de mi vida impura y llena de pecado;

purificad mi espíritu de sus pasiones,

santificad y encaminad mis pensamientos errantes y ciegos;

regulad y dirigid mis sentidos;

libradme de la detestable e infame tiranía de las inclinaciones y pasiones impuras;

anulad en mí el imperio del pecado;

dad la sabiduría y el discernimiento a mi espíritu en tinieblas, miserable,

para que me corrija de mis faltas y de mis caídas,

y así, libre de las tinieblas del pecado,

sea hallado digno de glorificaros;

de cantaros libremente, verdadera madre de la verdadera luz, Cristo, Dios nuestro;

pues solo con él y por él sois bendita y glorificada

por toda criatura, invisible y visible,

ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

He pensado copiarla en una estampa grande y rezarla cada día, al menos durante un tiempo, para actualizarme la conciencia de esta realidad. Pues, ciertamente, así es, como Efrén dijo, y en el sentido más pleno y literal. Recuerdos de mi infancia: mamá estaba siempre junto a mí, educándome —¡como ella sabía!— ya que ni siquiera fui a un colegio en mi niñez. Así, al pie de la letra, pero más, pero ya sin error, sin incomprensión posible, está la Virgen conmigo. Ella me sabe enderezar interiormente… En la última temporada he experimentado en varios campos su acción maternal. Se trata de que la deje actuar en toda la anchura de mi vida.

Nada nuevo, pues ya otras veces en estos días, he visto lo mismo. Pero la experiencia me enseña que nada comienzo a hacer, sino después de haberlo contemplado y deseado durante cierto tiempo. Evidentemente, Dios me dispone a recibir sus gracias con ciertos anuncios anticipados. A veces creo que se me va a dar ya y no, falta aún tiempo para recibir, pues no me hallo todavía dispuesto… Así en esto. Es muy considerable el progreso en mi relación filial, pero aún queda mucho, incluso para que pueda decirse que el fundamento está echado… Viene a ser, como si dijéramos, que estoy en la tarea de poner los cimientos, que ni siquiera están puestos del todo; pero, en fin, se están poniendo. Imaginar —para que se despierte el deseo confiado (que es lo que dispone)— lo que será de mí —y de mi fecundidad pastoral— el día —espero próximo— en que realmente sea consciente de esta presencia maternal operante de continuo…

Voy acabando el rato de oración de la mañana; son cerca de las 2. La idea capital: el poco esfuerzo que la vida espiritual requiera ha de orientarse hacia lo esencial, hacia la base: iniciativa del Padre, por Cristo, con el Espíritu, colaboración maternal de María, en la Iglesia madre, trabajando sobre un fondo ignoto de mi personalidad, pero en lo manifiesto, sobre mis actitudes y últimas inclinaciones desordenadas, hasta llegar a la abnegación. Estimo que, de momento, lo principal es la conciencia de la acción de María en mis actos interiores, según lo expresa con fortuna la oración de san Efrén copiada arriba. Así se trata ni más, ni menos que de renovar al comienzo de las acciones esta conciencia de su intervención. Y dejarla actuar. Viene a ser, por ahora, darla una oportunidad…

(Diario, 1974)

A LAS PUERTAS DE LA NAVIDAD

Oración de 5,30 a 7,30. No es que me estime demasiado bien dispuesto, pero sí mejor dispuesto acaso que ningún año, desde hace muchos, para recibir las gracias de estas fiestas. Más limpio de corazón, al menos en intención, en deseo; más actualizado también. La lectura de Lemarié, muy provechosa para ello. Proyecto de dedicar un buen rato de la mañana a releer despaciosa, reflexivamente, los capítulos dedicados al misterio.

El objeto principal es la encarnación misma. Contemplar es, palmariamente, pura gracia divina. Entrever el misterio basta para ser deslumbrado, para quedar ofuscado frente a cualquier aspecto secundario de la creación, que no será sino percibido crepuscularmente. Frente a los defectos humanos de los otros, frente a la atracción de las cosas naturales, que a veces —¡demasiadas!— se ofrecen tan alicientes. Y sobre todo es quedar irresistiblemente atraído por el misterio mismo, por la persona misteriosa. «Mysterium fascinans et terribile». Conciencia de la grandiosidad impensable de Cristo; conciencia de la hermosura absolutamente inefable; conciencia de la impureza, casi igualmente inexpresable, del hombre pecador; horror ante la posibilidad del pecado, ante el pecado ya perpetrado tantas veces…; conciencia de la grandeza desmesurada frente a toda medida humana, de la divinización del hombre. Un tema tan manipulado en clase —espero que con utilidad real de los alumnos—; necesariamente, en el designio paternal, con incomprensible fruto para mí…

¡Y cómo lo preciso! ¡Y con qué urgencia! Pongamos la visión de ciertas actuaciones pastorales. La confesión de la religiosa capuchina… La pereza que me domina, frecuentemente, ante la idea de salir de casa y dirigirme hasta allí. ¿Cómo puedo emperezarme para absolver y aconsejar a una hija de Dios? De seguro, porque apenas entiendo la maravilla de absolver y aconsejar sacerdotalmente. Probablemente será muy indicado atender a este aspecto sacerdotal del misterio que el Espíritu me presenta en estos días.

Sin duda es muy débil aún la resonancia de las realidades espirituales en mi totalidad humana: el abuso del tabaco, el dominio momentáneo del aliciente de un dulce, de una comida… de una lectura incluso.

Ha de agradecerse a Dios la facilidad para prescindir de muchas cosas, pero ¡queda tanto por recibir! Junto a la vida de cualquier santo, la mía es todavía muy regalona, muy materializada…

Inteligencia del misterio. Una naturaleza humana concreta es divinizada radical y completamente; Jesús hombre es el Hijo de Dios. Pero, consiguientemente, y con la misma realidad, yo quedo potencialmente hecho hijo de Dios. A las personas divinas les cuesta lo mismo purificar mi personalidad al divinizarla que divinizar la naturaleza nunca manchada de Jesús. Y quieren también hacerlo, aunque en proceso diferente.

La liturgia de Navidad es, ante todo, la contemplación y confesión de la gloria del hombre-Dios, de Cristo. Esta contemplación de su gloria, que es glorificante para el que contempla.

La pureza de Jesús. Nuestras palabras, pobremente analógicas, expresan, y tenuemente, el resplandor de esta pureza. Sin mancha… pero carecer de mancha un objeto luminoso, transparente, es ser meramente luz. Pensar en las gradaciones de nuestra iluminación: contemplación del Verbo hecho carne, sin más (lo cual es perspicuamente gracia pura); contemplación del mismo en lecturas bíblicas, de autores espirituales, de literatos o filósofos que se expresan en niveles naturales… Las diversidades son anchísimas y, consiguientemente, los frutos. Sin duda, en mis días, deberá ir tomando más y más importancia —y más y más tiempo— la faena primera. Y el deseo de supresión de toda conversación meramente natural, inconvenientemente (que significa en la práctica deformante) de mi personalidad sacerdotal… Repugnancia ante toda palabra interior, ante toda expresión interior, de palabra o de gesto, que no proceda del Verbo inmediatamente.

La entrada del Verbo eterno en el tiempo hace estallar el tiempo por todas partes; salta la humanidad en todas sus formas, con el escándalo, la sorpresa, el susto consecuente de los hombres que lo advierten y que, generalmente, no saben de dónde les viene semejante estallido.

Hablamos fácilmente de la vida oculta de los santos; de la vida oculta, en primer lugar, de Jesús mismo o de la Virgen. Cierto, tal secreto ha existido; pero pienso que debe ser fruto de un plan premeditado; pienso que, de suyo, la vida cristiana es escandalosa para la humanidad caída circundante. Hay que ocultarse a posta, de lo contrario, el cristiano está en choque continuo con los hombres que escuchan en torno el estruendo de los estallidos, que advierten una luz que les ofusca, les molesta la vista… Y por supuesto tal choque, tal molestia, debe ser explicado como algo inefable, no expresable por categorías naturales (aunque lógicamente los hombres recurran a ellas en defensa propia…).

Solo tendríamos energía para nacer en un pesebre y morir en una cruz —pasando por una vida de humildad auténtica y de carencia, de «no tiene dónde reposar la cabeza»— cuando la contemplación del Verbo encarnado nos haga capaces de experimentar el vigor divino del Verbo mismo que nos asume a través de su humanidad y nos comunica su Espíritu…

Función de la carne de Cristo, función de las palabras litúrgicas, de mi predicación misma —cuyo primer auditor soy yo mismo—.

Las observaciones de Lemarié, acerca de los enfoques litúrgicos del misterio, consuenan perfectamente con mis concepciones generales. El misterio de Navidad se entiende desde la resurrección de Jesús, como mi vida misma se entiende desde ella y pasa por mi propia futura resurrección… Solo mirándome como futuro resucitado en Cristo puedo entender, con inteligencia operante, el sentido de mi vida terrena. Claro, esto es lo que corresponde al adulto en su madurez «normal». Pero es exactamente lo que yo debo perseguir para mí y para cuantos me escuchan…

Disponerme, ante todo, esta tarde misma con un rato de oración a contemplar esta gloria de Cristo en su nacimiento. Creer en la eficacia de su palabra en mis labios, en el poder vivificante de mi predicación, y no achicar la realidad en mis palabras. Que sean realmente expresión de la gloria de Cristo ante los hombres que me escuchen.

Oficio de lectura (Salmo 77): —¡Que he meditado tantas veces!— relato tan exacto de mi propia vida. El salmo cobra vigor extraordinario en esta víspera de la fiesta de Navidad. Todas las maravillas de Yahvé venían preparando la maravilla de la encarnación, que se continúa ya eternamente. Gravedad de la desconfianza, del olvido de las acciones —de la acción— de Dios: «Hervía su cólera contra Israel, porque no tenían fe en Dios, ni confiaban en su auxilio». Conciencia de la fragilidad substancial del hombre: «No despertaba todo su furor, acordándose de que eran de carne, un aliento fugaz que no torna». La maravilla consiste en que un aliento fugaz de hace 20 siglos que no torna se ha convertido en un aliento eterno, eternamente animador de la carne, unido indisolublemente al aliento personal divino.

Atender a la encarnación como motivo de confianza, y atender a no dejarme mover por la visión de la fragilidad de la carne, porque en adelante está —estará— confortada por el Espíritu divino que Cristo nos alienta.

Realmente se me dice: «Despierta, Jerusalén: revístete de fuerza, Sion, vístete el traje de gala, Jerusalén santa, porque no volverán a entrar en ti incircuncisos ni impuros». Realmente, me lo dice Dios. Despertar: abrir los ojos a la luz, dejarme iluminar, espantar, fortalecido por la luz, todo lo que es sueño, que es mentira, lo que no es… (recuerdo las intuiciones de los primeros filósofos griegos). La nube de pensamientos inútiles, falsos que impurifican el alma y la adormecen…

«Mañana quedará borrada la iniquidad de la tierra y sobre nosotros reinará el salvador del mundo». Confianza inmensa a la entrada de estas fiestas (pensar que litúrgicamente la fiesta no es solamente lo que llamamos el día de Navidad, sino el período entero). Si espero, recibiré esa eliminación de mi iniquidad, y quedaré unido al salvador para borrar la iniquidad de muchos…

(Diario, 1976)

TODO ESPERA LA GRACIA

Actualizar la esperanza. Ignoro cuáles serán los dones particulares del día; imposible que no sean. Ser liberado de tantas limitaciones que me tienen confinado en la mediocridad, sin aparentarlo siquiera. Pues la mediocridad del entorno es todavía más espesa, más oscura… Por cualquier parte tropiezo con estas fronteras de tibieza, mezquindad. Los impulsos casi todos malos. Envuelta el alma en carne, en egoísmo. De modo que apenas la luz que soy —participada, cierto—, la luz que es Cristo resplandeciendo en mí, atraviesa las manchas densísimas de mi cristal. Y apenas ilumino. Yo, encargado de iluminar a muchos… Por eso no gozo del fruto pastoral congruente: la visión continua del paso de muchos de las tinieblas a la luz.

La celebración litúrgica del nacimiento de la luz en la tierra ha de ser irrupción de resplandor sobre mi personalidad: limpiando manchas, alumbrando oscuridades, rompiendo tinieblas; enderezando impulsos…

¡Si pudiera contemplar, con ese asombro no desconocido de otras veces, alguna de estas tendencias súbitamente rectas, rectificadas, vigorosas, afanosas en sí mismas del bien, repugnando espontáneamente el desorden ya acostumbrado…!

La salvación que trae Cristo, la salvación que es Cristo, que es solo Jesucristo, consiste en eso: unirme a Dios. Pues «los que se alejan de ti, se pierden». «Para mí lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor mi refugio, y contar todas tus acciones en las puertas de Sion». (Salmo 72). ¿Cómo «junto a ti»? No de otro modo, sino como el Verbo en el principio: «apud Deum». Tomar conciencia personal de mi realidad personal: pues en el Verbo, «apud Deum», soy yo. Ser remontado a mi origen, que es exactamente mi final. El conocimiento de mí mismo —que es necesariamente conocimiento en Cristo— me mejora (Fray Luis)…

Estar con Dios, proclamar sus maravillas: es el programa mismo de los apóstoles, cuando designan diáconos.

Estar con Dios, «adhaerere Deo», es lo opuesto a la actitud de los malvados: «¿Es que Dios lo va a saber?». Con su autosuficiencia, su tono posesivo y su hablar altivo y aliciente para los ignorantes, las gentes del común…

Respecto a mí: debilidad de las virtudes morales: fortaleza-templanza. Todavía no ha asumido mi inteligencia iluminada por la fe, mi voluntad levantada por la caridad, la energía de mi corporalidad: por eso los impulsos brotan desordenados. Pues que sean vigorosos, incontenibles, eso no ha de ser mudado. Viceversa: han de crecer todavía en intensidad, en capacidad de arrollarlo todo. Y más y más, conforme pasan por el tiempo. Pues divinizado el hombre, según pasa por el tiempo, se nutre de eternidad… Ya que la «eternidad» obra en el tiempo, y para nosotros es la única manera de estar en contacto con ella.

A los ojos humanos, «a este lado del reino de la muerte», puede parecer lo que parezca. La realidad es que los años transcurriendo no son otra cosa que el signo de la eternidad operante en el hombre que está dispuesto a ser actuado, «obrado», movido…En una palabra: «animado» por el Espíritu eterno.

Notar bien claro: en el Espíritu Santo no hay eternidad, sino que es eternidad él mismo, y por ello me eterniza con su acción. No ya la experiencia humana acumulada por repeticiones, por sucesivas correcciones, que al cabo desgastan (tengo la impresión de que los «ancianos» de la literatura pagana son un poco demasiado sabihondos, plúmbeos); sino por la irrupción de la eternidad en que tienen su realidad los objetos, las personas y los acaecimientos de la tierra.

Viene el Verbo, viene Jesús… Más bien: somos subidos nosotros… Los enunciados de la realidad son desconcertantes, a poca que sea nuestra debilidad carnal: pues la realidad visible —derivada, consecuente— permanece intacta, indigente de interpretación intelectual sobrenatural…

La mezquindad de nuestra esperanza limita la amplitud del fruto del Espíritu: «los cálculos lentos son extraños a la gracia del Espíritu». Expresión de san Ambrosio, ofrecida en la lectura del 21 de diciembre. Y el 22, san Beda: «solo aquella alma a la que el Señor se digna hacer grandes favores puede proclamar mi grandeza con dignas alabanzas y dirigir a quienes comparten los mismos votos y propósitos una exhortación como esta: «glorificad al Señor conmigo y exaltemos alternativamente su nombre». Quien tenga en menos proclamar su grandeza… despreciable en el reino de los cielos. Pero es necesario acoger la humillación; si no, imposible acoger la salvación.

Isabel consciente de la gracia: es el niño, declaradamente concebido por la gracia sobrenatural, quien se mueve en su seno, haciéndose notar: no le ha movido ella… Lo mismo la Virgen (que se experimenta agraciada en la humanidad, dentro de Israel…). Y nosotros hemos de concebir, por la fe, la palabra… «Toda alma (creyente) recibe la palabra de Dios, a condición de que, sin mancha, preservada por los vicios, guarde la castidad de una pureza intachable» (21 de diciembre). «Toda alma creyente concibe y engendra la palabra de Dios y reconoce sus obras». Iglesia madre: Días de fecundidad para la Iglesia… La contemplación de María… Por eso ha de aplicarse como participadas —recibidas con su colaboración— las actitudes de la Virgen-madre: la «exhortación» de san Bernardo a María: «Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento» (20 de diciembre). Y la responsabilidad: si todo en cada uno de todos depende de ella, mucho en cada uno de muchos depende de mí: «se pone entre tus manos el precio de nuestra salvación: enseguida seremos librados si consientes».

Recibir la palabra: «los suyos no le recibieron». Temor…

Al concebir la palabra —y solo entonces— concebimos las personas humanas: la tarea maternal de la Iglesia —del sacerdote—. El horror de la carne —el amor a la vida—, el amor a la vida —Cristo mismo—.

Extremos: los hombres fabrican ídolos (materiales imaginativos: adornando de cualidades imaginarias sus sueños, sus proyectos, sus amigos…) Dios nos crea a nosotros (Is 46, 1-13; 18 de diciembre).

«Recordadlo y meditadlo, reflexionad, rebeldes, recordando el pasado predicho. Yo soy Dios y no hay otro; no hay otro Dios como yo».

El anuncio del futuro: un aspecto de la eternidad —de la realidad eterna del profeta—.

Esperanza: «escuchadme los desanimados que os creéis lejos de la victoria: Yo acerco mi victoria, no está lejos, mi salvación no tardará; daré la salvación en Sión y mi honor será para Israel».

(Diario, 1984)

LOS DONES DE LA SOLEMNIDAD

Oración de 7,30 a 9,30. Ayer poca oración; predicación mucha y charlas y conversaciones privadas y algunas confesiones. Hoy dos misas, tomando con cierta amplitud aquello de celebrar «a su hora» cada una de ellas; pues la de «aurora» voy a decirla a las 11,30.

Solemnidad. ¿Qué me trae esta solemnidad? Liberación: realmente no me siento oprimido, sino por mis impulsos egoístas. Nada cambiaría de mi vida actual más que eso. Por otra parte nada me importaría que me trastocaran desde fuera cualquiera de las caras de esta vida. Toda la lista de impulsos, de modos de ser propios, esos que reiteradamente apunto y no soy poderoso a cambiar. Mejor, que voy cambiando tan lentamente… No siento necesidad de mudar a nadie para mi comodidad; pueden ser como son, no me molestan. Solamente me hieren mis reacciones egoístas, incoercibles. Mis contestaciones impacientes; mis impulsos del tabaco y a veces a la comida; mi impotencia de actuar según los principios tan espontáneos al pensar, al hablar, al sentir… salvo cuando las ocasiones se presentan. Eso y nada más que eso me esclaviza. En cuanto a lo demás puede prolongarse por años… para desembocar en el cielo.

Verdad que mi «figura» interior —y algo la exterior— va siendo «trastocada, mudada, convertida»; que voy transfigurándome. Si durante el año que estamos comenzando —me refiero por supuesto al año litúrgico, incluso al año litúrgico «mío», que comienza con mi bautismo el día 2 de enero– se fueran moderando, bajo los impulsos del Espíritu, ciertas actitudes de impaciencia ante las «intromisiones» ajenas —ante ciertas intromisiones ajenas—, y ante ciertas destrucciones de menudos planes; y ante las peticiones (esta impotencia para rehusar) y ante las solicitaciones del tabaco o la comida… quedaría «transfigurado» igualmente por fuera. Si pudiera dejar que gobernara el Espíritu mismo la espontaneidad carnal de mi conversación (bromas, ejemplos, digresiones, charlatanería, exceso de confidencias personales, indiscreciones) y esta indómita celeridad de mi estilo… Entonces habría experimentado la liberación de Jesucristo, y constituiría para muchos un testimonio irrefragable, innegable, salvo para quienes se obstinan en la dureza de su corazón…

Tal es el «programa» del año, que es pura esperanza, pues yo no me puedo liberar en modo alguno.

Es cierto que el principio vital de mi personalidad es el Espíritu Santo. No digo ya «debe serlo», sino «lo es». Pero ha de romper todavía muchas construcciones materiales, muchas piezas retorcidas, fabricadas a lo largo de muchos años y que no le dejan manifestarse. Y esa es la «transfiguración» aludida. Y como es apremiante; porque voy pasando por el tiempo, porque la etapa terrenal se me va terminando; porque en torno mío se van consumiendo muchos de los encomendados a mi esmero —y mal atendidos por años— he de esperar que la faena del Espíritu se acelere y se manifieste hacia fuera de modo testimonial.

Y, no obstante, pienso que debo aceptar —bueno, aceptado el «castigo» que es operación y efecto purificador; abrillantador— de la vejez maniática y caduca que tanto me asusta. Humillante para mí, cargante para los demás… si es que alguien se ocupa de mi vida si llega la tal vejez…

Pues en lo exterior y en algunos aspectos —todavía no en otros— la vejez y la «caducidad» operan ya en mi biología… Cansancios corporales, nunca sentidos, van doblegando mis energías, impidiendo las realizaciones de proyectos que todavía trazo, olvidado de esa misma caducidad. Todavía no suficientemente ostensible a mis ojos para tenerla siempre en cuenta…

Mas lo interior, la vida verdadera, la caridad y la intercesión y los merecimientos y la expiación e incluso muchas maneras de testimonio… Todo ello puede y debe acrecentarse durante el curso que comienza. De hecho innegablemente he crecido en todo últimamente. Espero que el proceso de conversión, de «transfiguración», de «transformación» sea acelerado indeciblemente, sorprendentemente para los demás, en este año. Simplemente por eso: porque lo espero…

(Diario, 1984)

BENEDICTUS

Pensaba ayer: El Benedictus nos indica con claridad «lo que ha pasado». Bendecir —alabar, dar gracias— a Dios por lo que ha hecho. Al Dios de Israel que lleva obrando a lo largo de toda la historia humana, preparando esta maravilla… visitar, redimir: viene realmente el Padre mismo, se nos presenta para rescatarnos, librándonos de nuestros enemigos.

Yo bien siento quiénes son nuestros enemigos: el diablo, nuestras inclinaciones pervertidas. Perversas, porque de las manos de Dios salimos bien inclinados, y ahora tantas veces nos desorientamos hacia el mal. Son los que nos odian: nosotros mismos, en cierto sentido verdadero, aunque sea con capa de amor… Casi cada persona, salvo los santos, incluye en sí el odio contra sí misma y contra cada uno de los «otros». Combate la tendencia, también real y operante, hacia el bien, hacia la personalización cristiana, eterna, en perfección dichosa.

¡Es terrible pensar que venimos siendo verdugos de aquellos por quienes sentimos aparente amor peculiar! ¡Cuánto daño he causado, a lo largo de toda mi vida, a todos los que pensado amar especialmente! ¡Y cuánto daño me han hecho a mí! Amar a una persona solo se realiza en la medida en que yo mismo tengo ya capacidad para amar personalmente —podría decir: para amar sin más—. Y el egoísmo surge, ruge y brinca vigorosísimamente… y se lanza sobre el otro sugiriendo, ofreciendo, solicitando, halagando… y el otro se piensa amado… y nos destruimos, nos desvivimos…Terrible la mentira, la falsedad del desvivirse humano… ¡Las potencias inferiores en cada uno obran con tanta intensidad!

Y Cristo viene para liberarnos de todo eso: de la mentira ante todo. Y consiguientemente del temor, arrancándonos, esfuerzo que le lleva hasta la cruz (dolor) y a la resurrección (gozo definitivo), con las operaciones previas, dolorosas y gozosas en su vida terrenas. Y así en todos nosotros. Y podemos servirle en santidad: en amor divino, todos los días, todos nuestros días. Cierto, ha de haber deficiencias; pero no tiene por qué haber días deficientes…

Y esto nace de la «entrañable misericordia de nuestro Dios». Dios nos ama desde sus entrañas, su seno, del que procedemos, sin salirnos de él… Con el Verbo, con el Espíritu. Nuestro parentesco con el Espíritu y con el Verbo… Incomparablemente mayor que con cualquier otra persona… En último término —aunque jamás sea así, dados los divinos planes— yo podría ser yo sin padre ni madre; pero no podría ser sin esta procedencia del seno del Padre que me emparenta necesaria e indisolublemente con el Verbo y con el Espíritu Santo. Cuando el Verbo se hace carne, declara eficientemente esta realidad, ya necesaria. Por ello la unidad con quien sea solo puede realizarse en el seno del Padre, con el Verbo y con el Espíritu. Quien voluntariamente —no puede ser de otro modo— corta esta corriente de generación eterna, queda irremediablemente separado de mí, «realmente otro», de modo que ya no puedo sentirle como algo mío, como «próximo». De ahí que la condenación del precito no pueda dolernos en el cielo.

Y notar que la visita del Señor se realiza por la encarnación: el cumplimiento de una promesa hecha ya en la tierra… en unidad con el pueblo de Israel y con todos los hombres de buena voluntad.

Cristo viene como «fuerza de salvación». Nosotros en manos de los adversarios, saturados de temor… somos sacados de ahí —de donde no hubiéramos podido salir— en unidad con los antecesores y los sucesores.

Y el proceso es ante todo de luz. Un conocimiento de Cristo y en él del Padre, del Espíritu, de la humanidad, de nosotros mismos y de nuestros caminos —manifestaciones de Cristo mismo: caminos de paz. Y si no son de paz, no son de Cristo— que nos desvían de la discordia definitiva siempre posible en la tierra como realización parcial y como culminación definitiva…

He de atender muy particularmente a la pacífica liberación de la impulsividad y a la conciencia del aliciente de lo que suele llamarse obligación; que si es real es necesariamente bueno, puesto que me liga con Dios.

Entercamiento en la esperanza. La Navidad va acompañada de celebraciones de santos, manifestaciones de la eficacia de Jesús. Esperanza… esperanza.

No quiero apurar el idioma; pero más y más claramente pienso en la eficacia del pensamiento: no es que Jesús sea un descenso del Verbo, aunque abone tal lenguaje el misterio de su ascensión, sino que un hombre es levantado, asumido, de la nada al cielo… En el seno del Padre estamos todos —nos movemos, vivimos y somos— y ahí, «lugar» del origen y del fin, vivimos siempre; solo que en nivel psicológico somos levantados para ser conscientes del lugar en que vivimos, de quienes somos («Reconoce, cristiano, tu dignidad…»). El único descenso es la condenación y, en cierto sentido, el pecado. En la encarnación, en el nacimiento de Jesús, se muestra la inmanencia, pero es para hacernos notar nuestra propia transcendencia en Dios mismo. No, pues, que el Verbo desciende al mundo, sino que el mundo es levantado —por la tarea de creación en santidad— al seno divino: a su propia realidad…

Tal es la faena propia del hombre: dejarse animar por el Espíritu Santo… Por ello todo adelanto hacia la unidad, la universalidad, es signo de la acción del Espíritu.

(Diario, 1983)

MAGNIFICAT

Día 7 de diciembre. Vigilia de la Inmaculada.

Comienzo a las 10,15 la vigilia, aunque en el primer rato sufro varias interrupciones y dedico bastante tiempo a leer comentarios del Magníficat.

Propiamente inicio mis meditaciones a las 11,45.

He determinado hacer la vigilia entera, sin dormir nada, ¡supuesto que resista!, con el deseo de impetrar gracias muy especiales. Probablemente haré un paréntesis en la oración para escribir alguna carta de dirección retrasada.

Esta tarde me han dejado solo casi todo el tiempo (…).

Y ahora intento meditar un poco el Magníficat. Prosigo pensando en simplificar al máximo mi vida: la devoción a la Virgen ha de intensificarse, pero sin multiplicar las prácticas. Sino ahondando en la liturgia. El rezo del Magníficat y de la antífona final del oficio. Y las celebraciones de las fiestas y de las conmemoraciones sabatinas.

El Magníficat, sea cualquiera su origen, expresa ciertamente en la intención de Lucas —y del Espíritu Santo— los pensamientos y sentimientos de María. Así he de rezarlo cada tarde, como una participación de su espíritu. Con la docilidad de quien aprende de su madre; con la confianza de quien tiene buen maestro; con el deseo de penetrar en su interior; con la certeza de que seré transformado por ella: universalizado, centrado en Dios.

Lucas 1, 46-47: en griego, ser entero, significan lo mismo, dado el paralelismo, por consiguiente, también en griego, pese a la diferencia de tiempo y a la diversa significación, deben formar unidad: me alegro engrandeciendo, alabando a Dios, me hace exultar su alabanza, la consideración de su grandeza. Se trata de un gozo intenso. Cuya causa es Dios que me salva, teniendo en cuenta que la salvación se toma en su aspecto positivo: me hace partícipe de su grandeza…

Lo cual es particularmente cierto en el caso de María, mas también es peculiar en cualquier cristiano, que recibe de María, filialmente, el gozo materno. Como recibe por ella la magnificencia del Padre.

Lucas 1, 48: este versículo se refiere a María misma, pero como cifra de Israel, del pueblo elegido de Dios en el universo entero, en la historia entera. Grandeza de la figura de María, en quien se realiza la salvación del género humano por la encarnación del Verbo. En griego: mirar con atención, favorablemente, para sacar de angustias; en griego: humildad, condición humilde, rebajamiento… pequeñez. Sin duda, por el contexto, se refiere al contraste humano con la santidad —grandeza divina—; y dentro de ello, a la bajeza de la condición humana de la Virgen y precisamente en cuanto reconocida y aceptada, que viene a ser la humildad como virtud.

Notar de nuevo que es para mí una declaración de «criterio de operación divino» y una promesa de que me va a ser concedida la humildad, el deseo interior de rebajamiento. En suma, el Magníficat enseña ya el aforismo: «el que se humilla será ensalzado; el que se ensalza será humillado». Nos orienta a la búsqueda del «último puesto» y enlaza con Filipenses 2.

Si rezo todos los días semejante himno, ¿no me será concedida la transformación proclamada, incluido el criterio que encierra?

La segunda parte del versículo: en griego, la estoy cumpliendo al recitar el himno: me dejo influir por el Espíritu Santo que lo inspiró… y él me transformará, por consiguiente.

Lucas 1, 49-53: poder de la santidad, de la transcendencia: poder transformante, precisamente. Que establece la relación del hombre consigo, obrando con fortaleza, para destruir la soberbia que el diablo quiere infundirnos, el ansia de evadirnos de nuestra debilidad, de ser como dioses…, de parecerlo siquiera a los ojos humanos endiosados.

Poder-misericordia-fuerza: atributos de la santidad divina. En ejercicio durante la historia toda.

Notar que el Magníficat es más claro de lo que parece a primera vista, sobre todo si se entiende en conexión íntima con el resto del Nuevo Testamento, en cuyos umbrales se canta. No se trata sin más de riquezas naturales, sino de ensoberbecimiento por causa de ellas. Así el versículo 50, sobre todo comparado con el 51, y teniendo en cuenta las frases del mismo Lucas aludidas arriba. Y lo mismo: he venido a buscar a los pecadores no a los justos (ironía…).

Notar que se relaciona la extensión de la misericordia de Dios con la alabanza de la Virgen a la Virgen: a lo largo de las generaciones… (48 y 50).

Advertir que en el v. 51, en griego, designa al que aparece como superior, o quiere aparecer como tal: aquí evidentemente lo segundo, por todo el contexto.

Porque los «en griego» equivalen a los idem; el 53: recordar: bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.

Lucas 1, 54-55: al final Israel es esclavo como María al principio, y Abrahán es el antecesor de María en la promesa. Él recibe la promesa que por la lealtad del Señor, por su perseverancia en la misericordia, se cumple en María.

Si María es el último eslabón en la cadena del Antiguo Testamento, es el primero en la cadena del Nuevo Testamento. Por ello mi recitación del Magníficat ha de ser alegremente esperanzada. Y las grandes maravillas de Dios se obran en María porque ha recibido la palabra del Señor como esclava: si yo recibo cotidianamente como esclavo la palabra de Dios, en mi medida, quedaré también repleto de la grandeza maravillosa de Dios. ¡Y qué volumen adquirirá mi voz, la voz que clama como el precursor, para anunciar a todos las magnificencias divinas, de modo que todo hombre de buena voluntad pueda entender, y que al estallido de la palabra—¡la palabra de Dios es como el trueno!— se conviertan las malas voluntades. El poder de convertir… ¡Cómo lo ansío!

Observo que innegablemente voy progresando en calidad en el rezo litúrgico. Y me ocurre que la palabra «servicio» tiene el doble sentido de servir a Dios precisamente en la liturgia, el culto, y en el apostolado. Y que lo segundo es consecuencia de lo primero, ya que soy, ante todo, «siervo de Dios, de Cristo» y solamente por ello esclavo de quienquiera. Así es fundamental ahondar el sentido de la liturgia, y a la par, insistir en la actitud de servicio a todos, como prolongación de tal obra divina, constituyendo mi quehacer pastoral externo, con los hombres, en actividad cultual. ¡Unidad maravillosa de vida!

Insistiendo en el Magníficat, nota Mchugh que la frase: «desplegó el poder de su brazo», tiene la resonancia del Éxodo. Es sacar a su pueblo de la esclavitud, aquí significa que nos redime del mal, de la soberbia y de los soberbios, y aun de las soberbias múltiples, personales de cada uno…

Paralelismo María-Abrahán: halla favor ante Dios, es fuente de bendición para todas la naciones, y es bendecida por ellas, es alabada por su fe en la promesa del hijo concebido milagrosamente… Todo empieza en un hombre: Abrahán, y remata en una mujer: María… Lo cual no deja de ser significativo…

(Diario, 1979)

EPIFANÍA

Día 6 de enero 1977. Fiesta de la Epifanía

Un rato de oración de 8,10 a 9 y ahora quiero completar las dos horas, hasta las 11 pasadas. Irremediable, pues anoche cené con S. y prolongamos la conversación hasta casi la 1. Todavía no he comenzado mis preparaciones de profesor… Hoy se ofrece un día bastante libre, pero veremos…

Continúa la línea ascendente, aunque el tabaco sigue sin ser dominado. Espero que también llegue tal superación por lo sintomática y demostrativa.

Pienso que hacía muchos años —¿o acaso nunca?— había vivido estas fiestas con tanta penetración, tanta inteligencia y sabor. Ayer confesión en Madrid. A partir de ella debo esperar la gracia de no retardar jamás la recepción de la absolución más de una semana. Facilidad con el padre espiritual del seminario.

Lectura de las páginas de Flicoteaux sobre Epifanía. Leídas hace años, me han causado muy considerable efecto. Fiesta de la realeza de Jesucristo sobre el mundo —tomando mundo en su sentido más ancho y largo: universal y eterno—. Sugerencias acerca de la necesidad de estudiar con hondura y amplitud el tema político en su aspecto teológico. La realeza de Cristo debe ser reconocida… No puedo hacerlo todo de golpe, pero creo que la conversación con don Marcelo me ha dejado anchura de tiempo —tomándolo un poco a lo lejos— para que en un par de años pueda esclarecer muchas ideas y manifestar más perspicuamente el amor del Padre a los demás. Por lo pronto, vivir interior y exteriormente esta majestad de Cristo en mis pensamientos, sentimientos y acciones personales. La desviación general… La idea del padre Pozo en la charla del CETE, las diversas teologías expresan las diferentes espiritualidades. Por ello, solamente una espiritualidad vivida en plenitud puede dar lugar al pensamiento recto.

La habilidad de los cristianos para vaciar las fiestas litúrgicas de sentido debe de ser en último término diabólica… Es curioso el proceso: frecuentemente la fiesta en concreto es una elevación de fiestas naturales (Navidad toma la solemnidad pagana del sol…), luego los hombres naturalizan la substancia sobrenatural, al rodearla de expresiones naturales. No sé, pero acaso habría que insistir mucho más en la pecaminosidad inherente al hombre, en el vigor de la concupiscencia. Esta magnífica contemplación de la majestad real de Jesús se ha convertido en un bullicio de regalos más o menos contradictorios de la pobreza. Nada de gozo porque el Hijo de Dios humanado es nuestro rey, sino la alegría bastante bullanguera de las compras de regalos, los gastos inútiles, injustificables muchas veces —acaso la mayoría de las veces—, la positiva deseducación infantil con la pueril historia de la venida de los magos…

Confiar en la energía divina que opera en mí. Toda la realeza de Cristo funciona en mi personalidad si yo la dejo actuar. Sentirme fuerte. Puedo —simplemente si quiero, si asiento, si consiento a la acción de la gracia— producir en torno mío un grupo de cristianos que elevándose eleven algo el ambiente en torno de ellos. Ciertamente que puedo, puesto que es mi única misión. Y solo cumpliendo tal misión llegaré a ser yo mismo. Este menester maravilloso de elevarlo todo, cuando toque… Basta con que yo me deje levantar… El Padre se glorifica en que deis mucho fruto. Claro, tengo que morir a tantas cosas; cada criatura que desaparece como apoyo en mi vida es un paso más de Cristo en ella. Y, por consiguiente, un acrecentamiento de poder. Hace muy pocos días anotaba como admirable la asiduidad de las gentes en visitarme, siendo así que apenas hago otra cosa que ofrecerles panoramas repulsivos al hombre carnal —¡que todavía son prácticamente todos mis visitantes!—. La maravilla es de Dios, por supuesto. Igual le cuesta producirla más en totalidad. Persuadir a las gentes de que el júbilo evangélico no consiste en el divertirse de Dios mismo para alegrarse con sus criaturas, sino en regocijarse en Dios, usando de pocas cosas para manifestar y ejercitar ese gozo incomparable. Lo de siempre: ¿cuántos cristianos han visto y gustado la ternura de Dios?

El gozo, la prisa de los Magos por encontrar al rey, el reconocimiento de su majestad absolutamente soberana de todo siempre. Encuentro que se realiza en cada momento…

Considerar los aspectos múltiples de este dominio radical. Su interioridad, su radicalidad, su plenitud, su universalidad respecto de cada persona y respecto del universo entero… Sentirme gozoso porque él es así, y porque yo, y cuantos amo —todos, al cabo— estamos en sus manos. Conciencia de que en cualquiera de mis movimientos él siga siendo el rey, aun cuando yo actúe aparentemente en contra de sus designios. «Potestate mortuus est». Y por su poder —que permite— puedo apartarme de él. Ni para pecar dejo de ser súbdito suyo…

La figura de la reina, madre del rey…

Confianza en la fiesta, en el oficio y la misa, que voy a rezar y celebrar hoy —solo he recitado laudes hasta ahora—.

Los Magos marchan en fe —no ven nada de lo que adoran—; igualmente nosotros. Los Magos provocan crímenes horribles; el primer reconocimiento de la grandeza de Jesús suscita el primer intento de matarlo y la matanza efectiva de unos cuantos críos… No asombrarme de que, muchas veces, un apostolado perfecto ocasione maldades nuevas. Eso es toda presentación de la Palabra de Dios: un juicio en el que el hombre se define a sí mismo afirmándose en su ser real —construyéndose bajo el impulso de la gracia— o negándose en su realidad: destruyéndose bajo el aliciente de la tentación, de la soberbia…

(Diario, 1977)

DE SUS CUADERNOS

TIEMPO DE ADVIENTO

1.- Adviento

Significa venida, la venida del Señor. Este tiempo, primero del año litúrgico, preparación, disposición, acogida de Cristo que viene.

Pero son tres venidas las que aparecen en el Adviento:

a) Encarnación, nacimiento: recordamos, celebramos eficazmente esta primera venida histórica de Cristo. Por eso, la liturgia, resumiendo todo el Antiguo Testamento, en sus mejores pasajes y figuras, nos orienta y prepara para la venida de Cristo en la Navidad. Y esta venida nos ofrece las pautas, los modos divinos fundamentales de toda venida de Cristo para que aprendamos a acogerlo siempre.

b) Al final de los tiempos: este es el objeto primario del Adviento. Así lo pone de relieve, sobre todo, la liturgia del primer domingo. Acrecienta en nosotros la fe y la seguridad de la resurrección de Cristo y su triunfo glorioso, su vuelta al final de los tiempos que lleva consigo nuestra muerte y resurrección. El deseo se hace fuerte y esponsal: «¡Maranatha!».

c) Cristo actual y presente: habita como Verbo en nosotros. Presencia real continua que quiere ser cada vez más plena y saciativa. Está presente y viene en su Iglesia, en la liturgia, en los sacramentos, en los sacerdotes, en los demás, en los acontecimientos, en las mociones interiores…

A crecer y a vivir más perfectamente estas tres venidas nos prepara el tiempo de Adviento. Abarca en cierto sentido todo el misterio de Cristo y en toda su realización histórica y eterna. Y por eso abarca también toda nuestra vida desde su origen en la creación y encarnación hasta su final. También las actitudes fundamentales de la vida cristiana.

El Espíritu Santo quiere disponernos a recibir a Cristo que viene. Nos prepara a acogerlo, a ser cada vez más conscientes de su presencia continua, porque nada subsiste sin él.

2.- Es Cristo que viene

Venir es hacerse presente. Y porque ya está presente y actuando podemos pensar en él, y contemplarlo y desearle y dejarnos transformar por él.

a) Viene el Verbo eterno del Padre: el Hijo muy amado de Dios Padre, objeto eterno de las complacencias divinas, igual al Padre y al Espíritu Santo. Creador de todo con el Padre. Con todas las cualidades o atributos divinos: santidad, bondad, misericordia, sabiduría, poder, amor… Viene de arriba, del Padre, de la gloria.

Es hombre verdadero. Totalmente igual al hombre, menos en el pecado y en el grado de perfección humana. Se hace carne en el seno de María Virgen por obra del Espíritu Santo. Vive como un hombre cualquiera. Asume todo lo humano.

b) ¿Para qué viene?: viene radicalmente para ser glorificado él mismo como el Hijo amado del Padre y comunicador del Espíritu Santo. Esta es la raíz de todos los para qués de la venida de Cristo, de todas sus venidas.

Jesucristo baja, desciende también y consecuentemente para levantarnos, vivificarnos, salvarnos… Viene de arriba y se hace hombre para elevarnos a la categoría de hijos de Dios, para divinizarnos en él por su Espíritu, para hacer de nosotros, hombres y pecadores, verdaderos hijos de Dios para toda la eternidad.

Puesto que se trata de personas divinas y humanas, esta elevación se realiza por una comunión-intimidad perfectísimas, inimaginables, inconcebibles. Quiere hacernos vivir de su misma vida divina y humana, estar siempre con nosotros, ser principio de toda nuestra vida en una comunicación continua y creciente. Quiere permanecer en nosotros, como él permanece en el Padre y el Padre en él.

Intimidad transformadora: porque es amor más fuerte que la muerte. Originado eternamente este amor en el seno trinitario, se hace eficaz siempre en las presencias y en las venidas de Cristo. Por su «forma» de siervo —nos dio todo, se dio a sí mismo— nos comunica a nosotros ser todos hijos de Dios.

c) Cómo viene?: viene encarnándose, tomando nuestra humanidad, viviendo entre los hombres, como uno de ellos. Viene en forma de siervo, en condición de esclavo, para ser crucificado y resucitar. Viene pobre, humilde, obediente, virgen. Viene naciendo de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo. Con la colaboración paternal de san José.

Se hace presente ahora por la gracia invisiblemente, solo a los ojos de la fe y de la experiencia cristiana, iluminada y confortada por el Espíritu Santo.

3.- Nuestra respuesta

Toda venida supone una acogida. Así lo significa el mismo Evangelio. Acogida de Cristo: lo fundamental de la historia del mundo, en cualquier tiempo y lugar, es esta venida de Cristo al mundo, esta presencia suya entre nosotros. La vida eterna de cada hombre depende de su actitud de acogida o repulsa a Cristo que se le ofrece. Si le acoge tendrá vida eterna; si le rechaza, eterna muerte. Mi destino eterno, el de mis familiares y amigos, el de los gobernantes, también el de los pobres y enfermos, los niños o los jóvenes depende de esta acogida de Cristo.

a) Esta acogida consiste, en primer lugar, en «esperanza»: deseo confiado de que venga Cristo que es el deseado de las naciones.

El deseo crece contemplando, conociendo más y más a Cristo. Y desearlo es siempre y sin más eficaz.

Es el deseo de Cristo mismo, de dejarme encontrar verdaderamente por él. Por tanto, deseo de la resurrección, de la muerte previa, de sus venidas continuas…; deseo de unirme a él y eternamente.

Deseo que centra mi atención en Cristo, en su persona, en su misión. Esto es lo esencial, nuestra «única obligación», es decir, «lo único que me une con Dios», porque Cristo es el único mediador y, por lo tanto, lo único que hay que hacer es recibirle, esperarle, acogerlo.

Examinar los «malos deseos»: sin sentido.

Examinar también los «deseos inútiles» que nos distraen del único deseo necesario y que provocan desánimos, frustraciones, también conversaciones inútiles, cansancios innecesarios y lógicamente descansos innecesarios. Deseos inútiles por la inutilidad del objeto o por la inutilidad de desearlo. No podemos estar pendientes de lo demás sin dejar de estar pendientes de Jesucristo. Y para hacer una cosa, atender a lo que sea, me tiene que constar positivamente que me une a Cristo. Todo lo demás he de dejarlo, aunque sean cualidades que tenga. La actitud radical será la pobreza, como Cristo al entrar en este mundo. Y el Padre irá señalando qué quiere darnos o utilizar de nuestras cualidades o dones.

«Deseos egoístas» (el centro soy yo mismo, aunque disimuladamente, claro). «Temores vanos» (deseos de que algo no ocurra).

Cristo es la promesa del Padre, la promesa de los siglos, junto con el Espíritu Santo. Y la Iglesia nos enseña a pedir y esperar así: «escucha nuestra oración que te hemos presentado con humildad y confianza; y para que nuestros deseos puedan ser siempre atendidos haz que deseemos lo que tú quieres».

Cuanto más y más perfectamente deseemos a Cristo, más eficaz será nuestra esperanza, nuestra oración y toda nuestra vida. La petición e intercesión son expresión de un deseo ferviente que se hace humilde y confiado, súplica en la oración propia del tiempo de Adviento.

b) La esperanza integra «confianza»: confianza en que viene él, Cristo Señor, pastor de la casa de Israel, sabiduría del Padre, Hijo de David, estandarte de los pueblos, llave y cetro, sol naciente, esplendor de la luz eterna, rey de las naciones y piedra angular de la Iglesia, Emmanuel. ¿Qué más queremos o podemos querer?

Viene bajo la forma que sea, pero siempre, siempre viene él…

Muchísimas veces de manera irreconocible, salvo a la luz de la fe: pobres. Humillaciones. Fracasos. Dolor. Contradicciones. Lo malo no es padecer todo esto, sino no esperar y acoger a Cristo en ello.

Confianza en que viene Cristo a nosotros y precisamente a perdonarnos. El pecado siempre engendra desconfianza. Viene a «buscar lo que estaba perdido», a «buscar a los pecadores»; «tú que has venido a llamar a los pecadores, Cristo, ten piedad»; «vivamos libres de pecado y protegidos de toda perturbación —todo pecado perturba—, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro salvador Jesucristo». El colmo de la confianza: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme».

Examinar la confianza en Dios (Mateo 6, 25 ss). La confianza en mí. Confianza en los demás. Estas dos últimas relativizadas cada vez más según el plan de Dios que desconozco como plan práctico concreto.

c) La esperanza integra la «certeza de su venida»: nada hay repentino. No existen sorpresas para el hombre de fe. La venida de Cristo, también la última, está anunciada de mil modos. Es lo único cierto. Y está fielmente prometida.

Cristo está viniendo continuamente y hemos de vivir acogiéndolo continuamente. Permanentes en esta acogida, frente al mundo que es permanente en su rechazo continuo. Se trata de vivir de la inmediatez de su llegada.

d) La esperanza incluye la «vigilancia»: es estar atentos a Cristo sin permitir que nada distraiga de este objetivo. Vivimos con poca advertencia al misterio, porque no estamos entusiasmados, es decir, endiosados, movidos totalmente por Dios, divinizados. Y al no darnos por aludidos, no permanecemos vigilantes, excluyendo toda distracción, por supuesto, que sea mala, pero también incluso aunque parezca buena. Pensemos en lo que es objetivamente bueno, pero no se contempla o se desea con la atención interior a Cristo bueno, o en lo que es obligatorio y no se hace con la atención interior a Cristo presente, a quien me uno por la obediencia.

Vigilantes y esperanzados ante nuestra propia muerte y la de los demás, desde luego ciertas, ante la conversión del mundo, de los pecadores…

e) La esperanza es «humilde»: nos mueve a apoyarnos en Dios y nos hace olvidarnos de nosotros mismos, porque somos incapaces, impotentes y necesitados, sin derechos. Tener esperanza es abandonarse a Cristo y apoyarse solo en él. Es saber contar siempre y espontáneamente con él; para las demás ayudas necesito pensar, reflexionar…

La esperanza es «fuente de pobreza y abnegación»: el venir Cristo a mí significa dejarlo todo por él. Para poder «adorarlo» hecho niño en Belén es preciso vaciarse, dejarle mucho sitio, todo el sitio en mi vida.

f) La esperanza alimenta el «optimismo y la alegría cristianas»: alegría ante el anuncio de la venida del salvador del mundo (ángeles, pastores, María, Juan Bautista… todos exultaron de gozo ante su presencia). Cristo es la fuente de la alegría y el secreto de la alegría de Cristo está en «el amor inefable con que se sabe amado por el Padre; es el conocimiento íntimo del Padre el que le colma». Alegría que en el Adviento se muestra manifiesta recatada, interior sobre todo, austera por la espera intensa del Mesías; y que en toda la vida cristiana será igual, porque mira a la plenitud de la posesión de Cristo en la vida eterna.

g) La esperanza integra la «paciencia»: para afrontar los obstáculos y las dificultades que, ciertamente, se presentarán. «Enojarse con Dios cuando Dios prueba será humano, pero solo humano». Paciencia para seguir a pesar de los fracasos, «paciencia para seguir confiando en el amor de Dios que se enraiza en el fondo del ser, ante el tiempo que desgasta lo superficial y engrandece el hombre interior».

4.- Dimensión apostólica del adviento

Cristo viene a salvarnos a todos los hombres, a divinizarnos en la familia de Dios que es la Iglesia, a la que está llamada todo hombre. No tienen sentido los particularismos de ningún tipo en el creyente ni en el pensar, ni en el amor cristiano, ni en la orientación de la vida… Y esta es una actitud, la universalidad de la salvación del Mesías que le costó dura prueba al pueblo de Israel.

En Cristo todo debe sonarnos como algo «nuestro», desde el padrenuestro hasta la más íntima reacción de esperanza, siempre en la Iglesia para el mundo: el de antes, el de ahora y el de después. Un cristiano está presente a todos los hombres de todos los tiempos como Cristo; en el sentido pleno «actual».

Tampoco tienen sentido las particularizaciones que nacen de nuestro egoísmo o de la poquedad de nuestros horizontes en la oración, en la esperanza, en las posibilidades…

Toda esta realidad del Adviento que consideramos nos convierte a nosotros en «enviados», como Cristo. Él viene enviado por el Padre y envía al Espíritu Santo. Nosotros somos enviados por Cristo y el Espíritu Santo. Por esto el Adviento me lleva a los hombres, me dispone a acoger a cada hombre, revelándole este misterio del amor del Padre y del Hijo.

Sabemos entonces si nos abrimos, si acogemos a Cristo, en la medida en que nos abrimos también al Padre, al Espíritu Santo, a los hombres. El adviento de Cristo se convierte así en nuestro adviento respecto de los hombres.

Se trata de acercarnos, de aproximarnos, de hacernos prójimos con la misma cercanía, intimidad, entrega con que Cristo se une a nosotros, haciéndonos una sola cosa con él y con todos los hombres, como él y el Padre son uno.

El Adviento nos sitúa así en el corazón de la Iglesia que es esencialmente misionera, universal. Y nos hace descubrir la eficacia de toda nuestra vida que transciende nuestra visión de horizontes limitados. «Ya» hemos de actuar como «salvadores» por la intercesión, por la expiación, por el mérito, por el testimonio…

5.- Testigos del adviento

a) La figura de Juan Bautista:

—Las indicaciones de su predicación: anuncio del juicio (Mateo 3, 5-12). Anuncio e indicación que hace de Jesucristo (Marcos 1, 7-8; Juan 1, 26-34). Llamada a la conversión (Lucas 3, 3-6; Marcos 1, 1-5; Mateo 3, 1-3). La conducta del convertido (Lucas 3, 10-14).

—El ejemplo de su vida: abnegación. Dedicación a su misión. Firmeza en la verdad. Anonadamiento, humillación. Martirio (Mateo 3, 1-15; 11, 2-15; 14, 3-12; Juan 1, 19-37; Lucas 7, 18-30; Juan 3, 22-36; Marcos 6, 17-29).

La «realidad» de esta figura profética es la venida de Cristo en condición de esclavo y su anonadamiento.

Nosotros somos precursores. Examinar el sentido de nuestra vida señalado por la venida de Cristo: actitud de anonadamiento. Condenación de la soberbia. Búsqueda del ocultamiento. Búsqueda de la humillación positiva hasta la anulación total. Este ha de ser también uno de los frutos notables como participación y actualización de la venida de Cristo.

b) La figura de María:

—Contemplar a lo largo del Adviento sus disposiciones para recibir a Cristo. Inmaculada desde el principio. Fe en la palabra de Dios. Caridad. Ocultamiento. Actitud de esclava. Virginidad…

—La vida de María en relación con Cristo aquí en la tierra: atención a él. Confianza en él. Participación en su misión redentora…

—La Virgen, como fruto de la obra de Cristo y el fruto más perfecto, manifiesta la grandeza de su venida. Contemplar en esta perspectiva la grandeza el misterio de su Inmaculada Concepción…

—La Virgen asociada a Cristo ya desde el primer momento: consecuencia de su humildad que le dispone como esclava a ser la Madre de Dios y Madre de todos los hombres. Es modelo activo que modela a todo cristiano en cuanto tal.

—Nuestra actitud respecto de María: actitud plenamente filial. Cooperación nuestra a su labor maternal.

María espera a Cristo concentrada en él con amor indiviso. Así le imita la Iglesia.

La «realidad» es Cristo, el Verbo de Dios que viene nacido de la Virgen María, recibiéndolo todo del Padre, con la colaboración única de María.

Cristo es el «autor» de nuestra fe, el «don» del Padre a nosotros, «redentor» y «mediador».

(Notas de reflexión personal)

EL MISTERIO DE LA NAVIDAD

1.- Navidad es un tiempo litúrgico

Necesitamos actualizar la conciencia del sentido del tiempo litúrgico en general. Es bueno recordar que la eficacia de la acción litúrgica también depende de nuestras disposiciones.

Tomar con «realismo» la liturgia. No es hiperbólica, pues tiene virtualidad para producir lo que dice, tal como lo dice. Hay que creerlo y esperarlo. Y esto es motivo para la alegría cristiana, la alegría de la esperanza. Conciencia del realismo de la expresión litúrgica, cuando habla de la pobreza, del amor de Dios, de la humildad y de la humillación, de la cruz, de la intimidad divina… Humildad para reconocer que estoy por debajo de lo que marca y, al mismo tiempo, esperanza para recibirlo. Dios no habla inútilmente, ni la Iglesia tampoco.

Las vacaciones de Navidad suponen, por un lado, la supresión de todas aquellas actividades que me distraigan y, por otro lado, significan la dedicación más intensa a la contemplación del misterio.

Examinar el planteamiento, consecuente a todo esto, que hago de estos días de Navidad que Dios me ofrece para crecer en intimidad con él.

2.- Celebramos un misterio

Como tal, como todo misterio nos desborda, rompe nuestras normas y hay que dejarse «romper». Y esta es la raíz de la conversión.

Dios no tiene nuestros modos —es infinito— y quiere sacarnos de los nuestros para divinizarnos.

No podemos comprender (abarcar), pero sí entender —tender continuamente al misterio— penetrándolo. El Espíritu Santo nos mete en el misterio para vivir toda nuestra vida y todas nuestras actividades desde ahí.

Avivemos la esperanza, pues todo misterio es fructuoso. Y Dios nos lo revela y nos da la gracia de celebrarlo para que lo vivamos y disfrutemos.

Tenemos dos peligros: o contemplar como si del misterio no saliesen consecuencias, como si el misterio no nos comprometiese. O sacar las consecuencias, sin arrancar de la contemplación.

3.- Misterio de la encarnación

El misterio que celebramos en la Navidad es la encarnación: El Hijo de Dios se ha hecho hombre.

Hemos de buscar penetrar en el conocimiento de la «persona divina del Hijo», también de la «realidad humana de Jesús» y también de la «realidad de la unión Dios y hombre: el hombre Jesús es Hijo de Dios».

Es persona divina y se hace hombre para revelarnos y comunicarnos el amor de Dios Padre a cada uno de todos. Primero al mismo Jesús. Después a todos los hombres.

Es un revelar ontológico: a partir siempre de la comunicación. Podemos hablar, meditar, contemplar porque Cristo ya vive en nosotros, porque ya está en nosotros.

Un peligro: acostumbrados, como estamos, a los enunciados y a las frases, no entramos, no nos ponemos en contacto con la «realidad» que enuncian.

4.- Jesús es el salvador

Meditar el misterio de la salvación no solo para mí, sino también para los demás, para cada uno de nosotros.

a) Necesidad de ser salvados: servidumbre del pecado. Conciencia de pecador, del pecado y de la gravedad del pecado. Examen detenido de las energías que me inducen al pecado, esclavizándome. Renovar el examen de criterios, movimientos afectivos, impulsos… que no funcionan movidos por el Espíritu Santo.

Conciencia de mi impotencia para superarlos. Considerar la gravedad de todo pecado, incluso venial, de todo movimiento egoísta.

Considerar que las tendencias egoístas, de suyo, me conducen a la condenación eterna. A mí y a cada hombre. Todo hombre en la tierra está en peligro, ciertamente, de condenarse eternamente.

b) Jesucristo salvador: no viene simplemente a arreglar defectos o apegos concretos, sino «a curarnos de raíz», «a sacarnos del abismo». Por eso no concretar demasiado su acción salvífica. Es más, me ofrece la santidad heroica.

Examen de mis planteamientos respecto a mi vocación a la santidad: planteamientos concretos, no simplemente teóricos. Confianza en el amor omnipotente de las personas divinas que me manifiesta Jesucristo para alcanzar la santidad. Y confianza en el poder de Jesucristo para hacerme superar las esclavitudes actuales del pecado.

c) Jesucristo viene a «divinizarnos» a cada uno: realismo de esta divinización que sobresale en la liturgia de la Navidad. Igual que el Verbo planta su tienda entre nosotros, pone la nuestra, nos pone a nosotros, nos levanta a nosotros al seno de Dios Padre. Por la acción del Espíritu Santo, en la «concepción virginal» de la fe, entramos en la familia de los hijos de Dios.

d) Viene a salvarnos a «todos»: la salvación de Jesucristo es universal, para todo hombre. Universal en el tiempo y en el espacio: a los de antes y a los de después. Hay que examinar, a la luz de esto, todos nuestros particularismos que empobrecen y limitan el misterio.

5.- Jesús se hace carne para estar con nosotros

El nacimiento de Jesús inicia una nueva manera de presencia de las personas divinas en el mundo, en la Iglesia y, sobre todo, en cada hombre que acoge a Cristo.

Considerar los diversos modos de estar presente Dios-con-nosotros.

El Antiguo Testamento es tendencia a la plenitud de la presencia de Dios en Jesucristo. Y él viene para permanecer con nosotros y en nosotros hasta la consumación de los siglos.

El bautismo es unión indisoluble con Cristo. Es presencia amante, pues es el único amor que satisface y capacita para amar de veras, en autenticidad. Esto tiene multitud de consecuencias afectivas que han de brillar en nuestro testimonio cristiano. Un cristiano adulto vive la conciencia de la presencia amorosa, continua, total y transformadora de Cristo en él como impulso continuo.

La vida cristiana es «amistad con Jesucristo», unión con él y en él con las personas divinas. Todo esto se inaugura en la encarnación y en el bautismo.

La amistad es un amor mutuo que supone el conocimiento por trato, es decir, intimidad, el conocimiento e interés por las cosas del amigo, el deseo de darle gusto y ayudarle, el deseo de no disgustarle.

La base de toda amistad es lo primero, pues el hacer la voluntad de otro puede estar al alcance de un criado, pero la intimidad supone amistad.

Contemplar cómo hace Cristo todo esto con cada uno de nosotros: nos conoce totalmente, como somos, lo que hemos hecho, lo que estamos haciendo, el futuro… todas nuestras cosas le interesan, como que son suyas: o le desagradan —y sufrió por ellas en la tierra— o le complacen. No hay nada nuestro que sea indiferente para él. Nos ama a cada uno con tal fuerza que viene para dar la vida por cada uno de nosotros. Y nos ayuda continuamente con su gracia y nos quiere proporcionar la felicidad total. No nos ahorra sufrimientos concretos cuando nos pueden servir de medios para ser mejores; por el contrario, lo que hizo fue sufrir él también cosas semejantes.

Ver punto por punto cómo va nuestra «correspondencia».

La amistad con Cristo es completamente singular. No entre iguales, ni como desde fuera, sino que Jesucristo es superior, de modo tal que no podemos entenderlo del todo, y actúa desde dentro de nosotros mismos.

Y siempre en lo que toca a cada uno, Jesucristo obra para bien mío, para que sea mejor, para que viva más unido a él. Aunque fallen los colaboradores, si yo quiero recibir el bien que Cristo me quiere dar, él suple con gracias interiores.

La Navidad es también fiesta de nuestra presencia ante Dios. En Cristo, Verbo encarnado, estoy presente a Dios, elegido amorosamente desde toda la eternidad. Cristo viene para que yo permanezca en él. Su nacimiento es mi propio nacimiento. ¿Cómo vivo todo esto?

6.- Jesús es nuestro libertador

Cristo nos libera —ver «Benedictus»— del pecado, del enemigo, del temor, de las tinieblas…, hasta de las limitaciones corporales y temporales. Conciencia de esclavitud.

Nos libera del «demonio»: la lucha fundamental es Cristo-Satanás. Nuestra lucha es contra poderes muy superiores; solo en Cristo podemos vencer.

Nos libera del «mundo»: Examinar en qué estoy atado por el mundo. Examinar la experiencia que ya tengo de liberación (criterios, necesidades, costumbres…). Solo Cristo es la verdadera libertad.

Nos libera de la «carne»: pasiones, sensibilidad… efecto de la eucaristía.

Nos libera del «temor»: nos libera del temor a Dios connaturalizándonos con él. Del temor a la cruz. De los temores a las cosas de este mundo. El único temor es pecar: yo y los demás.

Nos libera de la «temporalidad»: pues nos introduce en el misterio de la eternidad. Negar la categoría de tiempo, pues vivimos en el seno del Padre y estamos introducidos en un plan previsto desde toda la eternidad.

7.- Sacerdocio y victimación

Navidad es el comienzo del «sacerdocio y victimación» de Cristo. Él es mediador por la unión hipostática. La humanidad de Cristo está totalmente movida por el Verbo y ungida por el Espíritu Santo. Cristo es siempre la revelación de la persona del Verbo y con él de toda la Trinidad.

Cristo sacerdote nos une con Dios, con los demás hombres. Une toda la creación, pues es el inicio de los nuevos cielos y la nueva tierra. Conexión con la eucaristía.

Todo esto lo contemplamos desde dentro, en él; incluso a mí mismo me contemplo en él. Jesús me introduce en mi propia realidad.

Se inicia el sacrificio de Cristo que culminará en la cruz. Gozo crucificado de la Navidad y de toda la vida cristiana. Nacidos en él quedamos vinculados a su dinamismo de sacrificio. Esta actitud de inmolación incluye hasta lo físico: disposición para todo el año litúrgico.

8.- María en la Navidad

La Virgen María está centrada en la esperanza del nacimiento. Constituida ya madre nuestra nos comunica su modo de ser.

Especial papel de la Virgen en el sacerdocio de Cristo. Necesidad absoluta de ella para nuestra vida cristiana y crecimiento, según las diversas vocaciones.

Ella formó el cuerpo del único sacerdote en el que nosotros estamos injertados. Nos forma a nosotros. Nos comunica sus actitudes mismas, en relación consciente y amorosa.

María es el fruto primero y más perfecto y singular del ejercicio del sacerdocio de Cristo.

Tenemos estas actitudes de María porque somos hijos; son algo intrínseco.

9.- Dimensión apostólica

Navidad. Jesús nace o crece en nosotros. Es tiempo especialmente apto para que nazca en muchos que están en pecado.

Apasionamiento apostólico: Dios quiere que hoy se conviertan muchos. Quiere realizar la obra admirable del renacimiento de muchos. Deseo, por tanto, de que Cristo nazca en muchos: dolores de parto, victimación. Depende de mí que hoy muchos vengan a la vida.

10.- Contemplación de la humanidad de Cristo

Dios nos quiere conceder experimentar su gloria, la gloria del unigénito, lleno de gracia y de verdad.

La humanidad de Cristo es símbolo de la persona divina del Verbo. Nos hace partícipes de la divinidad. Confianza, pues, en el poder de Cristo para obrar maravillas en mí y en todos. Cada cristiano pasamos a ser símbolo del Verbo.

Somos eternizados y hechos fuente de vida eterna. Inanidad de las preocupaciones temporales. Grandeza de la misión que tengo en Cristo.

El asume todo lo creado y nos capacita como con-creadores, como consagradores de todo. Somos salvados y salvadores. Somos eficaces.

El Señor quiere una sociedad de santos suficientemente numerosa como para que haya testimonio colectivo eficaz. Nos da poder para convertir muchedumbres; no podemos limitar su poder.

El sacerdote, capaz de transformar el pan en cuerpo de Cristo, tiene capacidad para transformar al hombre en hijo de Dios.

¿Soy más sensible a los signos del pecado o a los signos de la gracia? Hemos sido engrandecidos por su humillación. Eternos, poderosos, fecundos… «El que cree en mí hará las obras que yo hago y aún mayores».

(Notas para la reflexión)

ALGUNOS NOMBRES DE CRISTO

1.- Hijo del hombre

Cristo se da este nombre, que se desvanece luego en la Sagrada Escritura. Para los judíos tenía sentido peculiar; tal vez carecía de significado para los helenistas. Y esa fue la causa de la desaparición.

En primer lugar, en arameo, es la única forma de designar a un ser individual. Hijo del hombre significa en arameo el hombre o este hombre, como circunlocución de cortesía en vez del pronombre personal. Pero en el uso evangélico hay algo más que esto.

En el Antiguo Testamento hay pocos textos que lo empleen: Daniel 7; 13, 14. Según la exégesis más aceptada indica la personificación del pueblo de Israel y posee resonancia escatológica. Ezequiel lo usa para llamarse a sí mismo, pero esto nada influye en el Nuevo Testamento.

El libro de Henoc, apócrifo, designa así a cierta figura salvadora, sobrehumana. Pero su escatología se opone a la bíblica; y nada autoriza a pensar que se hubiera extendido tanto que constituyera la primaria sugerencia para los israelitas del tiempo de Jesús.

En el Nuevo Testamento podemos distinguir como tres modos de utilizarlo:

a) El hijo del hombre que viene sobre las nubes: sentido de parusía, procedente de Daniel. Es el uso más repetido y se mezcla en las alusiones a la pasión y muerte con la glorificación, según el estilo de san Juan. Para algunos intérpretes este empleo vendría más bien de la Iglesia primitiva.

b) Los relacionados con el perdón de los pecados, con la autoridad sobre el sábado: se relaciona con el siguiente, porque Jesús ejerce su poder mediante la pasión y la muerte. (Pero entonces también con el anterior).

c) Textos que indican que Jesús es hombre sin más: su modo corriente de vivir, su trato con gente vulgar…

Para Mc Kenzie esto indica, sobre todo, la humildad de Jesús, en el sentido de comunidad con el vulgo; es simplemente un hombre pobre que vive entre los pobres, cuyo poder es meramente escatológico. Y para seguirlo basta con ser hombre. No refleja solo el hecho de poseer la naturaleza humana, sino su manera de poseerla en concreto; su condición de pobre, de vulgar.

Me parece que en todo esto los autores no han logrado la síntesis deseable. Insisten en ambos aspectos, como el mismo Mc Kenzie: es un hombre muy perfecto, exige un cambio completo. Es hombre verdadero, es vulgar, todos pueden seguirle.

Habría que mostrar cómo Cristo no es en absoluto vulgar, sino que es un hombre verdadero, es decir, posee todas las cualidades que la naturaleza humana como tal puede alcanzar, pero que de ordinario tiene trabadas en mera potencia. Y estas cualidades no tienen nada que ver con lo que la gente llama de ordinario vulgar o ilustre. Simplemente son otras categorías. Y precisamente un estudio serio, objetivo, sin prejuicios nos podría enseñar no parvamente acerca de lo que es un hombre.

Los modernos, con su irreprimible tendencia a fijarse en lo que tienen al alcance de sus narices, se establecen en lo que suele suceder y se empeñan vigorosamente en presentarnos a Cristo allí instaurado. Pero esto es absolutamente falso. Cristo no es de ninguna manera uno de tantos, un hombre sin más. Es por su mismo ser un destacado, uno que atrae las miradas, el diferente de todos. Choca en cuanto se presenta. Y muestra hasta dónde puede llegar la naturaleza humana, no hasta dónde llega. Hay, por supuesto, toda la vida oculta, en que se hizo un muchacho cualquiera. Pero no es un hombre cualquiera. Cualquiera que posee las cualidades humanas que Jesús descubre en sus años de predicación procura manifestarse desde el principio. El niño que ha tenido éxitos escolares —algo así como la subida al templo— forma inmediatamente círculo en torno suyo y marcha a la capital a formarse mejor. Jesucristo toma el sufrimiento, pero no vemos por más que nos desojemos, que acepte la vulgaridad. Jesús, aun en cuanto hombre, se une por arriba.

Por más que exprimamos el Nuevo Testamento no extraeremos una gota de esa buscada y decantada vulgaridad de Cristo. Es aristócrata, en el sentido profundo de la palabra en que, por ejemplo, lo toma Maeztu en mis lecturas de ayer tarde. Se patentiza siempre como el mejor, el que está sobre las cosas; si las recibe es porque quiere. Y ello es todo lo contrario de lo que le sucede a cualquier hombre. La pobreza de Jesús no es ni por asomo la pobreza de los que le rodean. Él es pobre descaradamente porque quiere. Multiplica los milagros y no es precisa la sabiduría satánica para comprender que puede convertir las piedras en pan. La fuerza de su testimonio es exactamente la de una elección. Si nos enseña a sufrir es porque él, y únicamente él, puede no sufrir. Y no es esto lo que nos acaece a nosotros, ¡los hombres cualquiera!

¿Cuántos pobres encuentran mujeres que les asistan con sus bienes, ricos que les inviten a sus banquetes y soporten de buena o mal gana sus reprensiones? Jesucristo se presenta con poder frente a sus enemigos. Con el poder que él mismo se atribuye, la energía infinita de Yahvé que está en él, que está de su parte; con el poder que sus enemigos constatan, el favor del pueblo. Hace falta mucha mala idea, un juicio previo muy acariciado y ofuscador, para decir que Jesús tomó la condición —el modo de vivir— humana vulgar. Se sabe amado por el Padre, incluso tiene amigos humanos, tiene una madre absolutamente excepcional, tiene seguridad, tiene plena conciencia de la importancia de su misión, tiene pleno dominio sobre las cosas, sobre los hombres, sobre los demonios. Si esto es un hombre cualquiera… Y no disimula nada de eso. Ha sido necesaria toda la degeneración moderna para que la teología en masa se precipite por esta tendencia maníaca a presentarnos un Jesucristo en merma. Él es hombre verdadero que con una tabla de valores perfectamente opuesta a la vulgar acepta muchas cosas, pero porque quiere, de las que sufrimos los hombres, para enseñarnos las alturas que podemos alcanzar.

Tomando las tres significaciones de la frase «hijo de hombre» y uniéndolas comprendemos que porque el Verbo se ha hecho hombre verdadero nos ha enseñado lo que supone la potencia obediencial. Podemos ser llevados por él —y en él— a la altitud máxima de la parusía. Podemos juzgar a las tribus de Israel. Pero esto no lo hacemos siendo hombres vulgares, sino prescindiendo de ese tema, dejándonos humanizar por la gracia plenamente y amando a los hombres, no para hacernos como ellos, sino para hacerlos como nosotros.

[…]

2.- Jesús hijo de Dios

En los sinópticos, Dios —Theos, con artículo— es siempre el Padre, idéntico a Yahvé. (Lo mismo hay que afirmar de todo el Nuevo Testamento, he tomado mal la nota). Jesús se presenta como personalmente distinto del Padre, no como participante de la misma naturaleza porque tal concepto aún no se había acuñado. Pero sí como hijo, de modo distinto al de todos los otros. Y toma en el mundo una posición inexplicable, sin su ser filial respecto de Dios.

Los atributos eran en el lenguaje judío no ciertamente personalidades, pero sí personificados, cualidades por las que el hombre entraba en contacto con Yahvé. Cuando se llama a Jesús con nombres de atributos no se toma en este sentido, que más bien demuestra cierta lejanía de Yahvé; por el contrario Cristo acerca a Dios.

3.- Jesús Verbo

No parece que Mc Kenzie sienta los escrúpulos de otros escrituristas ante el uso teológico del vocablo. Lo único que anota, y es importante, es que generalmente los teólogos no han sacado partido de la rica ambientación del término en el Antiguo Testamento. Afirma que nada debe a las concepciones platónicas o estoicas del logos, sino que es el cumplimiento del Antiguo Testamento en el mejor sentido de la palabra. «Es la revelación del Padre y encarna su poder. Es la proyección de su personalidad y una realidad permanente. Hace al Padre inteligible. En él los hombres experimentan un encuentro personal con el Padre. Es la palabra creadora que hace que exista un hombre nuevo y un mundo nuevo… Expresa con toda propiedad la divina preexistencia de Jesús».

4.- Jesús siervo de Yahvé

Alusión al capítulo 53 de Isaías. Persona desconocida que sufre por los demás, siendo inocente, y mediante sus sufrimientos libera a los otros de sus aflicciones. Opina que el autor no se refiere a nadie, sino a una figura ideal que realizaría el destino de Israel padeciendo y muriendo; personalidad corporativa, individuo en quien se recapitula el pueblo.

No debe llamarse Mesías, pues Israel no conocía otro Mesías que el rey. Hay muchas alusiones y, aunque parte sean accidentales, bastan para asentar la tesis de que este pasaje ocupaba una posición central en la proclamación de Jesús. Tal proclamación negaba valores fundamentales tanto para los griegos como para los judíos. Con este tema, «estamos en el centro mismo de la revolución cristiana».

Hace un paralelo con la muerte de Sócrates: heroica, humanamente digna, ejemplar para una pequeña minoría intelectual. La muerte de Cristo es un episodio en que la dignidad del hombre se redujo al nivel más bajo posible. Más morbosa que romántica, aunque no propiamente morbosa. Se reconoce como buena, auténtica y hermosa, solo por un acto de fe.

No me satisface nada de lo que he leído sobre el tema, aunque concuerdo con lo que leo. Pero necesito más. Sobre todo, porque el nombre de siervo se usa ahora de continuo y no me parece que muy exactamente, según esta imagen de siervo de Yahvé. Supongo que los pasajes en que Jesucristo habla de su servicio a los hombres han de entenderse desde aquí. El servicio a los hombres está llevando a los sacerdotes no a morir, no a invitar a llevar la cruz, sino a protestar, a balar y a mugir como condenados ante cualquier injusticia. Me parece que en todo esto hay un error hondísimo y anchísimo de interpretación. Pero precisaría de más exégesis muy cuidadas que basaran mis intuiciones, sin duda legítimas.

5.- Jesús revelación del Padre

Insiste el autor en el clima de familiaridad que Jesús crea respecto del Padre. Él insiste en que la revelación perfecta es él mismo. Por eso el conocimiento del Padre se recibe tratando a Cristo, pero tratándolo como a Hijo, como a la persona que es. Creo que en esto siguen mis predicaciones la línea justa, pero tal vez deba insistir todavía más en ella. La «experiencia» de Cristo, de su ser sabiduría… es lo que nos hace conocer a Dios: vivir.

6.- Jesús rey

Aquí hay una serie de conceptos que es preciso esclarecer. Concepto de reino.

La palabra reino, en castellano, no traduce el concepto subyacente en los vocablos arameo y griego. Más bien sería reinado.

La idea es ya del Antiguo Testamento. Y se ajusta con matices diversos a la concepción de la realeza: se trata de un rey guerrero, conquistador, juez. El dominio solía lograrse por el terror, y así sucede con Yahvé, aunque el terror que él inspira proviene de su justicia y de su santidad. Pero de todas maneras es al fin terror.

Por otra parte, la realidad visible manifiesta que Yahvé no reina de hecho, que muchos pueblos se sustraen a su dominio; que Israel mismo es sojuzgado frecuentemente. Israel tiene, en todo caso, una posición única: él no será sujeto de juicio ni de conquista, sino viceversa: juzgará, conquistará. El judaísmo último, de los tiempos de Cristo, endurece la idea ante los fracasos temporales; y se crea una tensión contra los demás pueblos. Y se espera cada vez más un día postrero. Aquí entra la categoría de escatológico que luego he de examinar.

Cuando viene Cristo proclama la llegada del reino. Ya nada hay que esperar. Pero lo que él anuncia no coincide en absoluto con las expectativas judías. Hace ver que se trata del reino prometido, pero lo propone de tal forma que aparece muy divergente de lo esperado. El reinado no es ni más ni menos que la voluntad soberana de Dios. Tal cual es: personal, amorosa, sapientísima, omnipotente. Hay que responder a este reinado, haciéndose súbdito. Y esto consiste en la confianza absoluta que excluye cualquier otra confianza. Así las conquistas del reino son interiores, personales. Se pelea contra el hombre viejo, contra el demonio.

Jesús es, pues, rey, conquistador, pero en lucha de regeneración moral. La pelea es toda interior. No acude, en lo más mínimo, a medios políticos temporales. No se proclama rey con interés excesivo; no es, al parecer, título de su predilección. Sin embargo, lo afirma. No podemos atribuir su mesura a prudencia política, que jamás tuvo; si no insistió en semejante título es porque religiosamente era mal comprendido. Asevera que su reino no es un poder de este mundo; sin embargo, es un poder.

Los primeros cristianos hablan más de su realeza que él mismo. Los relatos de la infancia persiguen, ante todo, imprimir en las mentes cristianas la seguridad de tal realeza. Cada una de las anécdotas de la infancia se orientan a este fin: se cumple en él la promesa de la dinastía eterna.

Jesús como rey conquistador de un reino interior es el salvador: vamos a examinar este título.

DE SUS PREDICACIONES

RETIRO DE ADVIENTO PARA SEGLARES 1986

1.- Para vivir el Adviento

Para empezar este año litúrgico, y en este día que, claro, ya está programado desde siempre, el día antes del primer domingo de Adviento, pues es sábado, no es que sea una casualidad. Pues, más actualizados, en esta conciencia de unión con la Virgen María que nos tiene que comunicar el crecimiento, la actitud que tuvo ella cuando se la anunció la venida de Jesucristo.

Las actitudes que, ciertamente, nos quiere infundir, no como algo inicial, porque ya las tenemos —si no, no estaríamos aquí—, pero si como algo que es inicial respecto del futuro, que es crecimiento respecto de lo inmediato, ahora mismo, de lo pasado. Las actitudes con que el Señor mismo nos dispone para que vivamos este año litúrgico que comenzamos de una manera más fructuosa. Donde estoy yo mucho orden no hay nunca, de nada. En rigor, primero habría que hablar del año litúrgico en general, pero bueno, yo voy a referirme al Adviento, ahora a nuestras actitudes y luego, un poco, a lo que es la venida de Jesucristo, esta tarde.

a) Intensificar la fe

Las actitudes, digo, principales, podemos reducirlas a esto: primero, por supuesto, la actitud de fe. La fe que tenemos, que se actualice y al actualizarse se intensifique. Podemos hablar así porque tenemos certeza de que Dios lo quiere hacer. El año litúrgico es —va siendo durante todo el año— el hacerse presente Jesucristo con toda su obra salvífica de una manera —por la forma de hacerse presente— pedagógica, congruente con nuestro modo de ser humano que es progresivo, lento —relativamente lento—, falible. Caemos, cambiamos, y esto tiene que ser así porque nos corresponde en cuanto a personas humanas. Estamos todavía en situación terrena, pero progresiva. Tenemos que tener la conciencia de que vamos a progresar y, ciertamente, si el Espíritu Santo ha ido moviendo a Cristo, y Cristo, el Hijo de Dios como hombre, también se ha movido en esta línea, y se ha movido en la línea de constituir un cuerpo místico y hacerse presente en la tierra y de iluminar a la Iglesia para que establezca estas formas pedagógicas. Entonces el Espíritu Santo que asiste —ha asistido a la Iglesia en su nivel jerárquico para establecer el año litúrgico con las colaboraciones que la jerarquía ha tenido por oportuno reclamar, comisiones litúrgicas y demás— no puede —porque el Espíritu Santo no es tan incongruente como nosotros, ni es incongruente en absoluto, claro— no iluminarnos a nosotros para que vivamos eso que él mismo nos propone. Por consiguiente, el Espíritu Santo quiere movernos a vivir con intensidad y, por tanto, con mucha fructuosidad, el año litúrgico. Luego, entonces, ciertamente, nos quiere infundir un crecimiento en estas actitudes a las que voy a referirme.

Primero, la fe. La fe —lo desarrollo más esta tarde— en que realmente Cristo viene. Y «viene» no significa que viene en el sentido de que no está y viene, porque ya está —estamos delante del sagrario, precisamente—. «Viene» quiere decir que se nos hace presente, es decir, se manifiesta. No se manifiesta en su forma gloriosa corporal —eso pasará cuando resucitemos—, si no que se manifiesta a la fe, a las personas que tenemos fe —luego veremos diversos aspectos de esta manifestación—. Pero lo primero es que tengamos fe en que viene, y en que viene actuando. Y actuando quiere decir santificándonos, comunicándonos el Espíritu Santo, comunicándonos sus actitudes, su vida eterna y su modo de conocer, que es la fe, su modo de amar que es la caridad, su modo de desear —que para nosotros, que estamos en la tierra, todavía es esperanza—, su modo de ver las cosas.

Pero esta fe viene como es, con su poder, su omnipotencia, con su amor que es infinito, que supera todo lo que nosotros podemos imaginar de lo que podamos querer que nos quieran.

b) Desde la fe, la humildad

Esta fe en la venida de Cristo que meditaremos después, pero que tiene que estar presente ahora ya. En primer lugar, tendríamos como actitud la humildad. La humildad es el reconocimiento de nuestra indigencia, necesitamos que nos salven. Es evidente que no tiene sentido desear la venida de un salvador si no pensamos que estamos necesitados de salvación. Nadie desea la venida de un médico —en cuanto médico, claro, puede ser amigo suyo— si no se considera enfermo. No haría más que molestarnos. Pero si me considero que estoy enfermo, que estoy realmente enfermo, y además que yo no soy capaz de sanarme, entonces o estoy loco o quiero que el médico me saque adelante, porque tengo instinto de conservación. En la vida «total», incluso en la salud, porque si no, no resucitamos; los médicos de la tierra no nos resucitan. Para desear al salvador hay una condición indispensable: que nos reconozcamos necesitados de salvación.

La situación nuestra puede estar perfectamente representada muy gráficamente con cualquier milagro que recuerden ustedes. Cuando un leproso, un ciego, un cojo —lo que sea— se acercaba a Jesucristo —o estaba por ahí y pasaba Jesucristo—, como el Bartimeo, lo invoca para que le cure porque se reconoce enfermo. Una cosa absurda que no aparece en el Evangelio es que un individuo que no esté leproso le pida a Cristo que le cure de la lepra, claro. Lo primero necesario es que se reconozca la enfermedad con la impotencia de autosanarse, de sanarse a sí mismo, claro. Medítenlo ustedes. Y no solo ahora porque un retiro no es para meditarlo todo aquí, siempre se dará mucha más materia y no van a coger ustedes toda la liturgia, ahora del Adviento, para meditarla, o del año litúrgico, sino precisamente para hacer ciertos planteamientos a los que después hay que dar vueltas. Cuando hacen cosasen las que se puede pensar mientras tanto, en lugar de estar pensando en cualquier cosa que no tiene trascendencia, pues se piensa en todas estas verdades que sí que la tienen, por ejemplo, lo necesitados que estamos todos.

Es una necesidad extrema. Extrema porque, se hable o no se hable, estamos todos en capacidad de condenarnos o de llegar a la plenitud de la santidad. Se trata precisamente de esto, de que no nos condenemos y lleguemos a la plenitud de la santidad. Estamos en peligro de condenarnos, y esto ya no es solo un peligro. Cuando digo «estamos» no me refiero necesariamente a todos los que estamos aquí. Entramos, pero en grados distintos, claro. Estamos todos en peligro de condenarnos mientras estemos en la tierra; estamos en peligro de tener que pasar unos sufrimientos completamente inútiles en el purgatorio. El purgatorio es el sitio, el lugar, el modo, el estado —mejor dicho— donde el individuo que ha muerto —en el sentido físico—, sin purificación, sin amar a Dios totalmente, tiene que ser purificado. Eso significa purgatorio. Purgatorio no es el lugar donde a un individuo le aplican unas penas, conscientes jurídicamente a unos actos mal hechos. «Purgatorio» significa lugar donde le purifican a uno. De manera que si un niño entra en su casa —a lo cual tiene pleno derecho—, pero entra —el pobrecito— hecho una porquería porque disfruta manchándose, su madre que le quiere mucho, lo primero que hará —vamos digo yo, si tiene un poco sentido de la limpieza— será darle un fregado, cosa que al niño le puede sentar bastante mal, puede formar una llorera impresionante, pero la madre no se altera por eso, lo lava y ya está. Cuando uno se muere y no está suficientemente purificado, Dios le quiere muchísimo, y porque le quiere muchísimo le da un fregado que para qué… Y esto es lo que es el purgatorio. Cuando estás suficientemente limpio, como tienes los ojos suficientemente puros, ves a Dios, porque son los limpios de corazón los que ven a Dios. Eso es el purificarse el corazón, la personalidad, el núcleo de la personalidad —que es lo que significa el corazón, que es realmente puro, es decir, sin mezclas, para poder contemplar—. Si a uno le entra una arenilla en el ojo —no solo en ese momento, sino que se queda un rato que no ve bien, hasta que se le cura—, esto no es ni bueno ni malo, ni castigo ni premio, esto es que es así. Pues aquí pasa lo mismo.

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