Читать книгу: «Ecos del misterio»
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ISBN del libro impreso: 978-84-945948-7-8
ISBN: 978-84-945948-8-5
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José Rivera Ramírez
Ecos del misterio
Cuadernos de estudio sobre estética literaria
Ediciones Trébedes

“Se puede vivir sin pan, sin vino, sin techo, sin amor, sin una dicha temporal, mas no se puede vivir sin el Misterio. La naturaleza humana lo exige”.
L. Bloy.
PRESENTACIÓN
En una época en la que nos dirigimos hacia la barbarie de eliminar toda presencia significativa en nuestras vidas tanto de la filosofía como de la literatura, o hacia su extremo opuesto, según el cual la pretensión científica ahoga también el amplio mundo de las letras1, el presente libro –y los que puedan seguirle– intenta ser una modesta contribución a reafirmar el convencimiento de que, también hoy, el cultivo de la filosofía, así como el de la literatura, es una senda irremplazable en el curso que conduce al conocimiento de nuestro mundo y de la identidad del mismo hombre, así como una vía nada despreciable para el acercamiento al misterio de Dios. En general esto sirve para todos pero, muy en particular, para aquellos que están llamados a ser, en medio de la tormenta, auténticos pastores de almas.
La técnica amenaza, desde hace ya tiempo, con erigirse en el parámetro fundamental de nuestras vidas; la información tiende a convertirse en un espectáculo rentable; la cultura, en comercio de intercambio; la ciencia, en el sucederse atropellado de unas teorías que reemplazan a las anteriores, porque hacen la vida de los hombres más cómoda y confortable; y el arte, al fin, en la eficacia de subvenciones públicas o estatales al servicio de cualquier ideología, cuando no en el ornato, tan superficial como estéril, de una masa que ya no piensa. Muy lejos estamos de aquel ideal romántico, en virtud del cual el arte se presentaba como esa irreprimible fuerza creadora que brota de lo hondo de la vida2.
Don José Rivera, nuestro autor, no era portador, a simple vista, de una figura estilizada, ni modelo de unas formas depuradas; tampoco daba la impresión de ser especialista en el refinado mundo de las artes, reservadas a elitistas grupos de selectos pensadores. Y sin embargo, en sus escritos aflora ese profundo pathos estético de la vida, nunca frívolo ni improvisado, antes bien, cultivado con delicadeza y atención, casi excesiva. Si en Nietzsche el arte –básicamente la tragedia– manifiesta el carácter contradictorio y violento de los elementos, en Rivera expresa la armonía completa de la creación, libera la Verdad que comunica, y acerca a todos el supremo Bien que, en última instancia, es Dios. Sí, para él la Belleza Suma es Dios (Padre), manifestado en su Hijo, Jesucristo. Por eso, la Estética deviene, últimamente, auténtica Teología de la Belleza3.
En su pensamiento nada se confunde, aunque todo se vincula, la literatura y la filosofía, la teología dogmática y la espiritual, la Sagrada Escritura y los textos profanos. En todo rezuma la presencia vivificante del Logos divino y en todo brilla también, a su manera, la hermosura del rostro humano: alma profundamente contemplativa, espíritu asombrosamente reflexivo, don José ha sabido escudriñar lo más recóndito de sus intimidades y nos lo ha ofrecido en las numerosas páginas (son pocas, con todo, las que se conservan) de sus escritos.
Creo que no es la suya una mera preocupación estilista, una afección a la perfección humana por sí misma; tampoco es la nuestra al ofrecer este volumen4. Por los diversos caminos –de la naturaleza y de la gracia– ha reconocido Rivera el misterio de un Dios que, si bien en Cristo nos lo ha dicho todo, continúa difundiendo hoy su mensaje por medio de lo que otros testigos dicen. En cierto sentido, Dios nos habla sin cesar: aunque nada añade a su Palabra divina, la difunde sin parar a través de muchas otras voces humanas. Desde esta perspectiva es como se han de leer los estudios estéticos (fundamentalmente literarios) de don José: no se detiene en lo periférico, ni le seduce lo superficial, sino que contempla lo terreno como eco del misterio, y la reflexión humana le conduce a la acción oculta de la divina gracia. No se conforma con la limitada perfección: su deseo insaciable es de Dios, y la locura de su alma, la santidad.
La amplitud de su inteligencia, tanta como la generosidad de su corazón, hace que se interese por todo lo que dice referencia al hombre, por todo lo que conduce a Dios. Al hacerlo no despoja al cristianismo de su específica novedad sobrenatural, ni abdica de su exigente verdad, asomándose ingenuamente a un buenismo relativista que nos va invadiendo hoy en día. Su preocupación es sacerdotal y por tanto pastoral: la literatura constituye un aspecto de esa verdad por cuanto muestra, de diversos modos, la realidad social, el enigmático problema humano e incluso porque barrunta el misterio de Dios. Con acierto se podrían atribuir a Rivera las palabras con las que Moeller justifica su conocido y extenso estudio literario: “Porque habla de Dios, que se sirve de todo, incluso de las cosas que no son, para salvar el mundo”5.
Don José no se detiene en la obra humana. Rivera no encuentra deleite sino en la Belleza mayúscula de la que toda otra obra artística no es más que un débil resplandor, una pobre participación. Nada espera porque nada busca –como fin último– en el pensamiento filosófico, o en un relato literario por selecto que éste sea, sino cuanto encierran de trasunto de otra realidad mayor en la que, de verdad, consisten. La teoría platónica de la correspondencia de la cosa con su idea originaria o arquetipo don José la eleva al orden sobrenatural6.
En su mente que reflexiona, en su sencilla máquina de escribir que teclea sin cesar, en su pequeña y austera habitación, así como en su riquísima biblioteca, encuentran lugar todo tipo de pensamientos y autores, de temas y materias a estudiar: resulta ciertamente asombroso leer alguno de los párrafos de su diario que recoge el inicio de un día cualquiera de su vida, para comprobar el frenético programa de trabajo y la extensión de su horizonte intelectual. Sírvanos como ejemplo uno entre tantos:
Lo primero, mis lecturas. He leído varios libros enteros y no parva cantidad de páginas sueltas. La obra de Lyonnet y La Potterie, “Teología radical” y “La muerte de Dios”, de Altizer y Hamilton; “Matrimonio y Celibato” de M. Thurian; el libro sobre la virginidad y la Biblia; dos novelas de Simenon –a mí, como a todas las personas inteligentes, me placen las buenas novelas policíacas– dos dramas de Vélez de Guevara, amén del diablo cojuelo; una buena parte del estudio de Spicq sobre Agape en San Juan; estoy acabando el “fray Gerundio”, sabrosísimo y no poco útil para la comparación de edades que tanto me complace... Creo que he leído alguna cosa más que ahora no recuerdo. Lo malo es que de todo ello tendría que apuntar no pocas consecuencias, y, como siempre, desde mañana andaré muy mal de tiempo... (Diario, 7 de mayo de 1968)7.
Semejante panorama podría ser leído con escepticismo, podría parecer exagerado, de no ser porque quienes han gozado, con mayor o menor cercanía, del testimonio directo de su vida, así lo atestiguan. Yo mismo he recibido de diversos modos este benéfico testimonio antes de ingresar al Seminario y, por supuesto, durante mis estudios en él: además de numerosas charlas y predicaciones, amén de alguna entrevista personal, Rivera me impartía el Tratado teológico de Gracia y Virtudes, en el Seminario, cuando falleció.
***
La vida de este sacerdote, hoy venerable, es sin duda un prodigio de esos que la gracia sabe realizar cuando encuentra una materia humana disponible a la que in-formar, con no otra forma divina que su Espíritu. En eso consistió su vida y en eso consiste la de todo hombre llamado a la santidad: en dejar que la gracia “reviente” la naturaleza, la penetre y la transforme, la ilumine y la conduzca hasta su configuración total con Cristo. Este es el itinerario biográfico de don José Rivera, esta su radical y existencial preocupación: “Saber a Cristo –escribe en su Diario– es eterno quehacer; amistad esponsal con El es eterno quehacer. Por tanto no me ocupa ni menos me preocupa la cantidad de saber y de amor que alcanzo en la tierra en tal o cual año. Una sola cosa importa: estar en marcha por esos caminos, que son el Camino sin más…”8. Cristo es su criterio y su norma, su amor y la medida de su propia sabiduría: en cualquier rama del saber, en todas y cada una de las disciplinas más variadas, descubre el misterio personal de un Dios que se nos dona en Cristo Jesús. Todo converge en Él, y a Él lo conoce no sólo en los libros sino, fundamentalmente, por su propia vivencia en la intimidad.
Sus Cuadernos de Estudio son cuadernos de trabajo personal, resultado de muchas e intensas horas (sobre todo nocturnas) de lectura y de un pausado análisis meditativo, reflexivo y crítico de esas mismas lecturas. Su pensamiento es como un torbellino, un volcán abrasador: ilumina toda vez que quema, compromete e incomoda a quien se acerca, aunque temeroso y por curiosidad, pues arrebata de la indiferencia; pero excita y acrecienta el entusiasmo en quien, decidido, se entrega sin reservas a seguirlo. Sorprende no sólo en su estilo libre, espontáneo y directo, sino más aún en la riqueza y variedad de sus contenidos; como ya hemos observado, la dilatación de su interés es, sencillamente, extraordinaria: le interesan pensadores de todo tipo, artistas de lo más variado, místicos de todos los tiempos, materias aparentemente sin punto alguno de conexión. Nada le resulta ajeno ni le estorba, nada le parece una pérdida de tiempo si contribuye, de alguna manera, al conocimiento mayor del mundo y del hombre, al conocimiento de sí mismo y, por supuesto, a la difusión de la gloria de Dios.
Ciertamente, la cultura literaria (por no decir la espiritual) de Rivera es espectacular: poseía una biblioteca asombrosa, repleta de abundantes libros de las diversas ramas del saber y en las lenguas más variadas. Pese a adquirirlos con dificultad, pero con gran deseo, no tenía apegado su corazón a ninguno de ellos. La virtud de la pobreza y la confianza en la divina providencia pasa por el total desprendimiento de cualquier posesión, por intelectual y conveniente que esta sea. Don José estudió; estudió mucho y bien: horas y horas de abnegada reflexión, consciente de su irrenunciable necesidad para mejor llevar adelante la misión pastoral. Y lo hace uniendo la universalidad del saber con su profundidad en el análisis, uniendo la avidez por leer siempre más con la sencillez de no presumir de nada como propio, pues sabe bien que “todo es gracia”. La hondura de sus escritos corresponde a la densidad de sus predicaciones: esquemas desarrollados con rigor, durante horas, sin tener un papel delante. Ello habla bien de su asimilación personal: la unidad de lo que estudia y de cuanto lleva a la vida. No se acerca a la Verdad (Cristo) para presumir de nada: se sumerge en ella para, perdiéndose, dejarse transformar por completo.
Su modo de proceder nos lo expone él mismo en una de las páginas de su Diario. Prefiero dejarle hablar a él antes que perjudicar la claridad con la que nos describe su manera de trabajar:
En cuanto al modo: el defecto principal, ya enunciado, es la multiplicación y, como consecuencia, el apresuramiento. Los alicientes del asunto nuevo, que se presenta perentorio, me impiden la debida atención al casi terminado, y me apartan de él, en los momentos en que debería producir más consecuencias. Medito demasiado poco. Conozco de sobra, por la experiencia riquísima de mi prolongada vida intelectual, esos momentos, aparentemente vacuos, en que la mente semeja vagar sin rumbo, indeterminada; en que la imaginación va de un lado para otro como vagabunda. Y sé bien, empero, que son los instantes que preceden al descubrimiento del tesoro. La verdad no se conquista, digan cuanto quieran; es don divino, aunque se trate de verdades naturales en sí mismas. El requisito es la humilde esperanza. Son los períodos infértiles los que preparan misteriosamente la gozosa cosecha exuberante. El hallazgo debe ofrecerse como tal, sin relación con mis propias capacidades positivas; puro regalo. Así no produce jamás soberbia, así uno piensa que cualquiera puede llegar a la sabiduría, como es verdad, sólo con la esperanza, bien que Dios quiere ciertamente otorgar a todos. Pues la vida humana es no más que humildad amorosa - más todavía que amor humilde. Ontológicamente el hombre es pura potencia pasiva obediencial (…)
Dios me libre, durante el nuevo año, de la impaciencia. Que cada idea naciente en mi intelecto sea hija mía de verdad, hija de mi cabeza y de mi corazón, fruto de caricias prolongadas, de horas de intimidad con la verdad, contemplada, saboreada, llorada, gozada, nunca abandonada, hasta que, en cuanto depende de mí, no sea madura, crecida, instalada en la casa paterna de la Verdad total y absoluta. Nunca hija de mente lujuriante, que, en arrebato instantáneo, viola sin cariño el misterio. Eso no es filiación personal. Todas las ideas, que puedo observar han fructificado en otros, han sido engendradas en mí, a fuerza de tiempo y de amor. No iniciar sendas nuevas en este período que se abre hoy. No tener prisa. Y no comprar tampoco libros nuevos, a no ser sobre los asuntos en estudio, o algunas obras de consulta, que son valiosas para cualquier negocio intelectual.
Así pues: continuidad, siguiendo los temas ya en laboreo - sosiego y reflexión lenta en los ratos en singular.
Pero hay todavía otra nota que añadir. La lectura de los poetas, que estimo de altísimo valor teológico, debe ser pausada en otro sentido. Hay una eficiencia peculiar en la prolongación del contacto. Vivir unos meses en compañía de Calderón es la mejor manera de recibir sus posibles influjos. Aquí no se requiere tanto la reflexión –que sólo debe realizarse al final, en momentos de síntesis– como la lectura de todas, o al menos la mayoría, de sus producciones. El ataque parcial a determinados aspectos del pensamiento del autor. Anotaciones sueltas sin importancia aparente. Copias o versiones de poemas, o trozos de sus dramas o novelas... Todo ello engendra un conocimiento personal, vivo, enriquecedor, del autor y a través de él, y simultáneamente, inmediatamente, del Padre que le otorgó el estilo poético” (Diario, 1 de enero de 1969).
Semejante método de trabajar, que implica la lectura sosegada (incluso subrayando las ideas preferidas), la anotación repetida de lo que le llama la atención y su posterior meditación, rumiando todo ello con numerosos exámenes y aplicaciones a la realidad contemporánea o a la propia vida, hacen de este testimonio escrito que presentamos no una obra de mera erudición (que podría haberlo sido perfectamente por muchos motivos), sino una invitación a ejercer el propio pensamiento.
***
El tema común de estos escritos de Rivera es la estética en general, o más bien la poesía, la literatura en particular. Aunque más escasas, también se encuentran referencias a otras manifestaciones artísticas. Porque no es ajeno a D. José el valor formativo del arte y la importancia de la belleza en la vida del hombre y del futuro sacerdote.
Como leemos en una de las obras del padre Lobato, “la búsqueda de la belleza, la capacidad de detectar y gustar lo bello, son rasgos propios de la condición humana”9. En realidad no ha existido ni pueblo ni individuo alguno que no haya sentido en su espíritu el estupor ante la obra de arte, el escalofrío de la hermosura o el terror y el rechazo ante lo feo. La experiencia estética, por deteriorada que esté, constituye uno de los caminos más profundos de la intimidad humana que discurre hacia la búsqueda de su sentido, así como hacia la elevación frente al misterio.
Al igual que los otros trascendentales del ente –la unidad, verdad y bondad– tampoco resulta fácil definir lo que es la belleza en sí misma. Son difíciles las cosas bellas, que decía Platón10. Es tal vez más práctico hacerlo por los efectos que provoca en el sujeto que la experimenta: es lo que hace santo Tomás al decir que es “hermoso aquello cuya contemplación agrada”11. Se trata de una perfección que acompaña al ser, a todo ser, y que se identifica con él. No quiere decir que sean sinónimos, sin más, pues tanto la verdad, como la bondad o la belleza “añaden” –explicitando– al concepto de ente un matiz que no viene indicado, o puesto de manifiesto, cuando se considera al ente simplemente como tal: aquí lo que está en juego es la vivencia de que todo ente, además de ser –y por el hecho de serlo–, produce cierto agrado y deleite en quien lo conoce y lo contempla, en quien lo disfruta. Ahora bien, así como cabe hablar de diversos grados de perfección en el mismo ser, también en la belleza podemos admitir jerarquía o gradación; lo que importa es que lo bello incorpora al ser, al hecho de conocerlo y de quererlo, un agrado o gusto complaciente que resulta de ese mismo conocimiento y apetencia.
En ese disfrute, que conlleva la percepción de la belleza, intervienen, pues, por un lado el conocimiento –ya sensible, ya intelectual– del objeto en consideración y, por otro, la voluntad o el apetito, que secunda dicha contemplación. Pero la belleza no es ese placer, sin más, sino aquello que lo provoca y que hace que su contemplación sea agradable al espíritu del hombre. Es importante subrayar, y más en tiempos tan relativistas como los nuestros, que tanto la belleza, como la verdad y la bondad son propiedades del ser y que residen primeramente en él: no es el sujeto humano quien crea la verdad, la bondad o la belleza de las cosas, sino el que las descubre cuando considera un objeto cualquiera, siempre anterior en su ser a que nosotros lo conozcamos. Las cosas son primero, las cosas son bellas y por eso satisfacen nuestro espíritu, pero no al revés; las cosas son verdaderas y por eso sacian nuestra sed de conocer la verdad, pero no al revés; las cosas son buenas, y como tales se nos muestran, y así proporcionan descanso a nuestra sed de felicidad. Es primero en el ser de cada cosa donde residen sus propiedades trascendentales, y no en el sujeto que descubre el ser.
Dicho esto conviene recordar –y no contradice sino que complementa lo anterior– que el sujeto importa, y mucho, pues de no existir espíritu alguno que conoce y ama, tampoco podríamos entender lo que la verdad, la bondad o la belleza significan. La afirmación es del mismo santo Tomás: de no haber alma humana ni sus facultades, hablaríamos de entes o de cosas sin más. Si hablamos de verdad o de belleza es por relación a un sujeto, para quien la realidad se muestra cognoscible y apetecible, bella y digna de disfrute estético. Santo Tomás añade en su reflexión la siguiente consideración: en el supuesto irreal de que no hubiera alma humana alguna, las cosas seguirían siendo buenas, verdaderas y bellas por relación al sujeto divino que las conoce y ama; pero si, por una hipótesis todavía más irreal, tampoco existiera Dios, tendríamos que hablar de cosas que son simplemente, pero ni buenas ni bellas. Este tipo de propiedades trascendentales, que lo son del ser, implican siempre un modo de relación o conveniencia de un ente con los demás12.
Resulta sumamente sugerente la idea tomista en un mundo como el nuestro, en el que después de eliminar la referencia a un Dios trascendente, se cuestiona también la capacidad racional del sujeto ante afirmaciones universales y absolutamente necesarias; del mismo modo que no pocos pensadores abandonan la pretensión de una verdad definitiva, no son pocos los artistas que lo hacen respecto de la idea de una belleza que transcienda los gustos y las modas pasajeras.
Para evitar todo riesgo de subjetivismo, de relativismo infundado, santo Tomás cifra en tres rasgos las propiedades fundamentales de la belleza:
a.- la armonía o proporción del objeto en sí mismo y en relación a lo que le rodea. Propiamente tiene que ver con la armonía o consonancia material de un orden de tipo matemático. Pero en sentido análogo la proporción que origina la belleza resulta de la unidad que tienen entre sí las diversas sustancias. Así la belleza cósmica, o la de las cualidades de un mismo sujeto, incluye esta dimensión de medida adecuada según las distintas partes de un mismo ser. Acompañan a la armonía la simetría, la armonía o el ritmo poético y musical, elementos todos ellos que nos hablan de la belleza de una cosa. Además de indicar la carencia de defectos, la armonía pone de manifiesto la conveniente disposición de las partes para aquel que se deleita en su contemplación.
b.- la integridad o el acabamiento, en relación con aquellas perfecciones que le son exigidas por su forma sustancial. Es decir, que íntegro es lo que no tiene defecto ni le falta nada de cuanto pertenece a la naturaleza propia. No basta ciertamente con estar completo para ser bello: la grandeza acompaña la integridad dando al acabamiento una magnitud adecuada, la exigida por la propia naturaleza. Por eso no se trata de características únicamente exteriores sino, antes bien, apuntan al interior de la cosa misma. Íntegro, pues, es lo perfecto, y perfecto lo que contiene toda la riqueza correspondiente según la esencia.
c.- la claridad, es decir, la inteligibilidad tanto material como espiritual del objeto considerado. La claridad tiene que ver en primer lugar con el sentido de la vista, pues es claro lo que, contemplado a la luz, resulta atractivo por su color. Pero también se refiere al sentido de la inteligencia, pues un concepto puede ser claro al entendimiento cuando se presenta con mayor evidencia para su comprensión. Claros son los hombres cuando se expresan, pero claros son los objetos cuando se manifiestan de manera luminosa: su inteligibilidad, residente en su formalidad, hace de las cosas que sean más o menos inteligibles y por tanto, más o menos claras, más o menos bellas. Cuanto más perfecto es un ser, más inteligible su forma y también más bella resulta al espíritu que la contempla. La forma hace manifiesto al ser, y la belleza es la manifestación esplendorosa de la forma13.
En definitiva, la belleza tiene que ver con la perfección del objeto y ésta con la plenitud de la propia naturaleza o esencia correspondiente. Cada ente refleja, pues, de un modo diverso la belleza que, últimamente, corresponde sólo a Dios. Según el modo de ser, según la propia esencia natural así será la belleza requerida a las cosas; cuanto más perfecto un ente, más bello será: y recordemos que la perfección no dice solamente relación a la actualidad, al poseer el ser en acto y acabado, sino también a la capacidad operativa y a la consecución del propio fin. Si el ente es bueno por ser, por haber alcanzado su fin, incluso por difundir su propia bondad, podríamos decir, análogamente, que un ente es bello por ser, por portar el brillo de la propia perfección y también por irradiar de alguna manera su propia belleza y perfección a los demás.
Los elementos anteriormente citados se implican mutuamente, se distinguen pero ni se dan separados ni se confunden entre sí. Sólo un análisis, con hondura, de la belleza de una obra sabe descubrir y poner de manifiesto cada uno de estos aspectos, reconociendo, en el fondo, su dimensión metafísica u ontológica: más allá de criterios subjetivos o de esquemas culturales acerca de lo estético, lo que comentamos sirve para acentuar el carácter más profundo del ser de las cosas. Y sólo el olvido de la dimensión auténticamente metafísica, propia de nuestro tiempo, explica el predominio relativista de las razones opinables y de los criterios subjetivos en lo tocante a la belleza, pero aplicable también a la bondad moral o a la verdad científica.
Dado que los entes materiales o compuestos de materia acarrean la limitación propia de ésta, la belleza que les corresponde es también limitada. No hay un ente que contenga en sí toda la belleza posible: nos encontramos cosas que son bellas en un aspecto pero no en otro o, en el mejor de los casos, cosas que contienen un inmenso conjunto de cualidades pero en grado inferior al que muestra el objeto más próximo. La belleza, como toda otra perfección, también tiene que ver con la consecución de los fines propios: por eso a fines más nobles, más trascendentes, corresponde una belleza más alta. La hermosura de las cosas materiales o corporales es infinitamente inferior a la belleza de las realidades espirituales o morales; y la de estas, inferior a la de Dios. Si una obra de caridad es más hermosa que cualquier pintura realizada sobre lienzo o un fragmento de madera, cualquier objeto feo, por desagradable que sea, no tiene comparación alguna, en su horror, con la acción moralmente mala más insignificante: sólo el pecado encarna, realmente, la fealdad, como la santidad la belleza más sublime.
***
Las verdades hasta aquí expuestas se desprenden del análisis metafísico del ser y de sus propiedades. Pero esto no significa que todos estén en condiciones de entender. Así como es necesaria una instrucción que ayude a descubrir el ser y a penetrar en su valor, así se requiere una cierta formación, y no pequeña, para conocer y profundizar los entresijos de la verdad, de la bondad y, también, de la belleza. Debe haber una proporción entre las potencias cognoscitivas y apetitivas del sujeto y los objetos que realmente lo son. Es necesaria una cierta educación estética, como lo es una educación cognitiva o moral. Aunque vivimos inmersos en un ambiente y en una cultura relativista, donde prima lo subjetivo o la moda pasajera, objeto de consumo, se impone la urgencia de una tarea educativa que nos enseñe a ver, a mirar disfrutando con una belleza que nos seduce, pero que nos trasciende. A veces tenemos el peligro de detenernos en alguno de los aspectos aislados que constituyen la belleza de las cosas, desatendiendo los demás; otras, tenemos la tentación de alterar los valores auténticos o de confundirlos por intereses simplemente.
Si la verdad tiene que ver con virtudes intelectuales, y la bondad con las morales, la belleza no puede descuidar el cultivo de aquellas virtudes que hagan de ella una dimensión al servicio del espíritu humano. Hay determinados hábitos que contribuyen al cultivo de un espíritu estético lo mismo que los hay que deterioran su sentido. La connaturalidad o convivencia familiar con la cosa bella será, sin duda, el mejor de todos ellos. Por eso para don José Rivera arte y moral, ética y estética no están, en absoluto separadas, antes bien, entrelazadas radicalmente: “La virtud es la belleza auténtica (…) Contemplamos y realizamos la belleza más sublime, en la armonía de la conducta de la vida (…) La finalidad suprema del arte es el arte de vivir, de ser feliz y realizar la belleza en el comportamiento” (Diario, 7 de agosto de 1969).
Con la publicación de este nuevo volumen de la obra escrita de don José Rivera, pretendemos seguir dando a conocer su vida, su pensamiento y sus escritos, por lo muy provechosos que nos pueden resultar. Como se ha indicado, en esta selección de textos, pertenecientes a sus Cuadernos de Estudio, el autor analiza determinados escritos clásicos sobre arte, en general, y sobre poesía o literatura en particular. En los manuscritos conservados son pocos los autores que don José estudia, pero lo que de cada uno de ellos se expresa resulta sumamente sugerente. A propósito de una obra literaria se vierten riquísimos comentarios no sólo sobre estética, sino sobre historia, teología, espiritualidad también, e incluso sobre la vida política o moral. Si a D. José le interesa el estudio minucioso de los clásicos latinos (o de otros temas semejantes) es precisamente por su actualidad, porque el panorama que dibujan corresponde al corazón del hombre de todos los tiempos, a sus proezas y a sus miserias. El estudio de la literatura pagana no sólo le permite conocer el mundo desde una perspectiva natural, sino también descubrir y valorar la novedad fecunda que ofrecerá la gracia de Cristo, y que aquellos ignoraron14. Su capacidad profundamente crítica le llevará a preguntarse si tal renovación transformante –que pasa por la mediación de la Iglesia– se ha dado y en qué medida.
Lo primero que nos encontramos es una introducción a la Historia de la Estética, bastante incompleta, por desgracia: tan sólo unas pocas páginas acerca de los primeros pensadores de este asunto en la antigüedad. En los capítulos siguientes don José analiza algunas de las obras más representativas de escritores latinos antiguos.
A pesar de no contar con el Diario completo, las páginas que constituyen estos estudios resultan excesivas para un único libro, por lo que preferimos hacer una doble presentación, dejando para un volumen posterior el comentario riveriano de algunos escritores contemporáneos15.
Se ha respetado el texto tal cual lo encontramos transcrito de su Diario, haciendo únicamente algunas correcciones ortográficas. Conviene recordar que otro tipo de erratas, si se encuentran, responden en el fondo a la espontaneidad de los textos y a que éstos nunca fueron escritos pensando en su futura publicación. Hemos añadido, por cuenta propia, una breve nota biográfica de cada uno de los escritores antiguos que don José estudia, pensando en que los futuros lectores no tienen por qué conocerlos, así como la traducción de los abundantes textos citados en latín.
Juan Carlos García Jarama
Sacerdote Diocesano de Toledo
Profesor de Filosofía
ECOS DEL MISTERIO
I. INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA DE LA ESTÉTICA
Día 2 de agosto de 1969
Efectivamente, mis trabajos marchan bastante bien. He releído ya, el primer libro catalán, y voy por casi la mitad del segundo; los temas de hebreo puedo estar seguro que los liquido antes de salir de aquí. De la historia de la estética16, he ido leyendo, y ahora estoy releyendo, la primera parte, lo referente a la antigüedad griega. El libro de Bernal Díaz del Castillo, un poco menos aprisa de lo deseable, pero va avanzando... En fin, que hasta ahora no me puedo quejar.
Lo único malo es la amabilidad de X. que, por ayudarme, no me deja salir solo a registrar librerías como sería mi gusto.
Comienzo a tomar notas sobre Platón17. Más bien, a registrar unas cuantas ideas personales, sugeridas por la lectura de sus teorías.
La belleza absoluta es la sumamente atractiva; el hombre que la conoce, se siente absolutamente trasportado a ella. Pero aquí la conocemos en participaciones, capaces ya de suscitar el arrebato. Primero las participaciones materiales, luego las morales. La virtud es bella; es más bien, y belleza y verdad son una misma cosa. Las realizaciones corporales nos atraen y, a la vez, nos envían a esa belleza suma. Todo esto, en cristiano, significa que el Padre es la Belleza misma, revelada en Cristo. Y que como Platón señala, siendo la Belleza lo más atrayente para el hombre, se precisa, con urgencia, una buena teología de la Belleza. Y en cuanto a las cosas bellas, bello es aquello que es como conviene - y es bueno a la vez. “Dicho de otra manera: si su forma perceptible coincide con el ideal intelectual, que suponemos aspira, entonces es bello y perfecto. Para cada cosa, la forma arquetípica que trata de realizar es eterna y absolutamente conveniente; en la medida en que la cosa sea…”.
Día 4 de agosto de 1969
Las 6,12 de la mañana; escribo ya a la luz del día, un tanto temeroso de molestar a los que duermen, espero que suficientemente lejos para hacer vanos mis temores. Ayer excursión a Roncesvalles con los X. Preciosa excursión a lugares maravillosos. Panoramas deleitosos y monumentos extremadamente placenteros. La Basílica, la iglesia de Arce y la de Aoiz, todo románico, más o menos, y consiguientemente muy de mi gusto. A la ida, parada en el templo muy moderno de Espinal, construído con notable buen acierto estético y litúrgico... Todo ello es enriquecedor, pero pernicioso para los estudios. Ayer habíamos dedicado el día de las ejercitantes al descanso. Por ello fue la gira. Nada estudié; y por la noche venía fatigado y con jaqueca. Afortunadamente había celebrado en el altar de la Virgen en la Basílica, suprimí la cena, me acosté poco después de las 10, me releí, en parte, una novela de Maigret, y me dormí muy pronto. He despertado a la 1 pasada, y me he puesto muy pronto a estudiar. Repaso de temas hebreos, y estudio de un par de ejercicios nuevos; repaso de catalán. Y ahora, en las tres horas largas –de que todavía dispongo– ya duchado, vestido, y hecha la cama, me dispongo a continuar con las anotaciones a las teorías platónicas.
Había quedado a medias una cita, que vuelvo a comenzar; “Dicho de otra manera: si su forma perceptible coincide con el ideal intelectual, que suponemos aspira, entonces es bello y perfecto. Para cada cosa, la forma arquetípica que trata de realizar es eterna y absolutamente conveniente; en la medida en que la cosa se aproxima a su arquetipo eterno es bella; en la medida en que, por ser perecedera, difiere de él, pierde su belleza” (p. 49). Y aceptada plenamente la doctrina, la aplicación inmediata es que el criterio de belleza es la semejanza con el Verbo, y en concreto para los hombres, la conformidad con esa donación de Cristo, con esa imagen que el Padre tiene en su Verbo de cada uno, y para realizar la cual, otorga su gracia. Y esto ya en la tierra, para quien tiene ojos de artista en su pleno sentido. Pienso, por ejemplo, que si un entendido en pintura ingresa en el taller de un pintor y le contempla en plena faena, no goza del cuadro en elaboración, según la belleza actual de cuadro, sino que penetrando la imagen final, disfruta en la medida que constata que el pintor se acerca a él, avanza hacia él en sus pinceladas, en sus borrones, en sus detenciones... Más le placerá un bosquejo deforme, en su momento concreto, pero bien encaminado, que un cuadro mejor acabado, pero disconforme con la pintura última. No así el imperito, que sólo sabrá discernir, a lo más, el valor absoluto actual de la pintura, en el estado en que se encuentra. Así, pienso que, incluso en cuanto a la belleza corporal, quien es entendido en hermosura se deleitará más en el cuerpo feo de quien se va santificando, que en la pulcra figura del pecador, del descaminado. Pues el cuerpo del santo será, en su remate, incomparablemente más hermoso...
Hay, para Platón, como cuatro planos:
1º formas arquetípicas
2º conceptos científicos inmutables
3º formas sensibles
4º arte imitativo de ellas.
Y el arte es a la ciencia, como los fenómenos sensibles respecto del ser ideal.
La belleza está en relación con el orden, la proporción y la medida. En el mundo hay belleza porque hay orden, en virtud de la regla y medida. Así el virtuoso es bello, porque en él hay proporción. De aquí concluyo la pulcritud del hombre integrado, y la fealdad del no integrado, y mucho más del positivamente desintegrado. Se trata de la proporción de las facultades y de sus tendencias.
Para Platón existe relación entre la idea y el número, entre la acepción cualitativa de la belleza, como ideal intuitivo, y la determinación cuantitativa de lo bello, como proporción calculable. Sobre tal relación su pensamiento evoluciona.
La proporción es entre dos elementos básicos: algo igual, un principio de unidad, y algo desigual, principio diversificante. El primero determina la idea a ser lo que es, el segundo es causa de todo lo demás. Es lo indeterminado; pero esto mismo ha de determinarse por la medida, la justa proporción, la simetría, o relación mutua.
Así, por lo demás, bello y bueno resultan ser idénticos: pues nada es bueno, en lo compuesto, sino por la justa medida, y ello mismo es la causa de la belleza. Y esto se aplica igualmente a las formas dinámicas. Los conflictos entre los deseos y los propósitos, la voluntad y el ansia de placeres, la razón y el dolor, hay enfermedad en el alma, y fealdad juntamente. Los mismos fracasos revelan defecto de simetría, fealdad.
La cita pertenece al “sofista”, y debo ineludiblemente leerla. Pues ello me explica esa postura que, expresada en unos versos, imperfectamente recordados, de M. Machado, había registrado, no hace mucho, en este mismo cuaderno. La cuarteta de Machado, debía de decir así:
Querer es triste. ¡Y no poder!...
Lo que es, tenía que pasar.
Para que el plebeyo querer
y lo innoble del procurar?
Por cierto, que ello parecerá absurdo a toda la reata de mulas tercas, empeñadas y comprometidas, que constituyen la casi totalidad de nuestra iglesia. Pero la idea es absolutamente exacta –y por ello muy pulcra– y por lo mismo verdadera. Digan cuanto quieran, el fracaso es siempre feo. Sólo la victoria es bella; pero fracaso sólo hay cuando falla la intención, la voluntad deliberada. Es palmario que quien busca, no más, la voluntad de Dios, no es derrotado nunca. La hermosura infinita de la pasión mortal de Cristo consiste, cabalmente, en que es triunfo, y la apariencia humana, sensible, de vencimiento, decora con nuevos motivos de belleza la pulcritud suprema. Pero es porque Cristo quiere morir y sufrir. Y cuando sus enemigos fracasan creyendo que vencen, ello adiciona una condición nueva al éxito de la empresa de Jesús. Y ello se repite en cada santo.
Las artes deben emplear la metriké, que comprueba la proporción conveniente en cada obra. La belleza se encuentra dondequiera hay medida: en los movimientos, en los pensamientos, en la voz, en la energía física... Pero todo hombre se halla expuesto al peligro de exageración.
La naturaleza supone dos principios: el del ser, por el cual todo es uno, y el del devenir, por el cual es múltiple. “Si un creador tiene la mirada fija en el ente permanente, cuando realiza una forma cualitativa, esta forma, necesariamente, llega a ser bella en su conjunto. Pero si pone su mirada en lo transformado por el devenir, utilizando un ejemplo creado, no produce nada bello”. La expresión es perfecta, cuando se aplica, cabalmente, al apostolado.
Platón distingue placeres verdaderos e ilusorios: los primeros son aquéllos que producen las pasiones, y que se mezclan con dolores, y los placeres puros, que son los que, al faltar, no producen dolor en nosotros, y al ofrecerse causan plenitud grata y exenta de pena.
La contemplación de la belleza en la medida eterna es la única contemplación bella; quien se entrega insensatamente a la belleza del sexo, o a las ilusiones del arte, goza de la misma belleza sin pulcritud...
Poiesis, es, en general, la causa que hace pasar algo del no ser al ser. Todas las producciones son pues poiemata, pero no todas se suelen llamar así; parejamente, todos los artistas son poetas, pero sólo suelen recibir este nombre los que se dedican a la música y la métrica.
Pero poietiké es una parte del arte. Distingue: arte por el cual adquirimos algo, y arte por el cual creamos algo. Este arte creador puede ser divino y humano. Ambos pueden crear realidades e imitaciones (v. gr.: un lecho –una pintura de un lecho–). El arte imitadora trabaja por medio de utensilios, o meramente con el cuerpo humano (danza, canto). Por otro lado, este arte puede ser reproductivo o fantástico. Desde otro punto, hay arte que imita la esencia, y arte que imita la apariencia: las propiedades sensibles, el color, el sonido, etc. El arte que se sirve de palabras y nombres es infiel a su vocación: la captación de las esencias. Se deben emplear las palabras para revelar la verdad. Platón es, aquí, concreto en exceso. Censura a Romero, que habla de guerras, sin entender el arte bélico.
Hay artes que son, no más, para el placer, otras, para la creación cultural. El arte debe imitar lo viviente, y como es la palabra la que más claramente puede hacerlo, es arte superior.
Admite la inspiración divina; pero desconfía de ella. Prefiere la aptitud natural que crea conscientemente. Y todavía se puede crear sin inspiración, por mera rutina, por experiencia empírica. El arte máximo se basa en visión clara y exacta de la realidad, en el claro conocimiento del método, según el cual se ordenan ciertos medios, para lograr un fin determinado. Hay obras de arte que se deben al azar.
“La verdadera destreza, conveniente y adecuada para el hombre, consiste en fijar la distinción entre lo justo y lo injusto, y realizar la justicia”.
El concepto de imitación: la consecuencia que saco es que el primordial sentido de la palabra consiste en la referencia al alma del artista. La música es imitación del estado anímico del músico. Es decir, imitación es lo mismo que expresión. Luego, puede ser la expresión del estado de alma de otros.
Yo pienso que es de ahí, de donde brota el influjo, que Platón reconoce al arte. No debe ser exclusivamente agradable, sino que los dioses nos lo han dado para nuestra formación. “Los dioses nos han dado el ritmo, para curar la falta de medida y gracia de nuestro carácter”. Debemos pues, “escoger la música que es, objetivamente, adecuada para cada carácter; después practicar esta música y disfrutar cantando, un placer puro de tal índole que, disfrutando de él, adquirimos buenas costumbres”.
La tragedia supone una técnica, por la cual el ritmo y la armonía de las palabras, la estructura de la fábula, la imitación de los personajes y los elementos conmovedores y aterradores están fundidos en unidad. Así describe lo esencial: el acto y la acción interna, su transcendencia moral y sus consecuencias emotivas.
Para Platón, el arte peca contra la verdad; el artista se dispersa en la multiplicidad de la apariencia; pero un hombre entero se dedica a una sola actividad, “solamente se puede realizar bien una tarea”. Los artistas nos seducen, haciendo tomar por verdad lo falso, así al pueblo, que es incapaz de reconocer la existencia de una belleza objetiva en sí. Gozan falsamente, como en sueños. El artista debe buscar formar al hombre, y no complacer. Platón insiste mucho cómo en las artes se infunden sentimientos nocivos, que van penetrando en el hombre, y acaban por deformarlo. “Primero nos va penetrando sin darnos cuenta, el menosprecio por la ley moral... bajo la forma de un juego inocente y grato. Poco a poco, va infiltrándose en los usos y costumbres. Y, de súbito, todo esto brota desvergonzadamente, en las leyes y decretos”.
Sin embargo, el arte puede jugar su papel en la formación del hombre. La música más que ningún otro. “La educación musical es de la mayor importancia, porque el ritmo y la armonía penetran profundamente en el interior del alma, y se fijan ahí fortísimamente”. Producen la belleza y el equilibrio en las formas. Notar que, para Platón, la música contiene siempre palabras, “letra”. Es decir, la mesura en la formación, mesura el alma, así como procede del alma mesurada, al menos de un estado mesurado de alma. Hay que obligar al artista a imitar tan sólo el ethos virtuoso. “Dondequiera que los jóvenes dirijan su mirada y su oído, emanaciones de obras bellas deben acudir a su alma desde todos los puntos, y producir en ellos, insensiblemente, un estado de ánimo que les anime a imitar, amar y armonizarse con todo lo que sea bello y razonable”.
El Estado tiene obligación de intervenir, incluso por fuerza, en la cuestión del arte. Y las preguntas que rigen el criterio son las siguientes: “¿Cuál es el valor del original imitado? ¿En la imitación artística justa, concuerda con el modelo? ¿Cuál es, pues, el valor formativo de la obra producida?”.
Lo primero es, consiguientemente, el conocimiento del ideal que ha de ser imitado.
No cabe duda alguna, que los adelantos desde los tiempos de Platón han sido mínimos, los retrasos en cambio máximos. ¿Quién se atrevería hoy a proponer doctrinas tan hondas y sensatas? ¿Qué aplicaciones encontramos al arte, como elemento educativo? Todo parece que se reduce a enseñar a leer, con métodos y cosillas de ese porte. Pero una educación humana no cuenta para nada con el arte verdadero. Y aun suponiendo que contase con él, la corriente ininterrumpida de deformaciones llamadas arte, ofrece tal obstáculo a la formación de cualquier joven, que se trata de una empresa poco menos que desesperada. La formación artística de nuestros seminarios, de nuestros institutos, colegios, universidades, me parece un auténtico desastre. Y aun, por lo muy poco que conozco, parece que podría afirmarse parejamente del extranjero. El espectáculo de la juventud actual, casi totalmente idiotizada, en su mayor parte, es bastante concluyente. La consulta ininterrumpida al gusto del público, la estima del juicio de la masa, como tal masa, impedirá, durante mucho tiempo, la menor enmienda en el asunto.
Y en cuanto a la intervención del Estado, reprobada por autores tan sólidos como Maritain, no acabo de comprender la validez, ni siquiera probable, de sus argumentos. Claro que el Estado, como tal, no tiene que entender de arte necesariamente, pero sí debe entender de los efectos del arte en la formación del hombre, al menos en ciertos aspectos. Y respecto de ellos debe actuar. La música, la literatura que circula hoy por todas partes en España, debería hallarse prohibida en su mayor parte. No veo cómo puede progresar una nación, que sufre de continuo la descarga de la necedad, el mal gusto, el erotismo antiartístico y las ideas disgregadoras que nos aportan, de continuo, las llamadas manifestaciones artísticas en la música, la novela, la televisión, el cine...
Para Platón, y cada vez más para mí, la gran obra de arte –de que deberían proceder todas las demás– es la formación del hombre. La vida es la gran tragedia que ha de componer cada persona humana. Y si poseemos un mínimo sentido de la integración, no podemos llamar artística sin más, a una obra cualquiera deformante. Por cierto que la sentencia no siempre es fácil, pues en una producción cualquiera, pueden hallarse facetas múltiples, plausibles unas, reprobables otras, desde el punto de vista en que me sitúo. Pero la prudencia determinará en cada caso; y a lo peor, muchos errores concretos no equivalen jamás, al daño de una postura total errónea.
Yo pienso que, vistos desde la virtud, los mismos sentidos son capaces de gozar con ciertos movimientos, comportamientos, palabras, que, por ello mismo, se transforman en categorías estéticas, y por ende artísticas. De modo que la formación humana parece ser, en el sentido más estricto, no sólo un arte, ni siquiera una bella arte, sino la más importante de todas las bellas artes...
Día 5 de agosto de 1969
Me he levantado tarde, a las 4. Como tarea primordial, me he señalado el avance en la historia de la estética, concretamente el estudio de Aristóteles. Paso inmediatamente a mis notas sobre ello.
Lo bello contiene dos notas esenciales: la simetría, en relación con el orden, la extensión, relacionada con el límite: una cosa es tanto más bella, cuanto es más grande, dentro de la limitación que la hace abarcable para el hombre. Es claro que aquí, hay ya una consideración relativa al hombre. Y que deberemos dejar fuera a Dios. Yo pienso que, cabalmente, se trata de observar lo que es bello en sí, y tratar después, de lograr capacitar al hombre para percibirlo.
Aquí, como en tantas otras materias, la gracia levanta al ser humano sobre sí mismo, y le capacita para gozar de bellezas que le superan. Eternamente vamos a disfrutar de la belleza divina, justamente ilimitada. Recuerdo las consideraciones de Poe, sobre la composición del poema del cuervo. Es cierto que una pieza resulta más bella para un espectador concreto, según estos principios; pero hay aquí algo plenamente subjetivo; pues diversos espectadores son poderosos a abarcar extensiones diferentes, y aun muy diferentes. Entonces el artista ¿deberá atender al mayor número, o a los mejor dotados? Y entonces –para mí no cabe duda de la respuesta– uno de los objetivos de la educación será aumentar estas potencias. Sin embargo, hay aquí un tema cardinal: dado como es el hombre, ¿cuál es el camino para hacerle perceptible la hermosura divina? Pues, verosímilmente, es esta realidad, observada por Aristóteles, la que dificulta, al común humano, el goce de la belleza del Padre, que tan palmaria siento yo.
Una observación psicológica sagaz, es que lo simétrico parece más extenso que lo asimétrico, porque es más fácilmente abarcable en su totalidad. El máximo placer lo provoca la sensación de grandiosidad, unida a la de comprensión. Objetivamente: lo grande abarcable.
Y naturalmente la relación entre grandeza y límite se basa en la medida.
La palabra belleza tiene diferentes significados, de los cuales los más importantes son el físico-estético, el ético y el ontológico. En todos ellos se encuentran, analógicamente, los elementos de extensión, orden, simetría y limitación. Aristóteles desarrolla la ética con sentido estético indudable. Y también en el obrar humano, como tal, hay grandeza (motivo-objeto) hay simetría (temperancia, medida, justo medio), orden y limitación, en las tendencias al fin buscado. Los actos virtuosos son bellos, cuando se realizan por la hermosura de la virtud, cuando se obra por el bien en sí, no por la utilidad o el deleite.
Es muy curioso, cómo los formadores han repetido, en las clases de los seminarios, este concepto aristotélico, y luego no se han cuidado, en absoluto, de extraer sus consecuencias prácticas, que, no obstante, tendrían valores incalculables. ¡Qué hombres hubieran podido formar en posesión de tales elementos fundamentales: la belleza de la acción humana movida por la gracia divina, por el amor del Padre, que es la hermosura misma! La ausencia de sentido estético, en anchísimos sectores de la Iglesia es, sin más, una condenación de la formación secular en lo concreto. Por cierto, cada sacerdote hubiera estado dotado muy diversamente, respecto de las artes particulares; y no pocas veces hubiera gozado, justamente, con el sacrificio de realizaciones determinadas de la belleza “estética”, en aras de la Belleza sin más; pero todos ellos hubieran estado capacitados para percibir la belleza, hubieran sentido la inclinación a la hermosura, y hubieran salido de las clases con una inclinación a percibirla en cualquier manifestación.
En el orden ontológico la belleza es la adecuación –simetría– con el biológico.
Para Aristóteles, todo producto humano debe ser perfecto en su línea, y consiguientemente bello, en la especie de belleza que le corresponde.
Relaciona la pureza de los deleites, con el punto de vista del sujeto, a diferencia de Platón, que parte de la pureza de los objetos.
Tiene más en cuenta el movimiento hacia el fin, que la estructura matemático-musical de la naturaleza. El arte, en esencia, es una actividad del espíritu, que se basa en la actividad de la naturaleza y la utiliza; es, como ella, un movimiento teleológico hacia un resultado. Y obra de arte es “todo cuanto se realiza teleológicamente con conciencia racional. Prolonga e imita la naturaleza. La imitación, en cuanto a la actividad artística, se refiere al proceso natural; en cuanto a la obra, a una forma natural. El ejemplo de lo culinario es muy luminoso.
En el arte hallamos las cuatro causas: materia (piedra) forma (imagen de la figura que se la va a dar) –eficiente: el artista y su arte y sus instrumentos– final, en cierto sentido identificada con la idea, la forma, que llama a veces idea motriz o creadora.
Diferencias entre la belleza ética y la artística: la primera brota del ser hombre, la segunda de ejecuciones concretas, cualificadas, particulares: su resulta es una obra externa, con intervención del cuerpo y, ordinariamente, de instrumentos, según los cuales se diversifican las artes. Yo no estoy del todo concorde, pues creo que la pulcritud ética se ejerce también, con no poca intervención física e incluso instrumental, y que exhibe parejamente frutos exteriores.
El arte se basa en un conocimiento universal de motivos, causas y juego de medios; pero exige la experiencia, peculiar e incomunicable propiamente; la cual comienza con la percepción, se desarrolla por la memoria y se perfecciona con la repetición.
Como el arte se basa en la naturaleza, se incluyen en él tres ingredientes: naturaleza (ingrediente innato) - práctica (ejercicio) - técnica (conocimiento de las reglas). Según los predominios de unos u otros ingredientes, hay diversos tipos de artistas, y aun de artes.
El proceso viene a ser éste: se impone una finalidad, como existente de antemano, pero conocida. Habría que estudiar qué significado tiene este imponerse, si aquí se inserta, como básica, la idea de “necesidad”, de vitalidad... Pero la finalidad se concreta y exige medios especiales –se actúa según ellos– la misma actividad suscita gozo, como actividad y como tal actividad. Y el gozo perfecciona la actividad misma.
Distingue artes útiles y deleitables; pero, al hablar del placer de la pintura, Aristóteles lo menciona como posible consecuencia para el espectador, no como finalidad real para el artista creador.
El concepto del arte bello es, para los griegos, mucho más amplio que para los modernos. Y yo creo que llevaban ellos razón. Contra el pobre Ortega... Otra cosa es que la belleza se realice como valor casi exclusivo en ciertas artes, y que éstas ofrezcan posibilidades de formación mayores.
La tendencia a la imitación es natural, innata. Y el reconocer el modelo, la conformidad, agrada. Ahora ¿qué valor tiene esta complacencia?
Varían con las artes los medios de imitación. Todo es imitable, probablemente, para Aristóteles. La forma externa, y la actividad interna. Los hombres pueden ser imitados –supongo que en cualquiera de los dos casos– como son, como debían ser, o como peores de lo que son. En verdad esto es tan universal, que ni el mismo teatro del absurdo se ha salido de ello. Y desde luego reconoce la imitación, no sólo de la figura externa, sino del ethos interior (así Polignoto18). En cuanto al placer, puede manar: de la semejanza, de la maestría en la reproducción, de la belleza de los colores y las formas en sí.
La música –pero supongo que el mismo Aristóteles aplicaría a todo parejamente– ofrece cuatro clases de delectaciones: dos formales: diversión y noble pasatiempo. Dos expresivos: disfrutamos por la expresión del sentimiento y por el restablecimiento de nuestro propio equilibrio. Como diversión se trata, no más, de relajamiento (como el sueño) pero como noble pasatiempo (scholé, aunque la terminología es indecisa) se justifica en sí misma, y se orienta inmediatamente hacia la felicidad. Además influye en la formación del carácter, pues actúa sobre el ánimo del oyente. Incluso establece relación entre los modos musicales y las leyes del estado...
La música influye inmediatamente en el alma - las artes plásticas indirectamente. La música es “una imitación de los movimientos de ánimo humanos, por medio de la melodía y el ritmo de los sonidos”. Distingue, aunque no expresamente, entre instrumentos y voces humanas. El sentido de la armonía, la simetría, la imitación, es innato. La melodía imita los estados de ánimo (ethé), los movimientos o pasiones (pathé) y los actos. Por eso clasifica las melodías en éticas, patéticas y activas. Los jóvenes deben ser educados en las primeras; pero las otras ejercen también un efecto sano catártico. La melodía imita los caracteres; el acorde nos ofrece percepciones de orden.
La retórica es una especie de dialéctica que tiende a persuadir, pero en vez de hacerlo por medio del puro razonamiento, emplea la apelación al sentimiento. Y así usa una serie de recursos. Para la estética es muy importante la forma sensible, verbal, utilizada. Aristóteles la denomina lexis, puede traducirse por estilo entendiendo “una forma perceptible compuesta de palabras y dominada por la medida y la simetría”. Trata de los ingredientes del estilo, palabras, períodos, y defectos en cuanto a unidad. Distingue palabras bellas (por el sonido, por la significación y por la impresión que suscitan) y feas. Se refiere al placer de lo inusitado y asombroso. Naturalmente no resumo, sino que me confino en lo que me interesa personalmente. Los ritmos son imitativos de los movimientos del alma. Insiste también aquí en lo adecuado, v. gr. en cuanto al asunto, en cuanto a los sentimientos del escritor, en cuanto a lo ético, el carácter, edad, sexo, etc., de la persona a que se refiere. Lo que nos deja fríos es lo inadecuado.
La poesía es imitación de la acción humana. La tarea peculiar del poeta está en construir la fábula. La acción se puede tomar de la historia, del mito, o de la propia imaginación, pero en todo caso, el poeta debe construir la fábula. La poesía no se especifica esencialmente por la forma métrica; lo poético no lo crea el verso, sino un tipo especial de imitación. El objeto de la poesía es el hombre: los primeros compositores “teólogos”, no eran poetas. Estos se complacían en admirar a los hombres magníficos, o satirizar a los viles, y de ahí la doble corriente de la poesía. Admite al poeta inspirado, pero reconoce un tipo de creador más sereno y equilibrado, con talento y técnica. En Aristóteles, la inspiración divina está substituída por una teoría médica. Lo importante del gran poeta es el equilibrio: “guardar un justo medio entre un temperamento demasiado frío, y uno demasiado caliente; debe conciliar la técnica con la inspiración, la reflexión con la imaginación, el talento y el genio, el equilibrio de la naturaleza (euphués) y el arrobamiento extático (manía). Pero si la belleza está en el justo medio, dedúcese de esto que son posibles dos tipos contrarios: el artista equilibrado y el genio extático” (136).
Sobre la tragedia hay un resumen de la teoría. Sólo alguna anotación me importa ahora: lo que busca la tragedia no es la imitación de los caracteres, sino la presentación directa y dramática de sus acciones, que producen felicidad o infelicidad, con los sentimientos consecuentes.
Los sentimientos son las consecuencias de la acción (miedo y compasión), los caracteres las condiciones, el acto que hace feliz o desgraciado es el alma de la tragedia. Porque el objetivo de cada ser es su acción.
La fábula debe ser completa, grande, una. Completa: con principio, medio y fin. Debe ofrecer un conjunto ordenado; un organismo al que nada falte. Lo más grande posible, dentro de lo abarcable. Debe estar construída de tal modo, que cualquier elemento que se substrajese hiciese resentirse la fábula entera.
La necesidad: la historia presenta lo individual como de hecho ha sucedido; la poesía llama la atención hacia la conexión necesaria entre caracteres y acciones, entre acciones especiales y sus consecuencias. Nada debe haber de inmotivado, ilógico. Por ello está más cerca de la filosofía que la historia; aunque no es estrictamente ciencia, ya que se refiere a lo particular. Nos presenta la fábula, de modo que sacamos la impresión de que tenía que suceder así. La ciencia se impone universalmente –la historia ofrece lo que ocurre una sola vez– la poesía lo que sucede en la mayoría de los casos. Nos hace sentir lo que debemos considerar inevitable en todas partes y siempre, para todos los hombres de cierto género, situados en ciertas situaciones: es imitación típica.
La acción trágica se determina por el carácter y los pensamientos de los personajes que toman parte en ella. El carácter es la expresión de una actitud de la voluntad; el pensamiento de la conciencia racional. El personaje se juzga más por el carácter que por el pensamiento, pues es por la voluntad, por donde entramos en la intimidad última, en las elecciones decisivas. Pero el sufrimiento trágico se relaciona con la acción libre de modo necesario (o probable); es decir, que está en conexión con una expresión de la ambición racional y consciente.
“Los movimientos puramente pasionales son, pues, excluídos de los verdaderamente trágicos; sólo llegan a ser ético-característicos, cuando obtienen una aprobación racional y consciente”.
Los caracteres trágicos son imitaciones, pero idealizadas. Personalmente, encuentro exacta la tendencia a la idealización, pues en su realidad auténtica, un hombre es siempre mucho más de lo perceptible. Los actos deben parecer derivarse, necesariamente o probablemente, del carácter. Debe ser fiel a sí mismo.
Hay que evitar un estilo demasiado brillante, porque distrae la atención de los personajes.
En cuanto a las emociones, parece considerar las más importantes el miedo y la compasión –pero no las únicas–. Supone, como parece suponer Platón, que la representación suscita en nosotros las mismas pasiones, al menos como suceso ordinario. Pero, mientras Platón se apoya en esto para impugnar el valor de la tragedia, Aristóteles encuentra ahí una purgación, por la que el hombre se libera de algo que tiene de todas formas, y luego queda sereno. Refiriéndose a temperamentos normales –no excesivamente sensibles, que se entregarían al desenfreno, ni excesivamente fríos– piensa que la excitación de emociones, en la tragedia, basta para liberarles de la carga normal que han de tener, y poder reaccionar después equilibradamente. La catharsis restablece el equilibrio psicológico, y hace gozar un placer excepcional de descarga y vuelta a la medida, distinto del superficial placer de los sentidos.
Ahora debo dejar a Aristóteles, para preparar algunas misas y actos de ejercicios; pero he de pensar en este asunto de la catharsis, de superlativa importancia, en cuanto al arte, y la misma liturgia, y las predicaciones.
Estas consideraciones aristotélicas coinciden, en parte, con la función que yo suelo asignar a ciertas maneras litúrgicas, o incluso de predicación, que ofrecen a la sensibilidad pasto conveniente, mesurado, en tanto llega a una altura bastante, para gozar de objetos no inmediatamente sensibles. Sin embargo, hablando en general, y refiriéndome a lo que hoy puede contemplarse en los espectáculos públicos, más bien me acuesto a las opiniones platónicas. Pienso que, de sólito, el espectador sale de allí perturbado, con la sensibilidad mal inclinada, fomentada en sus propensiones a constituirse en fundamento de la vida humana.
La comedia: en ella lo central es lo burlesco; es descompuesto, pero no doloroso. Lo ridículo es inesperado, nos sentimos sorprendidos y engañados, pero enriquecidos. La risa es necesidad vital, medio de descanso y recreo, pero debe estar sometida a medida. Debe consistir en sátira fina, no en bufonadas.
La épica imita la acción humana, de modo narrativo. Puede ser más extensa que la tragedia. Debe imitar una acción que se desarrolla de manera activa, ordenada a manera de un organismo. Su objeto es también lo necesario, con transcendencia universal; debe evitarse la intervención del deus ex machina. Prefiere la tragedia, y afirma que se puede disfrutar de ella con la lectura privada, lo mismo que de la épica.
La poética tiene sus leyes, que no son las de las ciencias naturales. La poesía tiene, entre otras, la finalidad de encantar, por eso hay que juzgarla desde puntos de vista peculiares. Lo más valioso de un poeta es ofrecer algo que sea, a la vez, asombroso y lógico, algo, cuyos momentos se enlazan, necesariamente, contra todas nuestras expectaciones. Lo ilógico, absurdo, sólo puede aceptarse, si no centra la atención en la misma extravagancia, y si realmente asombra. Admitimos en la poesía ciertos imposibles –como por convención– y por supuesto la idealización. La poesía es autónoma, con sus propias leyes, y se ha de leer en su contexto y ambiente poético, diverso de cualquier otro. Aristóteles, frente a Platón, toma por medida el gusto, no de la plebe, pero sí de la mayoría. “Porque en toda multitud, dice, cada uno pone su atención en una parte o aspecto distinto de la obra, y, por consiguiente, la convergencia de muchas opiniones da lugar a un juicio multilateral y fundado en todo el conjunto”.
Esto hay que tenerlo en cuenta –y para todo– pero cuando se trata de personas educadas, que realmente pueden ofrecer un juicio, o al menos una impresión válida. La realidad suele ser, que la mayoría inmensa de los espectadores son absolutamente incapaces de suministrar otra cosa que impresiones confusas y, caso de tomarlas en cuenta, perturbadoras.
Con esto acabo el capítulo de Aristóteles. Parece que, por primera vez en mi vida, estoy desarrollando durante este viaje los planes propuestos, o por lo menos voy a quedar muy cerca de los objetivos señalados...
Día 7 de agosto de 1969
Las cinco. Anoche prolongada charla con X., que me impidió acostarme hasta las 12 pasadas. Consiguiente retraso en el madrugón. De todas maneras, aún tengo por delante cinco horas, casi enteras, para mis trabajos. Las conversaciones me van pareciendo cada vez más inútiles; nos asemejan extraordinariamente a los pobres animales de noria; vueltas y vueltas sobre el mismo tema. Acaso, las personas que hablan conmigo salgan relativamente confirmadas en algunos criterios substanciales; pero en todo caso, cuanto más provechoso sería abandonar estos terrenos de lamentaciones, para contemplar las realidades maravillosas que nos penetran, en lugar de mirar en torno lo que no puede entrar en nosotros, a no ser con nuestro propio consentimiento...
Prosigo con la historia de la estética. La época helenística: la ciencia peripatética del arte.
Teofrasto otorga preeminencia al oído sobre el ojo; el primero permite que los sonidos y las palabras penetren en nuestro interior: los unos comunican los movimientos del espíritu conocedor, las otras los movimientos del alma como vida. El ojo nos hace conocer solamente las exterioridades del hombre; el oído nos pone en relación con su alma. Conforme con toda la Antigüedad, concede, consiguientemente mayor valor a las artes de las musas, que a las plásticas.
Preciso pronto de un estudio serio y atinado acerca del valor de los sentidos. Pues íntimamente, por espontáneo movimiento, estoy persuadido de la exactitud de la valoración expuesta. Pero no poseo motivos ponderados que puedan apoyarla. Creo que Guardini debe de decir algo en su libro sobre los sentidos. Y como creo haber señalado, en este cuaderno mismo, sería de desear un estudio caracterizador de las civilizaciones de la vista, del oído, del tacto... Pienso, por ejemplo, en la tendencia ordinaria a tocar, a constatar con el tacto, lo percibido con los ojos: el cartelito usual de “no tocar los objetos” supone ciertamente esta tendencia como algo arraigado, innato, en el espectador. Ello lo he aplicado frecuentemente en mi pensamiento, a la moda femenina: si permiten ver, ¿por qué no estarían dispuestas a ofrecer lo mismo visible a la caricia? Y de hecho... Ahora, cuantas siguen la moda no más por seguirla, quedarían espantadas, si muchas personas osaran palpar lo que muestran ¿Por qué, entonces, no se cuelgan un cartelito indicador, prohibitivo? Y no dejaría de tener su gracia...
Las artes de las musas nacen de tres fuentes: alegría, dolor, entusiasmo; emociones que suscitan movimientos acelerantes, o viceversa, del tono vital, y que pueden ser sometidos a ritmo. Y éste puede ser verbal, de las musas y del alma, como principio consciente de vida. Lo postrero nos intensificaría el sentido interpretativo, expresivo de la música o la poesía. Pero no poseemos los posibles desarrollos de Teofrasto...
Importancia de Plinio –autor que no he alcanzado todavía en mis lecturas latinas– para la historia del arte. Por lo visto, abunda en citas y se constituye en fuente cardinal. Acaso sería interesante comprar sus cartas a mi paso por Madrid, y leerlas.
Tres criterios de la época helenística: fidelidad en la imitación, belleza en la idealización, razón en las obras alegóricamente sugestivas. Lo de fidelidad e idealización, no creo que haya que entenderlo solamente en cuanto al modelo exterior, sino en cuanto a la postura interior que se expresa: yo puedo descargar en una obra cuanto siento, o puedo depurarlo: y eso es lo que se debe hacer.
Se plantea la posibilidad de sugerir realidades invisibles: los caracteres, v. gr. del demos. Ello requiere ingenio en el artista, e inteligencia en el espectador. Teofrasto se declaraba contra el exceso de pormenores en las expresiones literarias; es preciso escoger detalles, y dejar al oyente la posibilidad de completarlos: de lo contrario, pensaría que lo tomamos por tonto. La teoría de la sugestión es, pues, muy antigua...
Se otorga gran importancia al ingenio, frente a la diligencia de las manos. El ingenio es la capacidad de inventar, de impresionar al espectador obligándole a pensar. En el arte de Timantes, se entiende siempre más de lo que se ve.
He oído, a veces, alabar a Velázquez, por haber ocultado el rostro irrepresentable del crucificado: así, hace tantos siglos, era loado Timantes, por haber ocultado el semblante del padre de Ifigenia...
La idealización de los dioses y de los hombres: Cresilas representaba a los nobles más nobles aún de lo que eran... Y la idealización se lograba, a veces, mediante la “inducción”, como en el caso de Zeuxis, en el cuadro de Acragas.
En la escultura se alaban, ante todo, la audacia y la sutileza. Y la habilidad técnica es algo que ni se celebra de ordinario, sino que se supone normal.
Hay artistas exagerados en su preocupación técnica, tales como Apolodoro el loco –destructor de sus obras, porque jamás llegaban a satisfacerle– y Calímaco, cuya obra resulta fría a fuerza de perfecta. Lo que demuestra que en todo, incluso en la perfección, hay que guardar medida (Plinio).
“En un boceto... afirmaban ya los antiguos, que se admira aún más, que en un cuadro acabado, el vivo pensamiento en pleno desarrollo, lo dinámico de la intención, mientras que con la imaginación se complementan los rasgos que faltan...”
Después de exponer un poco de historia, resume así: “la pintura comenzó con figuras planas, esquemáticas, en las que, poco a poco, se iban indicando los músculos y los pliegues. Con Parrasio se comenzó a dominar el relieve, primero del contorno mismo, luego en su contraposición con el fondo. Apeles y Nicias lograban crear la ilusión de los miembros reales, y de personajes que se movían en la misma esfera de la realidad que el espectador”.
La crítica de arte alcanza una sutileza imposible, sin una teoría estética muy bien establecida, aunque implícita.
Aunque no voy anotando los mínimos detalles, si es importante advertir cómo todos –incluído Aristóteles– al referirse a los estilos, en los aspectos más externos, reprueban una constitución en puros períodos. Demetrio de Falerón, que, aunque posterior, representa bien las teorías helenistas de los tiempos que analizo, afirma que oír hablar en períodos ininterrumpidos, marea.
Antipatía a lo híbrido, en cualquiera de sus formas. Valoración del autodominio: el poderío resulta de la fuerza reprimida. Lo cual parece indudable: una fuerza que se reprime a sí misma es la realización de la fuerza en sí. En cuanto a la observación sobre lo híbrido, merecería consideración especial: el gracioso en el teatro clásico... que a mí me hace tanta gracia.
La estética del estoicismo. Así como Platón tiene a Dios como artista, y para Aristóteles el único artista es el hombre, para los estoicos el primer artista es la naturaleza. Partiendo de sus supuestos filosóficos: la consciencia del fuego, y su intervención creadora de formas, según reglas inmanentes racionales y conformes al fin, el artista es el fuego. Y toda forma viviente, todo organismo una obra de arte, muy superior a las construídas por el hombre. La belleza tiene carácter dinámico: resulta de una tensión entre fuerzas opuestas. Formada por el fuego, en el hombre por el corazón y la razón que en él vive, es fruto del ritmo de los movimientos, de los humores... y en el alma del equilibrio de las tensiones, de las tendencias. En tercer lugar, la belleza es la correspondencia de las formas con el todo –que es lo más hermoso– y entre sí. Correspondencia de lo estático - simpatía de lo dinámico. Por eso, cada forma es el análogon de otros seres, signo de otra, u otras varias formas, lo que da una ordenación jerárquica al universo. Y cuando el alma se relaja de su ligazón al cuerpo es capaz de percibir algunas de estas significaciones. “La inspiración poética es una forma de esta inmanencia ardiente del alma divina, en el alma humana”.
El arte tiene un finalismo universal: la belleza de lo útil. El fundamento de toda belleza es la producción del ser, y luego el mantenimiento de la vida. Pero sobre esta base, la naturaleza persigue, incluso, el lujo de lo superfluo.
Subjetivamente cada ser tiene su misión, y la del hombre, por encima de cualquier otro ser, es la de contemplar e imitar el cosmos en su actividad artística. El hombre es la obra de arte más sublime. Y como artista reproduce la obra de la naturaleza, con sus dos objetivos: lo útil y lo meramente bello. Hay relación entre la belleza corporal y anímica. La primera se conecta con la salud, y se determina por el tamaño y forma oportunos de los miembros, junto con la suavidad del color. La belleza del alma está en la homología, la armonía interna, que produce acorde perfecto entre pensamientos y aspiraciones, por una parte, y las prescripciones racionales de la inteligencia por otra. La causa de la desarmonía está en la desproporción, la exageración de algún aspecto.
El cuerpo hermoso es una obra de arte en que se manifiesta el alma formadora, y el alma es bella, y producida por la inteligencia formadora.
La virtud es arte, y sólo el sabio merece el nombre de artista. Dan más importancia al arte ejecutor que al creador. El artista es el logos que mueve al sabio.
Teóricamente, siendo lo mismo logos y pneuma, debería haber correspondencia infalible, entre la belleza de alma y cuerpo - forma y materia; pero, de hecho, no es así. Expresamente recalcan la superioridad de la belleza de alma.
La virtud es la belleza auténtica, y la física está entre lo indiferente. Se identifica, según el tema griego normal, lo bello y lo bueno. Y la hermosura es felicidad para quien la posee, y placer para quien la contempla.
Yo pienso que en la realidad, objetivamente, hay mucha más correspondencia, de lo que se suele pensar, entre la belleza moral y la física. Aunque ciertamente no total. Lo que sucede es que, ante todo, bajo el imperio del instinto sexual, se ha acostumbrado el hombre a considerar bello lo corporal, en la medida que es apetecible sexualmente, o al menos que se asemeja todavía –o ya– a lo apetecible sexualmente. Pero la belleza perfecta no existe, y en cuanto a la relativa, contiene muchos aspectos. La belleza de un niño es muchas veces superior a la de una joven, y ésa es todavía apreciada, porque parece prometer, para en adelante, la hermosura apetecible; pero la belleza de un anciano, que consiste sobre todo en cierta serenidad, en cierta calma, y otras cualidades semejantes, consecuentes a virtudes morales, no se suele apreciar, porque en el orden sexual no queda nada atractivo...
En cuanto a mi poca simpatía por la juventud, creo que nace de que apenas hay tal juventud, sino que los jóvenes son, de ordinario –e inculpablemente en parte– adolescentes retrasados; se han quedado en la adolescencia, en esa postura inconforme, protestona, que tan mal sienta a todo el mundo, y que es característica del adolescente.
Panecio contempla al hombre, desde el punto de vista estético: difiere de las bestias en su capacidad de apreciar y sentir la belleza.
Contemplamos y realizamos la belleza más sublime, en la armonía de la conducta de la vida.
Distinción de kalon y prepon: el primero, es todo cuanto está en la línea elevada del hombre; el segundo expresa, en lo conveniente, una medida o simetría especial con el aspecto externo, de una liberalidad no forzada y espléndida.
El decoro moral irradia cuando interpretamos, libre y perfectamente, el papel que el ideal del hombre, del “ser hombre”, nos impone, no sólo en nuestros actos, sino también en nuestras convicciones más íntimas; no sólo en nuestras decisiones, sino también en todos los detalles del comportamiento exterior. Como la belleza corporal debe mostrar la salud, así la belleza moral debe ser manifestación de la virtud.
El papel de la vida tiene hasta cuatro aspectos (naturaleza humana - persona particular - determinaciones circunstanciales independientes de nuestra voluntad - profesión aceptada); somos perfectamente bellos, cuando realizamos perfectamente los cuatro aspectos.
La belleza es algo objetivo, seguiría siendo, aunque nadie la conociese ni alabase.
Con la distinción del bien útil y honesto, Panecio se explica sobre la belleza. Y dice de ella, lo que se había dicho del bien. De modo que la belleza es lo laudable, lo deseable, lo grato, lo conmovedor...
Y estoy muy de acuerdo con Panecio...
Posidonio es, acaso, autor de algunas de las ideas atribuídas a Panecio. No es clara la distinción entre ambos. En todo caso, siguiendo a mi autor, anoto la división de las artes en cuatro grupos: las que proveen a las necesidades - las que proveen al mero placer - las que enjuician esto mismo: las artes liberales - las facultades morales.
La conciencia estética de los sentidos se basa en la adecuación y simpatía entre el objeto y el sujeto. La finalidad suprema del arte es el arte de vivir, de ser feliz y realizar la belleza en el comportamiento.
A los estoicos, el arte de la palabra les parece el supremo, porque la palabra es la expresión más directa del logos. El arte de las formas racionales o lógicas del pensar es la lógica: y consta de dialéctica y retórica (mano abierta y cerrada de Zenón). La retórica se emparenta con la dialéctica y, a la vez, por otros aspectos, con la música, danza, etc. Pero, para el sabio, el ideal es una retórica muy cercana a la dialéctica. Son en gran parte rigoristas: “elocuencia es, en primer lugar, el uso espontáneo de la palabra adecuada para designar a cada objeto”.
Al mismo tiempo, algunos por lo menos, utilizan la poesía (comparación de la trompeta: Cleantes).
Para Aristón de Quíos, el Calvo, la primera finalidad de los poetas es pedagógica y ética; esto se logra por la explicación del contenido; pero intrínseca es también la belleza de la forma, que emana, no sólo del lexis, sino también de la música que el oído experimenta, gracias a un juicio sensible. Pero este juicio sensible, para ser perfecto, debe proceder de la educación y el ejercicio del gusto.
Posidonio define la poesía: “la creación de un poema lleno de discreción y la revelación de la significación más profunda de las cosas, en una imitación de todo lo divino y humano... el poema mismo es una lexis (forma verbal) métrica, rítmica, oratoria, que, por su esplendor decorativo, se alza por encima de la prosa puramente racional”.
Algunos estoicos, sin embargo, junto a los epicúreos, defienden la insignificancia ética y pedagógica del arte, que causa un mero placer, y es ocasión de la entrega al gusto puramente subjetivo; ya que cada uno capta, a su manera, lo dicho por el poeta.
Diógenes de Seleucia se levanta en contra, y defiende el valor pedagógico de la música, que, por medio del melos y el ritmo, produce estados de ánimo, buenos y malos. Y es que el alma posee doble facultad de percepción, por una parte capta las propiedades sensibles, pero por otra las cualidades –también en el orden sensible– de medida y equilibrio. Y esta facultad más elevada puede ser adiestrada por medio del ejercicio.
Crates de Malos aplica la doctrina a la literatura, pero partiendo de la necesidad de eliminar cuanto no cuadra en la lógica y moral. Y se constituye una escuela de filólogos, muy famosa, y muy severa, del tipo de Zoilo, uno de sus componentes. Pero personalmente Crates es mucho menos rigorista: la poesía es un arte autónomo, con su prepon interno. Hay algo que hace que la poesía sea poesía, y ello no es la lógica ni la ética. Las descripciones y sentimientos del poeta hay que captarlas sensiblemente; sólo así puede llegarse al contacto del Logos divino, presente en cada poema, por la clarividencia del poeta. El placer poético proviene pues, de la apreciación capacitada de la armonía (forma) verbal, métrica y rítmica, y del sentir los pensamientos del poeta (contenido); y en plano más elevado, el poema es entendido por otra inteligencia, distinta a la pura razón lógica; no se rechaza el logos, sino que descubre significaciones más profundas, ocultas bajo formas alegóricas.
El alegorismo toma vuelos. El habla es una creación relacionada con la realidad de las cosas nombradas (importancia de la etimología); pero como también hay diferencias, hay que tener en cuenta no sólo la analogía, sino también la anomalía. “La alegoría es un medio para expresar o sugerir, indirectamente y en lenguaje figurado, la esencia de las cosas”. Se funda en la relación de simpatía que une todo.
Los estoicos cambian el concepto de Aristóteles; para ellos los primeros, y en suma los más importantes poetas, son los teólogos. Sólo después viene la ínfima poesía que se ocupa en el hombre...
II. MARCO VALERIO MARCIAL
Día 2 de junio 1967
Las 3,40. Terminé anteayer el primer examen general de los Hechos, con el estudio singular de los capítulos. Antes de emprender la segunda parte del trabajo, que ha de consistir en el ahondamiento de algunas ideas principales, y debido, sobre todo, a que he dejado las folias correspondientes a los primeros capítulos, inicio la diversión de registrar algunas impresiones concernientes a mis lecturas de clásicos. La Misa no va a celebrarse hasta las 9,45; ello me abre un panorama de casi seis horas, lo que me presta una dicha insólita. He seleccionado discos de Bach, (infortunadamente no poseo más que la obertura nº 2, tan delectable), de Chaikowsky, Dvorack y Beethoven. Me prometo una noche y un ingreso en el día, extremadamente gozoso. No tengo apenas molestias físicas, ni sueño. El domingo salgo para Malagón, y allí me consagraré a la tarea sobre el Espíritu Santo. Esta noche el programa comprende estudios clásicos –al menos escribiré las ideas suscitadas por la lectura de Marcial19– y un avance en la construcción de la doctrina de la contemplación de Raissa Maritain. Adelante joven.
Desventuradamente sólo tengo la traducción, pues no he conseguido hacerme con el texto latino. He manejado además la obra de Lorenzo Riber, de grata lectura y valiosa para mis objetivos.
Una primera consecuencia, de considerable gravedad, es la constancia de lo humano. Es decir, para un espíritu cultivado, Marcial no presenta novedad apreciable. Los defectos que él encontraba en Roma son los mismos, en lo psicológico y moral, que podría encontrar un satírico moderno. Los epigramas de Marcial, conforme a la declaración jubilosa del propio escritor, “saben a hombre”; no se refieren a mitologías hechas, ni a sentencias moralizadoras. Él va burlándose, o aludiendo seriamente a ellos, de una serie de defectos de las gentes. Se ocupa en señalar las bagatelas diarias. El deseo de disimular la vejez, el parasitismo, la extranjerización, de la romana que se greciza, el médico que mata a los enfermos, el ruido de la ciudad, el marido cornudo, el recitador pesado, el plagiario, el captador de herencias, el que quiere leer libros sin comprarlos, el nuevo rico, las fealdades o defectos físicos, la liviandad y la lascivia, el afeminamiento de los pisaverdes... la declarada sodomía...
También encontramos los sentimientos delicados, que Riber anota cuidadoso: sentimientos amorosos, la pena por la temprana muerte de dos niñas, loas a la castidad, al valor, a la preocupación del emperador por el pueblo, a la religiosidad... El sentimiento de la naturaleza.
En cuanto al estilo, no sé por qué Marcial no está de moda. Las pocas citas originales que he podido leer en Riber, muestran un estilo concentrado, raudo, que debería complacer a los poetas actuales. Aquí cabría un interesantísimo estudio, que muy probablemente quedará nonato y, casi casi, inconcepto, respecto de la significación psicológica de las distintas lenguas. Si cada una tiene su genio, es que cada uno pertenece a un pueblo de diverso pergenio humano. Y precisamente ese cariz lingüistico nos ayudaría a penetrar la catadura moral de las gentes. Existen seguramente libros sobre el tema, pero yo desgraciadamente no los conozco, ni aunque los conociera, podría verosímilmente consagrarme a su estudio, de manera suficiente. Pero la evolución que lleva al hispano a transformar el latín en castellano, catalán, gallego, valenciano, nos enseñaría mucho respecto de la psicología hispana. Y ahora entro en el capítulo de las diferencias. En la galería de los epigramas encontramos que los permanentes defectos humanos se verifican en modos diversos. Hoy no contemplamos la “institución” de los clientes que acuden a las cenas regaladas, o al cotidiano y tempranísimo saludo a sus señores; ni los captadores de herencias son un tipo tan definido... Pocas son las diversidades que encuentro. Puestos en verso castellano, de estilo moderno, la mayor parte con mucho de los epigramas, y aun algunos de los espectáculos –que es quizás donde halle divergencias más notables– podrían dirigirse hoy igualmente, a multitud de personas conocidas. Las adulaciones a los emperadores, no son más descaradas que las incensaciones periodísticas a los ídolos políticos. El comienzo de nuestra postguerra ocasionó carteles laudatorios a Franco, no menos inverecundos, y él los permitió, con la misma carencia de rubor, con que los césares admitían las alabanzas de Marcial.
Pero, si todo lo expuesto hasta aquí, sirve de robustecimiento a mi tesis de la igualdad de la naturaleza, de la constancia de lo humano, si me ofrece argumento muy seguro –aunque tristemente de muy poco valor práctico, porque mis adversarios ideológicos son incultos, rematadamente incultos e inhumanos y, por tanto, incapaces de leer seguidos dos epigramas de Marcial, que les dicen Roma, en lugar de nombrar cualquier ciudad moderna– para corroborar mi idea de que la distancia en el tiempo no es mayor, sino menor, que la distancia en el espacio; que un romano del siglo I es más próximo que un indio, un japonés y aun quizás un alemán del siglo XX, plantea en cambio una gravísima cuestión. ¿Qué ha producido entonces el cristianismo?
Tomemos v.gr. las acusaciones de Marcial –o de Juvenal– en asuntos de castidad. Encontramos burlas o censuras respecto del adulterio, la sodomía o la masturbación. Tomemos las obras satíricas, en prosa o verso de Quevedo, o de Baltasar del Alcázar, por referirme a dos autores que he leído recientemente: encontramos burlas o censuras en cuanto al adulterio y la sodomía, de tonos más vivos: es algo que se da por natural, y se estima costumbre admitida. Quevedo la supone vergonzosa en la sociedad y no tan extendida. Me he situado, para la comparación, en un siglo de relativa plenitud cristiana. Si acudo a la literatura actual... a un Gide, premio Nóbel, a un Coccioli, católico, a las conversaciones televisadas de Holanda... He ahí otro fértil tema de estudio: la conciencia de pecado en las diversas épocas, tal como se refleja en la literatura... (Notable por cierto, mi “activismo” en lo intelectual, como el de mi madrina o X. en lo inmediatamente práctico). Me brotan los temas como las violetas en el jardín de casa, sin que nadie las siembre; podría dirigir los trabajos de seminario de 200 alumnos, sin agotar mi capacidad inventora. Se ganaría, desde luego, en conocimientos útiles, incluso de tipo pastoral, y podrían eludirse o derribarse no pocas afirmaciones desbasadas, que corren continuamente en boca de los que no conocen más que “la realidad” que ven. Los “hombres animales” en expresión de San Pablo, que son casi todos, o tengo yo muy mala suerte con la gente que trato.
El libro de los espectáculos indica alguna mayor diferencia de sensibilidad: las luchas de animales entre sí, el castigo durísimo de los malhechores representando los tormentos de Prometeo, la representación del mito de Pasifae, no los aguantaría la sensibilidad moderna, en una tarde cualquiera. Ciertamente, el boxeo y los toros no están demasiado lejos; pero todavía están lejos, y son necesarias situaciones extremas, situaciones de guerra, para que la multitud, como tal, entre en un estado de sensibilidad, capaz de contemplar tales atrocidades.
No obstante, cabe la pregunta: ¿supone esto un progreso humano? Yo creo que habría que distinguir varios aspectos. Pero lo primero que hay que mantener es que tanto la crueldad, el regusto por la sangre, como el miedo, el horror por ella, manifiestan demasías de la sensibilidad, y son posturas inferiores, poco varoniles; por eso ambas cosas son, en resumen, muy compatibles con el afeminamiento, y se dan en épocas de abundancia de homosexualidad.
El verdadero varón no gusta de verter sangre, pero la vierte serenamente, la propia o la ajena, siempre que hay una motivación válida. Por supuesto, el presente antimilitarismo no es buena señal, y la detestación gritona de la guerra del Viet-Nam, sin distinciones, sea en boca de quien sea, es un pregón de mariquitas, aunque los portavoces puedan no serlo, fisiológicamente, algunas veces (Darse cuenta que, en el clero, este terror a la guerra va unido a un debilitamiento de la actitud frente a los desórdenes sexuales, a una injustificable justificación de buena parte de ellos, y al gusto por las palabras y los chistes equívocos, verdes, que es una pésima señal en un varón genuino, que trata los asuntos sexuales con naturalidad, con claridad, con sobriedad y con apasionamiento, a sus horas oportunas, y no gusta en absoluto de revolcarse en ellos, sino que posee el pudor, que, lejos de ser cualidad femenil, es una característica del todo viril, como que es una parte de una virtud –fuerza, vigor– de la castidad, que ordena el afecto, es decir el amor, específicamente humano).
El horror a la sangre y el gusto por lo verde es típicamente animal; corresponde, pues, al adolescente aún indiferenciado, al ni macho ni hembra. Al aún no personificado. Y así son mis amigos.
Después de escribir lo anterior, he releído, tumbado en la cama, y en realidad un tanto somnoliento, varias decenas de epigramas de Marcial. He disfrutado mucho más vivamente que en la primera lectura; encuentro más gracejo, más densidad, más vivacidad en no pocos.
Es indudable, la precisión de introducirse en un ambiente adecuado al tema que se observa. Aunque haya de consagrar dos o tres meses largos, a lecturas prolongadas y repetidas, pausadas y atentas, de los clásicos, acompañadas de algunas traducciones personales de cada autor, ello no debe pesarme. Estimula ciertas potencias y las aguza para penetrar más y mejor, más sabrosamente, el estilo, el genio de los autores. Y por tanto, para comprender mejor la época, objeto de mi dedicación, puesto que mi deseo es poder entender el vigor del cristianismo y la revolución que produce. A mi juicio, los Hechos y los escritos de los Padres no pueden valorarse debidamente sin esta faena, en parte previa, en parte simultánea. Una segunda lectura de los Actos, y de los Padres y Apologistas, ejecutada después de este trabajo sobre los clásicos, me hará afinar mucho más los criterios. Palmariamente este método, que responde a mi estilo habitual de enfrontar los quehaceres intelectuales, es más lento. Pero creo que así he logrado ya, a estas fechas, una cierta profundidad muy rara, y que si Dios me concede otros treinta años de vida, alcanzaría una insólita firmeza y anchura de conocimientos y, sobre todo, una extraordinaria personalidad. No debe dolerme entregar todas las horas de esta noche a Marcial –excepto unos momentos, que voy a emplear en anotar los pensamientos sugeridos anoche por las leyendas de Hércules– esto es superlativamente formativo; aunque nadie lo piense ni lo haga.
Voy a apuntar, en una especie de índice, los temas principales que Marcial toca en sus epigramas; probablemente, aunque la relectura sea muy rápida, surgirán nuevas ocurrencias, favorables a mi ingreso en la mentalidad de los clásicos. Habré de procrastinar, una vez más, el trabajillo sobre la contemplación en el Diario de Raissa; pero vale más reposar las ideas, que constituyen en estos momentos mi ambiente, que meterme en el trajín intelectual de un cambio de asunto. Incluso las glosas al mito heracleo van a quedar para mañana, ya que durante el día, como sucede siempre, no podré llegarme a mi mundo mental.
Día 3 de junio de 1967
Desde las 4 –anoche me acosté rendido, pero sin sueño, tardé en dormirme y el despertador ha sonado vanamente– llevo releyendo los epigramas. He dejado los Xenia y Apophoreta, que no me causan especial placer. Voy a transcribir el índice, muy incompleto, que he compuesto. Aun tan imperfecto, ayuda a percibir de golpe, algunos aspectos.
Vanidad: generalmente la seguridad del poeta en la importancia de su obra, a veces censuras de la vanidad ajena.- V.- 8, 10, 13, 14, 35; VI.- 61; VII.- 17, 44, 88; VIII.- 61; IX.- saludo; 50, 81, 84, 97; X.- 2, 4, 9, 21, 88; XI.- 3, 24.
Adulaciones al césar: I.- 4, 6, 14; II.- 91; IV.- 1, 3, 27; V.- 3, 5, 65; VI.- 2, 4, 83; VII.- 1, 2, 5, 6, 7, 8; VIII.- 1, 4, 8, 11, 15, 21, 26, 36, 50, 54, 56, 64, 65, 78, 80, 82; IX.- 3, 6, 8, 20, 23, 24, 28, 31, 64, 65, 78, 83, 91, 93, 101; X.- 6, 7, 28, 34, 72; XI.- 4, 5.
Temas sexuales: abundantísimos. Distribuyo, con bastante imprecisión, en: impudor; frases impúdicas; o referentes a impudor. VI.- 49, 66, 73, 93; VII.- 18, 35, 67; VIII.- 46; IX.- 2; X.- 67, 68, 95, 102; XI.- 2, 15, 16, 19, 20, 29, 47, 60, 74, 75, 78, 81, 88, 100, 104; XII.- 27, 43.
Fornicación: Impreciso, pues lo que es palmario, es que da por honesta la amistad femenina en un soltero. I.- 34, 46, 57; II.- 31, 34; III.- 32, 33, 51, 53, 58, 72, 79, 87, 90; IV.- 9, 12, 38, 56, 71, 81; V.- 88.- VI.- 22, 67, 71; VII.- 10, 14, 30; IX.- 4, 32, 37, 66; X.- 81; XI.- 78; XII.- 55, 65.
Referencias a actos sexuales, tal vez lícitos: IV.- 22; VI.- 2, 7, 31, 39; VII.- 10; IX.- 66.
Adulterio: II.- 39, 56, 60; III.- 20, 70, 92; VI.- 90; VIII.- 31; IX.- 80; X.- 40; XI.- 7, 23, 43; XII.- 52.
Vicio solitario: IX.- 41; XI.- 73; XII.- 95.
Sodomía, afeminamiento: I.- 9, 23, 24, 31; II.- 36, 48, 54, 62; III.- 55, 63, 65, 73, 91, 95, 96; IV.- 7, 42, 43; V.- 41, 45, 61; VII.- 10, 29, 34, 58, 80, 95; VIII.- 63, 73; IX.- 21, 22, 25, 27, 36, 47, 56, 59, 63, 93; X.- 42, 52, 64, 65, 66, 91, 98; XI.- 6, 8, 26, 28, 45, 73, 87; XII.- 39, 47, 75, 95, 97.
Homosexualidad femenina: IV.- 84; VII.- 70.
Encomio directo o indirecto –por reprobación de lo contrario– de la castidad (notar que en el segundo aspecto se pueden añadir muchos más): I.- 4, 13, 109; V.- 2; VI.- 50; VII.- saludo, 1, 53; IX.- 28; X.- 35, 38, 63; XI.- 53; XII.- 97.
Amor (en sentido plausible): I.- 13, 42; IV.- 13, 75 (Hay más)
Amor a los hijos: I.- 14, 116; IV.- 45; VI.- 38.
Amistad honesta: (y hay epigramas muy delicados). I.- 36, 54; II.- 24; VI.- 11; VII.- 44, 45; VIII.- 18; IX.- 52; X.- 14, 20, 73, 92; XI.- 44; XII.- 34.
Muerte: I.- 15, 25; IV.- 54, 60; V.- 34, 37, 58, 64; VI.- 18, 38, 39, 52, 68, 76, 85; VII.- 40, 96; VIII.- 43; IX.- 30, 76, 86; X.- 2, 5, 23, 26, 47, 50, 53, 61, 63, 71.
Suicidio: I.- 13, 42; III.- 22; VI.- 32.
Herencia: Muchas veces la alusión a la muerte es puramente burlesca, fijándose en la posibilidad de herencia, o ridiculizando a los que las esperan.- I.- 10; II.- 26; IV.- 56; V.- 39; VI.- 63; VIII.- 25, 27; IX.- 48, 88; X.- 8; XI.- 55, 77, 83; XII.- 10, 40, 73, 90.
Religión: El sentido religioso casi ausente. Alusiones a los dioses ordinariamente poco respetuosas. Alusiones a Príapo y a los vicios de los dioses. Recojo algunas muestras. I.- 17; IV.- 14, 30, 45, 77; V.- 7, 24; VII.- 74; VIII.- 1, 15; IX.- 1, 24, 34, 42, 45, 51. X.- 5, 28, 92; XI.- 92.
Envidia: Tema muy repetido, ejemplos: I.- 40; VI.- 61; VIII.- 61; IX.- 97; X.- 79; XI.- 94.
Avaricia: También muy abundante. I.- 43; IX.- 46, 59.
Hay temas importantes respecto de la continuidad de lo humano, como el de la ciudad y el campo: lo insorpotable de la ciudad por sus ruidos, el barullo continuo, las importunidades... (Ejemplos: III, 38; IV, 98; X, 69, 73; XII, 46); el del plagio, el del amigo importuno, pesado...
Me tienta construir una antropología de Marcial. Es decir, en este poeta, cuya obra “sabe a hombre”, ¿qué ideal humano y qué realidad humana descubrimos? Hay ya algunos matices esclarecidos, con la simple enunciación de los asuntos de las poesías. Ama la castidad, que alaba, pero no parece enjuiciar desfavorablemente, ni la mera fornicación, ni el trato con jóvenes o adolescentes; ama la castidad conyugal –pero no piensa que sea algo ordinario– aborrece la envidia, se complace en la honesta amistad, en la liberalidad, en la fortaleza (v.gr. el argumento del león y la liebre: I, 14, 22, 40, 48, 51, 60, 104; o los toros y los niños), en la gloria, en el amor... No le aterra la crueldad (considerar el libro de los espectáculos). No manifiesta preocupaciones religiosas, ni que su ideal humano las exija...
Dos facciones que caracterizan a Marcial, inmediatamente, en oposición a cualquier autor de un país católico –v.gr. de nuestros satíricos del siglo de oro– son la postura ante lo sexual y la actitud religiosa. Nuestros autores son, tal vez, no mucho menos desvergonzados que Marcial, o, en todo caso, reflejan una sociedad viciosa. Pero ciertamente la homosexualidad, aun en casos extremados como el de Quevedo, no aparece como algo normal y admitido, sino aberrante -aunque extendido- condenado por todos en cualquier aspecto. Y algo semejante hay que decir del adulterio. Y sobre todo, la postura del autor es siempre reprobatoria. Por otro lado, todos ellos brindan al mismo tiempo una abundante dosis de sentimiento religioso, muy sincero, y reflejan unos ambientes donde tales disposiciones son normales.
No obstante, es de considerar como una de las pruebas decisivas, al modo de ver de algunos apologistas, de la verdad del cristianismo, es su eficacia. Es pensamiento que figura en mis notas, repetidas veces, disperso, con ocasión de cuestiones muy varias. El amor de Dios se manifiesta en la paciencia con que espera, con que perdona al pecador; pero se ostenta igualmente, y en sí de manera más luminosa, en la fuerza con que levanta al pecador de su abyección en el pecado; el nombre del Señor es grande, porque coloca al mendigo que yacía en el polvo, entre los príncipes de su pueblo. Para Justino v.gr., una muestra decisivamente esclarecedora de las dudas de paganos buenos, era que Platón no había conseguido mudar las costumbres sino de muy pocos hombres ya bien dotados, mientras Cristo convertía a cualquiera, y eso continuamente. Ahora bien, ¿en nuestra sociedad cristiana se pueden mantener estas afirmaciones, no ya como posibilidades, sino como hechos notorios? Pues en eso consiste el valor apologético que Justino podía utilizar. Un estudio atento de los clásicos, ¿nos pondrá ante la vista una comunidad humana que, al cabo de veinte siglos, el cristianismo ha convertido, donde las virtudes han crecido, pero sin soberbia, y donde los vicios se han desarraigado? O más bien ¿habremos de contentarnos con acudir al fácil surtido de recursos que nos ofrece la debilidad humana? Pero en esto se demuestra el vigor Paterno, ¡en que es capaz de fortalecer al débil! Es necesaria una reflexión minuciosa y honda sobre los textos clásicos, para formar la idea exacta de aquella sociedad y poder concluir que es lo que realmente poseemos hoy de adelanto.
Otra advertencia digna de ser anotada, es la necesidad del estudio para conocer al hombre. La reprobación enérgica e inflexible de la resobada oposición entre el hombre de libros y el hombre de la vida, del trato. No existe tal cosa, y en rigor, un hombre con suficiente capacidad podría penetrar profunda y exactamente a los demás, sin haber conversado jamás con nadie, solamente pertrechado de las convenientes lecturas. Si es verdad que el sabio de gabinete tiene sus peligros, no menos cierto es que los tiene el ignorante que “vive” en el bullicio de la continua conversación, que ellos llaman “diálogo”, porque son impotentes para asimilar cuatro ideas, y tienen que restringirse a repetir las pocas palabras no entendidas, del mezquino caudal verbal de moda. De hecho, las lecturas han de completarse con el trato; pero pensar que charlar con unas cuantas personas, que se expresan deficientemente, va a saturarme de conocimiento mejor y más pronto, que el comercio con los grandes autores universales, que supieron profundizar en el misterio del hombre, es idea ridícula.
Día 4 de junio de 1967
Día apretadísimo, que, para colmo de urgencias, no he comenzado hasta las 5,40. Mañana viaje a Malagón, para la tanda de ejercicios de las religiosas.
Termino de expresar la idea iniciada anoche: la lectura de suyo bastaría; sin embargo, dada la limitación de nuestras facultades, y su variedad, ha de completarse con la conversación, que, por su naturaleza más sensible, suele estimular nuestras facultades en direcciones, ordinariamente impasibles en el estudio privado. La capacidad de objetarse a sí mismo, aun de acoger las dificultades que nos presenta el libro, es muchas veces muy roma. Se aguza, en cambio, en la charla con un buen contradictor. No obstante, esto mismo no está exento de peligros, pues ante la objeción más llana y modestamente lanzada, el amor propio se excita, y la ira, o el mero afán de superación, entenebrecen el entendimiento en vez de agudizarlo. La charla, la observación, son tan sólo, por lo general, complementarias. Únicamente ciertas personas, muy especialmente, y muy ricamente dotadas, poseen la potencia de reflexionar por su cuenta, y alcanzar, por propia Minerva, las conclusiones rectas, que las obras de los buenos autores nos brindan, en forma inmediatamente asimilable.
El tema de la muerte en Marcial.
Antes de abandonar por el momento, los escritos del poeta hispano, quiero anotar sus pensamientos ante el magno y profundísimo problema de la muerte. Es uno de los negocios, acerca de los cuales la revelación nos ha traído solución más plena y más gozosa. Comparar las respuestas de los paganos con la de Cristo, puede resultar extremadamente aleccionador.
Marcial toca el asunto nada menos que en 35 epigramas, espigados en la rauda relectura de ayer. Muy probablemente, habrá bastantes más. Y ya de antemano apunto, que en este número no entran todos los que se refieren, con guasa, a la herencia esperada.
Aparte de la tristeza, y de la certidumbre de la muerte, que nos alcanza en cualquier lugar a que nos dirijamos, hay que señalar dos ideas:
1ª: La supervivencia. Los epigramas aluden frecuentemente a ella. ¿Qué supervivencia en esa? Se supone que en alguna parte, el fenecido amigo recibe, como un incienso ofrecido desde lejos, el libro de Marcial (VI, 85) hay la supervivencia de la gloria: vive la mejor parte por ella (X, 2, expresamente; equivalentemente, explicado por el anterior, VI, 18); esto se refiere a la gloria alcanzada por uno mismo, pero también nos hace sobrevivir, la gloria que nos presta el poeta con sus cantos (X, 26). Hay indicaciones de otra inmortalidad: las sombras del Orco y sus negros caballos (V, 34; X, 50; en los epigramas a la niña Eroción y al auriga Escorpo); al Leteo (VII, 96) a los bosques del Elíseo (VII, 40); a los castigos del poeta maldiciente (X, 5); al posible rapto de la vida, llevado a cabo por la diosa Virgen, o la amante de Hermafrodito (VI, 68). No hay nunca la más discreta frase interpretable como insinuación de resurrección. Sí leves sugerencias a premios o castigos (VII, 40 - X, 5).
2ª: Las consecuencias para la vida actual. En rigor, la única es que hay que emplear bien el tiempo (IV, 54). Pero semejante conclusión, que pudiera tomarse, en buena parte, juzgando por alguno de los epigramas, queda explícitamente declarada en su sentido más bajo, por una serie de expresiones absolutamente luminosas, y no significa sino que hay que disfrutar de la vida (I, 15; V, 65; VII, 43) y alcanzar la gloria pronto, pues llega tarde para las cenizas (I, 25). Es cierto que algunas veces se refiere a la vida honesta, que nos hace haber vivido plenamente (X, 23).
Por lo demás, la muerte es dolorosa (passim) y hay que desear que tarde en llegar (VI, 28); pero los elegidos mueren pronto (VI, 29); y los mismos dioses están sujetos a la fatalidad (IX, 86). Hay que haber vivido desde ayer (V, 58). La muerte es descanso, noche eterna (X, 71).
Otro aspecto interesante es la alabanza del suicidio, en tono estoico (todos los epigramas en que toca el tema).
La postura del justo, del fuerte, es no temer la muerte ni desearla (X, 23).
La muerte es asunto burlescamente enfocado, en los muchos epigramas dedicados a la herencia.
En resumen, la postura de Marcial es titubeante, como parece sucederle en todo; a veces enjuicia los sucesos y realidades en tono moralizante, y entonces alaba el pudor, la castidad, la religiosidad y sugiere otra vida, que, al cabo, sería deseable. Otras se olvida de todo eso y toma las cosas a chacota, dejándose llevar del sentimiento de lujuria o de dolor, y sólo enuncia los hechos festivamente, o da a entender, más o menos claramente, su aprobación.
Mañana quiero ir por la mañana a Madrid, para ir completando la colección de clásicos, con un Marcial latino, un Juvenal latino y Propercio y Catulo castellanos - o franceses. Las obras de Cicerón que me faltan, y los Fastos de Ovidio. Las guerras judaícas de Josefo y las fábulas de Fedro y Esopo. Luego los historiadores griegos, y alguna obra histórica sobre la época. Creo que estos estudios están realmente en marcha, y que el paso es seguro.
III. AULO PERSIO FLACO
Día 29 de junio 1967
Pero estamos lindando con el alba. Vamos a embocar el pensamiento de Persio20. Veamos si puedo, entre estas primeras horas del día de hoy y la noche de mañana, substanciar a este fabuloso autor de hace veinte siglos, a quien me siento deudor de muchas sugerencias y no parvas confortaciones.
PROLOGUS
Con tono burlesco afirma el valor del oro. En la poesía misma, el dinero hace poetas:
Magister artis ingenique largitor
uenter, negatas artifex sequi uoces.
quod si dolosi spes refulserit nummi,
coruos poetas et poetridas picas
cantare credas Pegaseium nectar21.
SÁTIRA I
La visión del hombre: La idea cardinal es la vanidad de los hombres del día. Vanidad enunciada en el verso primero (¡O curas hominum! ¡O quantum est in rebus inane!22) y desarrollada en torno a la poesía del momento. Pero al tocar su asunto capital desde diversos puntos de vista: perfección formal, hondura temática, ocasiones de exposición, reacciones de lectores y oyentes, disposiciones psicológicas y modo de vivir de los autores; va salpicando sus juicios acerca de muchas maneras mentales y ademanes de la cotidiana convivencia. En mínimo concierto ofrezco un índice temático con alusión a algunos ejemplos:
Gula: Placeres de la comida: calve - pinguis aqualibulus propenso proceres crudi (50) scis ponere sumen (53)... 31, sequipede... (57)23
Sexualidad: Reflejos de lascivia: 19-21, 79, 82 (probable alusión al afeminamiento), 86
Tacañería: 54
Lujo: 52-3
Afeminamiento: (sin llegar a una alusión precisa a la homosexualidad; mera acusación de enervamiento en las formas externas y en las energías anímicas): 15-22 (pintura de una lectura pública; descripción de las modulaciones y las vestiduras del poeta lector). 30-36 (recitaciones poéticas al final de un banquete); afirmación exenta de la debilidad:
Haec fierent si testiculi uena ulla paterni
uiueret in nobis? (103-4)24.
Vanidad: en los cargos: el finchado por un edilato provinciano (129-30)
en la poesía: grandilocuencia, suavidad y ternura en el verso, progreso meramente formal en cuanto a la fluidez, incapacidad de escuchar la verdad sobre el propio valer:
Et “uerum” inquis “amo, uerum mihi dicite de me”
qui pote? uis dicam? nugaris, cun tibi, calue,
pingui aqualiculus propenso sesquipede extet (55-8)25
por eso el poeta, que contempla en casi todos orejas de burro, sepulta en la
sátira su secreto, como en el hoyo de la tierra el barbero de Midas (107-121).
Adulaciones continuas, exclamaciones vacuas, de aplicación universal, y eso en la poesía y en el foro, desprecio de la antigua reciedumbre poética, del verso tal vez duro; afectación grecizante... (ansia de ser señalado, alabado en vida, dejando inmerecida fama, inútil para las cenizas (13-42; 48-53; 58-86; 91-106: 126-134).
Insinceridad: ya insinuada o expresa en algunos de los versos citados.
Por su parte expresa positivamente –amén de las censuras ya copiadas– la sinceridad:
Uerum nec nocte paratum
plorabit qui me uolet incuruasse querella (90-91)26.
También el deseo de la fama, pero genuina, legítima:
Non ego, quum scribo, si forte quid aptius exit,
quando haec rara auis est, si quid tamen aptius exit,
laudari metuam; neque enim mihi cornea fibra est (45-8)27.
SÁTIRA II
La visión del hombre: Casi todo en el aspecto religioso. Las relaciones con los dioses están impregnadas de superstición y de hipocresía.
Los deseos son meramente naturales, fantasiosos (35-38; 10-12) o positivamente malos (10-12) (de los primeros también: 41,44-45); están impregnados de ambición, de avaricia, el oro, el lujo ha sustituído las austeras costumbres antiguas (v-gr- 59-66). Se ruega a los dioses que favorezcan los deseos de salud y se vive de manera insana, entregado a comilonas (41-3). Se hacen en secreto peticiones perversas, se quiere comprar el favor divino, con ofrendas suntuosas, y se ha introducido en los templos la humana vanidad, y esto es lo más grave de todo:
Peccat et haec, peccat, uitio tamen utitur, at uos
dicite, pontifices, in sancto quid facit aurum? (68-69)28.
Lo que desean los dioses es un corazón puro, manifestado en sobrios sacrificios, y en una vida conforme a las súplicas elevadas paladinamente, sin impurezas de hipocresía, no caros dones ni prácticas supersticiosas:
Quin damus id superis, de magna quos dare lance
non possit magni Messalae lippa propago?
compositum ius fasque animo sanctosque recessus
mentis et incoctum generoso pectus honesto,
haec cedo ut admoueam templis et farre litabo (71-75)29.
Sólo una posible alusión al desenfreno sexual: lippa propago (72).
SÁTIRA III
La visión del hombre: Vive una vida de locura; éste sería el juicio del mismo Orestes enloquecido. Borracheras, sueños prolongados, envidia de las despensas mejor abastadas, miedo de la enfermedad, terror de la muerte, odio de quien anuncia la verdad de la cercanía del peligro... Un dejarse llevar de las circunstancias... Esta es la visión expuesta en la sátira, con vivaz estilo dialogístico, muy digno de pausado estudio. Incapacidad intelectual.
Los pensamientos del autor: Palmaria la condenación de todo lo anterior. Este joven, que ronca hasta entrado el día, durmiendo la borrachera nocturna, y que entona una serenata de pretextos, para eludir la faena intelectual, es realmente un crío, que merece la papilla y la nana. Nada valen la vanidad de la estirpe, el saludo amical al censor; chatarra son las condecoraciones, dignas del vulgo ignorante; del hombre que nada sabe, que ignora lo que pierde, y, sumergido, no es capaz de remontarse a la superficie de las aguas. Pero éste es inculpable. Mas el muchacho aleccionado...
El mayor castigo del vicioso será el remordimiento: más exactamente el pesar, que ha de dominarle al contemplar la virtud abandonada (35-38); y la culpa inconfesada que le roe, aun en compañía de la propia esposa, desconocedora del pecado (41-2).
Hay que tener un proyecto vital, no vivir arrastrado por la fuerza del momento, por la circunstancia. Hay que salir al paso a la enfermedad que nos amenaza, Y para ello:
Discite et, o miseri, causas cognoscite rerum:
quis sumus et quidnam uicturi gignimur, ordo
quis datus, aut metae qua mollis flexus et unde,
quis modus argento, quid fas optare, quid asper
utile nummus habet, patriae carisque propinquis
quantum elargiri deceat, quem te deus esse
iussit et humana qua parte locatus est in re (66-72)30.
En substancia: hay que ser sabio. Según, es notorio, la noción estoica de la sabiduría.
Una sola alusión sexual: muy leve, puede tener significación meramente afectiva: (110-1).
Hay en la sátira una insinuación de la necesidad e incluso el estilo, de educación: 20-24; 53-75. Y una condenación del magisterio de la época: 44-51.
Día 30 de junio de 1967
Las 3,30, y ya me he resumido la sátira cuarta. El día después se ofrece con cariz de tremebundo agobio; pero estas primeras horas son totalmente mías, y dispongo de cinco largas. Veré de aprovecharlas con esmero, para concluir el extracto de las ideas de Persio y escoliarlas luego; aunque esta postrera faena sufre aplazamiento hasta la próxima noche. Desearía, en cambio, rematar la lectura de los cuadernos de notas de Maritain, anotando las principales sugerencias, para devolverlos antes del viaje. En estos momentos, por maravilla, no parece insinuarse malestar físico alguno. Aunque el sueño ha sido muy breve, pues el coloquio con las misioneras se prolongó hasta las 12,10. Tampoco deja de resultar extraña esta súbita comprensión, o al menos este interés por escucharme. Por mi parte, como apuntaba Maritain en su diario, a nadie me niego, y a casi nadie busco.
SÁTIRA IV
La visión del hombre: Queda suficientemente propuesta en el siguiente esquema de la sátira:
Crítica de la intervención prematura de los jóvenes en la vida pública (1-15) – Aplicación a nuestros maestros del “compromiso temporal”–.
Censura del mezquino ideal de vida, propio de mujercillas incultas (16-19).
Reproche del orgullo de casta (20-22).
Reprobación de la tacañería del hacendado (29-32).
Condenación del afeminamiento -que se manifiesta en la desnudez depilada de los hombres en los baños- y de la homosexualidad (33-41).
Reprimenda a los que ocultan sus heridas morales, los ávidos de oro y los desenfrenados lascivos (42-50).
Los consejos del autor: Constatación del desconocimiento propio como mal universal (23-24), y excitación a menospreciar el falso juicio ajeno, y a la consideración de sí mismo (51-52).
Ut nemo in sese temptat descendere, nemo
sed praecedenti spectatur mantica tergo! (23-24)31.
Tecum habita: noris quam sit tibi curta supellex (51)32.
SÁTIRA V
Doctrina de la sátira: Expongo el esquema de Persio, con los dos aspectos entretejidos: visión del hombre tal como es, y tal como ser debería. Pueden destacar satisfactoriamente los matices, con la mera expresión de las ideas. Adicionaré conciso escolio.
Arremetida contra la bambolla temática y expresiva en la poesía (1-20)
Cuadro de su amistad con Cornuto.
Intimidad: (21-29)
Alusión a sus peligros juveniles y la educación recibida de Cornuto (30-40)
Relación de su convivencia. Igualdad de horóscopo (41-51).
Exposición de las diversidades de genio entre los hombres: propensiones a la avaricia - la mesa - la sensualidad - los deportes: vanidad de todo ello (52-61).
Nuevo tránsito al tema de la amistad con Cornuto: estudio y dedicación al trato con los jóvenes (61-64). Exhortación a proseguir la doctrina de Cleante (id).
Lamentación de la tendencia procrastinante de los jóvenes: vanidad de sus pretextos (65-72).
Tema de la libertad: abarca todo el resto de la sátira (73-192).
Exposición de la genuina naturaleza de la libertad, y refutación de la idea ordinaria acerca de ella (73-156; 174-179).
Ni basta romper por un momento las ligaduras, sino que hay que mantener firme la decisión liberadora (157-174).
La falsa libertad lleva a la superstición temerosa (180-188).
Los amos de que hay que liberarse, son los amos interiores, idea muchas veces repetida, pero especialmente se refiere a la avaricia (110-113; 132-142) y a la lujuria (142-154; 162-173).
Pero el vulgo se ríe de tales ideas (180-191).
Hay alusiones anteriores a la lujuria (58) y a la avaricia (54-55).
Acerca de la muerte cfr. 152-3.
Esta es, sin duda, la más pulcra sátira de Persio. La ternura notable del relato de su amistad con Cornuto, y la valiente proposición del tema de la libertad, cuya substancia podríamos expresar en términos de Escuela, como la clara distinción entre la libertad a necessitate y la libertad a coactione. Persio ve mucho más perspicazmente que la mayoría de los cristianos modernos –al menos de los cristianos que se expresan públicamente–. La libertad es algo personal (y en eso estamos todo de acuerdo) de interior grandeza, que no puede depender, en modo alguno, de exteriores ceremonias ni intervenciones autoritativas.
Al mismo tiempo Persio nos muestra su miseria, pues todo queda encerrado en la vanidad de una libertad sin esperanza. No existe, en absoluto, relación entre la libertad del hombre y su sometimiento a Dios.
SÁTIRA VI
La visión del hombre: Aparte algunas alusiones a la poesía de Baso, la sátira presenta al hombre avaro y al despilfarrador. En el tipo dilapidador se encuentra el lascivo y el entregado a los placeres de la gula. Hay una referencia aprobatoria a los versos que cantan amores juveniles, pero no precisa en qué consiste la honestidad de estos amores, ni de los poemas mencionados (5-6). Exhortación a socorrer al desvalido (27-33).
Algunas alusiones a la avaricia: 14-19; 33-36; todo el tema del heredero (41-80).
A la lujuria: 72-73.
A la envidia: 13-14.
A los placeres de la mesa.
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Así el panorama humano que Persio nos señala, y que no resulta muy halagüeño, podría expresarse más o menos con estas palabras: la mayoría de los hombres son vanidosos, en su faena poética, grandilocuentes y falsamente magníficos, pero sobre todo en su vida misma, comienzan por desconocerse a sí mismos, y esto es fruto de una deliberada voluntad, pues ni siquiera lo intentan; ignoran, asimismo, la meta de su propio vivir, se contentan con la mentira que piensan por sí mismos o escuchan a los demás, prestos a adularles. Aman una libertad que se limita a no tener por dueño un hombre, que tenga el humano derecho de enviarles a un recado, increparlos o castigarlos; pero no son conscientes siquiera, de la multitud de amos interiores que les dominan, y les hacen errar de un lado a otro con órdenes contradictorias. Vacuas sus diversiones, su hambre de fama inmerecida, sus tareas. Son lujuriosos hasta el afeminamiento, aun en el sentido pleno de la homosexualidad. Son esclavos del ansia de oro, y por ella faltan a los deberes de la piedad y al amor al desvalido; tacaños, viven misérrimos a veces. Siervos del vino y de los alimentos; de la vanidad, de la alabanza ajena, del orgullo de casta; de la lascivia. Viven aterrados por la muerte. Y aun su religión está contaminada, pues es una urdimbre de supersticiones y de malos deseos, de lujos inútiles, como si quisieran sobornar a los dioses.
Frente a esta pintura, que no es menos pesimista que la de S. Pablo en la epístola a los paisanos, y más o menos contemporáneos, de Persio, el satírico piensa, como Pablo, pero por motivos muy diferentes y mucho más rateros, en la posibilidad de una vida humana digna, que pocos alcanzan, basada en un conocimiento propio, en una atención a los demás, en un decoro austero, amor a la verdad, sinceridad en su trato con los dioses –en que no introduce nota alguna de intimidad ni amor– honradez sexual, seria y perseverante labor por dominar los amos interiores. Se mueve en el cerrado ámbito angosto de lo meramente humano, y no abre, en la muerte, ventana ninguna a posibles infinitos. Es, en una palabra, un estoico bastante pesimista, respecto de las realizaciones de su escuela.
Algunas notas más precisa este bosquejo de síntesis, y sobre todo acerca del estilo literario, sugerente de ciertas mejoras en el propio mío. No obstante, por el momento, voy a abandonar a Persio (debo también concluir el análisis gramatical) para terminar la lectura del cuaderno de notas de Maritain.
IV. DÉCIMO JUNIO JUVENAL
Día 3 de julio de 1967
Ya en Murcia, desde anteanoche, y en este cuarto destartalado y sucio, con esa precisa especie de porquería que tanto me desplace. Una mesa de cátedra, sin cajones para colocar los libros, ni armario para la ropa; una percha, tan estratégicamente colocada, que la sotana se llena de cal, una silla, en cuyo asiento tengo que poner la cartera con libros, para alcanzar a escribir; dos ventanas seguidas, cuyas persianas no pueden alzarse, pero una de las cuales no puede bajarse del todo. Ello tiene la doble ventaja de que padezco notable penuria de luz, pero en cambio, quedo expuesto a posibles miradas desde el exterior. Sofocante calor, que mantiene el cuerpo en sudor todo el día. Sensación de cansancio. Y sobre todo –y esto es lo realmente molesto para mí– una puerta con la cerradura estropeada, imposible de cerrar. No me hallo ciertamente a gusto.
El viaje hube de hacerle en Ter. Caro de precio y difícil el estudio, pues estos trenes están planeados para la gente vulgar –seguramente por gentes vulgares–. Relativa rapidez; relativa refrigeración, pero absoluta impotencia de aislamiento. La soledad preciosa que el autobús proporciona, está excluída en estos elegantes trenes, donde te hallas prisionero del grupito de personas que se encuentran en el juego de los cuatro asientos; una al lado, dos en frente. Irremediable necesidad de conversar, de abrir paso; inevitables distracciones. Pese a todo, leí casi todas las sátiras de Juvenal33 en la edición castellana, completa, de Obras Maestras. Niños corriendo por el pasillo. Niños graciosos, amables, que naturalmente eran amigos míos al poco rato del viaje; pero que prestaban al vehículo un aire de patio de vecindad ambulante. Somnolencia por la temperatura notablemente cálida; distracciones por los juegos de los pequeños y las chácharas de los mayores. Ingrato ambiente de comodidad, de lujo a medias, y de carne. La manía femenina de seguir la moda, me resulta personalmente inaguantable. Y las modas estivales acrecientan la sensación de desagrado. Es sumamente irracional esta tendencia, universalmente victoriosa, a mostrar todos los posibles encantos, a todos los que deseen contemplarlos. Cuanto más pienso, más siento la unidad del alma y el cuerpo y más contemplo la carne –en su sentido totalmente físico– como un símbolo del alma. Y aborrezco la intimidad brindada al primer transeunte. Parece que, incapaces de comunicarnos personalmente, hemos decidido, al menos, comunicarnos a lo meramente animal: manifestando nuestro cuerpo. No es molestia alguna, temerosa ante probables tentaciones carnales, porque la visión de la carne en una persona, que no me atrae como tal persona, no excita en absoluto, ninguna fuerza mía. Y no creo que es virtud sobrenatural, sino disposición temperamental. Esta exposición continua de muslos y solomillos mujeriles me causa asco. Una especie de repugnancia hasta el vómito. Algo así, como la visión de una abundante comida cuando uno no tiene hambre. Dejando aparte la dudosa –y a veces ni dudosa– belleza de la ostentación, o más claramente dicho, la positiva fealdad –remediada como se puede con depilatorios y cosméticos, que les da a las pobres mujeres un aire de payasos, que probablemente no advierten ni ellas, ni los hombres que las rodean, porque todos son intelectualmente payasos– es que no veo por ninguna parte una señal de personalidad. Es humanamente muy triste el espectáculo gratuito estival. Pero uno sabe, además, que todo ello origina no livianas tentaciones, en muchos de los pobres payasos masculinos, además de la tentación de imitarlas y despojarse igualmente de unos vestidos que encubrirían, con su desnudez material, su insipiencia anímica.
Con esto solo hallaría motivo para el celibato, ¿Qué mujer podría haber hallado con suficiente personalidad, para vestirse y desnudarse según los dictados de su personalidad, prescindiendo elegantemente de las imperativas normas de cualquier idiota, dedicado a construir modas cada año? Y no sería yo capaz de proporcionar a unos hijos míos, una madre idiota, ni lo sería tampoco para sufrir, instalada definitivamente en mi propio hogar, la memez femenina. El ambiente de necedad en rededor me produce una sensación física de asfixia. Y luego la postura “pastoral” de mis compañeros de sacerdocio, participantes de un carácter sacramental, que les eleva ontológicamente a una situación de enorme privilegio por parte de Dios, con el poder de atar y desatar, de aconsejar, de distribuir gracias a raudales impetuosos. Unos –suelen ser antiguos– cerrados en lamentaciones estériles, otros en imposiciones rigurosas, pero desgraciadamente propuestas en nombre de una ley, otros preocupados, obsesionados por una promoción, que cuanto más considero, más se me muestra como una regresión total, que se va desarrollando en la soberbia y la lujuria. Hablan continuamente del signo, pero no comprenden que la vestidura es un signo de importancia cardinal; hablan de la personalidad, pero admiten complacientes las razones de las modas, que son todas, a carga cerrada, despersonalizantes. Hacer igual que otras, no chocar, ir más cómodas, más frescas... Un estudio sobre el tema, un estudio profundo, un análisis serio, enfilando como mazas aniquilantes las impresiones que aquí mismo he ido transcribiendo, pero explicándolas, motivándolas, ofreciendo el ejemplo de los cristianos –de todos los tiempos– que, en impresionante unanimidad, han optado por la condenación de tales aberraciones... Esto, por supuesto, no se ha hecho nunca, ni yo alcanzaré a realizarlo. El ir como todo el mundo, se ha hecho un estribillo que, para muchas personas de relativa buena voluntad, es plenamente válido, sin restricción alguna. Y ahí esos mentecatos, queriendo promover la personalidad, y clavando más y más, a sus no menos imbéciles secuaces, en asuntos secundarios. Son poderosos para instigar una huelga, pero incapaces de lograr que una sola mujer –que al fin suele ser hija, esposa, madre– de alguno de sus “militantes”, de alguno de esos militantes tan viriles, según ellos, para enfrentarse contra un patrono injusto, se vista como una persona, y no se desnude como una prostituta despersonalizada.
Y luego está el choque del ambiente. Todo esto ellos mismos no lo entienden, porque con la repulsa del Espíritu Santo les ha venido la irremediable necedad humana. Todos ellos lelos, que balbucean la misma canción del progreso y la justicia social, y que tienen minadas por dentro, las mismas bases de su sacerdocio. Todo avanza junto, en una masa irresistible. Las modas en la calle, las insinuaciones y los espectáculos en la televisión, el cine o el teatro, la inexcusable invasión de lecturas pornográficas, aunque sus autores posean una habilidad técnica que les coloquen entre los buenos autores de la literatura universal. Todo ello se lanza incontenible, sobre el alma de estos pobres sacerdotes estúpidos, que lógicamente, aunque se trate de una lógica inasequible a sus débiles cabezas, comienzan a desvalorizar el celibato, y, en el mejor de los casos, quieren mantenerlo por unas razones inválidas.
La ausencia, casi universal, de claridad mental influye en la confusión de las costumbres, que, a la vez, refluye perniciosamente sobre el pensamiento. Por supuesto, ellos son impotentes para observar tales relaciones, porque pueden poseer una mente poderosamente dotada, pero en los casos mejores, están embotadas por alguna idea fija, u oxidadas, desafiladas, herrumbrosas, por falta de uso.
Pero abandonemos este tentador campo del vestido y de la intimidad. Es, sencillamente, una demostración más de la estupidez humana. Y en los aspectos positivos, una materia para un capítulo de esa visión universal, que yo contemplo en sueños, y que no podré nunca ejecutar.
Volvamos a mis clásicos. Dejando por el momento a Persio –pendiente de complementos que lo dejen en perfección relativa– estudiemos a Juvenal. Habrá que ir, como hice con su compañero en la fama, analizando sátira por sátira; pues, indudablemente, ofrece ingredientes de capital importancia, para construir mi cuadro del mundo romano, que asalta el cristianismo.
Día 6 de julio de 1967
SÁTIRA PRIMERA
La visión del hombre: Así quedé, abierto el estudio de Juvenal, con el título reclamando los escolios; pero no ha habido mucha facilidad para ejecutar la tarea. Temo, escribiendo de noche, despertar a un sacerdote alojado en el mismo pasillo; y este cuarto resuena de modo impresionante. Es muy posible que fuera no se oiga el ruido; pero no puedo excusar la sensación de la ajena molestia. En consecuencia, sólo puedo trabajar con la máquina desde las 7 de la mañana, y una hora larga por la tarde, en la postrera mitad del tiempo dedicado oficialmente a la siesta.
He encontrado la fórmula, tras muchos forcejeos, de cerrar el cuarto con llave; esto, sin más, me ha reconciliado con la suciedad y las incomodidades. Al fin, siempre he preferido un ambiente de pobreza real, y la pobreza –remito la expresión completa de mi pensamiento para cuando llegue el momento de glosar ciertas frases de Juvenal– insacula, inexorablemente, una cierta fealdad y multitud de molestias. Más o menos me he acostumbrado a la silenciosa y tímida presencia de las cucarachas, y uso de misericordia con ellas, aunque me culpo de haber aplastado alguna involuntariamente. Un periódico viejo, encontrado en una clase, me proporciona la posibilidad de vaciar, varias veces al día, el minúsculo cenicero, encerrando los restos en un trozo de papel, que luego tiro a una papelera del pasillo. Así me libro del espectáculo de montones de colillas, que me repugnan con su alusión cadavérica. He conseguido bajar la persiana lo bastante, para inutilizar cualquier intento de observación. Y poseo la manera de ordenar las ropas y los libros dentro de la vieja cartera, de forma que constituya un cojín aceptable, y me sitúe a la altura suficiente para escribir a máquina. Puede decirse que estoy bien instalado.
Los seminaristas vienen con frecuencia, pero como son pocos me dejan algunos ratos de soledad cada día. No he tenido una sola visita; salvo la de D. Xavier, cuya compañía es de las pocas que positivamente deseo. Si no he avanzado en el análisis del pensamiento de Juvenal, es porque, con esta manía de plenitud, que me señorea desde mis más tempranas empresas, me he arrojado al quehacer de traducirlo todo. ¡Y son 3.836 versos! Al mismo tiempo, estoy estudiando la prosodia y la métrica latinas con la gramática de R. de Miguel. Afortunadamente quedan raíces en mi memoria, de los lejanos estudios comillenses, y la materia tampoco es especialmente ardua para mi temperamento. Así, espero salir de esta bendita ciudad, con la capacidad de gustar, otra vez, el verso latino.
Quisiera hecer algunas observaciones sobre mi estilo, pero no tengo tiempo. He leído estos días “Las paradojas de Mr. Pond”, casualmente halladas en Pueyo, en una de mis rebuscas de clásicos latinos. Un libro en el estilo normal de Chesterton; es decir, un libro que me agrada profundamente. He comenzado la obra de Melo sobre la guerra de Cataluña... En este modo beligerante, que suele ser mi estilo personal, yo diría que prosigo la lucha en todos los frentes. E incluso que avanzo...
Ensayemos, por segunda vez, los comentarios de Juvenal. Me queda poco más de media hora, pero el desayuno se abre sobre otro rato libre. Espero poder escudriñar la I sátira.
SÁTIRA I
La visión del hombre: La idea central es la forzosidad de la indignación, ante el espectáculo de la vida romana:
Difficile est saturan non scribere; nas quis iniquae
tam patiens urbis, tam ferreus ut teneat se... (30-1)34.
Si natura negat, facit indignatio versus (79)35.
Las vacuas declamaciones de los poetas, mayores o menores, reiterando siempre los mismos temas; la mujer deportista, que lanza la jabalina con el pecho desnudo; la insultante riqueza del advenedizo, que atraviesa la calle ostentosamente despreciando al pueblo; la figura del delator, lisonjeado por todos en fuerza del miedo; el eunuco que se desposa; el que se enriquece entregándose a una vieja, cuya matriz es el mejor camino para alcanzar la cumbre de las ambiciones. La herencia está en proporción al vigor sexual. El que lleva a la prostitución a su despojado pupilo, y se pavonea arrollando a la multitud con su rebaño de clientes; la nuera corrompida por causa de su avaricia; las desposadas ya impuras; el adúltero presumido (Así, hemos encontrado sobre todo: vanidad en los literatos - lujuria, y mezclada con ella, la avaricia).
La mujer vestida de hombre; el amante que gasta sus dineros para deslumbrarla; el marido cornudo y alcahuete, que recibe los regalos del amigo de su mujer.
La avaricia se manifiesta en el juego, y en la tacañería de los patronos con sus clientes. Las cenas patentizan la gula de los ricos y el hambre de los pobres. Una triste visión es la muchedumbre que se aprersura para cobrar la espórtula; y allí mismo tiene preferencia el más rico, aunque sea un miserable liberto.
Hay la mujer que asesina a su marido, y alecciona a otras esposas, sus indoctas parientas. Hay quienes se burlan del castigo, y desterrados gozan de la vida alegremente. Y de todo esto nada conviene decir, pues puede el acusador tropezar con un Tigelino, que lo condene a la muerte pública en el circo. Mejor es hablar de los muertos.
En resumen: lujuria, (no aparece la homosexualidad), avaricia (muy ligada a la lujuria), gula, escarnio de la justicia; posibilidad de castigo para el mismo que intenta suscitarla.
Para Juvenal la maldad ha alcanzado su cumbre:
Et quando uberior vitiorum copia? quando
maior auaritiae patuit sinus?... (87-88)36.
Nil erit ulterior quod nostris moribus addat
posteritas, eadem facient cupientque minores,
omne in praecipiti vitium stetit (147-9)37.
El crimen es premiado; probitas laudatur et alget (cfr.73-76)38.
Algunos pensamientos capitales: La idea de jerarquía parece intensamente apreciada (109-110). A la muerte sólo se alude, o como fruto del crimen (la esposa envenenadora), o como sorpresa repentina, castigo –o mejor consecuencia– de la gula (141-45). No hay apenas alusiones religiosas, salvo para señalar que la riqueza aún no tiene templo como la Virtud, la Fe, la Paz... (110-115).
SÁTIRA II
La visión del hombre: Insinceridad, hipocresía de los fingidos virtuosos, que declaman contra los vicios que ellos mismos cometen; lujuria: afeminamiento, sodomía, hasta el extremo de las bodas entre hombres, celebradas ante amigos íntimos. El casado que abruma a su mujer de regalos, para que no proteste contra sus relaciones con el liberto; los hombres vestidos de mujeres, los perfumados, los que honran a la buena diosa con misteriosas orgías, de que están excluídas las mujeres. Los hombres están más corrompidos; no llegan a tales aberraciones ellas. El incesto del emperador, los abortos de su amante (¡y el mismo que promueve las leyes contra la lascivia!). El adulterio femenino. La corrupción es un contagio que cunde. Pronto se llegará a querer legalizar las uniones de los invertidos. Alusiones religiosas: culto a Cotito - culto lascivo; ofrendas al luperco, sacerdote de Fauno, para concebir; intervención de Lida; incredulidad respecto de la otra vida (149-58); degradación de los patricios: intervenciones en el circo. Corrupción de los prisioneros, los jóvenes se afeminan.
Los pensamientos acerca de la religión y de la muerte, ya están expresados; él, por decirlo así, no declara su mente sobre el asunto, salvo la invocación a Marte, en que expresa su admiración por la paciencia de éste, ante los males de Roma (125-8).
SÁTIRA III
Sigo el orden –o el desorden– de la exposición de Juvenal. Peligros de la ciudad (6-9); recitación poética vitanda (9); quejas de los impuestos (15); alusiones a los judíos (13-14); suntuosidad (20); negocios ilícitos (29-33); promoción del vulgo (34-38); culpa de la Fortuna que juega con los hombres (39-40); adulación (40-41); astrología y agüeros, que sirven para prometer herencias a los hijos, anunciando la muerte paterna (41-43); alcahueterías y adulterio (44); complicidad en el robo (46); sólo es amigo el que posee secretos vergonzosos (49-58); afectación grecizante (58-64): defectos de tales personas: traer postitutas - pinturas: “inteligencia vivaz, audacia desvergonzada, palabra fácil y más precipitada que las aguas del Iseo”. Sabe de todo, tiene todos los oficios: capacidad de adulación, de fingir interés por los demás; representan en el teatro papeles femeninos, de mujeres desnudas, y efectivamente, hembras parecen; “toda Grecia es comediante”. El antigrecismo de Juvenal es notabilísimo, ancho y enardecido (65-106); son lúbricos, y nada escapa de su lascivia, la virgen, la esposa, el esposo joven, el hijo mozo, la madre de familia, y a falta de cosa mejor, perseguirán a la abuela. Un estoico delator mató a su amigo y, ya viejo, sacrificó a su discípulo (109-118). No admiten que romano alguno comparta sus ventajas, ni sus placeres, soplones, siembran rencillas, y te apartan del patrono. Y ellos pagan grandes sumas por gozar, una o dos veces, a Calvina o Catiena, mientras tú vacilas para pedir a Quione que descienda de su sitial (107-136). Valoración del dinero en Roma: lo primero de todo se investiga la renta, el dinero poseído; y lo último la moralidad, y se piensa que el pobre no puede creer en los dioses, y que ni a ellos mismos les importa esto (137-146). La pobreza es objeto de burla; la toga gastada, el zapato remendado y abierto, mueven a risa. El pobre es expulsado de los banquetes, patentes a los plebeyos enriquecidos. Esta es la ley establecida por el necio Otón. Ningún pobre es bien acogido por yerno, o tomado como heredero, o admitido como consejero por los ediles (147-161). En todas partes las virtudes han de combatir las dificultades económicas; pero en Roma este esfuerzo es aún más duro. Resulta costosa una morada miserable, un criado, una cena frugal. En otros lugares de Italia se vive modestamente, y lo que en Roma parece indispensable, es allí lujo de días de fiesta (161-179). En Roma se vive con lujo superior a los propios posibles, y a veces se toma del arca ajena. Y esto es vicio común:
Commune id vitium est: hic vivimus ambitiosa
paupertate omnes, quid te moror? omnia Romae
cum pretio (182-4)39.
Hasta el saludo del amigo hay que pagarlo. Los clientes ven la casa llena, pueden tomar los pasteles, pero han de pagarlos, y contribuir al salario de refinados esclavos (185-89).
Vuelve el tema de la inseguridad: en Roma –lo que en provincias no acaece– puede suceder en cualquier momento la ruina de tu casa: un derrumbamiento, un incendio, que comienza por arriba y llega hasta el primer piso, o al contrario. Cuando el administrador ha tapado, de cualquier manera, una antigua resquebrajadura, ya dice que puedes dormir tranquilo (190-202). Y si la ruina ocurre a un pobre, que nada tenía, pero tenía esa nada, nadie le ayuda a reponerlo; si, en cambio, por ventura le acontece un incendio al rico, todos se apresuran a ofrecerle regalos, de modo que a la postre posee más que perdió, y ya podrían entrar sospechas, si no fue él mismo el autor de la quema (203-222). En algunas provincias se puede poseer una casa, por lo que cuesta en Roma alquilar un agujero durante un año. Vive en el trabajo del campo, regando las plantas, amante de la azada, y obteniendo frutos para abundantes cenas; en cualquier lugar es gran cosa ser dueño de algo:
Est aliquid, quocumque loco, quocumque recessu,
unius sese dominum fecisse lacertae (230-231)40.
En Roma la alimentación es mala, y el sueño difícil, por el estruendo de los carruajes y de las multitudes noctívagas. De ahí vienen muchas enfermedades (232-238). El rico es conducido en su litera, y dentro de ella, lee, escribe o duerme, y llega antes que el pobre peatón, que es oprimido, empujado, golpeado con la viga de uno, con el codo de otro, con el clavo del de más allá; ha de sufrir pisotones y llenarse de barro (239-249). Se produce un revuelo enorme con motivo de recibir la espórtula; los criados, dentro, se azacanean; fuera, los clientes van apresurados entre los apretones de las gentes; un carromato con un pino o abeto, amenaza, y si los bloques de mármol se derrumban sobre la multitud ¿qué quedará de los destrozados cuerpos? (250-267).
Otros peligros nocturnos: las tejas que caen de los techos, las vasijas rotas que arrojan desde las ventanas, muchas abiertas al acecho; ya puede uno desear que se contenten con verter agua sobre él. Se debe salir con el testamento hecho. Puede haber pésimos y peligrosos encuentros con algún rico que, al verte indigente, se cree con derecho a injuriarte y a golpearte incluso: y al pobre sólo le queda la libertad de aguantar y suplicar que le dejen volverse con los dientes que le quedan (268-301).
Y luego aún quedan los robos en las casas, el asesino que cae de súbito sobre tí puñal en mano. Toda Roma está fabricando instrumentos para sujetarlos, y la confección de cadenas hace temer que falten arados (302-15).
Esta es la marcha y estos son los temas de la sátira III; voy a pasar a realizar una labor pareja con la IV y con la V, y luego estudiaré, procurando una visión de conjunto, todo el libro primero.
SÁTIRA IV
Crispino es rico, muy rico, pero adúltero, afeminado y sacrílego, pues hace poco yació con una sacerdotisa de Vesta. Si otro fuera culpable deberían llevarle ante el juez de las costumbres; pero para Crispino todo esto es lo más natural (1-14). Compró un salmonete carísimo, no para obtener la herencia de un viejo sin hijos; ni para regalarlo a una encopetada amiga, sino por mero gusto propio (15-33).
Aquí cuenta la larga historia, que llena la sátira, del pez presentado al Emperador; voy recogiendo las alusiones más significativas a las costumbres.
Todo pertenece al fisco, todo lo que vale algo; los inspectores están alerta para descubrir cualquier hallazgo (45-56). Alusión a la adoración de Vesta (61). Poder de la adulación: palabras del pescador al sumo pontífice (Domiciano) al entregarle el rodaballo, y reacción de Domiciano: conclusión de Juvenal, de validez universal:
Nihil est quod credere de se
non possit cum laudatur dis aequa potestas (70-71)41.
Alusión al genio (66). Imposibilidad de prestar buen consejo al emperador (84-5). Absurdo de la reunión de los nobles, para estudiar el problema que plantea el rodaballo con su tamaño: no cabe en ninguna fuente de las sólitas. Crispo, anciano, es honrado y capaz de acertado consejo, pero no se atreve a desafíar a la muerte; igualmente Acilio, y el joven que le acompaña fue muerto por la crueldad del César. La pintura de los próceres es concisa y muy expresiva: Rubrio, culpable de una ofensa antigua, inconfesable, pero más desvergonzado que un pederasta que se mete a satírico. Sin embargo, entra intranquilo. Monta no tripudo; Crispino perfumado. Pompeyo, delator muy temible, Fusco, que vive en su quinta de mármol, ensayándose para la guerra; Catulo, el asesino, enardecido por el amor de una joven que desconoce, monstruo insensato, ciego y despiadado, digno de mendigar (75-129).
La escena: adulación. Catulo se admira del pez, y vuelto a la izquierda, habla de la guerra, de los cilicios, de los niños arrebatados hasta el velarium. Veyento ve un presagio de inmensa grandeza imperial. Montano dice que no debe despedazarse, sino hacer al punto una cazuela en que pueda servirse, y que en adelante, el emperador debe transportar consigo sus cocinas. Montano era muy entendido: distinguía, a la primera, el origen de las ostras o del erizo de mar. Aceptado el consejo, son despedidos los patricios. Así acaba la escena (119-145).
Así, para esta nadería son convocados y consultados los nobles –por otra parte odiados (73)– como si se tratase de urgentes negocios. Y ¡ojalá hubiese empleado su tiempo el emperador en tales necedades! Porque arrebató a Roma vidas ilustres y famosas, impunemente, sin que hallase vengador alguno. Al fin se enajenó la plebe, y esto le perdió, a él que chorreaba la sangre de los Lamias (146-154).
Día 9 de julio de 1967
SÁTIRA V
Escribo después del desayuno, con la perspectiva de una posible libertad de 90 minutos. Meramente posible, pues, muy fácilmente, puede presentarse cualquiera de los ejercitantes.
Estos días he ocupado el tiempo, sobre todo, en traducir la sátira sexta y en estudiar –no mucho en verdad– la prosodia latina. Espero poder salir de aquí, con una base suficiente que luego ha de perfeccionar el ejercicio.
La suciedad de la habitación, el mal estado de los enseres, me han sugerido, más vigorosamente que de ordinario, un pensamiento muchas veces aparecido en mi horizonte mental. Extravagante idea, ciertamente, para ser expresada actualmente. Concepto que el hombre, temporalmente aficionado a la limpieza material, no puede emitir, porque naturalmente le repugna; y que el más desapasionado de tales filigranas oculta vergonzosamente, pues lo estima un defecto. Voy a ensayar a expresarlo, antes de atacar la sátira 5ª.
Creo que, por influjo de los estudios médicos, y la consiguiente estima de la higiene, la limpieza material ha ganado terreno en el ánimo de los hombres civilizados. Pero ¿habría que decir: de los hombres cultos? Yo pienso que no. Toda época de decadencia ha observado escrupulosamente, por lo que puedo saber, estos refinamientos de la limpieza. Hay una cierta atracción de las cosas limpias, puras, que, probablemente, sufre casi toda persona normal; pero el genuinamente cultivado tiene conciencia de su limitación, y lleva el ansia de pureza a otros terrenos, contentándose con un mínimo de orden y una eliminación de la porquería, que, para las gentes ordinarias, es decir, vulgares, es ya sin más, declarada suciedad. Los santos no se han cuidado escesivamente de estas cosas; es verdad que los autores modernos procuran excusarlos como pueden, por los influjos de las incultas épocas en que vivieron, y se esfuerzan en resaltar esa tendencia real, pero tenue, que todos poseyeron. Pero no creo que sea esta la postura precisa. Más bien habría que decir que ellos obraron bien, y son los modernos quienes se equivocan. En uno de sus libros, Marañón apunta que quizás no andaban muy descaminados los reyes castellanos medievales, cuando prohibían los baños a sus guerreros. Quizás, como ellos pensaban, la frecuencia de los baños les hubiera afeminado. De hecho, toda época refinada en la atención a la exquisitez material produce, insoslayablemente, un acrecentamiento de la sodomía. Eras de profunda sensibilidad interior han sido plenamente insensibles a la suciedad física. Por ejemplo sirva la corte de Luis XIV, con Racine, Corneille y Molière, y una notable ausencia de sentido del baño. Se dice, como un elogio, que una casa parece una tacita de plata, pero la cabeza de la dueña suele parecer una jaula de grillos. Se alaba a quien no puede pensar en una habitación sucia, en una mesa polvorienta o manchada; pero eso no significa sino un vergonzoso dominio de lo sensible sobre lo espiritual, de la carne sobre el espíritu. Se responderá que la limpieza cuesta poco tiempo y que, actualmente, existen aparatos que solucionan el problema con pocos momentos y escaso esfuerzo; pero los aparatos se multiplican, y el hombre tiene que emplearse en producirlos, y luego en trabajos vulgares, que son naturalmente los mejor retribuídos, para poder comprarlos. La exigencia crece, y al paso aumenta la cantidad de tiempo empleado en bagatelas. La noble faena de pensar queda desamparada; el hombre medio vive esclavo de los sentidos, y la exaltación de los detergentes, y los instrumentos electrodomésticos, contribuye a ahogarlo completamente en la corriente de memez circundante. Las olas de esta corriente bañan al pobre diablo en la televisión, en el cine, en los periódicos... La rechoncha figura de Sancho, se ofrece naturalmente puerca, y Cervantes no economiza las muestras; pero ¿se piensa que la insigne persona de D. Quijote, alentado de esfuerzo y vestido de ensueño, tuviera mucho más inmaculadas sus ropas, impoluto su cuerpo? Claro, todo hombre tiende hacia unas ciertas abluciones, hacia la sensación pacificadora del agua clara, pero el varón no puede estar pendiente de eso; lo emplea cuando lo encuentra como una satisfacción más, pero no vive de eso. Sacrificar un libro por tener ropa limpia es, a mi juicio, un pecado contra el espíritu. Hay momentos para ello, en los cuales la mente trabaja sola, sin preocupación por lo que hace, alentando en los intereses cogitativos que acaba de dejar por unos instantes.
Se ve como una necesidad, una señal del progreso, que todas las casas modernas posean una ducha; pero la verdad es que ello ha ido unido, inexorablemente, a otra realidad, y es que las casas modernas son verdaderos cuchitriles para el espíritu. El pobre Leclercq, que es una mente no mal dotada, pero alelada por el ambiente, indicaba como un signo de los tiempos, que había que aprovechar, y que nos enviaba a no sé qué avances mentales, la construcción de los hogares hodiernos. En verdad, lo único que revelan es la ya estigmatizada sandez de la cabeza humana en nuestro tiempo. La incapacidad de diálogo familiar, y las horas de dura labor fuera de casa, para ganar dinero suficiente que ahorre horas de trabajo dentro. La diferencia es que la labor interior contribuye a la unión de la familia, y que una casa espaciosa es estrictamente necesaria, para una faena ideológica seria. No la limpieza, sino la soledad; y ambas cosas son de muy improbable conciliación, para el término medio humano. El individuo civilizado opta por la pureza material que se ve, porque el civilizado es, necesariamente, inculto. El hombre cultivado exige un apartamiento de ciertas impurezas extremas, y se entrega a sus goces interiores, y a la comunicación personal de tales alegrías.
Yo estimo, de forzosidad perentoria, una revalorización de la primacía de lo espiritual en todos sus aspectos; pero ello exige de los espirituales una bravura que raya en el heroísmo. Una exégesis de lugares comunes, como la de León Bloy, sería de extremo interés, pero desventuradamente, sería también de absoluta inutilidad.
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