Читать книгу: «Estudios sobre la psicosis»
Colección La Otra psiquiatría
Dirigida por José María Álvarez y Fernando Colina
Estudios sobre la psicosis
(Edición reescrita y ampliada)
José María Álvarez

Colección La Otra psiquiatría
Créditos
Colección La Otra psiquiatría
Dirigida por José María Álvarez y Fernando Colina
Título original: Estudios sobre la psicosis
© José María Álvarez Martínez, 2013
© De esta edición: Pensódromo 21, 2013
1.ª edición: A.G.S.M., Vigo, 2006
2.ª edición: Grama ediciones, Buenos Aires, 2008
3.ª edición reescrita y ampliada: Red Ediciones S.L., 2013
Reimpresión: Pensódromo SL, 2017
4ª edición: Pensódromo SL, 2018
5ª edición: Pensódromo SL, 2020
Revisión y corrección:
Miquel Àngel Riera, Magne Fdez.-Marban y Francesc Garreta
Esta obra se publica bajo el sello de Xoroi Edicions.
Diseño de portada: Pensódromo
Imagen de portada: La extracción de la piedra de la locura (detalle)
Jan Sanders van Hemessen
Editor: Henry Odell
e-mail: p21@pensodromo.com
Diseño de cubierta: Pensódromo
ISBN ebook: 978-84-122116-7-2
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Para Ana y Lucía, mis chicas
José María Álvarez y la «Otra» psiquiatría
Los artículos que integran este libro son el ejemplo cabal de una psiquiatría distinta. En medio de la vorágine positivista, cuando el sentido de la clínica ha perdido su vocación por la escucha y las preguntas, surge de pronto el discurso de José María Álvarez para resucitar la tradición y actualizar los enigmas.
Convencido de que el positivismo poco tiene que decir ante el lenguaje de la locura, el autor, en un abrazo que define a la perfección la ternura de su método, recoge la palabra de los psicóticos con dos manos distintas. Con una, enguantada, pone sobre la mesa los saberes de la psiquiatría clásica, aprovechando sus observaciones y revelando la lógica interna de su pasado, mientras que, con la otra, desnuda, alumbra la escena con las luces de la hermenéutica psicoanalítica.
Ahora bien, los dos puntos de vista no tienen en el presente la misma acogida. Así como la historia es bien aceptada, aunque sea al precio de ser mal aplicada y peor entendida, pues maneja una idea de la historia enjuta e historicista, la mirada freudiana es rechazada de plano, de un modo quizá algo confuso pero deliberado y sistemático. El racionalismo dominante, sabedor de que la corriente de pensamiento romántico que confluye en el psicoanálisis es el enemigo a batir, trata de ocultar las interrogaciones freudianas bajo una nube de prejuicios bien dirigidos. De este modo se justifica.
Sin embargo, dejarse impregnar por las ideas psicoanalíticas no supone, como pretenden hacernos creer, ni la obligación de someterse a un análisis, ni de volverse analista, ni de pertenecer a la ortodoxia de una escuela, ni siquiera la de asumir ese uso que se ha llamado psicoanálisis aplicado. Para hacerse freudiano basta con no volverse religioso ni doctrinario de nada y con abrir el corazón a otro asunto más resonante, a la influencia del pensamiento humanista —literario, filosófico, lingüístico— que desde su nacimiento ha fecundado con su amor a las letras la psiquiatría. Pero los prejuicios son poderosos, aunque sean analfabetos, y cuando están bien administrados, como sucede con estos que menciono, se bastan para mantener la confusión que rodea el psicoanálisis. Con razón escribió Gadamer que «los prejuicios representan la realidad histórica en una medida mucho mayor que los juicios».
El psicoanálisis, en este sentido, es un vehículo privilegiado del humanismo a la hora de explicar al sujeto moderno, esa subjetividad interior, privada, desconocida y a veces secreta, que poco a poco se le ha ido revelando al hombre ilustrado. No fue sino el mismo Foucault, poco amigo de lisonjas psicoanalíticas, quien admitió que «toda la psiquiatría del siglo XIX converge realmente hacia Freud, el primero que ha aceptado seriamente la realidad de la pareja médico–enfermo, que ha consentido a no recortar ni sus miradas ni su búsqueda, que no ha buscado enmascararla en una teoría psiquiátrica tan mal como bien armonizada al resto del conocimiento médico. El primero que ha asumido las consecuencias con todo rigor».
Las ciencias interpretativas, las llamadas ciencias humanas, no son ciencias exactas pero son, cuando menos, saberes rigurosos, de meticulosa imprecisión, que exigen analogías, regularidades y legalidades de otra índole. Es oportuno, por lo tanto, tratar de exponer brevemente los principios teóricos que subyacen en este estudio de José María, no solo para lograr una mejor valoración de las dimensiones del libro, sino también para dar cuenta de su raíz beligerante y combativa. Lo que aquí reconocemos como «Otra» psiquiatría, para mejor identificar su esfuerzo alternativo, se manifiesta por una sucesión de planteamientos clínicos y doctrinales que merece la pena ir desenvolviendo de forma sucinta.
1 El primer objetivo que propone la «Otra» versión de la psiquiatría, pretende subordinar el bíos de lo biológico al bíos de lo biográfico. Es notorio que, desde hace unas décadas, la causalidad orgánica ha suplido a toda hipótesis sobre la temporalidad del sujeto. Reponer de nuevo un espacio, donde la palabra y el deseo se conviertan en protagonistas de la historia particular de cada uno, identifica bien la tarea emprendida. En resumidas cuentas, se propone ampliar el lugar donde, frente a las prosaicas enfermedades orgánicas, se alcen las afecciones sutiles pero hegemónicas de la palabra.Ahora bien, el lenguaje es plural y contiene diversos rostros. Tan es así, que podemos pensar para la ocasión en tres dimensiones distintas de la lengua, de las cuales solo una afecta en rigor a la psicosis. La locura, al fin y al cabo, no es un trastorno del lenguaje en general sino solo de una de sus manifestaciones.En primer lugar, distinguimos una dimensión puramente cognoscitiva de la palabra. El lenguaje, desde este punto de vista, sirve antes que nada para conocer la realidad. Sin signos, que en este círculo son su elemento nato, no hay lógica ni conocimiento. Su función, por lo tanto, es exclusivamente instrumental. Constituye una herramienta de la razón y del pensamiento que sólo se altera en el caso de daños cerebrales, y que, como era de esperar, permanece indemne en las psicosis. El psicótico, enjuiciado desde este universo, habla y conoce con propiedad.Otra dimensión, la segunda en nuestra escueta relación, ya no afecta al lenguaje en su función de conocimiento sino en el laberinto que forma con el deseo. Estamos en el dominio freudiano del discurso, en el territorio de las neurosis, en el lugar de la inhibición, del acto fallido y de la selección tendenciosa de las palabras. Es el discurso en tanto se somete a la tirantez del inconsciente. Tampoco compromete a las psicosis, que apenas tienen acceso a las gracias y sinsabores del deseo.Pero hay una tercera función del lenguaje que consiste sencillamente en simbolizar, en revestir y envolver el mundo que se agita más allá de la representación —llámese este territorio cosa en sí, al modo inerte de Kant, o real, en el caso más turbulento y dinámico de Lacan— para transformarlo en realidad. Aquí no se trata de desear ni de comprender sino tan sólo de sostener y vestir un mundo vividero. En este ámbito la palabra antecede a las cosas. Ya no se muestra como un instrumento del conocimiento, ni como el tirabuzón del deseo, sino como un medio en el que se está. Venimos a la existencia en un mundo hablado, envuelto por la lengua, embadurnado por la palabra. Este barniz constituye la garantía más profunda de que nos está permitido ver las cosas, conocerlas y decirlas. Sin embargo, de este cometido del lenguaje carecemos de representación directa y sólo lo deducimos de nuestra experiencia con los psicóticos. Su acreditación es el requisito lacaniano para estudiar la psicosis, y el aval más seguro de pertenencia a la «Otra» psiquiatría. Es el lenguaje que nos salva de la locura y el mismo que se viene abajo en el esquizofrénico. Cuando el sujeto se escinde en la psicosis, el ropaje de la palabra se descose y lo real queda al descubierto, con las consecuencias sintomáticas que se derivan: las voces, el automatismo —mental y carnal—, los fenómenos elementales y los síntomas primarios de esquizofrenia, o como quiera que se llame a estos acontecimientos. El deseo, en estas circunstancias psicóticas, se extravía, pierde ese carácter de engrudo con que auxilia al lenguaje y deja a las palabras sueltas, a la deriva, entrechocadas entre sí o contra las paredes del espíritu, para extraer esos ruidos guturales e inefables que anuncian la inmediata aparición de las alucinaciones verbales. Momento que aprovecha el delirio para imponerse, para salvar la realidad del extravío de su envoltorio verbal, y para repasar la camisa del deseo, que ha quedado descosida por el tironeo del lenguaje.
2 Ante todo, la «Otra» psiquiatría se revela por su concepción del síntoma. Con lúcida resolución deja de entenderlo sólo como un déficit, como el resultado de una carencia, para subrayar también su condición de defensa, de trabajo subjetivo, de esfuerzo reparador. Freud sostuvo que el delirio, en cualquier caso, es «un intento de restablecimiento y reconstrucción», trazando con este concepto protector una línea fronteriza que sirve de demarcación entre una psiquiatría positivista y esta «Otra» de la que aquí levantamos acta para luchar contra su desaparición.De esta suerte, como pensando a contrapelo o en el filo mismo de la navaja, los síntomas son concebidos como contestaciones, como réplicas defensivas a preguntas mal hechas o nunca formuladas. Sin embargo, del defecto enunciativo se deduce el error de las respuestas pero también un inesperado vigor. No hay nada más nocivo, pero al tiempo más sólido e irreversible, que anteponer las respuestas a las preguntas. Con esa inversión del orden lógico se aleja toda posibilidad de duda y rectificación. Hay que saber preguntar para poder sorprenderse después, porque, mientras no se demuestre lo contrario, la capacidad para la sorpresa sigue siendo el mejor indicativo de salud y de provechoso deseo de conocer. Por este motivo, se entiende que Freud afirmara que nadie quiere abandonar sus síntomas de buen grado, dado que le sirven de refugio y le permiten mantener a resguardo sus razones más ocultas. Argumento que, bien entendido, sirve para los síntomas que derivan de conflictos surgidos entre la moral, las inclinaciones y la realidad, pero no tiene la misma aplicación con los que derivan de la fatiga, el estrés o el agotamiento. Salvo cuando el cansancio se convierte en la excusa para eludir algún compromiso.
3 Por otra parte, esta noción del síntoma nos sirve en bandeja la posibilidad de anteponer, como condición previa a toda terapéutica, el interés por las condiciones del trato que establecemos con el psicótico. Las cuestiones en torno a cómo hay que hablar con el enfermo, qué relación ofrecerle y bajo que grado de formalidad o intimidad, se convierten en requisitos necesarios a la hora de proponer un tratamiento perspicaz y airoso. Desde el momento que admitimos esta necesidad, se vuelve indispensable para el tratamiento conocer algunas cuestiones personales del enfermo. Para empezar, hay que saber qué es lo que le angustia y preocupa. También, qué defensas le son imprescindibles, para intentar protegerlas y no violentarlas. O qué asuntos no quiere abordar, para que procuremos respetar su reserva con nuestro silencio, sin importunarla con nuestra curiosidad, tal y como hacemos con los temas delicados de cualquiera. Incluso debemos admitir, siempre que podamos, su opinión sobre la dosis de psicofármacos adecuada —suponiendo que sean necesarios— más allá de las rígidas posologías académicas.Esta consideración hacia el trato nos vuelve colaboradores con su propia capacidad autocurativa, que no debemos interferir sino potenciar. Al igual que hacemos con los amigos cuando cuidamos la amistad, con los psicóticos debemos conocer sus necesidades, los límites de su fragilidad, las distancias que toleran, los miedos que sienten, las exigencias lógicas que les imponen sus creencias. Admitiendo, no obstante, que reconocer el hecho irreductible de que los psicóticos no sólo razonan sino que son razonables, no es lo mismo que plegarse a su racionalidad. Supone, más bien, recordar nuestra obligación de ser condescendientes con su interpretación, hasta el punto de introducir lo posible en lo imposible para volvernos capaces de asumir su verdad.
4 Esta referencia repentina a lo verdadero nos ayuda a recordar que son múltiples las razones de verdad del psicótico, al margen de esa más débil pero sugestiva que procede de la fuerza de su convicción. Para la «Otra» psiquiatría es una premisa inevitable, y al mismo tiempo legítima, aceptar que la verdad fluye en el psicótico por distintas fuentes. Sin embargo, asumir la verdad del delirio no consiste en creer al delirante, aunque tampoco esté de más, sino entender el punto de vista del autor. El delirante es sincero, luego verdadero, entre otras cosas porque no dispone a su favor del lenguaje, que es el instrumento que nos capacita para mentir y engañar. A lo que hay que añadir la naturalidad de la angustia que padece, que desarma todos los disfraces que teje el delirio y desenmascara también sus defensas mostrándolas como tales.La locura, además de una fuente de irracionalidad, representa una indagación sobre los límites del hombre y su verdad. La locura, desde tiempos inmemoriales, ha sido entendida como un manantial de sabiduría, no solo como una incapacidad. Si el psicótico presume invariablemente de su verdad, no hay que enjuiciar sin más su afirmación como un juicio pretencioso, pues a menudo es el descubridor de un punto verdadero en la realidad que tiende a pasarnos desapercibido. Hay una verdad en la locura que se dice delirando, porque ni se puede decir de otra manera ni se alcanza por otros caminos que no sean los de la psicosis. «La enfermedad me puso en razón», dejó dicho Nietzsche, recordándonos de este modo que hay una voluntad de verdad en el psicótico por la que conviene interceder. Una verdad que no debe menospreciarse y a la que no podemos dar la espalda.
5 Así las cosas, me atrevo a creer que el hecho de prestar atención a la verdad del psicótico equivalga a colaborar en su liberación. Pues acoger su razón sin aspavientos es lo mismo que iniciar una gesta clínica, siempre comprometida con el sentido común, a favor de una responsabilidad emancipadora. Uno de los primeros objetivos clínicos de la «Otra» psiquiatría es devolver al loco el peso de sus obligaciones, apartarle de la poca culpa, que conduce al victimismo y a la inocencia paranoica, y de la mucha culpa, que arrastra al capricho y a la impunidad melancólica.Van Gogh dio por sentado que «las enfermedades de nuestro tiempo no son en suma más que un acto de justicia», y esa condena no puede recaer en el psicótico como una arbitrariedad sino como un trasunto de responsabilidad que lo recupere para los negocios afectivos que concertamos con los demás. En suma, ser responsable es ser dueño de las propias acciones, una posibilidad que al psicótico puede estarle denegada pero que hay que intentar rescatar del fondo de sus actos. Curar no es otra cosa que alentar al sujeto hacia su responsabilidad, no para culparlo, desde luego, pero tampoco para disculparlo. Consiste, simplemente, en intentar devolver al psicótico a la sociedad de los hombres, y de recordarnos, al mismo tiempo, que las enfermedades psíquicas, junto con descansar en la biología, son en esencia enfermedades biográficas y por lo tanto morales.
6 Ahora bien, atender al tratamiento supone admitir que la locura es indomable y que toda curación es limitada y finita. Ante las psicosis conviene advertir a menudo, como sostuvo Laclos, que «cuando las heridas son mortales todo remedio es inhumano». Los remedios deben ser siempre proporcionados, atentos a la estabilización y a la dosis óptima del síntoma, antes que a cualquier normalización intempestiva. Poner a raya nuestras ansias interpretadoras y curativas es un proceso que corre paralelo a la buena práctica clínica. Nunca se debe olvidar que, por mucho que sepamos de las psicosis, sabemos siempre muy poco del psicótico. Lo único seguro que conocemos es que su cabeza puede mostrarse tan radiante como irresistible, y que su corazón puede parecer conmovedor pero ser hielo. Pues, por muy importantes que en un momento dado le resultemos, debemos estar preparados de continuo a que nos retire sin reparos de su interior, a menudo cuando nos parece más injusto e impropio. Para él, la mayor parte de las veces somos sólo una ocasión y en el mejor de los casos un catalizador. Podemos serle imprescindibles, pero al mismo tiempo resultarle accesorios.La enfermedad, como recordaba Camus, es un remedio contra la muerte, así que el psicótico tiene que vigilarnos para que no le resultemos mortales, más peligrosos que la enfermedad que con tanto esfuerzo y dolor lo protege. Advertencia que vuelve a recordarnos el respeto que debemos a la autocuración, y a la necesidad de consentir que, frente a la llamada medicina heroica —intervencionista—, es mejor proponer, siguiendo las huellas de nuestro fundador Pinel, una clínica más expectante aunque no por ello menos activa.Por otra parte, ante el enfermo no hay que darse nunca por vencido, pero hay que huir como del diablo de la avaricia onerosa de los buenos sentimientos. La compasión, la ternura y la caridad son enemigos naturales de la psicosis. En general, el moralismo y las confusas buenas intenciones son perjudiciales. En cambio, empeñarnos con obstinación pero dejándonos ganar por cierta indiferencia —casi política— que no se confunda con la vagancia y la comodidad, no es mala recomendación. Beber en el río de la despreocupación es tan importante para la clínica como evocar de cuando en cuando las imperecederas palabras que Artaud dedicó a la psiquiatría bondadosa: «Se trata de una de esas suaves pláticas de psiquiatra bonachón que parecen inofensivas, pero que dejan en el corazón algo así como la huella de una lengüita negra, la anodina lengüita negra de una salamandra venenosa».
7 Llegados a la hora del diagnóstico, la «Otra» psiquiatría es contundente. Se precia de defender el modelo de la psicosis única. Pero, bien entendido, única en cuanto a la estructura no en cuanto a la etiología, como propuso inicialmente Griesinger. Única en cuanto a la estructura quiere decir que admite una escena común donde deambulan indistintamente la esquizofrenia, la paranoia y la melancolía, sin que sus tres espacios naturales permanezcan estancos e incomunicados. De modo que, si bien se considera propedéuticamente imposible saltar de una estructura a otra, de la neurosis a la psicosis o viceversa —sin hacerle ascos al grave problema teórico y práctico que suscitan las zonas fronterizas—, acepta que en el curso de la evolución se desplacen los síntomas por cualquiera de los vértices del triángulo de la locura.Con la etiología, por contra, es mucho más complaciente y tolera de buena gana una cuádruple raíz de la psicosis: una génesis psicológica; un motivo sociológico; una causalidad biológica; y un origen en la cosa en sí, en lo real, en el dominio asimbólico que con su elocuente mudez desvela el secreto de la psicosis e identifica el epicentro del drama. Cuatro son, en resumen, los móviles de un proceso único provisto de tres rostros posibles.En estas condiciones, el carácter único de la psicosis está reñido con la aceptación de especies morbosas autónomas y específicas en su interior. Las psicosis son de una diversidad irreductible, aunque tiendan a permanecer en un solo marco estructural. Sus formas de manifestación son tantas como psicóticos existan. Se entiende, por este motivo, que el diagnóstico genuino que interesa sea el estructural. Y, aun así, hay que invocar de inmediato su relatividad, pues la clínica, en su sentido más hondo, comienza después del diagnóstico, cuando cifrado el trastorno pasa a primer plano descifrar los síntomas del enfermo. Para tratar a un paciente no hay nada mejor que, después de haberlo diagnosticado de un modo más o menos provisional, procurar entenderlo.
8 Comoquiera que sea, el diagnóstico no nos ayuda mucho a conocer al enfermo ni a dialogar con él. No es de extrañar, incluso, que se convierta en un trámite vinculado al discurso profesional antes que en una herramienta para conocer al psicótico. Y aun peor es el resultado cuando el diagnóstico rehúsa al sujeto encerrándolo en un etiquetado que, con el enrejado de sus términos, viene a sustituir al antiguo encierro de la locura. Es notorio que el diagnóstico ejerce una violencia propia, de carácter simbólico. Una violencia del nombre que hace del discurso un edificio opresor y enajenante que, con sus atisbos verbales, ha venido a sustituir las cadenas del hospital. Después de todo, la psiquiatría es una disciplina de poder antes que una ciencia médica. Así lo ha subrayado Foucault y no hay que cerrar los ojos ante su aparente improperio. Pues la locura, al tiempo que un extravío de la razón, es un compromiso de la libertad que endeuda al poder del psiquiatra y de todos los que le rodean. La tarea más noble de la psiquiatría no es estrictamente curativa, como corresponde al uso médico, sino emancipadora, si se atiende a su función social.El peligro del diagnóstico descansa en la facilidad con que puede elevar cualquier malestar a categoría. En este orden de cosas, Karl Kraus señaló en uno de sus aforismos que «una enfermedad muy difundida es el diagnóstico». En la estampación inevitable de este sello reside el riesgo de lo que se han llamado estigmas. Y el mejor modo de combatirlos no es con llamadas a su corrección o quejándose por su tenacidad: es hacerlo con otra idea de la locura. No se trata tanto de interrumpir el discurso del loco con una asignación, con la potestad adánica de poner nombres, como de asumir su palabra y premiar a la locura con la dignidad de representar el punto ciego de nuestros saberes. Un reconocimiento que nos capacita para tratar a los enfermos como si carecieran de enfermedad. Casi sin nada que curar, menos que bautizar y mucho menos que rebatir.El estigma no posee el valor de un efecto secundario del tratamiento que haya que corregir o enmendar. Es la expresión del poder psiquiátrico, de la exclusión que provocamos con nuestro discurso por fuerza alienador. Somos víctimas de la necesidad de dar sentido urgente a la locura, como la locura lo es por dar sentido, a cualquier precio, al vacío mudo que se le viene encima y que no consigue rehuir.
José María Álvarez es consciente, como lo demuestra con esta colección de artículos que velan las armas del sujeto psicoanalítico, de lo que la «Otra» psiquiatría le debe a Freud: un pensador crítico, interrogativo y aporético que ha alcanzado el Parnaso del clasicismo, esa morada donde descansan aquellos que se sobrepasan con el tiempo pero que nunca son superados. Las preguntas de Freud siguen tan vigentes y subversivas como en el momento en que fueron formuladas, y tienen vocación, como las platónicas, de permanecer inmortales en nuestra conciencia. Por ese motivo, la obra de Freud es el lugar donde la Psiquiatría habrá de volver a buscar sus fuentes cuando despierte de su letargo fisiológico y no caiga en el activismo ciego de las prácticas conductistas. Thomas Mann suscribió en su día ese carácter imperecedero al que aludo: «El saber psicoanalítico es algo que transforma el mundo. Con él ha llegado una suspicacia serena, una sospecha desenmascaradora que descubre los escondites y los manejos del alma. Esa sospecha, una vez despertada, no volverá a desaparecer».
Fernando Colina
Nota del autor
La recopilación de estudios recogida en este libro da cuenta de buena parte del trabajo que he desarrollado en la última década. Algunos de ellos ya habían sido publicados en monografías o en revistas de psicoanálisis y de psiquiatría, otros son inéditos. De los ya publicados, todos se han corregido y escrito de nuevo para la ocasión; uno de ellos, el que lleva por título «¿Qué fue de la paranoia? Sobre la permanente objeción de la paranoia al discurso psiquiátrico de las enfermedades mentales», constituye un nuevo y amplísimo desarrollo del antaño incluido en una monografía codirigida con Ramón Esteban.
En su conjunto, todos estos estudios compendian los intereses y puntos de vista personales sobre la psicosis: el modelo unitario de psicosis, su marco nosográfico actual y la clínica diferencial; las investigaciones sobre los fenómenos elementales, las alucinaciones y los delirios; la función del síntoma en la psicosis, su dimensión creativa y reconstructiva; los distintos polos de la psicosis y las diversas posiciones desde las que el sujeto encara el nacimiento a la locura, así como las posibles oscilaciones de uno a otro polo; las dos vertientes de la certeza psicótica; la vinculación consustancial entre la clínica y la ética, maridaje ampliamente explorado a partir de la responsabilidad subjetiva; las relaciones entre el delirio y el paso al acto.
Los diez estudios incluidos se presentan organizados en tres apartados: el libro se inicia con «Pensar la psicopatología», le sigue «Alucinación y fenómenos elementales» y concluye con «Paranoia y delirio»; un Prólogo de Fernando Colina los introduce y un Epílogo de Pepe Eiras les sirve de colofón. Al preferir este criterio temático antes que el cronológico, se ha querido facilitar a los lectores la posibilidad de profundizar en los ámbitos que despierten de su interés. Puesto que no se trata de una monografía ni de un tratado, algunas referencias a autores y unas pocas citas se repiten. Con todo, como se indica puntualmente donde conviene, las grandes ramas temáticas se van entretejiendo hasta componer un paisaje homogéneo y actual. Al menos esa es la impresión que me da.
Como todos los libros, también éste ha ido adquiriendo su forma y su contenido paulatinamente. Cuando hace un par de años Rafael Huertas me sugirió que publicara un volumen con mis artículos, dado que estaban dispersos en revistas de muy distinta procedencia, comencé a elaborar los posibles contenidos. Con la pretensión de dar coherencia a las materias tratadas y dotar al texto de un estilo homogéneo, al final se han desechado algunos escritos, especialmente dos casos clínicos inéditos y algunos trabajos sobre el delirio y las alucinaciones.
La manera de investigar esta materia concede una importancia prioritaria a la experiencia del psicótico, no sólo para reconocer ahí su verdadero drama sino también para avistar el camino más idóneo de su potencial reequilibrio. Las habrá, seguramente, aunque no he hallado mejor manera de profundizar en esta exploración que la de conjugar las referencias de la psicopatología clásica y del psicoanálisis. Desde siempre me he preocupado de hacer compatibles la fenomenología —en su sentido noble, es decir, el análisis del conjunto de testimonios directos que se obtienen de la observación minuciosa y la escucha respetuosa orientadas conforme a una teoría precisa, la psicoanalítica—, el modelo de las estructuras freudianas y la clínica lacaniana de lo más particular de cada quien.
Comoquiera que soy de esos que no saben dar un paso sin tener presente cuanto aportaron los pensadores de la psicopatología, el estilo de estos estudios recrea un diálogo permanente entre los clásicos de la psicopatología y la doctrina psicoanalítica. Convencido como estoy de que el psicoanálisis constituye el legítimo desarrollo de la gran clínica psiquiátrica, las fuentes y referencias pertenecientes a uno y otro ámbito se encadenan y se conjugan, lo mismo que sucede con los grandes casos de nuestra disciplina: Schreber, Wagner y Aimée.
Al echar la vista atrás y evocar la trayectoria seguida en el terreno profesional, la reflexión sobre la locura o psicosis me parece estar ahí desde siempre; también lo está el psicoanálisis. En mi caso, ha sido a través de la psicosis como he podido entender los conceptos fundamentales del psicoanálisis. A muchos nos sucede que nos pasamos el resto de la vida sin abandonar del todo los dominios de lo que fue nuestra tesis doctoral. Al investigar durante años la paranoia, amén de las muchas lecturas a las que el tema invita, creí hallar en ella una guía inmejorable para el conocimiento de la estructura psicótica y de sus posibilidades de remedio. Además, la paranoia —seguramente también valdrían la melancolía y la histeria— tiene la propiedad de mostrar a quien la estudia con detenimiento los distintos estratos que han venido sedimentándose en la construcción de los conceptos psicopatológicos, las distintas fallas y pliegues, los límites y logros de los modelos que han pretendido explicarla.
Mientras me formaba como psicoanalista en Barcelona y escribía la tesis doctoral, me encontré un buen día, en la Biblioteca de Catalunya, con algunos artículos de Fernando Colina. De eso hace unos veinte años, aunque no lo conocí en persona hasta bastante tiempo después, cuando me instalé en Valladolid. Sería faltar a la verdad no reconocer la virtuosa influencia que ha ejercido en mí durante todos estos años. A su magisterio debo la pausa y la templanza, el amor por los filósofos de la Antigüedad y el deleite con la buena prosa, cosas todas ellas que para mí han adquirido una importancia decisiva.
De igual modo que el nervio de estos estudios pone de manifiesto la articulación entre el psicoanálisis y la psicopatología clásica, también mi quehacer profesional se desarrolla a caballo de la práctica privada y la asistencia pública. Ya va para tres lustros que entré a formar parte de Colectivo Villacián, nombre en el que José Manuel Susperregui ha reunido a trabajadores y locos del Hospital Psiquiátrico Dr. Villacián de Valladolid. En un clima de amistad y respeto, muchas han sido las actividades, investigaciones y publicaciones desarrolladas en ese marco tan singular, unas veces con Colina, otras con Ramón Esteban, otras también con ambos. Buena parte del deseo que nos anima se nutre del contacto diario con los residentes MIR y PIR. Cuando en fechas recientes vinieron a visitarnos Juan J. de la Peña y Javier Carreño —por fijar en personas concretas cierto sentimiento grato—, nos pareció que el compromiso con la clínica y la docencia, mantenido durante años, comenzaba a resonar más allá de las márgenes del Pisuerga.
A la par que las actividades irradiadas desde el Villacián, el grupo de psicoanálisis concentra el otro polo de mis actividades. Fue en respuesta a la escisión sobrevenida durante el X Encuentro Internacional del Campo Freudiano, celebrado en Barcelona en 1998, como surgió el Grupo de Estudios de Psicoanálisis de Castilla y León, que tuvo como primer Presidente a Alfredo Cimiano. Casi diez años después, aquella agrupación pionera en nuestra Comunidad ha derivado en la puesta en marcha del Espacio de Instituto del Campo Freudiano y en la reciente creación de la Sede de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, con Fernando Martín Aduriz —verdadero motor del grupo— a la cabeza.
Una larga amistad me une a Pepe Eiras y a Chus Gómez. Como a los psicoanalistas nos cuesta permanecer de brazos cruzados, desde hace tres años venimos desarrollando las Conversaciones Siso–Villacián. Eso que comenzó siendo una modesta iniciativa destinada a extender el psicoanálisis y el pensamiento psicopatológico en el medio sanitario, se ha convertido en la actualidad en un movimiento creciente que pretende dignificar el trato con el doliente y contribuir al cabal desarrollo de nuestra doctrina.
En este escenario y con estos protagonistas se han concretado los estudios que siguen.
Valladolid, 1 de mayo de 2006
Nota a la tercera edición
Soy afortunado. He escrito pocos libros pero todos ellos se han reeditado. En concreto, Estudios sobre la psicosis cuenta ya con dos ediciones anteriores (Vigo, 2006; Buenos Aires, 2008).
A veces pienso que siempre escribo el mismo libro. Quizás porque mis intereses sean tan reducidos como constantes. Ya lo dije alguna vez: soy hombre de pocas aunque intensas pasiones.
A esto se añade el gusto especial por corregirme. Releo lo que he escrito y de inmediato me veo cambiando algo, añadiendo una nueva cita, simplificando un argumento. Todo parece indicar que padezco el síndrome de Montaigne, por llamarlo de alguna manera.
Esta tercera edición, además de reescrita, actualizada y ampliada, incluye tres estudios nuevos: «Nuestra psicopatología», «La locura para principiantes» y «Las locuras de Joyce y Lucia». A estas novedades se añade otra, sin duda más valiosa: alejado de todo servilismo, lo que mi mano trascribe es lo que en el fondo pienso. Al releer por última vez el libro antes de enviárselo al editor, tengo la impresión de que coincido con lo que digo.
Cuando escribí este libro por primera vez, Lucía daba sus primeros pasos. Ahora corre como una gacela. Y mientras ella corre y hace cabriolas, yo sigo montado en la bicicleta. A lo largo de once mil kilómetros al año, más o menos, da tiempo a reflexionar sobre muchas cosas. A solas por esos caminos de Dios, pedalear durante horas —por su monotonía y exigencia— acaba arrobándome y alguna vez hasta se me ocurre algo de interés.
Me cuento entre los que piensan que el estilo de nuestra prosa deriva del movimiento al que acostumbramos al cuerpo. Hay ritmos lentos, rápidos, entrecortados, saltarines, perezosos, lo mismo que hay algunos autores que para escribir paseaban, como Aristóteles o Nietzsche, otros galopaban, como Montaigne, y algunos permanecían estáticos, por ejemplo Spinoza. En mi caso, el pedalear redondo de la bicicleta me pone al corriente de mis limitaciones, cosa que invita a la humildad y a la sencillez.
Nadie da pedales por ti. Si te paras, da por seguro que te caerás. Lo mismo sucede con escribir. Aunque leas buenos libros, atiendas a pacientes brillantes y tengas maestros de talla, a la hora de poner negro sobre blanco nadie viene en tu auxilio.
Sin embargo los libros invitan a la compañía. Esta versión de Estudios sobre la psicosis me ha acercado a Kepa Matilla, al que agradezco su paciente lectura y las numerosas palabras de aliento. También en mi fuero interno, mientras lo preparaba, a menudo tenía presentes a Emilio Vaschetto, Gustavo Ingallina y Angie Campero. Ellos sobre todo, pero también otros residentes argentinos que nos visitaron en los últimos años e hicieron piña con los nuestros, han tendido un sólido puente de amistad y colaboración entre ambos lados del Atlántico.
Los libros deben contribuir a sumar antes que a restar. Espero que el destino de éste nos dé la razón a los que así pensamos.
Valladolid, julio de 2013
Nota a la cuarta edición
Con visible entusiasmo, al final de la nota a la primera edición de estos Estudios, escrita en mayo de 2006, señalo que desde hace tres años venimos realizando unas Conversaciones llamadas Siso-Villacián; Siso, por el nombre de la revista gallega de salud mental Siso saude, y Villacián, por ser el manicomio vallisoletano del que provenimos muchos de nosotros. El caso es que de aquellas reuniones surgió, no se sabe muy bien cómo, un creciente movimiento de clínicos interesados en el trato con la locura y la articulación del psicoanálisis y la asistencia sanitaria pública. Se dio en llamar «la Otra psiquiatría». Se podría haber llamado también la Otra psicología o la Otra psicopatología, porque lo más importante es el matiz que introduce ese Otra con respecto al discurso oficial y hegemónico, hoy día bajo la incipiente amenaza de descrédito.
A diferencia de las notas a las ediciones anteriores, en las que se menciona el contexto en que se elaboraron estos estudios y las personas que estuvieron presentes mientras se escribían, en esta ocasión sólo aludiré a este pequeño movimiento de «la Otra», poco conocido y marginal, aunque creciente. Quizás sea esto lo más significativo que ha sucedido entre la primera edición de este libro y la presente, la cuarta. Durante estos doce años, en torno a este significante se ha ido agrupando gente de un lado y otro del Atlántico, unos más jóvenes y otros más maduros, médicos, psicólogos, psicoanalistas, estudiosos, clínicos y trabajadores de salud mental en su gran mayoría. Unos ven ahí el renacer de una ilusión profesional, paulatinamente marchitada por la pesadez del discurso seudocientífico oficial, tan estéril en la práctica como carente de ingenio en lo teórico. Hay otros que encuentran en ella un marco en el que aprender a dialogar con la locura. También abundan los que buscan en «la Otra» un medio agradable en el que conversar con colegas de las cosas que les interesan, sin limitaciones ni servilismos, pero con respeto y la camaradería. Por lo demás, este movimiento tampoco tiene mucha más identidad que la aportada por el propio nombre y el adversario común. Así y todo, la cosa sigue adelante y de momento goza de buena salud.
Hay quien vende la piel del oso antes de cazarlo y quien lo caza y no se preocupa de la piel. «La Otra» pertenece al segundo grupo. Su presentación en sociedad se ha descuidado más de la cuenta. Advertidos de esta negligencia por desidia, la puesta de largo se hizo en 2016, cuando comenzó a publicarse una colección de libros con el nombre La Otra psiquiatría, distribuida en nuestro país y en otros de lengua castellana. En esta colección se publican ahora estos Estudios sobre la psicosis. Asimismo, desde septiembre del año pasado contamos con una web elegante y dinámica —www.laotrapsiquiatria.com— que propaga por tierra, mar y aire los contenidos surgidos en este movimiento y se hace eco de otros cercanos o de interés.
Salvo estas palabras y la cubierta del libro, esta cuarta edición no tiene modificaciones ni incluye añadidos. Me ha pillado por sorpresa que se agotara la anterior y aún con sorpresa escribo estas palabras para la nueva.
Valladolid, 13 de enero de 2018
A PENSAR LA PSICOPATOLOGÍA
I Nuestra psicopatología
1. Nuestra psicopatología: una combinación de pathos y ethos
Hoy día el pensamiento psicopatológico está en crisis. Con algunas excepciones, los grandes modelos de pensamiento psicopatológico han ido cayendo uno tras otro. La reflexión sobre el pathos ha cedido terreno frente a la simplicidad de esquemas operativos, árboles de decisión y criterios diagnósticos. De resultas de esta simplificación, la connatural trabazón entre la psicología patológica y la general se ha roto. Como si se tratara de dos ámbitos separados, la transición de lo normal a lo patológico se pretende establecer en término cuantitativos, con lo que la arbitrariedad se impone al rigor. El psicoanálisis, la fenomenología, la nosología clínica o el órgano–dinamismo, por citar algunas, son visiones de conjunto que permiten acercarnos a realidades de la clínica y que la clínica misma matiza y corrige de continuo. Desde esta perspectiva, los grandes modelos de pensamiento psicopatológico no son duros sino dúctiles, no son majestuosos sino humildes, puesto que, ávidos de mejora, prestan más atención a lo que les desmiente que a lo que les confirma. Como se sabe, los modelos mejor fundamentados y los dotados de mayor proyección son los que se inspiran de manera directa en la clínica, la enriquecen y admiten ser corregidos por ella.
La crisis del pensamiento psicopatológico se traduce además en la confusión que reina en torno a algunos conceptos principales de la disciplina, como ‘enfermedad mental’, ‘trastorno’, ‘neurosis’, ‘psicosis’, ‘esquizofrenia’, ‘depresión’, etc. Tan depauperada está la psicopatología que se la reduce a mera semiología o incluso se la confunde con ella. Eso sucede cuando se considera que las taxonomías internacionales son manuales de psicopatología o cuando algunas monografías ad hoc se limitan a exponer y comentar listas de signos morbosos sin enlazarlos mediante una teoría. Obras de este tipo ofrecen un panorama de la experiencia subjetiva hecho de retazos y de alcance parcial.
Algunos modelos psicopatológicos pretenden limitar su enfoque a la conciencia, al «acontecer psíquico realmente consciente», como escribió Jaspers en Psicopatología general. Quizás sería más fácil así, pero en ese caso no estaríamos hablando de la condición humana. La psicopatología de la que se habla en esta obra comprende las variadas manifestaciones del malestar psíquico, las distintas formas de sufrimiento y de goce insoportables, así como el conjunto de dolencias y alteraciones que afectan al sujeto. Si el corazón de esta disciplina se sitúa en el pathos subjetivo y en sus modalidades particulares, sus lindes se extienden hasta los dominios de las enfermedades del organismo de las que se ocupa la medicina y la profundidad de su análisis no se detiene en la cáscara yoica ni se limita a la epidermis de la conciencia. Así enfocada, la psicología patológica conjuga la escucha y la observación de las manifestaciones morbosas con una teoría capaz de explicarlas, tanto en su dimensión particular (caso por caso) como general (tipos clínicos), tanto desde una perspectiva elástica o continua como desde otra estructural o categorial.
La psicopatología se sostiene en dos pilares: el pathos y el ethos. A las distintas modalidades de malestar que acabo de apuntar hay que añadir la condición ética, la cual atañe a la responsabilidad y a la decisión de cada sujeto, condición siempre presente en el ámbito de la psicología patológica. Aunque ambos pilares deben diferenciarse, cualquier manifestación clínica puede considerarse una combinación de pathos y ethos.
2. Una larga historia
Si se admiten estos dos pilares, los orígenes de esta psicopatología se remontan al periodo germinal de nuestra cultura y se sitúan en la confluencia de la filosofía moral y la medicina hipocrática. Desde este punto de vista, las problemáticas clásicas relativas al pathos —especialmente estudiadas por Cicerón— se reaniman con la reflexión desplegada por Freud. Aunque más de dos milenios separan a éste de Antifonte (el primero en proponerse públicamente para curar el desánimo mediante la palabra), una línea continua une esas dos épocas y visiones, al menos en lo tocante al uso terapéutico de la palabra, a las posiciones éticas frente al malestar y a la responsabilidad subjetiva.
Según lo dicho, esa línea recorre una amplia trayectoria que parte de la especulación clásica sobre las pasiones, las enfermedades del alma y las propuestas para remediarlas, resurge con Pinel y el alienismo en los albores del siglo XIX, y es reavivada por Freud con su clínica, en la que de nuevo se mezclan materiales provenientes del pathos y el ethos.
Al tratar de esclarecer la quintaesencia del deseo y el goce, y al ocuparse de las dificultades que les son connaturales, el psicoanálisis se aproxima a la función que antaño asumiera la filosofía moral. Por tanto, en lo relativo a la responsabilidad subjetiva en la contracción y también en la curación de las heridas del alma, las obras de Cicerón, Pinel y Freud componen un discurso articulado.
3. El lenguaje
La psicopatología clásica atribuye al lenguaje un papel preponderante en la expresión de las alteraciones mentales. Sin embargo, reducir el lenguaje a mera manifestación de un desorden es limitar su poderío y desconocer su verdadera naturaleza. Porque el lenguaje no es sólo instrumento o medio de comunicación. Quizás este cometido resulta irrelevante si se tiene en cuenta que el lenguaje es lo que nos conforma como somos. De manera que si el lenguaje es la materia del alma, cualquiera de los trastornos anímicos que analicemos serán el resultado de una alteración específica del lenguaje. Por tanto, las relaciones entre el sujeto y el lenguaje se sitúan en el centro mismo de la psicopatología. En ese centro brilla el parlêtre o «hablanteser» y desde ahí se irradian cualesquiera de las manifestaciones clínicas.
Sobre las relaciones del sujeto y el lenguaje, las alucinaciones verbales tienen mucho que enseñarnos. Al estudiarlas se observa con claridad el desplazamiento de lo ilusorio a lo esencial, de lo patológico a lo constitutivo. Pues si algunos de los primeros alienistas vieron en las alucinaciones auditivas el signo por excelencia de la locura, a medida que se profundizó en el conocimiento de ésta, el lenguaje mismo se fue vislumbrando más como causa que como consecuencia. De resultas de seguir las pesquisas de las alucinaciones verbales se llegó, a principios del siglo XX, a la descripción de lo que nosotros llamamos xenopatía, es decir, la experiencia morbosa resultante del dominio del lenguaje sobre el hombre. La cosa sin embargo no termina ahí. Lacan ha mostrado de múltiples maneras que la xenopatía constituye la esencia de lo humano. De ahí que también a través de la vía de las alucinaciones verbales se confirma el punto de vista según el cual el lenguaje es el soplo que vivifica la condición humana y los desarreglos de esa condición llevan necesariamente su impronta.
4. Del signo al síntoma
Siguiendo una orientación historiográfica y clínica, cuanto acabo de apuntar da soporte a un enfoque de la psicopatología que conjuga tres perspectivas distintas, simultáneas y complementarias, como si se tratara de tres lámparas que iluminan un mismo objeto. Según este modelo tripartito, la primera perspectiva deriva de la semiología clínica y se limita a analizar los signos y los fenómenos observables en todos sus detalles y particularidades; la segunda trasciende la fría objetividad del mundo de los signos y se adentra en la subjetividad de los síntomas y de las experiencias singulares de cada quien; la tercera, también de índole subjetiva, se ocupa de esclarecer la función del síntoma con vistas a poner en evidencia el servicio que desempeña.
Los tres órdenes descritos son enfoques que se complementan. Sin la concurrencia de todos ellos es difícil concebir un análisis psicopatológico bien fundamentado. Cuando nos encontramos, por ejemplo, ante un sujeto de facies perpleja, musitante, que se tapa la boca y ríe sin motivo, sólo por esos detalles de su aspecto lo suponemos alucinado, en concreto dominado por alucinaciones psicomotrices verbales. Observar su mímica, escudriñar sus bisbiseos por si coincidieran con lo que dice estar escuchando, averiguar si existe un trasfondo persecutorio y analizar sus palabras en el contexto de su historia subjetiva, son aspectos de un tipo de indagación propia de la semiología, cuyos pormenores pueden orientarnos acerca de la estructura o tipo clínico. Aunque esta información resulte fundamental en el plano objetivo, lo que nos aporta de la singularidad de ese sujeto es escaso. Si pretendemos adentrarnos en la morada de la subjetividad, la puerta se abrirá al analizar lo genuino que comporta esa experiencia para ese sujeto. Pues aunque se asemeje a muchos otros alucinados, a buen seguro se diferencia de todos ellos por lo que su voz le dice y le aporta, para bien o para mal, y por lo que hace con ella.
Signo, experiencia y función del síntoma son, por tanto, los tres enfoques de un modelo de análisis psicopatológico aplicable al conjunto de las manifestaciones morbosas, las tres lámparas que iluminan a la vez la trayectoria que va de lo objetivo a lo subjetivo y de lo universal a lo particular.
5. Problemas de hoy y de siempre: naturaleza y fronteras de la enfermedad mental
La psicopatología no es una ciencia. No lo es puesto que, se quiera o no, nos obliga a decidir acerca de la naturaleza y las fronteras de la enfermedad mental. Que no sea ciencia no quiere decir que carezca de rigor o que peque de arbitrariedad. La solidez y firmeza de los modelos de la psicología patológica no reside en su adecuación a la metodología de la ciencia, sino en su potencial interpretativo y resolutivo. Soy de los que piensa que en el ámbito psíquico ese tipo de metodología es más rémora que guía. Debido a nuestra formación y a los ideales imperantes en esta época, aquello a lo que se atribuye de inmediato el calificativo de ‘científico’ parece ganar en veracidad. Hay que estar todos los días a pie de obra, esto es, hablando con los enfermos, para conocer la estrechez de miras que comporta el método científico en la clínica mental. Ufanarse de la ciencia en nuestro ámbito sonroja a los auténticos practicantes de ese tipo de conocimiento, sin duda muy útil en lo tocante a la naturaleza.
Con respecto a la sustancia, esencia o naturaleza de la enfermedad mental, la elección que se plantea implica pronunciarse sobre si la enfermedad mental es una construcción discursiva o un hecho de la naturaleza. Con relación a los límites y fronteras, nos aboca a su vez a interrogarnos sobre las relaciones entre lo uno y lo múltiple, o, en otros términos, entre lo continuo y lo discontinuo.
La elección sobre la primera cuestión divide en dos grandes grupos a quienes toman partido. Para unos, la materia de su indagación se situará en el terreno de las ciencias de la naturaleza y el objeto a estudiar será, en buena lógica, una persona enferma cuyos determinantes mayores le son ajenos puesto que se ponen en marcha al dictado del organismo en el que habita, es decir, sin contar con él. Este tipo de elección contribuye a desplazar el peso de la acción clínica hacia la enfermedad, de tal manera que cuanto más se abunda en tratamientos y cuidados más se invalida a la persona.
La otra elección, la que prefiere ver las enfermedades mentales como construcciones discursivas, siempre revisables y sujetas a cambios sociales y culturales, se interesa más por la persona que por su enfermedad. De hecho considera que la enfermedad psíquica no se puede separar del sujeto, puesto que éste participa en su causa tanto como en su remedio.
De estas elecciones, a las que cabe calificar de ideológicas, derivan dos concepciones psicopatológicas asintóticas: la psicología patológica, en cuyo centro se sitúa el pathos y el ethos, y la patología de lo psíquico, en la que el organismo enfermo arrastra al viviente que lo habita.
El segundo de los problemas de hoy y de siempre concierne a lo uno y lo múltiple, lo continuo y discontinuo. ¿La locura o psicosis es una o es múltiple? ¿La esquizofrenia es una enfermedad distinta de la paranoia? ¿La neurosis y la psicosis son categorías excluyentes, estructuras clínicas o enfermedades independientes, o entre ellas hay una continuidad? ¿El delirio sensitivo de Kretschmer puede dar acomodo a sujetos neuróticos y a otros verdaderamente delirantes? ¿Puede haber locuras o psicosis sin manifestaciones clínicas? ¿Existen locuras lúcidas y psicosis razonantes?
Preguntas de este tipo han sido habituales a lo largo de la historia de la psicopatología. En el momento actual se han reanimado con la publicación del DSM–V y con la última teoría de Lacan centrada en el sinthome, perspectivas ambas muy distintas pero que coinciden en una visión clínica de tipo continuista o elástico. En realidad, lo uno y lo múltiple, lo continuo y lo discontinuo, constituyen el marco y los límites de nuestro pensamiento psicopatológico. De ahí que la historia de la psicopatología pueda leerse como los movimientos pendulares que van y vienen de uno a otro polo.
Salvo propuestas como las nuestras —la de Fernando Colina y la mía—, lo más habitual es que se considere incompatible lo continuo y lo discontinuo, lo uno y lo múltiple. La consideración de la que aquí me hago eco echa mano de ambos extremos y los considera en todos los análisis, sabiendo que ciertos casos clínicos se adecuan mejor a uno que a otro, sabiendo también que en algunos casos excepcionales conviene aplicarlos a la vez. Sobre este particular, somos de la opinión de que los modelos deben usarse a conveniencia y que tan peligroso es obrar al tuntún, es decir, sin modelo ni referente, como idolatrarlos y cegarse con su hechizo.
6. Las locuras normalizadas
Con la revitalización de la visión continuista, elástica o dimensional se acentúa la cuestión de las formas discretas de la locura, es decir, de las psicosis normalizadas. Se trata de un problema antiguo que ha constituido una de las grandes preocupaciones de los psicopatólogos clásicos, aunque por lo general se han limitado a mirarlo a cierta distancia y se mostraron incapaces de aportar una guía clara. A diferencia del grupo de psicosis que todo el mundo reconoce por sus manifestaciones clínicas y su gravedad, en éste se amalgaman ciertas variedades difuminadas y marginales de locuras que no lo parecen del todo pero lo son; al menos esa sospecha tenían los autores clásicos.
De forma aproximativa y siguiendo la terminología antigua, este territorio nosográfico lo comparten sujetos raros, solitarios y porfiados, a los que se consideró locos parciales, locos razonantes, locos lúcidos, monomaniacos, seudomonomaniacos, locos morales y propensos a pasos al acto sorprendentes. Se trata de algunas formas de paranoia, en especial las rudimentarias, las integradas en los delirios sensitivos y aquellas otras cuyo delirio es mínimo o coincide con la realidad; también de las formas locas de la melancolía simple (no delirante), en especial de las que describiera Krafft–Ebing, Tanzi y Séglas; por último y sobre todo, de los esquizofrénicos incluidos por Eugen Bleuler en los subtipos de esquizofrenia simple y latente.
Desde la perspectiva psicoanalítica, todos estos aspectos han sido actualizados por Lacan en su Seminario XXIII dedicado a Joyce. Creo que la diferencia entre la psicosis enoloquecida y la normalizada se muestra con suma claridad en las dos formas de locura que desarrollaron el escritor irlandés James Joyce y su hija Lucia. De su análisis podemos extraer tres conclusiones generales: en primer lugar, sea cual sea el tipo de locura o psicosis, todos los sujetos circunscritos en ese marco nosográfico deben de presentar características clínicas y estructurales comunes, aunque esas experiencias genuinas difieran en cuanto a intensidad y constancia; en segundo lugar, las formas normalizadas de psicosis no lo son tanto por faltarles manifestaciones clínicas, sino porque éstas se presentan de forma discreta y no discuerdan de los ideales del momento ni se salen de las formas corrientes de vivir; por último, en materia de diagnóstico, a falta de una semiología clínica que precise y caracterice las manifestaciones clínicas de esas formas de psicosis que no lo parecen, seguiremos ateniéndonos a la psicopatología clásica, con la que es posible diagnosticar la mayoría de tipos clínicos conocidos.
Conforme a lo que acabo de plantear, la psicopatología o psicología patológica se interesa sobre todo por el sujeto mediatizado por el lenguaje, se nutre de las enseñanzas de la historia de la clínica, se asienta sobre el sólido terreno de la semiología clínica y penetra después en el ámbito subjetivo, conjuga la ética y la patología, y se ilumina con la interpretación psicoanalítica.
II Psicopatología y psicoanálisis Comentarios sobre el pathos y el ethos en Cicerón, Pinel y Freud1
Sabe el estudioso que el psicoanálisis, amén de su dimensión terapéutica, aporta una teoría de la subjetividad generalizable al conjunto de los seres hablantes y una concepción de la patología psíquica potencialmente capaz de explicar los diversos modos en los que se conforma el pathos, esto es, las modalidades estructurales del malestar, el sufrimiento y el goce insoportables. Así es desde que la genialidad de Freud, a finales del siglo XIX, comenzara a alumbrar este nuevo ámbito del saber.
Bien conocido es también el itinerario que siguió la investigación del Prof. Freud en el campo de la psicología patológica. Debido a su formación neurológica y neuroanatómica, se ocupó primero de establecer discriminaciones muy precisas entre la patología psíquica y las enfermedades del organismo, máxime cuando en aquellos años la histeria mostraba su faz más desafiante a cuantos médicos pretendían explicarla desde la mentalidad anatomoclínica y fisiopatológica2. Centrado ya en el terreno de la psicopatología, en un segundo tiempo Freud organizó casi todo el panorama de la nosografía mental —sobre todo estableciendo y desarrollando el binomio neurosis versus psicosis— y aportó una teoría nosológica absolutamente nueva a partir de la descripción de ciertos mecanismos psíquicos o respuestas subjetivas, incorporando también, en gran medida, los resultados de sus indagaciones sobre la libido. Conforme a las dificultades suscitadas en los tratamientos psicoanalíticos y a la luz de los nuevos conceptos incluidos en la teoría general —en especial la noción de ‘narcisismo’—, sigue a los anteriores un tercer período en el cual Freud trató de reajustar los nuevos hallazgos a su concepción clásica de los mecanismos defensivos empleados por el sujeto.
Baldío sería, en el caso de Freud, espigar las influencias de los autores que le precedieron o fueron sus coetáneos. Pues Freud fue un hombre de genio, por lo que resulta más atinado despejar los tipos de problemáticas imperecederas que investigó y transformó. El genio, aunque no se sepa muy bien qué es, se caracteriza no sólo por haber asimilado las teorías y prácticas de su tiempo, sino también por la subversión sin precedentes que imprime a determinado campo del saber3.
Siguiendo este hilo conductor, a partir de tres fragmentos clínicos extraídos de los historiales freudianos (Cecilia M., Dora y Schreber), trataré de mostrar que un buen número de cuestiones clásicas relativas al pathos se reaniman con la reflexión desplegada por nuestro autor más de veinte siglos después, en especial las referidas al uso terapéutico de la palabra, a las posiciones éticas frente al malestar y a la responsabilidad subjetiva. Se advertirá así, seguramente, la transformación de esas problemáticas sempiternas surgida de su elaboración, la cual ha consolidado una nueva teoría de la subjetividad y una nueva práctica destinada a la terapéutica de nuestras aflicciones. Este enfoque, como decía, amplía la chata historiografía que se limita a datar tal o cual concepto o idea en un autor precedente4.
No creo forzar las cosas al proponer la continuidad de una trayectoria que se inicia con la reflexión clásica sobre las pasiones, las enfermedades del alma y las propuestas para remediarlas, reaparece en los albores del siglo XIX en las concepciones de los alienistas respecto a la «alienación mental» y el «tratamiento moral», y es de nuevo reavivada por Freud cuando entreteje su clínica con los hilos del pathos y el ethos. De esta manera me parece posible articular, en lo tocante a las reflexiones sobre el malestar subjetivo, el buen uso de la palabra y la responsabilidad subjetiva, las obras de Cicerón, Pinel y Freud5. En este sentido puede afirmarse que, al ocuparse de las dificultades propias del deseo y el goce, el psicoanálisis recupera el lugar que antaño ocupara la filosofía moral6.
Tirando del cabo en que se anudan el psicoanálisis y la tradición clásica se despejará, sin duda, la especificidad de la psicopatología psicoanalítica frente a otras concepciones de los trastornos mentales. Por tanto, la breve semblanza a continuación trazada se enmarca en la perspectiva histórica, la que sin duda más conviene cuando se pretende hacer inteligible el presente, tal como Aristóteles recomendó de múltiples maneras en su Política: para conocer las cosas es necesario verlas desarrollarse y seguirlas desde su nacimiento7.
El pathos, la ética y el lenguaje
En lo que atañe al estudio del dolor del alma —el pathos de los griegos, la animi perturbatio ciceroniana, el affectus según Séneca— nos precede una amplísima tradición que se remonta, cuando menos, a la Antigüedad clásica. Durante siglos la filosofía y la medicina permanecieron hermanadas a la hora de tratar las enfermedades que afligían a los hombres. Esta vinculación está presente tanto en Platón como en Hipócrates, para quienes la curación de las enfermedades requería del conocimiento del hombre, cosa que no podía darse sin el auxilio de la filosofía8. Fue en la confluencia de estos ámbitos del saber donde surgieron los primeros psicoterapeutas, como Antifonte9, y las primeras prácticas que actualmente llamaríamos ‘psicoterapéuticas’, cuyos antecedentes ha situado Pedro Laín Entralgo10 en ciertos pasajes del Cármides de Platón, en especial el que dice: «[…] has oído de los buenos médicos cuando se les acerca alguien que padece de los ojos, que no dicen algo así como que no es posible ponerse a curar sólo los ojos, sino que sería necesario, a la par, cuidarse de la cabeza, si se quiere que vaya bien lo de los ojos. Y, a su vez, creer que se llegue a curar jamás la cabeza en sí misma sin todo el cuerpo, es una soberana insensatez»11.
Bien conocida es también la concepción de la catarsis —purgación de las pasiones mediante la contemplación de la puesta en escena del drama— difundida por Aristóteles en un pasaje del capítulo VI de la Poética, dedicado a la tragedia, cuando el Estagirita dejó dicho: «la cual [la tragedia], moviendo a compasión y temor, obra en el espectador la purificación [kátharsis] propia de tales estados emotivos»12. De manera que cuando Freud y Breuer retomaron el término kátharsis en Estudios sobre la histeria (1895), bien puede decirse que éste tenía ya una larga historia tras de sí13.
Seguramente más que los filósofos presocráticos, que Sócrates y Platón y que Aristóteles, fueron los filósofos del período helenístico —a menudo enmarcado entre la muerte de Alejandro Magno y la batalla de Accio— quienes contribuyeron en Occidente al desarrollo del pensamiento ético y concibieron la filosofía como una forma de vida14. Todas las escuelas filosóficas helenísticas de Grecia y Roma —en especial los epicúreos, los escépticos y los estoicos— se ocuparon de aportar diversas soluciones éticas para combatir el sufrimiento y la desdicha que de siempre acompañan al hombre como su propia sombra15.
A diferencia de la filosofía desarrollada en los últimos tres siglos como actividad teórica, esta orientación de la filosofía prefería la fortaleza de la práctica a la de la teoría. Aunque sorprenda hoy día, este hecho resultaba incuestionable para los antiguos, como expresa el comentario de Cicerón en el primer preámbulo de Sobre la República, cuando propone que podría tenerse la teoría de una ciencia aunque no se practique, pero «[…] la virtud radica por completo en el ejercicio de sí misma»16. Quien se acercaba a la filosofía lo hacía, en definitiva, para tener una experiencia17. Este modo de vivir conforme a unos preceptos éticos, parece ser el punto de convergencia de escépticos, epicúreos y estoicos, de una manera tal que no puede considerarse a los seguidores de estas doctrinas como meros pensadores o sabios, sino como sujetos que optaban por vivir, tratar sus desdichas y buscar la felicidad de acuerdo con los principios que regían sus discursos. Tal es la tesis defendida en numerosos estudios actuales, como los de Pierre Hadot, autor que escribió: «En efecto, la filosofía antigua admite, de una u otra manera, desde el Banquete de Platón, que el filósofo no es sabio, pero no se considera un simple discurso que se detendría en el momento en que apareciera la sabiduría; es al mismo tiempo e indisolublemente discurso y modo de vida, discurso y modo de vida que tienden hacia la sabiduría sin jamás alcanzarla»18.
De muchas y muy hermosas maneras reflejaron los filósofos morales de las escuelas helenísticas su orientación práctica, como lo hiciera el neoplatónico Simplicio en su comentario al Manual de Epicteto: «¿Qué lugar tendrá el filósofo en la ciudad? Será el de un escultor de hombres»19; o, de forma más enfática, en las palabras que Séneca escribió a su amigo Lucilio: «La filosofía no es una actividad agradable al público, ni se presta a la ostentación. No se funda en las palabras, sino en las obras. Ni se emplea para que transcurra el día con algún entretenimiento, para eliminar del ocio el fastidio: configura y modela el espíritu, ordena la vida, rige las acciones, muestra lo que se debe hacer y lo que se debe omitir, se sienta en el timón y a través de los peligros dirige el rumbo de los que vacilan»20. La finalidad de la filosofía práctica y de los remedios que proporciona apuntan hacia la búsqueda activa de la eudaimonía, esto es, de la felicidad o florecimiento humano21.
Como enseguida se indicará, básicamente las diferencias entre estas escuelas radican en la forma particular de conectar la ética con las otras partes de la filosofía, es decir, con la lógica y la física. Tales discrepancias se ponen de relieve en propuestas terapéuticas concretas destinadas a ocuparse del deseo, los placeres, los gozos y las emociones. Grosso modo el mundo antiguo se caracteriza por la promoción de estrategias tendentes a frenar el empuje de las pasiones, principio que Estobeo expresa con suma precisión en las siguientes palabras: «Interrogado para saber cómo se podría llegar a ser rico, Cleantes respondió: “si se es pobre de deseos”»22. Téngase presente que para los antiguos se trataba de disminuir el umbral de las pretensiones más que de elevar las expectativas y exigencias. Si bien todas las escuelas proponen la reducción de las pasiones, discrepan entre ellas en cuanto a si conviene suavizarlas o arrancarlas de raíz. Partidarios de la moderación eran, desde luego, los peripatéticos. En cambio, tanto los epicúreos como los estoicos se mostraban más proclives a su exterminación; la ataraxia a la que aspira el sabio epicúreo se asemeja mucho a la apatheía (imperturbabilidad del ánimo) de los estoicos. En lo tocante a las pasiones, con estos últimos coincidió Cicerón, tan circunspecto y templado en otras opiniones: «¿Puede acaso la pasión admitir límite? Es preciso destruirla y extirparla de raíz. Pues ¿quién tendría una pasión que se pueda decir que la tiene con justa medida?»23. Aunque suene retórica, la pregunta ciceroniana atañe directamente al tipo de terapéutica a elegir, enérgica o dulce, un asunto que reaparecerá con el alienismo y determinará los estilos del tratamiento moral.
Mas los matices que se observan respecto a la reducción, ya sea mediante la moderación o la supresión, desaparecen cuando se trata de juzgar la responsabilidad de quien se deja arrastrar por las pasiones. Aquí las disonancias dejan de existir, incluso en aquellos autores que, como Aristóteles, vieron en el término medio la acertada elección del hombre prudente: «Y no sólo los vicios del alma son voluntarios, sino en algunas personas también los del cuerpo, y, por eso, los censuramos. En efecto, nadie censura a los que son feos por naturaleza, pero sí a los que los son por falta de ejercicio y negligencia»24.
Como sucede con la responsabilidad, donde las opiniones se conjugan y entrelazan, estoicos, escépticos y epicúreos tenían a gala el valor terapéutico de la filosofía, es decir, la confluencia del saber, la acertada posición ética y el buen uso de la palabra. De manera que un estoico como Séneca escribió: «El que acude a la escuela de un filósofo, es necesario que todos los días obtenga algún provecho: que regrese a casa más o menos sano o más sanable. Y regresará sin duda: tal es la fuerza de la filosofía que no sólo ayuda a los que se consagran a ella, sino también a los que con ella se van familiarizando»25. En la misma línea, el escéptico Sexto Empírico dejó dicho: «El escéptico, por ser amante de la humanidad, quiere curar en lo posible la arrogancia y el atrevimiento de los dogmáticos, sirviéndose de la razón»26. Y otro tanto leemos en los textos de Epicuro: «Vana es la palabra del filósofo que no remedia ningún sufrimiento del hombre. Porque así como no es útil la medicina si no suprime las enfermedades del cuerpo, así tampoco la filosofía si no suprime las enfermedades del alma»27.
Aunque estas corrientes coinciden en el valor terapéutico de la filosofía y del buen uso de la palabra, sus diferencias se acrecientan a la hora de elegir la buena dirección que encamine al doliente hacia la felicidad, suprema aspiración del hombre, al menos en apariencia. De esta encrucijada parten las diversas soluciones éticas, que para los epicúreos y los estoicos jamás podrían darse fuera del marco de la relación (transferencial) con el maestro.
Evitar el dolor mediante una ascesis y aspirar al verdadero placer, el placer de existir, puesto que el placer (hedoné) es principio (arché) y fin (télos) de una vida feliz; tales serían, de forma sintética, los fundamentos de la filosofía práctica de Epicuro y de su compilador Lucrecio. Gran teórico del placer, del goce, del deseo, de las necesidades y del cuerpo, Epicuro distinguió entre el placer estable o catastemático (consecutivo a la supresión del dolor) y el cinético (placer de los sentidos). Cuando tenemos hambre o sed, sentimos dolor, pero basta con que nos saciemos para experimentar el placer catastemático. Ahora bien, quien sigue bebiendo o comiendo más allá de las necesidades, lo que provoca es un placer cinético, el cual no aumenta el placer catastemático básico, ya que la grandeza de los placeres tiene su límite en la eliminación del dolor.
Dado que el placer es ausencia de dolor, en Máximas capitales distingue Epicuro tres tipos de deseos: los naturales y necesarios (equivalentes a las necesidades), los naturales y no necesarios (aquellos que en caso de mantenerse insatisfechos, no producen dolor) y, por último, los deseos que no son necesarios ni naturales (los que surgen como producto de la vana opinión, como es el caso de los deseos de honores o triunfos). La moderación de los placeres y la ausencia de dolor son imprescindibles para alcanzar la serenidad del alma (ataraxía), tan querida del sabio como la autosuficiencia (autárkeia). El epicúreo, contra lo que muchos creen, es el hombre moderado y libre, el que rechaza las turbaciones (por ejemplo, el matrimonio y el enamoramiento), aquel que pasa desapercibido y «vive en lo oculto», quien goza de pocas y pequeñas cosas: «Que si los hombres se rigieran por la verdadera doctrina, la mayor riqueza del hombre está en vivir parcamente, con ánimo sereno; pues de lo poco jamás hay penuria», escribió Lucrecio28.
Suponía Epicuro que la raíz de toda dolencia se halla en una falsa creencia, por lo cual proponía un remedio a través del razonamiento, el conocimiento y la acertada elección. La felicidad no se halla en los placeres, tampoco en la abundancia de divertimentos: «Pues ni banquetes ni orgías constantes ni disfrutar de muchachos ni de mujeres ni de peces ni de las demás cosas que ofrece una mesa lujosa engendran una vida feliz, sino un cálculo prudente que investigue las causas de toda elección y rechazo y disipe las falsas opiniones de las que nace la más grande turbación que se adueña del alma»29.
A diferencia de los epicúreos, la filosofía inspirada por Pirrón de Élide pretendía la total indiferencia e impasibilidad, fin al que se llegaría suspendiendo primero todo juicio (epoché) y buscando después la ausencia de turbación (ataraxia). El punto de partida de Pirrón se basaba en que la percepción sensorial no proporciona un conocimiento real de la cosas, es decir, que a través de los sentidos son apariencias lo que conocemos. De acuerdo con este principio, los escépticos pirrónicos evitaban pronunciarse sobre cualquier cuestión. De hecho, más que realizar propuestas, se limitaban a ponerlas en entredicho o, mejor aún, se complacían en demostrar que una cosa es falsa antes que en establecer su veracidad, y preferían revelar lo que no es a mostrar lo que es realmente30. Ahora bien, mediante la suspensión del juicio y el estado ataráxico escapaban del mal atribuido al dogmatismo. En su vertiente terapéutica, el escepticismo ofrecía alivio a los inquietos enseñándoles cómo y por qué suspender el juicio en vez de dogmatizar, con lo que la tranquilidad sustituía a la enfermedad ocasionada por los juicios erróneos. Como escribió Sexto Empírico: «Pues bien, desde ahora decimos que el fin del escepticismo es la serenidad del espíritu en la cosas que dependen de la opinión de uno y el control del sufrimiento en las que se padecen por necesidad»31.
Desde Zenón y Crisipo, pasando por Panecio y Posidonio, hasta llegar a Séneca, Epicteto y Marco Aurelio, la corriente estoica desarrolló un corpus teórico sobre el deseo, la ética y la responsabilidad mucho más acabado que las otras dos corrientes. Sus ideólogos tendieron grosso modo a establecer propuestas concretas para atemperar las pasiones y aspiraron a proporcionar una eudaimonía a las personas y otra generalizable al conjunto de la sociedad. Si excluimos quizás al llamado estoicismo medio, más ecléctico, esta corriente se caracterizó por posiciones bastante radicales, como muestra la siguiente afirmación de Epicteto: «Aniquila por completo el deseo, al menos en el momento presente. Y es que si deseas algo de lo que no depende de nosotros, por fuerza serás infortunado; y si algo de lo que depende de nosotros, aún no tienes a tu disposición nada de cuanto sería hermoso que desearas; así que usa solamente el impulso y la repulsión, pero con suavidad, de manera excepcional y sin tensiones»32. La contundente renuncia de la doctrina estoica manifestada por Epicteto, el esclavo que se mantuvo impasible mientras le quebraban una pierna —de ser cierto lo narrado por Celso33—, hace que hoy día vinculemos algunas de las hazañas estoicas al masoquismo; en palabras de Lacan: la «práctica de un masoquismo politizado»34.
De acuerdo con la corriente estoica, especialmente según las enseñanzas de Epicteto, nada superaría la facultad de elección, la capacidad de tener impulsos y de repelerlos, de albergar deseos y de rechazarlos: «Piensa quien eres: lo primero, un hombre; es decir, que no tienes nada superior al albedrío, sino que a él está subordinado lo demás, y él mismo no puede ser ni esclavizado ni subordinado»35. A tenor de estos planteamientos se sitúan en primer plano los problemas de la elección, la libertad y la responsabilidad subjetiva, los cuales hallan en los desarrollos de la corriente estoica una continua reflexión, pues aunque el hombre no sea libre, cuando menos es responsable. Tal afirmación queda condensada en el sencillo planteamiento con el que Séneca recoge la posición estoica: el hombre libre es aquel que se atiene únicamente «a las cosas que están en nosotros»; «lo que depende de nosotros y lo que no depende de nosotros», según la expresión de Epicteto. Haciéndose eco de este último, el Emperador Marco Aurelio lo formuló de la forma más explícita y tajante cuando afirmó: «Nadie puede robar el libre albedrío»36.
Estas consideraciones han motivado numerosos comentarios, como el recientemente desarrollado por Duhot a propósito de la filosofía estoica: «¿De qué somos responsables, puesto que, con excepción del sabio, todos los hombres son juguetes de las pasiones que habitan en ellos? Pues, simplemente, de nosotros mismos. El concepto moderno de responsabilidad traduce un poco en falso […] la implicación moral de ‘lo que depende de nosotros’, noción central de Epicteto. […] Somos responsables de nosotros mismos ante nosotros mismos. En estas condiciones, ¿tiene todavía sentido hablar de responsabilidad? Sí, en la medida en que si no fuéramos responsables del mal que cometemos, no podríamos imputárnoslo como falta y no tendríamos que tratar de librarnos de ella. Sobre esta responsabilidad es sobre lo que descansa la aventura de la sabiduría»37.
La voluntariedad o la involuntariedad en las decisiones se vinculaba en el mundo antiguo con el problema del destino (en griego: eimarméne; fatum, en latín), una perspectiva siempre presente y controvertida. En Noches Áticas, Aulo Gelio evoca esta cuestión apoyándose en los argumentos de Crisipo, al que considera el más insigne de los filósofos estoicos. De acuerdo con Crisipo, el destino es una eterna e inmutable sucesión de acontecimientos, una cadena que se enrolla sobre sí misma y se enlaza por medio de la secuencia sin fin de los eslabones que la forman y unen. Más adelante, Aulo Gelio recuerda que, en el libro IV de Sobre la providencia, Crisipo decía: «El destino es cierto orden físico de todos los acontecimientos que se suceden unos a otros desde la eternidad y entrelazándose según un orden que es inmutable»38. Esto supondría aprobar a las personas malvadas o perversas, malignas y osadas que, cuando resultan convictas de un delito merecedor de castigo, echan mano del determinismo del destino como quienes se ponen a resguardo en un santuario y pretenden justificar sus malas acciones mediante el fatum, en lugar de atribuírselas por temeridad u otra motivación. En este sentido, los planteamientos de Crisipo contravienen los expresados por el más sabio y antiguo de los poetas, Homero, cuando en la Odisea escribiera los versos siguientes: «¡Oh Dioses! ¡De qué modo culpan los mortales a los númenes! Dicen que las cosas malas les vienen de nosotros, y son ellos quienes se atraen con sus locuras infortunios no decretados por el destino»39.
Los desarrollos de Crisipo fueron muy criticados por otros filósofos, puesto que —como recuerda Aulo Gelio— las decisiones, las elecciones, las equivocaciones o los aciertos, todo ello, en lugar de ser «imputado a la voluntad de la persona», es atribuido al destino, «señor y árbitro de todas las cosas», «ya que los hombres cometen malas acciones no de manera voluntaria, sino que son arrastrados por el destino». Ante la fuerza de estos argumentos críticos, quiso Crisipo suavizar su posición pero lo que consiguió fue enredarse más, cosa que le reprocha Cicerón en Sobre el destino, el tratado por excelencia donde se discuten los pormenores de fatum stoicum40. Ahora bien, el análisis que allí realiza Cicerón es tan clásico como actual. Si sustituimos el fatum por el determinismo científico o religioso, nos da la impresión de que el tiempo apenas ha pasado. Hoy día la ciencia y la religión son los discursos más potentes en los que se asienta el determinismo, esto es, la irresponsabilidad subjetiva.
El problema de la responsabilidad no se agota con estos mínimos comentarios. Las discusiones sobre la voluntariedad o la involuntariedad de las acciones y sobre la afectación de las pasiones a la capacidad de elección constituyen uno de los ejes del pensamiento antiguo. Tal problemática está presente a lo largo de toda la Ilíada, donde los héroes toman ciertas decisiones y, al mismo tiempo, sus acciones están determinadas por la voluntad de un dios41; la hallamos igualmente en los discursos de Demóstenes, en las Leyes de Platón, en las éticas de Aristóteles, y así un amplísimo etcétera42. Con la extensión del cristianismo, este problema fundamental para el mundo clásico se desdibuja al ponerse en primer plano la noción de ‘culpabilidad’ referida al pecado y al hecho de contravenir los designios divinos; el liberum arbitrium fue objeto de encendidos debates en buena parte de la Edad Media y también durante los siglos XVI y XVII, puesto que suscitaba la cuestión de la incompatibilidad entre la omnipotencia divina y la libertad humana.
Como se apuntaba unos párrafos más arriba, las prácticas terapéuticas promovidas por los filósofos helenistas son inseparables del problema de la responsabilidad subjetiva. Dichas prácticas del «cuidado de sí», tal como las denominó M. Foucault, se desarrollaban en el marco de una escuela, la cual era concebida por Epicteto como un dispensario (iatreion): «[…] una escuela de filosofía, constituye en realidad algo así como un dispensario del alma; es un lugar al que uno va por su cuenta o manda a sus amigos, etcétera. Uno concurre por un tiempo, para hacer que le curen los males y las pasiones que sufre»43. Naturalmente, si la escuela de filosofía era un pequeño hospital donde se restañaban las heridas del alma, el papel del filósofo moral (médico de almas) resultaba allí determinante.
Ahora bien, ¿cómo ejercía su poder terapéutico? Sobre este particular hallamos algunas menciones que destacan en especial la relación entre el afligido y el maestro, especialmente este pasaje de Séneca: «Nadie por sí mismo tiene fuerza para salir a flote. Precisa de alguien que le alargue la mano, que le empuje hacia afuera»44. De acuerdo con los comentarios que Michel Foucault dedicara a éste y otros textos similares, cabe destacar que la labor del maestro filósofo en modo alguno consistía en la reeducación o en la instrucción, esto es, en aportar ciertos conocimientos al doliente. Se trata, por el contrario, de una acción a resultas de la cual el sujeto que se hunde y clama auxilio sale modificado merced a la intervención del filósofo; es una operación que afecta al modo de ser del doliente, pero que rebasa la instrucción o la transmisión de un saber. Para que se produzca un cambio en su forma de vida, el filósofo habrá de ocupar la posición de mediador, hecho que permitirá el paso de la stultitia a la sapientia: «Proclama [el filósofo] que es el único capaz de lograr que el individuo pueda quererse a sí mismo y finalmente alcanzarse, ejercer su soberanía sobre sí y encontrar en esa relación la plenitud de su felicidad. Ese operador que se presenta es, por supuesto, el filósofo. […] Y ésta es una idea que encontramos en todas las corrientes filosóficas, sean cuales fueren»45.
Cuanto acaba de apuntarse bastará por sí mismo para cuestionar, cuando menos, la asimilación que a menudo leemos entre las doctrinas antiguas —en especial las estoicas— y el cognitivismo actual, pues no parece que se trate simplemente de rectificar el pensamiento sino de provocar un cambio en la posición del doliente ante la vida46. Por lo demás, el tipo de intervenciones terapéuticas de las que se valía el filósofo de la Antigüedad consistía básicamente en la conversación, antes incluso que las cartas o las consolaciones47: «El tono conversacional aprovecha en gran manera, ya que suavemente penetra en el alma. […] [El lenguaje sencillo] Penetra y arraiga con más facilidad, ya que no precisa de palabras copiosas, sino eficaces»48.
Las pasiones y las enfermedades del alma según Cicerón
La expansión y el desarrollo de estas corrientes filosóficas supuso finalmente una demarcación entre la medicina —centrada en curar el cuerpo enfermo— y la filosofía práctica —destinada a la terapéutica de las enfermedades del alma—, como dejó escrito Marco Tulio Cicerón (106–43 antes de J. C.), el más destacado compilador del saber antiguo, en sus Tusculanas: «Porque existe, en efecto, una medicina para el alma: la filosofía. Para obtener su ayuda no es menester salir fuera, como ocurre con las enfermedades corporales, sino que debemos poner a contribución todas nuestras energías y a nosotros mismos»49. Si hemos de dar crédito a la tesis de Jackie Pigeaud50, esta escisión entre las enfermedades del alma y las del cuerpo se debió al estudio que Cicerón realizara de las pasiones en sus Tusculanas, pues anteriormente prevalecía una visión de corte monista según la cual el juicio y el organismo formaban un todo indivisible.
Inspirándose en Pitágoras y Platón, propuso Cicerón su interpretación dualista de la descripción tradicional monista de las pasiones, en especial la desarrollada por Crisipo. A esta interpretación le atribuye Pigeaud un valor sustancial, pues de ella deriva la tajante separación entre una medicina del cuerpo y otra medicina del alma. Ciertamente, esta mirada dualista resulta patente en el párrafo de las Tusculanas que a continuación se cita: «Como lo que los griegos llamen pathe nosotros preferimos denominarlo pasiones (perturbationes) y no enfermedades (morbos), nos atendremos a aquella antigua diferencia establecida primero por Pitágoras y luego asumida por Platón, que distingue en el alma dos partes, la una dotada de razón y la otra carente de ella. En la parte racional sitúan la tranquilidad, es decir, el equilibrio plácido y sosegado, en la irracional los movimientos desordenados, tales como la ira y los deseos contrarios y hostiles a la razón. Partamos de esta fuente. Con todo, para la descripción de estas pasiones recurriremos a las definiciones y a las divisiones de los estoicos, que son quienes, a mi parecer, con mayor penetración han analizado estas cuestiones»51. El alcance de esta disociación debe comprenderse no sólo como una disimetría entre las enfermedades del alma y las del cuerpo, puesto que insinúa también una supremacía de las primeras respecto a las segundas: «El dualismo no significa el paralelismo del alma y del cuerpo; designa una jerarquía con un estado conflictivo siempre posible. Pero el orden quiere que el alma dirija a sí misma y al cuerpo, lo cual implica la disimetría […]»52. Esta consideración según la cual las pasiones se separan del cuerpo traerá importantes consecuencias, como veremos, en la reflexión de Pinel, principalmente las que atañen a las relaciones del cuerpo y el alma, la causalidad de la alienación mental y la responsabilidad del alienado.
Pese a muchos matices que no viene al caso detallar, los pensadores de la Antigüedad clásica consideraron a las pasiones (pathos: ‘pasión’, ‘sufrimiento’, ‘enfermedad’) alteraciones emocionales de una intensidad exagerada, muy superior a la de las emociones, y de una prolongada duración, mayor incluso que los sentimientos normales. De las pasiones se destacó su inalterabilidad frente a los hechos de la experiencia, con lo que se subrayaba el domino sobre las ideas y la afectación que ocasionaban a la capacidad de juzgar. Como si de un «aguijón»53 se tratara, la pasión penetra con virulencia, emponzoña y arrastra al sujeto, empujándole a «seguir el peor camino», tal como confiesa Fedra a la Nodriza54 en la tragedia de Séneca.
Según la definición clásica de Zenón, frecuentemente citada, en este caso por Diógenes Laercio, la pasión o perturbación «es un movimiento del alma, irracional y contra naturaleza, o bien un ímpetu exorbitante»55. Se trata, en primer lugar, de una conmoción que se opone a la recta razón, esto es, un «juicio pervertido»56. A la idea «juicio pervertido» o de razonamiento erróneo le asoció también Zenón, en segundo lugar, la del exceso («ímpetu exorbitante», «apetito excesivo», «impulso excesivo»). La tercera característica, por último, hace de la pasión un empuje contrario a la naturaleza, con lo que esto significa para los estoicos. Las tres características que señalo aparecen en las apreciaciones de la mayoría de comentaristas. Así lo recoge Plutarco cuando analiza la opinión de los estoicos, a quienes considera los filósofos que más se ocuparon de indagar en la naturaleza de las pasiones y en los remedios para combatirlas: «Pues la pasión, según ellos, es una razón perversa e intemperante procedente de un juicio vil y erróneo que ha tomado además violencia y fuerza»57. La filosofía y la medicina greco–romanas las consideraron causa de enfermedad del alma, pues enturbian la capacidad intelectiva, con lo que se afianza la oposición entre pasión y razón58. Del choque entre la pasión y la razón, de su antagonismo, se ha destacado el poderío de las pasiones sobre la razón, la capacidad que tienen de subyugarla, «como los caballos salvajes se desbocan con el carro y no se les puede refrenar»59, según escribiera Robert Burton echando mano de una vieja metáfora.
Fueron especialmente los estoicos quienes asimilaron las pasiones a enfermedades, describiendo un paralelismo en la evolución de unas y otras. Según ellos, el primer estadio corresponde a la propensión (euemptosia o proclivitas); vendría después el pathos, o enfermedad propiamente dicha, a la que seguiría la nosema o estado crónico del mal; a continuación aparecería la arrostema (aegrotatio, según traduce Cicerón), que mantiene al individuo como si estuviera siempre enfermo; por último, el proceso culminaría en un estado de vicio (kakia), esto es, la aegrotatio inveterata de Cicerón o el vitium malum de Séneca, el cual se manifiesta en una deformación de la persona totalmente entregada a la pasión. Puesto que se las consideraba enfermedades del alma, los estudiosos, además de definirlas y clasificarlas, propusieron diversas estrategias para atemperarlas, moderarlas o intentar erradicarlas según el ideal antiguo de la ataraxia o indiferencia hacia todo aquello que provoca deseo o temor.
Durante muchos siglos, hasta el Romanticismo, las pasiones fueron consideradas como un factor de turbación y de trastorno de la razón. A lo largo de su Antropología, Kant, uno de sus más señeros censores, las consideró perjudiciales para el desempeño de la razón: «Las pasiones son cánceres de la razón pura práctica y, las más de las veces, incurables; porque el enfermo no quiere curarse […]»60. Pero de enfermedades de la razón y enemigas declaradas de la cordura, según escribió Gracián61, con Schopenhauer y Nietzsche, las pasiones fueron enfocadas desde perspectivas completamente nuevas. El primero, aun admitiendo el componente de «irracionalidad», destacó su poderío hasta calificarlas como «el más poderoso agente del mundo»62. Nietzsche, por su parte, además de criticar el ideal de sabio antiguo, afirmando que «la ausencia de pasión dista mucho de ser conocimiento»63, se mofa de la Iglesia por cuanto «combate la pasión con la extirpación», y añade: «su medicina, su “cura”, es el castradismo»64.
Ampliamente influido por la escuela estoica en lo que hace a las pasiones, Cicerón insistió una y otra vez en que éstas no son causadas por la naturaleza, sino que provienen de la opinión: «[…] todas ellas surgen de juicios basados en opiniones erróneas y voluntariamente asumidas […]»65. De manera que, de seguir a este autor, las pasiones en modo alguno serían fuerzas turbulentas surgidas de la naturaleza o del organismo que, como caballos desbocados, conducirían a su antojo al impotente jinete. Al contrario, estarían arraigadas en lo más íntimo de la persona, quien, en última instancia, les daría su aquiescencia o no consentiría en dejarse atrapar por ellas. Cuando Cicerón expuso en De finibus la doctrina estoica sobre las pasiones, puso en boca de su interlocutor, Catón, las siguientes palabras que ratifican su posición: «Por lo que se refiere a las perturbaciones del espíritu, que hacen miserable y amarga la vida de los necios […], esas perturbaciones, digo, no son suscitadas por ninguna fuerza natural; y todas se dividen en cuatro géneros con numerosas subdivisiones: tristeza, temor, deseo, y la que los estoicos, con un nombre que se aplica igualmente al cuerpo y al alma, llaman hedoné, pero que yo prefiero llamar ‘gozo’, algo así como un transporte voluptuoso del alma cuando se exalta. Las perturbaciones no son provocadas por ningún impulso de la naturaleza, y todas esas cosas provienen de errores de opinión y ligereza de juicio»66.
Aunque Cicerón renegó del marcado dogmatismo y de los rigores extremos que proponía el estoicismo —casi tanto como le repugnaba el ideal placentero que creyó ver en Epicuro67—, destacó la decisión personal a la hora de entregarse a las pasiones: «Las dolencias corporales pueden acontecer sin culpa alguna, pero no las del alma, porque aquí las enfermedades y las pasiones sobrevienen siempre como consecuencia de una desviación de los dictados de la razón»68. Siguiendo el principio de la moderación, en el que coinciden grosso modo todas las escuelas antiguas, propuso Cicerón diversos remedios de tipo filosófico para eliminar la aflicción mediante el razonamiento. Más que detallarlos, interesa dejar claro que todos esos remedios para los males que afectan al alma «se encuentran dentro de ella misma, mientras que los remedios corporales hay que ir a buscarlos al exterior»69.
Acaso estas puntualizaciones que acaban de transcribirse comiencen a resultar un tanto familiares a los conocedores de la historia reciente de la clínica mental. Ciertamente, pues da por sentado Cicerón, en primer lugar, que los males que afligen al alma no provienen de la naturaleza (ahora diríamos del organismo o de la herencia), sino que el sujeto está implicado en su causa al consentir en dejarse arrastrar por la pasión; y, en segundo lugar, que dentro del propio alma enfermo se hallan también los remedios para alcanzar la salud.
Como trataré de mostrar más adelante, ambos planteamientos están en la base de la concepción pineliana de la alienación mental, por cuanto las pasiones desempeñan en ella un papel etiológico innegable y porque siempre subsistirá un grano de razón inalienable cohabitando con la locura, de tal modo que el «tratamiento moral» será efectivo cuando logre potenciar ese resto indestructible de humanidad. También estoy convencido de que estos mismos planteamientos están presentes en Freud, de una manera, por lo demás, mucho más nítida y rigurosamente argumentada en lo que atañe a la responsabilidad última del sujeto en la conformación de su estructura psíquica y en la creación de sus síntomas, productos enfermizos del propio alma que naufraga y también realizaciones creativas destinadas a salir a flote, como ejemplarmente muestra el delirio respecto a la psicosis.
Son muchas, finalmente, las consideraciones generales sobre el hombre que compartían los filósofos de la Antigüedad. Algunas de ellas se han adensado hasta conformar problemáticas imperecederas que desde entonces, de forma recurrente, han interrogado a los pensadores. Citaré sólo tres de ellas, ya que constituyen parte de la esencia de nuestra pequeña ciencia. La primera nos presenta al hombre como un ser desdoblado, cosa que nombra por sí misma una experiencia universal: «El alma griega —sintetiza Colina—, remontándose a los antiguos, ya era un alma dividida, un doble del hombre, y como un espíritu fragmentado, como una autoconciencia desventurada, se ha venido mostrando desde entonces a lo largo de la cultura. Freud recoge estas figuras tradicionales de la división humana, las variantes del Sileno y del Jano de dos caras, y las provee de un rigor conceptual nuevo»70. La segunda nos lo muestra padeciendo permanentemente la añoranza de algo para siempre perdido. La tercera, por último, lo describe en continua lucha consigo mismo, teniendo que decidir sobre sus acciones y usando la razón para no ceder ante los temores y los deseos. Por tanto, además de la escisión y la división subjetiva, en el centro de estas reflexiones se erigen también las nociones de melancolía y pasión, las cuales habrían de motivar ubérrimos desarrollos en los siglos venideros71, desembocando finalmente en el alienismo decimonónico y en los fundamentos del psicoanálisis.
A fin de mostrar el contraste entre la actitud clásica ante las pasiones y la actual visión de los síntomas y las enfermedades mentales, se pueden resaltar, de forma sintética, los siguientes aspectos. En primer lugar, en lo tocante a las pasiones es el propio sujeto quien debe hacerse cargo de ellas y responder de su quehacer; en segundo lugar, la moderación de las pasiones constituye la regla fundamental a observar; por último, de todas las actitudes posibles, sin duda la más despreciable es la que hace de la pasión un motivo de regocijo o de satisfacción orgullosa. Dicho esto, con más motivo se entenderá ahora la enfática afirmación de Cicerón: «El hombre valeroso no sucumbe a estas cosas y, por tanto, tampoco a la aflicción»72.
Sobre la alienación mental y los restos de razón
Pese al menosprecio con que el positivismo trata la tradición, ufanándose incluso de desdeñarla, cualquier historiador de la clínica mental sabe reconocer que el inicio de la psicopatología moderna —la alumbrada en los albores del siglo XIX por Philippe Pinel y los primeros alienistas— resulta de hecho de una recuperación de la tradición filosófica antigua tamizada por la nueva mentalidad científica, razón por la cual el papel otrora atribuido a las pasiones respecto a las enfermedades del alma será nuevamente objeto de atenta reflexión.
A mi modo de ver, existe un puente que une la tradición clásica con el alienismo moderno y el psicoanálisis. El primer pilar de ese puente se erige sobre la obra de Cicerón, tal como he querido mostrar; el segundo descansa sobre la concepción de la alienación mental de Pinel, de la que ahora me ocuparé; el tercer pilar, finalmente, arranca con una fortaleza hasta entonces desconocida en la obra de Freud, asunto sobre el que versará el último epígrafe. Si me he empeñado en ver en la obra «psicológica» de Cicerón —especialmente sus Tusculanas— ese primer armazón, es básicamente por dos razones: una general y otra muy concreta. Radica la primera en que su legado compila, y en parte modifica, el saber antiguo, sustituyendo y suavizando a Zenón para favorecer a Platón y Aristóteles; además, fiel al espíritu práctico de los romanos, su eclecticismo convierte su obra en una fuente de conocimientos sobre el conjunto del saber antiguo. La segunda, indiscutible, se basa en referencias precisas surgidas de la pluma de Pinel, en las cuales menciona y alaba las obras de Cicerón.
Dos son, en efecto, las referencias concretas a Cicerón en el Tratado médico–filosófico sobre la alienación mental: una se halla en la primera edición (1800) y otra en la segunda (1809). Cuando Pinel propuso algunos remedios morales para prevenir las recaídas de la manía intermitente, escribió: «[…]; pero este es un motivo más para vencer sus pasiones, siguiendo los consejos de la sabiduría, y para fortificar su alma mediante las máximas morales de los filósofos antiguos: los escritos de Platón, Plutarco, Séneca, Tácito, las Tusculanas de Cicerón, serán mucho más útiles para las mentes cultivadas que las recetas de tónicos y antiespasmódicos combinados artificiosamente»73; en la misma obra reeditada nueve años después, a pie de página, se puede leer: «Apenas se puede hablar de las pasiones como enfermedades del alma, sin haber tenido antes presentes en la mente las Tusculanas de Cicerón y las otras obras que este hombre genial consagró a la moral en los años en que maduraba en edad y experiencia»74.
Aunque ambos, con dieciocho siglos de diferencia, vivieron períodos tumultuosos marcados por grandes movimientos sociales, a diferencia de Marco Tulio Cicerón75 —abogado, político y filósofo—, Philippe Pinel (1745–1826) fue un destacado médico y profesor de Medicina, razón por la cual su recuperación del pensamiento filosófico clásico y su aplicación al ámbito sanitario tiene especial valor. Tras realizar estudios clásicos y religiosos, Pinel dejó la sotana, estudió Medicina y se trasladó a París, donde comenzó una brillante carrera. Autor de una amplísima obra médica, en la que destaca la Nosografía filosófica y un tratado de Medicina clínica, publicó asimismo numerosas Memorias y artículos de Enciclopedia, tradujo a W. Cullen y editó las Oeuvres Médicales de Baglivi76. Siguiendo las indicaciones de Sydenham (reducir las enfermedades a especies bien definidas), la obra de Pinel destacó por la descripción y la clasificación sistemática de las enfermedades (nosografía), trabajo previo e imprescindible para adquirir un conocimiento profundo de ellas (nosología). Su trato con alienados se inició en 1786, en la modesta Casa de Salud del Sr. Belhomme, continuando su carrera médica en el asilo de Bicêtre (1793–1795) y culminándola en la Salpêtrière (1795–1826).
De manera que cuando Philippe Pinel publicó el Tratado médico–filosófico sobre la alienación mental o la manía disfrutaba de un amplio reconocimiento en el mundo académico y en el ambiente médico, como correspondía al autor de la Nosografía filosófica. Aparecido en octubre de 1800, el Tratado se componía de seis Secciones —algunas de las cuales habían sido publicadas por separado años atrás— y una amplia Introducción, en la cual pretendía paliar la precipitación y la relativa desunión que afectaba al conjunto de esta obra pionera y fundacional. Que se aprecien ciertas deficiencias en la composición de esta obra, entregada con premura a la imprenta únicamente por el ansia de obtener el reconocimiento que merecen los pioneros, no implica en absoluto que su mensaje hubiera madurado ya lo suficiente, como se aprecia en esta cita de su Nosografía, publicada dos años antes: «Estrecha unión, dependencia recíproca entre la filosofía moral y la medicina, como lo señala Plutarco. ¡Cuánto importa, para prevenir las afecciones hipocondríacas, melancólicas, o la manía, seguir las leyes inmutables de la moral, adquirir el dominio de sí mismo, gobernar las pasiones propias, familiarizarse, en una palabra, con los escritos de Epicteto, de Platón, de Séneca, de Plutarco, así como los luminosos resultados de la observación que nos han sido transmitidos por Hipócrates, Areteo, Sydenham, Stahl u otros célebres observadores! Cicerón, en el tercer y cuarto libros de las Tusculanas, ¿no considera acaso las pasiones como enfermedades, y no nos aporta las reglas fundamentales para tratarlas y curarlas?»77.
En la Introducción del Tratado, sin embargo, son muchos los elogios que dedica a Alexander Crichton, médico escocés contemporáneo en quien se apoyó para sostener sus ideas sobre las pasiones como causas más frecuentes de las perturbaciones de las facultades morales78. Lo cierto es que Pinel había afianzado ya sus opiniones y argumentos sobre las pasiones y las enfermedades del alma antes incluso de leer a Crichton, de quien se sirve fundamentalmente para acceder al pensamiento de los autores alemanes79. Fue merced a estas referencias médicas como Pinel se autorizó —en un gesto ciertamente audaz por ser un médico quien recuperara el saber de los filósofos antiguos— a reunir la Filosofía y la Medicina, definiendo así un espacio que habría de habitar a regañadientes la futura psiquiatría, ámbito en el cual las pasiones se anexaban a la Medicina, siendo la antigua filosofía moral sustituida por la medicina filosófica, esto es, el alienismo80: «La historia médica de las pasiones entra necesariamente como noción preliminar en este Tratado, pues ¿cómo concebir la alienación más frecuente, esa que proviene de una exaltación extrema de las pasiones, si no se consideran primero sus efectos sobre la moral y lo psíquico?»81.
Esta amplia presencia del pensamiento clásico en la visión de Pinel se aprecia claramente en su concepto de aliénation mentale, el cual nombra un proceso morboso único que compendia tanto las posibles variedades clínicas como los estados de afectación moral que inducen una pérdida de libertad consecutiva a las lesiones del entendimiento: «Se llama alienación mental al extravío de la razón, porque el alienado está fuera de sí mismo. Alienación es una palabra genérica, destinada a expresar el carácter común de las diversas especies de aberraciones del entendimiento, las cuales se muestran nítidamente en un gran hospicio, siempre que se lo dirija con orden»82. Así definida, la noción de aliénation mentale pretende incorporar al dominio médico la tradicional e inespecífica folie83, al tiempo que demarca su campo fuera de las enfermedades propias de la Medicina, especialmente las febriles y las intoxicaciones (frenitis o delirium acutum): «Este término afortunado que es el de alienación mental expresa en toda su extensión las diversas lesiones del entendimiento; pero de nada servirá si no se analizan sus diversas especies y si no se las considera separadamente para deducir aquí las reglas de su curación, y las del gobierno interior que se ha de observar en los asilos de locos»84.
Esta simple frase, con la que Pinel comienza la sección IV de la primera edición, condensa el conjunto del proyecto alienista, tanto en materia psicopatológica como terapéutica. Como cualquier otra enfermedad, en primer lugar, la alienación debe ser examinada en todas sus variedades o aspectos posibles (mélancolie o délire partiel, manie o délire généralisé, démence e idiotisme); de igual modo, en segundo lugar, el alienado en tanto enfermo requiere un tratamiento específico y único, el llamado «tratamiento moral», necesariamente dispensado en una institución apropiada; por último, ese establecimiento sanitario especializado es el asilo, lugar donde el alienado permanecerá, mientras lo precise, ocupado y separado de su familia y allegados.
Dos de los aspectos que acabo de evocar reclaman un examen más atento, ya que en ellos se conjuga la interpretación del modelo de la alienación mental que me propongo mostrar. Trata el primero de las variedades clínicas de esta alteración mental única, cuya definición permitirá captar una concepción en la que se defiende la existencia de formas parciales de alienación. Íntimamente articulado con el anterior, se aprecia en el segundo la esencia misma del tratamiento moral y el fundamento de sus posibilidades curativas.
A modo de síntesis de sus planteamientos nosológicos y nosográficos, transcribiré el siguiente párrafo de la segunda edición, muy mejorada y ampliada, donde suprime del título la referencia a la manía (ou la manie) pues entiende Pinel que ésta designa únicamente la manifestación principal de la alienación mental: «¡Qué cuadro de confusión y desorden, cuando un gran grupo de alienados, librados de forma continua o a intervalos a sus descarríos diversos y observados sin regla ni método! Pero con una atención mantenida y un estudio profundo de los síntomas que les son propios, se puede clasificarlos de una manera general y distinguir entre sí por lesiones fundamentales del entendimiento y de la voluntad, descartando por otra parte la consideración de sus innumerables variedades. Un delirio más o menos acentuado referente a casi todos los objetos se asocia, en bastantes alienados, a un estado de agitación y de furor: eso es lo que constituye propiamente la manía. El delirio puede ser exclusivo y limitado a una serie particular de objetos, con una especie de estupor y afectos vivos y profundos: tal es lo que se llama melancolía. En ocasiones, una debilidad general afecta a las funciones intelectuales y afectivas, como sucede en la vejez, y constituye lo que se llama demencia. Por último, una obliteración de la razón con fases bruscas y automáticas de arrebato es a lo se da la denominación de idiotismo. Tales son las cuatro especies de extravíos que refiere de forma general el nombre de alienación mental»85.
Como habrá podido leerse, existen según Pinel ciertos delirios parciales, limitados y circunscritos a determinada certeza (melancolía), existiendo incluso una forma de manía «sin delirio», esto es, una forma de manía en la cual el entendimiento permanece intacto; asimismo, los delirios más generales se asocian a la manía, la cual es frecuentemente intermitente. De este parecer se trasluce que, salvo en la idiocia severa, los alienados conservarían siempre una parte de razón, de manera que dentro del alienado subsistiría un resto inalienable. Por tanto, el propósito inicial de Pinel consistente en transformar la visión tradicional de la locura —aquélla con la que los filósofos pretendían describir la experiencia de los locos— en la noción médica de aliénation mentale, no se cumple completamente. Pues por el simple hecho de considerar que la alienación no arrasa por completo las facultades, al subsistir en ella restos graníticos de razón, la locura clásica, tal como la perfiló Michel Foucault, sigue ahí afortunadamente presente: «La locura es un momento duro pero esencial en la labor de la razón; a través de ella, y aun en sus victorias aparentes, la razón se manifiesta y triunfa. La locura sólo era, para ella, su fuerza viva y secreta»86.
En buena lógica, todo cuanto atañe al tratamiento moral se deduce directamente de esa visión del alienado como un extranjero de sí mismo que conserva, no obstante, un núcleo indestructible de humanidad. Mezcla de enfermo y de loco, el alienado que nos pinta Pinel conserva incólume una brizna de discernimiento, ya que «los locos, más o menos todos, razonan». Conforme a estos planteamientos psicopatológicos, la esencia del tratamiento consistirá en dirigirse al espacio en el que palpitan los restos de razón que la alienación jamás podrá devastar87. Siempre desarrollado en el marco del asilo, el tratamiento moral permitirá rescatar al alienado de su desvarío, empleando para ello la autoridad del médico, las buenas palabras y las ocupaciones provechosas88. Naturalmente, por considerar que el alienado es ante todo un sujeto, el médico establecía con él un diálogo durante mucho tiempo interrumpido, procurando atemperar sus pasiones mediante una adecuada «descarga moral»89, tal como proponía la tradición filosófica antigua. Pues, al fin y al cabo, si las pasiones intervienen como agentes causales de los desvaríos, éstos podrán ser curados a condición de provocar ciertas rectificaciones en las relaciones que el alienado guarda con ellas90. Además, el hecho de considerar que las pasiones desempeñan un papel en la contracción de la alienación supone concebir la locura como una discontinuidad en la experiencia del sujeto, dado que en su historia individual pueden localizarse ciertas coyunturas en las que se aprecian alteraciones profundas sobrevenidas por el impacto de las pasiones.
Los dos argumentos que he tratado de desarrollar hasta aquí, el que sostiene la parcialidad de la alienación y el relativo al tratamiento, fueron magistralmente captados por G. W. F. Hegel al glosar, en su Enciclopedia de las ciencias filosóficas (1817), el Sentimiento de sí. Según el filósofo de Stuttgart, consiste la locura (Verrücktheit) en una contradicción u oposición interna entre lo racional y lo irracional, lo cual perturba al espíritu y lo hace desgraciado. Expuestas sus consideraciones, añade: «Por consiguiente, el verdadero tratamiento psíquico retiene también el punto de vista de que la locura no es una pérdida abstracta de la razón, ni por el lado de la inteligencia ni por el de la voluntad y la responsabilidad de ésta, sino que es sólo locura, sólo contradicción en la razón todavía presente, del mismo modo que la enfermedad física tampoco es una pérdida abstracta, es decir, total de la salud (eso sería la muerte), sino una contradicción en ella. Este tratamiento humano, esto es, un tratamiento tan benevolente como racional (Pinel merece el mayor reconocimiento por los méritos que ha contraído a este respecto) supone que el enfermo es racional y tiene ahí el asidero firme por el cual el tratamiento prende en el enfermo, del mismo modo que en lo corporal el asidero es la vitalidad que en cuanto tal contiene salud todavía»91.
Esta lectura hegeliana de Pinel nos trae a la memoria algunos aspectos esenciales ya avanzados por Cicerón en sus Tusculanas (los remedios para los males del alma se hallan en ella misma; todos asumimos las pasiones deliberada y voluntariamente; en las enfermedades anímicas son más eficaces las terapéuticas filosóficas), los mismos que Freud desarrollará hasta límites insospechados, como mostraremos a propósito de su teoría del delirio. Hegel ha captado con precisión que el sujeto —lo que él llama ‘la razón’— no sucumbe ni desaparece en la locura, pues aun estando afectado por ella sigue disponiendo de voluntad, inteligencia y responsabilidad.
Todas estas consideraciones espigadas por el filósofo alemán se basan en su concepción general según la cual «[…] el sujeto se encuentra en la contradicción entre su [propia] totalidad sistematizada en su conciencia y aquella determinidad particular no fluida en la totalidad, ni ordenada y subordinada: la locura»92. Se trata aquí de una discusión de hondo calado, tan antigua como actual, en la cual vemos enfrentarse dos posiciones irreconciliables: unos, como Kant, Maine de Biran, J.–P. Falret y la psiquiatría de las enfermedades mentales, sólo son capaces de concebir la locura verdadera como locura total o enfermedad global que afecta a todas las capacidades hasta potencialmente arrasarlas; otros, como Hegel, Royer–Collard, Pinel, Freud y sus seguidores, sostienen que la afectación es siempre parcial, pues la perturbación no significa anulación, es decir, aniquilación del sujeto93.
Ha sido Gladys Swain, sin duda, quien mejor ha sabido leer esta problemática implícita en la doctrina de la alienación mental, hasta el punto de que tituló El sujeto de la locura su memorable estudio sobre el nacimiento de la psiquiatría. Inspirándose en Pinel, la autora argumenta que el loco sigue siendo sujeto de su locura, razón por la cual resulta posible concebir que la locura es «folie de sujet»: «[…] la locura no es pura y simplemente lo que anula al sujeto, es por el contrario eso con lo que el sujeto conserva una relación en el momento mismo en que su ser subjetivo está ahí amenazado»94.
Ciertamente, si somos fieles al texto de Pinel, en especial a las numerosas referencias a la noción de manie sans délire, la segunda de las especies de la alienación, se apreciará la distancia, más tenue unas veces y más franca otras, que el alienado mantiene con su locura. Este aspecto sustancial resulta patente en el pasaje en que Pinel describió el acceso maniaco de un sujeto que «[…] gozaba, por lo demás, del libre ejercicio de su razón; aun durante sus paroxismos, respondía directamente a lo que se le preguntaba, sin advertirse ninguna incoherencia en sus ideas, ni señal alguna de delirio, y conocía íntimamente incluso todo el horror de su situación, […]»95. Queda claro de este modo que Pinel se opuso a la idea de la alienación como trastorno o enfermedad total, es decir, de la locura que arrasa completamente la subjetividad.
Poco habría de durar, sin embargo, esta forma de concebir la locura y su tratamiento, concepción que se basa esencialmente en la confianza que se deposita en el sujeto alienado; incluso el propio nombre aliéné sólo conseguirá permanecer en el discurso psiquiátrico a condición de significar precisamente lo contrario de lo que originariamente representó para Pinel: «Aliéné: […]. Así es como se llama a un individuo afectado de alienación mental, de manía, porque está fuera de sí mismo. Por ser incapaz de apreciar la moralidad y las consecuencias de sus acciones, un alienado no puede ser responsable de los actos contrarios al orden social que comete. Por la misma razón, no puede ejercer sus derechos civiles, […]»96. No fue la práctica de autopsias sino la interpretación que se hizo de los datos en ellas obtenidos lo que terminó por hacer cascotes el edificio construido por el alienismo97. En pocos años, la alienación se convirtió en las enfermedades mentales, el alienado en un enfermo mental (J.–P. Falret); paralelamente, el respeto, la firmeza y la amabilidad del tratamiento moral se embruteció hasta la intimidación (F. Leuret) o la crueldad (la unschädlicher Torture o «tortura inofensiva» preconizada por Reil), volviéndose así inservible, y en este movimiento de somatización de las dolencias del alma, los asilos multiplicarían paulatinamente su población de enfermos98.
Reducido a cenizas el proyecto alienista, esa humanidad insobornable del loco en la que Pinel confió y de la que se sirvió para curar, se retorcería hasta convertirse en una actitud de recelo y de miedo. En adelante, la imagen del loco frecuentemente transmitida por la psiquiatría de las enfermedades mentales sería la de un degenerado o un enfermo del cerebro, a menudo peligroso, la de un paria improductivo que ocasionaba gravosos gastos a las arcas de los Estados: «Todo alienado —escribió Kraepelin en 1905— constituye de algún modo un peligro para sus circundantes, pero en especial para sí mismo. Lo menos un tercio del número total de suicidios tienen por causa ocasional trastornos mentales diferentes, como en menor escala ellos son también los inductores de los crímenes contra el pudor, de incendios, robos, estafas y otros. Multitud de familias lloran su ruina por causa de estos desdichados enfermos, que disiparon fortunas o medios de existencia en insensatas empresas o a causa del empeño en aliviar sufrimientos sociales y corporales nacidos por virtud de la pereza, de la incapacidad para el trabajo, que acompañan casi siempre a todos los trastornados de la mente. Sólo una mínima parte de ellos sucumbe pronto en mediana edad; los demás perduran años y años imbéciles o dementes, inermes para la vida, constituyendo pesada carga para las familias, los Municipios y el Estado; tan pesada carga, que ya va haciéndose sentir en la economía nacional»99.
Esta visión que admite tan a las claras la existencia de las locuras parciales, es decir, que considera inalienables la responsabilidad y la capacidad de decisión, resultaría muy problemática para la ideología de las enfermedades mentales, esa creencia que en nombre de la ciencia terminó por imponerse a mediados del siglo XIX, en un momento en que se afianza el poder burgués y se extienden los modos de producción capitalista. Tan evidente resulta este hecho que el primer empeño de J.–P. Falret, su gran mentor, consistió en negar la existencia de las locuras parciales o monomanías. Pero al negarlas, como suele suceder, no hizo sino indicar con precisión el talón de Aquiles de la naciente psiquiatría médica, incapaz de poder dar cuenta de que en una misma morada pueden cohabitar la razón y la sinrazón, la responsabilidad y el frenesí, la inteligencia práctica y el delirio místico. En ese punto de fractura, definitivamente insuperable, echa sus raíces el problema de la paranoia y los paranoicos, dilema que por sí mismo ha sido capaz de arrumbar el modelo nosológico de Griesinger, resquebrajar la cuadrícula nosográfica de Kraepelin y constituirse en excepción reconocida al sobrio proyecto de Kurt Schneider100.
Junto al problema epistemológico de la paranoia, en el ámbito de las neurosis, la histeria continuaba mostrando su faz más rebelde y desafiante al discurso médico, máxime cuando los propios médicos se identificaban férreamente a posiciones de poder y asumían un saber incontestable frente a sus enfermos. Evidente resulta que las obras más importantes sobre este trastorno fueron elaboradas por médicos internistas o neurólogos, mientras los propios psiquiatras, ante los envites de los histéricos, entraron al trapo cayendo a menudo en el insulto y el desprecio101. Desde esa posición de amos burlados, sus aportaciones se limitaron a poner por escrito su propia impotencia: «Por otra parte —escribe Joseph Grasset—, hay que recordar lo que dice Frank: ¿Acaso se puede imaginar a alguien más infeliz que el marido de una histérica? Difícilmente, a no ser, tal vez, que encuentre gusto en la variedad: en efecto, una histérica, en el espacio de veinticuatro horas, está triste, apacible, dulce, tranquila, irascible, etc., presenta el carácter de diez personas diferentes. E incluso, añadiríamos más: esta variedad no será más que variedad de suplicios, será un infierno constante para el pobre hombre que acabará siendo considerado como un egoísta o un verdugo, dependiendo de si se ocupa o no de la enfermedad de su mujer, si se compadece o intenta librarse de ella, si la reafirma en sus actos o la contradice…»102.
Precisamente a través de esos agujeros que horadaban el discurso psiquiátrico, la reflexión de Freud fue tejiendo un nuevo saber sobre el pathos en su vinculación connatural con el ethos y el lenguaje. A partir de que Freud hilvanara esas tres tramas mediante la noción de ‘defensa’ (Abwehr), punto de partida de su psicología patológica, las alteraciones psíquicas comenzaron a relacionarse con estrategias defensivas103. Según este punto de vista, las categorías nosográficas son el resultado específico de una determinada modalidad de defensa empleada por el sujeto y de su fracaso consecutivo. De manera que, desde los primeros pasos del psicoanálisis, el pathos y el ethos están entretejidos puesto que la ejecución de la defensa implica una decisión ética del sujeto, una respuesta ante lo traumático de la que derivarán, como mal menor, las formaciones sintomáticas104.
La psicopatología psicoanalítica
Así como entre Cicerón y Pinel existe un eslabón que se comprueba en las referencias textuales, en el caso de Freud la conexión con ellos es de otra índole105. Comparte con los anteriores la capacidad de despejar, aprehender y penetrar en las problemáticas imperecederas que hacen a la esencia humana, y, sin saberlo, participa con ellos de posiciones muy próximas.
Más de dieciocho siglos separan a Cicerón de Pinel, y menos de una centuria a éste de Freud. Sin embargo los vínculos que unen a los dos primeros parecen más sólidos, sin duda por la subversión que Freud introdujo en la historia del pensamiento. Conforme a los argumentos que vengo desarrollando relativos al pathos, al ethos y al lenguaje, los tres comparten grosso modo una misma orientación, evidente cuando menos en lo que atañe al uso terapéutico de la palabra, a la participación subjetiva en la contracción de las enfermedades anímicas y en los remedios internos para vencerlas, así como, especialmente, en el tratamiento que dedican a la responsabilidad personal.
Aun formando parte de una hermandad, las diferencias se tornan grandiosas en tres aspectos, en los cuales la obra freudiana supera con creces la de los anteriores: en primer lugar, la trascendencia teórica y clínica del psicoanálisis y su fortaleza heurística; en segundo lugar, la continua demostración que Freud ha transmitido del poder del lenguaje, el cual no se limita únicamente a la dimensión salutífera de la que hace gala limando el malestar, sino que constituye la esencia de lo humano, el tejido del alma, hasta un punto tal que los síntomas se nos plantean como hechos de lenguaje; por último, la construcción de una superestructura conceptual dotada de significaciones novedosas, puesto que ese continente desconocido que se presenta ante los ojos de Freud exige la creación de otros conceptos que permitan conquistarlo, como sucede, por ejemplo, con la monolítica noción de ‘pasiones’ y su parcelación en otras más específicas y precisas como ‘pulsión’, ‘deseo’, ‘goce’, ‘placer–displacer’, ‘afecto’, etc.
En efecto, en lo tocante a esta última cuestión conceptual, la noción tradicional de ‘pasión’ (Leidenschaft; literalmente, ‘lo que crea sufrimiento’) es empleada por Freud en contadas ocasiones y siempre en un sentido popular. Con ella refiere los momentos álgidos del amor, los celos, la cólera; en definitiva, «la furia de hirvientes pasiones»106. Por esa razón, así lo entiendo, emplea el término ‘pasiones’ de forma significativa en el texto divulgativo ¿Pueden los legos ejercer el análisis? Diálogos con un juez imparcial (1926): «[…]; decidir cuándo es más acorde al fin dominar sus pasiones e inclinarse ante la realidad, o tomar partido por ellas y ponerse en pie de guerra frente al mundo exterior: he ahí el alfa y el omega de la sabiduría de la vida»107. Más explícito es aún el uso de este vocablo, conforme a lo que pretendo mostrar, en la Conferencia XXXI de las Nuevas conferencias de introducción al Psicoanálisis (1933), donde Freud escribió: «Ajustándonos a giros populares, podríamos decir que el yo se subroga en la vida anímica a la razón y la prudencia, mientras que el ello subroga las pasiones desenfrenadas»108.
Como sucede con el término ‘pasiones’, otras nociones tradicionales le parecían demasiado gastadas o insuficientes para dar cuenta de los nuevos hechos captados desde su perspectiva. Desde su posición de investigador y clínico, paulatinamente se fue acrecentando en él la convicción de que el buen uso de la palabra no servía sólo para liberar ciertos sufrimientos (dimensión terapéutica), sino que los síntomas se conformaban de acuerdo con las leyes del lenguaje (dimensión patogénica), incluso el inconsciente mismo se estructuraba —como más tarde sostendría Lacan— conforme a las leyes del lenguaje. Naturalmente, también fue de forma progresiva comprobando los límites terapéuticos de la palabra, la cual se estrellaba contra los bastiones de ciertas formas genuinas de satisfacción o goces privados que el sujeto afligido rehusaba perder. De acuerdo con la interpretación ampliamente argumentada por Lacan109, el sujeto descrito por Freud, antes que dueño de su discurso, se nos presenta más bien como su efecto. Quizás se pudiera establecer algún paralelismo entre la suposición de Heráclito y algunos estoicos, según la cual un mismo logos determina los esquemas del pensamiento y la estructura de la realidad110. Pero de lo que no cabe duda es que hasta Freud, a nadie se le había ocurrido explicar la estructura formal del síntoma a partir de las leyes del lenguaje. Tal es la consecuencia lógica que se encuentra implícita en el hecho de que una palabra acertada y oportuna afecte de pleno al corazón del síntoma. Ahora bien, como quien sigue la pista del humo hasta hallar la hoguera, Freud advirtió que el síntoma era influenciable mediante el buen uso de la palabra. Este hecho se debía, como no podía ser de otro modo, al determinismo del lenguaje en cualquier tipo de formación del inconsciente.
Estas concreciones insólitas obedecen, a buen seguro, a una relación singularísima del neurólogo judío —cuyo primer escrito teórico de importancia versaba sobre la afasia— con el lenguaje. Y si el análisis de sus propias cogitaciones, sueños y lapsus le había enseñado tantas cosas, otro tanto esperó de lo que sucedía a sus pacientes a la hora de explicar sus tropiezos y sinsabores. Mas esa confianza que Freud concedió a sus analizantes y el valor que atribuyó a sus ocurrencias, sólo podía darse en alguien que rehusaba de entrada arrogarse la posición de amo de un saber. Se dejó enseñar, ciertamente, como se desprende de la breve narración que remitió a W. Fliess en diciembre de 1897. Un paciente, el Sr. E., sufrió una crisis de angustia mientras trataba de capturar un escarabajo [Käfer] negro, pero no alcanzaba a comprender ese hecho hasta que un día evocó una conversación entre su madre y su tía, de la cual se desprendía que la primera había estado indecisa mucho tiempo antes de comprometerse; es cierto, la madre no supo durante algún tiempo qué hacer, pero el Sr. E., a través de sus asociaciones dio con la interpretación: «[…] al comienzo de la siguiente sesión me cuenta que en el ínterin se le había ocurrido la interpretación del Käfer. Sería Que faire?; es decir, la indecisión, la incapacidad de resolverse…»111.
La viñeta clínica que acaba de citarse no tiene nada de extraordinario, pues prácticamente en todas las páginas de Freud podemos leer cosas similares. La saco aquí a colación para poner de relieve la forma tan particular del Sr. Profesor a la hora de leer el síntoma, como si de un mensaje críptico se tratara y hubiera que traducirlo según la materia prima que él mismo aporta, esto es, tomando su texto a la letra y prescindiendo de los posibles sentidos o simbolismos.
Estas apreciaciones, que conforman el gran pilar de las formaciones del inconsciente, están ya presentes desde los primeros trabajos psicopatológicos de Freud y presidirán todos los ulteriores desarrollos, a los que se añadirá el otro gran pilar de su edificio conceptual relativo a la psicosexualidad. Con estas dos columnas edificará una nueva psicología general que da solidez al conjunto de sus investigaciones psicopatológicas. Por tanto, a la hora de precisar la esencia de la psicología patológica elaborada por el psicoanálisis, no basta con señalar su preferencia por el más allá de la conciencia, del yo y de la personalidad. Es preciso captar en su base el determinismo inconsciente de los fenómenos descritos tradicionalmente por la psicopatología, su causalidad psíquica, sus mecanismos patogénicos específicos y la particular conformación clínica que el sujeto imprime a sus síntomas, esas creaciones híbridas en la que éste muestra tanto sus fracasos y sus dolores como sus formas de satisfacción más íntimas, excesivas y singulares112.
Según esta orientación, en efecto, es necesario tener siempre presente dos aspectos: la repercusión del lenguaje en el pathos y el compromiso irrevocable que cada quien mantiene con su malestar y su goce, cuestión ésta que concierne propiamente al ethos, es decir, a la responsabilidad subjetiva. Así las cosas, la psicopatología psicoanalítica y la clínica que de ella deriva implican una dialéctica que gira continuamente sobre dos polos: el que constituye la esencia más singular de cada sujeto y el que nos hace partícipes de estructuras clínicas universales.
A título de ejemplo ilustrativo del doble papel del lenguaje —patogénico y terapéutico— en la conformación del pathos, vale la pena recordar un fragmento clínico extraído de los Estudios sobre la histeria (1895), donde podrá apreciarse cómo ese mensaje críptico que constituye una de las caras del síntoma adquiere su forma específica de acuerdo con las leyes del lenguaje de cada sujeto. En este caso, además, se comprueba la influencia de la palabra en el funcionamiento del cuerpo, un cuerpo que habla lo que el sujeto, de alguna manera, reprime por doloroso. Cuando Freud investigó el origen de la neuralgia facial que presentaba una de sus pacientes histéricas, la señora Cecilia M., síntoma cuyo inicio se había producido inmediatamente después de que su marido le profiriera palabras ofensivas, Freud advierte: «Cuando intenté convocar la escena traumática, la enferma se vio trasladada a una época de gran susceptibilidad anímica hacia su marido; contó sobre una plática que tuvo con él, sobre una observación que él le hizo y que ella concibió como una grave afrenta (mortificación); luego, se tomó de pronto la mejilla, gritó de dolor y dijo: ‘Para mí eso fue como una bofetada’. Pero con ello tocaron a su fin el dolor y el ataque»113.
Ahora bien, si tanto Cicerón como Pinel estuvieron muy lejos siquiera de imaginar la vertiente patogénica del lenguaje, esa distancia se acorta con Freud en lo que concierne a los remedios internos de los que cada quien dispone para restañar las heridas del alma; sin embargo, las explicaciones de los dos primeros no dejan de resultarnos francamente insuficientes. Su coincidencia radica aquí en un gesto único, en una apuesta común por la confianza en el sujeto, a quien se atribuye en buena lid la capacidad de reaccionar, reorientar y recomponer el cataclismo personal. Tal es el mensaje que encierra la teoría del delirio elaborada por Freud, fiel discípulo en esta materia de su profesor de psicosis, el loco Dr. Schreber. Aunque hoy nos resulte difícil de comprender, lo cierto es que a nadie se le había ocurrido proponer que el delirio básicamente es un intento autocurativo de la psicosis. De manera que, además de esa mixtura de goce y sentido (jouis–sens)114 que ofrece cada síntoma, se aprecia en él una fuerza creativa capaz a veces de estabilizar situaciones críticas.
En efecto, la noción de enfermedad mental, en su sentido más naturalista, hurtaba al loco cualquier posibilidad interna de remedio y lo condenaba a un destino que la naturaleza había elegido para él. Pues bien, todo lo contrario leemos en el sin par ensayo sobre la paranoia que Freud publicó en 1911. Sabedor de la fuerza de sus argumentos, le escribió a Jung que dicho texto «plantea el golpe más atrevido contra la Psiquiatría»115. El paso del tiempo ha venido dándole la razón. Desde entonces los especialistas permanecen divididos en dos orientaciones contrarias e irreconciliables. A unos nos parece evidente que «[…] la formación delirante es, en realidad, el intento de restablecimiento [ist in Wirklichkeit der Heilungsversuch], la reconstrucción»116; a otros les perece inverosímil esta contundente afirmación.
A mi modo de ver, esta definición del delirio basada en su función reconstructiva —trabajo delirante— guarda un parentesco incuestionable con aquella brizna de razón inalienable presente en las concepciones nosológicas de Pinel, quien a su vez se hacía eco, siquiera de forma lejana, de los filósofos de la Antigüedad, especialmente de Cicerón cuando insistía en que los «remedios del alma se encuentran en ella misma».
Resta, por último, glosar el otro polo en el que he pretendido asentar esta reflexión: el que concierne al ethos y la responsabilidad. En verdad, no habría manera de que todos estos argumentos sobre el pathos y el lenguaje se sostuvieran si el psicoanálisis no apostara completamente por la responsabilidad subjetiva, la cual no debe ser confundida con la responsabilidad penal. Pues bien, desde sus primeros pasos como clínico, Freud no vacila a la hora de confirmar a sus pacientes esa capacidad irrevocable de decisión, sea para lo bueno o lo malo, al tiempo que se aleja de posiciones paternalistas o compasivas. No sólo la clínica psicoanalítica está entretejida indisociablemente de esta dimensión ética, sino también la propia teoría se estratifica de acuerdo a decisiones subjetivas de las que se deducen los grandes conceptos. En este sentido, J.–A. Miller, a propósito de la noción de ‘defensa’, explicó: «Ahora bien, este valor ético se introduce porque Freud busca detrás del método de defensa y su efecto de represión una decisión del sujeto. En sus primeros textos claramente imputa tras la existencia de este obstáculo una decisión del sujeto de no admitir la idea que lo molesta»117.
De este modo se engranan en el psicoanálisis todos aquellos puntos de vista tan comunes para los antiguos, como he evocado a propósito de Epicteto, Séneca, Marco Aurelio y el propio Cicerón. Uno de los más hermosos pasajes donde se aprecia la sobriedad del gesto ético de Freud se halla en la respuesta con la que acusa recibo de las quejumbrosas palabras de la joven Dora. Narra ésta al Profesor un conjunto de lamentos, reproches y reivindicaciones relativas al cariño de su padre, un antiguo paciente suyo que por entonces se hallaba complicado en tejemanejes amorosos con la Sra. K., una mujer también casada. Pues bien, las palabras que Dora recibió por respuesta la confrontaron directamente con el papel que adoptaba en el drama del que tanto se quejaba: Todo lo que acaba de contarme, todo ese embrollo en el que está metida, ¿acaso no es algo en lo que usted también ha participado? Y así era, ciertamente, pues con gran complacencia Dora facilitaba los encuentros del padre con la mencionada señora, haciéndose cargo incluso del cuidado de los hijos de ella, etc.
El tratamiento de la responsabilidad subjetiva alcanzó en Freud desarrollos inusitados si se los compara con los propuestos por otros clínicos de su tiempo, quienes a menudo la desdeñaron sin más o se ocuparon simplemente de discriminar posibles estados de inimputabilidad a causa de enfermedades mentales. Estos desarrollos están presentes de modo permanente en su reflexión y en su práctica, sin arrugarse siquiera a la hora de plantear «la elección de la neurosis» o desentrañar la responsabilidad moral en el contenido de los sueños, como hizo en su artículo homónimo de 1925. También Lacan se mostró en este terreno hondamente comprometido con la dignidad y la insobornable responsabilidad del sujeto, dejando de ello frases tan contundentes como: «De nuestra posición de sujetos somos siempre responsables. […] La posición del psicoanalista no deja escapatoria, puesto que excluye la ternura del ‘alma bella’ [hegeliana]»118; incluso refiriendo la causa de la psicosis a una «insondable decisión del ser»119.
De esta manera, tirando de los hilos de ese ovillo al que da cuerpo la articulación entre el lenguaje, el pathos y el ethos, he querido mostrar la trabazón entre Cicerón, Pinel y Freud. Alcanzando resoluciones distintas, los tres han bebido de esas fuentes de las que manan las más hondas problemáticas humanas, aquéllas que encumbraron el saber de la Antigüedad, haciendo así válido el adagio de Goethe según el cual «lo verdadero se transmite a la posteridad».
III Delirio y crimen: a propósito de la responsabilidad subjetiva120
Siempre presentes en el trasfondo de los debates psicopatológicos, las relaciones entre la patología psíquica y la responsabilidad subjetiva merecen de continuo nuestra reflexión. Sobre tal particular, como es natural, hallamos posiciones doctrinales radicales y otras más conciliadoras, como luego mostraré. Mas sea cual fuere la posición que cada clínico adopta respecto al asunto aquí en cuestión, en modo alguno debemos conformarnos con mostrar nuestra adhesión a esta o aquella doctrina, ya sea que se considere que los trastornos mentales obedecen en último extremo a movimientos, defensas o decisiones subjetivas, ya se achaque el malestar directamente al organismo alterado, a la familia patógena o a esta sociedad insana. En la medida en que la clínica está íntimamente comprometida con la ética y que nuestra idea del pathos no puede separarse de nuestra concepción de la cura, es del todo lícito que nosotros, los clínicos, seamos capaces de fundamentar con cierta coherencia la naturaleza de esa trabazón entre responsabilidad subjetiva y alteración psíquica.
Pese a su dificultad, está en mi ánimo terciar sobre esta cuestión, cuando menos para introducir algunos elementos que favorezcan una reflexión cabal. Y lo haré tomando como referencia primera la clínica en su estado más puro, es decir, en esa simplicidad que consiste en interrogarse permanentemente por la implicación del sujeto en el malestar del que se queja o que, según nos dice, le hace padecer. Para ello trataré inicialmente de desbrozar la noción de responsabilidad, considerando asimismo de forma sucinta aquellas otras —determinismo, libertad y culpabilidad— que guardan con ella ciertas relaciones de vecindad. Una vez sean expuestos estos aspectos semánticos, intentaré mostrarles hasta qué punto este debate está implícito en los grandes conceptos propuestos por la psicopatología a lo largo de los dos últimos siglos, especialmente en lo tocante a la extensión de la ideología de las «enfermedades mentales» tras imponerse a otras visiones previas, como las de «alienación mental» y locura. A partir de estas consideraciones entraré de lleno en la materia que aquí nos convoca, esto es, la responsabilidad subjetiva en sus relaciones con el delirio y el crimen, valiéndome para ello de la enseñanza de dos insignes delirantes: Aimée y E. Wagner.
La noción de responsabilidad y sus implicaciones
El uso coloquial del término ‘responsabilidad’ acostumbra a definirlo como la obligación de responder ante alguien o ante uno mismo de algo que se ha hecho o dicho. Así es recogido en los diccionarios, donde se precisa su campo semántico y se enfatizan determinadas dimensiones que dan perfecta cuenta de su esencia. A este respecto, evocaré dos definiciones: la que se nos propone en el Littré (1994) y la que recoge nuestro DRAE (1997). En la entrada responsabilité el diccionario francés señala: «obligación de responder de ciertos actos, de ser su garante»; por su parte, el DRAE precisa en la entrada ‘responsable’: «dícese de la persona que pone cuidado y atención en lo que hace o decide». Estas calificaciones perfilan un ámbito semántico según el cual un sujeto responsable es aquel que está capacitado para responder o para rendir cuentas de sus decisiones y sus elecciones, de sus actos y sus dichos, advirtiéndose además del cuidado que éste pone a la hora de decidir. Naturalmente, esa capacidad de responder se asienta en la potestad de decidir sobre los actos y dichos, de los cuales, en último extremo, nosotros somos el único dueño.
Como podrá suponerse —y así lo enfatiza el Prof. Manuel Cruz, aquí presente, en su monografía Hacerse cargo. Sobre responsabilidad e identidad personal (1999)—, la imputación de responsabilidad lleva implícita la obligación de reparar, de manera que si elimináramos dicha imputación suprimiríamos también toda salutífera posibilidad de reparar, incluso de ser castigado. Como más tarde mostraré a propósito de Aimée y de Wagner, esta consideración adquiere un valor absoluto en la clínica mental. Baste por el momento la evocación del filósofo Louis Althusser, quien, tras haber sido declarado inimputable por locura del asesinato de su esposa Hélène, no encontró otra vía para romper el inhumano ostracismo en el que se precipitó que redactar su libro de memorias El porvenir es largo, un particular alegato sobre la responsabilidad y la inexcusable necesidad de reparar su acto, loco o no. En estas memorias, Althusser denunció «los efectos equívocos del mandamiento de no ha lugar del que me he beneficiado, sin poder ni de hecho ni de derecho oponerme a su procedimiento. Porque es bajo la losa sepulcral del no ha lugar, del silencio y de la muerte pública bajo la que me he visto obligado a sobrevivir y a aprender a vivir». En modo alguno es éste un alegato inusual, y mucho menos lo es cuando se trata de sujetos psicóticos, a quienes con frecuencia se les priva de la responsabilidad de sus actos y con ello de su correspondiente castigo y reparación.
En el terreno de la filosofía se ha discutido y discute a propósito del fundamento último de la responsabilidad. A menudo suele vincularse ésta con la libertad y la capacidad de elección, entendiendo con ello que el ser libre es aquel que goza de disponibilidad para la acción pero también para cumplir con ciertos deberes. A este respecto, algunos argumentan que ésta se basa en la libertad de la voluntad, mientras otros defienden que la responsabilidad personal se asienta en la «libertad radical del hombre», esencia última de la responsabilidad. También J.–P. Sartre ha reflexionado sobre la libertad y la responsabilidad, concluyendo que el hombre no solamente es libre y responsable sino que está condenado a serlo. Estas apreciaciones fueron desarrolladas en su obra El Ser y la Nada (1943), donde escribió: «Angustia, abandono, responsabilidad, ora en sordina, ora en plena fuerza, constituyen, en efecto, la cualidad de nuestra conciencia en tanto que ésta es pura y simple libertad». En este ensayo, bajo la rúbrica «mala fe», el filósofo denuncia ese canto a la irresponsabilidad consistente en echar la culpa a cualquier cosa que esté fuera del domino subjetivo.
Mas al seguir desarrollando estas consideraciones sobre la libertad —especialmente en su dimensión de posibilidad de elección—, pronto nos topamos con un nuevo problema: el del marco y la extensión que debe conferirse a la libre elección, total según algunos y parcial en opinión de otros. Sin ánimo de presentarles una revisión exhaustiva, que por lo demás agotaría el tiempo de esta intervención, conviene recordar el sencillo planteamiento con el que Séneca recoge la posición estoica: el hombre libre es aquel que se atiene únicamente «a las cosas que están en nosotros»; «lo que depende de nosotros y lo que no depende de nosotros», según la expresión de Epicteto. Pero más explícito y contundente es aun el formulado por el Emperador Marco Aurelio, quien en sus Meditaciones (XI, 36), recordando a Epicteto, escribió: «Nadie puede robar el libre albedrío».
Sabido es que con el cristianismo y la escolástica, el liberum arbitrium fue paulatinamente desplazándose hacia una elección trascendente; según este parecer no valdría, por tanto, cualquier elección, pues pudiera ésta ser errónea: el hombre debe elegir el bien, y ello sólo será posible con la ayuda de Dios.
Distinta es, a este respecto, la propuesta de Kant elaborada a partir de la oposición entre un reino de los fenómenos y un reino del noúmeno; según el filósofo de Königsberg habría en el primero, el reino de la Naturaleza, un completo determinismo en el cual resultaría imposible hablar de libertad, mientras que ésta se asentaría en el segundo, el reino moral, entendiendo de este modo que la libertad es un postulado de la moralidad. Se plantea así, abiertamente, una problemática muy debatida a lo largo de los dos siglos pasados, encrucijada que atañe a la supuesta oposición entre determinismo y libertad, y por extensión al determinismo y la responsabilidad.
Tal como recoge J. Ferrater Mora en su Diccionario de Filosofía (1994), el determinismo, en su acepción general, «sostiene que todo lo que ha habido, hay y habrá, y todo lo que ha sucedido, sucede y sucederá, está de antemano fijado, condicionado y establecido, no pudiendo haber ni suceder más que lo que está de antemano fijado, condicionado y establecido». Una definición de estas características hermana, en efecto, el determinismo con el mecanicismo, cuyas posiciones más radicales abogan en favor de un determinismo generalizado, tanto el que afecta a los fenómenos naturales como a las acciones humanas. Como puede suponerse, una tal perspectiva se opone frontalmente a cualquier tipo de responsabilidad subjetiva, negando toda posibilidad de libre albedrío o capacidad de elección. De manera que el mecanicismo y el determinismo, en sus versiones extremadas, representan una posición abiertamente contraria a aquellas corrientes de pensamiento que he evocado antes, en especial a las defendidas por Marco Aurelio o Sartre.
Como les decía al principio de la conferencia, junto con las nociones de libertad y determinismo, la de culpabilidad contiene, asimismo, ciertas relaciones de vecindad con la responsabilidad, relaciones que conviene matizar. Ciertamente, pareciera que sentirse culpable de algo implicaría de por sí la asunción de responsabilidad, el hacerse cargo de eso a lo que apunta la culpabilidad. Sin embargo, como advierte Fernando Colina en El saber delirante (2001): «La mucha culpa favorece el capricho y la impunidad. Pues la culpa ocupa preferentemente un mundo de interioridades e ideas, mientras que la responsabilidad atañe a la acción». Estas palabras subrayan un hecho incuestionable para los clínicos, ya que resulta habitual observar la tendencia del sujeto culpable a permanecer de brazos cruzados, prefiriendo la mortificación a la reparación, volviendo incluso el sentimiento de culpa contra sí en la forma de autocastigo, autodesprecio y autorreproche, o también en la modalidad descrita por Freud en 1916 del «delincuente por sentimiento de culpabilidad», aquél que busca ser castigado mediante la comisión de un delito para dar algún tipo de salida a la culpa que lo atormenta. De manera que es necesario distinguir entre esa forma pasiva de gozar mortificándose y esa acción más saludable que entraña la responsabilidad, pues ésta implica un hacerse cargo destinado a la reparación y al cuidado que es menester poner a la hora de elegir. En este sentido, la experiencia analítica consiste en buena medida en desbancar a ese sujeto de su posición inicial (el sujeto acomodado en la culpabilidad) a fin de situarlo como sujeto responsable.
Sin los estragos del autorreproche y la búsqueda de castigo, la posición victimista coincide con la del culpable en tanto que ninguna de las dos presenta una salida responsable, esto es, ninguna acción o elaboración tendente al cambio. Muy comunes en los días que corren, el victimismo y el infantilismo han sido glosados desde una perspectiva filosófica y sociológica por Pascal Bruckner en su libro La tentación de la inocencia (1995), donde describe estas dos «patologías de la modernidad» en los siguientes términos: «Llamo inocencia a esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes. Se expande en dos direcciones, el infantilismo y la victimización, dos maneras de huir de la dificultad de ser, dos estrategias de la irresponsabilidad bienaventurada. En la primera, hay que comprender la inocencia como parodia de la despreocupación y de la ignorancia de los años de juventud; culmina en la figura del inmaduro perpetuo. En la segunda, es sinónimo de angelismo, significa la falta de culpabilidad, la incapacidad de cometer el mal y se encarna en la figura del mártir autoproclamado».
Seguramente Nietzsche —«compadecer equivale a despreciar», escribió en Aurora (1881)— hubiera juzgado estas dos modalidades de irresponsabilidad como dos efectos del cristianismo, tan proclive a la conmiseración y la compasión, las cuales, merced a la mal entendida comprensión, favorecen en última instancia la falta de límites y a la flaqueza de la ley. Pues, en su opinión, el cristianismo, por tener tan a gala la compasión, supone la exaltación del réprobo, la divinización de la víctima y el encumbramiento de la «moral del esclavo». En tal sentido dejó dicho en La voluntad de poder, obra póstuma: «Los hombres han sido considerados como libres para ser juzgados y condenados, para poder ser culpables».
Según mi consideración, la responsabilidad —uno de los nombres de la subjetividad— se ve también actualmente degradada por un sospechoso afán de comprensión, que lleva en última instancia a justificar lo injustificable. De esta forma podemos leer, incluso en textos especializados, la atribución de la criminalidad a la infancia desgraciada, tras lo cual se nos presenta una sarta de razones para disculpar al desdichado delincuente. Naturalmente que hay infancias muy traumáticas y complejas, destinos francamente ominosos, pero apostando por una justificación de esta índole se consigue, finalmente, que el más perjudicado sea el propio sujeto, a quien se priva así de cualquier posibilidad de rectificación al negársele la implicación en sus actos.
Una situación tal es favorecida actualmente por ciertas etiquetas diagnósticas y por el uso espurio que se hace de ellas. Los ejemplos que podrían citarse son numerosos, aunque bastará mencionar el de la muy en boga «ludopatía», categoría taxonómica en la que se transforma al jugador en un enfermo y a sus actos en el producto de su enfermedad, razón por la cual no es extraño que el tal «enfermo» —tras haber dilapidado sus bienes y arruinado a su familia— reivindique sus derechos solicitando algún tipo de beneficio o pensión al Estado. Por este camino llegaríamos a paradojas tan impactantes como las evocadas por Enzensberger (Perspectivas de guerra civil, 1994), una de las cuales les recordaré a continuación. Caricaturiza este autor la exculpación del criminal transvasando la responsabilidad a su infancia desgraciada, al alcoholismo o flaqueza del padre, al autoritarismo o anti–autoritarismo de sus profesores, a la sociedad de consumo, a los medios audiovisuales, etcétera. No sin cierta ironía, Enzensberger remata sus reflexiones planteando si los criminales de guerra serían hoy en día considerados víctimas desamparadas «merecedoras de ayuda adecuada en forma de tratamiento psicoterapéutico a cargo de la Seguridad Social».
Responsabilidad y psicopatología
La historia de la psicopatología de los dos últimos siglos puede ser analizada, en su conjunto, desde la perspectiva de la responsabilidad subjetiva y del tratamiento que los clínicos le han dado. De todos es conocida la función social inserta en la medicina alienista y en la psiquiatría que de ella derivó. En la época de Pinel y Esquirol, esto es, a principios de siglo XIX, la medicina alienista se vio compelida a pronunciarse sobre la responsabilidad penal de algunos «monstruos» criminales. Desde entonces, la colaboración entre el psiquiatra —ahora también el psicólogo clínico— y el legislador se ha estrechado de tal manera que nuestras comparecencias en los Tribunales forman parte de nuestro quehacer cotidiano.
Tal como desarrollé en el libro La invención de las enfermedades mentales, el epicentro de esta confluencia se situó inicialmente en la noción de «monomanía», sobre todo en la llamada por Esquirol «monomanía homicida», fuente de encendidas polémicas como muestra la literatura de la época. Considerada en principio por Esquirol como el resultado de un delirio, por más que fuera éste muy fugaz, a partir de 1808 la concibió como una «monomanía sin delirio», advirtiendo en su Tratado completo de las enajenaciones mentales (1838): «En otros casos el monomaniaco homicida no presenta alteración alguna apreciable de la inteligencia o de las afecciones. Es arrastrado entonces por un instinto ciego, por una cosa indefinible que le empuja al asesinato». Estas y otras consideraciones fueron esgrimidas por este autor en el célebre proceso de Henriette Cornier, una mujer que había degollado a sangre fría a la hija de sus patronos. Según el parecer de Esquirol, y también el de Georget, Henriette Cornier debía ser considerada irresponsable de su crimen por estar afectada de una monomanía homicida y por haber dado muerte a la joven en un estado de locura, pese a que en todo lo ajeno a ese acto razonaba perfectamente. Argumentaba Esquirol que los monómanos homicidas —a diferencia de otros asesinos—no premeditaban su crimen ni elegían a sus víctimas, sino que se veían arrastrados por una fuerza incontrolable. Según este autor, ahí radicaba precisamente el fundamento de su irresponsabilidad.
El proceso de Henriette Cornier no fue, evidentemente, el único en su género; muy conocido es también el de Pierre Rivière, a quien Michel Foucault dedicó un estudio. De manera que, teniendo como telón de fondo los debates sobre la existencia o no de las monomanías o locuras parciales —ancestros nosológicos de la paranoia—, los alienistas comenzaron a frecuentar los Palacios de Justicia, a menudo reclamados por los jueces, quienes buscaban en las opiniones de los expertos en psicopatología un alivio de la siempre ingrata decisión respecto a la responsabilidad o no de la comisión de un acto criminal. Fue en este punto de intersección, como advertía anteriormente, donde se hermanaron los intereses comunes de la medicina mental y el orden social, a resultas de lo cual la clínica psiquiátrica se vio abocada a diagnosticar, prevenir y remediar el malestar social y sus desórdenes.
Estos aspectos históricos de la psiquiatría han sido especialmente bien estudiados por el profesor Rafael Huertas, quien ha tenido a bien acompañarnos en estas Jornadas. En la misma línea cabe incluir el estudio de Fernando Álvarez–Uría Miserables y locos. Medicina mental y orden social en la España del siglo XIX (1983), donde escribió: «La declaración de locura para estos criminales liberaba a la justicia, y a sus finos y precisos mecanismos de represión, de un desgaste inútil. […] El criminal, el criminal a secas, iba ahora a ser estudiado en sus actos, sus pensamientos, su constitución, etcétera, para desentrañar si se trataba de un sujeto normal o de un irresponsable manicomiable».
Dos son las consecuencias indelebles que han surgido a raíz de estos debates sobre la responsabilidad o la irresponsabilidad, la culpabilidad o la inocencia. Supuso la primera una ruptura con la concepción clásica de la locura y una paulatina transformación del insensato clásico en el alienado moderno, quien a su vez —en el marco de la nueva concepción médica impulsada por Jean–Pierre Falret y ampliamente desarrollada por Kraepelin— habría de convertirse en el «enfermo mental» tal como hoy lo conocemos. La segunda consecuencia —y sigo en esto a Jacques Postel en su artículo «La monomanie homicide d’Esquirol: une maladie sans symptôme?»— implicó la transformación del alienista en experto médico–psiquiatra y la consideración de la psiquiatría como una especialidad médica mayor.
La conversión de la locura en las enfermedades mentales, tarea ésta que ocupó a los clínicos cerca de ocho décadas, prácticamente hasta 1930, supuso un cambio radical en el estatuto del sujeto alienado. Ciertamente, Pinel consideraba al alienado una mezcla de enfermo y loco, es decir, un ser sumido en una sinrazón enferma pero en el que persiste aún una brizna de discernimiento. Precisamente por conservar en su enfermedad un resto de razón indestructible era posible dispensarle un tratamiento —«tratamiento moral» lo llamaba—, el cual iba dirigido a ese núcleo inalienable a fin de rescatar al trastornado de su locura. Más claras que mis palabras son, a este respecto, las que Hegel dedicó a Pinel en su Enciclopedia de las ciencias filosóficas (1817): «El verdadero tratamiento anímico debe atenerse en consecuencia a esta concepción de que la locura no constituye una pérdida abstracta de la razón ni por parte de la inteligencia, ni por parte de la voluntad y de la responsabilidad, sino un simple desvarío del espíritu, una contradicción de lo que aún restase de razón […]». Pues bien, únicamente si tenemos en cuenta este aspecto, el que atañe a la responsabilidad subjetiva, podremos juzgar adecuadamente los efectos sobre la práctica clínica y la terapéutica que ha ocasionado la desaparición del alienado y la creación del enfermo.
Para ilustrarles este cambio de mentalidad sobrevenido a mitad del siglo XIX evocaré, brevemente, la descripción realizada por Valentin Magnan del «delirio crónico de evolución sistemática», considerado por este autor como una especie patológica natural claramente definida y metodológicamente regular en su evolución, la cual se desarrolla a lo largo de cuatro fases características, sucesivas e inexorables. En dichas fases el enfermo se presenta sucesivamente bajo cuatro aspectos sintomáticos bien distintos: está al principio inquieto, se siente más tarde perseguido, luego se muestra megalómano y al final se precipita en la demencia; así planteado, este tipo de delirio constituiría el paradigma de la enfermedad mental, cuya esencia nosológica se apoya en criterios clínico–evolutivos. Pese a que la descripción de Magnan, matizada después en colaboración con su alumno Paul Sérieux, trata de explicar incluso las formas predeterminadas de transición de una a otra fase, su «delirio crónico» se topó con un escollo insuperable a la hora de ser asumido por el resto de sus colegas: no había forma de encontrar un sujeto delirante que se amoldara a esa nueva enfermedad natural. De manera que, para abreviar, «el delirio crónico de evolución sistemática», antes que constituir la enfermedad mental por excelencia, muestra de forma clara el anhelo de la psicopatología psiquiátrica de convertir la patología mental en enfermedades del organismo, lo que implica a su vez convertir al trastornado en una marioneta cuyos movimientos ya están fijados por los designios de la naturaleza. Lamentablemente, la implantación y la posterior generalización de la ideología de las «enfermedades mentales» han contribuido en buena medida a la irresponsabilización del loco, cuyas consecuencias afectan de manera directa a la terapéutica en la medida en que implican una desconfianza en las capacidades subjetivas para salir de la locura, a menudo mediante el trabajo delirante.
Retomando ahora algunos términos anteriormente empleados, la concepción de Magnan se enmarca entre aquellas que han creído poder explicar el pathos subjetivo desde una perspectiva estrictamente determinista, en este caso referida a la herencia, tan de moda en estos últimos años. Magnan participó de la teoría de la degeneración moreliana, la cual él mismo definió en sus Lecciones clínicas (1893) en los siguientes términos: «Conocen ustedes, Señores, la doctrina de Morel. Para él, el hecho general radica en la transmisión de las afecciones mentales por agravamiento progresivo de la enfermedad en los descendientes. De este modo, advirtiéndose ya en los ascendientes por la exageración del temperamento nervioso, engendran a histéricos, epilépticos, hipocondriacos (a sujetos afectados de grandes neurosis). Éstos, los histéricos, los epilépticos, los hipocondriacos, procrearán alienados, y estos últimos tendrán como descendientes a imbéciles, idiotas, los cuales, en último análisis (natura medicatrix), son castigados con la esterilidad. Tal es la concepción original y verdadera, así debe reconocerse en muchos casos, que ha permitido a Morel establecer sus alienaciones o locuras hereditarias». Aunque Magnan introdujo ciertos matices en el degeneracionismo, colaboró en su desarrollo y contribuyó a extenderlo de manera decisiva. Pero si traigo a colación el «delirio crónico» es para mostrarles hasta qué punto su concepción es abiertamente determinista y excluye por completo la subjetividad, máxime cuando este tipo de delirio —esta auténtica entidad nosológica, según su opinión— no fue incluido por él entre los delirios de los degenerados, es decir, los delirios causados directamente por la herencia.
También se ha achacado al psicoanálisis un determinismo completo, pero de índole contraria. Aunque merecería un tratamiento más detenido, una afirmación tal requiere ser respondida y precisada, para lo cual me valdré de dos pasajes de la obra de Freud: el «caso Dora» y un artículo de 1925 titulado «La responsabilidad moral por el contenido de los sueños». La mayoría de ustedes conoce el análisis de Dora, una joven histérica, bastante díscola, que fue llevada por su padre a la consulta del Dr. Freud a regañadientes. Sentada frente al Señor Profesor, Dora expuso una reivindicación extremadamente vívida relativa al cariño de su padre, quien tenía por amante a la Sra. K., razón por la cual la había dejado un tanto de lado. Dora estaba perfectamente al corriente de las correrías de los amantes, y ya no podía soportar más esa situación. Tras escuchar el relato de la joven quejumbrosa y reivindicativa, Freud le contestó interpelándola sobre su responsabilidad en los hechos que acababa de referirle: todo lo que acaba de contarme, todo ese embrollo en el que está metida, ¿acaso no es algo en lo que usted también ha participado? Y lo era, en efecto, pues, a sabiendas de la relación que se traían, la joven facilitaba las citas del padre con la mencionada señora y se hacía cargo del cuidado de los hijos mientras ella estaba ausente.
Se aprecia aquí, con claridad meridiana, la posición de Freud, quien, antes que compadecerla o ponerse en su lugar comprensivamente, apela a su participación en ese desorden del mundo del que viene a quejarse y que tanto le hace sufrir. Tal es, como les decía al principio, la clínica en su estado más puro, el que conviene siempre preservar.
Quienes creen que el psicoanálisis plantea un completo determinismo, por ejemplo atribuyendo al inconsciente la responsabilidad última de los hechos de la vida del alma, deberían de leer el breve texto freudiano que se interroga sobre la responsabilidad del soñante en el contenido de sus sueños, consideración que es menester hacer extensiva también a aquellos sueños de contenido inmoral o escabroso. Freud lo dice muy claro: «Desde luego, es preciso asumir la responsabilidad de los impulsos oníricos malvados. ¿Qué otra cosa podría hacerse con ellos? Si el contenido onírico —correctamente comprendido—no ha sido inspirado por espíritus extraños, entonces no puede ser sino una parte de mi propio ser. […] y si, defendiéndome, digo que cuanto en mí es desconocido, inconsciente y reprimido no pertenece a mi Yo, entonces me coloco fuera del terreno psicoanalítico […]».
Así planteadas las cosas, el psicoanálisis muestra una particular articulación entre un determinismo inconsciente y la responsabilidad subjetiva, pues, en efecto, las determinaciones existen y es necesario conocerlas mediante el análisis, pero el sujeto es finalmente responsable de decidir y de saber qué hacer con ellas. En esta perspectiva cabe entender la noción de ‘libertad’ según el psicoanálisis: no se trata de una libertad que está dada de entrada, una libertad ontológicamente inmanente, sino de una conquista a realizar. De este modo, la obra de Freud y la de Lacan —especialmente en todo aquello que el psicoanalista parisino habría de desarrollar a partir de «Acerca de la causalidad psíquica»— se enmarcan sobre este particular en la tradición desarrollada por la Ética de Spinoza y la Fenomenología del espíritu de Hegel.
Doy por seguro que muchos de los aquí presentes convendrán en que estas apreciaciones son por completo aplicables a los sujetos neuróticos y también a los más normales, si los hubiere. Pero seguro también que habrá algunos a quienes repugnará trasladar tales argumentos a los psicóticos, en especial cuando su locura está muy activa. Todos conocemos casos concretos de locos que parecen puntualmente animados por fuerzas irrefrenables o por un «instinto ciego» —como rezaba la cuestionable expresión de Esquirol—, en especial cuando están sometidos a alucinaciones imperativas del tipo «Mátala» o «Despedázate», ámbito este último que el profesor François Sauvagnat ha estudiado en profundidad. Aun teniendo presentes estos hechos en los que la responsabilidad subjetiva parece diluirse, ciertamente, la perspectiva analítica la sigue defendiendo y apostando por ella. Dejando al margen los casos de enfermedades orgánicas que repercuten directamente sobre el psiquismo, cabe suponer, en última instancia, que el sujeto siempre podrá decidir o elegir entre un sí y un no.
Desde esta perspectiva puede entenderse la taxativa afirmación de Lacan en su Seminario de 1965–1966 El objeto del psicoanálisis, también recogida en el escrito «La ciencia y la verdad»: «Desde nuestra posición de sujetos somos siempre responsables. […] La posición del psicoanalista no deja escapatoria, puesto que excluye la ternura del ‘alma bella’ [hegeliana]». Tal consideración se extiende asimismo a la locura y al crimen, aspectos más desarrollados en su conferencia «Introducción a las funciones del psicoanálisis en criminología» (1950), realizada en colaboración con Michel Cénac, donde Lacan planteó que «el psicoanálisis reivindica la autonomía de una experiencia irreductiblemente subjetiva». Según mi consideración, estas apreciaciones estaban ya implícitas en ese grano de razón, ese núcleo inalienable, que otrora proponía la noción de «alienación mental».
Pero tras la exposición de los argumentos defendidos por doctrinas contrarias, conviene conocer qué dicen los propios delirantes que además han cometido algún tipo de crimen.
Relaciones entre el delirio y el crimen
Las relaciones que se observan entre el delirio y el crimen son, sin duda, más amplias que las dos que me propongo exponer, aunque considero que ambas resultan las más habituales. Mas sean cuales fueren tales relaciones, es necesario entender que es el sujeto psicótico quien las gestiona y articula, y no la evolución natural de determinado tipo de enfermedad. Se trata, en primer lugar, de aquellos sujetos cuyo delirio les encamina hacia un acto criminal; en segundo lugar, de aquellos otros psicóticos que, de resultas de una insuficiente constitución del delirio, rematan con un paso al acto sangriento. Como les anuncié al inicio de mi conferencia, me valdré para ilustrar estas variantes de dos insignes delirantes: en el primer supuesto evocaré a Aimée, la protagonista de la tesis doctoral de Lacan, y en el segundo a Wagner, el paranoico y asesino estudiado por Robert Gaupp. Les advierto que espigaré de ambos casos únicamente los elementos que faciliten mi exposición, sin entrar en demasiados detalles sobre la trama de su locura, asunto éste sobre el que me he prodigado en otras ocasiones.
Situémonos ahora en París, concretamente en el teatro Saint–George, en la primavera de 1931. Aimée, una mujer de treinta y ocho años, separada y madre de un hijo, está a punto acuchillar a una célebre actriz, la Sra. Huguette ex–Duclos, su perseguidora. Con un rápido movimiento de su mano, la actriz logró salvar la vida agarrando la hoja de la navaja que blandía esa mujer desencajada y encendida por la cólera. Inmediatamente se le echaron encima algunos de los asistentes que se arremolinaban en las puertas del teatro; la redujeron y la entregaron a la policía. En ese momento, Aimée llevaba ya diez años maquinando un delirio paranoico: persecutorio en su inicio («se quiere matar a mi hijo», esa era su certeza delirante), había derivado después hacia la megalomanía (convertirse en una famosa escritora), adquiriendo al final un cariz erotomaniaco en referencia al Príncipe de Gales. La agresora, por tanto, era una mujer curtida en el delirio.
La policía condujo a Aimée a la Enfermería Especial, un pequeño establecimiento psiquiátrico sito en l’île de la Cité, en pleno centro de París, en el que reinaba el sin par Dr. de Clérambault. Apenas una semana después de los hechos y diagnosticada de delirio de persecución, se la trasladó a la cárcel de Saint–Lazare, donde permaneció dos meses antes de ser ingresada en el manicomio de Sainte–Anne. Cuando Lacan la visitó allí se encontró, para su sorpresa, con que la mujer ya no deliraba: estaba triste y lloraba, pero su delirio se había derrumbado. Entre sollozos, Aimée se preguntaba «¿Cómo he podido hacer eso?».
El paso al acto se había producido en el momento en el que su Otro benefactor, el Príncipe de Gales, había rechazado sus escritos. Frustrada su expectativa de erigirse en célebre novelista, la maldad del Otro terminó por dominar todo su mundo. En medio de esa coyuntura, Aimée no encontró otra salida que deshacerse de su admirada, famosa y rica perseguidora.
Aun con tan escasas pinceladas del caso, puede colegirse que el trabajo de elaboración de un delirio encaminó a Aimée a un callejón sin salida, culminando su locura delirante con el paso al acto, esto es, con el intento de dar muerte a la mujer que encarnaba su ideal. Por eso Lacan interpretó que se trataba de una forma de autocastigo, dando así nombre a una nueva entidad nosográfica, la «paranoia de autocastigo».
De especial importancia para esclarecer la materia de la que aquí tratamos resulta saber por qué se estabilizó Aimée, es decir, a qué obedeció la caída del delirio. Sobre este particular, Lacan elaboró la siguiente explicación: al agredir a la actriz, o sea, a su ideal, Aimée se agredió a sí misma (autopunición); la remisión del delirio se produjo cuando ella entendió, precisamente, que con su acto se había atacado a sí misma, que se había apuñalado al arremeter contra sus propios ideales, y desde ese momento la satisfacción de su «obsesión pasional» dejó de tener sentido y el delirio, al perder su función compensatoria, desapareció.
Al hilo de los hechos ampliamente documentados por Lacan en su tesis y considerando la función que ese delirio tenía para Aimée, se nos revela que la sanción legal fue el determinante mayor para que esta mujer paranoica entendiera que en su acto criminal lo que estaba en juego era su propio autocastigo. Ciertamente, sin el ingreso en prisión con que se sancionó su responsabilidad en el acto, no habría cabido esperar el desmoronamiento del delirio. De manera que la asunción de la responsabilidad subjetiva mediante la imputación legal y el consecuente castigo —responsabilidad y castigo son términos que van de la mano—le procuraron una estabilización bastante definitiva, por lo que sabemos de sus posteriores avatares personales. A modo de síntesis, les recuerdo el comentario que el propio Lacan expuso en una de sus conferencias en la Universidad de Yale, en 1975: «Me permití a mí mismo ser coherente y pensé que una persona que sabía siempre tan bien lo que hacía, también sabía además adónde la llevaría eso; y es un hecho que su estancia en la cárcel la calmó. De un día para otro desaparecieron las que habían sido hasta entonces sus rigurosas elucubraciones. Me permití —tan psicótico como mi paciente— tomarme eso en serio y pensar que si la cárcel la había calmado, ahí estaba lo que ella había buscado realmente. Y por tanto le di a eso un nombre más bien raro y curioso: lo llamé ‘paranoia de autocastigo’».
Si en este caso el delirio parece encaminarse hacia una salida que entraña el paso al acto, en el «caso Wagner» la articulación entre delirio y crimen me parece mostrar una lógica contraria. Así que dejamos París y nos trasladamos al sur de Alemania, a los alrededores de Stuttgart. Corría el año 1913 cuando el maestro titular de escuela Ernst Wagner, de treinta y nueve años, asesinó a sangre fría a su mujer y a sus cuatro hijos.
Pero la cosa no quedó ahí, pues estos crímenes fueron tan sólo el primer acto de su mortífero plan para exterminar de la faz de la tierra a la «estirpe degenerada de los Wagner» («todos los Wagner deben morir», había dejado escrito este «ángel exterminador», como a sí mismo se definió). Antes de abandonar la casa familiar de Degerloch, cubrió con mantas los cadáveres de su esposa e hijos, se vistió con ropas oscuras y se pertrechó con unos garfios de hierro comprados para la ocasión, sus tres armas de fuego y abundante munición. A continuación, montó en su bicicleta recién reparada para el acontecimiento y pedaleó hasta Stuttgart, primera parada de su ominoso viaje en dirección a Mühlhausen, aldea a la que llegó a la hora prevista, tal y como venía planificando desde hacía casi cinco años. Tras haber inspeccionado aquel terreno sobradamente conocido, pues había ejercido su profesión allí algunos años antes, se libró a la ejecución de la segunda parte de su plan. Cubrió su rostro con un velo negro y procedió a incendiar algunos graneros con ánimo de sembrar el pánico entre los lugareños. Éstos, que corrían despavoridos a sofocar los incendios y a rescatar el ganado, se convirtieron en presas fáciles para las balas de los dos máuser del enlutado exterminador. Vació las recámaras, pero ni en el frenesí de su locura criminal dirigió sus disparos contra mujeres y niños, sólo contra varones adultos, tal como le indicaba el axioma de su certeza. Agotada la munición, algunos intrépidos lograron reducirlo. En el suelo, malherido, sin conocimiento y con la mano izquierda destrozada, yacía el pirómano y asesino sin que ninguno de los paisanos reconociera aún ese rostro bien familiar. Seguramente el que lo dieran por muerto le libró de ser allí mismo ajusticiado.
Advertida la policía de los hechos, se personó en el lugar un comandante, quien decidió el traslado del yaciente al puesto sanitario más próximo. Allí, una vez recobrada la consciencia, Wagner dejó claro que no hablaría hasta que fuera conducido a Vaihingen, sede del Juzgado de Primera Instancia más próximo. De inmediato informó de que la madrugada anterior había pasado a cuchillo a su propia familia y que, dado que no había podido suicidarse, le parecía legítimo que lo decapitasen.
El profesor Robert Gaupp, experto en la paranoia, fue llamado para informar a los Tribunales del estado mental del asesino, pirómano y dramaturgo Ernst Wagner. Gaupp se percató en seguida de que Wagner no estaba en sus cabales. Mediante el interrogatorio averiguó que ese hombre de mirada inquietante era un paranoico cuya locura se remontaba a 1901, a raíz de los tormentos autorreferenciales suscitados por unas más que probables prácticas de bestialismo («Ich bin Sodimit» [«Soy zoófilo»] era la fórmula con la que él mismo indicó el corazón de su certeza psicótica). «Basta que hablen dos para que estén hablando de mí», había escrito este soberbio y vengativo maestro rural en los cuadernos que componen su Autobiografía, dejando así constancia de esa asfixiante atmósfera mental dominada por las alusiones que experimentaba de continuo y por doquier.
Conforme a la interpretación trabada por Gaupp de la paranoia de Wagner, el delirio habría comenzado bastantes años antes de que se produjera el paso al acto criminal. En este punto discrepo del profesor Gaupp y considero que es necesario distinguir entre el axioma o certeza delirante y el auténtico «trabajo de formación del delirio», el Wahnbildungsarbeit, por emplear el mismo término que Freud usara en referencia a la locura delirante de Paul Schreber. De la certeza «Soy zoófilo» derivan tanto «los Wagner es una estirpe degenerada» como la ansiada venganza sobre los murmuradores de Mühlhausen, razón por la cual unos y otros debían ser exterminados. A mi manera de ver, tras la cristalización de la certeza delirante, la propia verdad sobre la pulsión es experimentada por Wagner en forma de autorreferencias: aquello que no ha podido ser triturado mediante la simbolización se le presentaba a este sujeto en las alusiones y habladurías de sus convecinos varones, conforme a la lógica de la Verwerfung que explicitaron tanto Freud como Lacan.
De acuerdo con lo expresado en su Autobiografía, Wagner sólo encontró dos salidas al tormento autorreferencial: suicidarse o borrar de la faz de la tierra a su linaje y a los lugareños del pueblo en el que comenzó a frecuentar los establos después de echarse unas cuantas jarras de cerveza al coleto. Dada su «cobardía» para darse muerte —él mismo lo reconoció—, comenzó a sistematizar, a planificar minuciosamente la segunda opción, tras la cual, eso sí, se suicidaría. Mientras se dedicó a maquinar todos y cada uno de los detalles de su sangrienta venganza, consiguió posponer su ejecución, seguramente porque logró concentrar su goce en la concienzuda planificación y en la redacción de su Autobiografía. Una vez que puso el punto y final, con una frialdad estremecedora realizó el sangriento acto al que calificó como «la obra de mi vida». Pero, insisto, según mi opinión no cabe calificar de «formación delirante sistemática» (systematische Wahnbildung) —como propuso Gaupp— todo ese proceso previo al paso al acto; más bien, forzando mucho los términos, parece más oportuno considerarlo una sistematización del acto criminal, experiencia en la cual el síntoma esencial de su paranoia consistió en la krankhafte Eigenbeziehung (autorreferencia enfermiza), según la terminología de Neisser. De manera que, si no entiendo mal, el paso al acto se produjo en este caso por una falta o inconsistencia del trabajo delirante y no como una consecuencia de éste. Si afirmo esto es por todo cuanto después sucedió, amén de por el hecho harto conocido de la posposición o derivación asintótica que procuran muchas sistematizaciones delirantes bien trabajadas.
Como era de esperar, Wagner fue declarado no responsable de sus actos por padecer una paranoia y, de conformidad con ese diagnóstico, fue ingresado de por vida en el manicomio de Winnental. Mas esa declaración le produjo una honda y duradera indignación, llegando a afirmar en repetidas ocasiones: «Yo declaro que asumo por entero la responsabilidad prevista en el código penal y que me siento plenamente responsable». Dichas por un paranoico, esto es, por alguien que lleva hasta extremos insospechados tanto el rigor como la dignidad, estas palabras no deben en modo alguno rebajarse de importancia. En varias ocasiones intentó infructuosamente una nueva reapertura de su proceso con vistas a ser considerado un sujeto capaz de responder de sus actos, aunque ello le costase la vida. Sirva también, a título de ejemplo, las siguientes líneas que remitió al Prof. Gaupp en 1920 («Der Fall Wagner. Eine Katamnese zugleichein Beitrag zur Lehre von der Paranoia») para recordarle la furia que anidaba en su corazón por la declaración de «irresponsable»: «No quiero ocultar que usted y el Prof. Wollenberg se encuentran entre los hombres que he odiado a muerte; durante horas podía haberles despedazado».
Los años que siguieron a los crímenes, Wagner continuó atormentado por alusiones mientras seguía entregado a la redacción de sus obras dramáticas, hasta que en 1923 comenzó a desarrollar, ahora sí, un auténtico delirio persecutorio que le ocupó hasta 1938, año en el que murió. A raíz del estreno en Stuttgart de la obra Schweiger, del dramaturgo judío F. Werfel, noticia de la que se enteró por la prensa local, Wagner albergó la certeza de haber sido plagiado. Tras haber localizado un perseguidor exterior, comenzó a recrear un delirio que fue paulatinamente adquiriendo una forma cada vez más reivindicativa y grandiosa, tarea cuya realización requería continuar sus desempeños como escritor de obras dramáticas. De manera que el antaño maestro titular de escuela dominado por la certeza sobre la pulsión, aquél que otrora se había empeñado en erradicar de la faz de la tierra a la «estirpe degenerada de los Wagner», habíase transmutado a causa del delirio en un escritor que se reconocía como uno de los más insignes literatos alemanes, alguien que había cifrado su destino en la purificación de la lengua alemana de las nefandas influencias judías. Y, en efecto, el trabajo delirante le procuró una estabilización que también Gaupp supo apreciar («Krankheit und Tod des paranoischen Massenmörders Hauptlehrer Wagner. Eine Epikrise», 1938): «Sólo eso le mantenía en pie y en lucha por su prestigio literario, el cual creía amenazado. Así encontraba su contenido vital y la posibilidad espiritual de olvidar sus actos criminales o al menos reprimirlos».
A modo de conclusión
1 Primero: A tenor de lo expuesto, parece evidente que los locos reclaman ser considerados responsables, es decir, humanos. Cuanto más limitemos su responsabilidad subjetiva, más inhumanos los volveremos. Sobre este particular conviene recelar de todo determinismo, sea científico o religioso, pues ese tipo de doctrinas tienden a convertir al hombre en autómata y al devenir, en fatalidad. Aunque las escribiera hace más de un siglo, vale la pena evocar las palabras que el magistrado Louis Proal (Le crime et la peine) escribiera en defensa de la «responsabilidad moral»: «El hombre es representado por los criminólogos naturalistas como autómata, como una máquina, sufriendo todas las influencias, sin poder reaccionar contra ellas, obedeciendo, como el animal, a todos los impulsos del organismo».
2 Segundo: La responsabilidad subjetiva, a la que siempre debe apuntar el clínico en su quehacer, no tiene por qué coincidir con la imputabilidad penal. Sea legalmente imputable o no, el terapeuta debe poner de relieve el tipo de implicación que vincula al paciente con su acto. Mas en esto conviene proceder con buen criterio y no ofuscarse con si el sujeto se reclama culpable o inocente, pues la culpabilidad sirve a veces de coartada a la responsabilidad.
3 Tercero: Cuando un paranoico mata o lo intenta no lo hace empujado por su condición de paranoico, sino porque a su patología psíquica se asocia también la maldad, es decir, una transgresión ética. Como es natural, la psicopatología y la patología ética no siempre caminan de la mano, tal como atestiguan a diario un sinnúmero de psicóticos.
4 Cuarto: Las relaciones entre el delirio y el crimen no son, ni mucho menos, consustanciales, pues unas veces el crimen se precipita en una encrucijada de la tortuosa senda delirante y otras, por el contrario, irrumpe cuando el sujeto psicótico no ha conseguido ponerse en la vía del delirio; tal es la enseñanza que se desprende de los casos de Aimée y Wagner, por citar únicamente los más paradigmáticos.
5 Quinto: El reconocimiento, la sanción y el castigo (a veces también la imputación legal) del crimen tienen efectos clínicos tan probados como inmediatos. Como muestra Aimée, la responsabilidad y el castigo son términos connaturales. Por eso Lacan, en un escrito firmado con Cénac, dejó dicho: «la responsabilidad, es decir, el castigo, es una característica esencial de la idea del hombre que prevalece en una sociedad dada». Corre a cuenta de la competencia y del compromiso ético del clínico saber evaluar la oportunidad del castigo como recurso terapéutico y disponer de él cuando convenga.
Me detengo aquí, seguramente sin haber estado a la altura que este tema merece. Pero como algún consuelo he de hallar antes del siguiente intento, me quedo entretanto con las palabras de Cicerón (Disputaciones tusculanas): «Causa y principio de la filosofía es la ignorancia»121.
B ALUCINACIÓN Y FENÓMENOS ELEMENTALES
IV Los fenómenos elementales de la psicosis122
Antes de comenzar a desgranar las consideraciones que he elaborado sobre los fenómenos elementales, quiero manifestar mi gratitud a los organizadores por haberme confiado la conferencia de clausura de estas Jornadas de nuestra Asociación Castellano–Leonesa de Salud Mental, que se desarrollan en el marco de la celebración del XXXV aniversario del Hospital Psiquiátrico Santa Isabel de León.
Debo confesarles que esta conferencia tiene para mí un valor afectivo inusual, pues toda mi familia y yo mismo somos originarios de estas tierras. Permítanme, por este motivo, que evoque sucintamente un sentimiento que me acompañó a lo largo de mi infancia, un vívido sentimiento que me surgía cuando se hablaba del manicomio de Santa Isabel, como se lo denominaba en aquellos años. Aún recuerdo con claridad que al oír las palabras «manicomio» o «locura» me sobrecogía de inmediato una mezcla lacerante de espanto y curiosidad. Apenas lograba sacudirme esa molesta inquietud, mi fantasía se poblaba de imágenes cuyos protagonistas eran los locos que moraban tras los muros del manicomio. Me entretenía cavilando sobre la vida que llevarían aquellas personas, sobre lo que pensarían y sentirían. Aunque han pasado desde entonces muchos años, esa sensación híbrida ha permanecido imperturbable, aunque en proporciones muy diferentes a las de antaño. El trato diario con la locura, que a la postre se ha convertido en mi profesión, ha difuminado la intensidad de aquel horror hasta reducirlo a uno de tantos escalofríos de la vida cotidiana, mientras que la curiosidad sobrevive incólume y domina una buena parte de mi vida.
Cuando esta mañana fría y nevada me dirigía hacia esta sala para hablarles, volví a tener la impresión de que el tiempo se plegaba bruscamente, como lo hacen las hojas de un acordeón. Y en verdad, la melodía compuesta por aquellas cuitas enigmáticas y solitarias que me subyugaron en la infancia se repetía ahora, de nuevo, pero interpretada según las claves que nos aporta el pensamiento psicopatológico.
De entre todas aquellas furtivas imaginaciones, la favorita era la que trataba de las ilusiones y las alucinaciones, de las cuales no tenía más noticia que la proveniente de algunas escenas de películas. ¿Cómo se podía ver lo que no hay y escuchar lo que no tiene sonido? ¿Qué sentirán esas personas? Estas y otras parecidas eran las preguntas que me hacía, las mismas que aún me repito, aunque hoy día me las formule con términos más apropiados, por ejemplo: ¿cómo es posible que alguien pueda escuchar lo que piensa sin reconocerse a sí mismo como autor de tales pensamientos, que son además atribuidos a otro que no es él? Junto a las ilusiones y las alucinaciones, también me entretenía lucubrando sobre ciertas rarezas que observaba entre mis convecinos, chaladuras que a buen seguro anticipaban, eso me creía, el marasmo de la locura. De ese modo, como si de un exorcismo se tratara, siempre me las ingeniaba para que ninguno de esos indicadores perteneciera al dominio de mi experiencia, con lo que al menos durante un rato me convencía de que los raros eran los otros. Pues bien, aquellas ingenuas zozobras se transformaron paulatinamente en investigaciones académicas. Y precisamente de ellas les hablaré esta mañana.
El estudio de los fenómenos elementales posee un valor tan clásico como actual. De hecho, de su observación y análisis deriva buena parte de los conocimientos actuales sobre la patología mental. Se trata de una materia especialmente mimada por quienes han hecho de la locura la fuente de su curiosidad. Amén de la extraordinaria textura que los vuelve tan atractivos, esos fenómenos han sido escrutados con el ánimo de elaborar consideraciones generales sobre la propia esencia invariable de la locura y sobre su causalidad. Si los enfocamos desde este punto de vista, los fenómenos elementales son manifestaciones privilegiadas que pueden ayudarnos a desvelar la estructura general de la psicosis, a orientarnos también sobre el diagnóstico diferencial con respecto a otras cristalizaciones morbosas que se le asemejan en su apariencia, incluso a guiarnos en la buena dirección terapéutica.
Para desarrollar con cierta coherencia el título que motiva esta intervención, me propongo, cuando menos, apuntar la noción de fenómenos elementales, su estructura común y sus variantes fenomenológicas, así como las relaciones lógicas y temporales que pueden establecerse entre ellos y la psicosis desencadenada. Pero antes de entrar en pormenores, dedicaré unas breves consideraciones a algunos modelos clásicos con los que se ha pretendido entender la locura o psicosis. En mi opinión, vislumbrar la arquitectura de estos edificios conceptuales nos permitirá aprehender las conexiones entre los fenómenos elementales y las grandes manifestaciones de la locura.
Modelos de la psicosis
A la hora de trasladar los modelos nosológicos de la patología médica al terreno anímico, las dificultades se acrecientan en proporción directa a la rigidez de esos modelos. Al respecto resultan ejemplares los estudios sobre la histeria llevados a cabo por Briquet o los de Magnan sobre el delirio crónico. La complicación estriba en tipificar las manifestaciones clínicas, siempre sujetas a variaciones individuales, y ceñirlas al cuadro clínico canónico. Sucede en ocasiones, como puede apreciarse en el Traité clinique et thérapeutique de l’hystérie de Briquet, que al ser tan proteicas las manifestaciones se vuelven inabarcables. Puede ocurrir también que al extremar la descripción del tipo clínico perfecto y delinear una evolución estricta, ningún enfermo se amolde al canon prefijado, cosa de la que da cuenta el délire chronique de Magnan. Pero estas dificultades relativas a la sintomatología son tan sólo la antesala de la verdadera problemática, la que consiste en articular la clínica con la teoría.
La construcción de una categoría nosográfica implica al menos dos pasos: conjuntar una serie de fenómenos clínicos y circunscribir su perímetro. Aunque pareciera sencillo hallar el denominador común entre una amplia variedad de fenómenos clínicos, en la práctica la cosa tiene su intríngulis y no se resuelve únicamente echando mano de la observación. Ilustraré esta cuestión mostrando el proceder de Kraepelin, padre de la psiquiatría clínica, en la construcción de la locura maníaco–depresiva y la demencia precoz. Con ello espero poder mostrarles que unas pocas categorías se fundamentan en razones diversas y que la mayoría se organizan mediante el principio de jerarquía, sea en lo tocante a los síntomas o a la evolución. Los tipos clínicos surgidos del primer proceder poseen un amplio aunque difuminado perímetro, como es el caso de la locura maníaco–depresiva o del actual trastorno bipolar; lo contrario ocurre con los segundos, sin duda más circunscritos, como la demencia precoz, la esquizofrenia, el Automatismo Mental, la paranoia o cualquiera de los delirios crónicos. Por lo demás, como les mostraré al final de la conferencia, los fenómenos elementales más conocidos derivan en su mayoría de aquellos cuadros clínicos afianzados en ciertos signos o manifestaciones esenciales. Quiere esto decir que cuanto mejor se definan los signos y más se agrupen siguiendo un principio jerárquico, mayores serán las posibilidades de atisbar esas manifestaciones in statu nascendi, es decir, en calidad de fenómenos elementales. Tal es lo que sucede, de forma general, en aquellas formas de psicosis donde predomina la alteración ideica (paranoia–esquizofrenia), en comparación con aquellas otras en las que prevalece el afectivo (melancolía–excitación).
Cuando en 1913 Kraepelin delinea los contornos de la locura maníaco–depresiva y define su sustancia, se echa de menos la concreción de una serie de trastornos fundamentales y característicos de la enfermedad, es decir, de una jerarquía semiológica. A falta de alteraciones específicas, Kraepelin justifica la unidad de su categoría argumentando tres razones de muy diversa índole. La primera, basada en la manifestaciones clínicas, supone que cada una de las formas agrupadas en esa misma entidad puedan transformarse unas en otras y presentarse alternativamente en un mismo caso. La segunda se afirma en la evolución, de cuya supuesta uniformidad deduce un pronóstico muy similar. Más especulativa que las dos anteriores, la tercera propone que esta enfermedad obedece a la transmisión hereditaria. Tales son los criterios en que se apoya la unidad de esta enfermedad y su delimitación frente a otras. Pese a los notables argumentos de Kraepelin, a su mucha experiencia y buen hacer, la imprecisión que transmite esta descripción aumenta paulatinamente y se multiplica al describir los llamados «estados fundamentales», con lo que la categoría o entidad se desdibuja hasta convertirse en una dimensión, espectro o nebulosa.
A diferencia de la anterior, la mayoría de las entidades descritas por los clásicos se asentaron en la jerarquía de la manifestaciones clínicas, de ahí que gozaran de mayor estabilidad y poseyeran contornos más precisos. A lo largo de la historia de la psicopatología son numerosas las concepciones tendentes a descomponer la psicosis o sus tipos clínicos más destacados en dos grandes porciones, una sustancial y otra accesoria. Tales iniciativas pretenden cribar y separar los elementos considerados primarios de los secundarios. Esta bipartición la podemos hallar en bastantes autores, pero, como había anunciado, me remitiré inicialmente a los textos de Kraepelin sobre la demencia precoz para ilustrar este extremo. En 1899, el profesor Emil Kraepelin propuso dividir el conjunto sintomatológico de la demencia precoz en un síndrome nuclear y unos síntomas accesorios. Mientras que el síndrome nuclear estaría constituido por los elementos propiamente deficitarios (debilitamiento afectivo, indiferencia, ausencia de iniciativa voluntaria, apatía, desorganización del pensamiento y de la psicomotricidad), siguiendo así el modelo de la hebefrenia de Hecker, los síntomas accesorios (ideas delirantes, alucinaciones, síndrome catatónico, etcétera), por el contrario, proporcionarían la configuración y la especificidad de las formas clínicas. Guiado por una «ideología» organicista, este autor no se cansó de repetir que los signos capitales de la afección se enmarcan todos ellos dentro del debilitamiento psíquico (Verblödung). De hecho, para él la demencia precoz nombraba un tipo de destrucción de la personalidad psíquica cuya expresión fundamental consiste en los trastornos de las esferas afectiva y volitiva.
Como les advertí antes, el punto de vista que ordena de forma jerárquica el cuadro clínico es una de las constantes entre los modelos psicopatológicos. Si el planteamiento de Kraepelin peca quizá de simplista al separar lo esencial de lo accesorio, existen otros más complejos, ambiciosos y refinados. Ahora bien, toda la cuestión radica en cuadrar la observación con la teoría, esto es, la semiología con la patogenia. Tal es la prueba de fuego de las doctrinas psicopatológicas.
Cuando estudiamos con atención la solidez de las grandes doctrinas psicopatológicas, suele advertirse que algunas pecan de una querencia por el detalle que las vuelve prolijas; también observamos en otras un hiato entre la fenomenología clínica y la explicación teórica. En el primer caso, el aséptico psicopatólogo hace gala de análisis semiológicos de una sutileza incomparable, aunque de tanto pulverizar las manifestaciones clínicas incurre en ocasiones en una turbiedad abstrusa. En el segundo caso, el psicopatólogo quiere trascender la semiología y se adentra en las entretelas de los mecanismos psicológicos, con lo que se ve obligado a construir una teoría general que dé cuenta del funcionamiento psíquico normal y del alterado. A medida que las cosas se complican y los cabos son más difíciles de atar, el recurso al completo determinismo cerebral o a la omnipotencia anímica parece solucionarlo todo. Está claro que no es fácil inventar la psicopatológica.
A título de ejemplo, les recuerdo las contribuciones encomiables de Chaslin y de Clérambault, inscritas ambas en una orientación general que pretende acceder a la esencia de la psicosis a través de un minucioso análisis de los fenómenos más sutiles. Les advierto, no obstante, que ni Chaslin ni Clérambault se resignaron únicamente a la semiología; ellos buscaron, cada uno a su manera, unos mecanismos generales que pudieran explicar la génesis y las características clínicas de la psicosis: en el primer caso, la discordancia; en el segundo, el Postulado y el Síndrome de Pasividad. Si cito a estos dos autores admirables es para señalar los límites que entraña toda fenomenología, incluso cuando se la haya elaborado conforme a los principios más cabales de la observación.
Un poco más alejados de la semiología, persiguiendo una visión global del funcionamiento mental trastornado, cabe recordar los divergentes empeños de H. Ey y de E. Bleuler. Inspirándose en las concepciones del neurólogo J. H. Jackson y del psicólogo P. Janet, Henri Ey nos brindó un modelo jerárquico de los niveles de desintegración funcional según el cual los trastornos mentales aparecerían como resultado de descompensaciones o disoluciones del «cuerpo psíquico en el que el ser consciente constituye la forma». En esta orientación órgano–dinámica, tan querida por la psicopatología psiquiátrica, la patología mental es concebida como una combinación de signos negativos o deficitarios, traducción inmediata de la afectación orgánica, y signos positivos de liberación de las funciones inferiores y arcaicas.
En el terreno concreto de la esquizofrenia, Eugen Bleuler describió el mecanismo específico de la Spaltung de las funciones psíquicas, proponiendo un modelo sintomatológico según el cual los síntomas fundamentales se oponían a los accesorios. De esta manera, los trastornos de las asociaciones y de la afectividad, la ambivalencia y el autismo, se separaban de las manifestaciones accesorias pero más fáciles de aprehender, entre las que destacan las alucinaciones y las ideas delirantes. Resulta cuando menos admirable el esfuerzo de Bleuler por tratar de dotar a la clínica de la observación de un sustrato psicológico, de manera que es justo reconocer sus esfuerzos tendentes a asentar la psicopatología en una psicología general de inspiración freudiana. Sabido es que ese tesón apenas logró resoluciones importantes, pues a medida que la construcción de la teoría psicológica se le complicaba, Bleuler sacaba a colación el cerebro. La cosa llegó a tal punto que, perdido en un callejón sin salida, arguyó por las bravas que «el origen orgánico de la esquizofrenia es demostrable hoy en día con toda la evidencia que se quiera exigir». Afirmaciones como ésta no dejan de sorprender. En ellas, las exigencias de los ideales científicos que sostienen este tipo de construcciones, se ponen de manifiesto en la impotencia teórica. Sea como sea, cien años después de esta sentencia las cosas no parecen tan evidentes.
Como pueden apreciar, los autores que acabo de mencionar se decantan por introducir un principio jerárquico de ordenación. Para algunos, esa jerarquía se limita a las manifestaciones del cuadro clínico. Pero para otros, la configuración de esas manifestaciones estaría determinada por la acción de un mecanismo psíquico genuino y específico de cada categoría o estructura. Esta última orientación fue desarrollada especialmente por Freud, a quien debemos, sin duda, las mayores concreciones en este terreno. Desde sus primeros escritos psicopatológicos se evidencia el afán de despejar un mecanismo específico de la psicosis, un mecanismo defensivo cuyo alcance sea equiparable a la represión neurótica o Verdrängung. Ese mecanismo específico, junto con la modalidad también específica del retorno de «eso» que ha sido tan radicalmente rechazado (Verwerfung), conformarían dos de los grandes principios en los que se asienta su psicopatología. Esta orientación estructural de la psicología patológica, iniciada por Freud y desarrollada por Lacan, contiene uno de los pilares esenciales para la investigación de los fenómenos elementales. Creo que ustedes podrán llegar a esta misma conclusión toda vez que consideren el breve razonamiento que les propongo. En un primer tiempo estaría el proceso de instauración del mecanismo genérico de la psicosis, que es esencialmente silencioso o transfenomenológico; en un segundo tiempo irrumpirían las manifestaciones clínicas propias de ese mecanismo, al que Lacan denominó «forclusión». Siguiendo esta temporalidad lógica, los fenómenos elementales de la psicosis habrían de concebirse como manifestaciones privilegiadas y específicas de la estructura psicótica. Analizados en su conjunto, todos ellos son esbozos minimalistas de ese tipo específico de estructura clínica, es decir, todos los fenómenos elementales contendrían la quintaesencia comprimida de la estructura. Como es natural, el psicoanalista no puede conformarse con conocer la mecánica del funcionamiento psíquico, sino que aspira a poner de relieve las distintas variantes subjetivas.
A tenor de lo expuesto, la investigación de los fenómenos elementales exige al mismo tiempo considerar una dimensión estructural y una dimensión propiamente fenomenológica. En este sentido, las mayores aportaciones sobre dichos fenómenos provienen históricamente de aquellos clínicos que han estudiado minuciosamente las formas de inicio de la psicosis, sus crisis y discontinuidades. En este terreno los autores franceses fueron inicialmente a la zaga de los alemanes. Bien es cierto que estos pioneros se limitaron exclusivamente al ámbito semiológico, pero así y todo su legado exhibe un amplio muestrario de pequeños signos, a su vez separados de otros fenómenos más toscos y tardíos. El testigo de estos precursores fue retomado y ampliamente desarrollado por Jacques Lacan y sus seguidores, hasta hacer del fenómeno elemental una referencia inexcusable en la investigación de la psicosis y su tratamiento. Aunque es harto conocido, no está de más recordar el efecto de revitalización inyectado por los analistas lacanianos a la clínica y la psicopatología clásicas.
¿Qué son los fenómenos elementales?
Expuestas ya estas consideraciones de orden general, trataré ahora de ceñir el marco clínico de los fenómenos elementales. Se sitúan éstos precisamente en la zona más sombreada y evanescente de la clínica de la observación, en concreto en sus márgenes y lindes. Su aprehensión exige al clínico desprenderse de las semiologías más rudas para adentrarse en el territorio de la micro–fenomenología. Allí habremos de encontrar, en algunos casos, ciertos fenómenos sutiles que son experimentados por el sujeto de una forma particularmente conmocionante. De esta manera, la experiencia subjetiva testimoniada por el sujeto nos advierte de la especial plasticidad que el fenómeno posee y del impacto que éste causa en él. Me parece, por tanto, que es en la confluencia de la fenomenología y de la subjetividad donde habremos de apuntar a la hora de detectar los llamados fenómenos elementales de la locura. Quizás por tratarse de un terreno híbrido y relativamente silencioso, las consideraciones vertidas por los expertos sobre este tipo de manifestaciones no dejan de mostrar ciertas discrepancias, llegando incluso a incurrir en ciertas contradicciones. En este sentido, hay quienes consideran a la alucinación y al fenómeno elemental como homólogos, también hay autores que limitan la presencia de ese fenómeno al desencadenamiento de la locura, y no faltan tampoco los que creen que pueden suprimirlo ad integrum. A tenor de tales desavenencias, me propongo exponerles mi visión particular del problema.
Como luego indicaré, todos los fenómenos elementales presentan ciertos rasgos comunes, si bien los ámbitos en los que se pueden captar son esencialmente tres: el pensamiento, la vivencia del cuerpo y los sentimientos, especialmente los enigmáticos y de perplejidad, los de inefabilidad y las autorreferencias. Se trata de fenómenos cuya matriz mínima revela y contiene la estructura general de la psicosis. Por ser consustanciales a ella, es decir, patognomónicos, su discreta presencia nos indica la existencia de una estructura psicótica, cuyo desencadenamiento clínico puede o no haberse producido. Dichos fenómenos pueden hallarse de una forma constante o bien recurrente, pueden asimismo estar enmascarados o ensombrecidos por otras cristalizaciones sindrómicas muy aparatosas o por formaciones del carácter y rasgos de la personalidad, pero no hay psicoterapia ni neuroléptico que pueda erradicarlos completamente. El valor esencial de estos fenómenos viene dado no tanto por la manifestación aprehensible, sino por la relación que el sujeto mantiene con ellos; tal relación nos muestra inequívocamente a un sujeto sumido en la perplejidad o, si lo prefieren, arrebatado en un inquietante vacío de significación. Por último, la utilidad clínica de dichos fenómenos no se limita de modo exclusivo al ámbito diagnóstico —por más que sean imprescindibles para detectar una psicosis que aún no se ha puesto en marcha— sino que nos indican también, en gran medida, la posición de salida y la orientación con la que el sujeto encara la experiencia de su locura. En este sentido, estos pequeños signos son indicadores veraces de los posibles modos de estabilización hacia los que podemos encaminar a nuestros pacientes psicóticos, tomados en este caso uno por uno. Por este motivo, me parece harto pertinente establecer una clasificación de los fenómenos elementales en relación con los tres grandes polos de la psicosis: el paranoico, el esquizofrénico o xenopático y el melancólico–maniaco.
Entrados ya en materia, les expondré a continuación algunos de los fenómenos elementales más destacados por nuestros clásicos. Que sean de nuevo ellos quienes guíen nuestras pesquisas no debe entenderse únicamente como un homenaje a su brillante clínica de la observación. Con ello pretendo, cuando menos, llamar la atención sobre los valores de aquella clínica pausada y directa en contraposición con las técnicas y los protocolos que tanto furor despiertan hoy en día en los jóvenes practicantes.
Pues bien, me remontaré a las últimas décadas del siglo XIX y a las primeras del XX. En aquellos años, el profesor Emil Kraepelin estaba construyendo su versión sistemática de las enfermedades mentales, cuyos desarrollos y conclusiones se publicaban paulatinamente en las reediciones de su célebre Psychiatrie. Ein Lehrbuch für Studierende und Ärtze. Examinando aquel período, no deja de sorprenderme que los mayores logros acerca de la descripción de los fenómenos elementales provinieran precisamente de los clínicos más contestatarios a la sistemática kraepeliniana. En cierta medida, Kraepelin pasó de puntillas sobre estos fenómenos, pues aunque todos ellos pueden entresacarse de sus retratos clínicos, no supo atribuirles el valor esencial que atesoraban. Sus virtudes, como sabemos, fueron otras, en especial la capacidad de ofrecer una visión global de la patología mental y de transmitirla de forma clara y precisa.
Bien distinto fue el parecer del silesio Clemens Neisser y del checo Alexander Marguliés, ambos notables investigadores de lo que entonces se llamaba la locura (Verrücktheit) o paranoia, cuyo equivalente actual compilaría no sólo la paranoia y la parafrenia, sino también la esquizofrenia paranoide. A diferencia de Kraepelin y de sus numerosos turiferarios, tanto uno como otro eligieron estudiar el período inicial de la edificación de la paranoia. Y fue precisamente en esos momentos fecundos, previos incluso a la constitución del delirio, donde atisbaron algunos fenómenos elementales que contenían en sí mismos los ulteriores desarrollos de la psicosis. Creo ser justo con la historia de la clínica mental al reconocer en el trabajo de Neisser la contribución fundacional de todas las investigaciones futuras sobre esta materia. Se trata de una conferencia dictada en Breslau, en 1892, que lleva por título «Erörterungen über die Paranoia vom klinischen Standpunkte» («Disertación sobre la paranoia desde el punto de vista clínico»). Este memorable trabajo, que pueden leer traducido en el libro Clásicos de la paranoia, del que somos autores F. Colina y quien les habla, enfatiza, como no se había hecho hasta la fecha, el papel determinante de la krankhafte Eigenbeziehung. Les aclaro primero que la traducción más acorde con el sentido que le atribuye el autor es «autorreferencia mórbida», aunque a veces lo hemos traducido, siguiendo a Sérieux y Capgras, como «significación personal mórbida». Se trata, en efecto, de una experiencia de certeza en la que el sujeto se siente aludido o designado por algo que no alcanza aún a precisar; es un mensaje enigmático dirigido a su persona. La clave del concepto está precisamente ahí, pues tal como remarca Neisser, en el inicio de la paranoia no se trata tanto de la presencia de una significación primaria sino de un vacío de significación por el que el sujeto se siente inexcusablemente concernido. En su dimensión morbosa o enfermiza (krankhafte), la Eigenbeziehung es la característica primordial e invariable de todas las psicosis paranoicas, que, como ya se ha señalado, en aquellos años equivalía a la mayor parte de los dominios de la locura; puede observarse no sólo en los momentos de crisis sino en los períodos de estado más o menos estables. Es además un mecanismo causal, al que Neisser no vacila en caracterizar de «inconsciente» y «sin afecto». Nuestro autor escribió a este respecto: «Este proceso mental defectuoso se manifiesta en la manera de interpretar de los enfermos, al margen de las emociones y sin saberlo ni quererlo, las representaciones ofrecidas a su conciencia como algo especialmente relacionado con su propia persona (Beziehung zur eigenen Person). La observación clínica nos enseña que esto ocurre realmente y sin excepciones, aunque no constantemente con la vivacidad indicada».
Si bien es cierto que las autorreferencias ya habían sido descritas con anterioridad a Neisser, por ejemplo en el Beachtungswahn o «delirio de observación» de Meynert, nadie se había dedicado como él lo hizo a argumentar que el delirio es un producto secundario, es decir, una respuesta a esa perplejidad inicial que se manifiesta en la experiencia enigmática de las autorreferencias enfermizas. Fíjense hasta qué punto estas consideraciones son perfectamente articulables con las concepciones de Clérambault, quien —no creo equivocarme en lo que voy a añadir— jamás tuvo noticias del texto de Neisser. Por otra parte, esta ordenación de la sintomatología de la paranoia a partir del mecanismo de la Eigenbeziehung es la base de las concepciones alemanas más interesantes sobre dicho trastorno. En esta orientación han de inscribirse los numerosos y notables trabajos de Robert Gaupp y los de su alumno Ernst Kretschmer a propósito de lo que aún llamamos «delirio de relación sensitivo». Al mencionar a Gaupp me vienen al recuerdo las palabras de su caso princeps, el del asesino y paranoico Wagner, quien en una sola frase resume con una exactitud sobrecogedora cuanto acabo de desarrollar sobre las autorreferencias mórbidas: «[…] en cuanto se reunían dos, yo era el tercero del cual se hablaba».
El otro autor que antes he destacado es Alexander Marguliés (escrito, a veces, Marguliès). También él buscó, contrariamente al procedimiento kraepeliniano, un único fenómeno o mecanismo que fuera capaz de explicar por sí solo el origen y los ulteriores desarrollos delirantes. Su contribución más notoria a este asunto fue publicada en 1901 con el título «Die primäre Bedeutung der Affekte im ersten Stadium der Paranoia». Interrogándose sobre la significación primigenia de los afectos en los primeros momentos de la paranoia, Marguliés consideró que ese estadio inicial es paralelo a la modificación de algunos afectos, tales como la perplejidad, el sentimiento de una desgracia inminente o la inquietud difusa. Este conglomerado de afectos, mal precisados por el autor, provocarían una «elevación de la atención» que afectaría bien a la experiencia del propio cuerpo o bien a la realidad exterior, produciendo en el primer caso una hipocondría delirante y, en el segundo, un delirio de relación. Marguliés advirtió, además, que hay algunos casos en los que todo el proceso mórbido se concentra y reduce a la krankhafte Eigenbeziehung descrita por Neisser.
Muy próximo a Marguliés, por cuanto prefiere la referencia de los afectos que la de las representaciones, encontramos los apuntes compilatorios de Karl Jaspers en su Psicopatología general. Ya sabemos que este autor era demasiado joven cuando escribió la obra mencionada y que su experiencia clínica dejaba mucho que desear, pero tuvo el buen tino de leer lo que convenía. De este modo, cuando abordó los momentos fecundos del desencadenamiento psicótico se inspiró en los más preclaros de sus coetáneos y predecesores, formulando así una descripción que aún merece ser recordada. En síntesis, Jaspers plantea, como ya lo había hecho Neisser, que en el inicio se trata ante todo de un vacío de significación que sólo será colmado posteriormente mediante la adhesión ciega a una idea, la cual se convertirá en idea delirante. A este respecto anotó que esos sujetos que debutan en la locura se hallan asaltados por sensaciones primarias, por sentimientos vivaces, por disposiciones del ánimo y cogniciones. Sobre este magma de sensaciones inquietantes, denominado Wahnstimmung o humor delirante, se conforma para el sujeto una significación nueva que llega de la mano de la idea delirante. Las palabras que Jaspers escribió a este respecto son excelentes: «En el temple delirante hay siempre ‘algo’, aunque enteramente oscuro, germen de un valor y de una significación objetivas. […] Surge en el enfermo un sentimiento de inconsistencia y de inseguridad que le impulsa instintivamente a buscar un punto sólido en el que afirmarse y aferrarse. Este complemento, ese fortalecimiento y consuelo lo encuentra sólo en una idea […]».
Se aprecia en esta cita la secuencia temporal que va desde la perplejidad o vacío de la significación hasta la plenitud de sentido o significación delirante. Estos dos tiempos, observables en todos los desencadenamientos de la paranoia o de cualquier psicosis delirante, han sido, de una u otra forma, anotados por aquellos de nuestros clásicos que investigaron los primeros pasos del nacimiento a la locura. Conviene advertir, no obstante, que hasta Lacan poco se nos ha dicho de cuanto precede al momento de perplejidad y menos aún de la relación proporcional que se establece entre ésta y la significación absoluta conocida como «certeza delirante». En este sentido, resultan ilustrativas las palabras de P. Janet —escritas en su obra Neurosis e ideas fijas (1898)— a propósito de los llamados «sentimientos intelectuales»: «Son estados afectivos casi inefables para los que el delirio no representa más que la explicación secundaria, a menudo forzada por el enfermo después de una perplejidad prolongada». De igual modo, recordaré sucintamente el memorable artículo del holandés Murk Westerterp, psiquiatra de la Valeriusklinik de Ámsterdam, titulado «Prozes und Entwickelung bei verschiedenen Paranoiatypen» (1923). Aunque tendente a achicar aún más el terreno de la paranoia que el propio Kraepelin, y por ello muy alejado de Neisser en materia nosográfica, Westerterp llega a conclusiones similares a las de los autores que acabo de mencionar: «El enfermo percibe que hay algo en los acontecimientos que le concierne a él, aunque no sabe lo que es».
Acaso el secreto de todas estas coincidencias resida en el simple hecho de que todos estos autores investigaron exhaustivamente los primeros pasos de la psicosis, como recomendaba el psiquiatra holandés: «El interrogatorio deberá consagrarse de manera muy especial a precisar las experiencias iniciales que determinan el delirio». En seguida veremos la coincidencia de todas estas descripciones con la micro–fenomenología aprehendida, nombrada y jerarquizada por Clérambault en relación con el Automatismo Mental.
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