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El peso
del vacío
José Manuel Pagán
Primera edición: marzo de 2022
© Copyright de la obra: José Manuel Pagán
© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
Código ISBN: 978-84-124916-6-1
Código ISBN digital: 978-84-124916-7-8
Depósito legal: B 3286-2022
Corrección: Juan Carlos Martín
Diseño y maquetación: Cristina Lamata
Ilustración portada: «El sueño», José Manuel Pagán
Autor fotografía contraportada: Carlos Lázaro
Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez ©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com
Derechos reservados para todos los países
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Notas del autor
«El peso del vacío», además de una entrañable novela, es casi una partitura musical. Está escrita con el diseño de una fuga. Un relato coral en el que los personajes, como los diferentes «motivos» de una composición barroca, transcurren en paralelo, hasta confluir en los llamados «estrechos», para desembocar unidos en un poderoso final.
Esta historia nos habla de la cualidad transformadora de la música, que va a ser vivida por cada uno de los lectores como algo único y personal; un impulso que, como un viento repentino, nos transporta a lugares tan enigmáticos que apenas podemos intuir, pero que, a través de la narración, se convierten en una inesperada realidad en nuestro interior.
A través de la vida de un pianista profesional, un cotizado concertista de música clásica, nos internamos en un universo poblado de emociones, amor y misterios ocultos, que se irán desvelando poco a poco, como un perfume que nos va abriendo a nuevos placeres que desearíamos no acabasen nunca.
1
Londres, otoño de 1992.
Amanece. Hace rato que estoy despierto… La luz que empieza a filtrarse por la pequeña ventana de la habitación, me provoca una inquietud desconocida y tensa. Es domingo y la ciudad todavía duerme. El silencio se va abriendo paso, espeso y oscuro… está lleno del peso del vacío y el vacío no tiene color.
Tengo la extraña certeza de que algo muy importante ha cambiado en mí esta noche. Sé que no soy exactamente yo quien permanece quieto con la vista fija en el techo y una sensación de profundo malestar en el estómago. Hay un punto que me quema en la espalda, un latido rítmico que va penetrando cada vez más profundamente, hasta tocarme el corazón. Me siento ajeno y desvalido, sin apoyo. A pesar de que todo mi cuerpo está tendido en la amplia cama de dos plazas, siento que floto, que estoy acostado sobre una extraña nube, que en cualquier momento me dejará caer y me perderé en un mundo desconocido y hostil.
Lo más perturbador es la certeza de que mi mente no me pertenece… Posee una vida propia que no puedo controlar, que afecta profundamente todos mis actos, mis percepciones y mis deseos.
Unas horas antes…
—¿Cómo está el público?
—El auditorio está lleno a reventar, Michel. Hay una expectación enorme por oírte tocar. Están receptivos y rendidos de antemano, puedo olerlo. Hoy tendrás un éxito apoteósico, rotundo, total… Prepárate, quedan cinco minutos, acaba de sonar el último aviso.
Para el concierto de hoy he preparado un repertorio a conciencia. Toda la primera parte es el viejo Bach: tres suites inglesas y seis preludios y fugas de «El clave bien temperado», libro segundo. La segunda parte es variada: Ravel, Shostakovich y para terminar una de las obras más difíciles y aclamadas de mi repertorio: los «Tres movimientos de Petrushka», de Stravinsky.
Tocar en Londres es siempre una maldita y agotadora bendición. Solo doy tres conciertos, todos ellos con las entradas agotadas.
Yo, Michel Loupin, puedo considerarme el pianista suizo más famoso de la historia, el mejor pagado, el más deseado y el menos comprendido de entre mis colegas. El público me quiere, saben que complaceré con creces las enormes expectativas que han puesto en mí, pero qué poco conocen sobre lo que realmente ocurre en mi interior.
Miro mis manos… las conozco bien. Están educadas para ser fuertes y ágiles a la vez, flexibles e intuitivas. Cuando toco no pienso, ellas lo hacen por mí. Todo mi yo está en cada uno de esos diez dedos que acarician cada tecla con diferente intensidad, con la precisión de un mecanismo de relojería. A veces mis manos se me aparecen en sueños. Solo ellas. Las veo con una nitidez extrema, viviendo en un mundo aparte de mí. Han ido madurando con el tiempo. En este momento están en esa plenitud expresiva y lúcida que me infunde tanto respeto como asombro. Solo quedan unos instantes para empezar el concierto. Les doy un suave masaje. Antes las he sumergido en agua tibia con sal durante diez minutos. Estoy completamente solo en el camerino. Respiro con cuidado y trato de relajarme.
Hay algo que me preocupa en el concierto de hoy… el piano. He pedido un Bösendorfer. El Steinway con el que toqué el año pasado en esta misma sala no me gustó. Estaba afinado, limpio, impecable, pero no conseguí perderme en él como en un bosque encantado. No pudimos hacer el amor de verdad, olvidándonos de quién es quién… el Bösendorfer es más rústico. Me recuerda a las altas montañas de mi Suiza natal, cuando se reflejan en el lago Lemán. En los ensayos se ha puesto de mi parte. Ha dejado que explorase sus entrañas más íntimas, aunque no desde el principio. La primera media hora hemos medido nuestras fuerzas cada uno. Yo he buscado sus secretos más profundos y él ha opuesto una deliberada resistencia, hasta que se ha rendido. Entonces me ha dejado hacer y ha sacado los registros más dulces y profundos que puede producir un instrumento. En ese momento nos hemos amado durante dos horas, como si no existiese nada más en el mundo.
Golpes en la puerta… tengo que salir, es la hora…
—¡Has estado maravilloso!... ¡seis propinas!... nadie había tocado así Petrushka. La gente ha enloquecido. Vamos a tener que subir el caché un diez por ciento. Por favor Michel, esta vez sí… la prensa quiere verte…
—Sabes que no concedo entrevistas.
—Te lo suplico, Michel, hoy es especial, es el estreno de los tres conciertos… hacía un año que no pisabas Londres.
—No Peter, no insistas. Diles algo tú. Sabes que después del concierto no puedo ver a nadie, apenas puedo soportarte a ti. Por favor, déjame solo y que nadie me moleste.
Peter hace un gesto de negación con la cabeza y sale del camerino.
Espacio
Me miro las manos, están temblando. Ahora están exhaustas, pero hay un extraño resplandor en ellas. Han cambiado. Cambian imperceptiblemente en cada concierto, pero yo las conozco bien. Me siento agotado y sin embargo más vivo que nunca. Un enjambre de pequeñas abejas se ha apoderado de mí, como de un panal. Recorren mis brazos, mis piernas, el pecho, se meten por mis arterias, entran en el estómago y zumban en mi cabeza tratando de encontrar el poco néctar que me queda.
Ha transcurrido más de una hora y no consigo recuperarme… no puedo levantarme de la butaca que gentilmente han preparado para mí. Sé que el personal del auditorio me está esperando para cerrar y Peter tiene que acompañarme al hotel. También los organizadores deben estar esperando respetuosamente para saludarme y felicitarme… pero yo no me puedo mover. Mi cuerpo no me pertenece y mi mente vaga por la sala, como una polilla en busca de algo de luz.
Zúrich, invierno de 1975.
Oscurece con lentitud sobre Zúrich. Hace un frío terrible y la copiosa nevada que empieza a cuajar sobre las húmedas calles, obliga a los pocos peatones a caminar deprisa, en busca de algún lugar caliente donde refugiarse.
Karl Heinzel aún está en la pequeña relojería donde trabaja. Hoy ha sido un día tranquilo, tan solo tres personas han entrado en la tienda y únicamente ha conseguido una venta, pero ha podido dedicar casi todo el día a arreglar un antiguo reloj de péndulo que se le está resistiendo, tal como esperaba. Es un reloj magnífico. El cliente, un hombre mayor que lo ha traído con ayuda de su nieto, le había dicho que era una herencia familiar.
Está construido con madera de tilo y bellamente decorado con hojas de acanto. Desde luego es muy antiguo. Su viejo mecanismo se había parado de pronto, después de años de funcionamiento preciso y constante. Su dueño le había preguntado a Karl si creía que podía darle vida otra vez. Por aquella expresión, le pareció que aquel anciano amaba aquel reloj como a una persona de la que se había enamorado de joven y habían envejecido juntos. La parada imprevista del reloj le recordaba la proximidad de su propia ausencia.
—Es un magnífico reloj. Desde luego que haré todo lo posible por arreglarlo, herr…
—Reiner, Johan Reiner. ¿Cuándo cree que podría estar?
—Ahora mismo no se lo puedo decir, depende de lo que me encuentre cuando lo abra. Déjeme su teléfono y le llamaré lo antes posible.
El hombre le miró con una sonrisa de agradecimiento, le estrechó la mano y salió con un movimiento pausado ayudado por su nieto.
Karl llevaba manejando relojes desde los 13 años. Su padre, propietario de esta pequeña tienda, por desgracia había muerto joven. Solo tenía 39 años cuando un conductor borracho fuera de control se subió a la acera y lo arrastró quince metros matándolo en el acto. Karl tenía 17 años y tomó las riendas del negocio familiar. Su padre antes de morir le había inculcado su amor por los relojes. Le había enseñado todo lo que sabía y él lo había absorbido todo con fruición. Adoraba a su padre y habría hecho cualquier cosa para complacerle.
Su madre era otra cosa. Nunca se recuperó del accidente de su esposo. Se descompensó mentalmente y desde entonces dejó de hablar. Karl la cuidaba en silencio. La casa se convirtió en un lugar de tristeza. Su única satisfacción era la otra pasión de su padre, que desde bien pequeño le había enseñado a conocer y amar: la música. En especial la música clásica y dentro de ella la música para piano.
Mientras con sumo cuidado abría el reloj, y se concentraba en su admirable mecanismo, sonaban las «Variaciones Goldberg», con Glenn Gould al piano.
La música del Barroco, en la que todas las partes encajan a la perfección, era su preferida. Su padre le dijo una vez que una fuga del gran Bach era el sublime control de una locura.
—Fíjate Karl, una de las partes más importantes de un reloj se llama fuga y es la que controla cualquier impulso arrítmico del tren de engranaje.
Karl estuvo toda la noche trabajando en el reloj. Desmontó y limpió todo el mecanismo. Descubrió que el problema estaba en el meulle, aquella lámina larga de acero templado, enrollada en espiral, que da vida al reloj y le hace funcionar. La pieza estaba desgastada por los años y había que cambiarla. Tendría que fabricarla él mismo. De un reloj tan antiguo ya no se encontraban recambios.
Era noche cerrada cuando salió de la tienda en dirección a su casa, en la Weinplatz, 14. Su madre ya se habría acostado y en la cocina tendría algo preparado para cenar.
Karl sintió un leve estremecimiento al contacto con la fría oscuridad y la blanca alfombra que le mojaba los zapatos, pero no aceleró el paso para llegar a casa. No hace falta correr, cuando nadie te espera.
2
Ginebra, primavera de 1976.
Michel subió de tres en tres los escalones de la HEM, la Haute École du Musique de Ginebra. Sabía que si algo sacaba de quicio a su profesor era que un alumno llegase tarde.
—Lo siento mucho, Monsieur Prodini… he tenido…
—Cállese y saque las obras, no me haga perder más tiempo.
—Claro señor, enseguida.
—Primero escalas y arpegios en Do sostenido Mayor y La bemol menor. Y rapiditos.
Michel sabía que aquellos tonos llenos de alteraciones eran un claro castigo por llegar tarde y que Prodini estaba de bastante mal humor.
Leo Prodini había sido uno de los más grandes pianistas de su época y aún era reconocido como una mente musical privilegiada. Ahora, ya con más de 80 años, prefería permanecer en la acogedora Ginebra, a tener que viajar dando conciertos por todo el mundo. Su carácter se había ido agriando con el tiempo, pero para un estudiante brillante de 20 años era un privilegio y un honor tenerlo como profesor. Michel había tenido que luchar para conseguir que le admitiese en su clase, porque Prodini tenía el poder de ser muy selectivo con sus alumnos. Era la condición que había puesto para aceptar el cargo en la HEM.
Cuando Prodini le oyó tocar la «sonata en Si bemol, Deutch 960» de Schubert, vio algo en él que le hizo aceptarlo de inmediato. Tenía una buena técnica, pero sobre todo una gran personalidad en la interpretación. Michel aquel día había logrado matices muy delicados, casi transparentes. Sobre todo en el segundo movimiento, que se ajustaba a la perfección al concepto que tenía Prodini de la última sonata del maestro vienés. Sin embargo, el viejo profesor jamás mostraba complacencia con sus escogidos alumnos, más bien procuraba ponerlos en situaciones difíciles de soportar para poner a prueba sus nervios.
—Ser concertista es la profesión más arriesgada y difícil del mundo —les decía—, un desliz en tu concentración y todo el edificio se viene abajo. El público y la crítica no perdonan los errores. Pueden acabar contigo en veinticuatro horas si tienes un mal día.
El profesor, de espaldas al piano, miraba por la ventana la tarde lluviosa y fría, pero Michel sabía que le estaba escuchando atentamente, mientras tocaba la «polonesa en La bemol» de Chopin. De pronto le interrumpió bruscamente:
—¡No está respirando, Loupin!... Por mucho que toque todas las notas, si la respiración no acompaña a la música, esta tampoco respira, y por tanto no existe el movimiento tensión−relajación. El ritmo de la interpretación viene dado por su forma de respirar. Y, ojo, no me refiero a sus malditos pulmones, son sus manos las que deben hacerlo. Si la respiración es pobre, su impulso vital se empequeñece y aparecen las dudas, porque se está autojuzgando constantemente. Funciona como una persona que se escucha a sí misma mientras habla. En cambio, si respira bien, desde el vientre, ya no puede estar en el mental, en el juicio analítico. Aparece el no−consciente y la música surge desde la profundidad de su cuerpo. Esto es hacer música, lo otro es bla, bla, bla… Vamos, otra vez desde el principio.
Después de dos horas de una intensidad casi eléctrica, Michel bajó apresuradamente las amplias escaleras de l’École agotado y tembloroso. Por dentro su cuerpo bullía de excitación y en su mente se agolpaban pensamientos compulsivos:
—Este maldito Prodini es el cabronazo más insoportable que he conocido en mi vida… lo terrible es que aprendo más con él en una hora, que en un año con mis anteriores profesores…
Decidió pasar por el Café de l’Opéra y tomar algo para tratar de volver a sentirse él mismo, porque Prodini tenía la virtud de lograr extraer de él una faceta que le era desconocida, pero a la vez enormemente valiosa, porque inundaba su cuerpo de una energía que no podía definir, una pulsión instintiva que se traducía en unas interpretaciones excepcionalmente poderosas. Le fascinaba esa transformación, pero le desconcertaba. No se reconocía, no era realmente él quien tocaba. Era como si su cuerpo supiese perfectamente lo que tenía que hacer. Solo había que dejar que tomase el control.
Prodini le hacía ver que una vez que la obra está aprendida, hay que «desprenderse» del mental, de sus juicios, de sus miedos, de su análisis banal. Había que crear un gran vacío y dejar que la música fuese como un río, aguas que fluyen, que limpian, que se deslizan solas. Y el mecanismo para conseguirlo estaba en la respiración.
El viejo Café de l’Opéra estaba próximo a la HEM y era el punto de reunión de los estudiantes de música de Ginebra. A esa hora de la tarde estaba lleno a rebosar y se respiraba esa energía joven que olía a sudor, vitalidad y alegría.
No había ni una mesa libre, pero Michel vio a Hervé y a Pau sentados junto a la ventana conversando animadamente y se unió a ellos. Ambos estudiaban cello, estaban en el último año.
—Joder, Michel, ¡qué careto!... ¿acabas de ver un cadáver o qué? —dijo Pau ofreciéndole una silla—. Vale, otra vez el viejo loco, ¿verdad?... Te dije que no le hicieses caso, está como una cabra, pero todos los genios lo están.
—Te lo tomas demasiado personal —dijo Hervé—, lo importante es que de sus clases puedes sacar mucha chicha. Muy poca gente tiene una visión musical tan aguda como él.
—Lo sé perfectamente Hervé, pero no puedo evitarlo, me destroza emocionalmente cada vez que le veo. Me está cambiando por dentro. No paran de surgir cosas nuevas: texturas, matices, coloraciones cambiantes que vivían en mi interior y yo desconocía completamente, y eso me desconcierta. Y sé que se está reflejando cada vez más en cómo interpreto. Incluso Bach suena diferente, ¿no os parece increíble?
—Si te está cambiando para superarte, le tendrías que dar las gracias en vez de ponerte tan tenso —dijo Pau—. ¿Sabes la pasta que paga la gente a los psicólogos para mejorar?
Todos rieron.
—Prodini es un sabio —dijo Hervé—. Cuando los demás se pierden, él es capaz de encontrar soluciones creativas.
—Exactamente —dijo Pau apurando su cerveza—. Me recuerda al sufí errante del cuento.
—¿Qué cuento?
—El del camellero, creía que os lo había contado.
—No lo recuerdo —dijo Michel.
—¿Queréis oírlo?
—Anda Pau, desembucha.
—Pues dice así: «Una vez había en Arabia un hombre viudo, que vivía en el desierto con sus cuatro hijos y su rebaño de camellos. Cuando murió había dejado escrito en su testamento, que el rebaño se repartiese entre sus hijos de la siguiente manera: al mayor, la mitad del rebaño. Al segundo, un cuarto. Al tercero, una octava parte, y al cuarto, una décima parte. Cuando murió, en el rebaño había treinta y nueve camellos. Los hermanos empezaron a calcular y fueron incapaces de ponerse de acuerdo. Empezaron a discutir entre ellos acusándose unos a otros, hasta que vieron a lo lejos a un derviche errante, un hombre sabio que viajaba a lomos de su camello. Fueron corriendo a pedirle que les ayudase a resolver el problema. El maestro comprendió lo que ocurría y les dijo:
—Os ayudaré y además os regalo mi camello.
Los hermanos le dijeron que no podían aceptar tanta generosidad, pero él insistió y al final accedieron. Así el rebaño pasó de treinta y nueve a cuarenta camellos.
El maestro empezó a dividir el rebaño, tal y como había indicado el padre. Así, al mayor le dio la mitad de los cuarenta, es decir: veinte. Al segundo, un cuarto del rebaño: diez. Al tercero la octava parte, que son cinco. Y al pequeño la décima parte de cuarenta, o sea: cuatro.
Entonces sumaron: 20+10+5+4= 39. El maestro dijo:
—Ah, veo que sobra uno, justamente el mío. Como ya tenéis repartidos los treinta y nueve no me necesitáis. Así que cogió su camello y despidiéndose siguió su camino». Eso es lo que hace Prodini, encuentra soluciones donde otros no las ven.
Michel y Hervé rieron y aplaudieron a Pau, que levantó su jarra con aire triunfante y bebió un buen trago. Luego dio un cariñoso golpe en el hombro a Michel:
—Venga Michel, tómate algo y olvida a ese viejo vampiro observando la cantidad de bellezas que nos rodean —dijo Pau describiendo un círculo con el brazo, mientras entornaba los ojos a causa de su miopía—. Son tan guapas que parecen inalcanzables, sobre todo para un tipo no muy agraciado como yo. Pero no pierdo la esperanza; algún día escalaré el Olimpo y me casaré con una de estas diosas.
—Amén —dijo Hervé sonriendo—. Pero tráete un buen jersey, en el Olimpo hace un huevo de frío. Lo sé, porque hace poco estuve allí con Afrodita.
El camarero puso una rebosante cerveza delante de Michel.
—A la salud de la escuela más exasperante y cabrona de Europa, de la que incluso el insigne Franz Liszt fue profesor —dijo Michel levantando su jarra.
Los tres brindaron entre risas.
3
Ginebra, junio de 1983.
La orquesta de la Suisse Romande era la orquesta sinfónica más prestigiosa del país. Creada en 1918 por el mítico director Ernest Ansermet, que la dirigió durante 49 años, había llegado a ser considerada como una de las cinco mejores orquestas europeas.
Cuando Raquel Buffetti se presentó a la oposición para una de las dos plazas de violín que habían quedado vacantes, estaba segura de que no lo conseguiría. Se presentaron ochenta y nueve violinistas de todo el mundo, incluyendo los asiáticos con su prodigiosa técnica.
Raquel tenía 22 años recién cumplidos. Había llegado a Ginebra directamente desde Roma para presentarse a esta oposición. Admiraba profundamente a Ansermet, a quien consideraba uno de los directores más equilibrados y de mayor personalidad de todos los tiempos y, aunque el director actual era Horst Stein, la huella que el viejo maestro había dejado en la orquesta aún permanecía. Especialmente cuidada y armoniosa era la sección de cuerda, de la que ella admiraba la perfecta sonoridad y compenetración.
El examen era terrible. Había que superar tres fases que se extendían a lo largo de casi un mes, en que el tribunal ponía a prueba todos los recursos del aspirante.
Después de la primera selección, únicamente treinta de los ochenta y nueve violinistas lograron pasar. A partir de la segunda, solo diez, entre ellos estaba Raquel.
El día definitivo se presentó en el Victoria Hall de Ginebra, donde la orquesta tenía su sede, a las nueve de la mañana. Llevaba puesto un vestido azul que ensalzaba su bonita figura y que le dejaba una gran libertad de movimientos. Su brillante melena negra azabache estaba recogida en una trenza, para que nada estorbase el contacto con su violín. Con años de ahorro y el apoyo de su familia había conseguido su sueño: un violín Bernd Hiller, que era más que un instrumento; era su amigo, su compañero inseparable, su confidente y el mensajero de sus sentimientos más profundos. Construido con maderas noruegas con veinticinco años de almacenaje, el sonido que brotaba de su caja armónica de picea era tan claro y translúcido como la resina y la miel.
Raquel extrajo con sumo cuidado su instrumento del estuche y se colocó en posición. Miró al tribunal y les saludó con una leve inclinación de cabeza.
—Puede empezar, señorita Buffetti.
Cuando las primeras notas de la «partita en Re menor BWV 1004» de Bach empezaron a llenar la sala de audiciones, Raquel se olvidó por completo de que aquello era un examen y que había un jurado atento a sus menores fallos. Con los ojos cerrados, perdida en una tenue oscuridad, se sumergió en la inmensidad de aquella música, en la poderosa vibración que arrancaba el arco a las cuatro cuerdas de aquel instrumento que amaba y dejó que el sonido la poseyera y la emocionara hasta perder la consciencia.
Cuando terminó estaba agotada. Tardó unos minutos en recuperarse y miró al tribunal. Los tres miembros la observaban fijamente en silencio. Le pareció notar el leve brillo de una lágrima en los ojos de la presidenta, cuando con voz trémula se dirigió a ella:
—Muchas gracias, señorita Buffetti.
Raquel se detuvo un momento para mirar a su Bernd Hiller y le dedicó una suave caricia de agradecimiento. Lo guardó con delicadeza en su estuche y salió despacio de la sala.
A los dos días el tribunal la llamó. ¡Lo había conseguido!... Su sueño se había hecho realidad. Estaba admitida en la orquesta. Además, para colmo de su dicha, le habían asignado el puesto de segundo violín, ayudante del concertino. No podía creerlo…
A la salida de la reunión con el tribunal corrió por las calles de la ciudad, con su estuche en la espalda llorando de alegría. Buscó una cabina y telefoneó emocionada a sus padres en Roma. Se iría enseguida para allá y lo prepararía todo para empezar una nueva vida en Suiza.
Los ensayos comenzaban dentro de una semana.
4
Zúrich, invierno de 1975.
Karl Heinzel, el relojero, había dormido mal esa noche. Cuando llegó a casa, ya de madrugada, apenas había probado la cena que su madre le había dejado en la cocina y se había metido enseguida en la cama. Se despertó inquieto varias veces, a causa de ciertas visiones que le habían angustiado durante el sueño, pero que después, cuando despertaba, no lograba identificar. Eran las siete en punto cuando se levantó de aquella cama que había usado desde pequeño y se duchó con agua muy caliente para despejarse un poco.
Se hizo un desayuno de tostadas con mantequilla y café y entreabrió la puerta del dormitorio de Anne, su madre. Aún dormía, o quizá solo lo aparentaba. Karl cerró la puerta con cuidado.
A las siete cuarenta y cinco en punto bajó las escaleras y desde el portal observó la calle un instante. Estaba nublado y la acera conservaba la nieve de la noche anterior. Hoy también haría frío. Zúrich no le gustaba. Era el centro financiero del país y él la encontraba demasiado grande y ruidosa.
De joven le gustaba más. Su padre le había enseñado los lugares más bonitos de la ciudad. Habían ido juntos a pasear por el río Limmat, desde donde se divisaban orgullosas las altas montañas de los Alpes. Se habían tomado un magnífico chocolate y cruasanes calientes, en el café que estaba junto al cabaret Voltaire. Su padre le había explicado que allí Tristan Tzara había creado el movimiento cultural Dadá, que revolucionaría el pensamiento artístico.
Sin su padre, la ciudad había perdido todo su atractivo. Karl no tenía amigos. Se había convertido en una persona solitaria. Desde joven, la necesidad de estar cada día en la relojería atendiendo al público había condicionado de una forma definitiva su vida social. Había dejado los estudios con 17 años y la tienda fue su único territorio. En ella, el recuerdo de su padre aún permanecía. Le gustaba estar allí. Las herramientas de trabajo, el mostrador, los diferentes modelos de relojes, el olor de los productos de limpieza de los mecanismos y hasta aquel viejo cuadro de los Alpes. Todo le recordaba a su padre y le hacía sentirse bien.
También conservaba los discos de vinilo que había heredado, perfectamente ordenados y limpios, en una estantería de madera. Todos ellos clasificados por épocas, desde la música del Renacimiento, hasta compositores contemporáneos. Pero la sección más importante y extensa era el Barroco y dentro del Barroco, Bach.
Mientras caminaba hacia la tienda se cruzó con una brigada de operarios que limpiaban de nieve las aceras. El campanario de la iglesia de St. Jakob le recordó que ya eran las ocho y quince. Estaba a solo cinco minutos de la relojería.
Era un negocio humilde. Una pequeña tienda con fachada de color crema y un mínimo escaparate sobre el que se podía leer: Relojería Heinzel. En el interior, un mostrador de sólida madera con una vitrina de cristal donde se exponían relojes de pulsera y, distribuidos por las paredes, una colección de variados relojes esféricos y de cuco, que ocupaban prácticamente todo el espacio disponible. Dos antiguos relojes de péndulo que eran de la colección privada de su padre, y que no estaban a la venta, decoraban dos rincones del local.
Con mucho esfuerzo, su padre había podido adquirir aquel humilde comercio, después de ahorrar durante los años en que aprendió el oficio, primero como aprendiz y más tarde como operario, en una famosa relojería de Zúrich. Le contó que apenas pudo estudiar, porque tuvo que empezar a trabajar a los 14 años. Sin embargo, no lo decía con tristeza, había aprendido a amar los relojes y realizar su sueño: tener un negocio de su propiedad.
Levantó el cierre metálico, desconectó la alarma y abrió la puerta. Había un orden impecable, como siempre, pero echó una ojeada para comprobarlo. Fue hacia la habitación y encendió la luz del taller. Allí estaba desmontado y vulnerable el viejo reloj de péndulo que tenía que componer. Lo observó con respeto. Era un delicado reto devolver la vida a ese bello objeto, que ahora dependía de sus manos para volver a latir. Le gustaba considerarse casi un cirujano y este paciente, a pesar de su grave enfermedad, tenía que seguir viviendo.
Se pasó toda la mañana construyendo el meulle nuevo, pero era una pieza difícil, de mucha precisión. Tardaría al menos otro día más en acabarlo.
A las doce cuarenta salió de la tienda y se dirigió a su casa. Cuando llegó, la mesa estaba puesta y su madre salía de la cocina con una antigua sopera que dejó sobre la mesa.
—Hola mamá.
Anne no contestó, pero miró a su hijo durante un momento. No se besaron, hacía tiempo que no había contacto entre ellos. Él recordaba bien los ojos de su madre antes del accidente. Eran de un bello color azul profundo y limpio, que destacaba sobre un rostro equilibrado y sereno. Después de la muerte de su padre sus ojos se apagaron, ya no miraban. Un velo de tristeza los cubrió para siempre, convirtiéndolos en un espejo sin brillo.
Comieron en silencio. Karl observó a su madre, que tomaba la espesa sopa con la mirada fija en el blanco plato de porcelana y sintió una profunda pena por ella. Cuando murió su padre, Anne se había ido con él. Seguía aquí, pero su vida no tenía ningún sentido y ella lo sabía. Ni siquiera la presencia de su propio hijo había podido aliviar su dolor. Karl sabía que su madre le quería, pero no demostraba ningún afecto, porque no podía. Los muertos ya no pueden amar.
Acabaron de comer y Karl llevó los platos a la cocina. Su madre se levantó y se fue despacio hacia su cuarto. Cada día, después de comer, se estiraba en la cama un rato. Karl sabía que antes de tumbarse miraría un momento la foto en blanco y negro que reposaba en la mesita de noche: Anne y Fred sonrientes, jóvenes y enamorados, poco después de su boda.
Se sentó en el viejo sillón frente al tocadiscos y sacó un disco perfectamente conservado, a pesar de que la portada estaba algo descolorida por los años: los conciertos de violín de Bach por Isaac Stern. Empezó a sonar el concierto en Mi Mayor. El segundo movimiento era para él la descripción más bella y serena de un atardecer de invierno lleno de melancolía. Cerró los ojos y se dejó transportar por aquella música, que se deslizaba como un arroyo tranquilo y armonioso.
De improviso sonó el timbre de la puerta.
—¡Frau Rose!
—Hola Karl. He pasado a traeros un poco de pastel. Hoy es mi cumpleaños. Estoy sola, ya sabes, y he pensado en que quizá querríais compartirlo conmigo.
—Claro Rose, pase. Claro que sí. Anne está durmiendo ahora, pero haré un té y nos tomamos juntos este delicioso pastel. Le dejaremos un trozo a ella para más tarde.
La señora Rose vivía en el piso de enfrente y era la única persona con la que mantenían algún contacto. Rose era mayor, hacía mucho que se conocían. Ella y su marido habían sido amigos de sus padres y Karl sabía que le preocupaba el estado de Anne. De vez en cuando se dejaba caer con alguna excusa, por si podía ayudar en algo.
Karl trajo la tetera y platos de postre.
—Qué maravilla de pastel —dijo él.
—Gracias corazón —a veces le llamaba así—, lo he hecho yo misma. Aún puedo hacer algo. Ya ves, es un strudel.
—Tiene una pinta estupenda. Y… ¿Cuántos años cumple, Rose? Si no es indiscreción —dijo Karl con una sonrisa.
—Hay hijo, hasta los 70 es una indiscreción preguntarle la edad a una mujer, pero a partir de esa edad, casi agradecemos que lo hagan, así podemos comentar lo bien que nos conservamos o en todo caso hablar de nuestros achaques. Lo importante es charlar de algo con alguien. Por desgracia, el único ser con quien hablo es mi periquito Tintín y de vez en cuando con vosotros. Para que lo sepas, cumplo 84.
—Vaya, se la ve magnífica.
Hubo un momento de silencio. Rose miró a Karl con expresión preocupada, mientras este servía el té.
—¿Cómo está Anne?
—Bueno, no muy bien. Creo que cada vez un poco más alejada de todo. Como ya sabe, Rose, poco a poco ha ido dejando de hablar y ahora ya apenas dice nada, solo algunos monosílabos de vez en cuando.
—Me acuerdo que antes ella salía a hacer la compra. Se obligaba a ello. Incluso alguna vez fuimos juntas y eso le hacía relacionarse un poco y hablar. ¿Cómo lo hacéis ahora?
—Bueno, ahora ya no quiere salir. Ha ido perdiendo la ilusión por todo. Nos traen la comida a casa cada semana del supermercado. Siempre lo mismo. Yo hice la lista con un poco de todo y la vamos repitiendo mes tras mes.
Rose cortó el pastel y le sirvió a Karl.
—Este pastel, por ejemplo. No sabe, Rose, la gran novedad que supone en nuestra monótona dieta. Me gustaría cambiar la lista, pero no tengo más remedio que adaptarme a lo que ella es capaz de preparar ahora y no son muchas cosas, sopa, básicamente.
—Si yo pudiese hacer algo sabes que lo haría, ¿verdad corazón?
—Lo sé Rose, claro que sí, pero Anne ha decidido que este mundo ya no le interesa y está en otro lugar, un refugio inaccesible y silencioso, donde solo están ella y mi padre. Ni siquiera yo puedo entrar.
—Rose miró a Karl con cariño. Tenía los ojos húmedos.
Estuvieron charlando un rato más. Luego Rose le dio un beso, se despidió, le dio muchos recuerdos para Anne y volvió a su casa.
Karl se quedó en silencio. Pensó en cómo habría sido todo, si aquel día su padre se hubiese retrasado cinco minutos, y aquel conductor borracho no hubiese coincidido con él.
Miró la hora. Tenía que ir a la tienda. El viejo reloj le esperaba. Se puso la bufanda y el abrigo y salió a la calle.
5
Ginebra - Lausana, junio de 1983.
Se había acabado la vida de estudiante. Michel había cumplido los 27 años y había terminado con brillantez los estudios de perfeccionamiento y virtuosismo en la HEM. La relación con Leo Prodini, a pesar de que había sido difícil al principio, había mejorado mucho en los últimos años. Michel se dio cuenta de que el viejo profesor le estaba abriendo un camino que nadie más podía mostrarle y le permitía descubrir quién era él realmente como músico. En cuanto al carácter de Prodini, decidió seguir los consejos de Irving Berlin, quien una vez dijo que la vida era un diez por ciento de lo que te pasa y un noventa por ciento de cómo reaccionas a ello. A partir de esta actitud todo fue mucho mejor. Hasta le tomó afecto al viejo gruñón, e incluso llegó a entrever en alguna ocasión que el gran Leo Prodini se preocupaba realmente por él y por su carrera.
Cuando se separaron, Prodini le dio sus últimos consejos:
—Loupin, ahora ya está usted formado como pianista y será un gran intérprete si es usted mismo. No trate de imitar a nadie, ni se compare con ningún otro. Cada uno de nosotros somos únicos. Encuéntrese por dentro, hasta llegar a donde nadie ha llegado. Si descubre ese tesoro, entonces podrá tocar de verdad.
Le estrechó la mano y simplemente dijo:
—Buena suerte Loupin.
—Adiós profesor.
Michel se quedó observando cómo aquel hombre excepcional se alejaba de él con paso cansado. De pronto, para sorpresa de Michel, Prodini se volvió y con una cara que quería ocultar su emoción le gritó:
—¡Y manténgame informado!
A los dos días cogió el tren en dirección a Lausana. La etapa de Ginebra había sido emocionante y difícil a la vez. Le había sido muy útil también para darse cuenta de lo mucho que le costaría abrirse camino en el mundo de los concertistas de piano. El universo entero estaba lleno de pianistas increíbles, la competencia sería feroz, pero estaba decidido a conseguirlo. En Ginebra había estudiado unas ocho horas diarias, a partir de ahora estudiaría diez. Solo descansaría los domingos. Se miró las manos. En ellas estaba todo su futuro.
A través de la ventanilla se manifestaba ya el principio del verano y el bello paisaje que discurría ante sus ojos abarcaba todas las tonalidades del verde, resaltadas por el azul cobalto del cielo. Se sintió feliz.
Había telefoneado a su familia para decirles que llegaba hoy. Su madre iría a buscarle. Su padre era el propietario de una tienda de antigüedades en el barrio viejo de Lausana y a esa hora de la tarde tenía que estar en ella. Selene, su madre, era una cotizada acuarelista. Procedente de una familia de la alta burguesía de Berna, había conocido a su padre, Jacques, en una subasta de arte en el Sotheby’s de Londres. Al cabo de un año se casaban. Era paisajista. Su manera de pintar era rápida, suelta y colorista. Sus cuadros representaban pequeños pueblos, montañas y grandes prados cubiertos de flores. Los cielos era lo que más le gustaba a Michel, y los paisajes nocturnos, en los que la luna, quizá por el nombre de su madre, tenía un protagonismo especial.
—Cariño, ¿cómo estás? —le abrazó con fuerza—. Ya veo, delgado y con una ropa horrible… mañana vamos a comprarte algo decente.
—Hola mamá. Tenía ganas de verte.
Ella le cogió del brazo.
—Anda, Mishi, tomemos un café antes de meternos en el coche y me lo cuentas todo. Hace tanto tiempo que no nos vemos.
Arrastrando las dos pesadas maletas llenas de ropa, recuerdos y partituras, se sentaron en una de las cafeterías de la estación.
Michel le fue explicando todo lo que le venía a la cabeza: la HEM, Prodini, las aventuras del piso que compartía con otros estudiantes, las interminables horas de estudio en la sala que tenía que alquilar en la rue St. Paul para poder trabajar con un piano de cola decente, un conato de noviazgo con una estudiante de oboe que al final no funcionó y sobre todo la madurez interpretativa y la solidez técnica que sentía ahora.
Selene miraba sus bellos ojos grises y le escuchaba atenta. Estaba orgullosa de Michel y le quería de verdad, con un amor profundo que no le impedía dejarle volar. En los últimos cuatro años su hijo solo había venido un par de veces a casa, pero ella nunca se lo reprochó.
—Mamá, ¿cómo está Claire?
Su hermana, dos años mayor que él, se había casado hacía unos años con un empresario sueco y vivían en Estocolmo. Tenían dos hijos.
—Está bien, Michel, pero ya la conoces, es bastante desapegada. De todas maneras, nos llama de vez en cuando y nos envía fotos de los niños. Dice que procurarán venir esta Navidad.
—Me alegro —dijo Michel—. Mañana la llamaremos, ¿de acuerdo?
—Claro hijo. Pero qué guapo estás.
El flamante Audi plateado recorría silencioso las empinadas calles de Lausana. Atravesaron el puente Bessiers y el Chanderón. Dejaron atrás el bosque de Sauvelín y salieron de la ciudad. Su casa estaba en las afueras. Era un gran caserón de principios de siglo, que había pertenecido a la familia de Selene y que habían comprado a un precio razonable, antes de que Michel naciera.
Atravesaron el cuidado jardín y aparcaron delante de la gran puerta de roble. Su padre, que había oído llegar el coche, les esperaba en las escalinatas.
—¡Papá! —se abrazaron.
—Cuánto tiempo, Michel. Te he echado mucho de menos.
—Y yo también a vosotros, pero ya sabes, ha sido un camino que tenía que recorrer. Ahora soy un verdadero pianista. Me siento preparado para dar conciertos.
—Desde luego. Y no te preocupes, vas a tocar muy pronto. Ahora que estás aquí empezaré a mover algunos hilos, ya verás. Bueno, entremos.
Selene se dirigió a su hijo con un travieso brillo en sus ojos:
—Mishi, deja aquí las maletas y subamos arriba.
Los tres ascendieron por la elegante escalera de madera oscura que conducía a las habitaciones del primer piso.
—Tu habitación está tal como la dejaste. Pero la hemos pintado de nuevo, aunque del mismo color.
—Y ahora mira… —dijo su padre.
Entreabrió la puerta de la espaciosa habitación contigua, mientras sus padres se miraban y sonreían.
Michel cruzó la puerta y se quedó petrificado. Un flamante piano de cola Steinway & Sons estaba colocado en medio de la sala.
—Es el regalo de fin de carrera.
Los tres se abrazaron. Michel no podía decir nada. Estaba llorando, apretado contra sus padres. Siempre recordaría aquel momento como uno de los más felices de su vida.
6
Ginebra, septiembre de 1983.
El director Horst Stein estrechó la mano de Raquel y le dio la bienvenida a la orquesta. La presentó a los otros músicos como el miembro más joven, pero no por eso el menos brillante de la agrupación. Ocuparía el cargo de ayudante de concertino. Era el tercer cargo más relevante, después del director y del concertino. Le invitó a decir unas palabras.
Raquel se levantó con timidez y desde su atril saludó a sus compañeros con una sonrisa.
—Hola a todos. Soy Raquel, aunque todo el mundo me llama Ra. Solo quiero que sepáis que no podía ni imaginar que algún día formaría parte de la Suisse Romande, la orquesta que más admiro y que he seguido desde pequeña. El sueño más importante de mi vida se acaba de cumplir. Os pido un poco de paciencia si al principio cometo errores, pero os aseguro que pondré todo mi empeño en estar a la altura de todos vosotros. Agradeceré cualquier consejo que queráis darme y podéis considerarme una amiga y una compañera. Buscaré la manera de dar lo mejor que tengo, para que la orquesta siga siendo la admiración de Europa. Gracias a todos.
Un aplauso y sonrisas acogieron sus palabras.
Ser ayudante de concertino era un cargo de prestigio y responsabilidad y Ra sabía que podía despertar cierto recelo que lo ocupase una chica tan joven, pero les demostraría que podían confiar en ella.
El primer violín, su compañero de atril y concertino, era un joven ruso, Yuri, que le había caído simpático desde el primer momento. Como responsable de la orquesta, tenía a su cargo la preparación y afinación de los instrumentos antes de que viniese el director, el control de las partituras y la cohesión y comunicación entre todos los miembros de la orquesta. Y aunque nunca le había pasado, también entraba en sus obligaciones la sustitución del director, en caso de que este sufriese alguna indisposición y tuviese que abandonar el concierto.
Después de escuchar las palabras de Ra, Yuri aplaudió de la manera en que lo hace la cuerda: golpeando con suavidad en el atril con el arco. Le dedicó una gran sonrisa y se ofreció a ayudarla en todo lo que necesitase. Le deseó que estuviese tranquila y confiada, y le hizo notar que, como sin duda comprobaría, en aquella orquesta se respiraba un ambiente de gran camaradería. Ra se lo agradeció con otra sonrisa.
El primer ensayo de la temporada empezó con «El Moldau» de Smetana, una obra que ella admiraba, tanto por sus bellos temas como por la brillante y variada forma de describir el transcurso de un río, desde su nacimiento hasta su solemne entrada en Praga.
La sección de madera empezó a imitar el movimiento del agua, cuando el Moldava es tan solo un arroyo de montaña. Flautas y clarinetes suben y bajan creando remolinos y transparencias, jugando como lo haría el agua a través de un verde prado.
Cuando entró el tema principal cantado por toda la cuerda, Raquel se estremeció. El bello leitmotiv sonaba como nunca lo había escuchado. Dulce, profundo y brillante a la vez. La emoción nubló sus ojos y casi no podía distinguir las notas de la partitura, pero no importaba, se la sabía de memoria. Yuri se dio cuenta y le sonrió. Se embrujó con aquel joven arroyo que va creciendo como un ser vivo, que se transforma y enriquece a través de su propio viaje y atraviesa Praga convertido en un inmenso río. Una poderosa imagen que se pierde en el horizonte, mientras la orquesta dibuja la lejanía y la distancia.
Se sintió feliz, enamorada de aquella música y de aquella orquesta que la llevaba en volandas hacia la belleza más sublime.
Con la Suisse Romande su vida había cambiado para siempre.
Ra había alquilado un sencillo piso en un barrio popular de Ginebra. Era una vivienda pequeña, pero suficiente para ella; de momento no podía permitirse nada mejor, porque aquella ciudad no era precisamente barata en cuestión de alquileres.
El piso tenía dos habitaciones y un salón comedor, además de la cocina y el cuarto de baño. Estaba amueblado con sencillez, pero tenía todo lo necesario, ya que ella únicamente había traído de Roma su ropa y su violín.
Una de las habitaciones la había insonorizado con paneles de corcho, para poder estudiar el instrumento sin molestar a los vecinos. Era un cuarto piso, con un estrecho y viejo ascensor, y aunque las habitaciones eran interiores, el comedor tenía una gran ventana de madera, con una bella vista de la parte antigua de la ciudad; era una zona de la casa muy luminosa, con una claridad que enamoró a Ra enseguida y fue lo que la decidió a quedárselo.
Cada uno de los rellanos de la escalera contaba con tres pisos, todos ellos modestos como el suyo. En el poco tiempo que llevaba allí había conocido a algunos de sus vecinos, la mayoría de ellos inmigrantes.
En el segundo piso vivía una familia italiana con la que hizo enseguida buenas migas. El signore Carmelo, su mujer Rita y sus cuatro hijos, de edades comprendidas entre los 3 y los 11 años, que dormían en literas y un sofá cama doble en el comedor.
El señor Carmelo amaba la ópera italiana más que nada en este mundo y cuando se enteraron de que Ra era violinista la invitaron de inmediato a degustar con ellos unos maravillosos fetuccinni cocinados por «la mamma» y a escuchar al señor Carmelo entonar a pleno pulmón varias arias para tenor de Verdi, Puccini, Rossini y hasta Leoncavallo.
Los vecinos conocían perfectamente las aficiones de Carmelo y, como ponía tanto entusiasmo y se arrancaba en horario prudencial, nunca habían protestado; en realidad les encantaba.
—El violín es un instrumento bellissimo —le dijo el primer día Carmelo a Ra—, pero nada es comparable a la voz humana, porque es un instrumento hecho de carne y sangre. La voz no puede engañar. Puedes ver el alma de una persona a través de la sua voce.
El piso de enfrente, el 4º A, el más alejado de su casa, parecía desocupado; nunca había escuchado movimientos ni sonido alguno, pero en el del centro del rellano, el 4º B, contiguo al suyo, sí que había percibido en ocasiones, ruidos y unas voces con una extraña entonación que se filtraban a través de la pared, a pesar de ser un edificio antiguo y con muros bastante anchos. No sabía quién podía vivir allí, porque nunca había coincidido con esas personas, quizá por su propio horario o porque hacían una vida muy centrada en ellos mismos.
Una tarde había empezado a practicar escalas y arpegios durante su estudio diario del violín, cuando a través de la pared de corcho de la habitación le sorprendieron unos gritos desgarradores que no parecían humanos. Se detuvo de inmediato y trató de escuchar a través del tabique. A pesar de la insonorización del cuarto, aquellos alaridos procedentes del piso contiguo eran tan aterradores, que Ra se quedó paralizada y estremecida, sin saber qué hacer.
Tan repentinamente como habían comenzado, los pavorosos gritos cesaron y se hizo un extraño silencio
Ra no pudo seguir estudiando, su oído no había escuchado jamás unos sonidos como aquellos y le era imposible identificar quién o qué podía emitirlos. No sabía qué hacer. Pensó en bajar al segundo piso y preguntar a Rita o Carmelo; quizá ellos podrían decirle algo de lo que ocurría en aquella casa, pero recordó que justamente esos días estaban en Italia por un asunto familiar.
Decidió salir a dar un paseo para quitarse esa inquietud que le anudaba el estómago y le impedía estudiar. Estuvo dando vueltas por el barrio sin rumbo fijo. No podía quitarse aquellos gritos desgarradores de la cabeza. Finalmente regresó a casa para cenar. Desde la calle trató de vislumbrar si había luz encendida en aquel piso, pero daba a la parte interior del edificio y no pudo distinguir nada.
Subió en el desvencijado ascensor a su casa. A medida que se acercaba, se le encogía el estómago al imaginar el profundo dolor que debía sentir quien emitía aquellos alaridos. Se sintió aterrorizada. ¿Por qué había tenido que coincidir ella precisamente con unos vecinos así? Se estremeció al pensar que solamente estaban ella y aquella gente en el rellano.
Antes de entrar en su piso, hizo acopio de valor y acercó el oído a la puerta del 4º B. No se oía nada, más bien un silencio impenetrable y extraño que lo envolvía todo.
Entró en su casa, se hizo algo rápido de cenar, leyó un rato y se fue a dormir con un malestar en el cuerpo que no había podido sacudirse.
Esa noche estuvo dando vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. Aquellos sonidos se habían clavado profundamente dentro de ella, porque denotaban un sufrimiento atroz.
Le fue imposible relajarse, hasta que empezó a vislumbrarse la primera luz del alba.
En aquel momento se quedó dormida.
7
Taller de la relojería, Zúrich, 1975.
Karl había pasado la tarde anterior y toda la mañana de ese día arreglando el viejo reloj de péndulo. Con sumo esfuerzo y meticulosidad había podido construir un meulle nuevo. Después había limpiado a fondo todo el mecanismo y lo había montado pieza por pieza. No había tenido que sustituir otros componentes. Al ser un reloj tan antiguo, todas las piezas estaban hechas de la mejor calidad. Ahora ya no se construían mecanismos así.
Diez minutos antes de la hora de cerrar, el señor Reiner vino con su nieto a recoger el reloj. Karl le había telefoneado a las nueve para decirle que estaría listo a última hora de la mañana.
—Buenos días.
—Buenos días, herr Reiner.
—Lo ha conseguido, ¿eh?
—Pues sí. No le diré que ha sido fácil. Era una avería de mucha envergadura, una pieza fundamental, el meulle, que es la vida del reloj. He tenido que construirlo yo mismo, porque este no es un mecanismo de serie, es una pieza única, que no tiene recambios. Construir un meulle nuevo requiere mucha paciencia y habilidad, por eso el presupuesto que le di es elevado.
—No me importa lo que cueste. Para mí este reloj significa mucho. Le agradezco de verdad el interés que ha puesto en este asunto. Seguramente otra persona me hubiese aconsejado tirarlo, porque no se podía arreglar.
—Es una verdadera obra de arte, creo que aún puede durar muchos años.
El señor Reiner pagó el importe de la reparación, estrechó la mano a Karl y le dijo con un susurro:
—No sabe usted lo que ha hecho por mí. ¡Gracias!
Karl salió del mostrador y ayudó al nieto de Reiner a llevar el reloj hasta el coche aparcado junto a la tienda.
Cuando volvió al local, se permitió saborear un instante de satisfacción. Sabía que seguramente no volvería a ver jamás a Johan Reiner, pero en su interior albergaba el convencimiento de que con sus manos había regalado un poco más de vida a aquel anciano, al que se le iba acabando la cuerda del reloj de su propio tiempo.
Puso el dinero en la caja, conectó la alarma, bajó el cierre y tomó la Bürkleinstrasse en dirección a su casa. En el interior de los restaurantes la gente se preparaba para comer. Seguía haciendo frío, pero el sol había lucido toda la mañana, derritiendo parte de la nieve caída la noche anterior. Las aceras estaban embarradas y resbaladizas.
De pronto tuvo una sensación extraña que no podía definir. Un latido interno, eso era, punzante, frío y misterioso. Se dio cuenta de que, tal como le pasaba a veces, su cuerpo iba por delante de su mente, o al menos desconectado de ella. Un escalofrío recorrió su espalda. Su cuerpo sentía cosas que su mente no podía explicar y esto le generaba una angustia que a veces le paralizaba y le dejaba desvalido y vulnerable. Sabía que ese latido era el indicativo de algo que le iba a suceder, aunque no sabía qué, cuándo, ni porqué.
Colocó la llave en la cerradura y abrió la puerta de su casa.
—Hola mamá, ya estoy aquí.
Nadie le contestó. Dejó el abrigo y entró en el comedor. Se extrañó de que la mesa no estuviera puesta y le invadió un sentimiento de inexplicable temor.
Abrió con un movimiento brusco la puerta de la habitación de su madre. Anne estaba en la cama, arropada y con los ojos cerrados. Su cara tenía una expresión que Karl no le había visto nunca… ¿era paz?, ¿ausencia?, ¿burla?...
Se fue acercando con un cuidado infinito hacia ella. Supo que estaba muerta, aunque su razón no podía aceptarlo.
No respiraba, no había movimiento, no había vida, solo un inmenso vacío.
Karl se llevó las manos a la cara y se tapó con ellas. Empezó a sollozar con unos espasmos que no podía controlar, mientras todo su cuerpo se estremecía y unas convulsiones negras brotaban desde su estómago y aturdían su cabeza.
Cogió la mano de su madre. Estaba fría y un principio de rigidez empezaba a extenderse por su cuerpo.
¿Cómo había podido pasar?... Antes de ir a la tienda había mirado como siempre en su habitación y la había visto dormida. Ahora recordaba que estaba en la misma posición que esta mañana. Debía haber muerto durante la noche y él no se había dado cuenta. Le dolió en lo más profundo. Ni siquiera había podido despedirse. Se arrodilló y abrazó aquel cuerpo rígido, llorando desconsoladamente.
—Perdóname, madre. Perdóname... No he sabido ayudarte… No he podido calmar tu dolor. Lo siento… lo siento tanto…
Las lágrimas brotaban imparables y se derramaban sobre el cuerpo de Anne, cuyo rostro extrañamente relajado, parecía más bello que nunca.
8
Lausana, verano de 1983.
El Steinway que le habían regalado sus padres era magnífico. Había pertenecido a una conocida de su madre, que lo tenía más como adorno que como instrumento. No lo habían tocado apenas y eso se notaba, estaba prácticamente nuevo. Michel se dio cuenta enseguida de que aquel piano necesitaba vida. Prodini les decía que los instrumentos están vivos, si no los tocas languidecen, como plantas sin regar.
Poco a poco, hora tras hora, Michel empezó a despertar aquel instrumento dormido. A las siete se levantaba, hacía una tabla de gimnasia de media hora, se duchaba y tomaba el desayuno. Se sentaba al piano a las ocho y comenzaba haciendo tres horas de mecanismo, generalmente el Hannon y el Beyer, que contribuían a dar fuerza a sus dedos. Hacia las once hacía una pausa para tomar un café y continuaba hasta la una, la mayoría de las veces solo Bach. Sus fugas y preludios a varias voces, en las que tenía que resaltar determinadas notas y matizar otras, le obligaban a un control de los dedos que le era muy beneficioso. Además, estaba la belleza de su música.
Comía con sus padres y reposaba en su habitación una media hora. A las tres reanudaba el estudio, en general las obras más difíciles y que requerían un esfuerzo de las manos que rozaba el límite de lo humanamente posible: Rachmaninov, Liszt, Ravel, Stravinsky… Era su periodo de mayor concentración. Perdía la noción del tiempo y solía hacer cinco horas seguidas, hasta las ocho, sin ninguna interrupción.
A esa hora se levantaba agotado del piano. Necesitaba meter las manos en agua templada con sal, antes de bajar a cenar con sus padres.
Después de la cena era el momento de la tertulia, de comentar los acontecimientos del día. Su padre a veces les hablaba sobre los excéntricos clientes que pasaban por su tienda de antigüedades.
Jacques, tanto vendía como compraba objetos con al menos un siglo de vida. Tenía de todo, desde muebles hasta miniaturas. En general, lo más caro eran los cuadros y los jarrones japoneses y chinos, de los que su padre era un reputado especialista.
Hoy estaba eufórico. Les contó a Selene y a él que aquella tarde había vendido un jarrón de la época Ming por doscientos setenta mil francos. Se levantó y gesticulando de su peculiar manera, les contó la historia:
«Delante de la tienda había aparcado un Aston Martin negro. Habían bajado el chófer y un anciano que parecía chino. El chófer preguntó por el jarrón Liu—Feng. Estaba colocado en una vitrina a prueba de balas. Lo habían visto por internet.
El anciano lo examinó con detenimiento durante más de diez minutos, después le hizo una señal afirmativa al chófer y este depositó en el mostrador una cartera con doscientos setenta mil francos en efectivo. Jacques invitó al cliente a sentarse en un sillón de época cerca de la entrada y estuvo contando los billetes con ayuda de Jenny, la dependienta, durante un buen rato. Cuando acabaron le hicieron el recibo, le entregaron el certificado de autenticidad, embalaron cuidadosamente el jarrón y se lo entregaron al chófer. Jacques quiso dar la mano al anciano, que no había intercambiado con él ni una sola palabra, pero el viejo la rechazó. Hizo una leve inclinación de cabeza y siguiendo al chófer salió de la tienda».
Los tres rieron de buena gana. Jacques abrió una botella de Armand de Brignac, su champán favorito, y estuvieron celebrándolo y conversando distendidamente hasta bastante tarde. Luego Michel se levantó y les dijo que necesitaba irse a dormir. Besó a sus padres, se fue a su habitación y cayó en la cama rendido.
Día tras día, la rutina del estudio pianístico se impuso a cualquier otra consideración. Un par de veces que necesitó resolver algunas dudas, incluso se atrevió a telefonear a Prodini para consultarle. Curiosamente, este se mostró bastante considerado y le resolvió las dudas de manera clara y precisa. Michel se empezaba a dar cuenta de cuánto le había aportado su antiguo profesor.
Una noche, después de la cena, Selene les mostró a su padre y a él un cuadro que acababa de terminar. Era de un tamaño considerable para ser acuarela, más de un metro por lado. Papel 100 % algodón, de grano medio, marca Saunders, el papel inglés que solía utilizar Selene.
—Mamá, es maravilloso.
Sobre un caballete, su madre había colocado aquel paisaje, en el que una luna llena plateada se reflejaba en un lago en total calma. Al fondo, las siluetas azuladas de las montañas y algunas pequeñas estrellas. Una masa de árboles oscuros a ambos lados del cuadro creaba un paisaje sombrío y mágico. Había una espesa niebla que surgía del valle y envolvía las formas creando una atmósfera irreal. Lo más conseguido era la luz. Una luz nocturna que destilaba frialdad y misterio. Sentada en una roca, la silueta de una bella mujer miraba el lago.
—Selene, es realmente magnífico —Jacques se levantó y besó a su esposa.
—Lo sé —dijo ella—. Nunca había conseguido una atmósfera tan inexplicable como esta.
—Es armonía pura —dijo Michel.
Estuvieron un rato admirando los detalles de la obra y lo que cada uno sentía al verla. Selene estaba preparando una exposición en Lucerna. Este cuadro formaría parte de ella.
Cuando Selene salió para devolver la acuarela a su estudio, Jacques se volvió hacia Michel.
—Hijo, he estado hablando con Lucien d’Anduy, ya sabes, el director del Metropole y un buen amigo mío. Estaría encantado de que dieses un concierto allí. Incluso podrían ser varios días seguidos.
Michel escuchaba atento y sorprendido las palabras de su padre. Este prosiguió:
—Conoce tu trayectoria, sabe que has estudiado con Prodini. Quiere venir un día y oírte tocar. Puedes estar seguro de que apostará por ti.
—Papá, no sé qué decir. Tocar en el Metropole es una locura…
—Lo sé, por eso le propuse a Lucien que te hiciese una prueba. Sé que va a salir bien, porque te conozco. Eres como tu madre, un artista de pies a cabeza. Yo en cambio no lo soy, pero me encanta el arte, lo entiendo, lo vivo, lo compro, lo vendo y me enamoro de él, pero soy incapaz de crearlo… ¿No es una frustración?
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