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MANUEL NEVADO

JOSÉ GONZÁLEZ

EL DUELO

Crecer en la pérdida

Prólogo de

TEODORO HERRANZ


© del texto: Manuel Nevado Rey

y José González Fernández, 2020.

© del prólogo: Teodoro Herranz, 2020.

Realización de los gráficos: Grafime.

El dibujo de la página 115 es cortesía de

Centros para Mayores Casablanca.

© de esta edición: RBA Libros, S.A. 2020.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

rbalibros.com

Primera edición: septiembre de 2020.

REF.: ODBO763

ISBN: 978-84-9187-709-7

AURA DIGIT • COMPOSICIÓN DIGITAL

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

CONTENIDO

1  Prólogo

2  Introducción

3  1. La sociedad tanatofóbica

4  2. El duelo y su proceso

5  3. Tipos de duelo por fallecimiento

6  4. El síndrome de Ulises. Duelo migratorio

7  5. Duelo de pareja

8  6. Duelo infantil

9  7. La pérdida de un hijo

10  8. Aprendiendo a acompañarnos

11  9. Ejercicios y dinámicas para elaborar el duelo

12  Agradecimientos

Dedicamos este libro a todas las personas que nos han permitido ser sus acompañantes en sus duelos y a todos los alumnos y alumnas que, con sus preguntas, sus dudas y sus procesos de supervisión, nos hacen crecer como profesionales día a día.

A nuestros profesores, cuyas enseñanzas nos han guiado en el aprendizaje y, sobre todo, a la memoria de nuestros seres queridos fallecidos, quienes con sus ausencias nos enseñan el camino a seguir en la vida.

Gracias por ayudarnos a entender un poquito más que el duelo es la cuota que hay que pagar por haber amado.

PRÓLOGO

Para acercar este texto al lector, quisiera empezar por utilizar una de las acepciones que la RAE recoge del término «prólogo»: «Discurso que en el teatro griego y latino, y también en el moderno, precede al poema dramático».

A continuación, quiero subrayar el subtítulo de este libro, «Crecer en la pérdida». Parece difícil, a primera vista, unir la palabra «crecimiento» (desarrollo) con la palabra «pérdida», que cuenta entre sus sinónimos con términos como «menoscabo», «perjuicio», «disminución»… ¿Cómo es posible unir ambas palabras en una frase con sentido y con un propósito? Eso lo podremos ir conociendo y disfrutando a lo largo de los capítulos de este texto.

Permítanme que el discurso que precede a nuestro «poema dramático», que quiero entender como «estética en acción», parta de una imagen teatral. Cada ser humano tiene su propia obra dramática, su propia representación. El telón se levanta cuando venimos al mundo; frente a nosotros y junto a nosotros, en la platea y en el palco, están los coprotagonistas y espectadores de esta. Todos sabemos que la obra tendrá un final. A veces, lo vamos reconociendo, incluso anticipando; otras, es más sorprendente e inesperado. Algunas veces es más sereno y otras más abrupto, más desgarrador, pero, en cualquier caso, la obra tiene fecha de finalización y el telón se cerrará. El modo en que reaccionarán todos los participantes que acompañaron en distintos roles al protagonista serán sus propios duelos. Cómo serán esas reacciones ante la pérdida y cómo tratarlas es lo que vamos a poder aprender de la mano de este texto.

Pues bien, abrimos el telón de nuestra representación con palabras. En nuestra primera escena, los autores nos introducen en las fases del duelo, mostrando nuestra realidad más actual e inmediata. La que un día, en un lugar que todos considerábamos ajeno a nosotros, China, de la mano de un virus también lejano, hizo que la vida pasara a estar bajo amenaza. Todos vivimos y estamos viviendo la secuencia del duelo, a partir del «no es verdad», el enfado, la culpa, la pena… Como los autores nos dicen con una bella analogía, terminamos aceptando ver la Gran Vía vacía.

Esto nos pasa, esto lo reconocemos y podríamos describirlo, probablemente con palabras similares, pero este texto tiene el atrevimiento de ir un paso más allá, comprenderlo y explicarlo, es decir, avanzar en su conocimiento.

El primer acto de nuestra representación, «La sociedad tanatofóbica», nos muestra el miedo que la muerte ocupa en nuestras culturas y cómo nuestras respuestas individuales, en ocasiones, son la respuesta que guía el temor. ¿Quién de nosotros no se ha sentido torpe dando el pésame? Incluso ha necesitado ser acompañado más que acompañante en el dolor de alguien querido. Cómo podemos acercarnos a nuestros propios déficits y enriquecernos en recursos es uno de los logros de este capítulo. Pero, junto a ello, con un abundante trabajo de documentación actualizado, los autores nos señalan qué medios usamos como sociedad frente al temor a la muerte. Nos presentan dos herramientas que permiten facilitar la elaboración del duelo.

La primera es el humor. No la euforia hipomaniaca, que refleja justo lo contrario; el humor que se recoge en diferentes manifestaciones socioculturales y organizaciones como Payasos Sin Fronteras.

La segunda, los diferentes rituales que nos facilitan la despedida: epitafios, esquelas…, donde lo simbólico nos permite mantener unido lo que «ya» está separado. Quiero añadir, a los múltiples ejemplos que nos aportan los autores, uno especialmente querido para mí que incluye el valor del ritual y del humor: Jacob Levy Moreno pidió que en su epitafio se le recordara como «el hombre que introdujo la alegría en la psiquiatría».

Creo que los autores están creando el clima emocional necesario para que nos acerquemos al dolor de la pérdida en la siguiente escena: «El duelo y su proceso». En ella nos encontramos con un trabajo muy sistemático y amplio que parte de dos ideas, la elaboración del duelo y el proceso de aceptación. Los autores recogen en la primera el trabajo a realizar, y en la segunda la secuencia temporal, las fases por las que tenemos que transitar para atravesar el oscuro túnel de la pérdida. Recogen este proceso desde las posiciones más clásicas, como secuencias de etapas, a las más constructivistas, como tareas a realizar. El capítulo finaliza con un apartado en mi opinión especialmente importante para los profesionales, pero también para las personas que pasan por una situación de duelo: «La sintomatología de un proceso de duelo normal». Un duelo no se hace sin sufrimiento, pero ese sufrimiento acompaña al proceso de elaboración de este; no hay que leerlo partiendo de la patología.

Como ninguna vida es igual a otra, aunque todas tienen más de común que de diferente, los duelos también pueden ser clasificados por lo que los distinguen. Esta es la siguiente escena que nos muestran los autores bajo el título de «Tipos de duelo por fallecimiento». Aquí se recogen las diferentes y múltiples maneras de llevar a cabo las tareas que el duelo exige, se clasifican y se nos presentan: el duelo normal, el duelo patológico, el duelo crónico, el duelo anticipado, el duelo retrasado o inhibido, el duelo ambiguo. Sabemos que uno de los elementos que van a facilitar o dificultar la elaboración de los duelos es el tipo de muerte que la persona fallecida haya tenido. Con el mismo rigor y detenimiento nos explican las diferentes consecuencias emocionales que conllevan la muerte por accidente, por suicidio o por asesinato y la muerte sin cuerpo. Y, al final, nos encontramos con un análisis y presentación del modo de entender el duelo en la discapacidad intelectual, en personas mayores y en parejas, de una manera muy pautada y práctica.

No todos los duelos se refieren a la muerte. El duelo migratorio y el duelo de pareja también generan sufrimiento y por ello también tienen un lugar en este libro.

A veces, no querríamos abrir algunos telones ni querríamos que algunos dramas sucedieran, y, a pesar de su dureza, suceden, no los elegimos. De esos duelos se ocupan bajo el título «Duelo infantil». En este capítulo, los autores nos dotan de herramientas para acompañar a los menores frente a las pérdidas. Nos aportan numerosos modos y procedimientos para proteger a los niños sin incapacitarlos. Ocultar la realidad no les facilita adaptarse a ella. Aunque hay que saber cómo hacerlo en función de su desarrollo no solo emocional, sino también cognitivo. El concepto de muerte, de desaparición, y su comprensión están ligados a las propiedades del pensamiento infantil, como nos enseñaba Piaget. Siempre recuerdo con simpatía, trabajando con un grupo de niños de tres y cuatro años, cómo matábamos monstruos imaginarios, y cuando yo di por supuesto que el monstruo estaba muerto y el juego se había acabado, ellos me dijeron: lo revivimos y lo matamos otra vez. En relación con esta anécdota, cobran especial valor los principios que guían la comunicación de la muerte a los niños: «universalidad, irreversibilidad y progresividad». Todos nos morimos, no hay vuelta atrás, pero estar enfermo no significa que te vayas a morir. En el siguiente capítulo abordan una de las tragedias más devastadoras para el mundo afectivo de un ser humano, la pérdida de un hijo. Cómo acompañar y ayudar en estas circunstancias es otro de los logros que nos ofrece este texto. Y, por último, pero no menos doloroso, nos encontramos con el duelo perinatal, un duelo a veces incomprendido, a veces difícil de ser simbolizado, pero al que nunca se le debe quitar importancia.

La última escena se desarrolla en dos actos, «Aprendiendo a acompañarnos» y «Ejercicios y dinámicas para elaborar el duelo». En ellos podemos encontrar un amplio conocimiento de técnicas y procedimientos para enriquecer a la persona en duelo con recursos genéricos y específicos, para la sensación de evitabilidad, para la toma de conciencia, para la protesta emocional, para los duelos secundarios… Es la escena de la esperanza, la que nos permite darle sentido a nuestra función como psicoterapeutas y profesionales de la salud, en el proceso de estar al servicio de los dolientes.

Nuestro telón acaba de bajar, es el momento de hacer nuestra despedida, que no pérdida, de un libro que para mí será de consulta por la riqueza y amplitud de contenidos, por el detalle y actualización de estos, por la claridad y sistematicidad con la que se exponen. Invito a los lectores a que lo lean despacio, a que lo relean cuando lo necesiten y a que «crezcan en la pérdida».

TEODORO HERRANZ

Psicoterapeuta. Presidente de la Asociación para el Estudio de la Psicoterapia y el Psicodrama

Madrid, 28 de junio de 2020

INTRODUCCIÓN
NEGACIÓN

El 1 de diciembre de 2019, en la ciudad china de Wuhan, un grupo de personas fueron ingresadas en el hospital por una neumonía de origen desconocido y totalmente anómala en su origen, desarrollo y efectos. Este primer grupo de enfermos tenían una particularidad: la mayoría trabajaban en el mercado mayorista de mariscos de la ciudad. El día 8 de diciembre la Organización Mundial de la Salud señaló que esa extraña neumonía era consecuencia de un coronavirus, que quedó bautizado como COVID-19.

Como si fuera una pequeña profecía de lo que nos esperaba en el año 2020, la OMS informó el día 31 de diciembre de 2019, justo antes de Nochevieja, que en Wuhan los casos se estaban disparando. Ya no se circunscribían solamente a ese pequeño grupo de personas iniciales: la COVID-19 comenzaba a propagarse.

Poco a poco empezaron a aparecer en nuestros telediarios y programas informativos noticias que daban cuenta de que una ciudad china de nombre desconocido y con más de diecisiete millones de habitantes quedaba totalmente confinada. Sus habitantes no podían salir de sus casas. Oíamos hablar de cientos de muertos, nos llegaban informaciones confusas, nacía el miedo en la economía por las posibles consecuencias para nuestros bolsillos de lo que sucedía en China… Pero todo aquello todavía nos parecía lejano. Mientras, en España, los titulares seguían hablando de Cataluña, de la formación del nuevo Gobierno, de la Champions League y de La isla de las tentaciones.

Pero pronto el virus abrió sus alas y comenzó a extenderse por Asia y Oriente Medio, y a China se unieron Corea del Sur e Irán. Estos tres países se convirtieron así en los tres focos principales de la expansión de la enfermedad, mientras que en España la seguíamos viendo desde la lejanía de quien niega una realidad, de quien niega un duelo, en una reacción muy similar a la de quien está esperando que un especialista le dé una mala noticia: con temor a que llegue, pero negándose a querer recibirla.

A medida que se acercaba febrero, en Barcelona comenzaron a ultimarse los preparativos para la celebración del congreso más importante del mundo en el campo de la telefonía: el Mobile World Congress. Fue entonces cuando empezaron a surgir rumores sobre una posible cancelación debido al virus. Los medios económicos pusieron el grito en el cielo cuando las empresas participantes, esgrimiendo como justificación el miedo a la enfermedad, dieron inicio a un rosario de cancelaciones que provocó que, finalmente, el 13 de febrero se tomara la decisión de posponer el congreso, lo que supuso el primer gran golpe a nuestra economía.

Aun así, a pie de calle seguíamos viendo el virus de lejos y nuestra vida, a pesar de estas primeras reacciones, continuaba realizándose de espaldas a él y, por consiguiente —y como siempre en nuestra sociedad tanatofóbica—, de espaldas a la muerte.

Italia, nuestro país vecino, había detectado el primer caso de coronavirus el día 1 de febrero. No obstante, la negación (primera etapa del duelo) volvió a aparecer y, pese a todo, no se canceló la celebración prevista de varios partidos multitudinarios de fútbol, como el partido de ida de la Champions League entre el Atalanta de Bérgamo y el Valencia, que tuvo lugar el 19 de febrero y ha sido señalado recientemente como uno de los principales focos de infección y expansión del virus tanto por Italia como por España. Al fin, el día 7 de marzo Italia decretó el confinamiento total del país, si bien una semana antes ya se había decidido cerrar Lombardía. El éxodo de miles de italianos hacia el sur consiguió extender el virus a otras zonas de Italia.

En España, aunque se veía cerca, todavía continuábamos en la negación. El día 8 de marzo, en plena vorágine, miedo e incertidumbre por los primeros casos en nuestro país, se celebraron más de doscientos partidos de fútbol, manifestaciones y mítines multitudinarios de partidos políticos. El día 9 de marzo el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunció las primeras medidas: colegios y universidades debían cerrarse y los espectáculos públicos se celebrarían a puerta cerrada. Aun así, y como la insensatez humana no conoce límites, ante la celebración el día 10 del partido de vuelta de la Champions League entre el Valencia y el Atalanta, que se jugaría en el campo de Mestalla sin público, la agrupación de peñas del Valencia pidió permiso para salir a la calle para recibir a su equipo y animarlo desde fuera del estadio. Pues bien, no solo se les concedió, sino que también se dejó pasar a más de tres mil seguidores del Atalanta, que, aunque no pudieron ver a su equipo, sí tuvieron libertad para pasear, beber y cantar por las calles valencianas, prueba evidente de que la sociedad continuaba viviendo de espaldas a lo que sucedía en China, Corea, Irán y Turquía, como se demostró también cuando los parques, tras el cierre de los colegios en ciudades como Madrid, se llenaron de nietos y de abuelos.

La situación, como no podía ser de otro modo, se desbordó: dejó de hablarse de Cataluña, de la Champions, a nadie le importaba ya la Liga de fútbol, ni siquiera se hablaba de La isla de las tentaciones ni de Supervivientes, el coronavirus lo atacó todo…

Pero, como dicen que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, cuando el 13 de marzo se anunció el confinamiento, especialmente desde las grandes ciudades de Madrid, País Vasco y Cataluña, las carreteras se inundaron de coches con familias de viaje hacia sus segundas residencias mientras los informativos televisivos destacaban la noticia de un anciano de ochenta y ocho años diagnosticado de coronavirus que había sido trasladado a su casa para seguimiento domiciliario. Al entender que sus síntomas eran leves, no se le había ocurrido mejor idea que coger su automóvil y salir de la Comunidad de Madrid para dirigirse a Murcia, concretamente a la UCI, que es donde fue derivado varios días después de llegar a su segunda residencia.

ENFADO, IRA Y CULPA

Llegamos así a la segunda etapa del duelo: el enfado, la ira y la culpa. Sobre todo la culpa, pues nada hay más español que culpar de todo lo que nos ocurre al vecino sin mirar hacia nuestro interior, hacia nuestra propia responsabilidad. Somos así, miramos hacia atrás y nos sale la ira: «¿Por qué no se actuó antes?», «Debería haberse cerrado el país en febrero», «Los políticos son unos irresponsables»… Surgieron memes, fake news, vimos en nuestras pantallas a políticos con odio en la mirada y miles de ciudadanos irresponsables ocultaron a la mayoría silenciosa que cumplía las normas, cuidaba su higiene y respetaba los turnos.

TRISTEZA

Comenzaron las ruedas de prensa diarias y una persona pasó a formar parte de nuestras vidas. Entre militares llenos de estrellas y con aire solemne, políticos trajeados con barba y gomina y secretarias de Estado con traje chaqueta destacaba un señor desgarbado, despeinado, con aire de científico loco y cierto aspecto de faquir, Fernando Simón, que día tras día nos adentraba en la realidad del coronavirus: «Mil infectados, cinco mil, diez mil, treinta mil, ochenta mil…».

Llegaron las muertes de seres queridos, las despedidas sin abrazos, el miedo se apoderó de una sociedad atenazada que comenzaba por fin a aceptar esa pandemia mundial en la que todos y todas hemos terminado inmersos.

ACEPTACIÓN

El día 24 de marzo, el presidente del Gobierno anunció que alargaba el confinamiento otros quince días más. Ya se habían dejado de producir huidas hacia segundas residencias, las calles de Madrid se habían vaciado como en la mítica escena de la película Abre los ojos, de Alejandro Amenábar, en la que Eduardo Noriega, en una pesadilla, se imaginaba la Gran Vía vacía, sin gente, sin coches. Pero no era una pesadilla sino la realidad, una realidad que se evidenció el día 30 de marzo del año 2020 cuando toda España se levantó conmocionada al conocer que Fernando Simón, quien hasta ese momento nos había ido proporcionando la evolución de altas, de fallecimientos y de nuevos infectados por la COVID-19, también había pasado a engrosar las filas de los nuevos contagiados.

En una sociedad tan tanatofóbica como esta en la que vivimos, el coronavirus había reventado la puerta de la información y el acceso a la muerte: seres queridos fallecidos sin posibilidad de ser despedidos, tanatorios y crematorios atestados, residencias de mayores al borde del caos, el Ejército vigilando las calles de Madrid, Barcelona o Bilbao. Miles de difuntos y de personas en duelos, víctimas de duelos inhibidos, sin la oportunidad del último abrazo, del último adiós. La COVID-19 nos ha mostrado los efectos más devastadores del final de la vida, del miedo a la muerte, y ha evidenciado los efectos de esta de una manera brutal, devastadora, sin llamar a la puerta ni pedir permiso.

1 LA SOCIEDAD TANATOFÓBICA

La Muerte es solo la Suerte con una letra cambiada.

JOAQUÍN SABINA

LA SOCIOLOGÍA DE LA MUERTE: EL DUELO EN NUESTRA SOCIEDAD

El ser humano es el único animal que sabe con certeza que va a morir, pero a pesar de que racionalmente lo sabemos, emocionalmente vivimos de espaldas a la muerte, sin mirarla, sin integrarla ni aceptarla. Esta es una de las grandes dificultades del duelo: cuando se complica, se convierte en un problema emocional, subjetivo e ilógico, pero, en cambio, casi siempre intentamos darle una solución racional, lógica y formal. Es como si intentásemos buscar una emisora de onda media en la frecuencia modulada: el duelo y las medidas con que intentamos solventarlo están en frecuencias distintas.

Nuestra sociedad, ya lo hemos dicho, es tanatofóbica. Convertimos la muerte y la pérdida en tabúes que se van forjando socialmente desde la infancia. Lo hacemos al ocultar a los niños una enfermedad, las separaciones y la muerte, también al impedir que nuestros hijos participen en las despedidas y experimenten las emociones connaturales a la pérdida.

Nuestra tanatofobia, nuestra fobia a la muerte, se refleja de forma evidente en nuestro modo de hablar, con expresiones como «se ha ido», «está ausente», «se marchó», etc., que son maneras de maquillar la realidad para no afrontar la muerte. Incluso cuando hablamos de nuestro propio fallecimiento lo hacemos, si lo pensamos bien, de manera condicional, y decimos: «Si muero, quiero que me incineréis». Como si hubiera alguna posibilidad de no morir…

El duelo es la reacción natural a la pérdida y los dolientes necesitamos recorrer ese proceso y conectar con la rabia, la ira, la tristeza, la envidia y la culpa. Todas estas emociones desagradables son necesarias para elaborar el proceso de duelo y, por lo tanto, tienen su utilidad, pero, dado que socialmente son juzgadas como negativas, se cortocircuitan, se acallan antes de tiempo, sin permitir así que el doliente pueda digerirlas y metabolizarlas. Queremos eliminarlas lo antes posible, pero las mal llamadas emociones negativas están en nuestro repertorio emocional porque son útiles filogenéticamente: nos han hecho evolucionar y progresar como especie. Son, en suma, desagradables pero no negativas, pues tienen su función.

En nuestra sociedad predomina la «feliciología», la exageración de las emociones agradables, y por este motivo no hay mucho permiso para poder conectar con las emociones que describen el proceso de duelo. De hecho, hasta la emoción desagradable menos penada socialmente, la tristeza, suele ser diluida o bloqueada antes de lo que el doliente necesita.

Con seguridad, todos hemos vivido la experiencia de llorar por una pérdida y después sentirnos menos mal, aliviados. Sin embargo, cuando intentamos acompañar a alguien que llora, tendemos a ofrecerle un pañuelo. Aunque se trate de un gesto amable, no está mal que nos detengamos un momento a analizarlo: el pañuelo sirve para que nos sequemos, es decir, para que dejemos de llorar. Es una muestra más de que nuestra sociedad nos educa para cortar la emoción desagradable, no para permitirla y dejarla fluir hasta cuando el doliente lo necesite.

Facilitar que el doliente conecte con su emoción desagradable es como ayudar a alguien a vomitar. En un caso así, nunca exageraríamos o forzaríamos el vómito de nadie, pero tampoco lo reprimiríamos. Lo que haríamos, seguramente, es poner una mano en el hombro o en la frente de la persona haciéndole sentir casi sin palabras que, aunque sea incómodo para los dos, puede vomitar todo lo que sea necesario. Pues bien, como dolientes también necesitamos que nos hagan sentir legitimados, con derecho a experimentar las emociones aparejadas al duelo todo el tiempo que requiramos y decidamos.

LOS BASTONES EMOCIONALES Y LOS DIVERSOS RITMOS DEL DUELO

Necesitamos dos mecanismos de defensas o «bastones emocionales» complementarios para lidiar con el duelo:

 Afrontamiento emocional: esta expresión engloba el mecanismo emocional que generan aquellas personas, acciones o situaciones que nos ayudan a conectar con la pérdida. También las personas con las que nos sentimos cómodos para expresar el dolor, la frustración, la tristeza.

 Conexión vital: nos referimos aquí a las personas, acciones o situaciones que nos conectan con la esperanza, con las emociones agradables, con la motivación para vivir.

Como dolientes necesitamos movernos entre estos dos mecanismos como un péndulo, tener y buscar momentos negros, y buscar y permitirnos tener también momentos blancos para que no todo sea gris. Son necesarios tanto los bastones de afrontamiento como los de conexión vital, pero en nuestra sociedad generalmente surgen muchos más voluntarios para los segundos.

El hecho de que los familiares y amigos del fallecido pasen por las fases o tareas del duelo a ritmos y velocidades diferentes es otra fuente de conflicto y tensión que está detrás de la estadística que indica que entre el 68 por ciento y el 80 por ciento de las parejas que pierden un hijo acaban separándose. Aquellos vínculos que a priori deberían ser un bastón se pueden convertir en obstáculos en el proceso de duelo. Debemos construir nuestro duelo de manera individual y personal, algo que solo es posible si cada uno elabora su duelo de un modo diferente y sobre la base de su idiosincrasia. Más que como quiere, cada uno elabora su proceso de duelo como puede.

El duelo es una reacción emocional ante una pérdida que permite a las personas poder adaptarse a las nuevas situaciones vitales aparecidas desde el momento de la pérdida y que contribuirán a su crecimiento personal, pero también es una de las experiencias más estresantes que ha de afrontar el ser humano. Es como atravesar un túnel: el lugar por donde salgo es necesariamente distinto del lugar por donde entré.

Frases inútiles en el duelo

Una de las situaciones más tensas y a la vez normalizadas en los procesos de duelo se produce en el momento de tener que dar el pésame. Existen hasta aplicaciones en línea que te permiten crear frases de pésame (basta con buscar en Google Play «Frases de pésame y luto» para que te aparezcan más de diez aplicaciones que te aconsejan la palabra precisa en el momento adecuado), de tal manera que, dejando al margen lo anecdótico, en el intento de acompañar a la persona en duelo es relativamente frecuente el uso de expresiones inútiles, bienintencionadas pero disfuncionales.

Son frases que tienen más que ver con la incomodidad de quien las dice y su dificultad para sostener la emoción del doliente que con la ayuda emocional y el acompañamiento auténtico. «Te acompaño en el sentimiento» quizá sea una de las más típicas, si bien es cierto que algunas personas se pueden reprimir a la hora de recurrir a alguna de ellas porque, ¿de verdad estamos dispuestos a «acompañar a alguien en sus sentimientos»? Esta es una de las frases hechas que mejor ejemplifica que, cuando la utilizamos, estamos haciendo un acto automático que en nada ayuda al doliente. Supone más bien un alivio para quien la dice, tal vez angustiado por no saber qué decir, por la necesidad de tener que transmitir algo y por la dificultad que supone escuchar.

En sustitución de estas frases, y ante la pregunta de qué hacer para dar un pésame, sencillamente basta con un acercamiento, un abrazo sentido, una escucha libre y activa del dolor de la persona que ha perdido a alguien.

Aun así, estas expresiones están muy arraigadas en todas las poblaciones y lugares de España y suelen ser comunes en muchos de ellos. Si tuviésemos que hacer un decálogo con algunas de ellas, las más repetidas sin duda serían:

Decálogo de las frases inútiles en el duelo

1 «Sé cómo te sientes».

2 «Te acompaño en el sentimiento».

3 «Ahora ya descansáis los dos».

4 «Tú lo llevarás bien, eres fuerte».

5 «Suerte que tienes hijos y te ayudarán».

6 «Así es la vida, hoy estamos aquí y mañana quién sabe».

7 «Podría haber sido peor».

8 «Tranquila, el tiempo todo lo cura».

9 «No somos nadie».

10 «Con lo bueno que era».

Estas frases dificultan el permiso a conectar con la tristeza, el enfado y la rabia. Impiden que cada doliente elabore su duelo a su manera, que lo construya personalmente. Ponen el acento en el alivio, en la esperanza, pero en los momentos de pésame es mucho más necesario y útil conectar con las emociones más coherentes con la pérdida.

En su lugar, deberíamos tener presentes una serie de consejos para dar el pésame y dirigirnos a los dolientes:

Decálogo de consejos para dar el pésame

1 Acercarse de manera empática a los familiares de la persona fallecida con la finalidad de expresarles nuestras condolencias.

2 Tender la mano a la persona doliente y, en función de la confianza o intensidad de la pérdida, prepararnos para poder romper el «cordón de seguridad afectiva» y darle un sentido abrazo.

3 Evitar decir frases grandilocuentes o típicas que nos permitan destacar. No es cuestión de dar una lección de vida o de demostrar pasividad, sencillamente se trata de comunicar al doliente la voluntad de acompañarle en el proceso que está viviendo.

4 Recordar que lo importante es hacer que el doliente y su familia se sientan lo mejor posible en ese momento tan duro para ellos.

5 Ser espontáneo y auténtico es la mejor forma de poder acompañar en este momento, no debemos memorizar ni llevar preparado nada sobre qué decir o qué hacer. Es preferible dejar que las palabras o los gestos surjan de nosotros de la manera más natural.

6 Simplemente, pensar en un mensaje sencillo, ordenar las ideas principales que deben aparecer en él y no preocuparse más por el contenido. Por ejemplo: «Ayer por la noche me llamó mi hermana y me contó lo sucedido. Lo siento mucho. Si puedo echarte una mano, no dudes en darme un toque».

7 No hacer hipótesis sobre lo mal que se debe de sentir el doliente: «Sé cómo te sientes, esto debe de ser muy duro para ti, con lo unidos que estabais»… Frases como esta no aportan nada, resultan evidentes y ahondan en el dolor de manera innecesaria.

8 Intentar simplificar y ser honestos evitando formas enrevesadas de comunicación. La persona que nos va a escuchar apenas va a prestar atención, su memoria está bloqueada por la emoción del momento.

9 Elegir bien el momento. Entendamos cuándo somos de ayuda y cuándo sobramos: si somos capaces de percibir esta situación, el resto vendrá solo.

10 No pedir explicaciones ni respuestas largas. Es importante que al dar el pésame la otra persona no se sienta presionada a hablar de cómo se siente.

Acompañar en el duelo significa estar sin presionar. Nos podemos apoyar en el contacto físico, en sostener la mirada y en la mera presencia, y debemos tener en cuenta que el mensaje verbal sea coherente con la relación y el vínculo que tenemos con el doliente.

LA MUERTE Y EL HUMOR

Morirse no tiene que ser nada bueno, si no, fijaos en Jesucristo: se murió, vio el panorama y al tercer día resucitó.

MANUEL NEVADO, Morirse es un coñazo

El humor consta siempre de dos premisas fundamentales: VERDAD y DOLOR. Si falta una de las dos, no hay chiste. Y la muerte es un concepto muy dado a presentar las dos premisas anteriormente citadas.

Todos los seres humanos somos como los yogures y tenemos fecha de caducidad y dolor. La muerte nos lleva a despedirnos de personas, lugares, situaciones y recuerdos y nos mete en un lento túnel sin luces, sin faros y sin guías que debemos atravesar: ese túnel es el proceso de duelo, que podríamos comparar con una carretera oscura y con niebla que, al recorrerla por primera vez, nos depara muchos sustos y miedo, pero que después de haber pasado por ella en numerosas ocasiones, podemos afrontarla con ciertas garantías porque la conocemos. Lo mismo sucede en la vida: los golpes y las duras verdades nos van ayudando a orientarnos.

Gila decía: «Morirse es un coñazo porque, aunque la vida te dé algún problemilla, vivir es muy bonito». Por ello el humor se convierte en un componente fundamental para amortiguar el dolor, nos ayuda a desdramatizar y a expresar nuestras emociones. Y, de todas ellas, la más peligrosa es el miedo.

Tienes que esconderte de los alemanes malos. Cada vez que te escondas de un alemán malo de los que gritan mucho y no te vean, ganarás dos puntos. Cuando llegues a los diez mil, ganarás un tanque.

Con esta frase llena de verdad y dolor Roberto Benigni nos acercaba a través del humor al dolor del holocausto nazi en la película La vida es bella. Del mismo modo, en la crisis vivida a nivel mundial por la situación del coronavirus se ha podido apreciar hasta qué punto los numerosos memes e iniciativas entre vecinos tratan de aliviar el dolor físico y mental de tener que enfrentarse a los problemas de salud personales o familiares surgidos entre los meses de marzo y mayo de 2020.

El humor, en suma, mejora la calidad de vida de las personas, por ello a continuación haremos un repaso de personajes, lugares y curiosidades vinculados a la muerte y al humor y de su estrecha relación con el ámbito terapéutico.

Para qué sirve un payaso

Patch Adams es famoso mundialmente desde que en el año 1998 se estrenó la película homónima protagonizada por Robin Williams, donde se homenajea al doctor Hunter «Patch» Adams, creador y fundador del Instituto Gesundheit!, un centro médico establecido en 1972 en el condado de Pocahontas, en el estado de Virginia Occidental (EE. UU.).

Su idea era combatir el feroz liberalismo sanitario instaurado en Estados Unidos, que se basaba en una atención a la salud centrada en «la avaricia y la competencia». La idea era sustituir estos principios por un modelo donde predomine, como dijo el propio Patch Adams, «el humor, la compasión y la generosidad».

El proyecto fundamental por el que se conoce el Instituto Gesundheit! se basa en el concepto de «payasos humanitarios» y utiliza el recurso del humor como elemento clave para mejorar la atención y calidad de vida de la persona enferma, lo que a su vez ha servido como punto de partida de diversos movimientos que trabajan el humor en unidades donde se produce muerte y dolor, desde los movimientos Clown hasta Payasos Sin Fronteras, que ayudan a personas en situaciones difíciles a mejorar su estado de ánimo y su calidad de vida en la creencia de que, si los pacientes logran esbozar una sonrisa, esto los llevará a conectar con emociones positivas y les ayudará a desbloquear el dolor físico y emocional de la situación, aunque sea tan solo por unas horas y minutos.

Los payasos humanitarios de Patch Adams han llevado equipos de clowns a las zonas de guerra en Bosnia, a Afganistán, a campos de refugiados en Macedonia del Norte y a orfanatos para niños con sida en Sudáfrica, porque, como afirmó Caroline Dream, de Payasos Sin Fronteras: «Un payaso sin corazón es como un paracaidista sin paracaídas. Está destinado a acabar mal».

Payasos Sin Fronteras nació en Barcelona en el año 1993 cuando un payaso profesional recibió la propuesta de ir a realizar una serie de actuaciones al campo de refugiados de Savudrija, en la ciudad de Istria, en plena guerra de los Balcanes. El objetivo era hacer sonreír a los niños que estaban viviendo en ese lugar, y la iniciativa tuvo tanto éxito que conllevó la creación de una asociación que más tarde, en 2012, daría lugar a Clowns Without Borders International (CWBI), que actualmente ya cuenta con quince países miembros.

Recientemente, durante la pandemia provocada por la COVID-19, la asociación Payasos Sin Fronteras, bajo el hashtag #cuidemoslasonrisa, colgaba cada día en sus canales sociales vídeos de actuaciones de algunos clowns o artistas de circo con el fin de intentar arrancar alguna sonrisa a los afectados por el confinamiento.

Radio Muerte a la escucha

Y es que compartir el dolor con otros propicia un alivio instantáneo, si bien no definitivo. Partiendo de esa idea, la de compartir el dolor de la muerte, el programa de radio y podcasts Griefcast, que recurre al humor para afrontarla, ha obtenido varios premios en el Reino Unido. En uno de los primeros programas, la presentadora y humorista Cariad Lloyd explicaba, al ritmo de los acordes de una guitarra, el fallecimiento de su padre cuando ella apenas contaba con quince años de vida.

Sin embargo, en Griefcast el objetivo no es reírse de la muerte, sino utilizar el humor como herramienta liberadora de las emociones. Así, Cariad Lloyd invita tanto a personas famosas como anónimas a hablar, siempre desde una perspectiva humorística, sobre la muerte de sus seres queridos mediante la narración de anécdotas vividas con ellos.

Algunos oyentes de Griefcast han logrado superar la muerte de amigos o familiares escuchando el dolor y el humor de los demás. El consuelo está en la palabra, y si algo vertebra cualquier buena narración es la capacidad de ordenar con criterios precisos una sucesión de palabras que provocan alivio, risa y tensión, y dejan una lectura clara: el duelo se puede superar a través del humor, como bien sabe María Vázquez, que nació en 1972 y en el año 2014 fue diagnosticada de cáncer de ovario en estado muy avanzado. Al volver a su hogar tomó dos decisiones: la primera fue contar sus vivencias utilizando el humor a través de Twitter, y la segunda fue escribir un libro dedicado a su hijo, que por aquel entonces tenía dos años, titulado El cuaderno de Nippur.

Seis meses después de la operación en la que le extirparon los ovarios, el útero y la matriz, publicó en su red un tuit que se hizo viral: «Ahora ya puedo decir por fin que estoy hueca por dentro». La repercusión fue tremenda, y algunos de sus mensajes («Hasta el final con una sonrisa y el puño apretado, pero es el final») atrajeron la atención de los medios de comunicación de Argentina, su país, sobre la historia del cuaderno dedicado a su hijo, hasta el punto de que sus enseñanzas la llevaron a entrar en la lista de las quince mujeres más influyentes de Argentina en 2015.

Sin embargo, su salto a la celebridad no tuvo que ver tanto con el hecho de que se fuera a morir y escribiera un libro a su hijo, sino más bien con su ironía, con su utilización del humor como herramienta de desahogo emocional.

Su último tuit fue la contestación a la siguiente pregunta:

«Mari, ¿qué te gustaría habernos enseñado con tu historia?».

Su respuesta fue sencillamente espectacular: «Yo preferiría enseñarles una verga y seguir con vida, pero gracias por todo el amor».

Su legado ha sido recogido por su esposo, que propone charlas motivacionales de afrontamiento de la muerte con el recuerdo de Mari como bandera, algunas de ellas en entornos tan prestigiosos como el TED. A continuación os dejamos un enlace de una de sus conferencias, en las que sigue transmitiendo el legado dejado por Mari:


El cementerio alegre de Săpânţa

«Tú que vienes de visita / a mi lugar de descanso / de vino deja una botellita». Epitafios como este pueden encontrarse en los más de dos millares de tumbas que se distribuyen a lo largo y ancho de este curioso camposanto situado en la provincia de Maramureş, en Rumanía, y cuyos epitafios y coloridas lápidas —todas están pintadas de azul como símbolo del cielo hacia donde han de ir las almas de los fallecidos— le han valido el sobrenombre de «El cementerio alegre» (Cimitirul Vesel) por el irónico y negrísimo humor que destilan. En ellas se narran, siempre con perfecta rima en rumano, la vida y muerte del desdichado habitante de la tumba.

El cementerio fue creado por Stan Ioan Pătraş, un escultor local que grabó la primera lápida en 1935. En los años sesenta ya llevaba más de ochocientas talladas, todas con su epitafio personalizado, que destaca los éxitos de la vida y da cuenta de los problemas cotidianos del fallecido en tono de humor y con un grabado que representaba la causa de su muerte o su retrato.

EPITAFIOS, ESQUELAS Y OTRAS FORMAS DE DEJAR NUESTRO ÚLTIMO LEGADO

Es frecuente que, en previsión de la propia muerte, se acostumbre a dejar escrito un epitafio, es decir, una frase que recuerda al fallecido pero, también, un mensaje que se quiere transmitir para la eternidad. El epitafio puede haber sido escrito por familiares o amigos de la persona fallecida o bien por el propio difunto, que habrá dejado órdenes escritas para su ejecución.

Precisamente para facilitar esta tarea, la empresa española de lápidas Folch y la aplicación Tombstone Generator permiten a sus clientes crear e imprimir su propia lápida poniendo su nombre y epitafio, de tal manera que en el momento de abandonar esta vida podamos dejar a nuestros seres queridos resuelta la tarea de buscar la frase, la forma y el tipo de mensaje con el cual queremos ser recordados, algo especialmente útil sobre todo si queremos poner en nuestro propio epitafio alguna frase ingeniosa o irónica y tememos que, una vez muertos, nuestros deudos no respeten nuestros deseos, algo que no es tan extraño ni extravagante, porque lo cierto es que son muchas las personas famosas y anónimas que han dejado para la posteridad frases ingeniosas con las cuales ser recordadas.

En su libro Y en polvo te convertirás, la genial Nieves Concostrina recoge centenares de esquelas muy creativas de personajes históricos famosos, como el epitafio de Mel Blanc, un actor que daba voz a algunos personajes de los dibujos animados de Warner Bros, como Bugs Bunny, Porky o el Pato Lucas, que pidió dejar para la eternidad su frase más mítica: «Eso es todo, amigos», o el epitafio de Miguel de Unamuno: «Solo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo».

Aunque tal vez sean todavía más ingeniosos y desprejuiciados los de personas anónimas cargadas de ingenio que no dudaron en hacer inscribir en sus lápidas frases tremendamente sinceras, pero también sarcásticas, como: «Al fin polvo», tal y como reza el epitafio en la tumba de una mujer soltera en un cementerio madrileño; o «Perdone que no asista a su entierro», como solicita en su epitafio en el cementerio de Águilas (Murcia) José, un señor que tenía por costumbre no perderse los sepelios de sus conocidos.

Pero, con todo, es posible que aún sean más divertidos no los epitafios que uno encarga que le escriban a su muerte, sino los que graban por el muerto unos familiares que no parecen conocer límites o que, a qué negarlo, pretenden desquitarse. De todos estos epitafios puede que el más descarnado, aunque a la vez hilarante, sea el que afirma, en una tumba de Albacete, lo siguiente: «Aquí yace mi mujer, fría como siempre». No obstante, no le va a la zaga este otro: «Aquí descansa mi querida esposa Brujilda Jalamonte (1973-1997). Señor, recíbela con la misma alegría con que yo te la mando».

Aunque los viudos no tienen la exclusiva a la hora de desquitarse: «Aquí yaces y yaces bien, tú descansas y yo también», mandó poner un yerno en la tumba de su suegra en Sevilla. Y una viuda en el cementerio de Guadalajara no se quedó atrás al poner: «A mi marido, fallecido después de un año de matrimonio. Su esposa, con profundo agradecimiento».

Sin embargo, los epitafios no solo «mandan recados» a los muertos, también a los vivos, ya sean los que no pagan su parte: «Gustava Gumersinda Gutiérrez Guzmán (1934-1989). Recuerdo de todos tus hijos (menos Ricardo, que no dio nada)», los que tienen mucho que ver con la causa de la muerte del difunto, o los médicos negligentes, como dice la lápida de un hombre fallecido en Valencia: «Fallecido por la voluntad de Dios y mediante la ayuda de un médico imbécil».

Las esquelas forman una parte muy importante de nuestro legado cultural. Para muchos periódicos, tanto nacionales como locales, su publicación constituye una importante fuente de ingresos. De todos estos diarios, el más famoso por sus esquelas es, sin lugar a dudas, ABC. En 2014 su edición de Sevilla publicó algunas de las esquelas más llamativas. En todas ellas predomina el humor, que es evidente que es una de las principales herramientas que tenemos para poder canalizar el dolor producido por la muerte. Eso es lo que debió de pensar la familia de Miguel Ángel, quien decidió llevarse a la tumba uno de sus secretos más especiales, el toque mágico que daba a la paella, tal y como le recuerdan en su esquela: «Te vas sin dejarnos la receta de la paella en escabeche».

No les falta razón, pues no en vano ya decía Miguel Gila que «morirse es un coñazo», y eso mismo debieron de pensar los amigos de Manolo, fallecido en 2012, a quien, muy apenados por su muerte pero sin prisas para reencontrarse con él, le escribieron: «Manolo, no nos esperes levantado, iremos llegando, tú a tu aire».

Y es que en realidad no hay nada mejor, también en la muerte, que ser consecuentes hasta el final. Quién no recuerda el célebre: «¿Cómo están ustedeeees?» del genial Miliki, que en el año 2012 nos abandonó para siempre. Tal vez sea por eso, para mantener su esencia, que su epitafio pide a todas aquellas personas que visitan su lápida en el madrileño cementerio de la Almudena «una sonrisa por su alma».

Del mismo modo, cuando una persona es altruista y esa característica forma parte de su esencia, lo seguirá siendo hasta el final de sus días. En este sentido, un tal E., de Zarauz, prefiere los donativos a una ONG que las flores para su lecho final: «Se ruega no enviar flores ni coronas y sí, en cambio, enviar un donativo a Médicos Sin Fronteras. ¡Gracias, lo he pasado muy bien!». Toda una forma de ser, vivir y de sentir hasta el final.

RITOS Y COSTUMBRES

Durante el período vivido en España en los meses de marzo a junio de 2020 como consecuencia del «distanciamiento social» fruto de la pandemia del coronavirus, pudo observarse la importancia de algo que hasta aquel entonces veíamos como rutinario, como prácticamente una manera automática de despedir a nuestros seres queridos: los rituales.

Los rituales, en efecto, forman parte ineludible de la vida y de la muerte, y en cada país, etnia, comunidad o religión existen diferentes formas de despedirse de los seres queridos que nos van dejando. Las despedidas son necesarias: ayudan a tranquilizar nuestra mente y nuestra alma y nos facilitan la tarea de procesar el duelo de una manera lenta y paulatina. Estos rituales son, en definitiva, una almohadilla para el dolor. En Filipinas existe la tradición de los ataúdes colgantes. Se da en concreto en la isla de Luzón, en el municipio de Sagada, una zona de alta montaña caracterizada por la presencia de ataúdes colgantes en sus acantilados. Se trata de una tradición de la tribu de los igorot según la cual, cuanto más arriba estén los difuntos, más fácil les será llegar al cielo y más cerca estarán de sus ancestros.

Aunque también podría haber una explicación más práctica, ya que se dice que el hecho de no realizar inhumaciones y colgar los ataúdes podría ser una forma de no ocupar las tierras —reservándolas exclusivamente al cultivo— y de alejar los cuerpos de los animales y de los deslizamientos de tierras.

A unos miles de kilómetros de Filipinas encontramos uno de los rituales más conocidos del mundo, los entierros celestiales característicos de los habitantes del Tíbet: en ellos el cadáver se disecciona en diferentes partes y en diferentes lugares y, a continuación, se expone a las aves de presa y a otras rapaces. Esta práctica se conoce en el Tíbet como jhator, que significa literalmente «dar almas a las aves».

La mayoría de los tibetanos practican el budismo, que predica la reencarnación, por lo que no hay ninguna necesidad de preservar el cuerpo una vez fallecida la persona. El mundo oriental es muy proclive a rituales que, vistos desde el mundo occidental, nos llaman poderosamente la atención. En concreto, uno de los más llamativos se produce en Tana Toraja, en Indonesia, un lugar donde habita (antes en mayor número) la tribu de los toraja, grupo étnico de aproximadamente un millón de personas.

Para los toraja, una persona no está muerta hasta que no se celebra su funeral, ya que hasta ese momento el fallecido permanece en la casa familiar y se le cuida como si estuviera vivo. Le llevan comida y bebida e incluso recibe visitas de los vecinos, que hablan con el fallecido y le preguntan cómo está, algo que a los extranjeros nos deja completamente descolocados. Lo más curioso es que pueden pasar meses, o incluso años, hasta que llegue el día del funeral. Los funerales de los toraja suelen ser en verano, por lo que, si la persona ha fallecido en septiembre, la familia tendrá que convivir con el difunto todo un año hasta la época de los funerales.

Cuando este se celebra al fin, su duración depende del estatus del fallecido y puede reunir a cientos de personas. Todo el mundo se reúne, come y bebe, e incluso se ofrecen cerdos vivos que son sacrificados en el mismo funeral. Este vídeo es una muestra del ritual en cuestión:


Los muertos toraja pueden enterrarse con sus pertenencias y propiedades, y por ello los entierros suelen realizarse en cuevas, a las cuales se les añaden unos balcones en donde se colocan los tau tau, que son efigies de los muertos. Hay talladores especialistas que hacen un muñeco lo más parecido posible al fallecido, al que se le coloca una peluca y se le viste con su ropa. Esta figura pasa a ser una réplica de esa persona que descansa en el fondo de una cueva, y, como si fuera el ser que han perdido, los familiares acuden a verle y le peinan y atienden.

Otra forma especial de enterramiento de los toraja es la de los niños: si estos no han llegado a tener dientes, son envueltos en sábanas y colocados en el interior de un árbol en crecimiento. En uno solo de esos árboles se pueden ver los huecos tapados y sellados que ocupan varios bebés.

Pero por más extrañas que nos parezcan estas costumbres, España, nuestro propio país, también es rica en tradiciones funerarias, desde las antiguas plañideras (personas que cobraban por llorar en los funerales, pagadas por las familias como muestra de dolor) hasta las diferentes tonalidades usadas para mostrar el luto ante la pérdida de un ser querido.

Con todo, si hay una zona donde la muerte cobra un énfasis especial es en la mítica «terra galega», en Galicia, donde entre las meigas, la Santa Compaña y los rituales de fuego con queimadas nos encontramos una tradición preciosa, la conocida como procesión de los ataúdes de Santa Marta de Ribarteme. Seis personas tienen la fortuna de participar en la procesión, de casi una hora, metidas en el interior de su propio ataúd.

En la procesión los adultos deben cumplir su ofrenda a Santa Marta, pues la tradición explica que las personas que se han curado de sus enfermedades han sido robadas a la Parca (la Muerte), por lo cual la romería de los ataúdes celebra la vida y se agradece a la Parca su compasión al no haberse llevado a alguien cercano y dejarlo disfrutar un poco más entre nosotros. Al mismo tiempo, el penitente pide perdón a la Muerte por haberla dejado sin su pieza, y para apaciguarla sustituye por un rato en el ataúd al muerto que no fue.

Siguiendo por el recorrido cultural, pasamos de España a África, en concreto, a la República de Ghana, donde un grupo de carpinteros decidieron hacer ataúdes personalizados de manera que cada fallecido pudiera tener un ataúd propio en función de su oficio, algo en absoluto banal, pues dedicamos al día más de ocho horas al trabajo y, para algunos, este supone el motivo y propósito de su vida. Isaac Adjetev Sowah es el gerente del negocio que su abuelo empezó y, con apenas veintidós años de vida, lo ha visto y hecho todo: féretros con forma de martillos, peces, automóviles, teléfonos móviles, gallinas, leones, canoas, granos de cacao ¡e incluso varios elefantes!

Pero no todo son ritos o aspectos culturales, puesto que si algo destaca del final de la vida es el tremendo negocio que genera: no cabe duda de que es una actividad laboral que siempre va a disponer de clientes… Por más que haya ocasiones en las que el negocio roce los límites éticos. Un ejemplo de ello es lo que sucede en el Alcor, en Estados Unidos, donde la criogenización se ha convertido en uno de los motores económicos de la zona. Actualmente hay allí varias empresas de criogenización, hasta el punto de que se calcula que en Alcor «esperan su resurrección» cerca de trescientas personas. Esta práctica genera en la actualidad importantes dudas y sentimientos contradictorios.

La ética y la ciencia no terminan de ponerse de acuerdo al respecto, por más que recientemente en España también se hayan ido introduciendo las nuevas tecnologías mortuorias, de manera que se ha vuelto habitual poder observar en los cementerios de las ciudades más importantes, como Madrid, Barcelona o Valencia, lápidas con códigos QR que se imprimen sobre soportes cerámicos que pueden permanecer inalterados durante cincuenta años con el fin de que los familiares y amigos de la persona fallecida puedan escanearlos y así observar una recopilación de imágenes, vídeos o música personal del difunto.

No es la única novedad tecnológica en nuestro país respecto a la muerte. Recientemente, durante los meses de la COVID-19, se comenzaron a popularizar los servicios de transmisión del funeral vía web. Esta era una posibilidad que ya existía anteriormente: diversas empresas especializadas proponen un software que permite retransmitir en directo el funeral para todos aquellos familiares que no puedan asistir presencialmente. Se ofrecen también copias en DVD. Pero en 2020, con motivo de la crisis provocada por el coronavirus, algunas funerarias españolas comenzaron a potenciar este servicio para poder acercar a los familiares durante el período de confinamiento.

Con todo, quizá la práctica relacionada con la tecnología más llamativa de los últimos años haya sido la de poder elaborar una playlist para el difunto mediante ataúdes con altavoces y conexiones vía Spotify, una nueva moda que se estila en Suecia, donde se están fabricando ataúdes que incorporan dos altavoces y un subwoofer conectados a un servidor que transmite música. De esta manera, el difunto podrá irse a la otra vida inmerso en las canciones que siempre le gustó escuchar. Esta lista de reproducción puede conservarse en privado si la persona que la ha creado antes de morir no desea que la modifiquen, o bien se puede optar por permitir que los amigos y familiares del difunto puedan añadir nuevas canciones, lo que no deja de ser una forma de estar presente, algo parecido a lo que ocurre con las redes sociales de aquellas personas que fallecen, pero que, aun después de muertos, se resisten a dejar de tuitear…

Sí, es posible seguir haciéndolo: Lives On es una red que cuenta con más de veinte mil usuarios y que nos invita a mantener activa nuestra cuenta de Twitter cuando ya no estemos vivos. El lema de esta red social es claro: «Cuando tu corazón deje de latir, seguirás tuiteando», por lo que bajo un procedimiento de registro sencillo las personas suscritas en esta aplicación deben asignar un administrador de su cuenta, que decidirá si este perfil se mantiene activo o se suspende tras la muerte de su usuario. De esta manera, habrá un responsable del testamento virtual del difunto, que será quien determine hasta cuándo se podrán enviar estos mensajes de 280 caracteres.

Pero vivir más allá de la muerte no solo es posible en Twitter, también en Facebook, que es, tal y como descubrió en el año 2012 Filip Troch, el cementerio más grande del mundo. Por ello, y como homenaje a su padre, que había fallecido diez años antes, Troch creó Elysway, una web que asegura que «una persona solo muere cuando se la olvida». Por eso, si lo que se desea es mantener viva la memoria de un difunto para los amigos y familiares de la persona fallecida, nada mejor que brindar un espacio donde afrontar el proceso de duelo por esta pérdida. Así, las personas registradas en la web pueden crear un perfil del difunto y colocar allí fotos, mensajes y vídeos para rendir homenaje a su memoria. Pueden también publicar una foto de perfil con un lazo negro mientras en su «muro» los miembros de la familia y amigos pueden enviar mensajes. Este perfil está traducido en cinco idiomas, incluido el español, y puede ser compartido con otros usuarios con los cuales es posible interactuar. El registro y la actividad en la red social son absolutamente gratuitos y están disponibles en toda Europa.

2 EL DUELO Y SU PROCESO

Si realmente queréis contemplar el espíritu de la muerte, abrid vuestro corazón al cuerpo de la vida. Pues la vida y la muerte son una misma cosa, como el río y el mar son una misma cosa.

KHALIL GIBRAN, El profeta

QUÉ ES EL DUELO

El duelo es el precio que pagamos por amar.

ROBERTO ÁLVAREZ

Hablamos de duelo como una sensación de pérdida sin posibilidad de recuperación. Doug Manning lo describía como algo «tan natural como llorar cuando tienes hambre, o dormir cuando estás cansado; es la manera en que la naturaleza sana un corazón roto».

Existen diversos tipos de duelo que van a provocar diferentes tipos de sensaciones que acompañarán al doliente a lo largo del proceso.

Pero antes de todo conviene aclarar que la definición de duelo, esa sensación de pérdida sin posibilidad de recuperación, no comprende solo fallecimientos, sino también la pérdida de la salud o del trabajo o la separación de la pareja.

Por lo tanto, las emociones y los sentimientos que se producen como consecuencia de la pérdida de un ser querido pueden ser muy similares a las emociones y los sentimientos que podemos experimentar, por ejemplo, ante la pérdida como consecuencia de un divorcio o ante la pérdida de una relación laboral.

El médico paliativista Marcos Gómez Sancho corrobora esta idea y señala: «La pérdida no está forzosamente ligada a la muerte, que, sin embargo, constituye el paradigma del duelo. La muerte imprime al duelo un carácter particular en razón de su radicalidad, de su irreversibilidad, de su universalidad y de su implacabilidad. Una separación no mortal deja siempre abierta la esperanza del reencuentro».

El duelo es una experiencia global que afecta a la persona en seis ámbitos:

 Psicológico

 Emotivo

 Mental

 Social

 Físico

 Espiritual

Es también un proceso durante el cual se atraviesan diferentes etapas y en el que el doliente debe trabajar, realizar una serie de tareas, con la finalidad de poder superar de la manera más adecuada el duelo. Existen dos expresiones de las que se habla hasta la saciedad durante el proceso de pérdida: la primera es la «elaboración del duelo» y la segunda, el «proceso de aceptación».

 Elaboración del duelo: consta de dos palabras, «elaboración», que tiene que ver con el término «labor», es decir, tarea, y, por tanto, con las consiguientes tareas que de manera activa tenemos que realizar para poder superar la pérdida de nuestro ser querido; y «duelo», que procede del latín y significa «dolor». Así pues, esas tareas nos van a suponer dolor, y eso es algo que deberemos tener muy en cuenta.

 Proceso de aceptación: «proceso» tiene que ver con el tiempo, el que se requiere en el duelo para poder disminuir las reacciones emocionalmente muy intensas que acompañan al doliente y nos permitirá ver la realidad desde otra perspectiva más racional; la palabra «aceptación», por su parte, significa vencer la negación de la muerte, del dolor, y comenzar a aceptar que, aunque nos duela, no nos queda otra opción que aprender a vivir y a recordar a la persona querida y perdida desde la perspectiva de la realidad cotidiana. Esto es: debemos aceptar que tendremos que vivir en el futuro sin esa persona a nuestro lado, ahora bien, si somos capaces de trabajar el duelo correctamente, seremos capaces de transformar la ausencia de esa persona hasta el punto de convertirla en una suerte de presencia integrada en nosotros, de modo que su recuerdo forme parte de nuestra experiencia y resulte gratificante y nos enriquezca. En eso consiste el duelo: en asumir la muerte, pero no para convertir esa muerte en una desaparición, en olvido, sino para integrar esa ausencia y que lo que esa persona fue forme parte de nosotros y su recuerdo nos enriquezca sin resultar doloroso sino gratificante.

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Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
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233 стр. 22 иллюстрации
ISBN:
9788491877097
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