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LA SEDUCCIÓN DE LOS RELATOS
Jorge Panesi
“Cuando la narración retrocede frente a la inenarrable experiencia, los intelectuales proveen relatos y contrarrelatos. Los políticos enarbolan estadísticas y porcentajes, que son la nada misma si no se insertan en una narración que los haga consumibles. Por eso el título La seducción de los relatos, por la seducción que, consciente o inconscientemente, los medios masivos, la cultura y la política en general tienen por el relato literario, pero también la seducción de la literatura y de la crítica por insertar sus narrativas en un contexto de difusión más amplio”. (Del prólogo del libro).
Con una mirada sumamente aguda, producto de una invisible confabulación urdida a lo largo de cincuenta años entre la enseñanza, la escritura y la lectura, Jorge Panesi analiza las polémicas y discusiones ocurridas durante los últimos tiempos en el contexto político y vital del siglo XXI.
La seducción de los relatos es un libro imprescindible para reflexionar sobre los nuevos alcances y significaciones del binomio “literatura y política”, y un aporte fundamental y esperado de uno de los críticos más originales de la Argentina.
JORGE PANESI
La seducción de los relatos
Crítica literaria y política en la Argentina

Índice
Cubierta
Sobre este libro
Portada
Dedicatoria
Prólogo
I. Discusiones 1. Acerca de una frase desdichada y sobre la desdicha de no tener polémicas 2. Polémicas ocultas 3. Los que se van, los que se quedan (apuntes para una historia de la crítica argentina) 4. Discusión con varias voces: instrucciones para escribir una tesis 5. La seducción de los relatos: diez años de crítica argentina (2004-2014)
II. Pasiones de la historia 1. Pasiones de la historia 2. “Rojas, Viñas y yo”: la historia de Martín Prieto 3. Los dos tiempos de la crítica. Celebración de una revista académica: Orbis Tertius
III. Críticas 1. El tiempo de los espejos: Silvina Ocampo 2. Entre la teoría y la nada: Tratado del amor, de José Ingenieros 3. Cámara de vacío: La escuela del dolor humano de Sechuán (Mario Bellatin) 4. Villa, el médico de la memoria (sobre Luis Gusmán) 5. Pintura y representación: Un episodio en la vida del pintor viajero (César Aira)
IV. Estante de poesía 1. Cosa de locas: las lenguas de Néstor Perlongher 2. Arturo Carrera: El vespertillo de las parcas 3. Piedra libre: la crítica terminal de Tamara Kamenszain
V. Retratos 1. El cuerpo de la crítica: David Viñas 2. Ana María Barrenechea: Archivos de la memoria 3. Lo ilegible: Nicolás Rosa en el tiempo de la teoría 4. Verse como otra: Josefina Ludmer 5. Sylvia Molloy: El común olvido 6. Escenas institucionales. Sobre. Modos del ensayo de Alberto Giordano
VI. Borges, da capo 1. Las políticas de Borges
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Créditos
Otros títulos de esta colección
Para Santos
PRÓLOGO
La cuna del hombre la mecen con cuentos.
LEÓN FELIPE
La contracara de [la] decadencia [de la narración] es el surgimiento de la crítica literaria como género, incluso como género absorbente y exclusivo.
CÉSAR AIRA
Este ejercicio de recopilación de artículos dispersos tiene como fondo, o como paisaje, mi vejez, por lo tanto, escribo con cierta extrañeza, pero sin ninguna nostalgia o melancolía. La posible (o esquivada) melancolía podría tener su causa en la sombra del testamento que acecha impertinente la inevitable lucidez de los viejos. Debido a su carácter testamentario, escribir es siempre convocar al futuro, a las sombras engañosas de la esperanza (el lector y la lectura son, con todos sus equívocos, la esperanza de quien escribe).
Pero no se crea que hay aquí un gesto presuntuoso: catalogar un libro como un testamento es suponer a priori que hay algo que legar, algo valioso que se cuida o se preserva mediante la confianza depositada en el anonimato indescifrable de un futuro. Porque no hay nada más incierto que una herencia. Arrojar una moneda o una piedra al aire o al mar: quien escribe apuesta a la esperanza que no tiene rostro y que esquiva toda certeza. El que escribe, paradójicamente, escribe para un porvenir, pero él mismo está ciego a cualquier eventualidad del futuro. Y siempre cuenta, a modo de consuelo, con la gracia irónica y justiciera del olvido.
Es el exacto contrario de quien enseña: los rostros y las palabras de aquellos que aprenden se dibujan a diario y dan todas las señales de receptividad y de desdén posibles, y aunque el futuro parece encarnarse en esa certeza presencial, el legado del maestro no es menos volátil. Salvo que el cara a cara le permite una satisfacción inmediata. Con todos sus peligros, porque el engaño podría así acrecentarse. Quien enseña tampoco sabe inequívocamente qué espejismos, identificaciones o resistencias han provocado sus palabras. Se pregunta, en una cultura del provecho y del éxito, para qué han servido sus discursos, sus especulaciones, más allá de los sentimientos de empatía o de rechazo (que son el núcleo que se esconde en una relación intelectual). El consuelo de quien enseña literatura va de la mano con la incertidumbre de su objeto: a alguien, seguramente, sus monólogos o sus diálogos le habrán servido para algo, aunque este servir no esté en el derrotero exacto de sus deseos o pretensiones.
Si leer, más que enseñar o escribir, es el legado de una enseñanza, su actividad propia y también el destino anhelado de quienes escriben, la lectura se ocupará siempre de lo incierto, de lo indeterminado, de las catástrofes y de las felicidades fortuitas, impredecibles. Una lectura solamente puede legar aciertos que quedan acotados por las circunstancias, pues el verdadero provecho de una lectura consiste en los errores en los que las circunstancias también obran. La opinión común dice con apabullante resignación que solo se aprende de los errores y desaciertos. Esta teoría vulgar de la experiencia debería extenderse desde una subjetividad aislada que actúa y se equivoca hacia todos los grupos que pretenden legar algo y al legado mismo.
Sea como fuere, enseñar y escribir construyen el andamiaje material del discurso crítico, son el sostén que rige el entramado institucional de la escritura crítica contemporánea. Esta matriz bifronte hace que sea un mandato conciliar la oralidad fugitiva (que sin embargo también se escribe) con la escritura misma que se autofigura como trascendencia, como una pretensión de apartarse con un empinamiento orgulloso de los negocios de todos los días.
Si hay una ocupación –algo maltrecha y casi extinta– que llamamos “crítica literaria”, esta se refugia y prospera casi únicamente en una institución de enseñanza, en los claustros universitarios. La crítica literaria académica es hoy casi la única en su género, sobreviviente de varios naufragios y suaves cataclismos culturales que le han dado su configuración universal y hegemónica.
Por consiguiente, enseñar y escribir (esta es la fórmula obligada de la investigación en las aulas universitarias) dará como resultado lo que Alberto Giordano llama “un profesor que escribe”. Mi fórmula, lo confieso, sería idéntica, pero con la salvedad o el remordimiento de haber escrito poco.
El profesor que escribe muchas veces cree conciliar lo disímil, opuesto o enfrentado, en una especie de drama donde el tiempo y la energía deben repartirse como si fuese un bígamo que voluntariamente se ata a dos hogares, que en rigor son dos mundos o dos leyes diferentes. Sin embargo, esta aparente contradicción o estas finalidades contrapuestas se concilian en una actividad que es el producto de una alquimia o de un malabarismo, o quizá del resultado de unos avatares biográficos contingentes y a la vez necesarios.
No digo nada nuevo, nada que no haya apuntado en los años de Tel Quel Roland Barthes (gurú, faro, modelo, personaje reverenciado por la crítica argentina). Las diferencias que establece Barthes entre el discurso pedagógico sobre la literatura (el profesor), la investigación (cuyo modelo sería la tesis y el tesista) y la escritura que es el valor más alto en “Écrivains, intellectuels, professeurs” (1971) exhiben lo que acabamos de llamar “un tironeo”, aunque verdaderamente sería un desajuste entre los deseos y las aspiraciones culturales o sociales de cuantos abrazaron por interés o por necesidad el discurso académico y la crítica literaria. Lo que describe Barthes es la condición de posibilidad y de imposibilidad de la crítica, vale decir, las condiciones bajo las cuales actualmente enseñamos y escribimos.
El tironeo o el desacuerdo entre enseñanza y escritura se produce por una especie de recurrente sueño de libertad que suele esperanzar a los críticos académicos (es decir, a casi todos). Más que un sueño, la apetecida libertad depende, sin embargo, del cumplimiento de los propios logros de un discurso que, independientemente de ciertas florituras o apetencias estéticas, se declara inmerso en propósitos relacionados con el saber. La crítica es iluminista; la literatura, no necesariamente.
Algunos hijos pródigos de la crítica académica, pesarosos por lo que consideran un lastre que parece humillarlos, se quejan del legado universitario, lo disimulan o lo travisten según los repartos de dones con que la competencia y la destreza los han favorecido. Es un lugar común de los críticos universitarios lamentarse por las condiciones o por las prácticas claustrales que condicionan el trabajo, la investigación o la escritura misma. Como si a la crítica académica le fuera connatural renegar de cualquier academicismo. Al cumplir con un conjunto de normas y leyes no siempre explícitas, pero igualmente inflexibles, lo quieran o no, deben pagar tributo a la institución que les permite existir. Porque la vida fuera del vivero académico les resulta difícil y tortuosa. El rótulo de profesor o de escritor (o de ambos simultáneamente) equivale en los medios de difusión al de “experto” que opina sobre temas más vastos a los que su expertise lo destina. Así, por ejemplo, el profesor o el escritor cuyo métier es la cátedra universitaria o la escritura literaria se ocupará del discurso político o de la política misma. Una especie de corrimiento funcional hacia otros territorios, pero si se mira bien, nada que no esté de alguna manera previsto en la misión histórica que la crítica argentina –académica o no– ha pensado o imaginado siempre como una de sus tareas, como tal vez su principal tarea: la intervención en las políticas de la cultura y en los entramados políticos a los que no se resigna a analizar solamente desde el encapsulamiento intelectual, sino que se concibe a sí misma como un actor de esas políticas. Contorno y David Viñas son eso, y también lo son Beatriz Sarlo, Josefina Ludmer y muchos otros.
En los últimos años, el deslizamiento hacia el análisis político que han tenido algunos académicos y escritores parece responder a una demanda mediática: inscribir en las especulaciones politológicas ciertos matices literarios e intelectuales que la descripción y la explicación periodística no podrían alcanzar. Sin paradojas, la crítica, o una parte muy acotada de ella, regresa hacia las instituciones que la vieron nacer: el periodismo, los medios masivos, la discusión pública. Porque la crítica literaria siempre se conjuga en tiempo presente, y las fluidas peripecias del ahora le son históricamente consubstanciales a su razón de ser. ¿Y en qué consiste esta demanda? Cuando la narración retrocede frente a la inenarrable experiencia (Walter Benjamin), los intelectuales proveen relatos y contrarrelatos. Los políticos enarbolan estadísticas y porcentajes, que son la nada misma si no se insertan en una narración que los haga consumibles. Por eso, este libro se llama La seducción de los relatos: la seducción que, consciente o inconscientemente, los medios masivos, la cultura y la política en general tienen por el relato literario, pero también la seducción de la literatura y de la crítica por insertar sus narrativas en un contexto de difusión más amplio.1
La expansión, o el deseo de expandir el alcance y el influjo del discurso crítico en la vida social, no solamente se ata al análisis o la discusión política para lograr sus fines: cree encontrar en el territorio del ineludible objeto del que se ocupa, la literatura, las armas que habrían de sacarla de su confinamiento, o de su destino minoritario y hasta elitista. Intenta, para ir más allá de sí misma, fundirse con una parte privilegiada de ella misma. Actualmente hay tanteos o ensayos en los que la crítica argentina se identifica con la literatura y quiere ser enteramente literaria, borrando las ataduras institucionales que han formado su historia. Lo intenta ya sea asumiendo en su discurso procedimientos abiertamente literarios, o bien, tiñendo su proceder con inscripciones autobiográficas (el diario, la crónica) que sustituyen los sesudos protocolos académicos que fueron los reservorios privilegiados de su verosimilitud.
La vida universitaria en relación con la literatura forma parte de una narración irónica, autoirónica o llanamente satírica. Es así porque desde hace cierto tiempo (digamos: desde hace medio siglo) hay un crecimiento encapsulado de una especie subcultural bastante pretenciosa, la cultura académica, que muchas veces quiere explicar el ancho campo de la sociedad e intervenir en los cambios y las disputas contemporáneas. La visibilidad o la notoriedad de esta cultura (particularmente en Estados Unidos) la han convertido en un tópico literario, y en un género, desde el fundador de las “aventuras académicas de un exiliado”, Vladimir Nabokov (en Pnin, 1957), hasta Jorge Luis Borges (“El soborno”, 1975) o Ricardo Piglia en la Argentina (Viaje de ida, 2013), sin olvidar el suceso del inglés David Lodge, que es novelista (Small World, 1984), profesor y divulgador de teorías literarias (Twentieth Century Literary Criticism, 1972).
En el caso argentino, a una primera camada o generación que enseñó regularmente en Estados Unidos (María Rosa Lida, Raimundo Lida, Ana María Barrenechea, Enrique Anderson Imbert), luego, cuando se intensifica el fenómeno de intercambio generalizado de las profesiones universitarias, o si se quiere, de la mundialización, al cual la cultura académica no es ajena, se agregan Sylvia Molloy, María Luisa Bastos y, más adelante todavía, Josefina Ludmer y Ricardo Piglia (entre otros). En la actualidad, los que enseñan y escriben en el extranjero, en una especie de diáspora que, sin embargo, no anula su pertenencia al campo cultural argentino (o tal vez a una pertenencia dual o bicéfala), se han multiplicado. Es así como David Viñas debe agregar un nuevo tipo de viaje a los que tipifican la historia de la literatura argentina, el viaje académico, del que él mismo como exiliado ha formado parte. Por supuesto, a lo largo del tiempo, las catástrofes nacionales han incentivado esta diáspora: me refiero a las hecatombes políticas, militares y económicas de la Argentina trenzadas e intensificadas en la década de los setenta. Un episodio de la literatura nacional (irse o quedarse ante un contexto despiadado) parece repetirse como si fuera una matriz histórica.
Sin embargo, las contrariedades y las desventuras colectivas, en vez de quebrar la continuidad reflexiva de la crítica argentina, la han fortalecido otorgándole no solamente mayor coherencia, sino también contribuyendo a hacer patente un reconocimiento de su historia, de los problemas característicos que la mueven e incentivan y, sobre todo, le han provocado una conciencia de sí que dibuja los contornos de una cierta o incierta identidad.
Tengo la pretensión desmedida de que el lector, a modo de juez (una antigua figura de la crítica literaria), inscriba La seducción de los relatos en esa cadena que se nutre de las actividades de la enseñanza, en las ceremonias no exentas de teatralidad que llamamos enseñanza universitaria, y de la concentración aislada de la escritura. No sé si es conveniente separar ambas actividades, no sé tampoco si conviene fundirlas, o si los eventuales vasos comunicantes son los que le darán a lo disperso un vestido de unidad.
1 Insistir en los “relatos”, como lo hago desde el título y en uno de los trabajos recopilados, quizá necesite de una justificación adicional, que encontramos en un uso reciente otorgado o añadido a la significación habitual. Desde hace poco tiempo, periodísticamente hablando, el “relato” en cuestión es de patrimonio exclusivo del kirchnerismo y equivale a “mentira”, una construcción políticamente mentirosa. El contexto inmediato de cualquier trabajo literario incide indirectamente, me parece, en cuanto se escribe. Asumo esta correspondencia como un valor irónico, pero no juzgo sobre el acierto de la caracterización semántica, a pesar de ser un convencido antikirchnerista.
I. DISCUSIONES
1. ACERCA DE UNA FRASE DESDICHADA Y SOBRE LA DESDICHA DE NO TENER POLÉMICAS2
Me doy cuenta de que el título que he elegido, además de falsamente enigmático, resulta a todas luces confuso. La desdicha a la que alude sería, entonces, solamente la mía: mi desdicha retórica. O quizá, si la retórica, si los retóricos se encaminan siempre hacia la guerra en el ágora, hacia el polemos o el litigio, debo confesar que he practicado muy poco algo que parece producir una dicha, un goce, un placer belicoso de lo dicho: el entredicho de la polémica. La desdicha de no haber sido polémico, de haber practicado muy poco un arte que hoy se considera –y por eso la desdicha, la incomodidad y el vacío– perdido.
La frase desdichada o la desdicha que está detrás de la frase les resonará con una familiaridad casi inapelable, puesto que la hemos oído, o la hemos dicho con un acuerdo de tranquilidad que dicta sentencia acerca de los tiempos que nos han tocado vivir, a nosotros, los críticos, precisamente a nosotros, que vivimos, que nos alimentamos de polémicas. Tiempos a-críticos, poco propicios para la crítica y la labor de los críticos, porque serían tiempos sin polémica. Este es el murmullo, el rumor, lo que se oye aquí y allí, en las tertulias, lo que aceptamos sin confirmación, resignados al tiempo y a la doxa que busca el irreflexivo acuerdo abroquelado en una frase abrumadora por su patético sonsonete unánime: “En la Argentina ya no hay polémicas”. Esta parece ser una frase firmada anónimamente, una firma que nos atornilla a un tiempo sin esperanzas, sin relieves intelectuales que motiven la polémica. La frase “Ya no hay polémicas” remite a un pasado pletórico en el que sí las había, y en el que reinaban sin desplazarse del centro de la escena los intelectuales críticos, serios en su función de polemizar, atravesados por la luz de una misión que los hacía combatir entre sí para iluminar a aquellos espectadores que fuera de la batalla dieran, como en la arena romana, el veredicto de triunfo o de derrota, o eventualmente se sumaran a uno de los bandos. La otra dimensión de la frase, la del presente decepcionado, sitúa a los intelectuales fuera de la escena: o bien ya no hay polémicas, porque las polémicas no tienen lugar en el escenario social (absurdo que se parecería a la rigidez tranquila de la muerte), o bien porque los intelectuales han perdido el gusto por la polémica y se han aburguesado resignadamente claudicando en su misión o pasión beligerante, o bien porque la guerra ha desplazado sus trincheras y dejado en retaguardia a los críticos que solo pueden clamar nostálgicos por una edad de oro en la que cada cual se sentía partícipe implícito de una polémica generalizada.
En esta descripción, en el meollo de lo que pretende ilustrar, hay un mito intelectual, una ilusión de los intelectuales, una creencia indemostrable, que no solamente no es una opinión sobre el tiempo que les ha tocado vivir, sino apenas un compadecido autoexamen de su imagen, su papel, su acción, sus posibilidades y funciones. Si se trata de imágenes o de imágenes de uno mismo, seguramente se trata también de un problema de ilusiones o de ilusiones perdidas. Porque basta con hojear las revistas culturales y académicas que consumimos o prestar atención a las ponencias que oímos para cerciorarnos de un interés por indagar casi obsesivamente en el pasado, en el presente y en la posibilidad de un futuro inimaginable las funciones, los papeles, las misiones de los intelectuales y de los proyectos que encarnan o encarnaron. En semejante interés no hay solo la contemplación narcisista de quien se proyecta en otros para indagarse a sí mismo, sino también el vacilante atisbo de una pregunta que difícilmente sea respondida más allá de esa búsqueda. Porque buscar es la divisa de los intelectuales, fracturar lo dado mediante las preguntas y no aceptar la comodidad de las respuestas.
De modo que por alguna razón (comodidad, pereza, autocomplacencia, resignación, resentimiento) parecemos aceptar como una evidencia silogística la frase “Ya no hay polémicas”. Pero si una breve investigación empírica, si una lectura apenas distraída de revistas literarias haría vacilar el masivo convencimiento (en efecto: hay tantas polémicas en el aire como hubo siempre, y tal vez más que siempre, y con una velocidad reproductiva y expansiva como no hubo nunca), ¿por qué, entonces, la aceptación gregaria de la frase? ¿Qué polémicas se espera que haya? ¿En qué otras polémicas definitivamente pasadas piensan los intelectuales cuando dicen “Ya no hay polémicas”?
La frase ha dejado de residir en los cafés o las conversaciones casuales para alojarse en la letra escrita, y desde allí repetirse como una ley que nos gobierna. Por lo menos así la transcriben desde el diálogo con intelectuales los periodistas que, también como los críticos, se alimentan con la sangre cotidiana que destilan las disputas. Es lo que ocurre con un reportaje a una crítica prestigiosa, una académica de Yale, que se aburre, según nos dice la reportera María Moreno.3 Con lo que inesperadamente abre un interrogante menor: ¿la principal diversión de los intelectuales es la disputa?, o también ¿con quién disputa Josefina Ludmer, la académica de Yale? Todo el texto del reportaje tiene una fuerte dicotomía espacial, académica y cultural: son los “aquí” y “allá” que lo escanden. ¿Dónde se aburre o se divierte Josefina Ludmer? ¿Allá, en Yale, o aquí en la Argentina, donde ya no hay polémicas? ¿Cuáles son esas polémicas que divierten en un “allá” brumoso pero previsible? Porque Ludmer pronuncia al pasar la frase del consenso, “acá no hay polémicas”. La frase completa, entre prescriptiva y admonitoria dice así:
Yo creo que hoy hay que escribir La gran aldea o sea, escribir el Buenos Aires del antes del neoliberalismo y el de ahora. Y dejar de pensar tanto en Foucault, Derrida, Lacan. Otra cosa que no hay acá es polémica.4
¿Las razones? Según Ludmer, la ausencia se debe, en primer lugar, a una interpretación errónea que confunde violencia allí donde solo hay diferencia, y en segundo lugar, porque “se han reducido los espacios”. Miedo a ser violentos con el otro, el otro en tanto enemigo intelectual, como individuo particular, y no como sujeto productor de ideas. Se me ocurre que, de ser esto cierto (pero no lo es, como se verá), la historia argentina justificaría sobradamente la renuencia a entablar combates mortales, aunque solo sea porque la última máquina de guerra dictatorial no respetó al otro como otro, ni siquiera como cuerpo muerto o cadáver. Y sí hubo y hay polémicas en torno a este difícil recuerdo u olvido.
En cuanto a la reducción de los espacios de la polémica, creo que Ludmer tiene razón. Pero el reducido alcance de las polémicas, su fragmentación o interiorización en pequeños espacios no significa la extinción, sino un desplazamiento significativo, un nuevo estatuto de la polémica. Local, localizado. Nadie podría decidir de antemano qué disputa tocará, a pesar de los muros, qué otra fibra cultural más honda y de mayor alcance. No podríamos confundir el gesto provocador, la provocación, con el desatarse de una polémica. Una provocación es el ensayo azaroso que busca el combate, que tantea al enemigo para que responda en la pelea. Un gesto de compadrito intelectual que Borges, ese gran compadrito literario, tipificó con sus reglas retóricas desde “El arte de injuriar”. ¿Cómo decretar que súbitamente una cultura de compadritos literarios, o de teólogos académicos, haya dejado de lado las disputas? Las disputas son, en su expansión o en su espacio reducido, el flagrante costado político de la literatura que no se borra o se disuelve en el espontáneo acuerdo racional ni en la condescendencia piadosa. En materia de políticas de la literatura siempre habrá polémicas, aunque los participantes crean gozar de una paz que los une por sobre las diferencias y supongan un acuerdo amistoso de capillas; habrá polémicas más allá de los sujetos que no quieren tenerlas o se imaginan un estado de apolítico desinterés.
Indudablemente los espacios de repercusión polémica se han fragmentado e interiorizado, replegado incluso. Este repliegue se produjo en consonancia con profundas mutaciones económicas y culturales de las que se suele culpar al neoliberalismo reinante (se habla o se discute ahora acerca de un sujeto globalizado). Si Josefina Ludmer denuncia la falta de polémicas en el medio intelectual argentino, su intervención pública en el reportaje que comentamos exhibe sin equívocos un gesto provocativo, elusivo y general, pero reconocible como “parada” polémica que se enfrenta a un “aquí” tomado como una totalidad y enfrentado a un “allá” del que nada se dice. Aquí no hay polémicas, vivimos en la repetición alienada del canon teórico: Michel Foucault, Jacques Derrida… Pero si cambiamos la escena, o si cambiamos de universidad y de sujeto (y viajamos a Berkeley), Francine Masiello desde el aquí y el allá de su último libro, El arte de la transición, implícitamente cree otra cosa: no solo releva las polémicas que en Chile y Argentina se dieron y se dan en la etapa de la posdictadura, sino que afirma su carácter central para la construcción de una cultura emancipadora basada en la diferencia y el disenso. Lo notable de la narración crítica que traza Masiello es que el “aquí” y el “allí” (lo que ella llama el eje o el tráfico norte-sur, esto es Estados Unidos y América Latina) se hallan problematizados, en tensión y contradicción polémicas.
Lo que se perfila en el libro de Masiello es, sobre todo, la desorientación de los intelectuales argentinos y chilenos ante un nuevo estado cultural, social y económico que exige otro modo de construcción polémica, otro modo de acción intelectual y política. La violencia en nuestra cultura, parece decir Masiello, se oye como en sordina, pero su disonancia abre brechas en las melodías monocordes que cantan al reinado de la mercancía. Y así la profesora estadounidense, un poco estupefacta, consigna y discute la modalidad de los “escraches” con que la agrupación HIJOS sacude la memoria “y en ese proceso –señala Masiello–, sobrepasan los esfuerzos insuficientes de los políticos para rectificar las violaciones a los derechos humanos provistas por la ley”.5 El texto cultural abre una brecha contra el sentido común siempre conciliatorio, aliado por inercia del neoliberalismo.
En el recorrido intelectual que Masiello traza de Beatriz Sarlo encontramos varias de las encrucijadas a las que se han enfrentado los intelectuales en la posdictadura y en el contexto de la nueva situación económica:
Quienes más han padecido sus efectos son los intelectuales, pues los hábitos de la vida posmoderna y la supresión del análisis y el debate los han hecho poco menos que inservibles.6
La polémica no es ya para o por el sujeto popular a quien los intelectuales han creído liberar, porque ese sujeto está cada día más distante, en un diálogo imposible que ni siquiera puede ser imaginado o recreado (“como si se encontrara fuera del campo de influencia de los intelectuales”, dice Masiello). Y este análisis descubre y consigna un miedo en Sarlo, a pesar del relieve exitoso de su figura pública, un miedo que –agrego yo– es el mismo que tenemos todos los intelectuales cuando decimos (pero Sarlo no lo dice jamás) “Ya no hay polémicas”. Se trata del miedo a la marginalidad intelectual, es decir, a las voces que discuten entre sí, condenadas a no ser oídas fuera de los muros en que han sido encerradas, mientras perciben las hipérboles de su propio reverbero.
Entonces es la desilusión, el desengaño, el escepticismo, la desdicha. Una nota que El arte de la transición sigue desde Néstor García Canclini hasta Tomás Abraham. Unos afirman las posibilidades de la micropolítica, otros parecen desdeñarlas, pero el balance intelectual es el mismo y no se evitan los tonos de la melancolía. Tonos justificadamente tangueros que nos asaltan sorpresivos pero inequívocos en la frase con que Beatriz Sarlo, en el número 70 (agosto de 2001) de su Punto de Vista, titula un comentario de actualidad. El título nos dice “Ya nada será igual”, y sintetiza el compartido sentimiento de la débacle argentina, sobre todo en su dimensión política. “Ya nada será igual”, en efecto, y el tono melancólico de la frase contrasta con una noticia de la primera página de este número, que queda opacada en lo que debería ser una perspectiva gozosa, o al menos nueva en el derrotero de la revista: Sarlo nos anuncia también que Punto de Vista ha inaugurado su página web. ¿Para qué? Para abrir un espacio de polémica, sobre todo. Un deslizamiento, una transformación del espacio de disputas, agregaría intencionalmente yo. Una apuesta casi loca, azarosa, tal como ella la pinta, un juego del todo o nada, coqueteo con la suerte, y la posibilidad del ruido total, un afuera poliédrico o rizomático de la polémica. Dice Sarlo:
La red es una rueda de la suerte, del encuentro fortuito tanto como de la destreza para encontrar. […] Bazar Americano confía su futuro a un espacio donde los lectores, reales y virtuales, discutan con la revista y entre ellos.
“Con la revista y entre ellos”. Notable variación en la perspectiva polémica del diálogo, un deslizamiento concreto en el terreno experimental con que se conciben los debates intelectuales en el presente. Pero del artículo con título tanguero queda una nota a modo de residuo que se hace cargo o soporta aún el encierro intelectual, el diálogo trunco, aquello que llamamos “reverberaciones”, y que bien podrían ser diálogos fantasmales. “Ya nada será igual” se hace eco de un debate grabado en el que el comité de la revista analizó la situación argentina en el mes de mayo de 2001. Diálogo y eco de un diálogo. Y así lo presenta Sarlo, como una vuelta y como un eco:
La situación [política argentina] que parecía gravísima, todavía no anunciaba este momento de máxima cerrazón.
Mucho de lo que se dijo en la reunión de mayo es retomado en el artículo de Beatriz Sarlo, como debate o como eco. Quien oficia de fantasma o eco intelectual es la voz de Oscar Terán desde un recuadro gris que “dialoga” con el cuerpo impreso de Sarlo. Interiorización del diálogo y la polémica. Acorralamiento de la discusión clásica entre intelectuales.
Si la discusión no trasciende las fronteras de un “nosotros” que se afirma en una soledad compartida, entonces habrá que hacer lugar al repliegue dentro del material de la revista. Se trata de un corrimiento, una mutación o de un nuevo estatuto interior de la disputa. Ya no el reportaje polémico, ya no la polémica por escrito en que dos boxeadores intelectuales intercambian los golpes o las injurias retóricas, sino la charla, el diálogo ad hoc que luego se transcribe. Sustituto de una polémica que resignó saltar el muro. En estos diálogos transcriptos, un “nosotros” dialoga y eventualmente cree polemizar entre sí o con un invitado que casi siempre parece ser de la familia. Pero no me estoy refiriendo solamente a Punto de Vista, estoy describiendo un género o subgénero dentro de las revistas culturales, como puede verse en los extraños reportajes o diálogos de los que hace gala el contrapunto o la contracara polémica de Punto de Vista, la hermana tuerta de Punto de Vista, la que dirige Horacio González y se llama El Ojo Mocho. Extraños diálogos porque, a diferencia de la hermana mayor, El Ojo Mocho ostensiblemente declina (o finge declinar) la edición de los diálogos, mochos a fuerza de ser insistentes, al borde del anacoluto y el balbuceo.
Este género o subgénero funcionaría en el actual contexto cultural argentino como portador de una definición o autodefinición del grupo editorial, y en el que los otros, el otro, los probables otros de la polémica se refractan y se desdibujan por medio de alusiones. El “nosotros” es exclusivo y se autoafirma en el subgénero que generaliza las particularidades, las exclusividades, las exclusiones. El diálogo trascripto marca un territorio interior, un repliegue, pero al mismo tiempo, lanza un pedido de escucha y de lectura más allá de los límites de la clausura real o imaginaria.
Supongo que a esta altura de mi exposición ya existirán reparos u objeciones. Se me dirá que la frase “Ya no hay polémicas” no se refirió jamás a nada cuantitativo, sino a la calidad y el alcance de las discusiones. Sea, pero precisamente el tono de uniforme melancolía con el que los intelectuales se refieren a estas cuestiones indica no solo un desplazamiento del espacio de discusión, y de los términos mismos en que se emprenden los debates, sino también algo central en la guerra, constitutivo del combate como tal: la claridad con la que se constituye al enemigo. El enemigo es borroso, ubicuo, omnipresente, inasible. En la época de la globalización el enemigo está en todas partes y en ninguna, se nos escamotea sin esconderse, lo que reclama otros parámetros, otros medios y otros lenguajes abiertos, aún imprevisibles para establecer la discusión. Quizá Ludmer viera algo de esto cuando protestaba por las adhesiones congeladas a las teorías canónicas que repiten mecánicamente discusiones ajenas en vez de lanzarse por otros caminos más azarosos, menos reglamentados por el saldo de polémicas ya saldadas. Pero ¿en la teoría social, en la teoría literaria o política hay definitivamente algo ya saldado? Si se trata de políticas culturales, nada es del todo residual y no hay residuo que no permanezca actuante, que no exija una nueva polémica, en otros términos.
Se me objetará también que hablar sobre este nuevo estatuto de las polémicas intelectuales habría exigido un análisis y recuento empírico más detallado del campo. No creo que el puntilloso examen de las numerosas y hasta proliferantes disputas, además del previsible tedio de la audiencia, hubiese arrojado más luz sobre una situación que Horacio González, en consonancia inadvertida con Punto de Vista, ha titulado “Hombres en tiempos de oscuridad”.7 Oscuridad o incomodidad intelectual ante el nuevo estatuto de las polémicas. Es, como en el caso de González, tener que disputar incesantemente con el hermano o con el amigo, según podemos comprobar en la polémica política y teórica que El Ojo Mocho ha sostenido con El Rodaballo de Horacio Tarcus. “Zoon polemikón” titula González un apartado de su revista para disputar con Tarcus. Y comprobamos en este último un empecinado aferrarse a la discusión como un modo de esclarecimiento intelectual, necesario, indispensable, último bastión de la racionalidad. Lo que González le reprocha es la adhesión a un núcleo teórico novedoso, “la nueva subjetividad global”, porque “la nueva subjetividad global […] se parece demasiado al internacionalismo de Juan B. Justo o de la Segunda Internacional”. La racionalidad que El Rodaballo reclama tiene para Horacio González el aire de un prejuicioso dogmatismo:
Los compañeros de El Rodaballo formulan temas relevantes y necesarios. Festejamos su ánimo para la polémica, pues no podemos reclamarla y después desentendernos cuando esta se da. Lo que resulta incómodo –y toda polémica, sin duda, lo es, pues la incomodidad es su propia “búsqueda de racionalidad”– lo encontramos en el blasón pedagógico que se evidencia en una rectitud profesoral que aquí y allá [reparte] amonestaciones como populismo o vitalismo. Demasiados fantasmas para tan escasos intentos –el de todos nosotros, incluyendo los de El Rodaballo– por renovar el pensamiento crítico argentino.8
Quizá sea difícil imaginar una polémica desinteresada en la que no se mezclen los turbios intereses que mueven siempre la lucha por el prestigio intelectual, ni que la discusión pueda llevarse a término sin una buena cuota de dogmatismo en las posiciones. Lo importante es aquí el gesto de búsqueda sin predeterminación de las nuevas formas de la polémica que González parece afirmar: la búsqueda de una racionalidad que no estuviera predeterminada más allá del diálogo mismo, lo que equivale (como en la alusión a la ruleta de Internet en el caso de Sarlo) a la irrupción de una cierta forma del azar y de lo otro.
Porque ni siquiera el combate cuerpo a cuerpo de los oponentes y los intercambios epistolares que puntúan la polémica entre El Rodaballo y El Ojo Mocho escapan del corsé tradicional con que siempre los intelectuales han imaginado la forma del litigio. Y así nos encontramos en el número 11-12 de El Rodaballo con dos cartas de lectores: una de Carlos Correas (autor de una nota bibliográfica que ha enojado mucho a Tarcus), y otra sobre este mismo asunto de Horacio González (a quien Tarcus responde con otra misiva). Lo que Carlos Correas reproduce, como un eco que solo intenta expandirse a partir del intencionado vacío que deniega la polémica, es ese para quién o para qué del diálogo belicoso. Correas se afirma como un outsider intelectual y académico, pone en abismo las condiciones mismas que regulan inexorablemente la disputa:
Jamás discuto con nadie y no busco en absoluto el “debate de ideas”. Soy un hombre solitario y, al menos conscientemente, carezco de tal o cual “política cultural”. Sólo compito conmigo mismo y en esto radica uno de mis orgullos.9
En el ghetto todos se pelean sin vislumbrar un más allá que los redima del obligado cautiverio. En el último rincón solitario del margen académico: así le complace verse a Carlos Correas con orgulloso gesto autosuficiente que reproduce a ciegas la lógica individualista del neoliberalismo económico. Aunque nos invita también a meditar sobre el estatuto universitario de las polémicas, sus regulaciones, sus rituales, sus burocráticas maneras pulidas. La desazón allí (o en el prolongado “aquí” que convierte a El Rodaballo o a El Ojo Mocho, o la propia Punto de Vista, en patios traseros universitarios que intentan escapar a la lógica académica del debate) es quizá la misma: no hay un enemigo claramente identificable, todos son amigos y enemigos, cofrades en el mismo entuerto. Lejos estamos del regocijo juvenil con que los jóvenes polemistas de Martín Fierro atacaban los ídolos, o de la seriedad política y teórica con que Contorno construyó una nueva mirada universitaria sobre las ruinas del estéril acartonamiento académico de la década de los cincuenta. ¿Y hasta qué punto podemos decir que nos hemos liberado hoy, en nuestras polémicas, de esos fetiches constitutivos de la crítica argentina?
De tener yo tiempo y los lectores paciencia, nos convendría visitar otro ghetto, más exclusivamente literario, el de la poesía. No menos sacudido en su repliegue por las polémicas, como nos lo señala la irrupción en ese ámbito restringido de una revista que se llama La Guacha y que apela, en su afán desmitologizante de las figuras canónicas, a los modos y formas de los magazines del espectáculo mediático. Arturo Carrera y Alejandra Pizarnik y otros tantos son abatidos de su pedestal como mitificaciones intelectuales. Sin embargo, si el gesto parricida e iconoclasta posee el picante sabor de un escándalo orquestado, el gusto poético de los redactores forma una alianza con polvorientos nombres que pertenecen a los abuelos (Horacio Armani, Antonio Requeni, Horacio Salas). Como si estos heterodoxos para matar a sus padres, cayeran en la ignominia de celebrar acríticamente el supuesto esplendor de los abuelos.
Si Sarlo, en un gesto de voluntaria confianza10 (“pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad” es su sentencia rectora), entrega al azar electrónico o virtual de ignotos polemistas cibernéticos el futuro de su revista, en el ghetto de la poesía hace ya tiempo que estas virtualidades circulan levantando acres polvaredas de incomodidad en una disputa anónima, artera. El correo electrónico de nuestros poetas hace un tiempo se había estremecido con las crónicas sociales, de sociabilidad poética, de un firmante, “El vampiro de Düsseldorf”, que ejercía sus artes sanguinarias sobre el estrecho cuerpo de la cofradía poética argentina.
¿Un soporte nuevo alcanza para modificar el rumbo, el espesor y la finalidad siempre enigmática de las polémicas? ¿O las hace más secretas, más encerradas, sin contacto con el resto? Como no me veo obligado a contestar estos interrogantes, me basta con señalar que en el “bazar americano” de los debates intelectuales de hoy, apunta con nitidez apenas una sensación, casi un sentimiento: necesitamos de las polémicas y, sin ser capaces de inventarlas (porque en su azar son estrictamente, culturalmente, necesarias y no se inventan las polémicas como se construyen estrellitas de cine), nos precipitamos en la incertidumbre de ensayar sin esplendores un cobijo en la intemperie para una manía o una pasión que es nuestro ser mismo. Porque el tiempo, o todos los tiempos, como dice Derrida, o como dice Hamlet, siempre están “out of joint”. De no estarlo (pero es lo radicalmente inconcebible), vendría uno de nosotros y diría “Ya nada será igual”. Que no es hablar ni de la derrota ni de la insípida esperanza, sino de la polémica.
2 Este trabajo fue leído en el Congreso Internacional CELEHIS en Mar del Plata en diciembre de 2001, un momento muy desesperanzado para la Argentina. Debo aclarar que la supuesta falta de polémicas que procuro refutar como un lugar común bastante generalizado comentaba un contexto levemente anterior, hacia fines de 1990. Conjeturo ahora que la communis opinio, en su desencanto por una inexplicable paz intelectual, presentía la inminencia del descalabro.
3 María Moreno, “El lugar de la resistencia”, en Radar libros, Página/12 (7/10/2001).
4 Ibíd (subrayo yo).
5 Francine Masiello, El arte de la transición, Buenos Aires, Norma, 2001.
6 Ibíd., pp. 22-23.
7 El Ojo Mocho, núm. 15, primavera 2000.
8 Horacio González, “Razón de la polémica, polémica de la razón. A propósito del último número de El Rodaballo”, en El Ojo Mocho, núm. 15, primavera 2000.
9 Carlos Correas, en “Correo de lectores”, El Rodaballo, año VI, núm. 11-12, primavera-verano 2000.
10 “Bazar Americano, el sitio de Punto de Vista”, en Punto de Vista, núm. 70, agosto de 2001.
2. POLÉMICAS OCULTAS11
El título “Polémicas ocultas” tiene una ascendencia bajtiniana, sin duda. A la que agrego un sentido más general y menos localizable. Son polémicas cuyas huellas perduran en el tiempo y que bien podríamos denominar “polémicas constitutivas de una cultura, de una parte o sector de una cultura”. En principio superadas en un momento de la historia, su olvido u ocultamiento es solo aparente: vuelven, no por ser reprimidas sino porque dicen algo del modo histórico en el que se ha formado tal cultura o una franja determinada de ella. El supuesto que subyace a esta denominación, un poco arbitraria por cierto, es que esas polémicas, culturalmente constitutivas, son el motor de un juego a través del tiempo que va anexando nuevas formas de discusión, cancelando otras, reabriendo viejas discusiones. Una polémica constitutiva impone difuminadamente, ocultamente, a los actores que la ejercitan aun con conciencia opaca de sus huellas, límites y derroteros impensados que hay que volver a pensar.
Según este esquema, una polémica o una discusión pública son una punta visible de una fractura más oculta y más vasta. La frase iluminista “civilización o barbarie”, por ejemplo, es a la vez un principio dicotómico de esclarecimiento histórico, sociológico y cultural, una intervención polémica en el plano de las ideas que abre, por la aceptación de su principio intelectivo, una brecha de largo alcance reinterpretada y vuelta a interpretar en los contextos de crisis política. Así ocurre –como es bien sabido– en la interpretación de Ezequiel Martínez Estrada, Radiografía de la pampa, y casi se perpetúa en las ficciones de Jorge Luis Borges, que al decir de Ricardo Piglia, cierran en el siglo XX un capítulo polémico abierto en el XIX. “Enciclopédico y montonero” sería la frase con la que Borges pretende tempranamente, durante la década del veinte, suturar la brecha, que en realidad se reabre para ubicarse él sucesivamente en el polo bárbaro y luego en el ilustrado. Y si el temprano capítulo de la cultura del Río de la Plata, el que ha opuesto los modos coloniales e hispánicos a las ideas iluministas y románticas, está definitivamente clausurado, la polémica nacionalista de los años treinta y cuarenta desvela la “polémica oculta” cuyo saco contiene también la cuestión del europeísmo y el localismo, la vindicación de las raíces hispánicas, la pureza del idioma nacional y la revisionista valoración de los tiempos de Rosas. Respecto de la pureza del idioma, del casticismo jerárquico y esencial, reflejo de las esencias y jerarquías sociales, conviene recordar que este lingüístico afán defensivo y belicoso reproduce las alarmas y preocupaciones de comienzos de siglo en torno del llamado Idioma nacional de los argentinos (1900), una contribución no retrógrada del francés Luciano Abeille que mereció la controversia de Miguel Cané y Ernesto Quesada12 a la luz de los conflictos sociales que los inmigrantes habían engendrado.
Todo esto ocurre con la revista nacionalista Sol y Luna, que apareció entre 1938 y 1942, estudiada por Marcela Croce.13 Cabría preguntarse leyendo el estudio histórico-crítico de Croce ¿con quién polemiza Sol y Luna?, ¿cuáles son sus adversarios? No son, en el fondo, enemigos circunstanciales, sino grandes corrientes establecidas de pensamiento, acontecimientos históricos liberadores. Enemigos de Sol y Luna son la Ilustración, Descartes, Kant, la Revolución francesa, la Revolución rusa, el liberalismo, el régimen democrático. Amparada en el símbolo de la cruz y la espada, el programa de la revista es conservador, hispanófilo, fascista, franquista, falangista, clerical, restaurador. Poética del resentimiento histórico, su polémica podría pensarse extinguida, al dejar de aparecer la revista en 1942, pero de estudiarse detenidamente las difusas ideas de resentimiento social y cultural del que llamamos “proceso” entre 1976 y 1983, veríamos allí, seguramente, la reactivación de alguna de estas líneas conservadoras y reaccionarias más o menos dispersas que se reúnen en lo que de manera un tanto vaga llamamos “polémicas ocultas”. Aunque oscuramente intuidas por sus agentes estas “polémicas ocultas”, debemos reconocer en los difusos conatos ideológicos de la dictadura de 1976 la clara percepción de un enemigo presente al que hay que destruir masiva y corporalmente, acallando cualquier diálogo y cualquier posible polémica. La cruz y la espada, símbolo pesado que quiere imponerse desde Leopoldo Lugones hasta Sol y Luna en el orden nacional, alcanza entonces una materialización cultural que a modo de un fantasma histórico reaparece dejando su virtualidad para corporizar los viejos anhelos reaccionarios reprimidos. Los fantasmas que siempre se agitan en las polémicas, como esperanza o como temor, reaparecen cuando uno de los bandos en guerra se declara vencedor de la contienda. La polémica no es un juego intelectual que el totalitarismo haya prohijado jamás. Si la consigna que se difunde para restaurar el orden es el miedo, el principal miedo del régimen será el diálogo polémico, porque temporalmente suprime las jerarquías.
Al parecer, es la política más o menos mediada, o impuesta sin mediaciones para acallar el disenso, la que en la cultura argentina (pero podríamos decir, en cualquier cultura contemporánea) regula los marcos de aparición y desaparición de las polémicas. Más aún de las “polémicas ocultas”, cuya conexión con la política está abierta siempre, como a la espera de circunstancias propicias para reactivarse. Porque debe haber, en efecto, un acuerdo básico de igualdad para llevar a cabo una polémica, y también el reconocimiento subjetivo del otro como polemista para que la polémica pueda alcanzar un destino intelectual de esclarecimiento. De lo contrario, sería lisa y llanamente una guerra. En los desacuerdos culturales de largo aliento o “constitutivos”, el silencio o la desaparición de los enfrentamientos intelectuales supone el peso hegemónico de uno de los bandos que declara liquidado el tema de debate.
Sin embargo, no es la guerra y su resultado aniquilador lo único que en la historia intelectual en la Argentina ha silenciado las polémicas. Los acuerdos tácitos y hegemónicos son no menos pesados para el surgimiento de campos de disputa específicos, y particularmente para la razón de ser de los intelectuales, a quienes les gusta autoconsiderarse como campeones de la razón crítica, siempre necesitada de polémicas y discusiones. Uno de los pilares de la configuración del intelectual reside en su capacidad de enfrentamiento a ese peso de los acuerdos hegemónicos a los que siempre debería poner en entredicho. Y estoy pensando aquí en una extraña sensación generalizada de desencanto e impotencia que me pareció muy perceptible hacia fines de la década de los noventa entre los intelectuales argentinos, y que creí poder resumir en una frase que por entonces resonaba con matices nostálgicos y derrotistas.14 La frase, muchas veces oída en ese contexto francamente depresivo, era “En la Argentina, no hay (o ya no hay) polémicas”. Sin tener en cuenta entonces lo que hoy intento desarrollar como “fracturas culturales constitutivas”, que estarían como un telón de fondo siempre renovado de las discusiones y como al acecho, me dediqué, un poco obviamente, a demostrar que la vida literaria y cultural del momento estaba totalmente traspasada y habitada por las polémicas, con un doble supuesto también obvio: la cultura vive de sus propias fracturas porque no puede ser un todo homogéneo, y luego, por la razón misma de los intelectuales que siempre se alimentaron de las polémicas. Pero ¿qué se quería decir con ese acuerdo intelectualmente generalizado del “En la Argentina, no hay polémicas”? Supongo que se aludía al peso de un acuerdo social, ya entonces en completa disolución, y que querían decirse dos cosas. La primera: “En la cultura del menemismo, no pudo haber polémicas”; y también, y en segundo lugar: “La cultura de la Alianza es una prolongación del menemismo y, por lo tanto, en ella no puede haber polémicas”. El desencanto intelectual supondría en alguno de los dos casos la preexistencia de cierto tipo, aunque fuese vago, de esperanza luego desesperanzada. Salvo que la desesperanza fuese estructural, y lo que evidentemente la provocaba, consistía en un doble cambio: un cambio en el estatuto de las polémicas intelectuales, y otro correlativo, el cambio en la función o rol social de los intelectuales mismos.
Pero desde hacía ya dos décadas, el espacio de resonancia de las polémicas se había reducido o enclaustrado; y según este nuevo estatuto polémico, al intelectual solo se lo convoca como especialista a la discusión mediática cuando la índole más o menos abstrusa del tema lo requiere. El intelectual es un funcionario de la cultura (habla el lenguaje oficial), o bien es un especialista (que solo discute con sus pares en un lenguaje especial). En cambio, los periódicos y la televisión se alimentan de otro tipo de polémicas que nacen y mueren más rápido que los suspiros; la discusión intelectual, en cambio, requiere de un tiempo más lento y reflexivo. Salvo que la desesperanza tuviese incluido un tinte nostálgico por un momento privilegiado en que la discusión intelectual se conectaba casi directamente con el polemos de la política, la innovación cultural, los deseos de emancipación casi a punto de palparse en el horizonte…, y la guerra. Por supuesto, me refiero a la década de los setenta (antes del “Proceso”), momento en el que todas las polémicas intelectuales se cargaban voluntaria o involuntariamente de sentido político.15 De ser cierta esta última hipótesis, la desesperanza nostálgica durante el año 2000 o 2001 buscaba en el pasado un punto de anclaje ideal cuyo retorno imposible acrecentaba las ilusiones perdidas. Porque la interiorización o el repliegue de la polémica, su fragmentación en espacios reducidos y su especialización en vocabularios restringidos mostraban de hecho un nuevo estatuto polémico, fruto, a su vez, de una nueva función y estatuto estructural de los intelectuales. Como se vio inmediatamente después, la “crisis de los intelectuales” era enteramente política: lo que se discutía febrilmente en las calles –incluso confusamente– era, como se decía en ese pasado reciente del que espero quede alguna memoria como “polémica oculta”, una crisis de la representatividad y la representación. Las preguntas escasamente formuladas entonces podrían haber sido: ¿qué representan los intelectuales?, ¿a quiénes representan? y, sobre todo, ¿qué pueden hacer para debatir los términos y condiciones de nuevas formas de la representación? Sin duda, había por entonces muchas polémicas; el espacio intelectual estaba traspasado por ellas, y también por las más evidentes pero que se resistían (y se resisten) a las meras indagaciones circunstanciales: las polémicas constitutivas. Quizá el interés académico que se registró en ese momento por el ensayo de interpretación nacional (interés que es cíclico en los estudios literarios argentinos) muestre la búsqueda de esas líneas de discusión axiales que contestarían retrospectivamente aquellas preguntas acerca de la representación y del papel que se les atribuía a los intelectuales, y que ellos mismos se atribuían en los distintos contextos indagados.
La regulación institucional académica reproduce un viejo modo de funcionamiento del medio intelectual a través de la discusión especializada o erudita. No es lo que llamo estrictamente “polémica”, a la que le doy unos alcances más vastos y un interés cultural que supera el necesario repliegue universitario. El saber en las humanidades y las ciencias sociales se propaga y se engendra mediante “discusiones”, verdadero motor de un juego académico en el que sería ingenuo ver solamente el interés por construir la verdad más allá de las disputas por el poder y el prestigio institucional de las distintas capillas. Es un modo institucional, pero también retórico, que exige disposiciones diferentes al papel tradicional con el que se asociaba al intelectual polemista. Ser polemista era uno de los atributos esenciales mediante los cuales se pensaba la figura del intelectual en Argentina (no una condición suficiente del papel o la función, pero sí una condición necesaria del ser intelectual: la capacidad para entrar en polémica, para polemizar, y aun para generar polémicas). Fuera del ámbito académico, rescatando viejas disputas literarias o filosóficas, anticipando un modo de funcionamiento impensado por la índole de cuestiones que la universidad no debatía entonces, Borges titula en 1932 unas páginas que considera “minucias” (“Vida y muerte le han faltado a mi vida” confiesa allí), en Discusión.16 Discusión, entonces, es un ámbito restringido de la polémica, un uso contemporáneo que sostiene y alimenta la vida intelectual de nuestras universidades, del mercado editorial universitario y del mercado universitario mismo. Huelga decir que la matriz de las discusiones universitarias actuales es de espíritu (y cuerpo) estadounidense, como ya había visto proféticamente Max Weber en 1918: “La vida universitaria alemana se está americanizando en aspectos muy importantes”, dice en “La ciencia como vocación” para sintetizar cuál es esa mentalidad estadounidense que coexiste con el sistema alemán, orientado contrariamente hacia el carisma profesoral:
El norteamericano se hace la siguiente idea del profesor que tiene delante: me vende sus conocimientos y sus métodos a cambio del dinero de mi padre, del mismo modo que el verdulero vende coles a mi madre.17
Politizada o, más bien, sectorizada por los partidos políticos tradicionales, la universidad argentina ha discutido teóricamente las minucias de la especialización en el sentido de Weber, plegándose directa o indirectamente, franca o inadvertidamente, al dominante espíritu del tiempo, que para el que la polémica revulsiva que se interroga por el edificio y el terreno social sostenedores de su funcionar se cambian por las confortables y disciplinadas “discusiones”, que adquieren hoy en día, a pesar de su sofisticación teórica, un alcance global. No estoy recriminando nada, sencillamente describo e interpreto una corriente en la que nadamos. Y tampoco estoy seguro de que el privilegio de la extraterritorialidad universitaria que permite decirlo y discutirlo todo sin reservas ni concesiones a poder político alguno (tal como lo presenta Derrida en L’Université sans condition)18 sea algo más que un ejercicio sostenedor del establishment. Dudosa sería la discusión que, en esas condiciones, le permitirían alcanzar el estatuto que entreveo detrás de las “polémicas ocultas”.
Iluminista, transparente y democrática (aunque sometida en secreto por las jerarquías y sobre todo por las jerarquías del éxito académico), la discusión universitaria diseña un modo de producción intelectual que naturalmente encuentra un mercado lector global. Me refiero como ejemplo al libro Contingencia, hegemonía, universalidad,19 publicado en el año 2000 por un conjunto internacional de intelectuales (Judith Butler, Ernesto Laclau y Slavoj Zizek), que como principio de composición han redactado cada uno de ellos un cuestionario al que luego responden sujetándose al principio del diálogo, la discusión y las conclusiones. Las polémicas constitutivas, en cambio, traspasan los protocolos, se cuelan como residuos ideológicos inesperados en la discusión formal y se someten al desconcertante e inexplicable imperio de las pasiones.
Y con las pasiones quisiera volver a Borges. No por un capricho personal, y menos aún porque lo considere la cifra o el non plus ultra de la literatura argentina, sino porque ha hecho de la polémica, el duelo, el duelo intelectual y las discusiones, uno de los ejes formales de su literatura. Literatura que en ese plano de la contienda cultural se corresponde con las polémicas constitutivas de la cultura argentina. “Enciclopédico y montonero”, la frase que Borges escribió en la década del veinte, resume la intensidad de una pasión dual, pero también la de una brecha histórica que no termina de cerrarse. En las discusiones posteriores (desde 1930 hasta 1955) sobre el nacionalismo, los germanófilos, la hispanofilia, la guerra civil española, el fascismo, el nazismo, la Segunda Guerra Mundial y el peronismo, Borges indaga siempre el modo en que la cultura argentina capta, debate y padece esos acontecimientos, proyectándolos en una polémica cultural constitutiva que no se estrecha en la mera discusión de los pormenores históricos contemporáneos.
Vuelvo a Borges y a la pasión que implica la polémica, no tanto por decisión propia, sino por un libro reciente que a partir de una teoría de las pasiones, y de la pasión biográfica asordinada que le sirve de soporte, también vuelve a Borges. El libro de Beatriz Sarlo La pasión y la excepción20 sobresale o escapa de la minuciosa y claustral disputa académica para abrirse a lo inexplicable e irracional de ciertos sucesos históricos excepcionales. No tiene un reconocible afán polémico, pero seguramente despertará reacciones belicosas. No importa aquí discutir los pormenores del análisis de Sarlo, sino indicar que se trata de una intervención polémica. Convendría distinguir pragmáticamente entre lo que llamamos “polémica” de la discusión académica o intelectual, por un lado, y de la “intervención polémica” por el otro. No siempre las intervenciones culturales dan lugar a un desarrollo polémico, tal como ocurre en los duelos o en los desafíos que pueden o no ser aceptados. No todos los polemistas de vocación logran producir polémicas a pesar de sus esfuerzos de compadritos intelectuales. Pero creo que el libro de Sarlo se entrecruza con los hilos de un enfrentamiento histórico cuyos ecos de guerra resuenan todavía en las consecuencias jurídicas de aquellos años de excepcionalidad. En este sentido, La pasión y la excepción, más allá de sus intenciones, se interna en los nudos históricos que no dejan de solicitar la explicación y la interpretación. Suceso excepcional es para Sarlo la ejecución de Aramburu en 1970 y, antes, el mito que la cultura peronista construye alrededor de Eva Perón, y el ocultamiento de su cadáver. “Argentino inevitable”,21 testigo privilegiado o cifra de la trama cultural, Borges se convierte en una suerte de oráculo sin respuesta: “Formo parte de una generación que fue marcada en lo político por el peronismo y en lo cultural por Borges”, dice Sarlo.22 Y encuentra en la trama de la violencia histórica, en su encadenamiento de venganzas sangrientas, dados vuelta y cambiados de signo, la espada y la cruz de la espada que los nacionalistas de Sol y Luna proclamaron con dudoso énfasis retórico. Pero estas espadas católicas y guerrilleras (el conjunto inicial de los Montoneros provenía del catolicismo) se hunden realmente ahora en los cuerpos de quienes deben pagar por los crímenes históricos irredentos:
Violencia y pecado, teología de la violencia y teología del pecado, no hace falta más: Montoneros surge de este cruce histórico de la radicalización política con la radicalización religiosa.23
Como un paralelo a la narración montonera del secuestro y muerte de Aramburu (“El hecho excepcional [en el relato montonero] obtiene una narración casi banal”, observa Sarlo), la narrativa de desafíos, barbarie, honor y venganza de cuentos como “El fin”, “El otro duelo” y “Emma Zunz” producen una suerte de intelección sobre una constante de la cultura política argentina: la violencia. “La literatura –dice entonces– puede hacer saber incluso aquello que no sabe del todo”.24
Relato unilineal, la versión política de la historia narrada por sus actores concluye y obtura el sentido de lo narrado; la literatura borgeana, en sintonía con los debates culturales de largo aliento, se abre hacia la imaginación de sentidos latentes. Si las polémicas constitutivas son reinscripciones de puntos no saldados de la historia, en el libro de Sarlo, la figura oracular de Borges encarna la cifra de esos sentidos y de polémicas que pueden plantearse solamente en una dimensión conjetural, sustrayéndose a un peso fatal e inevitable de causas, efectos y venganzas.
Quizá no tan ocultas como planteé al principio, estas polémicas cruciales de la cultura argentina, entretejidas por Sarlo en otro abanico posible de significaciones, se muestran con una evidencia fascinante; algo tienen, sin embargo, que pertenece al orden de la perplejidad o del enigma, porque su poder “oculto” se debe a la contundencia histórica que revelan. Hablan o discuten sucesos de excepción que por su dimensión inaugural escapan de las redes retóricas o formales con las que se aprehende el normal o previsible encadenamiento de sucesos. La polémica, volviéndolos a instalar en la reconstrucción y la exégesis, les fabrica un modo de intelección.
Ocultas o no, la forma en que se revelan coincide, y no por azar, con el funcionamiento polémico que la vida intelectual conserva como el atributo más fiel de su razón de ser. No se oculta que no hay intelectuales sin polémicas. Aunque sean modestas.
11 Este trabajo fue publicado en el Boletín del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria, núm. 11, diciembre de 2003.
12 Cf. Alfredo V. E. Rubione, En torno al criollismo. Textos y polémica, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1983.
13 Marcela Croce, “Sol y Luna: Falangismo y Syllabus entre Justo y Ramírez”, en Hipótesis y Discusiones, núm. 23, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, 2002.
14 Se trata de un trabajo, “Acerca de una frase desdichada (y sobre la desdicha de no tener polémicas)”, producido en el año 2001, y reproducido aquí, en este mismo capítulo. No es necesario advertir sobre la fecha límite para el descalabro argentino que marca, como una bisagra, la irrupción todavía vigente de nuevas polémicas.
15 Véase mi análisis de esta coyuntura en “La crítica argentina y el discurso de la dependencia”, en Críticas, Buenos Aires, Norma, 2000.
16 Jorge Luis Borges, Discusión (1932), en Obras completas, Buenos Aires, Emecé, 1974, p. 177.
17 Max Weber, “La ciencia como vocación” (“Wissenschaft als Beruf”), en Ensayos de sociología contemporánea I, Barcelona, Planeta-Agostini, 1985, pp. 82 y 106 respectivamente.
18 Jacques Derrida, L’Université sans condition, París, Galilée, 2001. Traducción: Universidad sin condición, Madrid, Trotta, 2002.
19 Judith Butler, Ernesto Laclau y Slavoj Zizek, Contingency, Hegemony, Universality: Contemporary Dialogues on the Left, Nueva York-Londres, Verso, 2000. Traducción: Contingencia, hegemonía, universalidad. Diálogos contemporáneos en la izquierda, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2011.
20 Beatriz Sarlo, La pasión y la excepción, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003.
21 Ibíd.
22 Ibíd., p. 11.
23 Ibíd., p. 172.
24 Ibíd., p. 229.
3. LOS QUE SE VAN, LOS QUE SE QUEDAN
(APUNTES PARA UNA HISTORIA DE LA CRÍTICA ARGENTINA)
“Los que se van, los que se quedan”. Dicho así parece que se quisiera hablar dramáticamente acerca de una oposición, una determinación o una elección que realizan o padecen los sujetos, en este caso, los críticos literarios y los escritores. Pero la frase resuena en varios contextos históricos de la literatura argentina, y también en el nuestro. El recuerdo vivo o transmitido son responsables de que se lea solamente un drama de vida y muerte en lo que bien pudiera ser, como ocurre en la actualidad y a partir de cierto momento, la condición misma, el modo de funcionamiento de las instituciones críticas que, sin dejar de estar ancladas y territorializadas, aparecen a la vez como eléctricamente movidas por un afán de atravesar fronteras, de salir del aislamiento académico para aliarse con otros aislamientos tras la ilusión de un módico universalismo disciplinar. Fluidez del intercambio, porosidad de una idiosincrasia que se abre a los particularismos ajenos, pero también un nuevo modo de producir crítica literaria, un nuevo objeto para ese discurso, un nuevo sujeto culturalmente descentrado, y un nuevo mercado de trabajo temporario en las metrópolis.
Se me dirá: no descubre nada nuevo, y además ignora la reciente historia criminal de las instituciones argentinas, que realmente separó a los intelectuales (y no solamente a ellos) entre los que se iban o se quedaban, como si hubiese existido alguna elección posible ante el Estado militar que aherrojó vidas y fronteras. No lo olvido: todo queda de algún modo inscripto, no de una sola manera, sino en varios lenguajes, en variadas codificaciones no totalmente disponibles, ni legibles; por ejemplo, en el título de mi exposición, que les habrá recordado a muchos una experiencia de vida, y a otros más jóvenes, el recuerdo de un recuerdo ajeno o la memoria de un capítulo leído de la literatura argentina. El “quedarse” o “irse” aplicado a intelectuales y escritores pertenece, desde luego, y sobre todo, al contexto inmediato de la restitución democrática, y más específicamente a diciembre de 1984, cuando tuvo lugar, “extramuros”, más allá de las fronteras argentinas, el “coloquio de Maryland”, como si ya entonces, para hablar del oprobioso pasado de la cultura durante la última dictadura militar, nadie pudiera hacerlo quedándose, sino yéndose, y como si, en una involuntaria repetición mimética, las enfrentadas tesis del encuentro y los contendores mismos ensayaran, con el descentramiento de un viaje hacia Washington, capital del Imperio, una inadvertida e imposible síntesis. Es lo que dirá el organizador del encuentro, Saúl Sosnowski, en el prólogo de la compilación de los trabajos presentados en el campus de Maryland. Sosnowski había intentado organizar el Congreso en Argentina, pero
me decían [que] no se iban a sentar alrededor de una misma mesa los que se habían enfrentado desde las palabras y acciones con avenidas, ríos u océanos mediante. El retorno de la democracia no era entonces lo suficientemente auspicioso para entablar el diálogo de las diferencias. Cabía, pues, abandonar el proyecto. O trasladarlo al exterior.25
Y lo que se traslada o traspasa al exterior, esto es, a la inscripción pública de un debate crítico, es ya la huella, en 1984, de otras inscripciones polémicas del irse o del quedarse, del exilio interior y del exilio exterior, dichas entre mordazas de censura, autocensura, y mala fe, y que fueron arrojadas a través de esos mismos océanos en plena dictadura. Me refiero a lo que vuelve a Maryland como sacado de las cavernas de la represión: un insidioso artículo de Luis Gregorich publicado en Clarín en 1981, “La literatura dividida”,26 y a la polémica que mantuvieron entre 1980 y 1981 Julio Cortázar y Liliana Heker a propósito del exilio. Son suspicacias y huellas ignominiosas las que recaen sobre los dos más grandes “sospechosos” de colaboracionismo entre “los que se quedaron”, Gregorich y Heker (claramente es lo que sostiene en Maryland, ácidamente y sin concesiones, Osvaldo Bayer en su virulenta acusación que alcanza también a dos ausentes, Abelardo Castillo y al ubicuo narciso camaleónico de Ernesto Sabato).27 Si algunos congresistas se ven obligados al largo rodeo de una historia que comienza en el siglo XIX (es el discurso, a partir de posturas ideológicas diferentes, de Tulio Halperín Donghi y de Juan Pablo Feinmann), en cambio, Heker y Gregorich, presentes en Maryland, se empeñan en el pormenorizado rodeo defensivo y la autojustificación. Gregorich se justifica por haber dirigido el suplemento cultural del diario La Opinión entre 1975 y 1979. Involuntariamente evoca el ambiente de genuflexión periodística cuando admite agradecido: “[…] debo decir que fui tratado con absoluta corrección por los tres interventores militares que tuvo sucesivamente el diario”, y se ufana por haber sido una especie de campeón del progresismo y de las luces:
[…] pude conservar la orientación progresista y plural de sus colaboradores y contenidos. Era toda una ironía que el suplemento de un diario intervenido fuera el único en incluir ciertos nombres y en referirse a determinados temas.28
Pero es el artículo aparecido en Clarín, “La literatura dividida”,29 el centro de su defensa, porque ha sido el que causó mayor indignación entre “los que se fueron”, los exiliados, según consta en las intervenciones de Bayer y de Juan Carlos Martini.30 Decía allí Gregorich:
Después de todo, ¿cuáles son los escritores importantes exiliados? Julio Cortázar, pero su exilio no data de 1976, sino de más de un cuarto de siglo atrás. […] ¿Qué será ahora, qué está siendo ya de los que se fueron? Separados de las fuentes de su arte, cada vez menos protegidos por ideologías omnicomprensivas, enfrentados a un mundo que ofrece pocas esperanzas heroicas, ¿qué harán, cómo escribirán los que no escuchan las voces de su pueblo ni respiran sus penas y alivios? Puede pronosticarse que pasarán de la indignación a la melancolía, de la desesperación a la nostalgia, y que sus libros sufrirán inexorablemente, una vez agotado el tesoro de la memoria, por un alejamiento cada vez menos tolerable. Sus textos, desprovistos de lectores y de sentido, recorrerán un arco que empezará elevándose en el orgullo y la certeza y que terminará abatido en la insignificancia y la duda.31
Leído benévolamente, ya sea en el contexto de autodefensa que le impone Gregorich, como en el contexto general de miedo y persecución apenas atenuado en 1981, “La literatura dividida” no sorprende tanto por el supuesto heroísmo de citar nombres prohibidos (Rodolfo Walsh, Haroldo Conti), sino por la vacuidad sospechosa de sus argumentos y rechazos: el éxito de Jorge Asís (por su novela Flores robadas en los jardines de Quilmes) es menoscabado, dice Gregorich, en artículos “escritos por especialistas en formalismo ruso y crítica estructural”, e inopinadamente nos habla de una “narrativa determinada por el mito del lenguaje”.32 No sabemos qué cosa sería ese “mito del lenguaje” que él postula para cierta narrativa argentina, pero con la ventaja que el tiempo agrega a la lectura de sus palabras, presentimos que ya en 1984, Luis Gregorich atrasa. En el plano estético, por supuesto, pero desde el punto de vista de las instituciones críticas, su discurso relleno con todos los tics del periodismo señala el último capítulo de la hegemonía que tuvo este tipo de crítica en la valoración de la literatura, para dar paso a lo que Gregorich desdeña y teme, la especialización tecnocrática del discurso académico, que se impondrá definitivamente cuando muchos de los críticos que se fueron, junto con otros que aquí permanecían lejos de la enseñanza o habían interrumpido sus carreras, cimenten el predominio posterior del discurso universitario.
Por su parte, Liliana Heker se ve obligada a justificar su intervención de 1980 aparecida en la revista El Ornitorrinco, “Exilio y literatura”, que es una refutación de la idea de exilio latinoamericano desarrollada por Cortázar en 1978, “América Latina: exilio y literatura”. La intervención había provocado una réplica de Cortázar y una contrarréplica de Heker. Alberto Giordano ha estudiado convincentemente en su Modos del ensayo33 las estrategias paternalistas y narcisistas de Cortázar en esta polémica. Pero en el contexto que me interesa, yo no sería tan benevolente con Heker, quien en su irritada respuesta no podía olvidar que Cortázar era uno de los blancos que la política cultural de la dictadura quería derribar. Cortázar tutea a su oponente; Heker lo trata de usted, sin intimismos. Conveniencias polémicas de la distancia: durante la dictadura, Cortázar queda distanciado doblemente, por un exilio prefabricado y por un exilio pronominal, puesto que Heker al reseñar esta polémica en Maryland dice: “Fui amiga personal de Cortázar, lo admiré y lo sigo admirando”.34 Los amigos personales, se me ocurre ahora, no desdeñan la proposición de un tuteo, salvo que pour la galerie o pour le pire, se intente intensificar una distancia ideológica. Muerto Cortázar, Heker en Maryland contemporiza con un recuerdo, pero durante la polémica, en su réplica furiosa le había arrostrado:
Nadie lo echó, no huyó por motivos políticos: se fue. Queda muy claro y usted lo admite que no era un exiliado […] Usted actúa de adherente. Apoya movimientos, se manifiesta partidario, se solidariza […] No sé del caso de muchos argentinos que se hayan ubicado en una situación tan cómoda para luchar por su pueblo.35
Sea lo que fuere, y más allá de la confrontación personal, el condescendiente paternalismo narcisista y resentido que Giordano descubre en Cortázar, así como la distancia que se impuso Heker, pueden ser leídos como los últimos avatares de un tipo de intelectual que si no había desaparecido totalmente de la escena latinoamericana, mostraba ya su desajuste con la realidad de la que pretendía ser hostigador privilegiado. Lo que el coloquio de Maryland sepulta definitivamente, lo sepan o no sus participantes, son los ribetes mesiánicos del intelectual, y a ese intelectual mismo.
En la intervención de Beatriz Sarlo, y en consonancia con lo que digo, la figura de Cortázar queda fija en una suerte de balance que le otorga un papel mediador con la Revolución cubana, con la recuperación de Borges para la izquierda y la consiguiente anulación de un prejuicio.36 Otro prejuicio que Cortázar habría ayudado a liquidar es la concepción de que estética y política formaban un todo ininterrumpido. Cortázar se convierte así en el agente que da comienzo al desengaño de las izquierdas: nada nuevo en él, sino un cierre.37
Lo que se cerraba también para abrirse en un espacio social más vasto era esa insuperable dicotomía cultural nostálgica que irónicamente Rayuela había contribuido a sedimentar imaginariamente (el lado de acá y el lado de allá), de la que esta polémica del irse o del quedarse era su último avatar. O el penúltimo, pues los exilios y las diásporas económicas que posteriormente se sucedieron más allá del grupo de intelectuales vieron a los nietos de inmigrantes reclamar frente a los consulados europeos su derecho a establecerse en el lado de allá.
Lo que verdaderamente se debate en Maryland lo dice también, con un vocabulario que tendrá un éxito apabullante en la crítica argentina, la misma Beatriz Sarlo: “doble fractura del campo intelectual”. No es el lugar ni hay tiempo para discutir este exitoso comodín o fetiche sociológico y estructural de nuestros críticos, pero concédanme que la expresión “campo intelectual” teóricamente designa un intento intuitivo por acomodar una totalidad provisoria a una grilla no menos provisoria, que de otra manera quedaría disuelta en el despatarre. Y los que se pelean conviviendo en Maryland tienen ya una idea del acuerdo, quieren ya la resolución de la disidencia, quieren esa totalidad ilusoria, pues no se ha visto jamás ningún campo intelectual armónico: su razón de ser es la competencia, la lucha, el disenso y quizá la fractura misma.38 Más que fractura del campo, ha habido la irrupción del poder sin mediaciones, la alteración de la ley constituyente de la mediación que lo hace posible. En Maryland, “el campo” vuelve a funcionar como tal, con su lógica beligerante por la adquisición de prestigios y con su ilusión de totalidad. Maryland es un hecho simbólico que restituye para la crítica literaria una continuidad temporal aparentemente perdida.
De las dos fracturas, la principal ha sido la maniobra política urdida por la dictadura que separó a los intelectuales del tejido social y de una probable alianza cultural y de clases; en cuanto a la dicotomía “irse o quedarse”, inducida también por los militares, son –afirma Sarlo– “dos tesis a la vez opuestas y complementarias”.39 Esta es la síntesis en la que todos en mayor o menor medida coinciden y la que permite el diálogo. Mientras que la acción cultural y declarativa de Heker y Gregorich hacia 1980-1981 tendía a acentuar de hecho la división, María Teresa Gramuglio, en esos mismos años, desde Punto de Vista sutura anticipadamente la dicotomía ocupándose de tres novelas escritas en el exilio.40 Para Gramuglio estas novelas están fuerte y afectivamente ligadas al contexto argentino, forman parte de él, y llevan a preguntarse sobre la incidencia del exilio en el modo de producir significaciones, marcado dice “[por] el desmantelamiento cultural sin precedentes”.41 De esta manera, no se identifican o se igualan dos modos distintos de producir ficción, sino que se evita plegarse a la engañifa ideológica que da por naturalizada la escisión resultante de una fuerza brutal:
[…] hablar de estas novelas como de tres novelas argentinas supone algo más que una petición de principio: fundamentalmente, modificar concepciones excluyentes y pensar que la literatura argentina hoy, como ocurrió en otros momentos de nuestra historia, se escribe también [subraya Gramuglio] en el exilio, y que a las múltiples tensiones que atraviesan el campo literario se añade ahora una más, la de la dispersión geográfica de sus centros de producción.42
En este sentido, Punto de Vista, además de su reconocida función cultural de resistencia a la dictadura, cumplió otra no menos importante: ser un puente entre los dos lados, y preparar así, cuasi institucionalmente (junto con otras publicaciones y grupos), la reanudación de trayectorias interrumpidas, merced a la activación de esa capilaridad que ya no se producía entre intelectuales y amplias zonas de la sociedad, como extrañaba Sarlo, sino entre las mismas capas de intelectuales escindidos.
Veinticinco años después puede sorprender que la escisión se soldara tan rápido, al menos en la cultura argentina y en la crítica literaria. En 1991 también sorprende a Raúl Beceyro cuando en la misma Punto de Vista escribe “Los que se van y los que se quedan” (como se ve, le he robado el título). Para Beceyro la polémica que nos ocupa fue un debate abortado, pues
[…] cuando a partir de 1983 muchos de los que se fueron volvieron al país, se produjo la integración, sin grandes fricciones, de los que se fueron y de los que se quedaron, indistintamente, especialmente en la enseñanza, en las universidades, en los organismos dedicados a la investigación.43
Beceyro escribe en un momento en el que hay otra diáspora que excede a los intelectuales y al campo de la cultura, y si bien el nuevo éxodo de raíces económicas recuerda como una huella lo que ha cicatrizado en el mundo académico, la escisión se ha vuelto permanente, se ha incorporado al modo de experiencia de los sujetos y a los sujetos mismos. No se trata de quedarse o irse de la universidad, como ocurrió en el avasallamiento que le infringió el régimen castrense de Onganía hacia 1966 (esa otra huella más limitada del “irse o del quedarse”), ni de la escisión ideológica que el obtuso y sanguinario proceso de 1976 vanamente trató de producir en la cultura argentina, sino de una mutación estructural. Que encontramos en forma de incipiente registro en el exiliado David Viñas. Viñas parece poner a prueba su esquema interpretativo de la historia de la literatura argentina centrado en el viaje para captar la cultura en consonancia con lo político, y lo extiende hasta su propio exilio narrado literaria y ficcionalmente en una sección de su De Sarmiento a Dios. Viajeros argentinos a USA de 1998,44 que titula “Primera persona va siempre en plural”. (Quizá tenga razón Giordano cuando habla del “giro autobiográfico de la literatura argentina actual”45 y se lo pueda extender, sin más, a la crítica y a la teoría literarias, desde la deconstrucción a la teoría poscolonial). Lo que Viñas registra es lo que podríamos llamar “el viaje universitario o el viaje de los académicos”, con un precursor, Enrique Anderson Imbert (en 1946 exiliado universitario del peronismo, dice Viñas), y con tres figuras “mayores”: Tulio Halperín Donghi (compañero suyo en Contorno), Avalle Arce y Saúl Sosnowski, para concluir con los “flecos” (sustantivo de Viñas por “subsecuentes”) de Adolfo Prieto (otro compañero contornista) y Josefina Ludmer.
A veinte años del coloquio de Maryland, en el año 2005, quedarse o irse tiene otra significación en el Congreso de la New York University, Poéticas de la distancia. Adentro y afuera de la literatura argentina, organizado por Sylvia Molloy.46 Algunos de esos nuevos sentidos ya habían sido anticipados por el palpable extrañamiento con el que Viñas narra su viaje de exiliado y pinta algunas viñetas de la vida académica estadounidense (como si hubiera habido dos Viñas: el que esperábamos, el que insiste agregando viajes y viajeros, y el Viñas imprevisto, el del extrañamiento descentrado).
Ahora en Nueva York, se trata de una nueva manera de percibir, escribir y teorizar la cultura, la literatura nacional y la identidad, precisamente sin adentros ni afueras, o sin un lugar central donde localizarlas. “Experiencias concretas de la distancia”, “poéticas del desplazamiento”, “lugar de enunciación precario”, “desplazamientos lingüísticos y culturales” son los puntos que subrayan los editores de los trabajos presentados, Molloy y Siskind, quienes encuentran que las contribuciones constituyen una nueva forma de escribir, un género original o inusitado, “constituido en un espacio indecidible entre el discurso crítico y la autobiografía”.47 Todos los contextos posibles de la literatura y la cultura argentina en los que “irse o quedarse” fue determinante y dejó huellas siguen activos en este congreso: la inmigración europea de padres que hablaban otra lengua y habitaron la Argentina entre la aclimatación y el desarraigo, el exilio de los años setenta, el exilio dentro de una misma lengua, y el habitar varias lenguas, varios espacios, varios tiempos. Pero no se trata de una síntesis, ni de la identidad, ni de la cultura como certeza unitaria, y ni siquiera de la Nación como referencia última.
Habría en buena parte de la crítica argentina actual la convicción de que nos movemos en la cultura como sujetos nómadas, o como prefieren Florencia Garramuño y Álvaro Fernández Bravo, al presentar el trabajo de otro coloquio (esta vez en Buenos Aires en 2002), “sujetos en tránsito”, esto es, una subjetividad “fracturada y múltiple”.48 No sería excesivo afirmar que ese sujeto está fracturado por la cultura que habita en permanente estado de fluidez y de extranjería interior.
Fractura, no coincidencia, desajuste: la totalidad ilusoria es leída a partir de este nuevo sesgo constitutivo, desde el adentro y desde el afuera de sí misma. Curiosamente, el discurso que ha teorizado más convincentemente estos aspectos de la cultura contemporánea, la crítica poscolonial, no ha tenido en Argentina gran suceso (tampoco demasiado en Latinoamérica), quizá porque inadvertidamente el Fuera de lugar de Edward Said, la cultura como traducción, las migraciones transnacionales y los márgenes híbridos intensifican el predominio del lugar central que permite pensarlos: la universidad estadounidense. Cuando Walter Mignolo presenta la problemática poscolonial de Latinoamérica en un conocido reading,49 siente la necesidad de decir que es argentino, latinoamericano, que vive en Estados Unidos y se ha naturalizado como estadounidense (yo hubiese agregado que se doctoró en Francia y escribió una tesis en francés, como también ocurrió con Sylvia Molloy, que se ha desplazado a través de tres lenguas). En la aparente dispersión de la identidad que exhibe Mignolo, sin embargo, hay un punto, un centro, un aquí intransferible, su lugar de enunciación académico que determina toda la perspectiva. De algún modo, los Estados Unidos ocupan para los estudios de literatura latinoamericana un lugar ecuménico. Que no necesariamente es sentido como “imperial” o tiránico, sino todo lo contrario: un espacio de reflexión que permite al crítico una inesperada perspectiva sobre su país, su región y su tarea, resignificados a través de una especie de anagnórisis, como le confiesa, en el año 2009, Josefina Ludmer a Diego Peller, reflexionando sobre patria y nación:
Por suerte yo pude percibir a la Argentina en Latinoamérica porque me fui. Yo no creo en esta idea de pensar la literatura argentina en relación con las literaturas del Primer Mundo […] Es una literatura latinoamericana, tercermundista como cualquier otra.50
En la historia de la crítica argentina hay un quiebre, una fractura, un drama o un trauma. Narcisista como es este discurso, no deja de registrar la herida: si se la quiere leer en toda su dimensión, bastará con hojear ¿Quién de nosotros escribirá el Facundo? de José Luis de Diego,51 pero las huellas están visibles en todas partes y en cuanto se escribe hoy.
La crítica argentina se escribe hoy desde lugares múltiples, sin afueras ni adentros, y no se trata de una desbandada académica que un poder despótico instiga, sino de las condiciones de trabajo y de intercambio intelectual: se desbanda y se reúne, alternativamente, en congresos, aquí o allí, no para suturar una separación o una discrepancia (en cambio, sí importa el lugar y la institución donde se escribe), sino para abundar en perspectivas. Seríamos más pobres sin las miradas de Molloy, de Sosnowski, de Montaldo, de Louis, de Salessi, de Giorgi, de Scavino, y de tantos otros más jóvenes que trabajan desde “el lado de allá” y que se han ido. Dejo esbozado este apunte para futuras indagaciones sobre causas, contextos, trayectorias, reuniones y escisiones que constituyen el presente.
Sea en la crítica argentina o en la teoría literaria, siempre encontraremos que estos discursos están históricamente montados sobre algún tipo de trauma. Me refiero, entre otros, al exilio en Estambul que Said reconoce como constitutivo en Mímesis de Auerbach, a la ambigua situación de palestino del mismo Said en la universidad estadounidense y cuya perspectiva dual determinó cuanto habría de pensar en Orientalismo o en Cultura e imperialismo, o la opresión antisemita que experimentó Derrida en Argelia durante la ocupación alemana en Francia y que cuenta en El monolingüismo del otro, y sin olvidarme de la mordaza puesta a los formalistas rusos primero y a los checos después durante el estalinismo. La teoría y la crítica literarias llevan la marca del desastre, son la necesaria “escritura del desastre”, como diría Maurice Blanchot. Un desastre que también salpicó los claustros estadounidenses, aparentemente separados de los ghettos europeos, pero que repercutió en el affaire Paul de Man, y en toda la teoría tal como se la practicaba por entonces en los Estados Unidos.52
Haber invocado a los que se van y a los que se quedan en la historia de la literatura argentina significa volver a inscribir la huella de una especie de trauma. De un trauma originario o constitutivo en una sociedad inmigratoria, o aún antes, en los comienzos de la literatura y de la nacionalidad, pero también en la corta historia de la crítica literaria. No sé por qué (o lo sé muy bien) pienso que otra tarea de los críticos es revivir las cenizas del combate, para bien o para mal. Lo pienso ahora, casi en este preciso instante, cuando leo, en septiembre de 2009, en una revista que se llama Contraeditorial, una reedición, un anuncio, una huella, una cicatriz. Dice así: “Debate histórico: Dictadura y campo cultural, Julio Cortázar vs. Liliana Heker”.53
25 Saúl Sosnowski (comp.), Represión y reconstrucción de una cultura: el caso argentino, Buenos Aires, Eudeba, 1988, p. 7.
26 “La literatura dividida”, en Clarín (29/01/1981), recogido como apéndice a su trabajo por Luis Gregorich, “Literatura. Una descripción del campo: narrativa, periodismo, ideología”, en Sosnowski, ob. cit. La polémica Heker-Cortázar está recogida en la revista Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 517-519, “La cultura argentina. De la dictadura a la democracia”, julio-septiembre de 1993, pp. 590-603.
27 Osvaldo Bayer, “Pequeño recordatorio para un país sin memoria”, en Sosnowski, ob. cit., pp. 203-227.
28 Luis Gregorich, en Sosnowski, ob. cit., pp. 121-124. Juan Carlos Martini, “Especificidad, alusiones y saber de una escritura”, en Sosnowski, ob. cit., p. 26. Gregorich, en Sosnowski, ob. cit., p. 114.
29 Gregorich, en Sosnowski, ob. cit., pp. 121-124.
30 Juan Carlos Martini, “Especificidad, alusiones y saber de una escritura”, en Sosnowski, ob. cit., pp. 125-131.
31 Gregorich, en Sosnowski, ob. cit., pp. 121 y 123.
32 Ibíd., pp. 117 y 128.
33 Alberto Giordano, “Cortázar y la denegación de la polémica”, en Modos del ensayo. De Borges a Piglia, Rosario, Beatriz Viterbo, 2005.
34 Liliana Heker, “Los intelectuales ante la instancia del exilio: militancia y creación”, en Sosnowski, ob. cit., p. 196.
35 Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 517-519, ob. cit., p. 599.
36 Beatriz Sarlo, “El campo intelectual: un espacio doblemente fracturado”, en Sosnowski, ob. cit., pp. 95-107.
37 José Luis de Diego estudia los vaivenes y caídas en la valoración de Julio Cortázar en “De los setenta a los ochenta: La curva descendente en la valoración crítica de Cortázar”, en La verdad sospechosa. Ensayos sobre literatura argentina y teoría literaria, La Plata, Ediciones Al Margen, 2006.
38 Lo expresa con claridad Saúl Sosnowski: “Llegar a Maryland marcaba entonces el primer acto de voluntad para discutir y, por supuesto, para oír las voces del disenso tanto dentro del marco más formal de las reuniones como en los interludios de los pasillos”, en Sosnowski, “Introducción”, ob. cit., p. 8.
39 Sarlo, en Sosnowski, ob. cit., p. 101.
40 María Teresa Gramuglio, “Tres novelas argentinas”, en Punto de Vista, año IV, núm. 13, noviembre de 1981, pp. 13-16. Las tres novelas son: No habrá más penas ni olvido de Osvaldo Soriano, La vida entera de Juan Carlos Martini, y A las 20:25, la señora entró en la inmortalidad de Mario Szichman.
41 Ibíd., p. 16.
42 Ibíd., p. 16.
43 Raúl Beceyro, “Los que se van y los que se quedan”, en Punto de Vista, año XIV, núm. 41, diciembre de 1991, pp. 15-17. Beatriz Sarlo, por su parte, cree que las principales determinaciones del campo literario estaban ya configuradas antes de la escisión: “Sin embargo, lo que comenzaba a suceder en el inicio de los setenta no se interrumpió: la crítica al realismo de la representación, la difusión de nuevas teorías sobre la literatura, la llegada de Benjamin y los formalistas rusos, el uso estético y vanguardista de Lacan o de la teoría marxista continuaron pese a la dificultad de conseguir los textos en condiciones de persecución y clausura. De manera paradójica pero explicable, la gloria póstuma de Borges, su reinado, se estableció y se generalizó bajo los militares y, sin sobresaltos, se consolidó durante la transición democrática. Lo que se discutió en arte y literatura a la salida de la dictadura responde a un campo de problemas que no se inscribe en una nueva conversación, sino que se dibujó a fines de los setenta, cuando no antes”, Beatriz Sarlo, “La ficción, antes y después de 1976”, en Ñ (18/03/2006).
44 David Viñas, De Sarmiento a Dios. Viajeros argentinos a USA, Buenos Aires, Sudamericana, 1998.
45 Alberto Giordano, El giro autobiográfico de la literatura argentina actual, Buenos Aires, Mansalva, 2008.
46 Sylvia Molloy y Mariano Siskind (eds.), Poéticas de la distancia. Adentro y afuera de la literatura argentina, Buenos Aires, Norma, 2006.
47 Ibíd., p. 12.
48 Álvaro Fernández Bravo, Florencia Garramuño y Saúl Sosnowski (eds.), Sujetos en tránsito: (in)migración, exilio y diáspora en la cultura latinoamericana, Buenos Aires, Alianza, 2003.
49 Walter Mignolo, “Human Understanding and (Latin)American Interest. The politics and Sensibilities of Geohistorical Locations”, en Henry Schwarz y Sangeeta Ray (eds.), A Companion to Postcolonial Studies, Londres, Blackwell, 2005, pp. 180-202.
50 “Josefina Ludmer. Los tonos antinacionales del presente”, entrevista de Diego Peller, en Otra Parte, núm. 18, primavera 2009, p. 70.
51 José Luis de Diego, ¿Quién de nosotros escribirá el Facundo? Intelectuales y escritores en Argentina (1970-1986), La Plata, Al Margen, 2001.
52 Una discusión de este tema se encuentra en Peter C. Herman (ed.), Historicizing Theory, Nueva York, State University of New York Press, 2004.
53 “El Ornitorrinco, dictadura y campo intelectual”, y Alejandro Horowicz, “Rupturas y silencios”, en Contraeditorial, año 88, núm. 16, septiembre de 2009, pp. 48-49.
4. DISCUSIÓN CON VARIAS VOCES: INSTRUCCIONES PARA ESCRIBIR UNA TESIS54
El diálogo que me propongo o el diálogo propuesto es, en principio, con la voz de Miguel Dalmaroni, que interviene con marcado sesgo teórico en la amable polémica entre Martín Kohan y Sandra Contreras, a propósito de la obsolescencia del llamado “corpus de autor”.55 Muchas voces resuenan –me digo– en la capilla: señal de que se ha formado un coro, vale decir, el inquieto convencimiento profesional (el asunto aquí no es literario, ni tampoco crítico, sino profesional) de una perspectiva hegemónica relativamente novedosa que podría cambiar paradigmáticamente el modo de hacer y conocer de la crítica argentina. Y reconozco un primer mérito en la intervención de Dalmaroni: encuadrar precisamente el problema del corpus en un contexto profesional (aunque no haya querido desarrollar lo que apunta, y abandonara la cuestión a una nota con sesgos irónicos y festivos). Uso la palabra “profesional” en el sentido que le otorgó Stanley Fish,56 pues como observa muy bien Sandra Contreras, la insistencia para que la crítica literaria abandone el “corpus de autor” proviene del ámbito académico estadounidense, el mismo en el que escribe y piensa Fish. Por cierto, en él la preocupación por el corpus está ausente, pero no la relación (o la falta de ella) entre el discurso crítico y la acción política. Para Fish, los críticos que postulan “anti-profesionalmente” una conexión con la política se equivocan, porque las “comunidades interpretativas” son algo así como mónadas institucionales con sus propios juegos de lenguaje, procedimientos, reglas, protocolos, discusiones especializadas y sistemas de autovalidación y legitimación. Por lo tanto, la postura política de los participantes queda esquizofrénicamente al margen de estos juegos de lenguaje, y su voluntad de transformación es apenas un espejismo:
I shall be questioning the possibility of transforming literary study so that it is more immediately engaged with the political issues that are today so urgent: issues of oppression, racism, terrorism, violence against women and homosexuals, cultural imperialism, and so on. […]
The literary critic as I imagine him is anything but an organic intellectual in the Gramscian sense; instead he is a specialist defined and limited by the traditions of his craft, and it is a condition of his labours, at least as they are exerted in the United States, that he remain distanced from any effort to work changes in the structure of society.57
Se me dirá que los contextos y las historias del mundo académico estadounidense y argentino son diferentes, hasta opuestos.58 Sin duda, porque la impronta determinante en la crítica argentina ha sido siempre la del compromiso político o la imbricación inmediata o mediada respecto de la política (por lo menos hasta 1984). ¿Estamos entonces en el vestíbulo de esa profesionalización que defiende Fish? ¿O estamos de lleno metidos en ella? Porque, planteada de una manera metodológica, epistemológica o gnoseológica, como sucede en esta discusión, la respuesta a la última pregunta debería ser ineluctablemente afirmativa. Podría objetarse también la aparentemente caprichosa delimitación histórica que he utilizado (“1984”), pero resulta indiscutible que hasta esa fecha las conexiones entre la crítica literaria académica y la política cultural son estrechas, aun si en los interregnos del onganiato y del llamado “Proceso”, los críticos conforman una suerte de exiliada resistencia que se opone tanto al estéril e incoloro discurso académico como a las políticas del Estado dictatorial. Sería por demás redundante insistir en ese otro interregno eufórico (con un sentido contrario a los anteriores) que se instaló en los claustros hacia 1973, por el cual pedagogía universitaria, transformación ideológica y participación política se aunaron en un momento fugaz de ilusiones rápidamente perdidas.59 Sin embargo, desde una lógica estrictamente institucional, los interregnos de uno u otro signo pueden verse como un proceso político que irrumpe en, e interrumpe, un desarrollo de autónoma modernización (también de “profesionalización” de la crítica académica en el sentido de Fish) ya comenzado en la década de los años cincuenta, momento que se erige posteriormente como un obligado referente de continuidad, cuando la institución universitaria debe volver a pensarse a sí misma dentro del contexto de la restauración democrática (1984). El golpe militar de 1966 interrumpe ese proceso de modernización: basta pensar en la Universidad de Buenos Aires, en la que muchos profesores que ocupaban un lugar de reconocimiento en el campo de la crítica literaria renuncian a sus cargos con un gesto político de protesta (que también es un gesto de defensa de la autonomía universitaria) frente a la dictadura. Es como si la lógica institucional de la democracia previera o determinara el juego de autonomía profesional al que nos estamos refiriendo, una lógica que, por una parte, deja que el discurso universitario se reproduzca a sí mismo sin regla de imposición alguna, pero que, por otra, le hace pagar la generosa libertad con el aislamiento de un sistema que se autorrepliega en un ilimitado juego de expertos sujetos a la carrera profesional.60 Con esto no quiero decir que la política se retirara a partir de 1984 de los claustros, dejándolos en la asepsia indolora de su propia reproducción. Todo lo contrario: alcanzaría con recordar la hegemonía que en la Universidad de Buenos Aires y en otras universidades nacionales alcanzó la Franja Morada, avanzada del partido radical en el gobierno, o luego los embates del menemismo para quebrar y desterrar esa hegemonía. En la universidad, los partidos políticos encontraron un lugar de reclutamiento de “cuadros”, al mismo tiempo que un campo de entrenamiento político incipiente de esos mismos “cuadros”. Pero esta lógica de injerencia política, este entrecruzamiento de funciones y esta lucha por el poder que busca prolongar en todos los campos su hegemonía son sentidos por los expertos universitarios como una alteración enrarecida de los propios mecanismos de reproducción y validación, más allá de la conducta oportunista de connivencia con el establishment de la que muchos de los agentes pudieran hacer gala. Como si también esta tensión entre el poder político y la autonomía, en la fragilidad de sus fronteras, estuviera prefigurada en el funcionamiento democrático de las instituciones. Recuerdo estos puntos obvios porque me parece que encuadran necesariamente una discusión que, solo si se olvida la historia de nuestra vida académica, puede calificarse de “banal”. No lo es, como sugiere Dalmaroni, pero por motivos diferentes. Lo que aquí está en juego es el parámetro dominante por el que la institución universitaria otorga a sus miembros la validación de un saber demostrado en investigaciones que se miden según el consenso más o menos mudable, más o menos estable en muchos de sus protocolos. El consenso que en la jerárquica institución universitaria tiene el privilegio de decidir qué tipo de saberes, de metodologías teóricas y críticas, y qué tipo de corpus son los válidos académicamente, es el que impera en los “estamentos superiores”, vale decir, entre los más veteranos, entre aquellos que forman los jurados de tesis. En este sentido, la discusión acerca del corpus es una discusión estrictamente profesional. O si se quiere, de estricta política académica. Porque, en el fondo, lo que aquí se discute es también la validez de trabajos de investigación emprendidos para defender una tesis doctoral. Por supuesto, para que una discusión académica sea relevante, además de repercutir en los sistemas por los que evalúa a sus miembros, debe poner en juego la eficacia relativa de los procedimientos y examinarlos desde un punto de vista cognoscitivo: las ventajas, los “avances”, las nuevas perspectivas que abren a la investigación de la crítica universitaria en contra de otras consideradas perimidas o a punto de perder vigencia en el consenso general. De eso se trata esta discusión crítica: de dos aspectos unidos inextricablemente, de los que he elegido subrayar el institucional, pues las reglas y las normas de las instituciones (en eso consiste su eficacia) se incorporan férreamente, y más que reflexionarlas, se actúan como si siempre estuvieran en un conato de olvido. Pero es un semi-olvido o un olvido aparente, aun en esta discusión sobre los corpus. Quien las recuerda irónicamente es Miguel Dalmaroni:
En 2000, Josefina Ludmer se pronunciaba en contra de la crítica de autor, y agregaba entre otras cosas que en las universidades estadounidenses nadie consigue trabajo si escribió su tesis doctoral sobre Borges o sobre García Márquez: este –sostenía Ludmer que se decían las autoridades de la Universidad en la que el despistado solicitaba una plaza de profesor– sabe únicamente Borges, sabe solo García Márquez. En esa ocasión, alguien le respondió a Ludmer en tono algo humorístico que en la Argentina no se consigue trabajo con ninguna clase de tesis.61
Se trata, entonces, de las tesis, y de las tesis como un modelo de investigación para la crítica académica. Pero también Dalmaroni (como Sandra Contreras) desliza, como en sordina, un modelo institucional que se insinúa con todo el peso de su influencia: la universidad estadounidense y el modelo “profesional” que rige algo tiránicamente (la tiranía material de la necesidad) sobre el método, la orientación, la temática, y a ciencia cierta, los corpus de la crítica literaria. Al pasar, señalemos que esta discusión acuerda en considerar el trabajo de Josefina Ludmer62 como el ejemplo privilegiado de construcción de un “corpus crítico” (según la adecuada terminología que propone Dalmaroni), en gran parte pensado en y desde las condiciones de producción estadounidenses. Respecto de esta influencia global de impulso hegemónico, quien fuera el original estudioso de la burocracia, Max Weber, ya en 1918, al trazar un paralelo entre la universidad alemana y la estadounidense, creía que “la vida universitaria alemana se está americanizando en aspectos muy importantes, al igual que la vida alemana en general”,63 porque, como las empresas capitalistas, la universidad formaba parte del mundo burocratizado. Sin embargo, esta máquina burocrático-académica (y empresarial),64 aplicada al sistema de selección de profesores e investigadores, ofrecía para Weber “ventajas indiscutibles”, entre las cuales se encontraba el freno a la injerencia política en esta selección, pues si los motivos políticos se entrometen “se puede tener la seguridad de que las convenientes mediocridades monopolizarán todas las oportunidades”.65 Nos llevaría lejos (y fuera de tema) el análisis de las tentativas de racionalización (en el sentido de Weber) que el Estado argentino ha introducido en el sistema universitario de enseñanza e investigación por la vía de “incentivos” pecuniarios, y de sus probables efectos cualitativos y cuantitativos en la producción de la crítica literaria académica en los últimos veinte años. Sin embargo, puede aventurarse que han actuado –más allá del intento jerárquico-discriminatorio en la selección de investigadores– como un refuerzo de la necesaria lógica institucional que abroquela a los críticos en autosuficientes discusiones profesionales. Discusiones justificadas e imprescindibles en el campo universitario de nuestra disciplina, aunque exhiban, como en este caso, la doble defensa de unas tesis. Doble, puesto que, aprobadas por los expertos académicos, vuelven a legitimarse o a ponerse a prueba en la arena más amplia y permeable de la comunidad crítica. Martín Kohan, en el trabajo que dispara la discusión, no alude a su propia tesis que, en efecto, y según leemos en la amena y vibrante reelaboración Narrar a San Martín,66 va más allá del esquema “totalizador” del “autor y su obra”, al que seguirían apegados los libros de Sandra Contreras y Julio Premat67 sobre Aira y Saer respectivamente. El libro de Premat (que es profesor de Literatura Hispanoamericana en Paris VIII) sigue los preceptos metodológicos ya presentes en su tesis doctoral,68 y exhibe acotaciones institucionales que se refieren a dos tradiciones de la crítica académica en pugna: la francesa y la estadounidense. Esta última formaría –según Premat– una dupla con la argentina, impedida por esta alianza de realizar un balance crítico sobre la obra de Saer:
Las diferentes razones que explican esta situación tienen que ver con una conjunción entre ciertas características de la obra [de Saer] y la evolución del pensamiento crítico en Argentina y en Estados Unidos. […] [En cambio es más intensa la lectura de Saer] en Francia, en donde ha perdurado una tradición de estudios inmanentes, [ya que] la francesa es una tradición reacia a las tradiciones “foráneas”.69
Con toda claridad aquí se defiende la persistencia de un modo de construcción crítica percibido como “anacrónico” y en repliegue, frente a otro “cultural y sociológico” que se desliza hacia una posición hegemónica. Repliegue o anacronismo que Kohan subraya (“[Premat y Contreras] hacen lo que ya casi no se hacía”70), y que Contreras defiende precisamente como una forma de intervención (o de resistencia) frente a la hegemonía de los objetos críticos “culturalistas”. Como lo advierte Contreras, el punto central de la disputa gira en torno del lugar y la dimensión que se asigna a la literatura, disuelta en vastas redes construidas por intereses culturales, y desaparecida en cuanto cualidad diferencial que hace de la experiencia de lectura quizá el único sostén de una especificidad. La pregunta que flotaría entonces es si “esa cosa del pasado” que ha llegado a ser la literatura se ha disuelto también, más allá de las discusiones académicas, en el mundo de la cultura lectora. “Aún no” sería nuestra obvia, timorata y esperanzada respuesta, a la que sigue otro interrogante: ¿las lecturas críticas que hiperconstruyen un corpus serían más interesantes porque darían cuenta de ese nuevo estado de inmersión cultural sin privilegios de la literatura? Como si la crítica literaria se ajustase a la perfección a un estado de la cultura. Paradójicamente, este proceder de la crítica académica culturalista71 la acerca a un modo de funcionamiento literario más allá de sus fronteras (donde la literatura, en efecto, pierde sus relieves), y la aleja a la vez de él, porque en la lectura extra-académica sí importa quién habla, y la pareja autor-obra sigue siendo una especie de vía regia naturalizada con la que se accede a la literatura. “El autor es una construcción social e histórica”: así define Foucault esta tenaz categoría, y es fácil ver que extramuros sus derechos se han intensificado.72 Pero, no menos que intramuros, pues el principal reproche que el mismo Foucault le hace a Derrida es que la écriture restablece los privilegios del autor; y así parece ser, si nos atenemos a las implicaciones que posee la aparentemente desubjetivizada nomenclatura con la que Derrida suplanta al autor: la noción de firma y de contra-firma.73
Como la discusión sobre los corpus arrastra tras sí los principales nudos teóricos de los que somos fervorosos creyentes o agnósticos testigos (son los tópicos del postestructuralismo y del posmodernismo), insistiré sobre dos puntos centrales.
Primer punto: “Radicalmente constructivista” sería la consigna crítica global que todos los críticos compartimos en mayor o en menor grado, y a la que Dalmaroni, desde una perspectiva historiográfica, como si se tratase de un vértigo, intenta ponerle un suelo o un freno seguro: quizá la historia no siempre sea ese vértigo, pero sí los vocabularios descriptivos, tan históricos como los hechos innegables que no arrojan su sentido de una vez y para siempre. Según las cauciones de Dalmaroni, la crítica literaria, lo quiera o no, mantendría presupuestos “realistas” (“las cosas siempre han de haber sucedido de alguna manera”),74 y lo dado de la historia es lo que determina “los posibles críticos”, el posible “histórico” y el posible “filosófico” (no una lógica narrativa a la manera de Bremond, sino la posibilidad histórica de construir narraciones críticas con sus corpus y con sus “límites” –y Dalmaroni insiste en la necesidad de los límites: “el corpus de autor es una clase de corpus histórico”, pero “no todo corpus crítico es un corpus histórico”–. Y agrego yo: en los corpus hiper-construidos, esta mínima determinación de historicidad (solo juega aquí la historicidad del propio crítico) otorga al “posible filosófico”75 una libertad tal, que este excedente multifacético convertiría la invención del corpus en el lugar de la literatura, o el lugar donde el crítico que con un gesto la destierra, con otro la recobra para acogerla en la estructuración de su propio discurso: hace literatura. Si Dalmaroni rechaza esta vía cognoscitiva “artística” para la crítica, Contreras, irónicamente (y a propósito de cierta aceleración futurista de Josefina Ludmer), la consiente como una prueba de la resistencia cultural de la literatura:
[…] es esta invención que adopta la forma de una aceleración hacia delante, la que la vuelve interesante –yo diría: inclusive literaria o artísticamente interesante que la literatura sea cosa del pasado–.76
A propósito de esta ocurrencia de Sandra Contreras, podríamos no ya preguntar qué es un autor, sino qué clase de autor es un crítico, qué es un autor cuando se trata de un crítico. Habría varias respuestas: el crítico es un autor que siempre responde (a otro autor, a otro crítico, a variadas solicitaciones de su cultura); su escritura es una respuesta, porque escribe sobre otro texto, sobre otra firma y lo “contra-firma”; pero también y desde el funcionamiento cultural, un crítico se convierte en autor cuando aparece en los medios.
Las distinciones teóricas que establece Miguel Dalmaroni son instrumentos útiles y claramente reflexionados para meditar con mayor rigor el trabajo sobre los corpus, pero en la medida en que por una u otra razón histórica, ese suelo las legitima a todas (con excepción, quizá, del “corpus crítico” hiper-construido del que se toman distancias y prevenciones),77 cabe preguntarse por la disputa institucional –si es que existe tal polémica inconciliablemente establecida–. La respuesta de Dalmaroni sería doble: por una parte, las instituciones académicas argentinas son más benevolentes a la hora de juzgar y de seleccionar a sus miembros, por lo tanto, el problema del corpus solo tiene una dimensión epistemológica o de práctica crítica.78 Por otra parte, la dicotomía en forma de polémica (“corpus de autor” versus “corpus crítico”) restringe los posibles críticos, con el peligro intrínseco de entrañar un dogmatismo metodológico. Por mi parte, añadiría que desde un dogmatismo enarbolado en la comunidad crítica a un dogmatismo institucional –como lo prueban los años del estructuralismo en Francia–, no hay demasiado79 trecho. Es trivial decirlo: la hegemonía institucional de los procedimientos críticos depende de una pugna de fuerzas cuyo resultado se nos aparece hoy como un azar histórico.
Segundo punto: la totalidad y la tentación de los grandes relatos. Martín Kohan insiste en la “vocación de totalidad” que impregna los propósitos explicativos en las lecturas sobre el corpus de un autor; la llama “una vuelta”, esto es, un retroceso en las prácticas críticas, un retroceso hacia las “lecturas modernas”, que también implicarían la apelación a los grandes relatos como explicación última (el psicoanálisis para Premat, las vanguardias históricas para Contreras). No me parece que la insistencia en las totalidades sea una exclusividad de los corpus de autor; hay ostensiblemente una vocación totalizante en muchas construcciones culturalistas, quizá porque la crítica literaria académica sea hija de los sistemas, sistemática por naturaleza. Cuando todavía era un work in progress mostré para lo que sería luego El cuerpo del delito ese afán sistemático de Josefina Ludmer y sus esfuerzos anárquicos por desequilibrarlo.80 Y en estos tipos de corpus crítico, al revés de lo que piensa Kohan, la tentación de la totalidad se hace presente a cada paso, insiste. Como creo que insiste, a pesar del convincente desmontaje que realiza del relato mítico de San Martín, aunque más no sea en la fascinación por un objeto “total” que ocupa, en el relato del propio Kohan, todas las posiciones culturales posibles. Pero existe otra totalidad para la crítica argentina que se muestra como una atracción, y hasta como una instigación: un conjunto virtual o fantasmático, cuyo relato intenta como si se tratara de un imperativo en el que mide sus fuerzas, y del que vuelve a trazar la silueta de una totalidad explicativa que, a la vez, debe ser explicada: la literatura argentina como totalidad a trazar, o más bien, la tentación de escribir una (otra) “historia de la literatura argentina”. Es ese su relato privilegiado, su relato total, en parte porque la literatura argentina, en la versión académica, nació con Rojas al mismo tiempo que escribía su historia. La vocación historicista de la crítica argentina. La reciente tentación de Martín Prieto81 muestra otra manera por la que, entre nosotros, un crítico se vuelve autor: firmando el corpus total y virtual de la literatura argentina con su nombre, y también con el anonimato esencial –el mismo de Foucault– que implica la herencia crítica de la tradición, y las discusiones críticas contemporáneas que van más allá de uno o muchos nombres. Las historias de la literatura argentina no son tanto el sesgado relato de una totalidad, sino más bien un estado recapitulativo de la propia crítica acerca de sí misma, un espejo que le devuelve diferentes caras en el intento de sintetizar en una sola narración los múltiples relatos que la constituyen. Si todos parecen compartir la convicción de que el relato es parte de la forma cognoscitiva de la crítica, y de que el discurso crítico adhiere a alguna narrativa posible, por su parte, los críticos “culturalistas” acercan sus relatos hacia una perspectiva que intenta integrar saberes recogidos en otros campos, con el afán de intervenir desde un lugar que funciona como un comodín lábil, escurridizo, pero efectivo, en los debates culturales. Al margen o en los intersticios disciplinarios, parecen hacer valer sus herramientas en los silencios, en los huecos de las otras disciplinas. Es lo que hace Martín Kohan con su Narrar a San Martín respecto de la historia:
No son las preguntas que la historia le dirige al pasado, acerca de lo que pasó y sus razones, tampoco son las preguntas que la historiografía le dirige a la historia […]. Son más bien las preguntas que la crítica literaria puede hacerle a cualquier texto narrativo, así sea un texto de historia.82
Como se puede apreciar, al debatir el problema de los corpus, la crítica literaria, ya sea que se repliegue en los territorios donde se ha afirmado tradicionalmente, ya sea que intente la expansión diversificada partiendo de sus cuestiones específicas, en realidad se pregunta algo más. Se pregunta por la razón y por el destino de su cuerpo, de sus cuerpos, entre los cuales, claro está, figura la pregunta por la reproducción institucional, el interrogante acerca de su cuerpo mismo.
54 La polémica giraba en torno de la caducidad o no de la categoría de autor en las tesis doctorales. Josefina Ludmer y Martín Kohan atacaban esa manera tradicional de encarar una investigación literaria (el autor y su obra), a favor de investigaciones de alcance más amplio que superaran la centralidad del concepto de autor (ampliamente criticada por Barthes, Foucault y Derrida). En cambio, Miguel Dalmaroni y Sandra Contreras defendían la posibilidad de que dedicarse a estudiar la obra de un autor podía ser un modo legítimo de producir conocimiento, más allá de las objeciones que desde la teoría literaria se hicieron tanto al concepto de “autor” como de “obra”.
55 Las voces son las de: Miguel Dalmaroni, “Historia literaria y corpus crítico (aproximaciones williamsianas y un caso argentino)”, en Boletín del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria, núm. 12, diciembre de 2005; Martín Kohan, “Dos recientes lecturas modernas”, en Boletín del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria, núm. 11, diciembre de 2003, pp. 81-84; y Sandra Contreras, “Intervención”, Ibíd., pp. 85-93. Pero por alusiones y presencias hay muchas otras.
56 Stanley Fish, Professional Correctness. Literary Studies and Political Change, Oxford, Clarendon Press, 1995. Sobre este debate (profesionalismo versus anti-profesionalismo), ver también del mismo Fish, Doing What Comes Naturally. Change, Rhetoric, and the Practice of Theory in Literary and Legal Studies, Oxford, Clarendon Press, 1989.
57 Fish, Professional Correctness, ob. cit., p. 1.
58 Ibíd., p. 1. Convendría matizar un poco esta dicotomía, teniendo en cuenta para la historia de la universidad estadounidense el impacto del macartismo y la resistencia que engendró. Para una visión algo benévola del fenómeno, véase Adam Ulam, The Fall of the American University, Nueva York, Library Press, 1972, especialmente pp. 61-62, y Michael Paul Rogin, The Intellectuals and McCarthy: the Radical Specter, Cambridge, Mass., The MIT Press, 1967. Lo mismo ocurre con los movimientos estudiantiles posteriores, que han sido muy estudiados.
59 Llamé a esta euforia crítica “el discurso de la dependencia”, en “La crítica argentina y el discurso de la dependencia”, en Críticas, ob. cit. Para una discusión de lo que allí postulo, véase el excelente trabajo de José Luis de Diego ¿Quién de nosotros escribirá el Facundo?, ob. cit., especialmente “Los libros: ‘nueva crítica’ y nueva literatura”, pp. 85-103.
60 Esta lógica que aunaría el discurso de la literatura con el universitario (ambos tienen la posibilidad de “decirlo todo”) fue desarrollada por Jacques Derrida. Véase Passions, París, Galilée, 1993, y “Las pupilas de la Universidad”, en “¿Cómo no hablar?” y otros textos, Barcelona, Anthropos, 1989.
61 Dalmaroni, ob. cit.
62 Josefina Ludmer, El cuerpo del delito. Un manual, Buenos Aires, Perfil, 1999.
63 Max Weber, “La ciencia como vocación”, en Ensayos de sociología contemporánea, vol. I, Barcelona, Planeta-Agostini, 1985, p. 82.
64 Para una discusión crítica de las relaciones entre la universidad estadounidense y el comercio, la industria y las grandes multinacionales, y de su repercusión institucional, véase Donald G. Stein (ed.), ¿Buying In or Selling Out? The Commercialization of the American Research University, New Brunswick, New Jersey y Londres, Rutgers University Press, 2004.
65 Weber, ob. cit., pp. 83-84.
66 Martín Kohan, Narrar a San Martín, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2005.
67 Sandra Contreras, Las vueltas de César Aira, Rosario, Beatriz Viterbo, 2002; Julio Premat, La dicha de Saturno. Escritura y melancolía en la obra de Juan José Saer, Rosario, Beatriz Viterbo, 2002.
68 Julio Premat escribió su tesis (presentada en la Université de Paris III) sobre Haroldo Conti y Antonio Di Benedetto. Claramente no solo defiende su persistencia en criterios que él mismo percibe como “anacrónicos” (p. 13, ob. cit.), sino la validez de su trabajo anterior.
69 Premat, ob. cit., pp. 12-13.
70 “Hacen entonces lo que ya casi no se hacía, esto es, una lectura en sentido clásico, la lectura conjunta de la obra de un autor” (Martín Kohan, “Dos recientes lecturas modernas”, ob. cit., p. 84).
71 “[C]reo que […] el imperativo del corpus […] y la resistencia ante la categoría de obra y autor proviene más de la academia americana, en todo caso de la lectura que la academia americana hace del postestructuralismo francés, y en buena medida de su orientación hacia los estudios culturales, cuyos objetos de estudio (posnacionalismos, fronteras, minorías, marginalidades, géneros, estado, hegemonías y políticas de resistencia, etc.) se nos han vuelto hoy los objetos hegemónicos de la crítica” (Sandra Contreras, “Intervención”, ob. cit., p. 89). El adjetivo “culturalista” no lo ha deslizado Contreras, sino yo.
72 Lo mismo observa Miguel Dalmaroni: “[…] la subjetividad autoral, la ‘función autor’ o la ‘figura’ de autor forman parte de las más poderosas condiciones simbólicas y materiales de existencia histórica de la literatura y de algunas otras prácticas discursivas y artísticas” (Dalmaroni, ob. cit.).
73 Véase el muy transitado “¿Qué es un autor?”, en Michel Foucault, Entre filosofía y literatura, Barcelona, Paidós, 1999, y Jacques Derrida, Signéponge, París, Seuil, 1988.
74 Dalmaroni, ob. cit.
75 En un momento de vacilación terminológica, Dalmaroni llama “artístico” al “posible filosófico”: ver la nota 7 de “Corpus crítico, corpus de autor, corpus histórico emergente”: “Por supuesto, la calificación de ‘filosófico’ para este posible es provisoria y tentativa; según la idea de ‘composición’ que uso para describirlo, podría también calificárselo de musical, o mejor aún, artístico” (subrayo yo).
76 Contreras, ob. cit. pp. 90-91. Se refiere a “Temporalidades del presente” que Ludmer publicó en el Boletín del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria, núm. 10, 2002, pp. 91-112.
77 En rigor, Dalmaroni discute también los criterios historiográficos utilizados por María Teresa Gramuglio en el tomo VI, El imperio realista, de la Historia crítica de la literatura argentina, dirigida por Noé Jitrik, Buenos Aires, Emecé, 2002.
78 “[…] es seguro que en la Argentina algunos sí consiguen trabajo en universidades o en el Conicet, donde el control sobre los principios de lectura es muchísimo más liberal: nadie queda al margen por haber escrito una tesis sobre autor (así que aquí nadie tendría por fuerza que renunciar a escribir una, a excepción de que se crea obligado a legitimar su práctica menos por el poder de convicción de esta que por la concordancia de sus presupuestos con los de ciertos circuitos que garantizarían alguna clase de impacto o de beneficio simbólico o económico” (Dalmaroni, ob. cit., nota 1).
79 No creo, sin embargo, que “el relato de las vanguardias” esté en el mismo plano u orden explicativo que los “grandes relatos” de los que habla Lyotard.
80 Jorge Panesi, “Las operaciones de la crítica: el largo aliento”, en Alberto Giordano y María Celia Vázquez (comps.), Las operaciones de la crítica, Rosario, Beatriz Viterbo, 1998. Me permito recordar dos acotaciones: a) “‘Largo aliento’ califica un gesto abarcador que señala dilatadas y determinantes zonas literarias, culturales, sociales, políticas; este gesto crítico intenta aprehender y extraer de allí nudos, figuras, desplazamientos decisivos, con el fin de que, al construirse, muestren un funcionamiento cultural y sus transformaciones. Aprehensión histórica global, condensada en una sinécdoque significativa. En este caso, todo el siglo XX…”; b) “‘El tema’ debe ser sometido a un proceso de formalización, de relativa abstracción, lo que permitirá construir un sistema relacional estricto y, en definitiva, postular leyes de funcionamiento que se extraen de este tramo crítico privilegiado (el momento ‘auto’ de la operación), el momento de constitución del corpus o el corpus como sistema”.
81 Martín Prieto, Breve historia de la literatura argentina, Buenos Aires, Taurus, 2006.
82 Kohan, ob. cit., pp. 39-40.
5. LA SEDUCCIÓN DE LOS RELATOS:
DIEZ AÑOS DE CRÍTICA ARGENTINA (2004-2014)
Reconozco cierta malicia en utilizar para la crítica literaria dos ideas que pertenecen a la vulgata con la que se piensa, sobre todo en el ambiente mediático, la coyuntura política argentina actual83: la categoría de “relato” (La seducción de los relatos), e implícitamente, la de “década” que la estrecha imaginación de los cronistas politólogos ubica, como en un almacén de ramos generales, entre las pérdidas o las ganancias. Pero se deberá reconocer, más allá de la ironía, que esta elíptica alusión al contexto político, a la relación con la política –deliberada o tácitamente– ha sido desde siempre el gran asunto de la crítica. No entraré en este escarpado desfiladero, no porque crea que haya en nuestro campo una división política de orden partidista que nos haga empuñar las armas retóricas para defender posiciones irreconciliables (otra idea perezosa y omnipresente), sino porque, a pesar de las apariencias, esta cuestión me parece poco interesante. Las políticas en o de la literatura son como ciertos personajes que figuran en la lista de convidados a una fiesta: resultan más exitosos y presentes si no se los invita. Con esto quiero decir dos cosas bastante triviales: primero, que en nuestro discurso no todo es político, para salvaguardia de la política misma, y luego, que finalmente, en relación con la crítica, la política es ineludible.
Y curiosamente, la noción de “relato” pasó de la teoría literaria, la lingüística, la historiografía, las ciencias de la comunicación o la antropología hacia las descripciones de la politología y los periódicos, hasta formar parte de la lucha política misma; por supuesto: para unos, la operación que otros llaman “relato” recibe el más existencial nombre de “proyecto”. Convengamos que hay un aire constructivista en el uso del término “relato”: es una construcción de sucesos, acciones y sujetos a partir de una perspectiva determinada que ordena lógica, temporal y causalmente series heteróclitas entre sí (en este caso se trata de una perspectiva política). El “relato” funciona como una construcción cognoscitiva, retórica y performativa: aquello que da a conocer es producido por la acción del discurso mismo.
Convengamos también que, caídas las pretensiones imperiales y cientificistas de la semiótica o el estructuralismo (una de cuyas invenciones fue la “narratología”), el discurso teórico-crítico que se ocupaba de las narraciones literarias se vio libre de volverse sobre sí y sobre su objeto en busca de categorías descriptivas y explicativas que de algún modo siempre habían figurado en el repertorio de ambos. En la Argentina este movimiento es claramente individualizable en el umbral de nuestro recorte (el año 1999) con la aparición del libro de Josefina Ludmer El cuerpo del delito,84 que es una especie de apoteosis y celebración de los relatos, pero especialmente del relato crítico, o de la utilización de las narraciones como categorías para ordenar amplias secuencias históricas. El relato como instrumento de intelección crítico,85 pero también de “liberación” metodológica, como acabo de sugerir, y según celebra, aliviada, Ludmer:
[El cuerpo del delito] es una zona flotante, […] en la que me puedo mover como quiero, puedo saltar de un “cuento” a otro, y también atravesar tiempos y realidades.86
Ludmer inauguraría algo así como el “pasaje a la narración” de la crítica argentina contemporánea (quiero decir: la crítica literaria liberada de sus propias constricciones discursivas con la pretensión de ser literatura o cualquier otro discurso inclasificable); y, en su siguiente libro, Aquí América Latina. Una especulación,87 difícilmente reconozcamos los protocolos críticos tal como funcionan en el discurso universitario: es ficción, es especulación política y cultural, es un diario casi íntimo, una mezcla de géneros, pero, sobre todo, es narración.
En El cuerpo del delito las notas, esos fetiches legitimadores de la erudición académica, se vuelven también relatos, cuentitos, que adquieren independencia respecto del cuerpo del libro: testimonian el uso maravillado de la biblioteca de Yale donde fueron escritas (en la terminología de Viñas señalarían un nuevo tipo de viaje y un nuevo tipo de relato: el viaje académico). El cuerpo del delito tiene una dedicatoria:
Este trabajo no es […] sino “un trabajo escolar” para mis queridos maestros del grupo Contorno.
Ser discípula de Contorno supone compartir, al menos, una tarea manifiesta o subterránea, la de narrar otra vez, de otro modo, la historia de la literatura argentina. Un proyecto histórico totalizador que se advierte en la construcción de los relatos críticos que abarcan y relacionan distintos momentos de la literatura, la cultura y la política. Si el viaje es lo que permite aglutinar y al mismo tiempo discriminar etapas, sujetos, tramas, tiempos, espacios sociales y sus luchas políticas, como ocurre en Viñas, el delito cumple la misma función en Ludmer.
Pero los maestros no han mezclado los géneros, han mantenido relativamente separada la obra crítica de su otro trabajo literario como autores de ficción, poesía o teatro. Tanto David Viñas como Noé Jitrik han escrito o tratado de escribir historias de la literatura argentina, y ambos, paralelamente, a lo largo de toda su carrera, prosiguieron escribiendo literatura. Como Sartre, que dividió sus esfuerzos entre la narrativa o el teatro, por un lado, y la filosofía y la crítica literaria por otro. En la mezcla de géneros, Ludmer sigue a otro maestro, a Derrida, que no ha dividido su producción en dos apartados diferentes, sino que se ha preocupado por mantenerlos juntos. Dos direcciones posibles, entonces, en el volverse relato de la crítica argentina durante nuestro corte temporal: seguir el camino trazado y reforzado por las instituciones (en particular la académica), manteniendo separados el discurso narrativo de la crítica literaria (podría citar el caso de Sylvia Molloy, Martín Kohan y Aníbal Jarkowski), o bien mixturar las perspectivas en ensayos donde el discurso crítico pierde sus bordes. (Una manera “discreta”, no extrema, de deslizarse hacia otros campos y objetos, además de los literarios, es la inclusión de apuntes o relatos autobiográficos, corroborando “el giro autobiográfico de la literatura argentina” del que habla Alberto Giordano).88
Este esquema o esta simplificación no quisiera soslayar las mutaciones drásticas que hoy borronean la identidad de la crítica literaria, puesto que cambios estructurales ponen en duda su existencia tal como la hemos conocido. Las llamadas por Ludmer “literaturas postautónomas”89 que indiferencian –según ella– realidad histórica y ficción, por un lado, y la literatura con la realidad, por otro, presuponen la desaparición de la crítica, su muerte, su entierro, o al menos, su agonía. (Antes de publicar su último libro, Aquí América Latina, Ludmer sorprende en una entrevista a su interlocutora diciéndole que “ya no ha[ce] crítica literaria”.90 El “pasaje a la narración”, la dosis autobiográfica, la experimentación genérica, y hasta las producciones más aferradas a las ideas convencionales pueden ser un síntoma de desconcierto o incertidumbre ante esas mutaciones letales. En todo caso, la narración como instrumento resulta una extensión lógica que permite abrir los alcances de este discurso hacia dominios culturales más extensos. Se olvida, sin embargo, que este proceso de caída, presentado como forzoso e ineluctable, tiene su contrapartida en una fuerza institucional equilibradora, la universidad, el mundo académico, que mantiene intactos los viejos hábitos, los protocolos y los objetos de la crítica, y que sin revoluciones estruendosas, y sin estremecerse, puede dar cabida a los trabajos de Ludmer.
En el año 2006, Nicolás Rosa parece registrar este afán narrativo o el cobijo interesado que la crítica le presta al relato para aferrarse a otros sostenes: publica Relatos críticos: cosas animales discursos.91 Relatos críticos, título que señala este rumbo, y algunos de los objetos casi inesperados con los que ahora el lector se tropieza. Rosa piensa en este libro en los confines de la crítica literaria y de la literatura, en sus bordes, y las zonas de pasaje: las pasiones, los instintos, los animales. Y aunque no abandona el formato tradicional, es perceptible un querer ir más allá de la crítica misma, o sacarla de sí misma y obligarla a pensar otra cosa mediante el acopio de saberes disímiles. Y la narración acude como microrrelatos, inscripciones circunstanciales o autobiográficas: Nicolás Rosa habla de su madre, de un perro de la infancia, de una mujer santiagueña que en su casa realiza las tareas domésticas, de un viaje por Valencia. Insistencia del detalle cotidiano, de la enigmática dureza de lo real, pero al mismo tiempo, inocultable, surge el pudor ante la autobiografía, un cerco de los protocolos críticos que comienza a resquebrajarse. No es esta grieta lo que se agranda en Relatos críticos, sino la inquietud (o el deseo) por algo que se vislumbra y a lo que se le da la bienvenida sin saber del todo qué habitaciones se le brindarán en la casa hospitalaria.
No es entonces la narración o los relatos sino el síntoma de relaciones alteradas que no implicarían solamente un cambio en los lenguajes que la crítica habla y escribe, un mero cambio de piel o de formato impulsado por el tiempo, o por la renovación impaciente que reclama la rutina. Si la gran cuestión de la crítica ha sido siempre el modo en que se relaciona con la política y, para ser más específicos, con las políticas institucionales de las que depende, las alteraciones que parecen sacudirla provienen del lado de la política. La política en sus manifestaciones culturales no puede desligarse de la técnica, de la técnica comunicativa, de la comunicación de masas, del accionar de los medios masivos, de la manipulación del ocio y del espectáculo, de la técnica de las encuestas y del dominio de la opinión pública. Se imbrica o se mezcla con todos esos factores que afectan y cambian las relaciones estables e institucionalizadas (parlamentarias, judiciales, electorales, culturales) que seguimos inercialmente concibiendo como “políticas” a la vieja usanza e independientes de este compositum. Porque la política forma un compositum inestable, donde se mezclan realidades de todo tipo a las que hay que dominar o aprovechar, incluso las realidades de orden fantasmático: es en el terreno del accionar político más que en el literario (como supone Ludmer) donde ahora no se puede diferenciar entre realidad y ficción, y no solamente por una actitud perversa, mendaz u oportunista de los agentes políticos, sino por razones constitutivas.
Es una verdad de Perogrullo, pero conviene recordar que la casi totalidad de la política y parte de nuestra vida cotidiana hoy día depende, se abastece de, y se tironea con los medios, forjadores de realidad y de relatos, de pequeños relatos y, desde luego, de contrarrelatos que disputan la hegemonía. En la década de los setenta, y desde una perspectiva revolucionaria de la época, quien más insistió en esta conjunción, convencida de que algo cultural y políticamente determinante se jugaba con el vínculo entre los medios de comunicación, la política y la crítica cultural o literaria fue Beatriz Sarlo:
Una crítica cuyo punto de vista se reconozca dentro de una práctica política revolucionaria no puede […] sino privilegiar como objeto los medios masivos de comunicación.92
Saco a relucir estos debates del pasado porque es ya un lugar común en los análisis políticos actuales (y de tan comunes, ineficaces) sostener que existe una reivindicación de algunos aspectos ideológicos de los años setenta que los antiguos militantes, o sus herederos, extrapolan a la coyuntura contemporánea (reedición que podría considerarse parte del “relato” oficial). Sarlo desdeña los análisis que engloban todas las opiniones del discurso kirchnerista bajo el rótulo cómodo de “relato”, una categoría –según ella– machacada y difundida por las carreras de comunicación y los talleres periodísticos.93 Sean o no estas repeticiones históricas del revival revolucionario parte del llamado “relato”, si quisiéramos hacer un balance dentro de nuestro ámbito literario y académico, veríamos que son tantas las reivindicaciones como los mea culpa y los arrepentimientos. Sarlo se ha empeñado desde hace algún tiempo en ejercer la crítica sobre sí misma como actora de esas convicciones revolucionarias setentistas. Y viene narrando con encarnizamiento, sarcasmo e ironía sus cándidas y religiosas posturas políticas de otrora.
Se me ocurrió reflexionar sobre estos aspectos narrativos de la crítica literaria en relación con la política, por una casualidad, por una coincidencia, quizá por un azar que cuando se manifiesta provoca un aura de misterio y despierta en los agnósticos la consiguiente efusión interpretativa, el delirio hermenéutico. En este año, 2014, casi al mismo tiempo que Beatriz Sarlo publica Viajes. De la Amazonia a las Malvinas,94 y se instala de lleno en el género narrativo, Horacio González hace lo propio y nos entrega una primera novela, Besar a la muerta.95 No sé si el rótulo de “crítico literario” es el más adecuado para Horacio González, y dudo que lo acepte para sí, pero admitamos lo que ya se admite en muchos coloquios y encuentros: se coloca a quienes se ocupan de temas literarios en la categoría general de escritores, síntoma de que, en efecto, la crítica literaria se ha vuelto una actividad borrosa.
Lo interesante, lo azarosamente interesante de esta coincidencia es que el gesto literario se da en dos escritores que representan sectores políticos opuestos, dos contendientes que, por otra parte, han demostrado una amable convivencia intelectual. En este momento ambos se han convertido en una suerte de nueva tipología de los letrados universitarios: son intelectuales mediáticos. Como el fenómeno no se limita al charme o al carisma personal, asunto sin embargo no baladí para los medios, nos podríamos preguntar acerca del uso de la figura del “literato” o del “intelectual”, qué plus aportan al discurso dirigido al “gran público”, o qué rédito de inventiva aportan al análisis periodístico quienes además de la política siguen ocupándose de la literatura. ¿Se trata de relatos, se les exige que construyan otra perspectiva novedosa sobre los previsibles relatos de los políticos argentinos? ¿O son legitimadores intelectuales, vueltas de tuerca sobre posiciones ya consolidadas? ¿El poder y el contrapoder buscan en ellos el reaseguro de un prestigio? La discusión de las respuestas excedería los límites de estas reflexiones y mis propios límites.
La casualidad, entonces, como principio. Con un agregado: Sarlo celebra en sus relatos de viaje lo casual, lo imprevisto, lo que llama “fuera de programa”, “un salto de programa”. No parece un punto a analizar políticamente y, sin embargo, es el centro de todos los relatos, la moraleja de todas las fábulas que narra: “[…] las experiencias inolvidables están hechas de materias perfectamente casuales, pero dispuestas de un modo que las vuelve significativas”.96 Es como decir: dar entrada a lo otro, a lo inesperado, a lo azaroso, es dejar de leer el libreto ideológico y la monserga revolucionaria que se cierra dogmáticamente sobre el propio muro que construye. Los jóvenes viajeros contestatarios de los setenta viajan con la guía Michelin, con un mapa o con un libro que adelanta intelectualmente lo que todavía no se conoce ni se ha experimentado. “Viajes de aprendizaje” los llama Sarlo, pero sobre todo, “Viajes ideológicos” como el que realizó a Bolivia y a Perú llena de prevenciones: “[…] no éramos turistas. Pertenecíamos a una categoría imaginaria: jóvenes latinoamericanos. […] Buscábamos América Latina, un espacio y un tiempo futuros”.97 En la medida en que su viaje revolucionario fue motivo de crónica en la revista Los Libros en 1971, Sarlo apunta ahora que en ese artículo escribió “una veloz síntesis de la situación política en Bolivia” (esto es: un sospechoso y apresurado resumen). Los capítulos del libro que narran los viajes a la Puna, Bolivia, Perú y Brasil son una reescritura o una rectificación de aquellas experiencias de “progresismo candoroso”, “una desconfianza antiimperialista” y de “prisioneros de nuestra ignorancia” (“no habíamos leído a Benjamin”, “no habíamos leído La casa verde”, “estábamos sometidos a la metafísica de la presencia”, escribe casi con culpa Sarlo). En este sentido, el viaje a las Malvinas que emprendió como cronista de La Nación en 2012 puede leerse en contraste con el latinoamericanismo biempensante de los viajes juveniles (“forma sistema con los viajes de mi juventud”). Es el viaje contra-militante:
Yo no estoy segura de que quiera conocer más las islas. Y tampoco las quiero, porque quererlas me acerca peligrosamente al nacionalismo del que he tratado de apartarme.98
Si el esnobismo es una de las grandes pasiones argentinas, como sentenciaba Borges, Sarlo abraza con conciencia neurótica esa pasión que atraviesa todos sus viajes, los primeros y también los más cercanos, atiborrados de museos, conciertos, galerías, espectáculos, quizá como acicate de la curiosidad intelectual: “practicábamos una especie de snobismo modernista”,99 dice de los primeros; “voracidad ciega o snobismo hambriento”, “ lo desesperante es que sigo haciendo lo mismo desde hace décadas”,100 confiesa sobre los últimos. De este esnobismo queda también el orgullo de “ser los primeros” que aparece una y otra vez en los relatos: por emprender un derrotero exclusivo, no turístico, como el encuentro con la tribu de los aruba, por usar unos borceguíes primorosos, o equipararse en la ignorancia de la selva boliviana con el Che Guevara, y anticipar lo que todavía no había sido publicado, “ese evangelio del latinoamericanismo antiimperialista, el best seller de Eduardo Galeano”.101
Está claro que en el “nosotros” de Viajes, raramente especificado (solo se destaca la figura de Alberto Sato, exmarido de Sarlo), en su indeterminación deliberada puede caber toda una generación. No se trata de un relato, sino de una elocuente elipsis.
El libro de Horacio González, Besar a la muerta, se inserta en la tradición argentina de la novela centrada en el diálogo o el intercambio intelectual, en la línea de Leopoldo Marechal, Julio Cortázar o Ricardo Piglia. Una tradición que habría que llamar “novela charlada”, o mejor aún –puesto que también aquí está en juego la cultura popular– “novela chamuyada” (“¿No habían sido sepultadas en el polvo literario del pasado las novelas conversacionales?”,102 se pregunta el transcriptor en la primera frase del texto). Un cura prepara un asado al que asisten otro cura que ha abandonado el sacerdocio y un profesor especialista en Max Weber, que pétreamente se llama “Rupestre” (“Rupestre –dice con borgiano equívoco referencial el narrador de la novela– soy yo”).103 Por supuesto, como González, el profesor Rupestre dicta clases en la Facultad de Ciencias Sociales, una facultad tomada por los alumnos. El acento está puesto en lo que González llama “la liturgia peronista” (“el peronismo es todo liturgia”, dice el narrador), en este caso, una carta del confesor de Eva Duarte, Hernán Benítez, a la hermana de Eva, Blanca Duarte.104 El diálogo que se mantiene a lo largo del asado nocturno se centra en dos misterios contenidos en la carta: la aquiescencia de Perón ante la leve orden del padre Benítez para que bese a la muerta, y un dolor secreto (hay que entender: espiritual) de Eva que solo conocen el confesor y las hermanas.
Ese es el esqueleto narrativo, pero la novela de González es también una humorada y una reflexión no solo sobre la liturgia o la cultura peronista, sino también una reflexión sobre la cultura popular argentina en general y sobre su lenguaje. El discurso narrativo se vuelve sobre sí mismo y sobre los usos de las palabras y las expresiones idiomáticas. González elige elementos de la cultura popular o mediática que han quedado grabados en la memoria, como la imagen desolada de aquel supermercadista chino ante el despojo de los vándalos que se vio en la televisión durante los disturbios de diciembre de 2001. A partir de este drama, la novela rescata al personaje y lo entromete en una farsa en la que no falta la odontología mística ni la recepción en la Facultad de Sociales a cargo de los estudiantes durante la toma.
Estas humoradas y farsas de la novela que se asientan en sucesos históricos difuminados o mediados por el humor y la charla son la veta política de la novela. ¿Por qué? Precisamente por la disolución de los conflictos que la historia o la trama política ha creado. Sobre ese material conflictivo, la mirada que predomina es bonachona e instalada en la complacencia. Un ejemplo en el que un antihéroe histórico se transmuta milagrosamente en héroe es Néstor Kirchner:
El gobierno de la época –la época que le era contemporánea a este asado– había asumido sorpresivamente el poder con un partido que se llamaba Frente para la autocrítica y transformación victoriosa […], pretendía heredar las mejores tradiciones del movimiento nacional popular y de la izquierda. Su orientador era una figura hasta ese momento desconocida, un oscuro gobernador de provincias que había permanecido muchos años en las filas conservadoras […], incluso dentro de las que serían acusadas de “vender al país”, pero luego de su inesperada elección asumiría un programa que llamó de centro-izquierda y empleó la sugerente palabra “diezmada” […] para referirse a su generación.105
Sería muy fácil decir que a la mirada condescendiente de uno se le opone la mirada crispada de la otra, y ver en esas posiciones el poder y el contrapoder. Prefiero subrayar lo que para mí formaría una trama abarcadora construida por las preocupaciones dominantes de los que se dedican a la literatura y al análisis cultural, histórico o sociológico. Esa trama no mitiga los conflictos del pasado ni del presente, al contrario, se alimenta de ellos. Sarlo y González comparten el interés por la cultura popular, por el peronismo y la liturgia del peronismo, por el atractivo de Eva Perón y por analizar no solamente el tejido argumentativo-racional de la política, sino también sus aspectos emocionales o míticos. Creo que alcanza para reconocer un lenguaje común más allá de las contorsiones y antinomias del presente.
La trama abarcadora se refiere a ese discurso tan elusivo y frágil todavía llamado “crítica literaria”. El gran relato crítico, el relato de los relatos de la reflexión sobre la cultura argentina desde Contorno, Jitrik y Viñas hasta Ludmer, Sarlo y González (los enumero porque son mi corpus) pasa por dos grandes nudos constitutivos: la cultura fundada por el liberalismo y sus consecuencias felices y también desdichadas para nosotros, sus descendientes, y como otro nudo de reflexión cultural y en correlato o en oposición al anterior, encontramos el peronismo nacionalista, revisionista, antiliberal, con su misterio, su mística o su galimatías que obnubila las clasificaciones políticas. De esos núcleos se alimentan las tramas de nuestros relatos.
83 La coyuntura es la de los años kirchneristas, a fines del mandato de Cristina Fernández. El trabajo fue leído en el Congreso CELEHIS en Mar del Plata (diciembre de 2014) y publicado en la Revista del Centro de Letras Hispanoamericanas, núm. 29, 2015.
84 Ludmer, El cuerpo del delito, ob. cit.
85 “El delito como instrumento crítico” es uno de los subtítulos de la “Introducción” a El cuerpo del delito, ob. cit., p. 11.
86 Ibíd., p. 16.
87 Josefina Ludmer, Aquí América Latina. Una especulación, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2010.
88 Alberto Giordano, El giro autobiográfico en la literatura argentina actual, Buenos Aires, Mansalva, 2009, y Vida y obra. Otra vuelta al giro autobiográfico, Rosario, Beatriz Viterbo, 2011.
89 Josefina Ludmer, “Literaturas postautónomas”, en Ciberletras. Revista de crítica literaria y de cultura, núm. 17, mayo de 2007 (en www.lehman.edu/faculty/guinazu/ciberletras/), e incluido en Aquí América Latina. Una especulación, ob. cit.
90 “Elogio de la literatura mala”, entrevista con Flavia Costa, en Ñ (9/02/2008) (en http://edant.revistaenie.clarin.com/notas/2008/02/09/01603491.html): “–Considero que ya no hago crítica literaria. –¿Qué hace, entonces? –Trato de ver […] algún punto del mundo en que vivimos a través de la literatura. Leo el modo en que la literatura construye realidad […] Y uso la literatura porque tengo entrenamiento en eso, pero se podría ver el mundo a través de cualquier cosa…”.
91 Nicolás Rosa, Relatos críticos: cosas animales discursos, Buenos Aires, Santiago Arcos, 2006.
92 Beatriz Sarlo, Latinoamericana, año I, núm. 2, junio de 1973, p. 19.
93 Beatriz Sarlo, “Pobre angelito”, en Perfil (9/11/2014), pp. 14-15. Dice al respecto de la categoría “relato”, usada en los análisis políticos del kirchnerismo: “El ‘relato’ fue pensado, en análisis demasiado veloces, como la causa eficiente de los entusiasmos kirchneristas y se convirtió en el objeto de odio de sus opositores. Tanto como un triunfo del relato fue una prueba de lo fácil que es hacer análisis discursivos después de que sus métodos se difundieron masivamente en las carreras de comunicación y en los talleres académicos de formación periodística. A todo tipo de discurso se lo llama relato. Todo acto de gobierno se inscribiría en la esfera narrativa. Y todo relato adoctrina. Si esta fuera una ley de la ideología, miles de nosotros deberíamos seguir siendo católicos después de haber pasado por el catecismo y aprendido la vida de Cristo”.
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