Читать книгу: «Reinventar la escuela»

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Jordi Musons es maestro y director de la escuela Sadako de Barcelona, institución referente en innovación educativa a nivel internacional. Su tenacidad, perseverancia y compromiso con una transformación educativa que promueva una escuela de oportunidades para todo el mundo, lo han convertido en una personalidad muy relevante de la educación en nuestro país.

Estudió Biología y encontró en el escultismo la clave para educar desde la responsabilidad y el compromiso sostenible y social, cualidades que ha intentado trasladar al proyecto educativo que lidera desde 2006. Desde hace unos años forma parte de la junta directiva de la AEC (Agrupació Escolar Catalana).

¿Qué está cambiando en el sistema educativo? ¿En qué coinciden las escuelas más innovadoras de todo el mundo? ¿Cómo afectará el uso continuo de la tecnología en el aprendizaje? ¿De qué manera se debería abordar la desigualdad educativa y el fracaso escolar?

Este libro es la mejor guía posible para docentes, educadores y familias que quieren comprender

la educación que viene, explorando los nuevos propósitos del siglo XXI y las metodologías que están revolucionando el actual modelo educativo. En un mundo donde la tecnología nos empuja hacia la cuarta revolución industrial, es necesaria la implicación de toda la sociedad para ofrecer a los más jóvenes la educación que se merecen. Solo con una nueva enseñanza inclusiva y equitativa, que ofrezca oportunidades a todos sus alumnos y haga aflorar sus capacidades, las nuevas generaciones podrán afrontar con garantías los retos que les depara el futuro.

Con una mirada crítica y proactiva, Jordi Musons, director de la prestigiosa escuela Sadako (Ashoka Changemaker School), profundiza en los límites de la educación de nuestro tiempo y, a la vez, propone metodologías, herramientas y modelos educativos que den respuesta a las necesidades de la sociedad actual.

«Conocer a Jordi Musons es un regalo. Me fascina la claridad con la que piensa la educación y la escuela (y cómo deberían cambiar). Este libro, que recoge su pensamiento sobre la educación y la vida, es una invitación a soltar lastre y empezar a volar». CÉSAR BONA

REINVENTAR LA ESCUELA

© del texto: Jordi Musons, 2021

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

La edición de este libro ha sido posible gracias a la ayuda del Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya


Primera edición: febrero de 2021

ISBN: 978-84-17623-90-6

Depósito legal: B 19513-2020

Diseño de colección: Enric Jardí

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Maquetación: Àngel Daniel

Producción del ePub: booqlab

Arpa

Manila, 65

08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Jordi Musons

REINVENTAR LA ESCUELA

Una brújula para familias y educadores

para comprender la educación del siglo XXI


ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

1. DE UNA EDUCACIÓN DE TALLA ÚNICA A OTRA CORTADA A MEDIDA

La dictadura del currículo

Libros de texto vs. hacerse preguntas

Falsos mitos

¿Competir, colaborar o cooperar?

¿Qué es la personalización del aprendizaje?

Hacer de docentes en la educación del siglo XXI

2. NUEVAS HERRAMIENTAS AL SERVICIO DE NUEVOS APRENDIZAJES

Nuevos movimientos y nuevas metodologías

La tecnología, ¿un aliado o el opio de la nueva generación?

Docencia compartida, una nueva perspectiva educativa

La evaluación, un nuevo aliado

Bullying, empatía, autoestima y educación emocional

3. PARA EDUCAR SE NECESITA A TODA LA TRIBU

Todas las escuelas son iguales

Rebelión en las aulas

Las familias en la educación del siglo XXI

La educación poscovid

Las escuelas innovadoras también tienen que transformar el mundo

¿Qué elementos suelen compartir las escuelas avanzadas?

¿Cuáles son los retos del futuro?

NOTAS

INTRODUCCIÓN

Bajo el paraguas de la innovación educativa, se ha abierto en las escuelas una profunda discusión para intentar definir cuáles son los verdaderos propósitos de la educación actual. Prácticamente todos los sistemas educativos del mundo están inmersos en un debate intenso sobre el papel que debe desempeñar la escuela en pleno siglo XXI. Vivimos momentos extraordinarios que han sacudido, por fin, a todos los agentes educativos para crear una sinergia colectiva con la que empezar a desencallar un modelo anclado en la sociedad de otra época. No es casualidad que la presentación TED más vista por internet verse sobre educación. Casi veinte millones de personas han visualizado el monólogo «¿La educación mata la creatividad?», de sir Ken Robinson. Hoy la educación interesa. La educación es trending topic. Pero los cambios son lentos, y no obstante haberse iniciado un proceso indispensable, persistente y progresivo de transformación, son muchas las inercias y resistencias del sistema que lo ralentizan. A diferencia de otros sectores de nuestra sociedad, la escuela tradicional no tiene que dar muchas explicaciones, mientras que una escuela que se centre en el desarrollo integral de la persona suele pasarse el día justificando su papel, a menudo nadando a contracorriente.

Educación y ecología son dos realidades que han sido a menudo invisibilizadas pero que hoy afloran con fuerza, aunque ambas topen con las raíces más conservadoras de nuestra sociedad y que niegan una realidad aparentemente indiscutible. Científicos de todo el mundo confirman el calentamiento global del planeta debido a las emisiones antrópicas de gases con efecto invernadero. Pero, por extraño que parezca, algunos de los líderes más poderosos del planeta sostienen una actitud negacionista ante esta nueva pandemia global. Con la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump, siete estados aprobaron permitir el negacionismo de sobre esta cuestión en las escuelas e institutos públicos del país. Una visión política sostenible pondría en crisis el modelo económico del planeta entero. El negacionismo es una medida de protección del sistema para evitar un cambio de paradigma que probablemente nos llevaría a un nuevo escenario en el que se modificarían muchas de las relaciones sociales y económicas actuales.

El negacionismo en la educación es menos visible pero igual de persistente que en la cuestión del cambio climático. Después de tantas décadas de estabilidad educativa, con un modelo hegemónico que se traduce en la asunción de la tradición, no es sencillo romper la baraja para asumir nuevos caminos que permitan a nuestros niños y jóvenes afrontar la transformación disruptiva que provocará la tecnología en todos los ámbitos de nuestras vidas. Si queremos que la generación de nuestros hijos pueda disfrutar de una existencia al menos como la nuestra, la emergencia climática y educativa deben abordarse con urgencia. La vida en cada siglo ha sido muy diferente del anterior, y el siglo XXI no será distinto. Los cambios que llegan son exponenciales y mucho más disruptivos que en ninguna otra de las revoluciones industriales habidas hasta ahora. Ante esta realidad, ¿comprarías un radiocasete para escuchar música? ¿Utilizarías una máquina de escribir para redactar una carta? ¿Te dejarías arrancar una muela sin anestesia? ¿Todavía cambias el carrete para hacer una foto? Entonces, ¿por qué conformarse con una escuela del siglo XX?

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LA DICTADURA DEL CURRÍCULO

Como dice Andreas Schleicher, director de Educación de la OCDE e impulsor de las pruebas PISA, es más fácil educar a nuestros niños desde un pasado compartido que prepararlos para el futuro. Pero, en un contexto tan cambiante como el actual, donde a diario disponemos de nuevas evidencias científicas que corroboran las fisuras del sistema educativo vigente, ¿por qué seguimos encontrándonos más cómodos enseñando de la forma en que aprendimos que como la ciencia nos recomienda hoy educar? Este espacio entre conciencia adquirida —aquella que tiene que ver con la manera en que fuimos criados y educados— y conciencia real —más basada en evidencias— es el responsable de la actual asincronía educativa que experimentamos: un momento apasionante, en un delicado equilibrio entre innovación y aprendizaje, donde el verdadero sentido de la escuela vuelve a cuestionarse, en un debate más vivo que nunca.

Durante décadas, o me atrevería a decir siglos, disponer de la información ha sido sinónimo de conocimiento, poder o causa de admiración. Abogados, médicos o maestros eran reconocidos por la capacidad de disponer de parte de esa información y conocimiento, fuera del alcance de la mayoría de la población. Así como la aparición de la imprenta en el siglo XV reformuló la transmisión del conocimiento, el acceso ubicuo a la tecnología ha modelado un nuevo escenario donde la información ya no tiene el papel central de otros tiempos, y en el que afloran nuevas competencias indispensables para vivir, aprender y trabajar en la sociedad actual. Como dice Philippe Meirieu en su artículo «La escuela de despué… ¿con la pedagogía de antes?»1, nuestras instituciones tienden a olvidar que la motivación, el sentido del esfuerzo, la autonomía o la autosuficiencia no pueden ser requisitos previos para acceder a una actividad docente, sino que son los objetivos mismos de esta actividad, vinculados de modo inseparable con la adquisición de conocimientos. Utilizarlos como requisito previo significa reservar la actividad pedagógica para los que ya están «educados», y preferiblemente para aquellos que están «bien educados».

Mientras la sociedad se transforma a un ritmo vertiginoso, gran parte del sistema educativo se mantiene a cobijo de este tsunami, y se postula junto a los ejes que durante décadas han sido la piedra angular del argumentario educativo. El currículo es un claro ejemplo de ello. En nuestra escuela nos han visitado más de quinientos representantes de instituciones educativas durante los últimos tres años, y prácticamente todos nos han preguntado por el currículo y por el éxito de nuestro alumnado una vez este concluye la formación. A pesar de su total pertinencia, son cuestiones que solo se formulan ante modelos educativos excepcionales, en el sentido de que transgreden la normalidad media del sistema. Hoy, el sistema educativo en su conjunto debería ser capaz de trasladar la misma pregunta a los modelos educativos más tradicionales. ¿Acaso la escuela de siempre garantiza la consolidación de este «currículo» en sus aprendizajes?, ¿ofrece oportunidades a todo el alumnado?, ¿asegura la continuidad de los alumnos en estudios postobligatorios o los prepara proporcionándoles competencias para la vida? La realidad de los datos es contundente. Un estudio publicado en 2019 por Eurostat, oficina de estadística de la Comisión Europea, sitúa el fracaso escolar en un 17,9 %. España fue el país de la Unión Europea con el índice más alto de abandono prematuro del sistema educativo. Por sexos, la cifra de los chicos alcanza el 21,7 %, mientras que entre las chicas es del 14 %. Los países con mejores cifras son Croacia (3,3 %), Eslovenia (4,2 %) y Lituania (4,6 %). Estos datos serían aún más escandalosos en caso de hacerse público el recuento de alumnos que abandonan primero de bachillerato y dejan a medias sus estudios postobligatorios. En la actualidad disponemos de numerosos indicadores que reclaman una revolución inminente de la educación y que intentaré desgranar poco a poco en este libro.

Aunque hace mucho que sabemos que la finalidad de la educación ya no es la del modelo de instrucción de la era industrial, la innovación educativa todavía hoy genera incertidumbre e inseguridad. Lógicamente, a las familias les preocupa mucho todo lo que tenga que ver con la formación de sus hijos, y tienen miedo de que se experimente con ellos con nuevas propuestas educativas todavía poco arraigadas en el sistema. Ante procesos de cambio, es habitual que las familias tengan la sensación de que sus hijos son como conejillos de Indias. Es paradójico pero comprensible. A pesar de disponer de numerosos datos que evidencian las debilidades del modelo educativo actual, seguimos pensando que será mejor aplicar en nuestros hijos las herramientas que recibimos cuando éramos estudiantes. Aunque no nos fueran especialmente útiles en nuestra propia trayectoria personal o profesional. A diferencia de lo que ocurre en medicina, otra profesión de marcado carácter social, siempre ha dado miedo innovar en la educación. De hecho, como explica Yuval Noah Harari, el cambio siempre provoca estrés, y el mundo frenético de comienzos del siglo XXI ha producido una epidemia global de estrés en la que la educación también está inmersa. En esta nueva era de incertidumbre, por fortuna la educación tiene un nuevo aliado, la neurociencia, la cual ha abierto una nueva perspectiva dentro del fuerte componente subjetivo y tan discutible que a menudo envuelve a la enseñanza. Me atrevería a decir que, por primera vez de forma generalizada, se habla de educación utilizando fundamentos marcadamente científicos. Cada día se publican nuevos libros o se imparten conferencias sobre evidencias científicas que discriminan entre cómo aprenden y cómo no aprenden los niños. Hoy la ciencia nos permite estudiar en tiempo real los cambios fisiológicos que se producen en el cerebro de una persona mientras realiza una tarea cognitiva, para así poder extraer conclusiones fundadas a la hora de diseñar propuestas de enseñanza-aprendizaje más eficientes.

Por extraño que parezca, a pesar de las numerosas evidencias que indican lo contrario, todavía se suele dar, entre docentes y familias, una cierta confusión a la hora de definir los verdaderos propósitos educativos, que de un modo informal se visualizan en el llamado «currículo». En un imaginario aún muy compartido, el currículo es un compendio de conceptos descritos en un libro de texto y que, sobre todo, el estudiante debe ser capaz de reproducir y memorizar. Ese imaginario es el que a menudo determina toda una filosofía del aprendizaje cifrada en la lectura, la memorización de contenidos y el examen. Es lógico, puesto que durante generaciones el libro de texto ha monopolizado el aprendizaje. Pero en una sociedad donde la adquisición de conocimientos mecánicos y memorísticos ha pasado a un claro segundo plano, es indispensable revisar la necesidad de almacenar información. Si algo nos ha proporcionado el siglo XXI ha sido el acceso ubicuo a la tecnología, que nos permite disponer de la información en cualquier lugar y momento. La educación actual debe ayudar a los niños a aprender a transformar esa información en conocimiento. Por lo mismo, resulta necesario educar para la innovación, no para la repetición.

EL CURRÍCULO DEL SIGLO XXI

Hoy en día, el currículo es extenso y por lo general superfluo, con muchos contenidos, academicista y desglosado en compartimentos estancos, lo que limita el valor de las habilidades sociales y emocionales y se adecúa poco a las necesidades reales del mundo actual. En este contexto, tendríamos que replantearnos la finalidad de la educación, cuáles son sus verdaderos propósitos. Una escuela que podamos considerar avanzada ya no puede ser solo un espacio donde se transmiten conocimientos, sino que además tiene que promover un currículo basado en el desarrollo de competencias y articular los conocimientos para que estas progresen. Un currículo abierto, globalizado y flexible como el mundo real, con todos y para todos, garantizando la inclusión, la equidad y la calidad. Una expresión muy utilizada en los informes PISA es que «lo más importante no es lo que sabes, sino lo que puedes hacer con lo que sabes». Hoy, desde cualquier entorno profesional y personal, disponemos de múltiples posibilidades para acceder a la información. Muchos procedimientos hasta ahora manuales se hallan en proceso de digitalización, y las profesiones y las relaciones laborales y sociales vinculadas a ellos están cambiando a gran velocidad. El objetivo de la escuela es que los niños sean capaces de trasladar a otros contextos la capacidad que han desarrollado para aprender, y al mismo tiempo que sepan utilizar tal habilidad durante toda la vida: lo que se llama lifelong learning, el hábito de aprender durante toda una vida. Probablemente, la previsible prolongación de la esperanza de vida comportará a su vez la de nuestras vidas laborales, por lo que aprender a lo largo de toda la vida no solo será útil, sino también imprescindible.

La estabilidad característica de la generación anterior se ha transformado en una dinámica de cambio exponencial. Probablemente, los niños que apenas han iniciado su escolaridad cambiarán entre quince y veinte veces de trabajo a lo largo de su vida, y se encontrarán con que entre un 20 % y un 40 % de las profesiones actuales se ha transformado de forma radical o sin más ha desaparecido. ¿Recuerda el lector cómo era su vida cotidiana en el año 2000, justo en el cambio de milenio? ¿Qué moneda utilizaba? ¿Quién gobernaba? ¿Quién era el presidente del Barça o del Real Madrid? ¿Tenía móvil? ¿Tenía internet? ¿Con qué máquina tomaba fotografías? ¿Qué hace ahora que antes no hubiera podido hacer? ¿En qué ha cambiado su día a día con la presencia permanente de la tecnología? Vivimos en un mundo global y mutante, y cada vez lo será más. Los niños que inician ahora su escolaridad obligatoria probablemente alcancen a ver el siglo XXII. ¿Cómo afectará el tsunami tecnológico a sus vidas? La sociedad en la que vivirán, ¿someterá la tecnología al servicio de las personas o será al contrario? Lo que aprendan en la escuela, ¿lo podrán utilizar en este mundo líquido y cambiante?

Es cierto que muchas preguntas son de respuesta incierta, pero de lo que estamos seguros es de que el argumentario que a menudo daba sentido a la educación de la generación anterior hoy ya no rige. A muchos de mi generación se nos repitió en casa y a menudo en las aulas que debíamos estudiar para aprobar, y así conseguir un título que nos permitiera acceder a la universidad y obtener más tarde un trabajo bien considerado. Además, influenciados a menudo por la profesión de nuestros padres (la mayor parte de madres no trabajaba), nos imaginábamos en una única empresa u organización para toda la vida o casi, en la que progresaríamos poco a poco y mejoraríamos nuestros ingresos. Hoy, este argumentario parece extraído de una película romántica inverosímil, pero para muchos de nosotros fue un mantra recurrente a lo largo de toda la escolaridad. Un discurso antiguo que todavía resuena a veces por alguna que otra aula.

Incluso los estudios más conservadores apuntan que entre el 10 % y el 50 % de los trabajadores actuales en todo el mundo se verá afectado por la nueva oleada de automatización. Es cierto que en las últimas décadas por cada puesto de trabajo que desaparecía se creaba otro vinculado al nuevo cambio. Pero la introducción de la inteligencia artificial en el proceso de automatización provocará un salto como mínimo preocupante relativo a la sustitución de las personas en los procesos de producción y creación. La capacidad de aprendizaje que desarrolla la tecnología no solo la capacitará para automatizar actividades humanas, sino que le permitirá tomar decisiones y emular el pensamiento lógico-racional, dos habilidades que hasta ahora creíamos estrictamente humanas. El mercado laboral también es mucho más volátil. Una gran empresa que entraba en el índice de Standard & Poor’s de Estados Unidos permanecía en él cuarenta o cincuenta años de media. Hoy, el promedio de longevidad está entre diez y quince años. Las transformaciones sociales, económicas, tecnológicas e incluso políticas que vive nuestra sociedad han modificado innumerables estructuras que hasta hace muy poco parecían inmunes al paso del tiempo. Ni consumimos, ni trabajamos, ni nos relacionamos como lo hacíamos pocos años atrás. La educación no puede ser ajena a este proceso de cambio exponencial. Así como sería extraño que alguien recuperara la máquina de escribir, el correo postal o el papel de calcar, no tiene mucho sentido que ahora que podemos acceder a una ingente cantidad de información, en las escuelas sigamos utilizando el libro de texto y la memorización como ejes del aprendizaje, y al docente como proveedor principal del conocimiento. La escuela tiene la responsabilidad de ofrecer a niños y jóvenes los recursos que les permitan afrontar su futuro con las máximas garantías y oportunidades para progresar personal, profesional y cívicamente en la sociedad en la que viven.

Cada vez son más las empresas y organizaciones que a nivel internacional fundamentan sus procesos de selección a partir de competencias y no de titulaciones. Procesos en los que adquieren valor las soft skills («competencias débiles») como, por ejemplo, la creatividad, la resiliencia, la capacidad de trabajar en equipo, la gestión del tiempo o la adaptabilidad. El verdadero currículo de una buena educación de calidad también tiene que centrarse en estas habilidades de primer orden. La educación no solo persigue un propósito intelectual, sino que aspira al desarrollo en todas las dimensiones. En Sadako, hacia el año 2005 acordamos sustentar todo el aprendizaje propuesto en la escuela sobre el esqueleto de las siete C del aprendizaje: la Comunicación, la Creatividad, la Cooperación, el pensamiento Crítico, el Compromiso, la Curiosidad y la Ciudadanía. El objetivo es revalorizar estas competencias, que consideramos indispensables para la sociedad.

Un obstáculo para tomar conciencia de las necesidades reales de los contextos laboral y social de hoy es que, en general, los equipos docentes de las escuelas -y en muchos casos también de las universidades- tenemos muy poca experiencia en espacios de trabajo que no sean la propia docencia. Prácticamente la totalidad de los maestros de infantil y de primaria ha cursado el grado de magisterio y no han conocido otros ámbitos profesionales más allá del docente, desarrollándose en lo profesional como profesores o capacitándose como alumnos. En secundaria y bachillerato se produce una situación similar. Un gran porcentaje de docentes disponemos de una titulación que acredita supuestos conocimientos en un área en la que en muchos casos nunca habrá ejercido. En ambos casos, los estudiantes que han logrado acceder a un puesto en el cuerpo docente tendrán que haber acreditado competencias de memorización, concentración y estudio, a su vez indispensables para conseguir la titulación requerida para llegar a la docencia. Una especie de bucle donde los más hábiles en este entorno son los que llegan a impartir una docencia que probablemente fundamentarán en lo que a ellos mismos les funcionó.

Desde esta experiencia de éxito personal tan contundente, no es sencillo comprender bien los cambios que se producen en los entornos laborales, ni las competencias que hoy necesitan nuestros jóvenes para afrontar el futuro con garantías. La endogamia profesional en el mundo universitario y docente en general aleja al sector de la realidad social y profesional que lo rodea, y de alguna manera dificulta que el sistema disponga de una mirada disruptiva, clave para analizar con objetividad hacia dónde debe evolucionar la educación.

TRANSFORMACIÓN, PERO ¿PARA QUÉ?

Cada gobierno de turno tiene la tentación de crear una nueva ley educativa en la que, de algún modo, pueda incorporar su ideología ética y social en el currículo, con la creencia francamente ingenua de que tal modificación comportará en los ciudadanos un viraje de sus ideas políticas. No es casualidad que los currículos que más se han modificado en cada nueva ley hayan sido los del ámbito de los derechos sociales y ciudadanos. Bajo una pátina de innovación y actualización educativa, cada nuevo gobierno ha modificado los contenidos y el nombre de ese currículo de ciudadanía. Durante la dictadura se incorporó la Formación del Espíritu Nacional, en los ochenta muchos tuvimos que leer y estudiar la Constitución y el Estatuto, en 2007 el gobierno de Rodríguez Zapatero incorporó la Educación para la Ciudadanía (LOE), que, en 2014, gobernando el Partido Pupular, la ley Wert (LOMCE) sustituyó por una materia denominada «Educación en valores sociales y éticos». En 2020, de nuevo, la ley Celaá (LOMLOE), hija de la coalición de gobierno entre el Partido Socialista y Podemos, ha desplazado el péndulo ideológico hacia la izquierda, hasta que los partidos conservadores vuelvan a gobernar y la modifiquen. Que los gobiernos todavía piensen que la forma de asegurar que los ciudadanos compartan determinados valores sea crear una asignatura es un signo inequívoco de que no comprenden cómo evoluciona el aprendizaje en la actual sociedad del conocimiento, y explica muchas de las políticas desenfocadas que gobiernan nuestro sistema educativo.

Por fortuna, a pesar de todas estas circunstancias, son muchos los centros que han puesto en marcha procesos internos de transformación, sobre todo metodológica. De hecho, en un periodo muy corto de tiempo (apenas dos o tres años), bastantes instituciones educativas han logrado adaptaciones metodológicas extraordinarias. Cabe decir, sin embargo, que la prisa por implantar procesos de transformación -en la que muchos centros están inmersos- conlleva el riesgo de centrarse más en el cómo que en el porqué. Ni la innovación per se ni la tecnología son sinónimos de mejora educativa, sino instrumentos a su servicio. Introducir solo un cambio metodológico es muy parecido a empezar a construir la casa por el tejado. Lo que fundamentará ese cambio serán sus objetivos, los nuevos propósitos que lo justifiquen, el currículo que le dé sentido. Todo el equipo que aborda un cambio metodológico tiene que ser capaz de defender el porqué, más allá de las mecánicas que se deriven de él. Sin una definición compartida de los objetivos finales de cada una de nuestras acciones, se pueden dar grandes contradicciones que perjudiquen la consolidación de los aprendizajes. Cambiar de metodología sin comprender el sentido último de una innovación nos puede llevar al mismo lugar donde estábamos, habiendo perdido tiempo y energías.

En un mundo tan cambiante como el de hoy ya no son suficientes los maquillajes de comunicación y marketing, o la incorporación puntual de metodologías supuestamente novedosas. Ahora se trata de ser capaces de construir una nueva educación para vivir en sociedad de forma plena y competente. Gran parte del sector educativo, en todo el mundo, trata de dar un nuevo sentido a la educación y a los propósitos que se derivan de ella. Es un movimiento armónico en el que están inmersos todos los sistemas educativos del planeta. Existe bastante consenso en que no es posible destruir la escuela como institución, pero también lo hay en que debe reinventarse. Se trata, pues, de ser capaces de rediseñar la educación para que estos niños y jóvenes sean también capaces de dar respuesta a los grandes retos del planeta. Tenemos la oportunidad y la responsabilidad de trabajar por una educación mejorada y, a la vez, transformadora. Una educación en la que no solo se aprenda bien, sino que también que sea útil para vivir mejor.

En los diferentes capítulos de este libro trataré de profundizar sobre qué caminos se están abriendo para revolucionar la educación y que responda al menos a los nuevos propósitos del siglo XXI. Antes de adentrarnos en ellos, propongo al lector hacer un ejercicio creativo. Le invito a que, por unos instantes, juegue a imaginar su propia escuela. ¿Cómo sería la escuela ideal del lector? ¿Qué se debería aprender en ella? ¿De qué modo? Cómo se la imagina, sin atavismos políticos, sociales o morales. Simplemente le propongo que juegue por un momento a dibujar o definir qué querría que aprendieran sus alumnos y, sobre todo, por qué deberían hacerlo.

Este mismo divertimento, cuando se le propone al alumnado, es extraordinario, apasionante. En general son terriblemente ocurrentes con los espacios, y dan un gran protagonismo a la parte lúdica y social del aprendizaje, pero también en los propósitos. Naturalmente, a pesar del alto grado de creatividad del que suelen hacer gala los niños, también estos se muestran sujetos a numerosos apriorismos que consideran naturales por la carga cultural que han vivido tantas generaciones antes que ellos.

LIBROS DE TEXTO VS. HACERSE PREGUNTAS
EL LIBRO DE TEXTO

Nada más lejos de mi intención que iniciar una polémica entre «libros de texto, sí» o «libros de texto, no». Como ya dije antes, ni el formato ni la herramienta son tan importantes como los propósitos que nos mueven a utilizarlos. Pero está claro que los libros de texto son una de las tradiciones más asentadas en el entorno educativo, y que de su presencia se derivan muchos de los rasgos implícitos del aprendizaje de la escuela tradicional. El tándem libro de texto-currículo suele ser automático y normalmente inseparable.

Cuando un libro de texto llega a manos de los docentes y los alumnos, tiende a ocupar un gran espacio de aprendizaje en el aula y a convertirse en el esqueleto de todo el itinerario escolar. A menudo, en clase, los libros de texto acaban sustituyendo a la vida real y, con facilidad, los contenidos que desarrollan se convierten en los propósitos mismos del aprendizaje. De una forma prácticamente inconsciente, el libro condicionará por completo la dinámica enseñanza-aprendizaje, conduciéndola hacia un modelo individualista centrado en la transmisión y la clase magistral. En realidad, esta dinámica no está determinada solo por el libro de texto en sí, sino también por la inercia que este impone tras años de permanencia en el sistema. Es una especie de analgésico que disuade a cualquier docente de desplegar todo su potencial, inhibe su capacidad creativa y pedagógica. Es evidente que el libro de texto también ofrece grandes ventajas, en especial desde la perspectiva educativa, ya que cuando se automatiza su uso facilita la planificación y reduce de forma notable la tarea docente. Es cómodo, nos conduce por un camino reconocible y fácil de transitar.

Dos grandes motivos provocan que el libro de texto, una vez ha entrado en el aula, se convierta en el patrón principal del aprendizaje. Por un lado, el miedo a no terminarlo y no poder dar todo el temario, confundiendo los conceptos desarrollados en el libro con el currículo de competencias deseable, propuesto en su mayor parte por la propia administración. Por otro, la necesidad de justificar su coste ante la familia que lo ha comprado: en el fondo, todos los docentes sabemos lo difícil que es argumentar que a final de curso un libro no se ha utilizado. Esta conciencia subyacente determina en muchas ocasiones su uso predominante. Según la OCU, el gasto medio en libros de texto por estudiante durante 2019 fue de 159 € por alumno, aunque la cantidad se eleva a 198 € si descontamos a los alumnos que se acogen a programas de gratuidad de las diferentes comunidades. El coste de los libros de texto no es un tema menor. Cualquier inversión educativa, sea de la administración pública o de las propias familias, debería revertir en el sistema de manera proporcional en equidad y calidad; de otro modo se tendría que revisar. Autonomías como Andalucía, Navarra o la Comunidad Valenciana, que disponen de programas de gratuidad universal para el alumnado, acumulan volúmenes nada despreciables de gasto público centrado en esta herramienta. En Andalucía, por ejemplo, durante el curso 2019-2020 se invirtieron 105 millones de euros2 en el programa de gratuidad de libros de texto para los alumnos de la comunidad.

Sin embargo, el obstáculo educativo no se halla propiamente en el libro de texto, sino en lo que se deriva de él. Tampoco tiene que ver con su formato. Valga decir que, aunque el formato digital ofrece nuevas posibilidades, como la incorporación del lenguaje audiovisual, su uso no difiere demasiado del de su hermano en papel. Además, a pesar de ir en aumento, su presencia en una sociedad tan tecnológica como la nuestra es casi residual, solo representa un 3,2 % de los libros de texto vendidos durante el curso 2018-2019. Aunque las editoriales han hecho esfuerzos importantes estos últimos años por elaborar libros con mayores competencias, los docentes seguimos reclamando el formato tradicional, con un altísimo contenido escrito e individual, muy exigente para el alumnado menos hábil en estas competencias. Desde el pun-to de vista de la atención prestada a la diversidad, los libros de texto suelen ser poco adecuados. Inducen a un modelo de aprendizaje homogéneo y coherente con la estructura escolar de una materia dada, una sesión, una edad, una hora, un solo maestro y, por supuesto, un manual.

Está claro que no hay que sacrificar al libro de texto, y mucho menos a los libros en general, como excelentes instrumentos de apoyo al aprendizaje. Pero su uso debería ser compatible con el fomento de las soft skills, competencias como el pensamiento crítico, la creatividad, la comunicación, la autonomía, la capacidad de aprendizaje o de trabajar en equipo, por citar algunos ejemplos. Y para hacerlo en las actuales condiciones de omnipresencia del libro de texto, se necesitan docentes muy capacitados, que sepan darle un uso racional, con mirada crítica, que puedan llegar incluso a poner en duda los contenidos del propio libro. Han de ser capaces de proponer un uso adecuado del conocimiento dispuesto sobre el papel para utilizarlo en el aula en dinámicas que incluyan un aprendizaje activo y significativo. En definitiva, todo un reto.

HACERSE BUENAS PREGUNTAS

En otros capítulos del libro profundizaré en diferentes herramientas y metodologías que, en mi opinión, aportan un aprendizaje de signo más competencial del que se desprende de la utilización plena de un libro de texto. En el presente capítulo quiero centrarme en la necesidad de diseñar estrategias educativas que desarrollen en los alumnos la capacidad de formularse preguntas, un espíritu que se me antoja antagónico del que promueven los libros de texto y que a la vez considero indispensable para ser competentes en la sociedad del conocimiento. Como explica Philippe Meirieu, a los niños les seduce la simplificación de las cosas, porque encuentran en ello un refugio confortable. El rol del adulto consiste en hacer dudar al niño de las certezas que tiene: no se trata de romperlas, sino de plantear interrogantes para ir más allá, dejar a un lado las teorías que lo justifican todo y cuestionar las certezas del niño, hacerle salir de esa área de confort.

Se han realizado diferentes estudios sobre las preguntas que se formulan en las aulas. Los resultados, aun siendo previsibles, no dejan de sorprender. Un maestro en un aula convencional plantea entre 200 y 300 preguntas al día a sus alumnos, muchas de ellas retóricas; por el contrario, un alumno lanza de media entre 0 y 3 preguntas diarias dentro del aula. Y conste, por cierto, que los niños y especialmente los jóvenes que preguntan en las aulas suelen ser muy pocos y casi siempre los mismos. De hecho, los alumnos preguntadores suelen ser incómodos.

Afortunadamente, la educación está dando un giro sustancial también en este ámbito, pero se hace difícil promover un pensamiento crítico en los estudiantes sin formularse y formular a los demás muchas preguntas. Durante décadas, la escuela ha tenido que adecuarse a la sociedad industrial, necesitada de ciudadanos acumuladores de conocimientos y preparados principalmente para la productividad. Cuando un puesto de trabajo quedaba desocupado, era indispensable encontrar a otra persona con los mismos conocimientos, capaz de ocupar ese mismo puesto de trabajo sin perturbar la cadena de producción. De forma genérica, se ha dedicado a preparar al alumnado de toda una generación para ser eficaz en dar respuestas unidireccionales, inhibiendo la capacidad de hacer preguntas improductivas. De hecho, el examen ha sido y en muchos casos aún sigue siendo, el clímax de esta dinámica bidireccional del aprendizaje.

Pero ¿por qué es tan importante que la escuela se convierta en un espacio donde se aprenda sobre todo a formular preguntas? Antes de responder a esta cuestión, me gustaría compartir con los lectores una experiencia personal en la que creo podrán muchos reconocerse. En los años noventa cursé la carrera de biología, en la que básicamente acumulábamos conocimientos memorísticos que compaginábamos con alguna que otra práctica en el laboratorio. En aquella época pre-Google, me harté de hacer exámenes tipo test en los que, tras responder doscientas preguntas, una máquina leía nuestros resultados a lápiz 2b y dictaminaba de forma automática la solución a todo lo que habíamos almacenado acerca de fisiología animal, micología o matemáticas aplicadas. Sin juzgar el sentido último de este formato de evaluación y aprendizaje, quería compartir un momento en el que, durante una salida opcional de la asignatura de ecología, tras hacer un muestreo la profesora que nos acompañaba puso sobre la mesa un tronco de gran tamaño que habíamos recogido y simplemente nos pidió que calculáramos su densidad. Allí estábamos presentes una treintena de estudiantes, los más brillantes del curso algunos de ellos, todos con papel y bolígrafo tratando de aplicar las diferentes fórmulas matemáticas que conocíamos sobre un cuerpo deforme que no se ajustaba a ninguno de los poliedros y cuerpos geométricos que habíamos estudiado en clase. Fue frustrante. Tanta inversión en conocimiento y no éramos capaces de resolver un proceso matemático aparentemente simple. Si no sabíamos calcular la densidad de un cuerpo real, ¿de qué habían servido todas las horas dedicadas a resolver ejercicios de física y matemáticas? Éramos como ratas de laboratorio adiestradas para memorizar, almacenar y aplicar de forma mecánica. Con una pregunta sencilla tomamos conciencia de que no habíamos aprendido, y me atrevo a decir que nadie nos había enseñado, a hacer lo más importante: transferir y aplicar. No sabíamos formular buenas preguntas, las preguntas adecuadas. Tampoco dar un paso atrás para traducir a la realidad lo que solo habíamos ensayado sobre el papel. En ese momento muchos de nosotros tomamos conciencia de la importancia de saber transferir lo que aprendíamos en la universidad a contextos experimentales reales, pues se suponía que es lo que haríamos el resto de nuestras vidas como investigadores. Era algo más que estudiar para sacarse una carrera, era aprender a trasladar y resolver problemas de la vida real. Habían tenido que pasar veinte años de mi vida académica para darme cuenta de que el verdadero leitmotiv de los aprendices no era la nota o el título, sino aprender para comprender el mundo real. Por lo común, en la escuela o la universidad se aprende a responder sobre lo que ya sabemos, mientras que la vida gira en torno a preguntas que o no tienen respuesta o bien no sabemos todavía resolver. La escuela no ha evolucionado para que aprender sea interesante o relevante para los estudiantes. En un mundo donde la mayoría de niños tiene al alcance de un solo clic cualquier información que les interese, lo que se les propone en el aula suelen encontrarlo aburrido, poco interesante, y se sienten cada vez más atraídos por incontables estímulos externos; en fin, pierden la curiosidad y capacidad de concentración por los contenidos más costosos de la escuela.

En un momento como el actual, en el que se habla de innovación en todos los entornos laborales o incluso personales y de ocio, saber hacer las preguntas adecuadas resulta indispensable para generar ideas nuevas, para comprender el mundo en que vivimos. Sin embargo, aunque nacemos interrogadores, no hemos sido educados para interrogar. Los niños tienen gran capacidad para plantearse preguntas y disponen de una capacidad innata para ser curiosos y querer comprender el mundo en el que viven. Es habitual que los niños de hasta 6 años se pregunten de dónde venimos, cuál fue la primera persona que vivió en la Tierra, cómo se originó el universo o por qué los pájaros pueden volar. Son máquinas de preguntar, pero poco a poco son educados por un sistema que inhibe esta capacidad innata con objeciones del tipo «ahora no es el momento», «primero responde a lo que te pregunto yo» o «las montañas no son lilas, píntalas marrones». A medida que los niños crecen, dejan de hacerse preguntas y aprenden a identificar qué respuesta requiere cada maestro para conseguir, así, la mejor nota con el mínimo esfuerzo. El proceso en sí va perdiendo interés para centrar el éxito en el resultado. De esta experiencia se deriva una pérdida progresiva de motivación, curiosidad y creatividad, tres elementos clave para disponer de capacidad innovadora.

EL PENSAMIENTO LATERAL, UNA ALTERNATIVA A LAS MÁQUINAS

En 1969, Edward de Bono (Universidad de Oxford) introdujo el concepto de pensamiento lateral como alternativa al pensamiento vertical, un enfoque que busca caminos alternativos a los más inmediatos, lógicos o previsibles para resolver un problema. Un planteamiento muy ligado a la creatividad y a la imaginación, también conocido como pensamiento divergente. En su libro Seis sombreros para pensar, De Bono3 propone imaginar que cada persona dispone de seis sombreros, correspondiendo cada uno de ellos a una forma de pensar complementaria de las demás. La primera vez que, hace ya muchos años, participé en una dinámica de trabajo sobre pensamiento lateral, jugando con los Seis sombreros para pensar de De Bono, comprendí la importancia de disponer de un pensamiento con sombrero verde, con capacidad creativa, y con un pensamiento lateral elaborado que, ante cualquier situación, fuese capaz de plantear un «¿Y por qué no…?» una y otra vez, hasta encontrar una respuesta donde la mayoría de personas se ofusca y abandona. Muy a menudo, las personas identificamos los problemas con una facilidad exagerada y superficial, incluso nos recreamos en ellos, pero solo en contadas ocasiones aportamos propuestas, y menos aún soluciones creativas al problema planteado. Por desgracia, es habitual encontrar personas y compañeros de profesión instalados en la política de la queja, el descrédito o el pesimismo. Conozco a muy poca gente que dispongan de este sombrero verde, pensador, fértil y creativo. Por el contrario, he compartido muchos momentos con personas de sombrero negro, tóxicas y atascadas en el malestar y la queja, o de sombrero rojo, pasionales y furiosas. Pero también abunda la gente con sombrero blanco o sombrero morado, excelentes analistas que contribuyen con habilidad a gestionar situaciones de crisis (aunque no suelen ser quienes encuentran la solución). Y por supuesto también son indispensables las personas con sombrero amarillo, positivas y constructivas, pues nos aportarán bienestar y mejora. Mejor tenerlas cerca.

La educación emocional en la escuela debe permitir mejorar el nivel de autoconocimiento de los niños y ayudar a identificar cuáles son los sombreros que mejor les quedan. Jugar con ellos a ponerse el sombrero verde con normalidad, de forma que aprendan a construir ideas nuevas, inventando, equivocándose, ejercitando y forjando un pensamiento verdaderamente divergente. Hay que fomentar una educación que apueste por el descubrimiento y la provocación de un pensamiento disruptivo capaz de explorar nuevas alternativas, capaz de ir más allá de lo obvio y de lo previsible.


Ilustración del libro El principito, de Antoine de Saint-Exupéry.

No podemos perder de vista que las máquinas están sustituyendo a los humanos en la ejecución del pensamiento lógico. Las máquinas tienen una capacidad extraordinaria para analizar datos y dar respuestas, pero por ahora no disponen de la capacidad de hacerse buenas preguntas. Esta es una capacidad humana que ha de cobrar protagonismo en el proceso de aprendizaje. Asimismo, al desarrollar nuevos planes educativos, deberemos ser muy conscientes de la transición que estamos viviendo desde el punto de vista laboral. Muchas tareas reproductivas de la educación tradicional están desapareciendo y otras seguirán haciéndolo. Las cadenas de producción sustituyen trabajadores por máquinas, y consiguen más eficiencia y rentabilidad. Las agencias de viajes, por ejemplo, se han tenido que reinventar, hoy prácticamente toda la población compra los billetes por vía telemática. ¿Qué pasará con el sector del transporte cuando se implante la conducción autónoma? ¿Qué harán los trabajadores de las autoescuelas cuando, en un futuro probablemente cercano, llegue a desaparecer el carné de conducir? ¿Qué sucederá con el boom de la construcción y la mano de obra cuando se imponga la impresión 3d a gran escala? Ya ha comenzado una sustitución silenciosa pero implacable de trabajadores de las cajas de cobro en los grandes almacenes y supermercados. Y mañana, ¿qué serán capaces de hacer las máquinas y los robots mejor que los humanos? Las habilidades necesarias para ocupar puestos de trabajo están cambiando, y cada vez será más necesario además de disponer de conocimientos ser capaces de procesarlos y aplicarlos para reinventar e innovar. En definitiva, la educación no se puede focalizar en enseñar solo lo que un robot es capaz de realizar mejor que nosotros. Hace ya mucho, en 1997, Deep Blue, un ordenador creado por IBM, derrotó a Kaspárov, el mejor jugador del mundo de ajedrez del momento. Fue la primera derrota de la humanidad frente a un robot, pero es que hoy cualquier pequeña aplicación de móvil o un sencillo ordenador supera la capacidad de aquel superordenador de casi dos toneladas.

Apenas estamos en el inicio de la cuarta revolución industrial, caracterizada por converger en ella tecnologías digitales, físicas y biológicas. Probablemente cambiará el mundo tal como lo conocemos. En la primera revolución industrial se pasó de la producción manual a la mecanizada mediante la máquina de vapor. La segunda fue impulsada por la electricidad y el ferrocarril. La tercera, a mediados del siglo XX, llegó con la electrónica, la tecnología de la información y las telecomunicaciones. Ahora nos hallamos en la transición hacia un nuevo paradigma de conectividad total. La cuarta revolución industrial llega diez veces más rápido que la primera y afecta a una base de población trescientas veces mayor. La nueva revolución está guiada por la transformación digital. ¿Cómo cambiarán la inteligencia artificial o la robótica nuestras vidas? Se prevé que, en 2021, 3.500 millones de dispositivos llevarán incorporado algún tipo de asistente virtual, como las conocidas Siri o Alexa. En pocos años, la inteligencia artificial formará parte de nuestra cotidianidad y posiblemente ya la encontraremos indispensable. Hoy utilizamos los asistentes virtuales para oír música, buscar un restaurante o mandar un mensaje por WhatsApp mientras cocinamos o conducimos, sin tener que sacar el móvil del bolsillo. Pero eso es solo el comienzo de un potencial extraordinario en el que los dispositivos responderán a preguntas de forma más eficiente que los humanos. Cada vez un mayor número de empresas e instituciones disponen de asistentes virtuales que se convertirán en compañeros de trabajo capaces de tomar mejores decisiones estratégicas. Los chatbots complementarán la experiencia positiva del cliente, ofreciéndole diferentes tipos de apoyo. En campos como la medicina, ya se experimenta en la obtención de herramientas que, analizando síntomas con las preguntas adecuadas y contrastando la sintomatología del paciente con millones de datos almacenados, podrán realizar mejores y más rápidos diagnósticos que los propios profesionales de la medicina, quienes solo disponen de sus propios conocimientos y su limitada experiencia. Pronto la inteligencia artificial nos permitirá predecir el pedido de un cliente antes de que se produzca, advertir una potencial depresión en un adolescente (a través de sus comentarios en Facebook) o prevenir un posible infarto días antes de que ocurra. Como explica el experto en estrategia digital Genís Roca, mientras antes llamábamos al médico cuando nos encontrábamos mal, pronto el médico nos llamará para decirnos que no nos encontramos bien. Se hace difícil prever cómo la tecnología continuará transformando el mundo en que vivimos, pero lo que está claro es que la educación no puede mostrarse ajena a esta revolución. No solo habrá que incorporar la tecnología o el Big Data en el proceso de aprendizaje, sino también y sobre todo identificar de manera adecuada cuáles son las nuevas finalidades del aprendizaje para poder sobrevivir con calidad e identidad propia en este contexto cambiante. En una sociedad donde los conocimientos que necesitamos memorizar los encontramos en cualquier dispositivo, está claro que tendremos que priorizar una pedagogía del conocimiento en la cual la capacidad de hacerse preguntas se imponga al aprendizaje tradicionalmente receptivo, acrítico y memorístico.

FALSOS MITOS

Una de las principales dificultades para hacer posible una verdadera transformación educativa es el apego docente a falsos mitos. Aunque a menudo no están fundamentados ni científica ni empíricamente, se hallan muy arraigados en la concepción educativa de muchas familias y docentes, y por supuesto en el propio sistema educativo. Como bien explica Héctor Ruiz en su libro Cómo aprendemos4, el rastro de nuestra propia experiencia educativa desde niños nos provoca un sesgo, a menudo muy consolidado, que reiteradamente condiciona la práctica de muchos docentes. Una tendencia natural que conduce a reafirmarnos en nuestras propias ideas y dificulta incorporar nuevas ideas probadas o contrastadas. Como director de escuela, me he topado numerosas veces con argumentarios poco fundamentados, pero francamente difíciles de rebatir por el nivel de convicción con que eran vividos. A lo largo del intenso proceso de transformación experimentado en la escuela Sadako, recuerdo numerosos debates pedagógicos de alto voltaje en los que afloraron muchas percepciones personales, arraigadas en nuestra propia experiencia, que tratamos de fundamentar o de contraponer con visiones de expertos o con intuiciones más o menos acertadas.

Recuerdo en especial cuando, hace ya muchos años, valoramos la posibilidad de mezclar a los grupos-clase de cada curso de forma periódica. En aquella época los grupos-clase se perpetuaban desde los tres años hasta cuarto de ESO en dos equipos con escasas interacciones personales entre ellos. Hoy este debate parece irrelevante, en un contexto donde el alumnado ya se mezcla en diferentes grupos y cursos de forma sistemática y con toda normalidad. Pero en aquel momento, cuando la innovación todavía no era una palabra incorporada al léxico docente, este cambio fue larga y vehementemente debatido. Todavía guardo algunos de los comentarios que se presentaron entonces y que se convirtieron en verdaderos muros infranqueables que hubo que superar con negociación y convencimiento: «Si algo funciona, no hay que tocarlo», «Mezclar los grupos del curso no garantiza solucionar los problemas que hacen que nos planteemos esta mezcla de grupos», «La mezcla en sí no garantiza la superación de los vínculos negativos y sí la ruptura de los positivos» o «Hace muchos años que lo hacemos así y hasta ahora ha funcionado». Estos argumentos son difíciles de contrarrestar con opiniones fundamentadas en la misma subjetividad de quien las ha expuesto. Uno de los argumentos más utilizados por los miembros más resistentes de cualquier organización suele ser el de «siempre se ha hecho así», un postulado tan agobiante como inconsistente. En este contexto, la neurociencia aporta nuevos argumentos fundamentados sobre los que resulta más sencillo tomar decisiones y responder a aquellos juicios más pasionales.

En este y en algún otro capítulo posterior intentaré contrastar con datos y evidencias algunos de los mitos más arraigados en la comunidad docente y que a menudo se convierten en verdaderos inhibidores de la transformación educativa.

CONFUSIÓN ENTRE ENSEÑAR Y APRENDER

Aunque la técnica más habitual de transmisión de conocimiento en las aulas, especialmente en secundaria y bachillerato, sea la clase magistral, las evidencias apuntan a que esta es una de las técnicas menos eficientes. Posiblemente la tríada clase magistral, memorización y examen sea la experiencia educativa que más confort y seguridad ofrece a gran parte del cuerpo docente. En general, el profesorado percibe como aprendido lo que ya se ha enseñado y, sobre todo, lo que se ha explicado; pero el aprendizaje real derivado de esta práctica resulta del todo residual. A menudo, los aprendizajes recibidos en formato magistral se van diluyendo en un tiempo más o menos breve. Muchos docentes cometemos el error de medir intuitivamente lo que el alumno ha aprendido en base a lo que se ha trabajado en el aula. De ahí la histórica presión por terminar los contenidos del curso o el temario del libro, en una clara priorización de lo que se tiene que enseñar sobre cómo se ha enseñado o sobre lo que de verdad se ha aprendido. Tal vez sea este uno de los casos más flagrantes de choque entre cultura educativa transmitida entre generaciones, por una parte, y evidencias afloradas por la ciencia, por otra. A pesar de que muchos de nosotros, al examinar nuestra experiencia personal tratando de recordar lo que nos enseñaron en la escuela, a menudo somos incapaces de aflorar buena parte de los contenidos y habilidades que aprendimos, curiosamente solemos mostrarnos incapaces de sacar alguna lección de ello en nuestra práctica docente. Sí debo matizar que muchos profesores y maestros pueden no compartir esta opinión, puesto que a la comunidad docente llega gran parte de los alumnos que han superado con éxito el itinerario tradicional del sistema. Por lo general, los docentes fueron alumnos con buenas técnicas de estudio y memorización, y buenos lectoescritores que cursaron con resultados satisfactorios todo el recorrido por la formación obligatoria y postobligatoria, que de alguna manera se adapta a su propio perfil. Así, es común escuchar en boca de docentes «a mí me fue bien» como argumento para mantener estructuras que la innovación educativa está cuestionando. Toda una contradicción a la que hoy la neurociencia saca los colores. Los indicadores académicos evaluados por el propio sistema educativo demuestran la debilidad de esta práctica tan extendida. Por ejemplo, en las pruebas PISA de 2019 los alumnos españoles bajaron de nuevo en matemáticas y ciencias, obteniendo los peores resultados desde 2006.


Resultados Pisa 2019

Teniendo en cuenta que la OCDE considera que 30 puntos de diferencia equivalen a un curso escolar, un alumno chino que tuviera la misma edad que un alumno español podría estar cursando dos cursos superiores. Aunque habría que matizar las contradicciones del modelo educativo chino, estos datos también son preocupantes si se comparan con los de países más cercanos en cultura y modelo socioeconómico, como Estonia, Finlandia, Bélgica o Polonia. En suma, nuestro modelo, básicamente estructurado para lograr buenos resultados dentro del sistema endogámico educativo, fracasa en tal propósito. Sabido esto, sería pertinente reflexionar sobre qué competencias tendrían que adquirir realmente nuestros alumnos para competir en un mundo globalizado con estudiantes asiáticos (en China hay 1,5 mil millones de personas) que cuentan con un modelo económico en auge y un nivel académico notablemente por encima del nuestro.

Como observaron unos estudiantes del MIT que pasaron unos días en escuelas catalanas, en nuestro sistema educativo hay mucha teoría y contenidos y pocos espacios para practicar los aprendizajes, que es cuando se consolida lo aprendido. El mismo director de PISA, Andreas Schleicher, a raíz de los resultados del año 2019, recomendaba que el sistema educativo español trabajara menos la memoria y diera más importancia al fomento del pensamiento crítico, el trabajo en equipo y la creatividad.

CUANDO LA REPETICIÓN ES ÚTIL PARA EL APRENDIZAJE

Pese al abuso de esta estrategia en nuestro sistema educativo, las evidencias apuntan a que en general la repetición per se no aporta más aprendizaje. La repetición, en diferentes formatos, ha sido una herramienta muy usada en la escuela tradicional para, supuestamente, estimular el aprendizaje. Como ilustra José Antonio Marina, no por vivir en una cueva te conviertes en arqueólogo. A mi generación nos hacían copiar cientos de veces cada falta de ortografía, pero esto no evitaba volver a caer en los mismos errores ortográficos en dictados posteriores. Es sabido que las cadenas repetitivas de ejercicios con las que el alumno no se siente vinculado reportan pocos aprendizajes significativos. Como dice Héctor Ruiz, aunque hemos visto innumerables veces un billete de 10 € muy pocas de nosotros sabríamos describirlo con cierta precisión. Sin duda, la utilización repetida de una habilidad o competencia aplicada a contextos diferentes será útil para construir aprendizajes profundos (deep learning). Cuando somos capaces de explicar lo aprendido con nuestras propias palabras o tenemos la oportunidad de aplicarlo en otros contextos, es que ya lo hemos hecho nuestro y seguramente será replicable y transferible. Sin embargo, a pesar de que una repetición espaciada en el tiempo ayude a consolidar un aprendizaje, probablemente este se verá afectado por una pérdida de motivación.

Una asignatura pendiente dentro del sistema educativo español es reducir la tasa de repetidores. En efecto, dicha tasa en España es muy alta: un 28,75 % de los alumnos aseguran haber repetido, al menos una vez, frente al 11,4 % de media de la OCDE. Los datos indican que un alumno que repite no suele conseguir resultados positivos en los cursos siguientes. Por el contrario, tiene muchas más probabilidades de sufrir abandono escolar prematuro y ve aumentar notablemente su riesgo de exclusión social. Cataluña, con un 15,1 %, y el País Vasco, con un 20 %, son las comunidades con un menor índice de repetición, a pesar de que todavía son índices bastante superiores a la media europea.

Sí es cierto que de la repetición puede derivarse un incentivo para incrementar la motivación de aprender. El miedo a vivir la humillación ante la familia y sobre todo de los compañeros y el miedo a fracasar en las expectativas establecidas pueden ser un incentivo para algunos alumnos que, ante semejante augurio, se esforzarán -sobre todo a última hora- para obtener resultados y evitar una situación de crisis. Como bien sabemos, el miedo también es una emoción y, muy a menudo, puede ser más efectiva para estimular un propósito que muchas otras. De hecho, durante bastante tiempo la educación se ha fundamentado en esta emoción. Todavía se puede escuchar en boca de muchos docentes la amenaza de la repetición como herramienta para estimular el esfuerzo. Al respecto, cabe hacer dos consideraciones. Por un lado, están los posibles efectos sobre los alumnos repetidores, que al final se convierten en un sacrificio útil para suscitar el miedo en los demás. Incluso el bajo porcentaje de alumnos que pueda mejorar sus aprendizajes a raíz de una repetición es probable que se vea sometido a un descenso en la autoestima, difícil de remontar. Por otro lado, están los efectos emocionales derivados de aprender, trabajar o vivir en contextos sometidos a esta presión. En ambientes dominados por la amenaza de suspender y repetir, aumentarán la inseguridad, la ansiedad y el miedo. Una escuela basada en «la letra con sangre entra», donde el alumnado actúe bajo el miedo de que si no se comporta correctamente tendrá un «parte» o se le mandará a la clase de los pequeños o fuera del aula (para que todo el mundo pueda verlo), puede generar altos índices de estrés con posibles efectos de autopercepción a largo plazo, y por supuesto aportará poca motivación intrínseca positiva. David Bueno apunta que el miedo puede generar una mala construcción de la personalidad del niño, de forma que este asocie a largo plazo miedo con aprendizaje, llegando incluso a provocar un mayor rechazo a aprender en el futuro. Aunque pueda parecer extraño, estas conductas todavía son habituales en los centros educativos, de forma especial en secundaria y bachillerato, donde el miedo se reviste de selectividad o de boletín trimestral. Por supuesto, no pretendo aportar una visión naif de la gestión de la autoridad. Aunque de la autoridad hablaremos en un capítulo posterior, pensemos simplemente en nuestros puestos de trabajo. ¿En qué dinámicas somos más productivos? ¿En aquellas donde se trabaja con gritos, autoritarismo y miedo a ser despedidos, o en ambientes de trabajo saludables de compañerismo, con liderazgos positivos, exigentes pero estimulantes? Estas mismas preguntas las tendríamos que trasladar al contexto escolar. Como sostiene David Bueno, existen otras muchas emociones que ayudan a aprender, como la alegría o la sorpresa, emociones que hay que estimular en nuestros niños para que aprendan y crezcan con buena salud emocional y con confianza.

EL SILENCIO ES SINÓNIMO DE APRENDIZAJE

Tradicionalmente, se asocia silencio con aprendizaje de calidad. En mi época pretecnológica, el espacio icónico de aprendizaje era la biblioteca. Allí se iba a estudiar. El silencio era, y todavía es hoy, sinónimo de aprendizaje. Aunque yo mismo escriba estas líneas escuchando a The Cranberries, comprendo que un buen silencio puede ser indispensable para aprender, escribir o pensar. Pero los formatos relativos al aprendizaje pueden ser muy diversos y no iguales para todos los niños o adultos, claro está. La neurociencia confirma que aprendemos mediante la interacción social, de forma que la organización del aprendizaje tendría que ser altamente social. En un aula donde se trabaje con una dinámica cooperativa efectiva se pueden promover aprendizajes muy significativos, aunque en ella se conviva con ciertos niveles de ruido. Con el ruido adecuado también puede construirse conocimiento de calidad.

En relación con la mayor parte de las metodologías que van calando cada vez más en nuestras aulas, hay que prestar mucha atención a la gestión del sonido, encontrar el encaje idóneo entre ambiente de trabajo y ruido. Nuestra cultura no ayuda en este sentido. Nuestras aulas a menudo son un nítido reflejo de lo que ocurre en nuestros restaurantes, transportes públicos o espacios de ocio. En muchos países, el tono adecuado es un hábito mejor instaurado, como lo es no cruzar en rojo, pagar los impuestos o dimitir ante una gestión inapropiada de los poderes públicos. En algunos países europeos es habitual entrar en un vagón y encontrarlo silencioso. En el nuestro, no es lo más frecuente.

En contextos de aprendizaje activo, resulta indispensable dedicar tiempo y esfuerzo a garantizar desde el principio rutinas de tono adecuado de trabajo y dinámicas ágiles para que en el aula se guarde silencio cuando sea necesario. Hay que ejercitar con intensidad esta dinámica si se quiere optar por espacios de trabajo compartidos que sean activos y a la vez saludables y respetuosos. Adoptar normas, señales o cualquier otro ritual para interrumpir el trabajo de los equipos o regular el nivel de sonido será fundamental. En la red se encuentran numerosas rutinas y herramientas de gestión que pueden ayudar a conseguir un buen tono y un buen hacer en el aula.

No existen metodologías que funcionen siempre ni para todos. Cada cerebro aprende de modo distinto, interpreta los mismos contextos de aprendizaje de forma diferente. Cuanto más variada sea la oferta de métodos de aprendizaje con la que el alumnado pueda experimentar, más sencillo será que cada estudiante descubra los formatos que mejor se ajustan a su personalidad para aprender.

SE DEBEN REDUCIR LAS RATIOS EN EL AULA

Una demanda recurrente de sindicatos y de una parte importante del cuerpo docente es la reducción de las ratios del aula. Ciertamente, desde una perspectiva vertical del aprendizaje -la que se basa en enseñanzas que llegan al alumno sobre todo desde la acción docente-, disponer de menos alumnos permite una más fácil, que no mejor, gestión del aula y posiblemente una mayor atención individual. Para profundizar en esta idea me parece necesario introducir dos interrogantes: el fuerte coste económico que supone reducir la ratio de alumnos por aula, ¿es la inversión más eficiente para el objetivo de mejorar los aprendizajes? Y por otro lado, ¿cuáles son los efectos, en la dinámica de relación y de modelado de las aulas, de contar con grupos más reducidos de alumnos?

Una vez más, será importante buscar fundamento a lo que muchas veces no suele ser más que una mera impresión. Según el profesor e investigador John Hattie5, el efecto de reducir la ratio de alumnos por clase de 25-30 a 15-20 es de un 0,22. El efecto es francamente bajo, comparable con otras medidas notablemente menos costosas, como por ejemplo organizar grupos flexibles (0,25) o practicar la atención plena en la escuela (0,29), valores muy por debajo de los de la organización de grupos cooperativos (0,59) o la utilización de una evaluación formativa (0,90).

Los resultados PISA no avalan tampoco una correlación entre la medida de las aulas y el rendimiento. En España, la cifra media de alumnos por aula en primaria es de 20,1, una cantidad inferior a la de la OCDE (21,3) y muy parecida a la de la Unión Europea (19,9). Las diferencias que se observan en los resultados obtenidos no parecen derivar tampoco del tamaño de las aulas.

Desde la perspectiva docente, está claro que un mayor número de alumnos por aula implica más gestión y menos tiempo para diseñar procesos de enseñanza-aprendizaje. Menos estudiantes supondría corregir menos (aunque una dinámica más autónoma del alumnado permita incorporar a este en la autocorrección), ofrecer más atención a las familias o atender mejor al estudiante que lo requiera, y posiblemente facilitaría la gestión del aula. Personalmente, no comparto en absoluto que la solución pase por reducir las ratios del aula. Si se opta por incrementar la inversión en educación, sería notablemente más eficiente aumentar las plantillas de los equipos docentes y promover la codocencia o multidocencia, estructuras que sin duda permiten alcanzar los mismos efectos que con la reducción de ratios, al disminuir la carga docente en el aula, pero que a la vez, como ampliaré más adelante, aportan otras muchas ventajas que impactan de forma notable y más efectiva sobre el aprendizaje y el acompañamiento de los alumnos.

No podemos perder de vista que la efectividad de disponer de una u otra ratio en el aula está directamente relacionada con la dinámica de enseñanza-aprendizaje que se proponga. La ratio de alumnos en China es de cincuenta alumnos en las aulas de secundaria y casi de cuarenta en primaria, y curiosamente obtienen los mejores resultados mundiales en las pruebas PISA. En aulas transmisivas, donde el docente imparte de forma sistemática clases magistrales con un fuerte componente autoritario (en el sentido latino de auctoritas, esto es, del que sabe), la ratio de alumnos será prácticamente irrelevante. Este es el motivo principal por el que todavía hoy en algunas universidades se pueden encontrar gradas de sillas fijas donde un número elevado de alumnos escuchan las explicaciones del profesor. En ningún caso pretendo desvalorizar las clases magistrales, todo lo contrario. En las escuelas hay grandes oradores a los que se agradece escuchar y que pueden estimular al estudiante e involucrarlo en el aprendizaje mucho más que algunos docentes de aulas más activas. Pero el problema de una clase universitaria en que las sillas están sujetas a una grada es que no admite ningún otro formato de aprendizaje. Un aula con una ratio muy baja tampoco permite otras combinaciones u organizaciones del alumnado. Por el contrario, en un aula con un número superior de alumnos en la que se trabaje con modelos de docencia compartida se habilita a los docentes para que puedan diseñar, si lo creen pertinente, diferentes agrupaciones y ratios, según cuales sean las necesidades del proceso de enseñanza-aprendizaje que hayan planificado.

Tampoco podemos perder de vista los efectos sociales de las aulas con ratios bajas. Si no se establecen dinámicas de trabajo abiertas, donde los alumnos interactúen y aprendan de forma habitual con estudiantes de otros grupos o cursos, las dinámicas del aula se pueden empobrecer o deteriorar. Me refiero a que, si se reduce el número de alumnos por clase, pero se mantiene una dinámica de trabajo encerrada en el propio grupo, se empobrecen las relaciones sociales y la oportunidad de establecer otras potencialmente positivas (además de que puede generarse cierta endogamia relacional que no siempre es la más adecuada para establecer vínculos saludables en la dinámica afectiva del grupo-clase). En suma, según las evidencias de que se dispone, reducir las ratios no aporta una mejora significativa de los aprendizajes, y por sí sola, sin una redefinición y una transformación de los modelos de enseñanza-aprendizaje, no reportará los resultados que se pretenden. Es necesaria una política educativa capaz de llevar a cabo una evaluación más amplia del sistema que permita identificar las necesidades de transformación profunda del modelo educativo, al margen de la ratio de las aulas.

LOS DEBERES GARANTIZAN DISCIPLINA Y ORGANIZACIÓN

España es uno de los países con más horas lectivas en el ámbito educativo europeo. Los escolares de educación primaria reciben 129 horas lectivas anuales más que la media de la OCDE (875 vs. 749). En secundaria cursan 148 horas más que la media de la OCDE (1.054 vs. 902). Estos datos son todavía más sorprendentes cuando se comparan con un país de reconocido prestigio educativo como Finlandia, donde sus alumnos reciben 246 horas menos (808) que sus homólogos españoles. Es decir, nuestros alumnos cursan un mes y pico de clases más que un alumno medio europeo y más de dos meses que un alumno finlandés. ¿Estos datos no tendrían que ser concluyentes para afirmar que el alumnado ya trabaja suficientes horas en la escuela como para que también tenga que trabajar en casa? Aunque pueda sorprender, los alumnos españoles no solo dedican más horas de trabajo en la escuela que la media de la Unión Europea, sino que también pasan bastantes más horas trabajando en casa. Mientras que la media europea se concreta en una dedicación semanal de 4,8 horas los alumnos españoles dedican 6,5 horas. La necesidad de repensar las tareas escolares es evidente.

Lógicamente, la eficiencia de las horas de clase y la cantidad de deberes estarán muy condicionadas por las metodologías y los contextos de enseñanza-aprendizaje que se empleen, y por supuesto también a la tipología de deberes que se propongan. Pero estaremos de acuerdo en afirmar que lo más habitual es que los deberes sean propuestas repetitivas y universales para todos los alumnos. Esto provoca que a los alumnos más competentes los deberes no le supongan una mejora significativa en su aprendizaje, mientras que para los alumnos con más dificultades los deberes se convierten en una tortura nocturna, para ellos y a menudo para sus familias.

Frente a todo ello, me decanto abiertamente por el aprendizaje multinivel y por la oferta de aprendizajes abiertos en los que sean los propios alumnos quienes se sientan llamados a seguir aprendiendo y trabajando en casa cuando lo puedan hacer, si así lo desean. Generar intereses, promover la capacidad de preguntar y de querer aprender, o incentivar el acceso a la lectura, la cultura o los intereses personales, me parece una estrategia educativa excelente, que hay que promover. Cuando son los niños y los jóvenes los que se activan para acceder desde casa a los aprendizajes propuestos en el aula, o a otros aprendizajes relacionados con ellos, se produce una simbiosis excelente entre educación escolar y familiar, un sinónimo claro de éxito formativo.

En la actualidad, se habla a menudo de las flipped classrooms o «clases invertidas» como una herramienta innovadora. Ciertamente lo es, y está muy vinculada a las prestaciones que hoy ofrece la tecnología. La clase invertida es un enfoque pedagógico en el que la instrucción (la clase magistral) se realiza fuera del aula, y el espacio de trabajo en la clase se aprovecha para realizar actividades que impliquen un proceso cognitivo de mayor complejidad. A los alumnos se les propone que estudien y preparen las lecciones lejos de la clase, que accedan en casa a los contenidos de las asignaturas para que, posteriormente, hagan los deberes en el aula, de forma que se puedan debatir, acompañar o compartir con los docentes si es necesario. No obstante las numerosas bondades de esta metodología, las flipped classrooms no suponen ninguna mejora en relación al tema que nos ocupa. Los estudiantes siguen teniendo que dedicar tiempos elevados de trabajo en casa para atender a las tareas escolares. En mi opinión, representa una propuesta excelente para incorporarla de forma habitual en la dinámica de aprendizaje dentro del aula. La utilización de tutoriales, propios o elaborados por otros, sobre contenidos procedimentales o teóricos permite que el alumnado acceda a estos contenidos según sus necesidades individuales, y que lo pueda hacer tantas veces como le convenga para alcanzar el aprendizaje propuesto. A los jóvenes de hoy, esta forma de aprender no les resulta nada extraña, acostumbrados a encontrar en YouTube la respuesta a cualquier interés o aprendizaje que los motive.

LA EDUCACIÓN ACTIVA ES UNA EDUCACIÓN SOFT

Sería tan erróneo afirmar que toda innovación es una mejora educativa como asegurar que la escuela tradicional no tiene lugar en la escuela actual. Ciertamente, bajo la pátina de educación innovadora también se descubren centros con proyectos poco definidos y de baja calidad educativa. La innovación, como la tecnología, no son propósitos por sí mismos, sino instrumentos al servicio del aprendizaje y de sus objetivos. No se trata de elegir de forma maniquea entre blanco y negro, entre tradición y modernidad, entre bonito y riguroso, sino de una transición sincrónica, indispensable para adecuar la educación al avance del mundo en que vivimos como ciudadanos y trabajadores plenos.

Como intentaré detallar más adelante, es la escuela tradicional la que ha fundamentado muchas de las riquezas metodológicas que la educación actual cree propias del nuevo paradigma formativo. Desde un enfoque argumentativo, esta herencia no ha de llevarnos ni a validar cuanto para la educación ha tenido sentido hasta ahora, ni a tener que prescindir de todo aquello que no se considera moderno. De la escuela tradicional no podemos perder el humanismo, el valor de la cultura, la importancia del respeto, la comunicación o la lectura, por ejemplo. Es un momento clave para formular las preguntas adecuadas y revisar aquello que hacemos, ser capaces de poner en valor cuanto haya que mantener y cuestionar lo que se tenga que volver a pensar.

Todavía hoy la educación tradicional proporciona una cierta seguridad y comodidad. Todo queda dentro de una caja que todo el mundo reconoce, elaborada por la propia experiencia de haber sido estudiante. Durante mucho tiempo, la percepción de la innovación educativa ha seguido la tendencia opuesta a la que de forma colectiva hemos tenido con la tecnología. Hoy, nuestra sociedad mantiene una actitud completamente consumista de la tecnología, percibida como algo positivo que merece la pena tener. Adquirir el último dispositivo tecnológico nos da seguridad, poder y autoestima. Como llevar la ropa de la nueva temporada o conducir un coche recién salido del concesionario. En cambio, con la educación esta percepción se invierte. Durante mucho tiempo las escuelas que hemos apostado por la innovación hemos sufrido la etiqueta de escuelas hippies, activistas o soft. Mientras que llevar un iPhone 12 en el bolsillo nos hace más poderosos, que una escuela desarrolle nuevas propuestas educativas y de respuesta a retos tan actuales como el acoso, la disrupción tecnológica o la motivación todavía nos genera inseguridad.

En numerosas ocasiones me he encontrado con que debía rescatar la innovación educativa del argumento, a menudo poco fundamentado, de que los alumnos de estas escuelas carecían de suficiente nivel. Una valoración fake en toda regla que con frecuencia se basa en percepciones de muy baja credibilidad. Primero de todo, sería conveniente definir nivel. Es común comparar a nuestros hijos con los vástagos de amigos o conocidos que asisten a otros colegios. Lo más habitual es hacerlo a partir de conocimientos lingüísticos y, sobre todo, comparando los algoritmos matemáticos que se trabajan en un mismo curso: «Mis hijos ya leen», «Los míos están aprendiendo la tabla del 6», «Uy, pues los míos dicen que juegan todo el día, pero todavía no han hecho raíces cuadradas».

No vale engañarse. Hay que recordar que un 17,9 % de los alumnos de un modelo educativo mayoritariamente tradicional es considerado un error del sistema: fracaso escolar, alumnos que abandonarán prematuramente los estudios porque no les encuentran sentido. Al partir de una realidad tan preocupante, tenemos margen para arriesgar innovando. Con franqueza, conseguir peores resultados no será fácil.

El rigor y la exigencia no tienen nada que ver con renovar los objetivos o las metodologías, sino con los condicionantes de la cultura educativa que los rodea en el proceso de aprender. Se puede ser tanto o más exigente en la demanda de calidad y rigor en una escuela activa y transformada como en la más estricta de las escuelas tradicionales. Pero es cierto que, dentro de esta transición educativa, el centro de gravedad del rigor también se ha desplazado. Mientras que en la escuela tradicional era sobre todo externo, con una motivación extrínseca impuesta a veces con cierta severidad por la misma institución y compartida por el modelo de sociedad, que asociaba éxito formativo con éxito laboral, social y personal, la escuela actual ha perdido dicha argumentación, ha roto esa correspondencia. Para ello, trata de recuperar un modelo de motivación más intrínseca, en la que sea el propio aprendiz quien impulse el engranaje que dé sentido al estímulo necesario para aprender. Estudios recientes demuestran que la serotonina está relacionada con el estado de ánimo y la actividad cortical. Cuando nos sentimos bien y conseguimos que el alumnado también lo esté, aumenta la motivación y el aprendiz se convierte en una persona más efectiva, cooperativa, empática y resolutiva. A menudo la diversión en la escuela no ha estado bien vista, pero debemos ser plenamente conscientes de que alienta la motivación y el rendimiento del alumnado. Con la alegría disminuye el miedo y somos más flexibles y creativos.

Los docentes también han desplazado su rol más represivo y censor, de propietarios de la verdad, convirtiéndose en catalizadores del impulso de aprender del alumno. En este delicado equilibrio los docentes son como un instrumento de cuerda, si se tensa demasiado, se rompe, si se tensa poco, no suena. Al contrario de lo que pueda parecer, la dualidad entre aprendizaje «académico y competencial» no se rompe; lo más habitual es que el alumno de escuelas competenciales y avanzadas, además de incorporar de forma mucho más significativa habilidades y competencias que no eran relevantes para el sistema anterior, resulte ser más competente a la hora de alcanzar los estándares académicos que propone el propio sistema educativo.

Hay que educar en la paciencia y la perseverancia, conjugar saber y talento, garantizar buenas habilidades de pensamiento y capacidad crítica. Hay que encontrar el equilibrio entre lo que hasta ahora se enseñaba y lo que hoy hay que aprender. Los niños son vasos llenos, no pueden aprender todo cuanto se aprendía antes más todo lo que consideramos necesario aprender ahora. Como escribió Plutarco ya en el siglo I de nuestra era, la mente de un niño no es una lámpara que llenar, sino una luz que encender. La tarea más difícil para los docentes de hoy consiste en decidir a qué hay que renunciar. Todo parece importante, pero es preciso identificar lo no imprescindible, manteniendo el rigor y la exigencia que cualquier modelo educativo debe preservar.

De lo tratado en este capítulo posiblemente podría escribirse un libro entero, contrastando los numerosos mitos que perduran en las prácticas y convicciones de los docentes con nuevas evidencias que aporta y aportará seguro la neurociencia: «los grupos homogéneos favorecen el aprendizaje», «utilizamos el 10 % del cerebro», «la educación ha empeorado en los últimos años», «en el patio se tiene que jugar a fútbol», «los grupos homogéneos aportan más conocimiento», etc. Estoy convencido de que la ciencia abrirá grandes oportunidades para diseñar una educación más ajustada a cómo aprenden realmente nuestros niños. Lo cierto es que esos falsos mitos rondan en la mentalidad educativa de muchos docentes y de muchas familias, y es difícil romper con esta inercia de opinión. Los seres humanos prestamos atención a la información que confirma nuestras creencias e ignoramos o minimizamos la que las cuestiona. Nuestra mente está preparada para la consonancia, de modo que la disonancia es una actitud que pone en peligro nuestras creencias. A menudo, de forma prácticamente inconsciente nuestro cerebro nos protege de lo opuesto de lo que pensamos. Admitir algunos de los falsos mitos descritos en este capítulo puede poner en un brete todo el argumentario de algunos docentes, y cuestionar una parte de su práctica docente. Ello podría explicar la resistencia al cambio que se manifiesta de forma recurrente en el día a día del sistema educativo, resistencia que, en definitiva, es propia del comportamiento de los seres humanos. Por fortuna, aun siendo reacios al cambio, los humanos seguimos teniendo una extraordinaria capacidad de cambiar.

¿COMPETIR, COLABORAR O COOPERAR?

En el último congreso European Changemaker Summit que la Fundación Ashoka celebró en Barcelona, se repitió una y otra vez que el mundo será cooperativo o no será. El momento educativo que estamos viviendo tiene ante sí un reto de grandes dimensiones. Una oportunidad excelente para revertir una cultura social basada en la competitividad y dar el salto a un modelo de cooperación donde el beneficio colectivo sea tan o más importante que el propio. Detener el cambio climático, erradicar la violencia de género o buscar modelos sociales más equitativos y sostenibles, de alguna manera está en manos del modelo de organización social que promovamos hoy en las aulas de todo el mundo.

EL MODELO COMPETITIVO INDIVIDUALISTA

Una metodología competitiva no es mala per se, pero lo cierto es que la aplicación que se ha hecho de ella de forma tradicional en las aulas pocas veces tiene consecuencias saludables. Los modelos competitivos suelen ser individualistas, cada alumno trabaja para conseguir una meta al margen de sus compañeros, sin que esto influya en alcanzarla en ninguno de ellos.

En el siglo XX el modelo individualista-competitivo fue la metodología más extendida en los centros de formación. Incluso se la denominó darwinista, pues consistía en aplicar la teoría de la evolución de Darwin al campo educativo: los estudiantes tienen que aprender a sobrevivir en la sociedad competitiva en la que trabajarán, y la escuela es el lugar idóneo donde empezar a practicar. De hecho, aún hoy es un argumento utilizado en los equipos docentes de muchos centros: «Si no lo aprenden ahora, después ya se lo encontrarán», «El mundo real es otra cosa, no los podemos proteger tanto…». Todavía recuerdo, de mi época de estudiante, los cuadros de honor, donde yo nunca pude aparecer. Así como las empresas colgaban el retrato del trabajador del mes, las escuelas anotaban en el vestíbulo los nombres de los alumnos más «brillantes» del trimestre. Si se promueve la cultura de ser el mejor, de forma indirecta se anima a estos mismos alumnos a desalentar y obstruir los esfuerzos de los demás. En una competición suele haber pocos ganadores y una importante cantidad de perdedores.

La competitividad todavía está muy presente en contextos educativos, tanto formales como informales. En el ámbito de las actividades extraescolares deportivas, por ejemplo, a menudo forma parte de la idiosincrasia de la actividad. Es cierto que el espíritu competitivo bien utilizado puede ser un excelente estímulo para la mejora y el desarrollo personal. Pero es frecuente ver cómo entrenadores, familias o clubes deportivos adoptan este papel con actitudes inadecuadas que alejan a los niños y jóvenes de la actividad deportiva como espacio placentero y saludable, para convertirlo en una aspiración para ser el mejor, un nuevo Messi. A pesar de los esfuerzos que me consta se realizan en el ámbito de las competiciones escolares, la proyección social que se desprende de ellas impregna la actitud colectiva de los usuarios y espectadores. A lo largo de mi carrera docente he visto a numerosos niños exprimidos para dar lo mejor de sí, para llegar a ser profesionales del deporte, la música o la danza, lo que prácticamente nunca se materializa. No perdamos de vista que esta dinámica no es neutra; que de un espíritu competitivo, individualista o cooperativo se derivan vivencias personales y emocionales, relaciones afectivas y, por supuesto, mucho aprendizaje de por vida. Apostar por competiciones deportivas escolares donde los alumnos practican deporte, a la vez que se comprometen con la mejora personal y, sobre todo, con la mejora del equipo, es apostar por un modelo cooperativo más centrado en las relaciones interpersonales y los éxitos colectivos que en los resultados individuales. Se trata de dos modelos casi opuestos, reflejo de dos concepciones educativas y relacionales muy diferentes.

Es muy posible que la naturaleza humana sea primordialmente competitiva. Desde una perspectiva etológica, la competición es parte esencial de la naturaleza animal, lo que favorece su selección y mejora. Ciertamente, en la naturaleza son residuales los casos de mutualismo o simbiosis. Pero no es menos verdad que los procesos de colaboración e intercambio a nivel celular son extraordinarios y permanentes. De hecho, de esta mágica interrelación se deriva gran parte de los procesos vitales que hacen posible nuestra existencia. Desde el punto de vista relacional, los humanos damos sentido a nuestra propia existencia cuando nos conectamos con otros humanos. Diferentes estudios concluyen que las personas que viven solas tienen peor salud. El propio juego, uno de los elementos más sociales en nuestras comunidades, recoge la ambivalencia de todo un equipo que coopera para ganar compitiendo con la mayor intensidad posible contra el oponente. Una paradoja presente en gran parte de nuestros procesos vitales y relacionales. La doble cara de una misma moneda.

EL MODELO COOPERATIVO

En un aprendizaje desarrollado en contextos cooperativos se promueve que las personas se preocupen por el éxito de las demás, un elemento clave para la convivencia. Esta manera de aprender o de trabajar se opone al modelo competitivo, donde el éxito, que suele ser individual, solo está al alcance de los mejores. La cooperación consiste en trabajar juntos para conseguir objetivos comunes. En una dinámica cooperativa, los miembros de un equipo de trabajo procuran obtener resultados favorables para ellos mismos y para todos los miembros del grupo. Según Pere Pujolàs, reconocido experto en el aprendizaje cooperativo y un referente de la escuela inclusiva, el profesor utiliza este aprendizaje con una doble finalidad: que el alumno aprenda los contenidos escolares y a trabajar en equipo, como un contenido más. Es decir, se trata de cooperar para aprender y de aprender a cooperar.

En una dinámica cooperativa el diálogo entre los niños se multiplica. En estas conversaciones entre iguales, los interlocutores recuperan aprendizajes, realizan conexiones y contrastan estos saberes con otros relacionados. En definitiva, este diálogo garantiza aprendizajes significativos y transferibles.

El funcionamiento cooperativo, para que asegure los mejores aprendizajes y los haga más perdurables, según los gurús del tema, Johnson & Johnson, tiene que cumplir cinco requisitos: la interdependencia positiva, la responsabilidad individual y del grupo, la interacción entre iguales, la utilización de habilidades interpersonales y grupales y la evaluación frecuente y sistemática del funcionamiento del equipo.

— La interdependencia positiva que se da entre los componentes del grupo se fundamenta en la convicción de que esta ayuda al desarrollo de cada miembro del equipo, en el sentido de que el éxito personal solo se logra cuando los compañeros también lo consiguen.

— La responsabilidad individual. Ningún miembro del grupo puede tener éxito basándose solo en el éxito de los demás. Por eso, cada cual se responsabiliza de una parte del trabajo y el éxito de los otros miembros dependerá del trabajo individual resultante.

— La interacción entre iguales se refiere a que los miembros de un grupo tendrían que trabajar de manera conjunta, frente a frente, en algún momento del proceso. Esto requiere, por parte de cada miembro del equipo, no solo aceptar el tipo de aprendizaje académico emprendido, sino también promover el funcionamiento efectivo del grupo.

— La utilización de habilidades interpersonales y grupales. Los alumnos tendrán que aprender algunas habilidades para alcanzar unos objetivos comunes, como por ejemplo conocer a los otros miembros del grupo, comunicarse de manera eficaz, apoyarse los unos a los otros y resolver los conflictos de manera constructiva.

— La valoración frecuente y sistemática del funcionamiento del equipo. Esto favorece el seguimiento y la mejora de su rendimiento, y fomenta las acciones que aumentan su eficacia. De forma periódica deberán valorar el grado de logro de sus objetivos, la efectividad de su metodología de trabajo y las relaciones entre los miembros del grupo para decidir los cambios pertinentes a fin de alcanzar un buen resultado.

En definitiva, el método cooperativo no solo es una herramienta para mejorar los aprendizajes, sino que pretende alcanzar el objetivo definido de conseguir una mejora en las relaciones personales. La clave consiste en entender que los esfuerzos individuales no serán solo en beneficio propio, sino también del grupo al que se pertenece. Detrás de la cooperación hay una solidaridad que hace a las personas más humanas y cercanas. No basta con trabajar de forma conjunta, es necesaria cierta apología cooperativa para generar una nueva cultura del aprendizaje.

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9788417623906
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