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JOEL SINGER

El Peruca


Joel Singer

El Peruca / Joel Singer. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

ISBN 978-987-87-0501-9

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com

info@autoresdeargentina.com

Joel Singer nació en Buenos Aires, Argentina. Es corrector literario.

El Peruca es su primera novela.

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

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Índice

El Peruca

Sinopsis

Dedicado a todos los pibes que aman a otros pibes y están orgullosos

Sí. ¡Ay la vejez! La vejez es verbosa, parlanchina, gárrula. Incontinente, insomne, avara, flácida. Olvidadiza, memoriosa, arteriosclerótica, cegatona, artrítica, friolenta, arrugada, manchurrienta, necia, obstinada, cerril. Sorda, lenta, tarda, terca, lerda, edematosa, dispéptica, colagoga, ética, canosa, calva, horrible, constipada, flatulenta, pilosa, fétida. Senectus excretio est, diría ciceroniando: la vejez es mierda. Calzón sucio, calcetín roto, analgésicos, descongestivos, digestivos, antiflatulentos, antipiréticos, y el Quinidín Durules que me aliviana el corazón. Del terremoto, aparte de la matazón, lo que más me gustó fue el rescate de los perros: del Centro Médico, las ruinas del Centro Médico donde los tenían para experimentos dizque para salvar humanos. ¡Qué más quieren salvar con esta proliferación de sifilíticos que viven por la penicilina! El Refugio Franciscano (así llamado por San Francisco, mi santo) liberó y acogió a los pobres animalitos. Esa sola escena del terremoto me conmovió, ¿y saben por qué? Porque desde hace años rompí mi pasaporte humano y soy un perro: alzo la pata y me orino en la estatua de Bolívar, la Catedral Primada, el hemiciclo a Juárez... Psssss.

Entre Fantasmas, de Fernando Vallejo

Este libro cuenta una historia que ocurrió en la Argentina, entre noviembre de 1990 y enero de 1991. En realidad, tuvo como principal escenario a la ciudad de Ramos Mejía, situada en el oeste del conurbano bonaerense de la provincia de Buenos Aires, a escasos catorce kilómetros del centro de la capital de la Argentina. Una ciudad pequeña, con una antigua estación ferroviaria, una plaza y un templo católico; una ciudad no solo conocida por sus edificios históricos, sus amplios sectores residenciales y su activa vida económica sino también por su intensa vida nocturna, concentrada, fundamentalmente, en algunas discotecas y pubs irlandeses ubicados en la avenida Gaona, la segunda calle en importancia después de la avenida Rivadavia, principal arteria del país. Y, además, por la existencia de un gran asentamiento, una inmensa villa miseria bautizada con el nombre del popular tanguero francés Carlos Gardel. Aquí vivían, de acuerdo a la lectura crítica de diferentes estimaciones, no menos de treinta y cinco mil personas procedentes, en su inmensa mayoría, del interior del país y de algunos países limítrofes. Territorio de bien acentuados contrastes, pequeña superficie del Gran Buenos Aires donde muchos pibes comenzaban sus andanzas amorosas y donde, con seguridad, tendrían una pelea inolvidable, un mano a mano con otro chico o, algo más emotivo, una batalla colectiva en la puerta de alguna discoteca, un combate que traería a los bravos e igualmente jóvenes efectivos de la Policía bonaerense.

La vida nocturna estaba limitada a las primeras cinco cuadras de la avenida Gaona, si se toma como punto de partida la plaza contigua a la estación ferroviaria. Luego, como en un suave declive, los pubs y las discotecas iban cediendo su lugar a las casas bajas, los típicos chalecitos con tejas coloradas y amplias ventanas de madera pintadas de blanco, con un modesto jardín adelante, tras las negras rejas de hierro.

Y estos pocos trazos que aparecen en esta reseña son suficientes para explicar las razones por las cuales Ramos Mejía tenía un frecuente y bien ganado espacio en los diarios y en los noticieros argentinos.

La jurisdicción policial en la zona recaía sobre la Departamental de Ramos Mejía. Al frente de esta se encontraba, desde octubre de 1987, el comisario Juan Carlos Villafañe. Este era entonces un hombre de cuarenta y cinco años, exigente y celoso de la función que debía cumplir. Era, asimismo, alguien inteligente, una persona honesta, el hombre que había querido ser. Ni bien asumió el cargo puso todas las energías en la conformación de un equipo de hombres que lo acompañara en su política de inflexibilidad con la delincuencia, con toda la delincuencia le gustaba decir a Villafañe: con la de adentro y con la de afuera, con la liviana y con la pesada. Y hablar de la pesada significaba poner los ojos en la muy poblada villa Carlos Gardel, una villa heterogénea en su composición social, que había ido absorbiendo a trabajadores cuyas condiciones materiales se habían ido agravando con la aplicación de las políticas que se venían implementando desde mediados de los años setenta. Y los efectos perdurables de aquellas políticas condicionaban fuertemente a las recién recuperadas democracias latinoamericanas.

Unas fotografías tomadas por un helicóptero de la Policía de la provincia de Buenos Aires revelaban una versión argentina de La Rosinha, la inmensa favela brasileña de Río de Janeiro, una de las muchas postales de la ciudad maravillosa. En ellas se podían ver las viviendas arracimadas, pegadas las unas a las otras, atravesadas por angostos y serpenteantes senderos. Y las canchas de fútbol en las que los chicos y muchachos jugaban más que un simple partido, en las que, en realidad, demostraban la lealtad hacia las peligrosas bandas que la mayoría de los pibes integraban.

Juan Carlos Villafañe estaba personalmente empeñado en poner las cosas en orden. Hombre intachable, fiel esposo y padre de dos hijos que ya estaban siguiendo sus pasos en la Escuela de Policía Juan Vucetich, sabía que las principales dificultades a su gestión estaban entre los miembros de sus propias filas. A su superior en la provincia, el comisario general Atanasio Caseros, lo unía una amistad de muchos años, desde la infancia, los mismos enemigos y los mismos sueños. Por esta razón, el jefe de la Departamental de Ramos Mejía compartía la política de depuraciones que su viejo amigo estaba llevando adelante con el respaldo del gobernador Cipriano Calabró. Y también estaba de acuerdo en hacer todo lo necesario para convertir a la Policía de la provincia de Buenos Aires en una de las mejores fuerzas policiales del mundo. Y fueron esas altas miras las que lo llevaron a la conformación de un Cuerpo de Elite integrado por personas jóvenes, idealistas capaces de dar sus vidas por este camino que ellos habían elegido, por esto que él solía designar con el tal vez grandilocuente nombre de apostolado. Pero estas posiciones multiplicaron sus enemigos, en especial cuando apoyó públicamente la remoción de la plana mayor de la Vucetich. Él estaba convencido de que la formación de ese futuro policía debía tener como punto de partida esa escuela a la cual llegaban muchachos de todo el país. Era ese el lugar adecuado para moldearlos desde el vamos, para sembrar los valores que los hicieran buenos, valientes e insobornables.

El comisario Villafañe era un verdadero obseso a la hora de elegir a quienes quería a su lado. Nada se le pasaba por alto al hombre que ponía el ojo en los legajos de todos. Eran bien conocidos sus vetos a los candidatos que el subcomisario Jerónimo Pirker, titular de la División Reclutamiento y amigo personal de Villafañe, le sugería. Todos sabían cuán acaloradas eran las discusiones entre los dos amigos, cuán difícil era llegar a un acuerdo sobre quién sería el más indicado para cumplir una función.

A pesar de ser un hombre de edad madura, el jefe de la Departamental de Ramos Mejía mantenía una exigente rutina deportiva. El boxeo, la natación y la esgrima tenían un lugar estable en la sobrecargada agenda del comisario. Y cada dos semanas iba en bicicleta desde su domicilio, en Ciudadela, hasta la casa de sus padres, en San Antonio de Padua. Villafañe era un hombre del oeste de la provincia, una persona que conocía a todos, a los buenos y a los malos, a los simples arrebatadores y a los peces gordos. Para él, el mundo del comportamiento humano desconocía las gradaciones y solo se dividía entre los que se portaban bien y los que se portaban mal. No existían las excepciones. Desde hacía unos años venía manifestando cierta preocupación por la creciente presencia de inmigrantes. En su mundo de rígidas dualidades, los inmigrantes buenos se habían radicado en la populosa ciudad capital y los malos se afincaban en las villas del Gran Buenos Aires para dedicarse al tráfico de drogas pesadas y a los secuestros extorsivos. Y una de estas villas se encontraba, precisamente, bajo la jurisdicción de la departamental que él dirigía. Era la temida y misteriosa villa Carlos Gardel, emplazada detrás del Hospital Posadas. Una villa inmensa, superpoblada de jóvenes que desde muy chicos adherían a diferentes bandas, pandillas en las que pulían los tres o cuatro valores que los acompañarían hasta la muerte. Villafañe sabía que la clásica población paraguaya había sido reducida a la condición de minoría por la llegada masiva de peruanos que escapaban de un país donde las políticas económicas y sociales estaban haciendo peores estragos que los que estaban provocando en la Argentina. Sabía, también, que la Policía peruana tenía las manos demasiado libres, que practicaba la tortura y las ejecuciones selectivas y que estaba considerada como una de las más corruptas de América Latina. Juan Carlos Villafañe tenía problemas, demasiados: el accionar de la mafia china, la corrupción policial y los peores efectos de un oleaje inmigratorio que no vacilaba en calificar, sin miedo, como un verdadero cáncer que terminaría destruyendo las bases fundamentales sobre las que se sostenía el país que sus padres y maestros le habían enseñado a querer. Su decisión de cambiar algunas cosas era tan firme que se fue convirtiendo en el blanco de ataques que tenían la más diversa procedencia. Algunos más explícitos, otros más sutiles. Pero él no era un hombre capaz de dejarse asustar. De hecho, nunca aceptó la asignación de una custodia permanente hasta que las amenazas verbales y las misivas anónimas fueron reemplazadas por intimidaciones cada vez más graves, actos que tuvieron su punto culminante en la colocación de un artefacto explosivo en su domicilio particular. El estallido de la bomba desmoronó parte del frente del modesto chalet en el cual vivía con su esposa. Para ellos fue tan solo un susto y un aviso, pero una inocente vecina perdió la vida aquel fresco 13 de julio de 1989.

De todos modos, a pesar de lo que llevamos dicho hasta aquí, el principal problema que tenía el titular de la Departamental de Ramos Mejía lo representaba una enigmática figura, un personaje casi novelesco, muy joven, dotado de especiales cualidades de líder, alguien que había sabido burlar todos los procedimientos que se habían ideado para poder atraparlo. No se sabía cuándo había arribado a la Argentina. Estaban seguros de que era un peruano nacido en las afueras de Lima, alguien de singular belleza, un joven en el que la pobreza parecía no haber dejado esas crueles señales que la caracterizan, esas infames marcas en el cuerpo. Todos lo conocían, sencillamente, como el Peruca. El Peruca no dejaba dormir al comisario Villafañe. Él estaba convencido, quizá por la aureola de misterio que rodeaba a su figura, de que si no era un líder, sería el nexo fundamental con algún bien oculto y poderoso personaje que, desde vaya a saber dónde, manejaba ciertos asuntos a través de él.

Después del atentado en su domicilio, el jefe de la Departamental de Ramos Mejía sintió una especial preocupación por sus subordinados, un plantel renovado, de gente muy joven que, en promedio, no superaba los veinticuatro años. En la conferencia de prensa que dio después del luctuoso hecho dijo sentirse más padre que nunca, que él era eso, el padre de todos los oficiales bajo su mando. Que se equivocaban los que pensaban que este episodio podría quebrarlo o conducirlo a algún tipo de compromiso. Que no había manera de hacerlo reconsiderar ninguno de los objetivos que se había propuesto. Hasta llegó a decir que si sus mismos hijos hubieran muerto en lugar de esa vecina inocente, eso no hubiera hecho más que infundirle una fuerza adicional para seguir adelante. Que no se equivocaran, vociferó iracundo. Que él no le tenía miedo a ningún poder oculto, a ninguna organización delictiva que tuviera como aliados a policías corruptos, a jueces y a políticos. Después de esto se habló de su posible alejamiento. Fue un rumor que circuló durante varios días en los medios sensacionalistas y en los más moderados y que Caseros se encargó de desmentir en una reacción rápida y tajante cuyo contenido el gobernador Calabró respaldaría más tarde. El espaldarazo de la máxima autoridad política lo comprometió a tiempo completo en la tarea de comprender y desarticular ese sólido entramado que para él no hacía más que confirmar que la Argentina había dejado de ser un país de tránsito para convertirse en una nación donde ya estaban operando los principales carteles de la droga.

En realidad, el Peruca no formaba parte de ningún cartel de la droga. Su banda se dedicaba al asalto de camiones que transportaban mercadería para supermercados y perfumerías. Tampoco estaban libres de sus golpes las casas de ropa que comercializaban las grandes marcas que se conocían en todo el mundo, algunas tan vigentes hoy en día como entonces. La particularidad de los asaltos a estas tiendas la marcaba el hecho de que solo arrasaban con toda la indumentaria masculina. En su haber tampoco faltaban, en menor escala, los robos de joyas y de obras de arte. Pero la droga no le interesaba. Incluso, era odiado en la villa por los dealers que se dedicaban a la comercialización de estupefacientes, personajes peligrosísimos que constituían el principal nexo con los policías corruptos de la bonaerense.

La victoria del Peruca sobre el resto de las pandillas que actuaban o residían en la villa Carlos Gardel estuvo signada por una serie de cambios que, lentamente, comenzaron a impactar en la calidad de vida de muchas personas. El exacto inicio de este reinado, que había logrado sobrepasar el efímero poder que todos los anteriores líderes habían ostentado, tenía de su parte un buen número de muy valoradas realizaciones. Fue en aquellos días cuando los camiones que transportaban carne empezaron a ser desviados a la villa en la cual debían descargar la totalidad de la mercadería que llevaban. Lo mismo les había ocurrido a los camiones de las empresas de lácteos La Serenísima y Sancor y a otras menos conocidas, pero que no se habían visto libres de estas frecuentes expropiaciones que la banda del Peruca llevaba a cabo cada vez con mayor eficacia.

Desde muy chico, quien años más tarde sería el Peruca, recorría con los ávidos ojos la mercadería que veía en las estanterías de Superú, una cadena de supermercados norteamericanos controlados por la South American Company con sede en Boston, Estados Unidos. Fue allí, siendo un niño, entre las góndolas atiborradas de mercadería, donde veía a su madre depositar, a duras penas, en una bolsa de plástico, siete u ocho miserables artículos para darle de comer a sus muchos hijos.

El liderazgo del Peruca estuvo también inseparablemente asociado a la puesta en práctica de ciertos actos de justicia dirigidos contra los enemigos que vivían allí y contra los policías que, con regularidad, sometían a los muchachos y a los más chicos a toda clase de humillaciones. Entre este tipo de acciones no es posible omitir lo que le ocurrió al sargento ayudante Víctor Codovilla, siniestro personaje que cumplía funciones en la Comisaría Segunda de Haedo bajo las órdenes del corrupto comisario Benedicto Marianetti. El episodio merece que le dediquemos cierto espacio porque hoy, después de muchos años de ocurrido, no existe la menor duda sobre la autoría intelectual y material del hecho.

El sargento ayudante Víctor Codovilla era uno de los hombres de confianza de Benedicto Marianetti. Venido a menos por los intempestivos achaques, el Chancho Codovilla manejaba la caja chica de la comisaría que dirigía Marianetti. Era, durante el día, los mismos ojos del comisario. A los cincuenta y siete años había logrado acumular un nada despreciable patrimonio: una señorial casona en la parte más selecta de Paso del Rey; una casa de verano en el exclusivo barrio Los Troncos, en la ciudad de Mar del Plata; dos departamentos en el centro de la ciudad de Buenos Aires; depósitos en no menos de tres bancos; un desconocido número de cocheras; dos autos 0 Km y una camioneta Ford F 100. Su conocida afición por la comida le había hecho ganar una voluminosa panza en la cual cabían los alimentos suficientes para saciar a muchas personas. Víctor Codovilla era capaz de hacer cualquier cosa que le pidiera el comisario Benedicto Marianetti. Atrás habían quedado los años en los que se había hecho cargo de algunos trabajos sucios por los que había sido bien recompensado, pero seguía siendo un fiel miembro del equipo de Marianetti. Desde el momento en el que iniciaba su tarea de vigilar a pie las dos o tres manzanas circundantes a la muy concurrida estación Haedo, comenzaba con una interminable serie de pedidos a todos los comerciantes de la zona; nadie quedaba libre de sus requerimientos, porque su apetito voraz no rechazaba nada que se pudiera comer o beber. Hasta una pobre anciana paraguaya de ochenta y dos años, que vendía chipas y otros panecillos a la entrada de la estación, era sistemáticamente visitada por este despreciable personaje, por este tipejo que hasta se permitía opinar sobre la calidad de lo que consumía o sobre lo bien o mal hechos que estaban los envoltorios de los panes que, con gran dificultad, hacían las artríticas manos de doña Tole.

La paraguaya doña Tole vivía en las precarias viviendas que se encontraban detrás del Hospital Posadas, en el mismo predio de la populosa villa Carlos Gardel. Era una histórica residente que no había seguido el camino de los paraguayos que habían sido derrotados por el Peruca. Una mujer que vendía en la estación los panes que amasaba con las propias manos, la bondadosa abuelita que asistía a las muchas chicas que, tempranamente, quedaban embarazadas. Madre de varios hijos y abuela de incontables nietos, todos residentes de la villa y trabajadores. Respetada, admirada y hasta temida porque los policías que, de manera recurrente, habían ingresado a la villa en la época de los militares con el objeto de apresar a los militantes políticos que allí actuaban, jamás le habían sacado una palabra. Esto lo sabían todos. Los chicos y los grandes. Los buenos y los malos. Y también lo sabía Víctor Codovilla, bien conocido por su violencia y por los malos tratos y, en especial, por esa voracidad, por esa hambre insaciable que lo hacía salir de la panadería La gran flauta para ingresar al bar de don José, al almacén de Mario, al supermercado de los chinos. Provocaba repulsión ese hombre que estaba todo el tiempo masticando algo, que arrastraba las piernas, con esa panza que se balanceaba por afuera del cinturón como si estuviera pronta a caerse al piso. A Víctor Codovilla se la tenían jurada, estaba marcado desde hacía tiempo, pero sobre todo desde que había cacheado a unos pibes de no más de quince años y se había apropiado de sus pocas pertenencias: cigarrillos, un par de encendedores y hasta las estampitas de San Cayetano que el más chico de todos cambiaba por un par de monedas en el tren Sarmiento, yendo desde Once a Moreno, de una punta a la otra del recorrido. Y uno de estos pibes conocía a Rubindio, el lugarteniente del Peruca y uno de sus hombres más queridos.

Una noche, el Peruca, Rubindio y tres muchachos más decidieron que había llegado la hora de actuar, que ya conocían demasiado bien los pasos que llevaban a Víctor Codovilla desde la Comisaría Segunda de Haedo hasta su casa en la localidad de Paso del Rey. Los cinco muchachos se subieron al reluciente Chevy negro que el Peruca utilizaba para operaciones importantes. Era un auto que tenía sus años, pero que parecía recién salido de fábrica, un auto que había dejado de fabricarse hacía tiempo y por el cual él sentía un especial cariño. Tenía otros coches y motos, pero el Chevy era como su primer gran amor desde que había llegado al país. Además, todas las cosas que había hecho con ese vehículo siempre le habían salido bien, tenían el éxito asegurado. El Peruca usaba una pistola Bersa calibre 9 mm, pero para esa ocasión decidió llevar un hermoso puñal con un mango de hueso, un puñal que había traído de Perú, un arma con una larga e ilustre historia. El policía no era digno de ser tajado desde el cuello hasta la cintura con esa bella arma, pero las manos del Peruca sí eran dignas de empuñarla para hacer justicia, para pronunciar una sentencia inapelable. El Peruca estacionó el auto a no más de dos cuadras de la casa del policía y desde allí fueron caminando tranquilos, conversando y haciendo bromas, imaginando la cara de estupor de Víctor Codovilla cuando adivinara en los iracundos rostros de los pibes que ese era el último día de vida que tenía. Ellos lo atacarían ni bien doblara la esquina, la esquina de esa oscura calle silenciosa que siempre olía a eucaliptos, sombreada por las acacias y los paraísos, perfumada por las flores de los jardines, iluminada por los refucilos. Eran cerca de las diez cuando vieron al policía que venía caminando, arrastrando los pies, eructando los gases acumulados en ese inmundo estómago repleto de comida: los mates con bizcochitos de grasa, los cafés, los vasos de vino y los sándwiches, los chipas de doña Tole, los choripanes y los panchos, la tira de asado, las porciones de pizza, las copas de anís y de licor de huevo. Todo eso tenía lugar en esa panza inmensa que lo fatigaba, que le demoraba el paso y que lo había relegado a esa guardia marginal, muy lejos, por cierto, de los buenos servicios que en el pasado le había prestado a Benedicto Marianetti. Hacía unos minutos que había comenzado a tronar fuertemente y los relámpagos iluminaban el cielo cuando Rubindio le dio, antes de que doblara la esquina, un tremendo cachiporrazo en la cabeza, golpe que dejó cómicamente rígido al sargento ayudante Víctor Codovilla. Sin demorarse, dos muchachos más lo sostuvieron de los hombros. Rubindio, con inocultable repulsión, lo tenía bien agarrado de los pelos grasientos que, poco a poco, se le iban tiñendo de sangre. Comenzaban a caer las primeras gotas de lluvia. Eran gotas grandes, de esas cuyo peso se siente en el cuerpo cuando lo golpean, que preanuncian un diluvio a mares que inunda las calles y las vuelve desiertas, pero que por sobre todas las cosas limpia la mugre y refresca el aire. El Peruca se puso un guante de plástico, de esos que se usan para lavar la ropa; ya la lluvia empezaba a ser torrencial cuando le asestó una puñalada tan profunda en el medio del pecho que solo dejaba a la vista el mango blanco del hermoso cuchillo. Después, sin soltar el puñal y a partir de donde se lo había clavado, lo llevó hasta la altura de la vejiga; lo abrió, literalmente, en dos partes; las tripas y todo lo que esa inmunda panza guardaba en su interior cayó ruidosamente al piso, sobre las cuadradas baldosas amarillas. Luego, con lentitud, lo recostaron bocabajo, sobre la vereda, y se fueron caminando en paz, riéndose a carcajadas, bajo la intensa lluvia que comenzaba a lavar la vereda sucia.

* * *

Un término relativamente nuevo empezaba a estar en boca de ciertos políticos, algunos militares y muchos, cada vez más policías, una palabra nueva donde la dimensión política del asunto parecía hacerse un lugar, más allá del grado de conciencia que tuvieran quienes la empleaban: narcoterrorismo. Un vocablo que en sí mismo encerraba un diagnóstico que no todos los policías compartían. De hecho, no faltaban en el entorno del comisario Villafañe quienes pensaban que él exageraba, que no era, en verdad, para tanto. Coincidían, sí, con su visión de la peligrosidad de cierta inmigración sobre la que parecía no existir ningún control, pero estaban convencidos de que Villafañe tomaba todo a la tremenda; a estos, él trataba de hacerles comprender el riesgo de minimizar los problemas, esa incapacidad para ver en una simple chispa la causa de la explosión que reduciría a escombros un edificio entero. Y el edificio era el país, la familia argentina, las buenas costumbres y la tradición nacional.

Y fueron todos estos hechos que estamos relatando los que llevaron a Villafañe a buscar los mejores elementos entre los nuevos egresados de la Escuela Juan Vucetich. Quería, pensando siempre en el Cuerpo de Elite, contar con una tropa leal y honesta, un conjunto de efectivos que más tarde o más temprano pasarían a formar parte de ese selecto cuerpo de hombres especialmente entrenados para hacerle frente a delincuentes peligrosos. Y así fue como dos jóvenes policías, que habían compartido los cuatro años de estudio en la Escuela Juan Vucetich, pasaron a trabajar bajo las directas órdenes del comisario Villafañe. Sus nombres eran Juan Ignacio Soriani y Ezequiel Fritzler. Ambos contaban entonces con veintitrés años y desde hacía unos meses patrullaban juntos la densa zona cercana a la estación Ramos Mejía, las calles en las que se concentraban los boliches bailables y los pubs, escenarios donde algunas pandillas solían arreglar las cuentas que tenían. Los fines de semana, por lo general, pasaban varias horas en las canchas de Deportivo Morón y de Deportivo Merlo, pero todos los días llegaban a bordear, discretamente, la tan temida villa Carlos Gardel.

Juan Ignacio y Ezequiel conocieron enseguida la obsesión de Villafañe por ese muchacho misterioso y escurridizo, ese líder cuyo mandato parecía haber sobrepasado largamente los breves tiempos de dominio y de gloria que todos sus predecesores habían ejercido. Pero estos dos jóvenes policías no pensaban de la misma manera al respecto o quizá proyectaban sobre esta y otras cuestiones las viejas rivalidades que habían presidido la difícil convivencia que habían tenido en la escuela, una convivencia dominada por el más feroz espíritu competitivo, tanto en el plano teórico como en el deportivo.

Juan Ignacio era un muchacho de tez blanca, de grandes ojos claros, de gruesos labios, de una abundante cabellera rubia. Una cara perfecta, unos modales finos, aristocráticos, que no eran muy frecuentes entre los miembros de la Policía bonaerense. Deportista nato, cumplía una exigente rutina que incluía la práctica de la natación, la lucha, el levantamiento de pesas y el ciclismo. También le dedicaba tiempo a las prácticas de tiro en el polígono de la Escuela de Policía o en el Tiro Federal Argentino situado justo enfrente del club de sus amores, River Plate. La pasión de Juan Ignacio por el cuidado del cuerpo era tal que hasta en el inmenso loft en el que vivía tenía un gimnasio equipado con los aparatos más modernos. Tampoco faltaban aquí la clásica bolsa de arena y el punching–ball. Pero de todos los deportes el que más le gustaba era la lucha grecorromana. Tan profundo era su amor por esta disciplina que en un salón contiguo al gimnasio una colchoneta negra, cuadrada, rodeada de espejos rectangulares, delimitaba el espacio en el cual, a veces, luchaba con algunos amigos.

Ezequiel, en cambio, era un morocho de ojos oscuros, de mirada sombría, siempre amenazante, a veces inescrutable. Llevaba el cabello negro azabache cortado al rape como los colimbas. Los labios carnosos eran menos anchos que los africanos y rosados labios de Juan Ignacio. La camisa de mangas cortas, en parte desabotonada, dejaba ver un pecho cubierto de abundante y espeso vello negro y unos brazos musculosos surcados por gruesas venas azules. A diferencia de Juan Ignacio, la sonrisa le servía a Ezequiel para atenuar un poco la natural agresividad que tenía marcada en el rostro. Ezequiel, el morocho de Avellaneda, daba la sensación de ser un muchacho dotado de una fuerza superior. La solidez del cuerpo hablaba por sí misma: los bíceps marcados, las morenas manos velludas y la bella forma de las piernas que casi dejaba al descubierto el ceñido pantalón del uniforme.

Juan Ignacio y Ezequiel habían egresado de la Escuela de Policía Juan Vucetich en el año 1989. En un principio, tuvieron diferentes destinos, pero en mayo de 1990 fueron transferidos a la Departamental de Ramos Mejía. Villafañe concluyó que serían una buena dupla para hacerse cargo de la guardia que dejaban vacante, para irse más arriba, el Negro Muñoz y Juan Sosa. Los dos tenían el mismo rango, pero por mérito y calificación las órdenes las daba Ezequiel. Villafañe les había dejado bien claro esto apenas comenzaron a trabajar con él.

La relación en la escuela había estado especialmente signada por la competencia para ver quién de los dos se destacaba más, tanto en las disciplinas deportivas como en las teóricas. Esta actitud de los dos jóvenes muchachos, en un principio disimulada, pasó luego de un tiempo a ser un secreto a voces, a tal punto que eran los mismos compañeros quienes avivaban la llama de la pasión competitiva. Además, esta rivalidad no estaba despojada de cierta coloración clasista. Juan Ignacio, hijo de padres profesionales, educado en un hogar de clase media acomodada de Castelar, contrastaba con Ezequiel Fritzler, hijo de una madre ama de casa y de un obrero metalúrgico, residentes históricos del barrio de Avellaneda. En todo o en casi todo eran diferentes. Juan Ignacio, apasionado simpatizante de River Plate, uno de los más importantes clubes de fútbol del país, y de un equipo de rugby, el Hindú Club; Ezequiel, fiel a la historia familiar y a su barrio era un fervoroso hincha de Racing que no soportaba la menor broma sobre el constante bajo rendimiento de su equipo. En el historial competitivo, Ezequiel Fritzler ostentaba un orgulloso invicto. El rudo moreno había superado a Juan Ignacio en las calificaciones de las materias teóricas y en todas las competencias deportivas. En este último plano se habían enfrentado diez veces en cuatro años, en realidad veinte, porque cada disputa tuvo su correspondiente y esperada revancha: boxeo, karate, lucha, natación, atletismo, esgrima, tiro al blanco, equitación, salto con garrocha y piragüismo. Y las veinte veces fue Ezequiel el justo vencedor de todos los combates. Por otro lado, al margen de las competencias propias del calendario académico, los dos jóvenes se tomaron a golpes en tres ocasiones. Y fue Juan Ignacio el que se llevó la peor parte en todas las peleas.

Ezequiel Fritzler era quien más coincidencias tenía con el comisario Villafañe. Estaba de acuerdo con él en estimar como muy peligroso el creciente ingreso de inmigrantes y a no desvincularlo del tráfico de drogas. Las dos cosas eran, para ellos, parte de un todo inseparable. En cambio, Juan Ignacio, a pesar de pertenecer a una familia de clase media acomodada, no parecía darle a la cuestión la misma importancia que le daba su bravo colega.

Y es por todo esto que llevamos dicho hasta ahora que, en su momento, Juan Ignacio recibió como un tremendo cachetazo la noticia de saber que iba a tener que compartir varias horas de guardia con su viejo verdugo de la escuela, pero finalmente se convenció de que mucho más grave sería no aceptar el nuevo destino que había decidido Villafañe. Entre los muchachos también abundaban las murmuraciones y los chismes estaban a la orden del día.

En la Departamental de Ramos Mejía, Juan Ignacio y Ezequiel compartían un despacho amplio y luminoso con otros dos jóvenes policías en el segundo piso de un edificio muy moderno, una construcción que era parte de las grandes reformas infraestructurales que venía llevando adelante el gobernador Cipriano Calabró. Estos dos policías, Ramiro Toranzo e Iván Filipetto, formaban parte de la camada que también había egresado en 1989. Eran dos muchachos de veintitrés años con una notable capacidad de trabajo. Su función consistía en ser el complemento intelectual de Juan Ignacio y Ezequiel, quienes estaban la mayor parte del tiempo en la calle. La relación que mantenían estaba limitada, estrictamente, a lo laboral. Cada dos semanas tenían una reunión formal que podía extenderse varias horas. En esos encuentros analizaban toda la información que tuviera que ver con la banda del Peruca. Atendían otros asuntos, pero este tenía una comprensible preeminencia.

Desde el momento en el que Iván y Ramiro se establecieron en la oficina, que durante un breve tiempo solo habían ocupado Juan Ignacio y Ezequiel, este último se encargó de dejarle en claro a su compañero que no quería ningún tipo de confianza con los que él designaba, peyorativamente, «policías de escritorio». Este recelo se fundaba en que su trabajo se realizaba siempre lejos del lugar de los hechos. En cambio, según su parecer, eran ellos los que todos los días ponían el cuerpo, los que, de buenas a primeras, podían perder la vida. «Nada de confianza con estos tipos», le dijo varias veces. «No quiero que pase nada entre nosotros por culpa de terceros», le advirtió Ezequiel en términos muy poco amistosos. Fueron estas palabras las que dieron lugar a una de las primeras disputas que tuvieron, apenas comenzaron a trabajar juntos, después de varios meses de no verse las caras.

Un día de octubre de 1990, los cuatro policías discutieron por el tema que tanto le preocupaba a Villafañe. La polémica fue subiendo de temperatura hasta que Juan Ignacio tuvo que interponerse entre Ezequiel y Ramiro, quien solo trataba de explicarle que lo que estaba aconteciendo con el misterioso Peruca era algo que no podía acotarse a una cuestión policial porque esto, simplemente, excedía a la Policía. Las razones económicas y sociales, que estaban en la base de lo que provocaba este imparable oleaje inmigratorio, eran cuestiones que debían ser atendidas por las autoridades políticas. Para Ramiro, la Policía debía cumplir, sobre todo, tareas de inteligencia. Y luego tratar de incidir en las autoridades para que fueran estas quienes tomaran las decisiones políticas necesarias. Detenerse solo en la faceta policial conduciría a la aparición de problemas cada vez más graves, porque la institución podría verse desbordada si las predicciones de Villafañe se cumplían. Además, las arcas de los narcotraficantes profundizarían la corrupción interna. A decir verdad, Ezequiel comprendía la bien razonada exposición de Ramiro. Es más, este era también el pensamiento de Juan Ignacio. Ya habían conversado sobre este tema y, en líneas generales, los dos antiguos rivales se habían puesto de acuerdo. Fue por eso por lo que, probablemente, la reacción de Ezequiel, desmedida a todas luces, tuviera la sola intención de probar si Juan Ignacio sería capaz de alinearse con los puntos de vista de Ramiro, el policía de escritorio. Y esta prueba le había dado el resultado que esperaba: Juan Ignacio permaneció todo el tiempo callado hasta que fue necesaria su mediación física para que los muchachos no se fueran a las manos. Al día siguiente, Ezequiel pidió perdón por su desmesurada reacción, las disculpas fueron aceptadas y todo volvió a la situación previa.

Los dos muchachos llegaban a la Departamental de Ramos Mejía a las 9.30 o 10.00 horas. No tenían un horario muy rígido debido a la naturaleza de unas tareas que, la mayoría de las veces, los mantenían ocupados hasta altas horas de la noche. Ezequiel lo hacía en su Mini Cooper verde claro y Juan Ignacio en su impecable Kawasaki negra. No era raro que se encontraran en el vestuario donde se ponían el uniforme e intercambiaran algunas opiniones. Luego se dirigían a la oficina de Villafañe o a la amplia playa de estacionamiento para abordar el móvil 1990, patente ONN 537.

A los pocos días de la discusión que habían tenido por el Peruca, este volvió a hacerse presente de alguna manera, a entrar en ese despacho donde la temperatura estaba siempre al rojo vivo. Ramiro e Iván miraban tres nuevos identikit que habían hecho del inhallable pandillero. Los dos jóvenes policías observaban en silencio los tres retratos, atrapados por cierto magnetismo, con la vista fija en esos dibujos que, a pesar de su falta de color, dejaban ver un rostro de ojos rasgados, de alguien presumiblemente moreno, con un lacio y largo pelo negro, finas cejas y una boca sensual. Un muchacho que más que un peligroso delincuente parecía el inmejorable dibujo de un artista. Estaban absortos, cruzando entre ellos brevísimas miradas, hasta que ingresaron, como de costumbre, Ezequiel y Juan Ignacio. Ellos se sumaron al minucioso examen de las tres imágenes. Juan Ignacio tomó una de ellas y, durante dos largos minutos, se la quedó mirando fijamente. Ezequiel se hizo con otro de los identikit y también se detuvo en una observación que contrastaba marcadamente con la mirada más contemplativa de Juan Ignacio, un tipo de indagación que se daba tiempo para atender también la expresión de su colega, cuyos hermosos ojos claros reposaban en el dibujo que mostraba al Peruca con el pelo largo y los labios apenas separados, casi como si se estuviera sonriendo o, mejor dicho, riéndose de todos ellos.

—Si estamos seguros de que es así, como aparece acá, no nos podemos equivocar –se animó a decir Juan Ignacio, apoyando con sumo cuidado el material que había tomado y tratando de hacerse con el otro que, sin embargo, Ezequiel logró agarrar antes que él.

Ezequiel le lanzó una breve y furiosa mirada. Acto seguido comenzó a comparar este segundo identikit con el que había observado en primer término. En el despacho reinaba un silencio solo interrumpido, de vez en cuando, por la musicalidad ferroviaria que el paso del tren Sarmiento les deparaba. Iván fue a servirse un café y les ofreció a los demás. Ramiro le aceptó la mitad del pequeño pocillo. Ezequiel se negó, primero, y lo mismo hizo Juan Ignacio. El sol que entraba por el amplio ventanal bañaba el despacho, los sólidos muebles de madera y, en especial, la mesa en torno a la cual los cuatro jóvenes policías realizaban su cuidadosa pesquisa.

—Ya estoy un poco mareado con todos los que hicieron –dijo Ramiro.

—No son muy distintos, hay ligeros matices –acotó Ezequiel, lacónicamente.

—Yo lo veo siempre igual –opinó Juan Ignacio con cierta timidez, mirando los dibujos.

—No son iguales, acá los matices importan mucho –afirmó Ezequiel, mirándolo, esperando que Juan Ignacio dejara de observar los dibujos de una buena vez y lo mirara a la cara.

—Eso es cierto –coincidió Iván.

—El identikit no es una foto, pero si los datos con los que se elabora están bien sopesados se pueden obtener buenas reconstrucciones. En algunos casos podemos llegar a una precisión superior al noventa por ciento –explicó Ramiro como si fuera un profesor que le está dando una clase a sus alumnos.

—Mejor todavía. Si él es así no creo que nos podamos equivocar –volvió a decir Juan Ignacio.

Ezequiel lanzó un suspiro de fastidio.

—El tema es que los identikit parecen buenos, pero al tipo no lo encontramos nunca –manifestó Iván con una media sonrisa.

—Porque está bancado. Está bien protegido por gente nuestra, por jueces y políticos –dijo Ezequiel, expresándose de una manera semejante a la del comisario Villafañe.

—Seguro que no es ningún boludo –sostuvo Juan Ignacio.

—Lo que importa son los apoyos que tiene –dijo Ezequiel.

Juan Ignacio levantó la vista y miró a Ezequiel. Ramiro e Iván hicieron lo mismo. Fue un breve cruce de miradas, suficiente para que cada uno pudiera comunicar lo que pensaba, transmitir, sin palabras, lo que sentía. Luego, Ezequiel saludó a los policías y abandonó el despacho. Juan Ignacio hizo lo mismo y fue tras los pasos de su compañero.

—Me cuesta entender que los hayan juntado –dijo Ramiro.

—Se odiaban en la escuela y se nota que siguen igual –opinó Iván.

—Estos no cambian más.

—Mejor sigamos porque si no le llevamos nada a Villafañe, se va a poner reloco.

—Estos nuevos elementos le van a servir para convencerse de que los grandes problemas los traen los inmigrantes. Si no son los peruanos son los chinos, ¡jajajajajaja!

—Vamos a tener que decirle que ahora se trata de los chinos y de los peruanos juntos.

—¿Por qué decís eso? ¿Qué pensás?

—Para mí es la banda del Peruca la que está matando a los mafiosos chinos y les cobra a los dueños de los supermercados menos de lo que pretende la mafia china.

—Buen negocio.

—Hace unos meses, los dueños de los súper denunciaron que les pidieron setenta mil dólares para no matarlos. El Peruca los protege por mucho menos.

—¿No te parece demasiado simple esa explicación?

—Para nada. Los tipos que hace apenas seis meses cerraron los supermercados para pedir protección policial son los que ahora piensan que lo mejor que puede hacer la Policía es no meterse. En el medio murieron varios chinos que extorsionaban a los dueños de los súper.

—Sí, eso es verdad.

—¿Tu duda es que el Peruca esté metido en esta?

—Bueno, no sé. Hablamos de ese hijo de puta todo el tiempo y nunca lo vimos, no sabemos nada. Parece el personaje de algún cuento.

* * *

Al anochecer de aquel mismo día, Juan Ignacio y Ezequiel fueron a The Pits, el pub del Negro Eduardo, un brasileño, viejo amigo de la infancia de Juan Ignacio, un joven al que seguía vinculado porque el muchacho era el informante más confiable que tenían. El pub estaba a siete cuadras de la estación Haedo, en una calle oscura, con la calzada empedrada y una sola lámpara en el medio exacto de la cuadra. Era un lugar seguro, el ámbito ideal para quienes no deseaban quedar demasiado expuestos en ambientes con mayor concurrencia de público. Pero esta característica no lo liberaba de la inevitable trascendencia que le daban algunos conflictos que habían terminado en tremendas batallas entre grupos rivales. De hecho, había sido en The Pits donde habían asesinado a Choi, un joven chino de veintidós años, cuyo padre era dueño de varios supermercados, todos estratégicamente ubicados a lo largo de la línea del Ferrocarril Sarmiento. Choi había sido visto, pocos días antes de su muerte, con un grupo de personas, algunas de las cuales no parecían ser de nacionalidad argentina. Y no pocos de esos encuentros habían tenido lugar en el pub del Negro Eduardo. La oscuridad de la zona lo fue convirtiendo en el lugar idóneo para el encuentro de personajes de toda clase. Su ubicación en un subsuelo no hacía más que completar, simbólicamente, su relación con las cosas bajas, subterráneas, ocultas. En el pub del amigo de Juan Ignacio confluían desde miembros de la barrabrava del club de fútbol Deportivo Morón hasta pibes más o menos bien que solo deseaban jugar un partido de pool y tomar una cerveza con sus amigos. The Pits era un espacio exclusivista, el ámbito en el que se daban cita quienes necesitaban verse las caras o estar bien al tanto de todo lo que estaba sucediendo. No se sabe de quién fue la ocurrencia. Las cosas surgen y después se instalan con una fuerza que hace difícil hallar al iniciador de lo que con el paso del tiempo se volverá costumbre. La cuestión era que las paredes del baño de The Pits hacían las veces de las páginas de un libro en el que muchas manos, muchísimas y no siempre anónimas, iban anunciando los sucesos por venir o dejando las claves de los que ya habían ocurrido. Y el Negro Eduardo no se implicaba con los asistentes más que como alguien que solo brinda un servicio. Poseía el don de saber situarse muy por encima de los que se enfrentaban y no quedar como el protector de ningún parroquiano. Por su amistad con Juan Ignacio sabía que The Pits era visitado por algunos policías de otras zonas, efectivos que desde hacía unos meses se hacían pasar por simples asistentes. Entre estos se contaban dos jóvenes que estaban al mando del corrupto Benedicto Marianetti, titular de la Comisaría Segunda de Haedo. Ya hablaremos de ellos, de la noche en la que se cruzaron con Juan Ignacio y de los límites que se atrevieron a pasar sin sopesar siquiera las posibles y graves consecuencias de lo que habían hecho.

Ezequiel estacionó el Mini Cooper a dos cuadras de The Pits y fueron caminando, vestidos de civil. Por lo general, realizaban esa visita antes de las diez de la noche, antes de que el lugar estuviera lleno de chicos. La obvia intención era no ser vistos ni siquiera por esos policías que asistían de incógnitos y que podían complicarlo todo si sus visitas se hacían conocidas. Lentamente, bajaron la escalera; lo hicieron sin mirar a los pocos muchachos que ya ocupaban algunas de las redondas mesas negras y se dirigieron a la barra que Eduardo atendía con la colaboración de Gino, un chico que hacía apenas pocos días había empezado a trabajar allí. Un tema de Sinead O´ Connor, Nothing Compares to you, había empezado a sonar ni bien los dos policías pisaron el primer peldaño de la escalera. Cuando estuvieron frente a frente, Eduardo y Juan Ignacio se abrazaron, como siempre, sin disimular el cariño que se tenían. Luego, el dueño del pub saludaba a Ezequiel, le daba informalmente la mano y un beso. Ezequiel se había acostumbrado a ser tratado como si fuera un personaje secundario, pero le desagradaba la confianza que Eduardo explicitaba cada vez que lo veía a Juan Ignacio, las miradas repletas de claras alusiones, el inocultable brillo de los ojos. Los tres muchachos se encaminaron hacia el final de la larga barra de cedro. Sin que nadie lo llamara, Gino se acercó y les consultó si deseaban tomar algo. Eduardo pidió una cerveza para él y otra para Juan Ignacio; Ezequiel, una medida doble de un licor llamado Tía María. Gino se retiró para preparar el pedido.

—Esperá que el pendejo traiga las cosas y después hablamos tranquilos.

—Perfecto. No tenemos mucho tiempo –dijo Juan Ignacio.

—¿De dónde lo sacaste al pibe? –preguntó Ezequiel.

—Quedate tranquilo que la semana pasada cumplió dieciocho –le respondió Eduardo, sonriendo.

—Después le pido el documento –dijo Ezequiel.

Los tres jóvenes se rieron.

Gino regresó con las dos espumosas y heladas cervezas ya servidas y tres platitos con aceitunas verdes, maníes y palitos salados. Luego fue en busca de la botella de Tía María, de una copa ancha, de whisky, y de dos trozos de hielo y preparó el pedido de Ezequiel.

—Dejanos solos un momento, que nadie nos interrumpa –le pidió Eduardo a Gino.

—Listo –dijo Gino, dirigiéndose al otro extremo de la barra.

—¿Qué sabés de la muerte del chino? –disparó Ezequiel, tomando la iniciativa, cansado de este breve protagonismo de Juan Ignacio.

—Para mí que no es casual –empezó a decir Eduardo.

—Seguro, lo mataron por el viejo –acotó Ezequiel antipáticamente.

—¿Pensás, Edu, que la banda del Peruca puede estar atrás de esto? –le preguntó Juan Ignacio.

—No sé. Puede ser. Mataron al chino porque el padre transó la protección privada. Eso es lo que pienso.

—¿Con quienes pensás que arregló?

—El chinito no era ningún santo. Yo lo vi con gente de la Gardel.

—Seguro que el padre le pagó al Peruca para que les diera protección contra los mafiosos chinos que los estaban extorsionando. No te olvides de que los chinos que aparecieron muertos en el descampado de Merlo eran todos de la mafia. Para mí que a estos los mataron los peruanos para mostrar que la protección que ofrecían era en serio –disparó Ezequiel, sin pausa, mirando solo a Juan Ignacio.

—Puede ser, la cosa parece encajar bien –expresó Juan Ignacio.

—El padre del chino, primero, hizo cerrar los supermercados del cagazo que tenía, reclamó la protección de la Policía y después se echó para atrás, decime por qué cambió de opinión –reflexionó, agudamente, Ezequiel.

—Sí, es razonable lo que decís –manifestó Juan Ignacio.

—¿Nunca lo viste, jamás estuvo acá? –quiso saber Ezequiel.

—Creo que conozco a todo el mundo que viene a The Pits, pero no sé si ese tipo anduvo por aquí alguna vez. Quizá estuvo y no lo recuerdo o no lo vi.

—Pero algo tuviste que escuchar.

—Escuchar, sí. Parece que el tipo es muy malo. Los paraguas se tuvieron que ir de la villa. Los pocos que se quedaron son viejos que no joden a nadie.

—Hay que entrar con un par de tanques. Eso es lo que va a terminar pasando. Todo se va a ir de límite, como piensa el jefe –afirmó Ezequiel.

—Bueno, Edu, gracias por todo, pero lo mejor va a ser que nos vayamos. Está empezando a llegar gente –dijo Juan Ignacio.

Los tres muchachos se saludaron. Juan Ignacio volvió a darle un beso y un abrazo al Negro Eduardo. Y este le dio informalmente la mano a Ezequiel. Sin apuro, los dos policías comenzaron a retirarse del pub. Lo hacían sin mirar a nadie. Ezequiel quiso llevar a Juan Ignacio hasta la casa, pero este no aceptó la propuesta de su bravo colega. Le pidió, sí, que solo lo llevara hasta la estación Haedo para que él pudiera tomar el tren, pero Ezequiel insistió con llevarlo hasta la casa. Y Juan Ignacio reiteró su negativa. Entonces se despidieron. Juan Ignacio comenzó a caminar en dirección a la estación Haedo. Ezequiel subió al auto y con las manos aferradas al volante seguía con la vista al compañero que se alejaba, quien poco a poco se iba convirtiendo en un punto que, finalmente, se devoró la oscuridad de la noche. Cuando no lo vio más puso en marcha el auto y decidió dar unas vueltas por el barrio con la intención de hacer un poco de tiempo. A las once y media, Ezequiel llegó a la estación Haedo y detuvo el auto sobre la avenida Rivadavia. Había menos tráfico. Había más silencio. Se sentía en el aire, más limpio, un aire en el que dominaban los olores misteriosamente retenidos en todas las estaciones ferroviarias. Corriendo, cruzó la ancha y desierta avenida. En la estación, subió de a dos los escalones y buscó a Juan Ignacio en la solitaria plataforma. Pero Juan Ignacio ya había subido al tren casi vacío. Ezequiel, esta vez, había llegado tarde. Cabizbajo, regresó al auto, que algunos pibes miraban, codiciosos. Abrió la puerta y casi se dejó caer como un peso muerto, con los brazos vencidos. Había dejado la radio encendida, con el dial en el 94.3 de FM Horizonte, la emisora preferida de su compañero. En ese momento pasaban un tema emblemático de Rod Stewart, una canción que Juan Ignacio le había traducido hacía apenas unos días: Downtown train.

El viernes 23 de noviembre de 1990, el sargento Juan Ignacio Soriani se encontraba en el móvil que compartía con Ezequiel Fritzler. Este había descendido del auto para comprar una gaseosa helada en un supermercado chino. Eran las cinco y media de la tarde. Un día de calor insoportable explicaba estas reiteradas interrupciones para tomar algo fresco. Por lo general, era Juan Ignacio el que solía comprar las cosas y Ezequiel el que permanecía en el auto, escuchando la radio o mirando los titulares de algún diario. Pero justo ese día la situación iba a ser bien diferente. La gente común habla del tan mentado destino cuando ocurren ciertos episodios que a uno le marcan la vida, que se la dividen en dos partes, partiéndola para siempre.

El coche policial se encontraba estacionado sobre avenida Gaona y Juan Ignacio tenía la puerta abierta para que circulara un poco de aire que mitigara la elevadísima temperatura que hacía en su interior. Fue en ese momento, mientras echaba la cabeza hacia atrás, cuando vio en el espejo retrovisor la figura de un muchacho cuyo rostro coincidía con las diversas imágenes de los varios identikit que había visto del Peruca.

El Peruca tenía el pelo negro y lacio, largo hasta los hombros. Y un bello rostro moreno, marca registrada de todos los identikit que habían hecho de él. Debajo de las finas cejas, dos ojos grandes y oscuros, de mirada sombría y reservada. La nariz era simétrica y recta, con dos orificios diminutos, casi invisibles. La barba, apenas crecida, le daba cierta aspereza a las suaves mejillas sin cicatrices. De estatura media, fornido, con los lampiños pectorales marcados y los brazos surcados de gruesas y azuladas venas. Los labios tenían una tonalidad amoratada. Y las piernas, sólidas, torneadas, parecían las columnas de los antiguos templos, algo que quedaba a la vista por el uso de ceñidos pantalones vaqueros. Ese día vestía una musculosa gris, un ajustado jean y unas Adidas negras. La correa de un morral de cuero blanco le cruzaba el pecho. Y en el cuello llevaba un rosario de brillosas perlas negras al cual le había añadido, junto a la cruz de oro, una imagen tallada en marfil de San la Muerte. Caminaba en silencio, despreocupado, como si no midiera la imprudencia de lo que estaba haciendo, de una conducta que más tarde atribuiría a la intervención de esas divinidades paganas que formaban parte de su rudimentaria teología y que, según creía, movían los hilos de la vida de algunas personas.

Pensar que él, nada menos que él, no viera el móvil policial que estaba detenido sobre avenida Gaona, a media cuadra de Marcos Paz, resulta algo que roza lo inverosímil. De todos modos, haya visto o no el coche de policía, él siguió caminando con la fe de los que se sienten protegidos por una fuerza superior. No tenía nada de extraño que pensara eso el muchacho que había hecho fracasar todos los complejos operativos que se habían realizado para capturarlo, el inhallable joven que no dejaba dormir al comisario Juan Carlos Villafañe.

Juan Ignacio tenía la mano derecha apoyada en la culata de su pistola nueve milímetros. A pesar de no estar Ezequiel, había decidido dar la voz de alto ni bien el Peruca dejara atrás el auto en el que aguardaba, más ansioso que nunca, el arribo de su autoritario compañero. Con la respiración contenida, Juan Ignacio descendió del auto con el arma en la mano y, antes de que el Peruca llegara a la esquina, le ordenó que se detuviera dirigiéndose a él por el apodo por el que era conocido en todo el mundo. La respuesta del joven no se hizo esperar. Sin darse vuelta, comenzó a correr. Dobló en la esquina y tomó la calle Marcos Paz, que moría justo, después de cinco cuadras, en la villa Carlos Gardel. Juan Ignacio, sin sopesar los riesgos, decidió perseguir al Peruca. Este le llevaba una importante ventaja y Juan Ignacio no le sacaba los ojos de encima. Ni siquiera consideró la posibilidad de detenerse unos segundos y dispararle. Podía haberlo hecho sin riesgo en esa calle vacía. Pero se había dejado llevar por el impulso persecutorio, por el afán de darle alcance al joven cuya imagen tenía grabada en la cabeza. Menos de dos minutos demoró el policía en llegar a escasos metros del Hospital Posadas y tras alguna comprensible vacilación, decidió ingresar a la villa y continuar la persecución del Peruca. Su actitud no se atenía a las normas de seguridad que había aprendido y esto podía costarle la vida o, siempre que lograra salir vivo de allí, perder el puesto que se había ganado con inteligencia y valentía.

Finalmente, Ezequiel llegó al móvil. Le sorprendió que Juan Ignacio no estuviera y mucho más que hubiera dejado la puerta abierta del auto. Era algo que nunca había pasado. Echó una rápida mirada en derredor hasta que escuchó la voz de una mujer que lo llamaba, una anciana que estaba regando las plantas del jardín. Ezequiel se acercó a ella y la mujer, sin salir de la casa, detrás de las rejas blancas, le contó todo lo que había visto.

—Salió corriendo a alguien.

—¿Vio para dónde fue?

—Pegó la vuelta por Marcos Paz con el arma en la mano, me asusté muchísimo. Pensé que iban a empezar a los tiros. ¡Dios mío, una no gana para sustos! ¡Qué nos pasa a los argentinos! Antes…

—Gracias, abuela –le dijo Ezequiel subiéndose al auto.

Ezequiel no podía creer lo que había hecho Juan Ignacio. En el breve minuto que demoró en llegar hasta la puerta del Hospital Posadas, su indignación iba creciendo por esta inexplicable actitud de su compañero de lanzarse a perseguir a alguien con tanta urgencia como para no poder esperarlo. En su cabeza se iban acumulando un sinnúmero de probables explicaciones que justificaran el accionar de Juan Ignacio, pero el Peruca seguía estando comprensiblemente ausente de las posibles razones que lo hubieran llevado a abandonar el móvil en la calle con la intención de capturar a alguien. Ezequiel estaba desconcertado, sin poder hilvanar dos ideas que pudieran tranquilizarlo. Luego bajó del móvil y aguardó a unos pibes que venían pateando una pelota de fútbol. Supuso, sin equivocarse, que habían visto algo y, con el arma en la mano, se dirigió al que parecía el mayor del grupo.

—¿Decime qué viste o te vuelo la cabeza, hijo de puta?

—¡Pará, calmate, hermano! –suplicaba un pibe de no más de quince años.

—No hicimos nada nosotros –dijo otro de los chicos.

—Le estoy preguntando a él, quiero saber qué vieron –repitió Ezequiel.

—Se metió en la villa. Si tenés huevos, seguilo –le recomendó con cierta malicia el chico al que se había dirigido en primer lugar.

Ezequiel, sin dudarlo, ingresó por uno de los pocos accesos que tenía la villa, un pasillo angosto y zigzagueante y comenzó a internarse en ese peligroso laberinto, con el arma en la mano, llamando desesperadamente a Juan Ignacio. Mientras tanto, este seguía persiguiendo al Peruca. Finalmente, Juan Ignacio llegó a una zona de la villa más abierta y desolada. Aquí, las precarias casillas de chapa cedían su lugar a un terreno arbolado en el que se escuchaban menos las voces y los gritos de la gente y mucho más el solitario ladrido de los perros. Se detuvo, impaciente, y dirigió la vista en todas las direcciones. A escasos cincuenta metros, divisó una construcción de material que excedía el tamaño de las casillas. Supuso que el Peruca se habría escondido en ese lugar y hacia allí fue. Cuando llegó al galpón, Juan Ignacio dirigió una escudriñadora mirada al interior a través de los agujeros de una chapa que cubría parcialmente una abertura de la pared. El lugar estaba tenuemente iluminado por una lamparita. Con dificultad, pudo ver algunas cosas: vio puertas de autos bien apiladas, vio cajas y cajones de botellas, vio baúles de madera, vio el relampagueo de un bichito de luz y el audaz salto de un gato blanco. Un chasquido lo hizo desistir de continuar con la observación de ese depósito en el cual, no había duda, acumulaban parte de la mercadería que robaban.

—Peruca, salí ya; en minutos esto va a estar lleno de policías –le ordenó Juan Ignacio.

Esperó unos segundos con la máxima concentración. Los ojos, bien abiertos, parecía que se le iban a salir de las órbitas.

—¡Ya están llegando refuerzos! ¡Lo mejor que podés hacer es salir con las manos en alto!

Para sus adentros comenzó un lento conteo. Cuando llegó a tres, pateó la puerta e ingresó al oscuro galpón. Echó una rápida mirada al lugar. A pesar de la mala iluminación, pudo ver, con más claridad, las mismas cosas que había visto antes. Se dio cuenta de que el galpón era inmenso, mucho más grande de lo que a simple vista parecía y que se extendía en una dirección en la cual parte de la construcción quedaba cubierta por una densa y añosa arboleda. Unos objetos llamaron la atención de Juan Ignacio, unas finas cajas en las que pudo ver la imagen de Sergio Goycochea, arquero de la Selección Argentina de Fútbol y modelo oficial de la marca de calzoncillos Eyelit. La contemplación del cuerpo acaparó totalmente su atención hasta que sintió la presión del caño de un arma de grueso calibre sobre la sien derecha. Y la tibieza de un aliento en el que se mezclaban el olor del tabaco con el de la cerveza.

—Deja tu arma en el suelo y evita tú un problema mayor.

Juan Ignacio se inclinó apenas para dejar el arma en el suelo de tierra. El Peruca acentuó la presión sobre el cuerpo de Juan Ignacio y la de su pistola Bersa sobre la sien del joven y temeroso policía. Luego pateó el arma para alejarla lo más posible de su alcance. Juan Ignacio aprovechó esta mínima desconcentración para girar el cuerpo y lanzarle una certera patada, que hizo saltar por el aire la pistola Bersa del Peruca. Y este acto señaló el comienzo de una pelea a puño limpio. Juan Ignacio exhibía una técnica de escuela, aprendida con profesores y ensayada durante años en rutinas programadas que jamás había dejado de cumplir. El Peruca, en cambio, compensaba la falta de técnica y elegancia con una actitud aguerrida, adquirida en las pobres barriadas de su Lima natal.

Varios golpes de Juan Ignacio habían dado en distintas partes del cuerpo del Peruca, pero era evidente que no le habían ocasionado ningún daño. Y el paso de los minutos se volvía en contra del policía, no solo por hallarse en un terreno adverso sino porque tenía un rival que no parecía dar cuenta de los impactos recibidos, que se permitía sonreír confiado, que lo invitaba a lanzar más trompadas, haciendo que Juan Ignacio fuera perdiendo la calma que necesitaba más que nunca. Después de esquivarle, arrogante, un par de débiles manotazos, el Peruca le conectó un tremendo uppercut que tiró al piso a Juan Ignacio, visiblemente vencido.

—Ya perdiste policía, te gané el mano a mano más duro de tu vida.

Juan Ignacio no toleró este insultante comentario y se abalanzó sobre el joven peruano con todo el resto de fuerza que parecía quedarle. Pero este le hizo una toma que lo arrojó sobre las cajas de cartón. Juan Ignacio se puso de pie enseguida, pero lo hizo con tanta fuerza y mala suerte que golpeó la cabeza con el filoso extremo de un largo tirante de madera. Esto lo hizo caer al piso, semiinconsciente. Un hilito de sangre comenzó a teñirle la rubia y espesa cabellera, a descender por el cuello, a correrle por la espalda. El Peruca se acercó al policía y se arrodilló a su lado. Lo primero que hizo fue tomar y colocarle las esposas. Acto seguido, sacó un pañuelo blanco del bolsillo trasero del pantalón y lo mantuvo presionado sobre la herida para detener la mínima hemorragia. Después se dirigió al fondo del galpón. Regresó con una botella de cerveza, tomando del pico, desesperado, desparramando parte del contenido sobre el pecho mojado de transpiración.

Lentamente, el policía iba saliendo del estado de semiinconsciencia en que había quedado sumido después de la feroz golpiza que había recibido. Fue entonces cuando el Peruca le dio de beber un poco de cerveza. Juan Ignacio quiso tomar más, pero el Peruca le retiró la botella de la boca y vertió el resto del contenido sobre las sucias mejillas del efectivo de la bonaerense. Después se miraron a los ojos. Juan Ignacio pudo al fin comprobar por sí mismo cuán cierto era todo lo que Ramiro le había dicho hacía apenas unos días.

—¡Sacame las esposas que son mías, delincuente!

—Son tan tuyas que hasta decidí ponértelas y no te las pienso sacar.

—Mi compañero me está buscando. En cualquier momento va a llegar.

—Pues entonces lo esperaré.

De repente, se escucharon unos silbidos y a los pocos segundos unos golpes en la puerta. El Peruca fue a abrir, tranquilo; él conocía muy bien al muchacho que silbaba. Un joven moreno, de veintiún años, a quien apodaban Rubindio, venía a encontrarse con el jefe de la banda. Le decían Rubindio por el color de la piel y porque llevaba el pelo con algunos mechones teñidos de rubio. Los muchachos se saludaron con un cálido abrazo y un beso en la mejilla. El Peruca le refirió todo lo que había pasado y le encargó el cuidado de la puerta. También le encomendó que buscara a alguien que diera aviso a los demás miembros de la pandilla de que podía estar al caer la Policía. Rubindio salió aprisa del galpón para cumplir las órdenes que había recibido, pero lo hizo luego de colmar de elogios al peruano.

Rubindio había nacido en Paraguay hacía veintiún años. Para todos era, sin discusión posible, el segundo de la banda del Peruca. En su haber tenía un buen número de peleas ganadas y la absoluta confianza del jefe. Hasta los paraguayos, históricos habitantes de la villa, temían y respetaban a este muchacho que los había dejado para irse a trabajar con el Peruca. Lo había decidido una noche, después de una reunión a solas con él, en este mismo galpón en el que hoy estaba Juan Ignacio. Pero al lado de los que lo respetaban y temían se hallaban los que lo odiaban, los que no le perdonaban su deserción, la apostasía de haberlos abandonado. Él no se sentía un traidor. Lo único que le interesaba era no fallarle al Peruca, la persona más importante de su vida.

* * *

Casi una hora y media después de haber entrado a la villa, Ezequiel hacía un violento ingreso al galpón en el que estaba Juan Ignacio. Este se tapó apenas el cuerpo desnudo con el pantalón del uniforme. Ezequiel Fritzler lo miró, se dio vuelta y le pegó varias patadas y trompadas a las cajas que estaban apiladas. Juan Ignacio se aproximó a él y se lo quedó mirando sin decirle una palabra. Quiso darle el tiempo suficiente para que pudiera desahogarse. Luego de unos minutos, Ezequiel se volvió hacia Juan Ignacio y lo abrazó en clara actitud consoladora. La situación no permitía que comenzara el largo inventario de todos los errores cometidos. Ya llegaría el tiempo. Ezequiel jamás dejaba pasar la menor ocasión para que Juan Ignacio supiera cómo eran las cosas y sobre todo quién daba las órdenes. Y este hecho insólito y grave no iba a ser una excepción. Los dos efectivos de la Policía bonaerense permanecieron unos minutos abrazados. Ezequiel le acariciaba la espalda como para transmitirle confianza y tranquilidad a un colega profundamente avergonzado por lo que había pasado. También le aseguró que lo que había ocurrido sería un doloroso episodio que quedaría entre ellos para siempre.

—Salgamos de acá ya, antes de que vengan y nos maten –ordenó Ezequiel.

Juan Ignacio comenzó a cambiarse rápidamente. Luego salieron del galpón.

—Vayamos para aquel lado. Estoy medio perdido, di mil vueltas.

—Yo ni te cuento –le dijo Juan Ignacio.

—Quedate tranquilo y seguime a mí. ¿Te sentís bien?

—Quiero bañarme y dormir tres días seguidos. Me duele todo el cuerpo.

—Corramos para aquel lado, creo que salimos a los departamentos que están detrás del Hospital Posadas.

—Bueno.

Apenas salieron del galpón, con las armas en la mano, corrieron a toda velocidad hacia una dirección que, presumía Ezequiel, era la correcta. La villa Carlos Gardel había crecido en número y en extensión y sus límites no estaban del todo claros, era un territorio con una frontera elástica, con unas líneas de demarcación que se movían de acuerdo al dictado de las necesidades de los que no cesaban de llegar, de los que, cada vez en mayor número, eran arrojados al basural donde se destinaba el producto de descarte que generaba entonces la sistemática aplicación del recetario neoliberal.

Transcurrida media hora, llegaron a un paraje arbolado, silencioso. Se podía oír el ladrido de los perros y la densa e impenetrable oscuridad era solo atenuada por la luz de la luna y el reflejo lejano de las lamparitas que iluminaban las precarias casillas.

—¿Te sentís bien? –le volvió a preguntar Ezequiel.

—Un poco flojo, parece que se me doblan las piernas.

—Espero no haberme equivocado, pero me extraña que no veamos el Hospital Posadas.

—Quizá ya salimos de la villa, quién sabe.

—No creo, va, puede ser.

Siguieron caminando. Después de unos minutos, vieron el inmenso paredón blanco del Hospital Posadas. Enseguida, casi sin darse cuenta, se encontraron en la calle. Nada malo les había pasado ni les pasaría. No se habían cumplido los peores vaticinios. Ni cuando se cruzaron con algunos nutridos grupos de jóvenes, a punto ya de salir del inmenso asentamiento, vivieron algo parecido a una amenaza. Algunos insultos, algunas desafiantes miradas, algunos gestos poco simpáticos. Pero nada más. Hasta no faltaron pibes que los sorprendieron con una inesperada y cálida sonrisa. Ya se había puesto el sol. Los dos policías caminaban por la calle Marcos Paz en dirección a la avenida Gaona. A esa hora no se veía a nadie. Apenas oscurecía, el barrio quedaba sumido en el silencio. Se habían multiplicado los robos, hechos antes aislados, y la gente empezaba a tener miedo. Y en la puerta de una casa un hombre solo tomaba fresco en la vereda. Los dos policías se presentaron por sus nombres y le solicitaron permiso para usar el teléfono. El vecino accedió amablemente. Una vez adentro, los invitó a sentarse y fue en busca de algo fresco. Mientras tomaba los tres vasos de una alacena, le indicó a Ezequiel donde estaba el teléfono. Este quería comunicarse con el comisario Villafañe, explicarle, sin detalle, las razones por las cuales no habían podido regresar a la departamental como hacían todos los días. Pero el jefe ya se había retirado. El principal Lombardo le informó a Ezequiel que la mujer de Villafañe había tenido un accidente en la bonaerense ciudad de Zárate y que él hacía varias horas que no estaba allí. Luego salieron de la casa y caminaron hasta el lugar donde Ezequiel había dejado el auto. No más de veinte minutos tardaron en llegar a la casa de la calle Colinas Nevadas 18, en Castelar. Juan Ignacio fue durante todo el trayecto pensando en las posibles y graves consecuencias de lo que había ocurrido. Poco antes de las diez de la noche, llegaron a la casa. Ezequiel salió del auto. Luego, algo mareado, lo hizo Juan Ignacio. Una vez aquí, el morocho de Avellaneda se hizo con las llaves. No se las pidió, ni le dio tiempo a Juan Ignacio para que este las sacara del llavero, sino que las tomó directamente e introdujo una de ellas en la cerradura y abrió la puerta.

Juan Ignacio vivía solo en un moderno loft de dos plantas en la zona más exclusiva de Castelar. En la planta baja, en un enorme garaje, guardaba las motos, las bicicletas, el Ford Taunus rojo, una lancha y una canoa con la cual solía ir a remar con sus amigos. A la vivienda se podía acceder desde el interior del garaje o desde la puerta de la calle. Una escalera de mármol blanco terminaba en un soberbio y luminoso espacio en el que solo la cocina, los tres baños, el gimnasio y otro cuarto estaban claramente separados del todo único de la construcción. Las fotos con sus padres y el Negro Eduardo, finamente enmarcadas en madera, lo mostraban por diferentes lugares del país y del exterior. Abundaban, asimismo, los objetos que sus padres, incansables viajeros, le habían traído de los lugares más exóticos del mundo. Una pecera con peces multicolores, una vieja tortuga y un dálmata de no más de dos meses de vida ayudaban a completar el colorido de esta casa que para Juan Ignacio era su pequeño paraíso. Una modesta biblioteca contenía libros pertenecientes, casi de forma excluyente, al género de la literatura policial: Arthur Conan Doyle, Agatha Christi, Edgar Allan Poe, Gilbert K. Chesterton, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Rodolfo Walsh se hallaban entre sus autores preferidos. Los libros de fotografía y de cocina también tenían su lugar en los anaqueles de madera. Juan Ignacio sentía especial gusto por la buena comida, algo heredado de un padre exigente en cuestiones culinarias.

Los padres de Juan Ignacio se habían opuesto con energía a su deseo de convertirse en policía. Esta elección lo apartaría de una tradición en la cual los médicos y los abogados, tanto por parte del padre como de la madre, tenían preeminencia. Pero Juan Ignacio había defendido con firmeza su decisión de ser un miembro más de la tan desprestigiada Policía de la provincia de Buenos Aires. Vanos fueron todos los intentos del padre para convencerlo de que en la Escuela Juan Vucetich sería como una mosca blanca, alguien cuya pertenencia familiar y educación le volverían insoportable la convivencia con personas resentidas, de bajo nivel económico y cultural, en gran número procedentes del norte del país o de pueblos perdidos del interior bonaerense. Pero estos pronósticos solo habían tenido algo de cierto con respecto a Ezequiel Fritzler. Había sido este el muchacho que, lo admitiera o no Juan Ignacio, le había hecho pasar los momentos más difíciles en la escuela, el que le había robado el protagonismo que el otro estaba acostumbrado a tener siempre y el que casi lo lleva a abandonar la carrera que tanto quería. Pero Ezequiel también había contribuido, sin proponérselo claro, a hacer de Juan Ignacio un pibe más humilde, más capaz de aprender a valorar lo bueno que pueden tener los otros. De hecho, fue creciente y secreta la admiración de Juan Ignacio por ese pibe rudo que lo había condenado a ser segundo, ese chico que, a veces, lo trataba como el mayor puede tratar al menor de sus hermanos o como un padre severo al más travieso de sus hijos.

Ezequiel estaba sorprendido por las dimensiones de la casa, por los amplios ventanales, por el lujoso mobiliario. El pequeño dálmata no dejaba de olisquearlo y de seguirlo a todos lados. Juan Ignacio le dijo que se sintiera cómodo, que se sirviera algo fresco y que recorriera la casa mientras él tomaba un baño, una ducha que, le anticipó, duraría más del tiempo acostumbrado. Ezequiel también se sentía abatido por lo que había ocurrido y en especial por lo que le había pasado a Juan Ignacio. Quizá no se notaba cuán furioso estaba, cuán dolido había quedado. Quería ya hablar con Juan Ignacio, dejarle algunas cosas claras y bosquejar un plan de cara al por demás incierto futuro. ¿Sería posible que un hecho semejante no fuera inmediatamente conocido, que lo ignorara la prensa, que no lo supiera Villafañe? Ezequiel meneaba la cabeza, hablaba solo, se hacía una y mil preguntas. Tomaba de a lentos sorbos la copa de gaseosa que se había servido, caminaba por la casa, miraba las fotos, pasaba la yema de los dedos por los muebles de caoba bajo la atenta mirada del hermoso cachorrito. Luego abrió una puerta de madera. Una habitación se iluminó súbitamente, un cuarto amplio, lleno de espejos, repleto de fotos, perfumado con una agradable mixtura de fragancias. Una colchoneta negra cubría gran parte del resplandeciente piso de madera. Aquí Juan Ignacio practicaba lucha grecorromana con algunos de sus amigos. Ezequiel pudo, apenas, esbozar una sonrisa. A pesar de la amargura que lo embargaba, más allá del tremendo dolor que le causaba lo que le habían hecho a su amado compañero, sentía que Juan Ignacio no podía vivir de otra manera, que alguien como él se merecía tener lo mejor del mundo. Acto seguido salió de allí. Cerró la puerta con inusual delicadeza y caminó hasta la habitación inmediatamente contigua. Juan Ignacio continuaba bajo la fría lluvia de la ducha. Por una de las ventanas, apenas abierta, entraba una brisa que traía el olor de la tierra y el perfume de las flores del jardín. Cada tanto se sentía el eterno traqueteo del tren Sarmiento. Y el ladrido de los perros de las casas vecinas. Ezequiel permaneció unos segundos de pie frente a la puerta. Observó los relieves de la madera labrada y, tal como había hecho antes, volvió a pasar los dedos sobre esa suave y brillante superficie. Luego abrió la puerta. Las luces volvieron a encenderse, pero de forma gradual. Un espacio de doce metros de largo por seis de ancho albergaba los aparatos más modernos para hacer gimnasia, un equipamiento que solo podía verse en los mejores gimnasios de la ciudad de Buenos Aires. Ezequiel parecía no dar crédito a lo que veían sus ojos. Al fondo del salón vio una bolsa de arena y una colorida pera de cuero. Fue hasta ellos caminando muy despacio. De las paredes pendían fotos de los más grandes boxeadores argentinos: Nicolino Locche, Pascual Pérez, Carlos Monzón, Miguel Ángel Castellini, Horacio Accavallo, Víctor Galíndez, Oscar “Ringo” Bonavena, José María Gatica, Santos Benigno Laciar, Gustavo Ballas, Juan Martín “Látigo” Coggi, Eduardo Lausse y otros. Estaban cuidadosamente enmarcadas en madera. Cuando estuvo frente a la bolsa de arena, Ezequiel comenzó a golpearla como si estuviera cumpliendo una rutina de gimnasia. Pero en realidad estaba descargando toda la furia contenida, todo el odio acumulado por lo que le habían hecho a Juan Ignacio. No veía en ella todavía el rostro de la persona que, esta vez sí, le había ganado. Pero faltaba poco para que empezara a verlo en todos lados, casi todo el tiempo: en las noches de insomnio, en las guardias cotidianas y en las borrosas imágenes de las amargas pesadillas. Sobre una amplia pared color salmón había más fotografías del dueño de casa, fotos entre las que predominaban las que se había tomado con otros estudiantes de la Escuela Juan Vucetich. Ezequiel pudo reconocer a algunos de los jóvenes alumnos e, inútilmente, se buscó entre ellas. Pero en ninguna se encontraba el bravo morocho de Avellaneda. Y le dolió su ausencia, el triste hecho de no verse, feliz, entre los pibes. Sintió como si una puñalada le atravesara el pecho, como si fuera la víctima indefensa de un acto traicionero, deleznable, como si le hubieran querido pasar la factura por haber sido el mejor en todo lo que había hecho. En el equipo de música sonaba el clásico ¿Da ya think I´m sexy?, de Rod Stewart. Ya llegaría la ocasión en la cual Ezequiel haría referencia a esta notable ausencia suya con algún comentario malicioso disfrazado de aparente inocencia. Ezequiel estaba observando una foto de Kip Noll cuando advirtió que Juan Ignacio, desde la puerta, lo estaba mirando a él. Fue la fragancia del desodorante Axe y la del Drakkar Noir la que atrajo sus ojos hacia Juan Ignacio. Este solo tenía puesto un ajustado short anaranjado y calzaba unas ojotas Adidas con los colores de River Plate. Hacía rato que Ezequiel había dejado atrás ese sentimiento de conmiseración que en la villa le había inspirado Juan Ignacio. Ahora volvía a ser el jefe severo, el bravo muchacho que todos conocían.

—¿Te gusta, Ezequiel?

—Claro, es espectacular. ¡Tu casa es increíble, Juan Ignacio! Lamento haberla conocido un día como el de hoy. Solo este lugar es un paraíso. Yo viviría feliz en el gimnasio.

—Las cosas se dieron así.

—Sé que no es el mejor momento para hablar –dijo Ezequiel.

—Está bien, decime lo que me tenés que decir y listo. Salgamos de acá, sentémonos en los sillones y hablemos –expresó Juan Ignacio.

—No te quiero decir nada, te quiero hacer una pregunta.

—Perdoname, Ezequiel, me mandé una tremenda cagada, me dejé llevar por el impulso…

—Ya pasó, ya está. Yo me siento mal, destruido, porque no pude llegar a tiempo.

—Es un laberinto, era imposible que me encontraras. No te sientas mal.

—¿Quién fue?

Juan Ignacio no le respondió enseguida la tremenda e inevitable pregunta.

—Dale, Juan Ignacio. Ya sé lo que pasó. Estabas desnudo, no hay que hacer ninguna investigación.

—Mirá... –comenzó a decirle, sin poder seguir la frase.

—Quedate tranquilo que esto va a quedar entre vos y yo. Sé que no somos amigos, pero nadie va a saber nada. ¿Qué pasó, cómo se llegó a eso, fue un solo tipo o fueron varios?

—Fue un solo tipo. Nos agarramos a piñas, me golpeé la cabeza con un tirante de madera, caí al piso medio inconsciente…

—¿Perseguiste al Peruca? –le preguntó Ezequiel, haciendo recién ahora la primera conexión entre la actitud de Juan Ignacio y uno de los hombres más buscados del país.

—Por el espejo vi a un tipo que venía caminando… –comenzó a balbucear.

—Decime si te violó el Peruca. Es lo único que quiero saber.

Juan Ignacio sabía que no podía mentirle, que solo el Peruca podía explicar la disparatada reacción que había tenido.

—¡Juan Ignacio, ¿te violó el Peruca?! –le volvió a preguntar Ezequiel, totalmente fuera de control.

Juan Ignacio levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Estaba algo pálido, se le notaba el miedo a su viejo verdugo de la Escuela Juan Vucetich.

—Sí, fue él.

Después de la tremenda confesión, permanecieron, en silencio, en los lugares que cada uno había ocupado. Finalmente, transcurridos cinco minutos, Ezequiel se puso de pie, dio algunos pasos y se detuvo justo frente a su compañero. Había escuchado la peor respuesta a su pregunta. Nada le había dolido tanto, nada le había hecho ni le haría en el futuro tanto daño como la terrible contestación de Juan Ignacio.

—Tenemos que pensar bien lo que vamos a decir porque esto puede costarnos la carrera –fue la recomendación de Ezequiel.

—Acordemos algo para decir lo mismo –sugirió, tímidamente, Juan Ignacio.

—¡Vos vas a decir lo que te diga yo!

—Está bien, Ezequiel. Vos sabés que...

—Te mandaste una terrible cagada.

—Lo vi y me puse ciego. No podía creer que fuera él, que estuviera caminando por la calle tan tranquilamente.

—Yo no sabía qué carajo hacer. No quise pedir refuerzos. Pensé que te podían matar.

—Lo siento, de verdad. ¡Te lo juro, Ezequiel! Vos sabés bien que nunca me mando solo.

—¡Decime qué carajo le vamos a decir a Villafañe si esto se llegara a saber, qué mierda pongo en el informe que voy a tener que presentar mañana!

—¡No me cubras, Ezequiel! Si esto trasciende, le cuento lo que pasó y punto.

—¿Pensás que Villafañe se va a bancar que en el Cuerpo de Elite haya un tipo como vos?

—El lugar que tengo me lo gané solito, hermano.

—¡Te cogió un tipo, Juan Ignacio! ¡Te la puso un delincuente! –le dijo Ezequiel meneando la cabeza, dándose golpes con las manos como si quisiera despertar de la más tremenda pesadilla que había tenido hasta hoy.

—¡No quiero seguir hablando, Ezequiel ¡Andate de mi casa!

Juan Ignacio se puso de pie y dio apenas unos pasos, pero Ezequiel se interpuso en su camino y lo tomó de los dos brazos.

—¡Andate de mi casa! –repitió Juan Ignacio.

—Parece que no medís la gravedad de lo que pasó –le dijo Ezequiel a los gritos, olvidándose de que estaba en casa ajena.

—¡Lo que me pasó, me pasó a mí!

—¡Pero vos vestís un uniforme que tiene una historia, carajo! ¡Sos parte de una institución a la que pienso que le tenés cariño! –expresó Ezequiel con descontrolada furia.

—¡Me pasó a mí, a mí, Ezequiel! Yo voy a cargar con eso.

—Ya lo sé, pero vos estabas conmigo.

—Voy a pensar que lo único que te importa es quedar pegado a la cagada que me mandé.

—Lo voy a encontrar. Ya vas a ver. Lo voy a encontrar y lo voy a matar. ¡Y lo voy a matar por lo que te hizo a vos! Ahora me chupa bien un huevo lo que el tipo haga con su vida. Si es chorro, si es narco. Me chupa bien un huevo.

Los dos muchachos volvieron a tomar asiento en los mismos lugares en los que habían estado sentados. Juan Ignacio tenía los brazos enrojecidos por la sujeción a la que Ezequiel lo había sometido. Se lo veía enojado, asustado, vulnerable. Ezequiel, no era extraño, parecía ser el dueño de la casa y Juan Ignacio un simple huésped o un ocasional invitado.

—Mirame, Juan Ignacio. Disculpame si te dije algo desubicado, pero hoy podíamos haber perdido la vida por esa locura tuya.

—Ya te lo dije, tenés razón. Ya te pedí disculpas, Ezequiel. ¿Qué más querés que haga? –le dijo Juan Ignacio mirando el piso, con la voz quebrada, casi al borde del llanto.

—Mirame, Juan Ignacio. No me gusta que no me mires a los ojos cuando te estoy hablando.

Juan Ignacio miró a la cara a su terrible jefe, a ese muchacho que, sin embargo, lo quería como jamás había querido a nadie. Cuando esto ocurrió, Ezequiel se puso de pie, fue hasta donde estaba su hermoso colega y le tendió la mano. Este, en un principio, la tomó a regañadientes, pero Ezequiel hizo que se levantara. Tenía la intención de bajar una temperatura que había subido demasiado. Una sincera sonrisa y un abrazo fueron los medios que empleó Ezequiel para comenzar a reparar parte del terrible daño que había hecho. La respuesta de Juan Ignacio, fría al comienzo, no se hizo esperar: se aferró a la cintura de Ezequiel y así, de esta manera, empezaba a decirle con el cuerpo lo que aquel quería escuchar desde hacía años. Ezequiel comenzó a acariciarle la espalda con las dos manos bien abiertas. Y enseguida cruzó el límite de la cintura y puso una mano en cada una de esas dos nalgas que tanto le gustaban. Poco tardaron en unir los labios, los carnosos y rosados labios de uno sobre los más finos y oscuros labios del otro. Primero fue algo semejante al tanteo de los que están por hacer algo que no hicieron nunca. Luego fue como el apasionado beso de dos enamorados o de los que empiezan a hacer realidad un deseo largamente postergado. Ezequiel era en esto tan igual a todo lo que hacía: agresivo, helado, intolerante. Acto seguido hizo algo de presión sobre los hombros de Juan Ignacio y lo puso de rodillas. Este supo que ya no podía hacer nada, que Ezequiel, una vez más, le había ganado. Lo que Juan Ignacio no sabía era que su bravo colega estaba teniendo la primera relación sexual de su vida. Ezequiel cumplía el viejo y secreto juramento que se había hecho cuando era un pibe de tan solo dieciocho años, el sagrado voto de empezar su vida sexual con Juan Ignacio.

—No podés estar sin mí, Juan Ignacio. Me necesitás más que nunca.

—Puede ser.

—Vamos a la cama.

A las once y media de la noche, Ezequiel comenzó a penetrar a Juan Ignacio. A Ezequiel le gustaba mirar a la cara a Juan Ignacio mientras lo penetraba y a este le apasionaba ver la severa expresión de su colega, el revoleo de los oscuros ojos perdidos, el despuntar de la sonrisa sutil, amenazante. Le gustaba escucharle decir esas palabras fuertes, esas expresiones picantes que, en sus fantasías, ya había escuchado casi todas las noches cuando, en la inviolable intimidad de la litera de la Escuela Juan Vucetich, pensaba en Ezequiel Fritzler. Y a este también le había ocurrido lo mismo. En el silencio de la noche, los dos tejían los sueños que mantenían bien guardados; ahí, todas las noches, los dos pensaban situaciones en las que tenía lugar el tipo de unión que recién hoy, después de cinco años, se estaba consumando. Entonces ninguno de los dos sabía todo lo importante que era para el otro. Separados, apenas, por unos metros de distancia, unidos por un deseo inconfesable, obligados a permanecer callados. Hasta el día siguiente. Hasta que comenzaran las rigurosas rutinas cotidianas. Entonces sí se miraban a los ojos. Y por medio de estos encontraban la manera de decirse las cosas que no podían comunicarse de otro modo. Y al final del día las, para unos pocos, memorables duchas colectivas. Allí, los dos pibes de dieciocho años se vieron desnudos por primera vez. Fue Ezequiel el que vio esa especie de fulgor que irradiaba el cuerpo de ese chico que semejaba un ángel. Y fue Ezequiel el que se quedó parado recibiendo, inmóvil, el chorro de agua, dejando que este le limpiara el cuerpo que él no podía ni siquiera enjabonarse. Y ahora estaba en la casa de él, de ese chico que en cinco años, curiosamente, se había embellecido. De a ratos le parecía increíble esta nueva vida que hacía pocas horas había comenzado. Pero sobre esta se cernía, impredecible, la temible sombra del Peruca.

Un nuevo escenario de batalla aparecía en la vida de Ezequiel Fritzler a un año de haber egresado de la escuela de Policía. La particularidad era que el Peruca estaba muy por encima de los rivales que él había tenido en el principal centro de instrucción policial de toda la Argentina, pibes que habían sido subyugados por una fortaleza física y una inteligencia arrolladoras. Pero esta fuerza y esta inteligencia se habían desplegado en el marco de una institución en la que existían reglas claras, normas que no dejaban mucho espacio para que cada uno pudiera hacer lo que quisiera. Es verdad que los muchachos, a veces, encontraban la forma de eludir los severos reglamentos para resolver ciertos inevitables problemas que vienen de la mano de la siempre difícil convivencia humana. Y mucho más en esos ámbitos cerrados, elitistas, donde se forman los hombres que mañana van a tener una parte del monopolio de la fuerza. En la memoria de algunos persistía el recuerdo de aquella noche en la que Juan Ignacio y Ezequiel se habían tomado a golpes en una pelea previamente pactada, realizada cuando casi todos los muchachos ya estaban descansando. Con el Peruca, en cambio, sería bien diferente. ¿Dónde hallar al hermoso muchacho que nadie, nunca, había encontrado? ¿Dónde y cómo sería esa posible pelea que ya empezaba a desvelar a Ezequiel, que le alteraría el descanso y el trabajo cotidiano? ¿Cómo vivir en paz sabiendo que, de buenas a primeras, un desconocido, un delincuente, un enemigo, había violado a Juan Ignacio? ¿Cómo esperar que ese peruano mantuviera en secreto lo que le había hecho a un policía de la bonaerense que era, además, un integrante del Cuerpo de Elite que había creado el comisario Villafañe? Y lo más importante, lo que más vueltas le daba en esa cabeza que jamás dejaba de pensar: ¿podría el Peruca verse liberado del influjo que en todos dejaba Juan Ignacio? No, esto no podía terminarse el último minuto de aquel 23 de noviembre de 1990. Este, bien sabía Ezequiel, era el primer eslabón de una larga cadena de episodios que podría tener un final en el que no hubiera ganadores, en el que, como siempre, perdieran los más débiles, los pobres.

—¡Espectacular, esto estuvo fantástico, fue lo mejor que me pasó en la vida, Juan Ignacio! –le dijo Ezequiel cuando de su miembro salió la última gota de ese espeso y caliente semen que él había guardado para dárselo todo a Juan Ignacio.

—¡Me encantó, Ezequiel! ¡Sos una bestia, un animal en todo lo que hacés!

Ezequiel le decía a Juan Ignacio todo lo feliz que se sentía. No le confesó que esta era la primera relación sexual de su vida, que hacía varios años había hecho la sagrada promesa de no empezar con otro que no fuera Juan Ignacio. Una explosión de sinceridad hacía que se confesaran todo lo que uno había significado para el otro. Juan Ignacio no parecía dar crédito a algunas de las varias cosas que Ezequiel le refería. Se quedó mudo de asombro cuando le dijo que no habían sido pocas las ocasiones en las que él se había secado el cuerpo con la misma toalla que antes había utilizado Juan Ignacio. O como había apoyado los labios en la misma copa de la que había bebido Juan Ignacio. O como merodeaba por la cama vacía para sentir el aroma de las sábanas. O como se había hecho de algunos rubios cabellos que había recogido de la almohada. Juan Ignacio no se quedó atrás en este irrefrenable deseo por contarle a su colega sensaciones que jamás podrán tener dos hombres que pertenecen a la común y simple mayoría de los hombres. Algunas, Ezequiel ya las sabía, pero disfrutaba escucharlas de la propia boca de ese chico bien que había tenido casi todo lo que a él le había faltado. Le dijo todo lo seguro que se había sentido entre sus brazos el día que un calambre estuvo muy cerca de hacerlo perecer ahogado en el Delta del Tigre. Le confesó la tranquilidad que sentía a su lado. Le contó la íntima admiración que siempre le había tenido. No podían callarse. Se interrumpían todo el tiempo, arrastrados por el frenesí de no querer dejar nada en el tintero de la memoria. Y antes de caer rendidos en la cama, se besaron. Ezequiel parecía querer comerse los dos increíbles labios que tenía Juan Ignacio.

* * *

Al día siguiente, a pesar de todo lo que habían vivido en la villa con el Peruca, los muchachos volvieron a la diaria rutina del trabajo. Pasaron toda la mañana en la departamental. Una inesperada reunión con Iván y Ramiro se había prolongado demasiado y un posterior encuentro con dos efectivos de la División Narcóticos trasladaría recién a media tarde el inicio de su tradicional guardia cotidiana por las calles. Ezequiel tipeaba, nervioso, la parte final del informe correspondiente al día de ayer. Juan Ignacio lo esperaba en su escritorio. A pesar del calor, se había servido un café, que tomaba de a lentos sorbos. Luego, su compañero le alcanzó las dos hojas, las apoyó ruidosamente sobre el escritorio de Juan Ignacio.

—Es el informe de ayer, ponele el gancho –le ordenó Ezequiel.

Juan Ignacio comenzó a leer el informe, pero no habría llegado a completar la lectura de un renglón, cuando Ezequiel, de muy mala manera, se lo sacó de las manos.

—El gancho, papi, el gancho –le dijo, imperativo.

Juan Ignacio, después de permanecer un minuto sentado, se levantó y salió en dirección a la playa de estacionamiento con la intención de esperar a Ezequiel en el móvil. Se retiró dolido por la actitud de su compañero, más grave por no haber tenido en cuenta la presencia de los otros dos policías. Abandonó el despacho sin saludar a nadie y se dirigió a la playa de estacionamiento para abordar el auto que utilizaban desde que habían comenzado a trabajar juntos. Ingresó al coche y tomó asiento del lado del acompañante. A pesar de encontrarse estacionado en la sombra, los asientos ardían a causa de una temperatura que seguía sin bajar, en promedio, de los treinta y cinco grados. Juan Ignacio cerró los ojos. Necesitaría varios días para recobrar las fuerzas que había dejado en la villa Carlos Gardel. Y como de costumbre, cuando se encontraba solo, pensó en voz alta. No podía perdonarse el inmenso espacio que le había cedido a Ezequiel. No podía dar crédito a esa facilidad con la que se había puesto, como nunca, en las manos de su compañero. En cambio, con el Peruca, por lo menos, había luchado, había actuado en perfecto acuerdo para lo que se había preparado. Pero a Ezequiel se había entregado de una forma que ahora, en la intimidad del móvil, le hacía sentir vergüenza.

No más de media hora tardó Ezequiel en llegar a la playa de estacionamiento. Entró al auto con una amplia sonrisa, feliz por esta nueva etapa de su vida que ayer se había iniciado. Juan Ignacio ni lo miró, permaneció en su lugar, sin inmutarse. Ezequiel se puso los anteojos negros y le acaricio la pierna izquierda. Juan Ignacio le hizo saber que quería decirle algo. El conductor del auto tomó la avenida Gaona hacia Morón. Siguió por esta hasta que la segunda avenida del oeste daba un pronunciado giro que la dividía en dos anchos carriles por los que iban y venían autos, camiones, colectivos. Cuando llegaron a la parrilla Don Goyo, dobló a la derecha y estacionó bajo la fresca protección de una arboleda, bien cubiertos de las miradas de posibles curiosos. Ezequiel quiso saber qué le pasaba. Juan Ignacio le reprochó la actitud que hacía unos minutos había tenido en el despacho de la departamental. Le dijo que estaba cansado de su prepotencia, de esos pésimos modales, de esas miradas tan llenas de mensajes que sonaban a advertencias, a sutiles amenazas. Ezequiel quiso interrumpirlo, pero Juan Ignacio no se lo permitió. Le exigió que lo escuchara, que le dejara expresar bien todo lo que quería decirle. Deliberada y sorprendentemente, omitió hacer referencia a lo que le había ocurrido ayer nomás en la villa Carlos Gardel. Al final, con un énfasis que no solía emplear en las breves conversaciones que mantenía con Ezequiel, le dijo que no podían trabajar juntos, que estaba decidido a hablar con Villafañe para pedirle un inmediato traslado a otra departamental o comisaría. Durante unos segundos solo se oyó el rumor de las hojas movidas por la brisa, el canto de los pájaros y el antiguo traqueteo del tren Sarmiento. Los ajustados uniformes de los dos policías volvían a estar empapados, bien adheridos a los hermosos cuerpos. Después de unos minutos, Ezequiel descendió del auto y desde afuera llamó a Juan Ignacio. No fue con ese tono imperativo que tanto le afectaba. Fue como el apagado tono que tienen los mendigos, como el postrero susurro de los moribundos. Y Juan Ignacio bajó del auto inmediatamente, más sorprendido que temeroso, y se paró frente a Ezequiel. Volvieron a mirarse, serios, como antes. Acto seguido, Ezequiel se sonrió con la más amplia sonrisa que tenía. Juan Ignacio no tardó en responder del mismo modo. Ninguno de los dos estaba actuando. Los dos sabían mejor que nadie que se gustaban, que se deseaban y que, a pesar de todo, se habían querido y se seguían queriendo. Y Ezequiel abrazó a Juan Ignacio con ese estilo tan suyo, con esas maneras en las que parecía estar siempre haciendo fuerza para vencer a un adversario real o imaginario. Y Juan Ignacio lo dejaba hacer sin decir nada, abandonándose a sus brazos, respirando el fresco aire que salía de sus pulmones limpios. Pero no duraría mucho este buen momento que pasaban. Por la radio del vehículo comenzó a escucharse la voz del comisario Villafañe. «Cebra tres, cebra tres, responda, cebra tres», gritaba Villafañe. Era excepcional que el jefe los llamara cuando estaban en la calle y más extraña todavía la orden de regresar inmediatamente a la Departamental de Ramos Mejía. Los dos muchachos tuvieron al mismo tiempo la certeza de que algo de lo que había ocurrido ayer en la villa Carlos Gardel ya estaba en conocimiento de Villafañe. Y esta compartida tensión le dio más valor a ese entrañable abrazo que se estaban dando. Luego de unos segundos subieron al auto. Ezequiel pisó el acelerador y hasta hizo sonar la sirena para abrirse camino y poder llegar a la departamental lo antes posible. No quería admitirlo, pero él también estaba preocupado por el perentorio e infrecuente requerimiento de Villafañe. La comunicación con el jefe era fluida, pero si este ya sabía algo de lo que había sucedido ayer, los dos jóvenes podían estar seguros de que su pertenencia a la Policía estaba terminada. Era inconcebible algún tipo de acuerdo con una persona incapaz de perdonar lo imperdonable. Y porque Ezequiel y Juan Ignacio sabían esto, iban con miedo a encontrarse con el jefe. La actuación de Juan Ignacio no tenía atenuantes. Había cometido, juntos, todos los errores que no deben cometerse, una seguidilla de graves desaciertos que tenían su punto culminante en un ultraje sin antecedentes en la historia de la Policía Argentina. Y Villafañe no perdonaba los errores.

Quince minutos tardaron en llegar a la departamental. Estacionaron el móvil en la amplia playa de estacionamiento, lo más cerca posible de la entrada principal. Sin demora descendieron del auto y subieron, corriendo, los diez escalones blancos. El ascensorista estaba a punto de cerrar la puerta, pero un grito de Ezequiel lo detuvo hasta que los dos pudieron ingresar.

—Al quinto piso –pidió Ezequiel.

—Al quinto –repitió el ascensorista esbozando una sonrisa.

Salieron del ascensor caminando despacio. Los dos se pasaban los pañuelos por la frente, por las sonrojadas mejillas, por el cuello. No les gustaba el aspecto que tenían, que los superiores los vieran transpirados, despeinados, tensos. Entraron a una primera dependencia, una amplia oficina que ocupaban cuatro policías, al final de la cual, una puerta maciza, de madera lustrada, con un letrero de bronce, señalaba el acceso al despacho del comisario. Ezequiel golpeó la puerta.

—Pasen –dijo Villafañe.

Los muchachos ingresaron a la fresca oficina, un salón de generosas proporciones, con muebles de madera y tres sillones de un cuerpo, de resplandeciente cuero negro. De las paredes pendían las fotos de los principales jefes policiales: de Atanasio Caseros, titular de la Policía de la provincia de Buenos Aires; de Jerónimo Pirker, responsable de la División Reclutamiento, y de Juan Carlos Villafañe. En una pared más pequeña había una inmensa foto del legendario comisario Evaristo Meneses. Una biblioteca con puertas de vidrio tenía sobre uno de los estantes gruesos y viejos volúmenes. Y en otro de los anaqueles se hallaban hermosas réplicas de vehículos policiales de distintos períodos de la historia. También tenían su lugar algunos efectos personales del comisario: una antigua foto con su mujer y sus dos hijos; unas pipas, que su padre había traído de España, y las cuatro gorras que Villafañe había usado hasta que lo habían ascendido a comisario. Sobre otro, el más alto, reposaba una placa con una inscripción, una frase que el reflejo del sol no dejaba leer en su totalidad: «Policías del mundo...». A la izquierda de esta había una foto de Villafañe con un policía que no era argentino, un hombre negro, de anchos y oscuros labios, de dientes blancos. Los dos se sonreían, abrazados. En ella se había eternizado un momento único, uno de esos días irrepetibles, maravillosos, que la fotografía detenía para siempre. No parecía ser muy antigua. Los dos jóvenes efectivos detuvieron en ella sus sorprendidas miradas. Tal vez porque nunca habían visto sonreír a Villafañe, quizá porque necesitaban una imagen más benévola, bien distinta a la helada figura que todavía no había pronunciado una palabra. Ezequiel le dio un abrazo, uno de esos sonoros abrazos que se dan los hombres después de no verse durante mucho tiempo o en momentos cruciales de sus vidas. Juan Ignacio actuó del mismo modo.

—Lo siento, lo sentimos mucho –dijo Ezequiel, en su nombre y en el de Juan Ignacio.

—Gracias, muchísimas gracias. A esta altura fue más un susto. Es una mujer muy fuerte.

—¡Qué bueno que no sea nada grave entonces!

—Gracias a Dios y a la Virgen no lo es. Un par de fracturas menores, unos moretones, nada serio.

—Pensamos que había sido peor –acotó Ezequiel.

—¡Graves son otras cosas! –dijo con seriedad el comisario Villafañe.

Los muchachos empalidecieron casi al mismo tiempo. Hasta la oscura piel de Ezequiel parecía más clara. Juan Ignacio lo miró de reojo y después dirigió su vista al piso de madera. Villafañe se levantó, se sirvió un café y del cajón del escritorio tomó una boquilla negra y un paquete de cigarrillos. No era frecuente que él fumara en presencia de sus subordinados, que lo hiciera cuando estaba a punto de comenzar uno de esos breves discursos que dejan bien en claro cuál es su pensamiento y que permiten entrever futuras y terribles decisiones.

—¡No puede ser, esto no pudo pasar jamás! –dijo Villafañe.

—¡Perdón! –susurró el sargento Ezequiel Fritzler.

Juan Ignacio cerró los ojos y tanteó el bolsillo de la camisa para verificar que tuviera la credencial que, seguramente, le iba a ser requerida de un momento a otro. Durante unos segundos se hizo un completo silencio en el despacho, silencio que solo quebraba la musicalidad ferroviaria que traía el Sarmiento. Luego, Villafañe dio un puñetazo sobre el grueso vidrio que protegía la tapa de madera del escritorio de roble. Fue un golpe tan fuerte que se volvió sobre este para comprobar si le había hecho algún daño. De la boca del comisario comenzaron a salir espirales de humo que, con lentitud, se alargaban, que ascendían hasta tocar el alto techo blanco de la espaciosa oficina.

—Hay cosas que abomino, que detesto con todas mis fuerzas –afirmó Villafañe.

Juan Ignacio pensó que estaba a punto de desmayarse, que se cerraba una etapa de su vida para la que había trabajado con esmero. Ezequiel miró, compasivamente, al pibe que ayer le había realizado el más importante sueño de su vida. Tenía bien claro que también se había equivocado, pero la cadena de los varios y graves errores la había iniciado Juan Ignacio. «Hay cosas que abomino...», volvió a escuchar una y otra vez el hermoso muchacho.

—Quiero que mis hombres se porten como hombres. Me enferma cuando actúan como mujeres. Los hombres somos de pocas palabras, vamos al grano, sin vueltas. Conmigo no van los chismes, los puteríos de cuarta.

—¿Pero qué pasó, jefe, por favor? –le preguntó Ezequiel con la voz tan cambiada que hasta Juan Ignacio lo miró, incrédulo, como si necesitara confirmar que, en verdad, estaba al lado del Ezequiel que él conocía y admiraba.

—¡¿Cómo qué pasó, cómo me pregunta qué paso, sargento Fritzler?! –preguntó, sorprendido, Villafañe, demorándose en la pronunciación de cada palabra.

—¡Nosotros…! –comenzó a decir Ezequiel.

—¡Lo del chino no debió pasar, las interferencias con los dos malandras que trabajan para Marianetti no debieron ocurrir nunca, nunca, nunca! –gritó Villafañe.

Del interior de Juan Ignacio salió, de golpe, todo el aire que había acumulado en los pulmones. Sintió el alivio que experimentan los que se sacan una pesada carga de encima, esa sensación de volver a sentirse dueño de uno mismo. Ezequiel fue también, poco a poco, recobrando el brillo de los ojos y el buen color de las mejillas.

—Porque sé quiénes son y porque les tengo confianza, les exijo más que a los demás.

—Gracias –respondieron los dos policías.

—Saben lo que pienso de Benedicto Marianetti. Y también saben que tiene un par de pillos en la calle.

—Jefe, díganos qué hicimos mal, lo que tenemos que cambiar y lo hacemos ya –expresó Ezequiel.

—Ya sé, Fritzler, ya sé. Lo que no me gusta es que sean vistos en lugares donde anda la gente de él. Después dicen que los estamos vigilando. Es este un tiempo en el que no podemos cometer errores.

—Nos cruzamos un par de veces con la gente de Marianetti, pero no fue deliberado, no los estábamos siguiendo ni controlando.

—Ni de casualidad eso tiene que volver a ocurrir.

—De todos modos, nosotros estamos por encima de ellos –acotó, ingenuamente, Juan Ignacio.

—Ya lo sé, eso ya lo sé, Soriani –manifestó, molesto, Villafañe.

—En algún momento va a tener que caer –sostuvo Ezequiel.

—Estamos haciendo un trabajo de depuración que está dando sus frutos, lentamente, pero los está dando. Y esto es lo que importa. Pero los malos elementos también tienen su banca, adentro y afuera de la misma Policía, mercenarios capaces de hacer volar esta sede con tal de que ellos no pierdan ninguno de los muchos privilegios que tienen.

—¡¿Tan bancado puede estar?! –preguntó Ezequiel.

—Es una trama que compromete a gente con poder. Cuando lo mataron a Codovilla, hecho sobre el que no sabemos nada, aún hoy, varios meses después, parecía que se le complicaba la cosa a Marianetti. Ustedes saben: la prensa, todo lo que se dijo del muerto y otras perlitas. Quedó muy salpicado, demasiado.

—Es que el gordo Codovilla era indefendible –opinó Ezequiel.

—Y, por la manera que tuvieron de matarlo, lo más claro es que fue un pase de factura bastante grande.

—Una venganza, seguro. Algo planificado, ejecutado con frialdad. Pienso lo mismo, Soriani –dijo Villafañe.

—Para mí que la cosa viene de la Gardel –sugirió Ezequiel.

—¿Por qué? –preguntó Villafañe haciendo un gesto de interés.

—La zona, la manera de matarlo, la actitud del gordo con los pibes que tienen vínculos con gente de la villa; para mí todo apunta ahí. Los que lo mataron salieron de ahí.

—Hay que ver. Quizá la cosa vino de adentro –se atrevió a manifestar Juan Ignacio.

—No, eso es imposible –expresó, tajante, Villafañe.

—Yo estoy de acuerdo con usted, jefe. No creo que lo hayan matado policías –dijo Ezequiel coincidiendo, honestamente, con Villafañe.

—Codovilla era un ave de rapiña, una basura capaz de hacer cualquier cosa que le pidiera el jefe, muchachos.

—Una cerveza acá, un vino allá, un plato de ravioles. Era eso el viejo –dijo Ezequiel.

—Era eso y mucho más, mucho más, Fritzler. Yo no lo subestimaría. Pero, bueno, dejemos esto por ahora. Los llamé para pedirles que tengan mucho cuidado con la gente de él. Yo creo que en no más de tres o cuatro meses vamos a festejar su caída. Otra cosa me preocupa mucho más.

—¿Sí? –fue la única palabra que pronunció Ezequiel.

—¡Ese fantasma, ese demonio, esa basura! –dijo Villafañe con los ojos rígidos, mirando a ninguna parte, como un ciego.

De pronto sonó el teléfono. Villafañe respondió el llamado. Era una comunicación del hospital en el cual se encontraba internada su mujer. Entonces, con un gesto nervioso, les pidió que se retiraran prontamente.

Los muchachos salieron del despacho de Villafañe. El viejo reloj de madera anunciaba, con suaves campanadas, las seis menos cuarto de la tarde. Cuando llegaron a la playa de estacionamiento se detuvieron al lado del Mini Cooper de Ezequiel y se apoyaron en la parte delantera del vehículo.

—Nunca me pegué un cagazo como el de hace un rato –le dijo Ezequiel.

—Y yo ni te cuento. Estaba mojado a pesar del aire acondicionado.

—¿Nos vemos a la noche? –preguntó Ezequiel.

—Me encantaría, pero voy a cenar con mis padres. Hace días que no los veo.

—Es el precio de la vida que elegimos. No les queda otra que entendernos y dejarnos vivir en paz.

—Es lo que les digo. Ya se están acostumbrando. Ellos y mis amigos también.

—Bueno, hasta mañana entonces.

—Chau, Ezequiel, hasta mañana. Espero que tengamos un día mucho más tranquilo.

—Cuidate. A la noche te llamo.

—Bueno. Calculo que antes de las doce voy a estar en casa. Un beso.

—Otro.

Ezequiel puso el auto en marcha, lo aceleró tres o cuatro veces, hizo sonar la bocina y abandonó la playa de estacionamiento de la Departamental de Ramos Mejía. Juan Ignacio caminó unos dos metros para abordar su Kawasaki negra y de allí partió para regresar a su casa. Él siempre hacía el mismo camino. Iba por Rivadavia hasta la estación Castelar. A Juan Ignacio le gustaba circular en paralelo a las vías del tren. Pero esta vuelta a casa no sería como el sereno regreso de los días anteriores. Parecía haberse iniciado un tiempo de sorpresas en la vida de Juan Ignacio, un tiempo muy contrastante con lo que había sido su vida hasta el presente. No llegó a hacer ni diez cuadras cuando una moto todo terreno se le acercó y se detuvo a su izquierda a causa del semáforo. El muchacho que la conducía llevaba un casco negro y antes de que tuviera luz verde le pidió que lo siguiera. El policía, algo dubitativo, decidió hacerle caso y lo siguió, desde cierta distancia, hasta un baldío que estaba pasando la parrilla Don Goyo, en Haedo. Durante el breve trayecto, Juan Ignacio iba pensando quién podría ser este muchacho. Le intrigaba saber de quién sería la cara, el rostro bien cubierto por el soberbio casco negro. Una vez que llegaron, Juan Ignacio detuvo su moto al lado de donde la había estacionado el desconocido, quien en ese momento comenzaba a quitarse el casco. Era Rubindio, el joven que había estado en el galpón y a quien el Peruca le había encomendado la custodia de la puerta. Rubindio bajó tranquilo. De la cintura asomaba la culata negra de su pistola nueve milímetros. Vestía un jean ajustado, descolorido, y una ceñida remera que le marcaba los pectorales. Los mechones rubios, un poco más levantados, le daban un estilo relativamente punk. Un cutis moreno, suave, sin sombra de barba, con una cicatriz corta en la mejilla derecha le aportaba más que un aire de pibe duro y peligroso.

—El Peruca te quiere ver. Me pidió que te buscara y te trajera acá.

—Pensé que podías venir de parte de él –dijo, simplemente, Juan Ignacio, con la voz apagada, susurrante.

Los dos muchachos caminaron juntos más de cien metros, entre frondosos árboles, autos quemados y montañas de basura. Rubindio caminaba alerta a pesar de conocer muy bien los sonidos y los olores de ese territorio que también se habían ganado a las trompadas y a los tiros. Luego se detuvieron. El paraguayo se paró frente a él, lo miró a los ojos y le indicó el camino.

Juan Ignacio siguió las indicaciones y ni bien traspuso una montaña de basura, vio un Chevy negro, reluciente, bajo la fresca sombra de los árboles, un vehículo impecable que contrastaba con la desolación del lugar. Del lado del acompañante descendió el Peruca. Este se apoyó sobre el guardabarros y desde ahí llamó a Juan Ignacio. El bello policía caminó hasta allí y se paró frente a él.

—Mañana a las diez de la noche te espero en la puerta de la iglesia que está a una cuadra de la plaza de la estación, en Ramos.

—Tengo horarios complicados. Quizá no pueda ir. Depende del trabajo –le dijo Juan Ignacio.

—A las diez voy a estar en la puerta de la iglesia.

—Entendé mi situación, Lautaro. Por favor.

—Y tú trata de entender la mía.

Luego de decir estas palabras, el Peruca subió al auto y partió raudamente. Varios motociclistas iban tras él. Juan Ignacio volvió a buscar la negra Kawasaki. Rubindio lo estaba esperando junto a ella. El policía, sin mirarlo ni darle las gracias, abordó la moto y le dio arranque, pero antes de partir Rubindio le dijo: «Va a ser mejor que le hagas caso».

Juan Ignacio llegó a su casa poco antes de las ocho de la noche. El sol todavía no se había retirado. Parecía querer, porfiado, seguir iluminando, calentando las casas y las calles, manteniendo a jóvenes y a viejos bajo el agua fresca de las duchas, sin salir de las piletas, a cubierto del abrasador fuego que se abatía sobre toda la Argentina.

* * *

La Comisaría Segunda de Haedo dependía de la Departamental de Ramos Mejía, pero esta subordinación era jurisdiccional. La tradición dominante en el país y, en particular, en la provincia de Buenos Aires le daba casi todo el poder al comisario de turno. Su titular entonces, desde hacía más de seis años, era el comisario mayor Benedicto Marianetti. Y Benedicto Marianetti era todo lo opuesto que se podía ser al comisario Villafañe. Nacido hacía cuarenta y siete años en la ciudad chaqueña de Presidencia Roque Sáenz Peña, era el tercer hijo varón de un matrimonio conformado por un hachero y una mujer que no había tenido más opción que la de abandonar el hogar paterno cuando solo contaba con diecisiete años. Demás está decir que el hombre que se la había llevado no era otro que el padre del futuro Benedicto Marianetti. Este, apenas cumplidos los veintidós, dejó la casa de los padres y se vino a vivir a Buenos Aires. Tenía otras ideas en la cabeza, otros planes para su vida. Corría el mes de enero de 1966. Políticamente, desde hacía varios años, la Argentina había comenzado a transitar el camino de una lenta y progresiva radicalización. La violencia, la ilegalidad y la proscripción política empezaban a ser parte de la vida cotidiana y, lamentablemente, lo serían por muchos años. Un par de cartas firmadas por personas de influencia facilitaron su ingreso, dos meses más tarde, a la Escuela de Policía Juan Vucetich. Una de ellas la firmaba el famoso excomisario general Desiderio Fernández Suárez, célebre por su participación en la masacre de José León Suárez ocurrida diez años antes. La otra, un sacerdote católico que había sabido combinar una importante labor social con una relevante producción intelectual: Julio Petronilo Benvielle.

Benedicto Marianetti, al igual que Villafañe, también pensaba que las cosas estaban bien o mal, aunque, a diferencia del titular de la Departamental de Ramos Mejía, a veces, el bien recibía el nombre de mal y el mal era sencillamente practicado como la mejor de las virtudes. Hombre ambicioso, mujeriego, matón de reflejos rápidos que solía dejar sin respuestas a sus adversarios siempre aturdidos por las amenazas y los chantajes. La biografía de Benedicto Marianetti podría escribirse tomando como paralelo, pero al revés, la excepcional figura de Juan Carlos Villafañe. Y Marianetti sabía que Villafañe se estaba yendo para arriba, que influía en las purgas, que trababa los ascensos. Detestaba ese personalismo que lo hacía estar en todas partes, al tanto de todas las cuestiones, haciendo más de lo que debía hacer. No soportaba su injerencia en la definición de los traslados y, sobre todo, el riguroso seguimiento al que eran sometidos los efectivos que habían sido expulsados de la Policía. Marianetti sabía que Villafañe lo tenía entre ceja y ceja. En realidad, los dos se sabían enemigos irreconciliables, casi los representantes de dos concepciones completamente opuestas de lo que era y de lo que debía ser la Policía. Jesús propuso el perdón y Borges el olvido, pero Villafañe estaba, en este punto, en absoluto desacuerdo con los dos hombres. A Benedicto Marianetti había que castigarlo con dureza, quitarle el uniforme que había deshonrado y meterlo en una cárcel de la cual no debería salir nunca más. Los dos hombres tenían, sin embargo, una importante coincidencia: se habían hecho de un equipo de subalternos capaces de calcar en la cotidianeidad el comportamiento de sus jefes. Villafañe tenía a Juan Ignacio Soriani y a Ezequiel Fritzler. Marianetti, por su parte, contaba con los inestimables servicios de Facundo Valentini y de Nahuel Prediger, dos muchachos que reproducían, en el mano a mano con cualquier pobre infeliz, lo que él hacía a escondidas con los dueños de los pubs y las discotecas, con los directivos de no pocas importantes compañías o hasta con los dealers de algunas villas, odiados por los mismos villeros porque, según sus propias palabras, «transaban con la yuta».

Nahuel y Facundo ingresaron a la Escuela de Policía Juan Vucetich a los tres meses de haber terminado el ciclo secundario, al igual que Ezequiel y Juan Ignacio. Finalizados los estudios, luego de cuatro años, fueron asignados directamente a la Comisaría Segunda de Haedo. En la escuela, los cuatro muchachos se habían tratado poco, con una más o menos cierta indiferencia. El elitismo de Juan Ignacio, la soberbia de Ezequiel y el cerrado círculo en el que parecían vivir Nahuel y Facundo los habían mantenido a todos relativamente separados. También hizo su parte el creciente interés de Ezequiel por Juan Ignacio, esa especie de fijación que el bravo morocho de Avellaneda tenía con el niño mimado de Castelar. Pero ahora las dos parejas de policías tenían por jefes a dos hombres que se consideraban enemigos, ahora los unía un territorio peligroso en el que actuaba una pandilla cuyo líder ya había comenzado a cambiarle la vida a mucha gente. Ya se habían cruzado en The Pits, el pub del amigo de Juan Ignacio, en las calles que patrullaban diariamente y también en la misma departamental donde, a veces, tenían lugar diversos cursos versados en diferentes temáticas. Por lo tanto, esa relativa indiferencia era algo que había quedado en el pasado.

Facundo y Nahuel iniciaban su jornada de trabajo poco después de las cuatro de la tarde. Asistían a esos lentos cambios que en todos lados trae la inevitable llegada de la noche. Pero entre las dos parejas de policías había algunas importantes diferencias. La más notable, quizá, era que entre Facundo y Nahuel no había diferencias, como las que sí existían entre los dos subordinados de Juan Carlos Villafañe. Facundo y Nahuel se hicieron entrañables amigos en la escuela de Policía. Meterse con uno era meterse con el otro. Hasta en el aspecto físico existía cierta semejanza. Los dos eran rubios, de tez blanca, con ojos grandes y claros, verdes los de Facundo, celestes los de Nahuel. Facundo era más blanco que Nahuel y llevaba lo más larga que podía la enrulada cabellera. En cambio, Nahuel era más del pelo cortado al rape, ligeramente más largo en la parte superior de la cabeza. Facundo solía llevar la barba apenas crecida; Nahuel, por su parte, se afeitaba casi todos los días, obsesivamente. Fanáticos de las artes marciales y adoradores de las películas del mismo género, se pasaban los fines de semana mirando las viejas películas de Bruce Lee y las nuevas, de Jean Claude Van Damme y de Steven Sigal. Vivían juntos en la casa que Facundo tenía en la localidad de Merlo, a pocas cuadras de la estación del mismo nombre, una vieja vivienda que había sido de su abuela materna.

Ya sabe el lector que las dos parejas de policías se conocían y que sus pasos se habían cruzado en las peligrosas calles del oeste de la provincia de Buenos Aires. Había ocurrido y, a pesar de las advertencias de Villafañe, volvería a ocurrir. Y las antiguas rivalidades y competencias seguían marcando el paso de estos jóvenes sedientos de hacerse un nombre en el mundo, muchachos capaces de quererse mucho, demasiado, o de odiarse tanto como para estar dispuestos a matarse entre ellos.

De todas maneras, el primer corto circuito serio que Nahuel y Facundo tuvieron en la calle fue con Juan Ignacio. Ocurrió una noche en la cual se encontraron en el pub del brasileño, su viejo amigo de la infancia. Los dos secuaces de Benedicto Marianetti estaban de servicio. Juan Ignacio, simplemente, le estaba haciendo una visita a su amigo, amistad que aquellos desconocían. Y los subordinados de Marianetti habían aprendido del jefe a desconfiar de todo el mundo, en especial de esos colegas que trabajaban para Juan Carlos Villafañe. Los dos jóvenes pensaban que Juan Ignacio estaba haciendo un trabajo en la sombra, actuando en un barrio que el comisario Marianetti consideraba un territorio que no admitía injerencias, que no aceptaba los complejos solapamientos de la dependencia jurisdiccional. Juan Ignacio estaba tomando una bien helada cerveza Budweiser en la barra. Había intercambiado, apenas, unas pocas palabras con su amigo. No había mucha gente todavía. Faltaban varias horas para que comenzara la noche verdadera, la que empezaba a la una de la madrugada y se extendía hasta el alba. Un adolescente jugaba, muy concentrado, al flipper. Tres amigos, igualmente atentos, lo rodeaban pendientes de su juego. Cuatro veinteañeros disputaban un partido de pool. Las dos parejas celebraban con un tierno abrazo y un largo trago de cerveza cada acierto. Dos de estos pibes compartían el mismo cigarrillo. Los perdedores deberían pagar la bien surtida picada que el Negro Eduardo sabía prepararles a todos sus clientes. Gino subió el volumen del equipo musical cuando Martin Wullich, locutor de FM Horizonte, anunció que el próximo tema sería Forever young, del siempre vigente Rod Stewart. Era este un día no muy distinto al resto de los días. Y así era también para Juan Ignacio hasta que, a las nueve de la noche, los jóvenes secuaces de Benedicto Marianetti ingresaron a The Pits. Facundo llevaba el pelo largo atado, un pantalón vaquero, algo gastado, unas zapatillas negras y una musculosa ajustada, bien pegada al cuerpo. Nahuel lucía una remera blanca con el rostro de James Dean estampado en el pecho, un pantalón similar al de su amigo y compañero y unos bien lustrados zapatos negros. Nahuel y Facundo vieron enseguida a Juan Ignacio y casi al mismo tiempo se cruzaron las miradas de los únicos policías presentes. Y ya en los ojos de los tres varones podía leerse algo de todo lo que estaba por pasar, en especial cuando Nahuel y Facundo, mirando fijamente a Juan Ignacio, esbozaron una sonrisa burlona, primer acto de abierto desafío dirigido contra él. Después de unos minutos de tensa espera, Juan Ignacio fue al baño. Se paró frente a uno de los tres mingitorios, el que estaba justo en el medio, y comenzó a orinar en el baño vacío. No había terminado cuando los otros dos policías entraron, sigilosamente, al sanitario. Facundo se paró bien pegado a la espalda de Juan Ignacio y Nahuel, luego de trabar la puerta, se puso a orinar en el mingitorio ubicado a la derecha del que estaba utilizando Juan Ignacio.

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