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JOEL SINGER
El Peruca

Joel Singer
El Peruca / Joel Singer. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: online
ISBN 978-987-87-0501-9
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.
CDD A863
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com
Joel Singer nació en Buenos Aires, Argentina. Es corrector literario.
El Peruca es su primera novela.
Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Índice de contenido
Portada
Créditos
Índice
El Peruca
Sinopsis
Dedicado a todos los pibes que aman a otros pibes y están orgullosos
Sí. ¡Ay la vejez! La vejez es verbosa, parlanchina, gárrula. Incontinente, insomne, avara, flácida. Olvidadiza, memoriosa, arteriosclerótica, cegatona, artrítica, friolenta, arrugada, manchurrienta, necia, obstinada, cerril. Sorda, lenta, tarda, terca, lerda, edematosa, dispéptica, colagoga, ética, canosa, calva, horrible, constipada, flatulenta, pilosa, fétida. Senectus excretio est, diría ciceroniando: la vejez es mierda. Calzón sucio, calcetín roto, analgésicos, descongestivos, digestivos, antiflatulentos, antipiréticos, y el Quinidín Durules que me aliviana el corazón. Del terremoto, aparte de la matazón, lo que más me gustó fue el rescate de los perros: del Centro Médico, las ruinas del Centro Médico donde los tenían para experimentos dizque para salvar humanos. ¡Qué más quieren salvar con esta proliferación de sifilíticos que viven por la penicilina! El Refugio Franciscano (así llamado por San Francisco, mi santo) liberó y acogió a los pobres animalitos. Esa sola escena del terremoto me conmovió, ¿y saben por qué? Porque desde hace años rompí mi pasaporte humano y soy un perro: alzo la pata y me orino en la estatua de Bolívar, la Catedral Primada, el hemiciclo a Juárez... Psssss.
Entre Fantasmas, de Fernando Vallejo
Este libro cuenta una historia que ocurrió en la Argentina, entre noviembre de 1990 y enero de 1991. En realidad, tuvo como principal escenario a la ciudad de Ramos Mejía, situada en el oeste del conurbano bonaerense de la provincia de Buenos Aires, a escasos catorce kilómetros del centro de la capital de la Argentina. Una ciudad pequeña, con una antigua estación ferroviaria, una plaza y un templo católico; una ciudad no solo conocida por sus edificios históricos, sus amplios sectores residenciales y su activa vida económica sino también por su intensa vida nocturna, concentrada, fundamentalmente, en algunas discotecas y pubs irlandeses ubicados en la avenida Gaona, la segunda calle en importancia después de la avenida Rivadavia, principal arteria del país. Y, además, por la existencia de un gran asentamiento, una inmensa villa miseria bautizada con el nombre del popular tanguero francés Carlos Gardel. Aquí vivían, de acuerdo a la lectura crítica de diferentes estimaciones, no menos de treinta y cinco mil personas procedentes, en su inmensa mayoría, del interior del país y de algunos países limítrofes. Territorio de bien acentuados contrastes, pequeña superficie del Gran Buenos Aires donde muchos pibes comenzaban sus andanzas amorosas y donde, con seguridad, tendrían una pelea inolvidable, un mano a mano con otro chico o, algo más emotivo, una batalla colectiva en la puerta de alguna discoteca, un combate que traería a los bravos e igualmente jóvenes efectivos de la Policía bonaerense.
La vida nocturna estaba limitada a las primeras cinco cuadras de la avenida Gaona, si se toma como punto de partida la plaza contigua a la estación ferroviaria. Luego, como en un suave declive, los pubs y las discotecas iban cediendo su lugar a las casas bajas, los típicos chalecitos con tejas coloradas y amplias ventanas de madera pintadas de blanco, con un modesto jardín adelante, tras las negras rejas de hierro.
Y estos pocos trazos que aparecen en esta reseña son suficientes para explicar las razones por las cuales Ramos Mejía tenía un frecuente y bien ganado espacio en los diarios y en los noticieros argentinos.
La jurisdicción policial en la zona recaía sobre la Departamental de Ramos Mejía. Al frente de esta se encontraba, desde octubre de 1987, el comisario Juan Carlos Villafañe. Este era entonces un hombre de cuarenta y cinco años, exigente y celoso de la función que debía cumplir. Era, asimismo, alguien inteligente, una persona honesta, el hombre que había querido ser. Ni bien asumió el cargo puso todas las energías en la conformación de un equipo de hombres que lo acompañara en su política de inflexibilidad con la delincuencia, con toda la delincuencia le gustaba decir a Villafañe: con la de adentro y con la de afuera, con la liviana y con la pesada. Y hablar de la pesada significaba poner los ojos en la muy poblada villa Carlos Gardel, una villa heterogénea en su composición social, que había ido absorbiendo a trabajadores cuyas condiciones materiales se habían ido agravando con la aplicación de las políticas que se venían implementando desde mediados de los años setenta. Y los efectos perdurables de aquellas políticas condicionaban fuertemente a las recién recuperadas democracias latinoamericanas.
Unas fotografías tomadas por un helicóptero de la Policía de la provincia de Buenos Aires revelaban una versión argentina de La Rosinha, la inmensa favela brasileña de Río de Janeiro, una de las muchas postales de la ciudad maravillosa. En ellas se podían ver las viviendas arracimadas, pegadas las unas a las otras, atravesadas por angostos y serpenteantes senderos. Y las canchas de fútbol en las que los chicos y muchachos jugaban más que un simple partido, en las que, en realidad, demostraban la lealtad hacia las peligrosas bandas que la mayoría de los pibes integraban.
Juan Carlos Villafañe estaba personalmente empeñado en poner las cosas en orden. Hombre intachable, fiel esposo y padre de dos hijos que ya estaban siguiendo sus pasos en la Escuela de Policía Juan Vucetich, sabía que las principales dificultades a su gestión estaban entre los miembros de sus propias filas. A su superior en la provincia, el comisario general Atanasio Caseros, lo unía una amistad de muchos años, desde la infancia, los mismos enemigos y los mismos sueños. Por esta razón, el jefe de la Departamental de Ramos Mejía compartía la política de depuraciones que su viejo amigo estaba llevando adelante con el respaldo del gobernador Cipriano Calabró. Y también estaba de acuerdo en hacer todo lo necesario para convertir a la Policía de la provincia de Buenos Aires en una de las mejores fuerzas policiales del mundo. Y fueron esas altas miras las que lo llevaron a la conformación de un Cuerpo de Elite integrado por personas jóvenes, idealistas capaces de dar sus vidas por este camino que ellos habían elegido, por esto que él solía designar con el tal vez grandilocuente nombre de apostolado. Pero estas posiciones multiplicaron sus enemigos, en especial cuando apoyó públicamente la remoción de la plana mayor de la Vucetich. Él estaba convencido de que la formación de ese futuro policía debía tener como punto de partida esa escuela a la cual llegaban muchachos de todo el país. Era ese el lugar adecuado para moldearlos desde el vamos, para sembrar los valores que los hicieran buenos, valientes e insobornables.
El comisario Villafañe era un verdadero obseso a la hora de elegir a quienes quería a su lado. Nada se le pasaba por alto al hombre que ponía el ojo en los legajos de todos. Eran bien conocidos sus vetos a los candidatos que el subcomisario Jerónimo Pirker, titular de la División Reclutamiento y amigo personal de Villafañe, le sugería. Todos sabían cuán acaloradas eran las discusiones entre los dos amigos, cuán difícil era llegar a un acuerdo sobre quién sería el más indicado para cumplir una función.
A pesar de ser un hombre de edad madura, el jefe de la Departamental de Ramos Mejía mantenía una exigente rutina deportiva. El boxeo, la natación y la esgrima tenían un lugar estable en la sobrecargada agenda del comisario. Y cada dos semanas iba en bicicleta desde su domicilio, en Ciudadela, hasta la casa de sus padres, en San Antonio de Padua. Villafañe era un hombre del oeste de la provincia, una persona que conocía a todos, a los buenos y a los malos, a los simples arrebatadores y a los peces gordos. Para él, el mundo del comportamiento humano desconocía las gradaciones y solo se dividía entre los que se portaban bien y los que se portaban mal. No existían las excepciones. Desde hacía unos años venía manifestando cierta preocupación por la creciente presencia de inmigrantes. En su mundo de rígidas dualidades, los inmigrantes buenos se habían radicado en la populosa ciudad capital y los malos se afincaban en las villas del Gran Buenos Aires para dedicarse al tráfico de drogas pesadas y a los secuestros extorsivos. Y una de estas villas se encontraba, precisamente, bajo la jurisdicción de la departamental que él dirigía. Era la temida y misteriosa villa Carlos Gardel, emplazada detrás del Hospital Posadas. Una villa inmensa, superpoblada de jóvenes que desde muy chicos adherían a diferentes bandas, pandillas en las que pulían los tres o cuatro valores que los acompañarían hasta la muerte. Villafañe sabía que la clásica población paraguaya había sido reducida a la condición de minoría por la llegada masiva de peruanos que escapaban de un país donde las políticas económicas y sociales estaban haciendo peores estragos que los que estaban provocando en la Argentina. Sabía, también, que la Policía peruana tenía las manos demasiado libres, que practicaba la tortura y las ejecuciones selectivas y que estaba considerada como una de las más corruptas de América Latina. Juan Carlos Villafañe tenía problemas, demasiados: el accionar de la mafia china, la corrupción policial y los peores efectos de un oleaje inmigratorio que no vacilaba en calificar, sin miedo, como un verdadero cáncer que terminaría destruyendo las bases fundamentales sobre las que se sostenía el país que sus padres y maestros le habían enseñado a querer. Su decisión de cambiar algunas cosas era tan firme que se fue convirtiendo en el blanco de ataques que tenían la más diversa procedencia. Algunos más explícitos, otros más sutiles. Pero él no era un hombre capaz de dejarse asustar. De hecho, nunca aceptó la asignación de una custodia permanente hasta que las amenazas verbales y las misivas anónimas fueron reemplazadas por intimidaciones cada vez más graves, actos que tuvieron su punto culminante en la colocación de un artefacto explosivo en su domicilio particular. El estallido de la bomba desmoronó parte del frente del modesto chalet en el cual vivía con su esposa. Para ellos fue tan solo un susto y un aviso, pero una inocente vecina perdió la vida aquel fresco 13 de julio de 1989.
De todos modos, a pesar de lo que llevamos dicho hasta aquí, el principal problema que tenía el titular de la Departamental de Ramos Mejía lo representaba una enigmática figura, un personaje casi novelesco, muy joven, dotado de especiales cualidades de líder, alguien que había sabido burlar todos los procedimientos que se habían ideado para poder atraparlo. No se sabía cuándo había arribado a la Argentina. Estaban seguros de que era un peruano nacido en las afueras de Lima, alguien de singular belleza, un joven en el que la pobreza parecía no haber dejado esas crueles señales que la caracterizan, esas infames marcas en el cuerpo. Todos lo conocían, sencillamente, como el Peruca. El Peruca no dejaba dormir al comisario Villafañe. Él estaba convencido, quizá por la aureola de misterio que rodeaba a su figura, de que si no era un líder, sería el nexo fundamental con algún bien oculto y poderoso personaje que, desde vaya a saber dónde, manejaba ciertos asuntos a través de él.
Después del atentado en su domicilio, el jefe de la Departamental de Ramos Mejía sintió una especial preocupación por sus subordinados, un plantel renovado, de gente muy joven que, en promedio, no superaba los veinticuatro años. En la conferencia de prensa que dio después del luctuoso hecho dijo sentirse más padre que nunca, que él era eso, el padre de todos los oficiales bajo su mando. Que se equivocaban los que pensaban que este episodio podría quebrarlo o conducirlo a algún tipo de compromiso. Que no había manera de hacerlo reconsiderar ninguno de los objetivos que se había propuesto. Hasta llegó a decir que si sus mismos hijos hubieran muerto en lugar de esa vecina inocente, eso no hubiera hecho más que infundirle una fuerza adicional para seguir adelante. Que no se equivocaran, vociferó iracundo. Que él no le tenía miedo a ningún poder oculto, a ninguna organización delictiva que tuviera como aliados a policías corruptos, a jueces y a políticos. Después de esto se habló de su posible alejamiento. Fue un rumor que circuló durante varios días en los medios sensacionalistas y en los más moderados y que Caseros se encargó de desmentir en una reacción rápida y tajante cuyo contenido el gobernador Calabró respaldaría más tarde. El espaldarazo de la máxima autoridad política lo comprometió a tiempo completo en la tarea de comprender y desarticular ese sólido entramado que para él no hacía más que confirmar que la Argentina había dejado de ser un país de tránsito para convertirse en una nación donde ya estaban operando los principales carteles de la droga.
En realidad, el Peruca no formaba parte de ningún cartel de la droga. Su banda se dedicaba al asalto de camiones que transportaban mercadería para supermercados y perfumerías. Tampoco estaban libres de sus golpes las casas de ropa que comercializaban las grandes marcas que se conocían en todo el mundo, algunas tan vigentes hoy en día como entonces. La particularidad de los asaltos a estas tiendas la marcaba el hecho de que solo arrasaban con toda la indumentaria masculina. En su haber tampoco faltaban, en menor escala, los robos de joyas y de obras de arte. Pero la droga no le interesaba. Incluso, era odiado en la villa por los dealers que se dedicaban a la comercialización de estupefacientes, personajes peligrosísimos que constituían el principal nexo con los policías corruptos de la bonaerense.
La victoria del Peruca sobre el resto de las pandillas que actuaban o residían en la villa Carlos Gardel estuvo signada por una serie de cambios que, lentamente, comenzaron a impactar en la calidad de vida de muchas personas. El exacto inicio de este reinado, que había logrado sobrepasar el efímero poder que todos los anteriores líderes habían ostentado, tenía de su parte un buen número de muy valoradas realizaciones. Fue en aquellos días cuando los camiones que transportaban carne empezaron a ser desviados a la villa en la cual debían descargar la totalidad de la mercadería que llevaban. Lo mismo les había ocurrido a los camiones de las empresas de lácteos La Serenísima y Sancor y a otras menos conocidas, pero que no se habían visto libres de estas frecuentes expropiaciones que la banda del Peruca llevaba a cabo cada vez con mayor eficacia.
Desde muy chico, quien años más tarde sería el Peruca, recorría con los ávidos ojos la mercadería que veía en las estanterías de Superú, una cadena de supermercados norteamericanos controlados por la South American Company con sede en Boston, Estados Unidos. Fue allí, siendo un niño, entre las góndolas atiborradas de mercadería, donde veía a su madre depositar, a duras penas, en una bolsa de plástico, siete u ocho miserables artículos para darle de comer a sus muchos hijos.
El liderazgo del Peruca estuvo también inseparablemente asociado a la puesta en práctica de ciertos actos de justicia dirigidos contra los enemigos que vivían allí y contra los policías que, con regularidad, sometían a los muchachos y a los más chicos a toda clase de humillaciones. Entre este tipo de acciones no es posible omitir lo que le ocurrió al sargento ayudante Víctor Codovilla, siniestro personaje que cumplía funciones en la Comisaría Segunda de Haedo bajo las órdenes del corrupto comisario Benedicto Marianetti. El episodio merece que le dediquemos cierto espacio porque hoy, después de muchos años de ocurrido, no existe la menor duda sobre la autoría intelectual y material del hecho.
El sargento ayudante Víctor Codovilla era uno de los hombres de confianza de Benedicto Marianetti. Venido a menos por los intempestivos achaques, el Chancho Codovilla manejaba la caja chica de la comisaría que dirigía Marianetti. Era, durante el día, los mismos ojos del comisario. A los cincuenta y siete años había logrado acumular un nada despreciable patrimonio: una señorial casona en la parte más selecta de Paso del Rey; una casa de verano en el exclusivo barrio Los Troncos, en la ciudad de Mar del Plata; dos departamentos en el centro de la ciudad de Buenos Aires; depósitos en no menos de tres bancos; un desconocido número de cocheras; dos autos 0 Km y una camioneta Ford F 100. Su conocida afición por la comida le había hecho ganar una voluminosa panza en la cual cabían los alimentos suficientes para saciar a muchas personas. Víctor Codovilla era capaz de hacer cualquier cosa que le pidiera el comisario Benedicto Marianetti. Atrás habían quedado los años en los que se había hecho cargo de algunos trabajos sucios por los que había sido bien recompensado, pero seguía siendo un fiel miembro del equipo de Marianetti. Desde el momento en el que iniciaba su tarea de vigilar a pie las dos o tres manzanas circundantes a la muy concurrida estación Haedo, comenzaba con una interminable serie de pedidos a todos los comerciantes de la zona; nadie quedaba libre de sus requerimientos, porque su apetito voraz no rechazaba nada que se pudiera comer o beber. Hasta una pobre anciana paraguaya de ochenta y dos años, que vendía chipas y otros panecillos a la entrada de la estación, era sistemáticamente visitada por este despreciable personaje, por este tipejo que hasta se permitía opinar sobre la calidad de lo que consumía o sobre lo bien o mal hechos que estaban los envoltorios de los panes que, con gran dificultad, hacían las artríticas manos de doña Tole.
La paraguaya doña Tole vivía en las precarias viviendas que se encontraban detrás del Hospital Posadas, en el mismo predio de la populosa villa Carlos Gardel. Era una histórica residente que no había seguido el camino de los paraguayos que habían sido derrotados por el Peruca. Una mujer que vendía en la estación los panes que amasaba con las propias manos, la bondadosa abuelita que asistía a las muchas chicas que, tempranamente, quedaban embarazadas. Madre de varios hijos y abuela de incontables nietos, todos residentes de la villa y trabajadores. Respetada, admirada y hasta temida porque los policías que, de manera recurrente, habían ingresado a la villa en la época de los militares con el objeto de apresar a los militantes políticos que allí actuaban, jamás le habían sacado una palabra. Esto lo sabían todos. Los chicos y los grandes. Los buenos y los malos. Y también lo sabía Víctor Codovilla, bien conocido por su violencia y por los malos tratos y, en especial, por esa voracidad, por esa hambre insaciable que lo hacía salir de la panadería La gran flauta para ingresar al bar de don José, al almacén de Mario, al supermercado de los chinos. Provocaba repulsión ese hombre que estaba todo el tiempo masticando algo, que arrastraba las piernas, con esa panza que se balanceaba por afuera del cinturón como si estuviera pronta a caerse al piso. A Víctor Codovilla se la tenían jurada, estaba marcado desde hacía tiempo, pero sobre todo desde que había cacheado a unos pibes de no más de quince años y se había apropiado de sus pocas pertenencias: cigarrillos, un par de encendedores y hasta las estampitas de San Cayetano que el más chico de todos cambiaba por un par de monedas en el tren Sarmiento, yendo desde Once a Moreno, de una punta a la otra del recorrido. Y uno de estos pibes conocía a Rubindio, el lugarteniente del Peruca y uno de sus hombres más queridos.
Una noche, el Peruca, Rubindio y tres muchachos más decidieron que había llegado la hora de actuar, que ya conocían demasiado bien los pasos que llevaban a Víctor Codovilla desde la Comisaría Segunda de Haedo hasta su casa en la localidad de Paso del Rey. Los cinco muchachos se subieron al reluciente Chevy negro que el Peruca utilizaba para operaciones importantes. Era un auto que tenía sus años, pero que parecía recién salido de fábrica, un auto que había dejado de fabricarse hacía tiempo y por el cual él sentía un especial cariño. Tenía otros coches y motos, pero el Chevy era como su primer gran amor desde que había llegado al país. Además, todas las cosas que había hecho con ese vehículo siempre le habían salido bien, tenían el éxito asegurado. El Peruca usaba una pistola Bersa calibre 9 mm, pero para esa ocasión decidió llevar un hermoso puñal con un mango de hueso, un puñal que había traído de Perú, un arma con una larga e ilustre historia. El policía no era digno de ser tajado desde el cuello hasta la cintura con esa bella arma, pero las manos del Peruca sí eran dignas de empuñarla para hacer justicia, para pronunciar una sentencia inapelable. El Peruca estacionó el auto a no más de dos cuadras de la casa del policía y desde allí fueron caminando tranquilos, conversando y haciendo bromas, imaginando la cara de estupor de Víctor Codovilla cuando adivinara en los iracundos rostros de los pibes que ese era el último día de vida que tenía. Ellos lo atacarían ni bien doblara la esquina, la esquina de esa oscura calle silenciosa que siempre olía a eucaliptos, sombreada por las acacias y los paraísos, perfumada por las flores de los jardines, iluminada por los refucilos. Eran cerca de las diez cuando vieron al policía que venía caminando, arrastrando los pies, eructando los gases acumulados en ese inmundo estómago repleto de comida: los mates con bizcochitos de grasa, los cafés, los vasos de vino y los sándwiches, los chipas de doña Tole, los choripanes y los panchos, la tira de asado, las porciones de pizza, las copas de anís y de licor de huevo. Todo eso tenía lugar en esa panza inmensa que lo fatigaba, que le demoraba el paso y que lo había relegado a esa guardia marginal, muy lejos, por cierto, de los buenos servicios que en el pasado le había prestado a Benedicto Marianetti. Hacía unos minutos que había comenzado a tronar fuertemente y los relámpagos iluminaban el cielo cuando Rubindio le dio, antes de que doblara la esquina, un tremendo cachiporrazo en la cabeza, golpe que dejó cómicamente rígido al sargento ayudante Víctor Codovilla. Sin demorarse, dos muchachos más lo sostuvieron de los hombros. Rubindio, con inocultable repulsión, lo tenía bien agarrado de los pelos grasientos que, poco a poco, se le iban tiñendo de sangre. Comenzaban a caer las primeras gotas de lluvia. Eran gotas grandes, de esas cuyo peso se siente en el cuerpo cuando lo golpean, que preanuncian un diluvio a mares que inunda las calles y las vuelve desiertas, pero que por sobre todas las cosas limpia la mugre y refresca el aire. El Peruca se puso un guante de plástico, de esos que se usan para lavar la ropa; ya la lluvia empezaba a ser torrencial cuando le asestó una puñalada tan profunda en el medio del pecho que solo dejaba a la vista el mango blanco del hermoso cuchillo. Después, sin soltar el puñal y a partir de donde se lo había clavado, lo llevó hasta la altura de la vejiga; lo abrió, literalmente, en dos partes; las tripas y todo lo que esa inmunda panza guardaba en su interior cayó ruidosamente al piso, sobre las cuadradas baldosas amarillas. Luego, con lentitud, lo recostaron bocabajo, sobre la vereda, y se fueron caminando en paz, riéndose a carcajadas, bajo la intensa lluvia que comenzaba a lavar la vereda sucia.
* * *
Un término relativamente nuevo empezaba a estar en boca de ciertos políticos, algunos militares y muchos, cada vez más policías, una palabra nueva donde la dimensión política del asunto parecía hacerse un lugar, más allá del grado de conciencia que tuvieran quienes la empleaban: narcoterrorismo. Un vocablo que en sí mismo encerraba un diagnóstico que no todos los policías compartían. De hecho, no faltaban en el entorno del comisario Villafañe quienes pensaban que él exageraba, que no era, en verdad, para tanto. Coincidían, sí, con su visión de la peligrosidad de cierta inmigración sobre la que parecía no existir ningún control, pero estaban convencidos de que Villafañe tomaba todo a la tremenda; a estos, él trataba de hacerles comprender el riesgo de minimizar los problemas, esa incapacidad para ver en una simple chispa la causa de la explosión que reduciría a escombros un edificio entero. Y el edificio era el país, la familia argentina, las buenas costumbres y la tradición nacional.
Y fueron todos estos hechos que estamos relatando los que llevaron a Villafañe a buscar los mejores elementos entre los nuevos egresados de la Escuela Juan Vucetich. Quería, pensando siempre en el Cuerpo de Elite, contar con una tropa leal y honesta, un conjunto de efectivos que más tarde o más temprano pasarían a formar parte de ese selecto cuerpo de hombres especialmente entrenados para hacerle frente a delincuentes peligrosos. Y así fue como dos jóvenes policías, que habían compartido los cuatro años de estudio en la Escuela Juan Vucetich, pasaron a trabajar bajo las directas órdenes del comisario Villafañe. Sus nombres eran Juan Ignacio Soriani y Ezequiel Fritzler. Ambos contaban entonces con veintitrés años y desde hacía unos meses patrullaban juntos la densa zona cercana a la estación Ramos Mejía, las calles en las que se concentraban los boliches bailables y los pubs, escenarios donde algunas pandillas solían arreglar las cuentas que tenían. Los fines de semana, por lo general, pasaban varias horas en las canchas de Deportivo Morón y de Deportivo Merlo, pero todos los días llegaban a bordear, discretamente, la tan temida villa Carlos Gardel.
Juan Ignacio y Ezequiel conocieron enseguida la obsesión de Villafañe por ese muchacho misterioso y escurridizo, ese líder cuyo mandato parecía haber sobrepasado largamente los breves tiempos de dominio y de gloria que todos sus predecesores habían ejercido. Pero estos dos jóvenes policías no pensaban de la misma manera al respecto o quizá proyectaban sobre esta y otras cuestiones las viejas rivalidades que habían presidido la difícil convivencia que habían tenido en la escuela, una convivencia dominada por el más feroz espíritu competitivo, tanto en el plano teórico como en el deportivo.
Juan Ignacio era un muchacho de tez blanca, de grandes ojos claros, de gruesos labios, de una abundante cabellera rubia. Una cara perfecta, unos modales finos, aristocráticos, que no eran muy frecuentes entre los miembros de la Policía bonaerense. Deportista nato, cumplía una exigente rutina que incluía la práctica de la natación, la lucha, el levantamiento de pesas y el ciclismo. También le dedicaba tiempo a las prácticas de tiro en el polígono de la Escuela de Policía o en el Tiro Federal Argentino situado justo enfrente del club de sus amores, River Plate. La pasión de Juan Ignacio por el cuidado del cuerpo era tal que hasta en el inmenso loft en el que vivía tenía un gimnasio equipado con los aparatos más modernos. Tampoco faltaban aquí la clásica bolsa de arena y el punching–ball. Pero de todos los deportes el que más le gustaba era la lucha grecorromana. Tan profundo era su amor por esta disciplina que en un salón contiguo al gimnasio una colchoneta negra, cuadrada, rodeada de espejos rectangulares, delimitaba el espacio en el cual, a veces, luchaba con algunos amigos.
Ezequiel, en cambio, era un morocho de ojos oscuros, de mirada sombría, siempre amenazante, a veces inescrutable. Llevaba el cabello negro azabache cortado al rape como los colimbas. Los labios carnosos eran menos anchos que los africanos y rosados labios de Juan Ignacio. La camisa de mangas cortas, en parte desabotonada, dejaba ver un pecho cubierto de abundante y espeso vello negro y unos brazos musculosos surcados por gruesas venas azules. A diferencia de Juan Ignacio, la sonrisa le servía a Ezequiel para atenuar un poco la natural agresividad que tenía marcada en el rostro. Ezequiel, el morocho de Avellaneda, daba la sensación de ser un muchacho dotado de una fuerza superior. La solidez del cuerpo hablaba por sí misma: los bíceps marcados, las morenas manos velludas y la bella forma de las piernas que casi dejaba al descubierto el ceñido pantalón del uniforme.
Juan Ignacio y Ezequiel habían egresado de la Escuela de Policía Juan Vucetich en el año 1989. En un principio, tuvieron diferentes destinos, pero en mayo de 1990 fueron transferidos a la Departamental de Ramos Mejía. Villafañe concluyó que serían una buena dupla para hacerse cargo de la guardia que dejaban vacante, para irse más arriba, el Negro Muñoz y Juan Sosa. Los dos tenían el mismo rango, pero por mérito y calificación las órdenes las daba Ezequiel. Villafañe les había dejado bien claro esto apenas comenzaron a trabajar con él.
La relación en la escuela había estado especialmente signada por la competencia para ver quién de los dos se destacaba más, tanto en las disciplinas deportivas como en las teóricas. Esta actitud de los dos jóvenes muchachos, en un principio disimulada, pasó luego de un tiempo a ser un secreto a voces, a tal punto que eran los mismos compañeros quienes avivaban la llama de la pasión competitiva. Además, esta rivalidad no estaba despojada de cierta coloración clasista. Juan Ignacio, hijo de padres profesionales, educado en un hogar de clase media acomodada de Castelar, contrastaba con Ezequiel Fritzler, hijo de una madre ama de casa y de un obrero metalúrgico, residentes históricos del barrio de Avellaneda. En todo o en casi todo eran diferentes. Juan Ignacio, apasionado simpatizante de River Plate, uno de los más importantes clubes de fútbol del país, y de un equipo de rugby, el Hindú Club; Ezequiel, fiel a la historia familiar y a su barrio era un fervoroso hincha de Racing que no soportaba la menor broma sobre el constante bajo rendimiento de su equipo. En el historial competitivo, Ezequiel Fritzler ostentaba un orgulloso invicto. El rudo moreno había superado a Juan Ignacio en las calificaciones de las materias teóricas y en todas las competencias deportivas. En este último plano se habían enfrentado diez veces en cuatro años, en realidad veinte, porque cada disputa tuvo su correspondiente y esperada revancha: boxeo, karate, lucha, natación, atletismo, esgrima, tiro al blanco, equitación, salto con garrocha y piragüismo. Y las veinte veces fue Ezequiel el justo vencedor de todos los combates. Por otro lado, al margen de las competencias propias del calendario académico, los dos jóvenes se tomaron a golpes en tres ocasiones. Y fue Juan Ignacio el que se llevó la peor parte en todas las peleas.
