Читать книгу: «La vida jugada»

Шрифт:


JIMMY GIMÉNEZ-ARNAU

Si preguntan por ahí, los que me conocen les dirán que vine al mundo hace 76 años en medio del océano, que fui un niño itinerante y feliz y que una juventud desenfadada no hizo otra cosa que afianzarme el desparpajo infantil, al tiempo que sembraba en mí el amor por las palabras, que siempre respeté, y por las letras en general. Creativo y audaz en grado sumo, contraje la enfermedad del matrimonio con total inconsciencia en la treintena y ello me emparentó, durante poco tiempo afortunadamente, con una tribu histórica de la que ya no guardo ni el recuerdo. Sin rastro de hipocresía, porque es vicio que desconozco, afirmo que saqué partido de espectáculos propios y ajenos cuando las circunstancias lo toleraron. Di a la imprenta 14 libros, viajé por el mundo y me empeñé también en cuanta exploración capaz de abrir la mente se me puso a tiro. Ejercí el periodismo en modalidades diversas, pero siempre con la condición de divertirme, que el humor es, sin duda, lo más notable de mi carácter.

Soy constante solo cuando escribo y mi coherencia la reservo únicamente para el amor de Sandra y para los amigos. Les confieso, además, que hace tiempo que no siento la necesidad de irme a ninguna parte.

Irreverente y provocador, porque no entiendo otra forma de estar vivo, añado a los requisitos esenciales de la condición humana el rechazo absoluto a permitir que la rutina y la ordinariez de la costumbre se asomen a mis días. Salvaguardar el asombro, mantener alerta la curiosidad, explorar sin limitación todo cuanto aparezca ante los ojos y, si no se dan las circunstancias, salir corriendo y no mirar atrás han sido las motivaciones de mi viaje por el mundo. Así lo cuento para ustedes en estas páginas que hilvanan episodios y memoria; con ellas espero despertarles, al menos, la sonrisa. Porque el buen humor es siempre bálsamo adecuado para todo contratiempo y garantía de supervivencia cuando vienen mal dadas. Sin arrepentimientos ni innecesarias disculpas, verán que sigo apostando doble o nada por seguir vivo. Si gano, lo celebro; la otra opción queda descartada, pues siempre pensé que el que no arriesga es porque ya está muerto. Así que recuerden conmigo si lo desean, no renuncien a nada y deseen cuanto esté a su alcance. El truco está en no aburrirse nunca, que la vida es placer.

La vida jugada


La vida jugada

© 2020, Jimmy Giménez-Arnau

© 2020, Arzalia Ediciones, S.L.

Calle Zurbano, 85, 3º-1. 28003 Madrid

Diseño y fotografía de la cubierta: Luis Brea

Diseño del interior y maquetación: Luis Brea

ISBN: 978-84-17241-61-2

Producción del ebook: booqlab.com

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotomecánico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso por escrito de la editorial.

www.arzalia.com

Índice

Prólogo, por PILAR EYRE

Nota del autor

Cuando me aburro, me voy

PRIMERA PARTE

I. Primeros pasos por el mundo

INTRO: Un recuerdo

1. Dilemas de un feto en altamar

2. El hijo del diplomático

3. Si alguna vez me pierdo…

4. De Madrid al cielo inglés

5. Los Rosales

6. Segunda estancia en Uruguay

7. Las cenizas familiares

II. Licenciado por partida doble

8. Verano en el trópico

9. Desembarco en la universidad

10. Balance de un primer año

11. Hombres con lengua de insomnio

12. Adiós a las armas

13. De docentes y mujeres

III. De la universidad a Yo, Jimmy

14. Ganarse la vida

15. Escribir

16. Amar

IV. Aquel Jimmy

17. Algo que nace

18. «Me enamoraré de ti algún día»

19. La tribu

20. Como Dios mandaba

21. La vida en común

22. La muerte silenciosa del amor

23. Respirar de nuevo

xxs

SEGUNDA PARTE

I. Segunda juventud

24. Puerto Vaguedad

25. Ibiza: diez barras y un privée

26. Entre las islas, Londres

II. La fama de un personaje

27. Las malas compañías y Neón en vena

28. Las nupcias que nunca existieron

29. Adiós, Leticia, adiós

III. La audiencia se dispara

30. Pantallas, micrófonos y algunos libros más

31. La caja lista

32. Al otro lado de las cámaras: Sandra

Apéndice viajero

I. Viajero empedernido

II. Los otros viajes

Breve apunte histórico:

Enrique Giménez-Arnau en Hendaya

A mis mejores amigos. A Sandra, mi mujer, y a mi perra Beltza.

El éxito es la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo.

SIR WINSTON CHURCHILL

Prólogo, por Pilar Eyre

Golfo. Crápula. Niño mal de casa bien. Canalla. Mujeriego. Vividor. Playboy. Gamberro y desalmado. Durante cincuenta años, la leyenda en torno a Jimmy Giménez Arnau no ha hecho más que acrecentarse en un caso único de supervivencia: ¡ser golfo en los años setenta y seguir pareciéndolo en 2020 es algo digno de estudio! Aunque el propio Jimmy reconozca que hay mucha exageración en las historias que se le atribuyen, confiese que «la fama se hace de verdades y mentiras, y a mí me importa poco separar unas de otras», lo cierto es que estas memorias tan atípicas están llenas de aventuras extravagantes, algunas peligrosas, casi todas divertidas, como si de un personaje de Conrad se tratara. Descarnado, cínico y al mismo tiempo tierno, con mucho sentido del humor, escritor elegante y con muy pocas ganas de pintar de héroe, Jimmy consigue conmovernos hasta el tuétano con su prodigiosa manera de manejar el lenguaje y contar su vida extraordinaria.

Conocí a Jimmy un frío día de octubre de 1982. Él quizás no lo recuerde, pero la noche en que Felipe González ganó las elecciones se subió al coche en el que yo iba con el fotógrafo Fernando Abizanda, viejo amigo suyo —¿quién no es amigo de Jimmy?—, y, circulando por ese Madrid hecho bosque de puños alzados, me fui quedando prendada de sus palabras, de su sonrisa —¡yo no había visto a nadie sonreír como él!—, de la bondad innata de su corazón, de esa mezcla irresistible de estricta educación de internado inglés y chulería simpática y maliciosa de chicuelo de barrio, de esa camaradería cómplice que tiene con las mujeres. ¡Era el hermano que hubiera querido tener! ¡Chispeaban, como ahora, sus ojos vivísimos!

Todos lo conocíamos porque había sido el marido de una nieta de Franco, pero, es curioso, de eso me olvidé enseguida porque Jimmy era como el flautista de Hamelin, capaz de llevarte al infierno prendida de sus palabras, y su boda con Merry no dejaba de ser una anécdota más de una biografía deslumbrante. Que no se preocupen los lectores porque habla de ese matrimonio, detalla lo que jamás ha contado con precisión quirúrgica, menciona a su hija con descarnada lucidez, también relata la verdad de su detención por drogas en las puertas de televisión, cómo afectó eso a su carrera, y sus tormentosas relaciones familiares, sus parejas y sus amores contingentes… Todo está aquí, porque Jimmy se abre en canal con una sinceridad apabullante. Escribe de viajes, de los reales y de los otros, de grupos musicales, de libros, de artistas —deliciosa la anécdota de Carmen Maura—, del joven periodista que fue, del animal televisivo que sigue siendo. De dinero y de ruina. Pero es también el retrato de un joven inteligente y culto, cosmopolita y sofisticado en un país que no lo era en absoluto. Es un canto a la amistad, que atañe a perros y seres humanos, una lección de urbanidad y cortesía del último dandi de España…, y también un poema de amor a Sandra, sobrio, viril y auténtico.

Lo cursi, lo mediocre, el tópico, lo banal están ausentes de este libro. Que funciona, asimismo, como gran crónica social de una época, porque por estas páginas se pasean desde Tippi Hedren a Sara Montiel, de Norma Duval a Polanski, incluyendo a todos los miembros de la familia del Caudillo. La vida jugada nos ofrece tanto y de una forma tan arrebatadora que, para mí, ha sido un auténtico placer leerlo y un honor escribir este prólogo. No esperen los lectores un libro nostálgico, está cargado de futuro porque, como bien dices, querido Jimmy, los mejores años son los que nos quedan por delante.

PILAR EYRE

Nota del autor

Dios y Zeus nos libren de que estas páginas sean confundidas con unas memorias al uso. Pues más bien son un resumen de estímulos. Desde que el mal de Alzheimer se puso tristemente de moda, supe que dos maravillosas cualidades que regían mi mente, exactitud y prontitud, empezaban a derrapar. Pero mi editor, Ricardo Artola, atento al ruinoso estado mental que me consumía y viendo que mis huesos también protestaban, me presentó a una suerte de lazarillo entrenado en aguantar achaques, capaz también, cuando la ocasión lo ha requerido, de enderezar el rumbo de mis recuerdos —que a menudo derivan por la pendiente amable de la divagación— y de recuperar con ellos ya disciplinados el hilo de una historia. Ni que decir tiene lo agradecido que estoy a tan nobles y valientes amigos, editor y capataz de firme fusta, porque hay que tener mucho valor para seguir apostando por mí.

Cuando me aburro, me voy

Empiezo este libro de igual forma que, en 1981, empecé aquel mamotreto sobre la tribu de los Franco titulado Yo, Jimmy. Entonces dije que lo crucial para mí era vivir. Por ello, esté con quien esté, o donde quiera que esté, cuando me aburro, me voy. Sin retorno. Hoy, 2020, casi cuarenta años más tarde, sigo en mis trece: no aguanto el aburrimiento. Así que prepárense a leer unas páginas que nacen con la pretensión de ser divertidas y en las que me he propuesto ir hilvanando recuerdos y algo de imaginación. Supongo que no pretenderán que lo cuente todo ni que todo sea como lo viví; me quedo con las palabras de Molière cuando afirmó que quien lo cuenta todo aburre.

Antes de dictar, pues no merecía ser escrito, lo que pasé con aquella tribu, yo ya había publicado mis dos libros de poemas: Cuya selva (bendecidapor el genial Carlos Edmundo de Ory) y La Soledad Distinta (apadrinada por el no menos fabuloso Rafael Alberti). Y mi primera novela Las islas transparentes, finalista del Premio Nadal, me introdujo en las letras por la puerta grande. Quien domina la métrica, como yo lo hago, siempre será bienvenido en el mundo de la literatura.

A lo que iba: inicié Yo, Jimmy —best seller que alcanzó 36 ediciones— con una anécdota que manifiesta de lo que soy capaz cuando quiero largarme de un entorno soporífero. Lean y verán que no miento.

Otoño en Taipéi. La capital de Taiwán, la antigua Formosa, me abrumaba con su tedio y su calor. Era la hora en que se maquillan las chinas y los espías nazis se duermen en los cafés, cuando el sol asume esa roja tonalidad con la que se apaga la tarde en Oriente.

El taxista que me condujo al aeropuerto olía a sudor mezclado con aceite de soja. Constantemente, como un poseso, cambiaba la radio de frecuencia. El ruido de las ondas sonaba a masacre en un gallinero. Los efluvios del conductor, más su estúpida manía por desequilibrar la red de emisoras, hacían crecer mi aburrimiento, el cual, para sosegarse, necesitaba que alcanzásemos el avión.

Salir de Asia resulta tan difícil como salir de África negra. A última hora, siempre surge un requisito raro, extrañas barricadas que levanta ante ti la burocracia oriental. Aquel tórrido viernes de otoño no iba a ser menos. El aduanero, con un acento inglés hamacado en bambúes, fue explícito:

—No puede abandonar Taiwán. En su pasaporte no figura el sello de salida de la Oficina de Emigración de Taipéi.

Bastaba ver al agente para saber que era insobornable; no había nada que hacer. Hube de recomponer mi actitud. Le cambié las constantes y, sin responder a su código, le dije que quería hablar con el jefe de aduanas con toda urgencia, pues no podía perder el vuelo. El aduanero no se opuso a mi petición. Con la ironía del que manda a alguien a no conseguir nada, me indicó el modo de llegar a las oficinas del edificio.

Ascendí por unos escalones, atravesé un corredor abandonado a grasientos anuncios de aviación y apareció, al fondo, un despacho cuyas puertas permanecían abiertas. Con más prisa que seguridad, penetré en aquella estancia de aire agrio. Una vieja pegaba sellos o pólizas, no sé, no tuve tiempo para fijarme en su vicio. Los ojos de un gran sapo de unos ochenta kilos se habían posado en los míos como lapas. Era el jefe de aduanas, no le cabía otro aspecto. Antes de que pudiera cerrar su abanico, me incliné sobre su mesa y le dije en tono casi secreto:

—He de hablar con usted, a solas. Se trata de un asunto personal y privado.

Un gesto suyo mandó salir a la vieja, que lo hizo al instante.

Para empezar, había logrado crear un ambiente. El misterio que cautiva a los chinos. Compartir situaciones confusas les da placer. Dicho cacique, empanado en rutina, parecía interesarse por lo que le pudiera contar. Solo faltaba involucrarle en mi drama. Y eso fue lo que hice. De nuevo, me adelanté a sus pensamientos. Esta vez, perforando su intimidad, le solté:

—¿Está usted casado?

—Sí, desde hace diez años, ¿por qué le interesa?

Sin responder a su pregunta, volví a preguntar:

—¿Su mujer le es fiel?

—¡Por supuesto que sí! ¡Siempre lo ha sido! —dijo, poniéndose de pie y subrayando con una gota de histeria su afirmación.

Aquella fidelidad confesada resultaba perfecta a mis planes. El chino empezaba a transpirar incertidumbre, no iba a costar mucho llevarle al huerto. Bastaba con que yo improvisase una historia de infidelidad que pudiera sucederle a él en cualquier momento, algo que contuviera los elementos de un drama, para que, sin dudarlo, se desdoblase y participara en mi caso como un solo hombre. Le dije, como quien se confiesa a un hermano:

—Tengo que ir a Tokio, esta noche, sin falta. Sospecho que mi mujer está teniendo un asunto con mi mejor amigo. Quiero cogerlos juntos. Según he sido informado, ahora están en el hotel Okura, dale que dale.

Al jefe de aduanas se le retorcieron las tripas. Vivía mis cuernos como si fueran suyos. Su desdoblamiento, de manual psiquiátrico, mostraba comprensión hacia mí y una terrible indignación ante el suceso que deshacía mi vida. El chino ya se había entregado. Sin ocultar su ira por la cabronada que mi mujer y el fraternal amigo me estaban brindando en Tokio, hizo la siguiente pregunta:

—Si los sorprende juntos, ¿qué les hará?

Como era menester, no le repuse y volví a trasladarle la pregunta:

—¿Qué haría usted?

—¡Matarlos! ¡Hay que matarlos! —repuso con voz de ansiedad, abanicándose fuerte.

—Yo no sé si llegaría a tanto, pero quiero cogerlos juntos, ¿usted me comprende?

—¡Claro que le comprendo! ¡Usted no puede esperar!

—Pero existe un problema. Hoy es viernes, me falta un sello y… la Oficina de Información de Taipéi no abre hasta el lunes.

—¡No se preocupe y venga conmigo! —terminó, adquiriendo una velocidad al andar que no correspondía a su peso de morsa. Él ya era yo, había asumido mi tragedia y quería vengarla.

Me acompañó hasta la puerta de embarque, deseando suerte a mi misión de rescate y castigo. Nos estrechamos las manos, tan fuerte que todavía me duelen los dedos. De haberse enterado de que yo por entonces era soltero, no sé qué me habría ocurrido. La que debió armarle a su china esa noche tuvo que ser de marca mayor, pues hablamos de un energúmeno.

Cuando me sofoca un entorno, invento lo que sea con tal de poder seguir disfrutando de la vida. Por eso, cuando me aburro, me voy.

Primera parte

I
Primeros pasos por el mundo
INTRO
Un recuerdo

Principios de los cincuenta, Seaford. Un pueblo pequeño entre Eastbourn y Brighton, condado de Sussex, Inglaterra. En el gimnasio del colegio Ladycross, donde llevo interno ya unos meses, los mismos que hace que no la veo, mi madre espera con aire cohibido y las piernas muy juntas. Viste con clase, lo propio en una mujer de su condición; esposa de diplomático, de profesión: sus caprichos. No sabe una palabra de inglés. En realidad, más que mostrar timidez, se diría que es la viva imagen de la inseguridad y el terror. Salta a la luz —así lo imagino— que no domina la situación. Una presencia diminuta perdida entre los más de cincuenta metros de longitud de aquella sala cuyas paredes se cubren de espalderas. Aquí y allá, barras asimétricas, colchonetas, anillas, plintos y cuerdas de nudos que cuelgan del techo y por las que ascendemos como macacos en celo en nuestra clase diaria de educación física.

Mi familia me ha enviado a este precioso rincón del litoral inglés para que me eduquen, porque he sido considerado, con total acierto, como el lector tendrá oportunidad de apreciar en breve, un salvaje. Lo soy. Lo era y, en cierta medida, lo sigo siendo hoy, aunque esa es otra historia. Volvamos a aquella mañana brumosa y feliz como casi todas las de aquellos días, porque he de aclarar que yo fui muy feliz entre los muros de aquella prestigiosa institución académica destinada a desbrozarme en idioma ajeno, idioma que, si en principio me resultó extraño, en poco tiempo llegué a considerar tan mío como el castellano. Gracias a que de pequeño viví siempre contento y libre, aún hoy es muy raro verme triste.

Mi madre me aguarda. Ya me han avisado de su visita. Han ido a buscarme al campo de rugby donde mis compañeros y yo practicamos el arte de atizarnos golpes una y otra vez, con constancia aprendida y eficacia indudablemente británica. Miss Elsey trata de llamar mi atención, quiere decirme algo; la he visto de reojo, pero no va a resultarle fácil arrancarme de allí. Aún soy muy pequeño, pero el deporte es mi pasión. Estoy disfrutando y quiero seguir haciéndolo. Finalmente, logra que me acerque y me anuncia la llegada de mi madre. Ahora sí, lo dejo todo y camino dócil y emocionado de su mano hacia el dormitorio. Van a prepararme de arriba abajo para el encuentro: ducha completa y frotando a fondo para quitarme el barro, ropa de domingo y el peine que penetra sin piedad en una maraña rebelde donde aún queda algún que otro pegote de tierra. Me han acicalado con esmero antes de mandarme a presencia materna.

Puedo imaginarme ese tiempo de espera al detalle. Truchy —Inés es su nombre, pero todo el mundo que conozco se dirige a mi madre por su apodo— fuma de manera compulsiva. Como siempre. Cada vez está más nerviosa, se levanta, pasea, se vuelve a sentar porque es consciente de que conviene esconder su completa falta de seguridad, la vergüenza que le genera su incapacidad para manejarse con soltura en según qué circunstancias. Pero no sabe cómo disimular el pánico que siente: a lo mejor nadie ha ido a llamar al pequeño salvaje, quizá se han olvidado de ella en el gym. Tal vez le han dado alguna indicación que, por supuesto, no ha comprendido. ¡Mierda de idioma!

El reloj sigue corriendo, hace ya casi una hora que está allí, en aquel gimnasio que ha recorrido a pie y con la imaginación al menos en una docena de ocasiones. Podría encender el siguiente Chester con el resto aún ardiente del anterior, si no fuera porque el ademán le impediría accionar, con el fin de alumbrar el pitillo de estreno, esa joya de mechero que es su Dunhill, regalo de mi padre, cuyo sonido todavía hoy escucho si cierro los ojos. El mechero de mi madre: elegante, sofisticado y frío al tacto. Como ella.

Se arregla el peinado, se coloca el lazo de la blusa, abre el bolso y extrae por enésima vez un espejo de carey. Se mira, se retoca, lo guarda… Los nervios destrozados.

Finalmente, la puerta de aquel gimnasio inmenso de mi infancia se abre. Veo a mi madre. Mi madre me ve. Se levanta. Me lanzo corriendo hacia ella. Mientras me aproximo sin parar de correr, casi soy capaz de saborear por adelantado el placer del abrazo inminente. Un segundo antes de llegar a tocarla siento el impacto de una tremenda bofetada sobre mi rostro. Me paro en seco. Tengo apenas siete años y el mundo se me acaba de caer encima. En ese mismo momento decido que esa señora ha dejado de ser mi madre. Ya no la quiero.

1
Dilemas de un feto en altamar

Nací a bordo del trasatlántico español Cabo de Hornos, un buque de la compañía Ibarra, cuando navegaba entre Santos y Montevideo. Latitud 29º-39’/S, longitud 49º-06’/O, viento SW/5. Por eso soy naonato. Da fe mi DNI, que reza «Alta mar» y añade en línea inferior: «Buenos Aires». Mera convención esto último, porque de respetar la ley del derecho marítimo que explica que el pabellón de un barco rige la mercancía, habría que concluir que yo, como mercancía venida al mundo en plena navegación, soy español. Si me apuran, bilbaíno, pues en los astilleros de Bilbao se construyó el Cabo de Hornos, que, no obstante, recibió bautismo en Sevilla.

Desde aquella marejada no he parado de moverme. Fui parido el 14 de septiembre de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, cuando británicos y estadounidenses liberaron Sicilia, e Italia, con tal de zafarse del fascismo, cambió de frente y dejó en la estacada a sus colegas del Tercer Reich.

Nadie me preguntó si quería nacer; a un feto en altamar no se le tiene en consideración. Quien dijo ser mi madre y juró haberme parido en el camarote 124 de primera clase tampoco tuvo la suerte de apretarme contra su pecho. En el pasar de los años deduje o supe que la desdichada, debido a un océano muy embravecido, parió un feto cadáver, un niño muerto, que nada tendría que ver conmigo, pues yo nací vivo y coleando en la bodega donde se hacinaba el pasaje de tercera. Volveré más adelante sobre un episodio que en buena parte es responsable de esa insania secular que algunos miembros de la familia siempre me han atribuido y que responde, según ellos, a una imaginación calenturienta, cruel y desbordada.

Antes de venir al mundo, como siendo feto hay poco que hacer, con tal de no aburrirme me dediqué a escuchar cuanto ocurría en el exterior del vientre de mi madre. Dejemos para más adelante resolver su filiación, noble o plebeya, y asumamos que las cosas fueron como dicen que fueron: que me parió la jovencísima esposa de un diplomático en ruta a su primer destino y no una vicetiple a la que mi padre se habría ventilado en un descuido de soltero, nueve meses antes, entre humedades de camastros no tan refinados como aquel camarote 124.

La relación de mis padres había surgido en Roma, ciudad donde ella estudiaba. Seamos doblemente indulgentes: por un lado, dando por aceptado y sin volver al asunto, de momento, que, en efecto, se trata de mi madre, y, por otro, concediendo el calificativo de «estudios» a una somera formación que proporcionaba un asomo de cultura y una pátina de viajadas a las niñas bien de la época. Un bachillerato en las Irlandesas y poco más… En la capital italiana, mi padre, técnico comercial, actuaba como tutor de aquella joven caprichosa y voluble que, además de juventud, lo tenía todo en la vida. El padre de mi madre, el abuelo José Puente, que adoraba a su hija, había sido un opulento empresario —pues para cuando la niña estaba en Roma ya estaba muerto— que desde su fábrica madrileña, situada entonces en lo que luego sería El Corte Inglés del paseo de la Castellana, surtiría de somieres y camas a todo el territorio nacional. Con una producción que llegaría a ser floreciente, aquel futuro solo se truncaría tiempo después cuando las circunstancias, en concreto la incapacidad de los varones de la familia, pusieran punto final a un negocio saneado y más que prometedor. Los Puente conocían a los Giménez-Arnau, mi familia paterna, más que respetable, aunque no tan prometedora en lo económico, que había hallado en el riguroso mundo del derecho y la notaría casi su segundo apellido. En virtud de esta amistad mi padre fue encargado de vigilar de cerca los pasos de aquella joven promesa de frivolidad que era mi madre, en calidad de tutor.

La primera reacción de mi padre, un señor serio y cabal, cuando comenzó a relacionarse con Inés Puente en Roma fue pensar que estaba completamente loca; probablemente nunca hasta entonces se había topado con un ser más mundano, extravagante y antojadizo, capaz de entrar en una zapatería y encargar veinticinco pares en apenas un pestañeo. Pero lo cierto es que sus reparos iniciales debieron de ceder con rapidez; ya se sabe que el roce hace el cariño, sobre todo el roce entre tutor y tutelada, que de aséptico se convirtió poco después, cuando coincidieron ya de vuelta en Madrid, en noviazgo, con temprano compromiso de boda. Antes de cumplir los diecisiete, mi madre contrajo matrimonio con José Antonio Giménez-Arnau, de treinta. Corría el mes de febrero del año 42.

Pero volvamos a este accidentado viaje en barco que realizan un año y medio más tarde y que me llevará por vez primera a tierras americanas. Nuestro destino es Buenos Aires. Mi padre se dirige a tomar posesión de su primer puesto en el extranjero como diplomático. Vendrán muchos otros después que se mezclan en mi memoria en una bruma de recuerdos y sensaciones que van trazando mi infancia: Dublín, Montevideo, vuelta a Madrid, otra vez América… Mi padre ha preparado las oposiciones al cuerpo con la ayuda de su hermano, mi tío Ricardo —que también nos acompaña en el viaje—, en buena parte durante la luna de miel con mi madre, cuyo vientre en el momento de embarcar —e independientemente de que sea o no yo quien lo ocupa— apunta a los siete meses. Pongamos que soy yo, que desde su interior oigo hablar de un tal Pepe Bulnes, un conde que terminará siendo mi padrino y que va como embajador de España a la capital de Argentina, al que acompaña mi padre como secretario de embajada.

Aún tan inexperto y tan poco dotado como estoy, no termino de entender por qué un viaje que, en principio, tendría que haber durado cuarenta días se está prolongando tanto. Finalmente, se alargará más de dos meses, y la razón, luego me enteraría, tuvo que ver con la guerra: el Cabo de Hornos se vio obligado a permanecer fondeado en Port Spain, Trinidad, por culpa de los submarinos alemanes que rondaban por aquellas aguas. Bien es cierto que nosotros llevábamos bandera española, éramos neutrales; pero no podría decirse que el régimen patrio hiciera muchos ascos a Hitler —de hecho, en más de un puerto de paso nos increparon al grito de «¡espías!» y «¡fascistas!»—, así que el control de los oficiales británicos en busca de sospechosos era imprescindible: andaban subiendo y bajando del barco y eso nos retrasó. Y es que ya en aquellas fechas algunos jerarcas nazis, en vista de cómo pintaba la guerra, estaban huyendo de Alemania con la intención de empezar sus nuevas vidas en el paraíso latinoamericano. En todo caso, a mi madre la dejaron tranquila porque estaba embarazada; a tío Ricardo y a mi padre también, porque eran diplomáticos, a pesar de lo cual ellos se prestaban a colaborar y se entrevistaban sin mayor problema con los oficiales que lo requirieran. Y con mi abuela Petra —que se hacía llamar Lala porque no le gustaba su nombre—, madre de la embarazada, que también venía con nosotros en este primer viaje, precisamente en previsión de un alumbramiento adelantado, nadie se metía. Para eso era una señora de edad, por más señas viuda de un franquista que cinco años atrás había entregado su vida ante las hordas rojas, si bien no en el frente, sino en barroca defensa del honor familiar. Aunque hay quien ha sostenido después que en realidad el abuelo Pepe murió a manos de un falangista, quiero pensar que una vez más las cosas fueron como yo las cuento y no como sostienen las malas lenguas. La muerte del cabeza de familia Puente tuvo lugar en San Sebastián, en el año 38, donde acudió para obligar a su hijo José Vicente a aceptar el reto de un anarquista que le había insultado y que le citó para dirimir las diferencias como se hacían las cosas entonces, con las armas. El hijo decidió que no recogería el guante de esa provocación, y el padre asumió la reparación de la honra de su apellido en el más rancio sentido calderoniano —el insulto, en cuestión, era «hijo de puta»—, y sin pensárselo se plantó en la capital vasca dispuesto a enfrentar al desclasado. Y resultó que el desclasado le clavó un puñal, le atravesó el hígado y lo mandó a mejor vida. También moriría en la guerra, por cierto, solo que fusilado, uno de los hermanos de mi padre, el tío Joaquín, y ese sí, con toda seguridad, a manos de los comunistas —que armados de tenazas le arrancaron sus muelas de oro— y en Santander.

Durante la detención del barco en Port Spain, la más larga de cuantas sufrimos, el pasaje no estaba autorizado a descender a tierra. Aquellas largas horas de espera mi madre las aprovechó para aprender los rudimentos del bridge, un juego en el que terminó convirtiéndose en una auténtica fiera, una vez que dio rienda suelta a sus cualidades más despiadadas.

Por fin salimos de Port Spain, a continuación, tocamos en Bahía, en Río y en Santos, donde subieron al barco una carga de plátanos con destino a Buenos Aires. Entre Santos y Montevideo, en el golfo de Santa Catalina, de aguas muy movidas, con marejada impresionante, nazco yo. Y donde toco tierra por vez primera es en Buenos Aires. Y al hilo del feliz suceso que es mi llegada a este mundo, no tengo más remedio, a riesgo de apuntalar una vez más las razones familiares de mi proverbial falta de juicio, que ofrecer otra posible explicación para esa confusión extraordinaria que rodea mi nacimiento. ¿No habré nacido en realidad en Santa Caterina, el célebre orfanato brasileño, donde la que dice ser mi madre quizá me ha comprado, después de que su feto muerto haya sido arrojado por la borda del Cabo de Hornos?

2
El hijo del diplomático

No importa. Ya no importa. Ahora estoy aquí, en este Buenos Aires opulento donde mi familia pasará algo más de tres años, donde nacerán mis hermanas Paloma y Mónica y al que ilumina el brillo incipiente de una estrella en ascenso deslumbrante e imparable: Juan Domingo Perón. El tiempo, las imágenes y las personas se me desdibujan, pero en medio de esta película de trazos distorsionados rescato un recuerdo, quizá uno de los primeros de mi vida, seguramente aderezado por lo que otros hayan contado o lo que yo haya creído oír al respecto. Quién lo sabe. Tan leve es la memoria. Me veo en un parque de Palermo, un lugar idealizado donde a los niños nos llevan a jugar; allí pasamos las tardes entre ponis, criadas que nos cargan con paciencia y una naturaleza exuberante que nos da la vida. Me están dando la merienda. Una papilla que devoro con ganas. Tanto que no basta una sola cuchara que del cuenco se dirija a mi boca cargada de alimento con rítmica cadencia, la práctica habitual con otros de mi especie y condición: porque yo soy un niño ansioso. Mi hambre no se aplaca en ese gesto sencillo. Hacen falta dos cucharas y, sospecho, una gran habilidad para sobrellevar la situación, porque mientras una recoge el alimento y lo conduce a mi boca la otra apenas acaba de depositar una porción de la merienda entre mis labios, que, sin terminar de relamerse, se abren ávidos de nuevo para recibir la siguiente dosis. Si no me embuchan más papilla, todo es pataleta. Soy la avidez encarnada en el cuerpo de un bebé de incierta concepción. Y quien se encarga de alimentarme maneja las cucharas como las varillas de un tambor que redoblan alternativamente sin perder un solo instante. Lo peor es que, terminada mi ración, los ojos y las manos se me van veloces a la merienda ajena. Tenía yo entonces una manera salvaje de alimentarme, pero a pesar de eso siempre fui un niño muy delgado. Delgado, pero muy guapo.

Hay otra imagen de mi Buenos Aires niño: tiene que ver con Agustín de Foxá, el escritor, periodista y también diplomático, y sobre todo con Eduardo, Teddy, Sainz de Vicuña, miembro de una de las sagas de empresarios más prósperos de nuestro país —artífices de la introducción de la Coca-Cola en España—, a quien he de agradecer que me quitara el miedo a los hipopótamos. Porque ¿se puede vivir con miedo a los hipopótamos? Soy de la opinión de que los miedos, cuanto más lejos, mejor; eliminado tan tempranamente el que tuve al mamífero africano —que sospecho no sería el único de aquellos días—, creo que hoy ya no me quedan muchos. Imagino que el episodio podría haber sucedido más o menos como relataré a continuación. Me veo en el zoológico, al que acudía a menudo con mi padre. Nos acompañan sus dos amigos citados. Teddy, que se percata de que aquellos inmensos animales me aterran, me coge de la mano y juntos nos acercamos a la laguna donde chapotean aquellas moles.

—¡Hipopótamo, a la caseta! —exclama con voz tronante.

La bestia obedece. En ese mismo instante yo pierdo el miedo a los hipopótamos y en mi imaginación infantil Eduardo Sainz de Vicuña le ha ganado la partida a Dios.

El año 46 se acaba y mi madre, mis hermanas y yo nos embarcamos rumbo a España. Mi padre permanece en tierras bonaerenses y nos seguirá apenas unas semanas más tarde: una breve estancia en Madrid antes de poner proa hacia nuestro siguiente destino, Dublín, donde el cabeza de familia —una familia que crece con esforzada velocidad, como crecían buena parte de ellas entonces— nos precede.

Así que llego a la capital. Por vez primera y por poco tiempo. Es el lugar donde, sin haber cumplido tres años, morirá Paloma, que siempre fue mi hermana preferida. Teniendo en cuenta lo breve de su existencia, es fácil hacerse una idea de mis sentimientos hacia los demás hermanos, los que la sobrevivieron, Mónica, Patricia, Ricardo y José Antonio, que quizá, dependiendo del humor —porque lo de ajustar cuentas no va conmigo—, desfilen por estas páginas más adelante. Ya se verá.

Durante este intermedio madrileño recalamos en el número 104 de la calle Hortaleza, la casa de la abuela Lala donde tantas otras veces, a partir de ahora, volveré a pasar largas temporadas, jornadas desbordantes de alegría que, con mis días de Montevideo e Inglaterra, componen lo más feliz de mi diario infantil.

Desde Hortaleza llegamos a Irlanda cuando estoy cerca de cumplir los cuatro años. Tragedia por tragedia, ya en el mismo aeropuerto mi madre informa al flamante secretario de embajada de la muerte de Manolete el día anterior, 29 de agosto de 1947, y mi padre le cuenta que el barco que traía nuestras cosas desde Buenos Aires ha naufragado y gran parte de las pertenencias familiares se han perdido. Ella es puro desconsuelo, pero yo, que no entiendo el alcance del desastre, porque las pérdidas materiales nunca me han afectado exageradamente, solo tengo una pregunta: «¿Se ha salvado el capitán?». Esto sí es tener buen fondo, no me negarán.

La estancia será también breve en Dublín, porque enseguida mi padre volverá a saltar de destino, de nuevo a América. Pero si hurgo entre mis recuerdos irlandeses soy capaz de ver cómo me lleva en coche al colegio cada mañana, muy temprano; luego, a su salida de la oficina, me recoge y regresamos juntos a casa. Y enseguida anochece, porque apenas hay horas de sol en este extraño país hacia el que me ha quedado, desde entonces, un cariño tristón. Todos los colegios a los que he asistido a lo largo de mi vida me han gustado, y del que me acogió en Dublín, completamente desdibujado, conservo sin embargo una sensación íntima muy nítida de bienestar: sé que prefería permanecer recogido entre las paredes de sus aulas que en mi casa, donde la presencia de mi madre, siempre con sus regañinas, me incomodaba. Sospecho que tras su experiencia bonaerense no se encontraría ella muy a gusto en latitudes tan brumosas, aunque tampoco me hace falta buscar razones objetivas para la proverbial brusquedad de su trato.

No es una época de abundancia. De hecho, existe racionamiento en las islas para algunos productos básicos como el azúcar, restricciones que, si bien afectan de lleno a la población civil, el cuerpo diplomático también padece, aunque menos, como es lógico —y no precisamente porque, como sostienen las lenguas desalmadas, el pueblo llano siempre haya tenido el umbral del dolor más alto—. Nosotros recibimos una cantidad fija de azúcar, pongamos que un kilo al mes, y se valora como si fuera oro. Es azúcar morena y, cuando veo el pequeño paquete con la ración mensual sobre la mesa de la cocina, no se me ocurre otra cosa que abrirlo, depositarlo en el suelo y hacerme pis sobre tan valioso manjar. ¿Por qué lo hice? Yo era un niño y no necesitaba motivos para hacer las cosas. Tiempo después, una aprendiz de psiquiatra —más guapa que profesional— explicaría aquel comportamiento infantil que yo le había relatado aludiendo a una pulsión oculta que me habría inducido a unir mi oro, mi orina, con lo más preciado que existía entonces, el azúcar. Puedo asegurar que cuando compartió conmigo la interpretación de aquel episodio de mi infancia aún no habíamos ingerido ninguna sustancia tóxica, ni sólida ni líquida ni gaseosa. Y sospecho que tan estúpidas palabras no contribuirían en nada a la recuperación de una confianza que por aquel entonces ya le había retirado a la profesión psiquiátrica en su conjunto.

Después de mearme en el saco de azúcar me castigaron, claro. Y yo, con una determinación bastante impropia de mis pocos años de entonces, decidí que en tal situación solo había una cosa que hacer: ir a buscar unas tijeras y encerrarme en un armario.

Y a continuación, me corté el pelo.

Cuando me encontraron, lo primero que ordenó mi padre fue que me raparan al cero; mi madre, por su parte, cerró el episodio con una de las frases lapidarias que de modo recurrente me fue dedicando a lo largo de los años: «es un tarado».

3
Si alguna vez me pierdo…

Tras nacer mi hermana Patricia, durante un breve verano en San Sebastían, llego a Montevideo con cinco años. En esta ocasión, mi padre ha sido designado agregado de Economía Exterior en la embajada de la capital uruguaya. Fiel a su imparable velocidad de crucero, a la familia se ha incorporado una tercera hija —dos quedan ya, tras la súbita muerte de Paloma—. Consigno el dato no por cariño fraterno; simplemente para ordenar los acontecimientos y como leve apoyo de un relato que, en todo caso, más que por derroteros cronológicos estrictos transita siguiendo los mimbres más inconstantes de la emoción.

Montevideo es mi sitio. El lugar al que volveré en numerosas ocasiones tras esta primera estancia que se prolongará por espacio de casi dos años. La ciudad a la que seguiré retornando durante algunas temporadas en el futuro, cuando, ya camino de cerrarse la llave de la infancia, pretenda hacerme adolescente. Y es que, a caballo entre Madrid y Montevideo, tiempo después, empezaré a descubrir otros cuerpos, revelación que, convendrán conmigo, bien puede considerarse el pasaporte a la adolescencia. Pero eso será, en efecto, tiempo después y ya se contará, que perder la virginidad siempre es asunto serio en la vida y requiere más detenimiento.

El telón de fondo de mis primeros años en Montevideo es una casa con jardín y es, sobre todo, el cercano parque Rodó. Con sus lagos, sus puentes y sus barcas, cuajado de árboles subtropicales llamados jacarandás, de hojas verdes y flores malva, y de patos, cisnes y caballos. Rodó era el paraíso. Por el momento recalo en una guardería, británica, como debe ser. Mi padre lo tuvo claro y yo siempre he agradecido que, en aquellos días infantiles, en materia académica me mantuviera en la medida de lo posible al margen de los usos de esa España oscura y opresiva de posguerra, tan obsesivamente religiosa y de tan corto alcance. Por eso tanto mis hermanos como yo estuvimos en colegios británicos, franceses o incluso alemanes, en todo caso, al margen de los rigores patrios, tal como hiciera él mismo —tras estudiar Derecho en Zaragoza se había doctorado en Bolonia y ampliado su formación en Cambridge y Ginebra— tiempo atrás. Y es que una cosa era trabajar para el Régimen y abrazar los principios falangistas, algo que mi padre había hecho de mil amores, pero otra muy distinta cercenar las posibilidades de que sus hijos gozaran de una buena formación. Mi padre, a pesar de todo, era un liberal. Además, tenía una cultura extraordinaria; aparte de ser técnico comercial del Estado y diplomático, desarrolló su faceta más creativa como escritor de novela y teatro y fue galardonado con más de un premio y más de dos. La nómina de sus amistades nos habla de un hombre de extraordinaria curiosidad intelectual, formación sólida y mentalidad abierta, dentro de los límites que su clase y su época imponían: Agustín de Foxá, Ramón Pérez de Ayala, Gómez de la Serna, Jesús Pabón, Mujica Lainez, Jardiel Poncela, Paco Rabal, Adolfo Marsillach, Indro Montanelli, Federico Fellini, Luis García Berlanga, el editor José Vergés…, genios todos a los que tuve el honor de conocer.

A lo largo de todos aquellos años, a medida que se desarrollaba el periplo diplomático familiar por tierras latinoamericanas, mis padres se relacionarían con lo más granado, los millonarios, los poderosos, la élite cultural: escritores, directores de cine, artistas, políticos… Si en Buenos Aires ya tuvieron la oportunidad de descubrir las bondades de una vida social pródiga en deleites y hedonismos, en Montevideo se dedicaron con afán a profundizar en el hallazgo. Multiplicaban su presencia en cócteles y fiestas aquí y allá. Por cierto, que antes de salir hacia uno de ellos, se preparaban con un par de optalidones y un dry martini, para ir adecuadamente entonados. Esa era la costumbre: costumbre de mis padres y estoy en condiciones de afirmar que del cuerpo diplomático y amistades colaterales en su conjunto. Por casa desfilaban los Ibarra, navieros, el citado Agustín de Foxá —protagonista de épicas tajadas— o Josep Pla, que en una ocasión escribió una carta a mi padre en la que le anunciaba su inminente llegada, pues acudía a dar unas conferencias a la ciudad, y le tranquilizaba en los siguientes términos: «Por el dinero no se preocupe, Arnau; si lo necesito, ya se lo pediré».

A menudo, el comportamiento de mi madre cuando alguna de aquellas reuniones de mayores tenían lugar en nuestra casa me resultaba enormemente molesto; un ejemplo de su impostura: me llamaba y, delante de sus amigos, me besuqueaba sin piedad, me achuchaba exageradamente, reclamaba la atención de los presentes sobre mis cualidades o mi apariencia —cuya filiación se atribuía sin mayor reparo— y no sentía pudor alguno en demostrar un cariño desbordado, una ternura de madre verdadera que nunca, nunca me dedicó cuando estábamos a solas. Cara a cara mi madre rara vez me prodigaba tanto abrazo, no gastaba carantoñas ni gestos de ternura sin la clac, a menos que estuviera enfermo; solo la fiebre desencadenaba su atención sincera, lo cual me lleva a pensar —lúcido inciso de tinte psicoanalítico— si no me inventaría yo alguna que otra enfermedad como reclamo de ternura. Todo esto lo he ido pensando a lo largo de los años, pero estoy seguro de que en aquel Montevideo de mi infancia ya intuía yo el desapego irremediable de mi madre.

Esta mujer lista, voluble y caprichosa sería siempre una de las embajadoras mejor recibidas por las cortes diplomática, que a menudo pueden ser despiadadas, en todos los destinos que tuvo mi padre. El diplomático cobra varios sueldos: el que le da el Estado y dos veces esa cantidad en concepto de gastos de representación. Mi padre y mi madre se lo gastaban todo en recibir bien en nombre de su país. Esto da una idea de cómo vivíamos en aquellos tiempos de mi infancia en los que mi padre, en las distintas facetas de su carrera, representó a España en diversos países de Latinoamérica.

El nombre de Don Esteban ocupa un lugar especial en la memoria; así se llamaba la estancia de los Secco, un paraíso donde pasaría tantas horas con Juan Miguel —uno de los amigos que hoy conservo de aquellos tiempos—, donde cuando tuvimos edad buscábamos la compañía de los gauchos encargados del ganado, que nos llevaban a montar. Allí se despertó probablemente mi amor hacia los caballos, un animal que considero noble por encima de todo y de muchos. En esas tardes en la estancia a los niños nos iniciaron en los rudimentos del polo, deporte en el que Juan Miguel llegó a ser un maestro, practicando el pato con ponis de baja alzada desde los que tenías que enganchar la anilla de la pelota ovoide que corría por el suelo y encestarla. Todo para hacer cintura.

La estancia es el escenario de otro recuerdo muy temprano. Estoy jugando con Juan Miguel a perseguir un zorrino, una mofeta, con las previsibles consecuencias. Tal era la peste que despedíamos una vez que la naturaleza del animal se reveló en toda su plenitud y se nos meó encima, que su madre, Madelón, cogió nuestra ropa, la quemó y nos tuvo los siguientes dos días durmiendo en el pajar. Por aquel entonces yo ya era una especie de Daniel el Travieso compulsivo y libre; apuntaba maneras silvestres y desconocía cualquier forma de timidez. Creo que estaba dispuesto a aprovechar al máximo cualquier oportunidad de ser feliz.

Quiero pensar que este impulso vital tan disparatado, incluso para un niño tan pequeño, tuvo algo que ver con el hecho de que a tan tierna edad hubiera yo salido indemne de un intento de asesinato que quiso perpetrar sobre mi pequeña persona una nanny británica procedente de Buenos Aires, cuya profesionalidad no había sido contrastada con suficiente interés por parte de mis mayores. A los quince días de estar en casa, aún no había comenzado a consagrarme sus cuidados a fondo, fue detenida por la policía, acusada de haber introducido agujas en el culo de varios niños que me habían antecedido como objeto de sus desvelos, con la obvia intención de cargárselos. Menos mal que la cogieron a tiempo; de otra forma, hoy, con más de quince lustros en la nuca, no podría asegurar con rotundidad inapelable que en mi vida me han roto el orto.

Mis padres se querían. No lo dudo. De hecho, él adoraba de tal manera a mi madre que era capaz de cometer cualquier arbitrariedad con tal de defenderla y de hacer que su opinión prevaleciera por encima de todo. No decía que ella tuviera razón, pero sí pronunciaba aquella frase lapidaria más allá de la cual sobraba todo comentario: «Es lo que dice tu madre». Así sería siempre a lo largo de los años. Y ella le correspondía venerándolo igualmente. Siempre estuvo enamorada de él. Y eso a pesar de la lógica indignación que sin duda le causó la infidelidad de su marido con una conocida de ambos cuyo nombre omito —que una cosa era venerar a la esposa propia y otra no sucumbir a la tentación de tener algún que otro escarceo con la mujer más guapa y con más clase de la República Oriental—. Tan elegante era la fémina en cuestión que, cuando rompió con su amante, lo hizo regalándole un libro de Graham Green, The End of the Affair —El fin del romance—, como descubriría yo tiempo después de que sobreviniera la ruptura, al ojear distraídamente la dedicatoria que figura en la primera página del ejemplar de la citada obra, propiedad de mi padre.

Pero en aquellos días infantiles yo apenas veía a mis padres, mi cuidado y el de mis hermanas recaía sobre todo en la nanny de turno. Mi madre nos paría y luego llegaban ellas. Superado aquel escollo de la niñera asesina, vine a caer en manos de otras muchas, con diversa gama de instintos; una gallega, de nombre Fe, cuando me acostaba o me bañaba se dedicaba a estirarme la piel de mi pene diminuto mientras me anunciaba premonitoria: «¡Ay, rapaz, lo que vas a joder tú con este…!». Como experiencia vital a edad tan temprana no está mal: pasé del sadismo británico a las dotes adivinatorias de una cuasi meiga gallega de una recóndita aldea orensana. Y al hilo de aquel episodio de augurios tan alentadores me viene a la memoria una escena posterior, en la pastelería madrileña Embassy, donde mi padre había quedado con un médico amigo que, detrás de una cortina, me descapulló: «No, no hay que operarle de fimosis», concluyó solemne.

Desde aquel lejano 1949 he vuelto a Montevideo en muchas ocasiones. Adoro Uruguay. Es un país que me entusiasma. Todavía hoy voy cada dos o tres años y sigo conservando amigos de la infancia. Si alguna vez me pierdo, que me busquen en la República Oriental del Uruguay.

4
De Madrid al cielo inglés

Una vez más, como polluelos tras la clueca, regresamos a Madrid siguiendo a mi padre. Se abre entonces un paréntesis en su carrera diplomática y en el transcurso de los años siguientes, hasta 1956, cuando nuevamente regrese a Montevideo, se ocupará en la capital de asuntos diversos, aunque nunca interrumpirá sus viajes que, de manera esporádica y a menudo acompañado de mi madre, continúa realizando sin tregua. Ya desde muy joven mi padre había desempeñado en España cargos relacionados con la cultura y la promoción de las letras y el periodismo —junto con Manuel Aznar creó la Agencia EFE, en la guerra había redactado la Ley de Prensa de 1938 e intervenido en la fundación de más de una cabecera—. En esta ocasión dirigirá la Oficina de Prensa y presidirá la Dirección General de Cooperación Económica del Ministerio de Comercio, y no necesariamente en este orden. Por cierto, que terminaría dimitiendo del primero de estos puestos, renuncia que probablemente estuvo en el origen de las reticencias posteriores de Franco a la hora de nombrarlo ministro, pues pensaba el dictador que alguien capaz de dimitir estaba invalidado de oficio para colocarse al frente de un ministerio. A pesar de esta evidente falta de confianza, he de contar, consciente de que adelanto acontecimientos, que mucho después, allá por el año 1969, aquel caudillo le daría pruebas de su fe renovada, al encomendarle una delicada misión como intermediario ante don Juan de Borbón. En su momento lo relataré.

Pero recojo el hilo nuevamente, para contar el episodio que, apenas llegado a Madrid, sería la causa de que abandonara nuevamente la capital, sin haber cumplido aún los ocho años, rumbo a la adorable Albión. En el paréntesis madrileño en las labores diplomáticas del progenitor y su familia, mi padre escribe, disfruta de sus éxitos literarios y sigue viajando esporádicamente con mi madre. Durante una de estas ausencias yo permanezco en la casa de Hortaleza con la abuela Lala, y el acontecimiento que desencadena mi exilio en Inglaterra sucederá cuando enferme de acetona, lo que obliga a mis padres a adelantar la vuelta, por indicación de la abuela.

Lástima, porque una semana más tarde habían previsto una escapada a la Feria de Abril, en compañía de algunos amigos —Edgar Neville entre otros—. El caso es que retornan a la patria, pasan conmigo un par de días y, afortunadamente, como yo siempre he sido de incordiar lo justo, la acetona parece remitir. La convalecencia pinta bien, así que se decide que permaneceré al cuidado de dos hermanas de mi abuela, que se conservan en Anís del Mono y que vendrán a dormir a la casa, y de Juan, el criado de Hortaleza, una vez que el consejo médico autoriza a mis padres y a la Lala, que se incorpora al sarao sevillano en atención a la tensión padecida y a los servicios prestados, a no desbaratar sus planes y acudir a la Feria según lo previsto y sin mayor preocupación. Y así sucede.

Tía Antonia y tía Pepa presentan una decidida inclinación al brebaje citado, pero es algo sabido por todos y bien tolerado en la familia, y Juan lleva al servicio de la abuela desde la noche de los tiempos. De modo que estoy en buenas manos. Cuando, tras la partida de los viajeros supero definitivamente la acetona y el doctor Enrique Jaso confirma el alta, para celebrarlo, les pido a las tías que me lleven al cine: hay una película de piratas malayos, aventura en estado puro, y yo, que llevo muchos días encamado y sometido a estricto régimen de pollo asado y agua de limón, me empeño en ir a verla. Y la vemos. Y volvemos a verla. La vemos varias veces en un mismo día. Las tías ya no saben qué hacer para convencerme de que hay que regresar. Cuando por fin lo consiguen, seguro que su síndrome de abstinencia ha alcanzado proporciones intolerables, así que me dejan en casa al cuidado del fiel Juan y vuelan a la suya sin perder un instante, con el firme propósito, imagino, de agarrarse una merecida cogorza, proporcional a la hartura lógica tras una jornada completa de piratas asesinos en los mares del Sur sin un mísero copazo de anís o chupito de orujo recio en su defecto.

Entonces se dispara mi imaginación. Estoy solo, Hortaleza es la jungla y Juan un temible bucanero de ojos rasgados que ha sembrado el terror en Malasia entera. Ataviado con un pañuelo que rescato del armario de Lala, entro en la cocina y me hago con un cuchillo jamonero, aprovechando que el facineroso está vuelto de espaldas. No me engaña su canturreo; Juan, hábil impostor, exhibe feminidad, pluma y delicados ademanes, pero yo sé que en realidad es el más feroz de los filibusteros, el contrabandista más sanguinario de cuantos se hayan visto en los mares de Java y de la China. Doy un grito, el bandido se gira aterrado, lo he pillado por sorpresa y no tiene escapatoria. Lo sabe. Ya es mío.

Durante los dos días siguientes tengo a Juan encerrado en la zona de servicio de la casa, con la llave echada. Nadie escucha sus gritos, nadie acudirá en su auxilio. Solo de vez en cuando entorno la puerta para lanzarle un mendrugo de pan y permitirle beber un poco de agua turbia. Pero soy un carcelero cuidadoso y mantengo siempre el cuchillo firme en mi mano. Sé que no debo confiarme. Mi reino es la casa inmensa de la Lala, que exploro en sucesivas expediciones llenas de peligro, no sin asegurarme antes de cada salida de que la llave de la prisión del pérfido corsario sigue echada. En la despensa de la cocina encuentro lo necesario para alimentarme y en el suelo de frías baldosas he improvisado un catre con mantas, en el que descabezo algún bostezo sin bajar jamás la guardia ni aflojar mi vigilancia sobre Juan el desalmado, convertido ahora en mi presa indefensa.

No me cabe duda de que la borrachera de las tías contribuyó decisivamente a la barbarie; creo recordar que el teléfono, clavado a la pared del office, sonó alguna vez durante el cautiverio del infeliz, pero lo cierto es que nadie apareció por la casa hasta el regreso de la Lala y mis padres. El atuendo de sport y el aire desenfadado que exhibe la comitiva cuando, tras llamadas insistentes, abro la puerta, todavía con el pañuelo a la cabeza, cuchillo en mano y previsiblemente no muy aseado tras las incursiones selváticas de aquellos días, parecen esfumarse en cuestión de segundos, el tiempo que les lleva sospechar que algo no va bien en la zona de servicio de Hortaleza 104.

—¿Dónde está Juan?

—Aquí lo tengo…

Me basta observar un instante sus caras. Enseguida empiezo a sospechar que quizá mis superiores no aprueben la acción que con tanto arrojo me ha permitido, en solitario, capturar al facineroso.

Efectivamente, han soltado a Juan, algo incomprensible, porque puede que los demás se dejen embaucar por la voz meliflua del filibustero disfrazado de criado, pero a mí no me engaña:

—¡Yo creía que me moría, señora!

—Si le he dado pan y agua —respondo, sin terminar de entender a qué viene tanta queja.

—Este niño es un salvaje, hay que ponerle freno y mandarlo a algún sitio para que lo eduquen.

El diagnóstico de mi madre tras el episodio de los mares del Sur ha resultado lapidario. Apenas un mes después estamos en un avión los dos, acompañados de mi prima María del Carmen —ella sí sabe inglés perfectamente—, camino de un colegio católico de Inglaterra, Ladycross. Mi padre me ha dicho que me llevan a un sitio donde se hace mucho deporte y voy a aprender otro idioma. Está seguro de que me va a gustar mucho. Y yo lo acepto, con una serenidad impropia de mis años, o más bien con total indiferencia. El plan es quedarme interno durante todo ese verano, regresar luego a casa en Navidad y retornar para concluir en Inglaterra los siguientes semestres. Pero yo desconozco ese plan.

La primera etapa del viaje es Londres, atrapada en niebla, y a continuación vamos en tren hacia Seaford. Una parada intermedia me ofrece el desayuno más delicioso que he probado hasta entonces, unas tostadas con mantequilla que, definitivamente, me han ganado para la causa británica de por vida. A nuestra llegada nos reciben los directores, Mr. y Mrs. Ropper, con sus perros. Es mi prima la que actúa de interlocutora, mi madre, desde luego, habría sido incapaz. Ella apenas conoce tres palabras que absurdamente me ha hecho aprender antes de llegar: vaca —cow—, rojo —red— y enfermo —ill—.

Miss Elsey aparece en el vestíbulo, me toma de la mano y me dice que me despida de mi madre. Le doy un beso sin demasiado entusiasmo —no tengo conciencia de que voy a permanecer mucho tiempo allí— y abandono la escena. Yo hubiese preferido llegar a Ladycross acompañado de mi padre, aunque, por lo demás, he aceptado la situación con normalidad, sin rebeldía. Pero esa misma noche, cuando miss Elsey me mete en la cama, me pongo a llorar. Y entonces ella me advierte con esa frase que cualquier varón de mi edad ha oído en la fría Inglaterra: «Boys do not cry» (‘los niños no lloran’). Primero en inglés y luego en román paladino para que no haya posibilidad de error. Y reprimo el llanto al instante. Setenta años después, sigo conteniéndolo. Miss Elsey logra vacunarme contra el derrame de lágrimas con un último aviso:

—No quiero que llores nunca más aquí, Jonathan.

No sé muy bien a qué viene aquel nombre, porque Joaquín existe en el santoral inglés, pero enseguida, a la mañana siguiente, seré bautizado como James. James Arnau —pronúnciese Ooorno, con la r muy suave—, y a partir de ahí, salvo para mis compañeros españoles de Ladycross, para quienes seguiré siendo Joaquín, para mis amigos de mi futuro colegio en España, los Rosales, seré Jimmy, diminutivo de James. Recuerdo que esa primera noche Jonathan, Joaquín, James o como quieran llamarle, se siente solo, en un dormitorio inmenso con multitud de camas de hierro cubiertas por sábanas blancas y mantas rojas —los colores de Ladycross—, cada una ocupada por un niño como él.

Pero ese atisbo de indefensión me duró poco, en buena parte gracias a la ayuda de otros compañeros españoles, Alfonso y Nicolás Gereda de Borbón, algo mayores, que estaban ya en el colegio y, al corriente de mi arribada, se preocuparon de recibirme con cariño. También lo hicieron unos gemelos franceses de los que guardo un buen recuerdo porque se mostraron solidarios con el recién llegado. Estamos todos en esa fotografía de julio de 1952.

Al mes de estar en Ladycross recibí la primera llamada de mi padre. Fue también la última. Le pedí dos cosas: la primera, por consejo de los amigos españoles, que me sacara de las clases de piano y me inscribiera en equitación, disciplina incuestionablemente más placentera y en la que pronto destaqué —tan harto estaba ya de los golpes de regla que me atizaba aquella energúmena con gafas de culo de botella que pretendía enseñarnos música, que, para no equivocarme, una hora antes del inicio de la clase yo colocaba números sobre las teclas del piano para saber el orden que debían seguir mis dedos—; la segunda petición que le dirigí fue que no volviera a llamarme. Era el mejor modo de seguir dando esquinazo a la tristeza, un tanto que, una vez asimilado mi nuevo destino brumoso y húmedo, ya había apuntado en mi marcador, pero que la voz de mi padre estaba poniendo en cuestión, como demostraba el lagrimeo amenazante que insistía en dispararse al oír su voz. Cuando eres hijo de diplomático aprendes pronto que andas dejado de la mano de tus padres prácticamente desde que naces: el desapego se convierte en la forma habitual del trato con los tuyos, pero a cambio eres capaz de hacer nuevos amigos con facilidad, porque vas saltando de ciudad en ciudad casi constantemente. Así que yo ya sabía de qué iba aquello, lo único que necesitaba era que no me estuvieran recordando a cada rato que, al fin y al cabo, era la primera vez que me había separado de la familia.

En Ladycross montaba a caballo, practicaba rugby —era el mejor ala del mundo— y, en general, destacaba en los deportes: fútbol, atletismo, críquet —el croquet no, que siempre fue de nenazas—. Recuerdo que en la final del campeonato de boxeo, yo, retaco español, me enfrentaría a un sajón largirucho al que sacudí en la nuez, con resultados definitivos que lo llevaron sangrando a la enfermería. Salvado el escollo del piano, prácticamente todo me gustaba. Me gustaba hasta rellenar ese calendario en el que según amaneciera el día teníamos que pintar una nube, unas gotas de lluvia, una lluvia torrencial o un sol entre brumas —rara vez un sol limpio— para consignar cumplidamente y con toda pulcritud el tiempo atmosférico de esa parte de las islas británicas en nuestros cuadernos. Sí, definitivamente, Ladycross era un buen sitio.

Y eso que la disciplina era estricta. En el comedor, por ejemplo, un par de alumnos mayores —el colegio estaba dividido en dos edificios, uno para los benjamines y otro para los de más edad— se sentaban a nuestra mesa y vigilaban nuestros modales e incluso el ángulo en que colocábamos los codos: armados con una vara de bambú, no dudaban en utilizarla si los libros que nos habían metido bajo el brazo se deslizaban mientras comíamos y caían al suelo. Allí te corregían a palo limpio, no tenían demasiados escrúpulos al respecto; las travesuras se pagaban caras y lo más llamativo de todo era que tenías que darles parte de los dos chelines y seis peniques que te asignaban semanalmente para que te castigaran, una manera un tanto enrevesada de reconocer tu culpabilidad y el gran favor que te hacían aquellos imberbes desalmados sacudiéndote sin piedad.

Para la tarea punitiva, el director, por su parte, utilizaba un hueso de ballena recubierto de cuero que habría hecho las delicias de sadomasos y que a nosotros nos dejaba las manos en carne viva si no habías tenido la precaución de untarte jabón en las palmas antes de acudir al despacho del headmaster. No me resisto a identificar al ángel benefactor que me aconsejó aquella protección tan útil, un amigo italiano, Vittorio Manunta, que tiempo después nos deleitaría con sus escarceos cinematográficos como protagonista de la película Peppino y Violeta, que narra la historia de un cristianísimo muchacho que acude con su burra enferma, Violeta, al Vaticano, para que el santo padre sane a la cuadrúpeda.

Mi primera paliza llegó como resultado de mi afán experimentador; por aquellos días consumíamos con fruición un tipo de golosinas que se presentaban en forma de avión, de tren, de coche… No sé qué ingredientes misteriosos incorporarían en su composición, pero lo cierto es que pronto descubrimos las posibilidades de montar con aquellos caramelos un espectáculo pirotécnico en toda regla: cuando les acercabas una cerilla encendida, prendían que daba gusto y al cabo de unos segundos estallaban como pequeños petardos.

En Ladycross tuvieron siempre clara la necesidad de evitar las peleas entre los alumnos más pequeños; quizá con tan sana intención nos entregaban unos muñecos de apariencia siniestra, que siempre tenían la piel oscura, los labios muy rojos y los ojos muy blancos, para que, organizando batallas campales entre ellos, diéramos rienda suelta a la agresividad y eludiéramos así él enfrentamiento entre nosotros. Sabia estrategia —de evidentes reminiscencias coloniales— que nos enseñó a descargar ya desde niños la adrenalina.

En todo caso, yo asumí sin problemas la disciplina inglesa, a menudo porque me la saltaba, lo que se traducía, lógicamente, en castigos, y otras veces porque la aceptaba sin mayor cuestionamiento. En definitiva, no supuso ningún trauma para mí.

A las siete de la mañana nos levantaban y media hora más tarde debíamos estar aseados y vestidos frente a nuestras camas, perfectamente hechas, cuadrados como pequeños cadetes dispuestos para la batalla y ataviados con el uniforme del colegio, gorra incluida. Recuerdo que, cuando en las vacaciones navideñas regresé a Madrid, la primera mañana después de mi llegada fue así como me encontró mi abuela cuando entró en mi cuarto; tieso, limpio, las sábanas perfectamente estiradas y la gorra calada. «Good morning, grand mother», le dije. «¿Pero qué te han hecho, criatura…?», preguntó a sus dioses lívida.

Después del desayuno, en fila y tras ingerir una cucharada de sirope, todos los niños de Ladycross acudíamos a los cuartos de baño comunitarios y en orden prusiano, uno por uno, con puntualidad extraordinaria y provisto cada cual de su número, nos dirigíamos al retrete que estuviera libre en ese momento y vaciábamos el vientre. La precisión para según qué funciones fisiológicas es una conducta que se aprende. Doy fe. Mis intestinos fueron educados al británico modo. Hoy continúo deponiendo nada más desayunar.

Cumplida la evacuación, pasábamos a las aulas. Las clases solían durar una media hora, nunca más de cuarenta y cinco minutos. Y un dato curioso que siempre me pareció una aberración: en los exámenes no era necesaria vigilancia por parte del profesor porque, si a alguien se le ocurría copiar, siempre había algún chivato que después se lo contaba. A media mañana, hacia las diez y media, nos daban un tentempié, un botellín de leche con nata y una tostada untada con una especie de grasa de beicon o de salchichas —dripping se llamaba— que quizá no fuera lo más recomendable para nuestro colesterol, pero, ¡qué carajo!, estaba deliciosa; a continuación, algo de deporte y más clases —ciencias, letras—, y a comer, alrededor de las doce y media. Todavía hoy, al recordar los días de colegio, soy capaz de hacer una encendida defensa de la cocina británica, y eso que soy consciente de la escasa valoración que le concede en general el respetable: el porridge, que tomábamos con leche y azúcar moreno, me parecía un manjar; los arenques ahumados, una maravilla; el rice pudding con ruibarbo, hasta las humildes sausages with mashed potatoes… Por las tardes, hasta la hora de la cena, siempre ligera tras el preceptivo tentempié, ya todo era deporte. Y al final del día, un cacao caliente.

Una vez a la semana, cada domingo, nos daban dos chelines de nuestro sueldo —supongo que el dinero que nos mandaban de casa— para gastar en caramelos y chocolates, que eran deliciosos. Tú elegías los que querías comprar y abandonabas aquel mercadillo infantil de dulce con tu botín y salivando de felicidad ante el manjar que te esperaba. Y a las cinco de la tarde ya no te quedaba nada, te lo habías comido todo. Al domingo siguiente habías aprendido un poco la lección y empezabas a racionar los caramelos para que te duraran algo más; y así sucesivamente, hasta que conseguías estar toda la semana comiendo caramelos. Ese espíritu británico, tan racional, tan disciplinado…

Mi régimen era un tanto especial en Ladycross. Las vacaciones de verano y las de Semana Santa, cuando todos se habían ido con sus familias, yo las pasaba en el colegio. Tenía la oportunidad de inspeccionar en los armarios de mis compañeros. Puedo decir que conocía el alma de todos. ¿Nació entonces, tal vez, mi vena indiscreta? Como no había nada especial en qué ocupar el tiempo, me iba a cuidar la huerta y la granja, siguiendo los consejos que me daba el encargado, un antiguo capitán mutilado de la RAF que, cuando yo hacía bien las cosas, me enseñaba una foto de la Segunda Guerra Mundial, cada vez una diferente, y me relataba una historia de aviones, tanques, espías… Nunca me contó nada en que apareciera la muerte. Íbamos a recoger los huevos que ponían las gallinas o a sacar a pastar a los animales. Hice nuevos amigos entre los chicos del pueblo, y es posible que fuera también entonces cuando tuve mis primeros amoríos infantiles: hablo de un hada pelirroja con la que a veces he vuelto a soñar.

Todas las noches, miss Elsey, que seguía cuidando de mí, se sentaba en mi cama y me decía lo que íbamos a hacer a la mañana siguiente: plantar rábanos, escribir a mis padres, visitar una exposición canina, ir a una feria de ganado o lanzar una cometa al viento. Lo que fuera. Lo hacía para que nunca me durmiera estando triste, para que me acostase pensando en algo bueno. Y si había tormenta, venía con una sonrisa y me decía: «Vamos a ver quién cuenta más rayos y truenos». Así me quitaba el temor. Me hacía rezar el padrenuestro por la mañana. En España te obligaban a rezar por las noches para que te arrepintieses de las malas acciones del día; en Inglaterra te preparaban para que no las llevases a cabo. Dos mundos.

Y a menudo, desoyendo las recomendaciones de miss Elsey, salía de la zona protegida del colegio y corría en dirección a los acantilados. Las piernas colgando frente al mar, solo conmigo, sabía que era absolutamente libre.

Créanme cuando afirmo que Ladycross fue para mí el Paraíso.

5
Los Rosales

Al volver desde Inglaterra a Madrid me expreso mejor en inglés que en español. «Bissho gruande con coula» es como designo al caballo que veo pastando en unos terrenos situados junto al aeropuerto —hoy la zona forma parte de la Alameda de Osuna— cuando mi padre, en el camino a casa, me demanda qué es tal animal. En el examen de Ingreso me preguntan el nombre del río que pasa por Londres y no diré «el Támesis», sino the River Thames, y finalmente, al pedirme que recite el padrenuestro —Our Father who Art in Heaven, Hallowed be Thy Name…—, lo haré en perfecto inglés. Obtengo sobresaliente, paso la prueba y el señor catedrático queda entusiasmado de que, por fin, un niño español hable otro idioma en la aciaga e interminable posguerra.

Llego a Santa María de los Rosales, un colegio que ocupa un conjunto de chalés en el barrio del Viso, al que asistiré como interno de lunes a viernes. Mis padres siempre me quisieron fuera de casa, igual que a mis hermanas, que, tras pasar unos meses en un centro católico de Tumbridge Wells, también en Inglaterra, estudiarán en el Sagrado Corazón de Poitiers y más adelante en Ginebra, cuando mi padre sea nombrado embajador de España ante la ONU europea. Tanto ellas como yo agradecemos la separación. Venimos de culturas dispares. La educación gala choca con la anglosajona.

Los accionistas de los Rosales eran los ganadores de la guerra, y sus vástagos —hijos de aristócratas (Alba, Borbón, Infantado, Medinaceli…), millonarios (Aznar, Fierro, March…) y otros apellidos sonoros que darán mucho de sí (Alcocer, Carvajal, Domecq, Gasset, Escohotado, García-Valdecasas, Garrigues, López-Roberts, Marañón, Méndez, Milans del Bosch, Sáenz de Heredia, Tassara, Urquijo, Villalta, etc.)—, alumnos todos de aquel semillero de pedigree que cultivó chavales, entre los que me incluyo, con vocación de emular a través de sus andanzas a grandes forajidos del salvaje Oeste. Sin olvidar a un experto en sociedad, Carlos García-Calvo, que sustrajo de las etiquetas de mi ropa en Ladycross el «James» y con el sobrenombre de Jimmy me rebautizará para siempre.

Junto a mi nuevo centro de estudios había un solar inmenso, cerca del estadio Santiago Bernabéu. Allí, entre desmontes y descampados, quedábamos con los del colegio vecino, el Maravillas, que era de curas, para medirnos a pedrada limpia. Desde luego, si la idea de mis padres al internarme en Inglaterra, después del brutal conflicto con el filibustero malayo camuflado tras la careta de criado lila de mi abuela, fue eliminar mi inclinación a la barbarie, habrá que concluir que la maniobra no dio el resultado apetecido.

Entre mis asilvestrados compatriotas hallé muy buena gente; puedo decir que hice mejores amigos que en Inglaterra —que una cosa es la cortesía y llevarte bien con el prójimo, y otra distinta la complicidad de la amistad—. Ahora que no nos oyen, reconozco que los ingleses son un tanto enrevesados, para qué engañarse. ¿Qué esperar de unos muchachos que hacen innecesaria la vigilancia del profesor durante los exámenes porque ellos mismos se lo chivan si han visto copiar a un compañero?

De mis condiscípulos, sin duda más civilizado e ilustre que el resto de los alumnos de los Rosales, Alfonso de Borbón, «don Alfonsito», llamado «senequita» debido a sus saberes, según me cuenta su sobrino Dado Lecquio. El hermano de Juan Carlos I, un encanto de chaval, va un par de cursos por delante, es muy simpático y mil veces más listo que el futuro monarca, aunque me esté mal el decirlo.

No olvido tampoco, entre esos amigos fraternales de la niñez y la adolescencia, a Mauricio López-Roberts, con quien compartiré tiempo después autorías literarias y vicisitudes judiciales —Las malas compañías. Hipótesis íntimas del asesinato de los marqueses de Urquijo— y cuya áspera delicadeza me descubre, en el mismo día, que los Reyes Magos son los padres y que los niños no vienen de París aerotransportados por cigüeñas. A veces, los amigos de la infancia te hacen flipar si no te dan disgustos.

Otros recuerdos y amigos de los años posteriores… Rafa Medina, duque de Feria, que un día me arroja unas tijeras a la cabeza en un juego propio de un internado sin ley. Las tijeras rebotan, las recojo del suelo y las vuelvo a lanzar, con tan buen tino que se las clavo en la espalda. Solícito, asisto al lesionado, rocío su herida con alcohol de 90 —el de más alta graduación en la época— y le prendo fuego. Mi querido Villalta dará crédito, que así de locos éramos los buenos amigos. Cierto día Eduardo Aznar, heredero del naviero y el alumno más inteligente de los Rosales, con la venia de Escohotado, me invita a su fabulosa finca de Cabañeros y, de paso, me cose a perdigonadas. Pero como las amistades perduran, tiempo después, Borja Arteaga, hijo del duque del Infantado y marqués de Estepa, acogerá en Viñuelas, despidiendo su soltería, a Chus Obregón, hijo del vicepresidente del Atleti, a Cholo León Urquijo, que se casará con la hermana del anfitrión, y a mí. Nos presta las armaduras que hay en el castillo y, tras dar rienda suelta a la imaginación, nos convertimos en caballeros medievales que, en golfo torneo, festejan el acontecimiento entre llamas de antorcha que calientan el espectáculo.

Cierro por el momento la galería de viejas glorias colegiales con el recuerdo de un compañero sin nombre, cubano por más señas, demasiado presumido y cursi para los estándares de la época, al menos los de sus machos compañeros de internado, que vaciábamos los frascos de colonia que exhibía en la estantería y sustituíamos su aromático contenido por otro líquido menos fragante: nuestra orina.

Y hablando de machos en celo, he de reconocer que algunas formas de dar curso legal a las inclinaciones primitivas del cuerpo en aquel colegio de los Rosales rozaban la sofisticación más excelsa. Y es que hay seres humanos que ya desde la adolescencia se hacen merecedores de esa condición de superioridad que se les atribuye con respecto a especies de menor habilidad para el ingenio. El protagonista en cuestión aguardaba a que dieran las siete de la mañana, momento en que la calefacción del internado llevaba ya una hora encendida —la idea era que para las ocho, cuando nos levantábamos, el ambiente estuviera caldeado—, para pelársela con fruición y afán perfeccionista en la tibieza del radiador del dormitorio. Mañana tras mañana, día tras día. A la temperatura ideal.

En Ladycross yo era un crack del deporte —atletismo, boxeo, equitación, fútbol, rugby— y sacaba excelentes notas. Al internarme en los Rosales sigo destacando en lo deportivo y mis calificaciones se vuelven algo mediocres, una tónica que mantendré hasta la universidad. Pero finalmente apruebo desde el griego al latín, en los exámenes de inglés rompo la pana y, eso sí, en la conclusión de mi trayectoria académica logro sacar sobresaliente en Ciencias y Literatura. Total, no fue tanta la mediocridad… Mis amigos y yo nos rebelamos y pasamos olímpicamente de una asignatura aleatoria, FEN (Formación del Espíritu Nacional), en la que obtenemos un 5 pelado por incomparecencia. Nuestros profesores no tuvieron huevos para suspender a los hijos de unos héroes que habían vencido a los rojos. Como tampoco el director del colegio nos expulsó tras una excursión didáctica al Museo de Ciencias Naturales donde mi grupo y yo acudimos con alicates y la firme idea de cercenar, una a una, las vértebras del dinosaurio expuesto en la entrada. Cuando terminamos de cortarlo en cachos, aquel ejemplar del Triásico parecía un cocker gigante. El museo denunció la atrocidad, pero nosotros, auténticos salvajes e hijos de héroes insignes, salimos impunes.

En atletismo, especialmente en 100 y 200 metros, llegaré a ser una bala, y también me hago un sitio en los saltos de altura y longitud. Es en esta etapa cuando llego a los juveniles del Real Madrid, con Carlos Goyanes, amigo mío de infancia y adolescencia y, por cierto, el que luego sería el primer marido de la divertida Marisol, Pepa Flores para los que reconocemos sus dotes sublimes de actriz. A Carlos y a mí nos hacen la prueba a la vez y nos fichan a los dos, porque el Madrid no deja escapar a unos fenómenos que juegan al fútbol con clase y máxima intensidad.

A diferencia de lo que ocurría en el colegio de Inglaterra, donde había un cura para todos, en los Rosales la especie se da bien y los ministros de Dios, frailes dominicos de blanco y negro, brotan como hongos, proliferan aquí y allá, y ya se sabe los riesgos que eso puede conllevar. Aunque debo decir que aquello no supuso para mí ningún problema: siempre esquivé a los que querían meterme mano y no fui nunca presa fácil —tampoco de algunos compañeros, blandos de cadera, empeñados en que, para saber cómo besar a las chicas, lo mejor era besarte primero con los chicos—. Creo habérselo dejado claro desde el principio al fraile lila que me confesaba:

—¿Tú te haces tocamientos, hijo?

—¿Tocamientos? No, padre, yo me hago pajas.

—¿Hasta el final? —tiembla la voz del dominico a la espera de respuesta.

—Hasta que se me saltan las lágrimas, padre.

Los Rosales será mi colegio hasta que acceda a la universidad, aunque al cumplir los trece mi régimen académico va a resultar un tanto particular, porque dividiré el curso en dos partes y, tras el semestre madrileño, cursaré otro cada año en el British School de Montevideo, ciudad donde mi padre había sido de nuevo destinado en 1956. Resumiendo: desde los trece a los quince pasé tres años sin vacaciones. Dato que aporto para los que dicen que no he trabajado nunca. Así que, a partir de ese momento, cada mes de enero regreso a Madrid con el color tostado del verano austral. El sistema en el British School del barrio de Carrasco es semejante a Ladycross, el deporte y la actividad al aire libre son prioritarios, así que no me molesta en absoluto esta sobreabundancia académica. Tanto en la capital uruguaya como en Madrid, siempre tuve buenos amigos; estoy convencido de que a uno y otro lado del océano mi vida es una suerte.

Si el domicilio familiar, concluida mi estancia en Inglaterra, me aguardaba en la calle Lagasca, donde mis padres se habían establecido al abandonar Uruguay, con su regreso a Montevideo seré devuelto otra vez a Hortaleza —yo era el niño ping-pong que saltaba de nido en nido—, mi auténtico hogar, donde mi abuela me trae cada sábado cuando me recoge del colegio. Afortunadamente, acabo en mi sitio favorito. Allí sitúo lo mejor de mi memoria de aquellos días. Setecientos metros para que la imaginación corra a través de pasillos interminables, techos altísimos y habitaciones inmensas donde he vivido y seguiré viviendo todo tipo de aventuras. Hoy no soy capaz de recordar la casa paterna, solo sé que Hortaleza —además del cuarto que comparto durante la semana en un torreón del internado con el duque de Feria y Juan Carlos Villalta— es, más que cualquier otro, mi lugar. Siempre lo ha sido y lo será por completo una vez que mis padres vuelvan a Montevideo y ya solo pase con ellos la mitad del año.

Y es que en mis días infantiles y mientras intuyo la llegada de la adolescencia, aquel caserón no solo es escenario de mis juegos, es también donde descubro el cariño, este sí de verdad, el que me da mi abuela materna, que entre sus nietos me ha escogido como su predilecto. La abuela Lala, por dulce, era un ser excepcional. Como también lo era, por estricta, mi abuela paterna, doña Carmen Arnau. Aún conservo los refranes manuscritos en perfecto castellano que me regaló, tal cual deben escribirse. El día en que falleció me llevaron a su casa. Nada más entrar, algún pariente me cogió del brazo y me condujo ante su cuerpo sin vida para que me despidiera de ella. Fue mi primer y último cadáver. Nunca más he querido ver otro muerto y tengo la intención de mantenerme fiel a este propósito. Pequeña, rígida, delgada, aterradora…, su rostro acartonado ha sido desde entonces la imagen de la muerte para mí. Mis abuelas, tanto la suave como la recia, fueron dignas hijas de Aragón. Y siempre las tengo en mente.

La bondad de Lala reunía en torno a ella a la familia y a algún otro conocido que acudía a los almuerzos dominicales que se prolongaban en sobremesas aptas para niños y mayores. Recuerdo una anécdota que reveló en una de esas comidas su fiel acompañante y amiga María Teresa, esposa del teniente de alcalde de Madrid, que muestra lo maravillosamente pirada que estaba mi abuela materna. Ambas solían acudir juntas al teatro, disfrutaban con la zarzuela y la revista, y en cierta ocasión, al contemplar a las cupletistas en escena, Lala comentó al oído de María Teresa: «¿Ves por qué no encontramos servicio? Están todas aquí…». Clasista e ingenua, así era mi Lala.

En Hortaleza vivió también mi tío José Vicente, hermano de mi madre y buen amigo de mi padre antes de emparentar como cuñados, a quien mi memoria dispersa atribuye un cruel e irónico intercambio de pareceres nada más y nada menos que con don Jacinto Benavente, a quien en un rifirrafe habría calificado de homosexual —así lo expreso, por no usar esa ruda palabra a la que se recurría entonces—. Frente a la protesta del Nobel señalando lo innecesario del insulto, mi tío respondió sincero: «No se trata de un insulto; es un diagnóstico». Siempre me hizo gracia el cinismo de quienes disfrutaban de la pluma en todos los sentidos. José Vicente siempre fue generoso conmigo: «Joaquinito, decía, no te olvides de mirar en mi mesilla». Y Joaquinito abría el cajón y encontraba un fajo de billetes, dos o tres mil pesetas de aquel entonces que hacían mis delicias y me convertían en el rey de cualquier fiesta.

En una de aquellas comidas de domingo en Hortaleza, mi tío se presentó recién aterrizado de Estados Unidos con un disco bajo el brazo; era de Elvis Presley, un auténtico desconocido en España entonces. Lo escuchamos y, en general, no puede decirse que mi familia estuviera muy dispuesta a convertirse en público de El Rey. Salvo Lala, que quedó entusiasmada y sostuvo con firmeza que aquel muchacho tenía una voz prodigiosa. «¡Si es muy animado…!», decía mi abuela encantada. Y así se convirtió en rockera.

Habitual de aquellos encuentros era igualmente el hermano menor de mi madre, tío Leandro, maestro en todo tipo de juegos —¡cuántas partidas de futbolín les ganó en Hortaleza a Alfredo Di Stéfano, mi segundo padre además de gran ídolo deportivo, o a Héctor Rial!—. Maestro igual de proporcional con el tortazo que me arreó como castigo a la imprudencia que me había llevado a esconderme entre las chapas exteriores del trasatlántico en el que viajábamos rumbo a las Américas en cierta ocasión. Al divisarme encaramado al mismísimo vacío y casi vencido sobre el agua de altamar, atrajo mi atención hasta que estuve a salvo, y a continuación me propinó un sonoro tortazo para que no volviera a repetir tal insensatez. Tío Leandro me salvó la vida. Más de un bofetón llevaba yo ya encima por entonces.

Todo eso es Hortaleza: el cariño de mi abuela, el recuerdo de mis tíos, mi imaginación libre volando por los pasillos y evitando las esquinas. La calle de mi niñez ha experimentado multitud de cambios. No se ven traperos con sus carros de mulas al amanecer ni se oye el silbido de los afiladores. Hoy no hay grises corriendo a las putas por Hortaleza. Hoy ya no se te cuelgan del brazo suplicándote para evitar ser detenidas: «¡Chato, di que soy tu prima y que vas conmigo!». Madrid se ha civilizado. Esa calle ahora está empedrada con gais, sinónimo de libertad.

6
Segunda estancia en Uruguay

Así que vuelvo a Montevideo por segunda vez con trece años. Los mismos que tengo cuando dejo de ser virgen, y es que allí tiene lugar, al poco de regresar a una de las ciudades de mi primera niñez, el suceso que, si literariamente da juego, no puede decirse que dejara agradable regusto en mi memoria ni en mi carne. Entre Montevideo y el Madrid de aquellos tiempos, las ciudades entre las que cabalgo cada año, hay una diferencia notable en materia de costumbres; en España las chicas son estrechas y los chicos unos obsesos. España es pura represión, casi todo es aún pecado. Montevideo es mucho más libre.

Recuerden: trece años. La invitación corre por cuenta de Nacho Santayana, que ha reunido a cuatro prostitutas para cinco amigos; el damnificado en el reparto terminará metiéndose en un armario desde donde se dedicará a mirar y a proceder de acuerdo a la imaginación, que siempre es libre. Quién me iba a decir a mí, al comienzo del sarao, que acabaría envidiando su suerte. A mí me toca una prostituta negra. Lo cierto es que siempre me han sucedido historias curiosas con la gente de color, por la que me siento atraído cual imán. Recuerdo, al hilo, que en una de aquellas travesías navales por latitudes latinoamericanas que tan frecuentes fueron durante mi infancia, que yo había hecho muy buenas migas con un muchacho negro al que conocí en un desembarco de unos días en Río. Nos habíamos divertido tanto que no podía entender por qué mis padres se negaban a comprarme a mi amigo, a quien yo quería llevar conmigo para siempre, por supuesto, con su consentimiento.

El caso es que sobre un colchón de un sótano de Montevideo, una mujer negra de longitud interminable y piernas abiertas me dejaba hacer, encaramado mi cuerpo apenas púber al suyo curtido en mil batallas, mientras se comía una manzana y me animaba sin ningún entusiasmo —«gossa, hijo, gossa…»— en mis afanes por desentrañar lo que tendría que haber sido el misterio del placer y resultó mucho menos que una vergonzosa faena de aliño. Enseguida quedó claro que yo no aprobaría aquella asignatura, a pesar de haber estado preparando el examen tanto tiempo. Recuerdo pocas cosas más humillantes. Así como un negro descubrió para mí a muy temprana edad las bondades de la amistad, aquella negra Blancanieves se encargaría de desvelarme las posibilidades de un cuerpo adolescente deseoso de abrirse camino. Me quedo con la de mi amigo como primera experiencia.

Cuando llegué a casa aquel día, mi padre, objeto de estrenos más exitosos como yo bien sabía —me refiero, claro está, a los de sus obras teatrales, que por entonces ya gozaban de cierta fama—, debió de notarme el rubor. Me preguntó de dónde venía y yo le respondí que habíamos estado por ahí los amigos. Entonces sacó un pañuelo que llevaba en el bolsillo de su bata, me limpió del rostro algún rastro sospechoso de mi reciente experiencia y me ofreció un consejo: «Si alguna vez, por ir con mujeres de la vida, tienes una enfermedad, dímelo inmediatamente a mí para que yo te ayude».

Aquella experiencia nefasta me quitó de golpe el interés por el sexo opuesto —por el de mis iguales nunca lo tuve— y me provocó un auténtico trauma en virtud del cual, a partir de entonces, mi rostro enrojecía hasta lo intolerable en presencia de cualquier chica, fuera en Montevideo o en Madrid, donde desde luego tenía menos acceso al sexo opuesto, bien es verdad, pues el colegio de Montevideo era mixto y los Rosales un nido de energúmenos pajilleros que vivían sobre todo de los sueños. Ese pánico cerval hacia las féminas inclinó la balanza de mis intereses claramente en otra dirección: podría haber consagrado mi vida a la castidad, motivos no me faltaron, pero en su lugar salió a relucir una vena más práctica y, sobre todo, más vital, que me hizo escoger una vez más el deporte. En España ya me habían seleccionado para los juveniles del Real Madrid de fútbol y en Montevideo jugaría con los profesionales del rugby, un deporte en el que siempre destaqué.

Si una prostituta negra silenció mi deseo de modo tan humillante y abrupto, dos años más tarde una muchacha americana me devolvería el ánimo y la buena disposición hacia las mujeres que desde entonces me acompañó. La magia procedió de un beso con lengua con el que me despertó los pensamientos y la entrepierna de una vez por todas. El British School de Carrasco era un colegio mixto, como acabo de contar; bendita educación de ese paraíso libérrimo que era Uruguay y que me desatascó el trauma del desvirgue, me permitió salir con vida de un mal recuerdo y recuperar el tiempo perdido. La cosa fue así: a mí me gustaba muchísimo una chica de mi clase, preciosa como nadie, ante la que me bloqueaba de pura timidez. A pesar de todo, un día me invitó a una fiesta en su casa y allí me planté con la intención de superar cualquier complejo. Y me presentó a su hermana, tres años mayor que ella, que me sacó a bailar. Entre paso y paso la hermana de mi enamorada me atizó un morreo que iba a centrarme para el resto de mi vida.

El periplo paterno continúa trazando un dibujo a través de distintos países a ambos lados del océano. Durante todo este tiempo, en Madrid, mi punto de referencia es la casa de la Lala y lo será mientras mis padres sigan encadenando destinos por el mundo en los años sucesivos y yo los visite por temporadas o ellos vengan a España, para estancias puntuales o más prolongadas. A Uruguay sucedió Nicaragua y a Nicaragua Guatemala; llegarían tiempo después Ginebra, Río, Lisboa, Roma… Y en paralelo, a mi periplo particular el mundo entero le queda estrecho, porque mi curiosidad y mis ganas de vivir son inmensas.

Superadas la niñez y la adolescencia, también viviendo en Hortaleza cursaré mi último año escolar en los Rosales, el PREU. Debió de ser aquel el curso en que escapé con Tito Tassara, mayor que yo y, a la sazón, provisto del carné de conducir, en un Seat Seiscientos hacia tierras escandinavas, donde haciéndonos pasar por fotógrafos de Playboy logramos intimar con un grandioso elenco de suecas encantadas con la idea de ocupar portada en tan ilustre revista; lo que aquellas bellezas desconocían es que nuestras cámaras ni siquiera llevaban carrete, aunque cuando insinuamos la posibilidad de que las películas quizá no estuvieran en las mejores condiciones, no parecieron dar la mínima importancia al detalle. En todo caso, con todas sus carencias, aquel fue mi primer reportaje, tal vez anuncio de mi vocación periodística.

Porque, en efecto, en la universidad estudiaré Derecho y Periodismo, me lanzaré a escribir, y en ello sigo. Viviendo.

7
Las cenizas familiares

Cierro estos capítulos dedicados a la primera etapa de mi vida, la que cubre desde mi nacimiento hasta los compases previos a mi desembarco universitario, dedicando unas líneas a la familia. Hay quien dice que la escuela es esa institución gracias a la cual los niños están protegidos de la nefasta influencia de unos padres nefastos. En mi caso, desde luego, me sirvió al menos para crecer al margen de unos hermanos que me fueron siempre extraños, como creo haber dejado claro en las ocasiones en las que hasta ahora los he mencionado. Desconocidos de niños, si echo la vista atrás, puedo decir que casi lamenté conocerlos mejor cuando fuimos adultos.

A mi madre la he presentado ya en la primera escena de este libro. Hay poco más que decir de ella, a pesar de lo cual rescato para el lector este último apunte que combina la crítica con el reconocimiento de lo mejor de su legado. Es quizá un intento final de hacer justicia, pero en un sentido por completo desprovisto de drama. Mi padre queda al margen del ajuste. A él sí lo quise de verdad, seguramente tanto como él me quiso a mí. Mi padre tenía cosas que enseñarme y por eso yo lo admiraba.

Tal vez la cualidad más elogiable de mi madre, ya que nunca pude sacar nada positivo de su trato hacia mí en cuanto al cariño, era su sentido del humor, un sentido del humor cuajado de mala leche que fue su mejor herencia. La manera que tenía mi madre de definir a los personajes era increíble. Crueldad, ironía, sarcasmo y clasismo… Tan clasista era que no le planteaba el más mínimo problema cambiarle el nombre al personal de servicio, si alguno de los criados era tocayo de mi padre, no fuera a ser que a una llamada convocando a su esposo acudiera el fámulo en cuestión, degradando así hasta lo intolerable la dimensión profesional y hasta genética del cónyuge. Les pongo en situación: palacio de Palhavã, sede de la embajada de España en Lisboa, frente a la fundación Gulbenkian. Mi madre ultima los preparativos para el cóctel que tendrá lugar esta noche y pasa revista a los criados.

—¿Cómo se llama usted?

—José, señora.

—Aquí solo se llama José el señor embajador. Desde ahora usted se llama Juan.

Incontestable, ¿no?

Otro de sus rasgos característicos, muy relacionado con lo liviano de su formación, era su tendencia a cambiar frases hechas y refranes: era perfectamente capaz de afirmar que se encontraba entre «la espalda y la pared» sin inmutarse lo más mínimo. Como acabo de relatar, su suegra, la abuela Carmen, me regaló en una ocasión un manuscrito para que yo aprendiera los dichos populares del idioma castellano en su forma correcta y sin los errores que cometía mi madre.

La apariencia lo era todo para ella; nada horrorizaba más a mi madre que la posibilidad de dar un espectáculo. Y si para evitarlo yo tenía que taparme la boca a presión con ambas manos y tragar mi propio vómito, porque en el barco en que viajábamos me había mareado, a ella no le importaba. Allí, delante de todo el mundo, en plena cena, más me valía ahogarme, y creo que, de haber podido, yo habría optado, en efecto, por morir: «¡Aquí no, Joaquín, aquí no!». Al final sucedió: arrojé hasta las entrañas por la nariz y mi madre, presa de la vergüenza y la ira, me sacó a empellones del comedor. He de decir que si superé el trance de mis mareos en el resto de la travesía no fue gracias a la ternura materna, sino a un jarabe mágico que me dio la jefa de las camareras del barco y que resultó ser, tal como me reveló el día que nos despedimos al llegar a nuestro destino, agua con limón.

Si el ingenio siempre fue virtud de los Puente, los Giménez-Arnau estaban más inclinados a la excelencia intelectual, esa que hacía inaceptable para mi abuelo obtener alguna calificación académica inferior a la matrícula, la misma que llevó a mi tía abuela Amalia a aprenderse de memoria nada menos que pasajes completos del Quijote.

Y si heredé cierto humor cáustico de un lado, justo es reconocer que mi potente capacidad para memorizar me la cedió generosa la rama paterna de la familia y de ella he gozado a lo largo de los años, sin perder de vista, al mismo tiempo, que «la memoria es la inteligencia de los burros», como sostenía mi padre a modo de recordatorio para bajarme los humos cuando era niño y restarle alas a cualquier atisbo de pavoneo por mi parte. Yo admiré siempre la inteligencia de mi padre, dicho queda. Era un hombre brillante y estricto. Le quería porque con él aprendía, al contrario que con mi madre, que jamás me enseñó absolutamente nada. Nunca olvidaré la sensación de aquellos domingos en el Madrid de mi infancia, cuando después de asistir a misa de su mano me llevaba a visitar el Museo del Prado, cada semana una sala: los primitivos flamencos, el barroco sevillano, Goya… Se lo agradezco de corazón. Porque el suyo, su corazón, también fue pródigo en afecto. Siendo mi padre director general de cinematografía, me presentó a don Juan Carlos, con quien coincidí en el cine Carlos III, con motivo del estreno de una película de su gran amigo Vicente Escrivá, guionista y productor que tomó la decisión, después de haberse arruinado haciendo cine de calidad, de no volver nunca a hacer una buena película.

A lo largo de los años, la frialdad de mi madre se convertiría incluso en violencia algunas veces. Ya durante mi infancia, si se ponía nerviosa era capaz de golpear, a diferencia de mi padre, que practicaba más lo que yo llamo la «bofetada simbólica», para la que amagaba desde atrás con ímpetu amenazador, para frenar a escasos centímetros del rostro y rozarte apenas. Pero ella era capaz de todo. En alguna ocasión incluso llegó a tirarme una silla a la cabeza. Pero uno aprende a protegerse. Debía yo de andar por los doce años y estaba aún convaleciente de una caída que sufrí mientras esquiaba —como resultado de la cual tuve tres fracturas y once fisuras en la pierna—, y mi madre pretendía obligarme a ir al colegio con un bastón. Lo hice el primer día, pero al segundo, avergonzado por las burlas de mis compañeros, me negué en redondo. Se puso furiosa y quiso abofetearme una vez más; entonces yo me aparté y ella chocó su mano contra un radiador. Dos horas más tarde salía su avión hacia París. El avión salió, supongo, pero ella no iba dentro: se le jodió el viaje. Se había partido la muñeca. Mi madre no razonaba, era una mujer airada.

Por lo que respecta a los hermanos, lo cierto es que apenas nos conocíamos. Siempre estudiamos fuera de España, como he contado, cada uno en un sitio, así que solo nos reuníamos en las Navidades y celebraciones de guardar. Aunque de modo coyuntural compartí piso con Ricardo durante un tiempo en Madrid, aquello no sirvió, ni mucho menos, para que entre ambos se estableciera ni el más mínimo hilo. Tampoco con los demás. Éramos por completo autosuficientes, fraternalmente hablando; así sería siempre, y cuando fuimos mayores supongo que nadie echó de menos otro tipo de relación. En los escasos momentos que compartimos, la diferencia de edad con los varones nunca favoreció confidencia alguna. Y con las chicas, ya se sabe, ni a mí me interesaban ni yo a ellas.

Si yo tuve ocasión de sentir en carne propia el desapego materno siendo apenas un niño, hay que reconocer que no fui una excepción; lo mismo le sucedió al resto de sus hijos. A Mónica, por ejemplo, a la que tampoco hizo nunca el más mínimo caso, mi madre la exponía sin pudor cada vez que había invitados en casa, reclamando su presencia para que cantara, porque, al parecer, lo hacía muy bien. Ni aunque quisiera podría preguntarle sobre sus recuerdos. Mónica ya está muerta.

A quien más quiso mi madre, dentro de sus evidentes limitaciones para el amor a su prole, fue a Ricardo, lo cual no suavizó la brusquedad de mi hermano hacia ella, acentuada, eso sí, una vez muerto mi padre. Y qué decir de José Antonio y Patricia… No puede decirse que fueran precisamente generosos con ella.

Yo dejé de querer a mi madre siendo un niño, pero jamás habría sido capaz de hacerle algo como lo que hicieron mis hermanos. Quizá porque la enseñanza de mi padre me quedó grabada a fuego: lo primero en casa siempre era ella. Cuando mi padre tenía 72 años, cercana ya su muerte como consecuencia de un trombo que dejó su vocabulario reducido a menos de cuarenta palabras —y eso sí fue una verdadera cabronada para un hombre que había escrito tanto y que, como buen diplomático, estaba bien dotado para los discursos—, mi madre pronunció delante de todos los hermanos una frase que nunca he olvidado: «A mí, la única persona que me ha importado en la vida ha sido vuestro padre; los cinco juntos no me importáis nada». Reservó todo su amor para su marido. Cuando él le preguntaba por qué no leía sus libros, ella contestaba que únicamente lo haría cuando hubiera fallecido, para estar siempre junto a él. Sentía auténtica veneración. En todo caso, fue una declaración altisonante, pura palabrería, porque mi madre jamás leyó entero un solo libro de los que escribió mi padre.

Y concluyo este epígrafe que probablemente sea el único que dedique a los hermanos, hablando del más pequeño. Con José Antonio, la profecía se cumplió. La maldición había caído sobre la familia: el primero nació guapo y el último ñoño. No lo digo yo, lo dicen los turcos. Lo de la maldición, me refiero.

II
Licenciado por partida doble
8
Verano en el trópico

He concluido mi último curso en los Rosales, algo más que una etapa de mi formación académica. Mi padre está destinado en Nicaragua como embajador, hace poco que ha entregado sus cartas credenciales al presidente Luis Anastasio Somoza Debayle y su gran apuesta es conseguir el acuerdo de doble nacionalidad entre Nicaragua y España, objetivo que terminará alcanzando a los cien días de su llegada al país latinoamericano, donde yo desembarco también aquel verano en el que cumple trazar el rumbo de mis estudios universitarios. He hecho una primera escala en Panamá, donde me alojo en el hotel La Siesta, y al día siguiente me subo a un avión de la TACA —acrónimo de las aerolíneas centroamericanas: Tomar Ataúd Con Anticipación— con el que aterrizo finalmente en Managua.

No tengo una inclinación clara sobre mi futuro académico; a mí lo que de verdad me gusta es jugar al fútbol. Por aquellos días ya estoy en los juveniles del Real Madrid, donde he ingresado tras someterme a la prueba preceptiva. Pero, obviamente, el fútbol no es opción y mi padre, práctico como siempre, me sugiere matricularme en varias carreras hasta dar con la adecuada. No obstante, como tampoco hay que exagerar, acotamos la selección y, tras desestimar Medicina y Filosofía y Letras, nos decantamos por Derecho y Periodismo. Digo nos, porque ha sido una medida aparentemente consensuada —apenas un trámite que hemos cerrado en el trayecto entre el aeropuerto, donde me ha ido a recoger, y su residencia— que no ha dado lugar a discusiones ni contraofertas; como he explicado, no me parece crucial la elección de estudios, aunque, eso sí, ya por entonces tengo la intuición de que no me falta cierta habilidad para escribir. No en vano, antes de cumplir los doce años ya había dado muestras de una temprana inclinación por las palabras, al componer mis primeros versos de amor:

Los siglos no son cien años,

quien te lo haya dicho miente;

los siglos son las dos horas

en que yo no puedo verte.

No me pregunten por la destinataria de mis cuitas amorosas infantiles, pues los mismos versos sirven para intentar enamorar a todas. Es imposible recordar a tantas.

Decidido el qué, mi padre pasa a informarme del dónde y el cómo. Y me sorprende con la propuesta —aunque ya digo que más que una opción es ya una decisión tomada— de iniciar mis estudios en Pamplona: voy a caer en los tentáculos del Opus Dei por consejo de mi tío Enrique, jurista de prestigio, miembro de la institución —perdón, «la Obra»— y buen conocedor de sus virtudes. Mi tío era de los que apuntalaban el sustento de aquel cobertizo, por no decir grupo de presión, entregándole parte de su sueldo —sueldo de notario, téngase en cuenta—, de acuerdo a la costumbre de los fieles de entonces vinculados al Opus. Contribuyente de muchos millones a las arcas de Escrivá de Balaguer —el oficiante en la boda de mis padres, por cierto—, fue numerario o supernumerario, nunca tuve clara la distinción entre unos y otros en semejante santa cruzada. Conocí casos extremos, potentados que se tomaban tan en serio el asunto de la contribución que cualquier gasto que hicieran, sin considerar su cuantía, lo duplicaban, donando la misma cantidad al cepillo del templo más próximo. Tanto si se trataba de un café con churros, como de un traje a medida cortado en la mejor sastrería de Madrid, hecho el primer dispendio, el prócer volvía a donar el mismo importe a la caridad. Lo que mi muy querido tío Enrique, patriarca de los Giménez-Arnau, había decidido respecto a mi futuro académico fue a misa y yo, pobre de mí, a Pamplona. Sus hermanos menores, tío Ricardo y mi padre, no comulgaban con el Opus, pero aun así aceptaron sin rechistar. Con tal de librarse de mí, todo valía. Eso supuse.

Matriculado en Derecho y Periodismo en el Estudio General de Navarra. Decisión tomada y un problema menos.

Me dispongo a iniciar mi verano preuniversitario en Managua sin permitirme un solo instante de aburrimiento, porque si algo quiero mantener es la fidelidad a mí mismo y, hasta ahora, ahuyentar el fantasma de la monotonía siempre me ha sido imperativo; cuento con alguna habilidad innata para ello —ya se sabe que lo que natura no da, Salamanca no lo presta—: mi imaginación y la inquebrantable determinación de ser feliz.

Pronto estarán con nosotros mi madre y mis hermanos pequeños —que en un momento determinado se verán obligados a regresar a España cuando ese par de enclenques enfermen de paludismo—; mis hermanas siguen internas por esos mundos. Para cuando ella llegue, mi padre le tiene preparado un gran regalo, un precioso Volkswagen Escarabajo que en cuanto caiga en mis manos estamparé y haré trizas, al estrellarme y dar con mi cabeza y el vehículo entero en el lago del Momotombo. Y es que los años no le han quitado fuelle a mi desprecio por la autoridad ni a mis ganas de diversión; más bien al contrario, el fuego ha sido convenientemente atizado tras varios cursos en los Rosales.

Inmediatamente encuentro un adecuado compañero de correrías para mi verano sangriento en el trópico: es Carlos, el chófer de mi padre, campeón centroamericano de 125 cc, que se convertirá en cómplice de aventuras sin número, entre las que se incluyen visitas a los antros menos ortodoxos de Managua. En uno de ellos asistiré a un espectáculo cruel que los años no me han hecho olvidar: una mujer negra de dimensiones colosales baila y exhibe en su cuerpo las cicatrices de los cigarros que un público enfervorecido apaga sobre su piel. El trópico es puro exceso, desaforado, salvaje y sin medida. Allí, las putas llevaban una cuchilla de afeitar en el paladar, con la que reclamaban lo suyo si el cliente pretendía irse sin pagar. Un asunto con muchas posibilidades literarias, esto de recorrer el circuito de burdeles de Managua en el coche oficial del embajador, coincidirán conmigo.

Por cierto, del servicio forma parte también una mujer extraordinaria que nos ha acompañado desde los tiempos de Uruguay, Victoria, la madre de Sancho Gracia, gran amigo que con el tiempo se convertiría también en gran actor.

Doy una pequeña muestra de esta faceta gamberra que, a las puertas de la universidad, sigo cultivando. Un día, al salir del cine —una sala donde las ratas saltaban de butaca en butaca y te pasaban por encima sin piedad—, me encuentro con una multitud descontrolada; las fuerzas del Batallón Somoza han tomado las calles, se diría que su presencia no basta para disuadir a los manifestantes. Crece la tensión hasta que, como suele suceder cuando la autoridad se pone seria, la protesta cede. Me monto en el coche con Carlos, pero en nuestro camino de regreso a casa le pido que se detenga frente a una farmacia, compro vendas y mercurocromo, me envuelvo la cabeza como una momia y me pinto como un herido de guerra. Entro trastabillando en la residencia de mi padre, que, al tanto de los últimos sucesos, queda lívido al verme en estado de Ecce Homo. Indignado ante el atropello cometido contra la clase diplomática en su conjunto, bien es verdad que concretado en la persona del hijo del embajador de España, a quien lógicamente supone víctima de los disturbios incontrolados que han sublevado las calles, levanta el teléfono y expresa una protesta diplomática formal, enérgica y tronante, ante el subsecretario de Asuntos Exteriores que se encuentra al otro lado de la línea. Una vez superado el trance que ha alterado su humor habitualmente sereno, cuelga el auricular satisfecho y a mí solo me queda aclarar el entuerto, mientras reaparezco poco a poco tras las vendas: «¡Que era una broma…!». No miento al afirmar que he olvidado la reacción de mi padre. Intuyo que el olvido habrá sido voluntario. En mi defensa diré que siempre me he metido mucho en el personaje, soy capaz de vivir las situaciones con tal intensidad que aquel episodio en el que me vi envuelto me desató la imaginación hasta el delirio. Quizá con veinte centímetros más de altura yo habría llegado a triunfar en el Hollywood de la época: las dotes interpretativas nunca me han faltado.

Aquel mismo verano de mis diecisiete voy por vez primera a Nueva York. Mi padre considera que será una experiencia importante para mi formación y antes de mi regreso a Madrid me organiza un viaje en compañía de Lucio, amigo del British School de Montevideo con el que mantuve el contacto durante aquellos años. A las puertas del hotel San Carlos, uno de los mejores de la ciudad de los rascacielos, un botones negro que a mí me parece el vivo retrato del presidente de Uganda, Idi Amín, me arranca literalmente la maleta; cuando la suelta en la habitación y deposito en su mano algunas monedas a modo de propina, contempla el dinero en su palma abierta y me dedica una mirada llena de desprecio. Yo, consciente de que no he sido precisamente pródigo, aprovecho el momento y recupero la pasta —«si tú no lo quieres, a mí me vendrá bien», pienso—; aquel personaje al que mi imaginación atribuye instintos caníbales bien podría haberme arrancado el hígado de un bocado, pero en lugar de eso opta por sonreír condescendiente. Debió de hacerle gracia mi gesto.

Una mañana me meto en los almacenes Macy’s y no salgo de allí hasta por la tarde; a continuación, Saks, en la Quinta Avenida: todo lo que veo me lo compro, algo que mi padre me echaría en cara luego: —«¿Tú te crees que eres hijo de rico?»—. Lo cuento porque los artículos que adquirí durante mi viaje a Nueva York, ropa, calzado —aquellos primeros Sebago…— e incluso algunas publicaciones difíciles de hallar en los quioscos españoles de la época iban a rendirme un buen servicio cuando estuviera de vuelta en España.

En Nueva York inmediatamente me llama la atención la extrema desigualdad —criados con levita junto a mendigos— y el trato agresivo e insolidario de sus habitantes —vi cómo un hombre se desmayaba sin que nadie acudiera en su ayuda—. Allí contactaremos con las hijas de Sanz Briz, el entonces embajador en Guatemala. Permítanme unas palabras de homenaje para el fuera representante de España en Hungría durante los días de la Segunda Guerra Mundial y que tanto hizo por aliviar el sufrimiento de los judíos, proporcionando a muchos de ellos, bajo la coartada de su ascendencia sefardí, el pasaporte español que los salvaba del Holocausto. Con la familia de este hombre que merecidamente ostenta el título de Justo entre las Naciones visitamos museos o asistimos a espectáculos teatrales. Paseamos por una ciudad extravagante y soberbia, llena de sorpresas: un día, a la salida de un ascensor, me topo con el actor Edward G. Robinson y su sonrisa única —por cierto, que en otra ocasión anterior, en el aeropuerto de Málaga, ya me había encontrado con otro grande del cine, Marlon Brando—.

Como nos codeamos con lo más granado, nos han invitado a una boda en el estado de Texas y, para la ocasión, nos alojamos unos días nada menos que en casa de los Rockefeller. Y allí sucede algo que me deja bien claro hasta qué punto estamos lejos del vértice más alto de la pirámide, a pesar de que tanto Lucio como yo pertenecemos a una élite. Llegamos a la mansión y uno de los mayordomos del servicio retira nuestra ropa con el fin de lavarla. Cuando nos la devuelve limpia y planchada, nos comunica con delicadeza digna de una geisha que, al comprobar que, con toda probabilidad, los señores han olvidado traer dinero, se ha permitido la licencia de dejarnos sobre la mesilla una pequeña cantidad para nuestros gastos, habida cuenta de que al ser fin de semana nos resultará complicado hallar un banco abierto. Allí, junto a nuestros pantalones, relucen dos mil dólares; los apenas trescientos que nos descubrió en los bolsillos debieron de parecerle una auténtica miseria al personaje aquel al que en nuestra inconsciencia pensábamos dejar una pequeña propina por habernos preparado los trajes para la ceremonia. Ni que decir tiene que el fámulo, desde luego más potentado que nosotros, se quedó sin gratificación.

Como pude comprobar, tanta prodigalidad caminaba de la mano de la cicatería más rancia: en la mansión no había teléfono al uso; si querías hacer una llamada tenías que depositar una moneda en la ranura de un aparato que cumplía la función de cabina pública. A veces los potentados son ordinarios hasta caer en lo vulgar y lo soez. Me viene a la cabeza la costumbre de un miembro de familia española muy principal de escupir en el suelo o el hábito no menos repugnante de algún otro potentado americano, que, según rumor que circulaba en la época, a las doce o’clock ordenaba cada día traer hasta su puerta uno de sus Rolls-Royce para defecar, puntual y disciplinado, en su interior.

Al margen de la sustanciosa escapada que me lleva por vez primera a latitudes norteamericanas, mi etapa nicaragüense la disfruto también en compañía de los vástagos de las clases dirigentes. Me echo de novia a la hija del embajador de Ecuador y acudo a fiestas de la alta sociedad en las que no es extraño coincidir con niñas de apenas trece años que ya exhiben preñez y donde, entre temblorsito y temblorsito —siempre me resultó sorprendente la capacidad de aquellas gentes para acostumbrarse a los más que frecuentes terremotos—, el anfitrión se aviene de buen grado a llenar una piscina entera de dry martini a petición de una muchacha caprichosa que está de aniversario y desea tirarse de cabeza a la pileta llena de ginebra y jerez en proporción de tres a uno, en la que flotan, además, aceitunas procedentes de Jaén, aunque, eso sí, del tamaño de melocotones. La muchacha en cuestión es Margarita Debayle, a la que ustedes reconocerán en los versos de Darío: «Margarita, está linda la mar…».

Antes de abandonar Nicaragua y enfilar el derrotero del relato de mis años de universidad, confesaré un recuerdo literario de mi paso por aquella tierra que bien merece retornar a lo serio por un instante: viaje a Metapa, lugar de nacimiento del citado Rubén Darío. Mi padre, que para entonces ya me había presentado a algunos poetas del lugar, Pablo Antonio Cuadra entre ellos, me lleva a visitar una aldea paupérrima y allí, entre las cuatro tablas de una choza de indios, el sitio donde vino al mundo un poeta excepcional que llegó a alcanzar una cultura verdaderamente increíble. La excursión me ha emocionado.

Y así toco brevemente, para concluir estas líneas introductorias, un tema capital en mi formación: mis lecturas. Mientras yo vivía los años de niño a zagal, mi padre, Premio Nacional de Literatura y Teatro, me educó en el leer, dándome libros que fomentasen la pasión por las letras. En mi primera etapa en Inglaterra leí los cuentos infantiles de la escritora Enid Blyton, los cuales me adentraron en un nuevo idioma que perfeccioné leyendo a Shakespeare, como era obligado en Ladycross. Ya de regreso en España, acepté la instrucción paterna. Mi doma empezó con El Principito, de Saint-Exupéry, cuya trama contiene la esencia de la vida, al que siguió Los viajes de Marco Polo, manuscrito por Rustichello de Pisa y conocido como El libro de las maravillas. Relatos que despertaron el ansia de seguir leyendo. Al ver mi progenitor que sueños y aventuras me atrapaban, no dudó en unirme a Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas padre. A su docta sombra devoré cada escrito que me daba, desde El libro de la selva, de Rudyard Kipling, a Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, o Graziella, de Lamartine, que me abrió de par en par las puertas del romanticismo. Un libro tras otro y 93 más, toda la colección Araluce, con formato 12 x 15, pasó por mis ojos, agrandando el respeto que yo sentía por la literatura. Y el día en que cumplí trece años, mi padre me contó esta anécdota propia de nuestro apellido:

—Has de saber que la hermana de mi madre, tu tía abuela Amalia, se dio a conocer en Zaragoza por su enorme capacidad de retención.

Entonces, mi padre depositó en mis manos con suavidad un regalo muy especial: un ejemplar del libro de Miguel de Cervantes, y añadió:

—Tía Amalia repetía de memoria sus pasajes de principio a fin. Como pronto entrarás en la adolescencia, ha llegado el momento de que leas el mejor libro que se ha escrito nunca. Léelo, disfrútalo, aprende de él y que tengas un feliz cumpleaños, Joaquín —como siempre me llamó mi padre, pues lo de Jimmy le sonaba a calderilla.

Nadie me ha regalado en la vida nada mejor. Leí el Quijote. Hoy sigo leyéndolo y aprendo magia y técnica cada vez que me asomo a sus páginas. Desde que mi padre me enseñó a leer, no he parado de hacerlo. Tampoco olvido lo que me dijo, esgrimiendo una sonrisa, cuando cumplí los quince: «Ahora falta que te apliques en el arte de escribir».

Mi padre sabía que yo quería ser, como él, escritor.

Бесплатный фрагмент закончился.

809,98 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
17 декабря 2024
Объем:
344 стр. 41 иллюстрация
ISBN:
9788417241612
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги