Читать книгу: «Noche salvaje»

Шрифт:

Título original: Savage Night

© Jim Thompson, 1952.

© de la traducción: Antonio Padilla, 2012.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO247

ISBN: 9788490066416

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

27

28

1

Al cambiar de trenes en Chicago cogí un leve resfriado, y los tres días que pasé en Nueva York —tres días de chavalas y de borracheras a la espera de ver al Hombre— no me ayudaron nada. Cuando llegué a Peardale, me encontraba fatal. Por primera vez en varios años, en mis esputos había ligeras trazas de sangre.

Crucé andando la pequeña estación del ferrocarril de Long Island y me quedé mirando la calle principal de Peardale. Tenía unos quinientos metros de longitud y dividía el pueblo en dos mitades desiguales. Terminaba delante de la Facultad de Pedagogía, media docena de edificios de ladrillo rojizo diseminados por cuatro o cinco hectáreas de un campus universitario mal conservado. El edificio de oficinas más alto era de tres pisos. Las residencias tenían una pinta bastante destartalada.

Empecé a toser un poco, así que encendí un cigarrillo para calmarme. Me pregunté si podía correr el riesgo de tomarme algunos lingotazos para escapar a la resaca. Los necesitaba. Cogí mis dos maletas y eché a andar calle arriba.

Probablemente estaba relacionado con mi estado de ánimo, pero cuanto más me adentraba en Peardale, menos me gustaba el pueblo. Todo tenía cierto aspecto decadente, como de proyecto que no había terminado de despegar. No parecía que hubiese industria local; solo comercio agrícola. Y en un pueblo situado a ciento cincuenta kilómetros de Nueva York no hay residentes que vayan a trabajar a la ciudad a diario. Sin duda, la Facultad de Pedagogía mejoraba un poco el conjunto, pero me parecía que poquísimo, la verdad. Había algo triste en ella, algo que me recordaba a esos hombres calvos que se peinan los pelos de los lados sobre el cráneo.

Anduve unos doscientos metros sin ver un solo bar, ni en la calle principal ni en las laterales. Cubierto de sudor, temblando un poco, dejé la maleta en el suelo y encendí otro cigarrillo. Volví a toser. Interiormente, maldije al Hombre y le traté de hijo de perra para arriba, de todo cuanto se me ocurrió.

Hubiera dado cualquier cosa por volver a estar en la gasolinera de Arizona.

Pero eso no podía ser. Tenía que elegir: yo y los treinta de los grandes prometidos por el Hombre o ni yo ni nada.

Me detuve ante una tienda, una zapatería, y al enderezarme vi por el rabillo del ojo mi reflejo en el escaparate. Mi estampa no causaba demasiada impresión, la verdad. Podría decirse, sin mentir, que había mejorado un ciento por ciento los últimos ocho o nueve años. Pero mi aspecto seguía sin ser nada del otro jueves. No es que yo fuera más feo que Picio, hay que dejarlo claro. Tenía que ver con mi estatura. Parecía un niño esforzándose por ser un hombre. Y es que medía poco más de metro cincuenta.

Me alejé del escaparate; al momento volví sobre mis pasos. Se suponía que no andaba muy sobrado de pasta, pero uno tampoco tenía que estar forrado para calzar unos zapatos decentes. Los zapatos nuevos siempre me levantaban el ánimo. Hacían que me sintiera alguien, por mucho que mi aspecto lo desmintiera. Entré.

Junto a la puerta había una pequeña vitrina horizontal atiborrada de calcetines y ligueros elásticos, y un fulano rechoncho y de mediana edad, supuse que el propietario, estaba sentado tras ella leyendo un periódico con la cabeza gacha. Apenas me dedicó una mirada, después de lo cual señaló por encima del hombro con el pulgar.

—Al final de la calle, chaval —dijo—. Son esos edificios de ladrillo rojo que se ven.

—¿Cómo? —dije—. Yo...

—Ahí mismo. Sigue calle arriba y ya te informarán. Te dirán a qué residencia tienes que ir y todo lo demás.

—Oiga —dije—. Yo...

—Haz lo que te digo, chaval.

Si hay algo que no soporto es que me llamen chaval. Si hay una maldita cosa en el mundo que no me gusta que me llamen es chaval. Levanté las maletas todo cuanto pude y las dejé caer. Chocaron contra el suelo con tal estrépito que al fulano casi se le caen las gafas.

Me acerqué a las sillas para probarse los zapatos y me senté. El otro me siguió, con el rostro enrojecido y expresión molesta, y se sentó en el taburete que había delante.

—Tampoco es para ponerse así —me reprochó—. Yo de ti me andaría con cuidado con ese carácter que tienes.

Tenía razón; iba a tener que andarme con cuidado.

—Claro. —Sonreí amigablemente—. Lo que pasa es que me saca de quicio que me llamen chaval. Supongo que a usted le pasa lo mismo cuando le llaman gordinflón.

El fulano hizo amago de fruncir el ceño, pero al momento se echó a reír. No era mala gente, supongo. Tan solo uno de esos pueblerinos listillos y metomentodos. Le pedí unos zapatos de la talla cinco con alzas dobles, y el hombre se tomó la faena con mucha calma, con la idea de endosarme cuantas más preguntas mejor.

¿Iba a estudiar en la Facultad de Pedagogía? ¿No era un poco tarde para incorporarme al curso? ¿Ya tenía un lugar donde vivir?

Respondí que me había visto retrasado por cierta enfermedad y que iba a quedarme en la residencia J. C. Winroy.

—¡En la de Jake Winroy! —Levantó la mirada como movido por un resorte—. ¿Y por qué no...? ¿Cómo es que te quedas ahí?

—Principalmente por el precio —dije—. Es el lugar con alojamiento a media pensión más barato de cuantos hay en la lista de la facultad.

—Ya, claro. —Asintió con la cabeza—. Pero ¿tú sabes por qué es tan barato, chaval... quiero decir, joven? Porque a nadie más se le ocurre quedarse en ese sitio.

Me las arreglé para poner cara de sorpresa. Me quedé sentado mirándolo fijamente y con expresión de angustia.

—Caramba —solté—. ¿Quiere usted decir que se trata de ese Winroy?

—¡Sí, señor! —El fulano asintió con la cabeza de forma triunfal—. ¡El mismo que viste y calza! El que estaba al cargo de los sobornos en la banda que se hizo de oro con las apuestas de las carreras de caballos.

—Caramba —repetí—. ¡Pero si yo pensaba que estaba en la cárcel!

El otro me sonrió con expresión compasiva.

—Mejor será que te pongas al día, chav... ¿Cómo me dijiste que te llamabas?

—Bigelow. Carl Bigelow.

—Ya, pues tienes que ponerte al día, Carl. Hace unos seis o siete meses que Jake está en la calle. Y es que se hartó de estar en la cárcel, o eso tengo entendido. No podía soportar la cárcel, por mucho que los peces gordos le estuvieran pagando un dineral para que no se fuera de la lengua.

Yo seguía mirándolo con expresión inquieta y un tanto asustada.

—Pero a ver si nos entendemos. No es que diga que en lo de Winroy no vayas a estar a gusto. En la casa hay otro huésped... No es un estudiante como tú, sino un tipo que trabaja en la panadería, y no parece que le vaya mal. Hace semanas que la policía no va por la casa.

—¡Policía! —exclamé.

—Claro. Para evitar que alguien venga y mate a Jake. Verás, Carl... —El fulano terminó de aclararme la situación, como si estuviera hablando con un niño subnormal—. Lo que pasa es que Jake es el testigo clave en ese famoso juicio de los corredores de apuestas. Es el único que puede dar los nombres de los políticos, jueces y todos los demás que tenían sobornados. Por eso, cuando se convirtió en testigo protegido y le pusieron en libertad, la policía temía que se lo cargaran.

—¿Y al...? ¿Y alguien...? —La voz me fallaba; hablar con aquel payaso me estaba haciendo mucho bien. Realmente era un esfuerzo no echarse a reír—. ¿Y alguien lo ha intentado?

—Pues no... Levántate un minuto, Carl. ¿Te parece cómodo? Bueno, pues probemos el otro zapato... No, nadie lo ha intentado. Y cuanto más lo piensas, más fácil es de entender. Tal como están las cosas, la gente tampoco tiene ganas de que juzguen a todos esos corredores de apuestas. Nadie piensa que haya algo malo en apostar a través de un corredor cuando las apuestas en el hipódromo son perfectamente legales. Pero una cosa es gestionar apuestas y otra cosa es el asesinato. Eso la gente no lo aceptaría, además de que todo el mundo tendría claro quién habría sido el responsable. A los corredores de apuestas se les acabaría el negocio para siempre. El escándalo sería tan gordo que los políticos se verían obligados a montar una operación de limpieza, por mucho que les repatease.

Asentí con la cabeza. El tipo había dado en el clavo. Jake Winroy no podía ser asesinado. Mejor dicho, no podía ser asesinado de forma que pareciese un asesinato.

—¿Y cómo cree que va a acabar el asunto? —pregunté—. ¿Cree que permitirán que Ja... que el señor Winroy preste declaración según lo previsto?

—Claro. —Soltó una risita—. Si llega a vivir lo suficiente... Dejarán que preste declaración cuando el caso sea llevado a juicio. Dentro de cuarenta o cincuenta años... ¿Te quedas los zapatos?

—Sí. Y puede tirar los viejos —respondí.

—Así está la cosa. Lo que están haciendo es darle largas al asunto. Conseguir el aplazamiento de la vista. Ya lo han conseguido dos veces y seguirán haciéndolo una y otra vez. ¡Me juego cien dólares a que al final el caso no llega a juicio!

Habría perdido el dinero. Estaba previsto que el juicio se celebrase dentro de tres meses, y no iba a ser aplazado.

—Bueno —dije—, supongo que así funciona el mundo. Es un alivio que piense que no hay problema en hospedarme en casa de los Winroy.

—Pues claro. —El fulano me guiñó el ojo—. Y hasta es posible que pases buenos ratos en esa casa. La señora Winroy es toda una hembra... A ver si me entiendes, que conste que no estoy diciendo nada malo de ella.

—No, claro que no —respondí—. Pues vaya... Toda una hembra, ¿eh?

—Una hembra capaz de quitarle el hipo al más pintado, si tuviera la oportunidad, eso es. Jake se casó con ella después de largarse de aquí para vivir en Nueva York, cuando las cosas le iban mejor que nunca, estaba forrado y en la cresta de la ola. Para ella debe de ser un latazo llevar la vida que tiene que llevar ahora.

Le acompañé a la parte delantera de la tienda para que me devolviera el cambio.

Torcí por la primera esquina y eché a andar por una pequeña calle lateral sin asfaltar. En aquel callejón no se veía ni una casa; solo había la fachada posterior del edificio de las tiendas, a un lado, y el vallado de un patio trasero, al otro. La acera era estrecha y estaba embaldosada de forma chapucera, pero me sentía bien al andar por ella. Me sentía más alto, más capaz de tratar al mundo de tú a tú. El encargo que me habían hecho ya no me parecía tan chungo. Cuando me lo dijeron no me gustó, y seguía sin gustarme. Pero ahora, sobre todo, era por Jake.

El pobre cabrón era un poco como yo mismo. Jamás fue nadie en la vida, pero se había dejado la piel para ser alguien. Había salido por piernas de este pueblo de paletos y se había puesto a trabajar de barbero en Nueva York. Era el único trabajo que sabía hacer —lo único que sabía hacer en la vida—, y por eso se había metido a barbero en la ciudad. Había entrado a trabajar en la barbería más indicada, justo al lado de las oficinas del Ayuntamiento. Y había empezado a hacer la pelota a los clientes más indicados, a reírles los chistes sin gracia, a lamerles los traseros, a ganarse su confianza. Cuando llegó la redada, llevaba años sin usar una navaja de afeitar y estaba gestionando un millón de dólares de beneficios al mes.

El pobre cabrón, sin belleza, sin estudios, sin nada... Y había conseguido llegar a lo más alto. Pero ahora estaba de nuevo en lo más bajo. Llevaba la barbería de un solo sillón en la que había empezado al principio, tratando de sacarse algo más con la casa familiar de los Winroy, una vivienda en mal estado e imposible de vender.

Toda la pasta ganada con las apuestas se había esfumado. El Estado se había quedado parte de ella, el gobierno federal se había llevado otro gran mordisco, y los abogados se habían agenciado el resto. Lo único que le quedaba era su mujer, y se decía que Jake era incapaz de sacarle una palabra amable, por no hablar de todo lo demás.

Seguía andando y pensando en él, compadeciéndome de su suerte, y no me fijé en el gran Cadillac negro aparcado a un lado de la calle ni en el hombre sentado al volante. Justo iba a pasar de largo cuando oí un silbido y vi que quien estaba al volante era Kentucky.

Dejé caer las maletas al suelo y bajé de la acera.

—¡Capullo de tres al cuarto! —espeté—. ¿Y ahora qué quieres?

—Ese temperamento. —Me sonrió y entrecerró los ojos—. ¿Y tú de qué vas? Tu tren ha llegado hace una hora.

Meneé la cabeza; estaba demasiado cabreado para responder. Tenía claro que no me había estado siguiendo por orden del Hombre. Si el Hombre hubiera tenido miedo de que me diera el piro, yo ya no estaría allí.

—Lárgate —dije—. Que te den. Si no te largas del pueblo y te mantienes al margen del asunto, seré yo el que lo haga.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo piensas que se lo tomaría el Hombre?

—Tú ve y díselo —contesté—. Dile que has venido aquí en un carromato de circo y me has parado en la calle.

Kentucky se humedeció los labios, inquieto. Encendí un cigarro, metí la cajetilla en el bolsillo de la americana y saqué la mano, deslizándola por la parte trasera del asiento.

—Tampoco hay que ponerse nerviosos —murmuró él—. ¿El sábado te acercarás a la ciudad? El Hombre ya estará de vuelta y... ¡Uf!

—Eso que notas ahí es una navaja automática —dije—. Y tienes unos tres milímetros de hoja hincados en el cuello. ¿Quieres un poquito más?

—Tú estás loco, cabrón... ¡Uf!

Me eché a reír y dejé caer la navaja sobre el asiento.

—Llévatela —dije—. De todas formas, tenía pensado librarme de ella. Y dile al Hombre que será un placer volver a verle.

Masculló un insulto mientras ponía el coche en marcha. Salió disparado a tal velocidad que tuve que saltar hacia atrás para no verme impelido.

Sonriente a más no poder, enfilé la acera otra vez.

Llevaba tiempo esperando una excusa para darle su merecido a Kentucky. Desde el principio, cuando contactó conmigo en Arizona, no había hecho más que meterse conmigo. Yo no le había hecho nada, pero él insistía en tomarme el pelo, en llamarme chaval y niñato. Me preguntaba por qué lo hacía.

Kentucky necesitaba pasta del mismo modo que un lechón necesita unas tetas. Había dejado el tráfico del licor de garrafón antes de la guerra y se había metido en el negocio de los coches usados. Ahora tenía varios establecimientos en Brooklyn y Queens; estaba ganando más dinero de forma legal —si lo de los coches usados puede considerarse legal— del que nunca se había sacado con el licor de garrafón.

Pero si no había querido meterse en el asunto, ¿por qué ahora se estaba metiendo mucho más a fondo de lo que le tocaba? No tenía por qué haber venido aquí hoy. De hecho, al Hombre no iba a gustarle. Así que... ¿Qué?

Seguía pensando en ello cuando llegué a la casa de los Winroy.

2

Si uno ha pasado mucho tiempo en el Este, ya ha visto un montón de casas de este tipo. De dos pisos, pero que parecen mucho más altas porque son muy estrechas y alargadas; con los tejados empinados, una chimenea a cada lado y un par de ventanas abuhardilladas más o menos a media altura. Uno podría pintarlas con purpurina dorada y seguirían teniendo un aspecto horroroso, pero por lo general las pintan de unos colores que las hacen parecer peores de lo normal. Esta en particular era de un verde mugriento con ribetes en un marrón vómito.

Al verla, casi dejé de sentir lástima por Winroy. Un tipo capaz de vivir en un sitio así se merecía cualquier cosa. Cómo decirlo —quizá yo esté un poco chalado—, cómo decirlo, estas cosas no tienen sentido. Yo me había comprado una pequeña cabaña en Arizona, pero está claro que me las arreglé para que pronto tuviera otro aspecto muy distinto. La pinté de color blanco marfil con ribetes azules, y los marcos de las ventanas los pinté con un barniz rojo brillante... ¿Que si era bonita? Era como una de esas imágenes que aparecen en las postales navideñas.

... Empujé la desvencijada puerta de la verja y la abrí. Subí por los escalones medio desmoronados que llevaban al porche y llamé al timbre. Lo hice un par de veces y lo escuché sonar en el interior, pero no respondieron. Tampoco oí movimiento alguno al otro lado de la puerta.

Me volví y repasé el patio desnudo con la mirada. Eran demasiado perezosos para plantar un poco de hierba. Miré el despintado vallado de madera; la mitad de sus estacas se habían caído. Y en ese momento levanté los ojos, miré al otro lado de la calle y la vi.

No puedo explicar cómo, pero sabía quién era. Por mucho que llevara un suéter, unos pantalones vaqueros y el cabello recogido en una cola de caballo. Estaba de pie en la puerta de un pequeño bar situado calle abajo, no muy segura de si valía la pena molestarse en hablar conmigo.

Bajé por los escalones y crucé el vallado otra vez, y ella empezó a cruzar la calle de forma indecisa.

—¿Sí? —llamó, mientras aún estaba a bastantes pasos de distancia—. ¿Puedo ayudarle en algo?

Tenía una de esas voces profundas y un poco roncas que indican buena crianza, una de esas voces que han sido adiestradas para mostrar cierta clase. Una mirada a esa figura suya, y sabías que había venido al mundo en el seno de una familia con cama con dosel en el dormitorio matrimonial. Una mirada a sus ojos, y sabías que era capaz de espetarte las más sucias palabrotas que pudieras encontrar en un kilómetro y medio de paredes de retrete.

—Estoy buscando al señor o a la señora Winroy —dije.

—¿Sí? Soy la señora Winroy.

—¿Cómo está? —dije—. Yo soy Carl Bigelow.

—¿Sí? —Esos síes suyos con mayúsculas me estaban poniendo de los nervios—. ¿Y eso me tiene que decir algo?

—Depende —respondí—. De si le dicen algo quince dólares a la semana.

—¿Quien...? Vaya, ¡pues claro! —De pronto rompió a reír—. Lo siento muchísimo, Car... Señor Bigelow. La chica que nos ayuda... nuestra doncella, ha tenido que irse a casa de sus padres por una crisis familiar, y contábamos con que llegara usted la semana pasada... Las cosas estos días son complicadas y...

—Claro. Por supuesto —corté. Me molestaba ver a una persona emplearse tan a fondo para ganarse unos pavos—. Toda la culpa es mía. ¿Puedo invitarla a una copa para compensar?

—Bueno, yo iba a... —Vaciló un instante, sin saber qué hacer, y empezó a caerme un poco mejor—. ¿Está seguro de que puede...?

—Puedo pagarla —dije—. Hoy estamos de celebración. Mañana empezaré a apretarme el cinturón.

—Bueno —dijo ella—. En ese caso...

La invité a dos copas. Y luego, como vi que no se atrevía a pedírmelo, le di treinta dólares.

—Dos semanas por adelantado —repuse—. ¿Está bien?

—Oh, por favor... —protestó en tono bajo, haciendo gala de aquella voz suya de niña bien—. Es totalmente innecesario. En el fondo, nosotros, el señor Winroy y yo, no lo hacemos por el dinero. Nos dijimos que casi era nuestra obligación, ya sabe, dado que vivimos en una población universitaria y...

—Seamos amigos —dije.

—¿Amigos? Me temo que no entien...

—Pues claro. Para charlar de una forma más relajada. A los quince minutos de llegar a este pueblo ya me lo han contado todo sobre el problema del señor Winroy.

Su expresión se agarrotó.

—Podría habérmelo hecho saber antes —dijo—. Seguramente ha pensado que debo de ser una mujer muy estúpida para...

—Tranquilícese un poco —dije yo. Y le dediqué la mejor de mis sonrisas, ancha, aniñada y atrayente—. Si sigue diciéndome lo complicadas que son las cosas, lo de la mujer muy estúpida y todo lo demás, acabará por marearme. Y bastante alterado estoy con solo mirarla.

Se echó a reír y apretó ligeramente mi mano.

—¡Habla usted como todo un hombrecito! ¿O es que lo ha dicho sin intención?

—Sabe con qué intención lo he dicho —respondí.

—¡Pero si estoy hecha un adefesio! Se lo digo en serio, Carl... ¡Huy! Pensará que soy una cualquiera. Llamarle Carl así, de buenas a primeras...

—Es como me llama todo el mundo —dije—. No sabría cómo tomármelo si alguien me tratara de «señor».

Aunque me gustaría que alguien me tratara de ese modo. Y desde luego que haría lo posible por tomármelo bien.

—La situación ha sido horrorosa, Carl. Durante meses, cada vez que abría la puerta, me encontraba con un policía o un fotógrafo apuntándome con la cámara, y cuando al final me digo que todo ha pasado y que voy a disfrutar de un poco de paz, la cosa empieza de nuevo. Yo no soy de las que les gusta quejarse, Carl, de verdad que no, pero...

Estaba claro que sí que lo era. A todo el mundo le gusta quejarse. Eso sí, una tipa como ella, acostumbrada a vivir a lo grande durante mucho tiempo, era demasiado lista para hacerlo.

Se estaba relajando lo justo para mostrarse amigable.

—Tiene que ser muy duro —dije—. ¿Cuánto tiempo tienen previsto seguir aquí?

—¿Cuánto tiempo? —Soltó una risa breve—. El resto de mi vida, o eso parece.

—No hablará en serio... —dije—. Una mujer como usted...

—¿Por qué no voy a estar hablando en serio? ¿Qué otra cosa puedo hacer? Lo eché todo por la borda cuando me casé con Jake. Dejé de cantar... ¿Sabía que yo era cantante? Pues bien, lo dejé. Hace años que no he estado en un club nocturno, como no sea para tomar una copa. Lo eché todo por la borda: la voz, los contratos, todo. Y ahora ya no soy una jovencita, precisamente.

—Déjelo ya, haga el favor —dije—. Deje todo eso de una vez.

—Tampoco es que me esté quejando, Carl. De verdad que no... ¿Y si nos tomamos otra copa?

Dejé que me invitara.

—Y bien —apunté—. No sé demasiado sobre el caso, y me resulta muy fácil hablar. Pero...

—¿Sí?

—Creo que el señor Winroy tendría que haberse resignado a seguir en la cárcel. Es lo que yo hubiera hecho.

—¡Pues claro que lo hubiera hecho! ¡Es lo que hubiera hecho cualquier hombre de verdad!

—Pero es posible que el señor Winroy sepa muy bien lo que está haciendo —dije—. Seguramente llegará a un acuerdo que les permitirá vivir por todo lo alto otra vez, incluso mejor que antes.

Volvió el rostro hacia mí, con una mirada que era puro fuego. Pero yo seguía con mi expresión tontorrona e inocente a más no poder.

El fuego se apagó, y la mujer sonrió y volvió a apretarme la mano.

—Es muy amable al decir eso, Carl, pero me temo que... La cosa me revienta de tal forma que... Pero, bueno, ¿de qué sirve hablar si una no puede hacer nada?

Suspiré e hice amago de pedir otra copa.

—Mejor que no —dijo ella—. Sé que no puede permitírselo... Y yo ya he tomado bastante. En esto soy un poco especial, supongo. Si hay algo que me pone enferma es ver a una persona seguir dándole a la botella cuando ya ha bebido más que suficiente.

—Ahora que lo dice —respondí—, es curioso que lo mencione. A mí me pasa exactamente lo mismo. Puedo tomarme una copa y hasta tres o cuatro, pero luego pongo el freno en seco. En mi caso, lo importante es la compañía de la otra persona.

—Por supuesto. Desde luego —dijo asintiendo con la cabeza—. Es como tiene que ser.

Recogí mi cambio y salimos del local. Cruzamos la calle, eché mano a mis maletas en el porche y la seguí hasta mi cuarto. Su expresión de pronto era un tanto pensativa.

—Una buena habitación —dije—. Seguro que aquí voy a estar muy a gusto.

—Carl... —Me estaba mirando de una forma curiosa, de un modo bastante amigable para mi gusto, pero con curiosidad.

—¿Sí? —dije—. ¿Es que pasa algo malo?

—Tú eres más mayor de lo que aparentas, ¿verdad?

—Vaya, ¿y cuántos años me echas? —Al momento, asentí con expresión de seriedad—. Sin duda te lo he dado a entender de alguna manera —dije—. Nunca lo habrías adivinado al mirarme.

—¿Por qué lo dices en ese tono? No te gusta...

Me encogí de hombros.

—¿Y qué, si no me gusta? Digamos que la cosa me encanta. ¿Quién no estaría encantado de ser un hombre con el físico de un niño? Alguien del que la gente se ríe cada vez que se comporta como un hombre.

—Yo no me he reído de ti, Carl.

—Tampoco te he dado la oportunidad —contesté—. Supongamos que las cosas hubieran sucedido de otra forma. Supongamos, por ejemplo, que te hubiera conocido en una fiesta y hubiera tratado de besarte, como haría todo hombre en sus cabales. ¡Te habrías muerto de la risa! Y no me digas que no, porque sé que lo hubieras hecho.

Hundí las manos en los bolsillos y le di la espalda. Me quedé allí plantado, con la cabeza gacha y los hombros caídos, mirando fijamente la alfombra raída... El mío era un numerito de tres al cuarto, una payasada del carajo, pero que siempre me había funcionado, y yo estaba bastante seguro de que con ella también iba a funcionar.

Cruzó la habitación y se colocó frente a mí. Llevó la mano a mi barbilla y la levantó.

—¿Sabes lo que eres tú? —dijo con aquella voz profunda—. Uno que se las sabe todas.

Me besó en la boca.

—Uno que se las sabe todas —repitió, sonriéndome con los ojos entrecerrados—. ¿Qué hace un chico listo como tú en la Facultad de Pedagogía de un pueblo de mala muerte?

—La verdad, no lo sé —dije—. Es difícil expresarlo con palabras. Es... Bueno, quizá tú sabes lo que es. Llevas mucho tiempo haciendo lo mismo y no ves claro que estés progresando en la vida. Así que tratas de encontrar una forma de cambiar las cosas. Y lo más probable es que estés tan harto de lo que has hecho hasta ahora que lo primero que encuentras te parece bien.

Asintió con la cabeza. Sabía lo que era.

—Nunca he ganado mucho dinero —dije—, y pensé que no me iría mal contar con algunos estudios. Esta universidad es barata, y no tenía mala pinta en los folletos. Eso sí, cuando la he visto de cerca, un poco más y me subo al primer tren de vuelta a la ciudad.

—Sí —dijo ella en tono sombrío—. Entiendo lo que quieres decir. Pero vas a probar suerte, ¿verdad?

—Eso, más o menos —respondí—. Pero ¿puedes decirme una cosa?

—Espero que sí.

—¿Esas dos son así de verdad?

—¿El qué? ¿A qué te refier...? ¡Oh! —soltó, y se echó a reír con suavidad—. ¡Aquí el amigo se las sabe todas...! Pero te gustaría comprobarlo, ¿a que sí?

—¿Y bien?

—Y bien... —Se acercó a mí. Con los ojos bailando, mirándome el rostro, movió los hombros de lado a lado, arriba y abajo. Y a continuación dio un paso atrás con rapidez, entre risas, extendiendo los brazos para mantenerme a raya.

—Nada de eso... No, señor. ¡Carl! No sé qué me pasa... Debo de estar perdiendo la cabeza para dejar que te tomes estas libertades.

—Por lo menos así no pierdes nada más —dije, y ella se echó a reír de nuevo.

Esa risa resonó más alta y profunda que cualquiera de las anteriores. Era una de esas risas que oyes a última hora de la noche en cierta clase de bares. Todo el mundo está apiñado a un lado de la barra, y todos están mirando, con las bocas flojas y los ojos un poco vidriosos, a un sujeto en particular; de pronto, este levanta la voz y suelta un manotazo en la barra. Y entonces oyes esas risas así.

—Bribón... —Me dio un pequeño cachete en la mejilla—. Menudo bribón estás hecho. Pero ahora tengo que bajar y hacer algo para cenar. Voy a estar ocupada durante una hora; lo digo por si quieres echar una cabezadita.

Le dije que igual lo hacía, después de sacar todas mis cosas, y ella me sonrió y se marchó. Empecé a deshacer las maletas.

Estaba bastante satisfecho del modo en que estaba funcionando el asunto. Durante un minuto o dos había llegado a pensar que estaba yendo demasiado rápido, pero la cosa parecía haber salido de perilla. Con una pájara como aquella, si a la tía de verdad le habías caído en gracia, podías olvidarte de echar el freno.

Terminé de sacarlo todo y me tumbé en la cama con una revista de sucesos en la mano. Rebusqué entre las páginas hasta encontrar el punto donde había dejado la lectura:

... el caso de Charlie Bigger, alias «el Pequeño», el asesino a sueldo más letal y escurridizo en la historia del crimen. El número total de sus asesinatos probablemente nunca llegue a conocerse, pero es un hecho que ha sido acusado formalmente de dieciséis. Nuestro hombre está en búsqueda y captura por asesinato en Nueva York, Filadelfia, Chicago y Detroit.

Al Pequeño Bigger se le perdió la pista en 1943, justo después de un ajuste de cuentas que acabó con la muerte de su hermano y hombre de contacto, Luke Bigger, alias «el Grandullón». Qué ha sido de él sigue siendo materia de enconada discusión en la policía y los círculos del hampa. Según algunos rumores, el Pequeño Bigger murió de tuberculosis hace unos años. Otros aseguran que fue asesinado por venganza, al igual que su hermano el Grandullón. Y hay quienes aseguran que sigue con vida. Por supuesto, la verdad es mucho más simple: nadie sabe qué fue del Pequeño Bigger, por la simple razón de que nadie llegó a conocerlo. Es decir, nadie sobrevivió tras encontrarse con él.

El Pequeño Bigger siempre contactaba con los demás por medio de su hermano. Nunca fue detenido, nunca le tomaron las huellas dactilares, nunca fue fotografiado. Como es natural, un hombre tan letalmente activo como él tampoco podía gozar de un anonimato absoluto, y el Pequeño no gozaba de él. Pero el retrato con que contamos, elaborado a partir de varias fuentes, resulta más sorprendente que satisfactorio.

Suponiendo que aún siga con vida, el Pequeño Bigger es un hombrecillo de aspecto inofensivo, de un metro cincuenta de estatura y algo menos de cincuenta kilos. Tiene problemas de vista, por lo que lleva gafas con gruesos cristales. Se cree que sufre de tuberculosis. Tiene los dientes en muy mal estado y le faltan varias piezas. Es un hombre temperamental, pero aplicado en su labor, que fuma y bebe con moderación. Parece tener menos años de los que se supone que tendría hoy, entre treinta y treinta y cinco.

A pesar de su aspecto físico, el Pequeño Bigger puede ser muy zalamero y seductor, sobre todo con las mujeres...

Eché la revista a un lado. Me senté en la cama y me quité a patadas los zapatos con alzas. Me acerqué a la cómoda, que era de las altas, y moví el espejo hacia abajo, un poco. Abrí la boca y me saqué la dentadura postiza. Me eché los párpados hacia arriba —primero uno, luego el otro— y me quité las lentillas.

Estuve mirándome un momento, contento por mi tez bronceada y por el peso que había ganado. Tosí, miré lo que había en el pañuelo, y ya no me sentí tan contento.

Volví a tumbarme en la cama, diciéndome que iba a tener que vigilar mi salud, preguntándome si me perjudicaría empezar a hacer el amor con ella.

Cerré los ojos, pensando... en ella... y en él... y en el Hombre... y en Kentucky... Y en esta birria de casucha color vómito, con el jardín desnudo, con los escalones medio desmoronados y con... y con ese vallado.

Los ojos se me abrieron de golpe, pero al momento volvieron a cerrárseme. Iba a tener que hacer algo por lo que respectaba a ese vallado. De lo contrario, cualquiera que pasara andando por la acera podía engancharse una manga sin querer y hacerse un siete en la tela.

3

Me encontré con el señor Kendall, el otro huésped, mientras bajaba a cenar. Resultó ser un hombrecillo mayor y muy digno, del tipo que seguiría mostrándose muy digno si se quedara encerrado en un retrete público y tuviera que salir arrastrándose por el suelo. Me dijo que se alegraba de conocerme y que se sentiría muy honrado de ayudarme a acomodarme en Peardale. Le dije que era muy amable.

—Estaba pensando en la cuestión del trabajo —explicó mientras nos dirigíamos al comedor—. Como ha llegado más tarde de lo habitual, puede ser un poco difícil. Casi todos los empleos a tiempo parcial ya se han adjudicado. Pero me andaré con los oídos abiertos en la panadería... Yo diría que damos empleo a más estudiantes que cualquier otro negocio del pueblo. Igual hay suerte y le conseguimos algo.

—Si no es mucha molestia —dije yo.

—No es molestia en absoluto. Al fin y al cabo, vivimos en la misma casa y... Ah, esto tiene una pinta estupenda, señora Winroy.

—Gracias. —La mujer hizo una mueca y se apartó de los ojos un mechón de cabello—. A ver si sabe igual de bien. Y a saber a qué hora va a venir Jake.

Nos sentamos. El señor Kendall vino a asumir el trabajo de pasarnos una u otra cosa, mientras ella se dejaba caer en la silla y se abanicaba la cara con la mano. Se había tomado muy en serio lo de la cena. Al parecer, había ido corriendo a la tienda para comprar un montón de alimentos enlatados.

Tampoco es que la cena estuviera mala. Había comprado un mogollón de cosas distintas, y todo era de primera calidad. Pero la cena hubiera podido ser el doble de buena de haberse gastado la mitad del dinero y puesto un poco más de esfuerzo.

El señor Kendall probó los espárragos y dijo que estaban muy buenos. Probó las anchoas, las sardinas de importación y la lengua estofada y dijo que todo estaba muy bueno. Cuando se llevó la servilleta a los labios, pensé que también diría que estaba muy buena. El hombre era capaz de elogiar educadamente hasta el abrelatas de la señora Winroy. Pero en ese momento volvió el rostro y echó una mirada hacia la puerta, con la cabeza ligeramente ladeada.

—Debe de ser Ruth —dijo al cabo de un momento—. ¿No le parece, señora Winroy?

La señora Winroy escuchó con atención un instante y asintió con la cabeza.

—Gracias a Dios —suspiró, y su expresión empezó a iluminarse—. Tenía miedo de que estuviese fuera otro día.

—Ruth es la joven que trabaja en la casa —me aclaró el señor Kendall—. También es alumna de la facultad. Una muchacha excelente, con mucho futuro por delante.

—¿Ah, sí? —apunté—. Quizá no tendría que decirlo, pero suena como si le fallara un pistón.

El señor Kendall me miró con ojos inexpresivos. A la señora Winroy se le volvió a escapar una risa de las suyas.

—¡Tonto! —dijo—. ¡Es el coche de su padre! Su Pa, como ella lo llama, la lleva y la trae de su granja cada vez que Ruth va a visitar a la familia.

En su voz había un ligero tono paródico, no malintencionado, pero sí algo burlón y desdeñoso.

El coche se detuvo frente a la casa. Una de sus puertas se abrió y se cerró de un portazo, y una voz de palurdo dijo:

—Cuídate, Ruthie, ¿me has oído?

Después, el pistón averiado empezó a repiquetear, y el coche se puso en marcha.

La puerta de la verja rechinó. Se oyó un paso en el caminillo del jardín; un paso tan solo, seguido de un «tap»; una especie de zup-tap. La cosa —ella— subió por el caminillo, a juzgar por el sonido de los pasos, aquel zup-tap extraño. La chica subió los escalones —zup-tap, zup-tap— y atravesó el porche.

El señor Kendall me miró y meneó la cabeza con tristeza.

—Pobre muchacha —dijo, bajando la voz.

La señora Winroy se excusó y se levantó de la mesa.

Se encontró con Ruth en la puerta y la acompañó desde el pasillo hasta la cocina. No llegué a verla bien; o, mejor dicho, solo la vi bien un momento. Pero lo que vi me interesó. Quizá a vosotros no os interesaría, pero a mí me interesó.

Llevaba un viejo abrigo de un color entre verde y marrón —saltaba a la legua que comprado en los almacenes Sears-Roebuck, hasta tal punto que estos bien podrían haberle pagado por lucirlo—, así como una especie de falda de lana sin desbastar. Sus gafas eran del tipo que quizá llevase vuestro abuelo, con unas lentes diminutas y la montura de acero a mitad de camino sobre el puente de la nariz. Hacían que sus ojos parecieran dos nueces sobre un plato de helado. Tenía el pelo negro, espeso y reluciente, pero lo llevaba arreglado de una forma... ¡Un verdadero espanto!

Solo tenía una pierna, la derecha. Los dedos de su mano izquierda, por cuestión de andar siempre agarrando el travesaño de la muleta, parecían un tanto paralizados.

Oí cómo la señora Winroy le decía lo que tenía que hacer en la cocina, no de forma desagradable, pero sí firme y minuciosa. Oí correr el agua en el fregadero y el ruido de las sartenes, así como aquel zup-tap, zup-tap cada vez más rápido, más rápido cada vez: humilde, como pidiendo disculpas, ansioso. Casi podía oír el corazón de la chica latiendo a cada nuevo zup-tap.

El señor Kendall me pasó el azúcar, tras lo cual llevó una cucharadita a su propio café.

—Sh, sh... —soltó. Yo llevaba años oyendo a los personajes de los libros hacer este tipo de sonidos, pero era la primera vez que oía hacerlo a un hombre de carne y hueso—. Qué lástima de muchacha estupenda...

—Sí —dije—. Ya veo.

—Y, según parece, no hay nada que se pueda hacer. Va a seguir así toda la vida.

—¿Quiere decir que no puede reunir la pasta para comprarse una pierna ortopédica? —pregunté—. Siempre hay formas de conseguirlo.

—Bueno... —Incómodo, fijó la mirada en su plato—. Por supuesto, la familia no tiene muchas posibilidades. Pero no se trata de dinero...

—¿De qué se trata, entonces?

—Bueno... Eh... —El hombre estaba ruborizándose —. No es que yo lo sepa personalmente, eh, la situación... Pero entiendo que, eh, el problema está en una malformación peculiar de, eh...

—¿Sí? —le animé.

—¡... De la extremidad izquierda! —terminó.

Lo barbotó como si fuera una palabra malsonante. Divertido, apunté:

—¿Ah, sí?

Pero el señor Kendall ya no dijo más sobre la, eh, bueno, extremidad de Ruth, y no insistí en el asunto. Era más interesante no saberlo todo.

Así me quedaba el aliciente de averiguarlo por mi cuenta.

Kendall llenó su pipa y la encendió. Y después preguntó si me había fijado en lo numerosos que eran los casos de personas excelentes —personas que hacían lo posible por ser buenas— que eran injustamente tratadas por la vida.

—Sí —respondí.

—Y bien —dijo él—. Supongo que toda moneda tiene su reverso positivo. Ruthie no conseguía encontrar otro hogar, y la señora Winroy por su parte tampoco podía, eh... La señora Winroy tenía problemas a la hora de encontrar a una persona. Así que al final todos contentos. La señora Winroy cuenta con una sirvienta agradecida e industriosa. Y Ruth, a su vez, tiene alojamiento, manutención y calderilla para sus gastos. Cinco dólares a la semana creo que cobra.

—¡No me diga! —exclamé—. ¡Cinco dólares a la semana! Tiene que ser un gasto importante para la señora Winroy.

—Eso supongo —Kendall asintió con seriedad—, tal como está la situación. Pero Ruth es una persona excepcionalmente trabajadora.

—Tiene que serlo, para sacarse tanto dinero.

Kendall se sacó la pipa de la boca y examinó la cazoleta. Levantó los ojos, me miró y soltó una risita.

—No soy de los que acostumbran a contar su historia personal al primero que pasa, señor Bigelow, pero... Verá, yo fui profesor durante muchos años. De literatura. Y sí, durante un tiempo estuve dando clases en la universidad que hay en este pueblo. Por entonces mis padres aún vivían, y el salario no me llegaba para cubrir los gastos de los tres... Así que cambié de oficio y me dediqué a un trabajo mejor remunerado. Pero nunca he dejado de seguir interesado, por los clásicos sobre todo...

—Ya veo —dije, y fue mi turno de enrojecer ligeramente.

—Siempre he creído que la sátira no tiene cabida fuera de la enrarecida atmósfera de la excelencia. La sátira, o es excelente o no es nada... Con mucho gusto voy a prestarle mi ejemplar de Los viajes de Gulliver, señor Bigelow. Y también las obras completas de Lucilio, Juvenal, Butler...

—Mensaje captado. Mensaje más que captado. —Sonriente, levanté la mano—. Perdóneme, señor Kendall.

—Tampoco pasa nada. —Kendall asintió con la cabeza; su expresión era de placidez—. Como es natural, usted no podía saberlo todavía, pero a una estudiante que se saca cinco dólares a la semana más alojamiento y manutención en una población universitaria —en esta población, por lo menos—, le van muy bien las cosas.

—Naturalmente —dije—. No tengo la menor duda.

De pronto tuve una intuición demencial en relación con el señor Kendall, una intuición que me provocó escalofríos. Es posible que no todo el mundo tenga un precio, pero si este hombre mayor, tan soso y aburrido, y tan digno, si este hombre mayor en realidad fuera de los que lo tienen... En tal caso podría sacarse una fortuna haciendo de comodín en toda esta partida. Podría apoyarme, si las cosas se ponían serias; respaldar mi versión de los hechos o, incluso, echarme una mano, si no quedaba más remedio. Y también podría mantenerme vigilado, asegurarse de que yo no intentaba darme el piro a la que pudiera...

Pero era una idea demencial. Ya lo he dicho. El Hombre sabía que no podía darme el piro. Sabía que no fallaría y que cumpliría el encargo. Me quité la idea de la cabeza; me la quité a conciencia y sin contemplaciones. Uno no puede andarse con ideas de esta clase.

La señora Winroy llegó de la cocina y recogió el bolso que había dejado sobre el aparador. Después, se detuvo ante la mesa.

—Caballeros, no es que quiera meterles prisa, pero creo que Ruth tiene previsto recogerlo todo cuando hayan terminado.

—Desde luego, desde luego. —Kendall echó la silla hacia atrás—. ¿Le parece que terminemos de tomar el café en la sala de estar, señor Bigelow?

—¿Le importaría llevar la taza de Carl? —preguntó ella—. Quisiera hablar un momento con él.

—Desde luego. Naturalmente.

Kendall cogió las tazas y enfiló el pasillo hacia la sala de estar. Seguí a la mujer al porche.

Ya era de noche. Ella me miró, muy cerca.

—Serás sinvergüenza... —me acusó, sin poder contener la risa—. Ya he oído cómo le tomabas al pelo al señor Kendall. Así que estoy sin un centavo y mi trabajo me cuesta mantenerme a flote, ¿eh?

—Qué carajo —respondí—. El viejo me lo puso en bandeja, y no pude resistirme. Y es que nunca puedo resistirme a según qué invitaciones...

Soltó una risita maliciosa.

—Pero, Carl, guapo...

—¿Sí? —dije. Llevé las manos a su cintura.

—Ahora tengo que ir un momento al centro, cariño. Vuelvo a la que pueda, pero si Jake se presenta mientras estoy fuera, no... Bueno, no le hagas mucho caso.

—Igual me resulta difícil —dije.

—Lo que quiero decir es que seguramente vendrá borracho. Siempre llega borracho cuando se retrasa tanto como hoy. Eso sí, toda la fuerza se le va por la boca; Jake en el fondo no tiene agallas, ni por asomo. Sencillamente, no hagas el menor caso a lo que pueda decir, y no habrá problema.

Le dije que haría lo posible. No había otra cosa que pudiera decirle. Y ella entonces me estampó un beso rápido y contundente. Tras lo cual me limpió los labios con su pañuelo y empezó a bajar por los escalones.

—Acuérdate, Carl. Tú no le hagas el menor caso.

—Me acordaré —dije.

El señor Kendall me estaba esperando, inquieto, temeroso de que el café fuera a enfriárseme. Le dije que no había problema, que el café me gustaba así, y él entonces se arrellanó, relajado, en el sillón. Se puso a hablar de cómo encontrarme un empleo, pues daba por sentado que yo necesitaba trabajo. Al poco rato cambió de tema, y de hablar de un empleo para mí pasó a hacerlo de su propio trabajo. Según entendí, era el encargado en la panadería, la clase de encargado que no tiene cualificación profesional y que trabaja todas las horas del mundo para sacarse unos dólares más que los empleados normales.

Según parecía, estaba más que dispuesto a embarcarse en una historia completa y minuciosa de la industria panadera. Sin embargo, no llevaría más allá de diez o quince minutos dándole a la lengua sin parar cuando se presentó Jake Winroy.

Habéis visto las fotos de Jake, por supuesto; todo el que lee los periódicos las ha visto. Pero las fotos que habéis visto seguramente fueron tomadas cuando Jake aún estaba en plena racha. Y es que el Jake que habéis visto y el Jake que yo vi eran dos personas distintas.

Era un fulano alto, de más de metro ochenta, diría yo, y cuyo peso normal era de unos noventa kilos. Pero ahora no pesaría más de sesenta y cinco. La piel del rostro le colgaba en pliegues y daba la impresión de tirar de su boca, arrastrándola hacia abajo. Incluso su nariz apuntaba hacia el suelo. Aquella nariz brotaba arrastrándose de su rostro como una vela fundiéndose sobre una sartén llena de sebo sucio. El hombre andaba encorvado, con los hombros hacia abajo. La barbilla casi le llegaba al cuello, y el cuello daba la impresión de curvarse y bambolearse bajo el peso de la cabeza.

Estaba borracho, por supuesto. Y con todo el derecho del mundo. Porque, en la práctica, estaba muerto, y supongo que lo sabía.

Se había hecho un siete al cruzar la verja —y mira que yo tenía claro que alguien acabaría por hacerse un siete en aquel maldito vallado—, y al liberarse la manga enganchada a la verja había salido trastabillando y tropezando de mala manera hasta llegar al porche. Al subir por los escalones había dado dos pasos atrás por cada uno al frente, o eso me pareció oír. El porche lo había cruzado disparado y tambaleante. Y, tambaleándose, había entrado en el pasillo. Y ahora se había detenido y nos miraba balanceándose, mientras pestañeaba sin cesar y trataba de hacerse cargo de la situación.

—¡Señor Winroy! —Kendall se acercó a él, nerviosamente—. ¿Quiere que, eh, le ayude a acostarse, señor Winroy?

—¿Ac-acostarme? —Jake soltó un hipido—. ¿Y us-usted quién es?

—¡Por favor! Sabe usted muy bien quién soy.

—Sí, cl-claro, pero, pero ¿lo sa-sabe usted? Seguro que no se ac-acuerda de su nombre.

El señor Kendall frunció la boca y dijo:

—¿Quiere ir conmigo un rato a la panadería, señor Bigelow? Está aquí al lado.

—Creo que mejor me voy a mi cuarto —respondí—. Yo...

Jake se sobresaltó como si le hubieran pegado un tiro. Dio un respingo y se giró en redondo nada más oír mi voz. Me miró, con los ojos desorbitados, levantó una de sus manos largas, surcadas de venas y señaló en mi dirección:

—¿Y us-usted quién es?

—Es el señor Bigelow —indicó Kendall—. Su nuevo huésped.

—¿Ah, sí? ¡Sí! —Dio un paso atrás, con los ojos siempre fijos en mí—. Hué-huésped, ¿eh? Así que es el nuevo hué-huésped, ¿eh? ¿En s-serio?

—¡Pues claro que es el nuevo huésped! —zanjó Kendall—. Un joven excelente, ¡y usted está haciendo lo posible para que se sienta incómodo! Mire, lo mejor es que...

—¿En se-serio? ¡Pues vaya! —Jake seguía moviéndose hacia la puerta, andando de espaldas, medio encorvado. Sus ojos me escrutaron enloquecidos tras los caídos mechones de su pelo negro y grasiento—. Un nuevo hué-huésped. Conque incó-incómodo, ¿eh? ¡Jajá, incó-incómodo! ¿En s-serio?

Era como un disco rayado. Como un disco rayado surcado por una aguja gastada y chirriante. Me recordaba a un enfermo animal salvaje de algún tipo, arrinconado y sin escapatoria.

—¿En se-serio? ¡Pues claro!

No parecía ser capaz de ponerle fin a todo aquello. Una y otra vez volvía a lo mismo, una y otra vez, una y otra vez...

—¡Esto es bochornoso, señor Winroy! Sabe perfectamente que estaban esperando la llegada del señor Bigelow. Yo mismo estuve presente cuando habló del asunto con la señora Winroy.

—¿En se-serio? Es-esperando al señor Bigelow, ¿eh? Es-esperando al señor Bigger-Low... ¡Bigger!

Su espalda dio con la pantalla mosquitera de la puerta. Y tropezó con el dintel, hasta caerse de espaldas sobre el porche y desplomarse rodando por los escalones. En su recorrido hacia abajo trazó un salto mortal completo.

—¡Cielo santo! —El señor Kendall encendió la luz del porche—. ¡Santo Dios! ¡Lo más probable es que se haya matado!

Agitando las manos, cruzó el porche a toda prisa y empezó a bajar por los escalones. Salí corriendo tras él. Pero Jake Winroy no estaba muerto ni quería que le ayudara.

—¡Nnnnn-NO! —gritó—. ¡NNNNN-NOOO!

Se puso en pie de un salto. Salió proyectado hacia la verja, tropezó y volvió a estamparse contra el suelo. Se las arregló para levantarse y, trastabillando, salió a la calle disparado.

Salió corriendo por mitad de la calzada en dirección al centro, moviendo los brazos en el aire, con las piernas inseguras bailando de una forma demencial. Jake corría porque correr era lo único que podía hacer.

Me dio lástima. Hacía mal en mantener su casa en tan pésimo estado, y en ese sentido no tenía excusa. Pero seguía dándome lástima.

—Por favor, no se deje impresionar por lo sucedido, señor Bigelow. —Kendall tocó mi brazo—. Lo único que le pasa es que se vuelve un poco loco cuando consume alcohol en exceso.

—Claro —dije—. Lo entiendo. Mi padre también era muy bebedor... Mejor apaguemos la luz, ¿no?

Con un gesto de la cabeza, señalé por encima del hombro. Un grupo de paletos habían salido del bar y nos estaban mirando desde el otro lado de la calle.

Apagué la luz, y nos quedamos conversando en el porche unos minutos. Kendall dijo que esperaba que Ruthie no se asustase. De nuevo me invitó a ir a la panadería, oferta que rechacé. Metió tabaco en su pipa, de la que chupó nerviosamente.

—No sabe usted lo admirado que me he quedado por su sangre fría y contención, señor Bigelow. La verdad es, eh, siempre me he considerado una persona que no suele perder la calma, pero...

—Y no la pierde —dije—. Se ha comportado usted de maravilla. Lo que pasa es que no está acostumbrado a los borrachos.

—Decía usted que, eh, su padre...

Era extraño que lo hubiese mencionado. Tampoco es que estuviera mal mencionarlo, pero había pasado mucho tiempo desde entonces, más de treinta años.

—Como es natural, no me acuerdo de nada —dije—. Le estoy hablando de 1930, y yo entonces era un bebé. Pero mi madre... —Era una mentira en la que tenía que insistir: mi edad.

—¡Sh, sh! Pobre mujer. ¡Lo tuvo que pasar muy mal!

—Mi padre trabajaba en las minas de carbón —dije—. Por la zona de McAlester, Oklahoma. El sindicato por entonces no pintaba mucho, y no hace falta decirle que estábamos en plena depresión. El único trabajo que había era en los pozos excavados de forma ilegal, adonde no llegaban los inspectores de trabajo. Mi padre se dedicaba a desmantelar las vigas de apoyo...

Hice una pausa, mientras me acordaba. Recordaba la espalda encorvada, la mirada fija y enloquecida por el miedo. Me acordaba de los sonidos ahogados por las noches, de los gritos y los sollozos.

—Le entró la idea de que intentábamos matarlo —expliqué—. Si se nos caía un poco de comida del plato o se nos rompía una prenda de vestir o algo por el estilo, nos daba unas palizas de mucho cuidado... A los otros, quiero decir. Yo no era más que un bebé.

—Sí. Pero no entiendo por qué...

—Es fácil —dije—. Por lo menos, él lo tenía muy claro. Le había entrado la manía de que estábamos empeñados en que siguiera trabajando en las minas. En que nunca llegara a salir de ellas. Creía que consumíamos a toda velocidad cuanto nos daba porque queríamos que siguiera allí, bajo tierra... Hasta que la tierra acabó por enterrarlo.

El señor Kendall soltó otros de sus sh, sh característicos.

—¡Qué espanto! Un pobre hombre al que se le fue la cabeza... Como si ustedes hubieran podido evitar que...

—Nosotros no podíamos evitarlo —convine—, pero eso no mejoraba su situación. Tenía que trabajar en las minas, y cuando un hombre tiene que hacer algo, lo hace. Pero no por eso le resulta más fácil. Incluso podría decirse que le resultaba doblemente difícil. Uno no es valiente, noble, desprendido o cualquiera de esas cosas que todo hombre quiere creer que es. Uno no es más que una rata acorralada, y con el tiempo empieza a comportarse como tal.

—Hmm... Parece usted un joven inusualmente introspectivo, señor Bigelow. ¿Decía que su padre murió por causa de la bebida?

—No —contesté—. Murió en las minas. Había tantos pedruscos encima de su cuerpo que fue necesario excavar una semana entera para desenterrarlo.

El señor Kendall se largó a la panadería después de unos cuantos sh, sh y «terrible, terrible» más, y entré de nuevo en la casa. Andando con paso despreocupado, me dirigí a la cocina.

Estaba encorvada sobre el fregadero, con la muleta encajada bajo el sobaco, lavando lo que parecía ser un millar de platos. Según parecía, la señora Winroy se los había dejado en reserva mientras estuvo fuera... Los platos, así como todos los demás trabajos sucios y engorrosos.

Colgué el abrigo en el respaldo de una silla y me enrollé las mangas de la camisa. Eché mano a un cucharón y empecé a raspar las sobras de las sartenes. Metí todos los restos en una de ellas e hice amago de ir hacia la puerta trasera con la sartén en la mano.

Ella no me había mirado desde que había entrado en la cocina y tampoco me miró entonces. Pero se las arregló para decir unas palabras. Las palabras le salieron de forma apresurada, como le saldrían a un chaval que hubiera hecho acopio de valor para recitar un poema y solo pudiera lograrlo recitándolo a toda prisa.

—Los..., los cubos de la basura están a un lado del porche...

—¿Me estás diciendo que no tienen gallinas en la casa? —pregunté—. Pues hacen mal. Vale la pena tener unas gallinas a las que alimentar con las sobras.

—Sí... —dijo ella.

—Es una pena tirar la comida de este modo. Con la de gente que pasa hambre en el mundo...

—Lo..., lo mismo pienso yo —dijo, casi sin aliento.

Era todo cuanto osaba decir por el momento. Estaba enrojeciendo como una casa incendiada, y tenía la cabeza tan agachada sobre el fregadero que tuve miedo de que se cayera en él. Saqué las sobras al exterior y empecé a rasparlas sin prisas.

Sabía cómo se sentía la chica. ¿Cómo no iba yo a saber lo que suponía ser una especie de chiste para los demás, que la gente te dijera de buenas a primeras que no valías para nada? Uno nunca se acostumbra, pero al final ya no sorprende.

Cuando volví al interior, la chica todavía estaba traumatizada por la idea de haber hablado conmigo. Pero el hecho de estar traumatizada tampoco significaba que no le hubiera gustado. Me dijo que no... no hacía falta que la ayudara a lavar los platos, pero al momento me señaló un trapo limpio de cocina. Me dijo que quizá sería... sería mejor que me pusiera un delantal; al final ella misma me lo puso, con los dedos temblorosos pero insistentes al rozar mi cuerpo.

Nos pusimos a secar los platos juntos, de pie, rozándonos con los brazos de vez en cuando. Las primera veces apartó su brazo al instante, como si hubiera tocado una estufa ardiente. Pero al poco tiempo ya no lo apartaba. Y, una vez, cuando rocé sus pechos con el codo, me pareció que la chica llegaba a acentuar la presión.

Mientras la estudiaba por el rabillo del ojo, vi que no me había equivocado en lo tocante a su mano izquierda. Tenía los dedos paralizados de verdad. La chica no podía valerse de esa mano, cosa que se esforzaba en ocultarme. A pesar de ello, y de la pierna —fuera cual fuera el problema de la pierna—, no dejaba de tener su encanto.

Todo aquel trabajo duro y aquella respiración profunda le habían desarrollado unos pechos de campeonato. Y el hecho de tener que esforzarse para moverse con la muleta no le había sentado nada mal a su trasero. Si lo hubierais visto con vuestros propios ojos, lo habríais encontrado digno de todo un poni de Shetland. Y con esto no quiero decir que fuera grande. Me refiero a la forma en que encajaba con el resto de su cuerpo; a la manera en que se solapaba con el estómago liso y la cintura estrecha. Se diría que la chica había sido agraciada en aquel lugar del cuerpo en compensación por los parajes en los que había salido perdiendo.

Conseguí que se pusiera a hablar. Logré que se riera. En un momento dado, me enrollé otro trapo en la cabeza y empecé a hacer payasadas y cabriolas; apoyada en el fregadero, ella no hacía más que reír, ruborizarse y protestar.

—Déjalo... Déjalo ya, Carl... —Tenía los ojos brillantes. El sol se había asomado por ellos y me estaba dedicando su brillo—. Déjalo... Déjalo de una vez...

—¿Que deje el qué? —apunté, redoblando mis payasadas—. ¿Qué quieres que deje, Ruth? ¿Te refieres a esto? ¿O a esto otro?

A todo esto, yo no dejaba de estudiarla mientras seguía con lo mío, y terminé por cambiar de idea en relación con un par de cosas. Decidí que no iba a darle consejos sobre su vestimenta. Tampoco iba a decirle que se hiciera un corte de pelo a lo moderno y con permanente. Porque ella se encargaría de arreglarse en la medida que fuera necesario, y en el fondo tampoco necesitaba arreglo alguno.

Y entonces, de pronto, dejó de reír. Se detuvo en seco y se quedó mirando por encima de mi hombro.

Supe lo que tenía que ser aquello. Había tenido una intuición de lo que estaba por venir. Me volví, lentamente, con un cuidado del carajo para mantener las manos alejadas de mis costados.

No sabría decir si el fulano había llamado al timbre y no le habíamos oído o si había entrado sin llamar. Pero ahí estaba: un sujeto alto y anguloso, con los ojos azules despiertos pero amigables, y un bigote tirando a gris y manchado por el café.

—Lo estáis pasando en grande, ¿eh, chavales? —dijo—. Pues por mí, estupendo. Siempre me alegra ver a los jóvenes disfrutar de la vida.

Ruth abrió y cerró la boca. Yo seguía a la espera, sonriendo.

—Hace tiempo que quiero ir a visitar a sus padres, señorita Dorne —prosiguió—. He oído que tienen un nuevo niñito en la familia... Creo que no nos han presentado, joven. Soy Bill Summers. El sheriff Summers.

—¿Cómo está, sheriff? —dije, estrechándole la mano—. Carl Bigelow.

—Espero no haberos asustado al presentarme de esta forma. Me he acercado para ver a un señor llamado... ¡Bigelow! ¿Dices que te llamas Carl Bigelow?

—Sí, señor —respondí—. ¿Hay algún problema, sheriff?

El sheriff me examinó tomándose su tiempo, con el ceño fruncido, fijándose en el delantal y el trapo enrollado en la cabeza. Daba la impresión de que no sabía si romper a reír o estallar en imprecaciones.

—Me parece que lo mejor será que hablemos un momento, Bigelow... ¡Y maldito sea ese Jake Winroy, qué demonios!

4

Estábamos en mi cuarto. La señora Winroy había llegado un par de minutos después de que lo hiciera el sheriff Summers, cuya presencia en la casa le había enfurecido de tal forma que tuvimos que subir arriba.

—La verdad, no lo entiendo —dije—. El señor Winroy sabía de mi llegada desde hacía semanas. Si no me quería en su casa, ¿por qué demonios no...?

—Ya. Lo que pasa es que él aún no te había visto la cara. Cuando te vio y asoció tu apellido al de un individuo que se llama de una forma parecida... Bueno, es natural que le entrara el miedo en el cuerpo. Jake está metido en un lío muy gordo, no lo olvidemos.

—Si alguien tiene derecho a sentirse alterado soy yo, sheriff, créame. De haber sabido que James C. Winroy era Jake Winroy, no habría venido a este lugar.

—Ajá. Claro. —Summers asintió con la cabeza expresando comprensión—. Pero de hecho he estado haciéndome preguntas sobre tu llegada a este lugar, hijo. A ver, ¿por qué has venido? ¿Cómo es que has hecho todo el camino desde Arizona, tan lejos, para venir a un pueblo como Peardale?

—En parte por esa misma razón. —Me encogí de hombros—. Porque Peardale está muy lejos de Arizona. Tenía intención de empezar de cero, y cuanto más de cero, mejor. No es fácil llegar a ser alguien en la vida cuando estás rodeado de gente que recuerda perfectamente que antes no eras nadie.

—Ajá. ¿Esa es la razón?

—En parte, claro está —dije—. El alojamiento aquí me salía barato, y en la facultad se mostraron dispuestos a hacer una excepción en mi caso. No hay muchas universidades que hagan excepciones, la verdad; si uno no ha cursado estudios secundarios, lo tiene bastante mal. —Solté una risa corta, esforzándome en que reflejara amargura y desilusión—. Cuanto más lo pienso, más absurda me parece esta situación. Me he pasado años soñando con estudiar un poco y conseguir un buen trabajo y ahora... Pero supongo que tendría que haberme informado mejor.

—Bueno, hijo, no te lo tomes así... —Summers carraspeó, con la preocupación pintada en el rostro—. Entiendo que todo esto no tiene sentido, y la cosa me gusta tan poco como a ti. Pero, siendo Jake Winroy quien es, no me queda más remedio que hacerte algunas preguntas. Con un poco de ayuda por tu parte, liquidaremos este tema en un periquete.

—Pierda cuidado, que voy a decirle todo cuanto pueda, sheriff —respondí.

—De primera. ¿Tienes familia?

—Mi padre murió. Mi madre y el resto de mis familiares... No sé nada de ellos. Empezamos a distanciarnos justo después de la muerte de papá. Ha pasado tanto tiempo que ya ni me acuerdo de sus caras.

—Ajá. ¿En serio?

Me puse a hablar. Nada de cuanto le dije podía ser comprobado, pero me daba cuenta de que el sheriff se lo estaba creyendo; lo raro hubiera sido que no se lo creyera. Y es que mi relato era verídico en lo fundamental. Todo aquello prácticamente iba a misa, con la salvedad de las fechas. En la zona minera del carbón de Oklahoma se había producido una crisis económica del carajo a principios de la década de 1920. Hubo huelgas, la milicia fue llamada a intervenir, y nadie tenía dinero para comer, como no fueran los médicos y los sepultureros. Y había muchas cosas en que pensar que no tenían que ver ni con las partidas de nacimiento ni con los certificados de defunción.

Le expliqué que al final nos trasladamos a Arkansas, para la recogida del algodón, y que luego fuimos al valle del Río Grande, para la recogida de la fruta, y después al valle del Imperial, donde la recogida la tienes que hacer agachado... Todos juntos, al principio, y luego separándonos un día o dos para que cada uno siguiera el trabajo allí donde lo hubiera. Separándonos, y quedándonos separados al final.

En Houston vendí periódicos. En Dallas hice de cadi en un campo de golf. En Kansas City vendí refrescos y programas de cine. Y en Denver, frente a la puerta del Brown Palace Hotel, pedí una moneda para tomar un café a un sujeto con pinta de ricachón. Y el tipo me dijo:

—Por Dios, Charlie, ¿es que no te acuerdas de mí? Soy tu hermano Luke...

Por supuesto, esto último no lo conté.

—Ajá —cortó Summers. Le estaba dando tantos detalles que la cosa empezaba a hastiarle—. ¿Cuándo fuiste a Arizona?

—En diciembre del 44. Nunca he sabido cuál fue mi fecha exacta de nacimiento, pero creo recordar que por entonces tendría dieciséis años recién cumplidos. En todo caso —aquí tuve buen cuidado de mostrarme cuidadoso al respecto—, dudo mucho que tuviera más de diecisiete.

—Claro. —El sheriff asintió con la cabeza, frunciendo ligeramente el ceño—. Eso salta a la vista. Hasta me resulta difícil de creer que tuvieras dieciséis años.

—Y bien, el país seguía en guerra, por lo que no era fácil encontrar trabajadores. Este señor Fields y su mujer —un matrimonio mayor, muy buenas personas los dos— me ofrecieron empleo en una gasolinera suya, y el sueldo no era muy alto, porque la gasolinera tampoco daba mucho beneficio, pero a mí me gustaba aquel trabajo. Vivía con ellos, como si fuera su hijo, y ahorraba todo lo que me sacaba. Y hace dos años, cuando murió pap... Quiero decir, cuando murió el señor Fields, le compré la casa a su mujer... Supongo —aquí vacilé un segundo—, supongo que esa fue la razón por la que decidí irme de Tucson. Ahora que papá Fields había muerto y mamá Fields había vuelto a su pueblo en Iowa, la casa ya no tenía mucho de hogar para mí.

El sheriff tosió y se sonó la nariz.

—Maldito sea ese Jake —musitó—. Así que vendiste la casa y viniste a este lugar, ¿eh?

—Sí, señor —dije—. ¿Quiere que le enseñe una copia del título de compraventa?

Se la enseñé. También le mostré algunas de las cartas que la señora Fields me había escrito desde Iowa antes de morir. Summers prestó más atención a las cartas que al título de compraventa, y cuando terminó, volvió a sonarse la nariz.

—Maldita sea, Carl, siento hacerte pasar por todo este latazo, pero lo cierto es que aún no he terminado. ¿Te importa si mando un pequeño telegrama a Tucson? Estoy obligado a hacerlo, ya me entiendes. Si no lo hago, Jake va a seguir montando un follón de mil demonios.

—¿Quiere decir...? —Hice una pausa—. ¿Quiere decir que piensa contactar con el jefe de policía de Tucson?

—No creo que tengas objeción, ¿verdad?

—No —respondí—. Lo que pasa es que nunca llegué a conocerlo tan bien como a los demás tipos de la ciudad. ¿Le importaría telegrafiar también al sheriff y al juez del condado McCafferty? Solía atender a los dos en la gasolinera.

—¡Qué caramba! —dijo, levantándose de golpe.

Me levanté también.

—¿Todo esto va a llevar mucho tiempo, sheriff? La verdad, no sé si vale la pena matricularme en la universidad mientras el asunto no haya sido aclarado.

—Pues claro, lo entiendo. —Summers asintió con la cabeza en gesto de comprensión—. Pero vamos a arreglarlo todo para que puedas empezar las clases el lunes que viene.

—Tenía pensado acercarme a Nueva York antes —dije—. Como es natural, no voy a ir si no me da usted permiso. Es que me compré un traje nuevo al pasar por la ciudad, y me dijeron que para el sábado ya estarían listos los arreglos.

Le acompañé hasta la puerta del dormitorio, y me pareció oír un ligero crujido procedente de la puerta del otro extremo del pasillo.

—En un trabajo como el mío, uno tiene que llevarse bien con todo el mundo, así que preferiría que no le dijeras a nadie lo que voy a decirte. Y es que estos Winroy... Lo cierto es que no sale a cuenta quedarse en su casa, por muy barata que sea la estancia. Si quieres un consejo, lo mejor es que...

—¿Sí? —dije.

—No... —Summers suspiró y meneó la cabeza—. Me temo que tampoco te conviene largarte. Jake se pone como loco al verte, y entonces tú te vas de la casa... En un caso así, da igual lo que tú o yo podamos decir: la cosa tiene mala pinta. Parece como si te hubieras visto obligado a darte el piro, quizá porque había algo de verdad en los desvaríos de Jake.

—Sí, señor —respondí—. Tendría que haber sabido quién era él antes de venir a este lugar.

Le acompañé hasta la puerta, que volví a cerrar. Me tumbé en la cama con un cigarrillo en los labios, con los ojos entrecerrados, echando el humo hacia el techo. Estaba agotado. Da igual lo bien que te hayas preparado para una ocasión como esta, la cosa siempre te deja exhausto. Quería descansar, que me dejaran en paz un rato. Y la puerta se abrió y entró la señora Winroy.

—Carl —dijo con su voz profunda, mientras se sentaba en el borde de la cama—. Lo siento muchísimo, querido. ¡A Jake esta vez lo mato!

—Olvídalo —dije—. ¿Y dónde está Jake, por cierto?

—En la barbería, lo más probable. Seguramente pase la noche allí. ¡Y más le vale, si sabe lo que le conviene!

Paseé los dedos por su muslo arriba e hice que vagabundearan un poco por la zona. Al cabo de un momento, los cogió con la mirada ausente y volvió a situar mi mano en la cama.

—Carl... ¿No estás enfadado?

—No es que me haya gustado el asunto —repuse—, pero no estoy enfadado. A decir verdad, más bien siento lástima por Jake.

—Está perdiendo la chaveta. ¿A quién se le ocurre? ¿Cómo iban a atreverse a matarlo? Un asesinato les resultaría dos veces más perjudicial que el testimonio de Jake en el juicio.

—¿Sí? —dije—. Me temo que no sé mucho de todo eso, señora Winroy.

—Ellos... ¿Por qué no me llamas Fay, cariño? Cuando estamos a solas como ahora, quiero decir.

—Fay, cariño —dije.

—No se atreverían, ¿verdad que no, Carl? A hacerlo aquí mismo, en el pueblo donde ha nacido, donde todos le conocen, donde conoce a todo el mundo? A ver, a ver —se le escapó una risa nerviosa—, ¡por Dios! Este es el lugar más seguro del mundo para él. Ningún desconocido se le puede acercar, ninguna persona a la que no conozca y...

—Pues yo me he acercado a él —dije.

—Ya, bueno. —Se encogió de hombros—. Pero tú no cuentas. Jake sabe que no hay peligro en una persona enviada aquí por la universidad.

—¿Ah, sí? Pues no lo parecía.

—¡Porque está macerado en alcohol! ¡Está empezando a ver visiones!

—En fin —dije—, haga lo que haga, tampoco puedes echárselo en cara.

—Así que no puedo, ¿eh?

—No me parece buena idea —dije.

Me levanté sobre un codo y apagué el cigarrillo en el cenicero.

—Fay, voy a decirte cómo lo vería yo —dije—, si estuviera en el pellejo de Jake. Del mundo del crimen solo sé lo que leo en los periódicos. Pero se me da bien eso de ponerme en la piel del otro, y voy a decirte cómo lo vería, si fuera Jake. Me diría que, si se les hubiera metido en la cabeza la idea de matarme, no tendría manera de impedírselo. No podría hacer nada ni tampoco esconderme. Yo...

—Pero, Carl...

—Si no pudiesen acabar conmigo en un lugar, lo harían en otro. En cualquier otro lugar, de una forma u otra, por complicado que fuese. Tendría claro que terminarían por liquidarme, Fay.

—¡Pero no pueden! ¡No pueden permitírselo!

—Claro —dije.

—El caso nunca irá a juicio. ¡Todo el mundo lo dice!

—Bueno, es probable que piensen así —convine—. Yo me he estado limitando a explicar cómo se sentiría Jake si pensara que pretenden matarlo.

—Sí, pero tú has dicho que... Si Jake tiene claro que no pueden hacerlo, entonces, ¿por qué...?

—Él puede tenerlo claro, pero ¿y ellos? ¿Entiendes lo que quiero decir? Él también sabe que tienen los medios y el dinero suficiente. Sabe que siempre pueden encontrar la forma, si están empeñados en liquidarlo.

—Pero ellos...

—No van a hacerlo —dije—. Pero ¿y si fueran a hacerlo? Jake no podría fiarse de nadie. A saber, hasta podrían tratar de cargárselo utilizando al viejo Kendall.

—¡Y ahora qué dices, Carl! ¡Eso es ridículo!

—Sí, claro que lo es —respondí—, pero ya puedes hacerte una idea. Utilizarían a un tipo cualquiera que no despertase la menor sospecha.

—Carl...

Me estaba mirando con los ojos entrecerrados, con interés, cautelosa.

—¿Sí, Fay? —dije.

—Y tú... ¿Qué pasaría si, si...?

—¿Qué pasaría si qué? —dije.

Continuaba mirándome de aquel modo intrigado y cauteloso. De pronto se echó a reír y dio un respingo.

—Por Dios... —dijo—. ¡Y yo que decía que Jake estaba perdiendo la chaveta! Bueno, Carl... ¿Esta semana no vas a ir a clase?

Negué con la cabeza. No me tomé la molestia de reírme de su cotilleo.

—Ya. Pero Ruth tiene clase a las nueve, así que lo mejor sería que estuvieras abajo a eso de las ocho si quieres que te haga el desayuno. También puedes hacerte tú mismo el café, las tostadas o lo que sea si al final te levantas más tarde. Es lo que yo hago normalmente.

—Gracias —dije—. Me lo pensaré por la mañana.

Finalmente, se fue. Abrí una de las ventanas y volví a tumbarme en la cama. Necesitaba un baño, pero en ese momento no estaba por la labor. No estaba por una labor tan pequeña como desvestirme y andar unos pasos por el pasillo hasta el cuarto de baño.

Seguía inmóvil, obligándome a seguir inmóvil cuando me entraron ganas de levantarme y mirarme al espejo. Uno tiene que tomárselo con calma. Uno no puede ir a por todas cuando carga con un fardo encima. Cerré los ojos y me contemplé mentalmente.

Me quedé impresionado. Era como mirar a otra persona.

Me había visto de esa forma cuarenta mil veces, y la experiencia resultaba nueva cada vez. Veía lo que otras personas parecían ver en mí y de pronto no podía evitarlo y pensaba: «Que hombrecillo más amable y simpático. Salta a la vista que es una buena persona...».

Eso pensé en ese momento y, de un modo u otro, eso me provocó escalofríos. Empecé a pensar en la dentadura y todo lo demás, pero sabía que en el fondo no tenían importancia. Eso sí, me obligué a pensar en ellas.

En cierta forma, me sentía más tranquilo al pensar que eran aquellas cosas en lugar de... ¿En lugar de?

... La dentadura y las lentillas. El rostro bronceado y de aspecto saludable. El peso adicional. La altura adicional... Solo en parte era gracias a los zapatos con alzas que llevaba desde 1943. Me había convertido en otro desde que me había librado de la enfermedad y... Pero ¿realmente me había librado de ella? ¿Y si me ponía enfermo, tan enfermo que no podía cumplir con el encargo? Al Hombre no le gustaría. ¿Y aquel nombre? Charles Bigger, tan parecido a Carl Bigelow... En fin, era un nombre tan bueno como cualquier otro. Tampoco habría sido mejor hacerme llamar Chester Bellows o Chauncey Billingsley; y habría tenido que ser un nombre de ese tipo. Un nombre falso nunca tiene que ser muy distinto al nombre de verdad. Siempre es posible usar un nombre totalmente diferente, pero eso es buscarse problemas. Por ejemplo, en la ropa se suelen llevar las iniciales. O es posible que alguien te salude por tu nombre de forma inopinada y que respondas de forma automática. Así que...

Así que yo no había cometido errores. Yo no... Pero el Hombre había dado conmigo. Y eso que nunca me había visto en persona, pero había sabido adónde tenía que enviar a uno de los suyos para encontrarme. Y si el Hombre había podido dar conmigo...

Encendí un cigarrillo, lo apagué de golpe y volví a tumbarme sobre las almohadas.

El Hombre... El Hombre era caso aparte. Yo no había cometido un error, y no iba a cometerlo ahora. Haría lo que me habían encargado, y me saldría de rositas después, que es lo complicado. Por muy bien que cumpliera con lo mío, estaba claro que luego habría follón. Y la mejor forma de verme atrapado en el follón sería tratar de huir por piernas. Lo que le fastidiaría al Hombre. Si la bofia no me encontraba, lo haría él.

Así que... me sentía medio adormilado.

Ningún error. No había que bajar la guardia, ni un segundo. No había que ponerse enfermo. Y tenía que utilizarlos a todos, a la señora Winroy de forma directa, a los demás indirectamente. Iban a tener que estar de mi lado. Tenían que saber que yo era incapaz de hacer lo que tenía que hacer. No hacía falta que el Hombre me vigilara. Ellos iban a vigilarme. Todos iban a ver que no había problema conmigo y... mirándome... vigilando en todo momento... y yo...

... Estaban apiñados en las aceras del callejón oscuro, angosto y solitario. Y todos estaban ocupados en sus asuntos, riendo y charlando y disfrutando de la vida; pero también me estaban mirando. Vigilando cómo seguía a Jake y mirando cómo el Hombre me seguía a mí. Yo estaba sudoroso y sin aliento, porque llevaba mucho rato andando por la calle. Y los otros no hacían más que estorbarme por el camino, interponerse entre Jake y yo, pero sin cruzarse nunca en el camino del Hombre. Era a mí, A MÍ, a quien tenían que amargarle la existencia. Y... Notaba el sabor de la oscura humedad en la boca y oía el ruido de las vigas al quebrarse y venirse abajo, y la lámpara que llevaba en la gorra empezó a titilar y... Y agarré a uno de aquellos cabrones. Lo agarré, a aquel cabrón-aquella cabrona, y rodamos juntos por el suelo y...

La tenía en la cama. Estaba bajo mi cuerpo, y yo estaba sujetando la muleta con fuerza sobre su garganta, inmovilizándola por completo con mis brazos.

Parpadeé y la miré un instante ahí abajo, mientras intentaba escapar de aquel sueño.

—Por Dios, chica —dije—. No tenías que...

Deslicé la muleta hacia un lado, y ella empezó a respirar otra vez, pero sin poder decir palabra. Estaba aterrada. Miré sus horrorizados y enormes ojos —vigilándome—, y tuve que reprimirme para no soltarle un mamporro.

—Dímelo todo —solté—. Canta ahora mismo. ¿Qué estabas haciendo aquí?

—Yo... Yo... Yo...

Hundí la mano en su costado y la giré con violencia. Soltó un gemido.

—Canta, pero ya.

—Yo... Yo... Yo estaba preocupada por ti. Me... Me inquietaba que... ¡Carl! ¡No hagas eso...!

Empezó a debatirse, mientras yo permanecía tumbado de bruces sobre ella. Seguía agarrándola del costado y retorciendo sus carnes; no paraba de gemir y de jadear. Trató de liberarse de mi mano, y yo la giré aún con más violencia.

—¡No... No! Yo nunca he... Carl, yo soy vir... No está bien esto que haces y... ¡Carl! ¡¡Carl!! Tienes que par... Voy a quedarme preñada y...

... Y al final dejó de suplicar.

Ya no había motivo para seguir con tanta súplica.

Miré hacia abajo. Tenía mi cabeza pegada a la suya, de forma que no podía ver que estaba mirando hacia abajo. Miré, y los ojos se me cerraron al instante. Pero me resultó imposible mantenerlos cerrados.

Tenía un pie de bebé. Un pie y un tobillo de bebé, diminutos los dos. La cosa nacía justo encima de la rodilla —justo encima de donde estaría la rodilla, de tenerla—, un tobillo minúsculo, no mucho más grueso que mi dedo pulgar; un tobillo de bebé y un pie de bebé.

Los deditos se abrían y cerraban sin parar, moviéndose al ritmo de su cuerpo...

—Ca-Carl... ¡Ahh, Carl! —jadeó.

Al cabo de un rato, de lo que me pareció un rato muy largo, le oí decir:

—No, Carl. Por favor, no... Está todo bien, de verdad... Así que, Carl, por favor... Por favor, deja de llorar de una vez...

5

Me llevó su tiempo conciliar el sueño, y volví a despertarme a los treinta minutos de conseguirlo. Me desperté exhausto, pero con la sensación de que había estado durmiendo varias horas. ¿Os ha pasado alguna vez? Y así seguí durante toda la noche.

Cuando me desperté por última vez, eran las nueve y media y la luz del sol inundaba la habitación. La luz daba de lleno sobre las almohadas, por lo que sentía el rostro acalorado y húmedo. Me senté, apretándome el estómago con las manos. Al dar en mis ojos de repente, la luz me había provocado náuseas. Cerré los ojos para evitarla, pero la luz seguía sin apagarse. Daba la impresión de encontrarse en mi interior, bajo los párpados, y mil pequeñas imágenes bailaban con su brillo. Unas cosas minúsculas, cuya forma recordaba a la del número siete, unas cosas que bailaban, se contoneaban y se retorcían.

Me senté en el borde de la cama, meciéndome ligeramente mientras me abrazaba el torso con los brazos. Sentía el sabor de la sangre en mi boca, salado y amargo, y pensé en el aspecto que tendría un gargajo mío bajo la luz del sol, amarillento y violáceo y...

Me las arreglé para ir al tocador y me puse las lentillas y la dentadura. Recorrí el pasillo tambaleándome, cerré la puerta del baño de un portazo a mis espaldas y me arrodillé sobre el retrete. Lo rodeé con los brazos, preparándome para la que se avecinaba, mirando el agua temblorosa en el centro de la porcelana ligeramente manchada. Y entonces mi cuerpo entero se hinchó y se estremeció, y me vino una arcada.

La primera, la primera arcada, fue la peor. Dio la impresión de tirar de mí en dos direcciones, de hacerme tragar el vómito y de expulsarlo a la vez. Lo que vino después fue más fácil; lo complicado era recobrar el aliento, no quedarme sin respiración. El sudor de la debilidad corría por mi rostro, mezclándose con la sangre y el vómito. Era consciente de que estaba formando un escándalo de mil demonios, pero me daba igual.

Oí un repiqueteo en la puerta, y Fay Winroy llamó:

—¡Carl! ¿Estás bien, Carl?

No respondí. No podía. Y la puerta se abrió.

—Carl, querido... ¿Qué es lo que...?

Sin volverme, le dediqué un gesto con la mano, dándole a entender que ya estaba bien, que lo sentía, que se esfumara de allí.

—Vuelvo en un momento, querido —dijo. La oí alejarse a toda prisa por el pasillo y las escaleras.

Tiré de la cadena, todavía con los ojos cerrados.

Cuando volvió, me había pasado un poco de agua fría por la cara y estaba sentado en el retrete. Me sentía más débil que el carajo, pero ya no enfermo.

—Bébete esto, cariño —dijo Fay. Y me lo bebí: medio vaso de whisky a palo seco. Solté un jadeo y me estremecí, y ella dijo—: Toma. Aspira el humo con fuerza. —Y tomé el cigarrillo que me ofrecía y aspiré con fuerza.

El whisky se había asentado en mi interior y estaba caldeándome y enfriando todas aquellas partes que precisaban ser caldeadas y enfriadas.

—¡Por Dios, cariño...! —Fay estaba de rodillas frente a mí. No entendía por qué se molestaba en llevar aquel salto de cama, pues no escondía nada en absoluto—. ¿Esto te pasa a menudo, Carl?

Negué con la cabeza.

—No había tenido un acceso así desde niño. No sé por qué demonios me ha venido.

—Caramba, pues no sabía qué pensar. Sonabas peor de lo que Jake suena a veces.

Estaba sonriendo, preocupada por mí. Pero en sus ojos castaño rojizos había una mirada calculadora. ¿Era yo un tío con arrestos, un hombre capaz de entretenerla como estaba mandado? ¿O no era más que un niñato medio enfermo, bueno para sacarse quince miserables pavos a la semana, y sin entretenimiento de por medio?

Al final se decidió, o eso parecía. Se levantó y cerró sus brazos sobre los míos, sujetándolos.

—¡Hmmm! —musitó, y me besó abriendo la boca—. ¡Contigo no hay quien pueda, mi pequeño cabrón! —murmuró—. ¡Menudo pieza estás tú hecho! A veces me entran ganas de...

Eso no me interesaba. Por el momento. No estaba de humor para el asunto. Así que empecé a manosearla sin muchos miramientos, lo que sirvió para romper la atmósfera del momento.

—¡Serás cabronazo! —Se echó a reír, con la espalda contra la pared del pasillo—. ¡Ni te atrevas, niño malo!

—Pues fréname entonces —dije—. Yo solo piso el freno cuando el semáforo está en rojo.

La vi reírse allí de pie, con casi todo fuera y bien a la vista. Mientras ella insistía en decirme que no mirara, que ni me atreviese. Y yo la miraba y la escuchaba. Me miraba y me escuchaba a mí mismo, desde el exterior de mi cuerpo. Y era como ver una película que has visto mil veces antes... Y... Y supongo que la cosa tampoco tuvo nada de especial.

Me afeité y me pegué el baño que no me había pegado la víspera. Me vestí, dándome algo de prisa cuando me llamó desde el piso de abajo, y bajé a la cocina.

Había preparado unos huevos con tocino y patatas fritas, así como unas naranjas cortadas en rodajas. Y al hacerlo había ensuciado la mitad de las sartenes y los platos de la cocina, pero al menos lo había preparado todo bien. Estaba sentada frente a mí, al otro lado de la mesa de la cocina, bromeando y riendo sin cesar, poniéndome café en la taza una y otra vez. Yo tenía muy claro lo que era aquella mujer, pero no podía evitarlo: me caía bien.

—¡Carl...!

—¿Sí? —dije.

—Eh... En relación con lo que estuvimos hablando ayer noche...

Fay esperó a que yo dijera algo. Pero no dije nada.

—Bah, qué demonios... —soltó finalmente—. Bueno, supongo que lo mejor será que vaya al centro a ver a Jake. Por mí puede quedarse fuera de casa tanto tiempo como quiera, pero está claro que tiene que pasarme algo de dinero.

—Es un fastidio que tengas que ir a verle —dije—. ¿Crees que no piensa volver?

—A saber lo que va a hacer. —Se encogió de hombros con irritación—. Lo más probable es que no vuelva hasta que sepan más de ti.

—Lo siento —dije—. Me sabe fatal que haya tenido que irse de casa por mi culpa.

Fay me dedicó otra de aquellas miradas pensativas, con los ojos entrecerrados tras el humo del pitillo.

—Carl... Todo va a arreglarse, ¿verdad? El sheriff... No va a haber problema con él, ¿verdad?

—¿Por qué tendría que haberlo? —apunté.

—¿Sigues pensando en estudiar aquí?

—Sería tonto por mi parte no hacerlo —respondí—. ¿No te parece?

—Pues no sé, la verdad. ¡Dejemos el asunto! —Soltó una risa preñada de irritación—. Creo que esta mañana estoy un poco alterada.

—Es porque vives en este pueblo —dije—. Porque te ves obligada a vegetar en un agujero como este sin nada que hacer. Tú no estás hecha para algo así. Tienes demasiada clase para este lugar. Me di cuenta nada más verte.

—¿Lo dices en serio, querido? —Su mano acarició la mía un segundo.

—Siempre podrías encontrar trabajo como cantante de algún tipo —dije—. Un trabajo que te permitiera vivir mejor.

—Ya. Es posible. No sé —respondió—. Si tuviera ropa bonita o la pasta necesaria para moverme un poco... Quizá podría encontrar un empleo así, pero la verdad, no sé, Carl. No sé si podría volver a trabajar, aunque sea para librarme de todo esto.

Asentí con la cabeza. Y a continuación di un nuevo paso. Probablemente era innecesario, pero no me costaba darlo y era posible que me ahorrase bastantes complicaciones.

—Tú también tienes miedo, ¿verdad? —dije—. Miedo de que esos tipos estén pensando en hacerle daño a la mujer de Jake Winroy...

—¿Miedo? —Frunció el ceño con sorpresa—. ¿Por qué iba a tenerlo...?

Según parecía, nunca había pensado en esa posibilidad. Y vi cómo la idea iba abriéndose paso en su interior, desarrollándose y creciendo. La idea hizo que el color le desapareciera del rostro y que sus labios empezaran a temblar.

—¡Pe... Pero yo no tuve nada que ver! ¡No pueden echarme la culpa, Carl! ¿Cómo iban a pensar que yo...? ¿No serán capaces de pensar que yo...? ¿Verdad que no, Carl?

—No tendrían que pensarlo —respondí—. No creo que lo pensaran, si supieran cómo te sientes.

—¡Carl! ¿Qué puedo hacer...? Por Dios, cariño, no sé cómo no se me ha ocurrido pensar antes en esa posibilidad...

Solté una risita. Había llegado el momento de dejar el asunto en suspenso. Su imaginación iba a ser más elocuente de lo que yo pudiera mostrarme.

—Vaya —dije—. ¡Mira qué hora es! Casi las once, y todavía no hemos terminado de desayunar.

—Pero Carl... Yo...

—Olvídalo. —Sonreí y dije—: ¿Y yo qué voy a saber de este tipo de cosas? Lo mejor es que vayas al centro de una vez.

Me levanté y empecé a retirar los platos. Al cabo de un momento más largo, ella también se levantó, pero sin terminar de encaminarse hacia la puerta.

La cogí por los hombros y le di un pequeño meneo.

—Es lo que yo digo —observé—. Este pueblo provoca que estés de los nervios. Sería mejor que este fin de semana te escapases a la ciudad.

Sonrió débilmente, todavía blanca como el papel.

—Lo de escaparme suena bien. Ojalá pudiera montármelo...

—Igual puedes montártelo a lo grande —dije—. ¿Tienes familia en la ciudad? ¿Alguien a quien visites de vez en cuando?

—Bueno, tengo una hermana que vive en el Bronx, pero...

—¿Crees que tu hermana te guardaría el secreto? ¿Estaría dispuesta a dar una explicación plausible si Jake llama preguntando por ti?

—La verdad, no sé... ¿Y por qué iba yo a...?

Me miró con el ceño fruncido, pestañeando una y otra vez. Me dije que igual la había medido mal, que igual me había pasado de listo con ella. Pero de pronto se echó a reír, suavemente, de forma un tanto ronca.

—¡Chico! —dijo—. ¡Ya decía yo que el chico nos había salido muy listo! Pero una cosa, Carl. ¿No resultará un poco sospechoso que los dos...?

—No iremos al mismo tiempo. Ya se me ocurrirá una forma de hacerlo.

—Muy bien, Carl. —Asintió con la cabeza rápidamente—. Pero no... No irás a pensar que soy una cualquiera, ¿verdad? Lo que pasa es que...

—No —dije—. No eres una cualquiera.

—Yo siempre soy leal a una persona, pero cuando se me agota la paciencia, se acabó lo que se daba. Ya no quiero saber más de esa persona. ¿Lo entiendes, Carl?

—Lo entiendo —dije—. Y ahora, lo mejor es que te vayas de una vez. O, si quieres, quédate, y ya me largo yo. No nos conviene que la gente se fije en que pasamos mucho rato juntos en la casa.

—Tienes razón, cariño. Ahora mismo me voy. Y, por favor, no te preocupes de lavar los platos. Ya los lavará Ruth.

—¿Vas a irte de una vez? —espeté.

Se echó a reír, me dio un beso y se marchó.

Lavé los platos y los dejé bien ordenados. Encontré un viejo martillo oxidado y salí al patio trasero. Junto al vallado del callejón había un cajón de madera medio roto. Extraje algunos clavos del cajón, fui al jardín delantero y me puse a reparar la entrada del vallado.

El problema tampoco era para morirse; un par de clavos en las bisagras habrían bastado para resolverlo hacía tiempo. Pero al dejar la cosa como estaba y tratar de cerrar la puerta a lo bestia una y otra vez, habían conseguido dejarla para el arrastre.

Бесплатный фрагмент закончился.

900,08 ₽

Жанры и теги

Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
Объем:
220 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9788490066416
Издатель:
Переводчик:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги