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Título original: Recoil

© Jim Thompson, 1953. Renovado en 1981 por Alberta H. Thompson

© Traducción de Antonio Padilla

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

OEBO273

ISBN: 978-84-9006-72-46

Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

1. DOC LUTHER

2. COSGROVE

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1

DOC LUTHER

Sin hacer ruido, probó de abrir la puerta del dormitorio de Lila y vio que estaba cerrada; a continuación fue a su propio dormitorio, cuya puerta dejó abierta para poder oír cualquier posible movimiento de Lila, y abrió el maletín.

Sacó las pólizas de seguro, las repasó un segundo y se las metió en el bolsillo interior de la chaqueta. Mañana haría que las guardaran en la cámara acorazada del banco.

Volvió a introducir la mano en el maletín y sacó otros papeles. Los estudió, con el ceño fruncido, con casi tanta desgana como la que le producían las pólizas de seguro. Con un gruñido de irritación, los barajó, hasta establecer una suerte de orden cronológico, y se puso a leer:

PENITENCIARÍA ESTATAL DE SANDSTONE

Clínica Psicológica Luther

Capital Street, esquina con Lee Street

Capital City

Estimados señores:

Esta es una petición de empleo bastante inusual. Espero que la lean hasta el final y la consideren con seriedad.

Tengo treinta y tres años de edad, me gradué en el instituto y, por medio de la lectura y el estudio, tengo unos conocimientos equivalentes a los que hubiera obtenido estudiando dos años en la universidad. Mido 1,80 y peso 77 kilos. A pesar de diversas dificultades, he logrado mantenerme en buena forma física. No estoy familiarizado con su negocio y no sé qué tipo de empleo pueden tener disponible. Pero estaría encantado de aceptar cualquier clase de trabajo —en este estado—, por el salario que a ustedes les parezca bien.

Los últimos quince años los he pasado como recluso en este centro, cumpliendo una condena de entre diez años y cadena perpetua por atraco a mano armada. El crimen que cometí no puede ser tomado a la ligera, y no es así como me lo tomo. Pero, con toda humildad, no veo qué consecuencias positivas puede tener la prolongación de mi estancia aquí.

Hace unos cinco años me fue otorgado el derecho a pedir la libertad condicional. Por desgracia, mis padres habían muerto y el único miembro de mi familia que me quedaba, una hermana casada, no estaba y no está en disposición de responsabilizarse de mí. Y, por supuesto, en el momento de ser condenado era demasiado joven para haber establecido alguna relación de tipo profesional o comercial. Como sin duda saben, un preso no puede salir en libertad condicional si no tiene un empleo en el exterior; el recluso está obligado a acreditar su capacidad para ganarse la vida. Les pido que me ayuden a hacerlo.

¿Serían ustedes tan amables de responder a esta misiva? Aunque, pensándolo mejor ¿estarían sencillamente dispuestos a dirigirse a la Comisión de la Libertad Condicional en relación con mi caso, en la forma que suele ser habitual cuando una persona o institución se interesa por un recluso? La comisión está en disposición de responder a todo cuanto quieran saber sobre mí, lo que serviría para aclarar todo posible malentendido derivado del hecho de que me haya decidido a escribirles.

Muy atentamente,

Patrick M. Cosgrove (n.º 11.587)

Bibliotecario, Penitenciaría Estatal de Sandstone

Sandstone...

Luther creía estar acostumbrado a las aberraciones. Pero con Sandstone era imposible no escandalizarse. Sandstone no era una cárcel. Era una casa de locos en la que quien estaba loco era el director, y no los inquilinos. En Sandstone tan solo había una forma de sobrevivir: llegar a ser más duro y más retorcido que el propio director. Si lo hacías —si conseguías caerle en gracia al hombre con los ojos extraordinariamente brillantes y la risa impredecible—, no solo sobrevivías, sino que lo hacías con relativa comodidad.

Pero no podías bajar la guardia en ningún momento. Podías terminar por cansarte del juego, pero aquel hombre no se cansaba jamás. Y cuando te cansabas o empezabas a descuidarte en el juego...

PENITENCIARÍA ESTATAL DE SANDSTONE

Oficina del director

Dr. Roland Luther

Capital Street, esquina con Lee Street

Capital City

En referencia a: Pat Airplane Red Cosgrove

Querido Doc:

Es estupendo saber de ti y ojalá pudiera estar contigo en la gran ciudaz. Siempre digo que eres el perfecto hanfitrión que hace lo posible para que un amigo se divierta y que lo pasemos en grande la última vez que nos vimos con los amigos. Pero bueno, al leer tu carta me han entrado ganas de ir a la celda de ese hijo de p. y darle lo suyo. Pero como me pides que lo deje en paz, pues vale, lo que tu digas, y la verdaz es que la cosa tiene su gracia. Ya conoces al Jefe, mi secretario. Bueno, pues yo sé que el Jefe es el que te ha enviado esa carta de Cosgrove y seguramente ha estado enviando cien cartas suyas más. Pero es complicado conseguir que lo reconozcan. Me digo que podríamos ahorcarlos a los dos y seguirían sin reconocerlo. Y, bueno, yo admiro a los que son leales y no se van de la lengua, y sé que a ti te pasa igual. Así que arréglalo todo como mejor te parezca, pero eso sí, dime como vas a hacerlo, para que pueda seguirte la corriente en lo que pueda. Avisame por teléfono cuando vayas a venir. Y, bueno, ahora te dejo, pues estoy escribiendo esto yo mismo en lugar de ese hijo de p. del Jefe. ¡Vamos a darles una sorpresa de campeonato!

Tu s. servidor,

Yancey Fish

P. D.: Doc, ya sabes qe está prohibido entrar botellas de whisky en la cárcel, así que como te pille con una caja o dos, voy a tener qe confiscarlas. ¡Ja, ja, ja!

Y. F.

Bueno, Fish no los había ahorcado, pero sí que les había amenazado con todo lo demás; aunque cada uno de aquellos dos hombres había aguantado el chaparrón a su manera, los resultados habían sido idénticos en ambos casos.

El Jefe, indio puro y condenado a tres cadenas perpetuas, se había limitado a sonreír con insolencia y a responder con evasivas. Cosgrove, un pelirrojo de ojos azules, había hablado mucho: con cortesía, no sin humor, puntilloso en expresarse con corrección... pero sin decir nada. No iba a delatar al Jefe, el hombre que estaba claro que lo había ayudado. Ninguna amenaza ni ningún soborno iba a hacerle cambiar de idea.

A Luther le inquietaba un poco la evidente inteligencia de Cosgrove. Aun así, en todos los demás aspectos, Cosgrove se ajustaba a cuanto él necesitaba. Y Luther no pensaba darle la menor ocasión para que pudiera aplicar esa inteligencia suya.

OFICINA DEL GOBERNADOR

A la atención de Yancey L. Fish

Director de la Penitenciaría Estatal de Sandstone

Saludos cordiales:

Considerando que tiene usted bajo su custodia al señor Patrick M. Cosgrove;

Considerando que el susodicho Patrick M. Cosgrove ha cumplido quince años de condena y que asimismo cumple los requisitos necesarios para que su caso sea considerado por la Junta de Concesión de Libertad Condicional;

Considerando que el señor Roland T. Luther, doctor en Medicina y ciudadano con buena reputación, ha ofrecido empleo al susodicho Patrick M. Cosgrove durante dos años a contar desde la fecha de este documento; y que el susodicho doctor Roland T. Luther se ha ofrecido a ayudar por todos los medios al susodicho Patrick M. Cosgrove a llevar una existencia de conformidad con las leyes del país;

En consecuencia dispongo que Patrick M. Cosgrove a partir de la fecha de hoy quede en libertad condicional bajo la custodia del doctor Roland T. Luther durante un período de dos años, o hasta y/o en caso que sea necesario el reingreso del susodicho Patrick M. Cosgrove en su actual centro de detención.

Asimismo, dispongo que, en caso de finalización satisfactoria del mencionado período de libertad condicional, el susodicho Patrick M. Cosgrove vuelva a ser considerado un ciudadano con todos los derechos y privilegios subsiguientes.

FIRMADO Y SELLADO:

Louis Clements Clay

Gobernador del estado, presidente de la Junta de Concesión de Libertad Condicional

Bueno, ahí lo tenía: el principio y el final de todo. Y ahora que había revisado todo, documento a documento, Luther no terminaba de librarse de la idea de que la jugada era tan estúpida como peligrosa. Si Hardesty no hubiera estado completamente seguro de que iba a funcionar... Pero Hardesty estaba completamente seguro. Tenía clarísimo que, bajo las circunstancias que estaban creando, las compañías de seguros iban a tener que pagar, y pagar con rapidez. Era la opinión profesional de Hardesty como abogado, y Hardesty hasta la fecha nunca se había equivocado en lo referente a una cuestión legal.

Y bueno —Luther suspiró y empezó a desvestirse—, la cosa ya estaba hecha. Hubiera preferido que Cosgrove no fuese una persona que suscitara tantas simpatías, pero, por desgracia o no, resultaba necesario que fuese así. Tenía que existir alguna razón que justificase sacarlo de Sandstone.

Oyó que se abría la puerta del dormitorio de Lila y se detuvo a medio descalzarse de un zapato. Lila estaba plantada en el pasillo, con el abrigo de pieles doblado sobre el brazo.

—No puedes dormir, ¿eh? —dijo él—. Bueno, pues espero que hayas concertado una cita con alguien. Encontrar plan en los bares es complicado a estas horas de la noche.

Lila sonrió débilmente y con expresión de disculpa.

—Pero, Doc, después de todo soy humana...

—Interesante —repuso él, dejando que el zapato cayera al suelo—. Una opinión interesante, aunque también cuestionable.

—Tú... ¿no te importa que salga un rato?

—Me da igual lo que hagas.

—Necesito algo de dinero, Doc.

—Ya iré al banco por la mañana.

—Con un talón me arreglaría...

—Tú —recalcó Luther—, tú vas a hacer exactamente lo que te digan. Exactamente. ¿Me has entendido?

—Lo he entendido —repuso Lila con lentitud—. A la perfección.

2

COSGROVE

Son las cinco de la mañana de mi segundo día en este lugar y llevo despierto desde la una.

¿Ilusionado y feliz? Supongo. Supongo que, bajo esta descolorida máscara que me sirve como rostro, continúo gritando de júbilo y entusiasmo. Pero un hombre tan solo puede disfrutar de algo hasta cierto grado y luego llega el sueño.

Preferiría no haber bebido nada ayer, durante el trayecto a este lugar. Estoy seguro —casi— de que no dije ni hice nada inconveniente. Y, sin embargo —por supuesto—, no puedo estar absolutamente seguro.

Asentí con la cabeza en gesto de conformidad cuando él me explicó que nunca bebía cuando tenía que conducir; también expresé mi gratitud por su comprensión ante mi necesidad de «olvidar». Bebí sin apresurarme y, una vez que hube liquidado una tercera parte de la botella de licor, empezaron las preguntas.

¿Por qué había decidido escribirle? La respuesta a esta pregunta era fácil. Las únicas publicaciones que nos llegaban a la cárcel eran folletos publicitarios, publicaciones «de circulación confidencial» editadas con el propósito de sacarles el dinero a los individuos y las empresas que estaban haciendo —o esperaban hacer— negocios con los políticos en el poder. Había obtenido su dirección en un anuncio insertado en uno de esos folletos. También obtuve de la misma manera las direcciones de todos los demás a quienes escribí.

¿Entendía yo por qué me había hecho pasar por toda aquella comedia con Fish, el director de la prisión? No estaba en disposición de poner en cuestión sus acciones, respondí (y con bastante sinceridad), pero creía entenderlo. Fish exigía absoluta lealtad a las personas con quienes se relacionaba. Y no gustaba en absoluto de quienes estuvieran dispuestos a sacrificar dicha lealtad en aras del interés propio.

¿Yo tenía parientes próximos o amigos íntimos? No. Tenía una hermana, casada, que todas las Navidades me enviaba una breve nota. A petición suya, nunca le respondía. Nuestra única vinculación era el accidente del nacimiento.

¿Qué había leído? Todo cuanto había en la biblioteca de la cárcel, a la que no parecía haber llegado ningún libro desde 1920. Todas las obras de Shakespeare, Dickens, Swift, Twain, Addison y Steele, Rabelais, Schopenhauer, Marx, Scott, Verne, Wilde, Cervantes, Maquiavelo, la serie completa de Rover Boy, Lewis Carroll, la Biblia, el...

Sin dejar de hablar, ajusté el retrovisor lateral de mi ventanilla hasta aprisionar el reflejo del doctor Luther dentro de su marco niquelado. El doctor parecía estar lo bastante satisfecho con mis respuestas, aunque, a causa de tres dientes superiores un tanto salidos, la mera relajación de sus rasgos en ocasiones puede darle la apariencia de estar sonriendo.

Diría que tiene unos cincuenta años, aunque, una vez más, también es difícil estar seguro. Tiene el pelo fino y de color arenoso. También tiene un sobrepeso considerable para su estatura, que es algo menor que la mía. Y además tiene los ojos saltones bajo unas gafas de gruesos cristales. Si a todo esto le añadimos una voz suave que pasa abruptamente de lo preciso y lo gramaticalmente correcto a lo argótico y lo vulgar... uno se encuentra ante un hombre cuya edad, lo mismo que su propia personalidad, no resulta fácil de discernir.

Seguí hablando sin dejar de observarlo mientras pasaban los kilómetros, consciente de que las palabras me salían con una dificultad cada vez mayor. Consciente, hasta que dejé de estarlo...

Cuando me desperté, unas horas después, nos encontrábamos a tan solo quince kilómetros de la ciudad, y el coche estaba girando en dirección a un bar de carretera emplazado cerca de la orilla de un gran lago.

Por lo que parecía, el establecimiento había sido bastante lujoso en otra época, bastante tiempo atrás. Ahora estaba en absoluta decadencia. Éramos los únicos parroquianos. Al mirar por la ventana, entendí por qué. Lo que había tomado por un lago en realidad era un río: una ancha extensión de lodosas aguas sucias que avanzaban penosamente, con los residuos del campo petrolífero de la ciudad.

A pesar de las ventanas bien cerradas y del sistema de aire acondicionado, era perceptible un ligero y desagradable olor a sulfuro.

—Un regalito de las compañías petrolíferas de la ciudad —dijo, con una risa repentina y amarga—. A este yacimiento le han sacado mil millones de dólares, y cada día le están sacando más dinero. ¡Pero no pueden permitirse eliminar esta porquería!

No respondí. Volvió a reír de la misma forma, con la mirada fija en el plato que apenas había tocado.

—Mejor será que hable claro —anunció con brusquedad—. Pat, voy a poner las cartas sobre la mesa. Con usted voy a ir de cara. Total, lo que voy a decirle lo averiguaría en las próximas veinticuatro horas, así que...

—Sí, señor.

—Llámeme Doc. Es como me llama todo el mundo.

—Muy bien, Doc.

—Soy psicólogo titulado, pero hace años que no practico. No puedo darle empleo en la clínica porque en realidad no tengo clínica alguna. Es una simple tapadera para mis negocios. Para mis chanchullos, hablando en plata.

Me lo quedé mirando fijamente.

—Me ha sacado de Sandstone, Doc —dije—. Es todo cuanto necesito saber sobre usted.

—Bueno... Por supuesto, no tengo por qué justificarme. Qué demonios, hay una razón por la que este estado es conocido como el corazón de la América balcánica. Y cuando uno tiene que escoger entre comer o ser comido, ¿qué es lo que va a hacer?

—Comer —respondí.

Emitió una risita e hizo amago de soltarme un puñetazo en la barbilla.

—Es usted listo, Pat; le irá bien aquí. Bueno, lo que tenía pensado era conseguirle un trabajo como funcionario del estado. Un trabajo para el que no haga falta ninguna formación. ¿Cómo lo ve?

—Lo que usted diga me parece bien —repuse—. Pero...

—¿Sí?

—¿Cómo puedo serle de utilidad si no voy a trabajar para usted?

—¿Y por qué tiene que serme de utilidad? —Su voz de pronto se había convertido en un gruñido irritado—. ¿En su mente no cabe que puedo estar tratando de ayudarlo de forma desinteresada? ¿De darle una oportunidad cuando nadie más está dispuesto a hacerlo?

—No quería ofenderlo —dije—. Simplemente tenía la esperanza de hacer algo por usted a cambio del favor que me está haciendo.

—Mire, dejémoslo —zanjó—. Quizá sea mejor que nos vayamos de aquí. Es más tarde de lo que pensaba.

Estuvo conduciendo con lentitud, echando miradas ocasionales al serpenteante río de barro, que, con la excepción de su hedor, fue perdiéndose gradualmente en la oscuridad.

3

Cruzamos por el barrio de las tiendas y las oficinas, por parte del distrito residencial y llegamos al edificio sede del gobierno estatal. Como quizá ya sabe todo el mundo, dicho edificio está enclavado en una enorme parcela de casi tres kilómetros cuadrados; se trata de los últimos terrenos llanos que hay en esa parte de la ciudad.

Doc enfiló hacia el sur por una calle que conducía a un cañón y, cosa de un kilómetro y medio después, se detuvo ante una casa encajonada sobre la ladera de una colina.

Se trataba de una casa bastante antigua, de dos pisos y planta cuadrada, con una larga galería en la fachada delantera. Con la salvedad de los enrejados cubiertos de hiedra que prácticamente ocultaban las ventanas, daba la impresión de estar fuera de lugar en un entorno como aquel.

Doc condujo el coche por el caminillo del jardín y lo aparcó en la única plaza libre que quedaba en el garaje de cuatro plazas. Un cupé, un deportivo y otro sedán —todos últimos modelos— ocupaban las plazas restantes. Echamos a andar por el caminillo y llegamos a la puerta delantera de la vivienda.

Se encontraba abierta y las luces del interior estaban encendidas. Había un pasillo, con habitaciones a uno y otro lado, que conducía directamente a la parte posterior. Al echar una mirada escaleras arriba, vi que la planta superior tenía la misma distribución.

Con un gesto, Doc me indicó que lo siguiese escaleras arriba.

Tras llegar al piso de arriba, nos detuvimos ante la primera puerta a la derecha. Doc levantó la mano.

Del interior llegaba una música a bajo volumen; oí que un hombre estaba hablando con una voz ronca y queda y que una mujer reía con suavidad.

Doc llamó a la puerta sin hacer mucho ruido. La conversación y las risas cesaron. Se oyó un movimiento en el interior, así como el clic de una puerta al ser cerrada.

—¿Quién es?

—Doc.

—Ah. —En la voz ronca resonó una nota de irritación.

Una llave giró en la cerradura y la puerta se abrió de golpe.

El hombre tendría unos cincuenta años y era bajito, más bien gordo, no muy distinto a Doc en lo físico. A pesar del pelo desgreñado, del rostro enrojecido por el alcohol y del hecho de que iba vestido en pijama, su expresión era pomposa. Hizo caso omiso de Doc y me miró con el ceño fruncido.

—¿Y usted quién carajo es? —quiso saber.

—Es el joven de Sandstone del que le hablé —intervino el doctor Luther—. Pat, le presento al senador Burkman. El senador ha sido de mucha ayuda a la hora de conseguir su puesta en libertad.

Burkman abrió mucho los ojos, de modo exagerado, y hundió uno de sus dedos rollizos en mi pecho.

—Y un carajo es él —resopló—. A mí no me engaña. Como mucho, este chaval se ha escapado de la escuela religiosa de los domingos.

Doc le sonrió muy débilmente. O igual no sonrió en absoluto. Aquellos colosales dientes superiores suyos resultaban engañosos.

—¡Pero bueno! —exclamó el senador, estrechándome la mano con fuerza—. Pat... Pat Cosgrove, ¿no es así? Me alegro de haber podido ayudarlo. Es una lástima que no haya podido conocerlo en circunstancias más propicias. —Se echó a reír y me dio una palmadita en el hombro.

—Espero no haberlo molestado —dijo Doc—. Tenía miedo de que se marchara antes de que tuviera ocasión de verlo. Pat necesita un empleo.

—Pensaba que era usted quien iba a proporcionarle trabajo. Yo ya he hecho bastante.

—Es una lástima que vea las cosas de esa forma —respondió Doc—. Me pregunto si puedo decir algo que sirva para hacerle cambiar de idea.

Se quedó mirando a Burkman con aire pensativo y con los tres dientes salientes descansando sobre el labio inferior. Burkman se ruborizó.

—Ya me gustaría, Doc. Pero resulta que necesito todos y cada uno de los empleos que quedan por adjudicar en mi distrito electoral. ¡Las próximas elecciones se presentan muy reñidas, amigo! ¿Por qué no lo habla con Flanders, con Dorsey o con Milligan?

—Ellos también van a tener que vérselas con unas elecciones muy reñidas.

—Bien... —Burkman vaciló con el ceño fruncido—. En fin, qué demonios. Voy a cumplir. Mañana lléveselo a hablar con los de la Comisión de Carreteras.

—¿Le parece que mencione su nombre a Fleming?

—Sí... No. Yo mismo hablaré con él.

Cerró la puerta al momento, como si tuviera miedo de que fuéramos a pedirle otros favores. Doc y yo bajamos por la escalera.

Recogió su sombrero de la banqueta, insertó una llave en la puerta situada junto a la entrada y me hizo una seña para que entrara.

—¡Cariño! —llamó—. ¡Lila!

Me dejó donde estaba, se dirigió a la estancia adyacente y atravesó el resto del apartamento.

Miré en derredor. Me dije que la sala estaba un poco demasiado llena de cosas para que la decoración fuera de buen gusto. Había varias estanterías atestadas de libros, un piano y un aparato que era una combinación de radio, fonógrafo y televisor. Junto a la ventana había un largo canapé y un diván más largo todavía al otro de la estancia, una tumbona y tres sillones mullidos a más no poder. Aproximadamente en mitad de la sala había una mesita baja con cubierta de espejo y una maceta insertada en el centro.

Doc regresó y cerró la puerta a sus espaldas de un portazo.

—La señora Luther no está —dijo con irritación—. Tampoco esperaba que lo estuviera, o eso supongo. En fin...

Alguien llamó a la puerta exterior, interrumpiéndolo. La abrió de golpe.

—¿Y tú por dónde andabas? —inquirió al negro vestido con chaquetilla blanca en el umbral.

—Atendiendo al grupo del ala norte, señor. —El negro, un joven esbelto y de rasgos agraciados, sonrió con intención apaciguadora—. Uno de los caballeros se puso un poco enfermo.

—¿La señora Luther ha dejado algún mensaje para mí?

—No, señor.

—¡Ya! —soltó Doc—. Supongo que has dejado preparada la habitación sur de la parte posterior, ¿no es así? ¿O es que te has olvidado?

—Diría que está preparada, señor. Y quisiera añadir que...

—Vamos allá. Usted también, Pat.

Fuimos por el pasillo; Doc delante, y el negro y yo detrás. Al llegar frente a la última puerta a la derecha, el negro dio un paso al frente, sacó una llave con llavero del bolsillo y abrió la cerradura. Encendió la luz, y luego Doc y yo entramos pasando por delante.

Era una habitación del tipo que uno encontraría en un hotel de primera categoría. Los escasos detalles individuales consistían en una minúscula barra de bar con dos botellas, un humidificador para cigarros sobre un soporte giratorio y con tres clases de cigarros, así como un revistero con diversas publicaciones.

Doc encendió la luz del cuarto de baño y de nuevo se giró hacia el negro.

—Así que todo estaba preparado, ¿eh? —espetó—. ¿Y dónde están los pijamas, el cepillo de dientes, el peine, los artículos de afeitado? ¿Y las camisas, los calcetines, la ropa interior... todas esas cosas que te ordené que compraras?

—Las tengo todas, señor. Todas. Lo que pasa es que no me ha dado tiempo a...

—¡Bueno, pues manos a la obra! ¡Y llévate ese teléfono de aquí! —Doc me miró con una nota de disculpa en los ojos—. Pensé que no iba a hacerle falta, Pat.

—Y no me hace falta en absoluto —repuse.

Se dejó caer en un sillón y echó la cabeza hacia atrás. Se quitó las gafas y procedió a limpiar los cristales con aire pensativo. Me producía lástima y cierto embarazo. Resultaba más bien penoso ver a un hombre trastornado por una mujer que, era evidente, no tenía la menor consideración por sus sentimientos.

El negro desconectó el teléfono y se marchó con él. Volvió al cabo de un minuto o dos y empezó a apilar diversos artículos en la cómoda y el cuarto de baño. Cuando terminó, Doc le dijo que nos preparase un par de copas.

—Esta noche estoy muy cansado, Willie —comentó, mientras el joven le entregaba la suya—. Siento haberte hablado con brusquedad.

—No hay problema, doctor.

—Si la señora Luther vuelve antes de una hora o así, por favor dile que estoy aquí.

—Sí, señor.

El negro se fue, cerrando la puerta sin hacer ruido. Doc se volvió hacia mí y me señaló con el vaso.

—Bueno, Pat... ¿Cree que va a arreglárselas en este lugar?

—No sabría decirle —respondí—. Ya sabe cómo son las cosas en Sandstone. Allí nunca falta de nada y el huésped siempre tiene razón.

Sonrió, y añadí que no era necesario que se desviviera tanto por mí. Estaba más que dispuesto a dormir en cualquier rincón, y no por ello me sentiría menos agradecido.

—Olvídelo, Pat —dijo—. Esta es la habitación más sencilla que tengo. Y no me siento inclinado a discriminar a mi único huésped digno de tal nombre. Y bien, ¿qué le ha parecido el senador?

—No voy a formarme ninguna opinión —respondí—. Durante los próximos dos años, por lo menos, me limitaré a tomar prestadas las suyas.

—Entiendo que lo dice en serio.

—Así es.

Con la mirada baja, removió el whisky en su vaso.

—Pat, espero sinceramente que todo esto termine saliendo bien. La verdad, es usted considerablemente distinto a lo que me imaginaba. No creía posible desarrollar un interés personal tan grande en... eh...

—¿En un atracador de bancos? No me dediqué mucho tiempo a ese tipo de negocio, Doc.

—Por supuesto, me alegro de que nos llevemos así de bien —prosiguió—. Pero lo que estoy tratando de decirle es que me llevaría un disgusto bastante mayor de lo esperado si algo malo le sucediera.

—¿Algo malo? —apunté.

—En relación con su libertad condicional —precisó con una celeridad que me resultó extraña—. Supongo que es consciente de que la decisión ha sido tomada de forma un tanto irregular.

Tragué saliva. Con dificultad.

—¿Me está diciendo que hay cierto peligro de que...?

—Bueno, no nos pongamos nerviosos. Tan solo quería advertirle que vamos a pasar un mal rato cuando nos presentemos ante Myrtle Briscoe mañana por la mañana. Ya sabe quién es. La directora de prisiones del estado. Y la presidenta de la Junta para la Concesión de Libertad Condicional.

—Lo sé, sí —dije—. Espero que...

—Myrtle preferiría que se pudriese en el infierno antes de otorgarle a usted la libertad condicional a mi cargo o al de alguno de mis conocidos. Y sin pestañear. Pero resulta que Myrtle a veces tiene que ausentarse de la capital por razones de fuerza mayor y, por ley, el gobernador entonces se convierte en el director y presidente en funciones. La ley establece que ejerza como director de todo departamento en ausencia del titular.

—Pero, según tengo entendido, se supone que el gobernador no tiene que hacer uso de dicha prerrogativa...

—No, excepto en caso de emergencia, y me parece muy improbable que pueda darse una emergencia de ese tipo. Es un aspecto clave del principio democrático. Myrtle ha sido elegida (y solo Dios sabe cuántas veces, por cierto) porque a los votantes les gustan sus principios. El gobernador, quien tan solo está en el cargo para rapiñar todo lo que pueda, ofrece otras cosas a los votantes.

—¿Qué...? —Tragué saliva otra vez—. ¿Qué es lo que esa mujer puede hacer, Doc?

—No quiero que se ponga nervioso, Pat. Daba usted la impresión de ser un hombre con la cabeza muy fría y por eso me dije que podría sincerarme con usted.

—Puede hacerlo —respondí—. Voy a hacer lo posible para olvidarme del infierno de Sandstone.

—Bueno, pues no hay nada que ella pueda hacer. No puede impedir lo que es un hecho consumado. Sí, claro, siempre puede explayarse en los periódicos, valerse de sus influencias y demás, pero todo ese esfuerzo tampoco le serviría de mucho. Usted ya está en la calle. Su táctica va a ser la de explotar dicha circunstancia.

—¿Y cómo puede hacerlo?

—De muchísimas maneras, más de las que se me ocurren en este momento. —Bostezó y se levantó del sillón—. Pero, bueno, de eso me ocupo yo. Sabremos más al respecto por la mañana, cuando vayamos a hacerle esa visita de cortesía.

—¿No podríamos...? ¿Estamos obligados a ir a verla? —pregunté.

—Pues claro que sí. Cualquier retraso por nuestra parte sería muy arriesgado. Es más, supongo que tendrá que ir a verla una vez al mes a lo largo de la duración de la libertad condicional. No creo que Myrtle vaya a dejar un caso como el suyo en manos de cualquier funcionario de tres al cuarto.

—Ya —dije—. Quien avisa no es traidor.

Soltó una risita y se dirigió hacia la puerta.

—Eso está mejor. Está bien comprobar que no me equivocaba en lo referente a usted. Lo último que me hacía falta era que estuviese hecho un manojo de nervios.

—Entiendo —dije—. Haré lo posible por no molestarlo.

—Bueno, tampoco es para tanto. Va a necesitar mucha ayuda para ponerse al día, y para mí será un placer proporcionarle esa ayuda. Lo único que no quiero es que se ponga nervioso sin razón y nos complique las cosas a los dos.

Nos dimos las buenas noches.

Empecé a desvestirme, preguntándome cuáles eran sus motivaciones y el porqué de dichas motivaciones. Al final todo se reducía a saber qué clase de individuo era en realidad: el hombre amenazador de mirada fría que había achantado a Burkman o la persona que se había mostrado indignada con la contaminación en el río y avergonzado de formar parte de una estructura contaminante en general.

Fuera cual fuera la respuesta, una cosa estaba clara: Doc Luther era preferible, y con mucho, al director Fish. Me sucediera lo que me sucediera, nada podía ser peor que encontrarme en Sandstone otra vez. Antes prefería estar muerto.

Me acosté con ese pensamiento en la mente.

4

El pequeño despertador de la mesita de noche sonó a las siete. Después de haberme duchado y afeitado, otro negro vestido con chaquetilla blanca entró con un carrito con el desayuno.

Se presentó como Henry e hizo una discreta y educada mención al hecho de que era el hermano de Willie. Entró y salió de la habitación en apenas cinco minutos, incluyendo el tiempo que necesitó para quitar las tapas plateadas de los platos, servirme el café en la taza y dejar un periódico de la mañana junto a la cafetera.

Terminé de vestirme y me senté a la mesa.

Por lo que parecía, el cocinero de Doc era tan excelente profesional como los demás sirvientes. En la bandeja había galletitas calientes, pomelo cortado y servido sobre escamas de hielo, copos de avena preparados de tal modo que cada copo estaba desligado de los demás, así como una dorada y esponjosa tortilla de beicon, tan ligera que daba la impresión de flotar.

Doc me invitó a conducir su sedán a la ciudad. Me daba cierta aprensión hacerlo, pero insistió, y la conducción de hecho me resultó fácil una vez que me acostumbré al funcionamiento del cambio de marchas automático.

No había estado en Capital City desde mi primer año en el colegio. Por entonces era una ciudad de buen tamaño con profusión de parques, calles anchas y limpias, y viviendas modestas y de apariencia confortable. Las calles ahora se veían sucias y llenas de tráfico, en muchos de los solares donde antes había una casita bonita y solitaria hoy se levantaban dos y hasta tres feas casuchas, y los parques eran islas de torres de perforación de los pozos petrolíferos cercadas por vallados de alambre de espino. Había casas hermosas, claro está, algunas de las cuales ocupaban una manzana entera con sus extensos y bien cuidados céspedes. Pero tales viviendas acentuaban la imagen generalizada de decadencia y sordidez en vez de suavizarla.

Metí el coche en un aparcamiento al aire libre que Doc me indicó, y nos quedamos varios minutos sentados en el interior del vehículo mientras examinaba el periódico. Finalmente lo dobló de cualquier forma, lo arrojó al asiento trasero y echó mano a su billetera.

—Aquí tiene cuarenta dólares, Pat. Le servirán para ir tirando hasta el día de cobro.

—Yo...

—Sí, ya. Se siente agradecido. Y espera poder demostrarme su agradecimiento algún día. Si veo la oportunidad de que me lo demuestre, por este favor o por cualquier otro, ya se lo haré saber. ¿Alguna cosa más?

—Iba a darle las gracias —dije—, pero supongo que es mejor que no lo haga.

—Ya me las ha dado. Y ahora vamos a ocuparnos de la ropa.

Cruzamos la calle y fuimos andando hasta la esquina, donde me hizo entrar en una tienda.

Un hombre alto y con el cabello gris, vestido con americana negra y pantalones de rayas, salió corriendo a recibirnos.

—Ah, doctor... —dijo—. ¿Podemos ayudarle en algo?

Doc le estrechó la mano con expresión indiferente.

—Si le parece, ocúpese de mi amigo —indicó—. Le presento al señor Cosgrove, Williams.

—Será un placer. —Williams sonrió con muchos dientes y estrechó mi mano blandamente, sin que pareciese reparar en la ropa que llevaba puesta.

—El señor Cosgrove ha estado enfermo una larga temporada —agregó Doc—, y necesita un vestuario completo, pero además tenemos una cita antes de una hora. Necesitaría algo de ropa de inmediato, para salir del paso, y que le tomasen las medidas para hacerle un par de trajes, así como todos los complementos necesarios. Envíenmelo todo a casa cuando lo tengan listo.

—Por supuesto —dijo Williams—. En un momento arreglamos lo del señor Cosgrove. Bien, si me permite que le enseñe...

Doc vaciló un instante, mientras se fijaba en una americana deportiva de tweed. Hizo amago de adentrarse en la tienda, pero en ese momento dirigió una ojeada a la calle. Y su cuerpo entró en tensión.

—No voy a poder quedarme —me advirtió—. Reúnase conmigo en el coche cuando haya terminado, Pat. Williams, dejo al señor Cosgrove en sus manos.

—Gracias, doctor.

—Y apúntenlo todo en mi cuenta.

—Naturalmente, doctor. Si es usted tan amable, señor Cosgrove...

Doc salió a la calle, andando con paso rápido e irritado. Dejé que Williams me guiara al interior de la tienda.

Los siguientes treinta minutos se desarrollaron a ritmo de comedia. En los pies me iban calzando y descalzando zapatos, mientras me iban cubriendo los hombros con diferentes americanas. Me probé varios pantalones al tiempo que me encasquetaban un sombrero tras otro en la cabeza. A mi alrededor revoloteaba un enjambre de dependientes vestidos de gala y llevando chaquetas, pantalones, corbatas y camisas, sombreros y zapatos en las manos. Williams, por su parte, iba apostillando «Bastante bien», «Perfecto» o «Me temo que esto no».

Poco a poco los empleados fueron desapareciendo hasta que me quedé a solas con Williams y un dependiente que estaba terminando de meterme un pañuelo de lino en el bolsillo de la pechera, al tiempo que Williams me llevaba por el brazo hasta un espejo triple.

—No sé cómo lo han hecho, la verdad —dije finalmente. Y era difícil dilucidar quién estaba más satisfecho, si ellos o yo.

Williams me acompañó a la puerta, donde nos despedimos con un nuevo apretón de manos. Crucé la calle en dirección al aparcamiento.

En él ahora había bastantes más vehículos. El automóvil de Doc estaba encajonado entre otros dos coches. No reparé en que Doc estaba con otra persona hasta que estuve prácticamente tras el sedán. La puerta del coche se cerró con estrépito y oí que el desconocido soltaba un juramento.

—¡Estás comportándote como un tonto! —exclamó—. ¡Vas a fastidiarlo todo por culpa de tus malditos celos!

—Pues no me des motivos para estar celoso —espetó Doc—. Estamos hablando de mi mujer. Y más te vale no olvidarlo.

—¡Ya te he dicho que era una simple cuestión de negocios!

—Negocios o no...

—¡Que te den! ¡Y ni se te ocurra pasarte de listo o te arrepentirás!

El hombre de pronto surgió en el angosto espacio existente entre los dos automóviles, con la cabeza gacha y ciego de rabia. Me las arreglé para chocar con él y hacerle la zancadilla. Cuando tropezó le solté un pequeño codazo en la tráquea.

Tuve que agarrarlo para que no cayera despatarrado.

5

Era un cuarentón apuesto, moreno, con los ojos penetrantes y la expresión decidida. Comprendí que a la señora Luther pudiera gustarle. De forma instintiva, sin poderlo remediar, me cayó bien. Aunque le había sacudido un poco, tras dirigirme una mirada asesina, hizo lo posible por componer una media sonrisa.

Doc salió del coche y lo ayudó a levantarse. Me miró como si no estuviera muy contento conmigo.

—¿Estás bien, Bill? —preguntó—. ¿Puedo ayudarte en algo...?

El otro negó con la cabeza.

—No... Dame un segundo y me recupero.

—No tendría que haber hecho eso, Pat —me reprendió Doc—. Era totalmente innecesario.

—Lo siento —contesté—. Ha sido un accidente.

—Bueno, pues la cosa podría haber sido muy seria. Por lo que he visto...

—¡Por favor! ¡Deja ya de meterte con él! —El tipo terminó de enderezarse y, hablando en tono normal, añadió—: Pat ha pensado que tenías problemas y ha hecho lo posible por ayudarte. Así que deja las reprimendas para otro momento y preséntanos como es debido.

—Desde luego —dijo Doc—. El señor Hardesty, Pat Cosgrove. El señor Hardesty es abogado, Pat. Y ha sido de gran ayuda a la hora de conseguir que en Sandstone te pusieran en libertad.

Otro más, pensé. ¿Cuántos? ¿Cuánto? ¿Por qué?

—¡Ha sido un placer! —indicó Hardesty estrechándome la mano con fuerza—. Contigo se habían portado muy mal, hijo. Y me alegra ver que has conseguido superarlo todo bien.

—Muchas gracias —respondí.

—Como digo, ha sido un placer. Veo que tienes agallas, Pat, y eso me gusta. Me gustan los hombres dispuestos a hacer lo que sea para ayudar a un amigo. —Sus cálidos ojos oscuros recorrieron mi cuerpo con admiración—. El chaval tiene una pinta formidable, ¿verdad, Doc?

—Pat y yo tenemos que irnos —informó Doc—. Tenemos que hablar con la directora de prisiones a propósito de la libertad condicional de Pat.

—Con la loca de Myrtle, ¿eh? —Hardesty soltó una risita—. No os envidio para nada. Si os da demasiados problemas...

—Creo que puedo manejarla —dijo Doc.

—Si tú no puedes manejarla, es que nadie puede —convino Hardesty. Sonrió, asintió con la cabeza en mi dirección y se marchó de allí silbando.

Me senté en el coche junto a Doc y me puse a conducir en dirección a la sede del gobierno estatal.

Doc guardó silencio durante varias manzanas, aparentemente absorto en la lectura del periódico. Finalmente repitió una acción que pronto iba a resultarme familiar —dobló y arrojó el periódico a sus espaldas— y dijo:

—¿Qué ha oído de mi conversación con Hardesty?

—No mucho —respondí.

—Le he preguntado qué ha oído.

—Bueno, he oído decirle a usted que se mantuviera apartado de la señora Luther y que él soltaba una imprecación y aseguraba que usted estaba celoso.

Doc se giró en el asiento y noté el poder de la mirada con que me estaba fulminando a través de sus gruesas gafas. Y sin embargo, algo —algo que, por extraño que resultara, creí que era miedo— refrenó el estallido.

—Es posible que no me haya expresado con claridad, Pat —dijo sin levantar la voz—. Tiene usted una memoria excelente; la he puesto a prueba en varias ocasiones. Así que ¡repítame palabra por palabra lo que ha oído!

Eso fue lo que hice. Se lo repetí palabra por palabra.

—¿Y qué deduce de todo esto, Pat? ¿Hay alguna pregunta que quiera hacerme?

—Yo no deduzco nada —contesté—. Y no tengo ninguna pregunta que hacerle.

Doc se arrellanó en el asiento. Se rio un poco.

—Hardesty es un buen tipo —afirmó—, pero a veces se pasa un poco de listo. La verdad es que le ha calmado usted a base de bien.

—Siento lo sucedido —dije—. Pensé que quizá querría terminar de hablar con él y por eso lo detuve.

—Cosa que aprecio. —Puso la mano en mi rodilla un segundo—. Sin embargo, no era necesario, como ahora ya sabes. En cualquier caso, Hardesty y yo somos muy buenos amigos —continuó—. La señora Luther hace un tiempo heredó un pequeño patrimonio, que Hardesty se ocupa de llevar. Hardesty es la clase de hombre que puede hablar con quien sea, hombre o mujer, sin adentrarse en el terreno personal... Y yo tendría que haber sabido que no pretendía nada al hablar de esa forma con la señora Luther. Pero me temo que no soy muy razonable en todo lo que tiene que ver con ella.

—Entiendo.

—Bueno, olvidémoslo —dijo—. Ha escogido usted un vestuario excelente, Pat. He tenido que mirarlo dos veces para reconocerlo.

—Es a Williams a quien hay que agradecérselo —repuse.

—Ya me encargaré de ello. —Me sonrió a través del retrovisor—. Y también me ocuparé de pagar la cuenta. Lo digo por si eso le preocupa.

—Es muy amable por su parte —agradecí.

—Por eso no se preocupe —dijo él—. Bueno, ya hemos llegado.

Aparqué en uno de los caminillos que cruzaban los jardines de la sede del gobierno estatal. Echamos a andar por una de las zonas de césped y subimos por la escalinata de mármol que llevaba a la entrada principal.

Nos fuimos abriendo paso por los pasillos atestados de personas, mientras Doc saludaba o era saludado por algunas de ellas. Nos metimos en un ascensor traqueteante que nos llevó a la cuarta y última planta.

—Aquí empieza el peligro —musitó Doc cuando salimos del ascensor.

Enfilamos el pasillo central y nos desviamos por una serie de angostos corredores. Justo cuando estaba empezando a pensar que Doc se había perdido, llegamos ante una puerta con una placa que rezaba:

DEPARTAMENTO DE PRISIONES

MYRTLE BRISCOE

DIRECTORA

Doc tiró su cigarrillo y se quitó el sombrero. Yo ya tenía el mío en la mano. Terminó de ajustarse la corbata, irguió los hombros y abrió la puerta.

6

Una muchacha de rostro alargado, cabello grasiento y gafas con montura de carey estaba escribiendo a máquina con dos dedos.

Levantó la cabeza cuando entramos, hizo amago de sonreír... Y al momento dejó muy claro que había cambiado de idea. Las ventanas de su nariz oleaginosa se estremecieron ligeramente.

—¡Vaya! —dijo.

—¿Cómo está usted? —saludó Doc—. ¿Sería tan amable de informar a la señorita Briscoe de que el doctor Luther y el señor Cosgrove están aquí?

—¡Ya lo creo que sí! —espetó la chica—. ¡ No se preocupen por eso!

Se levantó, anduvo hasta una puerta que lucía el rótulo de PRIVADO y llamó con los nudillos. La abrió y asomó la cabeza al interior.

—Señorita Briscoe, el doctor Luther y el señor Cosgrove han venido a...

Un vozarrón zanjó:

—Así que se ha presentado, ¿eh? Muy bien... ¡Cierre con llave la caja fuerte y hágalos pasar! ¡Que entren los dos!

La chica se volvió con el rostro enrojecido y una sonrisa desagradable.

—Pasen, pasen... caballeros.

Entramos y a continuación la chica cerró la puerta a nuestras espaldas.

Creo que todo preso y antiguo preso del país ha oído hablar de Myrtle Briscoe. Por entonces llevaba treinta años siendo reelegida para un cargo que en principio era una sinecura... Y seguía siendo honrada.

Apenas medía un metro sesenta, incluyendo el moño color rojizo descolorido. Iba vestida con una blusa blanca con cuello alto, botines con cierre de botonadura y una falda que recordaba una de esas mantas empleadas para ensillar a los caballos.

Se levantó en el momento en que entramos en su despacho, pero no hizo el menor gesto para estrecharnos la mano.

—Siéntense ahí —ordenó secamente—. ¡No, no! Dejen las sillas juntas como están. ¡Quiero tener bien controlados a dos pájaros como ustedes!

—Por favor, señorita Briscoe —intervino Doc—. ¿No le parece que...?

—¡Cállese la boca! —tronó ella—. ¡Cierre esa bocaza y manténgala cerrada hasta que le diga lo contrario! Cosgrove, ¿de dónde ha sacado esas ropas? Parece el vendedor de una casa de empeños...

—Señorita Briscoe —dijo Doc—. No voy a tolerar que...

—¡A callar, he dicho! Y bien, ¿Cosgrove?

—Me las ha comprado el doctor Luther.

—¿Por qué?

—Porque hace demasiado frío para andar sin vestir —respondí—. Y parece que los fondos estatales para comprarlas se han agotado.

—No me diga. —Se arrellanó en la silla, con un destello peculiar en la mirada—. ¿Sabe usted por qué se han agotado? ¿Tiene alguna idea?

—No, señora —contesté—. Lo único que sé es que me he pasado quince años en la cárcel.

Soltó una risita amarga y dijo:

—Muy bien, joven Cosgrove, ahí me ha pillado. Pero voy a contarle el secreto que se esconde tras ese inexistente fondo estatal. Voy a contarle por qué no hay dinero para comprar libros para Sandstone, por qué la comida es pura bazofia. Y por qué este estado, que es uno de los más ricos del país, se ha convertido en uno de los que más mendigan...

—Lo siento, señora Briscoe —dije—. No era mi intención...

—Todo eso sucede porque estamos siendo devorados por las ratas. Porque estamos hablando de verdaderas ratas, ¿me entiende? Es el nombre que hay que darles. Y no me importa lo bien que vistan o lo generosos (¡generosos! ¡y un cuerno!) que se muestren con los que les siguen el juego.

»Porque hay que ser una rata para proporcionar a los niños unos manuales escolares de tercera categoría, lo que supone condenarlos a crecer en la ignorancia. Porque hay que ser una rata para arramblar con el dinero destinado a arreglar unas carreteras que resultan peligrosas a más no poder. Porque hay que ser una rata para construir unos asilos que se incendian cada dos por tres y provocan la muerte de ancianos indefensos. Porque hay que ser una rata para situar a dos mil hombres bajo la autoridad de un psicópata para que pasen hambre, para que sufran torturas, para que los maten. ¿Y bien? ¿Qué tiene que decir, Cosgrove? Usted, más que nadie, tendría que estar de acuerdo conmigo.

—He leído el informe de la Institución Brookings al respecto —indiqué.

—Ah, ¿lo ha leído? ¡Pues qué bien! Pero ¿hizo usted algo cuando mis investigadores se presentaron en Sandstone? ¿Fue a hablar con ellos? ¿Les contó lo que pasaba exactamente en el interior de la cárcel?

—No, señora —respondí.

—No. ¡Pues claro que no! ¡Maldita sea! ¡Y esperan ustedes que una mujer sola y con el presupuesto más bajo de todo el estado...!

—Pero sí que conozco a algunos que hablaron con los investigadores —aclaré.

—Ah —repuso con voz inexpresiva. Guardó silencio durante un minuto entero. Finalmente emitió un suspiro, frunció el cejo y fijó la mirada en Doc—. Doctor, ¿cómo se explica que la petición de libertad condicional para Cosgrove no discurriera por los canales habituales?

—Yo, eh... —Doc titubeó y su labio superior se cernió sobre los dientes salientes—. El senador Burkman pensó que...

—El senador Burkman no ha tenido un pensamiento en su vida, ¡y ya puede decírselo de mi parte! Usted sabía que nunca en la vida iba a dejar a un recluso en libertad a su cargo, ¿no es así? Oh, no hace falta que se moleste en responder. ¿Dónde va a trabajar Cosgrove? ¿En ese burdel que usted regenta?

—¡Señora Briscoe! —terció Doc temerario—. No me gusta ese lenguaje que utiliza.

—¡Vaya, vaya! —Myrtle Briscoe mostró una amplia sonrisa—. ¿Y bien?

—Me propongo conseguirle un trabajo como funcionario del estado. Por supuesto, técnicamente es empleado mío hasta que...

—Ya lo sé. Conozco el tema. ¿Y usted, Cosgrove? ¿Aspira a convertirse en otro de esos cerdos que se alimentan de las cochiqueras del estado?

Le sonreí. Esbozó una mueca sardónica.

—Qué pregunta más tonta, ¿verdad? ¿Doc le ha dado alguna razón para explicar por qué se está gastando toda esa pasta en usted?

—Tengo intención de devolver todo lo que puedan gastar en mí —dije.

—¿Cómo? —Hizo la pregunta como si Doc no estuviera en el despacho—. ¿Tiene idea de lo que cuesta un montaje como este, Red? Hardesty ha puesto de su parte. Lo mismo que Burkman. Lo mismo que los diversos congresistas a los que se cameló para que ejercieran presión sobre el gobernador.

—Señorita Briscoe...

—Doc, si no se calla de una vez, haré que lo saquen de este despacho... Esta es la situación, Red, más o menos. No quiero decir que Doc haya invertido mucho dinero en metálico para sacarle de la cárcel. Lo que él y su gente han invertido son favores. De forma tácita, han cancelado ciertos favores que les eran debidos y se han comprometido a efectuar otros favores en el futuro ellos mismos. Han invertido mucha de su influencia, por así decirlo, una influencia que en este momento podría serles útil. Bueno, ¿por qué cree que lo han hecho, Red?

—Sé cuál es la razón —respondí—. Pero preferiría que fuese Doc quien se lo explicara.

—Muy listo —dijo ella entrecerrando los ojos al mirarme—. ¿También sabe cocinar?

—Señorita Briscoe —intervino Doc—. Me gustaría que le quedara claro que he ayudado a Pat por una razón: porque necesita ayuda y la merecía, y yo estaba en situación de proporcionársela.

—Ya sé que le gustaría que me quedara claro.

—Pat ha cumplido quince años de condena por un atraco en el que no hubo ni botín ni heridos. Y si ha cumplido esa condena, no ha sido porque fuese un criminal, sino porque no lo era. A Pat tendrían que haberlo encerrado como mucho en un centro para delincuentes juveniles.

—En eso tiene razón —concedió ella de mala gana.

—Hace cinco años que Pat accedió al derecho a solicitar y obtener la libertad condicional. Diez años ya habrían supuesto una condena terrible de por sí, pero Pat siguió encarcelado cinco años más. Y podría haber terminado pasando la vida entera en Sandstone por el simple hecho de no contar con amigos ni dinero.

—Pero usted lo ha sacado de la cárcel sencillamente porque tiene muy buen corazón.

—Es una forma de decirlo —repuso Doc con calma—. Yo... he cometido muchos errores en el pasado. Quizás esto sirva para compensar algunos de esos errores.

Myrtle Briscoe se lo quedó mirando con los codos sobre la mesa y las manos bajo la barbilla.

—Maldita sea, Doc... ¡Me gustaría creer en sus palabras!

—Lo que le digo es la verdad.

—Quizá. O quizá no. He pasado demasiado tiempo de mi vida rodeada de indeseables para no... —Lo dejó correr—. Pat... Red, Sandstone no es un lugar muy agradable, ¿verdad?

—Supongamos que le digo que sí —respondí—. O supongamos que le digo que no.

—Da igual. Pero hay más de un tipo de prisión, Red. Y no todas ellas tienen muros alrededor.

—Lo sé —dije—. En la cárcel estuve trabajando en la biblioteca, señorita Briscoe.

—Bueno, pues espero que allí aprendiera algo. Lo ha pasado usted mal y le deseo que no vaya a encontrarse con algo todavía peor. Aunque a estas alturas tampoco importa demasiado. Soy como las demás personas, y a veces tengo que resignarme con lo que hay. Algo que Doc tenía claro, ¿no es así, Doc?

—Es verdad que esperaba contar con su cooperación, señorita Briscoe.

—Va a tenerla... por esta vez. Pero no se acostumbre, Doc. Hay unas elecciones muy pronto y estoy harta de esforzarme en limpiar toda la casa con un cepillo de dientes.

Myrtle Briscoe se levantó y rodeó el escritorio. Me agarró por los brazos y me miró a la cara.

—No haga caso a mi anterior comentario sobre su ropa —dijo—. Tiene muy buen aspecto así como va... pero también va a tener que portarse bien. Por difícil que le resulte, e incluso si los dos pensamos que es una tontería. Ya sabe a lo que me estoy refiriendo. Nada de relacionarse con borrachos o mujerzuelas, nada de hacer tonterías. Son las normas. Y son las normas que tengo que hacer cumplir, hasta que alguien las cambie.

—Sí, señora.

—Quizá —dijo—. Quizá... ¡Ah, al diablo con todo! ¡Lárguense de aquí de una vez!

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14 февраля 2026
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180 стр. 1 иллюстрация
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9788490067246
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