Читать книгу: «Aquí y ahora»
Título original: Now and On Earth
© Jim Thompson, 1942.
© de la traducción: Antonio Padilla, 2003.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2019.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO272
ISBN: 9788490067239
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
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Notas
1
Aunque salí a las tres y media, necesité casi una hora para llegar a casa andando. La fábrica está a kilómetro y medio de Pacific Boulevard, y nosotros vivimos a kilómetro y medio colina arriba en esa misma avenida. Montaña arriba, más bien. Todavía no me explico cómo se las arreglaron para verter el cemento en estas calles tan empinadas. Cuando subes por ellas, podrías atarte los cordones de los zapatos sin agacharte.
Jo estaba al otro lado de la calle, jugando con la hija pequeña del pastor. Y esperando mi llegada, me imagino. Nada más verme, cruzó la calle corriendo hacia mí, de forma que sus tirabuzones, de un rubio amarillo, oscilaron sobre su carita blanca y rosada. Jo se abrazó a mis rodillas y me besó la mano, cosa que no me gusta que haga, pero soy incapaz de reñirla.
Jo me preguntó si me gustaba mi nuevo trabajo, cuánto ganaría y qué día me pagarían, todo ello de corrido. Le dije que no era necesario hablar tan alto en público, que no ganaba tanto como cuando trabajaba en la fundación y que cobrábamos el viernes, o eso me parecía.
—¿Me comprarás el viernes un gorro nuevo?
—No te digo que no. Depende de lo que diga mamá.
Jo frunció el ceño.
—Mamá dirá que no. Ya lo verás. Hoy se ha llevado a Mack y a Shannon al centro, a comprarles zapatos nuevos, pero seguro que a mí me dice que ni gorro ni leches.
—¿Ni leches? ¿Qué lenguaje es ese?
—Que ni hablar, quiero decir.
—¿De dónde ha sacado el dinero para ir de compras? ¿Es que no ha pagado el alquiler?
—Me parece que no —repuso Jo.
—¡Maldita sea! —solté—. ¿Y qué coño vamos a hacer ahora? ¡Lo que faltaba! Y tú, ¿por qué me miras con esa cara? Vete a jugar por ahí y déjame en paz. ¡Venga, lárgate de una vez!
Cuando ya iba a apartarla de mi lado por la fuerza, me contuve y acabé abrazándola. No soporto a la gente que maltrata a los niños. A los niños, a los perros, a los viejos, a lo que sea. No entiendo qué me está pasando, qué me puede impulsar a maltratar a Jo de ese modo. De verdad que no lo entiendo.
—No me hagas caso, preciosa —dije—. Ya sabes que solo lo decía en broma.
Jo volvió a sonreír.
—Lo que pasa es que estás cansado, y ya está —apuntó—. Túmbate un rato a descansar y verás como después te encontrarás mejor.
Le dije que eso mismo pensaba hacer. Jo volvió a darme un beso en la mano y salió corriendo hacia la acera de enfrente.
Jo tiene nueve años. Es mi hija mayor.
2
Estaba cansado y dolorido. Sentía como si el pulmón que se me había fastidiado el invierno pasado estuviera inundado de melaza, y las hemorroides me estaban atormentando.
Solté un grito a modo de saludo cuando entré en casa, pero nadie me respondió; supuse que mamá también estaría fuera. Fui al baño, me lavé, traté de remediar lo de las hemorroides y me volví a lavar. Sin que sirviera de nada. Lo volví a intentar y me lavé una vez más. Hasta que recordé que lo había intentado ya media docena de veces, momento en que lo dejé correr.
En la nevera había cubitos de hielo. Apenas unos pocos, un apio pasado, unos cuantos pomelos y una pequeña porción de mantequilla. A mamá le cuesta sacar las cubiteras del frigorífico, y cuando lo consigue, lo normal es que olvide devolverlas al congelador. Roberta jamás echa agua en las bandejas. Cuando necesita cubitos, los saca de las bandejas, que luego mete en la nevera sin haber añadido una gota de agua. Jo y yo somos casi los únicos que dejamos las bandejas con agua y en su sitio. Si no fuera por nosotros, en la casa nunca habría hielo.
¡Joder, me cabreo como un energúmeno! Y todo por unos míseros cubitos de hielo. No entiendo qué me está pasando.
Mientras bebía agua, rascándome la cabeza y pensando en las musarañas, mamá salió por la puerta del dormitorio. Había estado durmiendo y andaba descalza. Mamá tiene las piernas llenas de varices. Que yo recuerde, siempre las ha tenido. Es posible que otra vez esté exagerando. Aunque mamá nunca tuvo las piernas del todo bien, las varices empezaron a salirle cuando yo tenía nueve años. Me acuerdo bien.
Las varices aparecieron más o menos una semana después de que naciera Frankie, mi hermana pequeña. Papá estaba en Texas, ultimando la construcción de un pozo petrolífero. Los demás malvivíamos en una casucha enclavada en el corazón de la West Main Street, en Oklahoma City. En un barrio que por aquel entonces era de lo más tirado. Y que supongo que lo seguirá siendo.
Margaret —mi hermana mayor— y yo sobrevivíamos gracias a la caridad de los vecinos, mientras que mamá apenas probaba bocado. Así que la única que necesitaba verdaderos cuidados era Frankie. Por desgracia, la pequeña no podía alimentarse de las sobras ajenas y mamá tampoco podía amamantarla. A todo esto, solo nos quedaban cincuenta centavos.
Lo que pasó fue que Margaret y yo fuimos al drugstore a por una botella de leche malteada, y cuando volvíamos, la pandilla de gamberros del barrio se nos echó encima. Salimos corriendo y a Margaret se le cayó la botella de las manos. Venía envuelta en ese papel de embalar grueso y resistente, de forma que no advertimos que estaba rota hasta que mamá abrió el envoltorio.
No, mamá no nos riñó ni nos pegó (de hecho, no recuerdo que nunca nos pusiera la mano encima); simplemente se sentó sobre los cojines mientras su rostro se contraía de un modo horrible. Y en ese momento se llevó la mano desnutrida a los ojos, los hombros se le estremecieron y rompió a llorar.
Yo diría que un artista debió de haber estado observándolo todo por la ventana, pues años más tarde me tropecé con un cuadro en el que aparecía mamá. El retrato de una mujer envuelta en un vestido andrajoso, con el pelo negro y enmarañado, y la mano escuálida sobre el rostro, aunque sin esconder —en absoluto—, sino más bien subrayando, una desdicha, un dolor y una desesperación imposibles de describir. El cuadro se llamaba Desesperanza.
En todo caso, el pintor habría hecho bien en quedarse a ver lo que sucedió después.
Cogimos unos periódicos viejos y los desplegamos sobre la cama. Después vertimos en ellos la leche malteada. A continuación, Marge, mamá y yo nos pusimos a recoger los trozos de cristal. Nos pasamos una hora o más rebuscando y apartando los cristales, hasta que los ojos nos dolieron, y justo cuando habíamos conseguido reunir unas pocas cucharadas de leche sin cristales, Frankie se despertó con uno de esos berrinches que eran típicos de ella al recobrar la conciencia. Casi se cayó de la cama. Nos las arreglamos para que los cristales no volvieran a mezclarse con la leche. Cosa que no sirvió de nada. Frankie todavía nos reservaba el plato fuerte. Empezó a dar patadas y el camisón se le subió torso arriba; un momento más tarde los pañales se le escurrieron y...
Al final tiramos los periódicos por ahí y limpiamos un poco el estropicio. El episodio resultó tan gracioso que se nos acabó escapando la risa. Después mamá preguntó si teníamos alguna idea sobre lo que convenía hacer. Marge, que por aquel entonces tenía doce años, respondió que había traído un pedazo de tiza de la escuela; acaso pudiéramos machacarla y disolverla en agua hirviendo para procurarnos un sucedáneo de leche.
Mamá no lo veía claro.
Y a mí no se me ocurría nada.
Frankie lloraba desconsolada, con toda la razón del mundo.
Por fin, mamá aventuró:
—¿Qué os parece si escribo una nota al señor Johnson y se la lleváis de mi parte...?
Marge y yo respondimos con quejas y gimoteos. Los golfos de antes se nos echarían encima en cuanto volviéramos a salir a la calle, y la nueva botella de leche acabaría rompiéndose igual que la primera. Además, el señor Johnson era un viejo mezquino que nunca fiaba. Así lo proclamaban varios cartelones en su establecimiento.
—Lo mejor sería que vinieras con nosotros...
Mamá reconoció que seguramente teníamos razón.
Sacamos del armario su viejo vestido de sarga negra, un chal y unas zapatillas. Marge hizo lo que pudo por atusarle un poco el pelo. Envolvimos a Frankie en una manta y salimos a la calle. Nos llevamos a Frankie porque mamá se negó en redondo a dejarla sola en casa. Mamá se apoyaba en Marge y en mí al caminar.
Hacía un frío de perros, y pensé que por eso mamá se estremecía. Pero no era por eso, no solo se trataba del frío. Era por el dolor que le ascendía por sus piernas maltratadas. El drugstore estaba a tan solo una calle de nuestra casa, pero, como digo, mi madre no tenía bien las piernas, acababa de tener a Frankie y llevaba años sin alimentarse como es debido.
Conseguimos la leche. Johnson hubiera preferido negárnosla, pero resultó que en ese momento en su local se encontraban una furcia y su chulo —dos clientes de los buenos— ocupados en beber Coca-Cola y paregórico,1 de modo que el viejo tuvo que hacer de tripas corazón para atendernos. Incluso nos regaló un frasquito de jarabe, sin duda caducado y destinado a la basura. El frasquito exhibía una pequeña etiqueta medio escondida bajo el nuevo etiquetado, lo que parecía el remanente de una etiqueta original, arrancada casi en su totalidad. En ella todavía se alcanzaba a leer las letras OPI...
Volvimos a casa y nos dirigimos a la cocina. Todavía no nos habían cortado el gas, lo que no acabo de explicarme. Mamá puso a Frankie estirado sobre la mesa y se sentó en una silla; Marge y yo hervimos la leche y llenamos el biberón. Juro que Frankie se levantó de las mantas y nos lo arrebató de las manos.
Frankie chupó el biberón con avidez, hasta que dijo algo así como «¡Gu!» y nos regaló una de esas ufanas sonrisas de suficiencia, características del presidente Hoover. Luego cerró los ojos y se quedó roque.
—Esa leche tiene tan buena pinta que yo misma voy a probarla —apuntó mamá—. A vosotros tampoco no os vendría mal beber un poco.
A nosotros no nos gustaba la leche. Pocas veces nos gustaba algo que fuese bueno para nuestro organismo, quizá por falta de costumbre.
—Pero sí que os gustan los refrescos de helado —insistió mamá—. Ahora mismo os preparo un par. Dormiréis mejor con el estómago lleno.
Bueno... Si se trataba de unos refrescos de helado, la cuestión era muy otra.
Hervimos un poco más de leche y llenamos con ella tres copas. A continuación recurrió al frasquito de jarabe y vertió un tercio de su contenido en cada copa. El frasquito era diminuto y mi madre no se lo pensó dos veces. Papá más tarde insistiría en que tendría que haberlo hecho, no sin añadir que lo que Johnson se merecía era una paliza. Pero esa noche papá no estaba en casa.
Recuerdo vagamente haberme encontrado avanzando con lentitud por unos corredores neblinosos hacia un rostro blanquecino que insistía en aparecer ante mis ojos. Un rostro blanquecino de largo pelo negro y ojos aterrados por el peligro, que solo conseguían mantenerse abiertos gracias a los dedos invisibles de la fuerza de voluntad. Cada vez que veía ese rostro, daba media vuelta, sintiéndome imprecisamente reconfortado.
En un momento dado me adentré por un pasillo subterráneo en pos de un olor, un sonido, una imagen.
No recuerdo bien de qué se trataba, pero sí que recuerdo que era irresistible. Llegué ante un dintel en forma de arco, laboriosamente tallado, en cuyo otro extremo una niñita reía y me tendía las manos. Era Jo. Jo, que tendía sus manitas hacia mí, tratando de establecer contacto.
Lo digo en serio. Se trataba de Jo. Eso sucedió quince años antes de su nacimiento, pero al momento supe que se trataba de Jo, quien a su vez sabía que yo era su padre.
—¿Dónde está tu madre? —pregunté.
Jo se echó a reír y se atusó el cabello.
—Por aquí no anda —respondió—. Ven a jugar conmigo.
—Eso está hecho —dije yo, al tiempo que avanzaba un paso en su dirección. Jo agachó su cabecita, aprestándose a besarme la mano.
Y en ese momento mamá se interpuso entre nosotros.
Mamá le soltó una bofetada a Jo, y otra, y otra más. Y Jo se volvió hacia mí gritando que acudiera en su ayuda, y yo me quedé petrificado por el horror, triste y a la vez aliviado. Así seguí mientras mamá no paraba de abofetear a Jo, y terminó matándola con sus manos desnudas. A continuación mamá me hizo una seña, conminándome a precederla en el camino de vuelta por el pasillo. Obedecí la orden, di media vuelta y eché a andar, abandonando el cuerpo muerto de Jo en la pequeña habitación.
A Jo nunca le ha caído bien mamá...
Me encontré ante un gran pabellón blanco en el que había una pequeña piscina circular. Unas manos vigorosas insistían en empujarme hacia la piscina, cuyas aguas me repelían por su aspecto negruzco y glacial. Me pregunté por qué mamá no acudía a salvarme. Grité su nombre y una docena de voces me respondieron:
—¡Está recobrando el sentido! Ya verá como todo sale bien, señora Dillon...
Abrí los ojos. El aroma del negro café ascendía perezoso del hule. Bebí de la taza. Llevaba treinta horas durmiendo, siete más que Marge. Mamá se había recuperado de su estupor en el mismo momento en que Frankie había empezado a chillar pidiendo más leche.
Papá volvió a casa unas noches más tarde. Llegó en un taxi atestado de paquetes. Se presentó con un abrigo nuevo para mamá (abrigo que ella siempre detestó pero que llevó durante muchísimos años), un traje para mí, vestidos para Marge, zapatos para todos (sin que ningún par fuera del número adecuado), juguetes, relojes, golosinas, pan de centeno, rábanos picantes, pies de cerdo, mortadela, de todo.
Marge y yo bailábamos en torno a la cama de mamá, riendo, comiendo y quitándole el envoltorio a las cosas, mientras mamá se esforzaba en sonreír, tendida en el lecho, y papá contemplaba la escena, orgulloso y feliz. En ese momento me fijé en la pequeña bolsa de mano que llevaba consigo.
—¿Qué hay ahí dentro, papá? ¿Qué más nos has traído, papá? —exclamé, secundado por Marge.
Papá alzó la bolsa sobre nuestras cabezas, incapaz de contener una risa nerviosa. Una risa que nos sorprendió y nos paralizó por un momento. Papá era un hombre de gran presencia física y enorme dignidad natural, incluso cuando lo estaba pasando en grande. Yo diría que es el único hombre a quien he conocido capaz de ofrecer una estampa imponente aun con los pantalones arrugados y medio rotos, y la camiseta manchada de salsa roja picante. Aunque siempre vestía ropa elegante, no siempre cuidaba de dichas prendas como era debido.
Papá abrió el cierre de la bolsa, que volvió del revés, de forma que una lluvia de billetes de banco, giros postales y cheques certificados flotó sobre la cama y el suelo del dormitorio. Acababa de vender parte de sus acciones por sesenta y cinco mil dólares. Un dinero que teníamos delante de nuestras narices.
El pintor habría hecho bien en contemplar también dicha escena. Mamá tumbada en la cama, con las piernas enormes y ennegrecidas como caños de chimenea, rodeada por sesenta y cinco mil dólares...
Pues bien, sus piernas siguen igual que entonces. Y papá continúa dedicándose a perforar pozos de petróleo. O lo que él toma por pozos de petróleo. En cuanto a mí...
En cuanto a mí...
3
—¿Cómo te va en tu nuevo empleo? —preguntó mamá—. ¿Te hacen trabajar mucho?
—No tanto —respondí.
—¿De qué te encargas exactamente? ¿De la contabilidad? ¿De pasar las cartas a máquina?
—Eso mismo —dije—. De la contabilidad y la mecanografía.
En ese momento perdí la cabeza y revelé la verdadera naturaleza de mi empleo.
—Eso está muy bien, hijo —dijo mi madre cuando terminé. Comprendí que no había oído ni una sola palabra.
—¿Es que esta noche tendremos que cenar fuera? —pregunté.
—¿Cómo? —dijo mamá—. Oh. La verdad, no sé qué decirte, Jimmie. No sé qué hacer. Roberta se ha marchado al centro y no ha dejado ningún dinero ni me ha dicho qué tenía que hacer. Jo no ha probado bocado en todo el día, pero...
—Préstame un dólar —la interrumpí—. Voy a comprar alguna cosa. Te lo devuelvo cuando llegue Roberta.
—Si lo llego a saber, yo misma habría comprado algo —dijo mamá—. Pero es que no...
—Déjame un dólar —repetí—. Compraré patatas, pan y un poco de carne. Lo que comemos todos los días.
Mamá fue a por el dólar.
—Me lo tienes que devolver, Jimmie —apuntó—. Frankie necesita hacerse la permanente y comprarse medias nuevas. La verdad es que nos hace falta hasta el último centavo.
—Te lo devolveré —prometí.
Ya eran casi las seis, así que me fui corriendo al supermercado Safeways. El sindicato de carniceros de San Diego es el más poderoso del país, lo que implica que si quieres carne fresca, tienes que comprarla antes de las seis. De lo contrario, tienes que conformarte con beicon o fiambre de cerdo, compuesto por dos tercios de cereal y uno de agua. O eso o nada.
Llegué al supermercado a las seis en punto. Compré seiscientos gramos de fiambre de cerdo (cuarenta y cinco centavos), judías de lata y patatas fritas. Me detuve un momento ante el estante de los vinos, pero opté por no comprar ninguno, y eso que las medias botellas solo costaban quince centavos.
Cuando llegué a la esquina de casa, Roberta bajaba del autobús. Mack estaba dormido en sus brazos. Por una vez en la vida, Shannon parecía portarse bien.
—Hola, cariño —saludó Roberta—. ¿Te importaría llevar al nene en brazos? Es que estoy rendida.
Cogí al pequeño en brazos mientras Roberta cargaba con la bolsa de la compra. Valiéndose de uno de sus movimientos rapidísimos e impredecibles, Shannon se me echó encima y me agarró por el codo.
—Llévame en brazos a mí también, papá —exigió—. ¿Por qué yo tengo que ser menos que Mack?
—Suéltame y entra en casa de una vez —respondí—. No puedo llevaros en brazos a los dos.
—Papá está cansado, Shannon —intervino Roberta—. No seas pesada, o tendré que darte un pescozón. ¿Por qué no le enseñas a papá los zapatos nuevos? Enséñale cómo bailas con los zapatos nuevos.
Shannon soltó mi brazo, hizo una pirueta y en un segundo estaba veinte metros acera abajo, en menos tiempo del que tardo en contarlo. Shannon tiene cuatro años, pero es de constitución menuda y parece más pequeña que Mack, que tiene dieciocho meses menos. Shannon duerme un promedio de siete horas por noche y apenas prueba bocado, si bien cuenta con mayores energías que sus dos hermanos. Incapaz de estarse quieta un momento, Shannon es un diablillo.
Shannon esbozó una breve pose e, impredecible como siempre, soltó la siguiente letrilla:
Me llaman Samuel Hall
y os deseo todo el mal,
¡porque oléis fatal!
—¡Shannon! —exclamé.
—¡Shannon! —secundó Roberta—. ¡Entra en casa ahora mismo! ¡Ahora mismo, te digo! Como sigas diciendo barbaridades, te doy una tunda que no vas a poder sentarte en una semana.
Shannon optó por hacernos caso. Aunque no porque le hubiéramos metido el miedo en el cuerpo, claro está. Hace mucho que renuncié a encauzar su personalidad, y Roberta, aunque se niegue a admitirlo, tampoco puede con ella. A Shannon no la asustan los cuartos oscuros. Ni le molestan las duchas frías. Es inútil castigarla privándola de la cena, pues tanto le da comer o no. Es imposible darle una azotaina porque lo normal es que no haya manera de atraparla. Y además, en cierto modo, Shannon se encuentra a gusto cuando le das unos azotes. En momentos así te conviertes en su agresor, y Shannon se defiende con uñas y dientes cuando alguien la ataca.
Y no hay cosa en el mundo que le guste tanto como una buena pelea. La última vez que Roberta trató de pegarle, fue ella —Roberta y no Shannon— quien acabó buscando refugio en la cama. Y mientras estaba tumbada en ella, Shannon aprovechó para colarse en el cuarto y sacudirle con el mango de una escoba de juguete.
Frankie se las arregla para ejercer cierto control ocasional sobre Shannon dirigiéndose a ella con desprecio. Mack a veces se las ingenia para pillarla por sorpresa y sentársele encima. Sin embargo, ni Roberta ni yo no hemos descubierto un método que sea realmente útil.
—¿Qué tal te va en el nuevo empleo, cariño? —preguntó Roberta—. ¿Te hacen trabajar mucho?
—Tampoco tanto —contesté.
—¿Qué has tenido que hacer?
—Me he pasado casi todo el día a cuatro patas, raspando yeso.
Roberta se quedó de una pieza.
—¿Quééé?
—Lo que oyes. Como están ampliando las instalaciones de la fábrica, resulta que hay un montón de yeso por los suelos. Así que me han proporcionado una especie de cincel y me han puesto a raspar el suelo.
—Pero ¿no les has dicho que...? ¿Es que no sabían que tú...?
—Les importa una mierda. En este momento no hay ninguna labor editorial pendiente. Lo único que hacen es construir aviones.
—¿Y no podrían...?
—Lo que es de aviones, no tengo la menor idea.
Con los labios fruncidos y tensos, Roberta espetó:
—Tú allí no vuelves a trabajar. Mañana te presentas y les dices que no te contrataron para hacer según qué cosas. Que se busquen a otro.
—¿Se te ha ocurrido pensar de qué vamos a comer entonces? ¿O cómo vamos a pagar el alquiler, ya puestos?
—Jimmie... Los niños necesitaban zapatos nuevos. Ya sé que estamos pasando apuros, pero...
—Vale, vale. Pero ¿cómo vamos a pagar el alquiler? Si no lo entendí mal, le dijiste a la casera que tendríamos el dinero a finales de semana.
—Cierto —dijo Roberta—. Y es la pura verdad. ¿O es que no te pagan el viernes?
—¡Por Dios! —exclamé—. ¡Por Dios y por la Virgen! ¡Lo que me faltaba oír!
Roberta enrojeció, un temblor asomó a sus fosas nasales.
—¡James Dillon! ¡Ni se te ocurra levantarme la voz! ¡Y no blasfemes!
—Lo mío no es blasfemar. Más bien estoy reclamando auxilio divino.
—Y no te hagas el listo.
—Maldita sea —repliqué—. ¿Cuántas veces te he dicho que no me vengas con esas? Ni que fuera un niño de seis años.
—Ya..., pero tú ya me entiendes.
—Pues no, no te entiendo —contesté—. No entiendo la mitad de las cosas que me dices. Igual no te iría mal consultar el diccionario de vez en cuando. No sé por qué te emperras en limitarte a esas revistuchas que lees y al devocionario. De verdad que no entiendo... Y ahora, ¿qué pasa? Oh, vamos, cariño... ¡Por Dios! ¡Mira que ponerte a llorar en plena calle! Por favor, cariño... No sé qué me pasa últimamente: cada vez que abro la boca, a alguien le entra la llorera.
Roberta entró en casa sin volver la vista atrás y me cerró la puerta mosquitera en las narices. Al momento, mamá se encargó de abrir la puerta recién cerrada.
—Por favor, no digas nada —repuse—. Se le pasará en un minuto. Lo mejor es no hacerle caso.
—Yo no digo nada —respondió mamá—. ¿Para qué? ¿Qué importa lo que yo pueda decir? Por lo que parece, en esta casa está prohibido abrir la boca.
—Por favor, mamá...
—Vale, vale.
Dejé a Mack en el salón y entré en el dormitorio. Roberta se había quitado el vestido, que había dejado en una percha, y yacía en la cama con las manos sobre el rostro. La miré y sentí un ligero hormigueo. Sabía muy bien lo que iba a suceder y me odiaba a mí mismo por ello. Pero la cosa no tenía remedio. Cada vez que discutíamos, bastaba con que contemplara a Roberta para que esta saliera triunfante de la disputa. Lo comprendí el mismo día en que la vi por primera vez. Y ella lo había comprendido después de unos cuantos años.
Me senté en el borde de la cama, cogí su cabeza y la llevé a mi pecho. Roberta se volvió, de forma que sus pechos se apretaron contra mi estómago.
Pensé que ojalá mamá pudiera entender lo que Roberta significa para mí, por qué soy como soy cuando estoy con ella. Ojalá Roberta pudiera entender lo que mamá significa para mí. Es posible que ambas lo entiendan por igual. Es posible que esa sea la razón por la que las cosas son como son.
—Lo siento mucho, cariño —repuse—. Me temo que estoy tan cansado que no sé lo que me digo.
—Yo también estoy cansada —dijo Roberta—. Me paso el día arrastrando a Mack y a Shannon, y te digo que es agotador.
—Me lo imagino.
—No puedo más, Jimmie. Y lo digo en serio.
—Eso no puede ser, cariño. Tienes que descansar un poco más.
Roberta dejó que la siguiera acariciando durante un rato. Se sentó en la cama de forma repentina y me apartó de su lado.
—Tú también estás cansado —declaró—. Me lo acabas de decir, así que ahora no lo niegues. Túmbate a descansar un poco mientras le echo una mano a tu madre en la cocina.
Roberta se ajustó un delantal mientras yo me dejaba caer otra vez en la cama.
—Dale un dólar a mi madre.
—¿Por qué?
—Porque me ha prestado un dólar para comprar algo de comida.
Roberta pareció reparar en la bolsa de la compra por primera vez.
—¿Para qué has comprado todo eso? Nos queda casi un kilo de judías en la despensa. ¿Cómo es que tu madre no las ha cocinado?
—No lo sé. Me he pasado el día fuera.
—Pues estaban bien a la vista en la despensa. Tiene que haberlas visto.
—Tampoco pasa nada. Ya nos las comeremos otro día. Dejémoslo correr. Haz lo que tengas que hacer y, si no te importa, dale ese dólar a mi madre.
—Me lo pensaré —dijo Roberta.
De pronto me encontré de pie, sintiendo que las venas de la garganta me obstruían la respiración.
—¡Maldita sea! ¡Te digo que le des ese dólar a mi madre!
Mamá abrió la puerta en ese momento.
—¿Alguien me llamaba? —preguntó.
—No, mamá —contesté—. Solo le estaba explicando a Roberta que me habías prestado un dólar para la cena. Ahora mismo te lo devuelve.
—¿A qué tanta prisa? Tampoco es que lo necesite —dijo mamá—. Si estáis un poco apurados, me lo devolvéis más adelante.
—El dinero no es problema —intervino Roberta—. Tenemos un montón de calderilla. Se lo devuelvo en un minuto.
Roberta empezó a rebuscar en su bolso, del que extrajo un sinfín de monedas de uno, cinco y diez centavos que fue depositando en el tocador.
—¿Por qué no le das un billete de dólar, y punto? —pregunté.
—En un momento lo tengo —contestó Roberta, imperturbable—. A ver. Ya casi... Aquí está. Veinte centavos. Veinticinco. Cuarenta. Sesenta. Ochenta y tres. Noventa y tres... Vaya, parece que me faltan siete centavos. ¿Le importa si se los doy mañana?
—Mejor dámelo todo otro día —respondió mamá.
Roberta recogió la calderilla.
—Se lo doy ahora mismo, si quiere —insistió.
Mamá se marchó del dormitorio.
Contemplé el reflejo de Roberta en el espejo. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, al momento desvió la mirada.
—¿Cuánto te ha costado la comida?
—Setenta centavos. Me han sobrado treinta, si eso es lo que quieres saber.
—Y seguramente piensas gastártelos en bebida... ¿Me equivoco?
—En vino, ya que insistes en saberlo.
—No tendrías que hacerlo, Jimmie. Ya sabes lo que te ha dicho el médico.
—¡Que alguien me pegue un tiro! Esto no hay quien lo aguante... —repliqué.
Roberta también se marchó del dormitorio.
Un momento después, Mack entró en la habitación caminando con paso inseguro mientras se frotaba los ojos soñolientos. Aunque su cuerpo no alberga un gramo de grasa, Mack tiene casi tanto de ancho como de alto.
—Hola, papá.
—Hola, guapo. ¿Cuál es la palabra bonita que te enseñé el otro día?
—Ahorrar.
—¿Qué has hecho en el centro? ¿Has volado en avión?
—Sí... También he visto un chiribín.
—¿Un chiribín de los buenos?
—Sí.
—¿Y cómo era ese chiribín?
Mack esbozó una ancha sonrisa.
—Pues... como un chiribín.
Dicho esto, el pequeño se marchó de la habitación. He picado mil veces en esa broma suya, pero es la única que conoce y siempre he pensado que el sentido del humor es una cualidad que merece ser desarrollada.
Roberta se encerró en el dormitorio con los niños hacia las nueve. Mamá estaba en el baño, atendiendo sus juanetes. Frankie todavía no había vuelto, así que yo estaba a mis anchas en el salón. Cosa que me parecía estupenda. Dispuse un par de sillas del modo que a mí me gusta para apoyar los pies y descansar un poco. Al cabo de un rato me acerqué a la licorería de la esquina a comprar vino.
Me pareció que el dependiente me trataba con cierta condescendencia, aunque es posible que se tratara de mi imaginación. Los californianos contemplan con suspicacia a los bebedores de vino, o mejor dicho a quienes consumen la clase de vino que suelo adquirir. En su gran mayoría, los vinos buenos de California se reservan para la exportación. Los más baratos, generalmente comercializados a escala local, no suelen ser sino posos mezclados con alcohol puro.
En Los Ángeles hay barrios donde uno puede adquirir copazos de semejante veneno por dos centavos, y medio litro por una cifra tan irrisoria como seis centavos. En cada manzana uno se topa con un mínimo de cincuenta adictos al tintorro, «los colgados del vinazo», como se los suele llamar, por lo general de existencia tan desgraciada como misericordiosamente breve. Las cárceles y los hospitales están atestados de personas así, sometidas a «curas» más o menos permanentes. Todas las mañanas un promedio de cuarenta individuos amanecen muertos en albergues para vagabundos, pensiones de ínfima categoría y vagones ferroviarios de carga.
A lo que íbamos. Volví a casa, me senté con los pies apoyados en la silla y me regalé con un buen lingotazo. El tintorro sabía aguado y a la vez fuerte. Bebí un segundo lingotazo y el sabor dejó de importarme. Con la espalda echada sobre los cojines, me puse a fumar mientras movía los dedos de los pies, aprestándome a disfrutar de un nuevo trago, cuando Frankie llegó a casa.
Frankie se dirigió directamente a la cama turca mientras se descalzaba. Es de esas personas de presencia imponente que siempre parecen muy dignas, clavadita a papá en todo menos en su pelo rubio.
—¿Otra vez borracho? —preguntó con naturalidad.
—Estoy en ello. ¿Te apetece un trago?
—De ese brebaje no. Además, ya me he tomado tres whiskies. ¿Qué es lo que pasa esta vez? ¿La cosa tiene que ver con Roberta?
—Sí. No. La verdad es que no lo sé —respondí.
—Ya —dijo Frankie—. A mí Roberta me cae bien y los niños son una preciosidad. Pero te diré una cosa: estás haciendo el tonto. No te estás portando bien con tu mujer. La pobre lo está pasando igual de mal que tú.
Bebí un nuevo trago.
—Ya que estamos en esas —apunté—, ¿tu marido cuándo piensa volver contigo?
—Sabía que me vendrías con eso. Lo sabía.
—Discúlpame —dije—. Es que estoy de un humor de perros.
—Pues ese vino no te lo mejorará. Por la mañana vas a tener una resaca de campeonato.
—Puede, pero eso será por la mañana. Por el momento me sienta de perlas.
Frankie abrió su bolso y me pasó medio dólar.
—Mejor ve a por media botella de buen escocés. Por lo menos no te dejará tan hecho polvo como ese vinazo que compras.
Fijé la mirada en el dinero.
—Preferiría no aceptarlo, Frankie.
—Venga ya. Si te das prisa, echaré un trago contigo.
Me puse los zapatos y salí a la calle. Cuando volví, Frankie tenía una carta en la mano. Sus ojos estaban enrojecidos.
—¿Qué piensas de lo de papá? —preguntó.
—¿Qué pasa con él?
—¿Es que mamá no te ha enseñado esta carta que ha recibido hoy? Pensaba que ya la habías visto.
—Déjame echarle un vistazo.
—Ahora no. Quiero leerla otra vez en mi cuarto. Ya la verás mañana.
—A ver, un momento —dije—. Por malo que sea el asunto, me quedaré más tranquilo sabiendo de qué se trata. Así que no discutamos. Y si lo que quieres es llorar, hazlo en la habitación de al lado. Desde que he vuelto a casa no hago más que encontrarme con llorera tras llorera.
—Mira que eres perro —dijo Frankie secándose los ojos. De pronto soltó una risita—. ¿Te he contado el chiste de la serpiente de cascabel que estaba solita en el mundo?
—Cierra el pico un momento.
Leí la carta pasando de una línea a la siguiente a toda velocidad. La misiva era escueta. A papá lo iban a poner de patitas en la calle. Por lo que decía, ya no lo aguantaban más.
—Por lo que parece, tendremos que sacarlo de allí —observé.
—¿Y traérnoslo aquí? ¿Es eso lo que quieres decir?
—¿Por qué no?
Frankie clavó su mirada en mí.
—No me vengas con esas —dije—. ¿Tienes una idea mejor?
—No podemos obligar a mamá a vivir con él. Ni aunque pudiéramos permitirnos una casa estupenda en el campo.
—¿Y si lo mandamos con sus padres? Sus viejos sí que tienen pasta.
—Y no la sueltan ni a tiros. O eso deduje a partir de la última carta que recibí de ellos —dijo Frankie—. Ya sabes cómo son, Jimmie. Si les escribes una carta, puedes estar seguro de que la leerán con atención, te responderán muy formalmente y se olvidarán del asunto. Lo normal es que su respuesta esté redactada de forma impecable y empiece y termine a los cinco espacios justos de cada margen del papel, como tiene que ser. Por supuesto, en ningún momento harán referencia a papá. Eso sería demasiado vulgar. Más bien aprovecharán para informarnos sobre las incidencias vitales de los dieciséis mil y pico miembros de la familia Dillon diseminados por el mundo. Sin atender en absoluto a lo que hayamos podido plantear en nuestra propia carta. Eso sí, siempre tendremos ocasión de saber que a Sabetha, la tercerahija de la tía Edna, le acaban de extirpar las amígdalas y que al tío abuelo Juniper le han regalado una antología de ensayos de Emerson.
Eso era lo que sucedería. Siempre he sospechado que las cartas en cadena deben haber sido una invención de la familia Dillon.
—Mejor bebamos un trago. Mañana ya lo pensaremos — propuse.
—A mí no me sirvas más que un dedo —dijo Frankie—. ¿Qué tal es tu nuevo trabajo?
—Está bien.
—¿Los compañeros son agradables?
—Están bien.
—¡Cuánta expresividad! Venga, cuéntame algo.
—Está bien... En mi departamento trabajamos seis, incluyendo al capataz, o jefe de grupo, como lo llaman. El almacén está dividido en dos secciones: la de componentes exteriores, es decir, piezas manufacturadas fuera de la fábrica, y la de componentes de manufacturación propia. En todo caso, ambas secciones están en el mismo recinto. En componentes exteriores hay dos encargados, Busken y Vail. Busken es hombre pulcro y muy nervioso. Vail es de esas personas seguras de sí mismas y un tanto socarronas. La verdad es que forman una pareja curiosa.
—Ajá —repuso Frankie.
—Me he pasado el día a cuatro patas, sudando la gota gorda. En un momento dado, sin que yo me enterase, esos dos pájaros de componentes exteriores han echado mano a la plantilla de troquelar y me han rotulado una leyenda en el trasero. Me he pasado horas y horas sin darme cuenta del rotulito de marras: RECIÉN PINTADO. NO PISAR.
Frankie rio con estrépito, hasta que las costuras del vestido amenazaron con estallar.
—¡Jimmie! ¡Menuda broma!
—Graciosísima... Otro personaje curioso es Moon, nuestro jefe de grupo. Moon se ha presentado esta tarde poco antes de la hora de salida y ha tratado de animarme un poco. Me ha dicho que no me preocupe si me parece que no hago nada. Según me ha explicado, la empresa tiene asumido que pierde dinero durante el primer mes de cada empleado novato.
Frankie se palmeó las rodillas.
—¡Y te pagan cincuenta centavos a la hora!
—Para troncharse —dije—. El intelectual del grupo es Gross, nuestro contable. Gross es licenciado por la Universidad de Louisiana y antiguo miembro de la selección universitaria de fútbol. Cuando me enteré, le pregunté si había conocido a Lyle Saxon.
—¿Y qué te dijo?
—Que no se acordaba del año en que Saxon había jugado en la selección.
—Veo que has calado a ese tipo. —Frankie esta vez no se rio.
—El último integrante del sexteto es un tipo llamado Murphy —añadí—. Hoy tenía el día libre, así que no he podido conocerlo.
Frankie recogió sus zapatos y se levantó de la cama turca.
—Jimmie, en esa fábrica no vas a ninguna parte. Tú no sirves para esa clase de trabajo. ¿De verdad crees que nunca más volverás a escribir?
—Eso creo.
—¿Y qué piensas hacer?
—Pillar una cogorza.
—Buenas noches.
—Buenas noches...
Pensé en papá. Qué demonios íbamos a hacer. Pensé en Roberta y en mamá. En los niños que estaban en edad de crecer. Que estaban creciendo rodeados de confusión, de odios cruzados, de demencia, para decirlo en una palabra. Mientras meditaba, el estómago se me encogió hasta convertirse en una pelota minúscula y las tripas se me enroscaron a los pulmones; de repente lo vi todo negro.
Eché un trago de whisky. Luego me sacudí un copazo de vino.
Me acordé de la ocasión en que vendí varios relatos de ficción y me saqué mil dólares en un mes. Me acordé del día en que me convertí en director de un taller de escritores. Me acordé de la beca que me otorgó la fundación, una de las dos becas que concedían entre todos los aspirantes del país. Me acordé de las cartas que me enviaron desde una docena de editoriales: «Lo mejor que hemos leído en mucho tiempo», «Un relato extraordinario; Dillon, no vacile en seguir enviándonos más cuentos», «Le estamos pagando nuestra tarifa máxima...».
«¿Y qué? —me dije—. ¿Es que en algún momento fuiste feliz? ¿Es que alguna vez te sentiste en paz contigo mismo? Pues claro que no —me respondí—. Está clarísimo que no, nunca dejaste de sentirte habitante del infierno. La única diferencia es que ahora has caído un poco más bajo. Y vas a seguir deslizándote por la pendiente, porque eres igualito a tu padre. Eres tu propio padre, aunque careces de su determinación y su fuerza de voluntad. De aquí a un año o dos acabarán encerrándote igual que a él. ¿Es que no recuerdas lo que le pasó a tu padre? Justamente lo que te está pasando a ti en estos momentos. Exactamente igual. Se volvió irritable. Errático. De humor sombrío. Y de repente..., de repente llegó lo que tenía que llegar. Menuda broma del destino. Muy divertido. Y lo peor es que sabes que estás en lo cierto.
»Me pregunto si en esa clase de sitios maltratan a los internos. Me pregunto si sacuden a los que se ponen gallitos, a quienes les da por lesionarse.
»Muy divertido. Allí no hay tenedores ni cuchillos; a la hora de comer, te has de conformar con una cuchara. Y con un tazón de madera. También te cortan el pelo al cero para ahorrarse dinero en champú. Y después del primer mes te obligan a llevar mitones a la hora de acostarte... ¿Que no pueden encerrarte así como así? Pues bien que encerraron a papá. Mejor dicho, bien que encerraste a papá. Tú mismo. Con la colaboración de mamá y de Frankie.
»¿Es que ya no te acuerdas de lo sencillo que resultó? “Venga, papá, vamos a dar una vuelta con el coche, nos tomaremos una cervecita por el camino”. Papá no sospechó nada en absoluto. En ningún momento pensó que su familia sería capaz de hacerle una cosa así. ¿Que tuviste que hacerlo? ¡Pues claro! ¡Como lo tendrán que hacer los demás! Y no te enterarás hasta que sea demasiado tarde... Igual que tu padre.
»¿Te acuerdas de la expresión atónita que se dibujó en su rostro cuando os escabullisteis por la puerta? ¿Te acuerdas de cómo su puño golpeó ligeramente la madera de la puerta, de cómo terminó aporreándola, arañándola con las uñas? ¿Te acuerdas de cómo su voz ronca os perseguía pasillo abajo? ¿Del cadencioso temblor de sus palabras?
»—Frankie, Jimmie, mamá... ¿Estáis ahí? Frankie, Jimmie, mamá... ¿No volvéis a buscarme?
»Y de pronto se echó a llorar. Como haría Jo. Como harían Mack o Shannon.
»Como harías tú mismo.
»—M... mamá... Tengo miedo. Sacadme de aquí. ¡Que me saquéis, os digo! Mamá... Frankie... Jimmie... ¡JIMMIE! Sacadme... de aquí...».
Solté un grito y estallé en sollozos. Alcé la cabeza al cielo antes de derrumbarla inerte sobre mi pecho, convertida en una especie de amorfa papilla repulsiva.
—¡Ahora mismo voy, papá! ¡No pienso abandonarte! ¡Ahora mismo voy!
La mano de mi madre me estaba sacudiendo por el hombro. Sobre la repisa de la chimenea, el reloj señalaba las cinco y media.
La media botella de whisky estaba vacía. Lo mismo que la botella de vino.
—Jimmie —dijo mamá—. Jimmie... No sé qué va a ser de ti...
Me levanté trastabillando.
—Yo sí que lo sé —respondí—. Y ya puestos, ¿por qué no me haces un café?
4
En casa no había nada que me pudiera llevar como almuerzo, y me las arreglé para vomitar el café cuando todavía no había caminado una manzana. Tosí, me atraganté y vomité, me entraron retortijones y comprendí que lo mejor que podía hacer era ir al baño. Pero tenía miedo de llegar tarde, así que seguí andando.
La cosa no me resultó complicada mientras seguí caminando ladera abajo. Todo cuanto tenía que hacer era mantenerme erguido y mover los pies de forma que la acera pareciera escurrirse bajo las plantas. Los apuros comenzaron cuando llegué al Pacific Boulevard. Dicha avenida tiene seis carriles y todos estaban atestados de obreros de las empresas aeronáuticas que avanzaban zumbando en dirección a las fábricas. En California, los automóviles nuevos cuestan un dineral, así que casi todo el mundo iba al volante de cacharros desvencijados y frenos poco fiables. Todos conducían como locos, adelantándose a los demás y cambiando de carril una y otra vez, a fin de llegar a la fábrica antes que sus compañeros. Aunque todavía era temprano, la gente intenta llegar pronto a la fábrica; de lo contrario, tiene que aparcar en el quinto pino.
En condiciones, digamos, normales, no me habría sido fácil cruzar la calle entre tanto tráfico, y yo distaba de encontrarme en condiciones normales. Para empezar, me sentía tan enfermo y cansado que estaba tentado de tumbarme en la cuneta y echarme a dormir. Y el vino se obstinaba en gastarme jugarretas. Me costaba coordinar los movimientos de mis músculos y extremidades.
Cuando intentaba adentrarme entre el tráfico, mis reacciones eran tan lentas que no conseguía dar un paso hasta que la oportunidad se había esfumado. En varias ocasiones fui incapaz de refrenar el impulso ya iniciado y me encontré caminando hacia automóviles en movimiento, rozando con mis rodillas sus ruedas y guardabarros. Me resultaba imposible juzgar cualquier distancia. El mismo coche que semejaba hallarse a una calle de mí de pronto parecía estar a punto de arrollarme con el parachoques, entre las imprecaciones de su conductor.
No sabría decir con exactitud cómo me las arreglé para cruzar. Recuerdo que me caí y me desollé las rodillas al rodar sobre la cuneta entre un sinfín de bocinazos. De pronto me encontré al otro lado de la carretera. Eran las siete menos cuarto de la mañana, y todavía me quedaba más de un kilómetro por recorrer.
Eché a caminar al trote por la carretera sin asfaltar que seguía el contorno de la bahía. Una continua procesión de vehículos avanzaba a mi lado, no mucho más rápidos en su progresión y tan próximos que me rozaban la ropa. Sin embargo, ninguno se detuvo a recogerme. Sus ocupantes me observaban con aire flemático por un instante antes de desviar la mirada. Yo seguía corriendo y trastabillando a su lado con el rostro enrojecido, nervioso, con la lengua fuera, igualito a un perro de caza que siguiera a una máquina trilladora campo arriba y campo abajo. Tenía ganas de escupirles a través de la ventanilla, de hacerme con un montón de pedruscos y soltarles una lluvia de cantazos. Aunque lo que yo en ese momento de veras quería era encontrarme muy lejos de donde estaba. En un lugar tranquilo y solitario, donde no hubiera un alma.
Naturalmente, yo sabía bien por qué nadie se ofrecía a llevarme. Entre semejante tráfico ningún automóvil podía detenerse. Si alguno se parase, los coches que venían detrás lo empujarían hacia delante, por mucho que tuviera echado el freno de mano y apagado el motor. Y casi todos ellos estaban atestados de obreros; y no podían transportarme en el estribo del vehículo, cosa que está prohibidísima en esta ciudad.
Me daba igual. Yo seguía odiándolos. Sentía hacia ellos casi el mismo odio que sentía hacia mí.
Llegué a la fábrica justo cuando sonaba el silbato que indicaba que faltaban cinco minutos para la hora. De hecho, se supone que a menos cinco todos los obreros tienen que estar en el interior de la fábrica y en su puesto; pese a todo, cientos de hombres se encontraban en la misma situación que yo. Me puse a la cola de la puerta donde me tocaba fichar. Aunque estaba muy débil, me encontraba mejor. Tanto sudar me había sentado bien.
Una sucesión de metálicos clics combinada con el rumor del papel grueso al ser manipulado me llegaba de la puerta, donde los guardas jurados revisaban las tarteras y los envoltorios de los almuerzos de los obreros. Uno de los hombres, novato a todas luces, traía la comida envuelta en papel de periódico. La progresión de la cola se paralizó mientras el guarda quitaba las gomas elásticas y abría el paquete.
Cuando llegué ante el guarda asignado a nuestra puerta, este echó un vistazo a mi pase y a la tarjeta que llevaba en la solapa. Se quedó con el pase, me arrancó la tarjeta de la chaqueta y me empujó en dirección a las colas vecinas.
—Por allí. Tienes que pasar por el despacho del jefe de seguridad.
No pregunté por qué. Me pareció que ya lo sabía. Por un segundo estuve tentado de salir corriendo. Pero entonces pensé que si de veras querían pillarme, me acabarían pillando de todas formas. Así que me quedé plantado ante el escritorio hasta que el jefe de seguridad tocado con gorra de militar y correaje alzó la mirada en mi dirección. El tipo tenía la cara rechoncha y fría, y los ojillos astutos.
—¿Número?
—¿Cómo?
—El número, hombre, el número. El número que tienes asignado en el reloj de entrada.
—Ah. —Se lo dije.
El jefe de seguridad abrió un cajón y sacó una nueva tarjeta y un carné amarillo laminado con cola de pescado. El pase exhibía la fotografía que me habían hecho el día anterior, mi nombre, mi edad y una detallada descripción física.
—Aquí tienes tu tarjeta definitiva, con la que ficharás la entrada todas las mañanas. Y este es tu carné de identificación personal. Ni se te ocurra perderlos, prestarlos u olvidarlos. Tienes que llevarlos encima para acceder al recinto y mientras estés dentro de él. Si los olvidas en casa, tendrás que abonar cincuenta centavos en concepto de pago al mensajero que enviaremos para recuperarlos. Y si los pierdes, la cosa te saldrá por un dólar. ¿Está claro? Muy bien. Buena suerte.
Fiché y caminé por el atestado exterior hacia la puerta principal de la fábrica... ¿Aliviado? Acaso no sea esa la palabra adecuada. Quizás en otro momento os explique por qué.
Como de costumbre, la puerta del almacén estaba cerrada con llave. Vi que Moon, Busken y Vail charlaban animadamente en el departamento de piezas adquiridas, a todas luces ajenos a mi llegada. Gross, el contable, estaba sentado en su taburete, concentrado en la manicura de sus uñas. Me acerqué a la ventanilla.
—¿Qué tal si alguien me abre la puerta? —pregunté.
Gross alzó la vista. Es un hombre apuesto, de cabeza bien conformada y ojos y cabello oscuros, si bien su complexión física es tan enorme que ofrece un aspecto más bien curioso. Esa mañana iba vestido de forma impecable, envuelto en una chaqueta de napa y unos pantalones de pana marrón.
—Siempre puedes entrar por la ventanilla —sugirió en tono afable.
—Pero hay un cartel que lo prohíbe.
—Pues qué bien. Lo que es yo, todos los días entro por la ventanilla.
Con los pies por delante, me escurrí por la ventanilla justo cuando sonaba el silbato de las siete en punto. Al poner los pies en el suelo me di de bruces con Moon.
—Yo en tu lugar no volvería a hacer este tipo de cosas —apuntó—. Te recuerdo que están prohibidas.
Me volví hacia Gross. Dándonos la espalda, el contable se aprestaba a sacarle la funda a su máquina de escribir.
—Muy bien —dije—. ¿Qué quiere que haga hoy?
—Que vayas ordenando estas piezas tiradas por el suelo, para empezar.
—¿Cómo...?
Pero Moon ya me había vuelto la espalda. Moon mide más de uno ochenta, es muy moreno, y tan delgado que parece flotar en el aire en vez de caminar.
Un hombrecillo joven y rechoncho, de aspecto mexicano, deambulaba por la zona cubierta con papel de embalar donde se acumulaban las piezas llegadas durante la noche. Al acercarme a él, recogió un hatillo de piezas y echó a andar hacia las estanterías. Recogí un segundo hatillo y le seguí los pasos.
El desconocido distribuyó su carga con rapidez por estantes y cajones y se dispuso a volver sobre sus pasos, dejándome allí plantado.
Lo detuve.
—¿Dónde van estas piezas? —pregunté.
Tras echar una ojeada a los componentes, mi interlocutor me quitó varios del brazo y los distribuyó de forma correcta.
—Las demás no se guardan aquí —me soltó, de nuevo aprestándose a marchar.
Lo seguí.
—Entonces, ¿dónde se guardan?
—Los rebordes para tanque de gasolina, en Soldadura; las agarraderas, en Submontaje; los soportes de cuaderna a compresión, en Laminados Metálicos.
—¿Y cómo es que los han dejado aquí?
—Ni idea. Las agarraderas antes se guardaban aquí para que los de Montaje Final las engarzasen. Supongo que el transportista se habrá equivocado.
Ya estábamos otra vez en el área de descarga.
—De momento, déjalo todo en el suelo —indicó mi compañero—. Cuando pueda, iré a buscar una carretilla. Si quieres, puedes ir almacenando esas nervaduras, que sí que son para nosotros.
Tras señalar las nervaduras, me indicó los estantes a los que estaban asignadas. Cargué una carretilla, la llevé junto a las estanterías y me puse a distribuir las nervaduras por los estantes. Trabajaba a ritmo más bien lento, y no solo por la resaca. Las nervaduras tenían tendencia a engancharse en el papel de embalar, que tenía que ser dispuesto capa por capa, y a arrastrar las hojas al fondo del estante. A pesar de su tamaño, las nervaduras eran tan livianas que el menor golpecito sobre una de las piezas bastaba para desordenar el montón entero.
Al mediodía apenas si había dispuesto dos tercios de las nervaduras, y estaba tan nervioso que me olvidé de lo débil y hambriento que me sentía. Fui al baño y me lavé un poco, y fumé un par de cigarrillos en el patio. Luego volví al departamento y reemprendí mi labor.
El desconocido de piel morena apareció hacia la una. Por lo que parecía, ahora podía dedicarme unos minutos.
—¿Cómo va eso? —preguntó. Antes de que yo pudiera responder, añadió—: A ver, a ver... ¡Vaya! ¿No estarás apilando esos dos modelos juntos?
Mi compañero revolvió entre los estantes, sacando una pieza de allí y otra de aquí.
—¿Te has dado cuenta de que son distintas? Una tiene las ranuras en un lado y la otra en el otro. Y fíjate, aquí lo verás. Los agujeros para los remaches están espaciados de forma diferente. En una pieza están alineados a pares, mientras que en la otra están dispuestos con regularidad.
Pues qué bien. «¿Y por qué demonios no me lo dijiste antes?», pensé. Sin embargo, me contenté con pensarlo.
—¿He metido la pata con alguna otra pieza? —pregunté con actitud dócil.
—Harías mejor en poner parte de estos componentes en el estante opuesto. Sí, ya sé que se trata de nervaduras derechas, pero el caso es que siempre ajustan una de ellas a cada ala izquierda. Y lo mismo vale para las nervaduras izquierdas de esta clase. El truco está en acordarse de que en cada ala se ajusta una nervadura izquierda y una nervadura derecha.
—Me parece que voy a renunciar al empleo —afirmé, y lo decía en serio.
—Con el tiempo le pillarás el truco —dijo él, con una sonrisa maliciosa—. Un poco de tiempo, y la cosa está chupada.
—Y ahora, ¿cómo pongo en orden todo este follón?
—Ya... —Mi compañero lanzó una rápida mirada por encima del hombro—. Tengo que hacer un recado en el departamento de Conos de Cola, pero está bien... Te voy a echar una mano.
La verdad es que solventó el desaguisado en menos de media hora.
Moon hizo aparición justo cuando había terminado.
—¿Has llevado ya el pedido a Conos de Cola, Murphy? —preguntó—. No paran de darme la murga.
Observé a mi moreno compañero por un segundo. Es posible que no tuviera ni idea de nervaduras, me dije, pero sí que sabía reconocer a la gente a la primera y a los mexicanos los detectaba a la legua. Una cosa estaba clara: el tal Murphy no tenía nada de irlandés.2
—Si hay algún problema, la culpa es mía —dije mientras Murphy salía a escape—. Como me equivoqué al almacenar estas nervaduras, Murphy me ha echado un cabo y me ha enseñado a ordenarlas.
—¿Y cómo es que te has equivocado al almacenarlas? —inquirió Moon—. Y ya puestos, ¿dónde están los viajantes?
—No lo sé —respondí—. La verdad, tampoco sé muy bien lo que es un viajante.
Moon se dio media vuelta y me hizo una seña con la cabeza para que lo siguiera. Al llegar ante el mostrador principal, se detuvo, y yo también me detuve. El capataz se agachó frente al estante que había bajo el mostrador, abrió su tartera del almuerzo y sacó una manzana. Tras morderla, masticar el bocado y tragárselo garganta abajo, echó a caminar hacia el escritorio de Gross.
—Gross —dijo Moon con la boca llena—, ¿has visto algunos viajantes sueltos por ahí?
—Pues sí —contestó Gross—. He encontrado tres..., no, cuatro, me parece.
—Déjame verlos.
Los viajantes eran unas cartulinas azules y cuadradas mecanografiadas en toda su extensión.
—Los viajantes informan del proceso completo de manufacturación de un componente determinado —me explicó Moon—. Sirven para efectuar el seguimiento total del componente, y cuando llegan aquí, realizamos nuestra propia anotación y los entregamos a Gross, quien a su vez registra el asiento en sus libros... Así que me temo que ahora habrá que contar esas nervaduras para mayor seguridad. Gross se encargará de hacerlo dentro de un rato.
—Ya lo hago yo mismo —me ofrecí—. Al fin y al cabo, soy yo quien se ha equivocado.
—Que lo haga Gross, que ahora tiene poco trabajo.
—Ahora mismo me encargo del asunto —dijo Gross.
Moon dio un último mordisco a su manzana, acercó un cajón de madera a la valla y se subió a él. A una quincena de metros, un guarda jurado nos daba la espalda apoyado contra una columna. Moon echó un lento vistazo a su alrededor, puso el brazo hacia atrás con gesto pausado y lanzó el corazón de la manzana hacia el guarda jurado. El pequeño proyectil se estrelló contra la rígida visera de la gorra del guarda, hundiéndosela sobre los ojos, rebotó a gran altura y acabó aterrizando en la carlinga de un avión.
Moon se bajó del cajón, sin que ninguna sonrisa se pintara en su rostro.
—Y ahora, a currar un poco —ordenó—. Hay que barrer este suelo a conciencia.
5
Cuando fiché a la salida, Gross estaba justo detrás de mí y me siguió a través de la puerta.
—¿Vuelves a casa en coche?
—No tengo coche —expliqué.
—Si te apetece, acompáñame hasta el mío. Lo tengo aparcado por ahí.
Le di las gracias, y echamos a caminar, esquivando la doble corriente de tráfico que empezaba a fluir hacia el Pacific Boulevard.
—¿Qué te parece ese tipo, Moon...? —me preguntó Gross—. Convendrás en que ese pájaro no está en sus cabales.
Me eché a reír.
—Reconozco que tiene sus manías.
—Está loco de remate —sentenció Gross—. Y me da igual que se entere de lo que pienso. Si alguien le va con el cuento, me parece muy bien. Desde que entré a trabajar en el departamento, no ha hecho más que amargarme la existencia.
Me pareció conveniente cambiar el curso de la conversación.
—¿Llevas mucho tiempo en la fábrica?
—Cuatro meses. Aunque solo llevo tres semanas en el almacén. Antes estaba en Martinetes de Forja.
—Me imagino que preferirás trabajar en este departamento.
—Lo preferiría si Moon no estuviera como una cabra e insistiera en hacerme la vida imposible. Yo no estoy acostumbrado a que me traten así. A Moon no le caigo bien porque Personal me trasladó a su departamento sin consultarle. Lo que pasó fue que tomé la iniciativa y fui a hablar con el encargado de personal; le expliqué que yo tenía estudios universitarios y que aspiraba a un puesto un poco mejor. La charla fue como la seda. El encargado de personal es buena gente. El hombre resultó muy aficionado al deporte, y cuando se enteró de que yo había estado en la selección universitaria, empezó a mirarme de otra forma. Pocos días más tarde despidieron al contable del almacén (el mismo Moon reconoce que era un inútil) y acabaron ofreciéndome el puesto.
Gross se detuvo y abrió la puerta de un destartalado sedán Chevrolet.
—¿Qué te ha parecido Murphy? —preguntó de improviso, cuando ya tenía un pie en el estribo del vehículo.
—¿Qué quieres decir? —dije yo.
Gross soltó una risita despectiva.
—Ese tiene cara de ser mexicano por los cuatro costados. ¿O es que no te has fijado?
—Pues... sí.
—¡Y aún tiene la jeta de hacerse llamar Murphy! Los de la fábrica tendrían que hacer algo, ¿no te parece?
—Pues... no sé.
—Pero, hombre —insistió Gross—, si tú mismo estás de acuerdo en que ese tipo es mexicano de los pies a...
—Sí —admití—. Pero...
—Pues eso mismo —cortó él.
Gross subió al automóvil, se acomodó ante al volante y me miró con ligero aire socarrón.
—Ah, me olvidé de decirte una cosa. En realidad este coche no es mío. En realidad pertenece a otro compañero. Lo que no sé es a qué hora saldrá, y mucho me temo que vendrá con otros. Tal vez lo mejor es que sigas por tu cuenta.
—Claro —respondí—. Ningún problema.
—Pero no te preocupes que cuando traiga mi propio coche, siempre podrás regresar conmigo —añadió a mi espalda.
—Gracias —contesté sin volver la vista atrás.
Comprendí que se estaba riendo, cosa que me incomodó. La mezquindad ajena siempre me incomoda, incluso cuando la víctima soy yo. Ante los tipos así, lo que siento es vergüenza ajena.
Bastante más tarde, bien entrada la noche, pensé en lo que había dicho y en cómo sonarían mis palabras al ser repetidas ante Murphy. Porque estaba seguro de que Gross se encargaría de repetírselas. Estaba seguro de ello, porque es infrecuente que mis palabras o mis acciones no me traigan alguna complicación inesperada. Por supuesto, siempre me quedaba el recurso de presentarme ante Murphy de buenas a primeras y contarle que Gross me había tirado de la lengua hasta hacerme decir lo que no quería decir. Pero ¿qué pasaría entonces si Gross finalmente no le decía nada? Murphy acabaría yéndole a Gross con el cuento, y me encontraría teniendo que responder ante ambos a la vez. Si Gross admitía la verdad, yo quedaría como un cotilla y un soplón. Y si me tachaba de mentiroso, ¿qué podría hacer?
La verdad sea dicha, no es que Gross me dé miedo. Me han sacudido tantas veces que sé que el dolor físico tampoco no es tan terrible. Gross solo me atemoriza en el sentido de que puede complicarme la existencia, justo ahora que estoy al límite de mi aguante. Tengo que rehacerme a toda costa.
A la mañana siguiente, justo después de cruzar el Pacific Boulevard, al enfilar el camino sin asfaltar, la bocina de un automóvil resonó a mi espalda. En San Diego no es frecuente oír bocinazos; me parece que hay cierta ordenanza local al respecto. Me volví; era Moon. El capataz estaba al volante de un Buick último modelo, cuya puerta oscilaba recién abierta. Subí al coche.
Cuando llegamos a la fábrica, Moon aparcó en una plaza reservada. Le di las gracias y me apresté a salir del coche.
—No hay prisa, Dillon... Dilly. Solo son las seis y media.
Encendimos sendos cigarrillos. Moon me escrutó con la mirada. «Tendrá unos treinta años», pensé.
—Somos de complexión parecida, Dilly.
Le dije que sí, que era verdad. Me preguntaba adónde quería ir a parar. Yo no creo que Moon esté chiflado, como sostiene Gross. Más bien pienso que simplemente no se corta un pelo a la hora de decir o hacer lo primero que le pasa por la cabeza.
—En todo caso, diría que te llevo unos cuantos kilos.
—Y lo malo es que no consigo engordar —dijo él—. Será porque mi mujer no me deja en paz por las noches.
Me eché a reír.
—Cada vez que creo gozar de un respiro —añadió—, la parienta me prepara un montón de sándwiches de huevo duro para el desayuno. Después de que anoche le dijera que me estaba dejando en la piel y los huesos, esta mañana me ha preparado media docena. Uno creería que fue ella, y no yo, quien estuvo viviendo en China.
—¿Estuviste en China?
—Me chupé dieciocho años en el interior del país. Como suboficial, al final de mi servicio en la Marina... ¿Alguna vez has trabajado en una oficina, Dilly?
—Sí. No es lo mío, pero sí que lo he hecho.
—El problema de ser contable en un lugar como este —apuntó— consiste en que es necesario conocer bien los componentes. No basta con saber escribir a máquina y llevar los libros. Un ejemplo: Gross tenía cuatro meses de experiencia en otra fábrica antes de llegar aquí, así que entiende de componentes bastante bien. O debería entender, cuando menos.
—Lo que es yo, no entiendo demasiado —reconocí.
—Procuraré echarte una mano —dijo él—. Tendría que haberlo hecho antes, pero es que llevo unos días que voy de culo. Recuérdamelo hoy mismo y te echaré un cable.
Entré en la fábrica sintiéndome un tanto mejor de lo que me había sentido en mucho tiempo. Por supuesto, a estas alturas tendría que saber que nadie me va a hacer ningún favor que no tenga su contrapartida. Pero siempre me acaban entrando cuando estoy con la guardia baja.
Mientras que a la gente de Componentes Adquiridos les habían hecho entrega de un montón de barriles de pernos y arandelas, a nosotros apenas nos habían traído piezas, así que me enviaron a que les echara una mano para almacenarlos en cubos. Mientras me aplicaba a la labor tuve ocasión de presenciar una nueva muestra del peculiar humor de Busken y Vail.
Todos los componentes pequeños de esa clase se someten a un proceso denominado «magnaflux», esto es, se bañan en un tinte azul especial. En parte para prevenir la corrosión, según me parece; en parte para poner de relieve posibles defectos de manufacturación. Como es de esperar, el tinte se desprende con facilidad. Después de estar cinco minutos manos a la obra, me encontré con las manos empapadas. En ese momento, un joven ataviado con camisa blanca se acercó al mostrador. Era uno de los chicos de la oficina encargados de dar con esta o aquella pieza concreta. Vail se ajustó un par de guantes con rapidez. Busken se escurrió entre las estanterías y salió por la puerta del recinto.
—¡Hombre! ¡Pero si es Jack, mi viejo amigo! —exclamó Vail con calidez, mientras daba un paso al frente con la mano derecha tendida, al tiempo que se quitaba el guante con la otra—. ¿Dónde te habías metido, Jack?
—Ni se te ocurra venirme con otra de tus bromas —dijo Jack, quien sin embargo tendió su propia mano de forma automática—. Tengo prisa y...
Vail al momento se quitó los guantes y cogió la mano que el otro le tendía, masajeándola con vigor.
—¡Dichosos los ojos! ¿Cómo va todo, Jack, viejo amigo? — preguntó, empapando en tinte la mano ajena—. ¿Te has fijado en que el tiempo está loco últimamente? ¿Te parece que lloverá hoy, Jack...?
—¡Suéltame de una vez, hijo de puta! —ladró Jack—. ¡Que me sueltes, coño! Te he dicho que tengo prisa y no estoy para...
Busken apareció por detrás y le palmeó la espalda, aferrando aquellas mangas de camisa tan blancas con las dos manos azules, sin que pudiera reprimir la risa.
—¡Vaya hombre! Pero ¿qué le ha pasado al pobre Jack? —se interesó—. ¡Que me aspen si no se ha ensuciado las manitas! ¡Je, je!
—¡Pues sí! —saltó Jack—. Y la culpa la tiene este hijo de puta que... —En ese momento advirtió el destrozo causado en su camisa—. ¡Serás cabrón! —chilló—. ¡Me has desgraciado la camisa! ¡Maldita sea, juro que...!
Vail aprovechó para aferrar la mano izquierda de Jack, inmovilizando las dos con un fuerte apretón.
—El pobre Jack está un poco cansado —explicó a Busken—. Lleva demasiado tiempo al sol. Mejor que te quedes con nosotros, Jack. Aquí dentro hay diez grados menos y se está mucho más fresquito.
Vail dio un paso atrás y estiró de las manos del infortunado Jack, tratando de llevárselo consigo al otro extremo del mostrador. Busken estaba que casi bailaba de perversa alegría.
—¡Pásame la escoba, Dilly! —jadeó entre risas—. Al amigo Jack le vamos a revisar, je, je, la próstata. ¿Te apetece que te hagamos un masajito, Jackie? ¡Je, je!
Le pasé una escoba ordinaria de cocina. Manteniéndose a prudente distancia de posibles pataleos, Busken insertó lentamente el ajado cepillo de paja entre las nalgas de Jack. Este se revolvía, estremeciéndose con una risa rabiosa. Busken le dedicó un delicado cosquilleo sobre los testículos. Jack dio un respingo y quedó suspendido en el aire por un segundo.
Mientras Busken seguía atormentándolo con la escoba —y nunca había visto a nadie poner semejante entusiasmo en una labor—, Vail estiraba de él. Poco a poco, el cuerpo de Jack empezó a deslizarse por el mostrador.
Mientras Busken y Vail seguían en plena faena, Moon apareció de repente y se quedó contemplando la escena, sin mostrarse ni divertido ni irritado por cuanto estaba viendo. Vail se volvió hacia él y preguntó:
—¿Querías alguna cosa?
—¿Cuánto rato pensáis seguir ocupados?
—Un minuto y terminamos.
—Mejor que os deis prisa. El guarda está a punto de venir.
Al cabo de un momento, ya habían arrastrado a Jack al otro lado del mostrador. A esas alturas estaba hecho un destrozado manojo de nervios, solo capaz de seguir allí plantado repartiendo insultos, y ni siquiera con mucha efectividad.
—Mejor que te vayas de aquí —observó Moon—. Se supone que a este recinto solo pueden acceder los empleados del departamento.
—¡Maldita sea! —chilló Jack—. ¿Es que no ha visto lo que me han hecho? ¿Es que se cree que...?
—Como digo, mejor que te vayas —repitió Moon—. No puedo dejar pasar a nadie a este departamento, y eso es lo que me propongo hacer en este momento.
Jack salió por la puerta principal murmurando imprecaciones mientras se remetía los faldones de su camisa destrozada.
—Ven conmigo, Dilly —dijo Moon—. Quiero que me pases unos borradores a máquina.
Acompañé a Moon hasta el escritorio de Gross.
—Gross, déjale tu taburete a Dilly un momento —indicó Moon—. Quiero que me pase unos borradores a máquina.
Gross se levantó en el acto.
—Yo mismo puedo hacerlo.
—Mejor que ayudes a Murphy a llevar esas hélices a Mantenimiento.
Gross enrojeció.
—Pensaba que aquí el contable era yo.
—¿Y quién dice lo contrario?
—Entonces, ¿por qué...? ¿Para qué...? ¡Qué demonios! —Con el ceño fruncido, Gross nos volvió la espalda y se alejó de nuestro lado.
—Dilly, quiero que pases a máquina estos dos pedidos —explicó Moon, haciéndome entrega de dos hojas de papel anotadas a máquina—. Un pedido de primera entrega. La primera entrega se refiere a veinticinco barcos, la segunda a cincuenta. A medida que nos vamos organizando y se incrementa la producción, las entregas son cada vez mayores.
—Entonces, ¿este pedido incluye las piezas necesarias para terminar veinticinco barcos? —pregunté.
—Exacto. Lo normal sería que tú mismo elaborases el pedido a partir de los libros, pero como eres nuevo, yo me he encargado de hacerlo. Fíjate. Esta es la primera unidad del listado: un soporte de mamparo. Número F-1198. Hay cuatro piezas de esta clase por barco. En estos momentos hemos enviado cuarenta a Montaje Final y contamos con cuarenta y tres más en el almacén, así que nos faltan diecisiete. Cuatro piezas por veinticinco barcos nos da un total de cien piezas, y si solo contamos con ochenta y tres piezas, es que nos faltan diecisiete.
—Captado —repuse.
—Bien. Quiero que me entregues un original y cuatro copias, y me gustaría ver lo que tardas en tenerlo todo a punto.
Me restregué las manos en el pantalón, ajusté papel carbón y cuartillas en el carro de la máquina de escribir y me puse manos a la obra. Como era de esperar, estaba nervioso, y la máquina no funcionaba como era debido. Pero me las arreglé para liquidar el pedido, compuesto casi enteramente de números y referencias, en menos de media hora. Sin cometer un solo error.
Bastante satisfecho con mi labor, entregué el pedido a Moon.
Este le echó una mirada y fijó sus ojos en mí.
—¿De dónde salen todas estas manchas?
—Vaya. Es que he estado tintando esos pernos... —expliqué—. Aunque yo diría que no es cosa tan grave.
Me pareció que esta última frase era meramente retórica, pues las cuartillas estaban prácticamente impolutas.
—No puedo enviar un pedido así a la oficina —declaró Moon.
—Entonces, ahora mismo me lavo las manos y lo redacto de nuevo —ofrecí.
—Olvídalo.
—Pero si no me cuesta nada... —protesté—. Ya que no lo he hecho bien del todo, me gustaría repetirlo.
—Olvídalo —repitió él—. Que lo haga Gross.
—Pero...
—Y además tenía pensado asignarte otra faena en este momento.
Me pasé el resto de la jornada montando cajas para los componentes, acaso la labor más desagradable que sea posible concebir. Las cajas nos llegan en forma de trozos de cartón planos. Hay que coger cada cartón, hacerle un reborde al final y a los lados y embadurnar la pestaña trasera de cola. A continuación hay que fijar la pestaña con rapidez, embadurnarse uno mismo hasta los codos, poner sacos de arena sobre ella y dejarla un rato a secar, hasta que la cola esté bien fijada. Cuando la pestaña trasera está firmemente unida, quitas los sacos de arena, aplicas cola sobre una recia tabla que se ajusta bajo la pestaña frontal y repites todo el proceso. La caja ya está más o menos lista, y solo falta atornillar el mango. Lo normal es que los tornillos del mango astillen la madera del tablón, cuyo veteado muchas veces discurre en el sentido equivocado, y entonces te toca volver a empezar de cero.
Esa cola es de un tipo similar al que cierto sujeto comercializaba en Ranger, Texas, durante los años del boom del petróleo. Papá me había hablado del asunto. Un campesino entrado en años la elaboraba a partir de una fórmula secreta y la vendía junto a los pozos. La transportaba en una calesa tirada por un caballo. Aquella cola lo pegaba todo. Si alguien se seccionaba una mano por accidente, solo tenía que unirla con aquella cola, y la mano quedaba como nueva. Si se soltaba una sección de tubería, un poco de cola solventaba el desperfecto. Papá siempre me contaba la misma historia (la oí tantas veces que al final le daba la espalda y me marchaba cuando empezaba otra vez con el rollo de siempre). Según decía, en cierta ocasión el campesino pasaba junto a un pozo en el momento preciso en que el encargado puso la torre de perforación en funcionamiento. Uno de los cables tensores saltó zumbando por los aires y cayó justo tras la cabeza del caballo, de modo que seccionó el animal en dos. Por supuesto, el campesino ni se inmutó; tenía muy claro lo que había que hacer en aquel momento. Simplemente cogió un frasco de cola y volvió a unir las dos mitades del caballo. Por desgracia, no las colocó tal como estaban en un principio. Más bien las unió de forma que dos de las patas del caballo apuntaban en una dirección y las otras dos en la otra. Pero la cosa funcionó. Y es que aquel animal era de lo que no hay. Cuando se cansaba de caminar sobre dos de sus patas, el campesino se contentaba con darle la vuelta y hacerlo caminar sobre las otras dos.
En fin...
A mediodía mis manos parecían lucir sendos guantes amarillos. Y la cola no se iba tan fácilmente como yo me las prometía. Me vi obligado a comer mis sándwiches sosteniéndolos sobre las palmas de las manos, y para fumar un cigarrillo tuve que sacarlo del paquete con los labios.
Gross se lo estaba pasando en grande, por mucho que se solidarizase conmigo verbalmente y me reiterase su convicción de que Moon estaba loco de remate.
Cuando volví a casa esa noche, Roberta se metió conmigo en el cuarto de baño y me enjabonó y refregó las manos a fondo. Al final acabó llorando como una magdalena. Después de cenar seguía tan apenada por mí que nos fuimos al Balboa Park, donde pasamos un buen rato sentados hasta que todos se marcharon a dormir.
Volvimos a casa. Todo estaba en silencio. Entré en la cocina a por un vaso de agua, momento en que oí como Roberta corría las cortinas y disponía una silla bajo el pomo de la puerta. Esperé un minuto antes de entrar en el dormitorio. Dejé conectada la luz de la cocina. Roberta es consciente de su físico y, cuando nos metemos en faena, le gusta hacerlo con un poco de luz. No he conocido a ninguna otra mujer a quien le guste.
Entré. Roberta había dispuesto los cojines de la cama turca en el suelo y estaba tendida sobre ellos, con el vestido arrugado y a un lado. Alzó la mirada, me sonrió y me ofrendó sus pechos con las manos. En ese momento me pareció más blanca y resplandeciente, más hermosa y enloquecedora que nunca.
Yo la había visto cinco mil veces de ese modo, y de nuevo volvía a verla tan preciosa. Como si la viera por primera vez. Sentí el ansia demencial e incomprensible que siempre me asaltaba en momentos así. Y que siempre me seguirá asaltando.
Y en un momento me encontré a la vez en el cielo y en el infierno. Hubo un tiempo en el que yo conseguía hundir mi ser entero en semejante éxtasis y olvidarme por completo de lo que estaba por venir. Pero los impulsos sexuales ahora se desplazan más allá de su periferia habitual, incidiendo, dolorosos, en mi corazón, mis pulmones y mi cerebro. Una nube me rodea, una neblina oscura, y siento que me asfixio. Y los horrores que están por llegar se tornan próximos, observándonos, de forma que me siento lascivo, vulgar, avergonzado.
No hay belleza en lo que hacemos. Lo nuestro es feo, despreciable. Durante varios días me voy a sentir atormentado, obsesionado, empequeñecido, enmudecido.
Y, sin embargo, incluso durante esos días..., incluso mañana por la mañana al despertarme... Pues sí, incluso dentro de una hora...
6
El viernes no me pagaron.
Serían las dos de la tarde cuando Gross se acercó y me preguntó si quería apuntarme al bote de los cheques. Le pregunté qué era eso.
—Una especie de póquer que jugamos con los cheques el día de paga —explicó—. Cada cheque tiene su propio número de serie, y quien saca el número de serie más alto —lo que sería la mejor mano en una partida de póquer— se lleva el bote al completo.
—¿Cuánto cuesta apuntarse?
—Veinticinco centavos. A nuestro bote siempre se apuntan unos cien hombres, del almacén, de Laminados, de Submontaje y Recepción. Vale la pena. Si tienes suerte, te llevas veinticinco dólares.
—¿Puedo apuntarme cuando me paguen el cheque en efectivo? —pregunté—. Ahora mismo no tengo cambio.
—Sí, no hay problema —dijo él.
Gross iba a marcharse cuando de pronto vaciló un instante.
—Una cosa. Tú entraste a trabajar este lunes pasado, ¿verdad?
—Pues sí.
—Vaya. En ese caso hoy no cobrarás. Aquí pagan con una semana de retraso.
No podía creerlo, y eso que tal práctica es corriente. Y es que necesitaba el dinero desesperadamente. Le pregunté a Moon al respecto.
—Pues no, hoy no te pagarán —admitió—. Siempre pagan con una semana de retraso. El salario de esta semana lo cobrarás el viernes que viene.
Está claro que mi rostro debió de reflejar lo que sentía en ese momento.
—Tampoco es para tanto, hombre —dijo Moon—. Si verdaderamente estás apurado, los de Personal a veces te hacen un anticipo de cinco o seis dólares. No es que les guste demasiado, pero a veces lo hacen.
—Supongo que me las arreglaré.
—Ya sé que no hace mucha gracia, pero la verdad es que al final vale la pena. Siempre está bien saber que cuentas con una semana de paga adicional.
Esa noche me sentía fatal al volver a casa. Más que de costumbre, quiero decir. Yo sabía que nadie me culparía de nada; no de forma explícita, cuando menos. Pero el follón sería de órdago.
Al doblar la esquina de la Segunda Avenida reconocí el coche aparcado frente a nuestra casa. Así que me colé por el jardín del vecino y enfilé el caminillo de tierra hasta llegar ante nuestro dormitorio. Rasqué un poco la persiana y Roberta apareció en la ventana.
—¿La casera está ahí contigo?
—Sí. ¿Te han abonado el cheque?
—No he cobrado ningún cheque. Resulta que...
—¡Que no has cobrado! ¡Jimmie...! Pero ¿es que no les dijiste que...?
—Escúchame —corté—. Deja de levantar la voz y escúchame bien. Resulta que en la fábrica pagan con una semana de retraso. Normas de la empresa. No hay nada que pueda hacer. La cuestión es...
—Pero ¿no les has dicho que necesitabas el dinero? ¿O es que pretenden que vivas del aire?
—Eso a ellos les importa un carajo. La cuestión es que tienes que explicarle a esa mujer cómo están las cosas. Dile que ya le pagaremos la semana que viene.
—¡No puedo hacer eso, Jimmie!
—Ya te retrasaste en el pago una vez, ¿recuerdas? —apunté—. Y al fin y al cabo, fuiste tú quien le alquiló la casa. Ella a mí no me conoce. Si ahora aparezco y me pongo a hablar con ella, pensará que le estás tomando el pelo.
—¿Y qué vamos a comer estos días?
—Ahora no te preocupes por eso. Entra y...
—¡Pero no nos queda nada en la despensa, Jimmie! No sé qué vamos a hacer...
—¿Hablarás con ella de una vez? —insistí.
—Pues no —contestó Roberta—. Díselo tú.
—Tengo una idea. Hablemos con mamá un momento y que se lo explique ella misma.
El rostro de Roberta se endureció.
—¡No quiero que metas a tu madre en esto! Hoy mismo he tenido otra agarrada con ella. Y solo porque se me ocurrió decirle que Frankie siempre se olvida de limpiar la bañera. Y juro que se lo dije de buenas, Jimmie. Solo comenté que la casa estaría mejor si todos...
—Roberta —la corté—. ¿Vas a hacer lo que te digo, sí o no?
—Pues no, Jimmie, no pienso hacerlo.
—Muy bien —dije yo—. Hasta mañana... Quizás.
—¡Jimmie! ¡Jimmie! ¿Se puede saber adónde vas ahora?
—¿Y a ti qué más te da?
—¡Jimmie! ¡No puedes...!
—Adiós.
—¡No puedes hacerme esto, Jimmie!
—¡Eso lo vamos a ver ahora mismo! —repliqué en tono sombrío.
Y el Destino aceptó la invitación.
Mack, Jo y Shannon salieron corriendo en tropel por una esquina de la casa y se me echaron encima.
—¡Papá! —gritaban—. ¡Papá! ¡Papá! ¿Ya te han pagado? ¿Tienes el dinero? ¿Nos comprarás...?
Entre el alboroto oí la voz de mamá, forzada en su jovialidad.
—Y bien, parece que el padrazo ya está aquí. Si es usted tan amable de esperar un momento...
Entré. La cosa no resultó tan nefasta como pensaba. En un sentido, cuando menos.
La vieja casera era una de esas personas chifladas por los escritores, del tipo que sean, e incluso resultó que había leído algunos de mis relatos. De forma que me tomó por un excéntrico, y no por un inútil. De acuerdo con sus propias palabras, sin duda estaba trabajando en una fábrica de aviones a fin de documentarme para mi próximo libro. En lo tocante al dinero...
—No hay problema, señor Dillon, págueme puntualmente el viernes que viene y asunto concluido. Todos sabemos cómo son ustedes los escritores, los bohemios... Siempre con la cabeza en las nubes, ja, ja. ¡Siempre serán incorregibles! ¡Ja, ja...!
Ja, ja...
Sentado en el salón, yo sonreía de forma automática, tan nervioso como un gusano en un estanque plagado de peces, rezando porque a Shannon no le diera por soltarle una colleja a la casera, porque Mack no le arruinara el sombrero, porque Jo no dijera alguna barbaridad de las suyas.
Por fin, hacia las seis, entre risas falsas a más no poder, conseguí que se marchara por la puerta.
Menos mal que se fue en ese preciso momento. A las seis y cinco, Frankie se presentó en casa con Clarence, un tipo portugués, antaño pescador y ahora empleado como carpintero en el mismo astillero donde trabaja Frankie. Cocidísimos de cerveza, entre los dos acarreaban un atún de treinta kilos.
7
El sábado tuve que trabajar. Cuando me contrataron, me explicaron que haría cinco jornadas de ocho horas por semana. Pero Moon dice que a partir de ahora seguramente trabajaremos todos los sábados y quizás incluso algún domingo. El gobierno quiere aviones y los quiere cuanto antes.
A mí ya me va bien. Estoy más a gusto en la fábrica que en casa; a la vez, las horas extraordinarias se pagan con un cincuenta por ciento adicional. Y yo necesito ganar más.
Antes decía que cuando tenía dinero no era más feliz que ahora. Esa verdad es relativa. Según recuerdo, papá no se llevaba mucho mejor con nosotros cuando andaba sobrado de dinero que cuando estaba sin blanca, si bien Dios sabe que la culpa no era nuestra. Y cuando tenía dinero, nosotros nos lo pensábamos dos veces a la hora de buscarle las cosquillas. Lo mismo sucede en mi caso. Las cosas no estaban tan mal cuando tenía algo de dinero. Roberta tenía otras fuentes de distracción que no fueran las continuas discusiones conmigo. Me las arreglaba para sacar a mamá de casa alguna vez que otra. Si había problemas, siempre podía pasarme un día o dos refugiado en un hotel. O marcharme de viaje. O, por lo menos, salir de casa y dar un paseo por el vecindario antes de volver cuando me pareciera conveniente.
Ahora no puedo hacer nada de esto. Sé que parece ridículo, pero la verdad es que no puedo hacerlo. Las veces que lo he intentado, no he hecho más que encontrarme con problemas. Por supuesto, si explico el camino exacto que pienso seguir, por qué razón me propongo salir y a qué hora exacta estaré de vuelta, disipando toda sospecha sobre el hecho de que me apetezca estar a solas, entonces sí que puedo salir. Si de veras me apetece.
Roberta y yo lo hemos discutido una y otra vez, y siempre es lo mismo:
—Pero, Jimmie... ¿Tú qué pensarías si de repente me levantara del sillón y me marchara de casa? ¿Qué te parecería?
—¿Es que a veces tú también tienes ganas de hacer cosas así, Roberta?
—Pues a veces sí. ¿Tú qué pensarías si de repente me levantara y me marchara, sin decir adónde voy ni cuándo pienso volver? ¿A que te quedarías de una pieza?
—Es posible.
—¿Es que no entiendes que cuando quiero saber adónde vas es porque te quiero muchísimo? ¿Es que no lo entiendes? ¿O es que preferirías que no me preocupara en absoluto por lo que haces o dejas de hacer?
—No lo preferiría.
—Yo también me canso de pasarme el santo día encerrada en casa, Jimmie. Y me parece que si quiero salir de paseo contigo, tampoco es tanto pedir.
—No, claro...
—Y sabes muy bien que los niños te adoran. Como sabes muy bien que apenas te ven en todo el día. ¿Es que ya no quieres estar con ellos?
—¡Roberta, por favor!
—¿Y bien?
Y bien.
Tal como yo lo veo, un poco más de dinero no vendría mal.
Frankie nos pagó por adelantado una semana adicional de alquiler, y con eso y el atún tendríamos suficiente para salir a flote. El sábado por la noche disfrutamos de una cena espléndida —atún al horno con patatas y ensalada de aguacate—, la primera cena digna de tal nombre con que nos hemos regalado desde ni se sabe. Frankie aportó un cuarto de litro de ginebra que le habían dado, de forma que nos tomamos unos cócteles al estilo Tom Collins. Los niños estaban tan ocupados en ponerse morados que ni pensaban en hacer de las suyas. Todo estaba saliendo a pedir de boca. Yo había concluido mi semana laboral, Roberta apretaba su muslo contra el mío mientras reía la última gracia de Frankie, y hasta mamá aprovechaba para hacer algún chiste. El momento era estupendo. Me sentía tan bien que los ojos se me empañaron.
En ese momento Jo apuntó:
—Hey, que alguien me pesque unas patatinis...
Roberta fijó su mirada en ella y dejó de sonreír.
—No te pases de lista otra vez —avisó—. Si quieres alguna cosa, la pides como es debido.
Jo también dejó de sonreír.
—Me apetecen unas patatas, por favor.
—Si tanto te apetecen, ¿se puede saber por qué no las pides como es debido?
—Sí, mamá —respondió Jo—. Pasadme las patatas, por favor.
Se las pasé. Aunque estaba furioso, quería dar por zanjado el incidente, y me pareció que lo mejor sería tomármelo a broma. Jo acepta lo que sea cuando el tono es amable.
—En esta mesa está prohibido hablar en cualquier otro idioma que no sea el inglés —observé.
Jo sonrió indecisa mientras observaba a Roberta por el rabillo del ojo.
—Lo que faltaba, que os riáis de mí —terció Roberta—. Muy bonito. Tú y tu padre os creéis muy graciosos, ¿verdad?
—No te metas con Jo, cariño —rogué—. Por una vez, tengamos la cena en paz.
—Jo tampoco quería decir lo que ha dicho, ¿verdad, Jo? —intervino mamá.
—Pues sí, sí que quería —replicó Jo.
—Pues claro que sí —saltó Roberta—. Y por eso mismo, luego se encargará de lavar los platos de la cena. Así aprenderá a comportarse como es debido.
—¿Puedo salir luego? —preguntó Jo—. Es que he quedado para ensayar la obra de teatro con...
—¡Ni hablar! Luego te irás a la cama. No me gusta que andes callejeando por la noche.
—Mamá es mala con Jo —observó Mack, con toda razón.
Roberta se revolvió y le soltó un bofetón. El gordezuelo rostro de Mack se estremeció; el pequeño rompió a llorar a moco tendido. Los ojos de Shannon pestañearon amenazadores. Shannon no tiene reparo en ponerle la mano encima a su hermanito, pero se pone hecha un basilisco cuando es otra persona quien se mete con él. Shannon se escurrió bajo la mesa. Roberta entendió lo que estaba por venir y al punto trató de levantarse de su silla; incluso le soltó una patada a Shannon. Lo que, por supuesto, distó de detener a la niña. En una fracción de segundo, Shannon clavó los dientes en la pierna de Roberta.
Roberta soltó un aullido que debió de oírse en el puerto. Al levantarse, precariamente apoyada en un solo pie, tropezó y cayó de espalda. Y Shannon reapareció bajo el mantel, sin soltar su presa en absoluto; sendos hilillos de sangre brotaban de las comisuras de su boca.
Agarré a la niña por las piernas y la estiré con fuerza. Roberta chilló con ahínco aún mayor. Tras dejarse caer otra vez en el suelo, se desgañitaba histéricamente. Al punto empezó a abofetear a Shannon en el rostro. A estirarle de los cabellos con todas sus fuerzas. A clavarle las uñas, a arañarla cuanto podía, entre gritos y más gritos. Que hiciéramos algo, por Dios. Que dejáramos de mirar como pasmarotes y... ¡Ooohhh, JIMMIE!
Apreté la nariz de Shannon con los dedos, cortándole la respiración. Lo que solo valió para que la pequeña siguiera mordiendo con los dientes frontales mientras respiraba por las comisuras de la boca. Tenía los ojos muy abiertos y sin pestañear, y un maligno júbilo animal centelleaba en ellos. Por supuesto, siempre podía agarrarla por el cuello y obstruirle la respiración. Mejor dicho, acaso otras personas hubieran podido hacerlo. Yo no podía.
Jo recurrió a hacerle cosquillas. Mamá le echó agua helada encima hasta que el suelo se encharcó a base de bien. Todos amenazamos con azotarle la espalda, lo intentamos incluso. Sin que de nada sirviera. A lo que parecía, las cosas iban a seguir así toda la noche. Mientras Roberta sollozaba y gemía, Shannon seguía con las mandíbulas cerradas e inexorables, con su cuerpecillo entero estremecido por una risa incontrolable.
Al final fue Frankie quien consiguió que se soltara.
—Muy bien, Shannon —intervino—. La próxima vez que traiga chicos a casa, no esperes que te los presente.
Shannon la miró, se lo pensó un instante y abrió la boca. Roberta se soltó y se apartó de su lado. El mordisco era de impresión. Estaba claro que le debía de doler muchísimo.
—Dale una buena tunda a esa niña, Jimmie —gimió—. ¡Tienes que darle un escarmiento!
—¡No pienso darle ninguna tunda, maldita sea! Lo siento, pero no puedo hacerlo.
Y en ese momento no podía. Tras acercarse a la puerta abierta, Shannon se había detenido de espaldas al umbral.
—¿Y por qué no me los presentarás, Frankie? —preguntó.
—¿Que por qué? ¿Te parece que voy a presentarles a una caníbal como tú?
—¿Qué es eso de caníbal?
—Lo que eres. Una persona que se come a las otras.
Shannon echó la cabeza hacia atrás; su risa de falsete inundó la estancia.
—¡Jimmie! —gritó Roberta, mientras se frotaba la pierna—. ¿Es que no vas a castigar a esa niña?
Me puse en pie. En ese momento, Shannon se apiadó de mí. La pequeña salió corriendo. Cuando llegué a la puerta, se había esfumado. Salí y la busqué por el jardín, llamándola por su nombre. Sin que me respondiera en absoluto. Volví a entrar en la casa.
—Se ha marchado —afirmé.
—No te preocupes —intervino mamá—. Lo más seguro es que haya ido al drugstore. No se ha pasado por allí en todo el día.
—¿Al drugstore? ¿Y a qué tiene que ir allí? Si el drugstore está a tres manzanas de aquí...
—Es que todos los días le dan cinco centavos en mercancía a condición de que se porte bien y no les haga trastadas...
Me volví hacia Roberta.
—¿Cómo? Imagino que les devolverás ese dinero... No permitirás que nuestra hija ande chantajeando a la gente.
—No, claro que no —dijo Roberta—. Yo nunca les pedí que le dieran nada.
—Dame algo de dinero —repuse.
—¿Para qué?
—¿Cómo que para qué? ¡Por Dios, Roberta! ¿Se puede saber qué es lo que tienes en la cabeza? ¿En qué otros sitios aplica Shannon el truquito?
Mamá y Roberta se miraron la una a la otra.
—Quiero saberlo ahora mismo —insistí.
—La verdad, no creo que lo haya probado en ningún otro sitio más que en el ultramarinos —dijo mi madre—. Y solo...
—¡Lo que me faltaba por oír! ¡Por Dios!
—Solo lo ha hecho una vez, Jimmie —concluyó Roberta—. Esta misma mañana. Shannon insistía en que quería un poco de beicon en el desayuno, y no nos quedaba nada. Así que... se marchó a la tienda y volvió con doscientos gramos.
—¡Por Cristo Santísimo! —exclamé—. Ahora mismo voy a por ella. No solo tengo que traer el dinero a casa, sino que ahora me tocará hacer personalmente la compra y todo cuanto demonios...
—No te sulfures —cortó Frankie.
—¡Pero, Frankie...! —repliqué—. La niña no tiene ni cinco años. A este paso, yo no sé qué hará cuando...
—Ya voy yo a por ella —dijo Frankie—. De todas formas, tenía pensado acercarme a que me cortaran las puntas. Me llevaré a Shannon conmigo al salón de belleza y que me espere hasta que termine.
—Ya, pero ese dinero...
—Si no sabes en qué ocuparte —intervino Roberta—, sugiero que le eches una mirada a mi pierna.
Me rendí. Entre mamá y yo la llevamos al dormitorio, donde le aplicamos una primera cura en la pierna.
Jo se marchó a ensayar la obra de teatro.
Frankie fue a buscar a Shannon.
Hacia las diez y media, cuando todos se habían acostado ya, Frankie volvió con Shannon. La pequeña se me echó en los brazos, me besó y me prometió que al día siguiente se portaría bien. Me sentí aliviado, pues sabía que se acordaría y se atendría a su palabra. Para Shannon, las promesas son siempre sagradas. Creo que una de las razones por las que nos hace tan poco caso estriba en que le hemos hecho un sinfín de promesas que luego nunca hemos cumplido. Aunque también es posible que no se trate de eso. En su lugar, yo no sentiría por nosotros sino disgusto y repugnancia, y ello por razones generales.
Shannon abrió uno de sus puñitos y dejó caer algo en mi regazo. Una moneda de cinco centavos.
—Esta vez no quería caramelos de ninguna clase —explicó con orgullo—, así que dije al señor que me diera cinco centavos. Para que te pudieras tomar un whisky.
Me atraganté y empecé a prorrumpir en juramentos. Hasta que pensé: «Y qué más da, mejor dejarlo así». Volví a besarla, le di las buenas noches, y se marchó con Frankie a dormir.
Unos quince minutos más tarde, justo cuando me empezaba a enfrascar en la lectura de una revista, mamá entró envuelta en el vetusto salto de cama con el que siempre duerme y se sentó en el sofá.
—Pensaba que te habías acostado.
—Frankie me ha despertado... Jimmie, me gustaría que hablaras con Frankie.
—¿Sobre qué?
—Ya sabes. Sobre lo mucho que bebe y todas esas cosas.
—No te preocupes por eso. Frankie sabe beber —respondí—. Es la única persona que conozco a quien el alcohol le sienta bien. Frankie jamás bebe para olvidar sus penas. Cuando se toma una copa, lo hace para sentirse todavía mejor.
—Puede que sí, pero no me parece que sea recomendable. El alcohol embrutece y afloja la voluntad. Un día se tomará una copa de más con uno de sus amigos y acabaremos teniéndonos que arrepentir.
—Frankie no es de ese tipo.
—Tú no sabes cómo es Frankie. Nadie lo sabe.
—Está bien, está bien —concedí—. Hablaré con ella.
—Me gustaría que lo hicieras... ¿Y qué piensas que tendríamos que hacer con papá, Jimmie?
—No lo sé, mamá —contesté—. Ya haremos algo. ¿Es que no hemos tenido bastantes problemas por hoy? ¿Es preciso que lo solventemos todo esta misma noche?
—Tendremos que hacer algo, Jimmie.
—Como si no lo supiera. ¿Es que acaso estoy rehuyendo los problemas? Lo que pasa es que esta noche ya no doy abasto. Lo siento, pero no puedo seguir dándole vueltas a la cabeza.
Mamá contempló sus manos.
—¿Qué te parecería si alquilase una máquina de escribir y...?
—Por favor, mamá. Ni se te ocurra.
—Jimmie, ¿te has parado a pensar que igual te angustias en exceso? ¿No te parece que si lo intentaras en serio, podrías...?
Me eché a reír.
—Eso mismo —repliqué—. Ahora el problema será que no lo he intentado lo suficiente. Pues claro. El lunes me consigues una máquina de escribir y esa misma noche me pongo a escribir otra vez.
Mi sarcasmo no hizo mella alguna en mi madre. Tendría que haberlo supuesto. Siempre meto la pata en esta clase de situaciones.
—Dicho y hecho —concluyó mamá poniéndose en pie—. Este mismo lunes me hago con la máquina. Y prometo que te encontrarás la mesa despejada después de la cena. Todo lo que tienes que hacer es escribir.
Todo lo que tengo que hacer es escribir...
Por lo visto, ahora me iba a tocar ocuparme de un problema adicional.
En aquel momento noté que tenía hambre. Tiré la revista a un lado y entré en la cocina. Me preparé un montón de café y un plato de sándwiches de atún. Me puse a comer.
El primer sándwich ascendió por mi garganta justo cuando le estaba pegando el bocado inicial al segundo. Seguí comiendo. «Maldita sea, despáchalo de una vez —me dije—, ya está bien de tontear». Tragué el bocado y engullí otro sándwich de golpe, garganta abajo. Eché la cabeza hacia atrás y di buena cuenta de un tazón entero de café hirviente.
Esa fue la puntilla. Me quedé sin respiración y un géiser brotó por los aires, desparramándose por las paredes y el suelo. Corrí al fregadero, en el que vertí un verdadero maremoto. Aquello no tenía fin. No podía respirar. Ya no quedaba una brizna de pescado en mis entrañas, pero sí contaba con sangre en cantidad. A cada nueva arcada soltaba una buena bocanada de sangre. Y eso que ni siquiera tosía. Me bastaba con respirar hondo para que el proceso volviera a iniciarse.
En ese momento Roberta me rodeó con su brazo. Me sentó en una silla y me hizo beber agua fría.
—Jimmie, Jimmie... ¿Cuándo dejarás de maltratarte?
—No pasa nada —murmuré.
—¿Tanta falta te hacía echar un trago?
—No —respondí—. Aunque se me ocurrió que no me vendría mal. En todo caso, tampoco tenemos dinero para malgastar en copas.
—Quédate aquí sentado —dijo ella—. Y no te muevas. Ahora mismo vuelvo.
Roberta volvió a entrar en el dormitorio, y lo siguiente que oí fue la puerta de la casa al cerrarse. Por la ventana del comedor vi cómo Roberta andaba a toda prisa por la acera, con el abrigo de piel sobre el camisón.
Estuvo de vuelta en un minuto —en menos de tres, eso es seguro—, con media botella de whisky en la mano. Me pegué un buen lingotazo antes de decirle que había hecho mal en comprarla.
—La he comprado con mi dinero —replicó ella—. Unos pequeños ahorrillos que pensaba donar a la iglesia. Hace tanto tiempo que no he aportado nada, Jimmie... Y eso que se supone que los feligreses tenemos que hacer nuestros donativos... Y... Y...
—Cariño —repuse—. Por Dios...
Me temo que había olvidado lo mucho que Roberta me quería y me sigue queriendo. Me temo que había estado esforzándome en olvidarlo. Es imposible luchar contra una persona que te quiere, y resulta que yo he tenido que implicarme en esa clase de lucha.
Pero ahora... Sé bien lo que la iglesia significa para Roberta y en ese momento comprendí que mi mujer se debía de sentir algo así como condenada por haber hurtado ese dólar a su destino. Un dólar... Lo más probable es que los siete centavos que Roberta una vez escamoteara a mi madre formaran parte de él. El recuerdo volvió una vez más.
Yo estudiaba en la Universidad de Nebraska y Lois, durante tantas noches mi compañera de juegos amorosos, llevaba casada un mes. Yo me valía de mi nueva libertad para andar a la caza constante, por decirlo finamente. Conocí a Roberta en un baile de la universidad abierto a invitados ajenos al campus.
Bailamos en plan agarrado y me amorré y la manoseé sin que ella pareciera molestarse. Así que a la noche siguiente me la llevé a dar una vuelta en coche, y a la siguiente la acompañé a una nueva fiesta. La cosa discurría como la seda. Comprendí que podía llegar tan lejos como me propusiera.
Hasta ese momento me había portado como un estudiante modelo con ella. Le había prestado las debidas atenciones. Ni había intentado emborracharla ni le había puesto ante la disyuntiva de volver en coche o caminar si no accedía a mis propuestas. Los dos sabíamos perfectamente lo que queríamos. O eso me parecía.
Por fin subimos a mi habitación.
—¿Por qué no te quitas el vestido? —invité—. Así no se te arrugará.
Roberta se despojó del vestido y volvió a tumbarse.
—Ya puestos, ¿por qué no te quitas todo lo demás? Si quieres, te ayudo.
—¿Va a dolerme mucho? —preguntó ella.
Por un momento no entendí sus palabras.
—¿Acaso es que tienes las medias cosidas al cuerpo?
—Tú ya me entiendes —dijo ella—. Me parece bien que lo hagamos, pero quiero saber si va a dolerme. Para hacerme a la idea y no ponerme a gritar.
—A ver un momento —repuse—. ¿Es que nunca...? No me digas que es la primera vez que...
—¡Por supuesto que sí! ¡Faltaría más!
—Entonces, ¿qué estás haciendo aquí?
—Lo sabes muy bien. Si esta noche estoy aquí contigo es porque te quiero.
—Escúchame bien, preciosa —repuse yo—. Lo que me dices es estupendo y todo eso, pero lo cierto es que tampoco hace falta... Tampoco es que yo tenga tantísimas ganas de... Muy pronto acabarás enamorándote de otro chico y...
—No, eso no va a suceder. Y ahora, enséñame cómo se hace.
—Pero, preciosa... —objeté—. Mejor será que no lo hagamos...
En tono de calma absoluta, Roberta replicó:
—Mejor que sí. Porque no voy a querer a ningún otro hombre en el mundo. Tú eres el único con quien pienso acostarme.
Nunca se me ha dado bien discutir.
Roberta y yo nos casamos dos meses más tarde, después de que se quedase embarazada de Jo. Roberta dejó claro que yo no estaba obligado a casarme con ella. También dejó muy claro que yo iba a seguir siendo el único hombre en su vida, por siempre jamás. Me pareció que sería un poco engorroso tener un niño sin habernos casado, así que...
No obstante, y como dije antes, hay una cosa de la que estoy seguro. Roberta me quiere. Me quiere tanto que le importa un comino que mi destino final sea el cielo o el infierno; lo que cuenta es que ella pueda acompañarme. De hecho, yo creo que preferiría acompañarme al infierno. Pues en el infierno seguiría necesitando de ella. Mientras que en el otro ámbito podría no suceder así: igual me tropezaba con alguien que me gustase más.
Roberta es así. Y esa noche de sábado me parecía de perlas.
Nos acomodamos en el salón, donde Roberta bebió un sorbo o dos de la botella, a fin de neutralizar mi aliento a whisky. Allí sentados, hablamos sobre lo divino y lo humano. Le dije que iba a sentar la cabeza y cambiar. Roberta respondió que no hacía falta que cambiase. Ella me seguiría queriendo, fuera como fuese. Incluso añadió que ella era la que iba a cambiar.
—Sé que a veces me comporto como una bruja, Jimmie, es superior a mis fuerzas. Después siempre me arrepiento, pero cuando sucede, no sé cómo remediarlo. Pero te prometo que a partir de ahora cambiaré. Lo digo en serio.
Así acabó la velada. No exactamente así, pero a lo demás ya me he referido con anterioridad.
El armisticio se prolongó durante el domingo entero.
El lunes por la mañana me sentía casi bien. Cuando mamá me preparó el desayuno, incluso le pegué algún bocado.
—¿Todavía quieres que me haga con esa máquina de escribir, Jimmie? —preguntó.
—Pues claro. Cuando vuelva esta noche, prometo darle a las teclas hasta que echen humo.
Gross me invitó a subir a un Ford nuevo de fábrica justo cuando acababa de cruzar Pacific Boulevard.
—Como te dije, el coche de la otra noche no era mío —explicó—. Este es el mío. Mejor dicho, el coche que mis suegros le compraron a mi mujer.
—Es bonito.
—Claro —dijo él—. No hago más que oírlo a todas horas. Ya me gustaría decirles a mis suegros que se lo llevaran de una vez y le prendieran fuego.
—Los suegros siempre son gente curiosa.
—Pues a mí no me hacen ninguna gracia. Hay días en que no sé qué hacer. A veces se me ocurre que si pudiera contar con un poco de experiencia en trabajo de oficina, igual me podría meter a funcionario. Un trabajo seguro y respetable, y que no está mal pagado.
Dejé que se explayara hablando de sí mismo. Como sabía, de lo contrario, la conversación se centraría en mi vida privada.
Según explicó, después de la universidad jugó al fútbol como profesional durante dos años. Hasta que empezó a perder velocidad y cayó lesionado, tras lo cual ingresó en el ejército. Los militares lo dieron de baja después de once meses por lesión permanente en el tobillo... Por eso ahora cobraba una pensión de siete dólares al mes. Tras abandonar el ejército, se apuntó a trabajar en las fábricas de aviones. Aunque no lo dijera, estaba claro que lo suyo era el trabajo manual y nada más.
Entramos en la fábrica juntos. Moon estaba sentado ante su escritorio, examinando los libros de contabilidad.
—Veo que todavía no has efectuado esas correcciones, Gross —comentó en tono inquietante.
—Hago lo que puedo —protestó Gross—. Esta fábrica es un caos, Moon. Ya sabes cómo son las cosas: la mitad de las veces no sé si están descargando o retirando material del almacén...
—Dilly —terció Moon—. ¿Te ves capacitado para llevar esta clase de libros?
—Pues... —vacilé—. Yo...
—A mí me parece que sí —afirmó Moon—. Gross, enséñale a Dilly cómo funciona el asunto. Y cuando termines, ponte a limpiar el polvo de las estanterías.
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