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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

E-pack HQN Jill Shalvis 2, n.º 238 - marzo 2021

I.S.B.N.: 978-84-1375-652-3

Índice

Noches de invierno

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Jugando a enamorarse

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Epílogo

Si te ha gustado este libro…



Capítulo 1

#TraviesoOBueno

Lucas Knight tardó más de lo debido en darse cuenta de que había una mujer en su cama, porque tenía una resaca espantosa. Y, para empeorar aún más la situación, no recordaba absolutamente nada de lo que había ocurrido la noche anterior. Rápidamente, se puso a recapitular. En primer lugar, había un hatillo de curvas dulces y suaves pegado a él. En segundo lugar, tenía la sensación de que se le iba a separar la cabeza del cuerpo. Y, en tercer lugar, el costado le dolía como si le hubieran pegado un tiro.

Hacía dos semanas, en el trabajo, se había visto atrapado en un fuego cruzado, y aún no tenía autorización médica para dedicarse a algo que no fueran tareas ligeras. Obviamente, la noche anterior había pasado por alto esa orden, puesto que estaba palpando un trasero agradable, cálido, femenino.

«Piensa, hombre».

Con esfuerzo, recordó que se había tomado un analgésico antes de ir al pub O’Riley para reunirse con algunos amigos. En el pub se había encontrado con un cliente a quien hacía poco tiempo había ayudado a evitar pérdidas millonarias debido a un caso de espionaje industrial. El cliente había pedido unos chupitos para brindar por Lucas y… Mierda.

Sabía perfectamente que no había que mezclar analgésicos y alcohol, así que había vacilado, pero todos lo estaban esperando con los vasos levantados. Pensando que con un solo chupito no iba a ocurrir nada, había apurado el trago.

Estaba claro que se había equivocado, y esa equivocación le había metido en un buen lío, algo que llevaba años sin ocurrirle. No había vuelto a ocurrirle desde que habían matado a su hermano Josh. Dejó eso para otro momento, o para nunca, y abrió un ojo. La luz del sol que entraba por la ventana le atravesó la retina, así que volvió a cerrarlo inmediatamente.

Respiró hondo, reunió fuerzas y, en aquella ocasión, abrió los dos ojos. Estaba desnudo y completamente destapado. Y la mujer que había a su lado estaba enrollada en su edredón.

Qué demonios…

Poco a poco, comenzaron a filtrarse algunas imágenes en su cerebro. Le había ganado doscientos dólares al billar a su jefe, Archer, el director de Investigaciones Hunt, donde él trabajaba de especialista en seguridad.

Bailando con una morena muy atractiva…

Y, luego, subiendo las escaleras hacia su piso, pero no a solas.

Le dolía demasiado la cabeza como para recordar algo más, pero, claramente, la morena no solo había subido con él, sino que se había quedado. Como estaba demasiado cerca y envuelta en el edredón, no conseguía verle la cara. Lo único visible era una melena castaña, ondulada y brillante asomándose por la parte superior del edredón.

Aguantando la respiración, Lucas se alejó lentamente hasta que pudo levantarse de la cama.

El pelo de la morena ni siquiera tembló.

Con un suspiro de alivio, se puso la ropa que había dejado en el suelo la noche anterior, jurándose que no iba a volver a tomar analgésicos ni a beber alcohol en toda su vida, y se dirigió a la puerta.

Sin embargo, no fue capaz de hacerlo. No fue capaz de ser ese tipo que se marchaba sin despedirse, así que se detuvo y entró en la cocina para hacerle, por lo menos, un café. Dejarle cafeína era un buen gesto, ¿verdad? Pues sí, pero… Mierda. Se había quedado sin café. No era de extrañar; generalmente, lo tomaba en el trabajo, porque Molly, la encargada de la administración de Investigaciones Hunt, hacía el mejor café del mundo.

Y, ya que una de las ventajas de vivir en el cuarto piso del Edificio Pacific Pier y trabajar en el segundo piso era la comodidad, le envió un mensaje a la maestra del café: ¿Hay alguna posibilidad de que enviaras una taza de café a través del montaplatos?

Unos segundos más tarde, oyó un teléfono móvil que sonaba con un tono desconocido en su habitación, y se quedó helado. Si quería salir de allí antes de tener que enfrentarse a la incomodidad de la mañana del día siguiente, se le estaba acabando el tiempo.

Como no tenía respuesta de Molly, optó por el plan B y garabateó rápidamente una nota: Lo siento, tenía que irme a trabajar, tómese su tiempo.

Luego vaciló. ¿Sabría ella su nombre, por lo menos? Como no tenía ni idea, añadió: Dejo dinero para un Uber o Lyft. Lucas.

Puso algo de dinero junto a la nota e hizo un mohín, porque sabía que seguía siendo un completo idiota. Se quedó mirando su teléfono.

Molly no había respondido todavía, lo que significaba que no le iba a salvar el pellejo. Era inteligente, aguda e increíble en su trabajo, pero, por motivos desconocidos, no estaba precisamente interesada en complacer a nadie, y menos a él.

Salió de casa y cerró la puerta.

El Edificio Pacific Pier tenía más de cien años y estaba en el centro del barrio Cow Hollow de San Francisco. Era una construcción de cinco pisos, de adoquines, vigas de hierro y grandes ventanales, erigida alrededor de una fuente legendaria. En el piso bajo y el segundo había tiendas y empresas. Las plantas tercera y cuarta tenían un uso residencial y el quinto y último piso estaba ocupado por su amigo Spence Baldwin, dueño del edificio.

En aquella época del año, todo estaba decorado para Navidad, como si fuera a rodarse allí una película de Hallmark.

Lucas bajó a paso ligero los dos tramos de escaleras que había hasta el segundo piso, pasó por delante de la oficina de la administración del edificio y de las oficinas de una ONG, y llegó a la puerta de Investigaciones Hunt. Iba preparado para que Molly, que estaría ya detrás del mostrador de recepción, le echara una buena bronca, no solo por haberle enviado aquel mensaje de texto, sino por el hecho de que hubiera aparecido por allí. Estaba de baja desde el día del tiroteo y no debía volver a trabajar hasta la semana siguiente, y eso, si el médico le daba el alta. Sin embargo, no era capaz de quedarse un día más en casa, algo que no tenía nada que ver con la desconocida que había en su cama.

O, por lo menos, no todo.

Se pasó una mano por la barba incipiente. Estaba muy tenso, algo que, para ser un tipo que se había dado un revolcón la noche anterior, no tenía mucho sentido.

Tampoco tenía sentido que, junto a la puerta de Investigaciones Hunt, en un banco, hubiera dos ancianas disfrazadas de elfos. De elfos que hacían punto.

El elfo izquierdo estaba tejiendo una media de Navidad, y el de la derecha, algo que todavía era demasiado pequeño como para que él pudiera verlo. Ambos elfos sonrieron a modo de saludo, con los labios cubiertos de pintura roja muy brillante. El de la izquierda tenía una mancha de pintura en los dientes, y la gorra le temblaba sobre el pelo blanco.

El elfo derecho sacó su teléfono móvil.

–Acabo de recibir un mensaje de Louise –le dijo al elfo izquierdo–. «No lleguéis tarde a trabajar esta noche, Santa Claus se ha convertido en el Grinch. Dios Santo» –leyó. Después, alzó la vista y vio a Lucas–. Vaya, hola, joven. Estamos esperando a Molly. Tenemos un problema con un Santa Claus malvado y ella nos dijo que nos veríamos aquí.

–Un Santa Claus malvado –repitió Lucas, preguntándose si, tal vez, todavía seguía metido en la cama y lo estaba soñando todo.

–Sí. Trabajamos para él. Obviamente –añadió el elfo derecho, señalándose a sí mismo.

–Son ustedes… elfos de Santa Claus –dijo él, lentamente–. Y trabajan para él en… ¿el Polo Norte?

–Sí, claro –respondió el elfo izquierdo con un resoplido–. No, trabajamos aquí, en la ciudad, como tú, en el Pueblo de la Navidad, en Soma. Con trajes demasiado ajustados y por muy poco sueldo. Cariño, ¿no te dijo tu madre que Santa Claus no existe?

Bueno, al menos, no creían que fuesen elfos de verdad. Eso era todo un alivio. Él tenía un tío abuelo que algunas veces pensaba que era Batman, pero solo las noches que se bebía los cheques de la seguridad social con sus amigos.

–Santa nos dijo que nos daría la mitad de los beneficios para donarlas a las ONGs que nosotras quisiéramos. El año pasado, ganamos mucho, tuvimos tantos beneficios que pudimos hacer unas buenas donaciones e ir a pasar un fin de semana largo en Las Vegas.

El elfo izquierdo asintió con una sonrisa.

–Yo todavía tengo la ropa interior de Elvis que llevaba el imitador de la fiesta a la que nos invitaron. ¿Te acuerdas, Liz?

Liz asintió.

–Sí. Pero este año no vamos a tener nada de eso. Santa Claus dice que no hay beneficios, que casi no llega a cubrir costes. Pero eso no puede ser cierto, porque acaba de comprarse un Cadillac nuevo. Molly es mi vecina, ¿sabes? No, él no sabía nada. Se le daban bien ciertas cosas, como investigar y encontrar a los tipos malos del mundo, y hacer justicia. Se le daba bien cuidar de su pequeña familia. Se le daba bien, cuando estaba de humor, cocinar. Y, en su opinión, también era bueno en la cama.

Sin embargo, lo que no se le daba bien era desenvolverse en las situaciones sociales en las que había que mantener una charla cordial con otra gente, y menos con dos señoras mayores vestidas de elfo.

–En realidad, Investigaciones Hunt no acepta este tipo de casos –dijo.

–Pero Molly nos dijo que es una agencia de seguridad e investigación de elite y que trabaja para quien los necesite.

Eso no era estrictamente cierto. Muchos de los trabajos que hacían eran rutinarios, como investigaciones para compañías de seguros, investigaciones de asuntos criminales, vigilancias y comprobaciones de la situación real de las empresas. Sin embargo, había otros casos que no tenían nada de rutinarios, como investigaciones forenses, detenciones de presos que cometían un quebrantamiento de las condiciones de la libertad condicional, contratos de trabajo para el gobierno…

Cazar a un Santa Claus malvado no estaba en aquella lista.

–¿Sabes cuándo va a llegar Molly? –preguntó el elfo izquierdo. Lo estaba mirando a él, pero seguía tricotando a la velocidad de la luz–. Vamos a esperarla.

–No sé cuál es su horario –respondió Lucas.

Y era cierto. Investigaciones Hunt tenía un director que era el tipo con más mal genio que él hubiera conocido. Se llamaba Archer Hunt, y en su equipo solo cabían los mejores. Lucas se sentía honrado de formar parte de aquel equipo. Todos ellos, incluido él, estaban dispuestos a interponerse entre una bala y su compañero, y algunos, incluso, lo habían hecho.

En su caso, era algo literal.

La única mujer que había en la oficina era Molly Malone, que tenía el mismo valor que ellos, aunque en otro sentido. Ella era la que los mantenía a todos alerta. Nadie se atrevería a entrar en sus dominios y meter la mano en sus cosas para ver cuál era su horario. Sin embargo, por lo menos, él podía preguntarlo.

–Voy a ver a qué hora suele llegar –dijo, y entró en la oficina.

Encontró a Archer y a Joe comiendo donuts en la sala de descanso. Tomó uno, asintió para saludar a Archer y miró a Joe, uno de sus mejores amigos y, también, su compañero de trabajo.

–¿Dónde está tu hermana?

Joe se encogió de hombros y tomó otro donut.

–No soy su canguro. ¿Por qué?

–Ahí fuera hay dos elfos que están esperando para hablar con ella.

–¿Todavía? –preguntó Archer, y cabeceó–. Ya les he dicho que no aceptaba su caso –dijo, y salió al corredor.

Lucas lo siguió, porque, si él tenía poca habilidad para las relaciones sociales, Archer no tenía ninguna.

–Señoras –les dijo Archer–. Como ya les he explicado, nosotros no trabajamos en casos como el suyo.

–Oh, ya lo hemos oído –dijo el elfo izquierdo–. Solo estamos esperando a Molly. Ella nos prometió que nos ayudaría personalmente si usted no lo hacía.

Archer puso cara de frustración.

–Molly no lleva ningún caso en la agencia. Es la encargada de la administración.

Los elfos se miraron y recogieron su labor.

–Muy bien –dijo el elfo izquierdo–. Entonces, vamos a verla a su casa directamente.

Archer esperó a que se hubieran metido al ascensor, y se volvió hacia Lucas.

–¿Por qué has venido?

–Vaya, yo también me alegro de verte, jefe.

–Permíteme que te lo pregunte de otro modo. ¿Qué tal tienes el costado? Ya sabes, ahí donde recibiste un balazo.

–Ya no tengo herida de bala. Se ha quedado en un arañazo. Me he recuperado lo suficiente como para volver a trabajar.

–Um… –murmuró Archer, que no se había quedado muy impresionado. Más bien, se había puesto de peor humor todavía–. No he recibido el alta de tu médico.

Lucas tuvo que contener un gesto de contrariedad. Su médico le había dicho repetidas veces que tenía que seguir de baja una semana más.

–Tenemos una pequeña diferencia de pareceres.

–Mierda –dijo Archer, y se pasó una mano por la cara–. Sabes que no puedo ponerte a trabajar mientras él no te dé el alta.

–Si me quedo en casa otro día más, me vuelvo loco.

–Solo hace dos semanas que te pegaron un tiro. Estuviste a punto de desangrarte antes de llegar al hospital. Hace muy poco tiempo de eso.

–Eso es prácticamente un episodio de la antigüedad.

Archer cabeceó.

–De eso, nada. Y te dije que abortaras la misión. En vez de eso, enviaste al equipo a un lugar seguro y te metiste solo en ese barco, sabiendo que se estaba quemando porque los culpables querían que se hundiera para cobrar el seguro.

–Entré porque sabía que todavía quedaba alguien a bordo –respondió Lucas–. Querían incriminar a un adolescente que se había refugiado allí y se había quedado dormido viendo la tele. Si no lo hubiera sacado, habría muerto.

–Y, en vez de eso, el que estuviste a punto de morir fuiste tú.

Lucas exhaló un suspiro. Habían tenido aquella discusión en el hospital. Y, desde entonces, otras dos veces más. No quería volver a hablar de ello, porque, además, no se arrepentía de haber desobedecido aquella orden directa.

–Salvamos a un chaval que era inocente. Tú habrías hecho lo mismo. Cualquiera de nosotros habría hecho lo mismo.

Archer miró a Joe, que había guardado silencio durante toda la conversación.

Joe se encogió de hombros, admitiendo que sí, que él habría hecho mismo. Y Archer, también. Lucas lo sabía perfectamente.

–Mierda –dijo Archer, por fin–. De acuerdo. Voy a dejar que trabajes, pero solo algo ligero, hasta que el médico me diga personalmente que ya estás al cien por cien.

Lucas no se atrevió a sonreír, ni a dar un puñetazo al aire en señal de triunfo.

–Muy bien.

A Archer se le pasó el mal humor. Sonrió ligeramente.

–Todavía no sabes cuál es el trabajo ligero que te voy a encomendar.

–Cualquier cosa será mejor que seguir en casa –dijo él, fervientemente.

–Me alegro de que digas eso –respondió Archer, y señaló con el dedo hacia la puerta–. Molly va a querer que nos tomemos en serio a esos elfos. Lleva meses pidiéndome que le asigne un caso, pero todos han sido demasiado arriesgados hasta el momento.

Lucas se frotó el costado. Lo que había dicho Archer era la pura verdad.

–¿Y?

–Y tú vas a tener que asegurarte de que no acepta el caso de los elfos. Todavía no está preparada.

Joe asintió, y a Lucas se le escapó una carcajada seca. Entendía por qué el jefe de Molly no quería permitir que se hiciera cargo de un caso, pero su hermano, Joe, debería tener más sentido común.

–Pero vosotros la conocéis, ¿no? –les preguntó Lucas–. Nadie puede decirle a Molly lo que tiene que hacer.

–Improvisa –respondió Archer, sin dejarse conmover–. Y ten en cuenta que todavía estás de baja, así que ten cuidado –añadió. Después, miró a Joe–. Danos un minuto.

Joe miró a Lucas y salió de la habitación.

–¿Tienes algo más que decirme? –le preguntó Lucas a su jefe

–Sí. No estropees esto. Y no te acuestes con ella.

Por supuesto, él nunca había sido demasiado exigente con respecto a las mujeres, pero en aquella ocasión estaban hablando de Molly. Era la hermana pequeña de un amigo y compañero de trabajo, lo cual significaba que no estaba dentro de sus límites. Por lo menos, de día.

De noche era otra cosa, porque Molly había aparecido en varios de sus sueños y fantasías. Era su secreto, porque le gustaba estar vivo.

–No, por supuesto que no. Nunca me acostaría con ella.

Archer miró hacia atrás para asegurarse de que Joe se había marchado.

–Elle y yo te vimos tonteando con ella ayer, en el pub.

–¿Qué?

–Sí. ¿En qué demonios estabas pensando? Tuviste suerte de que Joe llegara tarde.

¿Que él había tonteado con Molly? ¿Se había vuelto loco? Hacía mucho tiempo que había aprendido a ignorar la corriente de electricidad que había entre ellos, porque no tenía intención de mezclar trabajo y placer, y menos en hacerle daño a Molly.

Porque sabía que, al final, iba a hacerle daño.

Eso, sin tener en cuenta lo que le haría después Joe a él. Y, si Joe no lo mataba, Archer estaría encantado de rematarlo. Los dos tendrían derecho. Pero él no iba a pensarlo. Su trabajo ya había sido un obstáculo insalvable, en varias ocasiones, entre la mujer de sus sueños y él, así que había cambiado de prioridades. Adoraba a todas las mujeres, no solo a una.

Salvo que… En algunas ocasiones, como hacía dos semanas, cuando había estado a punto de morir en el trabajo, sabía que estaba engañándose a sí mismo. Durante aquella baja, por ejemplo, se había sentido más solo de lo que quería admitir. Veía a tipos como Archer y Joe, que habían conseguido que sus relaciones sentimentales funcionaran, y se preguntaba qué era lo que estaba haciendo mal.

Pensó en la mujer a la que había dejado en su cama. Tal vez, para empezar, debiera recordar el nombre de las mujeres con las que se acostaba.

–De verdad –le dijo a su jefe–, no ocurrió nada con Molly anoche.

–Um…

–No, de verdad. Parece que estuve con otra persona.

Archer enarcó las cejas.

–¿La morenita nueva de la barra? –preguntó. Después, le dio una palmadita en el hombro a Lucas–. Bueno, pues me alegro de saber que no vas a tener que morir hoy.

–Bueno, la verdad es que, cuando Molly se entere de que me has puesto a vigilarla, nos va a matar a los dos.

–Por eso no se va a enterar.

Lucas se quedó mirando fijamente a Archer.

–¿Se supone que no puedo contárselo?

–Exacto. Ya lo vas entendiendo.

Él no sabía mucho del pasado de Molly, salvo que le había ocurrido algo malo hacía mucho tiempo y que todavía tenía cierta cojera a causa de lo sucedido. Joe nunca hablaba de la difícil infancia que habían tenido su hermana y él, pero a los dos les costaba mucho confiar en los demás. Cabeceó y miró a Archer con un gesto de contrariedad.

–Esto es mucho peor que una vigilancia.

–¿Es peor que la muerte? –preguntó Archer.

Mierda.

Lucas bajó de nuevo las escaleras para darse una ducha y cambiarse de ropa. Necesitaba tener la cabeza clara cuando se encontrara con Molly, además de llevar preparada una buena historia, porque no podía decirle la verdad. Y eso iba a ser difícil, porque Molly era muy lista, demasiado lista.

Entró en su habitación, encendió la luz y se quedó helado.

La morena todavía estaba en su cama.

La luz la despertó. Dio un jadeo y se incorporó de golpe, sujetando la sábana con las dos manos por debajo de su barbilla. Tenía el pelo revuelto alrededor de la cara.

Y no era una cara desconocida.

Era la cara de Molly.

Molly era quien estaba en su cama. Lo primero que pensó Lucas fue: «Oh, mierda». Lo segundo, que, después de todo, sí iba a morir aquel día. Lenta y dolorosamente.

Capítulo 2

#NoSabenQueSabemosQueLoSaben

Molly Malone no tenía mucha experiencia a la hora de afrontar la mañana siguiente. No le gustaba demasiado salir. En realidad, lo que más le apetecía después de trabajar era ponerse ropa cómoda y relajarse, no tener que arreglarse y salir con cualquier tipo que pensara que a la tercera cita ya tenía que pasar por la cama.

La noche anterior había sido diferente por varios motivos. Uno de aquellos motivos estaba a los pies de la cama. Tenía el pelo revuelto y un gesto hosco, y las manos, en las caderas. Llevaba unos pantalones de estilo militar muy arrugados, y la misma camiseta negra de la noche anterior, una camiseta que marcaba sus músculos y que podía hacerle la boca agua a cualquier mujer.

Pero no a ella. Ella alzó la barbilla al notar su tenso silencio. Lucas era hombre de pocas palabras. Era capaz de decir mucho más exhalando un suspiro de fastidio.

–¿Qué pasa? –le preguntó.

–Estoy… confundido.

Seguramente, eso no era fácil de admitir para un tipo que siempre sabía lo que tenía que decir y lo que tenía que hacer. Sin embargo, tenía que admitir que verlo así, un poco desconcertado, la atraía. Sí, algunas veces, a ella le gustaba vivir en el lado salvaje de la vida.

–¿Y por qué estás confundido?

Él clavó sus cálidos ojos de color castaño en los de ella, pero no respondió.

–Anoche no parecía que estuvieras muy confundido –dijo Molly con más arrogancia de la que en realidad sentía.

Él frunció el ceño. Pero, además, palideció. Y eso, teniendo en cuenta que había heredado su precioso color oscuro de piel de su madre brasileña, era toda una hazaña.

–A lo mejor deberías contarme lo que ocurrió anoche –le dijo Lucas.

–Tú, primero. ¿Qué recuerdas?

–Estábamos en el pub –dijo él, y volvió a arrugar el ceño–. Y, después, me desperté en la cama contigo.

Vaya. Uno de los clientes más antiguos de Investigaciones Hunt había aparecido en el pub y había hecho un brindis por Lucas, «que me ha salvado el pellejo y la vida». Entonces, había apurado un chupito de licor y había esperado que Lucas lo siguiera.

Y Lucas lo había hecho.

Después, se había relajado, había dejado de tener su acostumbrada actitud tensa, pero ella era la única que se había dado cuenta. Para asegurarse de que llegara sano y salvo a su habitación, lo había acompañado. Él se había comportado como un listillo y le había estado dando la lata mientras ella le ordenaba que se acostara, y le había preguntado si en otra vida había sido la malvada enfermera Ratchet.

Aquello había dado en el blanco, porque ella había tenido que ser una enfermera malvada durante casi toda la vida para cuidar de su padre.

–Molly –le dijo él, en un tono tirante. Estaba claro que se le había terminado la paciencia.

Muy bien. Quería saber lo que había ocurrido. Y aquella recapitulación podía ser muy divertida.

–Pues, para empezar, me dijiste que siempre habías estado enamorado de mí.

–Es mentira.

Bueno, sí, era mentira. Eso no se lo había dicho. Vaya.

–¿Tan seguro estás de que es mentira? –le preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta. No podía estar muy seguro de no habérselo dicho, porque, cuando ella había conseguido llevarlo hasta casa, ya estaba completamente ido. Y, como siempre lo había visto manteniendo el control de sí mismo al cien por cien, eso la había dejado preocupada.

En realidad, llevaba muy preocupada por él dos semanas, desde que le habían pegado un tiro durante una misión. Al pensarlo, todavía se le encogía el estómago. Según Archer y Joe, Lucas siempre decía que estaba bien, pero tenía unas ojeras muy marcadas, y un aire de tristeza que ella reconocía muy bien.

Era la tristeza de un dolor antiguo y enterrado.

Al recibir aquel balazo, se le habían despertado muy malos recuerdos, y ella lo entendía a la perfección.

Lucas seguía a los pies de la cama, con las manos en las caderas y una expresión de descontento.

–Sigue contándome.

Ella se había criado en una casa llena de testosterona, con su padre y su hermano, y había aprendido desde muy joven a manejar la psicología masculina. Su mejor estrategia siempre había sido utilizar el sentido del humor.

–No sé si debería decirlo. Parece que te va a dar una rabieta –respondió, sonriendo.

Él apretó la mandíbula.

–Yo no tengo rabietas. Quiero saber qué dije exactamente. Y qué hice.

Así que no se acordaba, lo cual representaba a la vez una decepción y una oportunidad.

–Dijiste, y cito textualmente: «Voy a volverte loca, nena».

Él cerró los ojos y murmuró algo sobre ser hombre muerto…

Sin embargo, ella se dio cuenta de que no había dudado que la había seducido. Interesante. Incluso… emocionante. Aunque no cambiara nada las cosas. No estaba interesada en él, y punto. Sentir interés por él significaba ponerse en una situación de riesgo y vulnerabilidad.

Y eso no iba a volver a suceder. Nunca.

No. Ya tenía veintiocho años y había aprendido la lección, gracias.

Pero empezó a sentirse un poco insultada por la actitud de Lucas…

–No estoy segura de cuál es el problema –dijo.

–¿Me estás tomando el pelo?

Su voz sonaba ronca y sexy, demonios. Y estaba claro que todavía no había probado la cafeína.

Y ella, tampoco. Peor aún, la noche anterior no se había desmaquillado a causa del estrés y la preocupación por el hombre que tenía delante, así que, seguramente, parecía un mapache.

Un mapache muy despeinado.

Ignoró a Lucas y apartó el edredón. La ropa de cama de Lucas era de muy buena calidad; iba a tener que pedirle a Archer que le subiera el sueldo para poder permitirse algo parecido.

De repente, fue como si él se hubiera tragado la lengua, y ella se miró. Como no quería acostarse con la ropa de salir, había tomado prestada una de las camisetas de Lucas. Le llegaba hasta la mitad de los muslos y era más suave que ninguna de sus propias camisetas, y la verdad era que no se la iba a devolver.

–¿Esa camiseta es mía? –preguntó él.

–Sí.

Lo curioso era que, en el trabajo, Lucas era un tipo estoico, imperturbable, calmado. No había nada que pudiera alterarlo. Por el contrario, en aquel momento, no estaba tan tranquilo; pensaba que se habían acostado y, aunque lo estaba disimulando muy bien, tenía un ataque de pánico.

Él miró a la silla y vio su vestido y, debajo, los zapatos de tacón. Sobre los zapatos estaba su sujetador de encaje color champán. Lucas cerró los ojos y se pasó una mano por la mandíbula.

–Estoy perdido.

Ella se cruzó de brazos.

–¿Es que no te acuerdas de nada?

Él abrió los ojos.

–¿Hay mucho de lo que acordarse?

–Vaya –respondió ella, en tono de enfado. No sabía por qué estaba provocando a un oso pardo, pero el hecho de que él se sintiera tan infeliz al pensar que se había acostado con ella le resultaba insultante.

–Por favor, solo dime que todo fue de mutuo acuerdo –dijo él, con una absoluta seriedad.

Bueno, pues si se iba a poner en plan héroe con ella… Molly suspiró.

–Por supuesto que nuestra noche ha sido de mutuo acuerdo.

Él asintió y se sentó en la silla en la que estaba su vestido.

–Eh –prosiguió Molly–. Yo no he dicho que haya estado mal.

–¿Y qué te parece si los dos decimos que no ha ocurrido nada en absoluto?

Ah, no. No iba a dejar que se librara tan fácilmente. Enarcó una ceja.

–¿O que sí?

Quería levantarse ya y vestirse, pero, por las mañanas, la pierna derecha no le funcionaba a la perfección. La tenía entumecida desde la rodilla hasta el muslo, y siempre tardaba unos minutos en llevar a cabo todo el proceso. Y necesitaba un bastón. Tenía un bastón junto a la cama, algo que odiaba. Gimoteaba y jadeaba de dolor mientras se ponía en pie y conseguía, poco a poco, que la pierna le funcionara.

Así pues, no pensaba hacer todo aquello con público. Tenía su orgullo.

–Creo que tu teléfono móvil está sonando en la otra habitación –dijo.

–Mierda –dijo él. La señaló antes de girarse hacia la puerta–. No te muevas de ahí.

Sí, claro. En cuanto salió, ella se levantó de la cama. Como era de esperar, su pierna derecha no aguantó, y ella se cayó de rodillas.

–Ay… Demonios… –susurró, al notar la descarga de dolor por el nervio. Cerró los ojos con fuerza y respiró lentamente para soportar el dolor mientras se levantaba, tal y como había aprendido a hacer.

–No me estaba llamando nadie… –dijo Lucas, mientras entraba de nuevo en la habitación. Rápidamente, se acercó a ella y la ayudó a levantarse agarrándola por las caderas–. ¿Estás bien?

–¡Sí! –exclamó ella.

Le apartó las manos de golpe y trató de apartarlo, pero él era enorme e inamovible, y siguió allí, sujetándola, hasta que, por fin, Molly consiguió que la pierna la sustentara.

–Ya está –murmuró, y dio un par de pasos para alejarse. Era muy consciente de que llevaba muy poca ropa, y de que él era una presencia muy poderosa.

Y, también, de que la estaba mirando con lástima.

–He dicho que estoy bien.

Él alzó las manos.

–Te he oído perfectamente.

–Pero no te lo crees.

–No puedo creerlo, porque estás pálida de dolor –dijo Lucas–. Siéntate.

–No.

–Molly –dijo él, en un tono de frustración–. Por favor.

Entonces, ella cedió y se sentó a los pies de la cama. En aquel preciso instante, la pierna volvió a fallarle, pero ella lo disimuló a la perfección.

–Tenemos que hablar de una cosa –le dijo Lucas, con mucha seriedad.

–No voy a ponerle nota a tu actuación de anoche –replicó ella.

–No es eso… –empezó a decir él, pero, al instante, entrecerró los ojos–. Espera, ¿qué significa eso?

–Nada.

–Entonces, ¿estás diciendo que estuve fatal?

Ella se echó a reír.

–Bueno, si no lo recuerdas, es que no pudo estar muy bien, ¿no?

Por supuesto, ella solo estaba bromeando, pero él frunció el ceño como si nunca se le hubiera pasado por la cabeza el hecho de ser algo menos que asombrosamente bueno.

–¿De qué querías hablar? –le preguntó.

Aunque todavía estaba distraído, cabeceó.

–Había dos elfos esperándote en la entrada de la oficina esta mañana.

Ella enarcó una ceja.

–¿Sigues borracho?

–No, claro que no. Eran tu vecina y una amiga suya. Hablaban de un Santa Claus malvado.

–La señora Berkowitz –respondió ella–. Ha estado trabajando en un pueblecito navideño en Soma y cree que hay algo podrido.

–No puedes llevar ese caso, Molly. Tienes que rechazarlo.

Ella enarcó las cejas.

–Sé que no acabas de decirme lo que tengo que hacer. Aunque hayamos dormido juntos.

Lo dijo para provocar una reacción en él, y lo consiguió.

–Está bien. En primer lugar, esto –dijo Lucas, moviendo un dedo entre ella y él– no ha sucedido.

–Estás muy seguro, ¿eh?

Por el modo en que él abrió y cerró la boca, quedó claro que no estaba seguro de nada en aquel momento. Ahora que ya estaban los dos enfadados, ella se levantó de nuevo, y sintió el mismo dolor en la pierna. No vio la manera de impedir que él notara su cojera, pero se acercó a su ropa de todos modos y empezó a vestirse sin mirarlo.

–¿Te levantas así todas las mañanas? –le preguntó Lucas, en un tono calmado.

–No. Normalmente, me levanto de buen humor, pero, entonces, me encuentro con algún idiota.

–Me refiero a tu pierna –dijo él–. Tienes mucho dolor.

Ella suspiró. En realidad, siempre sentía dolor.

–Estoy bien.

Se puso el vestido por debajo de la camiseta. Después, sin quitársela, porque tenía la intención de quedarse con ella, fue hacia la puerta.

–Tengo que irme.

–Espera –le dijo él, alcanzándola en la puerta–. Con respecto a lo de anoche…

–Sí, ya lo sé. No quieres que se entere nadie y bla, bla, bla.

–Ocurriera lo que ocurriera anoche –replicó Lucas, mirándola con intensidad–, no puede volver a pasar.

Ella se quedó decepcionada, aunque sabía perfectamente que la noche anterior no había pasado nada. Sin embargo, estaba enfadada con él por decirle que no podía volver a suceder, así que dio un resoplido.

–No te preocupes. Con una frasecita como «Te voy a volver loca, nena», no va a volver a pasar.

Él empezó a asentir, pero se detuvo. Hizo un gesto de dolor.

–¿Hice que…? Mierda –musitó. Se miró las botas. Después, miró a Molly a los ojos, con cara de preocupación–. Hice que te sintieras bien, ¿no?

Al pensarlo, ella notó un pequeño cosquilleo en las zonas erógenas, y eso la molestó aún más. Se encogió de hombros.

Él se quedó horrorizado.

–¿No?

Lo cierto era que ella estaba segura de que, si Lucas se lo proponía, conseguiría sin esfuerzo que ella se sintiera bien. Era un tipo listo, con capacidad de resolución, seguro de sí mismo y muy agudo. En el trabajo era muy dinámico y tenía un gran instinto que casi nunca le fallaba, dos cualidades que, sin duda, también le favorecerían en la cama, y a las mujeres que tuvieran la suerte de estar allí con él. Todos aquellos rasgos eran muy atractivos en un hombre… para una mujer normal.

Pero ella no era una mujer normal. Así pues, sonrió una última vez, vagamente, y fue hacia la puerta.

Él posó la palma de la mano sobre la superficie para mantenerla cerrada.

–Aparta –le dijo ella.

–Todavía llevas puesta mi camiseta.

Y, si se la llevaba al trabajo, todo el mundo se daría cuenta de que habían pasado la noche juntos. Se la quitó, se la arrojó y abrió la puerta de par en par.

–Molly –dijo él, con exasperación–. Los elfos. El caso del Santa Claus malvado. Dime que no lo vas a aceptar.

–No puedo decirte eso, porque ya no te hablo –respondió ella.

Bajó las escaleras, pasó por delante de la tienda de artículos para mascotas, la tienda de artículos de oficina y el nuevo centro de spa, y fue directamente a la Tienda del lienzo. Una de las personas que trabajaba allí, Sadie, le había hecho a Molly el único tatuaje que tenía, y de la experiencia había surgido una amistad.

Sadie la saludó con la mano. Estaba con Ivy, la dueña de la camioneta de tacos de la calle que había detrás del edificio. Ivy, como ella, iba a veces a la tienda de tatuajes en busca de calma y cordura, algo que Sadie siempre era capaz de proporcionar junto a una dosis de sarcasmo.

Las dos se habían hecho amigas suyas, y era como si se conocieran de toda la vida.

–¿Cómo va todo? –preguntó Molly.

–Bueno, teniendo en cuenta que es un día laborable… –dijo Ivy, y se encogió de hombros. Bajó de un salto del mostrador y se dirigió hacia la puerta–. ¡Intentad que sea bueno! –exclamo, antes de desaparecer.

–¿Y tú? –le preguntó Molly a Sadie.

Sadie miró el pequeño árbol de Navidad que había puesto en la tienda. Debajo del abeto había varios regalos, y ella suspiró.

–Ninguno de los paquetes que tiene mi nombre ha ladrado todavía, y eso es un poco decepcionante, pero… –dijo. Entonces, se fijó en la ropa de Molly y abrió unos ojos como platos–. Vaya, vaya. Un momento. Ayer llevabas esa ropa cuando te vi. Ayer. ¿Acaso Molly Malone está haciendo el camino matinal de la vergüenza, lo nunca visto?

Molly hizo un mohín.

Y Sadie sonrió.

–Vaya, pues la Navidad ha llegado con antelación para mí. ¿Recordaban su funcionamiento todas tus partes?

–Bueno, en realidad, no es lo que parece.

–Ah… –murmuró Sadie.

–¿Me dejas que me duche aquí?

–Claro –dijo Sadie–. Y, a cambio de los detalles, te dejo ropa limpia.

Aquel era un buen trato, porque Sadie tenía una ropa increíble. Aquel día llevaba un top muy bonito y vaporoso, unos pantalones vaqueros ajustados y unos botines que habrían hecho babear a Molly si no estuviera alterada por la noche y la mañana que había tenido.

–Nada de detalles –le dijo a su amiga–, pero te invito a un café y una magdalena de la cafetería en el primer descanso que tenga si tienes Advil.

Sadie sacó un frasquito de su bolso.

–Bienvenida a la madurez, donde el Advil lo es todo. ¿Quién es él?

–¿Quién?

Sadie puso los ojos en blanco, y Molly suspiró.

–No te lo voy a decir.

Sadie ladeó la cabeza y la observó.

–Lucas.

–Cómo demonios…

A Sadie se le salieron los ojos de las órbitas.

–¿En serio? ¿He acertado? –preguntó, y se echó a reír–. Buena elección –dijo, con cara de aprobación.

–No, no. No es ninguna elección –dijo Molly–. Es…

–¿Guapísimo?

Bueno, sí, eso sí.

–¿Perfecto?

–No –respondió Molly rápidamente–. No es perfecto.

–Pues mejor –dijo Sadie–. El elegido nunca debería ser perfecto.

–Y tampoco es el elegido –dijo Molly–. Eso es absurdo.

Por muchos motivos, uno de los cuales era que, aunque Lucas era increíblemente serio y profesional en el trabajo, fuera del trabajo no lo era. Le gustaba mucho jugar, y tenía un encanto y una manera de flirtear que atraía a las mujeres con facilidad. Pero a ella, no.

Ella tenía problemas para confiar en un tipo como él.

–Bueno –dijo Sadie, asintiendo–. No estás lista para el elegido. Bueno, pues que sea el elegido de una noche. Antes de que venga otra y se lo lleve.

Molly abrió la boca y volvió a cerrarla para no decir nada de lo que pudiera arrepentirse. Como, por ejemplo, que acababa de darse cuenta de que no le gustaba nada la idea de que Lucas se acostara con otra mujer. Y eso era algo muy incómodo, así que tenía que superarlo rápidamente.

Veinte minutos después, cuando entró en la oficina de Investigaciones Hunt, ya no le parecía divertido el jueguecito de dejar que Lucas pensara que se habían acostado. La señora Berkowitz ya no la estaba esperando, pero había otro millón de cosas que sí, como, por ejemplo, una batalla con el seguro de salud de Investigaciones Hunt por una parte de la cobertura del tratamiento médico de Lucas.

A ella le encantaba su trabajo. En su familia no había dinero para ir a la universidad, y, aunque ella tenía pensado sacarse una beca para estudiar, había tenido que abandonar aquellos planes al destrozarse la pierna. Por pura desesperación, había empezado a trabajar de administrativa mientras Joe estaba en el ejército. Había cambiado de trabajo en varias ocasiones y había ido mejorando su capacidad laboral hasta que Joe había vuelto a casa y había conseguido trabajo para él y para ella en Investigaciones Hunt.

Sin embargo, después de pasarse dos años detrás del mostrador de la recepción, quería más. Le había rogado a Archer que le permitiera hacer las comprobaciones de la situación de las empresas y recabar la información necesaria para apoyar las investigaciones, y él se lo había concedido encantado, porque esas dos tareas representaban una sobrecarga de trabajo para los demás. Y ella lo había hecho muy bien, les había proporcionado información muy valiosa durante todo el año. Aunque tenían a un encargado de Tecnologías de la Información, el propio Lucas, ella sabía que podía llegar a ser tan buena como él con un poco de formación.

Seguramente.

De todos modos, aunque le encantaba haber metido un pie en el campo de la investigación, no se sentía satisfecha. Quería algo más.

Quería participar en las misiones.

Archer le había dicho que, aunque era muy inteligente y le agradecía todo lo que estaba haciendo, no podía permitir que resultara herida. Y Joe había sido mucho menos diplomático todavía; directamente, se había negado a hablar de aquel tema con ella. Y lo entendía; la apariencia física era muy poderosa a la hora de crear impresiones, y ella tenía aspecto de debilidad, no de fuerza.

No le quedaba más remedio que demostrarles que estaban equivocados.

–Necesito que nos envíe la documentación por fax –le dijo el agente de seguros, después de tenerla esperando treinta minutos–. Esto ya se lo dije la semana pasada.

–Claro –dijo Molly–. Voy a buscar mi DeLorean para volver a 1987 y recoger mi fax. ¿Es que no puedo enviarles las páginas escaneadas?

–No aceptamos documentación escaneada. Tiene que ser enviada por fax o por correo ordinario.

Necesitaba más cafeína para soportar aquello. Después de la llamada, fue a la sala de personal y se encontró con Archer. Lo señaló con el dedo índice.

–Has echado a esas encantadoras ancianitas que necesitaban que las ayudaras.

–No aceptamos ese tipo de casos.

Ella lo fulminó con la mirada.

–¿Te refieres a los casos de ancianos?

–Estamos ocupados hasta dentro de cinco meses. No tengo a nadie disponible.

–¿O es que no tienes interés?

Archer estuvo a punto de exhalar un suspiro.

–Mira, sé que estás aburrida. Sé que quieres hacer más cosas. Lo entiendo. Estoy trabajando en ello. Pero no voy a asignarte un caso sin que tengas la formación y la experiencia necesarias. Cuando estés preparada, tendrás casos propios, te lo prometo. ¿De acuerdo?

Ella suspiró.

–De acuerdo.

–Eres una empleada muy valiosa de esta agencia, Molly. No estoy tratando de aplacarte. Lo único que te pido es un poco de paciencia hasta que estés lista.

–¿Y estás seguro de que no es al revés? ¿De que tú no estás preparado para mí?

Al oír aquello, Archer se rio.

–El mundo no está preparado para ti –dijo, y se puso serio de repente–. Pero lo estará, y, cuando sucedan las cosas, tú estarás preparada y podrás trabajar con seguridad.

–¿Y mientras?

–Mientras, voy a pedirte que te hagas cargo de la investigación y la información de un par de casos. Ya te lo he enviado por correo electrónico.

Sabía que le estaba arrojando un hueso, pero estaba dispuesta a aceptarlo. Aunque ya se le estaba acabando la paciencia. Y, más aún, cuando se encontró a Joe un poco más tarde.

–No vas a hacerte cargo de ningún caso –le dijo su hermano, mientras le daba un mordisco a un sándwich. Acababa de volver de una operación en la que había tenido que intervenir todo el equipo y tenía tres minutos antes de marcharse a una vigilancia de otro caso.

Su trabajo sí que era interesante, demonios.

–Creo que tengo derecho a hacer el trabajo que yo quiera –respondió con frialdad.

Joe suspiró y bajó el sándwich. Eso de que su hermano apartara la comida era muy raro, y quería decir que se había puesto muy serio.

–Molly, escúchame. No puedo imaginarte a ti haciendo el trabajo que hago yo, corriendo peligro constantemente.

–Pero tú sí lo haces. ¿Crees que yo no me preocupo? ¿O que Kylie no se preocupa? –preguntó ella, refiriéndose a su novia.

–No quiero que te pase nada –respondió él con terquedad.

Las palabras que no pronunció fueron «otra vez». Porque los dos sabían a qué se estaba refiriendo en realidad: a aquel momento de su vida en que ella se había adentrado en su mundo y había estado a punto de morir. Todavía tenía las cicatrices, por dentro y por fuera.

Y él se culpaba por ello.

Pero ella, no.

–Mira, Joe –le dijo, suavemente, con la esperanza de conseguir que la entendiera y terminar de una vez por todas con aquella conversación–. Soy inteligente, tengo recursos y soy fuerte.

Él asintió.

–Todo eso lo he aprendido de ti –le dijo ella, y le apretó una mano. Sonrió al ver que él se quedaba sorprendido–. Tú siempre me has cuidado, Joe. Siempre. Y te lo agradezco muchísimo. Pero estoy bien, ¿de acuerdo? Estoy muy bien. Y ya es hora de que me sueltes, de que me permitas tomar mis propias decisiones.

–No sé si puedo –reconoció él–. Pero lo voy a intentar.

–Inténtalo con todas tus fuerzas –le sugirió ella.

Capítulo 3

#SantaMalvado

Cuando Molly llegó a casa, aquella noche, estaba agotada. Vivía en Outer Sunset, a veinte minutos del trabajo si no había tráfico. Pero siempre había tráfico.

Cuando subió los pocos escalones que había hasta su apartamento, se encontró a tres elfos esperándola. Se habían multiplicado.

El elfo de menor estatura era la señora Berkowitz, su vecina. El otro elfo era la señora White, la compañera de tricot de la señora Berkowitz. Ella no conocía al tercer elfo, que debía de tener unos diez años menos que los otros dos.

–Buenas noches, señoras –dijo Molly, sonriendo con ganas por primera vez en todo el día–. Qué buen aspecto tienen.

–Gracias, querida –dijo la señora Berkowitz–. Pero tu jefe ha dicho que no aceptaba nuestro caso.

–Sí, ya me he enterado. Lo siento mucho…

–Necesitamos que nos ayudes. Nuestro jefe nos está robando.

Molly se apoyó en la barandilla de su porche.

–¿Saben con certeza que es así?

–Sí. Dice que no hay beneficios y no puede pagarnos, pero tiene dinero. Solo con el bingo ya gana bastante. Yo he visto los fajos de billetes. Necesitemos que nos ayudes –insistió la anciana, con tanta vehemencia, que le temblaron las orejitas de elfo.

Molly miró a la señora White, que asintió. Y, después, miró al tercer elfo.

–Te presento a Janet –dijo la señora Berkowitz, señalando a su amiga, que era una mujer de aspecto amable, un poco rellenita–. Nos oyó hablando del dinero y quiere unirse a la causa.

–¿A la causa? –repitió Molly.

–Sí, a la causa de Santa Claus –respondió la señora Berkowitz, con una expresión muy seria–. Hemos trabajado mucho durante todo el año. No vamos a quedarnos de brazos cruzados mientras nos roban, eso no está bien.

Si era cierto, no estaba bien en absoluto. Los hombres que formaban parte de su vida no entendían su necesidad de involucrarse, pero deberían. Había aprendido de ellos que había que actuar con ética, aunque nadie más lo creyera.

–Vamos a llegar al fondo de esto –les prometió a las ancianas.

La señora Berkowitz se quedó aliviada.

–Oh, gracias. Te lo agradecemos muchísimo. Y, por supuesto, vamos a pagarte, pero hasta que no tengamos nuestro dinero…

–No se preocupe –dijo Molly–. De todos modos, yo no tengo licencia de detective. Pero, si llegamos al fondo de este caso, tal vez pueda convencer a mi jefe para que me permita conseguirla, así que, ya ven, nos estamos ayudando las unas a las otras.

–Gracias –dijo la señora Berkowitz con fervor–. Eres una bendición.

Varias horas después, Molly estaba sentada en su cama, mirando el ordenador portátil. Había investigado sobre el pueblo de la Navidad, sus propietarios y el salón de bingo. El local del bingo estaba alquilado por la misma empresa que alquilaba el terreno contiguo y el aparcamiento del pueblo de la Navidad. St. Michael’s Bingo. A pesar del nombre de la empresa, no tenía relación con ninguna iglesia ni con ninguna organización caritativa en concreto. Y la señora Berkowitz tenía razón: según las puntuaciones en Yelp y otras críticas, parecía que el bingo tenía mucho público y era muy célebre.

Así pues… ¿por qué no había podido Santa Claus pagar a sus elfos?

¿Y por qué no encontraba los nombres de la gente que dirigía St. Michael’s Bingo? En la página web solo aparecía una fotografía del pueblo y el horario de apertura, además de la dirección. No había otras formas de contacto, ni un número de teléfono.

Molly llamó a la señora Berkowitz.

–¿Quién dirige el pueblo y el salón de bingo?

–Santa.

Molly se frotó el entrecejo.

–¿Y se llama de alguna manera ese Santa Claus?

–Santa.

Molly se echó a reír.

–El tipo que se pone el traje de Santa Claus. ¿Cómo se llama?

–Ah. Nosotras le llamamos Nick el Loco.

–¿Por San Nicolás? –preguntó Molly.

–No, porque está loco.

–¿Y por qué está loco?

–Bueno, para empezar, ha tenido ya cuatro mujeres. Y todas trabajan para él, aunque lo odian. Por eso está loco. Siempre está de mal humor. Si yo tuviera cuatro exmujeres, no querría que trabajaran para mí.

–¿Y este señor tiene algún apellido?

–Seguramente, pero yo no sé cuál es. Podría preguntárselo a alguna de sus exmujeres en el próximo turno. Pero ahora tengo que colgar, cariño. Estoy viendo Jeopardy!

Molly colgó. Tenía que investigar más, pero, para poder hacerlo, necesitaba su ordenador del trabajo y programas informáticos más específicos. Con idea de levantarse muy temprano, se acostó.

Y soñó con unos ojos de color marrón, cálidos y profundos, del mismo tono que su cosa favorita del mundo: el chocolate. Soñó con la deliciosa sonrisa que los acompañaba, y con unas manos que la acercaban a un cuerpo, pero no para dormir…

A la mañana siguiente, Lucas estaba mirando por los prismáticos y, al mismo tiempo, observando la pantalla de su tableta, en la que podía ver a tiempo real las imágenes del edificio que estaban vigilando, en el que habían instalado cámaras ocultas. Hacía todo lo posible por concentrarse en el trabajo, en vez de en lo cruel que era la vida, que le había dado la oportunidad de acostarse con Molly pero le había negado la posibilidad de recordar ni un solo minuto.

¿Era su cuerpo tan curvilíneo y suave como parecía con aquellos trajes de oficina tan sexis que llevaba siempre?

Y ¿qué llevaba debajo? ¿Encaje? ¿Seda? Él no tenía ninguna preferencia. Le encantaba todo. ¿La habría desnudado lentamente y le habría pasado las manos por todo el cuerpo? ¿La habría besado? ¿Tendría ella aquel sabor tan delicioso que él se imaginaba?

–Aquí hace un calor insoportable –murmuró Joe.

Como su amigo llevaba horas quejándose, Lucas no respondió. Además, Joe tenía razón: allí hacía mucho calor.

–Tengo hambre –dijo Joe.

Lucas bajó los prismáticos y se quitó el auricular de uno de los oídos.

–¿Algo más?

–Se me ha dormido el trasero.

–¿Y qué quieres que haga yo, exactamente? –le preguntó Lucas.

–Era por decir algo –respondió Joe, y exhaló un suspiro–. Llevamos aquí toda la vida.

Se refería a la furgoneta de vigilancia. Estaban a una hora al norte de San Francisco, en Sonoma, en el circuito de carreras Sonoma Raceway. Y, sí, para estar en diciembre, hacía demasiado calor. Además, se les había acabado la comida hacía unas horas.

Él tenía la misión de vigilar y recabar cualquier prueba, pero había recibido órdenes tajantes de mantenerse al margen de cualquier acción. Joe estaba allí para cubrirle las espaldas si las cosas se complicaban.

Y él sentía un gran agradecimiento por tener aquel trabajo, por muy insignificante que fuera.

–Solo era por decir algo –repitió Joe.

–¿Qué es lo que has dicho?

Joe le echó una mirada torva.

–¿Por qué no me has escuchado?

«Porque estoy teniendo fantasías sexuales con tu hermana, que está desnuda debajo de mí, diciendo mi nombre entre gemidos…».

–Esto no va a ocurrir hoy –dijo Joe, mientras se quitaba los auriculares–. La información estaba equivocada.

La información sobre la que se basaba la vigilancia de aquel día la había recopilado Molly, y él la había revisado con minuciosidad.

–El instinto me dice otra cosa.

Y su instinto casi siempre acertaba. Lo había refinado mucho en la Agencia Antidroga, donde había trabajado cinco años de agente encubierto. En varios de sus casos había tenido que investigar grandes fraudes a compañías de seguros, y uno de esos casos había sido el que le había costado el amor de su vida, aunque fuera de manera indirecta.

No iba a pensar en eso.

De cualquier modo, aquella misión iba a ir según lo previsto. Su cliente, un fabricante de automóviles muy importante, tenía un problema. Algunos de sus empleados estaban haciendo horas extra cuando se había resbalado el eje de un camión, que había caído al suelo. Siete de los empleados habían declarado heridas de diferente gravedad, aunque ninguno de ellos hubiera recibido un golpe. Tres de los empleados habían vuelto a sus puestos de trabajo, pero los otros cuatro seguían de baja y habían presentado una demanda contra el fabricante.

Lucas había investigado con ayuda de Molly, ya había descubierto que los cuatro empleados eran amigos de toda la vida, tanto, que hasta iban juntos de vacaciones. Todos tenían la baja médica, pero Molly había encontrado registros de sus tarjetas de crédito que los situaban tres fines de semana seguidos en el circuito de carreras de coches de Sonoma, el Sonoma Raceway.

Estaban tomando clases de conducción de coches de carreras.

–Puede que tengas razón –le dijo Joe, al ver que entraban dos coches al aparcamiento.

De cada uno de los vehículos salieron dos hombres. Por las fotografías y las descripciones que tenían de ellos, Lucas y Joe supieron al instante que se trataba de los trabajadores supuestamente heridos en el accidente laboral.

–Demonios –murmuró Joe, mientras hacía fotografías de los hombres–. ¿Lo tienes?

–Sí –dijo Lucas, sin dejar de grabar en vídeo la entrada de los empleados al circuito–. ¿Todavía quieres marcharte?

–Cállate.

Cuando los hombres hubieron entrado en el circuito, Lucas y Joe salieron de la furgoneta para conseguir más pruebas, y para asegurarse de que los empleados subían de verdad a los coches de carreras.

–Siempre se me olvida lo buena que es –murmuró Joe, mientras ocupaban su sitio de espectadores en las gradas– Molly.

Lucas no respondió. Porque él nunca olvidaba lo buena que era Molly.

Salvo por lo de la otra noche…

Capítulo 4

#BahPatrañas

Lucas y Joe no pudieron enseñarle la grabación de los empleados conduciendo coches de carreras a todo el mundo hasta el día siguiente, después del mediodía. El equipo se había reunido en la sala de juntas para poner en común información sobre una operación que acababan de terminar. Archer, Joe, Lucas, Max, Reyes y Porter, además de Carl, el dóberman de cuarenta y cinco kilos de Max. Todos iban vestidos todavía con la ropa de su última misión, y eso significaba que todavía estaban llenos de adrenalina después de haber terminado una peligrosa operación con éxito.

Lucas no había tomado parte de la acción, pero había estado otra vez ocupándose de la vigilancia, en la furgoneta, lo cual era un asco. Sin embargo, Archer se había negado a permitirle que hiciera algo más hasta que su médico le hubiera dado el alta, algo que no iba a suceder hasta después de una semana más.

Lucas pensó en pedirle a Molly que llamara a su médico y le dijera que él había estado a la altura de la acción unas noches antes, pero, con su suerte, seguro que ella le diría que esa acción no había merecido tanto la pena.

En aquel momento, estaban dando un informe oral de la misión.

–Buen trabajo –les dijo Archer, después de haber oído todo lo que habían hecho–. No podríamos haber resuelto este caso tan rápidamente sin tu ayuda.

Lucas abrió la boca para darle las gracias, pero se dio cuenta de que Archer estaba hablando con Molly.

Ella sonrió al oír aquel cumplido, poco frecuente en su jefe, y Lucas cabeceó ligeramente, pensando que Archer y Joe se equivocaban al intentar cortarle las alas.

Cuando terminó la reunión, todo el mundo se marchó de la sala. Lucas permaneció allí sentado y abrió el ordenador portátil, porque uno de sus cometidos era escribir el informe. Otro motivo para odiar a su jefe.

Su madre lo llamó por teléfono y él puso la llamada en altavoz para poder seguir tecleando.

–Lucas Allen Knight –dijo.

Llevaba cuarenta años en los Estados Unidos, pero todavía tenía un ligero acento de su país natal, Brasil, y el sonido de su voz siempre le hacía sonreír.

Bueno, normalmente.

–Me has estado ignorando –le reprochó a su hijo.

Él exhaló un suspiro.

–Hola, mamá. No, no te he ignorado, lo que pasa es que he tenido mucho trabajo…

–Cariño, no te esfuerces. Sé que este trabajo, al contrario que el anterior, no te exige que estés desaparecido durante semanas.

Era cierto y, en parte, el motivo por el que volvía a tener una vida, aunque no estaba seguro de merecérselo.

–Bueno, y ¿qué tal estás, cariño?

Él no le había contado que le habían disparado, ni que estuviera de baja médica. Si se lo hubiera contado, tanto ella como Laura, su hermana mayor, se habrían lanzado sobre él como perros hacia un hueso. Unos perros dulces y cariñosos, pero, de todos modos…

–Estoy muy bien, te lo prometo. Te llamo este fin de semana para contarte mi vida.

–Querrás decir que vas a venir a verme este fin de semana.

Oyó un resoplido y se dio la vuelta. Vio que Molly estaba allí, escuchando la conversación sin ningún reparo.

–Mamá –dijo él–. Tengo mucho trabajo. ¿Por qué no eres más comprensiva?

–Soy muy comprensiva. Con todas las madres cuyos hijos no van a visitarlas. ¿Sabías que el hijo de Margaret Ann Wessler sí viene a visitarla. Y el hijo de Sally Bennett, también.

–Voy a ir a verte –dijo él, por fin.

–Y vas a venir a la fiesta familiar de Navidad el fin de semana que viene.

–Mamá…

–Va a venir todo el mundo, Lucas. Incluso mi exmarido.

–¿Te refieres a mi padre? –le preguntó él, con ironía. Sus padres llevaban divorciados veinte años, y eran amigos. Más o menos. De cualquier modo, habían cumplido con su deber de la mejor manera posible, incluyendo las celebraciones festivas.

–Sí –dijo su madre con un suspiro–. Y, si no apareces, la gente me va a preguntar por qué no viene a verme mi hijo.

–Está bien, sí. La fiesta de Navidad. Iré.

–Y a la Nochebuena, que es dos semanas después. Y el día de Navidad, también, porque…

–Mamá…

–No me digas que vas a trabajar ese día. Si me lo dices, llamo personalmente a tu jefe. No creas que no lo voy a hacer.

Él se imaginó a su madre llamando a Archer para echarle una bronca y sonrió.

–Allí estaré.

–Muy bien, hijo –respondió su madre, en un tono más cálido, lo cual era lógico, porque había conseguido lo que quería desde el principio–. Y trae a una novia a la fiesta…

–Lo siento –dijo él–. No te oigo bien, hay interferencias…

–¡Lucas!

–Voy a entrar a un túnel –añadió él, e imitó el sonido de las interferencias antes de colgar.

–Necesitas un poco más de flema en esos ruidos –dijo Molly con cara de diversión–. ¿Siempre le dices mentiras a tu madre?

–Cuando puedo librarme de una buena ––dijo él. Apartó el ordenador portátil y la miró–. ¿Acaso tú nunca les dices alguna mentira a tus padres para conservar la cordura?

–No.

–Vamos –dijo él con incredulidad–. ¿Nunca?

–Bueno, es que a mi padre no se le puede mentir. Tiene un detector de mentiras interno –dijo ella, tocándose la sien con un dedo–. Y mi madre… murió hace mucho tiempo.

Él cabeceó.

–Lo siento. Soy idiota.

–No lo sabías.

–No, no lo sabía. Pero, de todos modos, lo siento.

Ella se encogió de hombros y se dio la vuelta.

–Molly…

–Apaga la luz cuando termines aquí –dijo ella–. Hoy voy a cerrar pronto.

–Molly.

Entonces, ella se giró hacia él.

–¿Fueron a verte los elfos? –le preguntó Lucas.

Ella vaciló.

–Sí.

–¿Y qué les dijiste?

–Que iba a ayudarles –respondió Molly, como si él fuera corto de entendederas.

Se marchó de la sala, y él respiró profundamente. Su madre era entrometida, mandona y manipuladora, y no podía dejar de meterse en su vida, pero también era cariñosa y protectora, y estaba dispuesta a luchar con su vida por la gente a la que consideraba suya. Él no podía imaginarse un mundo sin su madre.

Pero Molly no tenía nada de eso, porque su madre había muerto.

No era la primera vez que maldecía a Joe porque, a pesar de que fuera tan buen amigo suyo, casi nunca hablaba de su vida privada, y menos, de su familia. Ojalá pudiera dar marcha atrás y borrar los últimos minutos. En realidad, ojalá pudiera rebobinar los últimos días y llegar al momento en que había mezclado un chupito de bourbon con los analgésicos y, después, se había acostado con Molly.

Aunque, si recordara la parte en la que se había acostado con Molly, no querría borrar los recuerdos…

Apagó las luces y recorrió el pasillo.

Archer estaba apoyado en el mostrador de Molly, leyendo un expediente. Joe y Reyes estaban cerca de la puerta principal, charlando.

–¿Te vas? –le preguntó Archer a Lucas.

–No, todavía no. Voy a terminar el informe.

Reyes lo miró.

–No has contado con qué chavala terminaste la otra noche.

Lucas se quedó petrificado.

–A que lo adivino –prosiguió Reyes–. Con la morena del final de la barra, ¿no? Es nueva, no la había visto nunca.

Lucas tuvo que hacer un esfuerzo por acordarse de la chica morena. No era Molly; ella miró, y se dio cuenta de que ella lo estaba observando fijamente.

–A lo mejor fue la pelirroja de la mesa de billar. Está buenísima –comentó Joe.

–Sí –dijo Lucas–, claro.

–Sí, claro, ¿cuál? –inquirió Reyes–. ¿La morena de la barra o la pelirroja de la mesa de billar?

Molly los miró como si estuviera viendo el programa de televisión más fascinante de la historia.

–¿Con las dos? –preguntó Joe, esperanzadamente.

–Cerdo –le dijo Molly a su hermano, que se encogió de hombros.

–Él está soltero –respondió Joe–. Así que, ahora, yo tengo que vivir a través de su experiencia.

–Ya se lo diré yo a Kylie –respondió Molly–. Además, la pelirroja de la mesa de billar que está buenísima tiene un nombre. Se llama Ivy, y es genial.

–Sí –dijo Reyes, señalando a Molly–. Es la chica de la furgoneta de tacos que está aparcada en la esquina. La comida que hace está increíblemente buena.

Nadie respondió, porque todo el mundo estaba mirando a Lucas y esperando su respuesta.

–No es asunto vuestro –les dijo él.

Archer se echó a reír y se apartó del mostrador de recepción. Se dirigió hacia su despacho.

–Elle dice que terminaste solo.

Lucas abrió la boca, pero se topó con la mirada de Molly y volvió a cerrarla. Elle iba a tener que pensar que él era un perdedor que se inventaba sus aventuras, y no sería porque Joe y Archer fueran a matarlo si supieran la verdad, sino porque él jamás delataría a Molly.

Joe y Reyes se despidieron y se marcharon. Entonces, Molly se puso de pie y tomó su bolso, como si, de repente, tuviera mucha prisa.

Seguramente, tenía prisa por evitarlo a él.

–Buenas noches –dijo.

–Puedes correr, pero no puedes esconderte –respondió Lucas en voz baja.

Ella se echó a reír, pero se marchó de todos modos. Cuando salió por la puerta, Lucas dio un paso para seguirla, y se dio cuenta de que alguien lo estaba observando.

Archer había vuelto y estaba apoyado en el quicio de la puerta.

–Bueno, y… ¿cómo han ido las cosas?

Lucas suspiró.

–No estoy seguro de poder convencer a Molly de que no acepte el caso del Santa Claus malvado. Las ancianitas la han convencido primero.

–¿Me estás diciendo que un par de ancianas son mejores que tú?

–No, claro que no.

–Bueno –dijo Archer–, porque tengo un nuevo trabajo para ti.

–¿Y por qué será que no me emociona mucho oírtelo decir? –murmuró Lucas.

–Si ella se mete en el caso de los elfos sin pedirnos ayuda a Joe ni a mí…

–¿Lo dices en broma? –preguntó Lucas–. Ella no os va a pedir ayuda. Nunca le pide ayuda a nadie, y lo sabes.

–Sí, lo sé –dijo Archer–. Así que tú te vas a ofrecer para ayudarla y, de paso, protegerla. Y, como valoro mucho mi vida, no vas a decirle que fui yo el que te hizo este encargo.

–Entonces, si se entera… ¿soy yo el único que va a morir?

–Exacto.

Vaya, qué agradable saber que el único pellejo que peligraba era el suyo. Volvió a su despacho. No estaba muy satisfecho con lo que estaba ocurriendo en su vida en aquel momento. Se sentó en su escritorio y miró al techo. Antes de que le hirieran de bala, las cosas eran mucho menos complicadas. Antes de haberse acostado con la mujer a la que se suponía que tenía que proteger sin que ella lo supiera.

La mayoría de los días, después del trabajo, se iba al gimnasio o salía a correr. Sin embargo, el médico tampoco le había dado permiso para eso. No le había dado permiso para nada, ni siquiera para lo que hubiera hecho con Molly…

Un momento.

Si hubiera mantenido relaciones sexuales salvajes, ¿no debería dolerle mucho el costado? Se tocó las abdominales. Notó una punzada, pero no demasiado dolorosa. Algo que no resolvía ninguna duda, demonios. Porque lo más seguro era que, con tal de disfrutar del sexo, él se hubiera aguantado el dolor.

Ummm… Abrió el ordenador portátil. Se suponía que él no podía acceder a los datos de sus compañeros de trabajo; nadie podía hacerlo. Sin embargo, a él le habían contratado por sus conocimientos sobre Tecnologías de la Información, así que no le costó demasiado dar con la dirección de Molly.

Salió de la oficina y atravesó el patio del edificio. Todas las ventanas y las puertas estaban decoradas con guirnaldas de abeto intercaladas con lucecitas blancas, y entre la entrada y el callejón había un enorme árbol de Navidad. Entró al callejón y se encontró al viejo Eddie sentado en una caja de madera. Era un viejo hippie de los sesenta, con el pelo largo, blanco y rizado alrededor de la cabeza, parecido al de Einstein. Todo el mundo, incluido Spence Baldwin, el propietario del edificio y nieto de Eddie, había intentado sacar al hombre de la calle, pero todos aquellos esfuerzos habían sido rechazados con dulzura y una resistencia férrea. Aquel día, Eddie estaba jugando a algún juego en su teléfono, seguramente contra el hombre que estaba sentado frente a él, en otra caja de madera dada la vuelta.

Caleb llevaba traje, un traje que parecía muy caro, pero parecía que estaba a gusto en el callejón.

–Cabrón –dijo Eddie, cariñosamente.

Caleb soltó un resoplido.

–Tu problema es que juegas con corazón, viejo.

–Claro –dijo Eddie–. Se me olvidaba que tú de eso no tienes.

Caleb asintió para saludar a Lucas, sin dejar de mirar la pantalla del teléfono. Se dedicaba a las inversiones empresariales y era un genio de la tecnología, además de un antiguo cliente de Investigaciones Hunt. Lucas había sido destinado a su protección en varias ocasiones. En una de esas ocasiones, Caleb había sido víctima de un atraco y se había defendido con algunas llaves de artes marciales muy impresionantes, así que él sentía mucho respeto por el tipo en cuestión.

–¿Te encuentras mejor que la otra noche? –le preguntó Caleb a Lucas.

–Sí, tío, porque el otro día estabas un poco ido –le dijo Eddie–. Seguramente, por eso esa chica tan guapa de tu oficina te acompañó a tu piso para acostarte –añadió, con una sonrisa de picardía–. Pero no se marchó hasta por la mañana, así que supongo que tuviste una buena noche.

Caleb enarcó ambas cejas y miró fijamente a Lucas.

–Espera… ¿Estamos hablando de Molly? ¿Has pasado la noche con Molly? ¿Es que quieres morir, o algo así?

«O algo así».

–¿Cuánto quieres a cambio de no repetir jamás ninguna parte de esta historia? –le preguntó Lucas a Eddie, ignorando a Caleb por el momento. Caleb no le preocupaba, porque sabía que los secretos eran importantes, y él mismo tenía muchos. Sin embargo, a Eddie le encantaban los cotilleos.

Para demostrarlo, el viejo sonrió maliciosamente y extendió la mano.

Mierda. Lucas sacó un billete de veinte dólares.

Eddie siguió sonriendo.

Lucas añadió un segundo billete.

Eddie no retiró la mano.

Así que él añadió un tercer billete y, después, el cuarto.

–Con eso vale –dijo Eddie.

–Vaya, vaya –dijo Caleb, agitando la cabeza.

Capítulo 5

#DefineAgradable

Lucas fue en coche hasta casa de Molly, intentando concentrarse en el partido de fútbol americano que estaban retransmitiendo por la radio. Jugaba California, y él había ido a Berkley, en el estado de California, porque allí era donde le habían dado la beca. Además, su padre también había estudiado en aquella universidad, y allí había conocido a su madre, que trabajaba en una de las cafeterías del campus. A Lucas nunca le había apasionado estudiar, pero sí le apasionaba el fútbol. Había jugado durante un año, aunque casi todo el tiempo se lo había pasado en el banquillo, antes de sufrir una lesión que le había destrozado el ligamento anterior cruzado y tener que someterse a una operación. Sin embargo, todavía adoraba aquel deporte.

Sin embargo, no era capaz de mantener la atención en el partido. Solo podía pensar en cómo iba a manejar a Molly. Era una idiotez ocultarle algo, pero, si le decía la verdad, ella haría lo que quisiera a escondidas. Y él no podía arriesgarse a que sucediera aquello. No podía permitir que ella corriera peligro.

Molly vivía en Outer Sunset, el barrio más populoso de todo San Francisco. Las calles eran estrechas y los edificios eran antiguos y un poco destartalados, pero estaban bien cuidados.

Su edificio no era una excepción. Había ocho apartamentos, cuatro en el piso bajo y otros cuatro en el segundo, que, debido a la densa niebla, casi no se veía. Molly vivía en el bajo, en uno de los apartamentos que daban a la calle. La luz de su casa estaba encendida, pero nadie abrió la puerta. Se dio cuenta de que su vecina, no una del grupo de los elfos, lo estaba observando desde detrás de la cortina con mala cara, así que le sonrió con la esperanza de parecer inofensivo y llamó de nuevo a casa de Molly.

La puerta siguió sin abrirse, pero la voz de Molly sonó por un portero automático oculto.

–¿Qué quieres?

–Hablar contigo –dijo él. Miró a su alrededor y vio una pequeña cámara encima de la lámpara de su porche. Molly siempre le sorprendía–. Qué lista –dijo–. Vamos, abre.

–No.

Él miró a la cámara.

–Tenemos que hablar.

–Pues habla.

–No puedo hablar aquí, en tu porche, con tu vecina mirándome con el teléfono en la mano.

–Es la señora Golecky. Seguramente, está llamando a la policía, porque pareces un tipo muy malo con la ropa negra de equipo de seguridad de elite.

Él apoyó la frente contra la puerta de madera.

–Yo me daría prisa y empezaría a hablar antes de que lleguen los polis.

–¿De verdad me vas a obligar a decirlo aquí fuera?

Silencio.

–De acuerdo –dijo él–. Como quieras. Pero la señora Golecky acaba de abrir la ventana para oír todo lo que digamos.

Más silencio. Desde luego, Molly era muy terca.

Él exhaló un suspiro.

–Necesito saber lo que ocurrió la otra noche.

La puerta se abrió y apareció Molly, con las cejas enarcadas.

–¿Seguro que quieres oírlo? Es decir… no fue algo precisamente memorable.

–No me lo creo –dijo él. Demonios–. ¿De verdad?

–Bueno, es un poco difícil de recordar, porque no fue más que un minuto.

A su espalda, desde el otro lado del seto que separaba las puertas principales de los dos apartamentos, se oyó un resoplido de la señora Golecky.

Lucas ya había tenido suficiente, así que apartó a Molly y entró.

Ella le estaba sonriendo mientras él cerraba la puerta y se giraba para mirarla.

–Estás muy satisfecha de ti misma, ¿eh?

Molly se encogió de hombros.

–Lo único que pasa es que me sorprende que preguntes con tanta insistencia por tu nivel de… rendimiento.

–¿Vas a seguir insultándome o me vas a decir la verdad?

Ella se echó a reír y, demonios, su risa era un sonido muy bonito.

–¿No puedo hacer las dos cosas? –preguntó.

Él cabeceó y miró a su alrededor. La casa de Molly era muy pequeña, pero estaba muy ordenada y era muy agradable. Había muebles que parecían muy cómodos y muchos toques personales, como fotografías, libros y plantas espléndidas.

Él nunca había conseguido mantener viva a una planta. Cuando salía con Carrie, habían compartido un apartamento durante las temporadas que él no estaba participando en alguna misión secreta. A ella también le encantaban las plantas, y le había prohibido que las tocara, porque decía que las mataba con su mala actitud.

Nunca había vuelto a convivir con una mujer.

Ni había tenido una planta.

–Respecto a lo de la otra noche… –dijo él.

–¿Qué pasa con eso? –preguntó ella, con los ojos brillantes de diversión. Claramente, estaba pasándoselo muy bien.

–Yo…

Lucas se quedó callado al mirar hacia la mesa de la cocina. Allí estaban los tres elfos, tomando un té.

–Dime que esto es solo una merienda –le murmuró a Molly–, y que no vas a intentar resolver su caso de Santa Claus.

–Claro que voy a intentar resolver su caso de Santa Claus. Les dije que iba a ayudarlas.

En aquel momento, él se dio cuenta de que eran mucho más parecidos de lo que habría podido imaginarse.

Molly le señaló a la primera mujer.

–Ya conoces a la señora Berkowitz, mi vecina. Y a la señora White, su compañera de tricot. Y ella es Janet, una de sus compañeras de trabajo.

–Tenga –le dijo la señora Berkowitz, tendiéndole una taza de té humeante–. Es ginkgo. Le ayudará con su problema de falta de memoria.

–Y puede tomar kava y ashwagandha para su… eh… problema de no ser memorable –dijo Janet.

Entonces, todas se echaron a reír, mientras Lucas se contenía para no dar golpes con la cabeza en la pared.

–¿Ha habido algún cambio o novedad?

–No es asunto suyo –dijo Janet.

Magnífico. Sin olvidar la orden que le había dado Archer, que debía cuidar de Molly y no permitir que le ocurriera absolutamente nada, se la llevó aparte para hablar con ella sin que los oyeran.

–Si vas en serio con este tema…

–Claro que sí –replicó ella. Había dejado de sonreír y estaba muy seria–. Y hay algo más.

–¿Qué?

–Que tú vas a ayudarme.

Eso era exactamente lo que había ido a hacer allí, pero tenía curiosidad por saber qué era lo que le iba a pedir ella. En realidad, se lo había ordenado; era muy parecida a su hermano Joe.

–¿Y por qué crees eso?

–Porque, si no me ayudas, les cuento a Joe y a Archer lo de la otra noche.

Lucas respiró profundamente.

–Así que me odias y quieres que muera.

Ella se echó a reír.

–No –dijo. Después, se le borró la sonrisa–. Pero no soy tonta, Lucas. Ni temeraria. Puedo hacer el trabajo de campo en este caso, pero también quiero ir al pueblo y husmear por allí. Necesito conocer el lugar y encontrar a alguien con quien hablar, alguien que conozca el apellido de Nick, para empezar. Y necesito apoyo. Un socio. Alguien listo y con recursos, y que no tenga miedo de transgredir unas cuantas normas.

–Te escucho –dijo él.

Ella sonrió.

–¿Por casualidad conoces a alguien que tenga esos atributos, aparte de ti mismo?

Mierda. Lucas la miró a los ojos. Eran de color castaño claro y tenían una mirada llena de inteligencia. Supo que estaba perdido.

Entonces, ella se dio la vuelta y volvió a la cocina desde el salón, para sentarse a la mesa con las señoras. Claramente, trataba de no forzar la pierna derecha. Algunas veces, él había intentado preguntarle por aquel tema, pero ella siempre le había dejado claro que no era asunto suyo.

No había nadie más orgullosa ni más terca que Molly.

Bueno, tal vez, él mismo.

Sin embargo, cada vez sentía más deseos de saber lo que le había ocurrido. Se estaba convirtiendo en una necesidad. Tenía la impresión de que había sido algo malo, pero, como él tampoco tenía un pasado lleno de recuerdos felices, no iba a presionarla, porque sabía que haría que se sintiera mal.

Tenía maneras de conocer su pasado. En Investigaciones Hunt tenían los mejores programas informáticos de búsqueda. Algunos eran tan eficaces que podría averiguar el día en que habían concebido a Molly, y cuántas caries tenía su padre en esa época. Él había utilizado aquellos programas sin escrúpulos para conseguir información sobre la escoria de la sociedad.

Sin embargo, nunca había sido capaz de investigar a Molly. No podría justificar de ningún modo aquella invasión de su privacidad.

Pero, aun así, seguía sintiendo una enorme curiosidad.

Como sabía cuándo debía ceder, se sentó con las señoras a la mesa. La señora Berkowitz le puso delante una taza de té. Era de color verde y tenía algunos posos. Estupendo. Dio un sorbo y se quemó la lengua. Además, la infusión tenía un sabor repugnante.

–Bueno, señoras. Cuéntenme.

Todas empezaron a hablar a la vez.

Él alzó una mano.

–Por favor, una a una. Usted –dijo y señaló a la señora Berkowitz.

–Trabajamos todo el año –dijo ella, y sacó su teléfono–. Lo tengo todo apuntado… Un momento, ¿dónde están mis gafas?

–Las tienes en la cabeza –respondió la señora White.

–Ah, es verdad –dijo la señora Berkowitz, y se las puso–. Mucho mejor. Bien, como bien sabéis, no nos han pagado lo que debían, y creemos que Santa es culpable de estafa y de blanqueo de dinero.

–¿Tienen alguna prueba? –preguntó Lucas.

–¿Por qué ustedes y la policía siempre necesitan tantas pruebas? –preguntó la señora Berkowitz–. ¿No es eso trabajo suyo?

–Entonces, ya han acudido a la policía –dijo Lucas.

–Sí, pero no quisieron ayudarnos si no les dábamos pruebas. Pero la verdad es que sé que tenemos razón. Además, el hermano de Santa siempre está por allí, comportándose como si fuera el jefe.

–¿Y qué tiene de malo eso? A lo mejor es un negocio familiar.

–Es un negocio familiar –confirmó la señora Berkowitz–. Hace cuarenta años, el hermano de Santa era un mafioso.

–Está bien. ¿Saben cuál es el verdadero nombre de este hombre? –preguntó él.

–¿El hermano? Tommy Pulgares –dijo la señora Berkowitz–. Dicen que, antiguamente, si lo enfadabas, te cortaba el pulgar y se lo daba de premio a su serpiente. Entonces era un mafioso de bajo nivel, pero tenía ambiciones. Por eso hacía lo de los pulgares. Quería destacar.

Lucas cabeceó.

–Tommy Pulgares era un mafioso de poca monta en los ochenta, pero murió en una explosión en un almacén a principios de los noventa. Lo que pasa es que hay muchos usureros que han mantenido viva su leyenda para mantener a la gente a raya con la amenaza de que pueden perder los pulgares.

–No –dijo la señora Berkowitz–. No está muerto.

–Nadie ha visto a Tommy Pulgares desde hace años, y hay mucha gente que lo ha estado buscando. ¿Por qué cree que es él? ¿Lo ha reconocido? ¿Cómo es posible?

–Bueno, me acosté con él unas cuantas veces a últimos de los noventa –dijo la señora Berkowitz con una sonrisilla–. Y puede que una o dos veces en el siglo xxi, también. ¿Qué? –preguntó la señora Berkowitz, al ver que Janet la miraba con horror–. Antiguamente era un poco más lenta a la hora de reconocer a un patán.

Lucas hizo todo lo posible por apartarse de la cabeza las imágenes de la señora Berkowitz con Tommy el Pulgares, pero no lo consiguió por completo. Se presionó los ojos con las palmas de las manos y respiró profundamente.

–¿Usted todavía…?

Dios Santo. Ni siquiera podía decirlo.

–¿Que si todavía lo hago? –preguntó la señora Berkowitz, con una sonrisa, y se encogió de hombros–. No tanto, últimamente. En primer lugar, los hombres de mi edad ya no tienen tan buen aspecto cuando están desnudos, no sé si me entiendes.

Lucas hubiera preferido no entenderlo.

–Pero, no, ya no me acuesto con Tommy –dijo ella–. Se ha hecho viejo y gruñón, y es más malo que la quina. No lo soporto. Soy feminista.

Lucas se frotó las sienes.

–¿Te duele la cabeza? –le preguntó Molly.

Peor todavía. Porque, si Tommy Pulgares seguía con vida, y con las manos metidas en el dinero del bingo del Pueblo de la Navidad, aquello se complicaba mucho. Los elfos tenían un caso bien fundamentado, y eso significaba que no iba a conseguir que Molly cambiara de opinión. Sabía que Archer y Joe le iban a rebanar el pescuezo por no avisarles de todo aquello inmediatamente, y era lo que debería hacer si valoraba su puesto de trabajo. Pero también sabía que podía resolver aquel caso y proteger a Molly sin apoyos, por lo menos, en aquel momento. Si pedía refuerzos, Archer y Joe aparecerían inmediatamente y la apartarían del caso.

Y ella nunca se lo perdonaría.

Así pues, iba a tener que dejar que el caso del Santa Claus malvado fuera el secreto de Molly, lo cual significaba que él estaba metido hasta el cuello, y no porque se lo hubiera pedido Archer. Iba a ayudarla de todas las formas posibles y a protegerla a cualquier precio.

Y, con suerte, no lo echarían del trabajo.

Ni perdería los pulgares.

Ni tampoco, pensó, mirando a Molly a los ojos, el corazón.

Capítulo 6

#FelizNavidadÉlfica

Molly observó la expresión de Lucas mientras los elfos hablaban con él. Tenían un caso evidente, y él lo sabía. Y, si había algo que ella sabía de él, era que siempre estaba dispuesto a luchar por lo que era justo.

Las señoras se quedaron hasta tarde; parecía que estaban contentas tejiendo en la mesa de su cocina. Lucas también se quedó allí y, por su forma intensa de mirarla, ella se dio cuenta de que estaba esperando a que se fueran los elfos para que ellos dos pudieran mantener una conversación.

Sin embargo, a Molly no le apetecía hablar de nada.

Por suerte, el teléfono de trabajo de Lucas sonó a las diez de la noche para indicarle que había recibido un mensaje. Él le lanzó una mirada indescifrable e hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta. Se dirigió hacia allí, como si estuviera seguro de que ella iba a seguirlo.

Lo cual hizo, por supuesto.

Él la sacó al porche, cerró la puerta para evitar los curiosos oídos y ojos de los elfos y la empujó hasta la pared, suavemente. Le tomó la barbilla con los dedos y la miró a los ojos.

–De acuerdo –dijo–. Me rindo. No puedo hacerle frente a alguien como tú.

Ella intentó contener la sonrisa triunfal, pero no pudo.

Él cabeceó.

–Antes de que digas «ya te lo dije», vamos a hacer un trato.

–Eso piensas, ¿eh?

–Sí.

–¿Qué trato es ese? –le preguntó ella, con cautela.

–Que no vas a salir sin mí. Somos socios, Molly, o no hay más que hablar.

Aquella noche que ella había dormido junto a él, Lucas estaba caliente como un horno. Ella se había despertado en dos ocasiones abrazada a él como si su cuerpo ya supiera lo que su mente no quería aceptar: que lo deseaba. Y se había apartado de él las dos veces.

En aquel momento, estaba igual de cálido. Y era todo músculos delgados y duros. Tuvo que contenerse para no volver a abrazarse a su cuerpo.

–¿Y si no acepto? –le preguntó.

–Entonces, avisaré a Archer para que se haga cargo del caso.

Molly sabía que Lucas era un hombre de palabra, y que haría exactamente lo que había dicho.

–Está bien –dijo–. Trato hecho.

Él asintió y dio un paso atrás, y ella se sintió desprotegida. Él le miró la cara y se detuvo en sus labios y, como por arte de magia, a ella se le separaron.

Entonces, Lucas la miró ardientemente, y desapareció con una sonrisa en los labios.

Cuando, por fin, ella se pudo acostar aquella noche, soñó con el futuro compartido con un hombre, un futuro que no podía ni iba a tener.

A la mañana siguiente, Molly se despertó pronto y fue al gimnasio. Hacía una tabla de ejercicios específica que le había diseñado su fisioterapeuta para que mantuviera la fuerza en la pierna debilitada.

–¿Preparada? –le preguntó una voz masculina a su espalda.

Ella se levantó y se enjugó el sudor de la frente. Se trataba de Caleb, un gran cliente de Investigaciones Hunt que, además, era su compañero secreto de lucha.

Caleb tenía sus motivos para guardar el secreto. Era un libro cerrado, un misterio para todo el mundo.

Molly nunca le había contado a nadie que la estaba entrenando. Había empezado a hacer ejercicio para recuperar la fuerza después de la última operación, y se había convertido en algo como una religión para ella. Una religión muy privada. El hecho de mantener la fortaleza física la ayudaba a mantener la fortaleza mental. Nadie podía llegar a ella.

O, al menos, eso era lo que le gustaba pensar.

Entró al ring con Caleb y sonrió.

Él enarcó las cejas.

–Parece que hoy estás deseando patearme el trasero.

–Pues sí.

Él se echó a reír y afianzó el peso en el suelo cuando ella se abalanzó. Molly le barrió las piernas de un golpe, pero, en el último segundo, él la agarró por una pantorrilla y consiguió que cayera también.

–Mierda –murmuró ella, tendida boca arriba, con la respiración entrecortada.

–Has hecho un gran movimiento –dijo él, quitándole el peso de encima rápidamente, y le tendió una mano para ayudarla a levantarse–. Pero lo delataste con la mirada, por eso te vi venir.

Ella asintió y… fue por él otra vez.

En aquella ocasión, Caleb cayó al suelo como un saco y se quedó allí, con un gesto de dolor.

–Oh, mierda –dijo ella, con un jadeo, y se sentó a su lado. Le puso la mano en el pecho–. ¿Estás bi…?

El resto de la frase fue un «¡Ay!» que ella emitió cuando él rodó y se tendió encima de ella para inmovilizarla.

–Eres un malvado –dijo Molly, riéndose.

–Así es la vida –respondió él con seriedad–. No permitas que se aprovechen de ti por ser una blanda.

–¡Eh!

–Lo digo en el mejor sentido posible –dijo Caleb, y se puso en pie de un salto, sin tener que apoyarse en las manos.

Alguien silbó en voz baja, y los dos se dieron la vuelta. Sadie estaba dentro del ring.

–Gracias por recomendarme este gimnasio. Acabo de comprar un pase para un día –dijo, mirando a Caleb con una expresión indescifrable.

Él también la miró, pero no dijo nada. Que Molly supiera, ellos dos no tenían demasiada relación, lo cual hacía que toda aquella interacción fuera fascinante.

–Hola, Sadie –dijo Caleb.

–Hola, Trajes –le dijo Sadie.

En aquel momento, Caleb llevaba unos pantalones cortos y una camiseta deportiva de manga larga, pero era cierto que, fuera del gimnasio, casi siempre llevaba traje.

–Ese insulto se está quedando viejo –respondió él.

Sadie encogió un hombro.

–Solo quiero asegurarme de que sabes que con lo que vale uno de tus trajes se podría dar de comer a todos los sin hogar de San Francisco durante un año.

La expresión de Caleb se volvió severa.

–¿Estás sacando conclusiones sobre mí? –preguntó en voz baja.

Sadie se encogió de hombros.

Caleb la observó un largo instante.

–Creo que deberíamos terminar con este jueguecito. ¿Hay alguna posibilidad?

–Yo diría que no –respondió ella, y se marchó hacia las pesas.

–Vaya –dijo Molly, observando a Sadie mientras se alejaba–. Normalmente es muy tranquila. ¿Qué has hecho para que se enfade tanto?

–Respirar.

Ella no se lo creyó. Claramente, había algo en el pasado de aquellos dos, y ella entendía perfectamente aquellos asuntos, porque su propio pasado también la había afectado profundamente. Fue pensando en ello mientras se duchaba e iba a trabajar.

Se había criado con dos hombres autoritarios, así que siempre estaba dispuesta a resistir y a luchar. En realidad, aprender a retirarse a tiempo había sido una lección que había aprendido a los catorce años.

Joe se había unido a un grupo de chicos malos, y uno de esos chicos había sido el primero de quien ella se había enamorado. Darius era encantador y demasiado mayor, dieciocho años, pero flirteaba con ella, y ella estaba completamente deslumbrada. Lo que no sabía era que los amigos de Darius querían que Joe robara un coche para ellos, y que, como él se había negado, habían decidido chantajearlo.

Secuestrándola a ella.

Al principio, no había entendido la gravedad de la situación. La habían atrapado de camino a casa desde el colegio, y Darius estaba entre ellos. Todavía sentía el terror, el sabor de la sangre, porque se había mordido el labio para no llorar ni demostrar miedo. La habían metido en una furgoneta y se la habían llevado a una casa abandonada, le habían ordenado que se sentara y que mantuviera la boca cerrada.

Pero ella no había sido capaz de hacerlo.

Sencillamente, la pasividad no formaba parte de ella. Era una adolescente que no había podido mantener la boca cerrada ni siquiera para salvar la vida. Tenía que luchar.

Pero no le había salido tan bien. Se apartó de la cabeza aquellos recuerdos. Pero allí seguía, quince años después, intentando resistir.

Media hora más tarde estaba en el Edificio Pacific Pier, abriendo la oficina de Investigaciones Hunt para comenzar la jornada.

A los tres minutos entró Archer con un traje negro de equipo y tácticas especiales, y con armas suficientes como para defender un país entero.

Habían estado investigando una estafa a una compañía de seguros. En aquel caso, se trataba de un fraude en la manufactura y distribución de medicamentos. El fraude consistía en entregar documentación falsa a los proveedores de seguros de salud y en hacer pagos ilegales a cómplices y profesionales de la medicina, generando más de cinco millones de dólares de beneficios de procedencia criminal.

Molly vio entrar a un impresionante grupo de tipos guapos y en forma, a los que el traje y el equipamiento de operaciones les sentaba como un guante, cada uno de ellos sexy y peligroso a su manera.

Aunque para ella solo destacara uno.

–Buena información –le dijo Archer, cuando ella lo miró–. Buen trabajo.

Vaya. Dos cumplidos en una semana. Molly se sintió orgullosa.

–¿Habéis tenido algún problema para orientaros en Hunters Point?

Hunters Point era el basurero radiactivo de San Francisco. El Astillero de Hunter’s Point y las zonas colindantes no eran exactamente el tipo de lugar donde uno quisiera entrar sin conocer todos los rincones escondidos y partes más oscuras.

Joe y Molly lo sabían muy bien, porque se habían criado allí. La nave industrial en la que habían estado operando estaba, literalmente, en un laberinto de naves, y la zona era muy peligrosa.

–No hemos tenido verdaderos problemas –respondió Archer.

No era una respuesta muy clara, pero parecía que habían podido resolver lo que hubiera sucedido allí. De todos modos, ella sabía que habría sido muy valiosa en la operación.

–Si me hubieras dejado ir, habrías tenido a otra persona, además de Joe, que conoce ese sitio como la palma de su mano.

–Tal vez la próxima vez –dijo él.

–Mentiroso.

Al oír aquello, Archer le lanzó otra de sus escasas sonrisas.

–Te encontraré el caso adecuado.

Ella le devolvió la sonrisa. Ya tenía un caso adecuado. Cuando él pasaba por delante del mostrador, le puso un montón de correspondencia en el pecho para que se la llevara.

Tras él iba Lucas, que aminoró el paso para mirarla.

Ella le devolvió la mirada. Llevaba una gorra negra, una camiseta negra de manga larga y unos pantalones de estilo militar, además de unas botas reforzadas. Estaba tenso y tenía una mirada muy aguda. Era alto y tenía un aire peligroso, y transmitía nerviosismo. Ella nunca hubiera querido eso en un hombre, si hubiera querido estar con alguno, pero el corazón se le aceleró de todos modos.

Al ver que él sonreía ligeramente, Molly notó un calor líquido en las venas.

Joe iba detrás de Lucas, hablando por teléfono. No alzó la vista y empujó hacia delante a su amigo, que se apartó para dejarle paso.

Molly respiró profundamente y se dijo a sí misma que estaba en el trabajo, y que tenía que dejar de devorar a Lucas con la mirada.

–Eh –dijo Joe con el ceño fruncido–. Estás muy roja.

Ella se puso las manos en las mejillas.

–He estado… haciendo ejercicio.

Lucas enarcó una ceja, y ella apartó la mirada.

Archer asomó la cabeza por la puerta de su despacho y la miró.

–¿Estás enferma?

Joe trató de tocarle la frente, pero ella le apartó la mano.

–No, claro que no estoy enferma –dijo.

–Tiene fiebre. Está caliente –dijo su hermano.

Lucas tosió, y ella se dio cuenta de que lo había hecho para disimular una carcajada. Claro que estaba caliente. Era por él, y él lo sabía, demonios. Se puso en jarras y les lanzó una mirada fulminante a su hermano y a su jefe.

–Neandertales, escuchad con atención: no estoy enferma. He estado haciendo ejercicio antes de venir a la oficina y todavía estoy… acalorada.

–¿Tú haces ejercicio? –le preguntó Joe.

–¿Sabéis una cosa? Si me muriera y fuera directamente al infierno, tardaría una semana en darme cuenta de que ya no estaba en el trabajo. ¡Marchaos y dejadme en paz!

Archer y Joe se pusieron a murmurar y se alejaron. Pero Lucas, no.

Ella lo miró fijamente.

Él le devolvió la mirada.

–¿Estás haciendo ejercicio?

Ella suspiró.

–Pues claro. No soy el frágil copo de nieve que pensáis.

Él se rio en voz baja, y ella notó un cosquilleo en el estómago.

–Eres muchas cosas –le dijo Lucas–, cosas increíbles, pero yo no creo que ser delicada y frágil sea una de ellas.

Molly sonrió de mala gana.

–Puede que eso sea lo más agradable que me han dicho en la vida.

–¿Y qué tipo de ejercicio haces? –le preguntó él.

Por su expresión, ella se dio cuenta de que no le formulaba la pregunta por preocupación, ni por duda, sino por una genuina curiosidad.

–Voy al gimnasio de Van Ness Avenue –respondió–. Hago pesas y voy a diferentes clases, cuando puedo.

–¿Van Ness? Caleb tiene un gimnasio en esa calle.

–Ya lo sé –respondió ella–. Algunas veces, me entreno con él.

Lucas se quedó un poco sorprendido.

–Caleb ex experto en artes marciales, y un tipo duro.

Ella sonrió y se encogió de hombros.

–Es un buen compañero de entrenamiento.

Lucas miró su cuerpo y descendió hasta su pierna derecha, como si tratara de averiguar si le estaba tomando el pelo o no.

–Él no me trata como si fuera de cristal –dijo Molly con una mirada elocuente.

Al oírlo, Lucas la miró con una expresión de… celos.

–¿Qué hace? –preguntó él.

–Me obliga a trabajar duro –respondió ella.

Aquella expresión se agudizó… Sí, eran celos. Y ella se sintió muy agradada. Para disimular una sonrisa de petulancia, se giró hacia el ordenador.

–Quería decirte que esta noche estoy libre –le dijo Lucas, a su espalda.

A escondidas, ella sonrió triunfalmente.

–Muy amable por tu parte, pero no voy a salir contigo –respondió con ligereza.

–Sabes que no me refiero a eso.

Entonces, Molly giró la silla y lo miró como si estuviera dolida.

–Entonces, ahora que ya nos hemos acostado, ¿no te intereso más? ¿No quieres seguir viéndome?

Él se encogió y miró a su alrededor para cerciorarse de que estaban solos.

–¿Es que quieres que me maten?

Ella se echó a reír y volvió a mirar su ordenador. Sabía que era malvada por engañarlo y que iba a tener que decirle la verdad muy pronto, pero… aquel día, no.

Él se acercó a su espalda y le susurró al oído:

–La venganza es una lata, Molly.

Ella se estremeció, pero siguió trabajando o, por lo menos, fingió que lo hacía. Consiguió resistir tres minutos hasta que se rindió y echó una miradita hacia atrás.

Lucas ya no estaba.

Pero había una taza de café humeante esperándola en el mostrador.

Bien jugado.

Capítulo 7

#Pívot

A la hora de comer, las amigas de Molly fueron a la oficina. Elle, Sadie, Pru, cuyo marido, Finn, era el dueño del pub que había en el local del bajo, y Haley, la dueña de la óptica que había dos puertas más allá de Investigaciones Hunt. Elle llevaba una bolsa que desprendía un delicioso olor, y a Molly se le hizo la boca agua.

–Nos has escrito diciendo que estabas demasiado ocupada como para salir a comer –dijo Elle–, pero, siendo como soy la administradora de todo el edificio y la persona que se acuesta con tu jefe, voy a ponerle límites.

Sadie hizo un gesto de contrariedad.

–Podías tener un poco de consideración con las que no nos acostamos con nadie.

–Todas sabemos que tú podrías acostarte con quien quisieras –dijo Pru–. Pero es que eres demasiado tiquismiquis.

Sadie se encogió de hombros.

–Yo no necesito los dramas masculinos.

–Lo siento, pero las mujeres somos igual de dramáticas –dijo Haley, que lo sabía bien, porque ella salía con mujeres.

–Sí, seguramente eso es verdad –respondió Sadie–. Pero bueno, a pesar del drama, echo de menos los arrumacos. Algunas veces necesito que me besen y me abracen, ¿sabéis? Me lo merezco. Soy una persona decente. Reciclo.

Todo el mundo estuvo de acuerdo en que era una buena persona y se merecía un abrazo.

–Seguro que puedes descargarte alguna aplicación para eso –dijo Haley.

–Sí, claro –dijo Sadie–, pero me las arreglo con Amazon Prime.

A Molly se le estaba haciendo la boca agua por el olor que salía de la bolsa de comida que había llevado Elle.

–¿Qué hay de comer?

Elle sonrió.

–Te va a encantar. Leche orgánica cuajada y extendida sobre una salsa de tomate especiada y, todo ello, extendido sobre trigo integral horneado.

Molly pestañeó.

–¿Quieres decir pizza?

–Bueno, si quieres ponerte técnica…

Elle sacó la pizza.

–Oh, Dios mío –gimió Molly–. Hoy no he desayunado.

–Yo no entiendo cómo es posible que a la gente se le olvide comer –dijo Pru.

Pru tenía un embarazo muy avanzado, y estaba hambrienta todo el rato.

–El estrés –dijo Molly.

Pru cabeceó y se sirvió una tercera y una cuarta porción en el plato.

Willa, que era la dueña de la tienda de artículos para mascotas que había en el patio del edificio, entró con una bolsa llena de muffins de la cafetería. Todas se lanzaron sobre ellos como si fueran el misterio de la vida.

–¿Qué se celebra? –le preguntó Elle a Willa.

Ella sonrió.

–Keane y yo hemos fijado la fecha de la boda.

Todas se pusieron a gritar de alegría, porque Willa y Keane llevaban mucho tiempo comprometidos.

–¿Y cuál ha sido el catalizador? –preguntó Elle.

Willa sonrió.

–Vamos a reformar la cocina, y quiero cosas nuevas.

Elle sonrió.

–Vaya, qué previsora. Me siento orgullosa.

Sadie cabeceó.

–Cuando uno se casa, debería hacerles regalos a todos sus invitados. Tú eres la que has encontrado al amor de tu vida, ¿no? Pues eso significa que yo me merezco mucho más que tú un robot de cocina.

Willa se rio.

–Lo tendré en cuenta –dijo. Tomó otro muffin y suspiró–. Ojalá todo fuera tan fácil como engordar.

Todas asintieron al oír aquel sabio comentario y volvieron a sus respectivos trabajos. A Molly se le pasó la tarde volando. Resolvió problemas, respondió a llamadas telefónicas, hizo informes y realizó comprobaciones de seguridad. A las cinco, los chicos todavía estaban fuera, haciendo varios trabajos, así que ella sacó su ordenador personal.

Era hora de dedicarle tiempo a su Proyecto de Santa Claus Malvado.

Volvió a visitar la página web del Pueblo de la Navidad, pero no encontró información nueva. Sin embargo, sí encontró anuncios en Facebook y Craigslist, y en algunos otros lugares, del bingo del pueblo, en los que se aseguraba que los beneficios irían destinados a ONGs. Uno de los anuncios decía que podía solicitarse información adicional para fiestas privadas. Um… Llamó al número de teléfono que aparecía en el anuncio.

–Estaría interesada en celebrar una fiesta privada –dijo cuando respondió un hombre.

Hubo un silencio.

–¿Una noche en el bingo?

No tenía ni idea.

–Sí. ¿Con quién hablo?

–Conmigo.

–De acuerdo –dijo Molly–. ¿Y quién es usted?

–Eso no importa. ¿Qué está buscando?

Como no tenía ni la más mínima idea, colgó. Y, entonces, buscó información sobre aquel número de teléfono. Era de un móvil registrado a nombre de Nicolas King. Ella se preguntó si acababa de hablar con Nick el Loco. Sin embargo, al buscar el nombre, no encontró nada.

Aquel tipo no existía.

Entonces, intentó dar con Tommy Pulgares. Su nombre era Thomas Russolini. Tal y como había dicho Lucas, se le daba por muerto, pero antes de eso lo habían buscado en cinco países diferentes por estafa, blanqueo de dinero y fraude.

Tuvo una corazonada. Si Tommy y Nick eran hermanos… Buscó Nicolas Russolini.

No había ningún Nicolas Russolini en San Francisco. Aparecía una dirección en Soma, a tiro de piedra del Pueblo de Navidad.

–Tu hermano y tú habéis sido muy malos –murmuró, sonriendo con una sensación de triunfo–. Estáis oficialmente incluidos en la lista de traviesos.

–Yo entraría encantado en esa lista si eso te hiciera sonreír así.

Se dio la vuelta y vio a Lucas apoyado en la puerta, cruzado de brazos, observándola.

–¿Qué estás haciendo aquí?

–Tenemos una cita, ¿o es que no te acuerdas? –le preguntó él, en un tono sexy y… bromista.

Molly se dio la vuelta y guardó toda la información que había encontrado, sin dejar de percibir la presencia del hombre que estaba observándola.

–¿Qué has encontrado? –le preguntó.

–Puede que la dirección de Nick el Loco.

Él se acercó al mostrador para leer la pantalla de su portátil.

Molly se quedó inmóvil. Lucas había apoyado las manos en el escritorio, junto a las suyas. Si giraba la cabeza, su boca rozaría la parte interior de sus bíceps, y eso le produjo un temblor en el vientre. Y ¿cómo era posible que oliera tan bien después de haber estado trabajando desde el amanecer?

Antes de que ella pudiera reaccionar y apartarse, él se puso recto y la miró.

–¿Qué plan tienes?

–Ir a husmear por el pueblo.

Él asintió.

–Conmigo.

Ella no tenía ninguna intención de ir sin él, pero le molestó que él pensara que tenía que recordárselo, como si pensara que era tan tonta como para ir a escondidas y sola.

–Molly –dijo él–. O lo hacemos a mi manera, o te entrego a Archer y a Joe y te las arreglas con ellos.

–Tenemos un trato, y yo voy a cumplir mi parte, así que tú cumple también la tuya. Tú no les digas que estoy con este caso, y yo no les diré que dormimos juntos.

A él le vibró un músculo de la mandíbula, lo cual era fascinante. Ella nunca lo había visto hasta la otra noche. Claramente, ella le alteraba los nervios.

–No dormimos juntos –dijo, por fin.

Ella sonrió.

–Tú sigue diciéndote eso a ti mismo.

Lucas bajó la cabeza y se frotó la nuca.

–Mira, preferiría confesar eso que verte en peligro.

–Está bien –respondió ella–. Entonces, ¿les vas a contar lo que pasó la otra noche?

–No pasó nada.

–Ah, ya. ¿Te apostarías las pelotas?

Él exhaló un suspiro.

–Ojalá supiera lo que tienes en contra de mis pelotas.

Ella se echó a reír.

–Que conste que estaba trabajando aquí, esperándote. Así que puedes calmarte.

Él entrecerró los ojos y la miró fijamente, como si estuviera buscando señales de engaño.

–Vamos a hacer esto entre los dos –dijo ella, y sintió una descarga de adrenalina al pensar en su primer caso.

Se puso en pie y tuvo que contener la respiración y cambiar el peso del cuerpo a la pierna sana, porque, en la otra, sintió un dolor agudo por la parte externa del muslo, desde la rodilla a la cadera.

Lucas la ayudó a mantener el equilibrio y, rápidamente, la soltó y retrocedió.

Ella pensaba que la iba a consolar, pero Lucas no era de los que hacían carantoñas. De hecho, nunca la miraba con lástima ni sentía compasión por ella, ni le hacía preguntas que ella no quisiera contestar.

Y eso le gustaba.

Lucas le gustaba mucho. Habían dormido juntos y para ella, la parte sobria, había sido algo muy íntimo. Hacía mucho tiempo que no compartía cama con un hombre. Se sentía atraída por él, y sabía que él sentía atracción por ella, y… demonios. Quería lo que no había tenido la otra noche.

–Me estás mirando de una manera rara.

–No, claro que no –replicó ella.

–Sí, claro que sí. Me estás mirando como si…

–¿Como si estuviera molesta por tu presencia? –preguntó ella.

–No, como si fuera un caramelo.

Ella cerró los ojos.

–Vamos, por favor. Ya me he acostado contigo y, de verdad, no necesito repetirlo.

–Ya. Otra vez con lo mismo.

En aquella ocasión, la voz de Lucas sonó muy cerca de su oído. Él se había acercado tanto, que su pecho casi le rozaba la espalda. Al notar su calor, Molly estuvo a punto de dar un gemido y echarse hacia atrás para apoyarse en él, pero se contuvo. Olía muy bien, y eso también era excitante. Como el tono burlón y sexy que percibía en su voz.

Aquello no tenía sentido. Desde el momento en que había sido consciente de su sexualidad, de adolescente, con el bagaje de su secuestro, solo se había sentido cómoda cuando era ella la que flirteaba y controlaba la situación. Había salido con algunos hombres, pero completamente distintos a su hermano y a Lucas. Eran hombres tranquilos, que no suponían ninguna amenaza. Agradables y amables. Disponibles en lo emocional.

Al contrario que Lucas.

Pero lo cierto era que nadie había tenido un interés real en llegar a un compromiso, y no estaba segura de que Lucas lo tuviera. De hecho, estaba segura de que no era de los que querían mantener una relación estable. Por otro lado, se sentía como si él la estuviera persiguiendo, y no estaba segura de qué hacer al respecto.

–Cuéntame lo de la otra noche –insistió él–. Sabes que quieres hacerlo.

–En realidad, todo terminó tan rápidamente, que casi no me acuerdo.

A él se le escapó una risotada, y ella se giró a mirarlo.

–Ni una sola vez has podido mirarme a los ojos y decirme que estuve tan mal. Aquí tienes tu oportunidad, Molly. Hazlo.

Y ahí estaba el quid de la cuestión: ella quería hacerlo. Desnudo… Vaya. No se esperaba nada de aquello, pero se merecía un poco de diversión, como cualquiera, ¿no? Le miró la boca y, sin darse cuenta, se puso de puntillas y lo besó. Solo fue un ligero roce de los labios, dulce y un poco vacilante, pero fue un beso.

Él se quedó helado, y ella no supo si era de horror o de asombro. Tal vez, de las dos cosas. Para averiguarlo, retrocedió y lo miró.

Lucas tenía los ojos cerrados, pero los abrió en aquel momento, y su mirada la atrapó y la dejó sin respiración.

–Molly –susurró él, y apoyó su frente en la de ella. Deslizó las manos entre su pelo y le acarició el cuero cabelludo–. Hazlo otra vez –le ordenó.

Ella exhaló un suspiro de alivio y se inclinó hacia él, pero Lucas la adelantó y le dio un beso que le paró el corazón. De repente, solo quería sentir el contacto de su piel.

Pero él se retiró y la miró de un modo indescifrable.

–¿Qué? –susurró ella.

Él hizo un gesto negativo con la cabeza, suavemente.

–No hemos hecho el amor.

Ella pestañeó.

–¿Cómo lo sabes?

–Porque nunca habría olvidado esto.

Capítulo 8

#CompartirEsQuerer

Lucas nunca había estado tan seguro de nada en toda su vida mientras miraba a Molly, que estaba ligeramente aturdida, esperando su respuesta con el corazón golpeándole el pecho.

Porque… Dios Santo. Aquel beso.

Si hubiera sido cualquier otra persona, él ya los tendría a los dos desnudos y a medio camino hacia la satisfacción. Pero se trataba de Molly.

En realidad, lo que le impedía acostarse con ella no era que fuera la hermana de su mejor amigo, ni que fuera compañera de trabajo, ni el hecho de saber que no quedaría zanjado con una sola vez y tendría que volver por más.

Lo que sí le impedía acostarse con ella era el hecho de que Molly pensara que estaba de su lado. Que la estaba ayudando porque ella se lo había pedido, cuando lo cierto era que la estaba ayudando porque era su trabajo, y porque le daba miedo que ella se enfrentara a una situación peligrosa sin respaldo. Ni siquiera los chicos salían solos a una misión. Siempre trabajaban en equipo, porque era el único modo de hacer aquel trabajo.

Sin embargo, a Molly no iba a importarle nada de eso. Solo le importaría que él estuviera haciendo de niñera, que era lo que iba a pensar, y que no le hubiera dicho nada desde el principio. Ella se enfadaría mucho, y él lo entendía, pero no podía decírselo, porque se retiraría del caso, y él pensaba que se merecía llegar hasta el final, al menos.

Teniendo en cuenta lo complicado que era todo aquello, solo iba a conseguir complicarlo aún más con las emociones.

Así que no iba a enturbiar las aguas. Tenía que contener su deseo por ella, y mantener la boca y las manos y otras partes del cuerpo alejadas de Molly.

Aunque aquel iba a ser el trabajo más difícil que hubiera hecho nunca.

–Me has mentido –le dijo.

Ella empezó a apartarse, pero él la sujetó y la miró a los ojos.

–¿Por qué? ¿Por qué dejaste que creyera que nos habíamos acostado?

Ella cerró los ojos.

–Explícamelo, Molly.

–Hablar no es mi punto fuerte.

–De todos modos, inténtalo.

Ella lo miró pensativamente.

–¿Qué recuerdas de la otra noche?

Lucas se encogió de hombros.

–Había intentado salir a correr ese día por primera vez desde el disparo, y llegué a casa con un dolor terrible en el costado. Me tomé dos pastillas de analgésico. Después, recibí un mensaje para que fuera al pub, porque había aparecido un cliente con el que habíamos quedado y a mí se me había olvidado. Él nos invitó a una ronda y brindó conmigo, y yo bebí –dijo, cabeceando–. Fue una estupidez por mi parte, pero así fue, y no recuerdo nada más hasta que me desperté contigo encima de mí.

–Yo no estaba encima de ti… –dijo ella, pero se interrumpió al ver que él enarcaba una ceja–. Está bien. Sí, estaba pegada a ti porque eres como una estufa y tenía frío, nada más.

–O…

–¿O qué?

–No lo sé, Molly, dímelo tú. Pero quiero que me digas la verdad. Sé que no tuvimos relaciones sexuales, porque ese beso… Sé que ha sido el primero entre nosotros. Me habría acordado de cualquier otro, y me habría acordado de lo que hubiera ocurrido después. Y tú, también.

Ella se ruborizó y puso los ojos en blanco.

–Sí, está bien. No lo hicimos. Yo nunca me habría aprovechado así de ti.

Al oír aquella respuesta, él se quedó sorprendido.

–Yo ya estaba en el pub cuando tú llegaste –continuó Molly–. Parecía que estabas perfectamente hasta que tomaste alcohol. Entonces, te pusiste pálido y empezaste a temblar y, cuando te pregunté si te encontrabas bien, me dijiste que necesitabas irte a la cama. El pub estaba abarrotado y todo el mundo estaba jugando al billar, o a los dardos, o bailando. Parecía que a nadie le importaba que llegaras sano y salvo a tu casa, así que te acompañé yo.

–Y, entonces…

–Te ayudé a subir las escaleras. Te caíste en la cama y me arrastraste contigo.

Él se quedó helado.

–¿Te obligué a tumbarte en la cama conmigo?

–¡No! No, nada de eso. Estabas jugando, haciendo bromas y diciendo que yo quería taparte como si fueras un bebé. De repente, se te cerraron los ojos y te caíste redondo. Ocurrió tan rápidamente, que me asusté. Y me quedé donde estaba.

–En mi cama.

–Sí.

–Porque estabas preocupada por mí.

–Sí.

–Entonces, yo… no intenté nada.

Ella se mordió el labio.

Oh, Dios. Lo había intentado. Tuvo una visión de Archer asesinándolo lentamente, pero, entonces, ella dijo:

–No fuiste tú, fui yo.

Él enarcó tanto las cejas, que se le escondieron en el pelo, y se le escapó una carcajada de alivio.

–¿Tú intentaste algo?

–No, yo no intenté nada. Pero quería hacerlo.

Él sonrió, y ella le dio un empujoncito.

–¿Quieres tomártelo en serio?

Lucas se sintió conmovido con su sinceridad. Claramente, se importaban el uno al otro, así que tenía que ser sincero con ella, porque aquello no podía suceder.

Nunca.

Apoyó la frente en la de ella, y dijo:

–No podemos.

Ella cerró los ojos y se apartó. Se dio la vuelta.

–Claro que no. Sería una estupidez. No sé en qué estaba pensando. No estaba pensando, en realidad.

Tomó el bolso y se dirigió directamente hacia la puerta.

Lucas la agarró de la mano y tiró de ella.

–No te atrevas a decir que lo sientes por mí –rugió Molly.

Él le acarició la sien con un dedo y le metió un mechón de pelo detrás de la oreja.

–No, no lo siento por ti. Siento lo que me estoy perdiendo.

–Bueno, yo, también –respondió ella, zafándose–. Porque te habría vuelto loco. Ahora tengo que irme a resolver mi caso.

Cerró la puerta antes de que él pudiera decir algo más, y lo dejó impresionado. No había mucha gente que pudiera hacerle sentir como un estúpido, y ella lo había conseguido sin esfuerzo.

La alcanzó en el ascensor, y no se le escapó que tenía una expresión dolida. Cuando ella alzó la mirada y lo sorprendió observándola, él sacó suavemente su teléfono móvil y se puso a mirar la pantalla.

–No tienes por qué fingir que no te das cuenta –dijo ella, cuando las puertas del ascensor se abrían al patio del edificio.

Hacía una noche muy fría, pero Molly salió sin detenerse y aminoró el paso cuando llegó a la altura del callejón del viejo Eddie, que estaba sentado en su caja. En aquella ocasión no estaba con Caleb, sino con una mujer, algo que era una novedad. Ella tenía el pelo plateado y la piel sonrosada, y Eddie y ella se estaban riendo de algo.

–Os presento a Virginia –dijo Eddie–. Es mi novia. Nos hemos conocido porque ella ha venido a buscar un poco de mi muérdago especial.

Lo más probable era que aquel muérdago especial fuera marihuana, y si Archer le pillaba vendiéndolo de nuevo, Spence y él tendrían que intervenir, como ocurría todos los años.

–Creía que te habías comprometido a no volver a vender más… muérdago –comentó Lucas.

Virginia sonrió a Eddie.

–No me va a cobrar. Hoy celebramos una semana juntos.

Eddie le guiñó un ojo.

–Pues espera, porque estoy reservando lo mejor para la segunda semana –dijo. Miró a Molly y señaló a Lucas–. ¿Te trata bien?

Molly miró a Lucas.

–Oh. No, no es nada de eso.

–Ah –dijo Eddie, y miró con decepción a Lucas–. Creía que eras más habilidoso.

Virginia se echó a reír.

–¿Habilidoso? Cariño, anoche me besaste y te tiraste un pedo a la vez.

–Fue por los tacos de la furgoneta. Los tacos dan gases a todo el mundo. Pero, eh, todavía sé besar, ¿no?

Molly se echó a reír y siguió caminando. Lucas la siguió. Un instante después, se detuvieron delante de la fuente del patio. Llevaba allí desde mediados del siglo xix, cuando realmente había vacas en Cow Hollow. El edificio se había construido alrededor de la fuente, y la leyenda decía que, si uno se detenía ante el agua y deseaba el amor verdadero con sinceridad, lo conseguiría.

Aquel mito se había perpetuado porque había varias parejas que vivían o trabajaban en aquel edificio y que aseguraban que a ellos les había funcionado. Por ese motivo, él prefería rodear a buena distancia la fuente.

Pero, claro, Molly se había detenido delante.

Ella miró el agua durante un minuto, con las manos metidas en los bolsillos, y él oyó el tintineo de unas monedas. ¿Iba a pedir el amor verdadero? Él esperaba que no. Y algo de todo eso debió de reflejársele en la cara, porque ella enarcó una ceja.

–¿Nervioso?

–No, claro que no.

–¿Has estado enamorado alguna vez?

Él se quedó callado, porque no quería hablar de ese tema. Sin embargo, ella se merecía que respondiera con franqueza.

–Sí –dijo.

Por su reacción, Lucas se dio cuenta de que Molly no esperaba aquella respuesta.

–Te has quedado sorprendida –dijo.

–Sí.

–¿No crees que yo tengo emociones?

–Lo que creo es que no admites a menudo que las tienes.

–Es verdad –dijo él, encogiéndose de hombros–. Pero eso no significa que no las tenga.

Ella lo miró y ladeó la cabeza.

–Entonces, has estado enamorado. ¿Qué fue lo que salió mal?

–Ella murió en un accidente de tráfico.

–Oh, Dios mío… Lo siento muchísimo. ¿Cuándo ocurrió?

–Hace ocho años.

Molly asintió, y dio un paso hacia él.

–¿Por eso ahora ya no tienes relaciones serias?

Lucas se encogió de hombros.

–He sufrido algunas pérdidas, pero también he decepcionado a gente que me importa. No me gusta ese sentimiento, así que supongo que me he condicionado a mí mismo para no implicarme emocionalmente a partir de ciertos límites. Como tú.

–¿Cómo sabes lo que hago o no hago yo? –preguntó ella.

–Llevamos dos años trabajando juntos –dijo él–. Nunca te he visto implicarte seriamente en una relación. ¿Me equivoco?

–No. No te equivocas.

–¡Molly!

Los dos se dieron la vuelta y vieron a las amigas de Molly saliendo de la cafetería.

–Vaya –dijo Sadie, mientras se acercaban, al verle la cara a Molly–. Te brilla la cara.

Entonces, miró a Lucas con curiosidad. A Sadie no se le escapaba una. De repente, en sus ojos apareció algo así como una advertencia que él entendió perfectamente.

«Si le haces daño, morirás lentamente y con dolor».

Él lo entendió, pero Sadie no sabía que había gente que ya estaba dispuesta a matarlo si le hacía daño a Molly, que tendría que ponerse a la cola de Archer y Joe.

Molly se había puesto las manos en las mejillas.

–No me brilla la cara. Eso sería raro.

–No, no es raro –dijo Haley–. Estás muy guapa. Pero también estás… diferente. Hacía mucho tiempo que no te veía tan resplandeciente.

–Es por el viento frío.

–Pues a mí no me importaría que me hiciera el mismo efecto –dijo Haley con melancolía.

–Vamos a cenar –dijo Pru, acariciándose la tripa de embarazada–. ¿Queréis venir?

–Yo todavía tengo que trabajar –dijo Molly.

Sadie sonrió y le apretó la mano.

–Tómatelo con calma, ¿eh?

–No os preocupéis, estoy bien –dijo Molly.

Entonces, las dos mujeres se miraron.

Lucas intentó descifrar aquella mirada, pero no lo consiguió. Sabía que, algunas veces, la gente veía a Molly como una delicada florecilla, pero él, no. Para él era delicada como una… bomba.

–Esta mañana he hecho demasiado esfuerzo en el gimnasio, nada más –dijo Molly.

–Tienes que venir a yoga alguna vez conmigo –le dijo Elle.

–Sí, puede que sí –dijo Molly–. Si es yoga tranquilo, y puedo llevar pantalones de algodón y tirarme al suelo.

Elle se echó a reír.

–Los pantalones de chándal de algodón son una llamada de socorro.

–Eh, no hay ningún motivo por el que una llamada de socorro no pueda ser cómoda. Buenas noches, chicas –dijo Molly.

Comenzó a andar, y Lucas la siguió. Notaba que las mujeres los seguían con la mirada, pero no parecía que Molly le diera importancia.

Pocos minutos después, estaban en el coche de Lucas. Alguien lo llamó por teléfono. Al ver que era Joe, apagó el bluetooth del coche y respondió al móvil.

–Dime.

–Estoy en el pub con Kylie –dijo Joe–. Te he visto atravesar el patio con Molly. ¿Qué pasa?

¿Que qué estaba pasando? En primer lugar, que había besado a Molly y había estado a punto de olvidarse de su propio nombre. En segundo lugar, que ella lo había besado a él. En tercer lugar, que aquellos besos era lo mejor que le había ocurrido desde hacía mucho tiempo, y solo podía pensar en que quería sentar a Molly en su regazo y tomar un poco más de lo que ella le había ofrecido con tanta dulzura.

–Ya te llamaré después.

–No, ni hablar –respondió Joe–. Cuéntamelo ahora.

De acuerdo. Miró a Molly para indicarle que necesitaba hablar en privado un momento y salió del coche. Cerró la puerta y se alejó unos pasos.

–Ya se lo he dicho a Archer. Va a aceptar el caso fuera del trabajo, y no hay forma de detenerla –dijo en voz baja.

Joe se quedó en silencio un momento. Después dijo algo que él no oyó. Sin embargo, se dio cuenta de que estaba hablando con Archer.

Perfecto.

–Y no vas a decirle lo que estás haciendo –le dijo Joe.

–Parece que estamos en el instituto –contestó Lucas–. ¿Por qué no podéis decirle que estoy aquí para protegerla?

–Porque pensará que no confiamos en ella.

–Está claro que no confiáis.

–Es complicado –dijo Joe.

De eso, él ya se había dado cuenta.

–Mira, tú cuida de ella, ¿de acuerdo? Es sencillo.

No, aquello no era sencillo. Ni Molly, tampoco. Simplemente, ella era como un problema de física cuántica.

–Cuéntame lo que le ocurrió.

–¿Por qué?

Lucas respiró profundamente. Aquellos dos hermanos se parecían mucho, más de lo que ellos pensaban.

–Mira, tú quieres que la proteja, y yo lo voy a hacer. Pero me falta información importante.

Joe se quedó callado un instante.

–Es una larga historia –dijo por fin–. Y yo no te la puedo contar. Pero puedo decirte que yo tuve la culpa de que resultara herida. Ella hacía atletismo. Quería ir a las Olimpíadas. Era su sueño, su forma de salir de la miseria. Y no pudo ocurrir. Así que… sí, me pongo furioso cuando pienso que puede volver a sufrir. Ya lo sé.

No era exactamente una disculpa, pero tampoco la necesitaba. Lucas comprendía lo que era el sentimiento de culpabilidad, el nudo en el estómago, el miedo a que sufriera algún ser querido.

–Yo la voy a proteger –dijo con la voz enronquecida–. Lo sabes. La voy a cuidar.

Y lo haría, o moriría intentándolo. Pero, si Joe supiera que él la había besado, había muchas posibilidades de que su amigo y compañero de trabajo lo matara sin pensarlo dos veces.

Capítulo 9

#JingleAllTheWay

Molly vio que Lucas colgaba el teléfono y volvía al coche. Él entró y se sentó al volante.

–¿Qué plan tienes? –le preguntó.

Era obvio que no tenía ni la más mínima intención de hablar de su conversación telefónica. Sin embargo, esa conversación lo había alterado, aunque él continuara con su fachada de calma e inflexibilidad.

–Mi plan –dijo ella– es ir a husmear al Pueblo de la Navidad, pero, antes, quiero ir a ver dónde vive el Santa Claus malvado. Por supuesto, a escondidas. Quiero conocerlo. Aquí hay algo que me resulta raro –dijo.

Entonces, le dio la dirección y él arrancó el coche.

Durante el camino, ella fue mirando por la ventanilla, y no a él, porque aquella era la única forma de poder pasar por aquello. No sabía cómo volver a la situación anterior al beso. No sabía cómo dejar de desearlo.

A los pocos minutos, él habló, y ella se sobresaltó al oírlo.

–Tengo una pregunta –dijo Lucas.

Ella vaciló. Se sintió muy recelosa.

–De acuerdo.

–Parece que te duelen más las piernas en los días fríos.

–Sí –dijo Molly, sorprendida. Había gente a la que conocía desde hacía años y no se habían dado cuenta.

–¿Qué ocurrió? ¿No se puede hacer nada para que no tengas que sufrir esos dolores?

–Eso es más de una pregunta –dijo ella y volvió a mirar por la ventanilla.

–Me gustaría saberlo –respondió él–, porque me gustaría saber más cosas de ti.

–Intenté que supieras más cosas de mí y lo rechazaste.

–Eso no es justo –dijo Lucas, suavemente.

–Mira, si quieres que hagamos el juego de las preguntas, estoy dispuesta. Pero yo primero.

–De acuerdo.

–Has dicho que has decepcionado a algunos seres queridos. ¿Por qué?

Él la miró un segundo, y volvió a concentrarse en la carretera.

–Empecé a trabajar de médico, pero lo odiaba, así que me fui a la Agencia Antidroga. Hice mucho trabajo de incógnito y estaba fuera todo el tiempo, y, cuando no estaba viajando, no hice nada por estar ahí cuando la gente me necesitaba.

–Entonces, ¿por eso los decepcionaste? ¿Porque eras adicto al trabajo?

Él dio un resoplido.

–Ser adicto al trabajo no es lo peor de lo peor –dijo ella.

–Si quieres a alguien, sí –respondió Lucas–. Ahora me toca a mí. Cuéntame lo que te pasó.

En realidad, ella había sufrido la lesión en la espalda, no en la pierna. Se había caído por una ventana y se había fracturado la espalda en tres sitios al intentar escapar de sus secuestradores. Habían tenido que operarla varias veces, pero nunca había recuperado totalmente la sensibilidad de la pierna derecha. Aunque el dolor intenso y constante de los nervios había ido desapareciendo con el tiempo, la pierna se le había quedado entumecida desde la rodilla a la cadera.

Lo odiaba, pero era mejor que el dolor constante. Solo lo sentía cuando, por vanidad, se empeñaba en ponerse tacones, o cuando permanecía sentada demasiado tiempo, o cuando olvidaba hacer sus estiramientos diarios. O cuando se movía mal.

En otras palabras, al vivir.

Así pues, ya no hablaba mucho de ello. Nadie podía hacer nada, y detestaba que se compadecieran de ella.

Su primer novio se había asustado al ver que ella se torcía la pierna al subir las escaleras y no podía andar durante una semana. Después, la primera vez que se habían acostado, había vuelto a quedarse horrorizado al ver las cicatrices de sus operaciones. Y ni siquiera sabía que tendrían que operarla más veces, y que no había garantía de que eso detuviera el proceso degenerativo que, seguramente, iba a empeorar.

Su segundo novio la había dejado aún más rápido.

Después de eso, ella se había vuelto más reticente a contar cosas de sí misma.

–Es por un daño residual en los nervios, de una lesión que tuve a los catorce años.

–¿Qué ocurrió? –le preguntó Lucas.

–Fui una idiota –dijo ella, y señaló hacia fuera por el parabrisas–. Si giras aquí en vez de esperar al próximo semáforo, es más rápido.

Lucas se quedó frustrado ante el cambio de tema, pero no comentó nada más.

Hizo el giro y aparcó enfrente de un viejo edificio de apartamentos.

–¿Qué piso es?

–El número 105, en el piso bajo.

Molly salió del coche. No le sorprendió que Lucas bajara inmediatamente y se moviera tan rápido como para llegar a darle la mano. No dijo nada al verla estirar la pierna y darle un minuto para que pudiera soportar su peso. En cuanto ella asintió, él dio un paso atrás.

Empezaron a subir las escaleras del camino que llevaba a la entrada del edificio, y ella se dio cuenta de que Lucas aminoraba el paso para seguir su ritmo lento. Eso fue un golpe en su orgullo, pero la realidad era la realidad. Aquel día le dolía la pierna y tenía que aceptarlo.

Se había hecho de noche y, aunque las farolas estaban encendidas, el edificio estaba oscuro. Miró a su alrededor, y se sintió agradecida de que Lucas estuviera con ella.

–Parece un poco… cutre.

–Toda la calle es cutre –respondió él, y le dio la mano.

Se puso a caminar delante de ella de un modo protector. A Molly le pareció bien. Ya no pensaba ser nunca más la chica tonta de una película de terror.

–Vamos a dar la vuelta para ver la parte trasera –murmuró él.

Rodearon el edificio. Detrás había un callejón, unas cuantas ventanas oscuras y una de ellas, encendida.

De repente, la ventana se abrió, y una mujer se asomó. Tenía unos cien años y una voz de fumadora de seis décadas.

–¿Qué estáis tramando?

–Hemos venido a ver a un amigo, pero no está en casa –dijo Lucas con calma–. Es del número 105.

–¿St. Nick? –preguntó la mujer.

–Sí –dijo Molly–. ¿Lo conoce?

–Juego al bingo en el pueblo, aunque todavía no he ganado. Ahora no es buen momento para ver a ese cabrón. Seguramente está durmiendo. Es un pájaro nocturno, ¿sabéis? Y la noche de ayer fue muy larga con su nueva novia.

–¿Una noche larga? –preguntó Lucas.

–Sí, y una de dos: o es fantástico en la cama, o le gusta que ella esté de acuerdo con él. Mucho.

Lucas hizo un mohín, le dio las gracias a la mujer y volvió con Molly hacia el coche, en silencio.

–No sé lo que dice de mí que un Santa Claus de sesenta años tenga más acción que yo –dijo ella.

–¿Te refieres al dinero o al sexo?

–Probablemente a las dos cosas.

Lucas no hizo ningún comentario, pero ella se dio cuenta de que le había hecho gracia. Sonó su teléfono, y él exhaló un suspiro.

–Lo siento –dijo–. Tengo que responder. Prepárate.

Antes de que ella pudiera preguntar para qué, él respondió a la llamada.

–Eh, mamá. Estás en manos libres.

–No me digas «Eh, mamá». Y tú también estás en manos libres.

–Hola, Lucas –dijo una chica.

–Hermanita –dijo Lucas.

–¿Dónde estás? –le preguntó su madre–. ¡Y no me digas que estás trabajando!

–Bueno, pues no te lo digo.

–Eres un horror –dijo su hermana–. Diría algo peor, pero tu sobrino se me ha quedado dormido encima, y todavía tiene los oídos muy tiernos.

–Laura –dijo la madre de Lucas, a modo de regañina, y Molly captó un precioso acento portugués–. Y sé que no se te ha olvidado que es la noche de la partida –le dijo a Lucas–. Dime la verdad. ¿Has aceptado otro caso solo para poder librarte?

Lucas asintió mirando a Molly, pero respondió:

–Por supuesto que no.

–Muy bien. Entiendo que odies las noches de partida, pero Laura dice que tenías un juego de Cartas contra la humanidad en el maletero cuando te pidió el coche prestado hace unas semanas. ¿Nos lo puedes traer?

–Tenéis otros juegos. Hay un armario lleno.

–Queremos ese.

–O es un truco para verme.

–¿Estás llamando «mentirosa» a tu madre? –le preguntó ella con dulzura.

Lucas soltó un resoplido.

–De acuerdo, os lo llevo. Pero no me puedo quedar.

–Hijo, tienes que cenar.

–Esta noche no, lo siento.

–He hecho cozido a portuguesa.

Lucas gruñó.

–Vaya. El órdago.

–No, el órdago es el bolo de bolacha que he hecho de postre. Y, si no vienes, se lo voy a dar a Laura y al niño para que se lo lleven a casa.

–Eres muy mala.

–Que no se te olvide. De todos modos, me quieres.

–Sí –dijo Lucas. Miró a Molly, que estaba haciendo todo lo posible por aparentar que no escuchaba–. Estoy allí en cinco minutos, pero no puedo quedarme, de verdad. Estoy trabajando.

Colgó la llamada y suspiró.

–No dejes de quedarte por mi culpa –dijo Molly–. No sé lo que era esa comida, pero sonaba deliciosa.

–Estofado portugués y tarta de galletas.

A ella se le hizo la boca agua.

–Bueno, pues no quiero ser yo el motivo por el que te pierdas todo eso.

Ella sabía cocinar, si era necesario, pero no le gustaba. Intentaba no hacerlo si no era imprescindible, como, por ejemplo, a fin de mes, cuando estaba más corta de dinero, o si había un apocalipsis zombi. Joe cocinaba, pero solo porque había descubierto que a las mujeres les parecía sexy un hombre en la cocina. Molly había heredado la aversión a la cocina de su padre, cuya idea de guisar era abrir una lata de Chef Boyardee.

–Parece que tienes una familia normal y muy agradable.

Él sonrió ligeramente sin apartar la atención de la carretera.

–¿Ha sido eso una pregunta personal?

¿Sí?

–No. Bueno, puede ser.

–Para empezar, yo no diría que mi familia es exactamente normal. Nos queremos mucho, pero también discutimos con pasión. En cualquier momento, mi madre te tira un zapato o te da un abrazo. Es un riesgo acercarse a ella sin saber si cuentas con su estima.

Molly sonrió.

–Me parece muy bien.

Él la miró.

–Joe y tú estáis muy unidos.

Ella se encogió de hombros.

–Yo te he visto darle una colleja tan fuerte que casi se traga la lengua –dijo Lucas–. Y también he visto la cara que se te pone cuando sufre algún percance o resulta herido. Como el año pasado, cuando le dieron con un bate en la cabeza. Te desmoronaste. Lógicamente, claro.

Aquel había sido uno de los peores momentos de su vida. Joe se había recuperado por completo, pero ella había tenido un miedo atroz a que su hermano muriera, a quedarse sola en el mundo con su padre.

–Sí, estamos unidos –dijo ella–. Pero de un modo diferente. Hemos tenido que estar unidos para sobrevivir.

–Eso lo entiendo. Lo entiendo mejor de lo que tú piensas.

Entonces, fue ella quien lo miró, pero Lucas estaba concentrado en la conducción. Dio unos cuantos giros y terminó en una calle bien iluminada, de casas victorianas, bien cuidada y decorada con guirnaldas y luces de Navidad.

Lucas se detuvo delante de una casa iluminada de arriba abajo. En la entrada había aparcados seis coches, y dos más en el césped, donde habían recortado la silueta de un reno. La calle también estaba llena de coches.

–Dios Santo –dijo Molly.

Lucas metió el coche entre el reno y los demás vehículos.

–Las noches de partida familiar son muy concurridas.

–¿Cuántos sois en tu familia? ¿Todo San Francisco?

–No, pero sí somos muchos –dijo él, y la miró–. Tardo dos segundos, como mucho.

El mensaje estaba claro: «Quédate aquí». Pero ella salió con él.

Él hizo un mohín.

–Mira, ya has oído a mi madre y a mi hermana por teléfono. Toda mi familia es así. Están locos de atar. Para mí ya no hay remedio, pero tú sálvate, espera aquí.

–Ni hablar –dijo ella mientras él sacaba el juego del maletero.

Se abrió la puerta principal y salió un montón de gente. Al frente del grupo había una mujer de unos cincuenta y tantos años, con el pelo y los ojos negros, muy parecida a Lucas. La acompañaban dos mujeres más jóvenes, con el mismo pelo y los mismos ojos.

–Mi madre, mi hermana Laura y mi prima Sami –le dijo Lucas–. Prepárate.

–¿Para qué…?

Antes de que pudiera terminar lo que iba a decir, la madre de Lucas se había acercado y lo había abrazado. Las otras dos mujeres abrazaron a Molly una a una, sonriendo y diciendo lo mucho que se alegraban de conocerla.

Entonces, las mujeres Knight cambiaron de puesto, y fue la madre de Lucas quien la abrazó mientras su prima y su hermana lo abrazaban a él.

–Mamá, deja de invadir el espacio personal de mi compañera de trabajo.

–Oh –dijo su madre y, con cara de decepción, se apartó de Molly–. Esperaba que fuera tu novia.

Lucas soltó un resoplido, tomó de la mano a Molly y la rescató de su madre.

–Trabajamos juntos.

–¿Y hay alguna política en Investigaciones Hunt que prohíba salir con los compañeros de trabajo?

–No respondas a eso –le dijo Lucas a Molly, cuando ella abrió la boca–. Hazme caso.

–¡No la hay! –exclamó su madre con alegría.

Laura y Sami se echaron a reír.

–Es porque las dos estamos casadas, ¿sabes? –le dijo Laura a Molly–. Y yo le he dado un nieto, incluso. Ahora mi madre está concentrada en que Lucas le dé más nietos.

–¿Te gustan los niños? –le preguntó la madre de Lucas a Molly–. ¿Estás soltera?

–Ya hemos hablado de esto, mamá –dijo Lucas–. Ibas a dejar de acosar a las desconocidas y de intentar casarlas conmigo.

–Bueno, Molly no es una desconocida, ¿no? Es tu compañera de trabajo –dijo su madre, y sonrió a Molly–. Estoy encantada de conocerte. Además, sé que eres la hermana de Joe, ¿verdad?

–Sí –dijo Molly–. ¿Lo conoce?

–Trátame de tú, querida. Lo conocí un momento, hace unos meses, porque obligué a Lucas a pasar por aquí y estaba con Joe. Cenaron aquí, y agradeció mi comida –dijo, y miró con desdén a Lucas–. Al contrario que otra gente.

–Mamá, a mí me encanta tu comida y te lo agradezco mucho, tanto, que tengo que correr ocho kilómetros todas las mañanas.

La señora Knight rodeó con un brazo a Molly y la dirigió hacia la puerta principal.

–Estás helada. Ven conmigo, tengo…

–Mamá –dijo Lucas–. Apártate de ella. Estamos trabajando.

–Pero tenéis que cenar.

–No tenemos hambre –respondió él. Le dio el juego a su madre y, después, la abrazó afectuosamente y le dio un beso en la sien–. Te quiero, alocada.

Ella lo estrechó con fuerza.

–Algún día me moriré y vas a lamentar haber sido tan malo conmigo.

Lucas se echó a reír y volvió a darle un beso. Abrazó a Laura y a Sami y tomó a Molly de la mano.

–Buenas noches –dijo con firmeza.

Volvieron al coche. Molly iba pensativa. Su familia no se parecía en nada a la de Lucas, tan cariñosa y cálida. A Joe y a ella los había criado un padre viudo con síndrome de estrés postraumático. No podía conservar un trabajo durante mucho tiempo, y estaban siempre faltos de comida y de un hogar estable. No tenían mucha seguridad, así que ella había aprendido a depender solo de sí misma desde muy joven. Con aquella vida llena de golpes, se había formado un grueso muro alrededor de su corazón, y no había muchas cosas que pudieran atravesarlo.

Pero Lucas, que también había sufrido, no tenía esa muralla de defensa y, al pensarlo, ella se sintió incómoda.

Él puso en marcha el motor y la miró.

–Has superado muy bien la prueba. Gracias por ser tan agradable.

–Tu familia –dijo ella, que aún estaba un poco abrumada–. Son…

–Están locas, ya lo sé.

–No, no, son…

–¿Entrometidas, manipuladoras, autoritarias?

–Ya basta –dijo ella, riéndose. Sin embargo, pronto se le borró la sonrisa de los labios–. Tienes mucha suerte, Lucas.

–Sí, ya lo sé –dijo él, igualmente serio–. Me parece que tú no, ¿verdad?

–Sí, yo también tengo suerte –respondió Molly, pensando en lo mucho que significaban para ella Joe y su padre–. Solo que de un modo diferente.

Capítulo 10

#BajoElMuérdago

Molly observó el Pueblo de la Navidad mientras Lucas metía el coche en el aparcamiento. Estaba construido en una enorme parcela en el puerto deportivo, muy iluminado, con un ambiente anticuado. No estaba segura de si aquello era deliberado, pero daba la sensación de que los adornos y las luces tenían más de medio siglo.

Lucas aparcó y se giró hacia ella.

–Vamos a entrar como si fuéramos clientes. Somos una pareja que hemos salido a pasar un rato divertido –le dijo.

Ella lo miró fijamente.

–Deberías saber que yo solo acepto las órdenes de los machos alfa en la cama.

Era un farol, pero, bueno, tal vez estuviera provocándolo para que volviera a besarla.

–Molly –dijo él, respirando profundamente–. No puedes decir esas cosas. Me aprovecharé de ellas.

–Promesas, promesas.

Él cerró los ojos y gruñó.

–Me vas a matar.

–¿De verdad? Porque parece que resistes con mucha facilidad.

–No, no –respondió él con la voz enronquecida–. No hay nada fácil en esto.

–Um…

–Molly, mírame.

Oh, Dios. Molly respiró profundamente y se volvió hacia él. Ya no estaban jugando. Con una expresión seria, él le pasó un dedo por la sien y le metió un mechón de pelo detrás de la oreja.

–Eres increíble. Hace mucho tiempo que no sentía una tentación tan fuerte de estar con nadie.

–Vamos… No esperarás que me crea eso, cuando saliste con esa pelirroja del pub hace dos semanas.

–Pero no es la clase de tentación a la que me refiero.

Ella se quedó mirándolo mientras intentaba no darle demasiada importancia a aquella afirmación.

–¿Qué significa eso?

–Que te deseo, y que estoy harto de resistir la tentación. Pero, cuando te tenga desnuda, no será en una oficina donde pueda entrar cualquiera, ni en mi coche, ni en ninguna situación que después uno de nosotros no pueda recordar.

A ella se le alborotaron todas las partes femeninas del cuerpo y tuvo que ordenarles que se comportaran debidamente.

–Has dicho «cuando», no «si» –murmuró.

Entonces, él metió los dedos entre su pelo, la atrajo hacia sí y la besó lentamente, largamente. Cuando retiró la cara, ella había olvidado de qué estaban hablando. En realidad, se había olvidado de su propio nombre.

–Sí, cuando –repitió Lucas con una voz que hizo que a ella se le crisparan los dedos de los pies–. Por supuesto.

Bien. Molly salió del coche con las manos y las rodillas temblorosas, y se dirigió hacia la entrada del Pueblo de la Navidad. Tuvieron que pagar diez dólares para entrar.

–Vaya –le dijo Molly a la anciana que atendía la taquilla. Iba vestida de elfo de pies a cabeza, con unas orejas en punta, un vestido verde hecho de una tela barata, y un gorro y unos zapatos a juego–. Diez dólares es un poco caro para entrar en un Pueblo de la Navidad que está completamente vacío.

–De ahí los diez dólares –dijo la mujer, en tono de aburrimiento, y tendió la mano para que le entregaran el dinero–. Cada uno.

Lucas le dio los veinte dólares y ella le guiñó el ojo.

–Gracias, guapo.

Entraron en el pueblo y, rápidamente, percibieron un olor a palomitas de maíz. Había puestos iluminados, pero todo estaba muy tranquilo. Había bajado la temperatura y hacía niebla, así que no se veía muy bien.

–Es como si estuviéramos en una película de miedo –susurró Molly–. Si nos asalta un payaso, le pegas un tiro, ¿de acuerdo?

–Por supuesto –dijo Lucas.

La tomó de la mano y la llevó por un camino cubierto de heno hacia el puesto de palomitas y perritos calientes. Allí había otro elfo. Lucas compró dos perritos y dos limonadas y sonrió a la mujer.

–Una noche tranquila, ¿eh?

Ella le devolvió la sonrisa.

–Cariño, todas las noches son tranquilas cuando el bingo está funcionando –dijo–. La gente prefiere estar calentita jugando en el edificio grande que hay al final de esta calle.

Se comieron los perritos y las palomitas y recorrieron la mayoría de las calles. Lucas lo miraba todo con suma atención. En el puesto de artesanía había cosas preciosas, y Molly aprovechó para trabar conversación con los dos elfos que estaban a cargo.

–Estoy comprando regalos –dijo Molly con una sonrisa agradable y tomó un gorrito de punto con un dibujo de un reno–. Qué monada.

–Es para perros –le dijo uno de los elfos–. Los hago yo. Mi Fluffy fue el modelo para ese.

–Es una monada –repitió Molly, y lo compró para el perro de apoyo emocional que tenía su padre. Y, también, para seguir conversando–. Este debe de ser un trabajo muy divertido.

–Antes, sí –dijo un elfo con melancolía–. Yo llevo haciendo esto con mis hijas durante años. El año pasado ganamos lo suficiente como para ir a Las Vegas. Eleonor, mi hermana, se casó con un imitador de Elvis –añadió–. Pero este año es diferente.

–¿Y eso?

–Bueno, para empezar, el jefe no nos está pagando lo que debería. Dice que este año no hay beneficios.

Lucas miró a su alrededor.

–Bueno, puede que sea verdad.

El elfo descartó aquello con un movimiento de la mano.

–Ahora todo el mundo está en el bingo de las siete, dejándose los cheques de la seguridad social y el dinero en el cofre de Santa Claus. Está ganando muchísimo dinero. Lo que pasa es que el muy desgraciado no nos paga.

–Alice –le dijo el elfo que estaba en el puesto de al lado–. En boca cerrada no entran moscas.

Alice puso los ojos en blanco y siguió haciendo punto.

Molly y Lucas siguieron caminando. Los demás elfos de los puestos eran muy amables, pero no dijeron nada interesante, a pesar de que Molly compró otro gorro, una bufanda y una manta.

Al principio de la siguiente calle, había un letrero: Se necesitan elfos.

Y otro letrero igual al final de aquella fila de puestos. Aquel letrero estaba enfrente de un gran tráiler como los que se usaban para instalar las oficinas en las obras de construcción. Molly miró el tráiler y se giró hacia Lucas.

–No –dijo él.

Ella se cruzó de brazos.

–No sé si te has dado cuenta, pero, cuando alguien me dice que no, tengo tendencia a rebelarme por el mero hecho de rebelarme.

–Me alegro de saberlo –dijo él, y señaló hacia el tráiler–. Entonces, pídele trabajo a un tipo que es un desgraciado y, posiblemente, un criminal.

–El criminal es su hermano –dijo ella.

Lucas hizo un gesto negativo con la cabeza.

–Muy bien. Entonces, ve a trabajar para dos criminales.

–Me parece un buen plan –dijo ella. Le entregó su limonada y fue hacia la puerta.

–Mierda –murmuró él–. Te lo has ganado a pulso, listo –se dijo.

Tiró el vaso de limonada a una papelera y la siguió.

Ella alzó una mano.

–No, tú vas a esperar aquí.

Él siguió andando, y chocó con su mano.

–¿Cómo tú esperaste en casa de mi madre?

Ella dejó la palma de la mano en su pecho. No sabía cómo lo conseguía, pero siempre estaba caliente y, teniendo en cuenta que los latidos de su corazón eran lentos y constantes, siempre estaba calmado.

–Tienes que esperarme aquí –dijo ella–. No me van a contratar si voy con un guardaespaldas grande y malhumorado.

Él cubrió su mano con la de ella.

–Me encantaría ser tu guardián en cualquier momento, pero no te olvides de que tenemos un trato. Somos socios.

–Sí, ya lo sé. Así que yo voy a investigar aquí mientras tú investigas desde otro ángulo, y nos reunimos después para comparar lo que hemos averiguado.

–Molly…

–No digas que no puedo hacer esto.

–En realidad, tú eres inteligente y muy astuta para salirte con la tuya. Yo creo que puedes hacer lo que te propongas. Pero esta noche, estás limitada.

Ella se puso tensa.

–No…

–Estás tratando de no forzar la pierna. Y mucho. Si tenemos que salir corriendo…

–Puedo correr. Paso las pruebas físicas de Archer todos los años, como el resto de vosotros –dijo ella, acaloradamente, porque él estaba tocando su fibra más sensible en aquel momento.

–Pero te duele –dijo él.

–¿Y qué? –preguntó ella, y lo apartó de un empujón–. Yo casi siempre tengo dolor. Me aguanto y resisto, así que tú también puedes hacerlo. Y esto lo tengo controlado. A menos que pienses que no estoy a la altura.

Él era un hombre listo y sabía reconocer un desafío cuando lo tenía delante, así que la soltó. Entonces, Molly entró en la oficina y se encontró a otro elfo detrás de la recepción, tecleando a toda velocidad en una vieja máquina de escribir.

–Hola –dijo Molly–. He venido por el trabajo de elfo.

La mujer alzó la vista. Como las demás, debía de tener unos setenta años, y Molly rezó porque aquello no fuera una condición para ser contratada.

–¿Tú quieres ser elfo? –le preguntó a Molly con incredulidad.

–Sí.

–Pero si tienes… doce años.

–Tengo veintiocho –respondió Molly.

El elfo pestañeó.

–Pero si ni siquiera te van a dar la paga de la seguridad social hasta dentro de un millón de años.

–O nunca –dijo Molly–, teniendo en cuenta el clima político actual, y todo eso.

La mujer no sonrió.

–Me llamo Molly, ¿y tú?

–Louise.

–Bueno, tienes razón, Louise, yo no cobro los cheques de la seguridad social. ¿Eso es un requisito?

–No, no.

–Bueno, y ¿qué hacen los elfos?

–Cumplir las órdenes de Santa Claus. Los elfos con los gorros blancos son las abejas obreras. Han creado los géneros que se venden, llevan los puestos y venden comida. Los elfos con los gorros verdes llevan el bingo. Supongo que tú no sabes hacer punto, ni crochet, ni coser, ni bordar, ¿no?

–¿Y por qué piensas eso?

–Porque no lo hace nadie que tenga menos de cincuenta años.

–Eso es cierto. Bueno, entonces, tendré que ser un elfo de gorro verde –dijo Molly–. ¿Estoy contratada?

–¿Tienes alguna experiencia como elfo?

–Bueno, tengo experiencia con hombres autoritarios, tipo alfa. Sé cómo conseguir que hagan lo que yo necesito que hagan –respondió Molly–. Y el verde me queda muy bien.

–Esas dos cosas son un plus –dijo Louise, y se levantó de su taburete para hacer unos estiramientos de cuello–. Dios, ojalá tuviera sesenta años otra vez –dijo. Tomó una tablilla de madera y se la entregó a Molly–. Rellena este formulario.

–¿Y con eso estoy contratada?

–Si te cabe el último traje que queda, sí –respondió Louise–. Es muy pequeño, porque la mujer que lo utilizaba medía solo un metro cuarenta y siete centímetros con tacones, así que no sé si te va a tapar todo el asunto.

Oh, vaya.

El elfo le enseñó el camino hacia el baño. Ella se encerró y se miró al espejo.

–Por los elfos de todo el mundo –murmuró y comenzó a desnudarse.

Lucas había recorrido todo el recinto mientras esperaba que Molly saliera de la oficina. Le habían sonreído, le habían guiñado un ojo e incluso había recibido una proposición por parte de un elfo muy desenvuelto que había en el puesto de algodón de azúcar.

Había escrito dos mensajes a Molly con un signo de interrogación, y había recibido dos respuestas con dos signos de interrogación cada una.

No sabía qué significaba eso.

Cuando, por fin, se abrió de nuevo la puerta de la oficina, él se había comido tres perritos calientes.

Molly apareció vestida de… Dios. Llevaba un traje de elfo diminuto, con orejas en pico, el gorro de elfo y un pequeño vestido que se le ajustaba al cuerpo como un guante. A un cuerpo que hizo que a él se le secara la garganta.

Ella le lanzó una sonrisa un poco azorada, y Lucas se quedó embobado.

–No lo digas –murmuró ella, cuando estuvo frente a él.

–¿El qué?

–Lo que piensas.

Lucas cabeceó. Era mejor no decirlo, porque lo que pensaba era que quería echársela al hombro y llevársela a su casa, donde le quitaría aquel vestido de licra barata y le besaría hasta el último centímetro de piel hasta que ella le rogara más y más.

–Bueno, he cambiado de opinión –dijo Molly, mirándolo fijamente–. Dímelo.

No iba a decírselo ni aunque le estuvieran amenazando con una pistola.

–Estás… verde.

Ella puso los ojos en blanco.

–Qué gracioso.

Entonces, comenzó a caminar por la primera calle. Como avanzó varios metros por delante de él, Lucas pudo admirar su parte trasera tanto como había admirado la delantera.

Al darse cuenta de que no la seguía, Molly se giró con exasperación.

–¿Vienes o no?

–¿Adónde vas?

–Voy a trabajar en el bingo de las ocho en punto. Pensaba que querrías entrar a la sala, sentarte al fondo y vigilar.

–Bingo –repitió él.

–Sí. ¿Estás listo?

Él la miró a los ojos y se echó a reír. Pensaba que lo había visto y oído todo, pero aquello se le escapaba. No, no estaba listo para ir al bingo. Ni para trabajar tan estrechamente con ella. No estaba listo para ella, en general.

–Tú primero –le dijo.

Ella le lanzó una sonrisa y lo dejó aún más embobado que con el pequeño traje de elfo.

–Sígueme.

Como si pudiera hacer otra cosa.

Capítulo 11

#LocosPorElBingo

Molly aprendió dos cosas aquella noche. En primer lugar, que el bingo no era una cosa para dulces ancianitas. Más bien, era como un feroz combate de lucha libre cuyo ganador se lo llevaba todo.

Y, en segundo lugar, que Lucas era un imán para las señoras mayores. Se sentó solo, pero, a medida que la sala iba llenándose de clientela, se vio rodeado de oohs y aaahs.

–¿Eres nuevo, cariño? –le preguntó una.

–No te preocupes –le dijo otra, sentándose al otro lado–. Nosotras te enseñamos cómo va.

Él miró a Molly. Ella habría pensado que el enorme y peligroso Lucas Knight no le tenía miedo a nada, pero en aquel momento tenía una mirada de aprensión. Ella le sonrió y le hizo un gesto con los pulgares en alto para darle ánimos.

Dos segundos después le llegó un mensaje de texto que decía: Me vengaré.

Vaya. Se arriesgó a mirarlo de nuevo y lo vio rodeado por moños grises temblorosos. Pero, aun así, Lucas le lanzó una sonrisa que consiguió derretirla por dentro.

¿Por qué cada vez le resultaba más difícil resistirse a él?

–¿Qué tengo que hacer? –les preguntó a dos elfos de gorro verde, que se habían presentado como Shirley y Lorraine.

–Ya que eres el elfo más guapo que se haya visto por aquí –dijo Shirley–, puedes dar los números. Cuando salgan en la pantalla, tú los cantas en voz alta. La mayoría de los jugadores son sordos, así que también los proyectamos en la pantalla grande. Eso lo hace Lorraine. Que no se te olvide flirtear con el público, hacer guiños y cosas de esas.

–Y hazlo con gracia –le dijo Lorraine–. Puede que así nos den propinas más grandes y, por fin, el jefe se ponga contento y nos pague una parte mayor de ellas esta noche.

–Yo no he llegado a conocerlo –comentó Molly–. ¿Acaso está… descontento?

–No debería –dijo Janet, acercándose a la mesa del bingo–. Siento llegar tarde.

Molly se quedó mirándola sorprendida, porque la otra noche, en su casa, había dicho que no iba a trabajar más hasta que no le pagaran lo que se merecía.

Janet se encogió de hombros.

–Los elfos de gorro verde ganan más propinas –dijo–. Y necesito el dinero.

–Pues parece que Santa Claus, también –comentó Shirley–. Acaba de hacerse una casa en Napa, y se ha comprado un coche nuevo. Y ha empezado a reformar el salón de bingo –dijo y señaló la mitad posterior del edificio, que estaba completamente tapado con grandes lonas.

–Y mandó a su última mujer a un crucero de tres meses por el mundo –dijo Lorraine–. Que no se te olvide eso.

–Pero… ¿No te has enterado? Carol lo dejó el mes pasado. Se dice que él está con otra.

–Un momento… ¿Es que tampoco os paga vuestra parte de las propinas? –preguntó Molly, intentando que no se desviaran del tema principal.

Ellas se miraron y, de repente, se quedaron calladas.

–Bueno, no quiero cotillear –dijo Molly–, pero tenéis derecho a cobrar vuestras propinas. Si todas dijerais algo, puede que…

–Escucha –dijo Shirley y miró a su alrededor para asegurarse de que nadie las estaba mirando–. Eres nueva y no lo sabes, pero no es muy seguro hacer demasiadas preguntas por aquí.

–¿Qué significa que no es seguro? –preguntó Molly–. ¿Es que estamos en una película de gánsteres?

Las mujeres no sonrieron.

Vaya…

–La mujer que me contrató en la oficina, Louise, me dijo que todas ganamos el sueldo mínimo, una parte de las propinas y un porcentaje de los beneficios.

Los elfos dieron un resoplido.

Shirley miró a su alrededor y se inclinó hacia delante.

–Nos imaginamos que están cometiendo desfalco, robando todos los beneficios, y eso nos deja a nosotras con el sueldo mínimo nada más.

–¿Y estáis seguras de que hay beneficios? –preguntó Molly.

–Sí –dijo Shirley–. Lo verás por ti misma al final de la noche.

Entonces, empezaron a dirigir el bingo, que duró tres horas, para una legión de ancianos que se tomaban el juego muy en serio.

–Pensaba que la gente mayor se cansaba enseguida –le comentó Molly a Shirley en cierto momento.

Shirley se echó a reír.

–No cuando está el bingo de por medio.

Al final de la noche, Molly no había visto a Santa Claus ni a su hermano y le dolían mucho los pies.

Shirley la miró comprensivamente mientras la gente empezaba a marcharse.

–Tienes que usar zapatos ortopédicos para esto –dijo, y alzó un pie para mostrarle un zapato de gruesa suela negra, posiblemente el calzado más feo que hubiera visto nunca.

–Ponte estos y no tendrás problemas –le aseguró Shirley.

Molly asintió. No tenía demasiados vicios, pero uno de ellos eran los zapatos. Se gastaba mucho dinero en zapatos que no le hicieran daño en la espalda ni en la pierna, ni en los pies, pero que, al mismo tiempo, fueran preciosos. Y no estaba dispuesta a dejar de hacerlo. Ni siquiera por resolver aquel caso.

Lorraine se acercó, comiéndose una galleta, y a Molly se le hizo la boca agua.

–Creía que estabas a régimen –le dijo Shirley a Lorraine.

El elfo se metió el último pedazo en la boca.

–Si te la comes rápidamente, tu metabolismo piensa que estás corriendo.

Shirley puso los ojos en blanco, pero a Molly le pareció que Lorraine sabía algo.

–Esta noche hemos estado tan ocupadas que no hemos tenido tiempo de hablar –le dijo a Molly–. Lo has hecho muy bien. Cuando ese viejales te preguntó si repartías finales felices y te dio una palmadita en el trasero, yo me fui hacia allí para darle en la cabeza con mi bandeja, pero tú te las has arreglado como toda una jefa.

Molly sonrió. Se había inclinado sobre el hombre y le había preguntado si le gustaba su mano. Él le había dicho que sí, que su mano le gustaba mucho. Entonces, ella le había dicho que, si quería conservarla, tenía que quitarla de su nalga, o de lo contrario, el tipo de dos metros que se acercaba a ellos con los ojos entrecerrados se la iba a cortar, si no lo hacía ella primero.

–Oh, vaya –dijo el hombre. Había tragado saliva, se había disculpado y le había dado una propina de veinte dólares–. Dile a tu novio que soy miope y que estaba intentando agarrar una copa, y no tu parte posterior –susurró frenéticamente–. ¿Por favor?

–Si me promete que no va a tocar a ningún otro elfo sin su permiso. Ni a nadie más, por supuesto.

Él asintió con vehemencia y ella continuó, después de mirar a Lucas y transmitirle el mensaje de que el problema estaba resuelto. Después de eso, él se desvaneció, pero ella sabía que estaba cerca, vigilando y cerciorándose de que a ella no le ocurría nada.

Un hombre vestido de Santa Claus, sin el gorro, la peluca y la barba, caminó hasta el centro de la sala. Tenía unos cincuenta años. Con una expresión adusta, tomó la caja de seguridad y la volcó en una bolsa de lona.

–¿Cómo ha ido hoy? –le preguntó a Shirley.

–Estupendamente bien. La chica nueva ha conseguido un montón de propinas.

Santa miró a Molly y entrecerró los ojos.

–¿Quién eres tú?

–Soy la chica nueva –dijo Molly–. ¿Es usted Santa Claus?

–¿Ya ha comprobado Louise que podía contratarte?

–Sí –dijo ella con una sonrisa.

El hombre no sonrió ni le dio las gracias. Simplemente, agarró la bolsa, se la puso al hombro y se marchó del salón sin hablar con nadie más.

–Vaya Santa Claus más poco alegre –dijo Molly.

Janet se encogió de hombros.

–Tiene sus momentos.

–¿Y es el jefe? –preguntó Molly, intentando sonsacar información.

–Él, y su hermano –dijo Shirley–. Aunque, por suerte, al hermano no lo vemos mucho. Viene a recoger a Santa por la noche, tarde, cuando la mayoría ya nos hemos ido. Y mejor, porque es un hijo de puta.

–¿Y Santa, no?

Janet se encogió otra vez de hombros.

–No es tan malo como su hermano. Su hermano hace que el Grinch parezca un santo.

–Para ser justos –dijo Shirley–, el Grinch no odiaba de verdad la Navidad. Odiaba a la gente, que es lógico.

–Pero lo que se ha llevado es mucho dinero –dijo Molly–. La caja de seguridad estaba rebosante.

Shirley asintió.

–Sí. Ha sido una noche muy buena porque los viejos cobraron ayer el cheque de la seguridad social. Esos días somos su primera parada.

Los elfos se dispersaron y Molly salió a la calle. Lucas estaba apoyado contra el edificio, esperándola.

Le recorrió el cuerpo con la mirada, y eso sirvió para dar calor a Molly, a pesar del frío nocturno. Y ella sintió aún más calor cuando él se quitó el impermeable y la envolvió en él.

–Gracias –dijo Molly.

Mientras iban de camino al coche, ella fue contándole todo lo que había averiguado hablando con las señoras. Lucas asintió.

–Es cierto que el hermano de Santa Claus viene todas las noches a recoger el dinero. Quiero quedarme y echarle un vistazo. ¿Qué tal estás tú, por cierto? Llevas toda la noche de pie…

–Estoy bien. ¿Cómo sabes que va a venir esta noche?

Él sonrió.

–Le llevé al elfo que te contrató, Louise, un chocolate caliente y se puso muy habladora.

–Bien hecho –dijo Molly–. Y ni siquiera has tenido que ponerte marchoso toda la noche.

Lucas sonrió.

–A mí me ha gustado mucho.

–¿Cómo lo sabes? Estabas engatusando a Louise.

–Pero no te he quitado ojo.

–¿Porque pensabas que necesitaba apoyo o porque te gustaba lo marchosa que soy?

–Todo el mundo necesita respaldo, Molly, incluido yo –respondió Lucas y sonrió–. Pero me encanta tu forma de gestionar el asunto. Voy a ir a la oficina a espiar a Santa y a su hermano. ¿Te gustaría esperar en el coche?

–No.

Él no se sorprendió. Caminaron entre los árboles para permanecer ocultos. Estaba oscuro, y no era fácil para ella. Lucas abrió paso sin soltarla de la mano. El terreno era accidentado y corría un viento frío. Molly no veía nada; solo oía su respiración acelerada y el zumbido de algún insecto. Era difícil creer que estuvieran en mitad de la ciudad de San Francisco.

Lucas se detuvo de golpe, y ella estuvo a punto de chocarse con su espalda.

–Hay una luz en la oficina –murmuró él.

–Espera aquí –dijo ella–. Tengo una idea.

Empezó a salir de entre los árboles, pero él la detuvo.

–Ni hablar.

–No, no pasa nada, de verdad. Ahora mismo vuelvo –dijo Molly.

Rodeó el tráiler hasta que llegó a la puerta, para que no se notara que acababa de salir del bosque, subió las escaleras y entró.

Louise y Santa estaban consultando un libro de contabilidad. Los dos alzaron la cabeza cuando ella entró.

–Hola –dijo, amablemente, saludando con la mano.

Louise sonrió.

Santa Claus, no.

–Solo quería darles las gracias por contratarme –dijo Molly–. Esta noche lo he pasado muy bien, y quería saber qué otras noches van a necesitarme esta semana.

Santa puso los ojos en blanco y pasó por delante de ella sin decir una palabra. Louise abrió el horario en su ordenador portátil.

–Hasta el viernes por la noche, no. Así que, dentro de tres noches.

–Allí estaré –dijo Molly–. Bien, gracias de nuevo. Buenas noches.

Salió por la puerta rápidamente y rodeó el tráiler de nuevo, donde se topó con un muro de ladrillo que le resultó muy familiar.

Lucas absorbió con facilidad el impacto y la rodeó con un brazo. Se la llevó de nuevo hacia los árboles.

–Si querías que estuviéramos a solas, solo tenías que decirlo –le dijo ella con la respiración entrecortada, y no solo por lo rápidamente que caminaban.

–Pues claro que quiero que estemos a solas –dijo él, y le susurró al oído–. Pero, como ya te he dicho, no en medio del bosque, ni…

Se quedó callado al ver que ella sacaba algo de su traje de elfo. Era una cartera de hombre.

–Es de Santa –le dijo.

Él enarcó las cejas.

–¿Te has encontrado la cartera de Santa Claus?

–Se la he levantado del bolsillo trasero.

Lucas se quedó asombrado.

–¿Sin que él se diera cuenta?

–Sí, esa es la definición de «robar».

Él cabeceó.

–No sé si me siento impresionado o…

–¿Espantado? Sí, me lo imagino –dijo ella, encogiéndose de hombros–. Los hombres reaccionan así conmigo muy a menudo.

Empezó a darse la vuelta, pero él la agarró.

–O asombrado –terminó él–. No sé si me siento impresionado o asombrado.

–Es más o menos lo mismo –dijo ella con la esperanza de que él no notara que se estaba ruborizando de placer.

Lucas sonrió.

–Eres tan buena como Joe –dijo–. Pero creo que me gusta más trabajar contigo.

Ella se deleitó con el cumplido. Aunque ya no usaba mucho todo lo que habían aprendido Joe y ella de pequeños, se alegraba de no haber perdido la práctica.

–No he podido echar un buen vistazo ahí dentro –dijo–, vamos a tener que esperar a que se vayan y volver a entrar.

Esperaron unos minutos, hasta que se apagó la luz del tráiler y Louise se marchó.

–¿Estaba Santa con ella? –susurró Molly.

–No creo.

–Tenía que estar. La oficina se ha quedado a oscuras. Debe de haber salido sin que lo veamos. Vamos ya.

–No –dijo Lucas, mientras ella empezaba a subir las escaleras del tráiler–. Molly, espera…

Antes de que él pudiera terminar de hablar, apareció un coche que paró detrás de ellos.

En aquel preciso instante, se abrió la puerta del tráiler. Molly se quedó helada, pero Lucas la abrazó y empezó a besarla apasionadamente. Ella se quedó tan anonadada, que siguió inmóvil.

Pero Lucas, no. Le rodeó la cintura con un brazo y le sujetó la nuca con la otra mano, mientras la besaba de tal modo que a ella empezaron a temblarle las rodillas. Debió de darse cuenta, porque la levantó con facilidad e hizo que apoyara el trasero en la barandilla mientras hacía que el beso se volviera más y más profundo.

Vagamente, ella sabía que lo estaba haciendo para encubrirlos a los dos, pero era difícil concentrarse en eso. Porque, si aquella era su forma de resolver los problemas… le gustaba mucho su forma de trabajar.

–Dios Santo –murmuró Santa Claus, al pasar cerca–. Vayan a un hotel.

Molly apenas oyó que el tipo bajaba las escaleras e iba al coche, donde entró con la bolsa de lona llena de dinero. Se sentó en el asiento del pasajero.

Lucas la soltó y se giró para observar el coche.

Santa y el conductor también se giraron para mirarlo y, por un segundo, todos se miraron fijamente los unos a los otros.

Después, el coche se marchó.

Lucas se volvió hacia Molly, que todavía estaba apoyada en la barandilla, atontada. Al mirarla, él cabeceó con incredulidad.

Ella tampoco daba crédito a lo que había ocurrido. Él había conseguido que pasara del frío al calor en un abrir y cerrar de ojos con aquel beso sensual y erótico. De hecho, se le habían olvidado el caso y la temperatura. Sabía que debía intentar resistirse, porque, a pesar de la atracción física que sentían, para ella aquel asunto iba mucho más lejos.

–El coche no tenía matrícula –dijo él–. ¿Has visto al conductor?

Ella bajó de un salto de la barandilla.

–Llevaba un sombrero bien calado. Tenía un aspecto muy sospechoso. Y eso de llevarse todo el dinero en una bolsa de lona a reventar también es muy sospechoso.

–Sí. En realidad, todo este lugar es muy sospechoso y horripilante –dijo él.

–Ya te dije que sacan pasta. La cuestión es… ¿adónde va ese dinero?

Se giró hacia el tráiler, pero Lucas la agarró.

–Todavía no –le dijo–. Vamos al coche a esperar media hora para que este sitio se quede vacío del todo.

–Ya se ha ido todo el mundo.

–Eso es lo que has pensado la última vez. Ya te has arriesgado lo suficiente por una noche.

Tenía razón.

–Lucas…

–Aquí no.

Fueron caminando hasta el coche en silencio. Cuando estaban dentro, Lucas puso los seguros.

–Te pedí que esperaras antes de ir hacia el tráiler –le dijo él–. Pero no lo has hecho, y han estado a punto de pillarte.

–Sí, pero…

–Cuando yo te diga que esperes, tienes que esperar.

Ella entrecerró los ojos. Sabía que no tenía la razón, pero no podía evitarlo.

–A lo mejor necesitas expresarte de otro modo.

–No.

Ella se cruzó de brazos, pero él no cedió.

–¿Si te lo hubiera pedido por favor, lo habrías hecho? –le preguntó.

Sí, tenía razón. Demonios. Molly siguió mirándolo.

Él no apartó los ojos. Y ella se dio cuenta de que, durante el año que llevaba trabajando en Investigaciones Hunt, nunca lo había visto enfadado. En aquel momento, sin embargo, parecía que sí lo estaba.

–Está bien –dijo, lentamente–. Vamos a empezar de nuevo. Siento no haber esperado cuando me lo has dicho. Y… tú sientes haberme ladrado como si fueras un sargento, ¿verdad?

–Mira –dijo él–. En el trabajo, me concentro mucho.

–Vaya –dijo ella, agitando la cabeza–. Qué mal se te da pedir disculpas.

–No te estaba pidiendo disculpas. Cuando lo haga, te vas a dar cuenta.

–¿Ah, sí? ¿De…?

Antes de que ella terminara la frase, él la abrazó y la besó lenta y profundamente. Después de dejarla sin respiración, se retiró y le dijo en voz baja:

–Siento haberte dado una orden en vez de habértelo pedido con amabilidad, pero, durante una operación, las cosas ocurren rápidamente y, en una situación de vida o muerte, yo siempre voy a poner tu vida por delante de la mía. Así que ten eso en cuenta antes de volver a actuar sin pensar.

Al entender la magnitud de aquello, Molly se suavizó.

–Lucas…

Él la besó de nuevo y volvió a pedirle perdón. Molly supo que le había dicho la verdad: cuando pidiera disculpas, ella se iba a dar cuenta. Y Lucas siguió disculpándose hasta que, al final, ella ni siquiera se acordaba de por qué tenía que disculparse.

Ni de su propio nombre.

Capítulo 12

#DejaAlElfoParaMásTarde

Lucas pensó que se estaba volviendo loco. Molly no era para él y, sin embargo, parecía que ni sus manos ni su lengua se habían dado cuenta.

Ni otras partes importantes del cuerpo…

Intentó salir de aquella neblina erótica y sensual que siempre lo envolvía cuando estaba cerca de ella, pero se dio cuenta de que la neblina era real. Habían empañado las ventanillas del coche.

–No es inteligente empañar las ventanillas cuando se está de vigilancia.

Ella se estiró el vestido por los muslos con los dedos temblorosos.

–Es rarísimo –susurró ella mientras se colocaba el gorro verde.

–¿El qué?

–No quiero desearte, de verdad, pero te deseo –le dijo, observándolo–. ¿Cómo puede ser?

Él sonrió.

–Es solo porque soy irresistible.

–Sí, tú sigue diciéndote eso a ti mismo. Y yo seguiré recordándome que a mí no me atraen los tipos como tú.

–¿Los tipos como yo? ¿Qué quiere decir eso?

–Los tipos grandes, peligrosos, agresivos… Que desprenden una química sexual muy molesta –dijo ella, mirando hacia la ventanilla empañada.

Lucas se alegró de que Molly no lo estuviera mirando a él, porque se habría enfadado al ver su sonrisa de triunfo. Estaba intentando no enamorarse de ella, pero era difícil, teniéndola allí delante con un traje de elfo, sexy y adorable, y enfadada porque lo deseaba sin poder remediarlo. Nadie podría resistirse a eso.

–Eres muy molesto –dijo ella, cruzándose de brazos.

–Pues hace un momento no te molestaba tanto –dijo él.

–Pfff. Todo esto es culpa tuya. No tenías que haberme besado otra vez.

Él se quedó mirándola con incredulidad.

–Pero si te he besado porque casi te pillan. Y, ya que estamos, de nada por haberte salvado el pellejo.

–Entonces, ¿me estás diciendo que el beso solo ha sido una táctica de distracción? –preguntó ella–. Y la lengua, y la mano que me has puesto en la nalga… ¿solo era trabajo?

–Eso no es lo que has preguntado –dijo él.

–Te lo pregunto ahora.

El beso había empezado así, como una táctica de distracción, pero, rápidamente, se había convertido en la demostración de que las cosas no eran nada fáciles entre ellos. Ella estaba despertándole emociones que había enterrado hacía mucho tiempo.

Y él no podía permitirse el lujo de sentir aquellas emociones.

–El beso empezó como una distracción, pero terminó siendo otra cosa muy distinta –dijo con sinceridad.

–Yo estaba bien –dijo Molly.

–Sí, claro. Estaban a punto de pillarte. ¿Sabes? Creía que tu hermano era la persona más obstinada que conozco, pero no es nada comparado contigo.

Ella se encogió de hombros, como si eso fuera un cumplido.

–Me las habría arreglado.

–Seguramente –dijo él–. Pero no estás sola en esto. Estamos los dos. Si algo sale mal esta noche, Archer nos habría culpado a los dos.

Abrió la puerta del coche y salió al aparcamiento.

–Vamos a acabar con esto.

La feria estaba completamente a oscuras, y la puerta del recinto, cerrada.

–¿Cuánto tardas en forzar la cerradura? –le preguntó Molly.

–Como mucho, dos minutos.

Entonces, ella lo apartó de un empujón.

–Yo tardo uno.

Era cierto y, aunque eso debía haber herido su orgullo, tuvo el efecto contrario. El hecho de verla forzar una cerradura en menos de sesenta minutos lo excitó aún más que el vestido verde y ajustado de elfo.

Llegaron al tráiler, que también estaba cerrado con llave. Molly volvió a forzar la cerradura y entraron en menos de un minuto. Sin poder contenerse, él la agarró por la nuca y la besó. Al apartarse, ella tenía los ojos ligeramente empañados.

–¿Por qué has hecho eso?

–No lo sé. Me vuelves loco.

Ella asintió.

–Eso me pasa mucho.

–Me refería a que me vuelves loco de un modo estupendo.

Ella se mordió el labio. Parecía que se había quedado muda al oír su confesión. No sabía qué pensar.

Y a él le ocurría lo mismo.

Molly se giró y miró la oficina. Tenía la típica forma de rectángulo. Estaba amueblada con un sofá destartalado de tres asientos y un archivador.

–¿Qué piensas?

¿Que qué pensaba? Que quería tender al elfo en uno de los escritorios y probar hasta el último centímetro de su cuerpo. Eso era lo que pensaba.

Al ver su expresión, ella le preguntó:

–¿Debería saberlo?

–Si lo supieras, saldrías corriendo.

Molly se detuvo, como si estuviera pensando en insistir para que se lo dijera.

«Hazlo», pensó él.

Pero ella se encogió de hombros y abrió un cajón.

–Oh, vaya.

Él se acercó y comprobó que todos los cajones que estaba abriendo Molly estaban vacíos.

–¿Crees que lo limpia todo todas las noches? –preguntó Molly–. ¿O lo ha hecho por nosotros?

–No lo sé, pero vamos a averiguarlo.

Ella asintió. Miró a su alrededor, pero allí no quedaba nada. Ningún papel, ningún ordenador.

Nada.

–Y ahora, ¿qué?

–Volveremos en tu siguiente turno. En algún momento, esta oficina estará desatendida. Tal vez, durante el bingo. Entraré entonces.

–Eso parece muy peligroso.

Lucas se encogió de hombros. Había estado en situaciones peores.

Ella lo miró.

–¿Qué pasa?

–No me gusta pensar que te estoy poniendo en una situación peligrosa.

Él se rio en voz baja.

–Algunos trabajos de los que hacemos son así, ya lo sabes. Esto no es nada.

–Será mejor que no resultes herido por mi culpa.

Él tuvo una sensación cálida. Hacía mucho tiempo que nadie se preocupaba por él. Su familia, sí, lógicamente, pero él les ocultaba el verdadero alcance del peligro de su trabajo.

Molly sí lo sabía, y lo entendía.

Y se preocupaba por él.

Aquello era una sensación extraña para él. Desde que le habían herido de bala, se había sentido extraño, solo. Aunque, si era sincero consigo mismo, tendría que reconocer que se sentía solo desde hacía mucho más tiempo. Después de perder a Carrie y, unos pocos años después, a su hermano Josh, en un incendio provocado, había decidido no volver a sentir demasiado por nadie.

Pero estaba sintiendo de nuevo, y sabía que era por Molly.

Lo que no sabía era qué iba a hacer al respecto.

Cuando volvieron al coche, Molly cerró los ojos y suspiró de cansancio.

–¿Por qué me miras así?

Al subir al asiento, el vestido se le había subido de nuevo por los muslos. Era una visión muy agradable; sin embargo, él se daba cuenta de que tenía dolores, porque tenía una tensión alrededor de los labios y los ojos. Lucas sabía que no podía mostrar ni un ápice de compasión, porque lo más probable era que ella lo matase.

–¿Parezco un idiota si te digo que me gusta cómo te queda ese traje? –le preguntó.

Ella se echó a reír.

–Bueno, por lo menos, eres sincero.

Él iba a preguntarle qué quería decir con «por lo menos», pero a ella la llamaron por teléfono. Respondió y escuchó un momento.

–Joe, no, no puedo tomarme la noche libre mañana para sustituirte. Ya te he dicho que estoy trabajando en una cosa…

Molly hizo una pausa y suspiró.

–Ya, claro. Tu novia es maravillosa y te va a llevar a una cita sorpresa y fantástica, y claro, tú has pensado que, como Molly no tiene vida propia, voy a pedirle que me sustituya. ¿Es eso?

Lucas se estremeció por Joe.

–No, claro que no –siguió Molly, después de un instante–. Por favor, deja que contribuya a que tu vida, que ya es maravillosa y genial, sea todavía mejor. Yo ya me las arreglaré.

Colgó, apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.

–No me digas que no soy agradable. Ya lo sé.

–No iba a decir eso –respondió Lucas.

–¿Acaso soy agradable? –preguntó ella con ironía.

–Porque tú ya sabes que no eres agradable.

Ella dio un resoplido.

–Además, Molly… Tú sí tienes una vida.

Ella abrió los ojos y lo miró.

–¿Eso crees?

–Sí. Tienes muchos buenos amigos. Siempre estás saliendo con tus amigas, a los bares, de tiendas, al spa. Y tienes un buen trabajo que te mantiene ocupada y una familia a la que quieres.

–Sí, tengo amigos –dijo ella–, pero no permito que nadie se me acerque demasiado, porque eso no se me da bien. Y no me siento realizada con mi trabajo; por eso estoy persiguiendo a un Santa Claus que nadie piensa que sea malvado, salvo yo.

–Yo sí creo que es malo.

Ella suspiró.

–Pues gracias.

Cerró los ojos de nuevo.

–Y tu familia…

–¿Qué pasa con mi familia?

Él no sabía demasiado, y quería saber más. Sin embargo, no servía de nada preguntarle a Molly. A ella no le gustaban las preguntas.

–Dices que no dejas que nadie se te acerque mucho, pero Joe y tú estáis muy unidos, aunque le grites.

–Hemos tenido que estar unidos, ¿sabes?

–Pues… no. Joe es tan reservado con respecto a vuestro pasado como tú.

–Es una costumbre muy arraigada –admitió Molly–. Además, tampoco hay mucho que contar. Somos muy parecidos a todo el mundo.

Él la miró con ironía.

–Bueno… un poco más reservados, y no siempre… accesibles. Pero, hasta que Joe se enamoró de Kylie hace unos meses, éramos él y yo, solos contra el mundo. Compartimos el cuidado de nuestro padre. Siempre hemos tenido que cuidarlo.

–¿Cuánto tiempo hace que murió tu madre?

–Murió cuando yo era pequeña. Mi padre estaba en el ejército, y volvió de la guerra del golfo para cuidarnos. Pero ya no era el mismo. Tenía síndrome de estrés postraumático, aunque, en aquellos tiempos, esas cosas no se sabían. No era capaz de estar bien durante muchos días.

–¿Y no teníais más familia que pudiera ayudaros?

–No, pero nos las arreglamos. Cuando yo tenía diez años, él ya no era capaz de trabajar, y empezó a necesitar que se ocuparan de él. Así que eso es lo que hicimos Joe y yo.

Lucas intentó imaginarse cómo había sido aquello. Él tenía un padre y una madre, y los dos se habían ocupado activamente de sus hijos. Tenía sus hermanos, sus primos. Josh había muerto hacía solo cuatro años. Así pues, él no tenía ninguna experiencia que pudiera comparar con la vida de Molly.

–Debió de ser muy duro crecer así.

Ella se encogió de hombros.

–Yo no conocía nada diferente.

El hecho de que Molly no supiera nada sobre la muerte de su hermano significaba que no había utilizado los programas informáticos de búsqueda que tenían en Investigaciones Hunt. Si hubiera querido, Molly habría podido descubrir cuántos empastes tenía él a los ocho años. O que en el undécimo curso lo habían pillado con la hija del subdirector del colegio en el armario del conserje. O que a los veinticuatro años, su novia, Carrie, había muerto en un accidente de tráfico y él no había ido a su entierro porque estaba llevando a cabo una misión secreta en aquel momento, y nadie había podido ponerse en contacto con él.

O que, unos años después, cuando su hermano, que trabajaba de bombero, había muerto en un incendio provocado, se había retirado de la vida durante más de un año y había perdido su trabajo en la Agencia Antidroga, aunque eso no le había importado mucho en aquel momento. Los recuerdos de aquellos desgarradores días siempre amenazaban con enviarle otra vez al profundo y oscuro infierno en el que había caído. Iba resultando ligeramente más fácil recordar, pero solo un poco. En realidad, él no quería olvidar el dolor, porque no quería olvidar jamás a Josh.

Molly le puso una mano en el brazo y, con aquel pequeño gesto, consiguió conmoverlo.

Después, volvieron a casa en silencio. En él eso era normal. Sin embargo, en Molly, no, porque no era capaz de permanecer callada ni aunque su propia vida dependiera de ello. Él la miró varias veces, pero parecía que ella estaba contenta con aquel silencio.

–¿Estás bien? –le preguntó Lucas.

Ella asintió.

Sabía que estaba mintiendo, pero también sabía que no merecía la pena insistir.

–Espera –dijo él cuando paró el coche delante de su casa y ella se dispuso a salir.

–No es necesario que me ayudes. Buenas noches –dijo Molly.

Parecía que, de repente, estaba ansiosa por escapar de él. O que no confiaba en sí misma. Ojalá.

–Voy a acompañarte –le dijo.

–No es necesario –insistió ella.

–Molly, acabas de mosquear a un tipo del que no me fío nada, por no mencionar a su hermano Tommy el Pulgares. No sé tú, pero a mí me gustan tus pulgares.

–Creía que no estabas seguro de que fuera verdad lo de que Tommy el Pulgares sigue vivo.

–Digamos que estoy abierto a todas las posibilidades –respondió él, y salió del coche. Lo rodeó y la ayudó a bajar. El vestido se le había subido de nuevo por las piernas, y él se mantuvo delante de ella para que nadie la viera. Después, ella le dio las gracias con la voz entrecortada, mientras tiraba del traje hacia abajo.

La noche era silenciosa. Su barrio era antiguo y tranquilo. Eran casi las doce y, seguramente, los vecinos mayores ya se habían metido en la cama.

–Demonios –murmuró Molly.

Él se puso alerta y miró a su alrededor.

–¿Qué ocurre?

–He dejado la luz del porche encendida para poder ver cuando llegara, pero está apagada. Así que se ha ido la electricidad otra vez.

Él la tomó de la mano y caminó ligeramente por delante de ella, de un modo protector, pero Molly hizo un gesto negativo con la cabeza.

–No es que haya venido Tommy buscando mis pulgares –dijo–. Es por culpa de mi vecina. Espérame aquí.

Se soltó de su mano y atravesó el césped de la zona común. Llamó a la puerta contigua a la de su apartamento.

–¡Señora Berkowitz! ¡Deje de usar su… um… masajeador mientras tiene puesta la secadora! ¡Han vuelto a saltar los plomos!

Una mujer respondió desde el interior:

–¡Lo siento, cariño, pero tengo mis necesidades!

Molly suspiró y subió al porche, donde esperaba Lucas, que no podía contener la sonrisa.

–No tiene gracia –le dijo ella–. A lo mejor no vienen a dar la electricidad hasta mañana.

De repente, él oyó un sonido extraño a sus pies. Sacó el teléfono móvil y encendió la linterna para iluminar el suelo. Entonces, se encontró con el gato más grande y más negro que hubiera visto en la vida, girando alrededor de las piernas de Molly.

–TC –dijo ella en un tono de cariño que él nunca había oído en su voz.

–Miau –respondió el gato.

–Ay, mi bebé tiene hambre –murmuró Molly, a un gato que, seguramente, podría comérselos a los dos enteros si quisiera. Ella sacó un cazo de pienso de un bote que había debajo del banco del porche y llenó un comedero vacío–. Aquí tienes, precioso. ¿A que eres un gatito muy bueno?

El gato no respondió. Había metido el hocico en el comedero, y su ronroneo subió de volumen al comer.

–¿TC? –preguntó Lucas mientras se metía el móvil al bolsillo.

–Es un diminutivo de Tom Cat –dijo ella–. Es callejero. He intentado adoptarlo, pero no quiere entrar. Así que le doy comida y cariño cada vez que aparece. Es lo único que me permite.

–No parece que tenga problemas para conseguir comida –dijo él.

Molly se echó a reír.

–Creo que le da de comer todo el mundo del edificio. Tiene un buen truco. Cuando no me doy prisa en rellenarle el comedero, se pone delante de la pantalla de la puerta y me mira fijamente hasta que salgo –dijo ella.

Rebuscó sus llaves en el bolso y, después, Lucas se lo sujetó.

Molly abrió la puerta y entró a oscuras, sin vacilar, porque conocía la distribución. Él la siguió y, al oír que a ella se le caían las llaves al suelo, se agachó para recogerlas al mismo tiempo que ella.

Se golpearon las cabezas. Él vio las estrellas, pero intentó agarrarla, porque sabía que ella se había llevado la peor parte.

–Mierda, lo siento. ¿Te he hecho daño?

–¡Sí! ¡Tienes la cabeza más dura del planeta!

–¿Seguro? –preguntó él, pasándole la mano con cuidado por el pelo–. Yo creo que en esa categoría estamos empatados.

Estaban cara a cara, muy cerca, y saltaron chispas por el aire. Siguieron mirándose y, al final, Molly dijo:

–¿Sabes? Sadie está empeñada en que permita que tú seas el hombre de mi vida por una noche.

Él sonrió.

–¿De verdad?

–Sí.

–¿Y qué piensas tú?

–No quería ceder, pero ahora estoy empezando a replantearme las cosas.

Lucas estaba seguro de que la mente le estaba jugando una mala pasada. Pero lo cierto era que la deseaba más de lo que había deseado a nadie en mucho tiempo, tal vez nunca, y eso era decir mucho. Le acarició los brazos, y se dio cuenta de que tenía la piel de gallina.

Y no era por el frío.

Molly todavía estaba apoyada en él. Él medía un metro ochenta, y Molly, descalza, medía un metro sesenta, pero tenía una historia de amor con los zapatos de tacón, algo que, seguramente, agravaba sus problemas de piernas y espalda. En aquel momento, llevaba unas botas con un tacón de ocho centímetros, aunque cubiertas con las fundas que imitaban los zapatos verdes de elfo. De todos modos, la elevaban a una altura muy conveniente que podría hacerlos a los dos muy, muy felices.

–Sí, replantéatelo –murmuró él–. Y dime qué es lo que decides.

Capítulo 13

#Scrooge

A Molly le latía el corazón con fuerza. No sabía por qué estaba replanteándose lo que quería hacer con Lucas Knight. Necesitaba aquello. Lo necesitaba a él. Le asustaba pensar lo mucho que lo deseaba, pero los dos eran personas adultas y podían hacer aquello y continuar con su vida. Para empezar, Lucas no quería tener ataduras, y ella, tampoco. Y, para continuar, estaba muy oscuro y él no iba a poder ver nada.

En aquel preciso instante, volvió la electricidad y se encendió la luz del porche, que entró por la ventana.

Ella pestañeó mientras Lucas murmuraba su nombre. Él la besó y la abrazó. Después, la miró con intensidad.

–¿Has terminado de replantearte las cosas? –le preguntó–. Porque…

Él dejó de hablar cuando ella deslizó las manos por debajo de su camisa y le acarició la piel suave y cálida.

–Molly –dijo él con la voz enronquecida–. Necesito oírte decir las palabras.

–Sí, ya he terminado de replantearme las cosas –dijo ella.

–¿Y?

–Y te deseo. Por esta noche.

Al instante, él le quitó el impermeable que le había dejado, y se quitó inmediatamente la camisa. Después, la empujó suavemente, hasta que ella notó el sofá en las pantorrillas. Sin dejar de besarla, él los tendió a los dos sobre los almohadones, con cuidado de no aplastarla.

–¿Dónde está la luz? –preguntó él.

–Nada de luz.

Él se detuvo un instante, pero después continuó. Le besó la mandíbula y el cuello mientras susurraba palabras suaves y sexis. Ella no podía concentrarse en aquellas palabras, pero sí percibía su intención erótica.

Entonces, él le bajó el vestido por los hombros, junto a los tirantes del sujetador. Cuando atrapó uno de sus pezones con la lengua, ella sintió un calor que le arqueó la espalda e hizo que gritara. Trató de contener aquellos sonidos de desesperación, pero no lo consiguió. Él siguió quitándole la ropa, lentamente.

Y, después, se quitó la suya.

Y, después, se arrodilló en el suelo y le separó las piernas con unas manos fuertes, cálidas y encallecidas, y comenzó a besarla de nuevo, descendiendo hasta que llegó a su vientre. Un minuto después, encontró su sexo y la mantuvo al borde del orgasmo durante mucho tiempo, mientras ella se agarraba a su pelo con los puños.

Y olvidaba mantenerse en silencio. Había perdido el dominio sobre sí misma en cuanto él le había puesto la boca encima. Lucas utilizó los dientes y los labios y, cuando añadió la lengua, ella explotó entre estremecimientos y jadeos, y de ningún modo habría podido reprimirse.

Él emitió un sonido de satisfacción masculina mientras ella trataba de captar aire. Entonces, Molly oyó el sonido del paquete de un preservativo rasgándose, y él volvió, entró en su cuerpo con una embestida suave y lenta.

Había olvidado lo increíble que era sentir aquellos movimientos largos, lentos, controlados y profundos. Era más de lo que podía soportar, pero quería más, y se lo demostró a Lucas clavándole las yemas de los dedos en la espalda.

Lucas le agarró las muñecas y entrelazó sus dedos con los de ella por encima de su cabeza, y elevó su peso sobre ella para controlar mejor sus acometidas.

Y, por primera vez, ella hubiera querido encender la luz. No veía mucho, pero, por la penumbra que proporcionaba la luz del porche, vislumbraba el suave brillo de su piel y las flexiones de sus tendones y músculos. Observó fascinada su cuerpo, que se movía de un modo constante, incesante. No podía apartar la vista de él, de su cabeza estirada hacia atrás a causa del placer.

Entonces, él bajó la cabeza y la sorprendió mirándolo.

–Molly –susurró.

Tenía la voz entrecortada y una expresión de éxtasis y afecto. Gruñó, apoyó el peso en los codos y deslizó una mano por debajo de ella para arquearla y poder hundirse aún más profundamente. La acarició con todo el cuerpo hasta que empezó a formarse otra oleada de placer contenido en ella, y Molly, jadeante, metió las manos entre su pelo y susurró su nombre sin dejar de temblar. Notaba su boca en el cuello, y notó que él se estremecía al dejarse llevar por las sensaciones eróticas.

Cuando recuperó la conciencia, estaban los dos en el suelo, y él la tenía envuelta en el calor de su cuerpo. Ella estaba acurrucada contra él y oía los latidos de su corazón.

Molly exhaló un suspiro tembloroso, pero ninguno de los dos dijo nada, porque no podían. Ella apenas podía pensar. ¿De verdad acababan de hacerlo?

–Eso parece –dijo él, y Molly se dio cuenta de que había hecho la pregunta en voz alta.

Oh, Dios…

Él deslizó la palma de la mano por su nalga y por la parte trasera de su muslo.

–¿Estás bien?

¿Estaba bien? Hizo un rápido recuento. Estaban en el suelo, y ella nunca se había sentido tan cómoda ni tan satisfecha. No podía moverse, solo podía seguir allí tumbada con su cara en el hueco del hombro de Lucas. Asintió; estaba demasiado relajada como para ponerse a la defensiva por aquella pregunta. Él olía deliciosamente bien, y no pudo resistir la tentación de lamerle la piel.

–¿Acabas de chuparme como si fuera una piruleta? –le preguntó Lucas, en un tono perezoso y lleno de humor.

En vez de responder, ella le clavó los dientes.

Él soltó un siseo y rodó hasta que la tuvo bajo el cuerpo. Le tiró suavemente del pelo para exponer su cuello y devolverle el favor, mordisqueándole la garganta, la curva del hombro…

Y, cuando siguió hacia abajo, ella se arqueó hacia él.

–¿Otra vez? –murmuró, agarrándose a su pelo.

–Oh, sí, otra vez –respondió él.

Sin embargo, en aquella ocasión, la levantó del suelo en sus brazos con un movimiento ágil y atlético.

–Pero, ahora, vamos a tu cama. ¿Dónde está la luz?

Aquella pregunta fue como un jarro de agua fría para Molly.

–¿Por qué? –preguntó.

–Quiero verte.

No. Eso no iba a suceder. Ella se zafó de sus brazos y buscó su ropa a tientas y, cuando tocó algodón, lo tomó y se lo puso por la cabeza.

La tela cayó hasta sus muslos. Era la camiseta de Lucas.

–¿Molly?

–No te muevas –le dijo ella–. Te vas a tropezar.

Caminó hasta la pared y encendió la luz. Pestañeó mientras sus ojos trataban de adaptarse al repentino brillo.

Lucas estaba en el centro de la habitación, desnudo, glorioso, perfectamente adaptado a la luz. Tenía un físico increíble.

Sin embargo, fue su expresión lo que estuvo a punto de pararle el corazón. Era de afecto, de una ligera preocupación.

Ella le gustaba.

Y él le gustaba a ella. Demasiado. Estaba sintiendo demasiadas cosas, y eso la aterrorizaba. Además, no tenía sentido para ella, porque siempre había necesitado sentirse cómoda y segura para enamorarse.

Y no se sentía ni cómoda, ni segura. No creía que aquello pudiera funcionar, así que no tenía ninguna seguridad.

–Me gustas así –dijo él, al verla con su camiseta, y caminó hacia ella–. Pero me gustarías más…

Ella retrocedió, y él se detuvo. Ladeó la cabeza.

–¿Tenemos algún problema? –preguntó.

–Tú no tienes ningún problema. El problema lo tengo yo.

–¿Y cuál es?

Ella miró a todas partes, salvo a él. Al techo, al suelo. Al sofá donde acababan de estar. Dios, ya nunca iba a poder mirar igual aquel sofá…

–Molly.

Ella cerró los ojos con fuerza. Se sobresaltó al oír su teléfono móvil, y fue a responder la llamada.

Era su padre.

–Sharon no ha venido –le dijo él.

Sharon era la enfermera que iba a cuidarlo a casa, por horas. Iba dos tardes a la semana y se quedaba hasta la cena. Ella misma cocinaba, o le llevaba comida preparada. Aquella noche era la noche de Sharon; Molly miró la hora. Era casi medianoche. Su padre llevaba solo demasiado tiempo.

–Yo te llevo la cena –le dijo.

–¿Te he despertado?

–No.

–¿Seguro? Parece que te falta el aire. ¿Va todo bien?

–Claro que sí, papá. ¿Qué quieres cenar?

–Un Big Mac.

–Ya no puedes tomar de esas cosas. Tu médico ha dicho que tienes el colesterol por las nubes.

–Sois unos aguafiestas.

–Estoy allí dentro de media hora.

Colgó el teléfono y se giró hacia Lucas.

–Tengo que irme.

Rebuscó en su mochila los pantalones que se había quitado en el Pueblo de la Navidad para ponerse el traje de elfo.

–No llevas ropa interior –comentó Lucas, en un tono de aprobación, al ver que ella se ponía el pantalón sin buscar las bragas.

Ella lo miró, y él sonrió.

–Solo con eso, voy a tener sueños muy agradables durante mucho tiempo.

Lo mismo iba a ocurrirle a ella solo con haber oído aquella voz enronquecida y sensual. Se puso una de las botas y el tacón se torció, y él se estremeció por ella. Se acercó para sujetarla, pero ella lo apartó.

–¡No pasa nada!

Se sentó en el suelo, se calzó la otra bota y se apartó el pelo de la cara. Después, giró a su alrededor, encontró el impermeable que él le había prestado antes y se lo puso sobre su camiseta. Tomó el bolso y se dirigió hacia la puerta.

–Molly.

–Cierra al salir –le dijo ella, y, sin mirar atrás, salió corriendo como la cobarde que era.

Capítulo 14

#HaciendoDeElfoPorAhí

Veinte minutos más tarde, Lucas estaba atravesando el patio del Edificio Pacific Pier, helado. El viejo Eddie alzó la vista desde la pequeña fogata con la que se estaba calentando las manos y se quedó asombrado.

–¿Te han atracado?

Él no llevaba camisa, ni chaqueta, gracias a Molly. Negó con la cabeza. No dijo nada, porque tenía la lengua helada. Estaban a punto de caérsele los pezones.

Eddie sonrió lentamente.

–Qué bonito, tío.

Lucas evitó pasar por delante del pub para no hacer el ridículo delante de sus amigos. Dejó atrás la fuente, sin mirarla, por si acaso se había vuelto un romántico y pedía un deseo.

La tienda de tatuajes estaba abierta y, al verlo pasar, Sadie sonrió ligeramente.

Con un suspiro, él subió las escaleras y entró en su apartamento. Se dio una ducha caliente y se tendió en la cama. Con las manos en la nuca, empezó a analizar sus problemas.

En primer lugar, había permitido que se desmoronaran sus defensas.

En segundo lugar, Molly había entrado sin problemas por encima de los escombros de aquellos muros.

Y, en tercer lugar, ella había salido corriendo aquella noche, como si le quemara el trasero.

Él todavía la deseaba. Debería haberse quitado aquel deseo al acostarse con ella, pero solo había servido para que aumentara aún más. No sabía si era por su modo de abrazarse a él, o por los sonidos dulces y sexis que había emitido, o por su forma de besarlo, con el alma y con el cuerpo.

Lo cierto era que no iba a poder dormir. Se levantó de la cama y se inclinó para sacar algo del bolsillo de su pantalón.

La cartera de Santa Claus.

Molly era muy buena. Pero él, también.

«¿Seguro?», le preguntó una voz interna. «Porque ella ha conseguido robarte el corazón sin que te dieras cuenta…».

A la mañana siguiente, Lucas tenía cita en la consulta del médico que, por fin, le dio el alta. Fue a trabajar directamente, aliviado, pero no pudo concentrarse. No era capaz de dejar de pensar en Molly ni en lo que había sucedido. Se había prometido a sí mismo que no iba a llegar a aquel punto, pero eso era, exactamente, lo que había hecho. En el suelo de su salón, precisamente, como si fueran adolescentes excitados e incapaces de controlarse.

Él siempre había podido controlarse. Siempre.

Bueno, no siempre. Después de la muerte de Carrie, había perdido el control. Y, después, otra vez, cuando había muerto su hermano. Sin embargo, había conseguido sentirse humano otra vez. ¿Cómo?

Obligándose a no sentir tanto amor.

Nada de amor.

–Sí, claramente, está en otro planeta.

Lucas pestañeó y se concentró en la reunión. Estaba con Archer y Caleb, porque una de las empresas de su cliente tenía algunos problemas de seguridad.

–No, no estoy en otro planeta –dijo–. Estoy aquí mismo.

Caleb lo ignoró.

–¿Tú crees que es por una mujer?

–No –dijo Archer–. Él nunca permite que le afecten los asuntos de mujeres. Es como tú.

Caleb sonrió.

–Le dijo la sartén al cazo.

–Estoy con Elle, ¿no? –preguntó Archer.

–Sí, claro, ahora –replicó Caleb–. Pero has estado mucho tiempo considerando que las relaciones sentimentales eran una plaga.

Lucas puso los ojos en blanco.

–¿Estamos en una reunión de trabajo, o vamos a hablar de sentimientos?

Caleb lo miró.

–Eso dímelo tú.

–Bueno, me he distraído un minuto. Pero ya he vuelto.

–¿Es por la morena del bar de la otra noche? –le preguntó Caleb–. Era muy guapa.

–No, no es ella –dijo Lucas–. ¿Por qué a todo el mundo le interesa tanto mi vida amorosa?

–Ha dicho «vida amorosa» –le dijo Caleb a Archer.

–Sí, ya lo he oído. Es fascinante.

Lucas cabeceó.

–Los dos estáis locos. Yo no estoy saliendo con la morena del bar.

Por lo menos, no con aquella…

Después de la reunión, las cosas se complicaron en Investigaciones Hunt. Estaban trabajando en varios casos y, casualmente, tres de ellos llegaron a su punto de inflexión a la vez. Todo el equipo tuvo que trabajar cuarenta y ocho horas seguidas, sin descansos.

Cuando todo terminó, habían cerrado un caso sin resolver y habían conseguido que la policía detuviera a un hombre que había asesinado a su mujer hacía cuatro años. Habían demostrado que un candidato al senado de la ciudad tenía varias aventuras y no vivía en el distrito que dirigía, lo cual le apartó de la carrera política. Y habían recabado pruebas de la estafa que estaban haciéndole a un fabricante de cerveza de la zona, con las que pudieron realizarse diecisiete detenciones y ahorrarle a la cervecera varios millones de dólares.

Llegaron a la oficina al tercer día, al amanecer. Hunter les dijo que se fueran a casa y que durmieran, cosa que Lucas había hecho con gusto.

Se despertó porque alguien llamó a la puerta. Miró el reloj. Eran las seis y media de la tarde. Medio dormido, fue a abrir la puerta. Era Molly, vestida con uno de los trajes de la oficina. Era uno de sus preferidos, un vestido de color azul marino que se abrochaba en la cintura y le marcaba suavemente las curvas. Llevaba unos zapatos de tacón a juego. Él se preguntó si, al desabrochárselo, el vestido se le caería al suelo y, de ese modo, ella se quedaría solo con los tacones…

Molly llevaba varias bolsas de una tienda cercana y tenía un pretzel a medio comer en la mano.

–Quiero la cartera –dijo.

–¿Te vas a comer el pretzel?

–¿Vas a responder a mi pregunta?

–Tengo demasiada hambre –dijo él, frotándose el estómago–. En realidad, estoy muerto de hambre.

Ella puso los ojos en blanco y le entregó el pretzel.

Al darle el primer mordisco, Lucas gimió.

–Habría estado mejor con un poco de mostaza. ¿Has ido de compras?

–Con Elle –dijo Molly–. Estaba intentando comprar regalos de Navidad, pero he terminado con unos zapatos nuevos y un pretzel.

–Merece la pena –dijo él, y se comió el último pedazo.

–La cartera de Santa –repitió ella. Le puso las manos sobre el pecho y lo empujó hacia el interior del piso–. Sé que me la quitaste la noche que estuviste en mi casa. Y sé que has estado trabajando desde entonces, pero la quiero, Lucas. Quiero ver con qué nombre está viviendo, y si hay algo que nos pueda servir, antes de devolvérsela.

–¿Vas a devolvérsela?

–No soy una ladrona –respondió ella–. No quería tenerla tantos días. ¿Dónde está? –preguntó y miró a su alrededor.

Él sabía lo que estaba viendo ella: el piso de un hombre, con un sofá enorme, una mesa de centro que hacía las veces de mesa de comedor y acumulador de porquerías, una televisión gigante, varios pares de zapatillas de correr al lado de la puerta y una caja vacía de pizza que todavía no había tenido tiempo de tirar a la basura.

Lucas pagaba a una señora que venía a hacer la limpieza, pero la mujer solo iba cada dos semanas y, en ese tiempo, él no era especialmente minucioso manteniendo las cosas limpias y ordenadas.

–¿Dónde está? –repitió Molly, desde el centro del salón, con las manos en las caderas.

–Tengo que reconocer que me asombra que hayas esperado tanto –dijo él–. Hace tres días. Yo creía que habrías entrado y habrías buscado por ti misma.

Ella se mordió el labio y exhaló un suspiro.

–Sí, ya he entrado.

–¿Cómo?

–Que entré en tu casa para buscarla –dijo Molly, aunque no parecía muy contenta consigo misma.

–¿Y…?

Ella hizo un gesto de exasperación con ambas manos.

–En cuanto entré, me di la vuelta y me marché. No podía hacerlo, ¿de acuerdo? No fui capaz de fisgonear en tus cosas. Me sentí… mal. Además, también me di cuenta de que tienes cámaras de seguridad, así que no te hagas el sorprendido conmigo. Sabes lo que hice y lo que no hice.

–Sí –respondió él con una sonrisa–. Verte luchar con tu conciencia durante diez segundos es lo más divertido que me ha pasado en toda la semana.

–Eres idiota. ¿Dónde está la cartera?

–La tengo yo. Pero no he tenido tiempo de inspeccionarla.

–Yo sí tengo tiempo. Dámela.

–No, no tienes tiempo –dijo él–. Sé que Archer te tiene muy ocupada con el nuevo proyecto en común con el FBI de la zona.

Ella suspiró y asintió.

–Concédeme un día más –dijo él–. Te prometo que yo lo investigo.

–Y me vas a decir todo lo que encuentres.

–Todo –le prometió él, haciendo con los tres dedos el gesto del juramento de los Boy Scout.

Ella puso los ojos en blanco.

–Tú no has sido jamás un Boy Scout.

Cierto. Muy cierto.

Ella negó con la cabeza y se fue hacia la puerta.

–¿Adónde vas?

–Cosas personales.

–¿Vas a hacer otro turno al bingo?

–No, hoy tengo que cuidar a mi padre. Además, en el Pueblo de la Navidad no me necesitan hasta dentro de dos noches. Pero la señora Berkowitz ha venido a verme hoy para preguntarme si había progresos, y yo no tenía mucho que decirle. Necesito avances, Lucas.

–Estás avanzando.

–A mí no me da esa sensación.

–Todo a su debido tiempo –dijo él–. Estás haciendo las preguntas adecuadas y siguiendo las pistas. Algunas veces, estas cosas llevan tiempo.

–Pues a vosotros no os lleva tanto tiempo –dijo ella.

Sobre todo porque estaban dispuestos a salir de la ruta convencional si era necesario. En Investigaciones Hunt siempre trabajaban con ética, pero, algunas veces, no seguían la ley al pie de la letra. Había zonas grises. Él estaba cómodo trabajando en esas zonas grises, pero no estaba cómodo con el hecho de que lo hiciera Molly, por mucho que supiera que era un machismo.

Ella puso los ojos en blanco y se dio la vuelta para marcharse, pero él la tomó de la mano.

–Me gustaría ir contigo –le dijo–. Pero necesito cinco minutos.

–¿Por qué?

–Porque me gustaría. ¿Es posible?

Ella se quedó mirándolo unos segundos.

–De acuerdo –dijo por fin.

Él le apretó la mano suavemente para darle las gracias, y la atrajo hacia sí para que sus cuerpos se rozaran. No supo si ella notaba la misma descarga de deseo que él.

–¿Vas a esperar? –le preguntó en voz baja.

Ella tenía la respiración entrecortada. Sí, la había sentido.

Y, sí, lo iba a esperar.

Se dio una ducha de dos minutos, se puso ropa limpia y salió al salón. Se encontró a Molly mirando unas fotos que le había enviado su madre.

Le mostró una de las imágenes, en la que él aparecía a los cinco años con su padre, los dos con los esquíes puestos, sonriendo a la cámara. El fondo era una estupenda pista de esquí.

–Squaw Valley –dijo él–. Yo acababa de bajar con mi padre mi primera pista diamante negro. Mi tía vive en las Sierras, y en vacaciones pasábamos mucho tiempo en la montaña. Este año será lo mismo, aunque mi padre está dando clases en Inglaterra hasta enero. Es profesor de universidad y está destinado a Oxford. Pero todos los demás estaremos allí.

–Parece muy divertido –dijo ella con algo de melancolía–. Yo nunca he esquiado.

–Yo te llevo –dijo él, sin pensarlo mucho. Y lo dijo en serio. Le encantaría enseñar a Molly a esquiar.

Pero ella negó con la cabeza y señaló vagamente su pierna. Entonces, él se sintió como todo un imbécil por haberlo olvidado.

–Lo siento –dijo–. No me he dado cuenta.

Ella sonrió, pero la sonrisa no se le reflejó en la mirada.

–No te preocupes por eso. Es fácil de olvidar.

Él le tomó la cara entre las manos.

–Nada de lo tuyo es fácil de olvidar. Quiero que lo tengas en cuenta.

Ella se quedó mirándolo un instante, fijamente, y se alejó.

–Tenemos que irnos.

Tenía una bolsa de comida que olía muy bien en el asiento trasero, y a Lucas le rugió el estómago.

Molly sonrió.

–Tal vez quiera dejarte un poco. Si se lo pides amablemente.

Él no tenía ni idea de si le estaba tomando el pelo o no. Quince minutos después llegaron a unas casas adosadas de Inner Sunset.

–¿Es la casa de Joe? –preguntó él.

–Joe es el dueño del edificio –dijo Molly–. Lo compró para mi padre y para mí. Pero yo necesitaba más independencia, así que me fui a mi apartamento, y ellos viven aquí, cada uno en una de las casas. ¿No lo sabías?

–No. Joe es muy reservado.

–Sí, ¿de quién te crees que lo aprendí yo? –preguntó ella con una carcajada ronca.

Aquel barrio era un barrio obrero. No todas las casas estaban bien mantenidas, pero las de Joe y su padre, sí. Estaban bien pintadas y el jardín estaba cuidado. Había flores y arbustos en ambos patios.

Lucas iba a salir del coche, pero Molly le puso una mano en el brazo.

–Espera aquí.

Él enarcó una ceja.

–¿Como hiciste tú en casa de mi madre?

Ella hizo un mohín.

–De acuerdo, yo fui curiosa, y tú también lo eres. Pero esto no es fácil para mí. Es mi vida.

Y, aun así, le estaba permitiendo vislumbrar algunas facetas de esa vida, algo que hizo que él se sintiera honrado. Se puso serio.

–Es verdad, tienes razón, y lo siento. Si quieres que espere aquí, lo haré. Pero me encantaría conocer a tu padre.

Ella se quedó mirándolo.

Él sonrió encantadoramente.

Ella no le devolvió la sonrisa, pero él notó que tenía ganas de hacerlo.

–De acuerdo –dijo Molly por fin–. Pero solo porque me hace falta ayuda para llevar el saco de veinticinco kilos de pienso para perro que llevo en el maletero.

Lucas no hizo ninguna pregunta. Salió del coche y lo rodeó, y se echó el saco al hombro.

Molly volvió a mirarlo.

–¿Qué pasa? –preguntó él.

–Nada. Que es molesta la facilidad con la que lo has levantado.

–Molesta y…

–Exasperante.

–Y sexy, ¿no?

De nuevo, ella puso los ojos en blanco, y él se echó a reír. Por lo menos, ya no estaba tensa y agobiada.

Llegaron a la puerta de la casa, y él vio un letrero que decía:

Advertencia: No entrar sin autorización.

No me caes bien.

No voy a votarte.

No voy a comprarte nada.

No necesito aspiradora.

Estoy armado y no me he cansado

de esconder los cadáveres.

Lucas sonrió.

Molly suspiró y se giró hacia él. Le hizo un gesto para que dejara el saco de pienso en el suelo.

–Mira, hay ciertas cosas que tienes que saber.

De repente, se oyó el ruido de alguien que cargaba una escopeta.

Con un solo movimiento, Lucas la puso a su espalda y sacó su arma.

–No –jadeó Molly, que volvió a ponerse entre la puerta y él–. Para. Con eso solo conseguirías empeorar las cosas. Solo es mi padre. Esa es su forma de… saludar. ¡Papá! –gritó, volviéndose hacia la puerta–. Soy yo.

–Llegas tarde –respondió su padre, malhumoradamente.

–Ya lo sé.

–Ha oscurecido.

–Sí, ya lo sé –dijo ella–. Pero hoy he salido tarde del trabajo. Deberías encender las luces de Navidad que te ha puesto Joe aquí fuera. Verías mejor.

–¿Cuál es la contraseña?

Molly llamó cuatro veces a la puerta, hizo una pausa y llamó una quinta vez.

De repente, se encendieron unas luces exteriores de color blanco, rojo y verde.

–¿Lo ves? –preguntó Molly a través de la puerta–. ¿A que así es más festivo?

–Es un gasto de electricidad absurdo.

Molly suspiró.

–Déjanos pasar, papá.

–¿Quién es ese tío que lleva pistola?

Molly le indicó a Lucas que guardara la pistola, y él volvió a meterla en la funda que llevaba en el pecho.

–He venido con un compañero de trabajo –respondió ella.

–¿Por qué?

Molly suspiró.

–Porque me está ayudando con una cosa. Es el compañero de Joe, Lucas Knight. Papá, hace mucho frío. Déjanos pasar.

Entonces, oyeron que quitaba cuatro pestillos. Hubo una pausa, y quitó el quinto.

Molly esperó a que el ruido cesara y abrió la puerta. Asomó la cabeza y miró hacia atrás, a Lucas, con una expresión que él no pudo identificar. No era miedo, pero sí… inquietud.

Él sonrió para darle ánimos y entraron. La casa era pequeña, pero estaba muy limpia y ordenada. La única decoración navideña que había allí era una guirnalda sobre la chimenea y un abeto natural en un tiesto, de unos sesenta centímetros, colocado sobre la mesa de centro. El suelo era de madera, no había alfombras, y el espacio del salón era despejado y abierto.

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