Читать книгу: «La sombra que pasa»
La sombra que pasa, novela escrita en Buenos Aires en el año 2009, cuenta la historia de una mujer y un hombre que huyen de la guerra en los años 50 en las llanuras del Casanare, hasta llegar a fundar el pueblo conocido como San Luis de Palenque —en costas del río Pauto—, junto con otras decenas de familias desplazadas por la violencia. El hilo conductor se teje entre la voz de uno de sus hijos y la madre, que narran la historia haciendo contrapunto de relatos; yendo de un presente narrativo a un pasado lejano, mientras viajan desesperadamente en una lucha contra el tiempo ante la tragedia familiar de la muerte, en un contexto de violencia que desde los años 50 no ha cambiado demasiado en el país.

Título original: La sombra que pasa
Dirección editorial: Jaime Fernández Molano
Coordinación: Orlando Peña Rodriguez
Diseño y diagramación: Diego Torres
Ilustración portada: Martha Garzón, obra ‘Críspula y Enrique’
Foto autor: Yeny Gallego
Primera edición: diciembre de 2019
© Jhon Moreno Riaño
© Corporación Cultural Entreletras
Calle 38 No. 30A - 25 Of. 503 edificio Banco Popular
Centro, Villavicencio, Meta, Colombia S.A.
Contactos: 310 3334801 - 320 2190570 - (8) 684 9590
Correo: corpoentreletras@yahoo.com

Obra ganadora de la ‘Beca para la publicación de obra inédita, otorgada por el Ministerio de Cultura, programa Leer es mi cuento, año 2019’.
ISBN: 978-958-52284-2-9
Hecho el depósito legal
Se autoriza la reproducción -únicamente parcial- de este libro, previa autorización del autor y del editor.
Beca para la publicación de obra inédita, otorgada por el Ministerio de Cultura, año 2019 a la novela ‘La sombra que pasa’
Comentario del jurado:
«Esta novela sobre la muerte del padre ocurrida en Casanare, es un ejemplo de cómo la buena literatura parte de lo local para ser universal. El libro habla de conflicto, muerte, leyendas, amor e infancia, vistos desde una óptica casi de cronista, limpia y muy bien escrita».
Comentario general del jurado.
«Una juiciosa narradora nos cuenta parte de la historia de la violencia de nuestro país en este caso en la Orinoquia, en Casanare. Bien narrada».
Guido Leonardo Tamayo
«Novela que recrea tradiciones de la vida en Casanare. Bien escrita, amena. Uno siempre quiere saber más».
José Fernando Quiroz
«El libro es un híbrido entre una crónica, una novela, un compendio de historia del país y de costumbres del llano. Es un libro, como todos los buenos libros, que tiene varias lecturas, varias capas».
Martha Lucía Orrantia
La vida no es más que una sombra que pasa…(Shakespeare)
Nos mecíamos suavemente en el chinchorro,
arrullados por el canto de las ranas y el chirrido
de los colgaderos contra las vigas del rancho.
Con la cabeza recostada sobre su pecho,
sintiendo el galope de su viejo corazón,
yo dejaba viajar mis fantasías a mundos mágicos
escuchando las historias que mi padre improvisaba,
mientras saboreaba el humo de su tabaco,
antes de ir a la cama.
A mi padre y a mi madre.
Especial agradecimiento a:
Carolina Arabia, por la cariñosa
y acertada lectura del manuscrito;
a Adriana Ronco, por haber creído en este texto;
y a mi editor, por sus valiosos aportes al manuscrito.
Prólogo gozoso para una novela seria
Escribir un prólogo es un encargo difícil.
Es como hablar antes de lo realmente importante, como adelantarse al discurso principal. El lector abre el libro, se asoma a la novela, busca la primera frase del capítulo inicial, y… se le atraviesa el prólogo.
El lector, ya entrado en gastos, ya comprometido con el impreso, se resigna, hojea, ve que es corto y comienza a descifrar lo que ha redactado el prologuista.
Escribir un prólogo es un oficio ingrato.
Comenzando por el nombre, prologuista no es una categoría de autor, ni siquiera una sub-categoría. Hay novelista, cuentista, guionista, letrista, etc., pero, ¿prologuista? Eso no existe. Ese no es un escritor.
Sin embargo, escribir un prólogo es un compromiso serio.
Hay que entretener esos instantes previos, de manera que la persona que abrió el libro mantenga las ganas de andar por su camino letrado.
Se debe conocer la obra prologada, pero ser prudente con la información, para no adelantarse a la historia, ni insinuar el final. Hay aburridos estudios o empalagosos elogios, que han sepultado libros. Afortunadamente los prólogos son prescindibles, ¿o cuántos ha leído usted que se repitan en la segunda edición?
Pero prologar es también un gran privilegio. Uno, por deferencia amistosa, bondad inexplicable o simple desvergüenza del autor, termina mirando la obra desnuda que han visto muy pocos, descubriéndola de primera lectura, gozándola antes que nadie.
Después —los privilegios cuestan— hay que compartir, en no demasiadas palabras, esa experiencia de estrenar un texto.
Yo lo voy a hacer en cuatro palabras: A mí me gustó.
Cumplida de esta forma la primera obligación de todo prólogo, paso —sin tanta brevedad— a la segunda.
Hay que conocer al escritor, señalar sus linderos vitales, justificar su obra con la biografía. En este caso la tarea es fácil, les cuento:
Jhon Moreno Riaño es llanero, por lo tanto es músico. Músico de la Universidad de los Andes, del cuatro y del corrido.
Jhon Moreno Riaño se ha hecho maestro en Psicología de la Música y en Patrimonio Cultural. Se ha especializado en Cantos de trabajo y va tras un doctorado en Joropología con énfasis en Del Bueno.
Jhon Moreno, de segundo nombre Emerson, o sea Jhon Emerson Moreno, es —como el escritor gringo así apellidado— ensayista y conferencista. Además, parece que Ralph Waldo Emerson escribió para Jhon Emerson aquella frase que dice “No vayas a donde el camino te lleve, ve a donde no hay camino y deja un rastro”. Porque en esas anda Jhon, dejando rastros enchicuacados por las serranías sanmartineras, oyendo cantar un Gallo Giro en sabanas de Maní, campechaniando conversas con Hermes arriba del Totumo, jugando a inventar juegos, glosando —y gozando— el joropo.
Jhon es casanareño, de San Luis de Palenque, por lo tanto es buena soga. Enlaza orejanos, cachos llaneros y versos cimarrones. Enlaza y ajusta. No esconde con malicia cachilapera lo amarrado, sino que lo muestra, lo deja ver, oír o leer, para que otros disfruten el resultado de su pericia.
Jhon Emerson Moreno Riaño, músico llanero, subió arriba, anduvo lejos —perdonen los pleonasmos—, pero nunca dejó su tierra, ni abandonó su familia, ni olvidó su historia, la de él, su familia y su tierra. Por eso escribe.
Jhon escribe. Ya no aterrizados ensayos ni crónicas acieladas, sino ¡por fin!, una novela, esta que tiene usted en sus manos, esta que anda a punto de abandonar por culpa de este prólogo. Esta que no debe soltar, sino más bien saltarse estas palabras y comenzar…
Vale la pena, porque está bien jalada, porque representa un nuevo tipo y tema de novela llanera, otro concepto y estilo, un estallido de sangre memoriosa que se explica solita:
«Pareciera que los cementerios en el campo van desapareciendo para convertirse en tierra y renovar la vida, de la misma manera que los recuerdos que dejan quienes los moran se van volviendo palabras que nutren historias, historias que reconstruyen vida en los recuerdos…»
…mejor sigan con Jhon. Eso de escribir un prólogo es un compromiso serio. Me quedó grande y el tiempo apremia. Es más sencillo escribir algunas anotaciones generales y callarme. Algo como un Manual de Uso de esta Novela, algo así:
Aviso: Después de que la empiece no va a ser fácil dejarla.
Instrucciones: Acomódese en el chinchorro, arrime el tinto y déjese llevar por ese vaivén de muerte y vida que es La sombra que pasa.
Garantía: Le va a gustar.
Precaución: No la lea de noche.
(Siga leyendo y sabrá por qué).
Cachi Ortegón
Según los médicos del hospital, la muerte de mi padre sucedió en la madrugada del dos de agosto de 2005. Dos días antes él había sido internado en un hospital de Yopal a causa de un extraño accidente ocurrido en su pequeña finca. Sin embargo, el día anterior a su muerte, cuando salía del trabajo en el centro de la ciudad, en Bogotá, tuve una revelación. Mientras caminaba por la carrera octava una de mis hermanas me llamó informándome la gravedad de la situación y, justo antes de llegar a la avenida Jiménez tuve la certeza de que no volvería a verlo con vida. Días después de su muerte, luego de contrastar las versiones de médicos y enfermeras, supe que mientras había tenido esa revelación, en ese preciso instante mi padre estaba muriendo. Su cerebro dejaba de funcionar aunque sus órganos vitales se negaban a dejar de hacerlo, en una lucha que se prolongaría por el resto de esa noche, hasta la madrugada en que fue declarada oficialmente su muerte, según el parte médico, justo cinco horas antes de nuestra llegada al pueblo, luego de recorrer una carretera destapada durante toda la noche desde Bogotá hasta Yopal, en un viaje desesperado por ganarle a la muerte, evadiendo retenes de grupos armados.
Al llegar a casa encontré a mi familia al borde de la locura tratando de encontrar la forma de viajar. En las dos principales vías que conducen a Yopal había derrumbes y la tercera de las rutas posibles estaba cerrada por retenes de la guerrilla en sitios indeterminados. Las aerolíneas no tenían pasajes hasta varios días después, debido al incremento en la demanda causada por el auge petrolero del llano. Nadie podía viajar y todos queríamos verlo con vida una última vez, en ese afán de querer estar al lado del moribundo como si nuestra presencia pudiese evitar la desgracia. Hacia la media noche decidimos salir en dos camperos corriendo el riesgo de que no pudiésemos llegar.
Pocos meses después de haber comprado aquella pequeña finca se empezaron a presentar episodios sobrenaturales del todo inexplicables. Luego de haber vendido la finca ganadera en el centro de Casanare bajo la presión de grupos armados y de haber intentado adaptarse a Bogotá, mi padre había decidido pasar sus últimos años de vida en tranquilidad, a la orilla de un lago misterioso que tenía aquel terreno y alrededor del que se tejían cientos de historias de espantos y brujería, que desde siempre han contado en esa región de El Tablón de Támara. Como si se tratase de un llamado de la tierra para cerrar un ciclo y devolverlo a formar parte de ella, después de haber andado el llano a lo largo de sus años, mi padre encontró la muerte en el mismo sitio donde había encontrado la vida, donde su historia había comenzado el cinco de marzo de 1925, ochenta años y casi cinco meses antes de aquel dos de agosto del 2005.
Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que había ido al entierro sin tener conciencia de su muerte. Mi madre y mi hermana mayor se quedaron en el pueblo ofreciendo el novenario y, luego de los oficios funerarios volví a Bogotá. Hasta mucho tiempo después entendería que a quien habíamos ayudado a meter en aquella fosa había sido a él. Así viví por un tiempo en la amplia casa que habíamos compartido desde años atrás con mi hermana mayor, mi madre y, durante un lapso de casi tres años, con mi padre cuando, luego haber vendido su gran finca por presión de los grupos armados, había intentado infructuosamente adaptarse a la ciudad.
A mi regreso todo estaba transformado por el desorden que habíamos dejado al partir precipitadamente la noche del primero de agosto. La sala, vista desde el balcón que remataba el hall de la segunda planta me trajo a la memoria la imagen de mi padre ligeramente encorvado en el sofá, leyendo el diario y aclarándose la garganta con un exagerado carraspeo; y así empezó a suceder, con cada lugar de la casa, en todo momento. Luego de reincorporarme al trabajo empecé a sentir que algo había cambiado, algo que no vine a notar hasta que se manifestó conscientemente. Con el paso de los días me fui dando cuenta de que el cambio no era externo. Se había producido un giro profundo y ahora percibía el mundo y la vida de manera diferente.
Mi comportamiento cambió de una forma drástica y en poco tiempo empecé a experimentar una fuerza extraña que ya no me permitía tener total dominio sobre mis emociones de la manera a como estaba acostumbrado; tanto que en varias ocasiones tuve episodios en que me desmoronaba frente a la gente y rompía en llanto, o la emprendía a los gritos contra las personas. La situación tocó fondo una noche en que al parecer intenté suicidarme, aunque nunca pude recordar lo sucedido. Lo que puedo afirmar como cierto es que en esa época pocas cosas me importaban. Me sentía muerto viviendo de la forma en que lo estaba haciendo y necesitaba hacer algo para matar esa situación o, al menos correr un riesgo, quizás tocar de cerca la muerte para encontrar alguna certeza, algo que sintiese real.
Lo que queda de la historia de esa noche es la reconstrucción verbal que me hizo un amigo junto con los daños físicos sufridos, que prueban lo sucedido. Habíamos salido a pasear en bicicleta y a tomar una cerveza en un bar de Bogotá. Repentinamente empecé a hablar de mi padre, del resentimiento que había guardado con él y del distanciamiento que eso había causado entre nosotros. Dice mi amigo que después de un silencio empecé a llorar, me levanté de la mesa y no habiendo aún terminado la cerveza, estrellé la botella estrepitosamente contra el piso del lugar. El barman nos echó y mi reacción fue aún más sorprendente porque lo empecé a gritar en medio del llanto, no con odio, sino con dolor. Como gritándole algo que hasta ese momento no había podido expresarle a nadie y que ahora, por fin, podía decírselo a ese desconocido. Salí del sitio, tomé la bicicleta y me fui gritando que quería estar con mi padre, zigzagueando y esquivando automóviles.
Una muñeca dislocada al igual que los accesorios de la bicicleta destrozados y numerosos raspones y contusiones de mediana gravedad, fueron el resultado de todo aquello. Por suerte no hubo nada irreparable, excepto algo que en ese momento era invisible para los demás. Un giro profundo se había dado. Si quería matar algo, era justamente el tipo de vida que estaba llevando luego de perder a mi padre, pero solo después de esa noche fui consciente de ello. Era como si él hubiese sido el sostén invisible de toda mi vida, pero de repente se había esfumado y ahora me encontraba a la deriva, sin ningún control. Entonces, la única solución fue abandonarlo todo y comenzar de nuevo, otra vida, en otro lugar, sin olvidarlo, al contrario, adentrándome profundamente, sumergiéndome en cada detalle de su mundo, en cada detalle de esta, su historia.
Críspula y EnriqueI
Cuando conocí a Antonio no me gustó ni poquito porque era una persona muy repelente, y la verdad, si soy sincera, creo que hasta sentí repulsión por él. No soportaba que se me acercara siquiera. En esa época en la escuela conocí a Luisa Pérez. Éramos muy jóvenes y estábamos en el mismo curso. Coincidíamos totalmente en una cosa, y era que ella lo detestaba también. Siempre llevábamos las onces en conjunto. Compartíamos la comida de tal forma que si una llevaba, la otra no lo hacía. Lo usual era comer tajadas de plátano, carne frita y arepas. Él siempre estaba encima, pendiente de todo, mirando qué hacíamos, qué dejábamos de hacer, y dónde guardábamos nuestras cosas, para después agarrarlas. Un día que Luisa había llevado las onces, este muchacho loco y mala clase, en un descuido nuestro, le sacó la comida de la mochila y se comió todo sin que nos diéramos cuenta. Cuando Luisa fue a buscar las onces se enfureció, como era natural, pero de una manera que yo nunca había visto. Lo trató tan mal, que hasta le gritó ¡muerto hambre! en frente de toda la clase, y después lo insultó terriblemente burlándose de su pobreza. Ese día me sentí culpable por él, no solo por los gritos de mi amiga, sino porque él realmente era de familia muy humilde.
La profesora María Eumelia nos puso una comedia teatral para representarla en la escuela, y sucedió por casualidad de la vida, si es que existe tal cosa, que mi papel en la obra, era el de la novia del personaje que Antonio interpretaba. Él hacía el papel de Enrique y a mí me tocaba el de Críspula. Había una camarera que se llamaba Claudia, que era interpretada por otra muchacha del curso. El personaje de él era cómico porque se trataba de un gringo; un gringo tratando de hablar español y algunas veces tenía que hablar en inglés. Ninguno de nosotros tenía la más mínima idea de hablar inglés y él me proponía cosas hablando de una forma muy extraña. Como siempre fue cómico y no tenía vergüenza de nada, me hacía reír a pesar del disgusto que me producía. Esa era la forma que tenía para vencer mi repulsión hacia él; esa repulsión que a lo largo de nuestra vida me permitió darle nueve hijos, pienso hoy, qué ironía. Mi papel era el de una muchacha muy orgullosa. Como siempre las mujeres somos las orgullosas. Mi papá se llamaba Cosme y era interpretado por mi hermano mayor, Alcibíades, que estaba en un curso más avanzado. Como era serio y de carácter seco, le quedaba muy bien el personaje.
Un día en clase, le dije a la profesora que no quería estar en ese grupo para hacer la comedia, que me cambiara el papel. Ella no dijo nada. Un rato después me sacó del salón para hablarme.
—Angelita, deje de ser tan orgullosa, eso no le quita nada —me dijo.
—No señorita, yo no voy a hacer eso, olvídelo, Antonio es muy repelente y muy pesado conmigo —Le respondí.
—Mire, tranquila, yo sé cómo es Antonio. Esto es solo un ejercicio de la clase, no se preocupe, yo le prometo que él no va a ser pesado con usted en la obra.
—Si quiere que yo presente la comedia, lo hago pero con una condición —le dije.
—¿Y cuál es esa condición Ángela?
—Solo si le quita esa parte de la obra donde él tiene que hablarme pasándome la mano por la espalda.
—Bueno entonces hagamos una cosa, que le ponga la mano en el hombro solamente —insistía la profesora. Parecía como si ese fuera mi destino.
—No señorita, usted no me ha entendido. Ni siquiera en el hombro. Es que no quiero ni que me toque ¿Usted no me entiende? Si usted le dice a ese muchacho que no me toque, ni siquiera un poco, entonces sí podría llegar a presentar la comedia con él.
Yo no estaba dispuesta a admitir nada con ese muchacho. Hasta el hecho de que me saludara me ofendía. Me producía repulsión; una repulsión cuya sensación, incluso ahora, puedo recordar y casi revivir, y no exagero, porque a mí no me gusta exagerar. La profesora habló con él y entonces pasó algo más terrible aún. A los pocos días empezó a hablar de mí con los demás muchachos de la clase. Decía que era muy orgullosa, que me creía más que los demás porque tenía plata, y no sé qué más cosas. Cosas que dicen los muchachos a esa edad cuando una mujer los rechaza. Yo era muy tímida y nunca lo paré, dejé que dijera lo que se le antojara. Al final, para mis adentros, yo sabía que todo eran mentiras, el que quisiera creer que lo creyera, total, yo no iba a discutir con alguien así.
La comedia fue un éxito porque era divertida. La gente se reía y no sentían lo larga que era, pero yo sí. Al comienzo me daba mucha vergüenza actuar y cada minuto que pasaba frente al público era terrible. Hablaba y mi voz se quebraba por momentos, porque el sonido me parecía ridículo y eso me hacía desconcentrar totalmente cuando veía tantos ojos fijos en mí. Afortunadamente había estudiado bien los libretos y eso me daba seguridad, pero al público ni siquiera lo podía mirar, me moría de la vergüenza. También la presentamos una vez en Támara y fue tanto lo que gustó, que al año siguiente pidieron que la presentáramos otra vez. Para esa segunda temporada le dije a la profesora que me cambiara el papel, porque si era otra vez con Antonio haciendo de Enrique, entonces yo no quería ser Críspula. Ella me entendió y me pusieron a mí de camarera. Críspula fue René, una amiga del curso. El resto de los personajes quedaron iguales y la volvimos a presentar. Otra vez fue un éxito.
Al poco tiempo Antonio empezó a frecuentarme, a hablarme, a decirme cosas. Yo no le daba importancia y era peor; si le hubiera prestado atención quizás me hubiera dejado en paz. Para colmo, de vez en cuando mi papá lo contrataba como trabajador en la finca y, para mi desgracia en ese momento empezó a volverse amigo de mi hermano Augusto. Eso fue lo peor, porque salían juntos, se contaban secretos y con el tiempo se empezaron a querer mucho, como si fueran hermanos. Claro, en el campo uno de pequeño es muy solitario y cuando encuentra amigos, los lazos se estrechan de forma muy fuerte. Augusto iba siempre hasta la casa de él porque, eso debo admitirlo, desde pequeño Antonio era muy trabajador. Aparte de sembrar ahuyama y batata, también le cuidaba el ganado a don Marcelino, un finquero vecino. Siempre tenía sembrados y eso le gustaba a mi hermano. Cuando iba se quedaba a veces varios días, porque entre los dos salían de cacería y se les iba el tiempo hablando estupideces. Antonio vivía en un sitio llamado El Tablón Alto y era allá donde se la pasaban juntos. Era la casa, que según me decían y yo no lo creía, Antonio mismo había construido, siendo aún un niño, para huir de su padrastro.
Mi padre me contó que en el año 1930 el partido liberal con Enrique Olaya Herrera a la cabeza, llegó al poder el 9 de febrero derrotando a Guillermo Valencia del partido conservador, por 369.000 contra 240.000 votos de este último, yo nacería el 4 de marzo de ese año en El Tablón. Después de muchos años, los conservadores empezaban a dividirse, y el partido liberal llegaba así al poder. De alguna forma, me decía mi padre, liberal él, llegué a este mundo durante el florecimiento de su partido, que no duraría mucho tiempo, y justo antes de desatarse una guerra donde el conservatismo representado en el ejército oficialista, robaría, asesinaría y violaría, a miles de personas en todos los campos de la nación.
Fui la segunda entre mis hermanos que nacieron vivos. El mayor fue Alcibíades. Después de su nacimiento siguieron cinco niños más que nunca llegaron a ver el mundo. Cuando fui a nacer después de todos estos partos fallidos, mis padres, como es natural, tenían miedo y por esta razón viajaron a ofrecer una promesa a la milagrosa Virgen de Manare, para que yo naciera viva. Después de mí, nacieron mis demás hermanos, Augusto, Rosalba, Flavio, Mary y Mario. Flavio murió cuando apenas tenía un año. Mario murió al recibir la descarga de un rayo que lo mató instantáneamente mientras se encontraba trabajando durante una tormenta. Augusto vivió sus últimos años en Pore. Era un hombre muy flaco y moreno, con un cigarrillo siempre en los labios, ojos claros, y presto para las bromas y las chanzas. Murió en un hospital de Bogotá cuando sus órganos empezaron a fallar, al parecer por toda una vida sin ningún tipo de cuidado. Rosalba vive en La Primavera en el departamento del Vichada. Mary es la más cercana y la considero como mi hija mayor porque yo la terminé de criar.
Mi abuelo Adolfo llegó al llano del Casanare a principios del siglo veinte huyendo de la justicia y de los familiares de su esposa Rosaura, mi abuela, a quien había acuchillado una noche al llegar a su casa muy alcoholizado, luego de trenzarse en una pelea de pareja. Vivían en Aquitania, en el lago de Tota. Así fue como Juan Agustín, mi padre, quedó huérfano siendo un niño, y terminó viviendo en El Tablón con mi abuelo. Fue él quien ayudó al viejo para que no lo capturaran los familiares de Rosaura. Muy joven aún, mi padre debía viajar entre Boyacá y Casanare continuamente. Así fue conociendo todos los caminos y acostumbrándose a solucionar los asuntos del viejo en el interior del país. Mi abuelo nunca pudo volver a su tierra. De esta forma, un día mi papá conoció a mi madre, María Juanita, cuya familia también había llegado al llano huyendo de la violencia. Mis abuelos por parte de ella, Lisandro y Susana, habían tenido que huir de Socotá en su juventud, porque se estaba librando la guerra entre liberales y conservadores. A diferencia de lo que pasaría en el llano posteriormente, en Boyacá, los liberales estaban matando a los conservadores. Para poder casarse, mis padres tuvieron que volarse. Era el rigor de la época y en muchas familias era común que los jóvenes lo hicieran.
Después de establecerse en El Tablón, mi abuelo Adolfo se casó con una mujer llamada María del Topo. De esta unión nació la mayor parte de mis tíos: Jova, Adolfo, Enoc, Julio, Neftalí, Rosaura, Josefina, Pola y Elvia. Así eran las familias de antes en el campo, porque trabajar la tierra requería de muchas manos.
Mi padre era un hombre de un carácter muy fuerte, formado bajo un régimen de hierro que con el tiempo se convirtió en un próspero comerciante, viajando por toda Colombia y llevando mercancías hacia el llano. Creo que este oficio le quedó de cuando viajaba continuamente haciendo las diligencias de mi abuelo fugitivo. Negociaba usando como moneda las morrocotas de oro o cambiando sus mercancías por ganado, café y carne.
Yo no había cumplido aún los cinco años, cuando de uno de sus viajes mi padre me llevó como regalo un par de aretes verdes de un material vidrioso, que había comprado en un lejano pueblo de Colombia. Él me quería mucho y siempre me lo hacía sentir diciéndome que era la niña de sus ojos. Esos aretes se convirtieron en mi objeto más preciado porque eran la prueba física del amor de mi padre, porque a nadie más le trajo un regalo tan lindo. Eran mi tesoro y los mantenía siempre guardados por temor a perderlos. Un día, mientras jugaba con ellos, los rompí sin querer. Me puse tan triste que ese momento se quedó grabado en mi memoria para toda la vida. Lloré de forma terrible, no recuerdo bien qué era exactamente lo que sentía, pero sí tengo la sensación de haber pensado que era un daño irreparable, que ya nunca mas podría volver a ser la misma de antes, como si hubiera traicionado el amor que mi padre sentía por mí. Hoy día, más de setenta años después de ocurrido, este hecho es lo primero que recuerdo del comienzo de toda mi vida. Casi todos los detalles de mi niñez se han ido borrando lentamente por el paso del tiempo, pero ese detalle, ese recuerdo infantil, sigue intacto como si hubiera sucedido hace unos pocos días y desafiara el paso del tiempo. Quizás oscureció o absorbió tantos otros recuerdos que trato de contar ahora y me es imposible.
A mi padre y sus hermanos desde siempre los apasionó el tango. Un gusto desmedido por las melodías de Gardel. Gusto del cual una vez uno se deja contagiar, nunca más se vuelve a librar. Tengo entonces el recuerdo aterrador de la noticia que sonó en la radio aquel 24 de junio de 1935, cuando en una colisión de dos aviones en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, moría Carlos Gardel, Alfredo Le Pera y se salvaba de milagro el Indio Aguilar. No entendía muy bien quiénes eran ellos en aquel entonces, pero cuando crecí comprendí su importancia y nunca pude olvidarlos al igual que mi amor heredado por el tango. Se decía que El Indio había vivido momentos de terror al ver cómo morían sus compañeros, y que dos días después había perdido el juicio Riverol, el guitarrista, quien muy mal herido, en el cuarto del hospital al lado de El Indio, gritaba que no lo dejaran morir porque tenía la familia esperando por él en Argentina, y más tarde en un acto de demencia repentina, salió corriendo de su habitación, desangrándose, hasta morir unas horas después. Mis padres leían los periódicos con el retraso de muchos días, los días que duraban sus viajes a lomo de mula desde Sogamoso hasta El Tablón. Era la forma de enterarnos de las cosas que pasaban en el mundo y eran también los temas de la mesa, durante la comida.
Hasta que cumplí cinco años vivimos en la casa que mi abuelo Lisandro le había regalado a mi madre. Era una casa de estilo antiguo, con paredes de barro muy gruesas y techo de tejas. Quedaba a las afueras de El Tablón y había sido el regalo de bodas después del regreso de su casamiento clandestino. Allí vivieron mis padres sus primeros años, allí nació Alcibíades, allí nacieron muertos mis hermanitos mayores y allí también nací yo. El día del trasteo ayudé a llevar un botano de cuero lleno de fríjoles hasta la nueva casa que había construido mi padre, y en donde viviría hasta los diecinueve años de edad, cuando también me volaría, siguiendo la tradición, para poder casarme con aquel Antonio que tanto había detestado.
A mi hermano Alcibíades se lo llevó el duende cuando tenía dos años. Mis padres lo habían dejado con una niña indígena que trabajaba de niñera. Ella tenía un problema en el habla que no le permitía pronunciar bien las palabras. Cuando mi madre llegó del trabajo con mi papá esa tarde, la niña estaba llorando muy asustada y en medio de tartamudeos decía que al niño se lo había llevado un señor pequeño, de una mera pata y una mera mano. Ellos no le creyeron. Ninguno de los dos daba crédito a esa historia. Comenzó entonces la búsqueda por los alrededores. Era imposible que en un sitio donde todos se conocían, alguien no hubiese visto al niño. No apareció. Eran muchas las posibilidades, y al final todo se quedó en suposiciones. Solo quedaba la opción de que se lo hubiera llevado alguna clase de demonio o duende, como seguía sosteniendo entre sollozos la pequeña niñera. Aún en medio de la angustia, y tratando de buscar consuelo en oraciones y promesas a la Virgen de Manare, el quinto día después de su desaparición, mi padre caminaba por medio de un bosque cuando escuchó el llanto de un niño, reconociendo en él a mi hermanito. Mientras corría hacia donde provenía el sonido, pensaba que era algo imposible, no podría haber sobrevivido sólo todo ese tiempo. Lo sentía cerca pero no lo veía. Dio rodeos desesperados, creyendo que todo era producto de su imaginación, hasta que alzó la mirada y allí estaba Alcibíades llorando, acunado en hojas de maleza sobre una cama alta de bejucos que, ‘alguien’, le había preparado. Lo llevó a casa, pero nunca se supo cómo sobrevivió esos días que estuvo desaparecido. Él, naturalmente no recuerda nada de lo sucedido.
Una mañana, mientras mi madre molía maíz sobre la piedra para preparar unas ruyas, salí como se solía hacer en el campo antiguamente, al baño, a pleno campo abierto, cerca de una piedra grande. Por el camino iba pensando infinidad de cosas. Mi mente de tan solo ocho años era demasiado inquieta y pensaba las cosas más absurdas. Me acordé de los cuentos que los más viejos le contaban a uno de niño en el llano. Eran historias sobre seres fantásticos, mundos mágicos, hadas, duendes, engendros y espantos. En ese momento recordé específicamente una leyenda del diablo. Hacía poco había oído decir que si uno se encuentra con el diablo y le pide plata, se puede llegar a un trato con él. Como en aquella época uno de mis sueños de niña era tener mucha riqueza, sentí un deseo terrible de probar si las cosas que había oído realmente sucedían. Al llegar a la piedra aquella, si se miraba montaña abajo, se veía el camino del Tequendama. Llevaba ese nombre por el famoso salto que hay a las afueras de Bogotá, y porque cuando era invierno, allí se formaba una gran caída de agua que, guardando las proporciones, se le asemejaba notablemente. Cuando uno estaba allí, a veces veía pasar por aquel camino a don Fidel Pérez, un amigo de la familia, montado en una mula oscura. Era el camino que llevaba a su casa. Aquel día era víspera de los angelitos, fiesta que se celebraba en grande. Pensando en los manjares de la fiesta, empecé a gritar con todas mis fuerzas:
—¡Don Fidel!, ¿cuándo me invita a su casa a que me dé la parte de angelitos?
Y yo misma, suplantando a don Fidel me respondía.
—¡Vaya!, que allá en la casa Carmelita la está esperando —Carmelita era la esposa de don Fidel, y cocinaba como muy pocas personas podían hacerlo.
Estuve gritando un rato, cuando de repente me quedé en silencio y me pareció ver algo a lo lejos. Miré el camino, eché un rápido barrido con la mirada sin poder ver a nadie. Había sido mi imaginación. Sin darme cuenta por qué, me vino a la mente la historia del diablo que había recordado mientras caminaba hacia la piedra un rato antes, y por un impulso involuntario, me escuché a mí misma, como si fuese otra persona, gritando.
—¡Diablooo, vengaaa, diablooo! —gritaba con todas mis fuerzas en un estado de enajenación.
Y me dieron muchas ganas de pedirle plata al diablo, así que seguí gritando.
—¡Diablooo, vengaaa!
Después de un rato esperando allí, petrificada en medio del silencio, miré nuevamente el camino y empecé a perder interés en la situación. Todo era mentira, pensaba. Embustes de los viejos. Al rato, sin que hubiese una asociación de ideas aparente, me acordé de un obrero de la finca llamado Severino. Era un hombre simple, de vestimenta humilde, desaseado, y a quien yo consideraba feo y repugnante. Siempre andaba descalzo con los pies llenos de callos y niguas; producto de años sin usar calzado. Después miré nuevamente hacia el camino del Tequendama y vi que venía una mula que pertenecía a mi papá. Se llamaba Nutria y era oscura, casi negra. Caminaba parsimoniosamente justo hacia donde yo estaba. Me quedé mirándola fijamente un rato, mientras pensaba en otras cosas. Al cabo de unos minutos, después de que la mula subió el último tramo de la montaña para llegar a donde me encontraba, y cuando estaba a una distancia en que podía ver su cara, ya no tuve dudas, era la Nutria; pero había algo raro que no podía distinguir bien. En un instante supe que era la forma como caminaba. Una mula no camina así, pensé. Entonces le miré las patas y las patas no eran las de la Nutria, eran los pies de Severino con las piernas forradas en su típico pantalón lleno de remiendos de colores y los pies burdos que tanto rechazo me provocaban. Miraba una y otra vez de manera hipnótica las piernas de Severino, detallando el pantalón andrajoso, los pies sucios, callosos, descalzos, que haciendo de patas de mula me mantenían atornillada al piso. No podía creerlo, quedé paralizada mirando a la cara de la mula y a los pies de Severino, alternativamente.
Sin saber cuántos segundos o minutos pasaron así, en ese estado de congelamiento, estuve mirando cómo se acercaba sin ninguna prisa hacia mí, aquel ser extraño. Cuando reaccioné fue cuando ya no tuve la menor duda de lo que estaba viendo, cuando el terror y la proximidad a la locura pesaron más que mi desvanecimiento muscular, y supe que eso que venía caminando con decisión hacia mí, era el diablo. Corrí sin mirar atrás. No supe cómo lo hice, no supe nada de nada después de eso, porque gran parte de lo que pasó, se borró de mi memoria. Según me contó mi madre, llegué a la puerta de la cocina, donde ella estaba terminando de asar las ruyas, totalmente pálida, ya con fiebre elevada, y caí privada sin poder hablar durante el resto del día.
Desde los ocho años se me asignaban trabajos de la casa como parte de mis responsabilidades. Eran pequeñas cosas, nada complicadas, pero eran mis deberes. Pasaba días enteros con mi hermano Augusto haciendo diversos oficios, mientras mi madre se iba a sabanear. Una tarde estábamos encargados de cuidar a mi hermana Rosalba, que tenía dos años y empezaba a gatear. La casa tenía un cole—pato y un corredor largo, allí se guardaba la leña. Nosotros estábamos atrás, cruzando el patio, alimentando a Rosalba en la cocina con arroz de leche, cuando los vimos. Eran hombrecitos pequeños, de unos cuarenta centímetros de estatura, negros y con la cabeza puntuda en forma de cono. Se asomaban desde el borde de una puerta entreabierta y nos observaban silenciosamente. Sin entender lo que pasaba nos mirábamos entre los dos con Augusto, incrédulos pero llenos de emoción. No nos movíamos por temor a espantarlos.
Cuando los hombrecitos tomaron más confianza, empezaron a salir de atrás de la pared moviéndose con sus piernas cortas. En total eran cuatro y me imaginé inmediatamente que eran una familia, porque dos de ellos eran grandes, y de atrás suyo salían y se ocultaban los dos restantes, que medirían la mitad de la estatura de sus padres. Se movían despacio, con cautela, dándose cuenta de que los estábamos observando. De repente, como si lo hubiésemos planeado de antemano con mi hermano, totalmente sincronizados, corrimos lo más rápido posible para tratar de atrapar al menos uno de ellos. Con agilidad increíble, corrieron por el corredor hasta la leña, y al llegar allí, de repente desaparecieron. Los hombrecitos volvieron a asomarse rato después y nosotros los intentamos atrapar de nuevo, pero otra vez pasó lo mismo. Toda la tarde estuvimos dedicados a la tarea de capturarlos, y ellos a la tarea de desaparecer entre la leña.
Nunca sentimos miedo, al contrario, estuvimos tan felices, que cuando mi madre llegó con mi hermano Alcibíades, salimos corriendo a contarles. Cada uno adoptó una actitud diferente. Alcibíades no nos creyó y con la típica actitud de hermano mayor, nos dijo que lo que decíamos eran cañas huecas (mentiras). Mi madre sí nos creyó, pero en ese momento fingió que no lo hacía. Mi padre le compró a Rosalba una medalla bendita al siguiente día y al poco tiempo la hizo bautizar. Nunca más volvieron a dejar los niños pequeños sin la compañía de un adulto, y nosotros tampoco volvimos a ver a los “cabecipuyudos”, como los habíamos empezado a llamar, y también a añorar, con mi hermano Augusto.
*
A los once años empecé a ir a la escuela. Mi padre por su cuenta, nos había enseñado a leer y a escribir a todos desde muy pequeños. Él había sido criado en el campo pero con un nivel de cultura muy particular. Mantenía una considerable colección de libros en su biblioteca, y tenía un interés especial por la música y la historia. Era un aficionado a la lectura y le gustaba inculcar el amor por los libros a sus hijos. En su biblioteca, que protegía celosamente, había libros de literatura universal, filosofía, historia, y temas de cultura general.
Mi timidez me marcó porque siempre tuve que luchar contra el miedo de enfrentarme al público, de hacer el ridículo, o de ser objeto de burla de mis compañeros. La profesora, la misma de la obra de teatro, me estimulaba para que siguiera la carrera de maestra, cosa que tristemente, con el tiempo, se transformó en uno mis sueños truncados. Ella me ayudó para que mi padre me permitiera seguir yendo a la escuela, porque él era muy difícil y no permitía que sus hijas tuvieran demasiado estudio.
Alcibíades, Augusto y yo, nos levantábamos a las tres de la mañana a ordeñar las vacas. Después debíamos hacer el desayuno, lavar los platos, y luego sí podíamos salir para la escuela, a quince minutos caminando desde la casa. Ese era el régimen de formación para todos, tanto hombres como mujeres. No podíamos llegar tarde porque la profesora acostumbraba golpear a los impuntuales. Salíamos al medio día a almorzar en casa y volvíamos a las dos. Cuando el reloj daba las cuatro de la tarde, mi padre salía a una pequeña loma para vigilar la salida de la escuela con sus propios ojos. No podíamos quedarnos jugando por el camino. Salíamos directo y sin retrasos. La ley era clara. Llegábamos a encerrar las vacas de ordeño y a apartar los terneros, de tal manera que dormían en otro corral y así durante la noche no podían amamantarse. Cenábamos temprano y después de limpiar la cocina, rezábamos el rosario. Cuando mi padre estaba de humor, nos reuníamos en el patio a contar cuentos, especialmente en las noches de luna. Eran siempre cuentos de miedo. A todos nos encantaban las historias de terror y mientras mi padre las contaba yo me abrazaba a mi madre aterrorizada, mientras ella me acariciaba la cabeza lentamente, susurrándome al oído, “mi mechuda”, como solía llamarme. Otras veces él tocaba el tiple y cantaba canciones, o nos enseñaba juegos como ‘las escondidas’, ‘el repollo’, ‘enredar la pita’, o ‘en el banquillo’. Era increíble pasar el tiempo con él cuando tenía la disposición.
Nuestra familia se mantenía con la ganadería, lechería, siembra y venta de tabaco, además del comercio de mercancías, y el trueque por ganado, morrocotas de oro, carne de chigüiro y café. La gente destilaba de la caña su propio aguardiente, pero no era permitido venderlo al público y mi padre lo compraba en una vereda llamada Minas para llevarlo a El Tablón y comercializarlo entre sus innumerables clientes de manera clandestina. Llevaba joyas de oro y plata, y toda clase de telas y cotizas desde Bucaramanga para el llano, donde las cambiaba por carne oreada. También cambiaba la panela que producíamos en casa por vacas que llevaba a la finca para agrandar el hato. Teníamos horno y harinas para amasar el pan una vez por semana. En algunas épocas la casa era posada de cuchanos. Venían de un pueblo cerca de Sogamoso llamado Cuche, llevando harinas, cerveza, y toda clase de mercancías para La Trinidad del Pauto. Mi padre les cobraba el potrero para las bestias. Era gente de costumbres muy arraigadas. A mí me gustaba mucho verlos, porque me parecían extraños, muy diferentes a nosotros. Por esa razón husmeaba en sus cosas tanto, que llegué a conocer bien su forma de vivir. Eran nómadas por el mundo. Ellos me contaban sus historias de viajes a través de las montañas y así fui alimentando un fuerte deseo de querer viajar.
En las fiestas de San Juan tomábamos chicha, guarrús, y otras bebidas fermentadas a partir de maíz y arroz. Comíamos hayacas, pan de arroz y mantecadas. Durante la violencia de los cuarenta la sal escaseó tanto que se convirtió en un lujo y los más pobres enloquecían por tenerla. Cuando se acercaban estas fechas, llegaban indígenas desde las montañas a pedir sal. Casi todos eran amigos de mi madre, porque en escondidas de mi padre, corriendo el riesgo de ser descubierta, les regalaba no solo sal, sino también alimentos de la despensa principal. Ella se alimentaba del sentimiento de poder servir a quien lo necesitaba. Porque bien es cierto que cada vez comía menos. Sus raciones se parecían día por día más a las de un niño pequeño mal alimentado. Su problema fue siempre la úlcera que la fue consumiendo lentamente. Se preocupaba demasiado, siempre pendiente de mi padre y de nosotros. Nunca se preocupó por su bienestar. Con el paso del tiempo se aceleró su enfermedad, y las peleas con el viejo la fueron llevando lentamente a la postración. Él era muy severo con todos nosotros, pero especialmente con ella. No tanto quizás, como lo había sido mi abuelo Adolfo con su esposa Rosaura, pero su trato tirano, a mi madre la afectó profundamente.
En la adolescencia mi vida cambió de forma radical. Mi padre se volvió más severo en sus normas. Mi madre por su parte, se iba volviendo día a día más sensible y su salud se deterioró tan rápido, que en cuestión de unos meses tuvo que cambiar sus hábitos. No podía trabajar, y cada vez yo tenía más trabajo y responsabilidad. Un día mi padre no me dejó seguir asistiendo a la escuela. Me dijo que las mujeres no necesitábamos, ni debíamos estudiar. En lugar de eso debíamos aprender las cosas de la casa y prepararnos para tener un hogar. Llegué hasta tercero de primaria. Él era demasiado celoso con nosotras y con catorce años, yo despertaba las miradas de muchos compañeros de la escuela, cosa que no lo dejaba estar tranquilo. Era la ley de antes. Mujeres formadas para el hogar, única y exclusivamente.
El poder del liberalismo casi terminaba, era el año 1945 y se acercaba a su fin el segundo periodo de mandato del presidente Alfonso López. Pronto llegaría otra vez la violencia con el gobierno de Mariano Ospina y la posterior dictadura conservadora de Laureano Gómez. En esa época escuchaba a mi padre hablar, con la gente que llegaba a la casa, acerca de la segunda guerra mundial o escuchaba las noticias de la radio, y pensaba en las atrocidades del nazismo como algo lejano, cosas que no pertenecían al mundo en que vivía. Los límites de mi mundo eran los alrededores de Támara, la vereda de El Tablón y los sitios de los que mi padre me hablaba. Muy dentro de mí, sin embargo, ansiaba conocer algún día el mundo, viajar por tierras desconocidas, visitar países lejanos y ver costumbres diferentes. Desde estos años, se me fue forjando el amor por viajar, un amor que nunca he perdido.
El ciclo y la renovaciónI
Justo después de la media noche salimos en dos jeeps. No había tiempo que perder y sin más posibilidades para viajar, decidimos que esa sería la más rápida. Una de mis hermanas venía viajando desde New York junto con su pequeña hija y volarían horas después de Bogotá a Yopal con los últimos pasajes que habían logrado conseguir en una aerolínea. Tomamos la vía que de Bogotá conduce a Tunja, para desviarnos enseguida del embalse del Sisga por la carretera que se aparta de la autopista hacia Guateque y la represa de Chivor, evitando así el corte de ruta hecho por las FARC en la vía que de Sogamoso conduce a Yopal.
Veía a mi madre reclinada en la silla de la parte trasera del jeep y pensaba en la dureza de la vieja. Esa dureza propia de una vida llena de experiencias. Experiencias como la muerte de mi hermano Roney nueve años atrás, mientras conducía su moto rumbo a la casa donde vivía con su esposa y sus hijos. Había salido hacía pocos minutos de Yopal y antes de cruzar el puente del río Cravo sur, justo saliendo de una curva, se le había aparecido de frente el camión que lo mataría de manera fulminante. En ese funeral me había quedado impresionado por la cantidad de gente que se hizo presente, y por la actitud de mi madre. Eso fue lo que más me marcó, lo que se quedó en mi recuerdo. Ella parecía no quebrarse nunca, como en este momento, en el jeep, silenciosa y sosegada, tantos años después de aquella tragedia, tantos años después de tantas tragedias que le marcaron la vida.
Mirando dentro de mí, recordaba, trataba de revivir. Eso era lo más importante, revivir. Veía la ruta y los carros que se cruzaban de frente como fugaces líneas de luz, el pavimento húmedo a esa hora de la madrugada y la planicie del páramo cundinamarqués totalmente ensombrecida por la niebla. Pensaba cómo la cercanía de la muerte cambia totalmente la percepción de la realidad. Había pasado por aquella carretera infinidad de veces durante diversos momentos de mi vida, pero ahora la razón del viaje la hacía totalmente diferente. La hacía una ruta nunca antes recorrida que me dirigía a algo incierto, hacia una gran sombra, hacia un lugar donde me esperaba algo desconocido, si se le puede llamar así a la experiencia con la muerte. Quería que la vía fuera muy larga, que nunca terminara. No quería finalizar aquel viaje, no quería tener que bajarme del jeep jamás. El sonido del motor me anestesiaba. Mi cabeza era un bombardeo de imágenes de infancia y recuerdos de El Paraíso. Ese irónico nombre con que mis padres habían llamado a la última finca que tuvieron. Nombre que solo tuvo sentido para mí porque fue el escenario de mi infancia y mi adolescencia. Allí aprendí las cosas que definieron mi vida. De niño y también de adolescente, lo viví como un lugar mágico y aislado del mundo, allí conocí la felicidad y todos los días de mi vida lo recuerdo como mi paraíso. No sé por qué venían estos recuerdos a mi mente, de repente, sin poder dominarlos, mientras trataba de sobrellevar el insoportable silencio que imperaba en aquel jeep, quizás era una forma de revivir los felices momentos junto al viejo.
*
El largo corredor de la finca que mi padre había construido para que de niño corriera, constituye uno de mis primeros recuerdos. Después está la voz de caporal del viejo, potente, hablándole a los obreros y tomando decisiones con mi madre. Yo no solía entender nada de lo que hablaban los grandes y seguía en mis juegos con los pocos juguetes que no habían sido devorados por las llamas, en el incendio de La Giralda, la anterior finca de Macuco en San Luis de Palenque. Mis juegos eran totalmente solitarios. Crecí sólo por ser el último de la camada, creando mundos donde yo era poderoso y protegido por la magia. Siempre me sentía inspirado por los cuentos que mi padre me contaba. Cuentos de reinos perdidos, de hombres humildes que llegaban en busca de trabajo a la entrada de palacios de reyes pretéritos y despiadados, que asesinaban a sus lacayos por no cumplir sus deseos. Historias sobre comarcas fantásticas en las que siempre había una reina heredera, inevitablemente seducida por el humilde lacayo, que investido de magia por obra de un hada o de un encantamiento extraño, lograba conquistarla. Yo siempre con mi investidura de protegido, con poderes sobrenaturales, estaba continuamente salvándome a mí mismo y a los míos, mezclando la realidad con la fantasía de las palabras del viejo, que eran la fuente que mantenía viva la magia; esos mundos fantásticos que él creaba a través de sus cuentos durante innumerables noches de chinchorro, noches de historias, de espantos y de cosas imposibles, durante toda mi infancia.
¿De dónde sacaba tantas historias mi padre? ¿Cómo hacía para elaborar los detalles de cada rostro y de cada situación que me narraba por las noches? ¿Dónde vislumbraba esos mundos? ¿Cómo había sido su infancia? ¿Eran esos los mundos que él imaginó en su niñez, también solitaria como la mía? Me preguntaba, luego de su muerte. Eran mundos que mi padre había compartido espontáneamente conmigo y hasta cierto punto también con mis hermanos, por medio de las sesiones íntimas en las noches de El Paraíso, acostados en el chinchorro con mi cabeza apoyada en su pecho, con el olor del humo del tabaco, cuando él me dedicaba ese precioso tiempo antes de dormir, cuando, quizás sin quererlo, el viejo construía lentamente, noche a noche, la felicidad de su pequeño hijo a través de sus palabras.
*
La novia de mi hermano iba silenciosa al volante, la monotonía del motor adormecía el ambiente del jeep. Rápidamente mis pensamientos volvían a mi interior, a mi mundo perfecto de recuerdos donde nada malo estaba pasando, donde todo había sucedido y de maldad quedaban solo cicatrices y recuerdos. Allí la muerte no podía entrar y eso me daba la tranquilidad suficiente para continuar el viaje.
*
En El Paraíso me despertaba tarde. Los grandes ya se habían levantado horas antes y entonces abría los ojos perezosamente, miraba alrededor las camas hechas mientras escuchaba las voces del trajín diario de la finca. A medio despertar aún, me quedaba quieto debajo de la sábana. Si mi padre estaba, su voz sobresalía siempre por encima de las otras. Después, aguzando el oído buscaba la voz de mi madre, la de mi hermana mayor o la de algún obrero. Así establecía un escenario sonoro. La voz de mi madre nunca me fallaba, siempre estaba; mi padre se ausentaba constantemente a sus jornadas de arreo, a sus travesías con ganado y volvía una o dos semanas después, cargado de historias como las mulas de los chocoteros, y a veces herido por lo fuerte de la faena. La voz de mi madre resonaba siempre del lado de la cocina junto con la de mi hermana Mirtha y seguramente la de alguna cocinera. Se escuchaba relinchar un caballo, una orden de un lado a otro de la casa cuando mi padre estaba, el bramar de una vaca en busca de su ternero, una gallina que se paseaba por el largo corredor, cerca de mi cama, cagando el piso y llamando a sus polluelos, crac—crac—crac, cuando encontraba algún marisco para alimentarlos. Todo, todo esto junto, sobre el telón sonoro del canto mañanero de los toldos y la sinfonía de decenas de pájaros más, era el común denominador de las mañanas de mi infancia en El Paraíso. Así permanecía hasta que me daban ganas de levantarme por aburrimiento, o por necesidad de ir al baño. Entonces empezaba a gritar con todas mis fuerzas llamando a mamá. Podía hacer mis necesidades solo, pero aun así gritaba hasta que ella escuchaba y respondía desde lejos, de en medio de sus quehaceres, acudiendo enseguida a ver cómo había amanecido su pequeño hijo. Me daba un beso y me llevaba a bañar. Casi siempre me despertaba de mal genio, totalmente desorientado y con rabia por tener que incorporarme a la vida diurna, pero me duraba solo un momento. Después del desayuno quedaba totalmente renovado. Cuando mi papá me compró la primera silla para montar a caballo, sentí que era la persona más feliz del mundo. Previamente me había regalado también un caballo amarillo oscuro, ‘Porra’e tungo’ lo llamaba, porque su cabeza se me hacía demasiado grande y tenía la forma cónica de un tungo de arroz. Era muy manso y se dejaba acariciar. Me recibía la comida en la mano y yo me quedaba quieto, como hipnotizado mirando sus parpadeos de largas pestañas, cuando iba a buscarlo al potrero para darle las conchas de topocho que salían de las manos de la cocinera. Los caballos fueron mis más grandes amigos de infancia y quizás de toda mi vida, porque cuando nos quedamos sin la última finca, lo que más recordaba y lo que más me dolía, era el recuerdo de los tres caballos que tuve: ‘Porra’e tungo’, el caballo amarillo; ‘Paraulata’, la yegua criolla que mimaba como si fuera un perro; y ‘Navidad’, una potra que no llegó a vivir lo suficiente para llegar a yegua, porque una serpiente la mordió y se la llevó al cielo, según me decían de niño, porque estaba seguro de que los caballos eran los únicos animales que tenían un cielo.
Desde muy niño mi padre me llevaba con él a dar vueltas al potrero, a revisar las cercas o a poner sal en los pozuelos que había en todos los ranchitos que servían de saleros. Él ya me preparaba para que yo manejara la finca cuando ya no pudiese hacerlo en su vejez. Eso me lo confesaría tiempo después en el yucal, mientras arrancábamos las yucas para llevar a la despensa. Cuando me llevaba a dar vuelta a los potreros lo hacía de cabresto las primeras veces, pero rápidamente le perdí el miedo a los caballos y entonces quería montar sin ayuda de nadie. El viejo siempre llevaba en su silla de montar un zurrón de cuero —hecho de la piel de las criadillas de un toro viejo— lleno de grapas junto con el martillo, un frasquito de creolina para curar becerros y un cuchillo lengua de oso en una cubierta de cuero, pegado a la cintura, justo al lado de la cacha que sobresalía del revólver calibre 38. En su cabeza siempre estaba el sombrero.
Mientras paseábamos por los potreros me hablaba tanto de las plantas y los árboles que encontrábamos, como de los animales que íbamos viendo. De niño, yo sentía que mi padre conocía todo acerca del mundo, todos los nombres y los usos, así como los peligros que cada animal o vegetal representaba, todo, absolutamente todo, lo sabía él. Casi siempre terminaba contándome una historia, diciéndome que cuando creciera, tenía que ser un hombre fuerte y un verdadero llanero. Cuando me confesó que yo sería su sucesor en la finca, quien iba a mandar en esas tierras, me daba risa nerviosa y me hacía sentir avergonzado. Mirándome las manos frágiles, los dedos huesudos y mi cuerpo de niño, sentía demasiado lejanas las palabras del viejo, pero no me atrevía a contradecirlo. Tenía la certeza de que nunca podría hacer nada como mi padre, ni lograr su sabiduría. Juntos tapábamos bachaqueros1 con barro y veneno, evitando así que se comieran los conucos de yuca y batata. También lo acompañaba a sacar yuca y lo observaba con admiración cuando halaba las negras raíces del corazón de la tierra, extrayéndolas con singular facilidad mientras que yo no lograba ni mover el tallo de la planta. Yo no tenía la fuerza necesaria para esa tarea y crecí con el anhelo de convertirme en adulto rápidamente, porque admiraba la fuerza de mi padre. Cuando volvíamos a casa desaperábamos los caballos y los llevábamos al rancho de la bomba. Allí estaba el aljibe. Luego de darles de beber los soltábamos al potrero que quedaba pegado a la casa, y a donde se llegaba por uno de los tranqueros. El Paraíso era un rancho gigantesco de forma rectangular. Tenía cuarenta metros de largo por diez metros de anchura. Estaba distribuido en seis cuartos gigantes de los cuales dos se usaban como despensa. En uno de los extremos se había añadido otra construcción, era la cocina equipada con estufa de leña, horno y troja de guadua para lavar los platos.
La casa estaba rodeada por un prado gigantesco que hacía más o menos tres hectáreas, encerrado a su vez por un gran cerco. El extenso prado era podado cuidadosamente y sembrado en diferentes zonas con árboles de guayaba, mango, papayo, guásimo, mata ratón, guanábana, azucena, mandarina, naranja, limón y palmas africanas. Los jardines que cultivaba mi madre rodeaban la casa y todo aquel que llegaba no podía dejar de admirarlos. Tenía tantos tipos de flores que no podría nombrarlas. Casi siempre había alguna florecida, cuando no era que estallaba todo en colores y aromas, porque muchas de ellas lo hacían al mismo tiempo de acuerdo con la época del año. El cerco que rodeaba el prado gigantesco tenía tres tranqueros principales que daban al potrero de la ceiba uno, a una cuadra pequeña donde se encerraban los caballos cuando tocaba madrugar el segundo, y el tercero, daba a la gran sabana que colindaba con el camino real. Cerca del rancho de la bomba, a unos ochenta metros de la casa, en el borde del cerco, estaba el rancho de las ovejas, y allí también estaba ubicado el chiquero de los marranos. De niño, después de los cinco o seis años de edad, debía cumplir con algunas pequeñas labores; servía de aguatero cargando el líquido desde la bomba hasta la cocina y por las tardes regaba las matas y los jardines, con la ayuda de alguna de mis hermanas que estuviese de vacaciones o de un mensual. Otras veces llevaba agua a los bebederos de las gallinas que estaban ubicados por todo el gran prado. En el verano ayudaba a barrer el patio de tierra por las tardes, para evitar que llegaran las serpientes cerca de la casa.
Siempre soñaba con estar montado en un caballo. Era mi delirio recorrer el llano de esa forma. Desde los tres años de edad me imaginaba mis propios caballos montando sobre un mandador2 y usando el rejo como azotador, galopando alrededor del rancho, adentrándome en los árboles frutales arriaba las gallinas del patio y con una cabuya larga construía mi cabo de soga, que cagaleriaba y amarraba a la parte trasera del palo del mandador a manera de arrebiate; muchas gallinas fueron enlazadas y lajiadas de esta manera, soñando con ser un hombre para poder ser vaquero. Esto sucedía hasta que mi madre se daba cuenta y se ponía furiosa por jugar así con esos animales. Todo aquello lo hacía presa de una eufórica ensoñación infantil que se disipaba con la voz de algún adulto.
En el patio de tierra blanca era donde, durante las noches veraniegas de luna, paseaba después de la cena agarrado de la mano de mi padre mientras él me hablaba de las estrellas y de la inmensidad del universo. Cuando él se cansaba de pasear la cena, pasábamos a la segunda parte de la noche, previa a la cama. Era la sesión de cuentos en el chinchorro. Allí, el viejo esperaba que me viniera el sueño contándome las historias que años después llegarían a mi memoria solo como un montón de imágenes y fuertes emociones; porque a decir verdad, con todos aquellos retazos de recuerdos, nunca he logrado hilar una sola de ellas de manera coherente.
Lo que más me gustaba era el verano, a pesar del calor. La brisa de verano en las tardes era fresca. Además, era la época en que se reunía toda la familia en la finca. Todo era alegría y gente querida. Era la época de los parrandos y las novillas asadas, el año nuevo. Todos felices, la pólvora, los disparos al aire a la media noche. Costumbres con las que recibíamos el nuevo año. La familia llegaba algunas veces en avioneta o en jeeps, cuando la carretera lo permitía, llevando regalos, víveres importados, dulces, vinos, galletas, chispitas mariposa y juguetes que yo disfrutaba durante todo el año que arrancaba. Unos días previos a las fiestas de fin de año mi padre se aprovisionaba muy bien en los almacenes de Yopal, con cajas de aguardiente, cerveza, víveres y mercado en grandes cantidades.
La fiesta familiar de fin de año en El Paraíso era simplemente feliz, pero también era nostálgica. Cada uno de los miembros de la familia, instintivamente, experimentaba un trance introspectivo, donde se hacía un repaso de la vida durante el año que acababa de terminar. Yo los escuchaba y trataba de entender por qué algunos lloraban y se abrazaban y, me daba algo que no puedo explicar, pero terminaba abrazándolos también, solo que no sentía ganas de llorar, aunque también quería hacerlo. Era el momento de recordar a los que no estaban y producía una sensación parecida a la tristeza, que lentamente se iba convirtiendo en una melancolía dulce y suspendida, como la que acompaña a los hombres que han vivido con la intensidad suficiente para sentirse tan unidos al mundo, tan parte de la tierra como podría sentirse una yuca o una batata y por tanto tan temerosos de dejar de pertenecer a ella por alguna fortuita causa del destino.
Críspula y EnriqueII
El 4 de marzo de 1945 cumplí quince años. Esa tarde mientras hablábamos tonterías con Augusto, entre chistes y chanzas me dijo:
—Ángela, Antonio quiere hablarle, ¿por qué no le recibe una carta que él quiere escribirle? Yo se la traigo si usted me autoriza.
La carta obviamente ya estaba escrita y mi hermano solo quería tentar el terreno. Le dije que no. ¿Qué estaría pensando al proponerme algo así? Ellos trabajaban mano cambia, que era una costumbre en la que Antonio iba a trabajar para mi papá una jornada completa y después Augusto devolvía el favor sirviendo en la otra finca. Así iban cooperándose unos a otros. Un intercambio de mano de obra sin tener que pagar un hombre más, porque en esa época casi no circulaba moneda que permitiese contratar obreros. De esa forma pasaban mucho tiempo juntos durante largas temporadas. Luego de algunas semanas, a pesar de todo, un día me llegó Augusto con la carta, pero nuevamente me negué a recibirla. Se la devolví varias veces. Sin embargo, él fue porfiado y por muchos días me estuvo insistiendo, lo hacía diariamente, era desesperante e intenso con la propaganda que le hacía a Antonio.
—Recíbala, el loco quiere hablarle, no sea así. Usted siempre tan orgullosa, no lo trate de esa forma que él es bueno. Además, solo quiere hablarle, eso no le cuesta nada a usted. Si no quiere que le vuelva a decir nada, pues bien, yo me encargo de eso, pero recíbale esta carta al menos —me dijo.
Fue muy convincente Augusto y me hizo ver que el hecho de recibirle la carta no iba a ser algo grave. Tanto da el agua al cántaro hasta que por fin lo rompe. Terminó suavizando mis prejuicios, y así, recibí la carta. Pero fue terrible. Se la mostré inmediatamente a mi mamá porque me asusté cuando la leí. En la carta me proponía matrimonio y como si fuera poco, quería que fuera lo más pronto posible. No sé por qué tenía tanto apuro, pero quería que nos casáramos a la siguiente semana. Esas cosas no se proponen de una manera tan alocada y tan irresponsable, dijo mi madre cuando la leyó. A pesar de todo lo loco que era, ella lo quería mucho porque se daba cuenta de que era buen hijo con la señora Eufemia, su mamá, y claro, también quería mucho a mi mamá y se lo hacía notar con detalles; humilde pero muy detallista, educado y atento, así siempre fue. Tenían un ranchito en un sitio llamado El Copey, cerca de El Tablón de Támara. Era una familia tan pobre, que a Clemencia, una de las hermanas de Antonio, les había tocado llevarla de dieciséis años al orfanato en Támara. Allá se acabó de formar porque ellos no tenían modos económicos de mantenerla y mucho menos de educarla. Antonio había quedado sólo después de morir su hermano Benjamín de mordedura de culebra. Vivían en el ranchito la señora Eufemia, su padrastro Silvio, que era un hombre menor que ella, y él. Los viejos siempre salían a trabajar, a veces semanas enteras, y desde niño quedaba él como encargado de la casa. Así se formó desde pequeño, y así, durante toda su vida siempre le gustó estar, solo. Claro, si uno se cría así, es natural que le guste tanto la soledad. Era por eso que él disfrutaba estar en la sabana, en medio del llano, con la vista perdida en el horizonte, siempre pensando en cosas que solo compartía consigo mismo.
Me contaba que de niño él hacía cosas como sentarse cerca del camino a ver pasar la gente en medio del sol quemante, y habiéndose preparado con un táparo3 lleno de agua del jagüey4, les brindaba agua fresca y así lograba obtener algo de dinero o un poco de comida. Durante los días que Eufemia jornaleaba en las fincas, se veía obligado a cazar palomas y perdices con caucheras y hondas que él mismo construía. Aprendió a cultivar ahuyamas y así logró sobrevivir a la hambruna que se desató antes de que cumpliera los diez años de edad. Estas experiencias lo convirtieron, a largo plazo, en un hombre decidido. El rancho de El Tablón Alto lo hizo ya de muchacho, cuando empezó a tener diferencias con Silvio, el padrastro. Años después, ya de viejos cuando vivíamos juntos en Bogotá, después de vender la última finca ganadera que tuvimos, una de las cosas que me decía era que él no podía sentirse bien en la ciudad sin poder ver la sabana y con tanta gente alrededor todo el tiempo. Extrañaba los caballos y el ganado, la grandeza del horizonte, y claro, lo más importante, la sensación de soledad.
La madre de Eufemia se llamaba Encarnación. Era una mujer de piel oscura y rasgos indígenas. El padre era Santos Hurtado, de quien nunca se supo mayor cosa, excepto que fue un forastero de piel blanca, al parecer de buena familia, que embarazó a Encarnación y desapareció de la región sin dejar mayor rastro. Encarnación, tiempo después de haber dado a luz a la niña, se casó con un hombre de apellido Tive, de origen indígena al igual que ella. Se dice que tenía un carácter muy fuerte y trataba al señor Tive de forma terrible. Contaba Antonio que se hacía solo lo que ella disponía y ella dispuso que Eufemia fuese hija del señor Tive. Así, Eufemia creció viéndolo como su papá y haciendo uso de su apellido. Muy dentro suyo siempre se preguntaba por qué su piel era blanca y sus rasgos tan diferentes a los de sus padres, hasta que su madre, años después, le contó la verdadera historia. La vida de Encarnación y su familia estuvo rodeada por la pobreza. Muy joven aún, Eufemia se fue de la casa con un hombre de apellido Hernández y de esa unión fue que nacieron Delina y Clemencia, las dos hermanas de Antonio.
Después de Delina y Clemencia, Eufemia tuvo a Lino de un padre diferente; un niño que desapareció misteriosamente porque, según dicen, se lo llevó el duende cuando tenía solo quince meses. Luego vendría Benjamín, quien moriría mordido de culebra a los catorce años de edad. Y finalmente, el 5 de marzo de 1925, en El Tablón de Támara, nacería Antonio, el menor de todos. Cuando Carlos Peñuela supo que Eufemia había tenido un hijo suyo, quiso quitárselo para educarlo al lado de su hijo y su esposa, pero ella nunca aceptó alejarse del pequeño Antonio. Cuando Eufemia fue a casarse con Silvio, años después, se dio cuenta de que en su partida de nacimiento, Encarnación le había dejado su apellido materno, Moreno, y no aparecía Tive por ningún lado, como ella suponía. Antonio no se enteró de esto hasta mucho tiempo después y llevó el apellido Tive en la primera parte de su vida hasta el año 1955, cuando, durante el gobierno de Rojas Pinilla, pudo obtener cédula. En ese tiempo, en el campo se registraba un hijo con el cura en la parroquia más cercana, se sacaba una partida de bautismo y eso era todo. A veces los niños crecían acostumbrados a ser llamados bajo un nombre y cuando iban a casarse, se daban cuenta de que estaban registrados con otro nombre.
Carlos Peñuela era un músico popular, fiestero y alegre. Tocaba instrumentos de cuerda y cantaba. Fruto y prueba de sus muchos amores, fue mi marido. Trabajaba de médico en la región donde vivía, porque tenía conocimientos de medicina rudimentaria. Era un tegua reconocido, sin título, pero con el reconocimiento de la gente para curar enfermedades cuando aún no había médicos graduados. Lo mataron en Labranzagrande una noche que llamaron a la puerta de su casa para que fuera a prestar un servicio médico a un enfermo que requería ser atendido inmediatamente. Dicen que salió con el maletín médico y nunca más volvió. Al parecer el asesinato tuvo que ver con posibles venganzas por amoríos, pero el hecho de haber encontrado el cadáver sin los dedos de las manos, arroja también la sospecha de un asesinato por robo, para quitarle los anillos de oro.
*
Mi madre me decía que le dolía morirse tan pronto porque yo quedaría sola y tendría que afrontar una vida llena de sufrimientos con mis hermanos aún pequeños. Después de su muerte todo esto se empezó a hacer realidad: mi vida se convirtió en cocinar y lavar. Sacando tiempo de aquí y de allí, lograba algunos ratos libres en los cuales podía aprender a coser. Eso era lo que más me gustaba hacer. Si hubiera podido estudiar diseño de modas o modistería, habría hecho realidad ese sueño, pero en esa época eran impensables los sueños para las mujeres.
Después de dar a luz a Mario, mi hermano menor, mi madre se agravó. A pesar de sus dolores, trabajaba todo el día sin descanso, pero cada vez se le veía más acabada. Lentamente se fue quedando sin fuerzas y el dolor, cada vez más fuerte, fue ganándole las ganas de vivir. Comer le producía espasmos tan agudos, que se fue muriendo lentamente de hambre. Algunos días la veía que vomitaba sangre y con el tiempo, rápidamente se redujo a la cama. Solo podía comer espumilla de clara de huevo que don Marcelino, un tegua amigo de la familia, me había recomendado que le preparara con un poquito de aceite de cocina y cola granulada. Yo la cuidaba todo el tiempo preparándole todos los remedios posibles, pero nada parecía servirle. En una ocasión tuvo una descomposición estomacal que la aniquiló en una sola noche. Al final vomitó algo parecido a un pedazo de estómago. Nunca supe de qué se trataba su enfermedad exactamente. Después de esa noche no volvió a pararse de la cama. Cada día se asemejaba más a un esqueleto. Duró así tres meses; tres meses de sufrimiento y no lo digo solo por ella, sino también por mí. Una de las peores cosas que hay es ver a la mamá muriendo lentamente sin uno poder hacer nada por ayudarla. Solo podía comer espumilla y cuando intentaba comer algo más, le daba un dolor tan fuerte que hasta perdía el conocimiento. Era tan grande su sufrimiento, que siendo ella una persona tan creyente y piadosa, en medio de las lágrimas, me llamaba y me decía con voz apagada:
—No sé por qué mija, ¿por qué todos estos dolores? No he hecho daño a la gente, he tratado de ser buena con todos y me estoy muriendo de hambre ¿Por qué mi Dios me tiene así?
Se revolcaba por los retorcijones cada tanto y después rezaba el credo y la salve cuando sentía que iba a morirse. Las oraciones la calmaban un poco. Yo lloraba en silencio y la miraba, escondiendo mis lágrimas, desesperada y presa de la impotencia. Solo había teguas. Si hubiera sido en esta época las cosas habrían sido diferentes.
El 28 de agosto de 1947 llegó a casa muy temprano Carmen Amelia, una de mis primas. Había ido a visitar a mi madre. Entró en la habitación y me encontró cuidándola. No la dejaba sola porque temía que algo terrible le pasara. Ese día mi padre, mis tíos y mis hermanos estaban recogiendo la cosecha de tabaco para ponerla a secar el siguiente verano. Mis hermanos pequeños Mary y Mario estaban fuera de la casa, en la tasajera cuidando la carne para que no se la llevaran los chirigüares. A pesar de mi repulsión al tabaco que sentía de niña, tuve que aprender a masticarlo para poder masajearle el cuerpo. Eso le calmaba el dolor de huesos. Ya le había frotado todo el cuerpo con tabaco cuando Carmen se acercó a su cama y le tomó una mano entre las suyas. La estaba mirando silenciosamente, mientras yo le daba gotas de aceite con huevo en la boca, cuando de pronto mi madre hizo una muequita muy chica, un pequeño mohín, y dejó de moverse. Nunca había visto morir a nadie y no sabía qué estaba pasando. Le pregunté entonces a Carmen y ella empezó a gritar diciendo que María Juanita había fallecido. Yo no le creí. No quería creerlo. Tampoco podía. Yo pensaba que la muerte llegaba de una manera diferente, que la vida de una persona no era algo tan frágil. No sabría cómo decirlo, todo fue tan simple, tan sutil. Le toqué la frente y luego se la froté suavemente esperando que volviera en sí, que empezara a moverse como lo estaba haciendo hacía unos segundos, que parpadeara siquiera. Pero no pasaba nada, tenía una sensación muy extraña, era como si no estuviera sucediendo de verdad, como si la realidad fuera otra y eso que estaba viviendo fuera un sueño del cual despertaría cuando se volviera insoportable. Pero no volvió en sí y cuando todo se volvió insoportable, me quedé esperando despertar, con los dientes apretados, muy apretados, sintiendo la amargura del tabaco y el sabor de mis lágrimas totalmente diferente, en silencio, abrazada a su cuerpo, desolada.
Mi padre llegó un rato después con mis hermanos. Ya tenía lista la mortaja que había cosido una amiga de la familia y, como siempre mantenía un ataúd en la casa, la amortajaron y la metieron en el cajón. Todo pasó muy rápido. Estaba tan flaca que pesaba tanto como un niño raquítico. No mereció tanto sufrimiento. Al otro día la enterraron en el cementerio de El Tablón Alto. Le di el último adiós, mientras sentía que me quedaba sola en el mundo, con una tristeza que nunca más dejé de sentir, porque el dolor de su muerte no se me curó nunca.
Mi padre cambió totalmente luego de aquel día. Me siguió queriendo como siempre pero rápidamente se buscó una querida, una indígena con la cual tiempo después tendría a Rafael, mi medio hermano. A mí no me gustó su actitud y me hirió de manera mortal. Esa fue una de las razones por las cuales terminé tomando la decisión de irme para hacer mi vida en otra parte, aun sintiendo en el alma tener que dejar a Mario y Mary en la casa, siendo aún tan pequeños. La vida que me tocaba llevar era muy dura. Estaba casi totalmente a cargo de la casa de un día para otro, y mi padre empezó a beber mucho. Cuando estaba tomado no tenía respeto por los niños ni por la memoria de mi madre, metiendo a su nueva concubina en la casa. La suma de todas las cosas me superó y decidí renunciar.
*
Antonio estuvo porfiando durante mucho tiempo con que nos casáramos, pero en realidad nunca llegué a pensar que me iba a casar con él; aunque a decir verdad algo había cambiado. Ya no despertaba en mí esa repulsión de antes. Tiempo atrás le había dicho a mi madre que yo no me iba a casar ni con él ni con nadie. No me pensaba casar nunca, era algo decidido. Después de su muerte todo cambió y entre esas cosas cambió mi forma de pensar y mi forma de ver la vida. Nosotros llevábamos más de dos años de estar así, de novios, pero no de novios como lo hacen hoy en día, nosotros solo nos escribíamos cartas y algunas veces charlábamos. Nada más que eso. Era una relación epistolar y Augusto era el que atizaba el fuego, el cartero, el celestino. Nunca quise verme con él hasta después de que mi mamá murió. Creo que la muerte de mi madre fue la razón por la cual me acerqué a él. La ausencia de ella fue lo que más marcó mi vida y lo que me obligó a tomar decisiones importantes, a agarrar las riendas con fuerza. Cuando tenía diecisiete años, ya muerta mi madre, él llegaba al corral de ordeño en cualquier descuido de mi padre, y yo corría en medio de las vacas, presa de una sensación extraña, con una emoción muy fuerte, nueva para mí. Todo sucedía muy rápido para que mi papá no se diera cuenta. Él desde afuera y yo desde dentro del corral, hablábamos nerviosamente, con temor, con la voz entrecortada por la angustia porque mi papá era muy delicado y no veía con buenos ojos nuestra relación. Ágil como era, otra vez me devolvía corriendo, con la sensación de que ya me iba a gritar desde el patio. Ese miedo al padre con el que crecimos todos en casa.
Después de la muerte de mi madre quedé con una sensación de soledad absoluta. No tenía a nadie con quien compartir mis angustias. Antonio era muy gracioso y me reía mucho cuando estábamos juntos. Empezó entonces a ir de visita por las tardes después del trabajo y como sabía que a mi papá le gustaba el aguardiente, se presentaba con media botella de Ónix para hablar con él. Era entonces cuando mi papá, como primera medida, le rezaba toda la cartilla acerca del matrimonio. Yo le había dicho que si era en serio que quería casarse conmigo, él tenía que decirle y convencerlo. Con el aguardiente lo aflojaba con mayor facilidad. Le brindaba dos tragos antes y ahí sí le empezaba a tocar el tema. Mi papá nunca estuvo de acuerdo con lo nuestro hasta último momento, cuando ya no tuvo opción. Nos puso todos los obstáculos posibles. Objetaba que Rosalba estaba muy pequeña, que yo era la única de juicio, que él se quedaba muy solo con los hijos; en fin, muchas cosas de ese estilo. Antonio no se daba por vencido nunca, no desfalleció ni un solo momento. Al final le dije que me quería casar y punto, directamente, sin más vueltas, porque hubo algo que no me gustó de mi padre, y es que llevó a vivir de forma definitiva a la casa a su nueva mujer. Dormíamos todos juntos y por tanto me daba cuenta de las cosas íntimas que pasaban entre ellos. Pienso que eso no se debe hacer porque es parte del respeto. Por otro lado, me dolía mucho darme cuenta de que él había tenido relaciones con esa mujer desde antes de la muerte de mi madre y un día lo enfrenté.
—Papá, usted siempre me dice que no quiere que yo me case, entonces le propongo algo: lléveme a Támara a estudiar modistería que yo quiero ser profesora. Es lo que más quiero en mi vida porque quiero ser maestra y no quiero dejar de estudiar —le dije. Porque ese era mi sueño, y en ese momento era también una buena excusa para irme de la casa.
—No mija ¿cómo se le ocurre?, si usted se va a estudiar esto va a quedar solo ¿y quién me va a ayudar aquí con esta casa? ¿Y los muchachos? Olvídelo, eso no es posible —me respondió tajante.
Aunque era mi padre, no puedo desconocer que era un hombre egoísta y machista. Pero así era el mundo donde me tocó vivir. Él, una persona intransigente, su palabra era muy fuerte y su terquedad no tenía límites. Nunca pude convencerlo de que me dejara estudiar en Támara, solo quería tenerme para que le cocinara y le respondiera por la casa. No sé si con más tiempo habría podido persuadirlo, pero no estaba como para esperar más. Por otro lado mi papá sospechaba lo que podría llegar a pasar y hacía intentos por entenderme, por tratar de evitar lo que pasaría, pero todos eran intentos fallidos que no hacían más que aclarar mi decisión día a día.
—Mire hija, si quiere tener un hijo téngalo, pero de otro hombre. Aquí, al pie mío a usted y al niño no les va a faltar nada. Eso a mí no me afectaría, pero no se una con Antonio; que usted se case con ese muchacho loco no lo voy a permitir. El papá de ese muchacho siempre ha sido un hombre mujeriego y borracho y así va Antonio. Yo no quiero la desgracia para usted, no quiero que sufra —me decía, y lo hacía con sinceridad, pero eso no era suficiente para mí.
Como yo era su consentida, estas palabras no tenían vuelta atrás, era radical, nunca iba a permitir que me casara. Además las cosas que me decía acerca del señor Peñuela eran verídicas, no era una persona cuerda. Era un loco mujeriego con la peor fama en la región. Después de esos intentos y ante tanta intransigencia de su parte, Antonio me propuso un día que nos voláramos y a mí no me pareció algo malo, pero le dije que nos diéramos un tiempo para planearlo. Así empezamos a preparar todo mientras íbamos arreglando los detalles. Diseñamos toda una sarta de engaños que nos tocaría hacerle a mi papá. Preparamos diferentes tipos de pequeñas mentiras que sustentarían otras más grandes, y terminamos decidiendo que lo mejor era no hablar con nadie, hacerlo de la manera más discreta posible.
Duramos casi un año haciendo intentos, mirando cuándo era el momento oportuno, llenos de ansiedad y miedo, totalmente angustiados. Augusto era quien nos salvaba siempre y quien más nos animaba, nuestro principal aliado. Le terminé contando también a mi hermana Rosalba. Ella estaba pequeña pero a pesar de todo le conté porque la necesitábamos para el plan, y estaba de nuestro lado. Además me parecía muy injusto con ella simplemente desaparecer un día sin dejar rastro. Mi mayor pesar era Mario, mi hermanito menor. Al morir mi madre, como yo lo terminé de criar, él me veía prácticamente como su mamá. Lo cuidaba mucho y nunca pensé en dejarlo desprotegido. Como pensábamos vivir cerca, en el ranchito de Antonio, yo iba a poder seguir viéndolo después de casarnos y eso me dio fuerzas para tomar la decisión definitiva.
A las nueve y media de la noche del 15 de junio de 1949, Rosalba y yo salimos en total silencio del cuarto donde dormíamos, tratando de no despertar a mi papá que estaba durmiendo en el balcón, frente a nuestra habitación. Yo le había dejado una maleta a ella con mi ropa y le había dicho que me la escondiera. Antonio estaba esperándome en un ranchito que había en el cafetal cerca de la casa, donde estaba el horno de asar el pan. Estaba muy nerviosa y me despedí rápidamente de ella tan pronto miré la sombra de Antonio que se asomó cerca del horno. Cuando Rosalba volvió sin mí un rato después, mi papá se dio cuenta de lo que pasaba. A veces creo que él ya sabía lo que iba a suceder.
—¿Y Ángela dónde está? —le preguntó.
—Se quedó por ahí afuera… Ya viene —respondió Rosalba temblando y tratando de disimular el miedo. Mi Padre enloqueció esa noche. Salió a buscarnos por los alrededores y estuvo muy cerca de encontrarnos, porque alumbraba con la linterna y los dos con Antonio, acurrucados, paralizados, veíamos las luces del viejo buscándonos y hablando sólo, en voz muy alta, porque sabía que lo estábamos oyendo.
—Huy Dios mío, yo me fuera para Támara ya, porque seguro se van a casar allá —gritaba y se lamentaba. Hasta que se puso a llorar.
A mí se me partió el corazón de repente, las piernas me empezaron a temblar y en un momento dado pensé en salir de mi escondite y mandar todo el plan al carajo; pero al ver a Antonio asustado y emocionado a la vez, con la cara llena de felicidad y los ojos brillantes mirándome fijamente, me quedé callada y esperé que mi padre se entrara de vuelta a la casa. Esa noche él no pudo dormir. Estaba como loco después de que Rosalba le contó todo. Yo le había mandado a hacer una tinajita de barro para el guarapo tiempo atrás a mi tía Angelita, y se la había regalado a él. Al amanecer la sacó y se puso a tomar guarapo hasta emborracharse. Después, llorando, tiró la vasija lejos y la despedazó contra unas piedras del patio. Él me quería mucho y sentía que lo había traicionado.
Caminamos sin descanso toda la noche. Yo sentía una mezcla de miedo y emoción. Llegamos muy tarde a Yere y nos quedamos en las sabanas de ese hato. No podíamos caminar hasta Támara porque era muy lejos y necesitábamos descansar. En medio de la oscuridad encontramos una casa abandonada donde pudimos pasar lo que quedaba de la noche. En ese rancho de Yere pasé mi primera noche, con quien horas más tarde se convertiría en mi esposo. A la madrugada nos fuimos. Los dos estábamos muy asustados porque creíamos que mi papá iba a seguirnos para evitar nuestro matrimonio. Cuando llegamos a Támara, Antonio había mandado a hacer mi vestido de bodas y se había encargado prácticamente de todas las cosas. Era muy detallista conmigo. Los padrinos fueron Jova Bohórquez y Fidel Rosas, su esposo. Antonio era muy amigo de ellos y en Támara tenía mucha gente conocida que lo quería. Para mí todo era nuevo. Los padrinos nos dieron la posada y también fue donde nos hicieron el desayuno esa mañana. Todo fue muy rápido porque no se podía perder tiempo. Era posible que mi papá llegara a Támara en cualquier momento. Le contamos todo al padre Martín, y al otro día, el 17 de junio, él mismo nos casó en la iglesia de Támara. La noche de bodas la pasamos donde nuestros padrinos, en el pueblo. Al siguiente día nos volvimos al Tablón. Yo tenía una sensación muy rara, como sentimientos encontrados. Mucha alegría por un lado y una tristeza muy grande por otro, porque quería mucho a mi familia y sentía que había renunciado a todos ellos. Pensaba mucho en mi hermanito Mario. Era un cambio grande, y comenzar una nueva vida me daba miedo.
Estuvimos viviendo tres meses sin ver a mi familia ni hablar con ellos. Lo hicimos como habíamos planeado. La casa que Antonio había construido en El Tablón Alto ahora era nuestra casa de recién casados, y nos llevamos a vivir a la viejita Eufemia con nosotros, porque cuando Silvio, el padrastro de Antonio la dejó, le robó lo poco que le quedaba. Durante esos meses que vivimos allí, siempre estuve con unas ganas terribles de ver a mi papá, pero mi marido no permitía que fuera. Le teníamos miedo aunque a pesar de todo, yo quería verlo. Presentía que él no podía ser tan cruel como lo imaginábamos. Un día me encontré con Silvina, la madre de Jersaín, un amigo de nosotros. Me preguntó por qué no había ido a la casa de mi papá. Después me contó que él estaba muy triste porque yo no lo visitaba. Él ya sabía dónde vivíamos y todo lo concerniente a la boda. La noticia no había tardado en llegarle. Le conté entonces acerca de mis temores y le dije que no pensaba ir. Ella sacó un papel que mi papá me había escrito y me lo entregó. Ahí me decía que por favor fuera, que él no tenía nada contra Antonio y que estaba muy triste por no haberme visto. Inmediatamente fui a la casa y me alisté para irme. Decidimos que iría con Hilda, una niña hija de una amiga. Antonio temía que mi padre me hiciera algo y si eso llegase a pasar, ella tendría que volver a avisarle. Nos fuimos las tres con Silvina y cuando llegamos, salió a saludarme, me miró a los ojos, me abrazó y se puso a llorar. Lo abracé entonces con fuerza, también llorando, como si estuviera perdida, agua abajo en la creciente de un río y de pronto lograra abrazarme desesperadamente a un tronco flotante para no ahogarme. Sentí que volvía a tener familia una vez más.
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