Читать книгу: «El último beso»

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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
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28001 Madrid
© 2020 Jessica Lemmon
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
El último beso, n.º 181 - septiembre 2020
Título original: One Last Kiss
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-632-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Prólogo
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Capítulo Trece
Capítulo Catorce
Capítulo Quince
Capítulo Dieciséis
Capítulo Diecisiete
Capítulo Dieciocho
Capítulo Diecinueve
Capítulo Veinte
Capítulo Veintiuno
Capítulo Veintidós
Capítulo Veintitrés
Capítulo Veinticuatro
Capítulo Veinticinco
Capítulo Veintiséis
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Prólogo
Cinco años y medio antes, Nochevieja
–Papá, por favor –dijo Gia Knox entre dientes.
Pero su padre, alardeando de ella, no se callaba. Esta vez estaba presumiendo de que su hija se había graduado con honores en el Instituto de Tecnología de Massachusetts y en breve empezaría a trabajar en ThomKnox, la compañía familiar.
–No hay ninguna duda de que ha heredado mi inteligencia.
Jack Knox guiñó un ojo a su única hija y la rodeó con el brazo.
–No seas tonto, Jack –intervino Macy, la madre de Gia–. Todo el mundo sabe que heredado la inteligencia de mí. Venga, dejemos a estos chicos en paz. Les estamos estropeando la diversión.
Macy tiró de su marido y Gia se quedó a solas con uno de los diseñadores de páginas web con más talento de la empresa. Arrastró los pies como pudo con aquellos Louboutins negros y entrelazó las manos delante de su brillante falda negra. Se dio cuenta de que se sentía incómoda cuando empezó a juguetear con el largo collar que caía sobre su top de lentejuelas.
–Lo siento –le dijo al joven que tenía delante–. Están muy orgullosos. Por cierto, me alegro de conocerte, Jayson.
–Cooper. Nadie me llama Jayson.
–Con más motivo para no llamarte Cooper. Me gusta sentirme única.
Simplemente quería mostrarse simpática después del bochorno que había pasado con los comentarios de su padre, aunque más bien parecía que estuviera coqueteando. Por si fuera poco, Jayson le siguió la corriente.
–No hay ninguna duda de que eres única, Gia Knox.
Una breve sonrisa asomó entre su perilla y enseguida desapareció. Aquella medio sonrisa era arrebatadora, como todo él. El traje le sentaba muy bien con aquellos hombros tan anchos. No había dejado de mirarlo de reojo mientras su padre había estado presumiendo de sus calificaciones.
Tenía el pelo oscuro y ondulado, y lo llevaba muy corto, aunque la perilla le daba un aire misterioso. Y aquellos ojos azules y penetrantes…
–Bueno, Jay –dijo, atreviéndose a llamarlo con aquel apodo–, no sé si te alegras de que vaya a unirme al departamento de tecnología.
–Por supuesto que sí –contestó sin dudar.
–¡Sesenta segundos! –gritó Brannon, ganándose una ronda de vítores y aplausos.
Prácticamente todos los empleados de Thom-Knox estaban en aquella fiesta de Nochevieja, incluida la familia de Gia, el alma de ThomKnox.
Los asistentes a la fiesta siguieron el ejemplo de Bran y se concentraron en el centro del salón, mientras Jay y Gia se quedaron observando desde donde estaban.
–El momento que todos estábamos esperando –dijo ella mientras el grupo empezaba la cuenta atrás–. Un montón de empleados a punto de besarse con el comienzo de un nuevo año.
Esta vez, cuando su mirada se encontró con la de Jayson, se quedó clavada. Era incapaz de mirar hacia otro lado. Cuando él apartó los ojos de los suyos, fueron a detenerse en sus labios.
Sintió la caricia de su mirada. Era una sensación muy íntima y embriagadora. Se quedó distraída y descentrada. Solo había tomado una copa de champán, pero parecía que se hubiera acabado una botella y alguien se la hubiera roto en la cabeza.
¿Alguna vez había deseado tanto a un hombre? Jayson parecía tan encandilado como ella. Rara vez aquel tipo de atracción era mutua.
En aquel segundo, y en los tres que le siguieron, se imaginó satisfaciendo aquel deseo y besando a Jayson Cooper. Si desde donde estaba olía tan bien, de cerca debía de ser embriagador.
«Solo hay una manera de saberlo».
Jayson volvió a fijar la vista en ella y se echó hacia delante ligeramente.
Entonces, una pelirroja no tan alta como Gia y con una falda mucho más estrecha, se abalanzó sobre él.
–Vamos, Cooper, o nos perderemos la cuenta atrás –dijo dando saltos a su lado, agarrada a su brazo–. Hola, soy Shelly.
–Gia Knox.
Gia estrechó la mano de la otra mujer y sintió que perdía la atención de Jayson cuando rodeó a su cita por la cintura.
Como si lo hubieran llamado, Tom, el novio de Gia, también apareció.
–Ah, aquí estás.
Tom le dio un beso en la mejilla y ella puso una sonrisa falsa.
–Ha sido un placer conocerte, Jay –dijo Gia mientras Tom tiraba de ella hacia la multitud.
Jayson asintió y frunció ligeramente el ceño mientras Shelly lo arrastraba al centro del salón.
Gia y Jay se quedaron mirándose mientras seguía la cuenta atrás y la distancia entre ellos aumentaba.
Tres.
Dos.
Uno.
–¡Feliz año nuevo! –gritó la multitud mientras empezaba a caer una lluvia de confeti dorado y plateado.
–Feliz año nuevo, cariño –le dijo Tom a Gia antes de unir sus bocas en un beso.
Apartó aquella inoportuna y descabellada atracción que sentía por Jayson y se concentró en su pareja. Pero el beso de Tom apenas le afectó. Ni su corazón galopaba como había hecho un momento antes ni su estómago se había encogido por aquel delicioso e inesperado deseo.
Se entregó al beso, decidida a aplacar aquel arrebato de lujuria. En breve empezaría a trabajar con Jayson Cooper y dejarse llevar por una fantasía no era la mejor manera de comenzar su carrera en ThomKnox.
Aquella sería una noche que nunca olvidaría, y no por Tom, la fiesta o aquel beso de año nuevo. El mejor recuerdo de la noche sería haber conocido a un atractivo extraño de ojos azules que, aunque en aquel momento no lo sabía, en breve se convertiría en su marido y, al poco, en su exmarido.
Capítulo Uno
El Departamento de Tecnología ocupaba una amplia zona abierta, en donde también trabajaba Jayson Cooper además de sus hermanos. Gia, que había formado parte de aquel departamento durante años, había sido nombrada recientemente directora de marketing después de que Jayson y ella se divorciaran. Seguía teniendo el despacho en la misma planta, al otro extremo, con cristaleras desde las que veía a todos.
A Jayson nunca le había importado tenerla cerca. Ahora sí. Había pasado casi un año y medio desde su divorcio y no era fácil pasar página, cuando se veían a diario. Dependía de una mujer que se había negado a dejar que velara por ella durante el matrimonio. ¿Qué clase de marido había sido si su esposa se había negado a dejar que la cuidara?
Uno no muy bueno.
Gia y él se llevaban bien en el trabajo por su propio beneficio y por el de sus compañeros. Tenían sus desencuentros en el trabajo, sí, pero siempre se aseguraban de terminar bien el día. Eso les había estado funcionando una temporada.
Pensaba que sabía cómo proteger y amar a una mujer, pero en lo referente a Gia Knox-Cooper, se había equivocado. Era una mujer independiente y de fuerte carácter, y rara vez estaban de acuerdo. Ya lo sabía cuando se habían casado, pero pensaba que las cosas cambiarían después de la boda. Sin embargo, se habían ido alejando cada vez más. Por eso su divorcio había sido amistoso. Ahora se daba cuenta de que estaban mejor separados.
Taylor Thompson, la futura esposa de Royce Knox, entró en el departamento y se acercó a la mesa de Jayson.
–Coop, ¿puedes venir conmigo un momento al despacho de Gia?
–Claro.
Se levantó y siguió a Taylor, que llevaba un elegante vestido negro y la melena rubia recogida en un moño. Era la segunda del Departamento de Operaciones, una profesional seria y eficiente. Justo lo que el hermano mayor de Gia, el más serio y severo de los tres, necesitaba en su vida.
Hacía un año que había anunciado que esperaba un hijo de Royce y desde entonces estaban comprometidos. Le deseaba de corazón que su matrimonio fuera mejor que el suyo con Gia. En la ceremonia estaría su hija de seis meses, nacida el mismo día de la boda de Addison y Brannon Knox o, como Jayson prefería pensar, la misma noche en que había estado a punto de perder la cabeza y acostarse con su exesposa.
En su despacho, Gia estaba recostaba en su sillón de cuero, con su larga melena oscura suelta sobre los hombros. El vestido rojo que llevaba haría morir de envidia a Jessica Rabbit. Era una mujer menuda, con un bonito cuerpo curvilíneo al que había llevado al éxtasis en más de una ocasión. Si la compatibilidad física fuera garantía de matrimonio exitoso, aún seguirían juntos.
Taylor dejó un par de tarjetas sobre la mesa junto a unos bolígrafos.
–Rellenad esto. Una cada uno.
Gia y Jayson intercambiaron miradas antes de que Gia tomara una de las tarjetas y la leyera.
–Ya está rellena, Tay.
–La mía también –dijo Jayson.
Su nombre figuraba en la otra tarjeta y debajo estaba marcada la casilla de asistencia.
Taylor le quitó la tarjeta de la mano y señaló un apartado en blanco.
–Aquí dice: «Acompañante: sí o no». Debajo hay un hueco para poner un nombre –explicó Taylor, y le devolvió la tarjeta–. Hay que poner sí o no. Es así de simple, se trata de cumplimentar una pregunta, no veinte. Me da igual quién venga, solo necesito saber el número de asistentes para decírselo al catering.
Jayson entornó los ojos para mirar a Gia y ella hizo lo mismo.
–Por mi parte, voy a ir acompañada –anunció Gia, marcando la casilla correspondiente–. Pero teniendo en cuenta que mi acompañante es alguien famoso, será mejor que la empresa de catering no sepa su nombre.
Devolvió la tarjeta a Taylor y sonrió, de manera algo forzada para el gusto de Jayson.
–¿Ah, sí? Ya hablaremos más tarde. ¿Y tú qué me dices, Coop?
–Qué casualidad, mi caso es el mismo –contestó, marcando la casilla del sí.
Gia arrugó la nariz y Jayson evitó mirarla.
–Ya está, tampoco era tan difícil –dijo Taylor con su sonrisa almibarada.
Se dio media vuelta y salió del despacho.
–Uf, es mi mejor amiga y la quiero, pero ¡cielos! –exclamó Gia una vez se hubo ido–. No sabía que estuvieras saliendo con alguien –añadió volviéndose hacia él.
–Yo tampoco sabía que tú también.
Jayson trató de mostrarse indiferente y metió las manos en los bolsillos. Un silencio incómodo se hizo entre ellos.
–Bueno, no quería ir a la boda de mi otro hermano y que pasara lo mismo que en la de Bran –dijo Taylor jugueteando con el bolígrafo–. Aquello fue un error.
Haberlo arrastrado hasta un dormitorio de la mansión de sus padres y haberlo besado apasionadamente había sido un gran error, y no era la única que pensaba así. Desde entonces, a Jayson le había sido difícil concentrarse en el trabajo y evitar adentrarse en terreno sexual en sus conversaciones con ella. No paraba de recordar el delicioso sabor de Gia de aquella noche. Si había un olor ante el que se sentía impotente era la esencia embriagadora de su exesposa.
Después de la boda de Bran y Taylor se habían besado ardientemente, escondidos en el cuarto de invitados, Gia con el vestido subido hasta la cintura mientras lo acariciaba por debajo de los pantalones. El recuerdo de aquellos momentos de fogosidad seguía muy vivo en él.
Entrelazó las manos a la altura de la entrepierna para ocultar su reacción y desvió sus pensamientos hacia lo que los había interrumpido aquella noche: el alboroto que se había formado cuando Taylor se había puesto de parto.
Aquello lo ayudaba a contener el deseo.
–No sabía que tuvieras pareja –dijo Gia en un intento por saber más.
Jayson no estaba saliendo con nadie. El trabajo le había mantenido ocupado y tampoco tenía ningún interés en mantener una relación en aquel momento. Tendría que buscar a alguien, preferiblemente a alguna celebridad, tal y como le había dicho a Gia. No estaba dispuesto a admitir que había mentido solo por salvar las apariencias.
–Llevamos poco tiempo –replicó él–. Yo tampoco sabía que estuvieras con alguien.
En otoño había asistido solo a la boda de Bran. Jayson seguía siendo considerado uno más de la familia. Bran y Royce eran como hermanos. A pesar de eso, aunque fuera cierto que tuviera pareja, ir acompañado a una reunión de los Knox sería incómodo para él y para su acompañante.
No se le había pasado por la cabeza que Gia fuera a ir con alguien a aquella boda. Había asumido que ella también seguía aquella regla no escrita de nada de citas cerca de su ex.
–La actualización de la tableta está a punto de salir –dijo él, derivando la conversación al terreno seguro y neutral de ThomKnox.
Los temas de trabajo eran los límites de aquel terreno neutral. En asuntos laborales compartían objetivos. ThomKnox era una prioridad en la vida de ambos. Siempre harían lo mejor por la compañía.
Tomó asiento y se dispuso a explicarle en detalle la actualización del software. En su situación, lo mejor para la compañía era que se llevaran bien, estuvieran juntos o no.
Capítulo Dos
Seis meses antes, en la boda de Bran
«Esto es una locura. Estás loca, los dos estamos locos».
¡Pero qué bien sabía Jay! Después de tanto tiempo sin sexo, Gia había empezado a preocuparse de los efectos nocivos. Había tenido varias citas en verano. De no haberlo hecho habría sido como admitir que no había olvidado a su ex. Pero cada una de aquellas citas había acabado con un beso de buenas noches que le había recordado a Jayson Cooper. Así que mientras que él había pasado página, ella seguía sin olvidarlo.
Un buen ejemplo era su lengua. Era imposible negar que era muy bueno con ella, la forma en que la entrelazaba con la suya y luego la deslizaba por su cuello… Se entretuvo lamiéndola allí donde más se sentía su pulso a la vez que le subía el vestido y hacía lo que mejor se le daba: proporcionarle placer.
Con la mano bajo sus bragas, le acarició sus pliegues más íntimos. Gia sintió que perdía el sentido y gimió junto a sus labios. Entonces, la besó con fuerza en un intento de acallarla. Lo más increíble de todo, aparte de estar con él, era que aquel encuentro estuviera teniendo lugar en la mansión de sus padres en los viñedos, después de la boda de su hermano. Cuando los invitados empezaron a congregarse alrededor de la chimenea exterior, lo arrastró hasta el dormitorio más cercano.
Nadie los echó en falta ni lo harían si conseguía contener los gemidos, todo un desafío teniendo en cuenta que sus caricias la estaban llevando al borde del orgasmo.
No tardó mucho.
Se aferró a sus hombros, mordió sus labios y se corrió. Apenas se detuvo unos segundos para recuperar el aliento antes de deslizar la mano bajo sus pantalones. Le desabrochó el pantalón, le bajó la cremallera y estaba acariciando su potente erección cuando algo ocurrió.
Se oyó un grito de dolor proveniente del patio de atrás y adivinó que sería de Taylor, que estaba embarazada.
Jayson separó su boca de la de Gia y parpadeó como si estuviera tratando de recuperar el sentido. Ella contuvo la respiración y se quedó escuchando. Taylor volvió a gritar; se había puesto de parto.
–Maldita sea –dijo él.
Gia habría dicho lo mismo si hubiera podido articular palabra después de aquel potente orgasmo. Desde su divorcio, había sido ella misma la que se había dado placer, y ahora se daba cuenta de lo que se había estado perdiendo.
–Vístete, Gia –le dijo Jayson con voz ronca.
Luego le apartó la mano de los pantalones, esbozó una sonrisa que la derritió y la besó en la mano.
–¿Qué hemos hecho? –murmuró ella.
Aunque era consciente de que no debían acostarse, habían estado a punto de hacerlo.
¿En qué estaba pensando?
Gia, con la mirada perdida a lo lejos, parpadeó repetidamente para volver a la realidad.
Había llegado al bar antes de la hora y ya se había tomado medio martini. No quería pensar en su exmarido ni recordar que hacía más de seis meses que no tenía un orgasmo de ese calibre. Había llegado pronto y se había bebido medio martini por la única razón de que necesitaba recuperar la seguridad en sí misma antes de verse con su acompañante famoso.
Miró a su alrededor y respiró hondo. A la luz de las velas, otras parejas disfrutaban de sus bebidas en las mesas. ¿Por qué había elegido un sitio tan romántico? Deberían haber quedado en una cafetería.
Denver «Pip» Pippen, la estrella del monopatín, estaba a punto de ser entrevistado para el papel de su vida, ser su acompañante a la boda de Royce y Taylor. Pero eso él todavía no lo sabía.
No era verdad que tuviera una cita cuando había marcado aquella casilla en la tarjeta. Pero, con Jayson más guapo y atractivo que nunca, se había dado cuenta de que si iba a la boda sola acabaría de nuevo con él en el cuarto de invitados, y no quería que eso ocurriera.
Había dado con el perfil de Pip en una aplicación de citas para la élite rica y poderosa. Una amiga se la había recomendado hacía más de un año con toda su mejor intención. Al principio no le había prestado atención, demasiado ocupada con el lanzamiento de la nueva tableta de ThomKnox. Pero después de cumplimentar la tarjeta de asistencia de Taylor, Gia había decidido que no sería mala idea darle una oportunidad a aquella aplicación.
Esa noche lo averiguaría.
Reconoció a Denver nada más verlo aparecer por la puerta. Derrochaba un gran carisma y más de una cabeza se volvió para mirarlo. Mientras la camarera lo acompañaba a la mesa, Gia se concentró en su reacción. Lo había visto en fotos, en vídeo y por internet, pero aquel era Denver Pippen en persona. Eso siempre era una experiencia diferente.
Tenía el pelo rubio oscuro y lo llevaba largo y revuelto. Llevaba una camiseta suelta, unos vaqueros de marca y unas zapatillas Converse. Su rostro se iluminó cuando le dedicó la sonrisa más cautivadora que se podía imaginar.
Era perfecto.
–Tú debes de ser Pip –dijo ella tendiendo la mano.
No se esperaba que le besara la mano, así que tampoco se llevó una desilusión.
–Y tú Jee-ahh –replicó y la besó en la mejilla.
Al apartarse, reparó en que tenía una cicatriz encima de una ceja y otra en el labio superior. Por los vídeos de sus proezas en el monopatín sabía que Denver estaba lleno de cicatrices por los brazos y las piernas. Aquella combinación de pelo revuelto y cicatrices resultaba interesante.
–Mola este sitio.
–Ya he pedido. Soy muy impaciente –dijo ella acariciando el borde de su copa de martini.
–Guay.
Denver llamó a la camarera y pidió una cerveza. Se mostró atento y le arrancó una sonrisa a la joven. Si hubiera sido maleducado, Gia se habría ido y habría vuelto a la casilla de salida.
–Así que trabajas en ThomKnox. Ordenadores, teléfonos y todos esos aparatos tecnológicos –dijo sacudiendo los dedos como si estuvieran hablando de brujería.
–Sí, esa es la esencia.
–¿Y de qué te ocupas?
–Dirijo el departamento de marketing.
–Guay.
Gia dio un sorbo a su martini y ocultó una sonrisa. Siempre había pensado que con su título del Instituto Tecnológico de Massachusetts acabaría dirigiendo un equipo técnico, pero ese puesto lo ocupaba Jay.
Su padre le había asegurado que Jayson era el más indicado para ese trabajo y que prefería tenerla en un puesto más alto, uno con más prestigio en ThomKnox. Cuando su padre había decidido dejar su puesto de presidente, Gia se había alegrado de que fueran sus hermanos los que optaran a sustituirlo en el cargo.
Nada más divorciarse, había optado por dirigir el departamento de marketing. En los días buenos, se engañaba diciéndose que había tomado la decisión adecuada. En los malos, se arrepentía de no haber insistido más en hacerse cargo del departamento que tanto amaba.
Pip tamborileó con los nudillos en la mesa al ritmo de la música, lo que la sacó de sus pensamientos.
–¿Cómo descubriste que el monopatín era tu pasión?
–Mi padre me compró uno cuando tenía doce años. Una vez que logré mi primer gran salto, me enganché –dijo, y levantó la mano, mostrando el extraño ángulo en el que se doblaba su dedo corazón–. Nunca me ha asustado el peligro.
–Ya veo. A mí no me gustan los riesgos. Al primer contratiempo, lo dejo.
Al decir aquello, recordó cómo había dejado el departamento de tecnología después del divorcio. Le gustaba su trabajo, pero después de que Jayson y ella se separaran, no soportaba estar bajo su autoridad ni un segundo más. Necesitaba espacio y aunque no podía tenerlo físicamente porque su despacho estaba en la misma planta, al menos no tenían que verse en las reuniones semanales.
–¿Para qué ibas a arriesgar tu linda cabecita?
Denver giró la mano y buscó la suya. Intrigada, dejó que se la entrelazara. Era fuerte y rugosa.
–He buscado información sobre ti –continuó él–. Te graduaste en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y perteneces a la familia Knox. ¿Por qué buscar una cita en una aplicación de contactos?
Buena pregunta. Había revisado los perfiles de un montón de millonarios, actores y creadores de videojuegos. Pip era completamente diferente a cualquiera que hubiera elegido. Era la solución perfecta para su problema. Teniendo en cuenta que no estaba preparada para salir con nadie, era el acompañante ideal para la boda. No se llevaría una impresión equivocada y seguramente se apartaría de su camino sin echar la vista atrás.
En vez de decirle que era la solución perfecta a su problema, optó por darle una respuesta más agradable.
–Me gusta tu cara.
Él sonrió. Era guapo.
–Sí, claro, a mí también me gusta tu cara, Jee-ahh. Vamos, confiesa. ¿A qué viene quedar para tomar una copa un lunes a las seis de la tarde? ¿De qué va este rollo? –preguntó y dio un sorbo a su cerveza.
Era más listo de lo que quería hacer ver.
–Y ahora, ¿quién es el listillo? –replicó ella arqueando una ceja.
Denver rio entre dientes.
Gia tomó la copa por el tallo y decidió contarle la verdad.
–Estoy buscando un acompañante para la boda de mi hermano. Es el sábado que viene.
–¿Y me has elegido a mí? –preguntó divertido–. ¿Qué pasa, que quieres enfadar a tus padres o tienes que poner celoso a alguien?
No pretendía poner celoso a Jayson y sabía que a sus padres les daba igual si iba a la boda acompañada o no. Lo que le preocupaba era la atracción que sentía por su exmarido. Con tan solo mirarla desde el otro extremo del salón, Jayson era capaz de hacer que su mente se quedara en blanco y que su corazón se detuviera. Un inocente baile en la última boda había acabado con sus manos en la parte baja de su espalda y sus labios junto al oído.
No podía permitir que eso volviera a pasar.
–Un poco de las dos cosas –mintió.
–Soy tu hombre –dijo Pip, y alzó su cerveza para brindar.
No era su tipo, pero cumplía el papel. Sonriendo, Gia levantó su copa y brindó con él.
Capítulo Tres
La mujer que yacía sobre la arena era alta, dada la forma sugerente en que desplegaba sus piernas mientras posaba para la cámara.
Cuando Gia había dicho que estaba saliendo con un famoso, se le había ocurrido una idea. Ese mismo día, había llamado a Mason, su hermanastro, y había tenido la gran suerte de que tenía programada una sesión de fotos con una modelo.
Mason estaba de cuclillas en la arena, delante de la mujer, dándole instrucciones de cómo colocarse sin dejar de disparar su cámara.
A lo largo de los años, había tenido que aguantar todo tipo de bromas.
–Mason y Jayson, ¿qué sois, gemelos? –solían preguntarles.
La respuesta era evidente a primera vista. Jayson tenía una constitución más robusta que la de su hermano. Jayson era más fuerte y ancho que su hermano. Mason era delgado y unos centímetros más alto. Ambos habían llevado perilla, pero Jayson se la había quitado. Desde entonces, solo optaba por afeitarse o dejarse barba.
–Preciosa, Natasha –dijo Mason, felicitando a la modelo antes de bajar la cámara.
Preciosa Natasha sería un apodo perfecto. Aquella diosa en biquini, con arena pegada a los pechos, había aparecido en muchas revistas. La sesión de fotos era para su calendario. El año anterior había sido portada de la edición de bañadores de Sports Illustrated, y en la más reciente también aparecía, aunque en páginas interiores.
Encargarse del calendario de Natasha Tovar era todo un triunfo para Mason. Había empezado su carrera haciendo retratos familiares. Luego había sido fotógrafo de bodas. De hecho, se había encargado de la de Jayson y Gia, y, más tarde, había pasado a fotografiar a modelos, algo que en California era más duro de lo que se podía imaginar.
–¿Lo tenemos?
Natasha se sacudió la arena de la parte superior del cuerpo antes de enfundarse en una fina bata blanca que dejaba adivinar lo que había debajo. Cuando las copas del biquini mojaron el tejido, aparecieron un par de círculos naranjas de los que a duras penas podía apartar la mirada.
–¿Quién es? –preguntó la modelo secándose el pelo con una toalla mientras se acercaba con sus kilométricas piernas hasta Jayson.
–Es Jayson Cooper, mi hermano. Le llamamos Cooper –contestó y desvió la mirada de Natasha a Jayson.
–Encantada de conocerte, Cooper.
Le tendió la mano y él se la estrechó. No se molestó en presentarse y Jayson supuso que tampoco hacía falta. La modelo se disculpó y siguió caminando por la playa en dirección a su caravana.
–Ese bamboleo de caderas lo está haciendo por ti –comentó Mason.
Se quedó revisando algunas de las tomas en su Canon mientras el encargado de la iluminación dejaba los reflectores y se dirigía a un puesto de comida que había en la parte más concurrida de la playa.
–¿Tienes hambre?
–Siempre –contestó Jayson.
–No me gusta la comida de ese puesto –dijo Mason–. He traído unos tamales que ha hecho Chester.
El estómago de Jayson rugió. El marido de Mason hacía los mejores tamales del mundo.
–Te arriesgas a que te deje sin almuerzo, sobre todo si lo ha preparado Chester.
–Es un tesoro –afirmó Mason sonriendo.
Con dieciocho años, después de terminar el instituto, Mason había salido del armario. ¿La reacción de Jayson? Se había limitado a encogerse de hombros. No podía haberse sorprendido menos.
El padre de Mason, Albert, había puesto el grito en el cielo, lo que le había confirmado que su padrastro apenas prestaba atención a nada que no fuera trabajo. Pero Albert también era un buen hombre y, aunque había tardado más, había acabado por aceptar que su hijo fuera homosexual. Julia, la madre de Jayson, tampoco se había sorprendido. Había ayudado a Albert a darse cuenta de la verdad: Mason seguía siendo Mason independientemente de a quién amara.
Aquello era ya agua pasada. Mason y Chester se habían casado hacía ya dos años y formaban un aburrido matrimonio más, al menos a ojos de Jayson.
Los hermanos compartieron un táper de tamales sentados en un trozo de madera contemplando el romper de las olas. Era una agradable forma de pasar la tarde.
–No puedo creer que hayas venido hasta aquí solo por conocerla. Debes de estar desesperado –comentó Mason cuando acabaron de comer.
Jayson dejó su tenedor en el táper vacío y se pasó la lengua por los labios. ¿Qué responder a aquel comentario? Mason sabía que Jay quería ir acompañado a la boda, pero no le había dicho por qué.
No le había contado que seis meses atrás le había provocado a Gia un orgasmo y desde entonces ella se había comportado como si nunca hubiera pasado. No era muy diferente a cuando habían tenido sexo en el coche justo antes del juicio de su divorcio. Había sido un encuentro increíble e inesperado. Cinco días después, en el juzgado, Gia lo había tratado con indiferencia, como si no hubiera sentido la tierra moverse bajo sus pies.
Pero aquel encuentro sexual en el coche no había podido salvar su matrimonio. Cada vez que discutían, algo que había sido muy frecuente hacia el final, ella había alegado que no podía estar con alguien que la controlaba. Jayson, cuyo verdadero padre había impuesto el miedo en su casa con su violencia, nunca había reaccionado bien ante aquella acusación.
–¿Cuéntame por qué quieres ir con una modelo a la boda? –preguntó Mason.
–Gia va a llevar un acompañante a la boda de su hermano Royce y no quiero ir solo.
–Parecéis chiquillos.
–Hace poco, Gia y yo estuvimos a punto de acostarnos. Habría sido como dar marcha atrás en el tiempo –dijo Jayson sacudiendo la cabeza–. Resulta que, además, es un tipo famoso. No me quedó otra que inventarme algo.
–¿De quién se trata?
–De Denver Pippen –contestó Jayson.
Al parecer Gia lo había conocido en un cóctel y las cosas entre ellos iban bien. A Jayson no le gustaban los cotilleos de oficina, pero tenía que reconocer que había estado atento para ver de qué se enteraba. Había oído a Gia contarle a Taylor con gran entusiasmo que su pareja iba a ser nada más y nada menos que la estrella del monopatín Denver «Pip» Pippen.
–Está muy bueno –dijo Mason–. El anuncio de esa bebida para deportistas en el que salta por encima de unos coches…
–Así no me ayudas –dijo Jayson poniéndose de pie–. ¿Qué tiene Gia en común con un tipo que se ha roto casi todos los huesos del cuerpo? Ella es un cerebrito mientras que él apenas tiene dos dedos de frente.
–Y crees que se pondrá igual de celosa que tú cuando te vea con Natasha.
–No estoy celoso de ese idiota con sonrisa bobalicona. Pero si lo veo besar a Gia, voy a dejarle una nueva cicatriz.
Mason rio.
–Ya es hora de que ambos paséis página, Coop. Lleváis mucho tiempo fuera de juego.
–Gracias por recordármelo –dijo pasándose la mano por el pelo–. No es fácil tener una cita cuando tu exesposa forma parte del mismo círculo social.
Mason miró a su hermano de reojo.
–Seguís comportándoos como si estuvierais casados. La gente que se divorcia avanza en la vida, vosotros no.
Jayson sacudió la cabeza, aunque tenía que reconocer que Mason tenía razón. Era difícil pasar página cuando la herida seguía abierta.
–Ahora estoy pasando página –apuntó Jay en un intento de convencerse a sí mismo.
–Bueno, le he hablado de ti a Natasha. Le he contado que eras muy atractivo y que estabas soltero. Luego le he dicho que ibas a ir el fin de semana a la finca de los Knox en los viñedos y deberías haber visto su cara –dijo y sacó su cámara–. De hecho, mírala. Hice varias fotos de su reacción.
–¿Le contaste que estaba buscando acompañante para una boda, verdad?
–¿Y hacerte todo el trabajo sucio? De eso nada. ¡Natasha! –dijo girando la cabeza.
La puerta de la caravana se abrió.
–¿Más fotos?
–No, es solo que Cooper quiere preguntarte algo –dijo y le dio una palmada en el hombro a su hermano mientras Natasha avanzaba por la arena hacia ellos–. No hay mejor momento que ahora –añadió bajando la voz.
Mason se metió en la caravana y cerró la puerta.
Natasha, todavía vestida con aquella bata semitransparente, se quedó mirando a Jayson.
–¿Qué pasa, Cooper?
Jayson se pasó la mano por el cuello y sonrió a la modelo.
–¿Estás libre el sábado?
Capítulo Cuatro
Quedaron en verse directamente en la boda, lo que tuvo a Gia en ascuas. Temía que Denver fuera vestido con camiseta, vaqueros y zapatillas a un acto formal en casa de los Knox.
Ella llevaba un vestido rosa de dama de honor, corto y vaporoso. Era más corto por delante que por detrás, y los tirantes dejaban al descubierto sus hombros. El corpiño era ajustado y tenía mucho escote, pero no le importaba.
Al final no tuvo de qué preocuparse. Denver apareció vestido de Armani de arriba abajo, así que no le importó que fuera con el pelo revuelto y las gafas de sol en la cabeza. Al llegar, muchas cabezas se volvieron para mirarlo, la mayoría hombres aficionados a los deportes.
Todavía no había visto a Jayson, pero daba igual. Había conseguido su objetivo. Había ido a la boda de Royce y Taylor acompañada, con lo que no acabaría echándose sobre Jayson ni intentaría quitarle los pantalones.
Denver se abrió paso hasta las sillas dispuestas en lo más alto de la colina, desde donde había una hermosa vista de los viñedos. Gia se unió a la otra dama de honor, su cuñada Addison, que estaba embarazada.
Addi suspiró y miró a Gia.
–Estoy bien.
–Es tu oportunidad de vengarte de Taylor por ponerse de parto en tu boda –bromeó Gia.
–Veré lo que puedo hacer –dijo Addi entre risas.
El violinista empezó a tocar y Gia inició la marcha por la alfombra blanca junto a la otra dama de honor, sin dejar de sonreír al fotógrafo. Al pasar junto a su hermano Royce le guiñó el ojo, antes de desviar la mirada a Brannon, que la saludó con una inclinación de cabeza.
El corazón se le aceleró al ver a Jayson. Sabía que sería otro de los testigos de la boda y que estaría junto a sus hermanos, pero no estaba preparada para verlo al otro extremo del pasillo. Ellos también se habían casado al aire libre, aunque lo habían hecho frente al mar en vez de mirando hacia los viñedos.
Su sonrisa se tensó y apretó con fuerza el ramo de lilas. Podía hacer aquello, tenía que hacerlo por su hermano.
Se colocó en su sitio y buscó entre los asistentes a su acompañante. Lo vio sentado en la segunda fila, repantingado. Antes de que pudiera pensar qué le parecía, Addison se colocó a su lado y Taylor comenzó a avanzar por el pasillo hasta el altar.
Taylor estaba muy guapa con su vestido blanco de novia. Gia se emocionó al ver a su mejor amiga tomar la mano de Royce, y unas lágrimas rodaron por sus mejillas al pensar que estaban a punto de convertirse en hermanas.
En cuanto Royce besó a su novia, y después de que Addison y Gia dieran cuenta de varios pañuelos de papel, los asistentes vitorearon a los nuevos señor y señora Knox. La música comenzó a sonar, señal de que la ceremonia había acabado.
Brannon pasó a su lado y se acercó a Addi.
–Lo siento, hermanita, pero mi esposa me necesita.
Addison, con una mano en su abultado vientre, tomó del brazo a su marido. Bran le susurró algo al oído y ella le contestó que todavía estaba bien.
–Creo que te tendrás que conformar conmigo –dijo Jay, ofreciéndole a Gia su brazo.
–Son los sacrificios que hacemos por los que queremos –replicó ella antes de detenerse para sonreír al fotógrafo–. No veo a tu acompañante.
–Está sentada detrás del tuyo.
Gia volvió la cabeza y vio a su cita charlando animadamente con una atractiva morena. Tuvo que parpadear dos veces para asegurarse de que estaba viendo bien.
–¿Esa no es…?
–Natasha Tovar, la top model.
–¿Así que Mason te ha emparejado con Miss Sports Illustrated?
–Él nos presentó. Dice que le gusta mi acento.
Cada vez que se inclinaba hacia ella, Gia sentía que no podía pensar con claridad.
–Tú no tienes ningún acento.
–Para Natasha sí. Es rusa.
–Me alegro por ella –refunfuñó Gia.
Los invitados se acercaron a la carpa que se había montado y Gia y Jayson se quedaron esperando a sus acompañantes. Al ver a la modelo acercarse, Gia frunció los labios. Al natural, aquella atractiva morena era tan guapa o más que en las páginas de las revistas. Era alta y de largas piernas, y tenía los pómulos marcados y los ojos grandes. A cada paso que daba, su vestido corto negro dejaba entrever un muslo firme.
–¿Y tu chico? –preguntó Jay, bajando la voz–. ¿Acaso no tiene un peine o es así como se peinan ahora los jóvenes?
Gia volvió su atención hacia Denver.
–Admito que es divertido salir con un hombre joven después de haber estado tanto tiempo saliendo con un hombre mayor.
Jay sonrió, muy seguro de sí mismo.
–Uno mejora con los años, cariño.
Se le erizó el vello de los brazos, como le sucedía cada vez que percibía la sensualidad de su exmarido, lo que ocurría más a menudo de lo que le gustaría. Por suerte, sus acompañantes se unieron a ellos antes de que Jayson se diera cuenta de su reacción.
–Oye, tía, ¿sabes quién es? –preguntó Denver a Gia, señalando con el pulgar hacia Natasha.
–Natasha Tovar, ¿no es así? –dijo Gia teniendo la mano–. Es un placer conocerte. No sabía que estuvieras saliendo con nuestro Jayson.
–Coop y yo nos conocimos hace unos días y congeniamos. Él no es gay como su hermano.
Gia apretó los labios para contener la risa y se volvió hacia Jayson.
–No sé si deberías tomártelo como un cumplido.
–Parece que a Denver todavía le quedan dientes –dijo Jayson entre dientes–. Me alegro por ti.
Gia lo miró de reojo y lo vio sonreír con malicia antes de acercarse a Natasha y llevársela. Se quedó mirándolos mientras se alejaban, maldiciendo para sus adentros por lo buena pareja que hacían.
–Es impresionante –soltó Denver, y le puso una mano en la cintura.
–No todos nacemos jirafas –dijo ella con sorna.
–No, muñeca, tú desde luego que no.
Denver dobló las rodillas para ponerse a su altura, la tomó por los brazos y la miró a los ojos.
–Tú eres preciosa, pero en otro sentido. Estás en otra liga.
A juzgar por su sonrisa, aquello debía de ser un cumplido.
–Gracias.
–De nada.
–Vayamos a pillar algo de papeo.
Se dirigieron a la carpa que daba hacia los viñedos. Había más gente en aquella boda que en la de Addi y Bran. Fácilmente había el triple de invitados. Con un poco de suerte, no se volvería a cruzar en toda la noche con Jayson y Natasha. Pero cuando se acercaron a la barra, allí estaba Jayson, ofreciéndole una copa de champán a Natasha.
–¿Qué te parece, muñeca? ¿Te ape unos tragos? –le preguntó Denver.
Jayson se volvió y frunció el ceño.
Gia se dirigió al camarero, ignorándolos a ambos.
–Un dirty martini con tres aceitunas. Si puede ser, rellenas de queso azul.
–Un chupito de ron y una cerveza IPA.
Denver no parecía haber reparado en la mirada de desaprobación de Jayson. Tampoco importaba. Le gustaba tan poco su acompañante como a él la suya.
El camarero les sirvió sus bebidas y Jayson, con una copa de vino en una mano y la otra alrededor de la cintura de Natasha, señaló hacia una mesa libre.
–Dirty martini –dijo Natasha entre risas antes de echar a andar con Jayson.
–¿Qué demonios significa eso? –susurró Gia para sí.
–Significa que estás en la onda, muñeca –contestó su acompañante.
–Gia –bramó, asesinando a Denver con la mirada–. Me llamo Gia.
–Jee-ahh.
Ella suspiró. Prefería que la llamase así y no muñeca.
Capítulo Cinco
–Las habitaciones de invitados están en la segunda planta –le estaba explicando Gia a Denver mientras subían la escalera.
Se estaba haciendo tarde y muchos invitados se estaban yendo. Uno de sus cometidos como dama de honor era asegurarse de que no les faltara nada a los invitados que iban a quedarse a pasar la noche.
–Estupendo, iré a por mis cosas.
Le dio un beso en los labios, algo que le sorprendió, puesto que todavía no se habían besado. La noche en que habían tomado su primera copa juntos había acabado como había empezado, con un beso en la mejilla.
–Eh, Natasha –dijo antes de subir corriendo la escalera.
Gia cerró los ojos. Aquella diosa rusa había presenciado el beso. Se volvió y no le sorprendió ver que Jayson estaba allí también.
–Nosotros también vamos a quedarnos –comentó Natasha a Gia.
–Qué bien.
–Sí, es muy emocionante –dijo Natasha sin percatarse de la ironía de Gia–. Voy a refrescarme, pero todavía no me voy a la cama. Quiero seguir bailando.
Hizo a Jayson a un lado y luego subió la escalera.
–¿Lo estás pasando bien? –le preguntó Gia en tono apagado.
–Me encantan las bodas –respondió él metiéndose las manos en los bolsillos de los pantalones.
Se había quitado la chaqueta y la pajarita. Llevaba los primeros botones de la camisa blanca desabrochados y las mangas subidas hasta los codos.
Estaba muy guapo. Rara vez no lo estaba.
–¿Dónde está tu habitación? –preguntó Jayson.
–Al fondo.
La de Denver estaba en diagonal con la suya, pero no le iba a dar tantos detalles.
–¿Y la tuya?
–Estamos en la mitad del pasillo.
Jayson le dirigió una mirada significativa y Gia habría jurado que era porque estaba pensando en la habitación donde se habían quedado la última vez que habían visitado la mansión de sus padres. Al menos, a ninguno de los dos les habían asignado esa habitación.
Aun así, no le gustó que hablara en plural. Eso significaba que iba a meterse en la cama con Miss Rusia.
–No es tu tipo –dijo Gia, tratando de parecer indiferente.
Lo cierto era que sentía curiosidad. No lo había visto con nadie desde que se habían divorciado.
–No tengo un tipo.
El tipo de ella solía ser moreno, fuerte y guapo, con barba de días, pelo muy corto y ojos muy azules. Pero eso había sido mientras había estado enamorada de Jayson. Ya no lo estaba.
Cuando se había casado con él, pensaba que la entendería, que le permitiría ser ella misma y encontrar su propio camino. En vez de eso, había intentado acorralarla y protegerla, de la misma forma que su padres y sus hermanos.
–Yo tampoco tengo un tipo.
–¡Coop! ¡He encontrado esto en nuestra habitación!
Natasha corrió escaleras abajo, agitando unas maracas que los Knox habían traído de un viaje familiar a Puerto Rico. Gia se sintió enfurecer. Aquella mujer no sabía respetar lo que no era de ella.
–¡Eh! –exclamó levantando la voz–. Eso que llevas…
–Tiene que volver donde estaba –la interrumpió Jayson, quitándole las maracas a Natasha y dándoselas a Gia.
Mientras se alejaba con su cita, Gia le oyó decirle que encontrarían otra manera de entretenerse en la pista de baile.
Y seguramente también en la cama que iban a compartir, pensó Gia mientras subía la escalera.
–Vaya choza.
Denver estaba cerrando la puerta de su habitación y se encontró con ella en mitad del pasillo.
–¿Para qué sirve eso? –preguntó al ver las maracas.
–Para nada –dijo Gia y lo empujó para que se hiciera a un lado.
–Cambio de planes. Vamos a dormir juntos.
Salió cargando con la mochila de Denver y abrió la puerta de su habitación. Él la siguió, confundido.
–¿Juntos?
–Sí –dijo dejando la mochila sobre su cama–. Juntos.
Denver le dedicó una sonrisa amplia y desenfadada.
–Mola.
–Pero quiero seguir bailando.
No fue la pronunciación de Natasha lo que incomodó a Jayson, sino el tono quejumbroso con el que pronunció aquellas palabras.
Era una mujer muy guapa y muy segura de sí misma. Era educada y sociable. No bebía alcohol y se dirigía a todo el mundo con cortesía. Pero…
Le gustaba llamar la atención y no se separaba de él, y eso lo estaba volviendo loco.
Había bailado sin parar con ella y ya estaba harto.
–Natasha, he dicho que no –dijo y le soltó la mano del brazo.
Ella frunció el labio superior, lo que no le restó ni un ápice de atractivo.
Jayson esbozó una sonrisa tolerante y suavizó el tono de su voz.
–Si no me fumo un puro con Brannon se va a enfadar.
–Ningún puro va a tocar esta boca.
–Será solo uno –dijo él, aunque lo que realmente quería decir era que le daba igual.
No había ni pizca de química entre ellos, pero se le había pasado por la cabeza acostarse con ella aunque solo fuera por quitarse de la cabeza a su exesposa y aquel vestido corto tan escotado que llevaba.
Probablemente Denver ni se había fijado.
–Nada de besos –sentenció Natasha antes de escabullirse.
La banda empezó a tocar una canción con ritmo y se agarró a un caballero maduro con el que empezó a bailar. A Jayson le sonaba aquel tipo de alguna reunión de la junta directiva. Parecía disfrutar más que él bailando, pero le daba igual.
Fuera, se encontró a Bran formando un círculo con unos cuantos más del trabajo.
–Ahí está –dijo Bran y le ofreció un puro–. ¿Dónde está tu modelo? ¿Ya se ha dado cuenta de que eres un perdedor y te ha dado una patada en el culo?
–Está bailando.
–¿Qué hace Gia con Denver Pippen? –preguntó Bran con el puro entre los labios–. ¿De qué va eso?
Jayson encendió su puro y aspiró.
–Ya me gustaría saberlo.
–Hace un rato que no los veo. ¿Se han marchado ya?
Jayson apretó los dientes.
–Creo que van a quedarse.
Sabía perfectamente que iban a quedarse en la habitación del fondo del pasillo. La había visto subir un rato antes. Si estaba en la habitación con Denver, podía imaginarse lo que estarían haciendo en aquel momento.
No debería importarle, pero con Gia siempre le salía el instinto de protegerla. Denver parecía inofensivo. Aquella estrella del deporte probablemente se hacía más daño a sí mismo del que haría a cualquier otra persona. Pero había que recordarle a Gia que no necesitaba bajar tanto el listón en la escala evolutiva para conseguir una cita.
–Eso parece.
Bran desvió la mirada hacia el segundo piso de la casa, en donde había varios dormitorios con la luz encendida. El hermano de Gia no iba a comentar nada sobre Denver y ella, y Jayson lo entendía. Bran y Jayson eran íntimos amigos desde hacía muchos años, pero si Bran tuviera que ponerse de un lado, elegiría el de Gia. Así era como debía ser.
–¿Cómo está Addi? ¿Ya le debe de quedar poco para que nazca el bebé? –preguntó Jayson.
–Esta noche se lo está tomando con calma. Aparte de unas cuantas patadas al ritmo de la música, dice que el bebé está a gusto en su barriga. No sabéis qué ganas tengo de conocer a mi hija.
–Yo también –dijo Jayson y le dio una palmada en el hombro.
Brannon y Royce eran familia. Aunque se hubiera divorciado de Gia, nada había cambiado. Después de su separación, Gia había insistido en que nadie tratara a Jayson de una manera diferente. La única persona que no había podido cumplir con ese deseo había sido Gia. Se mostraba fría y distante con él la mayor parte del tiempo, a excepción de lo que había pasado en aquella casa seis meses antes.
–Caballeros –dijo Royce a modo de saludo.
Seguía vestido con el esmoquin. Taylor, con su traje de novia, lucía una sonrisa cansada.
–¿Un puro? –preguntó Bran dirigiéndose a Taylor.
–Anda, calla –respondió dándole una cachetada a su cuñado–. Estoy que me caigo.
–Claro que no –la animó Jayson.
–Gracias, Coop –dijo ella sonriendo con sinceridad antes de volverse a Bran–. Solo tienes que pedírmelo y retrasaremos la luna de miel. Royce y yo queremos estar aquí cuando nazca el bebé de Addi.
–No nos importa, Bran, de verdad.
Jayson se sorprendió al ver a Royce asentir.
–Idos –dijo Bran–. El bebé estará aquí cuando volváis.
–Pero quiero estar aquí –insistió Taylor.
–Chicos, idos a las Bahamas. Como retraséis el viaje, no os iréis nunca. Trabajáis demasiado.
Jayson paseó la mirada por el grupo y sonrió. Bran estaba tan entregado a la empresa familiar como Royce y Taylor.
–Tiene razón –le dijo Taylor a Royce–. De todas formas, si nos quedamos, tus padres insistirán en quedarse con su nieta. Están deseando que nos vayamos de luna de miel tanto como nosotros.
–No tanto –replicó Royce.
–Lo tenemos todo bajo control –aseguró Jayson.
Se alegraba por ellos. No todos los matrimonios acababan en fracaso como el suyo.
–Muy bien. Nos iremos a las Bahamas –dijo Taylor–. Por cierto, ¿dónde está Gia? Quería despedirme de ella.
–Creo que se ha ido a la cama.
–Vaya.
Jayson estuvo a punto de animarla a que subiera e interrumpiera lo que estuviera haciendo, pero se contuvo.
Estaba progresando.
Royce estrechó la mano de Jayson y luego la de Brannon.
–Llámanos en cuanto Addi llegue al hospital –le pidió a su hermano–, ya sea de día o de noche.
–Tranquilo, Royce, es tu luna de miel, te tienes que relajar.
–No me voy a relajar –dijo Royce–. Y tú, Coop, vigila a nuestra chica.
Una vez se hubieron ido, Bran se volvió hacia Jayson.
–¿De qué iba todo esto?
–Ni idea –mintió Jayson, apartando el puro de sus labios.
Royce no se refería a su hija, sino a Gia. No hacía mucho tiempo que Jack Knox, el padre de Gia, le había pedido a Jayson algo parecido. Su familia siempre la había protegido.
Jayson había tardado un tiempo en darse cuenta, pero ahora sabía que lo que Gia quería por encima de todo era valerse por sí sola.
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