Читать книгу: «Cómo provocar un incendio y por qué»

«El logro más notable de esta novela es la voz narrativa. Pertenece a Lucia Stanton, su heroína joven y descontenta que recuerda a Holden Caulfield. Lucia es una creación maravillosa y la riqueza de su voz –su inteligencia y distraída precisión– se siente desde la primera página».
The Boston Globe
«Ball se refiere a sí mismo como fabulista, pero no deja de ser un escritor profundamente moral, con un sentido fino de la tragedia… Las novelas de Ball –pese a su astucia, sus misterios inquietantes y sus actos de violencia sin sentido–, son en definitiva una celebración de la compasión, nuestra mejor barrera contra el sufrimiento».
The Atlantic
«Extremadamente lograda: ágil, con un lenguaje afilado y un chispeante y peculiar sentido del humor».
The Wall Street Journal

A Frank Bergon
Primera parte EN DONDE ME PRESENTO
1
Hay gente que odia a los gatos. Yo no, es decir, personalmente no odio a los gatos, pero entiendo por qué hay quienes los odian. Creo que todo el mundo necesita tener una causa, y la de algunos es odiar a los gatos, y no los juzgo. Cada persona necesita tener alguna cosa especial que debe hacer. Es más: no debería contárselo a nadie. Debería mantenerlo completamente en secreto, tanto como le sea posible.
En la escuela anterior no me creían lo del encendedor de mi papá. Siempre lo llevo conmigo. Es lo único que tengo de él. Y cada vez que alguien lo toca queda un poco menos de mi papá en el encendedor. Tiene sus restos; no me refiero a su cadáver, sino a los restos de su cuerpo normal, el que se nos va desprendiendo todo el tiempo. Es lo único que me queda de él, y lo atesoro.
Así que les dije, y se lo dije más de una vez: no toquen este encendedor porque los mato. Supongo que porque soy mujer nadie pensó que hablaba en serio.
Alguien me contó que una vez leyó en un libro que un científico vio un chimpancé hablándole por señas a un árbol. Al parecer, el chimpancé no solo había aprendido el lenguaje de señas, sino que además tomó la decisión de usarlo, y para usarlo eligió un árbol. Lo asombroso es que allí se termina la historia. Pusieron al chimpancé a hablar por señas con investigadores y gente así: nada de andar hablando con árboles. Estoy totalmente en contra de esa clase de cosas, y no porque crea que los árboles hablen ni nada por el estilo (no se preocupen, soy muy lúcida). Pero les apuesto lo que sea: si dejan que el chimpancé les hable a los árboles, una década más tarde, bueno… nadie sabe qué podría ocurrir, pero esa es la cuestión.
Lo que quiero decir es que tengo mis propios planes, mis propias ideas. Que me expulsaran de esa escuela no los afectó demasiado. Creo que en el fondo no me importa a qué escuela vaya. Pero lamento solo haberle rasguñado el cuello con el lápiz. Me creía capaz de más.
Fue una escena bastante desagradable. Me sentaron en la oficina del director, con mi pobre tía al lado (vivo con mi tía: papá = muerto, mamá en el loquero) y enfrente de nosotras el director, y Joe Schott, y su papá y su mamá. El papá de Joe tiene una concesionaria de autos, es decir que todos lo respetan, aunque no entiendo por qué. Por ejemplo, los empleados del deli lo llaman «jefe» aunque no sea su jefe. Lo he visto con mis propios ojos.
Como decía, también estaba el secretario, tomando notas. El secretario es además el profesor de gimnasia, y lo odio, así que, básicamente, sin contar a mi tía, una habitación llena de enemigos.
No se me pasó por alto que el director se había sentado con los Schott. Empezaron de la peor manera. El director le preguntó al secretario: ¿estamos listos para comenzar?, y él respondió: sí, creo que sí.
Schott padre dijo algo así como: Lucia, estamos dispuestos a perdonarte, con una expresión espantosa en la cara, y Joe dijo: no pienso perdonar a esta pendeja. Voy a perderme dos partidos como mínimo, y entonces Schott padre puso una mano en el hombro de Joe y comenzó a hablar, pero el director lo interrumpió: un momento, dijo, dejemos que empiece ella. Lucia, ¿estás lista? ¿Tienes algo que decir?
Fue entonces cuando dije: si su majestad el héroe del básquetbol no hubiera tocado mi encendedor, yo no le habría clavado un lápiz en el cuello.
Eso no les gustó. A Joe Schott lo admiran mucho por allí, es el niño mimado del pueblo. En el restaurante bautizaron una hamburguesa con su nombre, y hasta tiene su propia casa dentro de la propiedad de sus padres: una «cabaña», aunque no lo crean, algo que ningún chico de dieciséis años debería tener. Lo sé porque una compañera de la hora de lectura estuvo allí con él (es lindo). Ella también es detestable, así que les deseo lo mejor.
Lucia, si quieres seguir en esta escuela, tendrás que disculparte con Joe y su familia.
Perdón por no haber sido más clara, respondí. No toques mi puto Zippo, Joe. Tarde o temprano toda esta gente se va a ir y te vas a quedar solo, ¿entiendes lo que digo?
Mi tía me apretó la pierna, así que no dije todo lo que hubiera querido decir.
Mi tía es muy buena. Creo que es una de las personas más amables del mundo. Para mí que lo es. Cuando volvimos a casa, dijo que lamentaba que las cosas hubieran resultado así, con mi papá muerto y mi mamá internada, pero que no lo iba a remediar apuñalando gente. Dijo que entendía cómo me sentía. Además, no le importaba que no me dejaran volver a esa escuela. Buscaría otra que me aceptara. Lo que más la alegraba: que no hubieran involucrado a la policía. Probablemente la escuela haya querido evitar un escándalo. Pero dijo que todos tenemos un número limitado de oportunidades.
Quiero mucho a mi tía. Es la hermana mayor de mi papá y tiene por lo menos setenta años, no sé cómo. Eran anarquistas acérrimos, mi papá y ella, eso decía mi papá. Después él se murió y ella se llamó a silencio. El dinero apenas le alcanza para vivir y tener un jardincito. Fue tan dulce conmigo que en ese mismo momento decidí no causarle nunca más un problema. Fuimos a un cine de mala muerte a ver una película vieja sobre caballos. La cinta era muy mala, y el diálogo, pésimo y sentimental. No era Flicka ni Azabache, pero era absolutamente ridícula y horrible. La cuestión es que las dos lloramos a mares por las penurias del caballo y después volvimos a casa y tomamos mucho helado con cucharas grandes. Ella dijo que las cucharas grandes son buenas para días así.
2
Quizás se pregunten por qué les cuento todo esto. La verdad es que no lo sé. Pasaron un montón de cosas y solo las estoy poniendo en orden. Lo hago por mí. Ustedes no son más que una invención: me ayudan a poner las cosas en orden. Son mi público ficticio, y como tal les estoy muy agradecida. Supongo que cuando haya terminado de escribir voy a tirar todo esto. No crean que pienso que son menos horribles que los demás. Eso depende de ustedes: si quieren comportarse como personas decentes, adelante. Los que no somos unos miserables idiotas probablemente lo vamos a apreciar.
En fin, esto es lo que pasó:
Mi tía encontró otra escuela para que vaya. Se llama Whistler, y es la escuela de la ciudad más cercana. Puedo seguir yendo en bicicleta o tomar el autobús.
Después de un mes libre tuve mi primer día de clases, al comienzo del nuevo trimestre. No me hacía gracia la idea. Quizás tengan la impresión de que soy un caso difícil, pero solo soy una persona tranquila que se ocupa de sus propios asuntos. Ir a la escuela es horrible y aterraría a cualquier individuo en su sano juicio.
Esa mañana mi tía me dio una sorpresa. Me desperté y ahí estaba, sobre la mesa de la cocina: el encendedor de mi papá.
¿Cómo lo conseguiste?
Mi tía me guiñó el ojo.
Me lo llevé de la oficina el día de la reunión. Estaba sobre el escritorio. Yo tampoco quería que se lo quedaran ellos.
¡Qué mujer!
Se hizo la hora de irnos.
Como siempre me visto igual, no tardo mucho en prepararme. Alguna vez mi tía me compró ropa distinta: la tiré.
Tengo:
un buzo gris con capucha (la capucha levantada)
jeans negros
una musculosa blanca
zapatillas negras baratas
++el encendedor de mi papá++
cuaderno & lápiz
la llave de casa
algo de dinero y el documento de identidad
generalmente algún libro
un poco de regaliz por si tengo hambre
Pienso que una persona como yo puede vivir de regaliz. Por suerte, nunca he tenido que demostrar la veracidad de esta afirmación.
Cuando llegamos a la escuela mi tía paró el auto. Dijo: estás linda esta mañana. Le dije: es porque anoche me corté el pelo como un varón. Es una de esas paradojas de las que tanto hablan. Se rio.
Primero me planté frente a la escuela. Era grande, más grande que la escuela anterior. Toda de vidrio y cemento. No me gustó. No sé si existe algún motivo para construir cualquier cosa que no sean chozas. ¿Por qué no podemos vivir todos en chozas y ser amables los unos con los otros?
Será mejor que entremos.
3
Puedo hacer un diagrama de mi primer día en Whistler. En el diagrama hay una línea que va avanzando por la página hasta toparse con una mancha de Rorschach. En ese punto la línea directamente se muere, se retuerce toda y se muere. Lo cual no quiere decir que haya sido un mal día.
Les doy un ejemplo:
CHICA: Así que te llamas Lucia. ¿Ibas a Parkson?
LUCIA: …
CHICA: …
LUCIA: …
CHICA: Escuché por ahí que, bueno, que apuñalaste a alguien con un lápiz.
LUCIA: …
CHICA: …
LUCIA: Sí.
CHICA: …
LUCIA: …
CHICA: Eh… no se lo contaré a nadie.
LUCIA: Está bien. Puedes contarlo. No importa.
CHICA: …
Habría una parte del diagrama en la que podría superponerse una transparencia con pequeñas manchas rojas que indicaran otras cosas, por ejemplo: cuando vi a algunos chicos que parecían bastante aceptables. Vi a un par, pero no me hablaron. Uno de ellos estaba leyendo a Trakl, lo cual me pareció bien. Digamos que al menos no era una mala señal.
Una chica me preguntó si tenía pensado anotarme en algún deporte y eso me hizo escupir el jugo de manzana que estaba tomando. Le dije que los deportes eran parte del espectáculo. ¿Qué?, dijo ella. La clase dominante, dije. Pareció confundida. De lo contrario, dije, la gente se hartaría y no podría ser dominada, así que no. Puedo salir a correr, si el día está lindo, o ir a nadar, eso sí. Haría judo o algo por el estilo, si existiera la opción. Pero ¿perseguir una pelota? ¿Acaso parezco un perro?
Soy la capitana del equipo de hockey sobre césped, dijo ella.
Ese fue el fin de la conversación.
Mi tía me preguntó si me había hecho algunos amigos y yo le dije que un montón. Me dijo: cuéntame sobre tu día. Le dije:
Empezó súper bien. En el aula una chica llamada Kimberly se sentó al lado mío y me regaló una pulsera de la amistad. Actúa en el club de teatro y yo también voy a anotarme. Almorzamos juntas con su novio y un montón de gente muy simpática. Me divertí muchísimo. Después su novio nos llevó a la parte trasera del gimnasio, donde nadie nos viera, y nos inseminó a las dos, así como así. Fue hermoso, no el acto en sí mismo, sabes, sino lo que vino después, ese brillo en la piel… Así que, sí, estoy embarazada y tengo amigos, pero ninguna verdadera perspectiva de futuro.
No es gracioso, dijo mi tía. Cómo te fue de verdad.
Está bien, le dije. Te lo contaré mañana.
4
Hay un hecho que debería mencionar. Soy muy buena para adivinar cómo pasarán las cosas. Soy una buena pronosticadora. Se lo dije a mi tía, y ella respondió: ¿como Casandra? No, le dije, porque yo me lo guardo para mí misma.
No estoy diciendo que puedo predecir el futuro. Eso es una estupidez. Lo que digo es esto: tengo cierta habilidad para figurarme las cosas, así que puedo adivinar cómo evitar hacer lo que no quiero hacer, o evitar involucrarme en lo que no quiero involucrarme.
Por ejemplo, siempre me siento mal cuando llega la hora de gimnasia. En general, funciona. Pero no me siento mal en plena clase de gimnasia, no: empiezo a sentirme mal durante la clase anterior, de modo que tengo que ir a la enfermería, y regresar de la enfermería (donde resulta que no tenía nada) me lleva mucho tiempo, y para entonces la clase de gimnasia se está terminando, y justo cuando estoy comenzando a cambiarme de ropa es evidente que ya no vale la pena que lo haga. Esto solía ser un tema de disputa con el profesor de gimnasia de la escuela anterior.
Otro ejemplo: el segundo día me hice amiga de los conserjes y vigilantes de la escuela. Es decir que los saludé y les convidé un poco de regaliz en la puerta de la piecita hedionda donde se juntan cuando no hacen nada. Así de simple. Ahora les caigo bien. Saben que no soy como los demás imbéciles que van a esa escuela. ¿Qué quiere decir esto?
Quiere decir que cuando me escabulla por la parte trasera de la escuela para ir al kiosco a comprar cigarrillos o regaliz, ellos no dirán nada.
Además: hay una chica bastante parecida a mí que tiene su casillero a seis espacios del mío, y logré quitarle el carnet de conducir de la mochila sin que se diera cuenta. Ahora, si necesito entrar en algún sitio, puedo usar ese carnet y parecerá que la que entró fue ella.
Pienso en el futuro estado de cosas y lo que voy a necesitar. Sé que esa clase de razonamientos es extraña para algunos de ustedes, pero tendrán que avivarse, zonzos. Así es el mundo en que vivimos.
El segundo día un chico me invitó a salir. Definitivamente no soy muy atractiva, eso está fuera de discusión, pero dentro de todo soy flaca y no tengo lepra (con perdón de todos los leprosos: no es culpa de ustedes). Este sujeto debe haber pensado que era el momento ideal para abalanzarse sobre la chica nueva. Le dije que podíamos salir, si quería, y me invitó a comer una pizza esa noche, así que fuimos. Él pagó la pizza, lo cual fue bueno porque yo no tengo nada de dinero. Hubiera preferido pagarme mi parte, pero así son las cosas. Pidió una gaseosa muy grande, y le pregunté si era socio de la biblioteca. Se enojó porque el chico del mostrador me habló un poco de más. Dijo un montón de cosas que no escuché y en algún momento nos levantamos y me fui. Es muy alto, lo cual es un dato para tener en cuenta. Contemplé el futuro y vi que los chicos de la escuela que no son altos supondrán que solo salgo con altos, y que los altos pensarán que rechacé a un alto después de una sola cita: un panorama alentador.
5
¿Mencioné que mi tía tiene un jardín? Así es. Tiene un jardín en un hueco que se forma entre la casa y el garaje y un muro lateral. Es más o menos así:
CASACASACASACASA X
CASACASACASACASA X
CASACASACASACASA X
CASACASACASACASA X
CASACASACASACASA X
CASACASACASACASA X
CASACASACASACASA X
CASACASACASACASA X
JARDÍNJARDÍNMURO X
JARDÍNJARDÍNMURO X
JARDÍNJARDÍNMURO X
JARDÍNJARDÍNMURO X
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JARDÍNJARDÍNMURO X
JARDÍNJARDÍNMURO X
GARAJEGARAJENADA X
GARAJEGARAJENADA X
GARAJEGARAJENADA X
GARAJEGARAJENADA X
GARAJEGARAJENADA X
X es el límite del mapa. Si una hace un mapa para otra persona, es importante indicar dónde termina. Lo leí en un libro de cartografía. Cartografía significa hacer mapas, ¿no? Antes era difícil y casi todos los mapas estaban mal hechos, pero ahora es fácil, según dicen.
Pero volvamos al jardín de mi tía. Digamos que hay de dos clases: jardines franceses y jardines ingleses. Quizás también haya chinos y japoneses, pero esos más que nada tienen piedras y musgo, así que no cuentan en este caso. Estoy hablando de jardines con plantas, ¿no? Entonces: un jardín francés, a mi entender, es un jardín bien cuidado. Mi tía, por ejemplo, lo recorre lentamente y de tanto en tanto se agacha para arrancar alguna maleza o plantar alguna cosa en otro lugar. Eso es un jardín francés. Un jardín inglés es un jardín que solía ser francés pero en el que ya nadie se ocupa de nada. Parece descuidado. Las plantas no crecen en hileras prolijas. Eso me han dicho. El jardín de mi tía va de un extremo al otro. A veces es más francés; otras, más inglés. Una vez le pregunté sobre este tema a un estudiante de intercambio francés y me dijo que los jardines ingleses no son jardines de verdad. Claro que él también decía que todos los ciudadanos de Francia lucharon en la Resistencia. En mi opinión: es probable que una cantidad vergonzosa de franceses haya estado a favor de Vichy, y no me refiero a los que murieron linchados. Así es la historia siempre. Una hace ciertas cosas y más adelante, cuando la gente se entera de lo que hiciste, es mal visto. La única excepción es si tienes la oportunidad de defenderte, pero eso casi nunca ocurre. La historia solo es gente portándose mal.
En el diagrama puede apreciarse que la casa es bastante grande. Eso quizás les haga suponer que a mi tía le va muy bien o algo por el estilo. Cuando me traen en auto y se estacionan frente a esta casa, que es enorme, la gente piensa: sí, se viste como una mendiga, pero debe tener mucho dinero. Supongo que no está mal que lo piensen. Mi tía y yo vivimos detrás de la casa y detrás del jardín. El garaje está amueblado y allí vivimos nosotras, como si fuese una casita. Para mi tía debe haber sido un incordio hospedarme cuando la internaron a mi mamá. Yo duermo en la única cama que hay y mi tía duerme en un camastro o bien en un sillón grande que tenemos en un rincón. Suele quedarse dormida leyendo allí, así que debe gustarle.
Por supuesto que al principio le dije que ni lo soñara, que no pensaba quedarme yo con la única cama, pero como la mayor parte de las veces ella se duerme en el sillón y en la cama no hay nadie, entonces la uso.
Una vez me desperté en medio de la noche porque había luna llena (mucha luz) y me pasé como dos horas pensando en que mi tía se iba a morir y en que era probable que ocurriera en cualquier momento. Por otra parte, sé que las mujeres de la familia son longevas y todo eso. Mi tía podría vivir hasta los noventa y dos años en la más absoluta miseria. Es lo más probable.
Pienso que ser vieja no sería tan terrible, pero hay toda clase de cosas que les gustan a los viejos, cosas que les gustan mucho, que a mí no me gustan nada. Será entonces que la vejez no es para mí, al menos no por ahora. Odio pensar en eso. Envejecer es así: crees que te estás saliendo con la tuya y crees que te estás saliendo con la tuya y crees que te estás saliendo con la tuya y de repente eres vieja y resulta que al final no te saliste con la tuya. O sí te saliste con la tuya, como mi tía, pero las consecuencias son profundamente irónicas.
Una vez vi un documental sobre las pirámides, y en el documental decían que los CP (constructores de las pirámides) eran extraterrestres, básicamente unas cigarras (pero bípedas) cuyo ciclo dura diez mil años en vez de diez o quince, y que un buen día se van a despertar y, según la opinión del narrador del documental, van a enojarse mucho. Pero a mí me parece que ya deben estar acostumbrados a que se arruine todo mientras ellos duermen. Yo no pienso que se vayan a enojar. Tampoco es que le crea una palabra al documental. La mayoría de los documentales son peores que la ficción.
6
El día siguiente fue un desastre. La verdad es que ni siquiera tengo ganas de escribirlo, pero un trato es un trato, y ya que me metí en esto será mejor no omitir nada.
No bien llegué a la escuela esa mañana me sacaron de la
clase y me mandaron al despacho de la psicóloga. Lo que es peor, el profesor (que es un bruto, digo, no hacía falta que lo anunciara delante de todos) dijo con una voz de barítono odiosa y melodramática: señorita Stanton, la doctora Kapleau desea verla durante la primera hora. Y todos saben qué significa.
Así que tuve que reunirme con esta tal Kapleau, que me hizo preguntas sobre mi mamá y mi papá, y sobre los lápices, etcétera. Y luego, al terminar la entrevista, me preguntó si las clases me parecían bien o si no sería preferible que estuviera en un curso inferior, lo cual fue insultante. Le dije que hasta un delfín se graduaría con honores en esa cloaca, y ella sonrió con amabilidad y me dijo que volviera al aula.
Fue entonces cuando la cosa se puso peor, porque, de allí en más, todos quisieron saber por qué me había citado la psicóloga, y tuve que decirles que era porque tengo un trastorno que se llama cataplexia y que, si me río, me quedo dormida. Y que por eso nunca me río. Como es cierto que nunca me río, algunos me creyeron, excepto un chico, Stephan, que es inteligente. Dijo discretamente que lo que había dicho le parecía interesante, y también que la cataplexia es una enfermedad rara, muy rara. Por suerte, nadie le hace caso.
El primer día el asunto del lápiz no había llamado demasiado la atención, lo cual fue bueno, pero después de la entrevista con la psicóloga la gente empezó a comentarlo. No me molestó que en el almuerzo nadie se acercara a mi mesa. Me da igual no tener con quien hablar. Pero que la gente que está delante y detrás en una fila se aparte un poco más de lo normal no es agradable. Los voy a apuñalar de verdad si siguen actuando así, pensé en decirles, pero obviamente no habría sido el mejor de los comentarios.
Las cosas repuntaron entre la quinta hora y la sexta cuando escuché al pasar una conversación entre dos chicos. Ellos no me veían, y el más bajo con cara de tonto le decía al más alto que ya estaba todo arreglado y que la Sociedad del Fuego se reuniría esa tarde en el lugar de siempre. Trataban de sonar bien enigmáticos.
Apuesto a que no saben de qué hablo. Se preguntarán qué es la Sociedad del Fuego y por qué tanto entusiasmo. Pues bien, tengo un amigo (es cierto) que me contó algo que a su vez le contaron a él, y lo que me contó es esto:
En este preciso instante se están creando sociedades por todo el país. Se hacen llamar Sociedades del Fuego, y son sociedades para personas que quieren provocar incendios, personas que están hartas de la riqueza y de la propiedad y que quieren prender fuego todo.
Mi amigo me dijo que tienes que incendiar algo solo para que te dejen entrar, y cuando me lo dijo pensé: es lo más fascinante que escuché en mucho tiempo. En mi opinión, si no te gusta el fuego, no estás vivo.
7
Pero en la última hora, la de ciencias sociales, sucedió algo horrible. Estábamos haciendo un simulacro de juicio. Yo era el supuesto testigo de un asesinato y estaba declarando en el banquillo. Una de las supuestas abogadas, una chica llamada Lisette, me hacía preguntas. Pero tuvo la mezquina ocurrencia, apenas ingeniosa, de hacerme preguntas sobre mi identidad real. Al principio las intercaló sutilmente con las demás preguntas. Me costó entender adónde quería llegar.
Así que es nueva en la escuela. ¿Conocía al acusado antes de su llegada a este lugar? ¿En qué circunstancias?
Algunos se rieron por lo bajo. Respondí que no iba a la escuela y que hacía años que no estudiaba: se suponía que yo fuera un hombre mayor. ¿Acaso no me delataba la barba? (Nadie se rio). Le dije que ya había visto al acusado. Por supuesto, si era uno de mis inquilinos.
La noche del incidente anduvo deambulando en las calles. ¿Por qué motivo?
Hubo más risas.
Respondí que no había estado en la calle. Había estado en mi casa, mirando por la ventana.
Entonces arremetió:
Lo siento, sé que esto no tiene nada que ver con el juicio, pero ¿cómo consiguió esos jeans de hace cuatro años? ¿Viajando en una máquina del tiempo?
Lisette Crowe. Parece que tengo otra persona de quien vengarme. Tiene mucho dinero pero su forma de hablar es puramente televisiva. No se expresa como una persona con una mente real. El dinero de sus padres no alcanzó para protegerle el cerebro. Odio cómo habla la mayoría de la gente. De solo escucharlos dan ganas de volverse ermitaña. Mi mamá tenía un modo precioso de hablar. A veces me gusta pensar en eso.
El asunto es que todos se rieron de mí.
Tal cual, cuando ella hizo su tonta gracia todos se rieron, y eso me pone en un dilema: ¿es suficiente con que alguien se ría para agregarlo a la lista negra? Pienso que si se trata de una persona superficial, esencialmente un instrumento de los demás, entonces no, realmente no está en falta por reírse. Pero también pienso que si es una persona con ciertas capacidades (no hablo de inteligencia, digamos una que cuente con los recursos mínimos), en ese caso, si se ríe sin dudas se ganará un lugar en la lista. Porque podía no hacerlo. En fin, vi a varios de esos. Considérenlos agregados a la lista.
Dicho sea de paso, mis jeans no tienen nada de malo. Ni siquiera sé qué quiso decir ella. En un estudio a ciegas, apuesto a que no podría distinguirlos de otros cuatro pares de pantalones.
Pero así son las cosas: las personas ricas y populares ni siquiera necesitan tener razón. Hagan lo que hagan, siempre salen ganando.
8
(y por eso deben morir)
9
En la parada del autobús después de la escuela (el de la línea urbana) conocí a un chico que estudia en la universidad. Al menos, eso dijo. Le dije que yo también iba a la universidad y creo que se lo tragó. El chico estaba leyendo un libro sobre Chernóbil, cosa que puede parecer interesante al principio pero que en realidad no lo es tanto. Digamos que si una se encuentra con un libro así, lo que hace es ojearlo un segundo y luego dejarlo. No creo que acabe leyéndolo en la parada del autobús. Lo peor es que él iba por la primera página. Ni siquiera lo tenía empezado. Eso, para mí, es una señal de que el libro es un libro pantalla. Los libros pantalla son libros que la gente lleva consigo para parecer inteligente. La cuestión es que su libro pantalla me puso en guardia.
Me preguntó qué estudiaba y le dije que estaba estudiando el concepto de los venenos. Me preguntó a qué me refería. Le respondí que hay muchas cosas que son venenosas, pero que solo unas pocas son venenos. ¿A quién le toca trazar ese límite? A lo largo de la historia, el límite se va desplazando según quién salga beneficiado. Digamos que el alcohol es bastante venenoso, por ejemplo. Él dijo que le gustaba el alcohol. No lo dudo, dije yo.
¿Te gusta ir a recitales?
No mucho.
¿Por qué?
Porque son caros. A veces, mis amigas y yo entramos gratis.
Me dijo que no se sorprendía de que nos dejaran entrar gratis.
Le dije que una de las chicas es muy linda, que debía ser por eso.
Él dijo que no, que lo que había querido decir era que no se sorprendía: que le parecía que yo podía entrar gratis, con o sin amigas.
Me preguntó si quería ir a su casa, y le dije que sí, pero cuando llegó el momento de bajar del autobús me quedé sentada. Él se levantó y dijo: la parada es esta. Yo me quedé quieta, mirando por la ventana. Entonces el autobús volvió a arrancar y él ya se había bajado. Tal vez no vuelva a verlo nunca más. No me molesta la idea.
10
A veces con mi tía jugamos al cribbage, pero como a ella le parece aburrido nos inventamos un sistema de apuestas. Normalmente se juega hasta los 121 puntos, que se acumulan con el simple fin de ganar. Pero a ella (a mi tía) se le ocurrió la idea de que los puntos pudieran canjearse, y así el juego se volvería más interesante. Entonces, en cada mano, y entre una mano y la siguiente, se pueden usar los puntos de determinadas maneras para hacer varias otras cosas, como anular cartas, volver a tomar del mazo, duplicar la apuesta de alguna mano, comprar toda la caja o duplicar las fichas. Así, el juego es muy entretenido. A mi tía le gusta ganar y a mí también. La mesa que usamos para comer tiene incorporada una pieza que, al desplegarla, se convierte en un tablero de cribbage gigante. Sobre ese tablero jugamos. Con un tablero tan grande, ganar es más divertido y perder es más desagradable. Cualquiera de las dos que haya sido la última ganadora tiene ciertos privilegios en la casa. Uno de ellos es no lavar nunca los platos. Otro es usar la manta azul. Ese día, la última ganadora había sido mi tía. Para ser franca, la última ganadora siempre suele ser ella. Creo que en líneas generales comprende el juego mejor que yo. Su teoría es que las dos somos igual de buenas, pero eso se contradice con el hecho de que ella suele ganar más seguido. O quizás realmente sea la demostración de algún patrón estadístico según el cual ella tiene más suerte en la fase inicial. Lo cierto es que, cuando ella es la ganadora y está cansada, a veces se niega a jugar porque no quiere perder la corona. La conversación que tuvimos esa noche fue más o menos así:
LUCIA: Juguemos al cribbage.
TÍA LUCY: Prometiste contarme cómo te fue en la escuela.
LUCIA: Cribbage. Criiiiibbage. [Baja la mirada].
TÍA LUCY: Ah, tengo algo para ti.
Me dio un cuaderno forrado en fieltro negro. Mi cuaderno anterior era un cuaderno común de tapas de cartón. No hay dudas de que el suyo es mejor. Lo tomé y lo miré a la luz de la lámpara. Me gustó en el acto. Es realmente muy lindo. Debe ser lo más lindo que tengo, en cuanto al valor que podrían darle los demás.
Entonces se me ocurrió una idea muy buena. Decidí usar el cuaderno para anotar mis predicciones. Lo llamaré
EL LIBRO DE CÓMO VAN A SUCEDER LAS COSAS
No lo sé, quizás a ustedes no les guste tanto la idea. Yo confío bastante en mis predicciones, y me pareció que la suma total de mi felicidad se vería incrementada por tener un libro así. No es que lo necesite para demostrarle a nadie que tenía razón. Como no hablo sobre mis predicciones, no hay nada que demostrar.
++
Abrí el cuaderno y escribí en la primera página:
EL LIBRO DE CÓMO VAN A SUCEDER LAS COSAS
PREDICCIÓN
Leslie es una chica que se sienta en el aula a tres bancos del mío. Tiene un flequillo increíble pero una cara perturbadora de muñeca de porcelana y no usa casi nada de ropa. Se la pasa hablando con Pierre, el chico del banco de al lado. En el transcurso de la semana, Leslie sufrirá un accidente automovilístico que la dejará completamente desfigurada y Pierre no volverá a dirigirle la palabra. Ella agotará cada recurso mental hasta convertirse en una física premiada. Para entonces, la medicina habrá avanzado y podrán reconstruirle la cara. Entre tanto, Pierre se habrá vuelto un alcohólico sin techo y un día, al pasar frente a un negocio, verá a Leslie en un programa de entrevistas en uno de los televisores de la vidriera. Gracias a la medicina, la cara de ella será idéntica a la que tenía en el momento del accidente, es decir que, a pesar de que tiene ya treinta y ocho años, su cara parece de dieciséis y es muy, muy atractiva, lo cual hará que el corazón de Pierre le salte del pecho, literalmente, y quede boqueando en el suelo como una trucha. La gente que pase caminando por esa calle se cuidará de esquivar su cuerpo tirado boca abajo. Mientras tanto, ella todavía lo ama en secreto y cuando, en una noche de juerga alcoholizada con amigos, descubre el cadáver de él en la morgue de la zona, no puede soportar el dolor. Se abalanza hacia la calle ¡y la vuelve a atropellar un auto! Pero Pierre no estaba muerto, solo dormido. Sale tambaleando de la morgue y encuentra el cuerpo mutilado de Leslie, que ha sido arrollado por unos nueve o diez autos. No la reconoce, pero hay algo que sí ve: milagrosamente, la petaca de whisky que ella estaba tomando resultó ilesa, sujeta como la tenía a la cintura de la falda. Él se arrodilla para quitarle el whisky y lo invade una fabulosa sensación de bienestar.
¡Mentira! Así no son las predicciones.
Las predicciones son más bien así:
Mañana iré al Hogar a visitar a mi mamá. Me pondré un impermeable y tomaré el autobús de la línea 12 que irá derecho por la avenida Ranstall hasta Bergen, donde haré el trasbordo a la línea 8. Durante el trayecto en autobús leeré una antología de cuentos sobre insectos. Uno de ellos es «La metamorfosis», así que, como pueden ver, el libro es más entretenido de lo que parece ya que los editores se permitieron un enfoque amplio. Mientras esté leyendo el libro, un ejemplar de la editorial Ace que según dice costaba 45 centavos en alguna época, alguien querrá hablar conmigo. Yo refunfuñaré y señalaré que estoy leyendo un libro. Cuando llegue a Stillwell me bajaré del autobús. No se bajará nadie más, porque para entonces no quedará ningún otro pasajero. Caminaré unos ochocientos metros hasta la entrada, y una distancia similar desde allí hasta el edificio principal. En el edificio principal me darán un pase para visitas y me acompañarán hasta la habitación de mi mamá. No estará en su habitación. Entonces me acompañarán hasta el estanque. Ella estará sentada en una mecedora junto al estanque. Tendrá puesta una bata de hospital y el pelo atado en una cola de caballo (mamá nunca se ataba el pelo así). Me acercaré y le hablaré. Una vez más será incapaz de reconocerme. Me sentaré con ella un rato hasta que se haga evidente que aquello no le hace bien a nadie. Entonces regresaré y devolveré el pase. Caminaré de regreso a la entrada. Caminaré hasta la parada del autobús. Tomaré el autobús de la línea 8. Viajaré en la línea 8 y pasaré por Ranstall, por Wickham y por Arbor hasta Twelfth. Allí me bajaré. Entraré en la pista de bowling, Four Quarter Lanes, y me sentaré en la barra y mi amiga Helen me servirá un trago. Es mi niñera de la infancia. Tiene cuarenta y cinco años y está escribiendo un libro sobre autohipnosis. Siempre voy a verla después de visitar a mi mamá.
LO QUE SUCEDIÓ
Me desperté tarde y cuando llegué a la escuela para la tercera hora no tenía ninguna excusa, así que me sancionaron. En realidad, para ser totalmente franca, me pusieron la sanción por preguntarle al profesor Beekman por qué le molestaba tanto mi demora. Dijo que era mi deber estar en la escuela. Yo dije: pero por qué le molesta a usted que yo no esté en la escuela. Él dijo que porque tengo que educarme. Yo le dije que todo era una farsa. ¿A él le parecía que la población de Estados Unidos tenía una buena educación? ¿Era ese su argumento? ¿Que estaba contribuyendo a educar al pueblo de una democracia, y que quería que yo estuviera presente desde el principio de la primera hora para que dentro de unos años pudiera votar como corresponde mientras a él lo paseaban en silla de ruedas por todo el geriátrico? En ese momento me puso la sanción y me obligó a sentarme.
El episodio hizo que Stephan tuviera ganas de pasarme una nota, supongo, porque fue lo que ocurrió. La nota decía: cuál democracia, jaja. La chica que me dio el papel, Stephanie (sí, Stephanie me pasó una nota de Stephan; ¿qué decir?, la gente debería dejar de ponerles nombres de mierda a sus hijos, no es asunto mío), como decía, Stephanie trató de leer la nota, pero la letra era muy apretada y no pudo.
El asunto –y por qué todo esto se conecta con la predicción (I)– es que debía quedarme en la escuela después de hora a cumplir con la sanción, que comenzaría precisamente a las tres. La pregunta era: ¿me quedaría? No estaba segura de qué pasaría si no me quedaba. Quizás me pondrían otra sanción. En ese caso, quedarme o no quedarme sería solo una forma de programar cuándo cumplir con la sanción. Lo más probable sería que me pusieran dos. Dos sanciones por cada sanción no cumplida. Apuesto a que es así.
Al final no me quedé. A las tres en punto tomé el autobús, el de la línea 12, y después el de la línea 8. Llevaba puesto mi impermeable; siempre me lo pongo cuando voy a visitar a mi mamá, porque una vez vi una película sueca, Sven, el canalla, sobre un viejo que se interna en un asilo mental, o lo internan, y la persona que lo va a visitar (su hermano) tiene puesto un impermeable. Entonces el tipo (el hermano de Sven, que es muy bueno, al parecer todos se quieren mucho en Suecia) le da el impermeable a Sven, y Sven sale del asilo con el impermeable puesto y su hermano se queda en el asilo, y una vez que Sven se escapa el hermano anuncia que él no es Sven y tienen que dejarlo ir. En la película se la pasan cantando, pero no es un musical. A Sven le gusta cantar unas cancioncitas de mierda cada vez que hace alguna cosa inteligente.
Entonces se me ocurrió: quizás me pongo el impermeable, quizás voy al Hogar, quizás mi mamá me reconoce, y puedo darle el impermeable, y ella se puede escapar, ir a alguna parte. Ni siquiera necesito verla. Simplemente no me gusta la idea de que se la pase sentada junto al estanque.
Así que leí mi libro sobre insectos, y esta vez se trató de un cuento sobre un científico que modifica su ADN para que le crezca un ojo de mosca gigante en la frente. Como no puede dormir porque el ojo no se cierra nunca, termina enloqueciendo. Un cuento muy malo, en mi opinión. Caminé hasta el edificio y me dio el pase una chica que parecía de mi edad. La habitación de mi mamá no era la que me esperaba. La habían trasladado, pero ella no estaba allí.
Fuimos al estanque y allí estaba, con el pelo atado. El enfermero que me acompañó, un chico más bien delgado y musculoso de veintitantos, me preguntó por el libro así que se lo regalé. De vez en cuando me gusta hacer ese tipo de cosas.
Me senté con mi mamá y ella balbuceó un poco. Pensé en lo fácil que sería creer que su balbuceo tiene algún sentido, pero en realidad es como las hojas de los árboles o la grava o las capas de piel. Quiero decir: no tiene sentido, tampoco carece de sentido. Las cosas no guardan una relación directa con nuestra vida, por mucho que lo queramos.
El enfermero volvió con un puré de manzana. Creo que su idea era que yo se lo diera a mamá. Fue un lindo gesto, y probablemente sea lo máximo que pueda hacer desde su lugar de enfermero, regalar un puré de manzana, pero no quise saber nada. Se dio cuenta y no me lo ofreció. Quién sabe, tal vez simplemente quería comérselo y olvidó que yo estaba en el estanque. Mi mamá no iba a delatarlo. De eso no hay dudas. Puede ocurrir prácticamente cualquier cosa delante de sus narices sin que ella se entere.
Así que volví caminando a la entrada y fui en el autobús hasta el otro autobús hasta la pista de bowling. Estaba equivocada, por cierto, cuando dije que alguien iba a hablarme. Nadie me habló en el trayecto de ida ni nadie me habló en el trayecto de vuelta. En 4QL Helen me sirvió un Manhattan y me emborraché al instante. Me desplomé cómodamente sobre el respaldo curvo de una silla de plástico y durante casi dos horas me quedé mirando a los jugadores de bowling hasta que Helen terminó su turno y me llevó a mi casa.
PREDICCIÓN
Mientras estaba borracha en la pista de bowling hice una predicción. No fue una gran predicción. Fue esto: cuando llegara a casa, mi tía me diría que la habían llamado de la escuela porque no me quedé a cumplir con la sanción y yo le contaría que había ido al Hogar y entonces ella se daría cuenta de que estaba borracha y le agradecería a Helen por haberme llevado. Lo que ella no haría es: gritarme por no cumplir con la sanción, gritarme por estar borracha, gritarle a Helen por servirme alcohol.
Mi tía tiene algunas reglas en la casa. Son bastante parecidas a las reglas que tenía mi papá cuando vivíamos todos juntos. La primera regla es: No hagas cosas de las que no te sientas orgullosa. No las hagas y punto. Si a causa de esto te metes en problemas, todos juntos los afrontaremos en grupo. Pero no hay motivo para hacer cosas que no te enorgullezcan. Bien, esa es la regla número uno. La regla número dos es: No creas en estupideces y no actúes como un robot. Es mucho mejor meterse en problemas que ser un robot, porque los efectos de ser un robot son difíciles de revertir.
Estas reglas no se enuncian nunca, no hay un reglamento impreso. Sencillamente, así son las cosas. Mientras las respete, mi tía me apoyará, no tengo dudas. Ella no se siente defraudada. Estoy segura de que piensa que voy por buen camino. Yo también lo pienso, pero debemos ser las únicas. Hasta Helen me mira con un poco de tristeza cuando me ve llegar. Debe pensar que terminaré convirtiéndome en prostituta. Pero sabe que todavía no lo soy: ¡nunca tengo un centavo para pagar los tragos que me sirve!
Otra regla es: No prestes atención a la propiedad privada, pero sé consciente del valor que tienen las cosas para las personas. Esta es un poco más delicada. O sea: es obvio que nadie es dueño de nada. De modo que el robo no existe. A mi tía no le molesta que robe del supermercado, por ejemplo. Quizás se enoje si cometo la estupidez de que me descubran, pero eso es solo porque espera de mí que sea inteligente. A veces puedo ser inteligente. En fin. Decía que no existe el robo porque nadie es dueño de nada, así que robar no es robar, es más bien tomar algo que una puede usar. Sin embargo, si una persona deposita su vida en alguna cosa, quizás no habría que quitársela. Lo llaman sabi en japonés: es cuando un objeto muestra señales del uso de una mano. Si un tipo tiene una guitarra olvidada en un rincón de la casa y no la usa nunca, a mi tía no le molestaría que un día yo me apareciera con esa guitarra, si pensara tocarla. Si no, llevarme la guitarra sería una pendejada de mi parte o, en el mejor de los casos, un acto neutral y algo codicioso. Ahora bien, si un tipo tiene una guitarra y la toca todo el tiempo y es posible ver que sus manos han transformado la guitarra, que la guitarra es realmente suya, entonces no está bien que yo se la quite. Si de verdad necesitara una guitarra, tal vez él me la daría. Eso podría ocurrir, pero dependería de él.
También hay una regla sobre ser una persona considerada, que básicamente significa asegurarse de tener empatía. Eso se aplica a cosas tales como limpiar mi propio desorden, algo que no siempre hago. Aquí es donde me meto en problemas. Pero meterme en problemas nunca es tan grave. Solo consigo que mi tía me mire con un poco de bronca.
LO QUE SUCEDIÓ
Llegamos y no habían llamado de la escuela, así que mi tía no dijo nada al respecto. Sí se dio cuenta de que estaba borracha, porque puso a calentar la tetera, que es lo que hace cuando me emborracho. De lo contrario me pregunta si quiero un té antes de calentar la tetera.
Por otra parte, sí le preguntó a Helen si quería quedarse a tomar el té y le agradeció por haberme llevado. Helen rechazó la invitación y se fue. Creo que su libro sobre la hipnosis va a ser pésimo. Tiene unos veinte libros sobre hipnosis en su casa. Lo sé porque he estado allí. Su «libro» consiste principalmente en partes que le gustan de otros libros y que copió para crear un libro nuevo. No hay nada de malo en eso, pero no es un verdadero logro. Supongo que lo sería si el resultado fuera radicalmente superior. Si su libro volviera inútiles todos los demás libros, se trataría de una hazaña de concisión, y supongo que eso tendría valor. Pero es un libro sobre hipnosis, en la cual por otra parte no creo.
Una vez llevaron a un hipnotizador a Parkson, la escuela anterior, y unos chicos se subieron al escenario y él hizo que se comportaran como animales de granja y que se contorsionaran en posturas extrañas. El profesor de matemática se paró de cabeza, algo que supuestamente no sabía hacer. No sé si eso es prueba de algo. El episodio me dejó un poco asqueada.
PREDICCIÓN
Pensé en el chico del Hogar mientras estaba recostada en el sillón, borracha y con el té que me había servido mi tía. No podía tomarlo de lo mucho que quemaba, pero lo sostenía entre las manos como una especie de bolsa de agua caliente. Tenemos una de esas bolsas, mi tía y yo, y la usamos en invierno. De hecho, creo que mi tía la usa todo el año, lo cual no tiene sentido. La parte de arriba de la ventana que está junto al sillón está rajada y enmendada con cinta, y se cuela una corriente que hace sacudir el vidrio. Me gusta escucharlo cuando me siento en el sillón.
Fue un gran gesto de su parte que me trajera el puré de manzana. Creo que es la primera atención que recibo en mucho tiempo. Tenía puesto ese uniforme horrible que usan los empleados del Hogar, pero no le quedaba mal. Digo, le quedaba bien. Seguro es un crédulo total. La mayor parte de la gente no es capaz de procesar tanta mentira y termina creyéndose cualquier cosa. Cada día que pasa me prometo a mí misma que eso no va a ocurrirme a mí. Debe rondar los treinta años. No lo sé.
En ese momento escribí una predicción, antes de irme a dormir, y fue esta:
Mañana me enteraré de algo más sobre la Sociedad del Fuego.
Es una predicción de mierda, tengo que decirlo. Creo que no debería hacer predicciones cuando anduve tomando.
Por supuesto, podría pasar algo así. Podría enterarme de algo más sobre la Sociedad del Fuego. Pero no hay razón para pensar que vaya a ocurrir. Odio romper mis propias reglas. ¿De qué me sirve ser racional si después trastabillo como un payaso?
LO QUE SUCEDIÓ
Todo parece indicar que Stephan también está en la Sociedad del Fuego. Lo sé por lo que pasó en la clase de ciencias sociales. Teníamos que elegir un tema de investigación y luego ir a la biblioteca y usar las computadoras o buscar libros sobre el tema. La mayoría de mis compañeros de clase son unos cretinos inservibles y se quedan esperando en fila mientras la bibliotecaria hace todo el trabajo. Cuando yo voy a la biblioteca, lo primero que hago es esto: voy a las estanterías y husmeo un poco. La idea es que, como una no sabe qué le interesa, entonces podría sorprenderse. Por eso, en vez de buscar algo en particular, una busca lo que no sabía que le gustaba, y en el momento en que lo encuentra sabe que le gustaba, y así su persona se expande.
Eso hacía mientras husmeaba en las estanterías de libros. Quizás Stephan hacía lo mismo. Yo tenía un papelito que decía «Incendios provocados por campesinos rusos». Tenía, además, los números de algunos sitios en los que podrían estar los materiales. Caminé de una estantería a la otra, husmeando, hasta que me cansé y me propuse encontrar lo que de verdad buscaba. Y cuando lo hice, allí estaba Stephan, inspeccionando el mismo estante. Tenía en la mano un libro llamado Incendio premeditado: Investigación paso a paso. Por poco se le cae cuando me vio aparecer.
STEPHAN: Qué estás buscando.
LUCIA: …
STEPHAN: …
LUCIA: No lo sé. ¿Por qué?
STEPHAN: …
LUCIA: …
STEPHAN: No lo sé.
LUCIA: Permiso, el libro que quiero está justo acá.
Tomé el libro del estante y se lo di.
¿…?
Me preguntaste qué estaba buscando.
Stephan miró el libro y luego me miró a mí pensativamente. Yo tenía puesta la capucha, así que me sentía bastante bien. Pensé en preguntarle sobre la Sociedad del Fuego, pero no lo hice. Para cuando quise darme cuenta ya estábamos todos de vuelta en el aula, y entonces el director me citó por no haber cumplido con la sanción después de clase y me informó: tienes una semana de sanciones. No lo entienden: tranquilamente puedo quedarme leyendo un libro. No importa dónde esté. El secretario del director me acompañó y todo hasta el aula donde se cumplía la sanción, como si temiese que fuera a darme a la fuga.
En mi mente me imagino las conversaciones que habrán tenido en su club privado este director y el de Parkson. Ten cuidado, la salvaje lo apuñaló con un lápiz. Sí, es el mejor basquetbolista que hemos tenido. Esas y otras estupideces estoy segura de que dicen.
Pues bien, resultó ser que quedarse castigada después de clase es lo mejor que puede ocurrirle a una persona que quiere entrar en la Sociedad del Fuego. Es decir que la predicción que hice cuando estaba borracha se cumplió. No estoy del todo cómoda con eso.
LA SOCIEDAD DEL FUEGO
¿Quieren que les diga en qué consiste quedarse sancionada después de clase? Te llevan a un aula y una vez allí, voilà, todos los demás fracasados de mierda van apareciendo como conejos salidos de una galera. Luego se supone que debemos quedarnos sentados sin hacer nada como castigo por haber desobedecido. Como podrán apreciar, estoy bastante familiarizada con este tipo de castigos. De hecho, siento que he estado castigada toda mi vida. Soy una vieja veterana de la sanción escolar, como un soldado de Napoleón que vuelve rengueando a casa después de la batalla de Moscú. No, no como uno de esos; eran unos asnos. Más bien, como una de esas chicas que murieron en el incendio de la fábrica Triangle cuando se asomaron por la ventana, vieron que era demasiado alto para saltar y aun así saltaron.
El asunto es que una se sienta allí y, como se supone que es estúpida, nadie espera que haga nada para mejorar como persona. No se nos está permitido hablar, porque no se espera que lo que tengamos para decirnos entre nosotros sirva para nada, ni siquiera para cumplir con la misión de ellos, la que simulan tener (que mejoremos como personas). Imagino que piensan que si hablamos causaremos algún problema, lo cual es cierto. Pero el problema que causaremos es inevitable.
Vamos a hablar de DÍA UNO, DÍA DOS, DÍA TRES, DÍA CUATRO y DÍA CINCO, que son todas las sanciones que tuve que cumplir esa semana, porque nada de lo que pasa en la escuela es interesante. En las clases me pongo la capucha y escribo en mi cuaderno. Durante el almuerzo me siento sola. Tengo cero interacciones y todos decidieron dejarme en paz, lo cual se debe en parte a una foto que alguien consiguió; supongo que tendrán conocidos en Parkson. Era una foto muy graciosa. No tengo teléfono, así que no pude guardar una copia, pero me hubiera gustado tenerla.
Al parecer, alguien me sacó una foto sin que me diera cuenta. Me pegaron unos ojos de gato en la cara y uñas afiladas en las manos y dibujaron un globo de historieta, y dentro del globo pusieron una foto real del cuello de Joe Schott con los tajos del lápiz. Así que supongo que esa otra foto anduvo circulando por Parkson, y que algún genio de aquí decidió ser aún más gracioso. Admito que me gustó. Ojalá hubiera podido mostrársela a mi tía o a mi papá.
DÍA UNO
Me senté y leí El teatro y su doble, de Artaud. Al principio pensé que solo hablaba de teatro, pero después me di cuenta de que probablemente Artaud odiaba el teatro. O que odiaba el teatro de los demás. Quería salvar al teatro de los filisteos, es decir, de todos. Así que leí eso. Comí regaliz. Noté que uno de los chicos que había visto hablando aquella vez estaba sentado a mi lado. Podemos sentarnos donde queramos, pero no podemos hablar y no podemos movernos una vez sentados. Janine Pezaro, por ejemplo, se sienta adelante. No le importa que se le siente alguien detrás, porque es una verdadera mole y puede darle una paliza a la mitad de los tipos de la escuela. O a más de la mitad. La sancionaron por golpear a dos chicas al mismo tiempo. La adoro un poco por eso. Pero no hay dudas de que no entiende nada de nada.
El chico que había mencionado la Sociedad del Fuego ahora estaba sentado a mi lado. Dejé el libro Toda Rusia arde en llamas sobre el escritorio, junto al de Artaud, y pedí permiso para ir al baño. Me dieron un pase de cinco minutos (que en realidad apenas alcanza para ir hasta el baño y volver). Cuando volví a mi asiento, vi que él había tomado el libro del banco y lo estaba leyendo.
Devuélvemelo.
Me lo dio.
Perdón, me pareció interesante.
La profesora Kennison nos gritó por estar hablando, así que nos callamos. La semilla estaba plantada. Aún quedaba por zanjar la cuestión de si aceptaban chicas en la Sociedad del Fuego. Me imagino que allí también podría regir alguna mierda misógina. Mi tía siempre me decía: nunca aceptes ningún privilegio que les den a las mujeres, porque es solo una cara de la moneda.
DÍA DOS
El gordito no fue, así que me quedé leyendo. Esta vez, un libro de Alfred Jarry que encontré en un canasto de la iglesia. Parece que el tipo solía andar con un revólver y amenazar a la gente con usarlo.
DÍA TRES
Un mal día. Durante el almuerzo escupí a Lisette y me pusieron otra sanción, porque resulta ser que su madre es la orientadora educativa y puede mover algunos hilos. Cuando llego como de costumbre al aula de los sancionados, Kennison se ríe entre dientes y dice: parece que vamos a tenerte seguido por aquí, como si las dos fuéramos cómplices de una broma. No me interesa segregarme del resto de la humanidad, quiero decir, me gustaría ayudarlos, pero que quede claro: Kennison y yo no estamos en el mismo bote, de ninguna manera. Así que entro y me siento. El día anterior se me había acabado el regaliz, y como a los de Green Gully también se les había acabado, me quedé sin nada. Me explico: hay dos tiendas que venden el regaliz que a mí me gusta. En una de ellas puedo robarlo. Para la otra necesito dinero. Ahora bien, mi tía no tiene casi nada de dinero, y no puedo usar su casi nada de dinero para comprar regaliz. Es decir que solo consigo regaliz cuando lo tienen en Green Gully. Es un supermercado caro, lo que significa que sus precios son tan altos que ni se molestan en poner una buena seguridad.
Dicho sea de paso, no me parece que escupir a la gente esté del todo bien, pero Lisette me acusó de vivir con mi abuelita o algo por estilo y eso no me gustó. Todo el tiempo, y no exagero, la gente prácticamente me implora que pierda los estribos, y yo por lo general mantengo la calma.
DÍA CUATRO
Este día me entero de que las chicas que se sientan en el rincón opuesto del aula se turnan para fumar un porro en el baño durante casi toda la sanción. Lo que hacen es pedir permiso continuamente para ir al baño con la excusa de que les vino la regla. Su comportamiento, cuando lo vi, me causó gracia, aunque no lo comprendiera. Pero cuando fui al baño para usar el baño de verdad, me encontré con una de ellas y me convidó un poco, por lo que el resto de la sanción se me pasó muy rápido. De hecho, estuve fumada como dos horas, así que después de la sanción fui con ellas al parque y nos sentamos a mirar a un vagabundo que perseguía unas gaviotas. En cierto momento, cuando ya hacía unos veinte minutos que estábamos mirándolo, Lana dijo: me parece que está persiguiendo las gaviotas, y nos reímos tanto que se nos caían las lágrimas. Hasta a mí me hizo reír, y yo nunca me río.
DÍA CINCO
Me propuse este día hacer el ensayo, aunque faltaran tres semanas para la fecha de entrega. Ojeé un poco el libro sobre Rusia y redacté una sinopsis de lo que sería el ensayo. Luego escribí las primeras páginas. La postura de la autora, según entiendo, es que los campesinos incendiaban sus propias casas no por motivos políticos sino por ignorancia, y en algunos casos como venganza ante ofensas menores. Eso me pareció un tanto deprimente, pero casi inevitable. En una parte decía que las campesinas se despertaban temprano para sacar a sus bebés de las estufas de hierro donde los habían metido la noche anterior. Sí, metían a los bebés en estufas de hierro llenas de brasas. Por eso, si algún día ven a un ruso haciendo alguna locura, como bien suele suceder, recuerden: hace siglos que esa gente hace locuras. No es ninguna novedad.
El día cinco, que fue el viernes, debo aclarar, encontré una nota en mi casillero. Decía: 11 p. m., Alcatraz.
Alcatraz no es Alcatraz, por supuesto. Es solo una islita que está en medio de un lago en los predios de un complejo sanitario. Los chicos van allí a tomar.
ALCATRAZ
Como casi nunca salgo a ninguna parte, a mi tía no le molesta que vuelva tarde. Cree que, si vuelvo tarde, quizás es porque tengo amigos. En su opinión, eso les gana a los peligros de volver tarde, sean los que fueren. En realidad, si vuelvo tarde, es solo porque me quedo sentada en algún parque, o en un cementerio, o incluso en una lavandería. Esos lugares a los que va la gente que no conoce a nadie.
Así que me iba a ser muy fácil ir a la reunión si me daban ganas. Pasé por casa a dejar los libros de la biblioteca y me llevé un destornillador que tomé del mueble que está bajo la pileta de la cocina. A mi tía ni siquiera la vi: los viernes trabaja como voluntaria en un hospicio, una especie de comedor comunitario, creo. Los demás voluntarios son todos religiosos y no los soporta, pero va de todos modos. Es como yo: no conoce a mucha gente, así que tiene que arreglárselas con los que sí conoce.
El complejo sanitario queda bastante lejos de la casa y tuve que ir en autobús. Ya había estado allí dos veces, en ambas ocasiones con chicos más grandes, cuando recién empezaba la secundaria. Se veía distinto siendo que estaba sola, pero logré orientarme.
Primero hay que sortear el puesto de seguridad que está sobre la calle principal. Para eso hay que caminar unos sesenta metros bordeando el alambrado hasta llegar a una parte que no tiene alambrado. Allí el alambrado está roto y se puede entrar caminando. No tengo idea de por qué no lo arreglan. Entonces, una vez adentro, hay un sendero que desemboca en la calle interna. Mientras se está en la calle interna hay que vigilar que no aparezca el guardia, pero como el guardia da vueltas en una camioneta con luces, siempre hay tiempo para esconderse entre los arbustos. Finalmente se llega a una especie de bosque, que hay que cruzar. No existe un sendero propiamente dicho. Por algún motivo ahí no crecen plantas y se puede caminar por cualquier parte. Así se llega a la isla. Si se toma el camino equivocado, hay una zona pantanosa que te arruina las zapatillas.
Para llegar a la isla es posible treparse a una rama de unos seis metros de largo suspendida poco más de un metro por encima del agua. La otra punta de la rama se hunde en el agua, pero hay piedras por las que saltar. Suena difícil, pero es bastante fácil, especialmente si se tiene cierta agilidad. La verdad es que la isla no se parece casi en nada a Alcatraz, aunque hace más o menos una década que los chicos la llaman así.
Desde la orilla vi que había algunas personas del otro lado. Caminé por la rama, salté a las piedras, salté a la otra orilla. Ya estaba. Un chico se me acercó: era Stephan. Tenía puesta una camisa térmica de franela y no lo reconocí. Me estaba esperando, seguramente.
Estamos por allá.
Señaló una zona apartada hacia la derecha. Cuando llegué, vi varios grupos de chicos sentados sobre unas piedras. Subimos hasta la parte más alta de la colina, donde había un árbol muy grande junto a una casilla destartalada con una inscripción en la pared. En aquel momento no alcanzaba a verla, pero ya lo sabía de antes. La inscripción (no sé si seguirá allí) decía: Joan monta cabras.
Junto al árbol y la casilla, en la oscuridad, había unas cuantas personas, alrededor de diez. Stephan me presentó, pero lo que hizo en realidad fue lo que uno hace cuando ni siquiera conoce a las personas en cuestión: básicamente, cuando uno mismo necesita que lo presenten pero no hay nadie que lo haga, entonces lo que hace es presentar a otro. Una estrategia de mierda.
Ella es Lucia.
Uno de ellos me preguntó en tono sarcástico si me gustaba el fuego. Aunque sabía que era una cursilería, tenía en la mano el Zippo de mi papá y en un solo movimiento lo abrí y lo encendí. Lo hice muy rápido, la verdad. Fue casi prestidigitación.
Algunos chicos aplaudieron. Uno dijo: así se hace. Te va a ir bien. Otro le preguntó a Stephan si yo era su novia y los dos dijimos que no.
Uno de los chicos quiso ver el Zippo, y se lo di. Lo manipuló torpemente unos segundos y me lo devolvió.
Me senté bajo el árbol y Stephan se sentó conmigo. Las luces del camino que serpenteaba por todo el complejo desfilaban entre los árboles dibujando un trazado sinuoso. A lo lejos había más luces: la ciudad, la autopista, más luces y más.
Aquella grotesca islita en la que nos encontrábamos era una agradable mota de oscuridad. Se oía el agua.
No podía distinguir muy bien a los demás, estaba bastante oscuro, pero en su mayoría parecían ser chicos más grandes, tal vez de quinto año. Uno de los tipos que estaban sentados al otro lado de Stephan le preguntó cuándo pensaba cumplir con la admisión. ¿Admisión? Deduje que se refería al incendio que tenía que provocar para que lo aceptaran formalmente como miembro. Stephan no respondió. Me pregunté cuántos miembros habría.
Del otro lado de la isla se filtraron ruidos entre los árboles. Hubo gritos: acababa de llegar otro grupo. Alguien hizo explotar unos petardos, o quizás fuese un arma, no lo sé.
El mismo tipo volvió a hablarle a Stephan. Me incliné para escuchar. Le dijo: tienes un mes para provocar un incendio. Si no, estás afuera.
Vio que lo estaba observando. Lo mismo corre para ti.
Lo miré a los ojos y asentí como si no fuera gran cosa.
Le dijo a Stephan que se moviera para poder sentarse al lado mío, y Stephan lo hizo.
PREDICCIÓN
Ese lunes me crucé con Stephan en la puerta de la escuela. Estaba solo, pateando una piedra contra la pared. El suelo en aquel sitio era seco y liso y no crecía nada. La piedra iba y venía entre la pared y su pie. Era hipnótico de ver. Le pregunté si las reuniones se hacían siempre en el mismo lugar.
Me dijo que nunca había estado en Alcatraz. Había ido a otras dos reuniones, en la casa de un tipo. Los miembros de verdad tienen reuniones con los candidatos y además tienen sus propias reuniones. Le pregunté cómo se había enterado de la existencia de la sociedad. Me dijo que a través de su hermano, que estaba en el ejército en otro país.
Dijo: fui a la casa de Stuart Rebos hace casi un mes. Había dos chicos más. Hablamos sobre provocar incendios. Ninguno de ellos había provocado todavía un incendio grande. Entonces llegó Jan, el chico que conociste. Nos enseñó algunas técnicas y nos dio un panfleto que le habían dado a él.
Le pregunté cuántos años tenía Jan. Dijo que le parecía que unos veinticuatro. Que estaba seguro de que había ido a la universidad. Stephan dijo que Jan y su hermano solían ser amigos, pero que habían perdido casi todo contacto.
Aquel día tuve libre la primera hora y la usé para escribir en mi libro de predicciones.
Jan tratará de acostarse conmigo si me quedo a solas con él. No te quedes a solas con él.
También escribí:
Stephan no es tan inteligente como yo pensaba,
pero eso no es una predicción.
LA ADQUISICIÓN DE COSAS
Acerca de adquirir cosas. Si una intenta adquirir cosas, pero no tiene ya muchísimas cosas, puede verse en problemas. Porque es posible que tenga que dar algunas de las cosas que tiene para conseguir el dinero que le permita adquirir parte de algo nuevo, pero cuando se le acaban las cosas que ya tiene para dar a cambio del dinero que le permita terminar de adquirir la cosa nueva, entonces se queda sin dinero para terminar de adquirir esa cosa, la nueva, y luego viene alguien y se lleva la cosa nueva, y por algún motivo una se queda sin nada, aunque al comienzo sí tenía algunas cosas (aunque fueran cosas de mierda, eran suyas).
Tal vez tenga más sentido si doy un ejemplo. Mi tía se compró un auto, pero solo tiene dinero para la comida (un conocido suyo nos deja vivir en este garaje, así que no paga alquiler). Realmente no tiene dinero para pagar el auto. Creo que lo compró para poder llevarme a lugares y cosas así. Recuerdo que dijo algo por el estilo. Quizás pensó que, como es vieja, no podíamos movernos juntas sin un auto. La cuestión es que tuvo que vender sus joyas de cuando estuvo casada hace como cien años (él se murió cuando ella tenía apenas diecinueve, un año después de la boda). Tuvo que vender su clarinete y su piano. No era un buen piano, tan solo un pequeño vertical desafinado, pero solía tocarlo todo el tiempo.
Después de que vendió todas esas cosas, no le quedó nada más para vender. Se salteó algunas cuotas y durante un tiempo las reclamaron por teléfono. Todo eso nos conduce al sábado por la mañana.
Cuando nos despertamos nos encontramos con dos tipos grandotes afuera. Abrieron el auto a la fuerza y se lo llevaron. Yo les grité un montón de cosas y traté de llamar a la policía, pero mi tía dijo que era inútil. Los hombres del embargo y la policía tienen un convenio. Por otra parte uno de mis libros preferidos estaba en el asiento trasero del auto, y eso lo robaron. Quizás tenían derecho a llevarse el auto, no lo sé. Pero el libro, Un bárbaro en el jardín, de Zbigniew Herbert, ese libro era mío, y es imposible que ellos estuvieran preparados para apreciarlo. Probablemente haya que leer quinientos libros antes de poder leer ese.
Mi tía dijo que ahora yo tenía algo bueno para esperar del futuro. ¿Qué era? Me dijo que cuando vaya a las librerías de segunda mano terminaré por encontrarlo, y será una especie de reencuentro. Mientras tanto, hay libros de sobra para leer.
Ni siquiera se quejó del auto. Ni una sola vez. Yo tenía la esperanza de que les disparara. En eso pensaba cuando vi lo enormes que eran los tipos. Sé que tiene una pistola. Es por lo que les pasó a mi papá y mi mamá. Mi tía no es una persona violenta, pero haber sido la primera en llegar (yo estaba en lo de una amiga cuando sucedió) creo que fue difícil para ella. Para cuando llegué a casa, me abrí paso entre los policías y ya no había nada para ver, así que nunca lo vi. Mi mamá ya estaba en el hospital; mi papá, en la morgue. Me alegro de no haberlo visto, porque a mi tía realmente le jodió la cabeza. Pero también estoy un poco celosa, porque siento que era algo que me tocaba ver a mí, y nunca lo vi.
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