Читать книгу: «Ciropedia»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 108


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por EMILIO CRESPO GÜEMES .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 81, Madrid. España, 1987.

REF. GEBO221

ISBN 9788424931421.

INTRODUCCIÓN

1. PRIMERA APROXIMACIÓN A LA OBRA

Es evidente que el título, Ciropedia o Educación de Ciro 1 , se ciñe solamente al libro I, ya que el resto de los libros tienen por objetivo presentar el ideal de caballero y soberano a partir de la figura ejemplar de Ciro. No obstante, Jenofonte, en el Proemio (I, 1, 6), establece tres aspectos fundamentales de su investigación sobre gobernante tan excepcional: linaje, cualidades naturales y educación. El autor se compromete a representar, en primer lugar, el devenir de su héroe (libro I); en segundo lugar, su modo de actuar, entendido como producto de ese devenir (libros II-VIII), poniendo de manifiesto que la personalidad del héroe no es más que el resultado del germen de su juventud. El título adquiere, por tanto, su total significado referido al conjunto de la obra 2 , que constituye una asistemática Summa de las ideas de su autor sobre educación, caza, equitación, política, moral y arte militar, que el propio Jenofonte había plasmado o iba a expresar más sistemáticamente en tratados especializados.

El libro I comienza con un capítulo cargado de consideraciones filosófico-políticas, el Proemio, donde el autor reflexiona sobre las muchas dificultades que implica gobernar y concluye que tal tarea, aunque ardua, no es imposible, ya que existió un hombre que fue capaz de hacerse respetar y amar por los súbditos de su vasto imperio: el persa Ciro. — En I 2 se pasa a referir los orígenes de Ciro: sus padres, sus cualidades innatas y la educación que siguió, aspecto éste que Jenofonte describe en detalle aludiendo al sistema perfectamente organizado que, según él, imperaba en Persia y que se basaba en una división en clases por edades, cada una con sus respectivas obligaciones. — En I 3 y 4 se narra de un modo anovelado la estancia del niño Ciro en la corte de su abuelo, el rey medo Astiages; sus ingeniosas ocurrencias, el cariño por su abuelo y por sus amigos, su paso a la adolescencia acompañado de dos experiencias que intencionadamente aparecen yuxtapuestas: su primera asistencia a una cacería y su primera participación en una empresa guerrera con una brillantez extraordinaria 3 , y, finalmente, su partida de Media rodeado del cariño de todos. — A su vuelta a Persia (I 5), Ciro prosigue su formación cívica y moral, distinguiéndose de los demás jóvenes por su celo en el cumplimiento de sus deberes. Pasado algún tiempo, el joven príncipe debe salir al frente de un ejército de persas en auxilio de los medos que, una vez muerto Astiages y entronizado su hijo Ciaxares, son amenazados por el Asirio y sus aliados. En el camino hasta la frontera con Media, que abarca I 6 en su totalidad, el padre de Ciro, Cambises, expone a su hijo con todo detalle las cualidades que deben adornar a un buen jefe militar y los conocimientos indispensables para obtener el celo y la obediencia voluntaria de sus hombres, prestando especial atención al cuidado de su higiene, salud y condición física, pero, sobre todo, de su espíritu. Especial interés tienen los consejos para conseguir la superioridad sobre el enemigo, siendo lícito tenderle emboscadas y engañarlo por medio de todo tipo de trucos 4 .

Los libros II y III, hasta III 3, 9, forman una unidad que comprende los preparativos previos a la contienda y las campañas de Armenia y Caldea. Ciro se manifiesta ya con todo el carácter de un jefe: resolviendo el problema de la falta de contingentes por medio del equipamiento de los soldados ordinarios con el mismo armamento que los de élite, estableciendo el modo de vida en las tiendas, organizando concursos y otorgando recompensas para fomentar la emulación (II 1 y 3). No faltan las anécdotas, generalmente graciosas, de la vida cotidiana en el ejército (II 2), como la del comensal glotón, la compañía con excesivo celo o el feo amante de Sambaulas. A continuación se narra la campaña de Armenia y su sometimiento (II 4-III 1), que tiene su punto culminante en el dramático diálogo entre el hijo del Armenio, Tigranes, quien intenta justificar y salvar a su padre, y Ciro, que se muestra muy generoso con los vencidos. La expedición de Caldea (III 2) concluye con la paz propiciada por el arbitraje de Ciro entre armenios y caldeos.

La narración de la campaña de Asiria es mucho más extensa (III 3, 9-VII 5, 36), ya que ocupa la mayor parte de la obra. Comienza con los prolegómena: los preparativos, el discurso exhortativo, la discusión entre Ciro y Ciaxares sobre la táctica que hay que seguir (III 3, 9-55); prosigue con la marcha contra el enemigo y la primera batalla, que otorga la victoria a los persas (III 3, 56-IV 1, 18). Ante las reticencias de su tío, Ciro se ve obligado a emprender la persecución del enemigo sólo con sus hombres y algunos voluntarios medos (IV 1, 19-24). Acto seguido, los hircanios, aliados de los asirios, se pasan al bando de Ciro y con él consiguen la derrota total de aquéllos (IV 2). El proyecto y consecución de una caballería persa por parte de Ciro, que encuentra su ejército minimizado frente a los medos de Ciaxares provistos de ella, ocupan tres capítulos (IV 3-5), en los que también se aprovecha para contrastar las figuras de Ciaxares, incapaz y celoso del éxito de su sobrino, y Ciro, emprendedor y triunfante. — La acogida de dos desertores del Asirio, el anciano Gobrias (IV 6) y Gadatas, el príncipe castrado por el Asirio (V 3, 8), y el comienzo del relato de la bella princesa cautiva siempre fiel a su esposo, Pantea, que despierta una fogosa pasión en su vigilante, Araspas, ocupan el final del libro IV y la mitad del V, que continúa con enfrentamientos armados de menor importancia de Ciro y sus aliados contra el Asirio y los suyos (V 4), y el encuentro entre Ciaxares, más envidioso que nunca, y Ciro, quien acaba convenciéndolo de que deponga sus infundados recelos (V 5). — Los libros VI y VII, hasta VII 1, 2, refieren los preparativos para la batalla de Sardes: la discusión sobre la conveniencia de proseguir la lucha enfrentando de nuevo a Ciaxares, en contra, y Ciro, a favor (VI 1, 1-11), los planes para pasar el invierno (VI 1, 12-25), la mejora de la caballería y de los carros (VI 1, 25-30), la fabricación de torres móviles (VI 1, 52-55), los entrenamientos para la lucha (VI 2, 4-8), la organización para la batalla inminente (VI 2, 23-41), el orden de marcha (VI 3, 1-4) y las últimas exhortaciones e instrucciones de Ciro (VI 4, 12-VII 1, 22). A lo largo de esta extensa narración, de corte técnico-militar, reaparece esporádicamente la historia de la pasión de Araspas por Pantea, hecho que Ciro aprovecha para enviar a aquél como espía para averiguar la formación de los asirios y sus aliados, haciendo creer a todos que lo destierra en castigo por su vulgar comportamiento con la cautiva (VI 1, 31-44 y 3, 14-20). El romántico relato se ve enriquecido por el paso del esposo de Pantea, Abradatas, a las filas de Ciro (VI 1, 46-51) y culmina con la emotiva despedida de los esposos antes de que él salga a la lucha (VI 4, 2-11). — Desde VII 1, 24 a VII 5 los acontecimientos se suceden con rapidez: relato de la batalla de Sardes (VII 1, 23-35), muerte de Abradatas a manos de los egipcios (VII 1, 29-32), victoria de Ciro y conquista de la ciudad (VII 1, 36-2, 14), encuentro de Ciro con el rey de Lidia, Creso (VII 2, 15-29), y suicidio de Pantea (VII 3, 4-16). — A partir de VII 4 hasta VII 5, 36 se narra la marcha hacia Babilonia dejando sometidos los pueblos que atraviesan: Caria, las dos Frigias, Capadocia y Arabia (VII 4). Se describen con todo detalle los planes para la conquista de la ciudad, el desvio del cauce del río Eufrates, que atravesaba Babilonia, para hacerlo practicable a los hombres (VII 5, 9-25) y la toma de la ciudad (VII 5, 26-36).

A continuación, se presenta a Ciro ya como soberano: asentado en Babilonia (VII 5, 37-69), granjeándose el favor de sus súbditos y tomando medidas para mantener la unidad del Imperio sobre la base de la práctica de la virtud (VII 5, 70-86). El libro VIII comienza con la organización de la corte (VIII 1, 1-8), prosigue con la organización del imperio (VIII 1, 9-2, 28) controlada por un monarca absoluto, Ciro, por medio de una extensa red de funcionarios y espías —los «oídos» y los «ojos» del Rey—, pero siempre resaltando que tal absolutismo era querido por sus súbditos, entre los que gozaba de la máxima popularidad. El relato del desfile real con toda su magnificencia completa la imagen de un Ciro en el culmen de su gloria (VIII 3, 1-34), lo que no impedía que conversara con un hombre del pueblo como Feraulas (VIII 3, 35-50), o se reuniera con sus amigos, a quienes colmaba de regalos y honores (VIII 4). Tras un capítulo que refiere sus viajes a Persia y Media con el fin de formalizar su enlace matrimonial con la hija de Ciaxares (VIII 5), en VIII 6 se vuelve a tratar el tema de la organización del imperio; Ciro establece una institución sin precedentes, la satrapía, para controlar las diversas provincias, así como un sistema racionalizado del correo.

El VIII 7 presenta a un Ciro ya anciano, próximo a morir en su cama de muerte natural, y rodeado de sus hijos, a quienes advierte sobre los peligros de la división; establece su sucesión, da sus últimos consejos y muere.

La obra concluye con el Epílogo (VIII 8), en que se describe la decadencia del imperio después de la muerte de Ciro, atribuyéndola a la pérdida de los valores morales que lo hicieron posible y contrastando la gloria pasada con la ruina actual 5 .

2A. CRONOLOGÍA

La coherencia que la Ciropedia presenta, tanto en el aspecto formal como en el de contenido —con la posible excepción del Epílogo, VIII 8, en donde se aprecia un cierto cambio de actitud del autor respecto a Persia—, hace inviable o, cuando menos, dificultoso todo intento de establecer una datación de cada libro por separado.

El comienzo de la redacción de la Ciropedia está, muy probablemente, relacionado con la vuelta del rey Agesilao a Asia (365), hecho que atrajo de nuevo la atención de Jenofonte hacia Persia. En cuanto a la fecha de su terminación, aunque se admita que la redacción se escalonó en varios años, sigue siendo objeto de controversia. Las fechas propuestas, basadas en gran medida en la consideración del Epílogo como auténtico o espurio y unido o no al conjunto, oscilan entre los años 380 y poco después de 360 6 .

Un análisis interno de la obra puede situarla de un modo aproximado. Por ejemplo, las alusiones indirectas al sistema espartano y a sus instituciones, cuando Jenofonte presenta el régimen socio-político de los homótimos persas 7 , la aproximarían a los años de su estancia en Escilunte (387-371); sin embargo, los sentimientos de Jenofonte no se muestran tan apasionados respecto a Esparta como en la época de la redacción de La República de los lacedemonios (ca. 387).

E. Delebecque 8 propone un método que procura una mayor exactitud cronológica partiendo de los pasajes en que el autor acude a la expresión «todavía en la actualidad», éti kaì nŷn, con la variante kaì nŷn éti, para indicar similitudes y contrastes entre el momento en que vivió Ciro y el contemporáneo del autor. En favor de la autenticidad de tales pasajes, considerados espurios por algunos editores (los mismos que juzgan apócrifo el Epílogo), hay que recordar que expresiones semejantes aparecen en otras obras del mismo autor 9 .

La argumentación de Delebecque se apoya en determinados contextos que presentan la fórmula en cuestión:

a)

Referencias a la corte del Rey, a la que Jenofonte nunca fue invitado 10 . Una información tan detallada del protocolo real persa puede proceder de uno de los delegados atenienses enviados a la Conferencia de Susa (367), probablemente León, que estuvo de vuelta en Atenas después de 366. Si la hipótesis es cierta, realmente el autor manejaba datos de última hora cuando emplea la fórmula «todavía en la actualidad».

b)

Alusiones a los reyes sucesores de Ciro 11 e, incluso, al «rey actual» 12 . En el primer caso, no parece referirse a los ocho reyes que ocuparon el trono después de Ciro el Viejo, ya que sólo pudo estar bien informado de los últimos: Darío II (424-404) y Artajerjes II (404-358). En cuanto a Artajerjes III (358-336), si se admite el año 354 como fecha de la muerte del autor, es muy improbable que llegara éste a tener noticias de su gobierno. Así pues, el «rey actual» no puede ser otro que el tan odiado Artajerjes II, contra quien, como sabemos por la Anábasis , Jenofonte apoyó a su hermano, Ciro el Joven, y, por otro lado, la fecha del comienzo del reinado de Artajerjes III, 358, puede tomarse como terminus ante quem de la Ciropedia .

c)

La mención a los carros troyanos 13 , utilizados «todavía en la actualidad» por los cireneos, y que fueron sustituidos por Ciro con un nuevo y original sistema de carros, podría responder a fuentes literarias 14 . Sin embargo, el conocimiento tan pormenorizado que presenta Jenofonte al respecto más bien debería relacionarse con la campaña egipcia (361-360) del rey espartano Agesilao, quien, antes de morir en las proximidades de Cirene 15 , debió de admirarse ante el tipo de carruajes empleado por los cireneos. Esta hipótesis señala el año de la muerte del espartano, 360, como terminus post quem de la obra.

d)

Por último, Delebecque resalta la atención prestada al papel jugado por los egipcios, especialmente a partir del libro VI, cuando Jenofonte se refiere a su armamento, a su formación dentro del ejército enemigo o a su valiente actuación en la batalla de los alrededores de Sardes 16 , que les valió, después de la derrota, la alianza de Ciro y la donación de las ciudades que sus descendientes «todavía en la actualidad» habitan 17 .

Tal interés del autor por los egipcios, que fueron sus adversarios en Cunaxa, parece responder a su deseo de exaltar la campaña egipcia de Agesilao 18 , a la que acabamos de aludir, y fija, como en la hipótesis anterior, la fecha de la muerte de Agesilao (360) como terminus post quem, al menos para el libro VI.

2B. EL PROBLEMA DEL «EPÍLOGO»

El último capítulo del libro VIII ha sido objeto de controversia por sus contradicciones con el conjunto de la Ciropedia . Mientras unos editores lo consideran sospechoso y otros apócrifo, para otros su autenticidad queda fuera de toda duda 19 . Si bien es cierto que el Epílogo presenta algunos rasgos disonantes con el resto de la obra, no hay que olvidar que también La República de los lacedemonios tiene un último capítulo que, aparentemente, contradice los anteriores. Convenimos con Jaeger en que es altamente improbable que en ambas obras hubiera sido introducida la misma modificación a posteriori por otro autor 20 .

La cuestión se plantea en torno a la causa de esas contradicciones. Si se entienden como elementos compensatorios del excesivo elogio a los persas patente en otros capítulos, con el fin de no herir la susceptibilidad de los griegos, es preciso recordar que las alabanzas a pueblos extranjeros no extrañaban ya al pueblo griego desde hacía tiempo. Si se consideran como una instigación a la conquista del Imperio Persa, hay que tener presente que no se encuentra en toda la obra una insinuación al respecto, a diferencia de las claras incitaciones del casi contemporáneo Panegírico isocrático. Delebecque 21 explica la supuesta incoherencia entre pasajes del Epílogo y otros capítulos —tales como el que alude al «actual» abandono de la práctica de la caza entre los persas, habiendo constatado anteriormente que las cacerías del Rey se siguen celebrando «todavía en la actualidad» 22 , o el que se refiere al «actual» desprecio por la equitación, habiendo dicho antes que los persas suelen ir a caballo «todavía en la actualidad» 23 —, sobre la base de que se trata de contradicciones sólo aparentes, ya que responden a un interés del autor por contrastar el pasado esplendoroso y la decadencia actual, y entiende que los «en la actualidad» del Epílogo proceden de una época en la que Jenofonte había cambiado de opinión respecto al mundo persa, a diferencia de los «en la actualidad» anteriores, producto de un momento en que el autor admiraba las costumbres y prácticas inauguradas por Ciro el Viejo. Esta especie de rectificación sería debida, por una parte, al deseo de Jenofonte de manifestar su odio por la persona de Artajerjes II 24 , quien, a su parecer, encamaba la decadencia del Imperio; de ahí la detallada descripción de la corte de Artajerjes, en la que reinaba la impiedad y la deslealtad 25 , aludiendo muy probablemente a la revuelta de las provincias occidentales del Imperio (362/61). Por otra parte, el autor pretende presentar a los atenienses, a modo de advertencia, el ejemplo de la decadencia de un país próximo, que, como Atenas, había gozado de gran esplendor mientras respetaba una serie de principios morales tradicionales, a cuyo abandono siguió la disolución política.

Delebecque, tras reconocer el sello del estilo de Jenofonte, tanto en el aspecto interno —vocabulario, uso de partículas— como en el externo —referencia a la traición de Tisafernes 26 , a la Anábasis 27 o a determinados rasgos morales inconfundiblemente suyos 28 —, defiende la autenticidad del Epílogo como parte integrante de la Ciropedia y producto del desarrollo normal de la obra.

En cuanto a su datación, si se toman como terminus post quem los años 362/361, fecha de la revuelta de las provincias occidentales a la que alude indirectamente, puede verse que prácticamente coinciden con la fecha establecida supra para el resto de la obra (361/360, años de la campaña de Agesilao en Egipto). Por ello, sería improcedente suponer un intervalo de tiempo entre el Epílogo y los capítulos anteriores. Resumiendo, puede decirse que Jenofonte comenzó la Ciropedia poco después de la vuelta de Agesilao a Asia (365), incitado por este suceso que obligaba a dirigir la atención, una vez más, hacia Persia; se encontraba en el libro VI hacia el año 361, ya que a partir de él se encuentran resonancias de la revuelta de las provincias orientales y de la campaña egipcia de Agesilao, y terminó la obra antes de 358, año del advenimiento de Artajerjes III, a quien Jenofonte no tuvo apenas tiempo de conocer.

3. MODELOS Y FUENTES

La combinación que hace Jenofonte de material histórico y pseudohistórico complica el análisis de las fuentes, ya que la delimitación entre ambos no es clara. Esta dificultad se incrementa por la presencia de elementos no literarios.

3.1. EL ELEMENTO PERSA .

En primer lugar, la acción se desarrolla en Persia. La elección de ese escenario no es accidental. Jenofonte estaba muy sensibilizado con los problemas de la zona, como demuestra que se enrolara en el ejército que apoyaba a Ciro el Joven contra su hermano Artajerjes; tal interés responde a la corriente filoexótica que aparece en Grecia como efecto de la crisis moral subsiguiente a las Guerras Médicas 29 . De cualquier modo, es evidente que la Ciropedia contiene muchos elementos persas auténticos, procedentes, unos, de sus recuerdos y, otros, de sus lecturas, particularmente Heródoto.

Sobre la base de un análisis comparativo de la técnica narrativa, A. Christensen 30 ha resaltado el influjo de la épica irania en la Ciropedia, y concluye que la repetición de situaciones a lo largo de la obra —tales como las oraciones dirigidas por Ciro a los dioses 31 , o la reserva de una parte del botín para los magos 32 — es rasgo común a la epopeya irania. En su opinión, es en los diálogos donde se manifiesta la impronta del historiador griego, y en las historietas, que a menudo sazonan el relato, donde se deja sentir el estilo de los cuentistas iranios como Firdûsî 33 . Así, el trágico accidente de caza acaecido al príncipe asirio (IV 6, 3-6) recuerda al ocurrido a Ardašâr î Pâbhaghân 34 ; el episodio romántico de Araspas, Abradatas y Pantea (V 1; VI 1, 31-49) tiene extraordinarias similitudes con el apasionado amor recogido en el Šâhnâmâ; la trenodia de Pantea a la muerte de su esposo (VII 3, 8-14) recuerda a la de Tahmînagh 35 a la muerte de su hijo. La figura de Ciro como rey modelo y organizador de un imperio se asemeja a la de Ardašâr î Pâbhaghân 36 . Con todo, es en los últimos momentos de Ciro (VIII 7) donde Christensen ve más claro el paralelismo; en efecto, el Šâhnâmâ de Firdûsî, que conserva el esquema de las antiguas crónicas iranias, presenta los momentos finales del rey modelo regulando la sucesión, comunicando su testamento político y ordenando sus exequias tal como hace Ciro poco antes de morir.

Si bien el entusiasmo de Christensen lo lleva a caer en exageraciones, hay que reconocer que el elemento persa está presente en la Ciropedia, como lo atestiguan los nombres de los personajes y la alusión a las armas, vestimenta y costumbres persas. Sin embargo, estos elementos exóticos parecen, más bien, destinados a crear la ambientación de un relato de corte preeminentemente griego con decorado persa.

3.2. EL ELEMENTO ESPARTANO .

Menos superficial es el elemento espartano. En efecto, el consejo del Rey se ajusta al modelo de la Gerousía; la educación de los niños persas está calcada de la de Esparta, y los homótimos que rodean a Ciro no son más que una réplica de los homoîoi de La República de los lacedemonios.

¿Cuáles son las causas de esta aproximación de Jenofonte a un régimen tan opuesto al de su ciudad, Atenas? Por una parte, su experiencia en el ejército de mercenarios griegos que apoyaban a Ciro el Joven le sirvió para ponerse en contacto con soldados espartanos, por medio de los cuales pudo llegar a conocer sus instituciones políticas, que personalmente tuvo ocasión de comprobar, cuando, por su filolaconismo, sufrió el extrañamiento de su patria 37 y fue a vivir a Escilunte, en la Élide, a una finca que le regalaron los propios espartanos 38 . Por otra parte, las tendencias aristocráticas y guerreras que animan la ideología de Jenofonte tienen su realización más próxima en el sistema laconio, cuyo fin era convertir a los ciudadanos en los mejores guerreros por medio de una formación interior del hombre que acompañara al adiestramiento técnico y una firme educación política y moral 39 .

3.3. FUENTES GRIEGAS .

La mención más antigua de Ciro que se conserva en la literatura griega es de Esquilo, Persas 770 ss., pero no puede ser considerada como fuente de la Ciropedia en el sentido propio. Es, prácticamente, seguro que la figura del rey persa fue tratada en los Persiká de los logógrafos antiguos, como Carón de Lámpsaco, Dionisio de Mileto o Helánico, que pudieron ser consultados por Jenofonte. Más clara parece la relación con una de las obras de Antístenes 40 , Ciro, de la que sólo se conoce el título, ya que ideas propias de este filósofo cínico —tales como que la felicidad procede de la virtud basada en el conocimiento o la exaltación del «esfuerzo» (pónos )— aparecen reflejadas en la Ciropedia 41 . Con todo, está fuera de dudas que las fuentes más cercanas para la figura del Ciro de Jenofonte son Ctesias (Persiká VII-XI 42 ) y Heródoto. Sobre esta base puede ser de utilidad clasificar la Ciropedia en bloques narrativos con el fin de ver el reflejo o el contraste —a menudo, Jenofonte se aparta de sus modelos, generalmente tratando de perfeccionar la imagen de Ciro— con las fuentes 43 :

a) Vida de Ciro hasta la toma de Media. — Tanto Jenofonte como Heródoto 44 presentan a Ciro procedente de estirpe real, como hijo del rey persa Cambises y Mandane, hija del rey medo Astiages; por el contrario, Ctesias 45 lo hace proceder de un bandolero de la estirpe persa de los mardos y de una pastora de cabras.

La relación de Ciro con Astiages aparece tratada de modo muy diverso por los tres autores. Heródoto 46 convierte a Astiages en fallido asesino de su nieto, Ciro, a quien manda matar por temor a perder el trono; gracias a una serie de peripecias realmente novelescas, el niño se salva, vuelve a la corte y acaba siendo reconocido por su abuelo, quien, aun creyendo conjurado el peligro, lo devuelve a sus padres. Posteriormente, Ciro subleva Persia contra Media, de la que era vasalla, captura a Astiages y se hace dueño del país. En el relato de Ctesias 47 , Ciro va a la corte de Astiages, que no es su abuelo, y desempeña allí distintos trabajos —portador de antorcha, escanciador, etc.—, hasta que consigue el favor del rey. Ante la sublevación de los cadusios, Astiages lo pone al frente de un ejército para someterlos; pero, en lugar de ello, se les une y, tras convertirse en su jefe, vence a Astiages y ocupa su trono. Tanto la versión de uno como la de otro difieren bastante de la que ofrece Jenofonte, que presenta, primero, a Ciro como nieto modelo y, después, como jefe del ejército persa que sale en ayuda de los medos 48 .

b) Campaña de Lidia. — Heródoto la presenta desdoblada en dos batallas, la de Pteria, de resultado indeciso, y la de Sardes, que supuso la toma de la ciudad y el apresamiento de Creso 49 . Después de la conquista de Lidia, el general Hárpago, comisionado por Ciro, procede a la campaña contra Jonia, Caria, Licia y otros pueblos de Asia Menor, que consigue someter 50 .

Jenofonte presenta novedades frente a los hechos históricos: en primer lugar, combina las campañas de Lidia y Babilonia, muy probablemente para concentrar la acción y magnificar el éxito de Ciro; en segundo lugar, adorna la batalla de Sardes con sucesos que nada tuvieron de históricos, como la muerte de Abradatas 51 , el esposo de la bella Pantea. La toma de la ciudad 52 se narra de manera muy similar a la de Heródoto; en cambio, las campañas de Caria y Asia Menor aparecen, más bien, como una pacificación y son llevadas a cabo, en lugar de por Hárpago, por un desconocido, Adusio 53 . Por último, Jenofonte minimiza, en favor de los griegos, la conquista persa de Jonia 54 .

c) Campaña de Babilonia. — Tras dedicar un largo excurso a la descripción de las murallas y los monumentos de la ciudad, Heródoto narra los trabajos para la desviación del cauce de dos ríos; primero el Gindes y después el Eufrates 55 , y finalmente la caída de Babilonia ante el prolongado asedio de los persas. El historiador subraya que se trata de la primera conquista de la ciudad para distinguirla de la llevada a cabo por Darío.

Por su parte, Jenofonte reduce la desviación del cauce de los dos ríos al de uno, el Eufrates, como siempre ad maiorem gloriam Cyri, a quien se atribuye la idea de esta stratḗgēma 56 . Por lo demás, parece conocer bien el relato de Heródoto, ya que coincide con él en detalles tales como la duración de los trabajos en el río, que, en ambos, es de un año 57 , o la circunstancia de que Babilonia se encontrara en fiestas cuando fue tomada 58 .

d) Extensión del imperio de Ciro. — Mientras Heródoto presenta a Ciro como rey de los persas por derecho de sucesión, y de los medos, lidios, jonios, carios, licios y asirios por derecho de conquista, Jenofonte, ya en el Proemio 59 , hace una extensa relación de los pueblos que le debían obediencia: persas, medos, hircanios, sirios, asirios, árabes, capadocios, frigios, lidios, carios, fenicios, babilonios, bactrios, indios, cilicios, sacas, paflagonios, magadidas, jonios, chipriotas y egipcios. Es evidente que Jenofonte atribuye a Ciro la conquista de territorios sometidos posteriormente.

En el último libro alude, primero, sólo a seis satrapías 60 Arabia, Capadocia, Gran Frigia, Lidia-Jonia, Caria, Eolia-Pequeña Frigia, pero, poco después, hace referencia a la última extensión del imperio, completando así la lista de países sometidos 61 .

e) Matrimonio y muerte de Ciro. — Según Heródoto 62 , Ciro desposó a Casandane, hija de Farnaspes, noble aqueménida. Por su parte, Ctesias lo casa con una tía suya, Amitis, hija de Astiages 63 . Jenofonte presenta una versión distinta convirtiendo en su esposa a la hija de Ciaxares, seguramente con la intención de fortalecer las relaciones medo-persas 64 .

En cuanto a la muerte de Ciro, Heródoto reconoce que había muchas versiones, de las que escogió la más plausible: luchando contra los maságetas y sufriendo en su cadáver el ultraje de ser introducida su cabeza en un odre lleno de sangre humana 65 . No tan truculenta es la versión de Ctesias, que lo hace morir a consecuencia de una herida recibida durante una batalla contra los dérbices, pueblo del Irán oriental 66 . A Jenofonte 67 no le satisface ninguna de las dos versiones de sus predecesores, y prefiere hacerlo morir, ya anciano, en su palacio, dictando sus últimas disposiciones a la manera de los reyes de la tradición irania, como intuyó Christensen (cf. supra, 3.1).

Respecto a otros aspectos de la Ciropedia, tales como las lecciones de estrategia y táctica 68 por un lado, y las de dietética y medicina 69 por otro, parecen apuntar a que Jenofonte consultara literatura especializada en estos temas 70 .

4. TÉCNICA NARRATIVA

Jenofonte, en la Ciropedia, como en otras obras, opera con material procedente de otros escritos de su autoría, adaptándolo a su propósito literario, pero delatando en algunos detalles la formulación originaria. Por medio de esas constantes, consigue relacionar, por un lado, los distintos libros entre sí y, por otro, el conjunto de la obra con sus otros escritos. El hecho de que la narración no sea lineal y presente interrupciones o retardación de la acción no implica que los distintos elementos queden descolgados del hilo conductor o que no exista unidad en el conjunto; Jenofonte sabe entrelazar perfectamente los episodios y la acción principal, y tales variantes deben ser entendidas como recursos literarios encaminados a conseguir un clímax que incremente el impacto de la personalidad de héroe.

a) Discursos. — En total hay cuarenta y tres discursos, la mayoría de los cuales se sitúa en los momentos previos al inicio de la batalla. Su extensión es considerable, pero hay que tener en cuenta, por un lado, la licencia que puede permitirse el autor a la hora de manejar el tiempo a lo largo de la obra y, por otro, su función preparatoria para el lector, manteniéndolo en el máximo suspense para que se acreciente la fuerza narrativa de la escena suprema. También son frecuentes en la Anábasis, donde pone de manifiesto una elocuencia sobria, persuasiva y vigorosa; los discursos de la Ciropedia, en cambio, tienen un tono más sencillo, casi coloquial, y no son en absoluto pomposos ni excesivamente didácticos. Aunque la mayor parte de las veces son pronunciados por Ciro, en algunas ocasiones aparecen en boca de otros personajes, recurso que Jenofonte emplea para que sus sentimientos e ideas lleguen a todo tipo de gentes.

b) Diálogos. — Tratan, en general, los mismos temas que los discursos, pero presentan mayor dinamismo y expresividad, porque su estilo es más vivo, llegando a tomar a menudo la forma de una discusión animada con una carga dramática importante. Si bien el manejo de la dialéctica no adquiere las dimensiones geniales de Platón, la habilidad de Jenofonte en los diálogos es innegable. Baste recordar los mantenidos por: Ciro y Tigranes para decidir sobre la suerte del rey armenio 71 ; Ciro y Creso sobre las auténticas riquezas 72 ; Ciro y Ciaxares para convencer a éste de que su cólera no tiene justificación 73 ; Ciro y Araspas acerca del amor (con claras reminiscencias platónicas 74 ); Feraulas y un joven saca sobre la riqueza y la felicidad 75 .

c) Episodios anovelados. — Es donde Jenofonte despliega mayor ternura. Unas veces son escenas graciosas, incluso cómicas, como la de Ciro niño sentado a la mesa de su abuelo 76 , sus celos por el escanciador Sacas 77 , su inocente relato sobre la borrachera de su abuelo 78 , el ingenio de un enamorado de Ciro para recibir un beso suyo 79 . Después, ya como jefe del ejército, multitud de escenas divertidas en el campamento, como la del jefe que entrenaba con disciplina tan excesiva a sus hombres que, cuando envía a uno de los soldados en busca de una carta, marcha toda la compañía tras él por mantener la formación 80 ; o la del soldado ávido de comida, que no llega a probar bocado por su excesiva glotonería 81 ; o la del feo compañero del taxiarco Sambaulas 82 . Otras veces, son escenas serias, tristes e, incluso, patéticas, como la del joven príncipe armenio Tigranes que se encuentra ante la humillante rendición de su padre 83 , o las tristes historias de los nobles asirios, Gobrias y Gadatas, víctimas de la crueldad de su rey 84 . El relato de Creso 85 , rey de Lidia, que había poseído cuantiosas riquezas hasta su derrota ante Ciro, se asemeja mucho al de Heródoto 86 —si bien, en la Ciropedia, la clemencia de Ciro aparece desde el principio—; su consulta a los oráculos, especialmente al de Delfos, la referencia a sus dos hijos, uno mudo y el otro muerto en plena juventud, y, finalmente, su conversión en consejero de Ciro son pasajes vibrantes. No obstante, donde la narración adquiere dimensiones trágicas es en la historia de Araspas-Pantea-Abradatas, repartida entre los libros V, VI y VII: la pasión de Araspas por su prisionera, el paso del príncipe Abradatas, esposo de Pantea, al bando de Ciro, la tierna y emocionante despedida de los dos esposos, la muerte de Abradatas en el campo de batalla y, por último, la patética escena del suicidio de Pantea al enterarse de la noticia. El relato es en sí mismo una verdadera novela intercalada entre áridos pasajes de guerra para introducir variedad en la narración.

5. IDEOLOGÍA

5.1. INFLUENCIA E INTERRELACIONES.

a) Sócrates y la sofística. — El Ciro reflejado en la Ciropedia parece un discípulo de Sócrates. A menudo el lector se siente transportado al ambiente del Económico o de las Memorables, donde el maestro tiene gran protagonismo. En la Ciropedia, especialmente a partir del libro II, cuando los rasgos del rey bárbaro van desapareciendo, hay momentos en que parecería que es Sócrates, en vez de Ciro, quien habla 87 . De origen socrático, aunque frecuentemente a través de Platón, son muchas de las doctrinas reflejadas en la Ciropedia: la inmortalidad del alma, la virtud o la relación entre la ignorancia y la injusticia 88 . Pero donde el autor manifiesta mejor la ferviente admiración que sentía por su maestro es en el pasaje en que Ciro pregunta al príncipe armenio Tigranes por el sofista que le educaba, cuyo nombre no menciona; el amor a su recuerdo y el dolor por su injusta pérdida reflejan los sentimientos reales del autor respecto a Sócrates 89 .

En cuanto a la influencia de la sofística 90 , hay que señalar que no es tan clara como en las Memorables o el Económico, pero se deja sentir en la estructura del discurso y en la referencia a temas tratados por los sofistas; por ejemplo, la alusión a la dificultad que entraña el camino de la virtud, o el interés por la agricultura 91 , procedentes ambos temas de Pródico, o el «maestro de jóvenes» que enseña el engaño lícito 92 , trazado previamente por Gorgias.

b) Cinismo. — Antístenes, fundador de la escuela, ejerce un innegable influjo en Jenofonte, quien le ha levantado un hermoso monumento en el Banquete para manifestar el respeto que este pensador le inspiraba. Constantes ideológicas, como la conveniencia de alcanzar la «autosuficiencia» (autárkeia), base de toda virtud, la exaltación del «esfuerzo» (pónos), o la admiración por la figura de Ciro, son de cuño cínico 93 .

c) Platón. — Las similitudes entre las ideas del fundador de la Academia y Jenofonte son evidentes, especialmente en lo relativo a la educación, la división del trabajo 94 , la inmortalidad del alma 95 , o las partes que la constituyen 96 . Ambos autores eran discípulos de Sócrates y sus coincidencias van más allá de las enseñanzas del maestro, aunque existían asimismo notorias diferencias 97 . El contraste entre ambos se manifiesta aún más claramente a la hora de concebir la ciudad ideal. Aulo Gelio 98 recoge la tradición de que Jenofonte escribió su Ciropedia como réplica al comienzo de la República, entendiendo como tal aproximadamente los dos primeros libros (duo fere libri); sin embargo, Aulo Gelio no refiere los nombres de los autores que sostenían esa opinión ni aporta argumentos que la apoyen 99 .

La crítica no se pone de acuerdo a la hora de aceptar la hipótesis de la influencia directa de la República sobre la Ciropedia, pues, mientras unos la consideran solamente posible 100 , otros la dan por segura 101 . Con todo, el conocimiento de la República por parte de Jenofonte viene avalado por la similitud de conceptos y términos: la creencia de que el alma manifiesta su carácter divino durante el sueño, al liberarse del cuerpo, parece sacada del pasaje de la República en que el hombre se abandona al reposo para acudir a la verdad 102 . La idea de que el arrojo del soldado se acrecienta cuando defiende lo que más aprecia 103 , la conveniencia de no devastar los campos del vencido 104 , el símil del pastor-rey 105 o el de la colmena 106 están presentes también en la República.

No obstante, las diferencias entre ambas obras son grandes. Mientras Platón ofrece una formación fundamentalmente intelectual al futuro gobernante, Jenofonte se centra en el aspecto práctico 107 , quizá porque no posee la capacidad de abstracción de su oponente. En lo que concierne a las mujeres, el planteamiento de ambos autores es radicalmente distinto: Platón las hace partícipes en el trabajo y la guerra, y propone la comunidad de mujeres y de hijos 108 , entendiendo como única familia la ciudad; Jenofonte, en cambio, manifiesta un distanciamiento respetuoso hacia la mujer, y ensalza el amor conyugal en el breve relato de Tigranes y su esposa 109 y, sobre todo, en el de Abradatas y Pantea 110 . Ciro jamás se aprovecha de los derechos de conquista sobre las mujeres del vencido 111 , y se muestra favorable a la institución del matrimonio al preparar el de sus amigos 112 y casándose el mismo 113 . Respecto a los hijos y al amor filial, Jenofonte, en claro contraste con Platón, demuestra una cierta ternura, que se refleja en pasajes como el de Gobrias y el dolor por la muerte de su hijo 114 o el de Creso abrumado por las desgracias de sus hijos, uno mudo y el otro muerto «en la flor de la edad» 115 . Quedan, pues, muy lejos las mujeres y los niños que asoman de vez en cuando a la Ciropedia de las inhumanas mujeres de la República y de los niños sacrificados por el bien de la ciudad. Esa humanidad de Jenofonte puede entenderse como reflejo, por un lado, de su apacible vida conyugal con Filesia y, por otro, de la dolorosa pérdida del hijo de ambos, Grilo, en Mantinea, frente a un Platón que no fue ni esposo ni padre 116 .

En cuanto a la relación entre la Ciropedia y Las leyes 117 , está claro que Platón, en su última obra, critica la educación de los persas por considerarla de corte femenino y dirigida por las mujeres sin ayuda de los varones, alejados por la guerra 118 . No cabe duda de que se trata de un ataque a las teorías pedagógicas de Jenofonte; incluso llega a decir: «Adivino, pues, por lo que toca a Ciro, que fue buen general y amante de su patria, pero que no se ocupó nada de su recta educación y que no prestó en absoluto atención al gobierno de su casa» 119 , pareciendo replicar tanto a la Ciropedia como al Económico. No obstante, pueden encontrarse también similitudes entre la Ciropedia y Las leyes, por ejemplo, en cuanto a la conveniencia de la práctica de la caza como preparación para la guerra 120 , o en cuanto a la ignorancia política 121 , pero, principalmente, al constatar ambos autores la incapacidad de los sucesores de Ciro 122 .

d) Isócrates. — Las ideas fundamentales del A Nicocles y las de la Ciropedia, especialmente en lo relativo a la tipificación de los deberes del buen gobernante, coinciden hasta tal punto que la obra de Jenofonte parece el desarrollo de la del orador, ya que, si se admite la fecha de 370 123 para el A Nicocles, éste es anterior a la Ciropedia. Aún más claro es el paralelismo entre la Ciropedia y el Evágoras isocrático, elogio a un personaje altamente idealizado, cuya vida es la realización de unos principios morales básicos. Una vez más, la fecha de composición de la obra de Isócrates es anterior a la que se le atribuye a la Ciropedia, ya que oscila entre 370 y 365 124 . Es muy posible, pues, que Isócrates mostrara el camino a Jenofonte al trazar un programa de educación del príncipe acompañado de elogio, si bien es verdad que la Ciropedia mejora y amplía su modelo procediendo con mayor libertad en el tratamiento de un héroe perteneciente a la historia legendaria.

5.2. LA «CIROPEDIA »: REFLEJO DE LA VIDA Y DEL PENSAMIENTO POLÍTICO DE JENOFONTE .

Ya hemos señalado la importancia de la experiencia personal del autor para la confección de su obra. En su estancia por tierras asiáticas, Jenofonte recogió numerosas tradiciones orales relativas a la figura de Ciro el Viejo; de ahí la frecuencia de expresiones tales como «dicen» o «se dice» 125 . Anécdotas e incidencias de la «Expedición de los Diez Mil», en la que participó y a la que había dedicado la Anábasis, asoman con frecuencia en la Ciropedia: los muchos recuerdos de fallos y fracasos de la campaña aparecen prevenidos, evitados o corregidos. Así, sus advertencias sobre la deslealtad de los persas se fundan en la traición de Tisafernes 126 , el interés por la alineación de las tropas responde al deseo de corregir los fallos de la batalla de Cunaxa 127 y la consideración de la dificultad que entraña la acción de equipar los caballos durante la noche es fruto de la experiencia relatada en la Anábasis 128 . A menudo el autor parece trasladar la acción de la Ciropedia a los momentos vividos durante la expedición: así, cuando se refiere a las túnicas de color púrpura de los soldados, en realidad está pensando en las túnicas que llevaban los soldados de Ciro el Joven 129 , y cuando alude a los egipcios en la batalla de Timbrara, está recordando la presencia de soldados egipcios en Cunaxa 130 : los parajes que recorre Ciro en Lidia o Armenia le eran familiares a Jenofonte, porque los había atravesado durante la Expedición de los Diez Mil; el lento avance de Ciro el Viejo hacia Babilonia en varias etapas, está prácticamente copiado de la marcha de Ciro el Joven hacia el Este 131 . En cuanto a la figura de Ciro el Viejo, no pasa inadvertido que tiene claras huellas de Ciro el Joven, a quien el autor conoció personalmente y cuyas virtudes resaltó en la Anábasis 132 . No en vano se ha llegado a decir que la Ciropedia era menos una historia de Ciro el Viejo que el sueño de lo que hubiera hecho Ciro el Joven de haber vencido, o que la Ciropedia es una teoría de ideas políticas y militares suscitada por la Anábasis en el pensamiento de Jenofonte 133 .

Respecto a las ideas políticas que aparecen reflejadas en la obra, armonizan perfectamente con las de La República de los lacedemonios y aplican al Estado las referidas al gobierno de la casa en el Económico. De hecho, el régimen político de la Persia de la Ciropedia poco tenía que ver con la realidad histórica, ya que se manifiesta como una oligarquía plutocrática tal como la entendía Sócrates en las Memorables 134 . A nadie debe extrañar que se elija este régimen en lugar del democrático: en Atenas la democracia radical se había quedado sin defensores después de haberse cometido en su nombre tantos excesos y errores, el más transcendental de los cuales fue la condena de Sócrates. De ahí que el pensamiento político del siglo IV prefiera sistemas oligárquicos puros, como el propuesto en el siglo v por el viejo oligarca; oligarquías moderadas, como las de Isócrates y Jenofonte, que representan el tercer partido, el de Terámenes, o las democracias moderadas representadas por Hiperides, Esquines y Demóstenes 135 .

Por encima de esa oligarquía moderada compuesta por los homótimoi, Jenofonte presenta un monarca «constitucional» 136 , Cambises, quien, como dice Mandane, «no tiene como medida su voluntad, sino la ley» 137 ; se trata, pues, de un sistema mixto, por un lado oligárquico y por otro monárquico 138 . No obstante, cuando, en el libro VIII, Ciro se manifiesta como soberano, no se comporta como un monarca «constitucional», sino absoluto. ¿Responde esta transformación a un cambio ideológico del autor durante la redacción de la obra, o se trata de una incoherencia interna a favor de su falta de unidad? Más bien parece responder al interés del autor por marcar la diferencia entre el gobierno de Cambises, que se ceñía a un reino de fronteras más o menos amplias, y el de Ciro, que, como queda esbozado en el Proemio, abarcaba un gran imperio. Jenofonte, a diferencia de Platón, no se interesa por el gobierno de una ciudad o de un reino, sino por el de un imperio, lo que constituye uno de los rasgos originales de la obra como precursora de conceptos que serán propios del helenismo.

5.3. «PAIDEÍA ». EL IDEAL DEL SOBERANO .

Si, como está generalmente admitido, el centro de interés de la obra de Jenofonte es la preocupación pedagógica 139 , aún puede afirmarse con mayor énfasis en el caso de la Ciropedia, cuyo protagonista aparece muy idealizado con el fin de encarnar el prototipo del soldado excelso y del soberano justo que mantiene su autoridad sobre un vasto imperio por obra de sus cualidades innatas y la paideía recibida 140 . En esta obra más que en otras se habla de la educación como medio para alcanzar la aretḗ, como fuerza creadora del poderío persa. Lo que extraña al lector es que el paradigma propuesto no corresponde a un griego, sino a un persa. Hay que tener en cuenta que, en la Grecia del siglo IV , el concepto de «griego» comienza a aplicarse a residentes de más allá de los límites de la Hélade. No en vano Isócrates constata que los pueblos que participaban de la paideía reciben el nombre de griegos con mayor propiedad que los propios griegos 141 . Jenofonte, participando del mismo criterio, hace una mezcla perfecta de la kalokagathía griega con la aretḗ persa, si bien señala el contraste entre la educación griega, basada en el individualismo, y la persa, vinculada a la comunidad 142 . La estricta división de la sociedad en clases y el sistema militarista, unido a un régimen de vida sobrio fundamentado tanto en la práctica de la continencia y de la obediencia como en el fortalecimiento físico, debían sonar extraños al público ateniense. Mucho más próximos le parecerían los valores cívicos y morales que Jenofonte atribuye a los persas: el respeto a las leyes, el amor a la patria y a la libertad, así como la importancia dada al buen ejemplo 143 .

Cabe preguntarse si el autor sólo pretendía exponer sus teorías educativas y políticas o si tenía intención de llevarlas a la práctica. Parece verosímil que Jenofonte con esta obra se propusiera promover entre los círculos cultos de su ciudad la comprensión hacia un estado guerrero 144 . Por otra parte, no hay que olvidar que él mismo participó en la sublevación de Ciro el Joven contra su hermano Artajerjes II, símbolo de la decadencia persa, en la idea de que, si la revuelta triunfaba, Ciro el Joven traería consigo el renacimiento de los antiguos ideales de Ciro el Viejo unidos a las mejores fuerzas del helenismo. Sobre esa base, Jenofonte atribuye a su protagonista una serie de cualidades que considera indispensables para el correcto ejercicio del poder, partiendo de la concepción socrática de la virtud, del modelo de Isócrates y, sobre todo, de las virtudes cardinales platónicas. No obstante, su perspectiva difiere de la del autor del Panegírico, pues, mientras éste establece en sus obras las mismas virtudes que aparecen en la Ciropedia desde la proximidad del consejero, Jenofonte lo hace desde el distanciamiento propio del historiador. También su enfoque es distinto del de Platón, ya que no parte de la dialéctica filosófica como él, sino de la necesidad práctica de encontrar la personalidad capaz de detentar el podér en el máximo de espacio y de tiempo —en el caso de Ciro, sobre un vasto imperio y en el amplio período que cubre desde su juventud hasta su muerte—, habida cuenta de la inestabilidad inherente a la mayor parte de las formas de gobierno. Jenofonte no presta atención a la naturaleza del Estado o a su constitución política y prefiere detenerse en anécdotas o excursos sobre cuestiones estrictamente militares.

Procede ahora analizar las cualidades del soberano ideal trazado por Jenofonte 145 .

a) En primer lugar, la «piedad» (eusébeia). Ya en el comienzo, el padre de Ciro, Cambises, le aconseja ser respetuoso con los dioses y no ir jamás en contra de sus preceptos 146 . Ciro obedece y, cada vez que emprende una nueva acción, se encomienda a la divinidad o, si la empresa se ve coronada por el éxito, se lo atribuye a su auxilio 147 . No es una piedad ritual la de Ciro, simplemente reflejada en la celebración de unos sacrificios y libaciones, sino una piedad basada en la profunda convicción de que constituye uno de los pilares fundamentales del imperio; de ahí que en el Epílogo relacione expresamente la decadencia del poderío persa con el abandono de esta virtud 148 . El interés de Jenofonte por resaltar el origen divino de la estirpe de Ciro 149 procede del deseo de legitimar su papel de monarca absoluto. Esta legitimación de la monarquía tiene precedentes y paralelismos en la literatura griega: Homero presenta a menudo el epíteto diogenḗs «nacido de Zeus» acompañando al nombre de los reyes 150 ; también para Píndaro la virtud del atleta vencedor es divina, e Isócrates, por su parte, considera a Evágoras como un dios entre los hombres 151 . Así pues, para Jenofonte, el punto de partida para convertirse en un anér kalós k’agathós es la procedencia divina, a diferencia de Platón, para quien llegar a ser semejante a los dioses es la máxima aspiración 152 .

b) En segundo lugar, se le atribuye la «justicia» (dikaiosýnē), principal meta de la educación de los persas 153 , en claro contraste con la educación ateniense, que se centraba en el aprendizaje de la grammatikḗ tékhnē. Esta virtud es, además, el fundamento del Estado, y es inseparable del respeto a las leyes y del principio de la igualdad de derechos para todos los persas garantizada por la monarquía. El soberano encarna las leyes: es una «ley con ojos» 154 . Muy semejantes son el juicio de Isócrates, que considera las palabras del rey como leyes 155 , y el de Platón, quien atribuye al buen legislador el conocimiento de la ley eterna, por lo que puede descuidar las leyes escritas 156 .

c) La tercera cualidad con la que el autor adorna a Ciro es el «respeto» (aidṓs), cualidad obligada del héroe homérico 157 , a cuya desaparición Hesíodo atribuye la pérdida de buena conciencia en el mundo 158 y que considera Platón como base del arte político en pie de igualdad con la justicia 159 .

d) En relación con su entorno, Ciro manifiesta su «generosidad» (euergesía), no concebida sólo como ayuda material, sino como actitud fundamental del hombre 160 . En inscripciones de ca. 450, el calificativo euergétēs «benefactor», aparece junto a próxenos «protector»; ambos conceptos encajan perfectamente con la idea de soberano padre que refleja la Ciropedia. Jenofonte presenta como partes integrantes de la euergesía otras cualidades más concretas: la philanthrōpía, la philomathía «amor al estudio», y la philotimía o «avidez de gloria» 161 .

e) De modo muy similar habría que entender otra de las cualidades de Ciro, la mansedumbre, la «dulzura en el trato» (praótēs) 162 , término que todavía no aparece en Homero, pero que en el siglo IV se convierte en consigna de la democracia moderada.

f) Muy relacionada con esta última se encuentra la «obediencia» (peithṓ), elemento básico de la paideía, de los jóvenes persas 163 con vistas a que más tarde sean soldados disciplinados 164 . El símil de las abejas ilustra la necesidad social de esta virtud, fundamento de la eukosmía 165 .

g) Por último, ha de hacerse referencia a una de las cualidades en la que Jenofonte hace mayor hincapié 166 : la «continencia» (enkráteia), indispensable para poder soportar las fatigas, el hambre y la sed. Esta virtud, que distinguía a los persas del resto de los pueblos, especialmente de los medos 167 , no aparece todavía en Homero y, cuando asoma a la tragedia, lo hace referida a algún elemento exterior al sujeto 168 ; Platón es el primero que la aplica al dominio sobre uno mismo 169 y así también la interpreta Jenofonte, aunque dándole mayor énfasis, ya que se presenta como fundamento del estado y del imperio 170 .

6. LENGUA Y ESTILO

La lengua y el estilo de Jenofonte gozaron de admiración en la Antigüedad, Su dulzura aparece reflejada en el apelativo que le aplica el Léxico Suda: «abeja ática», a lo que ya aluden Cicerón, al decir que su estilo es más dulce que la miel 171 , y Diógenes Laercio, quien llama a Jenofonte «musa ática» por su dulce expresión 172 . Los gramáticos y críticos literarios antiguos apreciaban su sencillez y sus recursos estilísticos 173 . Así, Demetrio admira su concisión, que no excluye las frecuentes repeticiones encaminadas a dar mayor solemnidad al párrafo, y el ritmo casi métrico de algunos pasajes 174 . Como ático, experimentó un auténtico renacimiento en la época del aticismo y sobrevivió a los siglos oscuros. Fue en el siglo XIX cuando su valoración experimentó un fuerte descenso por duras críticas, que la investigación actual intenta situar en su justa proporción con el fin de recuperar la imagen amable del autor, aunque no alcanzara las dimensiones sublimes de Tucídides como historiador ni de Platón como pensador.

Si bien es cierta esa sencillez que, como hemos visto, se le atribuye tradicionalmente e hizo creer a F. Blass 175 que Jenofonte «war nicht Kunstredner, sondern Naturredner», no lo es menos el hecho de que aprovecha todos los medios del arte de la oratoria de su tiempo. Sin duda, Jenofonte sintió la influencia de los sofistas y de los maestros de retórica, pero su carácter ateniense lo preservó de todo exceso llevándolo a utilizar los recursos de la prosa artística con la máxima moderación 176 .

En cuanto a la lengua, el autor de la Ciropedia presenta auténticas diferencias con el ático clásico contemporáneo. Su larga ausencia de Atenas y su contacto con griegos de otros dialectos han dejado huella en su obra. Gautier 177 ha tipificado las particularidades de la lengua de Jenofonte en distintas categorías: dorismos, hechos susceptibles de ser atribuidos al dorio o al jonio indistintamente, jonismos, elementos helenísticos, «poetismos». Estas peculiaridades, ajenas al ático clásico, han sido, generalmente, atribuidas a la larga estancia de Jenofonte fuera de Atenas. No quiere esto decir que el autor hubiera olvidado su lengua materna, sino que el contacto con otros dialectos le sirvió para enriquecerla.

En cuanto al estilo, una fuente segura es la retórica de su tiempo, especialmente los sofistas; Jenofonte fue discípulo de Pródico y pudo serlo también de Gorgias, cuyo estilo, pleno de recursos, como el hipérbaton, la antítesis, la igualdad de los miembros de la frase, las terminaciones semejantes en los miembros de las frases (homoiotéleuton), ejerció una importante influencia en la prosa ática del momento. Las figuras estilísticas que se encuentran con mayor frecuencia en la Ciropedia son 178 :

a) Anáfora 179 , a menudo acompañada de la disposición simétrica de la frase.

b) Antítesis, como en III 1, 19.

c) Perífrasis, tal como télos eíkhen, en vez de etéleuta 180 .

d) Metáforas, por ejemplo, cuando Creso refiere la muerte de uno de sus hijos «en la flor de la vida» 181 .

e) Símiles, como el del brillo de las armas antes de la batalla, semejante al de un espejo 182 , o el símil del liderazgo de Ciro con el de la abeja-jefe 183 . Muy frecuentes son las imágenes procedentes del ámbito marinero o campesino 184 , de la caza 185 , o de la música 186 .

f) Metonimias, por ejemplo, cuando presenta thýrai en el sentido de corte del rey y no de puertas 187 , o cuando utiliza hópla en el sentido de almacén de armas 188 .

g) Máximas, que también aparecen frecuentemente en tragedia y oratoria. En la Ciropedia, como en otras obras de contenido pedagógico del mismo autor, se encuentran a menudo, por ejemplo: «para aparentar ser diestro en lo relativo a los asuntos que quieras no hay camino más corto que ser diestro en ellos» 189 , o «los respetuosos rehúyen quizá los actos públicamente vergonzosos, en tanto que los prudentes rehúyen también los que son vergonzosos en privado» 190 .

h) Asíndeton y polisíndeton. Jenofonte emplea estos recursos estilísticos para dar dinamismo a la acción en el primer caso 191 y para dar énfasis en el segundo 192 , aunque no siempre se puede ver la diferencia de matiz con claridad.

7. INFLUJO DE LA CIROPEDIA EN LA LITERATURA POSTERIOR

La influencia de la Ciropedia en la literatura posterior ha sido enorme 193 . Sus pasajes anovelados, especialmente el episodio de Abradatas y Pantea, pueden haber servido de modelo para la novela, que florece desde el siglo I a. C.; pero es la ideología que aporta lo que verdaderamente motivó su transcendecia. Así, el cinismo 194 , que en un primer momento influyó en la Ciropedia por medio del fundador de la escuela, Antístenes —quien presenta el «esfuerzo» (pónos) como fundamento de la kalokagathía encarnada en dos modelos, Ciro y Heracles indistintamente—, recibe a su vez, el influjo de la Ciropedia a la hora de confeccionar la imagen del soberano ideal, como demuestra uno de los discípulos de Diógenes, Onesícrito, partícipe en la campaña de Alejandro e historiador suyo, cuando llama a su soberano «filósofo en armas» 195 . También los estoicos sintieron una especial predilección por Jenofonte. Es muy probable que Zenón de Citio, quien, según parece, se dedicó a la filosofía incitado por la lectura del libro II de los Memorables 196 , se sintiera influido por la Ciropedia, a la hora de escribir su República, obra desgraciadamente perdida.

Por otra parte, a nadie escapa que las cualidades presentadas en la Ciropedia coinciden con las del prototipo de los reyes helenísticos, como atestiguan los textos oficiales 197 . Así, entre los Ptolomeos la piedad era una cualidad de vital importancia con vistas a mantener la tradición, en la que se respaldaban para justificar su autoridad, y entre los príncipes de Capadocia el apelativo eusebḗs (pío) era común 198 . Conceptos tales como philanthrōpía, praótēs y euergesía, que hemos visto atribuidos a Ciro, dominan el ideal del rey helenístico, experimentando, a menudo, una mayor extensión del término, como ocurre con la euergesía, que se proyecta universalmente, como demuestran los títulos de pántōn euergétēs o koinòs euergétēs, sólo imaginables a partir de las conquistas de Alejandro. También es evidente que el concepto de émpsychos nómos «ley viviente» 199 referido a los reyes helenísticos, recuerda el epíteto blépōn nómos 200 aplicado a Ciro por Jenofonte.

En cuanto a la influencia de la Ciropedia en el mundo romano, muy notable en el caso de Cicerón, Escipión y Séneca 201 , hay que señalar que, en primer lugar, incide en el ámbito de la religión. En la era de los Escipiones se produce un sentimiento defensor de la religión tradicional frente a los nuevos cultos orientales que invadían Roma. A la cabeza de este movimiento se encuentran Escipión, Lelio y Furio, quienes toman el modelo de la exaltación de la religión ancestral, presente en la Ciropedia, para resucitar los valores religiosos genuinamente romanos 202 . También deudora de Jenofonte es la propaganda, primero, del príncipe y, después, del emperador como cúmulo de virtudes 203 para justificar su auctoritas, lo cual culminará en el fenómeno de la divinización del emperador.

La atracción que sentía el lector romano por Jenofonte, en mayor medida que por Platón o Isócrates, venía motivada por el propio carácter del romano, que gustaba de las vidas ejemplares, las enseñanzas militares y las cuestiones políticas prácticas, como la ampliación de los límites del Estado o la relación con los pueblos aliados 204 . No es de extrañar, entonces, que el modelo tratado por Jenofonte fuera materia de discusión en el círculo de los Escipiones 205 .

Con todo, el máximo representante de la influencia de la Ciropedia en Roma es Cicerón. Gruber analiza dos de sus cartas que lo demuestran; en la primera, dirigida a su hermano Quinto 206 a fines del año 60, constata que la Ciropedia era utilizada sistemáticamente por Escipión el Africano y se refiere a la imagen del soberano trazada por Jenofonte, en la que admira la combinación perfecta entre la máxima autoridad y una extraordinaria afabilidad. En la segunda carta, dirigida a L. Papirio Peto 207 diez años después de la anterior, Cicerón afirma haber leído a menudo la Ciropedía, como, por otro lado, lo atestigua el hecho de que su tratado De senectute presente casi una traducción del final de la obra de Jenofonte, y el haber intentado llevar a la práctica sus enseñanzas durante su cargo al frente de la administración de Cilicia. También en De republica elogia a Ciro cuando pone en boca de Escipión las fórmulas de iustissimus et sapientissimus rex primero, y tolerabilis aut... amabilis después, referidas a él 208 . El ejemplo del soberano persa también se hace patente al trazar la imagen de los reyes romanos, quienes, a su vez, sirven de ejemplo para los políticos contemporáneos 209 . Mayor dependencia de la obra de Jenofonte presentan los pocos fragmentos que quedan del libro V, en el que Cicerón trazaba el ideal del príncipe, especialmente al referirse a los fundamentos educativos o a la teoría de la decadencia del Imperio 210 .

Menor es la influencia que experimenta Salustio, si bien es clara la semejanza entre el pasaje de la muerte de Ciro y el del rey Micipsa en su lecho de muerte recomendando a Yugurta y a sus hijos permanecer unidos 211 . El modelo jenofonteo también incidió en la vida política romana, por ejemplo, cuando el año 27 el Senado en la Curia Iulia decidió otorgar a Augusto el título honorífico de virtutis clementiaeque iustitiae et pietatis causa 212 , o, incluso en época muy posterior, cuando Ausonio atribuye al emperador Graciano el conjunto de las virtudes que Jenofonte había atribuido a Ciro 213 .

En el Renacimiento y los siglos XVII y XVIII , el influjo de la Ciropedia se deja sentir con fuerza en la literatura europea. Así N. Maquiavelo, en El Príncipe 213bis , recoge muchas de las ideas expresadas por Jenofonte:

El príncipe no debe cesar, pues, jamás de pensar en el ejercicio de las armas y en los tiempos de paz debe darse a ellos más que en los de guerra... Debe no solamente tener bien ordenadas y ejercitadas sus tropas, sino también ir con frecuencia de caza, con la que, por una parte, acostumbra su cuerpo a la fatiga, y por otra, aprende a conocer la calidad de los sitios... para ejercitar su espíritu, debe leer las historias; y al contemplar las acciones de los varones insignes debe notar cómo se condujeron ellos en las guerras... Alejandro Magno imitaba a Aquiles, César seguía a Alejandro y Escipión caminaba tras las huellas de Ciro. Cualquiera que lea la vida de este último, escrita por Jenofonte, reconocerá después en la de Escipión cuánta gloria le resultó a éste haberse propuesto a Ciro como modelo, y cuán semejante se hizo a él, por otra parte, con su continencia, afabilidad, humanidad y liberalidad (cap. XIV).

También Montaigne conocía la Ciropedia 214 y alababa el sistema que enseñaba la virtud a los niños. Bossuet elogia a Ciro como conquistador y a Jenofonte como historiador 215 . Y Fenelón, por su parte, imita la Ciropedia en su Telémaco 216 .

En cuanto a España, durante los siglos XVI y XVII florecieron obras dirigidas a la instrucción de los príncipes 217 . De entre todas estas obras moralizantes que recomendaban la piedad, la castidad y el cuidado del bien público, sólo unas pocas resaltaron por su originalidad; por ejemplo, El Concejo y Consejeros del Príncipe de Fadrique Furio Ceriol, quien a la hora de trazar las cualidades del consejero presenta numerosas afinidades con el modelo jenofonteo 218 .

8. TEXTO

8.1. MANUSCRITOS .

Aunque las relaciones entre los numerosos manuscritos existentes para la Ciropedia son harto complejas, W. Gemoll 219 los ha sistematizado en tres grupos a los que aplica las letras x, y, z.

a) El grupo x, el más polémico, está formado, en primer lugar, por el Codex Parisinus 1640, C 220 , de 1320. La copia transcrita de la Alta Edad Media ha sido fechada por A. Hug a finales del siglo IX o principios del X 221 . Otro componente de este grupo es el Codex Etonensis, E, que no puede datarse antes de la segunda mitad del siglo XV 222 .

A. W. Persson 223 , basándose en el hecho de que el grupo x presenta un extraordinario parentesco con el grupo z en los libros I-II, IV 5, 15-VIII y con el grupo y en los libros III-IV 5, 15, recurre a los papiros conocidos en su tiempo y a citas indirectas antiguas y concluye que existen dos redacciones diferentes de la Ciropedia en la Antigüedad, transmitidas por las familias z e y respectivamente, y que el grupo x no tiene una redacción independiente, sino que procede de una recensión de ambos grupos hecha en época bizantina. La influencia del estudio de Persson ha sido enorme 224 dándose el caso de que la última edición de la Ciropedia, realizada por M. Bizos 225 , a la que hemos pretendido ser fieles, tiene como base los grupos de manuscritos z e y, y cuando hace referencia a uno de los manuscritos del grupo x, el C, es para referirse a un editor, ya sea como testimonio en los casos dudosos, o como apoyo de una lección personal considerada buena por el editor 226 . M. García Valdés 227 , en un detallado estudio de los mss. de los libros I y III, pone en relación los grupos x y z por una parte, y los grupos x e y por otra. La autora concluye que no se puede probar la contaminación y que el grupo x ha de tenerse en cuenta como testimonio válido del grupo z en una parte de la obra y del grupo y en la otra.

b) El grupo y se compone del Codex Erlangensis 88, F, que data del siglo XV 228 y sufrió la mano de un corrector (f). Aunque presenta una extensa laguna (IV 2, 20-V 2, 27), es el mejor representante del grupo, al cual también pertenece el Codex Bodleianus Canonicianus 39, D, del siglo XV , que presenta mayor número de omisiones, lugares corruptos y, por lo menos, dos manos de correctores.

c) Al grupo z pertenecen el Codex parisinus 1635, A, del siglo XIV , el Codex Guelferbytanus 71, 19, G, del siglo XV , que, desde el comienzo del libro I hasta I 3, 5, es prácticamente idéntico al grupo y, para, a partir de este pasaje, pasar a presentar un parentesco estrechísimo con el grupo z . Por último, forma parte de este grupo el Códice Escurialense T. III, 14, H, que presenta un texto muy semejante al de A. Este manuscrito, datado por Marchant 229 y Gemoll 230 en el siglo XII , ha sido objeto de numerosos estudios, entre los que destaca el de G. de Andrés 231 , quien lo fecha a comienzos del siglo X : tras hacer un análisis de sus rasgos caligráficos, resalta De Andrés sus semejanzas con los propios del primer período de la minúscula —ausencia de letras unciales, situación de la transcripción del texto sobre el trazado de la línea— y atribuye el error cronológico al hecho de que un calígrafo posterior, imitando la letra del resto del texto, copiara el pergamino 112, precisamente aquel por el que se suele abrir el manuscrito. La nueva datación del Códice Escurialense lo convierte en el más antiguo de la Ciropedia, lo que conlleva el aumento de su valor y autoridad con respecto a su grupo y del grupo z respecto a los demás.

Existen, además, manuscritos incompletos dignos de mención: el Codex Vaticanus 1335, V, que contiene también la Anábasis, de la segunda mitad del siglo X , si bien Gemoll y P. Masqueray 232 lo datan en el siglo XII; muy mutilado y habiendo sufrido dos restauraciones, en los siglos XIV y XV respectivamente, no pudo ser introducido por Marchant en su edición por conocerlo demasiado tarde. Gemoll, quien lo ha colacionado, apenas lo utiliza en su aparato crítico, aunque J. Peters en la última edición teubneriana lo introduce en profusión. Su parte más antigua comienza en V 5, 35, folio 69. Bizos lo utiliza con frecuencia y lo hace perteneciente al grupo z, siguiendo a Gemoll. El Codex Bremensis b 23, R 233 , considerado por Gemoll del siglo XV y por Bizos del siglo XIV , contiene sólo el libro I. El Codex Ambrosianus B 119 sup., m, con algunos párrafos de los libros I y III, es citado por Marchant y Bizos en algunas lecciones y silenciado por Gemoll; se remonta a fines del siglo X .

Bizos tiene en cuenta también otros manuscritos ignorados por los editores anteriores: el Venetus Marcianus 511, datado en el siglo XIV , que pertenece al grupo z, y contiene, además, la Anábasis y los Scripta Minora 234 , asimismo, el Perusinus 90, del siglo XV , y el Vaticanus 143, del siglo XIV . Especial atención merece el Vaticanus 129 W, por su antigüedad, siglo XI , reforzando con ello la autoridad del grupo y al que se encuentra muy próximo. Sin embargo, Bizos no hace referencia a un códice del siglo xv donado por F. Patetta a la Biblioteca Vaticana 235 , que contiene la Ciropedia desde I 2, 2 hasta VI 1, 36, y no pudo ser utilizado por J. Peters en la última edición Teubneriana por no estar colacionado.

8.2. PAPIROS .

Mientras Gemoll sólo tiene en cuenta los papiros Π1 y Π2 , R. A. Pack 236 establece una lista de papiros a la que nos atenemos:

Π1 = Oxyrhyncus Papyri 237 2101, del siglo III . Está más próximo al grupo y que a los demás y contiene I 4, 15; 17-20, y 6, 3.

Π2 = PO 697, del siglo III . Contiene I 6, 3-11, y II 1, 30.

Π3 = PO 698, también del siglo III . Bizos no lo usa por considerarlo de poco interés debido a su brevedad: sólo contiene algunas líneas del final del libro I, la última de las cuales corresponde a la primera del libro II en y.

Π4 = P. Varsoviensis 1, del siglo III . Es el más ecléctico, pero se aproxima, sobre todo, a y. Contiene I 6, 6-8; 9; 10; IV 5, 41-42; 47-48; V 2, 35, y 3, 2-3. En el mismo códice que el P. Varsoviensis 1 se encuentra el P. Raylands 549 conteniendo VII 2, 6-8; VII 2, 12-15. Se aleja a menudo de y .

Π5 = PO 1018, también del siglo III . Corresponde casi por completo a y, en algunas ocasiones sólo a D; sin embargo, las divergencias no son de importancia, ya que a menudo se refieren al orden de palabras. Contiene I 6, 27-29.

Π6 = P. Hawara 15, del siglo II ; sólo contiene IV 5 41-44. No es utilizado por Bizos, porque lo considera de poco interés, debido a su brevedad.

Π7 = P. Rainer (M. P. E. R., vol. VI, págs. 81-97), también del siglo n, emparentado en general con y, aunque, a veces, lo está con z . Contiene V 2, 3-3, 26.

Otros dos papiros han sido editados posteriormente: el DR 3b 238 , genovés, del siglo II , conteniendo un fragmento de la Ciropedia V 12, 15, demuestra que el manuscrito más próximo es el D, y el P. Rain. I 31, que parece tratarse de un ejemplar de lujo de los siglos I o II y contiene el fragmento VII 5, 9-10 239 .

8.3. EDICIONES Y TRADUCCIONES .

La primera edición impresa de la obra de Jenofonte es la versión latina de F. Philelfus, 1476. La editio princeps del texto griego se debe a P. Giunta, Florencia, 1516, sobre un buen manuscrito, perdido hoy. El resto de las ediciones más importantes son: H. Estienne (Stephanus), Ginebra, 1561, 1581; Th. Hutchinson (libro VIII), Londres (1727), 1765; I. C. Zeune, 1778-1782; I. G. Schneider, Leipzig, 1790-1849; J. B. Gail, París, 1797-1815; B. Weiske, Leipzig, 1798-1804; E. Poppo, Leipzig, 1819, 1823; Fr. Aug. Bornemann, Leipzig, 1838-1863; L. Dindorf, Oxford, 1857, 1875; L. Breitenbach, Leipzig, 1858, 1875-1890; G. Sauppe, Leipzig, 1865-1867-1870; Fr. K. Hertlein, Berlín, 1853 (V-VII), 3.a ed., 1876; (I-IV Nitsche), 1886; A. Hug, Leipzig, ed. maior, 1883, última edición 1905; E. C. Marchant, Oxford, 1910; W. Gemoll, Leipzig, ed. maior, 1912, reeditada con ligeras correcciones, en 1967, por J. Peters.

En cuanto a las traducciones, es interesante la inglesa de W. Miller en Loeb Classical Library, Londres-Massachusetts, 1914, y las francesas de J. B. Gail, París, 1797-1815, pero, sobre todo, la de M. Bizos (I-V) y E. Delebecque (VI-VIII) en Belles Lettres, París, 1971-78. También de interés son la traducción catalana del libro I de N. Albafull, Fund. Bernat Metge, Barcelona, 1965; la rumana de M. Marinescu-Himu, Bucarest, 1967, y la edición comentada en italiano por G. Masera, Turín, 1941. Además, pueden consultarse la antología de textos de Ciropedia y Memorables, comentada por J. Von Hemsing y J. Rempe, Münster, 1960, y los comentarios de extractos del libro II de la Ciropedia realizados por L. Geysels, Lieja, 1962.

En lo que concierne al castellano, la versión más antigua es la de Diego Gracián de Alderete, Salamanca, 1552 240 , cuya segunda edición del texto griego y algunas correcciones de traducción se deben a Casimiro Flórez Canseco, Madrid, 1781 241 . Más moderna, pero de menos interés, es la de Demetrio Frangos, México, 1948.

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DISCREPANCIAS TEXTUALES RESPECTO DE LA EDICIÓN DE BIZOS-DELEBECQUE


Hemos de señalar que los corchetes cuadrados y angulares de la edición de BIZOS -DELEBECQUE han sido respetados en la presente traducción.

SINOPSIS

I 1: Proemio.

2: Organización sociopolítica de los persas.

3-5: Juventud de Ciro: estancia en la corte de Astiages; primera experiencia guerrera.

6: Educación del príncipe.

II-III 3, 8: Ciro sale en auxilio de los medos al frente de un ejército. Preparativos. Vida comunitaria en las tiendas (II 1-4). Expediciones de Armenia y Caldea (III 1-2).

III 3, 9-VII 5-36: Guerra contra Asiria.

Victoria frente a los asirios en la frontera. Los hircanios se pasan a Ciro (III 3, 9-IV 2).

Proyecto de una caballería persa. Recelos de Ciaxares. Gobrias se pasa a Ciro (IV 3-6).

Pantea, la princesa cautiva. Ciro en el palacio de Gobrias. Gadatas se pasa a Ciro. Nuevos recelos de Ciaxares (V 1-5).

Planes para la campaña de invierno. Araspas - Pantea - Abradatas (VI 1).

Discursos previos y salida del ejército (VI 2-VII 1, 22).

Batalla de Sardes. Muerte de Abradatas. Encuentro de Ciro con Creso. Suicidio de Pantea (VII 1, 23-VII 3).

Marcha hacia Babilonia. Planes y conquista de la ciudad (VII 4-VII 5, 36).

VII 5, 37-VIII 7: Ciro como soberano.

Asentamiento en Babilonia (VII 5, 37-86).

Organización de la corte. Métodos para granjearse el favor de los hombres (VII 1-4).

Vuelta a Persia. Organización del imperio. Muerte de Ciro (VIII 5-7).

VIII 8: Epílogo. Decadencia del imperio que contrasta con el pasado esplendoroso.

1 Éste es el título tradicional a partir de AULO GELIO , Noches áticas XIV 3. El hecho de que el título no abarque el contenido general de la obra se da también en la Anábasis, donde sólo los seis primeros capítulos relatan la anábasis propiamente dicha.

2 Cf. E. SCHMALZRIEDT , Kindlers Literaturlexicon, VI, supl., cols. 5442-5443.

3 Jenofonte considera que la caza es una magnífica preparación para la guerra. Por otra parte, tampoco es ajeno a la intención del autor el hecho de que el adversario sea el hijo del rey asirio, anticipando la campaña contra Asiria que Ciro emprenderá ya adulto, cf. III 3, 9-VII 5, 36.

4 Este capítulo presenta muchas semejanzas con el A Nicocles de Isócrates.

5 Este capítulo será visto en detalle más adelante, debido a la polémica que su autenticidad y cronología presentan.

6 Partidario de una fecha temprana es, por ejemplo, W. GEMOLL (recensión de TH . MARSCHALL , «Untersuchungen zur Chronologie des Werkes Xenophons», Philol. Wochens. [1929], 277), que considera la Ciropedia inmediatamente posterior a la Anábasis, es decir, de después del 379, admitiendo que esta última se remonta a antes del 380. La datación media, antes del 367, es propuesta por W. SCHMID, Geschichte der griechische Literatur, I6 , pág. 518. Sostienen una fecha tardía, alrededor del 362, ST . WITKOWSKI , Historiografya Grecka, vol. II, Cracovia, 1926, página 169, siguiendo a W. SCHWARTZ , Fünf Vorträge über den griechischen Roman, Berlín, 1896; P. CARLIER , «L’idée de monarchie impériale dans la Cyropédie de Xénophon», Ktêma 3 (1978), 137 n. 13; R. NICKEL , Xenophon, Darmstadt, 1979, pág. 57, y E. DELEBECQUE , Essai sur la vie de Xénophon, París, 1957, pág. 407, quien sitúa el terminus ante quem en 358, como veremos. Por su parte, W. SCHARR , Xenophons Staats und Gesellschaftsideal und seine Zeit, Halle, 1919, presenta una cronología que oscila entre el 369 y 362.

7 I 2, 2-16, II 1, 25-29.

8 Essai sur la vie..., págs. 395 y sigs.

9 Agesilao I 2, X 3; La República de los lacedemonios X 8, XII 3, XIV 1, y XV passim; Cinegético I 10 y 17, XII 18; Anábasis III 2, 12; Helénicas II 4, 43, VI 4, 30; Ingresos IV 13. Sólo la variante mékhri toȗ nŷn (VII 3, 15) no tiene paralelismo en ninguna otra obra de Jenofonte.

10 Por ejemplo: los invitado a la mesa real gozan de buena reputación (VIII 2, 4), los cortesanos mantienen su mano bajo la túnica en presencia del Rey (VIII 3, 10), los parientes del Rey llevan una diadema (VIII 3, 13), el cortejo real conserva la estructura establecida por Ciro (VIII 3, 34).

11 VIII 1, 7 y 24, y 2, 7.

12 VIII 1, 20.

13 VI 1, 27.

14 PÍNDARO , Pítica IV 7; SÓFOCLES , Electra 702.

15 PLUTARCO , Agesilao 67. DIODORO , XV 93, localiza su muerte en la propia Cirene.

16 VI 2, 10, y 3, 19-20; VII 1, 29-45, respectivamente.

17 No es de extrañar que nuestro autor tuviera interés en recoger el máximo de noticias acerca de la última expedición militar de su admirado amigo Agesilao, a quien, en 355, dedicó un escrito histórico-encomiástico.

18 Agesilao se alió con el rey egipcio Taco, contra el persa Artajerjes II, pero, al no obtener el mando supremo de las tropas, traicionó a Taco uniéndose a la rebelión promovida por el hijo de éste, Nectanebo, que puso en pie a todo Egipto contra su padre, cf. JENOF ., Ages. II 31; PLUT., Ages. 62-67; DIOD. , XV 92-93.

19 Considerado como sospechoso por A. HUG (ed.), Leipzig, 1905, y P. CHAMBRY (trad.), París, 1932, entre otros; como apócrifo, por W. DINDORF (ed.), Leipzig, 1875; M. HÉMARDINQUER , La Cyropédie. Essai sur les idées morales et politiques de Xénophon, París, 1872; H. A. HOLDEN , The Cyropaedia of Xenophon, Cambridge, 1903; W. GEMOLL (ed.), Leipzig, 1912, y M. BIZOS , Xénophon. La Cyropédie, París, 19722 , Introducción. En cambio, lo juzgan auténtico C. G. COBET , «Xenophontea. I: De Xenophontis Cyropadiae Epílogo», Mnemosyne., N. S., 3 (1875), 66-72; G. EICHLER , De Cyropaediae capite extremo, Leipzig, 1880; E. C. MARCHANT (ed.), Xenophontis Opera Omnia, 3 vols., Oxford, 1910; L. CASTIGLIONI , «Studi Senofontei, V: La Ciropedia », Rendiconti della Reale Academia Nazionale dei Lincei, Serie V, vol. XXI (1922), 34-56; J. LUCCIONI , Les idées politiques et sociales de Xénophon, París, 1948; H. R. BREITENBACH , en RE, IX A 2 (1966) col. 1741; DELEBECQUE , Essai sur la vie... (trad. esp.), págs. 384-410; A. LESKY , Historia de la Literatura Griega (trad. esp.), Madrid, 1968, pág. 651.

20 Paideia, México, 19622 (en un solo volumen), pág. 963, n. 56: en ambos epílogos, «Jenofonte acusa a los espartanos y a los persas de su tiempo, respectivamente, de haber abandonado su propio ideal».

21 Essai sur la vie ..., págs. 405-407.

22 VIII 8, 12, y 1, 34-36.

23 VIII 8, 13; IV 3, 23.

24 Llega a mencionar su nombre en VIII 8, 12.

25 VIII 8, 4.

26 VIII 8, 2.

27 VIII 8, 3.

28 VIII 8, 9; 10; 11.

29 O. REVERDIN , «Crise spirituelle et evasión, Grecs et Barbares», Entretiens Hardt 8 (1962), 83-120, cree que ni el entusiasmo de Jenofonte por Persia ni el interés de geógrafos e historiadores por el mundo oriental implican que los griegos hayan perdido su conciencia de superioridad frente a los demás pueblos, sino que simplemente responden a un deseo de fundamentar tal sentimiento en un análisis racional, cuyo exponente máximo es PLATÓN , Leyes 747d-e.

30 Les gestes des rois dans les traditions de l’Iran antique, París, 1936.

31 I 6, 1; II 1, 1; III 3, 21; VII 1, 1.

32 IV 5, 14 y 51, y 6, 11; VII 3, 1, y 5, 35.

33 Poeta épico persa (930-1020 d. C.), también llamado Firdawsî. Se propuso componer una inmensa epopeya legendaria e histórica basada en una colección de leyendas del Irán. Después de treinta y cinco años terminó los 60.000 dísticos de su obra, Šâhnâmâ, Libro de los Reyes, en el que, como su título indica, relata las míticas hazañas de los reyes antiguos.

34 Primer rey persa de la dinastía Sasánida (226-241 d. C.), hijo de Pâbhaga y nieto de Sasán. Se proclamó «rey de reyes» y consiguió que todo Irán reconociese su autoridad. Su leyenda aparece recogida en el Šâhnâmâ.

35 Héroe que aparece también en el Šâhnâmâ.

36 W. KNAUT , Das altiranische Fürstenideal von Xenophon bis Ferdousi nach den antiken und einheimischem Quellen, Wiesbaden, 1975.

37 Jenofonte pone de manifiesto su admiración por Esparta en La República de los lacedemonios, obra de la que es deudora, en gran medida, la Ciropedia —cuyos pasajes I 2, 10; II 3, 21; III 3, 40; V 4, 1, y VI 2, 34-37, se inspiran, respectivamente, en Rep. lac. IV 7; XI 4; XIII 8; X 13, y 12—, y, posteriormente, en el panegírico a Agesilao, dedicado a este rey, que encarna la auténtica virtud espartana.

38 Anáb. V 3, 7.

39 JAEGER , Paideia, pág. 965.

40 (445-360 a. C.), fundador de la secta de los cínicos; probablemente influyó en Diógenes de Sínope. Fue discípulo, primero, de Gorgias y, después, muy fervientemente, de Sócrates (JENOF ., Banquete VIII 4; Memorables III 2, 17).

41 O. GIGON , Sokrates. Sein Bild in Dichtung und Geschichte, Berna, 1947, pág. 294, considera posible una reconstrucción del Ciro de Antístenes sobre la base de la Ciropedia.

42 Ctesias de Cnido, médico de Artajerjes II, fue autor de una fantasiosa historia de Persia, Persiká, en veintitrés libros, que sirvió también de fuente a Antístenes.

43 F. H. WEISSBACH , en RE, Supl. IV, cols. 1128-1166.

44 Cirop. I 2, 1; HERÓDOTO , I 107.

45 NICOLÁS DE DAMASCO , Fr. Gr. Hist. 90 F 66, 3.

46 I 107-131.

47 NIC . DAM ., Fr. Gr. Hist. 90 F 66, 24 y sigs.

48 I 3-4; 1 5, 4.

49 I 71-92.

50 I 162-176.

51 VII 1, 29-32.

52 VII 2.

53 VII 4.

54 VII 4, 9.

55 I 189, y I 191, respectivamente.

56 Cf. BREITENBACH , en RE, col. 1712.

57 HERÓD ., I 189-190; JENOF ., Cirop. VII 5, 13.

58 HERÓD ., I 191; JENOF ., Cirop. VII 5, 15.

59 I 1, 4.

60 VIII 6, 7.

61 VIII 6, 19-21.

62 II 1, 1.

63 FOCIO , Fr. Gr. Hist. 688 F 9, 1.

64 VII 5, 28.

65 I 214.

66 Fr. Gr. Hist. 688 F, 6.

67 VIII 7.

68 I 6 13-14.

69 I 6, 15-18.

70 NICKEL , Xenophon, pág. 90.

71 III 1, 14-30.

72 VIII 2, 15-23.

73 V 5, 8-36.

74 V 1, 9-17.

75 VIII 3, 35-50.

76 I 3, 4-7.

77 I 3, 8-9.

78 I 3, 10.

79 I 4, 27-28.

80 II 2, 6-9.

81 II 2, 2-5.

82 II 2, 28-31.

83 III 1, 7-43.

84 IV 6, 1-11; V 2, 28.

85 VII 2, 15-29.

86 I 85-92.

87 DELEBECQUE , Essai sur la vie..., pág. 395.

88 Inmortalidad del alma: VIII 7, 17-22; acerca de la virtud: VII 5, 72-86; relación ignorancia-injusticia: III 1; cf. J. LUCCIONI , Xénophon et le Socratisme, París, 1953.

89 III 1, 14 y 38-39.

90 Cf. W. NESTLE , «Xenophon und die Sophistik», Philologus 94 (1941), 31-50; M. UNTERSTEINER , «Prodico e Xenophonte. Oec. VII», en Studi in onore di L. Castiglioni, Florencia, 1960, págs. 1059-1070.

91 II 2, 24, y III 2, 18-22, respectivamente.

92 I 6, 31.

93 W. NESTLE , Historia del espíritu griego (trad. esp.), Barcelona, 1961, pág. 229, define a Jenofonte como «un socrático con una gota de cínico». Interesante para ver el paralelismo entre la figura de Ciro en Jenofonte y el héroe cínico: R. HÖISTAD , Cynic Hero and Cynic King, Upsala, 1948.

94 Cirop. VIII 2, 5; PLATÓN , Político 369.

95 Cirop. VIII 7, 17-22; PLAT. , Fedón, passim.

96 Cirop. VI 1, 41; PLAT. , Pol. 439, y Banqu. 203d.

97 ATENEO , Deipnosophistaí XI 504-5; DIÓGENES LAERCIO , III 34; AMIANO MARCELINO , Vida de Tucídides 27.

98 Noches áticas XIV 3.

99 A. DIÈS , Introducción a la République de Platón, París, 1932-34, págs. XLI-XLII, interpreta la expresión de Aulo Gelio laxamente y entiende que los dos libros pueden referirse, en sentido amplio, a la parte comprendida entre el comienzo y IV 427d de la República, donde la constitución del Estado ideal concluye.

100 LUCCIONI , Les idées politiques..., págs. 205 y sigs.; DIÈS , Introducción..., págs. XLII-XLIII.

101 DELEBECQUE , Essai sur la vie..., págs. 389 y sigs.

102 Cirop. VIII 7, 21; Rep. 572a-b.

103 Cirop. IV 3, 1-2; Rep. 467a.

104 Cirop. V 4, 24-27; Rep. 470d-471c.

105 Cirop. I 1, 2, y VIII 2, 14; Rep. 343b.

106 Cirop. V 1, 24; Rep. 520b.

107 G. B. NUSSBAUM , «Plato and Xenophon. Political Theory and Political Experiment», Liverp. Class. Month. 3 (1978), 279-284.

108 Rep. 457d.

109 III 1, 41-42.

110 IV 6, 11; V 1; VI 1, 31 ss., y 4, 2-11; VII 1, 15 ss., y 3, 2 ss.

111 III 1, 36-37; V 1, 2-3.

112 VIII 4, 13-23.

113 VIII 5, 21-28.

114 IV 6, 3-7.

115 VII 2, 20.

116 DELEBECQUE , Essai sur la vie..., pág. 392.

117 DIÈS , Introducción a la República, pág. XL: «En lo que concierne a la oposición de Platón a la Ciropedia el indicio (de la rivalidad entre ambos autores) es un texto perteneciente indudablemente a las Leyes. »

118 Leyes 694d.

119 Ibid ., 694c (trad. de J. M. PABÓN y M. FERNÁNDEZ GALIANO [Inst. Estud. Polít.], Madrid, 1960).

120 Cirop. I 4, 10-15, y 6, 39-40; Leyes 633b.

121 Cirop. I 1; Leyes 676b-c, 688e-689a.

122 Cirop. VIII 8; Leyes 695b. Jenofonte se limita a constatar el hecho sin explicarlo.

123 Cf. G. MATHIEU -E. BREMOND , Isocrate. Discours II, París 1962-19633 , pág. 92.

124 F. BLASS , Die attische Beredsamkeit, 3 vols., Leipzig, 1887-18982 , la data en 370; R. C. JEBB , The Attic Orators from Antiphon to Isaeus, 2 vols., Londres, 18932 , propone la fecha de 365, y Mathieu-Bremond, Discours..., entre 365 y 362.

125 I 2, 1 y 15, y 4, 9; II 1, 11; III 2, 7; IV 2, 13, 15 y 30; V 2, 20; VII 3, 15 y 17; VIII 2, 14 y 15; 3, 26; 5, 28; 6, 18 y 19-20, son sólo unos cuantos ejemplos.

126 Cirop. VIII 8, 2; Anáb. II 5, 16-34.

127 Cirop. VII 5, 1-8; Anáb. I 8.

128 Cirop. III 3, 26; Anáb. III 4, 35.

129 Cirop. VI 4, 1; Anáb. I 2, 16.

130 Cirop. VII 1, 30-45; Anáb. I 8, 9.

131 Cirop. VII 4; Anáb. I 4, 11-13.

132 I 9.

133 G. COUSIN , Kyros le Jeune en Asie Mineure, tesis doct., Nancy, 1904, pág. 41.

134 IV 6, 12.

135 Cf. N. ALBAFULL -E. PAGÉS , «Tendencias del pensamiento político en el siglo IV », Bol. Inst. Est. Hel. 4-5 (1970-71), y U. HACKL , Die oligarchische Bewegung in Athen am Ausgang des 5. Jh. v. Chr., tesis doct., Munich, 1960.

136 BIZOS (ed.), Cyropédie, I, Introducción, pág. XIV.

137 I 3, 18.

138 CARLIER , «L’idée de monarchie impériale...», 133-163.

139 J. MOSSAY , «Hummanisme et centre d’intérêt dans Xénophon», Les Étud. Class. 42 (1974), 345-361.

140 CARLIER , «L’idée de monarchie impériale...», atribuye al abandono de esta paideía, que resultó de la instauración de la monarquía absoluta, la decadencia del imperio persa.

141 Panegírico, 50.

142 I 2, 6. En realidad se refiere, concretamente, a la educación que se impartía en la Atenas democrática y, especialmente, a la de la sofística y Platón.

143 Jenofonte parte de la idea de que la naturaleza del hombre, en general, y del niño, en particular, es mimética, cf. J. KARNASOPOULOS, «Ideodé, morphotikaí axiai kaí paidagogikaí idéai toũ Xenophontos», Platon 26 (1974), 45-54.

144 JAEGER , Paideia..., págs. 963-64.

145 Nos ha sido de gran utilidad el artículo de J. GRUBER , «Xenophon und das hellenistisch-römische Herrscherideal», en Reflexionen antiker Kulturen (ed. P. NEUKAM ), Munich, 1986, págs. 27-46 (Dialog Schule und Wissensachft, Klassische Sprachen und Literaturen XX), enviado gentilmente por el autor todavía en manuscrito.

146 I 6, 2-6.

147 Por ejemplo, en II 1, 1; IV 1, 2; VI 4, 1; VII 1, 1; VIII 7, 3.

148 VIII 8, 2-5.

149 I 2, 1; IV 1, 24; VII 2, 24.

150 Il. I 489; IV 489; VII 249; X 340; XI 810; XXI 17; XXIII 294; Od. II 352; V 387; VIII 3; XV 485; XVIII 312; XXIII 306.

151 Evágoras 72.

152 Rep. 383c.

153 I 2, 6.

154 VIII 1, 22.

155 A Nicocles 18.

156 Polít. 300c.

157 C. E. v. ERFFA , «Aidṓs», Philologus, Supl 30, 2 (1937); A. BEIL , «Aidṓs bei Homer», Der altsprachliche Unterricht 5, 1 (1961), 51 y sigs.

158 Trabajos y Días 200.

159 Protágoras 322d.

160 E. SKARD , Zwei religiöse Begriffe: Euergetes-Concordia, Oslo, 1932, págs. 49 y sigs.

161 I 2, 1 y I 4, 1; VIII 7, 25.

162 III 1, 41; VI 1, 37.

163 En Rep. lac. VIII 3, se manifiesta como fundamento del Estado espartano.

164 III 3, 8; VIII 1, 2.

165 V 1, 24.

166 Cf. Rep. lac. II 14; Mem. I 5, 4.

167 I 2, 8, y 3, 4; IV 5, 1; V 2, 14-19.

168 SÓFOCLES , Filoctetes 75.

169 Fedro 256b.

170 Jenofonte atribuye la decadencia del imperio persa entre otras causas al abandono de esta virtud, cf. VIII 8, 9-10.

171 Orator IX 32.

172 Vida XIV.

173 QUINTILIANO , X 1, 82, reconoce su fuerza persuasiva, aunque considera que «su encanto» no procede de una verdadera investigación. TÁCITO , Diálogo de los oradores XXXI, también lo elogia. HERMÓGENES DE TARSO , Perì Ideôn 405-406, alude a su simplicidad en términos elogiosos. Sólo hay una crítica entre tanta alabanza, la de HELADIO recogida por FOCIO , Bibl., pág. 533 b 28 BEKKER , para quien Jenofonte no debería ser considerado como modelo de aticismo.

174 Perì Hermeneías 137 y 181.

175 Die attische..., vol. II, 2.a ed., Leipzig, 1892, pág. 479.

176 R. CAVENAILE , «Aperçu sur la langue et le style de Xénophon», Les Étud. Class. 43 (1975), 238-252.

177 L. GAUTIER , La langue de Xénophon, Ginebra, 1911.

178 Seguimos el modelo que CAVENAILE , «Aperçu sur la langue et le style...», págs. 243-249, aplica a la Anábasis.

179 Por ejemplo en I 6, 43; III 3, 27; V 3, 38; VIII 3, 16-17.

180 III 3, 34.

181 VII 2, 20.

182 VII 1, 2.

183 V 1, 24.

184 I 6, 6.

185 I 6, 39-40.

186 I 6, 18; III 3, 70.

187 I 3, 2; II 4, 4; VIII 1, 6.

188 VII 2, 5.

189 I 6, 22.

190 VIII 1, 31.

191 I 1, 4, VII 1, 2 y 13, VIII 2, 5, no constituyen más que una muestra.

192 Por ejemplo, en I 3, 2, y 4, 7; IV 5, 18; VIII 1, 36, aunque en la mayoría de los casos no se refleja en la traducción.

193 Hemos recurrido en numerosas ocasiones al artículo ya citado de J. GRUBER , «Xenophon...». Cf. también, E. R. GOODENOUGH , «The Political Philosophy of Hellenistic Kingship», Yale Class. Stud. 1 (1928), 55-102; H. KLOFT (ed.), Ideologie und Herrschaft in der Antike (Wege der Forschung 528), Darmstadt, 1979, págs. 27-89; K. MÜNSCHER , «Xenophon in der griechisch-römische Literatur», Philologus, Supl. XIII 2 (1920); I. BORZSÁK , «Die Achämeniden in der späteren Überlieferung zur Geschichte ihres Ruhmes», Acta Antiqua Academiae Scientiarum Hungaricae 19 (1971), 41-51.

194 R. HÖISTAD , Cynic Hero and Cynic King. Studies in the Cynic Conception of Man, Upsala, 1948.

195 Fr. Gr. Hist. 134 F 17 = ESTRABÓN , XV 1, 64. Con Onesícrito comienzan las historias idealizadas de Alejandro Magno.

196 MÜNSCHER , «Xenophon...», pág. 48.

197 J. J. FARBER , «The Cyropaedia and Hellenistic Kingship», Amer. Journ. Philol. 100 (1979), 497-514.

198 F. TAEGER , Charisma. Studien zur Geschichte des antiken Herrscherkultes, Stuttgart 1957/60, vol. I, págs. 335 y sigs.— W. SCHUBART , «Das hellenistische Königsideal nach Inschriften und Papyri», Archiv für Papyrusforschung und verwandte Gebiete 12 (1937), 1-26 (= KLOFT , páginas 90-122, op. cit. en n. 193).

199 ESTOBEO , IV 7, 67.

200 VIII 1, 22, exactamente bléponta nómon «ley con ojos».

201 T. ADAM , Clementia Caesaris. Der Einfluss hellenisticher Fürstenspiegel auf den Versuch einer rechtlichen Fundierung des Principats durch Seneca, Stuttgart, 1970.

202 E. RAWSON , «Scipio, Laelius, Furius and the Ancestral Religion», Journ. Rom. Stud. 63 (1973), 161-174.

203 M. P. CHARLESWORTH , «The Virtues of a Roman Emperor. Propaganda and the Creation of Belief», Proc. of the Brit. Acad. 23 (1937), 105-133 (= KLOFT [W. d. F. 528], págs. 361-387).

204 W. DAHLHEIM , Gewalt und Herrschaft. Das provinziale Herrschafts-system der römischen Republik, Berlín-Nueva York, 1977, pág. 154, n. 49.

205 A. E. ASTIN , Scipio Aemilianus, Oxford 1967, fundamentalmente págs. 296 y sig.; J. KAERST , «Scipio Aemilianus, die Stoa und der Prinzipat», Neue Jahrb. f. Wiss. u. Jugendb. 5 (1929), 653-675 (= KLOFT , págs. 205-237, op. cit. en n. 193).

206 Ad Quintum fratrem I 1, 23 ss.

207 Ad familiares IX 25, 1.

208 De republica I 43 ss.

209 Así, cuando presenta a Rómulo como euergétēs (Rep . II 15) o cuando se refiere a que la clemencia y la piedad constituyen la base de la actuación de Numa (ibid. II 27), lo que subyace es el modelo del rey persa.

210 Rep. V 6, y V 2, respectivamente.

211 Cirop. VIII 7; Yugurta X.

212 Res Gestae XXIV 3.

213 Gratiani Acta 15.

213bis Madrid, Espasa-Calpe, Col. Austral, 196711 .

214 Ensayos I 3, y 25; II 22; III 6; III 10.

215 J. B. BOSSUET , Parte I, época VIII.

216 Comparar Cirop. I 3, 3, con el libro I de Telémaco.

217 Cf. M.a Á. GALINO CARRILLO , Los Tratados sobre Educación de Príncipes, siglos XVI y XVII, Madrid, 1948.

218 Única parte editada (Ed. Nacional, Madrid, 1978) de un conjunto más amplio, aún inédito, titulado Sobre las Instituciones del Príncipe.

219 Xenophontis Institutio Cyri (Teubner) Leipzig, 1912 (= 1968).

220 Este códice, conocido también para la Anábasis ha sido colacionado, además de por Hug, por Dübner y Gemoll.

221 Commentatio de Xenophontis Anabasis. Cod. C, i. e. Parisinus 1640, Zurich, 1872.

222 Este códice ha sido colacionado por E. C. Marchant.

223 «Zur Textgeschichte Xenophons», Lunds Universitets Årskrift 10, 2 (1915).

224 H. ERBSE , Geschichte der Textüberlieferung der antiken und mittelalterlichen Literatur, vol. I, Zurich, 1961, cree que el elaborador de x une ambas ediciones, z e y, anteponiendo una a la otra a su arbitrio; G. PASQUALI , Storia della tradizione e critica del testo, Florencia, 19622 , sigue las directrices de Persson, si bien considera exagerado atribuir a un erudito bizantino los innegables aciertos que hay en x . J. PETERS , reelaborador de la edición de GEMOLL en el año 1968, apoya los estudios de Persson y Erbse, aunque en algunos casos elige la variante que presentan los manuscritos de x.

225 Xénophon. La Cyropédie...

226 N. C. CONOMIS en la reseña a la edición de Bizos, Gnomon 48 (1976), 123-128, no considera oportuno el olvido del grupo x, ya que a menudo el editor se ve obligado a las lecturas del C.

227 «Los problemas del stemma de la Ciropedia », Emerita 43 (1975), 139-168.

228 H. THURN , «Die Erlanger Handschrift von Xenophons Kyropädie, ihre Fehldatierung und deren Folgen», Würzb. Jahrb. f. d. Alt. Wiss., N. S., 2 (1976), 75-82, intenta demostrar que la cronología tradicional para este códice es falsa y lo remonta a mediados del siglo X .

229 Xen. Op. Omn.

230 Xenoph. Inst. Cyr., al comienzo del Prefacio.

231 «Sobre un códice de Jenofonte del siglo x (Escurialense 174. T. III 14)», Emerita 23 (1955), 232-257. La fecha del siglo X para este manuscrito es confirmada por G. GÓMEZ DEL RÍO , «Manuscritos de Jenofonte en bibliotecas españolas», ibid. 26 (1958), 319-354, y por M. J. IRIGÓIN , citado apud BIZOS , Xénophon. La Cyropédie..., Introducción, pág. LV, n. 1.

232 Edición de la Anábasis, París, 1930.

233 Persson y Gemoll lo aproximan al grupo x, mientras W. Miller, responsable de la edición de la Loeb Class. Libr., Londres, 1947, lo relaciona con y, y Bizos con el grupo z.

234 Masqueray lo utiliza para la Anábasis con la sigla M primero y MM después; Fr. Ollier, para el Banquete, y P. Chantraine, para el Económico con la sigla V.

235 Este códice ha sido editado por P. CANART , «Trois manuscrits grecs dans le fonds Patetta de la Bibliothèque Vaticane», Scriptorium 16 (1962), 363-365.

236 The Greek and Latin Literary Texts from Greco-Roman Egypt, Ann Arbor, Michigan-Londres, 2.a ed., 1965, pág. 90.

237 Se trata de la colección, que abreviaremos con la sigla PO, procedentes de la localidad egipcia de Oxyrhynchus que desde el tomo I (1898) de su serie impresa hasta, por el momento, el XLIX (1982) ha venido abriendo nuevos caminos al mundo filológico, bajo la dirección de Grenfell y Hunt primero y de Lobel y Turner después, con la valiosa aportación de toda una legión de filólogos.

238 Editado por L. MIGLIARDI , «Un nuovo papiro di Xenofonte inv. DR. 3 b: Xen. Cyr. V 2, 15», Maia 22 (1970), 269-270.

239 Editado por J. LENAERTS , «Un papyrus de la Cyropédie de Xénophon, P. Rain. I 31», Chronique d’Égypte 54 (1979), núm. 108, 271-272.

240 Las obras de Xenophon, trasladadas de Griego en Castellano por el Secretario Diego Gracián, divididas en tres partes. Dirigidas al Sereníssimo Príncipe Don Philippe nuestro señor. La Ciropedia ocupa la primera parte.

241 Ensalzada por MENÉNDEZ Y PELAYO , «Biblioteca de traductores españoles», Madrid, CSIC, ed. de 1952-3, vol. II, págs, 188-190.

LIBRO I

Dificultad que supone gobernar seres humanos

Una 1 vez se nos ocurrió reflexionar [1] sobre cuántas democracias han sido derrocadas por quienes preferían regirse con un régimen distinto del democrático, y sobre cuántas monarquías y cuántas oligarquías han sido ya, a su vez, abolidas por el pueblo, y sobre el hecho de que, de cuantos intentaron imponer la tiranía, unos fueron inmediatamente derrocados, y otros, por poco tiempo que se hayan mantenido en el poder, son objeto de admiración por haber sido varones tan sabios y afortunados. Nos pareció haber observado que también en las viviendas particulares muchos amos, unos con mayor número de criados y otros con muy pocos, no son capaces de mantener ni siquiera a estos pocos en actitud obediente 2 . Además, seguíamos reflexionando sobre el hecho [2] de que gobernantes son los boyeros de sus bueyes, los yegüeros de sus caballos y que todos los que reciben el nombre de pastores podrían también ser considerados razonablemente gobernantes de los animales a cuyo cuidado están; pues bien, nos parecía apreciar que todos estos rebaños obedecen de mejor grado a sus pastores que los hombres a sus gobernantes. En efecto, los rebaños van exclusivamente por donde los pastores los dirigen, pacen en los lugares a los que los conducen y se mantienen alejados de aquellos de los que los apartan. Además, permiten a los pastores hacer el uso que quieran de los productos que se obtienen de ellos y aún no tenemos noticias de que nunca un rebaño se rebelara contra su pastor, ni para desobedecerle ni para impedirle hacer uso de sus productos, sino que, al contrario, los rebaños son más ariscos con cualquier extraño que con quienes los gobiernan y sacan provecho de ellos. Los hombres, en cambio, contra nadie se levantan más que contra aquellos en quienes noten intención de gobernarlos.

Excepcionales dotes para gobernar del persa Ciro

[3] Mientras meditábamos sobre estos asuntos, íbamos comprendiendo, al respecto, que al hombre, por su naturaleza, le es más fácil gobernar a todos los demás seres vivos que a los propios hombres. Pero, cuando caímos en la cuenta de que existió el persa Ciro, que consiguió la obediencia de muchísimos hombres, muchísimas ciudades y muchísimos pueblos, a partir de ese momento nos vimos obligados a cambiar de idea y a considerar que gobernar hombres no es una tarea imposible ni difícil, si se realiza con conocimiento. Por ejemplo, sabemos que a Ciro le obedecían de buen grado gentes que, unos distaban de él muchos días de camino, otros incluso meses, otros que no lo habían visto nunca y otros que sabían bien que ni siquiera lo verían jamás, y, sin embargo, estaban dispuestos a serle sumisos 3 . En efecto, hasta tal [4] punto sobresalió del resto de los reyes, tanto de los que habían heredado el poder de sus padres como de los que lo habían obtenido por sí mismos, que el rey escita, aun siendo numerosísimos los escitas, no sería capaz de extender su dominio sobre ningún otro pueblo y se daría por satisfecho simplemente con mantenerse en el gobierno del suyo propio. Lo mismo le ocurriría al rey tracio con los tracios, al rey ilirio con los ilirios y a todos los otros pueblos de los que tenemos noticia; también se dice que los pueblos de Europa todavía en la actualidad son autónomos e independientes unos de otros. Sin embargo, Ciro, que había recibido en herencia a los pueblos de Asia, asimismo autónomos, partiendo con un pequeño ejército de persas se hizo caudillo de los medos y de los hircanios 4 con el consentimiento de cada uno de ellos; sometió a sirios, asirios, árabes 5 capadocios, los habitantes de ambas Frigias, lidios, carios, fenicios y babilonios, gobernó a bactrios, indios y cilicios y, asimismo, fue soberano de sacas 6 , paflagonios, magadidas 7 y un elevado número de pueblos cuyos nombres no se podrían ni decir; y tuvo poder también sobre los griegos de Asia, y, bajando hacia el mar, sobre chipriotas y egipcios. Además, gobernó [5] sobre todos estos pueblos que no tenían la misma lengua que él ni una lengua común entre ellos; y, sin embargo, pudo abarcar tan extenso territorio por el temor que les inspiraba, de suerte que a todos aterrorizó y nadie intentaba nada en su contra, y fue capaz de infundirles tanto deseo de que todos le agradaran, que en todo momento exigían ser gobernados según su criterio, y se anexionó tantos pueblos, que es costoso incluso recorrerlos sea cual sea la dirección en la que se comience a marchar desde el palacio real, tanto si es hacia Oriente como hacia Occidente, hacia el Norte como hacia el Mediodía. Nosotros, considerando [6] que este varón es digno de admiración, nos pusimos a investigar cuál fue su linaje, qué dones naturales tuvo y qué clase de educación recibió para distinguirse tanto en el gobierno de los hombres. Así que, todo lo que averiguamos y todo aquello de lo que nos parece habernos percatado acerca de su persona intentaremos exponerlo ahora.

Estirpe, aspecto y carácter de Ciro

[2] Se dice que el padre de Ciro fue Cambises, rey de los Persas; este Cambises era de la estirpe de los Perseidas, y los Perseidas reciben su nombre por Perseo 8 . Su madre, está generalmente admitido, fue Mandane; y esta Mandane era hija de Astiages, rey de los medos 9 . Todavía en la actualidad entre los bárbaros se mantiene la tradición, en relatos y canciones 10 , de que Ciro era muy bien parecido y muy generoso de corazón, muy amante del estudio y muy ávido de gloria, hasta el punto de soportar toda fatiga y de afrontar todo peligro con tal de recibir alabanzas 11 .

La educación entre los persas

[2] Tal era la naturaleza física y espiritual que se recuerda que tenía. Fue educado en las leyes de los persas 12 , y estas leyes no parecen comenzar a ocuparse del bien común en el mismo punto en el que comienzan en la mayor parte de las ciudades; pues la mayoría de las ciudades, dejando que cada cual eduque a sus hijos como quiera y que los propios adultos vivan como deseen, luego les ordenan no robar ni saquear, no irrumpir en ninguna casa con violencia, no golpear a quien no sea lícito, no cometer adulterio, no desobedecer al gobernante y, asimismo, cosas por el estilo; y si alguien infringe uno de estos preceptos, le imponen un castigo.

En cambio, las leyes persas se anticipan preocupándose [3] de que, desde el principio, los ciudadanos no sean tales que tiendan a alguna acción ruin o vergonzosa; y se ocupan de la siguiente manera: existe entre ellos un lugar llamado «Ágora Libre», en donde están el palacio real y los demás edificios de gobierno. De allí han sido desplazados a otro lugar las mercancías y los mercaderes con sus voces y groserías para que su tumulto no se mezcle con el buen orden de la gente que ha recibido educación. Esta plaza que rodean los edificios de gobierno está dividida [4] en cuatro partes: una de ellas es para los niños, otra para los efebos 13 , otra para los varones adultos y otra para quienes sobrepasan la edad militar. De acuerdo con la ley, cada uno de estos grupos acude al lugar que le corresponde. Los niños y los adultos, al amanecer; los ancianos, cuando a cada uno convenga, excepto en los días determinados en los que deben acudir. Los efebos duermen incluso cerca de los edificios de gobierno con sus armas ligeras, a excepción de los casados; a éstos no se les busca, a no ser que se les haya advertido con antelación que se presenten, pero tampoco está bien visto que falten a menudo.

Clasificación de los individuos

[5] Al mando de cada uno de estos grupos hay doce jefes, pues también están divididas en doce las tribus de los persas 14 . Como jefes de los niños se eligen, de la clase de los ancianos, a los que parece que van a darles la mejor formación; como jefes de los efebos se eligen, de la clase de los hombres adultos, a los que parece que les van a procurar mejor educación; como jefes de los varones adultos, a quienes parece que van a hacerles especialmente cumplidores de los mandatos y órdenes de la suprema autoridad; y, también, se eligen dirigentes de los ancianos, a quienes les inducen a que igualmente ellos cumplan con su deber. Y ahora vamos a exponer los deberes de cada una de estas edades para que quede más claro cómo los persas se preocupan de que sus ciudadanos sean los mejores.

La clase de los niños 15

Los niños que van a la escuela pasan [6] su tiempo aprendiendo la virtud de la justicia y dicen que van allí con este propósito, como entre nosotros dicen que van para aprender las letras. Y sus jefes pasan la mayor parte del día juzgándolos, pues entre los niños, como entre los adultos, hay acusaciones de robo, rapiña, violencia, engaño, calumnia, y otros delitos por el estilo, que es verosímil que cometan. Y a los que reconocen culpables de alguno de estos delitos los castigan. También [7] castigan a quienes descubran que han hecho una acusación injusta, y juzgan también por la acusación que más odio produce entre los hombres y que es menos objeto de juicio, la de ingratitud; y al niño de quien deciden que, pudiendo demostrar agradecimiento no lo hace, también a éste le dan un fuerte castigo, pues piensan que los desagradecidos son los más negligentes con respecto a los dioses, sus padres, su patria y sus amigos, y es opinión generalizada que a la ingratitud, sobre todo, acompaña la desvergüenza, pareciendo que ésta, a su vez, es la máxima guía para [8] todos los actos inmorales. Enseñan a los niños también la virtud de la templanza, y contribuye en gran manera a su aprendizaje el hecho de ver cómo sus mayores viven con templanza cada momento del día. Asimismo, les enseñan a obedecer a sus jefes, a lo que contribuye en gran manera el hecho de ver que sus mayores obedecen a sus jefes a rajatabla. Les inculcan, además, la sobriedad en el comer y en el beber, a lo que contribuyen en gran manera también el hecho de ver que sus mayores no abandonan sus puestos para ir a comer antes de que sus jefes les dejen marchar, y la costumbre de que los niños no coman con su madre, sino con su maestro cuando los jefes lo indiquen. Se traen de casa pan, como alimento básico, y berro 16 , como companage, y para beber, por si alguno tiene sed, un tazón para extraer agua del río. Además de estas enseñanzas, aprenden a disparar el arco y la lanza. Hasta que tienen dieciséis o diecisiete años de edad, los niños se ejercitan en estos menesteres y a continuación entran en la clase de los efebos.

La clase de los efebos

A su vez, estos efebos viven de la [9] manera siguiente: a partir del momento en que salen de la clase de los niños, durante diez años duermen, como ha quedado dicho antes, cerca de los edificios de gobierno para salvaguardar la ciudad y para ejercitar la templanza, pues parece que esta edad necesita del máximo cuidado. Durante el día se ponen al servicio de las autoridades por si son requeridos para realizar algún servicio relativo a la comunidad. Y, cuando es necesario, todos permanecen junto a los edificios de gobierno; pero, cuando el rey sale de caza, lo que hace muchas veces al mes, deja allí la mitad de la guarnición. Los que salen con él deben llevar un arco y, junto al carcaj, un cuchillo o un hacha 17 en su vaina y, además, un escudo ligero y dos lanzas, una para dispararla de lejos y otra para, en caso de necesidad, usarla a mano en un encuentro cuerpo a cuerpo.

Y se preocupan de la caza como actividad pública, y el [10] rey es en ello, como en la guerra, su caudillo, y él mismo caza y cuida de que cacen los demás, porque es opinión general que éste es el ejercicio más auténtico para el entrenamiento bélico 18 . En efecto, la caza acostumbra a levantarse pronto, a soportar el frío y el calor, ejercita en la marcha y la carrera y obliga a tirar al arco y disparar la lanza a las fieras cada vez que una aparezca de improviso. También en la caza es obligado templar el ánimo cuando, como ocurre a menudo, un animal fiero hace frente, pues hay que golpearlo si se acerca, y esquivarlo si se abalanza; de modo que no es fácil encontrar en la caza ningún elemento [11] que esté ausente en la guerra. Los efebos salen de caza con un almuerzo más copioso que el de los niños, como es natural, pero en lo demás totalmente semejante al de ellos. Mientras cazan no pueden almorzar; pero, si fuera necesario permanecer más tiempo de caza por causa de un animal, o, si por alguna otra razón quieren alargar la caza, toman como cena este almuerzo y siguen cazando durante el día siguiente hasta la hora de cenar de nuevo; y cuentan estos dos días como uno, porque no gastan más que los víveres de una sola jornada. Y lo hacen para acostumbrarse y ser capaces de hacerlo también en la guerra, si fuera preciso. Los jóvenes de esta edad tienen como comida las piezas que cacen y, en su defecto, berros, y si alguien piensa que comen desganados cuando tienen de comida sólo berros con pan, o que beben desganados cuando beben agua, recuerde cuán agradable es comer torta de cebada o pan candeal para el que está hambriento y cuán agradable beber agua para el que tiene sed.

[12] Por su parte, las tribus que no han salido de caza se entretienen ejercitando las demás prácticas que aprendieron de niños: tirar al arco y disparar la lanza, y pasan el tiempo organizando certámenes de estas pruebas entre ellos. Tienen lugar también certámenes públicos y se proponen premios, y de la tribu en la que se encuentren en mayor número los jóvenes más hábiles, valerosos y fieles, los ciudadanos alaban y honran no sólo a su jefe actual, sino también al que los educó cuando eran niños. Los magistrados se sirven de los efebos que se han quedado en la ciudad, si hubiera que hacer guardia, seguir la pista de malhechores, perseguir forajidos y cuantos menesteres precisan fuerza y velocidad. Estas acciones son las que realizan los efebos. Después de diez años de permanencia en esta clase, entran en la de los adultos.

La clase de los adultos

A partir del momento en que éstos salen [13] de la clase de los efebos, pasan, a su vez, veinticinco años del modo siguiente: en primer lugar, como los efebos, se ponen al servicio de las autoridades, por si hubiera que realizar cualquiera de las acciones relativas a la comunidad que son ya propias de personas sensatas, pero todavía vigorosas. Si se ha de ir de expedición, los que han sido así educados marchan sin ni siquiera flechas ni lanzas, sino con las llamadas armas de cuerpo a cuerpo: una coraza alrededor del pecho, un escudo en la mano izquierda, como llevan los persas en las pinturas 19 , y en la derecha una daga o un cuchillo. Es de esta clase de donde son designados todos los cargos públicos, excepto los maestros de los niños. Después de cumplir veinticinco años en esta clase, cuando tienen probablemente algo más de cincuenta años de edad, entran en la clase de los que son ancianos, y ése es el nombre que reciben.

La clase de los ancianos

[14] Por su parte, estos ancianos ya no salen fuera del país a ninguna expedición guerrera; se quedan en su país y juzgan todos los asuntos, ya sean públicos o privados, participan incluso en los procesos de pena de muerte y son ellos quienes eligen todos los cargos públicos; y, si un miembro de la clase de los efebos o de los adultos infringe una ley, lo hace público el jefe de tribu correspondiente, o cualquier ciudadano que lo desee, y los ancianos, una vez oída la acusación, lo excluyen. El que ha sido excluido pasa el resto de su vida privado de los derechos de ciudadanía.

La Constitución de los persas

[15] Para dar a conocer más claramente el conjunto de la constitución persa, me remontaré un poco hacia atrás en el tiempo; pues, después de lo dicho anteriormente, me sería posible exponerla en pocas palabras. Se dice que los persas son cerca de ciento veinte mil 20 , y ninguno de ellos es apartado por ley de honores o cargos públicos, sino que todos los persas tienen el derecho de enviar a sus hijos a las escuelas públicas de justicia. Pero sólo los que pueden educar a sus hijos sin hacerles trabajar los envían allí, y los que no pueden no los envían 21 . Los niños que hayan sido educados con maestros públicos tienen el derecho de pasar su juventud en la clase de los efebos, mientras que los que no han recibido esa educación no tienen ese derecho. Por su parte, los que hayan cumplido las normas vigentes en la clase de los efebos tienen el derecho de sumarse a la clase de los adultos, y de participar en cargos y honores; en cambio, los que no hayan vivido en la clase de los efebos, no tienen acceso a la de los adultos. A su vez, los que vivan intachablemente en la clase de los adultos pasan a formar parte de la clase de los ancianos. Así, la clase de los ancianos está compuesta de aquellos que hayan pasado por todos los niveles de virtud. Y ésta es la Constitución con cuya práctica los persas creen que pueden convertirse en los mejores ciudadanos.

Dieta y reglas de urbanidad los persas

Todavía en la actualidad quedan testimonios [16] de que su régimen alimenticio es equilibrado y de que hacen bien la digestión, pues todavía en la actualidad es vergonzoso para los persas escupir, sonarse o no retener ventosidades en público, y es vergonzoso también dejarse ver yendo a algún lugar a orinar o a hacer otra cosa por el estilo; y no podrían evitarlo, si no practicaran un régimen alimenticio equilibrado ni consumieran humores con trabajos pesados, de suerte que los eliminan por otros conductos 22 . Esto es lo que puedo decir acerca de los persas en general. Ahora, para comenzar el relato, hablaremos de los hechos de Ciro comenzando desde su infancia.

Ciro en Media con Astiages

[3] Hasta los doce años o poco más, Ciro recibió esta educación, y eran evidentes sus diferencias con los niños de su edad por la rapidez con que aprendía sus deberes y por la perfección y valor con que hacía todo. Después de este tiempo, fue cuando Astiages 23 hizo ir a su hija y al hijo de ella a Media, pues deseaba verlo, porque sabía de oídas que Ciro era hermoso de cuerpo y noble de espíritu 24 , y Mandane entonces va hacia la casa de su padre con su hijo, Ciro. Tan pronto [2] como Ciro llegó y se enteró de que Astiages era el padre de su madre y, como era niño de natural cariñoso, al punto lo abrazó como lo podría abrazar quien se hubiera criado con él y fuera amigo suyo desde antiguo, y al verlo maquillado, los ojos pintados, aplicado colorete y puesta la peluca —adornos que eran tradicionales entre los medos, como también lo son los trajes de púrpura, los caftanes, los collares en el cuello y las pulseras en las muñecas, a diferencia de Persia, donde todavía en la actualidad casas y ropas son mucho más ordinarias y el tipo de vida es más sencillo 25 —, al ver, pues, el maquillaje de su abuelo, sin dejar de contemplarlo dijo: «¡Madre, qué hermoso es mi abuelo!» Y como su madre le preguntara quién le parecía más hermoso si su padre o él, Ciro respondió: «Madre, de los persas, el más hermoso, con mucho, es mi padre, pero, de todos los medos que he visto en los caminos y en la corte, el más hermoso, con mucho, es éste, mi [3] abuelo.» Astiages dándole un abrazo por la respuesta, le puso una hermosa túnica y lo honró y adornó con collares y pulseras; si tenía que salir a algún sitio lo paseaba sobre un caballo de bridas de oro, como él mismo solía hacer cuando salía de paseo. Y Ciro, como era un niño amante de la belleza y de los honores, estaba muy contento con la túnica y disfrutaba sobremanera aprendiendo a montar a caballo; pues, en Persia, por la dificultad que representaba criar y montar caballos en una tierra montañosa, era muy raro ya, incluso, el hecho de ver un caballo.

Sentado a la mesa de su abuelo

Estando una vez Astiages cenando con [4] su hija y con Ciro y queriendo que el niño comiera lo más a gusto posible para que no echara de menos su país, hizo que le sirvieran golosinas y toda clase de salsas y manjares, y cuentan que Ciro dijo:

—¡Abuelo, cuántos problemas tienes durante la cena si estás obligado a tender tus manos hacia todos estos platos y probar estos variados manjares!

—Pero, ¿por qué?, preguntó Astiages. ¿Es que no te parece esta comida mucho mejor que la de los persas?

Y se dice que Ciro replicó:

—No, abuelo; en mi país el modo de saciar nuestro apetito es más sencillo y rápido que en el vuestro, pues a ello nos encamina la alimentación a base de pan y carne. Vosotros os afanáis por la misma meta que nosotros, pero, después de dar muchas vueltas arriba y abajo, con dificultades alcanzáis el lugar donde nosotros llegamos hace tiempo.

—Pero, hijo mío, dijo Astiages, nosotros no damos [5] esos rodeos a disgusto, y si pruebas estos manjares, tú también reconocerás que son agradables.

—Pero, dijo Ciro, veo que también a ti, abuelo, te repugnan estos manjares.

Y Astiages preguntó:

—¿En qué te basas, hijo, para decir eso?

—En que veo que, cuando has tocado pan, dijo, no te enjuagas las manos para nada; en cambio, cuando has cogido alguno de estos manjares, en seguida te limpias la mano con las servilletas, como si te desagradara haberla tenido llena de ellos.

A esto Astiages replicó: [6]

—Está bien, si así lo crees, hijo mío; pero, al menos obséquiate con carne en abundancia para que vuelvas a tu país hecho un mozo.

Y mientras pronunciaba estas palabras hacía que le sirvieran muchos trozos de carne de venado y de animales domésticos. Cuando Ciro vio tantos trozos de carne, dijo:

—¿Me das, abuelo, toda esta carne para que haga con ella lo que quiera?

—Por Zeus, dijo su abuelo, claro que sí, hijo mío.

[7] Entonces, Ciro, después de coger los trozos de carne, los fue distribuyendo entre los sirvientes de su abuelo mientras decía a cada uno de ellos: «A ti te entrego este trozo porque me estás enseñando a montar a caballo con gran interés, a ti porque me regalaste una lanza (pues ahora la tengo en mi poder), a ti porque sirves bien a mi abuelo y a ti porque honras a mi madre.» Y fue haciendo eso hasta que hubo distribuido todos los trozos de carne que había cogido.

Episodio de Sacas, el escanciador

[8] «Y a Sacas 26 , el escanciador dijo Astiages, al que yo más estimo, ¿no le das nada?» Y ocurría que este Sacas era un hermoso joven que tenía el encargo de conducir ante Astiages a quienes le pedían audiencia, e interceptar el paso a aquellos que no le pareciera conveniente conducir a su presencia. Y Ciro preguntó impetuosamente, como un niño que todavía no se intimida por nada: «Abuelo, y ¿por qué a ese lo estimas tanto?» Y Astiages bromeando le dijo: «¿No ves qué bien y con cuánta distinción escancia?» Los escanciadores de estos reyes escancian el vino con elegancia, lo vierten con limpieza y entregan la copa sosteniéndola con tres dedos y la ofrecen del modo que le sea más cómodo cogerla al que va a beber. Entonces, Ciro dijo: «Abuelo, ordena [9] a Sacas que me dé la copa para que también yo, habiendo vertido bien el vino en tu copa, consiga conquistarte, si puedo.» Y Astiages ordenó a Sacas que se la diera. Ciro cogió la copa y después la lavó tan bien como había visto hacer a Sacas, y le ofreció y entregó la copa a su abuelo poniendo una cara tan seria y distinguida, que les hizo reír mucho a su madre y a Astiages. El mismo Ciro, echándose a reír también, se lanzó sobre su abuelo y, al mismo tiempo que lo besaba, dijo: «Estás perdido Sacas, te echaré de tu cargo, pues además de que escanciaré mejor que tú, decía, yo no me beberé el vino.» Pues los escanciadores reales, cada vez que entregan la copa, después de extraer un poco de ella con una taza 27 , lo vierten en la mano izquierda y lo ingieren para que no les reporte beneficio servir veneno. [10]

Acto seguido, Astiages bromeando le dijo:

—Y ¿por qué, Ciro, ya que imitas en otras cosas a Sacas, no has ingerido un poco de vino?

—Por Zeus, dijo, porque temía que hubiera veneno mezclado con el vino en el crater, pues cuando invitaste a tus amigos a las fiestas de tu cumpleaños 28 claramente comprendí que él os vertía veneno.

—Y, dijo Astiages, ¿cómo te diste cuenta de ello, hijo mío?

—Por Zeus, porque os veía vacilantes mental y físicamente; pues, en primer lugar, lo que no nos dejáis hacer a los niños, vosotros sí lo hacíais; chillabais todos a la vez sin entenderos los unos a los otros y cantabais también muy ridículamente y sin escuchar al cantor jurabais que cantaba muy bien. Cada uno de vosotros hablaba de su propia fuerza, pero luego, si os levantabais para ir a bailar, no sólo no bailabais al ritmo, sino que ni siquiera podíais manteneros derechos. Olvidabais por completo, tú que eras rey, y los demás que tú los gobernabas. Entonces, en efecto, por vez primera comprendí que lo que entonces hacíais era ejercer el derecho a expresaros libremente, pues no os callabais nunca.

Y Astiages dijo:

[11] —Pero, hijo mío, ¿tu padre no se emborracha cuando bebe?

—No, por Zeus, dijo Ciro.

—Y ¿cómo hace?

—Deja de tener sed y no sufre ningún otro mal, y creo, abuelo, que es porque Sacas no le escancia.

—Pero, hijo mío, dijo su madre, ¿por qué haces la guerra a Sacas?

—Por Zeus, dijo Ciro, porque le odio. Pues muchas veces cuando deseo correr junto al abuelo, el muy miserable me lo impide. Pero te suplico, abuelo, dijo, que me permitas ser su jefe durante tres días.

Astiages dijo: «Y ¿cómo te comportarías de jefe suyo?» Ciro dijo: «Me colocaría en la entrada de tus aposentos como él hace; luego, cuando quisiera pasar para el desayuno, le diría que aún no le es posible ponerse a desayunar, pues está ocupado con alguien; y, si volviera para la cena, le diría que se está bañando; y, cuando tuviera ya muchísima hambre, le diría que está con sus mujeres, y así hasta hacerle esperar como él me hace esperar a mí, cuando me aparta de ti.» Tan alegres eran los ratos que [12] Ciro les hacía pasar durante la cena, y de día, si se daba cuenta de que su abuelo o el hermano de su madre necesitaban algún servicio, era difícil que otro se le adelantara a hacerlo, pues disfrutaba sobremanera complaciéndolos en lo que podía.

Mandane vuelve a Persia y Ciro se queda en Media

Cuando Mandane se disponía a volver [13] con su marido, Astiages le rogó que le dejara a Ciro, y ella contestó que quería complacer a su padre en todo, pero que, sin embargo, le parecía duro dejar allí al niño en contra de su voluntad. Entonces Astiages dice a Ciro:

—Hijo mío, si te quedas junto a mí, en primer lugar [14] Sacas no tendrá mando sobre tus entradas a mis aposentos, sino que en tus manos estará entrar cuando quieras, y te estaré tanto más agradecido cuanto más a menudo lo hagas. En segundo lugar, podrás hacer uso de mis caballos y de los demás que quieras y, cuando te vayas a Persia, te podrás llevar los que desees. Después, respecto a la comida, podrás seguir la vía que quieras para conseguir la dieta que te parezca equilibrada. Luego, te regalo las fieras que hay ahora en el parque 29 y añadiré otras especies a las cuales tú, en cuanto hayas aprendido a montar a caballo, perseguirás y derribarás con flechas y lanzas, como los adultos. También te procuraré niños como compañeros de juego, y cuanto quieras además de esto, me lo dices y no dejarás de obtenerlo.

[15] Después de que Astiages hubo hecho esta propuesta, la madre le preguntó a Ciro si prefería quedarse o marcharse; él no vaciló, sino que inmediatamente dijo que quería quedarse, y, al preguntarle su madre la razón, se dice que respondió:

—Porque en Persia soy y se me considera el más diestro de todos mis camaradas en el manejo de la lanza y del arco. En cambio, aquí sé bien que soy inferior a mis camaradas en el manejo del caballo y eso, dijo, sábelo bien, madre, me molesta mucho. Pero, si me dejas aquí y aprendo a montar, cuando esté en Persia creo que voy a vencer con facilidad a los buenos corredores y cuando venga a Media intentaré ser el mejor jinete de la caballería de mi abuelo para luchar junto a él como caballero.

Entonces su madre le dijo:

[16] —Y ¿cómo aprenderás aquí la virtud de la justicia, si tus maestros están allá?

Ciro contestó:

—Pero, madre, si la conozco con todo detalle.

—Y ¿cómo es que tú la conoces?, dijo Mandane.

—Porque mi maestro, dijo, considerando que conocía a Justicia con todo detalle, me puso a juzgar a otros y sólo en una ocasión recibí golpes por no haber juzgado correctamente. El caso que se juzgaba era así: un niño mayor [17] que tenía una túnica pequeña le quitó a un niño pequeño la túnica grande que llevaba puesta, le puso la suya y él se vistió con la de aquél. Así que yo a la hora de juzgarlos decidí que era mejor para ambos que cada uno llevara la túnica que le ajustaba mejor. Entonces, el maestro me pegó y me dijo que siempre que se me encargara actuar como juez de lo que quedaba bien, así se debía hacer, pero que siempre que tuviera que decidir de quién es la túnica, esto dijo que había que investigar: qué posesión es legítima, la de quien la ha robado y la tiene en su poder, o la de quien la posee porque se la ha hecho o comprado. Y ya que lo legal es justo, y lo ilegal arbitrario, dijo que él aconsejaba siempre al juez votar de acuerdo con la ley. Así pues, madre, has de saber que yo ya conozco con exactitud lo que es justo y, si necesitara más conocimientos, aquí está el abuelo para enseñármelos.

—Pero, hijo mío, dijo su madre, en el país de tu [18] abuelo y en Persia no tienen por justos los mismos hechos: pues él se ha hecho a sí mismo soberano absoluto en Media; en cambio, en Persia consideran justa la igualdad: y tu padre es el primero que ejecuta lo ordenado por la ciudad y recibe lo ordenado. No tiene como medida su voluntad, sino la ley 30 . De modo que ten cuidado, no vaya a ser que mueras a latigazos cuando estés ya en casa, si vuelves habiendo aprendido de tu abuelo en vez del poder del rey el del tirano, que, entre otras cosas, consiste en creer que el tirano debe poseer más que nadie.

—Pero tu padre, dijo Ciro, precisamente es más digno de admiración, madre, al enseñar a los demás a poseer menos que más. ¿O no ves, dijo, que tiene a todos los medos enseñados a tener menos posesiones que él? De modo que ten confianza en la seguridad de que tu padre no devolverá a casa a ningún otro ni a mí enseñados en el afán de poseer más.

Detalles de la humanidad de Ciro

De muchos temas de este tipo solía charlar Ciro. Finalmente, su madre se marchó. Ciro se quedó y allí recibió su educación. Rápidamente se había mezclado con sus camaradas, hasta hacerse amigo suyo y rápidamente se ganó el favor de los padres de sus compañeros, yéndolos a ver y demostrándoles que amaba a sus hijos, de suerte que, si tenían que pedir algo al rey, mandaban a sus hijos rogar a Ciro que se lo consiguiera en su nombre, y Ciro, gracias a su bondad y amor, tenía en la mayor estima conseguir lo que los niños [2] le pidieran. Tampoco Astiages era capaz de negarse a complacer a Ciro en todo lo que le pedía. Además, en una ocasión en que cayó enfermo, Ciro no se apartaba nunca de su abuelo ni cesaba de llorar, y era evidente para todos su exagerado temor ante la idea de que su abuelo muriera. Y si por la noche Astiages tenía alguna necesidad, era Ciro el primero que se daba cuenta y el más diligente de todos en saltar para servirle en lo que creía que le iba a agradar, de suerte que acabó por ganarse del todo a Astiages.

Quizá Ciro era demasiado charlatán, en parte por su [3] educación, ya que era obligado por su maestro a rendir cuentas de sus acciones y a tomarlas de otros siempre que actuaba de juez; y, además, por su deseo de instrucción, siempre preguntaba muchas cosas a quien tuviese cerca para saber cómo eran, y a todo lo que otros le preguntaban, por ser de entendimiento despierto, rápidamente daba una respuesta, de suerte que todos estos factores contribuían a su charlatanería. Pero, igual que a todos los que aun siendo jóvenes han crecido, sin embargo en su cuerpo se manifiesta la juventud que acusa sus pocos años, así también de la charlatanería de Ciro no se traslucía atrevimiento, sino sencillez y necesidad de cariño, de modo que cualquiera habría preferido escucharle a tenerlo al lado en silencio.

Adolescencia de Ciro: su ansia de superación

Cuando el tiempo, acompañado de [4] la talla, le condujo hacia la pubertad, entonces hacía uso de pocas palabras y de una voz más reposada; se llenaba de pudor hasta el punto de enrojecer siempre que se encontrase con personas mayores que él y ya no era igual de impetuoso para lanzarse sobre todos como un cachorro. Así, se había vuelto más tranquilo, pero enteramente encantador en sociedad. De hecho, en cuantos juegos suelen competir los jóvenes entre sí no desafiaba a los compañeros en aquello que él se sabía mejor, sino que tomaba la iniciativa precisamente en aquello que se sabía inferior, afirmando que iba a hacerlo mejor que ellos: era el primero en saltar sobre el caballo para tirar al arco o disparar la lanza desde la montura, aunque todavía no era un jinete firme. Y cuando era derrotado era el que más se reía de sí mismo. Pero, como no rehuía hacer aquello [5] en lo que era derrotado, sino que se esmeraba en intentar hacerlo mejor la próxima vez, pronto llegó a igualar a sus compañeros en el manejo del caballo, pronto los superó porque le apasionaba esta ocupación y pronto hubo cazado las fieras del parque a base de perseguirlas, herirlas y matarlas, de suerte que Astiages ya no era capaz de reunirle más. Entonces, Ciro, como se dio cuenta de que, aunque quisiera, su abuelo no podía proporcionarle muchos animales, le dijo: «Abuelo, ¿qué falta te hace meterte en problemas buscando fieras? Envíame con el tío a cazar y pensaré que todas las fieras que vea tú las crías para mí.» [6] Pero, aunque deseaba ardientemente ir de caza, ya no podía seguir rogando con la insistencia de cuando era niño y se acercaba a su abuelo con más timidez. En cuanto al reproche que antes hacía a Sacas de que no le permitía acercarse a su abuelo, él mismo se fue convirtiendo en un Sacas para sí mismo, pues no se le acercaba si no lo veía oportuno y pedía a Sacas que le hiciera saber por medio de un signo cuándo era el momento oportuno para entrar y cuándo no, de modo que Sacas ya lo estimaba sobremanera al igual que el resto del mundo.

Ciro sale de caza

[7] Cuando Astiages comprendió que tenía un deseo muy grande de salir de caza lo dejó ir con su tío 31 y una escolta de guardias veteranos a caballo para que lo preservaran de los terrenos peligrosos y de las fieras salvajes que pudieran aparecer. Ciro preguntaba con interés a los componentes del séquito a qué fieras no había que aproximarse y a cuáles había que perseguir sin temor, y le dijeron que osos, jabalíes, leones y panteras habían matado a muchos que osaron aproximarse a ellos, pero que ciervos, gacelas, ovejas y burros salvajes eran inofensivos; también le dijeron que había que precaverse de los terrenos difíciles no menos que de las fieras, porque muchos jinetes se habían despeñado junto con sus caballos. Ciro aprendía todas estas enseñanzas con interés, [8] pero tan pronto como vio pasar un ciervo brincando, olvidó todos los consejos que había oído y lo persiguió, pendiente nada más que de por dónde huía. Entonces, el caballo en algún saltó cayó de manos y por poco lo tira por encima de la cabeza. Ciro se mantuvo, no obstante, con bastante dificultad, y el animal se levantó. Y cuando llegó a la llanura, derribó con su lanza al ciervo, un ejemplar grande y hermoso. Él disfrutaba muchísimo, pero los guardias de su escolta se acercaron a galope y le reprendieron por haberse lanzado a tan gran peligro, y le dijeron que lo contarían. Así que Ciro, pie a tierra, estaba allí afligido por lo que oía; pero, en cuanto oyó un grito, saltó sobre el caballo, como poseído por un dios, y, tan pronto como vio venir de frente a un jabalí, se dirigió a él, le apuntó certeramente, lo hirió en la frente y lo derribó. Entonces [9] ya también su tío le reprendió al ver su temeridad. Pero, a pesar de la regañina, Ciro pidió a su tío que le permitiera llevar a su abuelo cuantas piezas había cobrado para regalárselas, y dicen que su tío le respondió:

—Pero, si se entera de que has estado persiguiendo fieras, no te reprenderá sólo a ti, sino a mí también por permitírtelo.

—Que me azote, si quiere, dijo Ciro, pero después de dárselas; y tú, tío, dame el castigo que quieras, pero hazme ese favor.

Y Ciaxares terminó diciendo:

—Haz como quieras, ya que ahora mismo pareces nuestro rey.

[10] Así fue como Ciro llevó las fieras y se las entregó a su abuelo diciendo que él mismo las había cazado para él. No le mostró los dardos, pero los colocó, llenos de sangre, allí donde pensaba que su abuelo los vería.

Y entonces Astiages dijo:

—Hijo mío, acepto gustosamente lo que me regalas; sin embargo, no tengo tanta necesidad de ninguna de estas fieras como para que arriesgues tu vida por ellas.

Y Ciro dijo:

—Pues bien, si tú no las necesitas, te ruego, abuelo, que me las des para que las distribuya entre mis compañeros.

—Tómalas, hijo, dijo Astiages, y distribúyelas entre quienes quieras juntamente con los demás regalos que desees.

[11] Ciro las cogió y se las fue entregando a los niños mientras decía:

—Muchachos, ¡qué bobada era que cazáramos los animales del parque! Me parece que era como cazar animales atados. Pues, en primer lugar, se realizaba en un espacio pequeño; después, las fieras estaban flacas y sarnosas, y la una coja y la otra lisiada. En cambio, las de los montes y praderas qué hermosas, qué grandes y qué gordas se las veía: los ciervos, como si tuvieran alas, saltaban hacia el cielo, y los jabalíes se lanzaban como dicen que hacen los hombres valerosos, y era imposible errar el tiro de lo anchos que estaban; más bellas, dijo, me parecen estas fieras muertas que aquéllas de la cerca vivas. ¿Os dejarían, siguió diciendo, también vuestros padres ir de caza?

—Sería fácil, respondieron, si Astiages lo ordenara.

Ciro, entonces, dijo:

—¿Quién podría hablar a Astiages en nuestro favor?

—¿Quién podría convencerlo mejor que tú?, dijeron [12] ellos.

—Pero, por Hera, exclamó Ciro, si no sé en qué clase de persona me he convertido, que ya no soy capaz ni de hablar ni de dirigir la mirada hacia mi abuelo como antes, y me temo que si aumenta mi miedo me convierta en un rematado tonto e idiota, a diferencia de cuando era pequeño, cuando se me tenía por un conversador muy hábil.

Los niños entonces le replicaron:

—Molesto es lo que dices; si no vas a poder hacer nada por nosotros en caso de necesidad, nos veremos obligados a pedir a algún otro lo que está en tus manos.

Ciro se picó al oír estas razones; sin decir una palabra [13] se alejó, se dio valor a sí mismo y entró en el aposento de su abuelo no sin antes haber cavilado sobre la manera de dirigirse a él sin causarle molestia alguna y conseguir lo que los niños y él mismo deseaban. Y comenzó del modo siguiente:

—Dime abuelo, si uno de tus esclavos se escapa y lo capturas, ¿cómo te comportarás con él?

—¿De qué otro modo, contestó Astiages, sino atándolo y obligándolo a trabajar?

—Y si él vuelve por sí mismo, ¿qué le harás?

—¿Qué podría hacerle sino azotarlo para que no lo volviese a hacer y tratarle de nuevo como antes?

—Podría ser hora de que te prepares una cosa con la que azotarme ahora, porque estoy planeando escaparme de ti con mis camaradas para ir a cazar, dijo Ciro.

Y Astiages replicó:

—Has hecho bien en advertirme: te prohíbo moverte de palacio. Pues buen pastor sería yo, si por unos pedazos de carne dejara extraviarse al hijo de mi hija.

[14] Al oír esto, Ciro obedeció y se quedó, pero como estaba apesadumbrado y sombrío se pasaba el día callado. Cuando Astiages se dio cuenta de la profunda aflicción de Ciro, con intención de alegrarle lo sacó de caza. Una vez que hubo reunido muchos infantes y caballeros y a los niños, camaradas de Ciro, y hubo congregado a las fieras en lugares aptos para la caballería, organizó una gran cacería. Él mismo la presenciaba luciendo sus atributos reales y ordenó que nadie disparara hasta que su nieto se hubiese saciado de piezas. Pero Ciro no permitió este impedimento y dijo: «Si quieres que cace a gusto, abuelo, deja que todos éstos persigan las piezas en rivalidad conmigo y compita cada cual lo mejor que pueda.»

[15] Entonces, Astiages accedió y allí de pie contemplaba cómo se medían con las fieras y rivalizaban persiguiéndolas y disparándoles las lanzas. Y se alegraba de que Ciro, de puro placer, no pudiera estar callado, sino que rompía a gritar como un cachorro de buena casta cada vez que se aproximaba una fiera, y exhortaba a los participantes llamando a cada uno por su nombre. Y Astiages se regocijaba al ver cómo Ciro se reía de uno, pero se daba cuenta de que también a otro lo alababa sin ninguna clase de envidia. Astiages, al final, se marchó en posesión de muchas piezas, y a partir de entonces tan contento se había quedado con esta cacería, que siempre que podía salía con Ciro y llevaba consigo muchos caballeros y niños y todo lo hacía por Ciro. Así era como Ciro pasaba la mayor parte de su tiempo, y era motivo de alegría y bien para todos, pero de mal para nadie.

Ataque del príncipe asirio

Cuando Ciro hubo cumplido aproximadamente [16] quince o dieciséis años, el hijo del rey de los asirios 32 , en vísperas de su boda, tuvo deseos de salir de caza, también él, por esta época. Al enterarse de que en la zona fronteriza entre Asiria y Media había muchas fieras sin cazar, por causa de la guerra, le entraron deseos de ir allí. Para cazar sin peligro, se llevó consigo muchos caballeros y peltastas 33 , que tenían la misión de azuzarle las fieras desde las espesuras hacia las tierras cultivadas y apropiadas para la caballería. Al llegar adonde los asirios tenían sus plazas fuertes y guarniciones, cenó para salir de caza a la mañana siguiente temprano.

[17] Ya al atardecer, el relevo de la guardia anterior, compuesto de caballeros e infantes, llega de la ciudad. Entonces tuvo la impresión de que estaba en posesión de un ejército numeroso, pues estaban congregados dos guarniciones y, además, los caballeros e infantes que habían venido con él. En consecuencia, decidió que lo mejor era saquear la tierra de los medos: esta acción resultaría más lucida que la de cazar y proporcionaría, según pensaba, gran cantidad de ofrendas para los sacrificios. En tales circunstancias, se levantó temprano y se puso al frente del ejército: dejó a los infantes concentrados en la frontera, y él avanzó con la caballería hacia las plazas fuertes de los medos, y allí permaneció acompañado de los mejores y el mayor número de sus soldados para evitar que los centinelas medos pudieran recibir ayuda contra las fuerzas atacantes. Envió a sus compañeros, divididos en grupos, a atacar cada uno un lugar y les ordenó que rodearan al enemigo que encontraran y se lo trajeran a su presencia. Y ellos así lo hacían.

Ciro sale también a defender el país

[18] Cuando Astiages fue puesto al corriente de que había enemigos dentro del país, sale a defender la frontera él en persona, acompañado de su guardia personal, y su hijo hizo otro tanto con los caballeros que se encontraban junto a él e indicó a todos los demás que salieran en su ayuda. Tan pronto como vieron a un número elevado de asirios dispuestos en línea de batalla y a los caballeros en posición de descanso, los medos también se detuvieron. Por su parte, Ciro, al ver que los demás habían salido en masa en defensa de la frontera, también él sale, después de haberse puesto sus armas entonces por vez primera —momento que creía que no iba a llegar nunca, tan grande era su deseo de armarse con ellas—; eran muy bellas y le sentaban muy bien porque su abuelo las había hecho a medida. Armado de esta guisa se abalanzó sobre el caballo. Al verlo, Astiages se preguntó quién le habría ordenado venir; de cualquier modo, le dijo que se mantuviera a su lado. Y Ciro, cuando vio frente a él [19] a tan elevado número de caballeros, preguntó:

—Abuelo, ¿esos soldados que están quietos sobre sus caballos son enemigos?

—Claro que son enemigos, replicó Astiages.

—¿Y aquellos que cabalgan?, continuó.

—Claro, aquéllos también.

—¡Por Zeus, abuelo, exclamó Ciro, a pesar de su aspecto miserable y de montar caballejos miserables se llevan nuestras propiedades! Es necesario, pues, que algunos de los nuestros avancen contra ellos.

—Pero, hijo mío, ¿no ves la cantidad de caballeros que se mantienen formados en línea de batalla? Si los atacamos, ellos, a su vez, nos cortarán la retirada y no tenemos aquí todavía el grueso de nuestras fuerzas.

—Si te quedas aquí, dijo Ciro, y recibes el refuerzo de nuestras tropas de auxilio, éstos tendrán miedo, no se moverán, y, cuando vean a alguien avanzar contra ellos, los que llevan el botín lo soltarán inmediatamente.

Estas sugerencias de Ciro le parecieron razonables a [20] Astiages y, al mismo tiempo que se admiraba de que fuera tan sensato y avispado, ordena a su hijo tomar una compañía de caballería y avanzar contra los que se llevaban el botín. «Y yo, dijo Astiages, avanzaré contra éstos si se mueven hacia ti, para forzarlos a dirigir su atención hacia nosotros.» Entonces, Ciaxares se lanzó al ataque con los hombres y caballos más vigorosos. Cuando Ciro los vio partir, se unió inmediatamente a ellos y se puso en cabeza rápidamente. Ciaxares iba detrás de él y el resto de la tropa no se quedaba a la zaga. Tan pronto como los saqueadores los vieron acercarse, inmediatamente soltaron [21] el botín y echaron a huir. Sin embargo, Ciro y su gente les cortaban la retirada, y a quienes cogían por sorpresa al punto los golpeaban, Ciro el primero, y a los que se habían apresurado a escabullirse, los perseguían y no los dejaron hasta atrapar a algunos de ellos. Como un perro de pura raza falto de experiencia se precipita imprudentemente contra un jabalí, así también Ciro se precipitaba en su persecución con la vista puesta sólo en golpear al que alcanzaba y sin prever nada más.

Pero los enemigos, cuando vieron a los suyos en serias dificultades, se movilizaron en masa hacia delante con la convicción de que la persecución cesaría en cuanto los [22] viesen avanzar. Ciro, por su parte, no cejaba en su empeño, sino que por obra de su regocijo llamaba a su tío mientras continuaba la persecución y, presionando a los enemigos, provocaba su violenta huida. Ciaxares lo seguía, quizá por no tener que avergonzarse ante su padre, y el resto de los hombres lo seguían también con más ardor en la persecución en tales circunstancias, incluso los que no eran muy valerosos para enfrentarse al enemigo. Pero Astiages, al ver que los unos hacían una persecución irreflexiva y que los enemigos, en cambio, les hacían frente en formación compacta, temeroso de que les sucediera algún percance a su hijo y a Ciro, que caían desordenadamente sobre tropas bien preparadas, dirigió sus tropas contra los enemigos. Los enemigos, a su vez, tan pronto como vieron [23] avanzar a los medos, se detuvieron blandiendo sus lanzas unos y tensando sus flechas otros, en la idea de que sus adversarios, cuando estuvieran a tiro de flecha, se pararían _ como solían hacer casi siempre —pues solían avanzar los unos contra los otros hasta que estuvieran muy próximos y se quedaban disparándose a menudo hasta el atardecer—, pero cuando vieron a los suyos precipitarse en su huida contra sus propios compañeros, a la tropa de Ciro dirigiéndose contra ellos a muy poca distancia y a Astiages con la caballería ya a tiro de flecha, se dan la vuelta y huyen. Los medos los perseguían muy de cerca a todo galope y atrapaban a muchos; a quienes alcanzaban los golpeaban, tanto caballos como jinetes, y a quienes caían los mataban. Y no pararon hasta que se encontraron cerca de la infantería asiria. Llegados allí, pararon, temerosos de exponerse a que una tropa más numerosa les hubiera tendido una emboscada. Acto seguido, Astiages ordenó la [24] retirada muy satisfecho de la victoria de su caballería y sin saber qué decir a Ciro, consciente de que era responsable del éxito, pero reconociendo que era un loco por su temeridad. En efecto, entonces, mientras todos los demás volvían a sus casas, Ciro se quedó solo no haciendo otra cosa que dar vueltas por entre los caídos; los soldados que habían recibido la orden a duras penas lo arrancaron del lugar y lo condujeron ante Astiages, mientras Ciro se escabullía de ellos porque veía la cara de enfado de su abuelo ante su vista 34 .

Regreso a Media

[25] Estos sucesos habían ocurrido en Media y todos tenían el nombre de Ciro en la boca, en relatos y en canciones. Respecto a Astiages, que ya antes lo estimaba, esta hazaña lo había dejado atónito. Y Cambises, el padre de Ciro, se alegraba de recibir estas noticias; pero, cuando oyó decir que Ciro realizaba ya acciones de varón adulto, lo llamó para que completara su formación dentro de los usos persas. Entonces, se dice que Ciro expresó su intención de marcharse para evitar que su padre se disgustase y su patria se lo reprochara. También a Astiages le pareció inevitable devolverlo a casa. Y después de regalarle los caballos que él deseaba recibir e incluir en su equipaje toda clase de regalos, lo devolvió a Persia porque lo amaba y, además, tenía grandes esperanzas de que se convirtiera en un varón capaz de ser útil a los amigos y terrible para los enemigos 35 . Al llegar el momento de su partida, todos lo escoltaban a caballo: niños, jóvenes de su edad, adultos y ancianos e, incluso, el propio Astiages; y cuentan que no hubo nadie que no volviera [26] a casa llorando. Se dice que también el mismo Ciro se marchó con abundantes lágrimas. También cuentan que repartió entre sus camaradas muchos regalos de los que Astiages le había dado 36 , y que, finalmente, se quitó la túnica meda que llevaba puesta y se la regaló a uno de ellos demostrando que aquél era al que más quería 37 . Sin embargo, quienes habían recibido y aceptado los regalos se dice que se los llevaron a Astiages, quien los aceptó y, después, se los envió a Ciro, pero que él se los devolvió a los medos diciendo: «Abuelo, si quieres que cuando vuelva a visitarte lo haga con alegría y no tenga ningún motivo de vergüenza, permite que los que hayan recibido algo de mí lo posean.» Y Astiages, una vez enterado del deseo de Ciro, hizo como él le había pedido.

El enamorado de Ciro

Si se ha de hacer mención de un relato [27] amoroso en torno a Ciro, he aquí uno: se dice que, cuando Ciro estaba a punto de marcharse y llegaba el momento de la separación, sus parientes se despidieron de él besándolo en la boca, a la costumbre persa 38 —en efecto, todavía en la actualidad lo hacen los persas—, y que un medo 39 , muy hermoso de cuerpo y noble de espíritu, conmovido desde hacía tiempo por la belleza de Ciro, cuando vio que sus parientes lo besaban, se quedó rezagado. Después de que el resto de los presentes se marchó, se dirigió a Ciro y le dijo:

—¿Soy yo el único de tus parientes que no conoces, Ciro?

—¡Cómo!, exclamó Ciro. ¿Es que acaso tú también eres pariente mío?

—Sí, replicó.

—Entonces, por eso me mirabas. En efecto, muchas veces creo haberme dado cuenta de ello, dijo Ciro.

—Siempre quería acercarme a ti, dijo el medo, pero, por los dioses tenía vergüenza de hacerlo.

—No debías haberla tenido siendo pariente mío, dijo Ciro mientras se acercaba a él para besarlo.

[28] Una vez que Ciro lo hubo besado, el medo le preguntó:

—¿También en Persia existe la costumbre de besar a los parientes?

—Sí, contestó Ciro, sobre todo cuando se encuentran después de mucho tiempo o se despiden unos de otros.

—Sería el momento de que me vuelvas a besar, pues, como ves, me voy ya.

Ciro, después de besarlo de nuevo, lo despidió y se marchó. No llevaban hasta entonces mucho camino hecho cuando el medo volvió con su caballo sudoroso. Al verlo, Ciro le preguntó:

—¿Se te ha olvidado algo de lo que querías decirme?

—No, por Zeus, contestó el medo, vuelvo después de una larga separación.

—Por Zeus, pariente, exclamó Ciro, al contrario, es un rato corto.

—¿Cómo corto? ¿No sabes, Ciro, que incluso el tiempo que tardo en pestañear, me parece que es muy largo porque no te veo, de tan hermoso como eres?

Entonces, Ciro de llorar pasó a reír y le dijo que se marchara confiado, porque volvería a estar entre ellos después de tan corto espacio de tiempo, que podría volver a verlo aun sin necesidad de pestañear si quería.

Ciro pasa a la clase de los efebos

Ciro volvió a Persia y se dice que [5] todavía estuvo un año más en la clase de los niños. Al principio se burlaban de él, considerando que llegaba acostumbrado a la vida muelle que había aprendido en Media; pero, cuando lo vieron comer y beber con gusto, como ellos, y se dieron cuenta de que, si alguna vez se celebraba un festín durante una fiesta, más bien entregaba su propia parte, que pedía más, y observaron que, además, los aventajaba en los restantes aspectos relativos a cualquier asunto, entonces sus camaradas volvieron a inclinarse ante él. Después de completar este grado de su educación y entrar en el grupo de los efebos, entre éstos parecía también destacar por su interés en cumplir con sus obligaciones, su resistencia en aquello que la requería, su respeto a los mayores y su obediencia a los jefes.

Ciaxares accede al trono de Media. Ataque del Asirio 40

Pasado un tiempo, Astiages murió en [2] Media, y Ciaxares, su hijo y hermano de la madre de Ciro, recibió el imperio de los medos. Por su parte, el rey de Asiria, una vez que hubo sometido a todos los sirios, pueblo no insignificante, hecho súbdito suyo al rey de los árabes y teniendo ya también como súbditos a los hircanios, durante el asedio de los bactrios 41 maduraba la idea de que, si debilitaba el poderío de los medos, dominaría con mayor facilidad a todos los pueblos circundantes, pues ésta le parecía la más poderosa [3] de las tribus vecinas. Entonces despacha embajadas a todos los pueblos sometidos a su poder: a Creso, rey de los lidios, al rey de Capadocia, a los de ambas Frigias, a los paflagonios, indios, carios y cilicios 42 , levantando calumnias contra los propios medos y persas, alegando que éstos eran pueblos importantes y poderosos asociados con vistas a un mismo objetivo y que habían concertado alianzas matrimoniales entre sí, que se corría el peligro de que, si nadie se les adelantaba y debilitaba su poder, marcharan sobre cada pueblo y los sometieran uno por uno. Entonces firmaron alianzas con él, unos convencidos por sus palabras y otros seducidos por regalos y riquezas, pues el rey asirio tenía muchas.

Ciro al mando del ejército enviado en auxilio de los medos

Ciaxares, el hijo de Astiages, cuando [4] se enteró de la conspiración y de los preparativos de levantamiento conjunto contra él, hijo inmediatamente los preparativos que pudo como réplica a esta amenaza. Envió embajadas a Persia, ante el Estado y ante Cambises, esposo de su hermana y rey de los persas 43 . Envió una embajada también a Ciro, pidiéndole que, si la comunidad persa enviaba soldados, intentase ir al frente de sus hombres. Pues Ciro había cumplido, a la sazón, diez años en la clase de los jóvenes y estaba incluido ya en la clase de los varones adultos. Entonces, [5] una vez que Ciro hubo accedido, los ancianos, reunidos en consejo, lo eligieron comandante del ejército que se iba a enviar a Media y le permitieron también elegir doscientos homótimos 44 , y a cada uno de estos doscientos le permitieron escoger, a su vez, a cuatro hombres también homótimos. Éstos hacen mil en total. A su vez a cada uno de estos mil hombres le ordenaron, asimismo, escoger de entre el pueblo persa diez peltastas, diez honderos y diez arqueros. Así, hicieron en total diez mil arqueros, diez mil peltastas y diez mil honderos, aparte de los mil del comienzo. Tan numeroso ejército le fue entregado a Ciro.

Discurso a los homótimos

[6] Inmediatamente después de su elección, Ciro comenzó antes que nada por los dioses y, después de ofrecerles un sacrificio favorable, eligió a sus doscientos hombres. Cuando los hubo elegido, y cada uno de ellos, a su vez, a los cuatro correspondientes, los reunió y, entonces, por vez primera en medio de ellos, [7] les dijo lo siguiente 45 : «Amigos míos, os he seleccionado a vosotros no porque os haya juzgado ahora por vez primera, sino porque desde la infancia os he visto esforzaros celosamente en el cumplimiento de aquello que la ciudad considera hermoso y apartaros rotundamente de lo que estima vergonzoso. Las causas por las que yo mismo he llegado a este cargo no contra mi voluntad y por las que os [8] he llamado a mi lado os las quiero revelar. He llegado a la conclusión de que vuestros antepasados no fueron en nada peores que nosotros: por ejemplo, también ellos se ejercitaban en el cumplimiento de aquellas obras que precisamente se consideran propias de virtud y, sin embargo, no acierto a ver qué clase de bien, con esta conducta, consiguieron para la comunidad persa o para ellos mismos. No obstante, yo creo que ninguna virtud es ejercitada por [9] los hombres para que quienes son de natural noble no tengan más ventaja que los miserables; y que quienes se apartan de los placeres momentáneos no lo hacen para no volver a gozar nunca, sino para, a causa de esta continencia, prepararse así para obtener gozos multiplicados en el porvenir; y que quienes tienen vivos deseos de convertirse en expertos oradores no practican este arte para hacer uso constante de su elocuencia, sino en la esperanza de que, si con su elocuencia convencen a muchas personas, obtendrán importantes bienes; y que quienes, a su vez, se ejercitan en las artes guerreras no es para luchar constantemente por lo que se esfuerzan en ellas, sino en la creencia de que, éstos también, si llegan a ser diestros guerreros, se atribuirán muchas riquezas, mucha felicidad y grandes honores para sí mismos y para su ciudad; pero si algunos [10] de ellos, después de haberse esforzado en estos menesteres, toleran su incapacidad causada por la vejez antes de haber recogido su esfuerzo, me parece que les ha ocurrido algo similar a aquel que, teniendo vivos deseos de convertirse en un buen agricultor, siembra bien y planta bien, pero, cuando debiera recoger el fruto, lo deja caer de nuevo a tierra sin recogerlo; así, también, un atleta que, después de mucho esfuerzo y de llegar a estar preparado para lograr la victoria, termina por no competir, me parece que en justicia tampoco éste sería inocente de su insensatez.

[11] »¡Que a nosotros, soldados, no nos pase esto! Ya que somos conscientes de que desde niños empezamos a practicar nobles acciones, marchemos contra los enemigos, que, lo sé sin duda alguna porque yo mismo los he visto, son inexpertos para competir con nosotros. Pues todavía no son combatientes capacitados quienes saben tirar al arco, disparar la lanza o montar a caballo con destreza, pero si han de esforzarse de algún modo no resisten porque son inexpertos en fatigas; ni quienes, teniendo que velar, son vencidos por el sueño, pues también son inexpertos a ese respecto; ni tampoco quienes, expertos en estos menesteres, son ignorantes, empero, de la conducta que se debe seguir con aliados y con enemigos, pues es evidente que son inexpertos en los conocimientos más importantes 46 . [12] Vosotros, en cambio, sois capaces de manejaros de noche como los otros de día 47 y consideráis que las fatigas conducen a una vida feliz; usáis a menudo el hambre como condimento y soportáis la costumbre de beber sólo agua mejor que los leones, y habéis almacenado en vuestras almas la posesión más hermosa y más propicia para la guerra: la alabanza os causa más alegría que al resto de los hombres, y forzoso es que los amantes de la alabanza asuman con gusto todo esfuerzo y todo peligro con tal de obtenerla. [13] Si digo esto de vosotros en contra de lo que pienso, me engaño a mí mismo, pues lo que no resulte así por vuestra parte será deficiencia que recaerá sobre mí. Pero yo confío en la experiencia que tengo de vosotros y de los enemigos y en que estas esperanzas favorables no me engañarán. Partamos con confianza, porque está lejos de vuestras mentes la intención de apoderaros injustamente de bienes ajenos. En efecto, en esta ocasión los enemigos vienen siendo ellos quienes han comenzado las acciones injustas, y a nosotros, en cambio, nuestros amigos nos llaman para que los auxiliemos. Y ¿qué hay más justo que defenderse y más hermoso que socorrer a los amigos? Pero creo que no en menor grado os da confianza el hecho [14] de salir sin que yo haya descuidado los deberes para con los dioses, pues, después de haber estado mucho tiempo a mi lado, sabéis que procuro siempre tomar como punto de partida a los dioses, no sólo en las empresas importantes, sino también en las insignificantes.» Finalmente dijo: «¿Por qué he de seguir hablando? Elegid vuestros hombres, tomadlos a vuestras órdenes, preparad lo demás y marchad hacia Media. Yo, por mi parte, volveré junto a mi padre y, luego, me pondré al frente de vuestras tropas, para, en cuanto me entere de cuál es la situación de los enemigos, hacer los preparativos que están en mi mano, a fin de que con la ayuda de la divinidad combatamos en condiciones óptimas.» Y sus hombres cumplieron sus órdenes.

Presagios favorables en la salida hacia Media 48

[6] Ciro fue a su casa, dirigió plegarias a los dioses patrios: Hestia y Zeus 49 y el resto de las divinidades, y partió para la campaña; y lo acompañaba su padre. Una vez que estuvieron fuera del palacio, se dice que hubo truenos y relámpagos de buen agüero para él. A la vista de estos fenómenos, partieron sin esperar otro presagio, considerando que a nadie escaparían los signos del más grande de los dioses.

Consejos de Cambises para ser un buen jefe: 1) Buscar el favor divino

[2] Durante el camino el padre de Ciro comenzó a hablarle en los siguientes términos 50 : «Hijo mío, que los dioses propicios y favorables te envían, es evidente por los sacrificios y las señales celestes; y tú mismo también los conoces. En efecto, yo te enseñé convenientemente para que entendieras, sin ayuda de otros intérpretes, los designios de los dioses y para que fueras tú mismo quien comprendiera las señales perceptibles por los ojos o por los oídos, sin estar a merced de los adivinos, por si acaso quisieran engañarte diciendo una cosa distinta de lo indicado por los dioses y, además, a fin de que, si alguna vez te encontraras sin adivino, no tuvieras dificultades para interpretar los signos divinos, sino que, conociendo a través del arte adivinatorio los designios de los dioses, los pudieras obedecer» 51 . Entonces dijo Ciro: [3]

—Y aquello, padre, que los dioses siéndonos propicios deseen aconsejarnos, yo, siguiendo tus recomendaciones, me ocupo de cumplirlo en la medida de mis posibilidades. Pues recuerdo haberte oído decir, una vez, que, como es natural, puede tener más influencia, tanto cerca de los dioses como de los hombres, aquel que no les adula cuando está en dificultades, sino que se acuerda de los dioses, sobre todo, cuando las cosas le salen a pedir de boca. Y decías que de igual manera hay que ocuparse también de los amigos.

—¿No es verdad, hijo, dijo Cambises, que, gracias a [4] esos cuidados, ahora te diriges más a gusto a hacer rogativas a los dioses y tienes más esperanzas de obtener lo que precisas porque te parece tener conciencia de no haberlos desatendido nunca hasta el momento presente?

—Claro que sí, padre, contestó Ciro, me encuentro en una disposición tal para con los dioses como si fueran amigos míos 52 .

[5] —Pues entonces, hijo mío, dijo Cambises, ¿recuerdas aquello que resolvimos, una vez, de que los hombres hacen mejor las cosas si saben lo que, precisamente, los dioses les han otorgado, que si lo ignoran; que si trabajan consiguen más beneficios, que si permanecen inactivos, y que si velan viven con menos riesgos de peligro que si se descuidan? Y, por tanto, nos parecía que hay que presentarse a sí mismos tal como se debe ser y pedir entonces a los dioses su favor.

[6] —Sí, por Zeus, exclamó Ciro, claro que recuerdo habértelo oído decir, pues forzoso era obedecer tu palabra. También sé que a eso añadías que no es conforme a la ley divina, si no se ha aprendido a montar a caballo, pedir a los dioses la victoria en combates hípicos; si no se sabe tirar al arco, pedir el triunfo sobre quienes sí saben; si no se sabe pilotar, rogar para que las naves se mantengan a salvo mientras se dirige el timón; si no se siembra trigo, rogar para que les salga una buena cosecha; si no se ha prevenido la guerra pedir la salvación en ella: todas estas súplicas y otras por el estilo están al margen de las leyes divinas, y quienes piden algo contrario a la ley divina, decías, es natural que no lo obtengan de los dioses, como tampoco consiguen nada de los hombres quienes piden algo contrario a la ley humana.

2) Cuidar de que los soldados tengan suficientes provisiones

—Pero, hijo mío, ¿has olvidado lo que [7] una vez tú y yo razonábamos, que era una conveniente y hermosa labor para un varón poder ocuparse de convertirse en un hombre probadamente hermoso de cuerpo y noble de espíritu, y de tener suficientes recursos él y su familia? Pero, aun siendo ésta una importante labor, el hecho de saber dirigir a otros hombres de modo que tengan recursos en abundancia y sean todos como deben ser, se nos revelaba entonces como algo verdaderamente admirable.

—Sí, padre, por Zeus, dijo Ciro, me acuerdo de que [8] también decías eso, y yo convenía contigo en que era una empresa de gran magnitud el buen gobierno. También ahora, dijo, mantengo la misma opinión cuando en mis reflexiones razono sobre el hecho mismo de gobernar. Sin embargo, cuando, al observar a otros pueblos, reflexiono sobre qué clase de personas se mantienen como sus gobernantes y qué clase de gente van a ser nuestros adversarios, me parece muy vergonzoso achicarse ante gente tal y no desear marchar a enfrentarse con ellos. Todos ellos, empezando por estos amigos nuestros, me doy cuenta de que juzgan necesario que el gobernante se distinga de los gobernados en comer más copiosamente, tener más oro en su casa, dormir más tiempo y vivir, en todas sus facetas, más descansadamente que los gobernados. En cambio, yo creo que el gobernante se tiene que distinguir de los gobernandos no por su vida muelle, sino por su previsión y celo en el trabajo.

—Pero, hijo mío, dijo Cambises, en ocasiones no hay [9] que combatir con los hombres, sino con los hechos en sí mismos, sobre los cuales no es fácil conseguir una victoria cómoda. Por ejemplo, sabes sin duda que, si el ejército no tuviera los recursos necesarios 53 , tu autoridad inmediatamente se habrá venido abajo.

—Por esa razón, padre, dijo Ciro, afirma Ciaxares que proveerá a todos los que partan de aquí, sea el número que sea.

—¿En esas riquezas de Ciaxares, hijo mío, depositas tu confianza en el momento de salir?

—Sí, dijo Ciro.

—Y qué, ¿sabes cuántas tiene?, preguntó Cambises.

—Por Zeus, contestó Ciro, no lo sé.

—¿Y, a pesar de todo, confías en cosas que son inseguras? A ti te harán falta muchas cosas, y Ciaxares ya ahora se ve obligado a realizar muchos gastos, ¿no lo sabes?

—Lo sé, dijo Ciro.

—Así que, dijo Cambises, ¿si le faltan medios o te engaña a propósito, en qué situación se encontrará tu ejército?

—Es evidente que no en buena. Ahora bien, padre, replicó Ciro, si ves alguna fuente de ingresos que se pueda conseguir por mi parte mientras todavía estamos en tierra amiga, dila.

[10] —¿Me preguntas, hijo mío, dijo Cambises, si alguna fuente de ingresos podrías conseguir por tu parte? ¿De quién es más verosímil que provengan ingresos que de quien tiene poderío militar? Tú sales de aquí con una infantería que sé no admitirías cambiar por otra mucho más numerosa, y la caballería más poderosa, la de los medos, será tu aliada. Por consiguiente, ¿qué pueblo vecino crees que no va a querer ponerse a vuestro servicio por deseo de agradaros y por temor a sufrir algún tipo de represalias? Es necesario que tú, en unión de Ciaxares, busques el modo de que nunca os falten las existencias necesarias y que os las ingeniéis para obtener una fuente de ingresos regulares. Pero, sobre todo, recuerda esto: nunca esperes a procurarte recursos cuando la necesidad te obligue, sino que cuando estés bien abastecido debes prever para la época de escasez, pues obtendrás más de aquellos a quienes pidas, si no das la impresión de estar necesitado, y serás inocente a los ojos de tus propios soldados; con esto, también conseguirás más respeto de los demás, y, si quieres hacer ya el bien ya el mal a alguien con ayuda de tu ejército, tus soldados te prestarán un mejor servicio mientras tengan cubiertas sus necesidades, y, sábelo bien, entonces podrás pronunciar discursos más persuasivos, cuando puedas demostrar que eres capaz de hacer tanto el bien como el mal.

—Padre, dijo Ciro, me parece que todo lo que dices [11] está bien, incluso lo de que ninguno de los soldados me vaya a agradecer lo que ahora reciban, pues saben por qué motivo Ciaxares los lleva como aliados. En cambio, aquello que reciban por encima de lo dicho lo considerarán un honor y, naturalmente, se lo agradecerán muchísimo a quien se lo otorgue. Si se tiene un poderío militar mediante el cual es posible beneficiar a los amigos en réplica a la ayuda recibida, y es posible también intentar obtener alguna ganancia a expensas de los enemigos, pero luego se descuida la obtención de recursos, ¿crees tú, preguntó, que este supuesto es menos vergonzoso que tener campos y trabajadores para cultivarlos y, luego, dejar que la tierra quedara improductiva, sin labrar? Por tanto, ten la convicción de que yo nunca dejaré de ingeniármelas para procurarles recursos a los soldados, ni en tierra amiga ni en enemiga.

3) Convencerse de que la táctica es sólo una parte del arte de la guerra

[12] —Y ¿qué hay hijo mío, dijo Cambises, de las restantes condiciones que, en ocasión, nos parecía forzoso no descuidar? ¿Las recuerdas?

—En efecto, recuerdo bien que yo me dirigí a ti en busca de dinero para pagar a quien afirmaba haberme enseñado las funciones de general 54 , y tú, al mismo tiempo que me lo dabas, me preguntaste en estos términos: «Hijo, ¿acaso entre las funciones de general te mencionó algo de economía el hombre al que llevas su paga? Pues, sin duda alguna, los soldados necesitan recursos no menos que los criados domésticos.» Y, después de que yo, haciendo honor a la verdad, te dije que no me había menciondo una palabra de ello, me volviste a preguntar si me había hablado sobre la salud y la fuerza física, considerando que el general debe ocuparse de estos [13] asuntos como lo hace de su cargo. Y cuando negué también esto, me volviste a preguntar si me había enseñado algunas habilidades que podrían convertirse en los aliados más poderosos para las acciones bélicas. Y ante mi negación también con respecto a ese punto, me volviste a preguntar si me había enseñado alguna técnica para ser capaz de infundir ánimo en el ejército, alegando tú que, en toda ocasión, el ánimo se diferencia en todo del desánimo. Después que yo negué con la cabeza también, tú de nuevo interrogaste si había hecho alguna disertación para instruirme sobre la obediencia de las tropas y con qué clase de [14] artimañas conseguirla preferentemente. Y cuando quedó al descubierto que tampoco había hablado de esto, finalmente me preguntaste qué me enseñaba pretendiendo enseñarme las funciones de general, y yo, entonces, respondí que la táctica, y tú te echaste a reír y, recogiendo uno por uno los puntos anteriores, me preguntaste de qué serviría a un ejército la táctica sin recursos, sin la salud, sin el conocimiento de las artes inventadas para la guerra y sin la disciplina. Una vez que me hubiste demostrado que la táctica es una pequeña parte de la totalidad de las funciones del general 55 , yo te pregunté si eras capaz de enseñarme algo de eso, y tú me recomendaste acudir a los varones considerados doctos en las ténicas militares para conversar con ellos e informarme de cómo es cada una de estas artes.

4) Cuidar la salud de los soldados 56

A partir de entonces me relacionaba [15] con aquellos de quienes había oído decir que eran los más diestros en estos temas. Respecto a la alimentación de los soldados, fui convencido de que eran suficientes recursos los que Ciaxares nos iba a proporcionar. En cuanto a la salud, como oía y veía que las ciudades que quieren mantenerse sanas eligen médicos y que los generales llevan con ellos médicos para que cuiden de la salud de los soldados 57 , así también yo, en cuanto llegué a este cargo, me ocupé de este asunto y creo, padre, dijo Ciro, que voy a tener conmigo varones muy competentes en el arte de la medicina.

A esto, su padre respondió:

[16] —Hijo mío, estos de los que hablas son como los remendones de trajes rotos: los médicos, cuando alguien enferma, entonces lo curan. Tú, en cambio, vas a tener un cuidado de la salud más elevado que ése: que no haya absolutamente ningún enfermo en el ejército ha de ser tu preocupación.

—¿Por qué camino, padre, preguntó Ciro, tengo que ir para poder cumplir ese propósito?

—Si vas a permanecer algún tiempo en el mismo sitio, en primer lugar es preciso no descuidar la salubridad del lugar donde acampes y no errarías si te ocuparas de ello 58 . Pues la gente no cesa de hablar de lugares malsanos y salubres, y presentan como evidentes pruebas de cada uno de estos dos tipos de lugar la complexión y la tez de la población autóctona. Pero, después, no bastará sólo ir a examinar el terreno; acuérdate tú de cómo te cuidas para estar sano.

Y Ciro dijo:

—En primer lugar, por Zeus, intento no quedar nunca [17] demasiado lleno en la comida, porque resulta pesado. En segundo lugar, hago ejercicio para digerir lo que haya ingerido; pues me parece que así la salud se mantiene mejor y aumenta el vigor.

—Así, hijo mío, dijo Cambises, es como hay que ocuparse también de la salud de los demás.

—Pero ¿tendrán los soldados tiempo libre para ejercitar su cuerpo?

—Por Zeus, contestó Cambises, no sólo es conveniente sino forzoso que lo tengan. En efecto, es preciso que el ejército, si pretende cumplir con su deber, siempre esté entrenado, causando males a los enemigos o el bien a sí mismo. Difícil es ya alimentar a un solo hombre inactivo, pero todavía mucho más difícil, hijo mío, es alimentar una casa entera, y lo más difícil de todo es alimentar a un ejército inactivo, pues en un ejército son muchísimos los individuos a comer, parten con el mínimo de víveres y utilizan copiosísimamente lo que reciben; así que es conveniente que el ejército nunca esté inactivo.

—Quieres decir, padre, dijo Ciro, según me está pareciendo, [18] que igual que no es de ninguna utilidad un campesino inactivo, así tampoco es de ninguna utilidad un general inactivo.

—Yo, por mi parte, dijo Cambises, garantizo que el general laborioso, a no ser que lo impida algún dios, hará al mismo tiempo que sus soldados tengan el máximo de provisiones y los dispondrá con la mejor preparación física.

—Además, replicó Ciro, respecto a la práctica de cada una de las técnicas guerreras, me parece bien que se anuncien certámenes y se propongan premios con vistas a mejorar al máximo su entrenamiento en cada una de ellas, para que, cuando sea preciso, se pueda hacer uso de hombres entrenados.

—Tienes mucha razón, hijo mío, dijo Cambises; pues, si haces eso, ten la seguridad de que verás a las compañías practicar su cometido siempre como coros de danza 59 .

5) Buscar el celo, la disciplina la disciplina y la amistad de los soldados 60

[19] —De otro lado, dijo Ciro, mantengo la opinión de que, para infundir ánimo a los soldados, no hay nada más eficaz que tener capacidad de imprimir esperanza en sus personas.

—Pero, hijo mío, replicó Cambises, eso es como si en una cacería un cazador llamara siempre a las perras con la misma llamada que cuando ve la presa, pues en un primer momento sé bien que puede hacer que le obedezcan con arrojo, pero, si las engaña muchas veces, acaban por no obedecer su llamada ni siquiera cuando vea realmente la presa. Así ocurre también en lo que se refiere a las esperanzas: si alguien miente frecuentemente infundiendo expectativas de bienes, tal persona acaba por no ser capaz de persuadir a nadie, ni siquiera cuando se refiera a esperanzas con base real. Por el contrario, hay que abstenerse de decir las cosas que uno mismo no sepa con seguridad, hijo mío; otros, diciéndolo, en alguna ocasión pueden obtener el mismo resultado, pero debe mantenerse acreditada al máximo la capacidad de exhortación de uno mismo para cuando se presenten los peligros más graves.

—Sí, por Zeus, exclamó Ciro, me parece que tienes razón, padre, y esta conducta me complace.

—Me parece que el arte de promover la obediencia de [20] los soldados no es ajeno a mi experiencia, padre, pues tú en un primer momento me lo inculcaste desde pequeño, obligándome a obedecer, luego me entregaste a los maestros, quienes, a su vez, obraban del mismo modo, y, cuando estábamos en la clase de los efebos, nuestro jefe se ocupaba con firmeza de lo mismo; y también me parece que la mayor parte de nuestras leyes, por encima de todo, encierran estas dos enseñanzas: gobernar y ser gobernado. Pues bien, cuando a menudo reflexiono sobre estos asuntos, me parece que, en todos los casos, lo que más incita a la obediencia es alabar y honrar al sujeto obediente, y deshonrar y castigar al desobediente.

—Claro, replicó Cambises, para hacerse obedecer a la [21] fuerza, ése, hijo mío, es el camino; pero para algo mucho más importante que eso, para hacerse obedecer voluntariamente, hay otro camino más corto. En efecto, a quien los hombres estiman más diestro que ellos en lo tocante a sus propios intereses, a éste lo obedecen sumamente gustosos. Y puedes reconocer que esto es así también en muchos otros casos, por ejemplo, en el de los enfermos, con cuánto interés llaman a quienes les van a mandar lo que han de hacer; en el mar, con cuánto interés la tripulación obedece a los pilotos, y con cuánta intensidad desean algunos no ser abandonados por aquellos a quienes consideran que conocen el camino mejor que ellos mismos. En cambio, cuando creen que por obedecer van a recibir algún mal, ni quieren ceder con castigos ni se dejan arrastrar por regalos, pues nadie recibe voluntariamente regalos para su propia desgracia.

[22] —¿Quieres decir, padre, que para hacerse obedecer no hay medio más eficaz que parecer más diestro que sus subordinados?, preguntó Ciro.

—En efecto, dijo Cambises, eso digo.

—Y ¿cómo, padre, podría uno ofrecer rápidamente tal imagen de sí mismo?

—Hijo mío, contestó Cambises, para aparentar ser diestro en lo relativo a los asuntos que quieras, no hay camino más corto que llegar a ser diestro en ellos 61 . Cuando los examines uno a uno comprenderás que te digo la verdad. En efecto, si tú, no siéndolo, quieres aparentar ser un buen campesino, un buen jinete, un buen médico, un buen flautista o cualquier otra cosa, imagínate cuántos ardides habrás de ingeniar para aparentarlo. Incluso, si convencieras a mucha gente para que te alabaran con vistas a adquirir fama, y te procuraras bellos equipos para cada uso de estos oficios, de momento engañarías, pero, poco después, cuando dieras en intentarlo, te revelarías además como un cumplido fanfarrón.

[23] —¿Pero cómo podría uno llegar a ser realmente diestro en algún oficio que le vaya a ser útil?

—Es evidente, hijo mío, contestó Cambises, que, en lo que respecta a cuantas materias se llegan a conocer después de aprenderlas, ello es posible a base del aprendizaje, como tú aprendiste el arte táctica; pero, en lo que respecta a cuantas materias no pueden ser aprendidas por los hombres ni previstas por la previsión humana, es a base de consultar a los dioses a través de la adivinación como podrías ser más diestro que otros; y aquello que comprendieras que es preferible que sea realizado, es ocupándose de ello como podría realizarse, pues el ocuparse de su deber es más propio de varón sensato que el descuidarlo.

Sin embargo, el camino que hay que seguir para hacerse [24] amar por los soldados, prosiguió, cosa que en mi opinión se encuentra entre las tareas más importantes, evidentemente es el mismo que cuando se desea recibir el afecto de los amigos 62 ; en efecto, creo que uno se debe mostrar como su protector. Pero, hijo mío, dijo, es difícil todo esto: tener la capacidad de beneficiar siempre a quienes uno desee beneficiar, mostrar que compartes su alegría si les sobreviene un éxito, que compartes su aflicción si les ocurre una desgracia, que tienes interés en ayudarles en las dificultades, que temes vayan a cometer un error y que intentas tomar medidas para que no lo cometan. Esta disposición es, sin duda, muy necesaria para prestarles ayuda. También durante las acciones guerreras debe ser manifiesto [25] que el jefe les supera en aguantar el sol en verano, el frío en invierno y las fatigas en el transcurso de las dificultades 63 . Pues todos estos factores contribuyen a granjearse el afecto de los subordinados.

—¿Quieres decir, padre, preguntó Ciro, que el jefe debe tener más aguante que sus subordinados a la hora de enfrentarse a todas las situaciones?

—En efecto, eso digo, respondió Cambises. Sin embargo, hijo mío, ten confianza, pues sabe bien que las mismas fatigas no alcanzan de modo semejante al jefe y al individuo particular, aunque tengan unas condiciones semejantes, sino que la honra, de algún modo, alivia las fatigas del jefe y también el consuelo de saber que nada de lo que haga va a pasar inadvertido 64 .

[26] —En el momento en que ya, padre, los soldados tengan cubiertas las necesidades, estén sanos, sean capaces de soportar las fatigas, estén ejercitados en las artes guerreras y ansiosos de demostrar su valor y les agrade más obedecer que desobedecer, en ese momento ¿no te parecería sensato que uno quisiera ir a combatir con los enemigos cuanto antes?

—Sí, por Zeus, exclamó Cambises, si se va a vencer; si no, yo, por mi parte, creería tanto más en mi propia valentía y en la de los hombres que me siguen cuanto más precavido fuera, como también intentamos hacer con la mayor seguridad el resto de las acciones que creemos son de la máxima importancia para nosotros.

Consejos para adquirir ventaja sobre los enemigos. 1) Ser tramposo

[27] —Pero ¿cuál es el mejor medio para adquirir la superioridad sobre los enemigos, padre?

—Por Zeus, respondió Cambises, lo que me preguntas no es ya un asunto desdeñable ni sencillo; pero sabe bien que quien lo pretenda conseguir debe ser conspirador, disimulado, tramposo, mentiroso, ladrón, bandido y superior en todo a sus enemigos.

Y Ciro, echándose a reír, dijo:

—Por Heracles, padre, ¡en qué clase de hombre dices tú que debo convertirme!

—Con tal conducta, hijo mío, serías el varón más justo y conforme a las normas establecidas.

—¿Entonces, cómo es que cuando éramos niños y efebos [28] nos enseñabais lo contrario?

—Sí, por Zeus, replicó Cambises, y todavía en la actualidad lo hacemos de cara a amigos y conciudadanos, pero, para ser capaces de perjudicar a los enemigos, ¿no sabes que aprendisteis muchas malicias?

—Por mi parte, yo no, padre, dijo Ciro.

—Entonces, preguntó Cambises, ¿para qué aprendíais a tirar al arco, a disparar la lanza, a cazar jabalíes engañándolos con redes y fosas, y a ciervos con cepos y cuerdas? ¿Por qué no luchabais con leones, osos y leopardos en igualdad de condiciones, y siempre intentabais combatirlos con algún tipo de ventaja? ¿O no comprendes que todo eso son malicias, engaños, trampas, y ventajas fraudulentas? 65 .

2) Engaños

—Sí, por Zeus, exclamó Ciro, pero se [29] trataba de animales salvajes; en cambio, si se trataba de hombres, aunque sólo diera la impresión de pretender engañar a alguien, sé que recibía muchos golpes.

—En efecto, no os permitíamos, creo, tirar al arco, ni disparar la lanza a personas, sino que os enseñábamos a tirar a un blanco para que en ese momento no dañarais a los amigos, pero para que, si alguna vez se producía una guerra, pudierais apuntar a hombres también. Y os educábamos en el arte del engaño y de la ventaja fraudulenta no en caso de los hombres, sino de animales, y no para dañar a vuestros amigos en estos ejercicios, sino para que, si alguna vez se producía una guerra, no estuvierais desentrenados al respecto.

[30] —Así que, padre, dijo Ciro, si es útil conocer ambas conductas: beneficiar y perjudicar a los hombres, se nos debían haber enseñado también ambas en el caso de los hombres 66 .

[31] —Se dice, hijo mío, dijo Cambises, que en tiempos de nuestros antepasados hubo una vez un maestro de niños que, efectivamente, les enseñaba la justicia, como tú pides, enseñándoles a no mentir y a mentir, a no engañar y a engañar, a calumniar y a no calumniar, a no ganar por medios fraudulentos y a ganar por medios fraudulentos. Y delimitaba dentro de esas conductas qué había que hacer a los amigos y qué a los enemigos. Incluso les enseñaba que es justo engañar también a los amigos, al menos si es para obtener provecho, y robarles las pertenencias para [32] sacar provecho también. Con estas enseñanzas también era forzoso que los niños 67 se entrenaran para practicarlas entre ellos, como dicen que los griegos enseñan a los niños a servirse del engaño en las competiciones atléticas y a entrenarse entre ellos para poder practicarlo. Así pues, algunos que así habían llegado a ser expertos tanto en engañar como en ganar por medios fraudulentos y quizá sin ser tampoco inexpertos en codicia, no se abstenían de intentar ganar por medios fraudulentos ni con sus amigos. A [33] partir de estas acciones, se gestó un decreto, en vigor todavía en nuestros días, por el que simplemente se enseñara a los niños, como nosotros enseñamos a los criados a que en su comportamiento con nosotros digan la verdad, no engañen, no roben ni saquen ganancia por medios fraudulentos, y, si hacen algo al margen de estas normas, se les castigue para que, acostumbrados a tal hábito, lleguen a convertirse en ciudadanos más dóciles. Y, cuando llegaban [34] a la edad que tú tienes ahora ya parecía libre de peligro enseñarles también normas contra los enemigos 68 , pues parecía que ya no os dejaríais arrastrar a ser ciudadanos incivilizados habiendo sido criados en el respeto mutuo. Así como tampoco nosotros conversamos sobre temas amorosos con los demasiado jóvenes, para evitar que, como se añade su ligereza en el actuar a su fuerte deseo, los jóvenes hagan uso de esa ligereza desmedidamente.

3) Actuar por sorpresa

—Sí, por Zeus, dijo Ciro. Pues bien, [35] considerando que yo he llegado tarde a instruirme en esas ventajas fraudulentas no escatimes, padre, explicaciones, si es que puedes enseñarme la manera de ser superior a mis enemigos.

—Pues bien, replicó Cambises, ingéniatelas como puedas para procurar sorprender con tus hombres bien ordenados a los enemigos en desorden, con tus hombres bien armados a los enemigos desarmados, con tus hombres despiertos a los enemigos dormidos, y para procurar recibir su ataque cuando ellos sean visibles para ti, mientras tú seas invisible para ellos; cuando ellos estén en terreno desfavorable, mientras tú estás en lugar bien defendido.

[36] —Y ¿cómo, padre, preguntó Ciro, podría uno sorprender a los enemigos en tales descuidos?

—Hijo mío, replicó Cambises, tanto vosotros como vuestros enemigos inevitablemente tenéis que pasar por muchas situaciones de este tipo, pues es inevitable que ambos bandos hagáis la comida y es inevitable que ambos descanséis y que, al alba, casi todos a la vez tengáis que retiraros para hacer vuestras necesidades, y es inevitable también hacer uso de los caminos sea cual sea el estado en que estén. Tienes que percatarte de todas estas situaciones, y en lo que tú sepas que sois más débiles, a ello sobre todo dedica tu atención, y en lo que notes que los enemigos son fáciles de dominar, por allí sobre todo debes atacarlos.

4) Inventar nuevos ardides

[37] —¿Pero la superioridad frente a los enemigos consiste sólo en tomar estas medidas, o existen otras de otro tipo?

—Sí, hay muchas más, hijo mío, respondió Cambises. En efecto, todos en general prestan rigurosa vigilancia a estas medidas porque saben que son necesarias. Pero quienes engañan a los enemigos también pueden hacer que se confíen para cogerlos desprevenidos, permitirles que les persigan para hacer que se desordenen y atraerlos con la huida a un terreno desfavorable para echárseles allí encima.

Pero, hijo mío, continuó Cambises, si quieres aprender [38] todos los ardides, tienes que servirte no sólo de los que aprendas, sino que también tú mismo debes ser inventor de ardides contra los enemigos, como también los músicos no se sirven sólo de las composiciones que aprenden, sino que también intentan componer otras nuevas. Y las composiciones que son lozanas son vehementemente celebradas en la música, pero en la guerra son mucho más celebrados los nuevos ardides, pues pueden engañar mejor a los adversarios. Y si tú, hijo mío, prosiguió Cambises, no hicieras [39] más que adaptar para los hombres los ardides que ingeniaste para las fierecillas 69 , ¿no crees que llevarías mucho adelantado para aventajar a tus enemigos? En efecto, cuando en lo más riguroso del invierno ibas a cazar pájaros, te levantabas y te ponías en marcha de noche, y antes de que los pájaros se desplazaran del lugar, tú habías confeccionado las redes para atraparlos y habías igualado el suelo removido con el no removido. Y habías amaestrado pájaros 70 , de suerte que estuvieran a tu servicio en el momento conveniente y engañasen a los pájaros de su misma especie; tú, entretanto, permanecías al acecho escondido, de suerte que los pudieras ver, pero ellos no te vieran a ti; y te habías ejercitado en tirar de las redes antes de que las aves huyeran.

Y para cazar la liebre 71 , ya que come en la oscuridad [40] de la noche y se esconde durante el día, criabas perras que por el olfato la encontraran. Pero, como huía rápidamente en cuanto la encontraban, tenías adiestradas otras perras para que la atraparan a la carrera; y, si se les escapaba también a éstas, como conocías sus vías de escape y a qué clase de sitios huían, las liebres eran atrapadas, ya que en esos sitios extendías unas redes que no se vieran, y la propia liebre, en la precipitación de la huida, caía y se enredaba. Y para que no se escapara de allí colocabas unos hombres que vigilaran lo que pudiera ocurrir y que, situados muy cerca, estaban dispuestos a echarse sobre ella rápidamente. Tú mismo desde atrás con un grito lanzado no más tarde que los chillidos de la liebre, la asustabas, de suerte que, al quedarse aturdida, fuera atrapada, y en cuanto a los hombres que estaban delante, les enseñabas a que estuvieran en silencio y les hacías esconderse al acecho. [41] Así que, como dije antes, si quisieras emplear ardides de este tipo con los hombres, no sé si serías vencido por un enemigo; pero, si alguna vez es inevitable que ambos ejércitos traben combate en terreno llano, a la vista de todos y bien armados, en tal caso, hijo mío, verdaderamente valen mucho las ventajas preparadas con mucha antelación. Y yo te digo que estas ventajas existen cuando los soldados están bien entrenados físicamente, bien templados psíquicamente y han hecho buena práctica en las artes guerreras.

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13 ноября 2024
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9788424931421
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