Читать книгу: «Se necesita una madre»

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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Jeanne Allan
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Se necesita una madre, n.º 1500 - febrero 2021
Título original: One Mother Wanted
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1375-144-3
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
EL SALÓN Augusta del Hotel Cristopher en Aspen, Colorado, propiedad del señor Steele, era el escenario perfecto para celebrar la boda de Thomas Steele y Cheyenne Lassiter. Aquella tarde de septiembre habían encendido las chimeneas que había a cada extremo del salón. Los invitados brindaban por la pareja feliz. Los huéspedes del hotel y algunos turistas observaban a las estrellas de cine, a los magnates de negocios y políticos que se encontraban entre la multitud.
Alberta Harmony Lassiter quería marcharse.
–Allie, ¿todavía no estás lista? –dijo el niño en tono desesperado–. Cheyenne, quiero decir, mamá, dijo que no teníamos que quedarnos todo el rato.
Allie sonrió a su nuevo sobrino. Davy Steele era un bebé cuando sus padres murieron. Cheyenne le dijo que aunque no era su madre, podía llamarla mamá.
–Tenemos que esperar a que corten la tarta –dijo Allie acariciando el cabello del niño.
–¿Tenemos que esperar?
–Sí. Como te vas a quedar en el rancho con la abuela, Worth y Greeley, mientras Cheyenne y Thomas estén de luna de miel, tendrás mucho tiempo para montar a caballo.
De luna de miel. Parecía imposible. Hacía sólo unas semanas que la hermana de Allie conoció a Davy y a su tío Thomas. Y de repente se había convertido en la esposa de Thomas Steele y en la madre de Davy. Sin duda, Davy comenzaría en seguida a llamar papá a Thomas.
A Allie se le humedecieron los ojos. Cheyenne estaba preciosa. La belleza de su hermana trascendía la apariencia física. Emanaba belleza desde el interior. La belleza que surgía de ser amada de verdad.
Allie creyó una vez que la amaban de esa manera. Pero se equivocó.
–Oh, no, ahí viene.
–¿Quién viene? –preguntó Allie.
–Ella –dijo el niño y señaló hacia una niña sonriente–. No me deja tranquilo.
Allie nunca había visto a esa niña antes. Tenía unos cuatro años y una cara angelical.
–No parece muy peligrosa.
–No me deja en paz –la niña lo agarró de la mano y él la retiró–. Vete, no me gustan las niñas.
La pequeña rompió a llorar.
–¿Lo ves? –Davy le dijo a Allie–, hace eso cada vez que le digo que me deje en paz. Deja de llorar –le dijo a la niña–, vamos a tomar tarta, ¿no te gusta la tarta?
La niña asintió y le tendió la mano de nuevo, Davy suspiró y la agarró.
Allie sonrió a Davy con una mezcla de lástima y aprobación. Después se agachó y dijo:
–Hola. Yo soy Allie y él es Davy. ¿Cómo te llamas?
–No dirá nada. Quizá no sepa hablar –dijo Davy.
La niña lo miró indignada.
–¿Te gustan las bodas?
La niña se encogió de hombros y tocó el vestido de Allie.
–Bonito.
–Gracias. El tuyo también es muy bonito –era horrible, rosa fosforito y con demasiados volantes.
–Me lo ha comprado mi papá –dijo la niña.
–¿Quién es tu papá? –preguntó Allie.
–Este es mi papá –dijo la niña con expresión alegre y señalando hacia arriba.
–Hola, Allie.
Allie sintió que se le paraba el corazón. ¿Qué hacía allí Zane Peters? Era imposible. En una boda. Y menos cuando una vez creyó que se iba a casar con él. ¿Cómo se atrevía a aparecer en la boda de Cheyenne sin que lo hubieran invitado? ¿Cómo se atrevía a hablar con ella? No pensaría que lo había perdonado.
Nunca lo perdonaría. La había herido más de lo que nadie tiene derecho a herir a otra persona. Ya no tenía capacidad para herirla.
–¿Allie? ¿Estás bien? Tienes un aspecto curioso. ¿No puedes ponerte de pie? ¿Quieres que vaya a buscar a la abuela Mary, o a Cheyenne, digo, a mamá?
La voz de Davy hizo que Allie reaccionara.
–No –dijo sonriendo–. Estoy bien. Se me ha dormido el pie.
–Deja que te ayude –dijo Zane.
Ella lo ignoró y se puso en pie. Se dirigió hacia su hermana mayor que estaba al otro lado de la habitación con cara de preocupación. Y de culpabilidad.
«Maldita seas, Cheyenne». Allie había conseguido evitar a Zane Peters durate cinco años. Trabajaba como profesora en Denver, y cuando estaba en Aspen se le activaba una especie de radar que prevenía los encuentros fortuitos.
–Puedo explicártelo –dijo Cheyenne cuando llegó su hermana–. Zane era el mejor amigo de Worth.
–Y yo soy la hermana de Worth. Quieres decir que ¿Worth lo invitó?
Cheyenne se ruborizó.
–Ayer vi a Zane en el pueblo. Me saludó de manera tan tímida que me habría reído si la situación no hubiese sido tan triste. Me has dicho un millón de veces que ya no te importa. Que no significa nada para ti. Él era uno de nuestros amigos, y Worth lo echa de menos.
–Él nunca me lo ha dicho.
–Worth no lo haría. Está bien, tampoco me lo ha dicho a mí, pero era su mejor amigo.
–¿Y por eso lo has invitado? ¿Por Worth? –miró a su hermana. Cheyenne nunca había sido capaz de mentir.
–¿Por qué más lo iba a invitar? Sé que a ti ya no te importa.
Allie la habría estrangulado.
–Sabes que no me gusta que metas tu nariz respingona en mis asuntos.
–La tengo igual de respingona que tú. Además –dijo Cheyenne–, su mujer ha muerto. Zane y tú podríais…
–Nada. Escúchame, Cheyenne Lassiter, si quieres convertirte en el felpudo de un hombre, adelante. Yo no pienso hacerlo, así que métete en tus asuntos.
–Personalmente, no me imagino a mi mujer siendo el felpudo de nadie –alguien rodeó a Allie por la cintura.
–Si no te lo habían advertido, Thomas Steele, lo siento. Los demás tenemos que aguantarla, pero tú podías haberte librado.
–Puede que sea estúpido, pero creo que sé lo que pasa.
–Siento haberte llamado estúpido, pero es que a veces mi hermana…
–¿Qué ha hecho ahora la señora Metomentodo? –Thomas sonrió a su novia–. Te quiero, señora Steele, pero eso no significa que no me entere de que interfieres en muchas cosas.
Cheyenne parecía tan apenada, que Allie dijo:
–No importa. Estoy impresionada y he exagerado. Mi hermana no se casa todos los días. Creo que estoy un poco sensible.
Cheyenne le dio un fuerte abrazo.
–Mentirosa –le susurró a Allie al oído. Le agarró las manos y continuó en voz alta–. Prometo que no ocurrirá otra vez.
Allie resopló y ambas se rieron.
Thomas las miró.
–Nunca entenderé a las mujeres.
–Eso es lo divertido del matrimonio –bromeó la madre de Allie uniéndose al grupo–. Mi nuevo nieto se va a poner furioso si no cortáis la tarta. A Davy le gusta mucho más montar a caballo que ir a bodas –añadió Mary Lassiter entre risas.
El pelo corto le sentaba bien.
Allie le sonrió al novio. Hubo un día en que las sonrisas más cálidas eran para Zane. Hacía diez años se había enamorado de Allie Lassiter. Muchas cosas habían cambiado desde entonces, pero eso no. Eso nunca cambiaría.
Él no tenía derecho a amarla, y menos después de lo que le había hecho. No pretendía que lo recibiera con los brazos abiertos otra vez. Pero eso no significaba que él no tuviera fantasías.
–Ni los perros hambrientos miran así a la comida.
Zane no necesitó darse la vuelta para reconocer la voz.
–Cuando ayer me encontré con Cheyenne y me invitó a la boda, pensé que quizá… –soltó una carcajada llena de amargura–. Allie no sabía que yo venía. Cheyenne no se lo dijo.
–Cheyenne no podía casarse sin que asistieran sus dos hermanas a la boda –dijo Worth Lassiter.
–Quieres decir que Allie habría dejado de asistir por no verme. ¿Y tú? Si hubieras sabido que venía, ¿habrías dejado que Cheyenne caminase sola hasta el altar?
–Yo lo sabía. Cheyenne se lo pensó dos veces y me preguntó si debía llamarte y decirte que no vinieras. Después pensó que no vendrías. Yo sabía que sí lo harías.
Zane no fue capaz de interpretar el tono de voz de Worth. Tampoco fue capaz de mirar al hombre que fue su mejor amigo.
–Pasamos muy buenos ratos juntos.
–Sí –dijo Worth–. Te he echado de menos, pero Allie es mi hermana. Lo que hiciste la destrozó.
–Haría lo que fuera, pagaría el precio que fuese necesario, para poder deshacer lo que hice.
–Lo sé.
Zane miró a Worth.
–¿Y ella lo sabe?
–No te ha mencionado desde la noche que entró en casa diciendo que te ibas a casar con otra.
–Pensaba que a estas alturas ya se habría casado.
–Algunos hombres se lo han propuesto, pero no aceptó. Entre Beau y tú, la opinión que se ha formado Allie de los hombres no es muy buena.
Zane apretó los puños dentro de los bolsillos. Pocos hombres eran peores que Beau Lasitter, el padre de Allie que falleció sin que ella lo lamentara. Zane no podía negar que lo que Worth dijo era verdad, aunque le doliera.
–Hannah está esperando la tarta, pero será mejor que nos vayamos.
–No sabía que fueras tan cobarde –dijo Worth y se alejó.
Worth lo había llamado cobarde, y no sabía por qué.
Se oyeron unas risas. Eran Allie y sus dos hermanas con el novio. Zane solía soñar que ella se reía con él en su cama.
Hannah se había alejado. Estaba cerca del grupo que rodeaba a la novia. Se fijaba en Allie. Se supone que a las niñas les encantan las bodas, y parecía que Hannah estaba más fascinada con la dama de honor que con la novia.
Mucha gente pensaba que las dos hermanas mayores se parecían. Se equivocaban. Cheyenne era como un libro abierto. Allie como libro cerrado, que sólo permitía que unos pocos lo abrieran. Zane tuvo el privilegio de compartir los pensamientos mas íntimos de Allie. Un privilegio que desperdició de manera estúpida. Desde el otro extremo del salón, notaba que ella escondía sus sentimientos. Si fuese un hombre llorón, habría llorado en ese momento. Habría llorado millones de veces en los últimos cinco años. Llorar no cambiaba las cosas.
Tampoco salir corriendo. Se quedaría hasta que Hannah se comiera la tarta. Después se irían de allí. Lejos de Allie Lassiter.
Jake Norton se unió al grupo y rodeó con el brazo a Allie y a su hermana Greeley. Zane había leído que Norton y su esposa se quedaron en el rancho de los Lassiter mientras la estrella actuaba en una película del Oeste que se rodaba por la zona. Sabía que habían llegado a ser buenos amigos de los Lassiter. Pero aún sabiéndolo sintió celos al ver que Allie se reía con Norton.
Era idiota por haber ido. Si la novia cortase el maldito pastel… Hannah se comería su porción y después se marcharían.
Allie estaba tan guapa. Mucho mas guapa que cinco años antes. Casi podía sentir su boca. «Corta el maldito pastel».
Allie quería gritar. Cortaron la tarta y todo el mundo brindó por los recién casados. Si Cheyenne lanzase el maldito ramo, Allie podría escapar. Tenía que salir de allí. Si él dejara de mirarla… No podía soportar estar más tiempo en la misma habitación que él.
–Supongo que sabes que Zane está aquí. Lo acabo de ver. ¿Estás bien? –preguntó Greeley.
–Claro que estoy bien –contestó Allie a su hermana pequeña–. ¿Por qué no iba a estarlo?
–¿Cómo voy a saberlo? Sólo soy medio hermana tuya.
–Greeley Lassiter, eres tan hermana mía como Cheyenne. Me pones furiosa cuando dices esas cosas.
–Es mejor eso que verte ahí, como si fueras la única superviviente de una catástrofe.
–No tengo ese aspecto. Me ha sorprendido, eso es todo. No sabía que Cheyenne lo había invitado.
–¿Quieres que le diga que se vaya?
–Worth ha hablado con él.
–¿Y le ha dicho que se vaya?
–Evidentemente no. Sólo estaban hablando. No se han dado la mano, ni nada.
–Eso espero.
Allie abrazó a su hermana en reconocimiento a su fidelidad.
–No, Cheyenne tiene razón. Si a mí ya no me importa, Worth y él pueden recuperar su amistad. Si es que Worth quiere un amigo tan superficial.
–¿Si? –enfatizó Greeley– ¿ya no te importa?
–No me importa –dijo Allie. No podía importarle. El amor entre ellos había muerto. Muerto no, estaba enterrado en la basura. No quedaba nada. Forzó una sonrisa– Cheyenne va a lanzar el ramo. Sabes que lo tirará hacia aquí. Agárralo tú, porque yo no pienso hacerlo.
La novia lanzó el ramo. Directo hacia Allie y Greeley. Allie se echó hacia la derecha en el mismo instante en que Greeley se echó hacia la izquierda. El ramo cayó entre ambas.
–¡Mira papá! La mujer me ha lanzado las flores.
Allie vio la cara de consternación que tenía Cheyenne y confirmó las intenciones de su hermana mayor.
–Yo no me meto en esto –Greeley se marchó antes de que Allie pudiera preguntarle qué quería decir.
–Son mías –Allie escuchó una voz decidida detrás suyo.
Zane estaba agachado hablando con su hija. La pequeña tenía agarrado el ramo contra el pecho y decía:
–Mías.
–No, no son tuyas. Las flores son para una niña grande.
–Yo soy una niña grande.
–Son para una señorita. Devuélveselas a la novia, iremos a una floristería y te compraré unas flores.
–Yo las agarré.
–Se supone que no tenías que hacerlo.
–Yo las quiero.
Allie quería sonreír con indulgencia, como todos los que observaban la escena. La cara sonrojada de Zane demostraba que sabía que eran el centro de atención. Eso no significaba que él dejara de hacer lo que creía que estaba bien. Zane Peters estaba orgulloso de hacer lo que él creía correcto.
Le quitó las flores y le secó una lágrima de la mejilla.
–Podemos comprar flores amarillas. ¿Te gustan las flores amarillas?
–No quiero flores amarillas. Quiero éstas.
Sin pararse a pensar, Allie se agachó y le quitó el ramo a Zane. Se dio la vuelta y le ofreció las flores a la pequeña.
–Toma. Tú las agarraste.
La niña colocó las manos detrás de la espalda.
–Papá dice que no puedo quedármelas.
Allie no quería saber nada de la hija de Zane, pero la niña había agarrado el ramo y debía poder quedárselo. Se arrodilló y dijo:
–Tu padre es un hombre, y los hombres no saben nada sobre las bodas. Quien toma el ramo, se lo queda. Es una regla, y sé que a tu padre no le gusta desobedecerlas –dijo con mofa.
La pequeña miró al suelo. Seguía con las manos detrás de la espalda.
–Papá dice que las flores son para una señorita.
–Yo soy una señorita. ¿Puedo quedármelas?
La niña dudó y después asintió.
–Está bien. Si son mías, yo se las puedo dar a otra persona, y te las voy a dar a ti –Allie le tendió el ramo, demostrando que podía actuar con dignidad en cualquier circunstancia.
La pequeña miró a su padre. Sonrió y aceptó el ramo.
–Es bonito –dijo y le acercó el ramo a Allie–. Huele.
Allie esperaba que después de olerlo, la niña y su padre se marcharían.
–¿Qué se dice, Hannah? –dijo Zane.
–Gracias.
Hannah. Allie sintió una gran pena. La niña se llamaba como la abuela de Zane. Ellos habían planeado que su primera hija se llamaría así. La pequeña podría haber sido la hija de Allie. Hizo un esfuerzo para contener el llanto. Después se puso rabiosa. Le había puesto el nombre a la hija de otra mujer. No es que le importara. Él ya no le importaba.
–Allie, ¿no estás lista todavía?
La voz de Davy la salvó. Le sonrió agradecida.
–Estoy lista y deseando marcharme.
–¿Eres su mamá?
Allie negó con la cabeza. Davy señaló a Cheyenne y dijo:
–Ahora ella es mi madre, así que Allie es mi tía.
–¿Y quién es tu hijo? –preguntó Hannah.
–No tengo hijos –contestó Allie.
–¿Por qué?
–Vamos, Hannah –dijo Zane con voz seria.
–Pero papá, a lo mejor sus hijos conocen a mamá.
Zane agarró a su hija y se marchó.
–¿Estás bien? –preguntó Worth agarrando a Allie por el hombro.
–¿Por qué todo el mundo me pregunta lo mismo?
–Davy dijo que estabas rara.
–Davy cree que estoy rara cada vez que me ve con un vestido. Dice que parezco una chica –imitó la voz de Davy–. Quiere que lleve vaqueros porque le prometí que después de la boda montaríamos a caballo. ¿Dónde ha ido?
–Se ha ido a despedir de los novios.
El barullo llamó la atención de Allie.
–Se marcharán los… –cuando vio la causa del alboroto se calló.
Hannah estaba en brazos de su padre con una gran rabieta. Con una mano sujetaba el ramo de flores, con la otra se agarraba a una de las columnas de metal. El resto de los invitados se reía y Zane se sonrojó. La cría pataleaba.
–Bájame –gritó.
Dejó a su hija en el suelo y ella salió corriendo hasta llegar frente a Allie. Le rodeó el cuello con los brazos y le dio un fuerte beso en la mejilla.
–Adiós –la pequeña se dio la vuelta y regresó donde estaba su padre–. Tenía que decirle adiós a Allie.
El resto de su vida sin Allie. ¿Durante cuánto tiempo tendría que pagarlo? ¿Aún no lo había castigado lo suficiente? Zane había pensado en la respuesta a esas preguntas durante cinco años. Ningún castigo, por duro que fuera, borraría lo que había hecho. Siempre lo perseguiría la cara que puso Allie cuando se lo contó.
Pensó que lo superaría. Que llegaría a aceptar que Allie nunca formaría parte de su vida. Pero desde el momento en que la vio en la boda de Cheyenne, supo que se había estado engañando.
La idea le vino cuando volvía a casa. Quizá el pastel tenía demasiada azúcar. O el aroma de las flores le había afectado al cerebro.
Zane agarró el teléfono, pero lo volvió a colgar. Si bebiese se serviría una gran copa de coraje. Ya no bebía alcohol, y sabía que cuando lo hacía se convertía en un idiota y no en un valiente.
Allie evitó mirarlo durante el banquete. No es que fuera un hombre irresistible. Era un chico normal, moreno y con mandíbula prominente.
Con respecto a Zane, Allie se había comportado como una idiota. Lo suficiente como para enamorarse de él. No iba a dejarse atrapar por su actuación lastimera. No lo creería.
Zane miró el teléfono. Pensó en la potrilla. Maldita sea, aunque él hubiera arruinado su vida, la potra se merecía ayuda. Llamaría.
Allie le colgaría el teléfono.
Enfadado, dejó el aparato y se levantó. Allie reapareció en sus pensamientos. Lo peor eran las noches. Pensando en Allie. Recordando pequeños detalles, como por ejemplo, la forma en que ella sacaba la lengua hacia un lado cuando se concentraba. Zane solía bromear y le decía que un día estaría concentrada montando a caballo y que éste saltaría y ella se mordería la lengua.
El deseo se apoderó de Zane. Quería mordisquearle la lengua. Con cariño. Con amor.
Había desperdiciado ese privilegio, y ese amor.
Observó como pastaban los caballos. La potrilla estaba en el medio. Nunca se quedaría sola. Los otros caballos la protegerían. No se fiaba de las personas.
Allie podría enseñarle a confiar.
Si él no la llamaba, Allie no podría ayudar a la potra. Se dirigió hacia el teléfono, después se detuvo.
Si no la llamaba, Allie no podría decir que no. No había ninguna razón por la que pudiera aceptar, y demasiadas para que dijera que no. Si decía que no…
Zane no recordaba cuándo había conocido a Allie. Al principio sólo era una de las hermanas de Worth. Después, cuando ella tenía dieciséis años, él se enamoró. Cuando Allie cumplió dieciocho, Zane le pidió que se casara con él.
La madre de Allie les pidió que esperaran. Mary Lassiter se casó muy joven. Beau Lassiter era un vaquero de rodeo, encantador, pero de débil personalidad. Cuando Mary se quedó embarazada de Worth, Beau la llevó otra vez al rancho de sus padres. La dejó allí mientras él participaba en el circuito de rodeo. Él volvía al rancho para que Mary lo curara cuando un toro lo tiraba al suelo. Después se volvía a marchar solo, y casi siempre dejaba a Mary embarazada.
Con la ayuda de Yancy Nichols, el padre viudo de Mary, crió a los cuatro niños. Greeley ni siquiera era suya. Mary nunca se quejó. Cuando les pidió que esperaran, Zane supuso que ella quería que Allie estuviese segura. Después se preguntaba si es que él le recordaba a Beau.
No se parecía en nada a Beau Lasitter.
Quería culpabilizar a Beau de lo que había sucedido, por comportarse de forma irresponsable había conseguido que sus hijos se hicieran adultos antes de tiempo. Zane era seis años mayor que Allie. A menudo le decía que tenía que relajarse y vivir un poco, pero ella era inflexible y no toleraba que otros tuvieran un espíritu juvenil. Como él.
No. No tenía excusa. La culpa de lo que había sucedido sólo era suya, de Zane Peters.
No debía de haber ido a la boda de Cheyenne, pero la tentación de ver a Allie, de hablar con ella era superior a sus fuerzas. Cuando la vio junto a su hermana Cheyenne, durante la ceremonia, deseó tocarla. Al ver que sonreía a Hannah, deseó que le sonriera a él.
Con sólo mirarla, supo que no lo había perdonado. Si no hubiese sido por Hannah, él se habría marchado.
Ella había sido muy amable con Hannah.
Su hija había estado hablando de Allie todo el camino de vuelta a casa. Zane se arrepentía de muchas cosas, pero nunca se arrepintió de Hannah. No era culpa de la niña que Allie lo odiara. Él sabía quién tenía la culpa.
Y Allie también. Allie nunca culparía a Hannah, porque amaba a los niños y a los animales.
Ayudaría a la potra. Allie lo odiaba, pero ella ayudaría a la potra. Y entonces, quizá… Zane respiró hondo y marcó el número.
Al escuchar la voz de ella, se puso nostálgico. No pudo hablar.
Allie limpió la cocina, la caja del gato y sacó a Moonie a dar un paseo. Después continuó con el archivo de C & A Enterprises, la pequeña agencia de viajes que poseía junto con Cheyenne.
Debía de haberse quedado en el Double Nickel, el rancho familiar que estaba en Hope Valley. O haber convencido a Davy de que se quedara en Aspen con ella en lugar de en el rancho. Con Cheyenne fuera, el apartamento parecía vacío. Demasiado silencio. El silencio le hacía pensar. Y recordar. Allie no quería recordar.
Como si alguna vez lo hubiera olvidado.
Cuando tenía diez años, Allie conocía todos los movimientos que hacía Zane Peters al andar. Conocía su manera de reír y su forma de hablar tranquila. Le entraban escalofríos cada vez que él pronunciaba su nombre o la llamaba cariño. Su madre, Dolly, era de Tejas. Conoció a Mary Lassiter en una carrera de barriles y allí se hicieron amigas. Dolly también se había casado con un vaquero de rodeo. La diferencia era que Buck Peters dejó el rodeo y regresó con su familia a un rancho cercano a Aspen. Después se marcharon a Tejas y Zane se quedó en el rancho de Colorado para criar caballos.
Siempre acababa pensando en Zane. Si Allie no hubiera seguido el consejo de su madre, ya llevaría ocho años casada con Zane.
O divorciada.
Querer a Zane no le impidió ver sus defectos. Había sido muy imprudente. Mientras Allie estudiaba fuera, le llegaban comentarios acerca de lo que hacía Zane. Iba a fiestas, y a ella le preocupaba que bebiera demasiado y luego condujera muy rápido por las carreteras de montaña. Durante unas vacaciones, discutieron. Él la acusó de que era una desconfiada. La cosa fue a más y ella decidió quitarse el anillo de compromiso y metérselo a Zane en el bolsillo de la camisa. Le dijo que se marchara y que nunca se casaría con él.
Si él se hubiese disculpado, si le hubiera suplicado que tomara el anillo otra vez… No lo hizo. Sin decir ni una palabra, la dejó allí de pie frente a la casa. Allie lo vio marcharse, conducía tan rápido que el coche derrapaba al tomar las curvas.
No quería pensar en Zane. La había traicionado. Estaba dolida. Tenía que admitir que su vida había cambiado drásticamente.
No parecía un hombre que hubiera sufrido. Parecía que estaba bien.
Sonó el teléfono y Allie se sobresaltó. Interrumpió así sus amargos recuerdos. Cuando contestó, sólo hubo silencio.
–¿Diga? ¿Diga? Voy a colgar.
–No cuelgues, Allie. Te llamo por un caballo.
Allie fue incapaz de pronunciar palabra.
–Tengo una potra que necesita ayuda. Tiene dos años y la han maltratado. Es ágil e inteligente. Dentro de unos años será un buen pony para Hannah, pero las personas le dan pavor. Me gustaría que trabajases con ella. Estoy dispuesto a pagarte lo que sea.
Por lo rápido que hablaba Zane, Allie sabía lo nervioso que estaba. Ella iba a colgar.
–Te necesita –dijo Zane–, cuando se le acerca alguien se pone a temblar. No puedo utilizarla, y aunque Hannah me dejara, no podría venderla. La potra no tiene la culpa. ¿La ayudarás?
–No.
–Antes no soportabas que trataran mal a un animal –Allie quiso decirle que él había destrozado su forma de ser. No le dijo nada y cada vez agarraba más fuerte el cable del teléfono–. ¿Y qué hay de tu campaña de protección a los animales? No te preocupes, tus amigos no se enterarán de que te negaste a ayudar a un animal necesitado.
Su chantaje no funcionaría. Zane podía llamar a otra persona para que lo ayudara con el caballo. Ella tenía que encargarse de su agencia de viajes.
Amber entró en el salón y saltó al regazo de Allie. Lo había encontrado abandonado y medio muerto en la cuneta de la autopista.
–Siento haberte molestado –exclamó Zane.
Allie sabía que no podría ignorar la situación de la potra.
–Mañana tengo que acompañar a la familia de un niño ciego al curso de Braille en Independence Pass. No podré llegar a Double Nickel hasta las cuatro. Así tendrás tiempo suficiente para dejar a la potra en Hope Valley y marcharte.
–No voy a llevarla a ningún sitio. Casi se vuelve loca cuando la traje aquí. Tuve suerte de que no se lastimara, así que no voy a hacerla pasar por eso otra vez. La dejaré en el picadero que hay al lado del granero.
Allie no quería ir cerca del rancho de Zane. No quería volver a verlo. Amber se retorció para que Allie le acariciase la barriga. Ya no se parecía en nada al gato esquelético que Allie sacó del veterinario.
–Mañana iré a verla, pero no prometo nada. Tú no tienes por qué estar allí. Ya te llamaré para contarte mi decisión.
Allie colgó. Le dejaría un mensaje en el contestador una vez que hubiese encontrado a alguien para que se encargara de la potra.
Pasaron treinta minutos antes de que Allie dejara de temblar.
Capítulo 2
ALLIE se dirigía hacia el rancho de Zane Peters. La luz de septiembre iluminaba el arrollo que había junto a la carretera. Los álamos cubrían la ladera de color dorado.
Las montañas se veían entre los árboles. Normalmente Allie se animaba cuando veía esos riscos escarpados. Pero ese día no. No dejaba de preguntarse por qué Zane la había llamado. No es que le importara. Había aceptado ver a la potra por el bien del caballo, no para restablecer la relación con Zane.
Entró despacio en el rancho y aparcó junto al granero. No pensaba acercarse a la casa.
El caballo que estaba en el picadero corrió hasta el extremo más alejado y se quedó mirando a Allie.
Allie cerró la puerta del coche, se apoyó en él y observó a la potra. Era negra con manchas blancas. Al ver su fornida silueta entendió por qué Zane pensaba que sería un buen caballo. Tenía una cabeza preciosa.
La potra se mantenía alerta, no retiraba la vista de Allie. Se notaba que tenía miedo y que desconfiaba. Quería huir pero el picadero no se lo permitía.
Allie sabía que Zane se había acercado. Ella había sentido que él la observaba desde el granero. Antes de que hablara, le dijo:
–Es tan bonita que no tendrás problema en venderla. No necesitas que la entrene –quería escapar, igual que la potra. Había cometido un error al ir allí.
–El problema no es venderla.
El silencio era cada vez mas largo. Allie seguía mirando a la potra. No le preguntaría por qué la había llamado. No mencionaría nada acerca del pasado, ni a su hija ni a su mujer. No tenían nada de que hablar. Lo único que quería decir era adiós.
–¿Qué le pasa? –soltó Allie. Después se arrepintió por haber mostrado interés.
–Algún idiota de Rifle decidió intentar ser vaquero y criar caballos. Nadie le dijo que si cruzaba dos caballos de un solo color que tuvieran un gen recesivo de pintas podían tener un potro con la piel a manchas. Cuando se enteró de que no podía inscribir al caballo porque tenía manchas, se lo vendió a un chico que nunca había tenido caballos y que no sabía cómo domarlos.
Allie se negaba a mirarlo.
–Supongo que la maltrató –era tonta. Tonta por seguir con la conversación si no pensaba ayudar a la potra.
–No, pero pretendía que se comportara como una yegua de diez años domada y cuando vio que no lo hacía se la vendió a una niña mimada que le pegaba cuando no la obedecía. Esa niña se la vendió a un hombre que la compró para su hija y uno de sus mozos la intentó domar a latigazos. Cuando el dueño me lo contó, pensé que la potra se merecía otra oportunidad.
Allie notaba que Zane estaba tenso.
La potra los observaba con recelo. Sabía que los humanos no son de fiar. No sabía si podía confiar en Allie. O en Zane. A pesar de lo que él le hubiese hecho a Allie, nunca maltrataría a un animal.
–Tú puedes domarla –dijo Allie.
–Empieza tú y yo termino.
Allie iba a negarse, pero el temor de la potrilla le había llegado al alma. Otro error arruinaría al caballo para siempre. Se dirigió hacia el coche.
–Llevará tiempo.
–¿Entonces lo harás?
–Veré como me va. Ahora que Cheyenne no está, me encargo yo sola de la agencia, así que tendré que organizarme en función del trabajo.
–Me he enterado que has renunciado al puesto de profesora –Zane hizo una pausa–. ¿Quieres que mañana te traiga un caballo?
–Traeré a Copper. No se asusta por nada.
–¿Quieres un café? ¿Un té frío? ¿Una limonada?
–No –Allie fue a abrir la puerta. Lo único que quería era escapar.
Él no podía dejar que se marchara. Aún no. Zane empujó la puerta para impedir que ella la abriera. Quería decirle tantas cosas. Decirle cuánto la había echado de menos. Cómo se arrepentía de haberle hecho daño. Cuánto la quería.
Como no se atrevió a decir nada de eso, dijo:
–Nos conocemos desde hace mucho tiempo, Allie. ¿No podemos intentar ser amigos?
–No –lo miró con frialdad y continuó–. Me gusta poder confiar en mis amigos. Quita la mano antes de que te quedes sin ella.
–Daría lo que fuera, hasta mi brazo derecho, por cambiar lo que ocurrió.
–Qué dramático. ¿Nadie te ha dicho nunca que el pasado no se puede cambiar?
Él quería traspasar el muro que Allie había construido a su alrededor, pero no sabía cómo.
–No quería herirte.
La expresión de Allie indicaba que no creía lo que él decía.
–Sobreviví –dijo ella y le retiró la mano de la puerta.
Zane se puso nostálgico con el contacto. Quería explicárselo. Necesitaba comprensión. Que lo perdonara. Quería que lo amara.
–Escúchame –soltó él antes de que ella pudiera decir nada–. Me dijiste que me fuera, que me parecía demasiado a tu padre. Dijiste que nunca te casarías conmigo –el tono de Allie fue tan inflexible que él no intento disuadirla. Se montó en su camión y se fue al bar más cercano–. Estaba enfadado y dolido, y Kim me escuchó. No me acosté con ella para fastidiarte –Allie levantó la cabeza sin esforzarse en disimular su incredulidad–. Bueno, a lo mejor sí. Puede que quisiera demostrarte que otra mujer sí me quería a pesar de todos los defectos que tú me encontrabas. Ah, y demostré que era tan inmaduro y tan irresponsable como tu decías ¿verdad?
Ella no se molestó en replicar. Zane continuó:
–No importa cuales fueran las razones por las que me acosté con Kim. Se quedó embarazada. Tuve que casarme con ella.
Aunque Allie no lo creyera, aquella fue la primera vez que él se emborrachó. La primera y la única.
–No hubiera sido justo casarme con ella y después no intentar que el matrimonio funcionase. Confiaba en que nos iría bien juntos, para criar a nuestra hija. Intenté que fuera un matrimonio de verdad –mantuvo la mirada de Allie–. En todos los sentidos –él supo que ella sabía lo que quería decir por cómo se le oscurecieron los ojos. La agarró e hizo que se quedara para escucharlo–. Nuestro matrimonio no salió bien.
–No me interesa.
–Interésate. Pregúntame por qué no funcionó.
–No me importa.
Zane la agarró más fuerte y le ordenó entre dientes:
–¡Pregúntame!
Ella suspiró.
–¿Por qué no salió bien?
Al escuchar el tono condescendiente de Allie, Zane enfureció. Se había casi arrodillado a sus pies y ella se reía de él. Allie no podía evitar poner muecas. Zane se olvidó del sentido común.
–Por esto.
La besó antes de que tuviera oportunidad de discutir. Se quedó rígida como un palo. Él deseaba tumbarla en el suelo y arrancarle la camisa. Quería acariciarle los pechos y que ella lo abrazara con las piernas. Deseaba acariciarle mil zonas y de mil maneras. Sólo le tocó la boca y los brazos.
Allie no respondió, pero tampoco lo apartó. El cuerpo de Zane endurecía a medida que se recreaba con el labio inferior de Allie. Se lo acariciaba con la lengua y cuando ella relajó la boca, le metió la punta de la lengua entre los labios.
Ella respiraba cada vez más rápido. No estaba tan desinteresada como quería aparentar. Su cuerpo delató su excitación. Zane se preguntaba hasta dónde podría llegar y sólo de pensarlo casi perdió el control.
Sabía que Allie nunca lo perdonaría si hacía lo que deseaba hacer, así que la soltó y se retiró. Llevaban la respiración acompasada.
–Creo que te haces una idea.
Ella intentó actuar con frialdad y pretender que no le había afectado el beso a pesar de que tenía el pulso y la respiración acelerados.
–Me hago una idea. Besaste así a tu mujer y a ella no le gustó más que a mí. No vuelvas a besarme.
Allie no intentó comprenderlo. Y no consideró la forma en que ella reaccionó al beso. Luchaba contra sus sentimientos y contra él. Zane quería sonreír. Allie hubiera dejado de pelear.
Fue estúpido al arriesgarlo todo por darle un beso. Había esperado cinco años y podía haber esperado más. Darle tiempo a Allie.
Si es que existía tanto tiempo.
Deseaba volver a besarla. En cambio, le acarició la mejilla.
–No volveré a besarte hasta que tú no quieras besarme –dijo en un tono que sonó arrogante.
Los ojos de Allie expresaron cólera.
–Es un trato. No nos besaremos hasta que yo quiera besarte –Zane no dijo nada y ella lo tomó como una afirmación. Fue a abrir la puerta del coche.
–¿Quién ha venido papá?
Hannah hablaba desde la casa. Zane no apartó la vista de Allie.
–Allie Lassiter. La mujer que conociste en la boda.
–Yo quiero ver a Allie.
–Tengo que marcharme.
Zane sujetó la puerta.
–Te puedes quedar un poco más y decirle hola a Hannah.
–No tengo ningún interés en saludar a tu hija.
El tono frío de su voz le dolió tanto como un corte en la garganta. Él era el culpable. Por mucho que hiciera o dijera, no cambiarían las cosas. Ella había aceptado ayudar a la potra. Iría al rancho. Él podría verla. Hablar con ella. Tenía que conformarse con eso.
Hannah llegó al lado de Zane.
–Hola, Allie. ¿Cómo es que has venido?
–A ver a la potra –contestó Allie.
Zane sonrió a su hija.
–¿A que es preciosa? Papá dice que tiene que ir a la escuela. Me dijo que tú eres profesora.
–Era profesora. Ya no.
–Papá me dijo que tú la ibas a domar. Lo prometió.
Hannah tenía la costumbre de tomarse en serio todo lo que él decía. Zane medio sonrió a Allie.
–Tu padre es muy bueno haciendo promesas, pero no es muy bueno cumpliéndolas –metió la llave en el contacto y continuó–, no volveré.
Zane no podía creérselo. Maldita sea, ella era profesora y debía saber cómo interpretan las cosas los niños. Lo sabía. Pero el comentario que hizo Hannah le sirvió de excusa.
Él quería gritar de desesperación. Sentía un gran dolor y frustración. Dio un portazo, se apoyó en la ventana que estaba bajada y acercó la cara a la de Allie.
–¿Eso hace que te sientas mejor, Alberta? Como yo te traicioné, tú te niegas a ayudar a la pobre potrilla y rechazas a la niña pequeña que sólo busca tu amistad. ¿Crees que rebajándote a mi nivel te sentirás mejor? Te diré una cosa, cariño, la vida en el fango es oscura, sucia y vulgar, te odiarás desde que te levantes hasta que te acuestes. Y cada vez que te mires en el espejo, aborrecerás tu imagen.
–¿No te das pena? ¿Por qué no te tomas una cerveza y te olvidas de los problemas? Antes te funcionaba.
Sus palabras fueron como una puñalada. Zane se retiró. Allie arrancó el coche y salió del rancho.
Allie miró por el retrovisor. Después se miró en el espejo. No tenía una aspecto diferente. Los mismos ojos azules, la misma melena rubia, la barbilla chata y la nariz vulgar. Sólo la boca le pareció diferente. Como si no le perteneciera. No quería una boca capaz de decir cosas tan horribles y dolorosas. Sus palabras le retumbaban una y otra vez en la cabeza.
Odiosas palabras. Pronunciadas en un tono tranquilo y razonable que las hacía aún más odiosas.
–¿Estás orgullosa de ti, Alberta Lassiter? –le recriminó a la imagen del espejo. Lo peor era reconocer que Zane tenía razón. Se había negado a ayudar a la potra porque no era capaz de herir a Zane como él la había herido a ella.
Allie se echó a un lado de la carretera y aparcó. Siempre se había considerado una buena persona. Culpaba a los demás por ser despreocupados e insensibles, pero ella era el parangón de la bondad y la compasión. Se enorgullecía de su compasión.
Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el reposacabezas. Era un fraude, su comportamiento una mentira, y su corazón tan negro como las patas de la potra.
Quería culpar a Zane Peters por su debilidad.
«En el fango la vida en oscura, sucia y vulgar. Eso dijo Zane. Pero él se colocó allí». No podría colocarla a ella. Sólo ella podría colocarse sí misma.
Encendió el motor y dio media vuelta.
La potrilla estaba junto a una manada en la pradera.
Zane estaba de pie junto al picadero mirando a los caballos. Su hija estaba sentada en la cerca y recostada en su pecho. Cuando Allie se apoyó en la cerca junto a él, Zane no se volvió. La niña miró a su padre y después se pegó más a él.
–Te pido perdón por lo que dije –por la reacción de Zane, Allie podía haber hablado en cualquier otro idioma–. Y siento haberlo dicho delante de tu hija.
Pasó un rato hasta que Zane habló.
–No he bebido ni una gota de alcohol desde aquella noche.
–Eso es bueno –dijo Allie. Sabía que se refería a la noche que dejó embarazada a Kim Taylor.
Zane se enderezó, levantó a su hija y la subió sobre sus hombros.
–Gracias por volver. Sé lo difícil que te resulta pedir perdón, y te lo agradezco.
Se encaminó hacia la casa.
–No hace falta que mañana metas a la potra en el picadero. Ya la meteré yo.
Zane no disminuyó el paso.
–Vale.
–¿Vale? ¿Eso es todo lo que tienes que decir? –le gritó ella.
Él se detuvo.
–¿Qué quieres que diga? –le preguntó sin volverse.
–Podías actuar como si te sorprendiera que vuelva mañana.
–No me sorprende. Sabía que volverías.
–Supongo que también sabías que volvería hoy.
Él se dio la vuelta.
–Alberta, a veces creo que te conozco mejor que a mí mismo.
–No me conoces. Si me conocieras, sabrías que odio que me llamen Alberta.
–Sé que lo odias –dijo mientras acariciaba la pierna de su hija–. Y sí, Alberta, sabía que volverías.
Llevó a la niña dentro de la casa y dejó a Allie allí de pie. Ella lo odiaba. Odiaba sus bromas, su sonrisa, su hija que no era de ella. Odiaba sus anchas espaldas y sus caderas delgadas. Odiaba que una simple sonrisa pudiera hacer que a alguien se le acelerara el corazón.
Hubo un tiempo en que esa sonrisa hacía que Allie corriese hasta los brazos abiertos de Zane. Después, ya mayor y más sabia, conocía la diferencia entre el amor y la atracción física. Además, Zane ya no tenía los brazos abiertos. Su hija estaba entre ellos.
Por la cara que puso Allie, Zane supo que había estado a punto de estropearlo todo. Se había arriesgado, recordaba lo honesta que Allie siempre había sido consigo misma. Él sabía que volvería. Nunca se desentendía de un animal necesitado. Hasta que ella volvió, no se percató de lo asustado que estaba.
Deseaba gritar de alegría y abrazarla.
Los años, su matrimonio, Hannah, no cambiaban nada. Quería a Allie Lassiter. Estaba allí de pie, apuntaba al cielo con la nariz, de forma presumida, sus ojos oscurecidos y contrariados. Zane quería dejar a Hannah dentro de la casa y acostar a Allie en el suelo para hacer el amor con ella de forma apasionada.
Tenía que conformarse con que fuera al rancho a ayudar a la potra. El animal tenía suficientes problemas como para que Allie tuviera que ir durante mucho tiempo.
Pero, ¿Zane tendría tiempo suficiente como para traspasar la barrera que Allie tenía a su alrededor? Una barrera en la que él había contribuido poniendo el alambre de espino.
Hannah apareció por las escaleras descalza.
–¿Papá?
No, él no traicionó a Allie por Hannah. Que tuviera una hija era el resultado de su comportamiento, no la causa.
Él le sonrió.
–¿Quieres que te cuente el cuento de antes de dormir?
Hannah cruzó la habitación y le habló seriamente.
–¿Cómo es que Allie nos habló de esa manera tan mala?
–Allie no habló… bueno, supongo que a ti te lo parecería –sentó a la niña en su regazo–. A veces cuando la gente se siente dolida, habla como si estuviera enfadada –antes de que Hannah preguntara dónde le dolía a Allie, Zane cambió de tema–. ¿Recuerdas cuando la otra noche te golpeaste el dedo con el taburete?
Hannah asintió.
–Me dolió mucho y lloré.
–Te pusiste más gruñona que un oso hambriento. Te quejabas mucho. Así –Zane imitó sus quejidos e hizo como si fuera a morderle el cuello.
Hannah se revolvió y lo miró.
–¡No, no! Me quejaba así –y se quejó a pleno pulmón.
Zane se rió y la abrazó. Se levantó con ella en brazos y dijo:
–Vamos, osito, ha llegado el momento de tus oraciones y de que te cuente el cuento de antes de acostarte.
Sentados en el borde de la cama, Hannah se sentó en el regazo de Zane, cerró los ojos y juntó las manos.
–Hola mamá. Papá y yo hemos jugado a los ositos.
Zane no sabía cómo las oraciones de Hannah terminaron siendo conversaciones con su madre, que no era ni un ángel ni una santa. En el libro de Cómo ser padre no hablaban de cómo se le explicaba a un niño que su madre había muerto. Una madre que apenas había conocido. Kim no había sido muy buena madre, pero él esperaba que su hija nunca lo supiera.
Había tantas cosas que esperaba que Hannah nunca aprendiera. La guerra y el odio, el dolor y la traición. Zane sabía que no podría protegerla siempre. Los caballos se rompen las patas, los perros muerden, los niños dicen cosas crueles, los animales y las personas se mueren.
Y además, está la gente que te traiciona. ¿Cómo podía proteger a su hija de un hombre como él?
Mary Lassiter no pudo proteger a Allie.
Copper recibió al hermano de Allie con un relincho. Worth rascó la crin de la vieja yegua y sonrió a su hermana.
–¿Necesitas ayuda?
–Si lo que quieres es saber por qué estoy cargando a Copper y a dónde voy con el trailer, ya se lo dije a mamá.
–Zane llamó esta mañana y me dijo que vas a ayudarlo con un caballo.
Allie terminó de cargar a la yegua, y cerró la puerta del trailer.
–No voy a ayudarlo a él. Voy a ayudar a la potra.
–¿Quieres hablar de ello? Nunca supe por qué discutisteis tú y Zane la noche que fue al bar.
–Sobre lo que siempre discutíamos. A veces me parecía que actuaba como Beau, de forma irresponsable, –Allie soltó una carcajada–, no sabía que estaba en lo cierto –no lo sabía entonces, ni cuando Zane apareció dos días más tarde con una sonrisa de disculpa, un montón de flores en una mano y el anillo en la otra. Ella aceptó las tres cosas porque lo amaba y porque lo creyó cuando le dijo que maduraría.
Él se olvidó de mencionar que después de la discusión se fue directo al bar. Y que para celebrar su liberación y demostrar que era un gran hombre, se emborrachó. También se olvidó de la cantinera que se lo llevó a la cama.
–Eso fue hace cinco años –dijo Worth–. Zane no era más que un niño. En cinco años, un hombre puede madurar mucho. Tienes que admitir que se responsabilizó de sus actos y no buscó la manera fácil de escapar. Zane podía haber mantenido a la niña sin casarse con Kim.
Allie dejó su equipo dentro del trailer.
–¿Eso es lo que tú habrías hecho?
–No. Yo me habría casado con ella. No tengo ninguna queja acerca de cómo nos criaron mamá y el abuelo, pero sí que estoy resentido con Beau por ser padre sólo de nombre. Yo nunca permitiría que un hijo mío se criara sin mí.
–Debajo del puente sólo hay agua. No hay vuelta atrás.
–Hablas como Yancy. El abuelo siempre decía que hay un dicho para cada situación.
–Tenía razón –dijo y se dirigió hacia la puerta.
Worth se la abrió y dijo:
–Ahora que está viudo, podíais probar de nuevo –se apartó y Moonie se metió en el coche.
–No tengo ningún interés –contestó Allie y se sentó al volante.
Sin decir nada, Worth se retiró y le dijo adiós con la mano.
Mientras conducía por la autopista, Allie pensó que su hermano siempre la trataba como si tuviera diez años.
–Espero que no piense jugar a los casamenteros –le dijo al galgo que iba sentado a su lado. Moonie apoyó la cabeza sobre el muslo de Allie. Ella lo acarició.
–¿Y para qué se necesita a un hombre si se tiene un perro?
La respuesta a su pregunta fue un ronquido.
«Chicos. No puedes contar con ellos para nada. Menos para que te traicionen», pensó. Para ser justa, tenía que excluir a su abuelo y a su hermano de la categoría de inútiles. Se podía contar con Worth.
Allie esperaba que su hermano no recordara el pasado. Nadie podía cambiar lo que había ocurrido entre ella y Zane.
Worth habló de la difícil elección de Zane. Por lo menos, él pudo elegir. Allie no tuvo elección.
Se asustaba de pensar lo ingenua que había sido. Pensó que el comportamiento de Zane durante las semanas anteriores de la boda, era la prueba de que había madurado. Después se enteró de que se sentía culpable por haberse acostado con Kimberly Taylor.
Cinco años después, Allie todavía no estaba segura de si habría aceptado el anillo si hubiera sabido que él se había acostado con otra mujer. Creía que no lo habría aceptado, pero era muy joven. Y estaba enamorada. Nunca sabría la respuesta.
Un álamo de hojas doradas llamó su atención. Los álamos eran verdes, el color de la primavera y la promesa. Recordaba estar sentada en el porche esperando a Zane, pensando en los detalles de última hora para la boda. Recordó el momento en que se lo dijo, y vio la imagen de su cara, pálida, superpuesta en el desvío de la autopista.
–Me he acostado con otra. Kimberly Taylor. Está embarazada, Allie, así que voy a casarme con ella.
Allie escuchó las palabras, pero se negó a comprenderlas.
–¿Qué quieres decir? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿De qué estás hablando?
–Me emborraché y me acosté con ella la noche que tú rompiste nuestro compromiso. Está embarazada.
–No te creo –no quería creérselo.
–Me gustaría que fuese mentira. Estoy más arrepentido de lo que puedo decirte, Allie. Sé que es una cosa horrible.
–¿Vas a casarte con otra?
–Lo he pensado mucho y creo que es lo que debo hacer, lo único que puedo hacer. Me equivoqué al acostarme con Kim, pero no puedo borrar lo que he hecho. Ahora tengo que casarme con ella.
–¿Y qué pasa conmigo?
Él no la miró. Se quedó allí de pie. Después dijo:
–Encontrarás a alguien más. A un hombre mejor. Alguien que te merezca –se dio la vuelta y se encaminó hacia la furgoneta.
Ella le gritó. Le insultó, le dijo todo lo que se le pasaba por la cabeza. Zane se quedó junto al camión, cabizbajo. Hasta que ella no se calló, él no se agachó y recogió el anillo que Allie había tirado a sus pies. Después se subió al camión y se marchó.
Al día siguiente se casó con Kimberly Taylor.
Zane Peters casado o Zane Peters viudo, a Allie le daba igual. Había ido al rancho por la potra, no por Zane. Y menos por la niña que había heredado el pelo de su madre. A pesar de ser pelirroja, la niña se parecía a Zane.
Allie se enteró en seguida de los cotilleos acerca de Kim Taylor. La gente pensaba que a una novia a la que habían dejado plantada, le gustaría saber que al hombre que la dejó por otra también lo estaban engañando. A ella no la hizo feliz. Sólo demostraba lo poco que le importaba a Zane o a Kim que a Allie se le hubiera arruinado la vida.
Cuando Allie llegó, la niña estaba columpiándose. Al ver que llegaba con un trailer, la pequeña arrastró los pies contra el suelo y dejó de columpiarse.
Allie pretendía concentrarse en la potra, no en la hija de otra mujer. Ignorando a la pequeña, abrió el trailer y sacó a Copper.
–Hola.
–Hola –contestó Allie. Esperaba que la niña no estuviera por medio.
–Papá me dijo que no debo molestarte.
–Tiene razón.
–¿Cómo se llama?
Allie miró y vio que la niña acariciaba al galgo.
–Moonie. No debes de acariciar a perros desconocidos. Pueden morderte.
–A ella le gusto.
–A él. Es un macho.
–Es gracioso. Está muy delgado.
Allie le dijo a Moonie que se quedara en el trailer. Se montó en Copper y se acercó a la pradera.
La niña corrió delante de la yegua.
–¿Cómo se llama tu caballo? Mi caballo nuevo se llama Honey.
Allie cerró la cerca de la pradera. La hija de Zane había hablado igual que él solía hacerlo con Allie.
La niña trepó por la valla y se sentó.
–Papá me quiere de verdad. Yo quiero a Honey.
–Tu padre te ha dicho que no me molestes. Vuelve al columpio y quédate allí.
La yegua estaba en medio de un grupo de caballos. Allie llevó a Copper hacia ellos. Los caballos miraron con curiosidad cómo se acercaba Allie. Como estaban tranquilos, la potrilla se confió. Allie dirigió a la manada hacia el picadero. Entraron todos y después fue sacándolos uno a uno hasta que sólo quedó la potra. Sin prestarle atención, Allie cerró la puerta. Después montó a Copper por el picadero, primero al paso y luego al trote. Hablaba tranquila. Al cabo de un rato, la potra trotó hacia ellas. Allie hizo que su yegua parara poco a poco hasta que la potra caminó a su lado. Acarició a Copper acercando cada vez más la mano a la potra, pero sin tocarla. Al principio, la potra se asustaba cada vez que Allie movía la mano, pero poco a poco se fue acostumbrando al movimiento.
Vueltas y vueltas. Al fin, Allie guió a Copper hasta la verja. Cuando la abrió la potra se sobresaltó al oír el ruido, pero enseguida se dio cuenta de que estaba abierta y corrió hacia la pradera. Cuando ya estaba un poco más lejos, se volvió a mirar a Allie.
–No fue tan malo, ¿verdad? –preguntó Allie.
–Eres la mujer más paciente que conozco. Casi nunca te enfadas. Estoy seguro de que eres una buena profesora.
Como estaba centrada en la potra, Allie no se dio cuenta de que Zane se aproximaba. Sacó a Copper y lo llevó hasta el trailer.
«Ha dicho casi nunca», pensó ella. Sabía que se refería a la noche que perdió los papeles y gritó como una endemoniada.
–Yo nunca dije que fuera una santa. Si lo que buscabas era una tontaina sumisa, no tenías que haberte comprometido conmigo.
–¿Y eso a qué viene? Era un cumplido.
Él sabía muy bien de qué estaba hablando. Allie lo apartó cuando se disponía a quitarle la silla a Copper.
–Ya me ocupo yo de mi caballo, y no quiero tus cumplidos para nada. No quiero que me controles. Si no te fías de mí, entrena a la potra tú.
–No te controlo. Quería hablar contigo.
–No tenemos nada de que hablar.
Él se apoyó en el trailer.
–No hemos hablado de lo que me vas a cobrar por domar a la potra.
¡Todo!, quería decirle. Nunca podría pagarle todo lo que le debía.
–No estoy entrenando a la potra por ti.
Él sonrió y dijo:
–No creo que la paga de Hannah le dé como para pagar la doma del caballo.
Ella se dio la vuelta. No era justo que la sonrisa de un canalla la pusiera nerviosa.
–Estoy aquí por la potra. Y no por otra razón.
Él no contestó.
–Estás haciendo feliz a Hannah.
–Tu hija es tu responsabilidad, no la mía.
–Hannah no es una responsabilidad. Es un privilegio y una delicia.
Allie metió a Copper en el trailer. Hubo un tiempo en que planeó tener hijos con él. Soñaba con ver a sus hijos e hijas sobre sus hombros, en su regazo, en sus brazos. Su Hannah. No la de otra mujer. Allie se ajustó el sombrero, saltó del trailer y cerró la puerta.
–Creo que mañana podré venir. Dile a tu hija que no me moleste. Aplícate el cuento.
Zane miró a su alrededor.
–¿Dónde está Hannah? Me sorprende que no se quedara a verte trabajar con la potra. Ruth la habrá llamado a cenar –dudó un instante y se dirigió a la casa.
Allie se sintió culpable al pensar en lo estricta que había sido con la niña. No se equivocó al mandarla lejos del picadero. La niña la habría distraído, a Allie y a la potra. Allie no tenía por qué sentirse culpable. Quizá la hija de Zane se había sentido herida, pero era una niña mimada que conseguía lo que quería llorando.Tenía que aprender que no siempre podía hacer lo que quisiera.
Allie buscó a Moonie. El galgo no solía marcharse de donde le habían dicho que se quedara. Al no encontrarlo, lo llamó:
–¡Moonie, ven aquí! ¡A casa, Moonie!
Se oyó un ladrido. Allie vio que Moonie estaba junto al columpio.
–¡Vamos, vamos!
El perro siguió ladrando y se quedó donde estaba.
Allie se dirigió hacia allí.
Moonie cada vez ladraba más fuerte.
Cuando Allie vio que había algo azul junto a él, echó a correr.
La hija de Zane estaba tumbada detrás del columpio. Las lágrimas mezcladas con tierra habían formado barrillo en sus mejillas.
–Me duele el brazo –gimoteó y Allie se arrodilló a su lado.
–¿Hannah? –Zane la llamó desde la casa.
–Está aquí. Se ha hecho daño en el brazo –contestó Allie.
Zane la levantó en brazos.
–Está bien, cariño. Ya está aquí papá. ¿Qué te ha pasado?
–Subí muy alto para ver a Allie y a Honey y me caí –puso una sonrisa triunfal–. He sido muy buena, Papá. Me quedé en el columpio, como Allie me dijo.
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