Читать книгу: «Periodismo de mandarina»

Шрифт:

Javier Fariñas Martín

Periodismo de mandarina

Cuaderno de viaje sobre la pobreza en los medios de comunicación


© SAN PABLO 2021 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid) Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723

E-mail: secretaria.edit@sanpablo.es - www.sanpablo.es

© Javier Fariñas Martín

Distribución: SAN PABLO. División Comercial Resina, 1. 28021 Madrid

Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050

E-mail: ventas@sanpablo.es

ISBN: 9788428564038

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).

www.sanpablo.es

A los que intentan saltar la valla, se atreven a cruzar los mares y océanos en una patera, recorren con los pies descalzos un continente casi siempre hostil y no merecen ni una sola línea en el periódico del día.

«¿Y toda esta gente? ¿Quién contará lo que les está pasando? Hemos venido para contarlo, ¿no? ¿No es eso lo que hacéis los periodistas?».

David Jiménez, Queremos saber.

«Lo que sirve es una toma de posición moral: tienen razón las víctimas».

Furio Colombo, Últimas noticias sobre el periodismo.

«El periodismo es uno de esos oficios que se aprende cometiendo errores».

David Randall, El periodista universal.

Periodismo de degustación

Periodismo de mandarina es el sugerente título que Javier Fariñas Martín ha puesto al libro que tienes en tus manos, en el que se adentra en el mundo de la pobreza –con nombres propios– y de los países empobrecidos. Javier Fariñas es un «reportero de interiores» que va por la vida tomando notas en su cuaderno de campo de lo que ve, oye, siente y vive la gente para luego contarlo en prensa, radio y televisión y ahora en este libro. Javier no suelta las palabras a bote pronto, de oficio, para venderlas al por mayor, sino que prefiere la venta al detalle, después de haberlas pasado por la túrmix del corazón, para darles la impronta de la veracidad y la credibilidad, dos características esenciales para que la ética y la estética de la comunicación homologuen el producto.

Su trayectoria profesional de largo recorrido (becario en el extinto diario Ya, una década en la Radiotelevisión Diocesana de Toledo, coordinador durante varios años del Departamento de Comunicación de AIN y, en la actualidad, profesor en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la Universidad San Pablo-CEU y redactor jefe de la revista Mundo Negro) y su condición de «cristiano comprometido en la construcción de un mundo más justo y más humano» lo han llevado a países, paisajes y personajes donde la «Pobreza» se escribe con mayúscula. Pobreza de miseria pura y dura, de guerras de nunca acabar, de violencia extrema y de injusticia institucionalizada. Los «pobres» de los que habla Javier no son anónimos, tienen nombres, apellidos y sueños, aunque muchas veces estos acaben en pesadilla.

El profesor de Ciencias de la Comunicación sale a relucir en la redacción, con cuidada caligrafía literaria, y en la clase práctica de periodismo social que imparte en las narraciones y comentarios. A Javier, como a Carmela, la protagonista de la película Conducta, le gusta que «suenen las palabras» y por eso utiliza «palabras que cuentan cosas, palabras que hablan de otros, palabras necesarias para conocer a los demás».

Javier es un «albañil del periodismo», por eso emplea las palabras para construir puentes de ida y vuelta entre personas, culturas, ideologías y credos. Palabras sólidas y consistentes, cimentadas en la experiencia personal y en la coherencia entre el hecho y el dicho, para que los puentes no se vengan abajo a las primeras de cambio. Construye sus relatos como los puentes romanos, piedra sobre piedra, para que sobrevivan al tiempo y al espacio.

El «periodismo de mandarina» que ha acuñado Javier es una variedad del «periodismo comestible» que se puede ver, oír, oler, gustar y tocar porque tiene cuerpo y alma. La cáscara, que es lo visible de la mandarina, es el envoltorio del fruto que esconde dentro. La parte sustancial son los gajos que, aunque separados, están bien tramados. La humilde mandarina sobre la mesa del profesor, el primer día de clase, le sirve a Javier para explicar a sus alumnos lo que es el periodismo por dentro y por fuera. El buen periodismo tiene que ser «comestible», como la mandarina, y se tiene que consumir con total garantía, sin temor a que cause indigestión o diarrea, ni suba el colesterol como la comida basura (fast food). Javier hace un periodismo de «degustación» (de master chef) aderezado con una pizca de ironía para que su sabor agridulce deje huella en el paladar del consumidor.

Hay un periodismo «virtual», emergente y preocupante, que cuenta las cosas pero sin atreverse a llamarlas por su nombre ni descubrir sus entresijos para que nadie se dé por aludido. Cuenta las guerras pero esconde a las víctimas, habla de pobreza (con datos estadísticos) pero no de los pobres, llama la atención sobre el hambre en el mundo pero se despreocupa de las personas que la padecen. No quiere crear mala conciencia y menos incomodar a los poderes económicos y políticos y, como nadie es culpable ni responsable de lo que sucede en el mundo, todos felices y contentos. Menos mal que de vez en cuando saltan a la vista imágenes tremendas (como la de Aylan, el niño sirio de tres años que apareció ahogado en una playa de Turquía porque el bote que le traía a Grecia naufragó, y en él murieron también su madre y su hermano de cinco años) o golpean nuestros oídos historias increíbles que nos cortan la respiración. Entonces ponemos el grito en el cielo y en la tierra, aunque tan pronto como pasa el impacto emocional volvemos a las andadas. Ahí están llamando a nuestra puerta, si es que antes no han muerto en el camino, miles de refugiados esperando que les dejemos entrar. Ahí están las «guerras de papá», alimentadas con nuestras armas, mientras las contemplamos como si la cosa no fuera con nosotros.

A Javier le gusta llamar a las cosas y a las personas por su nombre y esto le da un valor añadido a los hechos que recoge en caliente. Y, tal y como dice en una de las entradas de su blog, está encantado con su trabajo: «la profesión me ha hecho feliz porque he topado con los grandes momentos del hombre: la risa, el llanto, la confidencia, el lamento y la esperanza».

Julián del Olmo

Director de Pueblo de Dios (La 2. TVE)

Los nadies

Sueñan las pulgas con comprarse un perro

y sueñan los nadies con salir de pobres,

que algún mágico día

llueva de pronto la buena suerte,

que llueva a cántaros la buena suerte;

pero la buena suerte no llueve ayer,

ni hoy, ni mañana, ni nunca,

ni en llovizna cae del cielo la buena suerte.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.

Los nadies: los ningunos, los ninguneros,

corriendo la liebre, muriendo la vida,

jodidos los nadies, jodidos:

Que no son, aunque sean.

Que no hablan idiomas, sino dialectos.

Que no practican religiones, sino supersticiones.

Que no hacen arte, sino artesanía.

Que no aplican cultura, sino folklore.

Que no son seres humanos, sino recursos humanos.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.

Que no tienen cara, sino brazos.

Que no tienen nombre, sino número.

Que no figuran en la historia universal,

sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.

Los nadies: los nada,

los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

Los nadies: los hijos de nadie...

Los nadies: los dueños de nada,

jodidos, jodidos, jodidos, jodidos...

Eduardo Galeano

Introducción

 Menudencias[1]

Años ha comencé a interiorizar los rudimentos de esta profesión en un periódico de provincias. En aquellos días rapiñábamos lo que podíamos, por lo general piezas pequeñas. Se trataba de sumar las palabras necesarias para contar historias breves, menudas, que los redactores avezados dejaban en la mesa de redacción dispuestas para que algún currinche se atreviera a hacerlas realidad. Y de esas noticias breves escribimos muchas sobre muchos temas. Eran historias sueltas, enmarcadas normalmente en una columna, y que amontonaban tanta vida cotidiana como una mañana de domingo en Cascorro.

No sé si es algo heredado de entonces, pero todavía hoy acumulo esa inquietud por la menudencia, por cuál será la próxima trastada de un niño travieso en una tienda de todo a cien o por la impaciencia de los peatones que anhelan el verde de un semáforo. Y con ese mirar quisquilloso hoy me fijo en Mogadiscio, donde sus calles vuelven a tener las placas que las identifican, y las viviendas, el número que las ubica. Si mi juvenil periódico de provincias hubiera estado en la capital somalí y la noticia hubiera sucedido en mi época de aprendizaje, probablemente me hubiera tocado escribir ese breve, en el que el quién, el qué, el cómo, el cuándo, el dónde y el por qué se deberían condensar en apenas tres o cuatro líneas. Una historia sencilla y menor que, sin embargo, considero más importante para la gente que una resolución de las Naciones Unidas que nadie se atreve a cumplir.

 Palabras que suenan

No recuerdo cómo se llamaba mi profesora de Mecanografía. Después de una pregunta apresurada en el grupo de WhatsApp en el que estamos varios amigos de aquellos tiempos, tras algunas consultas a fuentes primarias y secundarias, no hemos llegado a la certeza del nombre. ¿Doña Marina? ¿Doña Carmen? ¿Doña Rosa? ¿Doña Ana? A falta de memoria o de fuentes más solventes y eficaces, casi por aclamación creemos que es, o era, doña Ana, porque ya entonces era una persona muy mayor, o al menos esa percepción teníamos. Es posible que no guardemos el recuerdo de su nombre porque para nosotros fue siempre la profesora. La profe, cuando aludíamos a ella dentro y fuera del aula.

La academia donde aprendí a golpear con sentido y orden las teclas de la máquina de escribir estaba situada en el primer piso de un edificio viejo de la arteria de Usera, un populoso barrio del sur de Madrid. Matriculado como estaba en un colegio masculino, aquella sala alargada con máquinas de escribir que tronaban como santa Bárbara el día de su fiesta, se convirtió en el primer espacio académico de intercambio bien entendido. Chicas y chicos nos afanábamos en hacerlo tan bien y tan rápido como el vecino o como la vecina de al lado o de enfrente. Eran tiempos de la antigua Educación General Básica, la EGB por la que nos regimos ciertos padres de ahora. Séptimo u octavo de EGB, no podría precisar. A punto de traspasar la frontera del Bachillerato, del BUP, en cualquier caso.

Aquellas clases eran cacofonía en estado puro. Letras como disparos al ritmo endiablado de los dedos. El ruido de los rodillos, del papel, de la vuelta de las hojas, de pasar las páginas del método para seguir las pautas, para repetirlas hasta el infinito, para memorizarlas e interiorizarlas. Para no olvidarlas hasta hoy. Una vez que adquiríamos ciertos rudimentos, cuando la profesora comprendía que éramos capaces de no atorarnos demasiado con los dedos, podíamos copiar textos de algunas revistas que siempre estaban por allí como material de apoyo a la docencia. Copié y copié en esos dos años infinidad de artículos, de toda temática y condición, de publicaciones de todo pelaje. Leer, teclear y volver a leer, para volver a teclear. Una hora con las teclas entre los dedos.

En aquella academia, por la que mis padres pagaban 1.000 pesetas al mes, todas las palabras, todas las combinaciones de letras posibles, martilleaban los oídos. Al principio aquel ametrallamiento sistemático, que tenía lugar a la hora de la siesta, era una condena a la que, poco a poco, te acostumbrabas. Incluso le cogías cierto gusto.

Mis primeros trabajos medianamente académicos los completé con una máquina de escribir roja. Una Olivetti pequeña, regalo de mi abuela por mi Primera Comunión. Después llegó un ordenador, y después otro, y después otro. Y los trabajos pasaron a ser en silencio.

Las redacciones en las que he trabajado, por una mera cuestión cronológica, no han conocido el repiqueteo de las palabras. Han sido espacios más o menos ruidosos, pero sin el traqueteo del tipo contra el papel y el rodillo. Quienes sí lo han conocido, como mi amigo Diego Tapia, recurren a una imagen, o a un sonido, muy parecido al que se convirtió en la banda sonora de mi infancia en aquella academia de Mecanografía: un aluvión de palabras, de rodillos girando, de golpes para sortear una línea y pasar a la siguiente, y de algún que otro exabrupto más o menos sonoro cuando la cosa no funcionaba bien, las palabras elegidas no eran las correctas, las ideas no corrían tanto como los dedos o, simplemente, el relato comenzado no valía la pena. Tiempos en los que no se podían salvar los textos apretando a la vez un par de teclas, en los que la memoria hacía referencia solo a la mente del periodista y no a los gigas de un determinado disco duro. Periodismo menos voraz pero, posiblemente, más auténtico que el actual, volcado en las plataformas, en cómo hacer un tuit, cómo ser más rápido, cómo utilizar las diferentes redes sociales que tenemos a nuestro alcance…, pero olvidándonos, en ocasiones, de lo fundamental, que es contar historias.

Desde la teoría y la práctica del periodismo, son muchas las definiciones sobre esta profesión –o este oficio– que se han desparramado sobre los no menos numerosos manuales y libros que reflexionan sobre este campo del hacer y del saber. Una de ellas, es posible que no demasiado ortodoxa pero sí muy elocuente, es la que en una ocasión ofreció el fundador y durante mucho tiempo director de La Repubblica, Eugenio Scalfari, para quien periodista «es gente que le cuenta a la gente lo que le pasa a la gente»[2]. En esta imagen, que cuadra mucho con el mandamiento universal repetido por mil y uno de los grandes del periodismo de salir a la calle, ver lo que ocurre, volver a la redacción y contarlo, me encaja mucho más la tormenta interminable de caracteres impactando contra el papel blanco impoluto que la asepsia y el silencio de los textos redactados con el ordenador, con el atajo del corrector automático y el soporte siempre impagable de Internet. No me opongo, ni de lejos, a lo que ha significado el avance tecnológico al que estamos asistiendo, y que nos convierte en verdaderos seres privilegiados, pero sí creo que con la frialdad del teclado casi silencioso perdemos algo de magia, perdemos algo de frescura. Perdemos, discúlpenme la pedantería, algo de glamour.

La actriz cubana Alina Rodríguez, en la película Conducta[3], en la que fue su último gran trabajo antes de fallecer a finales de julio de 2015, interpretaba a Carmela, una veterana maestra de sexto grado en un colegio de La Habana. Carmela es la profesora de Chala, un niño de 11 años que vive en un contexto social y familiar desestructurado, lo que le llevará a un colegio de conducta, una especie de internado para niños con problemas de comportamiento o con familias quebradas. En un momento de la historia, Carmela está tecleando un informe en una de esas máquinas como aquellas con las que yo aprendí a mecanografiar. Una compañera del claustro, al oírle golpear con fuerza las teclas, le pregunta por qué no hace ese trabajo en una computadora. Y la veterana maestra responde: «Me gusta que suenen las palabras».

Ahí está una de las claves de bóveda de este texto. Suscribo las palabras del guion puestas en la boca de Carmela. «Me gusta que suenen las palabras». Que suenen por sí mismas. Me gustan aquellas que solo necesitan ser colocadas en el lugar oportuno. En el momento justo. Palabras llenas que no necesiten más que ir acompañadas de otras de su estirpe, sean estas adverbios, verbos, sustantivos, adjetivos. Palabras que nos cuenten cosas. Palabras que nos hablen de otros. Palabras necesarias para conocer a los demás.

Por eso, más allá de lo vintage de querer recuperar la banda sonora de las teclas sobre el papel y el rodillo, de la tinta desvirgando folios en blanco, mi deseo de que ese sonido no desaparezca metafóricamente de las redacciones tiene que ver con el impacto que las palabras deben causar en aquellos que nos leen, nos escuchan o nos ven. Nuestros relatos deben estar plenos de sonido. Nuestras palabras deben sonar. Y, además, si lo que tratamos de contar es la vida, sin aditivos, de los que no suelen aparecer en los medios de comunicación –los empobrecidos, los que no tienen historial en las hemerotecas, los condenados al silencio–, nuestras palabras deberán ser más ruidosas, más justamente ruidosas que las dedicadas a los demás: a los políticos, a los deportistas, a los famosos, a los oportunistas, a los trepas. Más ruidosas que las dedicadas a los triunfadores.

Para los empobrecidos, como decía Carmela en Conducta, son necesarias palabras que suenen.

Poco rimbombante, pero no menos relevante para animarme a dejar estas reflexiones en un papel, fue lo que me ocurrió en la primavera de 2014 en un ambiente universitario donde, es posible, jugué con el prejuicio de que los jóvenes que tenía delante eran personas preocupadas por los demás. Con el ejemplo de tantos chicos y chicas que hacen las américas, las asias o las áfricas todos los veranos en busca de echar una mano al prójimo, sobreentendí que aquel puñado de chicos que tenía delante de mí formaba parte del perfil solidario de nuestra sociedad. La excusa informativa fue el enésimo naufragio de inmigrantes subsaharianos frente a las costas europeas. Otro Lampedusa acababa de producirse y pedí a los jóvenes su opinión. ¿Qué les sugerían aquellos que se jugaban la vida para llegar hasta nuestra tierra? El silencio fue la primera y la segunda respuesta. Sin un resquicio para el desaliento, les animé a sacar un papel y plasmarlo en un pequeño texto. Algunos jugaron con informaciones más o menos incompletas, otros con lugares comunes, otros con un buenismo o un egoísmo bien interpretado. Todos menos una.

Aquella chica daba vueltas al bolígrafo como el examinado al que han cambiado, sin avisar, un temario que se sabía. Nada. No había idea que plasmar. Como no nos jugábamos nada más que revolotear con las ideas propias, no quise forzarla a escribir algo que o no sentía o no quería expresar. Pero, al cabo de un rato, me pidió que me acercara y charlamos un rato sobre el fenómeno migratorio, tras lo cual la inquirí por el blanco de su folio. «Perdone, no tengo opinión sobre esto. Nunca me he parado a pensar en ellos». «Nunca me he parado a pensar en ellos». No me escandalizó. Me sorprendió. Y me dolió. Mucho. Y me dio que pensar. ¿Qué estamos haciendo para que una joven políglota, con mundo y con formación no se haya parado a pensar qué ocurre para que miles de hombres y mujeres se jueguen su vida, la vendan o se dejen explotar para llegar a un paraíso donde no se los quiere? Algo estamos haciendo mal. Y por la parte que me toca, la de aquellos que nos dedicamos a contar las historias de los demás, incidí en la autocrítica. O no hablamos de ellos, o lo hacemos de una forma que generamos el efecto contrario al que ellos se merecen.

«Nunca me he parado a pensar en ellos».

De forma muy gráfica lo dejó escrito Iñaki Gabilondo en El fin de una época, cuando señala que «del mismo modo que nos bañamos o nos afeitamos, no podemos andar por la vida sin saber qué está pasando»[4]. Y las personas migrantes, los empobrecidos y los que viven de Cáritas también forman parte de eso que está pasando.

En este paso obligado que es la introducción me detengo en otro escalón. También relativamente reciente. Abril de 2013, cuando me incorporo a la revista Mundo Negro. Llego aquí con un bagaje de 10 años de trabajo en la radio y la televisión de provincias, y otra década de labor en la comunicación institucional de una organización dedicada al conocido como Tercer Sector. Y, sobre todo, llego como un liviano conocedor de lo que ocurre en África. Asiduo lector de prensa, era conocedor de los titulares, o sea Boko Haram, la crisis de Malí, la enfermedad de Nelson Mandela… y poco más. Por eso cuando llegué a la redacción de la revista dediqué los primeros días a buscar lo que decían los periódicos generalistas y los portales informativos de nuestro país sobre el África subsahariana, que es el auténtico foco de atención de la veterana publicación. Nada. Eso es lo que encontré durante días y días. Una cincuentena larga de países. Más de mil millones de personas. El granero y la principal reserva minera del mundo. Regímenes políticos de todo pelaje y condición. Elecciones y competiciones deportivas. Lenguas. Culturas. Manifestaciones artísticas. Empresarios brillantes. Investigadores punteros. Y nada más allá de los tópicos del terrorismo, el hambre o la corrupción. Buscaba África y africanos. Pero si hubiera buscado pobres o empobrecidos, posiblemente la respuesta hubiera ido en la misma dirección. La historia, como siempre, es la de los vencedores, la de los exitosos.

Aunque mi llegada a la revista antecedió al vacío intelectual de aquella joven sobre los inmigrantes, ahí podía estar la respuesta. No hay nada que pensar, porque nos hemos dedicado a contar poco sobre ellos, más allá de unos tópicos, unas historias y unas relaciones que no nos interpelan, no nos hacen replantearnos nuestra forma de vida y, sobre todo, no nos incomodan.

Añado aquí tres citas, leídas cuando amasaba estos capítulos que llevan forma de libro. Dos del día 28 de mayo de 2015. Una, de tres días después. Las copio y las cito.

Primera:

El lunes murió un chico. No hemos visto nada en las noticias. Ni políticos dando el pésame, ni la opinión pública movilizándose. No era europeo, y esa es la única causa. Bueno no, la única no. También era pobre. Un nadie[5].

Segunda:

El 16 de enero, según denunciaron desde el Consejo de Informativos de TVE, en un mismo telediario se dedicaron solo unos pocos segundos a informar de las denuncias del Consejo de Europa por las devoluciones en caliente de inmigrantes o a la comparecencia ante el juez por corrupción de Sonia Castedo, exalcaldesa de Alicante, mientras se empleaban casi cuatro minutos en informar del Día de la croqueta. La consigna #jesuiscroquette se difundió por el sistema interno de los trabajadores, como ironía para denunciar la banalización de los contenidos de los Telediarios[6].

Tercera:

Todos tenemos la tendencia a creer que nuestro pequeño mundo es el mundo entero; todos solemos medir la realidad por la vara de lo poquito que conocemos. Y, sobre todo, intentando no ver lo que nos duele, lo que nos incomoda. Esto es algo muy humano; es un rasgo incluso positivo para nuestro equilibrio psicológico, una buena defensa de nuestra mente[7].

Con estos ingredientes bullendo dentro de mí, macero una reflexión que no es nada original, pero que quería compartir, con todas las contradicciones de las que soy capaz, pero también, igual que los boxeadores, con la capacidad de encajar todas las críticas que ustedes me trasladen.

He aquí algunas de las motivaciones que me han llevado a acometer estas páginas que siguen, en las que me alejo de cualquier doctrina y con las que no tengo, ni de lejos, el ánimo, las ganas, la actitud o el conocimiento necesarios para dar lecciones de nada a nadie. Siempre me he sentido en el banco de los aprendices. Escuchando y preguntando. Tomando notas. Recogiendo ideas. Y con esa actitud escribo este libro, que está plagado de contradicciones, pero que intenta recoger la desazón que me provoca el silenzio stampa que se cierne con frecuencia sobre los desheredados de la tierra.

Es la primera vez, después de completar la eterna tesis doctoral, que afronto un texto que excede los límites del reportaje. Los periodistas, y parafraseo de memoria a Pedro Simón, bailamos con los textos en baldosas de ocho mil, diez mil, doce mil caracteres con espacios cuando es un reportaje. Bailamos pegados a la actualidad en escenarios mucho más pequeños cuando se trata de noticias de menor fuste. Incluso, en mi bitácora me autolimité a las 20 líneas de rigor que lleva en su cabecera. Por eso, esto me da cierto vértigo. Ahora me he amarrado a la cintura de un texto de más largo alcance. He pasado del spot publicitario al largometraje sin palomitas para contar lo que ya he contado con un café delante a muchos colegas, compañeros, familiares y amigos. A poner por escrito algunas ideas que comparto con otros. A contar lo que no he podido en otros textos ya escritos. Por eso, en determinados momentos de estas páginas me trasladaré a mi blog, a historias ya firmadas o a testimonios que recogí, guardé y que ahora entiendo que se ajustan a esta reflexión como una cuña de madera a una mesa que cojea.

En este contexto se enmarcan las dos entrevistas que aparecen en esta obra y que he publicado en Revista 21 en los meses de junio y agosto de 2015. Los entrevistados son los autores de dos de los libros que más me han impactado siempre. Uno, Pedro Simón, autor de Peligro de derrumbe, una novela en la que pone rostro a los caídos por la crisis que sacude nuestra sociedad. Duro. Muy duro. Otro, Martín Caparrós, autor de El hambre, título que me he ido bebiendo a sorbitos porque era incapaz de tragar tanta dureza de un solo golpe. Fabulosos ambos. Necesarios ambos, aunque nos duelan. Y les aseguro que duelen. Los dos han sido publicados en el momento de la gestación de Periodismo de mandarina (el de Martín Caparrós ya había sido publicado en Argentina a finales de 2014, y aquí llegó la edición española). Los dos me han dejado cicatriz. Por eso, no compartir sus palabras en estas páginas hubiera sido un delito. Su pensamiento va más allá. Sin el corsé que imponen los redactores jefe para que los contenidos cuadren con las páginas de la publicación, las conversaciones con Caparrós y Simón aparecen aquí sin los obligados recortes que precisaron en aquel momento.

Las dos han ejercido el rol de clase magistral de sendos profesionales que han mirado de frente a los que menos tienen y que se han arremangado para contarlo. Un ejercicio por el que como lector les estoy agradecido.

Como uno debe intentar aparentar lo que es, a partir del primer capítulo va buena parte de lo que ha sido mi vida profesional, en Volgogrado, La Habana, Sarajevo, Joló, Buyumbura o Caracas. O, mejor dicho, aquí aparecen muchas de las personas con las que por allí me he cruzado con mi bolígrafo y mi libreta. Todos esos lugares no son más que escenarios diferentes desde donde se radiografía la misma enfermedad, que es el empobrecimiento, el hambre y la falta de libertad de muchos hombres, mujeres y niños que solo han cometido la indiscreción de nacer en Volgogrado, La Habana, Sarajevo, Joló, Buyumbura o Caracas.

Con todo esto, Periodismo de mandarina no pretende ser más que el cuaderno con las anotaciones de un periodista. Nada más. Aquel que espere otra cosa quedará profundamente defraudado. También por este motivo, aunque he realizado estos viajes trabajando para una radiotelevisión local, una organización internacional de ayuda y una revista dedicada al África subsahariana, y en la mayoría de los casos he ido acompañado de buenos compañeros y algunos amigos de profesión y de vida, he preferido optar por la narración en primera persona, porque la visión y la reflexión es de la persona y del periodista. Como en el ritual del matrimonio, para lo bueno y para lo malo, son mis palabras. No responden ni al ideario ni a la forma de ver la realidad de la radiotelevisión, la organización de ayuda o la revista. Es la mía.

No pocas veces, después de aterrizar en el aeropuerto de Madrid me han asaeteado en una especie de rueda de prensa permanente sobre la cantidad, calidad y cualidad de la pobreza de las personas con las que he vivido algunos días. Me gusta responder con nombres, con circunstancias, con paisajes, con contextos. Sí, es cierto, cuando acometo uno de estos viajes de trabajo vivo y convivo con personas empobrecidas, aunque no todas y no siempre con el mismo perfil. Algunos lo son por falta de lo fundamental para garantizar la subsistencia. Otros lo son por falta de libertades. No pocos han heredado las consecuencias de guerras todavía cercanas. Los menos han sufrido alguna catástrofe humanitaria. Otros mezclan unos y otros factores.

Pero, y anticipo la conclusión a la que he llegado en estos meses de trabajo, casi nunca reciben el tratamiento informativo que merecen. Desde los medios de comunicación decidimos pasar página y focalizar nuestro trabajo en los de aquí, en los poderosos, en los que tienen algo que decir. En muy pocas ocasiones los empobrecidos y sus circunstancias son tratados en igualdad de condiciones en las mesas de nuestras redacciones. Somos egoístas y excluyentes.

Con todos estos ingredientes surge este texto. Si al final del proceso consigo como periodista (y también como ciudadano, nunca está de más) mirar mejor a los demás y, de paso, abro un pequeño resquicio para que la realidad de las personas empobrecidas no merezca un bocadillo vacío en nuestro ideario, habré logrado con creces la pretensión inicial y final de esto que ahora comienza.

Jamás he rehecho tantas veces un texto como este. Si a mis alumnos les repito en infinidad de ocasiones que para ser periodista hay que tener la humildad de escribir, y escribir, y escribir, y volver a escribir cada uno de los textos que tienen delante para que estos salgan cada vez más reposados, más justos con la realidad, mejores en definitiva, este ha sido un ejercicio práctico cercano a lo que les pido, una clase práctica que me hubiera gustado que vieran. Jamás me he sentido tan lleno de dudas como ahora con las palabras que ya habían salido y las que estaban por aparecer. Jamás me he creído tan insustancial como con este trabajo. No pocas veces he tenido la sensación de que, en definitiva, no he dicho nada de lo que quería decir. A lo mejor, también he pensado, es que no tenía nada que decir. Es posible.

Los italianos con buen sentido del humor reconocen que si uno de ellos, en una convocatoria del tipo que sea (una mesa redonda, una conferencia, un debate…) avanza que va a ser breve… es que no lo va a ser. Y esto era solo una introducción.

I. Rusia

 Un día de perros con frío[8]

Un día de perros con frío un hombre sentado en un taburete toca el acordeón en el centro de Madrid. Es la rutina del músico que tiene las notas incrustadas en los dedos y que propone un repertorio cíclico, con sonidos ya escuchados y melodías ya tarareadas, que se escucha hasta que el semáforo se convierte en un peatón pintado de verde. El músico tiene algunos años más que su abrigo, lleva un sombrero de fieltro oscuro y unas botas descoloridas en la puntera. En el suelo, un cestillo de mimbre con menos monedas que los dedos de las dos manos, y que apenas suman el valor de un bocadillo de cualquier cosa en cualquier bar. Junto a la famélica colecta, un cartón mal cortado con un pentagrama de palabras sencillas, agradecidas y ya sabidas por los que intuyen, escuchan y olvidan los acordes del acordeón cuando el muñeco verde comienza a parpadear y se alternan el blanco y el negro debajo de los zapatos.

En este día de perros con frío una chica está de pie junto al hombre y a su sombrero, su cartel, sus zapatos, su abrigo y su acordeón. Es una joven capicúa: sus botas riman en color con el abrigo y los guantes con el gorro. La bufanda, de tonos claros, es el verso libre del conjunto. Lleva tanto rato de pie que ha dado tiempo a que el último son del acordeón se apague, repose en el silencio, y vuelva a musicalizar la calle, como si fuera la banda sonora de un miércoles. Pero ella no está en eso. No ha intuido ni escuchado lo de fuera. Los cascos que lleva puestos se lo impiden. Es una pena.

 Karina vive en un rellano

El periodismo de provincias es una paradoja en sí mismo. La cercanía de las fuentes, de las instituciones, de los bares –donde tomar un café que te despeje cuerpo y mente en busca de un titular o de un argumento que no termina de aparecer en la cabeza– y, por supuesto, de las personas, hacen del ejercicio de la profesión en contextos de corto recorrido una gran escuela del periodismo. Muchos de los que nos hemos adentrado en el camino de contar las historias que afectan a la gente lo hemos hecho ahí («allí donde se oficia el más puro periodismo, en la información local, es donde se están cebando todos los elementos económicos, sociales y políticos. Es ahí donde se libra la mayor dificultad, la verdadera batalla»[9]). No es, desde luego, la única forma de aprender a mirar y contar la realidad. Es una más. Y en mi caso fue indispensable. Son espacios en los que las quejas (más frecuentes) o los halagos (menos explícitos) no te llegan a través de una carta, una llamada, un correo electrónico o un tuit. Los medios locales, especialmente en provincias, tienen en las calles una especie de antesala de la redacción en la que trabajas. Por eso aprendes que el lector, el oyente y el espectador son reales, tienen nombre, te plantan dos besos si lo mereces, o te recriminan –con cariño y en mitad de la calle si es preciso– aquello que no ha cubierto sus expectativas, que siempre son grandes. Los receptores están cerca. Las noticias, también.

Ahí aprendes que lo noticioso –o, más que lo noticioso, lo importante– flirtea entre carros de la compra, en medio de las monedas que van de ida o vuelta entre el monedero y la caja registradora; se diluyen o amplifican en las conversaciones que se multiplican en la entrada de cualquier comercio. Ahí te das cuentas de que las noticias, los acontecimientos, tienen a las personas como sujeto y como objeto directo, indirecto y circunstancial de sus guiones. Si quieres saber cómo funcionan las urgencias, no preguntes al consejero de Sanidad y déjate caer por la sala de espera del centro sanitario, donde las horas se derrumban como losas sobre los que ejercitan la paciencia. A más paciencia del enfermo y de los acompañantes, peor funcionamiento del sistema sanitario.

Si hay que escribir sobre patologías, recórrete las farmacias y pregunta por lo que va dentro de esas minúsculas bolsas blancas estampadas con cruces de color verde. Si lo que te interesa es conocer el funcionamiento de la escuela pública, no vayas al organismo oficial de turno. Mejor tómate un café sobre las nueve y cuarto de la mañana junto a ese grupo de madres y padres que todas las mañanas, en el bar de la esquina, liberan la tensión que conjugan las mochilas, los madrugones y los niños, una vez que estos ya están sentados en el aula.

Y así podríamos seguir. La gente siempre ha sido la mejor fuente informativa. Más fiable, desde luego, que los que nos gobiernan, aunque a veces nos obcequemos en tomar la limusina cómoda de la información oficial, en lugar del metro o el autobús, donde la vida celebra todos sus capítulos.

En aquellas pequeñas redacciones en las que me crié no había innumerables extensiones telefónicas y las mesas de los directores, los redactores jefe y el resto de la tropa estaban, la mayoría de las veces, a tiro de un golpe de voz más o menos fuerte. Eran los tiempos (curioso hablar ahora de esto) en los que Internet era casi un producto de lujo, cuando el peso de algunos teléfonos móviles oscilaba entre los 400 y los 500 gramos (aquellos Motorola con una antena que desbordaban cualquier bolso y que se parecían más a la caja negra de un avión que a un aparato útil para comunicarse), cuando las convocatorias a las ruedas de prensa –que siempre eran con preguntas– llegaban por fax o por teléfono y no existían ni las redes sociales ni los blogs. Ese era el contexto en el que me llegó la oportunidad de ir a Rusia a conocer la realidad de unos barcos de la II Guerra Mundial reconvertidos en capillas y que, en manos de sacerdotes ortodoxos, recorrían los ríos Volga y Don para atender a unas comunidades cristianas dispersas, olvidadas y casi criminalizadas durante la época comunista. Para aquel viaje, a finales de mayo de 1999, tuve que obtener mi primer pasaporte. Fue un abismo. Por la distancia, por la familia… Por todo. Una vez que solventas los imponderables de un viaje como aquel, y después de rumiar la experiencia a la vuelta, te das cuenta de que el ejercicio del periodismo en un pueblo de La Mancha o en la estepa rusa viene a ser lo mismo. Preguntar y escuchar (aunque hay veces que solo con escuchar es suficiente). Contextualizar y contar:

Conviene recordarlo ahora, en medio del debate sobre el porvenir del oficio y la encrucijada tecnológica. Si el periodismo tiene futuro no va a ser porque los móviles tengan más aplicaciones, los reporteros envíen de forma más rápida, las mesas dispongan de dos pantallas, los followers sean más o menos hiperactivos o todo Silicon Valley se ponga detrás de nosotros. Sino por gente como Javier (Espinosa): un tipo escuchimizado que va con un boli, entra, hace preguntas y toma notas[10].

Tras una escala en el lujoso Fráncfort y después del aterrizaje en el aeropuerto moscovita de Sheremetyevo, nos trasladamos en autobús por la típica circunvalación capitalina hasta otro aeródromo internacional, el Domodédovo, aunque más bien la imagen que guardo de este último es la de una estación de autobuses de provincias en España, de esas que conocieron nuestros padres o abuelos, o que nosotros hemos visto en películas protagonizadas por Paco Martínez Soria. Cuando he tenido que contar cómo era aquel aeropuerto, este es el cuadro que he utilizado. El atrezo de aquella terminal estaba compuesto por bancos alargados de madera y muchas personas descalzas, gran parte de ellas de apariencia o edad avanzadas –o ambas–, con paquetes envueltos de forma artesanal, probablemente en casa, precintados con cuerdas y con el nombre y la dirección escritos con bolígrafo o lapicero en caracteres cirílicos.

Hacía pocas horas que había estado deambulando por el lujoso aeropuerto alemán, uno de los más deslumbrantes y de mayor tránsito del continente europeo. Y un rato antes, en el otro aeropuerto moscovita, donde un perrito caliente y una cerveza se vendían a precio de barril de Brent en sus mejores cotizaciones. Ahora andaba, ojiplático, entre cajas envueltas en medio siglo de historia, entre gente maquillada con una vejez que, es posible, todavía no hubieran alcanzado en su DNI. Sin darme cuenta, había retrocedido en el tiempo, o al menos eso parecía. El contraste fue grande. Allí cerca, dependiendo de qué pasillos de qué aeropuerto pisaras, ya había diferencias. Uno era lujoso. El otro, antiguo y desgastado. Uno era rico. El otro, no.

Después de cenar un plato de sopa con innombrables elementos flotando en el líquido elemento, tomamos un avión rumbo a Volgogrado, la antigua Stalingrado, donde el ejército hitleriano fue vencido por un enemigo llamado frío. El monumento a la Madre Rusia, de eterno hormigón y con la misma estética que guardan los homenajes que se hacen a sí mismos los sistemas totalitarios, presidía una ciudad reconstruida sobre tonos grises y ausencia de belleza. Ni una maceta con una flor, ni un acicalado que agraciara aquellas calles, aquel escenario del horror antiguo y del orgullo nacional. Nada. Si tuviera que poner un título a aquella ciudad optaría por uno aburrido y tópico, a juego con aquellas calles, «La ciudad triste», u otro un poco menos aburrido pero igual de insulso, «La ciudad que no tenía flores». El hotel en el que nos alojamos, también de nombre Volgogrado, era tristón, a juego con lo que había de puertas afuera. El vestíbulo, en modo alguno te trasladaba a otra época. Antiguo lo de fuera, antiguo lo de dentro. Construido hacía décadas, su mobiliario parecía crionizado también en aquellas épocas.

La traductora que nos acompañaba, Karina, era tan delgada como la tela de una camisa de seda. Joven, vestía cara triste, pelo a mechas y ropa también triste. Conocedores de la dificultad para encontrar y pagar algunos productos elementales (algo habitual en aquella Rusia que había incluido en sus libros de historia el término «Perestroika» hacía no demasiado tiempo), mi compañero Ángel Luque –cámara y técnico de sonido del documental que íbamos a grabar– y yo decidimos dar a Karina gel, champú y pasta de dientes, más aquello que llevábamos duplicado y que no íbamos a necesitar. Entregamos a aquella chica, en la puerta de nuestra habitación, aquel pequeño paquete de productos de higiene más una moneda de 25 pesetas, aquellas que tenían un agujero en el centro. Se la ofrecimos como si fuera una versión española de la moneda de la suerte.

La imagen fue de postal. A base de gestos y con pocas palabras tuvimos que hacernos entender. La chica estaba a tres palmos de dos jóvenes españoles que la agasajaban con productos que eran de auténtico lujo en aquellos tiempos en aquellas tierras. Karina no hizo ademán de entrar en la habitación. Y nosotros no hicimos ademán de que entrara. Pero por su rostro dio la impresión de que le asaltaba la duda. Qué querrían aquellos dos tipos a los que acababa de conocer y que la ponían una pasarela con forma de pasta de dientes, gel, champú, bastoncillos y poco más. Al final, a base de insistir que aquello era para ella y para su familia, Karina se fue feliz y convencida de que no había segundas intenciones. Y arrancó pasillo adelante con aquel pequeño cargamento bajo aquellos brazos del grosor de un manojo de fideos.

Al cerrar la puerta, después de bromear sobre las dificultades de la comunicación, nos preguntamos cuántas mujeres habrían tenido que cruzar los umbrales de la puerta de habitaciones de hoteles cochambrosos y de tez antigua a cambio de un gel, un champú y una pasta de dientes.

Karina desde aquel momento, no se separó un instante de nosotros hasta que abandonamos Volgogrado camino, de nuevo, de Moscú en unos Túpolev poco sensibles para pasajeros corrientes. Algo así como el pasaje del terror o la noche de Halloween para niños miedosos.

La estepa rusa nos puso ante algunos contextos interesantes. Uno de ellos, el clima. Las temperaturas llegaban a mejorar, en los mejores inviernos, los -40 grados centígrados; mientras que en los veranos más rumbosos invertían el signo, y se llegaba a los 40 grados sobre cero. Curioso de contar, pero tremendo de vivir, sobre todo para los que no tenían las viviendas adaptadas para ese frío –que eran muchos–, o para los que no podían echar nada a la chimenea o pagar la factura del famoso gas ruso. Otro escenario relevante era el que trazaba el alcoholismo, que doblegaba a las personas a base de vodka antes de sucumbir de congelación.

Lo que arruinó el alcohol, y de lo que fuimos testigos, fue la voluntad de un novio que se iba a casar con su prometida a bordo de un barco capilla atracado en la orilla del Don, cerca de Serafimovich. No es que el joven y ebrio varón se diera cuenta en aquel momento, gracias a los efluvios del vodka, de que la novia no era la mujer de su vida; simplemente no se tenía en pie. Los amigos que le acompañaban en el mismo minibús en el que también nosotros llegamos hasta la barcaza, le empujaron sin disimulo a las aguas del río. Vestido de novio, evidentemente. Mientras, la novia, resignada, se sentó junto a sus amigas en la hierba, en la ribera, a esperar lo que nunca llegó. Para nosotros, aquella no-boda fue la noticia. Para ellos, no hubiera sido ni un suelto perdido en una columna perdida en una página par de sus vidas. O sea, casi nada.

La boda no se celebró, y los novios se marcharon, sin dramas, cada uno por su lado. Y nosotros por el nuestro, camino de una pequeña comunidad de cosacos de la estepa, donde nos cantaron a la puerta de sus casas y nos obsequiaron con el pan y la sal, símbolos de la hospitalidad, que fue mucha. Primero a través de la música; después, en forma de hogaza y pellizcos salados. Era la costumbre, pero no tenían pinta de guardar mucho más dentro de sus despensas. Tenías que comer sí o sí. Cualquier otra opción se traducía como ofensa o desprecio. Como también había que bailar, sí o sí, con sus mujeres a la orilla del río. Cuando el marido te coge del brazo y te enrosca con el de su mujer, de ojos más azules que un cielo manchego, tienes que decir sí o sí. No hay opción. Cualquier otra respuesta significa también ofensa o desprecio hacia la mujer. Y bailas mal, torpe o como quieras. Pero bailas. [Cuántas veces me he congratulado de que aquello tuviera lugar antes del tsunami de las redes sociales, los teléfonos teóricamente inteligentes y la fascinación por certificar con fotos o vídeos cada paso que damos. En esta coyuntura, aquello sería hoy de obligado visionado por parte de amigos y de menos amigos].

Carretera y manta, destripamos las entrañas de la vega del Don en cuatro o cinco días de mucho kilometraje y no menos baches. Tan solo pasar de una orilla a la otra del Don, uno de los principales afluentes del Volga, se convertía en una aventura o en un par de horas perdidas porque el puente por el que puede cruzar el autobús no es el siguiente ni el siguiente, sino el otro. Y cuando cruzas, y te metes por un camino de antiguas cabras soviéticas, alcanzas un arenal en el que el vehículo queda varado como una ballena desnortada. Media rueda metida en la duna. A empujar, a beber cerveza caliente o zumos caducados, y a resoplar hasta que un tractor antiguo y eficaz a partes iguales te saca de allí con el día casi perdido.

Aquellos días la vida fue así. Una toma constante de decisiones. ¿Por este puente o por el siguiente? Por el siguiente, porque podremos pasar mejor y ahorraremos tiempo. ¿Por la derecha o por la izquierda? Por la derecha, que atajamos y recuperamos las horas descarriadas. ¿Vadeamos la arena por un lado o intentamos pasar por el centro? Segunda opción. ¿Noche en hotel o en monasterio ortodoxo perdido de la mano de Dios? Ahí dudamos más. El conductor del autobús tomó parte en la aventura con su inglés rudimentario. «It’s a very good hotel», nos dijo, vuelto hacia nosotros y con las dos manos apoyadas en el volante. Era ya de noche. Teníamos la intuición despistada tras el día de frustrantes elecciones equivocadas. Después de estar jugando todo el día a rojas y pares, decidimos hacerlo a negras e impares. Y dimos una nueva oportunidad al chófer con el que no nos hubiéramos apostado ni los buenos días. Y perdimos. Para ilustrarlo solo dos imágenes. Junto al váter había un agujero desde el que se veía el baño de los vecinos de la planta de abajo. El papel pintado de las paredes se utilizaba como papel higiénico.

Era Europa. Era Rusia. Cerca de Volgogrado, la antigua Stalingrado, uno de los símbolos del país.

Dormí vestido y con calcetines.

Nosotros por obligación y una mala elección pernoctamos allí. Pero el hotel no estaba vacío.

La noche siguiente dormimos en Moscú. En la planta 13 o 14 de un hotel desde el que se divisaba toda la ciudad. Dos noches después, en casa. Al tercer día, ya estábamos de vuelta en la redacción, para contar el devenir de aquellos barcos de guerra tuneados como lugares de oración, pero también para no olvidar el contexto que quedó desenfocado de aquella historia.

El primer día de colegio, el primer gol, los primeros novietes o novietas, el primer reloj y, ahora, el primer móvil o la primera tableta. Lo primero siempre es especial. Partes de cero. Arrancas en la primera posición y no ves la realidad con espejo retrovisor. Solo miras hacia delante. También para nosotros, los periodistas, hay primera vez. Mis primeras piezas en el periódico de provincias en el que escribí fueron breves, sueltos, noticias de poca monta. Mi primera entrevista en la radio estuvo protagonizada por la grabadora, que se quedó sin pilas. En mi primer informativo estrené y terminé una botella de agua de litro y medio o dos litros. Eran también mis primeros nervios delante del micrófono. Mi primer documental fuera de nuestras tierras fue el de Rusia. El primer nombre, el de Karina.

 Los empobrecidos intermedios

No es un recurso periodístico muy elaborado ni desde luego original arrancar un texto con una definición del Diccionario de la Real Academia Española. Pero, sin embargo, sí es clarificador. O, en teoría, puede serlo. Como no es el inicio del texto ni pretendemos convertir esto en modelo periodístico a imitar, tomamos la RAE. «Pobre», indica en sus páginas, es alguien «necesitado, que no tiene lo necesario para vivir». Si vamos al registro «pobreza», encontramos «cualidad de pobre», «falta, escasez» y «escaso haber de la gente pobre», entre otras acepciones. La búsqueda, sencilla y rápida, es poco productiva para lo que pretendemos.

La RAE, precisa en el juego de significantes y significados, no es de gran ayuda para comprender cómo y por qué los medios de comunicación hablamos poco, o muy poco, de los que tienen escasos recursos económicos. Y, sobre todo, no es precisa para aclarar, en primer lugar, de quién ni de cuántos estamos hablando cuando nos referimos a los empobrecidos.

Algunos organismos, como el Banco Mundial (BM), y algunas iniciativas, como los Objetivos de Desarrollo del Milenio, ofrecen algunas pistas para determinar quién está en situación de pobreza y en qué grado. Una de las cifras es la cacareada del euro o del euro y veinticinco céntimos por día (poco dinero, en definitiva). Menos de eso, pobreza severa. Si superas esa cantidad, sales del pozo. ¿Con dos euros por día ya no eres pobre severo? Según el BM, no.

Pero no todo es tan preciso, ni tan sencillo como establecer una cifra, el montante del ingreso diario. Según el BM, las personas que no alcanzan esos 1,25 euros diarios son más de 1.200 millones de personas. Una barbaridad. Sin embargo, según el centro independiente de estudios Overseas Development Institute (ODI), esa cantidad se podría ver incrementada en 350 millones más. Casi un 40% de incremento. Pero ahí no se detiene el cúmulo de imprecisiones. Según este organismo, del mismo modo que no se conoce el número de empobrecidos estándar, aquellos que engrosan las listas, tampoco se conoce el número de niñas que contraen matrimonio antes de la mayoría de edad, y que suelen justificar las bolsas de pobreza de muchos lugares del mundo; como tampoco el porcentaje de mujeres pobres en el planeta; el número de niños de la calle o, el punto de no retorno, qué cantidad de personas se acuestan con hambre en el mundo. Demasiadas lagunas, muchas, tantas como para no fiarnos demasiado de las conclusiones que sacamos, o que sacan por nosotros, de esos datos.

Una de las investigadoras del ODI, Quartz Elizabeth Stuart, señalaba que «damos por supuesto que las estadísticas se basan en datos empíricos y que tienen un carácter científico o empírico, pero en muchos casos no es así, sino que son fruto de estimaciones o de negociaciones políticas»[11]. Estimaciones o negociaciones. Haciendo cálculos con el sufrimiento de los demás para, en última instancia, no saber ni cuántos son, ni cuándo traspasan la barrera que los pone al otro lado.

Hasta para ser catalogado como empobrecido hay que cumplir unos requisitos, hay que pasar unos filtros. Todo se contabiliza. Todo se computa. Hasta la dignidad. Los medios y los que allí trabajamos parecemos en ocasiones, como me dijo el periodista Pedro Simón, porteros de discoteca. ¿La noticia? Pasas o no pasas.

Las muertes por alcoholismo. El frío que se calaba por aquellas humildes ventanas. Karina. Y aquellos cosacos del pan y la sal. Cuando regresé de Rusia comido por los mosquitos (porque me aventuré a ir a las orillas del Volga sin un buen repelente de insectos), mis notas llevaban esos nombres y esas circunstancias.

Los contextos en los que se movían los cosacos, nuestra traductora o los habitantes de Serafimovich no se acercaban, ni de lejos, a la parte baja de los estándares donde muchas instituciones ubican la normalidad, o eso que llamamos –en un eufemismo en estado puro– estabilidad económica de la unidad familiar. Los matices de todos ellos, las connotaciones de su día a día, lo dejaban claro para los que los conocimos. Pero si tuviéramos que hablar de su vida, tendríamos problemas para encuadrarlos –según los baremos que llegan a las redacciones– a un lado u otro de esa línea que delimita quién vive en la pobreza y quién no.

Eso es, precisamente, lo que ocurre con aquellos que, según los organismos oficiales, viven por encima del umbral de la pobreza pero que no alcanzan ni siquiera a rozar lo que a otros les parece insustancial. Es, en muchas ocasiones, vivir al límite. Es vivir con el «no» por delante, como barrera frente a lo que uno se encuentra por delante.

Roger Senserrich lo cuenta con precisión en Ser pobre es una mierda. El contexto, una mujer que pide ayuda social en Nueva Inglaterra (Estados Unidos). Madre de dos hijos, a los que cría sola. Pide ayuda pero gasta parte de lo poco que tiene en tabaco y en una cuota de televisión por cable. Caprichos en medio de la nada. El funcionario le reprende porque podía gastarse ese dinero en algo que fuera necesario, no en el lujo absurdo:

Ser pobre –me contó– es no poder hacer nada, nada en absoluto; es no poder ir a comer fuera, no poder llevar a los niños al cine, no poder comprarles juguetes o llevarlos a la ciudad. Es no poder apuntarlos a actividades extraescolares, porque no podía salir temprano de uno de sus dos trabajos para ir a recogerlos. Desde que recordaba, la palabra que más había repetido a sus hijos era «no». Dejarles sin Bob Esponja, sin poder hacer nada más que sentarse a mirar la pared cuando estaban en casa era demasiado. Y por supuesto, no era solo por sus hijos. Sin televisión, sin ese pequeño lujo que apenas podía pagar, no se veía capaz de aguantar esos días que volvía del trabajo a las once de la noche, cansada y oliendo a McDonald’s, sin perder la cabeza. Ver la novela grabada y fumarse un cigarrillo. Era eso o no poder más[12].

Senserrich no lo dice, pero me atrevo a afirmar que esa mujer de la que habla en su reportaje contaba con más de 1,25 euros por día.

La pobreza que me encontré en Rusia era muy peligrosa por encontrarse en tierra de nadie. Una pobreza con muchos matices y muy difícil de explicar. Los que la sufren, paradójicamente, no son tales según los datos oficiales, aunque muchos días ellos se sientan como pobres. No merecen la atención de los organismos de ayuda ni aparecen en los anuarios ni en los informes de ningún organismo. Son una buena noticia para su Gobierno y una ausencia de noticias para los medios de comunicación. Son la no-noticia perfecta. Gente corriente. Vidas corrientes. Sufrimientos corrientes. Nada que contar.

Karina puede que nunca sea noticia; es posible que no justifique ningún despliegue informativo. Karina no era pobre para nadie, salvo para ella misma. Estaba entonces en el metafórico rellano de una escalera. Solo a falta de que los periodistas o los organismos internacionales determináramos si estaba subiendo o si estaba bajando o, en el peor de los casos, hiciéramos como la chica del relato que abre este capítulo, que pasó indiferente delante de la historia y de su protagonista.

II. Bosnia y Herzegovina

 ¿Por qué no habré nacido en África?[13]

«¿Por qué no habré nacido en África?». El obispo de Banja Luka, Franjo Komarica, puso voz a su pensamiento poco antes de despedirnos. Estábamos, lo recuerdo bien, cada uno a un lado de una mesa cubierta con un mantel de flores y un par de vasos con un culito de rakia, el típico licor de su país, Bosnia y Herzegovina. En sus ojos no había esa luz propia del que desea irse al continente africano como el maná que alimenta toda una vida. En sus ojos, en sus manos, en sus gestos, había desencanto, tristeza y poco consuelo.

«¿Por qué no habré nacido en África?», se preguntaba el hombre que me cautivó mucho antes de conocernos, cuando escuché hablar de él, cuando leí su historia, su vida, su resistencia. «Humanamente, somos los restos de la Iglesia», justificó su inquietud tres segundos de silencio más tarde.

Acostumbrado como estoy a manejar preguntas, respuestas y silencios, todavía me siento interpelado por esa secuencia protagonizada por Komarica. La pregunta, la respuesta y el silencio llegaron a mí acompañados por su pelo blanco, su voz radiofónica y su firmeza a prueba de bombas; y en este caso no estoy haciendo una metáfora. Y después de pregunta, silencio y respuesta, me entrometo en la vida de este valiente. Creo que este hombre no ha nacido en África porque la gente de su país, en el corazón de Europa –no lo olvidemos–, no se puede permitir que deje de estar con ellos.

 El puchero de Kaja Blazévic

El Pijaka Market es uno de los mercados callejeros más importantes de Sarajevo. Como todo mercado bullicioso y colorido, mezcla los puestos con niños, madres, listas de la compra, bolsas llenas, bolsas vacías, dedos señalando el producto deseado y gritos con ofertas de un teórico buen género, que aquí casi siempre lo es.

Cambian los idiomas, cambian los lugares, cambian las costumbres, pero no el ser humano. Un mercado de cualquier rincón del planeta es una oportunidad abierta para contemplar a cualquier individuo en el trance vital de adquirir los productos necesarios para su subsistencia. Más o menos grandes, más o menos surtidos, más o menos diversos en la mercancía que se vende, los mercados se han convertido en uno de los espacios más importantes de nuestras sociedades. En este del centro de Sarajevo se vende fruta y verdura.

Llevaba ya una semana larga en Bosnia y Herzegovina cuando pasé por allí. Los puestos de venta se acurrucaban a un lado de la calle Mula Mustafa Baseskije, bajo una carpa metálica donde los tenderetes se distribuían en un damero perfecto. Delante de la acera, en paralelo por delante de todo el conjunto, discurría el tranvía. Cada pocos minutos este pasaba ruidoso delante de mercancías, tenderos y compradores. Eso cuando no tenía algún obstáculo que le obligaba a detenerse, cosa que ocurría con frecuencia por la mañana, cuando los proveedores del mercado aprovechaban para dejar el género. Esa mañana un vehículo blanco y antiguo había estacionado sobre los raíles, y el convoy tuvo que esperar. El conductor del coche gesticulaba con su mano derecha un perdón que se repitió cinco o seis veces; tantas como viajes precisó para bajar la carga de acelgas que llevaba en el maletero del vehículo. Algunos viajeros contemplaban el mercado y la acción. Otros, miraban hacia el suelo o para otro lado. Otros leían. A algunos la obligada parada les obligó a recordar.

El 5 de febrero de 1994, en los estertores de la Guerra de los Balcanes, en este mercado murieron 68 personas y otras 200 resultaron heridas. Buscaban la poca ayuda humanitaria que lograba romper el cerco de Sarajevo cuando estalló la bomba, lanzada desde una de las colinas que rodean la ciudad.

Pero este día de otoño, que transcurría al trantrán de un día de diario, el mercado no era noticia, aunque hubiera más vida que en los parlamentos de medio mundo. Solo se vendían acelgas, patatas y otros productos de la tierra. Solo aparcaban coches para estorbar al prójimo. Solo pasaba con trote cochinero un tranvía que no es, desde luego, el mayor atractivo de la capital de Bosnia y Herzegovina, también conocida como la Jerusalén de Europa por su historia de convivencia entre fieles de las principales confesiones del planeta.

La capital bosnia es también recordada por ser el lugar donde se fraguó –o se rubricó la excusa– para la I Guerra Mundial, con el asesinato en sus calles del archiduque Francisco Fernando de Austria, en 1914; también por ser historia moderna de los conflictos bélicos, por ser protagonista de uno de los cercos más largos de cuantos haya sufrido la población civil en medio de una guerra: 43 meses.

Murieron 11.000 personas, entre ellos 1.600 niños. Algunos, o muchos de ellos, en la plaza de los Niños de Dobrinja, un lugar alejado del centro e indiferente para la vista. Ni bonito ni feo. Ni alegre ni triste. Insulso. Bloques de viviendas levantadas con un tipo de ladrillo del que se utiliza en los barrios proletarios de cualquier ciudad. Bloques de cinco o seis o siete alturas, con ropa tendida en muchos balcones. Ventanas de aluminio color aluminio. Locales comerciales en los bajos, coches aparcados por doquier. Podría ser Vallecas o Mataró. Es la típica construcción de los barrios obreros de medio mundo; ajenos a la estética, pero capaces de acoger la vida y el barullo de las familias habituadas a la brega cotidiana, a debatir cada fin de mes con los restos de unas nóminas casi siempre exiguas. Algunos abuelos, sentados en bancos poco elegantes, vigilan el devenir de sus nietos. Como en cualquier otro sitio.

Este barrio de trabajadores fue levantado en plena expansión de la ciudad, cuando Sarajevo se prestaba a celebrar los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984. Pocos años después del brillo de la cita olímpica –cuyo logotipo metálico está incrustado todavía en las aceras de algunas calles céntricas de la ciudad– llegó la Guerra de los Balcanes. Y Dobrinja fue uno de los lugares marcados en negrita y cursiva de aquel conflicto. Situada a unos 200 metros del frente, en esta plaza murieron muchos niños que buscaban jugar un rato con otros como ellos. Por ellos, la plaza lleva hoy su nombre. En los laterales de algunos de estos edificios, las marcas de los disparos recuerdan lo que allí pasó. El silencio de los mordiscos que balas, morteros y granadas provocaron en las paredes, convierte en diario el aniversario de lo que terminó hace dos décadas.

Ajenos como han estado en mi profesión los destinos donde se cuecen las guerras y los grandes conflictos del planeta, me sorprendió que Sarajevo, igual que el resto del país, permaneciera tiroteado 20 años después de aquello. Aunque son muchos los edificios que se han rehabilitado, todavía son muchas las paredes que guardan incrustada la metralla. El rostro de muchas viviendas parece el de un adolescente picado de viruela. Marcas por todas partes. Marcas que no puedes disimular. Marcas hacia las que se van los ojos por mucho que quieras evitarlo. Marcas de una guerra.

A la sombra de edificios y balazos en esta plaza de Dobrinja, varios tubos arqueados, agujereados y oxidados flanqueaban la entrada del búnker de guerra que el ejército bosnio y la población musulmana utilizaron durante el conflicto. Eran los respiraderos del refugio que después se convirtió en mezquita y ahora acogía la parroquia de San Francisco. Era uno de los seis que se construyeron en el barrio. Podían garantizar la seguridad de sus ocupantes, sin necesidad de abrir sus puertas durante un mes. Imponía respeto el portón del búnker; como también la humedad y el frío, empadronados en este espacio en el que faltaba el oxígeno y al que muchos parroquianos no querían ir porque les traía demasiados recuerdos o porque padecían claustrofobia. A Pero Karajica, la humedad y el frío le habían dejado el regalo de una tos de ida y vuelta, pero que se dejaba oír tras el paso decidido y veloz de este franciscano que estaba al frente de la parroquia desde hacía años.

El acceso a la iglesia no era, desde luego, una arcadia feliz. Antes de bajar los escalones que conducían al antiguo refugio, una chapa metálica, corroída y despintada, informaba de la existencia de la parroquia. Una cancela de sencillos barrotes –también oxidados– franqueaba el paso a unos pasillos subterráneos que llevaban al templo. Ese itinerario, tan desalentador como el paisaje de la plaza, debía acoger un pequeño centro comercial. Pero de eso quedaban tan solo los neones de una conocida marca de lapiceros, puertas cerradas, cristales rotos y suciedad por todas partes. Ni un atisbo de vida, de clientes, de nada.

La parroquia de San Francisco siempre había permanecido bajo tierra. En sus orígenes, después de la guerra, estuvo en un sótano. Desde 2005, bajo la plaza, en el búnker. Pero los que allí iban no se acostumbraban a estar así. Y las condiciones del templo no facilitaban las cosas. Como es obvio, al estar bajo tierra nunca entraba ni un rayo de sol ni una brizna de calor. Además, cada dos meses el búnker se inundaba con las aguas residuales del barrio. Era un sitio insalubre e inhóspito, que solo se salvaba por la fe de sus feligreses.

El 90% de la población de Dobrinja era musulmana, en un barrio de unas 35.000 personas. Los católicos apenas superaban los 620, menos del 2%, agrupados en unas 300 familias. Pero los hechos certificaban que los que se refugiaban con frecuencia en la parroquia apenas alcanzaban los 100. Las cifras se reducían casi día a día. Pero la realidad era así en Dobrinja, como en el resto de Sarajevo y de toda Bosnia y Herzegovina, donde la población católica era minoritaria. Y aprendió a vivir así en este país mezcla de razas, culturas y religiones, que se desangró entre 1992 y 1995, y que todavía no había aclarado con nitidez hasta dónde llegaba el límite que separa la identidad ética y religiosa de croatas católicos, bosnios musulmanes y serbios ortodoxos.

Las primeras líneas de mi cuaderno del viaje a Bosnia trazaban una difusa tarta con los porcentajes de la población, de su origen y de su confesión. Cerca del 45% eran bosnios musulmanes; el 35% eran serbios ortodoxos; el 10%, croatas católicos. El resto, sin determinar. Con una especie de contrato chapado a la antigua, donde la indisolubilidad es casi tan importante como en los matrimonios, en Bosnia y Herzegovina el origen étnico y la profesión religiosa no se desengancharon –ni se desenganchan– casi bajo ningún pretexto. Lo demás, en tiempos de la guerra, fue secundario. Hoy es posible que también. En esas primeras notas de mi cuaderno señalé (y transcribo): «¿Convivencia? Sí, pero cada uno en lo suyo». A medida que avanzaba por ese país, reafirmaba esas pocas palabras. Además, la diferencia étnica y religiosa en la actualidad también llevaba aparejada cierta distribución geográfica. En Bosnia, en el norte, la población ortodoxa. En Herzegovina, desde Sarajevo hacia el sur, la musulmana. Los católicos se congregaban en torno a Mostar.

La comunidad católica, minoritaria prácticamente en todo el país, es especialmente pequeña en Banja Luka, al norte. Allí la mayoría sociológica y religiosa la conforman serbios ortodoxos. Aunque el sufrimiento no fue pequeño, la ciudad (hoy habitada por unas 200.000 personas) no fue bombardeada como Mostar ni fue sitiada como Sarajevo. Aquí fue tal la fuerza del ejército serbio que bosnios y croatas se limitaron a apretar los dientes y sufrir, se marcharon o murieron. La guerra tuvo tintes militares y políticos, pero también sociales y religiosos. Por eso en Banja Luka el recuento es de víctimas, pero también de las infraestructuras que cayeron en combate: 18 mezquitas y 10 templos católicos. Si se destruían los lugares de culto, se profanaban sus imágenes (en el caso de las iglesias católicas) y se perseguía a sus líderes religiosos, llamáranse estos imanes o sacerdotes, los enemigos se dispersarían y desaparecerían.

Esta técnica de guerra se aplicó en la parroquia de Santa Teresita, en Presnace, donde el sacerdote Philip Lukenda y una religiosa, Cecilia Grgi, se negaron a abandonar a su gente. Entre amenazas lograron sobrevivir para acompañar a los vecinos de la zona, hasta que los encerraron en unas dependencias de la parroquia, los torturaron, los asesinaron, los quemaron con fósforo y después volaron la iglesia con una carga explosiva cuya detonación se escuchó a 10 kilómetros de distancia. Era el 12 de mayo de 1995. Los vecinos que no huyeron –la mayoría de los que salieron lo hicieron hacia la vecina y católica Croacia– fueron expulsados. Muchos de ellos no han vuelto, ni volverán. Otros sí lo hicieron.

Cuando llegamos a Presnace preguntamos por alguien que conociera la historia, que supiera quiénes eran Philip y Cecilia. Y apareció Kaja Blazévic, de edad difícil de determinar, con el aire de esas mujeres de Europa del Este que no son jóvenes, desde luego, pero que no tienen obligatoriamente que ser mayores. ¿Sesenta años? ¿Sesenta y cinco? Kaja Blazévic estaba haciendo la comida cuando la localizamos. Ropa humilde y cara de buena gente, Kaja comenzó a desglosar una historia que coincidía con los datos que nos habían contado. Y apuntó alguno más, como que de los dos religiosos solo quedaron algunos restos óseos, y que a partir de ahí la comunidad católica comenzó a ver reducido su número. De más de 2.000, a poco más de 120 ahora. El ejército serbio había cumplido el objetivo. La mayoría de los que se quedaron, igual que Kaja, era en este momento gente mayor de edad indeterminada.

Uno no sabe por qué, pero el rostro de la gente es también el disco duro de una sociedad. Y las arrugas de Kaja Blazévic eran el certificado del dolor. Del suyo y de los suyos. Cuantos más surcos trazando vueltas y revueltas por su frente, su entrecejo y sus mejillas, más lágrimas, más sufrimiento. Más guerra, en este caso.

El templo, que fue dinamitado por el ejército serbio, se reconstruyó. Allí, a sus pies, en una capilla, había un Cristo mutilado. La imagen originariamente estaba en el cementerio de Santiago, de Presnace. Utilizaron un hacha para que las heridas fueran irrecuperables en la talla. Mutilado de guerra, el Cristo fue arrojado a un basurero, de donde lo recuperaron los parroquianos. Se lo llevaron al monasterio de los trapenses y, después, a la nueva iglesia. Hoy este lugar es un centro de peregrinación. Gentes de todos los lugares vienen a rezar al lugar en el que murieron el sacerdote y la religiosa, hoy convertido en un sencillo oratorio. Cerca está clavado el Cristo mutilado, que sigue así. Dolorido. Desmembrado. Recordando lo que pasó y lo que puede pasar de nuevo si alguien no hace bien las cosas.

Gentes de todas partes, y gentes como Kaja Blazévic. Que volvió a su casa, a terminar el guiso que tenía entre fogones cuando llegamos. Era, probablemente, la primera vez que alguien le preguntaba por lo que pasó.

El país, a pesar de los acuerdos de paz de Dayton sigue siendo muy complejo. Bosnios musulmanes, serbios ortodoxos y croatas católicos siguen compartiendo el país a partes desiguales. Hoy, sin embargo, nadie apostaría 20 céntimos de euro a la denominación de Sarajevo como la «Jerusalén europea» por dos motivos, que en realidad es uno solo: ni Jerusalén ni Sarajevo son hoy modelo de convivencia.

En los últimos días en la capital bosnia nos acercamos caminando a visitar la catedral con dos franciscanos vestidos con su hábito de estameña marrón amarrado a la cintura por el cíngulo. Uno de ellos era Pero Karajica, el cura del búnker. El otro, Stipan Radic, director del Pan de san Antonio, una de las grandes obras sociales que desarrollaban los franciscanos en Bosnia y Herzegovina, a cuyos beneficiarios nunca preguntan por el pasado, por el credo o por la procedencia.

En franca minoría, relativamente discriminados por la mayoría musulmana, y poco queridos por bosnios y serbios, hay ocasiones en las que quieren mostrar a los demás que también forman parte de esa tierra, que son tan bosnios como ellos, y que quieren tanto a su país como ellos. Bastaría para ello con echar un vistazo a obras sociales como la que dirige Radic, desparramadas por este país del tamaño de Galicia. Pero a veces hay que dar un paso más y, al menos con el deseo de mostrar normalidad, explicar con su sencillo hábito marrón que tienen derecho a mezclarse con los demás por las calles de cualquier localidad.

El paseo generó el efecto cámara oculta, el que provocaba que alguien sorprendiera al resto de la ciudadanía por hacer o llevar algo que va contra natura. En este caso, el hábito. Incluso, cerca de la catedral coincidimos con una fila de jóvenes que esperaban para adquirir las entradas para un partido de la selección de fútbol local contra el combinado portugués liderado por Cristiano Ronaldo. Miradas. Más miradas. Reprobación. Gestos. Palabras por lo bajo. Algún tímido silbido. La cosa no pasó de ahí. Pero normalidad, desde luego, no se apreciaba.

Para revertir el regusto amargo que la escena había alojado en nuestro paladar, como si nos hubiéramos zumbado de un trago un vaso de rakia, el licor típico del país, los franciscanos nos invitaron a un café y un dulce. En este contexto posbélico había quien aprendió a desdramatizar, y entre dulce y dulce, nos enseñaron la tarjeta de visita de un amigo diseñada con varios agujeros en esa pequeña superficie de papel. Simulaban un par de disparos. Humor negro. Humor bosnio en un país que dejó de ser noticia y que, en ocasiones, parece que no interesa ni a los propios nacionales.

—¿Qué habría que hacer para pedir la nacionalidad bosnia si quisiese quedarme a vivir aquí? –pregunté a Filka, nuestra traductora, y a Dávor, un joven sacerdote de Banja Luka que nos acompañaba también estos días.

No tenían ni idea.

—Probablemente ni esté regulado. ¿Quién va a querer quedarse a vivir aquí?

Amer, un joven estudiante musulmán, nació en Hannover (Alemania). Sus padres fueron de los que tuvieron que salir. Su familia era de Banja Luka. No tenía dudas. Quería regresar a tierras germanas.

—Aquí no funciona nada. Eso sí, deseo volver alguna vez para ayudar a reconstruir mi país.

Muchos bosnios amaban a su país en diferido. Amor para luego, para más tarde. Parecía el proyecto de un país forzado, en el que las raíces quedaron a la intemperie y no había nada que las hiciera arraigar.

Bosnia y Herzegovina, este pedazo de Europa que ardía en una guerra cuando nosotros festejábamos a los nuestros en el tartán de los Juegos Olímpicos de Barcelona. A menos de tres horas de avión de Madrid.

Un país en el que nadie quería vivir. Ni siquiera, aunque solo fuera a través de una expresión pronunciada para llamar la atención, el obispo de Banja Luka, Franko Komarica, quien vio morir a sus sacerdotes en la guerra, quien percibía cómo la comunidad internacional había olvidado su historia, sus sufrimientos, quien era consciente de que su país recibía menos atención que el continente africano, el estereotipo del olvido.

—¿Por qué no habré nacido en África? –se preguntaba después de compartir un trago de rakia.

Otro lingotazo amargo al coleto.

La mayoría de los tranvías de Sarajevo son viejos, están mal pintados y van abarrotados de gente. A cualquier hora entonan su traqueteo como banda sonora de una ciudad que se duele todavía de los disparos que calaron en sus paredes y en el cuerpo y alma de sus ciudadanos. La ciudad se duele, como cualquiera se resigna a la llamada de atención que una artrosis vieja hace los días encapotados y llorosos. El que acaricia con su traqueteo el Pijaka Market de la capital, en el que murieron cerca de 70 personas, te deja a unos 10 minutos andando de las conocidas y prestigiosas Escuelas para Europa, un proyecto de la Iglesia bosnia con el que pretende inocular el antibiótico de la convivencia entre aquellos cuyos padres recogieron el virus del odio y la muerte.

En las tierras serbo-ortodoxas del norte, las Escuelas para Europa tenían otro de sus centros, el colegio Beato Ivan Merz. De sus 208 alumnos, el 60% eran ortodoxos, el 30% católicos y el 10% restante, musulmanes.

Los alumnos reían en las clases, como en todas partes. Muchos no tenían padres, tíos o abuelos. Trabajaban para formarse, quién sabe si para emigrar o para lograr aquello por lo que muchos de los suyos murieron. Una de las paredes de la entrada estaba habilitada como revista oficial del colegio. Y allí un alumno había dejado su rúbrica: «Tengo la sensación de que esta escuela está en otro país». Probablemente esa nación que ellos están construyendo entre libros pero que, entonces, no había levantado la cabeza.

 La guerra del olvido

El famoso PNUD, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, es una de las fuentes fiables, una de las fuentes a citar. Entre sus labores más visibles está la de elaborar su conocido informe, del que salen unas tablas en las que nos fijamos mucho los periodistas. Tablas en las que aparecen, uno detrás de otro, todos los países del planeta según su nivel de desarrollo. Desde el uno hasta el 187, más una serie de lo que llaman «otros países o territorios», que por su extensión, por su situación política, por la falta de datos o por otros factores no pueden ser, no conviene o no merece la pena que sean analizados. Ahí están territorios tan dispares como República Popular Democrática de Corea (Corea del Norte), Islas Marshall, Mónaco, Nauru, San Marino, Somalia, Sudán del Sur y Tuvalu.

Cuando cae entre nosotros una de esas listas del PNUD, además de alzar la cabeza al primero y bajarla hacia el último, solemos mirar el nuestro. Cómo estamos. Para los curiosos, en el último, de 2014, España ocupaba el puesto 27. Sin cambios en relación al ejercicio anterior.

Para facilitar búsquedas y clasificaciones, el listado se divide en cuatro grupos según el nivel de desarrollo: muy elevado, elevado, medio y bajo. Bosnia y Herzegovina, según el PNUD, sostiene un nivel elevado. Ocupa, según el organismo de Naciones Unidas, el puesto 86. Según la media aritmética, en la mitad alta de la tabla. Según la otra clasificación, la que divide el planeta en las cuatro estaciones del bienestar, está entre los buenos. Sería un alumno de bien con posibilidades de llegar al notable. O, según terminologías más actuales, un alumno que progresa adecuadamente.

No se trata –porque no se puede– de comparar si Bosnia y Herzegovina es más pobre o menos que cualquier otra nación de la lista. Pero cuando llegué allí percibí lugares y personas empobrecidos. Pobrezas severas pero, sobre todo, pobrezas distintas. Y una de ellas era la causada por la guerra, que hacía 20 años asoló el país.

Aquellas balas, aquellos bombardeos, aquellas masacres y aquel sitio de Sarajevo rajaron al país sin anestesia. Y dos décadas después parece que no han tenido la oportunidad de paliar ni con un simple antiinflamatorio lo que aquello supuso. Es un país que, además, tiene poco protagonismo en el escenario internacional. Un país que no cuenta. Desde una perspectiva periodística, es un país que no interesa. La guerra queda demasiado lejos. La paz, impuesta aunque sin cimentar, no nos trae nada nuevo en el día a día. Solo aparece con alguna efeméride de relumbrón, algún suceso siniestro o el fichaje de algún futbolista por alguno de nuestros equipos. O sea, muy poco. En realidad, nada.

Después de tres horas de vuelo desde Madrid, con escala previa en Múnich, aterricé en una tierra en la que se desempolvaron todas las artes de la guerra en el continente europeo. Algunos de los grandes corresponsales y fotoperiodistas de nuestro país, aquellos que se han chupado guerras y dolores como quien ve partidos de fútbol encadenados, no han dudado en reconocer que lo de Bosnia y Herzegovina fue dolorosamente especial. De un pueblo europeo –al que se le presupone el prurito de la democracia, el diálogo y el afán de convivencia– no se podía esperar que arribara más arriba en la barbarie que otros conflictos contemporáneos de aquel catalogados de inhumanos, como el genocidio ruandés. Discutible o no el ranking, lo que se vivió en estas tierras fue infame. Se contó… y se olvidó después.

Dejó de ser noticia la guerra, porque terminó. Las consecuencias, que siguen vivas, ya no interesan. Como tampoco el latente conflicto religioso que sigue rascando la epidermis de las confesiones mayoritarias y minoritarias de este pequeño país. En el obispado de Banja Luka una cadena de fotografías recuerda a los sacerdotes y religiosos que fueron asesinados. En esta ciudad, la comunidad musulmana contempló cómo sus mezquitas eran derribadas sin piedad. Camino de Mostar un cementerio reserva tierra separada para ortodoxos, musulmanes y católicos. No hay paz ni siquiera para los muertos. Tan solo en un pequeño rincón los fallecidos duermen sin distinción de credo, pero es solo un apunte, como un brochazo suelto que nunca compondrá un cuadro completo. Es posible que los muertos estén separados para que los vivos no se tengan que mezclar. La iglesia de San Antonio de Padua de Mahovljani, también conocida como la iglesia de los italianos, luce dos golpes de mortero cerca del campanario. Dentro las imágenes del Corazón de Jesús y de la Virgen María están rajadas de arriba abajo. En Sarajevo los católicos apenas han podido construir un templo en 20 años. Podríamos seguir.

Las minorías religiosas están mal vistas. Y las mayorías se aprovechan de su preeminencia social. Como el país está dividido social y religiosamente en tres espacios bien diferenciados, contemplé triplicada la misma jugada con diferentes protagonistas. Ahí también encontré signos de otras pobrezas, pocas veces contadas, las que tienen que ver con vencedores y vencidos a causa de su fe. Ahí, como en el recuerdo de la guerra, también hay olvido por parte de los medios de comunicación social.

Y, por último, están las que podríamos denominar pobrezas estándar, las que hablan de despensas vacías, de comedores sociales, de padres e hijos buscando pan, de madres solteras a las que nadie quiere ayudar… Pobrezas en un país olvidado. Pobreza de la que ya no hablamos.

Бесплатный фрагмент закончился.

495,01 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Объем:
250 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9788428564038
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги