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Colección Biblioteca de cultura histórica

Dirigida por Almudena Blasco Vallés y Manuel Lucena-Giraldo

JAUME AURELL

GENEALOGÍA DE OCCIDENTE

Claves históricas del mundo actual


BIBLIOTECA DE CULTURA HISTÓRICA

Créditos

Colección Biblioteca de cultura histórica

Dirigida por Almudena Blasco Vallés y Manuel Lucena-Giraldo

Título original: Genealogía de Occidente - Claves históricas del mundo actual

© Jaume Aurell, 2017

© De esta edición: Pensódromo 21, 2017

Diseño de cubierta: Pensódromo

Editor: Henry Odell

e-mail: p21@pensodromo.com

ISBN print: 978-84-947050-4-5

ISBN e-book: 978-84-120166-9-7

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

Índice

1  Introducción

2  Capítulo 1 - Jerusalén y el monoteísmo

3  Capítulo 2 - Atenas y el clasicismo

4  Capítulo 3 - Roma y la civilización

5  Capítulo 4 - La expansión del cristianismo

6  Capítulo 5 - Justiniano, Mahoma y Carlomagno

7  Capítulo 6 - Las luces de la Edad Media

8  Capítulo 7 - La eclosión de la Modernidad

9  Capítulo 8 - La formación del Estado moderno

10  Capítulo 9 - Los fundamentos del capitalismo

11  Capítulo 10 - El desarrollo de la ciencia y la tecnología

12  Capítulo 11 - El cénit de la Modernidad: la Ilustración

13  Capítulo 12 - Las ideologías: liberalismo, comunismo, fascismo

14  Capítulo 13 - Entreguerras: la crisis de la Modernidad

15  Capítulo 14 - Posguerra: los valores del 68

16  Capítulo 15 - Los retos del nuevo milenio

17  Algunas sugerencias bibliográficas

18  Epílogo

19  Sobre el autor

Introducción


Este libro propone una revisión de la historia de Occidente. Su objetivo es rastrear las improntas del pasado que son todavía reconocibles en nuestro presente. He intentado descifrar las huellas todavía perceptibles de los lugares esenciales, los personajes célebres, los eventos trascendentales y las tendencias intelectuales que Occidente reconoce como propias. He tratado de construir algo así como la genealogía de Occidente, lo que hoy llamaríamos su ADN. Siempre he partido del convencimiento de que el conocimiento de nuestra identidad histórica es una herramienta esencial para mejorar como personas, para mejorar como ciudadanos, para mejorar como profesionales, para mejorar en definitiva nuestra sociedad.

Me he embarcado en un crucero en el que he alcanzado algunas ricas metrópolis de la Antigüedad como Jerusalén, Atenas, Roma, Antioquía de Siria, Alejandría y Constantinopla; la prodigiosa expansión del cristianismo; la dolorosa escisión entre Roma, Constantinopla y La Meca; las opulentas ciudades comerciales medievales y renacentistas como Florencia, Venecia, Génova, Brujas, Amberes y Barcelona; las inconmensurables figuras de humanistas y científicos que mostraron una curiosidad universal como Leonardo da Vinci, Galileo y Newton; los imperios transoceánicos español, portugués y británico; la consolidación de los valores modernos como el Estado, el capitalismo y la ciencia moderna; el racionalismo de la Ilustración; los deslumbrantes centros intelectuales, culturales y artísticos del Londres de la época victoriana, la Viena fin-de-siglo, el París de principios de siglo y el Berlín de entreguerras; y, más recientemente, el idealismo de los años sesenta y la perplejidad algo titubeante pero también esperanzada del presente.

Mis colegas historiadores me podrán recriminar, con razón, que esto no es un libro de historia convencional sino una genealogía histórica. Las genealogías se suelen empezar en el presente y desde ahí se van rastreando, de forma retrospectiva, cada uno de los jalones de la familia, llegando así hasta donde hay recuerdo o algún documento acreditativo con el que poder seguir la pista. Mi intención al embarcarme en este libro ha sido acercarme a nuestro pasado con el filtro del presente. Me he interesado por los aspectos políticos, sociales, económicos, culturales, intelectuales, artísticos y religiosos de las civilizaciones del pasado centrándome en los que han dejado alguna huella en los valores del presente.

Sin embargo, no he pretendido acercarme al pasado para justificar o legitimar el presente sino con el ánimo de comprender mejor quiénes somos, de dónde venimos, cómo somos y lo que debemos a cada período del pasado. Mi presentismo, si es que existe, se manifiesta en el criterio de selección que he realizado de los eventos históricos, más que en su uso o manipulación para legitimar el presente. Por ello, este libro no es una historia sistemática del pasado, una historia universal a modo de la bella Breve historia del mundo que Ernst H. Gombrich escribió para su hija Elsie o la admirable y comprehensiva Europe de Norman Davies, sino un relato de los procesos, las ideas y los eventos experimentados por Occidente que han pasado a formar parte de su identidad.

Una de las intenciones implícitas de este libro es fomentar la autoestima de Europa. Basta una sencilla exploración en Google para acreditar que Europa sigue siendo el continente más visitado por los turistas de todo el mundo, el destino soñado por emigrantes de todo el planeta, el espacio político donde las coberturas sociales son mayores, el territorio donde los derechos de las minorías son más respetados y el lugar con los mayores índices de seguridad. No nos vale enorgullecernos de nada, porque muchos de estos valores son compartidos con otros territorios (o deberían serlo todavía más) y porque parte de ellos (sobre todo los que hacen referencia a la riqueza material) se han formado a partir de los despojos de la colonización europea, lo que nos debería espolear todavía más para comunicarlos.

Pero también es necesario levantar la cabeza, tomar perspectiva, aumentar la confianza en nosotros mismos y procurar expandir, con mayor entusiasmo, algunos valores que son patrimonio de Occidente (en particular de Europa) y que pueden contribuir a una mejora objetiva del mundo: la creación de unas instituciones públicas eficaces y respetadas por todos, la connivencia entre la iniciativa privada y la planificación pública, el igualitarismo social, la seguridad jurídica, la preservación de los derechos civiles, el establecimiento de una red educativa y asistencial universal y gratuita, un sistema de pensiones digno, el respeto a la diversidad étnica y religiosa aunque sean minoritarias, la autonomía entre lo político y lo religioso, el aprecio por el arte y la cultura, la compatibilización entre lo particular y lo global, el sentido cívico de la existencia y el sentido solidario.

La historia nunca es aburrida. La hacemos aburrida, en todo caso, quienes la contamos. Pero ella siempre nos ayuda a revisar nuestro pasado colectivo, del mismo modo que nuestra memoria nos ayuda a revisar nuestro pasado personal. Se ha dicho alguna vez que quien olvida el pasado está condenado a repetir sus errores. Personalmente me gusta plantearlo de modo más positivo: quien se interesa por su pasado se enriquece, porque se conoce mejor, reafirma su propia identidad, su propia autoestima y procura mejorar lo que no se ha hecho bien. Los historiadores, a diferencia de los literatos, no tratamos de lo que podría haber pasado, sino de lo que ha pasado. Las dos actividades son esenciales para el hombre, porque sin sueños tampoco se puede vivir. Pero es obvio que los historiadores tenemos experiencia no solo de lo que nos gustaría que hubiera pasado (reflejado por la literatura), o incluso de lo que debería haber pasado (reflejado por la filosofía) sino de lo que, en realidad, sobria y llanamente, ha pasado. Esto nos aleja de los extremos del escapismo de determinadas ficciones insensatas o de las utopías de determinadas especulaciones ideológicas manipuladoras.

Por tanto, los historiadores tenemos una especial responsabilidad en alertar a la sociedad de las posibles ideas políticas, económicas, sociales o culturales que suscitan una gran fascinación porque se presentan como grandes novedades, cuando en realidad son modelos periclitados, que ya han sido aplicados en el pasado y no han funcionado. A lo largo del libro presento algunos ejemplos, como los neoimperialismos, los neofascismos o los neomarxismos que vuelven a presentarse periódicamente ataviados con ropajes mesiánicos, pero que son incapaces de superar el juicio sumarísimo de la práctica. Como tenemos el conocimiento de lo que ha funcionado o no en el pasado, los historiadores sufrimos cuando resurgen ideas e ideologías que han traído desgracias a las sociedades del pasado, pero por olvido, ingenuidad, engaño o simplemente por la imposición de los intereses de los poderosos, nos volvemos a sumergir de forma insensata en ellas.

Sin embargo, por otro lado, la experiencia que atesoramos los historiadores no puede convertirnos en unos desalmados escépticos («no hay nada que hacer») que han dado por perdidas todas las batallas, o en unos rígidos tradicionalistas («nada nuevo bajo el sol»), dispuestos a luchar, bien pertrechados de armadura, yelmo y lanza, contra los molinos de viento de las novedades. Nuestra propia experiencia en el estudio del pasado nos indica que los avances más considerables de la humanidad en los más diversos campos (teorías políticas, reformas sociales, progresos económicos, descubrimientos científicos y mejoras tecnológicas) han surgido de mentes preclaras que han sabido recuperar lo mejor de la tradición aplicándolo a una necesaria innovación. Tal como lo formuló el sabio medieval Bernardo de Chartres: «somos enanos a hombros de gigantes, que podemos ver más que ellos cuando nos encaramamos encima de sus espaldas». En lo político, las reformas han tenido más efectos de larga duración que las revoluciones (la democracia cuajó más por las reformas inglesas que por las revoluciones francesas). En lo económico, las teorías moderadas como el keynesianismo o la socialdemocracia se han demostrado en la práctica mucho más eficaces y viables que el capitalismo salvaje o las revoluciones comunistas o populistas. En lo científico, las grandes revoluciones (la newtoniana y la de las teorías relativistas y cuánticas) siempre han sido lideradas por científicos con un gran conocimiento (y reconocimiento) de los avances de sus antecesores, sobre los que han construido los suyos.

Además, los historiadores somos también conscientes que una determinada idea política, teoría social o práctica económica que no funcionó en el pasado, quizás sí puede funcionar en el presente, al aplicarse a circunstancias que son diferentes. O, a la inversa, algo que funcionó en el pasado, no tiene por qué funcionar necesariamente en el presente. La monarquía autoritaria pudo ser en su momento el «menos malo» de los sistemas políticos en unas épocas en las que la mayor parte de la población era analfabeta, pero es absolutamente injustificable (o debería serlo) en las sociedades contemporáneas. La esclavitud y el feudalismo pudieron legitimarse en algún momento como preservadores de una seguridad que nadie más, aparte del patrono o del señor feudal, podía garantizar, pero ya no hay forma de defenderlos en la actualidad. En la posguerra, la teoría económica conocida como el keynesianismo, que abogaba por un sistema capitalista fuertemente regulado, fue un instrumento formidable para las naciones europeas en pleno proceso de reconstrucción material, pero su modelo debe ser reactivado en cada época para que sea verdaderamente eficaz. Por esto siempre he pensado que un historiador tiene que ser tan apasionado en conocer el pasado como el presente. El equilibrio entre el conocimiento científico del pasado y una apasionada experiencia del presente evita que la historia se convierta en un puro arqueologismo incapaz de suscitar atención alguna entre sus contemporáneos, ni en un puro presentismo, que distorsiona el pasado en su obsesión por justificar las prácticas del presente.

Por último, el libro parte de la convicción de que no hay épocas mejores o peores, sino simplemente diferentes. Los juicios maniqueístas son caprichosas generalizaciones interesadas que suelen estar motivadas por la necesidad de legitimar alguna práctica del presente, por lo general de tipo político o ideológico. Por el contrario, todas las épocas guardan en su seno cosas buenas y cosas malas. No podemos mirar hacia otro lado, puesto que nuestra época ha sido quizá la más terrible de todas. El último siglo ha experimentado los acontecimientos más espeluznantes que probablemente se hayan visto nunca: el genocidio armenio, el Holocausto nazi, las bombas atómicas, las hambrunas estalinistas, las purgas de Mao, las atrocidades de los Khmer Rojos en Camboya, las matanzas tribales en Ruanda y Congo. Sin embargo, tampoco diríamos que ha sido la peor época de la historia, porque se han ganado muchas luchas de liberación racial y de igualdad social que hasta hace poco parecían impensables y se han conseguido unos niveles medios de confort material, atención sanitaria, posibilidades de educación y seguridad para la jubilación desconocidos hasta ahora.

La enumeración de cada una de las épocas históricas podría tener el mismo resultado: efectos positivos y negativos. La Edad Media, por ejemplo, no tiene muy buena prensa hoy en día, básicamente porque todavía vivimos de la imagen proyectada hace tres siglos por los ilustrados, que se fijaron en su cara más perversa, como la limitación de libertades religiosas, las vinculaciones personales a través de un sistema feudal muchas veces inhumano o la pobreza de condiciones materiales. Pero en otros momentos, como a principios del siglo XIX, la Edad Media se idealizó porque se valoraban otros aspectos más positivos como la autenticidad de su gente, su empatía con la naturaleza, su capacidad de generar compromiso, la caballerosidad de sus dirigentes, la solidaridad, el valor de la palabra dada, sus altos ideales. En fin, que no se trata de una competición olímpica donde lo único que vale es el ranquin del medallero, sino lo que podemos aprender de los aciertos, los errores y la herencia de cada una de las épocas del pasado.

Además, junto a esos altibajos de cada una de las épocas, es también evidente que la humanidad (y más específicamente Occidente) ha experimentado algunos momentos de esplendor cultural, en los que la historia parece intensificarse y el progreso humano expandirse: la Atenas de Pericles, la Roma de Augusto, la Constantinopla de Justiniano, la Florencia de Leonardo, la Roma de Miguel Ángel, la España de Velázquez, el Flandes de Rembrandt, la Londres victoriana, la Viena fin-de-siglo o el París de principios de siglo. Este libro está dedicado en buena medida a recuperar históricamente estos lugares y momentos mágicos, que se han convertido en modelos para la posteridad por su condición de cumbres de civilización.

Oí decir hace poco que, tras la Segunda Guerra Mundial, los políticos abandonaron a sus consejeros tradicionales (historiadores, filósofos y artistas) y se entregaron a profesionales de las ciencias sociales como sociólogos, politólogos y economistas. Tradicionalmente, los historiadores habían aconsejado a los príncipes sobre el reino de lo posible, los filósofos sobre el reino de lo conveniente y los artistas sobre el reino de lo bello —no menos importante, pues con razón alguien dijo que «la belleza salvará al mundo»—. Creo que todos ellos (historiadores, filósofos y artistas) deberían recuperar esa función consejera de políticos y empresarios, junto a esos otros profesionales de las ciencias sociales. Pero para ello deberíamos hacer un esfuerzo por comprender mejor la diferencia entre el intelectual y el político, entre el académico y el gestor, entre el humanista y el técnico, entre el profesor y el profesional, esfuerzo de comprensión que debe ser recíproco.

No he encontrado una mejor imagen de esta distinción (finalmente, entre quienes reflexionan sobre las ideas y quienes tienen la responsabilidad de ponerlas en práctica) que la que describe el historiador polaco-norteamericano Richard Pipes en su autobiografía Vixi. Este especialista en la Guerra Fría cuenta que un día recibió una llamada del jefe de gabinete de Ronald Reagan para proponerle incorporarse a la Secretaría de Estado como consejero para las estrategias a seguir en las tensas relaciones con la Unión Soviética. Después de darle muchas vueltas, Pipes decidió cambiar su apacible y previsible vida de profesor universitario en Harvard por la de consejero político en Washington, básicamente conducido por motivos patrióticos. A los pocos días de incorporarse al trabajo, echó un vistazo a su mesa de trabajo y se dio cuenta de la diferencia de su día a día. Antes, su mesa estaba llena de todos los libros y artículos que debía ir consultando, pacientemente, para avanzar en sus investigaciones. Ahora, solo había dos bandejas encima de la mesa. Una estaba a la izquierda, con el encabezado «IN», llena de los expedientes que habían ido llegando durante el día anterior. La otra estaba a la derecha, vacía, con el encabezado «OUT», esperando llenarse de los expedientes que solventara ese día, que serían recogidos por la noche para trasladarlos a la mesa del siguiente funcionario de la línea de la toma de decisiones, hasta llegar al Secretario de Estado. En el centro de la mesa aparecía solo el expediente que estaba trabajando en ese momento. Su nueva tarea consistía, única y exclusivamente, en que los expedientes fueran pasando de una bandeja a otra, del lado izquierdo al derecho de la mesa. Toda la complejidad matizada del trabajo académico se había reducido a la cuestión del «si» o «no» de las decisiones políticas. Pipes concluía que ambos procedimientos eran igualmente necesarios, cada uno en su campo respectivo, pero no tenían nada que ver el uno con el otro, cosa que después le ayudó mucho a comprender la sociedad en su conjunto, y la adecuada colaboración entre intelectuales y políticos, entre académicos y empresarios.

Por lo que concierne específicamente a los historiadores, mi parecer es que tenemos buena parte de culpa por haber perdido nuestra interlocución con políticos y empresarios y, en definitiva, con la sociedad. A veces no acabamos de conseguir el equilibrio entre una historia erudita, escrita con un lenguaje técnico con el objetivo de ser apreciada únicamente por nuestros colegas, y una historia novelada, desgajada de toda su función ejemplarizante por haber perdido su sentido referencial. Ojalá que este libro encuentre esa vía media, necesaria para que la sociedad se reconozca en sus raíces y profundice en su propia identidad, para poder encarar con más firmeza el futuro. En el caso de Europa, atormentada hoy por una fragilidad identitaria que le impide una verdadera unidad, nos jugamos mucho.

He dividido el libro en quince capítulos con el objetivo de dar a los lectores una pauta de lectura, así como la suficiente pausa para incentivar no solo el conocimiento del pasado sino también una reflexión sobre el presente. La primera parte está dedicada a los tres pilares de Occidente: las civilizaciones judía, griega y romana de la Antigüedad, simbolizadas respectivamente por las urbes de Jerusalén, Atenas y Roma. La segunda parte examina los hitos de la cultura occidental en la época tardoantigua y medieval: la expansión del cristianismo, la escisión entre cristiandad occidental, cristiandad oriental e islam y las luces y las sombras de la civilización medieval. La tercera parte analiza los fundamentos de la Modernidad y sus principales valores: sus orígenes —con el renacimiento artístico, el humanismo cultural, la reforma religiosa y el racionalismo filosófico—, la formación del Estado moderno, la expansión del capitalismo, el desarrollo de la ciencia y la tecnología modernas y la Ilustración, como culminación y cénit de la Modernidad. Por último, una cuarta parte lo constituyen los cuatro capítulos centrados en la época contemporánea: el avance imparable de las ideologías —básicamente liberalismo, marxismo y fascismo—, la primera crisis de la Modernidad en la llamada época de entreguerras, el idealismo de las luchas de liberación de la posguerra y la llegada del nuevo milenio, con el incremento de la globalización y el sentimiento de estar viviendo una Modernidad tardía.

Capítulo 1 Jerusalén y el monoteísmo


La conquista de Jerusalén – El templo de Jerusalén – El pueblo judío – La colonización de la tierra prometida – Israel y sus vecinos – Egipto, Mesopotamia, Persia – El monoteísmo – La generación de un relato: la Biblia – Intercambio de ideas entre las civilizaciones antiguas – La fijación de una tradición – La escritura alfabética – La fascinación por los orígenes – El lenguaje mítico y simbólico – La conciencia del privilegio de la elección divina – Los orígenes del antijudaísmo – Entre el providencialismo y el fatalismo – La monarquía de Israel – Los reyes David y Salomón – De monarquía electiva a hereditaria – Reyes y sacerdotes: la unción real – Reyes y profetas: el deseo de la sabiduría – La expectación mesiánica – La figura del redentor – Mesianismo político y mesianismo espiritual – Judíos y cristianos

Esta historia comienza con la conquista de Jerusalén por el rey David, en torno al año 1000 a. C., un evento que marca un hito fundamental en la existencia de Israel y de Occidente. David decidió hacer de Jerusalén la capital del pueblo judío no solo por su estratégica localización sino también porque su condición neutral la habilitaba para aglutinar las diversas tribus de Israel dispersas por aquellas tierras. También consideró la idea de construir un gran templo en Jerusalén, la nueva ciudad santa de los judíos, para poder preservar en un lugar digno el Arca de la Alianza, centralizar el culto al Dios de Israel y contar con un gran centro de espiritualidad y peregrinación de todo su pueblo. El templo de Jerusalén, construido finalmente por su hijo Salomón, causaba admiración por su majestuosidad y belleza. Fue testimonio de la historia de Jerusalén y de Israel durante 1 000 años, hasta que fue demolido en el año 70 de la era cristiana —siendo emperador Vespasiano— por las tropas del general y futuro emperador Tito. Jerusalén quedó devastada y el pueblo judío se dispersó por todo el Mediterráneo. Esos 1 000 años de historia del Israel antiguo son considerados uno de los pilares de la civilización occidental, por esto precisan una atención especial por nuestra parte.

Los judíos eran un pequeño pueblo de origen semita, que había sufrido la esclavitud bajo los egipcios hacia el año 1300 a. C. Los judíos consiguieron liberarse del yugo de los egipcios bajo el liderazgo de su patriarca Moisés, que hablaba con el Dios de Israel «cara a cara». Desde Egipto se dirigieron hacia el este, y fueron colonizando durante los dos siguientes siglos algunas zonas de la pequeña franja entre el mar Mediterráneo y el río Jordán. Este era un territorio que los judíos ocuparon con la convicción de que era la tierra prometida que Dios les había concedido providencialmente, cumpliendo con la promesa que había recibido uno de sus primeros ancestros, el patriarca Abraham. Pero la ocupación de esa tierra no fue sencilla, no solo por la resistencia de los pequeños pueblos que la habían colonizado con anterioridad (gabaonitas, amorreos, hititas, cananeos, jebuseos), sino por la presión de las grandes potencias que la rodeaban (sobre todo, egipcios, asirios, babilónicos, persas, griegos y romanos) y que les hostigaron durante los diez siglos que van desde la conquista de Jerusalén hasta la destrucción del templo en el año 70.

¿Quiénes eran esas potencias vecinas de Israel? Al oeste, en torno a la ribera del Nilo, los egipcios habían construido un gran imperio dirigido por los faraones —sus jefes divinizados— y con una vitalidad agrícola y comercial encomiable. Al este, en torno a la ribera de los ríos Tigris y Éufrates, las civilizaciones mesopotámicas, sumerias, acadias y babilónicas, fueron creando en el actual Irak unas prósperas comunidades urbanas, con unas organizaciones políticas bastante sofisticadas. Al norte, en la ribera mediterránea, los fenicios de las ciudades de Tiro y Sidón, en el actual Líbano, habían construido un emporio comercial, y se les atribuye incluso la creación del alfabeto que hoy utilizamos en su estructura básica. La escritura alfabética se impuso a otras formas de escritura de la Antigüedad (como las cuneiformes en Babilonia y las jeroglíficas en Egipto) y las basadas en imágenes analógicas, más propias de las civilizaciones hindúes y chinas. Israel colindaba también con diversas tribus nómadas árabes que, si bien eran incapaces de organizarse políticamente, contaban con valerosos guerreros. Más hacia el este, en lo que hoy es Irán, se estaba conformando un imperio formidable, que con el tiempo conseguiría una expansión jamás imaginada, desde Egipto a la actual India: los persas.

A pesar de su pequeña magnitud en comparación con esas grandes potencias, Israel se distinguió pronto por poseer una religión cuyo fundamento era por completo diferente a la de sus vecinos: la creencia en un solo Dios que había creado todas las cosas y las mantenía vivas con su providencia y amor. Todas las civilizaciones del entorno estaban basadas en la convicción de que existían unos seres superiores, llamados comunmente «dioses», pero su existencia estaba muy alejada de los hombres. Los hombres conocían a sus dioses a través de historias que se contaban de generación en generación, y que se presentaban en forma de relatos mitológicos y legendarios. Esos relatos eran contados por los poetas, y en muchas ocasiones eran representados en medio de complejos rituales, practicados por los sacerdotes y los jefes de la tribu, y en los que también participaba el pueblo. Pero a esos pueblos jamás se les había ocurrido pensar en que existiera un solo Dios y que además fuera un ser cercano a los hombres. Para colmo, los israelitas decían mantener una relación especialmente íntima con ese Dios, que hablaba a sus profetas y sacerdotes, y eso les granjeó muchas enemistades e incomprensiones desde el principio entre sus vecinos: el antijudaísmo es, pues, una práctica muy antigua.

Además, los judíos consideraban a su Dios un ser separado del mundo, transcendente, con una existencia propia y diferente de la naturaleza por Él creada. Se le debía un culto particular. No podía ser encajado dentro de la categoría de los mitos y las leyendas, o ser reducido a las pequeñas categorías de comprensión humana. Por esto no les gustaba que su Dios fuera reducido a una imagen determinada, sino que más bien debía ser descrito y narrado con palabras. En esto también se diferenciaban con claridad de sus vecinos. Egipcios, sumerios, y babilónicos representaban las imágenes de sus dioses en formas antropomórficas o de animales, como Anubis, con su cabeza en forma de chacal. En cambio, en lo más profundo del templo más importante de los judíos, en la ciudad de Jerusalén, no había imagen alguna sino un arca, conocida como el Arca de la Alianza, que contenía unas tablas, grabadas en piedra. En ellas se enumeraban los Diez mandamientos que su mismo Dios, al que llamaban respetuosamente Yahvé, había entregado al primero de sus profetas, Moisés.

El legado más importante del pueblo judío para la posteridad es la Biblia, una amalgama de libros cuyo nervio central es la narración de la revelación de Dios a su pueblo elegido. Ha sido el libro más leído de la historia puesto que sus relatos, utilizando un lenguaje simbólico y narrativo, revelan profundas realidades sobre la naturaleza humana y su experiencia histórica. La Biblia se divide en el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento relata los acontecimientos desde la creación del mundo hasta la década de los años 160 a. C., en la que los judíos se rebelaron contra los seléucidas. Consta de 46 libros de muy diversa temática, pero se pueden dividir claramente en tres grandes grupos: los libros históricos (desde el Génesis a los Macabeos), los libros proféticos (como los poéticos libros de Isaías, Ezequiel y Daniel) y los libros sapienciales (como los clarividentes tratados de la Sabiduría y el Eclesiástico). Estos últimos, a diferencia del Génesis y otros históricos de la Biblia, tienen un influjo helenístico y griego más que mesopotámico, y exponen realidades sublimes como el sentido de la riqueza y del éxito, la experiencia del sufrimiento, la pugna entre el bien y el mal, las condiciones de los hombres y las mujeres virtuosas o la consecución de la paz interior, por medio de un lenguaje bellamente poético y sumamente sugestivo. Es llamativo que esos libros siguen siendo hoy día objeto de inspiración y reflexión —después de tanto tiempo— pues la sabiduría de sus consejos va mucho más allá de las circunstancias históricas concretas en los que fueron escritos.

La venida de Jesús al mundo marca la transición entre la Antigua y la Nueva Alianza, y abre el período de los libros del Nuevo Testamento. Este está compuesto por los cuatro Evangelios (que narran la vida de Jesús), los Hechos de los Apóstoles (que narran los primeros tiempos del cristianismo, desde la ascensión de Jesús a los cielos en el año 30 hasta la primera cautividad de san Pablo en Roma, hacia el año 61), las epístolas de san Pablo y otros apóstoles y, por fin, el Apocalipsis, un libro con un notable contenido escatológico sobre las realidades últimas que ya están presentes de un modo misterioso después de la Revelación definitiva de Dios en Jesucristo, escrito por san Juan hacia el año 96 y que constituye el último libro de la Biblia.

La Biblia no es un relato autista elaborado por algunos sabios de Israel ocultos en la clandestinidad, sino más bien por unos autores que reflejan el intercambio de ideas que existió entre Israel y sus pueblos vecinos. Los diferentes libros de la Biblia parecen un trabajo de compilación más que una pura creación espontánea de autores singulares. La redacción de la historia de los orígenes de la humanidad narrada en el primer libro de la Biblia —el Génesis— se basa en una cuidadosa selección de elementos literarios que sirven para explicar de modo inteligible el mensaje original que Dios mismo quería transmitir al pueblo de Israel y, a través de su experiencia religiosa, a toda la humanidad. Por esto es natural que se perciba la influencia de modelos, temas y símbolos literarios utilizados por todos los pueblos vecinos. El poema babilónico Enuma Elis, compuesto muchos siglos antes que el Génesis, contiene un hermoso relato sobre la creación de los hombres, que comienza así: «Cuando el cielo fue separado de la tierra, cuando la tierra fue formada y modelada, cuando se establecieron las orillas del Tigris y del Éufrates, entonces, los dioses se instalaron en bellos santuarios». A diferencia de las creencias judías monoteístas, es un poema de claro contenido politeísta, pero el paralelismo con la narración de la creación contado en los primeros pasajes del Génesis es evidente. Un poema del antiguo Egipto, por su parte, cuenta que «Los hombres, rebaño de Dios, están bien gobernados. Pensando en ellos hizo el cielo y la tierra, rechazó al monstruo marino. Él hizo el soplo de vida para sus narices.» En el Génesis también se cuenta que Dios «insufló en sus narices aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo» (Génesis, 2: 7).

Por fin, la serpiente, que aparece en el Génesis como personificación del diablo, es un elemento simbólico de los relatos míticos del Oriente antiguo, tal como aparece por ejemplo en la Epopeya de Gilgamesh.

La transmisión de los relatos es un hecho esencial para todos los pueblos, y en esto el Israel antiguo no fue tampoco una excepción. Tal como lo expresó bellamente el historiador Robert A. Rosenstone: «Finalmente, no son los hechos los que hacen de nosotros lo que somos, sino las historias que hemos oído y las historias que creemos». Sin embargo, lo que sí es más específico y originario de Israel es su deseo de fijar una tradición para que fuera seguida por todas las generaciones posteriores. Para esto se precisaba la escritura. La transmisión oral tiene una tremenda fuerza expresiva, pero el contenido que se expone suele cambiar prácticamente cada vez que se declama en forma de poema, de canción, de relato, de tertulia familiar, de conversación entre amigos. En cambio, la escritura tiene una enorme capacidad de establecer una norma, una ley, una forma de actuar, de forma más duradera y eficaz.

Para la fijación de esa tradición escrita, los judíos se basaron en la sabiduría de uno de sus pueblos vecinos, los fenicios. Ellos fueron quienes primero utilizaron la escritura tal como la conocemos en Occidente. Los fenicios eran un pueblo de comerciantes bien conectados con persas, babilonios, egipcios y griegos, y con asiduas relaciones comerciales en las costas de las penínsulas itálica e ibérica. Pero se distinguían por su dedicación prioritaria al comercio en lugar de la milicia y el pillaje. Su ambición comercial les estimuló a desarrollar un tipo de expresión en la que pudieran fijar sus transacciones a través de un mecanismo que fuera más fiable que las palabras dichas con la boca, a las cuales se las llevaba el viento, y eran fáciles de manipular y difíciles de recordar. Así crearon el alfabeto básicamente tal como hoy lo conocemos en la civilización occidental: es decir, descomponiendo lo que decimos en letras, atribuyendo a cada sonido fonético un signo escrito. Esto era una auténtica revolución, pues se presentó como una alternativa radical a las escrituras que se basan en la representación lo más exacta posible de una idea, un concepto o un objeto a través de un dibujo (como los caracteres chinos) de acertijos de tipo simbólico (como los jeroglíficos egipcios), o de signos esquemáticos (como la escritura cuneiforme babilónica). Los fenicios crearon esos nuevos signos, que hoy reconocemos como «letras», hace unos 3 000 años. Como también iremos viendo a través de estas páginas, la actividad comercial siempre ha sido un elemento esencial no solo de desarrollo económico a través del intercambio material, sino también de enriquecimiento cultural, asimilación de los valores más positivos de otras civilizaciones y escuela de respeto por otras tradiciones, tal como experimentaron los griegos y los romanos en la Antigüedad.

El pueblo de Israel tuvo una especial querencia por la indagación de los orígenes, lo cual es una muestra muy notoria de su profundo sentido de la identidad. Además, tuvieron la audacia de conectar sus orígenes no solo con su historia particular, sino con la misma creación de la naturaleza y del hombre. Todos los pueblos de su entorno tenían esta misma obsesión, y nos han legado bellos relatos sobre la creación del mundo y de los primeros hombres. Pero nadie fue capaz de generar un relato tan lleno de significado y de simbolismo como el que aparece en los tres primeros capítulos del primer libro de la Biblia, conocido como el Génesis. Allí se cuenta, en un bello y luminoso lenguaje y en una extraña mezcla de sencillez y profundidad, la historia de la creación del universo en sus diferentes etapas: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra» (Génesis 1: 1). Dios crea en primer lugar la luz (un tema, muy recurrente en la espiritualidad y la filosofía de Occidente en la posteridad), para disipar las tinieblas que cubrían la tierra. Así se distinguió el día de la noche. Después formó Dios el firmamento. Así se separó el cielo de la tierra. Después reunió a todas las aguas que cubrían la tierra en un solo lugar, por lo que se pudo distinguir el mar de la tierra. Después creó Dios a los vegetales y a los animales. Por último, el Génesis narra la creación del hombre y de la mujer, a quienes se dio la capacidad de dominar, trabajar y someter a los animales y al resto de la creación. Pero los hombres abusaron de la confianza de Dios y su naturaleza quedó dañada por el «pecado original», quedando expuestos a la inclinación hacia el mal, la experimentación del dolor, la constatación de la vergüenza por las propias debilidades y la fatalidad de la muerte. De ahí surge toda una larga historia de diálogos, alianzas, fidelidades, traiciones, encuentros y desencuentros del pueblo de Israel con su Dios, apasionadamente narrados en el Antiguo Testamento.

El relato de los propios orígenes tiene una enorme relevancia para todos los pueblos, porque conecta directamente con la cuestión de la propia identidad. Basta pensar, por ejemplo, en el aprecio por los personajes históricos que se hallan en los orígenes de las sociedades, como Rómulo y Remo en Roma, Carlomagno en Europa, Pelayo en España, Guillermo el Conquistador en Inglaterra o Hugo Capeto en Francia. Sin embargo, estos orígenes suelen referir un pasado muy lejano, por lo que habitualmente sabemos poco de la época de esos personajes. Por ello, para narrar esas historias, los pueblos acuden a un tipo de lenguaje mitológico, simbólico y legendario más que el propiamente histórico. En sus relatos sobre el origen del mundo y del hombre, la Biblia usa el lenguaje común a los mitos. Los mitos son una expresión simbólica de realidades que no se aciertan a expresar en un lenguaje racional y científico, ni se dejan encerrar en las categorías de la historia ordinaria que acaece en el tiempo. Esto no tiene porqué quitarles veracidad, pero, ante la falta de testimonios fiables o documentos escritos a los que acceder, deben utilizar necesariamente un lenguaje esquemático, simplificado y habitualmente basado en categorías binarias simples: Dios y hombre, varón y mujer, hombre y demonio, bien y mal. Para comprender este lenguaje, tenemos que realizar un esfuerzo para desgajarnos de nuestra mentalidad racional y científica, y comprender que puede haber otros lenguajes que reflejen mejor las realidades espirituales.

Este lenguaje simbólico tiene además la ventaja de ser fácilmente reconocible por todos, letrados e iletrados, alfabetos y analfabetos, cultos e ignorantes. Al expresarse en pocas palabras, pero llenas de simbología, apelan a los valores más profundos o las creencias más conectadas con la propia identidad. Si pensamos en el país al que pertenecemos, la institución por la que trabajamos, o a la familia en que nos hemos criado, podremos distinguir, por un lado, los relatos de sus «orígenes» (que suelen hacer referencia a los héroes fundadores o los primeros conquistadores de una nación, a los creadores de una empresa o institución, o a los primeros ancestros familiares) y, por otro, a aquellos relatos «históricos» que responden a unas realidades tangibles, exentas de toda poesía, leyenda o mitificación porque simplemente responden a una realidad verificable documental o testimonialmente. Nosotros, los historiadores, nos solemos dedicar al análisis y la narración de estos últimos, y nos contentamos con admirarnos de la belleza de los primeros, cuya interpretación dejamos en manos de teólogos, críticos literarios, antropólogos y poetas.

Junto a todas estas experiencias, el pueblo de Israel, con el paso de los siglos, fue desarrollando una llamativa conciencia de pueblo especialmente elegido por Dios, un pueblo predilecto. Las civilizaciones vecinas no asimilaron bien este sentido de privilegio de un pueblo al que consideraban el menor de todos ellos en términos de poder real (en eso estaban en lo cierto) y reaccionaron entre la envidia, el sarcasmo y el desprecio. Esto acabó por generar una notable desafección por este pequeño pueblo, cuya entidad demográfica, relevancia política, volumen comercial y poderío militar guardaba una enorme desproporción respecto a su autoconciencia de pueblo elegido. Nunca sabremos con exactitud cuando se empezó a generar el antijudaísmo, pero es evidente que emergió muy pronto. Desde los primeros siglos de su existencia, los pueblos vecinos se ensañaron con los judíos con una crueldad que parece ir más allá de lo que supondría una simple competencia militar. Además, la brutalidad de las dominaciones egipcias, babilónicas y romanas sobre los judíos despertó la curiosidad, más que la compasión, de sus contemporáneos. El único imperio con el que Israel no colisionó frontalmente fue Persia, que decidió tolerar las costumbres y el culto tradicional del pueblo de Israel, e incluso le permitió reconstruir el tempo de Jerusalén hacia el año 536 a. C. Probablemente, Israel se vio beneficiado en este caso por la tendencia de los persas a constituir «federaciones» de estados dominados más que un poder centralizado, y también el hecho que Israel se hallara geográficamente situado a medio camino entre Persia y Grecia, que era el verdadero enemigo de los persas.

Todas estas dominaciones fueron sufridas por los judíos bajo unos sentimientos encontrados, que oscilaban entre el providencialismo y la fatalidad. Cada uno de estos dos extremos les fue conduciendo progresivamente a la parálisis, bien fuera por la persuasión de que Dios les redimiría finalmente de esas crueles dominaciones (providencialismo), bien fuera por la convicción de que por su condición de elegidos era imposible cambiar el destino de las cosas (fatalismo). Pero llegó un momento, hacia el año 1000 a. C., en el que el pueblo de Israel decidió cambiar el curso de la historia por su cuenta, con la intención de lograr una mayor autonomía respecto a sus propias decisiones políticas. Para ello, decidió nombrar a un intermediario entre Dios y el pueblo para las cuestiones temporales: el rey. Visto en perspectiva, la instauración de la monarquía en Israel tampoco tenía mucho de original, puesto que todas las civilizaciones vecinas ya habían practicado, de un modo u otro, este sistema político. Además, reflejaba bien el progreso que había experimentado Israel desde su liberación de la dominación egipcia, puesto que la constitución de una confederación tribal (gobernada por unos «jueces») era ya insuficiente ante la creciente complejidad de la estructura de su sociedad.

Los judíos pidieron a su Dios adoptar la forma política que habían visto practicar a sus vecinos con gran eficacia. La historia está contada de modo muy gráfico en el primer libro de Samuel. Dios advierte a los judíos, a través del sacerdote Samuel, que si se instaura la monarquía los reyes seleccionarán a sus mejores hijos varones para la milicia y se llevarán a sus hijas predilectas para la corte. Con todo, los judíos, que se retratan a sí mismos en la Biblia como un pueblo bastante testarudo, se reafirmaron en su petición. Dios encarga entonces a Samuel que eligiera a un valeroso soldado, Saúl, para que fuera el primer rey de Israel. A Saúl le sucedió el rey David, cuyo reinado tuvo una enorme trascendencia puesto que conquistó Jerusalén, la eligió como capital del nuevo reino, la convirtió en una ciudad santa, unificó las doce tribus de Israel y expandió territorialmente el reino, dotándole de algunas instituciones duraderas. El rey David generó un enorme consenso no solo entre los súbditos de su tiempo, sino también entre todos los judíos de la posteridad, que le consideraron un precursor del Mesías. Su memoria quedó encumbrada al ser reconocido como modelo del rey sabio y santo. Además, dio el paso crucial de transformar la monarquía de electiva a hereditaria, una evolución que han buscado, de un modo u otro, todos los soberanos que se han apropiado del título de monarca, por elección, matrimonio o usurpación, sin poseer ascendencia real. El hijo y sucesor de David, el rey Salomón, también fue sabio y valeroso al principio, pero se degeneró finalmente por su hedonismo, por lo que alejó el favor de Dios para con Israel. Tras su muerte, el reino de Israel se desmoronó, y ya no recuperó jamás el esplendor de antaño. Las historias de estos reyes se pueden seguir paso a paso, con un realismo y una vivacidad extraordinarios, en los libros de Samuel, Reyes y Crónicas de la Biblia, en unas narraciones que fueron tomadas como modelos por muchos reyes cristianos medievales y modernos, y por sus cronistas.

La monarquía hereditaria tampoco fue una contribución original de Israel para la posteridad, puesto que sus vecinos más poderosos la practicaban desde hacía muchos siglos, pero sí lo fue el modo como los reyes legitimaron su soberanía al frente de su pueblo. El monarca no era un ciudadano cualquiera. Desde el momento en que el sacerdote Samuel ungió a Saúl con el aceite sagrado, eligiéndole entre sus hermanos cuando parecía el menos dotado de todos ellos, le confirmó en su elección divina y le convirtió en una persona consagrada. La costumbre de la unción de los reyes gozará de una enorme relevancia simbólica entre las monarquías europeas medievales y modernas al convertirse en uno de los ritos esenciales del acceso al poder de los reyes. Muchos siglos después del rey David, los visigodos de España retomaron la práctica de la unción real. En el año 672, el rey Wamba fue ungido por el obispo de Toledo en una solemne ceremonia de entronización, tomando como modelo la narrada por el libro de Samuel para la unción de David. Esta costumbre fue consolidada por los reyes carolingios y conoció una extraordinaria expansión en toda la Europa medieval. Los ritos se caracterizan porque quienes los practican no solo buscan un incremento de la solidaridad con sus conciudadanos, sino producir una transformación: un cambio de tiempo, la recuperación de la salud o la mejora de las cosechas. En el caso del rey, con la unción se hacía también efectiva una transformación: se convertía en una persona sacra, recibiendo de la divinidad las cualidades necesarias para ejercer su autoridad. El rito de la unción real tenía además evidentes paralelismos con el rito de la unción sacerdotal, aunque quedaba claro que la consagración habilitaba para dos potestades diversas: la temporal y la espiritual respectivamente.

Pero si los reyes de Israel precisaban del concurso de los sacerdotes para legitimar su autoridad, también acudían al consejo de los profetas para acertar en su gobierno. En realidad, los profetas no solo aconsejaban a los reyes, sino que también les reprendían después de una desafortunada actuación. Natán amonestó seriamente al rey David porque había urdido la muerte del valeroso Urías para casarse con su bella mujer Betsabé. Ajías predijo la decadencia del reino de Israel tras la muerte del rey Salomón por haberse entregado a la idolatría y a las mujeres extranjeras. Algunos reyes reaccionaban compungidos y se corregían, pasando a ser considerados como modelos de todo un pueblo a pesar de sus debilidades, como el rey David. Pero otros, como Salomón, no se enmendaban, y entonces solían recibir el castigo divino, que les era anunciado también por boca de los profetas. Con el tiempo, la función de los profetas como consejeros de los reyes fue suplida en Occidente por personal especializado, pero siempre persistió este deseo de actuar con prudencia y justicia, y los reyes medievales aspirarán incluso a ser coronados con la corona de la santidad. Así, el modelo de los reyes antiguos y modernos oscilará entre la sabiduría (ideal asociado a los profetas) y la santidad (ideal asociado a los sacerdotes).

El segundo monarca de Israel, el rey David, fue considerado la prefiguración del Mesías, un personaje misterioso que fue progresivamente anunciado por los profetas desde unos nueve siglos antes de su nacimiento en Belén. De hecho, en tiempos de Jesús, muchos creyeron en Él no solo por la autoridad con que predicaba o realizaba milagros, sino porque les admiraba que muchas de las cosas que habían leído y oído desde pequeños en la Biblia, escritas muchos siglos atrás, le estaban sucediendo a Jesús en su vida, incluso en los detalles muy nimios o simbólicos. Otros se convirtieron al cristianismo más adelante, al cotejar cuidadosamente los libros del Antiguo y el Nuevo Testamento y darse cuenta de que aquellas coincidencias no podían ser fruto de una mera casualidad. Hasta un hombre tan sanguinario, cruel y antirreligioso como el rey Herodes mostró respeto intelectual por las Escrituras, pues mandó llamar «a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo» para que le aclararan el lugar dónde habría de nacer el Mesías, porque temía que le pudiera hacer competencia (San Mateo, 2: 4). Este gesto muestra bien a las claras que, ya en aquel tiempo, se había extendido la creencia de que la Biblia no era solo un libro donde se contaban historias maravillosas y ejemplarizantes a través de un lenguaje simbólico muy bello, sino que también era fiable como fuente profética. Herodes escuchó atentamente a los sabios, quienes le informaron —según el profeta Miqueas— que el Mesías había de nacer en Belén, se fio de ellos y actuó en consecuencia, ejecutando la terrible sentencia de matar a todos los niños de menos de dos años residentes en la pequeña villa y toda su comarca. Jesús, que efectivamente había nacido en Belén, salvó la vida gracias a que sus padres habían huido precipitadamente a Egipto, antes de que se desatara la matanza ordenada por Herodes.

Aunque los profetas hablaban con frecuencia de un «redentor» cuyo ámbito era estrictamente espiritual, los judíos nunca acabaron de ponerse de acuerdo de si su ámbito de actuación sería también político. Jesús fue reconocido por muchos judíos de su tiempo como el auténtico Mesías no solo por los milagros que hacía, sino también porque identificaron en su acción y sus palabras las profecías desarrolladas por profetas como Elías e Isaías muchos siglos antes. Pero muchos otros se sintieron defraudados puesto que esperaban a un líder político y militar que les liberara del yugo de los romanos. Esto no sucedió, y Jesús fue condenado a la muerte más humillante, ignominiosa y cruel: el suplicio en la cruz, reservado para los criminales más peligrosos de las provincias romanas. Jesús no mostró ninguna resistencia violenta, y en el momento crucial de su juicio sumarísimo declaró ante el gobernador Poncio Pilato que efectivamente Él era rey, pero que su reino no era de este mundo.

Tras la muerte y resurrección de Jesús, hacia el año 30 de nuestra era, se produjo una dolorosa escisión en el pueblo judío, que da fin a este primer capítulo de la historia de Occidente. Los que reconocieron a Jesús como el Mesías, salvador y redentor del mundo, recibieron poco después, en Antioquía de Siria, el nombre de «cristianos» y expandieron una religión que tenía alcance universal, y por tanto no estaba restringida a una raza o a una nación determinada. Los que no le reconocieron, siguieron practicando el judaísmo como una religión circunscrita al pueblo de raza hebrea, y experimentaron las terribles consecuencias que ya había profetizado Jesús, empezando por la brutal destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 por las tropas del general Tito, con la subsiguiente diáspora judía por todo el orbe romano. A partir de entonces, judíos y cristianos han seguido caminos divergentes hasta el día de hoy en el ámbito religioso, aunque han compartido ciertamente muchos valores básicos de civilización.

Capítulo 2 Atenas y el clasicismo


Grecia y Persia – Los emperadores Ciro y Darío – Las Guerras Médicas – Maratón, Termópilas y Salamina – La razón contra la barbarie – Vencedores y vencidos – El poder de las narraciones legendarias – Homero – Los héroes mitificados – La Atenas de Pericles – El arte clásico – Fidias – La acrópolis griega – El valor de la filosofía y de la razón – Mito y logos – Realidad y ficción – El padre de la historia: Heródoto – El teatro: la racionalización de los ritos – La tragedia y la comedia: Sófocles, Eurípides y Aristófanes – La organización de la Polis – La Constitución de Solón – La democracia ateniense – El legado de la Grecia clásica

Hacia el año 500 antes de la era cristiana, los persas, aquel pueblo que había respetado a los judíos, dominaban todo el mundo conocido de Oriente a Occidente: de Afganistán a los territorios que en la actualidad ocupan Irán, Irak, Arabia, Turquía, los Balcanes, Egipto y Libia. Basta echar una mirada a un mapa de la zona para comprender la enorme extensión de su imperio. ¿Cómo se había producido tal expansión? Durante largo tiempo, ante la hegemonía de asirios y babilonios, los persas habían quedado en segundo plano hasta que un valeroso soberano, Ciro, se lanzó hacia el oeste en una conquista imparable. Primero se hicieron con la ciudad de Babilonia y su reino. Liberaron a los judíos del yugo babilónico permitiéndoles regresar a Jerusalén y restablecer su culto. Ciro falleció, pero su hijo Cambises conquistó Egipto y destronó al faraón, finiquitando un imperio que había permanecido intacto durante 3 000 años.

Uno de los sucesores de Cambises, el rey Darío, conocido como «el rey de los reyes», expandió todavía más el imperio, conquistando Asia Menor hacia el norte y llegando a las fronteras de la India hacia el este. Al mismo tiempo, llevó a cabo una extraordinaria labor administrativa impulsando la construcción de caminos que permitieran la llegada de sus órdenes a todos los confines de su extensísimo imperio. Así, llegó un momento en que Darío se planteó dominar también las ciudades asentadas en la actual Grecia. Pero los habitantes de las colonias griegas estaban acostumbrados a gobernar sus negocios de modo independiente y habitaban en ciudades orgullosas de su plena autonomía y que funcionaban de hecho como estados independientes. Por tanto, aquellos tenaces comerciantes no estaban fácilmente dispuestos a dejarse dominar por un soberano que dictaba leyes a su antojo, hablaba una lengua muy distinta a la suya y movía todos sus hilos desde un país muy lejano.

El enfrentamiento a muerte entre persas y griegos, conocido como las Guerras Médicas, ha generado los relatos históricos y épicos más bellos, y ha quedado plasmado en nuestra memoria colectiva como el típico enfrentamiento entre barbarie y civilización. Darío armó una gran flota con la intención de liquidar Atenas y conquistar toda Grecia. Después de un primer intento fallido, la nueva flota persa atracó junto a un lugar llamado Maratón, situado a poco más de 42 kilómetros de Atenas. Milcíades, un general valeroso e inteligente que estaba al frente de las tropas atenienses, pilló a los persas por sorpresa y les venció. Al darse cuenta de que los persas no habían huido, sino que en realidad habían puesto rumbo a Atenas, envió a un mensajero para corriera lo más deprisa posible y alertar a los atenienses de la inminente llegada de la flota persa. El mensajero cumplió su misión, puesto que sus piernas llegaron más rápido por tierra que las naves persas por el mar, pero su corazón no resistió y cayó muerto nada más dar la noticia. La alerta del primer maratoniano, junto a la llegada de las tropas de Milcíades, hicieron desistir a los persas de sus intenciones de conquistar Atenas. Corría el año 490 a. C. y se había resuelto la primera amenaza.

Pero el sucesor de Darío, Jerjes, era también lo suficientemente ambicioso como para no olvidarse de los griegos. Organizó un inmenso ejército, que se dirigió por tierra y por mar a Grecia. En el norte de Grecia se encontraron con la oposición inesperada de un grupo de valerosos soldados espartanos que intentó detenerlos en un desfiladero conocido como las Termópilas. Los persas les amenazaron con lanzarles tantas flechas que el sol se oscurecería, pero los espartanos contestaron que de este modo podrían luchar a la sombra. Los persas vencieron finalmente puesto que contaron con la inestimable ayuda de un traidor que les mostró una senda por las montañas que les permitió rodear a los espartanos. Pero las Termópilas ha quedado como el símbolo de la resistencia a muerte para salvar al propio pueblo de la dominación extranjera, además de conseguir detener por primera vez al ejército de Jerjes, cosa que contribuyó a la mejor defensa de Atenas, dirigida ahora por el general Temístocles.

Después de la experiencia de Maratón, Atenas había construido una nueva flota. Ante las noticias del avance del ejército persa, Temístocles hizo evacuar toda la población de Atenas, que se refugió en la vecina isla de Salamina. Cuando el ejército persa llegó a Atenas, la encontró vacía y la pudo destruir sin ninguna oposición. Entretanto, los aliados de Atenas comenzaron a tener miedo ante el inminente ataque persa por tierra y por mar. Pero Temíscoles maniobró con sagacidad para que no les diera tiempo a desertar. Envió un emisario a Jerjes, que ya estaba acampado en las cercanías de Salamina, para que le anunciara que los griegos iban a escapársele una vez más de sus manos, pues iban a huir a la mañana siguiente. Jerjes cayó en la trampa y se dispuso a actuar cuanto antes. Cuando llegó la flota persa a Salamina, se enfrentó a los griegos. Estos contaban con barcos de mayor movilidad que los enormes navíos persas de cuatro filas de remeros. El ejército de tierra persa fue derrotado también por los griegos poco después, en Platea.

Corría el año 480 a. C. y los griegos habían vencido por segunda y definitiva vez a los persas. Desde ese momento se abrió un período glorioso para Atenas, que duró aproximadamente un siglo y es considerado como uno de los momentos más extraordinarios de la humanidad, en el que sucedieron, se pensaron, se escribieron, se representaron y se experimentaron cosas que siguen teniendo plena vigencia. Los nombres de Maratón, Termópilas y Salamina han quedado bien insertos en nuestra memoria colectiva, porque siempre nos quedará la duda de qué hubiera sucedido en la historia del mundo si los persas hubieran aniquilado a los atenienses. Según la versión popular, la valerosa actuación de un puñado de soldados griegos salvó a la civilización griega de desaparecer, sumida en el caos de la brutalidad persa.

Más allá del evidente carácter histórico de estas batallas, la interpretación popular de las Guerras Médicas como un enfrentamiento entre civilización y barbarie, entre «buenos» y «malos», nos conduce a reconsiderar el funcionamiento de los relatos históricos, su creación, transmisión y divulgación. A lo largo de la historia, la manipulación de estos grandes relatos tipo «barbarie contra civilización» o «buenos contra malos» ha dado lugar a vergonzosas legitimaciones de abusivas conquistas de las grandes potencias sobre países más pobres. En el caso de las Guerras Médicas, este relato está justificado por la realidad objetiva de que sin Salamina y Maratón no hubiera existido la que es considerada una de las cimas de la civilización. Pero esto implica ya una primera asunción, basada en el «qué hubiera pasado si», que no parece un buen punto de partida. Además, esos relatos suelen estar basados en la exageración de los datos, ya que nunca podremos comprobar si las fuerzas griegas eran diez veces menores que las persas, como relataron las propias crónicas griegas, o se trata de una invención posterior para exaltar todavía más el carácter heroico de la victoria sobre los persas.

Sin embargo, aun contando con su tendencia a la simplificación, nadie puede negar la extraordinaria capacidad de los griegos para generar unos relatos que se transmitieron de generación en generación con gran eficacia. Por lo general se trata de narraciones legendarias que parten de un evento acaecido en el pasado (parte histórica) y le dotan de una fuerte carga legendaria, basada en su notable significación simbólica y su fuerte implicación identitaria (parte mítica). Todavía hoy, millones de espectadores siguen disfrutando de esas narraciones creadas en la Antigüedad. Las batallas de Troya, Salamina, Maratón y Termópilas han sido hábilmente reactualizadas por la industria cinematográfica de Hollywood, ahondando así en su inmortalización. La eficacia de estos relatos, igual que los medievales del rey Arturo, Robin Hood o el Cid Campeador, se basa en la invención de unos héroes que capitalizan toda la acción y generan adhesión entre los oyentes o lectores. En la Grecia clásica esto fue practicado por Homero, cuyos héroes troyanos Héctor, Ajax y Aquiles han alimentado la imaginación de tantos lectores de todos los tiempos. La epopeya de Ulises, por su parte, ha generado un sinfín de derivaciones literarias sobre la cuestión de la odisea del viaje que cada individuo tiene que realizar de un modo u otro en su vida para reencontrarse con sus orígenes y su identidad.

Pero la creación y el funcionamiento de estos modelos literarios imperecederos ya es conocida por nosotros, porque la hemos detectado también entre los judíos. Por tanto, merece la pena examinar ahora con más detalle las principales aportaciones de la que consideramos la época clásica de Atenas, conocida también como la «era de Pericles». Pericles era un político cuya pericia en los asuntos públicos le granjeó un gran prestigio entre sus ciudadanos. A partir del año 444 gobernó Atenas, velando para que la ciudad siguiera siendo una potencia marítima que le defendiera de ataques externos y promoviendo eficazmente todas las iniciativas intelectuales, artísticas y culturales que nos disponemos a enumerar a continuación. Como ha sucedido en otros lugares de extraordinario apogeo cultural como en la Florencia y la Roma renacentistas, el Siglo de Oro español del siglo XVII o la Viena de fin del siglo XIX, el extraordinario florecimiento cultural de Atenas fue posible gracias a que se lucró de las imposiciones fiscales sobre otras poblaciones jónicas obligadas a pagar impuestos a cambio de su protección militar. En todo caso, él apogeo de la civilización de Atenas no duró mucho —quizás unos cuarenta años— pero sí lo suficiente para poder quedar inscrita en letras de oro en el libro de la historia universal.

Los griegos fueron capaces de realizar unas creaciones artísticas que han merecido el apelativo de «clásicas», es decir, de generar unos cánones de belleza que ya nunca han pasado de moda, y han servido como modelo para todas las épocas posteriores. La belleza del arte griego deja anonadado al historiador que persigue «antecedentes» y «consecuencias» de los eventos, obsesionado con la idea de un «progreso» de raíces ilustradas. Pero las cosas ni suelen funcionar de este modo, ni suelen ser tan sencillas. Los buenos artistas son demasiado creativos como para poder ser predecibles, o dejarse aprisionar por categorías científicas preestablecidas. En qué modelos se basó Fidias para realizar esas bellísimas esculturas de los frisos del Partenón —conservadas en el Museo Británico y desgajadas por tanto de su contexto original— sigue siendo un misterio hoy día, y lo seguirá siendo probablemente por mucho tiempo. Los escultores de la Grecia clásica lograron reproducir el cuerpo humano con una naturalidad y una hermosura difícilmente expresables de otro modo. Esculturas como el discóbolo de Mirón, que aprovechaban la expresión de un movimiento que todos los espectadores identificaban con una apasionante competición olímpica, consiguieron realzar e idealizar la belleza a partir de lo natural y de lo cotidiano. Al historiador le queda la curiosidad, o quizás mejor dicho la pena, de no poder acceder a la pintura griega, que no ha podido superar el paso del tiempo, como tantas otras manifestaciones culturales, intelectuales y artísticas del pasado, pero que podemos al menos imaginar a través de las bellas figuras de cerámicas, vasijas y urnas.

Lo mismo puede decirse de las perfectas proporciones de los templos griegos que han inspirado a los arquitectos de todos los tiempos. Pero aquí prefiero dejar hablar a Ernst Gombrich, uno de los historiadores del arte más prestigiosos, quien en su bello ensayo Breve historia del mundo le explica a su hija Elsie por qué aquellos templos siguen en pie después de tantos siglos:

Se levantan incluso en la propia Atenas, donde todavía existe, ante todo, la ciudadela, la Acrópolis; allí, en la época de Pericles, se construyeron nuevos santuarios de mármol, pues los antiguos habían sido quemados por los persas mientras los atenienses se encontraban en Salamina. Esta Acrópolis sigue siendo hoy la construcción más bella de cuantas conocemos. No hay en ella nada especialmente grande o fastuoso. Es simplemente bella. Cada detalle está configurado de manera tan clara y sencilla que nos hace pensar que no podría haber sido de otro modo. Desde entonces se han empleado continuamente en arquitectura todas las formas utilizadas ahí por los griegos, como las columnas helénicas con sus diferentes tipos, que puedes encontrar en casi todas las casas de la ciudad si llegas a observar con atención. Es cierto que en ningún lugar son tan hermosas como en la Acrópolis de Atenas, donde no se reutilizaron como embellecimiento y decoración, sino para lo que fueron pensadas e inventadas: para sostener el peso del tejado como apoyos modelados con belleza.

La Acrópolis aparece imponente desde la lejanía, pero bellísima y proporcionada desde la cercanía. Cualquiera que se haya acercado a este templo con un mínimo sentido de lo sagrado (intentado, eso sí, abstraerse de las multitudes de turistas que le rodean) podrá suscribir las palabras de Gombrich, fijará para siempre en su memoria la honda impresión que le causaron esas piedras construidas hace aproximadamente 2 500 años, y se desprenderá de una vez por todas de esa desagradable tendencia que tenemos los contemporáneos de confundir lo «nuevo» con lo bueno o lo mejor.

Además de perspicacia para contar historias y la sublimidad de su arte, los griegos fueron también muy reconocidos por su habilidad para la especulación filosófica. Los primeros nombres que aparecen en casi todas las historias de filosofía son los de Platón y Aristóteles. La influencia de estos dos pensadores es tan grande que algunos se han aventurado a simplificar toda la historia del pensamiento en una línea platónica-idealista y otra aristotélico-realista. A estos se suele sumar el de Sócrates como el modelo del buen ciudadano y maestro de pensadores coherentes. Como todas las generalizaciones se trata de una simplificación y hay realidades que no cuadran del todo en ese gran marco dual, pero en todo caso es de admirar, también en este ámbito, la capacidad del mundo griego clásico de construir modelos para la posteridad. La especulación filosófica griega debe ser considerada, con todos los honores, la primera Ilustración, que se experimentó veintitrés siglos antes de la existencia de Voltaire.

Los griegos consiguieron también distinguir entre el pensamiento mítico, típico de las naciones vecinas como la judía, de la reflexión estrictamente racional. Pero no se trató de una sustitución de uno por el otro, como muchos piensan al utilizar la expresión «del mito al logos», ya que los griegos encontraron también modos maravillosos de reflejar el pensamiento mítico a través de la literatura y el teatro. Es más bien un reconocimiento de la peculiaridad de cada uno de estos dos ámbitos, «mito y logos» y, por tanto, de la conveniencia de distinguirlos. Basados en esa distinción, los griegos desarrollaron un pensamiento racional que sería heredado y ampliamente desarrollado por Occidente a través del pensamiento escolástico y cartesiano, hasta llegar al paroxismo de la Ilustración y las formas de existencialismos y posmodernismos algo más atormentadas en la actualidad. Pero también crearon algunos géneros literarios —por ejemplo, las epopeyas de Homero y las tragedias de Sófocles— que respondieron a la demanda de la sociedad de narraciones legendarias y mitológicas.

Los relatos mitológicos responden a la honda necesidad de las personas de contar con modelos ideales de comportamiento. Cuando responden a los criterios de verosimilitud y presentan figuras con fondo moral, permiten a las personas soñar despiertos y al mismo tiempo contar con modelos de actuación sublime a los que aspiran imitar: por ejemplo, los poemas épicos medievales como el Cantar de Roldán o el Cantar de mio Cid, las leyendas del ciclo artúrico, la novela moderna en sus múltiples manifestaciones (desde el Quijote al Señor de los Anillos) y el cine en el mundo contemporáneo, desde La Guerra de las Galaxias a Batman. Todos ellos expresan valores como la caballerosidad, el heroísmo, la tenacidad, el compromiso, la lealtad y la valentía. Estos mensajes son difícilmente comunicables de otro modo, ya que el lenguaje de la ficción es el único capaz de transmitirlos con la necesaria simplificación que precisan.

De hecho, hay dos manifestaciones en la Grecia clásica que expresan perfectamente esta complementariedad entre el mito y el logos, entre lenguaje mitológico y lenguaje racional: la historia y el teatro. Uno de los sabios griegos, Heródoto, es considerado el padre fundador de la historia. Heródoto es el historiador de las Guerras Médicas, a las que ya hemos hecho referencia al hablar del relato que era elaborado por los vencedores. La intención de Heródoto en su Historia (una palabra cuya etimología en griego parece responder al concepto contemporáneo de «encuesta») era realizar una investigación lo más objetiva posible de lo que había sucedido en esas batallas. Para ello, se entrevistó de modo sistemático con los protagonistas de esas contiendas, o al menos con quienes oyeron esas historias directamente de quienes las habían experimentado —claro que lo hizo sobre todo con los combatientes griegos—.

Aun con todas las limitaciones de su rudimentario método, Heródoto consiguió que sus contemporáneos distinguieran sus descripciones reales de otras narraciones como las leyendas homéricas o las poesías, que no tenían que reflejar con exactitud los hechos acaecidos. Heródoto, junto a otros célebres historiadores griegos como Tucídides y Polibio, rompió también con otra convención, ya que no presentaba sus escritos en la forma habitual, en versos poéticos, sino en una monótona sucesión de sentencias que hoy llamamos «prosa». La forma en prosa era un signo externo que distinguía sus narraciones históricas de la forma poética de las narraciones legendarias y mitológicas. A los griegos les gustaba oír las narraciones legendarias, en las que se contaban sucesos extraordinarios de dioses y héroes, una y otra vez, en forma de verso, y a ser posible declamadas musicalmente, para poder retenerlas mejor y poder así transmitirlas a sus hijos. Es lo que nos sucede hoy con la música moderna: aunque seamos gente de escasa memoria, conseguimos recordar las letras de las canciones de nuestros grupos preferidos, porque están presentadas en cortos versos y además concuerdan bien con el ritmo musical. Pero Heródoto debía tratar de los sucesos reales de personas de carne y hueso, no de las hazañas sobrenaturales de héroes y dioses. Por esto eligió la prosa humilde, lo que le permitía además alargarse en sus reflexiones morales. Él sabía que en sus narraciones históricas no era tan importante retener literalmente todas las frases en la memoria, sino reflexionar sobre los acontecimientos, las ideas y las consecuencias morales de los hechos que se relataban.

Todos los historiadores estamos de acuerdo en que la verdadera revolución de la historia, la que le hizo entrar en el panteón de las disciplinas científicas, se dio gracias al historicismo germánico decimonónico, liderado por Leopold von Ranke. Pero nadie duda tampoco a la hora de atribuir a Heródoto la paternidad de la primera separación entre historia y literatura, lo que le otorgó el mencionado título imperecedero de «el padre de la historia». A partir de él, la historia y la literatura se separan en teoría, pero como ambas se presentan como una narración, no siempre es sencillo distinguirlas. Lo más importante para los historiadores es comprometerse con la búsqueda honesta de la realidad histórica, aunque a veces el modo de presentarla sea algo más aburrido que el de la literatura porque las conexiones entre una sentencia y otra no surgen de la propia imaginación sino que deben sujetarse a la esclavitud de los eventos. Esta preocupación por la belleza narrativa, incluso si se está escribiendo un libro de historia, existe ya desde muy antiguo: el último libro histórico de la Biblia, el segundo libro de los Macabeos, compuesto en torno al año 100 a. C. en un ambiente claramente helenizante, termina con una exhortación a los historiadores para que presenten sus narraciones no solo de un modo veraz, sino también bello:

Así se desarrollaron las cosas referentes a Nicanor, y, puesto que desde aquel tiempo la ciudad está en poder de los hebreos, yo también terminaré aquí la narración. Si la composición ha quedado bella y bien compuesta, eso es lo que yo quería; si resulta de poco valor y mediocre, esto es lo que he podido hacer. Así como beber vino solo —lo mismo que el agua sola— es perjudicial, mientras que el vino mezclado con agua es saludable y tiene un agradable sabor, así también la distribución del relato agrada los oídos de los que llegan a leer la composición. Y que aquí sea el final.

(2 Macabeos, 15: 37–39.)

Hoy día, en lo único en que no estaríamos de acuerdo los historiadores con el autor de esa cita es en que beber el vino sin agua es perjudicial para la salud. Pero sus palabras deberían ser un modelo a seguir para quienes nos dedicamos profesionalmente a la escritura histórica: otra cosa muy diferente es que seamos capaces de emular la belleza con que el autor sagrado consiguió expresar esta idea.

Junto a la escritura de la historia, los griegos también hicieron un importante descubrimiento: la utilización de una interpretación escénica, que llamaron teatro, para transmitir de un modo racional las verdades más profundas insertas en la naturaleza humana. Llegó un momento que los griegos se dieron cuenta de que debían idear un sistema para poder transmitir a una mayor audiencia el contenido de sus mitos más ancestrales, aquellos que hacían referencia a los valores que eran compartidos por toda la sociedad. Algunos antropólogos han definido al teatro griego como una «racionalización del rito», puesto que todas sus formas externas (la compenetración entre actores y espectadores, la transmisión de realidades profundas a través de una trama ficcional, el dramatismo de la representación) equivalen a las de los ritos, pero se les ha desgajado ya de sus connotaciones mágicas. Las obras teatrales empezaron siendo breves, pero pronto se alargaron un día entero, habitualmente festivo. Las actuaciones tenían lugar en lugares que facilitaran al máximo la audición y la visión, por lo que se solían aprovechar espacios que presentaran de forma natural un medio círculo, tal como podemos admirar todavía hoy en muchas de las ciudades de pasado griego y romano. Los actores llevaban grandes máscaras que les cubrían la cara, entre otras razones para prevenir a la audiencia de identificar a los actores con los personajes que estaban representando.

Poco a poco se fueron distinguiendo algunos géneros dentro del teatro, que respondían a su vez a las diferentes demandas de la audiencia. El género más popular fueron las tragedias, puesto que permitían ahondar en un tono solemne y majestuoso, pero gráfico y comprensible a la vez, en algunos de los grandes dilemas humanos, como el destino, el bien y el mal, o la muerte, con los que los ciudadanos se sentían muy identificados. A distancia de los siglos, sigue siendo estremecedor releer algunas tragedias clásicas como Antígona y Edipo Rey de Sófocles o Medea y Orestes de Eurípides porque sus mensajes más profundos tienen una actualidad sobrecogedora. Otro género muy apreciado por los griegos fueron las comedias, puesto que su condición irónica les permitía afrontar temas muy serios, de contenido político y moral muy profundo, sin las connotaciones tremendistas connaturales a las tragedias. El autor más representativo de las comedias fue Aristófanes, y entre sus obras podríamos destacar Los caballeros, una obra satírica que bajo su máscara ficcional es una sátira brutal contra Cleón, uno de los políticos más influyentes de la época inmediatamente posterior a la de Pericles. Por lo demás, las comedias permitían a los griegos, que pasaban por ser gente muy seria, abandonar, por lo menos durante un rato, su calculada gravedad, y les proporcionaba una ocasión para reírse de sí mismos, una actitud de la que debemos seguir aprendiendo día a día.

Finalmente, los griegos también mostraron un sentido práctico de la existencia muy agudo. El enfrentamiento con los persas les había inmunizado de todo lo que pudiera acercarse a la tiranía, pues eran muy celosos de su libertad y de su autonomía. La organización en poleis (ciudades) completamente autónomas, más que en grandes y extensos imperios, posibilitó una organización más racional del gobierno que la que alcanzaron sus contemporáneos. La primera Constitución de Atenas data del 594 a. C., es decir, un siglo antes de las batallas de Maratón y Salamina. Un noble conocido como Solón propuso una constitución que se conoció como «solónica» y que establecía que los ciudadanos tenían que decidir por sí mismos cómo organizarse. Por ello se denominó a ese sistema político democracia —literalmente, «gobierno del pueblo»—. Los notables atenienses se reunían periódicamente en la plaza del mercado de Atenas para tomar sus decisiones y elegir a unos hombres experimentados que las pusieran en práctica. No era desde luego un tipo de «democracia» tal como la entendemos hoy, porque solo una élite, el grupo de los ciudadanos, podía tomar esas decisiones, y muchos otros habitantes de la ciudad (empezando por los esclavos y las mujeres) quedaban fuera. Pero el sistema fue lo suficientemente justo como para funcionar como modelo para esa denodada lucha contra la tiranía y el despotismo que todas las sociedades deben librar de un modo u otro.

La civilización griega clásica tuvo, como todas las culturas, sus luces y sus sombras. La esclavitud siguió muy arraigada en ese pueblo, la tiranía dominó por lo general sobre el buen gobierno, y su edad de oro fue verdaderamente efímera, quebrantada de forma prematura por las luchas intestinas de unas élites siempre insatisfechas y por la irreconciliable ruptura entre el modelo ateniense y el espartano. Pero en la balanza de lo que legó a la posteridad pesan desde luego mucho más los aciertos que los fracasos; y no solo por el hecho de habernos legado la costumbre lúdica de las Olimpiadas, que seguimos realizando con su misma periodicidad, cada cuatro años, y que nos proporciona tantos bellos ejemplos de superación y nobleza. Ellos fueron quienes, por primera vez, ofrecieron un modelo clásico en el comportamiento, en la vida pública, en el arte y en el pensamiento, digno de ser imitado permanentemente por los pueblos que estaban por llegar en la historia.

Capítulo 3 Roma y la civilización


La civilización romana – Los orígenes de Roma – Rómulo y Remo – La monarquía – Tarquinio el Soberbio – El Consulado – Patricios y plebeyos – La expansión en Italia – Alianzas y conquistas – Las Guerras Púnicas: Cartago y Aníbal – La helenización – Hispania – Las Galias – Julio César – Augusto y el Imperio – La «transmisión» del imperio – La racionalización de la administración – Las obras públicas y la ingeniería – El régimen fiscal – El derecho romano – La ciudadanía romana – El Mediterráneo, un espacio común – La romanización – El legado de Roma – Romanismo y germanismo – Paganismo y cristianismo

Cuenta la leyenda que Roma fue fundada en el año 753 a. C. Roma encarna —para la sabiduría popular— el sentido práctico de la existencia, como Jerusalén el de la religiosidad y Atenas el de la sabiduría. La figura del jurista romano se presenta como uno de los paradigmas de la nueva civilización, como lo habían sido antes la del profeta judío o el pensador griego. Como todas las generalizaciones, estas deben ser matizadas. Pero nos sirve como arranque de este capítulo dedicado a la civilización romana, que ha funcionado y sigue funcionando como inspiración y modelo de algunos de los valores occidentales más asentados: la planificación racional de los medios para conseguir unos fines determinados, el sentido práctico y jurídico de la existencia y la infatigable búsqueda de la aplicabilidad de los avances teóricos y técnicos.

El término que expresa mejor la contribución romana para la posteridad es el de civilización. Este concepto nos remite a valores completamente asimilados en nuestra mentalidad como el respeto a unas reglas previamente consensuadas, la planificación administrativa, la protección de los derechos básicos, la seguridad de los caminos, la representatividad política, la estabilidad social, el fomento del desarrollo económico, el cuidado de la higiene, el arreglo del vestuario, la preservación de unas normas básicas de educación, el acomodo en el habla, el fomento de la cultura y la provisión de la instrucción a los más jóvenes. Obviamente, no es que los romanos consiguieran unos estándares elevados en todos estos ámbitos, pero sí que procuraron fomentarlos no solo en su capital, Roma, sino también en todos los territorios que iban conquistando. Por este motivo, hoy día consideramos prácticamente sinónimos los conceptos de romanización, civilización, colonización, culturización, progreso y desarrollo.

Roma se preocupó, al igual que Israel, por el relato de sus orígenes. Lo hizo, cómo no, a través de un lenguaje mitológico y legendario, utilizando un lenguaje simbólico. Pero, así como los judíos se remitieron a los orígenes de la humanidad, a los romanos les bastó con remontarse a los orígenes troyanos. Estos relatos cuentan que un troyano huido, Eneas, se había refugiado en Italia. Dos notables descendientes suyos, Rómulo y Remo, habían tenido por padre a Marte, el dios de la guerra, siendo amamantados en el bosque por una loba salvaje. Uno de los hermanos, Rómulo, fundó Roma en el año 753 a. C. Los romanos comenzaron a contar la historia desde esa fecha (Ab urbe condita [desde la fundación de la ciudad]), del mismo modo que los griegos lo hacían desde las primeras olimpiadas y más adelante Occidente lo haría desde el nacimiento de Cristo o los musulmanes desde la Hégira de Mahoma.

La ciudad se organizó pronto en torno a una monarquía, que era el sistema que predominaba en las grandes civilizaciones del momento. Esta estructura acabó resultando ineficaz, sin embargo, para una ciudad que se desarrolló, ya desde sus orígenes, con un enorme dinamismo. El último rey de Roma, Tarquinio el Soberbio, fue asesinado por un noble llamado Bruto. Se instauró entonces el gobierno de los aristócratas, que en Roma recibían el nombre de patricios. Estos solían ser grandes terratenientes que tenían el derecho de elegir a los principales funcionarios de la ciudad, llamados cónsules, y que tenían una dominación efectiva sobre los pobres, llamados plebeyos. Al principio los plebeyos no tenían ningún derecho, y por supuesto no podían formar parte del gobierno de la ciudad. Pero finalmente, tras una lucha que duró siglos, los plebeyos consiguieron equiparar sus derechos a los de los patricios y compartir con ellos el gobierno de la ciudad. De los dos cónsules que cada año regían la ciudad, uno debía ser patricio y el otro plebeyo.

Esto sucedió durante el siglo IV a. C., entre el humillante saqueo de Roma por los galos en el año 390 y el inicio de las conquistas de Alejandro Magno en el 336. A finales de ese siglo los romanos iniciaron una expansión muy agresiva por la península itálica, que se alargó aproximadamente hasta el año 250. Durante ese largo período se consolidó el modelo de conquista romano, que sería utilizado durante los siguientes siete siglos de su existencia. A diferencia de la estrategia de los modelos griegos, persas y helenistas, la expansión romana tenía como objetivo la estabilidad de una colonización duradera más que el fogonazo de una presencia militar efímera. La anexión de territorios se producía por alianza, a través de la coalición con una ciudad que reclamaba protección militar, o por la conquista de las temidas legiones romanas.

Concluida la conquista de la península itálica, los romanos fijaron sus ojos en la rica isla de Sicilia, célebre por su productividad de cereales y por haber sido una de las colonias griegas más renombradas. Pero la isla, que ya desde la Antigüedad estaba acostumbrada a cambiar de soberanía continuamente, había pasado ahora a manos de los fenicios, que la dominaban desde la gran capital norteafricana Cartago. Se entabló así una feroz lucha entre romanos y cartaginenses por el dominio de Sicilia, conocidas como las Guerras Púnicas porque los romanos llamaban a los fenicios de este modo. Esta contienda fue durísima, y se alargó entre los años 241 y 202. Los cartagineses contaron con un valeroso, audaz y clarividente jefe, Aníbal, que a punto estuvo de terminar con Roma. Pero finalmente los romanos se impusieron y Aníbal prefirió suicidarse a caer bajo su yugo.

A partir de esa decisiva victoria, las fichas del dominó mediterráneo siguieron cayendo, una detrás de otra, en manos de Roma. La siguiente víctima fue Grecia, que estaba sometida por los macedonios pero muy debilitada por las divisiones internas. Esta conquista tuvo unas notables consecuencias culturales pues, aunque Atenas estaba debilitada, su incorporación a Roma implicó una fuerte helenización de todo su territorio. El idioma griego fue difundido por el Mediterráneo como una lengua culta, que era de buen tono utilizar, la literatura más sobresaliente fue traducida al latín y las obras artísticas usadas como modelos, cuando no copiadas exactamente. Sin la mediación de los romanos, es posible que muy poco nos hubiera llegado de la civilización griega clásica. De hecho, muchas de las esculturas griegas que hoy admiramos en los museos de todo el mundo no son originales en sentido estricto sino fieles copias realizadas siglos después por los romanos.

Cartago fue definitivamente arrasada (literalmente) por los romanos el año 146. Hispania fue la siguiente provincia en anexionarse, después de unos durísimos enfrentamientos con las poblaciones celtas e íberas que las habían poblado desde siglos antes. Roma se convirtió entonces, después de un largo período de progresiva expansión, en la ciudad más poderosa del mundo conocido. El siguiente gran impulso expansivo lo dio un formidable general llamado Cayo Julio César. Entre los años 58 y 51 se hizo con la Galia y parte de la Germania. Poco después conquistó Egipto, maniobrando hábilmente con la reina Cleopatra. Julio César no solo demostró ser un sabio y valeroso guerrero, que nos legó unas agudas memorias de guerra, sino también un buen administrador. Reorganizó el calendario, estableciendo una división por meses y años bisiestos que es la que utilizamos hoy día. Aunque el sistema político del momento era el Consulado y el poder estaba controlado por el Senado, Julio César llegó a acumular una enorme autoridad y respeto por parte del pueblo. Pero los senadores recelaron de él y en el año 44 decidieron asesinarlo, siendo apuñalado brutalmente en el mismo Senado hasta por sus propios amigos, como Bruto («¿tú también, Bruto, hijo mío?»).

Pero su hijo adoptivo, César Augusto, tras luchas interminables frente a otros generales, se hizo con todo el territorio romano y fue declarado el primer emperador, gobernando desde el año 31 a. C. hasta el 14 d. C. Aunque el imperio continuó expandiéndose durante los dos siguientes siglos, la época de Augusto se considera el clímax de la civilización romana, floreciendo extraordinariamente la cultura y consiguiéndose tal dominio sobre el mundo que fue conocida por la posteridad como la era de la pax romana. Se cumplía más que nunca aquel adagio latino, si vis pacem, para bellum [si quieres la paz, prepárate para la guerra]: los romanos habían estado combatiendo durante siglos para conseguir ahora esa paz, que era fruto de su dominación del mundo más que de una conciliación universal.

La idea del imperio, junto a la de civilización, es la que asociamos naturalmente a Roma. El sistema de centralización de la soberanía, la autoridad y el gobierno en una sola persona que goza de plena potestad nos puede parecer hoy día una aberración, ya que lo identificamos con la dictadura y la tiranía. Es natural que sea así, puesto que hemos avanzado mucho en Occidente en la dotación de mecanismos que permiten el control de los gobernantes, gracias a tantos siglos de experiencia política. Pero en aquel tiempo, una dominación personal que funcionara bien, que consiguiera la adhesión del pueblo y estuviera basada en un sistema jurídico como el romano, solía ser más justa que un gobierno descentralizado en pequeñas unidades de soberanía. Estas solían degenerar en gobiernos muy despóticos, o asimilables al sistema de mafias —cuyo único argumento para el poder es la capacidad para generar un mayor grado de violencia que sus oponentes—. El verdadero problema social en Roma fue su incapacidad de superar el sistema esclavista, que solo sería abolido cuando los ideales del cristianismo hubieran sido asimilados masivamente.

Por otro lado, el prestigio del Imperio romano fue tan grande que, una vez desaparecido, todos los soberanos quisieron de un modo u otro apropiarse de su herencia. La idea de la «transmisión del imperio» fue diseñada por Carlomagno, quien organizó una solemne coronación en Aquisgrán en la Navidad del año 800. Se suponía que quien poseía la corona imperial estaba legitimado a una expansión territorial sin límites, puesto que el ámbito de la jurisdicción del heredero del emperador romano era universal. Esto implicó, como no podría ser de otro modo, fuertes tensiones entre el emperador del Sacro Imperio germánico (que es quien heredó la corona imperial durante buena parte de la Edad Media) y el papado, la otra institución con jurisdicción universal, aunque en su caso ceñida al ámbito espiritual y religioso más que al temporal o político. Estas tensiones entre papado e imperio, experimentadas ya desde la misma conversión de Constantino en el siglo IV, fueron constantes durante los siglos medievales, y culminaron en las contiendas político-religiosas de la Edad Moderna. Gracias a algunos avatares dinásticos, urdimbres cortesanas y victorias militares, la corona imperial se trasladó de Alemania a España en el siglo XVI, hallando en Carlos V y Felipe II a unos dignos herederos. Finalmente, la idea legitimadora de la corona imperial se reactivó con la coronación de Napoleón como emperador en París en 1804. Después fue recuperada por Hitler, quien instauró el Tercer Reich, una supuesta restauración del Sacro Imperio romano-germánico medieval. Por lo que se ve en este recorrido, la legitimación de la aspiración a una expansión territorial universal ha tenido consecuencias bélicas terribles para la humanidad, y es deseable que nadie vuelva a tener semejante ocurrencia.

Pero volvamos a la política romana. ¿Cómo consiguió Roma controlar con eficacia tal enorme cantidad de territorio? Solo había habido un precedente similar: el Imperio persa de Darío —al que nos hemos referido al hablar de las Guerras Médicas— que abarcaba desde Egipto a las fronteras de la India, una extensión que parece increíble. Darío basó su control en dos pilares: la construcción de caminos para facilitar la comunicación y el establecimiento de una red de funcionarios (conocidos como los sátrapas) para asegurar la cohesión política. Siguiendo en parte ese modelo, asimilado especialmente a través del sistema alejandrino de los reinos helenísticos, los romanos establecieron, ante todo, una extraordinaria red de comunicaciones, cuyas improntas son palpables hoy día en sus restos físicos y en las retículas urbanas, y de cuyo impecable diseño se han beneficiado las modernas carreteras (tantas veces construidas sobre los antiguos itinerarios romanos, como la Vía Augusta barcelonesa). La construcción de estos caminos implicó la agudeza del ingenio romano para superar los grandes obstáculos físicos que se iban presentando. Pero, cuando los romanos se proponían un objetivo, parecía que nada ni nadie podía oponerse a su tenacidad y ambición, lo que les hizo generar una enorme destreza para la técnica y la ciencia aplicada. El desarrollo de la ingeniería romana fue tan extraordinario que consiguió construir algunas obras públicas de tal envergadura y calidad —puentes, carreteras y acueductos— que todavía podemos utilizar hoy día.

A las vías de comunicación, los romanos añadieron también una minuciosa y eficaz organización administrativa, fundamentada sobre todo en la estructura y descentralización territorial. El imperio estaba organizado en provincias, basadas en reuniones de ciudades. Las ciudades, con su peculiar trama urbana y su concentración demográfica, fueron la clave de la racionalización administrativa romana. Esto implicó el nombramiento de representantes políticos, militares y jurídicos, que gobernaban por delegación del emperador a nivel provincial y local. La racionalización del entramado viario y administrativo aseguró durante muchos siglos el control del imperio por parte del emperador y de sus más estrechos colaboradores. Sus órdenes escritas podían llegar a cualquier extremo del mismo en un breve lapso de tiempo, transportadas por veloces y eficaces mensajeros.

Otro de los fundamentos del poder y la duración del imperio se debió al establecimiento de un régimen fiscal bien organizado, que garantizaba un sostenimiento económico racional y duradero. Roma fue también pionera en este ámbito, pues fue la primera gran entidad política en poner en práctica un sistema racional, proporcionado y sistemático de cobro de impuestos, que afectaban no solo a las personas individuales, sino también a las transacciones comerciales. Muchas veces se olvida que las murallas que solían rodear a las ciudades, tanto en la Antigüedad como en la Edad Media, no tenían solo una función defensiva sino también fiscal. La intensa monetización que experimentó el imperio contribuyó también decisivamente a la flexibilidad comercial y la eficacia del sistema fiscal. Pero tuvo la contrapartida de los efectos terribles que provocaban en el pueblo las continuas inflaciones promovidas por los emperadores para contrarrestar las cíclicas crisis financieras que afectaban al imperio. Los gobernantes podían jugar continuamente con el doble patrón de la moneda romana (oro y plata) para asignarles un valor determinado según las necesidades de cada momento. De este modo, los romanos se convirtieron en el primer pueblo de la historia en percibir, de modo sistemático y dramático, los efectos nocivos de una economía desregularizada y sin control o regulada sin un patrón sistemático.

Por fin, todo este gigantesco entramado se apuntaló con el establecimiento de un orden jurídico cuya solidez y brillantez todavía hoy nos causa admiración. El derecho romano se basaba en la premisa de la igualdad de todo ciudadano ante la ley, algo que había sido inédito hasta entonces. Esta igualdad ante la ley estaba restringida ciertamente a una minoría, la de los ciudadanos (cives) romanos, quedando excluidos por tanto las grandes masas de esclavos y buena parte de la población de las provincias. Pero causa admiración comprobar el escrúpulo con que los romanos preservaban los derechos de sus ciudadanos, incluso de aquellos que estaban muy alejados de la urbe. Después de 2 000 años, nos sigue asombrando el detallado relato de los Hechos de los Apóstoles, en el que se narra el momento en el que san Pablo apela a su ciudadanía romana para ser tratado conforme a lo dispuesto por la ley. Después de un violento altercado con los judíos en el Templo de Jerusalén, Pablo fue encadenado «con dos cadenas» por los soldados, y llevado hacia el cuartel. Pero el tribuno le permitió decir unas palabras de defensa, desde las mismas escaleras que daban entrada al cuartel. Después de escuchar atentamente su defensa, los judíos se enfurecieron todavía más y se dispusieron de nuevo a golpearle. El tribuno, algo desconcertado, decidió entonces conducir a Pablo dentro del cuartel, para obtener más información a través de una tortura que, tal como aparece en la narración de los Hechos de los Apóstoles, debía ser una práctica habitual entre los soldados romanos: le estiraron, tensando su cuerpo con fuertes correas, y se dispusieron a azotarle. El tribuno dejó en manos del centurión la ejecución de la tortura. Pero Pablo le espetó al centurión: «¿Os es lícito azotar a un romano sin haberle juzgado?» Estas palabras tuvieron el mismo efecto que un sortilegio mágico. El centurión, como movido por un resorte, se dirigió al tribuno, que esperaba fuera porque se había ahorrado la experiencia directa de la tortura, y le dijo: «¿Qué vas a hacer? Este hombre es ciudadano romano». El tribuno entró en la sala de torturas y le preguntó a Pablo si de verdad era ciudadano romano, puesto que él la había conseguido con una fuerte suma de dinero. Pablo le respondió que él la tenía por nacimiento. El tribuno, «asustado al enterarse que era romano» y alertado de una conjuración judía para asesinar a Pablo, organizó cuidadosamente su traslado de Jerusalén a Cesarea. Para que llegara sano y salvo ante Félix, el gobernador de Judea, preparó una escolta de doscientos soldados, setenta jinetes y doscientos lanceros, comandados por dos centuriones. Se inició entonces un largo proceso jurídico, que culminó con la apelación de Pablo al César, un derecho reservado exclusivamente a los ciudadanos romanos. Después de ser interrogado una vez más por el nuevo gobernador de Judea, Festo, y el rey Agripa, biznieto de Herodes del Grande, Pablo fue trasladado a Roma. Allí permaneció dos años enteros en un apartamento, con un soldado que lo custodiaba, hasta que finalmente fue liberado.

La legislación romana era omniabarcante, ya que se aplicaba a las más variadas esferas de la vida (desde la familia al comercio), aseguraba el mantenimiento del orden público y garantizaba los derechos de sus ciudadanos aunque —como hemos visto en el caso de Pablo— para ello hubiera que activar medios extraordinarios y movilizar a centenares de soldados. Los romanos no llegaron desde luego a la separación de poderes, algo que sería patrimonio de las sociedades contemporáneas gracias a la labor pionera de los primeros gobernantes norteamericanos y algunos pensadores franceses como Montesquieu y Tocqueville. Tampoco consiguieron superar la evidente discriminación que suponía la exclusión de su sistema jurídico de quienes no gozaban del estatus de ciudadanos del imperio. Pero consiguieron hacer efectiva una legislación de valor universal, garantizada por unas prácticas jurídicas objetivables. El derecho romano se sigue estudiando en la actualidad en las más prestigiosas universidades, puesto que la sabiduría y el sentido práctico de sus principios no han remitido con el paso de los siglos.

Otra de las improntas más importantes que nos ha legado el Imperio romano es el sueño de un mar Mediterráneo unido. Hoy nos parece una utopía, puesto que las dos cesuras que han afectado históricamente al Mediterráneo (la división entre un norte cristiano y un sur islámico en el siglo VII y la división entre un Oriente ortodoxo y un Occidente católico en el siglo XI) han marcado su dramática historia en los últimos siglos. Además, hoy día tendemos a asociar al Mediterráneo a un espacio de pobreza frente los países atlánticos y de Centroeuropa más avanzados cultural y económicamente. Pero no siempre ha sido así. Roma consiguió que toda su expansión territorial y militar se manifestara también en una unidad cultural, lingüística y comercial. Pero para esto era esencial considerar al Mediterráneo («mar entre tierras») no como un espacio de división, sino como un especio de unión e intercambio. Por este motivo pudieron referirse a él como el Mare Nostrum. Los más prestigiosos historiadores del siglo XX, Fernand Braudel y Georges Duby a la cabeza, nos han legado páginas maravillosas sobre la eficacia de un Mediterráneo diseñado más como un espacio de unidad que de fragmentación. Quizás hoy nos parece un sueño demasiado lejano y utópico, pero es cierto que el espacio donde emergieron las primeras civilizaciones y se consiguió tan alto grado de cultura y entendimiento quizás merezca una mayor suerte en el futuro.

Toda esta labor de unificación cultural de las tierras del contorno del Mediterráneo nos conduce al concepto de romanización. Hoy día asimilamos este concepto al de civilización, ya que romanización y civilización eran las dos caras de una misma moneda en la expansión romana. A diferencia de sus antecesores egipcios, babilónicos, persas y macedonios, los romanos no pretendieron construir un imperio único donde todas las personas gozaran de los mismos derechos. Prefirieron convertir los territorios conquistados en provincias, a las que se les permitía conservar sus costumbres, su religión, sus tradiciones, su cultura y su idioma, pero que debían respetar a su vez a las autoridades romanas, someterse a sus tropas, pagar costosos impuestos y asumir una organización basada en el modelo urbano. Al principio, los habitantes de los territorios ocupados detestaban las costumbres, la lengua y las tradiciones de sus conquistadores, pero, poco a poco, se dejaban seducir por las nuevas formas de vida civilizadas introducidas por los romanos que iban incorporando a su propia existencia cotidiana. Así, junto a la conquista militar y el sometimiento político, se iba verificando un proceso civilizador casi imperceptible pero muy profundamente asimilado. El genio práctico romano se imponía de modo natural cuando los indígenas empezaban a gozar de cómodas vías de comunicación, de edificios públicos de entretenimiento, de espectáculos deportivos, de conducciones de agua corriente, de termas y hasta de templos paganos donde dirigir su religiosidad natural. De este modo, aunque solo fuera por razones prácticas, el latín fue convirtiéndose en una lengua franca, como lo es hoy día el inglés.

Roma basó la longevidad de su dominación en una estrategia sucesiva, que se repetía indefectiblemente en cada proceso expansivo: primero, conquista militar; después asentamiento institucional y administrativo, lo que garantizaba la estabilidad política; finalmente, un proceso civilizador que conocemos como «romanización». La novedad de este esquema es que cuando la romanización se hacía efectiva en una provincia, ya no era estrictamente el mantenimiento de un «orden excepcional». Esto liberaba energías para conducir a las fuerzas militares a otros frentes de expansión o focos de tensión, cada vez más localizados en el limes del este, amenazado por el vigor de los nuevos pueblos germánicos. Esta estrategia hizo grande a los romanos, puesto que la mayor parte de los imperios surgidos a lo largo de la historia han tenido que contentarse con una presencia militar y un orden policial de control que, cuando desaparecían o se debilitaban, provocaban la subversión de los autóctonos, y el imperio se venía abajo en poco tiempo. Ciertamente los imperios modernos han buscado alternativas, o han tratado de aplicar su romanización: evangelizadora en el Imperio español, comercial en el británico, revolucionaria en el napoleónico y comunista en el soviético. Todos los imperios han necesitado de su romanización para legitimar, justificar y consolidar su expansión territorial y su control político. Pero a estas alturas resulta todavía complejo encontrar un imperio donde la implantación cultural haya sido tan eficaz y de tanta duración como en el romano. Por este motivo Roma nos sigue produciendo tanta fascinación.

Examinados todos estos valores, podemos enumerar ya el legado que Roma dejó a la posteridad. En lo político, Roma experimentó las tres formas de gobierno (monarquía, república e imperio) que serían fuente de inspiración continua para las civilizaciones futuras. En lo administrativo, consiguió una extraordinaria racionalización en el equilibrio entre centro y periferia, que le permitió consolidar sus conquistas con la implantación inmediata de un sistema de gobierno eficaz. En lo económico, construyó un primer ámbito económico global, el Mediterráneo, en el que una aparente frontera natural (el mar) se convirtió en un rico espacio de intercambio no solo de productos materiales sino también de ideas. En lo jurídico, diseñó una legislación y un sistema penal imperecedero, tan eficaz y preciso que sigue siendo fuente de estudio y admiración por los juristas contemporáneos. En lo cultural, basó su expansión territorial no solo en la supremacía militar sino también en unos valores de civilización que llevaba inherente la imposición de una misma lengua (el latín) y de una misma religión (el paganismo y después el cristianismo) lo que le posibilitó una larga duración. Finalmente, desarrolló una primera sociedad tecnológica, caracterizada por un plan racionalizado de obras públicas y de la construcción de unas vías de comunicación que garantizaron la rapidez de la mensajería, la seguridad de los viajantes, el fomento del comercio y el intercambio de ideas.

Todos los territorios ocupados por los romanos acogieron con mayor o menor entusiasmo estos valores, pero finalmente asimilaron su lengua, su ordenamiento jurídico y, hacia el final del imperio, su religión oficial. Más tarde, cuando los reinos germánicos se fueron asentando en los antiguos territorios del imperio, mantuvieron por lo general los valores básicos romanos. Henri Pirenne demostró, en su bello libro Mahoma y Carlomagno, que la verdadera ruptura de los valores romanos no llegó con las invasiones germánicas, sino con la expansión islámica. Esto ha dado lugar a un intenso debate sobre la durabilidad de los valores de unos y otros, romanos o germánicos, en Occidente. ¿De quién recibió el feudalismo Occidente? ¿Quién le proporcionó su base jurídica? ¿No eran las monarquías europeas una resonancia de las germánicas más que una herencia propiamente romana? La discusión se confinó al principio a los límites del marco académico, pero pronto sobrepasó su umbral para adentrarse en el ámbito público, pues lo que se barajaba era algo más que una cuestión puramente erudita. La poderosa ciencia histórica alemana decimonónica optó lógicamente por el germanismo, tratando al mismo tiempo de desprestigiar la tradición romana, supuestamente identificada con el pontificado romano. El tiempo fue poniendo las cosas en su sitio, y los especialistas están por lo general de acuerdo que el romanismo prevaleció sobre el germanismo. Pero este debate ha quedado como un ejemplo modélico de cómo el intento de legitimar una realidad (política, cultural, religiosa) del presente, puede distorsionar completamente la adquisición de una visión objetiva del pasado.

Pero, por encima de este debate entre romanismo y germanismo, una cuestión de mucha mayor entidad se fue imponiendo en los largos siglos de decadencia romana: la disyuntiva entre paganismo y cristianismo. La figura clave de este proceso fue Constantino. Su conversión a principios del siglo IV implicó de hecho la asunción del cristianismo como religión oficial por parte del Imperio romano, y el abandono del paganismo. Pero, como suele suceder, las cosas no fueron tan sencillas como parecen. El propio Constantino, convencido de la necesidad de adaptarse a los nuevos tiempos, y quizás estimulado también por una genuina conversión espiritual, decidió poner fin a las persecuciones y asumir el cristianismo como religión oficial del imperio, pero tratando de armonizar la nueva religión con los antiguos cultos paganos. El genio de sus colaboradores construyó un relato, la historia de su conversión, que refleja expresivamente su intención de compaginar las dos religiones. En esa historia se cuenta que Constantino vio inscrita sobre el sol una cruz, y esto le llevó a la victoria sobre su opositor Majencio en Puente Milvio y a su propia conversión. El solapamiento de los dos símbolos esenciales de cada una de las religiones (el sol para los paganos; la cruz para los cristianos), es una plasmación muy gráfica y eficaz de su deseo de hacerlas compatibles, para contentar a todo el pueblo. Pero, en todo caso, la audaz decisión de Constantino de legalizar al cristianismo permitió a los cristianos salir de la clandestinidad y ensamblar la capital de la potencia mundial con la cabeza de una religión que había sido fundada por un carpintero judío cuatro siglos antes. ¿Cómo había sucedido esto?

Capítulo 4 La expansión del cristianismo


La era cristiana – La predicación de Jesús – Ricos y pobres – Señores y esclavos – Muerte y resurrección de Jesús – San Pablo y la primera gran expansión – La ruptura entre judaísmo y cristianismo – Roma como centro de la cristiandad – Los evangelios y el Nuevo Testamento – Tradición apostólica – Revelación divina – La cercanía de Dios – Las persecuciones – La liberalización del culto cristiano – La conversión de Constantino – Política y religión – La segunda ilustración – Efectos sociales del cristianismo: el caso de la esclavitud – Roma y Constantinopla

Las fechas de arranque de los tres primeros capítulos: la conquista de Jerusalén en torno al año 1000, el enfrentamiento entre Persia y Grecia en torno al año 500 y la fundación legendaria de Roma en el año 753, todos ellos antes de la era cristiana son, de algún modo, una decisión más o menos arbitraria. En cambio, no hay duda de que el nacimiento de Jesús, que inaugura el año 1 de la era cristiana, marca un antes y un después de toda la historia de la humanidad, y así quedó sellado desde antiguo en el modo de establecer la cronología. Atendiendo al enorme influjo del cristianismo, este capítulo está dedicado a analizar sus primeros siglos de existencia y las claves de su extraordinaria expansión.

Los fundadores de las grandes religiones suelen ser personas de origen notable. Antes de la fase ermitaña y penitente en la que diseñó su doctrina, Buda había crecido en medio de todo lujo y riqueza y se contaba que poseía tres palacios donde siempre sonaba la música más deliciosa. Confucio era hijo de un rico oficial. Mahoma fue hijo de Abd Aallah, una persona distinguida aunque no de gran riqueza. Jesús, por contraste, no pasaba por ser un hombre rico ni notable, y era descrito por sus conciudadanos como «el hijo del carpintero». En su niñez, sus padres tuvieron que huir a Egipto y sufrió por tanto las penalidades que experimenta todo inmigrante. En su adolescencia y su juventud, se dedicó al pequeño negocio paterno que su padre había establecido en la humilde villa de Nazaret, para ganarse su sustento diario. Durante el período de su vida dedicada al trabajo manual, vivió las prácticas y costumbres judías como cualquier otro de sus connacionales, pasando desapercibido por completo.

Cuando contaba cerca de treinta años, se lanzó a la predicación pública del mensaje que había recibido de su Padre Dios, del Dios que conocían bien los celosos judíos que hemos descrito en el primer capítulo. Jesús se proclamó el Hijo de Dios, y por tanto se declaraba el Mesías que con tanta expectación había anhelado el pueblo judío durante siglos. Pronto fue llamado por algunos de sus contemporáneos como «el Ungido» (el Cristo), puesto que esta era una de las imágenes bíblicas más conocidas y con mayores resonancias mesiánicas. Así, el nombre de Jesús, que había recibido de sus padres María y José, se unió al de «el Ungido», dando lugar al nombre «Jesucristo». Pero Jesús se lamentó con frecuencia de que las autoridades religiosas judías no le hubieran reconocido como Mesías, a pesar de que lo había testificado con su palabra de autoridad y con la realización de muchos milagros portentosos.

Algunas sectas radicales judías como los fariseos o los saduceos, y los propios príncipes de los sacerdotes no solo no creyeron en su divinidad, sino que urdieron un plan para que fuera ajusticiado por su herejía. Estos grupos eran incapaces de ponerse de acuerdo en cuestiones doctrinales, pero unieron sus fuerzas para capturar a Jesús, pues veían en él un líder espiritual con verdadera autoridad sobre el pueblo, que ponía en peligro su monopolio político-religioso. Por esto, le tendieron una trampa aprovechando la traición de uno de sus más íntimos discípulos, llamado Judas, y lo apresaron en Jerusalén. Como en aquel tiempo los judíos estaban completamente sujetos a los romanos, no tenían autonomía para condenar a nadie. Por esto, acudieron al gobernador romano en Judea, Poncio Pilato, para que lo juzgara y ajusticiara. Pero como no podían escudarse estrictamente en una razón religiosa, utilizaron el argumento de que Jesús se había hecho rey, y por tanto podía competir con el emperador. Pensaban, con razón, que este argumento impresionaría al gobernador, un hombre ambicioso y ansioso por mantener el orden público en una región como Palestina en la que tantos otros gobernadores habían fracasado. Cristo había asumido ciertamente la realeza, pero cuestionado por Poncio Pilato en uno de los momentos claves de su proceso, le respondió:

Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores lucharían para que no fuera entregado a los judíos, pero mi reino no es de aquí. […] Yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad.

(San Juan, 18: 36–37).

Estas palabras son esenciales para comprender el influjo posterior del cristianismo, pues su doctrina se sitúa en el ámbito de la verdad, la bondad, la fe y la moral, y no en el de las facciones políticas. De hecho, años atrás, a los que le acusaban falsamente de no pagar impuestos les había argumentado con una de sus sabias paradojas: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», ratificando la autonomía de los ámbitos espirituales y temporales. Los propios judíos, contemporáneos de Jesús, no acertaron a comprender su mensaje espiritual, porque se lo impedía la expectación de un Mesías como libertador político más que como redentor espiritual. Después de tantos siglos de amargas dominaciones extranjeras, quizás tenían sus razones para esperar un líder político. Pero Jesús mostró que estaba muy por encima de partidismos políticos o exclusivismos nacionales. No hay ninguna página del evangelio que se refiera a su parecer sobre la delimitación de unas determinadas fronteras, del tipo de fiscalidad que había que aplicar a los ciudadanos o su opinión política respecto a un determinado gobernante. Tampoco arremetió particularmente contra los romanos por el hecho de haber ocupado la tierra prometida. Más bien pidió a sus gobernantes que fueran justos, a sus súbditos que les fueran leales y a los soldados que no se dejaran llevar por la brutalidad. Si tenía que denunciar su degradación moral lo hacía con fortaleza, como cuando tildó de «raposa» al sanguinario Herodes. El alcance de su doctrina era universal, y tomar partido por alguna facción política o una determinada solución temporal le hubiera excluido de hecho de una parte del pueblo. Su predicación fue exclusivamente espiritual: los que aceptaban sus enseñanzas debían actuar en consecuencia y tratar de mejorar la sociedad (como así fue) desde sus respectivas situaciones sociales y puestos profesionales. Pero no recibían ninguna indicación específica respecto a las estrategias que debían seguir para conseguirlo.

Tuvo una predilección notoria por los niños, por los pobres y por los marginados de la sociedad, y trató con naturalidad a los más miserables, ciegos, paralíticos, leprosos y prostitutas. Arremetió contra la falta de generosidad de los que eran insensibles a las necesidades materiales y espirituales de los demás a causa de la riqueza. Declaró explícitamente que para los ricos sería mucho más difícil entrar en el reino de los cielos: «Os digo que es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios» (San Mateo, 19: 24). Pero nunca estableció una retórica de oposición entre ricos y pobres ni destinó a los ricos irremediablemente a la condenación. No dio la espalda a los ricos que mostraban un genuino interés por su predicación, tratando de convertirlos como a los demás. Se dejó invitar a casa de gente acomodada, como Zaqueo, Mateo y Lázaro, aún a sabiendas que eso causaría ácidas críticas de parte de las autoridades religiosas judías. José de Arimatea, ilustre miembro del Sanedrín y el acomodado Nicodemo, fueron los únicos que tuvieron la valentía de presentarse a Poncio Pilato después de la crucifixión pidiendo permiso para enterrar a Jesús, algo que no se daba por supuesto, tratándose de un condenado a la muerte más ignominiosa.

Su predicación se centró en avivar las conciencias, en aumentar el fervor espiritual y en fomentar la práctica de una caridad universal, pero no en tomar partido sobre determinadas soluciones políticas, sociales o económicas. Un hecho tremendamente significativo es que ni siquiera se molestó en denunciar el sistema social dominante, la esclavitud. Al menos, no aparece ni una sola mención a este asunto en los evangelios, salvo el momento en el que pide a los esclavos que respetaran a sus amos, y a los amos que respetaran a sus esclavos y les tuvieran verdadera estima. No apareció ante sus contemporáneos, por tanto, como un revolucionario ni como un contrarrevolucionario, ni como un personaje que pretendiera subvertir el orden establecido, aunque realmente estaba llevando a cabo la revolución más profunda de la historia. La esclavitud, como tantas otras costumbres deleznables de la Antigüedad, cayó precisamente cuando el espíritu de fraternidad y amor predicado por Jesús caló de tal modo en la sociedad europea que la situación no se pudo sostener más, y se buscaron alternativas a ese sistema injusto.

En todo caso, después del largo proceso, Poncio Pilato no creyó la versión de los líderes judíos, pero temió un recrudecimiento de los desórdenes, ya que se trataba de un pueblo particularmente inquieto a causa del carácter tan específico de su religión, tan diferente al eclecticismo del paganismo romano. Los judíos pidieron que la sangre de ese condenado cayera sobre ellos y sobre sus hijos, cosa que en pocos decenios se transformó en una profecía literal, atendiendo a la brutalidad con que los romanos les trataron poco después. Al final, Pilato se lavó literalmente las manos sobre el asunto, en presencia de todo el pueblo, y mandó ajusticiar a Jesús con el más cruel de los suplicios, la crucifixión. Esta muerte, en la que los ajusticiados agonizaban lentamente por asfixia tras largas horas de tormentos físicos, estaba reservada a homicidas y delincuentes que no eran ciudadanos de Roma, y era practicada especialmente en las provincias para acrecentar el valor ejemplar de la condena. La sentencia fue ejecutada, y Jesús murió en uno de los promontorios cercanos a Jerusalén, llamado Gólgota («lugar de la calavera»), con el testimonio de una muchedumbre en gran medida alborozada. Solo había quedado a su lado su madre María, un pequeño grupo de mujeres que le habían asistido con sus bienes y el discípulo Juan. Ellos asistieron anonadados al suplicio y pudieron dar cuenta después de lo que habían visto y oído. La mayor parte de sus discípulos, gente humilde dedicada a las tareas de la pesca, habían huido despavoridos del lugar por temor a las represalias de los judíos o de los romanos.

Lo extraño de este acontecimiento es que unos días después de su muerte desapareció el cuerpo de Jesús, a pesar de las fuertes medidas de seguridad autorizadas por Pilato ante el requerimiento de los judíos. Corrieron dos versiones: que los discípulos habían robado su cuerpo o que Jesús había resucitado y muchos lo habían visto antes de ascender a los Cielos. La primera versión se desvaneció pronto, puesto que esos mismos discípulos, que días antes habían huido aterrorizados y amilanados, predicaban ahora la doctrina del resucitado con una enorme energía en los aledaños del templo de Jerusalén. Habiendo superado misteriosamente el miedo atroz a las autoridades judías y romanas que les habían hecho huir semanas antes del lugar de la crucifixión, basaban ahora toda su predicación en el hecho histórico de la resurrección de Jesús, a quien ya reconocían como Dios y por tanto podrían referirse a Él como Jesucristo. San Pablo, que no se contaba entre esos primeros testigos, pero a quien el Resucitado se le apareció unos ocho años después, expresa bien esta convicción en una carta a un grupo de los primeros fieles cristianos: «si Jesucristo no ha resucitado, vana es nuestra fe» (Primera Carta a los Corintios, 15: 17).

Fundados en esa creencia firme en la resurrección de Jesús, y en las verdades que habían recibido directamente de su Maestro, y dispuestos a dar su vida por la nueva fe que predicaban, los seguidores de Cristo iniciaron su expansión. Empezaron a ser llamados «cristianos» en Antioquía de Siria, puesto que ahí empezaron a ser una multitud. Su predicación comenzó en Jerusalén y se extendió por toda la región de Palestina. Hacia el año 61, año del primer proceso de Pablo en Roma, ya había cristianos en las ciudades más prósperas de Siria, Asia Menor, Grecia, Macedonia e Italia. La cristianización cuajó primero en las ciudades, más que en el ámbito rural. Quizás por eso a los habitantes del campo (pagus) se les empezó a llamar «paganos», atendiendo a su tardía cristianización. Es una ironía de la historia que la cristianización de la Antigüedad se iniciara en las ciudades y que la descristianización y secularización de la Modernidad diera también comienzo en las ciudades. El campo tiene siempre una mayor inercia al preservar los valores y las tradiciones, sean del tipo que sean. También resulta obvio que los primeros cristianos supieron aprovechar hábilmente el entramado de las vías de comunicación marítimas y terrestres establecido por los romanos.

Esta primera expansión del cristianismo, entre los años treinta y sesenta, es narrada de modo admirablemente sencillo en los Hechos de los Apóstoles. Su autor, Lucas, un médico quien también escribió uno de los cuatro evangelios donde se narra la vida de Jesús, utiliza un estilo que todos los historiadores deberíamos aprender: objetivo, conciso, expresivo, narrativo. Su prosa histórica es extraordinariamente precisa cuando es necesario (su larga descripción de uno de los naufragios de san Pablo ha sido una fuente única para el conocimiento del funcionamiento de la navegación en la Antigüedad), tiene siempre mucho cuidado en la exactitud cronológica, introduce diálogos cuando son convenientes y muestra una notable sobriedad en la narración de los acontecimientos.

Una figura clave en esta expansión es san Pablo. Judío por religión, ciudadano romano por nacimiento y helenista por cultura, su propio itinerario refleja con bastante exactitud la evolución del cristianismo en esas primeras décadas, en las que se nutrió en primer lugar de los judíos observantes (el propio Pablo había sido educado por Gamaliel, un célebre fariseo, doctor de la Ley y miembro del Sanedrín en Jerusalén) pero se fue dirigiendo progresiva y mayoritariamente a los «gentiles», es decir, a quienes no formaban parte del pueblo elegido de Israel. Algunos de los primeros cristianos, entre ellos algunos de los doce Apóstoles, estaban persuadidos de que el mensaje de Jesucristo debía restringirse al pueblo elegido de los judíos, y por tanto no podían concebir que se dirigiera también a los gentiles. La Iglesia pareció debatirse entre la vida y la muerte ante aquella trascendental resolución. Este tema fue causa del primer gran desencuentro entre los grandes pilares de la Iglesia de aquellos primeros tiempos (Pedro, Santiago, Juan y Pablo), pero finalmente se pusieron de acuerdo en el que se ha denominado el primer concilio de la Iglesia, celebrado hacia el año 50 en Jerusalén, y decidieron que el cristianismo debía sobrepasar los estrechos lindes que lo confinaban al judaísmo, convirtiéndolo en una religión universal. El Antiguo Testamento se leyó bajo esta nueva perspectiva, y muchas de sus profecías recobraron entonces todo su sentido. El cristianismo dejó de ser exclusivo de una única raza (la hebrea) para convertirse en una religión multiétnica, lo que le permitió también acceder a las cultas élites helenísticas que poblaban Asia Menor, Grecia y Macedonia. San Pablo conocía el griego, lo que, junto a la cuidada elección de algunos colaboradores helenizados como Timoteo, contribuyó en gran medida a que la expansión del evangelio no se restringiera ni a un determinado nivel cultural (ya que fueron cristianizados tanto cultos como ignorantes, tanto letrados como iletrados) ni a un específico nivel social (pues también fueron cristianizados ricos y pobres, terratenientes y campesinos, señores y esclavos).

Junto a este trepidante proceso de evangelización, materializado en la recepción de un bautismo cristiano más que en la pureza de una determinada raza, junto con la consolidación institucional de la Iglesia, el cristianismo inició también una actividad de fijación de la tradición, tal como había hecho en su momento el judaísmo. Esto se llevó a cabo a través de una narración escrita de los hechos sucedidos (los cuatro evangelios y el libro de los Hechos de los Apóstoles), de la exposición sistemática de las verdades que era necesario creer y practicar (las epístolas de san Pablo y de otros apóstoles) para recibir el bautismo cristiano. Todos estos libros se fueron agrupando en siglos posteriores en un corpus conocido como el Nuevo Testamento, cuya función era hacer patente lo que estaba latente en el Antiguo Testamento, gracias a la iluminación de Dios revelado en su hijo Jesucristo. La revelación divina y la tradición apostólica son dos de los conceptos claves del cristianismo.

El cristianismo predicaba la prevalencia del amor frente al odio, así como el reconocimiento de la misma dignidad de todas las personas más allá de cualquier categoría política, social o económica. Estas fueron sin duda dos novedades sustanciales respecto a lo conocido y practicado hasta entonces por la humanidad. Además, el Dios-Justiciero de los judíos (Yhwh: Yahvé) o los dioses ausentes de los paganos, se convirtieron en el Dios-Padre y próximo de los cristianos. Esto suponía también una verdadera revolución, puesto que todas las civilizaciones de la Antigüedad, desde Egipto a Persia y Mesopotamia, habían fundado sus respectivas religiones en la creencia de un dios o unos dioses cuya existencia ni siquiera rozaba los avatares de la existencia humana. Las únicas excepciones habían sido el politeísmo griego (cuyos dioses tenían tantas pasiones que se habían asimilado, de hecho, a los hombres) y el monoteísmo hebreo, cuyo Dios, a diferencia de las civilizaciones vecinas, ya se consideraba como algo propio, pero podía llegar a ser temible y terrorífico. La audacia de la fe cristiana se basaba en la convicción de que Dios había venido a habitar entre los hombres, abajándose infinitamente para asumir la condición humana y poder experimentar por tanto sus propias limitaciones y sufrimientos. Jesucristo, Dios y hombre, no solo dio testimonio de la verdad, sino que también podía tomarse como modelo de actuación. Esto no solo contrastaba radicalmente con todas las religiones del pasado, sino también con las del futuro que, como el islamismo, enfatizaron el hecho de la realidad de la justicia y de la dominación de Dios más que la de su misericordia y amor.

Alrededor del año 60, se produjo la primera de las crueles persecuciones que sufrieron los cristianos durante los tres primeros siglos de su existencia. La chispa prendió cuando Nerón atribuyó falsamente a los cristianos un gran incendio propagado con fiereza por la ciudad de Roma. Enseguida se sucedieron otras persecuciones, de duración y virulencia diversa, promovidas por los emperadores bien por una motivación religiosa —pues los cristianos se negaban a adorar las imágenes del emperador romano— bien por una motivación política —puesto que los cristianos eran vistos también como posibles competidores de la autoridad del soberano romano—. Pero, en todo caso, soportaban todos los tormentos con un valor nunca visto hasta entonces y se sentían ufanos de ser testigos de su fe. La palabra mártir viene precisamente de testigo. Esos testigos que dieron su vida por la Iglesia eran considerados inmediatamente los santos de la nueva religión, dignos de ser imitados y alabados.

Las persecuciones contra los cristianos se alargaron hasta principios del siglo IV. Aun reconociendo su extraordinaria crueldad y su radical injusticia, no hay que pensar que la Iglesia estuvo en permanente estado de clandestinidad y peligro inminente durante los tres primeros siglos de su existencia. Se alternaron los momentos de violenta persecución con los de serena vivencia de lo cotidiano. Hubo emperadores muy beligerantes y sanguinarios como Nerón y Diocleciano, pero otros más apacibles o simplemente tolerantes con los cristianos. Finalmente, Constantino decidió otorgar la libertad de culto a los cristianos con el Edicto de Milán en el año 313. Él mismo se bautizó al final de su vida. Pero esta aprobación tuvo una dolorosa contrapartida: la instrumentalización del cristianismo para fines políticos. Esta tendencia, iniciada por Constantino, se agravó a partir del año 381, cuando Teodosio reconoció al cristianismo como religión oficial del imperio. Entonces se planteó con toda su crudeza un problema que sería una constante (y lo sigue siendo) a lo largo de la historia: las relaciones entre el ámbito temporal (representado por el soberano) y el ámbito espiritual (materializado en la figura del Papa y los obispos).

Aunque la doctrina de Cristo estaba bastante clara («dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios») el caso es que la casuística era tan enorme que no siempre era sencillo acertar con la actuación prudente y adecuada en este complejo ámbito. En el mismo siglo IV, se pasó del cesaropapismo que implicó que Constantino se presentara como presidente ante los obispos reunidos ecuménicamente en el Concilio de Nicea (325) al clericalismo que llevó a Ambrosio, obispo de Milán, a humillar públicamente al emperador Teodosio, obligándole a arrodillarse en su presencia para mostrar públicamente su arrepentimiento tras haber sofocado violentamente una sedición del pueblo de Tesalónica (390). Entre uno y otro extremo, el estado y la Iglesia fueron encontrando un punto medio, hasta llegar al acuerdo de las investiduras muchos siglos después, gracias al concordato de Worms del año 1122.

Ya en la época tardoantigua, aproximadamente entre los siglos III y V, se produjo un fenómeno intelectual de primera magnitud, que podríamos denominar «la segunda ilustración», después de la griega. En sus primeros siglos de existencia, los pensadores cristianos tuvieron que evitar caer en dos extremos. Por un lado, debían sortear un excesivo espiritualismo de forma gnóstica (una especie de «helenización aguda del cristianismo») que les hubiera llevado a un apartamiento radical del mundo y dejaría a su doctrina sin ninguna base racional que le sustentara. Por el otro, debían evitar un excesivo mimetismo con el mundo, que hubiera asimilado a la religión cristiana con cualquiera de las otras religiones paganas que se habían desarrollado en las civilizaciones antiguas. Ambas formas de helenización hubieran llevado al cristianismo al mismo callejón sin salida: la secularización.

Pero los pensadores cristianos de los primeros siglos, conocidos en su sentido más amplio como los Padres de la Iglesia, no se refugiaron ni en la sinagoga judía ni en los templos paganos. Aunque ambas instituciones concordaran con lo políticamente correcto de su tiempo, su mimetismo con el cristianismo hubiera volatilizado de hecho lo específico de la nueva religión. Hasta la misma materialidad de sus construcciones confirmó esta elección: los primeros templos cristianos fueron una transposición exacta de la estructura arquitectónica de la basílica romana, uno de los edificios civiles más reconocibles, y desde luego de naturaleza muy diferente a las sinagogas o los templos. Esta adopción no fue solo formal, sino también funcional, puesto que se trataba de la transposición de una construcción comercial y jurídica a una construcción sacra. Esta es quizás la mejor materialización de lo que realizaron los Padres de la Iglesia con sus escritos: intentar conjugar lo mejor de la herencia racional recibida por la filosofía griega con las verdades reveladas en las Escrituras.

De hecho, el encuentro entre el pensamiento griego y la fe bíblica ya se había constatado en el Antiguo Testamento, cuyos libros sapienciales tienen una fuerte impronta helenista. La iglesia tardoantigua no hizo más que desarrollar ulteriormente un encuentro intercultural que se hallaba anclado en el núcleo de la fe bíblica. Las grandes decisiones de los concilios de la Antigüedad (Nicea, Constantinopla, Calcedonia), que cristalizaron en las fórmulas verbales de la fijación de los dogmas, no redujeron la fe a teoría filosófica, ni tergiversaron la teoría filosófica para adaptarla a la fe, ni la limitaron a una interpretación puramente simbólica y mitológica, tan al uso en aquellos tiempos. Más bien la dotaron de todo el realismo posible, a través de la construcción de una primera síntesis entre la revelación recibida por la tradición bíblica y la predicación de Cristo, por un lado, y el pensamiento racional de procedencia helenística, por otro. Esa combinación se percibe perfectamente a través del uso y la adaptación de algunos conceptos filosóficos esenciales en la filosofía griega, que aparecen de modo explícito en todas las confesiones y formulaciones dogmáticas, tales como: naturaleza, persona, esencia o substancia.

Sin esa primera fusión entre tradición helenística y verdad revelada, no hubiéramos conocido ni la escolástica medieval ni el pensamiento ilustrado, y el pensamiento occidental se hubiera escorado muy probablemente hacia un racionalismo radical (ese racionalismo «que provoca sueños» y que engendró monstruos como el nazismo o el estalinismo) o hacia un misticismo abstracto de sabor orientalista. El cristianismo, incapaz de verbalizar las verdades de contenido dogmático y de organizarse institucionalmente para preservar esa tradición, se hubiera mimetizado, finalmente, con las religiones místicas de Asia como el hinduismo, el confucionismo y el budismo, con su renuncia a la dogmática y su exigua institucionalización, o con el humanismo ilustrado secularizado de Occidente.

Pero además de estos frutos en el decurso de la historia del pensamiento de Occidente, los efectos del cristianismo se hicieron notar también en la vida social. La esclavitud era contraria a las creencias cristianas. Aunque no encontramos una condena explícita de la esclavitud ni en la predicación de Jesús ni en los escritos de sus primeros discípulos, es obvio que ya se sientan las bases teóricas y prácticas para su abolición. Hacia el año 60, Pablo escribe a uno de sus discípulos, Filemón, para devolverle a un esclavo evadido llamado Onésimo. En esa carta Pablo antepone la exhortación pastoral a la imposición autoritaria y lo hace «en nombre de la caridad», es decir, con el argumento de la caridad en lugar del argumento de la justicia. Pablo podría haber retenido o liberado a Onésimo, pero no ha querido hacer nada «sin tu consentimiento, para que tu buena acción no sea forzada, sino voluntaria». Es decir, el ejercicio de la libertad se une a la práctica de la caridad para tomar una decisión respecto al futuro del esclavo Onésimo. Finalmente, Pablo exhorta a Filemón a que recupere a Onésimo «para siempre, no ya como siervo, sino más que siervo, como hermano muy amado». No conocemos el efecto que la carta de Pablo tuvo sobre el corazón de Filemón, pero expresa bien cuál era la actitud de los cristianos respecto al espinoso tema de la esclavitud. Además, no pocos de esos esclavos, como lo atestigua esa carta paulina, eran aceptados también en el cristianismo con los mismos derechos y deberes que los demás fieles.

La esclavitud no se abolió formalmente hasta el siglo XIX, gracias a la valerosa actuación de algunos audaces parlamentarios ingleses, como bien se refleja en la película Amazing Grace. Pero el influjo del cristianismo fue tan grande que la esclavitud dejó de ser una realidad masivamente reconocida y practicada a partir del siglo V. Sin duda, otros factores contribuyeron a su efectiva desaparición, como el predominio de la organización familiar y tribal en los pueblos germánicos, así como la progresiva introducción de una estructura social y económica diferente, pero el argumento del amor y de la igualdad de los individuos ante Dios fue mucho más efectivo a largo plazo que cualquier otro factor. En todo caso, la lucha por su abolición no fue sencilla. Hubo épocas históricas en la que la esclavitud volvió a emerger con fuerza, y precisamente promovida por sistemas políticos (como en los imperios español, portugués y británico modernos) supuestamente cristianos. Pero la esclavitud como «sistema» fue sustituida en los siglos medievales por los vínculos feudo-vasalláticos y en la Edad Contemporánea por los contratos laborales. Todos estos sistemas —el esclavista, el feudal y el capitalista— pueden degenerar en prácticas radicalmente injustas, e incluso es fácil reconocer improntas de esclavitud y feudalismo en determinadas prácticas contractuales de empresas en la actualidad —como la trata de blancas, el trabajo de niños o los abusivos contratos laborales de ciertos países sin cobertura legal para los trabajadores—. Por ello, lo importante no es solo el «tipo» de sistema o la «estructura» social, económica y jurídica imperante (que deberá adaptarse lo mejor posible a su época y, por tanto, cambiará necesariamente con el tiempo), sino la convicción de que las personas deben ser tratadas con la dignidad que se merecen, y procurar que las leyes y las prácticas se adapten cada vez mejor a esa realidad.

Desde que el apóstol Pedro fue martirizado en Roma, sus sucesores en la sede romana fueron heredando el título de Sumos Pontífices, una nomenclatura importada del mundo civil. Otras grandes ciudades de la Antigüedad, como Constantinopla, Jerusalén, Alejandría y Antioquía de Siria, recibieron junto a Roma el título de metropolitanas, y sus obispos recibieron el título de Patriarcas. Pero Roma preservó su primacía respecto a las demás, y su obispo, conocido también como el Papa, fue dotado de una jurisdicción universal. Esto no generó ninguna controversia especial hasta el siglo IV, pues la supremacía universal de la sede romana en lo religioso era proporcional a su condición de capital política, militar, económica y cultural del mundo conocido. Pero a medida que el imperio occidental fue decayendo y finalmente desapareció, Roma pasó a ser una potencia de segundo y tercer orden. Entonces, otras ciudades, encabezadas por Constantinopla, una vez conseguida su supremacía política, lucharon también por conseguir su supremacía eclesiástica. Los caminos de Roma y Constantinopla se fueron diversificando política, cultural y religiosamente, constituyéndose como los dos «legados divergentes» de la tradición romana. Al poco tiempo, surgió también un tercer gran frente de divergencia, emergido inesperadamente de las tierras de Arabia hacia el siglo VII: el islam. Carlomagno, Justiniano y Mahoma representan cada una de estas tres tradiciones divergentes, cuya división identificamos hoy perfectamente como el Occidente católico-protestante, Oriente ortodoxo y el islam.

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23 октября 2025
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9788412016697
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