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José Luis González-Balado
Janet Nora Playfoot Paige
Pablo VI
¡Un gran Papa:
culto, humilde y santo!

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A cuantos se darán cuenta, al leer,
de que el bien que hizo (¡y sigue haciendo!)
Juan Bautista Montini / Pablo VI
con su vida, sus enseñanzas, y su ejemplo,
es inmensamente mayor
que el reflejado en estas páginas.
Que Dios, por intercesión del Beato Pablo VI,
nos bendiga a cuantos lo llevamos en nuestros corazones
y, junto con él, a su gran amigo Juan XXIII,
y al buen sucesor de ambos,
su también amigo aún viviente
el Papa Francisco.
Cronobiografía de su vida
1897 (26 de septiembre). Nace en Concesio (Brescia), segundo hijo de Giorgio Montini y de Giuditta Alghisi. Antes que él había nacido Lodovico (1896-1990) y, después, Francesco (1900-1971). A los cuatro días (30 de septiembre), Juan Bautista recibe el bautismo.
1902-1914. Frecuenta el colegio Cesare Arici, dirigido por los Jesuitas, en el que permanece inscrito, aunque tiene que realizar los estudios privadamente, por su débil salud. Simultáneamente frecuenta el oratorio La Pace (de San Felipe Neri), donde encuentra amigos que lo serían durante toda su vida, y sacerdotes (padres Bevilacqua y Caresana) que influirían positivamente en su vida espiritual.
1907 (abril). Primer viaje a Roma con su familia, recibidos en audiencia por Pío X. (6 de junio). Hace la primera comunión. (21 de junio). Recibe la Confirmación.
1916-1920. Se inscribe en el Seminario diocesano de Brescia, al que asiste como alumno externo por razones de salud. Recibe las clases en el seno de su familia, impartidas por profesores cualificados.
1920 (29 de mayo). De manos del obispo diocesano, Mons. Giacinto Gaggia, recibe la ordenación sacerdotal en la catedral de Brescia. Al día siguiente celebra la primera misa en el Santuario Madonna delle Grazie, situado al lado mismo de la casa familiar[1].
1920-1924. Alumno por algún tiempo del Seminario lombardo de Roma, realiza estudios superiores que no pudo cumplir en Brescia por razones de salud, que tampoco mejora mucho en Roma. Señalado por un diputado amigo de su padre, Giovanni Longinotti, a Mons. Pizzardo, es asumido, sin que el joven sacerdote se sienta nada atraído, por la Secretaría de Estado. Al despedirse, Longinotti da las gracias a Pizzardo diciendo: «No se olvide: hoy soy yo quien le está agradecido; un día me lo agradecerán ustedes a mí».
1923 (mayo-octubre). Es enviado como agregado a la Nunciatura apostólica de Polonia. Por razones de salud, tiene que regresar a Roma, entrando en la Secretaría de Estado vaticana.
1924 (verano). Frecuenta cursos de lengua y literatura francesa en París. Luego es nombrado asistente eclesiástico de la FUCI (Federación de Universitarios Católicos Italianos).
1930-1937. Es nombrado profesor de Historia de la Diplomacia Pontificia, tarea que alterna con su trabajo como «minutante» en la Secretaría de Estado vaticana.
1933 (invierno). Se ve empujado a dejar el cargo de consiliario de la FUCI, que desempeñaba con entrega y provecho para sus asistidos.
1937 (13 de diciembre). Nombramiento como Sustituto de la Secretaría de Estado: un cargo que mantendrá hasta su nombramiento y traslado a la Archidiócesis de Milán.
1939 (10 de febrero). Fallece Pío XI. (5 de marzo). Es elegido como sucesor suyo el Cardenal Eugenio Pacelli, que opta por llamarse Pío XII. (24 de agosto). Radiomensaje de Pío XII para evitar el desastre de una guerra mundial. Entre los documentos de los archivos vaticanos aparece uno que confirma la intervención de Montini en dicho radiomensaje, en concreto en una de las expresiones más importantes: ¡Nada se pierde con la paz! ¡Todo puede perderse con la guerra!
1939-1945. Estalla la Segunda Guerra Mundial. El Vaticano pone en marcha un servicio para el intercambio e información de noticias relacionadas con prisioneros, militares y civiles de la guerra. Lo dirige Monseñor Juan Bautista Montini.
1943 (12 de enero). Fallece en Brescia Giorgio Montini, padre de Monseñor Giovanni Battista. (17 de mayo). Fallece su madre, doña Giuditta Alghisi. (19 de julio). El sustituto de la Secretaría de Estado acompaña al Papa Pío XII en su visita a la barriada de San Juan de Letrán, que acaba de sufrir un bombardeo aéreo por parte de los aliados.
1944. Tras fallecer el Cardenal Maglione, secretario de Estado vaticano, Pío XII se abstiene de nombrarle un sucesor, convirtiéndose en Secretario de Estado de sí mismo, con lo que aumentan las tareas de Montini.
1952 (29 de noviembre). Juan B. Montini es nombrado Pro-secretario de Estado, lo que facilita su proximidad a Pío XII.
1954 (1 de noviembre). Una enorme sorpresa para muchos, acogida por el interesado y víctima J. B. Montini con silencio: Pío XII lo nombra Arzobispo de Milán. (30 de noviembre-5 de diciembre). Hace, en estricta soledad, ejercicios espirituales. (12 de diciembre). Encamado Pío XII por razones de salud, el Decano del Colegio cardenalicio Eugène Tisserant consagra Obispo a Juan Bautista Montini. En el momento del sermón, llega la voz del Santo Padre desde la cama, pronunciando un radiomensaje en alabanza del que ha sido su colaborador más eficaz y discreto.
1955 (6 de enero). En un día de temperatura gélida y de lluvia abundante, tiene lugar el ingreso del nuevo Pastor en la Archidiócesis de San Ambrosio, acogido por una gran afluencia de fieles y por las autoridades civiles y religiosas de Milán. El nuevo Pastor de la Diócesis más poblada de la Iglesia, al entrar en los confines de la Lombardía, se arrodilla para besar el suelo encharcado, expresando su amor y su entrega pastoral[2].
(8 de septiembre). Tras haberse recuperado de una prolongada neumonía consiguiente a la ola de frío de la fecha de su ingreso, da comienzo a la visita pastoral de su archidiócesis que comienza por el Duomo, con un programa de visita a las cerca de 1.000 parroquias que la componen. Su entrega a un desbordante programa pastoral no le dejará un momento de descanso, atendiendo con generosa entrega todas las necesidades de la inmensa archidiócesis ambrosiana, pidiendo y recibiendo la colaboración de otros pastores, y brindando la suya con ejemplar disponibilidad.
1956 (5 de agosto). Una invitación que acepta con cordial disponibilidad es la de Angelo Giuseppe Roncalli, que le pide que celebre la ceremonia conmemorativa del quinto centenario de la muerte de San Lorenzo Justiniano, primer Patriarca de Venecia.
1957 (5-24 de noviembre). Por iniciativa del Arzobispo Montini se lleva a cabo la Misión de Milán sobre el tema Dios Padre. Intervienen 1.288 predicadores, entre los cuales los cardenales Lercaro (de Bolonia) y Siri (de Génova) y, entre arzobispos y obispos, un total de 15.000 conferencias/sermones realizados en 410 sedes.
1958 (9 de octubre). Tras estar largamente enfermo, fallece en Castelgandolfo Pío XII. El nombre de Juan Bautista Montini despierta rumores como posible sucesor, sobre todo por parte de su gran amigo y admirador Angelo Giuseppe Roncalli, pero hay un inconveniente en que aún no haya sido nombrado cardenal.
(28 de octubre). En un largo cónclave, tras once votaciones a pesar del reducido número de cardenales (51) resulta elegido –con sorpresa del mundo entero– el Cardenal-Patriarca de Venecia A. G. Roncalli, que elige ser llamado Juan XXIII.
(15 de diciembre). El nuevo Papa, joven de espíritu aunque entrado en años, rejuvenece a la Iglesia introduciendo novedades bien acogidas. Una de las primeras, junto con la convocatoria del Concilio ecuménico, fue nombrar 21 nuevos cardenales, en una lista encabezada por el Arzobispo de Milán, Juan Bautista Montini.
1963 (3 de junio). Tras un pontificado sembrado de iniciativas de espíritu evangélico y una vida de santidad reconocida por todos los cristianos y los que no lo eran, fallece santamente Juan XXIII, produciendo un luto nunca tan sentido en todo el mundo. Había convocado el Vaticano II y animado con su espíritu y conducta evangélicos una prerreconciliación entre todos los hombres, y había fallecido como un santo, como casi toda la Iglesia deseaba fuese reconocido por aclamación. Nombrándolo cardenal, había removido el obstáculo que a Montini le había impedido afianzar su candidatura como sucesor de Pío XII. Pese a las apariencias, fue muy posible lo de que, a veces, Dios escribe recto con líneas en apariencia torcidas. De hecho...
(21 de junio). En un cónclave muy corto, con sólo cinco escrutinios, Juan Bautista Montini resultó elegido sucesor de Juan XXIII, eligiendo ser llamado Pablo VI. En el primer radiomensaje pronunciado al día siguiente de ser elegido, expuso con claridad su principal programa: «La parte principal de mi pontificado estará dedicada a la prosecución del Concilio ecuménico Vaticano II, en el que se concentran las miradas de todos los hombres de buena voluntad. Tal será la obra principal en la que me propongo volcar todas las energías que el Señor me ha dado para que la Iglesia católica que brilla en el mundo como símbolo alzado sobre todas las naciones, pueda atraer hacia sí a todos los hombres, con la majestad de su organismo, con la juventud de su espíritu, con la renovación de todas las estructuras, con la multiplicidad de sus fuerzas, procedentes de toda tribu, lengua, pueblo y nación. Este será el primer pensamiento del ministerio pontificio para que sea proclamado cada día más alto ante el mundo que sólo en el Evangelio de Jesús radica la salvación que se espera y desea: “Puesto que no hay bajo el cielo otro nombre ofrecido a los hombres por medio del cual puedan salvarse” (He 4,12)».
(21 de junio). Toda su vida, en cada uno de sus pasos, vida conducida y pasos dados en fiel seguimiento del Evangelio, fue un permanente aprendizaje y esfuerzo para ser fiel a Dios en su conciencia. Quienes lo eligieron sucesor de Juan XXIII, no todos tenían la seguridad de intuir cuáles serían en concreto sus pasos: si proseguiría o interrumpiría un Concilio cuya primera sesión se había concluido sin aparente éxito. Él despejó de inmediato la duda, asegurando ser su principal objetivo proseguir la obra puesta en marcha por su Predecesor, que la había emprendido en fidelidad a Dios. Pronto de hecho (29 de octubre), procede a la inauguración de la segunda sesión del Vaticano II, con el mismo espíritu con que lo convocara Juan XXIII, pero con metodología montiniana...
(29 de septiembre). Solemne apertura de la segunda sesión del Vaticano II. En un discurso inolvidable, así recordó, en presencia de los padres conciliares, la memoria de Papa Giovanni: «No puedo inaugurar la segunda sesión de este acontecimiento sin traer al pensamiento la imagen de mi muy querido Predecesor. Su nombre evoca en cuantos tuvimos la suerte de verlo, también aquí en mi puesto, su figura amable y hierática cuando abría, el 11 de octubre del año pasado, la primera sesión de este Concilio ecuménico Vaticano y pronunciaba aquel discurso que pareció a la Iglesia y al mundo voz profética para nuestro siglo y cuyo eco todavía resuena en el recuerdo de nuestra memoria y de nuestra conciencia, trazando al Concilio el sendero a recorrer para liberar a nuestros ánimos de toda duda, de todo cansancio que pudiese interponerse en nuestro sendero no fácil de recorrer».
(4 de diciembre). Clausura de la segunda sesión del Concilio. Promulga la Constitución sobre la Liturgia y el Decreto sobre los Medios de Comunicación social. La primera sitúa «la escala de valores y deberes, con Dios en primer lugar, la oración como obligación primera, la liturgia como fuente de la ayuda divina a nuestra vida espiritual...». El Decreto sobre los Medios de Comunicación social confirma «la perenne vitalidad y juventud de la Iglesia que no es extraña al mundo, sino que expresa su permanente interés por el bien de la humanidad, favoreciendo los estudios y ofreciendo normas seguras para animar de espíritu cristiano los admirables inventos del ingenio humano».
1964 (1 de enero). Su viaje a Tierra Santa: era, entonces, un tema muy delicado por su complejidad política. Pablo VI era consciente de lo difícil que había sido su gestión con las enfrentadas autoridades políticas de uno y otro lado, gestiones que habían tratado de solucionar su secretario personal Pasquale Macchi y un responsable de la sección francesa de la Secretaría de Estado. Su anuncio fue muy discreto y nada triunfalista[3]. Iba a ser su primer «Viaje apostólico», que empezaría por la Tierra de Jesús. Lo deslizó, con discreción, en el Angelus del 1 de enero de 1964: «Tengo en programa dos acontecimientos: dentro de poco mi peregrinación a Tierra Santa. Os recordaré a todos y rezaré para que también a vosotros Dios os conceda la gracia que le estamos pidiendo de que os confirme en la fidelidad a las fuentes y en la autenticidad de su palabra y de su gracia. Además tenemos que llevar a buen término el Concilio ecuménico. Se trata de grandes acontecimientos que pueden afectar la suerte de nuestro tiempo y de tantas almas. Es por lo que los ponemos bajo la protección de María Santísima. ¡Feliz año a todos!».
(4-6 de enero). A punto de emprender un viaje tan importante y difícil, Pablo VI anuncia: «Es el viaje del ofrecimiento de la Iglesia, de la confesión de Pedro, del encuentro y de la esperanza. Todos estarán presentes en mi corazón. Nadie quedará excluido». En Jordania e Israel, la presencia del Papa alcanza límites de muy alta conmoción. Pablo VI bendice, saluda, acaricia a los niños, consuela. Su paso es una bendición. Cansado, sereno, nunca agotado en su paso veloz, ora con intensidad en su interior, y permanece unido con Dios pese a la presión de las muchedumbres que, de manera especial en Jerusalén, casi amenazan con aplastarlo. La emoción del viaje alcanza su punto más intenso en su encuentro y abrazo con el Patriarca ecuménico greco-ortodoxo de Constantinopla, Atenágoras. El corazón de Pablo VI late por un único anhelo: Ut unum sint, que sean uno como el Corazón de Cristo. El encuentro es un paso importante para la unidad. El regreso a Roma por parte de Pablo VI es algo íntimamente triunfal. Desde el aeropuerto de Ciampino, donde al atardecer de la Epifanía aterriza el avión de Alitalia, el Augusto Peregrino se ve acompañado por el ritmo lento de un constante aplauso de hosannas por los romanos.
(21 de noviembre). Concluye la tercera sesión del Vaticano II con la promulgación de la Constitución dogmática sobre la Iglesia, y los decretos sobre el Ecumenismo y las Iglesias orientales. Todos documentos importantes, pero el principal y más deseado y profundizado por Pablo VI es el de la Iglesia, con sus ocho capítulos en los que se trata de la naturaleza misteriosa de la Iglesia como Cuerpo místico de Cristo, y de todos los miembros que pertenecen a dicha sociedad, desde el simple fiel bautizado hasta las más altas autoridades jerárquicas. Y se concluye con el tratamiento y el estudio del Miembro más elevado de la Iglesia, María Santísima, Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Dicho documento conciliar se concluye con la siguiente declaración: Cada uno de los temas fijados en esta Constitución fueron aprobados por los padres conciliares. Y Nos, con el poder apostólico que nos confirió Cristo, en unión con los venerables Padres conciliares, en el Espíritu Santo, los aprobamos, decretamos y establecemos. Y lo que ha sido decretado sinodalmente, ordenamos que sea promulgado para gloria de Dios. (21 de noviembre del año 1964).
(2-5 de diciembre). Con motivo del XXXVIII Congreso Eucarístico Internacional que se celebra en Bombay, invitado por el Cardenal Valerian Gracias, Pablo VI realiza un viaje a la India para adorar a Jesús Eucarístico, recorriendo zonas de inmensa pobreza. Antes de tomar el avión de regreso, desde el aeropuerto de Nueva Delhi realiza un gesto de gran trascendencia, que da a conocer al mundo entero a una Mujer hasta aquel momento desconocida. Anuncia donar a la Madre Teresa de Calcuta, para su obra de amor universal, el automóvil Lincoln descapotable que le habían regalado los estudiantes de una Universidad católica de EE.UU.
1965 (14 de septiembre). Inaugura la cuarta y última sesión del Concilio. Con tal motivo dirige un discurso a los Padres conciliares recordándoles, y recordándose a sí mismo, la amonestación de San Pablo: Veritatem facientes in caritate (Ef 4,15). Caminamos obrando la verdad hacia la caridad. «En esta asamblea, la expresión de tal ley de la caridad tiene una denominación sagrada y grave, que se califica de responsabilidad. San Pablo diría urgencias: Caritas Christi urget nos (La caridad de Cristo nos empuja) (2Cor 5,14)».
(4-5 de octubre). Invitado por el Secretario General U Thant, emprende un viaje a la ONU, donde dirigirá la palabra a los representantes de las 117 naciones para dejarles un mensaje de honor y de paz. Como «experto en humanidad», Pablo VI asume la voz de los muertos y de los vivos. De los muertos caídos en las guerras pasadas soñando con la concordia y la paz del mundo. Y de los vivos que les han sobrevivido, llevando en sus corazones la condena hacia quienes intenten renovar tales guerras. Y también de otros vivos, los jóvenes de las generaciones actuales que avanzan suspirando por una humanidad mejor. En discursos pronunciados con tal motivo y en diferentes ocasiones, insiste con una invocación angustiosa, la de ¡Nunca más la guerra! ¡Nunca más los unos contra los otros!
(8 de diciembre). Se concluye, con la cuarta sesión, el Concilio. Hace entrega, en el curso de una concelebración en el atrio de la Basílica de San Pedro, de los mensajes del Concilio a representantes de los gobernantes, de los intelectuales, de los artistas; de las mujeres, de los trabajadores, de los pobres, de los enfermos, de todos los que sufren, y de los jóvenes. En fecha anterior (28 de octubre) habían sido aprobados y publicados cinco documentos del Concilio Vaticano II, tres como Decretos conciliares (sobre el Oficio pastoral de los Obispos, sobre la Renovación de la Vida religiosa, y sobre el Ministerio y la Formación sacerdotal), y dos como Declaraciones conciliares (respectivamente sobre la Educación cristiana de la Juventud y sobre las relaciones de la Iglesia con las Religiones no cristianas). Un día antes (7 de diciembre) habían recibido su aprobación dos documentos: la discutida declaración conciliar sobre La libertad religiosa (aprobada con 2.308 votos a favor y sólo 70 en contra) y el decreto conciliar sobre La actividad misionera de la Iglesia (aprobada con 2.394 votos a favor y sólo 5 en contra). Y asimismo la Constitución pastoral Gaudium et spes (sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo), ratificada con 2.309 votos a favor y 75 en contra.
1966 (14 de junio). Suprime el Índice de libros prohibidos.
1967 (29 de enero). Recibe en audiencia al presidente del Presidium del Soviet supremo de la URSS, Nikolai V. Podgorny. (26 de marzo). Publica la encíclica Populorum progressio sobre el desarrollo de los pueblos y la paz en el mundo. (13 de mayo). Peregrinación a Fátima en un día. (18 de junio). Reestablece el diaconado como grado eclesiástico permanente. (29 de junio). Inaugura el Año de la Fe. (25 de junio). Viaja a Turquía, visitando al Patriarca ecuménico de Constantinopla, Atenágoras, y aprovechando para visitar Éfeso. (15 de agosto). Publica la constitución apostólica Regimini Ecclesiae Universae sobre la reforma general de la Curia romana. (4 de noviembre). Se somete a una intervención quirúrgica para la extirpación de la próstata.
1968 (1 de enero). Celebra la Primera Jornada de la Paz, decidiendo que se celebre todos los años el primero de enero. (30 de junio). Concluye solemnemente el Año de la Fe, proclamando el Credo del Pueblo de Dios. (22-25). Con motivo del XXXIX Congreso eucarístico que se celebra en Bogotá, realiza un viaje para adorar a Jesús eucarístico a la capital colombiana, acudiendo luego a Medellín para encontrarse con el Episcopado Latinoamericano (CELAM) allí reunido.
1969 (31 de julio-2 de agosto). Lleva a cabo un viaje apostólico a Uganda, en representación del amor del Papa al continente africano, que lleva en su corazón. (Unos años antes, siendo de Milán, ya había visitado Biafra, Kampala, Rodesia y Ghana, donde había fundado una «misión ambrosiana», atendida por misioneros de Milán).
1970 (27 de septiembre y 4 de octubre). Proclama a dos santas, respectivamente Santa Teresa de Jesús y Santa Catalina de Siena, como doctoras de la Iglesia.
(26 de noviembre-5 de diciembre). Realiza el último y más largo viaje de su pontificado, por duración y millas aéreas, cuando ya su salud estaba deteriorada. Visitó, con espíritu misionero, los dos continentes extremos que le quedaban sin visitar: Asia y Oceanía. Fueron varios países de Asia, en un anhelo orante y misionero, con varias escalas técnicas, sigladas de más que simples saludos a representantes humanos y políticos... Etapas que fueron Manila (donde sufrió un ataque que quiso ser mortal y que por providencial suerte no llegó a serlo)[4] y antes Teherán y Pakistán, y Samoa, y Sídney, y Nueva Zelanda, y Australia, Yakarta, Ceylán, Hong Kong: este fue, entre todos sus viajes, el más alejado del considerado centro espiritual y jurídico de la Iglesia, que se sentía «responsable, solidaria, con las Iglesias esparcidas por el mundo, permaneciendo atenta a las personas con ideas y sentimientos religiosos distintos de los de la fe cristiana».
Nombramiento de cardenales: 1965 (22 de febrero). Nombra 27 nuevos cardenales. 1967 (26 de junio). Nombra otros 27 cardenales. 1969 (28 de abril). Nombra 33 cardenales nuevos, reservando dos más in pectore. 1973 (5 de marzo). Nombra 30 cardenales nuevos y publica los dos reservados in pectore el 28 de abril de 1969. 1976 (24 de mayo). Nombra 20 cardenales nuevos y reserva uno in pectore[5].
Ejercicios espirituales: 1964 (16-22 de febrero). Bernhard Häring, sobre La vida cristiana a la luz de los Sacramentos; 1965 (8-13 de marzo). Ambroise Carré, sobre Fe, fidelidad y amor a Cristo; 1966 (27 de febrero-5 de marzo). Giuseppe Carraro, obispo de Verona (Italia), sobre Al servicio de Cristo; 1967 (12-18). Paolo Dezza SJ; 1968 (3-9 de marzo). René Voillaume; 1969 (23 de febrero-1 de marzo). Abad Gabriel Brasó, sobre Nuestro sacerdocio a la luz del sacerdocio de Jesucristo; 1970 (15-21 de febrero). Jacques Loew, sobre Cristo y la Iglesia; 1971 (28 de febrero-6 de marzo). Divo Barsotti, sobre La Iglesia y el Sacerdocio; 1972 (20-26 de febrero). Maurice Zundel, sobre ¿Qué hombre, qué Dios?; 1973 (11-17 de marzo). Antonio Javierre-Ortas, sobre Tu Padre está en el secreto; 1974 (3-9 de marzo). Eduardo Pironio, sobre Queremos ver a Jesús; 1975 (16-21 de febrero). Anastasio Ballestrero, Caminando hacia nueva vida; 1976 (7-13 de marzo). Karol Wojtyla, de Cracovia, Signo de contradicción; 1977 (27 de febrero-5 de marzo). Mariano Magrassi, sobre Asidos a Cristo; 1978 (12-18). Carlo María Martini, sobre Reflexiones sobre el Evangelio de San Mateo.
1978. Secuestro de Aldo Moro (16 de marzo). Con Pablo VI ya muy debilitado en su salud, por los años y por una muy avanzada artrosis, se produce un grave acontecimiento que no cabe duda de que adelantó su desenlace final: fue el secuestro de un buen amigo suyo desde largo tiempo, uno de los políticos más rectos de Italia y del panorama internacional: el onorevole Aldo Moro. (21 de abril). Para secuestrarlo, asesinaron a los cinco miembros de su escolta. Los miembros de las Brigadas Rojas, autores del secuestro, lo autorizan a que escriba al Papa para intermediar en su liberación. Él les suplica que le devuelvan la libertad porque es «un hombre bueno y honrado, a quien nadie puede acusar de ningún reato, ni de escaso sentido social, de falta de servicio a la justicia y a la pacífica convivencia civil»[6]. (9 de mayo). No le hacen caso y aparece asesinado. Su secuestro constituyó uno de los más crueles sufrimientos de Pablo VI.
(6 de agosto). Fallece Pablo VI: Es domingo de la Transfiguración, pleno verano, tiempo de vacaciones. Extremado en la salud, consciente de que la muerte está cerca, ha optado por retirarse a Castelgandolfo, lejos del clima romano-vaticano. Fallece a las 21.40 h. Ha dispuesto que el suyo sea un funeral sin ruidos y sin especiales honores. Los obispos de Italia, quienes mejor lo han conocido, piden en seguida la introducción de su causa de beatificación. En seguida se les suma el episcopado latinoamericano, representado por el CELAM. El Papa Francisco fija para el 19 de octubre de 2014 la fecha de su beatificación. Para cuantos lo conocimos, era algo que anhelábamos, desde el recuerdo constante de su heroica santidad. Pablo VI fue un Papa casi mártir. Somos conscientes de lo limitativo del casi que se nos ha escapado a nosotros. Otros analistas de su perfil emplean lo de mártir en su pleno significado. ¡Tienen razón!
Un breve prólogo... ¡español!
Esta modesta y lamentablemente un poco –si no un mucho– desordenada biografía se ha escrito para ser publicada y, dentro de lo posible, también difundida, ante todo en español y en España.
Quienes hemos tratado de confeccionarla y la firmamos somos conscientes de que, en España, por lo menos en determinados ambientes no muy sinceramente religiosos, antes aún que católicos, Pablo VI no fue tan conocido ni comprendido, aceptado ni amado, como lo fue y sigue siendo en otros países y ambientes que, en cuanto a católicos y a sinceramente religiosos, pasaban y siguen pasando por serlo menos que nosotros los españoles. Algo que, nos parece, no deja de tener y de haber tenido su vertiente paradójica y... contradictoria.
Muy verdad es que quizá no sea el caso de revolver un pasado que, por supuesto todos o por lo menos la inmensa mayoría, deseamos ver superado, no sin aceptar la responsabilidad individual y colectiva que a unos y a otros no deja de afectarnos para su superación. Es lo primero y principal que sentimos nos anima a aprender del ejemplo sereno de un hombre tan ejemplar y tan hombre que se llamó y sigue siendo recordado como Juan Bautista Montini, pero sobre todo y aún más como Papa Pablo VI.
Quisiéramos ante todo dejar aquí constancia quienes hemos escrito esta biografía –conscientemente escasa, por personal inadecuación nuestra más que por tibieza de deseo y convicción, con respecto a un gran Papa culto, humilde y santo–, de que compartimos íntimamente el deber de hacer justicia a la heroica y paciente ejemplaridad cristiana de Juan Bautista Montini/Pablo VI.
Una ejemplaridad que, hasta donde nos sea posible, nos proponemos, o más bien quisiéramos, reflejar en las páginas de este libro. Somos conscientes, no obstante, de que es muy difícil, por no decir imposible, describir con adecuación, mediante palabras y expresiones lamentablemente pobres, las virtudes practicadas con ritmo creciente, a lo largo de toda una vida: de niño y adolescente precozmente ejemplar; de joven seminarista íntimamente convencido y decidido a seguir la llamada de lo Alto; de sacerdote resuelto a entregarse de lleno al servicio directo y exclusivo de las almas: un sacerdote sin embargo que, por heroica obediencia, tuvo que ¡y supo! ver en una entrega absorbente, a dedicación plena, a una tarea de «burocracia vaticana» la heroica inversión vital de su vocación de sacerdote, que en ningún instante de su vida se olvidó de serlo y lo fue durante una veintena de años jóvenes; que fue un aparente, sacrificado y generoso «burócrata», trocado luego de repente, por aceptada obediencia, en Arzobispo de la archidiócesis más difícil y exigente de la Iglesia, convertido de manera heroica, sólo aparentemente improvisada, en pastor profesional, sucesor de santos grandes y remotos que le dejaban una herencia inmensa; de santos remotos y grandes nunca olvidados, que fueran y seguían llamándose, en la hagiografía cristiana, San Ambrosio y San Carlos (Borromeo); y de beatos más recientes en camino de ser declarados santos –ya lo han sido–, frescos en el recuerdo de todos con los nombres de Ildefonso Schuster y de Carlo Ferrari.
Arzobispo pastor sin ejercicio previo de pastoreo, inmediato ni remoto, Juan Bautista Montini se vio obligado a ser sucesor de unos y de otros. Fue Arzobispo y lo hizo bien, heroicamente bien, al frente de la Archidiócesis más difícil y poblada de la Iglesia que se llamaba (y sigue llamando) Milán, con sus abundantes cinco millones de habitantes, todos católicos menos cien mil de ellos, con sus 1.200 parroquias, sus (entonces) 2.500 sacerdotes, (ah, y con cinco obispos auxiliares como ayudantes...). Milán, una capital de provincia y región –la Lombardía– esencialmente industrial, de las más de Europa, con las consiguientes enormes dificultades y problemas...
Lo hizo bien, vaya que sí, el Arzobispo Montini, a quien, desde por aquellos años, acaso nadie había apreciado tanto y profesado tan sincera, serena y creciente admiración y amistad como el que fuera visitador apostólico en las remotas –más por entonces que... por ahora– Bulgaria y Turquía, enviado en 1925 para largo por Pío XI, y que sería después nuncio en Francia, enviado en 1945 por Pío XII, Giovanni Roncalli.
La amistad entre ellos nació, parece ser, porque por aquellos años Juan Bautista Montini era la «mano derecha secretarial» de los papas Pío XI y Pío XII, a quienes muy humildemente representaba y a cuyas órdenes fielmente estaba el visitador, primero, y nuncio apostólico, después, Giovanni Roncalli. El cual Roncalli puntualmente informaba y dócilmente pedía orientaciones por carta al Papa cada vez que necesitaba sus directrices o refería sobre sus contactos con los gobiernos o con la modesta escasa jerarquía de la reducida porción religioso-católica en Bulgaria y Turquía, primero, y más numerosa en la católica Francia después.
Los informes y demandas de orientación del visitador y nuncio Roncalli iban dirigidos a los papas respectivos, pero era más frecuente que raro que un papa y otro los pasasen para lectura y adecuada respuesta al Sustituto y Prosecretario de Estado Juan Bautista Montini: el cual formulaba respuestas muy medidas siempre a su casi paisano lombardo en la versión oficial, permitiéndose en muchos casos añadir expresiones de sincera y creciente estima que era más bien amistad. Lo cual explica que el Roncalli de Bérgamo, que llevaba con muy dócil obediencia su nada fácil tarea de representación en partes tan entonces remotas de Europa, no dejaba de apreciar el toque de amistad personal que su vecino de Brescia deslizaba como remate de las cartas oficiales.
La amistad entre ambos parece ser que surgió de aquellos contactos tan simples, pero se maduró por otros a lo largo de los años, basada más en una recíproca percepción de la sincera bondad por cada uno del otro, aun en la lejanía, que en la frecuencia de contactos, volcado cada uno de ellos, en entrega generosa y total a sus misiones apostólicas. Tuvieron, sí, ocasión de algunos encuentros personales, que fueron muy pocos y breves: cuando, una vez al año y, en períodos difíciles de guerras como la Segunda Mundial, cada dos o tres años, el visitador apostólico Roncalli pasaba por el Vaticano para referir al papa y saludar de paso al Prosecretario. Y tuvieron alguna más, pero no muchas, cuando el de Bérgamo había sido nombrado Cardenal-Patriarca de Venecia (enero de 1953), poco antes de que el de Brescia (noviembre de 1954) hubiese sido, de manera más sorpresiva, nombrado Arzobispo (¡que no cardenal!) de Milán.
No tardó en morir Pío XII (9 de octubre de 1958), el que los había nombrado arzobispos de Milán y de Venecia a uno y a otro. Con su muerte, la de Pío XII, había llegado la hora de que fuese elegido, por el Colegio cardenalicio, un sucesor del Papa muerto. Roncalli, hombre sincero que interpretaba la sinceridad como rectitud, se dejó –y ya lo había hecho en alguna ocasión, de manera inocentemente discreta– escapar que él no veía mejor sucesor del Papa fallecido que en el Arzobispo de Milán. El cónclave –a pesar de que el número total de cardenales era escaso: 51– resultó largo y difícil: cuatro días (del sábado 25 al martes 28 del mismo mes de octubre) y once votaciones. Resultó elegido Angelo Roncalli con el nombre de Juan XXIII. Sobraban razones para pensar que el nuevo Papa hubiese preferido ver a Juan Bautista Montini en su puesto, porque lo consideraba más capacitado. No obstante, aceptó con humildad su cargo. Se da como probable –nosotros lo damos, con muy sinceras razones– que el que fue elegido para suceder al Papa muerto, el tan ejemplar Papa Buono Giovanni XXIII, hubiese empezado votando al que era Arzobispo de Milán. Sólo que Pío XII lo había nombrado sucesor de los mencionados San Ambrosio, San Carlos Borromeo, y candidatos a beatos y santos Ildefonso Schuster y Carlo Ferrari, pero no lo había nombrado cardenal, título y responsabilidad vinculada a la presidencia religiosa de la también denominada Archidiócesis Ambrosiana. Y aunque el cardenalato no sea condición esencial previa para Papa, sí es indispensable para ser elegido tal. Porque en la hipótesis de que, no siéndolo, el elegido recibiera el número suficiente de votos y viviese, un suponer, en la periferia de Roma, tal que en Castelgandolfo, y peor si... en la isla de Lampedusa, el cónclave tendría que suspenderse en tanto el elegido tendría que desplazarse a Roma y ser investido cardenal como condición previa.
Pero ocurrió una cosa llamativa a la que quizá se vuelva a aludir, de manera superflua para los que recuerden este detalle. Nada más ser elegido Juan XXIII, una cosa muy significativa que hizo fue nombrar primer cardenal de su pontificado al Arzobispo de Milán, Juan Bautista Montini. Lo cual, que si Montini no fue por ello más cardenal que ningún otro de los primeros 23 que nombró el Papa Juan XXIII en su primera promoción cardenalicia, a los que se sumaron dos promociones más con un total de 45 nuevos cardenales: sí, de todos ellos, Juan Bautista Montini fue el primero –primer cardenal de Juan XXIII–, lo que no constituyó ningún motivo de orgullo para él que cifraba su entrega a Dios en razones más profundas, como bien sabía su entrañable amigo y admirador San Juan XXIII, pero fue algo que lo hizo apreciar mucho.
De igual suerte el Arzobispo de Milán, Juan Bautista Montini, apreció y ya venía apreciando mucho desde largo a Juan XXIII, sin hacer ruido con tal aprecio, como tampoco lo hacía Juan XXIII del aprecio que sentía y tenía hacia él. Un aprecio sincero y recíproco que pudo ser que en algunos despertase celotipias más o menos... contemporáneas, pero que hoy en que ambos están en el cielo habiendo sembrado tan buenos ejemplos, a todos nos conmueve y trueca en estímulo de bien.
Quisiéramos añadir mucho más sobre el tema de las virtudes y méritos del ya Beato Pablo VI, no desvinculado de su relación con un ya Santo Juan XXIII. Pero esto arrancó, y quiere seguir, como simple breve prólogo para un libro pensado para difusión acaso reducida que... no tendríamos inconveniente en que más bien fuese... amplia. Un prólogo alimentado de preferencia por voces de nuestra lengua y de nuestro ámbito geográfico, para un libro sobre un gran Papa Pablo VI ¡culto, humilde y santo!
Nuestro compromiso resulta poco menos que imposible de reflejar, pero para ello pedimos contar con la ayuda de lo Alto y con la buena voluntad –sinceramente agradecida, que pedimos a Dios la premie– de quienes tengan la amabilidad y paciencia de leernos.
Un libro, ya adelantamos y reiteramos, escrito para difusión principalmente en España y para lectores previsiblemente también españoles. Es por eso por lo que le anteponemos un prólogo de testimonios, pocos pero sinceros, de obispos españoles. Habría unos cuantos más, pero consideramos suficientes, por su sincera y reconocida ejemplaridad, los pocos –tres– que se recogen, en representación de muchos más, que en lo sustancial son y serían coincidentes. Son los testimonios de D. Elías Yanes, de Zaragoza; del que lo fue, por algún tiempo, de Ávila, D. Maximino Romero de Lema, y de D. Ramón Torrella, que murió siéndolo emérito de Tarragona... Y parte de una larga entrevista con el Cardenal Tarancón, que mantuvo un trato muy cercano con Pablo VI.
Habla don Elías Yanes, antiguo presidente de la CEE
CEE está, en abreviatura, por Conferencia Episcopal Española. Don Elías Yanes fue uno de sus primeros presidentes. Salvo error sucedió, en dicha presidencia, al Cardenal-Arzobispo de Santiago de Compostela, don Fernando Quiroga y Palacios. (Por aquellos tiempos, los apellidos se solemnizaban con el empalme de la conjunción copulativa y).
Don Elías, como se le llamaba sin necesidad de añadir su simple y único apellido, fue muy estimado por los obispos y también por los que no lo eran. Al tiempo que Presidente de la CEE, fue también Arzobispo de Zaragoza. Y había sido, antes, Obispo auxiliar de don Gabino Díaz Merchán, en la de Oviedo.
Durante su período de presidente de la CEE se celebraron en Madrid (20-21 de mayo de 1994), en la calle Añastro, donde la CEE tenía –y, salvo error, sigue teniendo– su sede, unas jornadas de estudio sobre Pablo VI y España, convocadas por el Istituto Paolo VI de Brescia en colaboración con la UPSA (Pontificia Universidad de Salamanca).
A don Elías le correspondió dar –¡lo hizo con palabras muy amables, como eran siempre las suyas!– una cordial bienvenida. Fueron palabras muy breves, sinceras y cordiales, que todos escuchamos y aplaudimos con gratitud.
Algunas de sus palabras en tal ocasión, ya a considerable distancia, sirven para este prólogo referido al Beato Pablo VI. (La verdad es que Beato ya lo era virtualmente entonces, y también santo, pero todavía no reconocido: un favor que debemos, y... ¡mucho agradecemos! al buen Papa Francisco).
Las palabras de bienvenida de don Elías, en tal circunstancia, fueron las siguientes:
Para la Conferencia Episcopal Española es un motivo de profunda satisfacción ofrecer la modesta hospitalidad de esta sede y de estos servicios de la Conferencia a quienes participan en la reflexión de las presentes Jornadas.
Motivo de especial satisfacción es saber que se trata de un tema de importancia grande para la vida de la Iglesia en España, tema que será tratado con rigor científico, como es habitual en los estudios promovidos por el Istituto Paolo VI.
Se nos ha recordado que no se trata de unas jornadas de exaltación de la figura de Pablo VI sino de estudio riguroso, de aportación de documentos y de testimonios que permitan conocer ese período de la historia de la Iglesia y no perder esa experiencia de la vida de la Iglesia que es reciente pero que a veces por incuria, por falta de atención, podría quedar relegada al olvido en aspectos importantes.
Si se me permite, y acogiéndome al género literario de los testimonios, no puedo menos de expresar mi personal gratitud y reconocimiento por la atención que se presta a la figura de este gran Pontífice.
Puedo aportar una pequeña anécdota que para mí tuvo un gran significado y que pienso que significa cuál fue su actitud en aquella situación conflictiva que se produjo en amplios sectores de la Iglesia en la etapa del Posconcilio.
Yo había sido elegido recientemente Obispo auxiliar de Oviedo y acompañaba al Arzobispo de la diócesis ovetense, Monseñor Gabino Díaz Merchán (era el año 1971 o 72) con motivo de la visita ad limina. Pablo VI nos concedió una audiencia y mi Arzobispo dio cuenta de los problemas pastorales que se planteaban en aquellos momentos en nuestra diócesis, como en muchas otras diócesis españolas. Una situación especialmente difícil, con tensiones intraeclesiales fuertes, un gran desconcierto, dificultades, además, que fácilmente tenían un carácter público porque, con frecuencia, tenían relación con la situación política vigente en aquel momento.
Mi Arzobispo explicó cómo trataba de actuar en tal situación, poniendo énfasis en la paciencia, en el esfuerzo por escuchar a todos, pero al mismo tiempo pidiendo luz: «¿Es esto lo que tenemos que hacer o, como otras personas nos aconsejan, es necesario dar normas, acudir a penas canónicas, tomar una actitud de mayor recurso a la autoridad?». Mi Arzobispo lo preguntaba con sincero deseo de tener luz para orientar su acción pastoral de acuerdo con lo que el Papa pensaba.
Pablo VI nos dio una respuesta que sé que en términos semejantes dio a otros obispos. Comenzó comentando: «¡Cuánto me alegro, cuánto consuelo recibo de saber que los obispos tienen esta línea de conducta como usted me ha explicado!». Y, pensando en voz alta, continuaba como meditando con nosotros: «En otras épocas, ser obispo era un honor: hoy es, ante todo y sobre todo, un servicio». Y añadió esta frase que a mí se me grabó profundamente como una luz, sobre todo para los momentos de tensión y de dificultad que en aquel momento vivíamos: «El obispo tiene que estar siempre dispuesto a tender la mano a aquellos que no lo merecen». Era como una síntesis de su encíclica Ecclesiam suam.
Unas «pinceladas» del Obispo Maximino Romero de Lema
Intentaba uno superar generalidades acerca del Obispo Maximino Romero de Lema y tropezó con una evocación firmada por don Laín Entralgo, el gran presidente de la Real Academia Española:
Cuando, ante una inexorable muerte próxima, volaba de Roma a Santiago con el propósito de despedirse de la vida mortal y ser inhumado en su tierra, ha fallecido Maximino Romero de Lema, sacerdote. Había sido obispo en España, arzobispo en Roma, secretario de la Congregación del Clero, tantas cosas más. Pero yo estoy seguro que al recordarse tras su muerte, él hubiera preferido que se hiciera uniendo a su nombre esta sola palabra: sacerdote... Para ser sacerdote, no para ser obispo, renunció al brillante porvenir que le ofrecía su reciente licenciatura en Derecho y –una entre las «vocaciones tardías» de aquellos años– sintió irrevocablemente la que en él era más profunda y pasó de jurisperito a seminarista, sin duda con el ánimo de llevar a la Iglesia, en la medida de sus fuerzas, el mundo secular de que era parte.
¡Qué bien dice don Pedro Laín lo que... dice! Uno no quería alargarse, pero lo que dice don Pedro Laín es tan digno –¡también de don Maximino!– que no se quiere interrumpir la cita, recordando otras palabras del que fuera director de la RAE:
Durante los años en que tanto por razones estrictamente religiosas como por razones puramente humanas había que salir de aquella alianza poder-altar que los españoles llamamos nacionalcatolicismo, Maximino Romero de Lema, a quien Pablo VI quiso y no pudo nombrar arzobispo de Santiago de Compostela, en esa empresa colaboró silenciosamente. Como, no silenciosamente, de manera tan eficaz lo hizo el Cardenal Tarancón. Ciertamente se ha dicho de él que fue liberal frente a los integristas, moderado frente a los radicales y pensador frente a los agitadores. Así, hasta su muerte; primero, en España; luego, en Roma, y por fin, entre Roma y España.
A este punto, la cita tomada de Romero de Lema para este largo prólogo para lectores españoles arranca así:
No tengo la osadía de diseñar la personalidad de Pablo VI. Sólo algunas observaciones directas, como pinceladas. Ante todo, era una personalidad superior, con arraigo histórico, que no admite simplificaciones hechas a veces tópico fácil. Fue considerado un intelectual, formado en una cultura brillante, dominante en Europa y más en concreto francesa, con dificultad para entender la historia de España.
Mi observación es otra: yo pienso que el joven Montini, el sacerdote Montini, era una personalidad genialmente italiana. Por la formación en su familia. Por la historia de Italia en aquel período concreto, vivida en la escuela de su padre. En aquel clima católico, con personalidades de tanto relieve, en el pensamiento. Entre movimientos sociales importantes, con correspondencia con movimientos europeos paralelos.
Pablo VI conocía y comprendía España y su misión histórica y evangelizadora. Conocía bien la literatura clásica española. Lo pude observar en la preparación del doctorado de Santa Teresa. Y, por lo que se refiere a la cultura contemporánea, por decisión de Pablo VI están en los Museos vaticanos obras de pintura y escultura española contemporánea de Venancio Blanco, Eduardo Chillida, Javier Calvo, Salvador Dalí, José Ortega, José de Oteiza, Benjamín Palencia, Pablo Picasso, Nicanor Piñote, Joaquín Vaquero Turcios, Manuel Vilaseñor. Colaborando en estos trabajos con Monseñor Pasquale Macchi, tuve ocasión óptima para tratarle.
El interés de Pablo VI por las cosas de España lo manifestaba en muy distintas ocasiones, ya como sustituto de la Secretaría de Estado vaticana en tiempos de Pío XII. Relato un episodio del que fui testigo: Siendo embajador ante la Santa Sede Fernando Castiella, llegó a Roma don Ángel Herrera Oria, al cual veneraba Castiella, vieja amistad suya desde los Estudiantes Católicos. Puso verdadero interés en su encuentro con Monseñor Montini y Montini aceptó. El encuentro se produjo en la embajada de la Piazza di Spagna. Éramos cuatro personas: el sustituto Montini, el embajador Castiella, Ángel Herrera y yo. Fue una de las conversaciones más interesantes que he tenido ocasión de escuchar con temas que fueron la Iglesia, la cuestión social y la libertad.
El clima de esta tarde me hace difícil comprender algún episodio posterior del Castiella ministro. La comprensión y el amor a España y a la Iglesia de España se muestra en palabras de Pablo VI.
Cuando el 25 de septiembre de 1975 Pablo VI canonizó a San Juan Macías, quiso destacar, ante la Plaza de San Pedro llena, algunas características que concurrían en la vida del nuevo santo: «La primera, su origen español, hijo de una nación cuya historia encuentra sus expresiones más altas y decisivas, que marcan el carácter de su pueblo, en las figuras de sus santos, como Domingo de Guzmán, Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Teresa de Ávila, Juan de la Cruz... Sólo recordar sus nombres constituye un auténtico homenaje que se tributa a España. Un homenaje que siento poder subrayar por mi parte dirigido a una nación por mí muy amada y que la Iglesia entera, tan bien representada en esta Plaza de San Pedro por millares de peregrinos venidos de todo el mundo desean rendir conmigo a esta tierra de santos... Esta alegría podría ser más plena si estos días no hubiesen sido ensombrecidos por los acontecimientos de todos conocidos...»
Cómo Ramón Torrella Cascante recordaba a Pablo VI
Uno se recuerda viajando en tren, hacia finales de los años sesenta, en un departamento compartido, entre otros, con dos clérigos de respetables semblante y cultura ocupados en una conversación interesante a pesar de mi distancia del tema. Aun fingiendo desinterés, todavía retengo lo sustancial. Hablaban de un cura llamado Torrella, consiliario de la JOC (Juventud Obrera Cristiana)[7], residente en la diócesis de Madrid dependiente del obispo Eijo y Garay.
Eran tiempos en que tener algo que hacer, aunque fuese de orden espiritual, con grupos sociales (peor si obreros), aunque se apellidasen cristianos como la JOC, implicaba riesgo de conflictos con las autoridades eclesiásticas, en gran parte sintonizadas con las franquistas. Tal era la ejercida por Eijo y Garay, que sintonizaba con el nacionalcatolicismo de la época.
Aunque nacido en Cataluña (Olesa de Montserrat, 30 de abril de 1923), Ramón Torrella ejercía en Madrid, donde la JOC tenía su sede central. En Madrid mandaba mucho (¡en sintonía con un gobierno con el que sintonizaba casi más que con un distante Vaticano!) el obispo Eijo y Garay. Si por residencia Ramón Torrella vivía y celebraba misa en terreno del obispo de Madrid, siendo tiempos anteriores al Vaticano II que creó las Conferencias episcopales, el poder eclesiástico estaba en manos del Arzobispo de la archidiócesis primacial, que era la de Toledo, regida por el Cardenal Pla y Deniel, un eclesiástico conservador de ascendencia catalana con sensibilidad social. Por ello se situó de parte del consiliario Torrella cuando, por su conducta favorable a la justicia en pro de la JOC, Eijo y Garay le prohibió celebrar misa en su diócesis. Lo cual puso de su parte a Pla y Deniel, diciéndole que si el obispo de Madrid no lo dejaba actuar como cura en su territorio, la prohibición carecía de validez en su territorio. Para ello optó por mandarle todas las mañanas un coche que lo desplazaba hasta Illescas, territorio toledano limítrofe con Madrid donde podía celebrar.
Fue cuando Pablo VI intervino en favor de Torrella llamándolo a Roma y ofreciéndole cargos de responsabilidad en varias instituciones creadas por el mismo Papa tras el Concilio (Secretariado para la Unidad de los no-Cristianos, Consejo de Laicos, Consejo pontificio Cor Unum, Comisión Justicia y Paz). La situación de Torrella encontró una espléndida solución hasta que, ya en 1983, el mismo Pablo VI lo creó Arzobispo de Tarragona, cargo que desempeñó hasta su renuncia por razones de edad en 1997, y su fallecimiento en abril de 2004.
Comprensible que, dadas sus vicisitudes vivenciales y su proximidad a Pablo VI, Ramón Torrella tuviera testimonios que expresar sobre su relación con dicho Papa. Unos testimonios, que aun en resumen, ocuparían muchas páginas, que en este caso han de ser obligadamente muchas menos:
El cardenal Montini fue elegido papa el 21 de junio de 1963. Era el candidato indiscutible por la experiencia de sus 17 años en la Secretaría de Estado y por sus nueve años como arzobispo de Milán. Al morir Juan XXIII había afirmado que el testamento de Juan XXIII no podía quedar encerrado en un sepulcro. A él le tocó recoger con fidelidad la herencia de su predecesor. Fue un papa providencial para terminar el Vaticano II y dirigir su aplicación con humildad y fortaleza, con prudencia y valentía.
Pablo VI instituyó los nuevos organismos deseados por el Concilio que dieron a la Curia romana una nueva fisonomía. (...) Además de los nuevos organismos posconciliares, promulgó la constitución Regimini Ecclesiae universae, que acentuó el carácter universal de sus miembros, sobre todo en sus responsables superiores, evitando el carrerismo, porque los altos cargos recibían el nombramiento del papa para cinco años mientras antes eran prácticamente cargos vitalicios. (...)
El 6 de noviembre de 1970 se publicó mi nombramiento como vicepresidente del Consejo de Laicos y de la Comisión Justicia y Paz. Siempre he considerado que mi nombramiento obedecía al deseo de Pablo VI de tener en la Curia a un obispo español. Me incorporé a la Curia el 5 de enero de 1971. Fue como un regalo de Reyes porque el día de la Epifanía tuve que asistir al acto de entrega del Premio Juan XXIII de la Paz a la Madre Teresa de Calcuta. (...) Las audiencias de trabajo con Pablo VI solían tener una duración entre 40 y 50 minutos y al final era cuando el papa hablaba de cosas más personales. Un día me preguntó sobre la situación en España y tuvo esta frase en un tono algo dolorido: «Sé que en España no se me quiere». Recuerdo que mi comentario fue distinguir entre los ambientes oficiales y políticos y el ámbito de los católicos practicantes. (...)
En los precedentes del pontificado de Pablo VI estuvo el famoso telegrama del cardenal Montini, cuando era arzobispo de Milán, solicitando clemencia para unos anarquistas sentenciados. Empezando por el periódico ABC, la reacción general de la prensa española favoreció una campaña negativa contra él. Esta campaña afectó incluso a los ambientes eclesiásticos. Puedo contar un hecho inédito que ilustra esta afirmación. Después de la muerte de Juan XXIII, en el período de sede vacante, fui a visitar al señor Nuncio monseñor Riberi para informarle sobre la JOC. Inesperadamente me invitó a almorzar y acepté. Durante el almuerzo, de repente monseñor Riberi nos emplaza a todos los comensales con esta pregunta: ¿Quién será el nuevo papa? Empezando por la derecha, todos tuvimos que pronunciarnos. Llegó mi turno y dije: «Quizás el cardenal Giovanni Urbani, patriarca de Venecia». Comenta el Sr. Nuncio: «¿Es que usted lo conoce?». «No, Señor Nuncio, pero como estuvo al frente de la Acción Católica y a lo mejor los cardenales quieren un papa algo mayor para evitar su largo pontificado...». Hablan los demás y termina la persona que se sentaba a la izquierda del señor Nuncio sin que nadie hubiera pronunciado el nombre del Cardenal Montini. Rápidamente, monseñor Riberi cierra los comentarios con esta rotunda afirmación: «Será Montini: no lo duden ustedes».
¡Cuánto más darían de sí los comentarios, anécdotas y juicios que, en una circunstancia pública, cuando monseñor Ramón Torrella era ya arzobispo emérito de Tarragona y algunas cosas más, todas convergentes en una biografía ejemplar, narró con toda sencillez!
Llegados aquí, resultaría cómodo recurrir al tópico de la usura del espacio. Aquí damos por suficientemente expresiva la autenticidad y fuerza del testimonio vertido poco antes de su muerte por monseñor Torrella Cascante. Y terminaremos con una anécdota narrada por él mismo:
En mi trabajo ecuménico tuve la oportunidad de hablar varias veces con el profesor Cullmann. Cada año acostumbraba a tener una audiencia con Pablo VI. Una vez la Iglesia valdense de Roma ofreció un almuerzo íntimo al profesor Óscar Cullmann y fui invitado. Durante el aperitivo, pudimos hablar y él me comentó la audiencia de aquella misma semana con Pablo VI, diciéndome que dicha conversación con el papa le había hecho bien espiritualmente. Yo le dije: «Querido profesor, permítame que le haga un comentario. Sin pretender hacer un juicio comparativo sobre la santidad de Juan XXIII y la de Pablo VI, considero que la humildad de Pablo VI es superior a la de Juan XXIII». El profesor Cullmann me dijo: «Yo pienso lo mismo, y le diré que, a mi juicio, Pablo VI, además de ser el sucesor de Pedro, es un cristiano contemporáneo de primera clase».
Pablo VI y el Cardenal Vicente Tarancón
Cuantos, en algún momento de sus vidas, tuvieron ocasión de encontrarse con don Vicente Enrique y Tarancón y, obviamente, también en vida del Arzobispo de Burriana, como se le llamó con familiaridad cuando su vida se desarrollaba por otras latitudes, principalmente en la... penúltima etapa de una vida que vivió, con merecida menor popularidad y protagonismo que cuando aún estaba al frente de la Archidiócesis de Madrid, sin duda conservan de él un recuerdo de admirada simpatía.
Don Vicente tenía expresiones y gestos de muy simpática espontaneidad que tardarán en olvidarse, tanto o casi como tardaremos en olvidarle a él. Tuvo asimismo palabras y expresiones que hicieron época, como las pronunciadas en un discurso cuando el rey Juan Carlos juró al tomar la corona (22 de noviembre de 1975) que... se le atribuyeron porque salieron de su boca pero que le ayudó a dar con ellas, o se las dio escritas, un fiel asesor que muy bien supo actuar en la sombra. Se piensa en un excepcional jesuita que supo asesorarlo permaneciendo en la sombra y retirándose con discreción una vez cumplida su misión secretarial, sin resentirse del aparente olvido en que ha caído. Nos referimos al padre José M. Martín Patino.
Pero aquí el contexto circunstancial es otro. También la fuente y su oportunidad. Fuente: una entrevista que para mejor contextualizar la nada fácil relación de un determinado período casi final del gobierno franquista con la Iglesia que semilanguidecía en España le hicieron tres bien cualificados representantes de una Iglesia ya sobreviviente: un profesor de la UPSA (Universidad Pontificia de Salamanca), Julio Manzanares; un brillante y muy preciso comunicador, Joaquín L. Ortega; y un historiador eclesiástico y buen teólogo, Juan María Laboa.
Con permiso de nuestros amigos Laboa y Ortega y también Manzanares, dando por implícitas las preguntas en las respuestas del entrevistado Tarancón, citamos las respuestas que nos parecen más interesantes para los lectores, dando la preferencia a quien, en este supuesto, le corresponde: el ya Beato Pablo VI:
Ya había saludado a Montini cuando estaba en la Secretaría de Estado siendo yo obispo de Solsona[8]. Pero apenas había sido un simple saludo. Mi relación un poco íntima, en asunto importante, se produjo cuando ya estaba de arzobispo en Toledo[9].
Como arzobispo de Toledo tuve las primeras conversaciones. Entonces me di cuenta de que Pablo VI iba adquiriendo una cierta confianza en mi persona. Es lo que después me demostró cuando me llevó a Madrid. Me lo dijo, pero eso se notaba. Yo lo noté no sólo por la actitud del papa sino también por los que estaban a su lado, sobre todo en Villot y Benelli. Me di cuenta de que al llevarme de Toledo a Madrid era para que, como presidente de la Conferencia Episcopal, yo asistiese al cambio.
(...) Cuando el nuncio Luigi Dadaglio me dice que tengo que ir a Madrid, me doy cuenta de que se busca un lugar para D. Marcelo González Martín, que está en una situación muy incómoda en Barcelona, y como no se atreven a mandarlo a Madrid, buscan sacarme de Toledo. A mí no me hace gracia y lo digo con sinceridad. Viendo que la cosa venía de Roma y no de Dadaglio, fui a Roma y hablé personalmente con el papa. Era el año 1971. Entonces ya tenía yo cierta confianza con Pablo VI, con el que ya había estado dos o tres veces. Le dije que estaba dispuesto a ir adonde me mandaran, por más que a los sesenta y tantos años ir a una diócesis como Madrid, de tantos millones de habitantes, tener que empezar, me parecía que no era lógico. Pablo VI me dijo: «Es cosa mía. Yo estoy convencido de que usted, en los momentos que se le están echando encima, puede hacer una buena labor...».
En un punto clave como este del diálogo, que el ya retirado Cardenal-Arzobispo Vicente Enrique y Tarancón alimentaba con evidente generosidad, del trío de entrevistadores le llegó una pregunta no menos comprometida que las anteriores: «¿Tuvo usted ayuda tanto a la hora de hacer el discernimiento como, aún más, a la hora de aplicarlo?». La respuesta de Tarancón fue de nuevo clara y decidida:
Tuve ayuda personal de Pablo VI para discernir y para aplicar el discernimiento. Cuando se me presentaban problemas de cierta entidad, yo pedía audiencia y se me concedía en seguida. Hablaba personalmente con el papa, que ya estaba enterado de las cosas, aunque a veces un poco a medias porque normalmente la información que tienen en Roma es sesgada, a medias. Yo tenía entonces ocasión de hablar con el papa, de pedirle orientación, sintiéndome obligado a tomar una decisión. Pablo VI me respondió en más de una ocasión: «¡Usted, adelante: aquí estoy yo!». Era, con toda evidencia, la fuerza moral que me daba el papa. En los momentos difíciles, yo no daba un paso sin que el papa dijera que sí. Siempre he tenido su ayuda. Pero antes hablábamos: estábamos tres cuartos de hora, una hora, hora y media, él tomando notas para después hacer el resumen. Y al final siempre él: «Tiene usted razón», o «No tiene usted razón en esto. Conviene hacerlo así... ¡Adelante!».
Páginas más adelante se aludirá, por razones de objetividad, a unas muy válidas jornadas de estudio sobre Pablo VI y España celebradas en Madrid los días 20-21 de mayo de 1994. En tales jornadas, organizadas por el Istituto Paolo VI con sede en Brescia en colaboración con la Universidad Pontificia de Salamanca, estaba prevista como destacada la presencia y aportación testimonial del entonces ya arzobispo emérito de la Archidiócesis de Madrid y ex presidente de la Conferencia de los obispos españoles. Al parecer fueron razones de salud las que le impidieron participar. Por suerte lo suplió, con justificada adecuación, la entrevista que le hicieron tres muy competentes profesionales eclesiásticos de la comunicación a los que se aludió unas páginas más atrás. Los cuales, además de los temas ya citados, plantearon al Cardenal Tarancón, alcanzado en su circunstancial retiro de Villarreal de los Infantes (Castellón), otros interrogantes. Por ejemplo uno centrado en su semblanza, pidiéndole un breve retrato «humano, sacerdotal y pontifical» en el contexto de su actuación con España:
Ante todo, creo que Pablo VI no parecía lo que era. Parecía triste y no lo era. Lo que pasa es que tenía pudor de manifestar su afectividad y optimismo, y parecía pesimista. Para mí está claro: era un agua soterrada. Era muy afectuoso y optimista: no pesimista. Tenía pudor. Como intelectual puro que ha de ver los defectos y tiene que ser crítico. (...) Pablo VI era un hombre de Cristo y de la Iglesia hasta los tuétanos. De todos los papas que he conocido, sin querer hacer comparaciones entre unos y otros, diría que al que he sentido más identificado con la Iglesia, con la mayor responsabilidad de lo que es y significa la Iglesia y el papa en la Iglesia, era Pablo VI. Creo, además, que Pablo VI fue un hombre que pecó de ser excesivamente comprensivo con los demás en el sentido de que en él existía un gran respeto hacia las personas, un respeto a mi juicio casi exagerado. (...) Pablo VI fue un papa convencido hasta los tuétanos de lo que es el papa y de la responsabilidad que tiene, y quiere cumplirla al cien por cien. Se daba cuenta también de que tenía sus fragilidades y pequeñeces, de que no podía llegar a todo, y eso le hacía sufrir mucho. Por lo que más sufría Pablo VI era porque algunas veces no veía claro lo que había que hacer en un momento determinado de la Iglesia. Esa era mi impresión. Era impresionante su modo de hablar de las cosas de la Iglesia, de las cosas de Cristo. A nadie he visto y oído hablar de las cosas de la Iglesia con tanta unción, convicción y plenitud como a Pablo VI. (...) Yo recuerdo perfectamente algo que no se me olvidará nunca: cuando visito a Pablo VI al día siguiente del Ministro de Asuntos exteriores López Bravo, que había ido a echar una filípica al papa. Pablo VI no podía con ello: no tuvo más remedio que desahogarse y contarme lo que había pasado, llegando a decirme: «Tres veces le señalé la puerta para que se marchara...».
A manera de breve introducción Pablo VI y el Papa Francisco (¡con, al fondo, San Juan XXIII!)
Empezando por el Papa Francisco
Pensándolo bien, debemos al Papa Francisco un buen número de hermosas sorpresas. Sí, unas sorpresas que han sido, y siguen siendo, felices y santas.
La primera, en orden cronológico, haber obsequiado al mundo entero con una inolvidable sonrisa en su autopresentación, desde el balcón central de la Basílica de San Pedro, la tarde-noche de su elección: 13 de marzo de 2013.
Uno ya no recuerda, otros probablemente sí, quién o quiénes, entre los cardenales sobrevivientes tras la inesperada e inicialmente incomprendida dimisión de Benedicto XVI, eran considerados los candidatos más destacados para la sucesión-elección.
Desde luego, sin memoria excesivamente retrospectiva puesto que no se trata de algo que se remonte al siglo pasado, y ni siquiera, en este momento, a la década pasada, no parece –¡a uno, al menos!– que entre los principales candidatos figurase el tal Jorge Mario Bergoglio, procedente –lo reconoció él mismo– casi del «fin del mundo».
Sólo venía de una Compañía de Jesús –¡había sido un excepcional jesuita!– que no ha solido... «producir Papas». Encima, y para mayor sorpresa, estaba «estrenando» un nombre que, en veinte siglos de historia, no lo había llevado ningún sucesor de Pedro, entre otras razones porque parecía más que exclusivo del muy conocido, admirado y no menos venerado Poverello de Asís.
Pero suele ocurrir que cosas que parecen extrañas tengan la virtualidad de trocarse, sorpresivamente, en las más naturales del mundo.
¿Quién, por ejemplo, se extraña de que al tímido Papa Ratzinger, al que parece ser –dícese, y sobre todo se dijo– le estaban haciendo la vida imposible algunos –¡arriesgado concretar nombres, fuera acaso de los que entran en una casi anónima lista de unos pocos entre sus colaboradores curiales!–, le haya sucedido un tan nada tímido como evangélicamente ejemplar y sincero ex Jorge Mario Bergoglio, en seguida transformado en Papa Francisco?
La feliz e inolvidable novedad de que, aunque no tan... del fin del mundo para los tiempos que nos están tocando vivir como se le escapó en su breve autopresentación, arrancase de inmediato con una conducta papal que le ganó –¡y le sigue ganando!– a casi todo el mundo: a los fieles cristiano-católicos por supuesto, pero también a gentes simple y humanamente razonables, de cerca y de lejos, sin ser católico-cristianas sino de otras religiones, y hasta de ninguna...[10].
Gentes de Europa, sí, pero no menos, igualmente, de América, de la del Norte y de la del Sur –¡Jorge Mario Bergoglio era/es argentino bonaerense!–, de África y de Asia. Incluso de Oceanía.
¡Un Papa, Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, debe ser y sentirse universal! ¡Y vaya si lo es y se siente el Papa Francisco!
Todo lo más podrían haberse mostrado sorprendidos, de entrada, los italianos. A fin de cuentas, de Italia llevaban viniendo, desde siglos, no sólo la mayoría, sino la casi totalidad de los Papas.
No se excluía la probabilidad de que siguiesen viniendo otros, por más que los dos de inmediata precedencia, apellidados Wojtyla (Karol) uno, y otro –ya se ha dicho– Ratzinger (Joseph), empezando por sus apellidos civiles y también por sus culturales backgrounds, de italianos no tenían nada. Vamos que, como dirían nuestros vecinos de ahí al lado, ¡rien de rien!
Jorge Mario Bergoglio, un Papa sencillo, educado, culto...
¡Las felicísimas novedades que, desde el primer instante de su elección, no ha dejado de traer consigo el 266º sucesor de Pedro!
Pero en relación con tal recién elegido no italiano autodenominado Papa Francisco, la cosa encontró una fácil justificante verosimilitud tan ancestral que ni siquiera hubiera hecho falta que lo fuese tanto.
Se esparció en seguida el dato definitivo de que, aunque él hubiese nacido en Argentina, sus abuelos y padres –¡ratificado con apellidos, por la rama paterna de Bergoglio, y por la materna de Sívori!– procedían del Piamonte italiano, una región próxima a Francia, de la parte de allá de los Alpes, con Turín como capital, donde tiene su enclave la principal marca italiana de automóviles Fiat y un equipo de fútbol con la historia de la Juventus.
Se sabría muy luego que el nuevo Papa había sido, más por supuesto en su juventud que –aunque también, pero algo menos, ahora que joven es... ¡muy de espíritu!– aficionado al fútbol, con larga preferencia por un club denominado San Lorenzo de Almagro. (¡Por supuesto: sin que el fútbol fuese para él –y que menos aún sea–, como para tantos, una droga!).
Decíase, un par de párrafos más atrás, de las felices novedades que trajo consigo el Sucesor Número 266 de San Pedro.
Una de ellas, que puede considerarse la primera porque por alguna es obligado empezar, fue/sigue siendo su muy natural y feliz manera de ser.
Una manera al parecer –lo aseguran quienes lo conocen desde antes de hacerse, pero también siéndolo– jesuita: Francisco ex Bergoglio, un estudiante, sacerdote, obispo y Papa, e incluso antes (¡y después!) de serlo, hombre natural, sencillo, espontáneo, educado, cultivado: no sólo en temas eclesiásticos sino también y sobre todo en los humano-civiles...
Es un riesgo intentar una amalgama-fusión de tres tales Papas: constituyen un privilegio, una verdadera gracia cada uno individualmente y los tres juntos. A cuál mejor, bajo aspectos particulares. ¡Qué sorpresa, qué naturalidad inmensa, la del más reciente, el Papa Francisco!
¡La sencillez inmensa, encantadora con que afrontó la excepcional entrevista que le hizo el periodista portugués Henrique Cymerman! ¡Qué gran entrevistador! ¡Qué excepcional entrevistado! ¡Qué bien lograron acomodarse, con espontánea naturalidad, uno a otro!
¡La respuesta que Francisco dio a la pregunta de Cymerman sobre cómo le gustaría ser recordado! La inteligente –¡sublime!– sencillez de su contestación: ¡Era un buen tipo! Hizo lo que pudo. No fue tan malo...
Una respuesta inteligente, sencilla, inolvidable...
Más comunicativo que simplemente políglota
Conoce, por haberlo recorrido, mucho mundo. Y habla un cierto número de lenguas, en las que se expresa con una excepcional capacidad de comunicación.
Verdad es que, en tema de lenguas, es posible que haya quienes hablan, o han hablado, tantas e incluso alguna más que él.
Un predecesor del Papa Francisco Bergoglio, Juan Pablo II, dio la impresión de haber terminado hablando un mayor número de ellas, además de su difícil polaco nativo.
Pero, ¡vamos!, un español, italiano y francés, que son de raíz latina, en los que se desenvuelve muy bien el Papa Francisco, no los hablan, como él, muchas personas cultas, aunque es posible que sí lo hagan algunas.
Incluso puede haber, que seguramente sí, quienes a tales tres pueden sumar el portugués de la vecina Lusitania y del inmenso Brasil.
Pero se asegura que el Papa Francisco ex Bergoglio –¡con tal apellido que prolonga su ascendencia italiana!– también habla alemán e inglés. Claro: y latín y griego, clericalmente casi obligatorias.
Por otra parte no hay quien ignore –¡si... sí, allá a quien le ocurra!– que la comunicabilidad humano-intelectual no depende tanto ni sólo del número de lenguas que uno sabe y es capaz de manejar con soltura como de otras cualidades más psico-sociales.
Cabe admitir que la capacidad comunicativa del Papa Francisco no es única, pero tampoco es corriente.
Ni siquiera lo ha sido en todos los Papas de los siglos recientes, y mucho menos, parece ser, en los de siglos anteriores.
Fue excepcionalmente comunicativo San Juan XXIII, de simple sacerdote, de obispo, de visitador apostólico en Bulgaria y Turquía, de nuncio de la Santa Sede en Francia, y de arzobispo-patriarca de Venecia, antes que como sumo pontífice de la Iglesia universal.
Fue también comunicativo, con una capacidad de diálogo que se considera excepcional, con una muy extensa y profunda cultura humana y teológica, su sucesor Pablo VI, largamente colaborador fiel de dos grandes Papas, Píos XI y XII.
Juan Bautista Montini, un colaborador de Papas tan activo, discreto, eficaz y silencioso del que se dice –no sin riguroso fundamento– que expresiones tan válidamente duraderas e inolvidables como una pronunciada por Pío XII y atribuida a tal mismo Papa, ante la entonces tremenda amenaza de la Segunda Guerra Mundial, fuera suya: es decir, de Juan Bautista Montini, cuando aún no era, ni se esperaba –¡aún menos él mismo!– que llegara a ser... ¡Papa Pablo VI!
Alguien con acceso a los archivos más secretos del Vaticano descubrió haber sido literalmente redactada, palabra por palabra, por el que fuera simple sustituto y prosecretario de Estado de Pío XII, Juan Bautista Montini, el que un día sería nombrado sucesor de San Ambrosio como Arzobispo de Milán.
Fue Pío XII quien la pronunció y al que se atribuyó como propia. Tal expresión, que produjo un gran impacto y que se sigue repitiendo como disuasoria de toda iniciativa bélica, fue la siguiente: ¡Todo puede perderse con la guerra! ¡Nada se pierde con la paz! Parecida a la que pronunciaría, siendo Pablo VI, en su discurso a la ONU: ¡Nunca más la guerra! ¡Nunca más los unos contra los otros!
Nunca el que sería sucesor del inolvidable, por él inmensamente apreciado –¡y a la recíproca!– Juan XXIII, reclamó el reconocimiento de autoría de tal expresión ni del bien inmenso que sembró, desde la sombra y la humildad, a lo largo de su vida: como eficaz pero muy discreto funcionario vaticano primero, como Arzobispo de la Archidiócesis más extensa y acaso difícil de la Iglesia, Milán, después, y como Sumo Pontífice humilde, generoso, sacrificado, activo luego.
No sólo en ello radica su santidad, de la que es una mínima expresión. De la santidad de Juan Bautista Montini quedan, en la sombra de sus silencios y gestos, muchas pruebas que no podían no aflorar, siendo y haciendo muy verdad aquello de que no puede ocultarse una ciudad puesta sobre una montaña (Mt 5,14).
Cabe estar agradecidos al buen Papa Francisco y a muchos otros testigos muy creíbles de que la santidad de Juan Bautista Montini/Pablo VI, por tantos y tantos reconocida, haya por fin (¡pero a tiempo!) encontrado –sigue y seguirá encontrando– feliz reconocimiento y proclamación.
Milán, la gran Archidiócesis Ambrosiana
A la hora de destacar la importancia de la Archidiócesis que ocupó Juan Bautista Montini desde su nombramiento como Arzobispo por Pío XII el 3 de noviembre de 1954 hasta su elección como sucesor de Juan XXIII el 21 de junio de 1963, cabe señalar, entre otras razones de trascendente valor, el número destacado de santos que contribuyeron a situarla a la cabeza de las diócesis de la Iglesia.
Se trata de santos de la importancia y renombre de San Ambrosio (339-397)[11], tan vinculado a la capital lombarda que su nombre ha quedado emparejado como casi sustitutivo del gentilicio más corriente. En efecto se la identifica tanto o más que como milanesa o lombarda, como Archidiócesis ambrosiana.
Otro nombre de un santo estrechamente vinculado a tal Archidiócesis es el del gran teólogo y difusor de la doctrina emanada por el Concilio de Trento: San Carlos Borromeo (1565-1584).
Más recientes todavía, pero anteriores al nombramiento de Juan Bautista Montini como Arzobispo de Milán, lo fueron Carlo Andrea Ferrari (1850-1921) e Ildefonso Schuster (1929-1954), uno y otro aún no declarados santos, pero ambos camino de serlo, ya proclamados beatos por Juan Pablo II, el primero en 1987 y el segundo en 1996.
¿Osará pensar alguien –interrogante de intención simplemente retórica– que verse proclamado sucesor de tales protagonistas destacados de la hagiografía cristiana le produjese el menor orgullo al nuevo Arzobispo J. B. Montini?
Claro que no. Lo que más bien le produjo fue una inmensa confusión. Juan Bautista Montini era profunda y sinceramente humilde, y por supuesto que nada ambicioso. Aparte de que hubo, al parecer, circunstancias ligeramente oscuras en su trueque de destino, si algo le abrumaba era la percepción de la inmensa responsabilidad que implicaba tal aparente promoción. ¡Y, no menos todavía, la sincera humildad de suceder a santos tan... santos!
Una diócesis pequeña, de menor volumen demográfico y complejidad socio-administrativa, quizá le hubiera asustado menos. Pero el Milán de entonces –y de más tarde– se le tuvo que presentar como una tarea abrumadora.
Milán, capital industrial de la Lombardía y de Italia, uno de los centros más grandes y densos de Europa, considerada entonces y aún hoy como emporio de la industria y desarrollo económicos, con una periferia sembrada de fábricas y densa de poblaciones, hubiera asustado a cualquier pastor. No podía asustar menos a un Juan Bautista Montini que, al recibir la ordenación sacerdotal tras una reducida permanencia en el Seminario por sus escasas condiciones de salud, no hubiera aspirado a más que una humilde parroquia. Justamente por su escasa salud, no había podido desempeñar ninguna tarea pastoral directa, de coadjutor ni de párroco.
Por lo demás, él, que había empezado su largo aprendizaje y ejercicio como colaborador vaticano durante el pontificado del Papa lombardo Pío XI, que –ya se ha dicho– por un breve espacio de tiempo había sido Arzobispo de Milán cuando aún se llamaba y era simple Achille Ratti, no es improbable que no recordase el confidencial desahogo que a veces se dejaba escapar como Pío XI. Un Papa ex Ratti que decía tener la sensación y recuerdo de que la responsabilidad milanesa le había pesado bastante más que el pontificado romano.
No constan desahogos de Montini cuando tuvo que abandonar la Secretaría de Estado después de un largo período a dedicación casi plena –todo el espacio que iba desde el día siguiente a su ordenación sacerdotal en mayo de 1920 hasta noviembre de 1954– y se vio nombrado Arzobispo de Milán.
De lo que sí hay constancia, registrada por la pluma de Loris Francesco Capovilla, secretario y ejecutor testamentario de Juan XXIII al tiempo que buen conocedor y también muy cordial amigo de Pablo VI, es de la reacción íntima del que tampoco era aún, pero que sería, Papa Juan XXIII. Narra el casi-centenario Capovilla nombrado cardenal por el Papa Francisco nada más ser elegido que el que sería Juan XXIII pero era ya de atrás amigo entrañable –y a la recíproca– de Juan Bautista Montini, el día 3 de noviembre de 1954 en que se difundió la noticia de que Montini había sido nombrado Arzobispo de Milán, Angelo Roncalli experimentó una doble sensación. Por una parte, sensación de alegría, porque su amigo «entraba en la sucesión no sólo de Ildefonso Schuster sino también de San Ambrosio, de San Carlos Borromeo y del entonces ya venerable cardenal Carlo Andrea Ferrari». Pero por otra parte sentía disgusto al «ver que un hombre de su valor tenía que alejarse de Roma y del servicio inmediato del Papa».
La sorprendente noticia del traslado de Montini a Milán la había sabido Roncalli con motivo de una reunión de los altos mandos de la Conferencia Episcopal italiana. Al día siguiente, pasando por Roma de regreso a Venecia, Roncalli quiso visitar a su buen amigo Montini en su residencia vaticana, cuando este ya estaba a punto de tener que abandonarla.
Capovilla, que asistió al encuentro y despedida entre ambos en el domicilio vaticano, asegura que se sintió «impresionado por la hierática figura que observó en el neo-metropolitano lombardo, y que en su vivienda percibió aire de despedida, con una suave veta de tristeza».
Roncalli-Montini, amigos aquí en la tierra y más amigos en el Cielo
A este punto el lector no dejará de estar de acuerdo en que se siga citando el discurso de Loris F. Capovilla en tal contexto. Se nos brinda ocasión de leer lo siguiente: «En distintas conversaciones con personalidades de la Curia romana y civiles, Angelo Giuseppe Roncalli exteriorizó el contraste de sus sentimientos. Entre otras cosas hubo una observación suya que aún no he olvidado: “¿Dónde encontrarán ahora a alguien tan capaz de redactar una carta o un documento oficial como sabía hacerlo Monseñor Giovanni Battista Montini?”».
Hay un libro con la correspondencia entre ambos, Roncalli y Montini, a escasa distancia cronológica uno de otro como obispos, arzobispos y papas, una correspondencia a veces casi oficial pero nunca fría y siempre expresiva y teñida de sinceros respeto, corrección y amistad personales, que confirma la impresión del Papa ya canonizado y del Sucesor próximo ya a serlo, que tan bien se llevaron en este mundo y que cabe suponer se llevarán aún mejor en las alturas celestiales.
Abusando –obligada cortesía, querido lector– del privilegio de una larga y generosa –¡por su parte!– amistad con el finalmente Cardenal del Papa Francisco Loris Francesco Capovilla, no nos frenamos en alargar la cita. Añade un Loris F. Capovilla, depositario de excepcionales confidencias que empalman con lo anterior: «Nueve años más tarde Pablo VI, pocos instantes después de su elección papal, me mandó a saludar por medio de Monseñor Angelo Dell’Acqua, invitándome a un coloquio inmediato. Por la tarde del 21 de junio de 1963, subiendo hasta la tercera logia del Palacio Apostólico, entraba yo de nuevo en aquel apartamento que me resultaba familiar. El Papa recién elegido me estaba esperando en la habitación del Angelus. Aceptó el gesto reverencial, que me salió espontáneo tras haberlo visto cumplir muchas veces por el Cardenal Roncalli con Pío XII. Voy a descartar la referencia detallada del coloquio que conservo bajo secreto en mi interior, limitándome a referir una sola frase por parte de Pablo VI: “Tengo prisa de comunicarle que si he aceptado el peso del papado ha sido por estar convencido de que es obligado llevar a término la obra emprendida por el Papa Juan XXIII”.
Ni siquiera me pareció obligado agradecerle la confidencia que acababa de hacerme. Le besé la mano y salí de aquella habitación con una especie de ensueño».
Testimonio de Loris F. Capovilla sobre el Papa Pablo VI
Se nos ha escapado, sin que de ello nos arrepintamos, destacar la vinculación afectiva, auténtica amistad, del que terminó siendo Cardenal centenario del Papa Francisco tras haber sido alter ego, en un servicio afectivo y fiel de Juan XXIII, Loris Francesco Capovilla. Fue también, Loris Capovilla, admirador e hijo fiel también de Pablo VI.
Nos profesamos amigos –el mérito es suyo, mucho más que nuestro– y confidentes del ex don Loris F. Capovilla (don, tratamiento italiano de los simples sacerdotes), que luego sería Eccellenza (como obispo nombrado por Pablo VI) y por fin Eminenza (como cardenal, nombrado por el Papa Francisco).
Nuestra amistad y trato frecuente con él se remonta –y desde entonces siguió siendo cada vez más frecuente y casi familiar– a cuando era simple sacerdote, y era ya secretario de San Juan XXIII, aún no proclamado santo, pero... que lo era ya real y auténtico. Nos acostumbramos al cordial y sentido don, y en él hemos continuado: un don lleno de respeto y casi familiar por nuestra parte, que él no nos ha consentido cambiar, porque para él, para un don Loris Francesco Capovilla que sabe ser y ha sido siempre muy formal pero no menos auténtico, lo importante es la confianza y el respeto, que sabe expresar con sinceridad diríase que «esencialmente roncalliana».
Un día, sin tardar, nos confesó que, por supuesto sin menoscabo ni disminución del afecto y estima que siempre tuvo y jamás dejaría de tener a Papa Giovanni, había tenido y sentido en Pablo VI un auténtico padre.
Sobre Juan XXIII fue sacando a la luz diarios –¡el Diario del Alma!–, cartas (a sus familiares, a cardenales, obispos, simples sacerdotes: a Montini-Pablo VI, a Ildefonso Schuster, a Dell’Acqua, a Giuseppe De Luca, a Adriano Bernareggi, etc).
Todo lo hemos leído con auténtica devoción. Pero hemos descubierto también confesiones suyas, que fueron y son escritas, sumadas a las verbales sobre Pablo VI que nos ha expresado. Llenas de afecto, expresadas en un italiano –que nos resulta familiar– que don Loris, que fue periodista director de un semanario denominado La Voce di San Marco antes de ser nombrado secretario del Arzobispo-Patriarca de Venecia, después Papa Juan XXIII, dominó siempre con soltura.
Cuando falleció Pablo VI a las 21.40 horas del 6 de agosto de 1978, que era día de la Transfiguración, Loris Capovilla era ya Arzobispo de Loreto, tras haberlo sido de Chieti, nombrado y consagrado por el mismo Pablo VI.
Siendo Arzobispo de Loreto, en el primer domingo tras la muerte –¡a los dos días!– de Pablo VI, Capovilla le dedicó una evocación en misa solemne. No cabría entero, aunque valdría la pena, pero sí en mínima alusión. Así recuérdase que empezó: «Nada más que el pasado sábado, un comunicado de la sala de prensa del Vaticano daba a conocer que al día siguiente Pablo VI no iba a rezar el acostumbrado Angelus dominical junto con los vecinos de Castelgandolfo y con los peregrinos. A las 24 horas otro comunicado notificaba el agravamiento de la salud del Sumo Pontífice a causa de una crisis cardíaca y un edema pulmonar que habían sobrevenido. Una hora más tarde, a las 21.40, a la conclusión de la fiesta de la Transfiguración, Pablo VI concluía, en Castelgandolfo, su itinerario terrenal, con total lucidez, a la edad de 80 años y diez meses, entregando su persona a Dios y su obra a la historia eclesiástica y profana (...)». Intentar trazar un perfil de Juan Bautista Montini, durante 15 años sucesor del Apóstol Pedro con el nombre de Pablo VI, sería una empresa temeraria e intempestiva por atrevida y temeraria que se presenta. Entre tanto no nos sentimos capaces de imaginar a nuestro Padre tendido en el lecho de muerte, con sus miembros fríos, con los ojos cerrados. Más bien nos parece ver su figura hierática erguida y echada hacia delante, con la mirada móvil y escrutadora, con una voz no muy aguda pero profunda y vibrante, con el paso ágil del caminante que mira hacia lo alto y lejos, con los brazos alargados para acoger, la sonrisa a veces apagada por la nostalgia de la comunión cristiana más ejemplar y plena, tratando de guiarnos a un compromiso más decidido, en absoluto inconstante ni sentimental. De él ha dicho el filósofo francés Jean Guitton: «Sus ojos grisazules emitían, de vez en cuando, miradas que parecían relámpagos. Os atravesaban, penetrando en vuestra intimidad, casi atemorizándoos. Su frente era abundante, limpia. Aquel hombre de Dios que escribiría un día que la vocación es “tormento íntimo”, daba la impresión de una victoria a costa de sí mismo, de una tensión superada de continuo. Lo que más impresionaba en el rostro, además de esa mirada de fuego, eran los labios sutiles, finos, los labios que tenían una movilidad dulce y que escogían con cuidado y lentitud, con preocupaciones de elegancia, como si las gustase antes de pronunciarlas, las palabras de nuestra lengua. Pienso en aquel texto suyo escasamente conocido que tuvo que escribir un día sobre el hombre ideal a tenor de sus ideas. Un hombre del que se dijo: “Sus palabras tienen la frescura sorprendente de las cosas vivas, todavía no exploradas por completo ni comprendidas”».
El académico francés Jean Guitton, un gran amigo de Montini/Pablo VI
No cabe duda: Pablo VI, Capovilla y Jean Guitton volaban a alturas superiores a las de inteligencias comunes cuales son las nuestras. En todo caso, habiéndonoslo evocado don Loris Capovilla, cedemos a la más que legítima tentación de seguir, por unos párrafos, en compañía del gran Académico de Francia –sí: el Jean Guitton por casi todos identificado y admirado bajo dicho título–, que fue uno de los grandes admiradores y amigos (y a la recíproca) de Juan Bautista Montini/Pablo VI. Un Jean Guitton que fue larga y cordialmente amigo de J. B. Montini/Pablo VI.
En una ocasión tan significativa como la que queríase celebrar, en el Istituto Paolo VI de Brescia –¡la Brescia cuna de Juan Bautista Montini!– el octogésimo cumpleaños de Guitton, al tomar la palabra para dar expresión a su gratitud y permanente recuerdo, dijo, junto con más cosas, todas dignas de uno y otro: «Quisiera decirles lo que ha sido Pablo VI en mi vida, lo cual resulta difícil puesto que él no ha sido director ni superior, ni siquiera Papa. Él fue, oso decir, lo que era la mejor parte de mí mismo. Y lo ha sido durante veintisiete años. Lo había visto por primera vez un ocho de septiembre, y aconteció un misterio que es el misterio de la amistad o del amor. Tuve la impresión de que él era más yo que yo mismo, algo que yo hubiera querido ser si hubiera disfrutado de la oportunidad de escoger. Y es lo que él ha sido, no un solo día, ni dos días, ni un año, ni tres años ni diez. Él lo fue durante veintisiete años. Porque el día primero en que lo vi, que fue el 8 de septiembre hacia las tres de la tarde –él aún no había comido– me dijo: “¡Oiga, usted me va a prometer una cosa, que le ruego no deje de mantener!”. Era la promesa de ir a verle, hasta mi muerte, el 8 de septiembre. Lo hice durante veintisiete veces. Él me dijo, en tal ocasión, que esperaba morir el día de la Transfiguración. Pocos hay que puedan adelantar la fecha de su muerte. De hecho él murió un 6 de agosto (...)».
«Ustedes saben muy bien que existen tres maneras, tres modalidades, tres vías para acercarse al misterio supremo, es decir, a Dios. Una de ellas es la verdad, a la que los franceses atribuimos mucha importancia, hasta el punto de que nos hacemos intolerantes. La segunda vía es la belleza. Y la tercera puede decirse que es la bondad. Pablo VI me enseñó que, para mí personalmente, y probablemente también para él, el camino por el que se llega a Dios muy deprisa y al misterio de Dios, es la belleza. Pablo VI llevaba en sus venas, en su sangre, en su ascendencia, el sentido de la belleza. Solía repetir a menudo que, por su cuenta, le hubiera gustado corregir el evangelio de San Juan que dice que el Verbo se hizo Carne. Pablo VI decía: “Yo hubiera dicho al revés, para describir lo que es el artista en su esencia: Y la Carne se hizo Verbo”».
Estábamos entretenidos con un casi excepcional don Loris F. Capovilla cuando, con la imagen del primero y Pablo VI a continuación, cedimos al deseo, por otra parte tan legítimo, de dar el salto al durante veintisiete años gran amigo de Pablo VI: Jean Guitton. Acabamos de escucharle, con admiración y respeto, siendo homenajeado en Brescia con motivo de su 80º cumpleaños.
Brescia, junto con Milán y Roma, fueron y seguirán siendo tres localidades testigo y teatro humano del paso de Juan Bautista Montini por este mundo, sin menoscabo de que el teatro de su paso real, del bien que hizo y que quiso hacer, de sus sufrimientos y de su recuerdo lo ha sido y será el mundo entero. Un mundo que visitó y cuya tierra besó, en cada uno de sus cinco continentes, en momentos generosos de su vida.
El día de su 80 cumpleaños, tras escuchar un saludo lleno de generosidad de parte de brescianos, como él amantes del recuerdo de Juan B. Montini, Jean Guitton pidió permiso para decir un dernier mot, una última palabra de gratitud a quien, durante veintisiete años, le había facilitado poder acercarse a Pablo VI. Estaba también él presente en el homenaje al Académico de Francia: «Él fue quien me aconsejó, me ayudó, me sugirió que escribiese su vida y está aquí a mi lado y se llama don Pasquale Macchi. Sin don Macchi, que ha actuado de embajador supremo, yo no hubiera podido ver a Pablo VI como pude verlo. Es, pues, a don Macchi a quien deseo expresar aquí mi más sincera gratitud»[12].
¡Qué gran amistad la de Jean Guitton con Pablo VI, también cuando aún no era Papa, y la de Montini Arzobispo y Papa con Jean Guitton! Ambos dejaron testimonios muy fiables de tan sincera y prolongada amistad, no presumiendo de ella, pero tampoco y menos aún ocultándola. Una amistad recíproca que fue casi –¡sin casi!– virtud. Una amistad recíproca sobre la que, cuando hace ya décadas desde que fallecieron ambos –Pablo VI (6 de agosto de 1978), antes que su amigo Jean Guitton (21 de marzo de 1999)–, uno descubrió el origen o razón y se complace en compartirlos. Apareció, en letra muy pequeña, en italiano, inglés y alemán, en el primer número del Notiziario del Istituto Paolo VI (págs. 29-30): «Jean Guitton mantuvo una gran amistad con el Papa a raíz de una circunstancia particular: la defensa de un libro suyo sobre la Virgen frente a las críticas del Santo Oficio. Desde entonces el escritor francés se sintió atraído por la especial atemperación (contemperanza) de cualidades distintas, casi contrapuestas, en el de Milán y en el sucesor de Juan XXIII. Con miras a la sustancia, pero con riqueza vivaz de matices, Guitton ofrece una visión del Papa, partiendo de sus intereses culturales, de su seguro conocimiento histórico de la espiritualidad católica para tratar de descubrir el secreto de un alma que se había apoderado de la sencillez de Teresa de Jesús y de la insaciable atención a un humanismo que desconocía sus orígenes cristianos. Para Guitton, el Papa Montini fue el hombre que llevó a cabo, con decisión constante, el Concilio querido por el Papa Roncalli y fue el hombre que señaló siempre la sustancia evangélica y apostólica del Concilio. En el fondo de su alma, desde que Jean Guitton lo conoció, el sentimiento de la paternidad de Dios y de la fraternidad humana infundió el ánimo de las iniciativas, la alegría del sufrimiento, a veces hasta el extremo, por la Iglesia de Cristo».
No es el caso de convertir en sentimentalismo el eco de la amistad que unió a un gran Papa con un gran filósofo. Sí lo es de admirar a ambos, compartiendo la sincera admiración que sobrevive en palabras del literato y filósofo francés: «Tras la muerte de Pablo VI se ha producido un gran vacío en mi corazón. De ello tuve ayer experiencia al cruzar los Alpes para venir de París a Milán, puesto que, a lo largo de veintisiete años, cada vez que veía llegar la primavera, me decía: “¡Ya viene la primavera: pronto volveré a ver a Pablo VI!”. Esta vez, cuando percibí los primeros brotes de la primavera sobre la Lombardía, experimenté una gran tristeza porque me di cuenta de que, para mí, la primavera ya no era... la primavera».
Uno recuerda, convencido de que otros... ¡no menos!, cuando a los del lado de allá de los Pirineos se los tildaba de chovinistas. Puede ser que un poco fuera porque parecían evidenciar cierta presunción de sensibilidad cultural. Cosas posiblemente superadas con la nunca del todo perfecta Unión Europea, en cuya creación intervinieron entre los primeros, junto con el alemán Konrad Adenauer y el italiano Alcide De Gasperi (muy estimado –y a la recíproca– por Juan Bautista Montini), franceses de la validez de Maurice Schumann, luego sucedido por otros.
Montini/Pablo VI dio claras muestras de alta estima, casi atractivo, por la cultura –teológica ante todo, pero también literaria– de cultivo y origen francés. No era mucho el que parece se sintiese, en los tiempos en que él trabajaba –¡con cuán grande entrega!– en la Secretaría de Estado vaticana, a las órdenes de Pío XII. Quizá fuera, por parte de algunos de su entorno, sobre todo próximos al que se llamaba –él le cambiaría el nombre, y en buena parte la función– Santo Oficio.
Se ha dicho o dirá de un curso que Juan Bautista Montini llevó a cabo en París, en la Alliance Française, para familiarizare con la lengua y cultura del país. ¡Qué rendimiento cultural demostraría haberle sacado! También en su Italia y en otras partes contó con amistades, que cultivó con generosidad. ¡La amistad sincera la supone, siendo virtud! Pero sus amistades más numerosas fueron francesas. No sólo, aunque destacadamente, la de Jean Guitton... Fue muy amigo, se supo, de Jacques Maritain y de su esposa Raïsa; del teólogo –suizo, de lengua francesa– Charles Journet, al que nombraría Cardenal; del «mariólogo» René Laurentin; de Georges Cottier; Paul Mauriac; de Yves Congar; de Jean Daniélou; de Henri de Lubac; de Marie-Dominique Chenu: algunos jesuitas, De Lubac y Daniélou; otros, dominicos (salvo error, Cottier y Congar...). Algunos de ellos, casi todos, habían vivido momentos de semicondena bajo acusación de heterodoxia por jueces de la supuesta ortodoxia romana, llegando los mismos, o casi, luego a cardenalatos más bien honoríficos que les restituyeron parte –por lo menos– de la fama que se les había provisionalmente negado...
Pablo VI, antes simple Juan Bautista Montini, simple cura primero, monseñor después, Arzobispo luego, amante de la cultura literaria y teológica francesas. Amante pero no fanático ni esclavo. Y no de una cultura fin en sí misma, de la que presumir. Lo reconocieron y reconocen muchos, cuantos lo conocieron realmente. Por ejemplo el citado –¡pero no sólo!– Paul Poupard, colaborador suyo cuando ambos trabajaban en la Secretaría de Estado, y también luego, cuando ya el ex Sustituto y prosecretario era Papa.
En un largo informe, más que simple artículo, aparecido en el Notiziario n. 23 del IstPaoVI (págs. 17-23) bajo el título muy explícito y lleno de contenido Paolo VI: la sua cultura, la sua fede, dijo –¡documentadas!– muchas cosas. Por ejemplo, en italiano que aquí se traduce: «Jamás he encontrado a un hombre que, como Juan Bautista Montini, haya unido en armonía las distintas facultades humanas y las virtudes sobrenaturales, es decir la fe y la cultura. (...) Personalidad compleja y muy rica de cualidades, Pablo VI se nos presenta como un hombre de muy elevada cultura. Lector infatigable, consiéntaseme decir que extraía gran parte de su inspiración de la cultura francesa. Durante mis años de trabajo en la Secretaría de Estado, le señalaba los libros más importantes y los artículos más densos de las revistas de lengua francesa, y él no solía dejar de procurarse los títulos más interesantes en el terreno cultural. (...) Por supuesto, amaba los libros, pero aún más a los autores. Disfrutaba encontrando a los hombres, sobre todo a los hombres de fe y de cultura, en un diálogo auténtico, profundo y apasionado. Basta con recordar a Jean Guitton, a Jacques Maritain, a los padres Henri de Lubac, Jean Daniélou, Louis Bouyer, Yves-Marie Congar, Joseph Lebret, Charles Journet, Maurice Zundel. (...) Pablo VI no cesó de empalmar puentes entre fe católica y cultura moderna. Conciencia, renovación y diálogo son las palabras-clave de su encíclica Ecclesiam suam. (...) En la vida de Pablo VI la cultura fue siempre un medio y nunca un fin, un sendero privilegiado para alcanzar la meta, es decir, la madurez total e integral del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, de conformidad con su vocación sobrenatural».
El lector comprende que siete densas páginas, todas las que ocupa en el Notiziario 23 del IstPaoVI una conferencia de tema «Cultura y fe» de un especialista como Paul Poupard puedan ofrecer expresiones susceptibles de ser «multiplicadas» en cita como esta y las que siguen: «Juan Bautista Montini se esforzó por alimentar su alma para poder responder a las exigencias de los sucesivos ministerios que tuvo que asumir en el curso de su larga vida, primero con los estudiantes de la FUCI, en la Secretaría de Estado luego, después como pastor de la Iglesia de Milán y, por último, como sucesor de Pedro. Solía decir que para atraer al hombre hacia las sendas de la fe es necesario que el Papa y los obispos compartan su cultura. (...) Pablo VI fue en realidad el primer Papa moderno en el sentido de que, guiado por su intuición pastoral y por su caridad apostólica, trató de alcanzar al hombre contemporáneo en su cultura para poderle anunciar, siendo comprendido, la salvación de Cristo».
Por si el lector desea ir a la fuente, queda bien señalada la pista. Por nuestra parte, tanto para no abusar como para profesión de aprecio por la fuente que alimenta nuestra admiración, cerramos con una postrera cita: «Pablo VI estaba convencido de que el fundamento de la cultura fuese el hombre mismo, o, mejor, la persona humana en su sustancial unidad psicosomática. Esta visión unitaria de la cultura fundada en el hombre creado a imagen y semejanza de Dios, determinó el modo en que Juan Bautista Montini vivió su fe personal en perfecta sintonía con la cultura del siglo XX. Sintonía perfecta no quiere decir que no haya advertido las distorsiones entre la cultura de este mundo, en este nuestro siglo, y la fe perenne de la Iglesia de Cristo. Primer hombre moderno convertido en Papa, temblaba de conmoción frente a las conquistas de la ciencia que ponían en evidencia la grandeza del hombre».
La Causa de Beatificación de Pablo VI de la mano del Papa Francisco
Se arrancaba con esta introducción aludiendo a las grandes sorpresas que le tenemos que agradecer –¡y que mucho le agradecemos!– al Papa Francisco. Bajo tal enunciado nos hemos enzarzado con los dos Papas predecesores suyos (Juan XXIII y Pablo VI), a los que el Papa Francisco da la impresión real de haber apreciado mucho y a los que está demostrando admirar e imitar, sin perjuicio de su muy personal... ¡personalidad! ¡Cuánto a uno, pobre entre los pobres y muy seguro de que también a sus pacientes lectores, le complace tal impresión!
El caso –¡feliz casualidad!– es que uno tiene la impresión, casi certeza, de que, si no todos, la mayoría de los lectores de estas humildes páginas no dejan de compartir tan sentida impresión.
Es que... ¿cómo no va alguien a compartir una inmensa estima por un Papa como Francisco ex Mario Jorge Bergoglio, y suponerle, a raíz de las pruebas demostrativas que en seguida empezó a dar y que sigue dando, un sincero deseo de imitación de los dos grandes santos Papas Angelo Giuseppe Roncalli/Juan XXIII y Giovanni Battista Montini/Pablo VI?
¡Cuánto, imaginándolos vivos, Papas o antes de serlo, hubieran uno y otro, es decir Pablo VI Montini y Juan XXIII Roncalli, estimado y deseado vida larga y tranquila a Jorge Mario Bergoglio/Papa Francisco![13]. La misma vida tranquila y larga que le deseamos todos, no sólo católicos y cristianos sino los hombres y mujeres de buena voluntad, que estamos persuadidos de que merece nuestra estima, gratitud y afecto: un afecto, gratitud y estima que se desbordan de sus palabras y de su conducta a cada hora y cada día.
Se arrancaba aludiendo a las sorpresas que trajo consigo el Papa Francisco cuando se nos presentó como llegado del fin del mundo.
¡Qué va! Nos ganó en medio minuto, dándonos la feliz impresión de que hubiera estado siempre viviendo al lado de cada uno de nosotros.
La feliz sorpresa, una de las muchas que sigue trayendo el Papa reinante, fue la de haber como «empujado» la causa de canonización de Juan XXIII, pero también y no menos la beatificación previa del gran (¡santo!) Pablo VI.
No mucho después del paso a la otra vida del Papa Montini hubo una solicitud de promoción y estímulo de su causa de beatificación y canonización por parte del Episcopado latinoamericano. (También la había habido, en seguida y muy razonada, por parte de tres ambientes de la Iglesia católica muy esencialmente afines o vinculados a la vida y obra y persona de Juan Bautista Montini: su Brescia natal, el Milán de su inmensa tarea arzobispal y la Roma de la que fue, como condición esencial de Papa sucesor de Pedro, Obispo. De hecho en las tres sedes hubo las primeras fases de la causa formal de beatificación y canonización de Juan Bautista Montini: con participación de laicos, sacerdotes y obispos y bajo la presidencia formal de obispos respectivos: Bruno Foresti por Brescia, Carlo María Martini por Milán y Camilo Ruini por Roma. Cada uno de ellos expresó el deseo, compartido por los demás, de que pronto fuese reconocida la santidad de tan digno candidato. Sí, se trataba, en la convicción de todos y de cada uno, de una santidad muy auténtica, que tardaría en ser reconocida. ¿Sentir resentimiento o disgusto por ello? ¡No! También el reconocimiento eclesiástico de la de otro tan digno candidato a los altares como Juan XXIII tardó más de lo previsto en aceptarse por las autoridades romano-curiales de la Iglesia. Ya en la tercera sesión del Vaticano II había tenido lugar una muy razonable petición que representaba a un número más que suficiente de padres conciliares pidiendo que fuese reconocido santo por aclamación, y no hay razones para pensar que Pablo VI estuviese de la parte de los que objetaron que tal reconocimiento debía pararse porque hubiera constituido una afrenta para la memoria de Pío XII, que había fallecido en torno a un lustro antes del Papa Roncalli. Y Pablo VI, que no quería dar lugar a conflictos en la Iglesia, aceptó renunciar al reconocimiento canónico «por aclamación». Uno recuerda el disgusto del entonces Arzobispo de Turín, Michele Pellegrino, pronosticando que tal aplazamiento no dejaría de producir algún perjuicio para la Iglesia. Recuerda también haber comentado con don Loris F. Capovilla el aplazamiento porque uno se había sumado interiormente a los que pedían el reconocimiento por aclamación. Capovilla coincidió inicialmente con el «movimiento aclamacionista», pero luego razonó no haber sido perjudicial sino positivo el aplazamiento, diciendo haber dado motivo para que «su» Papa Giovanni fuese mejor conocido. Uno está seguro de que también el largo plazo en realidad ha favorecido que Pablo VI sea mejor conocido. ¡A fin de cuentas, el retraso en reconocerlo beato o santo no ha disminuido en absoluto su gloria en el Cielo y ha contribuido a que se lo conozca mejor!).
Los obispos del continente latinoamericano tenían razones sobradas para estimular su causa, quizá pero no sólo por efecto de su visita –su sexto viaje al extranjero– entre el 22 y el 25 de agosto de l968, con motivo del Congreso Eucarístico internacional celebrado en Bogotá, la capital de Colombia.
También el hecho de que hubiera pedido la promoción de su causa el Episcopado italiano, que tan bien había conocido a Giovanni Battista Montini, adelantándose al resto de los episcopados mundiales, adquiría una muy sólida importancia argumental y simbólica.
El Cardenal de Madrid, Vicente Tarancón, que fue de los obispos que, en España, más estima y adhesión demostraron, y también mayor coraje, en relación con Pablo VI, escribió una carta abierta al semanario Vida nueva en la que decía: «No deja de ser significativo que sean los episcopados iberoamericanos y el italiano los que hayan tomado la iniciativa de esta promoción». Y razonaba, con respecto a los primeros, que «habían encontrado en Pablo VI la comprensión, la acogida y el estímulo que necesitaban para llevar a cabo su empresa de abrir nuevos horizontes a la labor evangelizadora de la Iglesia». Con respecto al mismo Episcopado italiano decía don Vicente Tarancón ser «el que mejor conocía la personalidad humana y cristiana de Montini, el que había mantenido con ellos unas relaciones de profunda e íntima amistad, y también el que pudo seguir más de cerca el martirio físico y espiritual de tal Papa grande, verdaderamente genial en el campo intelectual y literario, y en el ejercicio de su responsabilidad eclesial».
Pablo VI, un Papa que amó mucho y sufrió por España
Los días 21 y 22 de mayo de 1994 –¡qué pronto pasa el tiempo!– se celebró en Madrid, en la sede de la Conferencia Episcopal de la calle Añastro, un encuentro patrocinado por la UPSA (Universidad Pontificia de Salamanca) y el Istituto Paolo VI de Brescia, sobre Pablo VI y España, con representaciones e intervención de personas muy cualificadas de ambas partes, de las que cabe destacar algunos temas y ponentes señalados por la parte de aquí, más conocidos para el lector.
Por ejemplo temas señalados por representantes «de la parte de aquí», como el desarrollado, con competencia y claridad, por Joaquín L. Ortega, sobre Pablo VI y la Iglesia de España; por José M. Díaz Moreno, sobre Pablo VI y las relaciones Iglesia-Estado en España; por Juan María Laboa, sobre Pablo VI, el régimen político y la sociedad española; por el arzobispo de Tarragona, Ramón Torrella Cascante, sobre Mi experiencia al servicio del Papa Pablo VI; por el que había sido embajador de España ante la Santa Sede, Antonio Garrigues y Díaz Cañabate; por José M. Cirarda, sobre Recuerdos de un Papa amante de España, afanoso de nuestra renovación social y eclesial; por Eugenio Nasarre, sobre La recepción de la enseñanza de Pablo VI en materia social y política... Y por otros más...
En dos ya largas décadas que han transcurrido desde la fecha de tales Giornate di Studio aún afloran, de vez en cuando, comentarios que sacan a la luz el recuerdo de temas afrontados por especialistas con rigor. Fueron, siguen siendo, unos temas difíciles de olvidar.
Algo que emergió con sincera emoción y que en parte ya se conocía por todos los asistentes, aunque menos por una amplia generalidad de connacionales –¡los tiempos y el manejo de los medios...!–, fue la injusta difamación de que había sido objeto durante años un Papa amante muy sincero de España aún más que de otras naciones[14]. (¡Una difamación promovida por autoridades políticas sobre todo, con implicación de algunos eclesiásticos más atentos a los falsos favores de un régimen apellidado «nacionalcatólico» que a los dictados de un sucesor de Pedro tan sensible y recto como Pablo VI!).
A Dios gracias, aquello ya pasó. No quedan, es de esperar, animosidades hacia un Papa que sufrió mucho, y cuyos sufrimientos confieren a su recuerdo un reconocido crédito de benemerencia espiritual. Acaso su beatificación por el Papa Francisco ayudará a rectificar actitudes injustas, casi calumniosas. ¡Perdónanos, Beato Pablo VI!
Pablo VI amó mucho a España y sufrió por ella. Una razón muy justa para que todos nos sintamos felices de que el Papa Francisco, y con él la Iglesia que está en España junto con la del mundo entero, se alegre de su beatificación, gracias a la cual no tardará Juan Bautista Montini-Pablo VI, como es muy de esperar, en ser reconocido como santo, tras serlo antes como beato. Y que se le admire y nos sintamos todos muy agradecidos a su recuerdo y admirados y devotos por lo que le tocó sufrir, convertido en casi mártir, por tanta ingratitud e incomprensión...
Hay ya en España, desde hace tiempo, calles y colegios e instituciones con su nombre. Mas a muchos –¡ojalá que a todos!– nos alegrará que tal Nombre y Persona encuentren espacio tranquilo y estimulante en los corazones de todos los españoles.
Aquí, a España, no pudo venir, aunque lo quiso y se brindó a ello, no para satisfacción personal sino para que los españoles nos diésemos cuenta de que nos amaba como auténtico padre. Dio testimonio del hecho un testigo muy cercano de su ofrecimiento y de su deseo muy creíble: el que fuera embajador de España ante la Santa Sede, de cuando Giovanni Battista Montini ya era un muy injustamente sufrido Pablo VI: el ya citado don Antonio Garrigues y Díaz Cañabate[15].
¡Cuánto –lo deseamos y estamos casi convencidos de ello– ahora se le quiere a Pablo VI, con casi sentimiento de reparación! Se quiere mucho y se recuerda con veneración a San Juan XXIII. Pero igualmente, también, por unos más que por otros, se quiere y venera al Beato –pronto Santo– Pablo VI.
Aunque lamentablemente Pablo VI no pudo venir a España, él, que fue el que inició los grandes viajes apostólicos a los cinco continentes, no podemos ¡ni queremos! olvidar a San Juan Pablo II, que vino varias veces a España, aunque algunas más bien de paso hacia América. Por ser más reciente, se le recuerda más. Aunque también y sin duda porque el Papa polaco hizo más... ruido. Por supuesto, un ruido seguramente bien intencionado.
San Juan XXIII, antes de ser Papa, durante el Año Santo de 1950, cuando aún era Nuncio apostólico en Francia, había estado en gran parte de España como peregrino, visitando santuarios, admirando el arte, y orando (ante todo, con la celebración de santas misas: ¡las misas de un Santo cual era él!) desde el Sur de España (Algeciras, Sevilla, Granada, Antequera... hasta Toledo, Madrid, El Escorial...) y saliendo luego hacia Francia, no sin antes visitar y admirar la catedral de Burgos y la Basílica de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, y rezar en todas y cada una...
Pero antes que Nuncio en Francia, Angelo Roncalli había sido, durante largos años, Visitador apostólico en Bulgaria, la Bulgaria de los años 30 del siglo pasado, y luego de Turquía y Grecia, las también de por entonces... Tras ello, en 1953, Pío XII lo nombró Cardenal y Arzobispo-patriarca de Venecia.
Cuando Roncalli ya estaba en Venecia, el propio Pío XII proclamó Año Santo Mariano 1954. El Arzobispo-Patriarca de Venecia presidió, en el verano de dicho Año santo, una peregrinación de fieles venecianos a Lourdes, donde ya había estado unas diez veces durante su encargo como Nuncio en París.
Realizada la peregrinación a Lourdes con sus fieles venecianos, la prolongó personalmente, a invitación de sacerdotes y obispos españoles amigos... a España, entrando entonces –verano de 1954– por Irún y San Sebastián.
Fue de nuevo la suya una auténtica peregrinación, aparte de que le brindó la oportunidad de admirar la arquitectura religiosa y arte de numerosos santuarios y catedrales. Visitó un buen número de unos y de otras, en las que oró y celebró santas misas, sin dejar de saludar nunca, con toda la sensible sencillez que lo caracterizaba, a los obispos y a los fieles encontrados durante su recorrido.
Un recorrido que arrancó por San Sebastián y se extendió a los santuarios de Aránzazu, de Loyola, de Javier, de Begoña, de Covadonga, a Gijón-Oviedo, a Mondoñedo, a Lugo, a Santiago de Compostela, a Astorga, a León, a Ávila, a Alba de Tormes, a Lérida, a Manresa, a Montserrat y a Barcelona, antes de enfilar de nuevo, días más tarde, el camino de regreso a su Venecia por el sur de Francia.
Fue una doble peregrinación sin ruido, como era característica del sencillo Angelo Roncalli, poco después y para siempre Juan (¡San!) XXIII. Su secretario, que terminaría siendo Cardenal Centenario (la edad es lo de menos: todo lo más, apenas un símbolo de un ejemplar servicio eclesial) se lo ha confiado a quienes aquí dejan sobria feliz constancia.
El secretario Capovilla asegura que San Juan XXIII conservó siempre en su alma los dulces recuerdos de su recorrido peregrinacional por España. Junto con imágenes recuerdo de santos –San Juan de Dios, San Isidoro, Santa Teresa, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier...–, el de los santuarios visitados (Aránzazu, Begoña, Covadonga, El Pilar, Montserrat...).
¡Qué lástima que a su Sucesor Pablo VI, que no hubiera querido venir a España para satisfacción personal propia, ni siquiera para la muy legítima de una efusión devocional, sino para demostrarnos a los españoles de entonces y de... más tarde el afecto ¡incomprendido! que nos tenía, no se le haya aceptado el sincero y sufrido ofrecimiento de visitarnos! Fue una especie de martirio, sin derramamiento de sangre por su parte. ¿Será menos real, a veces, el martirio de la incomprensión, del rechazo y del desprecio del sufrimiento de –tales– amigos y padres?
Monseñor Pasquale Macchi, su muy fiel y sufrido secretario
Privilegiada coincidencia, hasta cierto punto inmerecida: la de que, lo mismo que de la del secretario de San Juan XXIII, Loris Francesco Capovilla, hayamos disfrutado, tan inmerecida como privilegiadamente, de la amistad de Monseñor Pasquale Macchi, que fue secretario durante los veinticinco años de Arzobispado milanés de Juan Bautista Montini y los quince de Pontificado sumo de Pablo VI.
Es muy difícil, si más bien no imposible, que la amistad con dos personas que no son iguales –¿hay muchas que lo sean?–, pueda ser la misma amistad. Una amistad, si de verdad lo es, que se nos acepta y ofrece, se adapta natural y espontáneamente a la persona que nos la ofrece y nos la acepta.
A Monseñor Pasquale Macchi y a Monseñor Loris Francesco Capovilla, que desempeñaron tareas tan parecidas con los Papas Juan (XXIII) y Pablo (VI), a un tiempo tan diferentes, santos y cercanos, se parecieron en que fueron idénticas sus funciones, pero diversos en su desempeño y distintos en sus plazos temporales. Sin que sea el caso, por innecesario, de detenernos en definirlos y describirlos.
Fueron no obstante, uno y otro, Capovilla y Macchi, muy distintos, como sin duda lo fueron los Papas al lado y humilde servicio de los que cada uno estuvieron larga y fielmente. Ininterrumpidamente desde que cada uno fueron nombrados por Pío XII: Angelo Giuseppe Roncalli Arzobispo de Venecia; y Giovanni Battista Montini Arzobispo de Milán. Igual que cuando, respectivamente, Angelo Giuseppe Roncalli fue elegido para suceder como Papa a Pío XII, y Giovanni Battista Montini lo fue para suceder a... Juan XXIII.
Lo fueron tanto y tan fielmente que Loris F. Capovilla dio y sintió –nos consta por confidencia directa suya– la impresión de seguir siendo secretario y testigo de la memoria de Angelo Giuseppe Roncalli y de Juan XXIII cuando ya uno y otro que eran/seguían siendo el mismo, había/n emigrado a las alturas celestiales, como –si no lo mismo, parecidamente– también Pasquale Macchi sintió y casi dio la impresión de seguir siendo testigo y secretario de la memoria y vida heroica de Giovanni Battista Montini y de Pablo VI, tras haber vivido el Arzobispo y Papa una vida de generosísima entrega largamente incomprendida.
Quienes firman estas páginas quieren dar testimonio humilde de haber disfrutado de la generosa amistad de ambos secretarios, albaceas y testimonios vivos de dos Papas santos: Monseñor Macchi por poco tiempo, ya que su vida se apagó el 5 de abril de 2006; más largamente Monseñor Capovilla, que renunció y no hizo uso del tratamiento de Eminencia como Cardenal: uno y otro testigos de la santidad de dos grandes, humildes, generosos Papas del siglo XX, que vivirán en el recuerdo de los siglos que quedan por delante, refrescados en el recuerdo por un Papa que tan bien aterrizó al mismo lado de cada uno de nosotros.
Los contactos personales con Monseñor Pasquale Macchi de uno de los firmantes de este libro fueron más reducidos, pero fueron tales, con el gran Pablo VI Montini al fondo. Fueron tales que, de la parte de aquí, uno sintió siempre más que suficiente calor contenido de sobria y muy generosa amistad.
Los contactos con el que aún no era pero que sería Cardenal Capovilla fueron más numerosos y frecuentes por parte de ambos cofirmantes.
Lo visitamos en Roma primero, huérfano reciente del Papa por todos considerado padre y santo. En la diócesis de Chieti, en el sur de Italia después, una o dos veces. Tres o cuatro veces luego en Sotto il Monte, donde naciera, en una casa muy pobre y rural denominada La Colombera, o donde, en Camaitino, viviera en los veranos el Nuncio en Francia y Arzobispo en Venecia Roncalli. Y con él, con Loris Capovilla, nos cruzamos cartas y llamadas telefónicas con mayor frecuencia, teniendo siempre a su/nuestro/de todos Juan XXIII al fondo... Y desde donde a diario (nos lo prometió y cumplió, fiel como era), recibimos ambos su bendición, cubriendo en el instante las distancias...
Los testigos más próximos y fiables de una muy grande amistad
Ya se han citado y se seguirán citando: Loris Francesco Capovilla sobre todo y Pasquale Macchi ¡pero no sólo ellos!, como testigos de una excepcional amistad entre los Arzobispos-Cardenales Papas a los que sirvieron y de cuyas vidas y ministerios fueron testigos y testimonios fiables.
Lo hemos dicho reiteradamente, en especial en relación con Loris F. Capovilla, pero también, de forma menos reiterada, en relación con el más sobrio de coloquios y de cuartillas compartidas don/Monseñor Pasquale Macchi: que, con uno y otro, nos unió el privilegio de una prolongada amistad que encuentra expresión, por nuestra parte, en un cordial y prolongado agradecimiento.
En prólogo a un libro de Pablo VI titulado Los misterios de María, escrito a solicitud de su buen amigo Pasquale Macchi, Loris Capovilla deslizó de arranque: «Somos deudores de gratitud a Albino Luciani de que, secundando la inspiración de hacerse llamar Juan Pablo I, unió para siempre los nombres de los dos Papas que comparten el mérito que Montini atribuyó a Roncalli de haber abierto manantiales de la verdad salvífica; de haber rejuvenecido a la Iglesia con el espíritu vivificador del Evangelio; por haber sabido alargar la mano a los Hermanos separados; por haber sabido reabrir con un nuevo acento de familiaridad y de estima el diálogo con el mundo actual secularizado, y ofrecerle, como pan casero, el don de la esperanza que no engaña».
Tras este arranque, Capovilla matiza: «Juan y Pablo juntos han realizado tales prodigios y sellado las profecías de los Papas del siglo XX». Y prosigue: «¡Juan Bautista Montini! Este hombre singular, eclesiástico iluminado y genial, noble en la más alta y profunda acepción del adjetivo, entró en mi vida cuando, recién cumplidos los 20 años, alumno yo del Seminario de Venecia, me hablaron de él en términos de admiración. Unos meses antes Pío XI lo había nombrado sustituto de la Secretaría de Estado. Desde entonces aquel nombre no cesó de llamar mi atención cada vez que lo leía en documentos oficiales y en crónicas vaticanas. Pero tuvo que llegar la gracia de mi vida común con el Cardenal Roncalli para que conociese más cumplidamente al personaje, entre tanto promovido a prosecretario de Estado».
Una suerte, en relación con la excepcional tarea de hablar con sincera voluntad de adecuación de Pablo VI, es poder contar con la ayuda de un testimonio tan creíble y generoso como el del que fue también y sobre todo testigo de la vida y virtudes de Juan XXIII. Capovilla se limita a evocar, con toda sencillez, anécdotas que justamente por ello resultan más creíbles: «Fue a últimos de 1953 cuando vinieron de Milán a Venecia Giovanni y Cándida Roncalli, dos personas sencillas y casi ingenuas. Giovanni era primo y casi coetáneo del Patriarca. Había nacido en la misma casa y había vivido con él la primera infancia. Por tal conversación familiar me percaté de quién era Montini y en qué consideración se le tenía. Él se explayó con sencillez: “¡Ya veis lo que le ha ocurrido al pobre Angelito de Sotto il Monte: sacerdote y obispo, representante de la Santa Sede en varios países, cardenal y patriarca! Sólo le faltaría el Papado, pero eso no sería posible porque el próximo papa no podrá ser otro que vuestro Arzobispo”».
Aseguró Capovilla que la sintonía espiritual y humana entre Roncalli y Montini (y a la inversa), «aun absteniéndose de explicitaciones inmediatas», fue siempre profunda e «irrompible» (infrangibile). Seguidamente refiere un encuentro sintomático entre ambos, que se produjo en Sotto il Monte el 15 de agosto de 1955, cuando Roncalli era todavía Patriarca-Arzobispo de Venecia: «Tuvo la apariencia de un simple encuentro de cortesía de dos lombardos en el clima de tradiciones comunes conservadas con celo con el reclamo de nombres y de acontecimientos que honran a Brescia y Bérgamo. En aquel despacho rural adornado con muebles que fueran del obispo Giacomo Radini Tedeschi, condiscípulo y amigo de Aquiles Ratti, uno y otro, unidos en el servicio de la acción apostólica vinculada al amor de altos estudios y de investigaciones profundas; en aquel despachito –Roncalli lo repetía con una mezcla de inocente picardía (innocente civetteria)– desde el que con el cielo limpio del otoño se puede ver el obelisco más alto del Duomo de Milán; y fue en cambio, habríamos de percatarnos, el símbolo premonitor de que algo se movía de manera sincrónica en sus almas». Se capta en un apunte del diario de Roncalli: «Por la tarde recibí la visita de S. E. Mons. Montini. ¡Me produjo una inmensa alegría! Se congratuló conmigo por el magnífico panorama, aquí frente a su diócesis y en horas de tanta serenidad de cara al Duomo de Milán. Discurrimos sobre temas serios y de mucho interés, comienzo sin duda de un diálogo más largo que no dejará de prolongarse (...)».
Tendremos ocasión de leer juicios muy positivos y sinceros del que fuera secretario de Juan XXIII sobre Pablo VI. Pero ya sentimos el deseo de incorporar alguno más, en que Loris Capovilla fue sincero y brillante (¡qué bien escribe y habla!). Este, por ejemplo: «Ya a raíz de su primera presentación al pueblo desde la logia de San Pedro hasta el fin de sus días, Pablo VI no tuvo la ilusión, ni la quiso favorecer, de dejar nada para la casualidad, para la improvisación, para el estro poético. Caminó en terreno firme sin temor, sin jactación. Algunos de sus mensajes ya han entrado en las antologías del siglo XX. La simple cita de las páginas más conocidas animaría a los publicistas a remontarse a las fuentes para comprender a este Papa; a analizar sus estudiadas, sufridas y convincentes catequesis dejadas caer en el curso de la asamblea ecuménica, en sus comentarios a los textos conciliares, en sus peregrinaciones intercontinentales desde Jerusalén hasta Sidney, en los encuentros con Atenágoras y con los responsables de varias confesiones religiosas, con representantes del arte y de la ciencia, de la política y de los movimientos sociales de todo el mundo, con los trabajadores, los enfermos, los descubridores de nuevos senderos hacia la solidaridad y de la misericordia. (...) Pablo VI era muy capaz de fijar la mirada en la realidad concreta de cada día como transcurrió ante sus ojos desde el año 1963 hasta 1978 sin que nada, nunca, se le escapase, comprometido a infiltrar en ella el fermento animador del Evangelio. Poner esto en duda equivaldría a ignorancia culpable, como sería indigno ignorar, a tal respecto, su lealtad y su apasionada entrega apostólica».
Confiésase, sin convicción de que sea culpable, el gusto moral y estético con que leemos la prosa, aun vertida aquí a otra lengua, con que se expresa el que fue por tantos años fiel secretario del Papa predecesor de Pablo VI. Es lo que nos estimula a seguir citando juicios suyos vertidos sobre un Juan Bautista Montini convertido en Papa. De él sigue diciendo que «era muy capaz de identificar las alarmas y las sacudidas que agitaron a los hombres y a los pueblos, igual que comprendía sus ansias y sus miedos, las reacciones positivas y las negativas. En su heroico amor a la Iglesia se esforzaba por purificar sus estructuras para ponerlas mejor al servicio de la unidad y de la paz. Día y noche no tuvo mayor preocupación que la de servir al hombre, de ayudarle a penetrar, con generosidad y convicción, en lo más íntimo de la comunidad, donde cada uno respira y actúa. Rindió honor a las tradiciones mayores y menores, deseando verlas florecer de nuevo en pro de las nuevas generaciones, según la exigencia advertida por Juan XXIII, que anhelaba la actualización de la Iglesia hecha necesaria tras veinte siglos de navegación, y lo entendía en la doble significación, expresada en la Humanae salutis, de un más robusto testimonio evangélico de una apertura hacia la unidad de todos los creyentes en Cristo invitados a “cambiar de mentalidad, tendencias y prejuicios; a someter a examen lo que el tiempo, tradiciones y usos han tratado de injertar, sobreponiéndose a realidad y verdad”».
Reconocemos con sinceridad estarnos alargando con testimonios tomados de la pluma –¡y del corazón!– del que fue largamente secretario de San Juan XXIII, Loris Francesco Capovilla. Demostración elocuente y sincera, al mismo tiempo, de una estima que sigue honrando su memoria: la del que terminó siendo Cardenal centenario del Papa Francisco, y que había sido Obispo de Pablo VI, al que consideró padre –nos lo confesó con casi conmoción– cuando ya había quedado «huérfano» de San Juan XXIII, para él más frecuente y cariñosamente Papa Giovanni.
Nos costaría, tras lo apenas dicho, dejar truncado el testimonio capovilliano sobre el Papa Montini. Habría muchos puntos por donde proseguirlo, pero no nos vamos a detener demasiado en la duda de por dónde hacerlo. Lo hacemos simplemente así: «El juicio pronunciado por Pablo VI en elogio del quinquenio juaneo –es decir, de Juan XXIII– merece alargarse a los quince años siguientes en celebración de la doctrina y bondad del Papa Montini, que afirmó: Sentimos el deber de repasar este pontificado como un gran fenómeno de regeneración interior católica y de capacidad externa de coloquio y de salvación común. Tal propuesta se escucha en eco desde las esquinas de las Grutas vaticanas[16], donde el incansable Papa bresciano descansa en la tierra desnuda, velado también él, como Juan XXIII, por una hermosa escultura de la Virgen Madre rodeada de ángeles, en espera de la resurrección final de este nuestro Papa que se ofreció para el servicio de la Iglesia y de la humanidad; un Papa que supo comprender y apreciar las culturas, las civilizaciones, los usos de los pueblos, honrados con su presencia, su palabra, su caridad, con las púrpuras cardenalicias repartidas a los prelados de casi todas las razas, que allí descansa llorado y bendecido, un Papa que amó a Italia y le rindió –sólo Dios es testigo– favores incalculables desde los comienzos de su permanencia romana, con ferviente intuición y previsora magnanimidad. Con Alcide De Gasperi y Aldo Moro (nada más que para citar a dos excepcionales servidores de la democracia) que, estimados, lo estimaron a su vez y lo amaron, recibiendo de él consuelo y ánimos, aun dentro de los límites de las responsabilidades y competencias respectivas, a lo largo de una treintena atormentada de implacables incomprensiones y resistencias, él mantuvo una relación ininterrumpida que los historiadores no podrán menos de juzgar correcta y de provecho para nuestro país».
El... ¡paciente! lector comprende seguramente que a medida que cada cita de testimonio de Capovilla sobre Pablo VI y su acción, emparejado tan sutilmente con los de Juan XXIII, se acerca a un punto terminal, la cita vaya a darse por terminada. Nos ocurre también a quienes estamos echando mano de sus tan convincentes testimonios, pero nos tienta el temor de prescindir de complementos considerados esenciales. Es por lo que, llegados aquí, aún cedemos a incorporar un par de expresiones de la misma fuente, que así razonan: «La consoladora doctrina de la Comunión de los Santos nos consiente imaginar el encuentro de Pablo VI con sus antecesores de este siglo, desde León XIII, Papa cuando en Concesio de Brescia, en el seno de una familia benemérita para la Iglesia, nació Giovanni Battista Montini, hasta Juan XXIII que, por designio misterioso de Dios, lo nombró cardenal, preludio de un gemelaje de destinos de cuya consideración no podrá abstraerse el historiador del mañana. Con León XIII, Pablo VI compartió la predilección por los estudios clásicos elevados a instrumento de evangelización y prestigio del rango eclesiástico; con Pío X, el tormento de la interpretación fiel de la palabra revelada y de la reedición de textos litúrgicos y catequéticos para ayudar al pueblo a comprender mejor y disfrutar de los fulgores de la verdad; con Benedicto XV la convicción del rango supranacional de la Santa Sede liberado por fin de la influencia y/o protección de las cancillerías políticas; y con Pío XI la amplia visión del campo misionero, y la decisión de consagrar las Iglesias jóvenes de los antiguos territorios misioneros; con Pío XII el empeño de responder adecuadamente a las expectativas de un mundo en acelerada transformación; con Juan XXIII la sapientia cordis (la sabiduría del corazón), que conduce de manera infalible al ánimo de los pueblos para celebrar la fraternidad y la amistad. Estos Papas, óptimos al tiempo que sabios, no han dejado de acoger en gran fiesta a su sucesor, llamado Juan en la pila bautismal, nombre que evoca gozo y misericordia; llamado Pablo en la sucesión de los Romanos Pontífices, Pablo por el ministerio insomne de la Palabra y de los viajes apostólicos, por el inefable amor a Cristo y a la Iglesia, por los sufrimientos aceptados, por el generoso y prolongado perdón concedido a todos, por el terrenal ocaso rápido y luminoso en la Noche de la Transfiguración».
Recuerdo personal de una audiencia con Pablo VI...
Pablo VI llevaba ya algún tiempo ocupando el puesto en la sucesión del Pescador de Galilea: el mismo que antes había ocupado Juan XXIII.
De entrada, el público, empezando por el de Roma-Italia, daba la impresión de desear lo imposible: cual si pretendiesen que el Papa Pablo VI otra cosa no fuese que un calco del amable, sencillo, sereno viejecito que fuera hasta unos meses antes el Papa Juan XXIII.
Lo cual no sólo era muy difícil sino que imposible, aparte de que, en tal caso, el Papa Montini no hubiera sido... ¡auténtico! Y mira que Montini había sido –¡era!– admirador y amigo de Roncalli, tanto y no menos que Roncalli fuera amigo y admirador sincero de Juan Bautista Montini...
El cofirmante de estas páginas se estaba estrenando en Italia como aprendiz de periodista y escritor. Y se atrevió, entre otros más fáciles, con un tema difícil: un intento de biografía del Papa que había sucedido a Juan XXIII.
Entre Brescia, donde Giovanni Battista Montini había nacido y pasado la infancia y primera juventud, con amigos de familia y escuelas-colegios infantiles dirigidos por religiosos oratorianos (de San Felipe Neri) y jesuitas, y Roma, donde como joven sacerdote encontró un nada apetecido trabajo casi de por vida en las proximidades de dos Papas Píos –XI y XII–. Por suerte encontró también amigos duraderos y buenos: algunos de ellos curas, otros miembros de asociaciones católicas de las que él mismo fue nombrado consiliario: queríase decir que uno descubrió ambiente humano para entrevistas que le ayudaron a describir como personalidad amable y cercana la de un Papa que a algunos les daba la falsa impresión de no ser cercano ni amable.
En aquel libro que tenía todos los defectos de un principiante en el oficio, hubo viejos amigos del nuevo Papa –algunos de ellos reflejados con sus impresiones y recuerdos vertidos en declaraciones estimuladas y recogidas por el periodista-escritorcillo– que generosamente intuyeron mi ingenua buena voluntad. Algo que debió ver, cuando el libro cayó en sus manos, o por referencias generosas, el secretario Monseñor Pasquale Macchi.
Un día, sin que el autor lo esperase, le llegó una llamada telefónica desde el Vaticano. El anuncio-sensación era de que llegase de las proximidades de Pablo VI, que seguramente ignoraba tal llamada. Sí, más que sorprendente: era de su secretario particular, don Pasquale Macchi.
La verdad era/fue que, habiendo entrevistado a personas amigas suyas desde largo, la llamada no me sorprendió ni la esperaba. No me consta ni jamás tuve la impresión de que el secretario del Arzobispo de Milán Montini, luego del Papa Pablo VI, fuese un hombre de muchas palabras. De lo que me dijo en aquella ocasión, si mucho me dijo, que no creo, no me acuerdo. Sólo de una cosa: que me ofreció la posibilidad de una audiencia que creo se llamase de besamano (baciamano), cuando yo lo quisiese.
Era un lunes y las audiencias, generales o de besamano, tenían lugar los miércoles, como creo que siguen. Recuerdo que, por haberme cogido tan de sorpresa, le dije que se lo agradecía pero que la aceptaba para el miércoles de la semana siguiente.
Atrevido como escritor principiante, era muy tímido para otras cosas, empezando por una audiencia de baciamano. Lo primero, no me atrevía a ir solo. Le pedí que me acompañase un colega de mayor experiencia y... apariencia.
El miércoles siguiente, después de la audiencia general en un ambiente más capaz, allí estábamos en una larga fila, en parejas o grupos todo lo más de treses/cuatros/cincos, los del privilegio del baciamano. Cerca del pobre Papa Montini, que iba acogiendo a los grupos o parejas y dirigiéndoles unas palabras y haciéndoles un obsequio –supongo– religioso, había unos introductores –dos o tres, creo recordar que políglotas– que anunciaban al Papa nombres y procedencias de los que iban pasando.
Repito –¡y es darle más importancia de la que tenía el acto: no, claro, por parte del Papa inolvidable!– que conmigo iba un colega (q.e.p.d.) de mayor apariencia y experiencia: el titular de la invitación era... moi, no él. Lo cual facilitó un ligerísimo equívoco por parte de Pablo VI. El introductor anunció al Papa mi nombre (y creo que apellidos) como «autor de un libro sobre Su Santidad».
Pablo VI, en tal caso sin privilegio de infalibilidad, interpretó que tal autor de un libro sobre él era... mi acompañante, de más barba –aunque afeitada– y canas que yo. Y se dirigió a él: ¡lógico! Le dijo, en italiano, que también yo entendía: Figlio mio, figlio mio: a me non piaciono i libri che tornano ad onore della mia persona! Yo escuché y entendí perfectamente lo que el Papa le decía. Mi compañero sonreía en tanto no sin cierta malicia, que en seguida vertió dirigiéndose al Papa: «¡Santo Padre, él es el culpable!», le dijo sonriendo, apuntándome con el dedo.
Lo que me humilló y conmovió fue que tuviese que repetirme lo que acababa de oírle dirigir a mi acompañante. Le contesté, sinceramente conmovido: ¡Santo Padre, a sus hijos les gusta conocerle! Esa fue la intención de mi pequeño libro...
No estoy convencido de que mi argumento le hubiera convencido. Lo que hizo, con clara convicción, fue hacerme entrega de un hermoso rosario, que le di a mi Santa Madre, que hace ya años está en el cielo, y no sólo por haber hecho un uso muy cristiano del regalo de Pablo VI por medio de su único hijo varón (y tres hembras). Al entregármelo, y también a mi acompañante de pelo con más canas y barba, me dijo con toda humildad: ¡Reza por mí!
Ignoro si mi amigo acompañante lo habrá hecho. Yo sí, aunque mucho más por mí mismo que por él como Papa. Entonces estaba ya convencido, pero menos. Más tarde, que es desde que Pablo VI murió –redicho: la tarde del 6 de agosto de 1978, en la fiesta de la Transfiguración–, lo estoy, cada día más, de que fue un Papa excepcional, casi mártir: ¡Culto, humilde, santo!
Casi me gustaría lamentarlo, pero no lo hago: ¡cuánto ha tardado, determinado organismo de la Curia, en reconocerlo! Estará bien, para ellos, la exigencia de milagros, que no reclaman para los mártires. ¡Si es que Pablo VI, además de «confesor», fue un verdadero mártir! Mártir, hasta cierto punto, de la incomprensión de su entorno...
Cita romana los domingos a las doce con el Papa Francisco
Esto es un casi obligado cierre de este prólogo en que se ha aludido, con devota estima, a Juan XXIII y a sus sucesores: Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI y al Papa Francisco. Se confiesa que con preferencia a tres: Juan XXIII, Pablo VI y el Papa Francisco.
Juan XXIII fue elegido Papa el 28 de octubre de 1958. Quiso ser consagrado el 4 de noviembre, en la fiesta de San Carlos Borromeo, del que era particularmente devoto.
Entre su elección y consagración, hubo un domingo casi en blanco. Pero había sido tal el cariño que había despertado que un gran número de reporteros y de enviados especiales quisieron cubrir el doble acontecimiento. Lo mismo hicieron también otros que, tras haberse desplazado a Roma, se habían dejado encantar por la excepcional simpatía humana que despertó un papa tan familiar.
Hasta entonces no había habido costumbre, pero aquel domingo de un primer papa muy querido por todos se convirtió en espontánea convocación a la Plaza de San Pedro de un número insólito de peregrinos italianos y de medio mundo que se sumaron a muchos romanos que también sintieron el deseo de acudir a las proximidades del Vaticano. Y quien sintió el cariño de felicitarlos fue el nuevo Papa Juan XXIII. Aquel domingo los felicitó con su tan sencilla cordialidad, y recitó con ellos el Angelus.
Sin haberlo previsto, inauguró una costumbre que no había existido. Y la mantuvo, con ritmo de asistencia creciente, todos los domingos. Y la siguió, como otras buenas costumbres que encontró razonables y santas, su sucesor Pablo VI. Y los papas que vinieron luego.
Una bendita costumbre –la de los encuentros dominicales– que ha hecho suya, con ritmo creciente de asistencia y de espontánea puntualidad, los domingos de todos los... domingos, el Papa Francisco. El cual, a un saludo calurosamente religioso, añade como despedida un muy sencillo Buon pranzo!, que en la intención equivale a nuestro «¡Que aproveche!».
Cada Papa tiene su muy bendito estilo. Los encuentros del Papa Francisco con los fieles que acuden a verlo y llenan la Plaza de San Pedro todos los domingos a las doce son de centenares de miles. Sumamente interesantes. Se cierran con el Angelus y un muy sentido y breve comentario religioso. Pero el Papa Francisco también vierte, con la sinceridad de buen cristiano como es él, reflexiones sentidas y breves sobre países y seres humanos que sufren injusticias muy duras que él lleva –¡se percibe!– en su corazón de padre de todos los que sufren. ¡Qué lecciones de bondad cristiana, Dios bendito! ¡Quién sabe cuántos miles, o acaso millones, de espectadores se suman, a través de las televisiones, a los que llenan, todos los domingos a las doce, la Plaza de San Pedro para dejarse conmover por la sinceridad paterna del Papa Francisco!
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