Читать книгу: «Plan B»
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Plan B
Contenido
Portada
Página de créditos
Sobre este libro
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 14
Epílogo
Agradecimientos
Sobre la autora
Página de créditos
Plan B
V.1: febrero de 2021
Título original: Plan B
© Jana Aston, 2019
© de la traducción, Eva García Salcedo, 2021
© de esta edición, Futurbox Project S.L., 2021
Todos los derechos reservados.
Publicado mediante acuerdo con Bookcase Literary Agency.
Se declara el derecho moral de Jana Aston a ser reconocida como la autora de esta obra.
Diseño de cubierta: Taller de los Libros
Publicado por Chic Editorial
C/ Aragó, 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
chic@chiceditorial.com
www.chiceditorial.com
ISBN: 978-84-17972-29-5
THEMA: FR
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
Plan B
Cometí un error, ¿de acuerdo? Ahora necesito un plan B
Cuando conocí a Kyle Kingston, supe que sería un error. Uno delicioso, pero un error al fin y al cabo. Pasamos una noche juntos y, cuando desperté, se había marchado. Poco después, descubrí que me había dejado embarazada. Necesito localizarlo y decírselo, y tengo un plan: me colaré en la fiesta de jubilación de su abuelo, buscaré a Kyle y le daré la buena noticia. ¿Qué podría salir mal?
Vuelve Jana Aston con una novela sexy y divertida
«Jana Aston nunca decepciona cuando se trata de hacernos reír. Os hará soñar con esta historia de amor.»
Totally Booked Blog
Capítulo 1
Daisy
La primera vez que vi a Kyle Kingston supe que sería un error. Uno que disfrutaría, pero un error, al fin y al cabo. No sabía quién era, ni siquiera cómo se llamaba. No sabía que me rompería el corazón en menos de un día. O que me robaría como un vulgar carterista que debe el pago del alquiler.
No sabía que le daría un giro de ciento ochenta grados a mi vida, pero era consciente de que no era una buena idea.
Eso me consuela porque significa que tengo intuición. Necesito cambiar mi costumbre de acostarme con imbéciles, pero al menos sé que lo son. Algo es algo.
Estaba a dieta de penes cuando lo conocí porque, si eres una chica divertida, los hombres creen que no te importa el compromiso. Consideran que, solo porque no eres de las que lloran, montan un drama y dan ultimátums, pueden irse de rositas haciendo lo justo y necesario.
Estaba harta de que me trataran como si fuera basura. Cansada de los hombres que no se acordaban de llamarme o que no me prestaban atención cuando hablaba. Tíos que querían presumir de chica con los amigos en Nochevieja, pero que olvidaban que existía cuando llegaba San Valentín. Tíos que no recordaban cómo me gusta tomar el café por la mañana o cuál es mi helado favorito. Cosas que no cuesta memorizar si la persona con la que te acuestas te importa, aunque sea un poquito. A los veintiséis ya estaba mayor para esas tonterías.
A los veintipocos debes elegir bien con quién sales o estarás casada con un capullo antes de que te des cuenta y pasarás el resto de tu vida quejándote de que tu marido prefiere jugar al sóftbol a echarte una mano con los niños; o te arruinará por perseguir su sueño de montar un grupo de música; o no durará nada en los trabajos porque las grandes empresas no lo entienden.
No, gracias.
Así que me puse a dieta de penes. Decidí hacerlo durante seis meses. No tengo ni idea de por qué me decanté por ese periodo de tiempo; supongo que me pareció apropiado para darme un respiro. Llevaba cuatro meses cuando conocí a Kyle.
«No lo hagas», me dije. «No lo hagas. No te vas a morir por no saber cómo es ese hombre en la cama. Vete». Porque lo supe antes siquiera de saber su nombre, fui consciente de que no valdría la pena saltarme la dieta por él.
Eso solo merecería hacerlo por alguien con quien fuera a tener un futuro.
Él era la puerta de entrada a más penes.
Un vistazo a su rabo y volvería a los idiotas que olvidaban mi cumpleaños, cuando lo que yo quería era pasarme a los hombres que se preocupaban por su plan de pensiones y estaban ansiosos por preguntarme qué tal me había ido el día.
En fin, que solo con mirar a Kyle supe que había mandado la dieta al garete.
Capítulo 2
Daisy
La dieta y cualquier plan de cara a un futuro cercano se han ido al traste porque me ha dejado embarazada.
La maternidad no entraba en mis planes a corto plazo, pero no pasa nada; sé adaptarme a las circunstancias. Consigo lo que me propongo, y en esto no será diferente. Además, siempre me he imaginado con hijos. No ahora, ni así. Pero tenía claro que llegarían.
Algún día.
Y ahora resulta que ese día será en siete meses.
De soltera a madre soltera. Yo puedo. Tendré que dejar el trabajo y comprarme pantalones elásticos, pero puedo con esto y mucho más.
Sin embargo, lo primero es lo primero. Tengo que decírselo al tío que me dejó embarazada.
El problema es que es imposible de localizar.
¿Te lo puedes creer?
Sé quién es, sé cómo se llama, pero no tengo forma de contactar con él.
No es que no recuerde los nombres de los tíos con los que me acuesto. Me los sé. Siempre. No soy tan guarra —sin ánimo de ofender a esas chicas, claro—. Cada uno hace lo que quiere con su vida y todo eso, pero yo puedo contar los rollos que he tenido con los dedos de una mano, y eso incluye a los de la universidad, que, como todo el mundo sabe, no deberían contar.
Esto no me ayuda en nada, ¿verdad?
Pues eso, que se lo voy a decir a Kyle. Merece saberlo, aunque sea mi problema y no el suyo. A ver, en cierto modo, también es el suyo, pero seamos sinceros: siempre es problema de la mujer. Aun así, diría que merece saberlo. No, estoy segurísima de que debería saberlo.
No quiero nada de él, nada. Puedo afrontar esto sola, y lo haré, pero es justo que lo sepa. Aunque sea un capullo de campeonato y, posiblemente, un idiota. Aunque sea una injusticia como una casa que me haya dejado embarazada. Asumo la responsabilidad que me corresponde por haberme saltado la dieta, pero que fallara el condón fue culpa suya.
Así que se lo voy a decir porque es lo correcto, como reciclar. Dios, no soporto a la gente que no recicla. Y menos cuando el contenedor está ahí mismo. Sabéis de qué gente os hablo, ¿no? Es la peor clase de egoísmo: tirar algo al vertedero para que se pudra por los siglos de los siglos cuando puedes lanzarlo al contenedor que hay justo al lado de la papelera para que renazca convertido en papel de impresora o en unas zapatillas de deporte aprobadas por los millennials. Además, reciclar es supersexy, ¿no creéis? Acabo de leer un libro en que el protagonista tiraba una botella de agua vacía al contenedor y casi me corro.
Lo juro.
El caso es que yo reciclo, y cuando un hombre me hace un bombo, se lo digo. A pesar de haberla cagado con el condón. Es típico de los hombres: la cagan con las cosas que tienen consecuencias a largo plazo, pero se salen con lo de la satisfacción inmediata.
Uf.
No estoy enfadada, de verdad. Hacen falta dos personas para bailar un tango. Tendría que haber llevado mis propios preservativos. O escoger a un chico lo bastante inteligente como para saber usarlos. ¿Se rompió? ¿Era viejo? En internet pone que, en teoría, los condones tienen una efectividad del noventa y ocho por ciento, pero que, en la práctica, los hombres cachondos son idiotas y que, de media, quince de cada cien mujeres que solo usan preservativos se quedan embarazadas.
Soy una de ellas ¡Yupi!
Vale, sí que estoy algo enfadada. Estoy haciendo pis en pruebas de embarazo y preguntándome cuánta teína hay en un té chai mientras que él vive su vida y bebe toda la cafeína que quiere.
Aunque eso no cambia el hecho de que algún día el bebé preguntará por su padre y necesitaré respuestas. No a la pregunta: «¿Cómo me engendrasteis?» —Dios me libre—, pero sí a la de: «¿Quién es mi papá?». Qué menos que concederle eso a mi hijo o hija después de arruinarle la infancia ideal con dos padres y una valla blanca en el jardín. El bebé es mi responsabilidad, pero algún día, cuando quiera conocer a su padre —si es que eso ocurre—, deberé mediar para que se conozcan.
Sin embargo, para que eso pase, tengo que localizarlo. Sé lo que estáis pensando: que contactar con él es lo fácil. Y que lo difícil será decirle: «Eh, ¿te acuerdas de mí? Pues estoy embarazada». No digo que vaya a ser sencillo, pero lo será más que encontrarlo.
Resulta que mi rollo de una noche es el heredero de una cadena de grandes almacenes que se caracteriza por los valores familiares y los precios bajos. Os contaré un secreto: Kyle Kingston carece de «valores familiares». Y con eso me refiero a que es un sucio cabrón. Deliciosamente sucio. Supongo que ese es el motivo por el que le prohíben salir en los anuncios de KINGS. En ellos solo aparecen familias y parejas de jubilados que se sonríen por los bajos precios de las judías verdes en conserva y el papel de cocina. Imagino que una campaña publicitaria con Kyle para promocionar preservativos no es el mercado que buscan.
El problema es que los tíos de su calaña no tienen Facebook. Ni Twitter. Ni Instagram ni Pinterest. Ni siquiera una página web. No hay forma de contactar con los hombres como él.
Debe de ser muy práctico para librarse de los rolletes esporádicos.
Como ha hecho conmigo.
Capullo.
¿Tenéis idea de la rabia que da no poder localizar a alguien? ¡Estamos en el siglo xxi! Sé quién es, dónde trabaja y dónde vive, pero no puedo contactar con él. Es desesperante. Es diez veces peor que cuando un amigo pone el móvil en silencio por error y te ves forzada a esperar durante horas hasta que se dé cuenta de que le has escrito.
He llamado a la oficina, pero no ha servido de nada. Supongo que no le sorprenderá a nadie, pero no puedes llamar a una empresa importante y pedir hablar con el encargado así como así. Pero ¡si ni siquiera puedes llamar a una pequeña empresa y pedir hablar con…, bueno, con alguien! Se me ocurrió hacer clic en el apartado de «Contacte con nosotros» en la página web de la tienda porque ninguna de las demás categorías se ajustaba a mis necesidades. No, no tengo problemas con un pedido. No, no tengo una pregunta sobre la garantía. Y no, no necesito ayuda para hacer una devolución.
Por extraño que parezca, «Vuestro director ejecutivo me ha dejado embarazada» no figuraba entre las opciones. Tras diez minutos de frustración, salí de la pantalla de contacto y acabé comprándoles vitaminas prenatales. Y un bolso hecho de botellas de agua recicladas. Me apetecía guardarles rencor, pero la verdad es que tienen muy buenos precios.
Es hora de poner en marcha plan B.
Capítulo 3
Daisy
¿Recordáis esa película protagonizada por dos hombres que se cuelan en las bodas para ligar sin tener que pagar la bebida o la cena?
Pues esto no es así.
Esto es una embarazada que va a colarse en una fiesta de jubilación para comunicar al que la ha preñado que va a ser padre.
No me rebajaría tanto como para arruinar una fiesta de jubilación, pero estoy desesperada. Además, tampoco me quedaré a cenar. Será entrar y salir. Solo Kyle sabrá que he ido. Y es probable que ni siquiera pique nada, a no ser que un camarero pase con una bandeja de pepinillos o algo similar y no pueda resistirme. Es broma, no tengo el típico antojo de pepinillos. Es más un antojo por todo lo que no sea un pepinillo.
Bueno, que ese es el plan.
Si es que Kyle asiste.
Creo que hay muchas posibilidades de que vaya porque su abuelo es el homenajeado de la celebración y, por lo que he averiguado en internet, Kyle acaba de asumir el cargo de director ejecutivo de la empresa familiar.
Empresa que viene a ser KINGS, la cadena comercial más importante de Estados Unidos.
Lo ascendieron hace poco, de hecho, a la semana de dejarme embarazada.
Su ascenso es el único motivo por el que sé quién es y dónde encontrarlo. Descubrí su nombre aquel fin de semana, pero no lo reconocí. ¿Por qué iba a hacerlo? Solo era un tío que había conocido mientras estaba de paso por Filadelfia, y su apellido era Kingston, y la franquicia se llama KINGS.
Cuando descubrí que estaba embarazada, lo busqué en Google con la esperanza de encontrar un perfil de Facebook con su foto y enviarle un mensaje rápido para seguir adelante con mi vida. Para pasar de él. En cambio, el primer resultado que me salió fue un reportaje del New York Times con el logo de KINGS y una foto de Kyle como todo un empresario. El artículo adjunto hablaba de que el abuelo de Kyle y fundador de la compañía, William Kingston, se jubilaba, y de que su nieto se convertiría en el nuevo director ejecutivo de Empresas Kingston.
Empresas Kingston, dueña de los seis mil KINGS de Estados Unidos. Locales de diferentes tamaños: desde tiendas de productos básicos a la vuelta de la esquina hasta hipermercados y economatos. Por lo tanto, comprendí dos cosas. La primera, Kyle Kingston era el heredero de un imperio minorista que llevaba su nombre, y la segunda, iba a ser imposible contactar con él.
Entonces, en un golpe de suerte, por una casualidad o una intervención cósmica, me invitaron a un congreso que se celebra la semana que viene en Filadelfia. «Mira qué bien, así mato dos pájaros de un tiro», pensé. ¿A que sí? Asistiría al congreso y aprovecharía para dar con Kyle. Así que busqué en internet con la esperanza de que la suerte no me hubiera abandonado y encontrar la dirección de su casa. Acamparía en su puerta hasta que apareciese, lo que fuera necesario. Ya sé que no está bien acosar a la gente, pero a situaciones desesperadas, medidas desesperadas.
Además, ¿quién no ha acosado a alguien alguna vez? Todos lo hemos hecho de una forma u otra. Hurgar entre las cosas de tu novio. Escuchar a unos desconocidos conversar en plena calle. Y todos aquellos con acceso a internet han buscado algo que no era asunto suyo, no importa si una vez o quinientas. Es lo más normal del mundo.
Así que busqué. Y busqué y busqué. Pero, al parecer, mis habilidades de espionaje son un desastre, porque solo descubrí que tiene una hermana llamada Kerrigan. Lo único que tienen en común con las Kardashian es que su apellido también empieza por K, porque los Kingston son muy celosos de su vida privada. La hermana tampoco tiene redes sociales. Había imaginado que podría acosarlo a través de ella, pero no caerá esa breva. Sus padres fallecieron en un accidente de avión hace cinco años. Había algunos artículos antiguos sobre el asunto, pero, por lo demás, no había mucho de donde tirar. Hasta que, de repente, vi que hablaban de la fiesta de jubilación de William Kingston. Kyle iría, ¿no? ¿Cómo no iba a asistir cuando acababan de nombrarlo jefe de la empresa que fundó el mismo abuelo que ahora se jubila? Colarme en esa fiesta era mi mejor baza para hablar con él en persona.
Reconozco que viajar a otro estado con el objetivo de colarme en un evento privado para hablar con alguien es un poco siniestro y es probable que sea un delito federal. Así es como funciona un delito federal, ¿no? ¿No consiste en que una vez cruzas la frontera de un estado para cometer un delito pasa a ser federal? Da igual, qué más da. Las hormonas ya me hacen delirar. No cometeré ningún delito; solo hago todo lo que está en mi mano para decirle a Kyle que, sin querer, se dejó su esperma en nuestro último encuentro.
Vale. Está claro que no lo he superado, pero estoy en ello, lo prometo.
Además, voy a asistir a un congreso; no es que haya ido a Filadelfia solo para acosar a alguien. Hace un par de años que deseo asistir a este congreso en concreto, pero nunca lograba cuadrarlo en la agenda. Hasta que hace dos semanas se pusieron en contacto conmigo para que asistiera, algo verdaderamente importante. Tengo alojamiento y acceso gratis. Además, es una gran oportunidad para hacer contactos.
Así que le endosé mi trabajo a mi hermana gemela y puse rumbo a Filadelfia unos días antes con el objetivo de encontrar a Kyle y acabar de una vez con el problema.
Intento no refunfuñar mientras me abro paso por el aeropuerto de Filadelfia. Acabo de llegar de Chicago y estoy más inquieta que una niña con sobredosis de azúcar por culpa del rato que llevo encerrada. Estoy nerviosa. Ahora sí que sí. La fiesta es esta noche y, como no localice a Kyle, no sabré qué más hacer para hablar con él. Solo me quedará contratar a un abogado para que le lleve los papeles. Creo. ¿Eso se puede hacer? No quiero nada de él, así que no creo que pueda contratar a un abogado para que sea mi mensajero personal. No quiero su tiempo y no espero que me ayude a cambiar pañales. Solo quiero hacer lo correcto y seguir con mi vida. Quizá consiga su número por si el niño o la niña quiere llamar a su padre algún día.
¿Por qué es tan difícil hacer lo correcto? Es injusto por muchas razones. Pero haré lo que sea necesario para llevar esto de forma civilizada. Por el bebé. Algún día tendré que inventarme una historia bonita y convincente para contarle de dónde vino. Creo que me decantaré por algo como «no estábamos hechos el uno para el otro, pero te tuvimos a ti y eso es lo único que importa».
Vuelvo a suspirar y doy golpecitos con el pie derecho. Me parece una historia horrible hasta a mí, pero ya tendré tiempo de mejorarla. Para cuando el niño se haga preguntas, ya habrán pasado algunos años y no se fijará apenas en los detalles. Hará tanto de ello que no necesitará saber que «no estábamos hechos el uno para el otro» en realidad significa «fue un rollo de una noche» porque «papá tiene una sonrisa y unos abdominales que quitan el sentido».
Para cuando este niño se preocupe lo bastante como para preguntar, será una historia tan antigua que, quizá, los hechos estén algo cambiados. Y, con suerte, Kyle pesará veinte kilos más y estará calvo.
Vale, me he pasado. Lo más seguro es que se vuelva más atractivo con el paso de los años, que es como envejecen los hombres, y yo me alegraré por él como la buena persona que soy.
A no ser que tenga que llamar a un abogado. Es difícil que una historia en la que haya un abogado de por medio tome un cariz romántico. Además, no me quiero ni imaginar lo que costaría y el lío que se armaría. No me apetece montar un circo. No soy esa clase de chica.
Me pregunto si recordará mi nombre. ¿Le dije mi apellido? Creo que no. Imagino a su bufete de abogados sacando el tema en una junta semanal y me quiero morir. «Y, por último, señor Kingston. A la señorita Daisy Hayden le gustaría informarle de que va a ser usted padre. Asimismo, le exige que repase las instrucciones de uso del preservativo y que le devuelva su cámara». ¿Se acordará así? Si roba a todas las chicas con las que se acuesta, puede que no. Bicho raro.
Un bicho raro, rico e imbécil. He oído de gente rica que experimenta una subida de adrenalina al robar en tiendas y de pervertidos cuyo fetiche es robar ropa interior. Pero llevarse mi cámara fue ruin y punto. Comprarme otra me costó cuatrocientos dólares y perdí las fotos de la semana porque todavía no las había pasado al ordenador. Conocí a Kyle casi al final de mi viaje. Iba a publicar las fotos en una entrada en el blog sobre comer en Filadelfia por menos de veinte dólares. El tío es el heredero de un imperio minorista, por lo que seguro que puede permitirse su propia cámara, y con descuento, además.
La peor de todo es que ni siquiera me molestó tanto como cabría esperar. En una ocasión, pillé al chico con el que salía mientras sacaba dinero de mi monedero para pagar una pizza que él mismo había pedido… sin preguntarme siquiera. Y la había encargado con aceitunas. Odio las aceitunas. Los novios que se bebían mi última agua con gas o no tenían dinero para pizzas eran mi pan de cada día, por tanto, que Kyle me hubiera robado la cámara me pareció normal. Merezco algo mejor, lo sé. Estoy en ello.
Suspiro al salir del aeropuerto por unas puertas automáticas. Por lo general, a los veinte minutos de aterrizar ya estoy en el taxi, ya que suelo llevar equipaje de mano. Soy una experta en preparar maletas ligeras.
¿Sabes quién no puede ir ligero de equipaje?
La gente con niños.
La gente con niños viaja con dos maletas facturadas, un carrito con funda y un gatito de peluche llamado Colechester que no se puede perder bajo ningún concepto, a no ser que quieras que se arme la de Dios, David.
Vale, ese ejemplo en concreto era la familia que estaba detrás de mí en el avión. Pero es lo que ocurre, y lo sabéis.
Los niños suponen llevar muchos trastos encima. Y a su paso dejan migas de galletas con forma de pez y sabor a queso. Dan patadas en el respaldo de los asientos de los aviones. Gritan. Y, de vez en cuando, te tiran una galleta de esas cuando sus padres no los ven porque han cerrado los ojos de lo cansados que estaban ya antes de despegar.
También te saludan con la mano y te dicen «hola» con la voz más dulce que puedas imaginar. Y te sonríen como si fuerais cómplices en una broma. Y a veces, si tienes mucha suerte, hasta te dejan un gatito ligeramente húmedo llamado Colechester, por lo que no pueden ser tan malos.
Ruego en silencio que mi hijo no sea de los que dan patadas a los asientos, y para que pueda comprarle un juguete de repuesto por si le pasa algo a su favorito, y le meteré un chip de rastreo para localizarlo si se pierde. Al juguete, no al niño. No voy a perder al niño.
Hablando de sustitutos, me llama la mía.
—¿Ya te has arrepentido? —pregunto al descolgar a la vez que arrastro el equipaje de mano con suavidad y me pongo a la cola de los taxis. La sermoneo, medio criticándola medio animándola, sobre lo fácil que es hacerse pasar por mí en el trabajo mientras espero al taxi.
Por cierto, el plan B empezó en el momento en que eché a mi hermana de casa. Suena peor de lo que es. La quiero. Más que a nadie en el mundo. Por eso tenía que librarme de ella, para protegerla.
Violet es mi gemela idéntica y va como pollo sin cabeza porque le he pedido que me sustituya esta semana. Bueno, para ser exactos, le he pedido que se haga pasar por mí. Suena peor de lo que es. ¿O tal vez es tan malo como parece? Es una locura, pero a la vez es una idea brillante.
Soy guía turística en Sutton Travel. O lo era. En teoría, todavía lo soy, pero tengo los días contados. No porque no sea buena. Soy genial. Las opiniones de mis clientes son excelentes. Mi expediente es impecable y me encanta mi trabajo. Lo adoro.
Pero…
No puedo trabajar de eso con un niño. Así que tictac.
Imagina que hay otra persona en el mundo que es igual que tú. No aprovecharlo implicaría tener muy poca visión de futuro, ¿no crees? Pues eso mismo pienso yo. Y que conste que nunca nos hemos intercambiado con mala intención o en beneficio propio, salvo aquella vez que, con trece años, la convencí para que hiciera mi examen de ciencias. No repetimos la experiencia porque no valía la pena. Sí, saqué un sobresaliente, pero a Violet le corroía tanto la culpa que me obligó a memorizar la tabla periódica para poder vivir con el engaño. Lo cual fue un verdadero rollo. Si hubiera querido aprender la estructura de la materia, habría prestado atención en clase, no me habría molestado en intercambiar la ropa y la mochila con mi hermana en el baño del colegio para que hiciera el examen por mí.
De todos modos, solo nos intercambiamos por una buena causa, como si fuera un superpoder. Y que me sustituya ahora es más por Violet que por mí. Pero ella no lo entiende, o no habría accedido. «El amor es duro», me recuerdo en silencio mientras suspiro con fuerza.
—Estoy tan cansada de tus mierdas, Violet. Deja de comportarte como una cría y hazlo.
—Gracias, Daisy. Qué cosas más bonitas me dices.
—De nada. Nadie te obliga. Si quieres volver a mi casa y pasar otros seis meses de morros en el sofá, adelante. Vete a mi habitación, si te apetece. Total, yo no estoy.
«No vuelvas a mi casa», le suplico en silencio. Necesito que recupere su vida antes de que descubra que estoy embarazada. Me mata no decírselo, pero es por su bien. Si lo supiera, antepondría mis necesidades a las suyas, y no puedo permitirlo. Además, solo le pido que me sustituya esta vez, no durante todo el embarazo. Solo quiero sacarla un poco de su zona de confort. Como mucho, hará que me despidan y, si no, ya dimitiré yo cuando vuelva del viaje.
Tal vez sea innecesario decirlo, pero Violet es la gemela buena. La responsable. No digo que yo sea la mala, para nada. Soy buena persona y es de tontos pensar que solo porque haya dos de algo, uno tiene que ser bueno y el otro malo. La vida no es solo de color blanco o negro, al igual que las personas, que son como tarros llenos de caramelos. Una variedad de sabores, sensaciones, gustos y colores. En todas hay algo de bondad y algo de maldad. Algo de luz y algo de oscuridad. Es lo que hace que el comportamiento humano sea tan difícil de predecir y tan fascinante al mismo tiempo.
Pero me conozco lo bastante como para saber que la gente consideraría a Violet la buena. Ella es la organizada, la que sigue las reglas, la perfeccionista. Siempre lo ha sido. Era la niña que pedía permiso. Yo, la que se tiraba a la piscina y luego se disculpaba.
Está claro que no es la gemela que se quedaría embarazada de un rollo de una noche.
Violet es la hermana más leal del mundo y haría cualquier cosa por mí, incluso descuidar su vida por centrarse en la mía. Que es justo lo que haría si descubriera que estoy embarazada y el motivo por el que se lo he ocultado. Me mata no decírselo. Por lo general, se lo cuento todo, pero ahora mismo no pasa por su mejor momento. De ahí que haya venido a vivir conmigo una temporada. Pero, como se entere de lo del bebé, insistirá en hacerlo permanente. En quedarse a ayudar. Vivirá su vida en base a lo que es mejor para la mía.
No puedo permitirlo.
Así que tocaba echarla del nido, por así decirlo.
—Necesitas espabilar. ¡Una aventura!
Ahora estoy reforzando mi argumento de venta, aunque tampoco es muy difícil, porque la verdad es que le vendría bien tener una aventura. En una serie de catastróficos eventos, se quedó sin trabajo, sin novio y sin casa de golpe. Así fue como acabó en mi sofá. No paso por alto lo injusto que es. Violet lo planea todo al detalle y yo, que me dejo llevar por la intuición, tengo un apartamento y dos trabajos.
—¿No te aburres, Violet? Tendrías que vivir un poco. Soltarte la melena. ¡Agarra la vida por las pelotas!
Ojalá agarrara a algún tío por las pelotas. No creo que haya estado con nadie desde el idiota de su ex, y si alguien merece tener una aventura, esa es Violet. Estoy segurísima de que su último novio era un desastre en la cama, aunque no lo reconozca. Ella dijo que estaba bien; no me hizo falta oír más. «Bien» en la cama no es una valoración demasiado grandilocuente. Eso sí, me iría de perlas para el blog. Me guardo la idea por si decido darle otro aire o enviar un artículo a Cosmo. «Bien en la cama: cómo evitar que tu amante te ponga un cero». O «Bien en la cama: las palabras que ningún hombre quiere oír». El título es mejorable, pero la idea es buena, y escribir por cuenta propia es perfecto para mis ingresos.
Me va muy bien; es algo que parece sorprender a mucha gente. De verdad, veo las miradas que me echan cuando menciono que soy bloguera como si dijeran: «Mírala, en el paro». Y si cuento que soy guía turística, me observan como si pensaran: «¿Y eso es un trabajo?».
A veces, digas lo que digas, te van a criticar igualmente.
El blog ha sido mi principal fuente de ingresos durante los últimos dos años, y no es que sea poco. No he dejado de ser guía turística porque es un trabajo estupendo y lo puedo complementar con el blog, que principalmente es de viajes. Además, en mi página web vendo un curso para aquellos que quieran iniciarse en el mundo de los blogs: las mejores prácticas para las redes sociales, cómo construir una plataforma y captar la atención de los anunciantes. Ese tipo de cosas.
El trabajo de guía turística no se puede compaginar con un bebé, lo que significa que tengo los días contados. Maldito tictac. Había pensado en dejarlo dentro de unos meses; dependerá de los horarios de las visitas y de cómo esté. Ir apretujada en el autobús y guiar a un montón de turistas por Estados Unidos será imposible en la recta final del embarazo, y ya ni te cuento al ser madre soltera. No tendría a nadie con quien dejar al bebé mientras estuviera de viaje (entre siete y catorce días). Además, no quiero separarme del niño o niña entre siete y catorce días. No me lo imagino. Es pronto e inesperado, pero no me imagino sin el bebé tanto tiempo.
Así que cuando me invitaron al congreso de blogueros, decidí acelerar el proceso de mi dimisión. Pero eso fue antes de que se me ocurriera una idea mejor: enviar a Violet. Doble victoria, ¿no? Si no fuera porque es de las que cumplen las normas a rajatabla. El yin de mi yang. Solo le pido que me sustituya esta vez, para sacarla un poco de su zona de confort.
Pero no pretendía estresarla. Si no quiere hacerlo, que no lo haga. Quería que lo pasara bien, no que sufriera un ataque.
—No te preocupes, Vi —digo—. Hazlo o no lo hagas. Quédate o vete.
—¿Que no me preocupe? —me grita Violet al oído porque no tiene ni idea de lo que ocurre—. Como me vaya, te van a echar. La visita empieza en cinco minutos y tú no estás. ¿Dónde estás, por cierto? ¿En un aeropuerto? Porque es lo que parece. ¿Y cómo es posible que no te importe que te despidan? Es algo muy serio.
Tiene razón. En lo del aeropuerto, no en lo del despido.
—No es para tanto. Te digo lo mismo que antes. Míralo con perspectiva, Vi. —Ella refunfuña, pero yo solo trato de animarla—. La vida cambia a diario. Nunca se sabe lo que pasará mañana, créeme. Aprovecha el día.
—¿Qué es tan urgente para que te juegues el puesto? —exige saber—. Es un trabajo muy bueno.
—Tengo que hacer una cosa —contesto—. Te dejo. Súbete al autobús y finge que eres yo. Me has visto hacerlo, no es tan difícil.
Hice ese mismo recorrido con ella el mes pasado porque no se habían vendido todas las entradas y sobraba sitio en el autobús. Por aquel entonces, no sabía que estaba embarazada, pero ahora sonrío ante la ironía. ¿Veis como dejarse llevar por la intuición a veces sirve de algo? Nunca fue mi intención pedirle que se hiciera pasar por mí en el trabajo, pero así están las cosas.
No le digo que la visita es irrelevante. Que lo único que me importa es que se divierta, que se le pase el bajón, que siga con su vida antes de descubrir que estoy embarazada y lo deje todo para cuidarme.
—Voy a meter la pata —dice Violet—. ¿Cómo voy a hacer de guía si solo he hecho el recorrido una vez?
—Eso ellos no lo saben, Violet. Ya lo hemos hablado. Nadie se enterará de que no sabes lo que haces. Diles lo que quieras. Tú sonríe y asegúrate de no perder a nadie en los descansos para ir al baño. Venga, que lo vas a hacer genial.
—No sé yo —responde, dubitativa.
—Y te regalo el cheque que me dará Sutton Travel por la visita. Lo pongo en tu cuenta. —Violet suspira—. No eres tonta, así que dudo que confundas la Casa Blanca con el Capitolio. Tú mira la chuleta que te he preparado.
—Es una idea horrible, en serio —masculla, pero sé que lo hará. Se lo noto en la voz. La conozco casi tanto como a mí misma.
—Es una idea brillante —replico con una sonrisa, aunque no me vea. Lo digo en serio—. Te quiero. Eres mi mantequilla de cacahuete.
—Y tú mi mermelada —contesta Violet, y colgamos el teléfono.
Es una cosa nuestra. Una cosa de gemelas. Una dice algo y la otra tiene que responder con algo que lo mejore. Como nosotras, que somos un lote. No me imagino cómo habría sido crecer sin ella. De pronto, me invade la tristeza al pensar que mi bebé será hijo único durante muchísimo tiempo. Lo más probable es que solo nos tengamos el uno al otro.
A no ser que vengan dos. Dos bebés que bañar, que cambiar y que hacer eructar. Dos bocas que alimentar. Dos juguetes favoritos a los que seguir la pista en lugar de uno.
Madre mía, agárrate que vienen curvas.
Me recuerdo a mí misma que las estadísticas están a mi favor —para tener un bebé, no dos—. Pero parece que he olvidado que las estadísticas son una mierda de por sí. Por probabilidad, no debería haberme quedado embarazada la primera vez que tenía sexo en meses, pero díselo tú a la frambuesa que está creciendo en mi útero. Un momento, ¿los bebés crecen en el útero? ¿O en la matriz? Es lo mismo, ¿no? ¿Por qué no sé estas cosas?
Decido que está en el útero y suspiro.
Tiro el equipaje de mano al asiento trasero de un taxi y me subo. El congreso empieza el lunes, pero el evento benéfico en el que me voy a colar es esta noche. Si no consigo entrar y hablar con Kyle, entonces no sé cómo contactaré con él sin que haya abogados de por medio. Quiero dejarlo hecho hoy para centrarme en el congreso y no en el padre de mi hijo.
No será tan difícil entrar, ¿verdad? Es una fiesta de jubilación, no la Gala del Met ni el desfile de Victoria’s Secret. Tampoco es el acontecimiento del año. Además, en el artículo ponía que se esperaba que asistieran unas quinientas personas. Ni se darán cuenta de que estoy. Entraré con sigilo, encontraré a Kyle, le contaré lo que necesito decirle y me iré sin que me vean. En silencio. Quedará entre nosotros.
Suspiro con alivio porque va a salir bien. Tiene que salir bien, porque como no lo encuentre allí, no sé cómo hablaré con él. Pero no pasa nada, tengo un buen presentimiento. En serio.
Empieza el juego, Kyle Kingston.
Capítulo 4
Daisy
Me miro en el espejo para asegurarme de que no tengo pintalabios en los dientes o una mancha de desodorante donde no debería. Llevo un vestido negro y mis tacones favoritos. La clase de zapatos que me hicieron ponerme a dieta de penes. El tipo de tacones que a los hombres les gusta tener alrededor de la cintura. Los miro con tristeza, consciente de que el único sitio en el que acabarán esta noche es en mi maleta en cuanto termine el evento.
Me encanta este vestido. Llega hasta los pies y tiene una abertura en el lado izquierdo. La tela brilla un poco y me roza las piernas al andar. Es sexy, pero no enseña demasiado. Unos tirantes finos como espaguetis unen la parte delantera con la de detrás, lo que me deja los brazos y los hombros al descubierto.
Me he hecho un moño bajo. Llevo unos pendientes normalitos y un bolso negro muy sencillo. No tengo nada lo bastante sofisticado para este evento, pero me las he ingeniado. Me he maquillado como corresponde a un evento nocturno; solo con los ojos he tardado diez minutos. Delineador, sombra de ojos y rímel. Mis cejas, del mismo color oscuro que mi pelo, dibujan unos arcos perfectos que me resaltan los ojos azules. Para los labios he usado un tono magenta mate.
Estoy guapa.
Arrugo la nariz mientras me miro al espejo del tocador, pero estar mona le quita importancia al hecho de que voy a colarme en una fiesta para dar con un hombre. Buf, no estoy hecha para el acoso.
Suspiro y guardo la llave de la habitación en el bolso. El bolsito es más que nada para aparentar, porque presentarme solo con la llave del hotel quedaría raro. No estaré tanto tiempo como para que valga la pena llevarme el pintalabios, así que solo llevo la llave del hotel, el móvil, una tarjeta de crédito y dinero en efectivo por si acaso.
Tengo náuseas, lo que es raro porque es de noche y todavía no las he sentido en lo que llevo de embarazo, ni por la mañana ni en cualquier otro momento. Tal vez son los nervios de la confrontación, pero no soy de las que se asustan ante un enfrentamiento. Aunque bueno, nunca he estado en una situación como esta, así que creo que debería cortarme un poco. Respiro hondo y camino al centro de convenciones que hay junto al hotel.
Sonrío. Para cuando salgo del ascensor y cruzo la pasarela de cristal que conecta el Marriott con el centro de convenciones, las náuseas ya han quedado atrás y los nervios están bajo control, pero no dura demasiado.
Mierda. Joder. Mierda.
Están registrando a los invitados en la entrada.
Y hay guardias a cada lado de la puerta.
¿Quién, aparte de mí, querría colarse?
En serio, ¿quién? No me dan ni un respiro. Tiene que ser una broma. Exhalo y tomo una decisión al instante: voy a fingir. Es mi mejor opción. Mi única opción. Además, es menos probable que duden de alguien si lo ven seguro. De verdad. Si actúas con confianza, la gente da por hecho que sabes lo que haces.
Lo tengo. Diré que estoy con Kyle y entraré sin problemas. No suelo actuar tan a lo loco, pero estoy desesperada. Desesperada por encontrar a Kyle y acabar con esto de una vez. Así pues, me dirijo sin vacilar a la mesa que han colocado justo en la puerta que da a la sala de baile. Hay tres mujeres que registran a los invitados y dos guardias de seguridad a ambos lados de la puerta. Estos últimos parecen actores que han colocado ahí más para aparentar que por proteger a los invitados, pero tampoco intentaré huir.
A las mujeres se las ve muy comprometidas con el evento. Autorizadas. Estiradas. Pejigueras. De todas formas, ya no puedo dar media vuelta, así que sigo.
—¿Nombre? —me pregunta una. Aparta la vista de la lista y me mira con aburrimiento. Lleva una placa muy elegante con su nombre grabado. Se llama Margo. Detrás de ella hay una mesa repleta de placas como la suya, lo que significa que no solo tengo que estar en la lista, sino que también debe de haber una placa con mi nombre.
—Daisy Hayden —respondo, aunque sé que no estoy en la lista. Simulo indiferencia de todos modos.
Me echa un vistazo rápido y pasa páginas. Me dice que no estoy.
—Ah, es que soy una acompañante —añado como si el corazón no me fuera a mil por hora debido a los nervios—. Con Kyle Kingston. Es posible que esté con su nombre.
Sonrío con educación, como si me importara poco dónde está mi nombre, como si fuera a entrar sí o sí.
—Dices que has venido con Kyle Kingston —repite, y me mira otra vez. En silencio, le ruego al universo que no lo conozca personalmente o, al menos, no lo bastante como para dejarme en evidencia. No tengo ni idea de si estas mujeres trabajan en la sede corporativa de KINGS o si forman parte del personal del evento.
—Sí —afirmo con todo el desdén del que soy capaz, que ya es mucho decir, porque no llevo en la sangre ser borde, pero es la única forma de conseguir entrar.
—Kyle no trae acompañante —replica Margo, que me mira con claro interés.
—¿Estás segura de que no me ha añadido a la lista? Cuando he hablado con él antes, me ha dicho que se aseguraría de que estaba. —Señalo el montón de papeles con la cabeza, frunzo el ceño y digo—: A lo mejor ha enviado un correo.
—No —contesta sin dejar de mirarme. No se traga lo que le digo.
—¿No vas a comprobarlo?
La miro fijamente, molesta porque ni siquiera va a fingir que saca el móvil para buscar algo que no existe. Estoy de los nervios, los niveles de adrenalina decrecen y lo único que me apetece es volver a mi habitación y echarme una siesta. ¿Por qué tiene que ser tan difícil?
La mujer resopla como si estuviera acabando con su paciencia. Me preocupa que llame a los tíos de seguridad cuando, de pronto, se fija en mi bolso y me mira con unos ojos que solo puedo describir como desafiantes.
—Ha llegado hace nada. ¿Por qué no lo llamas y le pides que venga a buscarte?
Cierto. Eso tendría sentido, ¿no? Asiento y saco el móvil del bolso. Me vienen muchas ideas de golpe. Está aquí. Está aquí de verdad. Eso acaba de decir, ¿no? Estoy muy cerca, joder. Solo tengo que inventarme algo para entrar, encontrar a Kyle y acabar con esto. La estirada hace un gesto a la persona que tengo detrás para que pase mientras yo aprieto botones a lo tonto y hago como que llamo. Diría que conoce a la mujer porque, en lugar de preguntarle su nombre, hablan muy emocionadas de su reciente compromiso. Mira el anillo embobada y le pregunta si ya han elegido fecha. La chica sonríe radiante y no deja de mover las manos mientras le dice una y otra vez lo romántica que fue la pedida de mano. Qué asco. Seguro que su prometido no le pide dinero. Pero no estoy celosa, que conste.
—No contesta —las interrumpo con la esperanza de que se centre en la otra invitada y me deje pasar por la cara—. Lo habrá puesto en silencio sin querer, ya lo conoces.
—No, la verdad —responde mientras niega con la cabeza y esboza la sonrisa de disculpa más falsa del mundo.
Nos miramos con gesto desafiante mientras la chica del anillo entra.
—¿Qué pasa aquí? —pregunta otra de las mujeres que trabajan en el evento. Ha venido hacia nosotras y nos mira con las cejas arqueadas. Su placa indica que se llama Maureen. A juzgar por lo recta que se pone Margo y por cómo le cambia la cara, me da la sensación de que es la jefa.
—Está con Kyle, pero no está en la lista. Y no tiene invitación —la informa Margo, que se encoge de hombros y añade en un tono que parece indicar que me dedico a ahogar gatitos en mi tiempo libre—: Y no consigue contactar con él.
Nota mental: «Añadir “Margo” a la lista de nombres que nunca le pondré a mi hijo o hija».
—¿Estás con Kyle?
—Soy… —me callo. «No digas “la chica a la que ha dejado embarazada”, no lo digas, no lo digas, no lo digas», me repito una y otra vez en la cabeza. Y en lugar de eso, suelto—: Su prometida.
Ay, madre.
Eso es peor. Es mucho, pero mucho peor que «la chica a la que ha dejado embarazada». ¿Por qué lo he dicho? ¿Qué me ha pasado? He perdido la cabeza. Entre la conversación sobre el anillo de compromiso de las otras dos y las hormonas, me he vuelto loca por un momento.
—¡Que estás prometida con Kyle Kingston! —exclama la estirada, cuyo tono ahora rezuma incredulidad.
—Sí —contesto, porque, sinceramente, de perdidos al río. Quiero dar la vuelta y echar a correr, pero estoy paralizada. ¿Y ahora qué hago? ¿Reconozco que buscaba el término apropiado y que, de repente, me ha salido la palabra «prometida»?
A mi lado, alguien se ríe en voz baja. Es una risa masculina y me da la sensación de que está demasiado cerca. Me giro, lista para enfrentarme al entrometido, cuando, para mi sorpresa, veo que sonríe. Con ganas y exhibiendo una dentadura perfecta.
—Wyatt Kingston —se presenta, y me tiende la mano. Cuando se la estrecho añade—: Primo de tu prometido.
Me ruborizo por la mentira que acabo de soltar y también por este hombre tan atractivo. Se parece un poco a Kyle en la mandíbula y en la forma de los ojos, pero Wyatt tiene el pelo rubio y el de su primo es de un marrón parecido al mío. Wyatt lo lleva despeinado y el de Kyle ni se alborota debido a lo corto que lo tiene.
—Daisy Hayden —contesto sin dejar de estrecharle la mano. Muy cercano a Kyle no será si se cree que soy su prometida, pero podré entrar con él.
—Permíteme que te acompañe —se ofrece con una gran sonrisa mientras me pone una mano en la parte baja de la espalda y me guía hacia la puerta.
—No tiene entrada —dice Margo a Wyatt mientras lo fulmina con la mirada. Estos dos tienen algo.
—Margo, ahora no —replica Wyatt con un desdén que jamás sabré imitar.
A continuación, nos movemos.
Margo no nos detiene. Los guardias de seguridad tampoco. Parece que lo único que se necesita para entrar aquí es ir del brazo de un Kingston.
—No imaginaba que lo haría —susurra Wyatt una vez dentro. Lo dice casi para sí mismo, pero lo bastante alto como para que lo escuche.
—¿El qué? —pregunto distraída mientras mis ojos se adaptan a esta luz más tenue.
—Casarse.
—Miedo al compromiso, ¿eh? —añado sin pensar mientras miro bien la sala en la que acabamos de entrar. Trato de memorizar la distribución, y, para ser sincera, las salidas. Este sitio es enorme y está decorado con más gusto que cualquier evento al que haya asistido. Creo que solo en flores se habrán gastado más que muchas bodas al ver lo elaborados que son los arreglos que hay en toda la sala. Parece que estamos en la recepción de un cóctel. Los camareros llevan aperitivos y bebidas. Hay una barra larguísima a la derecha y hasta cinco camareros uniformados que trabajan sin parar. A juzgar por la pared de licores que tienen detrás y las bebidas que sirven en la barra, diría que tienen de todo. Busco a Kyle con la mirada, pero no hay rastro de él.
—Por eso estás aquí, ¿no? —me pregunta Wyatt mientras me evalúa con la mirada. Está empezando a incomodarme—. ¿Cuánto te paga?
Vale, eso no me lo esperaba. Piensa que soy una señorita de compañía. Soy consciente de que era mucho pedir que creyera que era la prometida de Kyle y que, gracias a eso, he entrado, pero sinceramente me molesta que insinúe que soy una señorita de compañía, así de claro.
—¿Perdona?
Retrocedo un paso con los ojos entrecerrados. Aparta la mano de mi espalda, aunque solo para dejarla cerca de mi culo. Entonces sonríe con suficiencia y se guarda la mano en el bolsillo. Me da otro repaso de arriba abajo, tranquilo. Como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo. Como si esto fuera un juego para él.
—¿Dónde te encontró?
—No sé si es de tu incumbencia, pero nos conocimos en Boston.
«En la acera, pero no porque fuera puta», añado para mis adentros.
—Así que Boston, ¿eh? Es verdad, hizo un viaje. ¿Cuándo…? —Wyatt hace una pausa como para hacer memoria—. ¿Hace dos meses? —Alza las cejas de forma sugerente—. ¡Pues sí que os habéis prometido rápido!
—¿Qué quieres? Si está loco por mí.
Vuelvo a buscar a Kyle para salir de aquí antes de que la noche empeore.
Wyatt sonríe con suficiencia. Estoy casi segura de que no me cae bien. Se fija en mi mano y vuelve a mirarme a los ojos.
—¿Y el anillo?
—Me lo están ajustando. —Imito su gesto. Ya sé por qué no me cae bien. Wyatt es como los tíos con los que salía antes. Un imbécil—. Encantada de conocerte, Wyatt, pero voy a ver si encuentro a mi prometido.
Hago el ademán de alejarme, pero él, más rápido, me pone una mano en la espalda.
—No tan deprisa. Te acompaño. Te ayudaré a orientarte por aquí y, en vista de que Kyle no se ha molestado, te presentaré yo a la familia.
—Lo nuestro ha sido una historia de amor a distancia —digo entre dientes. Este tío está acabando con mi paciencia, así que, en un nuevo intento por librarme de él, añado—: Y creo que sería mejor que me presentara Kyle.
Pasa un camarero y Wyatt toma dos copas de champán. Hace caso omiso de mis intentos por quitármelo de encima y me pone una en la mano. Choca el borde de la suya con la mía a modo de brindis, me dice «bienvenida a la familia» en broma y le da un trago.
Miro la copa que tengo en la mano y busco dónde dejarla… sin éxito. Pues nada, ya la sujeto yo. Suspiro, exasperada.
—¿No bebes en horas de trabajo? Va, que no me chivo. —Wyatt me guiña un ojo. Mira a mi espalda y hace un gesto con la cabeza a alguien—. Eh, Kerrigan. ¿Te has enterado ya del notición? Tu hermano se ha prometido. Deja que te presente a tu futura cuñada. ¡Daisy!
Hago todo lo que puedo para no refunfuñar. Esto se me ha ido de las manos. ¿Su hermana? ¿En serio? Me giro, dispuesta a sonreír y asentir para huir de aquí, cuando alguien me abraza muy fuerte. Me quedo inmóvil. No sé muy bien qué pasa; solo sé que la hermana de Kyle está muy emocionada con este paripé.
Mierda.
—¡Kyle me ha dicho que tenía que contarme una cosa! —exclama y aplaude, contenta. Es una alegría sincera, lo noto enseguida. No hay falsedad en esta chica. Rebosa inocencia e ilusión. Después me fijo en que es joven. Podría ir a la universidad; a primero o segundo, como mucho. Es guapísima. Tiene el pelo largo y oscuro, lleva un vestido claro de gasa que no habrá comprado en las rebajas y tiene unos ojos azules y grandes—. Entonces, Margo me ha dicho que habías entrado con Wyatt y he pensado que me estaba tomando el pelo, pero… —Deja la frase a medias—. ¡Aquí estás!
—Aquí estoy —confirmo con mucho menos entusiasmo que ella. Es como ser testigo del descarrilamiento de un tren o de los bulos que corren por internet. Solo que yo soy la maquinista y el bulo, lo que es mucho peor.
Es oficial: soy la peor persona del mundo.
Kerrigan es adorable, joven y está muy ilusionada. No tendría que estar metida en esto.
Pasa otro camarero con champán y, antes de que pueda preguntarle si me haría el favor de llevarse mi copa, Kerrigan ha tomado una y el camarero se ha ido. Que conste que involucrarla ha sido un accidente, aunque de los gordos. Yo nunca la habría metido en esto a propósito. Qué caos. No es para nada como había planeado.
—¡Salud! —Sonríe y choca su copa con la mía.
—¿Tienes edad para beber? —le pregunto antes de que dé un sorbo siquiera.
—Jopé —refunfuña. Baja la copa con el ceño fruncido—. Te pareces a Kyle.
Wyatt se ríe por lo bajo y murmura que Kyle debería pagarme más por hacer de niñera o algo así, por lo que no me doy cuenta de que Kerrigan me pone su copa en la mano para ir a buscar unos entremeses. Me ofrece uno, pero ya no sujeto una copa de champán, sino dos. Además, sea lo que sea huele fatal.
—No, gracias.
Retrocedo y vuelvo a buscar una vía de escape tanto para el olor como para el lío en el que me he metido.
—¡A Kyle tampoco le gusta el cangrejo! —exclama Kerrigan como si el hecho de que no nos gusten los aperitivos apestosos nos convirtiera en la pareja perfecta—. Por cierto, ¿dónde está? Normalmente hace de un grano una montaña de arena y es muy sobreprotector. No puedo creer que te haya dejado sola.
—Posesivo y agobiante es la descripción que he oído yo… —puntualiza Wyatt.
—Wyatt, no empieces —lo regaña Kerrigan.
Creo que me estoy perdiendo algo. Cotilleos.
—No te preocupes, yo cuidaré de ella hasta que venga Kyle.
Wyatt se acerca a mí como si fuera mi protector o similar, pero hace que me sienta de todo menos protegida. Tengo la sensación de estar aprisionada y un poco indefensa al no poder usar las manos. El cuello se me está poniendo rojo. Busco un lugar para dejar las copas de champán mientras Wyatt y Kerrigan discuten. Doy un paso atrás y choco con alguien. Mientras me giro para disculparme, esa persona habla.
—Puedo cuidar de ella yo solito, gracias.
Conozco esa voz.
Han pasado diez semanas, pero no la he olvidado. Ronca y un poquito áspera. Ahora no transmite ninguna emoción y desprende seriedad. Sin embargo, mi cuerpo reacciona a ella por instinto, como la memoria muscular. Se me acelera el pulso y, pese a todo, la guarra de mi libido reacciona como si no llevara dentro al hijo de este hombre y deseara poner en práctica todas las formas posibles para que eso pasara.
—Kyle —pronuncio en una exhalación, como si hubiera contenido el aliento durante toda la noche. Siento que llevo así semanas. Desde la última vez que lo vi. Desde que me enteré de que estaba embarazada. Desde que contactar con él resultó casi imposible. El alivio me deja sin fuerzas cuando me doy la vuelta.
—Daisy —responde sin inmutarse.
Yo no diría que siente alivio precisamente.
Capítulo 5
Daisy
—¡Kyle!
Kerrigan lo recibe con efusividad y se le lanza al cuello, entusiasmada. No se calla ni un momento. Él le devuelve el abrazo, le da palmaditas en la espalda y le contesta, pero no deja de mirarme a los ojos.
Si tuviera que describir la emoción que predomina en su rostro, diría que veo una ira controlada. Reconocimiento instantáneo seguido de incredulidad y de una mirada que me hace suponer que nunca ha tenido que aguantar que una chica se hiciese pasar por su prometida.
Se me cierra el estómago de los nervios y el corazón me late más rápido de lo que me gustaría. Hay que ver lo feliz que se ha puesto el muy traicionero al recordar cómo empezó lo nuestro y no cómo acabó.
* * *
Nos conocimos en Boston. No sabía que ese día me cambiaría la vida. Acababa de acompañar a unos turistas en autobús desde Washington D. C. a Boston y tenía un par de días libres hasta mi próximo recorrido (la vuelta, de Boston a Washington). Así que me quedé en la ciudad en lugar de volver a casa.
Una simple decisión que desencadenó un sinfín de cambios en mi vida. ¿Y si me hubiera marchado a casa? ¿Qué habría pasado si en cuanto lo vi, hubiera huido en dirección contraria en lugar de esperar a que se cruzaran nuestras miradas? Me dejó atontada. Sus ojos, su atención. Él. ¿Alguna vez habéis conocido a un tío así?
Conocéis la sensación. Las mariposas, la energía. El extraño presentimiento de que él sentirá lo mismo que tú, que el remolino de energía que notas en la barriga y el pulso desbocado no pueden ser no correspondidos.
Iba de camino a Fenway Park. No es que me interese el béisbol, pero parecía que asistir a un partido de los Red Sox en Fenway era un acontecimiento que valía la pena vivir una vez en la vida, y yo tenía el día libre para hacer lo que quisiera. Cuando lo vi al salir de una cafetería, miraba su reloj, guapísimo e impaciente en la acera. Llevaba ropa informal: camiseta gris y pantalones cargo cortos. La camiseta parecía suave y gastada, de esas que le robarías a tu novio porque el algodón tendría el mismo efecto que frotar un gatito contra tu piel desnuda. Le quedaba como un guante, y los pantalones cortos colgaban sobre un estómago plano y caderas estrechas.
Justo mi tipo.
Cuando me pilló mirándolo, sonrió. Me supliqué a mí misma que me alejara a medida que me acercaba. Estaba un poco perdida, así que no estaba de más preguntarle si podía indicarme cómo ir al estadio, ¿no?
No me hacía falta liarme con alguien en una ciudad que no era la mía. No necesitaba enrollarme con nadie y punto. Me iba de maravilla con la dieta de penes, y ese tío bien podría haber sido la imagen de cubierta de una novela titulada El problema de los hombres que provocan orgasmos alucinantes.
Me acerqué más.
Le pregunté si sabía llegar al estadio.
—Señor Kingston —interrumpió una voz a mi lado—, el coche está listo.
—Sube —me ofreció sin dejar de mirarme a los ojos—. Yo también voy.
¡Claro! Me había visto todos los programas de asesinos en serie que había en Netflix. ¡Ni siquiera sabía su nombre! No hacía falta que me llevara en limusina; que me indicara el camino era suficiente. Que fue justo lo que le dije. Él sonrió. Parecía realmente sorprendido de que me hubiera negado.
—Kyle —dijo, y me tendió la mano para presentarse formalmente.
Esbozó una sonrisa y se le marcó un hoyuelo en la mejilla izquierda.
—Daisy —respondí, y le estreché la mano.
Cuando llegamos a Fenway me recordé a mí misma que no pasaba nada por saltarse la dieta de vez en cuando, por muy estricta que fuera.
* * *
—Ya hemos conocido a Daisy —dice Kerrigan, que se separa de Kyle y me sonríe con emoción. Ay, madre. No lo digas, no lo digas…—: ¡No puedo creer que no me hayas dicho que te habías prometido!
Hala, ya lo ha soltado. Pero Kyle ni siquiera pestañea, lo que me hace pensar que ya le han contado la buena noticia. Anda que le ha faltado tiempo a Margo. Si tuviera intención de quedarme, me molestaría el interés que siente por Kyle, pero, como no es así, no me preocupa en absoluto. Nada de nada.
Bueno, un poquito. No soporto a esa cizañera.
—Nos hemos prometido hace poco —contesta él, que no deja de mirarme a los ojos. Me quita una copa de la mano y, tras darle un sorbo, añade—: Tan poco que es como si te hubieses enterado tú antes que yo. De verdad.
Me sonrojo y me muero de la vergüenza. No pensaba que pasaría esto.
—No me extraña que no vinieras conmigo a Europa este verano. Estabas ocupado enamorándote de Daisy.
Si Kerrigan fuera un personaje de Disney, sería Tambor. Su cuerpecito prácticamente vibra de la emoción; la idea del amor palpita en ella con desesperación.
Se llevará un chasco cuando descubra la farsa.
Kyle me toma de la mano y me atrae hacia él en un movimiento que parece romántico, como si no pudiera tenerme lo bastante cerca. Pero sé que no es así. Me lo confirma cuando se inclina y me roza la oreja con los labios como para susurrarme algo bonito. O una proposición indecente. O mejor, algo como «qué contento estoy de que me hayas encontrado».
Obviamente, no dice nada de eso.
—¿Qué coño haces? —murmura. Las palabras son suaves; la entonación no tanto. Su cálido aliento me hace cosquillas en la oreja y me provoca escalofríos. No puedo controlar mis emociones y mi cuerpo está confuso por los sentimientos encontrados que resuenan en mi cabeza: alivio por haberlo localizado y poder hablar con él de una vez, ira por estar en esta tesitura, inquietud por lo lejos que ha llegado esto.
Y deseo. Todavía lo siento, tan fuerte como la primera vez que lo vi. Alguna reacción química rara que me atrae a él como un imán, incluso ahora. El deseo es extraño, ilógico y estúpido. A la mierda Kyle. A la mierda él y el hoyuelo de su mejilla izquierda. A la mierda sus profundos ojos azules, su mandíbula perfecta y su pelo peinadito y abundante. Lo sé porque lo he tocado. Un hoyuelo que he visto porque le salió cuando me desabrochó el sujetador. Unos labios que me besaron como si le importara de verdad.
Suspiro. El vergonzoso recuerdo de que he fingido ser su prometida para colarme en la fiesta de jubilación de su abuelo resuena alto y claro en mi cabeza. Me giro un poco y me arrimo más a él. Me pongo de puntillas y le susurro al oído de la misma forma.
—Tengo que hablar contigo —murmuro con los labios tan cerca de su oreja que, para cualquiera que nos mirara, parecería más una caricia que un susurro.
—¿Besar en los labios no está incluido en vuestro acuerdo prematrimonial? —masculla Wyatt, que seguro que nos observa.
—Cállate, Wyatt —le suelta Kyle sin molestarse en mirar en su dirección. En cambio, se endereza y me aprieta más los dedos.
—Pronto estará la cena —interviene Kerrigan.
Miro a mi alrededor y veo que casi toda la gente que había en el bar hace un momento ha entrado en la sala principal para la cena.
Eso sí que no. De ninguna manera voy a aguantar una cena para esta farsa. Entrar y salir. Ese era el plan. Encontrar a Kyle, decirle que teníamos que hablar y marcharme. Además, no hay forma de que él permita que esto continúe durante toda una cena, ¿verdad? Es posible que solo me agarre de la mano con tanta fuerza porque espera que venga la policía y me arreste por haberme colado. O por alteración del orden público. O por demencia.
—No me encuentro muy bien —les informo mientras intento zafarme de Kyle. Al decirlo, me doy cuenta de que es verdad. Estoy rara. Tengo náuseas. Vaya que si tengo.
—Esperadnos allí —les dice Kyle a Wyatt y Kerrigan con la intención de deshacerse de ellos mientras le suelto la mano con más vehemencia.
No me quedo a despedirme; corro. O eso es lo que creo que hago. Llevo tacones y vestido largo, así que quizá se parezca más a una marcha rápida o a un pavoneo raro. Dejo la copa de champán en una mesa alta y busco como loca una señal de salida, un cubo de basura, una cubitera, algo. Lo que sea.
Me meto detrás de la barra y, agachada, vomito en un cubo de basura. La gente que todavía no se ha ido a cenar no me ve. El cubo está lleno de cáscaras de limón y botellas de licor vacías. Hasta la fecha, no me molestaba el olor de ninguno. Ahora, ambos se han aliado contra mí y hacen que vuelva a vomitar.
Kyle está detrás de mí. Lo último que he visto antes de arrodillarme y echarlo todo ha sido su rostro, que parecía preguntarse qué coño me pasa. A nuestro alrededor, los camareros limpian y tiran botellas vacías en los cubos en los que no vomito.
Al rato estoy mejor. Nunca me había pasado esto. Espero que no se repita nunca. No es la primera vez que me entran náuseas en lo que llevo de embarazo, pero me ocurría muy de vez en cuando. La mayoría de las veces, me iba a un sitio tranquilo a sentarme y esperaba a que se me pasaran; no me hacía falta echar todo lo que tenía en el estómago.
Kyle me acaricia la espalda despacio, lo que me recuerda que está ahí. Cuando definitivamente se me han pasado las náuseas, deja los dedos en mi nuca y se acerca a mi oreja, aunque no creo que nos vea u oiga nadie.
—Loca de mierda —musita—. ¿Estás borracha o qué?
No, no se han acabado las humillaciones para mí hoy.
—No. —Meneo la cabeza tanto para negárselo como para que deje de tocarme—. Estoy embarazada.
Capítulo 6
Kyle
—Son las ocho —digo al fin, tras quedarme mirando a Daisy durante lo que me parece una eternidad, y solo después de que ella me felicite con sorna como para darme a entender que es mío. Un embarazo. Un bebé. Mío—. Me cago en todo —musito.
—Perdón, pero las náuseas matutinas no dependen de mí. Como el condón. Capullo.
Maldito condón.
—Eh, esa lengua.
—¿Esa lengua? ¿De verdad? ¿Tú te oyes?
Es obvio que ya está mejor. No solo ha recuperado el color, sino también la actitud. La saco de la fiesta y me la llevo a un ascensor antes de que se resista. Me fulmina con una mirada asesina y se libera de mi agarre cuando aprieto el botón que conduce al vestíbulo.
—¿A dónde vamos?
—A algún sitio donde podamos hablar.
—Vale. —Resopla con fuerza, como si estar cerca de mí fuera un tormento para ella—. Acabemos con esto de una vez.
¿Acabar con esto? Es un maldito bebé, esto no terminará pronto. Me apoyo en la pared del ascensor y la miro. No me creo que esté aquí, ni más ni menos que en la fiesta de jubilación de mi abuelo. Una despedida que ha pospuesto una década mientras yo me esforzaba por demostrar que estaba listo para tomar las riendas de la empresa.
La conduzco fuera y la meto en mi coche sin objeciones por su parte. Aprovecho que estamos parados en un semáforo para mirarla. Parece triste. Triste y enfadada. No habla. Tiene la cabeza agachada y se da golpecitos en el regazo con los dedos, nerviosa.
—No te cansas de mí, ¿eh? Ha sido una forma increíble de volver a entrar en mi vida, Daisy.
Su numerito me complica las cosas. Si solo se hubiera enterado Margo, podría confiar en sus celos para evitar que divulgara la noticia. Pero ¿Wyatt? Maldita sea. Dejará caer lo del supuesto compromiso en todas las conversaciones que mantenga esta noche. Esto se me escapa de las manos.
Daisy levanta la cabeza. Le brillan los ojos.
—No podía contactar contigo. ¿Te haces a la idea de lo difícil que es hacerlo?
En realidad, no.
—Te habría enviado un mensaje por Facebook, pero no tienes una cuenta. ¿Quién no tiene una cuenta de Facebook, Kyle?
—Mucha gente. Me sorprende que tú sí. Está demostrado que la mayoría de los millennials tienen Snapchat o Instagram.
—Tú no tienes Snapchat —dice entre dientes—. Ni Instagram. Ni Twitter. —Ha dejado de apretar la mandíbula para elevar la voz una octava por cada red social que no tengo. Asimismo, no deja de apuntarme con el dedo como si quisiera apuñalarme con él—. De verdad que no se puede contactar contigo. ¿Sabes la rabia que da?
Exhala ruidosamente y se recuesta en el asiento. Se cruza de brazos y empieza a mover la pierna. Su vestido tiene una apertura muy larga y, de tanto moverse, se le cae la tela y la pierna izquierda le asoma hasta la mitad del muslo. El de detrás toca el claxon. Está verde. Su piel lisa me distrae y tengo que esforzarme por mantener las manos quietas.
Empieza bien esto… De puta madre.
—¿Por eso te has hecho pasar por mi prometida? ¿Es lo mejor que se te ha ocurrido para llegar hasta mí?
Me pregunto si estará loca. ¿Merezco que la única mujer que ha llamado mi atención en mucho tiempo esté como una cabra?
—Sí. Lo siento, pero no lo siento. Tengo cosas que hacer. No podía pasarme el resto de mi vida buscándote.
—¿Lo siento, pero no lo siento? ¿Qué tienes, doce años?
—Mira. —Descruza los brazos y levanta las manos con actitud hostil—. Se lo he dicho a una persona. Solo a una. A la bruja esa llamada Margo. Porque no me dejaba entrar en la fiesta, la cual, por cierto, no sabía que era un evento tan importante y pretencioso que tendría que estar en una puñetera lista para acceder. No era mi intención que pasara esto, ¿vale? Le he dicho que era tu cita, pero nada, ella ha insistido. He sido agradable con ella. Educada. Pero no dejaba de mirarme con cara de que lo nuestro —Hace una pausa para señalarnos a los dos con gesto teatral— era imposible. Que lo es porque eres un idiota y estoy a dieta de idiotas, pero quizá se me escapó porque quería borrarle esa cara de chulita. Denúnciame.
Se vuelve a recostar; esta vez suelta algo más parecido a un gruñido que a un suspiro.
—Sí, sí, se te ve supercuerda.
Me ignora y continúa.
—Ella se lo ha dicho a tu hermana, a tu primo, a ti y vete tú a saber a quién más. Pero no ha sido culpa mía. Yo solo quería colarme, encontrarte, robarte cinco minutos de tu tiempo y desaparecer de tu vida para siempre.
Cinco minutos. Guay.
—Además, pedazo de idiota, no intentaba llegar hasta ti como has insinuado antes. Solo quería informarte de que me has dejado embarazada porque —Se detiene a tomar aire por primera vez desde que ha empezado a hablar— es lo correcto —concluye con un tono que sugiere que no le hace ni pizca de gracia estar conmigo; por si acaso llamarme «pedazo de idiota» no lo había dejado claro.
Yo tampoco es que esté muy contento ahora mismo. Tenía un plan para este reencuentro, y ya te digo yo que no era esto.
—¿Lo correcto? —replico, inexpresivo. Nada de lo que hemos hecho es lo correcto. Nada de lo que quiero hacerle es lo correcto. Qué palabra más desatinada para describirnos.
—Déjalo. Ya he hecho lo que tenía que hacer. Ya te puedes ir a la mierda. No hay nada más de que hablar. Déjame en la esquina. Volveré al hotel en taxi.
—Se te va la cabeza —le aseguro. La ignoro y me meto en el aparcamiento de mi edificio.
—Lo que tú digas.
Me da la espalda y se vuelve hacia la ventanilla con los brazos cruzados. Según parece, es mejor ver un aparcamiento en la penumbra que mirarme a mí.
—¿Cómo sabías que estaría en la fiesta? ¿Cómo te has enterado de que se iba a celebrar?
—Internet, Kyle —me espeta. Descruza los brazos para hacerme otro gesto agresivo con las manos. No recordaba que fuera tan expresiva, pero la última vez que la vi no me odiaba a muerte, así que esa podría ser la diferencia—. Internet. Sé que no te resultará familiar, pero es lo que la gente usa para comunicarse y publicar anuncios sobre eventos como fiestas, encontrar a viejos amigos o quedar para tomar algo o ver una película.
—La próxima vez que te deje embarazada, me crearé una cuenta en Instagram para que me encuentres sin necesidad de tener que presentarte sin avisar y hacerte pasar por mi prometida.
—Vete a la mierda.
—En serio, tienes un problema de actitud.
—Y me lo dices tú.
—Madre mía, ¿siempre discutes como si fueras una cría?
—No lo sé. ¿Tú siempre eres un capullo? —contraataca ella.
—¿Qué les has contado a Wyatt y a mi hermana?
—Casi nada. He sido muy discreta. De nada, por cierto.
Resoplo y ella continúa.
—Les he dicho que nos conocimos en Boston.
—¿Qué más?
—Ya está, paranoico. Por cierto, tu primo cree que soy puta. Tu familia es genial.
Aparco el coche y apago el motor. Me vuelvo hacia ella.
—¿Qué te ha dicho para que creas eso?
—Me ha preguntado cuánto me pagabas.
Maldigo por lo bajo y salgo del coche. Cierro la puerta más fuerte de lo necesario y abro la de Daisy de un tirón. La agarro de la mano en un acto reflejo, pero está claro que no le parece bien, pues se zafa de mí al segundo. Me dirijo a los ascensores con ella detrás. Bien, porque no tengo ganas de perseguirla por el aparcamiento del edificio.
No hablamos durante el trayecto. Daisy se cruza de brazos y, nerviosa, da golpecitos con el pie en el suelo. La pierna le asoma un poco por la abertura del vestido de tanto moverse. Se me van los ojos a su piel y a sus tacones.
Son muy altos. De aguja. Se va a romper un tobillo con eso. Consiguen que hasta lo poco que se le ve de la pierna parezca obsceno. El único sitio apropiado para unos zapatos como esos es el suelo de un dormitorio.
—¿Son nuevos?
—¿Eh? —Me mira como si me hubiera sacado la pregunta de la manga—. ¿Que si son nuevos?
—Tus zapatos.
—¿Y los tuyos?
—No.
No puedo creer que estemos discutiendo por unos zapatos. Me cago en la leche.
—Pues los míos tampoco.
Salimos del ascensor y abro la puerta de mi casa. Daisy me adelanta y se quita los tacones de una patada sin dejar de mirarme. El primero hace un ruido espantoso al estamparse contra el suelo de madera maciza. El segundo hace incluso más ruido porque Daisy consigue que dé una voltereta en el aire. Rueda por el suelo y se frena en seco al llegar al zócalo.
Para cuando miro arriba, ya no está.
Oigo un grifo abrirse en el baño y sigo el sonido. Me la encuentro delante del lavamanos mientras se cepilla los dientes.
—¿Qué haces?
—Lavarme los dientes. He tomado prestado tu cepillo de dientes. He pensado que no te importaría, como ya me has pasado tu ADN…
Me pongo detrás de ella para verla en el espejo.
—¿Qué haces? —le pregunta a mi reflejo con la boca llena de pasta de dientes y el ceño fruncido. Buena pregunta. ¿Qué estoy haciendo?
—Mirarte.
—Vale…
Escupe la pasta de dientes y se enjuaga. Se endereza y me ignora. Le frunce el ceño a su propio reflejo, se acerca al espejo y se toca debajo del ojo.
Cuando se vuelve a poner recta, me acerco y le rozo la nuca con la punta del dedo. Se queda quieta y me mira en el espejo. Llevaba el pelo suelto cuando nos conocimos y así lo quiero ver ahora, por lo que tiro del recogido y se lo deshago hasta que encuentro las horquillas y se las quito.
Ella no dice nada. Me observa mientras dejo las horquillas en el tocador y le paso el pelo por encima del hombro izquierdo. Es abundante, pesado y quiero enrollarlo en mi puño como si fuera una correa mientras la tumbo sobre el tocador y le quito esa mirada de recelo.
Diez semanas.
Diez largas semanas desde la última vez que la vi.
—¿Tienes náuseas a menudo?
Parece sorprendida por la pregunta. Hace una pausa y niega con la cabeza.
—No, a menudo no. Me entran muy de vez en cuando. He tenido suerte.
Menos mal. Puedo sobrevivir sin imaginármela vomitando en váteres o cubos de basura sin ton ni son.
Asiento como respuesta y le bajo la cremallera del vestido despacio. Muy despacio. Imagino, al menos, seis reacciones distintas en lo que tardo en hacerlo. A lo mejor se gira y me da un rodillazo en las pelotas. O me echa una mirada asesina. O me llama imbécil y se va hecha una furia. O me besa.
Con ella nunca se sabe.
Pero se queda callada.
Me mira por el espejo mientras le bajo la cremallera. Parpadea, atónita, cuando le aparto los tirantes y el vestido cae al suelo. Se le acelera la respiración en cuanto la observo en el espejo, desnuda salvo por las bragas. Me tomo mi tiempo para mirarla, le paso las manos por los hombros y le acaricio los brazos. Sus pechos suben y bajan a causa de mi tacto; sus pezones están rosados y de punta. Cintura de avispa, vientre plano. Culo todavía más redondo y perfecto de lo que recordaba. La beso en la clavícula y subo hasta el lóbulo de la oreja mientras le pongo las manos en las caderas. Huele a vainilla y miel. No tengo ni puta idea de por qué. ¿Es la laca? ¿El gel? ¿La colonia? Quiero averiguarlo e inhalar hasta el último centímetro de ella. Meter la cara entre sus muslos y succionarle el clítoris hasta que esté empapada y grite mi nombre.
Quiero follármela como a una puta.
Venerarla como a una diosa.
¿Por dónde empiezo?
Le pongo una mano en la barriga y le rozo la cinturilla de las bragas con la yema de los dedos. Son de encaje negro y enseñan algo de carne. Nunca he sido muy fan de follar con ropa, pero con gusto haría una excepción. La idea de apartarle las bragas y metérsela con ellas puestas tiene su encanto.
Le introduzco los dedos por dentro de las bragas. Es suave y está caliente. Mi exploración le hace entreabrir la boca; no sé si porque quiere que pare o que siga, ya que no habla. Entorna los ojos y jadea. Casi no se la oye, pero esos gemidos bastarían para ponérmela dura si notar cómo se aferra a la punta de mi dedo no estuviera haciendo ya el trabajo.
Está mojada. Es posible que me odie, pero aún me desea.
Me vale.
Le introduzco otro dedo. Está muy húmeda. Gimo, pero creo que parece más un gruñido. Le toco el clítoris con el pulgar y la estimulo con los dedos mientras presiono mi erección en su culo. Me pregunto si sabrá que me vuelve loco. Que esto no es normal.
Nada de esto.
La tomo de la barriga y la acerco a mí para que vea lo tiesa que me la pone y que estoy listo para meterle algo más que los dedos.
Aunque esté como una maldita cabra.
Para cuando le toco las costillas, está a punto de correrse. Tiembla. Le agarro un pecho y se lo estrujo. Qué tetas, Dios mío. Me muero de ganas de comérselas. De meterle la polla entre…
—¡Ay! ¡No! —grita ella, que interrumpe mis pensamientos sobre sus tetas con un codazo en las costillas.
Bajo las manos y retrocedo con la respiración agitada.
—No te he dicho que pares —refunfuña. No se cree que haya dejado de tocarla. Se gira y, al segundo, ya me ha desabrochado el cinturón—. Te he dicho que dejaras de tocarme las tetas, que me duelen.
No ha dicho eso, pero vale. Ya me ha bajado la cremallera y me agarra la polla, así que no voy a discutir con ella por cuestiones semánticas.
Me la acaricia con tirones breves y bruscos que revelan las ganas que tiene de que la penetre. Le pongo la mano encima para que baje el ritmo y prolongue el movimiento; no quiero correrme antes de haber empezado siquiera.
Me inclino y le cubro los labios con los míos. Al principio, con delicadeza y, después, con vehemencia. Le meto la lengua. Exploro, le mordisqueo el labio inferior, tiro de él con los dientes mientras muerdo, chupo y pruebo cada parte de ella.
Cuando gimotea y se acerca todavía más, sé que ya está cansada de los preliminares. La pongo de cara al espejo y la tumbo encima del tocador. Le quito las bragas y le separo las piernas con los pies al grito de «más» al no ser lo bastante rápida. Cuando está justo como quiero tenerla, se la meto poco a poco. Madre mía.
Está mojada. Suave. Pringosa. Caliente. Tensa. Perfecta.
Se aferra a mi miembro y se echa hacia atrás para que la penetre más.
Me deslizo dentro de ella. Lentamente, centímetro a centímetro, hasta que he tocado fondo, le sale un pequeño gemido de la garganta y mueve el trasero contra mí.
Daisy apoya los antebrazos en el lavabo para evitar apoyar el pecho sobre él y veo cómo le botan las tetas cada vez que se la meto. Esto sí que son vistas y lo demás son tonterías.
La miro en el espejo y me deleito con el espectáculo de follarla de esta manera. Si miro abajo, me veo desaparecer entre sus nalgas. Observo lo mojado que tengo el pene cada vez que lo saco. Por el espejo veo cómo se le mueven las tetas con cada penetración. La agarro de las caderas y miro cómo sus labios de terciopelo emiten los gruñidos más sexys y lloriqueos de placer. De su boca solo sale un «sí, sí, sí». Miro sus ojos en el reflejo; ella se fija en mi pajarita y entorna los ojos con desdén.
Me la quito y me contengo para no cerrarle la bocaza con ella.
Joder. Me la estoy tirando en mi baño y sigo vestido. Este reencuentro se está poniendo interesante.
Pero estoy a punto de correrme y quiero que ella también lo esté porque, al contrario de lo que piensa, tengo modales.
Además, es probable que me asesine con mi cepillo de dientes si no hago que se corra. Así que me envuelvo la mano con su pelo y tiro lo justo para hacerle el menor daño posible. Lo suficiente para despertar algunas terminaciones nerviosas. Bajo la otra mano hasta su clítoris y muevo dos dedos. Está pringosa y mis dedos se deslizan en rápidas pulsaciones mientras mis huevos se tensan y palpitan cuando me detengo hasta que su boca se abre en un jadeo silencioso, sus hombros caen, su sexo se contrae a mi alrededor y siento que estoy en el cielo. Aguanto unos segundos más y me corro justo después de ella.
Apoyo las manos en el lavabo, al lado de su cabeza, y tomo aire. Sigo en su interior.
Le doy un mordisquito en la nuca y salgo a regañadientes mientras me incorporo. Parece un sueño erótico, ahí inclinada con las piernas abiertas. Me guardo la imagen en la memoria a la vez que ella hace un ruido parecido a un ronroneo que rápidamente se convierte en un bufido y se pone de pie.
—¿De verdad me la has metido sin condón?
Me mira por encima del hombro; con odio, como si pudiera quedarse embarazada dos veces. Va al váter dando pisotones, toma papel y se limpia los muslos.
Joder, qué sexy. ¿Por qué me parece un gesto tan atractivo? ¿Qué me pasa?
—¿A ti qué coño te pasa?
—Relájate —mascullo. Me encojo de hombros y me la vuelvo a guardar en los pantalones para fastidiarla.
—¿Que me relaje? —contesta, seria. Sí, está molesta—. ¿Tú eres tonto o qué te pasa? ¿Y si mentía? ¿Y si no estaba embarazada y me has dejado embarazada justo ahora? ¿Eh? ¿A cuántas has preñado ya?
—¿Mientes?
—¡No!
—Vale. Entonces esta conversación no tiene sentido.
—Claro que tiene sentido —espeta—. Que folles a pelo es lo que no tiene sentido. ¿Eres de los que se quitan el condón mientras lo están haciendo? ¿Te pusiste condón en Boston, al menos? ¿Lo has hecho aposta? —Alza más la voz con cada pregunta hasta que finalmente grita—: ¡¿Por qué estoy embarazada, Kyle?!
Madre mía. Me paso una mano por la cara y me apoyo en el tocador. Ha pasado de la hostilidad al desconcierto. Se la ve hecha polvo.
—¿Los tíos hacen eso?
—¿El qué?
—Lo que has dicho.
Se muerde el labio y se cruza de brazos. El gesto le recuerda que está desnuda y recoge las bragas del suelo.
—A ti —aclaro—. ¿Los tíos te hacen eso?
—No, es la primera vez que me dejan preñada.
—¿Y lo demás?
—Una vez salí con uno que intentó quitarse el condón sin que me diera cuenta. Le di un rodillazo en las pelotas y corté con él.
Asiento con la cabeza.
—¿Es mío? El bebé, digo.
—Sí —responde como si fuera tonto.
Me pregunto si le gustaría que no lo fuera.
—¿Seguro que no es de otro?
Ojalá pudiera retirar lo que acabo de decir. No me he expresado bien y no tengo derecho a insinuar nada. Además, soy consciente de que lo más probable es que sea mío.
—No, imbécil —contesta, y recoge el vestido—. Solo pasaba por aquí para decirte que voy a tener un bebé que no es tuyo.
—Te traigo una camiseta —le digo mientras se pone el vestido.
—No te molestes, ya me voy.
—Estamos hablando —le recuerdo.
Salgo del baño y voy al armario a por una camiseta. Daisy me sigue. Al parecer, no tiene ganas de discutir. Todavía lleva el vestido en las manos. Se lo quito y le paso una camiseta. Se la pone sin rechistar.
Volvemos al dormitorio principal y nos miramos en silencio. Supongo que espera a que empiece la conversación que tanto he insistido en que tengamos.
—¿Te van a doler las tetas los nueve meses o…?
Qué buena forma de romper el hielo.
Parpadea despacio.
—Estarás de broma.
—Tenía curiosidad.
—Pues te lees un libro.
Asiento. Tiene razón.
—Puede que el condón fuera antiguo —digo, al fin.
Me rasco la nuca y espero a que diga algo.
Vuelve a parpadear despacio.
—¿Que sería antiguo? Pero ¿tú te has visto? ¿Pretendes que me crea que ibas por ahí con un condón antiguo en la cartera? Eres tan guapo que me duelen los ojos con solo mirarte. Irradias sexo por todos los poros de la piel. —Alza las manos y mueve los dedos para enseñarme cómo hago eso, pero yo solo me fijo en que está ridícula—. Tu irradiación hizo que me saltara la dieta, pero pretendes que me crea que tú —Hace una pausa para recalcar la palabra mientras me mira de arriba abajo— solo llevabas un condón en la cartera y que hacía tanto tiempo que lo tenías que se echó a perder.
—Algo así, sí.
Daisy suspira como si ya hubiera tenido bastante por esta noche y estuviera harta de mí, lo cual, visto lo visto, es un problema.
Necesito tiempo para pensar cómo lidiar con esto. Necesito un plan B.
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