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Navidad en Reindeer Falls
Contenido
Portada
Página de créditos
Sobre este libro
El jefe que robó la Navidad
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Si le das una galleta de jengibre a un idiota
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
El rollo de una noche antes de Navidad
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Recetas navideñas
Galletas de canela y azúcar
Galletas de jengibre con sal marina y pepitas de chocolate
Tarta de queso y jengibre
Tortitas de calabaza y jengibre confitado
Tarta de pera y jengibre
Panecillos de jengibre
Gofres red velvet
Té de jengibre
Galletas de bastoncitos de regaliz
Sobre la autora
Página de créditos
Navidad en Reindeer Falls
V.1: octubre de 2020
Título original: The Reindeer Falls Collection
© Jana Aston, 2019
© de la traducción, María del Carmen Boy, 2020
© de esta edición, Futurbox Project S.L., 2020
Todos los derechos reservados.
Publicado mediante acuerdo con Bookcase Literary Agency.
Se declara el derecho moral de Jana Aston a ser reconocida como la autora de esta obra.
Diseño de cubierta: Taller de los Libros
Publicado por Chic Editorial
C/ Aragó, 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
chic@chiceditorial.com
www.chiceditorial.com
ISBN: 978-84-17972-37-0
THEMA: FR
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
Navidad en Reindeer Falls
Seis personas. Tres historias de amor. ¡Ya es Navidad en Reindeer Falls!
La Navidad ha llegado al pueblecito de Reindeer Falls y, para las hermanas Winter, este será un año de regalos inesperados y magia.
Holly quiere un jefe que no se parezca al Grinch, el sueño de Ginger es abrir una pastelería y Noel quiere encontrar el amor.
¿Conseguirán las hermanas Winter que Papá Noel les conceda sus deseos navideños?
Tres relatos divertidos y emocionantes para disfrutar de la magia de la Navidad
«Jana Aston tiene una habilidad maravillosa para crear historias que encarnan el espíritu de la Navidad, dulces y llenas de amor.»
She Reads Romance Books
El jefe que robó la Navidad
Capítulo 1
Mi jefe es el Grinch. Un Scrooge. Un Dursley entre Harrys.
Estoy segura, aunque no viva en lo alto de una montaña con vistas a Villa Quién ni tenga un perro llamado Max. Aunque un huérfano llamado Harry no viva en la alacena bajo la escalera de su casa. A pesar de que no haya cancelado la fiesta de Navidad de la empresa.
Apuesto a que se lo ha planteado.
Es un idiota misántropo y gruñón que tiene un pedazo de carbón como corazón. Confirmamos que es un Grinch. El mismísimo Ebenezer Scrooge.
Es lo peor.
Lo peor envuelto en un metro ochenta de perfección masculina. Sería más fácil si se pareciese al viejo Scrooge, ¿verdad? Estamos predispuestos a que nos gusten las cosas bonitas, a concederles el beneficio de la duda; como a los gatitos salvajes. No importa lo mucho que resoplen o arañen. Son tan adorables que, aun así, estaríamos dispuestos a cogerlos en brazos e intentar abrazarlos.
Nick Saint-Croix no es adorable.
Está como un…
—Señorita Winter.
Mis pensamientos se ven interrumpidos por nada más y nada menos que el Grinch. Su voz me desarma tanto como su aspecto. Suave y segura. Seductora, como un plato lleno de tus galletas navideñas preferidas. De esas que tardas demasiado tiempo en hacer, pero que se deshacen en tu boca y te recuerdan a tu infancia. Si la vida fuera justa, su voz sonaría a que se ha tragado un sapo, pero no. Ese tono sensual de barítono te tienta a acercarte a él, hasta que el cerebro se conecta con los oídos para recordarte que es horrible y que darías lo que fuera para que dejara de hablar. Con una galleta, un calcetín o una de esas mordazas de bola que has visto online y con la que fantaseas hacerle callar.
—¿Piensas asistir a la reunión de las diez? —No espera a que me percate de su presencia—. ¿O necesitas el resto de la mañana para terminar de leer el correo? No tendrá más de cien palabras y, aun así, parece que te tiene absorta.
Para que conste, son las 9:56 y la sala de conferencias está a diez segundos de mi mesa. Y Nick Saint-Croix se mueve como un ninja. Le habría oído llegar si no hubiera estado mirando el estúpido correo mientras me recreaba en fantasías en las que se le hincha la barriga y se vuelve de color verde.
«Por favor, Papá Noel. Es lo único que quiero esta Navidad».
Me giro en la silla y alzo los ojos hacia su rostro. Tiene ese tipo de mirada que hace que las mujeres se detengan en seco. Lo sé porque lo he presenciado en repetidas ocasiones en esta misma oficina. No culpo a ningún rasgo en específico de su perfección; los culpo a todos. Es de hombros anchos y cadera estrecha. Tiene el cabello oscuro y abundante, y los ojos verdes. Los ojos son lo peor; son de ese color esmeralda tan insufrible, atractivo y cautivador. Me recuerdan a la Navidad, a pinos y a regalos envueltos en colores vivos. Hasta que los entrecierra en una de sus características miradas glaciales.
Es alto. Me saca quince centímetros cuando llevo tacones. Sin ellos, cuando estoy de pie junto a Nick, me reduzco al tamaño de uno de los elfos de Papá Noel. No es una sensación agradable, así que ahora guardo unos tacones en el cajón de mi mesa para quitarme las botas cómodas en cuanto llego al trabajo.
Lleva trajes de diseño y relojes caros. Su arrogancia es como una llamada sensual a las armas. Estoy segura de que es capaz de leer todos y cada uno de los pensamientos descarriados que se me pasan por la cabeza cada vez que cruzamos miradas. El cómo le quedan los trajes de diseño se mezcla con fantasías en las que come sushi en mal estado para almorzar.
Es un Grinch sexy.
Y, cuando falta menos de un mes para Navidad, su actitud se parece a la de Scrooge. De ahí el correo. Ese mail en el que exige que presentemos hoy la campaña de «La llama amistosa», tres días antes de la fecha límite. No parece que le interesen la agenda ni las fechas límite y cree que me saco las presentaciones de la chistera.
Puedo hacerlo porque me he acostumbrado a enfrentarme a él, e ir dos pasos por delante de Saint-Croix se ha convertido en mi objetivo principal, tanto en términos personales como profesionales.
En cuanto a mi empleo, hay algo más que deberías saber. Trabajo en la compañía de juguetes El Reno Volador, lo que significa que el Scrooge que tengo por jefe dirige una empresa de juguetes.
Juguetes de verdad, no juguetes sexuales.
Menuda ironía. Un hombre gruñón y sin hijos a cargo de los mismos juguetes que provocan infinitas sonrisas, risas y grititos de alegría entre los humanos diminutos. Le pega más dedicarse a las finanzas corporativas. En concreto, a ejecutar absorciones que dejan a mamá y papá sin trabajo y vacían los fondos de pensiones.
Nunca habría aceptado este trabajo si lo hubiese conocido de antemano. He trabajado para su tío durante tres años. Un hombre encantador. No tengo ni idea de por qué Nick ha salido así.
Taciturno.
Irritable.
Apuesto a que ni siquiera pone el árbol de Navidad en casa.
Todos sabíamos que el señor Saint-Croix se iba a jubilar, por supuesto. Pero fue como si el mismísimo Papá Noel se jubilara. Aquello no era posible, ¿verdad? Papá Noel no envejece, y trabaja por y para siempre. Es la ley. La ley de la infancia, la tradición y la felicidad. Pero Reindeer Falls no es el Polo Norte y el señor Saint-Croix no es Papá Noel.
Christopher Saint-Croix se jubiló hace cinco meses. Nunca tuvo hijos, pero su hermano tiene dos. La sobrina del señor Saint-Croix ha trabajado con él desde que se graduó en la universidad, hace seis años. Es dulce, por cierto. Simpática. Accesible. Amable. No se parece en nada a su hermano Nick.
La otra hermana de Christopher lleva el departamento de recursos humanos. Sara trabaja con ella y tomará las riendas en cuanto Martha vaya a jubilarse.
No puedo decir que me preocupara mucho quién se quedara con el negocio de El Reno Volador en el futuro.
Tendría que haberlo hecho.
Porque así es como heredé al Grinch de Reindeer Falls como jefe.
—Estoy a punto —digo. Parpadea despacio ante mi respuesta y, de repente, pienso cosas guarras como «estoy a punto de correrme»—. De ir a la reunión —añado—. Llegaré a tiempo, lo prometo.
Vuelvo a mi puesto sin esperar una respuesta y escribo en el teclado. Espero a que se vaya para no tener que recorrer el pasillo con él.
No lo hace. En vez de eso, se fija en el calendario de Adviento que tengo sobre el escritorio. Lo hice en el puente de Acción de Gracias mientras tomaba chocolate caliente y veía películas navideñas. La decoración de Navidad la puse el fin de semana anterior a Acción de Gracias, siguiendo mi tradición, y así tener tiempo para hacer las manualidades que tanto me gustan.
—Interesante —murmura y mueve una de las ventanas de cartón. Solo hay diez, enumeradas del dos al seis y del dieciséis al veinte—. ¿Es un prototipo defectuoso?
—Es mío. —Giro en la silla y se lo quito de las manos. ¿Tiene que arruinarlo todo? Guardo el calendario en el cajón de mi mesa y lo cierro de un golpe. Nick gruñe y se marcha a la sala de conferencias.
Espero hasta las 9:58 para levantarme. Luego, con una gran exhalación, cojo el portátil y la taza de café y me dirijo a la reunión matutina. Quizá más tarde vaya al centro comercial y me siente en el regazo de Papá Noel para pedirle que le traiga a Nick un corazón de tamaño normal para que deje de ser un idiota integral.
Después de todo, podría pasar. En Navidad, todo es posible.
Capítulo 2
—Lo siguiente en la agenda es la cafetería El Osito.
Es curioso lo satisfactorio que me resulta oír a Nick decir «osito», porque suena de lo más ridículo cuando viene de él. A veces, me pregunto si se imaginaba que dirigiría la empresa de juguetes de su tío o si tenía otros planes. Sé que creció en Reindeer Falls, igual que yo, pero iba cinco cursos por delante, así que nunca nos cruzamos hasta que regresó para arruinar el trabajo de mis sueños.
Su hermana es tres años mayor que yo, así que la conocía de vista antes incluso de empezar a trabajar para su tío. Sara fue quien me hizo la entrevista cuando solicité el trabajo. Fue el único puesto al que me presenté porque no tenía ningún plan B para el trabajo de mis sueños.
Sara se quedó en Reindeer Falls. Se casó con un buen tío que conoció en la universidad, tuvieron un bebé y ahora esperan a otro.
Nick se marchó.
Ahora ha vuelto y estoy atrapada con este idiota gruñón.
Al menos, por ahora. Espero que algún día entre en razón, se marche de Reindeer Falls y se vaya a la gran ciudad. A cualquiera. Ese es mi sueño a largo plazo. Mi sueño a corto plazo es que a Nick lo atropelle un trineo.
El Osito es mi proyecto. Ahora entiendes por qué tengo que soportar a Scrooge, ¿verdad? Si lo dejamos a un lado, el trabajo es un sueño hecho realidad. Es decir, ¿hola? Me pagan por trabajar en proyectos que implican cafeterías y ositos de peluche.
—Las obras llevan cuatro semanas de adelanto —informo—. Vamos por buen camino para abrir un mes antes de la temporada alta de verano en Reindeer Falls.
Tal vez esto te sorprenda, pero Reindeer Falls es el destino turístico de moda. Una ciudad pequeña del Medio Oeste de los Estados Unidos.
Apuesto lo que sea a que Nick se muere de aburrimiento. Los últimos cuatro años ha vivido en Europa. Sé que trabajaba en Alemania porque su hermana lo ha mencionado un par de veces durante la pausa del almuerzo en la sala de empleados. Lo más probable es que se comprara allí todos los trajes elegantes, porque estoy convencida de que no los venden en los grandes almacenes de Saginaw.
No estoy segura de que Nick esté hecho para Reindeer Falls. Y eso es lo peor que podría decir de alguien. Es como si un neoyorquino mirase los trasplantes con desdén. Supongo que, cuando los de Nueva York ven que una persona espera con paciencia en el paso de peatones en lugar de lanzarse a la carretera mientras los taxis amarillos pasan casi rozándolos, piensan que esa persona no tiene madera de neoyorquino.
Reindeer Falls es la ciudad con más encanto del planeta y no hay otro lugar en el que preferiría estar. Tiene 5034 habitantes, lo que es engañoso porque hay una ciudad de cincuenta mil a tan solo veinte minutos. Y Detroit está a hora y media, así que no es como si estuviésemos aislados en un pueblecito en el que se conoce todo el mundo. Contamos con el encanto típico de los estados centrales. El eslogan oficial de nuestra ciudad es «la pequeña Baviera» porque fue fundada por inmigrantes alemanes y la construyeron de forma que pareciese una ciudad alemana. Hasta la fecha, el cincuenta por ciento de los habitantes son de descendencia alemana y aún se aplican unas reglas estrictas en cuanto al estilo arquitectónico para que los edificios nuevos imiten el encanto europeo de nuestros orígenes.
Es cierto que quizá no soy imparcial porque nací aquí. Y porque me llamo Holly Winter en honor al acebo de invierno. Y, ya que estamos, debería añadir que mis hermanas se llaman Ginger y Noel.
Sí, a mi familia le encanta la Navidad.
Mi madre niega que se casara con mi padre por su apellido, pero entre tú y yo, estoy bastante segura de que al principio de su relación solo estaba interesada en poner a sus hijos nombres navideños.
Pero volvamos a la cafetería El Osito. Me apasiona este proyecto. Una de las líneas de productos de las que me encargo se dedica a los ositos de peluche vestidos con el atuendo tradicional de Baviera. Los fabrican en Núremberg (Alemania) desde hace más de un siglo, y El Reno Volador ha sido la única distribuidora norteamericana de estos peluches durante los últimos cuarenta años. Hasta diseñaron un reno vestido con el traje tradicional de Baviera como el juguete insignia de la empresa.
Hace unos meses, un local en Main Street quedó libre y propuse alquilarlo para abrir una cafetería donde los niños trajeran sus ositos (o renos) de peluche para tomar el té. Será un destino turístico y un lugar donde los niños de la ciudad celebren su cumpleaños. Venderemos la línea completa de osos de Baviera y los accesorios. Ya sabes, pares de zapatos de tamaño peluche, atuendos para vestir a los ositos de médico, astronauta o gimnasta, y pijamas para niños con otro a juego para el osito. Habrá una clínica para los ositos que necesiten arreglos y un spa para los que necesiten un lavado.
Lo sé, lo sé. Suena demasiado perfecto para ser verdad. Pero así es la vida en Reindeer Falls y la razón por la que no quiero dimitir y buscarme un trabajo aburrido en otro lugar. Formar parte de la empresa de juguetes El Reno Volador me hace sentir como si fuese un elfo de Navidad, y ¿quién no quiere tener enchufe con Papá Noel?
Vale, sé que Papá Noel no existe. Pero en mi corazón amante de la Navidad es real, y eso es suficiente para mí.
Quise llevar a cabo este proyecto desde que empecé a trabajar en la empresa. Los fabricantes de osos de Baviera tienen una versión más pequeña de la cafetería en Núremberg. Quedé fascinada cuando la vi en su página web y decidí que podíamos hacer algo parecido aquí, en Reindeer Falls. Tenemos un flujo de turismo constante. Para empezar, somos un buen destino turístico en los estados centrales. Tenemos alumbrados en los árboles, concursos de galletas de jengibre y un recorrido en trineo tironeado por caballos especialmente diseñado a través del bosque de Reindeer Falls. Vale, no hay un bosque per se. Solo son unos cientos de acres con árboles a las afueras de la ciudad que pertenecen a la familia Hartfield. Despejaron un camino a través de los árboles, compraron un par de trineos y así nació el paseo en el trineo de Papá Noel. Y he de decir que el negocio les va bastante bien.
Además, cada otoño celebramos el Oktoberfest. Main Street se llena con tiendas pintorescas y tenemos el principal reclamo de la ciudad: el mercado navideño de Otto, la mayor tienda minorista nacional con temática navideña que atrae a visitantes de todas partes durante todo el año. Y no tenemos uno, sino dos hoteles con servicio de parque acuático para los veraneantes. Como he dicho, somos un destino bastante famoso para ser una ciudad que cada año corona a la princesa del Bastón de Caramelo.
No quiero alardear, pero hace siete años me coronaron a mí. Aunque suene algo superficial, todavía conservo la tiara. La utilizo para decorar el árbol, porque ser la princesa del Bastón de Caramelo era mi sueño de pequeña. Eso y trabajar en El Reno Volador cuando fuese mayor.
Pulso las teclas del ordenador para pasar las diapositivas que he preparado. Las he proyectado en la pared de la sala de conferencias para que todos vean las novedades. Tengo fotos del proceso de construcción e imágenes de los muebles para el salón de té que ya he pedido. La línea de porcelana china personalizada está en proceso; la utilizaremos en el salón de té y la venderemos como una nueva colección de productos.
Tal vez esté siendo demasiado efusiva, pero me apasiona el proyecto y, además, ¿quién no estaría emocionado?
—¿Se ha ajustado la publicidad para la inauguración anticipada? —pregunta Nick. Me mira fijamente y, despacio, le da vueltas a un bolígrafo entre los dedos mientras me juzga en silencio.
—No. La inauguración oficial sigue siendo el 1 de junio. Ahora mismo, la apertura anticipada está prevista para el 10 de mayo. Estará dirigida a los vecinos, y durante el tiempo restante realizaremos los últimos ajustes antes de la temporada de verano. El presupuesto de las nóminas sí se ha ajustado a la inauguración anticipada —añado con brusquedad porque Nick todavía me mira.
Me aclaro la garganta y paso a la siguiente diapositiva: las finanzas.
—Ya tenemos el veinte por ciento reservado para el próximo verano gracias a la publicidad previa al lanzamiento y las reservas a través de internet. Espero que aumenten de forma drástica en cuanto publiquemos las fotos del interior y empecemos con el verdadero impulso publicitario. En un pronóstico más modesto, he estimado los beneficios en base a un setenta por ciento reservado durante las vacaciones de verano e invierno y una reserva del treinta por ciento durante la temporada baja. —En la pantalla aparece un gráfico proyectado con los ingresos según estos números—. Aunque son muy modestos. Se espera que tengamos una reserva del cien por cien en pleno verano en cuanto la gente haya visto el espacio terminado. Y creo que las cifras en temporada baja superarán bastante el treinta por ciento cuando nos convirtamos en el lugar donde los niños de la ciudad celebren sus fiestas de cumpleaños, pero quería conservar…
—¿Y qué pasa con los niños decepcionados? —me interrumpe Nick.
Me quedo congelada. ¿Me toma el pelo? ¿Qué niños decepcionados? ¿Quiere que haga un plan de juegos para los niños que odien la diversión? Jolín, seguro que sí. ¿Por qué no se me ha ocurrido? Pues claro que quiere, odia la diversión desde que aprendió a hablar y decidió que todo el mundo era decepcionante.
—¿Qué pasa si tenemos todo el aforo reservado durante la temporada alta y no consiguen mesa? —insiste Nick al ver que he enmudecido—. El espacio en Núremberg que ponemos como ejemplo tiene un mostrador de comida para llevar. ¿Les has preguntado si están dispuestos a compartir la proporción del negocio de los que cenan in situ frente a la comida para llevar?
Ah.
Me remuevo en la silla. Siento una especie de amor-odio por la forma en que dice «comida para llevar» y no «comida preparada». Estoy segura de que se le ha pegado después de haber vivido en Europa. Pero como lo odio, me niego a admitir que es adorable.
—No sabía que tuviesen un mostrador de comida preparada. En la página web no había imágenes.
—En la página web —repite Nick despacio al tiempo que arquea las cejas—. ¿Has estado en la cafetería de Alemania?
—No —respondo, pero lo digo con seguridad porque no pienso mostrar ni un ápice de debilidad. He investigado, sé que mi plan de negocio es firme—. No tenemos metros cuadrados para añadir un mostrador de comida preparada y, además, las cuentas salen sin ese servicio.
Nick se da golpecitos en el labio inferior con el bolígrafo, pensativo. La sala permanece en silencio a la espera de que me arruine el día de una forma u otra.
—La tienda de velas Jack el Frío cierra en enero —anuncia Nick—. Ahora tienen el local adyacente a nuestra nueva cafetería. Haremos un pasillo en la parte de atrás de ambas unidades para que compartan cocina y espacio de refrigeración. Podemos añadir unas mesas más y un mostrador de merchandising adicional en la parte de comida para llevar. Holly vendrá conmigo a Alemania la semana que viene para familiarizarse con la dirección de la cafetería original en Núremberg, ver cómo gestionan la situación durante la temporada alta y qué ideas podemos implementar en nuestra cafetería.
Espera un momento. ¿Acaba de decir que me voy de viaje con él?
—¡Por favor, no!
Todas las miradas se posan en mí.
—Es decir, esto… —Me quedo callada con el cerebro a mil por hora—. ¿La tienda de velas cierra? Vaya, llevan en el negocio toda la vida. —Sacudo la cabeza con tristeza y miro a todas partes menos a Nick. Mi amiga de contabilidad me dirige una mueca compasiva—. Yo, bueno, tendré que acumular velas con aroma a bastón de caramelo antes de que cierren. Es mi olor favorito. Cosas de la estación. —«Por todos los bastoncitos, Holly, ¡cierra el pico!»—. Por cierto, ¿cómo lo sabes? —Enderezo la pantalla de mi portátil y doy golpecitos con el pie por debajo de la mesa, nerviosa—. No he oído nada al respecto.
—Soy amigo de su hija Taryn.
Puf, Taryn. Estaba en el último año de instituto cuando yo iba a primero, así que es dos años más joven que Nick. Era el tipo de chica que se burlaba de tus calcetines navideños favoritos cuando te los ponías sin querer-queriendo en marzo. El tipo de trasgo de la Navidad que cierra una tienda de velas local tan querida.
—Va a hacerse cargo del negocio de sus padres y lo va a trasladar a un local nuevo en River Place —dice Nick, con lo que interrumpe mis pensamientos—. Necesita más espacio para incorporar talleres para fabricar velas, y parece que alguien le quitó el local disponible que había junto a su tienda original.
Oh.
Vale, esa fui yo. Fui yo quien le quitó el local vacío en venta para la cafetería El Osito. Y no va a cerrar el negocio, va a ampliarlo, así que, después de todo, a lo mejor no está en la lista de niñas malas de Papá Noel. Miro fijamente a Nick y me pregunto qué tipo de amistad tienen, si son amigos con derecho a roce.
Qué asco.
—¿El diseño de la cocina se puede ajustar a la carga de trabajo adicional que se requiere para sostener el negocio de comida para llevar? ¿Podemos hacer los ajustes ahora, antes de que terminen las obras? —Nick me mira y deja de escribir en el portátil.
—Sí. —Sé que podemos porque hice que tres pasteleros distintos vieran el diseño de la cocina y todos dijeron que el espacio era suficiente para el doble de la producción prevista. Quería asegurarme de que estuviésemos cubiertos si decidíamos ampliar o añadir servicios de catering.
—¿Puedes comprobarlo? —añade Nick, y sigue escribiendo. Lo dice como una pregunta, pero no lo es. Es una orden. Tendré que modificar todas las cifras para incluir las cantidades adicionales de comida preparada; después, le enseñaré el trabajo y me preguntará por qué tenemos un veinte por ciento más de espacio de refrigeración de lo que tenía previsto que necesitábamos y, entonces, dedicaré diez minutos a explicarle que los espacios de refrigeración no vienen a medida, sino que se diseñan con unos metros cúbicos específicos, y que tener un veinte por ciento más es mejor opción que un tamaño menor, lo que solo nos daría un dos por ciento de espacio de refrigeración extra respecto a lo previsto.
Y me observará todo el tiempo. En silencio y con expresión taciturna.
Me llevará una semana renovar todo el plan financiero de la cafetería, además de incluir los costes del alquiler del local de al lado, de la construcción y de los empleados adicionales. Luego, tendré que rehacer todas las previsiones estimadas de ventas. Y contratar a un diseñador que se encargue de los envases, bolsas y vasos para llevar. Después, tendré que conseguir todo eso y presentar muestras. No, no me va a llevar una semana, sino el resto del mes.
—Mándame un informe cuando acabes —añade Nick, como si esto fuera la conclusión inevitable solo porque ha dado la orden. Sé que es el jefe. De verdad que lo sé. Pero te aseguro que su abuelo no hacía las cosas así.
Para empezar, no llevó ni un solo traje que hiciera que me preguntase cuál sería su aspecto si estuviese desnudo.
¡Buf! No pienso ir de viaje con él. Ni en broma. Quizá ya se le ha olvidado. Me remuevo en la silla y miro a Nick por el rabillo del ojo mientras fríe a preguntas al director de almacén acerca de los costes de materiales. Nunca he ido a un viaje de trabajo. Ni siquiera sé cómo organizarlo. ¿Se supone que tengo que reservar yo el vuelo y el hotel y luego enviar la factura con los gastos? ¿O es su asistente el que hace la reserva? Quizá… Quizá pueda ignorar la situación hasta que sea demasiado tarde. Se marcha en menos de una semana, así que lo más seguro es que sea demasiado tarde para reservar otro vuelo. En diciembre, para más inri. Expiro y me relajo en la silla de la sala de conferencias.
Nick mira en mi dirección mientras el director de almacén le explica los costes de las cestas de Navidad. Me enderezo un poco y me pregunto si he suspirado muy fuerte.
Un momento después, me llega un correo a la bandeja de entrada.
En el asunto pone «Itinerario de viaje».
Capítulo 3
—No puedo ir a Alemania la semana que viene —anuncio con seguridad y firmeza.
Me he pasado toda la tarde practicando frente al espejo del baño el discurso para librarme del viaje con Nick y creo que es sólido. Estoy segura de que he previsto todos los argumentos y me he preparado para rebatirlos.
—Coordinaré el negocio de comida preparada con mi contacto del Oso de Baviera por correo electrónico —añado sin esperar una respuesta.
Cuando por fin reúno el coraje para entrar en su despacho y hablar con él, Nick se encuentra mirando la pantalla del ordenador con el ceño fruncido. No he esperado a tener su atención antes de soltarle el discurso a propósito. Nota mental: me sorprende que el ceño no se le haya quedado fruncido de forma permanente en su bonita cara. Apuesto a que le saldrán líneas de expresión en la frente antes de los cuarenta.
—Sería igual que si estuviese allí, pero más fácil para todos.
—¿Igual? —Se reclina en la silla y me dedica toda su atención. Sustituye el ceño fruncido por una expresión que definiría como escéptica mezclada con curiosidad. Apoya una mano en el reposabrazos de su silla y con la otra se coloca bien la corbata. Su tío llevaba corbatas navideñas todo el mes de diciembre. Tenía tantas que se ponía una distinta cada día.
La corbata de Nick es del color del carbón.
—Virtualmente hablando —digo con una sacudida de mano.
—Dime, señorita Winter, ¿qué parte de «vendrás conmigo a Alemania» parece opcional? Porque no lo es.
Odio hablar con él en el despacho de su tío. Lo sé, ahora es el de Nick. No estoy en fase de negación. Sus tíos ya se han mudado a Key West junto con media docena de gallinas como mascotas que merodean por el jardín y entran y salen de un gallinero hecho a medida. En realidad, tampoco lo entiendo, pero el señor y la señora Saint-Croix parecen emocionados con su jubilación y soy muy consciente de que no van a volver.
Pero hablar con Nick en este despacho me confunde porque no lo ha redecorado. Esperaba que reemplazase los pósteres enmarcados de juguetes y frases motivacionales cursis con la silueta de una gran ciudad o con su diploma de Dartmouth. O que cambiase el viejo escritorio de madera en el que se sentó su tío durante casi cuarenta años por uno elegante, moderno y nuevo.
Pero no lo ha hecho. Lo único que ha cambiado han sido la silla y el ordenador. Y alguna que otra cosa.
Ha añadido un tablón de anuncios enorme con un marco grueso de roble y lo ha colgado en la pared junto a la puerta, justo frente a la mesa de Nick. Apareció un fin de semana como por arte de magia hace más o menos un mes y sigue vacío desde entonces. Me pone de los nervios que esté vacío. ¿Qué sentido tiene disponer de un tablón de anuncios si no vas a poner nada? Es raro.
Él es raro.
—No voy a terminar los cambios de la cafetería para final de mes si pierdo una semana de trabajo con el viaje a Alemania.
—¿Quién ha dicho que el plazo límite de los cambios sea a final de mes? —Deja la corbata y tamborilea con los dedos sobre la mesa.
—Supuse que querías…
—Me gustaría que dejases de asumir cosas —me interrumpe. Lo dice con un tono mordaz, pero no esperaba que su voz sonase tan suave. Me descoloca. Y hay algo en su expresión, algo que no sabría identificar. Su irritación y exasperación no son nada justas. Me mantiene alerta al pedirme informes de manera constante, cuando me desafía en las reuniones y cuando se me echa encima para hacerme preguntas que ya he respondido por correo.
«Soy yo la que debería estar molesta, no él», pienso indignada.
—Nick, es Navidad —digo, y sé que por mi voz suena a súplica, pero no puedo evitarlo. Diciembre en Reindeer Falls es mi época favorita del año. Todo el mundo lo sabe.
—Estamos a 3 de diciembre —responde con sequedad. Está claro que mi súplica no lo ha impresionado.
—Ya sabes a qué me refiero. Es la época navideña —replico y extiendo los brazos para indicar que el mes entero es Navidad. Lo es. No tendría ni que explicarlo.
—En Alemania también es la época navideña —contraargumenta—. Pensaba que la idea de ver el lugar en que se inspira Reindeer Falls en la época más mágica del año te atraería.
En eso no se equivoca. Debería atraerme. Me atrae.
Lo que me incomoda en sitios que no debería es la idea de estar en su compañía durante buena parte de la semana.
Bajo la mirada al escritorio antes de lanzarme a por la siguiente excusa de mi lista.
—A lo mejor no lo sabes, pero este año la cadena Food Network va a grabar El maestro del jengibre en Reindeer Falls, y mi hermana tiene muchas posibilidades de ganar. Tengo que estar aquí para verlo.
—La final se graba en directo en Nochebuena desde la plaza —responde Nick sin inmutarse—. Te aseguro que para entonces ya habremos vuelto.
Su silla elegante emite un chirrido cuando gira un par de centímetros para mirarme. Disfruta de lo lindo de cada segundo.
Pero, además…
Hijo del cascanueces, ¿cómo lo sabía? ¿Cómo estaba al tanto de lo de El maestro del jengibre? Contaba con que no tuviera ni idea del calendario de fiestas locales. No tardo en pasar al siguiente argumento.
—No tengo pasaporte —anuncio. Hasta me las apaño para añadir un tinte falso de tristeza a mi mentira.
Nick me observa un buen rato. El silencio pesa entre los dos hasta que casi empiezo a moverme inquieta por la mentira. Nerviosa por tener su atención. Pasan las horas. Eones. Da tiempo a hacer la masa de las galletas para Papá Noel, hornearlas, dejar que se enfríen y emplatarlas en el tiempo que Nick me mira a la espera de que confiese.
—Entonces —dice finalmente; habla despacio y de manera deliberada—, ¿debo asumir que el mes pasado saliste y volviste al país de forma ilegal cuando te tomaste tres días de vacaciones para ir a la boda de tu prima en México?
Se me abren los ojos como platos y me ruborizo. Estoy segura de que nunca le dije que la boda era en México. Miro fijamente a la pared, detrás de su mesa. Al suelo. Al póster enmarcado de un juguete de madera que la empresa sacó en los setenta. Es uno de nuestros juguetes más populares y todavía se fabrica. Miro a todas partes excepto a Nick.
—Mi novio tiene previsto dar una fiesta de Navidad muy importante a la que iba a asistir —escupo. Esto se sale un poco del guion, pero lo cierto es que no esperaba tener que llegar tan lejos con la lista de excusas y me estoy poniendo nerviosa.
—No tienes novio —responde Nick y, cuando me arriesgo a mirar en su dirección, veo que sus ojos se han reducido a dos rendijas y que tensa las manos sobre los reposabrazos.
—¿Y tú qué sabes?
—¿Cómo se llama? —pregunta y desvío la mirada de la moqueta para mirarlo a la cara.
«Piensa, Holly, piensa. Un nombre de hombre. Cualquiera menos Nick».
—Sant… ana. Santana. —Me repongo—. Como el grupo de música.
—¿De qué trabaja? —Percibo un atisbo de sonrisa en su rostro, pero es difícil estar segura porque rara vez sonríe.
Quizá sea una mueca. O gases.
—Toca en un grupo. —Me quiero morir. No acabo de decir que mi novio falso Santana toca en un grupo, ¿verdad? Pero vérselas con Nick es como vérselas con un perro rabioso. Es mejor no mostrar miedo.
Me llevo una mano a la cadera en actitud desafiante y mantengo mi postura. Apuesto a que Santana me trata muy bien y sonríe todo el tiempo.
—Holly. —Nick dice mi nombre con un suspiro. Cierra los ojos un momento y mira al techo como si le pidiera fuerzas a la luz de la lámpara. No suele llamarme por mi nombre, tiene la extraña manía de llamarme señorita Winter. En realidad, lo prefiero, porque cuando me llama por mi nombre siempre lo pronuncia de modo que me hace pensar en sexo.
En acostarme con él.
Y eso es muy inquietante a varios niveles. Muchos niveles. ¿Por qué querría alguien acostarse con una persona que no le gusta? ¿Con alguien mezquino? Lo más probable es que critique la forma en que levanto las caderas o me exija que me corra cuando él me lo pida. Seguro que quiere una hoja de cálculo con tablas dinámicas que documenten mi grado de flexibilidad por extremidades. A lo mejor quiere bocetos que muestren cuánto puedo acercar las rodillas a la cabeza.
Madre mía, la idea me pone. Lo de ser flexible, no que sea mezquino.
Me pregunto si Ebenezer Scrooge era atractivo de joven. Si causó estragos en el corazón y en las entrañas de dulces jovencitas mientras ladraba órdenes y fruncía el ceño. Si el joven Ebenezer estaba cachas, tenía pelazo y era alto. Si desprendía un aroma sutil a árbol de Navidad y nieve recién caída.
Lo más probable es que Ebenezer fuera horrible en la cama. Apuesto a que por eso se volvió tan gruñón. Lo más seguro es que se corriera muy rápido y no supiera qué hacer con la lengua.
—Hemos acabado —me espeta Nick. Parece resignado a pesar de que ha ganado. Me mira los pies antes de volver al ordenador. Es evidente que me está despachando—. Llévate calzado adecuado —añade—. Las calles están adoquinadas y lo último que necesito es llevarte a cuestas si te rompes un tobillo.
No añado nada más. Dejo caer la mano, derrotada. Me doy la vuelta con mis tacones no adecuados para las calles adoquinadas y me encamino hacia la puerta del despacho de Nick. En la entrada, me fijo en el tablón de anuncios. Por fin ha puesto algo. Alargo el momento de salir lo justo para ver de qué se trata.
Es una carta escrita a mano.
De una niña.
Va dirigida a la empresa de juguetes El Reno Volador y está escrita con tinta rosa y una letra infantil ensortijada. Katlyn de Conroe, Texas, quiere que sepamos que nuestro juego de mesa Detectives Perrunos es su juego preferido del mundo mundial, pero también quiere saber por qué todos los perros son chicos y nos pregunta si podríamos incluir una perrita llamada Chloe. También sugiere que Chloe sea la detective perruna principal.
Hace unos meses, Nick estuvo en pie de guerra durante una reunión semanal sobre los estereotipos de género y pidió un análisis detallado a todos los jefes de productos de cada juguete. Los informes debían incluir la franja de edad a la que iba dirigido cada producto, el género implícito del juguete y un registro de los últimos cinco años de materiales de marketing que señalasen cualquier sesgo de género.
—Mandadle los datos a Holly —dijo, a pesar de que yo no estaba a cargo de nadie. Quería que organizara la información en una hoja de cálculo. Con tablas dinámicas.
Me molestó que me tratase como a una secretaria, como la responsable de recopilar el trabajo de todos, pero lo cierto es que hago magia con las hojas de cálculo de Excel y él es el jefe. Así que lo hice, por supuesto. Además, dos de los jefes de productos hacen las cosas un poco… a su manera. Con eso quiero decir que les falta poco para jubilarse y que no entienden mucho de tecnología. Ni están abiertos a juguetes para ambos sexos. Esa semana hubo algunas quejas sobre el sexo de los robots, he de decir.
Actualizamos el juego Detectives Perrunos justo a tiempo para que la nueva versión llegase a los vendedores para el cuarto trimestre, el más importante de todos. También gastamos una buena cantidad de dinero para que la nueva edición entrara en la promoción del Black Friday del mayor distribuidor nacional: KINGS.
La nueva edición incluye dos detectives perrunas principales: Chloe y Katlyn.
Me atrevo a mirar a Nick por encima del hombro. No está mirando a la pantalla, sino a mí.
Capítulo 4
—No me creo que te quejes por ir de viaje gratis a Europa con tu jefe, que además está bueno. Eres un desastre, Holly. —Mi hermana Ginger le frunce el ceño a, adivina, una porción de masa para hacer galletas de jengibre.
—No son unas vacaciones, ¡es un viaje de trabajo! —protesto—. ¡Con el Grinch de Reindeer Falls! —añado, porque está claro que se ha olvidado del detalle más importante y el peor de todos.
—La masa no tiene acidez. Algo está mal. —Ginger se pasa la mano por la frente y se deja un rastro de melaza en la piel—. No puedo dejar que Keller James gane. Mi futuro pende de un hilo y tú te quejas por tener que irte de viaje al Polo Norte. Esto es surreal.
—No es el Polo Norte —gruño—. Es Núremberg, Alemania.
Que, a decir verdad, es probable que sea mejor que el Polo Norte debido al encanto de la arquitectura bávara. Además, no se puede hacer nada en el Polo Norte por eso de que está en medio del océano Ártico y demás.
—¿No tiene Keller James su propio programa en el canal Food Network? —pregunta Noel desde el taburete en el que está sentada junto a la encimera de la cocina de Ginger. Lo pregunta con la boca llena de galleta. Esta noche estamos haciendo unas cuantas tandas.
—Sí —suspira Ginger antes de repetir «Food Network» como si estuviese en la iglesia y tuviese que venerarla.
—No me importa los programas que tenga. Nadie hace las galletas de jengibre como tú, Ginger —la consuelo—. No tiene ninguna oportunidad.
—Necesito el dinero del premio para abrir mi propia pastelería. ¡Keller no! ¿Por qué nos hacen competir contra profesionales? —Ginger gime mientras deja caer otro paquete de dos kilos de harina en la encimera. Es la más joven de las tres y la cocina siempre ha sido su pasión. Mientras Noel y yo nos contentábamos con jugar con un horno eléctrico de juguete, Ginger improvisaba con magdalenas de verdad en el horno de mamá y las guardaba en envases reutilizables en los que escribía «Pastelería Ginger» en los laterales. Los ataba con un surtido interminable de lazos viejos que había recopilado de todas partes. Ya sabes, como hacen algunas abuelas con los lazos de Navidad para reutilizarlos. Así era Ginger a los doce años.
—Tú también eres una profesional —señalo. Hace todos los pasteles del hostal de la ciudad, pero su sueño es abrir su propia pastelería. En Reindeer Falls, por supuesto.
—¡No es lo mismo! ¡Es un mentecato! —resopla Ginger —. Me pregunto si utilizará canela de Ceilán —murmura para sí misma mientras rebusca frenéticamente en su estante de las especias. Al menos, supongo que lo dice para sí. Dudo que piense que Noel o yo tenemos idea de las variedades de canela—. Sutil, pero refinado. ¡Ja! Te tengo, mentecato.
—¿Quién es el mentecato? —pregunta Noel—. ¿Keller James?
No creo que sea el mejor momento para sacarlo a relucir, pero siempre me ha gustado su programa Y después, té con pastas. Además, lo conocimos durante la grabación de los primeros tres episodios de El maestro del jengibre y me pareció un buen tío.
—¡Sí, él! ¡Uf!
—¿Quién utiliza «mentecato» como insulto? —pregunta Noel, y mete el plato en el lavavajillas antes de sentarse a mi lado en la mesa de la cocina.
—Es una forma más suave de decir «imbécil» —explica Ginger, pero me parece una explicación innecesaria, porque Noel pone los ojos en blanco y me dice en voz baja: «Tú sigue con tu lado malvado, Gin». Entonces, Ginger dirige su atención hacia mí, retira la silla que hay delante y se sienta—. ¿Qué puñetas dices?
Tengo una selección de trozos de cartulina, celo, pegamento, marcadores y recortes de revistas junto con una pila de chocolatinas esparcidos por la mesa.
—Necesito rehacer mi calendario de Adviento porque Nick va a robarme una semana entera de Navidad.
—Sabes que Navidad es solo un día, ¿verdad?
—Se lo voy a decir a mamá. A alguien le van a traer carbón este año —bromeo, y le lanzo un envoltorio de caramelo a la cabeza.
—En fin —dice Noel, despacio. Mira mi calendario como si estuviera desquiciada—. ¿Vas a pillar la gripe? ¿Tienes fiebre?
Noel es la mayor. Los pasteles y las manualidades no le impresionan demasiado.
—Eso quisiera yo. Así no tendría que irme con Nick —mascullo. Noel mira el desastre que he formado en la mesa mientras Ginger habla sola acerca de la temperatura de la mantequilla—. Es un calendario de Adviento personalizado —explico—. Por cada día que vea a Nick, me llevo un premio.
—Ajá —murmura Noel. No parece impresionada.
—Como ves —Señalo el batiburrillo del calendario—, del 9 al 13 no hay puertas porque se suponía que tendría una semana maravillosa sin ver a Nick, pero ahora que voy a Alemania con él, tengo que añadir esos días al calendario.
Este sistema de recompensas a costa de Nick es estupendo. Me planteo ampliarlo al resto del año, pero no creo que comer una chocolatina por cada día que me irrite sea bueno para mi cintura.
—Lo que tienes que hacer es acostarte con él y pasar página —comenta Ginger desde la encimera de la cocina. Me pongo roja y Noel sonríe con picardía.
—Ahora eres mi hermana favorita —le dice Noel a Ginger con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Oye! —Odio cuando se alían contra mí, y siempre lo hacen. Soy la hermana mediana, me viene de fábrica.
—¿Y si llenamos las puertas de la 9 a la 13 con condones? —sugiere Noel.
—¡Sí! Ya te puedes buscar una habitación con tu jefe guaperas. —Ginger se ríe mientras ataca una porción de masa de galletas de jengibre con un rodillo de amasar.
—¡Las cosas no son así! —protesto—. Nuestra relación es estrictamente profesional. No me gusta. Yo no le gusto. ¡No nos gustamos!
—Sí que lo son. —Esto viene de Noel.
—Bueno, y ¿qué hay de Ginger y Keller James? Ellos también deberían buscarse un hotel. Todo el mundo lo sabe.
—¡Oye! ¡Que no hablamos de mí! Nos estamos burlando de ti —dice Ginger.
—Ni siquiera sé cómo habéis pasado las tres primeras eliminatorias con las galletas de jengibre. Estabais tan ocupados follándoos con los ojos que me sorprende que ninguno de los dos cascara los huevos fuera del bol.
—Madre mía, estoy deseando ver cómo lo editan —admite Noel.
—Ay, puñetas. —Ginger suelta el rodillo de amasar con una expresión de alarma en el rostro. Tiene el puente de la nariz manchado de harina—. ¿En serio?
—¿Viste cuando los dos fueron a por el mismo bote de vainilla y él casi la besa? —pregunta Noel e ignora a Ginger—. Qué sexy.
Noel se abanica con la mano para bajarse los calores.
—E-eso —tartamudea Ginger— no pasó. Nunca estuvo a punto de besarme.
—Eso dices tú —respondemos Noel y yo al unísono y chocamos los cinco como un alarde infantil de complicidad entre hermanas.
—Yo, esto… —Ginger se retuerce las manos, desesperada. Cuando desaparece en su habitación, ya tiene la cara como un tomate.
—Trae algunos condones cuando termines de esconderte para la cuenta atrás del calendario y que Holly se coma un rosco por Navidad —grita Noel.
—No es… —protesto, resignada—. No me creo que Papá Noel te traiga regalos con esa boca.
Ginger vuelve. Se ha limpiado la cara y se ha ajustado la coleta color caoba. Además de llamarse «jengibre» y que le encante hacer galletas de jengibre, fue bendecida al nacer con reflejos pelirrojos entretejidos en su cabello oscuro. Con un golpe seco, deja un condón encima de la mesa.
—Para el calendario de Holly. Centrémonos en eso.
Noel sonríe y elige un rotulador. Entonces, escribe «Día del rosco» en una de las puertas de cartulina y esconde el condón tras ella.
Suspiro y cojo las tijeras. Se supone que esa era la puerta del 11 de diciembre. Ahora tendré que hacer sitio para añadir otra puerta más al calendario. Ahora sí que parece un prototipo defectuoso.
—Sí, centrémonos en el calendario de Holly —coincide Noel, y centra su atención en mí y en mi proyecto de manualidades—. ¿No crees que hacer un calendario de Adviento con la cuenta atrás para tirarte a tu jefe es un poco blasfemo?
Mamá siempre me decía que ser la hermana mediana sería bueno para desarrollar mi personalidad. También me ha servido para perfeccionar las miradas asesinas. Le dedico una a Noel. Ella se limita a sonreír a modo de respuesta; no le molesta en absoluto haberme irritado.
—No es una cuenta atrás para echar un polvo —explico—. Es un calendario de recompensas. Por hacer bien mi trabajo a pesar de las dificultades de lidiar con Nick.
—Apuesto a que es muy duro —comenta Noel con indiferencia. La fulmino con la mirada.
—Vi cómo te miraba cuando nos encontramos con él en el supermercado hace un par de semanas —comenta Ginger mientras cambia otra bandeja de galletas de sitio para que se enfríen—. Pegáis mucho juntos.
—¿Quién, Nick? —pregunto, como si no recordara el episodio. Por supuesto que me acuerdo. Fue la gota que colmó el vaso y que me llevó a hacer el calendario con la cuenta atrás para el día del rosco. Es decir, el calendario de recompensas—. ¿A mí?
—Sí, Nick. A ti.
—¿Te refieres a cuando nos paró en el supermercado para preguntarme por la campaña de la llama amistosa? ¿Un sábado? ¿El día que iba en mallas y sin maquillar?
Y con botas planas. Ginger y yo estábamos en el pasillo de repostería y se acercó a mí. Estaba a punto de meter dos paquetes de dos kilos de azúcar en el carro cuando me di la vuelta, paquetes en mano, y vi a Nick. Era evidente que acababa de salir del gimnasio. Vestía una camiseta verde húmeda que se le pegaba al pecho bajo una sudadera abierta. Tenía el pelo alborotado, justo como imagino que estaría si se lo revolviera con las manos.
Algo que solo haría si tratara de ahogarlo o le estampara la cara en una tarta, claro está. No hay otro motivo por el que pondría una mano sobre el pelo perfecto de Nick.
—Sí, me refería justo a eso. Cuando te preguntó qué ibas a hacer el fin de semana y tú le respondiste algo así como: «Bonita camiseta, muy de Grinch».
—¡Era verde! ¡Como el Grinch! —protesto. Vale, quizá no fue mi mejor momento.
—Te pone nerviosa.
—No.
—Porque te gusta —continúa Ginger, como si mi negativa no significase nada.
—No me gusta.
—Sí te gusta. Y no sé por qué te asusta tanto. No es Billy. Nick está aquí para quedarse.
Billy es mi ex. Nos conocimos en la Universidad del Estado de Míchigan. Después de la graduación, volvió conmigo a Reindeer Falls. Hace poco más de un año que decidió que no estaba hecho para vivir aquí. Ni para Holly Winter.
—Feliz Navidad, próspera polla y felicidad —canturrea Noel en voz baja, pero lo bastante alto como para que la oiga.
—Vosotras dos no tenéis ni idea de lo que decís —me quejo y ataco el recorte de una guirnalda con el pegamento—. Ni idea. No va a haber un día del rosco con Nick, os lo aseguro.
—Deberías hacerlos en masa —dice Noel—. Apuesto a que hay un mercado enorme para calendarios con la cuenta atrás para el día del rosco.
—¡Sería un regalo estupendo para mis amigas! —responde Ginger con más entusiasmo del necesario. Todavía apoya las burlas de Noel como si fuera su trabajo de hermana pequeña.
—¡No hay ninguna cuenta atrás para el día del rosco! Eso no existe. Nadie quiere que exista. Y la última persona en el mundo con la que me acostaría es Nick Saint-Croix.
—Holly —me reprende Ginger—. ¿Dónde está tu espíritu navideño? ¿No hay sitio en el hostal Vagina para Nick?
—Ay, por favor, dime que no acabas de decir eso. —Coloco las chocolatinas tras las puertas nuevas y recojo mis cosas.
—¡Pues sí! —Ginger se ríe—. Yo también estoy muy orgullosa de mí misma. Esa ha sido buena.
Se desploma en una de las sillas. Coloca un pie sobre el asiento y apoya la cabeza en la rodilla mientras me observa recoger.
—Sois lo peor, pero os quiero igual. Ahora me voy a casa a hacer la maleta. Para mi viaje de trabajo —añado intencionadamente antes de que una de las dos haga un comentario indecente acerca de envolver el paquete de Nick o algo igual de ridículo—. Comportaos bien mientras no esté.
—¡Diviértete!
—Lo dudo.
Capítulo 5
Nick ha pasado a buscarme para que vayamos juntos en coche al aeropuerto. Menos mal que solo estamos a una hora y media del Aeropuerto Metropolitano de Detroit. Lo malo es que tengo que pasar esa hora y media con Nick.
Y, al contrario que mis hermanas, no estoy tan loca como para pensar que vamos juntos porque, en secreto, albergue el deseo de pasar tiempo conmigo.
—Que ni se te pase por la cabeza perder el vuelo, señorita Winter. —Así es como me planteó el ir en su coche cuando salía del despacho el viernes. Entonces, se detuvo a un metro de mi mesa y se dio la vuelta—. Ahora que lo pienso, será mejor que vayamos juntos. Te recogeré de camino al aeropuerto.
Después, me sonrió y me deseó un buen fin de semana. Salió de la oficina antes de que pudiera protestar o preguntarle si tenía mi dirección.
Me ha recogido hace diez minutos.
Han sido los diez minutos más largos de mi vida. Y todavía nos quedan ciento cuarenta kilómetros de camino.
Hasta ahora, la conversación brilla por su ausencia. Nick parece cómodo y disfruta del silencio ensordecedor mientras yo hago una lista mental con todos los temas de conversación posibles.
Tiene una postura relajada en el asiento del conductor, con una mano en el volante y la otra en el reposabrazos que hay entre nosotros. De vez en cuando, tamborilea con los dedos sobre el volante o cambia de mano con total naturalidad.
Mientras tanto, estoy tan nerviosa como un elfo que se ha atiborrado con bastones de caramelo.
Más silencio.
Me pregunto si recuerda siquiera que estoy en el coche.
—¿Y si ponemos canciones navideñas? —sugiero. Lo que sea con tal de romper el silencio y no estar tan ociosa. Demasiado teniendo en cuenta que estoy en presencia de Nick y que los latidos de mi corazón se aceleran porque pienso en cosas que no debería. Cosas como qué sentiría Nick en el hostal Vagina—. Tengo una lista de reproducción en el móvil.
Nick me mira de reojo desde el asiento del conductor y veo un atisbo de sonrisa en su rostro justo antes de que niegue con la cabeza y exhale una risa.
—Paso.
Claro. Por supuesto que no. Nerviosa, tamborileo con los dedos sobre el muslo. Por suerte, tengo preparada una lista de temas del trabajo que podemos discutir esta semana. Me inclino para coger el bolso que tengo a mis pies cuando Nick habla de nuevo:
—Solo por curiosidad, ¿en qué mes empiezas a escuchar la lista de reproducción de Navidad? —Aparta los ojos de la interestatal durante un breve segundo. Le brillan con algo parecido a la diversión cuando me mira—. ¿El día después de Acción de Gracias? ¿El 1 de diciembre? ¿En julio?
—Ja, ja. —Dejo el cuaderno en el bolso. Me he dado cuenta de que no tengo a mano la lista que preparé. Tendré que racionarla.
—¿Quieres repasar la agenda del viaje?
—Vale.
Agarro el bolso. Recito el horario de memoria, pero, de todas formas, quiero tener el itinerario enfrente. Vamos a tomar el vuelo de la tarde-noche de Detroit a Frankfurt y, luego, tenemos el enlace a Núremberg al despuntar el alba. Además de las reuniones que ya hemos fijado en el Oso de Baviera, tenemos una visita a la fábrica de trenes de juguete con la que la compañía que quiere colaborar con nosotros y reuniones con algunos proveedores.
Nick no me interrumpe mientras recito el horario, pero tampoco parece prestarme demasiada atención. Cuando estoy segura de que he cubierto la agenda de la semana, cierro el cuaderno, lo dejo sobre mi regazo y acaricio los bordes de la tapa de cartón con la yema del pulgar. Luego, dejo escapar un pequeño resoplido de resignación similar al que hace la perrita de mis padres cuando le pongo un gorro de Papá Noel en la cabeza.
—¿Qué has hecho el fin de semana?
La pregunta me pilla por sorpresa. Sale de la nada cuando termino de recapitular la agenda. Parece sincero y que de verdad siente curiosidad. A lo mejor, también se ha aburrido de estar en silencio y le preocupa que sugiera otra vez lo de la lista de canciones navideñas.
—Lo he pasado con mis hermanas. Ginger quería compañía mientras hacía otra tanda de galletas de jengibre. He hecho la colada y la maleta para el viaje. He envuelto unos regalos de Navidad. Y, por supuesto, he ido a la coronación de la princesa del Bastón de Caramelo de este año en el parque Heritage a la luz de las velas.
La princesa del Bastón de Caramelo se corona a principios de diciembre para que cumpla con sus tareas durante el resto del mes, que básicamente consisten en salir en la carroza de la cabalgata anual de Navidad y ayudar al Papá Noel de Main Street con las colas de niños los sábados.
—Ah, la coronación de la princesa del Bastón de Caramelo —repite Nick despacio—. ¿Asistir es parte de tus tareas como antigua princesa?
¿Lo sabe? El calor me sube por el rostro de la vergüenza o de la timidez, no estoy segura. No parece que se esté burlando de mí, así que no sé cuál es su objetivo.
—No es un requisito, no —consigo decir—. Es divertido, solo eso.
—Mmm —musita Nick—. Parece que necesitas algo más de diversión en tu vida, Holly.
Vale.
¿Lo ha dicho en tono sugerente o han sido imaginaciones mías? Su voz suena a caramelo con azúcar y mantequilla y a besos bajo el muérdago. El calor me recorre el cuerpo. El hostal Vagina ha encendido un cartel de neón que dice «Disponible» y mi mente hiperactiva despliega un sinfín de maneras en las que llenarla. ¿Y si mis hermanas tienen razón? ¿Es posible que Nick tenga potencial de ser algo más que un miserable Scrooge? Quizá no sea tan malo fuera de la oficina. Quizá.
Entonces, lo arruina.
—Supongo que Santana estaba ocupado, ya que no lo mencionas. ¿Tenía una gira? Los músicos deben de estar ocupados en esta época del año.
Menudo mentecato.
Al menos, Ginger tenía razón sobre algo: es curioso lo satisfactorio que es llamar «mentecato» a alguien.
—Sí, sí, está en una gira. —Me inclino para guardar el cuaderno en el bolso y me acomodo en el asiento del copiloto con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada al frente. Observo los carteles, por si me dan una pista de cuánto falta para que lleguemos al aeropuerto—. Es increíble lo ocupado que está, pero hemos desayunado juntos —añado antes de procesarlo.
—¿Esta mañana?
—Sip. —Pronuncio la «p» como si acabara de sacar un corcho, satisfecha por llevar de nuevo la delantera—. En El rincón de la miel.
La cafetería ha sido la esencia de Main Street desde que nací y su especialidad son los desayunos. Los gofres que hacen te cambian la vida. Crujientes por fuera y esponjosos y con sabor a mantequilla por dentro. La perfección en un plato. No has comido un gofre en tu vida si no es de El rincón de la miel, créeme.
Ahora mismo desearía que Santana existiese, porque me ruge el estómago al recordar que hace demasiado que no como esos gofres. Lo cierto es que hoy solo he comido dos huevos duros, y eso ha sido una hora antes de que Nick me recogiera.
—Qué raro. Yo también estaba allí y no te he visto.
—Era temprano. Estarías durmiendo. —Seguro que duerme en una cueva que ha excavado bajo su propia casa. Las cuevas son el escondrijo perfecto de los Grinch de todo el mundo.
—He ido temprano. No esperaba que mi invitada fuese tan madrugadora.
Puaj.
Me contengo para no decirlo en voz alta, pero mi pulso se acelera, inquieto. Muevo el cuello y me enderezo en el asiento mientras le dirijo una mirada a escondidas. Apuesto a que su amiga Taryn ha pasado la noche con él. Taryn, su amiga con derecho a roce.
—Pensaba que dejar que se quedara despierta hasta tarde me garantizaría dormir más, pero no ha sido así.
«Ay, por Papá Noel, ¡no digas más, por favor!». Ahora la cabeza se me ha llenado de imágenes de Taryn despertándolo desnuda para un revolcón matutino. Ha visto a Nick desnudo y ha desayunado los mejores gofres del mundo. Ya no me cae bien, que le den al espíritu navideño y al negocio de velas familiar.
—Ahora se pasará la mañana de mal humor y será culpa mía.
Vale, ya está bien. Ahora la describe como si fuera una niña malcriada. ¡Pedazo de cerdo misógino!
—Por suerte, estaremos sobrevolando el océano Atlántico cuando me llame mi hermana para regañarme por haberme saltado el horario.
Espera. ¿Su hermana? Rebobino la conversación y elimino mis suposiciones.
—¿Tu sobrina se ha quedado a dormir contigo?
Hago un esfuerzo mental titánico para combinar la idea que tengo del Nick que conozco del trabajo con el hecho de que pase la noche con su sobrina Abby. La he visto un par de veces: el año pasado en la fiesta de Navidad de la empresa y una vez en verano, cuando Sara la trajo a la oficina. Es una niña animada y revoltosa, como la mayoría de los niños de entre uno y dos años.
—¿Haces de canguro? —balbuceo y me giro en el asiento para mirarlo mejor.
—De mi sobrina, claro. Me paga veinte pavos la hora, así que por qué no —añade con un encogimiento de hombros y, entonces, se ríe al ver mi expresión—. Es broma. Mi hermana y su marido fueron a una fiesta anoche y su canguro habitual no estaba disponible. Iban a salir hasta tarde, así que les propuse que Abby se quedase conmigo a pasar la noche.
—Ah —digo, sin poder evitarlo.
—Mi hermana me advirtió que se despierta a horas intempestivas, pero no le hice caso. Como cualquier idiota que no tiene niños, pensaba que, si la acostaba tarde, no madrugaría al día siguiente. —Se encoge de hombros y me dedica una sonrisa fugaz que casi consigue que se me pare el corazón—. La pequeña embaucadora se quedó hasta tarde viendo una película navideña de perritos y aun así se ha despertado a las seis menos cuarto.
Madre mía. Se me pasa por la cabeza la imagen de Abby con un pijama de cuerpo entero acurrucada junto a Nick en el sofá mientras ven una película navideña y… es curioso lo mucho que me pone.
Y eso me perturba.
—¿Qué habéis hecho hasta que ha abierto la cafetería para desayunar? —pregunto. Todavía no asimilo ese lado desconocido de mi jefe. Es como descubrir que hay un spin-off de Cuento de Navidad en el que Ebenezer es el chico sexy y divertido.
—Hemos visto la misma película. Otra vez. De principio a fin. —Nick sacude la cabeza con arrepentimiento y una pequeña sonrisa se asoma a sus labios—. Está obsesionada con ella y parece que tiene la misión de difundir su palabra porque, en el segundo en que dejas de prestar atención, se da cuenta. Pensaba que podría ponerme al día con algunos correos en el móvil mientras ella la veía por segunda vez, pero, maldita sea, me gritaba «páusalo, páusalo» y agitaba la manita, como si fuera a perderme un momento crucial. Entonces, me miraba como si le ocultara galletas hasta que dejaba el móvil y dedicaba mi atención única y exclusivamente a la película.
Mierda.
Creo que mi corazón acaba de crecer dos tallas.
Por Nick.
¿Pero qué está pasando?
—Bueno —digo finalmente—, parece que ha sido una fiesta de pijamas estupenda.
—Lo ha sido —admite—. No es como quiero pasar todos los fines de semana todavía, pero ha estado bien.
¿Todavía? Entonces, ¿Nick piensa pasar los fines de semana así? ¿Ver una película en casa los sábados por la noche, los niños vestidos con pijamas de cuerpo entero, y desayunar en El rincón de la miel? Desde el día en que llegó para hacerse cargo de la empresa, he hecho suposiciones acerca de si está hecho para Reindeer Falls o no. Me da la impresión de que esto le queda pequeño, que es demasiado cosmopolita para que le parezca interesante. Reindeer Falls es la imagen de los valores de los estados del Medio Oeste, provinciano hasta la médula. Las coronaciones de la princesa del Bastón de Caramelo son el corazón de ciudades como la nuestra. Consideraba a Nick el típico chico que tiene un apartamento en una gran ciudad. Pensaba que estaba aquí a regañadientes porque tenía que dirigir la empresa. Nunca imaginé que de verdad quisiera volver a Míchigan.
—Te habríamos pedido que te sentaras con nosotros en el desayuno —añade y me mira de reojo, con una sonrisa taimada que se asomaba a su boca—. Si te hubiéramos visto.
Miro su perfil un momento. Pasa un kilómetro, luego otro. Me recuerdo que el Nick agradable es una trampa. Es como esperar a las rebajas de después de Acción de Gracias para empezar con las compras navideñas. Error de novatos.
Como sentir algo por tu jefe atractivo.
Repaso todas las razones de por qué lo odio. ¿Cuáles eran?
Es gruñón.
Exigente.
Perfeccionista.
Es taciturno, alto y más atractivo de lo que tiene derecho a ser ningún hombre.
Es. Mi. Jefe.
Todas son razones válidas.
Lo bastante como para que no piense en hacer cosas con él que me colocarían la primera en la lista de niñas malas de Papá Noel.
Aun así, lo hago. Pienso en esas cosas.
Me agobio en el coche. Me agobio por todas esas versiones de Nick que bailan en mi cabeza.
Capítulo 6
Cuando aterrizamos en Núremberg, estoy cansada, pero motivada por estar en un sitio nuevo. He dado algunas cabezadas durante el vuelo nocturno a Frankfurt tan bien como se puede dormir en un avión. Durante la escala, he tenido el tiempo justo para tomarme una taza del típico café mediocre de aeropuerto antes de la conexión con Núremberg.
Y odio admitirlo, pero, ahora que estoy en Alemania, me emociono. Sé que he venido a este viaje bajo coacción, pero me las he arreglado para bloquear el pensamiento de manera conveniente desde que me han sellado el pasaporte porque nunca había estado en Alemania. Caray, nunca había estado en Europa.
Antes de salir del aeropuerto, ya estoy maravillada.
Nick parece saber lo que hace, así que lo sigo y mantengo su ritmo lo mejor que puedo mientras nos conduce por el aeropuerto y yo contengo las ganas de entrar en las tiendas de regalos o fotografiar los carteles escritos en alemán.
Hasta que no estamos en el taxi, no me doy cuenta de que Nick habla alemán. Tiene sentido, pero aun así lo añado a la lista de cosas que me sorprenden de él. También lo incluyo a regañadientes a la lista de cosas que me parecen sexys.
Núremberg es… mágica. Y el taxi ni siquiera ha arrancado. Nieva ligeramente mientras el conductor guarda las maletas en el maletero y yo me deslizo en el asiento antes que Nick. Después de un día de viaje, me siento un poco sucia y hecha polvo. Nick, no. Tiene tan buen aspecto como siempre, como si hubiese disfrutado de un sueño reparador y acabase de entrar en el despacho, fresco y listo para pedir un informe o chincharme por una cosa u otra.
¿Habré leído demasiado entre líneas cuando me chinchaba? A lo mejor he exagerado.
A mi lado, Nick arrastra el pulgar por la pantalla y me ignora para comprobar el correo mientras el taxi arranca.
Desde luego, Núremberg es enorme en comparación con Reindeer Falls. Cerca de medio millón de personas viven en la ciudad y unos tres millones en los alrededores. Al verlo ante mí, me da la sensación de que Reindeer Falls es una réplica de la ciudad del tamaño de una casa de muñecas y eso me gusta muchísimo. He oído que a Núremberg se la considera la ciudad más alemana del país y, aunque esto es todo lo que he visto de Alemania, estoy de acuerdo. Casi tengo la nariz pegada contra la ventanilla del coche para ver lo máximo posible. Pasamos por unas gasolineras modernas embutidas en la arquitectura gótica y dejamos atrás varios carteles. Me imagino lo que ponen algunos, aunque otros no los entiendo. Cuando entramos en el casco antiguo, estoy encantada con las pintorescas calzadas medievales y con que el asfalto se fusione a la perfección con los adoquines.
Pasamos junto a tiendas que me gustaría explorar e iglesias que parecen haber estado en pie durante más de un siglo. Sé que buena parte del casco antiguo se destruyó durante la Segunda Guerra Mundial, pero la reconstrucción es asombrosa por su autenticidad.
Nos quedaremos en el casco antiguo. Cuando me enteré de que nos alojaríamos en una gran cadena hotelera estadounidense en lugar de en algún hotel local con encanto, me sentí algo decepcionada. Sin embargo, me recordé que no venía a Europa para tener un encuentro romántico con mi jefe. Cualquier decepción residual se desvanece en cuanto el taxi se detiene frente al Sheraton. Es precioso y ya es oficial: estoy emocionada.
Pagamos el taxi y entramos, maletas en mano. Nick hace el registro por los dos. Yo me quedo a un lado sin poder hacer nada útil mientras charla con el chico de recepción en alemán. Me entretengo mirando un puesto con folletos relucientes que ofrecen distintas actividades para hacer en Núremberg: museos, visitas a pie, excursiones de un día y mercados navideños. Rozo con los dedos la esquina del folleto del mercado navideño cuando siento la presencia de Nick a mi lado. Aparto la mano del folleto como si me hubiera pillado leyendo un correo personal en horario de trabajo. «Es casi lo mismo: hemos venido a trabajar», me recuerdo por tercera vez desde que el avión ha aterrizado.
Nick me tiende una de esas carpetas diminutas de cartulina con la llave de la habitación del hotel y, cuando la cojo, me roza los dedos. Sé que nos hospedamos en habitaciones separadas, pero, de repente, dormir en las mismas coordenadas geográficas que Nick me parece superior a mis fuerzas. Él es superior a mis fuerzas. Bajo la mirada a sus labios y trago saliva. Rápidamente, la desvío hacia el mango de mi maleta de ruedas. Por el amor de todos los troncos de Navidad, ¿por qué es tan guapo? Todo él es maravilloso y ya me estoy cansando.
—¿Has visto algo que te interese? —Habla en voz baja, pero su voz me seduce y me calienta tanto el corazón de muérdago como los mercados navideños. Es muy sensual. Como un polvo de los buenos.
Mi mirada vuela hacia él. Parpadeo con rapidez y me pregunto si mi expresión me delata. Si he sido demasiado obvia al apreciar su estúpido y perfecto rostro. Si sabe que se me ha puesto la carne de gallina cuando nuestros dedos se han rozado.
—No, nada interesante. —Consigo decir. Pasea la mirada entre mí, la pila de anuncios y de vuelta a mí.
—Pareces cansada —dice tras una larga pausa. Y, entonces, no estoy segura de lo que ocurre, pero juro por Papá Noel que casi me toca. Alza la mano, pero la detiene a unos centímetros de mi mejilla porque doy un respingo de la sorpresa—. Si no te apetece ir a la reunión de esta tarde, puedo ir sin ti.
—¡Estoy bien! —Protesto de inmediato. Si él puede asistir a la reunión, yo también. Además, no sé qué hacer con él cuando no se las da de Scrooge.
Sonríe con tristeza y sacude la cabeza.
—Por supuesto. —Gesticula hacia los ascensores para guiarme en esa dirección—. Nos vemos en el vestíbulo a las dos.
Vuelve al tono brusco y frío al que estoy acostumbrada y eso me relaja. Sé cómo lidiar con la versión Grinch de Nick.
Capítulo 7
El tercer día de viaje, Nick me da una sorpresa.
—Ponte algo cómodo y reúnete conmigo en el vestíbulo en media hora —dice cuando volvemos al hotel tras pasar el día en la empresa El Oso de Baviera.
Ha sido una experiencia increíble, y tengo que admitir que Nick estaba en lo cierto al insistir en que fuera. He conocido al equipo de producción y he afinado el diseño de un nuevo reno de peluche con el atuendo típico de Baviera que están desarrollando. Además, he visto de primera mano la cafetería con ositos de peluche y he aprendido los pormenores del servicio de comida para llevar. El gerente me dio bastante información e ideas y he aprendido que en Núremberg llaman «bretzels» a los pretzels. Eso me ha dado la idea de añadir una parte de bretzels en nuestro escaparate de comida para llevar porque sería un guiño encantador a nuestras raíces alemanas. Encantador y rentable. Sacaremos el máximo beneficio del tráfico peatonal de Main Street que busque un tentempié por la tarde o durante las primeras horas de la noche y utilizaremos los mismos hornos de la cafetería.
Estoy impaciente por actualizar la estimación de ingresos y enseñársela a Nick. Me he pasado todo el trayecto en taxi de vuelta al hotel poniéndolo al día de la idea, mientras disparaba las palabras a medida que el concepto tomaba forma en mi cabeza y se materializaba en mis labios. No lo he visto en casi todo el día, ya que ha tenido reuniones distintas a las mías y yo estaba más emocionada de lo que me gustaría admitir para pedirle el visto bueno.
Este viaje no es lo que había esperado y tal vez Nick tampoco es como pensaba. Lo cierto es que ayer me sentí culpable cuando me comí el bombón del calendario del rosco. Es decir, el bombón de Adviento. Bueno… Da igual. La cuestión es que Nick no se está comportando como un Grinch durante el viaje. No me ha incordiado ni ha mencionado a Santana. Fuera de la oficina, se muestra más relajado de lo que estoy acostumbrada o, a lo mejor, la que está relajada soy yo.
En cualquier caso, tengo la guardia baja.
Me cambio rápido de ropa y me pongo un par de vaqueros y un jersey cómodo; me recojo el pelo en una coleta baja y cojo la bufanda y el abrigo antes de bajar al vestíbulo. Me estoy subiendo la cremallera cuando Nick entra en el ascensor. También se ha puesto unos vaqueros con un chaquetón de plumas ligero y lleva una bufanda azul marino colocada a la perfección alrededor del cuello. Está al teléfono y, con un asentimiento de cabeza, señala la puerta principal. Le pregunta al jefe de almacén por el retraso de dos días en el procesamiento de un envío a los vendedores.
Nick permanece en silencio mientras escucha lo que quiera que le esté diciendo antes de interrumpir:
—Papá Noel no hace entregas el veintiséis de diciembre y nosotros tampoco. Soluciónalo. —Entonces, cuelga, se guarda el móvil en el bolsillo con una mano y, con la otra, llama a un taxi—. Hauptmarkt —le dice al conductor en cuanto nos sentamos en la parte trasera.
Pasamos varios minutos en silencio en los que Nick saca el móvil del bolsillo para escribir un correo electrónico con movimientos rápidos y agresivos. Yo me dedico a observar el paisaje, todavía sin saber muy bien a dónde nos dirigimos.
—¿Va todo bien? —pregunto cuando el flujo de escritura se detiene y deja escapar un suspiro breve e irritado.
Fuera está oscuro, pero la ciudad es mucho más que romántica con todas estas luces de Navidad. Ristras de luces centellean por toda la calle. En las puertas, cuelgan ramas de pino. La nieve se ha asentado en las juntas de los tejados picudos y la magia se respira en el ambiente.
—Irá bien. El almacén está sobrecargado y va con retraso. Tendremos que hacer algunos cambios.
Antes de que pregunte qué significa eso, el taxi se detiene y Nick le da al conductor unos billetes de euros tras abrir la puerta. Antes de salir del coche detrás de él, ya tengo los ojos como dos galletas glaseadas. Ante nosotros, se extiende el mercado navideño más mágico que he visto en la vida. En realidad, es el único que he visto porque en Reindeer Falls no tenemos un mercado navideño como tal.
Estamos en la plaza céntrica del casco antiguo de Núremberg; tiene una iglesia que data de siglos atrás situada en un extremo y filas y filas de puestos se despliegan ante nosotros, cubiertos con toldos a rayas blancas y rojas. Las guirnaldas envueltas con luces penden entre las ventanas de los edificios circundantes. Diminutas lucecitas parecen colgar de cada superficie libre, y en el aire flota el olor de un sinfín de cosas maravillosas: castañas asadas, salchichas ahumadas y alegría. Huele a Navidad.
No es posible que hayamos venido para esto. Mantengo los pies anclados con firmeza al pavimento mientras echo un vistazo a nuestro alrededor en busca del restaurante al que vamos. Seguro que tenemos una cena de negocios programada en la agenda de esta noche. Me muerdo el labio y aparto la mirada anhelante del mercado. Observo a Nick cuando toma mi mano.
—No puedo dejar que te vayas de Núremberg sin experimentar el mercado navideño.
—¡Sí! —Dejo escapar el aire, feliz. Nick se ríe y el sonido hace que una oleada de calor me recorra el cuerpo. Por un breve instante, creo que va a seguir cogiéndome de la mano, hasta que baja la vista. Sacude la cabeza con ligereza y me suelta.
—Vamos. —Señala el mercado con la cabeza, todavía con una sonrisa en los labios—. Cenaremos salchichas de Núremberg y beberemos vino especiado como los lugareños.
Contengo las ganas de dar vueltas como los niños y nos dirigimos a la primera hilera de puestos con luces brillantes. Una sonrisa enorme se me instala en el rostro y ni siquiera intento reprimirla. Hay tanto que ver que apenas me concentro. Vemos unos adornos para el árbol de Navidad y figuritas divertidas hechas con ciruelas pasas. Nick me cuenta que es una tradición del mercado y, al rebuscar entre ellas, descubro que hay una variedad infinita: espantapájaros, panaderos, parejas que se besan y médicos. Incluso hay un Papá Noel de ciruelas pasas.
—Dice la leyenda que, mientras tengas un hombrecillo de ciruelas pasas en casa, tendrás dinero y felicidad.
Nick se inclina hacia mí para susurrarme las palabras al oído y me hace reír, aunque un escalofrío me recorre la espalda y, bajo el abrigo, siento un cosquilleo en la piel. Es ridículo, ni siquiera son palabras seductoras. Te aseguro que utilizar «ciruelas pasas» y «hombrecito» en la misma frase no es una forma de seducción.
Doy un paso atrás. Aun así, compro un Papá Noel de ciruelas pasas. Ya le buscaré un lugar en mi colección; porque tengo una colección de figuritas de Papá Noel, por supuesto. No tiene nada que ver con querer un recuerdo de esta tarde.
—Supongo que querrás conocer a la Christkind —menciona Nick cuando deambulamos por una sección del mercado dedicada a los niños. Hay un carrusel que derretiría el corazón del mayor escéptico de la Navidad. Junto a él, hay un trenecito que pasea por unas vías con forma ovalada alrededor de un grupo de árboles navideños y una casa de galleta de jengibre de un metro de alto. Hago una foto para Ginger.
—¿Qué es eso?
—Es la princesa del Bastón de Caramelo original.
—Venga ya. —Le doy un codazo en las costillas. Estoy segura de que me toma el pelo, pero, por una vez, no me importa.
—Va en serio. —Esquiva mi codo con facilidad y señala hacia una adolescente rubia tras una cuerda roja y una fila de niños que esperan para hacerse fotos con ella. Tiene el pelo largo y rizado, una corona de treinta centímetros y un traje dorado a juego. Observo la escena unos segundos y comprendo que Nick ha dicho la verdad. Está claro que Reindeer Falls adaptó esta tradición de Núremberg.
—Vaya —consigo decir—. Su corona es mucho más grande que la mía.
Avanzamos y pasamos junto a un edificio gótico cuya estructura tiene forma de aguja. Debe de tener unos seis metros de alto. Nick me cuenta que es una fuente, la Schöner Brunnen, que data del siglo xiv. La fuente está adornada con figuras coloridas y, por la noche, se ilumina desde la base. Nick dice que representa las artes liberales y que los anillos de latón incrustados en la verja de hierro forjado que rodea la fuente traerán buena suerte a quien los haga girar.
Es un guía turístico consumado.
Y tiene mucha paciencia ante el hecho de que me paro a mirarlo todo. Nada es demasiado pequeño o extraño para que no llame mi atención. Hay mucho donde escoger en el mercado y la cabeza me da vueltas por el espíritu navideño. Nick me ayuda a escoger regalos tradicionales para mi familia: para Noel, un adorno hecho a mano por un artesano local; y, para mis padres, un ángel llamado Rauschgoldengel. Tiene las alas cubiertas de pan de oro y Nick me entretiene con su leyenda.
Me cuenta que Núremberg es famosa por sus galletas de jengibre a las que llaman Lebkuchen y que las preparan desde hace cientos de años. Las hay de todos los tamaños y formas imaginables y con todo tipo de coberturas. Compro un surtido para Ginger a sabiendas de que le encantará probarlas e intentará reproducir las recetas.
—Si pudieras pedir cualquier cosa por Navidad, ¿qué sería? —pregunto mientras esperamos a que la dependienta envuelva mi colección de galletas de jengibre. Se queda callado y no estoy segura de si me ha oído, así que me giro con expresión interrogante y una ceja arqueada.
—Nada que pueda tener —responde, y parece incómodo; evita mirarme a los ojos.
Mientras trato de descifrar lo que ha dicho, se adelanta para alcanzar la bolsa que le tiende la dependienta.
—Puedo llevarla yo —insisto e intento quitársela.
Nuestros dedos se rozan y ese pequeño contacto es suficiente para que el estómago me dé un vuelco y contenga el aliento.
Tiene que ser el mercado navideño.
Eso es todo.
Los mercados navideños me ponen cachonda. Tiene sentido, cualquiera lo estaría. Apuesto a que la tasa de nacimiento de Núremberg está por las nubes cada septiembre. Seguro que sueltan feromonas en el aire con el aroma a canela. Alteran a la gente y los emborrachan con vino especiado para asegurar el crecimiento de la población local.
—¿Echas de menos vivir en Europa? —pregunto con una curiosidad repentina. Siento curiosidad hacia él de una forma que no tiene nada que ver con que lo atropelle un trineo o que una tribu de elfos granujas lo maniate.
—Claro —responde—, pero no tanto como Reindeer Falls.
Casi se me para el corazón.
—¿Echabas de menos Reindeer Falls? ¿Tenías intención de volver?
—Pensaba volver. —Me mira con extrañeza—. ¿Cómo podría alguien no volver a Reindeer Falls?
—Cierto —admito, salvo que me falta el aliento porque el aire que hay entre nosotros está cargado. Porque sus ojos se han suavizado cuando lo ha dicho. Porque algunas personas se van a la mínima oportunidad y sin intención de volver.
Juraría que Nick me mira los labios, pero parpadeo y ya no estoy segura de si me lo he imaginado. Quizá los tengo agrietados. Busco el bálsamo labial en el bolso y me lo paso por los labios mientras Nick mira algo detrás de mí.
—Venga, vamos a comer.
Nick me guía hacia un puesto de comida. El olor a salchichas ahumadas flota en el aire y el estómago me ruge. Los dos pedimos una salchicha tradicional de Núremberg, que consiste en tres salchichas pequeñas servidas en un bollo. Luego, vamos a por las bebidas a otro puesto, el equivalente al bar del mercado navideño. Hay vinos especiados y ponche de huevo con alcohol, además de una gran variedad de otras bebidas cuyos nombres no puedo descifrar. Estas se sirven en una taza de cerámica, lo que me parece encantador y ecológico. Las tazas se pueden devolver por un reembolso parcial o te las puedes quedar como recuerdo.
Sé lo que voy a hacer con la mía.
Nick insiste en que pruebe el Glühwein y luego se ríe por la cara que pongo tras dar el primer sorbo. Básicamente, es vino tinto caliente con especias, azúcar, toques de canela y clavo y una pizca de vainilla que me invade la lengua. Es más fuerte de lo que pensaba, pero no tardo en aprender a apreciarlo.
Nos detenemos junto a unas mesas redondas mientras comemos, rodeados por otras personas que hacen lo propio. Nos rodean familias con niños en carritos y jóvenes con traje de chaqueta. Parece que los mercados son un punto de encuentro popular para los que buscan una cena rápida o tomarse algo con los amigos. Nick me lo confirma y me sorprende, ya que he supuesto que está dirigido a los turistas, pero saber que es una experiencia local auténtica hace que me guste incluso más.
—Necesitamos un mercado navideño en Reindeer Falls —le digo—. O al menos tenemos que poner más decoración navideña en la fachada de El Osito en honor a la magia de aquí. —Hago un ademán con la mano para abarcar el mercado en su totalidad, pero nos interrumpen antes de que Nick me responda.
—¡Nick!
Una mujer atractiva de pelo castaño y más o menos de nuestra edad se detiene junto a la mesa, coge a Nick por los hombros, lo besa en ambas mejillas y lo saluda con una retahíla de palabras en alemán.
—Johanna. —Nick le devuelve el saludo con una sonrisa sincera. Me presenta y me explica que trabajaba con ella cuando vivía en Núremberg.
Johanna me dedica una mirada amistosa, me da un abrazo rápido a modo de saludo y me pregunta si me gusta la ciudad. Hablo con entusiasmo de las maravillas y el encanto de Núremberg, pero me detengo de forma abrupta cuando me doy cuenta de que Nick me mira. Johanna sonríe de oreja a oreja antes de volver a dirigir la atención hacia él. Intercambian otra retahíla de palabras en alemán. No se me escapa el ligero asentimiento que hace ella en mi dirección ni que Nick me mire de reojo y sacuda la cabeza en respuesta a lo que sea que le haya preguntado. Johanna vuelve a pasear la mirada de uno a otro con una sonrisa traviesa antes de explicar en inglés que tiene que irse porque su familia la está esperando, y señala a un hombre alto y a un niño de un año o dos en un carrito que están a unos metros.
—Auf wiedersehen —responde Nick en alemán a modo de despedida, e intercambian un breve abrazo antes de que ella desaparezca entre la multitud.
Le doy un sorbo a mi bebida y lo observo. Tengo la ligera impresión de que hablaban de mí, pero parecía inofensivo. ¿No?
—¿Qué ha dicho? Cuando hablabais en alemán —pregunto un momento después. La curiosidad saca lo mejor de mí. Me atrevo a decir que, fuera el que fuese el tema de la conversación, es inofensivo y Nick me lo va a contar. Y si es algo horrible, se inventará cualquier cosa para ahorrármelo.
Me mira durante un buen rato y no estoy segura de que vaya a responderme. Eso, o no quiere compartir conmigo el tema de la conversación y le está llevando mucho tiempo inventarse una historia plausible.
Ha despertado mi curiosidad.
—Me ha preguntado si estamos liados —responde al fin. No rompe el contacto visual conmigo cuando lo dice, ni se ríe, y ni siquiera le asoma una sonrisa a los labios.
Me atraganto con la bebida.
—¿Qué? —espeto entre toses. El corazón me va más rápido que Rudolf en Nochebuena. Clavo la mirada en la mesa. En las luces. En la espiral imponente de la Schöner Brunnen. En cualquier sitio excepto en Nick.
—Ya, cómo no. —Repongo. Me obligo mirar a Nick—. ¿Cómo se dice «no» en alemán? —pregunto con una gran sonrisa en un intento de quitarle importancia a la conversación.
Otra larga mirada.
—Alles, was ich zu Weihnachten möchte, ist einen Kuss von dir —dice con tranquilidad. Me mira un breve instante a los labios antes de apartar la mirada. La he sentido como una caricia. Ni siquiera estoy segura de si eso es posible, pero ha sido así.
Me estremezco, aunque no tengo frío.
Es la brujería del mercado navideño.
—Esas son muchas palabras para decir que no —consigo decir.
—Sí, es un idioma complicado. —Nick hace una bola con el envoltorio de los bocadillos y la tira en un contenedor cercano—. Vamos, quiero enseñarte algo.
Capítulo 8
—¿Estás seguro de que podemos hacer esto?
—Confía en mí. —Nick me dedica una sonrisa cuando me giro para mirarlo.
Subimos los peldaños de la Iglesia de Nuestra Señora. Las escaleras forman una espiral que nos guía cada vez más alto a medida que los escalones se estrechan. Al principio, creí que Nick me hacía ir delante para mirarme el culo, pero ahora lo agradezco porque si tropiezo, podrá cogerme.
Quizá, que Nick Saint-Croix me sujete no sea lo peor del mundo.
Al final, llegamos al rellano y me detengo. Me falta el aire y doy gracias por mantener una relación esporádica con el gimnasio. Nick no parece falto de aire en lo más mínimo. Mentecato atractivo.
—Por aquí —indica, y me conduce a través de una puerta de piedra hacia el balcón. Ante nosotros se extiende el mercado navideño para deleitarnos con su magia. Desde aquí tenemos una vista aérea de las cabinas rojas y blancas que hay abajo, con toda la zona iluminada por las luces blancas que parpadean y la gente que pasea feliz hasta donde me alcanza la vista.
—Oh, vaya. —Lo que veo me hace suspirar. Quiero guardar este momento para siempre—. ¡Es impresionante!
A mi lado, Nick permanece callado mientras yo jadeo y exclamo con admiración por la imagen que hay ante mí. Hago una foto y, luego, me giro con el móvil aún en las manos. No sé si Nick se aburre y quiere bajar.
No parece aburrido.
Parece cautivado.
Pero no está admirando las vistas: me mira a mí.
Me mira como si quisiera besarme.
Contengo el aliento cuando da un paso adelante, con la espalda apoyada contra el medio muro. Inclina la cabeza hacia mí como si fuera a besarme. Ay, por Papá Noel. De verdad va a besarme.
El momento se alarga lo que parece una eternidad mientras su rostro se cierne sobre el mío y con nuestros labios separados unos milímetros. El corazón me late con fuerza y me sonrojo de pies a cabeza. Coloca la mano a un lado de mi rostro para acariciarme la mejilla con el pulgar y me ladea el cuello un poco a la derecha.
El corazón amenaza con salirse del pecho. Va a besarme, ¿verdad? No puede estar haciendo otra cosa. Si tuviese una pestaña en la mejilla, ya me la habría quitado. Si tenía que decirme algo, podría haberlo hecho a dos pasos de mí. Va a besarme, no hay forma de malinterpretarlo.
Y…
Quiero que lo haga. Quiero que me bese.
Con locura. Con desesperación. Más que nada en el mundo entero. Necesito saber qué se siente al besar a Nick Saint-Croix.
Y este lento descenso hacia mis labios me vuelve loca. Loca de deseo. Me siento mareada por el suspense. ¿Me sorprende que hayamos llegado a esto? ¿Esta tensión sexual que se cuece a fuego lento? ¿O siempre he sabido que estaba aquí, escondida, débil tras el rechazo? ¿Escondida tras el odio? La energía que hay entre nosotros me lleva al límite. Estoy loca de deseo, de lujuria y de anhelo. No tengo ni idea de cómo lo he negado porque esto… esto que hay entre nosotros es real. Tan real, tangible y radiante como el mercado a nuestros pies.
Me inclino hacia él para salvar la poca distancia que nos separa hasta que mi pecho toca el suyo. La cuenta atrás de los labios de Nick sobre los míos está llevando demasiado tiempo. Como un calendario de Adviento con demasiadas puertas y la promesa de todo lo que siempre has deseado escondido tras la última.
Sus labios se curvan ligeramente en una sonrisa cuando presiono mi cuerpo contra el suyo. Como si lo quisiera, como si ondeara una bandera blanca. A lo mejor lo hacía. Los labios de Nick son el centro de mi universo.
Se humedece el labio inferior con la lengua y me flaquean las rodillas. Tal vez lo hubieran hecho si no estuviese sujeta entre el muro y Nick, así que me mantengo firme. Entonces, por fin, por fin, por fin, inclina la cabeza y nuestros labios se rozan.
Besar a Nick es como descubrir que Papá Noel vendrá dos veces este año. Y que te va a traer cosas que ni siquiera pensaste en poner en la lista. Siempre asociaré el beso perfecto con el olor a castañas asadas y el aroma a pino, con el frío cortante del invierno que me muerde la piel por el brusco contraste con el calor de nuestros cuerpos, con el sabor del vino especiado y el peso del cuerpo robusto de Nick al envolverme.
Se me escapa un quejido bajo y me pongo de puntillas para acercarme más. Me separa los labios con los suyos y me succiona con suavidad el labio inferior. Hay muchas probabilidades de que me muera. Sobre todo, porque me olvido de respirar. Tomo una bocanada de aire, cambia de ángulo para introducirme la lengua en la boca y casi se me para el corazón. Porque es bueno. Es perfecto. Es un beso perfecto.
El gruñón de Nick sabe besar. Sabe el sitio exacto donde tocarme para que me desate. Me acuna el cuello con una mano y enreda los dedos en mi pelo. La sensación despierta todas y cada una de mis terminaciones nerviosas. Quiero más. Quiero que me acaricie cada centímetro del cuerpo con esos dedos cálidos. Introduce la otra mano por el borde de mi abrigo y bajo la camisa, lo justo para rozarme la piel de la cadera por encima de la cinturilla de los vaqueros.
Es un roce bastante inocente, pero no hace que me sienta así. Hace que me sienta sensual y temeraria. Que piense que esto es una buena idea. Quiero más de sus labios, de su lengua y sus caricias. Más de Nick. Le recorro el pecho con los dedos y entrelazo las manos tras su cuello. Enrosco una pierna en torno a su muslo como si no tuviera control sobre mis extremidades. Como si intentara subirme a él con la misma curiosidad y entusiasmo que un gatito que salta sobre un árbol de Navidad.
Porque eso es lo que hago.
Tal vez incluso esté dispuesta a maullar.
Mientras tanto, Nick está tan tranquilo como un cura en la misa del gallo. Estoy agitada, necesitada y ávida, mientras que él es la viva imagen del autocontrol y la restricción.
Pero…
Pero tengo la sensación de que no es inmune.
No es inmune en lo más mínimo. Ya sabes a qué me refiero.
Es lo contrario a tamaño de elfo.
Emito un sonido de placer contra su boca y tenso las caderas contra su pierna. Un momento después, me coloca la mano en el trasero para sostener mi peso mientras intento follármelo con la ropa puesta en una iglesia.
Por Dios.
Literalmente.
Me lo estoy montando con mi jefe en una iglesia.
Me aparto y parpadeo para ordenar mis pensamientos. Intento entender cómo hemos llegado a esto. Nick entierra la boca en mi cuello y deja un rastro de besos cálidos por mi piel mientras deshace el abrazo de mi pierna en torno a su cintura y se asegura de que tenga los dos pies en el suelo antes de soltarme.
—¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué me has besado? —Respiro con pesadez y me apoyo en la barandilla. La palabra «cachonda» no describe ni por asomo mi estado actual.
—Porque quería. —Ni se inmuta. Su voz es suave y firme y no aparta la mirada de mí. Se acaricia el labio inferior con los dedos y es más de lo que puedo soportar para no restregarme contra él. El tono de su voz suena como en todos los pensamientos guarros que he cubierto con un glaseado de bastón de caramelo.
—¿Por qué no lo has hecho antes? —Mi voz no suena suave, sino consternada. Sin aliento. Necesitada.
Sonríe. Es una sonrisa tan amplia que amenaza con conseguir que mis dedos vuelen al botón de sus vaqueros.
—Porque me odias.
—No te odio siempre —protesto. Es cierto. Más bien, es una proporción de ochenta-veinte entre odio y lujuria. Ochenta por ciento lujuria, por supuesto.
—Es bueno saberlo. ¿Me odias ahora? —Es extraño. Parece… ¿vulnerable? ¿Qué está pasando? Es como si el mundo girara bajo mis pies.
—No tanto, no. —Niego con la cabeza, confusa. Pero no. Soy un desastre.
—Me alegra saberlo. —Inclina la cabeza hacia la mía, pero le pongo una mano en el pecho para detenerlo.
—Nick, ¿qué pasa con Taryn?
—¿Taryn? —Frunce el ceño, visiblemente confundido, tanto por la interrupción como por la pregunta.
—¿No estáis saliendo?
—No, solo somos amigos.
Medito su respuesta un momento mientras pienso en todos los significados de la palabra «amigos».
—¿Sois amigos con derecho a roce? —insisto.
Niega con la cabeza con una expresión aparentemente divertida.
—No, solo amigos.
—Vale. —Asiento y me acerco a él. Entonces, me detengo antes de que nuestros labios vuelvan a tocarse—. He roto con Santana —añado sin un ápice de ironía. Luego, tiro del abrigo de Nick y lo atraigo hacia mí.
—Me alegra oírlo —responde en voz queda. Sonríe y me roza los labios con los suyos.
Hay algo en la unión de nuestros labios que hace que se me detenga el pulso, que me humedezca allí donde más lo deseo, que mi corazón lata expectante y que libere una bandada de mariposas en mi estómago.
—¿Cuánto hace que quieres besarme? —inquiero con un hilillo de voz apenas audible. Me pregunto si su interés desaparecerá tan pronto como ha llegado.
—Desde el primer día.
—¿El primer día? —Echo la cabeza hacia atrás con una expresión de duda y el ceño fruncido—. ¿Cuando llevé las magdalenas con forma de reno al despacho y te reíste de mí?
—Ese mismo día —susurra y deposita un suave beso en la comisura de mis labios—. En mi defensa diré que era principios de junio.
Me encojo de hombros. Me parece justo, pero eran magdalenas con forma de reno para celebrar el último día de su tío y el primer día de Nick en El Reno Volador, así que, para mí, tenía sentido.
—Estás frunciendo el ceño —dice Nick mientras me acaricia el muslo con la mano. El muslo que, de alguna forma, ha encontrado la manera de enroscarse de nuevo en su cintura. Y ya no estamos en el balcón porque Nick se las ha apañado para que retrocedamos unos pasos hacia el hueco de las escaleras.
—No es cierto. Yo no frunzo el ceño. Tú, sí. —Froto el pecho contra el suyo y le entierro los dedos en el pelo.
—Cuando se trata de ti, no frunzo el ceño. Es la tensión sexual acumulada —me susurra al oído.
Ah.
Mmm.
—¿Qué haces? —consigo decir cuando introduce una mano bajo mis pantalones. Quiero decir, sé qué se propone, pero me queda lo justo de sentido común para preguntarme si antes no deberíamos ir a otro sitio—. ¿Y si continuamos con esto en el hotel?
—No puedes esperar tanto.
Muy cierto.
—Estamos en la iglesia. —Me fuerzo a que las palabras salgan de mis labios. Pero solo un poco, porque ha bajado los dedos lo bastante para separar mis pliegues y frotarme el clítoris con el dedo corazón con movimientos suaves.
—No hay nadie. —Me da un pequeño tirón del lóbulo de la oreja con los labios y me susurra al oído—: Deja que me ocupe de ti.
Después de eso, no hablamos mucho. Sobre todo, jadeo mientras me estimula con los dedos en la iglesia. Porque eso es lo que está pasando.
—Me has vuelto loco desde el día en que volví a Reindeer Falls —murmura Nick entre los besos sensuales que reparte arriba y abajo en mi garganta. Ejerce una presión suave sobre mis labios y me recorre la mandíbula.
Nick sabe lo que hace con los dedos. Está concentrado, y cada roce de su dedo, cada círculo que traza, cada desliz para bordear mi apertura es deliberado. Es la experiencia más intensa que he tenido con la ropa puesta; o desnuda, ya que estamos. Es tan agradable que respiro hondo mientras una oleada de sensaciones me recorre. Cuando desliza un dedo en mi interior, echo la cabeza hacia atrás y gimo lo bastante alto como para que el eco retumbe.
—Eres susceptible y un poco estirada.
—No lo soy —niego.
Me frota el clítoris con el pulgar, ahora que tiene el dedo corazón ocupado en otros menesteres. Este parece un momento injusto para acusarme de ser una estirada. Soy todo lo contrario. Al menos, ahora mismo.
—Me gusta —dice con un gruñido, y siento su aliento cálido en la oreja. Me estrecho alrededor de su dedo con un pequeño espasmo de placer.
Vale. A lo mejor lo soy.
—Eres un poco idiota —señalo.
—Tal vez. —Sonríe contra mi cuello—. Pero a ti también te gusta.
Entonces, me cubre la boca con la suya para que no pueda responder. Desliza la lengua con suavidad por mi labio inferior y me estremezco, no porque tenga frío, sino porque me falta tan poco para correrme que me muero de necesidad. Porque Nick sabe a la perfección cómo tocarme. Añade un segundo dedo al primero y los mueve en mi interior con suavidad, acaricia las paredes internas con destreza mientras me frota el clítoris con el pulgar y enreda la lengua con la mía.
Tiene los dedos empapados de mí, lo que facilita la estimulación de cada una de mis sensibles terminaciones nerviosas. Y sé que, incluso si viviera hasta los cien años, no volveré a vivir nada que se parezca a esto.
Cuando masajea ese punto exacto en mi interior mientras ejerce presión en el clítoris con el pulgar, estallo. Porque Nick es un experto en provocarme todo tipo de sentimientos: rabia, hostilidad, indignación, pasión, lujuria. Todo eso se concentra en una combinación explosiva entre los muslos.
Me derrito contra su cuerpo, con una pierna todavía en el suelo, y Nick soporta todo mi peso. Dejo caer la cabeza en el hueco de su hombro y la cara sobre su pecho mientras recobro el equilibrio. Cuando se lleva los dedos que acaba de sacar de mi interior a la boca, casi me muero de lo sexy que es. Y de la vergüenza.
¿Acabo de dejar que mi jefe me masturbe en una iglesia? ¿En un viaje de trabajo? ¿Se ha lamido mi orgasmo de los dedos?
Sí, todo eso acaba de pasar.
—No lo pienses demasiado, Holly —dice Nick mientras me abrocha el vaquero y me sube la cremallera.
Me muerdo el labio inferior y clavo la mirada en la costura del hombro de su abrigo hasta que me coloca el pulgar y el índice bajo la barbilla y la alza lo justo para darme otro beso. Pero no me besa. Todavía no. Espera a que lo mire. Entonces, sonríe. Sus ojos verdes brillan en la penumbra mientras una sonrisa se extiende lentamente por su rostro, que se cierne de nuevo sobre el mío en una lenta tortura. Sus labios están a solo unos centímetros. Apoya su frente sobre la mía y me aparta un mechón de pelo del hombro. Me acerca hasta que nuestros cuerpos se unen desde las caderas hasta el pecho.
Entonces, me besa.
Capítulo 9
Nos marchamos de la iglesia antes de que pueda quitarle los pantalones a Nick.
Lo habría hecho. Le habría quitado los pantalones a mi jefe en la iglesia si me hubiese dejado. Ya es oficial: estoy en la lista de niñas malas de Papá Noel. Segurísimo.
Cuando salimos de la iglesia, Nick me toma la mano y nos internamos entre la multitud hasta que estamos en el asiento trasero de un taxi. Cuando nos subimos, empiezo a actuar de forma extraña. Me siento demasiado lejos como para abrazarnos y me miro las manos sobre el regazo. Guantes. Llevaba guantes en algún momento de la tarde, ¿no? Aunque no tengo ni idea de dónde están ahora. Se han perdido junto a mi cordura.
Cuando me froto las manos con nerviosismo, Nick saca mis guantes del bolsillo y me los tiende. No tengo ni idea de dónde los ha sacado. Son de un azul claro invernal a juego con la bufanda. Me los pongo y retuerzo los dedos como si fuese la primera vez que estoy en el asiento trasero de un coche con un miembro del sexo opuesto.
Aunque casi lo es, ahora que lo pienso. No lo he estado desde el instituto y, desde luego, aquello no era un taxi.
A ver, sé que Nick ha hecho que me corra hace solo quince minutos, pero si no quiere continuar con esto al llegar al hotel, yo… Bueno, no tengo ni idea de qué haré. Por mucho que me masturbe, nada podrá igualar la sensación de las manos de Nick sobre mi cuerpo.
Pero ¿en qué estoy pensando? ¡Esto es una locura! Todo. Cuando volvamos al hotel, le daré las gracias por esta bonita tarde, iré a mi habitación y Nick a la suya, y fingiremos que esto nunca ha ocurrido. Debo de haberme entusiasmado por el aroma a castañas asadas y a Nick. Es lo único que tiene sentido.
Tamborileo con los dedos sobre los muslos más rápido que un batería en un grupo de rock duro. Uno que lleva guantes de punto azul claro que amortiguan los golpes. Percibo que Nick me mira con fijeza, así que ladeo la cabeza. Se ha girado hacia mí, con el brazo sobre el reposacabezas y una sonrisa cómplice.
Porque conoce el sonido que hago cuando me corro y mi sabor. Sabe exactamente cuánto me humedezco y la forma en que me estrecho en torno a sus dedos cuando me corro. Me pongo como un tomate. Estoy segura. Siento que el calor me recorre las mejillas. A lo mejor tengo gripe. Miro hacia el frente y trato de estimar cuánto tiempo nos queda para llegar al hotel. Juraría que el viaje de ida al mercado ha sido más corto que el de vuelta.
—Dime en qué piensas, Holly.
—En nada.
—Los dos sabemos que eso no es cierto.
—Solo pensaba en…, una hoja de cálculo. —Claro, eso es normal.
—Una hoja de cálculo —responde Nick, inexpresivo.
—Ajá —murmuro, y lo miro de reojo.
Atrapa un mechón de mi pelo y lo acaricia con los dedos. Apenas lo noto, solo un ligero tirón en la raíz, pero no importa. Podría estar recorriéndome la piel; cuando se trata de Nick, hasta el más mínimo roce o caricia se magnifica.
—En ese caso, he tenido que hacer un trabajo pésimo para distraerte. —Lo dice con tanta suavidad que solo yo lo oigo. Y, de alguna forma, se ha sentado más cerca de mí, con una mano sobre mi muslo y la otra todavía enredada en mi melena.
—¿Prefieres que esté distraída? —Lo miro. Mi pecho sube y baja con rapidez al respirar. Ha deslizado la mano un poco más arriba del muslo y me rodea la cara interna con los dedos. La tela vaquera se interpone entre los dos, pero si no supiera que es así, habría jurado que estoy desnuda. Noto una sensación punzante. Deseo que suba la mano un centímetro más.
—Mucho. —Posa los labios justo en ese punto detrás de mi oreja. Ese que parece estar directamente conectado con el clítoris. Aunque la verdad es que allá donde Nick me toca, tiene ese efecto en mí—. Aun así, hablar sobre hojas de cálculo contigo me pone.
Le dedico una mirada fulminante. No estoy segura de si bromea o no. Me da un suave apretón en el muslo. Solo aumenta un poco la presión y sé que es inevitable que lleguemos hasta el final. Voy a arrastrarlo a mi habitación del hotel y a quitarle los pantalones.
Un momento después, nos enrollamos en el taxi de formas que ni siquiera había soñado en el instituto. Cuando Nick me levanta de su regazo lo justo para sacarse la cartera de los pantalones, me detengo, desorientada y embriagada por habernos dado el lote. Creo que busca un condón hasta que veo que saca unos euros de la cartera y se los da al conductor con una mano mientras abre la puerta con la otra. Porque el taxi ha parado. Porque estamos en el hotel.
Eso es bueno, porque empezaba a contemplar seriamente follármelo en el asiento trasero del taxi.
Cuando estamos en la acera frente al hotel, Nick se detiene. Tengo la sensación de que estamos dentro de una bola de nieve. El mundo aún se mueve a nuestro alrededor, las luces brillan con fuerza, los coches pasan silbando por la calle y, que alguien me ayude, ha empezado a nevar ligeramente. Un copo de nieve aterriza en las pestañas de Nick.
—Holly… —Toma mis manos entre las suyas y sus ojos buscan los míos. Parece… ¿indeciso?—. Tenemos que hablar.
¿Hablar? ¿Está loco o qué le pasa? En el taxi no quería hablar. La dureza contra mi muslo señalaba su falta de interés en hablar.
—No. —Niego con la cabeza antes de que termine la frase—. No tenemos por qué hacerlo.
—¿No tenemos por qué hablar? —Me sonríe cuando lo dice, así que imagino que parezco tan loca como me siento. Desaliñada y trastornada por la lujuria.
—Nop. —Sacudo la cabeza y le pongo un dedo sobre los labios para callarlo. Un dedo cubierto por el guante azul sobre su labio inferior, perfecto y carnoso. Sí, estoy segura de no querer hablar—. Sígueme.
Entonces giro sobre mis talones y me dirijo al hotel. No me detengo hasta que llegamos frente al ascensor y pulso el botón de llamada.
Nick se apoya contra la pared con las manos en los bolsillos y una pequeña sonrisa pícara en los labios mientras me observa en silencio. Entrelazo las manos frente a mí con delicadeza, observo los indicadores sobre los ascensores y deseo que vayan más rápido. Me doy cuenta de que estoy dando golpecitos frenéticos con el pie cuando veo que Nick me recorre la pierna con la mirada.
Si el ascensor no llega en los próximos quince segundos, juro que puntuaré al hotel con cuatro estrellas. Dejo quieto el pie y me quito los guantes para guardarlos en el bolsillo. Reparo en que Nick lleva las cosas que he comprado en el mercadillo. Eso está bien, porque me lo habría dejado todo amontonado en la iglesia y no me habría acordado hasta la semana que viene.
El ascensor llega, me subo y pulso el botón de la cuarta planta. Nick está en la quinta. No aprieta el botón. El ascensor se detiene en la tercera y casi entro en combustión de la impaciencia. Se sube un hombre de mediana edad con ropa deportiva y presiona el botón de la planta seis para ir al gimnasio. Por fin, por fin, por fin, el ascensor se detiene en la cuarta planta, pero ya le he quitado una estrella mentalmente porque no se mueve a la velocidad de una montaña rusa en un parque de atracciones.
Nick coloca una mano en la puerta abierta del ascensor y hace un gesto con la mano para que salga. Aún no he puesto un pie en el rellano cuando pronuncia mi nombre y me doy la vuelta para descubrir que sigue en la puerta con una sonrisa relajada.
—¿Tengo que seguirte? —Parece que lo pregunta en serio, pero sus ojos tienen un brillo burlón.
Vaya, vaya. ¿Quién iba a decir que Nick Saint-Croix era un bromista?
Suspiro y lo saco del ascensor. Me sigue por el pasillo sin decir una palabra, encantado. Cuando llegamos a mi puerta, tiemblo como un flan mientras paso la llave frente al lector de tarjetas.
No lo miro cuando la puerta se cierra con un clic tras él. La habitación apenas está iluminada debido a la poca luz que entra de la calle. A mi espalda, oigo que Nick deja los paquetes en el armario y se baja la cremallera del chaquetón. Creo que es la cremallera que más ruido hace de toda Europa. También bajo la mía y me doy la vuelta para mirarlo. Me quito las botas de un puntapié y dejo que el abrigo caiga al suelo.
Soy muy consciente de que llevo un tiempo rechazando la mera idea de acostarme con Nick, pero ahora que estoy sola en una habitación de hotel con él, lo quiero ya. Ahora mismo. Me falta poco para arrancarle la ropa si tarda demasiado. Debe de gustarle la camisa, porque se la quita un instante después de quitarse el chaquetón.
Es alto y esbelto, y doy gracias por lo que sea que haga en el gimnasio.
Ya tengo los vaqueros por los tobillos; muevo un pie con impaciencia para tratar de liberarme del material. Casi me caigo al intentar sacudírmelo de los tobillos, pero Nick me sostiene cuando me tambaleo.
—Relájate. No me voy a ninguna parte, Holly —me susurra al oído y el corazón me late tan rápido que me sorprende haberlo escuchado. Es el momento. Es el momento justo antes de tener sexo del bueno. Cuando ambos estáis semidesnudos y sabes que va a ocurrir y que va a ser espectacular, cuando cada nervio de tu cuerpo está en estado de alerta máxima.
Me levanta la camisa por los costados despacio y con precisión. Me roza ligeramente con las manos mientras el material se eleva centímetro a centímetro.
Me va a matar. Solo el roce de sus dedos me vuelve loca. Es como si nunca antes me hubiesen tocado y, sinceramente, a lo mejor no lo han hecho. No así. No con tanta expectación. No con esta destreza.
Me quita la camisa y la deja caer en el suelo. Espero que lo siguiente sea el sujetador, pero, en vez de eso, los dedos de Nick se dirigen a la banda elástica de mi pelo y me deshace la coleta con suavidad hasta que la cabellera se extiende como un abanico sobre los hombros. Entonces, sus labios empiezan a descender por el cuello hasta las clavículas, me desabrocha el sujetador y me lo quita deslizando las tiras por los hombros. Despacio. Como si fuese un regalo que hay que desenvolver con cuidado.
Me muero y él se mueve con lentitud. Examina cada centímetro de mi cuerpo entre besos y suaves caricias. Llevo las manos a su cinturón para quitarle los pantalones sin un ápice de la delicadeza que él está mostrando. Abrir, desabrochar, tirar. Eso no hace que vaya más rápido ni en lo más mínimo. Me recorre la barbilla con el pulgar y me alza la cabeza para darme un beso. Descalza, le llego a los hombros; si no se inclinase hacia mí, necesitaría un taburete para alcanzar sus labios. Resulta que no lo necesito porque Nick me levanta del suelo. Le envuelvo las caderas con las piernas mientras me lleva a la cama, como si ya hubiésemos hecho esto antes. Le rozo el vello del pecho con los pezones y se me escapa un gruñido mientras le beso.
Nick nos conduce a la cama con cuidado y me sostiene hasta que estoy sobre el colchón. Entonces, se desliza sobre mí. Su cuerpo se ajusta al mío: la curva de sus caderas, su vientre plano. La fricción de su piel contra la mía es más erótica de lo que había imaginado.
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