Читать книгу: «El cartero siempre llama dos veces»
Título original: The Postman Always Rings Twice
Publicado por acuerdo con Alfred A. Knopf, un sello de Penguin Random House, Inc.
© 1934, James M. Cain. Copyright renovado en 1962 por James M. Cain.
© de la traducción: Federico López Cruz. Cedida por Emecé Editores, S. A..
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO104
ISBN: 9788490568842
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
A Vincent Lawrence
1
Hacia el mediodía me echaron del camión de heno. Me había subido la noche anterior en la frontera, y apenas me tendí bajo la lona me quedé profundamente dormido. Después de las tres semanas pasadas en Tijuana, tenía mucho sueño atrasado, y dormía aún cuando el camión se detuvo en la cuneta para que se enfriase el motor. Entonces vieron un pie que asomaba bajo la lona y me sacaron a la fuerza. Intenté gastarles una broma, pero fue en vano. Pese a todo, me dieron un cigarrillo, y eché a andar en busca de algo que comer.
Fue entonces cuando llegué a la cafetería Twin Oaks, una de tantas en California, cuya especialidad son los sándwiches. Había un pequeño salón comedor y, arriba, las dependencias de la vivienda. A un lado había una estación de servicio, y un poco más atrás media docena de cobertizos a los que llamaban aparcamiento. Me acerqué rápidamente y me entretuve observando la carretera. Cuando salió el dueño, le pregunté si había visto a un individuo que viajaba en un Cadillac. Le conté que tenía que reunirse conmigo allí para comer. Me contestó que no. Preparó una de las mesas y me preguntó qué quería comer. Pedí zumo de naranja, huevos fritos con jamón, torta de maíz, crepes y café. Poco después el hombre estaba de vuelta con el zumo de naranja y las tortas de maíz.
—Oiga... Espere un momento. Quiero decirle algo. Si ese amigo al que estoy esperando no viniera, tendría que fiarme todo esto. La verdad es que tenía que pagar él, pues yo ando un poco escaso de fondos.
—Está bien. Coma tranquilo.
Me di cuenta de que me había calado y dejé de hablar del amigo del Cadillac. Poco después intuí que el dueño quería decirme algo.
—¿A qué se dedica usted? ¿En qué trabaja?
—En lo que salga, sea lo que sea. ¿Por qué me lo pregunta?
—¿Qué edad tiene?
—Veinticuatro años.
—Joven, ¿eh? Un hombre joven como usted me vendría muy bien en estos momentos.
—Tiene usted un buen negocio aquí.
—El clima es muy bueno. No hay niebla, como en Los Ángeles. Ni un solo día de niebla. El cielo está siempre limpio. Da gusto.
—De noche debe de ser precioso. Incluso me parece que respiro mejor.
—Sí, se duerme plácidamente aquí. ¿Entiende de coches? ¿Sabe algo de arreglo de motores?
—¡Claro!... La mecánica no tiene secretos para mí.
Siguió hablándome del clima agradable, de lo fuerte que estaba desde que vivía allí, y de lo mucho que le extrañaba que los empleados no le durasen. A mí no me extrañaba, pero seguí comiendo.
—¿Qué me dice? ¿Le gustaría quedarse?
Yo ya había terminado de comer y me encendía el cigarro que me había dado.
—Voy a serle sincero —respondí—. La verdad es que me han hecho dos o tres propuestas, pero le prometo pensarlo. Sí, lo pensaré.
Entonces la vi. Hasta ese momento debía de haber estado en la cocina, pero en ese momento entró en el comedor para recoger la mesa. Salvo el cuerpo, no era una gran belleza, pero tenía una mirada enfurruñada y los labios tan carnosos que me dieron ganas de fundirlos con los míos.
—Le presento a mi esposa.
Ella no me miró. Hice una ligera inclinación de cabeza y una especie de saludo con la mano con que sostenía el cigarro. Nada más. Retiró los platos. En lo que al dueño y a mí se refería, era como si ella ni siquiera hubiese estado allí.
Me fui casi en seguida, pero cinco minutos después estaba de vuelta para dejarle un mensaje al amigo del Cadillac. El dueño tardó media hora en convencerme de que debía aceptar el empleo, y poco después estaba en la estación de servicio arreglando unos neumáticos.
—Dígame, ¿cómo se llama?
—Frank Chambers.
—Nick Papadakis.
Nos estrechamos la mano y se fue. Un minuto después le oí cantar. Tenía una buena voz. Desde la estación de servicio se veía perfectamente el interior de la cocina.
2
A eso de las tres llegó un hombre muy furioso porque alguien le había pegado un adhesivo en uno de los limpiaparabrisas del coche. Tuve que ir a la cocina para despegarlo con vapor de agua.
—Está preparando tortas de maíz, ¿verdad? Ustedes las hacen muy buenas.
—¿Ustedes? ¿Qué quiere decir? —preguntó ella.
—Pues... usted y el señor Papadakis. Usted y Nick. La que me sirvieron en la comida estaba riquísima.
—Ya...
—¿Tiene un trapo para sostener esto?
—No se refería a eso.
—Sí, ¿por qué lo dice?
—Cree que soy mexicana.
—Ni se me había ocurrido.
—Sí, sí. No es el primero. Oiga, soy tan blanca como usted, ¿sabe? Es cierto que tengo el pelo negro y que puedo parecerlo, pero soy tan blanca como usted. Si no quiere tener problemas, no lo olvide.
—Pero es que no parece mexicana.
—Le digo que soy tan blanca como usted.
—No, usted no tiene nada de mexicana. Las mexicanas tienen las caderas anchas y las piernas mal formadas, una enorme papada, la piel amarillenta y los el pelo tan graso que parece untado con manteca de cerdo. Usted no es así. Es menuda, tiene una bonita piel blanca, el pelo suave y rizado, aunque sea negro. Lo único que tiene usted de mexicana son los dientes. Tienen dientes blanquísimos, eso hay que reconocérselo.
—Mi apellido de soltera es Smith. No suena mexicano, ¿verdad?
—No mucho.
—Además, ni siquiera soy de aquí. Nací en Iowa.
—Smith, ¿eh? ¿Y el nombre de pila?
—Cora. Puede llamarme así, si quiere.
Fue entonces cuando entendí el verdadero motivo de la conversación que habíamos mantenido desde que entré en la cocina. No eran las tortas de maíz que tenía que cocinar, ni el pelo negro lo que le daba la sensación de no ser blanca, era el hecho de estar casada con aquel griego; hasta parecía temer que yo la llamara señora Papadakis.
—Muy bien, Cora. ¿Qué tal si usted me llama Frank?
Se acercó y me ayudó. La tenía tan cerca que podía percibir su olor. De pronto, aproximando la boca a su oído, le pregunté:
—¿Cómo es que se casó con ese griego, Cora?
Ella dio un respingo, como si le hubiera dado un latigazo.
—¿Y a usted qué le importa?
—Pues mucho.
—Ahí tiene el limpiaparabrisas.
—Gracias.
Salí. Había logrado lo que deseaba. La había cogido desprevenida y estaba seguro de que el golpe había surtido efecto. En adelante, ella y yo nos entenderíamos. Tal vez no dijese que sí, pero estaba seguro de que no se me resistiría demasiado. Sabía lo que yo quería y sabía también que me había dado cuenta de cuál era su punto débil.
Aquella noche, durante la cena, el griego se enfadó con ella porque no me sirvió más patatas fritas. El hombre quería que estuviese a gusto allí y que no me fuese como habían hecho los otros.
—Sírvele más.
—Ahí las tiene, en el hornillo. ¿Es que no puede servirse él mismo?
—No importa —zanjé—. Todavía no me he acabado las que tengo en el plato.
Pero el griego insistió. De haber tenido un poco de cerebro, habría comprendido que detrás de aquella actitud se ocultaba algo, porque su mujer no era de las que dejan que uno se sirva solo; pero era un pobre idiota, y siguió refunfuñando. Estábamos sentados a la mesa de la cocina, él en un extremo, ella en el otro y yo en medio. Yo no la miraba, pero le veía el vestido. Era una de esas batas blancas de enfermera, como las que llevan las ayudantes de dentista o las dependientas de una panadería. Había estado limpia por la mañana, pero a esas horas estaba ya un poco rozada y sucia. Volví a percibir su olor.
—Sírvele de una vez y deja de discutir —dijo el griego.
Ella se levantó a buscar las patatas. La bata se le abrió fugazmente y le dejó al descubierto una pierna. Cuando me sirvió las patatas, no pude acabármelas.
—Ésta sí que es buena —exclamó el griego—. Después de tanto discutir, y ahora no las quiere.
—No tengo más apetito. A mediodía he comido demasiado.
Para el griego fue como si hubiese obtenido una gran victoria y ahora la perdonara, demostrando así qué gran tipo era.
—Es una buena muchacha. Mi pajarito blanco. Mi palomita blanca.
Me guiñó un ojo y subió al piso. Ella y yo nos quedamos solos, sin decir palabra. Cuando bajó, el griego traía una botella y una guitarra. Nos sirvió un poco de bebida, pero era uno de esos vinos dulces de su tierra y me sentó fatal. Empezó a cantar. Tenía voz de tenor, no como la de esos cantantes que se oyen por la radio, sino voz de gran tenor. Acompañaba los agudos con una especie de sollozo, como en los discos de Caruso, pero yo no podía prestarle atención; cada minuto que pasaba me sentía peor.
El griego me vio la cara y me acompañó afuera.
—El aire libre le sentará bien.
—No es nada. Dentro de un rato estaré bien.
—Siéntese y no se mueva.
—Entre y no se preocupe por mí. Lo que pasa es que hoy he comido demasiado. No es nada.
Entró. Un segundo después devolví todo lo que había comido, pero no era por el almuerzo, por las patatas, ni por el vino. Lo que pasaba era que deseaba tan desesperadamente a aquella mujer que ni siquiera podía retener nada en el estómago.
A la mañana siguiente descubrimos que el viento había arrancado el letrero de la cafetería. A eso de medianoche había empezado a soplar, y de madrugada era ya un vendaval que se había llevado el rótulo por delante.
—Mire esto. ¡Qué ventarrón!
—Sí, ha soplado tan fuerte que no he podido dormir. No he pegado ojo en toda la noche.
—Sí, sí, pero mire el letrero.
—Está destrozado.
Intenté arreglarlo. El griego se acercó a mirar.
—¿Dónde encargó el letrero?
—Ya estaba aquí cuando compré el negocio. ¿Por qué?
—No vale nada. Me extraña que con esto atraiga a un solo cliente.
Me fui a ponerle gasolina a un coche y lo dejé solo para que meditase sobre lo que acababa de decirle. Cuando regresé, todavía estaba mirando el letrero, que yo había apoyado en la fachada de la casa. Tres de las bombillas se habían roto. Lo conecté a la corriente, y la mitad de las bombillas que quedaban no se encendieron.
—Le pondremos bombillas nuevas y lo volveremos a colgar. Quedará muy bien.
—Usted manda.
—¿Por qué lo dice? ¿Qué tiene el letrero de malo?
—Es anticuado. Ya nadie pone letreros con bombillas. Ahora se llevan los de neón. Son más vistosos y gastan menos luz. Éste no vale nada. Fíjese. ¿Qué dice? Twin Oaks. Nada más. La palabra «Cafetería» no tiene bombillas. Twin Oaks no abre el apetito, no dan ganas de detenerse a descansar un rato y pedir algo de comer. El letrero le está haciendo perder clientela, y usted no se ha dado cuenta.
—Arréglelo como le he dicho y quedará bien.
—¿Por qué no encarga uno nuevo?
—No tengo tiempo.
Pero poco después volvió con un trozo de papel. Había trazado un esbozo del nuevo letrero luminoso y lo había coloreado en azul, blanco y rojo. Decía: «Twin Oaks, cafetería y brasería», y «N. Papadakis, propietario» y «Salón comedor».
—¡Éste sí que atraerá a los que pasen, como la miel a las moscas!
Corregí algunos errores de ortografía y él añadió unos ganchitos muy artísticos a las letras.
—Nick, ¿para qué vamos a colgar el viejo? ¿Por qué no va hoy mismo a la ciudad para encargar uno nuevo? Créame, es muy bonito. Además, lo del letrero es muy importante. El letrero dice mucho de un negocio, ¿no le parece?
—Lo haré hoy mismo.
Los Ángeles estaba sólo a unos treinta kilómetros de distancia, pero Nick se arregló y acicaló como para un viaje a París; salió inmediatamente después del almuerzo. En cuanto desapareció el coche en una curva de la carretera, cerré la puerta de la calle con llave. Cogí un plato que encontré en una mesa y lo llevé a la cocina. Ella estaba allí.
—Aquí le traigo este plato que se había quedado en el comedor.
—Muy bien, gracias.
Me senté. Ella estaba batiendo algo en un plato con un tenedor.
—Pensaba ir a Los Ángeles con mi marido, pero me he puesto a cocinar y me ha parecido mejor quedarme.
—Yo también tengo mucho que hacer.
—¿Ya se encuentra mejor?
—Sí, estoy perfectamente.
—A veces, cualquier cosa puede sentarte mal. Un cambio de agua, cosas de ésas, ¿verdad?
—Probablemente había comido demasiado.
—¿Qué ha sido eso?
Alguien golpeaba con los nudillos en la puerta de la calle.
—Parece que alguien quiere entrar.
—¿Está cerrada con llave la puerta, Frank?
—Sí, debo de haberla cerrado.
Me miró y se puso pálida. Se acercó a la puerta batiente y miró. Después atravesó el comedor, pero volvió en seguida
—Parece que se ha ido.
—No sé por qué se me ha ocurrido cerrar la puerta con llave.
—Y a mí se me ha olvidado abrirla...
Dio un paso hacia el comedor, pero la detuve.
—Dejémosla... como está.
—Pero así no podrá entrar nadie... Tengo que cocinar estas cosas... Voy a lavar este plato...
La tomé en mis brazos y le apreté los labios con mi boca...
—¡Muérdeme! ¡Muérdeme!
La mordí. Le hundí tan profundamente los dientes en los labios que sentí su sangre en mi boca. Cuando la llevé arriba, dos hilillos rojos le corrían por el cuello.
3
Aquello me dejó sin fuerzas durante dos días, pero el griego estaba enojado conmigo, así que conseguí arreglármelas bien. Se había enfadado porque no había reparado la puerta batiente que comunicaba el comedor con la cocina. Cora le había dicho que iba muy suelta y que le había dado un golpe en la boca. Alguna explicación tenía que darle, porque tenía los labios hinchados por el mordisco. El marido me echó la culpa por no haberla arreglado. Tensé el muelle para quitarle impulso y así zanjamos el asunto.
El verdadero motivo de su enfado no era ése, sino el letrero luminoso. Estaba tan entusiasmado con la idea que temía que yo me la apropiase y contase que se me había ocurrido a mí. El letrero era tan complicado que no fue posible hacerlo aquella misma tarde. Les llevó tres días terminarlo; cuando avisaron de que estaba listo, fui a buscarlo y lo coloqué. Tenía todo lo que Nick había dibujado en el papel y algunas cosas más: una bandera norteamericana y otra griega, dos manos que se estrechaban y las palabras «¡Saldrá satisfecho!». Las letras eran rojas, blancas y azules. Esperé a que oscureciese para encenderlo. Cuando lo hice, se encendió como un árbol de Navidad.
—Nick, confieso que he visto muchos letreros luminosos en mi vida, pero ninguno que se parezca a éste. Tengo que reconocerlo, Nick.
—¡Vaya, vaya!
Nos dimos la mano. Volvíamos a ser amigos.
Al día siguiente estuve un instante a solas con ella; le di un manotazo en un muslo con tanta fuerza que casi se cayó.
—¿Por qué eres tan bruto? —me preguntó, enseñándome los dientes como un puma.
Me gustaba verla así.
—¿Cómo estás, Cora?
—¡Se me llevan los demonios!
Comencé a percibir de nuevo su olor.
Un día el griego se enteró de que un individuo se había establecido en la misma ruta, algo más cerca de la ciudad, y le estaba quitando ventas de gasolina. Cogió el coche para ir a investigar el asunto. Yo estaba asomado a la ventana de mi habitación cuando se fue, y me volví para bajar corriendo a la cocina. Pero ella ya estaba allí, junto a mi puerta.
Me acerqué y le miré la boca. Era la primera oportunidad que se me presentaba de hacerlo. La hinchazón había desaparecido, pero las marcas de mis dientes eran visibles todavía: rayitas azuladas en ambos labios. Se los acaricié. Estaban suaves y húmedos. Los besé dulcemente, con besos suaves. Hasta entonces nunca había pensado en besarla así.
Se quedó conmigo hasta que regresó el griego, aproximadamente una hora más tarde. No hicimos nada. Simplemente, nos tumbamos en la cama. Ella jugaba con mi pelo mientras miraba fijamente al techo, como si meditara.
—¿Te gusta el pastel de pasas?
—No sé. Sí, creo que sí.
—Te haré uno.
—Cuidado, Frank. ¡Vas a desballestar la camioneta!
—¡Al diablo con las ballestas!
Nos internamos en un pequeño bosque de eucaliptos que se extendía al borde de la carretera. El griego nos había enviado al mercado para devolver una carne que no estaba en buen estado y se nos había hecho de noche. Metí el coche entre los árboles, dando tumbos y sacudidas. Al llegar a lo más oscuro de la arboleda lo detuve. Cora se me abalanzó antes de que yo hubiese apagado los faros. Hicimos lo que quisimos. Al cabo de un rato estábamos sentados tranquilamente.
—No puedo seguir así, Frank.
—Yo tampoco.
—No aguanto más. Quiero emborracharme de ti, Frank. ¿Me comprendes? Emborracharme.
—Sí, sí; ya sé.
—¡Cómo odio a ese griego!
—¿Por qué te casaste con él? Nunca me lo has contado.
—Nunca te he contado nada.
—Hasta ahora no hemos perdido el tiempo hablando.
—Yo trabajaba en un bar de mala muerte. Cuando una mujer trabaja dos años en uno de esos bares de Los Ángeles, se agarra al primer hombre que pase con un reloj de oro.
—¿Cuándo te fuiste de Iowa?
—Hace tres años. Gané un concurso de belleza en un instituto de Des Moines. Nací allí. El premio era un viaje a Hollywood. Cuando bajé del tren, había quince tipos allí sacándome fotos; dos semanas después estaba en el bar.
—¿Por qué no volviste a Des Moines?
—No quise darles esa alegría.
—¿Y no llegaste a trabajar en el cine?
—Hice una prueba. Era fotogénica, pero ahora las películas son sonoras, y en cuanto empecé a hablar descubrieron lo que realmente era, y yo lo comprendí también: una cualquiera de Des Moines que tenía tantas probabilidades de triunfar en el cine como las que pudiera tener un mono. O menos, porque un mono al menos hace reír. Yo lo único que conseguí fue dar asco.
—¿Y después?
—Estuve dos años con tipos que sólo quería pellizcarme las piernas, que me proponían pasar la noche con ellos a cambio de algo de dinero. Lo hice unas cuantas veces.
—¿Y después?
—¿Comprendes lo que quiero decir con eso de «pasar la noche»?
—Sí.
—Un día conocí a Nick y me casé con él. Dios sabe que lo hice con toda la intención de serle fiel, pero ya no puedo soportarlo más. ¡Dios mío! ¿Acaso parezco un pajarito blanco?
—No, a mí más bien me pareces una arpía.
—Tú te diste cuenta en seguida, ¿verdad? Ésa es una de las cosas buenas que tienes: que no tengo que engañarte constantemente. Además, eres limpio. No eres grasiento, Frank. ¿Sabes lo que eso significa?
—Sí, más o menos me lo imagino.
—No, creo que no. Ningún hombre sabe lo que significa para una mujer tener que soportar a un hombre grasiento; cada vez que te toca se te revuelve el estómago. Yo no soy una arpía, Frank. ¡Es que no puedo soportarlo más!
—¿Qué te propones? ¿Engatusarme?
—¡Bueno! Digamos entonces que soy una arpía, pero creo que no sería tan mala si estuviera con un hombre que no fuese tan sucio.
—Cora, ¿y si nos vamos?
—Ya lo he pensado. Lo he pensado mucho.
—Es muy sencillo. Dejamos plantado a ese griego del diablo y volamos.
—¿Adónde?
—A cualquier parte, ¿qué importa?
—Cualquier parte..., cualquier parte. ¿Dónde cae eso?
—De todo el mapa, donde se nos antoje.
—No, no es ahí. Cualquier parte es un bar de mala muerte.
—No me has entendido. Hablo de viajar. Será divertido, Cora. Nadie lo sabe mejor que yo. Sé moverme por el mundo, sé cómo sacarle jugo a todo. ¿No es eso lo que queremos, Cora, ser un par de vagabundos, como en realidad somos?
—Tú eras un vagabundo perfecto. Ni siquiera llevabas calcetines cuando llegaste.
—Pero te gusté.
—Te deseé. Te desearía aunque no tuvieses ni una camisa. Sobre todo te desearía sin camisa, porque así podría sentir tus hombros anchos y fuertes.
—Esquivar a los revisores del tren ayuda a estar en forma.
—Sí, todo tú eres duro. Alto, fuerte y duro. Y tienes el pelo claro. No eres un tipo bajito y grasiento, con una cabellera negra y ensortijada en la que se unta bayrum todas las noches.
—Debe de oler bien eso.
—Pero no puede ser, Frank. Ese camino que dices no lleva a ninguna parte más que al bar de mala muerte. El bar para mí y algún trabajo por el estilo para ti. Un trabajo miserable de vigilante de aparcamiento para el que tendrías que llevar mono. Me echaría a llorar si te viera con mono.
—¿Y entonces?
Ella se quedó inmóvil un buen rato, con una de mis manos fuertemente apretada entre las suyas.
—Frank, ¿me quieres?
—Sí.
—¿Me quieres lo suficiente como para que no te importe nada?
—Sí.
—Hay una solución.
—¿No decías que no eras una arpía?
—Lo he dicho y así es. No soy lo que tú crees, Frank. Quiero trabajar y llegar a ser algo, nada más; pero eso no es posible sin amor. ¿Lo sabías, Frank? Por lo menos, a una mujer no le es posible. Yo ya cometí un error, y no me queda más remedio que ser una arpía para arreglarlo. Pero te juro que no soy mala, Frank.
—Por una cosa así acabas en la horca.
—Si se hace bien, no. Tú eres un hombre listo. A ti no he podido engañarte en ningún momento. Estoy segura de que se te ocurrirá la manera. No me tengas miedo; no soy la primera a la que se le ha ocurrido algo así
—Pero Nick no me ha hecho nada. Es un buen tipo.
—¡Un buen tipo! Te digo que apesta. Es grasiento y apesta. Además, ¿crees que voy a permitir que lleves un mono sucio, con unas letras que digan «Servicio de parking» en la espalda? ¿Crees que voy a permitir eso mientras él tiene cuatro trajes y una docena de camisas de seda? ¿Acaso no es mía la mitad del negocio? ¿No cocino? ¿No cocino bien? ¿No trabajas también tú?
—Hablas como si no fuera nada malo.
—¿Y quién va a saber si es bueno o malo, además de tú y yo?
—Tú y yo.
—Así es, Frank. Eso es lo único que importa, ¿no? No «tú, yo y la carretera», o cualquier otra cosa que no sea «tú y yo».
—Sin embargo, tienes que ser una arpía. No podrías hacerme sentir lo que siento si no lo fueras.
—Vamos a hacerlo. Bésame, Frank. En la boca.
La besé. Sus ojos me miraban como dos estrellas azules. Era como estar en la iglesia.
4
—¿Tienes agua caliente?
—¿Por qué no vas a buscarla al cuarto de baño?
—Porque Nick está bañándose.
—Te daré un poco de la cocina. Le gusta tener el calentador lleno cuando se baña.
Lo decíamos como si fuera de verdad. Eran las diez de la noche y habíamos cerrado la cafetería. El griego estaba en el cuarto de baño, aseándose como todos los sábados por la noche. Yo tenía que llevar agua caliente a mi habitación, prepararlo todo para afeitarme y recordar de pronto que había dejado el coche afuera. Saldría y me quedaría junto al coche para tocar la bocina si se acercaba alguien. Ella esperaría hasta oírle chapotear en la bañera, entraría en el cuarto de baño a buscar una toalla y lo golpearía por la espalda con una especie de porra que yo le había confeccionado con un saquito de azúcar relleno de bolas de hierro. En un principio era yo quien le tenía que asestar el golpe, pero pensamos que él no le prestaría ninguna atención a Cora si entraba en el cuarto de baño, mientras que si lo hacía yo con el pretexto de buscar mi navaja de afeitar podría salir de la bañera para ayudarme a buscarla o algo por el estilo. Después de golpearlo, ella le hundiría la cabeza bajo el agua hasta ahogarlo. Entonces abriría el grifo y saldría por la ventana que daba al tejadillo del porche, y bajaría por la escalera de mano que yo habría arrimado al alero para reunirse conmigo. Allí me entregaría la porra y entraría en la cocina. Yo volvería a poner las bolas de hierro en un cajón, tiraría el saquito, subiría a mi habitación y empezaría a afeitarme. Ella esperaría a que el agua empezase a filtrarse por el techo de la cocina y me llamaría. Forzaríamos la puerta, descubriríamos el cadáver e inmediatamente llamaríamos a un médico. Pensamos que el médico creería que Nick había resbalado en la bañera, que se había desmayado como consecuencia del golpe y que había muerto ahogado. La idea me la había proporcionado un artículo que acababa de leer en un diario, en el que se comentaba que la mayor parte de los accidentes domésticos tienen lugar en los cuartos de baño.
—Ten cuidado. Está muy caliente.
—Gracias.
Me había puesto el agua en una cacerola pequeña; yo la llevé a mi habitación y la puse sobre la mesita. Después, preparé las cosas de afeitarme. Bajé nuevamente y me acerqué al coche; me coloqué de tal forma que pudiese ver al mismo tiempo la carretera y la ventana del cuarto de baño. El griego estaba cantando. Se me ocurrió que convendría fijarse en qué canción era. Presté atención. Era «Mother Machree». La cantó una vez y después la repitió. Miré a la cocina. Cora todavía estaba allí.
Por la carretera apareció un camión arrastrando un remolque. Puse la mano en la bocina. A veces los camioneros se detenían para comer algo; eran de esa clase de hombres que aporrean la puerta hasta que se les abre. Pero el camión pasó de largo. Pasaron otros dos coches sin detenerse. Volví a mirar a la cocina y Cora ya no estaba. Se encendió una luz en el dormitorio.
De repente, noté que algo se movía junto al porche. Estuve a punto de hacer sonar la bocina, pero vi que era un gato. No era más que un gato gris, pero me sobresaltó. En aquellos momentos un gato era lo último que esperaba ver.
Lo perdí de vista unos segundos; después, volvió a aparecer, olisqueando la escalera. No quería tocar la bocina porque sólo se trataba de un gato, pero tampoco quería que anduviese cerca de la escalera. Salté del coche, me acerqué al porche y lo ahuyenté.
Cuando me acercaba al coche, a medio camino, lo vi otra vez. Lo volví a ahuyentar y lo perseguí hasta los cobertizos. Me encaminé al coche, pero decidí aguardar un rato por si volvía.
En la curva de la carretera apareció un policía en motocicleta. Me vio allí, de pie, paró el motor y se acercó lentamente antes de que yo pudiera moverme. Cuando se detuvo, estaba entre el coche y yo.
No podía tocar la bocina.
—Descansando, ¿no?
—He salido a guardar el coche.
—¿Es suyo?
—No. Es del hombre para el que trabajo.
—Está bien. Era sólo una pregunta de rutina.
Miró alrededor y vio algo.
—¡Vaya por Dios! Mire eso...
—¿Qué?
—Ese gato que sube por la escalera de mano.
—¡Vaya!
—Me encantan los gatos. Siempre andan haciendo alguna travesura.
Se puso los guantes, miró al cielo, se volvió a montar en la motocicleta y se alejó. Apenas lo perdí de vista me lancé hacia la bocina. Era demasiado tarde. En el porche se produjo un fogonazo; todas las luces se apagaron en la casa. Cora gritaba:
—¡Frank, Frank! ¡Ha ocurrido algo!
Corrí a la cocina, pero estaba completamente a oscuras. Como no tenía cerillas, tuve que avanzar a tientas. Nos encontramos en la escalera, ella bajando y yo subiendo. Cora volvió a gritar.
—¡Cállate, por el amor de Dios! ¿Lo has hecho?
—¡Sí, pero se han apagado las luces y no he podido meterle la cabeza debajo del agua!
—Tenemos que hacerle volver en sí. ¡Hace un rato ha estado aquí un policía en motocicleta y ha visto la escalera de mano!
—Hay que telefonear en seguida a un médico.
—Llama tú. ¡Yo voy a sacarlo!
Bajó y yo seguí escaleras arriba. Entré en el cuarto de baño y me incliné sobre la bañera. El griego estaba en el agua, pero no tenía la cabeza sumergida. El cuerpo cubierto de jabón me resbalaba entre las manos, y tuve que meterme en la bañera para poder levantarlo. Entretanto, oía la voz de Cora que hablaba con la operadora telefónica. No la habían comunicado con un médico; lo había hecho con la policía.
Por fin conseguí colocarlo en el borde de la bañera, salí y lo arrastré hasta el dormitorio. Lo tendí en la cama. En aquel momento subió ella; encontramos por fin una caja de cerillas y encendimos una vela. Envolví la cabeza del griego en dos o tres toallas húmedas, mientras Cora le frotaba las muñecas y los pies.
—Van a mandar una ambulancia.
—Bien. ¿Te ha visto cuando le dabas el golpe?
—No sé.
—¿Estabas detrás de él?
—Me parece que sí, pero las luces se han apagado y no sé lo que ha ocurrido. ¿Qué has hecho con las luces?
—Yo, nada. Debe de haberse quemado un fusible.
—Frank, creo que es mejor que no vuelva en sí.
—Ni hablar. Si se muere, estamos perdidos. Te digo que ese agente ha visto la escalera de mano. Si se muere, lo sabrán todo. Nos pescarán.
—¿Y si me ha visto? ¿Qué dirá cuando recupere el conocimiento?
—Tal vez no te ha visto. Tenemos que inventarnos algo. Tú estabas allí y las luces se apagaron; le oíste resbalar y caerse, y no contestó cuando le hablaste. Después me llamaste a mí. Eso es todo. Diga lo que diga él, tú tienes que insistir en lo mismo. Si ha visto algo, diremos que son imaginaciones suyas. Eso es todo.
—¿Por qué no llega aún esa maldita ambulancia?
—Lo hará de un momento a otro.
En cuanto llegó la ambulancia, pusieron el cuerpo en una camilla y lo subieron al vehículo. Cora fue con ellos. Yo los seguí en el coche. A medio camino nos alcanzó un policía en motocicleta que nos acompañó, precediendo a los dos coches. La ambulancia iba a gran velocidad y no me era posible seguirla. Cuando llegué al hospital, estaban sacando al griego en la camilla mientras el policía dirigía la operación. Al verme, hizo un gesto de sorpresa y se me quedó mirando. Era el mismo de antes.
Entraron en el hospital, pusieron el cuerpo en otra camilla con ruedas y se lo llevaron al quirófano. Mientras, Cora y yo aguardábamos en el vestíbulo. Al rato vino una enfermera y se sentó a nuestro lado.
Después llegó el policía, acompañado de un sargento. Los dos se miraban insistentemente. Cora le estaba contando a la enfermera cómo se había producido el accidente.
—Yo había entrado en el cuarto de baño a buscar una toalla, cuando de pronto se apagaron todas las luces y oí un estallido, como si alguien hubiese disparado un revólver. Fue una detonación terrible. Oí el ruido del cuerpo al caer. Lo había visto de pie, disponiéndose a abrir la ducha. Le hablé, pero no me contestó. Estaba todo a oscuras y no podía ver nada. No sabía qué había ocurrido. Pensé que podía haberse electrocutado o algo por el estilo. Frank me oyó gritar y vino en seguida. Sacó el cuerpo de la bañera y yo bajé corriendo a llamar a la ambulancia. No sé qué hubiera hecho si no hubiesen llegado tan pronto.
—Siempre se dan prisa cuando llaman de noche.
—¡Tengo tanto miedo de que sea algo grave!
—No creo. Lo están examinando con rayos X. Así sabrán lo que tiene; pero no creo que sea nada grave.
—¡Dios lo quiera!
Los policías no dijeron una palabra; estaban allí sentados y no nos quitaban los ojos de encima.
Lo sacaron de la sala de operaciones con la cabeza cubierta de vendas. Lo metieron en un ascensor, en el que también entramos Cora, yo, la enfermera y los dos policías. El ascensor se detuvo en el segundo piso y se llevaron la camilla a una habitación. Todos entramos detrás. No había suficientes sillas y, mientras lo acostaban, la enfermera salió a buscar las que faltaban. Todos nos sentamos. Alguien dijo algo y la enfermera le mandó callar. Llegó un médico, examinó al paciente y salió de nuevo. Estuvimos allí una eternidad. Entonces la enfermera se acercó a la cama y observó al herido.
—Creo que ya está volviendo en sí.
Cora me miró y yo aparté los ojos rápidamente. Los policías se inclinaron para escuchar lo que pudiera decir el griego, que en aquel instante abrió los ojos.
—Se siente mejor ya, ¿verdad? —preguntó la enfermera.
No contestó, y los demás tampoco dijimos nada.
El silencio era tan absoluto que podía oír los latidos de mi corazón.
La enfermera volvió a inclinarse sobre él y dijo:
—¿No reconoce a su esposa? Está aquí. Mírela. ¿No le da vergüenza caerse en la bañera como si fuese una criatura porque se ha ido la luz? Su mujer está desesperada. ¿No le va a decir nada?
El herido hizo un esfuerzo por hablar, pero no pudo. La enfermera empezó a abanicarlo. Cora le tomó una mano y se la acarició.
Nick estuvo unos minutos con los ojos cerrados; luego empezó a mover los labios y miró a la enfermera:
—Todo se quedó a oscuras.
Cuando la enfermera dijo que el herido tenía que estar tranquilo, llevé a Cora afuera y la hice subir al coche. Apenas lo había puesto en marcha, cuando salió el policía de la motocicleta. Nos seguía.
—Sospecha de nosotros, Frank.
—Es el mismo que vio la escalera de mano. En cuanto me vio allí, vigilando, intuyó que ocurría algo. Y todavía lo piensa.
—¿Qué vamos a hacer?
—No sé. Todo depende de la escalera; de que se pregunte para qué estaba allí. ¿Qué hiciste con la porra?
—La tengo todavía en el bolsillo.
—¡Santo cielo! Si te hubieran detenido la habrían descubierto y estaríamos perdidos.
Le di mi navaja para que cortase la cuerda que ataba la boca del saquito y sacase las bolas de hierro. Después le dije que pasara a la parte trasera, que levantara el asiento y que metiese la bolsita vacía allí. Parecía un trapo cualquiera, uno de esos que se guardan con las herramientas.
—No pierdas de vista a ese polizonte. Voy a ir tirando las bolas a los matorrales una a una. Vigila a ver si se da cuenta.
Ella lo miraba. Conducía con la mano izquierda y dejé la derecha libre sobre el volante. Solté una. La tiré por la ventanilla como si fuera una canica.
—¿Ha vuelto la cabeza?
—No.
Tiré las últimas. El policía no se dio cuenta de nada.
Llegamos a la cafetería, que estaba todavía a oscuras. No había tenido tiempo de buscar un fusible nuevo, y menos de ponerlo. Cuando paré el coche, el policía, que nos había adelantado, nos esperaba.
—Voy a revisar la caja de los fusibles —dijo él.
Entramos los tres, y él encendió una linterna. Inmediatamente, lanzó un gruñido y se agachó. Bajé la vista y vi al gato tumbado boca arriba, con las cuatro patas al aire.
—¡Qué lástima! —dijo el agente—. Se ha quedado seco, el pobre.
Enfocó con la linterna el interior del porche y recorrió la escalera de mano.
—Sí, sí —añadió—. No hay duda. ¿Recuerda? Usted y yo lo estábamos mirando. De la escalera de mano saltó a la caja de los fusibles y se quedó frito.
—Tiene razón. Eso habrá pasado. Apenas había desaparecido usted en la curva de la carretera cuando se produjo el fogonazo. Parecía el disparo de un revólver. Ni siquiera tuve tiempo de guardar el coche. Usted no había hecho más que desaparecer...
—Saltó directamente de la escalera a la caja de los fusibles. Bueno... Así ocurren las cosas. Estos pobres animales no entienden de electricidad, ¿verdad? Es demasiado complicado para ellos.
—Está rígido.
—Sí señor, está bien frito. Era un gato bonito. ¿Recuerda lo que parecía cuando iba subiendo la escalera? Creo que nunca he visto un gato más bonito que éste.
—El color era muy bonito.
—Sí, y se quedó seco. Bueno. Será mejor que me vaya. El asunto está aclarado. Yo tenía orden de investigar, comprenda usted...
—Sí, comprendo. Está bien, agente.
—Bueno, hasta la vista. Adiós, señora.
—Adiós.
5
No nos ocupamos del gato, de los fusibles, ni de nada. Nos metimos en la cama, y Cora se derrumbó. Se puso a llorar y los escalofríos le sacudían todo el cuerpo. Necesité más de dos horas para tranquilizarla. Después se quedó un rato inmóvil entre mis brazos y empezamos a hablar.
—Nunca más, Frank.
—Tienes razón. Nunca más.
—Hemos sido unos locos. Hemos estado a punto de...
—Una suerte extraordinaria nos ha librado de lo peor.
—Ha sido culpa mía.
—Y mía también.
—No, no. La culpa ha sido mía. Yo fui quien lo pensó. Tú no querías hacerlo. La próxima vez te haré caso, Frank. Tú eres listo; no eres un idiota como yo.
—Sí, pero no habrá próxima vez.
—Tienes razón. Nunca más.
—Aun cuando nos hubiese salido bien, lo habrían acabado descubriendo. Siempre lo descubren esos malditos; ya están acostumbrados. Si no, fíjate con qué rapidez se dio cuenta el policía de que ocurría algo anormal. Eso es lo que me hiela la sangre en las venas. En cuanto me vio junto a la escalera de mano, parece que lo intuyó. Si sospechó por tan poca cosa, ¿cómo hubiéramos podido salvarnos si el griego hubiese muerto?
—Estoy convencida de que en realidad no soy una arpía, Frank.
—¡Hum!... No sé.
—De serlo, no me habría asustado tan fácilmente. ¡Cómo me asusté, Frank! Yo también lo he pasado mal. ¿Sabes qué quería cuando se apagaron las luces? Te quería a ti, Frank. En aquel instante no tenía nada de arpía; no era más que una chiquilla asustada en la oscuridad.
—¿Acaso no estaba yo allí?
—Sí, y te quise más por eso. De no haber sido por ti no sé lo que nos habría pasado.
—¿Verdad que estuvo bien lo del resbalón?
—Y se lo creyó.
—No es difícil engañar a la policía. Hay que estar preparado, nada más. Llenar todos los huecos en blanco, pero apartándose lo menos posible de la verdad. Los conozco. He tenido que vérmelas con ellos bastantes veces.
—Lo hiciste de maravilla. Siempre lo solucionarás todo, ¿verdad, Frank?
—Tú eres la única mujer que ha significado algo para mí.
—¿Sabes una cosa? No quiero ser una mala persona.
—Tú eres mi nena.
—Sí, eso es, tu nena, tu nena tonta. Tienes razón, Frank. De ahora en adelante, te haré caso siempre. Tú serás el cerebro y yo el brazo ejecutor. Soy fuerte para el trabajo, Frank, y sé trabajar. Nos irá bien.
—Claro que sí.
—¿Qué te parece si nos dormimos?
—¿Crees que podrás dormir tranquila?
—Es la primera vez que dormimos juntos, Frank.
—¿Te gusta?
—Es maravilloso, maravilloso.
—Dame las buenas noches con un beso.
—¡Es tan dulce poder darte las buenas noches con un beso!
A la mañana siguiente nos despertó el teléfono. Se puso Cora, y cuando volvió al dormitorio los ojos le brillaban.
—Frank...
—¿Qué?
—Tiene fractura de cráneo.
—¿Grave?
—No, pero lo tendrán en el hospital unos días. Quieren que se quede allí una semana. Esta noche podremos dormir juntos otra vez.
—Ven aquí.
—No, ahora no. Tenemos que abrir la cafetería.
—Ven aquí si no quieres que te arree.
—¡Loco!
Fue una semana muy feliz. Por las tardes, Cora iba en el coche al hospital, pero el resto del tiempo lo pasábamos juntos. Además, fuimos honrados con el griego. Tuvimos abierta la cafetería todo el tiempo e intentamos ganar dinero. Lo conseguimos. Claro que algo ayudaron aquellos cien colegiales de excursión que aparecieron en tres grandes autobuses y compraron un montón de cosas para llevarse al bosque. Aun sin eso, habríamos ganado bastante, y juro que la caja registradora no podría acusarnos de la menor traición.
Un día, en lugar de ir Cora al hospital sola nos acercamos los dos juntos, y al salir nos fuimos directamente a la playa. A ella le dieron un traje de baño amarillo y un gorrito rojo, y cuando salió del vestuario casi no la reconocí. Parecía una cría. En realidad era la primera vez que veía lo joven que era.
Jugamos alegremente en la arena. Después nos metimos en el agua y dejamos que las grandes olas nos meciesen. A mí me gusta ponerme de cara a las olas; a ella le gustaba más ponerse se espaldas. Nos quedamos así, mirándonos a la cara, tomándonos de las manos por debajo del agua. Yo miraba hacia el cielo, que era lo único que podía ver. Pensé en Dios.
—Frank.
—Sí.
—Mañana vuelve a casa. ¿Sabes lo que eso significa?
—Lo sé.
—Tendré que dormir otra vez con él en vez de contigo.
—Tendrías, porque cuando llegue nosotros ya nos habremos ido.
—¡No sabes cuánto deseaba oírte decir eso!
—Tú, yo y la carretera.
—Tú, yo y la carretera.
—Dos vagabundos.
—Dos vagabundos, pero siempre juntos.
—Eso es, siempre juntos.
A la mañana siguiente preparamos nuestras cosas. Es decir, ella preparó lo que pensaba llevarse. Yo me había comprado un traje poco antes y me lo puse. No tenía nada más que hacer. Ella metió sus cosas en una sombrerera. Cuando terminó, me la alargó.
—Pon esto en el coche, ¿quieres?
—¿En el coche?
—¿No nos llevamos el coche?
—Claro que no. A no ser que quieras pasar la primera noche en el calabozo. Robarle a un hombre la esposa no es nada, pero llevarse su automóvil es un hurto penado por la ley.
—¡Oh!
Partimos. Había una distancia de unos tres kilómetros hasta la parada del autobús y teníamos que recorrerla a pie. Siempre que pasaba un coche nos deteníamos con una mano extendida, como estatuas, pero ninguno se detuvo. Un hombre solo puede conseguir que le lleven; una mujer, también, si es lo suficientemente loca como para aceptar; pero un hombre y una mujer juntos no tienen muchas posibilidades.
Cuando ya habían pasado unos veinte coches, Cora se detuvo. Habíamos recorrido aproximadamente medio kilómetro.
—Frank... ¡No puedo!
—¿Qué te pasa?
—Es esto.
—¿El qué?
—La carretera.
—¿Estás loca? Lo que pasa es que estás cansada, eso es todo. Escucha. Quédate aquí, y yo conseguiré que alguien nos lleve a la ciudad. Eso es lo que teníamos que haber hecho desde el principio. Todo va a salir bien, ya lo verás.
—No, no es eso, Frank. No estoy cansada. Es que no puedo. No puedo, Frank.
—¿No quieres estar conmigo, Cora?
—Ya sabes que sí.
—Ahora no podemos volver. No podemos volver y seguir como antes. Lo sabes perfectamente. Tienes que venir conmigo.
—Ya te dije que yo no soy realmente una vagabunda, Frank. No me siento gitana. No me siento nada, solamente avergonzada de estar aquí, pidiendo que me lleven.
—Pero acabo de decirte que encontraré un coche que nos lleve a la ciudad.
—Y después, ¿qué?
—Y después empezaremos a vivir.
—¡A vivir!... No, Frank. Pasaremos la noche en un hotel, y después nos pondremos a buscar trabajo. Acabaremos metiéndonos en un cuchitril.
—¿No era un cuchitril la casa en la que has vivido hasta ahora?
—Es distinto.
—Cora, ¿vas a echarte atrás ahora?
—Sí, Frank. No puedo seguir. Adiós.
—¿Quieres escucharme un minuto?
—Adiós, Frank, me vuelvo a casa.
Tiraba de la sombrerera. Yo intentaba retenerla, por lo menos llevársela hasta la cafetería, pero me la quitó y emprendió el camino de vuelta con ella. Estaba preciosa cuando salimos, con su trajecito azul y su sombrero del mismo color; pero ahora estaba hecha un desastre. Tenía los zapatos cubiertos de polvo y el llanto no le permitía caminar derecha. De pronto descubrí que yo también estaba llorando.
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