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BAILA, HERMOSA SOLEDAD

JAIME HALES

© Jaime Hales, 2022

RPI 75.363

ISBN epub: 978-956-6131-40-3

Diseño de portada: Bernardita Zegers, regalado al autor.

Diagramación digital: ebooks Patagonia

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Comencé a escribir esta novela en 1985, después del segundo secuestro de mi hermana Carmen. La terminé en 1989. Fue publicada en 1991 y se agotó, pero no encontré quien quisiera reeditarla. Al parecer nuestra sociedad no estaba todavía preparada para este tipo de libros que, aunque fuese en forma de novela, daban cuenta de una tragedia reciente. Hoy sí, especialmente cuando ya han nacido tantos que no conocieron los rigores tan largos e intensos que vivimos en Chile y en casi toda América Latina.

Pensaba en mis padres Adela y Alejandro, en mis hijos Pablo, Mariana y Sofía, en su madre Ana María. Hoy debo agregar a mis nietos Micaela, Alejandro y Amparo.

Tenía presente a tantas personas que sufrían, como yo y más que yo, los rigores de la dictadura.

Recordaba al escribir, a toda una generación de hombres y mujeres que hemos sido protagonistas y testigos privilegiados de tantos hechos importantes para el mundo entero: todas señales del parto doloroso aunque esperanzador de una nueva era, la de Acuario.

Menciono y agradezco a mis amigos Miguel Villablanca y Aníbal Bascuñán, claves en la hora de editar la primera edición de esta obra; a Bernardita Zegers, artista, que me regaló el cuadro para la portada; a Roberto Garretón y Carmen Hertz, abogados con quienes vivimos la experiencia de esos años y a quienes debo tanto de lo que sé.

Y dos agradecimientos especiales: para Maru Hernández, mujer que con amor me ha ayudado en la corrección de esta nueva edición y para Javier Sepúlveda Hales, mi sobrino, hombre generoso y empresario eficaz en el ámbito de la cultura.

Hay tantos más que vienen a mi memoria. Pero sus nombres permanecen en un lugar privilegiado de mi corazón y su mención duplicaría la extensión de esta obra.

Jaime Hales

Mirando el mar, al terminar el verano de 2022

Los personajes de estas historias son verdaderos; ellos poblaron mis sueños noche a noche. Ellos estarán vivos, cuando nosotros estemos muertos.

Mahfúd Massís

Poeta chileno, en la edición de su obra “los sueños de Caín”

UNO

Rafael sintió calor, calor y cansancio. Todo se mez­cla­ba: la tensión, la sor­­pre­si­­va tem­peratura para el mes, el mie­do. Si, el miedo, que estaba muy pre­­sente, aunque los otros no lo notaran, un miedo que no lo dominaba, pero que le re­co­rría las venas, le humedecía las manos y lo obligaba a pal­par­se los mus­­los. Rafael siempre se palpaba los mus­los cuando te­nía miedo, como un ac­to reflejo. Había veces en que se per­ca­ta­ba del miedo cuando probaba la du­re­­za de los muslos, bus­can­do en ellos quizás la seguridad que le faltaba.

Había caminado muchas horas y resolvió sentarse en un banco som­brea­do. Sus­piró, re­lajando el cuerpo en­tero. En­tonces se dio cuenta que había llegado a la misma plaza de siem­­pre, esa doble Plaza Ñuñoa llena de grandes ár­bo­les y ar­mo­nías, la misma llena de re­cuer­dos y que busca en sus mo­men­tos tris­tes, en sus melancolías frecuentes, en sus largos pa­­seos desde la tem­pra­na adolescencia.

Se alarmó, pues había hecho justamente lo que no de­bía ha­cer un hom­bre en su situación: buscar refugio en me­­ca­nismos de ru­ti­na. Falsa alar­ma. Mi­ró a su alrededor y no vio ni sapos ni policías. Sonrió. Una vez más había so­brees­­ti­ma­do a los agentes: si eran una bue­na policía po­­lí­tica de­bían saber que él, en sus momentos di­fí­ci­les, ter­mi­naba buscando re­fugio en la misma plaza. Les habría bastado, si es que de ver­dad lo que­rían detener, con ir a sentarse a la Pla­za Ñuñoa y es­perar tran­­qui­­lamente, pues tarde o tem­prano llegaría, ol­vi­dan­do los me­canismos de se­guridad y las instrucciones ela­boradas por él mis­mo para los dirigentes del Comando. Pero no lo hicieron.

Hoy, este mar­tes de tanto calor, cuando el pro­ble­ma era ma­yús­culo y es­taba completamente solo, Rafael re­gre­só a ese san­tuario de penas.

Solo.

Completamente solo, recibiendo el calor de la tar­de, con nubes ne­gras en el cielo y desconcierto, demasiado des­con­cierto, más del prudente al me­­nos, anidado en el al­ma. Pa­só sus manos por las mejillas, repitiendo el ges­to que se había con­vertido en rutina de tantos años con barba. Se había afei­ta­do co­mo medida de seguridad. Se preguntaba, con el do­lor del sa­­cri­fi­cio, si acaso ser­viría de algo, si era ne­cesario, pues los agentes debían tener fo­­tos su­yas sin barba y entonces lo re­co­no­cerían. Nuevamente sonrió. Esta vez no de haber so­bre­va­­lo­ra­do a los agentes, sino de su propia va­nidad. La úl­­ti­ma foto su­ya sin bar­ba era de 18 años atrás, cuando sólo tenía 18 y por­ta­ba 75 kilos bajo una piel joven y suave. Cuando ano­che se afei­tó, es­tu­vo frente al espejo lar­go rato y no fue capaz de re­co­no­cer­se. Nadie lo re­co­no­­cería: pálido, con la piel arrugada, ave­jen­tado. Disminuido, por lo menos en relación con la ima­gen que él tenía de sí mismo.

Dejó caer su cuerpo en el banco de la plaza y en ese ins­tante percibió re­cién el can­san­cio en toda su enor­midad. No tenía ganas de moverse y sentía pe­­sa­dos los brazos y las pier­­nas. Sabía que allí no podría permanecer mucho tiem­­po, que debía buscar refugio para pa­sar el pe­li­gro y la urgencia, por lo me­nos, mientras se aclaraba la si­tua­ción simplemente, mien­­tras recibía ins­truccio­nes.

¡¿Cómo mierda iba a recibir instrucciones?!

Esa era la mayor incógnita, pues había perdido con­­­tacto con el pre­ca­rio me­ca­­nismo de seguridad del Par­tido. El operativo había comenzado en la no­che mis­ma del domingo, po­­cas horas después que se supo lo del atentado y una vez que el General retomó el control de la situación y pro­clamó como res­­puesta un endurecimiento de las con­diciones contra los di­ri­­gen­tes políticos, co­­mo si ellos fueran los responsables del aten­tado o eso le significara al go­bier­­no una so­lu­ción para los pro­blemas que estaba viviendo.

Poca gente circulaba por las calles, como era ha­bi­tual en los barrios y a esta ho­ra de la tarde.

¿Qué estaría pasando en el centro de la ciudad?

Desde su asiento veía a los transeúntes, hom­bres y mu­jeres, co­mo siem­pre tranquilos, con las ca­ras un poco tris­to­nas, portando sus pro­­pios pro­ble­mas y sin saber las di­men­sio­­nes reales de lo que estaba sucediendo. To­do había sido una sor­pre­sa, pese a que, en los niveles políticos en los que él se de­sempeña, hubo informaciones de lo que pa­saba.

Se preparaba una jor­na­da de pro­tes­­ta, que extra­ña­men­te fracasó des­de su inicio, pues nadie pa­re­cía tener mu­cho in­terés en que tuviera éxito.

No hacía dos me­ses que ha­bía su­cedido la más exi­­to­sa jornada de mo­vi­li­za­ción, que lle­vó al embajador nor­teame­ri­­ca­no a confidenciar al ex Can­ci­ller que la historia de la dic­ta­dura debía divi­dir­se entre “an­tes y después” de esa jornada de protesta que duró dos días.

Su mente se fue a los días previos, cuando dis­cutían en el Co­man­do de Unidad y en el partido mismo so­bre lo que po­día o no pasar y él aludía a cier­tas in­for­ma­ciones que le pa­re­cían extrañas, a si­len­cios no habituales y a la mar­­gi­nación de otros de las tareas destinadas a tener una vic­to­ria so­bre el Ge­neral.

Se frenó. Era hora de tomar conciencia del pre­sen­te. Estaba sen­tado en la plaza de sus re­cuer­dos, con ca­lor, con ham­bre, con el can­san­cio apo­de­rán­do­se de su cuer­po y no era el momento para las re­fle­xiones sobre los acier­tos y los erro­res. Aho­ra debía buscar so­lu­ción al pro­blema in­me­dia­to, pues era es­tú­pi­do es­tar­se horas allí o seguir va­gan­do por las calles, ya que al final podrían de­­te­ner­lo por cualquier co­sa trivial, por sospecha por ejem­plo y entonces se­ría el fin de todo. Se en­­derezó y probó sus músculos tan poco pre­pa­rados para las emer­­­gen­cias desde que dejó de ha­cer deporte hace ya mucho tiempo, en­du­re­cien­­do y sol­tan­do piernas y glúteos, mientras tra­taba de pensar en al­guna so­lu­ción.

Las instrucciones habían sido muy claras. No eran nue­vas, pues es­ta­ban pre­vistas para cualquier emergencia co­mo ésta.

Había que abandonar las ca­sas. El domingo en la no­­che alojaría don­de Gui­llermo. El razonamiento era muy sen­­ci­llo: Guillermo es un militante de po­ca im­portancia; si es que lle­­gan a su casa a detenerlo, es porque la operación cons­­tituye al­go de tal mag­nitud que no habría escapatoria. Es lo mismo que le explicó su padre con ocasión del temblor tan fuerte aquel, cuando llevándolo has­ta la cercanía de uno de los muros del edificio en que estaban: “si este muro se quiebra, Rafita, ya na­da importa pues la ciudad entera estará en ruinas”.

Ese era el alo­jamiento para la primera noche, pues si acaso habían de­tenido a al­gún di­­rigente tal vez pudieran dar con este escondite y los otros de los demás di­­rigentes im­por­tantes. Guillermo le entregó un sobre cerrado en que esta­ba la dirección de la segunda casa. En la nota −escrita con la or­denada le­tra del secretario del Partido− le explicaban que en la nueva morada debía per­­ma­necer hasta el martes a las siete de la mañana y a esa hora sal­dría hacia la tercera, cuya di­rección recibió pero no sabía a quién pertenecía.

Allí tendría la in­­formación necesaria para dar co­rrec­ta­men­te los pa­sos siguientes. Sería el momento de eva­luar. De­bía llegar a esta casa el martes a las nueve de la ma­ña­na. No an­tes, porque otro ca­ma­ra­da la habría ocupado y era preciso que fuera previamente chequeada por un res­pon­­sa­ble de se­gu­­ri­dad. Cuando él llegara podría estar se­guro.

La instrucción también decía que debía afei­tarse. Cla­­ro, fácil resul­ta­ba or­de­narlo cuando quien daba la or­den no sa­bía que tras esa barba ha­bían cre­cido dieciocho años de his­toria per­­so­nal, dieciocho años que se habían mar­ca­do en surcos im­bo­rrables, dieciocho años que eran la mitad de su vida.

A las siete de la mañana en punto se encontraba en la calle.

Avenida Lyon, pleno ba­rrio alto, el sector de las ca­­sas ele­gan­tes y an­­tiguas, construidas en los años 30 a los 40, man­­siones enor­mes, con her­mo­sos jardines y grandes ar­bo­le­das, que actualmente ya es­taban transformadas en agencias de pu­­bli­ci­dad o sedes de empresas ex­tranjeras o muchas otras si­mi­­lares habían sido demolidas para cons­truir en su reemplazo lu­josos edificios para ricos, de mu­chos pisos y po­cos de­par­ta­men­tos, uno de los cuales ocupaba Gui­­llermo en un cómodo y prác­­tico segundo piso. La mañana estaba fresca. Se dirigió ha­cia el sur. La nueva casa estaba a poco más de 30 cuadras de dis­tan­cia, cerca de sus barrios de siempre. Tenía tiempo y de­ci­dió ir caminando. Avan­­zó por Lyon y luego tomó la hermosa Ave­nida Pedro de Val­di­via, el ca­mi­no hacia el Estadio Na­cio­nal.

Su paso resultó demasiado rápido y llegó ade­lantado, cuan­do recién ha­bían pasado las ocho de la mañana.

¡Bendito apuro, bendita desobediencia! Cerca de la ca­­sa a la que de­bía dirigirse para su protección, estaba una pla­­cita pe­queña, cubierta de pinos y palmeras, nido de amo­res por decenas de años, olvidada del boom de jar­di­nería que ha­bía cogido a todas las mu­ni­ci­palidades con di­nero, sitio de aven­turas vividas en la adolescencia. Se ins­taló en un punto des­de el cual dominaba perfectamente el sector de la casa de se­­guridad a la que de­be­ría en­trar pocos mi­nutos después; con el diario en la mano, buscando alguna no­ve­dad de las que im­por­tan, de esas que ahora lo an­gus­tiaban y que difí­cil­mente ocu­parían los ti­tulares de pri­mera plana, menos en este día de ti­ranía y estado de sitio.

Fue entonces cuan­do lo vio todo. Llegaron cuatro au­tos si­mul­tá­nea­men­te, que se detuvieron en el otro ex­tre­mo de la plaza; ba­ja­ron numerosos agen­tes con sus metra­lletas en las manos y se ubicaron cer­­­ca de la casa. No veía la puerta. Se sin­tió petrificado. Ese era su es­con­di­te pa­­ra poco rato des­pués. Es­condido por el diario y las palmeras pre­sen­ció to­das la ma­nio­bra. Los agen­tes que en­traron a la casa sa­lieron a los dos o tres mi­nutos llevando de los brazos y casi al trote al pre­sidente del Partido, con po­cas gentilezas, mien­tras él, muy alto y muy dig­no aun­que sin cor­bata esta ma­ñana, protestaba enér­gi­ca­men­te. Rafael no po­día es­cu­char las voces, pe­ro adi­vi­­nó que el di­rigente in­vo­­ca­ba todas sus calidades del pa­sado y del pre­sen­te, sin que a los cap­to­res les importara un bledo que fue­ra abo­ga­do, parla­men­tario ayer o mi­nis­tro alguna vez. Luego sa­ca­ron a una mujer que discutía a gritos con los agentes. Su voz se oía, pero no pudo en­tender las palabras. Quien pa­­re­cía ser el jefe or­de­nó que la dejaran regre­sar a la casa. En ese mismo mo­­mento apa­reció el chico Riquelme. Era el en­car­­gado de ha­cer el che­queo de seguridad, pe­ro llegó por el lado equi­vo­ca­do. Tal vez pensando que no habría pro­ble­mas, accedió por una ca­lle la­te­ral desde la cual no ha­bía la suficiente vi­sibilidad an­ti­cipada. Si lo hu­bie­ra hecho por la pla­za...pero llegó desde el otro lado y de sorpresa se topó con los agentes. Pu­do ha­berse he­cho el desentendido, pues era muy difícil que ellos lo co­no­cie­ran, pero en lugar de eso se aterró y trató de co­rrer hacia atrás. A los pocos se­gun­dos hacía compañía al pre­si­den­te del Par­tido en el au­to. Cumplida la misión, cuatro o cinco agentes in­gresaron a la casa y el res­to se fue con sus autos y los de­te­ni­dos. La ratonera estaba instalada para re­ci­bir a Ra­fael.

Hasta allí llegó todo para Rafael. Se suponía que si la casa de se­gu­ri­dad no ser­vía, el encargado del Partido le co­­mu­nicaría el paso siguiente. El en­car­gado, el chico Ri­quel­me, via­jaba hacia el cuartel Borgoño u otro lugar similar. Entonces no tenía ins­­truccio­nes ni destino y partió a deambular, de un lado para otro, has­ta que, sin saber cómo, lle­gó a la pla­za de siempre, la de todas las penas y las horas difíciles, la de los amores in­com­pren­­didos y los amores inconclusos, don­de ahora estaba sen­ta­do con los músculos en ejercicio.

Este era su problema. Tenía que retomar contacto, ave­riguar qué pa­sa­ba con los di­ri­gentes, qué sucedía con el Par­tido, si acaso era tanto el peligro, si había más detenidos, cuál de­bía ser el próximo paso.

Pero todo eso re­que­ría primero calmar angustias y mie­dos, ad­qui­rir la seguridad de murallas sin intrusos y un te­cho para soportar una lluvia ine­vi­ta­ble en un día de tanto ca­lor para esta época, apa­ci­guar el hambre con una ta­za de café o un vaso de le­che, conseguir una cama para ten­derse. Des­car­ta­dos los parientes y los amigos habituales, eli­mi­nados de la lis­ta los militantes del Par­tido, no era mucho lo que quedaba. Con la memoria re­corrió el barrio, hasta re­cor­­dar que por allí vi­vía Milena.

Milena.

A su casa no podía ir, pues eso tam­bién lo recor­da­rían los propios agentes.

Frente a la casa de Milena vivía el Fis­cal Mi­li­tar, el que hace tan poco tiempo intentó procesarlo. No, no po­día. Cual­­quier casualidad era su­fi­ciente para que lo detu­vie­ran. Pe­­ro tam­poco po­día seguir eternamente en esta plaza y co­men­­zó a caminar, sin saber ha­cia dónde. Estaba a tres o cuatro cua­dras de la casa de Milena. Re­cordó su ca­lidez, sus ojos tan her­mosos, su ternura, la bi­blio­te­ca tan completa, había dicho ella una tarde de bromas, para soportar un clan­des­tinaje lar­guí­­simo. ¿Por qué no intentarlo? El calor, el cansancio, el dolor de sus pies, el hambre, todo le exi­gía un lugar tranquilo en el cual per­ma­ne­cer un tiempo. Caminaba len­ta­men­te hacia la ca­sa de Milena, sabiendo que no debía llegar, que no entraría, que ni siquiera podría pararse fren­te a la puerta de la casa, por­que si en ver­dad lo estaban bus­cando −ni siquiera estaba se­guro de ello− una de las pri­meras casas que alla­narían sería esa. Por lo pasado o por lo que todos creyeron que pasó. No po­día ir a casa de Milena. In­­cluso, lo pensó re­cién, si la persecución era relati­va­men­te amplia, una pe­rio­dista opositora como Mi­lena podría ya es­tar dete­nida.

Se detuvo y vol­vió la mirada ha­cia la plaza, con un sen­­timiento de des­pedida y una ac­ti­tud des­concertada. Su im­pul­so era re­gresar, instalarse en un banco, levantar tien­da, abri­garse de recuerdos, acomodarse y es­ta­ble­cer un ho­­gar, su pro­­tección, porque allí estaba ese hogar de sus an­sias de vivir, de sus amo­res, de su frustración.

De sus frustraciones.

Entonces, recordó a Margarita.

Margarita era la eterna frustración de Rafael. Se ena­­moró de ella cuan­do nin­guno es­taba en edad de ena­mo­rar­se y tampoco él supo poner nom­bre a ese sentimiento que le era nue­vo, pero sí que, a partir de entonces, lo que más quería en la vida era verla to­dos los días, admirarla con su pe­lo negro y sus ojos verdes, jugar a cualquier cosa para per­­ma­necer a su la­do, aunque afue­ra los demás niños de siete años como él es­tu­vie­ran jugando al fútbol, su pa­sión más enorme hasta aquella tar­de en que Margarita apareció por el ba­rrio. Poco después de su llegada, Rafael supo que era sólo un día mayor que su ami­­ga, lo que interpretó como un sig­no mágico de una unión que de­­be­ría per­du­rar para siempre, sin saber entonces Rafael que las mujeres jó­venes siempre se enamoran de hombres ma­yo­res y nunca de los de la mis­ma edad. El iba a un colegio del sec­tor y ella donde las monjas, pero en las tar­­des podían en­con­trar­­se para ha­blar incansablemente, jugar a los juegos más va­riados, apren­diendo ella el ma­ne­jo de la pelota −era una bue­­na ar­quera, después de todo− y él a asumir la paternidad de to­­das esas mu­ñe­cas de trapo y de loza, con ojos grandes de bo­­li­tas de cristal que dominaban el dormitorio de la vecina de los ojos verdes. Rafael nunca había visto a na­die que tu­viera los ojos verdes y una mi­rada tan triste a pesar de es­tar con­ten­ta y rien­do con entusiasmo.

Se vieron incesantemente durante muchos meses. Cuan­do ella fue de vaca­cio­nes a la costa y él viajó a pasar el ve­rano donde su abuela nortina, Ra­fael es­­cribió su primera car­ta de amor, en la que le decía que la recordaba to­dos los días, en las mañanas y en las noches, que le gus­ta­ría verla y que no que­ría quedarse donde su abuela porque se aburría mu­cho. Por supuesto, la car­ta no fue enviada pues Rafael sin­tió su primera timidez de amor, como era con los niños de en­ton­ces. Se dio cuenta que estaba enamorado, que no valía la pe­­­na vivir sin Mar­ga­ri­ta y tuvo miedo de que por decírselo ella no quisiera vol­­ver a verlo. Esa per­cepción era el re­flejo de una anticipada madurez de amor que le habría de poner los ojos serios para siem­pre. Mar­ga­rita creía que es­ta mi­rada era el reflejo de una irre­nunciable vocación a la san­ti­dad y en las no­ches rezaba pidiendo a Dios que la mantuviera cer­ca de su amigo santo pa­ra que la ayudara a ser muy buena. Mu­chas mujeres se enamoraron de Rafael a lo largo de su vida y todas lo cre­ye­ron santo por su forma de mirar y sus consejos siem­pre tan oportunos y sabios.

Así pasaron muchos años, con encuentros diarios, una con los ojos ver­des y otro con los ojos serios, sepa­rán­do­se só­lo en las noches y en las va­ca­cio­nes de verano. Su amistad era tan intensa que las ma­dres terminaron por ha­­cer­se ami­gas y pasaban tardes enteras tejiendo y charlando, con la idea de que podrían ser consuegras, pero sin decirlo nunca. La ma­dre de Mar­garita si­guió teniendo hijos todos los años hasta com­pletar nueve, pero Rafael sólo tu­vo a su hermana, dos años me­nor.

Poco antes de cumplir los doce años Margarita se cam­bió de casa y a par­tir de en­ton­ces la situación varió por com­pleto, no sólo por­que ya no po­drían ver­se todos los días, si­no porque Margarita comenzó a hacerse mujer. Ra­fael no ce­le­bró cumpleaños por razones que na­die entendió muy bien, pe­ro que te­nían que ver con las múltiples acti­vi­da­des de papá, la si­tuación eco­nó­mi­ca, las cosas como están, con la prome­sa de que más adelante harían una fies­ta, lo que por supuesto no lle­gó nunca. En respeto a la verdad, Ra­fael re­cor­dará en su fue­­ro íntimo que él estaba melancólico y no hi­zo ningún em­pe­­ño por tener fiestas, pues no sabía qué mierda es lo que po­dría celebrar si lo único que im­por­taba es que Margarita ya no estaba cer­ca de él. Por su par­te, Mar­ga­ri­ta hizo su cele­bra­ción y lo invitó a la casa nueva. Rafael se sin­tió muy desa­gra­da­do, pues debió pasarse toda la tarde pateando una pe­lo­ta con los dos her­manos me­nores de su amada, pues ella se encerró con sus amiguitas en el living a es­cu­char discos de Elvis Pres­ley y Paul Anka.

Ha­bía ya empezado la carrera dispareja, en la cual Ra­­fael iba per­dien­do irre­me­­diablemente, cada vez con la mi­ra­da más seria por el amor y con más cara de santo en su de­ses­peración. Margarita crecía ha­cién­dose más bo­ni­ta, con su pe­lo ne­gro, largo y frondoso, sus ojos ver­des, sus pechos na­­cien­tes, sus piernas hermosas, su son­ri­sa triste aun­que es­tu­vie­ra alegre. Los amigos de Mar­garita eran todos mayores que ellos y Ra­fael se fue alejando de esa ca­sa. Cuan­do tiempo des­pués la ma­má de Margarita lo invitó a ve­ranear, Ra­fael tuvo mu­­cho miedo, pues él con sus quince años y su amor, iba a ter­mi­­nar pa­seando con Gabriela, la her­­mana segunda, mientras Mar­garita sal­dría a fiestear con los gran­des. Sacando fuerzas de flaquezas aceptó la in­vi­tación, pero fue tan­ta su pe­na de amor que al tercer día de estar en la playa se enfermó de ve­ras, con fiebre y todo. Pensando que era tifus lo enviaron de re­­gre­so a su ca­­sa. Como só­lo eran penas de amor, mejoró de la fie­bre, pe­ro los ojos le que­­daron más se­rios y de mirar más pro­fundo, después de haber pasado todo el verano de­di­ca­do a es­tudiar historia y a leer el Canto General de Neruda, en lugar de pasear con su amada.

Pasó todo un año y cuando en el ve­ra­no siguiente Rafael fue a de­cirle a Margarita que la ama­ba co­mo un hombre ama a una mujer, que que­ría ser ama­do por ella, aun­que en­ten­día que era muy difícil que de­jara a su ac­tual pololo por él, pero que va­lía la pena in­tentarlo, tuvo la sen­­­sación de no ha­ber­se dado a en­ten­der su­ficientemente, por­que ella, con sus ojitos verdes, le ha­bló de su amor por un jo­ven alférez de aviación y to­do entonces fue tan con­fu­so pa­ra él, que nun­ca pudo recordar como ter­mi­nó esa conversación, si­no só­lo que llegó hasta la plaza, esta misma plaza de tarde de tan­to calor y estado de si­tio, donde permaneció llorando por va­­­­rias horas. Dos años des­pués, Mar­garita se casó con el avia­dor, que ya no era avia­dor si­no estudiante de In­ge­­nie­ría, aunque siguió vinculado a la Fuerza Aérea, co­laboró en ta­reas de lo­gís­­ti­ca primero, en la Academia de Guerra luego y, se­gún se rumorea en los am­bientes en que se desenvuelve Ra­fael, fue uno de los integrantes del Comando Con­­jun­to, or­ga­nis­mo que reunía a agentes de todos los servicios dedicados a la re­­presión política en los primeros tiempos del General. Ra­­fael no asistió a la ce­re­­mo­nia porque tenía que ir a un re­tiro de fin de semana, aun­que sólo él y Dios sa­bían que iba al retiro so­lamente para no ver ca­sarse a Margarita.

Mantuvo su amistad con Gabriela, la hermana se­gun­da, lo que le per­mi­tió sa­ber de Mar­ga­ri­ta, pero al cabo de los años también de­jó de verla y se en­redó por caminos in­­­trin­ca­dos, por amores pa­sajeros y pa­siones circuns­tan­cia­les, que man­tu­vie­­ron este amor en su nivel de frus­tración, sin es­car­bar más en su cora­zón, aunque finalmente ha­bría de des­cu­brir que no era un amor frus­­trado, sino sólo un amor pen­dien­te.

Volvió a ver a Margarita cuando murió su madre.

Fue una tarde de sep­tiem­bre en la que la señora ha­bía ido a la costa pa­ra preparar la casa en que recibiría a la enor­me familia −in­cre­mentada con yer­nos, nueras, pololos y nie­tos− para un fin de sema­na largo. Manejando con poca pre­cau­ción y mu­cho alcohol, hizo una mala maniobra en la ruta y ca­yó a un barranco y se mu­rió. Rafael supo de la no­ticias, pero co­mo había sido de­te­ni­do por la policía con oca­sión de una ma­ni­festación en contra del exilio, no pu­do ir al fu­neral. En cuan­­to salió fue a ver al viudo y a sus hijos, quienes le die­ron la di­rección de Margarita y supo que vivía muy cerca de Mi­le­na, su amiga pe­­rio­dis­ta.

Nervioso, incómodo, más por el pasado que por el do­lor de la muerte sor­­presiva, estuvo con ella muy poco ra­to. Es­cuchó un apretado resumen de ese ma­trimonio que, lue­go de dos hijos, terminó en separación irreconciliable. El in­­ge­nie­ro-avia­dor se casó de nuevo y Mar­­ga­rita se sumió en la so­le­dad, man­te­nien­do su casa y sus dos hijos con un mo­des­to suel­do de pro­fesora de filosofía en el mismo colegio de las Monjas don­de había seguido sus es­tu­dios, sin que el hom­­bre se es­for­za­ra por tener una relación estrecha con los hijos y mucho me­nos asumiera sus obligaciones como co­rrespondía. Sin­tió de­seos de abra­zar­la y be­sarla, de decirle que éste era el mo­men­­to de reencon­trar­se, que to­do se daba pa­ra que ellos pu­die­ran volver al ca­mi­no de amor que no de­­bieron haber aban­­do­na­do a los doce años, que esta tra­gedia po­día ser un mensaje y una es­pe­ranza, pero co­mo la ti­mi­dez de amor se lo co­mía por den­tro, le pareció ina­de­cua­do hablar de todo esto cuando re­cién ha­bía muerto la madre de su amiga y una vez más optó por retirarse, in­ven­tando una ex­cusa y prometiendo visita que lo más probable era que no cumpliera, y así fue, para ter­mi­nar sen­ta­do en la misma plaza de siem­pre, esa vez sin llo­rar, pero con una cara que no era de san­to si­no de angustiado.

Desde aquella tarde de pésames, habían transcurrido tres años y medio, un poco más, parece.

Ahora estaba allí, tan cerca de la casa de Mar­ga­ri­ta, con este enorme pro­­ble­ma pen­diente, incapaz de tomar de­­ci­sio­nes o resolver nada con mínima ga­­rantía de efi­ciencia. La ca­sa de seguridad estaba constituida en una ra­to­ne­ra; había per­dido el contacto con el Partido y en el Partido no sabrían a qué se de­bía esta situación, si es que estaban en condiciones de sa­ber algo. La de­ten­ción del pre­sidente del Partido, al menos, no podría ser silenciada. Vol­vió sobre sus pa­sos, dio un rodeo y avan­zó hacia la casa de Margarita por un camino que le per­­mi­tiera no pasar frente a la casa de Milena ni a la casa del Fis­cal, para que nin­­gu­no de los dos lo viera, tal vez, para que nin­gu­no supiera que iba a la casa de Margarita. Agregando un nue­­vo miedo a sus miedos políticos, avanzó a tra­vés del calor y del tiempo. Controlando ca­da mús­culo, pal­pan­do los muslos du­ros, Ra­fael caminó, nervioso y co­bar­de, hasta llegar a la puer­ta de la casa de Mar­garita, la morena de pelo largo y frondoso y ojos verdes, tristes siem­pre aun­que estuviera contenta, su amor de infancia.

Se detuvo, esperó un momento antes de to­car el tim­bre.

Porque su alma se llenó de temores y de acasos, co­mo los de su ayer ado­­les­cen­te y por un instante olvidó a los agen­tes, al General, al Partido, su barba de tantos años, la de­ten­­ción del presidente del Partido, para dar curso a la tras­pi­ra­ción de las manos y el agi­tado pal­pitar de sus sienes.

¿Qué le iba a decir? ¿Vengo a dormir a tu casa por­que me están si­guien­do? ¿Vengo porque no tengo donde ir? ¿Ven­go porque aun te amo con la profundidad de mi mirada que tú construiste con tus evasivas y tus amores por otros? ¿Y si no estaba? ¿Si ya no vivía allí? ¿Si tras esas altas rejas había aho­ra un cuar­tel, como tantos otros que se ex­tendían por la ciu­dad? ¿Si tenía ma­rido nue­vo? ¿Si ella tuviera más miedo que él?

Todo pasó en un segundo por su mente, a veces tan ágil y ahora co­mo la de un ni­ño asustado, todo metido por su cuer­po, recorriendo pecho y pier­nas, recordándole su úlcera reac­tivada que necesitaba comer algo con ur­gen­cia o sim­ple­men­te un vaso de le­che, como en el cuento de Manuel Ro­­jas que leyó siendo adolescente. Lloró cuan­do lo le­yó la pri­me­ra vez y luego lo re­leyó tantas veces que ter­minó por saberlo de memoria, hasta el último ad­je­ti­vo. Ahora tenía el mismo do­lor que el protagonista de “El vaso de le­che” y de­ci­dió dar el pa­so, aunque fuera lo último de su vida, aunque resultara el error más grave, porque tam­bién podría ser el acierto más cer­tero, sabiendo que la equi­vo­cación lo conduciría a un ca­mi­no sin alternativa.

Resultó como tenía que resultar y no como pasa en las novelas de aven­­tu­ras, pues Mar­garita seguía viviendo allí y por supuesto que, a las tres de la tar­de poco más tarde pro­ba­ble­mente, no estaba en casa. La empleada le in­for­mó que re­gre­saba a las seis y sólo después de una insistencia en que usó to­­do su poder de convencimiento, ella lo dejó en­trar, pe­ro sólo has­ta el jardín y lo sentó en una terraza sombreada por abu­ti­lo­nes y coprosmas, cer­­ca de un enor­me matorral de rosas de to­dos los colores. Desconfiada, pero cui­dando de no ofender, le ofre­ció un vaso de jugo que él cam­bió por uno de leche fría y sin azúcar, por favor, y que la buena mujer sirvió acom­pa­ña­do de galletas tritón, delicioso emparedado de masa de cho­co­la­te con blanca crema en su interior, de esas mismas que Rafael y Margarita comían por to­neladas en el patio, mi­rán­do­se a los ojos con risa y la boca llena, porque las habían sacado sin per­mi­so de em­pleadas y mamás. Por lo visto a Mar­ga­ri­ta le se­guían gustando y ya no te­nía que esconderse para comerlas. En cambio, él, tantos años después, sólo las vol­vía a comer cuan­do tenía que es­con­derse. Parecía un juego de ideas y pa­la­bras.

Las galletas y la leche le die­­ron la oportunidad de re­­lajarse en la terraza y, por primera vez en mu­chas horas, sentirse tranquilo, pro­te­gi­do. Para eludir pensar, re­corrió con su men­te cada parte de su cuerpo, bus­can­do la má­xima relajación, partiendo por el cuello y avan­zando por las ex­tre­mi­dades. To­mó una decisión: no pe­di­ría teléfono ni pen­saría en nada con­cre­to so­bre su futuro in­mediato has­ta que pudiera hablar con su amiga. Por­que en­ton­ces sabría a qué atenerse. Con las manos en las piernas, relajándose, se que­dó dormido.

Despertó sobresaltado, pero abrió los ojos len­ta­men­te. Vio a su lado a una her­mosa mu­jer, de rasgos va­ga­mente co­no­cidos. Demoró algunos segundos en darse cuenta donde es­ta­ba y descubrir que una muchacha desconocida lo mi­raba fi­ja­men­te, con una sonrisa si­len­cio­sa, desde otra silla en el patio de la casa de Margarita. Pelo liso de color castaño cla­ro, que le caía livia­na­men­te so­bre los hombros desnudos. Lo miraba con de­tención, como si él fuera un ani­mal de zoo­ló­gico, reco­rrién­do­lo entero con la cara llena de risa con­te­ni­da.

− Hola.

Nada más, no preguntó nada ni suspendió la ob­ser­va­ción. Ella tenía una galleta en la mano y otra en la boca. Ra­fael se enderezó y respondió con un ho­la si­mi­lar, carente de en­­to­na­ción, alisando su pelo con la mano y luego bus­can­do la bar­ba que se había cortado la noche an­­terior, después de die­cio­cho años, pa­ra que nadie lo pudiera re­co­nocer. Se miraron fi­jamente du­rante un ra­to. La muchacha se divertía y sus ojos re­flejaban que entendía que éste era un juego simpático, con un animal desgreñado y sor­pren­di­do que despertaba de un sue­ño plá­ci­do en el patio de su ca­sa. Concluyendo que era una mu­­chacha muy bella, se in­corporó en la si­lla, repitió un hola, pero con mayor in­tensidad, de­jando en claro que estaba dis­pues­to a ini­ciar un diálogo. Pero ella lo siguió mi­rando en si­len­cio, con la son­risa llena de galletas.

− ¿Eres Fernanda?

Ella dijo que sí con la cabeza, sin hablar, con una es­pecie de rugido y la misma inmutable actitud.

Era Fer­nan­da, la hija de Margarita y el aviador in­ge­niero. Bonita mu­jer de die­cisiete años, re­pre­sen­ta­dora como di­cen las viejas, es decir, atrac­tiva y más desarrollada de lo que se es­pe­ra­ba de una niña de su edad, tan atra­yen­te que sin du­da él la habría mirado al pasar a su lado en la calle, pe­ro pre­firió no haberla visto en la calle, sino allí para tener cer­te­za que sólo de­bía mirarla como una niña, como la hija de su ami­ga, como una especie de so­brinita postiza, una hija por apro­­xi­mación y no como la mujer de pechos fuertes, aspecto sa­luda­ble, hom­bros suaves y muy cautivadora, que resultaba ser.

− Tú debes ser Rafael.

No era una pregunta, sino una afirmación. Otra sor­pre­sa más en un día lleno de sorpresas. Ella lo había re­co­­no­ci­do. La pequeña Fer­nan­da, que nun­ca lo había visto sin barba, por­que él se la dejó crecer an­tes que ella naciera, lo había re­co­nocido. Tal vez ella había visto fo­tos suyas de muchacho. Por eso su sorpresa, ya que cuando se miró al es­pe­jo después de cor­tarse la barba, Rafael se encontró viejo y muy dis­tinto, pe­ro Fernanda que no lo había vis­to ja­más, lo había reco­no­ci­do.

Si, él era Rafael, así de simple, un Rafael que en die­ci­siete años só­lo ha­bía pasado fugaz frente a la niña, ya mujer.

Recordó con ternura el primer contacto. Te­nía só­lo un año y Ga­briela, la her­mana segunda de Margarita, había sa­cado a pasear a su so­­brina, como lo ha­cen muchas tías sol­te­ras, demostrando públicamente su instinto ma­ter­nal, con la inconsciente finalidad de enternecer hom­bres proclives al ma­tri­monio. Se en­contraron accidentalmente en el par­que que es­ta­ba detrás de la Casa de la Cul­tu­ra de Ñuñoa y Rafael supo desde lue­go, sin haber ne­ce­si­tado ser inteligente, que esa niña era la hija de Mar­garita, el fru­to del amor de su amada con otro hom­bre, la que no debió haber na­ci­do como pre­mio a su personal fe­li­ci­dad, la que ha­bría sido otra si hu­bie­ra sido suya, la que en­ton­ces no existiría pues él no es­ta­ba en con­di­­cio­nes de casarse, ya que recién ingresaba a la uni­ver­sidad. Pese a no ser suya, de­bió reconocer que la niña era her­mosa y estuvo con ella va­rias horas, ju­gando en el pasto, sin­­tiendo que la ternura lo em­­bar­gaba por completo, dan­do vueltas por el suelo y con ella so­­bre su pe­cho, rien­do como ríen los niños, sin poner jamás los ojos tristes. Gabriela, que sabía del amor de Rafael por su her­­mana mayor, miraba con evi­den­te contento este es­pec­tá­cu­lo. Ella lo quería mucho y siempre lo amó y esa escena de ter­nura se le grabó en la mente y la re­cordaba cuan­do ima­gi­na­ba que ellos podían casarse, aunque él no la quisiera tanto co­­mo ella, una es­pecie de cadena trágicamente traslapada, con un sen­ti­mien­to soli­da­rio, fiel, fraternal, en el que no ca­bían otras fan­ta­sías que las de una es­po­sa compañera y paciente, lle­­na de hi­jos como su pro­pia ma­dre, que ten­dría contento a es­te marido con mirada de santo y ge­ne­roso en ternura con los ni­ños, sintiéndose ca­paz de hacerle superar este amor impo­si­ble ha­cia su hermana.

Después de esa tarde en el parque, Rafael no vol­vió a estar con Fer­nan­da, sal­vo en un saludo superficial o en un en­cuentro casual o tal vez sin sa­ber que era ella. Pero du­rante diez años, sistemá­tica­men­te, le enviaba una flor para el día de su cumpleaños y una barra de cho­co­lates con al­mendras para la Na­vidad, con una tarjeta que decía “Con to­do mi cariño, Ra­fael”. Nunca na­die le agradeció los envíos y nadie re­cla­mó cuan­do dejaron de lle­gar. Nunca Mar­­garita lo llamó para pre­gun­­tarle por qué le enviaba regalos a la niña y no a ella en su cum­­pleaños, día que él no podía ol­vi­dar, salvo que hubiera ol­vi­dado el su­yo pro­pio que era un día antes, llamada que habría si­do estu­pen­da para que él pu­diera re­clamar por qué ella nun­ca lo llamaba para su cum­­pleaños y una vez más involucrarla en un lamento de amor que pa­re­ce­ría argumento de ra­dio­­tea­tro, años antes que empezaran las telenovelas.

− Eres igualito a las fotos.

Con eso Fernanda contestó la primera pregunta no for­­mu­la­da. Algún día se da­ría cuen­ta que Fernanda tenía ca­pa­cidad desusada pa­ra responder las pre­­guntas que no se for­mu­­la­ban en voz alta, con una in­tuición que la vol­vería pe­­li­gro­sa con el correr de los años. Rafael no dijo nada, aun­­que tal vez de­­­bió de­cir muchas gra­cias, porque eso sig­nificaba que se­guía tan joven como a los quin­ce años. Pe­ro ella, adivinando otra vez, lo bajó bruscamente del pedestal de vani­dad en que co­men­­za­ba a subirse:

− Me refiero a la mirada. ¿Debo decirte “tío Rafael”?

− No, Fernanda, dime Rafael no más.

Ella fue a traer más galletas y leche. Rafael pudo apre­ciar toda la be­lle­za y el des­plan­te de ese cuerpo joven y bien formado.

¿Cómo era posible que él se sintiera tan joven y es­ta mu­jer fuera la hi­ja de su amada de la infancia?

Sintió de nuevo las palpitaciones en el pe­cho y las sie­nes cuando se dio cuenta que ya eran las seis y cuarto y que pron­to se en­con­tra­ría cara a cara con Margarita. Otra vez las du­das, las preguntas acerca de cómo debía en­fren­­tar la si­tua­ción, cómo contarle lo que había que contar sin rom­per con la se­gu­ri­dad. Es de­cir, ¿cómo conseguir seguridad sin romper con las normas de se­gu­ri­dad que él mismo había con­­tribuido a ela­borar? Se acordó del pre­si­dente del Partido y pensó en qui­zás cuántos de­te­ni­dos más habría por to­das par­tes. Tal vez fue­ra el único dirigente del Partido que to­da­vía no es­ta­ba en ma­nos de los agentes, producto de una ver­dadera casualidad. El úni­co en libertad, pen­só, si es que esta situación puede ser ca­li­ficada de libertad.

Quiso ir al baño. Cuando Fer­nan­da regresó lo guio a tra­vés de la casa y lo dejó en un baño alto y estrecho, sin luz na­tural. Vi­no a su me­moria la torre de Villa Grimaldi, descrita por tantos detenidos y que él tuvo la suer­te de no co­nocer por su experiencia personal. De cara an­te el espejo pasó sus de­dos por los surcos del rostro, por la piel más cla­ra y áspera porque los pe­li­tos em­pe­za­ban a crecer de nuevo. Orinó lar­ga­men­te, con pla­cer, experi­men­tan­do un alivio pro­fundo en todo su cuer­­po, co­mo si esta evacuación fuera su única ocupación y no pasara nada más en el mundo. Se lavó len­tamente, mo­jando la ca­ra para re­frescarse del calor hú­medo y atosigante, des­pe­jan­do el so­por propio de una sies­­ta no programada y poco a po­co fue recuperando la ener­gía y todo su or­ga­nis­mo se inundó de esa necesaria li­vian­dad que conseguía antes de las jor­na­das di­fíciles. No te­nía ro­pa ni cepillo de dientes, ni siquiera má­qui­na de afei­tar. Si resolvía el problema del alo­ja­miento ten­dría que bus­car la solución a estas di­ficultades que para al­gu­nos podrían pa­re­­cer menores, pero no para él que era tan exi­gen­te, tan dependiente de su lim­pie­za per­sonal.

Al salir del baño se percató que la casa ya estaba en una semi­pe­num­bra. La puer­ta de la terraza estaba ce­rrada y Fer­nanda había entrado los va­sos, para luego echar­se so­bre un asiento, con descuido, teniendo de trasfondo el sua­ve canto de una voz conocida pe­ro que era in­capaz de iden­tificar. La pie­­za era espaciosa, con sillones grandes y co­jines mu­­llidos, de mu­­cho gusto to­do, las telas suaves, las lám­paras de sobremesa tra­dicionales, muchos ceni­ce­ros y ador­­nos de porcelana por to­dos los rincones. La mesa de centro era un gran cris­tal sobre una ro­ca de color rojizo y allí esperaban los vasos de le­che y las ga­­lle­tas. En los mu­ros había va­rios cuadros y re­pro­duccio­nes de obras co­no­ci­das. Miró todo con mu­cho detalle, sin sen­tar­se, sa­biéndose bajo la observación de Fernanda, evitando ha­blar, pues no quería recurrir a in­tras­­cen­dencias o ha­bi­­tua­li­dades de ésas que llenan vacíos y mi­nutos, que­ría eludir las pre­­guntas y las respuestas, quería esperar para hablar só­lo una vez desde adentro de sí mis­mo, sin pensar en nada por aho­ra, pos­ter­gando, siem­pre pos­ter­gando, hasta que llegara el mo­mento de com­pro­meterse en alma y cuerpo, como lo hacía en to­dos los órdenes de la vida, postergando el mi­nuto para con­tar lo que Fer­nan­da está es­pe­rando que cuente, para ha­blar de esas cosas que verdaderamente im­portan cuando un pró­­fu­go de la poli­cía política de la dictadura llega de sor­pre­sa a la casa de un antiguo amor.

A sus espaldas se abrió la puerta.

Rafael giró con lentitud y pudo ver entre las sombras de la sala el es­pectáculo de Margarita de pie, con la cartera col­gando del hombro, las lla­ves en una mano y los anteojos en la otra.

Ahí estaba, con pantalones blancos y un blusón azul que le caía suel­to, su pelo ne­­gro, largo y libre como apa­­re­cía en sus recuerdos, sus ojos tan ver­des y lu­minosos como él quería verlos, tan delgada como el día en que la vio des­pués de la muerte de su madre, tan sorprendida de ver­lo como es­ta­ba él de ha­ber ido a parar allí en medio de su fu­ga en pleno es­ta­do de sitio, la mis­­ma Margarita de siem­pre en un día que pa­sa­ría a la historia de la patria por el ca­lor tan intenso, por el amor, por el atentado, por las de­ten­ciones, pero so­bre todo por­que Rafael y Mar­ga­ri­ta estaban frente a frente. Fernanda, ex­­pec­tan­te, an­sio­sa de pre­sen­ciar un encuentro largamente ima­ginado, que ella sabía des­de ha­cía mu­cho tiempo que algún día iba a presenciar, porque parecía adi­vi­narlo todo, aunque só­lo adivinaba cosas bue­nas, ex­pec­tante porque su ma­dre se en­contraba con este des­conocido que enviaba flo­res en sus cum­pleaños de ni­ña y al que ella inventó una historia llena de aven­turas, de via­jes a la India y otros países del oriente, des­conocido que tuvo cara por primera vez en un álbum de la ca­sa de la abuela −guardado por Gabriela ciertamente, la her­ma­na se­gunda, tía soltera todavía, celosa conservadora de tra­di­ciones y recuerdos familiares− y que sólo esa tarde, que in­tuía habría de ser muy importante, había adquirido cuer­­po fí­si­co, allí Rafael mirando a una Margarita que da un pa­so len­ta­mente y otro, que abre los labios, ladea suavemente su ca­­be­za mo­re­na, da otro paso y su voz suena llena de sor­presa y de ca­riño.

− Rafael.

La palabra pronunciada lentamente, suavemente, co­­mo pre­gun­tando al pa­sa­do si és­te era el mismo que ella tanto que­ría, ca­mi­nando entre adornos y porcelanas, di­ciendo nue­va­­mente “Rafael”, con esa voz suave, cautivadora, sin que él pu­diera moverse desde el punto en el cual lo habían clavado los te­mores y las esperanzas y ella es­qui­vando sillones y lám­pa­­ras, con la cartera todavía en el hombro, cruzó todo el pa­sa­do y lo abrazó con más fuer­za, con más cariño y con más ale­gría que lo que el propio Rafael es­pe­raba en esta tarde o había so­­­­ña­do en tantas fantasías adolescentes, aunque ya no fuera ado­les­cente.

− Rafael querido.

La voz resonó en sus oídos y sintió las manos de Mar­garita apre­tan­do su es­pal­da, la ca­beza en su pecho, pierna con­tra pierna, el pelo hermoso a la al­­tu­ra de sus labios, po­nien­do Ra­fael más fuerza en el abrazo que lo que la ti­mi­­dez le per­mitía, recorriendo con sus manos de pró­fugo la espalda de su ama­da, aspirando olores no imaginados, fre­nan­do las lá­gri­mas que pre­sio­na­ban tras los ojos y sin­tiendo ganas de per­ma­ne­cer así por siempre, escuchando ese “Ra­fael que­ri­do” pro­nun­­ciado por Margarita como si ca­da sílaba tuviera vi­da pro­pia, aspirando el aroma de la más cer­tera felicidad, sintiendo el abra­zo de es­ta mu­jer amada, tan amada y quizás tan des­co­no­ci­da, que lo recibía con tan­to ca­ri­ño después de años de vidas se­pa­radas, distantes y dis­tin­tas. Ha­cien­do a un la­do con su nariz par­te de la cortina de pelo de Margarita, hasta para tocar la ore­ja mis­ma y ha­blarle.

− ¡Qué alegría, Margarita, qué alegría estar contigo!

Pudo haber agregado qué sorpresa, porque para él era una sorpresa ha­ber lle­gado has­ta la casa de Marga­rita, ver­la, redescubrirla, comprobar que es­­tu­viera contenta de ver­lo, pe­ro eso ella no lo en­ten­de­ría. Lo dijo bajito y sua­ve, no pa­ra que no lo oyera Fernanda que se­guía ahí ob­ser­vando y oi­ría de to­dos modos, sino para estar a tono con el abra­zo, sua­ve y fuer­te y anu­dar el lazo en el minuto preciso, mu­cho más aho­ra que estaba solo, com­ple­ta­mente solo, irre­­me­diable­men­te so­lo, mientras en las calles lo bus­ca­ban las patrullas de agen­­tes del General, montados en los autos más mo­­der­nos y con in­ter­­comu­ni­ca­­do­­res; pero no iba a per­mi­tirse llorar en este mo­men­to, ni siquiera por la ale­gría, así es que aflojó un poco el abra­­zo, separando len­ta­mente, con mu­cho ca­ri­ño, a Margarita que estaba más emo­cio­nada que él. Rafael sonrió al comprobar el brillo de sus ojos, anticipo de lá­gri­mas inevitables.

− Hola, mamá.

Margarita regresó del mundo del ensueño y de los abra­zos, una tos, sa­ludó a su hi­ja, pren­dió luces, hizo sentar a Ra­fael y pro­cla­mando, entre sor­bos y sus­pi­ros, que sigue sien­do una llo­rona in­co­rregible, Rafael ya sabes, se fue del li­ving pro­­metiendo regresar “al tiro”.

Fernanda se levantó muy lentamente y, como si se tra­tara de una esce­na en cá­ma­ra lenta, caminó hasta sentarse al lado de Rafael, muy cerca, mi­rán­dolo con sim­patía y cu­­riosidad, queriendo es­cu­dri­ñar, en los rasgos du­ros y la mi­ra­da profunda de este hombre lle­no de mis­te­rios para ella, una bue­na respuesta para el llanto de mamá, para este llanto en par­ti­cu­lar, por­que si bien ella era una llo­rona habitual, esta vez le ha­bía resultado una revelación la ex­­presión de afecto de­mos­tra­do a este personaje que lle­ga­ba desde el pasado en un día cual­quiera.

− Pareces simpático, Rafael, pero espero descubrir cuál es tu gra­cia. No me con­testes nada, so­li­ta voy a descubrirlo, si me das la oportunidad para verte de nuevo.

El sonido del timbre sobresaltó a Rafael, que per­ma­ne­ció inmóvil y se tensó. Sus ojos revelaron preocu­pa­ción, pues recién había recordado su si­tua­ción real y que ésta no era una visita de cortesía.

− No te asustes, debe ser mi hermano. ¿Tú sabías que tengo un her­mano?

Si, lo sabía, sabía incluso que se llamaba Nicolás, pe­­ro lo tenía muy ocul­to en la me­mo­ria y se reconoció que no le in­teresaba verlo, temiendo que se pa­re­ciera al padre, aquel que fue el conquis­ta­dor de Margarita antes de que él es­tuviera en condiciones de competir y que como un imbécil la había reem­­pla­zado por otra, aquel que fue avia­dor y del que se dice que fue colaborador de los servicios.

Para Rafael fue una sorpresa ver a un Nicolás dis­tin­­to al pa­dre, sua­ve y menudo, pelo negro y ojos verdes al es­ti­lo de la ma­dre, con un aire que re­cordaba al abuelo ma­ter­no, vestido de uniforme colegial, se­rio y desa­pren­si­vo, que lue­go de soltar un hola ge­ne­ral, se abalanzó hacia la cocina. Se re­con­ci­lió con él, aunque el muchacho ni siquiera pre­­gun­tó quién era o qué estaba ha­cien­do allí; sin­tió ver­güen­­za de sus prejuicios y lo miró con mucha simpatía cuan­do pasó nue­va­­men­te por su lado, ahora llevando un enorme pan entre la bo­­ca y la mano.

Luego que Fernanda fue al segundo piso, rea­pa­re­ció Margarita, más tran­quila, re­pues­ta de la sorpresa y se ins­ta­ló a su lado en el sillón. Le tomó ma­no.

− Me alegro mucho de verte. No sabes cuánto. ¿Algo anda mal, Rafael?

El sonrió con el rostro, pero mantuvo la seriedad con la mirada. Si, al­go andaba mal, so­bre todo en él, que siem­pre fue tan listo de palabra, tan ágil en los foros y en las asam­bleas y que frente a esta mujer parecía un mudo.

-Ya me lo vas a contar todo, amigo, no te apures. Yo tengo todo el tiempo del mundo ¿Y tú?

− Todo el tiempo, demasiado o nada, no lo sé...

− Huy, amigo, caramba, que las cosas están muy mal. ¿Sabes? To­davía tienes cara de santo. ¿Eres ya un santo con­sumado?

− No soy un santo, no Margarita, no lo creo.

− Ojalá.

Y se quedaron en silencio. Ella se apretó contra él, su­surró algo sobre el gusto de te­ner­lo, apoyó la cabeza en el pe­cho, sintió la agitación de Rafael, la del miedo y del amor, bus­­can­do la barba con la mano. Rafael se fue in­mo­vi­li­zan­do pau­latinamente. No quería romper el he­chizo, años y años de su vida es­pe­rando un momento como éste, esperando es­te abra­zo, es­te pelo, es­ta mano en su mano, distinto de tan­tos abra­zos con tantas mujeres que ha­bían com­par­ti­do su in­­ti­mi­dad y su pecho con mucho amor, pero todo esto era nuevo por tan lar­­ga­men­te soñado, por la convicción de que jamás su­ce­de­ría, de que era com­ple­tamente imposible, man­tuvo la res­pi­ra­ción cons­tan­te para que ninguna al­te­ra­ción jus­tificara que ella se moviera de su lado un solo milímetro, para que na­da in­te­rrumpiera esta sorpresiva mani­fes­ta­ción de ca­riño, te­mien­do que si ella se iba regresaría para su vi­da la sórdida rea­lidad de las últimas ho­ras, que­daría solo, se ter­minarían las es­pe­ran­zas y quizás la vida misma. Sin mo­ver­se, tal vez com­par­tien­do el deseo de no interrumpir el momento, Margarita ha­­bló.

− ¿Viste a mis hijos?

Si, le habían gustado, pero sólo dijo “si” y nada más y muy bajito, pa­ra que no tu­vie­ran que moverse, sin­tiendo to­do muy cálido y suave, pos­ter­gan­do eter­namente el mo­men­to de las explicaciones, porque a Margarita sólo le ha­­­bía in­te­re­sa­do que él estuviera allí y no pre­­guntaba nada, ni por qué ni has­ta cuándo, era todo un eterno minuto, un instante, un en­cuen­­tro de cualquier día y a cualquier hora, sin nada más que el presente, intenso y gra­to, que Ra­fael sa­bía que no era de cual­quier día y cualquier hora, que to­da es­ta magia era po­si­ble sólo porque las cosas le habían re­sultado mal, pe­ro con su ten­sión y sus conflictos él que­ría gozar, simplemente gozar, sin pre­gun­tarse por qué esta vez ella era tan expresiva con él, por qué no antes o tantos otros porqué, por qué tantas cosas sí y tantas no, pero no te muevas, Mar­garita, no digas nada, no res­­pires, no suspires, no pre­guntes, que te he ama­do siempre, que no he dejado de amarte aunque haya amado a otras de por me­dio; que, a pesar de tus amo­res y los míos, te he tenido en el co­razón, aquí, en el pecho, donde ahora estás, Mar­garita, sa­bien­do que algún día te lo di­ría con todo mi ser, sin saber has­ta dón­de y cuánto te estaba que­riendo, Margarita mía, no te mue­vas, Margarita, Mar­garita, amor mío, por fin, sé que te he es­­perado, que la espera valió la pena aun­que ni siquiera en es­te mi­nuto de maravillas me atre­va a expresar en pa­la­bras lo que estoy sin­tien­do por dentro, todo esto tan lindo que pasa por mí, no te muevas Margarita, no me toques la ca­ra, amor mío, no hagas nada, Mar­ga­ri­ta, que de repente me pongo a ha­blar y te digo todo esto, cuando quizás otra vez he llegado tar­de y ya tienes un hombre que duerme contigo en las noches, Mar­­garita mía, querida Mar­ga­ri­ta, me quieres mucho, poquito y nada, Mar­ga­ri­ta, me quieres mucho-poquito-nada, no sus­pi­res Margarita.

− ¿Por qué te cortaste la barba?

Rafael suspiró fuerte, cambió el aire de los pul­mo­nes soltando briz­nas de amor por todas partes, in­ter­cam­biando el aire propio con este mundo de la casa de Mar­ga­rita.

− Por razones de seguridad.

Y entonces ella se hizo hacia atrás y lo miró son­rien­­do, como si no enten­die­ra nada, arrugó los ojitos verdes y re­pitió la misma frase, pero dando to­no de pregunta, sin sol­­tarle la ma­no, percibiendo que en esos ojos serios ha­bía miedo.

− A ver, a ver, amigo mío. Parece que esto va en serio. Va­mos a con­­versar lar­go, porque hay mu­chas cosas que no en­tien­do con faci­lidad. ¿Te sirvo algo, un ca­fé, un trago? ¿Quie­res fu­mar?

Nada, no quería nada, nada más que seguir con ella has­ta que el mun­do estallara en pedazos, que todo lo de­más se fue­ra a la misma mierda, el Par­­tido, el General, los agentes, pe­ro ella encendió un ci­ga­rrillo y se paró para acer­car un ce­ni­ce­ro.

En ese mismo momento se interrumpió la tras­mi­sión musical y un so­lemne lo­cutor anunció que pasaban a in­­te­grar red nacional de radios y de te­le­­vi­sión.

Margarita se quedó de pie y Rafael puso atención a la radio.

DOS

− Aló, ¿Javier? Anoche detuvieron a Ismael.

Parece pleno otoño, no por la fecha, sino por el cli­­­­ma. Un po­co de viento a ra­tos, nu­bes que van y vienen, una más negras que otras, instantes de lumi­no­sidad plena, calor, mu­­­cho calor y una hu­me­dad terrible. Un día abo­chor­na­do, de esos en los que resulta im­po­si­ble caminar tranquilo por las ca­lles del centro, con todos los transeúntes más ner­viosos que de cos­tumbre y un am­bien­te que mezcla las frus­tra­cio­nes, el de­sá­nimo, el desconcierto y la hu­medad.

Antes no era así el clima en esta época. En mu­chos as­pec­tos las co­sas habían cambiado, pero sobre todo por la hu­medad, no­ve­do­sa y aplastante, que agita el pecho más de la cuenta y moja todo el cuer­po. Antes había un cli­ma más se­co y con viento. El clima empezó a cam­­biar con la sequía de los años se­senta y siete y sesenta y ocho, hasta llegar a este absurdo gi­gan­tesco en el cual no se sabe si es pri­mavera o es otoño o simplemente un in­vier­no de Sao Paulo. Más de al­guien, pien­sa Javier recordando a los otros abogados de la ofi­ci­na, re­pite con majadería que todas las co­sas ma­las se iniciaron en esos mis­mos años del gobierno de los demócrata-cris­tia­nos y bajo el hálito de la re­vo­lu­ción cu­ba­na, la sequía y la reforma agraria.

Cuando hace tanto calor, con tanta humedad, lo que corres­pon­de es sa­carse la cor­bata, abrir los botones de la ca­misa, salir por el ascensor de ser­vi­cio y alejarse del cen­tro a to­­da velocidad, hasta llegar a To­balaba, tomarse una cer­veza he­lada, fumar un cigarrillo a la es­pera de que el sol se ponga en la ciu­dad, porque allí, en esa esquina de To­ba­­la­ba y Pro­vi­den­­cia se podrá sen­tir el viento, tibio pero viento, mirar las ho­jas y las personas y soñar que el mundo es al revés y esto no es pri­mavera ni otoño o es primavera de antaño u otoño del fu­tu­­ro, épocas todas en las que Ismael no estará detenido.

− ¿Me oíste, Javier? Detuvieron a Ismael.

Cuando hace este calor, con humedad por aña­didura, los pan­talones de me­dia estación se convierten en pa­ñetes absorbentes en­tre la piel y el cue­ro sintético del si­­llón. Si acaso son las dos y cuarto de la tarde sin al­­mor­zar, todo pa­rece peor, las cosas se hacen in­creí­bles, la gente pa­re­ce ver­­da­­de­ra porquería caminando por las calles, todos lle­nos de deu­­das por radios y te­­le­visores a color, sin que nada le im­por­te a nadie, sin que se sacuda el ho­ri­zon­te, sin que haya viento su­fi­­cien­te para llevarse las nubes y las ma­las no­ti­cias, todos ca­mi­­nando allá aba­jo, como hormigas en un día depresivo, sin au­tos por Ahumada, ti­pos de ma­le­tines negros y bigotes re­cor­ta­dos, otros con za­pa­ti­llas y ca­sa­cas li­vianas, todos sintiéndose im­­portantes, mientras que, gra­cias a que no hay autos ni mi­cros por Ahumada, el aire es más res­­pi­ra­ble que en otros sec­to­res del centro y el ruido es dis­tinto, porque in­cluso es po­si­ble a al­gu­nas horas escuchar al ciego que canta acom­pañado de su violín de lata. Ahora sólo hay un rumor húmedo y can­sa­do.

− ¿A qué hora fue?

Como si importara algo la hora, como si eso pu­die­ra hacer variar las cosas. Era só­lo una manera que tenía Ja­vier de hacer saber a Ramón que ha­bía es­cu­chado per­fec­ta­­men­te. Po­dría haber preguntado cualquier otra cosa, co­mo por ejem­plo por qué, quién lo hizo, si mos­tra­ron una orden, dón­de lo lle­va­ron, pero también sus palabras ha­brían so­na­do ab­sur­das. Co­mo si acaso a todas estas hormigas que veía desde su si­llón, bajo las nubes e in­mer­sas en el calor, les importara algo, ca­da uno con sus propios pesares o sin pensar en nada, mien­­tras una escritura de compraventa espera revi­sio­nes en la me­sa de Javier. ¿Qué se pue­de decir cuando no hay nada que ha­cer ni que decir? ¿Qué se puede decir cuando una lla­ma­da anun­cia que Is­mael fue detenido?

− A las tres de la mañana.

− ¿Puedes venir a la oficina? Ahora, te espero.

Javier quedó solo, echado en su sillón con­for­ta­ble de cuero sinté­ti­co, res­pal­do al­to, reclinable, con ruedas, un ver­dadero placer para él, pese a que era un sillón muy in­fe­rior al que habían elegido los otros abogados de la ofi­­ci­na, quie­nes preocupados por la estética y sus dolores en la co­lum­na es­co­gie­ron sus asientos sin fijarse en el costo, que era lo úni­co que a él le in­te­re­sa­ba. Cuando lo giraba levemente hacia la izquierda po­día mirar por la ven­ta­na, ver la calle y las hor­mi­gas como hombres u hombres como cual­quier co­sa ca­mi­nan­­do en la hu­medad que a él lo tenía aplastado, con un ago­ta­mien­to brutal so­bre su cuerpo y su espíritu, con un calor pe­sa­do, el hambre de las dos y cuar­to y la noticia, la noticia temida.

Todos sabían que Ismael iba a ser detenido, antes o des­pués, pero lo iban a de­te­ner, algún día tendría que suceder, ine­vitablemente, pero, ¿por qué mierda en un día como és­te, de tanto calor y tan malos presagios?

El lo sabía, lo sabía también Ramón y sin embargo su voz había so­na­do sor­pren­di­da.

¿Sorprendida?

No, la voz de Moncho había sonado alar­ma­da, de­ma­­sia­do alarmada pa­ra ser la voz de Ramón, que era tranquilo y mesurado hasta cuando le pa­sa­ban las peores tragedias.

Aun tiene tiempo Javier para terminar el trabajo pen­­dien­te o ba­jar a comer al­gu­na cosa rápida, pues Ramón de­mo­rará unos vein­te minutos en lle­gar. Pe­ro sabe que no ha­rá na­­da, que dedicará to­dos sus minutos a pensar en Is­mael, en tra­tar de entender por qué él ha­­ce lo que hace, cómo fue po­si­ble que llegara a lo que llegó, a meterse con esos grupos y to­mar opciones tan ex­tre­mas, a repetir con seriedad inau­dita su jus­tificación para la vía ar­ma­da, en sus largas y cada vez más dis­­tan­ciadas sesiones de chiflota.

Caminó por la oficina, con las dudas dando vueltas por su ca­­beza, es­tirando el pantalón ya húmedo por la trans­pi­ra­ción, mirando el vacío, sin co­mer, sin co­rregir la es­critura, sa­biendo que todo se com­pli­caría en unas pocas ho­ras, que ten­dría que sus­pender las reuniones de la tarde, avisarle a sus so­cios, llamar a la Bernardita, pedir ayu­da.

Pe­dir ayuda.

Javier re­conoce que él es un abogado de los que nada sa­ben de re­cur­sos de am­­pa­ro, de las emergencias en casos de detención o de vio­­laciones a los derechos hu­manos. Bue­no, nada es mu­cho de­cir, pero se desenvuelve torpemente en esa área, porque su tra­bajo siempre ha si­do otro y por algo hay especialistas en ca­da tema. Sus amigos re­cu­­rren a él para cualquier co­sa, para to­dos sus problemas, de cualquier na­tu­ra­leza jurídica, siempre ha sido así y no tendría por qué ser dis­tinto ahora o en el fu­tu­ro.

Javier deja que los minutos transcurran y es arras­­tra­do por el so­por y una especie de cansancio del es­pí­ri­tu, no se da cuenta que ya debería ha­ber hecho algo, ya de­be­ría haber llamado a cual­quie­ra de sus amigos, ya de­be­ría estar ha­­cien­­do indagaciones o llamar a la Ber­nardita, porque ella es­tá en con­tacto con los curas y sabe cuá­les son los pa­sos a se­guir, conoce lo de la Vi­ca­ría y todo eso con mucha pre­ci­sión o cuáles son las puer­tas que él, con tantos ami­gos en el gobierno sin ser gobiernista, tiene que golpear, pe­ro en lugar de eso si­gue pen­san­do en que esta angustia de calor, tristeza y hu­me­dad sólo se le va a pa­sar cuando se tome una cerveza helada en Pro­videncia con Tobalaba, tal vez en el mis­mo Kika de hace tan­tos años donde, por la mierda, mier­da, iba con Is­mael que aho­ra está sa­be Dios dónde, para así, con la cer­ve­za helada y el vien­tecito que se levanta, pueda con­ven­­cerse que el mun­do es­tá tranquilo, que Is­mael no ha sido detenido y posiblemente es­ta no­che jueguen a los naipes, pero la verdad es que han pa­sado doce horas desde que Is­mael fue de­te­ni­do.

Algo tiene que hacer, no sabe qué y prefiere es­pe­rar has­ta la lle­ga­da de Ramón, pa­ra pensar juntos buscando so­luciones, como lo han hecho tan­tas ve­ces en la vida, en­con­tran­­do salida para todo por­que en la vida todo tie­ne so­lución. To­do, había dicho Ismael esa no­che de tantas cervezas, pero las so­­­lu­ciones no caen del cielo ni llegan sólo porque uno pien­sa en ellas, vie­jito, si­no que se construyen y aquí y con la vo­lun­tad, la inteligencia y especialmente aho­ra, con la fuerza, con los fierros, con los fierros, viejo, por­que hace mucho rato que se ce­rraron los otros caminos. Todo tiene so­lución y hasta la muer­te, agre­­ga­ría Rodrigo, para hablar de los avances cien­tí­fi­cos, de la ingeniería ge­né­ti­ca y de todas esas cosas que eran un desafío enorme a su men­te científica. Es­pe­raba la llegada de Ramón, sos­pechando que les pasaría lo de tantas veces: Ja­vier se pondría a recordar, a recordar un pa­­sado en que fue in­tensamente feliz, el pasado del Colegio, de las aven­tu­ras, de las ca­rre­ras por los pasillos del se­gun­do piso compitiendo con el her­mano Estanislao −hermano Volvo le de­cían− que, in­mer­so en el mundo de su arterioesclerosis, leía el breviario ca­mi­nan­do a to­da ve­locidad, ace­lerando en las rectas y ronceándose en las esquinas. Re­cor­dar con los amigos le revive el co­ra­zón y la risa se le aloja en los ojos, pues reaparecen to­das esas historias que a ter­ceros sólo se pueden contar cuan­do han pa­sado muchos, muchos años.

Se pone en cuclillas frente al es­tan­te para abrir la co­rre­de­ra, tras la cual hay un mar de papeles que Ja­vier mi­ra, se­guro que allí se aloja un enor­me pedazo de historia en­ce­rra­do en una caja de car­tón. Por allí, por acá, saca y saca, en­su­ciando las manos con trozos del pa­sa­do y olor a polvo, re­co­no­ciendo que no sabe lo que busca, qué es pre­ci­sa­­mente lo que, en esta tarde en que Is­mael está detenido, espera en­con­trar, intuyendo que allí puede estar la clave de la liberación de su ami­go, la li­beración defi­nitiva de todas esas re­des en las que es­tá cautivo. Cuan­do en­cuen­tra la caja gris de cartón (“re­cuer­dos per­so­na­les”, dice la or­denada letra de Marisa) se in­tro­duce vo­raz en las nostalgias y por pri­­me­ra vez en mucho tiempo des­cuida su impecable pan­­talón maren­go que se marca con pol­vo.

Van saliendo los papeles, uno tras otro, ama­ri­llo­sos, des­coloridos, llenos de historia personal, diplomas de me­jor compañero, car­tas que cir­cu­la­ban en clase de inglés bur­lán­dose de la voz aguda del pro­fe­sor, anotaciones de química, dos o tres poemas de Jaime, la foto de pri­me­ro, la foto de la des­pe­dida de los sextos en la que es­tán tam­bién la Ber­nardita y la Ca­talina.

Catalina. Catalinda.

Pasan los papeles por su mano y las imá­ge­nes por la me­mo­ria, has­ta que de pronto aparece la foto que tomó el Pa­dre Jaime luego de la reu­nión de la Academia Literaria: los cua­tro, Ra­món, Javier, Is­mael y el Negro Con­cha. Ja­vier el más al­to, delgado, más del­ga­do que aho­ra, patillas largas, la cor­ba­ta suel­ta, estatura de adul­to ya conseguida, la mirada sonriente y ca­riñosa, co­queto tal vez. Ja­vier sabe que ahora, casi veinte años después, sigue atlético y buen mo­zo. Se sabe atractivo y se cui­da, gimnasia, tenis, buena ropa, pocos exce­­sos permitidos, pei­nándose con calma cada ma­ñana después de afei­tar­se. Tal co­mo a los 17. Sujeta la fotografía y mantiene la vista fija en el pa­pel im­pre­so, como si esa fuera la llave maestra para in­gre­sar a un pa­sa­do que ca­da vez parece más hermoso, sobre todo aho­ra, en este día hú­medo y ca­lu­ro­so, so­bre todo cuando en­ci­ma de la mesa hay una es­cri­tu­ra que espera co­rrec­ciones, so­­bre todo cuando se sabe exi­to­so abo­ga­do lleno de honores, re­dac­tando es­cri­tu­ras de compraventa y for­mu­la­rios de con­tra­tos para una empresa cons­truc­to­ra de amigos con­quis­ta­dos en los últimos años. Por un mo­men­to Javier no ve más que su pro­pio re­tra­to en la fotografía, per­ma­ne­ce en silencio con la son­ri­sa en los labios, mirándose fino y fuerte, elegante, con los ojos un poco hundidos en sus oje­ras heredadas del abuelo ma­ter­no. Era el más alto del curso, exce­len­te atleta, buen de­por­tis­­ta, estudioso, or­de­na­­do, ideal amigo de muchos, más de una vez calificado de “mejor com­pa­ñe­­ro”. Pe­ro jamás líder. Tran­qui­lo y si­len­cio­so muchas ve­ces, no era el centro de las fiestas, aun­que más de alguna vez to­dos lo mi­raron en si­lencio mien­tras tocaba la guitarra pa­ra cantar suavecito las canciones de Ada­mo. Sonríe al pasado, con el pantalón sucio y des­cu­bre, al ver los rostros de sus compañeros, que ese pasado está vivo, que se olvidó de las hor­migas in­di­fe­rentes que circulan por las calles bajo el calor y la humedad del oto­ño.

En­fras­cado en este mundo de felicidad, no sintió en­t­rar a Marisa.

− Javier, lo busca su amigo Ramón.

Entró Ramón, apurado y calmoso a la vez, en una mez­cla inal­can­za­ble para los ti­pos comunes y corrientes, in­quie­to en los ojos, desordenado en la ropa, trans­pirando co­pio­sa­­men­te, la barba rala, la casaca en la mano y miró con sor­pre­sa el espectáculo de su amigo abo­gado sentado en el suelo de la ofi­ci­na, entre papeles, fotos y medallas, un poco ridículo, co­­mo los dos se die­ron cuen­ta, metido en el pasado irres­pon­sa­ble de la adolescencia cuando en es­te presente están pasando tan­tas cosas.

− Hola, Monchito.

Como todo saludo Ramón estiró su brazo para que Ja­vier pudiera le­van­tar­se, de­jan­do en el suelo todo un de­sor­den esparcido, como si así debiera es­tar el pasado cuando el pre­­sente es tan dramático.

− Detuvieron a Ismael, di­jo Ramón, como si fuera lo único que sa­­bía decir, de­ján­dose caer en un si­llón.

Javier acusó el golpe y regresó al presente y a la hu­­me­dad, po­nien­do la ca­ra seria y bajando un poco los ojos fue a sentarse frente a su ami­go, ami­go del alma y de toda la vida, que junto a Ismael había sido parte de su his­­to­ria y repitió men­­tal­mente la frase de Ramón, pensando que ahora no po­día pre­guntar por la hora de la de­ten­ción porque ya la sabía y no se atrevía a de­cir nada, porque en realidad quería escuchar de la de­tención de Ismael, pa­ra lue­go pensar, pensar juntos para en­contrar las soluciones. Y pen­san­do en la mis­ma frase de sa­lu­do, “detuvieron a Ismael”, se sentó dando la cara a Ramón.

− Putas madre, Moncho...

− Si, compadre, lo detuvieron, esta mañana, a las tres.

Se quedaron mirando y al mismo tiempo se dieron cuen­ta que no se habían di­cho na­da nuevo. La risa se les ins­ta­ló en la cara, man­tu­vie­ron la mi­rada su­jetándola y con sim­pa­tía, con nerviosismo, con la tensión acu­mulada, con el cariño in­menso para el amigo detenido, la dejaron fluir, sa­lir por to­das par­tes y soltaron simul­tá­nea­mente carcajadas, bo­tan­do ese do­­lor ins­talado en el pecho, el miedo por la suerte del amigo tan querido que quizás dónde mier­da estaba y en qué con­di­cio­nes.

La risa fue interrumpida por Marisa que les traía ca­fé y se re­tiró dis­puesta a cum­plir la orden de no pasar in­te­rrup­ciones de nin­gu­na especie. Ella sabía lo que era es­ta amis­tad de los cuatro hom­bres, tan diferentes unos de otros, pero que se tenían un cariño enor­me. No sólo los había visto cuan­do se juntaban en la oficina, sino tam­bién aquella vez que Ja­vier cometió la es­tu­pi­dez de llevarla a una reu­nión “con se­ño­ras”, como si ella fuera la novia y no sólo su secretaria, con la que a veces se comparte un poco de vida personal, pero sin nin­­gu­­na proyección. Esa noche, a los diez minutos de haber lle­gado, ya es­ta­ban los cuatro hom­bres en grupo aparte ha­blan­do de sus cosas, todas muy serias, pero con la risa a flor de piel, mien­tras las tres mujeres que se conocían hacía tanto tiem­po hablaban de sus propios temas y ella pa­re­cía una idio­ta, una intrusa. La señora de Ramón, embarazada en­ton­ces del cuar­to hi­jo, había si­do la más amable, pues se dio cuenta de la si­­tua­­ción. Bonita, tranquila, un po­co más alta que su marido −lo que no era difícil− intentó en varias opor­tunidades in­te­­grar­la, pero no re­sultó. Javier no se dio cuenta de nada, has­ta el extremo de invitarla otra vez, lo que ella rechazó con una ex­cusa gentil. En momentos de in­ti­midad, en los que la vida per­sonal tras­cendía a la de la ofi­ci­na, Javier le hablaba de sus ami­gos como si fueran lo más im­por­tan­te para él.

− Ordenemos la cosa, flaco, para ver qué hacemos.

Javier se dio cuenta que esta vez Moncho no re­cu­rría a él como fuen­te de so­lu­ción, sino que lo invitaba a en­con­trar juntos los caminos de sa­li­da, exac­tamente como él lo es­­pe­raba. Es decir, si es que había salida.

− ¿Quién sabe de esto, Moncho?

− Todo el mundo.

Todo el mundo, menos yo, pensó Javier.

Lo que pasó fue que Ismael no es­ta­ba alo­jando en su casa. El día do­mingo, mejor dicho, ya iniciado el lunes, ha­­bían allanado y no lo en­contraron. Ca­talina llamó a Ramón en la mañana tem­prano, muy asustada.

− Te llamamos, pero no estabas en ninguna parte, dijo Ramón.

Javier no contestó.

Recordó que en la mañana había estado jugando te­nis y se había que­dado en el Club hasta tarde. Siguió con aten­ción el relato del sufrimiento de Ca­talina, que, como to­dos, tam­bién sabía que Ismael iba a ser detenido al­gún día, pues no era cosa de niños apa­re­cer como vocero o dirigente de gru­pos de ex­trema izquierda y pretender hacer una vida co­mún y co­rrien­­te en una si­tua­ción como la que vivía el país por tantos años ya. Pocas horas des­­pués del aten­ta­do, habían allanado y Ca­talina temía que Ismael iría esa no­che a la casa, ba­sán­­dose en la experiencia de que los agentes nunca iban dos noches se­guidas a alla­nar el mis­mo lugar. Pero ella creía que siempre es buen momento como pa­ra que los agentes rompan su ru­ti­na. Estaba muy asustada y pidió a Ramón que se llevara a los ni­ños. Ya se escuchaban vo­­­ces de otras detenciones y se ha­bla­ba de una lista más grande de per­so­nas. Ramón partió con ellos, pues donde ca­ben cuatro caben también seis, pe­ro tú que­rida Catalina, no debes que­­darte so­la y se ofreció a acom­pa­ñar­la, pe­ro ella insistió que no. Después de revisar los al­­re­de­do­res de la casa y ase­gurarse que no había vigilancia, partió de­jando a su amiga más tran­­qui­la. Tal como lo temía Ca­ta­li­na, Ismael llegó como a las on­ce de la noche y le advirtió que, po­co después del toque de queda, los com­pa­ñeros lo pasa­rían a bus­car, porque debía pro­te­gerse y ella tenía mucha pena, in­­tuía que la cosa sería para largo, que qui­zás él tendría que irse al extranjero o pasar a la clandestinidad para siem­pre. La rea­li­dad, como es frecuente, re­sultó muy diferente de lo imaginado, pues los agen­­tes son completamente imprevisibles. Po­co an­­tes de las tres de la mañana golpearon la puerta y cuando ella abrió vio a los mis­mos que en la noche anterior habían allanado, que se ha­bían com­por­tado co­mo bestias, rompiendo cosas y gri­tan­do, pe­ro ahora venían son­rien­do y el que parecía jefe fue en ex­tre­mo suave y gentil, in­clu­so le dijo “se­ñora” en lugar de “mier­da” como la noche anterior, mientras Ismael lo es­cu­cha­ba to­do desde el dormitorio. Le explicó que como Ismael estaba pró­fugo y era muy im­por­tan­te que fuera detenido cuanto an­tes, se la iban a llevar a ella hasta que él se en­tre­gara, porque ten­­dría que en­tregarse, ya que si se de­moraba en aparecer, bue­­no, entonces ya no podrían tra­tarla tan bien, pe­ro con­fie­mos en que apa­rez­ca, es por su bien y no por el nuestro, así es que se­ñora, vaya a vestirse y des­pier­te a los niños, que se van con nosotros, pero Catalina sintió que se des­ma­ya­ba, un miedo de horror porque sabía que él no debía ser detenido, pe­ro tam­po­­co querría ser ella detenida, ni ser torturada, ni sufrir más. Los niños no es­ta­ban, ellos no lo sabían y podían enfurecerse cuan­do se dieran cuenta. Se­gun­dos terribles, de pánico y an­gus­tia, de un sudor helado en la frente y un tem­blor en los mus­los.

Sin duda que quien pensó todo este mecanismo co­no­cía muy bien a Ismael. Si se la llevaban, él se entregaría. Eso pasa siem­pre. Entre el per­se­gui­dor y el per­se­gui­do se va pro­duciendo un cre­­cien­te conocimiento mutuo y aun cuan­do no se conozcan personalmente, ya sa­ben cómo es el otro y de qué mo­do reaccionará, incluso hay un sentimiento de per­te­nen­cia.

Siempre do­mi­na­da por el miedo, sin decirle a los ti­pos que los ni­ños no estaban, sin hablar, seguida por la mi­ra­da de los agentes, con las manos en el bolsillo de la bata para que no se notara su tem­blor, ca­minó ha­cia el dor­mi­torio, pero an­tes que ella llegara se abrió la puer­ta y apareció la si­lueta de Is­mael, serio y tranquilo, tú sabes, Javier, cómo es él cuando quie­re estar ele­gan­te, ves­tido con terno claro y corbata roja a lu­nares.

− ¿Me buscan a mí, señores?

Ellos no podían creer que era Ismael, pues es­pe­ra­ban ver a alguien de otro as­pec­to, un combatiente que se re­sis­ti­ría al arresto, que lucharía. Su se­re­­ni­dad era tal que los agen­­tes no pudieron ejercer vio­lencia alguna, ni si­quiera in­sul­tarlo, sino que una vez repuestos de la sorpresa lo rodearon y se lo lle­varon esposado y cuando ellos salieron y la dejaron so­la, la Ca­talina se sen­tó a llorar por mucho rato, hasta que es­tu­vo en condiciones de llamar a Ramón y con­társelo todo.

Javier había mantenido el más completo silencio, es­cu­chan­do una his­toria que só­lo era creíble porque venía de la­bios de Ramón y se refería a la Ca­ta y a Ismael. Le dolió el es­tó­mago pensar en la pobre Catalina, de­sam­pa­ra­da, ame­nazada, ella y los niños, todo para for­zar al amigo a entregarse, en un ver­­­dadero secuestro, sin exhibir orden alguna, sin decir dón­de iban, sin ex­pli­ca­ciones, porque sí, por­que se les antojaba. Ja­vier la imaginó con su pelo ru­­bio, des­peinada, con la bata pues­ta sobre la camisa de dormir, sin ma­qui­lla­je, ex­pues­ta a ti­pos crueles, bandidos, capaces de llevarla detenida sólo pa­ra que Is­­mael se entregara y ellos pu­dieran exhibirlo como presa de caza an­te sus su­pe­rio­res.

Ramón la había pasado a buscar temprano y se ha­bían ido a la Vi­ca­ría de la So­li­da­ridad y luego a hablar con al­gunos diplomáticos. Habían pa­sa­do toda la mañana en eso. Ber­­nardita, expedita como siempre, cariñosa y di­li­­gen­te, había con­seguido que se en­tre­vis­ta­ran con el abogado Jefe de la Vi­ca­ría, Roberto, con quien habían estado un rato muy largo.

− Es un buen abogado, sabe mucho de estas cosas. Es del colegio.

Ramón entendía que con estas interrupciones in­tras­cen­den­tes Ja­vier des­can­saba, se aferraba a circunstancias laterales para ir­se al pasado, co­mo siem­pre, rehuyendo el pre­sen­­te cuando era difi­cul­toso, refugiándose en una es­pecie de san­tidad atribuida a todos los que eran del Colegio.

− Si, es del Co­le­gio, todos son del Colegio, pero no es eso lo que im­porta aho­ra, si­no a qué la­do están, por quién trabajan, por­que hay muchos del Colegio, el sub­­se­cre­ta­­rio del Interior, el Mi­nistro, el propio General, también son del Co­le­gio, todo el mun­­do puede ser del Co­legio, hasta el General que dirige la po­li­cía po­lítica es del Colegio y se sentó en los mismos ban­cos vein­te años antes que no­sotros, pe­ro Ismael, también es del Co­le­gio, está detenido y tal vez lo están tor­tu­ran­do.

En medio de la agitación que se vivía en la Vi­ca­ría, Rober­to se ha­bía dado tiempo de explicarles que las de­ten­cio­nes que se es­ta­ban produciendo res­pondían a dis­­tin­tos es­que­mas. Podía suceder cual­quier cosa, que los ex­pul­sa­ran del país, que los re­legaran o sim­ple­men­te que los tu­vie­ran en cam­pos de de­tenidos políticos como pasa cuan­do hay Estado de Si­­tio en dictaduras y ya pa­só hace un tiempo. Hay otras per­so­nas que han sido llevadas por grupos que pa­recen comandos, co­mo un periodista de Aná­lisis, y de los que nada se sabe. To­dos son de­te­ni­dos de maneras distintas, como el vo­ce­ro del Partido Co­mu­nis­ta, que recibió con tantas gentilezas a los policías, les con­vidó café in­clu­so y ellos esperaron que comiera antes de lle­várselo e hicieron una larga sobremesa con dos o tres ami­gos abogados que llegaron advertidos por los vecinos e in­ten­ta­­ron sa­car algo de in­formación, todo lo que fue muy fluido has­ta que uno de ellos, Jaime parece, preguntó si sa­bían algo de Pepe Carrasco, el periodista de la Re­vista Análisis que estaba desa­pa­re­c­ido, y entonces se acor­daron que tenían que irse. Lo im­por­tan­te, en este momento, les había dicho Roberto, era presen­tar los re­cur­sos, para con­se­guir que cuanto antes se reconociera ofi­cialmente la de­­ten­ción y así se podría saber algo más, ahora que los Tribunales tienen ac­ti­tu­des a ve­ces dis­tin­tas de las que he­mos visto en todos estos años, según la sa­la que toque, les de­cía, mientras en­traban y salían otros abogados, pro­cu­ra­do­res y asistentes sociales, y qui­zás se pueda ob­te­ner que se pida in­for­me te­le­fó­ni­co en el curso del día.

Pero habían salido de la Vicaría con la cer­teza de que las co­sas se­rían para largo, pues con tantos de­te­nidos im­por­tantes el asunto to­maba un ca­riz diferente.

− Chanta, Ramón, ¿de qué detenidos “im-por-tan-tes” estás ha­blan­do?

Ramón perdió la calma y levantando la voz le pre­gun­tó a su amigo has­ta cuán­do iba a seguir aislado, en qué mun­do de mierda o de fantasía es­ta­ba vi­viendo. No podía creer que no supiera nada, pero Javier lo detuvo en su exa­­brupto. En se­co. Porque cada uno en lo su­yo, viejito, tú eres político y yo só­­lo un abogado, que había estado toda la mañana metido en sus papeles, que na­die lo había llamado para con­tarle no­ve­da­des, que en los diarios no sa­lía na­da, que había puesto la radio en la mañana y no escuchó nada que no fuera lo que todos sa­bían, del atentado y el Estado de Sitio y punto. Am­bos se habían al­­terado, pero pronto re­to­ma­ron conciencia del calor, de la ho­ra, de las ten­sio­nes, se acor­daron de Ismael, se con­ven­cie­ron de que lo que sucedía era tan tre­men­do que estaban obli­gados a recuperar la calma.

Se mi­raron fijamente a los ojos, disculpándose en si­lencio, rea­vi­van­do la amis­tad construida so­bre la base de que am­bos eran muy distintos, que los cuatro amigos eran di­fe­ren­tes en sus gus­tos, ideas, posiciones, pasiones. Mon­cho, Javier e Is­mael habían in­ten­tado prolon­gar la vi­da juntos ingresando to­­dos a la Escuela de Derecho. Rodrigo Concha se había in­cor­po­rado al Co­legio y al grupo cuando ya tenía de­fi­ni­do su futuro de Ingeniero. Pero ellos tres, que ve­nían juntos desde la ter­ce­ra preparatoria, intentaron un pro­yecto a más lar­go plazo, que el destino ayu­dó a desbaratar. Los tres apro­baron el pri­mer año de Dere­cho, pero sólo continuó regularmente Ja­vier. Pa­ra Mon­cho fue impo­si­ble so­portar el ambiente, el tipo de es­tu­dios, la lógica en­ca­si­lla­do­ra de los ra­zo­na­mien­tos abo­gadiles y se cambió a la escuela de So­cio­lo­gía. Is­mael también su­po que no era su vocación la de ser abogado y andar de corbata por los Tribunales y pensó se­­guir en la Escuela de Derecho, pe­ro orientándose hacia las relaciones in­ternacionales. No sa­bía to­­da­vía que el hecho de recibirse de abogado −un po­co a la fuer­za, un poco por la ne­ce­si­dad de terminar todo lo que em­pe­za­ba, un po­co por no apa­recer des­per­di­ciando el camino re­co­rri­do y los esfuerzos fa­mi­lia­res− le habría de servir enor­me­men­te para ser un defensor de los derechos hu­manos, sobre to­do de aquellos com­pa­ñeros de su partido que la Vicaría no de­­­fen­dería. A partir de su segundo año, Is­mael tomó el mínimo de cré­ditos obli­­gatorios que le per­mi­tía el programa de estu­dios y se de­dicó a leer, a es­tu­diar, a in­formarse. Javier siguió la ca­rrera, siendo ca­paz de volverse im­per­mea­ble a las orien­ta­cio­nes ideológicas que se im­po­nía a los estudiantes desde las cá­­tedras de la Uni­ver­si­dad Católica, asu­miendo con pleno con­ven­­ci­mien­to el ca­mi­no que para él ha­bía trazado su madre, Mar­tita, viuda de un egre­sado de De­re­­cho que ha­bía sido com­ple­tamen­te incapaz de recibirse de abogado, de­di­ca­do a tra­ba­jar en cual­quier co­sa, a ganar y a perder dinero con asom­bro­sa fa­ci­li­dad. Cuando el pa­dre de Javier mu­rió −de un cáncer que lo consumió en sólo tres meses− ha­bía con­so­lidado sus ga­nan­cias de otrora en una her­mo­sa casa, pero, como estaba en ra­cha de pér­didas, el poco dinero ahorrado se diluyó en los inú­­tiles gastos médicos. Él, entonces, iba a ser abogado para sa­tis­­facción de su madre, lo que no lo per­tur­ba­ba y nunca le guar­dó rencor por diri­gir­lo hacia una ca­­rre­ra de­ter­mi­nada. Eran tantas las ga­nas de cum­plir con esa voluntad, que se impuso una coraza con­tra cualquier cosa que lo des­via­ra del camino, co­mo las op­ciones políticas, por ejemplo, in­clu­yen­do a los gremialistas, a los que no veía sino como otro par­ti­do, incluso con más fanatismo que los tradicionales. Se con­si­de­­ra­ba un reformista mo­derado, una es­pe­cie de centrista que sa­be mi­rar con simpatías hacia la izquierda, pero que tie­ne sus pies más orientados ha­cia la derecha. Ra­món e Ismael, co­mo siem­pre pareció que se­ría, se politizaron más, trabajaron en el Mo­­vi­miento Uni­ver­si­ta­rio de Izquierda, pero luego op­­taron por partidos distintos.

Luego de un momento de alteración, Ramón se sin­tió com­pren­sivo con su ami­go y acep­­tó que de alguna ma­ne­ra a él le pasara lo que a la mayoría, esa ma­yoría de per­so­nas que no había percibido el ambiente de los días an­te­rio­res, que no le interesó la suspensión de la pro­testa del cuatro, que se ha­bía enterado del atentado, pero nada sabía de la represión de­satada con­tra los di­ri­gentes de los partidos. Esa era su verdad y punto. Le propuso entonces que lla­ma­ran al Negro y se jun­ta­ran los tres para acompañar un rato a la Ca­talina y él po­dría con­­tar­les todo con detalles. Javier aceptó y Ramón salió a bus­car a Ro­dri­go para encontrarse los tres ami­gos en el esta­cio­na­­mien­to de Javier en me­dia hora. Partirían juntos y sería el mo­­men­to de con­­ver­sar.

Javier quedó solo. Ya no tenía tanto calor, pero sen­tía la angustia co­mo una es­pe­cie de amigdalitis que se ha­cía enorme para su garganta y le pre­­sio­na­ba los ojos y los pul­mo­­nes. Se sentía aplastado por todo lo que Ramón le ha­bía con­ta­do, por la percepción del su­fri­mien­­to de la Cata y de Ismael y que­­­dó muy nervioso por lo que Ramón le anticipó para con­tar­le des­pués.

Marisa entró silenciosa y lo observó. Se le veía tris­te y can­­sado, de pie mi­ran­do por la ven­tana, las manos en los bolsillos, ausente del mundo, sin moverse cuando ella se acer­­có y se ins­taló a su lado, muy cerca, sin que diera signos de percibir su pre­sencia, su cuer­po, su res­pi­ra­ción, su aroma.

− ¿Pasó algo, Javier?

Despertando de su silencio, la miró larga y pro­fun­­da­men­te. Sin de­cir una pa­labra, ca­­minó dos o tres pasos y se sentó dando un lar­go suspiro. Ha­bló sua­vemente, en tono y vo­­lu­men que en otra cir­cuns­tancia habría sido sim­ple­­mente des­gano, pero que ahora era angustia y pena, de ésas que lle­nan el al­ma y el cuerpo, recorren las venas, se alojan en las ro­dillas, hacen perder las fuer­zas.

− Si, Marisa, detuvieron a Ismael. Anoche.

Cuando lo dijo se dio cuenta que ésa no era la úni­ca causa de su pe­­sa­dum­bre. Por pri­­mera vez tomaba plena con­cien­cia que vivía en un mundo ais­­la­do, lleno de comodidad, aje­­no a la realidad de muchos, a gran parte del país. Ejercía la pro­fesión de­fen­dien­do los intereses de sus clien­tes, intereses eco­­nómicos casi siempre. No como otros abo­­gados, tan cris­tia­nos como él, por la jus­ticia, por los débiles, por los problemas con­­cre­tos de hom­bres y mujeres. Al­gu­na vez pensó ejercer la pro­fesión como de­­fensor de los débiles, pero no co­no­cía las po­bla­ciones salvo de nom­bre y se había orientado hacia ac­ti­vi­da­des com­­ple­­tamente diferentes, bus­can­do una forma cómoda pa­ra vivir, sabiendo que podía haber he­cho mu­cho más por los demás. Estaba agobiado.

− ¿Quieres que te acompañe?

− No gracias, Marisa, me voy.

Ella insistió, si querían se iban juntos, a él le ha­ría bien un mo­men­to de re­la­jo, una comida rica, preparada con cariño. Marisa sentía que no era un buen momento para que Javier estuviera solo, que quizás necesitaría ha­blar, con­tar algo de lo que le estaba pa­san­do por dentro y que Marisa per­­ci­bía va­gamente. Ama­ble­men­te, dejando ver la pena que lo afec­taba, Javier rechazó la oferta, prometiendo lla­marla en la no­che, aunque ella sabía que él no lo ha­ría, que no pediría ayu­da para su so­­ledad y sus miedos, que huiría de la po­si­bi­li­dad de que ella le mani­fes­ta­ra su cariño de un mo­do más profundo, al­go más que la simpatía de to­dos los días o un instante de in­ti­mi­dad pa­sa­je­ra, no quería nada que pu­die­ra comprometerlo afec­tivamente, nada que lo hiciera de­pen­der de otros. Lo vio po­nerse la chaqueta y abandonar lentamente la ofi­cina, do­lo­ro­­sa­mente solo, tan solo como ella, tan triste co­mo ella, aunque por razones muy dis­tin­tas, y sa­bía que como no la llamaría en la n­o­che, ella pasaría una noche de angustias, de so­le­dad, de pe­nas de amor. Una más.

Javier recorrió las cuatro cuadras que lo se­pa­ra­ban del es­ta­cio­na­mien­to con pa­so cal­mo, observando a la gen­te. No sabía si era la pro­yección de su pro­pio sentimiento o efec­­ti­va­­mente todos se veían un po­co nerviosos, cami­nan­do rá­pido, más personas que lo habitual, co­mo si todos hubieran de­cidido par­tir al mismo tiempo, como si todos es­tu­vie­ran preo­cu­­pa­dos por la suerte de Is­mael y quisieran ver a la Ca­ta, los ros­tros serios y ceñudos, al tiempo en que em­pezaba a levan­tar­se un suave viento caliente, presagio de lluvia en épocas nor­­­ma­les y no co­mo ahora, en que ya nada se puede predecir y pa­­ra muestra es­te tiem­­po en el que da lo mismo que sea Mayo o Septiembre. Y recordó ese Sep­tiembre de hace tantos años, de esas tardes previas al golpe mi­litar, to­do parecido, has­ta el aroma, aun­que la situación ahora era todavía mu­cho peor de lo que él ima­gi­na­ba o de lo que era capaz de apre­ciar desde su pri­vi­le­gia­da posición.

Co­men­zó su severa autocrítica mental, sin­tién­do­­se un aco­mo­dado, egoís­ta, con una situación de vida fácil en la que había re­ci­bi­do mucho sin res­pon­der como era de­bido. ¿La pa­rábola de los talentos?

La llegada al estacionamiento lo sal­vó de seguir con este juicio, su pro­pio juicio, pues Rodrigo Concha y Ramón lo estaban es­pe­rando. Los tres se sa­ludaron y luego man­tu­vie­ron silencio has­ta que el auto de Javier salió del centro.

Ramón les contó que la agitación ya llevaba bas­tan­te tiem­po. Con­ve­nía mi­rar las co­sas con perspectiva y no só­lo de los últimos días o del propio he­­cho del atentado que en rea­­lidad era una deto­na­ción, pero no una cir­cuns­tan­cia ais­la­da.

Ya desde hacía casi un año y me­dio, en pleno Es­ta­do de Si­tio, la agi­tación se había generalizado. Allanamientos ma­sivos en las po­blaciones, más de dos mil relegados, muchos en­cerrados en campos de concentración, de­­te­ni­dos y vi­gi­lan­cias diaria, allana­miento de ofi­ci­nas y casas de los di­ri­gen­tes, ame­nazas por todos lados. Todo era terri­ble.

Mirando al Negro Concha, que sabía mu­cho me­nos que Ja­vier de todo esto, les contó que los allanamientos a las poblaciones tenían cierta rutina de ho­rror. A las cinco de la mañana, un poco antes que se levantara el to­que de queda, la po­bla­ción era rodeada por efectivos militares que se ins­­ta­la­ban en pi­quetes en las esquinas de las calles y pasajes, en hi­le­ras frente a los edificios de departamentos, de a uno tras los ár­bo­­les de las plazas, mien­tras grupos mix­tos de soldados y hom­bres de civil iban re­co­rriendo las ca­­sas obligando a los hom­­­bres a salir a la calle. Con par­lantes se despertaba a los po­bla­do­res, ex­­pli­can­do que ésta era una ope­ración rastrillo para cap­turar a los de­lin­cuentes co­mu­nes, ordenando que los pobladores de­bían permanecer tranquilos y era la obligación de to­dos co­la­bo­rar para con­seguir que esto resultara fácil. Todos los hom­bres ma­yo­res de quince años debían salir a la calle in­me­dia­ta­men­te. Los so­plo­nes ac­tua­ban junto con los civiles, se­ña­lán­do­les las casas de los más des­tacados opo­si­to­res del sector o los más activos po­líticamente, para que los agentes en­­traran rom­­pien­do puertas, golpeando, ame­nazando a los moradores, pa­tean­do los mue­bles y luego detener al de­nun­ciado y arras­trar­lo hasta la calle en las con­di­cio­nes en que estuviera y ha­­cien­do lo mismo con los otros hombres de la casa. Esas casas y al­gu­nas otras ele­­gidas al azar eran revisadas con mayor mi­nu­cio­si­dad, dando vuelta ca­mas y col­chones, rajando sillones, rom­­pien­do a golpes los ta­biques, abrien­do los entretechos si es que ha­bía, maniobras des­ti­na­das no só­lo a amedrentar a los ha­bi­tan­tes, sino también a encontrar panfletos, re­vis­tas, fo­­lle­tos u otras cosas que a sus ojos pudieran parecer subversivas o sos­pe­cho­sas de actividad po­lí­tica. Cuando todos los hombres ya es­ta­ban en la calle, los mi­li­ta­res los obligaban a formarse y mar­char hacia al­gún sitio eriazo o la cancha de fút­bol, donde los des­nudaban, sepa­rán­do­los por grupos, unos forzados a man­te­ner­­­se de pie y otros a estar sen­ta­dos. Lentamente, con más de­mo­ra incluso que la ne­cesaria, los mili­ta­res iban tomando a los gru­pos y se interrogaba a ca­da uno de los po­bla­do­res. Primero era un interrogatorio rutinario y se fichaba al su­jeto, pero si aca­so al agen­te interrogador le parecía necesario o había una de­­­nun­­cia específica de algunos de los sa­pos locales, el detenido de turno po­día ser pr­e­guntado más duramente sobre cualquier co­sa, has­ta exas­perarlo. Pobre de aquél al que se le conocieran an­te­cedentes po­lí­ti­cos, an­­teriores de­­ten­cio­nes o re­legaciones, pues entonces el trato resultaba mu­cho más du­ro y se le des­ti­na­­ba a una sección especial. Miles de hom­bres sometidos a ese ve­­­ja­men du­rante todo el día, has­ta que al final de la jornada se les permitía ves­tirse y algunos de ellos era subidos a bu­ses o ca­miones militares y el resto quedaba en libertad, con se­veras ad­­­ver­tencias respecto de la ne­ce­si­dad de mantener patriótico si­len­cio y mu­cho cui­dado con recurrir a la Vi­ca­ría o a los cu­ras, que ésos son to­dos comunistas y a no ol­vi­dar­se de in­­for­mar a la autoridad sobre los de­lin­cuen­tes o extremistas que pu­die­ran lle­gar a la po­blación.

Mientras duraba el ope­ra­ti­vo, debidamente ad­ver­ti­dos por al­gún lla­mado anónimo, llegaban hasta los cordones mi­litares o po­li­cia­les, nubes de pe­riodistas extran­jeros que pre­senciaban todo esto desde lejos y un poco más cer­ca veían a las mujeres de los detenidos discutir con los oficiales de ca­ra­bi­ne­ros que ayudaban a los mi­litares en el operativo. En una po­bla­­ción de­tuvieron por varias horas a los sacerdotes y les die­ron el mismo tra­ta­mien­to. En otra de­tu­vieron al presidente del Co­legio de Pe­rio­distas y a di­­ri­gen­tes del Colegio Mé­di­co que lle­ga­ron hasta el sector para constatar lo que estaba su­ce­dien­do.

− El hecho mismo no puede ocultarse, agregó Ramón, pero la in­­formación se en­tre­­ga en forma com­pletamente distinta, es­pe­cial­men­te por la censura de pren­­sa. No falta la declaración, y us­te­des deben haberla leído, que explica que el alla­­namiento fue pedido por los pobladores pa­ra ser liberados de los de­­lin­cuen­­­tes o que proclama que grupos de mujeres aplaudían a los mi­­­­li­ta­res cuan­do pasaban y les agradecían a gritos su acción. La verdad es que los grupos de mu­­­­jeres estaban, pero hacían exac­tamente lo contrario.

Hizo una pausa antes de continuar con el relato. Les habló de los alla­­na­mien­t­os a las oficinas de los dirigentes po­líticos, la vigi­lan­cia sobre sus ca­s­as, las amenazas por te­lé­fo­no o por papeles que lle­ga­ban de las más dis­tin­tas maneras, las gol­pizas que daban a otros, las de­ten­ciones de los di­ri­gen­tes de ba­se, de dirigentes sindicales, todos por el so­lo hecho de ser di­­si­­den­tes. Les re­cordó los asesinatos de Parada, Guerrero y Na­tti­no (y Javier no pudo evitar pen­sar que había conocido a Pa­rada y a Guerrero, que ambos eran simpáticos e in­teligentes, se acordó de la mujer de Parada, ¿Estela?, tan bonita y que le cau­­só tanta pena verla de ne­gro y con los ojos hundidos por el do­lor), el se­cues­tro de la sicóloga, que Javier se calló re­cor­dar que era la hermana de Jai­me, el del Colegio, el mismo de los poe­mas y de la barra en los cam­peonatos in­te­rescolares, para evi­tar que lo miraran con reproche. Así fue avan­zan­do en tiem­­po, recordando cada paso de los muchos que se ha­bía dado has­­ta la for­ma­ción de la Asam­blea de la Civilidad, esa enorme con­­cer­ta­ción de gremios y de po­líticos, del paro de dos días, les re­cordó de la Car­men Gloria y de Rodrigo, a quie­nes los quemó una patrulla militar. Con mucha claridad les fue mostrando los dis­­­­tin­tos aspectos de la realidad que revelaban con precisión sin­gular el cli­­ma que se vivía en el país y les habló de la rea­li­dad eco­nó­mica, que ellos la sa­bían, pero los buenos sueldos y las ma­­ravillas de los su­per­mer­cados fa­ci­li­taban el olvido, de las dificultades de los más pobres, de la crisis de los no tanto, de la fal­ta de expectativas de los sectores me­dios, de las de­ses­pe­ran­­­­zas de los jó­ve­nes, de esas medidas erráticas que no estaban sien­do su­fi­cien­tes para que se cum­pliera el repunte de que tan­to se ha­bla­ba.

El cuadro de agitación había sido creciente, con la su­ma de más y más sec­to­res so­­­ciales. La presión internacional es­taba en au­men­to y hasta los ame­­ri­ca­nos optaron por pre­sio­­nar para una salida pac­ta­da, enviando casi se­ma­­nal­mente a pe­riodistas importantes, par­la­men­­­tarios republicanos o de­mó­cra­­tas y hasta importantes funcionarios del Depar­ta­men­to de Es­­­tado y del Pen­tágono. El embajador americano, dijo Ra­món, ha­bía afirmado ante varios tes­ti­gos que la historia de la dic­ta­du­­ra podía dividirse entre antes y después del paro de dos días. La salida pactada les era urgente para dar una apa­riencia de­mo­crática que ga­ran­ti­­zara la mantención del esquema y la per­­manencia del General al­gunos años más. El pacto de­­bía con­siderar el ais­la­miento de los co­mu­nis­tas y su margi­na­ción de la vida política, crean­do un mar­co de to­le­ran­cia hasta sec­to­res de centro izquierda, moderados, según su con­cep­to de mo­de­ra­dos. Pero el General, cada vez más convencido que él es el sal­­vador del país y un ver­dadero faro para el mundo occi­den­tal, no acep­­tó la solución así sugerida, de­safió a todo el mundo, lla­mó a sus ge­ne­rales que debieron ir un día muy temprano has­ta la Escuela Militar, pa­ra jurarle leal­tad a toda costa, or­ga­ni­zó actos cívicos, retó pública y pri­vadamente a los di­ri­gentes de­rechistas que es­ta­ban dispuestos a en­tre­garlo a cambio del re­­conocimiento de la Constitución, su propia Cons­titución, por par­te de al­gu­nos opositores y, convencido que tenía que agu­di­zar la re­pre­sión, lo hizo.

− Y así se ha movido la cosa, les dijo Ramón, durante los últimos me­­ses, con el Ge­­ne­ral re­pri­miendo, los pobladores protestando y los po­líti­cos activando sus cua­dros y sus orga­ni­za­cio­nes para ha­cer más efi­cien­te la lucha. Ustedes han es­cu­chado que se ha­bla de algunos aten­ta­dos contra carabineros, pero en ver­dad hay muchas más bombas por todas partes, asaltos y otros, pe­ro la pren­sa se silencia. Los folletos de los partidos o de otros gru­pos están rom­pien­do el cerco que esa censura y la au­to­cen­su­ra han levantado y cir­cu­lan cada vez con mayor pro­fusión; cuan­do allanan un lugar e in­cau­tan una imprentita, el folleto si­gue sa­liendo en otra parte.

El Negro se acor­dó, sorprendido, de ese mi­meó­gra­fo ma­nual que una vez regaló a unos amigos estudiantes uni­ver­sitarios e ima­­­ginó el uso que se le estaría dando.

El pueblo estaba deso­be­de­ciendo a la au­to­ri­dad, que res­pon­día in­cre­men­tando la violencia.

− Ustedes saben, dijo Ramón a sus amigos que lo escuchaban ex­tasiados, que en es­tos días hu­bo varios paros y ahora estaba en preparación el paro na­cio­nal. Ahora sí que debía venir.

Estaban ya muy cerca de la casa de Catalina y Ja­vier de­tu­vo el au­to, pues que­ría escuchar completo el relato de su amigo antes de llegar. Es cier­to que mucho ya lo sabían, pe­­ro la claridad con que ha­bla­ba, la crudeza de los de­ta­lles, los per­sonajes del mundo político que apa­recían con una fa­mi­lia­ri­dad no imaginada, la evidente tozudez del Ge­neral, todo ello ad­quiría a sus ojos una fuerza diferente. Ramón hizo una nue­va pau­­sa cuando el auto frenó, pa­ra aco­modarse mejor y se­guir entregando la in­formación que sus amigos espe­ra­ban ávi­dos.

Durante la semana anterior hubo una serie de ru­mo­res, que co­men­za­ron cuando se denunció el aparecimiento de arsenales secretos en el norte. Los rumores más parecían fru­to de los deseos de algunos, que pro­ve­nien­tes de la realidad: que los ameri­canos estaban pro­mo­vien­­do un golpe con­tra el Ge­ne­ral, que había generales presos pues habían sido des­cu­bier­tos com­­­plotando, que se había alzado un re­gi­miento en el sur, que había re­da­das y se temía una ma­­tanza. La cosa se ha­bía puesto muy seria el viernes último, cuando el en­­­cargado de la or­ga­nización del Co­man­do entregó in­for­ma­ción so­bre cierta agi­tación en cuarteles. Era información y no rumores.

− Yo estaba ahí, por el par­tido y pude ver que la cosa era en se­rio. Y se habló también del aten­­ta­­do, que habría un atentado en preparación. Cuando Rafael, el secretario del Co­man­do, ter­mi­nó de en­tre­gar su información, se hizo un largo silencio. Lo rom­pieron algunos que di­je­ron que no creían nada y que estas eran maniobras para dis­traer la atención de lo central: la pre­pa­ración del paro. Se trabó una dis­cusión que quedó sus­pen­di­da hasta la reunión si­guien­te. Pero cuando se fueron, quedó al­go flotando en el ambiente y yo me fi­jé que Rafael se en­ce­rró a trabajar con el equipo de organización. Ha­bía que pre­pa­rar­se.

El General se había ido a pasar el fin de semana a su casa de la cor­dillera. El do­min­go en la tarde bajó a la ciudad. A los pocos me­tros de haber cru­zado el río la comitiva fue in­ter­ceptada por un nu­me­roso grupo armado. La ba­lacera fue in­tensa y los atacantes y los agen­tes combatieron por largo ra­to, quedando bajas de ambos lados. No se había logrado sa­ber has­ta la noche qué ha­bía pasado con el General, pe­ro un auto de la comitiva que pudo se­guir fun­cio­nando, había re­gre­sa­do al recinto amurallado y poco después hubo in­ten­so tráfico de he­li­cóp­te­­ros.

La información del hecho se había conocido por los muchos san­tia­gui­nos que regresaban a la ciu­dad ese atar­de­cer. Luego lo dio la televisión.

Junto a las noticias co­men­za­ron a circular los ru­mo­res, por qué si y por qué no, respecto de los si­lencios ofi­cia­les más pro­lon­gados que lo que con­ve­nía para el clima de es­ta­bi­lidad que necesitaba crearse. Algo más podía estar pa­­san­do.

-Rá­pi­da­men­te, decía Ramón con una voz lenta y profunda, re­ci­bimos ci­ta­ción y cuando recién ha­bían pasado dos horas de es­to, ya algunos de los en­car­gados de partidos lle­gábamos a la reu­­nión.

No todos llegaron. Algunos no lle­garían nunca. La reu­nión fue muy ten­sa. Junto el re­la­to de los hechos, que el mis­mo Rafael resumió con enorme fa­cilidad, empezó la ola de ru­­mo­­res. Según al­gunos ya había oficiales del Ejér­ci­to de­te­ni­dos. Según otros se ha­bía le­van­­ta­do un regimiento en el Norte. Los que no habían creído la noticia el día viernes se veían tre­men­damente asus­ta­dos y pronosticaron muer­tes, atentados y otras bar­ba­ri­da­des. Todos estaban se­­gu­ros que el General se ha­bía salvado, pues era un hom­­bre de mucha suer­te. En todos es­taba la duda, no ya de la veracidad de la operación pues ha­bía de­ma­­sia­dos tes­ti­gos, sino que por si era un au­toa­ten­ta­do, un atentado de su pro­pia gente, un aten­tado de los americanos o de la izquierda. Todos te­nían ar­gu­men­tos abun­dan­tes para de­fen­der cada una de las posiciones y los mismos ser­vían pa­ra de­fender las tesis con­tra­rias. Por ejem­plo, el del fracaso en re­la­ción con la muerte del General, era esgrimido por los que de­­cían que ésta era una ad­­vertencia de los americanos, los que afir­maban que era la típica in­com­pe­ten­cia de la izquierda y los que sostenían que eran los propios militares que qui­sieron arres­tarlo, pero no matarlo.

Nada se sabía en esos momentos. Pasaron varias ho­ras an­tes que el Secretario Ge­neral de Gobierno apareciera con alguna infor­ma­ción coherente, aunque no nece­sa­ria­men­te creí­ble.

− Recibimos ciertas instrucciones y pautas de carácter ge­ne­ral, algunas orien­ta­cio­nes de se­gu­ri­dad, sin perjuicio de las nor­mas de cada Partido. Me fui a reu­nir con mi Secretario Ge­ne­ral, que me descolgó de inme­dia­to. No te metas en na­da más, chi­co, me dijo, hasta que nos con­tac­te­mos contigo nue­va­men­te. La ins­trucción era hacer vida común y corriente y por nin­gún mo­tivo intentar to­mar contacto con el Partido o con el Co­­man­do, aunque mi Partido es chi­co y no nos van a dar mu­cha impor­tancia.

Ramón se aceleró para contar lo que había su­ce­di­do des­pués. La mis­ma no­che del do­mingo salieron los agentes co­mo de­sa­fo­ra­dos, llenaron la ciu­dad, ce­rraron los caminos y co­­men­zaron a detener a cualquier cantidad de gente. Por lo que se sabía, que era muy poco, va­rios regimientos habían lle­ga­do a con­centrarse en Santiago, se había allanado cientos de casas y muchos di­ri­gen­­tes sociales y políticos es­ta­ban siendo de­tenidos.

No se sabe nada de ellos y los mecanismos de se­gu­ri­dad ela­bo­ra­dos con tanto esmero han fracasado casi por com­ple­­to, porque parece que han caído hasta los de la segunda lí­nea. Ojalá que no sea cierto, pensaron.

Rodrigo preguntó por nombres de detenidos, tal vez para me­dir la im­­por­tan­cia de lo que estaba sucediendo y Ra­món mencionó a los más des­ta­ca­dos di­ri­gen­tes, incluso aque­llos que pa­re­cían tener fuero es­pe­cial para hacer tan­tas co­sas, los presidentes de los partidos, los di­ri­gen­tes sindicales, los de los colegios profesionales.

− También Ismael.

Llegaron a la casa de Ismael y Catalina. Ella les abrió la puerta y ca­si sin saludarlos los hizo pasar.

− Apúrense que está empezando una cadena. Van a leer un co­mu­nicado oficial.

TRES

Los sones del himno nacional acompañaban la ima­gen de la ban­de­ra que se veía en las pantallas, so­bre un fondo celeste, al­ternándose con la ima­gen del General. Una voz en off, la misma que se escucharía por las ra­dios con diferencia de segundos, anun­ció que estaba trasmitiendo la Di­vi­sión Nacional de Co­mu­ni­­ca­ción S­o­cial y proclamó el nombre del Se­cre­ta­rio General de Gobierno, quien lee­ría una declaración oficial. Los que veían la televisión pudieron observar al Ministro, con aspecto más ju­ve­nil de lo que realmente era, modales muy preparados, muy compuesto, muy formal, equilibrado con su voz que tam­bién so­naba como parte de los libretos estudiados con esmero, to­do frío e im­per­so­nal, sin ma­ni­fes­­tar alteración alguna, como si nada fuera realmente im­por­tante o gra­ve, co­mo si jamás na­da pudiera excitarlo lo suficiente co­mo pa­ra que él cam­biara el co­lor de su cara, levantara la voz, endureciera la bo­ca o mos­­tra­ra los ojos apa­sio­nados.

Era el hombre ideal para el pa­pel que ju­ga­ba: un vocero, una especie de “cara de pa­lo” oficial para un go­bierno que jamás po­­dría explicar todo lo que habría si­do ne­ce­sario ex­pli­car. Este hombre de hie­lo, de rostro impenetrable, inac­ce­si­ble, podría anunciar cual­quier co­sa con la misma en­to­nación: desde un saludo a los bomberos en el día de su ani­ver­sario, has­ta su propio suicidio por or­den del Señor Ge­neral, cual­quier cosa ciertamente, sin ninguna emo­ción. Y no pa­re­cía fuer­te o duro, sino solamente frío, porque era débil según su as­pec­to físico, sua­ve, aunque algunos decían que en rea­li­dad no era más que un man­­to para ta­par su profunda crueldad. Re­cién producido el golpe, había aprovechado la dic­­ta­du­ra pa­ra ganar dinero en cargos pú­blicos de poca relevancia y en al­gu­nas actividades pri­va­das como abo­gado. Era su rostro, su apa­riencia fí­sica, la que traía a los ciudadanos pensamientos o sen­saciones so­bre el Se­cretario Ge­ne­ral, pero los auditores de ra­dio no tenían tiempo ni es­tí­mu­lo, sino que sim­ple­mente se en­­contraron con la voz lenta, parsi­mo­niosa y gélida del fun­cio­nario.

“Buenas noches. Desde la intervención militar del año 1973, cuan­do las Fuer­zas Armadas y de Orden, de acuer­do con su más pro­fundo sentido de res­ponsabilidad y amor por la patria respondieron al clamor popular y pu­sie­ron fin a la agre­sión del marxismo inter­na­cio­nal y a los intentos de apo­de­rar­­se del país, el Supremo Gobierno se en­cuentra empeñado en consolidar la li­beración y alcanzar una de­mo­cra­cia plena, só­lida y estable, en un cli­ma de li­ber­tad y desarrollo, que ga­ran­tice a todos los ciudadanos y las fu­tu­ras ge­ne­ra­cio­nes un bie­nes­tar creciente.”

“La tarea ha sido muy dura, puesto que la acción subversiva del co­mu­nis­mo no cesa ni se ate­núa con el trans­­cur­so del tiempo, llevando ade­lante todo tipo de cam­pa­ñas en contra del país, di­rec­­ta­men­te o por medio de los políticos u otros elementos desorientados que se convierten en úti­­les a sus ob­­je­ti­vos. Ellos han desatado una enorme cam­paña in­­ter­na­cio­nal pa­ra des­pres­tigiar al país y sus Fuerzas Ar­ma­das y de Orden y evitar que avan­ce­mos hacia la con­quista del de­sarrollo económico.”

“La crisis internacional, que ha afectado a todas las na­cio­nes del mun­do, in­clu­yendo las más poderosas y de­sa­rro­lladas, también pro­dujo un cier­to re­troceso en el sos­te­nido cre­cimiento de la economía na­cional. El clima de pros­peridad se ha visto afectado por la irres­pon­sa­bi­lidad de grupos em­pre­sa­­­riales y la sostenida campaña exterior. Pese a to­do ello, el Su­pre­mo Gobierno ha sa­bi­do evi­tar las do­lo­ro­sas con­­secuencias que para otras naciones tra­jo la cri­sis económica y en estos mo­men­tos la patria entera ha estado lu­chan­do unida por superar las ad­ver­si­dades, con el ple­no conven­ci­mien­to que así como fueron derrotados el mar­xis­mo y sus aliados ha­ce trece años, hoy el conjunto de los ciu­da­danos se­rá capaz de obtener el éxito en esta dura em­presa, pese a las traiciones.”

“Los dirigentes políticos, los mismos que llevaron al país al des­calabro, están de­sesperados por los logros ob­je­ti­vos alcanzados por el esfuerzo de todos, ca­na­li­za­dos por el Go­bier­no. Haciendo primar sus mezquinos in­te­re­ses e in­fil­tran­do el movimiento so­cial, han hecho pri­mar una alianza espuria con elementos terroristas provenientes del ex­­te­rior y del in­terior. Pese al per­ma­nente y consistente repudio ciu­da­da­­no, per­­sis­ten en sus em­pe­­ños, cons­pi­ran­do incesantemente para el lo­gro de sus pro­pó­sitos subversivos. Han lla­ma­do a paros, han provocado desórdenes, saqueos, robos, asaltos; co­meten actos te­rro­ris­­tas y amparan a los violentistas que re­gre­san al país luego de haber seguido cursos en Cuba y otros paí­ses. Han pretendido sem­brar el caos para retornar al pa­sado.”

“La debilidad de las democracias occidentales para en­fren­tar al ene­migo co­mu­nis­ta ha permitido que países tra­di­cio­nalmente de­mó­cratas y ami­gos del nuestro, se sumen a las cam­pañas inter­na­cio­na­les, financiando ac­ti­vi­­da­des sub­ver­si­vas y alentando los peores pro­­pó­si­tos conspirativos. El Su­pre­mo Gobierno observa con alarma que las gran­des potencias occi­­dentales no han apren­dido la lección después de tantas y tan graves derrotas frente al comu­nismo.”

“La superación de las condiciones económicas im­pues­tas por la cri­sis in­ter­na­­cional constituye un desafío para to­do el país. Aun­que con cierta len­titud, se está avan­zando, me­diante una política sana y con profundo sentido de la rea­li­dad. El terrorismo y sus aliados de­sa­ta­ron una nueva campaña pa­ra al­­te­rar la tranquilidad pública, que hizo ne­cesario de­cre­tar hace algunos me­ses el Estado de Sitio en todo el país y res­trin­gir la amplia libertad de pren­sa que exis­te. En ello se enmarca el cierre de revistas que, financiadas desde el ex­te­rior, faltaban gra­­vemente a la ver­dad y alentaban a los dirigentes en sus ob­je­tivos de pro­po­ner el al­za­miento en contra del orden cons­ti­tu­cional y cuya tuición y consolidación han encomendado a las Fuer­zas Armadas y de Or­den, prin­ci­pal­men­te al Se­ñor Ca­pitán General.”

“En un claro intento por buscar la re­con­ci­lia­ción tan so­li­ci­tada por la Iglesia Ca­tó­li­ca, se levantó los estados de excepción, pero de inmediato los mis­mos ele­mentos po­lí­ti­cos y sub­versivos reiniciaron su actividad disgrega­do­ra. Con los paros y las ma­ni­fes­ta­cio­nes no autorizadas, han es­tado per­­ma­nen­temente provocando a la autoridad en busca de si­tua­­ciones que los haga apa­recer como víctimas ante ese mun­­do internacional que les ha fi­nan­ciado y apoyado sus ac­ti­vi­dades durante todos estos años.

“El atentado en contra de la vida de Su Excelencia el Señor Pre­si­den­te de la Re­­pú­bli­ca, Capitán General y Co­man­dan­te en Jefe del Ejér­cito, ha si­do parte de un plan te­rrorista ela­­borado por elementos mar­xistas y sus aliados den­­tro y fuera del territorio na­cional, que con­tem­plaba la eliminación de ofi­cia­­les de las Fuerzas Armadas y de Orden, de sus fa­mi­lia­res más cercanos y personalidades del Poder Judi­cial y de la em­presa, todo ello con el ob­­je­to de poner fin al Gobierno de las Fuer­zas Armadas y al régimen de li­ber­tades ins­­tau­ra­do desde 1973.”

“La ciudadanía puede estar tranquila, pues la si­tua­ción se en­cuen­tra per­fec­ta­mente controlada y, pese a la gra­­vedad y com­ple­ji­dad de los he­chos, los ser­vicios polici­a­les y de seguridad han logrado de­terminar con pre­ci­sión a los au­to­res del plan y en cues­tión de ho­ras se­rán detenidos los par­ti­ci­pantes di­rectos del hecho criminal en contra de la per­sona del presidente de la Re­pú­blica. El Supremo Gobierno ra­ti­fic­a su decisión de preservar el clima de paz y tranquilidad en el que nuestro país se ha desenvuelto desde que ini­cia­ra el pro­ce­so de li­be­­ra­ción na­cio­nal y está dispuesto a llegar hasta las últimas con­­­se­cuen­cias. Consciente de su deber, por instrucciones del Ex­ce­lentísimo Se­ñor Pre­si­­dente de la Re­pública, Capitán Ge­ne­ral, Co­man­dan­te en jefe del Ejército y Ge­ne­ralísimo de las Fuer­zas Armadas, el Gobierno ha dispuesto”:

“Primero: Declarar bajo Estado de Sitio todo el te­rri­torio na­cio­nal, ra­tifi­cando la de­claración provisionalmente for­mulada el do­mingo último en el mismo sen­tido.”

“Segundo: Aplicar, con todo el rigor de la ley, las fa­cultades pre­vis­tas en la Cons­­titución Política a todos los res­pon­sables como au­to­res, insti­ga­do­res, cóm­plices y en­cu­bri­do­res de esta conspiración. Con tal objeto se ha or­de­na­do que, de acuer­do con el decreto ley ochenta y uno de mil novecientos se­ten­ta y tres se pre­­sen­­ten ante la autoridad, en el cuar­tel de policía más cercano, los diri­gen­tes políticos in­vo­lu­­cra­dos en los he­chos y demás personas respecto de quie­nes hay antece­den­tes de haber par­ti­ci­pa­do en ellos. En el ca­so de no ha­cerlo así, se entenderá que asu­men una actitud de re­bel­día fren­­te a la ley y a la Constitución Política del Es­ta­do. La lista completa se­rá informada con pos­te­rioridad a este co­­­municado y se­rá obligación de todos los ciudadanos dar avi­so de in­me­dia­to a las au­to­ridades sobre el paradero de las per­so­nas que son res­ponsables de tan gra­ves conductas delictuales. La ciudadanía sabe que la co­laboración u ocul­­tamiento de los ex­tremistas cuyo arresto se ha ordenado, es san­cio­na­do con la mis­ma penalidad que la que corresponde a los autores del de­li­to.”

“Tercero: Todos los señores corresponsales que han de­di­ca­do sus es­fuerzos a la di­fusión de noticias falsas so­bre la realidad chi­le­na, con la in­ten­ción de desprestigiar al país y fa­cilitar la conspiración extremista, serán ex­pul­sa­dos del territorio nacional en las pró­ximas ho­ras. Se advierte que aque­llos co­­rres­ponsales extranjeros que están en ese caso de­­be­rán facilitar el cum­pli­mien­to de las medidas. Del mismo mo­do, todos los extranjeros que fa­ci­li­ta­ren in­formación falsa al ex­­te­rior o colaboraren directa o indirectamente con ele­­men­­tos te­rro­ris­tas, sin importar la profesión o la actividad que es­tén de­sem­peñando en el país, serán ex­pul­sados sin dilación. Re­cordamos que el in­te­rés de la ciudadanía y la se­guridad na­cio­nal está por sobre las con­si­de­ra­cio­nes par­ticulares que pue­dan esgri­mirse.”

La voz del Secretario General de Gobierno no se al­teraba, ni si­quiera cuando de­bió ratificar las prohibiciones en virtud del Estado de Sitio, las cadenas de ra­dioemisoras o la de­bida atención a las instrucciones de los Jefes de Plaza a cu­ya au­toridad debía someterse la población. Su llamado final fue ate­rrador para muchos de los que veían o escuchaban el dis­cur­so.

“El Supremo Gobierno, siempre consciente de su res­ponsabilidad, lla­­ma a la población a colaborar en la man­ten­ción del orden público, de­nun­cian­do ­a los ex­tre­mis­tas y los he­chos o circunstancias que pu­die­ren atentar con­tra la ne­ce­sa­ria tran­quilidad pública, en la seguridad de que los ene­mi­gos de la patria, ven­gan de donde vengan, serán de­rrotados y san­cionados con el má­ximo rigor.”

El locutor oficial ocupó la escena de los te­le­vi­so­res y su voz sonó muy fuerte en las radios: con parsimonia y ener­gía dio a conocer primero las ins­­truccio­nes sobre el to­que de queda, luego leyó las disposiciones legales que afec­taban a los colaboradores de los ex­tremistas y que es­ta­ble­cían la obli­gación de denunciar personas y hechos sos­pe­cho­sos, hizo lo mismo con la nómina de los señores Generales de las Fuerzas Ar­ma­das y de Orden a cargo de la se­gu­ridad de las respectivas pro­vincias y regiones con sus títulos de Jefes de la Zo­na en Es­ta­do de Sitio; y, por último, dio lectura a la larga lista de per­so­nas, que en virtud de un decreto de­bían presentarse de in­me­dia­to ante las au­toridades po­liciales o militares, anunciando que el lla­mado se repetiría cada una hora.

Mientras en las radios, que seguían en cadena, co­men­zaba a sonar mú­sica criolla, esas tonaditas o cuecas de la zo­na central, folclore de labo­ra­to­rio, en las pantallas de los te­levisores apareció el anuncio de una antigua pe­lí­cula de Jerry Le­wis, con Dean Martin, por supuesto.

CUATRO

Tal vez fue una sorpresa. Se levantó de su sillón con lentitud y ca­mi­nó hasta apagar el televisor. Otra vez el dis­cur­so de la campaña in­ter­na­cio­nal, pero ahora en un tono más cohe­­ren­te, con algo que hacía más creíble el in­for­me. No se tra­­ta­ba de aquellas fra­ses hechas o monsergas elaboradas por los teó­ricos de la pro­paganda pa­ra justificar hechos pun­tua­les. Esta era una ma­nio­bra en gran escala, de­ri­va­da del aten­ta­do, pero que se estaba apro­ve­chan­do para dar un nuevo gol­pe de Estado, con las mis­mas carac­te­rís­ti­cas del anterior, aun­que ahora se da­ba desde la Moneda y con un país en una realidad muy di­fe­ren­te.

Parecía cierto que se había atentado contra el General, esa era la noticia, pe­ro todo lo que se hacía y las de­cisiones que se tomaba eran de­masiado trascen­dentales como para pen­sar que ésta era una ope­ración política o militar más.

Quiso sacarse la idea de la cabeza, pensando que tal vez se ha­bía pues­to de­ma­sia­do suspicaz en los últimos años, des­de que su po­si­ción había cam­biado. Cuando supo, con cer­te­za, que muchos “enfren­ta­mien­tos” no eran si­no asesinatos con un barniz de legalidad y que las ar­mas y los panfletos eran lle­vados a los lugares allanados por los pro­pios agentes, em­pezó a poner en du­da todas las otras cosas que había creído siem­pre. Había creído hasta que supo lo de Pa­tri­cia.

Mientras se servía un café con un poco de leche fría, pre­pa­rán­do­se pa­ra lo que ven­dría, des­­car­tó que en esto hubiera exage­ra­­ción. Por el contrario, tuvo la sen­sación de que el Se­cre­ta­rio General de Go­bierno había sido demasiado cal­mo, exce­si­va­men­te tranquilo y que en realidad lo que estaba haciendo era mi­­ni­­mi­zar una situación mu­chí­si­mo más tur­bu­len­ta.

¿Qué estaría tramando el General?

Carlos Alberto estaba sorprendido.

Aunque en los días previos había es­cu­chado los ru­­mores: que los yan­quis, que la plata de Francia, que los es­pa­ñoles, que el envío interceptado, que iban a detener a los pe­ces gor­dos, que había un autoatentado preparado. El Se­­cre­ta­rio General de Go­bierno hablaba de que se había descubierto una compleja cons­pi­ra­ción: entonces, ¿fue atentado o au­toa­ten­tado? La sorpresa para Car­los Alberto era que hubiera ver­dad en los ru­mo­­res, que no se tratara sólo de nue­vas maniobras del Go­bierno o de ver­sio­nes antojadizas in­ven­­tadas y difundidas por esos revolucionarios de pa­si­llo y de café que siempre es­ta­ban con­tan­do en voz baja que el General es­ta­ba a punto de caer. Ahora, por lo que estaba su­ce­dien­do, pa­­recía que las co­sas eran de verdad y no sólo esos rumores a los que se había acos­tumbrado.

No sería sorpresa un nuevo montaje.

Si, en cambio, que el atentado fuera real.

Es cierto que se había escuchado mucho desde el pa­ro y des­de que fueron descubiertos los arsenales en el norte, pero poca gente cre­yó que esos ha­llaz­­gos fueran reales. Muchos, in­cluidos Carlos Al­berto, pensaron que se trataba de un mon­ta­je más de los servicios. Él creía es­tar bien in­for­ma­do o algo más, pe­ro no había sabido ni escuchado desde la izquierda que se estuviera pla­nean­do aten­tado alguno: ni un plan, ni un mo­vi­miento, sino por el contrario, la veía cada vez más in­vo­lu­cra­da en la estrategia de la movilización social y po­lí­ti­ca. Si real­mente había algo, él de­bió haberse enterado. Recordó el ase­­si­nato del Intendente, que fue ejecutado por militantes de la izquierda, pero la orden fue pro­ducto de una infiltración de man­dos intermedios por parte de CNI. O el famoso COVEMA, integrado por agentes de la policía.

Está impávido: sentado en la cocina tomando su ca­fé, con el cigarrillo con­sumiéndose en la mano, co­mo si simple­men­te esperara la hora de ir a la oficina o que lo pa­saran a buscar para el próximo desafío de golf. No siente mie­do ni desesperación. Ni an­gus­tia

Una vez más todos los sentimientos han sido pos­ter­­ga­dos a un segundo pla­no. O ter­cero, quizás. Solo él, con su ca­fé y su ciga­rri­llo, sorbiendo la sor­pre­sa y tratando de ana­li­zar, co­mo si fuera un es­pectador imparcial, el anun­cio de este Se­cretario General de Go­bier­no, hom­bre mediocre, arri­bis­ta, am­bicioso, aprovechador, que él co­no­cía con tanta per­fección en sus ba­je­zas. Como si acaso todo esto le fuera com­pletamente aje­no, en una actitud que por tanto tiempo le fue sin­ce­ra y que desde hacía unos años no era más que una pose ne­ce­saria, co­­mo si él mismo, con toda su elegancia, portador de una bue­na cuota de po­­der, en­vuel­to en un manto de riqueza personal, in­­merso en una so­le­dad de se­parado serio y pru­den­te, no fue­ra uno de los ac­tores de esta tra­gedia que estaba em­pe­zando a de­sarrollarse.

Para Carlos Alberto no fue sorpresa escuchar su nom­bre en la lista de quienes debían presentarse o serían detenidos.

Pero sería sorpresa para muchos.

Al­gún día ten­drían que des­cu­brirlo, pero no pudo imaginar jamás, pese a su enor­­­me capacidad pa­ra in­ven­­tar, crear, especular, que lle­ga­ría el día en que un per­so­ne­ro de gobierno, de este go­bierno cu­­yo inicio había celebrado in­ten­sa­men­te, pronunciaría su nom­­bre en una lista de personas que es­ta­ban obli­gadas a pre­sen­tarse en los cuarteles, acusadas de estar in­vo­lu­cra­das en un plan para derrocar y asesinar al propio General.

Todo esto lo com­pli­caba, pues él sabía que no era par­te de esa cons­piración, así es que se con­venció de que la vin­cu­lación de los di­ri­gen­tes po­líticos en el presunto aten­ta­do no era más que un montaje, pero siguió pensando que el res­to podía ser todo real, que tal vez en verdad hubiera sucedido algo.

¿Una re­be­lión militar tal vez?

Alguno de sus amigos pensaría que se trataba de un al­can­ce de nom­bres y no daría importancia a la lista. Es de­cir, lo más seguro era que sus ami­gos hubieran apagado el te­le­visor después de que habló el Secretario Ge­ne­ral de Go­bier­no y que no les interesara sa­ber los nom­bres de los cons­pi­ra­do­res, unos porque eran los que podían su­po­ner­se −los po­lí­ti­cos de siempre− y los otros porque les resultarían com­ple­ta­men­te desconocidos. A sus amigos les bas­taría con que se reor­de­­na­ra la situación, con que se pusiera fin a las pro­tes­tas y a los paros, que se cas­tigara a los culpables de toda la agitación, se con­trolara a los curas y que se acabara por fin este clima en que la opo­si­ción mantenía su­mi­do al país.

Se sintió solo.

Siempre con la parsimonia que lo caracterizaba, fue hasta su dor­mi­torio para cam­­biarse de ropa: había que pre­pararse para la de­ten­ción, para ir a algún lugar del norte o del sur, vivir en un cam­pa­mento especial con vi­gi­lan­­cia mi­li­tar o tal vez ser expulsado del país.

Pensó que lo mejor que le po­día suceder era que lo en­via­ran al nor­te. A él le hacía bien el clima seco del Nor­­­te Gran­de, aunque fue­ra cerca de la costa. La humedad y el frío del sur le afectaban di­rec­ta­mente a la salud, es­pe­cialmente aho­ra que ya había cum­­­­pli­­­do los se­sen­ta años, aunque no se no­ta­ran a simple vista. Conocía pal­mo a palmo el país y en el nor­te había zo­nas her­mosísimas, con esos pai­­sa­­jes tan pe­­­cu­lia­res que los hombres del sur no sabían apreciar. Más de una vez ha­bía discutido con personas que sostenían que en el nor­te era todo igual, todo café y puros desierto y cerros, desierto y ce­­rros, de pronto un ar­bus­tito y más arena por todos lados. Car­los Alberto in­sis­tía en que ha­bía que saber mirar los ce­rros y el desierto para descubrir esos ma­­ti­ces de som­bra y sol, de minerales que la tierra lanzaba a los ojos de los hom­­bres co­­mo una especie de provocación o anticipo de sus secretos pro­fun­dos, esos brillos tan especiales de las rocas bajo el sol, to­dos los días diferentes, todas las horas dis­tintas, con una am­pli­tud mágica que da­ba una nueva pers­pec­­ti­va a la vista hu­ma­na, con to­dos esos tonos que mez­claban azules y negros con las variedades más infinitas del marrón, con más estrellas en las noches que las que se puede ver en ninguna otra parte, su­perior in­clu­so a los cielos bri­­llantes de Lonquimay, en esas no­ches largas y frías, muy frías le ha­bían con­­tado, ya que no lo sabía porque nunca había debido pernoctar en el de­sier­to mis­mo sino que había transitado por él, pues se alojaba siem­pre en có­modos hoteles o en las casas de hués­­pedes de las sa­li­tre­ras o las minas de cobre o al­guna vez en los regimientos o cuar­teles. Si las noches eran tan frías, como ha­bía escuchado de­cir, tal vez le convendría que lo enviaran a al­gún lugar cos­tero o a la zona sur, pero no muy al sur, por Parral, por ejem­plo, cerquita de las ter­mas de Catillo.

Lo iban a detener. Esta misma noche, se­gu­ra­men­te. No le im­por­ta­ba mucho, era un riesgo aceptado desde que se embarcó en todo este asunto y creía con certeza que ésta era la única forma que tenía de ser leal con Patricia, de re­cu­pe­rarla de alguna manera, de res­ca­tar en su interior las ho­ras per­di­das, el cariño que quedó a la espera, a la espera de la na­da. No le importó ser de­tenido y aceptó la idea de ir él mis­mo a en­tregarse, porque así podría ele­­gir en qué manos cae­ría y no se­rían los agentes del General, con su bru­ta­li­dad co­no­cida, los que lo arrestarían y lo llevarían con los ojos ven­da­dos hasta sus cuar­te­les se­cre­tos.

Se sintió solo.

Porque estaba solo. No tenía a quien llamar para de­cirle: “me van a de­te­ner o me voy a entregar, aquí están las lla­ves del auto y el li­breto de che­­ques, cuida el dinero, vigila el re­­frigerador, apaga las lu­ces”. Su men­te pa­só rápida re­vis­ta: los amigos habituales no, ellos no sólo no po­drían com­pren­­der, sino que se sentirían traicionados y se negarían a ayu­­darlo, no lo­gra­­­­­rían jamás aceptar que él, Carlos Al­ber­to, su compañero de partidas de golf o de empresas lucrativas, el que com­partía la mesa en el club y los pla­­ceres de la con­ver­sa­­ción y de la bue­na comida, estuviera complicado en un aten­ta­do con­tra el Ge­ne­ral. Tam­po­co al­guna de las mujeres que lo ha­bían acompañado, porque to­­das ellas qui­sie­­ron llevarlo al ma­­tri­mo­nio y cuando él se resistió, partieron de su vida con re­sen­ti­mientos inolvidables, para no volver a ver­lo, salvo Ro­sa­lía, pe­ro ella se­guía muy formalmente casada y no había tenido interés en rom­­per su matrimonio ni él se lo ha­bía pe­dido, pues así resultaba más có­mo­do y am­bos en­ten­dían que el juego había sido sim­ple­men­te irse a la ca­ma una vez cada dos o tres semanas, un audaz y furtivo encuentro en Bue­­nos Ai­res, en­tretención de la rica, simplemente aven­tu­ra en todo el sentido de pa­la­bra, placer. Nadie.

Sólo Sonia.

Se miró al espejo: a pesar de los sesenta años aun te­nía las carnes apre­ta­das, se mantenía delgado y sano, bien pa­recido en su desnudez, no como sus amigos, que d­i­si­mu­la­ban la vejez y la decadencia del cuerpo con la ayuda de bue­nos sastres o la ropa fina, pero que evitaban mostrarse en tra­je de baño en la playa y sólo exhibían la desnudez en la sauna.

Sonia siempre le auguraba un estupendo por­ve­nir físico y quizás esa misma profecía, tan­tas veces pro­nun­cia­da, le incentivó a mantenerse es­bel­to y sano.

Ella se sorprendería cuando él la llamara.

Con toda seguridad no se había en­terado de nada. Lo más pro­ba­ble era que no hubiera escuchado las no­ti­cias y que tampoco le im­­portara nada de esto. La detención de Patricia la había afec­­ta­do demasiado y des­de entonces usaba una coraza para to­da ocupación que no fueran las tri­vialidades de una vida có­mo­­da, con pla­ce­­res tan pequeños co­mo la ro­pa, las joyas o el pei­nado. Aquello los distanció, aunque pen­­sa­ban igual en asuntos políticos, sal­vo que mu­tuamente se lanzaban cargos y culpas, re­pro­ches y agresiones, no comprendiendo nin­gu­no de ellos jamás, has­ta ahora pro­bablemente, que el asunto era ine­vi­table y que ella era ella y no una de­pen­dencia particular de sus padres. Las acusaciones recíprocas eran tan graves que ya ca­si no se hablaban y, cuando empezó efec­ti­vamente a creer que era su­ya una buena dosis de cul­pas, él decidió que debían se­pararse, aunque So­nia no aceptara nada de la que le co­rres­pon­día.

Luego de vein­ticinco años de matrimonio se se­pa­ra­ron, ven­dieron la casa y compraron dos departamentos de lujo. El le fijó una mesada, hasta que ella reclamó que quería ha­cer algo y no seguir como una man­tenida, que se estaba muriendo en vida y, luego de renunciar a esa pensión pactada muy so­­lem­ne­mente, Carlos Alberto le entregó el dinero para abrir una tienda en el nue­­vo centro comercial que ha­bría de causar sensación en el barrio alto. Com­pró el local a nombre de Sonia y lo entregó lleno de mercadería. Como bue­na hi­ja de árabes, Sonia fue capaz de conducir su negocio con efi­­ciencia y nunca más volvió a pedirle dinero, por lo que sus contactos se reducían a oca­sio­­na­les visitas que él hacía a la tienda, por el simple deseo de con­ser­var algo que lo uniera con Patricia, una conversación liviana, una fra­se sim­pá­ti­ca de ella sobre su estado físico, una pu­lla con sorna sobre las tantas mu­je­res que tendría, una consulta sobre algún asunto fi­nan­cie­ro, sobre el precio del dó­lar tan fluctuante, so­bre el banco más se­guro y só­lo muy oca­sio­nal­mente un comentario sobre Juan Alberto, el hi­jo me­nor que un día par­tió a los Es­ta­dos Uni­dos para de­di­car­se a la fí­si­ca y que, inmerso en ese mundo cien­tí­fi­co, sólo se acordaba de sus pa­dres unas pocas veces en el año y le es­cri­bía a Sonia, enviando en el mis­­mo so­­bre una carta más breve para Car­los Al­ber­to, revelando con ello que no acep­taba que se hubieran separado y que no estaba dis­pues­to a cam­biar su cos­tumbre por el hecho que ellos no fueran capaces de en­fren­tar su ve­jez jun­tos. En las cartas de Juan Alberto jamás había una men­ción pa­ra Pa­tri­cia, no por­que no le tuviera cariño, sino porque pa­re­cía entender que no había que rea­­brir he­ridas o alen­tar esperanzas inú­ti­les.

Carlos Alberto se sintió solo.

Le pareció que no tenía sentido llamar a Sonia.

Por primera vez en la noche com­pro­bó que la noticia de su pró­xi­ma prisión lo había afectado y el sen­ti­mien­to de soledad se hi­zo más agudo.

Patricia, en aquella última vez que con­ver­saron, le re­pro­chó su apa­rente frial­dad para todo, esa seriedad, esa so­­lem­nidad, esa pos­tura de prín­ci­pe renacentista que man­­te­nía una sonrisa aje­­na fren­te a todo lo que ocu­rriera en el mun­do, como si nada lo to­c­ara de ver­­dad, sin gritar, sin exal­tarse, manifestando sus enojos con castigos se­ve­ros ex­presados de un modo que casi pa­recía cortés, esa carencia de contacto fí­sico, lo que ella llamaba in­ca­pa­ci­dad pa­ra expresar cariño, para amar y, tratando de exaltarlo sin conseguirlo, le decía las co­sas más duras que se puede decir a un padre, para ter­­minar lan­zando al ai­re o al futuro ese grito do­lo­roso de que algún día, papá, al­gún día quiero verte llo­rar, de­san­grar­­te en lágrimas, implorar, para saber que eres hu­ma­no, na­da más, un día, papá, sufrirás mu­­cho, su­fri­rás y no ten­drás a nadie, no es­taré yo a tu lado y sólo espero que no sea de­­­ma­­sia­do tar­de para que te con­viertas en un hombre, un hom­bre de verdad y no esta especie de máquina para la vida social. Para Carlos Al­ber­to no había sido demasiado tarde el momento, pero si para su re­la­ción con su hija mayor, porque hacía dos o tres años, ¿ tres?, se había re­conciliado con el llanto y esta de­ten­ción inmi­nen­te era justamente porque había dado curso a su ser más profundo, aunque para ello debió asumir como ac­tor consumado, capaz de hacerle creer a todos que él seguía sien­do el mismo de antes, pese a que en realidad hu­biera cam­biado tanto, tan profundamente como había sido el terremoto ex­­perimentado en su vida aquella vez.

Carlos Alberto no fue capaz de poner fecha de ini­cio al dra­ma en su memo­ria. Siempre creyó ser un buen pa­dre, como eran todos, marcando sólo la di­ferencia en el he­cho que jamás golpeaba a sus hijos. Los quería mucho, los pu­­­so en los mejores colegios, les dio vacaciones largas y compró la ca­sa de Con­cón porque les gustaba tanto.

¿Cuándo empezó el dra­ma? ¿Acaso cuan­do Pa­tri­cia entró a la Universidad? ¿Tal vez cuando rompió su largo po­loleo que todos esperaban, incluso el pololo, que terminara en ma­tri­mo­nio? ¿O fue cuando in­gre­só al Partido, ese partido de mierda, que ni siquiera se atre­ven a ser co­mu­nistas le dijo él, en la época de la elección del Doctor como Presidente? ¿O cuando fue elegida presidente del Centro de Alum­nos?

¿O fue esa tarde de Julio de 1974, que ahora Carlos Alberto re­cuer­da con la garganta seca?

Era un día muy frío. Durante casi una semana ha­bía caído la lluvia so­bre la ciudad y esa mañana amaneció des­pejado y con mucha helada, un día de sol, hermoso, pero al co­rrer de las horas las nubes habían regresado an­ti­ci­pando una nueva lluvia para esa noche. Las co­sas no se habían dado muy bien, por­que las medidas económicas recién anunciadas por el ge­­neral que ocu­pa­ba el Ministerio de Hacienda habían pro­vo­ca­do cierto pánico en esferas fi­nan­cieras. Se suponía que de­bía darse una cierta estabilidad para recuperar al país des­pués de tres años de caos y socialismo, pero este segundo mi­nis­tro en me­nos de un año tomaba nue­vas líneas en su acción, los anun­cios pa­ra el fomento del desarrollo industrial no se con­cre­taban y todo indicaba que este nuevo cam­bio de política eco­nómica sería profundo. Su ol­fa­to le se­ña­laba que lo más con­veniente era no invertir, mantener su dinero en ban­cos ex­tran­jeros y tal vez iniciar algunas exploraciones en el co­mercio ex­te­rior. Se decía que bajarían los aranceles, que se con­gelaría el dólar, pero muy pocos creían que eso pu­die­ra su­ce­der. Este se­guía siendo el país del rumor y no existían mu­chas po­si­bi­li­dades de planear seriamente el futuro.

Después de dejar la oficina manejó cuida­dosa­men­te, por la llu­via, ca­mino a su ca­sa. Los días de invierno agu­di­zan la melancolía y las dificultades fi­­nan­cie­ras son fuente de an­gustia para cierto tipo de per­sonas, como por ejem­­plo Carlos Alberto. No veía a Patricia des­de ha­cía muchos días. Su última con­­versación había sido muy desa­gradable y ter­mi­na­do abrup­­ta­men­te, cuando ella salió dando un portazo, des­pués de ad­ver­tirle que le llegaría el momento de llorar. Un desahogo emo­cional de la muchacha. El golpe de es­tado la había afec­tado mucho, pues se le tronchaban sus aspi­ra­cio­nes políticas, per­so­nales y, en ge­­ne­ral, las referidas a su visión de la so­cie­dad. Ella creía ver­da­de­ra­men­te que todo esto que se vivía era me­jor y que el caos eco­nó­mico y social era fru­to de la campaña del im­perialismo y de los an­ti­pa­trio­tas, de los reaccio­narios, de los fascistas. El día de su último encuentro an­tes de esa tarde de Julio, ella fue a casa de sus padres porque se sentía es­pe­cial­mente triste. Habían detenido a uno de sus mejores amigos, un poeta que vivía en el mismo edificio, que no ma­taba una mos­­ca. Se enojó mucho cuando Carlos Alberto le dijo que todo te­nía explicación, que quizás en qué estaría me­tido, pero ella tenía miedo que lo tor­turaran, que lo mataran o que le pasara al­go muy es­pan­toso, algunas de esas barbaridades −pensó Carlos Alberto− que según los comunistas y el Car­de­nal es­ta­ban pa­san­do en Chile, todo lo que por su­pues­to debía ser com­ple­ta­men­te falso, porque este país no es la Ale­mania nazi, ni Viet­nam ni Rusia y las Fuerzas Armadas son com­ple­ta­mente dis­tin­tas a las otras fuerzas armadas de América Latina, pero la dis­cu­sión fue su­biendo de tono y él, muy ape­nado por su hija, no fue capaz de mos­trar­le afecto co­mo ella necesitaba, sino sólo co­mo él sa­­bía, lo que no resultaba suficiente, por­que las mu­jeres son tan sensibles y quizás anda en uno de esos días “es­pe­cial­mente sensibles”, reflexionó él.

Patricia había querido independizarse.

Nada me molesta, mamá, había di­cho a So­nia, pero me quie­ro in­de­pendizar. Ex­plicó que ella ya podía tra­bajar, que le faltaba po­co pa­ra re­ci­bir­se y que podría pagar una pie­za. Car­los Al­ber­to le en­con­tró razón, pero, como siem­­pre, hizo las cosas a su mo­do, lo que a Pa­tri­cia la violentó, pero no tuvo más camino que acep­tar. Así, la mu­cha­cha se tras­ladó al de­par­tamento que Car­los Alberto tenía de­so­cu­pa­do. El com­­­pro­mi­so era que ella pagaría sus gas­tos, pero Carlos Al­ber­to y So­nia la lle­naban de re­ga­los, lo que fue un pre­cio por su de­­recho a vivir sin la tuición inmediata de sus padres. Has­ta el golpe com­­par­tió el de­partamento con una amiga que los padres ja­más co­no­cie­ron y que se fue al acercarse la Navidad de ese año. Siguió vi­vien­do so­­la, aunque ca­da vez le era más difícil tener dinero, porque la ha­bían des­pedido del tra­bajo y en­­ton­ces tuvo ne­ce­sidad de recibir esa me­sa­da que su padre siem­pre había que­ri­do darle. No quiso regresar don­de los pa­­dres y Carlos Al­ber­to en eso fue un aliado, aunque Patricia debió re­sis­­tir con ener­gía el empeño de que lle­va­ra a vivir con ella a la prima Ber­­ta que había venido a San­tia­go a es­tu­diar. Oca­sio­nal­mente se que­da­ban con ella algunas amigas y tuvo co­mo gran com­­pa­ñía al poeta del de­­par­ta­men­to del lado.

Ya casi un mes había sido la pelea con su hija y a Carlos Alberto le pareció oportuno apro­ve­char la melancolía de los días de lluvia para irse al Colonia a tomar un cho­co­late con leche, ca­len­ti­to y dulce, con un buen pedazo de kuchen de nueces, con crema, que a los dos les gustaba tan­­­­to.

Desvió el auto, regresó al tráfico. No tuvo certeza de qué fue, pero al­go le había hecho cambiar brus­camente el estado de áni­mo. En realidad, tuvo una urgente necesidad de ver a su hija ma­yor. Per­dió la flacidez de la me­lan­co­lía y tensó los músculos del rostro, mordiendo fuer­te diente con diente, tal co­mo el dentista le decía que no debía hacerlo, mi­rando molesto a los au­to­mo­vi­lis­tas que hacían maniobras torpes. El pa­vi­men­to mojado, la lluvia, el barro que las gotas suaves de la llovizna no conseguían eliminar del parabrisas, todo le fue per­turbando cre­cien­temente, más y más, y aceleró, tocó la bo­ci­na, se abrió paso para llegar pronto. No sabía en­tonces el mo­tivo de la urgen­cia, pero po­co rato después descubriría que era ese don de an­ti­cipación o de percepción especial de los pa­dres cuan­do los hijos tienen problemas, pe­ro en ese momento pensó que era sólo por la hora, pues si no llegaba luego, Pa­tri­cia le diría que no po­día ir, que ya era muy tarde, tal vez por­que llegaría el tal Moncho a verla, ese tipo chico y ra­­ro, del partido se­guramente, clandestino tal vez, que era una es­­pe­cie de po­lolo y ella querría esperarlo en lugar de salir un ra­to con su pa­dre y si no llegaba lue­go, pensó, en lugar de recon­ci­lia­ción iban a tener otra pe­lea, así es que más rápido, más rá­pi­do, con cier­ta im­­pru­den­cia, la que los due­ños de autos grandes y potentes, ase­gu­rados por aña­­di­dura, se pueden per­mi­tir. No quería ver a ese Mon­cho, tipo callado y sin apellido y menos aun ver que le arrebataba a su Patita.

Carlos Alberto nunca corría, sólo tenía el paso lar­go y enér­­gico de un ju­ga­dor de golf, única revelación de sus apuros. Con las lla­ves en la mano y abro­­chándose el abrigo su­bió la escalera. Sus piernas largas y el excelente es­tado físico le permiten subir hasta el cuar­to pi­so de modo constante y rítmico, sin detenerse en los in­ter­medios, sin cansarse, sin que se agi­te el pecho salvo por la ansiedad de en­contrar a su Pa­tita, a su niña, convertida en mujer in­de­pen­diente, la an­siedad de encontrarla sola y que ella aceptara ir a tomar cho­co­­late con le­che, de ése que llena de calorcito el cuerpo en las tardes de frío y re­­conforta el espíritu cuando empieza a anidar la angustia o la me­lan­co­lía...

O la sorpresa.

La puerta estaba abierta y desde el pasillo vio el de­sorden. Entró: los muebles del living fuera de su posición, los cuadros torcidos, el bergère que había sido de su madre, ra­jado de arriba a abajo, el florero en el suelo y las siem­pre­vi­vas esparcidas, como si un huracán hubiera pasado por allí. Lla­mó a su hija en voz alta, pero sin gritar. Avanzó has­ta el dor­mitorio, empujó la puerta y el espectáculo fue aun peor: la cama deshecha, el col­chón en el suelo, el closet abierto y de­sor­denado. El otro dor­mi­torio estaba igual y los li­bros del es­tan­te esparcidos por el suelo y encima de la mesa-escritorio.

Su desconcierto se fue convirtiendo en certeza.

Él había escuchado de las de­ten­cio­­nes, la propia Pa­tricia se lo ha­bía contado, pero esto era demasiado. ¿Qué ha­bía pasado? ¿Por qué todo es­ta­ba así? ¿No sería quizás una pelea?

Aceptó la idea de que habían llegado a de­tener a otra persona, no a su Pata, al Moncho ése, seguro, que debe es­tar metido quizás en qué cosas, ca­­ra­jo, el muy ca­ra­jo, entonces se debía haber resistido y los habían llevado a los dos. Ese mi­se­­ra­ble de mierda, ese tipejo, la había involucrado.

Por la misma mierda, que estas cosas le pa­sen a otros, pero no a él, no a su hija, a su familia.

No era posible.

Sonia lloró cuando se lo dijo y Juan Alberto su­gi­rió ir al día si­guiente al Co­mité de la Paz, porque ahí ayudan, di­jo, presentan recursos y todo eso, pero Car­los Alberto, mo­les­to por la proposición de su hijo, que calificó de im­pertinente, pre­tendió ser práctico y llamó inmediatamente a Francisco Jo­sé, quien fue pololo de Patricia por tantos años, para que tú co­mo abogado nos ayu­des, pero él con­tes­tó fría­men­te, demasiado fríamente aun para él, que us­ted sabe, señor, que yo no soy de los abo­gados que se dedican a esas cosas, tal vez mañana le pueda dar algún nombre y aunque acep­tó que había varios ami­gos suyos cumpliendo funciones en el Ministerio del In­te­rior le di­jo que no po­día molestarlos para esto, pues ellos cum­plen sus obligaciones bien precisas, don Carlos Alberto y cosas como estas están a cargo de los servicios de se­gu­ri­dad y quizás en qué estaría metida Patricia, usted sabe, señor, disculpe, con esos amigos que tiene ahora y su partido y el centro de alum­nos, pero es cosa de tener paciencia, si no está metida en nada la van a sol­tar, hay que te­ner con­fianza en las Fuerzas Ar­madas que hacen todo a conciencia.

Chi­qui­llo de mier­da, pensó Carlos Alberto, no es problema de confianza sino de encontrar a Pa­tricia. Mu­chas gracias y punto, eso era todo lo que podía esperar del que de­cía que tanto la amaba.

Quedaron los tres solos. Pasaron toda la noche entre los ataques de llan­to Sonia y las acusaciones de “tú tienes la culpa, Carlos Alberto, porque la ayu­daste a irse de la casa” y la respuesta de “no me hables así, Sonia, porque ella se fue porque tú le hacías la vi­da imposible y a todos por igual, que ya estamos hasta aquí contigo”, mientras Juan Alberto, el hermano, simplemente se entristecía en toda la profundidad posible.

Habló con todos sus conocidos. Incluso consiguió que lo re­ci­biera el Al­mi­ran­te. Una vez habían estado juntos ju­gando al golf. To­dos prometieron ha­cer algo, pronto se va a sa­ber. Habló con las más va­ria­das personas: co­ro­ne­les, ge­ne­ra­les, miembros del poder judicial, abo­­­gados. Todos le re­co­men­­da­ban no presentar recurso de amparo, no ar­­mar es­cán­da­los, no de­cir una pa­la­bra en público, ya que si recurría a las Cortes o al Comité del Cardenal, las co­sas se pondrían peor. Con­­si­guió que un obispo de cuya lealtad no se podía dudar, se in­­­te­re­sa­ra pri­va­damente en la situación. A los pocos días los re­cibió, en esos ai­res costeros cerca de la capital, para ex­plicarles que, efectivamente Patricia ha­bía sido detenida, pues había una de­nun­cia sobre actividades políticas sub­ver­sivas, pero que pronto podrían vi­si­tarla y con los antecedentes de los pa­dres todo se acla­ra­ría rápidamente. Mientras tanto no ha­bía que decir nada ni ha­cer escándalos.

Sonia estaba desesperada y Carlos Alberto le in­­sistía en la ne­ce­si­dad de confiar, había que tener paciencia y confianza, ellos no eran cua­les­quie­ra, pero los días, las se­ma­nas y los meses pasaron y, después del aniversario del golpe de estado, en muchas partes se co­men­zó a hablar de personas que de­saparecían o que habían sido detenidos y los ejecutaban sin proceso o no se sabía más de ellos.

Hasta su oficina lle­ga­ron algunas mujeres, di­cién­dole que habían sa­bido que su hija estaba detenida y que se­ría con­veniente que se presentara un recurso de amparo, que ése era el camino para saber al­go y que así las co­sas se­rían mejores. El las olió de inmediato, se dio cuen­ta que eran co­­mu­nis­tas y como ellas guardaron silencio cuando les pre­guntó si habían solucionado su pro­blema con el recurso de am­paro, con el Comité de la Paz, el obispo luterano, el cardenal y todo eso, las des­­pi­dió y resolvió no recibirlas más, pues, tal co­mo le había dicho el Co­ronel en la entrevista que le habían conseguido, esas son injurias y pa­trañas inventadas por los co­munistas y la Igle­sia, manejada por los de­mócrata cris­tia­nos, que se han em­peñado en una tarea in­ter­na­cio­nal de des­pres­tigio y lo de la niña se arre­glará, es cosa de unos días o al­go así, no se preo­cupe, había dicho al alto oficial, que todo se arre­glará, tenga confianza. Se notaba que el Coronel tenía po­der, que era más importante incluso que varios generales.

Poco antes de Navidad se presentó en la casa de Car­los Alberto y Sonia un grupo de hombres vestidos de civil. El que hacía las veces de jefe fue muy amable. Dijo que lo de Pa­tricia estaba en conformidad e iba a quedar en li­­ber­tad, que ya to­do estaba arreglado y que necesitaban llevarse ropa suya. So­nia pidió permiso para enviar una carta, en la que sólo le ex­presó que la que­rían mucho y la estaban esperando. Dos o tres días después se pre­sentó un ofi­cial, esta vez vestido de uni­forme. Pidió hablar a solas con Car­los Alberto y en un tono excesivamente solemne, le dijo que su hija ha­bía quedado en libertad, pe­ro no había aceptado que la enviaran donde sus pa­dres, sino que quiso irse de inmediato al extranjero por lo que la ha­bían de­jado en una micro que iba a Men­doza. Parecía que ami­gos suyos la iban a ayu­dar con dinero. Solamente man­dó un recado, que para mí señor, es muy do­loroso darle a su es­po­sa. Ella di­jo que nunca más regresaría a vi­vir con pa­dres que no la querían y no com­par­tían sus ideas. Perdone, señor, pero eso es. No, el oficial no ha­bía hablado con ella, pero el Coronel si y era él quien había enviado tal recado. El Coronel.

Carlos Alberto estaba completamente descon­cer­ta­do. Hizo todo ti­po de ges­tio­nes para ubicar a su hija en Ar­gentina, pero alguien vinculado a los mi­­li­ta­res de allá le hizo sa­ber que había tomado el avión con destino a Cuba.

Al poco tiempo se dejó de nombrarla, por pre­cau­ción o por miedo y cuando, un año después, se publicó en Ar­gentina la lista de muer­tos en un en­fren­ta­mien­to, todos chilenos, ellos buscaron con avi­dez, pero como no figuraba en­tre esas ciento diecinueve personas, acep­taron la versión de que estaba en Cuba. Las re­­la­ciones en­tre Sonia y Carlos Alberto fueron cada vez peores, hasta que can­­sa­do de tantas recrimi­naciones, Carlos Alberto decidió se­pa­rarse. Total, ya no tenía sentido que siguieran juntos: Pa­tri­cia estaba en Cuba y Juan Alberto en Estados Unidos, al pa­re­cer ambos para no regresar jamás.

Así fue todo hasta aquel día de marzo de mil novecientos ochenta y dos.

Había ido a pasar unos días a Con­cón, la casa que era el único re­si­duo del matrimonio con Sonia, pues la com­par­tían ami­ga­ble­mente. Ella todo el ve­rano, para sí misma o pa­ra arrendarla. El, desde marzo a diciembre, para ir los fines de semana, con tus amiguitas, le había dicho Sonia, entre ce­lo­sa y contenta de sa­ber que su hom­bre, el que había sido de ella cuan­do joven, el que siendo tan atractivo la ha­bía elegido, to­davía fuera interesante para mu­chas mujeres más jó­ve­nes que ella. Al comenzar marzo, ya no que­daban ve­ra­nean­tes y era el me­jor tiempo, un poco me­­nos caluroso que el verano, la playa dis­puesta para él, para asolearse y caminar. La primera se­ma­na de mar­zo la pa­saba sólo y lue­go, a veces, invitaba a alguien a compartir su descanso.

El cuidador le entregó un sobre. Se lo había de­ja­do una señorita “que venía en un au­tito chico, don Carlos Al­ber­to”. Abrió el sobre, sorprendido. Se en­­con­tró con un papel sen­ci­­llo, que decía simplemente que tenía un recado de Pa­­tricia y lo esperaba esa misma tar­de a las siete en la terraza de la playa. Car­los Alberto se percató que tenía poco tiempo, lo suficiente para cambiar de ro­pa y tomar el auto. No quiso pensar en nada, si­no que dejó sentir la emoción de des­cubrir que su hija aun se acor­daba de él. Tal vez era ella misma quien lo vería y había ingresado clan­destinamente al país. Tal vez era una de las mu­jeres que el Gobierno calificaba de ex­tre­mis­tas y de las que ponen bombas. Na­da de eso le im­portaba. Sintió una enorme excitación.

Fue.

Detiene el auto frente a la terraza de la playa. A esa hora aun no se ha puesto el sol. Pare­ce verano, por el brillo del mar y la temperatura agra­­da­ble. Baja con la mis­ma par­simonia de siempre. Luego de cerrar el auto mi­ra hacia el mar y per­cibe el enorme pino de siempre y tras él, el sol que se va, len­ta­mente, al mismo ritmo que Carlos Al­ber­to avan­za. Treinta años y el pino sigue igual, como si nada pasara, cuando en rea­li­dad es lo úni­co vigente de aquellos tiem­pos, pues los demás lugares, la Parker, el Astoria, la casa de los Aguirre, to­do ha ido dejando el paso a enormes edificios de de­par­ta­mentos y ahora son otras las familias que vienen. No ve a nadie y de­ci­de cumplir su ritual de caminar de lado a la­do por la terraza. Llegó con dos o tres minutos de adelanto y salvo el ven­­de­dor de re­vis­tas nadie queda en el sector. La te­rra­za, con sus ban­qui­tos para mirar la pues­ta de sol, tiene casi tres­cien­tos metros haciendo re­co­ve­cos y rincones apropiados pa­ra que se instalen los ena­mo­ra­dos o des­can­sen las mamás de re­greso de la playa. Muchos años recorriendo de ex­tre­mo a ex­tre­­mo la te­rra­za, tran­cos largos de golfista, manos atrás mi­ran­do ca­da detalle que se le pre­­sentara. El ri­to empezó en los años de papá joven, cuando traía a Pa­tricia recién nacida y en su coche a to­mar el fresco de la tarde y desde ese momento pa­ra siempre, sólo o acompañado, leyendo o mi­rando. Pa­­ra él, es­te lugar sig­ni­fica­ba in­me­dia­tamente paseo en las tardes y to­dos quie­­nes lo conocían sabían que era el lugar ideal para en­con­­trarlo.

− Buenas tardes, señor.

Al primer vistazo le parece una muchachita, pe­ro luego, al verla de cerca, ve que ya no es una niña, sino de­be tener por lo menos treinta años. Rubia, muy bajita y me­nuda, de una delgadez que le arrebata sen­sua­li­dad, pero le añade ternura a su rostro alar­ga­do. Su vestido blanco, de fal­da am­plia, muy liviano, como para que el vien­to lo moviera igual que a su me­lena do­rada, le da un aire ange­lical. Bonita, se di­jo, con su costumbre de ob­ser­var­lo todo y calificarlo de in­me­dia­to, sintiendo simpatía por este ser que le hi­zo pensar en una aparición, como las que estaban de moda por aquel en­ton­ces.

− Soy Teresa. Yo le envié el papel.

Es decir, no era un ángel ni una aparición. La sa­lu­dó muy for­mal­men­te y no pudo evitar ponerse nervioso, pre­sintiendo que este en­cuentro se­ría muy importante. Le pre­­gun­tó si querría acom­pa­ñar­lo a la casa o ir a algún lugar a tomar un trago o un ca­fé, pero ella le respondió que prefería ca­mi­nar, sin agregar que allí sentía que estaba más segura, pues no sabía cómo iba a reaccio­nar él cuando le di­jera lo que tenía que decirle. Sólo le comentó este mie­do de esa tarde varios me­ses después cuan­do, un día en forma inesperada volvieron a en­con­trarse en la ca­sa del poeta, el mismo que ha­bía sido tan ami­go de Patricia.

− Yo lo invité a venir. Le tengo un recado de su hija, de Pa­tricia. Quizás ten­ga mu­chas cosas que contarle, que le pueden in­teresar.

Hace una pausa y traga saliva. Le dice que para ella esto es muy difícil.

− Le rue­go que no me interrumpa, señor, si me deja contarle todo, después pue­do contestarle sus preguntas.

Lo miraba con algo de asustada y mucho de fuer­za interior.

− Antes de hablarle he averiguado muchas cosas respecto de us­ted y de su fa­mi­lia, porque siempre me sorprendió que Pa­tricia no estuviera en las lis­tas de los detenidos desa­parecidos y no leer jamás su nombre en las cam­pa­ñas que se ha hecho en todo el mundo en favor de las per­sonas de­tenidas.

Ella necesitó saber qué clase de personas eran éstas que no decían na­da ante el do­lor y la pérdida de un ser querido. Sabía que había cientos de fa­mi­lias que habían si­len­cia­do su condición de vícti­mas de esta dictadura ho­rro­rosa, tal vez como una vergüenza, tal vez por miedo, pero nunca había co­no­ci­do ninguna de cerca.

Carlos Alberto la mira con atención. Teresa ha­bla­ muy rápido, casi sin res­­pi­rar, con un tono suave, como debía ser su pelo rubio; rápido, muy rá­pido, temiendo ser in­te­rrum­pida. El hombre había aceptado una con­di­ción de no interrumpir el relato, no pre­gun­tar nada hasta que hu­bie­ra ter­minado, pero ella no sabía si él cumpliría su pa­la­bra y que es­ta­ba en­tre­nado por su trabajo para es­cu­char mucho y ha­blar sólo lo ne­ce­sa­rio, co­mo te­nía que ser entre per­sonas que se dedican a los negocios y sa­ben ga­nar siempre.

Teresa le dijo que como fruto de sus averigua­cio­nes se ha­bía en­te­ra­do que a la fa­milia, a los padres de Patricia, se les dijo que la mu­chacha ha­bía que­da­do en libertad a fines del setenta y cuatro y se había ido a Ar­gen­tina y luego a Cu­ba y que luego de esperar por mucho tiempo que ella escribiera, habían to­ma­do la actitud de olvidarse que existía, lo que en­tendía que era im­posible, pues un padre jamás puede olvidarse de un hi­jo.

− Eso lo sabemos todos, incluso yo, se­ñor, porque tuve un hijo que mu­rió cuan­do tenía un año y lo sigo re­cor­dando, aunque des­­pués he te­ni­do otros, así es que sé que usted tiene que se­guir preguntándose por ella.

Él la mira con los ojos fijos.

− Lo que pasa, dice levantando los ojos y enronqueciendo la voz, que no es ver­dad lo que les contaron. Patricia nunca fue dejada en libertad, si­no que murió en prisión.

Fueron detenidas el mismo día. Cuando tomaron a Teresa, los agen­tes la se­pa­raron de su marido −que era a quien buscaban− y la llevaron con los ojos ven­dados hasta un lugar cerca de la cordillera. La sentaron en el sue­lo de una habi­ta­ción y al poco rato se dio cuenta que no estaba sola, pero no hi­­zo na­da, no pudo hacer nada, ni hablar ni mo­ver­se, pues te­nía mucho miedo y no sabía si había guardias mi­rán­do­la. Pasó mucho rato en esa posición, pre­sa de un terror que le do­mi­na­ba to­do el cuerpo, su frágil cuerpo, pensó Carlos Al­berto, hasta que la puer­­ta se abrió y la obligaron a levantarse. Luego hi­cie­ron po­nerse de pie a la otra persona, las esposaron juntas.

− Me di cuen­ta que era mujer y caminamos a través de pasillos y es­ca­le­ras has­­ta lle­gar a una pieza en la que nos sentaron, es­ta vez en si­llas de ma­de­ra. Era una especie de oficina de in­gre­so, en la que un hombre de voz du­­ra y pre­­po­tente nos pre­guntó los nombres y otros datos personales.

Allí su­po que la otra persona detenida junto a ella, era Pa­tricia.

− Su hija, señor, a la que conocía de nom­bre y de vista co­mo di­rigente de la Uni­versidad, pero ella no me conocía a mí. Ni de nom­bre.

El sol se ha puesto, la brisa playera se levanta, discreta y tibia.

− Para qué le voy a contar mi historia. Me trataron pésimo, me some­tie­ron a mu­chas torturas, las más brutales que se pueda imaginar. Querían hacerme confesar todo tipo de cosas sobre mi marido, querían que diera nombres de otros compañeros, pero yo no sabía casi nada de lo que me preguntaban y has­ta ahora tengo dudas sobre si acaso habría cedido a las presiones o no, en caso de saber algo de todo eso, por supuesto.

Quedó muy mal después de las sesiones de tor­tu­ras. Sólo des­pués de varios días le permitieron descansar.

− Me enviaron a una es­pe­cie de sala de recuperación en la que pu­­de sa­carme la venda, au­to­ri­zada, señor. Casi enceguecí de la impresión al recibir un poco más de luz, no mucha, porque era una celda ubicada en un semisubterráneo al que le en­tra­ba algo de luz na­tural, muy fría, muy húmeda, con seis ca­mas y una me­sa.

Había col­cho­ne­tas y frazadas so­bre las camas, tos­cas, grises, ás­pe­ras. No estaba sola. Estaba Pa­tricia. Tendida so­bre una cama, en muy mal es­ta­do, en una especie de som­no­len­cia, pálida. Tenía fiebre.

La voz se le aceleró aun más cuando contó que se acercó a ella, le di­jo que la co­no­cía y que también estaba de­te­ni­da como ella.

− Pa­tri­cia no me creyó, señor, pensó que era una del equipo de tor­­tu­ra­dores, porque siempre hacen el juego del bueno y del malo.

Durante va­­rios días no la dejaron dormir. La in­te­rro­garon mucho, duramente, le preguntaron por mu­cha gen­te, algunos de los cuales parece que ya habían sido detenidos y que­rían comprobar de­claraciones.

− Después de todos esos días, estaba peor, mucho peor que yo.

Teresa describió a Carlos Alberto las torturas que re­cibió Patricia. Pri­mero los golpes en el rostro y en el es­tó­ma­go. Luego los interrogatorios de pie, hasta que las pier­nas se hincharon. No la dejaban ir al baño y ella ya no re­sistía los dolores en la vejiga. En me­dio de una golpiza se orinó, lo que apro­vecharon para humillarla. El grupo de torturadores se in­te­gró con mu­je­res cuando tocó el turno de la electricidad.

− En los pies, en las axilas, en los ge­nitales, introduciendo alam­bres por la vagina y por el ano, señor, usted no puede ima­ginar lo que es eso, a mí también me lo hicieron y después en los pezones.

Horas y horas amarrada en la parrilla. Siempre des­nuda, la habían colgado de los pulgares teniendo los brazos atados a la espalda.

− El descanso que nos dieron duró tres días. Nos hicimos muy ami­gas. Ha­bla­mos de todo, nos contamos la vida entera, des­cu­bri­mos pun­tos co­mu­nes, ami­gos, conocidos, fiestas, ale­grías, terrores.

Patricia se re­cuperó mucho, pero le per­sistió un dolor muy fuerte bajo el es­tó­ma­go. Les daban algo de comer ca­da cierto tiempo, pero ella no re­te­nía na­da y botaba mucha san­gre.

− Me con­tó de ustedes, de la familia, de los re­sen­timientos pen­dien­tes y de las peleas. So­bre todo se acordaba de usted.

Al cuarto día empezó una nueva etapa de torturas pa­ra ella. Re­gre­só a la celda dos días después, en un estado peor que el an­te­rior.

− Fue terrible, do­lo­­ro­­so verla, más aún cuando ya la sentía mi ami­­ga.

Teresa habla, mientras Car­­­los Alberto siente un bulto que le gi­ra­ por el tórax.

− Dijo que se iba a morir, que no soportaría el terrible su­fri­miento.

La brisa es menos tibia, las estrellas están lejos, demasiado lejos.

− Me habló de su amigo poeta, de sus otros amigos, de la gente que más quería. Esa noche, de­­ben haber sido como las tres de la mañana, la sentí quejarse. Me acer­qué y tomó mis ma­nos con mucha fuerza. Eso me pa­reció buen signo, pero me dijo que se moría. Me muero, Te­resa, me voy a morir. Y entonces me pidió este favor. Teresa, me dijo, si es que al­gu­na vez sales de aquí, anda a ver a mi pa­dre, no a mi madre, a mi padre, y le cuentas todo esto que has visto. Di­le que le he tenido rencor porque siem­pre estuvo lejos de mí, pero que en rea­lidad lo quie­ro mucho, que siempre lo quise mucho y que lo he per­do­na­do. Dile que me perdone él a mí, por lo malo que le hice, yo só­lo quise ser leal con mi con­ciencia, quise ser honrada, jamás qui­­se dañarlo. Dile que nunca he hecho nada de lo que él tenga que avergonzarse y que to­do lo que le puedan decir de mí es men­tira. Anda, me dijo, y se lo dices en persona. Nunca lo es­cri­bas. Debes estar segura que él se entere, aunque pasen mu­chos años.

Ya está oscuro y ellos sentados en el banco, frente al pino le­gen­da­rio de Concón. Carlos Alberto, el pecho com­pungido, incrédulo mirando a la mu­­chacha, ambos emo­cio­nados y ella con la vista en la profundidad de las es­trellas, sintiendo el frescor de la noche que ya caía, agra­de­cien­do aliviada que este hombre hubiera sido capaz de man­te­ner­se en silencio du­rante su largo dis­curso. Retomó el aire y siguió contando.

− Poco después Pa­tri­cia perdió el conocimiento, pero mantenía su mano en las de Teresa, res­piraba cortito y rá­pi­do. Una o dos ho­ras después empezó a que­jarse, arrugó el rostro y la vi que se iba a morir. Me puse a gritar para que vi­nie­ran los guar­dias y llamaran a un médico. Vino un guardia, me hi­zo callar pe­ro no obedecí y luego lle­ga­ron otros más, hasta que por fin trajeron una ca­milla pa­ra lle­vár­sela. No puedo asegurarlo, señor, pero creo que cuando se la llevaron ya había muerto.

A Teresa la cambiaron de lugar de encierro.

La llevaron de una a otra parte, la tor­turaron nue­va­men­te, otros in­te­rro­gadores, otros expertos en inte­rro­ga­torios políticos, otros hom­bres y mu­jeres, que la insultaron, la amenazaron, la dañaron, la fusilaron fingidamente dos ve­ces. Uno de los agentes le contó que su hijo había muerto, pero ella no lo creyó.

− Es­taba convencida, se­ñor, que no era sino una maniobra para quebrarme, pa­ra debilitarme, pe­­ro resultó que fue la única verdad que los canallas me di­je­ron en to­do el tiempo que per­ma­necí en sus manos.

Tuvo suerte: estaba destinada a morir porque ha­bía visto de­ma­sia­do, pe­ro un fiscal militar creyó ne­ce­sario lle­varla a prestar declaración en un proceso que cul­mi­na­ría en Consejo de Guerra. La dejaron recuperarse, la aco­modaron y la llevaron a las Fiscalías. Guardias y oficinas, mucha gente por todas partes, hasta que la sentaron frente a una mujer muy amable, con cara bonachona que la interrogó por largo tiem­po y le convidó una taza de té. Cuan­do ter­minó la di­li­gen­cia, el Fiscal consideró que no tenía nada que ver en el pro­­ceso y no había razón para mantenerla detenida, por lo que or­de­nó su libertad por fal­ta de méritos. Ella sabía que tenían que de­volverla al lugar don­­de estaba prisionera y temía que entonces la mataran. La ac­tuaria también.

− Con sus ojos cálidos me dijo, “para el taxi” y me en­tre­gó un po­co de dinero, llamó al gen­­­­­darme y le dijo que yo estaba en li­ber­tad, que me iba desde ahí mismo y me hizo salir por una puerta dis­tin­ta, mientras al interior del edificio que­daban es­pe­rando los agentes que me habían traído.

Teresa estaba libre, libre, caminó rá­pi­do y tomó el primer taxi que apareció.

− Esa noche mis padres me llevaron a una embajada. Estuve fuera hasta Di­ciem­bre del año pasado. Ahora me autorizaron a re­gresar y aquí estoy, cum­pli­do ya el encargo. Eso es todo.

El silencio parece un alivio. Mira a Carlos Al­ber­to y lo ve llorar, muy sua­ve durante mucho tiempo y luego más y más, con sollozos e hi­pos, con so­nidos agudos y el rostro descompuesto, llora como no podía re­cor­dar ha­berlo hecho jamás. Hace frío y ella misma le sugiere que se vaya a casa dis­puesta a acompañarlo. Llegan y él sigue llorando. Te­­resa se instala a su la­­­do y lo acompaña, acariciándole el pe­lo, suavemente, hasta que se que­da dor­mido sobre el sillón. Ella sale en puntillas, silenciosamente, ante la sor­pre­sa del cui­da­dor que creyó que había venido a dormir con el patrón.

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