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BAILA, HERMOSA SOLEDAD
JAIME HALES
© Jaime Hales, 2022
RPI 75.363
ISBN epub: 978-956-6131-40-3
Diseño de portada: Bernardita Zegers, regalado al autor.
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
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Comencé a escribir esta novela en 1985, después del segundo secuestro de mi hermana Carmen. La terminé en 1989. Fue publicada en 1991 y se agotó, pero no encontré quien quisiera reeditarla. Al parecer nuestra sociedad no estaba todavía preparada para este tipo de libros que, aunque fuese en forma de novela, daban cuenta de una tragedia reciente. Hoy sí, especialmente cuando ya han nacido tantos que no conocieron los rigores tan largos e intensos que vivimos en Chile y en casi toda América Latina.
Pensaba en mis padres Adela y Alejandro, en mis hijos Pablo, Mariana y Sofía, en su madre Ana María. Hoy debo agregar a mis nietos Micaela, Alejandro y Amparo.
Tenía presente a tantas personas que sufrían, como yo y más que yo, los rigores de la dictadura.
Recordaba al escribir, a toda una generación de hombres y mujeres que hemos sido protagonistas y testigos privilegiados de tantos hechos importantes para el mundo entero: todas señales del parto doloroso aunque esperanzador de una nueva era, la de Acuario.
Menciono y agradezco a mis amigos Miguel Villablanca y Aníbal Bascuñán, claves en la hora de editar la primera edición de esta obra; a Bernardita Zegers, artista, que me regaló el cuadro para la portada; a Roberto Garretón y Carmen Hertz, abogados con quienes vivimos la experiencia de esos años y a quienes debo tanto de lo que sé.
Y dos agradecimientos especiales: para Maru Hernández, mujer que con amor me ha ayudado en la corrección de esta nueva edición y para Javier Sepúlveda Hales, mi sobrino, hombre generoso y empresario eficaz en el ámbito de la cultura.
Hay tantos más que vienen a mi memoria. Pero sus nombres permanecen en un lugar privilegiado de mi corazón y su mención duplicaría la extensión de esta obra.
Jaime Hales
Mirando el mar, al terminar el verano de 2022
Los personajes de estas historias son verdaderos; ellos poblaron mis sueños noche a noche. Ellos estarán vivos, cuando nosotros estemos muertos.
Mahfúd Massís
Poeta chileno, en la edición de su obra “los sueños de Caín”
UNO
Rafael sintió calor, calor y cansancio. Todo se mezclaba: la tensión, la sorpresiva temperatura para el mes, el miedo. Si, el miedo, que estaba muy presente, aunque los otros no lo notaran, un miedo que no lo dominaba, pero que le recorría las venas, le humedecía las manos y lo obligaba a palparse los muslos. Rafael siempre se palpaba los muslos cuando tenía miedo, como un acto reflejo. Había veces en que se percataba del miedo cuando probaba la dureza de los muslos, buscando en ellos quizás la seguridad que le faltaba.
Había caminado muchas horas y resolvió sentarse en un banco sombreado. Suspiró, relajando el cuerpo entero. Entonces se dio cuenta que había llegado a la misma plaza de siempre, esa doble Plaza Ñuñoa llena de grandes árboles y armonías, la misma llena de recuerdos y que busca en sus momentos tristes, en sus melancolías frecuentes, en sus largos paseos desde la temprana adolescencia.
Se alarmó, pues había hecho justamente lo que no debía hacer un hombre en su situación: buscar refugio en mecanismos de rutina. Falsa alarma. Miró a su alrededor y no vio ni sapos ni policías. Sonrió. Una vez más había sobreestimado a los agentes: si eran una buena policía política debían saber que él, en sus momentos difíciles, terminaba buscando refugio en la misma plaza. Les habría bastado, si es que de verdad lo querían detener, con ir a sentarse a la Plaza Ñuñoa y esperar tranquilamente, pues tarde o temprano llegaría, olvidando los mecanismos de seguridad y las instrucciones elaboradas por él mismo para los dirigentes del Comando. Pero no lo hicieron.
Hoy, este martes de tanto calor, cuando el problema era mayúsculo y estaba completamente solo, Rafael regresó a ese santuario de penas.
Solo.
Completamente solo, recibiendo el calor de la tarde, con nubes negras en el cielo y desconcierto, demasiado desconcierto, más del prudente al menos, anidado en el alma. Pasó sus manos por las mejillas, repitiendo el gesto que se había convertido en rutina de tantos años con barba. Se había afeitado como medida de seguridad. Se preguntaba, con el dolor del sacrificio, si acaso serviría de algo, si era necesario, pues los agentes debían tener fotos suyas sin barba y entonces lo reconocerían. Nuevamente sonrió. Esta vez no de haber sobrevalorado a los agentes, sino de su propia vanidad. La última foto suya sin barba era de 18 años atrás, cuando sólo tenía 18 y portaba 75 kilos bajo una piel joven y suave. Cuando anoche se afeitó, estuvo frente al espejo largo rato y no fue capaz de reconocerse. Nadie lo reconocería: pálido, con la piel arrugada, avejentado. Disminuido, por lo menos en relación con la imagen que él tenía de sí mismo.
Dejó caer su cuerpo en el banco de la plaza y en ese instante percibió recién el cansancio en toda su enormidad. No tenía ganas de moverse y sentía pesados los brazos y las piernas. Sabía que allí no podría permanecer mucho tiempo, que debía buscar refugio para pasar el peligro y la urgencia, por lo menos, mientras se aclaraba la situación simplemente, mientras recibía instrucciones.
¡¿Cómo mierda iba a recibir instrucciones?!
Esa era la mayor incógnita, pues había perdido contacto con el precario mecanismo de seguridad del Partido. El operativo había comenzado en la noche misma del domingo, pocas horas después que se supo lo del atentado y una vez que el General retomó el control de la situación y proclamó como respuesta un endurecimiento de las condiciones contra los dirigentes políticos, como si ellos fueran los responsables del atentado o eso le significara al gobierno una solución para los problemas que estaba viviendo.
Poca gente circulaba por las calles, como era habitual en los barrios y a esta hora de la tarde.
¿Qué estaría pasando en el centro de la ciudad?
Desde su asiento veía a los transeúntes, hombres y mujeres, como siempre tranquilos, con las caras un poco tristonas, portando sus propios problemas y sin saber las dimensiones reales de lo que estaba sucediendo. Todo había sido una sorpresa, pese a que, en los niveles políticos en los que él se desempeña, hubo informaciones de lo que pasaba.
Se preparaba una jornada de protesta, que extrañamente fracasó desde su inicio, pues nadie parecía tener mucho interés en que tuviera éxito.
No hacía dos meses que había sucedido la más exitosa jornada de movilización, que llevó al embajador norteamericano a confidenciar al ex Canciller que la historia de la dictadura debía dividirse entre “antes y después” de esa jornada de protesta que duró dos días.
Su mente se fue a los días previos, cuando discutían en el Comando de Unidad y en el partido mismo sobre lo que podía o no pasar y él aludía a ciertas informaciones que le parecían extrañas, a silencios no habituales y a la marginación de otros de las tareas destinadas a tener una victoria sobre el General.
Se frenó. Era hora de tomar conciencia del presente. Estaba sentado en la plaza de sus recuerdos, con calor, con hambre, con el cansancio apoderándose de su cuerpo y no era el momento para las reflexiones sobre los aciertos y los errores. Ahora debía buscar solución al problema inmediato, pues era estúpido estarse horas allí o seguir vagando por las calles, ya que al final podrían detenerlo por cualquier cosa trivial, por sospecha por ejemplo y entonces sería el fin de todo. Se enderezó y probó sus músculos tan poco preparados para las emergencias desde que dejó de hacer deporte hace ya mucho tiempo, endureciendo y soltando piernas y glúteos, mientras trataba de pensar en alguna solución.
Las instrucciones habían sido muy claras. No eran nuevas, pues estaban previstas para cualquier emergencia como ésta.
Había que abandonar las casas. El domingo en la noche alojaría donde Guillermo. El razonamiento era muy sencillo: Guillermo es un militante de poca importancia; si es que llegan a su casa a detenerlo, es porque la operación constituye algo de tal magnitud que no habría escapatoria. Es lo mismo que le explicó su padre con ocasión del temblor tan fuerte aquel, cuando llevándolo hasta la cercanía de uno de los muros del edificio en que estaban: “si este muro se quiebra, Rafita, ya nada importa pues la ciudad entera estará en ruinas”.
Ese era el alojamiento para la primera noche, pues si acaso habían detenido a algún dirigente tal vez pudieran dar con este escondite y los otros de los demás dirigentes importantes. Guillermo le entregó un sobre cerrado en que estaba la dirección de la segunda casa. En la nota −escrita con la ordenada letra del secretario del Partido− le explicaban que en la nueva morada debía permanecer hasta el martes a las siete de la mañana y a esa hora saldría hacia la tercera, cuya dirección recibió pero no sabía a quién pertenecía.
Allí tendría la información necesaria para dar correctamente los pasos siguientes. Sería el momento de evaluar. Debía llegar a esta casa el martes a las nueve de la mañana. No antes, porque otro camarada la habría ocupado y era preciso que fuera previamente chequeada por un responsable de seguridad. Cuando él llegara podría estar seguro.
La instrucción también decía que debía afeitarse. Claro, fácil resultaba ordenarlo cuando quien daba la orden no sabía que tras esa barba habían crecido dieciocho años de historia personal, dieciocho años que se habían marcado en surcos imborrables, dieciocho años que eran la mitad de su vida.
A las siete de la mañana en punto se encontraba en la calle.
Avenida Lyon, pleno barrio alto, el sector de las casas elegantes y antiguas, construidas en los años 30 a los 40, mansiones enormes, con hermosos jardines y grandes arboledas, que actualmente ya estaban transformadas en agencias de publicidad o sedes de empresas extranjeras o muchas otras similares habían sido demolidas para construir en su reemplazo lujosos edificios para ricos, de muchos pisos y pocos departamentos, uno de los cuales ocupaba Guillermo en un cómodo y práctico segundo piso. La mañana estaba fresca. Se dirigió hacia el sur. La nueva casa estaba a poco más de 30 cuadras de distancia, cerca de sus barrios de siempre. Tenía tiempo y decidió ir caminando. Avanzó por Lyon y luego tomó la hermosa Avenida Pedro de Valdivia, el camino hacia el Estadio Nacional.
Su paso resultó demasiado rápido y llegó adelantado, cuando recién habían pasado las ocho de la mañana.
¡Bendito apuro, bendita desobediencia! Cerca de la casa a la que debía dirigirse para su protección, estaba una placita pequeña, cubierta de pinos y palmeras, nido de amores por decenas de años, olvidada del boom de jardinería que había cogido a todas las municipalidades con dinero, sitio de aventuras vividas en la adolescencia. Se instaló en un punto desde el cual dominaba perfectamente el sector de la casa de seguridad a la que debería entrar pocos minutos después; con el diario en la mano, buscando alguna novedad de las que importan, de esas que ahora lo angustiaban y que difícilmente ocuparían los titulares de primera plana, menos en este día de tiranía y estado de sitio.
Fue entonces cuando lo vio todo. Llegaron cuatro autos simultáneamente, que se detuvieron en el otro extremo de la plaza; bajaron numerosos agentes con sus metralletas en las manos y se ubicaron cerca de la casa. No veía la puerta. Se sintió petrificado. Ese era su escondite para poco rato después. Escondido por el diario y las palmeras presenció todas la maniobra. Los agentes que entraron a la casa salieron a los dos o tres minutos llevando de los brazos y casi al trote al presidente del Partido, con pocas gentilezas, mientras él, muy alto y muy digno aunque sin corbata esta mañana, protestaba enérgicamente. Rafael no podía escuchar las voces, pero adivinó que el dirigente invocaba todas sus calidades del pasado y del presente, sin que a los captores les importara un bledo que fuera abogado, parlamentario ayer o ministro alguna vez. Luego sacaron a una mujer que discutía a gritos con los agentes. Su voz se oía, pero no pudo entender las palabras. Quien parecía ser el jefe ordenó que la dejaran regresar a la casa. En ese mismo momento apareció el chico Riquelme. Era el encargado de hacer el chequeo de seguridad, pero llegó por el lado equivocado. Tal vez pensando que no habría problemas, accedió por una calle lateral desde la cual no había la suficiente visibilidad anticipada. Si lo hubiera hecho por la plaza...pero llegó desde el otro lado y de sorpresa se topó con los agentes. Pudo haberse hecho el desentendido, pues era muy difícil que ellos lo conocieran, pero en lugar de eso se aterró y trató de correr hacia atrás. A los pocos segundos hacía compañía al presidente del Partido en el auto. Cumplida la misión, cuatro o cinco agentes ingresaron a la casa y el resto se fue con sus autos y los detenidos. La ratonera estaba instalada para recibir a Rafael.
Hasta allí llegó todo para Rafael. Se suponía que si la casa de seguridad no servía, el encargado del Partido le comunicaría el paso siguiente. El encargado, el chico Riquelme, viajaba hacia el cuartel Borgoño u otro lugar similar. Entonces no tenía instrucciones ni destino y partió a deambular, de un lado para otro, hasta que, sin saber cómo, llegó a la plaza de siempre, la de todas las penas y las horas difíciles, la de los amores incomprendidos y los amores inconclusos, donde ahora estaba sentado con los músculos en ejercicio.
Este era su problema. Tenía que retomar contacto, averiguar qué pasaba con los dirigentes, qué sucedía con el Partido, si acaso era tanto el peligro, si había más detenidos, cuál debía ser el próximo paso.
Pero todo eso requería primero calmar angustias y miedos, adquirir la seguridad de murallas sin intrusos y un techo para soportar una lluvia inevitable en un día de tanto calor para esta época, apaciguar el hambre con una taza de café o un vaso de leche, conseguir una cama para tenderse. Descartados los parientes y los amigos habituales, eliminados de la lista los militantes del Partido, no era mucho lo que quedaba. Con la memoria recorrió el barrio, hasta recordar que por allí vivía Milena.
Milena.
A su casa no podía ir, pues eso también lo recordarían los propios agentes.
Frente a la casa de Milena vivía el Fiscal Militar, el que hace tan poco tiempo intentó procesarlo. No, no podía. Cualquier casualidad era suficiente para que lo detuvieran. Pero tampoco podía seguir eternamente en esta plaza y comenzó a caminar, sin saber hacia dónde. Estaba a tres o cuatro cuadras de la casa de Milena. Recordó su calidez, sus ojos tan hermosos, su ternura, la biblioteca tan completa, había dicho ella una tarde de bromas, para soportar un clandestinaje larguísimo. ¿Por qué no intentarlo? El calor, el cansancio, el dolor de sus pies, el hambre, todo le exigía un lugar tranquilo en el cual permanecer un tiempo. Caminaba lentamente hacia la casa de Milena, sabiendo que no debía llegar, que no entraría, que ni siquiera podría pararse frente a la puerta de la casa, porque si en verdad lo estaban buscando −ni siquiera estaba seguro de ello− una de las primeras casas que allanarían sería esa. Por lo pasado o por lo que todos creyeron que pasó. No podía ir a casa de Milena. Incluso, lo pensó recién, si la persecución era relativamente amplia, una periodista opositora como Milena podría ya estar detenida.
Se detuvo y volvió la mirada hacia la plaza, con un sentimiento de despedida y una actitud desconcertada. Su impulso era regresar, instalarse en un banco, levantar tienda, abrigarse de recuerdos, acomodarse y establecer un hogar, su protección, porque allí estaba ese hogar de sus ansias de vivir, de sus amores, de su frustración.
De sus frustraciones.
Entonces, recordó a Margarita.
Margarita era la eterna frustración de Rafael. Se enamoró de ella cuando ninguno estaba en edad de enamorarse y tampoco él supo poner nombre a ese sentimiento que le era nuevo, pero sí que, a partir de entonces, lo que más quería en la vida era verla todos los días, admirarla con su pelo negro y sus ojos verdes, jugar a cualquier cosa para permanecer a su lado, aunque afuera los demás niños de siete años como él estuvieran jugando al fútbol, su pasión más enorme hasta aquella tarde en que Margarita apareció por el barrio. Poco después de su llegada, Rafael supo que era sólo un día mayor que su amiga, lo que interpretó como un signo mágico de una unión que debería perdurar para siempre, sin saber entonces Rafael que las mujeres jóvenes siempre se enamoran de hombres mayores y nunca de los de la misma edad. El iba a un colegio del sector y ella donde las monjas, pero en las tardes podían encontrarse para hablar incansablemente, jugar a los juegos más variados, aprendiendo ella el manejo de la pelota −era una buena arquera, después de todo− y él a asumir la paternidad de todas esas muñecas de trapo y de loza, con ojos grandes de bolitas de cristal que dominaban el dormitorio de la vecina de los ojos verdes. Rafael nunca había visto a nadie que tuviera los ojos verdes y una mirada tan triste a pesar de estar contenta y riendo con entusiasmo.
Se vieron incesantemente durante muchos meses. Cuando ella fue de vacaciones a la costa y él viajó a pasar el verano donde su abuela nortina, Rafael escribió su primera carta de amor, en la que le decía que la recordaba todos los días, en las mañanas y en las noches, que le gustaría verla y que no quería quedarse donde su abuela porque se aburría mucho. Por supuesto, la carta no fue enviada pues Rafael sintió su primera timidez de amor, como era con los niños de entonces. Se dio cuenta que estaba enamorado, que no valía la pena vivir sin Margarita y tuvo miedo de que por decírselo ella no quisiera volver a verlo. Esa percepción era el reflejo de una anticipada madurez de amor que le habría de poner los ojos serios para siempre. Margarita creía que esta mirada era el reflejo de una irrenunciable vocación a la santidad y en las noches rezaba pidiendo a Dios que la mantuviera cerca de su amigo santo para que la ayudara a ser muy buena. Muchas mujeres se enamoraron de Rafael a lo largo de su vida y todas lo creyeron santo por su forma de mirar y sus consejos siempre tan oportunos y sabios.
Así pasaron muchos años, con encuentros diarios, una con los ojos verdes y otro con los ojos serios, separándose sólo en las noches y en las vacaciones de verano. Su amistad era tan intensa que las madres terminaron por hacerse amigas y pasaban tardes enteras tejiendo y charlando, con la idea de que podrían ser consuegras, pero sin decirlo nunca. La madre de Margarita siguió teniendo hijos todos los años hasta completar nueve, pero Rafael sólo tuvo a su hermana, dos años menor.
Poco antes de cumplir los doce años Margarita se cambió de casa y a partir de entonces la situación varió por completo, no sólo porque ya no podrían verse todos los días, sino porque Margarita comenzó a hacerse mujer. Rafael no celebró cumpleaños por razones que nadie entendió muy bien, pero que tenían que ver con las múltiples actividades de papá, la situación económica, las cosas como están, con la promesa de que más adelante harían una fiesta, lo que por supuesto no llegó nunca. En respeto a la verdad, Rafael recordará en su fuero íntimo que él estaba melancólico y no hizo ningún empeño por tener fiestas, pues no sabía qué mierda es lo que podría celebrar si lo único que importaba es que Margarita ya no estaba cerca de él. Por su parte, Margarita hizo su celebración y lo invitó a la casa nueva. Rafael se sintió muy desagradado, pues debió pasarse toda la tarde pateando una pelota con los dos hermanos menores de su amada, pues ella se encerró con sus amiguitas en el living a escuchar discos de Elvis Presley y Paul Anka.
Había ya empezado la carrera dispareja, en la cual Rafael iba perdiendo irremediablemente, cada vez con la mirada más seria por el amor y con más cara de santo en su desesperación. Margarita crecía haciéndose más bonita, con su pelo negro, largo y frondoso, sus ojos verdes, sus pechos nacientes, sus piernas hermosas, su sonrisa triste aunque estuviera alegre. Los amigos de Margarita eran todos mayores que ellos y Rafael se fue alejando de esa casa. Cuando tiempo después la mamá de Margarita lo invitó a veranear, Rafael tuvo mucho miedo, pues él con sus quince años y su amor, iba a terminar paseando con Gabriela, la hermana segunda, mientras Margarita saldría a fiestear con los grandes. Sacando fuerzas de flaquezas aceptó la invitación, pero fue tanta su pena de amor que al tercer día de estar en la playa se enfermó de veras, con fiebre y todo. Pensando que era tifus lo enviaron de regreso a su casa. Como sólo eran penas de amor, mejoró de la fiebre, pero los ojos le quedaron más serios y de mirar más profundo, después de haber pasado todo el verano dedicado a estudiar historia y a leer el Canto General de Neruda, en lugar de pasear con su amada.
Pasó todo un año y cuando en el verano siguiente Rafael fue a decirle a Margarita que la amaba como un hombre ama a una mujer, que quería ser amado por ella, aunque entendía que era muy difícil que dejara a su actual pololo por él, pero que valía la pena intentarlo, tuvo la sensación de no haberse dado a entender suficientemente, porque ella, con sus ojitos verdes, le habló de su amor por un joven alférez de aviación y todo entonces fue tan confuso para él, que nunca pudo recordar como terminó esa conversación, sino sólo que llegó hasta la plaza, esta misma plaza de tarde de tanto calor y estado de sitio, donde permaneció llorando por varias horas. Dos años después, Margarita se casó con el aviador, que ya no era aviador sino estudiante de Ingeniería, aunque siguió vinculado a la Fuerza Aérea, colaboró en tareas de logística primero, en la Academia de Guerra luego y, según se rumorea en los ambientes en que se desenvuelve Rafael, fue uno de los integrantes del Comando Conjunto, organismo que reunía a agentes de todos los servicios dedicados a la represión política en los primeros tiempos del General. Rafael no asistió a la ceremonia porque tenía que ir a un retiro de fin de semana, aunque sólo él y Dios sabían que iba al retiro solamente para no ver casarse a Margarita.
Mantuvo su amistad con Gabriela, la hermana segunda, lo que le permitió saber de Margarita, pero al cabo de los años también dejó de verla y se enredó por caminos intrincados, por amores pasajeros y pasiones circunstanciales, que mantuvieron este amor en su nivel de frustración, sin escarbar más en su corazón, aunque finalmente habría de descubrir que no era un amor frustrado, sino sólo un amor pendiente.
Volvió a ver a Margarita cuando murió su madre.
Fue una tarde de septiembre en la que la señora había ido a la costa para preparar la casa en que recibiría a la enorme familia −incrementada con yernos, nueras, pololos y nietos− para un fin de semana largo. Manejando con poca precaución y mucho alcohol, hizo una mala maniobra en la ruta y cayó a un barranco y se murió. Rafael supo de la noticias, pero como había sido detenido por la policía con ocasión de una manifestación en contra del exilio, no pudo ir al funeral. En cuanto salió fue a ver al viudo y a sus hijos, quienes le dieron la dirección de Margarita y supo que vivía muy cerca de Milena, su amiga periodista.
Nervioso, incómodo, más por el pasado que por el dolor de la muerte sorpresiva, estuvo con ella muy poco rato. Escuchó un apretado resumen de ese matrimonio que, luego de dos hijos, terminó en separación irreconciliable. El ingeniero-aviador se casó de nuevo y Margarita se sumió en la soledad, manteniendo su casa y sus dos hijos con un modesto sueldo de profesora de filosofía en el mismo colegio de las Monjas donde había seguido sus estudios, sin que el hombre se esforzara por tener una relación estrecha con los hijos y mucho menos asumiera sus obligaciones como correspondía. Sintió deseos de abrazarla y besarla, de decirle que éste era el momento de reencontrarse, que todo se daba para que ellos pudieran volver al camino de amor que no debieron haber abandonado a los doce años, que esta tragedia podía ser un mensaje y una esperanza, pero como la timidez de amor se lo comía por dentro, le pareció inadecuado hablar de todo esto cuando recién había muerto la madre de su amiga y una vez más optó por retirarse, inventando una excusa y prometiendo visita que lo más probable era que no cumpliera, y así fue, para terminar sentado en la misma plaza de siempre, esa vez sin llorar, pero con una cara que no era de santo sino de angustiado.
Desde aquella tarde de pésames, habían transcurrido tres años y medio, un poco más, parece.
Ahora estaba allí, tan cerca de la casa de Margarita, con este enorme problema pendiente, incapaz de tomar decisiones o resolver nada con mínima garantía de eficiencia. La casa de seguridad estaba constituida en una ratonera; había perdido el contacto con el Partido y en el Partido no sabrían a qué se debía esta situación, si es que estaban en condiciones de saber algo. La detención del presidente del Partido, al menos, no podría ser silenciada. Volvió sobre sus pasos, dio un rodeo y avanzó hacia la casa de Margarita por un camino que le permitiera no pasar frente a la casa de Milena ni a la casa del Fiscal, para que ninguno de los dos lo viera, tal vez, para que ninguno supiera que iba a la casa de Margarita. Agregando un nuevo miedo a sus miedos políticos, avanzó a través del calor y del tiempo. Controlando cada músculo, palpando los muslos duros, Rafael caminó, nervioso y cobarde, hasta llegar a la puerta de la casa de Margarita, la morena de pelo largo y frondoso y ojos verdes, tristes siempre aunque estuviera contenta, su amor de infancia.
Se detuvo, esperó un momento antes de tocar el timbre.
Porque su alma se llenó de temores y de acasos, como los de su ayer adolescente y por un instante olvidó a los agentes, al General, al Partido, su barba de tantos años, la detención del presidente del Partido, para dar curso a la traspiración de las manos y el agitado palpitar de sus sienes.
¿Qué le iba a decir? ¿Vengo a dormir a tu casa porque me están siguiendo? ¿Vengo porque no tengo donde ir? ¿Vengo porque aun te amo con la profundidad de mi mirada que tú construiste con tus evasivas y tus amores por otros? ¿Y si no estaba? ¿Si ya no vivía allí? ¿Si tras esas altas rejas había ahora un cuartel, como tantos otros que se extendían por la ciudad? ¿Si tenía marido nuevo? ¿Si ella tuviera más miedo que él?
Todo pasó en un segundo por su mente, a veces tan ágil y ahora como la de un niño asustado, todo metido por su cuerpo, recorriendo pecho y piernas, recordándole su úlcera reactivada que necesitaba comer algo con urgencia o simplemente un vaso de leche, como en el cuento de Manuel Rojas que leyó siendo adolescente. Lloró cuando lo leyó la primera vez y luego lo releyó tantas veces que terminó por saberlo de memoria, hasta el último adjetivo. Ahora tenía el mismo dolor que el protagonista de “El vaso de leche” y decidió dar el paso, aunque fuera lo último de su vida, aunque resultara el error más grave, porque también podría ser el acierto más certero, sabiendo que la equivocación lo conduciría a un camino sin alternativa.
Resultó como tenía que resultar y no como pasa en las novelas de aventuras, pues Margarita seguía viviendo allí y por supuesto que, a las tres de la tarde poco más tarde probablemente, no estaba en casa. La empleada le informó que regresaba a las seis y sólo después de una insistencia en que usó todo su poder de convencimiento, ella lo dejó entrar, pero sólo hasta el jardín y lo sentó en una terraza sombreada por abutilones y coprosmas, cerca de un enorme matorral de rosas de todos los colores. Desconfiada, pero cuidando de no ofender, le ofreció un vaso de jugo que él cambió por uno de leche fría y sin azúcar, por favor, y que la buena mujer sirvió acompañado de galletas tritón, delicioso emparedado de masa de chocolate con blanca crema en su interior, de esas mismas que Rafael y Margarita comían por toneladas en el patio, mirándose a los ojos con risa y la boca llena, porque las habían sacado sin permiso de empleadas y mamás. Por lo visto a Margarita le seguían gustando y ya no tenía que esconderse para comerlas. En cambio, él, tantos años después, sólo las volvía a comer cuando tenía que esconderse. Parecía un juego de ideas y palabras.
Las galletas y la leche le dieron la oportunidad de relajarse en la terraza y, por primera vez en muchas horas, sentirse tranquilo, protegido. Para eludir pensar, recorrió con su mente cada parte de su cuerpo, buscando la máxima relajación, partiendo por el cuello y avanzando por las extremidades. Tomó una decisión: no pediría teléfono ni pensaría en nada concreto sobre su futuro inmediato hasta que pudiera hablar con su amiga. Porque entonces sabría a qué atenerse. Con las manos en las piernas, relajándose, se quedó dormido.
Despertó sobresaltado, pero abrió los ojos lentamente. Vio a su lado a una hermosa mujer, de rasgos vagamente conocidos. Demoró algunos segundos en darse cuenta donde estaba y descubrir que una muchacha desconocida lo miraba fijamente, con una sonrisa silenciosa, desde otra silla en el patio de la casa de Margarita. Pelo liso de color castaño claro, que le caía livianamente sobre los hombros desnudos. Lo miraba con detención, como si él fuera un animal de zoológico, recorriéndolo entero con la cara llena de risa contenida.
− Hola.
Nada más, no preguntó nada ni suspendió la observación. Ella tenía una galleta en la mano y otra en la boca. Rafael se enderezó y respondió con un hola similar, carente de entonación, alisando su pelo con la mano y luego buscando la barba que se había cortado la noche anterior, después de dieciocho años, para que nadie lo pudiera reconocer. Se miraron fijamente durante un rato. La muchacha se divertía y sus ojos reflejaban que entendía que éste era un juego simpático, con un animal desgreñado y sorprendido que despertaba de un sueño plácido en el patio de su casa. Concluyendo que era una muchacha muy bella, se incorporó en la silla, repitió un hola, pero con mayor intensidad, dejando en claro que estaba dispuesto a iniciar un diálogo. Pero ella lo siguió mirando en silencio, con la sonrisa llena de galletas.
− ¿Eres Fernanda?
Ella dijo que sí con la cabeza, sin hablar, con una especie de rugido y la misma inmutable actitud.
Era Fernanda, la hija de Margarita y el aviador ingeniero. Bonita mujer de diecisiete años, representadora como dicen las viejas, es decir, atractiva y más desarrollada de lo que se esperaba de una niña de su edad, tan atrayente que sin duda él la habría mirado al pasar a su lado en la calle, pero prefirió no haberla visto en la calle, sino allí para tener certeza que sólo debía mirarla como una niña, como la hija de su amiga, como una especie de sobrinita postiza, una hija por aproximación y no como la mujer de pechos fuertes, aspecto saludable, hombros suaves y muy cautivadora, que resultaba ser.
− Tú debes ser Rafael.
No era una pregunta, sino una afirmación. Otra sorpresa más en un día lleno de sorpresas. Ella lo había reconocido. La pequeña Fernanda, que nunca lo había visto sin barba, porque él se la dejó crecer antes que ella naciera, lo había reconocido. Tal vez ella había visto fotos suyas de muchacho. Por eso su sorpresa, ya que cuando se miró al espejo después de cortarse la barba, Rafael se encontró viejo y muy distinto, pero Fernanda que no lo había visto jamás, lo había reconocido.
Si, él era Rafael, así de simple, un Rafael que en diecisiete años sólo había pasado fugaz frente a la niña, ya mujer.
Recordó con ternura el primer contacto. Tenía sólo un año y Gabriela, la hermana segunda de Margarita, había sacado a pasear a su sobrina, como lo hacen muchas tías solteras, demostrando públicamente su instinto maternal, con la inconsciente finalidad de enternecer hombres proclives al matrimonio. Se encontraron accidentalmente en el parque que estaba detrás de la Casa de la Cultura de Ñuñoa y Rafael supo desde luego, sin haber necesitado ser inteligente, que esa niña era la hija de Margarita, el fruto del amor de su amada con otro hombre, la que no debió haber nacido como premio a su personal felicidad, la que habría sido otra si hubiera sido suya, la que entonces no existiría pues él no estaba en condiciones de casarse, ya que recién ingresaba a la universidad. Pese a no ser suya, debió reconocer que la niña era hermosa y estuvo con ella varias horas, jugando en el pasto, sintiendo que la ternura lo embargaba por completo, dando vueltas por el suelo y con ella sobre su pecho, riendo como ríen los niños, sin poner jamás los ojos tristes. Gabriela, que sabía del amor de Rafael por su hermana mayor, miraba con evidente contento este espectáculo. Ella lo quería mucho y siempre lo amó y esa escena de ternura se le grabó en la mente y la recordaba cuando imaginaba que ellos podían casarse, aunque él no la quisiera tanto como ella, una especie de cadena trágicamente traslapada, con un sentimiento solidario, fiel, fraternal, en el que no cabían otras fantasías que las de una esposa compañera y paciente, llena de hijos como su propia madre, que tendría contento a este marido con mirada de santo y generoso en ternura con los niños, sintiéndose capaz de hacerle superar este amor imposible hacia su hermana.
Después de esa tarde en el parque, Rafael no volvió a estar con Fernanda, salvo en un saludo superficial o en un encuentro casual o tal vez sin saber que era ella. Pero durante diez años, sistemáticamente, le enviaba una flor para el día de su cumpleaños y una barra de chocolates con almendras para la Navidad, con una tarjeta que decía “Con todo mi cariño, Rafael”. Nunca nadie le agradeció los envíos y nadie reclamó cuando dejaron de llegar. Nunca Margarita lo llamó para preguntarle por qué le enviaba regalos a la niña y no a ella en su cumpleaños, día que él no podía olvidar, salvo que hubiera olvidado el suyo propio que era un día antes, llamada que habría sido estupenda para que él pudiera reclamar por qué ella nunca lo llamaba para su cumpleaños y una vez más involucrarla en un lamento de amor que parecería argumento de radioteatro, años antes que empezaran las telenovelas.
− Eres igualito a las fotos.
Con eso Fernanda contestó la primera pregunta no formulada. Algún día se daría cuenta que Fernanda tenía capacidad desusada para responder las preguntas que no se formulaban en voz alta, con una intuición que la volvería peligrosa con el correr de los años. Rafael no dijo nada, aunque tal vez debió decir muchas gracias, porque eso significaba que seguía tan joven como a los quince años. Pero ella, adivinando otra vez, lo bajó bruscamente del pedestal de vanidad en que comenzaba a subirse:
− Me refiero a la mirada. ¿Debo decirte “tío Rafael”?
− No, Fernanda, dime Rafael no más.
Ella fue a traer más galletas y leche. Rafael pudo apreciar toda la belleza y el desplante de ese cuerpo joven y bien formado.
¿Cómo era posible que él se sintiera tan joven y esta mujer fuera la hija de su amada de la infancia?
Sintió de nuevo las palpitaciones en el pecho y las sienes cuando se dio cuenta que ya eran las seis y cuarto y que pronto se encontraría cara a cara con Margarita. Otra vez las dudas, las preguntas acerca de cómo debía enfrentar la situación, cómo contarle lo que había que contar sin romper con la seguridad. Es decir, ¿cómo conseguir seguridad sin romper con las normas de seguridad que él mismo había contribuido a elaborar? Se acordó del presidente del Partido y pensó en quizás cuántos detenidos más habría por todas partes. Tal vez fuera el único dirigente del Partido que todavía no estaba en manos de los agentes, producto de una verdadera casualidad. El único en libertad, pensó, si es que esta situación puede ser calificada de libertad.
Quiso ir al baño. Cuando Fernanda regresó lo guio a través de la casa y lo dejó en un baño alto y estrecho, sin luz natural. Vino a su memoria la torre de Villa Grimaldi, descrita por tantos detenidos y que él tuvo la suerte de no conocer por su experiencia personal. De cara ante el espejo pasó sus dedos por los surcos del rostro, por la piel más clara y áspera porque los pelitos empezaban a crecer de nuevo. Orinó largamente, con placer, experimentando un alivio profundo en todo su cuerpo, como si esta evacuación fuera su única ocupación y no pasara nada más en el mundo. Se lavó lentamente, mojando la cara para refrescarse del calor húmedo y atosigante, despejando el sopor propio de una siesta no programada y poco a poco fue recuperando la energía y todo su organismo se inundó de esa necesaria liviandad que conseguía antes de las jornadas difíciles. No tenía ropa ni cepillo de dientes, ni siquiera máquina de afeitar. Si resolvía el problema del alojamiento tendría que buscar la solución a estas dificultades que para algunos podrían parecer menores, pero no para él que era tan exigente, tan dependiente de su limpieza personal.
Al salir del baño se percató que la casa ya estaba en una semipenumbra. La puerta de la terraza estaba cerrada y Fernanda había entrado los vasos, para luego echarse sobre un asiento, con descuido, teniendo de trasfondo el suave canto de una voz conocida pero que era incapaz de identificar. La pieza era espaciosa, con sillones grandes y cojines mullidos, de mucho gusto todo, las telas suaves, las lámparas de sobremesa tradicionales, muchos ceniceros y adornos de porcelana por todos los rincones. La mesa de centro era un gran cristal sobre una roca de color rojizo y allí esperaban los vasos de leche y las galletas. En los muros había varios cuadros y reproducciones de obras conocidas. Miró todo con mucho detalle, sin sentarse, sabiéndose bajo la observación de Fernanda, evitando hablar, pues no quería recurrir a intrascendencias o habitualidades de ésas que llenan vacíos y minutos, quería eludir las preguntas y las respuestas, quería esperar para hablar sólo una vez desde adentro de sí mismo, sin pensar en nada por ahora, postergando, siempre postergando, hasta que llegara el momento de comprometerse en alma y cuerpo, como lo hacía en todos los órdenes de la vida, postergando el minuto para contar lo que Fernanda está esperando que cuente, para hablar de esas cosas que verdaderamente importan cuando un prófugo de la policía política de la dictadura llega de sorpresa a la casa de un antiguo amor.
A sus espaldas se abrió la puerta.
Rafael giró con lentitud y pudo ver entre las sombras de la sala el espectáculo de Margarita de pie, con la cartera colgando del hombro, las llaves en una mano y los anteojos en la otra.
Ahí estaba, con pantalones blancos y un blusón azul que le caía suelto, su pelo negro, largo y libre como aparecía en sus recuerdos, sus ojos tan verdes y luminosos como él quería verlos, tan delgada como el día en que la vio después de la muerte de su madre, tan sorprendida de verlo como estaba él de haber ido a parar allí en medio de su fuga en pleno estado de sitio, la misma Margarita de siempre en un día que pasaría a la historia de la patria por el calor tan intenso, por el amor, por el atentado, por las detenciones, pero sobre todo porque Rafael y Margarita estaban frente a frente. Fernanda, expectante, ansiosa de presenciar un encuentro largamente imaginado, que ella sabía desde hacía mucho tiempo que algún día iba a presenciar, porque parecía adivinarlo todo, aunque sólo adivinaba cosas buenas, expectante porque su madre se encontraba con este desconocido que enviaba flores en sus cumpleaños de niña y al que ella inventó una historia llena de aventuras, de viajes a la India y otros países del oriente, desconocido que tuvo cara por primera vez en un álbum de la casa de la abuela −guardado por Gabriela ciertamente, la hermana segunda, tía soltera todavía, celosa conservadora de tradiciones y recuerdos familiares− y que sólo esa tarde, que intuía habría de ser muy importante, había adquirido cuerpo físico, allí Rafael mirando a una Margarita que da un paso lentamente y otro, que abre los labios, ladea suavemente su cabeza morena, da otro paso y su voz suena llena de sorpresa y de cariño.
− Rafael.
La palabra pronunciada lentamente, suavemente, como preguntando al pasado si éste era el mismo que ella tanto quería, caminando entre adornos y porcelanas, diciendo nuevamente “Rafael”, con esa voz suave, cautivadora, sin que él pudiera moverse desde el punto en el cual lo habían clavado los temores y las esperanzas y ella esquivando sillones y lámparas, con la cartera todavía en el hombro, cruzó todo el pasado y lo abrazó con más fuerza, con más cariño y con más alegría que lo que el propio Rafael esperaba en esta tarde o había soñado en tantas fantasías adolescentes, aunque ya no fuera adolescente.
− Rafael querido.
La voz resonó en sus oídos y sintió las manos de Margarita apretando su espalda, la cabeza en su pecho, pierna contra pierna, el pelo hermoso a la altura de sus labios, poniendo Rafael más fuerza en el abrazo que lo que la timidez le permitía, recorriendo con sus manos de prófugo la espalda de su amada, aspirando olores no imaginados, frenando las lágrimas que presionaban tras los ojos y sintiendo ganas de permanecer así por siempre, escuchando ese “Rafael querido” pronunciado por Margarita como si cada sílaba tuviera vida propia, aspirando el aroma de la más certera felicidad, sintiendo el abrazo de esta mujer amada, tan amada y quizás tan desconocida, que lo recibía con tanto cariño después de años de vidas separadas, distantes y distintas. Haciendo a un lado con su nariz parte de la cortina de pelo de Margarita, hasta para tocar la oreja misma y hablarle.
− ¡Qué alegría, Margarita, qué alegría estar contigo!
Pudo haber agregado qué sorpresa, porque para él era una sorpresa haber llegado hasta la casa de Margarita, verla, redescubrirla, comprobar que estuviera contenta de verlo, pero eso ella no lo entendería. Lo dijo bajito y suave, no para que no lo oyera Fernanda que seguía ahí observando y oiría de todos modos, sino para estar a tono con el abrazo, suave y fuerte y anudar el lazo en el minuto preciso, mucho más ahora que estaba solo, completamente solo, irremediablemente solo, mientras en las calles lo buscaban las patrullas de agentes del General, montados en los autos más modernos y con intercomunicadores; pero no iba a permitirse llorar en este momento, ni siquiera por la alegría, así es que aflojó un poco el abrazo, separando lentamente, con mucho cariño, a Margarita que estaba más emocionada que él. Rafael sonrió al comprobar el brillo de sus ojos, anticipo de lágrimas inevitables.
− Hola, mamá.
Margarita regresó del mundo del ensueño y de los abrazos, una tos, saludó a su hija, prendió luces, hizo sentar a Rafael y proclamando, entre sorbos y suspiros, que sigue siendo una llorona incorregible, Rafael ya sabes, se fue del living prometiendo regresar “al tiro”.
Fernanda se levantó muy lentamente y, como si se tratara de una escena en cámara lenta, caminó hasta sentarse al lado de Rafael, muy cerca, mirándolo con simpatía y curiosidad, queriendo escudriñar, en los rasgos duros y la mirada profunda de este hombre lleno de misterios para ella, una buena respuesta para el llanto de mamá, para este llanto en particular, porque si bien ella era una llorona habitual, esta vez le había resultado una revelación la expresión de afecto demostrado a este personaje que llegaba desde el pasado en un día cualquiera.
− Pareces simpático, Rafael, pero espero descubrir cuál es tu gracia. No me contestes nada, solita voy a descubrirlo, si me das la oportunidad para verte de nuevo.
El sonido del timbre sobresaltó a Rafael, que permaneció inmóvil y se tensó. Sus ojos revelaron preocupación, pues recién había recordado su situación real y que ésta no era una visita de cortesía.
− No te asustes, debe ser mi hermano. ¿Tú sabías que tengo un hermano?
Si, lo sabía, sabía incluso que se llamaba Nicolás, pero lo tenía muy oculto en la memoria y se reconoció que no le interesaba verlo, temiendo que se pareciera al padre, aquel que fue el conquistador de Margarita antes de que él estuviera en condiciones de competir y que como un imbécil la había reemplazado por otra, aquel que fue aviador y del que se dice que fue colaborador de los servicios.
Para Rafael fue una sorpresa ver a un Nicolás distinto al padre, suave y menudo, pelo negro y ojos verdes al estilo de la madre, con un aire que recordaba al abuelo materno, vestido de uniforme colegial, serio y desaprensivo, que luego de soltar un hola general, se abalanzó hacia la cocina. Se reconcilió con él, aunque el muchacho ni siquiera preguntó quién era o qué estaba haciendo allí; sintió vergüenza de sus prejuicios y lo miró con mucha simpatía cuando pasó nuevamente por su lado, ahora llevando un enorme pan entre la boca y la mano.
Luego que Fernanda fue al segundo piso, reapareció Margarita, más tranquila, repuesta de la sorpresa y se instaló a su lado en el sillón. Le tomó mano.
− Me alegro mucho de verte. No sabes cuánto. ¿Algo anda mal, Rafael?
El sonrió con el rostro, pero mantuvo la seriedad con la mirada. Si, algo andaba mal, sobre todo en él, que siempre fue tan listo de palabra, tan ágil en los foros y en las asambleas y que frente a esta mujer parecía un mudo.
-Ya me lo vas a contar todo, amigo, no te apures. Yo tengo todo el tiempo del mundo ¿Y tú?
− Todo el tiempo, demasiado o nada, no lo sé...
− Huy, amigo, caramba, que las cosas están muy mal. ¿Sabes? Todavía tienes cara de santo. ¿Eres ya un santo consumado?
− No soy un santo, no Margarita, no lo creo.
− Ojalá.
Y se quedaron en silencio. Ella se apretó contra él, susurró algo sobre el gusto de tenerlo, apoyó la cabeza en el pecho, sintió la agitación de Rafael, la del miedo y del amor, buscando la barba con la mano. Rafael se fue inmovilizando paulatinamente. No quería romper el hechizo, años y años de su vida esperando un momento como éste, esperando este abrazo, este pelo, esta mano en su mano, distinto de tantos abrazos con tantas mujeres que habían compartido su intimidad y su pecho con mucho amor, pero todo esto era nuevo por tan largamente soñado, por la convicción de que jamás sucedería, de que era completamente imposible, mantuvo la respiración constante para que ninguna alteración justificara que ella se moviera de su lado un solo milímetro, para que nada interrumpiera esta sorpresiva manifestación de cariño, temiendo que si ella se iba regresaría para su vida la sórdida realidad de las últimas horas, quedaría solo, se terminarían las esperanzas y quizás la vida misma. Sin moverse, tal vez compartiendo el deseo de no interrumpir el momento, Margarita habló.
− ¿Viste a mis hijos?
Si, le habían gustado, pero sólo dijo “si” y nada más y muy bajito, para que no tuvieran que moverse, sintiendo todo muy cálido y suave, postergando eternamente el momento de las explicaciones, porque a Margarita sólo le había interesado que él estuviera allí y no preguntaba nada, ni por qué ni hasta cuándo, era todo un eterno minuto, un instante, un encuentro de cualquier día y a cualquier hora, sin nada más que el presente, intenso y grato, que Rafael sabía que no era de cualquier día y cualquier hora, que toda esta magia era posible sólo porque las cosas le habían resultado mal, pero con su tensión y sus conflictos él quería gozar, simplemente gozar, sin preguntarse por qué esta vez ella era tan expresiva con él, por qué no antes o tantos otros porqué, por qué tantas cosas sí y tantas no, pero no te muevas, Margarita, no digas nada, no respires, no suspires, no preguntes, que te he amado siempre, que no he dejado de amarte aunque haya amado a otras de por medio; que, a pesar de tus amores y los míos, te he tenido en el corazón, aquí, en el pecho, donde ahora estás, Margarita, sabiendo que algún día te lo diría con todo mi ser, sin saber hasta dónde y cuánto te estaba queriendo, Margarita mía, no te muevas, Margarita, Margarita, amor mío, por fin, sé que te he esperado, que la espera valió la pena aunque ni siquiera en este minuto de maravillas me atreva a expresar en palabras lo que estoy sintiendo por dentro, todo esto tan lindo que pasa por mí, no te muevas Margarita, no me toques la cara, amor mío, no hagas nada, Margarita, que de repente me pongo a hablar y te digo todo esto, cuando quizás otra vez he llegado tarde y ya tienes un hombre que duerme contigo en las noches, Margarita mía, querida Margarita, me quieres mucho, poquito y nada, Margarita, me quieres mucho-poquito-nada, no suspires Margarita.
− ¿Por qué te cortaste la barba?
Rafael suspiró fuerte, cambió el aire de los pulmones soltando briznas de amor por todas partes, intercambiando el aire propio con este mundo de la casa de Margarita.
− Por razones de seguridad.
Y entonces ella se hizo hacia atrás y lo miró sonriendo, como si no entendiera nada, arrugó los ojitos verdes y repitió la misma frase, pero dando tono de pregunta, sin soltarle la mano, percibiendo que en esos ojos serios había miedo.
− A ver, a ver, amigo mío. Parece que esto va en serio. Vamos a conversar largo, porque hay muchas cosas que no entiendo con facilidad. ¿Te sirvo algo, un café, un trago? ¿Quieres fumar?
Nada, no quería nada, nada más que seguir con ella hasta que el mundo estallara en pedazos, que todo lo demás se fuera a la misma mierda, el Partido, el General, los agentes, pero ella encendió un cigarrillo y se paró para acercar un cenicero.
En ese mismo momento se interrumpió la trasmisión musical y un solemne locutor anunció que pasaban a integrar red nacional de radios y de televisión.
Margarita se quedó de pie y Rafael puso atención a la radio.
DOS
− Aló, ¿Javier? Anoche detuvieron a Ismael.
Parece pleno otoño, no por la fecha, sino por el clima. Un poco de viento a ratos, nubes que van y vienen, una más negras que otras, instantes de luminosidad plena, calor, mucho calor y una humedad terrible. Un día abochornado, de esos en los que resulta imposible caminar tranquilo por las calles del centro, con todos los transeúntes más nerviosos que de costumbre y un ambiente que mezcla las frustraciones, el desánimo, el desconcierto y la humedad.
Antes no era así el clima en esta época. En muchos aspectos las cosas habían cambiado, pero sobre todo por la humedad, novedosa y aplastante, que agita el pecho más de la cuenta y moja todo el cuerpo. Antes había un clima más seco y con viento. El clima empezó a cambiar con la sequía de los años sesenta y siete y sesenta y ocho, hasta llegar a este absurdo gigantesco en el cual no se sabe si es primavera o es otoño o simplemente un invierno de Sao Paulo. Más de alguien, piensa Javier recordando a los otros abogados de la oficina, repite con majadería que todas las cosas malas se iniciaron en esos mismos años del gobierno de los demócrata-cristianos y bajo el hálito de la revolución cubana, la sequía y la reforma agraria.
Cuando hace tanto calor, con tanta humedad, lo que corresponde es sacarse la corbata, abrir los botones de la camisa, salir por el ascensor de servicio y alejarse del centro a toda velocidad, hasta llegar a Tobalaba, tomarse una cerveza helada, fumar un cigarrillo a la espera de que el sol se ponga en la ciudad, porque allí, en esa esquina de Tobalaba y Providencia se podrá sentir el viento, tibio pero viento, mirar las hojas y las personas y soñar que el mundo es al revés y esto no es primavera ni otoño o es primavera de antaño u otoño del futuro, épocas todas en las que Ismael no estará detenido.
− ¿Me oíste, Javier? Detuvieron a Ismael.
Cuando hace este calor, con humedad por añadidura, los pantalones de media estación se convierten en pañetes absorbentes entre la piel y el cuero sintético del sillón. Si acaso son las dos y cuarto de la tarde sin almorzar, todo parece peor, las cosas se hacen increíbles, la gente parece verdadera porquería caminando por las calles, todos llenos de deudas por radios y televisores a color, sin que nada le importe a nadie, sin que se sacuda el horizonte, sin que haya viento suficiente para llevarse las nubes y las malas noticias, todos caminando allá abajo, como hormigas en un día depresivo, sin autos por Ahumada, tipos de maletines negros y bigotes recortados, otros con zapatillas y casacas livianas, todos sintiéndose importantes, mientras que, gracias a que no hay autos ni micros por Ahumada, el aire es más respirable que en otros sectores del centro y el ruido es distinto, porque incluso es posible a algunas horas escuchar al ciego que canta acompañado de su violín de lata. Ahora sólo hay un rumor húmedo y cansado.
− ¿A qué hora fue?
Como si importara algo la hora, como si eso pudiera hacer variar las cosas. Era sólo una manera que tenía Javier de hacer saber a Ramón que había escuchado perfectamente. Podría haber preguntado cualquier otra cosa, como por ejemplo por qué, quién lo hizo, si mostraron una orden, dónde lo llevaron, pero también sus palabras habrían sonado absurdas. Como si acaso a todas estas hormigas que veía desde su sillón, bajo las nubes e inmersas en el calor, les importara algo, cada uno con sus propios pesares o sin pensar en nada, mientras una escritura de compraventa espera revisiones en la mesa de Javier. ¿Qué se puede decir cuando no hay nada que hacer ni que decir? ¿Qué se puede decir cuando una llamada anuncia que Ismael fue detenido?
− A las tres de la mañana.
− ¿Puedes venir a la oficina? Ahora, te espero.
Javier quedó solo, echado en su sillón confortable de cuero sintético, respaldo alto, reclinable, con ruedas, un verdadero placer para él, pese a que era un sillón muy inferior al que habían elegido los otros abogados de la oficina, quienes preocupados por la estética y sus dolores en la columna escogieron sus asientos sin fijarse en el costo, que era lo único que a él le interesaba. Cuando lo giraba levemente hacia la izquierda podía mirar por la ventana, ver la calle y las hormigas como hombres u hombres como cualquier cosa caminando en la humedad que a él lo tenía aplastado, con un agotamiento brutal sobre su cuerpo y su espíritu, con un calor pesado, el hambre de las dos y cuarto y la noticia, la noticia temida.
Todos sabían que Ismael iba a ser detenido, antes o después, pero lo iban a detener, algún día tendría que suceder, inevitablemente, pero, ¿por qué mierda en un día como éste, de tanto calor y tan malos presagios?
El lo sabía, lo sabía también Ramón y sin embargo su voz había sonado sorprendida.
¿Sorprendida?
No, la voz de Moncho había sonado alarmada, demasiado alarmada para ser la voz de Ramón, que era tranquilo y mesurado hasta cuando le pasaban las peores tragedias.
Aun tiene tiempo Javier para terminar el trabajo pendiente o bajar a comer alguna cosa rápida, pues Ramón demorará unos veinte minutos en llegar. Pero sabe que no hará nada, que dedicará todos sus minutos a pensar en Ismael, en tratar de entender por qué él hace lo que hace, cómo fue posible que llegara a lo que llegó, a meterse con esos grupos y tomar opciones tan extremas, a repetir con seriedad inaudita su justificación para la vía armada, en sus largas y cada vez más distanciadas sesiones de chiflota.
Caminó por la oficina, con las dudas dando vueltas por su cabeza, estirando el pantalón ya húmedo por la transpiración, mirando el vacío, sin comer, sin corregir la escritura, sabiendo que todo se complicaría en unas pocas horas, que tendría que suspender las reuniones de la tarde, avisarle a sus socios, llamar a la Bernardita, pedir ayuda.
Pedir ayuda.
Javier reconoce que él es un abogado de los que nada saben de recursos de amparo, de las emergencias en casos de detención o de violaciones a los derechos humanos. Bueno, nada es mucho decir, pero se desenvuelve torpemente en esa área, porque su trabajo siempre ha sido otro y por algo hay especialistas en cada tema. Sus amigos recurren a él para cualquier cosa, para todos sus problemas, de cualquier naturaleza jurídica, siempre ha sido así y no tendría por qué ser distinto ahora o en el futuro.
Javier deja que los minutos transcurran y es arrastrado por el sopor y una especie de cansancio del espíritu, no se da cuenta que ya debería haber hecho algo, ya debería haber llamado a cualquiera de sus amigos, ya debería estar haciendo indagaciones o llamar a la Bernardita, porque ella está en contacto con los curas y sabe cuáles son los pasos a seguir, conoce lo de la Vicaría y todo eso con mucha precisión o cuáles son las puertas que él, con tantos amigos en el gobierno sin ser gobiernista, tiene que golpear, pero en lugar de eso sigue pensando en que esta angustia de calor, tristeza y humedad sólo se le va a pasar cuando se tome una cerveza helada en Providencia con Tobalaba, tal vez en el mismo Kika de hace tantos años donde, por la mierda, mierda, iba con Ismael que ahora está sabe Dios dónde, para así, con la cerveza helada y el vientecito que se levanta, pueda convencerse que el mundo está tranquilo, que Ismael no ha sido detenido y posiblemente esta noche jueguen a los naipes, pero la verdad es que han pasado doce horas desde que Ismael fue detenido.
Algo tiene que hacer, no sabe qué y prefiere esperar hasta la llegada de Ramón, para pensar juntos buscando soluciones, como lo han hecho tantas veces en la vida, encontrando salida para todo porque en la vida todo tiene solución. Todo, había dicho Ismael esa noche de tantas cervezas, pero las soluciones no caen del cielo ni llegan sólo porque uno piensa en ellas, viejito, sino que se construyen y aquí y con la voluntad, la inteligencia y especialmente ahora, con la fuerza, con los fierros, con los fierros, viejo, porque hace mucho rato que se cerraron los otros caminos. Todo tiene solución y hasta la muerte, agregaría Rodrigo, para hablar de los avances científicos, de la ingeniería genética y de todas esas cosas que eran un desafío enorme a su mente científica. Esperaba la llegada de Ramón, sospechando que les pasaría lo de tantas veces: Javier se pondría a recordar, a recordar un pasado en que fue intensamente feliz, el pasado del Colegio, de las aventuras, de las carreras por los pasillos del segundo piso compitiendo con el hermano Estanislao −hermano Volvo le decían− que, inmerso en el mundo de su arterioesclerosis, leía el breviario caminando a toda velocidad, acelerando en las rectas y ronceándose en las esquinas. Recordar con los amigos le revive el corazón y la risa se le aloja en los ojos, pues reaparecen todas esas historias que a terceros sólo se pueden contar cuando han pasado muchos, muchos años.
Se pone en cuclillas frente al estante para abrir la corredera, tras la cual hay un mar de papeles que Javier mira, seguro que allí se aloja un enorme pedazo de historia encerrado en una caja de cartón. Por allí, por acá, saca y saca, ensuciando las manos con trozos del pasado y olor a polvo, reconociendo que no sabe lo que busca, qué es precisamente lo que, en esta tarde en que Ismael está detenido, espera encontrar, intuyendo que allí puede estar la clave de la liberación de su amigo, la liberación definitiva de todas esas redes en las que está cautivo. Cuando encuentra la caja gris de cartón (“recuerdos personales”, dice la ordenada letra de Marisa) se introduce voraz en las nostalgias y por primera vez en mucho tiempo descuida su impecable pantalón marengo que se marca con polvo.
Van saliendo los papeles, uno tras otro, amarillosos, descoloridos, llenos de historia personal, diplomas de mejor compañero, cartas que circulaban en clase de inglés burlándose de la voz aguda del profesor, anotaciones de química, dos o tres poemas de Jaime, la foto de primero, la foto de la despedida de los sextos en la que están también la Bernardita y la Catalina.
Catalina. Catalinda.
Pasan los papeles por su mano y las imágenes por la memoria, hasta que de pronto aparece la foto que tomó el Padre Jaime luego de la reunión de la Academia Literaria: los cuatro, Ramón, Javier, Ismael y el Negro Concha. Javier el más alto, delgado, más delgado que ahora, patillas largas, la corbata suelta, estatura de adulto ya conseguida, la mirada sonriente y cariñosa, coqueto tal vez. Javier sabe que ahora, casi veinte años después, sigue atlético y buen mozo. Se sabe atractivo y se cuida, gimnasia, tenis, buena ropa, pocos excesos permitidos, peinándose con calma cada mañana después de afeitarse. Tal como a los 17. Sujeta la fotografía y mantiene la vista fija en el papel impreso, como si esa fuera la llave maestra para ingresar a un pasado que cada vez parece más hermoso, sobre todo ahora, en este día húmedo y caluroso, sobre todo cuando encima de la mesa hay una escritura que espera correcciones, sobre todo cuando se sabe exitoso abogado lleno de honores, redactando escrituras de compraventa y formularios de contratos para una empresa constructora de amigos conquistados en los últimos años. Por un momento Javier no ve más que su propio retrato en la fotografía, permanece en silencio con la sonrisa en los labios, mirándose fino y fuerte, elegante, con los ojos un poco hundidos en sus ojeras heredadas del abuelo materno. Era el más alto del curso, excelente atleta, buen deportista, estudioso, ordenado, ideal amigo de muchos, más de una vez calificado de “mejor compañero”. Pero jamás líder. Tranquilo y silencioso muchas veces, no era el centro de las fiestas, aunque más de alguna vez todos lo miraron en silencio mientras tocaba la guitarra para cantar suavecito las canciones de Adamo. Sonríe al pasado, con el pantalón sucio y descubre, al ver los rostros de sus compañeros, que ese pasado está vivo, que se olvidó de las hormigas indiferentes que circulan por las calles bajo el calor y la humedad del otoño.
Enfrascado en este mundo de felicidad, no sintió entrar a Marisa.
− Javier, lo busca su amigo Ramón.
Entró Ramón, apurado y calmoso a la vez, en una mezcla inalcanzable para los tipos comunes y corrientes, inquieto en los ojos, desordenado en la ropa, transpirando copiosamente, la barba rala, la casaca en la mano y miró con sorpresa el espectáculo de su amigo abogado sentado en el suelo de la oficina, entre papeles, fotos y medallas, un poco ridículo, como los dos se dieron cuenta, metido en el pasado irresponsable de la adolescencia cuando en este presente están pasando tantas cosas.
− Hola, Monchito.
Como todo saludo Ramón estiró su brazo para que Javier pudiera levantarse, dejando en el suelo todo un desorden esparcido, como si así debiera estar el pasado cuando el presente es tan dramático.
− Detuvieron a Ismael, dijo Ramón, como si fuera lo único que sabía decir, dejándose caer en un sillón.
Javier acusó el golpe y regresó al presente y a la humedad, poniendo la cara seria y bajando un poco los ojos fue a sentarse frente a su amigo, amigo del alma y de toda la vida, que junto a Ismael había sido parte de su historia y repitió mentalmente la frase de Ramón, pensando que ahora no podía preguntar por la hora de la detención porque ya la sabía y no se atrevía a decir nada, porque en realidad quería escuchar de la detención de Ismael, para luego pensar, pensar juntos para encontrar las soluciones. Y pensando en la misma frase de saludo, “detuvieron a Ismael”, se sentó dando la cara a Ramón.
− Putas madre, Moncho...
− Si, compadre, lo detuvieron, esta mañana, a las tres.
Se quedaron mirando y al mismo tiempo se dieron cuenta que no se habían dicho nada nuevo. La risa se les instaló en la cara, mantuvieron la mirada sujetándola y con simpatía, con nerviosismo, con la tensión acumulada, con el cariño inmenso para el amigo detenido, la dejaron fluir, salir por todas partes y soltaron simultáneamente carcajadas, botando ese dolor instalado en el pecho, el miedo por la suerte del amigo tan querido que quizás dónde mierda estaba y en qué condiciones.
La risa fue interrumpida por Marisa que les traía café y se retiró dispuesta a cumplir la orden de no pasar interrupciones de ninguna especie. Ella sabía lo que era esta amistad de los cuatro hombres, tan diferentes unos de otros, pero que se tenían un cariño enorme. No sólo los había visto cuando se juntaban en la oficina, sino también aquella vez que Javier cometió la estupidez de llevarla a una reunión “con señoras”, como si ella fuera la novia y no sólo su secretaria, con la que a veces se comparte un poco de vida personal, pero sin ninguna proyección. Esa noche, a los diez minutos de haber llegado, ya estaban los cuatro hombres en grupo aparte hablando de sus cosas, todas muy serias, pero con la risa a flor de piel, mientras las tres mujeres que se conocían hacía tanto tiempo hablaban de sus propios temas y ella parecía una idiota, una intrusa. La señora de Ramón, embarazada entonces del cuarto hijo, había sido la más amable, pues se dio cuenta de la situación. Bonita, tranquila, un poco más alta que su marido −lo que no era difícil− intentó en varias oportunidades integrarla, pero no resultó. Javier no se dio cuenta de nada, hasta el extremo de invitarla otra vez, lo que ella rechazó con una excusa gentil. En momentos de intimidad, en los que la vida personal trascendía a la de la oficina, Javier le hablaba de sus amigos como si fueran lo más importante para él.
− Ordenemos la cosa, flaco, para ver qué hacemos.
Javier se dio cuenta que esta vez Moncho no recurría a él como fuente de solución, sino que lo invitaba a encontrar juntos los caminos de salida, exactamente como él lo esperaba. Es decir, si es que había salida.
− ¿Quién sabe de esto, Moncho?
− Todo el mundo.
Todo el mundo, menos yo, pensó Javier.
Lo que pasó fue que Ismael no estaba alojando en su casa. El día domingo, mejor dicho, ya iniciado el lunes, habían allanado y no lo encontraron. Catalina llamó a Ramón en la mañana temprano, muy asustada.
− Te llamamos, pero no estabas en ninguna parte, dijo Ramón.
Javier no contestó.
Recordó que en la mañana había estado jugando tenis y se había quedado en el Club hasta tarde. Siguió con atención el relato del sufrimiento de Catalina, que, como todos, también sabía que Ismael iba a ser detenido algún día, pues no era cosa de niños aparecer como vocero o dirigente de grupos de extrema izquierda y pretender hacer una vida común y corriente en una situación como la que vivía el país por tantos años ya. Pocas horas después del atentado, habían allanado y Catalina temía que Ismael iría esa noche a la casa, basándose en la experiencia de que los agentes nunca iban dos noches seguidas a allanar el mismo lugar. Pero ella creía que siempre es buen momento como para que los agentes rompan su rutina. Estaba muy asustada y pidió a Ramón que se llevara a los niños. Ya se escuchaban voces de otras detenciones y se hablaba de una lista más grande de personas. Ramón partió con ellos, pues donde caben cuatro caben también seis, pero tú querida Catalina, no debes quedarte sola y se ofreció a acompañarla, pero ella insistió que no. Después de revisar los alrededores de la casa y asegurarse que no había vigilancia, partió dejando a su amiga más tranquila. Tal como lo temía Catalina, Ismael llegó como a las once de la noche y le advirtió que, poco después del toque de queda, los compañeros lo pasarían a buscar, porque debía protegerse y ella tenía mucha pena, intuía que la cosa sería para largo, que quizás él tendría que irse al extranjero o pasar a la clandestinidad para siempre. La realidad, como es frecuente, resultó muy diferente de lo imaginado, pues los agentes son completamente imprevisibles. Poco antes de las tres de la mañana golpearon la puerta y cuando ella abrió vio a los mismos que en la noche anterior habían allanado, que se habían comportado como bestias, rompiendo cosas y gritando, pero ahora venían sonriendo y el que parecía jefe fue en extremo suave y gentil, incluso le dijo “señora” en lugar de “mierda” como la noche anterior, mientras Ismael lo escuchaba todo desde el dormitorio. Le explicó que como Ismael estaba prófugo y era muy importante que fuera detenido cuanto antes, se la iban a llevar a ella hasta que él se entregara, porque tendría que entregarse, ya que si se demoraba en aparecer, bueno, entonces ya no podrían tratarla tan bien, pero confiemos en que aparezca, es por su bien y no por el nuestro, así es que señora, vaya a vestirse y despierte a los niños, que se van con nosotros, pero Catalina sintió que se desmayaba, un miedo de horror porque sabía que él no debía ser detenido, pero tampoco querría ser ella detenida, ni ser torturada, ni sufrir más. Los niños no estaban, ellos no lo sabían y podían enfurecerse cuando se dieran cuenta. Segundos terribles, de pánico y angustia, de un sudor helado en la frente y un temblor en los muslos.
Sin duda que quien pensó todo este mecanismo conocía muy bien a Ismael. Si se la llevaban, él se entregaría. Eso pasa siempre. Entre el perseguidor y el perseguido se va produciendo un creciente conocimiento mutuo y aun cuando no se conozcan personalmente, ya saben cómo es el otro y de qué modo reaccionará, incluso hay un sentimiento de pertenencia.
Siempre dominada por el miedo, sin decirle a los tipos que los niños no estaban, sin hablar, seguida por la mirada de los agentes, con las manos en el bolsillo de la bata para que no se notara su temblor, caminó hacia el dormitorio, pero antes que ella llegara se abrió la puerta y apareció la silueta de Ismael, serio y tranquilo, tú sabes, Javier, cómo es él cuando quiere estar elegante, vestido con terno claro y corbata roja a lunares.
− ¿Me buscan a mí, señores?
Ellos no podían creer que era Ismael, pues esperaban ver a alguien de otro aspecto, un combatiente que se resistiría al arresto, que lucharía. Su serenidad era tal que los agentes no pudieron ejercer violencia alguna, ni siquiera insultarlo, sino que una vez repuestos de la sorpresa lo rodearon y se lo llevaron esposado y cuando ellos salieron y la dejaron sola, la Catalina se sentó a llorar por mucho rato, hasta que estuvo en condiciones de llamar a Ramón y contárselo todo.
Javier había mantenido el más completo silencio, escuchando una historia que sólo era creíble porque venía de labios de Ramón y se refería a la Cata y a Ismael. Le dolió el estómago pensar en la pobre Catalina, desamparada, amenazada, ella y los niños, todo para forzar al amigo a entregarse, en un verdadero secuestro, sin exhibir orden alguna, sin decir dónde iban, sin explicaciones, porque sí, porque se les antojaba. Javier la imaginó con su pelo rubio, despeinada, con la bata puesta sobre la camisa de dormir, sin maquillaje, expuesta a tipos crueles, bandidos, capaces de llevarla detenida sólo para que Ismael se entregara y ellos pudieran exhibirlo como presa de caza ante sus superiores.
Ramón la había pasado a buscar temprano y se habían ido a la Vicaría de la Solidaridad y luego a hablar con algunos diplomáticos. Habían pasado toda la mañana en eso. Bernardita, expedita como siempre, cariñosa y diligente, había conseguido que se entrevistaran con el abogado Jefe de la Vicaría, Roberto, con quien habían estado un rato muy largo.
− Es un buen abogado, sabe mucho de estas cosas. Es del colegio.
Ramón entendía que con estas interrupciones intrascendentes Javier descansaba, se aferraba a circunstancias laterales para irse al pasado, como siempre, rehuyendo el presente cuando era dificultoso, refugiándose en una especie de santidad atribuida a todos los que eran del Colegio.
− Si, es del Colegio, todos son del Colegio, pero no es eso lo que importa ahora, sino a qué lado están, por quién trabajan, porque hay muchos del Colegio, el subsecretario del Interior, el Ministro, el propio General, también son del Colegio, todo el mundo puede ser del Colegio, hasta el General que dirige la policía política es del Colegio y se sentó en los mismos bancos veinte años antes que nosotros, pero Ismael, también es del Colegio, está detenido y tal vez lo están torturando.
En medio de la agitación que se vivía en la Vicaría, Roberto se había dado tiempo de explicarles que las detenciones que se estaban produciendo respondían a distintos esquemas. Podía suceder cualquier cosa, que los expulsaran del país, que los relegaran o simplemente que los tuvieran en campos de detenidos políticos como pasa cuando hay Estado de Sitio en dictaduras y ya pasó hace un tiempo. Hay otras personas que han sido llevadas por grupos que parecen comandos, como un periodista de Análisis, y de los que nada se sabe. Todos son detenidos de maneras distintas, como el vocero del Partido Comunista, que recibió con tantas gentilezas a los policías, les convidó café incluso y ellos esperaron que comiera antes de llevárselo e hicieron una larga sobremesa con dos o tres amigos abogados que llegaron advertidos por los vecinos e intentaron sacar algo de información, todo lo que fue muy fluido hasta que uno de ellos, Jaime parece, preguntó si sabían algo de Pepe Carrasco, el periodista de la Revista Análisis que estaba desaparecido, y entonces se acordaron que tenían que irse. Lo importante, en este momento, les había dicho Roberto, era presentar los recursos, para conseguir que cuanto antes se reconociera oficialmente la detención y así se podría saber algo más, ahora que los Tribunales tienen actitudes a veces distintas de las que hemos visto en todos estos años, según la sala que toque, les decía, mientras entraban y salían otros abogados, procuradores y asistentes sociales, y quizás se pueda obtener que se pida informe telefónico en el curso del día.
Pero habían salido de la Vicaría con la certeza de que las cosas serían para largo, pues con tantos detenidos importantes el asunto tomaba un cariz diferente.
− Chanta, Ramón, ¿de qué detenidos “im-por-tan-tes” estás hablando?
Ramón perdió la calma y levantando la voz le preguntó a su amigo hasta cuándo iba a seguir aislado, en qué mundo de mierda o de fantasía estaba viviendo. No podía creer que no supiera nada, pero Javier lo detuvo en su exabrupto. En seco. Porque cada uno en lo suyo, viejito, tú eres político y yo sólo un abogado, que había estado toda la mañana metido en sus papeles, que nadie lo había llamado para contarle novedades, que en los diarios no salía nada, que había puesto la radio en la mañana y no escuchó nada que no fuera lo que todos sabían, del atentado y el Estado de Sitio y punto. Ambos se habían alterado, pero pronto retomaron conciencia del calor, de la hora, de las tensiones, se acordaron de Ismael, se convencieron de que lo que sucedía era tan tremendo que estaban obligados a recuperar la calma.
Se miraron fijamente a los ojos, disculpándose en silencio, reavivando la amistad construida sobre la base de que ambos eran muy distintos, que los cuatro amigos eran diferentes en sus gustos, ideas, posiciones, pasiones. Moncho, Javier e Ismael habían intentado prolongar la vida juntos ingresando todos a la Escuela de Derecho. Rodrigo Concha se había incorporado al Colegio y al grupo cuando ya tenía definido su futuro de Ingeniero. Pero ellos tres, que venían juntos desde la tercera preparatoria, intentaron un proyecto a más largo plazo, que el destino ayudó a desbaratar. Los tres aprobaron el primer año de Derecho, pero sólo continuó regularmente Javier. Para Moncho fue imposible soportar el ambiente, el tipo de estudios, la lógica encasilladora de los razonamientos abogadiles y se cambió a la escuela de Sociología. Ismael también supo que no era su vocación la de ser abogado y andar de corbata por los Tribunales y pensó seguir en la Escuela de Derecho, pero orientándose hacia las relaciones internacionales. No sabía todavía que el hecho de recibirse de abogado −un poco a la fuerza, un poco por la necesidad de terminar todo lo que empezaba, un poco por no aparecer desperdiciando el camino recorrido y los esfuerzos familiares− le habría de servir enormemente para ser un defensor de los derechos humanos, sobre todo de aquellos compañeros de su partido que la Vicaría no defendería. A partir de su segundo año, Ismael tomó el mínimo de créditos obligatorios que le permitía el programa de estudios y se dedicó a leer, a estudiar, a informarse. Javier siguió la carrera, siendo capaz de volverse impermeable a las orientaciones ideológicas que se imponía a los estudiantes desde las cátedras de la Universidad Católica, asumiendo con pleno convencimiento el camino que para él había trazado su madre, Martita, viuda de un egresado de Derecho que había sido completamente incapaz de recibirse de abogado, dedicado a trabajar en cualquier cosa, a ganar y a perder dinero con asombrosa facilidad. Cuando el padre de Javier murió −de un cáncer que lo consumió en sólo tres meses− había consolidado sus ganancias de otrora en una hermosa casa, pero, como estaba en racha de pérdidas, el poco dinero ahorrado se diluyó en los inútiles gastos médicos. Él, entonces, iba a ser abogado para satisfacción de su madre, lo que no lo perturbaba y nunca le guardó rencor por dirigirlo hacia una carrera determinada. Eran tantas las ganas de cumplir con esa voluntad, que se impuso una coraza contra cualquier cosa que lo desviara del camino, como las opciones políticas, por ejemplo, incluyendo a los gremialistas, a los que no veía sino como otro partido, incluso con más fanatismo que los tradicionales. Se consideraba un reformista moderado, una especie de centrista que sabe mirar con simpatías hacia la izquierda, pero que tiene sus pies más orientados hacia la derecha. Ramón e Ismael, como siempre pareció que sería, se politizaron más, trabajaron en el Movimiento Universitario de Izquierda, pero luego optaron por partidos distintos.
Luego de un momento de alteración, Ramón se sintió comprensivo con su amigo y aceptó que de alguna manera a él le pasara lo que a la mayoría, esa mayoría de personas que no había percibido el ambiente de los días anteriores, que no le interesó la suspensión de la protesta del cuatro, que se había enterado del atentado, pero nada sabía de la represión desatada contra los dirigentes de los partidos. Esa era su verdad y punto. Le propuso entonces que llamaran al Negro y se juntaran los tres para acompañar un rato a la Catalina y él podría contarles todo con detalles. Javier aceptó y Ramón salió a buscar a Rodrigo para encontrarse los tres amigos en el estacionamiento de Javier en media hora. Partirían juntos y sería el momento de conversar.
Javier quedó solo. Ya no tenía tanto calor, pero sentía la angustia como una especie de amigdalitis que se hacía enorme para su garganta y le presionaba los ojos y los pulmones. Se sentía aplastado por todo lo que Ramón le había contado, por la percepción del sufrimiento de la Cata y de Ismael y quedó muy nervioso por lo que Ramón le anticipó para contarle después.
Marisa entró silenciosa y lo observó. Se le veía triste y cansado, de pie mirando por la ventana, las manos en los bolsillos, ausente del mundo, sin moverse cuando ella se acercó y se instaló a su lado, muy cerca, sin que diera signos de percibir su presencia, su cuerpo, su respiración, su aroma.
− ¿Pasó algo, Javier?
Despertando de su silencio, la miró larga y profundamente. Sin decir una palabra, caminó dos o tres pasos y se sentó dando un largo suspiro. Habló suavemente, en tono y volumen que en otra circunstancia habría sido simplemente desgano, pero que ahora era angustia y pena, de ésas que llenan el alma y el cuerpo, recorren las venas, se alojan en las rodillas, hacen perder las fuerzas.
− Si, Marisa, detuvieron a Ismael. Anoche.
Cuando lo dijo se dio cuenta que ésa no era la única causa de su pesadumbre. Por primera vez tomaba plena conciencia que vivía en un mundo aislado, lleno de comodidad, ajeno a la realidad de muchos, a gran parte del país. Ejercía la profesión defendiendo los intereses de sus clientes, intereses económicos casi siempre. No como otros abogados, tan cristianos como él, por la justicia, por los débiles, por los problemas concretos de hombres y mujeres. Alguna vez pensó ejercer la profesión como defensor de los débiles, pero no conocía las poblaciones salvo de nombre y se había orientado hacia actividades completamente diferentes, buscando una forma cómoda para vivir, sabiendo que podía haber hecho mucho más por los demás. Estaba agobiado.
− ¿Quieres que te acompañe?
− No gracias, Marisa, me voy.
Ella insistió, si querían se iban juntos, a él le haría bien un momento de relajo, una comida rica, preparada con cariño. Marisa sentía que no era un buen momento para que Javier estuviera solo, que quizás necesitaría hablar, contar algo de lo que le estaba pasando por dentro y que Marisa percibía vagamente. Amablemente, dejando ver la pena que lo afectaba, Javier rechazó la oferta, prometiendo llamarla en la noche, aunque ella sabía que él no lo haría, que no pediría ayuda para su soledad y sus miedos, que huiría de la posibilidad de que ella le manifestara su cariño de un modo más profundo, algo más que la simpatía de todos los días o un instante de intimidad pasajera, no quería nada que pudiera comprometerlo afectivamente, nada que lo hiciera depender de otros. Lo vio ponerse la chaqueta y abandonar lentamente la oficina, dolorosamente solo, tan solo como ella, tan triste como ella, aunque por razones muy distintas, y sabía que como no la llamaría en la noche, ella pasaría una noche de angustias, de soledad, de penas de amor. Una más.
Javier recorrió las cuatro cuadras que lo separaban del estacionamiento con paso calmo, observando a la gente. No sabía si era la proyección de su propio sentimiento o efectivamente todos se veían un poco nerviosos, caminando rápido, más personas que lo habitual, como si todos hubieran decidido partir al mismo tiempo, como si todos estuvieran preocupados por la suerte de Ismael y quisieran ver a la Cata, los rostros serios y ceñudos, al tiempo en que empezaba a levantarse un suave viento caliente, presagio de lluvia en épocas normales y no como ahora, en que ya nada se puede predecir y para muestra este tiempo en el que da lo mismo que sea Mayo o Septiembre. Y recordó ese Septiembre de hace tantos años, de esas tardes previas al golpe militar, todo parecido, hasta el aroma, aunque la situación ahora era todavía mucho peor de lo que él imaginaba o de lo que era capaz de apreciar desde su privilegiada posición.
Comenzó su severa autocrítica mental, sintiéndose un acomodado, egoísta, con una situación de vida fácil en la que había recibido mucho sin responder como era debido. ¿La parábola de los talentos?
La llegada al estacionamiento lo salvó de seguir con este juicio, su propio juicio, pues Rodrigo Concha y Ramón lo estaban esperando. Los tres se saludaron y luego mantuvieron silencio hasta que el auto de Javier salió del centro.
Ramón les contó que la agitación ya llevaba bastante tiempo. Convenía mirar las cosas con perspectiva y no sólo de los últimos días o del propio hecho del atentado que en realidad era una detonación, pero no una circunstancia aislada.
Ya desde hacía casi un año y medio, en pleno Estado de Sitio, la agitación se había generalizado. Allanamientos masivos en las poblaciones, más de dos mil relegados, muchos encerrados en campos de concentración, detenidos y vigilancias diaria, allanamiento de oficinas y casas de los dirigentes, amenazas por todos lados. Todo era terrible.
Mirando al Negro Concha, que sabía mucho menos que Javier de todo esto, les contó que los allanamientos a las poblaciones tenían cierta rutina de horror. A las cinco de la mañana, un poco antes que se levantara el toque de queda, la población era rodeada por efectivos militares que se instalaban en piquetes en las esquinas de las calles y pasajes, en hileras frente a los edificios de departamentos, de a uno tras los árboles de las plazas, mientras grupos mixtos de soldados y hombres de civil iban recorriendo las casas obligando a los hombres a salir a la calle. Con parlantes se despertaba a los pobladores, explicando que ésta era una operación rastrillo para capturar a los delincuentes comunes, ordenando que los pobladores debían permanecer tranquilos y era la obligación de todos colaborar para conseguir que esto resultara fácil. Todos los hombres mayores de quince años debían salir a la calle inmediatamente. Los soplones actuaban junto con los civiles, señalándoles las casas de los más destacados opositores del sector o los más activos políticamente, para que los agentes entraran rompiendo puertas, golpeando, amenazando a los moradores, pateando los muebles y luego detener al denunciado y arrastrarlo hasta la calle en las condiciones en que estuviera y haciendo lo mismo con los otros hombres de la casa. Esas casas y algunas otras elegidas al azar eran revisadas con mayor minuciosidad, dando vuelta camas y colchones, rajando sillones, rompiendo a golpes los tabiques, abriendo los entretechos si es que había, maniobras destinadas no sólo a amedrentar a los habitantes, sino también a encontrar panfletos, revistas, folletos u otras cosas que a sus ojos pudieran parecer subversivas o sospechosas de actividad política. Cuando todos los hombres ya estaban en la calle, los militares los obligaban a formarse y marchar hacia algún sitio eriazo o la cancha de fútbol, donde los desnudaban, separándolos por grupos, unos forzados a mantenerse de pie y otros a estar sentados. Lentamente, con más demora incluso que la necesaria, los militares iban tomando a los grupos y se interrogaba a cada uno de los pobladores. Primero era un interrogatorio rutinario y se fichaba al sujeto, pero si acaso al agente interrogador le parecía necesario o había una denuncia específica de algunos de los sapos locales, el detenido de turno podía ser preguntado más duramente sobre cualquier cosa, hasta exasperarlo. Pobre de aquél al que se le conocieran antecedentes políticos, anteriores detenciones o relegaciones, pues entonces el trato resultaba mucho más duro y se le destinaba a una sección especial. Miles de hombres sometidos a ese vejamen durante todo el día, hasta que al final de la jornada se les permitía vestirse y algunos de ellos era subidos a buses o camiones militares y el resto quedaba en libertad, con severas advertencias respecto de la necesidad de mantener patriótico silencio y mucho cuidado con recurrir a la Vicaría o a los curas, que ésos son todos comunistas y a no olvidarse de informar a la autoridad sobre los delincuentes o extremistas que pudieran llegar a la población.
Mientras duraba el operativo, debidamente advertidos por algún llamado anónimo, llegaban hasta los cordones militares o policiales, nubes de periodistas extranjeros que presenciaban todo esto desde lejos y un poco más cerca veían a las mujeres de los detenidos discutir con los oficiales de carabineros que ayudaban a los militares en el operativo. En una población detuvieron por varias horas a los sacerdotes y les dieron el mismo tratamiento. En otra detuvieron al presidente del Colegio de Periodistas y a dirigentes del Colegio Médico que llegaron hasta el sector para constatar lo que estaba sucediendo.
− El hecho mismo no puede ocultarse, agregó Ramón, pero la información se entrega en forma completamente distinta, especialmente por la censura de prensa. No falta la declaración, y ustedes deben haberla leído, que explica que el allanamiento fue pedido por los pobladores para ser liberados de los delincuentes o que proclama que grupos de mujeres aplaudían a los militares cuando pasaban y les agradecían a gritos su acción. La verdad es que los grupos de mujeres estaban, pero hacían exactamente lo contrario.
Hizo una pausa antes de continuar con el relato. Les habló de los allanamientos a las oficinas de los dirigentes políticos, la vigilancia sobre sus casas, las amenazas por teléfono o por papeles que llegaban de las más distintas maneras, las golpizas que daban a otros, las detenciones de los dirigentes de base, de dirigentes sindicales, todos por el solo hecho de ser disidentes. Les recordó los asesinatos de Parada, Guerrero y Nattino (y Javier no pudo evitar pensar que había conocido a Parada y a Guerrero, que ambos eran simpáticos e inteligentes, se acordó de la mujer de Parada, ¿Estela?, tan bonita y que le causó tanta pena verla de negro y con los ojos hundidos por el dolor), el secuestro de la sicóloga, que Javier se calló recordar que era la hermana de Jaime, el del Colegio, el mismo de los poemas y de la barra en los campeonatos interescolares, para evitar que lo miraran con reproche. Así fue avanzando en tiempo, recordando cada paso de los muchos que se había dado hasta la formación de la Asamblea de la Civilidad, esa enorme concertación de gremios y de políticos, del paro de dos días, les recordó de la Carmen Gloria y de Rodrigo, a quienes los quemó una patrulla militar. Con mucha claridad les fue mostrando los distintos aspectos de la realidad que revelaban con precisión singular el clima que se vivía en el país y les habló de la realidad económica, que ellos la sabían, pero los buenos sueldos y las maravillas de los supermercados facilitaban el olvido, de las dificultades de los más pobres, de la crisis de los no tanto, de la falta de expectativas de los sectores medios, de las desesperanzas de los jóvenes, de esas medidas erráticas que no estaban siendo suficientes para que se cumpliera el repunte de que tanto se hablaba.
El cuadro de agitación había sido creciente, con la suma de más y más sectores sociales. La presión internacional estaba en aumento y hasta los americanos optaron por presionar para una salida pactada, enviando casi semanalmente a periodistas importantes, parlamentarios republicanos o demócratas y hasta importantes funcionarios del Departamento de Estado y del Pentágono. El embajador americano, dijo Ramón, había afirmado ante varios testigos que la historia de la dictadura podía dividirse entre antes y después del paro de dos días. La salida pactada les era urgente para dar una apariencia democrática que garantizara la mantención del esquema y la permanencia del General algunos años más. El pacto debía considerar el aislamiento de los comunistas y su marginación de la vida política, creando un marco de tolerancia hasta sectores de centro izquierda, moderados, según su concepto de moderados. Pero el General, cada vez más convencido que él es el salvador del país y un verdadero faro para el mundo occidental, no aceptó la solución así sugerida, desafió a todo el mundo, llamó a sus generales que debieron ir un día muy temprano hasta la Escuela Militar, para jurarle lealtad a toda costa, organizó actos cívicos, retó pública y privadamente a los dirigentes derechistas que estaban dispuestos a entregarlo a cambio del reconocimiento de la Constitución, su propia Constitución, por parte de algunos opositores y, convencido que tenía que agudizar la represión, lo hizo.
− Y así se ha movido la cosa, les dijo Ramón, durante los últimos meses, con el General reprimiendo, los pobladores protestando y los políticos activando sus cuadros y sus organizaciones para hacer más eficiente la lucha. Ustedes han escuchado que se habla de algunos atentados contra carabineros, pero en verdad hay muchas más bombas por todas partes, asaltos y otros, pero la prensa se silencia. Los folletos de los partidos o de otros grupos están rompiendo el cerco que esa censura y la autocensura han levantado y circulan cada vez con mayor profusión; cuando allanan un lugar e incautan una imprentita, el folleto sigue saliendo en otra parte.
El Negro se acordó, sorprendido, de ese mimeógrafo manual que una vez regaló a unos amigos estudiantes universitarios e imaginó el uso que se le estaría dando.
El pueblo estaba desobedeciendo a la autoridad, que respondía incrementando la violencia.
− Ustedes saben, dijo Ramón a sus amigos que lo escuchaban extasiados, que en estos días hubo varios paros y ahora estaba en preparación el paro nacional. Ahora sí que debía venir.
Estaban ya muy cerca de la casa de Catalina y Javier detuvo el auto, pues quería escuchar completo el relato de su amigo antes de llegar. Es cierto que mucho ya lo sabían, pero la claridad con que hablaba, la crudeza de los detalles, los personajes del mundo político que aparecían con una familiaridad no imaginada, la evidente tozudez del General, todo ello adquiría a sus ojos una fuerza diferente. Ramón hizo una nueva pausa cuando el auto frenó, para acomodarse mejor y seguir entregando la información que sus amigos esperaban ávidos.
Durante la semana anterior hubo una serie de rumores, que comenzaron cuando se denunció el aparecimiento de arsenales secretos en el norte. Los rumores más parecían fruto de los deseos de algunos, que provenientes de la realidad: que los americanos estaban promoviendo un golpe contra el General, que había generales presos pues habían sido descubiertos complotando, que se había alzado un regimiento en el sur, que había redadas y se temía una matanza. La cosa se había puesto muy seria el viernes último, cuando el encargado de la organización del Comando entregó información sobre cierta agitación en cuarteles. Era información y no rumores.
− Yo estaba ahí, por el partido y pude ver que la cosa era en serio. Y se habló también del atentado, que habría un atentado en preparación. Cuando Rafael, el secretario del Comando, terminó de entregar su información, se hizo un largo silencio. Lo rompieron algunos que dijeron que no creían nada y que estas eran maniobras para distraer la atención de lo central: la preparación del paro. Se trabó una discusión que quedó suspendida hasta la reunión siguiente. Pero cuando se fueron, quedó algo flotando en el ambiente y yo me fijé que Rafael se encerró a trabajar con el equipo de organización. Había que prepararse.
El General se había ido a pasar el fin de semana a su casa de la cordillera. El domingo en la tarde bajó a la ciudad. A los pocos metros de haber cruzado el río la comitiva fue interceptada por un numeroso grupo armado. La balacera fue intensa y los atacantes y los agentes combatieron por largo rato, quedando bajas de ambos lados. No se había logrado saber hasta la noche qué había pasado con el General, pero un auto de la comitiva que pudo seguir funcionando, había regresado al recinto amurallado y poco después hubo intenso tráfico de helicópteros.
La información del hecho se había conocido por los muchos santiaguinos que regresaban a la ciudad ese atardecer. Luego lo dio la televisión.
Junto a las noticias comenzaron a circular los rumores, por qué si y por qué no, respecto de los silencios oficiales más prolongados que lo que convenía para el clima de estabilidad que necesitaba crearse. Algo más podía estar pasando.
-Rápidamente, decía Ramón con una voz lenta y profunda, recibimos citación y cuando recién habían pasado dos horas de esto, ya algunos de los encargados de partidos llegábamos a la reunión.
No todos llegaron. Algunos no llegarían nunca. La reunión fue muy tensa. Junto el relato de los hechos, que el mismo Rafael resumió con enorme facilidad, empezó la ola de rumores. Según algunos ya había oficiales del Ejército detenidos. Según otros se había levantado un regimiento en el Norte. Los que no habían creído la noticia el día viernes se veían tremendamente asustados y pronosticaron muertes, atentados y otras barbaridades. Todos estaban seguros que el General se había salvado, pues era un hombre de mucha suerte. En todos estaba la duda, no ya de la veracidad de la operación pues había demasiados testigos, sino que por si era un autoatentado, un atentado de su propia gente, un atentado de los americanos o de la izquierda. Todos tenían argumentos abundantes para defender cada una de las posiciones y los mismos servían para defender las tesis contrarias. Por ejemplo, el del fracaso en relación con la muerte del General, era esgrimido por los que decían que ésta era una advertencia de los americanos, los que afirmaban que era la típica incompetencia de la izquierda y los que sostenían que eran los propios militares que quisieron arrestarlo, pero no matarlo.
Nada se sabía en esos momentos. Pasaron varias horas antes que el Secretario General de Gobierno apareciera con alguna información coherente, aunque no necesariamente creíble.
− Recibimos ciertas instrucciones y pautas de carácter general, algunas orientaciones de seguridad, sin perjuicio de las normas de cada Partido. Me fui a reunir con mi Secretario General, que me descolgó de inmediato. No te metas en nada más, chico, me dijo, hasta que nos contactemos contigo nuevamente. La instrucción era hacer vida común y corriente y por ningún motivo intentar tomar contacto con el Partido o con el Comando, aunque mi Partido es chico y no nos van a dar mucha importancia.
Ramón se aceleró para contar lo que había sucedido después. La misma noche del domingo salieron los agentes como desaforados, llenaron la ciudad, cerraron los caminos y comenzaron a detener a cualquier cantidad de gente. Por lo que se sabía, que era muy poco, varios regimientos habían llegado a concentrarse en Santiago, se había allanado cientos de casas y muchos dirigentes sociales y políticos estaban siendo detenidos.
No se sabe nada de ellos y los mecanismos de seguridad elaborados con tanto esmero han fracasado casi por completo, porque parece que han caído hasta los de la segunda línea. Ojalá que no sea cierto, pensaron.
Rodrigo preguntó por nombres de detenidos, tal vez para medir la importancia de lo que estaba sucediendo y Ramón mencionó a los más destacados dirigentes, incluso aquellos que parecían tener fuero especial para hacer tantas cosas, los presidentes de los partidos, los dirigentes sindicales, los de los colegios profesionales.
− También Ismael.
Llegaron a la casa de Ismael y Catalina. Ella les abrió la puerta y casi sin saludarlos los hizo pasar.
− Apúrense que está empezando una cadena. Van a leer un comunicado oficial.
TRES
Los sones del himno nacional acompañaban la imagen de la bandera que se veía en las pantallas, sobre un fondo celeste, alternándose con la imagen del General. Una voz en off, la misma que se escucharía por las radios con diferencia de segundos, anunció que estaba trasmitiendo la División Nacional de Comunicación Social y proclamó el nombre del Secretario General de Gobierno, quien leería una declaración oficial. Los que veían la televisión pudieron observar al Ministro, con aspecto más juvenil de lo que realmente era, modales muy preparados, muy compuesto, muy formal, equilibrado con su voz que también sonaba como parte de los libretos estudiados con esmero, todo frío e impersonal, sin manifestar alteración alguna, como si nada fuera realmente importante o grave, como si jamás nada pudiera excitarlo lo suficiente como para que él cambiara el color de su cara, levantara la voz, endureciera la boca o mostrara los ojos apasionados.
Era el hombre ideal para el papel que jugaba: un vocero, una especie de “cara de palo” oficial para un gobierno que jamás podría explicar todo lo que habría sido necesario explicar. Este hombre de hielo, de rostro impenetrable, inaccesible, podría anunciar cualquier cosa con la misma entonación: desde un saludo a los bomberos en el día de su aniversario, hasta su propio suicidio por orden del Señor General, cualquier cosa ciertamente, sin ninguna emoción. Y no parecía fuerte o duro, sino solamente frío, porque era débil según su aspecto físico, suave, aunque algunos decían que en realidad no era más que un manto para tapar su profunda crueldad. Recién producido el golpe, había aprovechado la dictadura para ganar dinero en cargos públicos de poca relevancia y en algunas actividades privadas como abogado. Era su rostro, su apariencia física, la que traía a los ciudadanos pensamientos o sensaciones sobre el Secretario General, pero los auditores de radio no tenían tiempo ni estímulo, sino que simplemente se encontraron con la voz lenta, parsimoniosa y gélida del funcionario.
“Buenas noches. Desde la intervención militar del año 1973, cuando las Fuerzas Armadas y de Orden, de acuerdo con su más profundo sentido de responsabilidad y amor por la patria respondieron al clamor popular y pusieron fin a la agresión del marxismo internacional y a los intentos de apoderarse del país, el Supremo Gobierno se encuentra empeñado en consolidar la liberación y alcanzar una democracia plena, sólida y estable, en un clima de libertad y desarrollo, que garantice a todos los ciudadanos y las futuras generaciones un bienestar creciente.”
“La tarea ha sido muy dura, puesto que la acción subversiva del comunismo no cesa ni se atenúa con el transcurso del tiempo, llevando adelante todo tipo de campañas en contra del país, directamente o por medio de los políticos u otros elementos desorientados que se convierten en útiles a sus objetivos. Ellos han desatado una enorme campaña internacional para desprestigiar al país y sus Fuerzas Armadas y de Orden y evitar que avancemos hacia la conquista del desarrollo económico.”
“La crisis internacional, que ha afectado a todas las naciones del mundo, incluyendo las más poderosas y desarrolladas, también produjo un cierto retroceso en el sostenido crecimiento de la economía nacional. El clima de prosperidad se ha visto afectado por la irresponsabilidad de grupos empresariales y la sostenida campaña exterior. Pese a todo ello, el Supremo Gobierno ha sabido evitar las dolorosas consecuencias que para otras naciones trajo la crisis económica y en estos momentos la patria entera ha estado luchando unida por superar las adversidades, con el pleno convencimiento que así como fueron derrotados el marxismo y sus aliados hace trece años, hoy el conjunto de los ciudadanos será capaz de obtener el éxito en esta dura empresa, pese a las traiciones.”
“Los dirigentes políticos, los mismos que llevaron al país al descalabro, están desesperados por los logros objetivos alcanzados por el esfuerzo de todos, canalizados por el Gobierno. Haciendo primar sus mezquinos intereses e infiltrando el movimiento social, han hecho primar una alianza espuria con elementos terroristas provenientes del exterior y del interior. Pese al permanente y consistente repudio ciudadano, persisten en sus empeños, conspirando incesantemente para el logro de sus propósitos subversivos. Han llamado a paros, han provocado desórdenes, saqueos, robos, asaltos; cometen actos terroristas y amparan a los violentistas que regresan al país luego de haber seguido cursos en Cuba y otros países. Han pretendido sembrar el caos para retornar al pasado.”
“La debilidad de las democracias occidentales para enfrentar al enemigo comunista ha permitido que países tradicionalmente demócratas y amigos del nuestro, se sumen a las campañas internacionales, financiando actividades subversivas y alentando los peores propósitos conspirativos. El Supremo Gobierno observa con alarma que las grandes potencias occidentales no han aprendido la lección después de tantas y tan graves derrotas frente al comunismo.”
“La superación de las condiciones económicas impuestas por la crisis internacional constituye un desafío para todo el país. Aunque con cierta lentitud, se está avanzando, mediante una política sana y con profundo sentido de la realidad. El terrorismo y sus aliados desataron una nueva campaña para alterar la tranquilidad pública, que hizo necesario decretar hace algunos meses el Estado de Sitio en todo el país y restringir la amplia libertad de prensa que existe. En ello se enmarca el cierre de revistas que, financiadas desde el exterior, faltaban gravemente a la verdad y alentaban a los dirigentes en sus objetivos de proponer el alzamiento en contra del orden constitucional y cuya tuición y consolidación han encomendado a las Fuerzas Armadas y de Orden, principalmente al Señor Capitán General.”
“En un claro intento por buscar la reconciliación tan solicitada por la Iglesia Católica, se levantó los estados de excepción, pero de inmediato los mismos elementos políticos y subversivos reiniciaron su actividad disgregadora. Con los paros y las manifestaciones no autorizadas, han estado permanentemente provocando a la autoridad en busca de situaciones que los haga aparecer como víctimas ante ese mundo internacional que les ha financiado y apoyado sus actividades durante todos estos años.
“El atentado en contra de la vida de Su Excelencia el Señor Presidente de la República, Capitán General y Comandante en Jefe del Ejército, ha sido parte de un plan terrorista elaborado por elementos marxistas y sus aliados dentro y fuera del territorio nacional, que contemplaba la eliminación de oficiales de las Fuerzas Armadas y de Orden, de sus familiares más cercanos y personalidades del Poder Judicial y de la empresa, todo ello con el objeto de poner fin al Gobierno de las Fuerzas Armadas y al régimen de libertades instaurado desde 1973.”
“La ciudadanía puede estar tranquila, pues la situación se encuentra perfectamente controlada y, pese a la gravedad y complejidad de los hechos, los servicios policiales y de seguridad han logrado determinar con precisión a los autores del plan y en cuestión de horas serán detenidos los participantes directos del hecho criminal en contra de la persona del presidente de la República. El Supremo Gobierno ratifica su decisión de preservar el clima de paz y tranquilidad en el que nuestro país se ha desenvuelto desde que iniciara el proceso de liberación nacional y está dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias. Consciente de su deber, por instrucciones del Excelentísimo Señor Presidente de la República, Capitán General, Comandante en jefe del Ejército y Generalísimo de las Fuerzas Armadas, el Gobierno ha dispuesto”:
“Primero: Declarar bajo Estado de Sitio todo el territorio nacional, ratificando la declaración provisionalmente formulada el domingo último en el mismo sentido.”
“Segundo: Aplicar, con todo el rigor de la ley, las facultades previstas en la Constitución Política a todos los responsables como autores, instigadores, cómplices y encubridores de esta conspiración. Con tal objeto se ha ordenado que, de acuerdo con el decreto ley ochenta y uno de mil novecientos setenta y tres se presenten ante la autoridad, en el cuartel de policía más cercano, los dirigentes políticos involucrados en los hechos y demás personas respecto de quienes hay antecedentes de haber participado en ellos. En el caso de no hacerlo así, se entenderá que asumen una actitud de rebeldía frente a la ley y a la Constitución Política del Estado. La lista completa será informada con posterioridad a este comunicado y será obligación de todos los ciudadanos dar aviso de inmediato a las autoridades sobre el paradero de las personas que son responsables de tan graves conductas delictuales. La ciudadanía sabe que la colaboración u ocultamiento de los extremistas cuyo arresto se ha ordenado, es sancionado con la misma penalidad que la que corresponde a los autores del delito.”
“Tercero: Todos los señores corresponsales que han dedicado sus esfuerzos a la difusión de noticias falsas sobre la realidad chilena, con la intención de desprestigiar al país y facilitar la conspiración extremista, serán expulsados del territorio nacional en las próximas horas. Se advierte que aquellos corresponsales extranjeros que están en ese caso deberán facilitar el cumplimiento de las medidas. Del mismo modo, todos los extranjeros que facilitaren información falsa al exterior o colaboraren directa o indirectamente con elementos terroristas, sin importar la profesión o la actividad que estén desempeñando en el país, serán expulsados sin dilación. Recordamos que el interés de la ciudadanía y la seguridad nacional está por sobre las consideraciones particulares que puedan esgrimirse.”
La voz del Secretario General de Gobierno no se alteraba, ni siquiera cuando debió ratificar las prohibiciones en virtud del Estado de Sitio, las cadenas de radioemisoras o la debida atención a las instrucciones de los Jefes de Plaza a cuya autoridad debía someterse la población. Su llamado final fue aterrador para muchos de los que veían o escuchaban el discurso.
“El Supremo Gobierno, siempre consciente de su responsabilidad, llama a la población a colaborar en la mantención del orden público, denunciando a los extremistas y los hechos o circunstancias que pudieren atentar contra la necesaria tranquilidad pública, en la seguridad de que los enemigos de la patria, vengan de donde vengan, serán derrotados y sancionados con el máximo rigor.”
El locutor oficial ocupó la escena de los televisores y su voz sonó muy fuerte en las radios: con parsimonia y energía dio a conocer primero las instrucciones sobre el toque de queda, luego leyó las disposiciones legales que afectaban a los colaboradores de los extremistas y que establecían la obligación de denunciar personas y hechos sospechosos, hizo lo mismo con la nómina de los señores Generales de las Fuerzas Armadas y de Orden a cargo de la seguridad de las respectivas provincias y regiones con sus títulos de Jefes de la Zona en Estado de Sitio; y, por último, dio lectura a la larga lista de personas, que en virtud de un decreto debían presentarse de inmediato ante las autoridades policiales o militares, anunciando que el llamado se repetiría cada una hora.
Mientras en las radios, que seguían en cadena, comenzaba a sonar música criolla, esas tonaditas o cuecas de la zona central, folclore de laboratorio, en las pantallas de los televisores apareció el anuncio de una antigua película de Jerry Lewis, con Dean Martin, por supuesto.
CUATRO
Tal vez fue una sorpresa. Se levantó de su sillón con lentitud y caminó hasta apagar el televisor. Otra vez el discurso de la campaña internacional, pero ahora en un tono más coherente, con algo que hacía más creíble el informe. No se trataba de aquellas frases hechas o monsergas elaboradas por los teóricos de la propaganda para justificar hechos puntuales. Esta era una maniobra en gran escala, derivada del atentado, pero que se estaba aprovechando para dar un nuevo golpe de Estado, con las mismas características del anterior, aunque ahora se daba desde la Moneda y con un país en una realidad muy diferente.
Parecía cierto que se había atentado contra el General, esa era la noticia, pero todo lo que se hacía y las decisiones que se tomaba eran demasiado trascendentales como para pensar que ésta era una operación política o militar más.
Quiso sacarse la idea de la cabeza, pensando que tal vez se había puesto demasiado suspicaz en los últimos años, desde que su posición había cambiado. Cuando supo, con certeza, que muchos “enfrentamientos” no eran sino asesinatos con un barniz de legalidad y que las armas y los panfletos eran llevados a los lugares allanados por los propios agentes, empezó a poner en duda todas las otras cosas que había creído siempre. Había creído hasta que supo lo de Patricia.
Mientras se servía un café con un poco de leche fría, preparándose para lo que vendría, descartó que en esto hubiera exageración. Por el contrario, tuvo la sensación de que el Secretario General de Gobierno había sido demasiado calmo, excesivamente tranquilo y que en realidad lo que estaba haciendo era minimizar una situación muchísimo más turbulenta.
¿Qué estaría tramando el General?
Carlos Alberto estaba sorprendido.
Aunque en los días previos había escuchado los rumores: que los yanquis, que la plata de Francia, que los españoles, que el envío interceptado, que iban a detener a los peces gordos, que había un autoatentado preparado. El Secretario General de Gobierno hablaba de que se había descubierto una compleja conspiración: entonces, ¿fue atentado o autoatentado? La sorpresa para Carlos Alberto era que hubiera verdad en los rumores, que no se tratara sólo de nuevas maniobras del Gobierno o de versiones antojadizas inventadas y difundidas por esos revolucionarios de pasillo y de café que siempre estaban contando en voz baja que el General estaba a punto de caer. Ahora, por lo que estaba sucediendo, parecía que las cosas eran de verdad y no sólo esos rumores a los que se había acostumbrado.
No sería sorpresa un nuevo montaje.
Si, en cambio, que el atentado fuera real.
Es cierto que se había escuchado mucho desde el paro y desde que fueron descubiertos los arsenales en el norte, pero poca gente creyó que esos hallazgos fueran reales. Muchos, incluidos Carlos Alberto, pensaron que se trataba de un montaje más de los servicios. Él creía estar bien informado o algo más, pero no había sabido ni escuchado desde la izquierda que se estuviera planeando atentado alguno: ni un plan, ni un movimiento, sino por el contrario, la veía cada vez más involucrada en la estrategia de la movilización social y política. Si realmente había algo, él debió haberse enterado. Recordó el asesinato del Intendente, que fue ejecutado por militantes de la izquierda, pero la orden fue producto de una infiltración de mandos intermedios por parte de CNI. O el famoso COVEMA, integrado por agentes de la policía.
Está impávido: sentado en la cocina tomando su café, con el cigarrillo consumiéndose en la mano, como si simplemente esperara la hora de ir a la oficina o que lo pasaran a buscar para el próximo desafío de golf. No siente miedo ni desesperación. Ni angustia
Una vez más todos los sentimientos han sido postergados a un segundo plano. O tercero, quizás. Solo él, con su café y su cigarrillo, sorbiendo la sorpresa y tratando de analizar, como si fuera un espectador imparcial, el anuncio de este Secretario General de Gobierno, hombre mediocre, arribista, ambicioso, aprovechador, que él conocía con tanta perfección en sus bajezas. Como si acaso todo esto le fuera completamente ajeno, en una actitud que por tanto tiempo le fue sincera y que desde hacía unos años no era más que una pose necesaria, como si él mismo, con toda su elegancia, portador de una buena cuota de poder, envuelto en un manto de riqueza personal, inmerso en una soledad de separado serio y prudente, no fuera uno de los actores de esta tragedia que estaba empezando a desarrollarse.
Para Carlos Alberto no fue sorpresa escuchar su nombre en la lista de quienes debían presentarse o serían detenidos.
Pero sería sorpresa para muchos.
Algún día tendrían que descubrirlo, pero no pudo imaginar jamás, pese a su enorme capacidad para inventar, crear, especular, que llegaría el día en que un personero de gobierno, de este gobierno cuyo inicio había celebrado intensamente, pronunciaría su nombre en una lista de personas que estaban obligadas a presentarse en los cuarteles, acusadas de estar involucradas en un plan para derrocar y asesinar al propio General.
Todo esto lo complicaba, pues él sabía que no era parte de esa conspiración, así es que se convenció de que la vinculación de los dirigentes políticos en el presunto atentado no era más que un montaje, pero siguió pensando que el resto podía ser todo real, que tal vez en verdad hubiera sucedido algo.
¿Una rebelión militar tal vez?
Alguno de sus amigos pensaría que se trataba de un alcance de nombres y no daría importancia a la lista. Es decir, lo más seguro era que sus amigos hubieran apagado el televisor después de que habló el Secretario General de Gobierno y que no les interesara saber los nombres de los conspiradores, unos porque eran los que podían suponerse −los políticos de siempre− y los otros porque les resultarían completamente desconocidos. A sus amigos les bastaría con que se reordenara la situación, con que se pusiera fin a las protestas y a los paros, que se castigara a los culpables de toda la agitación, se controlara a los curas y que se acabara por fin este clima en que la oposición mantenía sumido al país.
Se sintió solo.
Siempre con la parsimonia que lo caracterizaba, fue hasta su dormitorio para cambiarse de ropa: había que prepararse para la detención, para ir a algún lugar del norte o del sur, vivir en un campamento especial con vigilancia militar o tal vez ser expulsado del país.
Pensó que lo mejor que le podía suceder era que lo enviaran al norte. A él le hacía bien el clima seco del Norte Grande, aunque fuera cerca de la costa. La humedad y el frío del sur le afectaban directamente a la salud, especialmente ahora que ya había cumplido los sesenta años, aunque no se notaran a simple vista. Conocía palmo a palmo el país y en el norte había zonas hermosísimas, con esos paisajes tan peculiares que los hombres del sur no sabían apreciar. Más de una vez había discutido con personas que sostenían que en el norte era todo igual, todo café y puros desierto y cerros, desierto y cerros, de pronto un arbustito y más arena por todos lados. Carlos Alberto insistía en que había que saber mirar los cerros y el desierto para descubrir esos matices de sombra y sol, de minerales que la tierra lanzaba a los ojos de los hombres como una especie de provocación o anticipo de sus secretos profundos, esos brillos tan especiales de las rocas bajo el sol, todos los días diferentes, todas las horas distintas, con una amplitud mágica que daba una nueva perspectiva a la vista humana, con todos esos tonos que mezclaban azules y negros con las variedades más infinitas del marrón, con más estrellas en las noches que las que se puede ver en ninguna otra parte, superior incluso a los cielos brillantes de Lonquimay, en esas noches largas y frías, muy frías le habían contado, ya que no lo sabía porque nunca había debido pernoctar en el desierto mismo sino que había transitado por él, pues se alojaba siempre en cómodos hoteles o en las casas de huéspedes de las salitreras o las minas de cobre o alguna vez en los regimientos o cuarteles. Si las noches eran tan frías, como había escuchado decir, tal vez le convendría que lo enviaran a algún lugar costero o a la zona sur, pero no muy al sur, por Parral, por ejemplo, cerquita de las termas de Catillo.
Lo iban a detener. Esta misma noche, seguramente. No le importaba mucho, era un riesgo aceptado desde que se embarcó en todo este asunto y creía con certeza que ésta era la única forma que tenía de ser leal con Patricia, de recuperarla de alguna manera, de rescatar en su interior las horas perdidas, el cariño que quedó a la espera, a la espera de la nada. No le importó ser detenido y aceptó la idea de ir él mismo a entregarse, porque así podría elegir en qué manos caería y no serían los agentes del General, con su brutalidad conocida, los que lo arrestarían y lo llevarían con los ojos vendados hasta sus cuarteles secretos.
Se sintió solo.
Porque estaba solo. No tenía a quien llamar para decirle: “me van a detener o me voy a entregar, aquí están las llaves del auto y el libreto de cheques, cuida el dinero, vigila el refrigerador, apaga las luces”. Su mente pasó rápida revista: los amigos habituales no, ellos no sólo no podrían comprender, sino que se sentirían traicionados y se negarían a ayudarlo, no lograrían jamás aceptar que él, Carlos Alberto, su compañero de partidas de golf o de empresas lucrativas, el que compartía la mesa en el club y los placeres de la conversación y de la buena comida, estuviera complicado en un atentado contra el General. Tampoco alguna de las mujeres que lo habían acompañado, porque todas ellas quisieron llevarlo al matrimonio y cuando él se resistió, partieron de su vida con resentimientos inolvidables, para no volver a verlo, salvo Rosalía, pero ella seguía muy formalmente casada y no había tenido interés en romper su matrimonio ni él se lo había pedido, pues así resultaba más cómodo y ambos entendían que el juego había sido simplemente irse a la cama una vez cada dos o tres semanas, un audaz y furtivo encuentro en Buenos Aires, entretención de la rica, simplemente aventura en todo el sentido de palabra, placer. Nadie.
Sólo Sonia.
Se miró al espejo: a pesar de los sesenta años aun tenía las carnes apretadas, se mantenía delgado y sano, bien parecido en su desnudez, no como sus amigos, que disimulaban la vejez y la decadencia del cuerpo con la ayuda de buenos sastres o la ropa fina, pero que evitaban mostrarse en traje de baño en la playa y sólo exhibían la desnudez en la sauna.
Sonia siempre le auguraba un estupendo porvenir físico y quizás esa misma profecía, tantas veces pronunciada, le incentivó a mantenerse esbelto y sano.
Ella se sorprendería cuando él la llamara.
Con toda seguridad no se había enterado de nada. Lo más probable era que no hubiera escuchado las noticias y que tampoco le importara nada de esto. La detención de Patricia la había afectado demasiado y desde entonces usaba una coraza para toda ocupación que no fueran las trivialidades de una vida cómoda, con placeres tan pequeños como la ropa, las joyas o el peinado. Aquello los distanció, aunque pensaban igual en asuntos políticos, salvo que mutuamente se lanzaban cargos y culpas, reproches y agresiones, no comprendiendo ninguno de ellos jamás, hasta ahora probablemente, que el asunto era inevitable y que ella era ella y no una dependencia particular de sus padres. Las acusaciones recíprocas eran tan graves que ya casi no se hablaban y, cuando empezó efectivamente a creer que era suya una buena dosis de culpas, él decidió que debían separarse, aunque Sonia no aceptara nada de la que le correspondía.
Luego de veinticinco años de matrimonio se separaron, vendieron la casa y compraron dos departamentos de lujo. El le fijó una mesada, hasta que ella reclamó que quería hacer algo y no seguir como una mantenida, que se estaba muriendo en vida y, luego de renunciar a esa pensión pactada muy solemnemente, Carlos Alberto le entregó el dinero para abrir una tienda en el nuevo centro comercial que habría de causar sensación en el barrio alto. Compró el local a nombre de Sonia y lo entregó lleno de mercadería. Como buena hija de árabes, Sonia fue capaz de conducir su negocio con eficiencia y nunca más volvió a pedirle dinero, por lo que sus contactos se reducían a ocasionales visitas que él hacía a la tienda, por el simple deseo de conservar algo que lo uniera con Patricia, una conversación liviana, una frase simpática de ella sobre su estado físico, una pulla con sorna sobre las tantas mujeres que tendría, una consulta sobre algún asunto financiero, sobre el precio del dólar tan fluctuante, sobre el banco más seguro y sólo muy ocasionalmente un comentario sobre Juan Alberto, el hijo menor que un día partió a los Estados Unidos para dedicarse a la física y que, inmerso en ese mundo científico, sólo se acordaba de sus padres unas pocas veces en el año y le escribía a Sonia, enviando en el mismo sobre una carta más breve para Carlos Alberto, revelando con ello que no aceptaba que se hubieran separado y que no estaba dispuesto a cambiar su costumbre por el hecho que ellos no fueran capaces de enfrentar su vejez juntos. En las cartas de Juan Alberto jamás había una mención para Patricia, no porque no le tuviera cariño, sino porque parecía entender que no había que reabrir heridas o alentar esperanzas inútiles.
Carlos Alberto se sintió solo.
Le pareció que no tenía sentido llamar a Sonia.
Por primera vez en la noche comprobó que la noticia de su próxima prisión lo había afectado y el sentimiento de soledad se hizo más agudo.
Patricia, en aquella última vez que conversaron, le reprochó su aparente frialdad para todo, esa seriedad, esa solemnidad, esa postura de príncipe renacentista que mantenía una sonrisa ajena frente a todo lo que ocurriera en el mundo, como si nada lo tocara de verdad, sin gritar, sin exaltarse, manifestando sus enojos con castigos severos expresados de un modo que casi parecía cortés, esa carencia de contacto físico, lo que ella llamaba incapacidad para expresar cariño, para amar y, tratando de exaltarlo sin conseguirlo, le decía las cosas más duras que se puede decir a un padre, para terminar lanzando al aire o al futuro ese grito doloroso de que algún día, papá, algún día quiero verte llorar, desangrarte en lágrimas, implorar, para saber que eres humano, nada más, un día, papá, sufrirás mucho, sufrirás y no tendrás a nadie, no estaré yo a tu lado y sólo espero que no sea demasiado tarde para que te conviertas en un hombre, un hombre de verdad y no esta especie de máquina para la vida social. Para Carlos Alberto no había sido demasiado tarde el momento, pero si para su relación con su hija mayor, porque hacía dos o tres años, ¿ tres?, se había reconciliado con el llanto y esta detención inminente era justamente porque había dado curso a su ser más profundo, aunque para ello debió asumir como actor consumado, capaz de hacerle creer a todos que él seguía siendo el mismo de antes, pese a que en realidad hubiera cambiado tanto, tan profundamente como había sido el terremoto experimentado en su vida aquella vez.
Carlos Alberto no fue capaz de poner fecha de inicio al drama en su memoria. Siempre creyó ser un buen padre, como eran todos, marcando sólo la diferencia en el hecho que jamás golpeaba a sus hijos. Los quería mucho, los puso en los mejores colegios, les dio vacaciones largas y compró la casa de Concón porque les gustaba tanto.
¿Cuándo empezó el drama? ¿Acaso cuando Patricia entró a la Universidad? ¿Tal vez cuando rompió su largo pololeo que todos esperaban, incluso el pololo, que terminara en matrimonio? ¿O fue cuando ingresó al Partido, ese partido de mierda, que ni siquiera se atreven a ser comunistas le dijo él, en la época de la elección del Doctor como Presidente? ¿O cuando fue elegida presidente del Centro de Alumnos?
¿O fue esa tarde de Julio de 1974, que ahora Carlos Alberto recuerda con la garganta seca?
Era un día muy frío. Durante casi una semana había caído la lluvia sobre la ciudad y esa mañana amaneció despejado y con mucha helada, un día de sol, hermoso, pero al correr de las horas las nubes habían regresado anticipando una nueva lluvia para esa noche. Las cosas no se habían dado muy bien, porque las medidas económicas recién anunciadas por el general que ocupaba el Ministerio de Hacienda habían provocado cierto pánico en esferas financieras. Se suponía que debía darse una cierta estabilidad para recuperar al país después de tres años de caos y socialismo, pero este segundo ministro en menos de un año tomaba nuevas líneas en su acción, los anuncios para el fomento del desarrollo industrial no se concretaban y todo indicaba que este nuevo cambio de política económica sería profundo. Su olfato le señalaba que lo más conveniente era no invertir, mantener su dinero en bancos extranjeros y tal vez iniciar algunas exploraciones en el comercio exterior. Se decía que bajarían los aranceles, que se congelaría el dólar, pero muy pocos creían que eso pudiera suceder. Este seguía siendo el país del rumor y no existían muchas posibilidades de planear seriamente el futuro.
Después de dejar la oficina manejó cuidadosamente, por la lluvia, camino a su casa. Los días de invierno agudizan la melancolía y las dificultades financieras son fuente de angustia para cierto tipo de personas, como por ejemplo Carlos Alberto. No veía a Patricia desde hacía muchos días. Su última conversación había sido muy desagradable y terminado abruptamente, cuando ella salió dando un portazo, después de advertirle que le llegaría el momento de llorar. Un desahogo emocional de la muchacha. El golpe de estado la había afectado mucho, pues se le tronchaban sus aspiraciones políticas, personales y, en general, las referidas a su visión de la sociedad. Ella creía verdaderamente que todo esto que se vivía era mejor y que el caos económico y social era fruto de la campaña del imperialismo y de los antipatriotas, de los reaccionarios, de los fascistas. El día de su último encuentro antes de esa tarde de Julio, ella fue a casa de sus padres porque se sentía especialmente triste. Habían detenido a uno de sus mejores amigos, un poeta que vivía en el mismo edificio, que no mataba una mosca. Se enojó mucho cuando Carlos Alberto le dijo que todo tenía explicación, que quizás en qué estaría metido, pero ella tenía miedo que lo torturaran, que lo mataran o que le pasara algo muy espantoso, algunas de esas barbaridades −pensó Carlos Alberto− que según los comunistas y el Cardenal estaban pasando en Chile, todo lo que por supuesto debía ser completamente falso, porque este país no es la Alemania nazi, ni Vietnam ni Rusia y las Fuerzas Armadas son completamente distintas a las otras fuerzas armadas de América Latina, pero la discusión fue subiendo de tono y él, muy apenado por su hija, no fue capaz de mostrarle afecto como ella necesitaba, sino sólo como él sabía, lo que no resultaba suficiente, porque las mujeres son tan sensibles y quizás anda en uno de esos días “especialmente sensibles”, reflexionó él.
Patricia había querido independizarse.
Nada me molesta, mamá, había dicho a Sonia, pero me quiero independizar. Explicó que ella ya podía trabajar, que le faltaba poco para recibirse y que podría pagar una pieza. Carlos Alberto le encontró razón, pero, como siempre, hizo las cosas a su modo, lo que a Patricia la violentó, pero no tuvo más camino que aceptar. Así, la muchacha se trasladó al departamento que Carlos Alberto tenía desocupado. El compromiso era que ella pagaría sus gastos, pero Carlos Alberto y Sonia la llenaban de regalos, lo que fue un precio por su derecho a vivir sin la tuición inmediata de sus padres. Hasta el golpe compartió el departamento con una amiga que los padres jamás conocieron y que se fue al acercarse la Navidad de ese año. Siguió viviendo sola, aunque cada vez le era más difícil tener dinero, porque la habían despedido del trabajo y entonces tuvo necesidad de recibir esa mesada que su padre siempre había querido darle. No quiso regresar donde los padres y Carlos Alberto en eso fue un aliado, aunque Patricia debió resistir con energía el empeño de que llevara a vivir con ella a la prima Berta que había venido a Santiago a estudiar. Ocasionalmente se quedaban con ella algunas amigas y tuvo como gran compañía al poeta del departamento del lado.
Ya casi un mes había sido la pelea con su hija y a Carlos Alberto le pareció oportuno aprovechar la melancolía de los días de lluvia para irse al Colonia a tomar un chocolate con leche, calentito y dulce, con un buen pedazo de kuchen de nueces, con crema, que a los dos les gustaba tanto.
Desvió el auto, regresó al tráfico. No tuvo certeza de qué fue, pero algo le había hecho cambiar bruscamente el estado de ánimo. En realidad, tuvo una urgente necesidad de ver a su hija mayor. Perdió la flacidez de la melancolía y tensó los músculos del rostro, mordiendo fuerte diente con diente, tal como el dentista le decía que no debía hacerlo, mirando molesto a los automovilistas que hacían maniobras torpes. El pavimento mojado, la lluvia, el barro que las gotas suaves de la llovizna no conseguían eliminar del parabrisas, todo le fue perturbando crecientemente, más y más, y aceleró, tocó la bocina, se abrió paso para llegar pronto. No sabía entonces el motivo de la urgencia, pero poco rato después descubriría que era ese don de anticipación o de percepción especial de los padres cuando los hijos tienen problemas, pero en ese momento pensó que era sólo por la hora, pues si no llegaba luego, Patricia le diría que no podía ir, que ya era muy tarde, tal vez porque llegaría el tal Moncho a verla, ese tipo chico y raro, del partido seguramente, clandestino tal vez, que era una especie de pololo y ella querría esperarlo en lugar de salir un rato con su padre y si no llegaba luego, pensó, en lugar de reconciliación iban a tener otra pelea, así es que más rápido, más rápido, con cierta imprudencia, la que los dueños de autos grandes y potentes, asegurados por añadidura, se pueden permitir. No quería ver a ese Moncho, tipo callado y sin apellido y menos aun ver que le arrebataba a su Patita.
Carlos Alberto nunca corría, sólo tenía el paso largo y enérgico de un jugador de golf, única revelación de sus apuros. Con las llaves en la mano y abrochándose el abrigo subió la escalera. Sus piernas largas y el excelente estado físico le permiten subir hasta el cuarto piso de modo constante y rítmico, sin detenerse en los intermedios, sin cansarse, sin que se agite el pecho salvo por la ansiedad de encontrar a su Patita, a su niña, convertida en mujer independiente, la ansiedad de encontrarla sola y que ella aceptara ir a tomar chocolate con leche, de ése que llena de calorcito el cuerpo en las tardes de frío y reconforta el espíritu cuando empieza a anidar la angustia o la melancolía...
O la sorpresa.
La puerta estaba abierta y desde el pasillo vio el desorden. Entró: los muebles del living fuera de su posición, los cuadros torcidos, el bergère que había sido de su madre, rajado de arriba a abajo, el florero en el suelo y las siemprevivas esparcidas, como si un huracán hubiera pasado por allí. Llamó a su hija en voz alta, pero sin gritar. Avanzó hasta el dormitorio, empujó la puerta y el espectáculo fue aun peor: la cama deshecha, el colchón en el suelo, el closet abierto y desordenado. El otro dormitorio estaba igual y los libros del estante esparcidos por el suelo y encima de la mesa-escritorio.
Su desconcierto se fue convirtiendo en certeza.
Él había escuchado de las detenciones, la propia Patricia se lo había contado, pero esto era demasiado. ¿Qué había pasado? ¿Por qué todo estaba así? ¿No sería quizás una pelea?
Aceptó la idea de que habían llegado a detener a otra persona, no a su Pata, al Moncho ése, seguro, que debe estar metido quizás en qué cosas, carajo, el muy carajo, entonces se debía haber resistido y los habían llevado a los dos. Ese miserable de mierda, ese tipejo, la había involucrado.
Por la misma mierda, que estas cosas le pasen a otros, pero no a él, no a su hija, a su familia.
No era posible.
Sonia lloró cuando se lo dijo y Juan Alberto sugirió ir al día siguiente al Comité de la Paz, porque ahí ayudan, dijo, presentan recursos y todo eso, pero Carlos Alberto, molesto por la proposición de su hijo, que calificó de impertinente, pretendió ser práctico y llamó inmediatamente a Francisco José, quien fue pololo de Patricia por tantos años, para que tú como abogado nos ayudes, pero él contestó fríamente, demasiado fríamente aun para él, que usted sabe, señor, que yo no soy de los abogados que se dedican a esas cosas, tal vez mañana le pueda dar algún nombre y aunque aceptó que había varios amigos suyos cumpliendo funciones en el Ministerio del Interior le dijo que no podía molestarlos para esto, pues ellos cumplen sus obligaciones bien precisas, don Carlos Alberto y cosas como estas están a cargo de los servicios de seguridad y quizás en qué estaría metida Patricia, usted sabe, señor, disculpe, con esos amigos que tiene ahora y su partido y el centro de alumnos, pero es cosa de tener paciencia, si no está metida en nada la van a soltar, hay que tener confianza en las Fuerzas Armadas que hacen todo a conciencia.
Chiquillo de mierda, pensó Carlos Alberto, no es problema de confianza sino de encontrar a Patricia. Muchas gracias y punto, eso era todo lo que podía esperar del que decía que tanto la amaba.
Quedaron los tres solos. Pasaron toda la noche entre los ataques de llanto Sonia y las acusaciones de “tú tienes la culpa, Carlos Alberto, porque la ayudaste a irse de la casa” y la respuesta de “no me hables así, Sonia, porque ella se fue porque tú le hacías la vida imposible y a todos por igual, que ya estamos hasta aquí contigo”, mientras Juan Alberto, el hermano, simplemente se entristecía en toda la profundidad posible.
Habló con todos sus conocidos. Incluso consiguió que lo recibiera el Almirante. Una vez habían estado juntos jugando al golf. Todos prometieron hacer algo, pronto se va a saber. Habló con las más variadas personas: coroneles, generales, miembros del poder judicial, abogados. Todos le recomendaban no presentar recurso de amparo, no armar escándalos, no decir una palabra en público, ya que si recurría a las Cortes o al Comité del Cardenal, las cosas se pondrían peor. Consiguió que un obispo de cuya lealtad no se podía dudar, se interesara privadamente en la situación. A los pocos días los recibió, en esos aires costeros cerca de la capital, para explicarles que, efectivamente Patricia había sido detenida, pues había una denuncia sobre actividades políticas subversivas, pero que pronto podrían visitarla y con los antecedentes de los padres todo se aclararía rápidamente. Mientras tanto no había que decir nada ni hacer escándalos.
Sonia estaba desesperada y Carlos Alberto le insistía en la necesidad de confiar, había que tener paciencia y confianza, ellos no eran cualesquiera, pero los días, las semanas y los meses pasaron y, después del aniversario del golpe de estado, en muchas partes se comenzó a hablar de personas que desaparecían o que habían sido detenidos y los ejecutaban sin proceso o no se sabía más de ellos.
Hasta su oficina llegaron algunas mujeres, diciéndole que habían sabido que su hija estaba detenida y que sería conveniente que se presentara un recurso de amparo, que ése era el camino para saber algo y que así las cosas serían mejores. El las olió de inmediato, se dio cuenta que eran comunistas y como ellas guardaron silencio cuando les preguntó si habían solucionado su problema con el recurso de amparo, con el Comité de la Paz, el obispo luterano, el cardenal y todo eso, las despidió y resolvió no recibirlas más, pues, tal como le había dicho el Coronel en la entrevista que le habían conseguido, esas son injurias y patrañas inventadas por los comunistas y la Iglesia, manejada por los demócrata cristianos, que se han empeñado en una tarea internacional de desprestigio y lo de la niña se arreglará, es cosa de unos días o algo así, no se preocupe, había dicho al alto oficial, que todo se arreglará, tenga confianza. Se notaba que el Coronel tenía poder, que era más importante incluso que varios generales.
Poco antes de Navidad se presentó en la casa de Carlos Alberto y Sonia un grupo de hombres vestidos de civil. El que hacía las veces de jefe fue muy amable. Dijo que lo de Patricia estaba en conformidad e iba a quedar en libertad, que ya todo estaba arreglado y que necesitaban llevarse ropa suya. Sonia pidió permiso para enviar una carta, en la que sólo le expresó que la querían mucho y la estaban esperando. Dos o tres días después se presentó un oficial, esta vez vestido de uniforme. Pidió hablar a solas con Carlos Alberto y en un tono excesivamente solemne, le dijo que su hija había quedado en libertad, pero no había aceptado que la enviaran donde sus padres, sino que quiso irse de inmediato al extranjero por lo que la habían dejado en una micro que iba a Mendoza. Parecía que amigos suyos la iban a ayudar con dinero. Solamente mandó un recado, que para mí señor, es muy doloroso darle a su esposa. Ella dijo que nunca más regresaría a vivir con padres que no la querían y no compartían sus ideas. Perdone, señor, pero eso es. No, el oficial no había hablado con ella, pero el Coronel si y era él quien había enviado tal recado. El Coronel.
Carlos Alberto estaba completamente desconcertado. Hizo todo tipo de gestiones para ubicar a su hija en Argentina, pero alguien vinculado a los militares de allá le hizo saber que había tomado el avión con destino a Cuba.
Al poco tiempo se dejó de nombrarla, por precaución o por miedo y cuando, un año después, se publicó en Argentina la lista de muertos en un enfrentamiento, todos chilenos, ellos buscaron con avidez, pero como no figuraba entre esas ciento diecinueve personas, aceptaron la versión de que estaba en Cuba. Las relaciones entre Sonia y Carlos Alberto fueron cada vez peores, hasta que cansado de tantas recriminaciones, Carlos Alberto decidió separarse. Total, ya no tenía sentido que siguieran juntos: Patricia estaba en Cuba y Juan Alberto en Estados Unidos, al parecer ambos para no regresar jamás.
Así fue todo hasta aquel día de marzo de mil novecientos ochenta y dos.
Había ido a pasar unos días a Concón, la casa que era el único residuo del matrimonio con Sonia, pues la compartían amigablemente. Ella todo el verano, para sí misma o para arrendarla. El, desde marzo a diciembre, para ir los fines de semana, con tus amiguitas, le había dicho Sonia, entre celosa y contenta de saber que su hombre, el que había sido de ella cuando joven, el que siendo tan atractivo la había elegido, todavía fuera interesante para muchas mujeres más jóvenes que ella. Al comenzar marzo, ya no quedaban veraneantes y era el mejor tiempo, un poco menos caluroso que el verano, la playa dispuesta para él, para asolearse y caminar. La primera semana de marzo la pasaba sólo y luego, a veces, invitaba a alguien a compartir su descanso.
El cuidador le entregó un sobre. Se lo había dejado una señorita “que venía en un autito chico, don Carlos Alberto”. Abrió el sobre, sorprendido. Se encontró con un papel sencillo, que decía simplemente que tenía un recado de Patricia y lo esperaba esa misma tarde a las siete en la terraza de la playa. Carlos Alberto se percató que tenía poco tiempo, lo suficiente para cambiar de ropa y tomar el auto. No quiso pensar en nada, sino que dejó sentir la emoción de descubrir que su hija aun se acordaba de él. Tal vez era ella misma quien lo vería y había ingresado clandestinamente al país. Tal vez era una de las mujeres que el Gobierno calificaba de extremistas y de las que ponen bombas. Nada de eso le importaba. Sintió una enorme excitación.
Fue.
Detiene el auto frente a la terraza de la playa. A esa hora aun no se ha puesto el sol. Parece verano, por el brillo del mar y la temperatura agradable. Baja con la misma parsimonia de siempre. Luego de cerrar el auto mira hacia el mar y percibe el enorme pino de siempre y tras él, el sol que se va, lentamente, al mismo ritmo que Carlos Alberto avanza. Treinta años y el pino sigue igual, como si nada pasara, cuando en realidad es lo único vigente de aquellos tiempos, pues los demás lugares, la Parker, el Astoria, la casa de los Aguirre, todo ha ido dejando el paso a enormes edificios de departamentos y ahora son otras las familias que vienen. No ve a nadie y decide cumplir su ritual de caminar de lado a lado por la terraza. Llegó con dos o tres minutos de adelanto y salvo el vendedor de revistas nadie queda en el sector. La terraza, con sus banquitos para mirar la puesta de sol, tiene casi trescientos metros haciendo recovecos y rincones apropiados para que se instalen los enamorados o descansen las mamás de regreso de la playa. Muchos años recorriendo de extremo a extremo la terraza, trancos largos de golfista, manos atrás mirando cada detalle que se le presentara. El rito empezó en los años de papá joven, cuando traía a Patricia recién nacida y en su coche a tomar el fresco de la tarde y desde ese momento para siempre, sólo o acompañado, leyendo o mirando. Para él, este lugar significaba inmediatamente paseo en las tardes y todos quienes lo conocían sabían que era el lugar ideal para encontrarlo.
− Buenas tardes, señor.
Al primer vistazo le parece una muchachita, pero luego, al verla de cerca, ve que ya no es una niña, sino debe tener por lo menos treinta años. Rubia, muy bajita y menuda, de una delgadez que le arrebata sensualidad, pero le añade ternura a su rostro alargado. Su vestido blanco, de falda amplia, muy liviano, como para que el viento lo moviera igual que a su melena dorada, le da un aire angelical. Bonita, se dijo, con su costumbre de observarlo todo y calificarlo de inmediato, sintiendo simpatía por este ser que le hizo pensar en una aparición, como las que estaban de moda por aquel entonces.
− Soy Teresa. Yo le envié el papel.
Es decir, no era un ángel ni una aparición. La saludó muy formalmente y no pudo evitar ponerse nervioso, presintiendo que este encuentro sería muy importante. Le preguntó si querría acompañarlo a la casa o ir a algún lugar a tomar un trago o un café, pero ella le respondió que prefería caminar, sin agregar que allí sentía que estaba más segura, pues no sabía cómo iba a reaccionar él cuando le dijera lo que tenía que decirle. Sólo le comentó este miedo de esa tarde varios meses después cuando, un día en forma inesperada volvieron a encontrarse en la casa del poeta, el mismo que había sido tan amigo de Patricia.
− Yo lo invité a venir. Le tengo un recado de su hija, de Patricia. Quizás tenga muchas cosas que contarle, que le pueden interesar.
Hace una pausa y traga saliva. Le dice que para ella esto es muy difícil.
− Le ruego que no me interrumpa, señor, si me deja contarle todo, después puedo contestarle sus preguntas.
Lo miraba con algo de asustada y mucho de fuerza interior.
− Antes de hablarle he averiguado muchas cosas respecto de usted y de su familia, porque siempre me sorprendió que Patricia no estuviera en las listas de los detenidos desaparecidos y no leer jamás su nombre en las campañas que se ha hecho en todo el mundo en favor de las personas detenidas.
Ella necesitó saber qué clase de personas eran éstas que no decían nada ante el dolor y la pérdida de un ser querido. Sabía que había cientos de familias que habían silenciado su condición de víctimas de esta dictadura horrorosa, tal vez como una vergüenza, tal vez por miedo, pero nunca había conocido ninguna de cerca.
Carlos Alberto la mira con atención. Teresa habla muy rápido, casi sin respirar, con un tono suave, como debía ser su pelo rubio; rápido, muy rápido, temiendo ser interrumpida. El hombre había aceptado una condición de no interrumpir el relato, no preguntar nada hasta que hubiera terminado, pero ella no sabía si él cumpliría su palabra y que estaba entrenado por su trabajo para escuchar mucho y hablar sólo lo necesario, como tenía que ser entre personas que se dedican a los negocios y saben ganar siempre.
Teresa le dijo que como fruto de sus averiguaciones se había enterado que a la familia, a los padres de Patricia, se les dijo que la muchacha había quedado en libertad a fines del setenta y cuatro y se había ido a Argentina y luego a Cuba y que luego de esperar por mucho tiempo que ella escribiera, habían tomado la actitud de olvidarse que existía, lo que entendía que era imposible, pues un padre jamás puede olvidarse de un hijo.
− Eso lo sabemos todos, incluso yo, señor, porque tuve un hijo que murió cuando tenía un año y lo sigo recordando, aunque después he tenido otros, así es que sé que usted tiene que seguir preguntándose por ella.
Él la mira con los ojos fijos.
− Lo que pasa, dice levantando los ojos y enronqueciendo la voz, que no es verdad lo que les contaron. Patricia nunca fue dejada en libertad, sino que murió en prisión.
Fueron detenidas el mismo día. Cuando tomaron a Teresa, los agentes la separaron de su marido −que era a quien buscaban− y la llevaron con los ojos vendados hasta un lugar cerca de la cordillera. La sentaron en el suelo de una habitación y al poco rato se dio cuenta que no estaba sola, pero no hizo nada, no pudo hacer nada, ni hablar ni moverse, pues tenía mucho miedo y no sabía si había guardias mirándola. Pasó mucho rato en esa posición, presa de un terror que le dominaba todo el cuerpo, su frágil cuerpo, pensó Carlos Alberto, hasta que la puerta se abrió y la obligaron a levantarse. Luego hicieron ponerse de pie a la otra persona, las esposaron juntas.
− Me di cuenta que era mujer y caminamos a través de pasillos y escaleras hasta llegar a una pieza en la que nos sentaron, esta vez en sillas de madera. Era una especie de oficina de ingreso, en la que un hombre de voz dura y prepotente nos preguntó los nombres y otros datos personales.
Allí supo que la otra persona detenida junto a ella, era Patricia.
− Su hija, señor, a la que conocía de nombre y de vista como dirigente de la Universidad, pero ella no me conocía a mí. Ni de nombre.
El sol se ha puesto, la brisa playera se levanta, discreta y tibia.
− Para qué le voy a contar mi historia. Me trataron pésimo, me sometieron a muchas torturas, las más brutales que se pueda imaginar. Querían hacerme confesar todo tipo de cosas sobre mi marido, querían que diera nombres de otros compañeros, pero yo no sabía casi nada de lo que me preguntaban y hasta ahora tengo dudas sobre si acaso habría cedido a las presiones o no, en caso de saber algo de todo eso, por supuesto.
Quedó muy mal después de las sesiones de torturas. Sólo después de varios días le permitieron descansar.
− Me enviaron a una especie de sala de recuperación en la que pude sacarme la venda, autorizada, señor. Casi enceguecí de la impresión al recibir un poco más de luz, no mucha, porque era una celda ubicada en un semisubterráneo al que le entraba algo de luz natural, muy fría, muy húmeda, con seis camas y una mesa.
Había colchonetas y frazadas sobre las camas, toscas, grises, ásperas. No estaba sola. Estaba Patricia. Tendida sobre una cama, en muy mal estado, en una especie de somnolencia, pálida. Tenía fiebre.
La voz se le aceleró aun más cuando contó que se acercó a ella, le dijo que la conocía y que también estaba detenida como ella.
− Patricia no me creyó, señor, pensó que era una del equipo de torturadores, porque siempre hacen el juego del bueno y del malo.
Durante varios días no la dejaron dormir. La interrogaron mucho, duramente, le preguntaron por mucha gente, algunos de los cuales parece que ya habían sido detenidos y querían comprobar declaraciones.
− Después de todos esos días, estaba peor, mucho peor que yo.
Teresa describió a Carlos Alberto las torturas que recibió Patricia. Primero los golpes en el rostro y en el estómago. Luego los interrogatorios de pie, hasta que las piernas se hincharon. No la dejaban ir al baño y ella ya no resistía los dolores en la vejiga. En medio de una golpiza se orinó, lo que aprovecharon para humillarla. El grupo de torturadores se integró con mujeres cuando tocó el turno de la electricidad.
− En los pies, en las axilas, en los genitales, introduciendo alambres por la vagina y por el ano, señor, usted no puede imaginar lo que es eso, a mí también me lo hicieron y después en los pezones.
Horas y horas amarrada en la parrilla. Siempre desnuda, la habían colgado de los pulgares teniendo los brazos atados a la espalda.
− El descanso que nos dieron duró tres días. Nos hicimos muy amigas. Hablamos de todo, nos contamos la vida entera, descubrimos puntos comunes, amigos, conocidos, fiestas, alegrías, terrores.
Patricia se recuperó mucho, pero le persistió un dolor muy fuerte bajo el estómago. Les daban algo de comer cada cierto tiempo, pero ella no retenía nada y botaba mucha sangre.
− Me contó de ustedes, de la familia, de los resentimientos pendientes y de las peleas. Sobre todo se acordaba de usted.
Al cuarto día empezó una nueva etapa de torturas para ella. Regresó a la celda dos días después, en un estado peor que el anterior.
− Fue terrible, doloroso verla, más aún cuando ya la sentía mi amiga.
Teresa habla, mientras Carlos Alberto siente un bulto que le gira por el tórax.
− Dijo que se iba a morir, que no soportaría el terrible sufrimiento.
La brisa es menos tibia, las estrellas están lejos, demasiado lejos.
− Me habló de su amigo poeta, de sus otros amigos, de la gente que más quería. Esa noche, deben haber sido como las tres de la mañana, la sentí quejarse. Me acerqué y tomó mis manos con mucha fuerza. Eso me pareció buen signo, pero me dijo que se moría. Me muero, Teresa, me voy a morir. Y entonces me pidió este favor. Teresa, me dijo, si es que alguna vez sales de aquí, anda a ver a mi padre, no a mi madre, a mi padre, y le cuentas todo esto que has visto. Dile que le he tenido rencor porque siempre estuvo lejos de mí, pero que en realidad lo quiero mucho, que siempre lo quise mucho y que lo he perdonado. Dile que me perdone él a mí, por lo malo que le hice, yo sólo quise ser leal con mi conciencia, quise ser honrada, jamás quise dañarlo. Dile que nunca he hecho nada de lo que él tenga que avergonzarse y que todo lo que le puedan decir de mí es mentira. Anda, me dijo, y se lo dices en persona. Nunca lo escribas. Debes estar segura que él se entere, aunque pasen muchos años.
Ya está oscuro y ellos sentados en el banco, frente al pino legendario de Concón. Carlos Alberto, el pecho compungido, incrédulo mirando a la muchacha, ambos emocionados y ella con la vista en la profundidad de las estrellas, sintiendo el frescor de la noche que ya caía, agradeciendo aliviada que este hombre hubiera sido capaz de mantenerse en silencio durante su largo discurso. Retomó el aire y siguió contando.
− Poco después Patricia perdió el conocimiento, pero mantenía su mano en las de Teresa, respiraba cortito y rápido. Una o dos horas después empezó a quejarse, arrugó el rostro y la vi que se iba a morir. Me puse a gritar para que vinieran los guardias y llamaran a un médico. Vino un guardia, me hizo callar pero no obedecí y luego llegaron otros más, hasta que por fin trajeron una camilla para llevársela. No puedo asegurarlo, señor, pero creo que cuando se la llevaron ya había muerto.
A Teresa la cambiaron de lugar de encierro.
La llevaron de una a otra parte, la torturaron nuevamente, otros interrogadores, otros expertos en interrogatorios políticos, otros hombres y mujeres, que la insultaron, la amenazaron, la dañaron, la fusilaron fingidamente dos veces. Uno de los agentes le contó que su hijo había muerto, pero ella no lo creyó.
− Estaba convencida, señor, que no era sino una maniobra para quebrarme, para debilitarme, pero resultó que fue la única verdad que los canallas me dijeron en todo el tiempo que permanecí en sus manos.
Tuvo suerte: estaba destinada a morir porque había visto demasiado, pero un fiscal militar creyó necesario llevarla a prestar declaración en un proceso que culminaría en Consejo de Guerra. La dejaron recuperarse, la acomodaron y la llevaron a las Fiscalías. Guardias y oficinas, mucha gente por todas partes, hasta que la sentaron frente a una mujer muy amable, con cara bonachona que la interrogó por largo tiempo y le convidó una taza de té. Cuando terminó la diligencia, el Fiscal consideró que no tenía nada que ver en el proceso y no había razón para mantenerla detenida, por lo que ordenó su libertad por falta de méritos. Ella sabía que tenían que devolverla al lugar donde estaba prisionera y temía que entonces la mataran. La actuaria también.
− Con sus ojos cálidos me dijo, “para el taxi” y me entregó un poco de dinero, llamó al gendarme y le dijo que yo estaba en libertad, que me iba desde ahí mismo y me hizo salir por una puerta distinta, mientras al interior del edificio quedaban esperando los agentes que me habían traído.
Teresa estaba libre, libre, caminó rápido y tomó el primer taxi que apareció.
− Esa noche mis padres me llevaron a una embajada. Estuve fuera hasta Diciembre del año pasado. Ahora me autorizaron a regresar y aquí estoy, cumplido ya el encargo. Eso es todo.
El silencio parece un alivio. Mira a Carlos Alberto y lo ve llorar, muy suave durante mucho tiempo y luego más y más, con sollozos e hipos, con sonidos agudos y el rostro descompuesto, llora como no podía recordar haberlo hecho jamás. Hace frío y ella misma le sugiere que se vaya a casa dispuesta a acompañarlo. Llegan y él sigue llorando. Teresa se instala a su lado y lo acompaña, acariciándole el pelo, suavemente, hasta que se queda dormido sobre el sillón. Ella sale en puntillas, silenciosamente, ante la sorpresa del cuidador que creyó que había venido a dormir con el patrón.
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