Читать книгу: «Gente en las sombras»

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© LOM ediciones Primera edición: marzo de 2020 Impreso en 1000 ejemplares ISBN: 978-956-00-1247-0 eISBN: 9789560012838 RPI: 2020-a-510 Edición, diseño y diagramación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 68 00 lom@lom.cl | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile

A Leticia siempre, desde el corazón.

Lo peor es que se habituarán a la muerte, como a una bestia domesticada a la que ya no se teme. Ismail Kadaré en El cerco

Primera parte
1

El episodio ocurre poco antes de la Navidad, aunque su espíritu no es muy navideño y resulta más bien abrumador, una secuencia resumible en unas pocas líneas: el jueves a temprana hora, un grupo de individuos de catadura lúgubre se da cita en la dirección acordada e inicia en tres vehículos el desplazamiento en caravana hacia el sector de la ciudad donde vive Prada. Allí ocupan posiciones repartiéndose estratégicamente en el área y esperan por el coronel hasta que este abandona su casa para dirigirse al tribunal, momento en que interceptan su BMW blanco al llegar a la esquina, allí donde hay un kiosco de revistas y un parquecito colindante con la avenida paralela, desbordante a esa hora de automóviles que tocan la bocina con apasionamiento.

Con todo, lo que esos ejecutores apresurados no preveían es la reacción automática de los dos guardaespaldas de Prada, que viajan siempre en el asiento delantero del BMW, uno de los cuales alcanza a extraer su arma de servicio para repelerlos, mientras el que va al volante grita al militar que se agache, ¡al piso, mi coronel!, metiendo marcha atrás para intentar escabullirse del lugar, aunque uno de los vehículos interceptores le bloquea ahora el paso atrás. La fuga a medias del vehículo –falto del blindaje apropiado, pese a que Prada lo solicitara en su momento al alto mando– solo consigue provocar la reacción desmesurada de los atacantes, quienes terminan vaciando el cargador en los dos tipos fornidos a cargo del ex militar y ultimándolos en forma instantánea, provocando además que una de esas balas se desvíe de su curso y adopte un derrotero imprevisto, ingresando al cráneo del coronel por la izquierda y concluyendo su desvarío al centro de su encéfalo, dejando al destinatario paralizado en el asiento trasero y reducido en cosa de segundos a la condición babeante de un lémur que aún respira, pero no volverá a moverse o hablar normalmente ni será ya capaz siquiera de anudarse por sí mismo la corbata, en el caso improbable de que vuelva a utilizar una corbata.

Los efectos de la asonada –una vez se han retirado los atacantes– son palpables, junto a algunas consecuencias menores como que los automovilistas de la avenida vecina quedan todos boquiabiertos tras los cristales y ya no tocan la bocina, los escolares que pasaban se olvidan momentáneamente de seguir rumbo al colegio, la señora que barría la vereda en las cercanías permanece con la escoba detenida en su sitio, el dueño del quiosco prepara en su mente la versión del episodio que contará a su clientela durante la semana, dos vecinos que paseaban cada uno a su perro dejan de atender momentáneamente a sus mascotas, y un jardinero madrugador, nada más oír el primero disparo, se hiere un dedo con la tijera de podar, aunque no es grave, una venda se encargará luego de subsanar la breve incidencia. Adicionalmente, alguien en la vereda solicita a gritos que llamen a una ambulancia, ¡hay que llamar a una ambulancia!, proclama, aunque en esos instantes nadie atina a obedecer o llamar siquiera al perro de vuelta, una de las mascotas que anda ya cerca del coche acribillado y olfateando los casquillos diseminados en la calle o incluso los restos de sangre.

2

¿Sería posible sortear alguna vez el recuerdo tan persistente de esa guerra unilateral que el mismo Prada había librado a su arbitrio, envuelto en su épica torcida, esa que solo dejó tras de sí cuerpos lacerados, familias fragmentadas, cadáveres arrojados al fondo del mar?

Larrondo solía reflexionar desalentado en torno al tema, hasta que una mañana, cuando estaba por concluir el otoño, sonó el teléfono en su estudio y afloró en el auricular una voz funcionarial que le hablaba, coincidentemente, de un proyecto inesperado al que buscaban sumarlo, mencionando en la propuesta esos cadáveres insepultos, la herida esa aún supurante entre vastos segmentos de la población. Decidió, pues, prestar atención a esa voz un poco solemne y los detalles que ahora enumeraba en el auricular, incluso accedió a la reunión que ella misma le proponía, idealmente dentro de esa semana. Eso fue seis meses antes de Navidad y el atentado aquel contra Prada.

No era un proyecto sencillo ni mucho menos optimista, le indicó luego en persona Beregovic, el subsecretario, que resultó la encarnación afable de esa voz en el auricular, un individuo con cara de niño, gafas de marco grueso y contextura voluminosa, que se alzó con presteza del escritorio para darle la bienvenida a su despacho en el Ministerio de Información, indicándole la silla más próxima ante el escritorio.

–Se trata de hacer la crónica del Campo D, el antiguo centro de detención –complementó ahora y le tendió una carpeta con documentos–. Lo habrá oído mencionar, supongo. Era uno de esos baluartes en que el antiguo régimen solía reducir a los disconformes, pero ahora es una casa deshabitada y en ruinas, en el camino a la costa. Lo vamos a convertir en un memorial y un tributo a las víctimas.

Luego de formulado su encargo, se embarcó en una vena retórica:

–¿Será posible narrar con fidelidad ese episodio infame, Larrondo? ¿Cree usted? Quiero decir, ¿referir con la sobriedad requerida el tema de la tortura…? –Parecía tener preparadas esas y otras preguntas y las enunció con cierta cualidad teatral, con la actitud impostada de quien está desde hace poco en un cargo de importancia y empieza a adivinar los gestos adecuados a cada interlocutor en su oficina ministerial–. ¿Cómo hace alguien –prosiguió abriendo muchísimo los ojos detrás de las gafas– para ocasionar un dolor intolerable a otros? ¿Tendrá que ampararse en sus propias convicciones o se requerirá algo más? ¿Una dosis de locura, quizás, o de sadismo…?

–De sadismo, no me caben muchas dudas –dijo Larrondo.

–¿Y cómo hace luego ese alguien para seguir con su vida, aceptando grados y ascensos, reintegrándose a la vida institucional? Es un tema espinudo, amigo mío, este del dolor infligido a terceros en forma deliberada.

Larrondo prefirió abstenerse de momento y mejor hojeó el dossier que su anfitrión acababa de entregarle, echando un vistazo a las fotos, con Beregovic ahora expectante y en silencio.

Esperaba, el propio Larrondo, rostros tumefactos y cuerpos lacerados, pero quedó decepcionado: solo había imágenes en blanco y negro de las celdas ahora vacías y hasta una visión parcial de la «sala de máquinas», como decía el pie de foto que llamaban los detenidos a la sala de interrogatorios ubicada en la planta baja. Una fotografía adicional de la casona y el frontis daba cuenta –pese al deterioro tan apreciable y el estuco cayéndose a pedazos– de un esplendor pretérito. No había, con todo, rastros de las huestes espurias que habían habilitado el lugar para sus fines noctámbulos, mucho menos de quienes habían sufrido sus procedimientos, salvo alguien detenido en una ventana a la izquierda, en el piso de abajo, mirando a la cámara desde allí; un rostro anónimo desdibujado por el objetivo, quizá fuera un funcionario del Ministerio parado allí por casualidad cuando hicieron la foto.

En una de las celdas había además un nombre escrito en la pared, «H. RIQUELME», garrapateado allí con algo filoso, quizás una cuchara o una moneda, sin ninguna fecha de referencia, nada que permitiera establecer el momento en que había sido escrito y menos si el firmante había sobrevivido a su bajorrelieve, olvidado ahora en el mutismo de la celda.

–Se trata, en suma, de hacer una crónica del dolor –acotó al fin Beregovic.

A Larrondo le pareció una propuesta demasiado abarcadora.

–Puede que sea muy abarcador ese concepto –dijo–. Todo es en cierta forma una crónica del dolor, ¿no? Cuando menos en términos literarios.

–Ya, pero este no es cualquier dolor, amigo Larrondo –Beregovic tomó aire para reforzar lo que iba a decir–: ¡Este es un dolor-país!

Larrondo se enervó en forma instintiva con ese apareamiento habitual de términos, empleado ahora en las esferas institucionales durante esos años de transición. Un apareamiento en que parecía faltar siempre una preposición.

–Un dolor-país –repitió–. ¿Y quieren ustedes que escriba acerca de ello?

–Es la idea, que haga usted la crónica del Campo D. Un libro de unas cien, ciento veinte páginas, que llevará imágenes. Será una memoria fotográfica, que distribuiremos luego por los canales oficiales.

–¿Y por qué yo?

–Bueno, tiene usted experiencia en estas cosas, ¿no?, libros institucionales, memorias de empresas… Y es además historiador.

–Licenciado en historia –precisó Larrondo, en lo que era más una forma de cautela que de humildad.

–Pero, es además escritor, ¿no? Tiene... ¿cómo diría yo?… una relación íntima con las palabras. Queremos que ponga usted su talento al servicio de este proyecto, Álvaro. Al servicio de la parte escrita.

–¿Y la parte gráfica?

–Esa estará a cargo de la arquitecta asociada a nuestra repartición, Svetlana Braun, que va a remodelar además el lugar –en este punto bajó de manera refleja la voz–: Es un caso delicado.

–¿Por qué?

–Su madre fue detenida en los días posteriores al golpe –pareció reflexionar unos segundos y añadió cambiando de enfoque–: Pero, quién sabe, puede que sea mejor así, con el debido respeto a su madre y a la propia Svetlana. Eso sugiere el espíritu de reconciliación que anima todo el proyecto, esto de que participe la hija de una de las víctimas es la prueba de que es posible superar el pasado, ¡curar esta herida-país! Hay que crear conciencia de lo ocurrido, enseñar a las generaciones futuras lo que fue, ¡y a lo que puede llegar!, un gobierno de facto, pero se les debe inculcar a la vez la tolerancia, tiene que ser con delicadeza… Es tiempo de posponer las pasiones, amigo Larrondo, ahora toca gestionar el país en esta transición ejemplar para el mundo entero. Por eso hemos pensado en usted. Usted entiende, con seguridad, nuestras intenciones.

Larrondo permaneció mudo.

–Hay que hacer esa crónica del dolor y referir los hechos fundamentales –prosiguió Beregovic–, pero no por eso herir algunas susceptibilidades, menos ahora que varios de los uniformados responsables de esos hechos están en los tribunales. ¡No hay que hacer leña del árbol caído, decimos nosotros, ahora toca ser magnánimos! Pero es, más que nada, un tema político.

Larrondo asintió dubitativo, creyendo adivinar al fin a qué apuntaba su pregunta inicial, esa de si sería posible contarlo todo con sobriedad. Comenzó a intuir, a su vez, la razón por la que lo habrían escogido a él: un nombre ligado a la izquierda, comprometido en su época universitaria en la oposición a la dictadura, pero que ya no planteaba mayores amenazas al orden vigente, ni volvería a plantearlas. Hasta era posible que nunca las hubiera planteado de verdad.

–Hay además enclaves autoritarios supervivientes hasta hoy, amigo Larrondo, en todos los frentes –abundó Beregovic–. Gente que maneja mucho poder y que no va a ceder fácilmente en sus pretensiones involucionistas. Y no hablo solo de quienes torturaron gente o del antiguo encargado del Campo D.

–¿Y ese quién era? –preguntó Larrondo.

–El coronel Efraín Prada, quizá lo recuerde.

–Desde luego. Lo han convocado hace poco a los tribunales, ¿no?

–Exactamente.

Afuera llovía ahora con resolución.

–¡Cómo llueve! –redundó Beregovic.

Al aluvión en curso se sumó, en un lugar visible a través de los cristales, un nubarrón que acabó aposentándose sobre el sector céntrico. Larrondo imaginó a los comerciantes recogiendo su mercadería perecible en las calles o los músicos ambulantes cargando malhumorados el amplificador para llevarlo hasta el quiosco más cercano, ese universo abnegado que sobrevivía a la intemperie y ahora corría a guarecerse, con la excepción probable de algún predicador más obcecado que otros, que insistiría en su prédica cuando sobrevenía el aguacero, quizá porque le permitía evocar con mayor realismo el Diluvio bíblico.

–Bueno, ¿qué me dice? –lo emplazó al fin Beregovic–. ¿Le interesa?

Larrondo meditó unos instantes, aunque no lo precisaba. Le parecía, todo el planteamiento, más un deber ineludible que un encargo, y los honorarios –que Beregovic le detalló ahora– no estaban nada mal, sería como tener un sueldo fijo hasta fin de año, que era el plazo fijado para la entrega del texto, en torno a la Navidad, faltaban aún seis meses para eso.

–Por qué no –concluyó con deliberada ambigüedad.

–¡Fenomenal, lo hacemos entonces! –dijo Beregovic y enseguida le aclaró un punto indispensable–: Lo que sí, tendrá que disculparme, pero no he leído nada suyo.

–No hay drama –se apresuró a tranquilizarlo Larrondo–. Tampoco he publicado tanto.

–Es que en esta labor queda poco tiempo para leer, usted me entiende.

Larrondo movió la cabeza en señal de que lo comprendía, no faltaba más: alguien tenía que gestionar los destinos del país. Después le preguntó si estaría bien que fuera al día siguiente a conocer el centro de detención.

–A la hora que guste –dijo Beregovic–. Svetlana ya estará ahí. Ella llegó hace unos días, podrán familiarizarse juntos con el lugar.

En este punto pareció dar por concluida la reunión y se levantó del escritorio para acompañarlo a la puerta, donde le estrechó la mano con vigor.

–Seguimos en contacto, entonces. En el dossier está todo lo que necesita saber por ahora y mi secretaria lo llamará mañana por lo del contrato.

De pronto se había vuelto abrupto y cerró la puerta de golpe a espaldas de Larrondo, que solo atinó ahora a buscar la ruta de vuelta a los ascensores.

3

Trasladado el coronel al hospital más cercano, sobreviene el parte médico de su estado. La bala ha ingresado por el flanco izquierdo del cráneo y desgarrado el lóbulo temporal, comprometiendo abundante masa encefálica en su trayectoria. Los médicos han hecho un prolongado intento de remover el proyectil, pero el paciente ha entrado previsiblemente en crisis y ha sido preciso descartar el empeño. La bala se queda donde está y habrá de permanecer allí posiblemente de por vida, la poca o mucha que le quede al paciente en estas circunstancias.

El daño neuronal provocado ha sido desde luego masivo, pero el afectado –militar de profesión y un hombre ya mayor, de 75 años y contextura recia, en buen estado físico general– ha logrado sobrevivir. Ahora se trata de mantenerlo con vida, aunque sea adosado a la maquinaria del hospital y en estado vegetativo.

Como era previsible, el hecho no provoca la congoja unánime de la ciudadanía, ni en los círculos de gobierno, donde nadie está por hacer de Prada un mártir y las declaraciones se suceden en tono de forzado pesar («Ninguna forma de violencia es justificable…», «Siempre es lamentable que ocurran estas cosas…»), con varios personeros públicos condenando el atentado pero aclarando a la par que era algo previsible, fruto de la misma violencia que Prada sembró en el país durante los últimos decenios, cuando estuvo a cargo de combatir –«con métodos muy poco ortodoxos», dice alguien crispado– a la oposición a la dictadura.

Quienes solían arrojarle, en días previos, desechos y cáscaras de naranja a la salida del tribunal hacen un intento de averiguar dónde serán las exequias para reiterar allí la maniobra, ahora contra el féretro, pero al final no hay exequias ni féretro y el ceremonial se pospone indefinidamente, visto que la condición de Prada es estable y la emergencia en sí ha pasado.

La muerte cerebral es, con todo, irrevocable: ya no volverá a respirar por su cuenta o recobrar la consciencia, y su esposa hace, al cabo de dos días del atentado, el noble anuncio de que no va a desconectarlo, ella se mantendrá a su lado para cuidarlo el tiempo que sea preciso, con la ayuda del Señor.

Luego de eso ya no hay más comunicados, salvo una declaración altisonante del ejército denunciando el estado de inseguridad existente hoy en el país por obra y gracia de la misma gente que aún sueña con reconducirlo al caos. La declaración institucional no es un modelo de originalidad, pero nadie espera originalidad en esos momentos, mucho menos por parte del ejército.

4

Yendo en el metro hacia la estación más próxima al Campo D, le sobrevino el recuerdo, por lo demás previsible, de la visita que había hecho el 95 –hacía diez años de eso– al campo de Sachsenhausen, situado a unos kilómetros de Berlín, un legado similar del Tercer Reich, abocado a perfeccionar esas prácticas aniquiladoras.

Larrondo llevaba una semana en la vieja capital prusiana, como parte de una delegación de intelectuales convocados al Berlín unificado, y un día al atardecer sus anfitriones germanos pasaron por el hotel a preguntar a los invitados al simposio si alguno quería conocer algo en particular o tenía alguna inquietud de orden turístico, la que fuera, quizás incluso de otra índole. El personal a cargo de la delegación podía ayudarlos a cumplir esa inquietud pendiente.

Tras la pausa y el silencio un poco indolente que sobrevino, Larrondo alzó su mano y dijo que sí, había algo que le interesaba, aunque no era muy turístico y más bien de otra índole. Le preguntaron de qué índole y él dijo «un campo de concentración», sintiéndose un poco azorado, quizá por lo que exclamó inopinadamente una de sus colegas invitadas al encuentro:

–¡Qué lúgubre, Álvaro!

Los anfitriones, por su parte, se miraron con expresión inmutable, hablaron brevemente en alemán y le preguntaron si tenía disponibilidad en su agenda para el día siguiente en la mañana. Una de las chicas a cargo de los autores podía llevarlo a Sachsenhausen, el campo ubicado a unos kilómetros hacia el norte, en lo que había sido la antigua RDA. Larrondo se limitó a asentir complacido y preguntar a qué hora pasaría a buscarlo la chica.

Con ella, una jovencita rubia y de piel muy blanca que parecía embargada de cierta languidez endémica, una tristeza apreciable en sus ojos brillosos y la sonrisa normalmente ausente en sus facciones, abordó al día siguiente uno de los trenes de cercanías a Oranienburg, la localidad vecina a Sachsenhausen. Tampoco a ella le provocaba, en apariencia, ninguna incomodidad su interés por el campo, educada como habría sido en la posguerra, habituada a convivir con la realidad insoslayable del Tercer Reich. Una chica cuyo nombre no conseguía ahora recordar (¿Ulrike? ¿Renata?), tan solo que había nacido en la mitad oriental del país, se lo dijo ella misma de entrada, dándole a entender la secreta razón de su tristeza, lamentándose, nada más hubo partido el tren, por la desaparición imprevista de su país de infancia, ese que ahora atravesaban y era para entonces solo un recuerdo idealizado en su mente. El país en que ya no estaban sus progenitores, quienes se habían mudado hacía poco a Berlín Occidental, luego de ser durante años «gente del sistema» en el Este, como ella lo resumió. «Muy complacientes con las autoridades, ¡aunque no con la Stasi!», aclaró al instante. Eran, según dedujo Larrondo, gente que había depositado su confianza en el socialismo de Honecker y ahora vivía sumida en cierta perplejidad, como le sucedía claramente a ella, no sabiendo ya si enarbolar con altivez su infancia en esa otra Alemania que había proclamado la igualdad como su ideal de vida o sentirse incómoda de su propia devoción residual a lo que los halcones de Occidente voceaban ahora como un sistema político execrable. A ella el giro histórico le había arrebatado, al parecer, algo más irreparable que el socialismo, llevándose consigo su infancia y sus juegos, los dibujos en que aún tendía a incluir ella misma el símbolo de la RDA en la bandera y a sus amigos de la primaria, las excursiones en que se habrían hecho todos deliciosamente adultos, al calor de un Estado que amparaba entre otras cosas cierta naturalidad en la esfera íntima. Hecha esa confesión, permaneció muda un rato, hasta que, ya próximos a Oranienburg, retomó el papel de chaperona y le habló con cierto detalle de Sachsenhausen y su historia, indicándole que había sido uno de los primeros campos, empleado al inicio en procedimientos de eutanasia con enfermos mentales y otra gente que el Reich consideraba prescindible.

Al llegar hablaron poco y recorrieron en silencio las instalaciones, tras cruzar bajo el lema repujado en letras de metal a la entrada, «Arbeit macht Frei», que los prisioneros descubrían antes de ser arreados a los barracones, con las oficinas de las SS a un costado, también en la entrada. A Larrondo le sorprendió la pulcritud del lugar: parecía cada cosa en su sitio y todo bien cuidado, aun allí la eficiencia germana, al cabo de los años, luego de clausurado el campo y transformado en un museo.

Había otros visitantes dando vueltas a la par de ellos por las instalaciones, un grupo de japoneses, una familia que parecía de origen nórdico, dos individuos de barba y turbante, moviéndose todos con sigilo por el lugar, coincidiendo a veces en los barracones y asintiendo con solemnidad al encontrarse, saludándose en silencio cada vez que ocurría.

Todo estaba bien conservado, como cuando el lugar se hallaba en funciones. En la antigua enfermería estaba aún el instrumental quirúrgico empleado en los experimentos con los prisioneros, las palanganas y matraces de otra época; en los barracones, las mantas de arpillera con que dos y hasta tres prisioneros se cubrían malamente por las noches en cada litera. Esos detalles domésticos mezquinos eran, con seguridad, la quintaesencia del infierno hitleriano: cada elemento era una reproducción a escala del universo habitual, evocado ex profeso en esos detalles, buscando parecerse a la vida normal y el mundo exterior, aunque su finalidad fuese la opuesta. El horno –que fue incorporado al campo al cabo de los años– calentaba el lugar, pero con los cuerpos descarnados de los que morían por debilidad o eran ejecutados cada día, algunos de ellos incinerados aún con vida entre los despojos, esa hilera incesante de la que nada volvía a sustraerlos; los médicos del campo atenderían incluso con amabilidad en la enfermería, solo para experimentar con sus pacientes forzosos y ver cuánto aguantaban el dolor del bisturí antes de desmayarse, qué efectos precisos tenía la trepanación del lóbulo temporal, si habría reflejos luego de seccionados ciertos nervios; la guardia del campo mantenía el orden y las jerarquías entre los prisioneros, solo para determinar en cada jornada quiénes continuarían con vida y los que no. Era todo ello un gran simulacro del orden habitual, abocado a suprimir al azar a los residentes, como una versión terrenal del purgatorio donde los varios candidatos permanecían expectantes, emboscados en su propio terror, a la espera de ser atendidos, contabilizados, registrados y luego derivados a los barracones o al horno.

Al fondo de la explanada estaban, precisamente, el horno y la chimenea tubular que expedía antaño las cenizas del campo sobre los jardines vecinos. Al concluir la visita, Larrondo vio de hecho a la gente que aún vivía en la vecindad tomando el té en el rellano de sus casas, entregada a un momento de solaz al atardecer. Hombres y mujeres de edad avanzada, que quizás habían vivido allí mismo durante la guerra y habrían apartado con ademán de hastío, cuando aún eran jóvenes y proclives a ideales irracionales, las cenizas que llovían a diario desde el campo sobre el Apfelstrudel.

Al pie de la chimenea estaba la caseta de los Sonderkommandos, la facción obligada a organizar a los vivos en una hilera conducente a su eliminación, para apilarlos después –cuando ya no estaban de pie– ante el horno, alimentando con regularidad la chimenea.

–En días fríos –le explicó ahora la joven Ulrika o Renata– los encargados del horno se refugiaban aquí adentro para entrar en calor, con los cadáveres apilados detrás.

Tras echar una ojeada al interior, Larrondo dio un vistazo al prado que reverdecía en torno al campo, más allá de las alambradas, y al bosquecito próximo.

Entonces la vio a contraluz, por primera vez, hacía diez años de eso, con el sol del mediodía ya sobre sus cabezas: a una figura humana plantada a una veintena de metros de donde se hallaban, semioculta en el bosque, de proporciones hercúleas, grandes brazos y grandes manos. Una silueta enorme que no parecía de este mundo –o quizá lo fuera, el complemento necesario a ese universo dentro de la alambrada–, sin un rostro claro ni menos un propósito, detenida simplemente allí y entre los árboles, atenta al campo y sus instalaciones.

La recordó ahora en el metro y lo que había imaginado al verla –entonces era solo un juego–, que quizá fuera una encarnación espontánea de Wotan, el demonio medular, infatigable y temible de esos parajes, que solía dormir largos años en las entrañas de la tierra y luego espabilarse con pasmosa regularidad, cíclicamente hambriento, para hartarse de las guerras que suscitaba por vocación, convocando a los vivos y los muertos a integrar sus huestes y arrasar las aldeas a su paso, abrasar a los hombre en su furia y degollar a las mujeres y los niños, atormentando puntillosamente a sus adversarios, que eran todo aquél al que encontraba a su paso.

–Debía ser el sector más tibio dentro del campo –añadió su joven guía, extrañamente adherida al horno crematorio y su utilidad pretérita–. Les serviría de refugio.

Él se volvió a examinar un segundo el horno y enseguida miró de nuevo al bosque, solo para comprobar que la encarnación de Wotan se había esfumado.

5

La voz grabada del vagón anunció que se venía la estación subterránea próxima al Campo D, era tiempo de volver a la superficie.

Ya en el exterior anduvo a pie el último tramo hasta el centro de detención, que asomó al cabo de unos minutos al fondo de la avenida, cuando cruzaba junto a la población vecina: una casona de dos pisos insinuándose entre los árboles, encerrada tras un patio enrejado.

A esa distancia advirtió las torretas de vigilancia en cada esquina, como dos buitres encogidos en su rama –en el patio trasero debía haber otras dos–, indiferentes a lo que ahora ocurría en el patio, pues ya no debían rastrear con sus ojos filosos de luz a quien anduviera a deshoras en el exterior y mucho menos acribillarlo sin previo aviso.

En la vereda de enfrente estaba la población adyacente al centro, con la cuota habitual de grifos goteando su contenido lodoso y perros rascándose al aire libre, y un niño pequeñito jugando con un trompo de madera, arrojándolo con metódica obsesión a la vereda con salpicaduras y en mal estado, intentando en vano hacerlo girar en esa cancha dispareja. Ajeno, para mayor alegría suya, al escenario circundante.

Al llegar junto al portón enrejado, Larrondo se paró a escudriñar la casona, que era de estilo colonial y con barrotes en las ventanas y estaba envuelta en un silencio inquietante. Ahora se le antojó un animal dormido en la maleza e impredecible en sus reacciones, henchido de los cuerpos que le habrían sido suministrados a diario en aquella época, cuando aún bullía de actividad. El muy temido Campo D, permeado todavía del pavor que inspiraba entonces, cesado en sus funciones en 1980 y abocado, a contar de allí, a llenarse de telarañas. Hasta que el Ministerio de Información se había resuelto, veinticinco años después, a convertirlo en un memorial.

A su derecha había un timbre, aunque le pareció extraño llamar al timbre de un antiguo centro de detención (¿estaría allí cuando el centro funcionaba?). Luego oyó abrirse la puerta en el frontis y apareció en el umbral la que debía ser la arquitecta, una mujer de cabello rizado y estilo agreste, sin maquillaje, con jeans y sweater de cuello subido, viniendo ahora hacia la reja y buscando a la par la llave del portón en el manojo que traía consigo. Con cierto halo de solemnidad en sus gestos, casi parecía una prolongación de la chica que lo había llevado a Sachsenhausen, aunque era desde luego mayor, pues ella debía estar a medio camino en la treintena. A diferencia de él mismo, que estaba a medio camino en la cincuentena, aunque eso ya era un punto en común: los dos a medio camino de algo.

–¿Llegaste hace poco? –le preguntó ella al arribar al fin hasta el portón, buscando aún la llave en el manojo.

–Dos minutos –la tranquilizó él.

–¡Menos mal! Es que este timbre funciona cuando se le da la gana.

–No hay apuro –dijo Larrondo.

Tras probar, ella, un par de llaves, la chapa acabó cediendo y el portón se abrió al fin.

–Adelante –lo invitó ella e impulsó por sí misma la reja portentosa para cerrarla a espaldas de ambos. Luego se adelantó en el sendero para ir en cabeza, como haciendo valer desde ya su condición de anfitriona y los varios días adicionales que llevaba en el lugar–. No hay nadie más aquí, de momento, salvo el jardinero y su esposa… ¿Tú eres el escritor, no?

–Larrondo, sí. Álvaro, para más señas.

–¿Y vas a hacer la crónica de todo esto?

–Es la idea.

–Bueno, yo soy la arquitecta –dijo ella parándose en el sendero y le tendió la mano–. Svetlana Braun, un gusto.

–Encantado –dijo él estrechándosela–. No es un nombre muy habitual, ¿no?

–¿Svetlana? No. Fue idea de mis padres.

–Gente de izquierda, me imagino.

–Muy –corroboró ella.

–¿De esa que le rendía homenaje a la madre Rusia al bautizar a sus hijos?

–Justamente –confirmó ella y sonrió por primera vez–. Para subirnos al carro de la historia con ellos, como decían.

–¿Y tú te subiste?

–No sé, era muy chica cuando ese carro circulaba. ¡Tenía cinco años para el golpe! Después lo he entendido todo mejor, su postura tan inflexible.

–¿De tus padres?

Ella asintió pensativa. Estaban aún parados en el sendero.

–Y ahora estás a cargo de remodelar este dinosaurio –dijo él para romper el silencio.

–Es la idea, sí. Aunque no sé si se pueda remodelarlo en un sentido estricto –entrecomilló el verbo con los dedos y en el aire.

–¿Por qué? ¿Está muy deteriorado?

–No es eso –dijo ella–. Ya lo notarás tú mismo, cuesta explicarlo. Es algo que se siente al cruzar el umbral, como un dolor agazapado en algún rincón –al decir esto se tocó el lugar del corazón–. Suena muy teatral, ¿o no?

–Para nada. Comprensible, más bien.

A unos pasos de la puerta de entrada a la casa, se detuvieron a examinar la fachada y el muro descascarado en varios puntos, los cristales rotos o incluso ausentes en algunas ventanas, todo envuelto en el mismo silencio de antes. Larrondo recordó en ese punto la foto del dossier, esa figura extraña que había en una ventana de la planta baja y que ahora no estaba, ningún funcionario despistado sorprendido allí por la cámara.

–Había un gato aquí antes –acotó ella pensativa, sin solución de continuidad–. El Larry.

–¿Así se llamaba?

–Monge dice que sí… Monge es el jardinero.

Su alusión al gato sugirió a Larrondo algo como una ausencia, el dolor de esa ausencia, incubándose en su interior, aunque llevaba apenas una semana en el lugar.

–¿Un gato de esa época? –buscó precisar él–. ¿La de la dictadura?

–Sí, claro –precisó ella–. Monge dice que anda todavía por ahí.

–Pero tendría que estar muy viejo, ¿no?, si fuera el mismo gato. Es improbable, los gatos no viven tanto… ¿Y cómo es?

–No lo he visto hasta aquí. Anda desaparecido el muy enigmático Larry.

Hubo una pausa en que los dos miraron a su alrededor como buscando al Larry.

–¿Y quién le puso ese nombre? –insistió Larrondo para sumarse desde ya, y de algún modo, a su nostalgia tan apreciable, aspirando de paso el aroma reconfortante del terreno recién humedecido por la manguera a un costado de la entrada.

–Puede que Monge lo sepa, él o doña Ema. Doña Ema es su esposa, viven los dos en una casita ahí al fondo –le indicó con un gesto del mentón el patio trasero–. Llegaron a hacerse cargo hace como un año. O poco más… ¿Entramos?

Ella había instalado su propio despacho en la pieza de servicio junto a la cocina, con vistas al patio de atrás, y le señaló que él podía usar una habitación a la izquierda del vestíbulo. Incluso se la había acondicionado un poco el día previo.

–Eres muy gentil –dijo él–. La tomo.

–Entiendo que era el despacho de Prada, ojalá no te importe.

–¿Ah, sí? ¿Del milico que dirigía esto? –se sorprendió él.

Ella asintió en silencio. Él se encogió de hombros:

–No hay drama, puede que hasta me sirva de inspiración.

Ella se dispuso entonces a volver a su despacho.

–Te dejo entonces, para que te vayas aclimatando.

No quedaban rastros en su nuevo despacho del antiguo responsable del centro, solo un escritorio pequeño y una lámpara de aluminio que Svetlana había subido desde el sótano, según le comentó después. La ventana miraba al patio delantero y durante el día entraba suficiente luz, ni siquiera debería utilizar mucho la lámpara cuando viniera a trabajar allí.

Sobre el escritorio lo esperaba un fajo adicional de documentos enviados por Beregovic esa mañana. Él pospuso la lectura y el examen de ellos para después y decidió mejor ir a recorrer el lugar, partiendo por la entrada y yendo de ahí al salón, al final de un corredor. Un salón despojado del mobiliario (¿habría algún mobiliario hogareño en un centro de detención?). A la izquierda y junto al salón, más allá de la mampara divisoria, estaba el comedor, donde sí había una mesa alargada con sus sillas, seis en total.

Enseguida volvió al sector de la entrada y subió al segundo piso, donde todo cambió y se volvió sintomático: la escalera concluía en un rellano mal iluminado y de allí partía hacia el fondo otro corredor, ese que había visto en el dossier, hasta una puerta acristalada al final. A ambos lados se sucedían varias habitaciones y puertas cerradas –las celdas colectivas–, que fue abriendo una a una en su avance para echar una ojeada fugaz al interior. En alguna hasta comprobó rastros de lo que parecía sangre, varias manchas encostradas en el parqué, y en otra el nombre aquel, «H. RIQUELME», que había visto en el dossier (¿quién habría sido el tal Riquelme? ¿Sería posible dar con él o sus restos, traerlo de vuelta de la nebulosa que lo habría devorado con los demás…?)

Más allá de las puertas en secuencia, allí donde concluía el parqué y era sustituido por baldosas, había a cada lado varios compartimientos fabricados de manera apresurada –eso era evidente– y en madera, dos hileras de cubículos construidos uno sobre el otro. Eran las celdas individuales, separadas entre sí por un tabique intermedio que hacía de techo para el prisionero de abajo y piso para el de arriba. Las celdas en que permanecían los detenidos días enteros, sin posibilidades de estirarse en su interior.

En ellas advirtió nuevos rastros de sangre oscurecida por el tiempo, ahora en los tabiques. Un sinfín de manchas fusionadas con la madera, el reguero probable de uno o varios prisioneros llevados a su límite (¿habría alguno que no lo hubiera sido?). Le sorprendió comprobar esas huellas todavía allí, era extraño que sus causantes tan arbitrarios no las hubieran limpiado antes de marcharse, aunque tal vez hubiera sido un gesto deliberado. Algo como una advertencia a las generaciones futuras, para instruirlas en sus procedimientos y disuadirlas de cualquier propósito insurreccional.

Había en todas las celdas un olor incisivo, a hongos y humedad, y un aroma que parecía retenido desde hacía años entre esas paredes, como un vestigio del animal humano reducido allí, entre ellas, a su condición más vulnerable o hasta enfrentado a sus horas finales. En el pasillo, la fragancia era otra y reinaba el que tal vez fuera el rastro violento de quienes mantenían allí cautivo a ese animal para extraerlo cada tanto del cubículo y ensayar con él sus métodos de persuasión. Era el mismo olor que había sentido en Sachsenhausen, parecido al olor de los cementerios; un aroma tenaz, como a materia orgánica degradada, que aún anidaba en las celdas.

El pasillo concluía en la puerta acristalada en su extremo, que daba paso a la terraza. Antes de salir al balcón, se volvió a mirar el rellano en el extremo opuesto.

Entonces ocurrió de nuevo, tuvo la sensación abrumadora de que allí había alguien, oculto en las sombras, atento desde ese extremo a sus pasos; una figura corpulenta y de rostro indefinido, como el espectro aquel que había creído ver en las cercanías de Sachsenhausen, pero tampoco ahora llegó a corroborarlo: cuando miró de nuevo entrecerrando los párpados, ya no estaba.

Resolvió salir mejor al balcón a despejarse un poco.

Svetlana llegó instantes después y se lo encontró fumando, acodado en la balaustrada.

–¿Ya lo has visto? –le preguntó extrayendo su propia cajetilla.

Él asintió y le dio fuego con su encendedor.

–La primera impresión es la que cuesta –complementó ella expulsando el humo–. Con los días se va uno acostumbrando, ¡qué horror!

–¿Todo esto?

–No, que se vaya uno acostumbrando.

Él asintió de nuevo en silencio.

–Doña Ema ha venido desde el fondo a cocinar, como todos los días –le informó ella en una vena más jovial–. Está incluido en el presupuesto, por si acaso, ¡almuerzo diario!, en caso de que te interese.

–Será la próxima vez, mañana o pasado.

–Como prefieras –dijo ella y apagó el cigarrillo recién encendido bajo la balaustrada, para volver enseguida al interior.

Larrondo la intuyó deseosa de un interlocutor y alguien con quien compartir sus ansiedades en fase de incubación. Había algo adolescente en su actitud y sus gestos, pero no era disonante con su edad, una mujer en la treintena y madre a su vez de un adolescente, según le contaría días después, sin darle mayores detalles del chico o de su padre, solo que estaba ausente desde antes que el hijo naciera. Parecía –ese aire adolescente– su forma más razonable de lidiar con su maternidad a solas u otros recuerdos perturbadores, como el de su madre detenida en los días del golpe y luego devuelta en condiciones aborrecibles, según lo había sugerido Beregovic en su entrevista del Ministerio. Era una mujer todavía joven, la propia Svetlana, buscando reformular todas esas cosas en su interior, sorteando de algún modo la desazón por la vía de preservar un barniz adolescente en sus gestos.

Larrondo permaneció unos minutos en la terraza respirando el aire polucionado del extrarradio urbano y observando a un grupo de niños que jugaba a algo indiscernible en la población, un pasatiempo de persecuciones y fugas en que se alentaban todos a gritos, dejándose arrastrar por el torbellino, todos muertos de la risa. No parecían reparar, en su euforia, en el campo y sus torretas, que se habría vuelto para ellos un telón de fondo en el paisaje circundante, Deo gratia.

Luego escuchó el traqueteo lejano de un helicóptero en la distancia, llegándole del lado de la cordillera, y a su mente acudió al instante la imagen ominosa de otro helicóptero alejándose mar adentro, sobrevolando el océano con sus ocupantes silenciosos, rumbo a la noche y la niebla. Hasta que uno de ellos descorría la portezuela del costado y daba inicio a la maniobra, al desalojo por turnos de los bultos maniatados a bordo del aparato, desvanecidos o muertos, arrastrados hasta la compuerta y arrojados uno a uno al vacío, en un procedimiento estandarizado y habitual, todos sabían cuál era su papel dentro del operativo, no eran precisas nuevas órdenes e instrucciones.

Decidió volver mejor al interior. Por ese día, era suficiente.

6

Fue una coincidencia extraña con el encargo de Beregovic. Ada y él se enteraron del asunto por el noticiero de la noche, cuando informó que al trasiego reciente por los tribunales de varios uniformados comprometidos en violaciones a los derechos humanos acababa de sumarse el coronel Efraín Prada, hoy retirado de las filas y segundo responsable de contrainsurgencia durante el pasado régimen, a más de antiguo encargado del Campo D, esa fue la coincidencia. La cámara lo enfocó, de hecho, cuando abandonaba el tribunal; un hombre en plena madurez pero bien conservado, con el cabello repeinado hacia atrás a la gomina, que asomó sonriendo tras sus gafas de sol con el aire controversial de un galán de cine italiano viniendo al encuentro de su público.

Alguna periodista lo había caracterizado años antes, cuando estaba en activo, como «un seductor nato», aunque sin precisar las razones del diagnóstico o si había habido algo durante la entrevista que la hiciera justificar su halago. Era, de todas formas y por aquella época, un hombre en las sombras, sin muchas posibilidades de demostrar en público esas aptitudes seductoras, sumido como andaba en sus faenas antisubversivas. El hombre fuerte dentro de los servicios de seguridad, o uno de ellos, el segundo de a bordo, el hombre operativo. El que lavaba la ropa sucia a su arbitrio, aunque no necesariamente en casa –al servicio se le atribuían, de hecho, varias operaciones más o menos desprolijas en el exterior. Un experto en propiciar el miedo colectivo, que solo rendía cuentas ante su superior jerárquico ahora a cargo de neutralizar la subversión, el cual solo rendía cuentas ante su Comandante en Jefe.

Fue lo que ahora dijo a la salida del tribunal: que él daba cuenta regular de su gestión a su superior y de este pasaba todo a oídos del Comandante en Jefe y solo a él, a diario; que él solo había seguido las órdenes que se le impartían, una precisión que a su superior debía estar causándole algún escozor ante la pantalla. Parecía un hombre liberado de sus antiguas tensiones, aunque estuviera ahora envuelto en ese torbellino de micrófonos, enfrentado a la gente que lo encaró a la salida del tribunal y le gritaba al rostro «¡a-se-sino, a-se-sino!», enarbolando fotos de sus familiares desaparecidos, bajo las cuales destacaba la pregunta quemante que ahora le formulaban los tribunales: «¿DÓNDE ESTÁN?».

Él se paró a ordenarse algunos cabellos escapados de la gomina, en una actitud de fingida indolencia, y se quitó las gafas para brindar un compendio de su postura y su propia versión de los hechos, en «esa batalla tan necesaria contra la subversión que mis hombres y yo libramos siempre dentro de los marcos legales», como tenía la esperanza de que quedara demostrado en los tribunales; él confiaba en la justicia, aunque la justicia no siempre confiara en él.

Se le preguntó si creía posible la reconciliación del país con tantas revelaciones como venían surgiendo sobre los abusos cometidos por los organismos de seguridad y las brigadas a su cargo. «Desde luego que la creo posible, siempre y cuando ella ocurra en el clima de respeto a la institucionalidad que yo y los hombres bajo mis órdenes contribuimos a preservar con in-con-tables sacrificios», dijo separando las sílabas, «en esa misión marcada por el destino».

–Es bien parlanchín, ¿ah? –comentó Ada tendida en la cama y dio un sorbo a su copa de vino.

–Son sus quince minutos de fama –señaló Larrondo–, antes de que lo manden a la sombra.

–¿Tú crees que lo manden a la sombra? –preguntó ella con preclaro escepticismo y Larrondo no dijo más.

El entrevistado siguió con su disertación en pantalla. Ellos no habían inventado esa lucha contra la subversión, la verdadera injusticia consistía ahora en someterlos a ese trato degradante en los tribunales, obligándolos a responder por infundios o hechos que les habían sido ordenados. «Hay gente aquí tan responsable como mis hombres de todo eso», insistió, «que no ha tenido el valor de dar la cara y se ha lavado las manos». No, él prefería no dar nombres, ni estaba aludiendo a nadie en particular. Él solo tenía claro que el combate a la subversión había exigido de un temple especial y que no todos habían hecho gala de ese temple. No, no estaba arrepentido, Un hombre puesto en una encrucijada histórica, como era su caso, que había derrotado a la subversión y al marxismo internacional, no atendía a habladurías. No, rencor no, contra nadie, él era un buen cristiano que solo aspiraba a que se hiciera justicia para poder jugar tranquilo con sus nietos y seguir con sus asuntos.

–¿Qué asuntos, coronel? –preguntó una voz proveniente del cerco de micrófonos.

A ello siguió un silencio inesperado y la cámara se enfocó en su cara, donde acababa de dibujarse una expresión vagamente socarrona. El acercamiento permitió comprobar cierto desgaste general del rostro y las ojeras marcadas bajo sus ojos claros, así como un rictus amargo que afloraba a sus labios cuando se descuidaba, quizá desde que fuera citado a los tribunales. Había bajado además algunos kilos desde su época en activo, pero eso le sentaba bien. Vestía un poco a la antigua, con una chaqueta azul marino y cruzada con botones dorados, y pantalón gris, camisa a rayas y pañuelo de seda al cuello también gris.

–¿Qué asuntos, coronel? –insistió la voz periodística.

–Mi biografía –dijo él tras la pausa, para mayor sorpresa de todo el mundo–: Voy a escribir mis memorias –Larrondo subió el volumen desde la cama–. Mis enemigos se han encargado ya de contar su versión, ¿por qué no puedo yo contar la mía?

Por toda respuesta se oyó una risita proveniente del cerco de periodistas. Alguien dudaba al parecer de sus habilidades escriturales, pero el hombre imponía igual severidad; quizá provocara algunas muestras de burla a sus espaldas, pero era siempre a sus espaldas, nunca de frente.

En ese momento, la multitud que gritaba de fondo provocó un tumulto y le llegó la hora de ser rescatado por dos mastodontes que aguardaban en las cercanías y lo trasladaron sin mucho protocolo a un BMW blanco con el motor andando, introduciéndolo con escaso decoro en el asiento trasero, donde quedó sonriente tras el vidrio y recibió algunos denuestos adicionales a través del cristal.

En ese punto, Ada pareció captar recién la coincidencia:

–Espérate un poco… Prada estuvo a cargo del Campo D, ¿no?

–Así es.

–¿Y ha dicho que va a escribir de su vida, o entendí mal?

–Lo dijo, pero no creo que lo haga –aventuró él–. Todo el mundo anuncia alguna vez que va a escribir sus memorias, otra cosa es que pueda o quiera hacerlo.

En la pausa que sobrevino, él mismo evaluó esa posibilidad, una biografía escrita por Prada para justificar las cosas básicamente injustificables que había propiciado en el Campo D. Se preguntó dónde encajaría ese empeño súbito, si sentiría al cabo de los años alguna forma de remordimiento y pretendía exculparse ante las víctimas o solo buscaba, al contar su versión, evitar que se lo transformara en el único chivo expiatorio dentro del entramado.

–¿Te imaginas que se convirtiera en un best seller? –especuló Ada.

–Es una probabilidad enorme en estos tiempos –dijo Larrondo, y cambió al fin de canal–. Igual tendré que entrevistarlo en algún momento.

–¿En serio? ¿Y eso por qué?

–Es el actor protagónico dentro del filme, no puedo obviarlo.

–También es cierto –dijo Ada y quedó pensativa.

7

Pocos creían, cuando lo anunció, que el tema iba en serio y que terminaría en efecto escribiendo sus memorias, aunque sea aún difícil precisar si al final las escribió o no. El manuscrito brilla hoy por su ausencia –seis meses después de que anunciara el propósito en la prensa, ahora que yace entubado en su cama del hospital– y nadie puede alardear con un mínimo de credibilidad de que haya tenido acceso a sus páginas.

Menos extraño, aunque no menos dramático, resulta verlo ahora adosado a la maquinaria de supervivencia y la serie de pantallas que reflejan sin cesar sus constantes vitales, los varios puntos luminosos que discurren en silencio de izquierda a derecha y, en ocasiones, cuando la enfermera presiona el botón del volumen, con un pitido intermitente, a ratos inmisericorde, que logra enervar al médico de turno al venir a chequear su estado o incluso a quienes lo visitan para verlo allí inmóvil y quedar todos pensativos, haciendo una vaga conexión entre sus presuntas memorias (¿las habrá escrito o no?) y el atentado sufrido hace unos días, una forma igual algo drástica de crítica literaria, todo hay que decirlo, el gesto ese de sus agresores de coronar su empeño memorístico con un tiro en la cabeza, así no hay incentivos, nadie puede.

Cuesta imaginar al autor en las sombras de ese disparo. Las especulaciones hablan esperablemente del marxismo internacional y sus ansias de vendetta, de los antiguos adversarios ideológicos de Prada viniendo al fin a pasarle la cuenta, de trotskistas descolgados de otras facciones tan descolgadas como ellos del tronco principal, pero no son los únicos que los medios de comunicación citan; se menciona a la vez a la ultraderecha y la Internacional Fascista, la Internacional Negra, dicen, con la que el coronel habría tenido deudas pendientes, viejas pendencias entre los servicios de contrainsurgencia de Latinoamérica y los neofascistas italianos, o los anticastristas con sede en Miami, gente que solía hacer su aporte a las maniobras de Prada y a la que él no habría respondido con reciprocidad: yo te maté a un dirigente sindical, ¿tú qué hiciste por mí, a ver…?

Se ha hablado además de antiguas deudas de juego, pero la hipótesis se debilita al informarse que Prada no apostaba ni solía abocarse a esos menesteres; han sido traídas a colación antiguas rivalidades con otros servicios de inteligencia; malas intenciones de su Comandante en Jefe, que lo habría preferido muerto o entubado a que siguiera haciendo declaraciones ambiguas a la prensa; se habla hasta de viejas rencillas en el regimiento donde Prada y varios oficiales de su generación estuvieron destinados en su juventud, cuando todos ellos habían recién contraído nupcias y cundían las fiestas y ocasiones sociales entre su promoción. Allí donde Prada sí ejerció sus aptitudes seductoras, pero no necesariamente con su esposa, dicen, sino de preferencia con la de algún colega uniformado, mujer casquivana a la que ha comenzado a mencionarse ahora por el alias maledicente de «El colchón del regimiento», en alusión a su actitud tan receptiva a la hora de acoger a los guerreros jóvenes deseosos de reposo y solaz sobre su cuerpo, entre ellos, en lugar preferente, el entonces teniente Efraín Prada.

8

Al cabo de un par de semanas, Svetlana le mencionó sus dudas respecto a las manchas de sangre observables en varios puntos del parqué, dudando ella misma entre rasparlas o dejarlas a la vista. Habían comenzado a familiarizarse con el escenario –como quería Beregovic que ocurriera– y transformarlo en una rutina estable y un trabajo en propiedad. Larrondo venía preferentemente por las mañanas, permaneciendo en su despacho hasta el almuerzo y leyendo allí la documentación relativa al lugar o bien acerca de sus precedentes históricos, cosas relativas a otros centros de detención y campos de prisioneros, lugares emblemáticos donde había testimonios acumulados de quienes habían pasado por ellos y sobrevivido.

Svetlana orientaba a Monge en la recuperación del jardín y entre los dos rediseñaron los senderos que el uso había ido borrando en los patios. Ella estaba, en cualquier caso, mayoritariamente abocada a rescatar el interior de la casa y reformular sus varios rincones, considerando el despliegue eventual de elementos ornamentales que deberían sugerir lo ocurrido entre sus paredes (fotografías, rostros, nombres, consignas, discursos, testimonios), sin evasivas pero a la vez sin estridencias. Era lo que ella planteaba y en lo que Larrondo coincidía plenamente.

En cuanto a las manchas de sangre, ella se inclinaba por preservarlas, aunque no estaba muy segura de que fuera lo apropiado, ya que podía hasta resultar chocante o indelicado para más de alguien.

–Puede ser –asintió Larrondo con laconismo.

Estaban los dos en el balcón al mediodía, observando a Monge en su labor minuciosa de eliminar la maleza acumulada en el patio trasero.

–Pero no es solo un problema estético –puntualizó ella.

–Me lo imagino –coincidió él.

–Es sangre de gente cuyo rastro se perdió aquí en el Campo D, ¡no es cosa de limpiar sus huellas como si nada!

–Muy de acuerdo –dijo él.

Desde el patio les llegó el rastrillar acompasado del azadón de Monge removiendo la tierra.

–Me alegra que coincidamos –concluyó ella–. Lo hablaré con Beregovic hoy mismo.

–¿Y eso por qué? ¿No eres tú quien decide esas cosas?

–Sí, bueno, pero él insiste en que le consulte todo antes de proceder.

Larrondo quedó pensativo.

–Tendrá miedo de meter las patas –elucubró.

Ella miró al cielo encapotado, donde el sol se desplazaba sobre la capa de nubes buscando un punto por el cual horadarla o irrumpir con sus rayos. Luego escrutó el entorno desde la terraza.

–Me tiene un poco mal todo esto –dijo–. Este tema de las manchas, el olor… Todo, digamos.

–Creo que lo entiendo –empatizó él–. Ahora lo entiendo, está empezando a ocurrirme a mí también.

–Tendría que aparecer de una vez el Larry, eso ayudaría –propuso ella.

De nuevo buscaron los dos al espectro del Larry a su alrededor, ahora desde el balcón.

–Con los animales me entiendo mejor, eso es lo que pasa –agregó ella–. Intento traducirlos.

–¿Cómo traducirlos?

–Sus gestos. Lo que buscan transmitirnos, o hasta su dolor... Si un día pudiéramos captar ese dolor, algo cambiaría de manera decisiva entre nosotros, creo yo.

–¿Por qué? –se interesó él.

–Es que el dolor humano en sí ya no nos conmueve demasiado, ¡qué más prueba que esto! –Abarcó con un gesto de su brazo el entorno, la casa y el patio allí abajo, con las torretas deshabitadas–. Quizás estemos necesitando de algo que nos estremezca de nuevo hasta la médula, el dolor de un animal, por ejemplo. Si un día llegáramos a percibir con claridad ese dolor, tal vez volvamos a conmovernos, como ya no nos ocurre con nuestros congéneres.

–Es interesante –dijo él intrigado de la forma tan singular que ella tenía de plantearlo.

–Lo raro es que tienda a considerárselo siempre al revés –complementó ella misma–. Para hablar de alguien, cualquiera que actúe con crueldad, se dice que «se comportó como un animal», pero quizá sea a la inversa: cuando más malos somos es cuando más nos parecemos a nosotros mismos. Aquí se decía, por ejemplo, que los prisioneros eran reducidos a la condición de animales, privados de toda dignidad. Y de sus captores lo mismo, que se comportaban como bestias…

–¿Y no era así?

–¡Obviamente que era así! Solo digo que quizá fuera a la inversa: no se convertían en animales, más bien alcanzaban las cumbres de lo humano, ¡de la crueldad humana! –Se paró a pensar un segundo–. Y la dignidad es una obsesión también humana, que nos esclaviza desde la cuna. Alguien nos la otorga y después nos la arrebata. Los animales no tienen tantos rollos, sienten dolor y aúllan, uno les hace cariño y ronronean. Es todo más simple entre ellos.

–Puesto así, suena muy convincente.

Permanecieron un rato en silencio y abstraídos en la contemplación de Monge, que no cejaba en su empeño fatigoso de recuperar allí abajo el potrero ese y desmalezarlo, para sembrarlo de nuevo y rescatar el pasto que aún dormiría bajo la maleza. Tarde o temprano resurgiría el verdor, aunque ahora parecía algo tan distante.

Larrondo pensó una vez más en Berlín y en su visita a la capital germana el 95, cuando el muro no había acabado aún de desplomarse entero y subsistían fragmentos discontinuos de él en variados puntos de la ciudad, puntos donde incluso había muerto gente al intentar cruzarlo, en un gesto desesperado del que solo quedaban ahora austeros testimonios en las cercanías, alguna lápida de yeso depositada allí por los deudos, con una foto del fallecido y un ramo de flores que alguien renovaba cada mes, evocando a esa gente succionada por el agujero negro que había partido en dos a la ciudad. Recordó la quietud prevaleciente en dichos sectores, un sopor instalado en el aire a su alrededor, parecido al abandono en que ahora escarbaba Monge allí al fondo, rastrillando el patio reseco. Algo como un silencio entronizado junto al muro allí en Berlín, interrumpido aquí y allá por una suerte de ronquido subterráneo apenas audible, como el del arbitrario Wotan en su sueño inestable, oculto entre esos edificios con las ventanas tapiadas que aún sobrevivían de la primera época, cuando fueron clausurados por las autoridades orientales. Construcciones en que ningún berlinés quería ya vivir y que nadie alquilaba, todo el mundo parecía rehuirlas, aunque ya no estuvieran el muro ni las torres artilladas en la vecindad.

¿Sería el caso del patio allí abajo? ¿O de otros territorios que aún vinieran a engrosar el listado? En toda época y lugar habría todavía gente corriendo al encuentro de las balas o alcanzada por la metralla, un hombre o mujer abatidos en su fuga, sintiendo la ráfaga en las piernas, yéndose de bruces, reptando hacia una trinchera cercana –cuando la había– o resguardándose al fin junto al muro, rodando hasta allí para no levantarse de nuevo, agonizando durante horas, esperando a que la vida acabara de abandonarlos a través del orificio imprevisto en su estómago, con sus arterias vaciándose de a poco en el empedrado y ellos recogidos al centro de la nada, gimiendo a solas, despojados del último aliento bajo las nubes.

No, no lo tendría más fácil el viejo Monge. Quizá pudiera, cómo no, desmalezar el patio o hacerlo florecer nuevamente, pero no por ello conseguiría revivir en plenitud las esperanzas allí sepultadas, neutralizar con su azadón al temible Wotan dispuesto aún al jolgorio, a envanecerse de su obra en esos territorios arrasados.

9

Decidió recurrir a Beregovic –hombre bien relacionado– para conseguir el número de Prada. Quería hablar primero con el antiguo encargado del campo, le explicó por teléfono, antes de entrevistar a los sobrevivientes, para confrontar primero al hechor y luego evaluar su estela sangrienta.

–Pero no se complique, Larrondo, ¿para qué va a entrevistar a Prada? –le dijo inesperadamente Beregovic, descolocándolo un segundo.

–Me parece de interés –insistió él–. Es el villano invitado dentro de la crónica, ¿no?

–Sí, claro. Pero lo que se le pide es una crónica del lugar, no más que eso.

–Igual me gustaría hablar con el villano.

Del otro lado del auricular le llegó un suspiro.

–Bueno, si usted insiste –concluyó Beregovic–... Veré qué puedo hacer, alguien debe tener su número.

La gestión resultó inesperadamente provechosa y al otro día por la mañana la secretaria de Beregovic lo llamó para darle el número.

La voz que afloró esa noche en el auricular –estaba ahora en su estudio de la planta baja– no parecía la de un ordenanza, mucho menos la de Prada. Era la voz de alguien más joven que la del viejo militar, pero no por ello menos altanera. Una voz un poco estentórea, que llamaba al interlocutor a bajar automáticamente el volumen, como si entre ella y los demás hubiera habido un reparto tácito de los decibeles disponibles y, como ella utilizaba la mayor parte, el interlocutor debía necesariamente conformarse con un tono más bajo.

Larrondo se presentó en ese tono más bajo: era escritor e historiador –le pareció mejor realzar esta vez su estatus dual– y estaba interesado en hablar con el coronel Prada, si ello era posible.

–¿Y quién le dio este número? –inquirió la voz en tono cortante.

–Una autoridad del Ministerio de Información –le informó Larrondo–. El subsecretario.

–Ah, bueno, en ese caso –dijo el otro atenuando en forma automática el matiz impositivo, aunque no el volumen–... Igual tendrá que hablar antes conmigo. Efraín no está muy disponible para estas cosas, usted comprenderá –su empleo del nombre de pila al aludir a Prada sugería la familiaridad de un asesor cercano–. ¿Quién me dijo que era usted?

–Álvaro Larrondo. Me han encargado hacer la crónica del Campo D.

–¿Larrondo el escritor? ¿Hijo del abogado Larrondo? Conozco bien a su padre –dijo el otro variando el tono emocional de fondo, dando paso por primera vez a cierta cordialidad–. ¿El que dictaba la cátedra de procesal?

–Así es. ¿Y usted es… si puedo preguntarlo? –indagó cautamente Larrondo.

–El abogado del coronel. Godofredo Ruy Díaz, para más señas.

A la mente de Larrondo acudió instantáneamente el rostro severo de un antiguo personero del régimen militar, integrante del primer o segundo gabinete, al cual se había incorporado siendo muy joven –debía tener por entonces poco más de cuarenta años, hasta fue presentado a la prensa como una suerte de mascota incluida por razones indescifrables entre la gerontocracia restante.

–Además fui ministro de Justicia –corroboró él mismo ahora con voz aguardentosa, sugestiva de que ya no era tan joven y mucho menos la mascota de nadie–. Aunque ahora solo ejerzo la abogacía –aclaró e hizo una pausa. Luego volvió al asunto de fondo–: Así que va a escribir del Campo D, qué cosa más escabrosa. Mejor le hubieran encargado escribir de la vida del coronel, Larrondo, ¡es mucho más entretenida! ¿Qué sacan con seguir escribiendo de esas cosas y el Campo D, esas cuatro paredes destartaladas de las que nadie se acuerda mucho…?

–Precisamente para que alguien se acuerde de ellas –dijo él.

–Ya, ¿y con qué fin? No es tan malo el olvido, mi amigo, puede que sea incluso lo más aconsejable en estas circunstancias, ¡hay que dejarse de odiosidades! –El hecho de haber conocido a su padre le permitía ahora, en apariencia, hasta un dejo de complicidad–. Mejor escriba usted de Efraín y su vida, es más interesante. Fíjese que él mismo acaba de anunciar ahora sus memorias, la tontería esa.

–¿A usted no le parece buena idea?

–Al contrario, pienso que es una muy mala idea. No sabemos lo que pueda resultar de todo eso, podría repercutir de algún modo en su defensa. ¡O repercutirnos a todos! Y no estoy pensando en sus ideas o que no tenga derecho a exponerlas. En todo caso, Efraín no tiene muchas ideas –dijo y rio brevemente en el auricular–. Lo que sí maneja es mucha información, por razones evidentes. Cosas que es mejor dejar en el tintero, mi amigo, este país debe mirar al futuro –hizo otra pausa, reevaluando lo dicho sobre su defendido–. Pero es porfiado el hombre, como buen militar. Un hombre de convicciones, más allá de lo que alguien piense hoy de esas convicciones o los yerros en que pueda haber incurrido –mencionó esos «yerros» con liviandad, como si arrojar gente al Océano Pacífico hubiera sido una instrucción mal impartida por su cliente o una orden suya no bien entendida–. Durante esos años difíciles –precisó.

–¿Qué años? –inquirió Larrondo solo por propiciar su inesperada locuacidad.

–Los del gobierno militar, qué otros. La época de ese gobierno empeñado en ordenar la casa.

A Larrondo no le extrañó esa distancia tácita que su frase sugería con el antiguo régimen. Era una táctica habitual entre sus ex colaboradores del mundo civil, una vez concluida esa labor de ordenamiento doméstico. Ahora se mostraban todos sorprendidos, incluso abrumados, con los métodos empleados por Prada en el proceso de ordenamiento, buscando evitar que se los confundiera con esos procedimientos o terminar todos convocados a los tribunales.

–Había que ordenar el país, mi amigo –prosiguió en el auricular–. El gobierno militar asumió en un escenario donde todos querían sacarse los ojos, quizá lo recuerde usted… ¿Qué edad tenía usted para el pronunciamiento? ¿Veinte años?

–Veintiuno.

–Bueno, se acordará de cómo fue, ¡el despelote que era este país! Alguien tenía que ponerle freno y le tocó a los militares, mala pata… Es un tema complejo.

–¿Por qué complejo? –se arriesgó Larrondo–. El costo fue clarísimo.

­–Sí, bueno, hubo alguna gente que metió las patas… Lo que no es justo es cargarle ahora a Efraín el muerto.

–Los muertos –lo corrigió Larrondo y hubo, ahora sí, un silencio cargado de tensión en la línea.

–¿Debo suponer, entonces, que estuvo usted entre sus adversarios? –preguntó el otro.

Larrondo evaluó la respuesta más atinada para no estropear la opción ya abierta de hacer la entrevista.

–No tiene que responderme, no se complique –complementó a tiempo su interlocutor–. Ni importa mucho a estas alturas, ¿no? Cualquier espíritu sensato debiera hoy enjuiciar esos hechos con ojo crítico.

–¿Y está usted entre ellos? –le devolvió la pregunta Larrondo–. ¿Entre esos espíritus sensatos?

–Obviamente que sí –dijo él–. En fin, vamos a lo de la entrevista. Es posible hacerla, desde luego, pero antes me gustaría que nos viéramos usted y yo, para entender con precisión lo que tiene en mente. Soy el abogado de Efraín, debo ser cauteloso, más cauto incluso que él. Estar atento a lo que alguien va a preguntarle. O a sonsacarle.

Larrondo vaciló ante el matiz de censura que latía en la propuesta. Igual parecía un precio razonable por la entrevista.

­–Muy bien –aceptó–. ¿Dónde quiere reunirse?

–¿Algún Starbucks entre su casa y la mía le parece bien?

10

La gestión telefónica de Svetlana con el subsecretario resultó en esencia infructuosa: a Beregovic le parecía más apropiado raspar los pisos y remover todo vestigio que atentara contra la «buena presentación» del lugar, incluidas las manchas de sangre. Él apostaba todo a la pulcritud.

Svetlana recibió la conclusión y vino por la tarde al despacho de Larrondo a comentársela.

–Quiere que se vea pulcro –dijo yendo hacia la ventana y quedó allí atenta al patio delantero–. No entiendo mucho, la verdad. Lo que ocurrió aquí no fue muy limpio ni pulcro, ¿o sí?

–Debe ser lo que el Ministerio considera apropiado –acotó él–. No es que desconozcan lo ocurrido, solo les parece mejor cubrir los rastros… Para no herir susceptibilidades, como dicen ellos. No es tan inesperado o infrecuente, ya que la especie humana tiende a rehuir la evocación de sus proezas sangrientas. He estado leyendo de eso.

–¿Ah, sí?

–Ocurrió en Japón con los sobrevivientes de la bomba, ¡de las dos bombas atómicas! Incluso en Israel en algún grado, ¡con los deportados que volvieron de los campos! Hay como una vocación de olvido colectivo en estas cosas. En Japón, los hibakusha, que es la denominación de los sobrevivientes, no gozan de aceptación plena entre sus compatriotas. Ni siquiera hoy, es raro.

–¿Y eso por qué? –indagó ella un poco abrumada.

–Se teme, hasta hoy, a los efectos radiactivos que puedan emanar de ellos, cuando no queda ya nada que pueda emanar. A mí me parece que es una barrera psicológica… Y un estigma, claro. Ninguno de ellos pudo hacer una vida normal y casarse, tener hijos. Con los «deportados» del nazismo pasaba, en el propio Israel, que nadie quería hablar mucho del tema, menos en la sobremesa. Mejor que fuera en público, si tenía que ser, en las ceremonias públicas de homenaje. El dolor no convoca mucho a nadie, Svetlana, menos sus estragos.

Hubo, como solía ocurrirles, un prolongado silencio entre los dos, con las mismas preguntas revolviéndose en la mente de ambos. ¿Sería la experiencia del Campo D un estigma similar, algo que sus compatriotas –incluso los ideológicamente solidarios con el caso– percibían ahora como una imposición de las víctimas? ¿Y qué actitud cabía adoptar ante su experiencia? ¿Confraternizar con ella? ¿Pretender que ella no les había dejado secuelas apreciables?

–A pesar de sus mejores intenciones, el individuo «normal» evita a las víctimas del estigma –concluyó él en voz alta– como prefiere que desaparezcan las manchas de sangre en el piso. Lo digo para que no te gastes más de la cuenta con Beregovic.

–Igual no pienso rasparlas, de momento –concluyó ella.

Larrondo adivinó algo más bajo esa altivez creciente, una mezcla paradójica de rabia y congoja, en partes iguales, pero evitó de momento indagar en la causa.

Parecía todo –el mobiliario superviviente y los muros, incluso los pisos manchados– envuelto en una especie de bruma que emanaba de cada rincón y los envolvía a ellos mismos en su estela, todo embebido de ese aroma insidioso que se advertía nada más ingresar al lugar, semejante al residuo azumagado que hay en las casas de playa o los desvanes familiares, y en las bodegas a oscuras, allí donde las arañas tejen su tela sin necesidad de público y ni siquiera de luz.

Doña Ema solía vocear al mediodía la inminencia del almuerzo y lo servía a la una, con ellos dos ya instalados en un extremo de la mesa, uno frente al otro, esperando a que ella ingresara desde la cocina y dejara la fuente entre ambos, yéndose enseguida a almorzar con su esposo, «pa’ que no se sienta solo mi pobre viejo», les decía y partía a su casa al fondo del patio.

Los almuerzos discurrían por lo general sin altibajos, salvo alguno habido en esos días iniciales, en que Svetlana permaneció con la vista clavada un rato en su plato. Larrondo intuyó una crisis en ciernes, hasta que ella misma la evidenció:

–¿Cómo haría esa gente para juntarse aquí a atormentar cada día a otros? Me cuesta entenderlo.

–Debían considerarlo su deber, ¿no? –sugirió él–. Una rutina.

–¿Y almorzarían todos aquí en esta misma mesa?

–Posiblemente. Quizás hasta hacían comentarios entre ellos: «Me salió duro el último huevón, tuve que subirle el voltaje».

Ella se enervó de manera ostensible con su acotación.

–Muchos de ellos debían tener una tuerca suelta –señaló él para remediarlo.

–¿Y después qué? ¿Volvían todos a su casa como si nada, para llevar a los niños al zoológico el fin de semana?

–Imagino que sí.

–¿Y se acordarían en esos momentos de la gente que ellos mismos tenían enjaulada?

–Quizás evitaban el zoológico –sugirió él absurdamente–. Pero no debía importarles mucho, debían considerarlo un deber, una rutina indispensable. Una labor patriótica. Muchos pidieron, de hecho, el traslado aquí de manera voluntaria, está en la documentación. Era tal vez una vocación personal, la suya, por contribuir al sufrimiento humano… Algunos debían ser además voyeristas.

–¿Por qué voyeristas?

–La tortura era casi siempre administrada de a dos, ¡o en tríos! El que no estaba practicándola aprovechaba de mirar a los otros haciéndola. Hasta hubo, al principio, gente de civil que tomaba notas, los sobrevivientes lo han relatado.

–¿Y qué más? ¿Eran una banda de sociópatas, entonces? –preguntó ella revolviendo su plato.

–Cuando menos, gente poco confiable –complementó él–. Pero debía haber otros factores, cosas que explican a la vez esos comportamientos, más allá de las patologías individuales.

–¿Cosas como qué?

–El tema de actuar en patota debía influir. Hay actitudes que varían cuando se está en grupo o en situaciones de riesgo, como las guerras. Gente muy decente en su vida diaria termina arrasando poblados enteros, violando aldeanas...

–Parece que estuvieras exculpándolos.

–En absoluto. Solo digo que estar aquí encerrados con las víctimas debía influir para convertirlos en criminales. Vivir con un animal acorralado te transforma con seguridad en un predador acorralado. Ninguno estaría, por lo demás, muy acostumbrado a ejercitar su libre albedrío. A lo más el cerebelo, para procesar las voces de mando, oyendo todo el día las monsergas de sus superiores, esa especie de mantra patriótico que incidía en las orejas de todos, llamándolos a cumplir con su deber y sacar una docena de uñas diarias por el bien de la patria. Bien podía terminar sacándolos a ellos de quicio, ¿no?, todo eso.

–Los estás justificando –insistió ella clavándole la mirada.

–En ningún caso, Svetlana. Solo me pregunto si cualquiera de nosotros podría llegar a hacer algo parecido en circunstancias similares.

Fue una de las primeras charlas entre ambos acerca de esos asuntos, que luego se hicieron cada vez más frecuentes. Buscaban desentrañar entre los dos la caja negra del terror y sus rastros, los indicios que todavía surgían de los testimonios y frases grabados en su interior, aunque no resultaba fácil interpretar esos datos. En ocasiones solo había un ruido de fondo, gruñidos de una bestia que daba zarpazos a diestra y siniestra y, cuanto más difusos, mejor para sus fines políticos. Lo fundamental era que todo el mundo se sintiera al alcance eventual del terror y sus garras.

Larrondo comenzó a reunir materiales diversos y elaborar un diagrama inicial para su crónica, intentando dilucidar los agujeros negros dentro del fenómeno. Como, por ejemplo, el reproche que aún se hacía a los detenidos que se habían quebrado en el interrogatorio y habían entregado nombres, información.

–Me cuesta entender esa lógica –le comentó cierto día a Svetlana–. Si te quebrabas con los golpes, quedabas muchas veces marcado como traidor, como si no bastara con que te hubieran hecho mierda.

Sentía admiración –cómo podía no sentirla– por quienes habían resistido, aunque igual entendía que algunos hubieran claudicado: frente a la abstracción de la utopía futura, los electrodos en los genitales o la amenaza a un familiar cercano, opciones bastante más concretas, debían ser un argumento suficiente, en ocasiones, para doblegarse, al menos mientras estaban al alcance de los esbirros. Svetlana compartía su postura con mayor vehemencia que él, no considerando siquiera necesario justificar a los claudicantes.

Hablaban los dos con frecuencia de la dictadura hitleriana, un proceso al que Larrondo confería una cualidad paradigmática y que percibía como un caso extremo y bastante peor que el del Campo D. En este punto, Svetlana discrepaba.

–A mí me parece que es todo lo mismo, compañero –concluía en tono mordaz–. ¿Hay alguna diferencia en que solo te arranquen las uñas o terminen gaseando a tu familia completa…?

A él le parecía que la había, ciertamente. A ella le bastaba el caso de su madre para que las varias categorías del terror se uniformaran, aunque no le hubiera hablado aún a él de su detención. Él prefirió no mencionarle el tema, cuando menos mientras no lo hiciera ella misma. Y seguía cada uno en su labor recién iniciada.

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9789560012838
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