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Seguir soñando historia: una nueva antología de relatos
J.R.R. Oviedo
ISBN: 978-84-19198-17-4
1ª edición, julio de 2021.
Editorial Autografía
Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona
www.autografia.es
Reservados todos los derechos.
Está prohibida la reproducción de este libro con fines comerciales sin el permiso de los autores y de la Editorial Autografía.
Índice
PREÁMBULO:
CONÓCETE A TI MISMO
ALEGORIA DE LA CUEVA
LA MONTAÑA
SUmer Y Egipto
UNA NUEVA OPORTUNIDAD
EL OJO DE CASANDRA
UNA GATA Y UN MENDIGO
ODA A DRUSO GERMÁNICO, EL ÚLTIMO HÉROE DE LA ANTIGÜEDAD
EL SUEÑO
DIOSA ES TU DESTINO, CLEOPATRA
LA JORNALERA Y LA PRINCESA
TEOTIHUACAN
EL BOSQUE
LOS TRES CICLOS DEL CABALLERO TEMPLARIO
METAMORFOSIS
MEVLANA RUMI
AL FINAL, DESDE LA CELDA
STÖRTEBECKER:
EL PIRATA SOLIDARIO
EL ASNO Y EL COMERCIANTE
TRES GRANDES MUJERES DEL REINO DE CASTILLA
SU CAMINO, TU CAMINO
LA REALIDAD DUAL, DE UN MAESTRO CANTERO
MIEDO
EL PUEBLO AGNI
ASESINATO EN LA CARAVANA
EL EXTRAÑO VIAJE:
RECUERDO DE EMMANUEL D’HOOGHVORST
LA ESCUELA
TITANIC:
UNA HISTORIA DE PREMONICIONES
FAMILIA
LAS BRUJAS DE PAPUA NUEVA GUINEA
LOS CINCO SENTIDOS
EL INDIO NORTEAMERICANO DE PIEL BLANCA
LA PANDEMIA
LA INFLUENCIA DE LA SOCIEDAD THULE
OSCURIDAD
UCHURACCAY: CUANDO EL SOL SANGRA
LA HORMIGA Y LA MOSCA
MI AMADA SIRIA: HOMENAJE
EL ÚLTIMO MENSAJE
EPILOGO: DIOSES
BIBLIOGRAFIA Y DOCUMENTACION:
PREÁMBULO:
CONÓCETE A TI MISMO
Aquel que no es capaz de mirarse a sí mismo no debería fijar su atención en los demás, aquel que no puede elegir su camino no debería indicar la ruta a sus semejantes. Pero incluso, siendo capaz de leer en tu interior y tener la sangre fría para elegir a menudo el sendero más adecuado, no hay ningún derecho o preeminencia sobre cualquier otro ser humano. La libertad es errar o acertar, pero deja de ser libertad cuando uno es juzgado o señalado, tampoco es libre el que juzga o señala pues está pendiente del prójimo de forma obsesiva. Jamás hubo ser humano, Dios o héroe en la tierra, que no cometiera algún error. Por tanto, ¿por qué insistimos, día tras día, en jactarnos del fallo ajeno?
La moralidad, el respeto y la responsabilidad deberían ser leyes sagradas para construir el honor de una persona y, sin embargo, nos basamos en otros valores para edificar la fachada que aparentamos ser ante los demás.
El día que caigan las máscaras quizás la luz alumbre un panorama parecido a lo que intenta transmitir este libro en su sentido más profundo.
Para todos aquellos que buscan la luz, para los que saben que esa antorcha eterna de vida y misterio se encontrará antes en las cuevas, donde nuestros antepasados dejaron sus primeras manifestaciones artísticas, que, en la relumbrante, y a la par deslumbrante, electricidad de cualquier ciudad moderna. Sí, con toda su potencia y desarrollo, no llega al espíritu y algunos, errados en una gran paradoja, caminan hacia esa falsa luz cuando en realidad lo hacen a la oscuridad.
Para mis víctimas favoritas – permítanme expresarlo así – y más honradas: el pobre ser humano que falleció por el egoísmo y la vanidad de determinadas élites que no miraban más allá de su ombligo. Nada mejor que el Titanic para ilustrar y resumir, en un barco, la existencia humana. Ellos ya están en la luz, pero sigue habiendo ciudadanos de primera y tercera clase porque así lo dicta el dinero, ese elemento que como dijo Voltaire nos convierte a todos a la misma religión cuando se menciona.
Para todos en general, pues como decía al principio todos podemos errar, pero tenemos la suerte de poder volver a encontrar el camino correcto. En esto seguimos siendo libres al menos.
ALEGORIA DE LA CUEVA
El camino, sinuoso y estrecho, lleva directamente a la entrada de la cueva. Cuando uno llega, siente que está entre dos mundos: hacia fuera se extiende el mundo material y físico que podemos definir como tangible; más allá de la boca de entrada nos encontramos ante un universo espiritual donde se puede soñar sin necesidad de cerrar los ojos. Penetrar en una cueva poseedora de arte paleolítico es hacerlo en un santuario y, a la vez, en una biblioteca. Un lugar de lectura donde el lector no encontrará libros, un lugar sacro donde el posible adepto no encontrará sacerdotes.
Al dar los primeros pasos, recorremos recovecos donde nuestros padres descansaban, otros donde se comunicaban o se fusionaban físicamente perpetuando así nuestra existencia e incluso habrá abrigos rocosos, dentro de esa misma cueva, donde sufrían y lloraban. Esta sensibilidad es la que empuja a nuestros antepasados a transmitir y difundir arte en lo más profundo de la cueva, allá donde la humedad hace casi imposible morar.
Siempre hay un primer ser humano valiente o atrevido, pero la gran pregunta del arte paleolítico es: ¿por qué plasmar un dibujo cuando no se había hecho antes? ¿Qué sintió esa mente para llevarlo a cabo? misteriosa mente humana la que nos guía en este camino de existencia con su carga genética sin descifrar al completo. Se habla del cambio de Neanderthal a Sapiens y, por ende, de un cerebro más desarrollado y presto a sentir, pero... ¿por qué? no deja de ser una gran incógnita el porqué de ese primer dibujo y, sobre todo, el observar la influencia que tuvo expandiéndose el arte por todo el orbe, por miles de cuevas y abrigos rocosos en diferentes puntos del planeta.
Cuando caminamos por la cueva, no sin dificultad, buscamos con la luz el rastro de esos primeros hombres para así intentar asimilar nuestra concepción a la de aquella época. Pero la luz artificial no es la misma que la que producían sus antorchas; éstas eran capaces de darle movimiento a las pinturas por el baile que provoca la oscilación de la luz. En cambio, nuestra luz “moderna” no es capaz de apreciar esa viveza. Si teníamos dudas de su capacidad artística, no hay nada mejor que pararse y observar cómo dibujos y grabados estaban supeditados a la forma de la piedra para así formar cabezas de bisontes, caballos, etc... Quisieron controlar la caza mediante rituales y nada mejor que controlarla en el mundo espiritual para, con esa fuerza sobrenatural, salir al mundo material convertido en un semi-Dios. Figuras danzantes en torno a las diferentes presas animales nos transmiten valor, hombres con cabezas de animales nos ofrecen una sensación de superioridad del hombre sobre las bestias, al menos en ese plano metafísico.
Tenemos que arrastrarnos, manchando nuestras ropas de barro, como aquellos seres primitivos en clara alusión a la igualdad del hombre en la cueva, sea la época que sea, y podemos observar extraños dibujos antropomorfos: unos, claras figuras; otras, con alusiones a la fertilidad. Y aquí, importante subrayar como en algunas comunidades o clanes, destaca el papel primordial de la mujer invitándonos a creer en sociedades matriarcales. Sí, la mujer como centro de ese universo basado en ciclos lunares, los mismos que rigen su menstruación. En algunos casos llegaremos a ver representación de dicho ciclo menstrual de las mujeres del clan, como si todas ellas, de forma sagrada se ajustaran al mismo ciclo, a los mismos períodos. No deja de ser mágico hoy en día a pesar de nuestro conocimiento del cuerpo de la mujer.
La mujer más allá de un bien sagrado al que hay que cuidar, como una Diosa. Y así se encuentran en muchos rincones, grabados o dibujados en piedra, figuras de mujeres con el vientre redondo, símbolo de embarazo y por tanto de ventura para esa comunidad que aseguraba la supervivencia de su clan.
Por último, al retroceder hacia la salida, entramos en un abrigo rocoso a la derecha y encontramos manos dibujadas. La comparamos con la nuestra y nos sentimos tan cerca de esos hombres de la prehistoria que nuestro corazón se encoje. Al acostumbrar nuestra mirada a la escasa luz nos volvemos a sobresaltar; manos de cuatro dedos que no han podido ser interpretadas con seguridad. Quizás dedos amputados, quizás al dibujarlas un dedo quedara fuera de la impresión o, porque no, representaciones de otra civilización, de unos seres superiores que dejaron su huella en todas las civilizaciones con halo místico mostrándonos el camino a seguir. Sociedades primitivas de todo el mundo han dibujado manos y en los lugares que se ha dejado esa huella ha sido en lugares sacros, inviolables, quizás reservados a una minoría o solamente al clan que dejaba su impronta en el mundo de los espíritus.
Salimos, con paso tan lento como la historia de la humanidad, y tenemos la sensación de haber vivido un sueño más que una realidad. Es probable que estas cuevas, poseedoras de pinturas y grabados paleolíticos, sean la última entrada al otro mundo. A ese mundo espiritual presente en todas las civilizaciones antiguas.
No puede ser que ese legado eterno ya no interese al hombre, al menos una sola vez deberíamos intentar acceder al reino de Morfeo.
Dice la leyenda que Morfeo, como Dios griego del sueño y de la noche, se transformó en un ser divino al dejar capturar su alma en una caverna, seguramente una con dibujos paleolíticos. El hombre se convirtió en Dios al captar el mensaje de sus antepasados
LA MONTAÑA
Un hombre tenía un sueño, quería ser el primero en subir a una montaña. No era una montaña sagrada ni la más transitada del orbe, sin embargo, desde pequeño anhelaba escalar a su cima y ser reconocido por ello.
Después de años preparando el reto se puso en camino, transitó por senderos cada vez más empinados y, cuando parecía que el esfuerzo le derrotaba, divisó el último tramo. Estaba tan exhausto que decidió hacer noche a los pies de la escalinata final.
En noche cerrada y cuando los párpados se caían, agotado pero preso de emoción por estar tan cerca de su sueño, oyó una voz femenina y otra más apagada que parecía infantil. Asombrado al ver lo que a todas luces parecía una mujer con su hija, se atrevió a entablar conversación:
– ¿Qué hacéis paseando a estas horas tan cerca de la cumbre de la montaña? – Preguntó algo timorato el hombre.
La mujer le miró con ojos cansados, la niña ni se inmutó. Por un momento creyó que estaba ante dos fantasmas hasta que la niña tiró de la mano a la madre y pareció romperse la ensoñación.
– Déjale mama – habló la niña con mucha más seguridad en sí misma de la que aparentaba por edad – no parece mal hombre, aunque es uno más de los soñadores. Lo de siempre.
– Tranquila hija – le dijo la madre a la pequeña mientras mantenía la mirada fija en el hombre – debemos ser respetuosas siempre. Caminamos hacia la cima como hacemos al final de todas las jornadas.
– ¿Hacia la cima? Creía que nadie había subido a ella – el hombre hablaba estupefacto sin entender nada – Acaso ¿no seré el primero en llegar?
La niña comenzó a reír a carcajadas, era una carcajada tan honda como sonora, terrorífica. Cuando pareció saciarle la risa se dirigió al hombre de nuevo:
– Todos creéis ser los primeros y sin embargo son incontables los que ya han conseguido esto que crees proeza. Yo la primera.
– Basta ya – apuntó la madre a la hija – te pido, una noche más, que desciendas el camino y lo vuelvas a retomar mañana al reflexionar.
Sorprendentemente la niña hizo caso y tomó el camino descendente. En un momento fugaz ya no se divisaba su figura ni siquiera a lo lejos.
El hombre salió de su perplejidad y se encaró con la madre:
– No deberías dejarla hablar así, tan hiriente, sobre todo con desconocidos. Es demasiado pequeña para ello. No ha conseguido hundirme porque no era más que una niña y yo soy fuerte, tan fuerte como el único de los hombres que va a llegar a esa cima. Tampoco tú podrás impedírmelo.
La madre pareció ignorarle y se puso a caminar hacia la escalinata final a la cota más alta de la montaña. Sus pasos parecían contarse por zancadas de gigantes. El hombre, al verlo, se puso ciego de ira y cuando le había sacado cierta ventaja, trató de correr hacia la mujer advirtiendo:
– No podrás hacerlo antes que yo ¡es mi sueño y sólo mío!, nadie podrá vencerme a mi… – de repente se oyó un traspiés y el hombre se encontró que el camino se había desgarrado y abierto a un precipicio que la noche ocultaba. Sólo una fina rama de arbusto le servía para agarrarse.
La mujer, oyendo los gritos detrás, sonreía mientras ascendía a la cima. Sabía que no debía auxiliarle y que necesitaba estar colgado un buen rato de esa rama para sentir lo endeble que puede llegar a ser uno. Mientras, con firmeza y seguridad, la mujer llegaba a la cima para cerrar los ojos y dejarse bañar por la fuerte brisa que allí existía. Al abrirlos ya no divisiva al hombre ni a su hija, sólo veía un mundo maravilloso a sus pies. Un mundo por explorar. Entonces sintió que hacia él descendería tratando de ayudar a otros seres a encontrar su camino.
Ni el hombre, ni la mujer, ni su hija, son una persona por sí solas. El hombre es tu ego, la niña es tu envidia y la mujer tu conciencia. Y sí, la frágil rama, es la esperanza que, en realidad, no es tan endeble como a veces creemos.
SUmer Y Egipto
El faraón Jufu pidió que el comerciante sumerio, recién llegado a Egipto, se presentara ante él. Quería despejar de primera mano las dudas que sus escribas le habían ido presentando a lo largo de su vida. Llevaba meses pensando en ello y, en consecuencia, había pedido a sus soldados que estuvieran atentos y le trajeran a audiencia real al siguiente comerciante venido de Sumer.
– ¿Es cierto que eres hombre venido de tierras sumerias? – preguntó el faraón-
– Mi señor Keops, no le entiendo – contestó el comerciante – soy un sag-giga, el pueblo de las cabezas negras.
Un escriba se acercó al faraón y le susurró algo al oído. Este continuó hablando:
– Bueno sag-giga, sumerio… Es lo mismo. Pero dime, ¿por qué te refieres a mí como Keops? ¿Es una palabra de vuestro pueblo para realzar mi divinidad o grandeza?
– Antes de llegar a su reino, he estado comerciando en Creta, donde se referían a su señor como Keops. Pensé que era su nombre de gobernante.
– ¡Qué absurdo! ¡Keops! – reía el faraón a carcajadas – difícil de entonar y un nombre extraño para dejar huella en la posteridad. Recuerda y transmítelo a tu pueblo y a todos con los que comercies: Jufu, ese será mi nombre en los astros.
– Como usted quiera, mi señor Jufu. Igualmente es un placer estar ante su presencia, su grandeza es sabida en todos los puertos y rutas de comercio.
– Bien, gracias, pero basta ya de presentaciones y halagos. ¿Qué comercias en mi reino?
– Traigo artesanía de mi pueblo, sobre todo, nuestro afamado sello cilíndrico donde se puede ver la idiosincrasia de nuestras gentes. A cambio busco metales, piedras preciosas y madera para nuestras tierras.
– En esos sellos cilíndricos – comentaba intrigado el faraón Jufu – ¿aparece vuestra escritura?
– No mi señor, en los sellos plasmamos escenas de nuestro pueblo o de nuestros dioses, no dejan de ser un elemento decorativo con el que comerciamos entre nosotros, los sag-giga o fuera de nuestras fronteras, como entre los dignatarios de su pueblo. Si mi señor quiere conocer nuestra escritura, para ello tiene las tablillas de arcilla donde dejamos constancia de leyes, acciones a subrayar o llevamos la administración de nuestros negocios.
– Enséñame alguna si las tuvieras en tu poder.
El hombre de Sumer, acató con la cabeza afirmativamente. Se retiró momentáneamente, pidiendo permiso para ello, dirigiéndose a la puerta para comunicarse con un esclavo al que pidió ir al puerto y tomar alguna de las tablillas que llevaban en la embarcación. Esto llevaría un rato, pero el faraón no quería perder la oportunidad, cuando el comerciante sumerio volvió a la audiencia y siguió hablando:
– Dime, hombre de Sumer, ¿la escritura se inventó en tu pueblo u os enseñan que la inventamos nosotros?
– No tengo respuesta a eso, mi señor. Las personas que aprendemos a escribir recibimos la idea que somos el primer pueblo que se asentó en ciudades y con ello, con todas las derivadas administrativas que surgen de dejar de ser nómadas, se hace necesaria la escritura, las leyes, un sistema de gobierno, la propiedad privada y así podría seguir repasando una lista innumerable de inventos.
– Ya veo ya – comentaba pensativo el faraón Jufu – nosotros también pasamos ese tránsito a las ciudades y escribimos para dejar constancia de leyes, tratados de culto religioso o de carácter administrativo. Con todo ello somos capaces de construir algo tan grandioso como la pirámide que se está construyendo y habrás visto antes de llegar a palacio. Veo que es como decían mis escribas, vuestro pueblo cree haber inventado lo que somos el resto. Pero sigue hablándome de esa lista innumerable de inventos…
– Como ordene su señor. En nuestro pueblo hemos creado un sistema giratorio para modelar la cerámica sin mucho esfuerzo, un calendario para tener claro los periodos de cosecha, un reloj para fijar las horas del día y con ello mejorar la burocracia de mi país, el mismo carro de guerra con el que me consta su pueblo combate con bravura o la cerveza, esa bebida que…
Fue imposible seguir, las carcajadas del faraón y sus escribas fueron bastante sonoras.
– Nada de lo que dices, escúchame bien hombre de Sumer, es algo que los egipcios hayamos importado de vuestras tierras. Nosotros hemos generado todo ello de forma autóctona.
– Lo siento mi señor si le he ofendido, como le decía es una transmisión que recibimos, pero lógicamente yo no he inventado nada.
– Me encantaría que mis escribas dialogaran con esos que dices os transmiten para que fueran conscientes de otro punto de vista. No obstante, ya me ha quedado claro lo que buscaba y veo que el debate sería estéril, ambos tenemos nuestra propia idea de creación de todo. A la espera de ver vuestra escritura, tómate un descanso, come algo y se bienvenido a mi morada.
Cuando llegaron las tablillas era ya de noche. El comerciante sumerio, acatando órdenes y ayudado por su esclavo que transportaba las tablillas, se acercó a la estancia donde el faraón reposaba tras la cena.
– Oh, ya estás aquí de nuevo, acércame esas tabillas – pidió el faraón-. Vaya, vaya – comentó tras verlas – diferente a la nuestra, escribís en forma de cuña lo que lo hace ilegible a los que estamos acostumbrados a escribir con pictogramas.
– Sí, mi señor, antaño usábamos también pictogramas, como su pueblo, pero evolucionamos al cuneiforme ya que así podíamos registrar de forma sencilla los intercambios comerciales, las pérdidas y ganancias del comercio.
El faraón llamó a sus escribas y estuvo departiendo unos minutos con ellos. Continuó hablando tras ello:
– Mis sabios y yo, te concedemos la duda de la escritura. Vuestra evolución puede indicar que sois la primera civilización en registrar por escrito una lengua, pero los otros inventos que nos comentaste los ponemos más que en duda. No dudamos de tu honradez, pero si lo hacemos por nuestro propio desarrollo como pueblo. Tenlo presente cuando vuelvas a tu país y comercies con otros pueblos, relata a todos la grandeza de nuestro reino.
– Así lo haré mi señor, no tenga duda.
– Bien, pero dime – el faraón tomó una tablilla al azar y señaló una parte de la misma – aquí, ¿qué pone exactamente?
– Si te meten en agua se volverá fétida, si te cuelan en un huerto se pudrirán los frutos. – El sumerio al darse cuenta de lo leído se puso rojo – Disculpe mi señor, es lo que dice realmente ya que es un escrito referido a los que infringen las leyes recurrentemente.
– Tenéis sentido del humor parece – reía muy divertido el faraón Jufu. El sumerio respiró al ver que el faraón no lo hacía personal el texto leído. Continuó hablando Jufu – sigue diciéndome sobre esos inadaptados a las leyes… ¿Qué más escribís?
– Aquí por ejemplo dice: “todavía no ha cazado a la zorra y ya le ha hecho un collar” pues se refiere al caso de un criminal que antes de cometer un robo ya se había gastado el dinero, endeudando con ello a su familia.
– Entiendo… Tenéis la idea de familia bien asentada para lo bueno y lo malo.
– Sí señor – comentó el hombre de Sumer – por ejemplo, fíjese aquí, dice: “La amistad dura un día, el parentesco siempre” o esta otra: “Quien no ha tenido una mujer o un niño, no ha llevado nunca un aro en la nariz”
– ¿Un aro en la nariz?
– Sí mi señor, a nuestros prisioneros les perforamos la nariz con un aro y les pasamos una cuerda por dicho aro. Para que recuerden con dolor el daño hecho. Esto, en ocasiones, es lo que siente un hombre en su relación familiar.
Las carcajadas fueron sonoras en palacio, incluso las esclavas de palacio esbozaron una tímida sonrisa por la ocurrencia sumeria. Todo era magnificado por la calma con la que lo expresaba el comerciante sumerio.
– Sois ingenioso no hay duda. ¿Existe algún escrito o proverbio sobre el poder y la riqueza?
– Sí, mi señor, sobre ello tenemos varios – comenzó a recitar de memoria-, por ejemplo, sobre las cargas que supone el poder: “Quien tiene mucho dinero puede ser dichoso, quien tiene mucha cebada puede ser dichoso, pero el que no posee nada puede dormir”. O sobre los abusos de poder: “puedes tener un amo, puedes tener un rey, pero a quien debes temer es al recaudador de impuestos”
– Veo que tendré que atar en corto a los míos siguiendo vuestro consejo – sonreía abiertamente el faraón – en cuanto a la dicha no deja de ser cierto que solo el que dispone tiene esas preocupaciones que relatas, pero los pobres tienen otras mayores.
– Oh sí mi señor, para eso tenemos: “el pobre toma prestado dinero y preocupación”.
– Sabio consejo sin duda, aunque por el interés de algunos más vale que no se extienda. ¿Algo que escriba tu pueblo en esas tabillas y me valga a mí como faraón?
– Hay un proverbio antiguo que encontramos en muchas tablillas ya que nuestros gobernantes gustan recordarlo para evitar el caos en nuestro país: “Tú vas y conquistas el país enemigo; el enemigo luego viene y conquista tu país”
– Vaya, muy atrevido, parece que os protegéis al mundo lanzando la amenaza de que habrá respuesta.
– No mi señor, este proverbio lo aplicamos dentro de nuestro pueblo y para todas las situaciones cotidianas, no sólo las conquistas entre reinos.
– Y, sobre mi gran construcción piramidal ¿algún proverbio para finalizarla?
– Nuestra sabiduría aconseja: “Quien edifica como un señor vive como un esclavo, quien edifica como un esclavo vive como un señor”
Siguieron toda la noche, enfrascados en los miles de proverbios que Sumer ha legado al mundo en sus tablillas y el faraón Jufu tuvo la fortuna de conocer, en parte, esa jornada. Sumer y Egipto, cuna de civilizaciones.
UNA NUEVA OPORTUNIDAD
El sol estaba apareciendo en el firmamento. Con ello millones de posibilidades
renacían. Me levanté de buen ánimo y me encaminé a la herrería como todas las mañanas. Pero ese día no fue como otros, los visitantes que recibí no eran los de siempre, ni las peticiones eran a las que estaba acostumbrado.
Al acercarme ya observé que había forasteros en la villa. Eran soldados por sus ropajes y por su mirada ruda, curtidos en mil batallas. Venían de batallar saliendo victoriosos, nos comentaron en la herrería y necesitaban arreglar armas antes de seguir camino hacia una nueva lucha que, decían ufanos, sería la definitiva para su gloria.
Me recordaron a los fanfarrones con los que traté ya en mi niñez, nada nuevo por tanto, aunque por prudencia callé ya que únicamente era un aprendiz y el herrero, aunque me trataba bien de forma general y me daba sustento, era muy brusco cuando su negocio se veía afectado o relacionado en habladurías. Y allí había mucha ganancia con tanto cliente.
Trabajé duro, muy duro. Pero lo que ese día me trae a la memoria no es eso sino la historia que me relató uno de aquellos soldados. Era un buen hombre a pesar de verse inmerso en la locura de la guerra, en seguida me di cuenta que no era como los demás y que tenía otras aficiones, diferentes a las de la soldadesca. En realidad eso justo es lo que le hacía estar en la guerra, era su paradoja.
Escritor de obras de teatro, había conocido a su esposa en los escenarios como una promesa de la escena y, casualmente o no, una de sus obras la había encumbrado como una de las oradoras de moda.
Un buen día, uno de los nobles que financiaban su teatro fue llamado a la guerra o a mandar alguien en representación de su casa nobiliaria. El noble, muy sagaz, enfermó previo a la partida y comentó al escritor de obras de teatro que necesitaba a alguien que fuera a la guerra por él pues, entre otras consecuencias, si no lo hacía no podría pagar más teatro. El escritor, persona noble y comprometida con los suyos, decidió ser él mismo quien acudiría en su nombre, como vasallo de esa casa nobiliaria. Así le ordenaron caballero para las lides.
Su mujer lloraba, le faltaban las palabras, parecía que en sus ojos se reflejaba la tristeza eterna de quien se despide para siempre. Trató de retenerle, pero el escritor estaba decidido a emprender tamaña aventura.
Luchó durante meses en el asedio de un fortín que costó más de lo normal rendir. Tantas vidas sesgó que las noticias volaron a su ciudad, haciendo creer que la mayoría de los soldados, incluido el escritor, habían fallecido.
Después de aquel asedio hubo que seguir batallando y, cuando después de cuatro largos años de sangre y fragor, se venció al enemigo, el escritor se había convertido en uno más de aquellos rudos soldados. Pero era de aspecto únicamente pues en su interior seguía prendiendo la llama del saber, aquello que le hacía conocer, reflexionar y escribir. Esto lo vieron siempre los otros soldados, era buen hombre, pero raro, demasiado sensible para estar batallando, decían entre ellos.
Con todo ello, decidió dejar las armas y a sus compañeros, a los que comenzó a echar de menos nada más ponerse en camino, extrañamente. Llegó algo triste por ello a su antiguo hogar, pero feliz de reencontrarse con su familia. La sorpresa fue mayúscula al encontrarse con el empresario por el que había luchado. Este dijo haber creído su muerte cuando llegó la noticia del primer asedio y, viendo a su mujer tan triste y abatida, decidió darle una buena vida y casarse con ella.
“Ahora la puedes oír detrás de estas paredes jugando con nuestros hijos, feliz, habiendo superado y dejado atrás la tragedia. No la falta de nada, confía en mí, pero no la traigas el recuerdo, la tristeza de nuevo. Te daré una fortuna si Precisas, pero es mejor dejarlo estar como quiso el destino”.
El soldado, otrora escritor, escuchando a la que fue su mujer tan feliz se marchó.
No le aceptó el dinero, le escupió en la mano y se dio media vuelta. Con ese simple gesto respondió a la manipulación del empresario que le había robado su vida y se había aprovechado tanto de él. Con ese gesto, su mujer viviría feliz y eso era lo más importante para él; en cambio, el empresario, siempre viviría bajo la sombra de la duda, con esa despedida dejaba abierta la puerta a volver.
Mientras, decidió volver a batallar pues también la lucha, al igual que el acto de escribir le hacía encontrarse consigo mismo.
Por otro lado, su familia estaba entre aquellos hombres que, como él, habían dejado todo de lado para dedicarse al arte de guerrear. A pesar de seguir siendo un hombre solitario. Quizás algún día decida tomar el camino a casa de nuevo y esta vez presentarse a su mujer. La vida y el destino, en su grandeza, todos los días le daba la posibilidad.
Llegaba la noche, se acababan las oportunidades. Por ese día únicamente.
EL OJO DE CASANDRA
El pequeño Alejandro le pidió a su madre, Olimpia, que una vez más le contara aquella historia de la anterior luna que tanto le fascinó. Olimpia sonrió pues le encantaba cuanto llegaba a calar en esa mente inquieta que tanto admiraba y, a la par, amaba. Con buen ánimo comenzó a relatar:
Casandra era una de las sacerdotisas que rendían culto a Apolo, no una más desde luego. Casandra quería obtener el conocimiento del mundo terrenal y celestial. Así, Apolo le concedió convertirse en profetisa a cambio de profesarle amor. Casandra accedió una primera vez para llegar a su logro y conocer los secretos del arcano.
Tras ello, fue imbuida del conocimiento, pero entonces ocurrió la tragedia: Casandra no quiso amar más a Apolo, en realidad nunca lo quiso hacer, y éste la condenó por su traición con ejemplaridad: seguiría teniendo el conocimiento, seguiría ejerciendo de profetisa, pero ya nadie la creería jamás.
¿Te puedes imaginar alguna sensación de impotencia similar? A mí me cuesta. No pudo evitar la mayor destrucción de su tiempo, la caída de Troya, ni siquiera su propia destrucción.
Algunos seres humanos siguen buscando el conocimiento sin honor, la falsedad impera en sus actos y, aunque creas que están en la cima del poder, ellos saben en su interior lo desdichados que son por sus malas artes. Y sin embargo, cuidado, porque siguen tratando de darnos mensajes y ofrecernos su ayuda.
Presta atención al ojo de Casandra que sigue entre nosotros, no les creas. Sólo estemos despiertos para seguir honrando a Apolo.
UNA GATA Y UN MENDIGO
En una aldea lejana y olvidada por el tiempo, vivía un mendigo que todos los días se sentaba en el centro de la población, a los pies de la fuente de la que se abastecían todos los vecinos. Por allí pasaban mujeres y hombres en una procesión constante, por allí se escuchan los chismes más inverosímiles de los que es capaz el ser humano. A veces el fanfarroneo de los hombres, otras la discreta picardía de las mujeres, pero nunca faltaban palabras que pondrían en jaque relaciones, acuerdos, tratados o un reino entero.
Nadie parecía darse cuenta de la presencia del mendigo pues incluso, al llenar sus alforjas de agua, le mojaban y sin embargo éste parecía no inmutarse. Como podéis imaginar, en la variedad humana, había personas que le mojaban sin darse cuenta – tan embebidas estaban en su conversación – pero otras lo hacían en conciencia por mofa o maldad. Daba igual, el mendigo siempre tenía la mirada cabizbaja y el cabello tapado por un sombrero roído.
Al atardecer, cuando ya nadie acudía a la fuente, aparecía una gata negra y de intensos ojos amarillos que se enroscaba a los pies del mendigo. La gata siempre traía algo de alimento en la boca que soltaba al llegar a sus pies y ambos compartían en silencio, con breves bocados.
Había un detalle en que nadie reparaba, escribía con la última luz del día en lo que parecían unas hojas de pergamino gastadas.
Y así, con la misma secuencia, se repetía un día tras otro hasta que ocurrió un hecho que rompió esa extraña armonía: la gata dejó de aparecer y el mendigo sin nada que echarse a la boca, por poco que fuera, fue debilitándose. Tampoco ya escribía, pero eso nadie lo echaba en falta.
Las gentes de la aldea hablaban de ello y debatieron si debían ayudar a subsistir al mendigo – en contra de sus menguadas arcas – o dejarle morir teniendo presente que sería una agonía. Al pasar los días y no decidirse los aldeanos por una cosa u otra, y teniendo en cuenta la debilidad del mendigo, acabó por morir, no sin sufrimiento en forma de llagas y laceraciones por permanecer a la intemperie.
Al cabo de unas jornadas, con gran sorpresa de la aldea, apareció la gata que maulló con desesperación al no encontrarse con el mendigo. Creyendo que era un signo de mal augurio decidieron dar muerte al animal para así desterrar el supuesto mal de ojo que se podría cernir sobre ellos. Pero la gata, como si advirtiera el peligro, se escabulló hacia el bosque cercano con una agilidad y una velocidad imposible de contrarrestar.
Y cuando todos parecían haberse olvidado, ya que el paso del tiempo es capaz de curar los actos más detestables, llegó una delegación de la más alta autoridad. Nadie entendía que hacían allí, en esa aldea perdida, semejantes dignatarios, pero en seguida les ofrecieron posada, alimentos y cualquier ayuda que necesitaran para estar cómodos en ese humilde pueblo.
Ellos rechazaron todo con palabras bruscas y altisonantes no propias de su porte distinguido, enseñaron unas hojas de pergamino repletas de notas que comenzaron a leer en voz alta. Allí se descubrieron desde intrigas familiares a conjuras contra el poder, pero sobre todo retrataron a muchas de las personas. Al terminar de leer, detrás de la delegación, aparecieron soldados armados. La exclamación de asombro fue generalizada, estupefactos se quedaron cuando oyeron que la mayor parte de la aldea iría encadenada y presa sino demostraban que los hechos leídos en esos pergaminos, y referidos a la gente de esa aldea, eran falsos.
Nadie de los acusados pudo hacerlo y en el largo caminar, sujetos a grilletes y hambrientos, pararon en un pueblo y escucharon una historia extraña a la par que espeluznante que estaba recitando un orador ambulante:
“Esta es una historia muy antigua, de tiempos ya olvidados. Si un mendigo ves aparecer en tu comunidad, no lo desprecies. Si un mendigo descansa en tus calles junto a un felino negro, no os encontráis ante un hombre sino ante una especie de ser inmortal que recorre los pueblos y aldeas en busca de la verdad. Lleva consigo pergamino, en el que apuntará la maldad de hombres y mujeres que va escuchando, hasta que cree haber sido suficiente. Entonces, sin saber bien cómo, la gata se ausentará con lo escrito para denunciar a quién se comporta de forma errada. Él muere a vuestros ojos, pero en realidad no lo hace y ese es su propio castigo, su destino es volver a encarnarse hasta que por fin encuentre un lugar en el que no tenga nada que escribir. Anhela la verdad y no parece encontrarla”
ODA A DRUSO GERMÁNICO, EL ÚLTIMO HÉROE DE LA ANTIGÜEDAD
Abro los ojos, parece que el malestar ha pasado. Ya no tengo esos terribles dolores en estómago, cabeza y músculos. Me hace feliz pensar en los senderos que aún quedan por descubrir, si el Hado se porta benévolo y respetuoso claro está. Me levanto, me doy cuenta que veo todo con una neblina extraña, lo achaco al reciente episodio de envenenamiento sufrido, sin duda será una de sus últimas consecuencias. Juro a los Dioses que perseguiré hasta la entrada al Averno a los responsables, sobre todo a ese maldito Cneo Calpurnio Pisón que ha intentado manchar mi honor... Sí, al maldito Pisón lo entregaré como tributo a Plutón.
No me he dado cuenta, pero mientras reflexionaba he debido andar bastante pues no encuentro referencia alguna conocida. Miro al cielo y descubro una gran nube gris sobre mí y a lo lejos un sol radiante que, sin duda, están disfrutando otros. Ese será mi camino, hacia esa luminosidad ya que allí alguien podrá dar cobijo a Nerón Claudio Druso... Me detengo, ese era mi primer nombre y no entiendo porque me ha venido a la cabeza ahora que todo el mundo me llama Druso Germánico, incluso después de que Tiberio me adoptará como su hijo y pasará a llamarme Julio César Claudiano. Mientras recuerdo estos nombres, se agolpan a mi memoria cientos de hechos de mi vida.
Enfrascado en los recuerdos, donde mi hermano Claudio toma protagonismo, entro en una domus que recuerdo. Estoy en la domus de Tiberio, le veo incluso, está dictando a un escriba que a su vez graba una tabula. Intento escuchar, pero me es difícil y casi al final acierto a escuchar: “A quien nunca debió morir, Julio César Germánico”.
Me bloqueo completamente, Tiberio, mi padre, el que me adoptó como su hijo y me ofreció una carrera como cónsul, está dictando mi epitafio para ser inscrito en una tabula. Eso quiere decir... ¡Oh! ¡Por todos los Dioses!
La muerte nunca es dulce, es una copa de vino amarga y más aún si uno se entera de esta manera tan cruel y extraña de su propio fallecimiento. Yo, Druso Germánico, el conquistador de la tierra más levantisca y bárbara de los confines del Imperio, nunca más volveré a exhalar el aire espeso y turbado del foro ni podré acudir a admirar la belleza prohibida de las vírgenes vestales.
Mientras conducía mi alma en estas tribulaciones, conseguí alcanzar un claro en medio de un bosque. El aire era cálido pero agradable, la temperatura era como una tarde del mes de Iulius.
Alrededor, como si de repente cientos de lucernas iluminaran los extremos del claro, aparecieron rostros severos de personas muy solemnes. Sin presentaciones, por un extraño influjo u obra de hechicería, comprendí quienes eran. A mi derecha Alejandro Magno que no paraba de sonreírme, a la izquierda Publio Cornelio Escipión, detrás de mí se encontraba Aníbal y en frente un personaje de rasgos hebreos que sin duda me recordaban a Herodes Antipas.
Alejandro comentó que yo, Druso Germánico, había heredado el honor de los grandes generales allí presentes, Escipión apostilló que además había luchado por el honor de los romanos además del de los grandes estrategas. Aníbal adelantándose unos pasos, muy formal en su actitud, dijo estar honrado por mi actitud no sólo como general si no como el último de los héroes de la antigüedad que había actuado sobre la Tierra.
Yo intenté rectificarles y decirles que mi obra estaba inacabada, no así la de ellos, y que por tanto no podía equipararme a ellos jamás. Su grandeza, sus epopeyas y hazañas no tenían parangón con mi existencia que, si bien había tenido algún éxito civil y militar, no creía llegar a su altura. En esta línea argumental pedí volver para buscar completar mi misión, pero el personaje que confundía con Antipas me argumentaba que ya había cerrado este ciclo vital y por él sería recordado...u olvidado.
En esas estaba cavilando cuando se adelantó Publio Cornelio Escipión, llevaba una capucha que le cubría gran parte del rostro. Al estar a poca distancia de mi cara, tanto que podía sentir el aliento de su ánima, se descubrió la capucha y pude ver otro rostro diferente. Era el divino Julio, el gran César y mi asombro me dejó helado.
Al acusarles de brujería, Antipas comentó que el único que había recibido el título de brujo en vida fue él e intentó calmarme con bellas palabras que dulcificaban mis oídos de difunto. Primero, Herodes Antipas, intentó explicarme que Escipión lleno de venganza quiso volver a Roma para conseguir el poder de nuevo, lo consiguió y alcanzó en su nueva encarnación, como Julio César, máximas cotas, pero cegado en su vanidad tenía sellado su destino: volver a morir por mediación de sus ciudadanos. Como Escipión recibió una muerte psicológica por el rechazo del senado romano y como César una muerte física. Se había cerrado su círculo. Y por tanto no recomendaba volver con prisas sino primero formarse y crecer espiritualmente antes de tomar la decisión.
Antipas hablaba como un filósofo y sus palabras llenaban de ánimo mi desconsolado corazón. Cuando me pidió que me acercara donde se encontraba, lo hice como si estuviera hipnotizado por su gesto de la mano. Al llegar a situarme a dos pasos comprendí que no era Herodes Antipas el que hablaba...era otro personaje con rasgos judíos al que no acertaba a reconocer. Entonces recordé que, a menos que hubiera muerto durante mi convalecencia en Antioquía, Antipas seguía vivo...
Cuando pedí su nombre, contestó que, como Aníbal, compartía haber sido perseguido por los romanos y que como Alejandro Magno había intentado unir todos los pueblos conocidos de la Tierra sin discriminación. No entendía nada, ni acertaba a comprender quién me hablaba.
El personaje misterioso que confundí con Antipas parecía tener influjo sobre los grandes generales allí presentes. Señaló a Escipión, ahora César sin capucha, y comentó que como ellos había resucitado a la vida y sin embargo las gentes que vivían en el orbe seguían sin entender el verdadero mensaje.
¿Y entonces qué hacía yo allí? ¿Y qué personaje con tanto poder aparente me hablaba?
Conmigo – me miró y me habló muy tranquilo – dijo compartir una vida corta llena de honor y responsabilidad. Vidas que han sido sesgadas por el asesinato y la envidia. Vidas que serán olvidadas: la de Druso Germánico por tener otros generales con más eco para Clio, y la suya, la existencia de Yeshu Ha Natzaret – al fin se presentó – porque será velada por la mentira y el interés humano.
Todos vuestros Dioses, siguió hablando Yeshu Ha, griegos, púnicos o romanos son mis agentes en la tierra, otros los llamarán ángeles o demonios.
Empezaba a comprender: para Druso Germánico existe una nueva misión, la más grande de todas y será convertirse en uno de aquellos agentes al servicio de lo Supremo para buscar el equilibrio terrenal.
Asentí y sin saber muy bien porqué, me puse en manos de aquel conciliábulo dirigido por aquel ser tan luminoso en palabras y gestos. ¡Qué otra cosa podía hacer!
He de reconocer que el futuro, aun estando muerto para la Diosa Gaia, era esperanzador. Que contradicción más bella.
Volví a sentir el latido de mi corazón y entonces comprendí que lo había conseguido. Y sin cruzar el río Estigio o ver a Caronte. Qué extraña y bella era la no existencia humana.
EL SUEÑO
Habían pasado muchas noches en vela. Algunas por disfrute y otras por temores. Al llegar un ocaso más se miraron y abrazaron, decididos ya muchas noches atrás a amarse pasara lo que pasara. Abrazados encontraron la calma, pero uno de los dos se sintió preso y entonces tomó una decisión revolucionaria: se zafó del abrazo y entonces, sólo entonces, sintió que un gran cansancio le embargaba y le hacía cerrar los ojos. Esa noche durmió y al despertar se encontró en soledad.
Entendió que hay caminos, por mucho miedo que causen, que deben recorrerse en solitario. La estrella más bonita es capaz de deslumbrarte y hacerte caminar errado, en cambio si esa misma estrella bonita la tenemos a una distancia prudencial es capaz de brillar y, a la vez, iluminarte el sendero hacia la felicidad. Ese es el verdadero amor.
Sí, fue un sueño tan maravilloso como clarificador.
DIOSA ES TU DESTINO, CLEOPATRA
Filóstrato, tutor de la pequeña Cleopatra, se disponía a comenzar la clase de oratoria recitando frases de Parménides sobre la existencia del ser y la no existencia del no ser.
Cleopatra no se podía creer que, otra vez, tuviera que pasar horas escuchando divagar de filosofía griega, así que su mirada se posó en Filóstrato pero su mente comenzó a viajar hacia otros horizontes, hacia aquella historia de Nefertari…
Tenía corta edad, sí, pero ella tenía claro que sería como Nefertari, una Diosa para Egipto. Habían pasado más de 1.000 años de aquel precioso sueño y, las jóvenes seguían soñando, con la gloria de aquellos días.
Nefertari, de la que no se sabía su procedencia – porque casi todas las personas legendarias son universales – había conquistado al faraón más grande del antiguo Egipto: Ramses II. Aquel peligroso, hosco, batallador y de un corazón que decían de piedra, conoció la sonrisa cuando se encontró cara a cara con ella como nueva concubina. Tanto le impresionó que decidió convertirla en segunda esposa. Hasta ahí podría haber sido la historia de una cortesana común, pero ella consiguió, no sólo ser su gran esposa amada, si no también gobernar y ejercer la diplomacia como una autentica soberana, llegando incluso a asumir tareas sacerdotales reservadas a las élites masculinas del momento.
Tanta fue su grandeza que se le dedicó el más bello santuario egipcio, Abu Simbel, y se coronó su existencia en una nebulosa tal de divinidad que los egipcios debatían si Ramses II se había casado con una humana o una diosa que era capaz de viajar en un carro mágico. No con los que el faraón ganaba batallas, algo mucho más deslumbrante que cegaba a los impíos.
Cleopatra seguía engalanando su sueño, su futuro y, mientras, su tutor hablaba de cómo Platón entendía el cambio como ilusorio y la permanencia como real. Ella, pensó, demostraría que una gran mujer puede volver a convertirse en deidad.
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