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Nehemias: Modelo de pasión y fidelidad
© 2021 por Editorial Patmos
Publicado por Editorial Patmos,
Miami, FL 33166.
Todos los derechos reservados.
Publicado originalmente en inglés por Crossway, 1300 Crescent Street Wheaton, Illinois 60187, con el título A Passion for Faithfulness: Wisdom From the Book of Nehemiah. © 1995 por J. I. Packer.
A menos que se indique lo contrario, las citas bíblicas han sido tomadas de la Santa Biblia, NUEVA VERSIÓN INTERNACIONAL® NVI®
© 1999, 2015 por Biblica, Inc.® Usado con permiso de Biblica, Inc.®
Diseño de portada por Adrián Romano
e-ISBN: 978-1-64691-115-8
Categoría: Estudio bíblico/Liderazgo
Conversión a epub: Cumbuca Studio
Para Fred y Elizabet en quienes muchas de las virtudes de Nehemías han reaparecido.
Contenido
Prólogo: Edificación de la iglesia
1 Conozca a Nehemías
2 Llamado a servir
3 Dirección de personal I: Comenzar la tarea
4 Dirección de personal II: Mantenerse en la tarea
5 Probado para la destrucción
6 Tiempos de refrigerio
7 De regreso al punto de partida
Epílogo
Prólogo:
Edificación de la iglesia
El que yo celebre a Nehemías como un edificador de la iglesia e insista en que esta es la manera como los cristianos deben considerarlo puede levantar varias cejas. Pero eso es lo que haré en este libro, y quiero comenzar explicando por qué. Así que ahora doy un vistazo cincuenta años atrás.
Cristo ama a la iglesia
Él era un pequeño hombre extraño, inclinado, intenso, y torpe, con un rostro que parecía iluminarse mientras hablaba. Su atuendo era raro, también, para mis estándares de universitario, porque él vestía un hábito monástico color café, el uniforme de un franciscano anglicano. Me encontraba allí por lealtad a la capilla de la universidad, sin esperar ser impresionado; pero él capturó mi atención diciéndonos cómo en su adolescencia había experimentado una conversión a Jesucristo, como la que yo acababa de experimentar. “Y entonces,” dijo: “me emocioné con la iglesia. Podría decir que me enamoré de ella.” Nunca antes había escuchado a alguien hablar así, y sus palabras se clavaron en mi memoria. Cincuenta años después, todavía lo escucho. Él entonces remachó el punto que todos los que aman a Jesucristo el Señor deben cuidar profundamente de la iglesia, sólo porque la iglesia es el objeto del amor de Jesús. Centrar-se en la iglesia es entonces una manera en la que Cristo debe encontrar expresión. ¿Tenía él razón? Sí, la tenía: no hay duda de ello.
Para escuchar a Pablo, instruyendo a los efesios y a otros (hay buena razón para considerar Efesios como una carta circular): “Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella para hacerla santa. Él la ha purificado, lavándola con agua mediante la palabra, para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable” (Ef. 5:25-27). Ahora pese las palabras del himno que hace eco de éste y otros pasajes del Nuevo Testamento:
El fundamento de la iglesia
Es Jesucristo su Señor;
Ella es su nueva creación
Por el agua y la Palabra:
Del cielo él vino a buscarla
Para ser su santa esposa;
Con su propia sangre la compró,
Y por su vida Él murió.
Enseguida, observe que la gloria, presente y futura, que Dios da a “la novia, la esposa del Cordero” (Ap. 21:9), es el tema y el producto final de su propia gran gracia, es desde un punto de vista el enfoque central del Nuevo Testamento, alcanzando su punto culminante en las prevenciones del verdadero Monte de Sión en Hebreos 12:22-24 y de la nueva Jerusalén (Ap. 21:1-22:5; vea también Apocalipsis 7, una descripción adicional del destino de la iglesia). Y unido con el hecho de que “gloria [aquí significa doxología y alabanza] en la iglesia y en Cristo Jesús...” (Ef. 3:21) es el enfoque culminante de la religión cristiana -“en la iglesia y en Cristo” siendo dos frases complementarias que se explican y refuerzan entre sí. Así que la iglesia que Cristo ama y sustenta es la característica clave del plan de Dios para el tiempo y la eternidad, y el cuidado por el bienestar de la iglesia, lo que significa amor por la iglesia, es un aspecto de la semejanza a Cristo que los cristianos deben cultivar. Hacemos bien al poner a la iglesia en nuestro corazón; estaría mal si no lo hiciéramos. Porque así como decimos de manera proverbial: “Si me amas, ama a mi perro,” de la misma manera el Señor Jesucristo nos dice: “Si me amas, ama a mi iglesia.”
Resultaba claro por la manera en que el pequeño hombre se expresó que él esperaba que los cristianos evangélicos se preocuparan sólo de sus propias sociedades y fraternidades, y les faltara interés en lo que los padres antiguos llamaron la gran iglesia y los teólogos de Westminster identificaron como la iglesia católica visible -es decir, la comunidad cristiana mundial en sus incontables florecimientos congregacionales. Esta expectación todavía es muy común fuera de los círculos evangélicos, y ciertamente ha habido individuos cuyas palabras y hechos los han mantenido en ese lugar. No hay duda que la falta de preocupación por la iglesia como tal es la tentación ocupacional de cualquiera que busca promover una experiencia personal de fe en Cristo en una situación de minoría, donde la mayoría de los líderes eclesiásticos no se encuentran dentro de la sintonía evangélica, un estado de cosas que desdichadamente ha sido común en el mundo occidental durante los pasados cien años. Pero la observación de medio siglo me ha mostrado que los líderes evangélicos y los creadores de opinión no están, como cuerpo, marcados por la falta de interés sobre la iglesia católica visible; más bien es lo inverso. Orar y planificar por la reforma y revitalización de la iglesia ha sido parte del estilo de la corriente evangélica principal desde el siglo dieciséis, y todavía lo es -como en realidad debe ser. Pero el pequeño hombre tenía razón: Algo anda mal en los cristianos profesantes que no se identifican con la iglesia, y la aman, y se invierten ellos mismos en ella, y llevan las necesidades de ella en su corazón. Los evangélicos, personas centradas en la Biblia y el evangelio, en Cristo y el Espíritu, dispersos a través del mundo denominacional (y, incidentalmente, multiplicándose en este tiempo en una tasa fenomenal), debe seguir modelando amor por la iglesia.
Pero, ¿cómo se debe enfocar y expresar tal amor? Aquí, infelizmente, los caminos se dividen. Para aquellos que igualan la iglesia con su forma institucional, el amor por la iglesia significa mostrarse entusiasmado con su liturgia, ceremonia, burocracia, y la tarea de conservar sus ruedas girando. Estando más interesado en mantener y nutrir que en la misión y el evangelismo, personas de esta clase constantemente son indiferentes, y en realidad con frecuencia contrarios, a cualquier interés activo por conversiones y por expresiones de fe no institucionalizadas, en una manera que las iglesias evangélicas encuentran preocupantes. Porque los evangélicos piensan de la iglesia en términos de la vida comunitaria que las formas institucionales existen para canalizar. Ellos ven la iglesia como el pueblo del Señor que se reúne regularmente para llevar a cabo las actividades de la iglesia -alabanza y oración, con predicación y enseñanza; practicar la comunión y el cuidado pastoral, con la motivación y responsabilidad mutua; exaltar y honrar a Jesucristo, específicamente mediante la palabra, el canto, y el sacramento; y el alcance, local y transculturalmente, con el propósito de hablar de Cristo a personas que lo necesitan. Aquí amor por la iglesia encuentra expresión en una búsqueda constante de la fidelidad, santidad y vitalidad -ardor que anima el orden- en la vida colectiva de comunión con el Padre y el Hijo a través del Espíritu que es la esencia verdadera de la iglesia. Es mejor aclarar aquí y decir directamente que la comprensión evangélica me parece de acuerdo con el Nuevo Testamento y se dará por sentada en todo lo que sigue.
Cristo edifica la iglesia
La propia centralidad de Cristo en la iglesia aparece claramente en la primera ocasión que lo escuchamos usar la palabra. Fue en un momento crucial de su ministerio, cuando Pedro como vocero de los discípulos acababa de contestar la pregunta de Jesús: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?” declarando “tú eres el Cristo,” el rey nombrado y ungido por Dios, el verdadero centro de la historia del mundo. La respuesta de Jesús fue: “Dichoso tú, Simón hijo de Jonás, porque eso no te lo reveló ningún mortal, sino mi Padre que está en el cielo” (Mt. 16:15-18). Podemos pasar por alto las disputas acerca del significado exacto de Jesús, si la roca-fundamento de la iglesia debe ser la confesión de fe de Pedro como distinta de Pedro mismo, y si “las puertas del Hades” (alguna forma del poder de la muerte) debe entenderse como atacando la iglesia o resistiendo los ataques de la iglesia o ambas. Lo que nos importa es la declaración de Jesús de que él, en persona, edificará una iglesia que le pertenece, y que triunfará sobre todas las formas y poderes de la muerte.Tratemos de ver lo que eso significa.
Cuando en occidente hablamos de “nuestra iglesia,” normalmente nos referimos o bien al edificio (un salón techado, un auditorio o espacio para adorar, a veces con torre, a veces no) o a la denominación (una federación, floja o compacta, de congregaciones de igual forma de pensar o al menos de maneras parecidas para alguna forma de ayuda mutua). Decimos que estas entidades son “nuestras” porque hemos escogido ligarnos con ellas; “nuestras” significa identificación, no posesión. Pero cuando en Cesarea de Filipos, hace cerca de dos mil años, Jesús habló de “mi iglesia”, la idea de posesión era central en su significado. Porque lo que él tenía en vista era una comunidad unificada e identificada por una alianza compartida hacia él mismo -un reconocimiento común de sus reclamos y de su señorío sobre ellos, y un lazo común de amor, lealtad, y devoción a él.
“Iglesia” en el texto de Mateo es ekklesia, la palabra griega regular para una reunión pública, que el Antiguo Testamento griego de Mateo, la Septuaginta, usa regularmente por el hebreo qahal: “congregación.” Qahal significaba la reunión de israelitas en su carácter oficial como pueblo del pacto deYahweh. Yahweh había formado el Israel del Antiguo Testamento al redimir al pueblo de la esclavitud de Egipto y revelarles la realidad de su pacto. Jesús enseñó que él mismo formaría una comunidad unida por una comprensión común de la realidad que Simón Pedro acababa de confesar -es decir, que Jesús era el ungido Cristo, el Hijo de Dios oficial y personalmente, el creador y dueño de todas las cosas, el Señor de toda vida, el determinador de todos los destinos y el Salvador de todos sus siervos. Para él en su ministerio mesiánico su iglesia derivaría su identidad; para él en su gloria mesiánica le daría su lealtad. Sería su iglesia en todos los sentidos.
La fundación de ella no sería en ningún sentido un rompimiento del pasado. Al contrario, la iglesia de Cristo iba a ser, y es, nada más y nada menos que la comunidad del pacto del Antiguo Testamento misma, en una forma nueva y completa que Dios había planificado para ella desde el comienzo. Es Israel internacionalizado y extendido globalmente en, mediante, y bajo el dominio unificador de Jesús, el Salvador divino quien es su Rey. Es la familia de Dios el Padre, como aparece del hecho de que Jesús enseñó a sus seguidores a pensar y hablar de su Padre celestial como Padre de ellos también. Es el cuerpo y la esposa del Cristo resucitado, destinada para la intimidad final con él y la participación de su vida. Es la comunión del Espíritu Santo, el invisible pero poderoso facilitador que nos muestra que Jesús el Cristo es real hoy en día, que sustenta nuestra confianza en él y nuestro amor por él, quien da forma y reconstruye nuestro carácter en su semejanza, y que nos da habilidades para el ministerio mutuo que a veces llamamos “vida del cuerpo.” (“Comunión del Espíritu Santo” en 2 Corintios 13:14 parece que significa “asociación con el Espíritu” y “asociación con otros...”
En una palabra, la iglesia es la comunidad que vive en y por medio de la comunión del pacto entre el Dios trino y ella. Como el real Sumo Sacerdote en el reino de Dios de salvación y santidad, Jesús puso el fundamento para esta relación por su muerte expiatoria, ahora él realmente media la comunión de pacto a la comunidad corporativamente, y a cada participante individualmente, a través del Espíritu Santo y el poder de su vida resucitada. Tal, entonces, era la realidad que Jesús tenía en mente cuando habló de “mi iglesia.”
No es probable que Simón Pedro entendiera mucho de esto cuando confesó que Jesús era el Cristo. Los exegetas judíos en ese tiempo no percibieron que las profecías del Antiguo Testamento respecto a Cristo se fundían en una figura en quien el real sacerdocio, el sufrimiento de siervo y la muerte que condujo a la resurrección y la entronización todas se combinaban, y ninguno de los discípulos de Jesús pareció haber entendido esto hasta después que resucitó de la muerte. Pero Jesús, leyendo el corazón de Pedro mientras escuchaba sus palabras, discernió verdadera confianza y compromiso -verdadera fe, que es- al lado de la comprensión de Simón del papel oficial de Jesús. Era como si Simón hubiese dicho: “Tú, Jesús, eres el que va a traer la historia del mundo a su meta final, cualquiera que esta sea; tú eres también el que va a traer mi historia personal a su meta final, aun cuando no sé todo lo que puedas hacer; así que te reconozco como el Cristo y me uno a ti en consecuencia.” A lo que Jesús respondió declarando que sobre ese fundamento de fe él edificaría su iglesia.
¿Qué quiso decir él?
Cuando hablamos de edificar una iglesia, nuestra mente usualmente se centra en los ladrillos y el mortero de los cuales se construirá la nueva estructura, y decimos que está siendo edificada por el arquitecto que la diseñó, o la congregación o denominación o el benefactor que la financió, o la firma constructora que la levanta. Pero cuando Jesús habló de edificar su iglesia, él no estaba pensando en estos términos. Él pensaba, en cambio, en el proceso complejo por el cual la verdad acerca de sí mismo es recibida, la respuesta de sus recipientes a ello (o, mejor, responderle en términos de ella, como Pedro lo hacía), y los que responden son conformados cada vez más a él a medida que participan en las cosas que la iglesia hace en obediencia a la palabra de Jesús, bajo su liderazgo y en dependencia de su poder. Como la iglesia consiste de individuos que al venir a la fe y asociarse como creyentes han llegado a ser el pueblo del Señor (su viña, su rebaño, su templo, su nación), así que la edificación de Cristo de su iglesia tiene que ver con el cambio que él opera en su pueblo en el interior -en sus corazones, como decimos- que arrepentimiento, fe y obediencia llega a ser cada vez más el modelo de su vida, y celo por Dios que vemos en Jesús, y cumple el llamado de Jesús a la adoración, el trabajo y el testimonio en su nombre. Y hacen esto, no como individuos aislados (¡llaneros solitarios!) sino como compañeros parientes en la familia de Dios, ayudándose y animándose unos a otros en la apertura y cuidado mutuo que es la marca de “amor fraternal” (Filadelfia: vea Rom. 12:10; 1 Ts. 4:9; Hb. 13:1; 1 P 1:22; 2 P 1:7). Por este medio ellos entran cada vez más en la vida que constituye auténtico cristianismo, la vida de comunión con su Padre celestial, su Salvador resucitado, y cada uno; y al hacer esto ellos “También ustedes son como piedras vivas, con las cuales se está edificando una casa espiritual. De este modo llegan a ser un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por medio de Jesucristo” (1 P 2:5).
Así que “edificaré mi iglesia” es una metáfora, como la promesa que Jesús había hecho a Pedro un poco antes “pescador de hombres...” (Luc. 5:10) era una metáfora. En el último caso, Jesús comparaba el próximo trabajo de Simón como un formador de discípulos usando sus actuales habilidades de pescador. En el caso presente, él le dice a Pedro que su propia obra de gracia de edificar la nueva comunidad sería comparable con la de un contratista que construye una casa uniendo materia prima (piedra, ladrillo, tablones, madera) que ha sido juntada para ese propósito. Su punto inmediato en la oración donde ocurre la metáfora es que la roca-fundamento sobre la cual la comunidad debe permanecer-es decir, el compromiso básico de cada persona que se une a la iglesia debe compartir— es la fe en él como el divino Mesías que Pedro había verbalizado: “sobre esta roca edificaré mi iglesia.” El proceso mismo de edificar, sin embargo, es lo que nos interesa ahora.
La Palabra y el Espíritu
¿Por qué medios el Salvador edifica su iglesia? Es decir, ¿cómo produce los cambios en las personas que las une de manera cada vez más profunda al equipo de creyentes activos que adora y sirve, cuyo nombre bíblico es “iglesia”? La respuesta es: mediante su Palabra (en el sentido más amplio, la Biblia; en un enfoque más agudo, el evangelio), y mediante su Espíritu, cuyo papel en esta conexión es hacer que el significado y la aplicación de la Palabra sea claro y personal. Palabra y Espíritu juntos, el Espíritu interpretando y evocando una respuesta, son los medios por los que la obra de Cristo de edificar la iglesia se lleva adelante.
Pablo en Efesios retrata este proceso como crecimiento de la iglesia. Habiendo explicado que Cristo da siervos dotados a la iglesia “para equipar a los santos...,” él afirma que por este medio debemos “crecer.” (Ef. 4:12-16). Así Cristo “Jesús mismo la piedra angular, en él todo el edificio, bien armado, se va levantando para llegar a ser un templo santo en el Señor” (Ef. 2:20-21).
A la luz del cuadro paulino de la iglesia que crece como lo hace un cuerpo y como un edificio crece mediante el proceso de ser erigido, parece lamentable que la frase “crecimiento de la iglesia” deba hoy día usarse exclusivamente, como parece ser, para la expansión numérica, cuando la idea del Nuevo Testamento expresada por esta frase no es avance cuantitativo sino cualitativo. Siempre es más sabio usar la fraseología bíblica en su sentido bíblico, y estos textos dejan en claro que el crecimiento de la iglesia que Pablo tenía en mente no tiene que ver con reclutas añadidos a la comunidad (él tenía otras palabras para ello), sino de la comunidad siendo preparada para su destino mediante el poder transformador de la verdad enseñada por el Espíritu.
La perspectiva de Pablo de Palabra y Espíritu en relación con el destino de la iglesia aparece también en su discurso de despedida a los ancianos de Éfeso, como lo registra Lucas en Hechos 20:17-35. Un vistazo a este pasaje confirmará lo que venimos diciendo.
Pablo habla primero de su ministerio de la Palabra. “A judíos y a griegos les he instado a convertirse a Dios y creer en nuestro Señor Jesús” (v 21). “he andado predicando el reino de Dios” (v 25). “Sin vacilar les he proclamado todo el propósito de Dios” (v. 27). Luego él habla de la iglesia, y lo hace en una manera que muestra que para él la iglesia es central en el propósito de Dios. Es “la iglesia de Dios que él adquirió con su propia sangre” (v. 28); es el rebaño de Dios, amenazado por lobos (maestros del error), y necesitado por tanto del máximo de fidelidad vigilante de sus mencionados guardianes. Él se refiere, notablemente, al Espíritu Santo como el que ha puesto a los ancianos como “obispos para pastorear la iglesia” (v. 28); lo que quiere decir es que el Espíritu Santo mismo supervisó el proceso de su selección y nombramiento, y la implicación es que si ahora buscan su ayuda para cumplir con sus responsabilidades la recibirán. Y concluye: “Ahora los encomiendo a Dios y al mensaje de su gracia, mensaje que tiene poder para edificarlos y darles herencia entre los santificados” (v. 32).
“Edificar” es la misma palabra griega como en Mateo 16:18, y aquí también, como en realidad a través del Nuevo Testamento, tiene un marco corporativo de referencia. “Edificaré mi iglesia,” dice Jesús; y “las palabras de su gracia...,” dice Pablo. La edificación de individuos es el descenso del individualismo, porque es precisamente la edificación de ellos en la red comunal llamada iglesia. La Palabra, ministrada, memorizada y masticada mediante la meditación, tiene poder para darse cuenta la edificación (“ejercicio de poder” es la fuerza del griego para “puede” en el versículo 32) mediante la agencia del Espíritu Santo. Y dentro de la iglesia en la tierra este proceso de edificar -o edificación interior, como podemos considerarla de igual manera cuando nos concentramos en las personas que son su objeto- dura todo el tiempo. Jesús edifica su iglesia, de acuerdo a su Palabra.
La iglesia del Antiguo Testamento
Ahora surge una pregunta que los estudiosos de la Biblia hacen. Jesús habló de su tarea de edificar la iglesia como futura: “edificaré...” Toda la enseñanza del Nuevo Testamento acerca de la iglesia se centra en Cristo; su venida, muerte, resurrección, ascensión al trono y derramamiento del Espíritu. ¿Comenzó la iglesia que el encarnado Hijo de Dios actualmente edifica, durante su ministerio histórico, o estaba Dios edificando una iglesia en la manera descrita en los tiempos del Antiguo Testamento? La respuesta es sí y no, dependiendo del ángulo desde donde se plantee la cuestión.
Si su perspectiva es estrictamente histórica, si, es decir, usted pregunta sobre la aparición en la tierra de una comunidad que reconoce a Jesús como el Cristo, entonces la pregunta se responde a sí misma: obviamente no podía haber una comunidad de seguidores de Cristo hasta que Cristo estuviera allí para ser seguido, tampoco podía la plena bendición de Pentecostés ser disfrutada hasta que el derramamiento pentecostal del Espíritu Santo hubiera sucedido. La iglesia del Nuevo Testamento es la iglesia de Cristo y el Espíritu; así que, históricamente hablando, la declaración frecuentemente escuchada de que la iglesia comenzó en Pentecostés debe ser verdadera.
Si, en cambio, su perspectiva es teológica a la vez que histórica -si, es decir, usted pregunta acerca de la relación de Dios con diferentes individuos y grupos en diferente tiempo- la respuesta a la pregunta entonces tiene más que lo que se acaba de decir, y se hace claro al revisar la información relevante que es más engañoso negar la realidad de una iglesia del Antiguo Testamento que afirmar su existencia.
Los escritores del Nuevo Testamento nos enseñan a leer el Antiguo Testamento como un testimonio histórico a una era preparatoria en la cual bajo Dios todo estaba preparando hacia la venida del Mesías, quien establecería el nuevo orden del reino de Dios en este mundo desordenado. Pero a lo largo de esta era, desde el comienzo, Dios ha estado dando a conocer su pacto de gracia por medio del cual dice a los humanos: “Yo, tu hacedor, soy tu Dios que te guía y dirige; tú eres mi pueblo, y cada uno de ustedes me pertenece, para honrarme y servirme.” La relación de Dios con Adán y Eva en Edén fue de pacto en este sentido, y cuando Dios siguió manteniendo la relación y atrayendo personas a su aceptación del mismo a pesar de su estado caído, se siguió revelando en la práctica como un pacto de gracia. “Yo, tu hacedor contra quien has pecado, no obstante me declaro tu Dios...” “Tu Dios” significa Dios que se preocupa por ti y está ocupado en bendecirte hasta el límite de sus soberanas habilidades, en otras palabras, de manera ilimitada. Dentro del pacto, como la dimensión Rey y súbditos sugiere, hay una privación disciplinaria y castigo por la infidelidad; aunque la relación en sí tiene la intención de bendecir y enriquecer.
Se ha dicho con verdad que la religión bíblica es una religión de pacto, y el Antiguo Testamento no menos que en el Nuevo, y que en ambos testamentos la verdadera religión -la religión de pacto- es un asunto de pronombres personales: es decir, de seres humanos capaces de decir “mi Dios” en el conocimiento que Dios dice de y a cada uno de ellos: “mi persona-mi siervo-mi hijo-mi socio de pacto.” Cada “mi” aquí es lenguaje de pacto. También se dice que la iglesia del Nuevo Testamento es la comunidad del Dios del pacto, lo que hace al menos natural hablar de la comunidad del pacto de Dios en los tiempos del Antiguo Testamento como la iglesia antes de Cristo. Pero al decir esto nos adelantamos; necesitamos por un momento retroceder.
¿Quién está en pacto con Dios? Respuesta: aquellos que activamente aceptan la relación de pacto que él les extiende y viven para él en respuesta de pacto, lo que es fe en su noción más amplia. Abel, Enoc y Noé, junto con Abraham, están entre aquellos que Hebreos 11:4-16 dice que “Dios no se avergüenza.” (Lenguaje de pacto) porque ellos vivieron para él en fe. Génesis 4:25-26 implica que la línea entera de Set fueron pueblo de pacto. Génesis 17 dice cómo Dios estableció su pacto formalmente con la familia de Abraham a través de Isaac, es decir, como los sucesos probaron, con las doce tribus de Israel. Los libros de Éxodo a Deuteronomio detallan el código de ley que Dios dio a su pueblo de pacto después de rescatarlos de Egipto. Este código se centra en los Diez Mandamientos, que están enmarcados por la declaración introductoria: “Yo soy el Señor tu Dios.” (¡Lenguaje de pacto otra vez!) (Éx. 20:2; Dt. 5:6). La ley de Dios es así legislación de pacto.
En cada era sólo una minoría de israelitas tomó en serio la obediencia al pacto, mientras el resto, aunque bajo el pacto de Dios nacional y nominalmente, no estuvo en relación de pacto con él personalmente. Pero siempre había algunos, un remanente, que vivió, trabajó, y a menudo sufrió pérdida, en fe leal, confiando en las promesas de Dios, adorando y orando, y practicando el amor al prójimo, moralidad de pacto conforme a la Ley, y compañerismo para apoyarse mutuamente. No llamar a este remanente fiel la iglesia del Antiguo Testamento, cuando sus miembros se relacionaron con Dios precisamente como los cristianos se relacionan con él y estuvieron constantemente haciendo juntos lo que la comunidad cristiana hace, sería realmente extraño.
Parece, entonces, que en el Antiguo Testamento somos confrontados con dos cosas juntas. Una es la realidad de verdadera y falsa religión entre el pueblo oficial del pacto, la comunidad que hoy podríamos llamar la iglesia visible. La diferencia aquí entre ahora y entonces parcialmente tenía que ver con el conocimiento y parcialmente con la experiencia. El fiel de los tiempos del Antiguo Testamento no sabía tanto acerca de Cristo a quien ellos esperaban como los cristianos del Nuevo Testamento saben ahora que Cristo ha venido; tampoco los santos del Antiguo Testamento experimentaron tanto del poder de transformación moral en sus vidas como los cristianos han conocido desde el derramamiento pentecostal del Espíritu. Pero fe, arrepentimiento, tentación, amor, duda, incredulidad, alabanza, oración, orgullo, gratitud, reincidencia, paciencia, pureza de corazón, auto control, celo por Dios -en breve, todas las virtudes que pertenecen a la piedad, y todos los vicios que componen la irreligiosidad, eran en esencia los mismos en tiempos del Antiguo Testamento que las del Nuevo, y el Antiguo Testamento contiene profunda enseñanza acerca de ellas. Al mismo tiempo (y esta es la segunda cosa que encontramos), gran parte del orden de pacto que Dios estableció para Israel a través de Moisés era típica y temporal; impuesta por Dios por razones educativas hasta que Cristo viniera, ahora ya no se aplica a nadie. El Nuevo Testamento nos dice que lo que pertenece a esta última categoría, y la lección es una que los lectores cristianos del Antiguo Testamento absolutamente deben aprender.
Tipo y Antitipo
Para ser específico, entonces: un tipo en las Escrituras (tupos en griego, que originalmente significa una grabación o una impresión que iguala) es un acontecimiento, institución, lugar, objeto, oficio o persona en función que modela una realidad más grande que en algún sentido es de la misma clase y debe aparecer en la etapa de la historia en un punto subsiguiente. Esta realidad más grande se conoce como antitipo. El término “tipo” es tomado de Romanos 5:14, donde Adán es llamado un tupos (“modelo”) de Cristo, el que había de venir. “Antitipo” viene de 1 de Pedro 3:21, donde el bautismo, entendido no simplemente como una aplicación de agua sobre el cuerpo sino también, y esencialmente, como una fe activa en Dios, es llamado el Antitypo que la preservación de Noé a través de las aguas del diluvio al entrar en el arca ha prefigurado.
Un tipo establece un marco para interpretar la realidad más grande cuando aparece, y entretanto, simplemente por existir, inculca el principio del cual la realidad más grande será en realidad el ejemplo supremo. Cuando la realidad más grande arriba, se convierte en el factor decisivo en su propio campo; en una manera u otra trasciende y rebasa el tipo. En términos espaciotiempo, el tipo es desde entonces una cosa del pasado, no más determinativo de lo que debe hacerse o de lo que ocurrirá. El registro bíblico de ello, sin embargo, es de valor permanente como conceptos y categorías provistos para el entendimiento del antitipo. La tipología por tanto llega a ser una clase de manual de conversación para usar en teología.
En la Biblia aparecen muchos tipos, pero los importantes para interpretar el libro de Nehemías son tres.
Primero: bajo la dispensación mosaica del pacto de Dios, la dispensación que la carta a los Hebreos llama “la anterior” y “la primera” y la declara “obsoleta” a partir de la venida de Cristo (Hb. 7:18; 8:7, 13; 9:1), la comunión de pacto con el santo Dios de Israel se mantenía a la luz de los constantes pecados de Israel mediante y un sistema típico de sacrificios administrado por un sacerdocio típico en un santuario que tipificaba la presencia inmediata de Dios. El ministerio y la mediación sacerdotal de Jesucristo, su sacrificio definitivo e incesante intercesión, sobrepasa todo esto, como Hebreos 7-10 deja en claro. En el día de Nehemías, sin embargo, el camino prescrito para tener comunión con Dios era la obediente ofrenda de un paquete de sacrificios, y sin esto no podía esperarse el favor de Dios.
Segundo, bajo el antiguo pacto a Israel se le dio una tierra, Palestina, con promesas de prosperidad y protección por la fidelidad, advertencias de empobrecimiento y expulsión por infidelidad, e insinuaciones de que podría haber restauración después del juicio disciplinario si prevalecía la penitencia. La tierra era un tipo de “una mejor patria...” (Hb. 11:16), un país que no debe definirse geográficamente sino relacionalmente, en términos de comunión con Cristo y su pueblo y de goce de las cosas buenas que él da a quienes confían en él y le sirven. En el tiempo de Nehemías, sin embargo, la tierra era el lugar señalado de bendición, la bendición que fue prometida centrada en la libertad de pobreza y la renovación de vida entre el lánguido pueblo de Dios involucraba el regreso a la tierra del exilio y el reclamo de la tierra del control pagano.
Tercero, bajo el antiguo pacto Jerusalén, la ciudad de David y el templo de Salomón, fue reconocida como el lugar donde Dios había escogido “poner su nombre.” (Dt. 12:21, 11) -es decir, el centro de adoración señalado para Israel, donde debían ofrecerse los sacrificios, mantenerse la adoración ceremonial, y buscar y disfrutar la presencia de Dios. Bajo el nuevo pacto, hallamos que el pueblo que Dios posee en Cristo constituye su templo (Ef. 2:1922), y su presencia para bendecir puede ser disfrutada dondequiera que sus siervos le invoquen a través de Cristo, o invoquen a Cristo, como vice regente de Dios (Heb. 4:15-16; 10:19-22), mientras “Jerusalén” y “Sion” han llegado a ser nombres para una comunidad que no es de este mundo (Gál. 4:26; Heb. 12:22; Ap. 3:12; 21:2, 10), una comunidad que ahora se revela como el antitipo del cual la Jerusalén terrenal era el tipo. En el tiempo de Nehemías, sin embargo, era categóricamente necesario, porque había sido prescrito divinamente, que Dios debía ser adorado en Jerusalén -lo que significaba que Jerusalén necesitaba estar en una condición en la cual pudiera honrarlo públicamente como se debía.
El libro de Nehemías
Estamos ahora equipados para sintonizar el libro de Nehemías y entender de qué trata.
Es parte de un par, porque Esdras y Nehemías claramente van juntos; y es parte de un paquete, porque Esdras y Nehemías claramente constituyen una secuencia de los libros de Crónicas. El cronista revisa la historia de Israel desde David hasta el exilio con un enfoque en el templo y en la adoración y la vida espiritual de los reyes, los sacerdotes y el pueblo. Esdras y Nehemías mantienen este enfoque. Nehemías 1-7 y 13 se leen como extractos del diario de Nehemías, y los capítuls 8-12 se leen como registros oficiales que Nehemías escribió en esta narración cuando, tal vez como una tarea de jubilación (él era un político, después de todo, aparte de cualquier otra cosa), él preparó sus memorias para publicarlas. El capítulo 13 como está perdería mucho de su propósito si los capítulos 8-12 no estuvieran allí, como veremos.
La historia que relata Nehemías es fascinante. Trata de la reedificación de los muros de Jerusalén (caps. 1-6), la renovación de la adoración en Jerusalén (caps. 8-10), la repoblación de las calles de Jerusalén (caps. 11-12), y finalmente la reanudación de la renovación de Jerusalén, la que lamentablemente con el paso de los años había perdido calor (cap. 13). De modo que es al mismo tiempo la historia de la edificación literal de Jerusalén (el tipo), es decir la ciudad en Palestina, y la historia de la edificación espiritual de Jerusalén (el antitipo), es decir el pueblo del pacto de Dios, la iglesia del Antiguo Testamento. Nehemías a través de Dios edifica muros; Dios a través de Nehemías edifica santos. Humanamente, Nehemías es la figura clave en ambas historias. Su libro lo revela como un líder pastoral par excellence, dedicado y dinámico, humilde, celoso, sabio y paciente, y en cada punto, como Moisés, Pablo, Martín Lucero, Oliver Cromwell y Winston Churchill, parece un poco más grande que la vida en razón de la claridad con la que define sus metas y la energía con la que las busca. Desde este punto de vista, su libro puede leerse como el registro de un triunfo personal de una clase pastoral y política. Pero igualmente puede leerse como un testimonio de los tratos de Dios con Nehemías y a quienes él servía de tal manera que obrara en ellos cualidades de vitalidad, fidelidad, valor, tenacidad, generosidad y madurez: cualidades de piedad que Dios constantemente fomenta en su iglesia, y que desde nuestro punto de ventaja reconocemos como semejanza a Cristo. Esto sin duda es el acercamiento correcto.
El libro de Nehemías, entonces, debe leerse como testimonio de la renovación y santificación de la iglesia. El motivo de Nehemías para componerlo es evidentemente doxológico, no de vanagloria: Él escribe por la gloria de Dios, no la de él; él testifica lo que Dios ha hecho en y a través de él, no a algo que él pudiera reclamar como logro personal. “Por tanto, mi servicio a Dios es para mí motivo de orgullo en Cristo Jesús. No me atreveré a hablar de nada sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí para que los gentiles lleguen a obedecer a Dios. Lo ha hecho con palabras y obras” (Rom. 15:17-18). De la misma manera, Nehemías se gloría en Dios y en lo que Dios ha hecho a través de él para el bienestar espiritual de otros, y el propósito de su libro es llevar a los lectores a compartir este gloriarse con él.
Parece, entonces, que el camino sabio al explorar el libro de Nehemías es estar igualmente interesado en la manera que Nehemías dirige al pueblo y la manera en que Dios dirige a Nehemías, y mantener el bienestar de la iglesia como el principal punto de interés a medida que seguimos estas dos investigaciones. Así que esto es lo que trataremos de hacer en las páginas siguientes.
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Conozca a Nehemías
Me gusta; él era un constructor,” me dijo el viejo constructor tejano. Me dio gusto escucharlo decir eso, porque, francamente, también me gusta Nehemías, y tengo la esperanza de que cuando llegue al cielo pueda conocerlo y decírselo también. Lo que quisiera que él supiera es que durante el medio siglo que tengo de ser cristiano él me ha ayudado enormemente, quizá más que cualquier otro personaje de la Biblia aparte del Señor Jesucristo. Cuando a la edad de diecinueve años comencé a preguntarme si Dios me quería en el ministerio profesional, fue la experiencia de Nehemías la que me mostró cómo se da la dirección vocacional y me puso en la ruta para estar seguro. Cuando fui puesto a cargo de un centro de estudio comprometido a contrarrestar la teología liberal, fue Nehemías el que me dio las claves que necesitaba acerca de liderar empresas para Dios y tratar con oposición atrincherada. Cuando después de ello llegué a ser el director de una universidad de teología que pasaba por una mala época, de nuevo fue Nehemías cuyo ejemplo de liderazgo me enseñó cómo hacer mi trabajo. Ya que lo que uno puede ver también lo puede decir, cuando he sido invitado a hablar sobre vocación o liderazgo con frecuencia he llevado a mis oyentes en un viaje por partes de la historia de Nehemías. Naturalmente uno tiene sentimientos cordiales hacia aquellos con quienes está en deuda, y yo estoy profundamente en deuda con Nehemías; nadie debería asombrarse, por tanto, que ahora lo considero como un amigo particular.
No soy el único que lo considera así. Un libro publicado en 1986 comenzó así:
Los detalles de mi primer encuentro con él están nebulosos en mi mente. Dios me lo envió durante mis primeros años de universidad para ayudarme a superar algunos desafíos formidables. Él ha sido un compañero cercano desde entonces...
Nehemías pone su misma existencia en su diario, el cual está incorporado en el libro que ahora llamamos por su nombre. Mientras lo leo puedo sentir los latidos de su corazón, siento el temblor de sus dedos, conozco la pesadez de sus gemidos. ¡Él era muy sabio! Y ahora ¡él me inculca las lecciones básicas de liderazgo! No he olvidado ninguna de ellas y he vuelto a él una y otra vez para reafirmarlas.
Como estudiante de medicina tenía especial necesidad de él. Él fue un líder, Y, lo quisiera o no, yo también era. Me convertí, en un tiempo relativamente corto, en el presidente nacional de Inter-Varsity en Inglaterra. Durante este período Nehemías me confortó y me instruyó. Escogí exponer el libro de Nehemías en la primera fraternidad latinoamericana de estudiantes evangélicos. Nehemías llegó a ser una clase de santo patrón del nuevo movimiento -o al menos una guía iluminadora para los jóvenes estudiantes que enfrentaban la fabulosa tarea de evangelizar un continente.
A medida que una responsabilidad reemplazaba a otra, continué siendo fascinado e instruido por la vida y las palabras de este hombre de acción. Y a al envejecer recogí más de él. Era el hombre, no el libro, el que me cautivaba. Él se ha convertido en mi modelo de liderazgo.1
Cuando leí por primera vez estas palabras de John White, reí a carcajadas, como a veces uno no puede evitar frente a las deliciosas cosas que Dios hace. John White y yo somos casi contemporáneos y tenemos varias cosas en común (una formación en InterVarsity de Inglaterra; genes británicos ligados a una ciudadanía canadiense; una teología evangélica, una carga pastoral y un llamado a escribir; además de vivir en Lower Mainland de British Columbia). Pero fue hasta 1986 cuando supe que compartíamos una relación paralela con Nehemías. El párrafo citado, sin embargo, toma palabras directamente de mi corazón. Me pregunto cuántos más hay que han sido instruidos por Nehemías en esta manera.
Defectos de Nehemías
Aunque Nehemías no aparece en la lista de todos de personajes favoritos de la Biblia, y eso, imagino, se debe al menos a dos razones. Para empezar, muchos cristianos saben muy poco acerca de él. Su lectura del Antiguo Testamento es superficial en el mejor de los casos, y el libro de Nehemías es uno al que nunca se acercan. Al saber que Nehemías no es mencionado en el Nuevo Testamento, infieren que no es importante, y así no le dan interés. Si se les dijera lo fuerte que es el caso para clasificarlo con Moisés, como el re fundador bajo la dirección de Dios de la nación en la que Dios usó a Moisés para crear, se sorprenderían.
Además, algunos de los que conocen un poco sobre él han formado una imagen desagradable que les impide tomarlo en serio como un hombre de Dios. Lo ven como persona algo desagradable que acostumbraba hacerse respetar y nunca sería una compañía agradable bajo ninguna circunstancia. Destacan las imprecaciones en sus oraciones -“Haz que sus ofensas recaigan sobre ellos mismos: entrégalos a sus enemigos; ¡que los lleven en cautiverio! No pases por alto su maldad ni olvides sus pecados, porque insultan a los que reconstruyen” (Neh. 4:4-5; compare 6:14 y 13:29, donde “recuerda” significa “recuerda para juicio”). Observan que al menos en una ocasión él maldijo y golpeó a algunos de sus compatriotas y les arrancó el cabello (13:25). Concluyen que difícilmente él era un buen hombre; ciertamente no un hombre de gran estatura espiritual, de quien se puedan aprender lecciones preciosas.
¿Cuál es el comentario apropiado de semejante opinión? Primero, en realidad existía un lado áspero en Nehemías; lo hay para la mayoría de los líderes. En términos de los cuatro temperamentos clásicos, parece haber sido un hombre colérico, robusto, incansable y franco que estaba feliz cuando acometía con energía proyectos desafiantes y quien encontraba más fácil (como decimos en nuestros días) hacer antes que ser. Personas de esa clase a menudo se hallan luchando, particularmente cuando los dirige su celo, como a veces lo hace, a hablar y actuar de manera exageradamente enfática. Pero, segundo, caballos para las carreras; Dios había preparado a Nehemías para una tarea que un hombre menos directo no habría podido realizar. Y, tercero, la limpieza que Jesús llevó a cabo en el templo y su denuncia contra los fariseos fue más áspera que cualquier relato de Nehemías; si pensamos que la violencia de Jesús estaba justificada, debemos conceder la posibilidad de que también la de Nehemías lo fuera. Diré más al respecto en el lugar apropiado.
Sin embargo, no estoy alegando que Nehemías no haya tenido pecado. Sería necio al punto de blasfemia si lo hiciera. Jesucristo es la única persona sin pecado que conocemos en la historia bíblica; él es la única persona sin pecado que ha existido jamás. El resto de los siervos de Dios han sido criaturas caídas, pecadores salvos por gracia, y a veces su pecaminosidad se muestra. Si acaso Nehemías tenía cabello rojo no lo sé, pero ciertamente tenía una intensidad sobre sí mismo que lo hacía expresarse con un estilo feroz no muy parecido a Cristo. Este era el defecto de su calidad, la limitación que iba con su fuerza. Todo siervo de Dios falla de un modo u otro, y Nehemías no fue la excepción a esa regla. Aun así sus puntos fuertes eran asombrosos; así que espero que nadie pierda el interés en él simplemente porque hemos concordado que no era perfecto.
Fuerzas de Nehemías
¿Qué fuerzas especiales vemos en Nehemías? Tres, al menos. Primero, es un modelo de celo personal —celo, esto es, para la honra y la gloria de Dios. Como lo dice en una de sus oraciones, es uno de esos que se deleitan “en honrar tu nombre” (1:11), y la fuerza de su pasión para magnificar al Señor es muy grande. Un celo así, aunque igualado por Jesús, los salmistas y Pablo (para no ver más allá), es más raro hoy que lo que debería ser; la mayoría de nosotros es más como los tibios laodicenses, vagando alegremente en iglesias serenas, sintiéndose confiados que todo está bien, y por tanto causando disgusto a nuestro Señor Jesús, quien mira que, espiritualmente hablando, nada es correcto (vea Ap. 3:14-22). El lenguaje áspero de la amenaza de nuestro Señor de vomitar a la iglesia de Laodicea -es decir, repudiarla y rechazarla- muestra que el celo por la casa de Dios todavía lo constriñe en su gloria, como lo hizo en la tierra cuando limpió el templo (Jn. 2:17). De vuelta a los días cuando Dios utilizó su propio pueblo como sus ejecutores, no sólo en guerra santa con paganos pero también en la disciplina de la iglesia, Finés el sacerdote había alanceado a un israelita y junto con su amante madianita, y Dios a través de Moisés había encomiado su celo que igualaba el de Dios: “Ha actuado con el mismo celo que yo habría tenido por mi honor... Dile. que yo le concedo mi pacto de comunión. ya que defendió celosamente mi honor.” (Núm. 25:11-13). Como Dios es celoso, así deben ser sus siervos.
¿Estamos claros qué es el celo? No es fanatismo; no es violencia; no es entusiasmo irresponsable; no es ninguna forma de egoísmo molesto. Es, más bien, un compromiso humilde, reverente, parecido a negocio, enfocado a santificar el nombre de Dios y el hacer su voluntad.
Un hombre celoso en religión es eminentemente un hombre de una sola cosa. No es suficiente decir que es serio, afectuoso, intransigente, minucioso, íntegro y ferviente en espíritu. Mira solo una cosa, es absorbido por una sola cosa; y eso es agradar a Dios. Viva o muera -esté sano o enfermo- sea rico o pobre; agrade u ofenda a los hombres; se le crea sabio o estúpido; ya sea que recibe honor, o consigue vergüenza; nada de esto le preocupa. A él lo consume una cosa, agradar a Dios, y promover la gloria de Dios.2
Las personas con este celo son sensibles a las situaciones en las que la verdad y el honor de Dios están en una manera u otra están en peligro, más bien que dejar que el asunto se olvide forzarán el asunto en la atención de las personas para empujar si es posible un cambio de corazón al respecto -aun a riesgo personal. Nehemías era celoso en este sentido, como veremos, y su celo es un ejemplo para todos nosotros.
La segunda fuerza que encontramos en Nehemías es su compromiso pastoral: el compromiso de un líder, un promotor natural, a un servicio compasivo por el necesitado. Un líder es una persona que puede persuadir a otros a abrazar y perseguir su propósito; como (pienso) Harry Truman lo expresó una vez, la tarea del líder es hacer que otras personas hagan lo que ellos desean hacer y lograr que les guste hacerlo. Uno es solo un líder si es seguido por alguien, así como sólo se es maestro si otros realmente aprenden de uno; así que para ser líder, uno debe ser capaz de motivar a otros. Pero entonces uno está en peligro de volverse un dictador, usando su poder de persuasión para manipular y explotar a quienes dirige. Nehemías, sin embargo, no era así. No era un dictador como no era un felpudo; no trataba sin miramientos a las personas más que lo que permitía que otros lo tratan así a él. Mientras expresaba amor por Dios por su celo concentrado, del mismo modo expresó amor por su prójimo mediante su cuidado compasivo. Conscientemente asumió la responsabilidad por el bienestar de otros; él vio la restauración de Jerusalén como una operación de beneficencia, no menos que una honra para Dios, y sacó tiempo al menos una vez de la construcción del muro para ayudar al pobre (vea 5:1-13), además de la permanente renuncia a su derecho de pedir apoyo de quienes gobernaba (5:14-18).
Nehemías desliza un número de sus oraciones en sus memorias, y algunas de estas han provocado desconcierto. “¡Recuerda, Dios mío, todo lo que he hecho por este pueblo, y favoréceme!” (5:19, siguiendo el relato de su servicio social) es un ejemplo. Más de tales oraciones aparecen en 13:14, 22, 1. ¿Qué sucede aquí? Preguntamos. ¿Está Nehemías tratando de construir un balance meritorio en el diario de Dios? ¿Está pidiendo ser justificado por sus obras? De ninguna manera. Él se refiere a lo que ha hecho simplemente como una muestra de su integridad y sinceridad en el ministerio, una prueba de su autenticidad como siervo de los siervos de Dios. En otras palabras, como evidencia de vivir el compromiso pastoral del que he estado hablando.
La tercera fuerza que Nehemías muestra es sabiduría práctica, la capacidad de hacer planes realistas y lograr que las cosas se hagan. Desde este punto de vista, las memorias de Nehemías constituyen un curso acelerado en habilidades directivas. Una vez que tuvo éxito en cambiar su vida cómoda como un lacayo de alto rango en el palacio (copero real) por la función problemática de gobernador de Judá, con disconformes constantemente ladrando a sus talones mientras intentaba reedificar y reorganizar Jerusalén, lo vemos levantarse a la altura del desafío de cada situación con penetración verdaderamente maestra e ingenuidad. Lo vemos asegurándose un salvoconducto y vales para materiales de construcción de parte del rey; organizar y supervisar la construcción del muro; arreglar la defensa de Jerusalén mientras la construcción seguía adelante; apagar el descontento y prevenir una amenaza de huelga dentro de la fuerza laboral; mantener el ánimo hasta que el trabajo se llevara a cabo; conducir negociaciones delicadas con amigos y con enemigos; y finalmente imponer varias veces leyes no apreciadas acerca de la raza, los servicios en el templo, y la observancia del día de reposo. Los dolores de cabeza de Nehemías como hombre superior fueron muchos, y la versatilidad santificada con la que maneja todas estas cosas es algo maravilloso de ver.
Y sus logros fueron tan destacados como sus dones. Él reedificó el muro en ruinas de Jerusalén en cincuenta y dos días, cuando nadie más pensaba que se podía reedificar. Restauró la adoración regular en el templo, la instrucción regular de la ley de Dios, la observancia seria del día de reposo, y la vida familiar piadosa. Él fue el verdadero nuevo fundador de la vida corporativa de Israel después del exilio, siguiendo a las restauraciones relativamente fallidas de los siglos anteriores. Él toma su lugar, por derecho, como parece ser, con los grandes líderes del pueblo de Dios en la historia de la Biblia: con Moisés, David y Pablo. Nehemías verdaderamente fue un hombre maravilloso.
Con todo, Nehemías sería el primero en reprenderme si dejo el asunto allí, porque él supo, e insiste en su libro, que lo aquello que logró no fue mero logro humano y sería un mal entendido si se tratara de esa manera. Las oraciones de en busca de ayuda que enfatizan su historia muestran dónde creía él que descansaba su fuerza, y donde diariamente buscaba el apoyo (vea 1:4-11; 2:4; 4:4; 9; 6:9). Su referencia a lo que Dios “puso en su corazón” (2:12; 7:5) muestra el lugar de donde él creía que su sabiduría provenía. Y su declaración “la muralla se ternnnó...|en| cincuenta y dos días... nuestros enemigos. reconocieron que ese trabajo se había hecho con la ayuda de nuestro Dios” (6:15-16) realmente lo dice todo. “No me den el crédito”, Nehemías protesta en efecto; “lo que se hizo a través de agentes humanos como yo fue hecho por Dios, y él debe tener la alabanza por ello.” Estoy de acuerdo, y espero que mis lectores también. ¡Soli Deo Gloria (Solo a Dios sea la gloria)!
El Dios de Nehemías
Lo que hace que alguien sea un hombre de Dios es fundamentalmente su visión de Dios, y nos ayudará a conocer mejor a Nehemías si a estas alturas damos un vistazo a sus creencias acerca de Dios, como su libro las revela. Doy por sentada, como ya debe ser obvio, la unidad del libro como un producto de la propia mente de Nehemías. Ya hemos visto que su núcleo son las memorias personales de este hombre de acción (capítulos 1-7 y 13), a lo que se ha agregado lo que parece un registro oficial de los ejercicios inaugurales de adoración en la Jerusalén restaurada (capítulos 8-12). La lista de edificadores en el capítulo 3, la relación del censo del capítulo 7, la lista de los firmantes en 10:1-27, y las listas de residentes en Jerusalén y sus alrededores, con sacerdotes y levitas, que llenan los capítulos 11:3—12:26 son la clase de material que hoy en día se pondría en apéndices; pero la forma antigua era simplemente incorporar todo en el texto. La conjetura natural es que, como un político moderno que sospecha o espera aparecer en los futuros libros de historia, Nehemías dedicó alguna parte de su jubilación a componer lo que en efecto es su testamento político y testimonio personal unido en uno; y a este fin sacó del diario que había mantenido durante sus años como figura pública, más fuentes oficiales a las que, como ex gobernador de Judá, tenía acceso directo.
El libro de Esdras, en esta perspectiva, habría sido escrito naturalmente como un volumen compañero, para relacionar el logro de Nehemías con lo que ha precedido desde el final del exilio.
Sea lo que fuera -y puedo asegurar que nada de ello puede probarse como cierto- el libro de Nehemías es una unidad, y por tanto no estamos equivocados al suponer que por escribir los capítulos 8-12 en su texto Nehemías endosó e hizo suyo todo lo que declaran acerca de Dios y sus caminos, aun cuando originalmente no los escribió.
Lo que Nehemías nos da de su diario nos habla, como lo pone el puritano Matthew Henry, no solo de las obras de sus manos sino también de las obras de su corazón; de hecho, casi nos dice más de lo último que de lo primero. Pero las obras del corazón de Nehemías en fe, oración, esperanza, confianza y aceptación de riesgo santificado y lucha espiritual contra lo que podemos reconocer como desalientos y distracciones dirigidos por el poder demoníaco todas expresan reflejan su conocimiento de Dios. Y esto comienza por él, como debe ser para todos, con el conocimiento acerca de Dios: el conocimiento conceptual que llamamos teología. La teología, que significa verdades en nuestra mente acerca de Dios, no es lo mismo que una relación con Dios, como la ortodoxia de los demonios lo demuestra (vea Stg. 2:19). Pero sin verdadera teología, aunque pueda haber un fuerte sentido de la realidad de Dios (como en el hinduismo, el animismo y la nueva era), la entrada a una relación de pacto por la cual conocemos que Dios es verdadera y eternamente nuestro no es posible. Así que, si queremos acercarnos a Nehemías y enriquecer nuestra relación con Dios a partir de la de él, debemos obtener un conocimiento de su teología.
Hace algunos años me ausenté por dos noches de una conferencia teológica en Nueva York que me estaba aburriendo. En una de las noches un amigo refugiado me llevó a un club de jazz, y pasé la otra en la Ópera Metropolitana donde se interpretaba Tannhauser de Wagner. Durante el primer intermedio una dama más joven que estaba sentada enseguida de mí comenzó a charlar acerca de la producción, y como aficionado de la ópera la charla se tornó animada. Me parecía que su esposo, sentado al otro lado de ella, no le interesaba la ópera y se sentía excluido. Me di cuenta que me veía de reojo y que tenía su mano fuertemente agarrada de la rodilla de ella; supongo que como señal de propiedad. Luego se separó de ella abruptamente, para sentarse en otra parte por el resto de la función. Eso fue muy incómodo. Tal vez su esposa había comenzado muchas conversaciones con otros hombres en el pasado. Tal vez la había llevado a la ópera en contra de su voluntad y quería volcar un poco de su enojo sobre alguien más. De cualquier modo, evidentemente sentía que su esposa en ese momento estaba más cerca de mí que de él, y eso no le gustaba. Y -este es el punto- lo que él sentía en un sentido era correcto, porque ella y yo conocíamos bastante de ópera, y al no tener ese conocimiento él no podía comprender lo que compartíamos, no compartía con nosotros. De la misma manera, a menos que sepamos lo que Nehemías sabía acerca de Dios no seremos capaces de comprender y compartir la visión y pasión que lo impulsaron a través de sus años de ministerio y convertirlo en un brillante ejemplo para nosotros de un liderazgo que sirve.
Así que preguntamos: ¿Qué creía Nehemías acerca de quien sobre diez veces, seis veces en oraciones transcritas, llamó “Dios mío”? ¿Cuánta era la fe de Nehemías en Dios? La respuesta es clara del libro mismo.
En primer lugar, el Dios de Nehemías es el creador trascendente, el Dios “del cielo” (1:4; 2:4, 20), auto sustentador, poderoso y eterno (“de eternidad a eternidad”, 9:5). Él es “grande” (8:6): “grande y admirable” (1:5; 4:14): “grande, temible, poderoso” (9:32), y los ángeles (“las multitudes del cielo”) lo adoran (9:6). Señor de la historia, Dios de juicio y misericordia: “eres Dios perdonador, clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor” (9:17; vea Éx. 34:6-7), Dios era para Nehemías la más sublime, permanente, penetrante, íntima, humilde, exaltadora, y encomiable de todas las realidades. La base por la cual, como el misionero William Carey, Nehemías intentó grandes cosas para Dios y esperó grandes cosas de Dios fue que, como el calvinista Carey, entendió la grandeza de Dios.
En segundo lugar, el Dios de Nehemías es Yahweh: “el SEÑOR”, el hacedor y guardador del pacto, cumplidor de promesas, y fiel Dios de Israel (9:8, 32, 33). La oración por la que el ministerio de Nehemías nació fue: “Señor, Dios del cielo, grande y temible que cumples el pacto...” y sigue adelante hasta pedir que Dios bendiga a “tus siervos y tu pueblo, al cual redimiste [de Egipto, hace mucho tiempo]” (1:5, 10; cp. 9:9-25). El pronombre personal en las frases “tu pueblo”: “nuestro Dios” (4:4, 20; 6:16; 10:32, 34, 36, 37, 38, 39; 13:2, 18, 27), y “mi Dios” (2:8, 12, 18, 5:19; 6:14; 7:5; 13:14, 22, 29, 31) son afirmaciones de las relaciones de pacto entre Dios y los israelitas como una realidad establecida, y las invocaciones de ello como una base para la confianza, la esperanza y la obediencia. El pacto de Dios, como el pacto matrimonial, era un lazo mutuo de posesión y entrega de sí mismo: Dios poseía a Israel como su pueblo y se dio a ellos para bendecirlos mediante sus dones y dirección, mientras que los israelitas poseían a Jehová como su Dios y profesaban darle honor mediante su adoración y servicio. La devota dependencia en Dios que sostuvo a Nehemías a través de su carrera como líder, y que con tanta frecuencia verbalizó a través del libro, era una expresión de su fe en el compromiso de pacto que Dios tenía con él y con quienes dirigía, como era su declaración mientras preparaba las defensas de Jerusalén: “Nuestro Dios peleará por nosotros” (4:20). Su fe en Dios nunca fue decepcionada. El Dios de Nehemías demostró ser un fiel guardador del pacto que no abandonó a su siervo.
En tercer lugar, el Dios de Nehemías es un Dios cuyas palabras de revelación son verdad y dignas de confianza. A través de instrucción espiritual dada por medio de Moisés y los profetas (1:8; 8:1, 14; 9:13, 30; cp. 9:20), Dios había dicho a su pueblo quién era Él, lo que quería de ellos, cómo respondería si ellos eran rebeldes, y qué haría si ellos se arrepentían después. “Recuerda”, oró Nehemías “te suplico, lo que le dijiste a tu siervo Moisés: Si ustedes pecan, los dispersaré entre las naciones: pero si se vuelven a mí, y obedecen y ponen en práctica mis mandamientos, aunque hayan sido llevados al lugar más apartado del mundo los recogeré y los haré volver al lugar donde he decidido habitar” (1:8-9, aludiendo a Lev. 26, especialmente versículo 33; Dt. 28:64 y 30:1-10, especialmente versículo 4). Aquí, al comienzo de su libro, vemos a Nehemías tratando con Dios sobre la base de que Él es el Dios que cumple lo que dice.
Después, Esdras (Neh. 8:1-6) y Nehemías (8:9-10) trataron el tiempo dedicado a la lectura, predicación y enseñanza de la Ley de Dios como un gran acontecimiento nacional, precisamente por lo que Dios había establecido en los libros de Moisés como su voluntad para Israel estaba todavía en vigor. Esa era la razón por qué era tan importante erradicar la ignorancia de la Ley, y luego los pecados pasados de ignorar la Ley fueron confesados y renunciados solemnemente, y luego hacer el nuevo compromiso “a obedecer todos los mandamientos, normas y estatutos del Señor” (10:29, vea capítulos 9-10). La Ley que Dios dio a su pueblo del pacto para mostrarles cómo agradarlo era, para Nehemías las normas incambiables de justicia, tal como lo eran las promesas de Dios, para él, la base incambiable de esperanza para el futuro y confianza presente. Nehemías por lo tanto llega a ser un modelo para nosotros, en términos del Antiguo Testamento, de lo que significa vivir por la convicción expresada en la antigua canción cristiana:
Confía y obedece,
Porque no hay otra manera
De ser feliz en Jesús
Que confiar y obedecer
Estas tres convicciones acerca de Dios eran ciertamente la hechura de Nehemías. Sin ellas, nunca se habría preocupado lo suficiente acerca del honor de Dios en Jerusalén para orar que la ciudad fuera restaurada, tampoco hubiera buscado el costoso y atemorizante papel de ser el líder en esa restauración, tampoco hubiera tenido lo que se requería para mantenerlo adelante frente a la apatía y animosidad que su liderazgo enfrentó. Mientras que es cierto que por temperamento era un maestro al punto de ser autocrático y áspero al punto de la obstinación, estas cualidades solas nunca producirían la paciencia, disposición, sentido de responsabilidad y libertad del cinismo defensivo que lo caracterizó. La cualidad de Nehemías que C. S. Lewis llamó obstinación en creer, el factor de continuidad, tenía algo sobrenatural que solo puede explicarse en la manera que el escritor de Hebreos explica la firmeza de Moisés al desafiar al rey de Egipto y dirigir a la chusma de israelitas en el peregrinaje a su nueva tierra: “Por la fe salió de Egipto sin tenerle miedo a la ira del rey, pues se mantuvo firme como si estuviera viendo al Invisible” (Heb. 11:27). Es sólo los que “ven” al Dios del pacto grande, poderoso, bondadoso, fiel los que son capaces de resistir la clase de presiones que Moisés y Nehemías enfrentaron -presiones que implicaban extremos de lo que los dichos ingleses de los años setenta llamaban “aggro”- y de aquí real riesgo a la vida. Esta visión produce esperanza, levanta la moral, y sostiene el compromiso en una manera más allá del entendimiento del mundo y de los de la iglesia cuya visión de Dios ha disminuido.
Se ha calculado que los varios lapsos del siglo veinte en barbarismo político, trivial y sociológico han producido más mártires que cualquier siglo anterior ha visto, aun el segundo y el tercero, durante los cuales el cristianismo era una religión prohibida y surgió persecución oficial vez tras vez. Simplemente es un hecho que aquellos que renunciaron a sus vidas antes que renunciar a su fe han venido de aquellos círculos cristianos en los cuales la visión bíblica del Dios vivo se ha enseñado y mantenido.
Por la mejor parte de dos siglos, formas del camaleón intelectual llamado liberalismo, o modernidad, han dominado las iglesias principales de occidente. La raíz del liberalismo modernista es la idea, surgido de la llamada Ilustración, de que el mundo tiene la sabiduría, de modo que el cristianismo debe absorber y ajustar a lo que el mundo esté diciendo en el mundo acerca de la vida humana. El deísmo, que desvanece a Dios enteramente del mundo de los asuntos humanos, y el punto de vista llamado hoy pananteísmo o monismo, que lo aprisionan penetrante pero impotentemente, han sido los polos entre lo que ha fluctuado el pensamiento liberal acerca de Dios. Pero ninguno de estos conceptos sobre Dios, es, o puede ser, trinitario; tampoco tiene espacio para creer en la encarnación, o en una expiación objetiva, o en una tumba vacía, o en el señorío cósmico soberano de un Cristo vivo hoy; y tampoco encuadra con la afirmación que la enseñanza bíblica es una verdad revelada divinamente. No es de sorprender, entonces, que el liberalismo típico produce, no mártires, ni personas que desafían el estatus secular, sino adornos, personas que van con el consenso cultural del momento, sea sobre al aborto, la permisividad sexual, la identidad básica de todas las religiones, la impropiedad del evangelismo y la tarea misionera, o cualquier otra cosa.
En el último siglo, cuando las ideas del progreso estaban en el aire y era posible creer que cada día en todas maneras el mundo estaba mejorando, el liberalismo, que se presentaba a sí mismo como un cristianismo de vanguardia, podría hacerse parecer correcto; en nuestro día, sin embargo, las personas que piensan que están seguros lo han encontrado equivocado. Hoy, después de todos los horrores que nuestra era han visto, la idea de que el mundo es el depositario de sabiduría parece más un mal chiste, y el punto de vista que clasifica al cristianismo de nuestros padres, el cristianismo que produjo a Agustín, Lutero, Whitefield, Wesley, Spurgeon, Lloyd-Jones y Billy Graham, como una bolsa de retazos de basura pasada de moda en el cual podemos mejorar las apariencias como realmente es. La única clase de cristianismo que puede razonablemente reclamar la atención para el futuro es el cristianismo basado en la Biblia que define a Dios en términos bíblicos y ofrece, no afirmaciones, pero transformación de nuestra vida desordenada.
Un signo esperanzador en medio de la confusión a gran escala que marca a la iglesia moderna es que más y más de lo que profesan ser cristianos reciben la Biblia como la Palabra de Dios y toman al Dios que encontramos en sus páginas con total seriedad, como lo hicieron los reformadores y los puritanos y los despertares evangélicos del siglo dieciocho. Ha sido como cualquier cosa que en cualquier tiempo en la historia que el Espíritu de Dios se ha movido en avivamiento. Fue así en los días de Nehemías, como veremos, y todavía es el caso que la vida espiritual comienza cuando almas con hambre se vuelven, o regresan, a la Biblia y su Dios. Quizás Dios no nos ha abandonado totalmente, después de todo.
La piedad de Nehemías
Las personas que viven cerca de Dios tienen más consciencia de Dios que consciencia de ellos, y si les llama piadosos o santos en su cara es probable que sonrían, muevan su cabeza y digan que les gustaría que eso fuera verdad. Lo que conocen de sí mismos se relaciona más con sus debilidades y pecados que con algún atavío espiritual verdadero o imaginario, y son reacios a hablar de sí mismos excepto como instrumentos en las manos de Dios, siervos cuya historia sólo merece ser tomada en cuenta porque es parte de la historia más grande de cómo Dios se ha exaltado en este mundo que le niega honor. Nehemías parece haber sido esta clase de santo, y las vislumbres que nos da de su vida interior son raras. Por temperamento natural él era tan extrovertido como Jeremías era introvertido, y en cualquier caso la manera de los extrovertidos es enfocarse en asuntos fuera de ellos mismos. Tres cosas al menos, sin embargo, pueden especificarse con seguridad sobre su vida espiritual, en cada una de ellas él es un brillante ejemplo para los creyentes cristianos.
Primero, el caminar con Dios de Nehemías estaba saturado con su oración, y oración de la clase más verdadera y pura; es decir, la clase de oración que siempre procura aclarar su visión de quién y qué es Dios, y celebrar su realidad en adoración constante, y volver a pensar en su presencia las necesidades y peticiones que se traen ante él, de manera que la expresión de ellas comience por especificar que “santificado sea tu nombre... que se haga tu voluntad... porque tuyo es el reino, el poder, y la gloria”. Como comenzamos a ver antes, Nehemías enfatiza su historia con oraciones a “mi Dios”, quien es “nuestro Dios”. Él comienza su libro con una trascripción completa de su plegaria por el pueblo del pacto (1:5-11), la termina con cuatro peticiones, la última de las cuales en realidad es su línea de terminación (13:14, 22, 29, 30), y se sale de curso para registrar otras oraciones a través de su narración. (¿Escribió estas oraciones en el primer momento que las hizo? Parece que así fue, y gran cantidad de personas que oran han encontrado que esta es una buena práctica.) Está claro que como escritor entiende, y ahora quiere que sus lectores entienda, que solamente las aventuras que comenzaron con oración y estuvieron bañadas de oración con ellas es probable que sean bendecidas como la aventura de reedificar los muros de Jerusalén, así que selecciona y ordena su material para proyectar esta verdad sin tener que ponerlo en palabras. Él nos habla de su oración para enseñarnos de su propio ejemplo que es la oración la que cambia las cosas, y que sin oración no hay prosperidad. Evidentemente había aprendido esto en años anteriores a que abriera su libro, así que cuando las malas noticias procedentes de Jerusalén sabía que su primera tarea era, como dice el antiguo himno: “llevar todo a Dios en oración.
La vida pública de Nehemías fue el flujo, y por tanto la revelación, de su vida personal, y su vida personal como lo muestra su narrativa estuvo empapada, y formada por oración habitual de petición, en la que la devoción, la dependencia y el deseo por la gloria de Dios encontraron igual expresión. En esto él está frente a nosotros como un modelo. “oren sin cesar”: “oren en el Espíritu en todo momento”, dice Pablo (1 Ts. 5:17; Ef. 6:18). Jesús dijo a sus discípulos la parábola del juez injusto “para mostrarles que debían orar siempre” (Luc. 18:1). La vida de Nehemías enseña la misma lección. La conversación privada constante con Dios, pidiendo y adorando, es una expresión natural de un corazón regenerado y una disciplina necesaria para un líder espiritual, y el ejemplo de Nehemías en este punto debería ser indeleble en nuestra mente.
Segundo, el caminar de Nehemías con Dios implicaba solidaridad con su pueblo -los judíos, pueblo de Dios- en su pecado y necesidad. Él era un hombre de grandes dones y marcada individualidad, viviendo como empleado oficial persa, primero como copero real, luego como gobernador de provincia; esto necesariamente ponía una distancia de otros judíos exteriormente, y podría haber enfriado su pasión por el bienestar de los judíos interiormente a medida que pasaban los años. Pero en realidad su compromiso para ver reedificada Jerusalén, material y espiritualmente, nunca disminuyó. Su celo por esta causa corre por su libro, haciéndose claro en las primeras oraciones. Los viajeros de Jerusalén arribaron, y Nehemías les pregunta cómo estaba la ciudad (1:1-2). Ellos le dicen que los muros están derribados de nuevo, las puertas han sido derribadas al suelo, y la escena es de “gran problema y desgracia” para la comunidad que había regresado.
Al escuchar esto, Nehemías dedica sus horas libres por varios días haciendo duelo, en ayuno, llorando y en oración; al parecer buscando que Dios le mostrara por qué orar específicamente (un paso constantemente necesario, sea dicho, en la práctica de la intercesión) (1:3-4). “Entonces” con su mente clara al fin y su petición formada y enfocada, presenta ante Dios la petición que el Espíritu de Dios le ha ayudado a poner en orden (1:5-11). Y en esta petición su solidaridad con los judíos de Jerusalén no tiene calificativo y es completa. “Confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado. En extremo nos hemos corrompido contra ti, y no hemos guardado los mandamientos, estatutos y preceptos que diste a Moisés tu siervo” (1:6-7). Reconoce la solidaridad (hemos, no solo han) por sabiendo que así es como Dios lo mira. Así que acepta una parte en la culpa del pueblo que ahora está siendo juzgado, y en esto, también, es un modelo para nosotros.
La solidaridad como envolvimiento comunal de acuerdo con la Biblia -la solidaridad de la familia, la nación y la iglesia- es algo que no entendemos bien. La cultura occidental enseña nos enseña a tratarnos como individuos aislados y disculparnos por no aceptar ser solidarios con algún grupo, especialmente cuando la solidaridad es de mala fama. John White relata una historia encantadora para ilustrar nuestra actitud.
Como estudiante de medicina una vez perdí una clase práctica sobre enfermedades venéreas. Por ello tuve que acudir a la clínica de enfermedades venéreas solo una noche en una hora cuando normalmente los estudiantes no asisten. Al entrar al edificio un enfermero a quien no conocía me encontró. Había fila de hombres esperaba el tratamiento. “Quiero ver al doctor,” dije.
“Eso es lo que todos quieren. Póngase en la línea”, contestó.
“Pero usted no entiende. Soy estudiante de medicina,” protesté.
“No hay diferencia. Usted la obtuvo de la misma manera que los demás. Póngase en la línea,” volvió a ordenar el enfermero.
Al final me las arreglé para explicarle por qué estaba allí, pero todavía puedo sentir la sensación de culpa que me impidió pararme en la línea con hombres que padecían enfermedades venéreas.”3
Nehemías, sin embargo, sabía que Dios veía a los judíos, la simiente de Abraham, como una familia, con responsabilidades colectivas y un destino colectivo, y sin dudarlo se identificó con ellos en la culpa que los había puesto bajo juicio. Jesús se condujo de manera similar cuando, como Salvador, hizo fila con pecadores y pasó por el bautismo de arrepentimiento de Juan; lo mismo debemos hacer en la iglesia. Todos tenemos mayor parte en los errores e infidelidad de la iglesia de lo que sabemos, y por tanto no debiéramos tratar esa sensación que tenemos por sus fallas como una excusa para no confesar que tenemos parte en el proceso de sus fallas. Tampoco es para que demos la espalda a la iglesia con impaciencia, como los trabajadores “paraeclesiásticos”, así llamados, a veces hacen, pero orar y trabajar por su renovación, manteniendo eso como nuestro principal enfoque de interés todo el tiempo. Esta es la mayor lección que aprender de nuestro encuentro con Nehemías.
Tercero, el caminar con Dios de Nehemías trajo sobriedad acerca de sus poderes. Este es un rasgo distintivo del carácter que revela la verdadera humildad y madurez delante de Dios. Ser humilde no es asunto de pretender ser indigno, pero es una forma de realismo, no sólo respecto a la maldad verdadera de los pecados y torpezas personales y la profundidad verdadera de nuestra dependencia en la gracia de Dios, pero también respecto al grado de nuestras habilidades. Los creyentes humildes saben lo que pueden hacer y lo que no pueden. Están al tanto de sus dones y de sus limitaciones, y así pueden evitar la infidelidad de dejar que los poderes que Dios les ha dado permanezcan inactivos y la necedad de echarse más trozos de los que pueden masticar. Nehemías tenía dones de liderazgo y dirección que usó hasta el límite. Su carácter práctico visionario fue un don maravilloso, que produjo resultados maravillosos. La manera en que motivaba y dirigía la construcción de los muros de Jerusalén, la repoblación de la ciudad, y la reorganización de los recursos del templo fueron verdaderamente napoleónicos. Pero cuando el programa era enseñar la Ley y el primer gesto público de obediencia renovada a Dios, Nehemías dio un paso atrás y dio a Esdras y a los levitas la función de liderazgo, interviniendo solamente en un momento de confUsión general para urgir al pueblo a celebrar en vez de llorar (8:9-10). De otra manera, se limitó a organizar las procesiones a la dedicación del muro (12:31, 38, 40). Sabía que no había sido llamado o calificado para predicar y enseñar, y no trató de usurpar estas funciones. En esto se mostró humilde y maduro y reveló un realismo acerca de sus dones y responsabilidades que haríamos bien en codiciar para nosotros.
Aquí están, entonces, las tres lecciones fundamentales que podemos aprender del servicio de Nehemías a Dios antes de que pasemos a estudiar las formas que tomó su servicio.
2
Llamado a servir
Éstas son las palabras de Nehemías hijo de Jacalías:
En el mes de quisleu del año veinte, estando yo en la ciudadela de Susa, llegó Jananí, uno de mis hermanos, junto con algunos hombres de Judá. Entonces les pregunté por el resto de los judíos que se habían librado del destierro, y por Jerusalén.
Ellos me respondieron: «Los que se libraron del destierro y se quedaron en la provincia están enfrentando una gran calamidad y humillación. La muralla de Jerusalén sigue derribada, con sus puertas consumidas por el fuego.»
Al escuchar esto, me senté a llorar; hice duelo por algunos días, ayuné y oré al Dios del cielo. Le dije:
«SEÑOR, Dios del cielo, grande y temible, que cumples el pacto y eres fiel con los que te aman y obedecen tus mandamientos, te suplico que me prestes atención, que fijes tus ojos en este siervo tuyo que día y noche ora en favor de tu pueblo Israel. Confieso que los israelitas, entre los cuales estamos incluidos mi familia y yo, hemos pecado contra ti. Te hemos ofendido y nos hemos corrompido mucho; hemos desobedecido los mandamientos, preceptos y decretos que tú mismo diste a tu siervo Moisés.
»Recuerda, te suplico, lo que le dijiste a tu siervo Moisés: “Si ustedes pecan, yo los dispersaré entre las naciones: pero si se vuelven a mí, y obedecen y ponen en práctica mis mandamientos, aunque hayan sido llevados al lugar más apartado del mundo los recogeré y los haré volver al lugar donde he decidido habitar. ”
»Ellos son tus siervos y tu pueblo al cual redimiste con gran despliegue de fuerza y poder. SEÑOR., te suplico que escuches nuestra oración, pues somos tus siervos y nos complacemos en honrar tu nombre. Y te pido que a este siervo tuyo le concedas tener éxito y ganarse el favor del rey.»
En aquel tiempo yo era copero del rey.
Un día, en el mes de nisán del año veinte del reinado de Artajerjes, al ofrecerle vino al rey, como él nunca antes me había visto triste, me preguntó:
—¿Por qué estás triste? No me parece que estés enfermo, así que debe haber algo que te está causando dolor.
Yo sentí mucho miedo y le respondí:
—¡Qué viva Su Majestad para siempre! ¿Cómo no he de estar triste, si la ciudad donde están los sepulcros de mis padres se halla en ruinas, con sus puertas consumidas por el fuego?
—¿Qué quieres que haga? —replicó el rey.
Encomendándome al Dios del cielo, le respondí:
—Si a Su Majestad le parece bien, y si este siervo suyo es digno de su favor, le ruego que me envíe a Judá para reedificar la ciudad donde están los sepulcros de mis padres.
—¿Cuánto durará tu viaje? ¿Cuándo regresarás? —me preguntó el rey, que tenía a la reina sentada a su lado.
En cuanto le propuse un plazo, el rey aceptó enviarme. Entonces añadí:
—Si a Su Majestad le parece bien, le ruego que envíe cartas a los gobernadores del oeste del río Éufrates para que me den vía libre y yo pueda llegar a Judá; y por favor ordene a su guardabosques Asaf que me dé madera para reparar las puertas de la ciudadela del templo, la muralla de la ciudad y la casa donde he de vivir.
El rey accedió a mi petición, porque Dios estaba actuando a mi favor.
(Nehemías 1:1-2:8)
Nos movemos ahora más cerca de la historia de Nehemías de cómo Dios lo guió a convertirse en el reedificador de Jerusalén. Este es un ejemplo clásico de cómo Dios dirige a sus siervos, hoy como ayer, a tareas de ministerio que tiene en mente para ellos. Observamos antes que algunos aspectos del orden de cosas en el Nuevo Testamento contrastan con sus antecedentes en el Antiguo Testamento, pero aquí sólo hay continuidad. La manera actual de Dios para hacernos conscientes de la función que quiere que desempeñemos en su reino es esencialmente la misma que vemos en la narración de Nehemías. Es apropiado, por tanto, introducir la historia estableciendo el marco cristiano en el que debemos encajarla al leerla hoy.
Un llamado doble
El Nuevo Testamento enseña que todo cristiano tiene un llamado doble. Primero, Dios nos llama a cada uno individualmente a creer y servir. El primer llamado, llamado así porque la invitación del evangelio de volverse del pecado y confiar en Cristo para vida eterna está en su centro, es en realidad una obra de poder por la cual Dios nos trae a la fe mediante la acción del Espíritu Santo en iluminarnos mediante el evangelio y moviéndonos a una respuesta. El capítulo X de la Confesión de Westminster, titulado “Del llamamiento eficaz”, se enfoca en esta acción divina de manera bastante comprensiva:
Todos aquellos a quienes Dios ha predestinado para vida... Él se complace... en llamar eficazmente, por su Palabra y por su Espíritu, fuera del estado del pecado y de la muerte, en el cual están por naturaleza, a la gracia y salvación por Jesucristo; iluminando sus mentes espiritualmente y salvíficamente para entender las cosas de Dios, quitando su corazón de piedra, y dándoles un corazón de carne, renovando sus voluntades y, por su poder maravilloso, determinarlos por lo que es bueno, y atraerlos eficazmente a Jesucristo; con todo eso, al venir libremente, haciendo estar dispuestos por su gracia.1
Cuando Pablo se dirigió a los cristianos de Roma como “a quienes Jesucristo ha llamado... a ser santos” (Rom. 1:6-7; cp. 8:28; 1 Cor. 1:2), se refería a esta obra de Dios, y regularmente utiliza el verbo “llamar” con Dios como sujeto para querer decir “traer a la fe” (vea Rom. 8:30; 1 Cor. 1:9, 26; 7:20, 24; Gál. 1:6, 15; Ef. 4:4; 1 Ts. 2:12; 2 Tim. 1:9; vea también Heb. 9:15; 1 P 2:9; 2 P 1:10). En su adoración personal a Dios, confesión de pecado, confianza en las promesas de Dios, obediencia a la Palabra de Dios, y búsqueda de la gloria de Dios, Nehemías modela para nosotros de la manera más sorprendente conocida como ser “llamado” por Dios en su primer sentido. Él es un hombre impresionantemente vivo para Dios; no hay la más mínima duda acerca de ello.
El segundo llamado es notificación a la tarea. Pablo habla de esto cuando se presenta a sí mismo ante los cristianos de Roma como “Pablo. llamado a ser apóstol” (vea Rom. 12:4-6; 1 Cor. 12:7-11; Ef. 4:7-16). Esta es una línea de enseñanza que se ha vuelto muy familiar, correctamente, en años recientes: todos los cristianos participan en el ministerio cristiano, en el sentido de ser llamados a buscar y cumplir el papel de servicio para el cual Dios los ha equipado. Los dones se dieron para ser utilizados, y una capacidad para ministrar en una manera particular constituye un llamado prima facie a ese ministerio particular. Así fue con Nehemías, como veremos.
¿Pero cómo encuentra uno su propio ministerio una vez que ha encontrado al Señor? ¿Cómo nos guía Dios a la función específica para la cual nos ha dotado? Hay cuatro factores que ordinariamente se conjugan en este proceso.
Primero, el factor bíblico. Este da dirección en sentido general, poniendo ante nosotros metas y directrices y una escala de valores para moldear nuestra vida. La Biblia nos dice en términos generales lo que es digno de hacerse y lo que no, la clase de acciones que Dios anima, y las que prohíbe, y qué cosas deben hacerse al servir a las necesidades de los santos y pecadores. De esta manera nos dice: es dentro de estos límites, en la búsqueda de metas, en obediencia a estas prioridades, que encontrarás tu ministerio. El factor bíblico es básico, en el sentido que Dios nunca a transgredir ningún límite bíblico, y si creemos que estamos siendo dirigidos de esa manera necesitamos que alguien con la Biblia en la mano nos diga que estamos engañados.
Luego, segundo, está el factor neumático. Por esto quiero decir los deseos dados por Dios por un corazón renovado, más cualquier codazo que el Espíritu Santo pueda dar o cualquier carga de preocupación que pueda imponer por encima de los deseos generales. Vemos todos estos elementos en la historia de Nehemías: el deseo dominante por la gloria de Dios en Jerusalén que lo guió a preguntar cómo estaban las cosas en la ciudad (1:2), la carga de un interés específico que lo condujo a llorar, ayunar y orar por su restauración (1:4-11), y “lo que mi Dios puso en mi corazón hacer a favor de Jerusalén” (2:12). En otras palabras, el codazo del Espíritu Santo.
Aquí alcanzamos una área donde es fácil engañarse y seguido se cometen errores, pero sería un error menospreciar la apertura al Espíritu Santo en ese sentido. Los cristianos varían, en esta como en cualquier época anterior, acerca de cuánto de estos codazos experimentan (y no puede darse razón segura para la variación, excepto la voluntad de Dios); pero sería perverso para los que saben más de ello tratar como no espirituales a los que confiesan saber menos de ello, o para los que saben menos tratar como engañados a quienes afirman saber más de ello. El ejemplo clásico del Espíritu impresionando fue en el segundo viaje misionero de Pablo, cuando los misioneros “Atravesaron la región de Frigia y Galacia, ya que el Espíritu Santo les había impedido que predicaran la palabra en la provincia de Misia, intentaron pasar a Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió. Entonces... bajaron a Troas” el puerto de Grecia, el Espíritu los había mantenido viajando al Occidente en el camino de Troas (Hechos 16:6-8). Luego viene la visión de Pablo del varón macedonio pidiendo ayuda, y el plan de Dios se hace evidente: “En seguida nos preparamos para partir hacia Macedonia, convencidos de que Dios nos había llamado a anunciar el evangelio a los macedonios” (v. 10). Tal vez no seamos guiados con mucha frecuencia por esta clase de codazos interiores: creo que pocos de nosotros lo somos; pero desanimar a los cristianos a no estar abiertos a ello, como a veces se ha hecho, es radicalmente contristar al Espíritu.
En tercer lugar viene el factor cuerpo: es decir, la disciplina de someter esa dirección al ministerio al creer que hemos recibido para una sección específica de la comunión cristiana; es decir, el cuerpo de Cristo en su manifestación local. La razón de esto es que no debemos confiar en nuestro juicio de si encajamos o somos capaces para las funciones ministeriales que nos atraen. Como veremos, hay una amplia indicación en nuestra historia que Nehemías fue cuidadoso para consultar a otros cuando la idea de que podía ser el hombre para reedificar Jerusalén comenzaron a formarse en su mente.
En la universidad de teología donde enseñé en Inglaterra antes de ir a vivir a Canadá, me tocó entrevistar docenas de hombres que creyeron haber sido llamados a ser pastores. Una de mis tareas en las entrevistas era tratar de evaluar si su creencia iba de acuerdo con su temperamento, carácter moral, y dones que la función requiere. No era el único que llevaba a cabo esta evaluación; otros miembros de la facultad también los entrevistaban, y nos reuníamos para intercambiar opiniones después que salían. Además, la denominación a la que servíamos les exigía conseguir testimonio de su potencial para el ministerio de sus propios pastores y asistir a una conferencia de selección en la que un panel representativo de selectores los evaluaba como lo habíamos hecho. Todo esto era poner a trabajar el factor cuerpo en la toma de una decisión vocacional. Los juicios personales deben ser juzgados y verificados por otros. Cuando Dios llama, Él equipa; cuando falta el equipamiento, y el potencial para desempeñar la función simplemente no está allí, el llamado de Dios no es lo que el candidato tiene en mente, sino algo más. Y es dentro del cuerpo que el verdadero llamado de cada persona será discernido.
También puede funcionar de la otra manera. Tal vez las personas capacitadas para ser pastores, o algún otro ministerio, no se den cuenta de ello y necesita que se les diga puesto que Dios los ha enriquecido de manera tan obvia con un don particular o un conjunto de dones, deben abrirse a la certeza de que Dios tiene un ministerio para ellos que corresponde con sus dones y deben permitir que otros dentro del cuerpo -pastores, compañeros o alguien más- les sugiera cuál puede ser el ministerio. Esto, también, es auténtica vida del cuerpo en relación con el llamado de Dios a servir.
El cuarto factor es el de la oportunidad. Si el Dios de providencia está llamando a alguien a un ministerio particular, Él tomará control de la situación de esa persona para que pueda entrar a ese ministerio. Si las circunstancias hacen que eso sea imposible, la conclusión correcta es que aunque Dios tiene un ministerio para esta persona, no era lo que originalmente se pensó, por la forma en que la puerta de las circunstancias se ha cerrado. Como veremos, la confirmación final de que Dios quería a Nehemías en Jerusalén, organizando la reconstrucción, fue que en una manera bastante impredecible se le concedió la oportunidad de ir.
Un llamado claro
Veamos ahora directamente el llamado de Nehemías. Contra el trasfondo que se acaba de llenar, quiero señalar cinco asuntos importantes que se combinaron para guiar a Nehemías de su trabajo rutinario en el palacio a los peligros de ser el gobernador, el edificador, el motivador, el organizador de acontecimientos, y el líder espiritual de Jerusalén; un papel agotador que difícilmente habría podido sostener si no hubiera sido sostenido por una fuerte sensación de que Dios lo había enviado a cumplirlo y era sostenido por Él mientras él lo cumplía.
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