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DOCE VIAJES A GOMBOU

DOCE VIAJES A GOMBOU
© Isidro Ávila Montoro
© de la imagen de cubiertas:Antonio Pedro Martin Morales
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Iª edición
© ExLibric, 2021.
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artística o científica.
ISBN: 978-84-18730-46-7
ISIDRO ÁVILA MONTORO
DOCE VIAJES A GOMBOU
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2021
A mis compañeros, viajeros y colaboradores en general,sin los cuales nada habría sido lo mismo.
Índice
Prólogo
Introducción
PRIMER VIAJE
Día 1
Día 2
Día 3
Día 4
Día 5
Día 6
Día 7
Día 8
SEGUNDO VIAJE
Día 1
Día 2
Día 3
Día 4
Día 5
Día 6
Día 7
Día 8
Día 9
Día 10
Día 11
Día 12
TERCER VIAJE
Día 1
Día 2
Día 3
Día 4
Día 5
Día 6
Día 7
CUARTO VIAJE
Día 1
Día 2
Día 3
Día 4
Día 5
Día 6
Día 7
Día 8
Día 9
Día 10
Día 11
Día 12
Día 13
QUINTO VIAJE
SEXTO VIAJE
Día 1
Día 2
Día 3
Día 4
Día 5
Día 6
Día 7
Día 8
Día 9
SÉPTIMO VIAJE
Día 1
Día 2
Día 3
Día 4
Día 5
Día 6
Día 7
Día 8
OCTAVO VIAJE
Día 1
Día 2
Día 3
Día 4
Día 5
Día 6
Día 7
Día 8
Día 9
Día 10
Día 11
Día 12
NOVENO VIAJE
Día 1
Día 2
Día 3
Día 4
Día 5
Día 6
Día 7
Día 8
Día 9
Día 10
Día 11
Día 12
Día 13
DÉCIMO VIAJE
Día 1
Día 2
Día 3
Día 4
Día 5
Día 6
Día 7
Día 8
Día 9
Día 10
Día 11
UNDÉCIMO VIAJE
Día 1
Día 2
Día 3
Día 4
Día 5
Día 6
Día 7
Día 8
Día 9
Día 10
Día 11
DUODÉCIMO VIAJE
Prólogo
Mi amigo Isidro Ávila ha sabido relatar en este interesante libro, de una forma amena y fluida, los doce viajes a Malí que entre los años 2004 y 2012, incluyendo entre ellos uno que no fue posible realizar, sirvieron para mantener las relaciones de hermandad y cooperación entre Vegas del Genil (Granada) y Goumbou (Nara).
El libro que tienes en tus manos recoge no solo las vivencias y peripecias de varios grupos de voluntarios agrupados en una ONG, sino que te va a descubrir cómo se convive con gentes que aparentemente son muy diferentes a nosotros, pero que en el fondo comparten nuestras mismas virtudes y defectos. La única diferencia real es que viven en un lugar donde no debería vivir nadie, pues goza de todas las calamidades posibles, pero que como es su tierra tienen el derecho a estar allí.
Los viajes realizados a Malí me han permitido vivir momentos muy duros por las personas que allí sufren por enfermedad y falta de alimentos, como ver a un niño con tres años que se muere por no disponer de nutrición suficiente, o a una mujer agonizante en la puerta de un “hospital” sin que nadie le preste la más mínima atención. Pero a la vez he vivido momentos muy emocionantes cuando nos recibían en sus pueblos y aldeas, o en sus casas, ofreciéndonos compartir lo poco que tienen; conocer a personas que pueden ser felices con muy poco, y familias que se ayudan entre sus miembros, mostrando un gran respeto por los mayores.
Personalmente tengo que dar las gracias a Isidro Ávila por partida doble.
Gracias, Isidro, pues fuiste tú quien me comentó que se estaba gestando una ONG para ayudar a un pueblo en Malí, y en su momento nos facilitaste a Lourdes Fiestas, mi esposa, y a mí que nos incorporásemos a este proyecto, que tanto nos ha enriquecido como personas.
Gracias, Isidro, por embarcarte en la elaboración de este libro, que me consta que ha sido muy ardua, que nos va a servir a los que hemos vivido lo que en él se relata, para fijar estos entrañables recuerdos que el paso del tiempo va borrando de nuestras memorias, y así poder revivirlos cada vez que lo leamos.
Antonio Pedro Martín Morales, un amigo
Introducción
Viajar podrá considerarse un placer por sí mismo cuando a su regreso se obtengan las conclusiones oportunas que lo confirmen.
Esta es la historia, vivida en primera persona, cuyo mérito inicial fue haber estado en el lugar y momento adecuados para recibir una propuesta que no pude rechazar y sin necesidad de pensarla.
Mi trabajo, empleado de entidad financiera como director de oficina durante treinta y ocho años. Quizá ese fuera el motivo por el que recibí la propuesta por parte de Yolanda Ibáñez, amiga y concejala del Ayuntamiento de Vegas del Genil, para participar en una expedición patrocinada por dicho ayuntamiento a un lugar de Malí (África) llamado Goumbou, perteneciente al municipio de Ouagadou, provincia de Nara. La organización correría a cargo de un pariente suyo que hablaba francés, idioma oficial de Malí, y era secretario de una fundación.
El motivo pretendido por el ayuntamiento era hermanarse con dicho pueblo y el objetivo era conocer sus necesidades básicas para, si era posible, enviar ayuda material y de asesoramiento en todas y cada una de las facetas que allí íbamos a conocer de primera mano, dentro de las posibilidades económicas del ayuntamiento, teniendo en cuenta que era la época dorada de la construcción en la zona y los promotores dejaban dinero en abundancia.
Todo comenzó cuando el secretario de la fundación realizó un viaje en el año 2003 a Tombouctou (Malí) y allí se encontró con una fiesta, el Festival Cultural Tuareg, en la que se daban cita multitud de músicos y artistas africanos e internacionales y a la que asistían, entre otros, muchos gobernantes y mandatarios del país, incluidos alcaldes de pueblos y representantes de los barrios, aldeas y poblados pertenecientes a esos municipios. Allí coincidió con un grupo de alcaldes malienses y entabló conversación con algunos de ellos hasta llegar a preguntarles por la situación social y económica, sobre qué pueblo era el más pobre y necesitado de ayuda, etc. A esto respondió monsieur Sádia Kouma, alcalde de la Mairìe de Goumbou, que su pueblo era el más pobre entre los ya pobres pueblos y aldeas de Malí (según datos de la FAO, en 2004 Malí estaba entre los tres países más pobres del mundo).
Desde ese mismo momento se comprometió a realizar un viaje al año siguiente en compañía de otras personas «expertas» en distintas materias, que irían a conocer y valorar las necesidades de su pueblo con la intención de hermanarse y facilitarles toda la ayuda que fuese posible. Mantuvo diversas conversaciones con el Ayuntamiento de Vegas del Genil, a través de Yolanda, hasta conseguir que aceptasen la idea y empezasen a buscar personas con el perfil apropiado para dicho viaje y que estuviesen dispuestas a asumir los «riesgos» del mismo y algunos gastos personales.
Ahí apareció mi suerte. Me ofrecieron ir a ese viaje junto con los «expertos» en sanidad, infraestructuras, agricultura y ganadería, nuevas tecnologías, educación y economía. De inmediato contesté que sí, siempre y cuando no tuviese ninguna objeción de mi familia, dado que una parte económica importante del viaje la debía asumir cada uno y, entre otras cosas, había que ponerse (o tomarse) obligatoriamente unas catorce vacunas contra enfermedades muy comunes en ese país como la fiebre amarilla, el tétanos, la difteria, la hepatitis A y B, la triple vírica, el tifus, la meningitis, la rabia, el cólera, la poliomielitis, la gripe, el neumococo y la malaria o paludismo. ¡Toma ya, cualquier cosa! Y además tenías que estar continuamente usando repelentes contra insectos, porque si Malí tiene algo que sobra son los insectos de todo tipo, formas, tamaños y colores, que en cualquier momento te pueden comer a picotazos o, en el peor de los casos, infectarte con alguna enfermedad grave. Incluso hay uno muy curioso que escupe ácido y te abre un agujero en la piel que te dejará marcado de por vida…
Las personas designadas por el ayuntamiento empezamos a tener reuniones previas para conocernos, exponer el proyecto de viaje y saber de la predisposición de cada uno para asumir los posibles riesgos que aparentemente pudiera tener y los gastos personales.
Asistimos a la primera reunión formal, donde se pudo comprobar que a algunos de los asistentes no se les veía integrados ni cómodos con el viaje. Se mostraban inseguros con las posibilidades y el futuro del proyecto, alegando demasiadas propuestas negativas y haciendo ver que aquello no era lo que esperaban, por lo que en la segunda o tercera reunión se descartaron de golpe tres personas, dos enfermeros y un técnico en agricultura. Además, no teníamos médico ni enfermero que pudieran asumir el tema sanitario y había que encontrar alguno sí o sí, por ser uno de los motivos que más incidencia tendría en el desarrollo del proyecto. Para las infraestructuras y nuevas tecnologías sí había personas con preparación, gran interés y convicción en el proyecto que aceptaron las condiciones. Para agricultura y ganadería también había un agrónomo con ganas y preparación técnica, que aceptó de inmediato. Para el apartado de economía yo estaba dispuesto a escuchar, tomar nota y aportar mis ideas para que el proyecto saliera adelante. De educación ya se encargarían el secretario de la fundación y su esposa, que también vendrían. Solo nos faltaba el personal sanitario y yo me comprometí con el grupo a intentarlo con un médico amigo y compañero que, cuando le hice la propuesta, solo me dijo: «Espera, ya te diré algo». En pocos días me contestó que vendría con su mujer y un amigo, colega de profesión.
Ya estaba formado el grupo que viajaría a Malí:
–Gabriel Sánchez y Pepa Ruiz por parte de la fundación: Educación y apoyo general del proyecto, además de traductores para el grupo.
–Yolanda Ibáñez: Relaciones institucionales del Ayuntamiento de Vegas del Genil.
–Paco Pepe Martín y Toni Tejeda: Infraestructuras y nuevas tecnologías.
–Alexis Fernández:Agricultura y ganadería.
–Miguel Guzmán y Carlos Aguado: Sanidad.
–Elena Martín:Apoyo en cualquier parte que se le necesitase.
–Y yo: Economía.
Desde el momento en que se dio el visto bueno por todos y cada uno de los integrantes del grupo se inició una actividad frenética a fin de conseguir financiación suficiente para adquirir material sanitario y medicamentos de primera necesidad a través de Farmamundi para que los médicos pudieran desarrollar su actividad desde el primer día de su llegada. Las gestiones de Gabriel con la compañía Air France dieron su fruto y, dado el motivo del viaje, nos permitieron un exceso de carga de 10 + 20 kilogramos, lo cual, multiplicado por diez personas, suponía cien kilos de equipaje y doscientos de medicamentos, material sanitario y algunos extras.
PRIMER VIAJE
Día 1
Abril de 2004, iniciamos el viaje: de Purchil a Málaga, de Málaga a París y de París a Bamako, la capital de Malí. En este último trayecto ocurrió algo un tanto inusual. A mitad de vuelo un compañero, harto de las horas de avión y bastante desesperado por no poder fumar, se metió en el W. C. y encendió un cigarrillo, pensando que nadie lo advertiría, para así matar el gusanillo que le tenía intranquilo… Fue un visto y no visto. Las azafatas esperaban a que abriera la puerta para recriminarle dicha actitud y así lo hicieron en cuanto salió, aunque este se limitó a decir: «¿Yooo? ¡Yo no he fumado!», dirigiéndose a su asiento sin más conversación. ¡Tuvo suerte de que quedara ahí la cosa!
La llegada se produjo sobre las 23:00, hora española. Por lo general, no la cambiábamos para adoptar el horario local, que eran dos horas menos. Una vez entramos en la sala del aeropuerto, lo que vimos nos descolocó y algunos comentamos: «¿¡Esto qué es!?». No se parecía a ninguna otra sala de aeropuerto que hubiésemos visto nunca; era una nave rectangular con el techo bastante bajo, no muy grande pero sí muy sucia, en la que apenas cabíamos todos los pasajeros sin equipaje. De hecho, algunos nos quedamos en la zona de aterrizaje, fumando un cigarrillo en la misma puerta de entrada. En el centro había dos pequeñas garitas de aluminio con cristales translúcidos y ondulados, de los que hacen como «aguas», que me recordaban a las ventanas antiguas que había en mi instituto. Ambas tenían dos ventanillas, una de ellas de frente, en el centro, por donde entregar el pasaporte al policía, que te miraba fijamente, con total desconfianza y una tranquilidad pasmosa para comprobarlo hoja por hoja y, si le parecía correcto… pom, pom, te estampaba los sellos oportunos que ponen en los pasos de frontera. La otra ventanilla, en el lateral, era por donde recogías el pasaporte.
Pasado el control, lo cual suponía de una a dos horas, entrabas en la segunda parte de la misma sala. Allí todo era caótico, un bullicio enorme. Las maletas salían por una puerta que comunicaba directamente con otra sala más pequeña. Desde el avión los mozos sacaban los equipajes a mano en fila, uno detrás de otro, y se iban acumulando allí hasta que sus dueños los localizaban y los retiraban. Mientras tanto, nosotros debíamos esperar a que salieran todos los equipajes, menos los nuestros, que iban identificados con un número y el nombre de la expedición para que no se perdiera ninguno y que serían recogidos por los malienses que nos esperaban a la salida, ya que el alcalde de Goumbou se había encargado de avisar a amigos y familiares para llevarnos con sus vehículos particulares hasta el Hotel Djene, lo cual nos alegró mucho dado el cansancio acumulado durante casi veinticuatro horas desde que salimos de nuestras casas.
Cuando tuvimos todo el equipaje y los paquetes reunidos se hicieron las presentaciones con la gente de Malí, aunque nos costó bastante saber lo que decían ellos y a ellos lo que decíamos nosotros, salvo para los que hablaban y entendían francés por nuestra parte y español por la suya, que no era el caso.¡Fue todo un placer conocerlos!
Ya en el Hotel Djene y con todo controlado, apareció una mujer que se presentó como Djeneba Ndiaye y que durante todo el viaje sería nuestra traductora tanto de francés como de la mayoría de lenguas y dialectos que allí se hablan: bámbara, soninké, peúl, árabe (este apenas lo dominaba), etc.
Día 2
A primera hora de la mañana, al salir a la calle, vimos a muchas mujeres pasando delante de la puerta del hotel, que iban al mercado para vender frutas frescas. Llamaban poderosamente la atención sus vestidos de colores vivos con los turbantes en la cabeza donde llevaban los recipientes, lo que a la mayoría de los que estábamos allí por primera vez nos sorprendió gratamente.
Poco a poco empezó a llegar gente al hotel para darse a conocer y ofrecernos su ayuda, dado que ese día tendríamos que realizar actos de protocolo y reconocimiento en edificios oficiales y presentación a diferentes personalidades en Bamako.
Comenzamos con diversas visitas, una de ellas al Hospital Maternal de Bamako, en el que madame Cámara, que nos acompañaba, nos mostró el centro que ella dirigía, algún material propio de la actividad que allí se desarrollaba a diario y la sala de partos… ¡Casi vomitamos! Una cama mugrienta de hierro oxidado, con el colchón y el respaldo de tejido plástico y gomaespuma rotos; los soportes para apoyar las piernas desvencijados y oxidados también; un barreño de chapa muy viejo, ropa de cama usada y desarmada, una percha para sueros a la que apenas le quedaba un solo brazo, una lámpara de luz amarillenta con poca intensidad y, en un rincón, una funda sucia y envejecida tapaba un ecógrafo averiado desde hacía tiempo, según comentó. Al salir al patio del hospital, por las ventanas se asomaban las enfermeras y las matronas, a quienes madame Cámara, orgullosa, me presentó como monsieur l’argent, le banquier (señor del dinero, el banquero).
De allí nos desplazamos hasta el Ministerio de Cultura, donde, al parecer, también habían concertado una visita. Entramos en el exterior del recinto ministerial (que no tenía nada destacable, salvo lo descuidado que estaba) y continuamos hasta el interior de la zona administrativa, por donde entraban los empleados, y de allí a una sala de espera pequeña y sucia con desconchones en las paredes y en el techo y donde había un sofá destartalado y roto. Nos sorprendió tanto que incluso pensamos que nos habían llevado por una zona equivocada…, pero no, era por ahí. No creo que hubiese otro ministerio con una recepción similar. Estábamos en la entrada de atrás, como si la visita fuese de incógnito. Al poco tiempo nos indicaron que debíamos subir a la primera planta, donde nos esperaba y nos recibió el secretario, que nos condujo hasta el despacho del señor ministro. «Bons jours, soyez bienvenus! (buenos días, sean bienvenidos)». Nos invitó a sentarnos y en breve apareció el ministro. Se presentó, nos presentamos y se entabló la conversación (evidentemente, en francés) entre él y Gabriel, nuestro coordinador y traductor, mientras el resto estábamos expectantes de lo que hablaban y esperábamos la traducción. Observé la extrañeza del despacho. Como estaba sentado junto a la pared, tenía toda la visión del mismo. La pared de enfrente estaba llena de retratos y fotos, en blanco y negro la mayoría; a la izquierda, una mesa de trabajo con un sillón y dos sillas; al fondo, a mi derecha, una mesa grande llena de libros y papeles; y en el suelo, una colección de coches hechos de hojalata, al parecer por el propio ministro, que llamó mi atención porque eran modelos de coches antiguos muy conocidos como el Citroën 2CV, el Renault 4, el Peugeot 504, el Renault 8, etc. En esto que Gabriel comenzó la traducción y tuve la impresión de haber visto algo al fondo que se había movido… No vi nada y seguí escuchando hasta que terminó de traducir. Me volví a concentrar en lo que había creído ver. Dos minutos después… Sí, era lo que imaginé. ¡Una rata deambulando entre los papeles del ministro! Después lo comentamos entre nosotros y alguien más también la vio. Fue un poco surrealista la visión del despacho.
Una vez terminada la conversación sobre nuestra visita, fue mostrándonos algunas fotos donde aparecía con personajes famosos del cine francés hasta concluir diciendo que él, aparte de ministro, también era director de cine en Francia, donde había rodado varias películas. Después de la visita y tras haber mostrado mucho interés por nuestro proyecto, nos deseó suerte en el viaje y quedamos invitados a la vuelta de Goumbou a una cena «europea» en su domicilio particular.
A mediodía teníamos una recepción en casa de un general ya retirado, en la que nos reuniríamos con políticos y representantes del Gobierno a fin de recabar información sobre las necesidades del pueblo de Goumbou y, al parecer, también de Bamako.
Atravesamos toda la ciudad para ir al almuerzo. Era una casa grande, de planta baja con jardín, en las afueras de Bamako. Allí de nuevo se produjeron las presentaciones con políticos y gente importante. A cada uno de nosotros, en función de nuestra actividad profesional, se nos asignaba una de las personalidades y nuestra traductora tenía que estar moviéndose de un lado para otro a fin de que pudiésemos entendernos en algo. A mí me presentaron al secretario del ministro de Economía de Malí, según mi traductor, Samou Konté, que también compartía con otros compañeros y que había estudiado parte de su carrera en Barcelona y conocía a Gabriel de su primer viaje.
El suelo del patio estaba todo cubierto de alfombras y cojines, aunque había alguna que otra silla por deferencia hacia nosotros. Al rato de comenzar la reunión aparecieron varias mujeres portando la comida en recipientes, que colocaron en el suelo para cada cuatro o más personas. Allí se come, generalmente, con las manos y se nos advirtió de que sería bueno hacer un esfuerzo para adaptarnos y comer como ellos…, pero no era nada fácil. El primer plato fueron unos aperitivos de frutos secos y aceitunas, entre otros, con los que no tuvimos problema;el segundo, más complicado, arroz con cordero, una exquisitez para ellos y un problema para nosotros que cada uno solventaría a su manera. Yo tuve la suerte de contar con la ayuda de mi compañero de tertulia, al que personalmente se lo agradecí. El secretario del ministro de Economía metió la mano hasta el fondo del recipiente para sacar una pieza de carne limpia de grasa y sin hueso, que me dio para que la comiera sin necesidad de mancharme las manos. «Merci, merci beaucoup!».
Después de la comida seguimos departiendo y conociendo a cada uno de los asistentes con la conciencia y la tranquilidad de haber tenido un buen comienzo. Quedamos emplazados con quienes nos acompañarían en el viaje a las cinco de la mañana, hora local, para cargar equipajes y paquetes en los vehículos cuatro por cuatro que habían puesto a nuestra disposición vecinos de Goumbou residentes en Bamako y comenzar el viaje.
Día 3
Los vehículos iban al completo de gente. Había que cargar casi todo en el techo, salvo una gran cantidad de botellas de agua repartidas en cada coche y algún equipaje en los maleteros. Lo que para nosotros era raro de ver… para ellos lo más normal. El vehículo menos cargado llevaba casi un metro de altura y, entre ellos, una furgoneta cuatro por cuatro cerrada, con unos doce asientos también completos. En su techo, más de un metro de altura de carga, que parecía que iba a volcar en la primera curva.
Partimos todos en dirección a Goumbou y conforme avanzábamos, aún por la ciudad, cada vehículo se iba separando del resto para repostar. Una, otra, otra más… Varias gasolineras; no entendíamos nada. «¿Se habrá agotado el carburante? Pero en todas es muy raro», pensé. En la siguiente parada le pregunté al chófer por qué tantas gasolineras. «Los vecinos de Goumbou residentes en Bamako han hecho aportaciones en vales de carburante y debemos llenar los depósitos en esas estaciones», fue su respuesta. Ahora sí lo habíamos entendido.
Los conductores calcularon el tiempo que tardarían en repostar y quedaron a las afueras de la capital una hora más tarde para continuar el viaje todos juntos. En cada vehículo viajaban como acompañantes uno o más nativos de Goumbou, pero residentes en Bamako, entre ellos el dueño, que ponía su vehículo con chófer incluido. Aprovechaban el viaje para ver a sus familias y amigos, dejando después el coche en manos del conductor y para nuestro servicio. En Bamako, tener un chófer privado durante las veinticuatro horas al servicio del dueño cuesta unos cincuenta euros al mes.
Por fin estábamos todos reunidos. Comenzó la ruta por una carretera estrecha y bacheada. Algunos vehículos eran bastantes viejos, pero seguían el ritmo todos juntos. A medida que avanzábamos y a las afueras de la capital, cada pocos kilómetros había unas barreras (dos depósitos de chapa grandes y vacíos a cada lado de la carretera y un palo largo de punta a punta), cuyos guardias portaban armas de fuego. Unas veces nos paraban en ellas y otras estaban abiertas. Cuando nos paraban, el chófer del primer coche enseñaba un salvoconducto y seguíamos la ruta. Tras cuatro horas de camino llegamos a la mitad del trayecto, Djidièni, primera parada y fin del asfalto. Estiramos las piernas un rato, nos tomamos unas Fantas o Coca-Colas (incluso había Mirindas) para refrescar el gaznate y nos acercamos al mercado, donde los niños y las mujeres que vendían algo se movían de un lado para otro, buscándonos insistentemente con tal de conseguir que comprásemos de su mercancía. En esto que vi una pequeña tienda con mucha variedad de artículos; entre ellos me sorprendió ver Tutú y Omo, dos productos de lavar la ropa que no veía desde que era un niño.
Comenzó la pista de tierra con baches, zanjas profundas y mucha toulé ondulé y fech fech (pista con ondulaciones transversales y mucho polvo fino como el talco). El ritmo para los primeros 190 kilómetros se nos había hecho lento; ahora la velocidad se reduciría aún más. Solo quedaba esperar y tener paciencia. Faltaban otros 190 kilómetros.
Mientras nos íbamos acercando, cada uno de nosotros tenía el mismo pensamiento: «¿Cómo será Goumbou?». Cada cual sacaba sus conclusiones conforme a los pueblos que veíamos durante el trayecto. Y todo eso con muchas ganas por llegar.
Después de seis o siete horas los coches se detuvieron por segunda vez. Estábamos en Kaloumba, a solo diecinueve kilómetros de Goumbou. Allí nos recibió el jefe de la primera aldea del municipio, un hombre viejo, alto y enjuto, curtido en mil batallas y en la propia vida. Iba vestido con túnica azul celeste y un turbante a juego echado por la cabeza, a modo de pañuelo, y estaba recostado sobre un jergón en la entrada, a la izquierda de su vivienda. Nos dio la bienvenida a su pueblo, quedando para que a la vuelta visitásemos el lugar debido a lo justos que íbamos de tiempo.
El pueblo de Goumbou está atravesado por la carretera nacional RN4, por la que habíamos llegado hasta allí desde Bamako y que continúa hasta el norte del país sin asfalto. Es la capitalidad del municipio donde se ubica la mairìe (ayuntamiento) y el número de habitantes del municipio está entre 20.000 y 23.000, repartidos en siete pueblos y doce aldeas, siendo muy difícil de determinar el número exacto porque cuando los niños nacen no siempre son registrados por sus padres o los registran tarde, ya que deben hacer un desembolso económico y desplazarse hasta la ciudad de Nara, a veintinueve kilómetros, y no es nada fácil para muchas familias por falta de medios económicos y de transporte.
Los pueblos del municipio son Goumbou, Dembassala, Sabougou, Kaloumba, Koly, Dougouni y Toulel; y las aldeas, Nima Belebougou, Nima Kore, Bouloukou, Norbeli, Tassilima, Bolibana, Tchelimpara, Heligoupou, Takoutala, Madina, Diagaba y Soutourabougou.
Continuamos la ruta y a poco más de diez kilómetros ya empezamos a ver personas a caballo y en algún que otro ciclomotor que nos saludaban y corrían detrás de nuestros coches. ¡Ahora sí estábamos cerca! ¡Ya estábamos allí! En breve y sobre una pequeña loma divisamos a lo lejos una multitud de gente a un lado y a otro de la carretera. Cada vez más cerca se oía el ruido de tambores, disparos al cielo con escopetas de caza y artilugios musicales. Había niños correteando de un lado para otro y algunos hombres con varas controlándolos para que no se metieran debajo de los coches, banderitas con los colores de Malí, Andalucía y España colgadas a modo de feria y ¡gente, mucha gente, más gente!
Conforme cada vehículo iba parando, la gente se echaba encima de los tubabus (hombres blancos) para saludar y darnos la bienvenida: «Bissimila, bissimila, bissimila».Tal multitud impedía ver dónde estaban los demás y algunos miembros de la expedición se sintieron inseguros ante tan magna recepción, llegando a temerse lo peor. Elena perdió de vista a su marido durante un instante. Yo acababa de bajar del coche y se me agarró del brazo, diciendo: «Escucha lo que grita la gente en francés:“ ¡El dinero! ¿Dónde está el dinero?”». «No tengas miedo; aquí somos bien recibidos, solo que es su manera de agradecernos la visita», le contesté para tranquilizarla. Tampoco estaba seguro de si era eso lo que decían.
Al fin nos vimos reunidos y sentados bajo una gran «casa palabra» (lugar donde se reúnen los hombres para hablar a la sombra, construido con troncos de madera y hojas de palmera), ampliada a modo de jaima para darnos cobijo a los viajeros, los alcaldes, representantes del Gobierno, jefes de las aldeas, de los barrios, de los diversos comités, maestros, policías, el prefecto de Nara (jefe de policía en la región), etc.
Allí, sentados frente a cientos de personas de Goumbou, sus aldeas y poblados, el polvo y el color dominaban el ambiente. Las mujeres, elegantemente vestidas con sus mejores trajes y alhajas; los hombres, con túnicas y turbantes de distintos colores, con predominio del azul en todas sus variantes; los niños, sentados en el suelo. Algunos, controlados por los maestros, portaban pancartas de bienvenida con los colores de España y Andalucía y otros, siguiendo su ejemplo, gritaban y cantaban dándonos la bienvenida. Todo era alegría para ellos, ¡una fiesta! No podía dejar de mirar sus caras de humildad y de pobreza ni tampoco, como mis compañeros, controlar las lágrimas que caían por nuestras mejillas de la emoción y de ver su realidad. En ese momento creí que éramos protagonistas de un documental de La 2 y de pronto… ¡un pitido ensordecedor! Habían encendido el megáfono para comenzar el acto oficial.
El alcalde, monsieur Sádia Kouma, inició el acto en francés, presentándonos ante su pueblo y explicando el motivo de nuestra visita. A continuación la misma presentación la fueron repitiendo sucesivamente cada uno de los representantes de las distintas etnias con distintas lenguas: en bámbara (el otro idioma oficial), en soninké, en peúl, en árabe, etc. Nuestros traductores, Djeneba Ndiaye y Samou Konté, nos iban resumiendo sus intervenciones para tener conocimiento de todo cuanto decían y de las alabanzas que nos dedicaban. Una vez finalizada su exposición, participaron por nuestra parte Gabriel, como portavoz del grupo y traductor;y Yolanda, como representante de nuestro ayuntamiento, lo cual nuevamente fueron traduciendo para todos los asistentes.
El acto terminó porque se acercaba la noche y no había luz. Además, debíamos instalarnos en un campamento a las afueras. Era un terreno cercado, de unos mil metros cuadrados, con una construcción circular abierta a modo de estancia de día y otra rectangular cerrada con cuatro habitaciones y unas letrinas en el exterior. Tampoco había agua corriente, pero nos la suministraban de los pozos en depósitos que cada día nos rellenarían con cubas transportadas en un carro tirado por un borriquillo. Junto a los depósitos habían colocado varios cubos y jarrillos de plástico multicolores, que compartiríamos con ellos para ducharnos en las letrinas o a espaldas del edificio.
Una vez instalados, nos dimos cuenta de que todo el recinto seguía lleno de gente con poca intención de marcharse. Los guardias nos avisaron de que unas mujeres nos habían preparado la cena y, un poco asombrados, nos acercamos a recibirlas para darles las gracias por el gesto amable que habían tenido. «A ver qué es…». Descubrimos los recipientes, tapados para evitar que les cayese polvo: era arroz con cordero y pastel de baobab (que llamamos nosotros), por el color de su salsa verde oscura y su forma de rosco grande. Algunos nos atrevimos a probar el arroz y el cordero por separado… No estaba mal, pero el pastel de baobab se nos atragantó y preferimos que se lo comiesen los guardias junto con casi todo el arroz y el cordero que no habíamos podido comer. No se lo pensaron dos veces.
Ya era hora de descansar; el día había sido largo y difícil.
Debimos instalar mosquiteras a fin de evitar las picaduras nocturnas de los mosquitos, utilizando unas sillas metálicas con asientos de cuerdas de plástico que nos prepararon para el descanso diario. Después de un buen rato con los preparativos… al fin lo conseguimos. ¡Buenas noches!
Día 4
Muy temprano se oyó cantar a los gallos, los burros rebuznaron y el imán de la mezquita comenzó sus rezos. Debíamos levantarnos; el día amanecía y había mucho por hacer.
Tomamos un desayuno rápido y organizamos un briefing (reunión informativa) para preparar la actividad de cada uno. Los médicos, Miguel y Carlos, tenían muy claro a lo que habían venido. ¡Se iban al CSCOM! (el centro sanitario). Nos dijeron que las colas de pacientes eran interminables y estaban desde la noche anterior. Cargaron las cajas de medicamentos y material sanitario en los coches y se desplazaron hasta el lugar. Había decenas de mujeres con bebés y niños, embarazadas, heridos, personas mayores, otros con malaria y enfermedades casi desconocidas para ellos. Acompañados por Samou, el traductor, les esperaban allí los enfermeros y las matronas del lugar. También había un médico y dos o tres mujeres enfermeras residentes en Bamako con descendencia de Goumbou, todos ellos dispuestos a ayudar en todo lo necesario, poniéndose a su disposición.
Alexis, el agrónomo, se marchó acompañado de un colega de profesión que ejercía su trabajo en el Ministerio de Agricultura y Pesca en Bamako, varios agricultores y el presidente de la comunidad de regantes (algo que no entendía; si allí no había canalizaciones ni acequias y el único riego que se producía era cuando llovía, ¿entonces para qué una comunidad de regantes?), a distintos campos para conocer de primera mano las necesidades y las posibles soluciones que se podían encontrar.
El resto de los miembros del grupo salimos con Djeneba, la traductora, acompañados del alcalde, representantes municipales, maestros y una amplia comitiva, al objeto de visitar el ayuntamiento, la mezquita, los pozos, los molinos, el «mar» (lugar donde se acumulaba el agua de lluvia cuando era muy abundante) y las escuelas en las que se impartía educación en francés, dejando para otra ocasión las coránicas según hubiera tiempo o no, nos dijeron.
Dado el número de personas que nos acompañaban, partimos en coches y en la furgoneta hacia el ayuntamiento, un edificio viejo con tres habitaciones: el despacho del alcalde, la de entrada (donde había poco mobiliario, entre el que destacaba un interruptor medio roto conectado a un cable y un pequeño tubo fluorescente, lo que me sorprendió porque no había luz) y otra más pequeña, a la izquierda, llena de trastos viejos. En el patio de atrás vimos una antena parabólica. ¡No dejaban de sorprendernos! Pregunté que si no había luz para qué servían la antena y el fluorescente… Tenían un televisor tapado, casi escondido, que cuando había fútbol conectaban a un generador; lo mismo que, si era necesario, harían con el fluorescente.
Desde allí nos encaminamos hacia la mezquita vieja, llamada así por tener más de quinientos años y estar construida con adobe y maderas; una vez en el lugar, el alcalde habló con el imán para conseguir que pudiéramos ver su interior… No se admitían visitas por la mañana y se dejó para la tarde. Ya de vuelta, encontramos un pequeño cementerio junto a la casa donde, según comentó el alcalde, residía un descendiente de los fundadores del Imperio de Malí, que al ver nuestra comitiva salió a la puerta, donde se saludaron. El regidor le dio una pequeña explicación del motivo de nuestra visita y presentó a todo el grupo, uno por uno. De inmediato salió de la casa otro hombre que no dijo ni hizo nada, solo se quedó de pie, quieto… «Es su esclavo», dijo Djeneba, algo que pensábamos que no existía en estos tiempos.
Nos dirigimos hacia el «mar», dada la curiosidad que había despertado en nosotros teniendo constancia de lo poco que llovía y de que tampoco había nacimientos de agua. El lugar es un antiguo cauce de río que se ensancha y hace presa. Tiene unos dos o tres kilómetros de largo y recoge las aguas de lluvia en los años que esta abunda. Decían que hacía tiempo que no se llenaba porque llovía menos…, pero los viejos del lugar aseguraban haberlo visto rebosando, con más de tres metros de altura del agua, y afirmaban que en él se pescaba gran cantidad de peces.
Fuimos hasta un molino de mijo que estaba cerca para ver su funcionamiento y nos pareció una buena máquina, que aliviaba el trabajo de aquellas mujeres que podían pagarlo… Las que no podían afrontar ese gasto debían golpear con un palo de punta roma en un mortero de madera de gran tamaño que contenía el grano hasta que este quedase hecho harina.
Volvimos andando hacia el ayuntamiento, donde se habían quedado los coches. La gente saludaba cordialmente, agradecida, y nos daba la bienvenida allá por donde íbamos. Debíamos marchar al campamento; se acercaba la hora de almorzar.
Mientras el resto de compañeros iba llegando al campamento, algunos entablamos conversación con Djeneba, pues su traducción era poco comprensible y teníamos curiosidad por saber dónde y desde cuándo había aprendido español y a qué se dedicaba. «Soy profesora de inglés en un colegio privado en Bamako. Hace algún tiempo encontré un pequeño diccionario de bolsillo francés-español (nos lo mostró, sacándolo de su bolso) y en mis ratos libres practico empezando desde el principio, por la letra A». Nos sorprendieron las ganas de aprender de esa mujer con tan pocos medios.
Todos estábamos ya en el campamento y la comida la habían traído las mismas mujeres (una de ellas, Kudie, llevaba en su espalda un bebé, al que cariñosamente llamamos Ronaldinho), pero faltaban los médicos y el traductor. Enviamos un coche para avisarles y al poco volvió sin ellos. Gabriel se acercó a preguntar y le dijeron que no iban a venir porque había cientos de personas esperando a ser atendidas. Se les preparó comida y el coche la llevó para todos los que allí seguían trabajando.
De nuevo la comida no nos entraba por los ojos. Hicimos lo justo para aparentar que comíamos y que no pareciese un desprecio. El calor se hacía bastante insoportable y el cansancio podía más que nuestra buena fe. Algunos acabamos dormidos sobre las sillas con cuerdas de plástico.
«Vamos, debemos continuar». Nos acercamos a ver cómo iban los doctores y ya aprovechamos para ver el CSCOM. Cientos de personas esperaban para recibir atención médica, en su mayoría mujeres con bebés y niños pequeños amontonados en el suelo, a pleno sol. Los hombres, por lo general, estaban a la sombra
Era un edificio con tres o cuatro habitaciones. Tenía el tejado de chapa de zinc y, aparte, unas letrinas sin techo ni puerta. Una vez dentro, daba un poco de miedo que se desplomara por las grietas que tenían sus paredes. Apenas había mobiliario y sí muchas moscas. Con maderas y cajas de cartón de los medicamentos habilitaron unas camillas donde tumbar a los enfermos. No había luz ni agua corriente y de un bidón sacaban cubos cuando era necesario.
Salimos de allí hacia la mezquita vieja, donde nos esperaba el imán. Comprobamos su arquitectura de gruesos muros de barro, con pasillos estrechos que se comunicaban y entrelazaban a modo de laberinto. Decidió el alcalde dejar para el día siguiente las escuelas y cruzamos el mar seco para ir a ver algunos pozos en desuso o averiados por falta de mantenimiento o piezas mecánicas. Nos llevó hasta unas instalaciones ubicadas a tres o cuatro kilómetros. Sorprendía desde la distancia que allí pudiera haber un pozo, pero, efectivamente, lo había. Tenía unos setenta metros de profundidad y estuvo automatizado en su día con bomba, tuberías e instalación eléctrica a base de placas solares, que elevaban el agua hasta un depósito cisterna con acumulador de agua y varios grifos alrededor. Nos explicaron y tomamos nota de las condiciones en que se encontraba. Solicitamos al alcalde que si era posible pedir presupuesto para reparar lo hiciera y nos lo enviase por correo para estudiarlo y buscar financiación suficiente para ponerlo de nuevo en marcha.
Volvimos por otro camino y encontramos un nuevo pozo, pero este era de bomba manual y de menor profundidad. En su día abastecía a los vecinos del barrio de este lado del mar, pero llevaba varios años averiado. También pedimos al alcalde presupuesto de reparación… y nos dijo que había un vecino que reparaba estas bombas, por lo que le pedimos que nos lo presentase antes de volver a España.
Ya se había hecho tarde y estaba oscureciendo. Nos pasamos por el CSCOM para ver cómo seguían nuestros compañeros los médicos y si se podían venir. Los encontramos con las linternas frontales encendidas, atendiendo pacientes, y cada vez había más gente en la calle a pesar de la oscuridad que, poco a poco, iba ennegreciendo el lugar. Conseguimos que volvieran con nosotros tras anunciar a la gente que no podían seguir por falta de luz. «Mañana volverán a primera hora», les dijo el alcalde.
Camino del campamento le pregunté al regidor si esa gente se irá a sus casas y contestó que algunos, pero que los que tuvieran más necesidad se quedarían para no perder la vez y ser de los primeros al día siguiente.
De nuevo nos volvimos a ver todos los integrantes del grupo, cansados pero contentos. La experiencia había sido brutal. Algunos ya preparaban su cubo y su jarrillo para darse una ducha aunque fuese en las letrinas, cuyo olor era muy desagradable, y en compañía de cucarachas, grillos, arañas, moscas, mosquitos, etc., que verían en cuanto encendieran la linterna.
A lo lejos se oía un murmullo que iba aumentando a cada momento y de pronto se abrió el portón del recinto. Cientos de personas escoltaban a un grupo de cazadores armados con arcos, flechas, palos y escopetas, que nos daban la bienvenida disparando al cielo y golpeando con fuerza los tambores con el griots (persona que relata los hechos que acontecen en el lugar para mantener viva la historia de su pueblo, ya que apenas hay gente que sepa leer y escribir) a la cabeza y las mujeres que los acompañan emitiendo con la lengua sonidos de agradecimiento hacia nosotros.
¡Qué noche tan mágica! No debería terminar nunca.
De pronto una tormenta de arena se nos vino encima; nadie se dio cuenta. El viento lo removía todo. La gente intentaba guarecerse junto a las paredes de los edificios, se amontonaban para evitar ser arrastrados. Un grupo de mujeres me llamaba con insistencia, haciéndome señas, y me acerqué. Entre todas me cobijaron, colocándome en el centro y tapándome con sus turbantes, que desprendieron de sus cabezas para cubrirse también hasta que pasase el vendaval.
El viento y la arena se alejaron y agradecí mucho su atención, dándoles la mano y sonriendo. Alguna me dio la explicación de lo sucedido, que solo entendí por las señas que hizo, y se lo volví agradecer.
Una vez calmada la tempestad, el alcalde nos comunicó que los cazadores habían venido para darnos las gracias por nuestro viaje tan duro y el esfuerzo para ayudarles y que querían hacernos un regalo. ¡No vimos cómo llegó!, pero nos descubrieron un ejemplar de tortuga del Sahel que superaba de largo el metro cuando sacaba la cabeza. Era bastante impresionante. Allí se quedó durante la noche, custodiada por los guardianes del recinto, que la ataron con cuerdas al gancho de un coche.
Poco a poco se fue despejando el lugar y nos fuimos reagrupando, pues debíamos cenar. Las mujeres habían vuelto a traer la comida, pero casi nadie tuvo ganas o se optó por tomar barritas. De nuevo la cena para los guardias…
Uno tras otro fuimos pasando por las letrinas. Unos lo soportaban mejor y otros peor. Alguien dijo: «¡Respirad por la boca y así no huele!». Al fin y al cabo, teníamos que ducharnos.
Terminamos de cenar y de la ducha. Ahora tocaba el briefing; todos queríamos hablar de lo vivido hasta el momento.
Empezaron los médicos a contar lo duro que había sido ver a tanta gente tendida en el suelo y al sol esperando a ser atendida, la falta de medios de que disponían, el calor y el sudor que les habían acompañado permanentemente o las distintas enfermedades que habían ido viendo, algunas de las cuales ni conocían y cuyo remedio se pudo encontrar gracias a la ayuda del médico de Bamako y el enfermero local, que habían sido determinantes para ello.
Después siguió Alexis, que explicó cómo se había desarrollado el día en el tema agrícola, siendo la falta de semillas y agua lo más importante que había que tener en cuenta: «Hemos visto los huertos que tienen las mujeres cerca del “mar”, formando círculos de un metro aproximadamente. Cada una tiene ocho o diez, dentro de los cuales cultivan pimiento, tomate, cebolla, ajo y otras hortalizas, aunque todo de un tamaño muy pequeño debido a la falta de agua, ya que riegan sacándola con cubos de unos pequeños pozos artesanos, con poca profundidad, y estos se van agotando muy rápidamente».
Así, sucesivamente, cada uno fuimos exponiendo nuestras experiencias hasta que Gabriel intervino a fin de organizarnos para el siguiente día, exponiendo los quehaceres previstos para cada grupo.
Teníamos que montar las mosquiteras y había cierto recelo por si volvía la tormenta. Además, los guardianes auguraban que llovería… aunque hacía mucho tiempo no pasaba. Llevaban razón; a medianoche la tormenta descargó con fuerza y tuvimos que hacer algunos cambios en el recinto donde dormíamos para evitar mojarnos.
Día 5
Pronto cantaron los gallos, los burros, el imán… ¡Todos arriba!
Algunos nos acercamos a ver la tortuga, que seguía sujeta al coche, y… ¡Sorpresa! ¡Había movido el coche casi un metro! Debía de tener una fuerza excepcional.
Desayuno rápido y partimos cada uno a su menester. «¡Hasta luego, que tengáis buen día!».
Seguía el CSCOM lleno de gente a rebosar. Parecía que se había corrido la voz y habían venido desde otras aldeas en carros o andando, algunos desde lugares situados a decenas de kilómetros de Goumbou. Aquello no tenía fin… Sería otro día largo y difícil para nuestros compañeros sanitarios.
Los agrónomos siguieron su ruta prevista y nuestro grupo marchó hacia las escuelas locales. La primera escuela que vimos era solo de niños pequeños y había sido construida con adobe, palos y hojas de palmera para el techo, con una abertura en cada lateral y una superficie estimada de unos veinte o veinticinco metros cuadrados. En ella había cinco o seis bancos viejos de madera y una pizarra pequeña en la pared. El maestro nos dio la bienvenida, instando a los alumnos a que hiciesen lo mismo, poniéndose de pie. En ese momento Toni se vino abajo y empezó a llorar. Tenía una hija pequeña y costó consolarlo; incluso nos contagió y no pudimos contener las lágrimas. Se hacía duro ver las caras de los niños, extrañados y con una sonrisa triste a la vez que contentos. Instintivamente hacíamos la comparación con nuestros hijos: no tenían ningún material escolar, salvo unas pequeñas pizarras de mano y pizarrines para escribir, que a algunos nos volvieron a recordar la niñez. Nos despedimos del maestro, que agradeció nuestro interés y nos pidió material escolar para los niños y para que él pudiera impartir las clases con una mayor atención por los pequeños.
Nos dijeron que había dos o tres escuelas con las mismas características, por lo que nos dirigimos hasta la más grande del pueblo. Tenía dos aulas a un lado y tres a otro, hechas con ladrillo y cemento, aunque bastante deterioradas. El techo estaba lleno de agujeros y sufría alguna que otra falta de chapas. Había una habitación independiente, hecha de troncos de madera y caña alrededor y en el tejado, que utilizaban los maestros como estancia privada. También contaba el recinto con unas letrinas. En el patio pudimos ver un mástil con la bandera de Malí desgastada y una gran explanada donde los alumnos jugaban al fútbol descalzos con un balón de trapo en la hora del recreo. La capacidad total, entre niños y niñas, podía rondar los trescientos o 350, ya que en cada pupitre se amontonaban unos junto a otros. Las aulas de niños estaban separadas de las destinadas a las niñas y solo el mayor de cada familia tenía «derecho» a escolarización, siendo el número de niñas unas diez veces menor.
Después de pasar toda la mañana entre las escuelas y el ayuntamiento volvimos al campamento para reunirnos con los nuestros y almorzar. Había varios niños y niñas pequeños en el recinto, entre ellos Ronaldinho en la espalda de su madre, y las otras mujeres que nos habían traído la comida. Yolanda se fijó en una chiquilla de cinco o seis años, tímida y muy flaca, de nombre Maya. Era huérfana de madre. Esa tarde el alcalde nos sugirió visitar alguno de los pueblos o aldeas… Ya se vería.
Un breve descanso y partimos hacia el oeste para realizar las primeras visitas. Aprovechando que los coches estaban dentro del campamento, Yolanda le cogió cariño a la pequeña Maya y la montó en el vehículo. Estaba extrañada y un poco asustada; no hablaba ni miraba a nadie, solo agachaba la cabeza y dejaba entrever unas diminutas lágrimas, por lo que de inmediato acudió Djeneba para intentar calmarla y que se sintiera más cómoda entre nosotros. Ya no se separaría de ella en todo el viaje…
Tras unos diez kilómetros y más de media hora de camino polvoriento llegamos hasta Dembassala, donde a las puertas de un edificio azul celeste, estropeado y descolorido, al parecer oficial, nos esperaban el jefe del pueblo y representantes del mismo, que nos recibieron cordialmente y nos invitaron a unos refrescos en el interior. Había un sofá viejo y hundido, donde al sentarte te caías encima del que tenías al lado; y un ventilador que a medida que iba dando vueltas también se mecía con bastante intensidad y daba miedo que nos pudiera caer en la cabeza. Allí debíamos permanecer sentados, atendiendo a las breves explicaciones sobre las necesidades más urgentes y las dificultades que tenían para cultivar por la escasez de lluvia. Insistieron mucho en decirnos que ellos estuvieron presentes en la recepción a nuestra llegada y que estaban muy agradecidos.
Nos sorprendió la poca gente que había en las calles de ese lugar. Las mujeres, niñas y niños pequeños aparecían escondidos detrás de los cercados de caña que tenían algunas casas, como si se hubiesen concentrado para vernos llegar. Bajamos de los coches para saludar y al acercarnos los pequeños corrían asustados. El alcalde nos dijo que muchos de ellos nunca han visto al hombre blanco y podrían sentir miedo. Como de tiempo estábamos muy cortos, quedamos en volver al año siguiente con más tiempo para dedicarlo a planificar todas las necesidades de cada pueblo.
Seguimos unos kilómetros más adelante, hasta una pequeña aldea. Al bajar observamos que en el techo de un coche iba una cabra viva atada, que nos habían regalado por la visita.«Nunca el hombre blanco les había visitado y mucho menos había escuchado sus demandas», nos comentó el alcalde, a quien le sugerimos devolverles la cabra por estar mucho más necesitados. El regidor nos lo dejó claro: «¡Lo considerarían un desprecio!». Aceptamos su explicación.
A pocos kilómetros estaba la aldea de Norbeli, el jefe, y una comitiva nos esperaba en la «casa palabra», donde nos invitaron a pasar, para lo cual debíamos agacharnos, incluso hincar las rodillas, debido a la poca altura del techo. Nos sentamos en las alfombras dispuestas para nosotros en el suelo y nos ofrecieron un cuenco con agua, que aceptamos e hicimos como que bebíamos para no despreciarla. El jefe comenzó su relato de necesidades y añadió las dificultades de las familias cuyos hijos iban a la escuela. Por lo general, eran pocos e iban a Dembassala, a unos dos kilómetros andando; pero otros debían ir a Goumbou y quedarse en casa de algún familiar o amigo cada semana y tenían que trabajar, sin poder ayudar en la suya. Además, debían pagar los gastos de manutención, por lo que se le hacía muy costoso a la familia. Todo el trayecto lo hacían andando y tardaban más de dos horas.
El jefe le dijo algo a su ayudante, que se levantó y al rato volvió con varias bolsas de frutos secos, con los que nos agasajó por nuestra visita. Prometimos volver al año siguiente con más tiempo y estudiar sus necesidades, lo cual nuevamente nos agradecieron.
Aprovechando la poca distancia con otros poblados, nos acercamos hasta el pueblo de Sabougou y la aldea de Tacoutala, ambos de similares características a los anteriores, con las mismas necesidades y problemas para subsistir. En ellos también nos esperaban cada jefe y su comitiva para saludarnos y agradecer el duro viaje que habíamos debido soportar para visitar su pueblo o aldea con el fin de escucharlos y tener en cuenta sus necesidades, lo que agradecían con una humildad sobrecogedora. Nos costaba ser conscientes de lo que para ellos suponía esta atención que les prestábamos. ¡De nuevo otra cabra, aún más grande, y unas gallinas!
Volvimos para Goumbou antes de que se hiciera de noche a fin de evitar posibles problemas en los vehículos debido al pésimo estado del camino. Al poco de echar a andar alguien comentó que nos íbamos a encontrar con una tormenta de arena, lo que en breve comprobamos dada la fuerza del viento, que arrastraba la arena contra los coches. Tuvimos que parar hasta que la tormenta se alejase porque no se veía el camino e incluso podría dañar los cristales de algún coche y nos crearía problemas para la vuelta. Así que cada chófer colocó su vehículo en posición favorable al viento y nos pusimos a esperar a que pasase cuanto antes.
Unos treinta minutos y la tormenta ya había pasado. Seguimos la ruta y de nuevo, cuando estábamos llegando, decidimos acercarnos al CSCOM para comprobar si había disminuido el número de gente o si habían terminado… ¡No era posible! Cada vez había más gente; decían que algunos habían venido desde Nara, en carros o andando, y que esperarían todo el tiempo necesario para que les atendieran los médicos blancos. Como ya estaba anocheciendo, les convencimos para que se volvieran al campamento. Mañana sería otro día. Al llegar, los guardias nos abrieron la puerta y conforme entramos nos señalaron con la mano. Detrás de las letrinas había otra cabra. Ya nos enteraríamos por qué.
Llegó la noche y todo fue rutinario:la cena, la ducha, el briefing… ¡Buenas noches!
Día 6
Amaneció y todos listos para partir. Algunos en el briefing de la noche anterior se quedaron dormidos por el cansancio y no se enteraron de que se iba a celebrar el acto simbólico de hermanamiento entre los pueblos de Goumbou y Vegas del Genil con la plantación de un olivo en el recinto del campamento. A primera hora fueron llegando el alcalde, los diferentes jefes de los barrios, los representantes de los distintos comités por los que allí se administran, el prefecto de Nara y la policía, etc., a quienes recibimos haciendo de anfitriones en «nuestro» recinto. Llegado el momento, se leyó un manifiesto en francés y español que posteriormente se traduciría a otras lenguas y se firmaría por ambas partes. Mientras, uno de los guardias ya había preparado el agujero donde plantarlo. Entre el alcalde y Yolanda colocaron el olivo y el guarda lo terminó de plantar y regar. Así concluyó el acto. Debíamos continuar con nuestra visita a otros pueblos y aldeas, cuyas características no diferían prácticamente en nada de las anteriores.
Esa sería la última tarde en Goumbou y había que celebrar el hermanamiento y nuestra visita de algún modo. Habíamos previsto jugar un partido de fútbol en el campo del colegio entre Malí y España (Goumbou contra Vegas del Genil). Había mucha expectación entre los jóvenes y niños en general y empezó a llegar gente para acompañarnos en el trayecto. Mientras nos vestíamos con la indumentaria futbolística que algunos habíamos previsto traer desde España, se montó un gran murmullo a las puertas del campamento que llamó poderosamente la atención de los que aún estábamos dentro terminando de cambiarnos. En esto que salimos y nos encontramos con el grupo de cazadores y mucha gente, incluidos nuestros compañeros, alrededor de uno de ellos y, mira por dónde, ¡una hiena viva, grande, babeante! Y era de verdad… Estaba sujeta por un cazador con una cadena al cuello, que este agarraba con una mano, mientras que en la otra llevaba una porra de madera enorme, con la que suponemos que la mantenía quieta, aunque no mansa. Daba miedo pensar que pudiera escapársele, aunque no fue el caso.
Los que íbamos a jugar el partido nos desplazamos en coches hasta el campo de fútbol, dejando la furgoneta para aquellos que llegarían después de despedir a los cazadores, dados los gestos de amistad mostrados durante todo el tiempo. Aunque, a decir verdad, algún que otro cazador se vino con nosotros porque o bien le gustaba el fútbol o era el entrenador o quería ser el árbitro de tan magno encuentro.
El campo tenía una pronunciada inclinación hacia abajo y para el partido habían colocado unas porterías de caña con su larguero incluido (no estaba nivelado, pero serviría). Como quiera que el campo no estaba vallado, el ganado campaba a sus anchas y hacía sus necesidades donde y cuando quería, lo cual no era excusa para jugar. Solo que debíamos sortear algunos «obstáculos».
Los espectadores (casi todo el pueblo, incluidos hombres, mujeres, niñas y niños de otras aldeas, que acudieron como algo excepcional) llenaban completamente el campo y a su alrededor se limitaba el terreno de juego, cuyas líneas trazadas con yeso o similar solo se veían cuando el balón se acercaba y la gente retrocedía. Los organizadores tuvieron a bien no poner gente detrás de las porterías para que estas se distinguieran entre tanto espectador y así poderlas ver a la hora de chutar a gol.
Al equipo local le entregamos unas camisetas del Barça y nosotros, los foráneos, acompañados de jugadores locales para completar el equipo, utilizamos unas de color naranja. Dentro de su indumentaria no se incluían las botas; algunos llevaban sandalias blancas de plástico, pero la mayoría jugaban descalzos, aunque observé que el defensa izquierdo del equipo local sí llevaba botas. El árbitro, entrenador del equipo local, sorteó el campo y comenzó el partido. Al poco, una jugada por la banda izquierda hizo que me fijase en el jugador que llevaba botas porque cuando corría se le subían por encima de los tobillos. ¡No tenían suela! Solo las llevaba por el orgullo de aparentar. Prometimos traerles botas en el próximo viaje.
El resultado fue de 2-1 a favor de España, gracias a un penalti en los últimos minutos que solo vio el árbitro. El abrazo entre jugadores locales y extranjeros quedó patente cuando les entregamos nuestras camisetas y botas. Nos habían aceptado como «hermanos», aunque, eso sí, ¡la revancha para el próximo viaje estaba servida!
De nuevo al campamento. Era la última noche allí.
Día 7
Por la mañana preparamos el equipaje y nos despedimos de todos cuantos nos rodeaban en el campamento: los guardianes, sin los cuales no habríamos podido dormir tan tranquilos; las mujeres, que se habían ocupado de la comida y la limpieza; los jefes de los barrios y aldeas cercanas, que volvieron de nuevo solo para despedirnos; la policía de la prefectura de Nara y un sinfín de vecinos y enfermos agradecidos a los médicos, que, aparte de dedicarles todo su tiempo de viaje (ellos solo vieron el CSCOM y nada más), también dejaron medicamentos y material suficiente para una buena temporada, que deberían administrar el enfermero, su ayudante y las matronas.
Nosotros adquirimos el firme compromiso de volver al año siguiente con más medios y materiales que permitieran mejorar la situación en Goumbou, sus pueblos y sus aldeas.
¡Adiós, amigos! Adieu, mes amis!
Partimos de vuelta a Bamako. La gente salió a despedirnos. ¡Fue increíble! Se nos quedará grabado para siempre.
En breve debíamos parar en Kaloumba para saludar al jefe y ver el pueblo, cuya visita habíamos dejado para el final. Nos estaban esperando en la carretera. Todos habían salido a la calle, incluso el jefe había dejado su jergón para salir a la puerta a recibirnos y darnos la bienvenida. «¡Bissmila, bissimila, bissimila!».
Salimos en comitiva, seguidos de casi todo el pueblo, hacia las escuelas. Su situación era bastante deprimente, manteniéndose en pie de manera milagrosa, porque sus muros de adobe estaban destrozados. No tenían apenas bancos donde sentarse los alumnos, solo había una pizarra en la pared y tampoco había material escolar con el que poder enseñar, nos explicó el maestro, que también nos acompañó y comentó que se trataba de un pueblo muy bien organizado, con un gran jefe, pero sin apenas recursos. Tomamos nota y quedamos emplazados para el siguiente viaje, en el que ya tendríamos el proyecto más definido, siempre que contásemos con ayuda económica. Nos despedimos: «Adieu, jusqu’à proche année!»
Ya no pararíamos hasta Djidièni. Mientras, habría que sufrir todo el trayecto de baches y polvo como mejor se pudiera. Esta vez me tocó un cuatro por cuatro pick-up cargada hasta los topes, que sustituyó a otro vehículo que se quedó en Nara. No tenía aire acondicionado y el asiento trasero estaba suelto y se movía en función de si aceleraba o frenaba. Además, se me clavaba en el muslo una chapa del respaldo, que debía de estar suelta. En fin, aguantaría como pudiera. En medio del trayecto alguien tuvo el detalle de decir que había que volver a repartir los coches debido al pésimo estado en que viajábamos y el sufrimiento que algunos estábamos soportando, lo cual mejoró un poco mi situación, pero «el daño ya estaba hecho». Llegamos a Djidièni y… «DIEU MERCI!». Un letrero pintado en la pared daba ¡gracias a Dios! por haber llegado al asfalto. Bajamos de los coches para estirar las piernas, entumecidas por la poca movilidad en el interior de los coches, y se nos echaron encima «todos» los niños del pueblo para vendernos algo regateando. Cada cual fue sorteando o llegando a un acuerdo y adquirió recuerdos que quizá no vuelva a ver más. Yo compré una pistola hecha con un fleje acerado que es capaz de disparar un garbanzo a más de veinte metros.
La carretera de asfalto mejoró el viaje y consiguió que pudiéramos dormir un poco, lo cual haría más corto el trayecto hasta Bamako.
Llegada al hotel, ducha, descanso y cena en un restaurante libanés que estaba cerca y alguien nos recomendó. ¡Y tenían cerveza! Todos pedimos Castel, cerveza africana muy buena. De comer había mucha variedad de platos con buena pinta, desde ensaladas (no recomendables) a pizzas y platos de carne o pescado con patatas. Yo me decanté por capitaine pané et frites, algo que con el tiempo se convertiría en nuestra referencia culinaria en Bamako.
Día 8
De nuevo había que madrugar para cumplir la apretada agenda de visitas institucionales, empezando por la cita en el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca que el agrónomo colega de Alexis nos había concertado. Al frente del ministerio estaba una mujer y nos alegró pensar que allí se las tenía en cuenta.
Así estuvimos durante toda la mañana, de ministerio en ministerio, recopilando datos y buscando contactos para el futuro.
Posteriormente, en el hotel se negociaron con el alcalde y otros representantes del pueblo los acuerdos de ayudas para seguir enviando medicamentos al CSCOM, subvenciones para reparar las escuelas de Goumbou y la compra de pupitres metálicos, cuya construcción ya habíamos dejado encargada a un taller de Bamako.
Ya por la tarde preparamos nuestros equipajes y nos desplazamos en los coches hasta la casa del ministro de Cultura, quien nos había invitado a cenar y había preparado una suculenta comida con ensalada fiable, aperitivos, cuscús, cordero y una amplia variedad de platos a modo de bufé libre, pero lo que realmente me llamó la atención fue la cantidad de gente que se autoinvitó a comer… Podríamos estar más de veinte personas, sin que el ministro hiciera la más mínima objeción; todos eran bien recibidos. Pero es que, además, cuando terminaban de comer se tumbaban en el suelo a descansar, como si de una merienda campestre se tratara.
Ya se hacía tarde y debíamos partir hacia el aeropuerto. El ministro nuevamente nos agradeció la visita a su casa y, sobre todo, el interés que nos movía a ayudar al pueblo de Goumbou. Quedamos en vernos el próximo año como si de amigos se tratara, lo cual demuestra la buena acogida que los malienses nos dispensaron. ¡Adiós, señor ministro! Adieu, le monsieur le ministre!
Ya se habían pasado los días y debíamos volver a casa. Nos despedimos los unos de los otros con un abrazo, deseándonos buen viaje y suerte hasta la próxima vez.
¡Adiós, amigos! ¡Au revoir, mes amis!
Ya de vuelta a España y en nuestra tierra, quedamos en reunirnos después de que cada cual analizase la recopilación de datos y apuntes recogidos con el fin de preparar el siguiente viaje. A partir de ahí algunos mantuvimos comunicación constante, casi diaria, hasta que llegó el día en el que exponer las conclusiones del viaje.
Las reuniones eran un tanto informales, dado que aún no estábamos constituidos oficialmente como una ONG, aunque sí en trámite, pero eso no era motivo para dejar de tomarnos muy en serio el compromiso adquirido con el pueblo de Goumbou. La primera se celebró en casa de Yolanda. Además de los viajeros, asistieron otros amigos interesados en el proyecto a fin de conocer nuestra experiencia y tomar contacto con el grupo, dado el interés mostrado por estos en acompañarnos en el próximo viaje y prestar su colaboración dentro de sus posibilidades.
Al no tener un orden del día, el que abrió el turno de palabra fue Gabriel, quien tiene un óptimo conocimiento del francés y fue el que más pudo hablar con los lugareños sin necesidad de intermediarios. Comenzó diciendo que después del viaje había tenido contacto telefónico con el alcalde y otros miembros de la comitiva acompañante y que todos estaban muy contentos y agradecidos por nuestra visita, algo que ya comprobamos in situ. Tenían muy presente el esfuerzo y la voluntad de haber realizado el viaje a pesar de las pésimas condiciones de la carretera; el calor que debimos soportar, con más de cuarenta grados, salvo los días de lluvia; las tormentas de arena y las condiciones de habitabilidad en las que habíamos permanecido durante nuestra estancia, comprometiéndose a mejorarlas para nuestro próximo viaje.
A la traducción que Elena hizo a la llegada a Goumbou («el dinero,¿dónde está el dinero?»), Gabriel nos aclaró que, según el alcalde, la gente estaba harta de que muchas ONG llegasen allí para estudiar alguno de los muchos proyectos que son necesarios para mejorar las condiciones de vida en los pueblos, se presentasen en grandes y nuevos cuatro por cuatro, acompañados por malienses a modo de ayudantes, y se instalasen durante unos pocos días para tomar notas y obtener información para que, al cabo de un tiempo relativamente largo, volviera algún ayudante a entregar al ayuntamiento un dossier con toda la documentación necesaria para llevarlos a cabo; pero esos proyectos nunca se acaben materializando por falta de fondos, ya que, por lo general, el municipio debe hacer una aportación que no tiene. Pudimos comprobar en el ayuntamiento, al hacer la visita, que había muchas carpetas y libros. Probablemente tuvieran algo que ver con esos proyectos.
Los médicos se sentían un tanto «excluidos» del viaje, ya que para ellos solo hubo trabajo y más trabajo, sin poder ver o hacer alguna visita al lugar, a ningún pueblo o aldea. Solo vieron el CSCOM, donde trabajaron de sol a sol, todas las horas de cada día que estuvieron. Su dedicación fue plena con los enfermos, aunque siempre fue voluntaria su actitud. Pero sí que habían aprendido sobre algunas enfermedades que hasta entonces les eran desconocidas. Miguel Guzmán comentaba que, entre otras enfermedades, había gran cantidad de gente con problemas en los ojos debidos a la arena y la poca higiene que allí se practicaba por falta de medios y de costumbre. Carlos Aguado destacó que había visto niños con enfermedades provocadas por bacterias que penetraban a través de la piel cuando estos se bañaban en aguas contaminadas, dolencias que llegaban incluso a provocar la muerte.
Ambos coincidían en la cantidad de embarazadas sin control de ningún tipo, niños enfermos de poliomielitis que se arrastraban por el suelo y otros con el vientre hinchado, con abultamientos como pelotas por hernias umbilicales y desnutrición, además de tuberculosis. También subrayaron la falta de vacunas para prevenir enfermedades. Aunque había un cierto control por el Ministerio de Sanidad, el enfermero contó que allí no llegaban o eran muy escasas, aunque eso también tenía mucho que ver con la falta de inscripciones de nacimientos de niños. El Gobierno tenía un censo que no era real y, por tanto, la dotación de vacunas siempre era escasa. Y la malaria que no discrimina entre niños y mayores. ¡Es triste, pero es así!
Alexis explicó la pésima situación para cultivar debido a la falta de agua, ya que solo podían hacerlo aprovechando la época de más lluvia (según las estadísticas, 0,45 litros al año entre agosto y septiembre —otoño-invierno—), lo que limitaba mucho la elección del cultivo. Lo normal era el mijo de ciclo corto y, por tanto, una producción escasa. Para el próximo viaje intentaría conseguir semillas nuevas de hortalizas para que las mujeres las plantasen en sus huertos, comprobar el resultado final y ver si hubiera otras alternativas al mijo.
Propuso hacer un estudio de la tierra en el próximo viaje y comprobar la viabilidad de la plantación de olivos, así como pedir presupuestos tanto a empresas locales como a extranjeras que trabajaban por la zona para el sondeo de un pozo que abasteciese de agua los huertos.
Comentó que las mujeres de Goumbou, según su interlocutor el agrónomo, habían quedado muy contentas al proporcionarles los cepillos con dientes de acero para restablecer la tradición de tejer la lana, algo que hacía mucho tiempo que dejaron de hacer por el desgaste de estos utensilios y la falta de dinero para reponerlos. Al final se consiguió encontrarlos en el mercado de Bamako y entregárselos posteriormente.
Retomó la palabra Gabriel para explicar una petición que le había hecho el alcalde. Se trataba de instalar una emisora de radio, como tenían otros pueblos de otros municipios, con la que podrían comunicarse entre los pueblos y aldeas sobre los acontecimientos de interés que fuesen ocurriendo, tales como la búsqueda de ganado, incluso de algún vecino o niño extraviado, o el aviso de elecciones municipales, que pronto se habrían de celebrar y a las que el alcalde, monsieur Sádia Kouma, ya había comunicado que no se presentaría, etc.
El tema escolar quedaba pendiente para el próximo viaje debido a la complejidad del proyecto y al elevado coste que suponía la construcción de un colegio de segundo grado para Goumbou, que pudiera albergar un mínimo de quinientos alumnos, y escuelas de primaria en distintos pueblos que facilitasen la asistencia de niños, evitando que tuvieran que hacer desplazamientos de tanta distancia. No obstante, el compromiso de reparación del colegio se estaba llevando a cabo, al igual que la compra de pupitres para el próximo curso.
Respecto a los pozos, comenté la situación en que se encontraban algunos de ellos, sobre todo el que en su día estaba automatizado, del que se podría utilizar parte del material que aún quedaba en el recinto. Me comprometí a intentar conseguir fondos para rehabilitarlo cuando nos enviasen los presupuestos de reparación y, si se podía, reparar alguno con bomba manual de los muchos que tenían averiados.
Otra parte importante respecto a la economía de los pueblos era la opción de conceder microcréditos a las mujeres, de las que era más fácil conseguir su devolución, según recomendación del alcalde.
Se terminó la reunión con los ánimos muy altos por parte de todo el grupo y de los nuevos, que captaron perfectamente la esencia del proyecto y esperaban viajar la próxima vez.
Fueron pasando los días y recibimos información por parte del alcalde, quien nos comunicó el resultado de las elecciones. El cargo recayó en monsieur Aboubacar Keita, persona culta y bien relacionada en las esferas políticas de Bamako.
Mientras tanto, todos íbamos desarrollando acciones individuales o colectivas en pro de la captación de recursos y ayudas de las distintas empresas y particulares que cada uno conocía. Montamos diversas exposiciones de fotografías de nuestro viaje a fin de concienciar a la gente para el apadrinamiento de niños y captar socios para nuestra causa. Acciones con diversos clubes de fútbol nacionales dieron como resultado la obtención de material deportivo, que también aportaron distintas tiendas de deporte con las que algunos teníamos contactos. Al final se consiguió reunir varias indumentarias completas de equipos de fútbol y baloncesto como el Real Madrid, el Barcelona, la Real Sociedad o el Unicaja, así como balones y botas de fútbol y diverso material por parte de las tiendas que colaboraron. En definitiva, todo un éxito.
Nos enviaron varios presupuestos para la reparación de los pozos. Los estudiamos y analizamos todos y aceptamos el que demostraba mayor profesionalidad y mejores condiciones. La puesta en marcha del pozo automatizado ascendía a 14.323.000 francos CFA (21.867 euros) y el de bomba manual, a 5.707.500 francos CFA (8.714 euros). Había que conseguir el dinero suficiente para llevarlos a cabo.
Se contrató un médico nativo de Malí para que, junto con el enfermero y las matronas, pudieran dar la máxima cobertura sanitaria a la población. También estábamos estudiando la posibilidad de enviar medicamentos de forma urgente a través de UPS hasta el aeropuerto de Bamako, donde los recogerían personas de confianza o incluso el nuevo alcalde.
Por otro lado, un cliente de mi oficina que tenía una empresa de informática se enteró por la prensa de nuestra actividad solidaria y se ofreció para mejorarnos la web y darnos más capacidad de cobertura a través de sus servidores, con lo que ganaríamos en velocidad. Además, nos ofrecía asesoramiento y actualización gratuita, lo cual aceptamos muy agradecidos.
¡Todo estaba marchando a pedir de boca!
En febrero de 2005, un mes antes del siguiente viaje, se recibió una carta del alcalde, Aboubacar Keita:
La situación es muy preocupante este año para nuestra comunidad con una terrible plaga de langosta, la llegada de aves rapaces y la precoz caída de lluvias. La población está en una situación de desesperación total. No se podrá recoger cosecha este año después de tantas calamidades. La situación se caracteriza por el éxodo masivo de los hombres (jóvenes y adultos) hacia Bamako y la costa en busca de trabajo y ayuda de parientes que les den cereales para subsistir con la familia.
El Gobierno dará a la población de esta comunidad 7,50 kilogramos de mijo por persona, que les durarán para alimentarse entre quince y veinte días. Según los técnicos locales, la producción de cereal no será suficiente para alimentarlos, disponiendo de reservas para un máximo de tres meses. Calculamos que nuestras necesidades son de 2.000 toneladas para este año, siendo 2005 muy negro para nuestro pueblo.
Solicitamos del alcalde de Vegas del Genil y vuestra organización la posibilidad de ayudar a nuestra comunidad ante la preocupante situación que estamos padeciendo. Debemos darnos prisa para adquirir el cereal al precio actual, dado que la falta de este hará que suba muy considerablemente. Tampoco disponemos de semillas para nuestros campos, al tenerlas que consumir dadas las circunstancias.
Solicitamos ayuda urgentemente.
De inmediato llevamos a cabo una reunión urgente para proponer y buscar soluciones. Al inicio comenté que unos meses atrás escuché en las noticias que a las islas Canarias había llegado una plaga de langosta procedente del Sahel, con bastante repercusión en algunas partes del archipiélago a tenor de la pérdida de cultivos arrasados, lo cual relacionamos de inmediato con la carta del alcalde. Una vez expuesto el problema, por unanimidad se aprobó la compra de 20.000 kilos de arroz al precio de 0,25 euros aproximadamente (el doble del precio en Granada), cuyo importe se transfirió a la cuenta del alcalde, monsieur Aboubacar Keita, pidiéndole celeridad en la compra y que, a ser posible, coincidiera su transporte a Goumbou con el momento en que nosotros ya estuviésemos allí. Esto era muy importante de cara a su distribución, ya que se repartiría a nuestro criterio y así se ampliaría el número de personas beneficiarias y se aliviaría temporalmente el hambre de «nuestro pueblo».
Aprovechando que estábamos reunidos se comunicó a los asistentes la concesión de dos importantes subvenciones. La primera, para reparar el pozo automatizado, se concedió por parte de la Comunidad de Regantes de la Acequia de Tarramonta, por 21.867 euros; y la otra, del Ayuntamiento de Vegas del Genil, ascendía a 8.714 euros y su destino sería arreglar el pozo de bomba manual, ampliando su profundidad. Aunque el dinero no estaría en nuestro poder hasta el siguiente viaje, en agosto, al menos podríamos negociar y confirmar dichas obras con el contratista elegido.
Entre actividades y reuniones, antes del viaje hubo gente que abandonó el proyecto. Cada uno tenía sus motivos y razones, que no cuestionamos, porque mientras estuvieron dentro lo dieron todo y debíamos respetar su decisión. ¡Pero esto seguía!
Se nombró una nueva directiva y se incorporó gente con mucha ilusión y ganas de que llegase el día de la partida.
A la vuelta del primer viaje, Gabriel me comentó que podríamos organizar un torneo de fútbol en el que a lo largo del año compitieran entre los pueblos y aldeas, cuyo nombre podría ser el Tournoi de l’Amitié (Torneo de la Amistad), y que la final coincidiera con nuestro viaje cada año para darle un mayor aliciente entre los jugadores y vecinos en general, dada la mucha aceptación que el fútbol tiene en Malí. Y allí no sería menos.
Dicho y hecho. Busqué en mi empresa, la Caja Rural de Granada, conseguir la subvención que financiase el trofeo y a la primera me lo aceptaron; solo faltaba elegir qué tipo de trofeo sería para que solo con mirarlo incentivase tanto a los jugadores como a los habitantes del pueblo o aldea que consiguiera ganarlo y así crear un vínculo que los identificase de inmediato con la amistad de los pueblos mediante el deporte, en especial el fútbol por su mayor impacto social. Comparé en distintas tiendas de deportes varios modelos y formatos hasta que por fin encontré el que consideré más atractivo. Era una réplica del trofeo de la Copa de Europa, pero más grande. ¡Se volverían locos cuando lo vieran!
Mientras tanto, Antonio Martín, nuevo voluntario, amigo, compañero y aparejador, se involucró en el proyecto y se encargó de diseñar y redactar el boceto para la construcción de un futuro hospital para Goumbou.
Días antes de la partida, Gabriel nos advirtió de que para este viaje todos deberíamos hacer un hueco en la maleta y llevar ropa y zapatos acordes con las recepciones en diversos ministerios y organismos oficiales para cubrir un mínimo del protocolo que se exigía. Los hombres debíamos llevar traje y corbata o chaqueta y pantalón. Aceptamos su propuesta, pero sin mucho convencimiento por considerarlo un poco a broma, dadas las temperaturas que allí se estilan en esa época del año.
La próxima expedición confirmada la compondrían, por parte de la fundación:
–Leticia Sánchez, presidenta (la hija).
–Gabriel Sánchez, secretario general (el padre).
–Pepa Ruiz, tesorera (la madre).
Por parte de la ONG Vegas del Genil en Acción viajarían las siguientes personas:
–Rosa Vera, presidenta (mi esposa).
–Lourdes Fiestas, vicepresidenta (esposa de Antonio Martín).
–Yolanda Ibáñez, diputada provincial y relaciones institucionales.
–Antonio Martín, aparejador.
–Ángel Cobos, enfermero.
–Juan Lahoz, Colegio de Médicos de Málaga.
–María Entrena, médico del mismo colegio y esposa del anterior.
–Y yo, tesorero.
SEGUNDO VIAJE
Día 1
Marzo de 2005. Viajamos con Air France; de nuevo nos permitieron un exceso de equipaje extra mucho mayor por pasajero para llevar todo el material previsto. Además, tuvieron que colocar en la cabina de azafatas unas veinticinco macetas de olivos, que plantaríamos como experimento para comprobar la adaptación al terreno; y el trofeo de fútbol, que por su tamaño y características no convenía que fuera en la bodega del avión.
A la llegada, sobre las 23:00, hora española, nos esperaban el nuevo alcalde, Aboubacar Keita, y numerosas personas conocidas del viaje anterior, incluidos los traductores Samou Konté y Djeneba Ndiaye. El trámite de aduana fue lento, pero parecía que habían hecho obras y se notaba que la recepción era más amplia. Al menos ahora cabíamos todos los pasajeros y la salida de equipajes hasta tenía cinta transportadora, que no paraba de dar vueltas. ¡Cómo había cambiado esto! El alcalde debía de tener buenas relaciones con la policía del aeropuerto, porque le permitieron entrar a recibirnos y allí mismo hicimos las presentaciones del grupo, a falta de salir donde nos esperaba el resto de amigos malienses.
Seríamos los últimos por el volumen de equipaje y material que llevábamos. Todo estaba clasificado y numerado para evitar extravíos. Una vez fuera, nos saludamos afectuosamente, como amigos de toda la vida. Cada vez había más gente para ayudar a cargar; eran personas de Goumbou que vivían en Bamako y querían echar una mano. Ellos se encargaron de ponerlo todo en los coches. Al menos habría seis o siete coches y diez o quince personas, lo cual fue todo un detalle y se lo agradecimos. Es curioso, todos se fijaron en el trofeo, que yo llevaba en mano y descubierto un poco adrede para llamar la atención, acerca del cual surgieron preguntas y comentarios entre nuestros amigos malienses.
Nos fuimos hasta el Hotel Djene, el mismo del año anterior. En el trayecto coincidí en el coche con Djeneba y le pregunté cómo iba su aprendizaje de español, a lo que respondió de manera bastante entendible, lo cual me alegró bastante. Así nos podríamos enterar algo más en las conversaciones.
Llegamos y se descargaron los coches, dejando todo el equipaje en nuestras habitaciones y las cajas en una habitación del hotel hasta la partida hacia Goumbou.
Día 2
Para la segunda jornada teníamos previstas visitas en algún ministerio, pero además el alcalde nos dijo que el presidente de Malí, monsieur ATT, quería conocernos esa misma tarde en el Palacio de Koulouba. Y todo ello gracias al trofeo. Al parecer, había despertado un inusitado interés entre varios miembros de su gabinete que viajaban en el mismo vuelo que nosotros. Así aprovecharíamos para presentarle el proyecto del hospital y solicitar algún tipo de ayudas permitidas, incluso exenciones de impuestos, siempre que fuese beneficioso para Goumbou. ¡Ya se vería!
Después del desayuno decidimos hacer una visita al antiguo gran mercado (hoy no está en el mismo lugar ni es tan grande), al cual nos dirigimos en los coches. Fuimos acompañados al interior por algunos conductores, pues es fácil extraviarse. El lugar llama poderosamente la atención del olfato. Nada más acercarte a la entrada hay un olor nauseabundo que no te abandonará durante todo el recorrido, pero te atreves a entrar porque la curiosidad te lleva. Lo primero que ves son animales salvajes muertos tirados en el suelo: serpientes, monos, caimanes y otras especies menos conocidas. Conforme sigues avanzando por las calles laberínticas encuentras los talleres de artesanos que trabajan el latón, la madera, el hierro, la piedra, el cuero, etc., y luego están los vendedores, que te envuelven en su parafernalia verbal para que entres en su tienda. Durante todo el recorrido intentarás esquivarlos una y otra vez o, si te interesa, acabarás comprando.
La mañana se pasó volando entre la visita al mercado y al taller donde fabricaban los pupitres para la escuela. Al fin y al cabo, todos estábamos pensando en la visita al presidente del país.
Llegó la hora de asistir a tan magno acontecimiento. Las mujeres iban elegantemente vestidas y arregladas; los hombres, con traje y corbata a pesar de los más de cuarenta grados que había en la calle, pero el protocolo mandaba y así había que presentarse ante el máximo mandatario del país, sobre todo porque nos interesaba la atención dispensada hacia nosotros, que no éramos «nada» si nos comparábamos con las grandes ONG de todo el mundo que allí estaban establecidas y que quizá nunca habían tenido esa oportunidad.
Salimos del hotel bastante relajados como si de algo cotidiano se tratara. Eso sí, el trofeo iba entre mis manos. ¡Era el santo y seña para entrar en el palacio! Quizá sin él no estaríamos allí. A la llegada se fueron abriendo los distintos controles de paso hasta el palacio y una vez bajamos de los coches se anunció nuestra visita. El secretario del presidente salió a recibirnos y darnos la bienvenida, acompañándonos hasta el interior, donde nos acomodó a un lado y a otro del sillón presidencial.
Unos minutos de espera y… Des dames et des messieurs, monsieur le Président! ¡Señoras y señores, el presidente de la República de Malí! (conocido como ATT). Nos saludó uno a uno y agradeció nuestra visita y lo que estábamos haciendo en el pueblo de Goumbou, lugar de nacimiento de algunas personas de su entorno en el Gobierno, cuyas familias aún seguían viviendo allí. Mientras tanto, unos camareros, muy sigilosamente, nos fueron preguntando lo que queríamos tomar.
Gabriel comenzó con una explicación del motivo de nuestro primer viaje y los proyectos que teníamos para ese pueblo. En un momento de la exposición el presidente miró a Gabriel y señalando el trofeo, que estaba a mi lado, me indicó que lo acercase. «Señor presidente, le presentamos el trofeo del Torneo de la Amistad, que instauraremos en Goumbou y el municipio de Ouagadou». Lo observó con detenimiento y muy pensativo, exclamando a continuación: «¿Cómo puede ser que Goumbou tenga un trofeo más grande que la Copa de Malí y que la Copa del Mundo?», lo cual, dicho por el presidente, podía ser una buena baza a nuestro favor a la hora de hacer propuestas y peticiones de ayuda. Había que aprovechar.
A continuación Gabriel llamó a Antonio Martín para que presentase el proyecto del hospital. En ese momento se acercó el secretario y le habló al oído. De inmediato el presidente se levantó y se excusó: «Hay una delegación sudamericana a la que debo atender porque tenían la visita concertada, pero en veinte minutos estaré de vuelta». Como si de una prueba cronometrada se tratara, veinte minutos y allí estaba de nuevo el presidente, mostrándose muy receptivo a las explicaciones sobre el proyecto del hospital y prometiendo su asistencia a la inauguración para cuando llegase ese día.
Terminó la visita y el presidente nos acompañó hasta la misma puerta del palacio para hacerse unas fotos con nosotros, mostrándose muy agradecido. ¡Había sido todo un éxito! Jamás hubiésemos imaginado que esto sucedería. Ya solo faltaba que nuestras expectativas se fueran cumpliendo.
Volvimos hasta el hotel para cambiarnos de atuendo e ir a cenar al restaurante libanés, pues esto había que celebrarlo. Allí seguimos comentando todo lo acontecido durante la tarde con un grado de euforia muy alto tanto por nuestra parte como por la del alcalde, ya que ambos habíamos salido muy beneficiados y esto nos podría suponer muchas ventajas de cara al futuro.
Se hizo tarde y nos despedimos para dormir. Saldríamos temprano y había que cargarlo todo de nuevo, incluyendo el agua. Era mucho equipaje y mucho material… Bonne nuit, à demain!
Día 3
A primera hora todos preparados y los coches en la puerta del hotel. Comenzamos la carga; ahora había menos gente y debimos implicarnos nosotros. Había que tener mucho cuidado con el equipaje personal y procurar que fuese dentro de los vehículos para evitar que el polvo inundase la ropa y los enseres personales. Lo demás podría ir dentro o en el techo de cada coche. ¡Un metro de altura por lo menos!
Partimos hasta las gasolineras donde repostar. Este año no hubo colecta y debimos pagar nosotros. Cogimos la salida de Bamako en dirección a Koulouba y pasamos cerca de la residencia del presidente, donde el día anterior habíamos sido muy amablemente recibidos. Antes de partir un militar se acercó hasta el alcalde para entregarle una carta-salvoconducto firmada por el coronel S. Cámara, antiguo magistrado, ministro y jefe de la Seguridad Nacional, entre otros, a fin de evitarnos problemas en el camino.
Llegada a Djidièni. Bajamos a estirar las piernas y tomarnos un refresco, no sin antes sufrir el «acoso» de los niños vendedores de cachivaches, y prepararnos para la travesía que nos esperaba por las pistas, en unas condiciones pésimas después de las últimas lluvias.
Todo se iba repitiendo para los que ya estuvimos el año anterior: las aldeas a uno y otro lado del camino, las diferentes plantaciones y cultivos que se aprecian conforme vas avanzando desde la capital, cómo el paisaje va tornándose cada vez más seco, con sus baobabs característicos del África subsahariana…Todo era nuevo para los que venían por primera vez, que hacían cábalas de cómo sería Goumbou aunque tenían algunas referencias de nuestra parte. Cada uno iba imaginando la llegada.
Después de tantas horas de camino, parecía que no íbamos a llegar nunca, pero ya habíamos pasado Mourdiah y entramos en el «círculo de Nara» (provincia de Nara). Estábamos cerca de Kaloumba y presentimos que nos esperarían a la llegada. A lo lejos fuimos tomando las referencias del paisaje y a la derecha se veían los eucaliptos del vivero. ¡Ya estábamos allí!
Efectivamente, nos estaban esperando. El jefe, en el interior de su casa, nos recibió recostado sobre el mismo jergón y vestido con túnica blanca. Tenía a su lado un pequeño transistor, que yo no sabía si funcionaba, pero también lo tenía el año anterior. Nos invitó a sentarnos y las mujeres comenzaron a traer comida. «Merci, merci, debemos continuar». Tuvimos que esperar y aceptar su hospitalidad. «¡Bissimila, bissimila, bissimila!». Nos ofrecieron agua y comida; era pastel de baobab (tampoco los nuevos del grupo se atrevieron) y frutos secos, lo que nos salvó de quedar mal y nos permitió no hacerles un desprecio. El pastel de baobab es un manjar para ellos; solo lo preparan y comen cuando se trata de celebrar algún acontecimiento y lo consideran lo mejor para las bienvenidas.
Continuamos el viaje con muchas ganas. Los cuerpos iban ya bastante cansados y las ansias por llegar nos podían. Unos pocos kilómetros más y al subir la pequeña loma… ¡allí está! La gente a caballo salió a recibirnos y otros nos esperaban con un alboroto ensordecedor: los cazadores de nuevo disparando al cielo, los niños con pancartas y correteando de un lado para otro para sortear el paso de los coches, las mujeres gritando «¡bissimila, bissimila, bissimila!» y los tambores sonando como si no hubiera un mañana. ¡Era impresionante! Los nuevos compañeros estaban extasiados. ¿Cómo iban a imaginar esto por mucho que se lo hubiésemos contado antes?
El recinto estaba preparado como el año anterior: el megáfono, los asientos, los niños con sus pancartas y banderolas de Malí, España y Andalucía… Había mucha gente en fila esperando para saludarnos. Entre ellos reconocí a las mujeres que nos trajeron la comida la primera vez: Kudie, con Ronaldinho a su lado, que también extendió su mano para saludar; y Bintou Soumare. También estaban los maestros, el mecánico de los pozos, etc. «¿Cómo es posible que me acuerde de tanta gente? Es como si fuésemos importantes, al menos para ellos», pensé.
Nada más sentarnos se acercaron Maya, la «pequeña niña» de Yolanda, y otra un poco menor, que se agarró de mi mano y se apoyó en mi rodilla. Le pregunté su nombre y contestó: «Fanta». En ese momento sentí algo que nunca he podido explicar, solo quedará en mi memoria. ¡Fue algo grande!
Los ojos de los que llegaban por primera vez se humedecieron. Intentaron aguantar, pero no… Lloraron sin poder parar y a los que ya lo vivimos la primera vez también nos brotaron las lágrimas.
De nuevo el pitido ensordecedor del megáfono nos puso en situación. Debíamos escuchar al alcalde, que fue quien inició el acto de presentación de todos los viajeros. A continuación se iría traduciendo por cada representante, según el dialecto de cada pueblo o aldea. Posteriormente fueron Gabriel, Samou y Djeneba quienes nos tradujeron a nosotros sus comentarios.
Esta vez llegamos con luz diurna al campamento. Parecía que habían reparado la puerta de entrada y abría un poco mejor. Los coches accedieron al interior, donde descargamos los equipajes, el agua y todo el material que habíamos llevado. Por grupos nos fuimos adjudicando las habitaciones y, esta vez junto con mi esposa, coincidí en la misma del año pasado, donde nos ubicamos tres parejas y la hija de Gabriel. Colocamos nuestras pertenencias y parte del material, sobre todo el más delicado.
Durante el trayecto hasta el campamento comprobamos los efectos de la plaga de langosta. Todo estaba arrasado. ¡Era increíble! Me fijé en el olivo que plantamos el año anterior; solo quedaban algunas ramas. No sabía si se recuperaría o plantaríamos otro.
Ahora pienso que a lo largo del camino no había tenido esa sensación de verlo todo arrasado, quizá porque apenas se pueda distinguir en esa época del año, ya que las dos veces que habíamos ido siempre había estado todo muy seco.
Se hizo de noche y cada cual colocó su equipaje. El resto de material más pesado se ubicó junto a la pared, en el recinto circular; y el más pequeño, en la última habitación. Hacía un rato que habíamos visto llegar las mujeres con la cena y de nuevo las saludamos. Eran Kudie, Bintou y una de las esposas de Mussa Tinou, el jefe de los guardas del campamento. La comida tenía buena pinta y la mayoría nos atrevimos con ella, aunque otros sacaron sus barritas. Cada uno puede comer lo que quiera.
Después de cenar nos fuimos organizando en las letrinas para la ducha, en las que de nuevo estaban preparados los bidones con agua, los cubos y los jarrillos de colores. Aunque algunos ya estábamos advertidos de lo que allí se «cocía», a los nuevos todavía les costaba acostumbrarse…, pero era lo que había. Al final se lo tomaron un poco a coña para intentar sobrellevar eso de estar acompañados de grillos, cucarachas, arañas y otros bichos del lugar, amén de los efluvios característicos.
Cuando por fin todos estuvimos aseados se organizó el briefing para preparar el trabajo del día siguiente. Nos subimos a la plataforma con el suelo de piedra levantada que parecía un escenario, en la cual cabíamos todos sentados en los mismos sillones con cuerdas de plástico del año anterior, pero un poco más deteriorados, con lo que la comodidad se resentía bastante. Menos mal que habían traído unas sillas tipo terraza, en las que nos sentimos algo más a gusto.
Se inició el turno de palabra para organizar los grupos de trabajo que deberían mantenerse cada día:
Ángel, Juan y María irían con Djeneba al CSCOM para tomar contacto con el médico, el enfermero y las matronas e intentar organizarlo de un modo más racional sin afectar a sus costumbres. En conversaciones telefónicas con el alcalde supimos que había bastantes quejas sobre el médico: que era poco trabajador, bastante despreocupado y que se pasaba el día fumando en pipa y de un lado para otro y apenas prestaba atención a los enfermos, lo que, al parecer, había sido corroborado por los dirigentes del comité que controlaba el CSCOM.
Rosa, Lourdes, Yolanda, Pepa y Leticia, junto con Gabriel, acompañarían al alcalde y otros miembros del ayuntamiento para ver los colegios y cooperativas de mujeres. Antonio y yo, por nuestra parte, debíamos realizar una inspección de los edificios del CSCOM para ver si podíamos hacer una reparación de las paredes, desinfectarlo y pintarlo, contando con que hubiera materiales de construcción y las herramientas necesarias. Después debíamos realizar el censo de los pozos, tanto de los que funcionaban como de los averiados, todo ello acompañados en un coche por el mecánico local y algún miembro del ayuntamiento.
Ya que había quedado clara la misión de cada uno, alguien sacó las pipas y alguna bebida espirituosa. Era hora de disfrutar de una bóveda celestial envidiable y majestuosa cargada de estrellas y de todas las constelaciones que desde allí avistábamos. Después de un buen rato de charla, durante el cual algunos se fueron quedando dormidos, tocó preparar las tiendas. Esperábamos mejorar el descanso, pues este año nos habían traído colchones de espuma, lo cual agradecimos a la mañana siguiente, nada más llegar el alcalde.
Día 4
Amaneció temprano y tras el desayuno comenzó el trabajo. Antonio y yo nos desplazamos en coche hasta el CSCOM para valorar la situación del edificio, cuyas grietas parecían haberse agrandado desde el año pasado, así que una vez revisado y vistas las posibilidades preguntamos dónde conseguir el material de construcción y nos indicaron que debíamos ir a Nara. Nos acompañaría el mecánico de los pozos, de nombre Traoré, el cual nos dijo que conocía dónde lo vendían. Hay veintinueve kilómetros hasta Nara, la capital de la provincia. Una vez allí buscamos las tiendas adecuadas para comprar cemento y desinfectante para suelos y paredes, incluyendo los palustres y las herramientas necesarias. Durante el trayecto de vuelta le preguntamos a Traoré si había albañiles en Goumbou. Se quedó dudando, pues no lo tenía claro. El material y todo lo necesario ya lo habíamos comprado y lo llevábamos en el coche. «¡Bien, si no hay albañiles me comprometo a enseñar a los voluntarios! Aunque no he sido albañil, conozco el trabajo y cómo desarrollarlo», afirmé.
Nada más llegar de vuelta con el material y las herramientas explicamos que ahora necesitábamos arena y agua para poder hacer la mezcla. Allí se encontraba el jefe del comité de salud y se prestó a buscar quien nos las suministrase, además de voluntarios para aprender y realizar los trabajos de reparación. En poco tiempo llegó la arena y nos dispusimos a empezar el trabajo para no perder tiempo. La obra nos podía llevar varios días y teníamos el tiempo muy justo. Reuní a los voluntarios en torno al cemento, la arena y el agua y les expliqué cómo mezclarlos, tanto en la proporción como en la forma, utilizando las herramientas que habíamos comprado, haciendo yo mismo la primera mezcla y comenzando a tapar grietas. Al poco de empezar apareció otro voluntario, que también se llamaba Traoré (ya teníamos dos con el mismo nombre), por lo que decidimos identificarlos como Traoré 1 y Traoré 2. Este último dijo haber trabajado de albañil en Costa de Marfil, lo cual nos ayudaría bastante de cara a terminar el trabajo si no tuviésemos tiempo durante nuestra estancia. Una vez que empezó… se notaba que sabía cómo hacerlo. Además, nos dijo que había un tercer Traoré, también albañil y más experimentado. «¡Pues que venga!», le respondimos. Se presentó al cabo de un rato y resultaba que los tres eran hermanos, aunque de distintas madres. Ahora teníamos a Traoré 1, 2 y 3. De ahí en adelante sería a quienes encargaríamos la terminación de la reparación del centro, desinfectarlo y construir unas letrinas independientes para hombres y mujeres, previo presupuesto que deberían presentarnos antes de nuestra marcha. Si lo aceptábamos, debían comprometerse a terminar la obra en un tiempo prudencial.
Ahora que todo estaba encauzado en el CSCOM nos esperaban el mecánico (Traoré 1), un miembro del ayuntamiento y el chófer para partir en coche hacia el primer pozo que ellos consideraron oportuno. En algo más de media hora llegamos y estaba lleno de niños y mujeres, la mayoría con sus bebés a la espalda. Entre dos iban tirando de la cuerda dispuesta sobre una polea que facilitaba la subida del cubo con agua e iban llenando poco a poco los bidones metálicos grandes o de plástico más pequeños, subidos en carros tirados por borriquillos. El pozo debía de tener una profundidad de no más de veinticinco metros y el nivel del agua, entre quince y veinte, según nos dijo Traoré. ¡Tenía un buen nivel! A pocos metros de allí había otro con bomba manual, que no funcionaba porque hacía un tiempo se había desprendido el pistón que elevaba el agua y aún seguía en el fondo. Nos acercamos para verlo, tomamos nota de ambos y emprendimos el camino hasta el siguiente. Desde el coche nos hacían señales con la mano. Este tenía un sistema de elevación animal. Me explico: el cubo en un extremo, la cuerda sobre la polea y en el otro extremo había un borriquillo que tiraba y retrocedía continuamente. Así todo el día hasta llenar los depósitos y bidones de la gente que iba hasta allí. El dueño del burro cobraba una pequeña cantidad, pero facilitaba el trabajo y ambas partes obtenían beneficios. También utilizaban camellos para tirar.
Se había pasado la mañana y volvimos al campamento. Por el camino habíamos ido viendo muchos pozos averiados, que el mecánico nos dijo que no convenía reparar porque tenían poca agua o estaban secos.
Nuestros acompañantes se quedaron en el campamento, al igual que los de nuestros compañeros. Comerían allí. Había algunos niños, entre ellos Maya, Ronaldinho y Fanta, que cuando nos vieron se acercaron a saludarnos y cogerse de nuestra mano. Eran encantadores. Al poco llegaron las mujeres con la comida;traían para nosotros y para ellos, que se unieron a los guardas del campamento. Como siempre nos sobraba, se la dejamos para que la terminasen. ¡Era posible que fuese su mejor momento del año en cuanto a comida! Llevaba un rato observando que había más niños que nos rodeaban por fuera de la tapia. De vez en cuando y por distintos sitios saltaban, asomaban la cabeza o gritaban a su manera nuestros nombres, que a veces no se entendían, y sonreían. ¡Me daba que se lo estaban pasando bien!
Después de almorzar había que descansar un rato. El ajetreo diario, el polvo y el calor (que supera los cuarenta o 45 grados a mediodía sin tener más cobijo que un techo de chapa y unas paredes de ladrillos con ventilación, colocados de forma inclinada a modo de celosía) hacían que nos fuésemos desgastando poco a poco. Y debíamos aguantar en buenas condiciones físicas el mayor tiempo posible.
De nuevo nos dispusimos a continuar, no sin antes haber comentado durante un rato cómo había ido la mañana en cada grupo. Esa tarde visitaríamos los pozos que queríamos reparar. Aunque los presupuestos ya estaban aceptados, debíamos asegurarnos de su estado actual y, de vuelta a Bamako, reunirnos con la empresa adjudicataria.
Ya había pasado otro día…De nuevo en el campamento, la rutina nocturna y llegaba el briefing, todos con ganas de contar las experiencias del día. Como casi siempre, fue Gabriel quien inició los comentarios, ya que él no necesitaba traductor. Habló sobre las distintas escuelas que habían visitado, cuyo estado (de todas y cada una de ellas) era completamente deprimente, por lo que urgía preparar un proyecto para la construcción de un colegio de primaria y de segundo grado lo suficientemente grande para acoger al menos a entre 600 y 800 alumnos, con la particularidad de «obligar» a las familias a que las niñas tuvieran la misma participación en la escolarización que los niños. Esto quedó ahí y pronto se pondría en conocimiento del alcalde y los maestros.
El grupo de sanitarios nos confirmó cuanto habíamos oído sobre el médico y sus pocas ganas de trabajar. Durante toda la mañana les acompañó, aunque de vez en cuando se despistaba; pero por la tarde tuvieron que ir a buscarlo porque no aparecía. También se encontraron con mucha gente que esperaba ser atendida como el año anterior, cosa que no sucedió, considerando que los sanitarios del lugar estaban cubriendo esas necesidades. Este tema quedó para el día siguiente a fin de reunirse con ellos y que nos dieran explicaciones al respecto.
Antonio empezó a reír: «Ja, ja, ja, ja, ja. ¡ Accident, accident!». Esperamos a que terminase y nos contase el motivo de la risa. Había habido un accidente esa tarde y él lo había vivido en primera persona. «Solo hay un coche en todo el pueblo y, como mucho, dos o tres ciclomotores. Pues uno de ellos lo llevaba el alcalde y han chocado de frente en una curva. Si lo hubieseis visto rodando por los suelos… Ja, ja, ja, ja, ja».
Después, en nuestra intervención, relatamos lo acontecido durante la mañana con objeto de reparar el CSCOM y las visitas a los pozos para contabilizar su número hasta el momento y la situación en la que se encontraban, quedando en continuar hasta terminarlos todos.
Una vez concluido el briefing tocaba un poco de relax y observar ese cielo maravilloso y nítido acompañados por unas pipas o almendras… y una copa de algo que alguien hubiera traído en su maleta. Al rato llegó el momento de preparar las tiendas y descansar.
Bonne nuit!
Día 5
Desde muy temprano todo se repetía cada día. Solo se vería alterado por los distintos acontecimientos vividos durante el mismo. Con esta premisa cada cual comenzaba su trabajo. «¡Adiós, hasta luego!».
El alcalde apareció con el brazo en cabestrillo y preguntamos por el motivo y cómo ocurrió. Su contestación fue bastante similar a lo explicado por Antonio la noche anterior, pero nos mostramos serios y le deseamos una pronta recuperación.
El grupo formado por Rosa, Lourdes, Yolanda, Pepa y Leticia, junto con Gabriel y el alcalde, sería el que se encargase de llevar a cabo la recogida de datos y fotografías de cien niños para los apadrinamientos en España, lo que llevaría más tiempo y necesitaría el apoyo de todos cuantos estuvieran disponibles.
El grupo sanitario debía seguir con la organización del CSCOM y aclarar en lo posible la futura actitud del médico y la capacidad del enfermero y las matronas a fin de tomar una decisión sobre el primero, ya que éramos nosotros quienes pagábamos su sueldo. El enfermero y las matronas eran los considerados «funcionarios» del centro y les pagaba el Gobierno.
Nosotros debíamos ver cómo marchaban las obras. Nos encontramos con que el número de voluntarios se había incrementado y estaban sacando de la habitación que utilizaban para estancia de los enfermos todo lo inservible, todo aquello que solo ocupaba espacio y no era más que insalubre y peligroso para los niños. Cuando terminasen, los albañiles repararían las paredes y al suelo le podrían echar un firme nuevo para adecentarlo.
Continuando con los pozos, nos llevaron hasta Dougouni, un pueblo muy alejado, a más de una hora por caminos rotos y polvorientos. Cuando llegamos nos estaban esperando en el centro del pueblo, bajo una jaima, el jefe y su traductor (el jefe solo hablaba árabe y el traductor le era necesario para poderse entender con el pueblo, que hablaba otros dialectos), además de toda la comitiva propia del lugar. Hechas las presentaciones y expuesto el objeto de nuestro viaje, nos ofrecieron agua, leche de camella y maní tostado al sol. A continuación el jefe nos dio la bienvenida por medio de su traductor. Acto seguido nos acompañó con algunos vecinos hasta un pozo profundo con un buen nivel freático, una caseta hecha de bloques de adobe y una bomba eléctrica que funcionaba con placa solar en el techo. Sería perfecto si no fuera porque el agua era venenosa en una determinada época del año, lo cual nos dejó desconcertados y preguntamos por el motivo. No sabían qué contestar; lo detectaron por los animales que morían durante esa época. Tomamos nota para averiguar las causas de tal situación y ver si en Bamako pudieran analizar el agua, bien llevándola en un recipiente o desplazando a un técnico hasta el mismo pozo.
Nos llevaron hasta otro pozo, alejado del pueblo dos o tres kilómetros. Tenía un brocal ancho y una estructura metálica fuerte, donde se sujetaba la polea. Contaba con un buen nivel de agua, que llegaba a pocos metros de la superficie. Las mujeres se desplazaban diariamente a él para llevar el agua a la casa. Los hombres se quejaban de la situación por la que estas debían pasar cada día, pero nosotros ya estábamos advertidos y sabíamos que las mujeres nunca se habían quejado por este motivo; al contrario, esto lo utilizaban como asueto para liberarse de tareas domésticas y de los propios maridos, siendo el lugar preferido donde entablar conversaciones entre amigas y vecinas, así que preferimos hablar del otro pozo y analizarle el agua.
Se nos hizo tarde y volvimos al campamento. Ya en Goumbou, vimos que frente al ayuntamiento había un camión aparcado y paramos. Se nos acercó el chófer, que acababa de llegar, y nos avisó de que traía el arroz. Como era casi de noche quedamos en descargarlo por la mañana; así podríamos entregarlo directamente a las doscientas familias, parte de las cuales serían de niños censados para su apadrinamiento.
Estaban todos en el campamento, éramos los últimos. Avisamos de que el arroz había llegado y la alegría se apoderó del lugar. «¡Bien! Mañana lo repartiremos». Teníamos cierto recelo de que llegara después de marcharnos. El alcalde aún seguía allí y se mostró muy contento con la noticia. Por nuestra parte, hablamos con Mussa, el jefe de los guardas, para que nos buscase un buen número de personas que ayudasen en la descarga. «¡No problema!». Entre la ducha y la cena, el tiempo volaba… Mussa se acercó para avisar de que ya tenía a los voluntarios que iban a descargar preparados. Estaban dentro, en la entrada, y al menos había diez o doce, a los que saludamos y agradecimos su gesto, quedando con ellos a la mañana siguiente junto al camión.
En el briefing organizaríamos el reparto; sabíamos que habría que controlarlo muy bien. Contaríamos con la ayuda del alcalde y algunos representantes municipales, así como con Mussa y sus compañeros. Además, debían asistir los maestros para organizar a los niños, que vendrían con sus padres y debían traer algún medio de transporte, porque los sacos eran de cien kilos.
Día 6
A primera hora el grupo encargado de los niños de apadrinamiento preparaba la documentación cuidadosamente para no duplicar las entregas y dejar a otros sin arroz. En cualquier caso, sabíamos por el alcalde que en esos tiempos tan difíciles existía una gran responsabilidad social entre los vecinos y que aquellos que no lo recibieran, porque no podía haber para todos, tendrían ayuda de los beneficiados y eso nos transmitía tranquilidad.
Mientras terminaban de organizarse, algunos de nosotros nos adelantamos hasta el ayuntamiento a fin de ir preparando el lugar de la manera más idónea posible y contactar con los voluntarios. Ya había llegado la mayoría y le preguntamos al alcalde si tenía una cuerda larga que nos sirviese para crear una zona de aislamiento y evitar así que la gente se agolpase junto al camión. No, no parecía que tuvieran la cuerda, por lo que decidimos descargarlo todo en la parte de atrás del ayuntamiento y desde allí proceder al reparto, dejando a la gente fuera del recinto, llamándolos de uno en uno. Sería lo mejor.
De primeras, dos voluntarios arriba del camión poniendo los sacos y dos abajo, que ayudaban a los que se lo cargaban en la espalda, y así uno tras otro… El primero que se cargó pidió que le echasen dos sacos (doscientos kilos). ¡Qué barbaridad! ¡Estaba fuerte el tío! Recorrió los veinte metros hasta llegar al punto de descarga, donde había otros dos que le ayudaron. Ahora era el turno de los que venían detrás, de uno en uno. De nuevo el «forzudo» se coló entre sus compañeros para no esperar su turno y se volvió a cargar con otros dos sacos. «Bueno, si él lo quiere así antes acabaremos», pensamos nosotros. No obstante, le advertimos del riesgo que corría de sufrir una lesión en la espalda, pero él sacó músculo y sonrió, aunque no era por vanidad… Eran las ganas de ayudar. ¡Bravo!
Conforme disminuía la carga del camión, la distancia de los sacos iba siendo mayor, por lo que subimos a otros dos voluntarios para que no decayese el ritmo. Poco a poco se fue descargando y nos preparamos para el reparto.
Había decenas de familias con los niños a su alrededor. Se había corrido la voz tan rápido que nos habían cogido la vez y allí estaban, esperando para recoger su arroz. Ayudados por los voluntarios para contenerlos y organizados por los maestros (ellos no estaban acostumbrados a hacer filas y casi no sabían qué eran), conseguimos que al ser llamados se acercasen, recogieran su saco y se retirasen de inmediato porque venía el siguiente, y así sucesivamente. Poco a poco, a los encargados de contener a la gente les fue costando más; primero, porque no paraban de llegar, cada vez había más; y segundo, porque el sol ya iba pegando fuerte e intentaban evitarlo achuchándose a la sombra.
Costó, pero mereció la pena. Después de seis o siete horas se terminó el reparto y todos nos felicitamos por cómo se había resuelto y lo contenta que había quedado la gente.
Íbamos a partir hacia el campamento, pero tenía mucha curiosidad por conocer al «forzudo», por lo que me acerqué a él, me presenté y también lo hizo él: «Je suis Kunta Sisokó. Merci, merci!». De inmediato se dirigió a una mujer muy delgada y bajita rodeada de niños, a la cual me presentó haciendo un acto de abrazarse a ella. Era su esposa, que había venido desde el otro lado del «mar», donde vivían, a recoger su saco en un carro y con su borriquillo. Uno de sus nueve hijos había sido elegido para el apadrinamiento y nos estaba muy agradecida. Quedamos para vernos después en el campamento para seguir hablando, aunque casi todo era por señas y algo en francés.
Nos habíamos superado. Todo había salido bien y nos congratulamos todos: el alcalde, los maestros y todos los que han colaborado. En el campamento no quedó nadie. A la vuelta nos esperaban con la comida y refrescos «fríos» que nos habían traído. Fue una sorpresa muy agradable. Kudie, que siempre venía acompañada de Ronaldinho, también trajo a su hija Lalla, de once o doce años, para ayudar lavando platos, limpiando o en lo que fuese menester. Era una niña preciosa y encantadora, aunque apenas hablaba, solo sonreía. Parecía tímida, pero era muy activa.
Esa tarde era la despedida y jugaríamos al fútbol. Por primera vez se celebraría un partido de exhibición para conmemorar el inicio del Torneo de la Amistad, cuyo trofeo ya era conocido por todos y estaría en poder del equipo vencedor durante todo un año, mientras se dirimía la «liga». Volveríamos de nuevo para asistir a la final. En el campo los futbolistas irían con la vestimenta oficial del Madrid y del Barcelona y llevarían medias y botas, algunos por primera vez en su vida.
Mientras llegaba la hora del partido observé que Kunta Sisokó ya había llegado. Antonio y yo salimos a recibirlo y charlar con él. Extendió su mano para saludar y siguió dándonos las gracias por lo que estábamos haciendo. Le pregunté a qué se dedicaba y nos dijo que en su juventud fue boxeador del peso medio en Bamako y otras ciudades del país, donde casi siempre ganaba. Incluso durante un tiempo boxeó en Burkina Faso para conseguir puntos y optar a combates más importantes, pero una lesión le hizo volver a su pueblo. Su figura era inequívoca y fácil de identificar en la distancia: 1,85 de alto, de algo más de cuarenta años, complexión atlética y muy fuerte, siempre llevaba una camiseta roja descolorida. Después de nuestra conversación le regalé un sombrero de paja, que ya no se quitaría en todo el día, y le apodamos el Lince de Goumbou.
Todo el material deportivo que trajimos ya se había entregado previamente a los maestros y a grupos de jóvenes para que crearan sus equipos. Ahora debíamos salir para el campo de fútbol. Nos esperaban los jugadores y «todo» el pueblo, que serían nuestros espectadores. Cada equipo estaba preparado y algunos de nosotros nos incorporamos para jugar en el de España. El árbitro era Mussa y los jugadores ya habían sido previamente seleccionados. El motivo, la revancha del año pasado: Malí-España.
Durante la primera parte el resultado era incierto, pero en la segunda cambió la situación gracias a un buen gol de cabeza y otro de penalti a nuestro favor. Resultado final: 0-2 ¡Otra vez habíamos ganado! El trofeo se entregó al equipo vencedor, que era de Goumbou y debería custodiarlo en las mejores condiciones posibles para que cada año siguiera vigente el Torneo de la Amistad. Para dar mayor relevancia al partido y crear expectación entre los jóvenes se eligió al mejor jugador del partido, galardón que recayó en un delantero del equipo de Malí, a quien personalmente le entregué mis botas «especiales» nuevas, con las que había jugado. Digo especiales porque eran diferentes y aquellos que las habían visto las tenían como preferidas y todos las querían.
Después del partido y ya en el campamento, habíamos quedado con los hermanos Traoré, los albañiles, para que nos diesen el presupuesto del costo de las obras que les habíamos encargado en el CSCOM. Se presentaron allí, nos sentamos y sacaron un papel, donde estaba escrito el precio por el trabajo que debían realizar. Después de debatirlo y dejar clara cualquier duda al respecto, se lo aceptamos y acordamos adelantarles dinero para materiales y efectuar el resto del pago cuando lo terminasen. Sería el alcalde quien les pagase, porque nosotros le transferíamos el dinero a su cuenta en Bamako para todos los compromisos que habíamos adquirido. Así nos despedimos hasta el próximo viaje.
También cerramos el acuerdo con el mecánico de los pozos para que reparase aquellos designados durante el censo. La forma de pago sería la misma que la acordada con sus hermanos los albañiles.
Al día siguiente a primera hora partiríamos en dirección a Mopti, por lo que esa noche había que dejarlo todo preparado para salir muy temprano. Debíamos despedirnos de todos los amigos, el alcalde, los maestros… No debíamos perder tiempo porque el viaje era muy largo y las pistas estaban en malas condiciones.
Nos comprometimos a volver antes de fin de año para ver las obras, las cosechas y cuánto cambiaba allí el paisaje en la época de otoño-invierno.
¡Adiós, amigos! ¡Au revoir, mes amis!
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