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HILOS QUE TEJEN LA RED
ISABEL SANFELIU
HILOS QUE TEJEN LA RED
BIBLIOTECA NUEVA
Cubierta: Malpaso Holdings, S. L. U.
© Isabel Sanfeliu, 2020
© Biblioteca Nueva, 2020
© Malpaso Holdings, S. L.
C/ Diputació, 327, principal 1.ª
08009 Barcelona
www.malpasoycia.com
ISBN: 978-84-18236-77-8
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Pablo, Iván, Gonzalo, Daniel, Javier…
¡a navegar sin perder el Norte!
Nicolás, por nuestros cuarenta años
compartiendo rumbo
ÍNDICE
CUBIERTA
PRÓLOGO DE CARLOS SLUZKI
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
INTRODUCCIÓN
COMUNICAR
1. DE LA NECESIDAD AL PLACER DE TRANSMITIR
2. IMAGEN, PALABRA, ESCRITURA
2.1. El estilo epistolar
3. DISTORSIÓN Y AMBIGÜEDAD DE LOS MENSAJES
3.1. En el contexto social
3.2. Peculiares intercambios en el contexto clínico
4. COMPARTIR LO ÍNTIMO
4.1. Nuevos reabastecimientos narcisistas
5. SILENCIOS
ALGUNOS HILOS PARA MI RED
1. DESENCRIPTANDO VIDA: ALGORITMOS NATURALES
1.1. La persistente y necesaria búsqueda de energía
2. ESTABILIDAD: EL INCESANTE CAMBIO
2.1. Homeostasis: resistir y progresar
3. SUBJETIVIDADES EN EL ANTROPOCENO
3.1. Sobrevolando la muerte
4. PREHISTORIA DIGITAL
4.1. Ciencia… ¿ficción?
4.2. Cibercultura en el siglo XX
5. POSTHUMANOS: ¿VIDA MÁS ALLÁ DE LA ESPECIE?
5.1. El cíborg no duda
INCIERTA IDENTIDAD
1. LA ETERNA AVENTURA DE HACERSE SUJETO
1.1. Pequeño Big Bang familiar
1.2. Precaria autoridad
2. JUGAR
2.1. ¿Una infancia sin ocio?
2.2. Jugar a ser otro. Jugar a «ser»
3. CUERPOS CONCRETOS O VIRTUALES
3.1. Representación corporal
3.2. Cuerpos manipulados
4. EL PROCESO DE SUBJETIVACIÓN EN UN MUNDO CIBER
ENTRAMADO Y PODER DE LAS REDES
1. DE LAS REDES SOCIALES A LA RED
1.1. Redes: perseverancias y variaciones
2. ¿AUSENCIA DE JERARQUÍA EN LA RED?... REDARQUÍA
3. UNA NUEVA ADICCIÓN: LA PERTINAZ BÚSQUEDA DE SER RECONOCIDO
3.1. ¿Escabullirse o ser discreto? Sorteando redes
4. LA FICCIÓN DE LIBERTAD EN LAS SOCIEDADES DEL CONOCIMIENTO
4.1. Eterno y fugaz enamoramiento
5. MENTIRAS, AUTOENGAÑOS Y DESENGAÑOS
5.1. Noticias falsas y el embuste de la posverdad
¿ENFERMA LA RED?
1. LUCES Y SOMBRAS EN EL OCÉANO VIRTUAL
1.1. Las redes de la Red como cobijo
1.2. Curiosidad, inquietud, entre la acción ciega y la indolencia
2. REALIDAD DEL VÍNCULO VIRTUAL
2.1. Desengaño y escepticismo: refugio o agonía
2.2. Culpabilidad y autoindulgencia
3. AL LÍMITE
3.1. Lo perverso en el filo de una tecnología que no cesa de crecer
4. PSICOTERAPIA EN LÍNEA
4.1. Algunas singularidades
5. LA RED, NUEVA INTEGRANTE EN LOS GRUPOS
5.1. ¿Grupo psicoterapéutico virtual?
DISCORDANCIAS EN UN MUNDO GLOBALIZADO
1. ¿DECONSTRUIR LA GLOBALIZACIÓN?
1.1. Lo digital: una quinta dimensión
2. NUEVOS DIOSES Y DEMONIOS
2.1. En las profundidades del big data
3. EL PODER DEL MIEDO
3.1. Un apunte sobre la muerte
4. HACIA INSOSPECHADOS HORIZONTES
5. RED DE REDES: UN DIÁLOGO
EPÍLOGO: UNA PANDEMIA EN LA RED
BIBLIOGRAFÍA
PRÓLOGO
En una metáfora feliz, Kahn y Antonucci (1980) describieron al núcleo social que nos rodea en la vida —familia, amigos, colegas, relaciones de todo tipo— como un convoy de barcos, una flotilla de la que somos parte y que nos acompaña —siguiendo reglas establecidas si bien cambiantes de proximidad-distancia, configuraciones e intercambio de señales— mientras navegamos el mar del devenir del tiempo. El curso de nuestra vida y la del entorno social navega a veces lenta y serenamente, a veces golpeados colectivamente por los vientos de los conflictos sociales que desordenan a la flotilla, a veces perturbado puntualmente si la vida te golpea con sorpresas.
Con el correr del tiempo, esa flotilla significativa que nos rodea va mutando. Los barcos más antiguos, más importantes y centrales en su momento van tomando distancia o desapareciendo, reemplazados en parte por otros construidos en astilleros coetáneos o aun más recientes, los que a la larga también se desapegan en parte cuando, a su vez, se rodean de su propia flotilla, compuesta por algunos navíos en común con la nuestra. Muchos otros se organizaron alrededor de otros núcleos en tanto que nuestra propia flotilla inmediata merma; los barcos que nos han rodeado van distanciándose o haciendo agua y acaban yéndose a pique, a menos que sea el nuestro el que lo haya hecho antes… y, si no, lo hará cuando nos llegue el momento.
Rica visualmente como tiene que ser toda metáfora, la de la flotilla se hace insuficiente cuando incorporamos la noción de que cada uno de los miembros de una red social dada posee a su vez su propia red social individual, lo que introduce una multidimensionalidad que sobrepasa a la bidimensional de la superficie del mar donde navega el convoy, por lo que merece la pena explorar otras figuras que se acerquen más a una descripción caleidoscópica.
Por definición inherente a su exploración (Descríbeme TU red social), cada uno de nosotros somos existencialmente el centro de nuestra trama social, de nuestra red social personal. Cuando trazamos los confines inclusivos de la red, yo de la mía o tú de la tuya, lo hacemos a sabiendas de que cada uno de aquellos a quienes hemos incluido en vuestra red es también un habitante central o periférico de muchas otras redes, a veces redundantes y superpuestas a la nuestra (la red social personal de mi hermano menor se superpone en parte con la mía, pero contiene a amigos y compañeros de trabajo y miembros de la red de su esposa que mi hermano incluye en la suya y yo no en la mía ya que ni los conozco), a veces en inserción muy periférica (ni idea de quiénes constituyen la red social de mis vecinos, ese con quien solo intercambiamos saludos y comentarios acerca de esa neviza de anteayer, red en la que merecemos ser incluidos respectivamente en un rincón periférico, en tanto nos conocemos y, en caso de necesidad, puede que jueguen un papel importante, como observó Granovetter (1973) en su «La fortaleza de los vínculos débiles»).
Una visualización metafórica de ese campo evoca más bien la imagen fractal o de ciencia ficción de un sistema multiplanetario y multisolar en evolución rápida. Agreguemos como ingrediente nuestro estilo personal de sociabilidad (¿Tendemos a ser más bien ermitaños o expansivos? ¿Seleccionamos cuidadosamente a quien dejamos entrar en nuestras vidas u operamos con una regla de puertas abiertas?), así como variables contextuales (¿Somos nativos, inmigrantes o exilados recientes en el país o en la ciudad? ¿Es este un tiempo de paz y tranquilidad social o estamos viviendo en la tensión extrema de un fascismo en ciernes?) y tantas otras circunstancias que nos llevarán a modular la inclusión de eslabones con nuestro entorno social.
Así es como hacemos más fácil o más complicada nuestra contribución a la prueba de la tesis propuesta hace ya casi un siglo por el escritor húngaro Frigyes Karinthy, transformada con el tiempo en juego social y en experimentos rigurosos, de que dos personas cualesquiera de este mundo —por ejemplo, tú, lector o lectora, y un khalkha nativo de Mongolia Exterior elegido al azar— están separadas por solo seis eslabones sociales [del tipo «el conocido de mi conocido»].
Merece acotarse que un elemento importante para seleccionar una metáfora que haga raíces (o que vuele, según la alegoría que prefiera el lector) es que permita incluir la dimensión temporal, la mutación a veces imperceptible y a veces abrupta de los recambios, de los ingresos y egresos, distancias y aun evolución de las funciones sociales dentro de la red en el correr del tiempo. Es decir, la evolución de la red social personal en el curso de la vida de sus miembros.
Eso lleva a su vez a introducir otra pregunta interesante, a saber: ¿cómo definimos a la red social personal? ¿Cuál es el punto fijo o invariante que marca y rotula su existencia? Mi red social, ¿nace con mi nacimiento y muere con mi muerte? Yo sé que he sido parte explícita de la red social de, por ejemplo, mi abuela, que me recibía en su casona con chocolate caliente y arrumacos, pero no de la de sus padres, bisabuelos a los que nunca conocí. ¿La incluyo en mi red, aun muerta? La de ella, ¿aún existe? ¿O es que soy un habitante temporario de una red multigeneracional marcada por ciertos inciertos apellidos transformados por las migraciones o reconocibles por algunos tradicionales, o por una combinación específica de algunos pocos genes que no solo me diferencian de un orangután y de una lagartija, sino que me generan una fisonomía parecida a (la foto) de mi tatarabuelo cuando era joven? La respuesta está a merced, por cierto, de la definición operacional que utilicemos. Y la definición operacional, en tanto instrumento, está al servicio del propósito de su uso.
Incluso una definición vaga como «tu red social, tal como la sientes», que asegura la idiosincrasia de la respuesta, merece su respeto tanto en una conversación informal —en la que la rigurosidad nos importa menos que lo que Roman Jakobson llamó la función fática (de conexión o contacto) del lenguaje que su precisión referencial— como en una investigación rigurosa acerca de, por ejemplo, qué es lo que la gente define como su red social o a quién incluye espontáneamente.
Para complicar la cuestión de las fronteras de la red social, las últimas décadas han lanzado un desafío extraordinario a través de la creación y el imponente desarrollo de las redes sociales electrónicas, que han multiplicado más allá de todo cálculo la capacidad de conexión entre individuos y, en muchos casos, relegado a un papel secundario la conexión in vivo… tema que, a pesar de haber escrito un libro y varios artículos al respecto, me abruma y sobrepasa, tal vez porque no mamé la revolución electrónica como lo hicieron desde niños mis vástagos y, aún más, desde la cuna, los vástagos de mis vástagos. Por lo que mi meollo se revuela cuando me pregunto, por ejemplo: la admirable autora de este volumen debe tener (no lo sé, solo me imagino) centenares de «amigos» en Twitter. ¿Los incluye ella como miembros en el trazado del mapa de su red social personal? Si, en su sitio de red, miles de admiradores (miles y uno conmigo) la aclaman, le envían comentarios a sus comentarios y ella, generosamente, incluye respuestas afectuosas y respetuosas, genéricas y puntuales, ¿ellos la pueden definir legítimamente como miembro de su red social personal, o ella a ellos? ¿Cuánto de los aspectos cualitativos de su identidad (o de la mía, o de la tuya, lector) se ha construido sobre la base del proceso cálido de lo que Ronald Laing y colaboradores (1966) llamaron «la espiral de las perspectivas recíprocas» (mi imagen de ti, mi imagen de tu imagen de mí, mi imagen de tu imagen de mi imagen de ti, y así), tan propio de las interacciones en red?
Con esta media verónica le paso la faena de la respuesta a estas y miles de otras preguntas a la mente inquisitiva y la pluma rica de Isabel Sanfeliu, quien ha expandido aún más su óptica experta en los procesos grupales tanto como en la introspección para regalarnos en este volumen, con su estilo a la vez erudito y poético —rara y feliz combinación—, una incursión minuciosa al tema de las redes sociales en todas sus complejidades… y tantos otros temas asociados a este, desde la evolución de la red en el curso de la existencia hasta la evolución de la identidad en el curso de los recambios de red, pasando por las sutilezas de la comunicación interpersonal, la complejidad y el cimbronazo cualitativo generado por los avances de la era digital, así como su impacto en la globalización, sus alcances y las paradojas que genera.
De hecho, una visión psicosocial compleja del individuo-en-sociedad genera un caleidoscopio de interconexiones; reaparece la supergalaxia, esta vez del vasto ámbito de los conceptos psicosociales, en los que hay ideas centrales e ideas satélites de cada una, conceptos que, junto con sus satélites, intersectan el espacio conceptual de tantas otras. Además, acaba asociándose en órbitas recíprocas, influenciadas a su vez por macroconceptos aún distantes que, por su peso específico y masa, afectan por mera presencia gravitacional la órbita de tantos otros conceptos, y aun nos permite entrever la presencia virtual de constelaciones en proceso de ser creadas y que, quién sabe, puede que revolucionen y hagan periféricas tantas ideas centrales en nuestro universo actual.
Fascinante ese laberinto multidimensional (¡vaya, otra metáfora!, tal vez un poco menos sistémica, en el sentido de recursiva, pero tiene su encanto), esta vez de las ideas y los modelos de nuestra feraz disciplina, pleno de avenidas iluminadas, caminos circulares, callejones sin salida, pistas falsas y vías regias, y en constante evolución. Y qué maravilla poder tener como guía para su recorrido a este Hilo tendido por Isabel Sanfeliu, una Ariadna de lujo que nos transmite el placer de explorar confines, jugar con ellos, desgranarlos, descubrir sus códigos, y abrir así nuevos interrogantes que a su vez invitan a su exploración. El amenazante Minotauro se esfuma cuando descubrimos que la oscuridad de los nuevos laberintos al final de los laberintos ya explorados puede ser leída no como un mensaje de peligro o de rechazo, sino como una invitación a explorarlos, cosa que hace (y nos invita a hacer) Isabel Sanfeliu con inteligencia, audacia y alegría.
Caminante, no hay camino…
CARLOS SLUZKI, M.D.
Clinical Professor, Department of Psychiatry George Washington University
Professor Emeritus,, Global and Community Health and Conflict Analysis and Resolution George Mason University
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
GRANOVETTER, M. S., «The strength of weak ties», Am. J. Sociology, 78(6), 1973, pp. 1360-1380.
KAHN, R. L., y ANTONUCCI, T. C., «Convoys over the life course: Attachment, roles, and social support», en P. B. Baltes y O. Brim (comps.), Life-span development and behavior, vol. 3, Nueva York, Academic Press, 1980, pp. 254-283.
LAING, R. D., PHILLIPSON, H. y LEE, A. R., Interpersonal Perception: A Theory and a Method of Research, Londres, Tavistock Publications, 1966.
INTRODUCCIÓN
La araña teje su red, el pescador lanza la suya: atrapar para de-vorar. Hay entramados que protegen, otros capturan, algunos —como los hilos subterráneos del micelio— sustentan. ¿Cómo sobrevivir enredados? Describimos redes neuronales que transmiten y generan información; en otros casos se hace referencia a la red social de un sujeto: grupo, vínculo, comunicación… complejos retículos inseparables. ¡Tantos lugares desde los que abordar este tipo de estructura!
¿Por qué despierta temor la tecnología que estamos creando? ¿Deberíamos frenar el progreso de la ciencia que modifica nuestro entorno a más velocidad de la que alcanza nuestra capacidad de adaptarnos a él?, ¿o acaso los dispositivos cibernéticos no son más que pseudópodos humanos? ¿Podrán las máquinas superar a nuestra inteligencia? ¿Qué nuevas formas de construcción social de realidad están siendo creadas o modificadas? ¿Somos realmente más violentos? ¿Se puede amar sin mirarse, sin olerse, sin tocarse? ¿Qué decir del actual empeño de exhibirse en la Red? Exhibir un avatar que se confunde con nosotros mismos. ¿Qué tipo de vínculo puede generarse con un cíborg? ¿Habrá que crear un concepto nuevo para definir ese peculiar enlace?
Son preguntas que están ahí, en boca de todos, antes eran solo patrimonio de los autores de ciencia ficción.
Nuestra propuesta busca ahondar en ellas ofreciendo un mapa que aporte sentido, una perspectiva histórica que evite precipitados dictámenes en un mundo globalizado. Tanto fanáticos como escépticos o detractores de la Red olvidan dotarla de un contexto antes de establecer juicios de valor.
Los saltos tecnológicos culminan procesos, son puntos de inflexión que necesitan del entrecruce de aportaciones de distintos campos, es el análisis transdisciplinar. Por lo tanto, para argumentar una postura y actuar en coherencia con la misma, considero necesario tomar distancia del hecho puntual, del acontecimiento aislado.
Pretendemos discurrir sobre el efecto a medio plazo y los cambios que ya se están produciendo a partir del despliegue de la comunicación a través de Internet. Es difícil intuir peculiaridades del territorio que recorreremos en unos pocos años, lo que sí podemos es indagar algunos de los hilos que parecen gobernar la complejidad de nuestra época: la función social y los aspectos evolutivos del miedo, el vacío que deja la autoridad cuestionada, la dificultad para identificarse con cuerpos intuidos, deformados en lo imaginario, sometidos…
Goldstein habla del conjunto de neuronas y el núcleo de cada neurona como network o retículo, idea retomada por Foulkes para referirse a la estructura del grupo: el individuo forma parte de una trama social, como igualmente recuerda Carlos Sluzki. En este maremágnum arraiga el concepto de red social virtual que marca el arranque de nuestro siglo XXI.
También se hubiera podido titular esta obra Hilos que tejen la vida. En el fondo, homeostasis y prevalencia1 son motor tanto de la dinámica vital como de la que mantiene a la Red, siempre que contemplemos estos conceptos en toda su complejidad.
Si no hay pregunta, no puede haber conocimiento, propuso Gaston Bachelard (Le nouvel Esprit Scientifique, 1934); el auténtico espíritu científico se manifiesta sobre todo en la actitud de reconocer y plantear preguntas. Nada está dado. Todo se construye.
A la hora de adentrarnos en la Red, empezaremos por recordar su función en origen: conectarse para transmitir y recibir información. Esto conduce a evocar el mundo epistolar del siglo pasado, generador de imaginarios a partir de lo que sus líneas permitían entrever. En la actualidad diría que ante los chats —con su despliegue exhibicionista— y la política del miedo (imperio de la vigilancia, etc.) surgen actitudes reactivas de repliegue y rechazo de todo tipo de tecnología. Por eso me parece importante empezar por la comunicación: tanto como elemento necesario para estructurar un lenguaje —por ende, un sujeto— como su evolución hacia un espacio lúdico y placentero.
Nuestra consulta es un espacio privilegiado para observar cómo las tradiciones no se borran con la facilidad que muchos pretenden; machismo y homofobia, por ejemplo, agitan el subsuelo de las mentes más progresistas. El hecho de que los cambios sociales se precipiten a tanta velocidad superpone generaciones con identidades cuestionadas en muchos ámbitos.
Un aspecto en el que también nos detendremos es la repercusión de la Red en la identidad corporal, que va de la mano del tipo de vínculo afectivo del que se quejan muchas adolescentes (en mi experiencia, más ellas que ellos).
Creo, por último, inevitable incorporar formas diferentes de aprehender la globalización para adentrarnos en esta pequeña y desconcertante jungla. Nos preguntamos si la curiosidad que abre el mundo a un sujeto y los ideales que le forjan como tal podrán vencer al escepticismo, el engaño y la impotencia imperantes.
El panorama es confuso, los resortes que modulan esta dinámica son impredecibles, no hay una mano que gobierne la tramoya, aunque muchos lo pretendan. No todo cambia tanto como parece, me niego a adscribirme a cómodos argumentos alarmistas y creo que vivimos un momento enormemente fructífero para ejercer el muy placentero y vertiginoso juego que nos define como especie.
Menudearán por estas páginas unos pequeños avatares que imaginé a modo de alter ego con los que establecer monodiálogos, como diría Unamuno…

NOTAS
1 «La prevalencia asegura que la vida se regule dentro de manera que no solo sea compatible con la supervivencia, sino que contribuya también a la prosperidad, a una proyección hacia el futuro de una vida o una especie» (A. Damasio, 2018, p. 44).
COMUNICAR
El objetivo de la comunicación es favorecer la supresión de toda certeza.
M. PERNIOLA, 2004, p. 128
1. DE LA NECESIDAD AL PLACER DE TRANSMITIR
Antes de articular palabra, antes incluso de percibir su entorno más allá de las primeras miradas que se le dedican, el instinto de supervivencia incita al humano a negociar con el afuera. La comunicación se estrena de la mano de la necesidad, templando piel con piel; ojos que tantean enfoques, omnímodo pezón que vehicula inquietud, sacia y permite su añoranza. Un mundo por estrenar, del que apoderarse y al que temer, y en el que nos construimos sujetos sin conciencia de ello. En esta travesía, «el ojo del otro y el otro parlante son totalmente indispensables para que se dé un lenguaje propio», en el decir de Bonnet (1981, p. 90). Un lenguaje propio traduce reflexión y pulsiones, va más allá de cuestiones prácticas, como incidir en el comportamiento de otros, aunque revierta en última instancia.

Pero, si nos adentramos en el terreno virtual, hay un aspecto de la misma que aparece muy relegado: la musicalidad de las palabras, el tono, un elemento básico que matiza y clarifica mensajes que podrían representar opuestos, emitidos con distinto acento.
Ciertas configuraciones rítmicas acompañan al humano incluso antes de poder ser nominado como tal; «no resulta creíble un pasado prehistórico silencioso», apuntó Steven Mithen (2005, p. 47).
La música no es algo accesorio, ni mucho menos, en todas las culturas es una actividad de grupo que cumple una función en la comunidad, informa sin palabras de alarmas o triunfos. Los cantos compartidos, acompañados habitualmente de danzas, están al servicio de la paz y de la guerra; algo ancestral sigue vigente tras el tañido de cualquier instrumento.
El tipo de vida de los neandertales exigía rápida toma de decisiones y cooperación en grupo para poder sobrevivir y conseguir logros culturales sin precedentes; poseían un grado de control respiratorio tan preciso como el requerido para el lenguaje humano moderno, pero faltaban circuitos neuronales para segmentar enunciados holísticos en unidades discretas combinables entre sí —el acceso al pensamiento simbólico y, en última instancia, a la expresión hablada.
En suma, la comunicación comenzó con gestos y voces referidas a acontecimientos concretos, y la evolución del lenguaje se alcanzó con el segundo momento de expansión del cerebro.
Podemos imaginar que las primeras tertulias se dieron en torno al fuego tras duras jornadas de caza. Kevin Power (Primordial origins of Group Analysis, 2017) plantea este chismorreo como sustituto del grooming animal, una forma de organizar sociedades dispersas. Fernández-Armesto también recoge esta hipótesis: «Quizá el habla surgió como alternativa al rito de despiojarse unos a otros» (2015, p. 152). El mismo autor apunta que el lenguaje se originó como un sustituto del cortejo al crecer el tamaño de las comunidades de homínidos.
Arrullo, nana, cántico… voz.
La voz, la voz que es el signo aéreo del pensamiento y por ello del alma, que instruye, predica, exhorta, ruega, alaba, ama, a través de la cual se manifiesta el ser en la vida, casi palpable para los ciegos, imposible de describir porque es muy ondulante y diversa, demasiado viva, precisamente, y encarnada en demasiadas formas sonoras… Esa voz que no puede tocarse, que no puede verse, la más inmaterial de las cosas terrestres, aquella que más se parece a un espíritu (Marcel Schwob, El terror y la piedad, Libros del Zorzal, 2006, p. 77).
No puedo expresar mejor la potencialidad de la entonación, que desaparece en el entramado de conexiones virtuales. Cierto que tampoco acompaña a la correspondencia postal, pero en esta hay tiempo para evocarla, no está tan presionada por la inmediatez. Son obvias las muchas ventajas de los nuevos intercambios, pero inevitablemente hay pérdidas en el camino.

¡Es tan habitual que las respuestas se pierdan en el aire para dar paso al torrente de palabras de quien parecía interesado por su pesquisa!
Pero vayamos a la Red: dejando a un lado indagaciones en solitario para obtener datos o el intercambio con personas de un círculo cercano, uno de los grandes objetivos del internauta es lograr el mayor número posible de visitas, pura propaganda de uno mismo para lucir contactos cual condecoraciones. ¿Dónde queda el sujeto, su voz? En una época en la que el silencio es un bien escaso, menudean los diálogos enmudecidos de mensajes mecanografiados; no son nuestras voces las que nutren la contaminación acústica sino nuestra actividad.
2. IMAGEN, PALABRA, ESCRITURA
Propongo que nos detengamos un momento en estos conceptos emparentados pero disparejos. Pensando en el proceso del desarrollo como guía, lo que envuelve al bebé es la musicalidad de una lengua, siluetas que se acompasan y se concretan con el tiempo. Cuando, tras el placentero retozo del balbuceo, logran articularse vocablos estructurando un pensamiento más complejo, el símbolo permite tolerar la ausencia de quienes todavía son esenciales en la vida del pequeño. Es el acceso a la temporalidad. Son también los primeros garabatos con sentido, la alfabetización, el trofeo de la lectura…
Enigmas desentrañados, mundo adulto por conquistar inmerso en la ambivalencia que implica el proceso de individuación. Vértigo ante la ausencia, elaboración de la pérdida, placer de crear una realidad a su medida.
Para leer es necesario prescindir de la imagen visual, es necesario perder la antropomorfización de las letras (la be tiene pancita…). Para que la letra sea del sujeto tiene que acontecer la represión como posibilidad de enlace entre estas. Así se podrán formar palabras. Es una determinada letra con otra la que forma un sonido que se puede decir. Es necesario articular aquello que es de la prohibición y aquello que es del goce. No hay una cosa sin la otra, ya que para poder hablar y tener poder de uso sobre el lenguaje y sus derivados, es necesaria la articulación entre la falta de imagen sonora que hay en la imagen escrita y la falta de imagen escrita de la imagen sonora (E. Palma y S. Tapia, 2006, p. 108).
El primer garabato legible que suele escribir un niño es su propio nombre. El narcisismo impregna desde el primer momento esta nueva adquisición. Se me ocurre que es una segunda versión de la analidad: sentir control sobre la propia producción. Ofrecer (expulsar) versus retener. Pulsión epistemofílica a través de la lectura, pulsión de dominio al decidir si dibuja la grafía con la que colmar el deseo de esos otros que le gratificarán.
Con el tiempo, lo narcisista se abre paso en la ambición del autor de que lo escrito lo mantenga vivo más allá de la muerte, claro que en el interregno puede convertirse en incómodo testimonio del que no poderse desembarazar.
La palabra es instrumento del pensamiento, forma de expresión individual, medio de comunicación.

El ojo del otro, en su profunda ambivalencia, juega un rol indispensable en el funcionamiento de lo inconsciente, donde constituye un polo particular, irreductible, que, en su oposición dialéctica al rol de la censura, crea una zona de connivencia en la que el sujeto logra articular sus deseos reprimidos con los actuales, en un ir y venir incesante que le permite construirse (Bonnet, 1981, p. 120).
El omnipresente ojo divino que todo lo ve no solo acompañaba el catecismo de nuestra infancia, es un símbolo esotérico del que han gustado masones y todo tipo de cultos. Hamsa, Horus, Shiva, Nazar, el Gran Ojo de la Naturaleza en la Grecia Antigua o la Santísima Trinidad son ahora encarnados por criaturas terrenales —también inasibles— en lo que se ha dado en llamar el imperio de la vigilancia. De la vigilancia, de la imagen, de la hipervelocidad, del hedonismo, de la globalización, del todo positivo… ¡Cuánto alias para apenas unos pocos años transcurridos en nuestra centuria!
El gesto acompaña, refuerza o desmiente un discurso hablado. Pero ya no nos conformamos con la expresión fugaz que permite ser desdibujada en la memoria, un selfi espera agazapado en cada esquina. Corren malos tiempos para retratistas y fotógrafos…
Durante siglos fue un arte para pocos. Después se transformó en una artesanía para muchos que lo hacían cada tanto. Ahora parece ser una tarea de todos, todo el tiempo: posamos, nos ponemos. Es el paso más reciente de la sociedad del espectáculo (Martín Caparrós, «El registro continuo de la sonrisa», El País, 10/2/2015).
Como reza el título de su artículo, en nuestra cultura de hedonismo «no sonreímos porque estemos contentos; sonreímos para que parezca que estamos contentos, o sea: para estar contentos». El gusto por la fotografía puede dar paso a un cierto hartazgo ante la avalancha de cámaras o móviles danzantes en curiosos artilugios.

Existe una importante diferencia entre la acariciada imagen que se atrapa impregnada de una emoción y la retahíla de fotos tipo «estuve ahí». Una es intimista, la otra, una nueva versión de exhibicionismo.
Gesto, lenguaje, habla, gramática, literatura…, conceptos que aluden al vínculo, a la comunicación y al contacto con el otro, pero cuyo campo estructural transcurre por distintos derroteros. La lengua comporta un hecho social, un idioma se va pergeñando en grupo, refuerza la identidad del mismo, pero es un sujeto el que habla una parcela de ese lenguaje; la jerga, la forma de articularla, incluso los errores ortográficos (de concordancia, laísmos, leísmos, etc.) permiten atisbar la singularidad de quien emite el mensaje. Así mismo, de quien lo emite y del grupo social al que pertenece; de hecho, que la escritura se origine en distintos momentos y de manera independiente en distintos lugares lleva a Damasio a confirmar que la evolución cultural humana se produce de manera autónoma a lo largo de la historia.
Un sugerente interrogante en torno al origen del lenguaje: «¿Necesidad de comunicación o forma de expresión individual —palabras sueltas para expresar sensaciones que posteriormente se adaptan a la comunicación entre individuos estableciendo un código sonoro y gestual para cada sentimiento—?» (Fernández-Armesto, p. 152).
Y ya que aludimos a la creación de un idioma, ¿cómo podríamos catalogar al lenguaje cifrado que se fragua en las diversas redes de Internet? En su génesis, los campos reducidos de escritura de Twitter, luego la rapidez que uno mismo se impone, la clandestinidad adolescente o la impostura del anglicismo… Más o menos sofisticados acrónimos, del DIY (do it yourself) al NTP (no te preocupes) o WTF (what the fack!) y, siempre, ASAP (as soon as possible)… ¡hasta el FBI ha creado un catálogo de estas siglas! Un paso más y la frontera se hace más estrecha, solo cierta élite maneja el leet speak (aunque se encuentren —¡cómo no!— traductores en Google), con caracteres alfanuméricos y a medio camino entre la telefonía y la informática.
Menos sofisticadas, abreviaturas del tipo «pq, tmb, tqm, ks…» deforman el lenguaje y, por tanto y de alguna manera, la forma de estructurar el pensamiento. Internet ya tiene un alfabeto alternativo y, además, con un aditamento: los famosos emoticonos, la imagen en la Red. ¡Regresamos al lenguaje jeroglífico! El infructuoso intento de implantar el esperanto como lenguaje universal está siendo suplantado por un batallón de monigotes que cada cual interpreta como buenamente puede o quiere.
Pero BTW (back to work), tornemos un momento a la tradición.
2.1. El estilo epistolar
Cuando en 1997 Nicolás Caparrós pone en marcha su edición de la correspondencia de Freud, hace una serie de reflexiones que vienen ahora al caso:
La carta remite al documento biográfico, al apunte psicológico; en muchos casos recala en la narrativa, una intención, la expresión inconsciente de quien la escribe; un mensaje y también fuente de reflexiones y emociones para aquel que la lee insumido en los horizontes de su propia vida, ajeno ya a la época que evoca y a sus sensaciones, libre de algunos prejuicios y lastrado, sin saberlo, por otros diferentes. En suma, es un escrito polisémico, un desafío a la reflexión cada vez más profunda y al mismo tiempo, si no se observa la debida cautela, una incitación a la esterilidad de la repetición canónica.
Una correspondencia debe servir más de clave para la inspiración, de contraste con las propias experiencias, que de simple documento objetivo; y no es que desde esa vertiente carezca de valor, pero, por mucho que nos obstinemos en anotar un escrito de esta índole, y debemos hacerlo, escapará como el pájaro a su hábitat natural, más propio de la emoción que de la afirmación suficiente. La epístola es un género literario que se pierde.
El propio Freud avisaba a Silberstein de que con el telégrafo corría el riesgo de no ver su letra en diez años; nunca pudo imaginar el desarrollo de los acontecimientos. El ejemplo de Freud no es excepcional, aunque sí particularmente prolífico (más de 20 000 cartas); 10 000 se le adjudican a Voltaire. En mayo de 2018, la Fundación Napoleón publicó en la editorial Fayard el último de los quince volúmenes de su correspondencia, con un total de 40 497 cartas.
Los siglos XVIII y XIX contienen numerosos ejemplos de esa afición por la cultura de la comunicación epistolar llevada a veces al exceso. Construirse escribiendo podría ser la fórmula; ¿versión más intimista de la actual omnipresencia en la Red?
Es evidente que la antigua comunicación epistolar permitía reflexiones que la cibernética obtura; disfrutamos muchas recopilaciones de cartas que se han reconocido como auténticas obras literarias o filosóficas. En cambio, los mensajes actuales se esfuman casi con la velocidad con que se escriben (iba a poner redactan, no me atrevo), además, no se pierde gran cosa con ello. Es cierto que hemos ganado y perdido en el intercambio; la demora en la comunicación epistolar ponía en marcha toda serie de especulaciones, pero también daba pie a la reflexión y a la ponderación de los mensajes.
En la actualidad, el chat (que proviene del inglés ‘charla’), inaugura una conversación virtual, práctica, apresurada, donde en muchas situaciones se hurta la identidad de los sujetos que intervienen.
¿Y qué decir de la grafía personalizada que, por ejemplo, autentifica el mensaje? Buril, cálamo, pincel, pluma de ave o estilográfica requieren entrenamiento y tiempo; el teclado del ordenador —sin duda más ágil que el de las primeras Remington— puede deslizarse casi acompasando nuestro pensamiento. La posibilidad de borrar, cambiar de lugar, añadir un matiz permite el fluir de ideas, esquivando la previa autocrítica.

No es lo mismo el chateo con un amigo, un tuit anónimo o una obra literaria; tampoco, hablar del chat de un tipo retraído, de una personalidad expansiva…
La respuesta fácil —haciendo referencia a las redes— es que se escribe más veces con menos riqueza de contenido. Lo que permanece es la ansiada espera del correo de la mano del cartero o un teléfono móvil. Tempos disparejos, pero la fantasía ante la ausencia de noticias sobrevuela tanto antes como ahora.
En cuanto a la literatura proliferan pequeñas editoriales en formato digital que hacen más accesible difundir la obra de autores desconocidos. Parece que las cifras desmienten el desalentador futuro que algunos presagiaban al libro en papel; conviven formatos en un universo cada vez más unificado de best sellers encumbrados a veces más por la habilidad mediática que por su valor intrínseco.
3. DISTORSIÓN Y AMBIGÜEDAD DE LOS MENSAJES
Equívocos hubo siempre, los hay que provocan curiosas situaciones recogidas con gracia por una sátira inteligente. Existe, cómo no, la información tergiversada a voluntad. El autoengaño (denegación) es uno de nuestros mecanismos de defensa inconscientes. ¡Qué elegante fórmula —posverdad— se encontró para distorsionar «legalmente» la realidad! Como si esta no fuera ya suficientemente escurridiza…
En 1902 Poincaré publica su crítica del pensamiento científico tradicional; tres años más tarde, Einstein con la relatividad hace que cosas aparentemente absurdas resulten creíbles; Saussure siembra dudas acerca de la fiabilidad del lenguaje a la hora de explicar los hechos, la mecánica cuántica amenaza la idea del orden. Es un período cementerio de certezas y cuna de una civilización dubitativa, en la que cada vez es más difícil estar seguro de nada (Fernández-Armesto, 2015, p. 96).
3.1. En el contexto social
Un pequeño avance de nuestro cuarto capítulo en lo que concierne a la comunicación. El horizonte del sujeto actual se abre mucho más allá de un contexto familiar, de trabajo o de amistad. Dicho de otra manera, parecería que las redes sociales son cada vez más amplias, salvo en sujetos marginados o aquellos otros que se retiran del mundanal ruido por el aturdimiento que este depara. Este aumento de vínculos —más o menos significativos— diversifica el tipo de intercambio y los temas de interés.
No es necesario recurrir al paradigma de la complejidad para intuir que, al ensancharse el universo comunicacional, también se incrementa el bullir de ideas, las dudas, la inestabilidad… o la rigidez y el totalitarismo ante el vértigo que la incertidumbre desencadena. Amor y odio son necesarios para nuestra existencia; Heráclito, filósofo del cambio, defiende el conflicto, la lucha de contrarios, como origen de todas las cosas. Un origen turbulento que necesita de remansos para evitar torbellinos letales.
Estamos en un interesante apartado, la distorsión de mensajes en un contexto social. Lo que da sentido a una institución del tipo que sea es proporcionar medios para alcanzar determinados objetivos. Las inevitables confrontaciones e incongruencias que surgen en el proceso desencadenan crisis que, a su vez, favorecen cambios o iteran el conflicto bloqueando la estructura. Ignacio Ramonet aporta un matiz: «Una institución que no tiene regulación externa está condenada a cometer excesos o a la corrupción» (2015, p. 131). La misma obra incluye una entrevista a Noam Chomsky, que aporta un par de interesantes reflexiones: «Los medios de comunicación son a la democracia lo que la propaganda es a la dictadura» (Ramonet, p. 124), o: «La publicidad, en el fondo, es mucho más eficaz que los sistemas totalitarios» (Ramonet, p. 139). Terreno embarrado sobre el que muchos han intervenido en cualquier época o lugar.
Es incuestionable que para disfrutar de un cierto margen de libertad —con las inevitables restricciones que imponen la convivencia, un entorno concreto y el bagaje instintivo— es necesario disponer de una serie de referencias a partir de las que formarse un criterio. «Formar – deformar – informar – reformar – transformar, son conceptos que sugieren crecimiento, adquisición de nuevos perfiles, movimiento, transacción entre un afuera y un adentro. El transcurrir de un sujeto es permanente de-in-re-trans… formación, si no fuera así, quedaría atrapado por una mortífera parálisis», escribí en el 2000. Pero estar bien in-formado es un concepto tan subjetivo… ¿Dónde rastrear? ¿Qué es una fuente fidedigna?, ¿la que confirma lo que sospechábamos, la que corrobora nuestras hipótesis? ¿Cuántos sitios web consultar para disponer de un criterio fiable? Y los tiempos de latencia, ¿cómo puede llegar a deformar los hechos el ritmo con que se relatan? La información resulta esencial para esquivar fanatismos y supersticiones, pero el mundo que ofrece Internet no es diáfano, tiene muchos recovecos, grutas y simas que solo grandes espeleólogos alcanzan a intuir.
Además, detractores del libre albedrío siempre hubo; recordemos el paternalista y castellanizado «todo para el pueblo, pero sin el pueblo» del despotismo ilustrado, culto de la razón… de los escogidos. Una forma quizá de protegerse contra la explosión demográfica de la época al reducirse drásticamente la mortalidad. La muchedumbre sobrecoge al que no forma parte de ella, tanto si viene de otros países sorteando concertinas como si germina sin control en el propio. La Inquisición sirvió de acicate a Voltaire, en su Diccionario filosófico, para escribir un pequeño diálogo sobre la libertad de pensar:
MEDROSO: Dícese que, si todo el mundo pensara por sí mismo, habría mucha confusión en la tierra…
BOLDMIND: Todo lo contrario… los tiranos del pensamiento son los que han causado gran parte de las desgracias del mundo. En Inglaterra no fuimos felices hasta que cada uno de sus habitantes gozó con libertad el derecho a exponer su opinión.
El conde Medroso argumenta entonces que en Lisboa viven tranquilos, aunque nadie está facultado a decir lo que piensa. «Tranquilos, pero no dichosos»; y esta respuesta de lord Boldmind resulta de rabiosa actualidad ante el polémico y falso dilema seguridad/libertad del siglo XXI. Cada cultura tiene sus peculiares modos de perpetuarse, pero una entusiasta credulidad o un receloso escepticismo acostumbran a recibir posibles innovaciones en cualquiera de ellas. De ahí las artimañas con las que se presentan; esa sería una de las posibles causas de los mensajes tergiversados a los que estamos aludiendo. Ambigüedad, verdades a medias o verdades virtuales, el ingenio despliega todo tipo de recursos para lograr adeptos.
Aunque la distorsión del sentido de un mensaje no tiene por qué ser buscada. De hecho, emoticonos o abreviaturas, como a las que antes hicimos referencia, las producen por doquier sin que necesariamente el emisor se entere. Más allá del concepto de verdad o realidad, en el ser humano hay que reivindicar nuestra naturaleza contradictoria. Tan cierto es que sentimos algo en un momento como en el siguiente lo contrario; son dos verdades o autenticidades, amor y odio, deseo y temor van de la mano, de modo que el juego de malentendidos puede no ser otra cosa que un entrecruce de emociones conscientes e inconscientes.

Es una cita de Dery (p. 73), pero el lenguaje puro del algoritmo, al menos de momento y esperemos que por mucho tiempo, no forma parte del modo de vincularse un sujeto; es la diferencia entre dictar órdenes o comunicarse. Y la cultura interfiere en este proceso; incluso rasgos de la naturaleza humana, como la pereza o la necesidad de ordenar el mundo, impregnan la lengua, esa lengua que —en el decir del lingüista israelí Guy Deutscher— es el prisma a través del que observamos el universo. En esta corriente posmoderna, el lenguaje es algo más que un simple medio de comunicación, troquela nuestra percepción del mundo.
Aplicar esta idea al pequeño grupo puede anticipar un aspecto del siguiente apartado en la medida en que —salvando excepciones— no es un trauma único infantil el que genera psicopatología, sino situaciones incongruentes repetidas a lo largo del desarrollo. O también, ¿cómo impregna a los integrantes de una familia lo iterativo de ciertos mensajes discordantes? Son estas secuencias que rodean la experiencia las responsables de los conflictos interiores en la asignación de tipos lógicos y, por tanto, de posibles traumas en la forma de relacionarse.
Atmósfera familiar, contexto social, las diferentes culturas hacen que sus integrantes hablen de maneras distintas —y no hacemos solo referencia al idioma—. Guy Deutscher diferencia entre lo que las lenguas obligan a expresar y lo que permiten emitir. Por ejemplo, a partir de un estudio sobre lenguas diseminadas por el mundo, señala que en nuestra cultura nos orientamos con coordenadas egocéntricas mientras que en otros lugares «la convención de comunicar solo mediante coordenadas geográficas, obliga a los hablantes a ser conscientes en todo momento de su orientación y a desarrollar una memoria exacta de su cambio de orientación» (Deutscher, 2010, p. 208). Es interesante este apunte para aplicarlo al lenguaje digital, ¿en qué dirección presiona nuestra jerga tuitera?, ¿cómo incide en nuestra percepción de la realidad?, ¿qué zonas de nuestra estructura psíquica enriquece y cuáles se van deteriorando?, ¿en qué diagnósticos se detecta mayor incidencia?
3.2. Peculiares intercambios en el contexto clínico
Un sujeto puede sentir temor a satisfacer su necesidad de comunicar al prever las consecuencias que, en determinadas circunstancias, su acción podría provocar. Este conflicto da lugar a la ambigüedad, esto es, el emisor cree expresar lo que quiere decir, pero al receptor le llega el mensaje distorsionado. Desde el punto de vista comunicacional, un fragmento de conducta solo puede estudiarse en el contexto en que se desarrolla, y los términos «normal» y «anormal» son muy cuestionables. Así, el estado de un paciente no es estático, sino que varía en función de la situación interpersonal y la perspectiva subjetiva del observador (I. Sanfeliu, 1980, p. 311).
La comunicación nos afecta continuamente; ya lo expresó Saussure con acierto en 1913: la relación entre significante y significado viene determinada por una estructura social concreta, o también: el lenguaje se constituye diacrónicamente, pero funciona en la sincronía. Más tarde (1969), la Escuela de Palo Alto elaboró su modelo sistémico atendiendo más a cómo se configuran las relaciones que al significado simbólico del mensaje; respecto a la estructura de estos, plantean tres aspectos interdependientes: sintaxis (lógica matemática, codificación —algoritmos—, canales), una convención semántica (significado) y la pragmática (la forma en que incide en la conducta). Subrayar que emisor, receptor y contexto interactúan, que la forma de reaccionar un sujeto varía en función de con quién, cuándo y dónde se encuentre es una obviedad que hay que tener muy en cuenta. Somos «en contacto con» y los intercambios con el otro pueden ser simétricos o complementarios; de hecho, la metacomunicación puede resultar una potente maniobra de poder.
Un método clásico para analizar acciones o mensajes diferencia un nivel de contenido (aspecto cognitivo con determinada significación social) y un aspecto relacional (carga afectiva, lo conativo). A este atributo de persuasión en el encuentro con el otro ya hacía referencia Aristóteles en su Retórica (donde diferencia estrategias éticas, emociones irracionales y argumentos lógicos).
Lo irracional impregna actitudes, se filtra en el lenguaje no verbal (metacomunicación que elimina, en alguna medida, ciertas ambigüedades del mensaje); de hecho, la discordancia entre un relato y su forma de expresión es una vía para llegar al análisis de conflictos sin elaborar.
Otro modelo de comunicación, el circuito de Shanon, requiere la repetición de los siguientes pasos: fuente (persona) → ubicación en un código → ruido → elección de canales para transmitir comunicación → desciframiento → destino del mensaje (persona que queda comprometida en el circuito). Es decir, especifica David Liberman (1970), la fuente tiene que acusar recibo de que recibió la respuesta con el sentido que el destinatario dio al mensaje. A lo largo de este trayecto, no puede sorprender que surjan malentendidos, sobre todo cuando códigos y canales se diversifican tanto como en la actualidad.
Una de las funciones del Yo es discriminar modos comunicacionales —en el propio sujeto y entre sujeto/objeto—; por tanto, si la estructura de dicho Yo es demasiado frágil o no se ha consolidado, la traducción de los mensajes sufrirá contratiempos que incidirán en el psiquismo del sujeto. El lenguaje del grupo primario sesga la manera de pensar y percibir el mundo, estructura en una determinada dirección, y las incongruencias de tipos lógicos, por ejemplo, entre nivel verbal y preverbal, suponen serias trabas en el desarrollo.
Un inocuo ejemplo de mensaje distorsionado: el niño experimenta placer cuando descubre el «no»; enunciar la negación implica una diferencia con el entorno. «No» es también una peculiar manera de afirmarse, algo así como: «niego, luego existo». La negatividad juega un importante papel en una etapa concreta de la génesis del sujeto, pero una interpretación adultomórfica —que simetrice desde la inseguridad— puede descifrarla como reto y actuar en consecuencia, sin ejercer la función metabólica que corresponde a la figura parental.
Otro tanto podríamos decir de los pequeños engaños con los que el proyecto de sujeto tantea la realidad; no siempre es fácil discriminar travesura de transgresión. Tampoco lo es establecer necesarios límites fiables sin rigidez, sobre todo en terrenos tan novedosos como el de las herramientas tecnológicas, donde ni los adultos se ponen de acuerdo en el qué, cuándo, cuánto y cómo de su utilización.
El problema es más serio cuando hacemos referencia al «doble vínculo». Esta teoría, planteada hacia 1953 por Bateson, Weakiand, Haley y más tarde Jackson, ha sido poco modificada. Establecer una relación de doble vínculo con una persona significa hacerla dependiente mediante instrucciones o imposiciones paradójicas y contradictorias, de modo que el sujeto no pueda obedecer, desobedecer, ni librarse de la relación.
Cuando este estilo se hace habitual, la víctima (el esquizofrénico que se encuentra obligado a atender a la vez a esos dos órdenes de mensajes) aprende a percibir su universo bajo modelos de doble vínculo, pudiendo llegar a ser asumido el patrón de mandatos conflictivos por voces alucinatorias. Esto genera dos tipos de fenómenos en la comunicación del esquizofrénico: emite mensajes con un significado oculto sobreañadido (que es el verdadero mensaje) o mensajes muy abstractos que, sin embargo, entrañan un pedido concreto.

Dependerá de a qué etapa del desarrollo nos estemos refiriendo. En el niño es un juego imaginario que organiza el mundo y traza el camino a una identidad; los diferentes modos que adopta en el adulto transcurren desde la pesquisa creativa a la rumiación del obsesivo. ¿De dónde el empeño de la filosofía oriental por lograr dejar la mente en blanco? El yoga —dicta el Vedanta— consiste en impedir las fluctuaciones del contenido mental para que el sí mismo se encuentre en su estado, si bien estos monólogos, además de casi inevitables, son necesarios y necesitan alimentarse del afuera.
Pero estamos poniendo el énfasis en la distorsión del mensaje, y el engaño patológico de un sujeto a sí mismo tiene nombre: renegación (Verleugnung). Este mecanismo de defensa, enormemente práctico en una etapa del desarrollo al permitir la idealización de las imagos parentales, deja de serlo cuando atrapa en síntomas fóbicos o aspectos maníacos. «La renegación de la realidad exterior permite, como efecto secundario, el sentimiento de omnipotencia que, ese sí, será producto de la renegación de la realidad psíquica, demasiado débil para afrontar el medio» (N. Caparrós, 2004, p. 204). Pero el ser humano no puede mantener estabilidad emocional comunicándose solo consigo mismo, necesita de otros que le confirmen o rechacen, de forma que daremos de nuevo cabida a otros interlocutores.
Si hacemos referencia a mecanismos de defensa que tergiversan la comunicación, no podemos dejar de aludir a la identificación proyectiva, que puede utilizarse tanto para evitar la separación del objeto idealizado como para intentar controlar al amenazante. En síntesis, consiste en proyectar aspectos intolerables de la experiencia intrapsíquica en otro sujeto, manteniendo empatía con lo proyectado para tratar de controlarlo, lo que incide inconscientemente en el proceso interactivo. Dejamos aquí de lado su importante función mediadora entre pulsiones y objetos en el desarrollo del niño para señalar que este desplazamiento de una experiencia del pasado a la situación actual provoca una extraña sensación en el sujeto que es depositario de la misma. Desde la disonancia eludirá una réplica; si entra en resonancia y se presta a encarnar el papel que se le adjudicó, reforzará con una respuesta complementaria la trama imaginaria del emisor.
Cuando la identificación proyectiva tiene lugar en un grupo terapéutico puede resultar un provechoso elemento de análisis; desplegada en un contexto virtual será mucho más difícil de detectar. Cuando el objeto de la Red se tiñe de imaginario se convierte en pantalla de identificaciones proyectivas. Las proyecciones que se tejen en los procesos de comunicación inconsciente de un chat entre amigos dejan menos espacio para construir interlocutores a los que dibujar caprichosamente en función de las necesidades del momento que en el caso de blogs o fórums con participantes desconocidos, donde mis representaciones se colocan en un objeto imaginario.
Al hilo de este mecanismo, otra peculiar distorsión en psicoanálisis: la transferencia como reapertura de una relación, un atractor periódico de representaciones inconscientes (N. Caparrós). La transferencia —interpretada o no— reactualiza, recrea y liga esa energía de manera provisional, es un eslabón de la cura por el que se retoma una relación; los deseos inconscientes se actualizan sobre ciertos sujetos de forma provisional, resulta vía de acceso a una verdad relegada. ¡Qué relativa resulta siempre la verdad! En la transferencia, una relación engañosa permite tomar conciencia de algo experimentado en otro tiempo.
¿Cómo negociamos amores, odios y culpas en el nuevo milenio? En psicopatología, cuando el sentimiento agresivo no se logra manejar con el exterior se torna hacia uno mismo. ¿Qué marca la dirección del vértice de la flecha? Desde lo depresivo es una frontera que se transita una y otra vez con un pasaporte sellado con odios y culpas. El humano no sobrevive sin comunicarse con otros, pero compartir… ¿qué?
4. COMPARTIR LO ÍNTIMO
¿Cómo explicar la falta de pudor en la Red? El refugio que ofrece el anonimato sería una respuesta fácil, pero no siempre es así. En los programas de telerrealidad —muy poco reales, por cierto—, sujetos anodinos escarban sin recato en sus miserias en su esfuerzo por alcanzar el estrellato. Luego, de la fama al olvido en un instante, ¿quién recoge el despojo de los sujetos expulsados? El exhibicionismo de unos se alía con el sadismo de otros, pero hablar tan frívolamente de psicopatología es una forma de poner distancia a un fenómeno que quizá nos atañe más de lo que nos gustaría reconocer; ¿cómo explicar si no los récords de audiencia de ese tipo de programas? A su través, ciudadanos anónimos actualizan el fenómeno catártico que ponía en marcha el teatro en la Grecia Clásica: vivir las pasiones a través de otro.
En el espacio virtual, los contenidos de sexo o violencia de los que se jactan los protagonistas delante o detrás de las cámaras se tornan en su contra cuando se deslizan ya sin control. Individuos de usar y tirar, sometidos voluntariamente a todo tipo de presiones, transformados en personajes. En cuanto a los espectadores, perplejidad en unos, cinismo en otros… hay muchos ropajes para oscurecer interrogantes sobre los derroteros actuales del gran teatro del mundo.

Exclama sin recato ni rubor la nueva versión de dama del XIX o del caballero ancho de boca y estrecho de intenciones. La desvergüenza no es nada nuevo, no hay más que echar un vistazo a nuestros clásicos para disfrutar picardías con las que atraer al público o eludir a los censores. Se dice que Cervantes perfiló a su Quijote a partir de la descripción que el médico y filósofo Huarte de San Juan —actual patrón de la psicología en España— realizó de los cuatro humores en su Examen de ingenios para las ciencias. Así, le adjudicó un temperamento caliente y seco: muy pocas carnes, duras y ásperas… ánimo, soberbia, liberalidad, desvergüenza y hollarse con muy buena gracia y donaire.
Podríamos rastrear todo tipo de desvergonzados en los escritos de nuestro Siglo de Oro; por ejemplo, en Lope de Vega o Tirso de Molina1 amoríos y humor cargado de equívocos entre damas y rameras. Bretón de los Herreros (1856) subraya el costado embustero en su poema joco-serio «La desvergüenza»; en esa línea Zorrilla aborda al cínico…
En suma, la falta de sonrojo siempre acompañó a la farsa, la burla y el engaño del pícaro, a la desenvoltura o la irreverencia. Es la rebeldía frente a las «buenas costumbres» impuestas por una clase privilegiada. Don Quijote aconseja discreción a Sancho en Barataria, ¡qué molinos contra los que arremeter detectaría en el marasmo informático que nos envuelve! La búsqueda suprema del control se agrieta…
Claro que habría que discernir si esta desvergüenza tiene algo que ver con la falta de pudor que denunciábamos en las Redes. ¿Somos cada vez menos vergonzosos? Y, si fuera así, ¿qué peculiaridades en el desarrollo alientan ese debilitamiento de la autocensura, la lasitud superyoica? Tras la vergüenza siempre parpadea la imaginaria mirada de un otro que juzga. En la infancia, la desencadena el temor a ser indigno del cariño parental —por un ideal demasiado exigente, por sentimientos como la envidia o acciones como la trastada de turno, por ejemplo—. La culpa toma luego el relevo y, enredada con violencia y cobardía, condena a torpezas o aislamientos que se retroalimentan. La herida narcisista tiene mucho que ver con la vergüenza…
El celoso duda, está excluido de la escena que contempla pero se incluye en otras relaciones; el envidioso no conoce la dinámica del conflicto, de la ambivalencia, un solo sentido gobierna sus afectos y se ve condenado a una soledad en la que ni él mismo es buen compañero (I. Sanfeliu, 2000, p. 6).
Es la diferencia entre el conflicto neurótico y el déficit que depara sensación de orfandad. Las redes se ofrecen para paliar ese vacío, pero engullen y se devoran sin alimentar —carencias en etapas muy tempranas dificultan el arraigo de nutrientes narcisistas—, con lo que la frustración no hace sino crecer.
Sin llegar a ese extremo, el hecho de pensar o sentir distinto siempre se vio acompañado por el temor a dejar de ser reconocido por el grupo de pertenencia. Lo diferente se necesita y da miedo; también inquieta sentir odio, un odio que se enarbola o se acalla, difícil convivir con él. Siempre cuesta asumir la ambivalencia, aquí se trata de aceptar al extraño sin catalogarle como víctima o agresor, sin humillarle ni sentirse humillado. Quizá en la actualidad el hecho de establecer conexiones con grupos cada vez más dispares puede contribuir a atenuar la connotación peyorativa de ser diferente.
Un precario narcisismo alienta y desboca aspectos paranoides que llevan a endurecer la frontera con los otros. Por eso nos preguntamos: ¿dónde se nutre el narcisismo de la generación Z?, ¿cómo resiste los vaivenes a los que somete la dinámica de las redes?
4.1. Nuevos reabastecimientos narcisistas
Puede prestarse a equívoco hablar de novedades en este terreno. En la estructuración de un sujeto se dan cita una serie de denominadores comunes no importa el lugar o época a que hagamos referencia: de la inicial fusión y dependencia absoluta del otro a la costosa conquista de autonomía modulada inevitablemente por frustraciones.
Cierto grado de acatamiento es requisito para incorporarse al grupo social; el niño se somete desde la necesidad y el miedo —las emociones preceden a la cognición—, luego, la idealización acude en su ayuda. La potencia del objeto ideal permite confiar en el exterior, defiende tanto de lo persecutorio como de la envidia. Pero lo idealizado no perdura, el desengaño detiene lo maníaco y el acceso a la realidad conlleva ceder espacio al afuera a expensas de lo interior; hay que doblegarse a las normas para autoafirmarse de modo adecuado al principio de realidad. Claro que la norma es histórica, por tanto, un proceso no fijado definitivamente. Entonces, ¿qué ley y al servicio de quién? Ley divina, ley humana… Podríamos decir que la ley es transgresora en cuanto pone coto a la libertad, limita al individuo que azarosamente nace en un tramo histórico, en una zona geográfica.
Tras refrescar estos lugares comunes en el tránsito del humano para consolidarse como sujeto —capaz tanto de implicarse con el afuera como de permanecer en sí mismo—, volvamos al inicio de este apartado: ¿cómo sesga el narcisismo de un sujeto nuestro contexto actual?, ¿acaso ayuda esta cuestión a entender el exhibicionismo observado en las redes sociales?, ¿qué carencias iniciales llevan a buscar reconocimiento en las mismas?
Hablamos de compartir lo íntimo y de narcisismo. Del exhibicionismo y de los voyeristas sin los que el anterior no tendría sentido. La apariencia autosuficiente de personajes narcisistas que desfilan por las redes esconde la avidez con la que recolectan miradas para mantener una placentera excitación, son predadores cuyas carencias en origen dificultan el sosiego en soledad.

El narcisista no desconfía de su presa, cuanto menos da, más atrapa; el objeto se le ofrece sin siquiera ser deseado. La crueldad proviene de la pulsión de apoderamiento, no hay relación con un objeto al que no puede o no quiere desear.
Parece evidente que el narcisismo de una persona despliega un gran atractivo en todos aquellos que se han desasido de todo su narcisismo y están entregados al amor de objeto; el encanto del niño reposa en buena medida en su propio narcisismo, el hecho de que se autoabastezca, su inaccesibilidad (Freud, Introducción al narcisismo, 1914).
Cualquier zona del cuerpo puede convertirse en zona erógena, Freud, al escribir sobre pulsiones parciales alude a cómo, tanto en el placer de contemplación como en el de exhibirse, el ojo —sentido frontera destinado a entrar en relación con el otro— se transforma en zona erógena. Es la calidad del estímulo y no las propiedades específicas de la región del cuerpo lo que determina su función.
Una vez alcanzada cierta popularidad, el afán de ser admirado crece sin mesura; los faraones construían pirámides y los influencers acumulan seguidores en un nuevo y efímero anhelo de inmortalidad. La admiración atrae y desconcierta, recuerda Perniola (2004); amamos a quienes nos admiran, dicta un proverbio de La Rochefoucauld.
Lo que resulta curioso por imprevisible es lo que se venera en la Red; la vergüenza no parece ya ser reguladora de vínculos sociales, la confusión de valores pone en manos del azar el ideal de moda, es difícil anticipar escenarios. Claro que «todo cuanto vive responde a un orden, y los desórdenes aparentes no son sino cambios de equilibrio en el medio viviente» (E. Pinel, matemático y biólogo, citado en Brosse, 1978, p. 164).
Entonces, ¿acaso una de las razones para compartir intimidades sin pudor es la pretensión de lograr un rédito narcisista de los seguidores? La realidad se diluye, tanto el perfil del exhibicionista como el del voyeur se establecen en el imaginario del interlocutor. ¿Puede considerarse comunicación esa suerte de monólogo? En realidad, deslizarse entre masas sin escuchar ni ser escuchado más que aparentemente no nutrirá ningún narcisismo, es una jungla que se devora sin nunca saciar.
Los derroteros por los que cada cual logrará abastecer su autoestima vienen insinuados por la experiencia de las primeras etapas de la infancia y las emociones más primitivas son violentas, van de la mano de la curiosidad y la pulsión de apoderamiento. Las posteriores derivaciones (agresión, crueldad, envidia…) traducen el eterno conflicto que enfrenta narcisismo y objetalidad, placer y realidad.
¿Por qué mudará con tanta facilidad el objetivo inicial de las nuevas tecnologías de la comunicación —contactar, contrastar…— poniéndose al servicio de la violencia tanto hacia uno mismo como con el afuera? Suele dejarse muy poco espacio para escudriñar el significado simbólico de un mensaje, para teñirlo de emociones; el contenido manifiesto se impone sobre el aspecto relacional, aunque no siempre lo parezca.
5. SILENCIOS
Así la palabra se volverá hacia lo que parece ser su contrario y aun enemigo: el silencio. Querrá unirse a él, en lugar de destruirle. Es «música callada», «soledad sonora», bodas de la palabra y el silencio (María Zambrano, Hacia un saber sobre el alma, 1950).
¿Cabe comunicación en el silencio? Para responder conviene brindar antes algunos matices. Decodificar lo que se escucha en el silencio estuvo —¿está?— al servicio de la supervivencia; el silencio repentino alerta; no importa si es en el cuarto de los niños o en plena selva, pero anuncia un giro inesperado que no se sabe qué puede acarrear.
Es conocida la sentencia de Maurice Maeterlik: la palabra es tiempo y el silencio eternidad. O también «Silencio, placenta de sombra, oscuridad que envuelve a la palabra», de nuevo en el decir de María Zambrano (en Unamuno). El concepto se presta a ser modelado en manos de poetas, filósofos, físicos… y, ¡cómo no!, psicoanalistas. En el análisis es camino a la frustración que permite rememorar emociones, un espacio disponible para recorrer. En el silencio, las emociones se escuchan a sí mismas.
Se limpian de ruido los mensajes encriptados, monjes y melómanos le dan densidad. Silencio vivo, compartido, opresor, forzado, inquietante… le caben todos los adjetivos.
El silencio puede anunciar muerte, muerte de un sujeto o de una relación… eso al menos hay quien intuye cuando la respuesta al chat de turno se retrasa. El silencio es heraldo de la pulsión de muerte que describe el psicoanálisis. Pero un diálogo exige silencio de uno de los interlocutores, los mensajes atropellados de las redes parecen estar esperando la oportunidad de lanzarse. La escucha es frenar la impaciencia de la clasificación, que fija con demasiada premura conceptos que son y deben seguir siendo vacilantes.
Nos detenemos en lo que resulta necesario o accesible en un momento determinado. Por ejemplo, la capacidad de apreciar un color como cualidad independiente de un material solo pudo desarrollarse al mismo tiempo que la capacidad de manipular los tintes artificiales (Gladstone, citado por Deutscher, 2010, p. 51). Con anterioridad, los distintos colores se percibían sin nombrarse de diferente forma… colores silentes, aletargados en su obviedad.
Acostumbrados a la voz sin imagen (teléfono) y a la imagen sin voz (fotos), el chateo puede prescindir de ambas. Se dirá que así era en los intercambios epistolares, pero ya apuntamos antes aspectos que distancian un tipo de contacto del otro; el mapa en el que se intercambian los mensajes creció sin mesura, ya no es posible controlar el número de interlocutores, la incertidumbre gana terreno.
El cerebro se las ingenia para ofrecernos una imagen relativamente estable del mundo: ruidoso, en silencio, con luz o en la oscuridad, conocido o imaginado, un mapa trazado con interpretaciones subjetivas nos acompaña con pequeñas modificaciones a lo largo de nuestra existencia. Creencias y prejuicios armados desde la infancia tiñen la percepción del adulto.

Armas sutiles cuando se trata de palabras que ocupan el silencio, mensajes que encubren más de lo que desvelan. «Las lenguas difieren básicamente en lo que deben transmitir, no en lo que pueden transmitir» señala Guy Deutscher (2010, p. 168) citando a Franz Boas. Por ejemplo, idiomas como el español, el francés o el ruso obligan a definir el sexo del acompañante, tanto si uno quiere como si no. En ocasiones, datos aparentemente triviales son importantes para la supervivencia: «La lengua matses obliga a que el hablante especifique no solo cuánto tiempo hace que, según su deducción, ocurrió el acontecimiento, sino cuánto tiempo hace desde que lo dedujo» (Deutscher, p. 171).
¡Cuántos silencios —lo no dicho— habitan en la entraña de nuestra verborrea!

La riqueza de una lengua habla de posible fertilidad de pensamiento, pero no implica necesariamente mayor comunicación. «Buena parte de la complejidad de una lengua no es necesaria para comunicarse de forma eficaz… no es más que exceso de equipaje que las lenguas acumulan a lo largo de los siglos» (Deutscher, p. 120). Las sociedades más sencillas necesitan recurrir a distinciones semánticas que no tienen por qué desplegarse en un tratado filosófico, por ejemplo; la musicalidad de un poema puede lograrse sin grandes requisitos lingüísticos… Quizá nos precipitamos al inferir que la rica estructura verbal de las sociedades occidentales transmite mayor cantidad de información.
Los medios que la tecnología pone a nuestro alcance silencian gestos, miradas, ritmos y tonos de un comentario; abren un terreno proclive a identificaciones proyectivas que desdibujan en cierta medida al otro, temores y deseos sesgan la lectura de mensajes estandarizados.
En la experiencia social se compite y se comparten intereses, se crean hábitos, zonas por las que se transita y en las que la sempiterna tendencia a la repetición crea surcos. Aunque inesperadamente, ese curso puede detenerse; en lugar de la respuesta esperada llega un bloqueo, un cambio de estado en el que uno queda silenciado, impotente.
Otro doloroso silencio: el del esquizofrénico inmerso en un contexto que no logra decodificar. Parecería que trata de evitar todo compromiso, cuando en realidad se enfrenta a la tarea imposible de manejarse en un terreno simbólico al que no tiene acceso.
El silencio, la inmovilidad o cualquier otra forma de negativismo constituye en sí una comunicación, aunque seamos torpes o prepotentes a la hora de descifrarla. La verdad solo existe en nuestro interior, oculta incluso para nosotros mismos; en ocasiones asoma insolente, enmascarada en los retazos rescatados de un sueño o en el transcurso de un análisis. También se filtra en algunos de los mensajes sin destinatario conocido que invaden las redes…
Como el discreto liquen,2 el silencio aporta gran cantidad de datos. Resta por esclarecer qué considerar comunicación en el barullo informático en el que deambulamos: complicidad afectiva, soluciones prácticas, debates productivos o no, transmitir resultados de una investigación… Para no precipitar conclusiones, daremos paso a la identidad de los interlocutores en el tercer capítulo.
NOTAS
1 La vergüenza / mi loco apetito venza; / que, si es locura admitillo / dentro del alma, el decillo / es locura o desvergüenza (Cigarrales de Toledo).
2 Que desbanca en algunos terrenos al carbono 14 como biodatador.
ALGUNOS HILOS PARA MI RED
¿Por qué cambia de sitio lo Real?
BACHELARD, La Dialectique de la Durée, 1950
1. DESENCRIPTANDO VIDA: ALGORITMOS NATURALES
Sorteando el imperativo tan de moda de «ir al grano», invito a seguir este recorrido abriendo un gran angular en el que se insinúen algunos de los terrenos en los que nos podremos detener más adelante. Creo que para tratar de intuir los derroteros del momento que vive nuestra cultura conviene contemplar travesías anteriores que conforman la historicidad del ser humano.
Con el énfasis actual por vivir el presente, se llega a condensar en él hasta el pasado más cercano, en una suerte de presente extenso.
Las redes no surgen de la noche a la mañana, la cibernética no deja de ser el estudio de sistemas reguladores de flujos de energía y, adquiriendo cada vez mayor grado de complejidad, es un tema que viene gestándose —sin alcanzar esta definición— desde épocas muy remotas. «Arte de manejar un navío… o de dirigir a los hombres», es lo que obtenemos al clicar en busca de su etimología (kybernetiké, adoptado por Norbert Wiener del griego).1 Los saltos tecnológicos, como otros tantos emergentes, culminan procesos, son puntos de inflexión en los que concurren circunstancias que atañen a distintos niveles de integración.
Desencriptar vida es, aquí, una forma de aludir a ciertos procesos que representan una constante en el desarrollo y la resistencia de cualquier organismo en no importa qué época. El ajetreo comenzó con un gran estallido cósmico: una minúscula partícula se expande a partir de la enorme presión energética a que está sometida; en menos de un segundo alcanza el tamaño de nuestro sistema solar.2 Tiempo y espacio siempre de la mano. Radiación y materia aún no se distinguen, están fusionadas de algún modo… ¿Especulaciones? Quizá, pero cada vez más fundamentadas. Materia y antimateria, parejas positivo/negativo, se construyen y aniquilan al unísono, dejando protones como supervivientes; el espacio crea su propio espacio, no hay envoltorio, ni continente contenido. Luego llega la calma, el enfriamiento, luz y tinieblas, las primeras estrellas, la gravitación, la radiactividad, fuerzas electromagnéticas, las primeras partículas con masa (quarks, electrones, neutrinos…).
La materia, bajo diversas formas, sobrevivió al derroche energético de la era de la desintegración. Aminoácidos, polímeros, proteínas que permiten la replicación, moléculas esenciales que combinadas innovan organismos primitivos (Oparin)… en cualquier caso, condiciones externas como el déficit de oxígeno que propician el cambio a partir de cierta sopa primordial. Así, la vida se abre paso y diversifica célula a célula, siempre cortejada y limitada por la muerte como inseparable acompañante.
Forma ya parte de la jerga cotidiana el término algoritmo, de ahí nuestra alusión a los algoritmos naturales en el inicio de este apartado, para recordar que no tienen mucho de novedoso. Los algoritmos controlaban el mundo antes de que ideáramos el concepto como tal; que sepamos, al-Juarismi ya utilizaba esta construcción en la Casa de la Sabiduría fundada por al-Mamún en Bagdad allá por el año 815. En síntesis, el algoritmo ofrece un número finito de instrucciones concretas para dar una solución precisa a un problema matemático. Así, en biología, los códigos de conducta buscan reducción de riesgos, supervivencia, resistir cada vez con más eficacia las acometidas del exterior y, para lograrlo, fortalecer la cohesión social. Los organismos están construidos según algoritmos, los utilizan para hacer funcionar su genética, pero no son algoritmos, son consecuencia de su actividad. «La presencia abundante de sentimientos conscientes en el ser humano garantiza que la ejecución de los algoritmos naturales pueda ser frustrada por la inteligencia creativa» apostilla Antonio Damasio (2018, p. 280).
Las posibles consecuencias de la autonomía que pueden cobrar las máquinas gracias a los algoritmos del deep learning son una polémica actual que trataremos más adelante. El contexto sociocultural modula la posibilidad de hallazgos.3

En efecto, encontramos tantas verdades como lúcidos observadores, solo el tiempo se encarga de cribar argumentos y teorías. Por eso, en estas páginas abrimos cuestiones que ambicionan mostrar contrapuntos para sacudir la rigidez tanto de filias como de fobias respecto a la llamada era digital.
Lo «intermediario» se abre paso en todos los terrenos arrinconando al anhelado pensamiento binario de la infancia: bueno/malo. El pensamiento binario prima la información y pretende huir de lo difuso, los matices analógicos son adquisiciones más tardías del desarrollo. Los opuestos son tramposos ideales con los que nos gustaría organizar un entorno fiable con perfiles que no se presten a engaño, pero no es así y, además, carecen de sentido uno sin el otro. Genético/epigenético, dentro/fuera, noche/día, simbólico/imaginario, activo/pasivo, masculino/femenino, amor/odio, nómada/sedentario, determinismo/azar, analógico/digital, real/virtual… son algunos de los muchos pares supuestamente antitéticos que se nos ofrecen. Desde las primeras experiencias sensitivas hasta las reflexiones tecnológicas más avanzadas deambulamos por zonas resbaladizas plagadas de discordancias y paradojas y es, precisamente, el debate con los conflictos que generan lo que permite un salto cualitativo, llámese crecimiento o progreso.
Los grupos humanos son producto de la emergencia simultánea de propiedades que nacen de sistemas de complejidad creciente. Cuando estos sistemas se autoorganizan como redes con una dinámica no lineal surgen propiedades inesperadas.
1.1. La persistente y necesaria búsqueda de energía
El proceso del saber científico es un producto del asedio de las vías menores o nómadas a las fortalezas mayores o sedentarias. No parece fecunda la apuesta por uno de los dos polos, el polo sedentario envuelve un peligro de muerte por confinamiento o asfixia, el nómada envuelve un peligro de muerte por dispersión o diseminación (J. Ibáñez, 1985, p. 47).
Ambas formas de pensar se complementan, aunque suele gozar de mejor propaganda la itinerancia, a la que se asocia con búsqueda de alternativas, de lo novedoso, pero es cierto que —como se encarga de subrayar Jesús Ibáñez— adolece de consistencia, despliega creatividad a costa de caer en la dispersión: «las ciencias nómadas enturbian las oposiciones y perturban las bifurcaciones (introducen turbulencias en los cursos lineales)», puntualiza tras la cita anterior.
Claro que, en el otro costado, la reproducción iterativa es dogmática, no inventa, construye teoremas sin añadir información, expande rigor en lo ya conocido, aunque —desde otro terreno— Fernández-Armesto le encuentre ciertas ventajas: «En términos generales, cuanto más innova una sociedad, menos posibilidades tiene de sobrevivir» (2015, p. 184). Pero asumir riesgos cuando la tecnología cobra protagonismo y se renueva con celeridad exponencial parece no dejar mucho resquicio a la prudencia.
Este intento de capturar la verdad mediante un dispositivo de doble pinza, la empírica o inductiva y la teórica o deductiva, da sentido al título de una de las obras más reconocidas de Ibáñez: Del algoritmo al sujeto (1985). El algoritmo elimina al sujeto, la intuición lo integra; lo digital simplifica, busca el efecto de verdad, rechaza lo azaroso, lo analógico aporta complejidad, integra al azar, persigue el sentido.

El planteamiento de su obra más reciente, El extraño orden de las cosas, no es novedoso, pero ahora lo sustenta a partir de investigaciones muy recientes; considera que los sentimientos son sustitutos conscientes de la homeostasis, no sobreviviríamos sin ellos como guía.
Los trabajos sobre el equilibrio puntuado de S. J. Gould concluyen con la misma idea de un progreso gradual, pero irregular, saltígrado, de la historia evolutiva. Damasio enfatiza que «sentimientos y subjetividad son capacidades antiguas y no dependieron de la sofisticada corteza cerebral de los vertebrados superiores» (2018, p. 325). Organismos unicelulares muy sencillos ya utilizaban moléculas químicas para sentir y responder al entorno; de hecho, las bacterias crean una dinámica social compleja, aunque carente de pensamiento (incluso, cuando detectan desertoras, las evitan y no colaboran con ellas). En el humano será el sistema nervioso entérico, con neuronas no mielinizadas,4 el que haga llegar señales que serán traducidas como emociones por el nervio vago.
En suma, la cultura se conforma a partir de imágenes, afecto y consciencia, de la articulación sentir-pensar-actuar; requiere que los acontecimientos nos resulten significativos y, por tanto, los cataloguemos automáticamente como beneficiosos o no.
Y ya que estamos aquí, ¿qué decir del conectoma,5 que nos hace únicos como individuos? El coreano Seung se ha propuesto trazar el mapa completo de conexiones del cerebro humano; esto podría llevar a una persona «unos cien mil años», pero la inteligencia artificial lo simplifica relativamente. Si nuestro cerebro pudo crear potentes ordenadores que han culminado en la actual IA, ahora los ordenadores contribuirán a entender la mente. Puede ser un primer paso, pero adentrarse en la información y la actividad química y eléctrica que circula por el cerebro resulta todavía una aventura muy lejana.
Esta pequeña digresión sirve para recordar que, en biología, las fuentes de energía son la causa de otros cambios y que el nacimiento del sujeto fue el resultado de un conjunto muy amplio de transformaciones de los modos de vida en múltiples áreas.
2. ESTABILIDAD: EL INCESANTE CAMBIO
Paradójico, pero obvio: para seguir siendo lo que somos necesitamos renovarnos permanentemente. Espacio, hiperespacio, espacios abstractos de n dimensiones, espacios de Hilbert como generalización de nuestro familiar espacio euclídeo, que se adaptan a su contenido, ciberespacio… nuestro universo procede de energía que evoluciona a materia, también el tiempo es energía. La noción espacio-tiempo de Minkowski da claves para adentrarse en el campo gravitatorio, la relatividad einsteniana y espacios deformables en función de campos de fuerza. Por otra parte, un elemento no tiene sentido ni realidad sino en virtud del nudo de relaciones que lo constituyen y dan sentido,6 sus propiedades están atravesadas por ese entramado.
Espacio y tiempo resultan hilos esenciales a la hora de imaginar el laberinto digital; asomarán aquí o allá a lo largo de estas páginas, pero remito a «Paisajes y travesías del psiquismo en los grupos virtuales»7 donde se tratan en este sentido con amplitud. También lo es el concepto de propiedades emergentes,8 sintetizado en nuestro Viaje a la complejidad por Edgar Morin (vol. 1, pp. 149-154).

JOSÉ LUIS FERNÁNDEZ. Tenemos la idea de tiempo porque existe el cambio, si todo fuera estático, el tiempo no existiría. Quiere decirse que somos tiempo y eso conduce a la necesidad de encontrar algo estable por debajo de la mutabilidad, algo eterno, es una de las cosas centrales de la humanidad.
JUAN LAGUNA. Hasta hace doscientos o trescientos años, el concepto de cambio en el mundo era muy limitado, no se tenía ni idea de lo que habían sido las traslaciones continentales ni de cómo los sistemas montañosos han crecido, se han hundido y se han transformado… era lógico ese sentido del estatismo.
NICOLÁS CAPARRÓS. Heráclito no adscribe el movimiento a una causa, sino que lo postula como un a priori. Muchísimos años después, Poincaré hace una reflexión genial: no hay forma de ver si las leyes son universales y estáticas o cambiantes; al estar inmersos en un universo de cambio, esas leyes mutan a la vez que nosotros. Eso es Heráclito puro.
ANDRÉS PEREA. «La verdad es lo que circula, lo que genera debate», respondió Bruno Latour cuando le preguntaron qué es la verdad.
ISABEL SANFELIU. Hemos dejado atrás la idea de emergente. Me interesa el factor sorpresa, lo inesperado como requisito necesario para llegar a la autoorganización a partir de un ruido. Lo imprevisto requiere cierto silencio, una pausa en el pensar.
RAFAEL CRUZ ROCHE. Estamos ávidos de ruido, no de información; estamos muriendo por falta de sabiduría.
MARTÍN CAPARRÓS. Es curioso cómo han conseguido convencernos de que estar informado es como un deber cívico; si fuera como entretenimiento, está bien, pero, si uno no se entera, queda marginado. Yo hago ahora más crónica que periodismo, la crónica pone en cuestión la información, se ocupa de cosas que en general no son las que muestran los diarios…
ISABEL SANFELIU. Está latente el temor a los movimientos espontáneos, incontrolables, que se despliegan en lugares y culturas muy distintos en estos momentos. Son agrupaciones no piramidales. Creo que eso genera un trasfondo de miedo que puede producir contradicciones en la línea de lo que estás diciendo…
NICOLÁS CAPARRÓS. Una cosa muy interesante: no son piramidales. Esto lleva bien a mayores niveles de complejidad —las redes booleanas están descentralizadas—, o bien llevan a la desorganización absoluta, pero en cualquier caso son movimientos no jerarquizados. Árabes e «indignados» son hijos del mismo fenómeno y efectivamente van a cambiar el orden de las cosas.
ISABEL SANFELIU. La complejidad del medio al que nos hemos adaptado nos hace más ineptos en una naturaleza sin tecnología…
RAFAEL CRUZ ROCHE. Eso tiene que ver con la velocidad de la elaboración del proceso primario en el que no hay conciencia de temporalidad. El psicoanálisis ha sido pionero en eso, poner esa percepción al servicio de la realidad…
ISABEL SANFELIU. La escritura es un gran salto cultural que se abre paso con el sedentarismo. Recoge testimonios transmitidos oralmente por pueblos nómadas, y el salto que supone para el hombre reflejar sus ideas en un texto permite avanzar en el terreno simbólico…
ANDRÉS PEREA. Tan importante que el arte paleolítico —en concreto el magdaleniense— es eminentemente de tribus nómadas, un arte del cazador que tiene una mirada agudísima y está invocando al bisonte para que aparezca y matarlo. Es todo un ritual. Se hace sedentario; más tarde, todo el arte rupestre se transforma en símbolo, se esquematiza, empieza a contar relatos y la cultura del ser humano se transforma…
Y se sigue transformando. La actitud para aceptar lo inesperado e incorporarlo al proceso de pensamiento sorteando el objetivo original es la entraña del acto creador, de la vida en última instancia. El resultado se conecta con otros hallazgos, diferentes elementos de un sistema se ponen en relación y el conjunto es un entramado que puede quedar representado en grafos, mapas que dan cuenta de los nudos y aristas de una red. Mapas, siempre mapas para orientarse y llegar a —o evitar— un punto determinado, para sobrevivir, para tomar conciencia de nuestro recorrido…
2.1. Homeostasis: resistir y progresar
Los procesos homeostáticos acompañan a la vida desde su origen en la bioquímica primitiva hasta el presente; nada nuevo. Es reconocida la función de la homeostasis como gestora de energía, pero suele asociarse con el hecho de resistir relegando —incluso ignorando— la prevalencia que también la caracteriza. Damasio se encarga de subrayar este aspecto: «La prevalencia asegura que la vida se regule dentro de manera que no solo sea compatible con la supervivencia, sino que contribuya también a la prosperidad, a una proyección de la vida hacia el futuro de un organismo o una especie» (2018, p. 44).
La homeostasis es impulsora de la evolución, las distintas herramientas que la mentalidad humana ha ido pergeñando a lo largo de su historia van de su mano. Podemos suponer que el fuego generó en su origen tanta perplejidad, miedo y poder como en algunos contextos despierta hoy en día la inteligencia artificial (IA).
Un pionero de la evolución puntuada, Faustino Cordón (1909-1999), llegó a concebir un hilo conductor que vincula todo lo viviente con un primer nivel de seres vivos, el protoplasma, y un modo especial de cooperación entre individuos protoplasmáticos. «La cooperación, ese prestarse a un entorno y tomar prestado algo de lo que circunda —metáfora de la objetalidad como contrapunto narcisista—, es requisito para el desarrollo ontogenético», apunté en 2016 (Sanfeliu, p. 49). Cuando el protoplasma agota sus reservas de vida utiliza la aptitud de síntesis alcanzada para encontrar una nueva fuente de energía, ajena al proceso de origen. Y así surge el organismo animal, de una actividad coordinada de reposo (nunca absoluto), actividad celular y sucesión ininterrumpida de acciones ligadas por la experiencia que las corrige y compensa.
Hablamos de progresar… Los desarrollos en biotecnología, nanotecnología y robótica sustentan la mayoría de los avances tecnológicos actuales. Pero es interesante tener en cuenta pasos previos que evitarán algunos reduccionismos. Por ejemplo, al hablar de eusocialidad como el grado de altruismo más elevado: el entomólogo E. Wilson observó que los individuos egoístas vencen a los altruistas, pero son los grupos altruistas los que ganan a los grupos de individuos egoístas.
Salto cualitativo de lo individual a lo social. Parece que la victoria nunca puede ser completa. Los que denomina insectos robóticos actúan al percibir necesidades concretas sin mediar reflexión alguna. Los insectos eusociales se reúnen en grupos que contienen múltiples generaciones y que están dispuestos a realizar actos altruistas como parte de su división de trabajo.
Si la Tierra fuera un medio homeostático, la tendencia del ecosistema a mantener su equilibrio podría generar una atmósfera dañina para el humano en un intento de defenderse de él. Pero la Tierra es un sistema complejo, lejos de lo estático, de ahí que deberíamos decir: ¿acaso el planeta se transforma para enriquecer mundos desconocidos, para evolucionar con ellos, prescindiendo de la vida insignificante que le habita? Al fin y al cabo, la homeorresis implica evolución.
A este respecto, conviene no olvidar la bien conocida hipótesis de Gaia de James Lovelock y Lynn Marguilis (1969) que afirma que el planeta Tierra en su totalidad, incluyendo seres vivos, rocas y atmósfera, funciona como un superorganismo que modifica activamente su composición interna para asegurar su supervivencia.
¿Y qué decir de la Red en este sentido? «Las singularidades han provocado fenómenos autoorganizativos en la biosfera, ¿por qué no habrían de hacerlo en Internet?», apunta Drey (1995, p. 53) tras citar a Manuel de Landa: «Una vez sobrepasado un cierto umbral de conexión, la membrana que las redes digitales están creando sobre la superficie del planeta empezará a vivir». Me recuerda la fascia profunda, red tridimensional que conecta y envuelve todas las estructuras corporales poblada por receptores y terminaciones nerviosas.
El principio vital siempre es el mismo: los organismos ceden algo a cambio de algo que otros organismos pueden ofrecerles. «Lo que los órganos ceden, en general, es la independencia» (Damasio, 2018, p. 85), como la que cedemos al adentrarnos en el voraz universo de Internet. Este poroso trasiego fronterizo puede hacernos rememorar la teoría de la autopoiesis, desarrollada por Maturana y Varela: «Autopoiesis significa autoformación y encarna el esquema general de organización común a todos los seres vivos, sea cual fuere la naturaleza de sus componentes… La estructura de un sistema autopoiético no refleja de forma pasiva el medio que la circunda, sino que se modifica según sus propias leyes internas cuando recibe estímulos de aquel» (N. Caparrós, 2012, pp. 81-86). La condición de estos sistemas es estar lejos del equilibrio, lo que alumbra la posibilidad de la emergencia espontánea de nuevas formas de orden, estructuras disipativas (Prigogine), también la más conservadora replicación o los telómeros que cuidan la estabilidad de la estructura cromosómica; en suma: resistir y progresar, como apuntábamos…
Las funciones que permiten la supervivencia se adquieren, no se tienen; son producto del encuentro entre un ser vivo y su medio, un intercambio siempre recíproco, insistimos.
Las redes configuran un mundo alejado del pensamiento lineal en todos y cada uno de los niveles de complejidad conocidos; incomodan y contrarían la idea de quietud codiciada por muchos como sinónimo de seguridad, que no deja de coexistir con la impaciencia y la voracidad por el cambio…

3. SUBJETIVIDADES EN EL ANTROPOCENO
Y así llegamos al Antropoceno, término de moda que incorporamos, aunque esté pendiente de homologación científica; nadie sensato puede negar que los seres humanos hemos transformado la configuración y el funcionamiento de la Tierra, es el llamado cambio global (conjunto de alteraciones ambientales derivadas de la acción humana), pero Antropoceno alude a la expresión geológica de dicho cambio, su rastro sedimentado en estratos, y ahí la palabra la tiene la geología. Valentí Rull, investigador del Instituto de Ciencias de la Tierra del CSIC, expone en El Antropoceno la situación actual de esta candidata a época geológica sobre la que existe bastante controversia. Rull adjudica la popularidad del concepto a su connotación ambiental, de ahí la urgencia por verlo aprobado oficialmente para poder enarbolarlo.
¿Qué dejaríamos atrás con el Holoceno? La era arcaica, proterozoica (Precámbrico), más tarde la paleozoica (Cámbrico…), mesozoica (Triásico, Jurásico y Cretácico), ecos infantiles poblados de fósiles y dinosaurios. Luego, de la cenozoica, al famoso Antropoceno, donde plástico y hormigón podrían integrar rocas que están formándose actualmente.
La complejidad adquiere, en cada punto de inflexión, un incremento exponencial; cada vez tardamos menos en asombrar a la generación precedente. Piedra, fuego, bronce… hallazgos que se afianzaron paso a paso; por su parte, el polémico coltán se impuso al silicio a comienzos de este siglo y el accesible grafeno amenaza su reinado cuando ya —en un horizonte muy próximo— carbino, arseniuro o upsalita parecen oscurecerle a él… La naturaleza entraña grandes sorpresas.
Las épocas culturales se superponen y entremezclan como las geológicas, no descienden unas de otras. En un determinado momento histórico conviven generaciones que se humanizaron con diferentes perfiles. Para unos, el odio puede ser motor de vida, «la indignación de corazones fuertes y poderosos. Odiar es amar… es vivir del desprecio a las cosas vergonzantes y burdas»;9 otros tildarían estas líneas de aberración. George Gerbner, en su análisis sobre la evolución de la conciencia, investigó el influjo de aquellos mensajes televisivos que refuerzan actitudes antisociales y violentas en los espectadores —el síndrome del mundo promedio—. Es lo que escuchamos actualmente sobre los demonizados juegos de ordenador; habitamos un mundo cuyo mapa construimos a partir de nuestros propios relatos.
En el proceso de expansión intelectual, la creación de imágenes —cuya traducción simbólica (representaciones internas) posibilitará la adquisición del lenguaje— ha jugado un papel determinante. A ello nos referiremos en el siguiente capítulo sobre la comunicación; por el momento, tan solo esbozar un hilo conductor que lleve de la evolución genética y las primeras respuestas a sensaciones provocadas por un entorno amenazador, al desarrollo social o cultural donde el lenguaje (analógico o digital más tarde) tome la palabra, ¡nunca mejor dicho!
Las lenguas que hablamos tienen efectos evidentes en nuestra manera de percibir el mundo. A demostrarlo dedica Guy Deutscher El prisma del lenguaje (2010), apoyándose en sus propias investigaciones y en autores como G. Steiner (1975): «el sistema verbal influye en el pensamiento, el cual a su vez influye en el sistema verbal, todo ello con reciprocidad múltiple». O, con anterioridad, W. von Humboldt (1800): «Dado que la lengua es el órgano que forma el pensamiento, tiene que haber una relación íntima entre las leyes de la gramática y del pensamiento. Pensar depende no solo de la lengua en general, sino también, hasta cierto punto, de la de cada individuo» (cita en p. 152).
Los artefactos que se crean a lo largo del tiempo adquieren una complejidad tecnológica cada vez mayor, acompasada con la habilidad del humano para manejarlos. La sociedad transmite estos logros, los asimila y fomenta metas compartidas que, en ningún caso, se verán libres de detractores. M. Tomasello describe un efecto acumulativo que impediría el retroceso de las mejoras, que permanecerán vigentes hasta que otros las modifiquen de nuevo.
Polémico planteamiento; como defiende John Gray, entre muchos otros: «pensar en la evolución como una sucesión de progresos escalonados es como pensar que la historia es una serie de mejoras progresivas. En ambos casos, la realidad es errática y discontinua… La súbita extinción de formas de vida es la norma humana» (2015, p. 116).
En consonancia con el Antropoceno, haremos una pequeña alusión a lo posthumano o el postantropocentrismo al que hace referencia Rosi Braidotti (2013) como vida más allá de la especie. La subjetividad posthumana incorpora nuevas reivindicaciones éticas, como el desprecio por la carne y la fantasía; devenir máquina, ¿un eufemismo?
El autómata es una mezcla de partes y de órganos separables, un collage o montaje de piezas diversas. Así pues, es engañosamente funcional y, en tanto que es producto de la imaginación tanto como de la razón, el autómata está marcado por la ambigüedad y la polivalencia. Aparentemente, llega tan lejos como los humanos en su imitación de la materia viva y, sin embargo, es solo un esquema racionalista, cerrado sobre sí mismo y básicamente inservible (Braidotti, 2002, p. 266).
Inservible según desde qué perspectiva. Está claro que el tema despierta pasiones encontradas. Un hecho: la mitad del tráfico de Internet no es humano (se habla de un 52 % de programas automáticos). Vida como proceso interactivo; la subjetividad está atravesada por condiciones familiares y sociales, nuestra conciencia la inspira la época en la que estamos inmersos y, en estos momentos, resulta significativo que el machine learning (aprendizaje automático) sea una de las tecnologías en las que más se invierte. Somos máquinas generadoras de datos. La Fundación Ciencias de la Salud organizó una jornada en el CSIC sobre Big Data: utilidades en la prevención de la enfermedad.10 Congresos y cursos sobre el tema proliferan hace tiempo y algunos gigantes digitales son los mayores monopolios de la historia.
La realidad está ganando la carrera a la ciencia ficción, ¡a saber qué quedará de la provocación de Gray!: «Es posible que nuestros sucesores no sean robots rebeldes, sino descendientes muchísimo más evolucionados de virus informáticos» (2015, p. 116). También series como Altered Carbon11 juegan con un imaginario tan terrorífico como atractivo según quién opine. Dentro del movimiento ciberpunk, «Sharp, creador del grupo Carbon, se interesa por el pensamiento a base de carbono en oposición a la conciencia cuadriculada del silicio; la música turbulenta de su obra Fractal (1986) se inspira en Mandelbrot» (Mark Dery, 1995, p. 92). Conviene recordar que la química del silicio está en la base de los computadores mientras que la del carbono desempeña un papel parecido en la tradicional química orgánica. La geometría de Mandelbrot es la geometría de lo natural, por ejemplo, estudiar sin aproximaciones el perfil de la costa inglesa; nosotros, por el contrario, estamos acostumbrados a Euclides y sus formas perfectas, alejadas de la entraña de lo real (esfera, triángulo…).
Recurrimos a funciones de un tipo lógico cada vez más elevado y, por tanto, cada vez más abstractas; J. Ibáñez apuntó en 1985: «El sujeto ha pasado de sujeto en proceso o sujeto de la enunciación a robot o sujeto del enunciado. Con la primera revolución industrial es desplazado por máquinas de su rol de robot y confinado en el papel de fabricante de robots, con la segunda es desplazado por máquinas de su rol de fabricante de robots y confinado en el papel de fabricante de fabricante de robots, con la tercera revolución industrial está siendo… confinado en el papel de fabricante de fabricantes de fabricantes de robots (de inventor a la tercera potencia de reflexibilidad)» (1985, p. 17).
Transformaciones geológicas dilatadas en el tiempo (la ambiental no tanto últimamente); saltos energéticos y biológicos en el impetuoso comienzo de la vida; cambios discontinuos en tiempo y lugar en lo que a la cultura concierne. Tomar conciencia del marco cultural al que pertenecemos es algo que solo puede intuirse, tanto ese contexto como nuestra estructura psíquica y, por ende, nuestra forma de percibir son procesos en marcha que se codeterminan. La construcción de representaciones internas forma parte de un marco social, estando sesgada incluso por la estructura corporal (todos los niveles de integración se hallan implicados).

Popurrí sin orden ni concierto de utensilios pergeñados por el hombre; algunos de ellos dejaron de tener sentido, otros son el suelo para posteriores hallazgos. Hubiéramos podido poner el énfasis en movimientos sociales y obtener otra perspectiva: nómadas, sedentarios, imperios, religiones, Estados, Renacimiento, revoluciones, guerras modernas, supra-Estados, viajes espaciales, espacios virtuales… Las certezas a las que el hombre se aferró desde la ignorancia sucumben; en el pensamiento científico, las incertidumbres se superponen y potencian posturas radicales en las que se enmascara la inseguridad.
En el estudio sobre la libertad que John Gray titula El alma de las marionetas leemos: «Los racionalistas modernos rechazan la idea del mal aunque están obsesionados con ella. Se consideran guerreros asediados en una batalla contra la oscuridad y no se les ha ocurrido preguntarse por qué a la humanidad le gusta tanto la oscuridad… Los creyentes laicos sueñan con crear una especie superior» (Gray, 2015, p. 24). Pero la racionalidad corre el riesgo de marginar a la ilusión y, ya se sabe, «el progreso de la razón y la extinción de las ilusiones produce barbarie» (G. Leopardi, 1818, Zibaldone). El miedo nace con el sujeto al tomar conciencia de que no es autosuficiente; necesita negociar con el otro tanto cuestiones abstractas como concretas (narcisismo/objetalidad). Eso le cimienta, también genera grupos que aportan seguridad. Estados con fronteras en las que —como en la ambivalencia adolescente— se busca refugio y de las que se quiere escapar…
Tornemos a la homeostasis, ahora con Fernández-Armesto: «Si la diversidad cultural no condujera a la supervivencia de la especie, no cumpliría el criterio básico evolutivo: la adaptación al medio» (2015, p. 112). Y con la homeostasis, a la muerte. Las culturas tienden tanto a la autodestrucción como a la supervivencia; la muerte, el temor a la incógnita que supone, es motor de nuestras batallas…
3.1. Sobrevolando la muerte
La vida es el conjunto de funciones capaces de utilizar la muerte.
HENRY ATLAN, Entre le cristal et la fumée, 1979
Saltos evolutivos, movimiento y reestructuración tras quebrantos, potenciando un creciente nivel de complejidad. Vida y muerte, tan enmarañadas como sujeto y grupo, nunca pares antitéticos como a veces se pretende. Una necesita, se apodera y destruye a la otra, ambas se suceden en pertinaz alternancia y ambas impregnan el estilo de vincularse. La muerte constituye un hilo más de este enredo; la creciente rebeldía del humano contra ella y el deterioro que la antecede es batalla en la que se desperdicia mucha energía.
No es fácil asumir que también nos concierne el hecho de que solo evoluciona o se revoluciona lo que muere; evolucionan los conjuntos a costa de la muerte de sus elementos, «las especies evolucionan a costa de la muerte de los organismos, las sociedades se revolucionan a costa de la muerte de los individuos, pero el pasado es retenido en los sucesores de los muertos» (J. Ibáñez, 1985, p. 14).
Muerte como emergente que abre distintos escenarios al «rozarla» en lo imaginario con diferentes sesgos: rehuida (supervivencia), abrazada (inmolación), manipulada… Todo tiene fecha de caducidad, aunque el mundo de las cosas no conoce la muerte, solo la transformación. Obsolescencia programada, otro concepto que cobra actualidad y del que es difícil escabullirse; si el instrumento x logra seguir funcionando más allá de lo estipulado, habrá pasado de moda y quedará relegado en cualquier caso. También muerte como gran herida narcisista del humano, morir para alcanzar la inmortalidad… Discurrir desde la inexorable impotencia a la soñada omnipotencia.
Conjurar la muerte es una de las funciones de la religión, teñida primero de magia y más tarde de política. En todas las culturas, el humano busca trascender; no asumir la desintegración del cuerpo obliga a la permanente ilusión de la inmortalidad del espíritu. En el camino topamos con un peculiar demiurgo agobiado por su creación. Las múltiples interpretaciones de la muerte despliegan otros tantos ceremoniales para acompañarla. Si el pensamiento mágico posee la pretensión de dominar el mundo, la religión humilla al sujeto frente a las fuerzas mágicas12 y le irá restando libertad en la medida en que el politeísmo quede relegado y sea un único dios —el sujeto que supuestamente lo encarna— quien acapare el poder; ahora la política entra en escena.
La política utiliza los hilos tenebrosos del sacrificio, convierte lo sagrado en siniestro, en ominoso o, como Freud quería, en unheimliche, en cuanto lo desvía de su fin originario. La más alta moralidad puede aliarse con el instinto de matar; podemos recordar el apocalipsis de Coppola: da miedo la cultura del deber, los discursos radicales que atrapan a muertos en vida que logran ser matados definitivamente. Cuando Goya despliega sus pinturas negras es posible que esté tratando de conjurar el espanto circundante recreando lo espantoso; la muerte no se puede atrapar, pero sí bosquejarse intuida, enaltecida o denigrada. Hubo una época en que honor y guerra eran compatibles, donde el enemigo tenía perfiles definidos. Eran otros los valores cuando la destrucción estaba subordinada —atroz paradoja— al respeto.
Cuanto mayor es la frustración, más voraz es la avaricia por el tiempo y crece la ansiedad ante su contundente discurrir. Una de las circunstancias que contribuye sin duda a generar inquietud en torno a la muerte es la soledad en la que acontece, la ruptura absoluta de vínculos que se da por primera y única vez en la existencia del humano. Dijimos en otras ocasiones que la quiebra y supresión de vínculos conduce a la muerte; lo traigo a colación para señalar una más de las curiosas habilidades de los hilos intangibles que manipulan este mundo globalizado: se ha conseguido sembrar de soledad un mundo aparentemente en constante conexión. No existe el ser humano sin que surja el conflicto que enfrenta la violencia narcisista con el objeto que encarna la ley como restricción.
Crueldad, agresión, violencia, odio, rabia… emociones reprobadas, tildadas de pecado, que gozan de reproches y sanciones. Sin embargo, no cabe considerar que un análisis o psicoterapia analítica pueda concluir sin convocarlas. El encuadre grupal las aviva no solo en lo intersubjetivo, sino que despierta además emociones acalladas en el tiempo con un irreflexivo olvido, alimentado por mecanismos que defienden de la ansiedad que despertaron situaciones intolerables. «Freud esbozó dos etapas del grupo: la que antecede a la muerte del padre (grupo con líder) y la que le sigue: (grupo sin líder). En este caso, las normas nacidas como consecuencia de la represión, harían funciones de líder» (Nicolás Caparrós).

El espacio del grupo terapéutico es un escenario que provoca o contiene; todos depositamos expectativas en él —pacientes y analistas— y esa implicación abre camino a la transferencia. Es raro que en este contexto no surja el tema de la muerte. Cuando no es la de un ser querido, será el devaneo con la propia a guisa de evasión… resulta difícil no ceder a su taimado atractivo. Desde la crueldad se espera acusación y venganza, el desconcierto ante una respuesta distinta del objeto puede abrir una vía de salida a la culpa inconsciente.
En un caso concreto —grupo de adolescentes neuróticos—, el emergente inicial, muerte, tuvo suficiente impacto como para barrer las primeras defensas racionalizadoras. Muerte en vida, autodestrucción (alcohol, anorexia…), muerte propia o ajena, vacío, abandono, soledad. El analista debe afrontar la ambivalencia, hacerla emerger venciendo lo que el síntoma intenta obturar. La muerte está todavía matizada con tintes infantiles, rotundos, en general todavía no han necesitado mirarla de frente, por eso se presta a ser tergiversada o, incluso, trivializada, aunque las palabras suenen contundentes.
Las tendencias suicidas como respuesta al vacío, al callado desespero, a la pérdida de sentido, son uno de los trastornos más graves en la adolescencia y las redes digitales ejercen como plataforma imparable que genera y potencia ecos inespecíficos: retos y desafíos como el que se hizo tristemente popular en Facebook hace poco: la ballena azul. Desde la antigua Grecia se conocen nichos suicidas que acontecen dentro de un espacio-tiempo definido. Se explica desde la imitación, pero está claro que debe existir cierta susceptibilidad previa para que los intentos o pensamientos suicidas en familia o amigos desencadenen el acto. Hélène Nicolis (2014) investigó a fondo por qué la propagación del suicidio es explosiva e inevitable.
Un escenario bien distinto, el geriátrico: muerte cotidiana y natural donde los afectos —al menos sobre el papel— no son tan intensos. La Red adquiere cada vez más relevancia en estas instituciones; ventanas al exterior, vínculos con familiares lejanos o evidencia de la nada que quizá siempre estuvo ahí. La plantilla de este tipo de institución suele experimentar cierta anestesia, una insensibilidad defensiva, ante el goteo sistemático de pérdidas a que está sometida. El manejo del cuerpo inerte sobrecoge, provoca miedo, asco… de ahí la necesidad de ritualizar su gestión, de aniquilar el afecto, de colectivizar el fallecimiento y dar espacio al duelo de carácter mecánico.
Los procesos biológicos evocan la simetría del mundo inorgánico, todos los muertos están fríos, duros, pero encierran una peculiar historia en cada sujeto, en cada época, en cada cultura. La muerte psíquica puede resultar aún más difícil de sobrellevar. En la demencia hay excesos y faltas, pasividad, violencia. Aunque fue Alan Baddeley quien apuntó que «el mal funcionamiento de nuestra memoria es uno de los aspectos vitales para que los seres humanos se hayan convertido en criaturas imaginativas» (Memoria, 2010).

Quede en el aire un comentario de Edgard Morin (1951): «El problema más apasionante, más misterioso aún que el origen de la vida, es el origen de la muerte». Origen sugiere prehistoria; continuemos.
4. PREHISTORIA DIGITAL
Cada vez nos sorprenden menos los hallazgos a los que nos está habituando la prensa diaria; los más tienen que ver con la nueva sociedad digital: saltos cualitativos de materiales o argucias y avances de la IA; otros artículos conciernen a yacimientos que la perseverante arqueología va desvelando; unos fuerzan futuro, otros se interrogan por nuestro origen. Vamos intuyendo la configuración de la Tierra y sus habitantes en el pasado; cuando se mira hacia atrás, todo parece registrado de una u otra forma y sale a la luz en imprevistos escenarios.
Propondría contemplar este apartado desde tres perspectivas: una atañe al género de la ciencia ficción (la literatura siempre pionera), otra a tendencias culturales asociadas al movimiento ciberpunk y, por último, los avances informáticos que posibilitan instrumentos cada vez más sofisticados. Costado lúdico, uno, identitario, otro, y práctico, el último, que se filtran imperceptiblemente en la sociedad actual al calar en las generaciones que vivimos el siglo anterior y conformar la sopa primordial de quienes nacieron en el presente.
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