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Tierras bravas

Cine peruano y latinoamericano

ISAAC LEÓN FRÍAS



Tierras bravas. Cine peruano y latinoamericano

Primera edición digital, marzo 2016

© Isaac León Frías

De esta edición:

©Universidad de Lima

Fondo Editorial

Av. Manuel Olguín 125. Urb. Los Granados, Lima 33

Apartado postal 852, Lima 100, Perú

Teléfono: 437-6767, anexo 30131. Fax: 435-3396

fondoeditorial@ulima.edu.pe

www.ulima.edu.pe

Diseño, edición y carátula: Fondo Editorial de la Universidad de Lima

Foto de carátula: La ciudad y los perros, 1985. Filmoteca PUCP.

Versión ebook 2016

Digitalizado y distribuido por Saxo.com Peru S.A.C.


www.saxo.com/es yopublico.saxo.com

Teléfono: 51-1-221-9998

Dirección: calle Dos de Mayo 534, Of. 304, Miraflores

Lima - Perú

Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro sin permiso expreso del Fondo Editorial.

ISBN versión electrónica: 978-9972-45-331-1

A todos los amigos que participaron en esa hermosa aventura

de veinte años que fue Hablemos de Cine y, en especial, a la memoria de los que se fueron, Juan M. Bullitta y Carlos Rodríguez Larraín, dos de los fundadores; Constantino Carvallo y Pablo Guevara.

Índice

A modo de entrada

Primera parte: cine peruano

Hacia una historia del cine peruano

Cortometraje: la apertura del cine peruano

El cine peruano al encuentro de su identidad

¿Predicando en el desierto?

¿Se afianza el largometraje peruano?

Las tribulaciones de nuestro cine

Volver a vivir: cronología (accidentada) de la ley de cine

Panorama crítico del cine peruano

Kukuli (1961)

La muralla verde (1970)

El viento del ayahuasca (1983)

Túpac Amaru (1984)

La ciudad y los perros (1985)

Gregorio (1985)

La boca del lobo (1988)

Alias La Gringa (1991)

La vida es una sola (1993)

La yunta brava (1999)

Dos películas de Felipe Degregori: Abisa a los compañeros (1980) y Todos somos estrellas (1992)

Luis Figueroa y el cine andino

Apuntes para el estudio de la crítica cinematográfica en el Perú

Segunda parte: cine latinoamericano

Un registro de las bases bibliográficas y documentales para el estudio comparado de la historia de las cinematografías de América Latina

El cine latinoamericano en la hora de la verdad

Los otros cines: precariedades y esfuerzos de algunos países sudamericanos en desventaja

Cine y medios audiovisuales en América Latina: tendencias actuales

El cine de los setenta: tiempos duros

Un balance del documental militante

Cine cubano

Santiago Álvarez y el documental político

Lucía (1968)

Gutiérrez Alea y otros más. Notas sobre una muestra de cine cubano

Cine mexicano

Los caifanes (1967)

Las huellas de Tlatelolco: Canoa (1975) y La pasión según Beren ice (1975)

Dos películas de Paul Leduc: Reed: México insurgente (1971) y Frida, naturaleza viva (1984)

Cadena perpetu a (1978)

¡El cine paraguayo existe!

Panorama crítico del cine latinoamericano

Dios y el diablo en la tierra del sol (1964)

Tres tristes tigres (1969)

El chacal de Nahueltoro (1969)

El coraje del pueblo (1971)

La Raulito (1973)

Alsino y el cóndor (1985)

Jericó (1990)

La estrategia del caracol (1994)

Pixote, la ley del más débil (1981)

Buenos Aires viceversa (1996)

El lado oscuro del corazón (1992) y Despabílate amor (1996)

Índice de películas

A modo de entrada

Me encontraba en pleno trabajo de rastreo de textos para la investigación del nuevo cine latinoamericano de los años sesenta, ya concluida y convertida en libro, cuando fueron apareciendo diversos artículos escritos por mí durante años y no todos referidos a esa época, pero sí al cine del Perú y al de otros países de la América de habla española y portuguesa. Son artículos que se han publicado en libros o revistas del Perú, Cuba, Estados Unidos, España y Francia o que han permanecido inéditos, como ocurre con dos de los más extensos dedicados a la historia de la crítica de cine en Lima y a la bibliografía acerca del cine en América Latina. Estos dos últimos fueron elaborados para sendos trabajos de investigación en la Universidad de Lima, uno de ellos, el primero, concebido en función de un volumen antológico de la crítica de cine en el Perú, que es aún una asignatura pendiente.

Teniendo a la vista esos materiales, considero de utilidad reunirlos en un volumen, pues ofrecen información y análisis útiles del cine que se ha venido haciendo en el Perú y en los países de la región, pero también de lo que se ha escrito aquí y afuera en torno a ese tema. Esa es la doble línea de los trabajos: las películas como motivo de comentario y el registro de críticas y libros acerca de películas y cinematografías. Precisamente, dos de los inéditos dan cuenta de esa segunda línea, casi no explorada entre nosotros.

No se trata de todo lo que he escrito sobre los cines y las películas de estas tierras, ni mucho menos, pero es una selección de notas de una cierta amplitud, aunque no todas, y que ofrecen un panorama, ciertamente parcial e incompleto, de casi cuarenta años de cine a partir de 1960, aunque algunos de los textos se internan, asimismo, en las décadas anteriores. Ciertos motivos puntuales, en especial los comentarios de algunos filmes, se repiten en más de un artículo, pero, a pesar de las reiteraciones que se puedan encontrar, los he mantenido porque cada uno de esos textos posee en sí mismo una unidad que merece conservarse sin recortes.

Los artículos originales, con pocas excepciones, han sido respetados en su integridad, de allí que se puedan leer algunas opiniones o juicios con los que no estoy, ahora, de acuerdo o incluso algunas impresiones sobre una misma película que no son coincidentes. De manera especial, en los textos El cine latinoamericano en la hora de la verdad y Santiago Álvarez y el documental político, escritos en el periodo 1969-1970, se deslizan afirmaciones de sincronía o solidaridad políticas que eran las que me animaban en ese entonces y que en estos momentos no podría formular de la misma manera. En el libro El nuevo cine latinoamericano de los años sesenta. Entre el mito político y la modernidad fílmica escribo sobre esos mismos temas y se podrá cotejar allí lo que hoy opino acerca de esas películas y sus circunstancias, que no es en todos los puntos contrapuesto a lo que opinaba en 1970, pero en todo caso no resulta igual. No puede ser igual porque la distancia de los años permite mirar y analizar las cosas de otra manera. Lo mismo me ocurre con la valoración de ciertos directores, que, como los mexicanos Emilio Fernández y Roberto Gavaldón, no me merecen hoy el escaso aprecio que les dispensaba hace varias décadas, lo que se expresa en alguno de los artículos.

Rescato los textos, también, porque me parece que en ellos –si no en todos, en varios, sobre todo en algunos comentarios de películas–, hay una escritura y un filo críticos que siento haber perdido un poco. Releo, por ejemplo, lo que escribí sobre Abisa a los compañeros o Todos somos estrellas, sobre Lucía, Canoa o La pasión según Berenice, y percibo un buen manejo del instrumental analítico. No creo que en estos momentos escribiría con ese mismo grado de penetración en las operaciones expresivas de esas películas. Tal vez porque ya no soy el crítico de cine “estable” que fui ininterrumpidamente durante cuatro décadas y, habiendo dejado en estos últimos años el ejercicio regular de la crítica periodística, me siento cada vez más el profesor, el investigador, el escritor de temas de cine y, por encima de todo, claro, el mismo cinéfilo de toda la vida, aunque siempre asoma inevitablemente el crítico que no podría dejar de ser nunca. Queda a criterio de los lectores ratificar o no esa percepción mía y, de cualquier modo, evaluar la utilidad de este volumen.

Una aclaración sobre el título que podría hacer pensar a algunos interesados que se trata de un libro en torno al western. ‘Bravo’ o ‘brava’, según el DRAE, significa valiente, esforzado, bueno o excelente; también fiero o feroz, alborotado o embravecido; asimismo violento o áspero, inculto o rústico. Si se combinan esas acepciones tiene sentido hacer referencia a nuestra región, de México al Caribe, y del orbe andino a la Patagonia, incluyendo al “continente” brasileño, como tierras bravas, al menos en las décadas a las que se dedican estos textos, y en las precedentes, también. Por cierto, el cine de esos tiempos queda impregnado de esos rasgos y algo de ello se transmite en los textos.

Agradezco la colaboración de Lorena Escala Vignolo en la transcripción digitalizada de los materiales preinformáticos, así como en el ordenamiento de los textos.


Hacia una historia del cine peruano
Introducción

No se puede escribir una historia del cine peruano porque hasta el momento no se ha realizado una investigación completa sobre la materia. Salvo artículos periodísticos muy incompletos y aislados, prácticamente no se ha escrito nada sobre el particular. En el tomo X de la Historia de la República del Perú, Jorge Basadre incluye datos muy valiosos sobre los primeros años del cine en el país. Por lo demás y hasta donde sabemos, solo el artículo “Panorama del cine peruano”, de Enrique Pinilla, publicado en 1969 en la revista Cultura y Pueblo, de la Casa de la Cultura, consigna un ordenamiento cronológico que resultó de gran utilidad para una primera elaboración de este texto que, con el mismo título, apareció en la revista Hablemos de Cine, nro. 50-51, en 1970.

El presente trabajo aspira, en su carácter provisional, a señalar la exigencia de un estudio más profundo sobre la historia del cine peruano, aun cuando este no haya alcanzado en el pasado una presencia realmente significativa en la vida del país, pues la producción ha tenido una escasa y accidentada existencia. Con un mercado local pequeñísimo (aproximadamente 300 salas de 35 milímetros, desde hace muchos años), copado por las grandes empresas de distribución internacional, muy poco se ha podido hacer para establecer una producción más o menos estable. A la insuficiencia del mercado interno se ha sumado la barrera hasta ahora infranqueable de la distribución “extramuros”, sin ninguna posibilidad de competir, además, con los “hermanos mayores” del cine de habla castellana, México, Argentina y España. Por eso la historia del cine peruano se asemeja mucho a la de tantos otros países latinoamericanos: esfuerzos aislados llenos de buena voluntad cuando no vulgar aventurerismo, espontaneísmo pionero cuando no mero afán de lucro. Sin apoyo legal, sin un respaldo financiero, sin exigencia crítica, el poco cine que se ha hecho ha deambulado abruptamente ante el público espectador habituado al cine extranjero de procedencia estadounidense en su mayoría.

Hay que señalar, también, que este trabajo constituye el capítulo dedicado al Perú del libro Les cinemas de l’Amerique Latine, que, coordinado por el francés Guy Hennebelle y por el boliviano Alfonso Gumucio Dagron, debe aparecer en edición francesa y española. Como, salvo esta introducción, no se modifica en nada el original, el lector peruano sabrá pasar por alto algunas referencias contextuales que resultan superfluas para nosotros.

Por último, y además de recalcar que es esta la primera aproximación crítico-informativa sobre el tema, hay que agradecer los datos que en entrevistas y diálogos nos han ofrecido Manuel Trullen, Eduardo Tellería, José Dapello y Manuel Chambi.

Inicios

La primera exhibición cinematográfica peruana se efectuó en la plaza de Armas de Lima el 2 de enero de 1897, con la asistencia del presidente Nicolás de Piérola. El aparato empleado, procedente de Estados Unidos, fue el vitascope de Thomas Alva Edison, y no el cinematógrafo de los hermanos Lumière, que llegó después.

En 1911 se filma, según el historiador Jorge Basadre, la primera película peruana: un documental titulado Los centauros peruanos, basado en ejercicios de caballería. De acuerdo con el mismo historiador, el primer corto peruano de ficción pertenece al escritor Federico Blume y es la comedia Negocio al agua, filmada en 1913. El siguiente filme del que se tiene noticia, rodado ese mismo año, es Del manicomio al matrimonio, con argumento de la escritora María Isabel Sánchez Concha.

En los años siguientes se filman ceremonias cívicas y sociales a manera de notas informativas, a cargo de fotógrafos profesionales, en su mayoría. Alrededor de 1920 destacan en tal actividad los fotógrafos Avilés y Calvo.

Mientras que en 1926 se realiza la película Páginas heroicas, inspirada en la guerra con Chile, cuya exhibición pública no ha sido confirmada, es en 1927 que se filma y estrena la primera película peruana de largometraje, Luis Pardo, que relata un episodio de fines del siglo XIX, respecto a un bandolero famoso. El director también argumentista y protagonista del filme, Enrique Cornejo Villanueva, la hizo sin ninguna experiencia técnica previa y posteriormente no tuvo participación alguna en otras películas. En 1928 se filma una versión de La Perricholi, inspirada en la vida de la célebre amante del virrey Amat, escrita y dirigida por Guillermo Garland y el argentino Luis Scaglioni, y protagonizada por Carmen Montoya y el italiano Enzo Longhi. Luego, en 1929, el italiano Pedro Sambarino, quien había incursionado en el cine boliviano y que en el Perú se inició con la fotografía de Luis Pardo, realiza El carnaval del amor, sobre motivos de la vida local.

Hacia 1930 se filma Como Chaplin, de la compañía Patria Films, un intento de remedo humorístico por el chileno Alberto Santana. Al año siguiente, el mismo Santana dirige Las chicas del jirón de la Unión, y en 1932 se rueda un largometraje sobre la profilaxia sexual que se exhibía un día para hombres y otro para mujeres en el Teatro Segura de Lima, con el título de Cómo serán vuestros hijos. Por fin, en 1933 se realiza la última película muda peruana, Yo perdí mi corazón en Lima, de la compañía Patria Films, escrita y dirigida por Alberto Santana. En estos años aparece un noticiero de irregular periodicidad, Noticiero Heraldo, a cargo del chileno Sigifredo Salas (dirección, montaje y narración) y del español Manuel Trullen (cámara y laboratorio).

Sobre el valor de estas primeras experiencias cinematográficas poco hay que decir: en sus limitaciones técnicas, en su precariedad expresiva, fueron intentos más o menos aislados de abrir una vía para un posible cine comercial, semejante al que en esos momentos se realizaba en otros países de Sudamérica, especialmente Argentina y Chile, donde la producción fílmica durante los años veinte alcanzó un número considerable. Hay que resaltar el hecho de que buena parte de los pioneros de esta época procedió del extranjero, tal es el caso de Alberto Santana y Manuel Trullen, quienes habían acumulado experiencia fílmica en Chile. Asimismo, hubo dos peruanos, José Bustamante y Ballivián y el escritor Ricardo Villarán, quienes, como directores, tuvieron amplia participación en el periodo de 1920-1930, en el cine argentino, especialmente Villarán, quien dirigió La baguala, El hijo del riachuelo, Manuelita Rosas, El poncho del olvido, entre otros títulos. Precisamente, Villarán será uno de los principales animadores del periodo de Amauta Films, que supone el mayor impulso que en el campo del largometraje haya tenido el cine peruano hasta la fecha.

Por lo demás, las películas mencionadas están todavía muy lejos de formar un público para un cine peruano en un momento en que la producción estadounidense ya se ha enseñoreado del mercado local y antes de que las películas mexicanas, con el advenimiento del sonido, comiencen a competir, en desventaja, ciertamente, con las estadounidenses, y a conquistar un mercado facilitado por el alto volumen de analfabetismo y la eficacia de ciertos géneros (la comedia ranchera y el melodrama, principalmente) que no encuentran correspondencia en el caso peruano. Es evidente, también, que a pesar de que durante el Oncenio, gobierno de Augusto B. Leguía (1919-1930), se fortalece la burguesía industrial y comercial nativa, así como se sella en forma definitiva la dependencia del hegemonismo estadounidense en reemplazo del británico, la perspectiva de hacer cine en el Perú no es ni siquiera vislumbrada, a diferencia de lo que sucede en Argentina y México, donde, por otro lado, el afianzamiento de la burguesía industrial y comercial tendrá una continuidad ascendente, lo que no sucede en el Perú.

Por último, en el periodo 1919-1933 se rueda un material informativo cuyo volumen habría que precisar y, en gran parte, suponemos, perdido, que registra diversos acontecimientos de la vida local, especialmente pública, y que da cuenta, incluso, de las manifestaciones de movilización popular que en esos años, y sobre todo de 1930 a 1933, se producen en el país. Así, por ejemplo, tanto el entierro de José Carlos Mariátegui como algunos sucesos que rodearon la caída de Leguía y las primeras concentraciones del partido aprista, el movimiento político de mayor gravitación en el Perú a partir de 1930, fueron filmados. El valor testimonial de este material permanece en la penumbra.

Cine sonoro

La primera película sonora filmada en el Perú se titula Resaca (1934), escrita y dirigida por Alberto Santana y fotografiada por Manuel Trullen, constituido ya en el director de fotografía “irreemplazable” durante muchos años en el marco de nuestro cine y la única persona que en los años posteriores a su vida profesional (murió a comienzos de 1975) mantuvo el recuerdo de una época que consideró ejemplar. El sistema sonoro utilizado por Resaca no era aún el óptico, motivo por el cual el filme mostraba serias deficiencias. Dificultades similares se presentaron en otros países sudamericanos en el paso del cine mudo al sonoro. En el Perú fue el argentino Francisco Diumenjo, un técnico en radio, quien posibilitó la primera película peruana con sonido óptico. Buscando olvido (1935), dirigida por Sigifredo Salas y con la fotografía a cargo de Trullen. Diumenjo y Trullen se constituyen en pilares técnicos de la Cinematografía Heraldo, productora de Buscando olvido, como más tarde lo serán en las producciones de Amauta Films.

En los balbuceos del nuevo sistema, Federico Tong realiza con enormes dificultades técnicas, que Diumenjo corrige en parte, el filme Cosas de la vida. De inmediato, Cinematografía Heraldo realiza El último adiós (1936), con argumento y dirección de Sigifredo Salas.

Este periodo supone la continuación, difícil y aislada, de una labor pionera que a continuación alcanzará un leve florecimiento en el que hay que precisar los exactos datos históricos y desbrozarlos del recubrimiento legendario y mitológico de quienes alguna vez hablaron con excesivo entusiasmo de la “época de oro” del cine peruano.

El auge de la radio y de Amauta Films

En 1937, Felipe Varela La Rosa, Ricardo Villarán y Manuel Trullen fundaron la empresa Amauta Films, y así con implementos de la desaparecida Cinematografía Heraldo y otros nuevos que se adquieren realizan una producción, La bailarina loca. A partir de esta película se produce un “despegue” en el cine peruano, tanto en lo que respecta a volumen de producción como a la aceptación del público, que reconoce los rasgos de un cine local en su acentuado provincianismo. Este periodo de relativo auge se caracteriza, más que por los esfuerzos precedentes, por una circunstancia principal que lo explica: la popularidad de varias figuras de la radio.

El medio radial se implantó en el país en 1925 y en pocos años amplió su audiencia a tal punto que popularizó, como no había sucedido antes, tanto a jóvenes figuras de la canción criolla como a actores procedentes del teatro de variedades. Es, entonces, el requerimiento de “darle cuerpo” a estas voces populares lo que se materializa en la producción de Amauta Films. Los actores Edmundo Moreau, Antonia Puro, Alex Valle y Gloria Travesí, entre otros, así como las jóvenes cantantes Jesús Vásquez y Alicia Lizárraga constituyen el ingrediente básico y el atractivo principal de estas cintas de la misma forma que treinta años más tarde algunas figuras de la televisión animan un rebrote de la actividad fílmica en el país.

Así, pues, el cine comercializa el éxito radial y a la luz de sus consumidores se proyecta, al menos inicialmente, como un complemento y prolongación audiovisual de la práctica radial.

Amauta Films es, sin duda, la empresa que mayor importancia de 1937 a 1940, periodo en el que también aparecen otras compañías menores.

La producción de Amauta Films es la siguiente:

En estos mismos años, la compañía Propesa filma Corazón de criollo y Padre a la fuerz a; la Ollanta Films, El vértigo de los cóndores, de Andrés Saa Silva, que protagoniza la actriz Delia Iñiguez; la Colonial Films, El niño de la puna, dirigida por el conocido actor peruano Carlos Revolledo; la Condor Pacific Films, Santa Rosa de Lima, realizada por Pepe Muñoz.

Esta relación de títulos, que no es exhaustiva, nos revela por sí misma que existió una actividad relativamente amplia en la época. Las producciones realizadas en estos años están hechas a un costo que fluctúa entre los 30 mil y 50 mil soles (el cambio era de alrededor de 3 soles por dólar) e incluso, algunas de ellas por debajo de esas cifras. La elaboración de cada película demandaba un periodo de tres meses aproximadamente, y la financiación, hasta donde se sabe, estuvo en manos de capitalistas peruanos, entre los que se encuentran Felipe Varela La Rosa, Ántero Aspíllaga, Teófilo R. Fiege, Federico Tang, Julio Barrenechea, J. Villanueva, Federico Uranga, Enrique Alexander, Jorge Carcovich, José Bolívar, Renato Lercari, etcétera.

La causa principal de la paralización de la actividad fílmica proviene de la Segunda Guerra Mundial, debido a la cual el envío de película virgen procedente de Estados Unidos, con el que se abastecía la producción local, se detiene. A partir de este momento se inicia un largo periodo de inactividad.

Las posibilidades de sentar las bases de una futura industria, que aparecen de 1936 a 1940, se cortan con la llegada de la guerra. Posteriormente, los intentos de dos películas hechas en 1943 por la compañía Huascarán Films, formada en gran parte por el equipo que antes tuvo a su cargo Amauta Films, que sin embargo no levantan un cuerpo definitivamente caído. Ellas son Penas de amor, dirigida por Ricardo Villarán y protagonizada por Jorge Escudero y Ana Marvel; y A río revuelto, dirigida por el chileno Luis Morales, con Edmundo Moreau y Paco Andreu. Luego, Nacional Films tiene a su cargo Una apuesta con Satanás y Como atropellas cachafaz, dirigidas por César Miró, y la Asociación de Artistas Aficionados (AAA) produce La lunareja, que dirige Bernardo Roca Rey, con actores de la misma institución, dedicada en su mayoría a la práctica teatral.

Toda la producción estuvo concentrada en Lima y no existe ninguna información sobre actividad fílmica en provincias, salvo rodajes para noticieros y la filmación de alguna producción de empresa capitalina; Sangre de selva, por ejemplo, se filmó en el Perené. La única excepción conocida es el largo Bajo el sol de Loreto, rodado en el oriente peruano en los años cuarenta y que nunca se exhibió en Lima.

En líneas generales, las películas peruanas del periodo señalado se hicieron según patrones técnicos y modelos argumentales del cine mexicano y argentino de la época. A través de un trabajo artesanal de equipo (en el que hay que destacar la labor de Trullen en la cámara y laboratorio, y de Diumenjo en el sonido), se quiso perfilar un cine popular, que devino en populachero, destinado al mayor consumo posible, utilizándose los géneros más asequibles, a menudo combinados: la comedia de intriga, el melodrama, el policial, el musical “de canciones”, etcétera, bañados por detalles costumbristas en diálogos y situaciones. Hubo pretensiones más claras de un cine criollo-costumbrista en El guapo del pueblo y Palomillas del Rímac, pero no se superó el nivel de la comedia populachera. La aparente raigambre popular de unos argumentos se refractó en intrigas de muy dudoso gusto, comicidad verbal estereotipada y situaciones tópicas.

Este es el cuadro que, sin excepciones, caracteriza al cine que se hizo en el Perú en los años treinta. Sin embargo, dentro de la banalidad de los argumentos y la rutina y convencionalismo del lenguaje expresivo, se afianzó una producción que tuvo un tono medio de aceptabilidad para el público espectador. Es decir, en su débil consistencia, en sus mecanismos cercanos al radioteatro filmado, las películas tuvieron una imagen nítida y clara, una continuidad narrativa legible y un sonido audible, elementos que muchos filmes posteriores no lograron siquiera tener. Pero hablar de la “época de oro del cine peruano” resulta, desde luego, una pretensión excesiva. No se trata más que de un brote más o menos organizado de producción que difundió algunos motivos de la cultura masivo-popular de la época, pero sin llegar a constituir una industria, debido al escaso capital movilizado, a los recursos artesanales que se emplearon y a la ausencia (explicable) de un criterio exportador o competitivo con otras cinematografías latinoamericanas. Este brote de producción quedó definitivamente clausurado, cerrando un capítulo, sin duda el más importante en cuanto a la producción de largometrajes en la magra historia del cine peruano.

El Noticiero Nacional

Sigue un largo periodo (1943-1956) en el que, fuera de unos pocos largos, un noticiero regular y eventuales producciones extranjeras, hay un vacío fílmico muy pronunciado. Este periodo cubre parte del gobierno oligárquico de Manuel Prado (1939-1945); el gobierno de José Luis Bustamante y Rivero, con el apoyo del Frente Democrático, que tenía como sustento principal al APRA, legalizado después de doce años de incesante represión; y por último, la dictadura del general Manuel A. Odría, conocida con el apelativo de “Ochenio” (1948-1956). Es durante el gobierno de Prado que se crea un impuesto de 10 centavos de sol de cada entrada “a favor del cine nacional”. Con lo recaudado por este conducto, que se destina, además a otros fines, se crea un fondo administrado nada menos que por el Ministerio de Gobierno, a través de una dirección especial. Lo que significa que durante trece años este aparato estatal es el patrocinador de casi todo el escaso trabajo fílmico que se hace en el país. A él acuden las pocas empresas que durante esos años operan en forma regular para conseguir la financiación de documentales, siempre pro gubernamentales, y participar en la realización del Noticiero Nacional que, de 1944 a 1956, se edita con una periodicidad casi semanal. En la realización del noticiero se van alternando tres o cuatro compañías, especialmente Nacional Films (de propiedad de Federico Uranga, en primer término, y más tarde Alejandro Salas, y que tuvo como principales camarógrafos a los hermanos Pedro y Carlos Valdivieso), Leo Films (cuyo productor era Víctor de León) y Productora Huascarán, que en 1954 se convierte en Huascarán Films-Trullen-Tellería, incorporando los nombres de sus principales promotores, Manuel Trullen y Eduardo Tellería. Esta última empresa fue la que por más tiempo participó en la edición de noticieros ya antes abordada en forma privada y de manera más esporádica por Amauta Films.

Fuera del Noticiero Nacional se edita con capital particular y de manera irregular, el noticiero ECSA, de Eduardo Polo García, y El Panamericano y, luego, Noticiero Rímac, editados en forma sucesiva por el chileno Miguel Muñoz.

No hubo alternativa posible para estos “noticieros”, fuera de la propaganda oficial, en el caso del estatal, o del ensamblado de cuñas publicitarias, en los particulares. Más aún, la Dirección de Informaciones del Ministerio de Gobierno pagaba a las empresas productoras del Noticiero Nacional por metro de película, es decir, al peso, con lo cual se estiraba inútilmente la retórica oficialista. El cine de la dictadura de Odría está tipificado por el Noticiero Nacional.

Dentro de los cortos filmados en este periodo destacan tres, realizados por la empresa Artistas Cinematográficos Unidos, de Franklin Urteaga Cazorla: Machu Picchu, Castilla, soldado de la ley y El Solitario de Sayán, realizados de 1953 a 1955, con la dirección del italiano Enrico Gras, con mucha mayor solvencia técnica que el común denominador local, pero con un marcado énfasis grandilocuente.

El propio Enrico Gras, en codirección con su compatriota Mario Craveri, efectúa en 1956 un discutible documental de largometraje titulado El imperio del Sol, que, sin embargo, es la película filmada en el Perú que mayor difusión internacional ha tenido. La producción fue íntegramente italiana, pero en el equipo participaron varios peruanos, entre los que se cuentan algunos de los que laborarían en los documentales del Cine Club Cuzco.

La “cultura cinematográfica” aparece en los primeros años del cincuenta, por iniciativa del polaco André Ruszkowski y el peruano Emilio Herman, entre otros. Ruszkowski, importante dirigente de la OCIC, contribuye a la fundación del COC (Centro de Orientación Cinematográfica, filial peruana de la OCIC) e imparte diversos cursillos. Por su parte, Herman es uno de los iniciadores del Cine Club de Lima, cuya actividad iniciada con bríos en 1953 se prolonga con languidez hasta 1958. Herman realiza, igualmente, una labor periodística y docente de mucha utilidad y participa en diversos planes de producción. En 1956 llega a ser presidente de la renacida Asociación de Productores Cinematográficos, fundada en 1951, pero pocos años más tarde se aparta por completo de la actividad cinematográfica sin realizar ninguna película.

Las iniciativas de difusión de la cultura cinematográfica no consiguen instalar una actividad continua ni se enlazan con la práctica fílmica, a excepción de la experiencia cuzqueña que reseñamos a continuación, y que constituye un caso muy particular en la historia del cine peruano.

La Escuela del Cuzco

En mayo de 1955 el arquitecto cuzqueño Manuel Chambi realiza un documental sobre la fiesta del Corpus del Cuzco y el 27 de diciembre, en homenaje al sesenta aniversario de la aparición del cinematógrafo, se instala el Cine Club Cuzco, en la ciudad que fue capital del imperio de los incas. El cineclub se propone tanto una labor cultural de difusión como un trabajo práctico de realización. Aquí está el origen de lo que posteriormente el historiador francés Georges Sadoul denominará la Escuela del Cuzco desde las páginas de Lettres Françaises. Sin embargo, la Escuela del Cuzco fue más una promesa y una esperanza que el desarrollo orgánico de una obra cinematográfica de amplia significación.

Veamos a continuación una reseña de su trayectoria. En 1956, Manuel Chambi y Luis Figueroa filman un corto de 16 milímetros titulado Las piedras, con imágenes de la arquitectura cuzqueña en sus tres épocas (preínca, inca y colonial). Al año siguiente, Chambi realiza dos cortos en color y 16 milímetros de singular relieve: Carnaval de Kanas, sobre la fiesta de carnaval en El Descanso (en Kanas, provincia del Cuzco), y Lucero de nieve, sobre la fiesta religiosa del Qoyllur Ritti, esta última con la colaboración de Víctor Chambi, fotógrafo y hermano de Manuel, y Eulogio Nishiyama. Ese mismo año, Manuel Chambi y Nishiyama filman Corrida de toros y cóndores, en la fiesta folclórica de Paruro. En noviembre de 1957, a invitación del escritor José María Arguedas, se exhibieron por primera vez en Lima los cortos Corrida de toros y cóndores, Corpus del Cuzco, Carnaval de Kanas y Lucero de nieve.

En 1959, Manuel y Víctor Chambi filman Los invencibles Kanas, y el año siguiente, Fiesta de las nieves, que se exhiben en el XII Festival de Karlovy Vary, mientras que Carnaval de Kanas y Lucero de nieve obtienen el premio Copa Ciudad de Santa Margarita al mejor documental etnográfico en la reseña de cine latinoamericano en Santa Margarita (Italia).

Esta producción de cortos culmina con el rodaje del largometraje en color Kukuli, en 1960, a cargo de Luis Figueroa, Eulogio Nishiyama y César Villanueva, producida por la empresa Quero Films. A mediados de 1961, Kukuli se estrena en Lima y Cuzco, constituyendo un acontecimiento periodístico.

En los años posteriores, se diluye un tanto la realización de filmes y en 1964 diversos cortos del Cine Club Cuzco son adquiridos por la televisión de varios países europeos. Ese mismo año, el cineclub adquiere dos equipos de filmación profesional de 35 milímetros. Lamentablemente, ya para esta fecha diversos obstáculos han mellado la organización del cineclub que progresivamente va desapareciendo. Una muestra de la crisis está en la filmación de Jarawi, un largo que debió continuar el camino abierto por Kukuli, que, luego de un accidentado rodaje que culminó en 1965, se estrenó en 1966, significando un notorio fracaso comercial. La película, realizada por César Villanueva y Eulogio Nishiyama para Quero Films, no solo no corrigió los errores de Kukuli, sino que también fue un paso atrás y un sensible golpe de prensa y público para el cine peruano.

Por el momento, la obra de la Escuela del Cuzco está cerrada, pese a que algunos de sus representantes han continuado en la realización ya de manera independiente. Pero no deja de ser muy significativo el aporte del grupo de cineastas cuzqueños en cuanto a la búsqueda de un cine de observación de la realidad indígena. Es cierto que por el carácter de los motivos filmados (ceremonias y fiestas, sobre todo) y la especialidad fotográfica de algunos de sus exponentes (los hermanos Chambi, Nishiyama), las películas del Cine Club Cuzco no se liberaron de un marcado folclorismo, de un tono colorista, de un quizá involuntario exceso plasticista. Es cierto, también, que faltó mayor capacidad investigadora en la realidad observada. Pero es cierto, asimismo, que las obras del Cine Club Cuzco y, en concreto, las más representativas, las de Manuel Chambi, trasuntan la voluntad de acercamiento a un mundo hasta ese entonces inédito en el cine, y lo hacen con sencillez, honradez, sin demagogia, sin exhibicionismo, lejos de toda intención deformadora o banalmente turística. Carnaval de Kanas y Lucero de nieve, en su ordenación un tanto reiterativa, en su ritmo tal vez excesivamente moroso, son documentos que con sensibilidad poética y etnológica descubren el pulso interior del mundo indígena.

Kukuli es el punto máximo de la obra de los cineastas cuzqueños. Basada en una leyenda indígena, la película se mueve en dos niveles: en el documental de lugares y costumbres, y en la anécdota legendaria que se superpone al anterior. El filme no concilia sus dos armazones centrales, y por el lado de la visión documental que ofrece están sus mejores atributos. Así, a pesar de sus dificultades técnicas (montaje, sonorización, racords, etcétera), de las lagunas y titubeos narrativos, Kukuli transmite el aliento del paisaje y las ceremonias religioso-festivas, con un primitivismo y simplicidad que, si a veces roza lo ingenuo, no deja de tener un hálito de sinceridad. No hay duda de que Kukuli apelaba en parte a una estética en buena medida anacrónica: la utilización de ciertas metáforas narrativas propias del cine mudo y la asimilación mimética de composiciones eisensteinianas. Además, el hecho de que hubiera tres realizadores quebraba notoriamente la unidad de estilo y el ajuste de los diversos segmentos del filme. Sin embargo, el valor fundador de Kukuli se apoya en merecimientos nada despreciables, a pesar de sus múltiples limitaciones.

Jarawi, a base de un relato de José María Arguedas (Diamantes y pedernales), se planteó como un intento más avanzado de dramatización en un marco documental: dramatización a nivel de relaciones individuales (un conjunto de protagonistas con rasgos más dibujados y complejos que en Kukuli) y a nivel de problemática social (la denuncia de la explotación en el agro sugerida en Kukuli está más desarrollada aquí). Pero la película sumaba a sus graves deficiencias técnicas una inoperancia expresiva total. La autenticidad de planos más o menos aislados no salvaba el raquitismo de una estructura inútilmente complicada.

El esfuerzo por hacer un cine quechua (Kukuli y Jarawi se hicieron en lengua quechua) no tuvo continuación durante varios años. Las enormes dificultades económicas cortaron el empuje de un movimiento que constituyó el impulso más serio hasta ese entonces por explorar una dimensión netamente nacional. Aunque no llegó a configurar un movimiento indigenista en el cine, similar al que existió en los campos de la literatura, la música y la pintura en las primeras décadas del siglo XX, las películas dieron su aporte a esa tradición. Aporte insuficiente y, a la vez, explicablemente tardío, pero sin duda útil, como se puede comprobar ahora, cuando el cine de problemática indígena toma otros caminos.

El apogeo de la televisión y su repercusión en el cine

El capítulo cuzqueño no tuvo casi ninguna incidencia en el resto del país y, concretamente, en Lima, donde siempre estuvo centralizada la escasa producción.

De modo que en la capital la dinámica fílmica siguió su ritmo mortecino. En 1956, al inicio del segundo gobierno de Manuel Prado, desaparece el Noticiero Nacional y a partir de entonces se editan dos noticieros particulares: Sucesos Peruanos, a cargo de Franklin Urteaga, y Noticiero Perú, de José Dapello, quien en 1959 se asocia con Manuel Trullen y Eduardo Tellería. El panorama que ofrecen estos noticieros no supone, por cierto, ningún cambio en relación con la situación precedente y continúa la dependencia de la financiación comercial (Noticiero Perú) y del Estado (Sucesos Peruanos). El impuesto de los 10 centavos por entrada se destina, ahora sí en forma completa, a fines totalmente ajenos al cine, hasta que en el periodo presidencial de Fernando Belaunde Terry (1963-1968) pasa durante un tiempo a poder de la entidad oficial Cotur (Corporación de Turismo), dilapidándose en documentales totalmente nulos a cargo del chileno W. A. Palacios, cuya exhibición nunca se hizo pública.

Como sucedió en los años treinta en relación con la radio, la aparición de la televisión comercial en 1958 tiene una incidencia en la actividad cinematográfica, en este caso bastante contradictoria, pues, por un lado, impulsa ciertos rubros, como el del cine publicitario, por ejemplo; pero, por otro, contribuye, aún más si cabe, a inhibir una posible actividad cinematográfica en el país, al convertirse parcialmente, y en especial durante los primeros años, en sustituto popular del cine. Las empresas del cine publicitario que, con la aparición de la televisión, acaparan buena parte de los espacios publicitarios de la televisión, e incluso producen comerciales para el cine (cosa que no se hacía antes), son Audio Visual S. A., del estadounidense Ed Movius, y más tarde de Jorge Cohata, y Tele-Cine, del francés Henri Eisner. En Tele-Cine trabajan durante varios años el boliviano Alfonso Maldonado y el argentino Nicolás Smolij (de activa participación en el cine boliviano de los años cincuenta), hasta que, hacia 1970, los dos últimos fundan la empresa Cinesetenta.

Pero la televisión, aunque en menor medida de lo que sucedió en la relación radio-cine treinta años atrás, es el soporte de algunas películas: El embajador y yo (1966), dirigida por el argentino Óscar Kantor, se apoya en la popularidad del animador Kiko Ledgard, mientras que Nemesio (1969), también de Kantor, lo hace en las figuras del cómico Tulio Loza y la modelo Gladys Arista. Por su parte, Natacha (1971), que dirige Tito Davison, con Ofelia Lazo y Gustavo Rojo, es una vulgar reedición fílmica de una de las más exitosas telenovelas locales. Junto con estas películas, aparecen en estos años otras más o menos tributarias de la popularidad de algunas figuras de la televisión y que constituyen las muestras más grotescas del subdesarrollo fílmico. La antología del infracine peruano incluye cinco largos: La muerte llega al segundo show (1958), del argentino José María Rosello (quien durante varios años tuvo un laboratorio fílmico en Lima); Tres vidas (1968), de Aquiles Córdova, con Gloria María Ureta, Cucha Salazar y Juan de Alcalá; Interpol llamando a Lima (1969), de Orlando Pessina, con Orlando Sacha; Los montoneros (1970), de Atilio Samaniego; y Dos caminos (1972), de Salvador Akoskin con Humberto Martínez Morosini, Fernando Larrañaga y Anita Martínez. Estas películas, a excepción de Los montoneros, fueron procesadas en Lima, evidenciando la ausencia de una infraestructura en 35 milímetros, que pudiera sostener siquiera mínimamente una producción regular.

Además, se materializaron dos experiencias de coproducción con Argentina, económica y expresivamente nulas. La primera de ellas, Intimidad de los parques (1965), basada en dos cuentos de Julio Cortázar y dirigida por Manuel Antín. La otra es Taita Cristo (1967), dirigida por Guillermo Fernández Jurado, director de la Cinemateca Argentina, basada en la novela del mismo nombre del peruano Eleodoro Vargas Vicuña. De 1965 a 1968 se realiza, asimismo, un conjunto de películas mexicanas, presentadas como coproducciones (La venus maldita, Seguiré tus pasos, A la sombra del sol, Pasión oculta, Las sicodélicas, Operación Ñongos, Bromas S. A., El tesoro de Atahualpa; estas tres últimas con parte de capital peruano), todas ellas procesadas en México y encuadradas en la peor producción de ese país, consecuencia del total abandono legal en que se hallaba la actividad fílmica en el Perú. Situación que permitía mediante la ficción de la coproducción, que las empresas mexicanas, valiéndose de compañías fantasmas peruanas, aprovecharan los beneficios de la exoneración de impuestos a la exhibición de películas nacionales, según la Ley 13936, dada a comienzos de 1962.

En un lugar muy aparte hay que ubicar tres producciones extranjeras de gran valor expresivo filmadas íntegramente en el Perú: Amor en los Andes (Andesu no hanayome), realizada por el japonés Susumu Hani en 1965, sobre el proceso de adaptación de una japonesa en la sierra peruana; Aguirre, el azote de Dios (Aguirre der zorn gotes), dirigida por el alemán Werner Herzog en 1972, que relata de manera muy personal la expedición de Lope de Aguirre a través del Amazonas en el siglo XVI; y El enemigo principal (Jatun Auka), del boliviano Jorge Sanjinés, realizada en 1974, en torno a las acciones guerrilleras que a mediados de los años sesenta ocurrieron en la sierra peruana, filme que, a diferencia de los dos anteriores, no ha sido estrenado en el país y que en realidad es el que más directamente nos compromete. Cabe mencionar, también, The Last Movie, un filme estadounidense realizado por Dennis Hopper en el Cuzco, en 1970, que no ha tenido mayor difusión y que, igualmente, se desconoce en el Perú.

Entre los cortometrajes hay una serie turística financiada por el poderoso enclave petrolero de la International Petroleum Company, a cargo de Ed Movius, sobre diversas ciudades y motivos del Perú (Trujillo, Iquitos, Cuzco, la costa peruana, primavera en Lima, callejón de Huaylas, etcétera) que, a pesar de constituir una visión superficial y colorista del Perú, alcanzó gran difusión. Fuera de esto, el resto son encargos de entidades públicas y privadas que prefiguran lo que será el corto predominante tras la dación de la ley de cine en 1972. Por ejemplo, los documentales de Franklin Urteaga. Del escaso material de ficción se pueden mencionar experiencias tan lamentables como El plebeyo y Encuentro en octubre, de Vlado Radovich, así como dos cortos de cierto interés: Los carcochas, de Felipe Buendía, y Semilla, del poeta y ensayista cinematográfico Pablo Guevara.

En relación con la cultura cinematográfica, el cineclubismo se incrementa durante los años sesenta, aunque en forma desordenada y, salvo algunas excepciones (el cineclub de la Universidad Católica, primero, y más tarde el cineclub de la Universidad de San Marcos), con una vida relativamente corta. En 1965 aparece la Cinemateca Universitaria, con la dirección de Miguel Reynel, que hasta la fecha realiza programaciones en forma irregular, y Hablemos de Cine, la primera revista especializada peruana que, con muchas limitaciones, eleva la crítica a un grado de exigencia desacostumbrado en el medio. La revista ha publicado hasta ahora casi setenta números y sus fundadores (Isaac León Frías, Federico de Cárdenas, Juan M. Bullitta y Desiderio Blanco) se han incorporado en los últimos años a la crítica regular de diarios y semanarios. Además, en Hablemos de Cine se han iniciado algunos de los realizadores que aparecen en los años setenta: Francisco Lombardi, Nelson García, Augusto Tamayo, José Carlos Huayhuaca y Mario Tejada.

Las películas de Armando Robles Godoy

El director peruano que mayor notoriedad ha obtenido es Armando Robles Godoy. Nacido en 1923, hijo del músico Daniel Alomía Robles, ejerce diversas ocupaciones antes de arribar a la realización, entre ellas el periodismo. Durante un año y medio (1962 y parte de 1963) tiene a su cargo la crítica de cine del diario La Prensa, y la enfoca desde una perspectiva formalista y con un tono polémico.

Efectúa algunos cortos inconclusos, antes de filmar su primer largometraje, producido por Inti Films: Ganarás el pan (1965), una tentativa de documental sobre el trabajo en el Perú, con un leve apoyo argumental, totalmente híbrido y fallido. Luego, realiza En la selva no hay estrellas (1966), producida por Antara Films, con técnicos argentinos y protagonizada por Ignacio Quiroz y Susan Pardah. El filme obtiene una distinción en el Festival de Moscú y es acogido de manera favorable en los medios periodísticos locales. A favor de la película se puede anotar su correcta factura técnica. Por lo demás, la historia de un aventurero desarraigado, narrada de manera fragmentada, según una estructura espacial y temporal anclada en las experiencias de Alain Resnais y otros autores europeos, no resulta en nada convincente y sí, más bien, primaria y mimética en su pretendida complejidad.

La muralla verde (1970), producida por Amaru Films, fotografiada por su hermano Mario Robles, con Julio Alemán y Sandra Riva, prosigue con mayor coherencia narrativa la línea del filme anterior. En este caso, se narra la historia de un hombre en lucha contra la administración pública y contra los contratiempos de la selva a la que se traslada como colonizador. Igual que En la selva no hay estrellas, el relato no es lineal, sino discontinuo, con lo cual se impone una retórica de la grandilocuencia y la vacuidad, pues el conjunto de las situaciones resulta de una clamorosa falsedad que se refleja en la planificación, la angulación, el estilo de actuación y la arbitrariedad del montaje.

Esos defectos se repiten en Espejismo (1973) y en los cortos posteriores que realiza. La coartada del “cine de autor” le sirve de muleta a Robles Godoy para justificar lo que no es más que una precaria versión de un cine que se quiere innovador y que resulta impostado y ajeno a las condiciones en que se desarrolla la actividad fílmica en el Perú. Concebidas en función del mercado internacional de autores cinematográficos, las películas de Robles Godoy ni han conseguido interesar al público local ni, mucho menos, han logrado la difusión que querían en el extranjero, lo que ha hecho que, hasta la fecha, ninguna de las empresas productoras (una por cada película) haya recuperado el total de la inversión, especialmente considerable en La muralla verde y Espejismo.

De todas formas, ante un panorama dominado por el vacío fílmico y los empeños deplorables que hemos consignado, las películas de Robles Godoy suponen la reivindicación de una dimensión personal y una exigencia de estilo sin precedentes en el país. En ellas, además, se han iniciado algunos de los nombres representativos del cine peruano de la actualidad: Nora de Izcue, Jorge Suárez, Fausto Espinoza y Mario Pozzi-Escot.

El gobierno de Velasco Alvarado y la Ley 19327

En 1968 se inicia en el Perú un proceso político inédito: el 3 de octubre un golpe militar termina con el gobierno de Fernando Belaunde Terry y se pone en marcha una serie de medidas de carácter reformista y socializante: nacionalización del petróleo y toma de los yacimientos de la International Petroleum Company (los más grandes del país), reforma agraria, apertura de relaciones con los países del bloque comunista, incluida Cuba, expropiación de gran parte de la banca privada y de algunas de las empresas mineras más poderosas, incursión en el bloque de países no alineados y política exterior antiimperialista, expropiación de la industria pesquera, régimen de cogestión en las empresas industriales privadas, incorporación de un sector de propiedad social, rol decisivo del aparato del Estado en la planificación y la marcha de la economía del país, etcétera. Se define un esquema económico apoyado en cuatro sectores de propiedad: social, estatal, privado reformado y de pequeña propiedad, atribuyéndose al primero la más alta prioridad en función de un modelo político de “democracia social de participación plena”. Modelo que perfila la socialización simultánea de la riqueza y del poder político, el capitalismo, pero descartando también las formas conocidas de socialismo, aquellas que caracterizan especialmente a la Unión Soviética, por un lado, y a China, por otro, que a juicio de la teoría que inspirara el proceso político peruano suponen una socialización administrada en forma vertical, una versión “estatista” desvirtuadora del sentido más genuino de la tradición teórica socialista.

El proceso en su primera fase (de octubre de 1968 a agosto de 1975), conducido por el general Juan Velasco Alvarado, no logra, sin embargo, debilitar en forma sustantiva el predominio del sector capitalista en la estructura económica del país, el cual, incluso, se filtra en el mismo aparato de la administración estatal o paraestatal, especialmente en las áreas claves: los ministerios y las dependencias auxiliares de industria, comercio, trabajo, economía y finanzas, y otros. Así, las medidas no se cristalizan en una transformación realmente sustantiva, sino que se van diluyendo, como lo demuestra la segunda fase durante la presidencia del general Francisco Morales Bermúdez, en una modernización del capitalismo, con mayor injerencia del aparato del Estado, y en una simple modificación de los términos de la dependencia económica del poder imperialista.

Si bien es cierto que en los años más recientes la crisis económica del mundo capitalista ha incidido en forma aguda en la economía del país y es una de las causas principales del retroceso político del gobierno militar, ya desde el primer momento se advierte que coexisten en la dirección del proceso tendencias muy diversas, lo que se expresa en numerosas contradicciones y especialmente en el temor a la movilización popular, en contra, incluso de lo que la teoría pretende y afirma.

También en el renglón de los medios de comunicación, el gobierno militar incluye innovaciones: se expropia el 51 por ciento del accionariado de las empresas radiales, se expropia la prensa diaria con el fin de transferirla a los sectores sociales organizados (campesinos, trabajadores industriales, profesionales, etcétera) supuestamente más representativos, y en relación con el cine se promulga por primera vez una ley de promoción industrial.

Elaborada por el Ministerio de Industria, con el asesoramiento de Armando Robles Godoy, la ley de apoyo a la producción fílmica nacional, dada en marzo de 1972, se inspira en modelos capitalistas y es directamente apadrinada por la Asociación de Productores Cinematográficos, representante de los productores de noticiarios, cortos publicitarios y afines. El Decreto Ley 19327, de fomento de la industria cinematográfica, se promulga después de muchos años de intentos, individuales y grupales, por lograr una legislación pertinente, promovidos principalmente por los grupos más ligados a la escasísima producción cinematográfica. Pero la ley, en los términos en que se promulga, hubiera tenido mayor sentido en el marco de una democracia liberal y capitalista al estilo de la que administra Belaunde Terry, y no al interior de un gobierno que reivindica planteamientos socialistas. Sin embargo, este hecho no es sino una manifestación más de las contradicciones que anidan al interior del gobierno militar y responde a los lineamientos generales de la política implementada por el Ministerio de Industria.

La ley en mención otorga facilidades de importación y exportación de insumos, equipos y material fílmico, beneficios crediticios y obligatoriedad de exhibición con el monto total del impuesto (que asciende al 40 por ciento del boleto) a favor del largometraje, y parcial para el corto. Todo ello con un criterio prioritariamente privatista. Los incentivos, si bien tienden a favorecer la implantación de una infraestructura cinematográfica aún inexistente, dejan librada la producción a juego de las empresas que cuenta con sólidos fondos propios o avales crediticios seguros. En realidad, todo ello contradice o, por lo menos, no resulta lo más adecuado para hacer viables el capítulo I del reglamento, que en cuanto a las normas generales afirma: “Para los efectos de fomento de la cinematografía nacional se tendrá en cuenta que la cinematografía, además de ser una industria, es un medio de expresión de gran importancia para el logro de nuestros objetivos socioeconómicos, y capaz de comunicar a una gran audiencia nacional e internacional nuestra realidad y nuestra cultura. Por lo tanto, el desarrollo de la industria cinematográfica en el país debe tender a que la expresión cinematográfica será un derecho inherente a todas las personas y no una posibilidad limitada a determinados sectores”.

Una vez promulgado el reglamento de la ley, en marzo de 1973, se asiste en muy poco tiempo a una verdadera “fiebre” del cortometraje. Muy rápidamente, se percibe que las posibilidades de ganancia se confinaban en gran parte al terreno del cortometraje, dadas las limitaciones del mercado interno en relación con el largo. Una situación muy semejante a la que en los últimos años había alentado el “sobreprecio” en Colombia. Así, las tendencias concentracionistas surgen de inmediato: son tres o cuatro empresas grandes –inicialmente Pro-Cine, Perucinex y Ernesto Sprinckmoller– las que controlan buena parte de la producción.

El cuadro que van ofreciendo los cortometrajes se ve notoriamente respaldado, en lo que respecta a la elección de los motivos y tratamientos, por la orientación que la Comisión de Promoción Cinematográfica (Coproci), creada por la ley y dependiente, en primer lugar, del Sistema Nacional de Información (Sinadi), le imprime. En la práctica, se “oficializa” un tipo de cortometraje que si por algo se caracteriza es por la ausencia de todo aquello que pueda resultar molesto, incómodo o conflictivo en relación con el poder. Se respalda así un cine aseado, conformista y superficialmente “cultural”; lo que sin duda favorece a la mayor parte de los productores que no tienen que lidiar con proyectos más o menos osados o con directores “audaces”. Hasta mediados de 1978 han sido aprobados cerca de 250 cortos (excluimos los noticieros y cortos publicitarios), los que se ubican en las temáticas arqueológica, folclórica, turístico-geográfica y de promoción estatal son absolutamente mayoritarios. Asimismo, quedan excluidos de la exhibición obligatoria, sea por temor de sus realizadores o por decisión de la Coproci, algunos de los cortos más valiosos que se han filmado en los últimos años, o al menos de una temática ajena a la que domina el panorama.

De todas formas, es menester reconocer la existencia de una práctica cinematográfica antes insospechada, con lo cual y por primera vez se están sentando las bases de una posible industria. El Primer Seminario Nacional de Cinematografía, realizado a fines de julio de 1977 en Lima, ha hecho ver que, si no se consolida el largo y no se abren nuevas fuentes de financiación, se corre el peligro de frenar una dinámica cada vez más intensa. Es cierto que con esto no se asegura la expresión de un cine realmente nacional. Pero la simple presencia de una cinematografía peruana entra en contradicción con los intereses transnacionales de la distribución, los que desde ya no ven con buenos ojos el desarrollo del cine en el país. A partir, entonces de este afianzamiento, al cual hay que exigirle la orientación más correcta dentro de lo que es posible, se podrá ir enfrentando las diversas coyunturas.

El corto de exhibición obligatoria

Un balance de la amplia producción de cortos nos permite destacar, en un conjunto opaco y desganado, un puñado diferenciable que va perfilando diversos enfoques y estilos. La mayor parte de ellos pertenece al género documental y solo unos cuantos se asimilan a la ficción.

Entre los documentales más relevantes se ubican, en primer término, los que de manera sencilla, y utilizando los recursos del reportaje y la entrevista, quieren testimoniar o indagar en forma directa en el entorno social inmediato: El cargador, de Luis Figueroa, reportaje a un viejo “cargador” cuzqueño; Voces del señor, de Mario Tejada, Alejandro Legaspi y Mario Jacob, en torno a la procesión del Señor de los Milagros de Lima; cinco cortos de Francisco Lombardi, a saber: Hombres del Ucayali, sobre diversas actividades laborales en el río selvático; Informe sobre los shipibos, exploración de una comunidad shipiba en la Amazonía peruana; Hombres y guantes, sobre el boxeo amateur en Lima; Al otro lado de la luz, testimonio de una escuela de niños ciegos; y Tiempo de espera, sobre la vida y la “espera” de la muerte en un asilo de ancianos. Estos dos últimos con suaves acentuaciones poéticas. También, Viejos jilgueros, de Emilio Moscoso, reportaje a un grupo de viejos exponentes de la música popular limeña. Tanto este último como los cortos de Lombardi han sido producidos por Inca Films, en la actualidad una de las empresas más sólidas.

Igualmente, apelan al reportaje, pero con un carácter más político, Teatro de la calle, sobre el actor “callejero” Jorge Acuña, y Vía pública, sobre el agudo problema de los vendedores ambulantes en el Centro de Lima, ambas del grupo Bruma Films (Jorge Reyes, María José Riou, Chiara Varese) y no exhibidas comercialmente.

En un registro también político se encuentra Runan Caycu, de Nora de Izcue, investigación de los hechos que precedieron la reforma agraria, a través de la figura paradigmática del líder campesino Saturnino Huillca. Además, hay dos intentos más sofisticados y menos logrados de exploración política y social, respectivamente. Una película sobre Javier Heraud, en torno al poeta guerrillero peruano, del grupo Cine Liberación sin Rodeos (Carlos Ferrand, Raúl Gallegos, Marcela Robles, Pedro Neyra); y Baila negro, de Mario Pozzi-Escot, sobre la condición del negro en la costa del país. Tanto el corto sobre Javier Heraud como otros realizados por Cine Liberación sin Rodeos han visto bloqueados su exhibición por acción de la Coproci. Este grupo, junto con la empresa Perucinex, de Juan Barandiarán, es de los más afectados en lo que respecta a dificultades para obtener el dichoso paso a la exhibición obligatoria.

Entre los cortos de carácter arqueológico destaca notoriamente El reino de los mochicas, de Luis Figueroa, mientras que Danzantes de tijeras, de Manuel Chambi y Jorge Vignati, sobre una de las manifestaciones del folclor musical del departamento serrano de Ayacucho, supera los límites de un simple corto de género folclórico. Realizado en un plano secuencia de 10 minutos, se convierte en uno de los filmes más insólitos que se han hecho durante el régimen de la Ley 19327.

El documental de investigación científica encuentra dos expresiones de gran validez en los cortos de Jorge Suárez: En la orilla y Plancton. Santuario de la naturaleza, de Pedro Morote, sobre la fauna marina, y Zoológico, de Juan M. Bullitta, también merecen destacarse. En la línea del documental educativo, Nora de Izcue ha realizado dos cortos: Guitarra sin cuerdas y Te invito a jugar, el segundo es de mayor interés.

En el corto de ficción o en sus proximidades, a veces a partir de materiales documentales, figura lo realizado por Armando Robles Godoy (Vía satélite en vivo y en directo, Auto de fe, El cementerio de los elefantes, Paz en la tierra) y por Arturo Sinclair (Agua salada, Sísifo, El tul, El visitante y, en menor medida, Eguren y Barranco). Dos cortos, que superan su base documental para internarse en la ficción son: Mi dulce amiga, de Mario Acha, reflexión sobre el tiempo y la muerte a través de la fotografía “minutera”, y Presbítero Maestro, de Augusto Tamayo, sobre un viejo cementerio limeño.

Por otra parte, hay un empeño que combina el documental y la ficción: una serie de cinco cortos de José Luis Rouillón con el título de José María Arguedas: mito y realidad, recreación en torno a las fuentes infantiles del novelista, que en conjunto no resulta muy convincente.

Es indudable que, hasta ahora, los mayores logros expresivos están en la vertiente del documental, especialmente en Al otro lado de la luz, Tiempo de espera, Runan Caycu, En la orilla, Teatro de la calle, Danzantes de tijeras y Voces del señor. En la ficción destacan dos cortos de Sinclair: Eguren y Barranco y Agua salada, en los cuales el discurso idealista encuentra su expresión más acusada en el marco del cine peruano.

Finalmente, hay dos documentales basados en fotos fijas de signo muy prometedor: Bombón Coronado, campeón, de Nelson García, crónica de la vida del boxeador, y El arte fotográfico de Martín Chambi, de José Carlos Huayhuaca; dos cortos de animación igualmente promisorios: Facundo, de Fernando Gagliuffi, ficción sobre la problemática de la vivienda en la capital; y El mito de Inkarri, de Mario Acha, recreación del célebre mito incaico a base de grabados de Guaman Poma de Ayala.

Además de abrir diversas posibilidades expresivas, los cortos están sirviendo de escuela en la que ya es posible constatar el afianzamiento de técnicos que, como José Luis Flores Guerra (fotografía y montaje), Gerardo Manero (fotografía y sonido), Gianfranco Annichini y Jorge Vignati (fotografía), son una garantía profesional para cualquier realización. Por lo demás, son muy pocas las empresas que han empleado las utilidades de los cortos en reinversión fílmica, lo que viene frenando la implementación de una infraestructura suficientemente solvente. Por último, cabe señalar que el tono dominante de la producción de cortos, plúmbeo y adocenado, no ha contribuido a estimular el interés del público, de manera que los cortos diferenciables a los que nos referimos se ven afectados en muchos casos por la disposición explicablemente poco propicia del espectador que rechaza la aburrida exposición de ruinas, huacos y museos que casi a manera de convencional álbum fotográfico se exhiben con profusión. El corto “salchichero” estraga en forma permanente la posibilidad de una actitud más receptiva y lúcida del espectador peruano.

Tres películas precursoras

Los largometrajes que aparecen luego de la promulgación del reglamento de la ley han sido más escasos de lo que cabía esperar. En 1973 se estrenan solo tres: De nuevo a la vida, de Leonidas Zegarra; Espejismo, de Robles Godoy, y Los nuevos, de Paulo Delfín, este último sin haber obtenido el visto bueno para la obligatoriedad de exhibición. En 1974 hay solamente dos estrenos: Estación de amor, de Óscar Kantor; y Allpakallpa, de Bernardo Arias. Igualmente en 1975 solo dos películas se estrenan: El inquisidor, de Bernardo Arias, y San Martín de Porres, de Tito Davison, ambas coproducciones, la primera con Argentina y la segunda con México. En 1976 no hay ningún estreno. Por último, en 1977, han sido estrenados cuatro largos: Los perros hambrientos, de Luis Figueroa; La nave de los brujos, de Jorge Volkert; Muerte al amanecer, de Francisco Lombardi, y Kuntur Wachana (Donde nacen los cóndores), de Federico García. Por otra parte, ha sido bloqueado el estreno de otros filmes: Chiaraje, batalla ritual, de Luis Figueroa, y Expropiación, de Mario Robles, realizado por la empresa Perucinex.

De todos ellos, no hay nada rescatable en la producción anterior al año en curso. El inquisidor y San Martín de Porres son dos “bodrios” que se podrían incorporar a lo peor de la producción argentina y mexicana; De nuevo a la vida y Allpakallpa son también “bodrios”, pero con pretensiones de crítica social: a los afectados de la migración campesina, el primero, y al gamonalismo, el segundo. En Allpakallpa, sin embargo, la factura técnica es ligeramente más solvente, y de no haber sido por la contradictoria presencia del cómico Tulio Loza, que destroza buena parte de la película. Tal vez esta hubiera sido un testimonio algo interesante, dentro de su primariedad, de la lucha campesina. Los nuevos y Estación de amor, en torno a la problemática de la juventud capitalina, son, también, un total descalabro expresivo. Por su parte, Espejismo es un eslabón más en la filmografía de Robles Godoy, pero aquí con una sofisticación aún mayor y más insustancial que sus largos anteriores. Al interior de una tónica más o menos onírica, en la que hay que resaltar como único valor la fotografía de Mario Robles, la película es un “espejismo” en el peor sentido posible: confusa, equívoca, incierta. Ni la trágica historia de amor que desarrolla, ni el marco colectivo en el que se ubica (latifundismo, diferencias sociales, migración), ni, una vez más, la temporalidad quebrada y circular que cubre el relato, alcanzan una mínima convicción. Hasta el momento, Espejismo aparece como el último intento de ese cine de autor que, en rigor, sigue brillando por su ausencia en el cine peruano.

Dejando a un lado La nave de los brujos, un redundante ejercicio arqueológico esotérico, sin el menor interés, 1977 marca, sin duda, una fecha importante en lo que respecta al largometraje peruano. Sería exagerado hablar del año de la fundación del largo, o del inicio de un movimiento a la manera del cine cubano de la revolución o del cinema novo, e incluso del movimiento que en los años más recientes ha surgido con fuerza en Venezuela. No se trata de eso ni mucho menos. El aporte que suponen Los perros hambrientos, Muerte al amanecer y Kuntur Wachana (Donde nacen los cóndores) si bien apunta aciertos derroteros y cristaliza, sobre todo en las dos últimas, planteamientos expresivos por primera vez consistentes en nuestro cine, puede quedar en el vacío. Es decir, nada asegura que no sean películas aisladas y sin continuidad, en tanto que las condiciones de la continuidad aún no han sido creadas. Es cierto que Muerte al amanecer es la película peruana que mayor recaudación ha obtenido en el circuito nacional, cubriendo ampliamente la parte financiada por Inca Films, la empresa peruana que la coproduce (la otra parte le correspondió a Cine Films 71 de Venezuela) y que, por tanto, es un precedente auspicioso, dado el fracaso económico de casi todos los largos anteriores. Pero también es cierto que es prácticamente la única experiencia favorable hasta ahora en términos financieros y ya sabemos que una golondrina no hace verano.

Por lo demás, los tres largos concilian en su tratamiento la seriedad expresiva con la asequibilidad al público espectador, especialmente a las capas medias y a los sectores populares, ofreciendo por vez primera una posibilidad de reconocimiento por parte del público, indispensable para la construcción de un cine realmente nacional.

Los perros hambrientos es una adaptación de la novela homónima de Ciro Alegría, la cual describe las condiciones de vida y lucha de los campesinos contra el gamonalismo y la administración de la justicia. A nivel descriptivo, la película alcanza su registro más verosímil, reflejando la práctica documental de Figueroa. Pero el relato se pierde en líneas narrativas paralelas que no se articulan en una unidad integradora. En el filme predomina la visión plástica sobre la construcción dramática. Finalmente, el relato se diluye en anécdotas dispersas, despojando de su rica significación simbólica a la narración original de Alegría. De todas formas, Los perros hambrientos inaugura en el largometraje un cine de exploración con rigor testimonial de la problemática campesina y reivindica el espacio campesino como un componente dramático de la vida nacional.

Muerte al amanecer se inspira en un sonado caso policial-judicial, la ejecución del “Monstruo de Armendáriz”, acusado de violar y matar a un niño, para narrar las últimas horas de un condenado a muerte y su fusilamiento. La película confronta las actitudes de diversos estratos de la sociedad peruana, representados principalmente por un conjunto de funcionarios de la administración de justicia. Para ello adopta el estilo de una crónica de comportamientos y mantiene una rigurosa unidad espacio-temporal. La habilidad de Lombardi consiste en llevar al espectador de los efectos mostrados a las causas implícitas que los producen y que configuran una problemática social más amplia y compleja. Así, el cuestionamiento de la administración de justicia y su corolario, la pena de muerte, contrapuestos a la marginación social en una sociedad burguesa, se desprenden del seguimiento del ritual de la ejecución, entre frío y grotesco, que la película pone en marcha. Ahora bien, la película está demasiado supeditada a los condicionamientos del guion (elaborado por el periodista Guillermo Thorndike y por el propio Lombardi), y se articula en exceso sobre los diálogos que no siempre surgen con suficiente naturalidad, pese a que Muerte al amanecer ostenta la mejor dirección de actores que haya ofrecido una película peruana. Asimismo, el ritmo narrativo por momentos se alarga, sin llegar a ser desfalleciente, como sucede con otras películas peruanas, aunque en general se percibe el control que el realizador ejerce sobre el relato, lo que incluso le resta flexibilidad y soltura a la película dándole, más bien, una cierta dureza y estatismo.

Kuntur Wachana (Donde nacen los cóndores) es, también, un relato de las luchas campesinas, en este caso en la región cuzqueña y en los años que preceden a la ley de la reforma agraria (Los perros hambrientos se ambienta en la sierra norteña de Cajamarca a mediados de los años veinte) y ostenta un carácter decididamente más político. A nivel de producción, el filme tiene la particularidad de estar financiado por la cooperativa campesina José Zúñiga Letona de Huarán, lo que se refleja en la apasionada toma de partido por la causa campesina que asume Federico García. En el relato del enfrentamiento entre los campesinos y el gamonalismo junto con las autoridades, Kuntur Wachana (Donde nacen los cóndores) ofrece una dimensión épica y coral hasta ese entonces ausente en películas de problemática semejante. Esta fuerza épica cubre en parte diversas deficiencias: una construcción narrativa un poco dispersa y accidentada, la acentuación a veces desmedida de la denuncia de la explotación por medio de “latiguillos” verbales, desniveles en la actuación. El trabajo fotográfico a cargo de Jorge Suárez, influido por la plástica del cine soviético, especialmente en las primeras secuencias de la película, visualiza en forma muy adecuada los acontecimientos narrados. No podemos decir lo mismo del acompañamiento musical de conjuntos de neofolclor que le quitan autenticidad al marco sonoro al estilizar y, además, en castellano, una expresión que requería, en todo caso, de componentes musicales arraigados en el propio medio de la acción. Pero Kuntur Wachana (Donde nacen los cóndores) aparece, junto con el mediometraje Runan Caycu, como el mejor testimonio de las luchas campesinas, al margen de que en ambos casos la orientación favorable al gobierno de Velasco Alvarado –mucho más matizada en Kuntur Wachana (Donde nacen los cóndores)– haya ocasionado la censura de quienes ven en la reforma agraria que se realiza una salida reformista que no supone la liberación del campesino.

Por ahora, las tres películas representan el impulso inicial hacia el cine de larga duración en una etapa de indispensable afianzamiento industrial y expresivo, todavía incierta.

Los últimos años

A fines de 1978 se estrena una producción de Inca Films que ofrece la novedad de agrupar cuadro episodios de distintos directores en un solo largometraje. Cuentos inmorales está dirigida por José Carlos Huayhuaca (Intriga familiar), José Luis Flores Guerra (Las desventuras de Mercurio), Augusto Tamayo (Mercadotecnia) y Francisco Lombardi (Los amigos). Flores Guerra tuvo a su cargo la fotografía de los cuatro episodios. Un poco a la manera del filme boliviano Chuquiago, de Antonio Eguino, el objetivo tiene cuatro ambientes sociales distintos de la capital. Entre ellos, los que dirigen Tamayo y Lombardi asumen con mayor capacidad de expresión los comportamientos y las frustraciones de las capas medias limeñas y provincianas afincadas en la gran ciudad.

Con 110 cortos realizados, la producción en este campo alcanza en 1979 su punto más alto desde el momento en que la Ley 19327 empieza a dar sus primeros frutos en 1974, pero la estrechez del mercado interno ha impedido que la totalidad de ellos llegue a las pantallas. Asimismo, la Coproci se ha mostrado más exigente en la selección, lo que ha producido una serie de reclamos y controversias. Entre los cortos estrenados, Crónica de dos mundos, de José Antonio Portugal, es especialmente destacable. Dividido en dos partes de 12 minutos cada una, recrea la vida del cronista peruano, hijo de “dos mundos” (el Perú y España), Garcilaso de la Vega, durante el periodo colonial, en una reconstrucción de época no vista antes con la misma prolijidad en el cine local.

En 1980, finalmente, varios largos retoman tanto la problemática urbana como la conflictiva realidad campesina. Entre los primeros, Abisa a los compañeros, de Felipe Degregori, cuenta la historia de la preparación, asalto de un banco y fuga a cargo de un comando guerrillero a mediados de los años sesenta. Por su parte, Muerte de un magnate, segundo largometraje de Francisco Lombardi, recrea el crimen cometido por un modesto jardinero contra un poderoso empresario pesquero. Sin embargo, aun cuando estas dos películas demuestran manejo narrativo, superan apenas el nivel de la anécdota. Por otra parte, Aventuras prohibidas retoma el modelo de Cuentos inmorales, con tres episodios dirigidos por Augusto Tamayo (Strip), José Carlos Huayhuaca (Historia de Fiorella y el hombre araña) y Luis Llosa (Doble juego). El segundo episodio es el que ofrece mayor interés. Un policial dirigido por el veterano director francés Jeff Musso, en estos años instalado en el Perú, Brigada blanca, parece un trabajo de aficionado y no el de un profesional con un pasado en la industria francesa.

Entre las películas que tratan conflictos en el ambiente rural y pueblerino, ni Laulico, de Federico García, ni Yawar fiesta1, de Luis Figueroa, suponen un avance expresivo en relación con los títulos precedentes de sus realizadores. Laulico se inspira en una leyenda indígena para contar la lucha de una comunidad andina contra los propietarios de las tierras, y Yawar fiesta adapta la primera novela de José María Arguedas, la cual se desarrolla en torno a la lucha de los pueblos andinos en busca de su identidad cultural, simbolizada en el combate entre el toro y el cóndor nativo.

Pese a las reservas que la crítica ha formulado, Muerte de un magnate y, en menor medida, Abisa a los compañeros han logrado las mayores asistencias del público en estos últimos años. Se podría pensar que la producción se orientará por linderos similares en los tiempos que siguen, pero no se puede prever si el cine peruano encontrará en esta dirección la concreción definitiva de las esperanzas de 1977.

Publicado en Les Cinemas de l’Amerique Latine, París, Editions Pierre L’Herminier, 1981.

Cortometraje: la apertura del cine peruano

La multiplicación de los cortometrajes peruanos, tan mal y tan caóticamente exhibidos, ya ofrece un vasto panorama para el comentario y la reflexión. Acaba de realizarse, organizada por el Conup, y no por la Cinemateca Universitaria como debió ser, una muestra seleccionada de cortos peruanos que en forma más orgánica debería repetirse. Creemos que la Cinemateca es el organismo al que le cabe tal responsabilidad en cuanto a que está en condiciones de discriminar con mayor rigor el material a exhibirse, sin desconocer por ello el esfuerzo realizado. Porque la muestra exhibida significa un valioso intento de rescate de lo poco que hay de rescatable en el marco de la producción realizada: se dejó de lado la nefasta serie de películas de Ernesto Sprinckmoller (desde El pescado, nuestro alimento hasta Tacna, ciudad heroica), versión oficiosa de un cine mercantilmente patriotero y estéticamente repulsivo, así como las interminables películas en torno a los lugares comunes de siempre: museos, monumentos, ciudades y motivos afines. Cortos todos ellos que requieren de un serio análisis que ponga al descubierto sus mecanismos y la ideología que encubren. No todo, claro está, resultó igualmente valioso e interesante, pero, al lado de algunos buenos cortos ya exhibidos comercialmente, se pudo ver otros que no han obtenido el sacrosanto pase de la comisión de promoción cinematográfica o que no han pasado por la práctica, muy a menudo vejatoria, de solicitarlo.

Dos polos enmarcan las características de los cortos menos condescendientes en términos de convenciones al uso: los que se ubican entre la sobriedad y la sofisticación expresiva, entre la sencillez y la complejidad formal. Se ubican en las cercanías del primer polo las películas que más directamente quieren testimoniar o indagar en el entorno social inmediato: El cargador, Hombres del Ucayali, Informe sobre los shipibos, Vía pública…

Pero no todas. Runan Caycu, por ejemplo, investigación de los hechos que precedieron a la dación de la reforma agraria, a través de la figura paradigmática de Saturnino Huillca, articula un discurso significativo más elaborado para componer un mosaico de referencias históricas que aporten las mayores luces sobre el problema en cuestión. Siempre en la forma sintética que en trazos más escuetos definen las películas antes mencionadas.

Los límites que amenazan a las películas de vocación testimonial son principalmente las facilidades de la mera transcripción, del simple registro, de la pura duplicación, límites no siempre sorteados en forma plenamente satisfactoria. Tributarias de una teoría del reflejo que confía en la validez de la observación llana y simple, en la que dar cuenta sin más se impone como imperativo estético, corren el riesgo de la autocomplacencia realista. Pero es verdad que algunas de las películas tratan de violentar estos límites, poniendo en cuestión la materia observada e intentando incorporar una contraparte dialéctica que trascienda el nivel del filme-espejo: esto se pone de manifiesto en los cortos que usan el reportaje – Hombres del Ucayali, Vía pública, Pesca– y con mayor eficacia en Danzantes de tijeras y Teatro de la calle. La duración del plano secuencia en Danzantes de tijeras enerva la observación y, con ello, supera el aparente automatismo del procedimiento empleado. Teatro de la calle, por su parte, al enfrentar en la persona de Jorge Acuña al actor y al personaje carga de sentido al “mutismo de la mirada de la cámara”. Documentalizar una realidad determinada es también indagar en sus contradicciones y no solo denunciarla o criticarla, funciones que a veces solo sirven de paliativo a fin de cuentas tibio e incluso enmascarador. Las coartadas de la buena conciencia o del cineasta declarativamente comprometido se hallan muy cerca de esta posición.

En las proximidades del polo contrario vuelve a aparecer la preocupación por problematizar ciertos aspectos de la realidad peruana, que, como se ve, no es patrimonio exclusivo del cine directo, del reportaje o de la reconstrucción documental. En Vía satélite, en vivo y en directo y en Paz en la tierra la dialéctica se agota en el nivel de la resonancia formal, del significante visual y sonoro, y el contrapunto que allí se establece se pierde en el vacío. Estas películas documentan la esterilidad retórica, la autoanulación expresiva. No solo no enriquecen sus posibilidades significativas, sino que también las cancelan, las amputan. Al final solo queda el juego audiovisual, el ingenio habilidoso. Muy distinto es el caso de Agua salada, parábola de resonancias universales y sin duda uno de los mejores cortos realizados en el país. La relación del hombre con la naturaleza, al margen de sus implicancias idealistas, está formalizada con un indiscutible rigor y coherencia, ajenos a toda gratuidad.

Muy controversiales son las experiencias de Una película sobre Javier Heraud y Baila negro. En ambas, el regusto visual y el acicalamiento del lenguaje fílmico utilizado sostienen discursos críticos en torno a la figura del poeta asesinado en Puerto Maldonado y de la situación histórica del afrodescendiente en el Perú, respectivamente. El filme sobre Heraud es un intento de poetización cinematográfica internamente muy contradictorio: la acusación no se fusiona con el recuerdo nostálgico, la sofisticación visual y sonora enturbia un discurso titubeante más cercano al susurro que al grito.

En Baila negro, la contradicción estética e ideológica es más flagrante y evidente. El texto oral que denuncia la esclavitud y opresión del negro está contrapuesto con imágenes que, al mismo tiempo que reflejan la excelencia técnica de su elaboración fotográfica, enmascaran sin pretenderlo la requisitoria formulada. Los fondos oscuros no son suficientes para atenuar la connotación de belleza visual o, por extensión, alegría de vivir que las imágenes proyectan. No confluyen, pues, los dos niveles: nada nos dice Baila negro de la humillación y la postergación del afroperuano, fuera del comentario verbal.

De todas formas, estas y otras experiencias de signo más prometedor como el fotomontaje Bombón Coronado, campeón y el dibujo animado Facundo, aperturas a vetas llenas de posibilidades expresivas, evidencian que el cine peruano comienza a adquirir una fisonomía propia en el cortometraje, ya no hijo bastardo de un medio expresivo manejado por una industria que ha entronizado el largo, por razones de reproducción económica y cultural. Hijo tan legítimo como el largo, el cortometraje está poniendo a prueba la capacidad de los realizadores y grupos de cine del país para testimoniar la dinámica histórica por la que atravesamos en la que esta tiene de tradición y novedad, de ruptura y apertura, de crítica y creación.

Publicado en Variedades, Lima, cuarto domingo de setiembre de 1975.

El cine peruano al encuentro de su identidad

En los años sesenta se despliega en toda América Latina un movimiento cinematográfico signado por la nota del cambio. La revaloración del concepto de autor cinematográfico que por esos años se consolida en Europa, el cuestionamiento de los métodos industriales tradicionales que atrapan al cine en un maquinaria enormemente sofisticada y la necesidad de hacer un cine que quiere estar al día, tanto en lo que se refiere a los motivos tratados como a su tratamiento, impulsa a una generación de realizadores jóvenes a revisar los conceptos hasta ese entonces imperantes y plantear la exigencia de un cine distinto, es decir, nuevo.

Inicialmente, el movimiento cobra impulso en Argentina, durante el fugaz paso del gobierno desarrollista de Frondizi por el poder. En los marcos de una industria que durante su historia ha atravesado constantes periodos de altibajos en lo que respecta al volumen de su producción y que en ciertos momentos ha intentado sin mayor éxito escapar de los modelos populacheros, fuertemente arraigados en sus estructuras comunicativas, la llamada “nueva ola” argentina supone un sacudón desgraciadamente sin mayores repercusiones. El desarraigo de una parte de este cine tributario en exceso de los aportes de Bergman y Antonioni, la acción de la censura y los propios mecanismos de la industria estrangulan progresivamente este primer esfuerzo sistemático en favor de un cine de rostro diferente.

En México no se llega a materializar ninguna “nueva ola”. Dentro de los moldes impermeables y burocratizados de la industria cinematográfica más poderosa de América Latina y en el marco de las sucesivas administraciones del PRI, solo surgen pequeños islotes renovadores rápidamente “recuperados” por la industria. Es, en todo caso, al interior de esta donde se realizarán aislados filmes de interés.

Es en Brasil, cuya industria cinematográfica vegetaba sosteniéndose en una producción cuantitativamente reducida y cualitativamente infértil, donde surge el movimiento más importante de la década: el cinema novo. El movimiento germina y nace durante el gobierno progresista de Goulart y la fuerza de su impulso lo empuja durante varios años hasta que la dictadura militar se encarga de desintegrarlo progresivamente. El cinema novo significa la apertura más valiosa que el cine latinoamericano realiza en la búsqueda de una identidad propia, antes lograda esporádicamente y casi siempre degradada. No es solo la temática de raíz social problematizada, ni son solamente los nuevos estilos que surgen los que ratifican tal búsqueda. Es, sobre todo, la vocación de un grupo de realizadores que indagan, como nunca antes se había hecho, en las posibilidades del medio cinematográfico para documentar y recrear a la vez los códigos de la realidad social y cultural brasileña, haciendo realidad la conocida expresión de Brecht “a ideas nuevas, formas nuevas”. No obstante, la represión política y el silenciamiento de las posibilidades expresivas, juntamente con el inmenso monstruo en que, con el correr de los años, se convierte la industria cinematográfica brasileña, se encargan de acallar, hasta ese entonces, la voz más coherente en la historia del habla fílmica de nuestros países.

Por esos mismos años avanza triunfal la Revolución cubana, generando una corriente de cine documental, alimentada por el procesamiento de la información del hecho de todos los días, que se ha de convertir en el aporte más valioso de esa cinematografía. Si en los años más recientes al autoritarismo de la dirección política y cultural del proceso cubano ha mellado la solvencia crítica de tal corriente documental, cuya influencia es decisiva para el cine de ficción de la isla, no cabe duda que ha contribuido a explorar otra vertiente fundamental del nuevo cine latinoamericano. En su carácter manifiesto de cine político, es decir, concebido en función de informar y/o movilizar a los espectadores para el alcance de ciertos logros políticos, el documental cubano irradia su influencia en las corrientes más militantes del cine latinoamericano surgidas en la segunda mitad de la década anterior: el grupo Cine del Tercer Mundo, cuya actividad y eventual terminación coincide con el ciclo que los tupamaros imponen en el panorama político uruguayo; el grupo Cine Liberación, que nace durante el auge del movimiento peronista durante las administraciones de Onganía y Lanusse; el cine político que clandestinamente se realiza en Colombia; la figura solitaria de Jorge Sanjinés en Bolivia, hasta la caída del gobierno de Torres; y, por último, el movimiento del cine chileno que aparece y se desarrolla poco antes y durante el régimen de la Unidad Popular. Vinculados todos ellos a coyunturas políticas muy definidas, parecen por igual haber perdido, momentáneamente por lo menos, o la razón o la posibilidad de su existencia: la situación política imperante en Uruguay, Bolivia, Chile, Argentina y Colombia, con los matices particulares que estos dos últimos ofrecen, obvia cualquier explicación mayor.

El panorama ofrecido pretende encuadrar la cinematografía latinoamericana de los últimos quince años para situar en ese contexto a nuestro cine. Tras los fracasos que las circunstancias políticas imponen a los movimientos de los países vecinos, no se explicaría en principio lo que entre nosotros sigue siendo una carencia, pese a lo que significa el proceso que se inicia en octubre de 1968. Es decir, le hubiera correspondido al Perú no solo recoger la posta dejada por otros cines, sino también iniciar un nuevo ciclo que significara la concreción fílmica de las posibilidades económicas, sociales y culturales que abre el proceso. Sin embargo, no ha sido así. Lo que no quiere decir que no pueda serlo en un futuro inmediato. Pero hasta ahora no hemos sido capaces de crear las condiciones para que se haga efectiva la búsqueda de nuestra identidad (o nuestras identidades) histórica, cultural y social, y, a la vez, el despliegue de las posibilidades expresivas del pueblo peruano en el cine y a través de él.

Voluntad no ha faltado: se ha implementado un marco legal sin el cual hubiera sido poco menos que imposible pensar en el desarrollo de una actividad cinematográfica. Sin embargo, hubo un error: la ley en cuestión, la 19327, no correspondía a la exigencia del momento histórico. Sencillamente, se equivocó de tiempo. Nació demasiado tarde. Al amparo de la ley ha campeado el espontaneísmo y, lo que es más serio, la rutina. Se ha hecho ilustración seudohistórica a nivel escolar, donde se debió hacer investigación crítica del hecho histórico (como en Ayacucho, la última batalla, donde la historia, literal y metafóricamente, se hace humo). Se ha hecho divulgación almidonada y complaciente del monumento, el museo o la fiesta popular, donde se imponía la mirada lucida y reflexiva (los ejemplos sobran). Se ha hecho vulgar propaganda de lo que requería análisis y explicación (tampoco aquí es necesario abundar en ejemplos). Se ha procedido, entonces, por el camino más fácil. La mitificación de lo que debía ser desmitificado.

El Perú problemático, por el contrario, quedaba ausente. Como si se tratara de algo que había que ocultar. Ni la historia, ni la cultura, ni mucho menos la sociedad peruana eran develadas por la cámara cinematográfica. Seguimos, pues, desconociendo, en lo que al cine se refiere, nuestra imagen. Y mal podemos vislumbrar un futuro prometedor si no hemos transmitido ni el pasado ni el presente. Las pocas excepciones que aparecen en el conjunto no bastan para disculpar los gruesos errores dominantes ni justifican la permanencia de una estructura cuya transformación es imperiosa. Porque no solamente se han consolidado todos los vestigios de un cine propio de cualquier régimen de capitalismo subdesarrollado y dependiente, sino que también se ha enquistado una maquinaria burocrática estatal, cuya acción, en vez de corregir algunas de las fallas presentes, más bien las ha agravado. No bastaría, por lo tanto, modificar las condiciones actualmente existentes en lo que atañe a la realización y la circulación de las películas si no se alteran las reglas de juego que la administración ha impuesto de hecho.

Queremos decir con todo lo anterior que no es mucho lo que se exige para que el cine peruano comience a desempeñar los roles que de él se esperan, los roles de revelador, cuestionador, investigador y recreador de los diversos y heterogéneos niveles de nuestro universo cultural y social. Para ello solo es necesario que, en forma efectiva y no retórica, se ponga al alcance de todos. Nos referimos, claro está, a las posibilidades de producir. Mejor dicho, a su democratización real, libre de las dependencias del capitalismo económico y de la tutela de las instancias burocráticas. Y es necesario, también, que la apertura de posibilidades se vea acompañada de la mayor libertad posible en cuanto a la expresión creadora. Nada más indeseable, en tal sentido que un cine supeditado a ciertos marcos de lo que se considera como “cultural”, “educativo”, “informativo” o “recreativo”. Que se despliegue amplia y libremente la imaginación creadora. Aun a costa de que resulte incómodo o molesto. No lo convirtamos en una expresión mediatizada y neutra. Que, como pedía Breton a propósito del arte todo, el cine sea revulsivo. Por lo menos cuando quiera serlo. Solo así podremos aspirar a una legitimidad creadora, a una auténtica expresión popular que dé cuenta de la dinámica social y cultural.

Solo así podremos ir reconociendo nuestros diversos y fragmentados rostros. Dejemos, pues, los criterios del didactismo fácil, de la concepción del cine como escuela primaria y como vehículo de propaganda encomiástica. Aprendamos, ahora sí, las mejores lecciones de las diversas cinematografías mundiales y, en especial, latinoamericanas, aportando lo que nuestro cine está en capacidad de aportar. Si el cine de Brasil pudo ser capaz de ofrecer al Tercer Mundo una obra insustituible, si los cubanos supieron revalorar un género siempre envilecido en nuestro subcontinente, si Sanjinés, en Bolivia, y Raúl Ruiz, en Chile, testimoniaron la realidad campesina y urbana, respectivamente, con una luz hasta ese entonces casi desconocida, aportando todos en conjunto sus mejores cualidades al desarrollo del cine y la sociedad de su país; nosotros no tenemos por qué quedar rezagados o, simplemente, ajenos frente a tales logros. El proceso peruano, en lo que representa al interior del Tercer Mundo como movimiento de ruptura y cambio, debe verse reflejado en un cine que recupere tal movimiento en su sentido más amplio y liberador.

Publicado en Correo, Lima, 14 de junio de 1975.

¿Predicando en el desierto?

Cuando hace casi once años la ley de cine se ponía en ejecución, se iniciaba una dura etapa que no conocía precedentes en nuestro país, etapa que se vislumbraba incierta pero llena de expectativas. Incluso, quienes en su momento cuestionamos la desvinculación de la ley de cine con otras leyes que en el campo de los medios de comunicación se habían promulgado, y con el proceso político-social entonces en marcha, no podíamos desconocer las posibilidades que se abrían, por contradictorias que fueran. Después de más de una década, el surgimiento de numerosas empresas, varios cientos de cortos y casi treinta largos dan prueba del incremento de una producción antes anémica, sin que pueda conceptuarse que tal incremento supone la constitución de una industria, pues esta no puede edificarse sobre la base de los cortos, el rubro favorecido por la legislación. No hay nada todavía que se parezca a una actividad industrial sostenida y permanente o lo que, en términos realistas, podría esperarse para un país como el nuestro de escaso mercado interno y con limitadas posibilidades de exportación del material propio. Lo que podría esperarse es una estructura industrial mínima para una producción alimentada permanentemente por el corto y fortalecida por una actividad reducida pero constante en el campo del largometraje. Sin embargo, esta posible actividad se ha visto minada por la inflación ininterrumpida, por la falta de apoyo crediticio, como el que hay en Colombia y Venezuela, por la estrechez del mercado interno y, last but not least, la escasa comunicación que una parte importante de ese cine ha obtenido.

Sin desconocer el rol fundamental de los factores infraestructurales que han jugado en contra, no se ha reflexionado suficientemente sobre la ubicación expresiva de las películas realizadas y la comunicación con el público, asunto este poco y mal planteado, salvo en la aproximación realizada por José Carlos Huayhuaca en el número 10 de la revista Qué hacer con el título de “Para hacer cine, ir al cine”. Hasta ahora el cine peruano, y Hablemos de Cine no es una excepción, ha sido tratado o bien desde el análisis o comentario de cada película en particular o bien desde un enfoque coyuntural o una reseña sumaria en que se ofrecen datos, cifras, consideraciones valorativas, proyecciones al futuro. Un poco de todo, lo que está bien, pues indudablemente tales criterios son útiles, pero existe un déficit ostensible en lo que toca al análisis de conjunto y a ese tema mencionado de paso o de soslayo casi siempre y que, sin embargo, está en un primerísimo orden de importancia, el de relación de los filmes con el público.

Las falacias de la división cine urbano-cine campesino

No decimos nada nuevo al afirmar que los gustos y las preferencias del público se han ido perfilando a través de los años en relación con el cine que en su mayoría se ha visto, básicamente el cine estadounidense de géneros y las líneas más comerciales de otras cinematografías. Son esos gustos y preferencias que ahora, dada la baja en la frecuentación a las salas de cine, se dispensan mayormente a las series y programas televisivos.

Las películas peruanas se ven obligadas a lidiar tanto con la primacía de una sensibilidad generalizada, bastante afectada además por la reducción de los estándares de calidad narrativa, y con la disminución de la asistencia a los locales cinematográficos, debido a los efectos de la crisis económica y a la inclemente competencia de la pantalla chica. En este contexto han ido surgiendo diversas propuestas que, convertidas en filmes, nos permiten intentar un balance de conjunto, todo lo esquemático y coyuntural que este pueda ser.

Por lo pronto, hay que señalar que, en parte debido a la propia propuesta de los filmes y por una especie de exigencia planteada por la crítica y la intelectualidad interesada en el cine, se adoptó durante algún tiempo un criterio muy elemental de diferenciación: el que opone las películas de temática campesina a las de temática urbana. Un criterio de raíz sociologista, elaborado a partir de una conceptualización socio-histórico-geográfica muy vaga, en otro tiempo aplicado al relato literario y a la pintura. Así hemos tenido narraciones de temas campesinos frente a otras afincadas a la urbe y pintura indigenista versus pintura citadina. Al parecer, y tardíamente, lo mismo estaba ocurriendo en el cine.

A diferencia de las clasificaciones que la crítica suele hacer en relación con otras cinematografías y que se basan en modalidades de género o estilo, en variaciones generacionales o valorativas referidas a los realizadores, en nuestro caso contó menos, o no contó a secas, el apoyo del género, la marca o marcas del estilo, la presencia del director. Tal vez porque no se encontraban géneros definidos, los estilos no estaban suficientemente perfilados y desde que Armando Robles Godoy dejó la escena del largometraje nadie ha insistido mucho en la preocupación autoral y en el cine como instrumento de expresión personal. La preocupación de los directores se ha centrado más bien en la materia temática y argumental y en la recepción del público. Por eso, aun cuando se hubiera podido hablar, con igual o mayor corrección que en la nominación sociologista, de las películas de Francisco Lombardi y las de Federico García por señalar a los hombres que mayor obra han ejecutado y de manera diferenciada, no se ha hecho así. Ha prevalecido el supuesto de la vinculación de la materia fílmica con los referentes de la realidad exterior. El enlace de la diégesis, según la terminología de filmólogos y semiólogos, con el entorno social que esta diégesis presuntamente incorpora. Se partía, entonces, de una exigencia de principio: la vocación testimonial y la mayor adecuación posible de las imágenes a las evidencias de la dimensión social de que se daba cuenta. Como vemos, la impronta de un realismo social que acreditaría el valor de las obras. Según esa exigencia, algunas películas han sido altamente elogiadas. Otras, en cambio, se han visto enfáticamente desaprobadas.

Casi siempre se excluyó una cuestión medular: la mediación que supone la asimilación dramática de acontecimientos y peripecias del ámbito social a la materia fílmica y a la decisiva participación de las operaciones del lenguaje en ese cometido. Huayhuaca ha analizado el aporte decisivo del tratamiento en el llamado cine campesino y el sesgo ora estetizante y folclorista, ora inflamado e impugnador que este adquirió, demostrando la falacia del cine poco menos que espejo de la realidad, subyacente en quienes rescatan el valor per se de las imágenes que remiten al mundo andino. Perspectiva especular también inaplicable a ese otro cine arraigado en la vida de la ciudad y que antepone una óptica a veces costumbrista y levemente superficial, otras distanciada y crítica en el acercamiento a la multiforme y proteica realidad urbana.

Sin embargo, unos y otros aceptamos esa polarización de tendencias, un poco por razones didácticas y otro poco por comodidad y pereza, sin percatarnos suficientemente de que estábamos abonando una interpretación equívoca que prescindía del aporte fundamental de la expresión fílmica en favor de un no disimulado énfasis contenidista y en provecho de un seudorrealismo bastante estrecho. Es cierto que algunas películas recientes cuestionan la operatividad de esa clasificación dualista, pero se podría seguir privilegiando un enfoque similar, ampliando denominaciones según la matriz socio-histórico-geográfica de los asuntos manejados, con lo cual continuaríamos manteniendo un acercamiento al cine peruano que en el fondo supone una cierta desconfianza en las posibilidades expresivas y las capacidades significativas de los propios filmes, confiando su legitimidad, como se ha hecho una y otra vez, a las coordenadas de los referentes exteriores aludidos.

No se trata, tampoco, de inventar otros nombres que podrían ser igualmente estrechos y equívocos. Lo importante es fijar una conceptualización que permita situar con cierta claridad el nivel de la pertinencia del análisis. El purismo formalista o las excelencias caligráficas no tienen nada que ver con la propuesta que esbozamos, pues una reivindicación formalista, según viejos o nuevos moldes, no viene al caso. Es el espacio donde se produce la significación, el ámbito propio de la representación, lo que necesita rescatarse, ni más ni menos, para desde allí comprender mejor tanto el sentido producido por las cintas como la relación que estas establecen con el público destinatario.

Las líneas del cine que se está haciendo

A manera de pistas aproximativas que no pretenden descubrir la pólvora, estableceremos una diferenciación de las principales opciones, que no cubren el total del cine hecho, enfatizando en el tratamiento sobre el referente, porque es allí, en el primero, donde el cine habla y donde, por tanto, se hace posible la comunicación.

1) La épica del campo encendido

La eclosión del mundo andino, después de las experiencias precursoras de la Escuela del Cuzco y de Kukuli, ha estado representada por la vertiente de las adaptaciones literarias –Los perros hambrientos y Yawar fiesta, de Luis Figueroa– y por la recreación de hechos reales – Kuntur Wachana (Donde nacen los cóndores) y El caso Huayanay– y legendarias – Laulico–, estas tres últimas dirigidas por Federico García. Excepcionalmente, se ha trabajado con el documental que combina reportaje y material de archivo –el mediometraje Runan Caycu, de Nora de Izcue– o con la metáfora surrealista como en Expropiación, de Mario Robles, estas dos últimas, al igual que Yawar fiesta, nunca exhibidas comercialmente en el país. Un aporte más reciente a esta vertiente lo constituye Un clarín en la noche, acercamiento medio bressoniano en negativo a la Reforma Agraria en la sierra norteña, dirigido por José Luis Rouillón, la más opaca, anémica y antitelúrica aproximación a una experiencia no épica del campo, con personajes y situaciones más próximos a un laboratorio que a las faenas de la tierra.

Aunque desigual y contradictorio en el manejo de sus procedimientos narrativos, Federico García consigue potenciar la gesta del sacudimiento campesino ante la opresión secular sufrida, especialmente en Kuntur Wachana (Donde nacen los cóndores) y, en menor medida, El caso Huayanay, donde se pueden destacar destellos aislados. Pero la tónica entre panfletaria y didáctica tiende a restarle genuina contundencia a una épica que deviene a veces en manifiesto programático abruptamente narrado y, por ende, ajeno a la capacidad persuasiva que en principio debía tener. Más modestas, las adaptaciones de Figueroa se resienten de debilidad narrativa, de un lastre literario que impide una mayor soltura y de un leve énfasis estetizante que revela lazos no superados con la estilización indigenista de Kukuli, pero ofrecen una cierta ilustración visual y escenográfica del universo literario recreado. En el caso de Yawar fiesta, por ejemplo, el mundo de Arguedas está, al menos, insinuado, lo que no ocurre, en cambio, en la serie de cortos que, sobre el propio Arguedas, realizó José Luis Rouillón.

De todas formas, las películas que recogen la visión de la problemática campesina han sido, en conjunto, las que peor fortuna han tenido, descontando al público de las provincias más arraigadas en la región andina. O no se han estrenado –las menos– o, si se han estrenado, han recibido un trato muy desfavorable del público de las salas comerciales. Solo Kuntur Wachana (Donde nacen los cóndores), tal vez por su mayor fuerza expresiva y por el momento político en que se estrenó, obtuvo una mayor acogida. En esta reacción negativa ha primado el ausentismo, producto de la convergencia del boicot sistemático de los exhibidores, más intolerantes con estos filmes que con cualesquiera otros, y la desconfianza de un público reacio a ver lo que, en apariencia, se les ofrecía en dosis diversas como una mezcla de periodismo, antropología, proclama política y folclor andino. Pero han contribuido a esa reacción adversa las incertidumbres y las tosquedades de estilos dificultosamente plasmados y una actitud de catequesis política o social desconocedora de las expectativas de los espectadores ubicados en una estructura de distribución comercial obviamente favorecedora del estímulo más directo de la fruición y el espectáculo. Hoy, esta vertiente es la que mayores obstáculos encuentra con miras a un desarrollo futuro.

2) La crónica de la marginalidad criminal

Casi no tiene antecedentes la veta más efectiva del cine peruano reciente; antecedentes locales, desde luego. Y está representada, solitariamente, por Francisco Lombardi, el realizador estrella de la empresa que mayor nivel de calidad ha ido forjado tanto en el corto como en el largometraje, Inca Films.

Muerte al amanecer y Muerte de un magnate se inspiran en casos criminales de enorme resonancia en el Perú, el juicio y el fusilamiento de un acusado de violación y muerte de un niño –el llamado “Monstruo de Armendáriz”– y el asesinato de un conocido empresario de la pesca –el caso Banchero–. La elección de estos materiales dramáticos revela la voluntad de acceder al imaginario popular para el que las resonancias de esos casos resultan familiares y conocidas; imaginario al que se le ofrece, implícitamente, las gratificaciones que los aspectos sadomasoquistas y los descubrimientos íntimos de las historias contadas pueden producir. Por cierto, esas películas en vez de respaldar, a la manera de los reportajes periodísticos del diario La República, esa mezcla de acento ejemplarizador y talante heroico en el relato de odiseas criminales, reducían la espesura del material argumental a su dimensión de crónica o cuasi crónica, intentando hacer del espectador más un testigo crítico que un simple voyeur, sobre todo en Muerte al amanecer. Algo semejante encontramos en el episodio Los amigos, aunque en este caso no se trate de un motivo del periodismo policial y, por cierto, en Maruja en el infierno, otra vez un asunto criminal que, aunque basado en una ficción literaria, bien podría haberse sustentado directamente en un fenómeno similar al que inspiró los primeros filmes. En Maruja en el infierno se propicia abiertamente una identificación con los jóvenes protagonistas, sin que, debido al tipo de observación realizada y al manejo del tiempo, se excluya la apelación crítica.

Todos los filmes son la puesta en funcionamiento de un entorno de exclusión o segregación, sea de índole represiva o no: una isla penal, una casa de campo, un bar y un burdel, una fábrica clandestina. En ellos se ejercita la operación de aislamiento, encierro, concentración espacio-temporal y restricción escenográfica en cuyo interior se exponen en forma condensada los datos que la óptica del realizador destaca: las taras y los vicios que el sistema social reproduce entre sus miembros, especialmente en aquellos que pertenecen al universo marginal y lumpen, pero también en aquellos que representan las instancias de poder intermedio, como los funcionarios de Muerte al amanecer y la explotadora de la fábrica de Maruja en el infierno. La marginalidad, entonces, se constituye en el motivo organizador de las peripecias dramáticas a la manera de un microcosmos que, ante la ausencia de otras instancias sociales y escenográficas, se proyecta como un termómetro de la problemática de la gran ciudad.

A Lombardi le falta todavía remontar el nivel de la corrección narrativa y del testimonio un poco a flor de piel de las situaciones que muestra. Su cine no ha trascendido, aun en sus obras más estimables, los límites de la crónica dramatizada en primera instancia. Sin embargo, tiene el mérito, y no es poca cosa, de representar una alternativa válida en el cine de ficción y un indiscutible puente de comunicación con el público. Que esto se haya alcanzado desde un planteamiento ajeno a cualquier postulación populista o populachera es un logro que se debe reconocer sin ambages.

3) La epopeya histórica

Con Páginas heroicas (1926), sobre la guerra con Chile, nunca exhibida comercialmente, y Luis Pardo (1927), sobre la vida del famoso bandolero, nuestro cine de largometraje surgió con la pretensión de testimoniar espectacularmente la historia pasada. Después de lo que parece haber sido el mayor éxito de esa etapa naciente, La Perricholi (1929), hay que esperar hasta 1970 para que los fueros del pasado glorioso vuelvan a levantarse con el patriotismo que es de suponer en Los montoneros. No tuvimos en el largometraje de ficción las versiones catequísticas de la historia oficial que en otras partes se hicieron a mayor (o peor) gloria de próceres, figuras y episodios señeros. En los últimos años ha surgido, en cambio, una corriente de acercamiento a la historia desde una perspectiva sociopolítica marxista, tanto a precursores de la Independencia – Melgar, el poeta insurgente y Túpac Amaru, aún no concluida, ambas de Francisco García– como a las luchas obreras en las primeras décadas del siglo XX – Ojos de perro, de Alberto Durant, y La familia Orozco, de Jorge Reyes–. Estas últimas, más que Melgar, poseen el mérito de presentar acontecimientos referidos a las páginas menos oficiales del pasado histórico, a las gestas populares que marcaron los hitos pioneros del movimiento obrero en el norte cañero y en Lima.

Pero, tal vez confiadas en exceso en la elocuencia de los temas planteados y, sobre todo, en la supuesta elocuencia de las imágenes que les servían de vehículo transmisor, las cintas sobredimensionan las limitaciones de una producción cuyos huecos y remiendos se perciben aquí y allá, afectando notoriamente la apariencia humana y escenográfica, el olor a multitud que los proyectos exigían. Hay, pues, desmesura en el planteamiento histórico-narrativo, aguda limitación de recursos de producción y notoria pobreza en los resultados obtenidos, especialmente en lo que se refiere a uno de los aspectos cruciales de los proyectos: la dimensión social y popular que, en vez de encontrarse potenciada, está drásticamente atenuada. Que podamos encontrar momentos inspirados en Ojos de perro y La familia Orozco; que, sobre todo la primera, dé muestras de un estilo y de una exigencia de adecuación de la materia a una formalización idónea no las salva de una endeblez general.

Tampoco han tenido suerte en su marcha comercial, al menos en la capital, debido en parte a las resistencias suscitadas por sus connotaciones pedagógicas y políticas y, claro, a las limitaciones expresivas que hemos apuntado.

4) La tragicomedia cotidiana y la aventura policial

Apenas si se han esbozado estas dos líneas que, a su manera simplona, desarrolló Amauta Films en esos años treinta que pudieron significar el comienzo de una producción ininterrumpida si no hubiera sido por la conflagración mundial y las propias condiciones económicas del país, dependientes de la industria extranjera. Ensayos de relato, levemente amargos o nostálgicos, esfuerzos de aplicar fórmulas genéricas a situaciones ancladas en la cotidianidad social o en las peripecias criminales, aperturas hacia vías de relación con los gustos populares, no necesariamente exentas de una dimensión crítica, estamos ante una pequeña avanzada en un desierto inexplorado. El saldo, auspicioso a medias en Cuentos inmorales y Abisa a los compañeros, pierde bríos en Aventuras prohibidas y decae algo más en Una raya más al tigre. Un intento gruesamente mercantil en esta línea, que es Brigada Blanca, lleva a la caricatura grotesca los avances del cine peruano de los últimos tiempos, retrotrayéndonos a ese grupo de mamarrachos tipo Interpol llamando a Lima, De nuevo a la vida, Dos caminos o Tres vidas.

No es posible, entonces, calibrar suficientemente las perspectivas que se abren, y que por el momento la televisión parece haber recogido, pero constituyen un llamado a la imaginación de los realizadores y guionistas, pues no se trata de aplicar esquemáticamente estructuras narrativas de géneros de fuera –el policial estadounidense o la comedia italiana–, sino reelaborar desde nuestro espacio cultural y social fórmulas que no tienen por qué perder las capacidades creativas y cuestionadoras de sus modelos más rescatables.

5) Del documento antropológico a la denuncia sociológica

Unas pocas películas de largometraje han trabajado con los procedimientos de la observación documental, con resultados lamentablemente fallidos: es el caso de Chiaraje, batalla ritual, de Luis Figueroa, y el de Casire, de Marianne Eyde, ambas un ensamblado de escenas inconexas, aunque las de Chiaraje resultan más dispersas, pues apelan a diversas circunstancias de un arraigado ritual cuzqueño, mientras que las de Casire se centran en una comunidad andina. En los dos filmes, nunca estrenados comercialmente, el documental descubre su inoperancia al limitarse a un registro mecánico, a una mera transcripción fotográfica.

En El viento del ayahuasca se incorpora un material presuntamente documental a la estructura de una ficción, dejando un saldo de conjunto bastante pobre. El único intento rescatable en esta línea es el mediometraje Miss Universo en el Perú, donde la frialdad clínica de tantos documentales anémicos que saturan la producción de nuestros cortos cede paso al manejo intencionado del material filmado documentalmente y cargado de sentido a partir de un montaje vigoroso. Mediante oposiciones se van estableciendo en forma dialéctica y didáctica a la vez, un mosaico de las contradicciones entre la ostentación que supone organizar un concurso como el de Miss Universo y la espantosa realidad de miseria y violencia que vive el país. Claro que, de manera estricta, el filme supera los límites de lo que sería el documental riguroso, pero eso lleva a plantear problemas que exceden los alcances de este texto.

Los escollos de la comunicación

Es cierto que, en una visión de conjunto, las insuficiencias expresivas de muchos filmes han contribuido a abonar la desconfianza de espectadores que, en principio, estarían dispuestos a ver películas realizadas en el Perú, como es cierto que hay muchos otros que se niegan o rechazan de plano esa posibilidad. Pero no solo los primeros, también una franja amplia, de lo que en los cálculos electorales se llaman los indecisos, puede ser ganada para el cine peruano. Y para ello no resulta obligatorio acudir a las fórmulas al uso de humor, erotismo, sentimentalismo y violencia supuestamente ganadores. Hay varias experiencias en países vecinos que demuestran que lo anterior no es una regla absoluta. El pez que fuma y Cangrejo, en Venezuela; Chuquiago, en Bolivia; La Raulito y La tregua, en Argentina, entre otras, han superado los récords de la mayor parte de los mismísimos jedis hollywoodenses y establecido puentes con la sensibilidad popular de sus respectivos países. Este es el gran desafío que se le presenta a los cineastas peruanos: conectar con el público a través de los planteamientos que ofrezcan márgenes de apelación consciente o, por qué no, de divertimentos imaginativos cuya única función sea suscitar la fruición placentera humorística, erótica, sentimental o sadomasoquista.

El camino recorrido aquí nos está indicando que algunas propuestas expresivas a priori rescatables y en sí mismas de signo progresista, como las de Federico García, no solo hacen agua por varios lados en su formalización audiovisual, sino que también resultan tan ajenas al interés de sus destinatarios que, en términos de comunicación, invierten su sentido inicial, pues se vuelven anacrónicas, extemporáneas, sin contacto ninguno, no con esos gustos supuestamente moldeados por la industria cultural transnacional, sino con esa sensibilidad viva, más o menos escondida u oculta que sí se pone de manifiesto frente a Maruja en el infierno, por ejemplo. Tal vez porque Maruja en el infierno, sobre el papel menos combativa que algunas propuestas de Federico García, ha sabido traducir, al menos intuitivamente, las potencialidades significativas de esa cultura aún flotante donde la migración provinciana y el lumpen se tocan de cerca, donde la lisura criolla y la rebeldía social se conjugan, donde lo mestizo y lo marginal descubren su legitimidad. No es solo un mayor grado de eficacia narrativa lo que evidencia Maruja en el infierno: es la posibilidad de hablarle al público no desde una tribuna o una atalaya tal vez llenas de grandes verdades pero sin capacidad persuasiva, sino desde su entorno o circunstancia más próxima y cotidiana.

¿Por qué la salsa ha reemplazado musicalmente el discurso de la canción protesta en el trabajo político de la izquierda peruana? ¿No es, acaso, porque conecta en una medida muy superior con las circunstancias existenciales de sus usuarios? ¿No será que la estilización de la canción protesta resulta tan selectiva y, finalmente, elitista como las propuestas del cine de pretensión política que se está haciendo entre nosotros?

Entiéndase bien, no es que pongamos en duda la importancia de historiar fílmicamente las luchas populares del pasado y presente peruanos. Lo que sí ponemos en cuestión es la pertinencia de un tratamiento más o menos ampuloso que a menudo no es sino la inversión del cine de héroes y próceres de la historia oficial con un signo de izquierda, siendo, básicamente, el mismo discurso. No es solo, entonces, el boicot de los exhibidores, el presunto estragamiento de los gustos del público y las impericias de realización y puesta en escena lo que explican el fracaso de muchos proyectos. Es todo un modelo de comunicación el que necesita revisarse, si existe una auténtica vocación de hacer un cine que entre en consonancia con el público al que se dirige y pueda constituir, al menos, un germen de experiencia transformadora. Por aquí están los retos a los que hay que responder si se entiende que el cineasta no es el gran gurú o el profeta que imparta su sabiduría a las masas, sino que es un dialogante privilegiado que, dialécticamente, orienta y reorienta el sentido de su discurso (y eso no es solo una opción temática) a partir de los requerimientos y las demandas que se desprenden de la cotidianidad social de aquellos con quienes, en forma mediada, se dialoga. Y esto supone capacidad de autocrítica y revisión, talento, imaginación, conocimiento del cine que se ve, y una dosis muy importante de investigación en el terreno de la cultura popular. Si no, y en una gran medida, se seguirá predicando en el desierto.

Publicado en la revista Hablemos de Cine, número 77, Lima, marzo de 1984.

¿Se afianza el largometraje peruano?
Antecedentes inmediatos

Después de una etapa en la que se cosecharon varios fracasos expresivos y de público – Melgar, el poeta insurgente, El viento del ayahuasca, La familia Orozco, Un clarín en la noche, etcétera–, que parecía dar razón a quienes sostenían que esta no era tierra de cine, he aquí que la tortilla se dio vuelta y, ciertamente, muy lejos del paraíso todavía, se están abriendo cauces de comunicación más firmes con un público que no se reconocía suficientemente en las imágenes proporcionadas por los filmes peruanos. Se debe admitir que hubo antecedentes favorables en los años setenta, los que siguieron a la promulgación de la Ley 19327, que desde marzo de 1972 rige el destino de la producción fílmica nacional. Ahí están Muerte al amanecer y Muerte de un magnate, de Francisco Lombardi; Kuntur Wachana (Donde nacen los cóndores), de Federico García; y Cuentos inmorales, correalizada por Lombardi, Flores Guerra, Huayhuaca y Tamayo, para recordarnos que no era una apuesta perdida de antemano encarar la ímproba tarea del largometraje. Pero así como no generaron una producción ininterrumpida, tampoco conquistaron un público leal y constante, lo que siempre es enormemente difícil en un medio donde el imperio de las modas de ciertas fórmulas más o menos seguras puede dar al traste con los ímpetus de una cinematografía emergente.

Uno de los mayores escollos en la comunicación con el público –y no podemos cantar victoria aún, pues se puede volver a presentar– estuvo en la grandilocuencia o el caligrafismo mal asimilado de propuestas a priori valiosas, como fueron aquellas que pretendían historiar acontecimientos del pasado lejano –Melgar, La familia Orozco– o reciente –El caso Huayanay–, o que intentaban explorar zonas poco conocidas de la geografía cultural del país –El viento del ayahuasca–. Lo que significa que no fallaba la elección temática, sino la impostación expresiva. No era la materia argumental, sino su tratamiento audiovisual lo que hacía agua.

Si hubiéramos estado ante propuestas estéticas similares a las de Armando Robles Godoy, no cabría referirnos a la respuesta del público, pues se ubican en un nivel de expresión personal que se sustrae de la recepción mayoritaria. Pero no era ese el caso, pues se trataba, sin excepción, de propuestas que tendían a la eficacia comunicativa, al llamado a la conciencia de sus destinatarios, cosa que ocurrió muy débilmente. La responsabilidad no estaba solamente en la insuficiencia expresiva, como se desprende de la comprobación de que hacer cine en el Perú es un esfuerzo que puede terminar no solo con el dinero, sino también con la salud de quienes lo hacen. Pero ya iba siendo hora de que dejáramos de echarle toda la culpa a los hábitos impuestos por el cine extranjero, a las carencias económicas y de producción, al sabotaje de los exhibidores y a la incomprensión de las instancias oficiales.

Aun cuando a algunos críticos nos costó el apelativo de “enemigos del cine peruano”, ya era hora de señalar enérgicamente la cuota de responsabilidad que cabía a la inconsistencia de las formulaciones cinematográficas adoptadas.

¿Borrón y cuenta nueva?

Sin ser una ruptura con lo anterior, como que Lombardi prosigue la línea de sus primeras películas, y Federico García persevera en la indagación histórica con Túpac Amaru, sí creo que se ha ascendido una grada o escalón superior. Se ha ganado en dominio narrativo – Túpac Amaru frente a Melgar, por ejemplo, o La ciudad y los perros frente a Muerte de un magnate–, en solvencia de producción, en prolijidad de la puesta en escena. Hay todavía lastres ostensibles: la tiesura hierática de Túpac Amaru, el verbalismo algo enfático de La ciudad y los perros, la dispersión expositiva de Gregorio, a caballo entre el documental y la ficción que solo encuentra por ratos su tono más exacto. Pero, a pesar de ello, las películas aciertan en la traducción, por precaria que sea, de una problemática arraigada en el espacio de marginalidad y lucha por la sobrevivencia que, en forma cada vez más dramática, se debate en el país y, de manera más plural y compleja, en Lima. Las películas de las que hablamos, entonces, constituyen síntomas muy claros de las preocupaciones de una sociedad que se transforma y de una ciudad capital que de pequeña y relativamente ordenada ha pasado a ser enorme y caótica.

Los niños de Gregorio, los adolescentes de La ciudad y los perros y, en otro nivel, los luchadores sociales de Túpac Amaru, son las cifras o los indicios reveladores de un estado de cosas que cintas precedentes no supieron captar, por más claridad política e interés didáctico que las animara.

Insisto en que son los méritos parciales de los filmes reseñados los que logran el propósito de calar en la sensibilidad de un público ávido por establecer un reconocimiento de lo propio. Son las imágenes de Gregorio que nos muestran el caleidoscopio urbano y social de Lima, al margen de sus deficiencias narrativas. Es el relato tenso y agresivo de La ciudad y los perros, entre otras propuestas recientes.

Identidad o industria

Que existe, pues, una disposición favorable en el público de este país por ver películas peruanas, ha quedado ampliamente demostrada en el relativo éxito obtenido, sucesivamente, por Maruja en el infierno, Túpac Amaru, Gregorio, La ciudad y los perros y, últimamente, Yawar fiesta.

Quedan así descartados los pronósticos de los escépticos –escepticismo a veces interesado– que descreían en las posibilidades de las películas nuestras de convocar una audiencia numéricamente significativa. O, al menos, desconfiaban de que ello fuera logrado por cintas que no apelaban a los estímulos habituales de taquilla, a los anzuelos comunes del consumo fácil: el humor estereotipado, el erotismo exhibicionista y el violentismo tremendista. No ha sido así, con la cual se repite aquí un fenómeno ya comprobado en otros países vecinos, que han derrotado a los títulos más vendedores de la cartelera internacional, poniendo en evidencia que es posible construir expresiones fílmicas propias sin caer en las concesiones de quienes sostienen que el afianzamiento de una industria pasa inexorablemente por las fórmulas de un cine populachero.

La experiencia peruana de los dos últimos años permite superar una dicotomía engañosa: el traslado a la pantalla de los referentes nacionales no está reñido, necesariamente, con las expectativas de un público que la aguja de la gran producción estadounidense e internacional habría vacunado contra el posible “virus” de una producción local. Pero permite, al mismo tiempo, hacer otro deslinde y cuestionar el espejismo de que el nuestro pueda convertirse en un país productor de filmes. Con un mercado pequeño y en crisis (300 salas en proceso de disminución en todo el territorio), y con escasas vías de salida al extranjero, al menos por ahora, y mientras no se consoliden los puentes con el mercado andino y latinoamericano, es inútil soñar con un volumen de producción anual que supere el número de dedos de ambas manos. Y eso ya es mucho decir hoy por hoy.

El asunto clave, entonces, está en consolidar una pequeña producción que no aspire a convertirse en gran industria ni nada parecido, que se avenga al beneficio de las coproducciones, siempre y cuando estas no impongan ningún tipo de sumisión, como ha ocurrido en el pasado, y que se afirme en ella, en esa pequeña producción factible, la expresión de aquello que todavía vagamente llamamos identidad nacional. Identidad plural y multiforme que puede dar lugar a una variedad aún imprevisible de registros y géneros, de sonidos e imágenes inagotables, si, ciertamente, se afianza también el talento y la capacidad expresiva, condiciones indispensables para que el proyecto de un cine peruano en la perspectiva esbozada pueda ser una realidad.

Texto inédito escrito en 1986 para ser publicado

en la revista Hablemos de Cine, número 78, que no vio la luz.

Las tribulaciones de nuestro cine

1992 se cerró con una noticia infausta para todos los comprometidos con la actividad fílmica en el Perú, que había alcanzado durante ese año un significativo incremento. Los dispositivos de racionalización tributaria dictados por el ministro de Economía, Carlos Boloña, muy poco antes de su renuncia al cargo, borraban de un plumazo las dos medidas realmente efectivas que el amplio articulado de la Ley 19327 había consagrado. Esas medidas eran el beneficio tributario y la exhibición obligatoria. El beneficio tributario permitía la devolución del total del impuesto municipal a los filmes de largometraje y el 25 por ciento de ese mismo impuesto a los cortos. Por su parte, la exhibición obligatoria exigía a las salas de cine la proyección de cortos, en todas las funciones diarias y de largos, en la medida en que se hicieran, siempre y cuando recibieran unos y otros el certificado correspondiente de la Comisión de Promoción Cinematográfica (Coproci).

Ya es un lugar común decir que la ley favoreció al corto y apoyó muy escasamente al largo. Los hechos ocurridos después de diciembre de 1992 dan la razón a esa afirmación. Los cortos han desaparecido de los cines. Los largos, en cambio, aunque no todos, están demostrando que pueden defenderse por sí solos, sin necesidad de la ley. Pero es necesario analizar las cosas con mayor detenimiento y extraer las conclusiones más claras posibles de lo que ha sido la marcha de la actividad fílmica y sus proyecciones al futuro inmediato.

Lo que fue del corto

La aplicación del reglamento de la ley a partir de 1973 trajo consigo una apreciable producción de cortometrajes. En esos primeros años el mercado de los cortos estuvo repartido entre los productores que buscaron simple y llanamente lucrar con ellos y quienes hicieron del corto una práctica profesional concebida en términos de creación de una pequeña industria. Los primeros se pueden ejemplificar en Ernesto Sprinckmoller, quien, luego de las considerables utilidades recibidas, se retiró del cine, sin apenas reinvertir, hasta donde se sabe, pese a que la ley apuntaba explícitamente a estimular la reinversión en la propia actividad cinematográfica. ¿Adónde se fue el dinero que obtuvieron Sprinckmoller y otros como él?

Inca Films, en cambio, con la batuta de José Zavala y Francisco Lombardi, representó el modelo de empresa que reinvirtió en el cine y alternó el corto con el largometraje, sentando bases que otras empresas, unas mejor que otras, compartirán (Chasqui, Calicanto, Cronos, Filmaciones Pueblo, Kuntur, etcétera). En esta línea, además, se realizarán los cortos más diferenciados, los empeños más personales o los más profesionales a secas.

El documental impersonal primó en el conjunto y contribuyó a crear el prejuicio de que el corto peruano era inevitablemente malo, prejuicio que se alimentó de las limitaciones técnicas de la mayor parte de los cortos y las deficientes condiciones de imagen y sonido, y el descuido con que eran presentados en las salas. La mayor parte de los cortos peruanos ha sido, en efecto, expresivamente nula, pero en ello también jugó un rol importante la Coproci, que dio pase libre a casi todo lo que fue presentado. Si la Coproci hubiera, realmente, efectuado una selección del material, otro habría sido el cantar, aunque seguramente igual hubiera predominado el material de escasa calidad, cosa que ocurre en todos los países que han tenido o tienen una producción sostenida de cortos. Pero, al lado de esa comprobación, hay que destacar tanto el buen número de cortos estimables como la importante tarea de formación de cuadros que el trabajo de los cortos fue desarrollando.

El VI Festival Nacional de Cortometrajes, en mayo de 1993, permitió ver los frutos de un desarrollo técnico y artístico de dos décadas. Técnicos solventes (fotógrafos, sonidistas, editores), actores convincentes y directores que saben contar una historia en 10 minutos, lo que antes era notoriamente más irregular. De 36 cortos, 30 relataron historias de ficción. Una cifra sin precedentes en los veinte años de vigencia de la ley. El balance no es desde luego, sobresaliente ni mucho menos, pero sí indica un nivel de exigencia ascendente. Si se hace una selección al azar de lo que se hizo en los primeros años y lo que se ha hecho en estos últimos, el saldo a favor de los segundos es visiblemente superior. Ha sido, justamente, cuando el corto pasaba del predominio del documental de encargo más anodino al repunte de las historias de ficción que ensayaban diversas modalidades de comunicación con el público, que se ha detenido su marcha, poniendo en serio riesgo la continuidad de una producción que no solo ha venido ganando en calidad, sino que también se ha hecho, mal que bien, de un espacio en las salas y que, sometida a una calificación menos condescendiente, hubiera podido estimular mayores niveles de calidad aún.

Los avatares del largo

A diferencia del corto, el largometraje no tuvo proporcionalmente los mismos estímulos provenientes de la ley. Sin embargo, se vio beneficiado por los cuadros que fueron surgiendo de los cortos (directores y técnicos, especialmente) y, con la ventaja de la exhibición obligatoria, se estrenaron algunas películas que, de otra manera, no se hubieran podido ver. De todos modos, hay que reconocer que el largo fue ganando un espacio que, pese a la crisis económica, la competencia de los otros medios audiovisuales y el cierre de las salas, no se ha perdido. Además, en términos cualitativos, el largo ha mantenido un promedio bastante digno, al punto de que no son pocas las películas que han obtenido y siguen obteniendo reconocimientos internacionales.

Pero el largometraje peruano no puede quedar a expensas del simple y llano juego del mercado. Ocurre que ese mercado no solo es cada vez más reducido. También es un mercado distorsionado por la existencia de un oligopolio de distribución internacional que, prácticamente, lo copa, presionando sobre las salas en función de los productos o paquetes que alimentan regularmente las cadenas de exhibición. El oligopolio de la distribución ha ido adecuando las expectativas de los públicos y las salas a ese cine estandarizado que, tal como vemos en los éxitos de taquilla de los cines Tacna y Plaza, cubre una enorme proporción de la cartelera.

En esas condiciones es posible que algunas películas, como ha sucedido con Reportaje a la muerte, compitan e, incluso, se impongan sobre muchos taquillazos, pero no es justo, siguiendo la misma lógica del modelo liberal, que se desproteja del todo al largometraje peruano. El Estado peruano desconoce compromisos internacionales asumidos para apoyar y difundir la producción cinematográfica peruana y latinoamericana. Y desconoce, asimismo, las medidas de respaldo y protección que las películas reciben en países europeos de economía liberal. Porque, por encima de la consideración industrial, predominante en la Ley 19327, pese a su introducción declarativamente nacionalista y educativa, es preciso reivindicar el rol comunicativo y cultural del cine. Cultural no en el sentido ‘culturoso’ ni comunicativo en su acepción propagandística. Comunicativo y cultural, no porque sean fijados a partir de una política o una planificación del Estado, sino desde la práctica libre de los propios realizadores. Es esa función la que los Estados europeos protegen, favoreciendo expresiones autónomas y creativas de parte de los cineastas.

Por lo menos, el Estado debe defender esa posibilidad inicial, aun cuando luego las películas deban competir en el mercado. Por eso, el reconocimiento del derecho de pantalla no puede quedar en el simple buena voluntad expresada como un saludo a la bandera en la disposición del Congreso Constituyente Democrático que reconoce el derecho del cine peruano a existir y nada más. Debe expresarse en posibilidades reales de hacer uso de ese derecho de pantalla, sin que ello sea repetir, necesariamente, la exhibición obligatoria, término en sí mismo muy poco adecuado a los tiempos que corren.

Está muy bien y es deseable que continúen las conversaciones entre productores y dueños de cines para encontrar canales de exhibición de los largos (y también los cortos) peruanos. Pero es necesario que el Estado les proporcione estabilidad y perdurabilidad, en lo que sea posible, a esos acuerdos. Si no, entraríamos en un terreno absolutamente azaroso, librado a humores y contingencias pasajeras. Es importante que los exhibidores se sientan parte activa en el desarrollo del cine peruano, superándose la etapa de exclusión en que los tuvo la Ley 19327. Y lo es en estos momentos, más aun que antes, porque las películas nacionales han hecho ver que pueden ser una fuente de ingresos para sus productores, pero también para las salas, afectadas por una crisis a la que, lamentablemente, muchos dueños de cines han contribuido y siguen contribuyendo debido al abandono e incuria en que las tienen. Empero, sin una legislación, por mínima que sea, y que considere los legítimos derechos de los propietarios de los cines, no habrá ninguna garantía de continuidad y todo dependerá de unos acuerdos que puedan quedar sin efecto en cualquier momento cuando alguna de las partes decida romper el vínculo contractual.

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