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El jurado del Premio València Nova de Narrativa 2021,convocado por la Institució Alfons el Magnànim-Centre Valencià d’Estudis i d’Investigació, presidido por Maria Josep Amigó, vicepresidenta de la Diputació de València, e integrado por los escritores Lorena Franco, Toni Hill, César Pérez-Gellida, junto a Eva Olaya, en representación de Ediciones Versátil, y Josep Vidal Borràs como secretario, acuerda conceder dicho premio a la novela Tres lunas llenas, de Irene Rodrigo.

Título: Tres lunas llenas

© 2021 Irene Roderigo

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Diseño de cu­b­ier­ta y fo­to­mon­ta­je: Eva Olaya

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1.ª edición: noviembre 2021

De­re­chos ex­clu­si­vos de edi­ción en es­pa­ñol re­ser­va­dos para todo el mundo:

© 2021: Edi­c­io­nes Ver­sá­til S.L.

Av. Dia­go­nal, 601 planta 8

08028 Bar­ce­lo­na

www.ed-ver­sa­til.com

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Nin­gu­na parte de esta pu­bli­ca­ción, in­cl­ui­do el diseño de la cu­b­ier­ta, puede ser re­pro­du­ci­da, al­ma­ce­na­da o trans­mi­ti­da en manera alguna ni por ningún medio, ya sea elec­tró­ni­co, quí­mi­co, me­cá­ni­co, óptico, de gra­ba­ción o fo­to­co­pia, sin au­to­ri­za­ción es­cri­ta de la editorial.

«La invenció; les noves idees; viure pensant. Això és ser humà. Amb una objecció: hi manca la fertilitat. El desig».

El teu gust, Isabel-Clara Simó

«Todo duerme en la tierra y todo despierta de la tierra».

La amortajada, María Luisa Bombal

Evito a toda costa mirar entre mis piernas. No quiero ver el rojo. Me levanto de la cama y en el pasillo noto el caldo ardiente y denso deslizándose por la cara interna de mis muslos, inequívoco, preñado de derrota. Meo sin tocar el váter y me meto en la ducha. Un hilo viscoso me atraviesa la ingle, lo siento sin verlo, esa gota de tinta ultraconcentrada que cae despacio y se detiene a medio camino entre el pubis y la rodilla. Con la alcachofa en la mano, espero a que el agua se caliente para borrar el fin de la promesa imaginaria que entierro cada mes en un surco cavado por mí misma. Allí se fertiliza, recibe su alimento, crece y se hincha como un globo hasta que, treinta días después, asoma la cabeza para morir de nuevo.

El agua me cubre entera, quemándome la piel. Noto el primer pinchazo en el fondo del bajo vientre. No reacciono, solo tomo una inspiración profunda y hundo los dedos en los mechones que se estiran y se suavizan al contacto con el vapor. Embadurno el cabello con champú y rasco las raíces aplicando la poca violencia que me permiten mis brazos fatigados, anquilosados después de abandonar el sueño abruptamente. Luego buscaré un Espidifen.

El segundo calambre me golpea fuera de la ducha. No quiero ir a trabajar, pero, en lugar de llamar a mis jefes e inventarme cualquier enfermedad, me preparo para introducir la copa en mi vagina enrojecida. No miro, pero conozco el camino de memoria; sé que si lo sigo no me mancharé demasiado los dedos ni deberé enfrentarme a un copioso excedente bajo el grifo. Aunque llevo a cabo el proceso con sumo cuidado, la uña del dedo índice rasga un milímetro de carne y me parece que se desprende un pedacito. No me impresiona la sensación física, sino la imagen que no estoy viendo, la que recreo tras mis párpados cerrados. Esa carne desprendida y su sangre, que se mezclarán con la otra sangre, la que viene de más adentro; todas las sangres recogidas en el recipiente cónico de silicona, látex y plástico quirúrgico; todas en la taza de un mismo váter, en las mismas cañerías; todas indivisibles e inútiles. Me lavo las manos, froto una contra la otra contando diez, quince, veinte segundos. Cuando vuelvo a mirarlas están limpias, impecables. Cubro mi sexo con unas bragas de las que no me importa manchar, me tomo un café para bajar el Espidifen, me pongo las gafas de sol y salgo de casa.

A las ocho de la mañana, el autobús viene lleno de locales y turistas. Encuentro un sitio libre, me deshago de la chaqueta y abro la última novedad de la editorial. Leí esta historia por primera vez cuando aún era un manuscrito con un argumento salpicado de carencias. Lo salvaron la ausencia de faltas de ortografía —algo poco común en los aspirantes a escritores— y la ilusión de que los personajes traspasaban los límites de la novela, como si esta fuese la fotografía de un año más de sus vidas en el que confluían varios sucesos extraordinarios que los desestabilizaban durante un tiempo para luego permitirles regresar a un equilibrio renovado.

Pulpos fuera del agua fue mi primer trabajo como lectora editorial. La responsable —y única integrante— del departamento de comunicación, llevando a cabo tareas que exceden sus funciones y sin recibir ni un euro más por ello. Acepté la petición porque Ignasi acababa de marcharse de casa y yo necesitaba ocupar mis ratos libres en tareas que me distrajeran de la culpa y el arrepentimiento. Leyendo Pulpos fuera del agua —cuando aún se titulaba La vida infeliz—, descubrí un poder que no otorgan las notas de prensa ni la organización de presentaciones, y mucho menos las llamadas y correos electrónicos de seguimiento que envío de lunes a viernes a los medios de comunicación.

Aquella lectura depositaba en mis manos el futuro de un autor desconocido. Si por una travesura de esas que hacen los niños para comprobar los límites de la paciencia de sus padres dijera no en vez de sí, habría una persona, un tal Néstor Gallego, apenas tres años mayor que yo, que nunca recibiría noticias nuestras o, peor aún, que sería rechazado con un aséptico correo en el que mis jefes habrían copiado y pegado la consabida fórmula: «Su obra no cumple los requisitos mínimos de calidad exigidos por nuestra editorial». Y todo sería una broma enmascarada de la que Néstor Gallego, su gran protagonista, nunca se enteraría, una broma que reduciría su trayectoria a una insignificante y desaprovechada bola de papel arrugado en el fondo de una papelera a la que jamás se asomaría nadie.

En cambio, dije sí al original de Néstor Gallego, y toda la maquinaria editorial se puso en marcha para publicar su primera novela y lanzarla a lo más alto de las listas de ventas. Al menos esas eran las aspiraciones de mis jefes. El libro lleva dos meses y medio en el mercado, y algo menos de mil ejemplares vendidos, una cifra nada despreciable pero que no se acerca ni remotamente a las expectativas iniciales de los editores. Aun así, el editor número uno sigue convencido de haber publicado una obra maestra, y me felicita con frecuencia por haber sabido advertir antes que nadie el potencial de una voz como la de Néstor Gallego, tan contemporánea y universal al mismo tiempo, tan «hábil para sumergirse en la materia que permanece oculta incluso para el propio individuo y extraer verdades incómodas y sin embargo indispensables si queremos desembarazarnos del sutil pero condenatorio antifaz que nos ciega cada día». Esto lo escribí yo para la faja de la novela, ese infame señuelo publicitario que se aplica a cualquier título que aspire a destacar en las librerías —y en las ventas, por descontado—. Redactar el texto de la faja de Pulpos fuera del agua fue la recompensa no remunerada a mi feliz —feliz, eso creían ellos, eso cree todavía el editor número uno— descubrimiento literario, y la señal incontestable de que, por lo visto, se me dan mejor las fajas que los titulares, así que desde entonces fui nombrada única responsable de los textos de las fajas de todos los libros que editáramos a partir de ese momento. Huelga decir que sin cobrar más ni reducir cargas laborales por otros flancos.

De un día para otro pasé de ser una periodista convencional reconvertida a la comunicación corporativa a recibir halagos casi diarios de mis jefes —al principio de ambos, a la larga solo del editor número uno— y el agradecimiento eterno de Néstor Gallego, que destapó la identidad de su madrina literaria en la primera reunión con los editores. Ellos me invitaron a estar presente en el encuentro y yo, por supuesto, acepté. Era lógico que quisieran que me implicase desde el principio en la rueda editorial, dado que se podía decir que fui yo quien, en esa ocasión, la había puesto a girar.

Los editores y yo llevábamos veinte minutos esperando a Néstor Gallego en el vestíbulo de la oficina, inquietos y expectantes. Empecé a fantasear con la idea de que nuestro nuevo novelista estrella no apareciera, ni ese día ni al siguiente ni ninguno. En un pestañeo edifiqué los cimientos del relato de personaje misterioso que aliñaría la promoción del libro si al final Néstor Gallego resultaba ser el pseudónimo de un autor huraño que se arrepentía de nuestra cita y solicitaba una relación puramente epistolar. La personalidad esquiva de un escritor sin rostro incrementaría el valor comercial y publicitario de la obra.

Néstor Gallego solo podría conceder entrevistas telefónicas, tal vez con la voz distorsionada por el efecto de una aplicación gratuita para el móvil. En las presentaciones serían otros autores medianamente afamados quienes, desde la palestra, tratarían de arrojar luz sobre la enigmática figura del artífice de La vida infeliz, y mano a mano con el público teorizarían sobre las razones que llevan a alguien con tanto talento a rehuir la popularidad y el reconocimiento de las masas. Probablemente Néstor Gallego prefiere invertir todo el tiempo posible en su verdadero oficio, la escritura, algo que está en las antípodas de la promoción mercantilista y la divulgación de la propia imagen, dirían los escritores para concluir el debate, y añadirían: Néstor Gallego no solo es valiente, también es listo, porque se tira de cabeza a la piscina de bolas en la que capitalismo y arte retozan y se hunden hasta que las fronteras de uno y otro quedan totalmente difusas, y sale digno e indemne, con su identidad inmaculada. Y luego, a falta del verdadero autor, serían los escritores invitados quienes firmarían los ejemplares de La vida infeliz a los asistentes.

Por mucho que esta historia me hiciera gracia, no me quedó otra que desecharla, porque Néstor Gallego acabó presentándose en la oficina, media hora tarde y con las axilas destilando sudor. Se había puesto un traje de chaqueta que desentonaba por completo con los pantalones vaqueros y las camisetas básicas e intercambiables que tanto a mí como a los editores nos gusta vestir. Llevaba un maletín de cuero cuarteado y gafas de montura redonda sobre las que se aplastaban los mechones de su flequillo empapado. La humedad se acumulaba en los cristales. Néstor Gallego se disculpó por el retraso: había venido en una de esas bicicletas municipales de alquiler y, por muchas vueltas que había dado, no había podido encontrar una estación en la que quedase algún poste vacío. Al final había candado la bici a una farola frente al edificio.

Por las miradas que se dirigían los editores mientras caminábamos hacia la sala de reuniones, me pareció que su aspecto les resultaba divertido: cándido y pretencioso al mismo tiempo. Se notaba que había invertido tiempo y esfuerzo en planearlo, y que había acabado siendo víctima de toda esa producción. Igual que yo en tantos actos conmemorativos o entregas de premios literarios provinciales. Por pensar que me quedaría corta de etiqueta, acababa siendo la más elegante del lugar, y a poco que el vestido tuviese un adorno llamativo o que el pintalabios fuese un tono más oscuro de lo recomendado por el tácito protocolo, resultaba ridícula e inapropiada.

Además, parecía que Néstor Gallego tenía el mismo problema que yo a la hora de combinar prendas y accesorios: era evidente que los pantalones y la americana pertenecían a conjuntos distintos y que los zapatos amarillos —que, sin duda alguna, estrenaba ese día— eran un intento fallido de crear contraste con la pretendida formalidad de la indumentaria. Vi claramente a Néstor Gallego probándoselos en una zapatería, tratando de evocar su traje de piezas independientes, si es que en ese momento sabía ya qué se pondría en la primera reunión con aquellos editores que no habían disimulado en cada correo y llamada telefónica cuánto les fascinaba La vida infeliz. Al reconocer mi torpeza social en la de Néstor Gallego, me enternecí un poco.

En esa primera reunión, Néstor Gallego aceptó el nueve por ciento de cada venta. Se comprometió a pulir, en un período de tiempo muy limitado, los aspectos argumentales menos sólidos que yo había señalado en mi informe de lectura. También accedió sin rigideces a cambiar el título de la novela.

—La vida infeliz no funciona. Buscaremos algo mejor. Pero es normal, no te preocupes —le dijo el editor número uno—. Helena es un hacha escribiendo notas de prensa y, sin embargo, no da una con los titulares.

Levanté la mirada de la libreta que llevaba conmigo a todas las reuniones y en la que nunca registraba más que garabatos y cartelitos con mi nombre, un resquicio de la adolescencia, cuando llenaba los márgenes de los libros de texto con Helenas escritas con la tinta purpurina y brillante de mis bolígrafos de gel. El editor número uno me criticaba delante de Néstor Gallego, como si, por el hecho de que sus nombres conviviesen en un contrato, el autor recién llegado se convirtiese automáticamente en cómplice de las fragilidades internas de la empresa. Me sobrevino un calambre abdominal que no tenía nada que ver con la sangre, sino con la rabia que elige un momento inadecuado para manifestarse.

—A lo mejor es que debería estar seleccionando futuros éxitos de ventas en vez de redactar notas de prensa que nadie lee —dije yo.

Los editores rieron mientras parecían buscar la manera de derivar la conversación hacia otro tema. Néstor Gallego me miró como si no comprendiera nada.

—Ah, claro —dije clavando la mirada en los cristales sucios de sus gafas—. Es que yo fui la primera persona de la editorial que leyó tu novela.

Néstor Gallego sonrió como un niño que se ilusiona después de mucho tiempo sin alegrías.

—O sea, que es a ti a quien tengo que dar las gracias.

—Bueno, se podría decir que sí.

Menos mal que tengo confianza con mis jefes.

Otro pinchazo en el vientre. Cierro de golpe el libro de Néstor Gallego y me encojo sobre mí misma. Cuando me incorporo, noto una cálida humedad empapando mi entrepierna. Miro de reojo a la señora del asiento de al lado: está sumida en la infinitud de su muro de Facebook. Aparto la mochila del regazo, abro las piernas lo justo, no quiero verlo pero ahí está, un punto terroso expandiéndose por las costuras de los pantalones. Tendría que haberme puesto los vaqueros oscuros. Una vez ensucié el cojín blanco de la silla de una cafetería en la que estuve trabajando toda la tarde, ajena a la copa que vertía mi sangre al exterior, traicionando mi confianza recién estrenada en la panacea de los productos de higiene menstrual: limpia, barata y ecológica, tú no la notas y, más importante todavía, los demás tampoco. En cuanto me levanté para irme, detecté el desastre. Dejé diez euros en la mesa para pagar el café con leche y compensar lo del cojín, y me fui corriendo hacia la boca del metro. Ese día sí llevaba los vaqueros oscuros.

Las dos paradas que quedan hasta a la oficina parecerán doce. Estamos a las puertas de las fiestas municipales y, donde no hay vallas, hay váteres portátiles separando sin conciencia de segregación la periferia del noble centro de la ciudad. En estas fechas la luz se intensifica, se vuelve más nítida y cálida, las barandillas de los balcones, los contornos de los edificios, todo sucumbe a la nueva potencia de la luz. El efecto dura exactamente lo que duran las fiestas y sus preparativos, que se alargan durante dos semanas en las que la ciudad se llena de turistas y nosotros, sus habitantes, nos convertimos en actores secundarios minimizados por las muchedumbres. Luego, con el inicio de la primavera, la luz abandona las fachadas, que recuperan su aspecto blancuzco y apagado habitual, y adopta su intensidad previa, como si se tomara un tiempo extra para despedirse del invierno.

Esta sensación de una luz distinta me acompaña desde que era una niña. Entonces se manifestaba especialmente los sábados y los domingos por la mañana. Me despertaba y, todavía con el pijama puesto, bajaba a toda prisa las escaleras de mi cuarto al salón con un destino invariable: la ventana que daba a la estación de tren. Si me hubiesen aislado en un zulo durante días hasta hacerme perder la noción del tiempo y luego me hubieran liberado sin pistas sobre el día en que me encontraba, habría podido asegurar que era sábado con solo observar la luz, tan potente, colándose por la ventana y reflejándose en las vías y en la fachada de la vieja estación, colonizando el pueblo y mi casa con descaro y una sublime autoridad. Los fines de semana la luz era de un blanco violento y parecía burlarse de quienes cumplían sus obligaciones laborales encerrados en una cafetería, en una tienda o en un despacho, y de quienes por enfermedad o simple apatía no saldrían de casa en toda la jornada.

Un sábado quise compartir con mi madre el secreto de la luz. Le pedí que se fijara bien, que mirase atentamente el asfalto del aparcamiento de la estación, cómo había pasado de negro a un blanco feroz. Le dije que contemplase el vuelo de las palomas cuyos domadores pintaban con colores fluorescentes, todas buscando al unísono el origen de aquella fuente de calidez impropia de un día lectivo. Pero ella solo me dijo:

—La luz es la misma todos los días.

Y luego supongo que me preguntó si tenía deberes que hacer.

Me gustaría que ella naciera cuando la luz se transforma. Por estas fechas, quizá el año que viene. Cualquier mañana de sábado o de domingo.

Seguro que ella sí percibiría los matices de la luz.

Al llegar a la oficina me he encerrado en el baño para recolocarme la copa. He visto mis dedos tiñéndose de lo que ya no es nada y nunca será nada. Esta sangre que no será ni piernas ni brazos diminutos, como de juguete; esta sangre que no se diferencia en absoluto de todas las demás sangres. La vacío en el retrete y, con los pantalones y las bragas por las rodillas, borro en el lavabo los restos que se resisten a despegarse del plástico. Froto la cerámica con las manos hasta que vuelve a quedar blanca. Me agacho, mis rodillas casi tocan el suelo. Ya lo he visto todo y, aun así, decido no mirar. Aprisiono el aire, cierro los ojos. Estoy contenida otra vez.

Me ha llamado Aru Sabal. Quería saber cómo van las ventas de la segunda edición de su poemario. Le he dicho que en el departamento unipersonal de prensa y comunicación no tenemos acceso a ningún tipo de cifras comerciales, pero que si quería le pasaba con el departamento editorial.

—Da igual, ya les llamo yo —me ha respondido—. Gracias, bonita.

Aru Sabal es uno de esos niñatos de cuarenta años que creen que escribir poesía es partir frases en dos renglones para crear un aforismo barato que bien podría compartir pared en un polígono industrial con la declaración de amor de Jonathan a Jessica, 15 de mayo de 1997. De haber sido yo la encargada de darle un sí o un no, no habría dudado ni un segundo. De hecho, me habría prestado gustosamente a escribir el e-mail de rechazo, sin copiar ni pegar fórmulas, todo original, directo de mi puño y letra, firmado: Helena S. Z., responsable de prensa y comunicación. Pero el manuscrito llegó al despacho del editor número uno y no salió de allí hasta que el gran jefe convocó a todo el equipo para comunicarnos su decisión irrevocable de publicar a Aru Sabal.

En la sala de reuniones estábamos el editor número uno, el editor número dos, el secretario, la diseñadora y yo. Es decir, toda la editorial.

El editor número uno protegía el poemario encuadernado de Aru Sabal entre los brazos, como si se tratase de un mineral escaso y valioso.

—Esto es basura, pero creo que puede salvarnos el año. Los poetas vuelven a estar de moda. Tienen cientos de miles de seguidores en Instagram. Organizan recitales en estadios de fútbol, y lo mejor es que los llenan. El autor se pasará mañana a firmar el contrato.

El editor número uno quería que nos diéramos prisa con el poemario de Aru Sabal. Mientras explicaba qué estrategia seguiríamos para acortar los plazos de edición, alcancé el original encuadernado y lo abrí aleatoriamente. Cada página estaba manchada por tres o cuatro renglones, cinco como máximo, que seccionaban un texto sin más criterio que el estético: mira qué bonito quedará si consigo que las cinco líneas tengan la misma longitud, o que la tercera, de repente, despegue hasta doblar el tamaño de las demás. Leí uno de los textos que Aru Sabal se atrevía a llamar poema:

Tú

y yo

entre comillas

El editor número uno me ordenó que comenzara a trabajar de inmediato en la campaña de comunicación y que no dudara en presentar a Aru Sabal como la nueva voz de la poesía contemporánea, la revelación literaria del año y todos esos tópicos que las grandes editoriales comerciales estampan sin sonrojarse en las fajas de sus libros, porque saben que su público no tiene reparos en creérselos ciegamente. Al fin y al cabo, esos engaños reportan un claro beneficio a los lectores: les hacen sentirse consumidores de lo mejor que se ha publicado durante la última temporada, los convierten en poseedores de un pase privilegiado a los debates literarios a los que nunca acudirán pero en los que, de hacerlo, aportarían las opiniones más fundamentadas. En cuanto a nosotros, pequeña editorial de provincia arrinconada, las fajas nos ayudan a vivir en la ilusión de que jugamos en primera división.

Tras la reunión volví a mi mesa con una copia del «poemario» de Aru Sabal. Recuerdo que aquel día también sangraba y que la tripa empezaba a reclamarme otra dosis de Espidifen. Terminé de leer aquella fatídica parodia en apenas quince minutos, y sentí unas apremiantes ganas de llorar. Escondida de la diseñadora tras la pantalla del ordenador, las lágrimas fueron cayendo al ritmo de cada pregunta que mi mente se hacía sin consultármelo. ¿Por qué íbamos a publicar aquel engendro? ¿Dónde había quedado la filosofía a la que me sumé cuando puse en marcha sin apenas ayuda un departamento de comunicación que hasta entonces no existía? Lo que me impulsó a presentarme al puesto un año atrás fue precisamente que me fascinaba lo que aquella gente decidía publicar. Su catálogo se distinguía por apostar por obras de autores noveles: las tramas eran osadas y originales, y los estilos, rompedores. No había nada descuidado en la edición: la cubierta, la tipografía, los créditos, las reseñas biográficas, el gramaje del papel, todo era exquisito. Guardaba en favoritos la rudimentaria página web de la editorial y corría a pedir en la librería cada título nuevo. En la entrevista, el editor número uno me informó de que querían comprar los derechos de traducción de autores jóvenes que arrasaban en sus países de origen con discursos radicales que no dejaban títere con cabeza. El lapso transcurrido entre ese plan —que nunca se llevó a cabo— y la decisión unilateral de publicar a Aru Sabal era de apenas doce meses.

Se me pasó por la cabeza la idea de dejar el trabajo y dedicarme a escribir. Reproduje la idílica historia que me había contado tantas veces: me levantaría cada mañana antes de que dieran las cinco y, salvo las pausas para cumplir con las necesidades básicas de alimentación y eliminación de residuos, dedicaría todo mi tiempo a parir mi primera novela, la revelación literaria que no necesitaría una faja para serlo, la obra que desde luego no publicarían mis antiguos empleadores porque mi orgullo de escritora me impediría compartir editorial con un farsante como Aru Sabal.

Su nombre me sacó de mi ensoñación de una patada. Seguro que Aru Sabal también se consideraba dotado para la escritura: si no fuese así, no se habría atrevido a enviarnos sus creaciones, y mucho menos por correo certificado y urgente. Sin embargo, la persona que iba a editar su poemario lo había definido como «basura». ¿Y si a mí me pasaba lo mismo? Quizás dedicaba cientos de horas a escribir una novela que se publicaría aunque fuera un desperdicio, y yo solo sería consciente de mi condición de fraude cuando entrase en una librería y viese mi libro en la mesa de novedades, aprisionado por una faja que prometería algo similar a lo que escribí para el poemario de debut de Aru Sabal: «La ópera prima de una de las voces líricas más fascinantes de los últimos años. Destinada a convertirse en un clásico moderno imprescindible».

Estoy tumbada en el sofá de dos plazas. Los pies cuelgan de uno de los laterales. Ignasi y yo postergamos una y otra vez la compra de un sofá más grande. Ahora que estoy yo sola, cobra sentido no haberlo hecho.

Sus libros y los míos siguen mezclados. Me fijo en las baldas de los repetidos. En alguna red social leí que son esos títulos en común que cada uno aporta a la biblioteca de la pareja los que sostienen la ínfima posibilidad de que las cosas salgan bien. Así pues, nuestra posibilidad se pudría en dos baldas saturadas de novelas. Cuando Ignasi todavía estaba aquí, yo me entretenía comparando las distintas ediciones de un mismo título. Trataba de adivinar cuál había sido sometida a más toqueteos y vaivenes, la suya o la mía. La suya o la mía: tal vez ahí residía el fracaso de nuestra posibilidad. En que, por mucho que permaneciesen cubierta con cubierta dos, tres, hasta seis años, nunca dejé de diferenciar entre sus libros y los míos.

De niña me encantaba que me dijeran: «Qué mayor estás». Los veranos en el pueblo no encontraba razón más poderosa que esa para salir a pasear de la mano de mi abuela. Tal vez, pensaba, nos cruzaríamos con algún desconocido —primo lejano de mi madre, en la mayoría de los casos— que me diría lo que todo mi organismo celebraba secretamente como un halago: «Qué mayor estás».

Justo dentro de un mes cumpliré treinta años. Cuando una añade un nuevo cero a su cuenta de vida, invita a sus mejores amigos a una casa rural un fin de semana u organiza una cena multitudinaria en el piso, más bien una merienda cena para que los vecinos no se quejen del ruido. Yo, en cambio, aún no he pensado qué quiero hacer. No he pensado si quiero hacer algo. Los días van pasando y yo me digo que mañana renunciaré a la lectura en el autobús o al pódcast que escucho mientras preparo la cena para generar un espacio en el que pueda brotar una buena idea, una idea innovadora y atractiva que contente a todos mis invitados, que aún no sé quiénes serán. Pero al final nunca lo hago.

De todos modos, hace tiempo que el número treinta mide la edad de mis folículos más que la mía propia. Desde los dieciséis años, todos mis ciclos menstruales han durado treinta días. Natalia envidia mi regularidad. Para ella es angustioso esperar a la mancha que confirme un orden cuya vulnerabilidad se ha hecho fehaciente por un descuido o, más habitualmente, por el placer que la vanidad de los amantes, estimulada por la testosterona y los estrógenos, ha creído posible sostener hasta el punto exacto deseado. Un día, harta de soportar las especulaciones de Natalia sobre si se podía haber quedado embarazada mientras menstruaba, le regalé un test de embarazo que no quiso ni sacar de la caja por si cumplía su función, es decir, por si corroboraba sus sospechas —que dos días más tarde, para su alivio, se derrumbaron—.

A mí, en cambio, los test nunca me han hecho falta. Si me asusté alguna vez, sencillamente tuve que esperar a que se cumplieran las cuatro semanas y los dos días de rigor, y las dudas se despejaban sin la colaboración de un aparatito de farmacia. Esto fue una ventaja durante la mayor parte de mi vida menstrual. Ahora, sin embargo, me gustaría ser como Natalia, que nunca sabe si le tocará a principios o a finales de semana. Es tan descuidada que ni siquiera puede situar en el calendario la fecha aproximada de su último sangrado. Si a mí me pasara lo mismo, podría habitar muchos más días el espejismo de una nueva existencia. Su realidad y su irrealidad convivirían en el mismo plano durante un tiempo extraordinario que no sería mortificante, sino espacioso y etéreo. Como contrapartida, no podría prepararme para cada una de sus muertes. Todas ellas llegarían por sorpresa y en cualquier lugar: la sala de reuniones de la oficina, el autobús que tomo para ir al trabajo, el parque por el que algunas tardes salgo a correr. Y la ciudad se convertiría, mes tras mes, en un cementerio de lápidas sin inscripción.

Ayer por la tarde fui a visitar a Natalia. Ella dejó de celebrar su cumpleaños a los veinticinco. Para el de los veintiséis se negó a escuchar cualquier sugerencia, ni siquiera consintió en venir a cenar a casa. Una semana más tarde salimos a tomar unas cervezas y descubrí que unas bolsas hinchadas y oscuras enmarcaban sus ojos. Me recordaron a las de la vecina que bebe gin-tonics a las diez de la mañana o a la una de la tarde, cada día en una terraza distinta del barrio, supongo que para que los camareros nunca acaben de confirmar su alcoholismo.

—Oficialmente, estoy más cerca de los treinta que de los veinte —me dijo Natalia mientras se encendía un cigarrillo. La llamita del mechero iluminó su mirada verde y su frente, en la que un racimo de granitos se camuflaba bajo una generosa capa de maquillaje—. Nos hacemos mayores.

«Nos hacemos mayores». Fue la primera vez que la oí decir la frase que a partir de entonces no ha dejado de repetir, en ocasiones como coletilla a una larga queja sobre el paso del tiempo, otras sin contexto alguno, solo para rellenar silencios o reconducir el tema al terreno en el que le interesa que fructifique. Además de esa incorporación a su repertorio, también se incrementó la frecuencia con la que mantenemos conversaciones sobre tiempos pasados.

Normalmente dedicamos los quince o veinte primeros minutos de cada encuentro a ponernos al día, saltando de un asunto a otro en cuanto en uno de ellos vislumbramos un elemento que nos lleva a pensar en el siguiente y sentimos la urgencia de ponerlo sobre el mantel, aunque eso implique perdernos el desenlace de la anécdota anterior, que a menudo queda inconclusa para siempre. Así construimos todo un árbol de sucesos que mezclan ubicaciones opuestas y nombres de personas que nunca se conocerán entre sí y que a mí me dejan con una dulce y confusa sensación de alteridad.

Del escalón necesario de actualización vital pasamos al desarrollo de los problemas que traemos de casa. Esta parte suele durar entre treinta minutos y una hora, dependiendo del volumen y la magnitud de los asuntos que aporta cada una. Prefiero que empiece Natalia porque sé de su laconismo y su facilidad para condensar en unas cuantas frases lo que le quita el sueño. Mi función es hacerle ver que esas frases ya incluyen la solución a su dilema. No me canso de repetirle que se ahorraría muchos quebraderos de cabeza si escribiese sobre lo que no la deja dormir, y siempre me asegura que esta vez se comprometerá consigo misma, cosa que no hace jamás.

Tras Natalia, paso a exponer mis preocupaciones. Desde que Aru Sabal se convirtió en la flamante promesa lírica de la editorial, me quejo mucho de mi trabajo, cada vez más, soy muy consciente. Los gastos del piso no solían suponer un tema de conversación hasta que Ignasi se marchó y sus mitades de luz, agua, internet y por supuesto el alquiler recayeron sobre mí, mostrándome con toda crudeza su peso real. A veces le hablo de los hombres. Natalia conoce algunos de sus nombres, edades y profesiones; está al tanto incluso de ciertas ascendencias familiares. Lo que no sabe es qué tipo de esperanzas deposito en ellos, y de momento la inclusión constante de nuevos sujetos a la lista y los eventuales intercambios a los que los someto no la han hecho recelar.

En cuanto hemos dado una homeopática capa de barniz a nuestras neurosis, Natalia saca la artillería pesada, es decir, cualquier historieta que protagonizamos cuando éramos adolescentes. Nunca va más allá de la veintena, como si a partir de cierta línea psicológica su capacidad de almacenar recuerdos se hubiera visto mermada. Natalia prefiere unas parcelas a otras, y repite sus favoritas sin importarle cuándo fue la última vez que se ocupó de ellas en voz alta. Los coqueteos con las drogas y el sexo ocupan sin duda el primer puesto de su escala de prioridades, seguidos de las mentiras balbucidas ante nuestros padres para salir de fiesta hasta altas horas de la noche o para desplazarnos a discotecas situadas a más de cincuenta kilómetros de nuestras casas. En el segundo escalón del podio están las primeras experiencias en conciertos, los penosos trabajos de fin de semana, las bromas pesadas a antiguos amigos y los despistes varios que provocaban olas de consecuencias catastróficas que ahora nos hacen reír, pero que entonces tenían el poder de angustiarnos durante semanas.

Ayer, cuando la visitaba en su casa, Natalia optó por una anécdota de la primera categoría.

—¿Y la vez esa que nos fumamos un porro antes de la clase de Educación Física y tuvimos que hacer el examen de baloncesto medio groguis? —Cuando Natalia ríe balancea el cuerpo sobre la silla, atrás y adelante, y el cigarro que sostiene en la mano derecha parece una antorcha que amenaza con verter sus cenizas en mi cerveza.

—Pues yo aprobé ese día. Metí dos triples seguidos. —Me vi a mí misma repitiendo estas palabras en cinco o seis ocasiones más, algunas solo con Natalia, otras frente a espectadores que no nos conocieron en nuestros años de instituto y ante quienes me resulta divertido mostrarme como una estudiante pasota y absentista que, por suerte, se reformó gracias a la mano mágica de la universidad.

—Tía —dijo Natalia deteniendo el balanceo y la risa afinada dos octavas por encima de su tono habitual—, qué tiempos, ¿eh? Lo que daría yo por volver al instituto. ¿Sabes lo que es no tener que preocuparte por nada?

—Sí que nos preocupábamos. —Aquí va mi primer intento de frenar la idealización del pasado que ya veo avanzar a grandes zancadas, directa desde la colosal factoría de nostalgia de Natalia—. Tú porque dudabas si dejar a Mario por Jesús y yo porque Joan se estaba liando con una tipa de clase.

—Ya, Helena, pero eso no eran verdaderas preocupaciones. Lo de ahora sí. La casa, el curro, no tener tiempo para nada. Nos hacemos mayores.

En este punto prefiero callarme, porque yo, en realidad, me siento mayor desde hace mucho tiempo, aunque no de la misma manera que Natalia. Sospecho que lo que nos diferencia es la forma en que alcanzamos la conciencia de ser mayores. Para ella existe una clara división entre lo de antes y lo de después. En el antes quedaron las batallitas que le gusta recordar cuando nos juntamos y cuyo halo impregna ligeramente, como el humo de unas brasas que se apagan, los primeros años de la veintena. El después es la supresión inflexible de todo lo anterior, su expulsión del listado de posibilidades, y la consiguiente aparición de la añoranza.

Yo, sin embargo, no puedo identificar la primera señal por la que me supe mayor. Los comentarios de los primos segundos y terceros de mi madre atestiguaban una evolución, una mejora cuantitativa con respecto al verano previo: más alta, más esbelta, «más mujer». Pero, por mucho que disfrutase escuchando sus piropos, ninguno me convencía: yo sabía que todavía era pequeña, aunque el bañador de lacitos ya no me entrase y el biberón hubiera sido definitivamente desterrado para dar paso al tazón de leche con ColaCao.

Tampoco me creía mayor cuando alimentaba al Tamagotchi o le rogaba a mi padre que me pagara una ficha más en las camas elásticas de la feria. No me sentía mayor en términos absolutos, es cierto, pero sí en comparación con el resto de los niños de mi edad. Me sentía mayor que mis compañeros de primero de primaria, todavía ignorantes de la farsa de los Reyes Magos. Mayor para mis amigos del instituto, congregados en una buhardilla después de las clases para aporrear la consola o el mando de la tele mientras mis tardes transcurrían pegajosas y lentas tras los muros del conservatorio de música. Mayor para los estudiantes con quienes compartía aulas en la facultad: ellos destinaban la mitad de las energías del último curso a planificar el viaje de fin de carrera mientras yo, en mi mochila, ya acarreaba fantasías de partos en piscinas circulares.

Lo que nos distingue a Natalia y a mí no es el momento en que dejamos atrás lo anterior y accedimos a lo siguiente sin opción de arrepentirnos y dar media vuelta. La diferencia reside en lo que significa ser mayor para cada una de nosotras. Para Natalia es un destino al que un día se llega sin remedio. Para mí es solo un apeadero de arenas movedizas cuya orientación se modifica dependiendo del tren que se detenga en sus vías.

El hecho de que Natalia viva apegada a los recuerdos de lo que ya ha dado por perdido me enternece inicialmente. Sin embargo, termina poniéndome de los nervios en cuanto percibo que ha extraviado la puerta de salida de la hemeroteca de nuestros altibajos adolescentes. Mis intentos por desviar la conversación hacia otros temas jamás surten efecto: Natalia desvía mejor que yo, es como una futbolista que les roba el balón a mis delanteros y lo conduce en un esprint a la portería enemiga, las piernas tan rápidas que casi no se ven. Cuando ha repetido la jugada varias veces, no me queda otra que decirle que estoy cansada y que nos vemos otro día.

Ayer, por ejemplo, volví a casa a las once, solo dos horas después de haber llegado a su piso. Al entrar por la puerta me dije de nuevo: Hoy es mi día veintinueve. Natalia sigue sin saber nada. Tampoco que sus historias de cuando éramos jóvenes, en lugar de ponerme nostálgica como a ella, me hacen desear más aún esa nueva existencia.

Anoche soñé que una faja de papel plastificado envolvía un cuerpo recién nacido de mi cuerpo. La faja era lo suficientemente grande como para cubrirlo del cuello a los pies: lo único que se quedaba fuera era una cabecita pelada y roja. La matrona colocaba el cuerpo en mi pecho y yo era incapaz de centrarme en lo que habría querido, que era averiguar el color de esos ojos que no me miraban y medir el tamaño de los dedos que se despegaban de unas manos arrugadas y húmedas: solo me interesaba la faja, desenrollarla de aquel cuerpecito y leerla, y la faja decía: «Tremenda. Adictiva. Una combinación irresistible de carne tierna, tendones esponjosos y huesos más resistentes de lo que imaginas. El lanzamiento más esperado del año. Una experiencia que permanecerá contigo para siempre».

La marabunta de turistas y el ruido de los petardos han convertido la ciudad en un territorio que no reconozco, por mucho que sus fiestas se repitan año tras año sin apenas variaciones, como una cápsula hermética en la que el tiempo hiberna, congelado. A través del balcón se cuela el olor a buñuelos fritos de la chocolatería de abajo. A las once de la mañana la cola para comprarlos da la vuelta a la esquina. Una amalgama de piezas de cartón piedra aprisionadas en film transparente cortan la calle. Llevan ahí desde antes de ayer, dejadas caer en medio del asfalto como desechos que nadie reclama. Esta noche alguien construirá una torre con ellas, un monumento de formas ondulantes y caricaturas en colores pastel que desaparecerá dentro de cuatro días entre las llamas de un fuego rápido, funcional.

En la editorial me han dado unos días de vacaciones y yo no sé qué hacer con ellos. Pienso en irme al campo o a una aldea de montaña, pero intuyo que me pasaré dos horas delante del ordenador buscando hotelitos rurales sin que ninguno llegue a convencerme del todo. Escribo a mi padre, y cuando me despierto de la siesta veo que me ha contestado: está en Bruselas con un amigo. No se lo digas a nadie, me escribe. Lleva tres meses de baja y yo diría que se ha pasado uno y medio de viaje con Ryanair.

A las ocho de la tarde me llama Natalia y me pregunta que por qué no salimos. Cuando estoy en mi ventana de fertilidad ansío el contacto humano, soy como un gatito que se acurruca en el regazo del cuerpo que desprende más calor. No obstante, hoy insonorizaría la casa y me encerraría dentro, perdiéndome sin remordimientos la oportunidad mensual de fecundarme.

—Vente cuando quieras, cenamos aquí y vemos cómo avanza la noche —le digo a Natalia—. Si nos apetece, salimos, y si no, nos ponemos una serie y te quedas a dormir.

Natalia trae dos aguacates, medio paquete de pan de molde con semillas y una botella de vino tinto empezada. Era lo único que tenía en casa, me dice, todavía en el rellano, buscando mi absolución. No hacía falta, le digo, y le hago un gesto para que entre. En la cocina nos servimos lo que queda del vino. Yo tuesto el pan de molde y preparo un guacamole con los aguacates de Natalia y medio limón reseco que encuentro al fondo de la nevera. Lleno un cuenco de cacahuetes con cáscara y hago una tortilla de queso que parto en dos mitades antes de llevar nuestra frugal cena al salón.

Después del vino de Natalia nos abrimos una botella que me regalaron en la entrega de unos premios literarios patrocinados por una bodega —¿por qué a las bodegas les gusta tanto patrocinar certámenes literarios?— y, en cuanto me acabo la segunda copa, ya me han entrado ganas de salir. Natalia se está fumando un cigarrillo y yo escucho uno de sus recuerdos sobre nuestros años de instituto mientras me como un yogur con miel. Debajo de casa, las risas de los niños se confunden con el ruido de los petardos. A lo lejos suena una música sintética y repetitiva que me evoca una guirnalda de bombillas led multicolores como las que decoran las verbenas de los pueblos.

Bajamos al portal guiadas por el eco de la música, pero una vez en la calle dejamos de oírla. La voz alegre de Natalia me dice que no me preocupe, que tiene un plan b, y me lleva a una cervecería cercana que le han recomendado en el trabajo. Varios camareros con barba y camiseta negra manipulan los tiradores con una gracia impostada. Vanidosos, pienso. Me enfado en secreto con el camarero barbudo que nos sirve las pintas, pero se me pasa en cuanto me he bebido la mitad. Natalia me cuenta su último rifirrafe con un colega de la oficina. La segunda pinta nos la sirve el mismo camarero de antes, casi sin mirarnos. Me vuelvo a enfadar con él y le digo a Natalia que deberíamos irnos sin pagar, pero mis palabras se pierden en la música y en el barullo que resuena a nuestro alrededor en cuatro o cinco idiomas diferentes.

Me da rabia la barbilla cuadrada del camarero, su barba netamente esculpida, sus facciones angulosas. Intento trasladarlas a la cara de un bebé, como si superpusiera un retrato hiperrealista a una de esas fotos estándar de niños sonrientes que traen por defecto los marcos de las tiendas de los bazares chinos.

Yo invito a las pintas, anuncia Natalia, y yo sé que lo hace porque me va a pedir que nos vayamos a casa. Nos pasa lo mismo constantemente: ella está animada y yo no, y cuando yo me vengo arriba a ella le da el bajón, o viceversa. Antes de salir de la cervecería miro por última vez al camarero, pero su barba morena se ha diluido entre las barbas de varias decenas de hombres idénticos a él, y sus manos hábiles con el tirador han quedado sepultadas bajo un océano de cabezas que hablan, beben y ríen, aferrándose con avidez a la juventud.

Dos noches después volvemos a la cervecería. Llamamos al camarero que está atendiendo las mesas, uno que no es el barbudo del otro día, aunque también tenga la cara cubierta de vello negro y puntiagudo. Natalia pide una cerveza y yo una tónica. Ella se va a casa después de dos pintas y yo me acomodo en la barra, justo enfrente de los tiradores, los dominios del camarero barbudo. Me sorprende ser capaz de notar el crecimiento anárquico que ha experimentado su barba desde la otra noche. Ha perdido su forma redondeada, el semicírculo perfecto en el que cada pelo sabía cuál era su lugar y lo ocupaba con determinación.

Me da corte ligar en sitios públicos, pero es la modalidad en la que más experiencia he acumulado a lo largo de los últimos meses. Las aplicaciones de citas nunca me han dado buenos resultados. El camarero me escucha mientras le hablo de asuntos que no tienen nada que ver con la cerveza artesana y las aglomeraciones que se forman estos días en la ciudad. Me presta atención: a veces apoya el pecho en la barra y ladea la cabeza para escucharme mejor. Me fijo en que tiene los ojos muy oscuros, la pupila casi se funde con el iris. Quiere invitarme a una media pinta, pero le digo que no, que me ponga una agua con gas, y le dejo dos euros en la barra.

El camarero barbudo se viene a casa. Follamos en el sofá y yo le digo que se corra dentro, que tomo la píldora. Acaba con un gemido grave que me templa el rostro. Me libero de su peso, coloco las piernas sobre el respaldo del sofá y me quedo bocarriba. Con un gesto le indico que apoye la cabeza en mi pecho. El camarero barbudo se duerme echándome el aliento en el ombligo. Yo le acaricio la barba y espero, quieta y en silencio, a que su sustancia blanca se adhiera a mis paredes húmedas, rugosas, todavía palpitantes.

En el verano de mis catorce años mis padres me enviaron a un pueblecito de Irlanda a aprender inglés. Todos los miércoles a mediodía los monitores nos metían en un tren con destino a Dublín. En la gran ciudad éramos libres durante cuatro o cinco horas, lejos de la supervisión de las familias postizas que nos acogían en aquel país en el que la lluvia y el sol intercambiaban turno con una lógica enigmática, y donde en la entrada de los supermercados unos puestos verdes vendían unos enormes conos de nata como recién ordeñada por noventa y nueve céntimos de euro.

Los trenes de vuelta al pueblo no solían llenarse, pero un miércoles no encontré ningún asiento libre. Me quedé de pie al lado de un carrito de bebé en el que una niña de unos dos años le balbucía términos ininteligibles al muñeco que sujetaba entre las manos. La observé durante todo el trayecto: la niña tenía la piel del color del café tostado, los ojos como pozos a medio excavar. Permanecía completamente ajena a mí: el diálogo codificado que mantenía con el interlocutor al que ella misma insuflaba vida absorbía toda su atención. Aquella fue la primera vez que deseé tener una hija. No en ese momento: se trataba de una proyección a lo que entonces aún me parecía un largo plazo.

Poco antes de llegar a la parada previa a la mía, alguien retiró el seguro del carrito, y entonces reparé en la madre, que había estado sujetando el manillar todo el tiempo. Sacó el cochecito del tren con la ayuda de un pasajero que regresó al interior del vagón una vez que la niña y la madre estuvieron a salvo en el andén, la madre agradecida, Thank you, thank you, very kind of you. Las envidié a las dos: a la madre y a la niña.

Al llegar al pueblo les pregunté a las tres o cuatro chicas de mi pandilla si se habían fijado en la niña que tenía al lado en el tren.

—Sí, qué pesada era —respondió una de ellas—, todo el rato berreando.

Caminé hasta la casa de mi familia de acogida tratando de desentrañar la naturaleza de eso que acababa de nacer en mí. Sabía que me habitaba algo nuevo, algo que se fortalecía e incrementaba su misterio a cada paso. Durante la cena me olvidé de aquello, le conté a mi familia irlandesa —el padre, la madre, la hija universitaria que pasaba el verano con ellos a regañadientes— todo lo que había hecho aquella tarde en el centro de Dublín, la crep de chocolate que había merendado, el disco de Nirvana que no me había podido comprar porque mis padres apenas me habían dado dinero, y yo me lo gastaba casi todo en los conos de noventa y nueve céntimos de euro. Volví a atisbar ese algo por la noche, mientras me lavaba los dientes frente al espejo del baño: una mirada más honda, un aplomo que solo había visto en el rostro de algunas mujeres viejas. Como un ritual, mañana y noche profundizaba en mi nueva apariencia en el cuarto de aseo, el pestillo echado, el vapor de agua agarrado a los azulejos, y cuanto más la perseguía más me parecía que se agravaba, paulatinamente se volvía ignota e indescifrable incluso para mí.

Supongo que cuando llegue esa nueva existencia, la imagen de la niña irlandesa se esfumará, porque lo real sustituirá a lo ilusorio, pero ahora es ella quien resuelve el interrogante de su piel y de sus ojos cada vez que la evoco.

Mi padre me recogió en el aeropuerto. Yo estaba cansada y solo quería irme a casa, pero él se empeñó a llevarme a comer a un restaurante. Mientras compartíamos una pizza familiar, me anunció que se separaban: había sucedido esa misma mañana, hacía apenas unas horas. Mi madre había insistido en que yo no estuviera presente mientras ella empaquetaba sus cosas. Al entrar al restaurante me había fijado en que en la carta de postres había crep de chocolate, y traté de visualizarla para que mi estómago se abriese de nuevo, pero nos fuimos de allí sin pedir postre. La mitad de mi mitad de pizza se enfrió en aquella mesa llena de migas de clientes anteriores.

Mi padre y yo dimos vueltas como autómatas por el centro de la ciudad. En aquella época apenas había turistas, así que éramos los únicos que nos deshacíamos como muñecos de nieve en la sauna instalada entre el asfalto y el sol de agosto. Se me ocurrió hablarle a mi padre de los conos de nata por noventa y nueve céntimos de euro. Él creyó que le estaba pidiendo un helado y me compró una tarrina de pistacho y fresa. Le di un par de cucharadas para no decepcionarle y la escondí bajo el banco del parque en el que me había sentado. Me aseguré de cubrirla bien con los pies. Mi padre hacía y deshacía el mismo camino longitudinal delante de mí, mirando al suelo, y yo me preguntaba si de verdad no había notado algo nuevo en mi rostro que, al menos por unos instantes, le hiciera olvidarse de mi madre.

El martes a primera hora solo quedan algunos forasteros que parecen rastrear los últimos vestigios de unas fiestas que hoy, a juzgar por el aspecto impoluto de las calles y el tráfico silencioso, casi aletargado, se diría que nunca tuvieron lugar. Dedico media mañana en la oficina a revisar la bandeja de entrada. La dueña de una librería de una pequeña ciudad cercana quiere organizar una presentación de Pulpos fuera del agua.

Durante el rompecabezas que supuso armar el circuito promocional de la novela, me las ingenié para evitar esa ciudad, sencillamente porque me parecía fea. Ni siquiera el minúsculo centro histórico, pulcro y elegante, ha conseguido nunca distraerme de la fealdad generalizada que se filtra en mi cuerpo, violando todos mis sentidos y vampirizando mis energías. Siempre he intentado acortar lo máximo posible mis estancias en esa ciudad y siempre he aparcado justo en la puerta de mi destino, aunque eso haya supuesto pagar la zona azul o un parking privado durante muchas horas.

Recordar la feroz intensidad de la luz que inunda la ciudad en cuestión basta para marearme. Es la luz propia de un desierto inhabitado, una luz que cae inclemente tanto en otoño como en primavera, en martes, jueves o domingo, da igual, sobre los balcones con las contraventanas cerradas a cal y canto. Una luz sin variaciones, terca como un piano en el que apretando cualquier tecla sonara siempre la misma nota.

Sé que me tocará acudir a la presentación de la pequeña ciudad desangelada para hacer fotografías y acompañar al autor y, aunque el plan no me apetece en absoluto, respondo al correo de la librera proponiéndole una fecha que Néstor Gallego acaba de confirmarme que le viene «de fábula». También le digo que le enviaré un cartel y que, si le parece, sería buena idea que solicitara a la distribuidora una caja adicional de ejemplares para promocionar el encuentro durante las semanas previas. Dos minutos después, recibo su respuesta. La librera cierra la fecha y puntualiza mi última sugerencia: encargan cajas cada semana, Pulpos fuera del agua se está vendiendo muy bien.

Almuerzo con los editores y les comento el éxito que está cosechando Néstor Gallego en la librería de la pequeña ciudad cercana y fea. El editor número dos disimula su sorpresa, aunque yo he detectado que desde hace tiempo le cuesta luchar contra el desencanto de una nueva frustración editorial que ahora me pregunto si tal vez intuyó desde el principio. A mí me parecía que confiaba de verdad en que la novela de Néstor Gallego batiría récords de ventas: supongo que creía que en el primer mes estaríamos liados con la segunda edición y planificando la tercera. Un pensamiento bastante mágico teniendo en cuenta nuestra condición de editorial independiente y el alcance real de las notas de prensa que me esfuerzo en titular de forma atractiva —sin conseguirlo, la mayoría de las veces—, y que solo parecen tener repercusión cuando Aru Sabal, nuestro excelso poeta contemporáneo, protagoniza la noticia. El editor número uno, sin embargo, parece satisfecho, siempre implacable en su buen humor de catálogo de grandes almacenes. Me dice lo que ya había asumido: tendré que acompañar a Néstor Gallego a la presentación para encargarme de que todo marche correctamente.

—Por cierto, hemos recibido un original que puede ser interesante —añade—. Cuerpos indómitos, se titula. Antes de irte, pásate por mi despacho y te lo llevas a casa para leerlo.

Es una orden, claro: el editor número uno no me pregunta si me apetece, si me importará perder tiempo y energías en una tarea que no me corresponde. Pero sí que me importa, porque leer ese original no va a restarle horas a mi verdadero trabajo ni va añadir a mi cuenta bancaria unas decenas adicionales de euros, pero aun así le digo que claro, que de hecho será mejor que me lo dé en cuanto acabe de comer y así no corro el riesgo de olvidarme de pedírselo.

—Ya podríais ponerme un becario que me ayudara con la prensa —se me ocurre decir mientras saco del táper los últimos macarrones a la carbonara.

Los editores se ríen y no dicen nada, como siempre que les comento el asunto del hipotético becario. En vez de tomarme el café con ellos, me lo llevo a mi escritorio y redacto varias notas de prensa sobre las próximas presentaciones de Aru Sabal. Todas, por suerte, se celebran lejos de aquí, así que no estoy obligada a acudir como figura de apoyo y supervisión. Al cabo de un rato, el editor número uno me deja un fajo de folios debajo del flexo.

—Aquí tienes el original que te comentaba. Y sobre el becario, redáctame un perfil y se lo hago llegar a la facultad de comunicación.

Salgo de la oficina con el original enrollado en la mochila. Al llegar a casa abro un documento en el ordenador y enumero las aptitudes que debe tener la persona que se encargará, por ejemplo, de realizar un seguimiento de los medios que nos piden libros gratis y que luego, una vez recibidos, nunca escriben sobre ellos, o de bucear en páginas de ofertas hasta encontrar las combinaciones más económicas de billetes de tren para que los autores presenten sus libros en la mayor cantidad posible de ciudades al mínimo coste, o de cuadrar los diferentes actos promocionales —festivales, charlas, entregas de premios, etc.— en unas agendas ya colmadas de compromisos familiares y profesionales, porque, a excepción de Aru Sabal, que dejó su trabajo para dedicarse de lleno al oficio de poeta del siglo XXI, ningún autor de nuestro catálogo confía en ganarse la vida escribiendo libros. Determino que el becario debe caracterizarse, entre otras cualidades, por ser alguien «organizado, metódico, con una alta tolerancia a la presión y que disfrute del contacto con la gente». Antes de enviarle el documento al editor número uno, repaso el listado de virtudes. Solamente dejo «organizado y metódico».

Anoche leí Cuerpos indómitos. Entera: me acosté a las cuatro de la madrugada. Lo primero que me llamó la atención fueron las siglas que firmaban la novela: I. C. Las iniciales del título invertidas. Los folios que me entregó el editor no contenían ningún otro dato que sirviera para identificar a la autora; después de haber leído el manuscrito, puedo afirmar sin temor a equivocarme que ha sido escrito por una mujer. Mientras cenaba me entretuve inventando posibles significados para las siglas: Inteligencia Cósmica. Inmundicia Colectiva. Ígneas Curvas. Instrumentos Cortantes. Intención Confidencial.

Un poco por seguirme el juego a mí misma y un poco también para retarme a perfilar la identidad (Identidad Camuflada) del (la) artífice de Cuerpos indómitos, decidí empezar a leerla en cuanto me acabé las pechugas a la plancha. No me sentía cansada en absoluto. Creo que la perspectiva de contar con un becario para mí sola me había animado hasta el punto de transformar la sugerencia ineludible de leer un original en la nueva oportunidad de descubrir a otro Néstor Gallego, uno que, a poder ser, cumpliera por fin las expectativas comerciales de mis jefes. Me senté con las piernas cruzadas en mi mitad del sofá de dos plazas —aún es mi mitad, aunque Ignasi no esté y no vaya a volver— y retiré el primer folio en el que solo figuraban el título y esas iniciales, todavía carentes de significado: I. C.

En el siguiente se repetía Cuerpos indómitos, a mayor tamaño y en una tipografía distinta. Debajo del título se reproducía a color el cuadro de una pitia, una sacerdotisa de Delfos ataviada con una túnica marrón que dejaba su hombro izquierdo al descubierto. La pitia estaba sentada en un trípode alto cuyas patas finalizaban en unas garras doradas, tal vez de león, que se apoyaban en las orillas de una grieta en la tierra. De la grieta emanaban vapores densos y grisáceos que se elevaban más allá de las manos de la sacerdotisa. En la derecha sostenía un cuenco; en la izquierda, una rama de olivo.

La postura de la pitia, con el tronco encorvado hacia adelante, la mantenía concentrada en los vapores de la tierra, que penetraban en su cuerpo a través de la nariz y la boca semiabierta. Sobre sus párpados caía la sombra del manto granate que le cubría la cabeza y le llegaba al regazo porque el tejido iba cruzado a la espalda, invisible para el espectador. Observé la imagen durante un rato. Sabía que había visto aquel cuadro en algún lugar, pero no recordaba dónde, y la escasa calidad de la impresión me impedía descifrar la firma del autor.

Pensé que la novela empezaría en el tercer folio, pero en lugar del inicio convencional de una narración me encontré con una página repleta de «a» y «d», en cursiva y sin separación entre ellas, prietas y amontonadas como si trataran de aprovechar al máximo el espacio que les había sido concedido. Las «a» ocupaban las seis o siete primeras líneas, luego las «d» hacían una breve aparición para mezclarse en seguida con las «a» en una danza arrítmica, formando una especie de código binario que traté de interpretar durante varios minutos desde el terreno de la lógica, hasta que me planteé que quizás lógica era lo que menos debía buscar en ese párrafo irrespirable en el que, finalmente, las «a» se imponían y copaban los cinco últimos renglones, que quedaban abiertos, sin punto final.

Sonreí cuando en la página siguiente I. C. recurría por fin a las palabras y las oraciones que se esperan de una novela tradicional para presentar a una mujer que había sufrido un infarto cerebral mientras escribía en su ordenador. Los dedos meñique y corazón habían quedado apoyados respectivamente en las teclas «a» y «d», y habían compuesto por su cuenta la obra póstuma con la que se abría el manuscrito.

Cuerpos indómitos era la historia de esa mujer muerta narrada por su hermana, que se la encontraba varias horas más tarde con los dedos inertes imprimiendo en la pantalla una declaración a caballo entre el todo y la nada, entre la visión y la ceguera. I. C. escribía:

De la alternancia entre «a» y «d» en la primera parte del accidental testamento de mi hermana deduje que no había muerto de forma inmediata, sino que su cerebro se rebeló durante unos segundos en los que creyó que la fatalidad podía repararse. Durante ese lapso, todas sus fuerzas conspiraron para reanimar unas falanges moribundas mientras, en la pantalla, mi hermana certificaba su muerte.

La sucesión final de «a» ocupaba 143 páginas en el procesador de textos. En ese momento no se me ocurrió guardar el documento, simplemente retiré sus manos del teclado con rapidez, como quien toca el caparazón helado de una cucaracha que se refugia debajo del lavavajillas, cerré el portátil y llamé al 112. De los dos días que siguieron apenas conservo recuerdos, solo visitas de desconocidos que afirmaban haber conocido a mi hermana, conversaciones telefónicas con notarios y directores de sucursales bancarias, decisiones banales y al mismo tiempo fundamentales, como la clase de madera del ataúd o la música que había de sonar en el funeral.

Una semana después de su muerte, cuando regresé al piso de mi hermana para vaciar la nevera y poner orden en sus cosas —o, más bien, para decidir qué objetos merecían sobrevivirla y cuáles no reunían una carga emocional suficiente para salvarse del contenedor o del camión de recogida municipal—, me acordé del documento. Abrí el ordenador y allí seguía, sin contraseña, su obra desprotegida y al alcance de cualquier observador aprovechado. Lo imprimí inmediatamente. Me llevé a casa una maleta llena de libros, una tostadora por estrenar, unos cuantos collares y aquel relato cuyas dos primeras páginas nunca hablarán de mi hermana con tanta elocuencia como las 143 siguientes.

Que la narradora y la protagonista fueran mujeres no fue lo que me hizo decantarme por la hipótesis de que la autoría también debía corresponder a una mujer, que solo una mujer podía haber escrito aquello. Es estúpido pensar que las mujeres solo pueden escribir sobre mujeres. Cuerpos indómitos, cuyo original ocupaba exactamente 143 páginas, era eficaz porque la autora no pretendía englobar en su personaje principal a toda la humanidad para retratarla de manera infalible y estandarizada. Quería narrar lo que narraba, hablar de quien hablaba, describir a una persona concreta que no sirve como modelo de nada y cuyas eventualidades, por eso mismo, casan con la vida de cualquier ser humano.

Un autor habría encerrado a su personaje dentro de una armadura de antihéroe que no tardaría en resquebrajarse gracias a una sucesión de acciones épicas y frases engoladas. Y aunque el antihéroe nunca se despojara del todo de su armadura, se acabaría revelando como ejemplo de algo; su existencia no sería neutral ni insignificante para el mundo. En lugar de ello, I. C. describía a un personaje común, privado de cualquier rasgo que llamase la atención a simple vista, y aun así el personaje permanecía vivo —viva, a pesar de su muerte sobre el teclado—, flotando por encima de las páginas, una vez finalizada la novela.

La protagonista no aportaba lecciones ni advertencias de ningún tipo, no despertaba especiales simpatías ni aversiones, y sin embargo era imposible mantenerse al margen de su mediocridad, no sentir su fútil paso por el mundo como algo propio. Y, porque no se proponía aleccionar a nadie, I. C. debía ser mujer.

Compuse mentalmente el texto que escribiría para la faja de la novela. «Innecesaria. Prescindible. Pero también todo lo contrario». Programé el despertador para que sonase tres horas más tarde y me metí en la cama pensando en la protagonista de I. C. y, sobre todo, en I. C. misma.

Del carácter y la apariencia de Néstor Gallego solo pude formarme una impresión a medida que los editores me narraban punto por punto a la hora del almuerzo las conversaciones telefónicas que habían mantenido, la predisposición absoluta del autor a publicar con ellos —probablemente a cualquier precio—, su voz temblorosa y acelerada la primera vez que hablaron, cómo pareció que dejaba de escucharles cuando le comunicaron su interés por el manuscrito. Al conocerle en persona, unas piezas encajaron y otras no. Por ejemplo, sé que el cabello que imaginaba para Néstor Gallego no era el que resultó tener, pero ahora soy incapaz de recordar el aspecto que le otorgué en mis ensueños. En cambio, de I. C. tenía una imagen muy nítida, cristalina, y sabía que el margen de error sería mínimo.

En cuanto he llegado a la oficina he visitado al editor número uno en su despacho. Él ha pensado que venía a preguntarle si había recibido el perfil del becario.

—No, quería decirte que tenemos que publicar la novela de I. C.

Me ha asegurado que la ojearía después de hacer unas llamadas importantes.

—Y por cierto, ¿cómo se llama la autora?

—¿Cómo sabes que es una mujer?

—Lo sé y ya está.

El editor número uno me ha mirado como si estuviera decidiendo si valía la pena indagar en mi proceso inductivo o si me mandaba a mi escritorio y hacía la primera de esas llamadas importantes.

—Se llama Inés Caparrós.

—Ya tengo hasta la faja pensada —le he dicho—. Ponme en copia cuando le escribas, por favor.

Cuando estudiaba piano en casa, mi madre solía sentarse en uno de los dos sillones azules, a metro y medio de mi banqueta, y leía. Le fascinaba la mitología, en especial la clásica: era la única materia que despertaba en ella un verdadero interés. Poco a poco había conformado su propia biblioteca diferenciada de la de mi padre, con sus libros dispuestos en las tres baldas inferiores de la estantería más cercana al piano de pared. En ellas atesoraba obras divulgativas, novelas históricas ambientadas en civilizaciones antiguas y relatos sobre los primeros arqueólogos que se adentraron en las pirámides de Egipto o sobre los estudiosos que descifraron la piedra de Rosetta. Pero, por encima de todo, mi madre sentía devoción por los manuales y los tratados que mi padre manejó en su etapa universitaria. Los había manoseado más que él mismo, y los subrayados eran todos suyos. Mi padre aceptó esa costumbre sin rechistar, pese a que él no había realizado ni una pequeña marca con lápiz en aquellos libros.

Una tarde, yo estaba practicando escalas de espaldas a mi madre. Las notas se mezclaban con el pasar de las páginas de su libro. Estoy casi segura de que era El rey de las hormigas, en una edición rarísima que mi padre le había comprado en una librería de segunda mano. Yo abordaba la escala de mi menor cuando noté un vuelco en el bajo vientre, como si una vasija de barro se hubiese roto dentro de mí, liberando un líquido que de repente mojaba mis bragas. Me levanté como un resorte de la banqueta y miré asustada a mi madre.

—Me ha pasado algo raro —le dije.

Ella despegó la vista del libro, pero no lo cerró. Sus piernas permanecieron cruzadas. Con la mano derecha acentuaba la forma de uno de sus rizos.

—¿Qué? —me preguntó sin que su rostro perdiera un ápice de concentración. Recuerdo haber pensado que, en ese momento, Áyax estaba más cerca de mi madre que yo misma.

—Algo en la tripa. Un calambre, no sé. Voy al baño a ver.

Mi madre murmuró algo así como Ahora me dices y siguió leyendo. En el baño me bajé los pantalones y las bragas. Pegada a ellas había una pasta elástica que formaba un círculo marrón. Con cuidado, introduje un poco de papel higiénico entre las nalgas y luego lo miré, primero asqueada y luego con una mezcla de alivio y preocupación. No estaba manchado: aquello tenía que haberme salido por delante. Llamé a mi madre.

Cuando entró en el cuarto de aseo, yo estaba de cara a la puerta, con las piernas flexionadas y las bragas por debajo de las rodillas. Ella me examinó en silencio desde arriba: de repente me pareció mucho más alta y espigada. Sostenía su libro en la mano derecha. Tardó unos segundos en hablar.

—Te ha bajado la regla. ¿Sabes lo que es?

No lo sabía. Tenía nueve años.

Mi madre se acercó a mí y, desde sus nuevas medidas de gigante, se asomó al círculo marrón que empastaba mis bragas de algodón amarillo. En su rostro no había ninguna emoción: ni alegría, ni asco, solo una cansada impasibilidad.

Rebuscó en un cajón del armario del baño y extrajo un paquetito fino y cuadrado de plástico verde. Yo observaba sus movimientos sin cambiar de posición: bragas bajadas, piernas flexionadas en dirección a la puerta.

Me alargó el paquetito.

—Ábrela y te la pegas en las bragas. Tendrás que cambiártela de vez en cuando. En el armario hay más.

Mi madre seguía en el sillón azul cuando regresé al piano arrastrando los pies y acomodándome las bragas cada dos pasos. Sentía como si un barco navegase a la deriva entre mis piernas.

Continué con la escala de mi menor. La toqué veinte o treinta veces, aumentando la velocidad con cada repetición. Detrás de mí, mi madre pasaba las páginas de El rey de las hormigas.

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Объем:
250 стр.
ISBN:
9788418883163
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Правообладатель:
Bookwire
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