Читать книгу: «Un puñado de esperanzas 3»

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2020 Irene Mendoza Gascón
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un puñado de esperanzas III, n.º 279 - septiembre 2020
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com y Shutterstock.
I.S.B.N.: 978-84-1348-507-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Cita
PRIMERA PARTE
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
SEGUNDA PARTE
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Epílogo
Recomendación de la autora
Si te ha gustado este libro…
Soy lo que has hecho de mí. Toma mis elogios, toma mi culpa, toma todo el éxito, toma el fracaso, en resumen, tómame.
Grandes Esperanzas, Charles Dickens
PRIMERA PARTE
Capítulo 1
She’s A Lady
Astoria, Queens, finales de mayo de 2030
Frank se miró en el espejo que adornaba una de las paredes del salón de nuestra casa y bufó de frustración un par de veces, pellizcándose las mejillas.
—¿Qué pasa, amor? —pregunté quitándome las gafas para leer, dejando de ojear un libro, medio aburrido y obviando todo lo que había tardado en decidir qué ponerse.
—Creo que dentro de poco pareceré una pasa —dijo haciendo un puchero.
Me levanté del sofá Chester y me acerqué a ella, que continuaba frente al espejo con un mohín de disgusto y la rodeé con mis brazos. En el plato de vinilos sonaba un viejo éxito de Tom Jones, She’s A Lady.
—Una pasa preciosa —dije retirándole el pelo para besar su cuello y aspirar su aroma.
—¡No te burles, Mark!
—No lo hago. Apenas tienes arrugas, no exageres —le dije con ternura—. Yo sí que estoy arrugándome. ¿Lo ves?
Era cierto, tenía patas de gallo, el entrecejo marcado y los rasgos más afilados. Ella observó mi reflejo en aquel espejo con marco dorado envejecido, la última sugerencia decorativa de Pocket para nuestra casa y se apoyó en mí. Pude sentir el calor de su cuerpo a través de la ropa.
—Los hombres siempre tenéis el recurso machista de decir que sois «maduritos atractivos». Con nosotras no hay piedad. En breve seré invisible —suspiró—. Pero da igual. No pienso dedicar todas mis energías a evitar algo que es cuestión de tiempo y ponerme bótox hasta parecer una esfinge y no poder ni reír por miedo a mearme encima.
Reí con el comentario y la apreté un poco más contra mi cuerpo haciéndola sentir mis músculos a conciencia. Tenía toda la razón, como siempre.
Yo me mantenía en forma boxeando en el gimnasio de Joe, como siempre. Bueno, sí he de ser sincero, más que en forma. Me encontraba muy bien para mi edad, no es por presumir.
Soy de natural delgado y musculoso, pero había empezado a cuidarme bastante más en cuanto a la comida porque en mis análisis médicos del año anterior había salido que tenía alto el colesterol y Frank no me dejaba bajar la guardia.
«Quiero tenerte en perfectas condiciones sexuales hasta al menos dentro de otros cincuenta años, chéri. Ya sabes que una buena circulación de la sangre lo es todo en cuanto al miembro masculino se refiere», me decía.
En cuanto a ella…, Frank siempre estuvo a otro nivel. Ya lo decía Tom Jones, era una dama, tenía estilo. Ella era guapa, con una belleza elegante, distinguida, simplemente lo era. No solo por su físico. Seguía teniendo un cuerpo bello y absolutamente deseable, pero para mí era hermosa por sus pecas, su nariz chata y respingona, sus deliciosos labios cuando sonreía, sus ojos del color del caramelo y sobre todo por su inteligencia y su personalidad apasionada. Y porque era mi Frank y me hacía unas felaciones gloriosas, lo reconozco. Continuaba siendo ella, ingeniosa, divertida, dulce, vibrante de entusiasmo en todo cuanto hacía o decía y eso era lo que realmente la convertía en alguien tan atrayente. Era sincera y leal a pesar del tiempo, del dinero y de ser la gerente y principal inversora de la Academia de Artes Escénicas Charmaine Moore.
—Eres hermosa, con arrugas y sin ellas, y siempre lo serás, amor. Eso no lo puede cambiar nada, ni todo el tiempo del mundo, y nunca serás invisible para mí.
—Tu tampoco estás tan mal para tus cuarenta y siete años, chéri —sonrió.
Frank se giró para rodearme el cuello con sus brazos y yo la besé con suavidad en los labios. Después tomé su rostro entre mis manos y lo observé en silencio durante unos preciosos segundos. Tenía unas graciosas marcas de expresión en los ojos cuando sonreía. Lo hacía mucho y siempre he querido pensar que gracias a mí. Sus ojeras estaban más marcadas, sus mejillas menos redondeadas y ya tenía algunas canas que se empeñaba en teñir, pero no tantas como yo, que ya las lucía generosamente en las patillas.
Ella también intentaba mantenerse en forma con algo de pilates, yoga o nadando, pero su personalidad la incapacitaba para ser constante y, aunque su cintura no hubiese vuelto a ser la misma después de tres embarazos, a mí no me importaba en absoluto porque seguía teniendo un trasero que me volvía loco, su piel era igual de suave y continuaba estremeciéndose del mismo modo espectacular cada vez que la acariciaba.
Creía conocerla perfectamente, aunque siempre lograba sorprenderme de cuando en cuando, a pesar de llevar veinte años juntos, pero en aquel momento, gracias al conocimiento mutuo y la intuición que da la convivencia, pude darme cuenta de aquel malestar suyo.
—Nena… ¿Todo esto no será por tu próximo cumpleaños?
—La verdad es que sí —resopló—. Ahora mismo no tengo ninguna gana de cumplir los cuarenta.
Volví a reír abrazándola con fuerza.
—Pensé que era yo el único anticelebraciones. A ti siempre te han encantado las fiestas de cumpleaños, los bautizos y las bodas —bromeé para ponerme serio de pronto—. Te aseguro que cuando tengas noventa años seguiré deseándote igual que ahora.
Se lo dije sabiendo que cada palabra era real y la besé en el cuello suavemente. Frank ronroneó y yo le rodeé la cintura y la atraje hacia mí.
—¿Con noventa años crees que lo seguiremos haciendo? —sonrió.
—Estoy seguro. Con las mismas ganas de siempre —le dije al oído.
Mis caderas se pegaron a las suyas y noté cómo respiraba hondo, lo bastante como para que sus senos rozaran mi pecho haciendo que mi pelvis se balanceara hacía adelante y rozara la suya suavemente. Ella se frotó contra mi cuerpo y seguí el compás de sus movimientos, casi imperceptibles. Tomé sus manos y enredé mis dedos en ellas para mantenerlas bajas, a cada costado de su cuerpo, y pegué mi frente a la suya sin dejar de mirar sus ojos. El balanceo de nuestros cuerpos persistía haciéndome sentir en el estómago aquel calor pesado y profundo del deseo. Continuamos así, casi sin menearnos, y noté un leve estremecimiento en Frank que se propagó hasta mi cuerpo e hizo que el mío se contagiase del suyo y que la piel se me erizase. Mis dedos apretaron los suyos y sentí su mano con fuerza contra la mía.
—Se me están quitando las ganas de salir —susurró en mi boca haciendo que sintiese sus palabras sobre mis labios.
—Pero se lo habíamos prometido a Pocket y ya estás preparada… por fin —reí con una de mis socarronas sonrisas torcidas.
Frank me propinó un codazo en el costado haciéndome reír con más fuerza.
—Está bien, saldremos —dijo—. Me da pena que Jalissa haya decidido pedir el divorcio al final.
—Sí, a mí también. Pensé que cambiaría de opinión —suspiré acariciando sus dedos enredados entre los míos—. El pobre Pocket está hecho polvo. No levanta cabeza.
—Pues ella está genial. Más guapa que nunca. La vi muy bien el otro día, cuando comimos juntas. Hablamos de su nuevo trabajo y me dijo que… bueno, que había comenzado a salir con alguien. Solo para ver qué tal, aún no es nada serio, pero creo que es mejor que no le digamos nada a Pocket.
—¡No, claro! —resoplé imaginando el drama que podría montar mi amigo—. Si se entera se va a deprimir aún más. Lo está llevando fatal. Hace más de un año que se separaron y no lo supera. Por eso tenemos que salir a animarlo un poco.
—Me da pena, por los dos. Y por Jewel y D’Shawn.
Asentí sin dejar de acariciar sus dedos.
—Pocket dice que Jalissa le dijo que ya no estaba enamorada y que no quería conformarse. —Frank asintió.
—A nosotros no nos pasará eso, chéri. Estoy segura —dijo alzando mis manos hacia su cintura para que la abrazara.
—No, amor, nunca. Lo que tú y yo tenemos es especial —dije acariciándola.
—Lo sé —susurró Frank pegando su vientre al mío.
No lo decía por decir. Lo creía sin duda alguna. Habíamos pasado por muchas cosas juntos, sobre todo los diez primeros años de nuestra vida en común, con aquel par de dolorosas separaciones por causa de la difunta amiga de la familia Sargent, Patricia Van der Veen. La siguiente década, criando a nuestros hijos y ocupándonos de la academia, pasó a toda velocidad y, aunque agotadora, había sido maravillosa. Tal vez esos primeros años de dificultades, de luchar para mantenernos unidos, era lo que había logrado hacer que nuestra unión fuese tan sólida. El mismo Pocket me lo había dicho una vez, hacía bastante tiempo, que nosotros no éramos como Jalissa y él, que teníamos algo diferente, un vínculo indestructible que el paso del tiempo no podía romper. Y era cierto. Todo podía cambiar a nuestro alrededor, pero no nuestro amor, el que hacía que sintiésemos esa pasión el uno por el otro.
La estreché con fuerza contra mis caderas y ella me acarició el pecho suavemente, bajando y subiendo sus manos de mis pectorales hasta más abajo de mi ombligo, demorándose en esa zona tan sensible. Notaba su tacto a través de la camisa, caliente sobre mi piel. Suspiré con fuerza y ella sonrió con picardía.
—Estás dispuesta a que lleguemos tarde, ¿verdad? —susurré ronco por culpa de mi más que evidente excitación.
—¿Uno rapidito antes de cenar? —sonrió mientras comenzaba a enredar con mi cinturón.
No pude más y la tomé por la nuca con un gruñido animal de asentimiento para acercar su boca a la mía con fuerza. Frank tomó mis labios con avidez y me dejé arrastrar por su lengua y su aliento caliente y húmedo. Mis manos se aferraron a su trasero apretándolo con firmeza. Ella ya había conseguido soltarme el cinturón y yo ya estaba subiéndole la falda hasta la altura de la cintura entre risas, mientras nos acariciábamos y besábamos ansiosos cuando se oyó un portazo y una exclamación de asco.
—¡Oh, por favor! ¿No podéis hacer eso en… en otro momento o en otro lugar? —dijo Charlotte, nuestra hija mayor.
Nos soltamos rápidamente. Frank no pudo evitar una risita antes de ponerse sería mientras yo intentaba guardar la compostura, descamisado y rojo como un tomate.
¿Cómo íbamos a explicarle a nuestra hija lo mucho que a su madre y a mí nos gustaba hacer el amor? Simplemente, no podíamos.
—No te esperábamos, chérie. ¿No ibas a ensayar con D’Shawn y Jewel en el garaje de Pocket? —preguntó Frank aún aferrada a mi cintura.
—¿Y vosotros no ibais a salir a cenar con Pocket? —dijo Charlotte con cara de pocos amigos.
—Contesta a tu madre… —le reprendí con suavidad mientras Frank se recomponía la ropa.
Charlotte resopló antes de comenzar:
—D’Shawn se ha enfadado con Jewel porque, según él, estaba tocando fatal la batería. Yo le he dado la razón a ella porque el que estaba perdiendo el compás era él y me estaba haciendo cantar a destiempo, y D’Shawn se ha enfadado con nosotras dos por llevarle la contraria y ponerle en evidencia —dijo nuestra hija dejándose caer en el sofá del salón exasperada por nuestras miradas de estupor—. Parecéis dos adolescentes salidos, ¿lo sabíais?
—Estamos casados y en la intimidad de nuestra casa, hija —dije intentando parecer un padre serio y responsable.
«Lo de intimidad es mucho decir», pensé. Me volví a mirar a Frank, que intentaba no reírse. Charlotte puso los ojos en blanco.
—Comportaros un poco. Al menos delante de mí.
—Lo hacemos —refunfuñé.
—Sí, como la semana pasada, que os pillé en este mismo sofá en… en cueros y… ¡Oh, por favor! No quiero recordar eso ni estar aquí sentada.
Y se levantó para tomar asiento en una butaca, mirando el sofá con aprensión.
Carraspeé. Nuestra hija de casi dieciséis años nos había sorprendido haciendo el amor en el sofá Chester y desde entonces no nos podía mirar a la cara ni sentarse en aquel lugar de la casa sin resoplar como si fuese una dama del Ejército de Salvación. En nuestra defensa diré que no estábamos completamente desnudos, pero lo suficiente para lo que interrumpió.
—¿No deberías estar en el apartamento de Charlie, con tus hermanos? —preguntó Frank.
—No necesito ninguna niñera —respondió Charlotte.
Mi madre se había comprado un apartamento con vistas a Central Park para pasar tiempo con sus nietos. Durante años los había cuidado y consentido y nos había proporcionado múltiples momentos de intimidad a Frank y a mí. Pero Charlotte ya no era ninguna cría, aunque yo me empeñase en negarlo y Korey, a sus casi once años, estaba a punto de dejar de serlo. Solo la pequeña Valerie, a la que habíamos llamado así por una canción de Amy Winehouse, mantenía intacta su ilusión por las cosas de niños.
—Sí que la necesitas —repliqué.
—Ya soy mayor.
—¡Mayorcísima! —dije con sarcasmo.
—Mark… —me reprendió Frank con dulzura.
Ella era consciente de que Charlotte y yo éramos muy parecidos, cabezotas y orgullosos y que enseguida saltaban chispas. Por eso, en cuanto podía frenaba nuestras disputas para que no acabásemos enzarzados en una discusión. Aunque no siempre lo lograba.
Pero en aquel momento yo no tenía ganas de discutir, así que hice un esfuerzo y suavicé mi tono.
—Anda, hija, llama a tu abuela y dile que te quedas aquí para que no se preocupe. Nosotros nos vamos ya —dije.
—De acuerdo… —gruñó Charlotte, frunciendo el ceño de la misma forma que yo para acto seguido esbozar una sonrisa torcida marca Gallagher—. ¡Pasadlo bien!
Negué con la cabeza mientras Frank posaba la mano sobre mi hombro.
—Has estado muy comedido, chéri. Sé lo que te cuesta, así que… enhorabuena —dijo besando mi mejilla
—¡Qué remedio me queda! —sonreí justo cuando salíamos por la puerta.
Capítulo 2
Never Tear Us Apart
—Divorcio… —resopló Pocket compungido mientras terminábamos la noche en el pub de Sullivan—. Y para colmo el negocio no va bien. Esta enésima crisis mundial nos está jodiendo a todos y nadie quiere gastar en decorar sus casas.
Su tienda de decoración, que tanto éxito tuvo al principio, llevaba meses casi sin clientela porque en Queens, la clase media, que era la que pagaba los platos rotos de todas las crisis, no levantaba cabeza.
—Sí, lo sé, tío. Estuve hablando ayer con el hijo de Santino y dice que todo anda muy raro. Hasta el alquiler de coches —dije.
—En la academia no nos libramos tampoco. Cada vez tenemos menos donaciones y más gastos. La luz y el gas están por las nubes. Y el agua —dijo Frank.
Asentí y estreché su mano. Sabía de sobra por las dificultades que estábamos pasando. El país había llegado a tener varios colapsos energéticos. El clima era cada vez más extremado y afectaba a las economías de todos los países. Las inundaciones se alternaban con periodos de sequía y olas de calor intenso o frío polar. Los apagones eran numerosos en Nueva York, lo que me había llevado a invertir parte de mis acciones de los estudios Kaufmann, propiedad de mi madre, en la academia para abastecerla mediante paneles solares que evitasen tanto gasto energético.
Nosotros podíamos aguantar los malos tiempos, éramos unos privilegiados. Aunque nuestros fondos hubiesen mermado bastante en la última década no nos faltaba dinero, esa era la verdad, pero si mi amigo de la infancia no recuperaba clientes iba a estar en problemas pronto. Le habíamos ofrecido nuestra ayuda en numerosas ocasiones, pero él se había negado.
—Ya sé que te lo he dicho muchas veces y que no hace falta repetirlo, pero… —comencé.
—Lo sé, lo sé, tío —asintió Pocket sin dejarme terminar.
Conocía a mi viejo amigo lo suficiente como para saber que sería difícil que aceptase ningún auxilio monetario, aunque tanto Frank como yo estábamos dispuestos a ayudarle si llegaba el caso.
Saqué un par de pintas más y mi insípida cerveza sin alcohol y los tres continuamos hablando de cosas menos alarmantes con lo que la velada terminó con algunas risas y unas cuantas canciones irlandesas.
Nos despedimos de Pocket dejándole en su apartamento alquilado de Forest Hills, al que se había mudado al separarse de Jalissa, y nos encaminamos a nuestra casa en Astoria.
Astoria había cambiado mucho en diez años y ahora era un barrio de clase media alta. Del antiguo y sencillo distrito multicultural de Queens con edificios de poca altura y pequeños negocios familiares quedaba poco. La zona seguía albergando a la mayor comunidad griega de Nueva York y aún resistían restaurantes griegos rodeados de iglesias ortodoxas, pero abundaban nuevos locales de moda que atraían turistas ávidos de lo «normal y corriente, sin artificio», decían los tours turísticos, y los precios, antes asequibles, se habían puesto por las nubes.
Frank canturreaba bajito una canción antigua que sonaba en nuestra emisora favorita. Casi todo lo que nos gustaba a ambos ya era considerado antiguo por nuestros hijos, como aquel estupendo éxito de los INXS, Never Tear Us Apart.
—¿Te lo has pasado bien? —pregunté aparcando el Audi en el garaje de nuestra casa.
—Sí. ¿Y tú? —preguntó con una sonrisa somnolienta.
—También. Hacía bastante que no salíamos de noche.
Salimos del coche a la vez, yo canturreando: «Amo tu precioso corazón. Yo estaba de pie. Tú estabas allí. Dos mundos colisionaron…».
La miré y dejé de cantar. Frank estaba espectacular, vestida con una blusa de seda amarilla atada con una lazada en el cuello, a juego con una falda muy vaporosa, que se ondulaba con cada uno de sus movimientos. No llevaba sujetador y sus pechos naturalmente turgentes se le marcaban bajo la etérea tela.
—Estás preciosa —dije de pronto repasándola de arriba abajo con la mirada.
Hacía varios meses que no salíamos solos y que no la veía vestida para cenar fuera de casa y me pareció que estaba radiante.
Frank se quedó de pie, junto al coche, aguardándome en silencio, y yo me acerqué despacio, sin romper el contacto visual. Había algo muy dulce y a la vez muy sensual en su forma de mirarme. Sabía que se sentía deseada en ese preciso momento y a mí siempre me ha encantado demostrárselo mediante aquellos juegos de seducción tan nuestros.
La alcancé agarrando su cintura y la atraje hacia mí despacio.
—Esta tarde nos hemos quedado a medias y por culpa de eso he estado toda la noche pensando en ti, ¿sabes? —susurré colocándole un mechón de pelo tras la oreja.
Al hacerlo le acaricié el borde del lóbulo y descendí por su cuello casi sin rozarla. Noté cómo se estremecía con mi tacto. Posé las yemas de los dedos sobre sus labios y sentí el temblor de su aliento en mis dedos. Inspiré con fuerza sin dejar de mirarla.
—¿Por eso me tocabas por debajo de la mesa? —sonrió.
Respondí con mi sonrisa canalla. Así había transcurrido toda la noche. Nos habíamos buscado con los ojos y con las manos, rozándonos de cuando en cuando. Durante la cena, una de mis manos se había adentrado en su falda deslizándose suavemente por su pantorrilla, subiendo por la cara posterior de la rodilla hasta alcanzar la redondez de su suave muslo donde, al rozarlo con las yemas de mis dedos, podía notar los casi invisibles pelillos rubios.
No fuimos más allá para no incomodar a Pocket, pero mis manos no habían hecho otra cosa que acariciar su muslo bajo la mesa y las suyas posarse en mi brazo, mi pecho o mi espalda con premeditada lentitud.
Me sentía abrumado y ansioso por tenerla.
—Te deseo. Mucho —susurré ronco besando su sien y su frente.
—Yo también a ti —respondió.
La tomé con más fuerza, apretándola contra mi cuerpo. Mis dedos rozaron su boca y Frank los chupó con la punta de su lengua. Su saliva húmeda y caliente tuvo un efecto inmediato en mi bragueta. Mi miembro comenzó a crecer y así se lo hice notar, apretándome contra su vientre.
—No vamos a poder… —jadeó—. Arriba está Charlotte.
—No puedo esperar, amor. ¿Y tú?
—Tampoco —susurró Frank soltándome los botones de la camisa a toda prisa.
Mi polla saltó bajo mis pantalones y sus manos expertas corrieron a liberarla desabrochándome el cinturón. Inmediatamente metió una mano en mis calzoncillos. No tuvo que rebuscar mucho, ya estaba en todo mi esplendor, duro e impaciente. Frank la tomó en su mano acariciándola, haciéndome gemir con fuerza. Ella también emitió un gemido y se chupó los labios. Al verla hacer ese gesto me lancé a besarla como un desesperado a la vez que ella me bajaba los pantalones junto con los calzoncillos y se tumbaba sobre el capó del coche.
—¿Aquí? El coche aún está caliente —jadeó.
—Yo sí que estoy caliente, nena —resoplé subiéndole la falda hasta los muslos.
—Pero quítame los tacones. No quiero rayar la carrocería, chéri.
Lo hice y, así, descalza, encima del Audi, abrió las piernas para mí, apoyándose sobre las palmas de las manos para no perder el equilibrio.
Acaricie su sexo presionando con mi mano, que notó la humedad caliente de la tela empapada.
—Umm… qué mojada estás —siseé.
—Llevo así desde esta tarde.
Le retiré las braguitas con urgencia y contemplé su sexo brillante y sonrosado. Mis dedos no pudieron aguantar las ganas de sentir aquella carne suave y tierna y el suave vello castaño. Acaricié sus labios primero con mis dedos y después con mi glande, haciéndola gemir muy fuerte.
Frank no aguantó ni dos minutos. Solo tuve que presionar un par de veces contra su clítoris y su cuerpo cedió abandonándose por completo. Siempre me ha maravillado su rapidez para alcanzar el orgasmo. Se arqueó elevándose sobre el capó del coche y cerró los ojos mientras gimoteaba entre sacudidas de placer.
No aguardé a que terminara. La penetré completa, notando cada suspiro, cada temblor, cada presión de su carne en la mía. Su cuerpo se agitaba en eróticas sacudidas, sus pechos bailaban bajo la seda mientras yo la penetraba una y otra vez, sin dejar de admirarla. Con una mano me aferré a sus nalgas y rápidamente le levanté la blusa con la otra para acariciarle los pechos. Sus deliciosos y duros pezones acabaron en mi boca. Tampoco pude aguantar mucho. La tomé por debajo de las rodillas pegándola a mí y me dejé llevar por aquel amor apasionado y urgente que sentía. Mi cuerpo se tensó mientras el suyo se relajaba por completo y me derramé copiosamente para dejarme caer sobre ella sin parar de gemir su nombre.
Después de todo aquel estallido de movimiento nos quedamos muy quietos, intentando recuperar el resuello mientras nuestros cuerpos continuaban unidos.
Al abrir los ojos e incorporarme la vi observándome serena y sofocada y sonreí resoplando. Estaba fatigado y el corazón me palpitaba con fuerza.
—Me encanta verte al terminar, chéri —susurró acariciándome el vientre.
—A mí también me encanta verte, amor —suspiré con aquel dulce y familiar dolor en el pecho, el que llevaba sintiendo desde el momento en que la conocí, aquella lejana tarde, cuando la fui a buscar al teatro donde trabajaba, en calidad de chófer.
Me había sabido a poco, pero me puse de pie y ayudé a Frank a levantarse del capó del coche aferrando sus manos. Ella me abrazó temblorosa y cálida y yo tomé su rostro encendido para besarla con toda la ternura del mundo antes de vestirnos de nuevo y coger el ascensor para entrar en casa, intentando parecer dos buenos padres castos y formales.
—Creo que no va a colar —dijo Frank con una risita—. Tienes las orejas rojísimas.
—Y tú estás toda sonrojada y guapísima —susurré volviéndola a besar apretándola con fuerza contra mi pecho.
Nuestra hija no podía entender lo mucho que nos costaba a su madre y a mí mantener una sana vida sexual con tres hijos de más de quince, once y nueve años. Era mucho más complicado que cuando eran pequeños. Se había vuelto una misión imposible tener sexo no silencioso en nuestra casa y solíamos recurrir a escapadas y momentos robados a la jornada para podar dar rienda a nuestros apetitos carnales más ruidosos. Aquello tenía su parte buena porque a ambos nos han gustado siempre los lugares extraños en los que podíamos ser vistos. Creo que nos pone, qué le vamos a hacer. Pero he de reconocer que donde mejor se hace el amor es en la propia cama de uno.
Charlotte estaba en el salón, bailoteando y escuchando música con los auriculares puestos, y aquella pinta de Madonna en los 80 que se había vuelto a poner de moda casi cincuenta años después. Ni nos oyó entrar. Al notar nuestra presencia dejó de moverse, se volvió y nada más vernos hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo.
—Charlotte, es tarde. Deberías estar ya en la cama, ma chérie —dijo Frank casi gritando para que nuestra hija nos oyera.
—Mañana es sábado —refunfuñó.
—Ya es sábado, hija. Son más de las doce —apunté haciéndole un gesto para que se quitara los auriculares—. No quiero que te levantes a las tantas. Hemos quedado para comer con tu abuela.
—¡Yo tenía planes! ¡No es justo! Nunca me preguntáis.
—No chilles. Seguro que puedes hacerlos otro día. Y apaga la música, por favor —dijo Frank.
Nuestra hija adolescente obedeció resoplando y se encaminó a su habitación pasando a nuestro lado.
—Anda, cariño, dale un beso a tu madre —le pedí con suavidad y toda la paciencia del mundo.
Lo hizo, pero pasó de largo ante mí. Justo antes de entrar en su dormitorio se volvió hacia nosotros y mirándonos de arriba abajo se dirigió a Frank:
—Mamá, te has puesto mal la falda. Tienes la cremallera delante.
Y ambos nos miramos entre asombrados y avergonzados antes de echarnos a reír.
Capítulo 3
Più Bella Cosa
Después de un largo día de labor, la casa estaba en silencio por fin. Frank se había quedado dormida en el sofá, con el portátil encendido sobre su regazo mientras repasaba unos documentos relacionados con la Academia de Arte.
Me quedé sentado en la esquina del sofá, junto a sus pies descalzos, y le retiré el portátil que amenazaba con caerse en cualquier momento. Lo dejé en el suelo y me dediqué a observarla. Estaba apaciblemente dormida, preciosa, con una camisola que se le abría en el escote y me permitía ver uno de sus maravillosos pechos. De pronto me apetecía acariciárselos, pero preferí aguardar y continuar contemplándola. No tardó mucho en despertarse. Nada más abrir los ojos se encontró con los míos y sonrió con dulzura, haciendo que doliese de puro amor por ella.
—Me he dormido —bostezó—. ¿Es tarde?
—Sí, los niños ya duermen, pero me daba pena despertarte —susurré acariciando sus piernas desnudas.
—Estaba revisando algunas cosas de la academia —dijo incorporándose con cara de preocupación.
—¿Y? —pregunté acariciándole un hombro.
—No me salen las cuentas. Se han retirado otros dos inversores este mes pasado y necesitamos más capital o estaremos en serios problemas.
—He estado revisando los papeles que me dejaste —asentí—. Lo peor de todo es que mi madre tampoco anda muy boyante. Los últimos proyectos de Estudios Kaufmann han sido un auténtico fracaso y no ha recuperado la inversión. Así que mi participación como accionista no sirve de nada.
—Lo sé. La dichosa crisis está pudriéndolo todo. La gente lo está pasando muy mal y por eso mismo no quiero dejar a ningún alumno que lo merezca sin su beca. Hay verdadero talento en esos chicos y chicas. El único problema es que han nacido en el lugar equivocado.
—Hay unos cuantos que son geniales. El trimestre pasado, en las clases de improvisación de jazz, me encontré con verdaderos talentos. Por cierto, uno de ellos es D’Shawn. Tiene muy buen oído y compone sobre la marcha.
—Sí, pero ya sabes lo que opinan Pocket y Jalissa sobre lo de dedicarse al mundo del espectáculo.
—Como todos los padres del mundo, amor.
Me gustaba dar algunas clases que Frank denominaba magistrales. No las impartía durante todo el año y tampoco cobraba. Solo lo hacía por el placer de tocar el piano, como cuando animaba a la clientela en el pub de Sullivan.
—Cambiando de tema. He estado pensando en hacer una recaudación de fondos o algo así, pero sé que toda esa gente del Upper East Side no va a aportar un solo dólar. Los conozco. Si no obtienen un beneficio rápido no colaborarán. Las donaciones desinteresadas y anónimas que nosotros necesitamos no les importan. Y yo no quiero dar protagonismo a los benefactores, como en otras escuelas, sino a los alumnos.
—Sí, ya sé lo que opinas de la caridad, que es indigna.
—Además… —suspiró Frank—. Me he labrado una reputación peligrosa con los años.
—Ya, anti-Trump y todo lo que representaba.
—Y lo que aún representa. Sí, algunos me ven como una peligrosa comunista —sonrió con ironía.
—¿Tal vez en Hollywood? —sugerí.
—Si hay bebida gratis y fotógrafos, puede —rio Frank.
Sonreí acariciando su mejilla. Frank era la persona más lúcida e inteligente que había conocido y también la que tenía un corazón más grande. Ella veía el mundo tal y como era y aun así nunca perdía la fe. Por eso era mi esperanza y la medicina para el cinismo heredado de mi madre y el pesimismo de mi padre.
Bostecé y Frank me miró con ternura. Era viernes y estaba agotado tras toda una semana de ir y venir de fiestas escolares de fin de curso al parque, de llevar a Korey y a Valerie a sus clases particulares, de labores de amo de casa y de machacarme en el gimnasio de Joe.
Lo habíamos decidido así. Frank era quien iba a trabajar a la Academia de Artes Escénicas cada día, solo por las mañanas. Por las tardes trabajaba en casa y yo me ocupaba de las cosas del hogar y los niños.
Nunca hubo ningún problema. Era nuestro pacto. Éramos un equipo. Me sentía afortunado de ver crecer a mis hijos, de cuidarlos y educarlos. Era un privilegio que muy pocos padres conocen. Además, ninguno de los dos habíamos tenido esa suerte y siempre tuvimos claro que estaríamos cerca de nuestros tres hijos, viéndolos crecer. Pero últimamente Frank estaba más pendiente de los asuntos de la academia porque las cosas no iban bien y se sentía mal por ello.
—Encontraremos la solución, amor —dije volviendo a bostezar.
—Estás cansado. ¿Por qué no te has ido a la cama? —preguntó acariciando mi pelo.
—Porque no me gusta irme sin ti. Te estaba esperando. No me gusta dormir solo.
—¡Oh, Mark! —susurró abrazándome y yo la estreché con fuerza—. Llévame a la cama, mon amour.
Lo hice. La tomé en brazos y ella reposó su cabeza en mi hombro acariciando mi cuello con la punta de su nariz durante el camino a nuestra habitación, en el ático de nuestra casa, un antiguo edificio industrial reformado con garaje y tres plantas en Astoria, al noroeste de Queens, frente a Manhattan.
A mí lo que me gustaba de verdad del barrio, aparte de que no tenía ese divismo pijo del Upper East Side, era el Astoria Park, para hacer picnic con Frank y los niños cuando llegaba el buen tiempo. Estaba junto al East River y desde allí se veía cómo se encendían las luces al atardecer, porque os puedo asegurar que Manhattan es más hermoso desde lejos, al otro lado.
Todo estaba en calma. Nos acostamos y Frank se acurrucó de espaldas a mí, entre mis brazos, sabiéndose amada y a salvo.
—Saldrá algo, ya lo verás —le susurré besando su pelo.
—Es verdad. Siempre lo hace —susurró con una sonrisa, terminando mi frase.
Yo la envolví con mi cuerpo, cerré los ojos respirando el aroma de su piel y sintiendo su calor me quedé dormido como un bebé, escuchando de fondo el constante zumbido del tráfico que cruza de Queens a Manhattan y el latido de su corazón, al compás del mío.
Así fue. La solución llegó días después. Charlie, mi madre, nos ofreció la oportunidad de promocionar la Academia de Artes Escénicas Charmaine Moore, dedicada a la memoria de la madre de Pocket, que casi había sido una madre para mí de niño, cuando la mía se fue a probar fortuna a Hollywood abandonando a mi padre alcohólico.
El único inconveniente era que la gala en la que íbamos a participar para intentar recaudar fondos privados era en la embajada americana en Venecia, al otro lado del mundo. Charlie había movido los hilos entre sus amistades del mundo del cine para conseguirlo y nos había incluido en aquella fiesta que tenía que ver con el famoso festival de cine casi centenario que se celebraba en Venecia.
—¿Y por qué no me lleváis con vosotros? Cuando era niña lo hacíais —dijo Charlotte.
—No, chérie. Ya no lo eres y tienes que ser responsable. Estás a final de curso y debes quedarte aquí. Primero son tus estudios —dijo Frank.
—¡Pero yo quiero ir a Venecia, mamá! —se quejó Charlotte amargamente.
Frank me miró para que interviniera.
—Solo va a ser un fin de semana y no son unas vacaciones. Vamos por negocios.
—No os molestaré. Venga… —dijo haciendo un puchero.
—No, Charlotte. La abuela está de vuelta en Los Ángeles, así que te quedarás con Jalissa, como siempre. Ya está decidido —dije intentando zanjar la situación.
—¡Es injusto! ¡Me tratáis como a una cría! —gritó Charlotte.
Nuestra hija mayor bufó de rabia y se metió en su habitación dando un portazo.
Charlotte llevaba tiempo anclada en aquella espantosa edad que llaman adolescencia y he de reconocer que yo la soportaba mucho peor que Frank. Echaba de menos a mi risueña hija, a mi niña pecosa de rizos caobas que desapareció de la noche a la mañana tres años atrás para convertirse en una iracunda jovencita que llevaba cinturones anchos en vez de faldas, camisetas ceñidas y rotas, que escuchaba una música espantosa heredera de algo que llamaban Trap y que siempre parecía molesta conmigo y de mal humor con el planeta en general. A su favor, he de decir que tocaba el piano maravillosamente, la guitarra, la flauta irlandesa y había conservado un gusto familiar por las canciones que ella denominaba «viejunas».
Al contrario que su hermana, Korey y Valerie no opusieron resistencia a nuestros planes. Ellos terminaban las clases dos semanas antes que Charlotte y se iban a las montañas de campamento, con otros compañeros de clase, ese mismo viernes. Además, ambos tenían un carácter mucho menos contestatario que su hermana mayor.
Así que preparé una pequeña maleta con cuatro cosas mientras Frank llenaba dos de las suyas con todo tipo de «por si acasos» y viajamos a la vieja ciudad de los canales.
La fiesta tuvo lugar el día de nuestra llegada a Venecia. Nos alojábamos en un palazzo de estilo gótico veneciano del siglo XV reconvertido en hotel. La elegante suite con vistas al Gran Canal era de apariencia antigua, pero todo lo moderna que debía ser al tratarse de un lujoso hotel de cinco estrellas.
Deshicimos la maleta, llamamos a Jalissa, para comprobar cómo estaba Charlotte, porque nuestra hija no nos cogía el teléfono y tras una breve charla con ella rezongando, que logramos gracias a la propia Jalissa, salimos a comer porque lo mejor de una ciudad tan antigua y bella como Venecia, como dice Frank, es callejear.
Acabamos entrando a una pequeña librería de viejo donde compré un libro sobre Venecia y Casanova y terminamos el paseo comiendo pizza en una placita perdida entre los canales. Allí ojeé el libro que me pareció sumamente interesante.
—¿Sabías que el tal Casanova era un tipo muy alto?
—No, chéri, no tenía ni idea —me dijo Frank distraída, sentada en aquella coqueta terraza con sus gafas de sol de estrella de cine.
—Pues verás —dije acercándome más a ella y leyendo del libro—. Al parecer medía un metro noventa, que era algo raro en aquella época. Era rubio, de torso corpulento, mirada cristalina de ojos claros y nariz aguileña. Aunque su vida sexual fue muy animada, no le gustaba participar en las orgías, que eran populares entre la alta sociedad. Y le encantaba la gastronomía, en especial las ostras. Al parecer le gustaban con locura. Aquí dice que la gastronomía, o mejor la comida, le permitía ciertos juegos eróticos, como por ejemplo el pase de ostras de su boca a la de la dama o dejarlas resbalar por entre sus senos.
—Vaya… —dijo Frank cada vez más interesada—. Un hombre grande y apuesto, el reservado de un restaurante, una dama dispuesta y ostras francesas. Adivina el desenlace.
—A ti te encantan —susurré. Frank asintió con una espléndida sonrisa y yo continué leyendo, alejando un poco el libro para poder apreciar bien las letras con mi vista cansada—. Fue conocido mundialmente por colarse entre las faldas de un gran número de mujeres. Alrededor de unas ciento veinte señoras, para ser más exactos. Gozaba de un feroz apetito y era un perfecto cronista gastronómico.
—Comer, luego amar. O amar comiendo —dijo Frank apoyando su hombro en mi brazo—. Siempre he pensado que los hombres a los que les gusta comer y cocinar son buenos amantes.
—¿Y las mujeres? —sonreí porque sabía que se estaba refiriendo a mí. Yo soy de esos a los que es mejor comprarles un traje que invitarles a comer.
—Igual —me sonrió con picardía.
Era cierto, Frank era golosa por naturaleza y siempre le ha encantado comer, tiene un paladar exquisito y bien entrenado en la gastronomía. Me ha enseñado cocinas exóticas que no conocía y con ella he probado platos deliciosos. A ambos nos gusta comer y hacer el amor sin medida.
—¿Tú has seducido a tantas como Casanova?
—No, que va —negué con la cabeza riéndome.
—¿A cuántas, chéri? Nunca me lo has dicho —dijo acariciando mi hombro.
—No lo sé. Nunca me paré a contar. Ni a la mitad, supongo, y no es algo que me guste recordar, lo sabes —dije besando sus labios—. Pero ahora… tengo una duda y creo que tú me la vas a aclarar.
—Dime.
—¿Qué crees que tendría el tal Casanova de especial para seducir a tantas mujeres?
—¿A parte de la buena planta? Pues… seguramente era un hombre que sabía escuchar, buen conversador y que las hacía reír. Ah, y se tomaría su tiempo, sería un buen amante, nada egoísta, de ahí su fama entre las señoras. Porque fueron ellas las que se la dieron. Me imagino que aquellas damas de la nobleza hablarían entre ellas de su amante, el de las ostras que no las dejaba a medias, y así se fue creando la leyenda. Y seguramente…
Yo asentí escuchándola, divertido con sus conclusiones. Para mí, gran parte del atractivo de Frank radicaba en que era muy ingeniosa y me hacía reír.
Desde el interior del bar sonaba una canción italiana de la que no entendía nada pero que nos gustó. Ella preguntó a alguien y le dijeron que era una canción de Eros Ramazzotti, Più Bella Cosa. Yo continué insistiendo con el tema de Casanova y las conclusiones de Frank.
—Qué, qué más opinas, cuenta —le insistí curioso.
—Seguramente tenía un lado femenino que no escondía. Estaría cómodo entre mujeres. Las trataría como iguales y ellas confiarían en él. Eso es lo más erótico del mundo. Tú tienes esa virtud.
—¿Ah, sí? —pregunté asombrado.
—Sí, eres todas esas cosas. Por eso tenías tanto éxito con las mujeres. Seguro que te contaban sus penas.
—Supongo —dije algo avergonzado.
Existió una época en mi vida, antes de conocer a Frank, en que había conseguido trabajo y prebendas acostándome con mujeres de la alta sociedad bellas y aburridas. Fue por mera supervivencia y no me sentía orgulloso de mi pasado, pero sí en paz. Se podía decir que, tanto Frank como yo, nos habíamos encontrado poseyendo ya un buen bagaje sexual, aunque no sentimental.
Frank me miró y besó mi mejilla con ternura justo antes de levantarse y tenderme la mano.
—Vamos, mon cher, tengo que arreglarme para la fiesta y cada vez tardo más.
—Ya sabes que a mí me gustas así, sin adornos. No te hacen falta, nena. Eres preciosa —dije tomando su mano y levantándome de la silla de aquella terraza veneciana.
—Seguro que eso también lo hacía Casanova.
—¿El qué, amor? —dije aferrándola por la cintura.
—Adularlas —rio haciéndome reír a mí también.
Capítulo 4
Invincibile
El baño era todo de mármol, con una inmensa bañera que invitaba a ser usada, pero no teníamos mucho tiempo, debíamos prepararnos para el evento en otro palazzo cercano, el Cavalli-Franchetti, no muy lejos del Ponte dell’Accademia, también en el Gran Canal. El palacio era la sede del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti y con frecuencia albergaba eventos culturales.
Nos duchamos deprisa y recurrimos al servicio de plancha del hotel para mi esmoquin y el vestido de noche de Frank, un espectacular Chanel vintage de un color indefinido, entre rosado y crema, que me recordó a su vestido de novia.
Siempre me ha gustado verla cubierta de ese tipo de tejidos vaporosos con los que percibo su cuerpo al moverse. Me encanta adivinar su cuerpo bajo la tela porque su piel es solo para mí, para que solo yo la toque de verdad. Soy un egoísta. Me gusta ver cómo se viste casi tanto como desvestirla yo mismo. También disfruto mirando cómo se baña.
«Eres un voyeur», me decía siempre Frank al pillarme mirándola.
Me quedé quieto y en silencio apoyado en el marco de la puerta del cuarto de baño, observándola. Yo ya estaba vestido, Frank se estaba terminando de arreglar.
—¿Me dejo el pelo suelto, chéri? Creo que el pelo recogido me hace más…
No terminó la frase, no la dejé. Me acerqué a ella y metí mis dedos en su sedosa melena natural castaña muy clara, con reflejos color miel, y la elevé para soltársela después y que cayese sobre sus hombros desnudos.
—Sí, déjatelo suelto —respondí casi en un susurro.
La miré fijamente recorriendo su silueta y sin pensarlo me puse delante para tomar su rostro con una mano, sujetándolo por la barbilla y besarla con apasionada lentitud. Mi boca recorrió sus suaves labios aún sin maquillar y mi lengua saboreó la suya. Acababa de lavarse los dientes y sabía a menta. El beso fue muy intenso y profundo y, al soltarla, Frank continuó con los ojos cerrados y la boca entreabierta y húmeda. Le acaricié las mejillas con mis dos manos y solté sus labios. En ese momento abrió sus ojos suaves, del color del caramelo y emitió un erótico ruidito. La miré maravillado, estaba excitada. Con los años había aprendido a reconocer las señales. Sus pupilas estaban dilatadas, su pulso agitado y su cuerpo se arqueaba sin querer hacia el mío, como si fuésemos dos imanes.
—Quiero más —ronroneó. Tenía aquel brillo salvaje en los ojos.
—Cuando volvamos, amor —respondí a pesar de que la deseaba muchísimo en aquel preciso momento.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo —le susurré al oído.
Una lancha motora privada nos recogió al atardecer para llevarnos a través de la laguna hasta el palazzo renacentista donde tenía lugar la fiesta que el cónsul de los Estados Unidos daba para dar comienzo a los festejos que precedían a la llamada Mostra di Venecia, que, aunque se celebraba en septiembre, originaba acontecimientos asociados al famoso festival de cine todo el año.
El palacio era espectacular, adornado en el exterior con una rica estructura de ventanas de estilo gótico veneciano y estaba ya iluminado cuando alcanzamos el embarcadero.
—Bueno, vamos allá —dijo Frank inspirando y soltando el aire con fuerza—. Lo lograremos.
—Eso es, nena. No lo dudes, juntos somos invencibles —le dije tomándola de la mano para entrar y acceder a la escalinata que daba paso al gran salón donde se celebraba la gala, que consistía en una cena seguida de un baile y en la que mi madre nos había prometido que encontraríamos un montón de generosos mecenas millonarios.
La cena fue exquisita, consistiendo en unos entrantes de mousse frío de bacalao salado, sardinas marinadas con pasas y piñones y frutos de mar en tempura. De segundos nos deleitaron con cangrejos de mar fritos con arroz y guisantes tiernos al vapor, y una pasta veneciana llamada bigoli. De postre degusté aquel famoso bizcocho tierno impregnado de café con buen queso mascarpone llamado tiramisú; el mejor que había probado en toda mi vida.
El convite nos sirvió para romper el hielo con nuestros compañeros de mesa. A Frank le tocó al lado un señor orondo con gafas de pasta y un apetito voraz que estaba encantado con su presencia y a mí junto a su esposa, una señora que era todo lo contrario a su marido, flaca y que apenas probó bocado. Las conversaciones fueron bastante intrascendentes hasta que alguien se puso a hablar de las nuevas restricciones para entrar a Venecia si no se era residente o se disponía de mucho dinero y del nuevo dique que mantendría la ciudad a salvo de nuevas inundaciones debido al preocupante aumento del nivel del mar. Entonces comenzó una enfebrecida discusión entre los partidarios y detractores de esas medidas que auguraban una nueva caída de la economía.
A los postres la discusión se apagó y al levantarnos de nuestra mesa para acudir al salón de baile habíamos conseguido presentar nuestra academia y el programa de mecenazgo a varias importantes fortunas patrias.
La noche continuó agradable. Frank reía un poco alejada de mí por algo que le estaban comentando un par de caballeros. Tenía una copa en la mano y estaba sonrojada por el calor, el baile y el espumoso prosecco. Sentí una punzada de deseo al verla. De pronto quería que acabase aquella fiesta y llevármela de allí para hacerle el amor con arrebato. Ella miró buscándome, se encontró con mi mirada y me sonrió. Yo levanté mi copa de crodino, una bebida no alcohólica, sin dejar de mirarla de ese modo que solo ella comprendía. Frank se dio cuenta y se ruborizó aún más.
Comencé a fantasear con cómo se lo haría en cuanto pudiese tenerla a solas, tal vez allí mismo, en algún rincón apartado, entre columnas y mármoles travertinos. O tal vez la tomase sobre alguna mesa con urgencia, hasta acabar sin resuello y temblando los dos, o se lo hiciese desde atrás con ciega lujuria.
Quería estar con ella. La deseaba con todas mis fuerzas, pero rechacé la idea de un polvo rápido. Necesitaba a Frank en total intimidad. Quería tomarme mi tiempo, dárselo todo, disfrutar de que podíamos estar solos y completamente desnudos después de meses. Tan solo alguna escapada a la casita de la playa o la compasión de mi madre nos solían permitir tener libertad para hacer el amor como realmente deseábamos, sin prisas o con urgencia, pero dándonos por completo el uno al otro, sin limitaciones, como al conocernos.
Estaba pensando en ello cuando la esposa del cónsul interrumpió mis depravados pensamientos para presentarme a un caballero que estaba interesado en mecenazgos de todo tipo. Aquel tipo pequeño y con cara de erudito quería evadir impuestos de una manera honrosa. Tal vez quisiese entrar en política o tal vez simplemente quería lavar su conciencia, pensé. He de decir que no me parece mal. Hay gente que posee inmensas fortunas que jamás hará nada por nadie.
El tipo, neoyorquino como nosotros, me prometió una generosa contribución anual. A cambio solo teníamos que cambiar el nombre de la academia, que llevaba el nombre de Charmaine Moore en honor a la madre de Pocket, la mujer negra y madre soltera que de adolescente me había dado de comer tantas veces y había evitado que acabase siendo un delincuente.
Me negué en rotundo, me despedí educadamente y fui en busca de Frank. Estaba hablando con otro grupo de caballeros y señoras. Me quedé observándola desde lejos. A ratos sonreía y a ratos callaba escuchando con aquella mirada tan inteligente. Estaba preciosa. «Se lo haré en la cama, lento, hasta agotarnos juntos», pensé regocijándome por anticipado.
De pronto sentí una presencia a mi espalda.
—Hola, Mark —dijo una voz que me era familiar, una voz de mi pasado.
Me giré de inmediato y en un primer momento me quedé boquiabierto.
—Hola, señora Tenembaum.
—Llámame Daisy, por favor, Mark. Ya nos conocemos. Además, me hace sentir mucho más vieja de lo que soy lo de «señora» —sonrió con coquetería.
Asentí. La señora Tenembaum había sido muy generosa conmigo en el pasado. La recordaba como una buena mujer de unos treinta y tantos años aburrida e infravalorada por su marido, un tipo gris que no le llegaba ni a la suela del zapato a aquella elegante dama de Manhattan. Ahora tenía casi treinta años más, pero aún conservaba parte de la espectacular belleza que había tenido en su juventud. Ella me había proporcionado trabajo en varias ocasiones, cuando apenas contaba veinte años y yo le había pagado con lo único que tenía por aquel entonces.
—Me divorcié de Virgil, ¿sabes? Tú tenías razón, era poco para mí. Me volví a casar con John Newman, un amigo de mi exmarido y mío. Él siempre me quiso. Ahora soy la señora Newman y escribo artículos para el New York Times. —Al decirlo su rostro se veía radiante.
—¡Vaya! Me alegro mucho, Daisy. De verdad —asentí con sinceridad.
—Tú me animaste a ello, ¿te acuerdas?
—La verdad es que no.
Ella me sonrió con cierta melancolía en la mirada.
—Bueno, al menos me recuerdas. He visto a tu esposa —dijo con una sonrisa pícara—. Es preciosa. Una Sargent, nada menos. Nos ha comentado a John y a mí el programa de estudios artísticos que lleváis a cabo en esa academia de arte de Queens.
—En realidad, es Frank quien está al mando. Yo estoy muy orgulloso de ella.
Daisy asintió.
—Tú también te merecías más. Me ha parecido encantadora. —Entonces me miró fijamente a los ojos—. Fuiste muy amable y sincero conmigo en una época difícil de mi vida. Eras un buen chico. Me trataste muy bien, Mark, y siempre te he recordado con cariño.
—Yo también, señora…, quiero decir Daisy —sonreí algo azorado—. Frank y yo tenemos tres hijos.
Con orgullo de padre le enseñé algunas fotos que tenía de Charlotte, Korey y Valerie en el móvil y ella me mostró las fotos de su primer nieto.
—Son hermosos, Mark —me dijo mirándome con ternura—. Me alegro mucho de haberte visto y de que tengas una familia tan bonita.
—Yo también me alegro de haberte visto, Daisy —dije estrechándole la mano a modo de despedida.
En ese momento, Daisy se acercó y me susurró al oído: «Sigues igual de apuesto y encantador que siempre», justo antes de besar mi mejilla con ternura.
Después se alejó esparciendo aquel perfume de violetas que reconocí en mi memoria. Me quedé mirando cómo desaparecía entre la gente y busqué a Frank con la mirada para, al encontrarla, ir a su encuentro. La anhelaba.
—¡Oh, Mark! Estás aquí —dijo tomándome del brazo para iniciar las presentaciones.
Estreché manos y dediqué sonrisas, y enseguida reconocí los ojos de las damas, y de algún caballero, fijos en mi persona. Las risitas tontas y el aleteo de pestañas no tardaron en aparecer.
Tuve que bailar con varias condesas y la mujer del cónsul antes de poder hacerlo con Frank. Sonaba una canción en italiano que a ella le gustó mucho, Invincibile, de Marco Mengoni. Yo la añadí a nuestra lista de canciones, la que había aumentado considerablemente a lo largo de los años y me preocupé de traducirla del italiano descubriendo una maravillosa letra que hablaba de alguien que se sentía como yo, invencible al estar al lado de ella, de Frank.
Estaba así, concentrado en mis propios pensamientos cuando escuché su voz:
—¿En qué piensas que estás tan callado, chéri? —preguntó.
Pensaba en la suerte que había tenido al conocer a Frank y en que ella me amase.
—En ti —respondí.
Capítulo 5
Quando m’en vò
La gente ya había tomado suficientes bellinis, un cóctel con vino y zumo de melocotón blanco, como para estar sobradamente borrachos, así que tanto Frank como yo consideramos que no íbamos a sacar nada más de aquellos bolsillos repletos y decidimos hacer mutis.
Regresamos un tanto decepcionados, sin haber confirmado ninguna posible donación. Todo habían sido buenas palabras, pero poco más.
En la lancha de vuelta al hotel habíamos charlado de algo intrascendente acerca del colegio de los niños. Ya dentro del hotel, mientras subíamos a la habitación, solo podía fijarme en lo guapa que se veía con su vestido de noche.
Frank había bebido más de la cuenta y yo, totalmente sobrio, era consciente de cómo el alcohol la hacía estar más liviana y suave. Solo hasta que la tocaba, entonces se volvía salvaje, se abandonaba de tal forma que quedaba por completo en mis manos.
Aunque estaba cansado y el viaje transoceánico en avión me había puesto de los nervios no tenía entre mis intenciones irme a dormir sin aprovechar aquella principesca cama en Venecia.
El aire de la noche veneciana que entraba por la ventana era cálido y llegaba cargado de una humedad pegajosa. Había cierto aroma a fango en el ambiente, pero la vista sobre el viejo canal desde aquella suite era soberbia.
Frank había puesto una de sus listas de ópera que guardaba en el móvil en el equipo de música de la habitación. Era lo más apropiado para aquel escenario. Sonaba Quando m’en vò, de La Bohème. Tuve que reconocer, una vez más, que Puccini era el mejor.
En todos aquellos años con Frank había aprendido mucho de ópera, y aquella pieza, también llamada «el vals de Musetta», me gustaba mucho. Aquel canto en la voz de la maravillosa Maria Callas transmitía alegría.
Estaba en la habitación descalzándome junto con Frank. Teníamos los pies doloridos por el baile. En ese momento el teléfono de Frank vibró y lo cogí para dárselo.
—Tienes un mensaje, nena —dije acercándoselo.
—Gracias, chéri.
Me había quitado la chaqueta del esmoquin, la pajarita y había soltado dos botones de mi camisa. Tenía calor.
—Mark…
Noté algo raro en su voz y la miré. Ella examinaba la pantalla de su móvil con extrañeza. Al levantar la mirada estaba asombrada.
—¿Qué, amor?
—Acaban de donar en la cuenta de la academia —dijo mirándome aturdida.
—¿Cuánto?
—Tres millones de dólares —dijo casi sin voz.
La miré atónito y enseguida comprendí. Sabía quién había sido.
Nos abrazamos con fuerza sin poder dejar de sonreír porque alguien acababa de salvar la Academia de Artes Escénicas Charmaine Moore.
Salimos a la terraza descalzos y muy felices a contemplar el Gran Canal de noche. Tomé a Frank por la cintura apretándola contra mi cuerpo. Ella suspiró suavemente al sentir mis brazos rodeándola.
—Lo hemos logrado. Vamos a poder continuar con la academia.
—Ha sido gracias a ti. Las mujeres de todos estos millonarios achacosos no te quitaban la vista de encima —dijo Frank.
—No lo creo. Creo que te miraban más a ti. Tengo casi cincuenta años y ahora soy yo el viejo, princesa. No soy ningún Casanova.
—No, sigues siendo el hombre más atractivo en cualquier fiesta y el más elegante y sexy, chéri. Y esa señora que hablaba contigo estaba de acuerdo conmigo.
Sonreí de pura vanidad, he de reconocerlo, pero los viejos tiempos habían quedado atrás el mismo día en que conocí a Frank y ella lo sabía. La apreté con fuerza apoyando mi barbilla en el hueco entre su hombro y su cuello, inspirando y llenándome con el aroma que emanaba de su cálido cuello, allí donde podía sentir su pulso.
—Venecia es hermosa. Nunca habíamos estado antes. No sé por qué —dije pensando en voz alta—. Habíamos estado en Roma y en…
—En Capri y Amalfi. Y en Florencia —dijo Frank.
Suspiré admirando el panorama, con las luces reflejándose en el agua y de pronto recordé que, a mi abuelo, aquel emigrante irlandés, Venecia siempre le pareció algo extraordinario y que le hubiese encantado poder visitarla. Sonreí recordando al bueno de Seamus Gallagher.
Apreté un poco más fuerte a Frank y respiré el aroma de su pelo y su nuca. Al exhalar mi aliento su piel se erizó y su cuerpo experimentó una ligera convulsión.
Le subí el vestido sin prisa y le acaricié los muslos cálidos y suaves metiendo mis manos entre sus nalgas y sostuve su sexo tierno firmemente contra mi mano. La fina tela que lo tapaba estaba empapada y yo emití una exclamación de absoluto placer.
—Quítamelas —me pidió apoyando su cuerpo en el mío.
Lo hice y regresé a ese lugar entre sus muslos hasta alcanzar sus jugosos labios. Al sentir mis dedos ella emitió un gemido, casi un ronroneo. Le acaricié un hombro con mis labios y el tirante de su vestido de satén resbaló cayendo. Hice lo mismo con el otro y sus pechos quedaron desnudos, expuestos al aire húmedo de la laguna.
Pellizqué sus firmes pezones mientras la otra mano se dedicaba a deslizarse por sus labios, penetrándola con mis dedos. Los ruidos de placer que emitía Frank comenzaron a ser cada vez más afanosos mientras yo acariciaba toda su carne tibia y jugosa.
—Te va a oír toda Venecia, cariño —sonreí.
—No me importa —jadeó.
Frank comenzó a retorcerse de placer mientras yo metía y sacaba mis dedos de su interior. Agité la mano presionando a la vez, sin dejar de introducirlos, y ella gimió con fuerza. Cuando mi mano presionó contra su clítoris mojado su cuerpo se arqueó. Sus nalgas frotaban mi bragueta.
Aquel roce y sus jadeos me habían puesto completamente duro. Intensifiqué la fricción sobre su clítoris y con un par de dedos en su interior comencé a notar los espasmos de su carne. Sus lloriqueos de placer y su cuerpo agitándose mientras yo la sujetaba por el vientre me hicieron resoplar de deseo.
—¡Oh, nena…!
—Házmelo, Mark. Te quiero dentro, entero —jadeó.
—Aquí no —respondí ronco de ganas—. En la cama, amor. Te quiero en la cama.
Ella se giró para besarme con una pasión increíble y yo la tomé en brazos para llevarla hasta la cama y posarla con cuidado mientras me colocaba de rodillas, de frente, y me desnudaba rápidamente para tumbarme sobre su cuerpo.
Me moría por tenerla, por dejarme ir derramándome en su interior, y me introduje en ella deprisa. La postura del misionero está muy subestimada. Es cómoda y muy placentera para ambos si se hace bien. Frank se aferró a mí, atrayéndome con fuerza. Me acariciaba la espalda, las nalgas y, yo, apoyándome en las palmas de las manos, la monté de un modo implacable, gruñendo de gusto. Pero sabía que ella quería volver a correrse conmigo. Así que me concentré para no eyacular y reduje el ritmo para poder satisfacerla.
Me centré en sentir cómo mi pene grueso y resbaladizo la iba ensanchando y abriendo cada vez más. Porque eso era lo mejor del mundo, el darle placer, el verla abandonarse y gozar de mí. Metí mis manos bajo sus nalgas y apoyándome sobre su cuerpo suavemente le aupé el trasero para posarme sobre su vientre y sus muslos y penetrarla más profundamente. Resbalé hasta el fondo y Frank dio un respingo al sentirme entero dentro de ella. Después sofocó un grito de genuino y absoluto goce.
Comencé un baile lento y agotador. La sangre palpitaba en mi miembro y podía sentir la suya también, como si su corazón estuviese entre sus piernas, en sus mismísimas entrañas. Estaba totalmente entregada a mí, a mis esfuerzos. Yo ya estaba transpirando y ella tenía el escote y los pechos mojados de sudor. Sus caderas se elevaron hacia las mías y volví a penetrarla más fuerte. El golpeteo de mi sexo contra el suyo la hizo gritar.
—Vuelve a hacer ese gritito. Hazlo para mí, amor. ¡Me gusta muchísimo! —jadeé sofocado, frenando mis embestidas.
Frank rio y lo hizo, más fuerte, yo le sonreí y todo mi cuerpo tembló envuelto en aquel calor que manaba de ella. Ya se retorcía de placer y de pronto noté cómo convulsionaba sacudida por mis envites constantes. La alcé en el aire, resoplando por el esfuerzo y ella se aferró a mí para devorar mi boca entre urgentes gruñidos de placer. Entonces estalló, estremeciéndose sin control, lloriqueando de gusto. Le mordí suavemente el cuello, el hombro y ella aferró mis nalgas con todas sus fuerzas mientras yo rugía derramándome.
Mi pulso latía aún furioso en mis oídos y en mis testículos. Frank estaba como desmayada en mis brazos, intentando coger aire sin abrir los ojos, temblorosa y caliente. Acaricié su espalda muy despacio, apenas rozando su columna vertebral y ella se estremeció dejando caer su cabeza en el hueco de mi cuello. Yo la acuné aguardando a que regresase a mí, como siempre.
—Me encanta cuando gimes así —sonreí susurrándole al oído.
—En casa no puedo. Pero estoy algo… abochornada. Creo que he gritado mucho —sonrió avergonzada. Yo la besé con ternura en la frente.
—Sí, hacía mucho tiempo que no te escuchaba gemir así, tan fuerte. Me pone muchísimo escucharte.
—Y a mí escucharte a ti —murmuró somnolienta.
La recosté sobre la cama y me acomodé para tomarla en mis brazos. Ella apoyó su mejilla sobre el vello de mi pecho y suspiró haciéndome suspirar a mí también, de pura felicidad.
—Me encanta cuando me follas así, como un desesperado.
Reí por su comentario.
—Yo no te follo, amor, yo…
Frank no me dejó terminar porque besó mis labios para hacerme callar.
—Lo sé. Tú me haces el amor, chéri —dijo.
—Hace muchos años que no follo. Desde que te conozco, en realidad. Contigo solo hago el amor.
Frank me miró y vi una enorme ternura en sus ojos. Le devolví la sonrisa y al mirarla sentí casi dolor. Estaba saciada, desnuda, tenía el pelo despeinado, sus preciosos ojos del color del caramelo brillaban y no pude contener mis pensamientos.
—Estás guapísima después de correrte —le dije.
Ella me miró abriendo mucho los ojos, impactada por mi declaración y rio. Yo también lo hice e inmediatamente después la besé en la boca para volver a enredarme con ella entre las sábanas.
Regresábamos a Nueva York dispuestos a celebrar el cumpleaños de Frank. Hacíamos escala en Heathrow y fue cuando me di cuenta de que tenía una llamada perdida de mi madre.
Odio volar, me da igual hacerlo en primera clase, para mí es un suplicio. Además, el viaje de vuelta era largo, por eso apagué el teléfono. Sabía que apenas iba a cerrar los ojos, como mucho echar una cabezada mientras Frank dormía a pierna suelta a mi lado, pero al menos quería intentar relajarme escuchando música, leyendo o viendo alguna película.
Devolví la llamada a mi madre, que estaba en Los Ángeles, extrañado y algo ansioso.
—Hola, mamá, ¿todo va bien? —dije sonriente. Me alegró escuchar la voz de Charlie.
—Sí, en realidad, sí, pero tenía que avisaros antes de que lleguéis a casa —dijo mi madre.
—¿Avisarnos? —pregunté alarmado pensando en catástrofes posibles como que se hubiese incendiado o inundado nuestra casa o que los niños estuviesen enfermos.
—Sí. Charlotte está aquí conmigo, en Los Ángeles.
—¿Cómo? —exclamé sorprendido.
—Está bien. Jalissa prefirió que lo supieseis por mí.
—Pero… tenía exámenes esta semana próxima —dije confuso.
Frank, a mi lado, me miró extrañada.
—¿Qué ocurre, Mark? —preguntó.
—Es mi madre —le dije e hice un gesto para que aguardase.
—Lo sé, pero ahora eso no es lo principal, Mark —dijo mi madre.
—¿Cómo que no es lo principal? —exclamé.
—Charlotte está bien, tranquilo.
Resoplé intentando mantener la calma.
—Charlie, pásame a mi hija, por favor.
—No, ahora no es un buen momento. Estás enfadado.
—¡No lo estoy! —respondí sorprendido.
—Me has llamado Charlie —dijo mi madre y supe que estaba sonriendo—. Además, aquí en Los Ángeles aún es pronto y está durmiendo.
Tomé aire lentamente ante la atenta mirada de Frank para intentar mantener la calma. Frank posó su mano en mi hombro con suavidad y con solo ese gesto logró sosegarme y que mi respuesta fuese más serena.
—Está bien. Hablamos cuando lleguemos a Nueva York. Nos quedan aún casi seis horas de vuelo. Dile a Charlotte cuando se levante que su madre y yo queremos hablar con ella, por favor —dije antes de colgar.
Capítulo 6
Holding On To You
Ya en Nueva York, hicimos frente a aquella nueva crisis familiar. Nuestra hija mayor se había gastado parte de los ahorros que tenía gracias a la paga de su abuela en un vuelo VIP a Los Ángeles sin acabar el curso escolar.
No iba a ser la primera ni la última vez que nuestros hijos la liarían, me dije, pero empezaba a tener la sensación de que cada vez serían problemas más complicados de resolver. Y Charlotte solo era la primera. Miré al cielo y puse los ojos en blanco.
Charlotte hizo una videollamada, pero no quiso hablar conmigo, sino con Frank. Eso me alteró más todavía y me puse a hacer té, lo único que solía ayudarme a mantener la calma en momentos de dificultad.
Me llegaban pequeños fragmentos de la conversación que mantenían Charlotte y su madre mientras ponía la tetera al fuego y me ocupaba de sacar un par de tazas del aparador de la cocina, pero no lograba captar el significado de nada en concreto. Finalmente, Frank colgó y me acerqué con las tazas de té, impaciente por saber.
—¿Y bien?
Frank estaba sentada y me miraba serena.
—Charlotte quiere quedarse en Los Ángeles y probar suerte como cantante y actriz. No quiere seguir estudiando.
—¿Se ha vuelto completamente loca? —grité horrorizado—. ¿Y cómo puedes decírmelo así, tan tranquila?
—Porque no arreglo nada subiéndome por las paredes como tú estás a punto de hacer ahora mismo —respondió Frank.
—No puede abandonar sus estudios y menos quedarse allí para… para… ¡Joder! —emití un resoplido de furia dejando las tazas de té sobre una superficie estable, antes de que se me cayesen de las manos.
—Está con Charlie. Estará bien, Mark.
—¿Actriz? ¿Cantante? —pregunté desesperado.
Frank levantó una ceja.
—Tu madre me ha dicho que ella misma la llevará a alguna audición y que cuando vea cómo funciona el asunto se le pasará. Charlie me ha prometido que le quitará la idea de la cabeza.
—¡Oh, estupendo! —dije elevando los brazos al cielo—. No sabe lo cabezota que puede llegar a ser su nieta.
—Se hace una idea, créeme.
—Pero va a perder el curso. Y el año que viene se gradúa.
—Y lo hará. No te pongas dramático, chéri.
—¿Dramático? ¡Yo no me pongo dramático!
—Te pones dramático y sobreactúas. —Miré a Frank asombrado—. Solo necesita un poco de tiempo. Siéntate.
Iba a añadir algo más, pero decidí callarme y sentarme en el sofá.
—Qué más. Sé que hay algo más —dije con el ceño fruncido.
Entonces me lo soltó, sin anestesia.
—Charlotte estaba saliendo con alguien y han roto.
—¿Cómo? ¿Tu sabías algo de eso? —exclamé levantándome como si me hubiesen pinchado en el culo.
—Me lo parecía.
—¿Y no me dijiste nada? Espera. ¿No estará… embarazada?
—¡Cómo puedes pensar así de tu hija! No es ninguna descerebrada, ¿sabes?
—Bueno… lo sé. Sé que es muy inteligente, pero… tú también lo eres y…
—Cállate que lo vas a empeorar más, Gallagher —dijo Frank furiosa.
—¿Ahora te enfadas conmigo?
Frank y yo casi nunca nos enfadábamos, únicamente solíamos hacerlo por culpa de nuestros hijos. Solo ellos lograban eso.
—¿Y qué esperas? No tienes confianza en ella. Por eso no ha querido hablar contigo. Ha dicho que te enfadarías y te pondrías echo una fiera. Y así ha sido —dijo exasperada—. Charlie dice que le demos una semana para que se tranquilice.
—¿Y el curso?
—Ya hablaremos con el colegio. A ver qué podemos hacer.
—¿Sabes lo que haría yo?
—Me lo imagino —dijo poniendo los ojos en blanco.
—Me presentaría allí y la traería de vuelta a casa. Soy su padre y ella es menor de edad —Frank resopló—. Pero está bien. Esperaré. Para que no me llaméis histérico.
Lo hice. Aguardé pacientemente a que mi hija se tomase su tiempo para divagar y decidir sobre su futuro obviando por completo a sus padres.
Mientras, Frank y yo visitamos a nuestros otros dos hijos en el campamento de verano al que llevaban años acudiendo y pasamos el día con ellos. Tanto Korey como Valerie, aún obedientes y dóciles, eran totalmente ajenos a las decisiones de su hermana mayor y no le dieron importancia al hecho de que Charlotte se hubiese cruzado el país ella sola y que estuviese viviendo en pleno Hollywood, en la mansión de su abuela.
Korey era la viva imagen de Frank, de pelo rubio oscuro y ojos del color del caramelo, tranquilo y de buen carácter era un verdadero ratón de biblioteca, y Valerie, una perfecta mezcla de sus dos hermanos, con los ojos rasgados de su hermano y la piel pecosa de su hermana mayor, tenía el pelo liso de Korey, pero caoba como Charlotte, era alegre y muy habladora.
Yo solo podía pedir al cielo para que ambos se conservasen el mayor tiempo posible en aquel limbo feliz de ingenuidad que llamamos infancia.
De vuelta en Astoria recibí un escueto mensaje de mi madre que elogiaba las dotes artísticas de nuestra hija mayor. Dejé que fuese Frank la que contestase mediante una videollamada. Yo estaba demasiado molesto con la actitud de Charlotte para poder hacerlo.
—Si insiste en no regresar va a perder el curso. Tendrá que repetir porque no podrá presentarse a los exámenes finales —dije más preocupado que enfadado.
Había fantaseado durante toda su infancia con que ella sería la primera Gallagher que haría una carrera universitaria.
—Tienes que confiar en ella —dijo Frank de pie, a mi espalda, acariciando mis hombros. Resoplé y giré el cuello, que crujió de un modo alarmante—. Estás tenso y tienes una contractura.
—Es que me está costando mucho no coger un avión y plantarme en Los Ángeles —dije removiéndome en mi asiento.
—Lo sé, pero con eso solo empeorarías las cosas. Está bien con Charlie. No la presiones porque hará justo lo que no quieres que haga —dijo besando mi cuello—. Y tú tienes que relajarte, chéri, y no enfadarte.
—Es fácil decirlo —resoplé—. Siempre nos enfadamos por ellos, por nuestros hijos.
—Sí, es cierto. ¿Por qué no nos vamos a la casita de la playa este fin de semana? No hemos celebrado mi cumpleaños tú y yo solos, solo con los niños —sonrió con picardía—. Korey y Valerie están en el campamento aún y tú y yo… podríamos… tomar el sol, pasear por la playa, comer langosta y… relajarnos juntos.
Sus dedos acariciaron mi nuca erizando mi piel. Eché la cabeza hacia atrás y vi sus ojos fijos en los míos.
—Está bien —suspiré viendo cómo se ensanchaba su preciosa sonrisa y sonreí por inercia. Frank se agachó hasta alcanzar mi boca y besarme emitiendo un dulce ruidito que me hizo volver a sonreír.
Conduje hasta Los Hamptons decidido a pasar un buen fin de semana, sin remordimientos. Las fotografías que mi madre nos había enviado de Charlotte tomando el sol en la piscina, posando en Malibú para el book de estrella de cine que estaba sufragando su abuela y probándose de todo en Rodeo Drive como en Pretty Woman me confirmó que mi hija no estaba precisamente preocupada como nosotros. Así que cuando Frank regresó de la academia a media tarde tomé la carretera hacia la casita de la playa dispuesto a aguantar la caravana de un viernes saliendo de Nueva York.
Casi anochecía cuando llegamos a Main Beach, la playa de East Hampton. La casa de verano, un antiguo refugio de pescadores que perteneció a la madre de Frank, se divisaba como un amparo blanco entre las marismas. El restaurado refugio para guardar los aparejos de pesca reconvertido en un coqueto bungaló al estilo de Los Hamptons había estado cerrado los últimos meses y la humedad y el salitre procedente del mar se había apoderado de él. Pensé que necesitaba una mano de pintura.
Un trueno retumbo lejano cuando abríamos la puerta. La primavera, que estaba a punto de acabar, había sido especialmente fría. Me dispuse a encender la chimenea para templar rápidamente el húmedo ambiente mientras Frank rebuscaba entre los vinilos para elegir la música. Escogió uno de los discos de ópera de su madre, la famosa mezzosoprano francesa y lo puso en el plato para vinilos.
La salita de estar pronto se caldeó con el fuego y la estupenda voz de la difunta Valentine Mercier, así que, escuchando cómo caían las primeras gotas de la tormenta, decidimos quedarnos en casa y no salir a cenar como teníamos planeado.
—La langosta va a tener que esperar. Me parece que está a punto de caer un aguacero —dije.
—¿Tú crees? —dudó Frank.
Otro rayo iluminó el salón.
—Ese ha caído muy cerca.
El siguiente fue el que dejó a todo Main Beach sin luz.
—¡Vaya por Dios! —exclamó Frank—. Nos hemos quedado sin música.
—Teníamos que haber puesto paneles solares también aquí —lamenté.
—Bueno, tenemos la chimenea y velas. Venga, ayúdame a encontrarlas.
Buscamos todas las velas que pudimos localizar y las encendimos sobre varios candelabros, dentro de vasos y platos. Después utilicé mi móvil para poder escuchar una de nuestras canciones favoritas, Holding On To You del genial Terence Trent D’Arby. La habíamos bailado juntos un montón de veces y también era una de nuestras canciones para hacer el amor.
Pronto todo el salón se llenó de la calidez que proporcionan las llamas, grandes como las de la chimenea o las pequeñas de las velas. Es un tipo de luz que no puede competir con la luz eléctrica y que cambia tu estado de ánimo. En mi caso me pareció la mejor puesta en escena para aquella noche con Frank.
Nos sentamos sobre la alfombra, frente a la chimenea. La lluvia golpeaba contra las ventanas y el tejado, pero nosotros estábamos resguardados de las inclemencias de la costa atlántica en nuestro lugar preferido.
—Se está bien aquí al lado del fuego —suspiró Frank descalzándose y quitándome las deportivas.
—Mejor que arriba. El dormitorio estará frío —sonreí al verla quitarme los calcetines.
—No tenía pensado subir —dijo mirándome con picardía.
—¿No vas a deshacer la maleta?
—Apenas he traído nada.
—No me lo creo —reí.
—Ni tan siquiera un camisón —dijo mordiéndose el labio con picardía.
—Ah… me parece lo correcto porque… —susurré enredando mis dedos en un mechón de su pelo—. Resulta que yo tampoco he traído pijama, nena.
Frank rio en el mismo momento en que yo le estaba soltando el primer botón de su blusa. Continué sin que ella dejase de mirarme, intentando aguantarse la risa, hasta que dejé a la vista su ropa interior. Acaricié su piel justo al borde del sujetador de encaje, pasando lentamente las yemas de mis dedos. Frank no dejaba de mirarme con ojos golosos. Ya no hacía frío, pero su piel se erizó y al verlo pasé mi mano por encima de sus pechos, que asomaban llenos y suavísimos de entre las copas del sujetador.
Frank se quitó la blusa y el sujetador y se quedó en vaqueros delante de mis ojos.
—Ahora me toca a mí quitarte la ropa —dijo mordiéndose el labio con cara traviesa.
—Es lo justo —sonreí como un canalla—. ¿Y después?
—Después tengo pensado hacerte algunas cuantas cosas, pero… si te portas bien y me miras a los ojos y no a las tetas.
—No puedo, amor —reí haciendo un puchero.
—Sí que puedes.
Me reí y negué con la cabeza.
—Sabes lo que me gusta mirarte las tetas —dije tomándolas entre mis manos y besando cada una de ellas con suavidad.
—Vale, pues, entonces, para evitar que me las mires, voy a hacer algo.
E inmediatamente se levantó para coger la maleta y abrirla. Rebuscó, desordenándolo todo, sacó un pañuelo y vino con él hacia mí.
—Sé lo que quieres hacer con ese pañuelo —sonreí.
—Anda, calla, Gallagher.
Frank se puso detrás, me quitó la camisa y apoyó sus cálidos pechos en mi espalda desnuda mientras me ponía el pañuelo, tapando mis ojos y atándolo a la nuca. Al notar sus pezones duros y suaves presionando mi piel no pude evitar gruñir de gusto.
—¿Ves algo? —preguntó—. Y no mientas.
—No, nada. Palabra —dije levantando la mano y poniéndola sobre mi pecho, en el lado del corazón.
Supe que ella estaba sonriendo cuando acarició mis hombros y bajó sus manos por mis clavículas hasta mis pectorales, provocándome un suspiro. Las volvió a subir regalándome un masaje en la nuca.
—Estás muy tenso, chéri.
—Es por culpa de tu hija, mi vida.
—Nuestra hija, mon amour —dijo dejándome un suave beso en el cuello.
Volví a reír. Aquel juego estaba resultando muy divertido. Escuché cómo Frank se movía a mi alrededor colocándose delante, mientras yo continuaba sentado sobre la moqueta. Oí una cremallera y el sonido de una tela resbalando por la piel.
—Ahora túmbate —susurró.
Lo hice y se colocó de rodillas sobre mis muslos. Yo aún llevaba puestos los vaqueros. Ella ya se había quitado los pantalones porque noté su piel cálida rozando la mía. Quise comprobar algo más y extendí mi brazo tanteando hasta que mi mano se topó con el suave vello recortado de su sexo. Frank había decidido no depilarse más el vello púbico porque, en sus propias palabras, le parecía una tortura patriarcal absoluta que rayaba la pederastia y solo se lo recortaba. A mí me parecía bien lo que decidiese respecto a aquella delicada parte de su anatomía, no tenía que pedir mi opinión de ninguna manera, era su decisión y su precioso coño. Además, he de confesar que ese lugar tan íntimo es mucho más bonito adornado con un poco de suave pelo color canela. Soy antiguo hasta para eso.
Mis dedos rozaron el vello sedoso y resbalaron hacia sus pliegues mojados. Frank suspiró y yo intensifiqué las caricias sobre sus labios deslizándolas hasta dentro. Ella gimió y se removió sobre mi cuerpo. Enseguida me di cuenta de lo que pretendía porque noté cómo se colocaba justo encima de mi rostro. Aún con el pañuelo tapándome los ojos pude notar su aroma, su calor y escuchar su respiración agitada. Su piel es tan suave y cálida ahí abajo que nunca puedo resistir las ganas.
Elevé un poco mi cabeza y mis labios alcanzaron su sexo. Al momento me puse a saborearla. Mi boca chupaba, mi lengua lamía mientras mis manos acariciaban sus nalgas y sus muslos. Frank comenzó a gemir cada vez con más fuerza a medida que la punta de mi lengua alcanzaba el ritmo perfecto sobre su clítoris. Yo no paraba de gruñir sobre su carne tierna y empapada y ella no podía dejar de jadear mientras se balanceaba siguiendo la cadencia de mis labios succionando su delicioso sabor salado.
Gemí palabras que no pudo escuchar. El zumbido de mi voz contra ella, retumbando en su carne, la volvía tremendamente salvaje. No era importante lo que le decía, tan solo el sonido de su hombre disfrutando de su festín privado, de ella, de su esencia.
Metí uno de mis dedos entre sus pliegues y lo introduje entero en su interior, muy despacio. Frank gruñó de gusto. Lo saqué rozando y presionándola toda, y continué lamiéndola sin descanso, resoplando, abrumado por el dulce aroma a sexo y por los sonidos que emitía de puro placer. Volví a metérselo y volví a sacarlo, una y otra vez. Ella lloriqueaba muy bajito «sí, sí» mientras mi boca hacía brotar los primeros temblores de sus tiernas y ardientes entrañas. Mis manos presionaban sus nalgas. Las tomé entreabriéndola más y me afané en su clítoris ya duro e hinchado. Con cada nueva pasada de mi lengua conseguía un nuevo gemido maravilloso. Mis dedos mojados por sus fluidos le acariciaban los muslos y las nalgas ya empapadas. Uno de mis dedos recogió todo aquel néctar que brotaba de su interior y resbaló entre sus nalgas para comprobar cómo se abría. Introduje un dedo en cada entrada y justo en aquel momento Frank comenzó a palpitar sin control. Los espasmos y sus poderosos gritos orgásmicos me hacían temblar de placer. No dejé de lamerla mientras se agitaba desesperada sobre mi rostro.
Yo sabía que llegaba un momento, durante su orgasmo, en que incluso el más leve roce le resultaba casi insoportable de tanto placer que le causaba, así que paré de presionar y solo me dediqué a depositar suaves besos sobre su carne estremecida.
Poco a poco, Frank dejó de jadear y comenzó a respirar con menos afán. Me quitó el pañuelo y pude contemplar aquella sensualidad salvaje que emanaba de ella. Respiré con fuerza y sentí aquel dulce y antiguo dolor en mi pecho.
—Creo que este ha sido tu regalo, ¿verdad? —susurró.
—Exacto. Todo para ti —sonreí acariciando sus muslos temblorosos.
Yo no era un hombre que hiciese muchos regalos, pero todos mis besos y abrazos eran para ella y Frank lo sabía.
Se deslizó sobre mi cuerpo con una lujuriosa sonrisa en la cara y me soltó los vaqueros para tirar de ellos y dejarme completamente desnudo, liberándome. Yo estaba durísimo y casi me dolía. Sus dedos me acariciaron haciendo que mi miembro palpitara con fuerza y que se me escapase un quejido de placer. Miró mi erección y se pasó la lengua por los labios justo antes de sonreír.
—Tu turno, chéri.
Y se agachó para dedicarse a mí, para concederme el éxtasis con su boca. Mientras, Terence cantaba para nosotros:
Pero abrazarte a ti, significa dejar de lado el dolor.
Significa dejar de lado las lágrimas.
Significa dejar de lado la lluvia.
Significa dejarse curar las heridas.
Abrazándote a ti.
Capítulo 7
Missing You
«Duda que sean fuego las estrellas, duda que el sol se mueva, duda que la verdad sea mentira, pero no dudes jamás de que te amo».
William Shakespeare.
Siguió lloviendo toda la noche y nosotros continuábamos desnudos junto al fuego y tirados sobre la alfombra, tapados por una manta. Nos daba pereza movernos y estábamos muy cómodos en aquel estado de dulce y cálida flojera que deja el sexo.
Frank descansaba apoyando su cabeza sobre mi pecho y jugueteaba con el vello de mi vientre mientras yo dedicaba perezosas caricias a su espalda, sus hombros y su pelo, adormilado y muy satisfecho de la estupenda felación que acababa de hacerme, interrumpida por diversas posturas y penetraciones que le proporcionaron un segundo orgasmo. Sí, es así, ella siempre sale ganando.
Me estiré sobre la manta que nos tapaba a los dos y sentí pequeñas punzadas de dolor en varios sitios de mi cuerpo, flexioné las rodillas y noté cómo me crujían las articulaciones y la rigidez de la espalda contra el duro suelo de madera. Aun así, me sentía plenamente feliz y, aunque exhausto, emití un leve quejido de placer. Frank me miró.
—¿Cansado? —sonrió.
—Sí —susurré acariciándola con ternura—. Los cuarenta y siete pesan. Mi cuerpo ha entrado en decadencia y no estoy tan elástico como antes, me temo.
—Estás perfectamente, chéri. Tienes suerte. A mí cada vez me cuesta más mantener la talla de los pantalones.
—Tienes una talla perfecta —dije agarrando su trasero y besándola en los labios.
—Gracias —sonrió—. Pero a lo que me refiero es que tu cuerpo sigue siendo como siempre. Estás sin un gramo de grasa, sin estrías… Eres hermoso.
—Tu sí que eres hermosa, amor. —Hice una pausa para contemplarla y le acaricié el vientre mirándola a los ojos—. Para mí eres hermosa porque tu cuerpo ha creado a nuestros hijos, porque lo he visto cambiar, porque… es mi refugio.
—¿Lo es? —susurró con los ojos brillantes y la voz estremecida.
Asentí abrazándola con muchísima ternura.
—Por cierto, tu «tratamiento» es mejor que una sesión de yoga. Eres fantástica —suspiré besando su pelo.
—¿A que ya estás menos preocupado?
—Sí, estoy mejor —sonreí.
—Tienes que tomarte las cosa con más calma, chéri.
—Ya sabes cómo soy, nena.
—Sí, pero con esto de Charlotte… Me recuerdas a mi padre, a Geoffrey —dijo con cierta tristeza en la mirada—. No quiero que os enfadéis.
Recordé al difunto Geoffrey Sargent, al que Frank creyó su padre durante veintiún años y que aun después de saber que no era su hija bilógica la quiso como si lo fuese y le dejó toda su fortuna en herencia.
—Ahora comprendo mejor a Geoffrey —le dije con ternura.
—Él no quería que fuese actriz y se ponía igual que tú con Charlotte.
—Porque te quería y quería protegerte de todo, hasta de mí —sonreí.
—Sí, lo sé, aunque no hacía falta. Al menos no de ti —susurró sobre mi pecho—. A veces tenemos que tomar decisiones equivocadas para encontrar el camino. Debes tener paciencia y confiar en ella. ¿Recuerdas tu adolescencia?
Asentí poniendo los ojos en blanco. Recordé mi desesperación al morir mi abuelo, mi miedo y mi silencio, pero sobre todo recordé lo solo que me sentía y lo poco que me quería a mí mismo hasta que Charmaine Moore, o más bien su hijo, se cruzó en mi camino y me invitó a comer pollo frito en su casa. Mi otra salvadora fue Frank, mi Frank. Años después, al conocerla, había sido el motor que me había hecho desear ser mejor persona y sentir que, por fin, no estaba solo en el mundo.
—No sabe lo que quiere. Es una niña todavía, aunque se crea muy mayor —dije.
—No, probablemente no lo sabe y está confusa y solo necesita estar segura de que la amamos y que estaremos a su lado siempre. Además, quién sabe si realmente es su vocación.
—Tú también lo creías.
—No, yo lo hacía por parecerme a mi madre y fastidiar a Geoffrey. Entonces no me daba cuenta. Además, Charlotte tiene mucho más talento que yo.
Reí al escuchar su confesión. Miré a Frank y besé su frente.
—Lo sé, siempre supe que era por enfrentarte a tu padre. Incluso yo era una forma de desafiarle.
—No conscientemente y solo al principio —sonrió para acariciar mi rostro después—. Es como si pudieses ver dentro de mí, siempre ha sido así. Me conoces tan bien…
—Lo mismo que tú a mí, amor.
Nos besamos con ternura durante un rato.
—Creo que deberíamos ir a Los Ángeles para que Charlotte sienta eso, que estamos con ella pase lo que pase —dije.
Frank me miró y asintió.
—Sí, la echo mucho de menos.
—Yo también —suspiré acariciándola—. ¿Sabes que eres una madre maravillosa?
—Y tú un padre estupendo.
La abracé con fuerza.
—Bueno, hasta ahora hemos sido un buen equipo —dije.
—Y lo seguiremos siendo.
—Lo que me gustaría saber es con quién porras salía —gruñí poniendo cara de pocos amigos.
—Gallagher… —me reprendió.
—Me enteraré tarde o temprano, nena.
—Y no harás nada —dijo apuntando en mi pecho con su dedo. De pronto se tocó la rodilla y gimió de dolor.
—¿Te duele algo? —pregunté preocupado.
—Las rodillas, me las he rozado con el suelo y creo que se me van a pelar. —Elevó una de sus bonitas piernas y se examinó—. Las tengo rojas.
—Creo que yo también me las he quemado por culpa de la alfombra. Te dije que era muy áspera cuando la compramos.
En ese momento, Frank se echó a reír y yo tomé su pierna rodeando su muslo con mis manos para acercarla a mi boca y besar con cuidado su maltrecha rodilla.
Me arrepentí de mi idea de presentarnos en Los Ángeles en cuanto tomamos el avión, pero lo que me confirmó que había sido pésima fue el comprobar que la casa de mi madre, la mansión Kaufmann, estaba en obras y el poco entusiasmo de nuestra hija al vernos a sus hermanos, su madre y a mí.
Iba a ser una sorpresa y no avisamos a nadie. Charlotte estaba en la piscina tomando el sol y sonaba Missing You, todo un clásico para corazones rotos de John Waite. Frank me dio un leve codazo en el brazo que interpreté como una señal que apelaba a mi lado más paciente y para que tuviese tacto con nuestra hija.
Al menos me alegró ver que había salido a su madre en lo de la lectura y a mí en el gusto musical porque estaba tumbada bajo una sombrilla con su e-book en las manos y aquella joya de los 80 a todo volumen en los radiocasetes retro digitales que se habían vuelto a poner de moda, pero sin las antiguas cintas de dióxido de cromo.
Desde aquel lado del amplio jardín se escuchaba la voz de mi madre acercándose y dando instrucciones a alguien. Al vernos dejó al operario con sus planos y corrió a abrazar a Korey y Valerie.
—Pero ¿qué hacéis aquí todos? —preguntó con alegría, mientras nuestros hijos pequeños la colmaban de besos.
—Queríamos que fuese una sorpresa, abuela —dijo la pequeña Valerie.
—Pues lo ha sido. Pero ¿habéis vuelto a crecer? —rio mi madre atusándose su melena caoba rojiza, que en otra época había sido natural, y besando a sus nietos pequeños sin cesar. Al verla así pensé que estaba mucho más guapa y feliz que cuando volvimos a encontrarnos, hacía más de diez años y que de eso tenían toda la culpa mis hijos.
Charlie se acercó a abrazar a Frank que la achuchó con cariño y a mí me dejó el último para darme un beso en la mejilla y tomar mi rostro entre las manos y mirarme con una mezcla de alegría y orgullo. Yo la sonreí con cariño y ella me tomó las manos con fuerza, como solía hacer.
—Charlotte, cariño, ven a saludar, anda —dijo girándose hacia su nieta mayor.
Charlotte se levantó de la tumbona sin ninguna prisa y se acercó suspicaz. Se había hecho un corte muy radical que había hecho desaparecer su melena de rizos caobas. Valerie corrió hacia ella para abrazarla con fuerza y ella por fin bajó la guardia besando con ternura a su hermana pequeña. Después vino hasta nosotros y le revolvió el pelo a Korey con cariño para justo inmediatamente echarse en brazos de Frank que le llenó la cara de besos. Me quedé observándolas con aquel dolor dulce colmándome el pecho pensando que mis chicas eran preciosas. Charlotte me miró aún abrazada a Frank en el momento en que se le estaba escapando una lágrima que la hizo fruncir el ceño como yo lo hago cuando me avergüenza emocionarme en público.
La miré bien, ya era una guapa mujer que medía más que su madre con su pelo caoba despeinado, su piel pecosa y mis ojos verdes, los mismos que los de su abuela. Pronuncié su nombre y ella se soltó de los brazos de su madre suavemente. Los dos nos acercamos hasta fundirnos en un abrazo.
—¿Estás bien, cariño? —le pregunté.
—Sí, sí, estoy bien —dijo sorbiéndose los mocos.
Yo la apreté un poco más fuerte y entonces sentí su sollozo. La miré y acaricié su cabeza como cuando era pequeña, intentando consolarla.
—Ya está, ya está… —susurré.
—Perdóname, papá.
—No te preocupes, no llores, princesa.
Ella sonrió y se soltó de mi abrazo para correr a donde su hermana pequeña y cogerla en brazos. Y así, juntos y felices, entramos en la mansión Kaufmann, que estaba hecha un desastre.
—Estoy remodelando parte de la casa. Redecorando, tirando algunas paredes para redistribuir, renovando un par de cuartos de baño y cambiando las escaleras. No quiero partirme la crisma un día de estos. Y de paso voy a pintar y retocar la fachada y cambiar las barandillas de todas las terrazas —dijo mi madre satisfecha.
—¿Y estás en casa con todo este lío? —preguntó Frank.
—Podía haberme ido a un hotel, pero no me apetecía nada. Cada vez me da más pereza salir de mi casa y dejar mis cosas. Además, al venir Charlotte no me ha quedado otro remedio —dijo en voz más baja.
—Nuestra intención es regresar con ella a Nueva York cuanto antes —le aclaré.
—Pero os quedaréis unos días con los niños —afirmó mi madre—. Podemos ir a Disneyland, a ver esa nueva atracción del espacio.
—Por enésima vez —rezongué.
—¡Sí, papa! Esa que dice la abuela no la hemos visto —dijo Korey, lo que corroboró su hermana pequeña saltando entusiasmada.
Miré a mi alrededor y además de ver los andamios que cubrían la fachada principal y el ir y venir de hombres con carretillas y sacos de cemento, escuché el incesante ruido de martillos pilones golpeando paredes. La casa Kaufmann, que a mí siempre me recordó a un museo de arte moderno, con sus cristaleras inmensas que la hacían casi transparente y sus líneas rectas y metálicas, estaba patas arriba. Miré a Frank y puse los ojos en blanco. Ella me apretó el brazo y entró conmigo en casa.
Korey y Valerie estaban encantados de estar en Los Ángeles con su abuela consentidora y aquel sol de justicia de pleno verano californiano. Llevaba meses sin llover y sobre la ciudad sobrevolaba una nube de contaminación de aspecto amarillento que se podía apreciar perfectamente desde la colina donde estaba enclavada la casa de mi madre.
Allí, en las colinas, nos librábamos de aquella insana atmósfera que debían respirar los angelinos menos afortunados. El césped era regado mediante un novedoso sistema que empleaba la evaporación natural del suelo y la convertía en un rocío suficiente para mantener verde aquel jardín lleno de palmeras, enormes ficus y parterres de cactus y suculentas mezclados con rododendros e hibiscos. No se podía desperdiciar el agua, so pena de recibir severas multas del gobierno, pero todas las piscinas de Hollywood, paradójicamente, estaban llenas. La sequía se había vuelto anual en algunas zonas del país.
El primer día nos despertó un taladro a primerísima hora de la mañana, que parecía estar en la misma habitación en la que nos encontrábamos. El ala de invitados era la única que permanecía intacta y mi madre nos había alojado allí en un par de habitaciones contiguas, con nuestros hijos al lado, compartiendo un único baño. Ella dormía en la colindante a la nuestra, mientras que Charlotte disfrutaba de la privacidad de la casita de la piscina, que contaba con una pequeña cocina americana para las barbacoas y un sofá cama junto con un baño completo con la única bañera de hidromasaje que estaba disponible en toda la mansión, antaño llena de comodidades.
Emití un gruñido y Frank se removió a mi lado.
—Buenos días, chéri —susurró con voz somnolienta.
—Lo de buenos…
Ella emitió un ruidito, una risita ahogada y se apretó contra mí.
—Qué gruñón estás.
Yo la abracé respondiendo con un gruñido muy diferente al primero posando mi erección matutina contra su sugerente trasero. Estaba besando su cuello cuando escuché la voz de Korey y Valerie que venía de la habitación de al lado con total nitidez. El taladro había despertado a toda la familia.
—¿La puerta está abierta? —pregunté extrañado.
—Ah, sí. La dejé abierta anoche porque al estar en una habitación extraña Valerie podía tener una de esas pesadillas y así se iba a sentir más segura.
—Ni me enteré —dije separándome del cuerpo de Frank, no sin cierta desilusión.
—Te dormiste a la primera.
—Pero si está con Korey.
—Bueno, prefiero no tener que levantarme en medio de la noche.
—Ya es mayor, ya no tiene pesadillas, amor —dije amagando un segundo intento, acariciando su trasero con codicia.
—El mes pasado tuvo una. Y me lo ha pedido, no es su casa.
—Si tú lo dices… —dije estirándome sobre la enorme cama. Al menos era cómoda, pero pensé que no íbamos a poder usarla más que para dormir, visto el panorama.
Resoplé y me froté la cara. Frank me acarició la incipiente barba que ya asomaba medio canosa y sonrió.
—Creo que puedo adivinar lo que estás pensando por lo fruncido que tienes el ceño.
—Estoy seguro —sonreí.
—Conozco tu mente pervertida, Gallagher.
—Sé que la conoces, nena.
—Pues olvídalo de momento porque ni ahora ni en días sucesivos —dijo acariciándome le pecho.
—Ya —dije lacónico—. Hijos al lado y puerta abierta.
—Y tu madre durmiendo pared con pared, y tiene un sueño muy ligero.
Emití un quejido desesperado cuando el taladro volvió a empezar y me tapé la cara con la almohada.
Capítulo 8
Time Of The Season
El celibato obligatorio nunca nos había ido a Frank y a mí. Nos altera los nervios, a ambos. Nos mantiene ansiosos, siempre fue así, desde el principio. Cuando no hacemos el amor con regularidad nos estresamos. Necesitamos manosearnos, olernos, saborearnos, llenar nuestros sentidos con el calor del otro. Yo soy muy «tocón», más que ella, y en cuanto la tengo cerca no puedo evitar posar mis manos en su cuerpo, a veces solo como gesto de ternura o para sentirme mejor automáticamente, no solo por deseo sexual. Su tacto me sosiega. Ella lo sabe. Después de tanto tiempo sabe que me da paz y cuando me nota nervioso solo tiene que tomar mi mano para que me sienta automáticamente en calma.
Pero en aquella casa llena de gente, con los obreros asomándose a nuestro dormitorio desde el andamio, era imposible. Llevábamos más de dos semanas sin sexo, tan solo con carantoñas y besos urgentes que nos dejaban frustrados.
Cuando nuestros hijos eran bebés todavía era fácil. Los niños pequeños no suelen despertarse a pesar de que sus padres hagan ruidos extraños y no hacen preguntas incómodas. Además, no les importa la desnudez. Pero a los de nueve y once años hacen muchas preguntas.
Aquella mañana, apenas despiertos, habíamos bajado la guardia. Hacía un calor extraño, sofocante. Vivir en Los Ángeles se había convertido en los últimos años en un verdadero infierno por culpa de los incendios que se sucedían sin importar la estación. El desierto había avanzado en una década y ya estaba a las puertas de la ciudad. En realidad, ya solo existía una estación: la del asfixiante y ardiente verano. Habíamos dormido con la ventana abierta, pero no con el aire acondicionado puesto porque nos parecía insano, además de un terrible gasto energético que ni el país ni el planeta se podían permitir, y recién amanecidos descansábamos casi desnudos sobre la cama, sin taparnos ni con las sábanas.
Frank emitió un suspiro que acabó en un débil jadeo. Giré mi rostro hacia ella. Tenía los ojos cerrados y estaba preciosa, despeinada, con el cuello levemente perlado de sudor y los pechos adivinándose bajo una de mis camisetas interiores. Para ella era muy grande y además estaba vieja y dada de sí con lo que un pecho se le escapaba y el otro quedaba casi al aire.
Mis ojos se fueron acostumbrando a la luz cegadora del sol de la Costa Oeste que la envolvía y le daba a su piel perfecta una leve tonalidad dorada. La miré sonriente. El casi inexistente e invisible vello rubio de sus muslos y brazos se adivinaba al trasluz. Ella continuaba medio dormida, o eso pensé. Siempre me ha encantado verla dormir. Tenía un brazo sobre su cabeza y el otro se había deslizado perezoso hasta su vientre, donde su mano se posaba sobre el montículo suave y caliente bajo su ombligo.
Los obreros parecían haber comenzado a trabajar alejados de aquella parte de la casa porque hasta nuestra ventana llegaban ruidos amortiguados por la distancia y la música lejana de uno de ellos, que solía amenizar a sus compañeros con buena música. Sonaba un gran clásico, Time Of The Season de The Zombies.
Me quedé observando a Frank fascinado. Ella debió de notar mi respiración porque abrió los ojos, me miró y sonrió.
—Esa sonrisa… —susurré acariciando sus labios con mis dedos—. Es mía.
—Siempre —dijo sin dejar de sonreírme.
La gente que subía y bajaba por el andamio que cubría la pared hasta el tejado cada día no parecía estar por allí aún. Al no ver a ninguno de ellos en la terraza de la habitación o trepando hasta el tejado, con nuestros hijos profundamente dormidos y mi madre roncando en la habitación de al lado, decidimos que era nuestro momento.
Posé mi mano sobre la suya y dejé que fuese ella la que me guiara hacia abajo, entre sus muslos, mientras nos mirábamos los ojos, la boca. Frank emitió un hondo suspiro cuando mis dedos alcanzaron el hueco entre sus piernas. Aparté levemente la tela de algodón, ella se dejó hacer sin emitir aún sonido alguno. Tenía la boca entreabierta, sus ojos somnolientos recorrían mi rostro. Mis dedos juguetearon con su vello. Abrió sus muslos invitándome y me deslicé en busca de aquella carne cálida y húmeda.
Me recosté de forma que mi otra mano quedase libre y acaricié el contorno de su rostro con ella. Su respiración se había vuelto más profunda y ansiosa cuando mis dedos resbalaron hasta dentro. Se le escapó un gemido y a mí una sonrisa torcida. Frank buscó mi otra mano con su boca y besó mis dedos. La punta de su lengua rozó cada uno de ellos lentamente. Me estremecí cuando sus labios tomaron mi pulgar para introducirlo en su boca y chuparlo con un sonido de succión, húmedo, el mismo tipo de sonido que mis dedos le estaban provocando más abajo.
Yo ya estaba jadeante y duro, pero quise esperar un poco más. Era una delicia verla así, ir cayendo solo con mi tacto en aquella bruma de placer que la hacía gemir quedamente. Mis dedos no habían parado de insistir y Frank se retorcía de gusto mientras mi pulgar, mojado por su saliva, recorría el contorno de sus carnosos labios sin cesar.
—Métete dentro —me imploró ansiosa.
—Después —le susurré al oído.
Frank gimió como respuesta y se arqueó buscando más fricción, más contacto de mi piel con la suya. La tela elástica de mis calzoncillos no daba más de sí, pero no quise ir deprisa, necesitaba mirarla antes de disfrutarla. Ni tan siquiera la besé, solo continué acariciándola con suavidad, pero sin cesar.
Me encanta que se corra primero para poder verla y después que se vuelva a correr conmigo porque ese segundo orgasmo es el más fuerte y la deja totalmente estremecida, casi sin aliento.
Ya estaba mordiéndose el labio a punto de estallar en uno de sus gloriosos orgasmos dignos de contemplar cuando pegó un grito que no tenía nada de orgásmico y se tapó los pechos con los brazos saltando sobre la cama, mirando hacia la terraza.
Confuso, hice lo mismo y me encontré con la cara de dos fulanos pegada al cristal de las puertas que daban al ventanal, vestidos con mono de trabajo, contemplándonos con los ojos saliéndoseles de las órbitas.
Me levanté hecho una furia y me acerqué a la ventana vociferando.
—¡Fuera, se acabó el espectáculo! ¡Fuera, joder! —grité agitando los brazos con la intención de espantarlos—. ¡Y dejad de mirar a mi mujer!
A mi espalda escuché la risa de Frank. Me giré y ella miró hacia mi entrepierna, elevó una ceja y se mordió el labio.
Se acercaba el cumpleaños de Charlotte y el 4 de julio y mi madre decidió que había que ir de tiendas. Yo me negué a acompañarlas y me quedé con Korey y Valerie en la piscina.
Las tres pasaron la mañana, y parte de la tarde, de compras y al regresar venían cargadas de bolsas y paquetes.
—¿Lo habéis pasado bien? —pregunté dándole un beso en la mejilla a Frank, mi madre y Charlotte antes de abrazar a los pequeños.
—Sí, muy bien —dijo Frank con una extraña sonrisa en su precioso rostro al que el sol de Los Ángeles le había repuesto sus graciosas pecas.
—Hemos estado con una amiga de la abuela en su casa tomando el té, esa que es actriz y tiene dos premios Óscar. Es tan divertida… Tiene una nieta de mi edad y hemos estado escuchado música —dijo Charlotte.
—Sí, claro. Con su pastillita para la ansiedad y esas dos copas que se ha tomado yo también soy igual de simpática y dicharachera —dijo mi madre.
Frank rio ante las maliciosas ocurrencias de mi madre. Yo me levanté de la tumbona. Me había animado a tomar un poco el sol para quitarme aquel color macilento que da el ser de Nueva York, y estaba en bañador. Me acababa de dar un chapuzón en la piscina y tenía el cuerpo aún mojado. Pude darme cuenta de cómo Frank me miraba de arriba abajo. No podía disimular que le gustaba lo que veía. Ambos seguíamos en celo por culpa de aquel celibato forzoso. En aquella casa carecíamos de intimidad. Cuando no eran los de la obra eran los arquitectos, las amistades de mi madre o el servicio. El caso era que llevábamos más de dos semanas sin consumar.
Me acerqué a Frank secándome con la toalla mirándola con ese tipo de mirada que ella enseguida reconocía. Ella posó su mano cálida y suave en mi hombro mojado y juntos entramos a casa.
—Nos han invitado a cenar mis vecinos, los Salcedo, los que coprodujeron la última serie de los Estudios Kaufmann.
—¿Esta noche? —dije contrariado.
Había pensado salir con Frank a dar una vuelta para estar solos. Incluso había barajado la idea de irnos a un hotel a pasar la noche y poder hacer el amor por fin. Pero parecía que no iba a poder ser aquella noche.
—Sí, es una cena informal en su casa. Está aquí al lado y no creo que se alargue. Son de cenar y acostarse pronto —dijo mi madre mirándome de reojo—. Así conocerán por fin a mis nietos. Quiero presumir de ellos.
Accedí, no me quedaba otro remedio. Nos arreglamos, aunque de un modo informal, Los niños fueron vestidos con ropa cómoda, Frank con un bonito vestido de punto negro, como de ganchillo, que le quedaba espectacular, y yo con unos simples chinos azul oscuro y una camisa de lino blanca. Mi madre nos echó un vistazo a todos y aprobó nuestra indumentaria.
—Parece que no tienes muchas ganas de salir —dijo Frank cuando estuvimos un poco apartados del resto.
—Tenía otros planes para nosotros dos.
—¿Qué planes? —preguntó con picardía.
—Salir tú y yo solos… No sé. Va a ser una noche aburrida, me temo.
—O puede que no —dijo Frank acariciando mi espalda.
En ese momento no pillé la indirecta. Estaba demasiado ocupado lamentándome de mi falta de sexo como para tener los sentidos atentos a sus señales.
Estábamos en los postres, o más bien a las copas. La cena informal había terminado conmigo acompañando a Charlotte tocando algunas canciones en el maravilloso piano de cola del salón de los Salcedo. Después, casi todo el mundo había salido al jardín de la casa. Mi madre y la señora Salcedo estaban atentas a alguna cosa que contaba el señor Salcedo. Los niños, incluida Charlotte, jugaban con las cuatro mascotas de la casa, unos perritos de raza Pomerania. Frank se disculpó para ir al lavabo y yo me quedé sentado frente al piano, improvisando alguna nota.
Al regresar del baño se apoyó en el piano mirando cómo tocaba, en silencio. Levanté la vista de las teclas y la miré. Tenía una expresión extraña, como pícara y misteriosa a la vez.
—¿Qué haces, nena? —le dije admirando lo bonita que estaba.
—Quiero que hagas una cosa por mí, chéri.
—¿El qué, amor? Pídeme lo que quieras —dije dedicándole mi sonrisa torcida más sexy.
—Toma mi móvil —lo hice extrañado—. ¿Ves la pantalla?
—Sí, pero…
—¿Ves ese gráfico en la aplicación? —asentí—. Tienes que hacer que esa línea suba de cero a diez, pero no de golpe, poco a poco —susurró con picardía.
—¿Es algún juego? —sonreí sin comprender aún.
—Puede decirse que sí.
—Vale. Despacio has dicho…
Hice lo que me había indicado y apliqué la yema del dedo índice sobre la pantalla para hacer que aquella flechita rosa subiese y fuese cambiando de color hacia el rosa intenso y el rojo.
—¿Así? —pregunté.
Frank respondió con un leve quejido y la miré extrañado. Estaba mordiéndose el labio.
—Sigue… Un poco más —jadeó.
Lo hice, proseguí. Ante mi sorpresa, Frank comenzó a cerrar los ojos y a frotarse los muslos. Pude comprobar cómo se le encendían las mejillas y se le ponían tiesos los pezones ante mi mirada de asombro. Entonces comprendí.
—Pero ¿qué coño…? —pregunté en voz baja mirando hacia el jardín.
Dejé de poner en funcionamiento aquel trasto y al hacerlo Frank suspiró.
—Es una cosa que nos regaló ayer la amiga de tu madre a ella y a mí. Se dedica a hacer tupper sex de lujo con sus amigas actrices en sus ratos libres, que son todos en realidad. Solo tienes que descargarte la aplicación en el móvil —dijo inspirando con fuerza intentando no jadear.
—¿Un consolador con control remoto? —pregunté escandalizado, apagando la aplicación inmediatamente.
—Sí, anda, no pares, chéri.
—¿Y te lo pones aquí? ¿Te has vuelto loca?
—Dijiste que ibas a aburrirte y quería que nos divirtiésemos un rato. ¿Por qué has parado?
—Solo te estás divirtiendo tú —dije.
—¿Te molesta?
—No creo que hayas necesitado nunca ese tipo de cosas. Me siento ofendido.
Frank rio.
—Tendrías que verte la cara. Celoso de un consolador —dijo sentándose encima de mí para hablarme al oído—. No, nunca he necesitado nada de esto contigo, tonto.
—Eso creía hasta ahora —dije aferrando su cintura.
Ella me acarició el pelo enredando sus dedos en él, bajando sus caricias por mi nuca, muy despacio, haciéndome estremecer de deseo. Estaba excitada, mucho. Posó sus pechos sobre el mío y ronroneó como una gatita.
—Solo tú puedes consolarme de verdad, Mark y creo que no voy a necesitar este aparatito —dijo señalando entre sus piernas con una voz tremendamente sensual—. Pero tengo que volver al baño a quitármelo. ¿Me acompañas?
No me lo pensé ni un minuto. Tal como estaba Frank y cómo me había puesto yo con su trasero rozando mi entrepierna con insistencia íbamos a acabar rápido.
Buscamos el baño de invitados de la planta baja y entramos ansiosos, cerrando el pestillo apresurados. El baño no era excesivamente grande para lo que eran el resto de las estancias de la casa. Las luces indirectas y los mármoles oscuros le daban un aire íntimo y erótico, o era que yo estaba totalmente excitado por el hecho de poder hacerle el amor a Frank por fin, aunque fuese a la carrera.
Nos abalanzamos el uno sobre el otro con urgencia, besándonos apasionadamente. La ropa nos molestaba, ambos necesitábamos la piel y la carne desnuda del otro. Rodamos por la pared hasta alcanzar un lavabo doble con una encimera. Tomé a Frank en brazos, le levanté el vestido hasta la cintura y la coloqué sobre la amplia encimera de mármol entre las dos pilas del lavabo. Lo hice bruscamente y toda su piel se erizó al sentir la fría piedra del lavabo, helada en contraste con mis manos calientes.
Me abalance de nuevo sobre ella besándola como un salvaje, jadeando. Nuestras lenguas se enredaron lujuriosas, nuestras manos se acariciaban ávidas del cuerpo del otro.
La solté de pronto y me alejé un par de pasos haciéndola gruñir de necesidad. Comencé a desnudarme delante de sus ojos, dejándola mirar mi cuerpo. Frank ya temblaba de ganas, pero se las compuso para deslizar los tirantes de su vestido junto con los del sujetador para dejar a la vista sus hermosos pechos llenos, de pezones grandes y morenos.
Dediqué a sus gloriosos pechos una sonrisa torcida haciendo que Frank se mordiese el labio de pura necesidad. Tiré mi camisa al suelo, me solté los pantalones para dejarlos caer junto con mis calzoncillos y quedarme desnudo ante ella.
Me sentía arder contemplándola allí sentada, con el vestido enrollado en su cintura, abierta de piernas. Inspiré con fuerza y solté el aire despacio mientras nos observábamos unos instantes. Frank bajó su mirada en dirección a mi ya evidente erección. Yo, casi incapaz de contenerme, le dediqué una mirada lujuriosa y salvaje, recorriendo su excitante cuerpo con descaro, deteniéndome en su sexo, aún tapado por su ropa interior. Sus ojos brillaban llenos de picardía, Se chupó el labio mientras se soltaba el sujetador y suspiró haciéndome temblar de ganas.
Ya no podía aguantar más y no estábamos en el mejor lugar del mundo como para muchos preliminares. Acorté los pasos escasos que nos separan y me lancé sobre Frank hambriento y necesitado. Invadí su boca con mi lengua sujetando su cabeza entre mis manos, besándola con una intensidad apasionada. Ella saboreó mi boca besándome mientras yo tomaba sus pechos en mis manos de forma urgente. Mi boca se soltó de la suya y descendió por su escote hasta sus senos. Saboreé sus pezones con fuerza, succionando, lamiendo, haciéndola temblar de deseo.
Rápidamente deslicé una mano entre sus muslos para alcanzar sus braguitas empapadas bajándoselas de un tirón hasta hacerlas caer al suelo. Después separé sus pliegues con dedos expertos rebuscando en su interior para sacar aquel aparatito que de ninguna manera me iba a hacer sombra.
Frank buscó una postura cómoda que le permitiese aliviar tanto deseo contenido, apoyó sus manos sobre el lavabo y alzó las piernas para abrirlas dejando su sexo completamente expuesto para mí.
Sus brazos me invitaron a acercarme y sus dedos me acariciaron recorriendo mi pecho, alcanzando mi erección, maravillándose de su dureza.
—Te… necesito —jadeó abrumada por las ganas.
—Y yo. Necesito estar dentro de ti, nena… No puedo aguantar más —gemí.
—¡Házmelo, ahora, fuerte! —exigió.
Y al oírla susurrarme así, apenas un instante después, la penetré perdido en sus suaves y enormes ojos del color del caramelo blando y caliente, con un potente envite que desplazó su cuerpo sobre el lavabo.
Frank gruñó, echó la cabeza hacia atrás, arqueó el cuerpo y siguió el ritmo de cada una de mis embestidas, dejándose llevar, disfrutando de aquella delicia que suponía juntar nuestros cuerpos en uno solo.
Me incliné sobre ella, sujetándola para impedir que mis fieros empujones la golpearan contra la pared, manteniéndola pegada a mi cuerpo, llenándola y hundiéndome en ella.
Sentí su aliento jadeante sobre mi boca. Sus ojos ardían de deseo, su olor me aturdía, sus labios me abrumaban y mi miembro se abría paso dentro de ella hasta el fondo, provocándole fuertes gemidos e intensos estremecimientos de placer.
Yo me abandoné a su furor, a su deseo, a su necesidad de mí. Sus gruñidos de placer retumban en aquel cuarto de baño y se mezclaban con los míos creando un lujurioso y excitante eco de gemidos y suspiros que intentábamos sosegar sin éxito.
El calor que desprendía su cuerpo, sus jadeos, su aliento, su tacto… todas esas abrumadoras sensaciones me envolvieron. Abrió las piernas más aún. Mis embestidas se volvieron frenéticas y comencé a notar cómo un potente orgasmo crecía y se expandía, contrayendo su tierna carne alrededor de mi miembro.
Cerré los ojos para disfrutar de todo aquel placer que estaba alojado justo dentro de ella, mientras se impulsaba hacia adelante, para salir a mi encuentro. El sonido de nuestros cuerpos al chocar y los lascivos gimoteos y gruñidos de placer resonaban contra las frías paredes de mármol. Mis dedos se hundieron en sus caderas mientras continuamos haciendo el amor de forma salvaje.
Nuestro enloquecedor acto sexual hacía que Frank se tambalease peligrosamente sobre el estrecho espacio que quedaba entre los dos lavabos. La sujeté con fuerza por los glúteos y sin dejar de penetrarla me hundí sin piedad, tan profundo que sentí que iba a morirme de gusto.
Ella apretaba sus pechos contra mi cuerpo abriéndose a mí al máximo y yo me sentía deliciosamente enterrado en su interior, aceptado, casi indefenso. En aquel momento no nos importaba nada, habíamos perdido la conciencia de nosotros mismos y solo podíamos sentir y gozar.
Su vientre lleno, tembloroso, exquisito, explotó por fin en un éxtasis imparable, convulsionando con fuerza alrededor de mi potente erección, en un orgasmo brutal y salvaje, donde todo desapareció a nuestro alrededor por un glorioso momento.
En aquel instante, cuando nos corremos juntos, a la vez, no existe nada más que el placer. No siento otra cosa que no sea esa especie de deliciosa muerte, como la llaman los franceses, hasta que ella regresa y sus labios húmedos se unen a los míos otra vez y la devuelven a la tierra.
Frank succionó mi labio inferior mordiéndolo mientras me derramaba profundamente dentro, vibrando poderoso. Y ella solo pudo temblar, vencida por esa marea de sensaciones avasalladoras que la poseían.
Resoplando aún los dos, salí de ella y tomándola entre mis brazos con suma ternura me aseguré de que era capaz de sostenerse de pie antes de posarla sobre el suelo.
Nos miramos sonrientes, sofocados y satisfechos. Frank me acarició las mejillas, sus manos ardían. Tenía los ojos brillantes, la cara encendida y estaba más sexy y hermosa que nunca. Se colocó el sujetador a toda prisa cubriéndose los pechos. Yo se los miré con codicia y ella me sonrió mientras intentaba ayudarla con los tirantes del vestido y ella se lo recomponía como podía, aún aturdida por el sensacional orgasmo que acabábamos de disfrutar juntos.
El espejo del lavabo estaba empañado. Recogí del suelo mi camisa y sus braguitas y me guardé en el bolsillo el inútil consolador, aún mojado por sus fluidos. Frank se puso las bragas e intentó peinar su media melena despeinada. Mientras yo me metía la camisa en los pantalones, me miró con la cara más pícara que he visto en mi vida, como la de un niño que acaba de hacer una trastada y salimos de allí riéndonos, cogidos de la mano.
—¿Sabes que el aparatito ese es unisex? —me susurró al oído.
La miré asombrado y ella rio iluminando mi vida una vez más. La besé con suavidad en los labios. Había sido un polvo estupendo, de esos urgentes y peligrosos tan nuestros, pero, aunque aliviados, yo aún quería amarla más, despacio, en otro lugar más cómodo y privado.
Capítulo 9
Umbrella
Mi madre había dejado que Charlotte se quedara en su casa a cambio de que nuestra hija se apuntase a clases de teatro. El curso con uno de los mejores coach de todo Hollywood consistía en clases de interpretación, danza, expresión corporal, música, historia del teatro, literatura y un montón de asignaturas que yo estaba seguro de que a mi hija le parecerían tediosas e innecesarias.
Tenía las mañanas hasta media tarde ocupadísimas y pronto comenzó a quejarse de su apretada agenda, como aquella mañana, durante el desayuno.
—Quien algo quiere, algo le cuesta, Charlotte —le dijo su abuela.
—Sé lo que duro que es. Tienes que desearlo mucho y ser constante y, aun así, puede que no lo logres —dijo Frank.
—Pero tú siempre has dicho que no lo deseabas lo suficiente —dijo Charlotte con expresión desafiante.
—Es cierto, deseaba más otras cosas —dijo mirándome a los ojos. Bajé la cabeza sonriendo algo avergonzado mientras me tomaba el café del desayuno—. Y me encanta dirigir la academia, no lo cambiaría por nada.
—Y lo haces de maravilla —asentí.
—Pero no sé para qué tengo que estudiar tanto. Lo que necesito es una oportunidad, un papel —rezongó nuestra hija con cara de sueño.
—Enseñé tu book a varios conocidos y me han ofrecido alguna cosa, pero no he aceptado ninguna —dijo mi madre sirviéndose más café.
—¿Por qué no? —aulló Charlotte.
—Charlotte… —la regañé con suavidad, pero serio.
—La primera opción era un espectáculo para una cadena de series de adolescentes. Pero el problema es que lo produce un pederasta despreciable. La segunda opción era para Disney.
—¿Para Disney? —dijimos los cinco a la vez.
—Sí, para otra serie familiar. Ni hablar. Ya sabéis cómo acaban todas las niñas Disney.
—¿Y la tercera? —preguntó Valerie.
—La tercera era la menos mala. Ser la «novia» del nuevo Efron.
—¿Cómo? —pregunté asombrado—. Pero si Charlotte ni es mayor de edad.
—Eso no les importa en Hollywood. Nunca les ha importado —sonrió mi madre.
—Pues a mí me parece la peor —dije asqueado.
—No lo es. El chico es gay y un verdadero encanto, la trataría como a una reina y serían amigos, pero no quiero que mi nieta sea conocida como «la novia de», eso a la larga perjudica a las actrices.
Frank asintió sonriendo. Korey y Valerie, a los que no debía de interesar mucho lo que estábamos hablando, se levantaron de la mesa para dejar sus platos en el fregadero.
—A mí también me ofrecieron un trato así una vez, pero no lo acepté —dijo robándome una tostada que acababa de untar con mermelada
—No me lo habías contado —dije asombrado.
—No hizo falta. Ni me lo planteé.
—¿Y por qué no lo hiciste, mamá? —preguntó Charlotte.
—Lo hace muchísima gente, no les culpo. Hay gente que oculta su identidad sexual para poder conseguir un determinado perfil y, por ende, trabajo. Se trabaja mucho para llegar a ser algo y lamentablemente el ser gay aún hoy en día cierra puertas.
—Sí, tu madre tiene razón —dijo Charlie. Es muy difícil hacerse un hueco si no sigues el viejo juego de la industria. Los hombres deben ser solteros, heterosexuales y promiscuos. Las mujeres jóvenes, deseables y disponibles si están empezando. Después se las critica por lo mismo que primero se las alababa, por ser demasiado libres y sexys —dijo mi madre.
—Charlotte, yo estaba con tu padre y no quería fingir o escondernos. Al final tuve que hacerlo por otros motivos, pero esa es otra historia
—¿Qué historia? —preguntó nuestra hija mayor.
—Te la contaremos algún día —sonreí mirando de reojo a Frank.
—Fue hace mucho y no me arrepiento en absoluto.
Miré a Frank con devoción y me encontré con los ojos de nuestra hija fijos en nosotros.
—Si te sirve de consuelo, no tienes ningún papel, pero sí una fiesta de presentación coincidiendo con tu cumpleaños.
—¡Abuela, eres genial! —dijo Charlotte levantándose a abrazar a mi madre.
—Aquí no puede ser porque está todo patas arriba —pensé en voz alta.
—¿Y dónde será? —preguntó Charlotte.
—En casa de Jacob Fisher —dijo mi madre.
—¿De tu abogado? —pregunté.
Me acordaba de Jacob Fisher, el abogado experto en divorcios de estrellas de cine que nos había asesorado a Frank y a mí para poder escapar de las garras de la difunta Patricia Van der Veen y de su empeño en separarnos de Charlotte cuando aún era muy pequeña. Recordar a aquella perversa mujer me puso los pelos de punta, como si estuviese invocando a su espíritu condenado para que volviese de entre los muertos a poner patas arriba nuestras vidas una vez más.
—Nos presta su jardín sin problemas. Es abogado de las estrellas. Tiene una mansión mucho más grande que la mía —dijo mi madre sarcástica.
La fiesta en casa de Fisher fue el gran acontecimiento del verano en Hollywood. Charlotte fue agasajada por sus dieciséis años con una gran celebración en la que estuvo un famoso DJ europeo, una orquesta, acróbatas del Circo del Sol y hasta fuegos artificiales. Mi madre no reparó en gastos y decidió invitar a los mejores productores musicales del momento.
Fuimos recibidos por el anfitrión y su recién estrenado marido, al que como buen abogado le había impuesto severas clausulas prematrimonial que Charlie comentó con su ironía habitual.
Las tres estaban preciosas. Frank, Charlotte y mi madre se habían decantado por sendos vestidos de noche de Elie Saab. Charlotte en corto y con colores fuertes y lentejuelas, mi madre en verde, su color, en un modelo que ella denominó drapeado tipo túnica romana. Frank estaba espectacular con un vestido color azafrán, vaporoso, adornado con pedrería y que casi era tan bonito como ella.
—¡Vaya con Fisher! —dije mirando a mi alrededor.
El jardín en terraza era espectacular con una escalinata que terminaba en una gran pérgola presidida por una inmensa fuente de estilo italiano con estatuas, todo muy años 20. Parecía la casa del mismísimo Gatsby. Los jardines estaban iluminados con luces estratégicamente colocadas y la música invitaba a bailar.
—Tu madre tenía razón. Tiene una de las mejores mansiones de Beverly Hills —dijo Frank.
—A la vista está. Aunque creo que demasiado ostentosa para mi gusto —dije tomando a Frank de la cintura.
—Nunca me pareció un tipo austero —sonrió Frank.
A la fiesta acudió medio Hollywood. El evento era perfecto para ser visto e intentar escalar puestos en la lista A. Había productores, directores, críticos de cine, periodistas de la prensa especializada y lo más importante de todo: fotógrafos. Mi madre se ocupó de que nadie se quisiera perder el debut de Charlotte y, claro está, una buena foto de la debutante para mostrar en redes sociales.
Nuestro anfitrión se acercó a charlar un rato con mi madre. Pronto se pusieron a despellejar a medio Hollywood.
—El pobre actor estrella de la competencia está perdiendo pelo. Lástima, es tan guapo… —suspiró Fisher.
—Todo lo que tiene de guapo lo tiene de idiota, pero no es mala persona. Necesita un implante con urgencia y un nuevo equipo de relaciones públicas que no le haga parecer ridículo —apuntó mi madre—. Y un trabajo. Después de salir de su retiro nadie le llama. Está asustado, no quiere volver a Inglaterra con el rabo entre las piernas. Tal vez le ofrezca algún papel.
—Retiro… —rio Fisher—. Todo el mundo sabe que se bebía hasta el agua de los floreros. Es triste.
—Sí, hace una década era estupendo, pero ha perdido la confianza en sí mismo. El mentir tiene consecuencias. La gente acaba por darse cuenta.
—Lo único que falta en tu fiesta son las señoritas de compañía que suelen pulular en todos los saraos —bromeó Fisher mirando a su alrededor.
—Ya sabes que a mí no me gusta promover la trata de mujeres, ni las «novias» falsas como al resto de productoras, Jacob. Es algo que nunca he hecho.
—Y por eso te miran mal aún, Charlie.
—Lo sé —dijo con una sonrisa irónica—. El cinismo después de la era del Me Too es mayor que nunca.
Nosotros escuchábamos aquel diálogo como unos indiscretos entrometidos, entre curiosos y divertidos, dándonos codazos ante las confidencias de mi madre y Fisher.
—Hablando de cosas falsas… Mira a esos dos. Es el matrimonio menos creíble de la historia de Hollywood —dijo Fisher bajando la voz—. A él le conoce mi marido Enrique por un amigo que tienen en común. Está seguro de que le roba las bragas.
—Me lo imaginaba —dijo mi madre con una sonrisa de suficiencia—. Ella necesita parecer una actriz seria y es una esnob. Quiere ser la nueva Kate Blanchett, pero no lo va a conseguir, así no. Es de dominio público que tiene un lío con su coestrella en esa serie de la competencia.
—Le voy a ofrecer mis servicios. Seguro que en breve tendremos divorcio.
—No te quepa duda —asintió Charlie.
—No pongas esa cara, Mark. Esto es Hollywood. Siempre fue así y lo seguirá siendo —dijo Frank.
—La ambición se paga siempre —dijo Fisher.
—Es que estoy estupefacto.
—Vosotros también tuvisteis vuestro momento hollywoodiense cuando os acosaba aquella bruja —dijo Fisher.
—Definitivamente, no quiero que mi hija sea actriz. Creo que todos son una panda de neuróticos narcisistas mentirosos —le susurré al oído a Frank.
La cena fue estupenda, con un menú creado por uno de los mejores chefs de Los Ángeles. Charlie comentó que su equipo había preparado la cena de gala de los Óscar de aquel mismo año. A los postres, Frank y yo nos levantamos de la mesa para saludar a algunas amistades de mi madre.
Al regresar con Frank a nuestra mesa me quedé absorto por un momento, mirando a nuestros hijos. Korey y Valerie estaban disfrutando de un par de copas de helado. Era un poco tarde para ellos y lo más seguro es que aquel inmenso helado les produjese indigestión, pero la noche del debut como cantante de su hermana era un gran día para toda la familia, así que no quise pasarme de responsable.
Charlotte disfrutaba de la música en directo, atenta a las actuaciones del grupo de acróbatas del Circo del Sol mientras nosotros bailábamos agarrados algún viejo éxito. Quedaba poco para que el famoso DJ la llamase al escenario para que actuase por primera vez delante del público. Se acercó a donde sus hermanos y tomando a Valerie de las manos se puso a bailar con ella un conocido y espantoso éxito del momento, mientras Korey daba cuenta de su segunda copa de helado en silencio. Miré a mis hijos y suspiré casi emocionado. Aquellas tres personitas maravillosas que jamás pensé que tendría y por las que en una ocasión casi había dado la vida, eran mi verdadero orgullo, el único junto con Frank.
—Quisiera verlos siempre así, como ahora —dije en voz baja.
—Pero tienen que crecer, chéri —dijo Frank acariciando mi espalda con ternura.
—Lo sé. No es el hecho de que crezcan lo que me preocupa.
—¿Qué es entonces?
—Que sufran. Que la vida les haga daño.
Frank me rodeó la cintura con sus brazos y besó mi mejilla. En ese momento el afamado DJ comenzó a anunciar la actuación estelar de la noche que no era otra que la de Charlotte. Los cuatro nos acercamos junto con Charlie a las primeras filas entre el público, frente al escenario. Nuestra hija ya se había acercado y subía decidida a encontrarse con la banda compuesta tan solo por ella y otras dos chicas con un par de guitarras españolas.
—Está nerviosa —dije sin dejar de mirar a Charlotte.
—No tanto como tú —dijo Frank aferrando con fuerza mi mano—. Respira hondo, lo va a hacer genial.
—Lo sé, estoy seguro. Ha salido a su madre —sonreí con la vista fija en el escenario.
Se colocó delante del micro y carraspeó dos veces antes de comenzar.
—Esta canción está dedicada a la lluvia de Nueva York. Porque te dije que estaría siempre aquí, dije que siempre sería una amiga. Hice un juramento y lo mantendré hasta el final —dijo Charlotte y su voz casi se le quebró al terminar de hablar, pero se repuso inmediatamente—. Y papá, la próxima vez sí habrá piano.
Sonreí levantando la mano para saludarla, con un nudo en la garganta y el orgullo sin caberme en el pecho.
—¿Necesitas un babero? —bromeó Frank rozando mi cadera con la suya.
Reí aceptando la realidad, la tomé por la cintura y besé su pelo.
Charlotte comenzó a cantar a capella con aquella voz dulce y a la vez tan profunda, con un timbre parecido al de Frank y se sumergió inmediatamente en la canción de Rihanna, Umbrella, como si no hubiese nadie a su alrededor. El asma había desaparecido hacía varios años y aunque aún sufría de molestos ataques de rinitis su voz no acusaba sus primeros años con constantes crisis de tos y falta de aire.
En realidad, su afición por cantar había sido en parte debida a su condición de asmática. El pediatra le había recomendado clases de canto para que sus pulmones tuviesen una mayor fortaleza.
Recordé las innumerables veces que de niña cantó conmigo acompañándole al piano. Había logrado que tuviese un buen gusto musical, que le gustasen canciones antiguas, de otras épocas, el jazz, la ópera, como a su madre y a mí. Charlotte sentía cada nota y para ella era como respirar. Y al verla allí, sobre el escenario me di cuenta de que verdaderamente tenía un don.
Y terminó aquella delicada versión acústica con el estribillo:
Está lloviendo
Oh, nene, está lloviendo,
nene, ven aquí conmigo,
ven aquí conmigo,
está lloviendo,
oh, nene, está lloviendo.
Justo en la última frase, una lágrima resbaló por su mejilla y Charlotte se la retiró con la mano, con rapidez y rudeza. Ese reparo en mostrar sus emociones era mío y la ternura cálida y amorosa cuando bajaba la guardia era de su madre, pensé.
Los aplausos fueron atronadores. Había enamorado al público con tan solo su voz y el sonido de un par de guitarras. Nosotros no podíamos dejar de aplaudir, me dolían las manos mientras gritaba bravos a Charlotte, que avergonzada por mis efusivos alaridos me hacía señas para que me callara mientras el DJ le entregaba un enorme ramo de rosas blancas, sus favoritas.
Frank me miraba entre divertida y emocionada. Mis hijos pequeños corrieron a abrazar a su hermana, que ya bajaba del escenario junto con mi madre, que también se retiraba una lágrima furtiva.
Después de la actuación, Charlotte, que por culpa de los nervios no había podido cenar nada del exquisito menú que Fisher había mandado servir, se retiró a las cocinas a comer algo. Charlie estaba cansada y llamó a John, su guardaespaldas y chófer, un tipo malcarado, rapado, como un armario de grande que llevaba al servicio de mi madre desde después de la Primera Guerra del Golfo, y se marchó a casa con Korey y Valerie, que se morían de sueño, aunque no quisieran reconocerlo. A Charlotte la dejamos quedarse un poco más con la condición de que tendría que irse a casa de su abuela en cuanto John regresase para acompañarla. Ella también acusaba ya el cansancio por culpa de los nervios que había pasado. Ya lo habíamos pactado con el exmarine; aparecería de nuevo por la casa de Fisher a una hora prudencial. Charlotte, muy a regañadientes, aceptó a cambio de que la dejásemos salir alguna noche a cenar al Nobu de Malibú, al Soho House o al Chatteau Marmont. Aquel último fue descartado de inmediato por su fama de lugar de perdición hollywoodiense. Nuestra hija se quejó amargamente alegando que con tan férrea protección paterna le iba a ser imposible hacer amistades en Los Ángeles. Frank y yo concluimos que lo hablaríamos con más calma al día siguiente.
Tras aquel pequeño tira y afloja, Charlotte se mimetizó con el ambiente, bailando los pegadizos temas del carísimo DJ europeo.
—No me gusta nada esta música —me quejé.
—La verdad es que es un poco repetitiva —dijo Frank.
Resoplé para no tener que decir lo que realmente opinaba del DJ y su sesión de ruidos.
—Me estoy aburriendo. ¿Qué te parece si…?
—¿Sí? —preguntó Frank atenta a mi silencio repentino—. ¿En qué estás pensando exactamente, Gallagher?
Miré a Frank de arriba abajo con una mezcla de codicia y lujuria.
—Bueno… me estoy acordando de una fiesta de la que escapamos hace muchos años. Tú estabas, preciosa, igual que hoy y yo tenía muchas ganas de estar a solas contigo y… —dije en voz baja, acercándome despacio, acariciándola con mis palabras sabiendo que eso la haría encenderse.
—¿Y? —sonrió mordiéndose el labio.
—Y de hacerte de todo muy lento, durante toda la noche, hasta el amanecer. Hoy también tengo esas mismas ganas, nena.
Lo dije pegado a ella, tomándola por la cintura.
—Yo también, chéri.
Acaricié el hueco de detrás de su oreja con la punta de mi nariz y enganché su lóbulo levemente con mis dientes. Frank ronroneó retorciéndose contra mi cuerpo y supe que era el momento de largarnos.
Бесплатный фрагмент закончился.
