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LA RUTA DE LAS ESTRELLAS

Ignacio Merino


ISBN: 978-84-15930-04-4

© Ignacio Merino, 2013

© Punto de Vista Editores, 2013

http://puntodevistaeditores.com/

info@puntodevistaeditores.com

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Índice

El autor

I De costa a costa Santoña - Puerto de Santa María 1486

II Marineros andaluces

III Una singladura incierta Palos Madrugada del 3 de agosto de 1492

IV Rumbo oeste 6 de septiembre de 1492

V Ultimatum

VI El regreso

VII Maestro de hacer cartas

VIII Ven conmigo

IX Un mapa revelador Puerto de Santa María, 1499

X La costa del Darién

XI Misión en Portugal

XII Capitán general

XIII Junta de pilotos

XIV Allá en el horizonte

El autor

Ignacio Merino. Nacido en Valladolid, ha viajado por el mundo y vivido en diferentes lugares. En Londres fue jefe de Prensa de la Embajada de España. También ha sido enviado especial de la agencia internacional United World en Checoslovaquia, Bulgaria, Portugal y Uruguay. Ha publicado dos decenas de libros, la mayoría sobre cuestiones históricas, tanto novelas como ensayos. Colabora en periódicos y revistas y escribe guiones históricos.

I De costa a costa Santoña - Puerto de Santa María 1486

“El hombre es la sombra de un sueño.”

Píndaro

Arreciaba el temporal en el Cantábrico. Crujían las quillas en la dársena, el viento aullaba colándose por las rendijas de las ventanas. En la oscuridad de su cuarto, Juanillo se levantó y anduvo a tientas hasta encontrar la lámpara de aceite. El momento había llegado. Con cuidado, atravesó de puntillas el zaguán de entrada poseído por un extraño sentimiento, entre temeroso y valiente, como si fuera a desafiar la tenebrosa tormenta. Cuando llegó a la puerta del dormitorio de sus padres, llamó con cuidado.

—Pasa.

El día no había despuntado pero ninguno de los dos dormía. Al ver entrar al chico con el rostro desencajado por la noche en vela, la madre dejó escapar un sordo quejido que expresaba a partes iguales resignación y pesar. La mujer se levantó con desgana mientras se echaba sobre los hombros una toquilla. El padre se enderezó contra el cabecero con la espalda erguida, mirándose las manos sobre el embozo. Aquellas manos rendidas que no podían retener al hijo que se les iba.

—Deja la lámpara en la taquilla, mientras tu madre va a calentar un tazón de leche.

—Sí, padre.

—¿Has dormido bien?

—Un poco.

—¿Lo has vuelto a pensar?

—Sí.

—¿Y no hay marcha atrás?

—No.

—Entonces acércate, hijo mío. Voy a darte mi bendición.

Juan se arrodilló a los pies de la cama. Se había prometido no llorar y lo estaba consiguiendo, aunque a duras penas. Mientras su padre recitaba en latín una oración larguísima que invocaba santos, vírgenes y patronos de la mar, él pensaba en los días de marcha que le esperaban y sentía urgencia por partir de una vez.

En la cocina abrazó a su madre. Muchas veces se había despedido de ella para salir a pescar. Hoy, sin embargo, no encontró en ella el gesto alegre de otros días. Aquella brava mujer no sonreía. La ausencia del hijo iba a ser larga, demasiado incierta. Ni siquiera podía ir al puerto a decirle adiós, esperando que volviera al cabo de unas semanas por el mismo lugar. El chico iba a cruzar la Península de norte a sur.

—Juan, sé bueno, como eres tú. No te dejes engañar, pero tampoco engañes. Que nadie pueda quejarse nunca de tu comportamiento. Nunca. ¿Me lo prometes?

El muchacho asintió con la cabeza.

—Te he cosido cinco monedas de oro en el cinturón y llevas otras veinte de plata en los forros de las botas. En la taleguilla de la cintura, que va sujeta por dentro, puedes guardar los maravedíes que te dio tu abuelo. No olvides que por tierra hay más ladrones que en la mar y que pueden atacarte cuando estés dormido. Busca buenos compañeros de viaje, jóvenes de tu edad con los que puedas hablar y defenderte si llega el caso. Pero no desdeñes a los mayores si son de fiar, te enseñarán. Hijo mío, ten mucho cuidado y no olvides...

Juan tapó la boca de su madre con dulzura para hacerle callar y volvió a besar sus mejillas hundidas. Las lágrimas humedecieron aquel rostro curtido de sol montañés y brisa marina, endurecido por las esperas, crispado a veces por tanta incertidumbre. Por la ventana, la luz grisácea anunciaba otra jornada plomiza y lluviosa. Los barcos se balanceaban en el puerto, hoy tampoco saldrían. ¡Qué demonios! El muchacho hacía bien en buscar nuevos horizontes.

A medida que los picachos de la cordillera quedaban atrás, Juan despedía en su corazón los prados queridos de Cantabria, sus laderas oblicuas donde pastan a sus anchas las vacas tudancas de color canela. Nunca miraba atrás.

Tras cinco días de marcha llegó a Pancorbo, la cancela de roca que abre la inmensidad castellana. En una cabaña de pastores descansó un día entero, recuperó fuerzas y reanudó la marcha al alba. Quedaban muchas leguas por delante hasta llegar a Sevilla, pero no le asustaba el viaje. Era el mes de mayo y se hacía bien el camino. Lo que le preocupaba era pensar si sus esfuerzos tendrían sentido, si dejar las faenas de pesca con su padre, abandonar los amigos, el hogar, irse de Santoña, merecería la pena. ¿No acabaría como esos desheredados que pululan por los puertos malviviendo, consumiéndose si tenían suerte en algún barco de mala muerte? La aprensión rondaba su corazón, le acechaba por las noches, pero no era más que celaje pasajero, neblina que se disuelve al sol de la mañana. A los dieciocho años, el mundo es un campo virgen y la vida una apetecible apuesta que reclama triunfar.

Durante semanas, Juan organizó meticulosamente las jornadas. Se levantaba al amanecer, trepaba por los riscos, vadeaba gargantas y pasos, cruzaba llanuras inhóspitas y atravesaba despacio lenguas de montaña mientras escuchaba el chirriar de los guijarros que rodaban a su paso como si quisieran acompañarle y alegrar la caminata. Apenas se detenía. De cuando en cuando hacía un alto en un ribazo, dejaba el morral al abrigo de algún saliente de las rocas y se dedicaba a recoger moras y arándanos para comerlos sentado a orilla de la corriente. Tanto le atraía el agua, que acababa por mojarse la cara sin terminar el puñado de bayas o se zambullía entero sin pensárselo dos veces. Con los calzones todavía mojados recorría los alrededores buscando nidos de alondra y perdiz para arrebatarles los huevos mientras dejaba que el sol del mediodía le calentara la piel. Durante la tarde cazaba con su ballestilla conejos o torcaces que se pusieran a tiro y cuando llegaba la noche encendía una fogata para asar esas piezas que le sabían a manjar de dioses. A veces se le unía otro caminante, un joven locuaz que le confiaba sus sueños o algún anciano mendigo que no le ocultaba sus muchas desgracias.

Evitaba las poblaciones en las que pudiera haber pícaros o ladrones, pero decidió entrar en Valladolid. Un mesonero de Dueñas le contó que la reina Isabel iba a dar la bienvenida a Don Fernando, su esposo, quien volvía victorioso con su hueste desde las tierras del sur. Ella no lo había acompañado por su embarazo y ahora quería rendirle tributo en la plaza mayor vallisoletana, el mismo lugar donde se unieron dos siglos atrás los reinos rivales de Castilla y León. Con su gesto, la joven reina deseaba recordar a los castellanos que su marido gobernaba con ella, que los aragoneses eran hermanos en la Corona ayuntada de Castilla y Aragón. En sus primeros años de gobierno, Isabel no perdía la ocasión de hacer valer el lema de su reinado (Tanto Monta) y anunciar así la antigua España recuperada de los godos. La unión peninsular había asombrado a Europa aunque levantara suspicacias entre la nobleza levantisca y el reino de Granada. Ella quería asentar la Corona ayuntada de España y se esforzaba en mostrar que deseaba la paz con las naciones, por lo que se preparaba a establecer lazos dinásticos con las poderosas casas reinantes de Europa. El pueblo adoraba a su reina, digna descendiente de Berenguela la Grande y María de Molina.

Juan cruzó el postigo de Valladolid por la puerta del Puente Viejo. Quería respirar el palpitar de la Historia y ver de cerca a Doña Isabel.

Luchando por avanzar entre la multitud que llenaba la plaza y sus aledaños, el chico consiguió llegar cerca del estrado regio y pudo contemplar a la reina, majestuosa y estática, sentada sobre su sitial. Tanto se acercó a la línea de soldados que contenía al gentío, que consiguió distinguir las pupilas azules de la soberana. Por un momento, tuvo la sensación de que ella lo miraba a él, un joven humilde de familia de pescadores que quería hacerse marino de verdad. Al contemplar el rostro sereno de su reina, la voluntad del muchacho se endureció y juró para sus adentros esforzarse en sus propósitos y ofrecérselos a aquella mujer. Isabel pareció presentir los pensamientos de ese joven que la miraba con los ojos fijos porque, efectivamente, le sonrió.

Tras el bullicio de Valladolid Juan volvió a la tranquilidad del campo y los villorrios pequeños. Seguiría la Ruta de la Plata en vez de cruzar las montañas de Gredos, para hacer el camino más descansado. Cerca de Béjar, una tarde lluviosa en que la nostalgia le trajo dudas sobre su empeño y la tristeza le recordó la lejanía del hogar, se refugió en una tuda de la Peña de Francia. Allí trabó amistad con Alvar, un estudiante de Salamanca que apareció en el umbral de la cueva tan desmadejado como él. También iba a Sevilla para aprender geografía y cosas del mar. Juan no cesaba de preguntarle, quería saberlo todo.

—Yo que tú —decía el salmantino— me dejaba de estudios y de pamplinas. Como ya tienes experiencia marinera, lo mejor es que te presentes en la escuela de pilotos de Cádiz. Les llaman los vizcaínos porque casi todos son del norte. Muchos, incluso, creo que cántabros. Seguro que allí podrás encontrar una nave en la que probar suerte. Así aprenderás y tendrás un sustento.

A medida que se iba acercando a su destino, al montañés le invadió la ansiedad. Por las noches, en vez de descansar, insistía en seguir caminando y ganarle tiempo al viaje. El estudiante, por el contrario, no sentía la misma prisa. Aún le quedaban años de vivir de los sueldos que le mandaba su padre, un comerciante de pieles del campo Charro. Además le daba miedo andar en la oscuridad, las sombras de los árboles amenazaban su escasa voluntad.

—¿Y si nos perdemos, Juan?

—Seguiremos el camino de las estrellas, ellas no engañan. Descuida, Alvar.

Dejaron las murallas de Cáceres un atardecer caluroso y siguieron el camino en silencio, mientras las sombras ganaban la vereda. Cuando llevaban ya más de diez leguas recorridas Alvar empezó a quejarse, pero Juan insistió en continuar y así se sucedieron las jornadas con quejas del salmantino y negativas del montañés, entre silencios de éste y enfados de aquél. Quince días después, las torres sevillanas aparecían en el horizonte.

Se alojaron en una posada de estudiantes, cerca de la catedral. Aquella misma tarde Juan recorrió la ciudad, mientras su compañero dormía a pierna suelta en la habitación. Fatigado por la caminata, entró en el claustro del Estudio General para descansar y allí le llamó la atención un joven sentado en un banco de piedra. Estaba enfrascado en el estudio de un pergamino que sujetaba como podía entre las manos, un documento grande que parecía un mapa. Juan no pudo resistir la tentación y se acercó.

—Hola.

Al chico no pareció importarle la interrupción. Se quedó mirando al recién llegado con una sonrisa franca que invitaba a la conversación.

—Buenas tardes, compañero. ¿Qué se te ofrece?

—He visto que estabas mirando ese... mapa y me gustaría saber de dónde es.

—No es un mapa sino una carta náutica, de las que usan los pilotos para navegar y guiarse por el mar. ¿Quieres echar un vistazo?

A Juan el rostro se le iluminó.

—Sí, gracias.

Apenas podía comprender el significado de los trazados sinuosos hechos en tinta negra, ni el de las líneas rectas en color sepia que unían lo que parecían contornos de costas e islas. Su silencio era tan elocuente como su interés.

—Mira, eso significa que en esa zona existen bajíos o arrecifes y que hay que evitarlos para que el barco no encalle. Las líneas rectas son rumbos, rutas marítimas que hay que seguir de un punto a otro de la costa.

—Ya.

Juan no quería pasar por ignorante y prefirió no preguntar. El otro chico, que aún sostenía el pergamino entre sus piernas cruzadas, volvió a sonreír, soltó uno de los extremos del documento y alargó su mano hacia el intruso.

—Me llamo Vicente Yáñez Pinzón. Soy de Palos.

—Yo, Juan de la Cosa y vengo de Santoña. Me alegro de conocerte.

Ser de dos puertos tan destacados de la Península les pareció el mejor de los augurios. Una hora después los dos muchachos habían sellado una amistad que habría de durar toda la vida. En su atropellada conversación hallaron una pasión común por las cosas del mar y las expediciones a tierras lejanas. Juan ni siquiera volvió a la fonda donde lo esperaba ansioso Alvar. Cenó con Vicente en una taberna de Triana en la que no había estudiantes sino marineros bulliciosos que bebían mientras jugaban a las cartas y parecían considerar al paleño uno de los suyos.

—No pierdas el tiempo con estudios, Juan –otra vez, la misma recomendación–. Ven al Puerto de Santa María conmigo, allá podrás enrolarte con alguno de mis hermanos y aprenderás de verdad. Dentro de tres semanas partimos hacia las costas de Berbería y la isla de Gran Canaria. Yo voy también y estoy seguro de que a Martín, mi hermano mayor, no le importará que nos acompañes. Pero te advierto que no nos andamos con tonterías. En el mar no hay ley. Asaltamos barcos y cogemos lo que podemos en las ciudades de la costa. A veces cambiamos mercaderías, pero otras nos quedamos con ellas porque llevamos buenas armas y nos gusta pelear. Bueno, a mí no mucho, pero es así.

Juan dudó unos instantes. No era la piratería su objetivo ni las armas su predilección. Pero la perspectiva de navegar por el océano abierto pudo más que otras consideraciones.

Ya no se separó de Vicente.

Con dieciocho años, tenía su sueño al alcance de la mano: un barco, el cielo estrellado, el mar por delante, papel y carboncillo para dibujar cartas y la fiel camaradería de su nuevo amigo. Era todo lo que necesitaba.

Se instaló en Puerto de Santa María y allí conoció a otros jóvenes que, como él, querían navegar y explorar nuevas tierras. Cuando reunía suficiente dinero, cruzaba la bahía hasta Cádiz con el fin de asistir a las lecciones que se impartían en la Casa de Pilotos para todo aquel interesado que pudiera pagarlas.

Durante los años siguientes, cinco, salió a la mar en doce ocasiones. Recorría la costa africana y fondeaba a menudo en las Canarias. Adquiría mercaderías a buen precio que luego vendía al doble o triple en la Península. Así pudo ahorrar y ganó experiencia marinera. Nunca mató a nadie.

En esos años consiguió reunir una pequeña fortuna, gracias a los fructíferos intercambios de mercancía exótica por doblones de oro. Aunque todavía joven, se hizo un nombre entre los hombres del mar. Era un corsario conocido por sus buenas maneras, un navegante estudioso y disciplinado que trataba bien a la marinería y no era cruel con los nativos africanos. Y probablemente así hubiera seguido muchos años más de no haberse cruzado en su vida un genovés que le habló de un viaje increíble, una singladura que muchos temían. Cruzar el Océano, la tentación suprema.

Juan empezó a soñar de nuevo. A él no le daba miedo aquella aventura.

II Marineros andaluces

“Quien domina el mar, domina todas las cosas.”

Temístocles

En la costa atlántica de Andalucía, la navegación de altura era una tradición de siglos. Cuando los cartagineses llegaron a Gades, la opulenta ciudad levantada al abrigo de una ensenada que permitía a los barcos atracar sin dificultades, las tribus del litoral tartésico ya zarpaban con sus embarcaciones rumbo al África para intercambiar sus labores metalúrgicas como habían hecho los fenicios. Magníficas espadas de hierro, cascos de bronce, cazuelas de cobre y deslumbrantes ajuares de oro y plata, era la mercancía que les abría todas las puertas. Los nativos de piel reluciente y dientes blanquísimos tocaban asombrados las manufacturas, hacían sonar el metal y se divertían probándose los collares y brazaletes dorados sobre el negro contraste de sus cuerpos, admirados por la filigrana de esas joyas que les parecía de mayor valor que los toscos adornos de oro macizo del reino de Mali. Ávidos nómadas del desierto clavaban su mirada sobre las espadas mientras sus esposas se peleaban por las vajillas de cobre. Todos compraban. Y se guardaban mucho de robar la mercancía a aquellos celtíberos que los vigilaban de cerca, armados con sus venablos cortos de hierro templado.

Siglos más tarde, los puertos colonizados por el águila romana como Malaca en el Mar Interior, o la misma Onuba que se abría al Océano más allá de las Columnas de Hércules, habían quedado olvidados, abandonados en el polvo de la Historia. Cuando las tribus germánicas que llegaron del norte invadieron la Península y se instalaron en el interior, los godos dejaron las armas por los útiles de labranza y convivieron con los íberos romanizados. Sólo hacían la guerra entre ellos, los suevos contra los vándalos, los alanos contra los suevos, y los visigodos contra todos ellos.

Pero no navegaban.

Los primeros musulmanes apenas tampoco. Sólo los benimerines, hacía poco más de un siglo, habían llegado a ser una potencia marítima para dominar el Estrecho y aprovisionar mejor el reino de Granada. Mientras tanto, los reyes de Castilla, Aragón, Portugal y Navarra trataban de cumplir la promesa de reconquistar la Spania goda que hicieron los monarcas de Asturias, León, Aragón, Castilla y el Condado de Barcelona, arrebatando pedazos a las taifas musulmanas. Alfonso X el Sabio tomó Cádiz y los puertos andaluces del Condado de Niebla hasta Huelva. Su biznieto Alfonso Onceno ganó Tarifa y Algeciras, aunque sus esfuerzos se estrellaron contra los muros de Gibraltar, cuando la peste negra le arrancó la vida. Durante su reinado Castilla encontró su vocación marinera, reunió una armada a la manera de Aragón y se hizo con el control de los pasos marítimos desde el cabo de Gata hasta la desembocadura del Guadiana.

La corona castellana señoreaba por todo el litoral andaluz, mientras Portugal conquistaba El Algarve. El antiguo Condado Portucalensis, convertido en reino independiente, había iniciado ya su aventura marítima por África y el Lejano Oriente, lo que provocó una inevitable rivalidad entre las naos portuguesas y las castellanas. No hubo conflictos, pero eran tantas las rutas y tan alejadas las singladuras de sus barcos, que el Papado tuvo que intervenir para que las coronas hermanas de Castilla y Portugal se repartieran conforme a derecho el dominio de los mares. Para el reino lusitano fue el Oriente y para Castilla y León, que ya tenía Canarias, las aguas, islas y tierras que pudieran descubrir hacia Poniente.

Cuando Juan de la Cosa llega a Andalucía, ya habían florecido las artes de navegación oceánica y a lo largo de su fachada atlántica, la que va desde Ayamonte hasta Tarifa, habían surgido dos núcleos compactos de mareantes. En torno a las villas de Puerto de Santa María y Sanlúcar de Barrameda se arremolinan aventureros y negociantes, hombres de mar y pescadores que buscan negocio más allá de la almadraba, donde el atún es sólo ganancia de temporada. A sus puertos acuden cientos de marineros para enrolarse en expediciones que van a las Canarias y la costa de Guinea, muchas de ellas piratas.

Cádiz, y las villas satélites de Jerez de la Frontera, San Fernando, Puerto Real, Chiclana, Conil, Barbate o Zahara de los Atunes, forman la avanzadilla castellana que aporta hombres del norte, dineros de la Corona y patrocinio de los grandes. La costa de las marismas que separa Sanlúcar de Palos y Moguer se convierte en tierra de nadie dominada por salteadores, camino de ida y vuelta donde los abordajes y latrocinios se suceden a diario en un mar protegido por las aguas pacíficas del golfo de Cádiz.

Hacia 1450, el afán por explorar nuevas tierras se apodera del sur peninsular. Cada uno va por su lado y llega donde puede. No siguen una exploración minuciosa y planificada como la Corona portuguesa. Son los marineros de la Andalucía atlántica, aventureros y comerciantes.

En ese ambiente de apuesta por lo desconocido, llegan banqueros de Florencia dispuestos a financiar las empresas y conceder préstamos a los armadores. Los acompañan marinos genoveses en busca de nuevas rutas y mercaderes venecianos ansiosos de hacer negocio con los muchos tesoros que estos corsarios castellanos, catalanes, cántabros y andaluces traen de sus expediciones a las bocas del Océano, las cosas nunca vistas que consiguen, por las buenas o por las malas, en los puertos sarracenos y los poblados del África Negra.

Christoforo Colombo es uno de ellos.

La terquedad en el convencimiento de que existía una ruta hacia las Indias por el oeste le vino a este italiano errante por la multitud de datos que acumuló tras deambular por los puertos, monasterios, juderías, universidades y plazas mercantiles de media Europa, donde escuchaba a geógrafos, marinos y comerciantes hablar de sus expediciones, sazonadas siempre con sabrosas vivencias.

Mucho le impresionaron los relatos de esas personas. Pero más allá de las fantasías de noruegos e irlandeses, lo que le atrajo de verdad fueron las historias que narraban los portugueses de El Algarve y los andaluces del Condado de Niebla. Aquellos viajes, en los que a menudo sus naos encastilladas abandonaban la costa africana y se internaban por el Océano, provocaban su espíritu pionero. Eso era exactamente lo que él se proponía hacer.

El Inca Garcilaso aseguraba años después que Colón, por entonces, había escuchado contar a un marinero de Huelva, llamado Alonso Sánchez, que en sus viajes hacia poniente había encontrado unas islas pobladas por nativos pacíficos que comerciaban con oro. Algo parecido le dijo otro polaco al servicio de Christian I de Dinamarca, de nombre Scolpo, que llegó hasta las costas de Labrador y se encontró con tribus nómadas que mercadeaban con pieles de foca y osos blancos.

Pero Alonso Sánchez no sólo había confiado su experiencia a Colón. También lo hizo a Juan de la Cosa. Al cántabro le dio además información detallada sobre localizaciones estratégicas en la superficie del mar que favorecían los vientos oceánicos, y le reveló la existencia de un archipiélago de islas grandes y chicas que llamaba la Antilla, indicándole el mejor camino para llegar a ellas. El piloto onubense había dejado señales de su presencia en atolones e islotes con mojones pintados de almagre, para que otros navegantes europeos pudieran localizarlas.

Colón creyó estas historias en su empeño por demostrar que la Tierra era redonda y que se podía por tanto navegar sin llegar nunca al final como hasta entonces se creía. Pero era tal su obsesión por descubrir la ruta occidental hacia los fabulosos reinos de Asia, que se negaba a considerar siquiera la posibilidad de que aquellas islas fueran indicio de una masa continental desconocida o archipiélagos aún por explorar.

A Juan de la Cosa, las historias de Alonso Sánchez le hicieron pensar. Los nativos que había encontrado no tenían por qué ser súbditos del Gran Khan, tal vez ni siquiera hubieran oído hablar de él. Quizás las mediciones de Toscanelli eran erróneas. Podía existir una gran extensión de tierra antes del imperio mongol ¿por qué no? Quizá se tratara del inmenso territorio en medio del mar, allá por donde el sol se esconde, del que había hablado Solón y otros sabios griegos.

La Atlántida legendaria.

Esa palabra, que Juan oyó por primera vez de labios de Vicente Yáñez Pinzón, le venía a la cabeza una y otra vez. El continente perdido. Vicente le había contado que el mismo Platón describía una isla grande, al oeste del Océano Exterior, aunque al parecer se había hundido durante el Diluvio. Pero si había una isla, podía existir también una masa continental, incluso tan grande como África, que tuviera mar al otro lado.

El genovés, hombre de talento, pero autodidacta y de menos estudios que el de Santoña, interpretó a su manera la geografía de Toscanelli y elaboró un mapa bastante tosco de las costas asiáticas. Los sabios de la corte de Juan II de Portugal refutaron sus teorías y en 1482 una comisión de geógrafos y navegantes optó por desaconsejar su proyecto ante el monarca.

Colón desesperaba, pero ante la inapelable sentencia en su contra, calló. El viaje que proponía no sólo se contradecía con los cálculos de las distancias, sino que lo enfrentaba peligrosamente a la tradición geodésica de la época, tanto frente a los tratadistas cristianos como a la técnica musulmana.

Iría a los puertos andaluces para aliviar su decepción. Allí sí creían que se pudiera viajar a Occidente hasta tocar tierra.

Otra cosa era que se pudiera volver.

Decidió buscar patrocinio en la poderosa Corte de los Reyes Católicos sin pensar demasiado que los tiempos no eran muy propicios. La larga y costosa campaña contra el reino de Granada había empeñado no sólo el oro castellano, sino la potencia naval del reino de Aragón. Desde Lisboa, el incomprendido navegante se dirigió a El Algarve. El camino fue penoso, sólo la fe ciega en su idea le dio ánimos para continuar.

Tras cruzar la frontera, Colón se dirigió al monasterio de La Rábida, el antiguo convento franciscano construido en el delta que forman el Tinto y el Odiel frente a la ciudad de Huelva. Allí, entre los frailes, el marinero encontró un ambiente comprensivo para su ánimo alicaído y halló nuevas fuerzas que apuntalaron su proyecto. Aunque no eran saberes geográficos lo que podían aportar, los franciscanos mostraban una entusiasta comunión con la idea. La intensidad apocalíptica de la orden se traducía en ardor por evangelizar los paganos de aquellas tierras lejanas.

En la serenidad de La Rábida, Colón se reafirmó en sus intuiciones y pudo olvidar el rechazo que su descabellado plan causó en el ambiente náutico portugués. Con todas las horas del día por delante, pasaba revista a los estudios hebraicos de su juventud, especulaba con audaces deducciones y añadía a sus teorías las visiones del profeta Esdrás, para quien el globo terrestre se componía de seis partes de agua y una de tierra. Disponía además de excelentes contactos. Y tenía habilidad para manejarlos.

El duque de Medina-Sidonia, gran magnate gaditano, no prestó demasiada atención al proyecto colombino pues estaba más interesado en el comercio de oro y marfil con los puertos africanos. Pero el duque de Medinaceli, del poderoso clan de los Mendoza, vio en la expedición una posibilidad de extender sus dominios más allá de las tierras del Infantado.

El ambicioso interés del duque castellano desagradó, sin embargo, a la reina de Castilla. Empeñada con su marido en mantener a raya a la nobleza, no iba a permitir que un particular, por muy grande que fuera, costeara una empresa que ella consideraba patrimonio de la Corona, aunque el tajante convencimiento tampoco significara que la metódica reina, ocupada como estaba en acabar con el último reducto musulmán en la Península, otorgara de inmediato dineros para la expedición.

Los años 90 y 91 son duros para el genovés. Todo son negativas. Las puertas se cierran y nadie le hace demasiado caso. Sólo el fraile Juan Pérez de La Rábida, que le trata durante las Navidades del 91, escucha sus palabras, lo toma en serio y le comprende. Antiguo confesor de la Reina, fray Juan envía una carta a Doña Isabel rogándole que atienda al marino y le dé cuantas facilidades estén de su mano, pues Dios así lo quiere.

La Soberana se encuentra en el campamento de Santa Fe, una ciudad improvisada a los pies de Granada que los Reyes Católicos han levantado para dirigir desde allí el asalto final a la joya del reino nazarí. Ya han conquistado Málaga, Ronda y todas las poblaciones de la serranía que aún estaban en manos musulmanas.

Tras leer la carta de su confesor, la Reina ordena que el genovés acuda al campamento, dando así satisfacción a los nobles que apoyan su aventura. Isabel comprueba que los marineros de Palos están también a favor y decide enviar dinero a La Rábida para sufragar los gastos de viaje del genovés. De esta manera, el futuro descubridor de América estará presente en el momento histórico de la rendición de Granada. Cuando el enviado de Boabdil entrega las llaves de la hermosa ciudad al embajador del rey Fernando, concluye la Reconquista y los cristianos están exultantes por el final de la larga empresa, pero el éxito militar no consigue alejar del todo el favor regio al genovés.

Con Portugal las relaciones están tensas. El heredero Alfonso, cuya boda con la primogénita de los Reyes Católicos había despejado el horizonte dinástico, acaba de morir. Pocos meses después fallecía el hijo de la pareja, Miguel, efímero titular de un reino hispano-portugués que nunca llegó a consolidarse. La unión peninsular se esfumaba definitivamente, la rivalidad reapareció y la baza más consistente de la política matrimonial de los Reyes Católicos fracasaba estrepitosamente.

Colón, entretanto, se ha vuelto cada vez más exigente. Consciente del interés de la soberana, incrementa sus peticiones de mando sobre las nuevas tierras. Como la Reina no accede, es despedido y el airado marino toma el camino del norte decidido a ofrecer sus servicios a la corona francesa. Pero la nobleza y los banqueros italianos, que ven en la aventura una buena ocasión para cobrar sus préstamos, redoblan la insistencia ante Sus Majestades. Finalmente el mismísimo Cardenal Mendoza, a quien la gente llama zumbona el “Tercer Rey de España”, convence a Doña Isabel.

Cuando Colón se encuentra a sólo cuatro millas del campamento granadino, un mensajero le alcanza con las buenas nuevas. La Reina desea recibirle y esta vez las cosas se harán como a él le plazca. Para conseguirlo, el cardenal le dicta la fórmula protocolaria que debe emplear. Don Rodrigo de Mendoza es un ducho diplomático que conoce bien a los Reyes y sabe la manera en que deben dirigirse las peticiones.

El procedimiento, esta vez, funciona.

Colón presenta un breve documento firmado de su puño y letra en el que describe el viaje y hace una lista de «cosas suplicadas». Los monarcas lo aprueban y consienten en poner sus sellos soberanos. El «place a Sus Altezas» rubrica el sueño colombino más allá de cualquier expectativa. Su acuerdo con la Reina, finalmente, más que un mero contrato comercial es un jugoso pacto político con amplias concesiones de autoridad y fabulosas contrapartidas económicas. Dado el remoto éxito de la empresa, la Reina no temía conceder en demasía las mercedes suplicadas.

Aquel documento abrió la Edad Moderna. Isabel y Fernando se declaraban «Señores de la mar Océana e islas adyacentes», ampliando con habilidad diplomática la doctrina restrictiva del Tratado de Alcaçovas. A Colón se le concedía el almirantazgo de las islas por descubrir, ya que los monarcas hispanos no pretendían arrebatar territorios continentales al reino mongol del Gran Khan.

En aquella época, el Almirante Mayor de Castilla era Alfonso Enríquez, un vástago de los Trastámara muy poderoso. Que Isabel y Fernando despojaran del título a su pariente para dárselo a Colón suponía un altísimo honor y el mayor de los reconocimientos. Al recibirlo, el nuevo almirante se igualaba a la alta nobleza con un título que era grande entre los grandes. Muchos miembros de los altivos linajes se quedaron atónitos ante el hecho consumado pues no podían admitir que un recién llegado, y además extranjero, pudiera alcanzar tal dignidad.

A partir de entonces, Cristoforo Colombo se convirtió en Cristóbal Colón el Almirante. El cargo en realidad significaba que era el delegado de los Reyes en las tierras por descubrir, más que el jefe militar de la expedición, pero fue el propio Colón quien dio pleno sentido de comandante de la flota a la encomienda regia. Tanto le agradó el nombramiento, que siempre prefirió este título a cualquier otro y fue el que más utilizó. También le permitieron los monarcas usar el «don», un breve pasaporte credencial redactado en latín, para que pudiera presentarse a los monarcas orientales del continente asiático, si fuera necesario.

Como la Corona de Aragón se había mantenido ajena a la gestión de la empresa y al libramiento de dineros, Don Fernando no consideró indispensable añadir al título de almirante el de virrey, algo que sí haría años más tarde cuando la muerte de su esposa le obligó a tomar las riendas de los dominios del Nuevo Mundo. Tampoco es que hiciera falta, ya que la posición de visorrei respondía a un cargo tradicional en la monarquía catalano-aragonesa que llevaba aparejado el oficio de gobernador. Su añadido hubiera sido duplicar idénticas funciones

Antes de llegar a la tienda real del campamento de Santa Fe, donde Isabel le aguardaba, Colón acusó con angustia la situación. La Reina en persona iba a discutir con él los términos del acuerdo, estaba dispuesta a sufragar el proyecto. Por un momento sus ojos se nublaron y cuando descendió del caballo tuvo que ser ayudado, tal era su agitación.

Dentro del real se oían rumores y pasos amortiguados por las espesas alfombras. Las botas militares sonaban como babuchas marroquíes, aunque allí no hubiera nadie que no fuera cristiano de fiar. Colón, que tanto empeño tuvo en esconder su origen hebreo, sintió que su alma se expandía. Ya no había qué temer. Castellanizado, y con la intransigencia del converso, no tuvo reparos en adoptar la fe del Cristo por lo que pudiera suceder.

La Reina estaba sentada en un sillón de campaña rodeada de hombres de armas y algunas azafatas pendientes de lo que pudiera ordenar. Cuando uno de los pajes le susurró el nombre de Colón, asintió, alzó la vista y sonrió soltando el manuscrito que sujetaba su mano. Despidió con pocas palabras a sus alféreces y se dirigió a un pequeño trono bajo el dosel heráldico.

Colón se arrodilló a sus pies antes de que ella pudiera sentarse. Observando su cabeza cana y el temblor de hombros que le sacudía, Isabel se inclinó para tomarle por los brazos y obligarle a erguirse, mientras el nuevo súbdito se deshacía en lloro silencioso y afán por besarle la mano.

Al fin la Reina logró que se sentara junto a ella. Antes de preguntarle, se fijó en su rostro curtido y escudriñó aquellos ojos envueltos en una bruma gris y lejana.

—¿Os encontráis bien, maese Colón?

—Sí, Alteza, más que bien. Me hallo en el paraíso.

—Lo celebro... y os felicito. Sois un hombre audaz y perseverante.

El marino iba a responder, pero la Reina continuó.

—El Cardenal Mendoza y ese santo varón que fue confesor nuestro y tanto os estima, hablan maravillas de vos... y de vuestro proyecto.

—Su Eminencia y fray Juan son demasiado generosos con mi humilde persona.

—No seáis tan modesto. Habéis solicitado grandes mercedes para vuestras conquistas.

—Lo he hecho porque confío en poner a vuestros pies un imperio al otro lado del Océano.

Isabel se quedó pensativa. Tal vez fuera cierto que Dios quería aún más de ella. Aquel hombre cansado y con los ojos febriles no parecía la mejor garantía para una aventura de tal magnitud. Sin embargo, podía ser el instrumento enviado por la Providencia para extender la fe en el Redentor y llevar la buena nueva a los confines del mundo. Y ella, la princesa que había impuesto su voluntad en el trono de Castilla, no era más que otra criatura en los designios del Altísimo, que debía plegarse a Su dictado.

Pronto la noticia se extendió por los puertos y plazas de la Baja Andalucía. Colón tenía patrocinio y buscaba hombres para acompañarle y naves que pudieran surcar el Océano.

Juan de la Cosa fue de los primeros en responder.

III Una singladura incierta Palos Madrugada del 3 de agosto de 1492

“Es más fácil quedarse fuera que saber entrar”.

Mark Twain

El viaje se hacía realidad, verdad incuestionable. Aunque a muchos les costara creerlo, cada día que pasaba significaba un triunfo del empeño de Colón, la prédica de los frailes y la intuición de la Reina. Juan de la Cosa hizo suya la idea, buscó dineros, armó un barco y se entregó en alma y cuerpo al proyecto. El chico montañés que en Cádiz se había convertido en navegante y geógrafo, comenzó a predicar la expedición como si fuera una misión sagrada. Quería lo mejor, los marineros más capaces, los buques con mayor envergadura. Contaba con la colaboración de todos los paleños, una obligación legal que impuso la Corona tras comprar la mitad de la villa a la familia Cifuentes. Como la mayoría de los puertos andaluces dependían de los señoríos locales, los Reyes se las arreglaron para tener autoridad al menos en Palos. Isabel y Fernando no querían que un particular costeara la expedición y desde el principio dejaron claro su deseo de que la empresa fuera a cargo del Estado, la patria común que estaban construyendo. Con la adquisición de Palos lograban que la expedición saliera de un puerto real. Cádiz fue excluido, al estar su puerto ocupado con la expulsión de los judíos. Sevilla también, por su lejanía del mar.

Sólo faltaba enrolar a la marinería y seleccionar a los jefes. Conseguir hombres dispuestos fue un escollo más difícil de salvar de lo que habían imaginado De la Cosa y Colón. No había muchos voluntarios para enrolarse en un viaje hacia lo desconocido, sin objetivos claros y bajo el mando de un extranjero del que desconfiaban. Con perspectivas tan poco tentadoras, ni las recompensas prometidas ni la autoridad de los frailes de La Rábida consiguieron animarles para que se apuntaran.

Una voz convincente vino a cambiar la situación. Martín Alonso Pinzón respaldó el proyecto. Su opinión, dictada con la autoridad de un caudillo y escuchada con fervor por sus paisanos, resultó decisiva. El viaje debía hacerse, quienes fueran en él serían héroes para la posteridad y tal vez ricos hacendados en un futuro próximo.

Era Martín el jefe de una familia de marineros-corsarios, primogénito de cuatro hermanos, armador y hombre de capitales dispuesto a invertir en un negocio arriesgado con el mar por medio. El marino andaluz tenía experiencia en el comercio con las Islas Canarias y se había enfrentado a menudo, y en distintos mares, a navíos castellanos, portugueses y aragoneses.

También tenía un gran ascendiente sobre sus paisanos.

El convencimiento del jefe de los Pinzones arrastró a los demás. Junto a él, se enrolaron sus hermanos Vicente Yáñez y Francisco Martín. Otra familia poderosa, los Niños de Moguer, se unieron al proyecto. Juan, Peralonso y Francisco aportaban sus conocimientos y también su dinero. Ellos armaron la carabela Santa Clara y la cambiaron el nombre por el de La Niña, en honor a su gentilicio.

En total se alistaron noventa hombres. La mayoría procedían de la comarca del Odiel-Tinto, de las villas de Ayamonte, Moguer, Puerto de Santa María, Vejer, Palos y las ciudades de Huelva y Cádiz. Diez hombres del norte, entre vizcaínos y cántabros, se enrolaron con Juan de la Cosa. El cántabro armó de su propio peculio la nao capitana, una poderosa embarcación construida para desafiar el Océano. Colón le nombró maestre, un cargo que implicaba ser segundo de a bordo con mando directo sobre la marinería y a las órdenes del Almirante.

Participaban en la aventura cinco extranjeros procedentes de Venecia, Génova, Calabria y Portugal, además de cuatro criminales beneficiados por la real provisión que permitía redimir penas a quien se enrolara. Se trataba de Bartolomé Torres, que había asesinado al pregonero de Palos, y de tres amigos que intentaron liberarle de la prisión.

Sumaban setenta y cinco andaluces, once del norte y cinco extranjeros. Todos marineros o gentes de oficios necesarios para el largo viaje. No había frailes ni soldados, ya que en este primer viaje no había propósito de combatir ejércitos enemigos ni se proponía convertir infieles. Sí contaba entre la tripulación con una holgada nómina de carpinteros, médicos, grumetes, marmitones, varios oficiales reales y un veedor o contable que debía anotar y guardar los ingresos que habrían de corresponder a la Corona. También les acompañaban un alguacil real para hacerse cargo de los que cometiesen algún delito y un intérprete de árabe y hebreo, que no era otro que Diego Arana, primo de la mujer de Colón. Todos los expedicionarios iban a sueldo de Castilla.

Los barcos fueron aparejados. Sólo quedaba embadurnar de pez las quillas y dar la última capa de almáciga en las juntas. Eran finalmente tres. La nao capitana, que había cambiado su nombre de La Gallega por el más cristiano de Santa María; La Pinta, una carabela de tres palos y aparejo redondo propiedad de Cristóbal Quintero y capitaneada por Martín Alonso Pinzón; y La Niña, otra carabela de aparejo latino bajo el mando de Vicente. Aquel rápido bajel, maniobrero y ágil, habría de ser el preferido del Almirante. Los tres navíos iban equipados con bateles para el desembarco y su armamento era más bien escaso: lombardas, falconetes, espingardas, arcos, lanzas, rodeles y algunas espadas por si se presentaba combate. Las carabelas desplazaban unas setenta toneladas y la capitana cien. Más alargada que sus hermanas menores, la nao llevaba castillo de proa, aparejo redondo en el trinquete y latino en los mástiles de mesana y el bauprés.

El presupuesto final, según las Capitulaciones, rondaba los dos millones de maravedíes. La mitad a proveer por Castilla fue tomada en préstamo de los fondos de la Santa Hermandad y la cantidad se devolvió, con sus réditos, una vez concluida la expedición. Los 140.000 maravedíes de sueldo que había de recibir el Almirante los adelantó Luis de Santángel, escribano de ración de Fernando el Católico, quien además prestó también a la Corona una importante suma. Colón pudo reunir su parte gracias a los créditos de banqueros genoveses, la amplia red de benefactores andaluces y el financiero florentino Juanoto Berardi. Hasta el tesorero de la Corona de Aragón contribuyó con 17.000 florines de oro, por orden expresa del rey Fernando. Aunque la leyenda gusta de afirmar que la reina Isabel empeñó sus joyas, no hubo tal cosa, ya que por entonces la soberana no disponía de ninguna de valor. Todas las había empeñado para la campaña de Granada.

Al fin, todo está a punto. Los habitantes de Palos cargan pertrechos y alimentos, sesenta arrobas por hombre, agua para seis meses de navegación y comida para cuatrocientos días. Entre los víveres hay harina, bizcocho, galletas de cereal, tocino, garbanzos, judías, lentejas, embutidos de cerdo, arroz, pescado en salazón, carne ahumada, miel y quesos. Los jefes no olvidan llevar chucherías de poco valor y mucho brillo para traficar con los nativos que, están seguros, habrán de encontrar. Como la expedición es sólo de descubrimiento y comercio no embarcan caballos, gallinas u otros animales, ni tampoco útiles para construir casas y misiones.

Los barcos zarpan en la madrugada del 8 de agosto de 1492, con rumbo a las Islas Canarias. Franquean la barra de Saltes y los sentimientos de aquellos hombres reunidos en espacio tan mínimo comienzan a desatarse. El entusiasmo de unos se mezcla con el recelo de otros. Las quejas y críticas menudean hasta que el primer contratiempo hace callar las bocas de los ociosos, reuniendo los esfuerzos de todos. El día 6, el gobernalle de La Pinta se desencaja. Colón hace su primera interpretación maliciosa, sesgada y cargada de recelo hacia los andaluces.

—Ha sido obra de su propietario, Cristóbal Quintero —sentencia lacónico el Almirante—. Bien sé que le pesaba venir desde el principio.

Hasta el día 9 no consiguen llegar a Canarias, pues las reparaciones de La Pinta retrasan la navegación. Entretanto, empieza a mostrarse el carácter agrio, autoritario y desconfiado del genovés.

Un mes transcurre entre las islas de La Gomera y Gran Canaria, mientras cambian la vela mayor de La Niña por un aparejo redondo. Beatriz de Bobadilla, la confidente de Isabel la Católica, les ofrece hospitalidad como gobernadora de las Islas y se encarga de que hagan acopio de provisiones. La tripulación carga más agua en el aljibe y almacena fruta fresca en la bodega. Saben que uno de los mayores enemigos del viaje es el escorbuto y que el mejor modo de combatirlo es a base de naranjas y zumo de limón.

Las Canarias son un ensayo general para lo que vendría después, una experiencia similar a la que les esperaba al otro lado del Océano. En el archipiélago, los españoles encuentran una raza no musulmana ni hebrea, los guanches, de gran corpulencia, ojos verdigrises, piel bermeja y cabellos lisos que van del negro azabache al rubio ceniza. Los nativos canarios hablan una lengua extraña, autóctona, que no se parece a las europeas ni a ninguna de las africanas o asiáticas. Son nobles, serviciales y reconcentrados. Parcos en el hablar, aprenden pronto el idioma de los invasores y no tardan en mezclar su sangre con la de sus mujeres.

Doña Inés Pedraza, madre del primer conde de La Gomera, se encontraba en la isla cuando arribaron las naves. La dama recibió a la tripulación al completo y les ofreció un banquete al que también acudieron algunos lugareños y un grupo de pescadores de la isla de El Hierro. A los postres, animados por el vino, algunos comenzaron a referir sus experiencias navegando por el Océano.

El Almirante escuchaba sin perder detalle y lo mismo hacían los hermanos Pinzón y Juan de la Cosa. Ventura Torres, hijo de gaditano y una nativa de El Hierro, afirmaba haber visto islas y costas cuajadas de palmeras al oeste de las Azores.

—Os lo juro por el Cristo de la Buena Sangre, que me caiga aquí muerto si no es verdad. He llegado a rodear una treintena de ellas, unas grandes como El Hierro o La Palma y otras tan pequeñas como vuestra nave capitana. Algunas tienen árboles robustos de una madera liviana que nosotros no conocemos y con la que los nativos construyen grandes lanchas de una sola pieza. También he visto pájaros de muchos colores y lagartos enormes como mi brazo.

—Yo también he visto tierra —el que hablaba ahora era Juan Perucho, un piloto conocido por su fanfarronería y tendencia a exagerar—. Y más cerca de lo que dice maese Ventura. Desde la Caldera de Taburiente en la isla de La Palma, y desde los Llanos de Aridane los días claros, se ve una isla muy verde por donde se pone el sol. ¡Anda, díselo tú, Eustaquio! Este cagaleches no habla porque es medio lelo, pero él también lo ha visto en la Punta de Sabinosa, al poniente de la isla de El Hierro.

Los murmullos de los habitantes de La Gomera acallaron los esfuerzos de Eustaquio por hablar. Dos hombres barbados y con el rostro curtido, mucho más jóvenes de lo que parecían, negaban con la cabeza.

—Ya estamos con las sandeces de siempre. Es la misma tierra que ven los de las Azores cada año.

El que se sentaba a su lado, que por su gravedad y mayor edad parecía ser su padre, habló con voz cavernosa como si pronunciase una sentencia.

—No es tierra firme, sino una ilusión de los ojos que aparece por efecto del sol y el vapor. Yo también lo he visto y puedo aseguraros, excelencia, que la isla de San Brandán, que así la llaman los portugueses, no existe. Cuando crees que has llegado a ella, sólo hay mar. Todos los años, cuando llegan los calores de julio, sucede lo mismo.

El Almirante asentía y miraba a unos y otros como si pidiera más información. Juan de la Cosa preguntó a uno de los jóvenes barbudos.

—¿Alguno de vosotros ha oído o visto lo que cuentan sobre náufragos a la deriva en pleno Océano?

Todos miraron a Eutimio, un andaluz bajo y cetrino que llevaba cerca de treinta años viviendo en La Gomera. Tenía mujer guanche y cinco hijos varones que se hacían a la mar con él, para comerciar con los africanos y pescar merluzas. Navegando tras los bancos, habían llegado a internarse en el mar de los Sargazos, que ellos llamaban de las Algas.

No era Eutimio hombre al que le gustara fanfarronear y ni siquiera probaba el vino. Como todos lo miraban, carraspeó y sacó una bolsa de tabaco. Sólo algunos canarios conocían por entonces esa práctica aprendida de los indios. Los españoles venidos de la Península contemplaron atónitos cómo el hombre llenaba una pequeña cazoleta de barro blanco con boquilla de madera y luego encendía las hojas del interior, aspirando el humo.

—Vamos, Eutimio, cuéntanos.

Juan se dio cuenta de que el marinero no quería hablar por miedo a que se burlasen de él. Debía haberlo narrado ya otras veces y probablemente no le creyeron. Decidió apoyarle con datos geográficos y sacó de la talega unos pergaminos con cartas náuticas dibujadas según la información de unos pescadores de ballenas vizcaínos y un pariente cántabro que había cruzado el Océano dos veces en busca de bacalao.

—Si me lo permite, señor Eutimio —desplegó una de las cartas, la más grande, y la sujetó por los bordes con cuatro copas de metal—, nosotros sabemos que navegando hacia el oeste se encuentran islas y hasta la tierra firme de Asia.

Eutimio dio una larga chupada a su pipa. El humo molestó a Juan, que parecía empezar a irritarse. El cántabro continuó sus explicaciones, tratando de que el hombre hablara por sí mismo.

—Tenemos datos geográficos y marítimos que nos indican la ruta del norte, pero queremos navegar hacia el sur, buscando el Ecuador, porque así los vientos oceánicos nos favorecerán y podremos llegar antes. ¿Qué sabe usted?... ¡Por Dios, buen hombre, se lo ruego, hable de una vez!

Eutimio no apartaba la vista de su bolsa de tabaco y parecía sumido en un impenetrable silencio. Sus camaradas le animaban sin resultado. Colón miró a Martín Alonso Pinzón y a Juan de la Cosa. Había desprecio en sus ojos, pero también ansiedad. Juan elevó el tono de su voz.

—¡Se lo ordeno en nombre de nuestra soberana Doña Isabel de Castilla!

Eutimio levantó el rostro y tragó saliva. El nombre de la lejana Castilla, su patria, y el de la mujer que llevaba su corona, fueron como un aldabón que llamara a las puertas cerradas de su conciencia. Había apremio y mucha autoridad en la llamada. Tenía que abrir.

—Está bien, señores, está bien.

Dejó la pipa, bebió un sorbo de agua y cruzó las manos sobre el tablero. Todos le miraron. Colón se echó hacia atrás en su asiento, Juan apoyó sus brazos sobre la mesa mientras miraba a los ojos al hombre que parecía un acusado. Pinzón observaba con cara de pocos amigos, como un fraile de la Inquisición.

—Ya lo he contado antes. Han sido varias veces, las que me he encontrado con seres humanos de la otra parte del mar.

Hasta el posadero dejó de limpiar la vajilla. Un silencio cargado de presagios ocupó la mesa en la que dos hombres sentados frente a frente no se quitaban ojo. Mientras, uno de ellos empezaba su confesión y el otro sacaba pluma, tintero y papel para tomar notas.

—Hará cosa de diez años que los encontramos por vez primera. Yo iba con mis dos chicos mayores, que por entonces no habían echado la barba, cuando nos vimos rodeados por islotes en medio de un mar caliente lleno de algas. Era al amanecer y nos despertaron los graznidos de gaviotas y grandes pájaros marinos. Sabíamos que habría tierra y nos dispusimos a bojear alguna de aquellas islas. Cuando habíamos pasado ya varias, encontramos una flotilla a la deriva con unas cuarenta personas distribuidas en siete embarcaciones. Remaron hasta nuestro costado, hasta que mi Diego les apuntó con un arcabuz y les dio el alto. Llevaban arcos y flechas y hablaban una lengua extraña que no comprendíamos... Estaban casi desnudos, pero no parecían desnutridos ni enfermos... Había algunas mujeres y varios niños.

Eutimio Hinojosa, hijo de Vejer y nieto de un villorrio zamorano, no quiso continuar. Estaba claro que había algo oculto en la narración, algo que parecía torturarle.

—Proseguid, os lo ruego.

—No parecía que quisieran hacernos ningún mal, así que le dije a Diego que dejara de apuntar con su arcabuz. Entonces se acercó una de aquellas barquichuelas, a las que llaman canoas, y un hombre joven de buen cuerpo que iba a proa y parecía el jefe comenzó a dar voces apuntando con la mano hacia una isla que se veía en el horizonte. Nosotros no le comprendíamos bien pero Antón, el pequeño, empezó a hacer gestos afirmativos con la cabeza. Sonreía y hacía como si estuviera entendiendo. Antes de que yo pudiera reaccionar ya los teníamos encima, a menos de diez yardas. La verdad, señor Juan, eran aquellas gentes criaturas dignas de ver con sus plumajes y los cabellos embadurnados de aceite. Tenían ojos muy vivos y la sonrisa franca...

—¿Qué hicisteis entonces? —Colón preguntó a bocajarro.

—Tiramos una escala y el hombre subió por ella con una agilidad asombrosa. Mis hijos le ayudaron a saltar a cubierta y le sujetaron con cuidado por los brazos, pero él los miró muy serio y ellos le soltaron. Luego vino hacia mí y se arrodilló llorando. Yo no sabía qué hacer, os lo juro por la Virgen del Puerto, pero puedo asegurar que ver a aquel guerrero, que debía ser un príncipe o algo parecido, postrado ante mí y llorando, me movió a la compasión. Ordené al cocinero que le trajera un vaso de ponche y el muchacho lo bebió de un sorbo. Pude ver sus dientes blanquísimos y completos cuando me sonrió dando las gracias. Por entonces, dos compañeros suyos habían escalado por la cuerda y saltado a cubierta. Mis hijos y ellos se hacían señas y se observaban con curiosidad. Por fin Diego sacó un papel y un carboncillo y se lo dio al jefe. No lo dudó mucho el indígena y comenzó a dibujar con frenesí. Primero una isla grande, luego otras más pequeñas y finalmente un grupo de islotes que resultaron ser pequeñas embarcaciones, como las que estaban a nuestro costado. Parecía que las barcas eran la flota en la que habían abandonado una de las islas porque otra tribu los había echado. El nativo se señaló en el pecho y pronunció un nombre, una palabra sonora y fácil de repetir que aprendimos enseguida: Guaracaibo, dijo, señalándose a sí mismo. Luego extendió las palmas de sus manos hacia arriba y volvió a sonreír. Antón le contestó pronunciando su nombre y el de su hermano. Luego me señaló a mí y dijo una sola palabra: padre. El salvaje se concentró en esta palabra y me miró a los ojos. Luego la repitió. Los otros dos también la dijeron, aunque apenas se les entendía, y los tres se arrodillaron poniendo sus manos en mis pies. Yo estaba realmente conmovido y dispuesto a ayudarles, así que les hice levantarse y juntos, con Diego, Antón y los otros cinco tripulantes, nos acercamos a la barandilla y saludamos. Todas las personas que estaban en las canoas se pusieron a dar gritos de alegría y a batir palmas. Éramos amigos y parecían muy felices por ello.

Eutimio hizo una pausa, pero no necesitó que le animasen para retomar el hilo de su narración.

—Me di cuenta de que en la canoa del jefe había dos mujeres y un niño. La mayor, aunque todavía era joven, miraba ansiosa y no aplaudía. Guaracaibo la señaló y me miró con ojos suplicantes. Hice una señal con la cabeza y permití que subieran a bordo las mujeres con el niño. La verdad, no sabía bien qué se proponían, pero ante sus ruegos no pude hacer otra cosa. Un capitán no debe abandonar a su suerte a los huérfanos del mar.

—Hicisteis bien.

Juan había dejado de tomar notas y escuchaba atento el relato del marinero. Como volvía a dudar y hasta parecía que se le nublaban los ojos, Juan le puso una mano sobre el brazo y asintió. El gaditano sacó un pañuelo sobado de las calzas y se sorbió la nariz. Con los ojos enrojecidos continuó su historia.

—En cuanto subieron al barco las mujeres, los hombres que acompañaban al jefe descendieron por la escala. En las canoas todos empezaron a despedirse con la mano y a llorar. Guaracaibo seguía sonriendo y saludando a los suyos desde la barandilla, abrazando a mis hijos y tomándolos por la cintura. Como se había levantado viento de poniente, ordené virar a babor y seguir la estela del alisio. A las pocas horas ya no veíamos las canoas, ni siquiera las islas. Estábamos volviendo a casa.

—¿Cuánto duró la travesía? —La voz del Almirante volvió a interrumpir con autoridad.

—Veinte jornadas.

Colón miró al maestre De la Cosa y por primera vez sonrió. Esos datos confirmaban sus teorías. A buen seguro, aquellas gentes de oriente serían habitantes del archipiélago de Cipango.

Pero Juan seguía con el ceño fruncido. Tenía la impresión de que aquellos guerreros no eran súbditos del Khan de Mongolia ni del emperador de China. Eutimio no hablaba de piel amarilla ni barcos con velas de papel, que era lo que Marco Polo y otros navegantes portugueses habían conocido por los parajes y mares asiáticos. Esas gentes de las que hablaba el piloto gaditano debían ser distintas, de un país desconocido, aún más primitivo.

Fue en ese instante cuando Juan presintió que aquellas tierras extrañas y alejadas no eran Cipango, ni siquiera Asia. Durante unos pocos minutos, breves pero de intensidad reveladora, un pensamiento avasallador se fue abriendo paso en los territorios de su mente, inundándolo todo. Aquellas islas bien podían ser las esquirlas del inmenso continente que se interponía entre Europa y Asia, un mundo por conocer y explorar. La terra incognita de la que tanto se hablaba. La Atlántida de Platón.

Juan oía rumores, a sus oídos llegaban preguntas cargadas de tensión disimulada, respuestas lacónicas o amedrentadas. Escuchaba suspiros de alivio, toses contenidas y voces que asentían con interjecciones y palabras gruesas. Pero no prestaba atención. La luz abría oquedades sin explorar en su cerebro y un cosquilleo le recorrió la espalda. Tuvo que hacer esfuerzos para no dejar que la ensoñación se apoderase de él y lo arrastrara, por volver a la realidad de ese banquete de marineros que apenas bebían y guardaban silencio entre densas parrafadas. Debía estar atento a cuanto se dijera en aquella mesa.

Bien es verdad que tenía conciencia de que a veces lo más importante, el origen de las cosas trascendentales, no sucede a través de la inteligencia o la voluntad sino que es la intuición la que a menudo muestra la senda de lo verdadero y la emoción de lo hermoso, con sabiduría automática. Con frecuencia la auténtica vida tiene poco que ver con la realidad del mundo o el soplo engañoso del presente.

Los indicios geográficos, los cálculos de las distancias y aquellas experiencias que contaban quienes se atrevían a navegar más allá de las Azores, apuntaban la posibilidad de que existiera tierra aún por explorar. Pero más lo presentía la intuición afilada de aquel hombre que ensimismado dibujaba un barco en su resma de papel. Había que saber más. Dejar de mirar la costa y alzar la vista a las estrellas.

Juan interrogó con la mirada a Eutimio. El andaluz no necesitaba ya de ruegos, veladas amenazas, ni siquiera palabras de ánimo. Estaba lanzado y quería contarlo todo.

—Navegamos cómodamente a favor del viento hasta que encontramos la primera tormenta siete días después de dar la vuelta. Guaracaibo y su mujer, Ninié, se mareaban continuamente y pasaban las horas tumbados en cubierta, acostados juntos en una loneta que habían sujetado con cuatro palos a la que llamaban hamaca. La otra chica cuidaba del niño. Diego supo un día que era hermana del jefe y que sabía cocinar. A partir de entonces nos preparaba tortas de harina, retiraba nuestros platos y los lavaba. Diego sonreía y se le veía más alegre. Yo también he sido joven y sé que cuando a un mozo de dieciocho años se le cruza una hembra hermosa en un barco, empieza a pensar en algo más que sujetar jarcias y tensar velas. La rapaza era guapa como una gitanilla y andaba medio desnuda, con los pechos al aire. Caminaba despacio, esquivando enseres y maromas con una gracia que parecía estar bailando. En alguna de las guardias Diego debió acercarse a su hamaca y ella no lo rechazó. El crío dormía con sus padres, y la joven, a quien mi hijo le puso de nombre Araná porque ella repetía esta palabra continuamente, le dejó hacer. Yacieron juntos y pasó lo que pasa entre un doncel y una hembra cuando el mar está en calma, las estrellas brillan en el cielo y la brisa refresca el cuerpo. Yo... no pude hacer nada... Hubiera sido como ir en contra de la Naturaleza.

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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
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181 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9788415930044
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Bookwire
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