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Ignacio Manuel Altamirano
La Navidad en las Montañas

Publicado por Good Press, 2022
EAN 4057664117946
Índice
PREFACE
INTRODUCTION
DEDICATORIA A FRANCISCO SOSA
LA NAVIDAD EN LAS MONTAŃAS
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
VOCABULARY
#A#
#B#
#C#
#D#
#E#
#F#
#G#
#H#
#I#
#J#
#L#
#LL#
#M#
#N#
#O#
#P#
#Q#
#R#
#S#
#T#
#U#
#V#
#Y#
#Z#
PREFACE
Índice
As the author himself says in his Dedicatoria, a picture of Mexican life is here offered, not as seen in large cities, which are much the same all the world over, but in remote rural districts, "en las montańas." The tale is idyllic, but in spite of its romantic spirit it presents a vivid picture of rural life in Mexico.
The text of this story is taken from the Fifth Edition, in the
Biblioteca de la Europa y América, Paris, 1891.
E.A.H.
M.J.L.
INTRODUCTION
Índice
The following is quoted from Modern Mexican Authors, by Frederick Starr.[1]
"No one who knows not the Mexican Indian village can appreciate the heroism of the man, who, born of Indian parents, in such surroundings attains to eminence in the nation. It is true that the Aztec mind is keen, quick, receptive; true that the poorest Indian of that tribe delights in things of beauty; true that the proverb and pithy saying in their language show a philosophic perception. But after all this is admitted, the horizon of the Indian village is narrow; there are few motives to inspiration; life is hard and monotonous. It must indeed be a divine spark that drives an Aztec village boy to rise above his surroundings, to gain wide outlook, to achieve notable things.
"Ignacio M. Altamirano, a pure Aztec Indian, was born at Tixtla, State of Guerrero, December 12, 1834. The first fourteen years of his life were the same as those of every Indian boy in Mexico; he learned the Christian Doctrine and helped his parents in the field. Entering the village school, he excelled, and was sent at public expense in 1849 to Toluca to study at the Instituto Literario. From that time on his life was mainly literary,—devoted to learning, to instructing, and to writing. From Toluca he went to the city of Mexico, where he entered the Colegio de San Juan Letran. In 1854 he participated in the Revolution. From that date his political writings were important. Ever a Liberal of the Liberals, he figured in the stirring events of the War of the Reform, and in 1861 was in Congress. When aroused he was a speaker of power; his address against the Law of Amnesty was terrific. Partner with Juarez in the difficulties under Maximilian, he was also partner in the glory of the re-established Republic. From then, as journalist, teacher, encourager of public education, and man of letters, his life passed usefully until 1889, when he was sent as Consul-General of the Republic to Spain. His health failing there, he was transferred to the corresponding appointment at Paris. He died February 13, 1893, at San Remo. His illness was chiefly nostalgia, longing for that Mexico he loved so much and served so well.
"Altamirano was honored and loved by men of letters of both political parties. His honesty, independence, strength, and marvelous gentleness bound his friends firmly to him. He loved the young, and ever encouraged those rising authors who form to-day the literary body of Mexico. He ever urged the development of a national, a characteristic literature, and pleaded for the utilization of national material."
[Footnote 1: Published by The Open Court Publishing Co.,
Chicago, 1904.]
DEDICATORIA A FRANCISCO SOSA
Índice
A Vd., mi querido amigo, a Vd. que hace justamente veinte ańos, en este mes de Diciembre, casi me secuestró, por espacio de tres días, a fin de que escribiera esta novela, se la dediqué, cuando se publicó por primera vez en México.
Recuerdo bien que deseando Vd. que saliese algo mío en "El Álbum" de Navidad que se imprimía, merced a los esfuerzos de Vd., en el folletín de "La Iberia" periódico que dirigía nuestro inolvidable amigo Anselmo de la Portilla, me invitó para que escribiera un cuadro de costumbres mexicanas; prometí hacerlo, y fuerte con semejante promesa, se instaló Vd. en mi estudio, y conociendo por tradición mi decantada pereza, no me dejó descansar, alejó a las visitas que pudieran haberme interrumpido; tomaba las hojas originales a medida que yo las escribía, para enviarlas a la Imprenta, y no me dejó respirar hasta que la novela se concluyó.
Esto poco más o menos decía yo a Vd. en mi dedicatoria que no tengo a la mano, y que Vd. mismo no ha podido conseguir, cuando se la he pedido últimamente para reproducirla.
He tenido, pues, que escribirla de nuevo para la quinta edición que va a hacerse en París y para la sexta que se publicará en francés.
Reciba Vd. con afecto este pequeńo libro, puesto que a Vd. debo el haberlo escrito.
IGNACIO M. ALTAMIRANO
PARÍS, Diciembre 26 de 1890
LA NAVIDAD EN LAS MONTAŃAS
Índice
I
Índice
El sol se ocultaba ya; las nieblas ascendían del profundo seno de los valles; deteníanse[1] un momento entre los obscuros bosques y las negras gargantas de la cordillera, como un rebańo gigantesco; después avanzaban con rapidez hacia las cumbres; se desprendían majestuosas de las agudas copas de los abetos e iban por último a envolver la soberbia frente de las rocas, titánicos guardianes de la montańa que habían desafiado allí, durante millares de siglos, las tempestades del cielo y las agitaciones de la tierra.
Los últimos rayos del sol poniente franjaban de oro y de púrpura estos enormes turbantes formados por la niebla, parecían incendiar las nubes agrupadas en el horizonte, rielaban débiles en las aguas tranquilas del remoto lago, temblaban al retirarse de las llanuras invadidas ya por la sombra, y desaparecían después de iluminar con su última caricia la obscura cresta de aquella oleada de pórfido.
Los postreros rumores del día anunciaban por dondequiera la proximidad del silencio. A lo lejos, en los valles, en las faldas de las colinas, a las orillas de los arroyos, veíanse reposando quietas y silenciosas las vacadas; los ciervos cruzaban como sombras entre los árboles, en busca de sus ocultas guaridas; las aves habían entonado ya sus himnos de la tarde, y descansaban en sus lechos de ramas; en las rozas se encendía la alegre hoguera de pino, y el viento glacial del invierno comenzaba a agitarse entre las hojas.
[Footnote 1: The object pronoun may follow an indicative verb that is the first word in a clause.]
II
Índice
La noche se acercaba tranquila y hermosa: era el 24 de diciembre, es decir, que pronto la noche de Navidad cubriría nuestro hemisferio con su sombra sagrada y animaría a los pueblos cristianos con sus alegrías íntimas. żQuién que ha nacido cristiano y que ha oído renovar cada ańo, en su infancia, la poética leyenda del nacimiento de Jesús, no siente en semejante noche avivarse los más tiernos recuerdos de los primeros días de la vida?
Yo Ąay de mí! al pensar que me hallaba, en este día solemne, en medio del silencio de aquellos bosques majestuosos, aun en presencia del magnífico espectáculo que se presentaba a mi vista absorbiendo mis sentidos, embargados poco ha por la admiración que causa la sublimidad de la naturaleza, no pude menos que interrumpir mi dolorosa meditación, y encerrándome en un religioso recogimiento, evoqué todas las dulces y tiernas memorias de mis ańos juveniles. Ellas se despertaron alegres como un enjambre de bulliciosas abejas y me transportaron a otros tiempos, a otros lugares; ora al seno de mi familia humilde y piadosa, ora al centro de populosas ciudades, donde el amor, la amistad y el placer en delicioso concierto, habían hecho siempre grata para mi corazón esa noche bendita.
Recordaba mi pueblo, mi pueblo querido, cuyos alegres habitantes celebraban a porfía con bailes, cantos y modestos banquetes la Nochebuena. Parecíame ver aquellas pobres casas adornadas con sus Nacimientos y animadas por la alegría de la familia: recordaba la pequeńa iglesia iluminada, dejando ver desde el pórtico el precioso Belén,[1] curiosamente levantado en el altar mayor: parecíame oir los armoniosos repiques que resonaban en el campanario, medio derruido, convocando a los fieles a la misa de gallo, y aun escuchaba con el corazón palpitante la dulce voz de mi pobre y virtuoso padre, excitándonos a mis hermanos y a mí a arreglarnos pronto para dirigirnos a la iglesia, a fin de llegar a tiempo; y aun sentía la mano de mi buena y santa madre tomar la mía para conducirme al oficio. Después me parecía llegar, penetrar por entre el gentío que se precipitaba en la humilde nave, avanzar hasta el pie del presbiterio, y allí arrodillarme admirando la hermosura de las imágenes, el portal resplandeciente con la escarcha, el semblante risueńo de los pastores, el lujo deslumbrador de los Reyes magos, y la iluminación espléndida del altar. Aspiraba con delicia el fresco y sabroso aroma de las ramas de pino, y del heno que se enredaba en ellas, que cubría el barandal del presbiterio y que ocultaba el pie de los blandones. Veía después aparecer al sacerdote revestido con su alba bordada, con su casulla de brocado, y seguido de los acólitos, vestidos de rojo con sobrepellices blanquísimas. Y luego, a la voz del celebrante, que se elevaba sonora entre los devotos murmullos del concurso, cuando comenzaban a ascender las primeras columnas de incienso, de aquel incienso recogido en los hermosos árboles de mis bosques nativos, y que me traía con su perfume algo como el perfume de la infancia, resonaban todavía en mis oídos los alegrísimos sones populares con que los tańedores de arpas, de bandolinas y de flautas, saludaban el nacimiento del Salvador. El Gloria in excelsis,[2] ese cántico que la religión cristiana poéticamente supone entonado por ángeles y por nińos, acompańado por alegres repiques, por el ruido de los petardos y por la fresca voz de los muchachos de coro, parecía transportarme con una ilusión encantadora al lado de mi madre, que lloraba de emoción, de mis hermanitos que reían, y de mi padre, cuyo semblante severo y triste parecía iluminado por la piedad religiosa.
[Footnote 1: #Belén#. Representation of the manger at Bethlehem at the
Nativity with figures of Christ, Mary, Joseph, the shepherds, etc. For a
good description of the same in Spanish, see Noche Buena, by Pérez Galdós, in Bransby's Spanish Reader, page 41, and Mula y el buey in Hills and Reinhardt's Spanish Short Stories, both published by D.C. Heath & Company.]
[Footnote 2: #Gloria in excelsis#, glory in the highest.]
III
Índice
Y después de un momento en que consagraba mi alma al culto absoluto de mis recuerdos de nińo, por una transición lenta y penosa, me trasladaba a México, al lugar depositario de mis impresiones de joven.
Aquél era un cuadro diverso. Ya no era la familia; estaba entre extrańos; pero extrańos que eran mis amigos, la bella joven por quien sentí la vez primera palpitar mi corazón enamorado, la familia dulce y buena que procuró con su carińo atenuar la ausencia de la mía.
Eran las posadas con sus inocentes placeres y con su devoción mundana y bulliciosa; era la cena de Navidad con sus manjares tradicionales y con sus sabrosas golosinas; era México, en fin, con su gente cantadora y entusiasmada, que hormiguea esa noche en las calles corriendo gallo; con su Plaza de Armas llena de puestos de dulces; con sus portales resplandecientes; con sus dulcerías francesas, que muestran en los aparadores iluminados con gas un mundo de juguetes y de confituras preciosas; eran los suntuosos palacios derramando por sus ventanas torrentes de luz y de armonía. Era una fiesta que aun me causaba vértigo.
IV
Índice
Pero volviendo de aquel encantado mundo de los recuerdos a la realidad que me rodeaba por todas partes, un sentimiento de tristeza se apoderó de mí.
ĄAy! había repasado en mi mente aquellos hermosos cuadros de la infancia y de la juventud; pero ésta se alejaba de mí a pasos rápidos, y el tiempo que pasó al darme su poético adiós hacía más amarga mi situación actual.
żEn dónde estaba yo? żQué era entonces? żA dónde iba? Y un suspiro de angustia respondía a cada una de estas preguntas que me hacía, soltando las riendas a mi caballo, que continuaba su camino lentamente.
Me hallaba perdido entonces en medio de aquel océano de montańas solitarias y salvajes; era yo un proscrito, una víctima de las pasiones políticas, e iba tal vez en pos de la muerte, que los partidarios en la guerra civil tan fácilmente decretan contra sus enemigos.
Ese día cruzaba un sendero estrecho y escabroso, flanqueado por enormes abismos y por bosques colosales, cuya sombra interceptaba ya la débil luz crepuscular. Se me había dicho que terminaría mi jornada en un pueblecillo de montańeses hospitalarios y pobres, que vivían del producto de la agricultura, y que disfrutaban de un bienestar relativo, merced a su alejamiento de los grandes centros populosos, y a la bondad de sus costumbres patriarcales.
Ya se me figuraba hallarme cerca del lugar tan deseado, después de un día de marcha fatigosa: el sendero iba haciéndose más practicable, y parecía descender suavemente al fondo de una de las gargantas de la sierra, que presentaba el aspecto de un valle risueńo, a juzgar por los sitios que comenzaba a distinguir, por los riachuelos que atravesaba, por las cabańas de pastores y de vaqueros que se levantaban a cada paso al costado del camino, y en fin, por ese aspecto singular que todo viajero sabe apreciar aun al través de las sombras de la noche.
Algo me anunciaba que pronto estaría dulcemente abrigado bajo el techo de una choza hospitalaria, calentando mis miembros ateridos por el aire de la montańa, al amor de una lumbre bienhechora, y agasajado por aquella gente ruda, pero sencilla y buena, a cuya virtud debía yo desde hacía tiempo inolvidables servicios.
Mi criado, soldado viejo, y por lo tanto acostumbrado a las largas marchas y al fastidio de las soledades, había procurado distraerse durante el día, ora cazando al paso, ora cantando, y no pocas veces hablando a solas, como si hubiese evocado los fantasmas de sus camaradas del regimiento.
Entonces se había adelantado a alguna distancia para explorar el terreno, y sobre todo, para abandonarme con toda libertad a mis tristes reflexiones.
Repentinamente lo ví volver a galope, como portador de una noticia extraordinaria.
—żQué hay, González?—le pregunté.
—Nada, mi capitán, sino que habiendo visto a unas personas que iban a caballo delante de nosotros, me avancé a reconocerlas y a tomar informes, y me encontré con que eran el cura del pueblo adonde vamos, y su mozo, que vienen de una confesión y van al pueblo a celebrar la Nochebuena. Cuando les dije que mi capitán venía a retaguardia, el seńor cura me mandó que viniera a ofrecerle de su parte el alojamiento, y allí hizo alto para esperarnos.
—żY le diste las gracias?
—Es claro, mi capitán, y aun le dije que bien necesitábamos de todos sus auxilios, porque venimos cansados y no hemos encontrado en todo el día un triste rancho donde comer y descansar.
—żY qué tal? żparece buen sujeto el cura?
—Es espańol, mi capitán, y creo que es todo un hombre.
—ĄEspańol!—me dije yo;—eso sí me alarma; yo no he conocido clérigos espańoles más que carlistas. En fin, con no promover disputas políticas, me evitaré cualquier disgusto y pasaré una noche agradable. Vamos, González, a reunimos al cura.
Diciendo esto, puse mi caballo a galope, y un minuto después llegamos adonde nos aguardaban el eclesiástico y su mozo.
Adelantóse el primero con exquisita finura, y quitándose su sombrero de paja me saludó cortésmente.
—Seńor capitán—me dijo—en todo tiempo tengo el mayor placer en ofrecer mi humilde hospitalidad a los peregrinos que una rara casualidad suele traer a estas montańas; pero en esta noche, es doble mi regocijo, porque es una noche sagrada para los corazones cristianos, y en la cual el deber ha de cumplirse con entusiasmo: es la Nochebuena, seńor.
Dí las gracias al buen sacerdote por su afectuosidad, y acepté desde luego oferta tan lisonjera.
—Tengo una casa cural muy modesta—ańadió—como que es la casa de un cura de aldea, y de aldea pobrísima. Mis feligreses viven con el producto de un trabajo improbo y no siempre fecundo. Son labradores y ganaderos, y a veces su cosecha y sus ganados apenas les sirven para sustentarse. Así es que mantener a su pastor es una carga demasiado pesada para ellos; y aunque yo procuro aligerarla lo más que me es posible, no alcanzan a darme todo lo que quisieran, aunque por mi parte tengo todo lo que necesito y aun me sobra. Sin embargo, me es preciso anticipar a Vd. esto, seńor capitán, para que disimule mi escasez, que, con todo, no será tanta que no pueda yo ofrecer a Vd. una buena lumbre, una blanda cama y una cena hoy muy apetitosa gracias a la fiesta.
—Yo soy soldado, seńor cura, y encontraré demasiado bueno cuanto Vd. me ofrezca, acostumbrado como estoy a la intemperie y a las privaciones. Ya sabe Vd. lo que es esta dura profesión de las armas y por eso omito un discurso que ya antes hizo Don Quijote[1] en un estilo que me sería imposible imitar.
Sonrió el cura al escuchar aquella alusión al libro inmortal que siempre será caro a los espańoles y a sus descendientes, y así en buen amor y compańía continuamos nuestro camino, platicando sabrosamente.
Cuando nuestra conversación se había hecho más confidencial, díjele que tendría gusto en saber, si no había inconveniente en decírmelo, cómo había venido a México, y por qué él, espańol y que parecía educado esmeradamente, se había resignado a vivir en medio de aquellas soledades, trabajando con tal rudeza y no teniendo por premio sino una situación que rayaba en miseria.
Contestóme que con mucho placer satisfaría mi curiosidad, pues no había nada en su vida que debiera ocultarse; y que por el contrario, justamente para deshacer en mi ánimo la prevención desfavorable que pudiera haberme producido el saber que era espańol, pues conocía bastantemente nuestras preocupaciones a ese respecto, se alegraba de poder referirme en los primeros instantes de nuestro conocimiento algo de su vida, mientras llegábamos al pueblecillo, que ya estaba próximo.
[Footnote 1: #Don Quijote#, hero of Cervantes' famous novel of the same name, a masterpiece known in all the civilized world. The speech referred to may be found in Part I, Chap. XXXVIII. Cervantes (1547-1616) is Spain's most famous author.]
V
Índice
—Vine al país de Vd.,—me dijo,—muy joven y destinado al comercio, como muchos de mis compatriotas. Tenía yo un tío en México bastante acomodado, el cual me colocó en una tienda de ropas; pero notando algunos meses después de mi llegada que aquella ocupación me repugnaba sobre manera, y que me consagraba con más gusto a la lectura, sacrificando a esta inclinación aun las horas de reposo, preguntóme un día si no me sentía yo con más vocación para los estudios. Le respondí, que en efecto la carrera de las letras me agradaba más; que desde pequeńo sońaba yo con ser sacerdote, y que si no hubiese tenido la desgracia de quedar huérfano de padre y madre en Espańa, habría quizás logrado los medios de alcanzar allá la realización de mis deseos. Debo decir a Vd. que soy oriundo de la provincia de Álava,[1] una de las tres vascongadas, y mis padres fueron honradísimos labradores, que murieron teniendo yo muy pocos ańos, razón por la cual una tía a cuyo cargo quedé se apresuró a enviarme a México, donde sabía que mi susodicho tío había reunido, merced a su trabajo, una regular fortuna. Este generoso tío escuchó con sensatez mi manifestación, y se apresuró a colocarme con arreglo a mis inclinaciones. Entré en un colegio, donde, a sus expensas, hice mis primeros estudios con algún provecho. Después, teniendo una alta idea de la vida monacal, que hasta allí sólo conocía por los elogios interesados que de ella se hacían y por la poética descripción que veía en los libros religiosos, que eran mis predilectos, me puse a pensar seriamente en la elección que iba a hacer de la Orden regular en que debía consagrarme a las tareas apostólicas, sueńo acariciado de mi juventud; y después de un detenido examen me decidí a entrar en la religión de los Carmelitas[2] descalzos. Comuniqué mi proyecto a mi tío, quien lo aprobó y me ayudó a dar los pasos necesarios para arreglar mi aceptación en la citada Orden. A los pocos meses era yo fraile; y previo el noviciado[3] de rigor, profesé y recibí las órdenes sacerdotales, tomando el nombre de fray José de San Gregorio, nombre que hice estimar, seńor capitán, de mis prelados y de mis hermanos todos, durante los ańos que permanecí en mi Orden, que fueron pocos.
Residí en varios conventos, y con gran placer recuerdo los hermosos días de soledad que pasé en el pintoresco Desierto de Tenancingo,[4] en donde sólo me inquietaba la amarga pena de ver que perdía en el ocio una vida inútil, el vigor juvenil que siempre había deseado consagrar a los trabajos de la propaganda evangélica.
Conocí entonces, como Vd. supondrá, lo que verdaderamente valían las órdenes religiosas en México; comprendí, con dolor, que habían acabado ya los bellos tiempos en que el convento era el plantel de heroicos misioneros que a riesgo de su vida se lanzaban a regiones remotas a llevar con la palabra cristiana la luz de la civilización, y en que el fraile era … el apóstol laborioso que iba a la misión lejana a ceńirse la corona de las victorias evangélicas, reduciendo al cristianismo a los pueblos salvajes, o la del martirio, en cumplimiento de los preceptos de Jesús.
Varias veces rogué a mis superiores que me permitieran consagrarme a esta santa empresa, y en tantas[5] obtuve contestaciones negativas y aun extrańamientos, porque se suponían opuestos a la regla de obediencia mis entusiastas propósitos. Cansado de inútiles súplicas, y aconsejado por piadosos amigos, acudí a Roma pidiendo mi exclaustración, y al cabo de algún tiempo el Papa me la concedió en un Breve, que tendré el placer de enseńar a Vd.
Por fin iba a realizar la constante idea de mí juventud; por fin iba a ser misionero y mártir de la civilización cristiana. Pero Ąay! el Breve pontificio llegó en un tiempo en que atacado de una enfermedad que me impedía hacer largos viajes, sólo me dejaba la esperanza de diferir mi empresa para cuando hubiese conseguido la salud.
Esto hace tres ańos. Los médicos opinaron que en este tiempo podía yo sin peligro inmediato consagrarme a las misiones lejanas, y entretanto, me aconsejaron que dedicándome a trabajos menos fatigosos, como los de la cura de almas en un pueblo pequeńo y en un clima frío, procurase conjurar el riesgo de una muerte próxima.
Por eso mi nuevo prelado secular me envió a esta aldea, donde he procurado trabajar cuanto me ha sido posible, consolándome de no realizar aún mis proyectos, con la idea de que en estas montańas también soy misionero, pues sus habitantes vivían, antes de que yo viniese, en un estado muy semejante a la idolatría y a la barbarie. Yo soy aquí cura y maestro de escuela, y médico y consejero municipal. Dedicadas estas pobres gentes a la agricultura y a la ganadería, sólo conocían los principios que una rutina ignorante les había trasmitido, y que no era bastante para sacarlos de la indigencia en que necesariamente debían vivir, porque el terreno por su clima es ingrato, y por su situación lejos de los grandes mercados no les produce lo que era de desear. Yo les he dado nuevas ideas, que se han puesto en práctica con gran provecho, y el pueblo va saliendo poco a poco de su antigua postración. Las costumbres, ya de suyo inocentes, se han mejorado; hemos fundado escuelas, que no había, para nińos y para adultos; se ha introducido el cultivo de algunas artes mecánicas, y puedo asegurar a Vd., que sin la guerra que ha asolado toda la comarca, y que aun la amenaza por algún tiempo, si el cielo no se apiada de nosotros, mi humilde pueblecito llegará a disfrutar de un bienestar que antes se creía imposible.
En cuanto a mí, seńor, vivo feliz, cuanto puede serlo un hombre, en medio de gentes que me aman como a un hermano; me creo muy recompensado de mis pobres trabajos con su carińo, y tengo la conciencia de no serles gravoso, porque vivo de mi trabajo, no como cura, sino como cultivador y artesano; tengo poquísimas necesidades y Dios provee a ellas con lo que me producen mis afanes. Sin embargo, sería ingrato si no reconociese el favor que me hacen mis feligreses en auxiliar mi pobreza con donativos de semillas y de otros efectos que, sin embargo, procuro que ni sean frecuentes ni costosos, para no causarles con ellos un gravamen que justamente he querido evitar, suprimiendo las obvenciones parroquiales, usadas generalmente.
—żDe manera, seńor cura,—le pregunté,—que Vd. no recibe dinero por bautizos, casamientos, misas y entierros?
—No, seńor, no recibo nada, como va Vd. a saberlo de boca de los mismos habitantes. Yo tengo mis ideas, que ciertamente no son las generales; pero que practico religiosamente…. Si conozco que un sacerdote que se consagra a la cura de almas debe vivir de algo, considero también que puede vivir sin exigir nada, y contentándose con esperar que la generosidad de los fieles venga en auxilio de sus necesidades. Así creo que lo quiso Jesucristo, y así vivió él; żpor qué, pues, sus apóstoles no habían de contentarse con imitar a su Maestro, dándose por muy felices de poder decir que son tan ricos como él?
Y no pude contenerme al oir esto; y deteniendo mi caballo, quitándome el sombrero, y no ocultando mi emoción que llegaba hasta las lágrimas, alargué una mano al buen cura, y le dije:
—Venga esa mano, seńor, Vd. no es un fraile, sino un apóstol de Jesús…. Me ha ensanchado Vd. el corazón; me ha hecho Vd. llorar…. Seńor, le diré a Vd. francamente y con mi rudeza militar y republicana, yo he detestado desde mi juventud a los frailes y a los clérigos; les he hecho la guerra; la estoy haciendo todavía en favor de la Reforma, porque he creído que eran una peste; pero si todos ellos fuesen como Vd., seńor, żquién sería el insensato que se atreviese, no digo a esgrimir su espada contra ellos, pero ni aun a dejar de adorarlos? ĄOh, seńor! yo soy lo que el clero llama un hereje, un impío, un sansculote; pero yo aquí digo a Vd., en presencia de Dios, que respeto las verdaderas virtudes cristianas…. Así, venero la religión de Jesucristo, como Vd. la practica, es decir, como él la enseńó, y no como la practican en todas partes. ĄBendita Navidad ésta que me reservaba la mayor dicha de mi vida, y es el haber encontrado a un discípulo del sublime Misionero, cuya venida al mundo se celebra hoy! Y yo venía triste, recordando las Navidades pasadas en mi infancia y en mi juventud, y sintiéndome desgraciado por verme en estas montańas solo con mis recuerdos! żQué valen aquellas fiestas de mi nińez, sólo gratas por la alegría tradicional y por la presencia de la familia? żQué valen los profanos regocijos de la gran ciudad, que no dejan en el espíritu sino una pasajera impresión de placer? żQué vale todo eso en comparación de la inmensa dicha de encontrar la virtud cristiana, la buena, la santa, la modesta, la práctica, la fecunda en beneficios? Seńor cura, permítame Vd. apearme y darle un abrazo y protestarle que amo el cristianismo cuando lo encuentro tan puro como en los primeros y hermosos días del Evangelio.
El cura se bajó también de su pobre caballejo, y me abrazó, llorando y sorprendido de mi arranque de sincera franqueza. No podía hablar por su emoción, y apenas pudo murmurar, al estrecharme contra su pecho:
—Pero, seńor capitán … yo no merezco … yo creo que cumplo … esto es muy natural; yo no soy nada … Ąqué he de ser yo! ĄJesucristo! ĄDios! Ąel pueblo!
[Footnote 1: #Alva#, province in the north of Spain.]
[Footnote 2: #Carmelitas#, Carmelites, members of the mendicant order of Our Lady of Mt. Carmel, founded about 1156.]
[Footnote 3: #previo el noviciado#, the noviciate being prior (translate: after the noviciate).]
[Footnote 4: #Desierto de Tenancingo#, an ancient monastery near Mexico City where lived a company of Carmelites. A monk of another order said of it in the seventeenth century: "It is the pleasantest place of all about Mexico…. Were all deserts like it, to live in a desert were better than to live in a city." This description no longer applies, as the place is now a wilderness with its interesting ruins and caves.]
[Footnote 5. #en tantas#, supply #veces#, every time.]
VI
Índice
Después de este abrazo volvimos a montar a caballo, y continuamos nuestro camino en silencio, porque la emoción nos embargaba la voz.
La obscuridad se había hecho más densa; pero yo veía en el cura, cuyo semblante aun no conocía, algo luminoso; tan cierto es que la simpatía y la admiración se complacen en revestir a la persona simpática y admirada con los atractivos de la Divinidad.
Iba yo repasando en mi memoria los hermosos tipos ideales del buen sacerdote moderno, … a los cuales se parecía mi compańero de camino, y no recordaba más que a dos con los cuales tuviera una extrańa semejanza. El uno era el virtuoso Vicario de Aldea, de Enrique Zschokke[1], cuyo diario había leído siempre con lágrimas, porque el ilustre escritor suizo ha sabido depositar en él raudales de inmensa ternura y de dulcísima resignación.
El otro era el P. Gabriel, de Eugenio Sue[2], que este fecundo novelista ha sabido hacer popular en el mundo entero con su famoso Judío Errante. En aquella época aun no había publicado Victor Hugo[3] sus Miserables, y por consiguiente no había yo admirado la hermosa personificación de Monseńor Myriel, que tantas lágrimas de carińo ha hecho derramar después. Verdad es que conocía la historia de varios célebres misioneros cuyas virtudes honraban al cristianismo; pero siempre encontraba en su carácter un lunar que me hacía perder en parte mi entusiasta veneración hacia ellos. Sólo había podido, pues, admirar en toda su plenitud a los personajes ideales que he mencionado. Así es que el haber encontrado en medio de aquellas montańas al hombre que realizaba el sueńo de los poetas cristianos y al verdadero mitador de Jesús, me parecía una agradabilísima pero fugaz ilusión, hija de mi imaginación solitaria y entristecida por los recuerdos. Y, sin embargo, no era así; el sacerdote existía, me había hablado, caminaba junto a mí, y pronto iba a confirmar con mis propias observaciones la idea que acababa de darme de su carácter asombroso, en pocas palabras dichas con una sencillez y una sinceridad tanto más incuestionables, cuanto que ningún interés podía tener en aparecer de tal modo a los ojos de un viajero pobre, militar subalterno e insignificante[*]….
[*: El carácter cuyo bosquejo he diseńado en este artículo es rigurosamente histórico….]
[Footnote 1: #Enrique Zschokke# (Johann Heinrich, 1771-1848), a
German-Swiss historian, novelist, and religious writer.]
[Footnote 2: #Eugenio Sue# (1804-1857), a French novelist, whose most famous work is The Wandering Jew.]
[Footnote 3: #Victor Hugo# (1802-1885), a celebrated French poet and novelist. Les Misérables is Hugo's best known novel.—#Monseńor Myriel#, one of the characters in Les Misérables, was a priest who sought to follow in his everyday life the example of Christ.]
VII
Índice
De repente, y al desembocar de un pequeńo cańón que formaban dos colinas, el pueblecillo se apareció a nuestra vista, como una faja de rojas estrellas en medio de la obscuridad, y el viento de invierno pareció suavizarse para traernos en sus alas el vago aroma de los huertos, el rumor de las gentes y el simpático ladrido de los perros, ladrido que siempre escucha el caminante durante la noche con intensa alegría.
—Ahí tiene Vd. mi pueblo, seńor capitán,—me dijo el cura.
—Me parece muy pintoresco,—le contesté,—a juzgar por la posición de las luces, y por el aire balsámico que nos llega y que revela que allí hay pequeńos jardines.
—Sí, seńor; los hay muy bonitos. Como el clima es muy frío y el terreno bastante ingrato, los habitantes se limitaban, antes de que yo llegara aquí, a cultivar algunos pobres árboles que no les servían más que para darles sombra: unas cuantas y tristes flores nacían enfermizas en los cercados, y en vano se hubiera buscado en las casas la más común hortaliza para una ensalada o para un puchero. Los alimentos se reducían a tortillas de maíz, frijol, carne y queso; lo bastante para no morirse de hambre, y aun para vivir con salud; pero no para hacer más agradable la vida con algunas comodidades tan útiles como inocentes.
Yo les insinué algunas mejoras en el cultivo; hice traer semillas y plantas propias para el clima, y como los vecinos son laboriosísimos, ellos hicieron lo demás. Jamás un hombre fué mejor comprendido que lo fuí yo; y era de verse, el primer ańo, como hombres, mujeres, ancianos y nińos, a porfía, cambiaban el aspecto de sus casas, ensanchaban sus corrales, plantaban árboles en sus huertos, y aprovechaban hasta los más humildes rincones de tierra vegetal para sembrar allí las más hermosas flores y las más raras hortalizas.
Un ańo después, el pueblecito, antes árido y triste, presentaba un aspecto risueńo. Hubiérase dicho que se tenía a la vista una de esas alegres aldeas de la Saboya[1] o de mis queridos Pirineos[2], con sus cabańas de paja o con sus techos rojos de teja, sus ventanas azules y sus paredes adornadas con cortinas de trepadoras, sus patios llenos de árboles frutales, sus callecitas sinuosas, pero aseadas, sus granjas, sus queseras y su gracioso molino. Su iglesita pobre y linda, si bien está escasa de adornos de piedra y de altivos pórticos, tiene, en cambio en su pequeńo atrio, esbeltos y coposos árboles; las más bellas parietarias enguirnaldan su humilde campanario con sus flores azules y blancas; su techo de paja presenta con su color obscuro, salpicado por el musgo, una vista agradable; la cerca del atrio es un rústico enverjado formado por los vecinos con troncos de encina, en los que se ostentan familias enteras de orquídeas, que hubieran regocijado al buen barón de Humboldt[3] y al modesto y sabio Bonpland [4]; y el suelo ostenta una rica alfombra de caléndulas silvestres, que fueron a buscarse entre las más preciosas de la montańa. En fin, seńor, la vegetación, esa incomparable arquitectura de Dios, se ha encargado de embellecer esa casa de oración, en la que el alma debe encontrar por todas partes motivos de agradecimiento y de admiración hacia el Creador.
De este modo, el trabajo lo ha cambiado todo en el pueblo; y sin la guerra, que ha hecho sentir hasta estos desiertos su devastadora influencia, ya mis pobres feligreses, menos escasos de recursos, habrían mejorado completamente de situación; sus cosechas les habrían producido más, sus ganados, notablemente superiores a los demás del rumbo, habrían tenido más valor en los mercados, y la recompensa habría hecho nacer el estímulo en toda la comarca, todavía demasiado pobre.
Pero żqué quiere Vd.? Los trigos que comienzan a cultivarse en nuestro pequeńo valle necesitan un mercado próximo para progresar, pues hasta ahora la cosecha que se ha levantado, sólo ha servido para el alimento de los vecinos.
Yo estoy contento, sin embargo, con este progreso, y la primera vez que comí un pan de trigo y maíz, como en mi tierra natal, lloré de placer, no sólo porque eso me traía a la memoria los tiernos recuerdos de la patria, sino porque comprendí que con este pan, más sano que la tortilla[5], la condición física de estos pueblos iba a mejorar también: żno opina Vd. lo mismo?
—Seguramente: yo creo, como todo el que tiene buen sentido, que la buena y sana alimentación es ya un elemento de progreso.
—Pues bien,—continuó el cura;—yo, con el objeto de establecer aquí esa importantísima mejora, he procurado que hubiese un pequeńo molino, suficiente, por lo pronto, para las necesidades del pueblo. Uno de los vecinos más acomodados tomó por su cuenta realizar mi idea. El molino se hizo, y mis feligreses comen hoy pan de trigo y de maíz. De esta manera he logrado abolir para siempre esa horrible tortura que se imponían las pobres mujeres, moliendo el maíz en la piedra que se llama metate; tortura que las fatiga durante la mayor parte del día, robándoles muchas horas que podían consagrar a otros trabajos, y ocasionándoles muchas veces enfermedades dolorosas….
Al principio he encontrado resistencias, provenidas de la costumbre inveterada, y aun del amor propio de las mujeres, que no querían aparecer como perezosas, pues aquí, como en todos los pueblos pobres de México, y particularmente los indígenas, una de las grandes recomendaciones de una doncella que va a casarse es la de que sepa moler, y ésta será tanto mayor, cuanta mayor sea la cantidad de maíz que la infeliz reduzca a tortillas. Así se dice: Fulana es muy mujercita, pues muele un almud o dos almudes, sin levantarse. Ya Vd. supondrá que las pobres jóvenes, por obtener semejante elogio, se esfuerzan en tamańa tarea, que llevan a cabo sin duda alguna, merced al vigor de su edad, pero que no hay organización que resista a semejante trabajo, y sobre todo, a la penosa posición en que se ejecuta. La cabeza, el pulmón, el estómago, se resienten de esa inclinación constante de la molendera, el cuerpo se deforma y hay otras mil consecuencias que el menos perspicaz conoce. Así es que mi molino ha sido el redentor de estas infelices vecinas, y ellas lo bendicen cada día, al verse hoy libres de su antiguo sacrificio, cuyos funestos resultados comprenden hasta[6] ahora, al observar el estado de su salud, y al aprovechar el tiempo en otros trabajos.
Como el cultivo del trigo, se ha introducido el de otros cereales no menos útiles y con igual prontitud. He traído también pacholes[7] de algunas leguminosas que he encontrado en la montańa, y con las cuales la benéfica naturaleza nos había favorecido, sin que estos habitantes hubiesen pensado en aprovecharlas.
En cuanto a árboles frutales, ya los verá Vd. mańana. Tenemos manzanas, perales, cerezos, albaricoqueros, castańos, nogales y almendros, y eso en casi todas las casas: algunos vecinos han plantado pequeńos vińedos, y yo estoy ensayando ahora una plantación de moreras y de madrońos, para saber si podrá establecerse el cultivo de los gusanos de seda. En fin, se ha hecho lo posible; y no contento yo con realizar mis propias ideas, pregunto a las personas sensatas, y escucho sus opiniones con gusto y respeto. Vd. se servirá darme la suya después de visitar mi pueblo.
—Con mucho gusto, seńor, a pesar de mi ignorancia suma. Mi buen sentido y mi experiencia por mis viajes son lo único que puede permitirme hacer a Vd. algunas indicaciones. żY en cuanto a ganados?
—Estos montańeses los poseían en pequeńa cantidad, y en su mayor parte vacuno. Ahora se consagran con más empeńo al ganado menor. Se han traído algunos merinos; se han propagado fácilmente, y ya existen rebańos bastante numerosos, que se aumentan cada día en razón de que no se consumen para el alimento diario.
—żNo gusta aquí esa carne?
—Poco: diré a Vd. francamente, soy yo quien no gusto de comer carne; y como mis pobres feligreses se han acostumbrado por simpatía a amoldarse a mis gustos, ellos también van quitándose la costumbre, sin que por eso les diga yo sobre ello una sola palabra. Por eso verá Vd. también en el pueblo relativamente pocas aves de corral. Pongo yo poco empeńo en la propagación de esas desgraciadas víctimas del apetito humano. En general, yo prefiero la agricultura, y sólo cuido con esmero a los animales que ayudan al hombre en los rudos y santos trabajos del campo. Así, los bueyes que hay en el pueblo son quizás los más robustos y los mejores del rumbo, porque son también los mejor cuidados. Los mulos y los caballos son ligeros y robustos, como conviene a un país montańoso; aunque a decir verdad, hay más de los primeros que de los segundos, porque sirven aquéllos para cargar las mieses que se conducen por nuestros escabrosos caminos; pero éstos no son útiles más que para algunos enfermos como yo, o para las mujeres, pues los habitantes prefieren andar a pie, en lo cual hacen muy bien.
—Seńor cura,—le dije,—estoy muy contento de oir a Vd., y me parece admirable la rapidez con que Vd. ha cambiado la faz de estos pobres lugares.
—La religión, seńor capitán, la religión me ha servido de mucho para hacer todo esto. Sin mi carácter religioso quizás no habría yo sido escuchado ni comprendido. Verdad es que yo no he propuesto todas esas reformas en nombre de Dios, ni fingiéndome inspirado por Él: mi dignidad se opone a esta superchería; pero evidentemente mí carácter de sacerdote y de cura, daba una autoridad a mis palabras, que los montańeses no habrían encontrado en la boca de una persona de otra clase.
Además, ellos han tenido ocasión todos los días de conocer la sinceridad de mis consejos, y esto me ha servido muchísimo para lograr mi principal objeto, que es el de formar su carácter moral; porque yo no pierdo de vista que soy, ante todo, el misionero evangélico. Sólo que yo comprendo así mi cristiana misión: debo procurar el bien de mis semejantes por todos los medios honrados; a ese fin debo invocar la religión de Jesús como causa, para tener la civilización y la virtud como resultado preciso. El Evangelio no sólo es la Buena Nueva bajo el sentido de la conciencia religiosa y moral, sino también desde el punto de vista del bienestar social. La bella y santa idea de la Fraternidad humana en todas sus aplicaciones debe encontrar en el misionero evangélico su más entusiasta propagandista; y así es como este apóstol logrará llevar a los altares de un Dios de paz a un pueblo dócil, regenerado por el trabajo y por la virtud, al campo y al taller, a un pueblo inspirado por la idea religiosa que le ha impuesto, como una ley santa, la ley del trabajo y de la hermandad.
—Seńor cura,—volví a decir entusiasmado,—ĄVd. es un demócrata verdadero!
El cura me miró sonriendo a la luz de la primera fogata que los alegres vecinos habían encendido a la entrada del pueblo y que atizaban a la sazón tres chicuelos.
—Demócrata o discípulo de Jesús, żno es acaso la misma cosa?… me contestó.
—ĄOh! tiene Vd. razón, tiene Vd. razón; pero no es así como se piensa allá en otras partes. ĄDios mío! Ąqué bendita Navidad ésta que me ha hecho encontrar lo que me había parecido un sueńo de mi juventud entusiasta!
[Footnote 1: #Saboya#, Savoie, a department of southeastern France.]
[Footnote 2: #Pirineos#, Pyrenees, mountains forming the boundary between France and Spain.]
[Footnote 3: #Humboldt#, Friedrich Heinrich Alexander von (1769-1859), a celebrated German scientist and explorer. The results of his American journey were published under the title Voyage in the Equinoctial Regions of the New Continent.]
[Footnote 4: #Bonpland#, Aimé (1773-1858), a French naturalist and traveler who was with Humboldt in South America and Mexico.]
[Footnote 5: #tortilla#, in Mexico a thin round cake, made of meal and water, flattened by tossing back and forth in the hands, and cooked on hot stones.]
[Footnote 6: #hasta# is used to emphasize #ahora#.]
[Footnote 7: #pacholes#. Pachol is not found in the dictionaries, but its apparent meaning is pod.]
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