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Ignacio Di Bártolo

La palabra del médico

En la intimidad del consultorio

En la actividad docente

En la vida social

Al final del camino



Di Bartolo, IgnacioLa palabra del médico / Ignacio Di Bartolo. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2017.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-534-51. Oratoria. 2. Capacitación Profesional. I. Título.CDD 808.51

Diseño de tapa: Juan Pablo Cambariere

© Libros del Zorzal, 2017

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

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Índice

Prólogo | 5

Capítulo 1.

La palabra del médico en la intimidad del consultorio | 9

Capítulo 2

La palabra del médicoen la actividad docente | 23

Capítulo 3

La palabra del médico en la vida social | 114

Capítulo 4

La palabra del médico al final del camino | 143

Prólogo

Es la primera vez que escribo lo que voy a contar. Alguna vez lo hice en mis cursos de grupos reducidos, pero no figura en ninguno de mis libros anteriores. Diría que recién ahora comprendo cómo ese episodio cambió mi vida.

Hace muchos muchos años, yo era un chico de 11 como cualquier otro del barrio de Caballito. Mi casa (Pedro Goyena 1438) estaba sólo a media cuadra de la farmacia de mi padre, en la esquina de Pedro Goyena y Puan. Haciendo cruz con la farmacia estaba, y sigue estando, el colegio de Puan, primaria del Estado adonde concurríamos todos o casi todos los chicos del barrio. Yo era un buen alumno, aunque no el mejor, porque ese siempre fue Carlos Cambiano. Pero yo tenía algunas ventajas sobre él; la más importante era que mi padre fue durante muchos años el presidente de la Cooperadora. Quizá como una manera de homenajearlo, siempre elegían a su hijo –yo mismo– para hablar o recitar poesía en las fiestas patrias. Limpito, prolijo, estudioso y con esa ventaja, era el caballo del comisario. Pero nadie se dio cuenta de que en quinto grado no era el mismo. Ni limpito, ni prolijo, ni responsable como antes. Me dieron igual el primer papel en una fiesta patria. No me preparé lo suficiente. ¡Qué papelón! El más grande de mi vida. Unos quinientos alumnos formados frente a las gradas, todos los maestros rodeando a mi padre, el único vestido de civil sin guardapolvo. La sonrisa de todos ellos se congeló al primer titubeo en la poesía. No podía continuar. Era inútil que un amigo intentara soplarme. Un murmullo que se transformó en carcajadas invadió a la multitud. Miré a mi padre. Estaba todo colorado. Apenas pude bajar la escalera temblando. No fui a mi formación, me escapé del colegio y me encerré en mi cuarto de mi casa de enfrente. No salí en todo el día. Nadie tocó a mi puerta.

Fue una experiencia muy dura para un preadolescente. Sin embargo, jamás pensé que cambiaría mi vida.

Nunca más alguien me pidió que hablara en público. En el segundo año de residencia médica en el Hospital de Clínicas, cuyo jefe era el profesor Juan P. Garrahan –presidente de la Sociedad Argentina de Pediatría y autor del libro Medicina infantil, texto universitario en toda América Latina–, me tocó desarrollar un tema vinculado a la deshidratación del lactante, que en esa época era novedoso y complicado. Como es de suponer, después de mi lejana y triste experiencia mi preparación de la charla fue óptima. No me imaginé que, a poco de comenzar, se iba a sentar en primera fila el Dr. Garrahan.

La clase salió magnífica. Mi experiencia era la de muchos días con sus noches de la residencia. El temor (¿o el respeto?) al auditorio estaba dominado por la responsabilidad extrema de mi preparación. Hoy sé muy bien que el 70% del éxito de una conferencia depende de la preparación.

Según los comentarios, fue excelente. Al Dr. Augusto Giussani, mi maestro y amigo personal, el Dr. Garrahan le pidió mi nombre y la manera de contactarme.

Así fue la historia. Un año después, en una de esas siestas imprescindibles después de una guardia tremenda, mi esposa me despertó diciendo: “Te llama Garrahan”. Convencido de que era una broma, se me encendieron todas las neuronas. ¡Era él! Me citó en un lujoso hotel de Buenos Aires y me ofreció ser su único acompañante en el cargo de jefe del Departamento de Pediatría del Hospotal Alemán.

Estábamos en 1962, y mi vida cambió desde entonces. Durante tres inolvidables años, compartimos con los pediatras del Alemán, el Dr. Enrique Rottman y el Dr. Federico Velten, la inquietud de formar un Servicio de Pediatría nuevo e independiente del poderoso Servicio de Obstetricia y Ginecología.

El único objeto de contar esta historia es el de entrar en el detalle de por qué me llamó Garrahan. Mi formación no era distinta a la de los otros residentes, pero ¡hablaba mejor! Él venía a romper estructuras. Necesitábamos entrar a la sala de partos, tener una nursery independiente, habilitar un sector de internación pediátrica, convertirnos en un centro de difusión académica de la pediatría. Para todo había que convocar, discutir, conseguir la atención, buscar sponsors, recibir a los mejores de cada especialidad dentro de la pediatría, escribir artículos de difusión científica, etcétera.

Tres años después, murió Garrahan. Conservo como una reliquia su felicitación con signos de admiración después de un debate con los obstetras para hacernos cargo de la reanimación de los recién nacidos en la sala de partos.

El Hospital Alemán fue mi segundo hogar. A veces, el único. Y fue lo mejor que pudo pasarme en mi vida profesional, que me permitió gozar de una actividad médica honesta, digna y gratificante.

Pero lo que quiero rescatar aquí es que saber hablar en público me cambió la vida. Mucho tiempo después, en 1980, comencé a enseñarles a mis colegas lo que había aprendido de esta actividad en la vida y en los pocos libros de entonces.

Tampoco imaginé que la oratoria se convertiría en una segunda vocación. Los cursos se multiplicaron inesperadamente: sociedades científicas, empresas, universidades, políticos, militares, religiosos, oradores sociales. Todos querían aprender a hablar en público. Algunos también nos acompañaron en la tarea de enseñar; destaco al Dr. Carlos Llabrés, que de manera desinteresada abordó el tema del lenguaje gestual en nuestros cursos. Con él creamos la Academia Privada de Oratoria Profesional (apoc), que cuenta con catorce profesores.

En forma personal, comencé a escribir sobre oratoria en la década de 1990. Llevo cinco libros publicados y este es el segundo dedicado a los profesionales de la salud, con la actualización imprescindible que debe hacerse del tema.

Este libro será viejo dentro de siete años.

Capítulo 1.

La palabra del médico en la intimidad del consultorio

Estoy escribiendo estas páginas en julio de 2017. Este año viví con relación a mi salud un cimbronazo que superó todas las veces –que fueron varias– en que encaré de cerca la posibilidad de morir. Hoy estoy sano. El 18 de mayo festejé con un brindis esta inesperada e indescriptible sensación de bienestar y felicidad.

Quiero transcribir textuales las palabras que pronuncié en esa oportunidad en el Centro de Radioterapia del Hospital Alemán:

En una Navidad de hace diez años, Dorita y yo solos, tomados de la mano, mirábamos el río y la luna. Llorábamos en silencio. Acababan de darme el diagnóstico de mi biopsia: cáncer de próstata.

Desde entonces, después de un tratamiento fallido en una institución médica de primer nivel en el país, pagué año tras año la dolorosa hipoteca de controlar su evolución, que fue agravándose.

Llegó el límite. La sentencia es fácil de imaginar. Pero en ese momento supe de este nuevo y revolucionario adelanto científico: SBRT (Stereotactic Body Radiation Therapy).

Hace diecisiete años que me retiré del Hospital Alemán, después de cinco décadas de trabajo. Fue mi segundo hogar. Y aquí salió el sol. Entramos en el país de las maravillas. Todo el mundo sonriente, hasta los pacientes en la sala de espera. Me dieron hora con Carmen Castro; me sentí su padre, su hermano. Le conté mi angustia, mi abandono, mi desorientación, y encontré en su palabra la posibilidad de cambiar mi pronóstico. Me sentí protegido, seguro, feliz.

Vinimos contentos al tratamiento. Ariadna Ledesma y todo el servicio –Victoria, Pablo, Matías, David y Nahuel– fueron y serán nuestros amigos.

Aquí se cumple el postulado del viejo maestro de la medicina del mundo: “Curar cuando se puede. Si no se puede, aliviar. Si no se puede, consolar. Si no se puede, acompañar”.

Conmigo dieron vuelta las palabras... Me acompañaron, me consolaron, me aliviaron y me curaron. Reconforta saber que la medicina puede ser la manifestación más pura del amor humano.

No quiero abundar en detalles, porque está muy lejos de mí y del Hospital Alemán transformar este trabajo escrito con el corazón en una herramienta de marketing promocional.

En realidad, este episodio de mi vida es el responsable de mi inquietud por escribir sobre la importancia de la palabra del médico en las distintas manifestaciones de su actividad profesional.

Tengo ante mí una copiosa bibliografía sobre el tema. Sin embargo, prefiero dejar que fluya con libertad mi pensamiento. No sé si esos textos merecen atención; lo que es indudable es mi experiencia: cinco décadas pasé en la intimidad de mi consultorio recibiendo y compartiendo con miles de pacientes sus inquietudes y sus desvelos. Calculo, sin posibilidad de error, que atendí entre ocho mil y diez mil pacientes, lo que da un número de cuatrocientos mil a quinientos mil consultas, sin tener en cuenta mi actividad hospitalaria.

Hoy puedo repasar mi vida, registrar mis aciertos y mis errores, y hasta puede servir para compartirlos con los del lector.

Siempre estuvo en primera línea de mis objetivos obtener la confianza de mis pacientes y transmitir la credibilidad de mis intenciones para con ellos. Los padres de mis pequeños pacientes –soy pediatra– sabían que mi comunicación con ellos se hacía a través de una total honestidad. Jamás vi a un paciente si no era necesario, ni siquiera cuando tenía pocos o ninguno en toda la tarde. El teléfono bastaba para aconsejar y tranquilizar. Siempre y a cualquier hora, en forma personal o después con ayuda de asistentes; jamás abandoné a un enfermo a su suerte. También, sin ningún reparo ni temor, fui capaz de decir “no sé”. Si podía, lo resolvía estudiando el tema, pero, con más frecuencia, derivando al enfermo hacia quien fuera un especialista.

No creo que por todo esto tenga mérito o merezca especial respeto. Tengo fe en mis colegas al asumir que la gran mayoría cumple con estos elementales principios de la medicina. Lo que quiero transmitir es que esa confianza y esa credibilidad han sido siempre mi carta de triunfo. Asimismo, puedo afirmar que jamás atendí a pacientes irrespetuosos o desconfiados. Y si recuerdo a algunos de ellos, es porque fui yo el que decidió no continuar atendiéndolos.

Considero que la comunicación médico-paciente es un elemento clave para su relación. Los gestos y las palabras correctamente empleadas y atentamente escuchadas adquieren valor terapéutico y se convierten en un factor clave en la estrategia asistencial. Nadie da lo que no tiene. Si sé, transmito seguridad. Si soy sincero, genero confianza. Si merezco respeto, brindo tranquilidad.

Por eso contrasta la importancia vital que tiene el tema con la poca atención que habitualmente se le dispensa en los ámbitos académicos en nuestro país.

Conscientes de que el éxito de cualquier entrevista clínica depende de la calidad de la comunicación médico-paciente, en muchos países es una de las competencias básicas de la formación médica.

Con el uso de habilidades de comunicación efectiva, se busca aumentar la precisión diagnóstica, la eficiencia en términos de adherencia al tratamiento y la construcción de un apoyo para el paciente. El foco de la entrevista no está centrado en el médico ni en el paciente, sino en la relación entre ambos.

No se trata únicamente de mejorar los aspectos psicológicos de la atención. Existen estudios que demuestran con claridad que mejorando la comunicación también mejoran los resultados fisiológicos. Un estudio clásico es el headache study, realizado en neurología ambulatoria, en el cual se demostró que el factor más importante en la mejoría de la cefalea crónica no es un diagnóstico claro ni la indicación de medicamentos eficaces, sino la percepción del paciente de que ha tenido oportunidad de contar su historia y de discutir en profundidad sus preocupaciones y creencias (estudio prospectivo de un año, Universidad de Ontario).

La revisión sistemática realizada concluyó que un mayor acuerdo y comprensión de la importancia de la comunicación con el médico mejoraba en forma notable la adherencia de los pacientes al tratamiento.

En realidad, para los médicos que nos hemos dedicado a la docencia universitaria resulta sencillo actualizar un tema con la bibliografía disponible. El aporte de Internet ha sido de gran utilidad cuando se saben elegir los trabajos disponibles cuyo origen ha sido cuidadosamente seleccionado. Ya no hacen falta las largas y dificultosas jornadas en la biblioteca de la facultad. Por eso no quiero abusar de aquello que está con facilidad a nuestro alcance. Me parece que es más importante recibir y transmitir experiencia.

Mi vida profesional está dividida en dos etapas fáciles de reconocer: antes y después de la aparición en Argentina de los seguros prepagos.

En la primera etapa, fui creciendo despacio, pero firme. Los pacientes llegaban por conocimiento (amigos, compañeros de estudio) o por recomendación “boca a boca”, como suele llamarse ahora en las empresas.

En esa época, tocaba el timbre de mi consultorio aquel que buscaba un médico con nombre y apellido. El profesional se sentía distinguido y apreciado por la elección. La comunicación se establecía con una base de respeto y consideración mutua que se prolongaba mucho más allá del tiempo que duraba una consulta. El compromiso del médico era una responsabilidad irrenunciable y a tiempo completo. Yo, como pediatra, asumía el cuidado de la salud de los niños de esa familia.

Al comenzar la década de 1980, empezó el cambio: al principio despacio, pero cada vez más notable. Ya no se elegía un médico con nombre y apellido, sino que se escogía entre los que figuraban en la “cartilla” de la institución que los protegía. Esa misma intitución ofrecía la posibilidad de una visita a domicilio o a una sede propia a su alcance todas las horas del día. Se desvirtuaba de esta forma aquel contrato o acuerdo que se sellaba en el consultorio privado con un apretón de manos, mirándose a los ojos. Ahora ese contrato empezaba al entrar y terminaba al salir.

Añoro aquella primera época que muchos jóvenes nunca conocieron.

Está claro que no todo es tan así. Hay médicos muy reconocidos cuyo nombre y apellido no figura “en cartilla” y son buscados por su prestigio. Además, en muchos casos, nuestro compromiso trasciende nuestra obligación y asumimos la atención de los pacientes más allá de lo obligatorio.

En la actualidad, la mayoría de las veces los médicos están condenados a respetar la tiranía del tiempo. Quizá el principal escollo que debe superarse para privilegiar la comunicación del médico con su paciente es el factor tiempo, que siempre apremia.

Si queremos mejorar la comunicación en medicina, tenemos que resolver el problema de cómo disponer de un sistema que permita que los clínicos cuenten con el tiempo necesario para aprender, manejar y mantener la habilidad de interactuar con sus pacientes. Es preocupante considerar que el sistema presiona para lograr mayor eficiencia numérica. Las consultas son habitualmente demasiado cortas para efectuar bien el trabajo desde la perspectiva de la comunicación médica.

De esta manera, tenemos que afrontar situaciones conflictivas debido a que la racionalidad ética ha sido desbordada por la racionalidad material. Ante esta realidad, la medicina no tiene soluciones definitivas. Por ahora, los médicos tenemos más preguntas que respuestas. Se nos hace necesario conciliar la más humana de las ciencias, la medicina, con la más fría e impersonal de las ciencias sociales, la economía.

Actualmente, la comunicación eficaz es considerada como una de las competencias básicas de la educación médica. Recién en las últimas décadas los trabajos sobre el tema han configurado una sólida base de evidencia científica, gracias a la cual se han determinado las habilidades indispensables para una comunicación efectiva y se ha establecido de manera fehaciente que pueden ser enseñadas y, por lo tanto, aprendidas.

La mayoría de las escuelas de medicina en Estados Unidos y Europa incluye, dentro de la formación de pre y posgrado, un entrenamiento formal de las habilidades de comunicación. En América Latina, los mejores trabajos publicados sobre el tema son de las universidades de Chile.

No hay un camino rápido para mejorar la comunicación con los pacientes.

Abrumados como estamos casi todos los médicos por la necesidad de administrar el tiempo para actualizarnos en nuestra especialidad, descuidamos la responsabilidad de no haber profundizado el estudio de la comunicación eficaz con los pacientes. Siempre se consideró que podría lograrse con la naturalidad espontánea con que se consigue en la vida social.

En realidad, recién en el año 2000 la Asociación Americana de Escuelas de Medicina publicó un informe especial sobre la comunicación médico-paciente. En ese trabajo, concluyó que toda facultad de Medicina debería realizar una evaluación formal de la calidad de la comunicación de sus estudiantes. Registrarla, mantenerla y mejorarla debería ser una tarea de posgrado.

Las técnicas y los instrumentos que han demostrado ser más eficaces en el aprendizaje son el feedback docente, el rol playing sin y con pacientes simulados y la observación y videograbación de la consulta con pacientes reales.

En nuestras universidades, debería enfatizarse la necesidad de una enseñanza formal y sistematizada en comunicación. De esa manera, se lograría en el alumno la inquietud que sobre el tema puede concretarse cuando le toque en la práctica la asistencia directa con los pacientes. Todos conocemos el valor que tiene la residencia en los primeros años de la vida profesional. En esta época, cobra una importancia primordial la tutoría escalonada año a año por sus pares y sus jefes.

Para el éxito de esta tarea educativa, se requiere más que una simple capacitación técnica; es necesaria también toda una filosofía desde diversas perspectivas del saber humano para obtener un comportamiento más responsable del médico con su paciente.

Nadie comprende mejor a un enfermo grave que otro enfermo grave. Considero que nadie mejor que ellos puede transmitir su experiencia positiva o negativa a los médicos jóvenes y, también, a muchos de los mayores, ayudándolos a comprender el valor de su palabra en la intimidad del consultorio. Un médico seguro, sonriente, empático y comprensivo tiene un valor incalculable en la compañía, el consuelo, el alivio y, muchas veces, la curación del paciente grave. Que su palabra tiene propiedades terapéuticas ha sido repetidamente probado en la bibliografía profesional.

Es quizá por mi doble condición de médico y de paciente que fui espectador, a lo largo de mi vida, del cambio en la comunicación entre ambos experimentado en los últimos años. El paso del modelo paternalista al autonomista se hizo cada vez más notorio y universal. La evolución de este fenómeno fue muy bien estudiada y eficazmente propiciada por Pedro Lain Entraigo, médico, historiador y filósofo, en numerosas publicaciones.

El cambio en la comunicación médico-paciente afectó a los tres elementos involucrados:

1. El enfermo, que tradicionalmente había sido considerado como receptor pasivo de las decisiones que el médico tomaba en su nombre y por su bien, se fue transformando en un ser humano con derechos bien definidos y capacidad de decisión autónoma sobre los procedimientos diagnósticos y terapéuticos que se le ofrecen y que ya no se le imponen.

2. El médico paternalista y protector inobjetable se fue transformando en un asesor digno de respeto que pone a consideración de sus pacientes sus conocimientos y consejos, pero que no asume las decisiones que estos toman.

3. La relación clínica pasó de ser bipolar y vertical a horizontalizarse y adaptarse a las relaciones propias de sujetos adultos en sociedades democráticas. El médico propone, pero es el enfermo el que dispone.

Al hacerse posible disponer de su propia salud, el paciente asume una responsabilidad que está por encima de sus conocimientos. Busca entonces información urgente y descontrolada que puede llevarlo por caminos equivocados y, a veces, peligrosos.

La salud de una persona es un hecho esencial en su vida y, por lo tanto, prioritario. El volumen informativo que puede manejar desde su casa es enorme. Internet, los diarios, las revistas y la televisión generan espacios dedicados a temas médicos complejos en general con simplificaciones adecuadas a su público y, muchas veces, peligrosas. Es así que con frecuencia el paciente se presenta ante su médico haciendo preguntas específicas sobre los métodos de diagnóstico y las conductas terapéuticas. En muchas oportunidades, cuestiona las decisiones de un profesional competente. El argumento es: “Si está en los medios, debe ser cierto”. En nuestro país, ha habido casos trístemente célebres de conductas inducidas por informes falsos, en el mejor de los casos sin reales intenciones. El Dr. Nelson Castro (conocido médico y periodista) afirmó textualmente en la Academia de Medicina: “Es de fundamental importancia que las instituciones médicas dediquen tiempo y estructura para atender el tema de la comunicación masiva en medicina” (Boletín del Consejo Académico de Ética en Medicina, año 3, núm. 1, 2004).

En esa reunión, en la que tuve la oportunidad de participar, se insistió en que el profesional se preocupe por lograr la máxima credibilidad y confianza por parte de sus pacientes. La palabra del médico en la intimidad del consultorio debe tener mucho más valor que la que se escucha en los medios masivos de comunicación irresponsable.

En este momento, paseo la mirada sobre mi escritorio y veo la cantidad de libros y artículos que me apoyan en esete trabajo. Naturalmente, también están mi notebook y mi tablet, que son más veloces para todas las búsquedas vinculadas al mismo tema: la comunicación médico-paciente. Hace ya muchos años que me retiré de la práctica clínica que ocupó toda mi vida de adulto. Obsesionado por la bibliografía actualizada, muy pocas veces me detuve para estudiar la comunicación interpersonal. Desde hace ya décadas conozco los trabajos de Howard Gardner y sé qué es una de sus llamadas inteligencias múltiples. También sé que si de alguna de ellas dispongo, sin duda es esta la que se destaca. Siempre me tocó, muchas veces sin desearlo ni buscarlo, liderar los grupos humanos de similares inquietudes religiosas, sociales, profesionales o deportivas.

Como un buen pintor sin escuela alguna, descubrí que me relacionaba bien con mis primeros pacientes. Les ofrecía a ellos mi natural sinceridad y respeto y recibía de ellos credibilidad y confianza. Esto mismo aumentaba mi responsabilidad asistencial.

Pintaba bien, como aquel artista sin escuela.

En mi currículum ya dice que enseñé durante muchos años el valor de la palabra. Me distinguieron con el título de presidente honorario de la Academia de Oratoria. Pero recién ahora que escribo sobre la palabra del médico reconozco que su buen uso es una habilidad que puede aprenderse y que tiene una enorme significación en la comunicación con los pacientes.

Creo que no puede haber entre los humanos una actividad más profunda, intensa e importante que el diálogo de un paciente con su médico. No será siempre así, pero sin duda, en algunos momentos importantes de su vida, usted lo percibió. De allí lo relevante de reflexionar sobre los medios y modos de la comunicación íntima en el consultorio, tanto en su vertiente verbal como no verbal, que siempre está sustentada sobre otros componentes: sentimientos, emociones, creencias, esperanza o desaliento, temores, expectativas, inseguridad o confianza respecto a la persona del médico. No importa sólo lo que se dice, sino también cómo se lo dice. Está claro que esto se aplica tanto a uno como al otro de los dos partícipes del diálogo en lo que va más allá de lo verbal.

Es mucho lo que podemos aprender. Este mensaje está sobre todo dirigido a los médicos jóvenes que no aprecian la trascendencia de la comunicación verbal y gestual, mirando al paciente a los ojos y escuchándolo con la máxima atención exponer sus inquietudes y el motivo de su consulta. El consultorio debe ser un recinto inviolable, un diálogo íntimo y personal que no debe ser perturbado ni interrumpido. Es un ideal difícil de cumplir, pero posible de mejorar.

Si se fortalecen las habilidades en la comunicación médico-paciente, los resultados son fáciles de reconocer: se logran entrevistas más eficaces respecto a la precisión diagnóstica y mejora la satisfacción del enfermo, de la adherencia terapéutica, del alivio de los síntomas y de los resultados clínicos.

Suzanne Kurtz, autora de un trabajo muy bien documentado (Revista Médica de Chile, núm. 138, 2016) sobre el tema de la comunicación, relata que a lo largo de los años la gente le ha preguntado a menudo: “Si usted tiene que decidir entre un doctor con habilidades de comunicación efectiva y uno con competencia clínica, ¿a quién elegiría?”. La respuesta es: “No tendríamos que elegir, deberíamos exigir ambas competencias en un solo médico”.

La consulta clínica en la práctica

Para establecer una rutina de trabajo en el consultorio, es necesaria una compenetración de todos los participantes: pacientes, familiares, profesional y asistentes. Con rapidez, el paciente comprende cuál es esa rutina y, con total libertad, la comparte o cambia de médico.

Veamos el ideal de un equipo que cumple con las metas y principios básicos de una comunicación efectiva.

Estructura de la consulta1

Inicio de la sesión

Interrogación del médico (anamnesis)

Examen físico

Explicación y planificación

Cierre de la sesión

Al iniciar la sesión, el médico se presenta y saluda al paciente, escuchando con atención su nombre. La primera impresión de ambos es muy importante. Estudios muy serios (Ambady, Gladwell) demuestran que bastan de 5 a 10 segundos para llevarse una impresión de una persona, que no varía cualquiera sea el tiempo que se prolongue.

Y no existe una segunda primera impresión. De la parte que nos toca a los médicos, son la sonrisa y la pulcritud las que se destacan. Un profesional seco y descuidado no tiene posibilidad de respeto sólo por su ciencia. El saludo (apretón de manos, beso) y la vestimenta ya dependen de sus características personales, lo mismo que el tuteo, cada vez más frecuente.

La anamnesis debe realizarse sentados uno frente al otro, mirándose a los ojos (cuidado con prestar más atención a la computadora) y dando muestras claras de escucha interactiva. Que no se hable de otra cosa que no sea la inquietud del paciente y el motivo de su consulta. Las reuniones de amigos se hacen fuera del consultorio.

Las preguntas necesarias y pertinentes las hace el profesional después de escuchar al enfermo. Es conveniente que antes de examinarlo haga un breve resumen de lo que registró e interpretó.

Los estudios consultados dan como resultado que esta tarea se realiza con eficiencia utilizando entre 7 y 11 minutos según su complejidad. En el trabajo de Kurtz, citado antes, se demuestra que mientras se van aprendiendo las habilidades de comunicación con la práctica, va disminuyendo el tiempo invertido en este diálogo. Dice textualmente: “Cuando se está aprendiendo a esquiar, es probable que uno se demore 45 minutos en bajar una pendiente que al dominar la técnica se esquiará en tres. La pendiente no ha cambiado, pero el dominio de las habilidades sí lo ha hecho”.

El examen clínico habitual y prolijo de un paciente, en general, se realiza en unos 10 minutos. Por supuesto que depende del motivo de la consulta. A un paciente complicado por sus propias características o las de su afección, es conveniente citarlo fuera del horario de atención habitual. En esos casos, no es posible hacerlo en un turno medido regular. Es fácil comprenderlo.

Volviendo al escritorio, el médico brinda al paciente y/o a sus familiares la información de su impresión diagnóstica; se piden, si es necesario, exámenes complementarios y se hacen las indicaciones terapéuticas correspondientes. Se escuchan y aclaran todas las dudas, y de ese modo se logra un entendimiento planificado de la conducta a seguir.

Se cierra la sesión cuando el lenguaje oral y gestual nos indica que el paciente encontró en la palabra del médico la credibilidad y la confianza que fue a buscar.

Es muy importante consignar aquí que en el tiempo que dura la consulta se debe mantener la atención en el nivel 1 (Burley-Allen, ver capítulo 2) evitando distracciones y prohibiendo interrupciones. En este último aspecto, cobra especial trascendencia la asistente del profesional: de ella depende el orden en toda la estructura de la consulta. Cordial pero firme, debe hacer respetar las consignas. Para esto también se necesita formación: mantener la calma, reconocer una urgencia, registrar los mensajes y ofrecer siempre una respuesta considerada y cordial.

Pido licencia para dedicar un párrafo de este libro a Sandra Lynn, que me acompañó durante treinta años y la incorporamos a nuestra familia como una hija más, y mis pacientes la tomaron como una entrañable consejera y amiga.

Por supuesto que sé que cada consultorio –como el hogar– es un mundo. Cada médico le imprime su carácter.

Basándose en las estadísticas, se concluye que la primera razón por la cual los pacientes se declaran satisfechos respecto a la atención recibida es el trato humano de parte del profesional que los atiende. Los elementos que destacan son: la comunicación, la empatía, el tiempo y la posibilidad de expresarse que le brindan al paciente.

Cierro este capítulo con un abrazo para todos aquellos que me brindaron su confianza y que son la razón por la cual, sin ninguna duda, volvería a ser médico.

Capítulo 2

La palabra del médico en la actividad docente

Introducción

En 1998, la editorial Corregidor publicó la primera edición de mi libro Oratoria contemporánea, que se reeditó actualizado tres veces y se reimprimió en una no registrada cantidad de oportunidades. Conservo y respeto mi amistad con Manuel Pampín, director de la editorial e incansable promotor de mi obra.

Quiero dejar claramente establecido que este capítulo es una síntesis actualizada de esas ediciones. Me copio a mí mismo en esta parte del libro, que ahora está dirigido especialmente a los médicos y al valor de su palabra.

Ya no nos referimos a esta actividad como oratoria o retórica, sino de una manera más simple, sencilla y actual: comunicación oral eficaz. También multiplicamos los capítulos al referirnos a la comunicación personal en el consultorio, en la actividad participativa académica, y a la importante e indeclinable necesidad de acompañar al paciente en las etapas finales de su vida.

Pero este capítulo que estudia la forma de hablar en público en todas las ocasiones no puede faltar. Sólo me cabe releerlo y actualizarlo e incorporarle un ítem que cobra cada vez más importancia: aprender a escuchar.

La buena noticia es que todas esas técnicas pueden estudiarse y enseñarse. En apoc, registramos ya catorce profesores que se desempeñan en todo el país.

Creo que nuestra técnica para aprender a hablar en público nunca va a cambiar. La mayor prueba de esto es su resistencia al tiempo: dividir el acto oratorio en tres módulos –orador, conferencia, auditorio– pertenece a Aristóteles en su célebre Retórica, libro que atesoro en mi biblioteca. En cada módulo, desarrollamos cinco ítems; eso ya es nuestro.

Veamos:


Con la base de este esquema, durante mucho tiempo aprendíamos a evaluar la práctica de los alumnos en nuestros cursos.

Hoy ya no lo haría. Como en muchas otras cosas en la vida, aprendí a no ser tan rígido y esquemático. He comprendido, a través de mis propios alumnos, que no hay una regla o una estructura que debe cumplirse. No existe una única manera de hablar en público, sino más bien un conjunto de herramientas que pueden ser útiles para ese fin.

En realidad, el único requisito indispensable es tener algo valioso que decir y transmitirlo con autenticidad, a su manera, que es singular.

Módulo I: Orador (Presentador)

1. Personalidad

Establezcamos claramente la primera premisa: el mejor audiovisual es el orador. Antes de iniciar su presentación, usted debe hacer una cuidadosa inspección del salón y resolver cuál es el mejor lugar para hablar. El público quiere ver al orador y, si es posible, de cuerpo entero. Sin lugar a dudas, la parte más visible de su mensaje es por lo menos tan importante como lo que se escuche. La vista y el oído están integrados con el mensaje que se quiera transmitir.

Mi amigo el doctor Carlos Llabrés dice, en su libro El lenguaje corporal en la comunicación, que “la imagen personal transmite rápidamente potentes mensajes al auditorio. Impactan a nivel no consciente generando en pocos segundos aceptación o rechazo, credibilidad o desconfianza, buena o mala predisposición, aun antes de una valorización de lo expresado oralmente. La apariencia de seguridad y profesionalismo, por lo tanto, es anterior a la exposición. La calificación de lo expresado oralmente refuerza –o descalifica– esa expresión inconsciente, primaria del primer impacto corporal”.

El orador tiene que ser el centro de atención. Es muy frecuente ver que el temor al auditorio lo lleve inicialmente a esconderse detrás de una mesa, un atril o una lámpara. ¿Se da cuenta de todo lo que se pierde?

No sólo debemos estar bien iluminados, de pie y sin nada que nos oculte, sino que en lo posible la atención del público no debe compartirse con nada ni con nadie. Tratemos de estar solos frente al auditorio. La suerte ya está echada. Porque quise, porque me lo propuse, acepté el desafío. Ahora no me oculto. Francamente me juego. El público así lo entiende. Y comienza por respetarnos.

Ese respeto que ganamos inicialmente se pierde ante la primera palabra de excusa por parte del orador. Prohibido tener motivos para excusarse. Si usted y yo, que estamos tan ocupados, hemos arreglado nuestros compromisos, hemos pospuesto otros planes para ir a escuchar esa conferencia, no estamos dispuestos a disculpar a un orador que presenta sus excusas, sean las que fuesen. Si aceptó el compromiso, no tiene perdón no haber sabido asumirlo.

Uno de los médicos de mi servicio se excusó una vez frente al calificado público de un curso de posgrado diciendo: “Lo siento mucho, el libro más importante sobre este tema me llegó tarde. No tuve tiempo de preparar diapositivas, ni de armar una conferencia más prolija”.

Decir esto es lisa y llanamente una falta de respeto al público y a su tiempo. El orador ya perdió. Como público, quisiera retirarme. Ya no me interesa lo que nos diga.

Muy diferente es si algo sucede en el curso de una conferencia bien planeada, preparada a conciencia. Si se equivoca o se olvida, no intente disimularlo u ocultarlo. En ese caso, es lícito excusarse sin miedo, consultar sus notas sin pudor. El público es humano e inteligente. Seguramente, lo comprende, se identifica con usted y lo apoya de manera empática.

Dos cuestiones condicionan la personalidad del orador, y es preciso tenerlas en consideración: la mirada y el silencio.

El comportamiento ocular es quizá la forma más sutil del lenguaje corporal. Se trata de un idioma mudo que posee sus propias reglas gramaticales, innatas y adquiridas; un código descifrable incluso por los niños antes de tener la posibilidad de hablar. Los pediatras bien sabemos de la importancia que tiene la mirada de una madre a su hijo prematuro en la incubadora, de una madre a su niño durante la lactancia. Allí se juega mucho más que un momento de encuentro íntimo. De la relación madre-hijo depende muchas veces la salud física y el equilibrio emocional futuro del adulto.

Desde nuestra primera infancia, aprendemos inconscientemente a emitir y recibir mensajes con la vista. A través de los ojos, el individuo puede trasmitir actitudes y sentimientos. Su mirada forma parte del vocabulario expresivo por medio del cual revela su propia personalidad y su vida interior. En la relación social es bien sabida la poca confianza que inspira la persona que no mira a los ojos. La mirada huidiza y evasiva es sinónimo de mentira e inseguridad.

Una mirada franca y directa, por el contrario, es la señal más clara para expresar que se ha establecido contacto con el interlocutor y que complace el encuentro. Para el que habla en público, es imprescindible que la mirada juegue el mismo papel que en la vida social.

Cuando formamos parte de un auditorio, nos sentimos ofendidos y casi insultados cuando el orador no levanta los ojos de sus papeles o mira obstinadamente las cosas, el techo, el pizarrón, etc., en lugar del auditorio.

Hay que mirar al público sin cesar. Mirarlo a los ojos, con sencillez y normalidad, cambiando de interlocutor, nunca en forma demasiado fija, atemorizada o poco natural. Mirarlo como a un amigo.

No existe la “comunicación en grupo”. Cuando esté frente a una audiencia, debe dirigirse a cada persona en forma individual, cualquiera sea el número de las personas que lo escuchen. Tome conciencia: su disertación no es un monólogo, es un diálogo en el que una de las partes no habla pero participa activamente con su mirada y sus gestos. A esto se lo ha dado en llamar precisamente “escucha activa”. Si se logra este diálogo visual, cada persona del auditorio intentará comprender su mensaje, realizará un esfuerzo de atención y será fácil advertir el interés por su palabra, escuchando con empatía, tomando notas y preguntando.

Donde se enseña oratoria, nunca se descuida la mirada. Una vez, en un viaje de estudios a Estados Unidos, participé de un ateneo médico en el que un orador presentaba un caso y luego lo discutía con el auditorio, en presencia de un moderador. Hubo un intercambio de opiniones y, luego de las conclusiones muy prolijas del moderador, me sorprendió un comentario insólito en nuestro medio: “Ahora vamos a evaluar su speech”. Mayor aún fue mi sorpresa cuando una señorita del público, a un costado del salón, dijo en voz clara y alta, en franco tono de crítica: “A mí no me miró”.

Después, averiguando, supe que en todas las universidades de Estados Unidos se estudia una materia que se llama precisamente así: Speech, y en ella, es evidente, hay un capítulo sobre la mirada.

En un auditorio grande, el contacto visual se logra mirando de frente a distintos grupos. Hable durante 4 a 6 segundos a cada grupo (Patrón Z).

Considero que nuestras universidades deberían contar en algún momento con una materia similar. Lástima que no exista un vocablo que minimice o atenúe el impacto, a mi modo de ver negativo, o por lo menos atemorizador, de la palabra “oratoria”, que nos remonta a un pasado ampuloso o grandilocuente. Los “grandes oradores” están pasados de moda, pero cada vez más en todas las profesiones se siente la imperativa necesidad de expresarse con propiedad ante cualquier auditorio. Y los que saben hacerlo son los que triunfan.

Y ahora hablemos del silencio. Primer silencio: el del comienzo. Nunca debemos comenzar enseguida después de que se nos da la palabra. Esta es quizá la premisa que distingue de inmediato a un principiante de un orador experimentado. Si hay algún ruido o movimiento, espere que cese. La sala, en silencio total. Observe a su público durante unos 10 segundos. Mírelo a los ojos con actitud amable. Comience a hablar en voz baja.

En el curso de una conferencia, es por el silencio y en el silencio que el orador es más expresivo. Cuando le preguntaron al virtuoso del violín Isaac Stern por qué no todos los músicos profesionales son brillantes, siendo que sí todos saben ejecutar las notas correctas en el orden correcto, él respondió: “Lo importante no son las notas, sino los intervalos que hay entre ellas”. Los mejores oradores, como los mejores músicos, son los que conocen el valor del silencio.

En el lenguaje escrito, cuando se quiere resaltar una idea, se subraya, se utiliza negrita o se usan las cursivas. En el lenguaje oral se usa el silencio antes y después de la idea que se expresa. Jamás deben llenarse los silencios con muletillas o palabras sin sentido: esteee, bueno, etc. Es precisamente este silencio respetado con serenidad frente al auditorio lo que le dará densidad, peso y valor a su palabra.

2. Estilo

El estilo es un concepto difícil de precisar. Transcribo la definición del diccionario de la Real Academia Española: “Modo, manera, forma, uso, costumbre, moda. Manera de hablar peculiar de un orador”.

En la definición, es evidente que la condición del estilo es algo variable. Cambia el modo, la manera, la forma, de acuerdo al uso, la costumbre o la moda. El etilo es la bisagra sobre la que se articulan las características de la expresión oral en las distintas épocas. Por eso considero que el adjetivo “contemporáneo” que califica a nuestra Academia de Oratoria ofrece una idea clara de nuestro propósito de estar al día permanentemente.

Lo que es actual o moderno deja de serlo en poco tiempo, y es por eso que en cada reedición de nuestro libro el capítulo sobre las cualidades esenciales en el estilo de la oratoria contemporánea es cuidadosamente revisado.

Trataremos a continuación de describir los cuatro pilares que definen la oratoria hoy: naturalidad, verdad, brevedad y entrega.

Naturalidad:

El Toastmaster International lo dice con toda claridad: “El estilo de la disertación actual se puede describir como una conversación extendida”.

Aunque pueda parecer extraño, es necesario practicar la naturalidad. La premisa es precisamente que no se note la preparación en oratoria. Es curioso lo que ocurre. Un artista de cualquier disciplina (pintura, canto, música, etc.) se pasa su vida entera esperando ser reconocido como tal.

El buen orador hoy, por el contrario, debe esforzarse por ser natural, espontáneo, como si conversara de la misma forma, con el mismo idioma y con los mismos gestos que en un diálogo con amigos. Sólo hablará más alto para que todos lo escuchen y se ampliarán los gestos para que todos lo vean. Pero no hay motivo alguno para cambiar la personalidad al hablar en público o al usar un micrófono.

En la reunión de apoc donde desarrollé este tema, lo establecí en una premisa que se proyectó en el salón: “Si lo operaron de la nariz, y se nota, lo operaron mal. Si lo prepararon para ser orador, y se nota, lo prepararon mal”.

Creo que se entiende, en ambos casos, que lo que se busca es la naturalidad. Nuestro curso trata simplemente de sacarle al orador todo lo que no es él, aquello que no sirve y desluce las características de su propia personalidad.

Esto es precisamente lo que debe lograrse: sacar todo lo que no sea usted mismo cuando esté al frente de un auditorio. No debe buscar que lo admiren, sino que lo escuchen. No hay nada más distinto de un actor que un orador. No estoy actuando un personaje. Soy yo.

La mirada y el silencio, tan importantes en una tribuna, son sólo armas de las que dispone un orador contemporáneo. No debe usarlas si no es imprescindible. Miremos, si es posible, a cada uno de los que nos escuchan, pero no en forma ostensible o artificial como si estuviéramos actuando. La mirada debe ser la misma que usamos al hablar con nuestros amigos, que eso y no otra cosa pretendemos que sea el auditorio.

El silencio puede ser muy útil al comienzo para atraer la atención del público, pero no tiene razón de ser si ya la obtuvimos. Lo mismo ocurre con las frases y premisas: para resaltarlas es común ponerlas entre silencios y, sin embargo, para destacarlas basta con disminuir apenas la velocidad con que hablamos.

Por último, al referirme a la naturalidad, quisiera dejar en claro que nada está prohibido si favorece la comunicación con el auditorio. Podemos apelar a expresiones idiomáticas que no usaríamos en el lenguaje escrito, pero sí en la conversación diaria, gestos cordiales y amistosos como tocar el hombro de un amigo, sentarse o apoyarse en la mesa o escritorio para darle a nuestra participación un tono íntimo, poner una mano en el bolsillo o cualquier otra ocurrencia espontánea, si lo hacemos respetando el decoro y el buen gusto.

Quien en oratoria ha llegado a maestro sabe cuándo usar o prescindir de las reglas tradicionales. Esto es ni más ni menos lo que ocurre en cualquier manifestación del arte y de la ciencia. Las reglas pueden romperse, pero para hacerlo es necesario previamente conocerlas.

Verdad:

Rudolf Verderberg es uno de los autores más respetados internacionalmente en nuestra disciplina. En un capítulo de su libro Comunicación oral efectiva, habla de la responsabilidad ética del orador y le otorga gran importancia. Resumo su pensamiento en cuatro puntos.

1. Diga siempre la verdad. Es más que evitar mentiras, también es omitir verdades.

2. No distorsione la información. Ejemplo: manejar sólo estadísticas favorables.

3. Evite enojarse con quien se opone a sus ideas. No abuse de su condición de privilegio.

4. Mencione la fuente de su información. De otra forma, es plagio o robo.

El orador no es un actor que por su trabajo debe interpretar pena, ira, amor, fe o entusiasmo. Debe transmitir con mayor o menor habilidad su pensamiento, pero siempre, en todos los casos, debe hacerlo con absoluta sinceridad. Por eso no debe fingir que sabe si no sabe; que tiene entusiasmo o interés si no lo tiene; que existe acuerdo entre lo que piensa y lo que dice si esta no es la estricta verdad.

Un estilo que no sea verdadero no tiene ninguna probabilidad de imponerse, porque no tiene el fuego de la convicción, porque no tiene la fuerza interior ni el vigor de lo auténtico. Si no es cierto lo que decimos, tarde o temprano el auditorio se va a dar cuenta.

Abraham Lincoln, un hombre honesto e intuitivo, aclaraba este concepto a los políticos estadounidenses que lo acompañaban en su gestión presidencial diciéndoles: “Se puede engañar a todos poco tiempo y a algunos mucho tiempo. Pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”.

Por mi parte, elaboré en mis cursos la siguiente premisa que sometí al juicio de mis pares en la Academia de Oratoria: “Está tan mal hablar cuando no se tiene nada que decir como no hablar si se tiene algo que decir”.

No ser capaces de expresar, por temor o por pudor, lo que pensamos que deberíamos decir es también un fracaso.

Brevedad:

Por fin ha comenzado una corriente de concientización internacional acerca del cuidado del tiempo ajeno. Pero muchos no lo saben y continúan con la vieja práctica de hablar demasiado, repetir conceptos, salirse del tema y descuidar la síntesis. Escucharse con deleite, pero siendo escuchados con impaciencia. Dan ganas de interrumpirlos y decirles simplemente: “Por favor, sean breves”. Con el concepto claro de que breve quiere decir corto, no superficial. Después de tantos años de vivir entre palabras, sé que cuando abundan es porque faltan ideas, aunque a veces también es por pereza o descuido. Más fácil es decir algo si se dispone de tiempo que si se está muy acotado; la brevedad insume dedicación y esfuerzo.

Entrega:

Este es el pilar más importante de la oratoria contemporánea: la entrega que merece nuestro auditorio. No existe un público sin importancia. Si acepté el compromiso de hablarles, les debo a ellos todo mi respeto. En algún momento de mis cursos afirmo esta premisa: “De una cosa pueden estar seguros, aquí se los considera y se los respeta”.

Recuerde bien esto el día que asuma un compromiso de hablar en público. Las personas presentes han dejado su familia, su trabajo, sus horas de descanso, para ir a escucharlo. El compromiso es muy grande. No escatime esfuerzo y dedicación. Para eso está hoy leyendo este libro, para entregar de mejor manera lo que puede brindarles. El público, sin duda, sabe leer este mensaje secreto y transformarse entonces en un reconocido cómplice de su éxito.

Se han realizado estudios sobre la composición normal de una audiencia, y se han obtenido los siguientes resultados.

El 20% del público es amistoso y cordial. Se muestra sonriente, atento y mueve la cabeza con gestos afirmativos, animándonos a continuar hablando. Otro 20% es frío y hostil, parece que no lo convencen sus palabras y que tiene ganas de irse. El restante 60% está justamente en el medio de esos dos polos opuestos. Son personas educadas y correctas, que no manifiestan sus sentimientos o que aún no terminan de resolver si serán positivos o negativos.

Mi propia experiencia en estos estudios los confirma. Es habitual que al comenzar a hablar delante de un auditorio se tenga la sensación de que la cosa no va muy bien. Hemos visto que sólo el 20% del público es frío o indiferente. Sin embargo, estos son los que más se notan cuando uno está frente a ellos. La duda cabe. ¿Seré yo? ¿Los estaré aburriendo? ¿Estoy diciendo algo que ya tienen bien sabido? ¿Qué puedo hacer para despertar más interés?

Ahora aprendí. Todas esas preguntas se disipan en pocos minutos. La práctica enseña a leer las reacciones de la audiencia. Si encuentran lo que vinieron a buscar, si captan su preocupación y su respeto, es muy rápido el cambio de actitud, entrando en el 60% de los más, y muchas veces aumentando el 20% de los que más nos alientan a continuar.

Estos son mis consejos:

1. Dele tiempo al auditorio.

2. Nunca se aisle ni se enoje.

3. No ignore a la gente difícil.

4. ¡Entréguese! Usted quiere serles útil.

Si se entregó con responsabilidad, será recibido con respeto y, muchas veces, recordado con afecto.

3. Dicción

Si nuestra intención fuera dedicarnos al teatro, este capítulo tendría una importancia primordial. Es bien sabido que en las escuelas de actores una de las preocupaciones de los profesores y alumnos es tratar de conseguir una buena pronunciación. Este preciosismo en la articulación de las palabras es la base por la que el actor llega a su público, hasta las últimas filas del salón, sin necesidad de gritar desde el escenario. Para ellos, vale.

En lo nuestro, si bien es importante, hay sólo algunos puntos de la dicción que conviene recalcar. La articulación demasiado cuidadosa de un actor puede resultar chocante desde una tribuna o en un salón de conferencias. Entre el exceso y el defecto, hay que encontrar un justo medio no siempre fácil de lograr.

En general, en nuestros cursos, si la falla en más o en menos no es muy importante, tratamos de respetar las diferencias individuales, que finalmente ayudan a configurar la identidad propia de cada orador. Pero en repetidas ocasiones hemos escuchado conferencias cuyo motivo de fracaso ha sido la falla en la dicción. Recuerdo en este instante la sorpresa que tuvimos al invitar a participar en uno de nuestros cursos de posgrado al neonatólogo más brillante de la actualidad. Este hombre genial, a quien se deben importantes adelantos asistenciales en su especialidad, tenía una dicción tan pobre que resultó imposible seguir el hilo de su conferencia. Al recibir la versión transcripta de lo dicho, sus palabras superaban cualitativamente lo que esperábamos de él.

En la práctica, muchos de nuestros alumnos tienen severos problemas en la articulación de sus palabras. El defecto principal es que hablan con los labios casi cerrados. A estos sí hay que insistirles en la necesidad de “articular”. Solemos decirles: no olviden que ustedes van a pronunciar una presentación, un discurso, una conferencia. Pronuncien, abran la boca, proyecten su voz.

Para algunos, aprender a articular significa un esfuerzo y un entrenamiento. Cuando en el auditorio hay más de treinta personas, no dude en usar micrófono y, si es posible, corbatero, para tener las manos libres. En estos casos, es aconsejable utilizar un grabador que certifique si ha sido clara y nítida nuestra exposición.

La mayor parte de los que hablan con excesiva velocidad fatiga a quienes quieren escucharlo y acaba por perder el interés del público. Otros, en cambio, hablan con desesperante lentitud. ¿A qué velocidad debe hablarse?

En su mayoría, las personas hablan a una velocidad de 120-180 palabras por minuto, pero no es aconsejable hacerlo de manera uniforme. Lo correcto es ajustar la velocidad al tipo de pensamiento o sentimiento que el orador quiere trasmitir. Las variaciones en el ritmo, al igual que los contrastes en la modulación de la voz y del acento, tienen gran importancia para dar expresividad y sentido a nuestra palabra y para retener la atención del que escucha.

En general, la oratoria contemporánea exige mayor velocidad. Todo se desplaza más rápido. Está demostrado que el cerebro puede absorber el significado de una frase cuando se pronuncia al ritmo de hasta 480 palabras por minuto.

La rapidez uniforme en el hablar es un obstáculo para mejorar la dicción y corregir sus defectos, pero la lentitud por sí sola no los resuelve.

La buena pronunciación es la de un argentino culto medio. La Real Academia Española considera que el seseo equivalente de la s, la c y la z y el yeísmo, pronunciación similar de la ll y la y, son sólo modalidades de pronunciación, y no vicios.

Pero hay ciertos errores de dicción que perturban de forma involuntaria la atención del auditorio. Uno no puede dejar de pensar si escuchó mal o es realmente cierto que algunos oradores dicen “ocserbar”, “ginnasia”, “esamen” o cualquier otro insólito exabrupto. En este caso, se trata de errores groseros que perturban la atención.

Diferente es el enfoque para referirse a los oradores con acento regional o extranjero. Los acentos regionales nos recuerdan en forma placentera que cada uno de nosotros es un individuo, con un origen y una formación que se manifiesta, al menos parcialmente, en nuestra manera de hablar.

Hemos escuchado conferencias de invitados extranjeros que, en un esfuerzo encomiable, han tratado de traducir su pensamiento a nuestra lengua. También hay en nuestro medio excelentes profesionales de origen extranjero que tendrían mucho que ofrecer de su propia experiencia, pero se sienten limitados a manifestarse en público a causa de su acento y sus naturales errores de dicción y de pronunciación.

Nosotros insistimos en que el acento regional o extranjero es identificatorio y que no hay motivos para negar nuestra propia identidad frente al público. Su acento puede resultar extraño, pero también agradable. De hecho puede ayudar en su comunicación con el auditorio, pues el acento personal puede resultar un modo de dar a conocer un aspecto de sí mismo.

Por último, están quienes ya tienen una falla fija y definitiva en su dicción (ceceosos, los que cambian la rr por la g, o fracasan al pronunciarla). Estos oradores tienen sin duda un handicap. Lo mejor será aceptarlo así, sin más, como un hecho, y no pretender ocultarlo. El auditorio suele aceptar e incorporar esa particularidad del orador en los primeros momentos y luego la olvida.

4. Movimiento

Lo primero que debe hacer el orador al llegar al salón donde le toca intervenir debe ser planear su desplazamiento. Aun en la participación aparentemente más simple de una mesa redonda, quien expone debe haber previsto cada detalle. Observe dónde está el pizarrón o rotafolios, si dispone de todos los elementos para su uso; fíjese en qué lugar se proyectarán sus diapositivas; lleve puntero láser para apoyar sus palabras; ubique el micrófono móvil y el rígido. Verifique dónde se encuentra la llave de luz, por si debe apagarla para iluminar una diapositiva. Tenga una idea muy clara de cuál será el mejor lugar del estrado para dirigirse al público y recorra con la vista sus posibilidades de desplazamiento. Pida con anticipación lo que pudiera ser necesario durante el curso de su exposición. No improvise situaciones que pueden resultar incómodas para el organizador.

Para el orador con experiencia, bastan unos pocos minutos para organizar su movimiento en el estrado. Pero esos minutos no pueden faltarle. Solo, a un costado del lugar que se ha asignado para hablar, debe pensar: “Me pararé allí, donde la luz le da a mi cuerpo y desde donde todos puedan verme. Podré desplazarme hacia aquí y hacia allá. Para escribir en el pizarrón, me bastará este simple movimiento. Para mostrar mis proyecciones, sólo debo girar de esta forma. Hay tiza, borrador, puntero. Quizás corriendo la mesa y retirando la silla, disponga de mayor comodidad de desplazamiento. Ya está. Unas pocas indicaciones al organizador, y no necesito nada más. Todo está bajo control. Esperemos confiados que nos llamen al estrado”.

No hay regla universal que nos diga cómo se debe permanecer mientras se pronuncia un discurso, pero sí pueden señalarse algunas prácticas que deben desterrarse.

Conviene estar de pie, a la vista del público, de cuerpo entero. Personalmente, me ocupo de que en mis conferencias no exista nada en la tribuna que pueda ocultarme: mesa, atril, sillas. Si la mesa no puede ser retirada, es conveniente desplazarla hacia el costado del estrado para no tentarse de utilizarla como apoyo, y mucho menos como escondite frente al público.

Permanezca quieto en la tribuna, lo que no quiere decir estático o inmóvil. Usted puede desplazarse cuando su exposición así lo requiera, para llegar al pizarrón, para tomar el puntero o simplemente para cambiar el momento por el que atraviesa su charla: introducción, cuerpo o conclusiones.

Los psicólogos especialistas en el tema aseveran que pasear frente al auditorio continuamente mostrando el perfil, y no el frente de nuestro rostro, no es más que una forma de evasión abortada. Más fácil aún de comprender es el afán de evadirse de quien habla a espaldas del auditorio, ya sea con el pretexto de escribir en el pizarrón o de mirar sus propias diapositivas, que debería conocer de memoria.

El cuerpo, con sus movimientos, interviene de una manera decisiva en la comunicación oral, de tal forma que no es fácil concebir una conferencia en la que no pueda verse al orador y debamos limitarnos sólo a escuchar el tema. Con seguridad buscaremos el momento oportuno para huir del lugar donde no podemos ver ni ser vistos.

Pero normalmente los oyentes ven al orador mientras lo escuchan, y su movimiento en el estrado es de suma importancia en el mensaje. El auditorio aprecia el significado de la expresión facial del orador, el modo en que se sitúa y se desplaza, el gesto de la cabeza, los brazos y las manos.

El acto oratorio ideal se realiza de pie y sin guías escritas. Siempre que pueda, hágalo así. Sólo si el protocolo lo exige se usará un texto escrito, y si la circunstancia lo impone (por ejemplo, en una mesa redonda), diríjase al público sentado.

En este último caso, es necesario hacerlo con naturalidad, pero cuidadosamente. No se derrumbe escondiéndose tras el escritorio o el micrófono ni permanezca rígido en posición forzada. Cuando le toque hablar, deje un espacio de unos veinte centímetros entre su pecho y la mesa, e igual espacio entre la espalda y el respaldo de su asiento. Así podrá avanzar y retroceder, dándole relativa movilidad a su cuerpo. Recuerde, por último, que sus pies están en exposición, evitando el cruce y descruce continuado de las piernas.

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0+
Дата выхода на Литрес:
26 марта 2025
Объем:
177 стр. 12 иллюстраций
ISBN:
9789875995345
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Правообладатель:
Bookwire
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