Читать книгу: «El escondite»
Título original inglés: Hide & Seek
© John Rebus Limited, 1993
© Traducción de Pablo Manzano Migliozzi, 2011
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
OEBO175
ISBN: 978-84-9006-099-5
Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.
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Índice
Dedicatoria
Cita
Lunes
Miércoles
Jueves
Viernes
Sábado
Notas
A Michael Saw, ya era hora
«Mi demonio había estado encerrado mucho tiempo en la jaula y escapó rugiendo.»
El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde
—¡Escóndete!
Ahora gritaba, desesperado, su rostro completamente pálido. Ella estaba en lo alto de la escalera, y él se abalanzó y la cogió por los brazos obligándola a bajar con una fuerza tan desenfrenada que ella temió que ambos se cayeran.
—¡Ronnie! —gritó—. ¿De quién debo esconderme?
—¡Escóndete! —insistió él—. ¡Escóndete! ¡Que vienen! ¡Que vienen!
Se la llevó de un empujón hasta la puerta principal. Ella le había visto desquiciado muchas veces, pero nunca como ahora. Sabía que un chute le ayudaría. Y también sabía que arriba, en su habitación, tenía todo lo necesario. El sudor le goteaba por su cabeza fría rapada con cola de rata. Hacía solo dos minutos la decisión más importante que ella debía tomar en su vida era si emprendía o no un viaje hasta el lavabo de la casa ocupada. Pero ahora...
—Vienen hacia aquí —repitió él, esta vez susurrando—. Escóndete.
—Ronnie —dijo ella—, me estás asustando.
Él la miró fijamente, casi como si la reconociera. Y luego volvió a apartar la mirada, hacia un abismo que era solo suyo. Sus palabras sonaban como el siseo de una serpiente.
—Escóndete —dijo.
Y abrió la puerta de golpe. Afuera estaba lloviendo, y ella dudó. Hasta que, presa del miedo, decidió cruzar el umbral. Entonces él la agarró del brazo y volvió a meterla en la casa. Y la abrazó. El sudor salado, el cuerpo tembloroso. Tenía la boca cerca de su oreja; la respiración, caliente.
—Me han matado —dijo.
Acto seguido, y con una furia repentina, volvió a empujarla. La puerta se cerró de un portazo, ella se quedó afuera y él dentro, solo. Solo consigo mismo. Ella se quedó plantada en el sendero del jardín contemplando la puerta, tratando de decidir si llamar o no.
Daba exactamente lo mismo. Ella lo sabía. Así que se echó a llorar. Bajó la cabeza en una muestra poco frecuente de autocompasión, y lloró durante un minuto entero. Luego respiró tres veces, se dio la vuelta y echó a andar deprisa por el sendero del jardín (o lo que fuera). Alguien la acogería. Alguien la consolaría y le quitaría el miedo del cuerpo y secaría su ropa.
Siempre había alguien.
John Rebus miraba fijamente el plato que tenía delante, sin prestar atención a la conversación, ni a la música de fondo, ni a las velas parpadeantes. No le importaba el precio de las casas en Barnton, ni cuál era el último delicatessen inaugurado en el Grassmarket. No tenía ganas de hablar con los otros invitados —una profesora de la universidad a su derecha, un librero a su izquierda— sobre... en fin, sobre lo que fuera que ellos estuvieran hablando. Así que era la cena de grupo perfecta: la conversación era tan ácida como los primeros platos, y se alegraba de que Rian lo hubiese invitado. Claro que sí. Pero cuanto más se fijaba en la media langosta de su plato, mayor era la vaga desesperación que crecía en su interior. ¿Qué tenía en común con esa gente? ¿Acaso se reirían si les contara la historia del policía alsaciano y la cabeza cercenada? No, no se reirían. Sonreirían por cortesía, luego inclinarían las cabezas hacia sus platos, aceptando que él es... en fin, diferente.
—¿Verduras, John?
Era la voz de Rian, advirtiéndole que no estaba participando, que no estaba conversando, ni siquiera mostrando interés. Él aceptó la fuente ovalada con una sonrisa, pero evitó mirarla a los ojos.
Era una chica bonita. Estaba bastante buena a su manera. Tenía el pelo rojo y brillante y lo llevaba corto, a lo paje. Ojos profundos, verde deslumbrante. Labios finos pero prometedores. Vaya si le gustaba. De otro modo no hubiera aceptado la invitación. Buscó en la fuente un trozo de brócoli que no se rompiera en mil pedazos mientras intentaba servírselo.
—Una comida deliciosa, Rian —dijo el librero, y Rian sonrió, aceptando el cumplido y ruborizándose un poco. Con eso hubiera bastado, John. Era todo lo que tenías que decir para hacer feliz a la chica. Pero sabía que, viniendo de él, habría sonado sarcástico. Su tono de voz no era algo de lo que pudiera deshacerse tan fácilmente, como una prenda de vestir. Era una parte de él, educada a lo largo de los años. Así que cuando la profesora se mostró de acuerdo con el librero, todo lo que John Rebus hizo fue sonreír y asentir con la cabeza; la sonrisa demasiado rígida y el asentimiento uno o dos segundos demasiado largo. Lo justo para que todos le miraran de nuevo. El trozo de brócoli salió proyectado en dos mitades perfectas por encima de su plato y salpicó el mantel.
—¡Mierda! —dijo, sabiendo, mientras la palabra se escapaba de sus labios, que no era del todo apropiada, del todo correcta para la ocasión. Pero bueno, ¿qué era él? ¿Un hombre? ¿Acaso un diccionario de sinónimos?
—Lo siento —dijo.
—Era inevitable —dijo Rian.
Dios mío, qué voz tan fría, pensó John.
Era el final perfecto para el fin de semana perfecto. Se había ido de compras el sábado, aparentemente en busca de un traje que llevar a la cena. Pero se había resistido a los precios, y en lugar de eso compró algunos libros, incluyendo el que iba a regalarle a Rian: Doctor Zhivago. Pero luego decidió que quería leerlo él primero, así que finalmente le había llevado flores y chocolate, olvidándose de su aversión a los lirios (¿lo había sabido de antemano?) y de la dieta que ella acababa de empezar. Maldita sea. Y para colmo aquella mañana había probado una iglesia nueva, otra de las Iglesias de Escocia, que quedaba cerca de su casa. La última que había probado le pareció insoportablemente fría, una promesa de pecado y arrepentimiento. Sin embargo, esta última era su asfixiante reverso: todo amor y alegría como si no hubiese nada que perdonar. De modo que cantó las oraciones y los himnos y se largó, no sin antes estrechar la mano del pastor en la puerta con la promesa de asistir en el futuro.
—¿Más vino, John?
Este era el librero, ofreciendo la botella que él mismo había traído. No era un vinito de mala muerte, a decir verdad, pero el librero había hablado de él con un orgullo tan persistente que Rebus se vio obligado a rechazar el ofrecimiento. El librero frunció el ceño, pero enseguida se alegró al comprobar que con esta negativa quedaba más vino para él. Se rellenó la copa con vigor.
—Salud —dijo.
La conversación versaba ahora sobre lo poblada que parecía Edimburgo esos días. Eso era algo con lo que Rebus podía estar de acuerdo. Siendo finales de mayo, estaban casi en plena temporada turística. Pero había algo más. Si alguien le hubiese dicho hace cinco años que en 1989 la gente iba a emigrar desde el sur hacia el norte, desde Inglaterra hasta la región de Lothian, se habría echado a reír a carcajadas. Ahora era un hecho, y un tema adecuado para la mesa.
Más tarde, mucho más tarde, cuando la pareja ya se había ido, Rebus ayudaba a Rian con los platos.
—¿A ti qué te pasa? —le preguntó ella, pero él solo podía pensar en el pastor estrechándole la mano, ese apretón de confianza que contenía la garantía de un más allá.
—Nada —respondió—. ¿Qué tal si dejamos esto para mañana?
Rian miró la cocina, contando las ollas usadas, las carcasas de langosta a medio comer y las copas sucias.
—Vale —dijo—. ¿Qué tenías en mente?
Él levantó las cejas despacio, y las dejó reposar encima de sus ojos. Sus labios se arquearon hasta consumar una sonrisa lasciva. Ella se puso coqueta.
—¿Qué ha sido eso, inspector? —dijo—. ¿Alguna clase de pista?
—Aquí tienes otra —respondió él abalanzándose sobre ella, achuchándola, su cara enterrada en su cuello.
Ella soltó un chillido, apretó los puños y le golpeó la espalda.
—¡Violencia policial! —exclamó—. ¡Socorro! ¡Policía, socorro!
—¿Qué ocurre, madam? —preguntó él, y tomándola por la cintura se la llevó de la cocina hacia las penumbras donde aguardaba la habitación, y donde acabaría el fin de semana.
Cae la noche en una zona en obras de las afueras de Edimburgo. El contrato estipulaba la construcción de un bloque de oficinas. Una valla de seis metros de alto separaba las obras de la carretera principal. La carretera también era reciente: había sido construida para descongestionar el tráfico de la ciudad. Para que la gente de la periferia pudiera desplazarse fácilmente desde sus casas de campo hasta sus trabajos en el centro.
Aquella noche no circulaban coches. El único sonido provenía del lento traqueteo de una hormigonera en la obra. Un hombre la estaba alimentando con paladas de arena gris, mientras recordaba los lejanos días en que había trabajado en una obra. Era un curro duro, pero honesto.
Otros dos hombres estaban de pie junto a una fosa profunda, escrutando su interior.
—Acabemos con esto —dijo uno.
—Sí —coincidió el otro. Regresaron al coche, un Mercedes viejo de color púrpura.
—Debe de ser influyente. Quiero decir, que para conseguir las llaves de este sitio, y organizar todo esto, alguna influencia tiene que tener.
—Lo nuestro no es hacer preguntas, eso ya lo sabes.
El hombre que habló era el más viejo de los tres, y el único calvinista. Abrió el maletero del coche. Adentro yacía el cuerpo encogido de un adolescente esmirriado, evidentemente muerto. Su piel tenía color de sombreador de ojos, más oscura allí donde había moretones.
—Qué desperdicio —dijo el calvinista.
—Pues sí —admitió el otro. Sacaron el cuerpo del maletero entre los dos y lo llevaron con cuidado hasta el agujero. Cayó suavemente hasta el fondo, una pierna sobresaliendo de los pegajosos márgenes de la arcilla, la pierna de un pantalón arremangado que descubre un tobillo desnudo.
—Todo listo —dijo el calvinista al tipo de la hormigonera—. Tápalo y larguémonos de aquí. Me muero de hambre.
Lunes
«Durante casi una generación nadie parecía haber ahuyentado a aquellos visitantes fortuitos, ni reparado sus destrozos.»
Vaya forma de empezar la semana.
La urbanización, lo que veía de ella a través de la tromba de agua que caía por el parabrisas, estaba recuperando lentamente el aspecto salvaje que tenía antes de que los constructores se instalaran en ella, hace ya muchos años. Él no tenía dudas de que en los años sesenta estos bloques, y todos sus hermanos apiñados en torno a Edimburgo, fueron la solución perfecta a las futuras necesidades de la vivienda. Y ahora se preguntaba si los planificadores habían aprendido alguna vez algo que no les fuera enseñado desde la perspectiva. En caso contrario era probable que las soluciones ideales de hoy terminaran igual.
Las áreas verdes estaban plagadas de matojos y hierbajos, mientras que los asfaltados parques infantiles se habían convertido en zonas bombardeadas, la metralla de los cristales aguardando para seccionar rodillas aventuradas o manos espontáneas. La mayoría de los balcones estaban precintados; las ventanas, tapiadas. Las tuberías, resquebrajadas, escupían agua de lluvia a mansalva por el suelo; se veían jardines delanteros convertidos en pantanos de vallas rotas y puertas arrancadas. Y de repente pensó que en un día de sol la estampa sería todavía más deprimente.
Sin embargo, cerca de allí, a unos escasos doscientos metros, algún promotor inmobiliario había empezado a construir apartamentos privados. La valla publicitaria colocada encima del solar proclamaba: esto es una urbanización de lujo, a la que se bautizaba como muir village. A Rebus no se le podía engañar, pero se preguntaba cuántos jóvenes compradores morderían el anzuelo. Esto era Pilmuir, y siempre lo sería. Un vertedero.
No le costó encontrar la casa que buscaba. Dos coches de policía y una ambulancia ya estaban aparcados junto a un Ford Cortina incendiado. A Rebus no le hubiese hecho falta semejante espectáculo para localizarla: la hubiese reconocido igualmente. Sí, tenía las ventanas tapiadas, como lo estaban las de sus vecinos a ambos lados. Se distinguía, además, una puerta abierta a la oscuridad de su interior. En un día como hoy ¿qué casa tendría la puerta abierta de par en par si no aquella en la que se oculta un cadáver, qué casa si no aquella en la que el supersticioso pavor de los vivos era quedarse atrapados dentro?
Incapaz de aparcar tan cerca de la puerta como le hubiera gustado, Rebus maldijo entre dientes. Se bajó del coche, se puso la gabardina por montera y salió a la carrera bajo la tromba de agua. Algo se le cayó del bolsillo. Era solo un trocito de papel, pero lo recogió igualmente y se lo metió otra vez en el bolsillo mientras corría. El sendero que conducía hasta la puerta abierta estaba agrietado y cubierto de hierbajos, y, aunque estuvo a punto de resbalar y caer, alcanzó intacto el umbral. Allí se sacudió el agua y esperó a su comité de bienvenida.
Un agente de policía asomó la cabeza a la puerta, frunciendo el ceño.
—Inspector Rebus —dijo Rebus presentándose.
—Por aquí, señor.
—Iré en un minuto.
La cabeza del agente desapareció, y Rebus echó un vistazo al recibidor. Los jirones de empapelado eran los únicos recuerdos de lo que alguna vez había sido un hogar. Había un olor penetrante a yeso húmedo y madera podrida. Y detrás de los efluvios, la sensación de que aquello era más una cueva que una casa, un refugio remoto, provisional, malquerido.
A medida que se adentraba en la casa, pasando por el hueco vacío de la escalera, la oscuridad lo envolvía. En todos los marcos de las ventanas había maderas atornilladas que no dejaban entrar la luz. La intención, suponía él, había sido no dejar entrar a los intrusos, pero el ejército de personas sin hogar de Edimburgo era demasiado grande y demasiado sabio. Se escurrieron por las paredes del edificio hasta el interior. Lo convirtieron en su guarida. Y uno de ellos había muerto allí.
La sala en la que entró era enorme, aunque tenía el techo bajo. Dos agentes iluminaban la escena con gruesas linternas, proyectando sombras movedizas sobre las paredes de pladur. El efecto era el de un cuadro de Caravaggio, un centro de luz rodeado de una variedad de tonos oscuros. Sobre las tablas del suelo había dos velas que se habían consumido hasta adoptar la forma de dos huevos fritos, y en medio de ellas yacía el cadáver, con las piernas juntas y los brazos extendidos. Una crucifixión sin clavos, el cuerpo desnudo de cintura para arriba. Junto al cuerpo había una jarra de cristal que alguna vez había servido de recipiente para algo tan inocente como el café instantáneo, pero que ahora contenía un surtido de jeringuillas desechables. Ya hemos encontrado los clavos, pensó Rebus con una sonrisa culposa.
El forense de la policía, una criatura flaca y desdichada, estaba de rodillas junto al cuerpo como si estuviera llevando a cabo las últimas exequias. Había un fotógrafo de pie junto a la pared del fondo, intentando leer el fotómetro. Rebus se acercó al cadáver, quedándose de pie junto al forense.
—Déjame una linterna —ordenó extendiendo la mano hacia uno de los agentes, el que estaba más cerca. Con ella alumbró el cadáver, empezando por los pies descalzos, las piernas enfundadas en unos vaqueros, el torso enjuto, la caja torácica sobresaliendo de la piel pálida. Luego siguió por el cuello y la cara. La boca abierta, los ojos cerrados. El sudor parecía haberse secado en la frente y el pelo. Pero un momento... ¿acaso esa humedad no estaba alrededor de la boca, en los labios? De repente una gota de agua salió de la nada y cayó dentro de la boca abierta. Rebus, sobresaltado, esperó a que el hombre tragara, a que se relamiera sus labios secos y regresara a la vida. Pero no lo hizo.
—Hay una gotera en el tejado —explicó el forense sin mirar hacia arriba. Rebus iluminó el techo y vio la mancha de humedad de la que venía el goteo. Aun así le pareció inquietante.
—Lamento haber tardado tanto —dijo tratando de no alterar la voz—. Pues bien, ¿cuál es el veredicto?
—Sobredosis —respondió distraídamente el forense—. Heroína. —Agitó un sobrecito de polietileno—. El contenido de esta bolsa, si no me equivoco. Tiene otra llena en la mano derecha. —Rebus alumbró con la linterna una mano exánime que sujetaba sin demasiada fuerza una bolsita de polvo blanco.
—Incontestable —dijo—. Creía que hoy en día todo el mundo inhalaba en lugar de inyectarse.
El forense finalmente levantó la vista.
—Es una suposición muy ingenua, inspector. Vaya y pregunte en el Hospital Royal. Le dirán cuántos drogadictos intravenosos hay en Edimburgo. Es probable que asciendan a varios cientos. Por eso somos la capital del sida en Gran Bretaña.
—Sí, estamos orgullosos de nuestros logros, ¿no es así? Enfermedades cardíacas, dientes postizos y ahora el sida.
El forense sonrió.
—Hay algo que quizá le interese —dijo—. El cuerpo tiene contusiones. Con esta luz no llegan a verse, pero las hay.
Rebus se agachó y volvió a alumbrar el torso con la linterna. Sí, efectivamente había contusiones. Muchas.
—Sobre todo en las costillas —continuó el forense—. Pero también en el rostro.
—Puede que se cayera —sugirió Rebus.
—Puede ser —dijo el forense.
—¿Señor? —Era uno de los agentes, la voz y la mirada de un entusiasta. Rebus se volvió hacia él.
—Dime, hijo.
—Venga a ver esto.
Rebus se alegró de tener una excusa para apartarse del forense y su paciente. El agente lo llevó hasta la pared del fondo, iluminándola con la linterna a medida que se acercaba. De repente Rebus comprendió por qué.
En la pared había un dibujo. Una estrella de cinco puntas, rodeada por dos círculos concéntricos, el más grande de un metro y medio de diámetro aproximadamente. Todo el conjunto estaba bien dibujado, las líneas de la estrella rectas, los círculos casi perfectos. En el resto de la pared no había nada.
—¿Qué le parece, señor? —preguntó el agente.
—Bueno, no es un grafiti al uso, eso está claro.
—¿Brujería?
—Tal vez astrología. Muchos drogadictos se interesan por toda clase de misticismos y supersticiones. Encaja en el contexto.
—Las velas...
—No saquemos conclusiones apresuradas, hijo. Así nunca llegarás a inspector. Dime una cosa, ¿por qué estamos todos con linternas?
—Porque la electricidad está cortada.
—Correcto. Eso explica lo de las velas.
—Si usted lo dice, señor.
—Lo digo yo, hijo. ¿Quién encontró el cuerpo?
—Yo, señor. Hubo una llamada anónima, una mujer, probablemente uno del resto de okupas. Parece que se han largado todos con prisas.
—O sea que cuando llegaste no había nadie.
—No, señor.
—¿Alguna idea de quién puede ser? —Rebus señaló al cadáver con la linterna.
—No, señor. Y el resto son todo casas okupadas así que dudo que podamos sacarles algo.
—Todo lo contrario. Si alguien conoce la identidad del fallecido es esa gente. Coge a tu amigo y ve a golpear algunas puertas. Pero sé informal, que no se piensen que venís a desalojarlos o algo parecido.
—Sí, señor. —El agente parecía dudar de la misión entera. Por un lado sabía que iba a meterse en problemas. Por el otro, seguía lloviendo a cántaros.
—En marcha —lo regañó Rebus, aunque amablemente. El agente desapareció, y recogió a su compañero en el camino.
Rebus se acercó al fotógrafo.
—Estás sacando un montón de fotos —le dijo.
—Con esta luz es necesario, para asegurarme al menos de que algunas salgan bien.
—Fuiste el primero en llegar, ¿no es así?
—Órdenes del comisario Watson. Quiere fotografías de cualquier incidente relacionado con drogas. Es parte de su campaña.
—Eso es un poco macabro, ¿no?
Rebus conocía al nuevo comisario, se había reunido con él. Mucha conciencia social y participación comunitaria. Muchas buenas ideas y escasos recursos para ponerlas en práctica. Rebus tenía una idea.
—Oye, mientras estás aquí haz una o dos de la pared, ¿vale?
—No hay problema.
—Gracias. —Rebus regresó con el forense—. ¿Cuándo sabremos qué hay en la bolsa llena?
—A última hora de hoy, mañana por la mañana como muy tarde.
Rebus asintió. ¿Qué era lo que le interesaba? Quizá fuera lo deprimente del día, o el ambiente de esa casa, acaso la posición del cuerpo. Todo lo que sabía es que había sentido algo. Y si lo que sentía no era más que un dolor de huesos causado por la humedad, en fin, pues qué se le iba a hacer. Salió de la habitación e hizo un recorrido por el resto de la casa.
El verdadero horror estaba en el cuarto de baño.
El retrete debía de llevar semanas atascado. Había un desatascador en el suelo, de modo que alguien había intentado desatascarlo, pero en vano. A falta de lavabo la pequeña y salpicada pica se había convertido en urinario, mientras que la bañera era un vertedero de sólidos, por el que se arrastraban una docena de moscardones negros. La bañera también se había usado como contenedor de basura, llena de bolsas de residuos, trozos de madera... Rebus no se quedó más tiempo, y cerró la puerta con fuerza. No le daban ninguna envidia los trabajadores del ayuntamiento que algún día tendrían que venir y enfrentarse en un duro combate con toda esta decadencia.
Uno de los dormitorios estaba completamente vacío, pero en el otro había un saco de dormir humedecido por las gotas que caían del techo. Las fotografías clavadas en las paredes daban a la habitación un sello de identidad. De cerca, Rebus advirtió que se trataba de fotografías originales, y que componían algo así como una serie. Sin duda estaban bien hechas, incluso para su ojo inexperto. Algunas eran del castillo de Edimburgo en días de lluvia y niebla. Parecía especialmente lúgubre. En otras se veía el castillo bajo la poderosa luz del sol. Seguía pareciendo lúgubre. En un par de ellas salía una chica, de edad indefinida. Estaba posando, pero con una sonrisa de oreja a oreja, sin tomárselo demasiado en serio.
Junto al saco de dormir había una bolsa de basura con ropa hasta la mitad, y al lado una pequeña pila de ediciones rústicas muy manoseadas: Harlan Ellison, Clive Barker, Ramsey Campbell. Ciencia ficción y terror. Rebus dejó los libros donde estaban y regresó abajo.
—Ya he acabado —dijo el fotógrafo—. Mañana tendré tus fotos.
—Gracias.
—Por cierto, también hago retratos. ¿Una bonita foto de familia para los abuelos? ¿Hijos e hijas? Toma, te dejo mi tarjeta.
Rebus pilló la tarjeta y volvió a ponerse la gabardina, enfilando rumbo al coche. No le gustaban las fotografías, menos aún si salía él. No es que saliera mal en las fotos. No, había algo más.
La secreta sospecha de que las fotografías realmente podían robarte el alma.
De regreso a la estación, mientras conducía por el lento tráfico del mediodía, Rebus pensó en cómo sería una foto de familia de su mujer, su hija y él. Pero no, no podía visualizarla. Se habían distanciado mucho desde que Rhona se llevara a Samantha a vivir a Londres. Sammy todavía le escribía, pero Rebus tardaba en responderle, y ella parecía resentida: le escribía cada vez menos. En la última carta le había deseado que Gill y él fueran felices.
No tenía valor para contarle que Gill Templer le había dejado hacía algunos meses. Contárselo a Samantha habría estado bien: lo que no quería era que Rhona se enterara. Otra mancha negra en su historial de relaciones fallidas. Gill se había juntado con un locutor de una emisora de radio local, un hombre cuya voz animada le parecía oír cada vez que entraba en una tienda o en una gasolinera, o al pasar por la ventana abierta de un piso.
Seguía viendo a Gill una o dos veces a la semana, en reuniones y en la comisaría, y también en las escenas de los crímenes. Sobre todo ahora que le habían ascendido al mismo rango que ella.
Inspector de Policía John Rebus.
Bueno, le había llevado mucho tiempo conseguirlo, ¿no es así? Y el caso que le valió el ascenso había sido largo, duro y lleno de sufrimiento. De eso podía estar seguro.
También estaba seguro de que no volvería a ver a Rian. No después de la cena de anoche, después del encuentro amatorio poco menos que infructuoso. Otro más. Tumbado al lado de Rian había tenido la impresión de que su mirada expresaba casi lo mismo que la de la inspectora Gill Templer. ¿Un sustituto? Sin duda él ya no tenía edad para eso.
—Te estás haciendo viejo, John —se dijo a sí mismo.
Lo cierto era que le estaba entrando hambre, y había un pub nada más cruzar el siguiente semáforo. Qué diablos, tenía todo el derecho a hacer una pausa para comer.
El Sutherland era un lugar tranquilo, y los lunes a la hora del almuerzo era cuando menos gente había. Todo el dinero gastado y nada que esperar. Y por supuesto, tal como le recordara el barman a Rebus nada más entrar, en el Sutherland no ofrecían nada parecido a un servicio de comida.
—Ni platos calientes, ni sándwiches —dijo.
—Pues entonces un pastel —suplicó Rebus—. Lo que sea. Algo para acompañar la cerveza.
—Si lo que quieres es comer tienes un montón de cafés por aquí. Este pub en particular solo vende cervezas y licores. No somos un Fish and chips.
—¿Y unas patatas de bolsa?
El barman lo observó por un instante.
—¿De qué sabor?
—¿Queso y cebolla?
—Se nos han acabado.
—Pues entonces de las saladas.
—No, tampoco me quedan. —El barman había vuelto a alegrarse.
—Vale —dijo Rebus con creciente frustración—. Por el amor de Dios, ¿de cuáles te quedan?
—Dos sabores. Curry, o huevo, beicon y tomate.
—¿Huevo? —Rebus suspiró—. Venga, ponme un paquete de cada una.
El barman se agachó debajo de la barra para encontrar las bolsas más pequeñas, caducadas a ser posible.
—¿Unas almendras? —Fue el último intento desesperado. El barman levantó la vista.
—Barbacoa, sal y vinagre, o chili —dijo.
—Una de cada una —dijo Rebus, resignado a una muerte prematura—. Y otra media de Eighty-Shillings.
Se estaba acabando la segunda cerveza cuando la puerta del bar se abrió de golpe y apareció un hombre al que reconoció enseguida, que imploraba con la mano un refresco. Vio a Rebus, sonrió y se acercó para sentarse a su lado en uno de los taburetes.
—Hola, John.
—Buenas tardes, Tony.
El inspector Anthony McCall intentó encajar su enorme masa corporal sobre la diminuta circunferencia del taburete. Se lo pensó mejor, y se quedó de pie, con un zapato apoyado en la barra inferior y ambos codos sobre la barra recién limpiada. Miró a Rebus con una expresión hambrienta.
—Dame unas patatas.
Con el paquete al alcance de su mano sacó un puñado y se lo metió a la boca.
—¿Dónde estabas esta mañana? —le preguntó Rebus—. Tuve que coger una de tus llamadas.
—¿La de Pilmuir? Ah, lo siento, John. Tuve una noche dura. Esta mañana tenía un poco de resaca. —Le sirvieron una pinta de cerveza turbia—. Otra copa de lo mismo y se te cura —dijo, y bebió cuatro tragos lentos, hasta dejar un cuarto en el vaso.
—Bueno, en cualquier caso no tenía nada mejor que hacer —dijo Rebus, y dio un sorbo a su cerveza—. Joder, ese barrio de allá abajo está hecho un desastre.
McCall asintió pensativo.
—No siempre fue así, John. Yo nací allí.
—¿En serio?
—Bueno, para ser exactos, nací en la urbanización anterior. Dicen que estaba tan mal que la demolieron y construyeron Pilmuir en su lugar. Ahora es un maldito infierno.
—Es curioso eso que dices —comentó Rebus—. Uno de los chicos de uniforme creía que podría haber una vinculación con cierta clase de ocultismo. —McCall levantó la vista del vaso—. Había una pintura de magia negra en la pared —explicó Rebus—. Y velas en el suelo.
—¿Como en un sacrificio? —sugirió McCall riendo entre dientes—. A mi mujer le encantan todas esas películas de terror. Las saca de la videoteca. Creo que se pasa el día viéndolas cuando no estoy.
—Supongo que eso existe, el satanismo, la brujería. No puede salir todo de la imaginación de los editores de los periódicos dominicales.
—Yo sé dónde podrías averiguarlo.
—¿Dónde?
—En la universidad —dijo McCall. Rebus, escéptico, frunció el entrecejo—. De verdad. Tienen una especie de departamento que investiga sobre espíritus y esa clase de cosas. Creado con el dinero de un escritor muerto. —McCall sacudió la cabeza—. Es increíble lo que la gente puede llegar a hacer.
Rebus asintió.
—He leído sobre eso, ahora que lo mencionas. Con el dinero de Arthur Koestler, ¿verdad?
McCall se encogió de hombros.
—Arthur Daley es más de mi estilo —dijo, y vació el vaso.
Rebus estaba en su escritorio revisando el papeleo cuando sonó el teléfono.
—Inspector Rebus.
—Me dijeron que tenía que hablar con usted. —Era una voz joven, femenina, impregnada de un ambiguo recelo.
—Probablemente sea así. ¿Qué puedo hacer por usted, señorita...?
—Tracy... —La voz se transformó en un susurro a la última sílaba del nombre. Ya habían conseguido que dijera quién era—. ¡Da igual quién soy! —No había tardado nada en ponerse histérica, pero se calmó con la misma rapidez—. Llamo por lo de esa casa ocupada en Pilmuir, donde encontraron... —La voz se desvaneció de nuevo.
—Ah, sí. —Rebus se enderezó y empezó a tomar nota—. ¿Fue usted la persona que llamó la primera vez?
—¿Qué?
—Para decirnos que alguien había muerto.
—Sí, fui yo. Pobre Ronnie...
—¿Ronnie es el fallecido? —Rebus garabateó el nombre en el dorso de uno de los archivos de la bandeja de entrada. Al lado escribió: «Tracy: llamada».
—Sí. —A ella se le volvió a quebrar la voz, esta vez al borde del llanto.
—¿Puede decirme el apellido de Ronnie?
—No. —Hizo una pausa—. Nunca lo supe. Ni siquiera sé si Ronnie era su verdadero nombre. Casi nadie usa su verdadero nombre.
—Tracy, me gustaría hablar contigo de Ronnie. Podemos hacerlo por teléfono, pero preferiría que fuese personalmente. No te preocupes, no te meteré en ningún lío...
—Ya estoy metida. Por eso llamo. Verá, Ronnie me dijo...
—¿Qué fue lo que te dijo, Tracy?
—Me dijo que le matarían.
De pronto Rebus tuvo la sensación de que todo lo que le rodeaba desaparecía. Solo quedaban una voz quebradiza, el teléfono, y él.
—¿Eso te dijo, Tracy?
—Sí. —Ahora estaba llorando, sorbiendo sus lágrimas invisibles por la nariz. Rebus se imaginó a una niña aterrorizada, recién salida del instituto, de pie en una cabina remota—. Tengo que esconderme —dijo finalmente—. Ronnie no paraba de decirme que me escondiera.
—¿Quieres que vaya a buscarte en mi coche? Dime dónde estás.
—¡No!
—Entonces dime cómo mataron a Ronnie. ¿Sabes cómo lo encontramos?
—Tendido en el suelo al lado de la ventana. Allí estaba.
—No exactamente.
—Claro que sí, estaba allí. Al lado de la ventana. Tendido en el suelo hecho un ovillo. Creía que estaba durmiendo. Pero cuando lo toqué estaba frío... Fui a buscar a Charlie, pero se había ido. Y entonces me entró el pánico.
—¿Dices que Ronnie estaba tendido en el suelo hecho un ovillo? —Rebus había empezado a dibujar círculos en el dorso del archivo.
—Sí.
—¿En la sala?
Ella parecía confundida.
—¿Qué? No, en la sala no. Estaba arriba, en su habitación.
—Comprendo. —Rebus seguía dibujando círculos sin esmerarse. Trataba de imaginarse a Ronnie en el instante previo a su muerte, arrastrándose por las escaleras en busca de Tracy, que ya se había marchado, para acabar muriendo en la sala de abajo. Eso podía explicar las contusiones. Pero... ¿y lo de las velas? Su cuerpo estaba perfectamente posicionado entre ambas—. ¿Y eso a qué hora fue?
—Anoche, tarde. No sé exactamente a qué hora. Estaba aterrorizada. Una vez me calmé, llamé a la policía.
—¿Qué hora era cuando llamó?
Ella hizo una pausa para pensar.
—Llamé esta mañana, a eso de las siete.
—Tracy, ¿te importaría contarle esto a alguien más?
—¿Para qué?
—Te lo diré cuando te recoja. Solo tienes que decirme dónde estás.
Hubo otra pausa, mientras ella se lo pensaba.
—He vuelto a Pilmuir —dijo finalmente—. Me he ido a otra casa okupada.
—Bien —dijo Rebus—. Entonces preferirás que no te recoja por allí, ¿verdad? Pero debes de estar muy cerca de Shore Road. ¿Qué te parece si nos encontramos allí?
—Bueno...
—Hay un pub, el Dock Leaf —prosiguió Rebus sin darle tiempo a dudar—. ¿Lo conoces?
—Me han echado varias veces.
—A mí también. Pues bien, nos encontraremos en la puerta dentro de una hora. ¿De acuerdo?
—¿De acuerdo? —No parecía demasiado convencida, y Rebus se preguntó si acudiría a la cita. Bueno, ¿y eso qué importa? Parecía lo bastante directa, aunque también podría ser otra víctima que se lo estaba inventando todo para llamar la atención, para que su vida pareciera más interesante de lo que era.
Pero había tenido un presentimiento, ¿o no?
—De acuerdo —repitió ella, y la comunicación se cortó.
Shore Road era una vía rápida que rodeaba la costa norte. Sus puntos de referencia eran las fábricas, los almacenes, las grandes superficies de muebles para el hogar y bricolaje; más allá yacía el fiordo de Forth, gris y tranquilo. La mayoría de los días la costa de Fife podía verse a lo lejos, pero hoy no, pues una niebla fría pendía baja sobre el agua. Al otro lado de la carretera, enfrente de los almacenes, estaban los bloques de pisos, los edificios de cuatro plantas que precedieron a las torres de hormigón. Había un puñado de tiendas en las esquinas, donde los vecinos se encontraban y se pasaban información, y algunos pequeños y primitivos pubs, donde los desconocidos no pasaban inadvertidos durante mucho tiempo.
El Dock Leaf se había deshecho de toda una generación de bebedores de baja estofa, y había encontrado otra. Sus inquilinos actuales eran jóvenes, desempleados y vivían de seis en seis en pisos alquilados de tres habitaciones a lo largo de Shore Road. Aunque los delitos menores no eran un problema: nadie arrojaba piedras sobre su tejado. Los antiguos valores comunitarios seguían vigentes.
Rebus, que había llegado temprano a la cita, tuvo tiempo de beberse media pinta en el garito. La cerveza era barata pero sosa, y quizá la concurrencia no supiera su nombre, pero sí sabían a qué se dedicaba. Sus voces se convirtieron en murmullos, las miradas esquivas. Cuando a las tres y media salió a la calle la súbita luz del día le hizo entornar los ojos.
—¿Tú eres el policía?
—Así es, Tracy.
Ella había estado esperando apoyada en la pared exterior del pub. Él se protegió los ojos del sol, tratando de verle la cara, y se sorprendió al encontrarse con una mujer de entre veinte y veinticinco años. La edad se le notaba en el rostro, aunque su estilo la señalaba como una eterna rebelde: pelo corto oxigenado, dos pendientes con tachuela en la oreja izquierda (pero ninguno en la derecha), camiseta psicodélica, ajustada, vaqueros gastados y bambas rojas de baloncesto. Era alta, de la estatura de Rebus. A medida que su vista se acostumbraba a la luz, él distinguió el rastro de las lágrimas en ambas mejillas y las viejas cicatrices del acné. Pero también tenía patas de gallo, evidencia de una vida acostumbrada a las risas. Sin embargo, no quedaba rastro de la risa en sus ojos verde oliva. En algún punto la vida de Tracy había dado un giro equivocado, y Rebus tuvo la impresión de que seguía intentando retroceder hasta el desvío en cuestión.
La última vez que la había visto ella sonreía abiertamente. Sonreía mientras su retrato se despegaba de la pared del cuarto de Ronnie. Era la chica de sus fotografías.
—¿Tracy es tu verdadero nombre?
—Algo así. —Habían empezado a caminar. Ella cruzó la calle por el paso de cebra, sin molestarse en mirar si venían coches, y Rebus la siguió hasta un muro, donde ella se detuvo, mirando fijamente hacia el otro lado del Forth. Se envolvió con los brazos, escudriñando la niebla que ascendía—. Es mi segundo nombre —dijo.
Rebus apoyó el antebrazo en el muro.
—¿Hace cuánto que conoces a Ronnie?
—Tres meses. Es el tiempo que llevo en Pilmuir.
—¿Quién más vivía en esa casa?
Ella se encogió de hombros.
—Venían y se iban. Solo estuvimos allí unas semanas. A veces bajaba por la mañana y había media docena de desconocidos durmiendo en el suelo. A nadie le importaba. Era como una gran familia.
—¿Qué te hace pensar que alguien mató a Ronnie?
Se volvió hacia él con ira, pero tenía los ojos vidriosos.
—¡Te lo dije por teléfono! Eso fue lo que él me dijo. Había estado fuera y volvió con algo de droga. No se le veía bien. Normalmente, cuando pillaba un poco de heroína era como un niño en Navidad. Pero esta vez no. Estaba asustado, actuaba como un robot o algo parecido. No paraba de decirme que me escondiera, que venían a por él.
—¿Quiénes venían a por él?
—No lo sé.
—¿Esto fue después de que se metiera algo?
—No, eso es lo más loco, que fue antes. Tenía la bolsa en la mano. Me echó a empujones.
—¿No estabas allí cuando se chutó?
—Dios, no. Yo odiaba eso. —Taladró a Rebus con la mirada—. No soy una yonqui, ¿sabes? Es decir, fumo un poco, pero nunca... Ya sabes.
—¿Algo más que hayas notado en él?
—¿Como qué?
—Bueno, el estado en que se encontraba.
—¿Te refieres a los moratones?
—Sí.
—A menudo regresaba así. Nunca hablaba de eso.
—Se metía en muchas peleas, supongo. ¿Era irritable?
—Conmigo no.
Rebus se metió las manos en los bolsillos. Un viento frío soplaba con fuerza desde el agua y Rebus se preguntaba si ella estaba lo bastante abrigada. No pudo evitar fijarse en sus pezones que se le marcaban claramente a través de la camiseta.
—¿Quieres mi chaqueta? —le preguntó.
—Solo si viene con tu cartera —respondió ella con una sonrisita.
Él le devolvió la sonrisa, y le ofreció un cigarrillo a cambio, que ella aceptó. Él se abstuvo. Solo le quedaban tres para completar su dosis diaria, y tenía una larga tarde por delante.
—¿Sabes quién era el camello de Ronnie? —le preguntó informalmente, ayudándola a encender el cigarrillo. Ella buscó refugio en el interior de su chaqueta, y mientras el mechero temblaba en su mano negó con la cabeza. Finalmente la barrera contra el viento funcionó, y ella chupó el filtro con fuerza.
—Nunca estuve del todo segura —dijo—. Era otra cosa de la que no hablaba.
—¿Y de qué hablaba?
Ella se quedó pensando, y volvió a sonreír.
—No hablaba mucho, ahora que lo dices. Eso era lo que me gustaba de él. Siempre tenías la sensación de que callaba más de lo que decía.
—¿Qué era lo que callaba?
Ella se encogió de hombros.
—Puede que alguna cosa, puede que nada.
Esto se ponía más difícil de lo que Rebus había previsto, y vaya si se estaba congelando. Era el momento de acelerar.
—¿Estaba en la habitación cuando lo encontraste?
—Sí.
—¿Y a esa hora no había nadie más en la casa?
—No. Más temprano sí que había gente, pero ya se habían ido todos. Uno de ellos estuvo arriba, en la habitación de Ronnie, pero no le conocía. Y también estaba Charlie.
—Le mencionaste por teléfono.
—Bueno, sí, fui a buscarlo cuando encontré a Ronnie. Siempre anda por ahí, en alguna de las otras casas o mendigando por el centro. Dios, es... es raro.
—¿En qué sentido?
—¿No viste lo que había en la pared de la sala?
—¿Te refieres a la estrella?
—Sí. Él la pintó.
—¿Entonces le va el rollo ocultista?
—Le chifla.
—¿Y a Ronnie?
—¿A Ronnie? Hostias, no. Si ni siquiera aguantaba las películas de terror. Le daban miedo.
—Pero tenía todos esos libros de terror en su habitación.
—Ese era Charlie, que buscaba que Ronnie se interesara. Pero lo único que le provocaban esos libros era pesadillas. Y eso le llevaba a meterse más heroína.
—¿Cómo se financiaba su hábito? —Rebus vio un barco pequeño fondeando a través de la niebla. Algo cayó al agua, pero no supo qué.
—Yo no era su contable.
—¿Y quién lo era? —El barco estaba dando la vuelta, trazando un arco, desplazándose más hacia el oeste, en dirección a Queensferry.
—Nadie quiere saber de dónde sale el dinero, esa es la verdad. Te convierte en cómplice, ¿no?
—Eso depende. —Rebus tiritaba.
—Bueno, yo no quería saberlo. Si intentaba hablarme de eso yo me tapaba los oídos.
—¿Entonces nunca tuvo un trabajo?
—No lo sé. Hablaba de ser fotógrafo. Es lo que quería ser cuando acabó el colegio. Era la única cosa que nunca empeñaría, ni siquiera para pagarse el vicio.
Rebus se había perdido.
—¿Qué cosa?
—Su cámara. Le costó una pequeña fortuna, hasta el último penique que ahorraba de lo que sacaba de la Seguridad Social.
Seguridad Social: eso ya era una pista. Pero Rebus estaba seguro de que no había ninguna cámara en la habitación de Ronnie. Con lo que añadió un robo a la lista.
—Tracy, necesito que declares.
Ella sospechó de inmediato.
—¿Para qué?
—Solo para dejar constancia, y para poder hacer algo con respecto a la muerte de Ronnie. ¿Me ayudarás con esto?
Transcurrió una pausa larga antes de que ella asintiera. El barco había desaparecido. No había nada flotando en el agua, nada quedaba en su estela. Rebus apoyó una mano en el hombro de Tracy, pero con cuidado.
—Gracias —dijo—. El coche está por allí.
Después de que declarara, Rebus insistió en llevarla a casa. La dejó a varias calles más allá, pero ahora sabía su dirección.
—No te puedo prometer que vaya a estar aquí los próximos diez años —le había dicho ella. Daba igual. Él le había dado los números telefónicos de su casa y del trabajo. Estaba seguro de que ella se mantendría en contacto.
—Por último —dijo él cuando ella estaba a punto de cerrar la puerta del coche. Tracy se asomó desde la acera—. Ronnie gritó «Vienen hacia aquí». ¿A quiénes crees que se refería?
Ella se encogió de hombros. Luego se quedó inmóvil, recordando la escena.
—Estaba colocado. Igual se refería a las serpientes y las arañas.
Claro, pensó Rebus al arrancar el coche después de que ella cerrara la puerta. Y luego pensó que quizá se refiriera a las serpientes y las arañas que le habían abastecido.
Al regresar a la comisaría de Great London Road tenía un mensaje: el comisario Watson quería verle. Rebus llamó al despacho de su superior.
—Iré ahora mismo, si es posible.
La secretaria lo consultó, y le confirmó que estaba bien.
Rebus se había reunido con Watson en muchas ocasiones después de que lo trasladaran desde el lejano norte de Edimburgo. Parecía un hombre razonable, si acaso algo campesino para algunos gustos. En comisaría circulaban muchos chistes sobre Aberdeen, la ciudad de la que venía, y se había ganado el secreto mote de Granjero Watson.
—Pasa, John, pasa.
El comisario se había levantado con la parsimonia suficiente como para señalarle la vaga dirección de su silla. Rebus observó que el escritorio estaba meticulosamente ordenado, los archivos bien apilados en dos bandejas, nada delante de Watson salvo una carpeta gruesa bastante nueva y dos lápices afilados. A un lado de la carpeta había una fotografía de dos niños.
—Son los míos —explicó Watson—. Ahora están un poco más mayores, pero siguen siendo traviesos.
Watson era un hombre corpulento, de una circunferencia que confirmaba la expresión «pecho de barril». Tenía la cara colorada, y pelo fino y canoso en las sienes. Sí, Rebus se lo imaginaba con botas de goma y sombrero de pescar truchas, irrumpiendo en cualquier páramo con un pastor escocés obediente a su lado. ¿Pero qué quería de Rebus? ¿Acaso buscaba un pastor humano?
—Esta mañana estuviste en la escena de la muerte por sobredosis. —No era una pregunta, así que Rebus no se molestó en responder—. Debería haber ido el inspector McCall, donde fuera que estuviera.
—Es un buen policía, señor.
Watson lo miró fijamente, luego sonrió.
—Las cualidades del inspector McCall no están en duda. No te he llamado para hablar de eso. Pero tu presencia en el lugar del crimen me ha dado una idea. Como probablemente sabes, me interesa el problema de las drogas en esta ciudad. Sinceramente, las estadísticas me horrorizan. Es algo a lo que no me había enfrentado en Aberdeen, con la excepción de algunos trabajadores del petróleo. Pero aquello era cosa de los ejecutivos, los que vinieron de Estados Unidos. Ellos trajeron sus propios hábitos, valga el eufemismo. Pero esto... —Abrió la carpeta y empezó a seleccionar algunas hojas—. Esto es el Averno, inspector. Simple y llanamente.
—Sí, señor.
—¿Tú eres de los que van a misa?
—¿Perdone, señor? —Rebus se removió incómodo en la silla.
—Es solo una pregunta, ¿verdad? ¿Vas a la iglesia?
—No regularmente, señor. Pero a veces voy, sí. —Como ayer, pensó Rebus. Y volvió a sentirse como un prófugo.
—Alguien dijo que lo haces. En ese caso deberías saber a qué me refiero cuando digo que esta ciudad se está convirtiendo en el Averno. —La cara de Watson se puso más roja que nunca—. En el hospital han tratado a adictos muy jóvenes, incluso de once y doce años. Tú mismo tienes un hermano que está cumpliendo condena por tráfico de drogas. —Watson volvió a levantar la vista, acaso esperando que Rebus se mostrara avergonzado. Pero los ojos de Rebus brillaban ferozmente, y sus mejillas no se habían enrojecido precisamente de vergüenza.
—Con todo respeto, señor —dijo, la voz serena pero tan tensa como un alambre—, ¿qué tiene que ver todo esto conmigo?
—Muy simple. —Watson cerró la carpeta y se reclinó en su silla—. Estoy poniendo en marcha una nueva campaña antidrogas. De concienciación pública y todo eso, con fondos para obtener información confidencial. Tengo el apoyo, y lo que es más, tengo el dinero. Un grupo de empresarios de la ciudad están dispuestos a aportar cincuenta mil libras para la campaña.
—Eso demuestra un gran compromiso social, señor.
El rostro de Watson se oscureció. Se inclinó hacia delante, abarcando todo el campo de visión de Rebus.
—Más vale que me creas, maldita sea —dijo.
—Sigo sin entender qué pinto yo...
—John. —Su voz se volvió anodina—. Tú tienes... experiencia. Experiencia personal. Me gustaría que me ayudaras a encabezar nuestra parte de la campaña.
—No, señor, en realidad...
—Bien. Entonces trato hecho. —Watson ya se había levantado. Rebus también lo intentó, pero sus piernas habían perdido toda la fuerza. Se dio impulso en los apoyabrazos y consiguió levantarse. ¿Era este el precio que le estaban exigiendo? ¿La expiación pública por tener un hermano podrido? Watson abrió la puerta—. Volveremos a hablar, para entrar en detalles. Pero de momento intenta cerrar cualquier caso en el que estés trabajando, ponte al día con el papeleo y demás. Si no puedes acabar con algo dímelo y encontraremos a alguien que lo termine por ti.
—Sí, señor. —Rebus estrechó la mano tendida. Era como el acero: fría, seca y aplastante.
—Adiós, señor —dijo Rebus, ahora de pie, en el pasillo, frente a la puerta que ya acababa de cerrarse en sus narices.
Esa noche, todavía atontado, se aburrió de ver la televisión y salió a la calle con la intención de conducir un rato, sin un destino preciso en mente. Marchmont estaba tranquilo, como siempre. Su coche estaba aparcado imperturbable sobre la calle adoquinada a la que daba su casa. Lo arrancó y se dirigió al centro de la ciudad, cruzando la Ciudad Nueva. Se detuvo en un área de servicio en Canonmills, llenó el depósito y compró una linterna, pilas y varias chocolatinas para uso personal. Pagó con tarjeta de crédito.
Comía chocolate mientras conducía, tratando de no pensar en la ración de tabaco del día siguiente, y escuchaba la radio del coche. Calum McCallum, el amante de Gill Templer, empezaba su programa a las ocho y media, y lo escuchó algunos minutos. Suficiente. Su voz falsa e impostada, los chistes tan malos que daban ganas de llorar, la previsible selección de discos antiguos y las charlas telefónicas... Rebus movió el dial hasta que encontró Radio 3. Reconoció la música de Mozart y subió el volumen.
Por supuesto que sabía desde un principio que acabaría aquí. Condujo a través de calles tortuosas y débilmente iluminadas, adentrándose cada vez más en el laberinto. Habían puesto un candado nuevo en la puerta de la casa, pero Rebus tenía una copia de la llave en el bolsillo. Encendió la linterna y se metió silenciosamente en el salón. No había nada en el suelo. Ningún indicio de que allí hubiera yacido un cadáver hacía apenas diez horas. También se habían llevado la jarra con las jeringuillas, y los candeleros. Sin fijarse en la pared del fondo, Rebus salió de la sala y se dirigió al piso de arriba. Empujó la puerta de la habitación de Ronnie y entró, acercándose a la ventana. Allí era donde Tracy decía que había encontrado el cuerpo. Rebus se agachó, apoyándose sobre los dedos de los pies, y alumbró el suelo con la linterna meticulosamente. No había ni rastro de la cámara. Nada. El caso no iba a ser fácil. Suponiendo que lo hubiera.
Después de todo solo contaba con el testimonio de Tracy.
Volvió sobre sus pasos, salió de la habitación y se dirigió a la escalera. Algo brilló contra el peldaño más alto, justo en la esquina de la escalera. Rebus lo recogió y lo examinó. Era una pieza de metal, como el cierre de un broche barato. Se la guardó en el bolsillo y echó otra ojeada a la escalera, tratando de imaginar a Ronnie recobrando el conocimiento y recorriendo el camino hasta la planta baja.
Era probable. Solo probable. ¿Pero acabar en la posición en la que estaba? Mucho menos factible.
¿Y por qué traería de arriba la jarra con las jeringuillas? Rebus asintió, seguro de que estaba recorriendo el laberinto en algo parecido a la dirección adecuada. Volvió a bajar las escaleras y regresó a la sala. Olía como el moho en un tarro viejo de mermelada, terroso y dulce a la vez. La tierra, estéril; su dulzura, enferma. Fue hasta la pared del fondo y la iluminó con la linterna.
Entonces surgieron las palpitaciones. Los círculos seguían allí, y la estrella de cinco puntas en el interior. Pero había nuevas incorporaciones, signos del zodiaco y otros símbolos entre ambos círculos, pintados en rojo. Tocó la pintura. Estaba fresca. Retiró los dedos y alumbró con la linterna la parte superior de la pared, donde leyó un mensaje que chorreaba.
hola ronnie.
Supersticioso hasta la médula, Rebus se giró sobre sus talones y huyó, sin molestarse en volver a colocar el candado al salir. Mientras caminaba rápidamente hacia su coche, lanzando miradas atrás en dirección a la casa, se tropezó con alguien, y trastabilló. El otro cayó en mala postura, y tardó en levantarse. Rebus encendió la linterna y vio enfrente a un adolescente, los ojos chispeantes, la cara magullada y cortada.
—Jesús, hijo —susurró Rebus—, ¿qué te ha pasado?
—Me han dado una paliza —dijo el muchacho, y se alejó arrastrando una pierna dolorida.
Rebus consiguió llegar al coche, los nervios de punta. Una vez dentro trabó las puertas y se reclinó, cerrando los ojos y respirando con dificultad. Cálmate, John, se dijo a sí mismo. Cálmate. Al instante ya podía reírse de este lapsus pasajero de valentía. Regresaría mañana. De día.
Por hoy ya había visto bastante.
martes
«Pero ahora pienso que la causa hay que buscarla mucho más profundamente en la naturaleza del hombre, y en algo más noble que en el simple principio del odio.»
No fue fácil conciliar el sueño, pero finalmente, hundido en su sillón favorito y con un libro abierto sobre el regazo, debió de quedarse profundamente dormido, porque hizo falta una llamada a las nueve de la mañana para que se despertara.
Mientras revolvía el suelo buscando su nuevo teléfono inalámbrico, sentía todo su cuerpo agarrotado y dolorido.
—¿Sí?
—Inspector Rebus, le llamo del laboratorio, temprano como pidió.
—¿Qué es lo que tienes?
Rebus volvió a hundirse en el sillón, frotándose los ojos con su mano libre, tratando de acoplarse a este mundo nuevo y recién despierto. Lanzó una ojeada a su reloj y se dio cuenta de lo mucho que había dormido.
—Bueno, no es la heroína más pura del mercado.
Asintió, seguro de que casi no hacía falta formular la siguiente pregunta.
—¿Mataría a cualquiera que se la inyectara?
La respuesta lo sobresaltó. Se incorporó.
—En absoluto. De hecho es muy limpia, considerándolo todo. Un poco diluida respecto a su pureza original, pero eso no es nada inusual. Es más bien la norma.
—¿Pero se podía consumir?
—Supongo que estaba en muy buenas condiciones de ser consumida.
—Comprendo. En fin, gracias. —Rebus colgó. Lo había tenido tan claro. Tan claro... Hurgó en su bolsillo, encontró el número que necesitaba y marcó rápidamente los siete dígitos, antes de empezar a agobiarse pensando en el café de la mañana.
—Con el doctor Einfield, habla el inspector Rebus. —Esperó—. ¿Doctor? Bien, gracias. ¿Cómo está usted? Me alegro. Oiga, ese cuerpo que encontraron ayer, el del drogadicto de Pilmuir, ¿tiene alguna novedad? —Escuchó—. De acuerdo, esperaré.
Pilmuir. ¿Qué había dicho Tony McCall? Que antes era un lugar bonito, inocente, o algo así. Pero el pasado siempre fue mejor, ¿no es así? La memoria suaviza las aristas, como Rebus bien sabía.
—¿Hola? —dijo al teléfono—. Sí, está bien. —Se escuchó el crujido de un papel de fondo. Y la voz desapasionada de Einfield.
—Contusiones en el cuerpo. Considerables. Resultado de una mala caída o de alguna clase de enfrentamiento físico. El estómago estaba casi completamente vacío. VIH negativo, lo que ya es algo. En cuanto a la causa de la muerte, en fin...
—¿La heroína? —apuntó Rebus.
—Hummm... Noventa y nueve por ciento impura.
—¿En serio? —Rebus se animó—. ¿Con qué la habían diluido?
—Todavía estamos trabajando en ello, inspector. Pero una deducción razonable indica que podría haber sido con cualquier cosa, desde aspirina triturada hasta raticida, haciendo estricto hincapié en el control de roedores.
—¿Está diciendo que era letal?
—Oh, desde luego que sí. El que la haya vendido estaba suministrando eutanasia. Si hay más de eso por ahí... en fin, no quiero ni pensarlo.
¿Más de eso por ahí? A Rebus le escoció el cuero cabelludo de solo pensarlo. ¿Y si alguien iba por ahí envenenando a los yonquis? ¿Pero qué explicación tenía el contenido de la otra bolsa en perfecto estado? Una bolsa de droga pura, y otra en el peor estado posible. No tenía ningún sentido.
—Gracias, doctor Einfield.
Dejó el teléfono sobre el brazo del sillón. Tracy al menos tenía razón en algo. Ellos habían matado a Ronnie. Quienesquiera que fuesen «ellos». Y Ronnie lo supo, lo supo nada más inyectarse esa sustancia... No, espera... ¿Acaso ya lo sabía antes de inyectarse? ¿Cómo era posible? Rebus tenía que encontrar al camello. Tenía que averiguar por qué Ronnie había sido elegido para morir. Elegido, en realidad, para un sacrificio...
El patio trasero. Tony McCall se había largado de Pilmuir y finalmente había adquirido una hipoteca abrumadora, lo que alguna gente confunde con comprar una casa. Por lo demás, era una casa preciosa. Él lo sabía porque su mujer se lo decía. Se lo repetía constantemente. Ella no entendía por qué él pasaba tan poco tiempo en la casa. Al fin y al cabo, le decía ella, también era su casa.
La casa. Para la mujer de McCall era un palacio. Lo de casa se quedaba corto. Y los dos hijos, el chaval y la niña, habían sido educados para andar de puntillas por el interior, sin dejar migas ni huellas, sin provocar líos ni destrozos. McCall, que había vivido una infancia violenta junto a su hermano Tommy, lo encontraba antinatural. Sus hijos se habían criado en una burbuja de miedo y amor, una mala combinación. Ahora Craig tenía catorce años, e Isabel once. Ambos eran tímidos, introspectivos, quizá hasta un poco raros. Adiós al sueño de que su hijo fuera jugador de fútbol profesional, y su hija actriz. Craig jugaba mucho al ajedrez, pero no practicaba ningún deporte. (Había ganado una pequeña placa en el instituto después de un torneo. Después de eso McCall había intentado aprender a jugar, pero fracasó.) A Isabel le gustaba hacer punto. Se sentaban en el salón superperfecto diseñado por su madre, y se quedaban casi en silencio. Solo se oía el ruido seco de las agujas y el suave movimiento de las piezas de ajedrez.
Dios, como para no estar fuera de casa.
Así que allí estaba en Pilmuir, sin ninguna misión en concreto, simplemente paseando. Tomando un poco de aire. Desde su urbanización ultramoderna de chalets como cajas de zapatos y Volvos en la puerta, tenía que cruzar algunos descampados, evitar el tráfico imposible de la carretera principal, pasar por la pista de deportes de un colegio y maniobrar entre las fábricas hasta llegar a Pilmuir. Pero el esfuerzo merecía la pena. Conocía el lugar; conocía a las mentes que lo infectaban.
Después de todo era uno de ellos.
—Hola, Tony.
Se dio la vuelta, sin reconocer la voz, listo para un altercado. Allí estaba John Rebus, con las manos en los bolsillos y una sonrisa.
—¡John! Joder, qué susto me has dado.
—Lo siento. Qué suerte encontrarte por aquí. —Rebus echó un vistazo alrededor, como buscando a alguien—. Intenté llamarte, pero me dijeron que tenías el día libre.
—Sí, así es.
—¿Y qué andas haciendo por aquí?
—Solo estoy de paseo. Vivimos al otro lado. —Señaló con la cabeza hacia el sudoeste—. No muy lejos. Además, este es mi territorio. No lo olvides. Tengo que mantener vigilados a los chicos y a las chicas.
—Justamente de eso quería hablarte.
—¿Ah, sí?
Rebus había empezado a caminar por la acera, y McCall, todavía desconcertado por la súbita aparición, lo siguió.
—Sí —dijo Rebus—. Quería preguntarte si conoces a alguien, a un amigo del fallecido. Se llama Charlie.
—¿Eso es todo? ¿Charlie a secas? —Rebus se encogió de hombros—. ¿Qué aspecto tiene?
Rebus volvió a encogerse de hombros.
—Ni idea, Tony. Fue Tracy, la novia de Ronnie, la que me habló de él.
—¿Ronnie? ¿Tracy? —McCall frunció el ceño—. ¿Quiénes diablos son?
—Ronnie es el muerto. El yonqui que encontramos en el barrio.
De repente todo se aclaró en la mente de McCall. Asintió lentamente con la cabeza.
—Trabajas deprisa —dijo.
—Voy lo más rápido que puedo. La novia de Ronnie me contó una historia interesante.
—¿Ah, sí?
—Me dijo que a Ronnie lo mataron.
Rebus siguió andando, pero McCall se detuvo.
—¡Espera un momento! —Alcanzó a Rebus—. ¿Que lo mataron? Venga, John, tú viste al tipo.
—Es la verdad. Con una dosis de matarratas en las venas.
McCall silbó suavemente.
—Joder.
—Ya —dijo Rebus—. Y ahora necesito hablar con ese Charlie. Es joven, puede que esté un poco asustado, y que tenga interés en el ocultismo.
McCall revisó mentalmente su información.
—Supongo que hay uno o dos sitios donde podríamos preguntar —dijo finalmente—. Pero será difícil. El concepto de colaboración ciudadana todavía no está tan difundido.
—¿Quieres decir que no seremos bienvenidos?
—Algo así.
—Vale, solo dame la dirección e indícame por dónde ir. Al fin y al cabo es tu día libre.
McCall se mostró ofendido.
—Te olvidas, John, de que es mi territorio. Por derecho, este debería ser mi caso, si es que tenemos un caso.
—Sería tu caso si no fuera por aquella resaca. —Ambos sonrieron, pero Rebus se preguntó si en manos de Tony McCall este caso estaría siendo investigado. ¿Acaso Tony lo dejaría pasar? ¿Era eso lo que Rebus debía hacer, dejarlo pasar?
—En cualquier caso —intervino McCall en el momento justo—, seguro que tienes algo mejor que hacer.
Rebus negó con la cabeza.
—Nada. Me han quitado toda la faena de encima por orden del granjero.
—¿Te refieres al comisario Watson?
—Quiere ponerme a trabajar en su campaña contra las drogas. Justo a mí, joder.
—Eso puede ser un poco embarazoso.
—Lo sé. Pero el idiota cree que tengo «experiencia personal».
—Tiene sus motivos, supongo. —Rebus iba a discutir, pero McCall se anticipó—. ¿Entonces no tienes nada que hacer?
—No hasta que me llame el Granjero Watson.
—Qué suerte tienes, cabrón. En fin, eso cambia las cosas un poco, aunque no demasiado, lamento decir. Aquí eres mi invitado, y tendrás que aguantarme. Hasta que me aburra, es lo que hay.
Rebus sonrió.
—Gracias, Tony. —Miró alrededor—. Bueno, ¿por dónde empezamos?
McCall señaló con la cabeza hacia atrás. Se dieron la vuelta y echaron a andar por donde habían venido.
—Dime una cosa —dijo Rebus—. ¿Tan mal lo pasas en tu casa que se te ocurre venir aquí en tu día libre?
McCall se echó a reír.
—¿Tan obvio es?
—Solo para alguien que ha estado en la misma situación.
—Bah, yo qué sé, John. Es como si tuviera todo lo que nunca quise.
—Nunca se está satisfecho. —Era una simple declaración de intenciones.
—A ver, Sheila es una madre estupenda y todo eso, y los chicos nunca se meten en líos, pero...
—La hierba siempre crece más verde en el huerto ajeno —dijo Rebus, pensando en el fracaso de su propio matrimonio, en lo frío que estaba su piso cuando volvía a casa, en el sonido hueco que emitía la puerta cuando la cerraba.
—Ahora bien, Tommy, mi hermano, yo creía que lo había conseguido. Un montón de pasta, casa con jacuzzi, garaje con puerta automática... —McCall advirtió la sonrisa de Rebus, y también sonrió.
—Persianas eléctricas —continuó Rebus—, matrícula personalizada, teléfono para el coche...
—Multipropiedad en Málaga —dijo McCall, a punto de reírse—, módulos de cocina con revestimiento en mármol.
Era demasiado ridículo. Se reían a carcajadas mientras caminaban, ampliando cada vez más el catálogo. Pero de pronto Rebus cayó en la cuenta de dónde estaban y paró de reírse, paró de caminar. Estaban donde se había dirigido desde un primer momento. Se palpó el bolsillo buscando la linterna.
—Acompáñame, Tony —dijo discretamente—. Quiero enseñarte algo.
—Lo encontraron aquí —dijo Rebus iluminando con la linterna las tablas del suelo—. Las piernas juntas, acostado de espaldas, los brazos extendidos. No creo que se quedara en esa posición por casualidad, ¿no te parece?
McCall analizó la escena. Ahora eran dos profesionales, actuando casi como extraños.
—¿Y la novia dice que lo encontró arriba?
—Así es.
—¿Tú la crees?
—¿Por qué iba a mentir?
—Hay un montón de razones, John. ¿La conozco?
—No lleva mucho tiempo en Pilmuir. Es un poco más mayor de lo que te imaginas, de unos veinticinco, quizá más.
—Así que Ronnie estaba muerto, lo trajeron hasta abajo y lo colocaron aquí con las velas y todo.
—Eso es.
—Empiezo a entender por qué necesitas encontrar al amigo interesado en el ocultismo.
—Correcto. Ahora ven y mira esto.
Rebus llevó a McCall hasta la pared del fondo y alumbró la estrella de cinco puntas, y luego la parte superior del muro.
—Hola Ronnie —leyó McCall en voz alta.
—Ayer no estaba.
—¿En serio? —McCall parecía sorprendido—. Fueron los niños, John, no le des más vueltas.
—Los niños no dibujan estrellas de cinco puntas.
—No, es cierto.
—Charlie dibujó la estrella.
—Sí. —McCall se metió las manos en el bolsillo y se puso recto—. Me has convencido, inspector. Vamos a cazar okupas.
Pero los pocos que encontraron no parecían saber nada, ni siquiera parecía importarles. Como dijo McCall, no era la mejor hora. Los okupas estaban en el centro, robando monederos, mendigando, robando en tiendas, trapicheando. Rebus aceptó a regañadientes que estaban perdiendo el tiempo.
Como McCall quería escuchar la cinta que Rebus había grabado de su entrevista con Tracy, se dirigieron a comisaría. McCall creía que en la grabación podría haber alguna pista que los conduciría hasta Charlie, algo que le ayudaría a encontrar al chaval, algo que a Rebus se le hubiera pasado por alto.
Rebus iba uno o dos peldaños por delante de McCall mientras subían cansados las escaleras que conducían a la robusta puerta de madera de la comisaría. Un oficial fresco arrancaba su turno tras el escritorio, luchando todavía con el cuello de su camisa y el clip de la corbata. Simple pero inteligente, pensó Rebus. Una solución simple pero inteligente. Todos los uniformados llevaban corbatas de clip, de modo que si en una lucha cuerpo a cuerpo el agresor tiraba del cuello del agente solo se quedaría con la corbata en las manos. Asimismo, las gafas del oficial sentado en su escritorio tenían unas lentes especiales, que al recibir un golpe se salían del marco sin romperse en pedazos. Simple pero inteligente. Rebus esperaba que el caso del yonqui crucificado fuera un caso simple.
Él no se sentía muy inteligente.
—Hola, Arthur —dijo al pasar por el escritorio—. ¿Algún mensaje para mí?
—Dame un momento, John. Acabo de llegar.
—Está bien.
Rebus se detuvo y se metió las manos en los bolsillos, y los dedos de su mano derecha tocaron algo extraño, metálico. Sacó el cierre del broche y lo examinó. Y se quedó petrificado.
McCall lo miraba perplejo.
—Ve subiendo —le dijo Rebus—. Yo iré enseguida.
—Como quieras, John.
Rebus regresó hasta el escritorio y le tendió la mano derecha al oficial.
—Hazme un favor, Arthur. Déjame tu corbata.
—¿Qué?
—Ya me has oído.
El oficial se quitó la corbata sabiendo que esa noche tendría algo que contar en el bar. El clip emitió un chasquido al desprenderse de la camisa. Simple pero ingenioso, pensó Rebus, sosteniendo la corbata entre los dedos.
—Gracias, Arthur —dijo.
—A disponer, John —dijo el oficial, siguiendo con la mirada a Rebus mientras se dirigía hacia la escaleras—. Lo que haga falta.
—¿Sabes qué es esto, Tony?
McCall estaba sentado en la silla de Rebus, detrás del escritorio. Tenía un puño metido en un cajón, y levantó la vista sobresaltado. Rebus sostenía la corbata frente a él. McCall asintió, sacando la mano del cajón. Empuñaba una botella de whisky.
—Es una corbata —dijo—. ¿Tienes vasos?
Rebus dejó la corbata sobre el escritorio. Se acercó al archivador y buscó entre todos los vasos abandonados y sucios que había ahí encima. Finalmente encontró uno que le pareció aceptable, y lo llevó a la mesa. McCall estaba leyendo la cubierta de un archivo depositado en el escritorio.
—«Ronnie» —leyó en voz alta—. «Tracy: llamada». Veo que tus notas son tan precisas como siempre.
Rebus le entregó el vaso.
—¿Dónde está el tuyo? —preguntó McCall señalando el vaso.
—No me apetece beber. Si te digo la verdad, apenas lo pruebo. —Rebus señaló la botella con la cabeza—. Es para los invitados. —McCall frunció los labios y abrió los ojos de par en par—. Además —continuó Rebus—, tengo un dolor de cabeza de padre y madre. Y de suegros. Y de niños, vecinos, de la ciudad y del campo. —Reparó en un sobre grande que había sobre el escritorio: fotografías. no doblar.
—¿Sabes, Tony?, cuando era oficial estas cosas tardaban días en llegar. Ser inspector es como ser de la realeza. —Abrió el sobre y sacó el juego de copias, de veinticinco por dieciocho, en blanco y negro. Le pasó una a McCall.
—Mira —dijo Rebus—, no hay nada escrito en la pared. Y la estrella está sin acabar. La terminaron hoy. —McCall asintió y le devolvió la fotografía. Rebus la recibió y le pasó otra—. El difunto.
—Pobre diablillo —dijo McCall—. Podría ser uno de nuestros hijos, ¿no crees, John?
—No —contestó Rebus con firmeza. Hizo un cucurucho con el sobre y se lo metió en un bolsillo de la chaqueta.
McCall había cogido la corbata. La agitó ante los ojos de Rebus, esperando una explicación.
—¿Alguna vez has llevado una de esas? —le preguntó Rebus.
—Claro, en mi boda, tal vez en un entierro o en un bautizo...
—Me refiero a una de estas, una corbata de clip. Recuerdo que cuando era niño a mi padre se le ocurrió que me quedaría bien una falda escocesa. Me compró el traje completo, que incluía una pequeña corbata a cuadros. Era de clip.
—Yo también he llevado una —dijo McCall—. Como todo el mundo. Todos hemos empezado desde abajo, ¿no es eso?
—No —dijo Rebus—. Ahora sal de mi maldita silla.
McCall se levantó para buscar otra silla, y la arrastró desde la pared hasta el escritorio. Mientras tanto Rebus tomó asiento, la corbata en su mano.
—Forman parte del uniforme.
—¿Qué cosa?
—Las corbatas de clip —dijo Rebus—. ¿Quién más las lleva?
—Hostias, John, yo qué sé.
Rebus le lanzó el clip a McCall, que no reaccionó a tiempo. La pieza cayó al suelo, y McCall la recogió.
—Es un clip de broche —dijo.
—Lo encontré en la casa de Ronnie —dijo Rebus—. En lo alto de la escalera.
—¿Y?
—Que a alguien se le rompió la corbata. Quizá ocurrió cuando estaban arrastrando a Ronnie escaleras abajo. Quizá sea de un agente.
—¿Crees que uno de los nuestros...?
—Es solo una suposición —dijo Rebus—. Desde luego, podría pertenecer a cualquiera de los chicos que encontraron el cadáver. —Extendió la mano y McCall le devolvió el clip—. Hablaré con ellos.
—John, qué demonios... —McCall prorrumpió en un sonido ahogado, incapaz de encontrar las palabras para preguntar lo que quería.
—Bébete un whisky —dijo Rebus atentamente—. Luego puedes escuchar la cinta y decidir si crees que Tracy dice la verdad.
—¿Qué vas a hacer?
—No lo sé. —Se guardó la corbata del oficial en el bolsillo—. Quizá consiga atar algunos cabos sueltos.
McCall se estaba sirviendo el whisky cuando Rebus salió del despacho, pero la frase final, pronunciada desde la escalera, fue lo bastante alta y clara como para que él la oyera.
—O quizá lo mande todo al diablo.
—Sí, es una simple estrella de cinco puntas.
El doctor Poole, psicólogo, aunque en realidad no era psicólogo, explicó, sino más bien profesor de psicología, que era una cosa muy distinta, estudiaba las fotografías con detenimiento, el labio inferior cubriendo el labio superior en un gesto de absoluta certeza. Rebus jugaba con el sobre vacío y miraba por la ventana del despacho. Hacía un día soleado, y algunos estudiantes estaban tumbados en los jardines de la Universidad George Square, compartiendo botellas de vino, los libros de texto completamente olvidados.
Rebus se sintió incómodo. Los centros de enseñanza superior, desde la universidad más básica hasta los actuales confines de la Universidad de Edimburgo, hacían que se sintiera estúpido. Sentía que cada movimiento, cada declaración, estaba siendo juzgada e interpretada, delatándole como a un hombre inteligente que, de haber tenido la oportunidad, podría haber sido más inteligente.
—Cuando regresé a la casa —dijo— alguien había dibujado símbolos entre los dos círculos. Signos del zodiaco, esa clase de cosas.
Rebus observaba al psicólogo, que fue hasta la estantería de los libros para echar una ojeada. Había sido fácil dar con este hombre. Sacar partido de él iba a ser más difícil.
—Puede que fueran los arcanos mayores —dijo el doctor Poole, encontrando finalmente la página que buscaba y llevando el libro a la mesa para enseñárselo a Rebus—. ¿Era algo así?
—Sí, eso mismo. —Rebus observó la ilustración detenidamente. La estrella no era idéntica a la que había visto, pero las diferencias eran mínimas—. Dígame, ¿hay mucha gente interesada en el ocultismo?
—¿En Edimburgo? —Poole volvió a tomar asiento, acomodándose las gafas sobre su nariz—. Ya lo creo. Muchísima. Solo tiene que ver los taquillazos que consiguen todas las películas de demonios.
Rebus sonrió.
—Sí, a mí también solían gustarme las películas de terror. Pero me refiero a si hay un interés activo.
El profesor sonrió.
—Sé a lo que se refiere. Estaba siendo irónico. Mucha gente cree que el ocultismo se trata de eso, de resucitar a Lucifer. Y hay mucho más que eso, créame, inspector. O mucho menos, dependiendo de su punto de vista.
Rebus trataba de entender el significado de todo lo que escuchaba.
—¿Conoce usted a ocultistas? —preguntó mientras tanto.
—Más bien sé de ocultistas que practican aquelarres de magia blanca y negra.
—¿Aquí? ¿En Edimburgo?
Poole volvió a sonreír.
—Oh, sí. Aquí mismo. Hay cinco asambleas de brujos en Edimburgo y alrededores. —Hizo una pausa, y Rebus casi pudo verlo haciendo un recuento mental—. Siete, quizá. Afortunadamente la mayoría son prácticas de magia blanca.
—Eso sería utilizar el ocultismo con un fin supuestamente benéfico, ¿verdad?
—Correcto.
—¿Y... la magia negra?
El profesor suspiró. De pronto se interesó por la escena que se contemplaba desde su ventana. Un día de verano. Rebus estaba recordando algo. Hacía mucho tiempo había comprado un libro de pinturas de H. R. Giger, en el que aparecía Satán flanqueado por putas vírgenes... No sabía por qué lo había comprado, pero lo cierto es que debía de tenerlo en alguna parte. Se acordó de cuando lo escondió de Rhona...
—Hay un aquelarre en Edimburgo —dijo Poole—. Uno de magia negra.
—Y dígame, ¿hacen... hacen sacrificios?
El doctor Poole se encogió de hombros.
—Todos hacemos sacrificios. —Pero al ver que Rebus no se reía con su chiste se enderezó en la silla, adoptando una expresión más seria—. Probablemente los hacen. Una rata, un ratón, un pollo. No creo siquiera que lleguen a tanto. Puede que usen algo simbólico, la verdad es que no lo sé.
Rebus tamborileaba los dedos sobre una de las fotografías desparramadas sobre el escritorio.
—En la casa donde encontramos esta estrella, también encontramos el cuerpo. Un cadáver, por si no le ha quedado claro. —A continuación sacó otras fotografías. El doctor Poole frunció el entrecejo mientras las contemplaba—. Muerto por sobredosis de heroína. Estaba tendido en el suelo con las piernas juntas y los brazos separados. El cuerpo entre dos velas consumidas. ¿Significa algo para usted?
Poole parecía horrorizado.
—No —respondió—. Pero usted cree que los satánicos...
—Yo no creo nada, señor. Solo estoy intentando unir las piezas, estudiar todas las posibilidades.
Poole se quedó pensando un instante.
—Uno de nuestros alumnos podría serle de más utilidad que yo. No tenía idea de que estábamos hablando de una muerte...
—¿Un estudiante?
—Sí. Apenas lo conozco. Parece muy interesado en el ocultismo. Este trimestre escribió un ensayo bastante largo y documentado sobre el tema. Quiere hacer un trabajo sobre el satanismo. Es un estudiante de segundo año. Tienen que presentar un proyecto al final del verano. Sí, tal vez él pueda ayudarle más que yo.
—¿Y se llama...?
—Bueno, no recuerdo su apellido en este momento. Por lo general se presenta por su nombre de pila. Charles.
—¿Charles?
—O quizá Charlie. Sí, Charlie, eso es.
El nombre del amigo de Ronnie. A Rebus se le erizaron los pelos de la nuca.
—Sí, Charlie —repitió Poole afirmándose—. Algo excéntrico. Puede que lo encuentre en uno de los centros estudiantiles. Creo que es adicto a esas máquinas de videojuegos...
No, máquinas de videojuegos no. Máquinas de pinball. Esas con las bolas extras y todos los truquillos y las recompensas que justificaban el juego. Charlie las adoraba. Era una adoración mucho más intensa por tardía. Después de todo tenía diecinueve años, la vida se pasaba volando, y él quería aferrarse a algo. El pinball no había formado parte de su adolescencia. Entonces se había dedicado a los libros y la música. Además, no había máquinas de pinball en su internado.
Ahora, liberado en la universidad, quería vivir. Y jugar al pinball. Y hacer todas las cosas que se había perdido durante los años absorbidos por los estudios, la escritura de ensayos llenos de sensibilidad y la introspección. Charlie quería correr más rápido de lo que nadie jamás había corrido, vivir no solo una vida sino dos o tres o cuatro. Cuando la bola plateada tocó la paleta izquierda, la envió hacia la parte superior del tablero con auténtica furia. Hubo una pausa mientras la bola se metía en uno de los cráteres para obtener puntos extras, lo que le permitió sumar mil más. Cogió su cerveza rubia, dio un trago y volvió a colocar los dedos sobre los botones. En diez minutos habría conseguido la puntuación más alta del día.
—¿Charlie?
Se dio la vuelta al oír su nombre. Error, un error de lo más ingenuo. Siguió jugando, pero ya era demasiado tarde. El hombre se dirigía hacia él caminando a grandes pasos. Un hombre serio. Un hombre que no sonreía.
—Me gustaría que intercambiáramos dos palabras, Charlie.
—Vale, ¿qué le parece carbohidrato? Siempre fue una de mis favoritas.
La sonrisa de Rebus duró menos de un segundo.
—Muy listo —dijo—. Es lo que nosotros llamamos una respuesta rápida.
—¿Nosotros?
—Departamento de Investigación Criminal. Inspector Rebus.
—Encantado.
—Lo mismo digo, Charlie.
—No, se equivoca. Yo no soy Charlie. Aunque él suele venir por aquí. Le diré que lo anda buscando.
Charlie estaba a punto de batir el récord, cinco minutos antes de lo previsto, cuando Rebus lo agarró del hombro y le dio la vuelta. No había más estudiantes en la sala de juegos, así que no dejó de apretarle el hombro mientras le hablaba.
—Eres casi tan gracioso como un sándwich de gusanos, Charlie, y la paciencia no es una de mis virtudes. Así que me disculparás si me vuelvo irritable, colérico y esas cosas.
—No me toque. —El rostro de Charlie había adquirido un nuevo brillo, pero no expresaba miedo.
—Ronnie —dijo Rebus, ahora con calma, soltando el hombro del chico.
Charlie se puso pálido.
—¿Qué pasa con él?
—Está muerto.
—Ya. —Su voz se volvió suave, los ojos desencajados—. Lo sé.
Rebus asintió.
—Tracy intentó encontrarte.
—Tracy. —Pronunció el nombre con odio—. Ella no tiene idea, no sabe nada. ¿Ha estado con ella? —Rebus asintió—. Menuda perdedora. Nunca entendió a Ronnie. Ni siquiera lo intentó.
Charlie hablaba y Rebus le descifraba. Tenía un acento escocés de colegio privado, lo que fue la primera sorpresa. Rebus no sabía con qué se iba a encontrar. Solo sabía que no se esperaba esto. Además, Charlie era un chico fornido, un producto de los entrenamientos de rugby. Tenía el pelo castaño y rizado, no demasiado largo, y vestía la tradicional indumentaria de verano de todo estudiante: zapatillas de deporte, vaqueros y una camiseta. La camiseta era negra, con las mangas desgarradas.
—Así que Ronnie se llevó el gordo, ¿eh? —dijo Charlie—. En fin, es una buena edad para morir. Vive rápido, muere joven.
—¿Tú quieres morir joven, Charlie?
—¿Yo? —Charlie se rió, un chillido agudo como el de un animal pequeño—. Ni hablar, yo quiero vivir hasta los cien años. No quiero morir nunca. —Miró a Rebus con un brillo en sus ojos—. ¿Y usted?
Rebus meditó la pregunta, pero no iba a responder. Estaba allí por trabajo, no para hablar del instinto suicida. El profesor, el doctor Poole, le había hablado de ello.
—Quiero que me digas todo lo que sabes acerca de Ronnie.
—¿Eso significa que va a llevarme para interrogarme?
—Como tú quieras. Podemos hablar aquí si lo prefieres...
—No, no. Quiero ir a la comisaría. Venga, lléveme allí. —Un súbito entusiasmo hizo que Charlie pareciera mucho más joven de lo que era. ¿Quién demonios quería que lo llevaran a la comisaría para ser interrogado?
De camino al aparcamiento Charlie se empeñó en caminar delante de Rebus, con las manos en la espalda y la cabeza gacha. Rebus se dio cuenta de que Charlie fingía que iba esposado. La imitación era buena y consiguió atraer todas las miradas. Alguien incluso llegó a gritarle «¡Cabrón!» a Rebus. Pero la palabra había perdido su sentido a lo largo de los años. Le habría molestado más que le desearan un viaje agradable.
—¿Puedo comprarle un par de estas? —preguntó Charlie mientras apreciaba las fotografías de su trabajo, de su estrella de cinco puntas.
La sala de interrogatorio era lúgubre. Se suponía que tenía que serlo. Pero Charlie se había instalado como si estuviera pensando en alquilarla.
—No —respondió Rebus encendiendo un cigarrillo. No se molestó en ofrecerle uno a Charlie—. Vamos a ver, ¿por qué pintaste eso?
—Porque es precioso. —Charlie seguía estudiando las fotografías—. ¿No le parece? Está lleno de significado.
—¿Hace cuánto que conocías a Ronnie?
Charlie se encogió de hombros. Por primera vez miró en dirección a la grabadora. Rebus le había preguntado si le importaba que lo grabara. Él se había encogido de hombros. Ahora parecía un poco dubitativo.
—Un año, tal vez —contestó—. Sí, un año. Lo conocí en la época de exámenes de primero. Fue entonces cuando empecé a interesarme por la Edimburgo más auténtica.
—¿La Edimburgo más auténtica?
—Sí. No la de los gaiteros en el castillo o la del Royal Miles, o la del monumento a Scott. —Rebus recordó las fotografías del castillo que había hecho Ronnie.
—Vi algunas fotos en la pared de la habitación de Ronnie. —Charlie arrugó la nariz.
—Dios, esas. Tenía la idea de convertirse en un fotógrafo profesional. Haciendo esas estúpidas fotos para postales. Aquello no duró mucho. Como la mayoría de los proyectos de Ronnie.
—Pero tenía una buena cámara.
—¿Qué? Ah, sí, su cámara. Sí, era su orgullo y su alegría.
Charlie se cruzó de piernas. Rebus le sostuvo la mirada, pero Charlie estaba ocupado observando las fotografías de la estrella de cinco puntas.
—¿Qué me estabas contando sobre la Edimburgo más auténtica?
—Deacon Brodie —continuó Charlie recuperando de pronto el interés—, Burke y Hare, pecadores justificados. Pero todo eso lo han convertido en una atracción turística, ya ve usted. Yo sabía que los bajos fondos todavía existían. Fue entonces cuando empecé a recorrer las urbanizaciones, Wester Hailes, Oxgangs, Craigmillar, Pilmuir. Y sin duda todo sigue estando allí, el pasado repitiéndose en el presente.
—¿Así que empezaste a merodear por Pilmuir?
—Sí.
—En otras palabras, te convertiste en un turista. —Rebus ya había conocido a gente de la especie de Charlie, aunque en una versión más vieja: el próspero hombre de negocios que se autodegrada por pura diversión, visitando lugares sórdidos en busca de una tos seca que le dé placer. No le gustaba la especie.
—¡Yo no era un turista! —La ira de Charlie asomó a la superficie, como una trucha que muerde el anzuelo—. Yo estaba allí porque quería estar allí, y allí me querían. —Su voz empezaba a sonar malhumorada—. Ese es mi lugar.
—No, hijo, no lo es, tu lugar está en una casa grande y lujosa con padres interesados en que vayas a la universidad.
—Chorradas. —Charlie empujó su silla hacia atrás y caminó hasta la pared, donde apoyó la cabeza. Por un instante Rebus pensó que podría estar a punto de golpearse para quedar inconsciente y luego demandarlo por brutalidad policial. Pero al parecer solo necesitaba una sensación fría sobre su rostro.
La sala de interrogatorio era sofocante. Rebus se había quitado la chaqueta. Se arremangó antes de apagar el cigarrillo.
—Muy bien, Charlie. —El chico ahora se mostraba más blando y flexible—. La noche de la sobredosis estuviste en la casa con Ronnie, ¿verdad?
—Sí. Estuve un rato.
—¿Quién más estaba allí?
—Tracy. Estaba allí cuando me fui.
—¿Alguien más?
—Un tipo vino a verlo por la tarde, más temprano. No se quedó mucho tiempo. Ya lo había visto antes con Ronnie un par de veces. Siempre que estaban juntos iban a su rollo.
—¿Crees que era su camello?
—No. Ronnie siempre se las apañaba para pillar. Bueno, hasta hace poco. En las últimas dos semanas lo tuvo difícil. Pero seguían estando juntos. Muy juntos, no sé si me entiende.
—Continúa.
—Rollo enamorados. Rollo gay.
—Pero... ¿y Tracy?
—Ya, ya, ¿pero eso qué demuestra, eh? Usted sabe de dónde sacan el dinero la mayoría de los adictos.
—¿De dónde? ¿De los robos?
—Sí, de los robos, los atracos, todo eso... Y de algún que otro negocio en Calton Hill.
Calton Hill, extensa, en rápido crecimiento, al este de Princes Street. Sí, Rebus sabía todo sobre Calton Hill y los coches aparcados casi toda la noche al pie de la colina, a lo largo de Regent Road. También sabía del cementerio Calton y lo que ocurría allí...
—¿Dices que Ronnie era chapero?
La frase sonaba ridícula dicha en voz alta. Como un rumor de tabloide.
—Digo que a veces merodeaba por allí con muchos otros chicos, y digo que siempre tenía dinero al acabar la noche. —Charlie se atragantó—. Dinero y algunos cardenales.
—Dios mío. —Rebus añadió esta información a lo que se estaba convirtiendo en un pequeño informe mugriento en su cabeza. ¿Cuán bajo se podía caer por un chute? La respuesta era: hasta el final. Y más allá. Encendió otro cigarrillo.
—¿Lo sabes de verdad?
—No.
—Por cierto, ¿Ronnie era de Edimburgo?
—De Stirling.
—¿Y cuál era su apellido?
—McGrath, creo.
—Y este tío del que era muy amigo, ¿sabes su nombre?
—Se llama Neil. Ronnie lo llamaba Neilly.
—¿Neilly? ¿Crees que se conocían desde hace tiempo?
—Sí, desde hace bastante. Un mote como ese es una señal de afecto, ¿no? —De repente Rebus observó a Charlie admirado—. No estudio psicología por casualidad, inspector.
—Ya. —Rebus comprobó que al casete todavía le quedara cinta—. Descríbeme físicamente a ese Neil, ¿te animas?
—Alto, flaco, de pelo corto castaño. Un tipo limpio con bastantes granos en la cara. Normalmente vestía tejanos y cazadora vaquera. Y llevaba una mochila negra.
—¿Alguna idea de lo que podía llevar dentro?
—Creo que solo ropa.
—Vale.
—¿Algo más?
—Hablemos de la estrella. Alguien ha regresado a la casa y ha seguido pintando después de que se hicieran estas fotografías.
Charlie no dijo nada, aunque tampoco se mostró sorprendido.
—Fuiste tú, ¿no es así?
Charlie asintió.
—¿Cómo entraste?
—Por la ventana de abajo. Esas tablillas de madera no dejarían fuera ni a un elefante. Es como una puerta extra. Mucha gente solía entrar en la casa por ahí.
—¿Por qué regresaste?
—No estaba acabado, ¿verdad? Quería añadir los símbolos.
—Y el mensaje.
Charlie sonrió para sí mismo.
—Sí, el mensaje.
—Hola Ronnie —citó Rebus—. ¿Qué querías decir con eso?
—Simplemente eso. Su espíritu permanece en la casa, su alma sigue allí. Solo quería saludarlo. Me había sobrado un poco de pintura. Además, pensé que podría darle un susto a alguien.
Rebus recordó el susto que se había llevado al ver la pintada. Sintió que las mejillas se le enrojecían, pero lo disimuló con otra pregunta.
—¿Te acuerdas de las velas?
Charlie asintió, aunque empezaba a impacientarse. Ayudar a la policía en sus investigaciones no era tan divertido como se había imaginado.
—¿Qué hay de tu proyecto? —preguntó Rebus, cambiando de tercio.
—¿Qué hay?
—Es sobre satanismo, ¿no es así?
—Puede que sí. Todavía no lo he decidido.
—¿Qué aspecto del satanismo?
—No lo sé. Tal vez la mitología popular. Cómo los antiguos miedos se convierten en nuevos miedos, algo por el estilo.
—¿Sabes algo de los aquelarres de Edimburgo?
—Conozco gente que dice haber estado en alguno.
—Pero nunca has estado en ninguno.
—No, no he tenido la suerte. —De pronto Charlie pareció reanimarse—. Oiga, ¿qué es todo esto? Ronnie murió de sobredosis. Ya es historia. ¿Por qué todas estas preguntas?
—¿Qué puedes decirme de las velas?
Charlie estalló.
—¿Qué quiere saber de las velas?
Rebus era todo calma. Exhaló el humo antes de responder.
—Había velas en la sala.
Estaba a punto de decirle a Charlie algo que Charlie no parecía saber. Durante todo el interrogatorio había estado trazando círculos concéntricos que confluían en ese momento.
—Sí, así es. Unas velas grandes. Ronnie las compró en una tienda especializada en velas. Le encantaban las velas. Le daban a la casa cierto ambiente.
—Tracy encontró a Ronnie en su habitación. Ella cree que ya estaba muerto. —La voz de Rebus se tornó más silenciosa, y casi tan plana como el escritorio—. Pero mientras nos telefoneaba y un agente llegaba a la casa, alguien llevó el cuerpo de Ronnie abajo. Estaba tendido entre dos velas que se habían consumido por completo.
—En cualquier caso, cuando yo me fui ya no quedaba mucho de esas velas.
—¿A qué hora te fuiste?
—Justo antes de medianoche. Se decía que había una fiesta en el barrio. Pensé que sería bien recibido.
—¿Cuánto tiempo le quedarían a esas velas para consumirse?
—Una o dos horas. No tengo ni idea.
—¿Cuánta heroína le quedaba a Ronnie?
—Hostias, no lo sé.
—Vale, ¿cuánto utilizaba normalmente en una dosis?
—De verdad que no lo sé. Yo no consumo, ¿sabe? Odio esa mierda. Tenía dos amigos en el instituto. Ambos están en clínicas de rehabilitación.
—Eso les hará bien.
—Como ya le dije, Ronnie no había podido pillar nada durante días. Estaba un poco desquiciado, casi al límite. Y aquel día regresó con algo. Fin de la historia.
—¿Es que no hay bastante heroína por ahí?
—Por lo que yo sé, hay mucha. Pero no se moleste en pedirme nombres.
—Si había tanta, ¿por qué le fue tan difícil conseguir algo a Ronnie?
—No tengo ni idea. Ni siquiera él lo sabía. Era como si de pronto hubiera empezado a tener mala suerte. Luego volvió la buena suerte, y consiguió aquella bolsa.
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