Читать книгу: «Causas mortales»
Título original: Mortal Causes
© John Rebus Ltd., 1994.
© de la traducción: Antonio Padilla Esteban, 2015.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO914
ISBN: 9788490566701
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
AGRADECIMIENTOS
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IAN RANKIN JOHN REBUS
IAN RANKIN MALCOLM FOX
NOTAS
AGRADECIMIENTOS
Son muchas las personas que me han ayudado en este libro. Me gustaría darle las gracias a la gente de Irlanda de Norte por su generosidad y por su vitalidad. Tengo que agradecer en particular la colaboración de unas cuantas personas cuyos nombres no puedo dar o a quienes no les gustaría que los diese. Vosotros sabéis quiénes sois.
Gracias también a: Colin y Liz Stevenson, por intentarlo; a Gerald Hammond, por su conocimiento de las armas; a los funcionarios de la policía de la ciudad de Edimburgo y de la Lothian y Borders, que nunca parecen molestarse por las historias que cuento de ellos; a David y a Pauline, por su ayuda con el Festival.
El mejor libro sobre la cuestión de los grupos paramilitares protestantes es el del profesor Steve Bruce, The Red Hand (Oxford University Press, 1992). Una cita de este libro: «No puede hablarse de un “problema de Irlanda del Norte” para el que existe una solución. Lo que hay es un conflicto en el que habrá ganadores y perdedores».
La acción de Causas mortales tiene lugar en un verano ficcionalizado, el de 1993, antes del atentado con bomba en Shankill Road y su sangrienta resaca.
¿Quizá la terrible incapacidad de Edimburgo para hablar a las claras,
el silencio de Edimburgo sobre lo que tendría que decir,
no es sino el silencio que precede a la tormenta,
ahora que el estallido liberador es tan opresivamente inmediato?
HUGH MCDIARMID
We’re gonna be just dirt in the ground.
TOM WAITS
Ya podía gritar todo lo que quisiera.
Se encontraban bajo tierra, en un lugar que no conocía, un lugar viejo y frío pero iluminado con electricidad. Y lo estaban sometiendo a un castigo. La sangre le corría por el cuerpo hasta caer en el suelo de tierra. Podía oír unos sonidos semejantes a voces lejanas, algo que estaba más allá de la respiración de los hombres que lo rodeaban. Unos fantasmas, se dijo. Gritos y risas, los sonidos propios de una buena noche de farra por la calle. Pero tenía que estar equivocado: la noche le estaba yendo muy mal.
Los desnudos dedos de los pies apenas alcanzaban a tocar el suelo. Los zapatos se le habían salido y quedado atrás cuando lo bajaron a rastras por las escaleras de piedra. Los calcetines no tardaron en correr la misma suerte. Era presa del dolor, pero el dolor podía remediarse. El dolor no era eterno. Se preguntó si podría volver a caminar. Se acordó del momento en que el cañón de la pistola le tocó la parte posterior de la rodilla, enviando ondas de energía pierna arriba y pierna abajo.
Tenía los ojos cerrados. Sabía que, en caso de abrirlos, vería las salpicaduras de su propia sangre en la pared encalada, la pared que daba la impresión de arquearse en su dirección. Los dedos de los pies seguían moviéndose contra el suelo, acariciando la sangre cálida. Cada vez que trataba de hablar sentía que la cara se le resquebrajaba, por efecto de las lágrimas saladas y el sudor reseco.
Qué rara era la forma que tu vida podía adoptar. De niño a lo mejor te querían, pero luego igual resultabas ser una mala persona. O tal vez tus padres eran unos monstruos, pero después crecías puro. Su vida no había sido ni lo uno ni lo otro. O, mejor dicho, había sido las dos cosas, pues le habían querido y le habían vuelto la espalda en igual medida. Tenía seis años y estaba estrechándole la mano a un hombre corpulento. Entre ambos debería haberse dado mayor afecto, pero no resultó ser el caso, por las razones que fueran. Tenía diez años y su madre parecía estar exhausta mientras lavaba los platos encorvada sobre el fregadero. Sin advertir que él estaba en el umbral, se detuvo para que sus manos descansaran sobre el borde del fregadero. Tenía trece años y lo estaban iniciando como miembro de la primera de las pandillas. Sacaron una baraja de naipes y le despellejaron los nudillos con el borde del mazo. Se turnaron a la hora de hacerlo, los once de la pandilla. Le dolió hasta que consideraron que ya era miembro de pleno derecho.
Resonaron unas pisadas que se arrastraban. Y el cañón de la pistola se cernió sobre su nuca, y envió nuevas ondas por su cuerpo. ¿Cómo era posible que algo pudiera ser tan frío? Respiró con fuerza; sentía el esfuerzo en los omóplatos. No podía haber un dolor más intenso que el que sentía en ese momento. Notó una respiración trabajosa junto a su oído y, a continuación, las palabras resonaron otra vez:
—Nemo me impune lacessit.
Abrió los ojos y vio a los fantasmas. Estaban en una taberna llena de humo, sentados a una larga mesa rectangular, levantando las copas de vino o cerveza. Una mujer joven estaba repantigada en el regazo de un hombre con una sola pierna. Las copas tenían tallo, pero no base; era imposible dejarlas en la mesa sin haberlas apurado antes. Estaban haciendo un brindis. Los elegantes se entremezclaban con los mendigos. No había divisiones, no en la penumbra de la taberna. En ese momento todos le miraron e hizo lo posible por sonreír.
Sintió —pero no oyó— el estallido final.
1
Tal vez se tratase de la peor noche de sábado del año entero, y por esa razón al inspector John Rebus le había tocado el turno de guardia. Dios estaba en su cielo, vigilándolo todo. Esa tarde se había jugado el derbi futbolístico, los Hibs contra los Hearts en el estadio de Easter Road. Los hinchas que volvían hacia el barrio oeste y más allá habían hecho parada en el centro de la ciudad para beber en exceso y disfrutar de algunas de las imágenes y sonidos del Festival.
El Festival de Edimburgo era la cruz con que Rebus tenía que cargar. Se había pasado años haciéndole frente, tratando de evitarlo, maldiciéndolo y viéndose atrapado por él. Había quienes decían que el Festival no terminaba de encajar con el carácter de Edimburgo, una ciudad que durante la mayor parte del año daba la impresión de ser un tanto mortecina, moderada y refrenada. Eran tonterías; la historia de Edimburgo estaba preñada de comportamientos licenciosos y escandalosos. Pero el Festival, y el Festival Fringe, eran otra cosa. El Festival y el Fringe se nutrían del turismo, y con los turistas siempre llegaban los problemas. Los carteristas y los ladrones especializados en el robo con escalo acudían a la ciudad como si en ella estuviera celebrádose una convención de su gremio, mientras que los hinchas futbolísticos, que por lo general se mantenían alejados del centro urbano, de pronto se convertían en sus más apasionados defensores y les buscaban las cosquillas a los invasores forasteros sentados en las terrazas de los cafés muy a la moda diseminados a lo largo de High Street.
Cabía la posibilidad de que esa noche estallaran enfrentamientos entre unos y otros.
—En la calle hay un follón de mil demonios —acababa de comentar un agente, mientras descansaba un momento en la cantina.
Rebus no lo dudaba ni lo más mínimo. Los inspectores de paisano del Departamento de Investigación Criminal se presentaban con nuevos detenidos cada dos por tres, y las celdas estaban llenándose de manera sostenida. Harta de su marido borracho, una mujer le había metido los dedos en la picadora de carne de la cocina. Alguien estaba dedicándose a taponar con pegamento extrafuerte las ranuras de salidas de billetes de los cajeros automáticos; luego regresaba, las desatascaba con un martillo y un cincel y se quedaba con el dinero. En la zona de Princes Street se habían producido varios tirones de bolsos. Y la Banda de la Lata estaba volviendo a las andadas.
Los miembros de la Banda de la Lata utilizaban una fórmula muy sencilla. Se apostaban en las paradas de autobús y ofrecían un trago de su lata de cerveza o refresco. Todos eran hombretones de aspecto amenazador, de forma que la víctima siempre aceptaba el ofrecimiento de beber, sin saber que en la cerveza o refresco había pastillas machacadas de Mogadon u otros sedantes de efecto rápido. Cuando la víctima perdía el conocimiento, los pandilleros se hacían con su dinero y pertenencias de valor. Uno se despertaba con la cabeza como un bombo o, en el caso más grave, sometido a un lavado de estómago en el hospital. Y también se despertaba con los bolsillos vacíos.
A todo esto, se había producido una nueva amenaza de bomba, pero con la particularidad de que en aquella ocasión no se la habían comunicado a la emisora Lowland Radio, sino a un periódico. Rebus se había pasado por la redacción para tomarle declaración al periodista que había atendido la llamada. La redacción era un pandemonio de críticos encargados de cubrir el Festival y el Fringe y ocupados en escribir sus reseñas. El periodista leyó sus notas y explicó:
—El que llamó se limitó a decir que o suspendíamos el Festival o lo lamentaríamos.
—¿Le parece que hablaba en serio?
—Sí. Ya lo creo que sí.
—¿Tenía acento irlandés?
—Es la impresión que tuve.
—¿No era un acento irlandés de pega?
El periodista se encogió de hombros. Le corría prisa redactar algún artículo, de forma que Rebus le dejó que se ocupara de lo suyo. Era la tercera llamada en una semana y todas ellas amenazaban con una bomba o con perturbar el desarrollo del Festival de alguna otra manera. La policía se estaba tomando en serio la amenaza. ¿Acaso podía permitirse otra cosa? Por el momento no se había informado a los turistas, pero sí que se había recomendado a los diferentes locales y recintos que hicieran comprobaciones de seguridad antes y después de cada actuación.
De vuelta en St Leonard’s, Rebus informó de lo sucedido al comisario jefe y se puso a acabar el papeleo pendiente. Masoquista como era, disfrutaba bastante con el turno de los sábados. Uno veía las muchas caras de la ciudad. Y podía asomarse a atisbar el alma gris de Edimburgo. El pecado y el mal no eran negros —asunto sobre el que en cierta ocasión había debatido con un sacerdote—, sino de un impersonal tono gris. Uno lo veía a lo largo de toda la noche, en los grisáceos rostros inquisitivos de los malhechores y de los resentidos, de los maridos que les pegaban a sus mujeres, de los adolescentes que tiraban de cuchillo. Miradas vacías, desprovistas de toda inquietud que no tuviera que ver con la propia persona. Y uno rezaba, si era John Rebus, rezaba por que el menor número posible de personas tuviera que conocer tan de cerca esa gigantesca mediocridad grisácea.
Y uno luego iba a la cantina y bromeaba con los compañeros, con una sonrisa postiza en el rostro, estuviera escuchando o no.
—Inspector, ¿conoce el chiste del calamar con bigote que entra en un restaurante y...?
Rebus dejó de oír el chiste del agente y se volvió hacia su teléfono, que estaba sonando.
—Inspector Rebus.
Escuchó un momento y la sonrisa se esfumó de su cara. Colgó y echó mano a la chaqueta colgada del respaldo de la silla.
—¿Malas noticias? —preguntó el agente.
—No lo sabes bien, hijo mío.
High Street estaba atestada de gente, sobre todo de mirones y curiosos. Por todas partes surgían jóvenes que trataban de insuflar entusiasmo por las producciones del Fringe en las que estaban colaborando. ¿Colaborando? Lo más probable era que fuesen los protagonistas de dichas obras. No hacían más que poner folletos en unas manos ya de por sí llenas de papeles semejantes.
—Solo por dos libras. ¡Lo mejor que se puede ver en el Fringe!
—¡No verá otro espectáculo igual!
Había malabaristas, así como personas con las caras pintadas y una cacofonía de disonancias musicales. ¿En qué otro punto del globo podía darse una infernal barahúnda de músicos ambulantes pertrechados con gaitas, banjos y mirlitones?
Los lugareños decían que aquella edición del Festival estaba resultando más tranquila que la anterior. Decían lo mismo todos los años. Rebus se preguntó si alguna vez se habría producido algún momento culminante de verdad. Por su parte, lo encontraba más que suficientemente animado.
La noche era cálida, pero llevaba cerrada la ventanilla del coche. Incluso así, mientras avanzaba poco a poco por la calle adoquinada, la gente insistía en poner folletos bajo los limpiaparabrisas, con lo que le dificultaban la visibilidad. Su cara de malas pulgas no le servía de nada ante las indestructibles sonrisas de todos aquellos estudiantes de arte dramático. Eran las diez y el sol apenas acababa de ponerse; era lo bueno del verano escocés. Trató de imaginarse en una playa desierta o agazapado en lo alto de una montaña, a solas con sus pensamientos. Pero ¿a quién estaba tratando de engañar? John Rebus siempre estaba a solas con sus pensamientos. Y en lo que en este momento estaba pensando era en tomarse una copa. Los bares tardarían una o dos horas en cerrar, a no ser que hubieran solicitado —y obtenido— uno de los permisos para cerrar tarde que a veces se concedían como gesto de deferencia durante el Festival.
Se encaminaba hacia el imponente edificio City Chambers, situado al otro lado de la catedral de Saint Giles. Bastaba con salir de High Street y cruzar bajo uno o dos arcos de piedra para llegar al pequeño aparcamiento al aire libre enclavado frente al propio City Chambers. Había un agente uniformado de guardia bajo uno de los arcos. Reconoció a Rebus, asintió con un cabeceo y dio un paso atrás para dejarlo pasar. Rebus aparcó su automóvil junto a un coche patrulla, apagó el motor y salió.
—Buenas noches, señor.
—¿Dónde está?
El agente señaló con la cabeza una puerta cercana a uno de los arcos, inscrita en una pared lateral del edificio. Echaron a andar hacia allí. Una mujer joven estaba de pie junto a la puerta.
—Inspector —dijo.
—Hola, Mairie.
—Le he dicho que se fuera, señor —se disculpó el agente.
Mairie Henderson no le hizo caso. Tenía la mirada fija en Rebus.
—¿Qué es lo que pasa?
Rebus le guiñó un ojo.
—La logia, Mairie. Ya se sabe que las reuniones siempre las hacemos en secreto. —Mairie frunció el ceño—. Bueno, pues deme una oportunidad. Supongo que va a ver alguno de los espectáculos, ¿no?
—Iba a hacerlo. Hasta que me fijé en todo ese follón.
—El sábado es tu día libre, ¿no?
—Los periodistas no tenemos días libres, inspector. ¿Qué hay al otro lado de la puerta?
—La puerta tiene unos paneles de cristal, Mairie. Compruébalo tú misma.
Pero a través de los cristales tan solo se veía un estrecho rellano con unas puertas al otro lado. Una de ellas estaba abierta y permitía atisbar unas escaleras que descendían. Rebus se volvió hacia el agente.
—Tratemos de acordonar bien la zona, compañero. Por donde están los arcos, para mantener alejados a los turistas antes de que empiecen los espectáculos. Pida refuerzos por radio, si hace falta. Discúlpame, Mairie.
—¿Entonces sí que va a haber espectáculo?
Rebus pasó junto a ella y abrió la puerta. Entró y la cerró a sus espaldas. Enfiló las escaleras, que estaban iluminadas por una bombilla solitaria. Al frente se oían voces. Al llegar al primer descansillo, torció por una esquina y se acercó al grupo. Dos muchachas adolescentes y un joven, sentados o acuclillados en el suelo. De pie, a su lado, se encontraban un agente uniformado y un hombre a quien Rebus reconoció como un médico de la zona. Todos lo miraron al llegar.
—Este es el inspector —indicó el agente a los jóvenes—. Bueno, ahora mismo vamos para allí. Vosotros tres, quedaos donde estáis.
Rebus pasó junto a los adolescentes y vio que el médico se los quedaba mirando con preocupación. Hizo un guiño y le dijo que se repondrían. El médico no parecía estar tan seguro.
Los tres hombres enfilaron el segundo tramo de las escaleras. El agente llevaba una linterna en la mano.
—Hay luz eléctrica —explicó—, pero un par de bombillas no funcionan.
Echaron a andar por un pasillo angosto. El techo, bajo, se veía aún más disminuido por los conductos de ventilación, calefacción y demás. Por el suelo había tubos de andamio sin montar. Bajaron por unas escaleras recién instaladas.
—¿Sabe dónde estamos? —preguntó el agente.
—Mary King’s Close —contestó Rebus.
Tampoco era que hubiese estado allí abajo, no exactamente. Pero sí que había estado en otras viejas calles subterráneas similares, todas ellas bajo High Street. Y sabía de la existencia de Mary King’s Close.
—La leyenda dice que en el siglo XVII hubo una epidemia de peste —le contó el agente—, y que los habitantes murieron o se marcharon para siempre. Y luego se declaró un incendio. Así que bloquearon los dos extremos de la calle. Y cuando la reconstruyeron, lo hicieron sobre la misma calle en ruinas. —Con la linterna iluminó el techo, que en ese punto estaba a tres o cuatro pisos de altura—. ¿Ven esa gran losa de mármol? Es el suelo de City Chambers. —Sonrió—. El año pasado me apunté a la visita guiada.
—Increíble —repuso el médico. Se volvió hacia Rebus y añadió—: Soy el doctor Galloway.
—Y yo el inspector Rebus. Gracias por haber venido tan rápido.
El médico hizo caso omiso y dijo:
—Usted es amigo de la doctora Aitken, ¿verdad?
Ah... Patience Aitken. En ese momento estaría en casa, con las piernas cruzadas en el sofá, con uno de sus gatos y un libro edificante en el regazo, mientras en la sala sonaba música clásica aburrida. Rebus asintió con un cabeceo.
—Compartimos consulta durante un tiempo —le aclaró el doctor Galloway.
Habían llegado a Mary King’s Close, una calle estrecha y bastante empinada emplazada entre edificaciones de piedra. Un tosco canalillo de desagüe corría por un lado de la calle. Había pasillos que llevaban a pequeños recintos en sombras. Según el agente, en uno de ellos había una panadería, cuyos hornos estaban intactos. El agente estaba comenzando a poner a Rebus de los nervios.
Había más conductos y cañerías, tramos de cable eléctrico. El extremo más alejado de la calle aparecía bloqueado por el hueco de un ascensor. Había indicios de reformas por todas partes: sacos de cemento, andamios, cubos y palas. Rebus señaló una lámpara de arco voltaico.
—¿Podemos encenderla?
El agente supuso que sí. Rebus miró en derredor. El lugar no era particularmente húmedo o frío; tampoco se veían telarañas. El aire daba la impresión de ser fresco. Y, sin embargo, se encontraban a tres o cuatro pisos por debajo de la superficie. Rebus cogió la linterna e iluminó una puerta abierta. Al final del pasillo se veía un retrete, con la tapa de madera levantada. La siguiente puerta daba a una gran estancia abovedada, con las paredes encaladas y el suelo de tierra.
—Es la vinatería —indicó el agente—. La puerta de al lado corresponde a la carnicería.
Así era. La sala también era abovedada, con las paredes encaladas y el piso de tierra. Pero de su techo pendían numerosos ganchos de hierro, ennegrecidos y gastados, que en su momento habían servido para colgar la carne.
De uno de ellos seguía colgando carne.
Era el cuerpo sin vida de un hombre joven. Tenía el pelo liso y oscuro, pegado a la frente y el cuello. Le habían atado las manos, y la soga pendía de un gancho, de tal forma que el cadáver colgaba estirado al máximo, con los nudillos cerca del techo y las puntas de los pies rozando el suelo. También le habían amarrado los tobillos. Había sangre por todas partes, como subrayó el repentino encendido de la lámpara de arco voltaico, que proyectó luces y sombras por el techo y las paredes. Se respiraba un ligero olor a putrefacción, pero gracias a Dios no había moscas. El doctor Galloway tragó saliva, y su nuez pareció querer batirse en retirada; al momento dio un paso atrás y empezó a vomitar. Rebus trató de calmar los latidos de su corazón. Caminó en torno al cadáver, manteniendo las distancias por el momento.
—Cuénteme —repuso.
—Verá, señor —comenzó el agente—. Los tres jóvenes de arriba tuvieron la idea de bajar aquí. El lugar lleva un tiempo cerrado a las visitas, desde que empezaron las obras de reforma, pero igualmente les dio por bajar. Se cuentan muchas historias de fantasmas en relación con este lugar. Se habla de perros sin cabeza y...
—¿Cómo consiguieron la llave?
—El tío abuelo del chaval es uno de los guías de las visitas para turistas. Está jubilado, pero antes era arquitecto, urbanista o algo por el estilo.
—Así que vinieron en busca de fantasmas y se encontraron con esto.
—Justamente, señor. Volvieron corriendo a High Street y se tropezaron conmigo y con el agente Andrews. Al principio pensamos que nos estaban tomando el pelo.
Rebus ya no estaba escuchando. Cuando volvió a hablar, no se dirigió al agente.
—Pobre cabrón... Mira lo que te han hecho.
Aunque aquello era contrario a las normas, se acercó y tocó el pelo del muchacho. Seguía estando ligeramente húmedo. Lo más probable era que hubiese muerto el viernes por la noche, lo que significaba que se había pasado el fin de semana colgado de ese lugar, el tiempo suficiente para que cualquier posible indicio o pista se enfriaran tanto como sus propios huesos.
—¿Qué le parece, señor?
—Disparos. —Rebus miró las salpicaduras de sangre en la pared—. Un arma con balas de alta velocidad. Le dispararon en la cabeza, en los codos, en las rodillas y en los tobillos. —Respiró hondo y concluyó—: Le han aplicado lo que llaman «un paquete de seis».
Se oyeron unas pisadas que llegaban por la calle subterránea, acompañadas por el inestable haz de luz de otra linterna. Dos figuras aparecieron en el umbral, con las siluetas recortadas por la lámpara de arco voltaico.
—Tómeselo con un poco de calma, doctor Galloway —le dijo un vozarrón masculino a la figura acuclillada junto a la pared.
Rebus sonrió al reconocer aquella voz.
—Cuando quiera, doctor Curt —lo invitó.
El patólogo forense entró en la sala y le estrechó la mano a Rebus.
—La ciudad subterránea es toda una sorpresa.
Su acompañante, una mujer, se acercó.
—¿Ustedes dos se conocen? —El doctor Curt estaba hablando como lo haría el anfitrión en una fiesta—. Inspector Rebus, le presento a la señora Rattray, de la fiscalía.
—Caroline Rattray.
La mujer le estrechó la mano a Rebus. Era alta, tan alta como aquellos dos hombres, con el cabello largo y oscuro recogido en la nuca.
—Caroline y yo estábamos cenando después del ballet cuando nos llegó la llamada —explicó Curt—. De forma que pensé en venir con ella y matar dos pájaros de un tiro... Es una forma de hablar.
Curt exudaba aromas a buena comida y buena bebida. Tanto ella como la ayudante del fiscal iban vestidos para salir de noche, si bien la chaquetilla de Caroline Rattray ahora mostraba algunas blancas manchas de polvo de yeso. Rebus se acercó para limpiarle el polvo de la prenda, y en ese momento la mujer vio el cadáver por primera vez. Apartó la mirada de inmediato. Rebus lo comprendió. Sin embargo, Curt se estaba acercando al muerto como si de otro invitado a la fiesta se tratara. Se detuvo y se calzó unos chanclos de plástico sobre los zapatos.
—Siempre llevo algún que otro par en el coche —explicó—. Nunca se sabe cuándo vas a necesitarlos.
Se acercó al cuerpo, examinó la cabeza un momento y se giró hacia Rebus.
—El doctor Galloway lo ha visto bien, ¿verdad?
Rebus asintió con un lento cabeceo. Sabía lo que llegaría a continuación. Había visto a Curt examinar cuerpos decapitados, cuerpos destrozados y cuerpos que eran poco más que torsos o se habían fundido hasta adquirir la consistencia de la manteca, y el patólogo siempre decía lo mismo.
—El pobrecito está muerto.
—Gracias por la información.
—Supongo que los refuerzos están en camino, ¿verdad?
Rebus asintió con un cabeceo. Los refuerzos estaban en camino. Una furgoneta, para empezar, con todo lo necesario para la investigación inicial de la escena del crimen. Funcionarios de la policía, luces y cámaras, bolsas para recogida de pruebas y, por supuesto, una bolsa de cadáveres. En ocasiones también venía un equipo del departamento forense, cuando la causa de la muerte resultaba muy poco clara o la escena del crimen estaba hecha un desastre.
—Supongo —aventuró Curt— que la representante de la fiscalía convendrá en que hay indicios de asesinato, ¿no es así?
Rattray asintió con la cabeza, obstinándose en no mirar.
—Bueno, está claro que no ha sido un suicidio —comentó Rebus.
Caroline Rattray se giró hacia la pared, pero, al encontrarse ante las salpicaduras de sangre, apenas tardó un instante en dirigirse al umbral, donde el doctor Galloway se limpiaba la boca con un pañuelo.
—Será mejor que llame para que me traigan las herramientas. —Curt estaba estudiando el techo—. ¿Alguien tiene idea de lo que este lugar era antes?
—Una carnicería, señor —respondió el agente, muy contento de poder ayudar—. Al lado había una vinatería y varias viviendas. Todavía se puede entrar en ellas. —Se volvió hacia Rebus—. Señor, ¿qué es eso de un paquete de seis?
—¿Un paquete de seis? —repitió Curt.
Rebus se quedó mirando el cadáver colgado del techo.
—Es un tipo de castigo —explicó con voz pausada—. Aunque la idea es que la víctima no llegue a morir. ¿Qué es eso que hay en el suelo?
Señaló allí donde los dedos de los pies del muerto rozaban el suelo plagado de manchas oscuras.
—Parece que las ratas han estado mordisqueando los dedos de los pies —repuso Curt.
—No, no me refiero a eso.
En la tierra había unos surcos poco profundos, tan anchos que solo podía haberlos labrado un pie humano muy grande. Era posible distinguir cuatro letras toscamente escritas de ese modo.
—¿Qué es lo que pone? ¿Neno...? ¿Nemo?
—También podría ser Memo —sugirió el doctor Curt.
—El capitán Nemo —dijo el agente—. El protagonista de Veinte mil leguas de viaje submarino.
—De Julio Verne —convino Curt.
El agente negó con la cabeza.
—No, señor. De Walt Disney —replicó.
2
El domingo por la mañana, Rebus y la doctora Patience Aitken decidieron olvidarse de todo y quedarse en la cama. Rebus salió un momento a comprar cruasanes y periódicos en la tienda de la esquina y desayunaron con la bandeja sobre los edredones, leyendo estas y aquellas secciones de los periódicos, y haciendo caso omiso de muchas de ellas.
No se mencionaba el macabro hallazgo efectuado en Mary King’s Close la noche anterior. La noticia se había dado a conocer demasiado tarde como para publicarse. Pero Rebus sabía que algo dirían en los noticiarios radiofónicos locales, de forma que —por una vez en la vida— se alegró de que Patience pusiera una emisora de música clásica en la radio de la mesita de noche.
Rebus tendría que haber terminado el turno a la medianoche, pero un asesinato tendía a trastocar el sistema de turnos. Cuando investigabas un asesinato dejabas de trabajar cuando podías hacerlo de manera razonable. Rebus se había quedado hasta las dos de la madrugada trabajando en asuntos relativos al cuerpo hallado en Mary King’s Close. Había hablado con el inspector jefe y con el comisario jefe, al tiempo que se había mantenido en contacto con la comisaría de Fettes, a la que estaba asignada el equipo forense. El inspector de segunda Flower no hacía más que decirle que se fuera a casa de una vez. Un consejo que Rebus acabó por seguir.
El verdadero problema de los turnos extraordinarios era que Rebus luego no dormía bien. Había logrado hacerlo durante cuatro horas después de llegar y con cuatro horas de sueño debería bastarle. Pero resultaba cálido y agradable meterse en la cama de madrugada y apretarse contra el cuerpo que llevaba horas durmiendo en ella. Y todavía más agradable resultaba echar al gato del lecho para ocupar su lugar.
Antes de irse a dormir, Rebus se había tomado un vaso hasta arriba de whisky. Se dijo que lo hacía por motivos puramente medicinales, si bien tuvo cuidado de limpiar el vaso y dejarlo donde estaba, con la esperanza de que Patience no se diera cuenta. Patience solía quejarse a menudo de su costumbre de beber, entre otras cosas.
—Vamos a comer fuera —dijo ella en ese momento.
—¿Cuándo?
—Hoy.
—¿Adónde?
—A ese restaurante que hay en Carlops.
Rebus asintió.
—«El salto de la bruja» —dijo.
—¿Cómo?
—Es lo que significa Carlops. En ese lugar hay un gran peñasco, desde el que acostumbraban a arrojar a las mujeres sospechosas de brujería. Si no volabas, es que en realidad eras inocente.
—¿Inocente pero muerta?
—El sistema judicial de por entonces no era perfecto. Y de ahí que también recurrieran al látigo de siete colas, al cepo y demás. El mismo principio.
—¿Cómo es que sabes todas estas cosas?
—Es sorprendente lo que los jóvenes policías de hoy día llegan a saber. —Hizo una pausa—. Y en lo referente a almorzar juntos... Tendría que ir a trabajar.
—De eso, nada. Ni lo sueñes.
—Patience, hay un caso de...
—El asesinato lo voy a cometer yo misma como no empecemos a pasar un poco de tiempo juntos, John. Llama y di que estás enfermo.
—No puedo hacer eso.
—Pues entonces lo hago yo. Soy médico, así que me creerán.
La creyeron.
Después de almorzar dieron un paseo hasta el peñasco de Carlops y se animaron a subir a las colinas Pentland, a pesar de los fuertes vientos que soplaban en horizontal. Una vez estuvieron de vuelta en Oxford Terrace, Patience dijo que tenía «trabajo pendiente», lo que suponía poner al día sus archivos, calcular los impuestos o echarle una mirada a las últimas publicaciones médicas. De forma que Rebus se marchó en coche por Queensferry Road y aparcó frente a la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, no sin advertir —con cierto aire de placer culpable— que nadie se había tomado la molestia de corregir la malintencionada modificación en el tablón de anuncios: allí donde antes ponía Help,1 ahora se leía Hell.2
La atmósfera era fresca en el interior de la iglesia tranquila y vacía, iluminada por la luz coloreada de las vidrieras. Se dirigió al confesionario, con la esperanza de haber llegado en el momento oportuno. Había alguien al otro lado de la rejilla.
—Perdóneme, padre —comenzó Rebus—, pues ni siquiera soy católico.
—Ah, eres tú, el hereje. Excelente. Tenía la esperanza de que vinieras. Necesito que me ayudes.
—¿No sería yo quien tendría que decir eso?
—No me vengas con chorradas, hombre. Vámonos a echar un trago.
El padre Conor Leary tenía entre cincuenta y cinco y setenta años, y le había dicho a Rebus que no se acordaba de a qué edad estaba más próximo. Era un hombre robusto y corpulento, con un pelo espeso y plateado que le crecía no solo en la cabeza, sino también en las orejas, la nariz y la nuca. Rebus se decía que con ropa seglar habría pasado por un estibador u obrero cualificado de algún tipo, ahora jubilado y aficionado a la práctica del boxeo en su momento. El padre Leary contaba con fotos y trofeos que dejaban claro que esto último era una verdad incontrovertible. A veces soltaba un directo en el aire para aseverar alguna afirmación, seguido por un gancho para denotar que la cosa estaba clarísima. Al conversar con él, Rebus había deseado más de una vez contar con algún árbitro a su lado.
Pero aquel día el padre Leary estaba sentado cómodamente, la mar de tranquilo, en una tumbona en su jardín. El atardecer estaba siendo hermoso, cálido, límpido y con una ligera brisa marina.
—Un día estupendo para volar en globo —dijo el padre Leary, mientras se echaba al coleto un trago de su cerveza Guinness—. O para practicar el salto desde un puente. Creo que es posible practicarlo en los Meadows, el tiempo que dure el Festival. Amigo, eso me gustaría probarlo.
Rebus pestañeó y guardó silencio. Su Guinness estaba lo bastante fría como para que sirviera de anestésico dental. Cambió de postura en su tumbona, que era, con mucho, la más vieja de las dos. Antes de sentarse había reparado en que la lona estaba desgastadísima por el roce continuo con los listones transversales. Esperaba que aguantara lo suficiente.
—¿Te gusta mi jardín?
Rebus contempló las flores resplandecientes y el césped cortado con mimo.
—No sé mucho de jardinería —reconoció.
—Yo tampoco. Y no es un pecado. Pero conozco a un hombre mayor que sí sabe mucho y me lo cuida por unas pocas libras. —Volvió a llevarse el vaso a los labios—. Pero bueno, ¿cómo te va todo?
—Bien.
—¿Y a la doctora Aitken?
—También.
—¿Vosotros dos seguís...?
—Más o menos.
El padre Leary asintió con un cabeceo. El tono de Rebus insinuaba que sería mejor que no siguiera por ahí.
—Una nueva amenaza de bomba, ¿eh? Lo he oído en la radio.
—Podría ser una broma de mal gusto.
—Pero no está seguro...
—El IRA suele emplear palabras en clave, para que sepamos que son ellos y hablan en serio.
El padre Leary volvió a asentir con un cabeceo, pensativo.
—También se ha cometido un asesinato, ¿verdad?
—He estado en la escena del crimen.
—La gente ya no respeta ni el Festival, ¿verdad? ¿Qué van a pensar los turistas? —Los ojos del padre Leary centellearon con humor.
—Es hora de que los turistas se enteren de la verdad —dijo Rebus, no sin cierta precipitación. Suspiró y agregó—: Los asesinos se ensañaron, y mucho.
—Lo siento. No tendría que mostrarme tan frívolo.
—No pasa nada. Es una forma de protegerse.
—Tienes razón. Sí que lo es.
Rebus lo sabía. Era la razón que le llevaba a estar siempre bromeando con el doctor Curt. Era el modo que ambos tenían de no enfrentarse a lo evidente, lo que no tenía más remedio. Sin embargo, desde la noche anterior, a Rebus no se le había ido de la cabeza la imagen de aquella figura triste y colgada del techo, de aquel joven a quien aún no habían identificado. La imagen no se le iría nunca de la cabeza. Todos tenemos una memoria fotográfica en lo referente al horror. Una vez hubo subido de Mary King’s Close, se encontró con que High Street estaba iluminada por un espectáculo de fuegos artificiales y con que la gente contemplaba boquiabierta los destellos azules y verdes en el cielo nocturno. Los fuegos artificiales procedían del castillo y señalaban el final de los desfiles de gaiteros militares escoceses. En ese momento no había tenido muchas ganas de hablar con Mairie Henderson. De hecho, había llegado a responderle de mala manera.
—No estas siendo muy agradable —le espetó ella entonces.
—Todo esto es muy agradable —añadió el padre Leary, mientras se arrellanaba en la tumbona otra vez.
Rebus no había conseguido borrar aquella imagen ni bebiendo whisky. Como mucho, había ajado sus bordes y esquinas, lo que no hacía más que subrayar el hecho central. Consumir más whisky tan solo habría servido para que la imagen fuese más nítida todavía.
—No estamos aquí mucho tiempo, ¿verdad? —apuntó.
El padre Leary frunció el ceño.
—¿Quieres decir aquí en la tierra?
—Exactamente. No estamos aquí el tiempo suficiente como para cambiar las cosas.
—Eso díselo al hombre que lleva una bomba en el bolsillo. Cada uno de nosotros cambia las cosas por el mero hecho de estar aquí.
—No estoy hablando del hombre que lleva una bomba en el bolsillo. Estoy hablando de detener a ese hombre.
—Estás hablando de tu trabajo como policía.
—Bah. Es posible que no esté hablando de nada en absoluto.
El padre Leary se permitió una breve sonrisa, sin apartar la mirada de Rebus ni un segundo.
—Para ser domingo, diría que estás de un humor un poco morboso, John.
—Para eso se inventó el domingo, ¿no?
—Quizá para vosotros, los hijos de Calvino. Vosotros os decís que estáis condenados y luego os pasáis la semana entera intentando tomároslos a chacota. La gente como yo agradece este día tal como es, y todo lo que significa.
Rebus se retrepó en el asiento. De un tiempo a esa parte ya no disfrutaba tanto de las conversaciones con el padre Leary. Percibía en ellas cierto tufo proselitista.
—Y bien, ¿cuándo vamos a entrar en materia? —preguntó.
El padre Leary sonrió.
—La ética protestante del trabajo.
—No me has hecho venir con la idea de convertirme.
—Tampoco querríamos a un capullo amargado como tú. Y por lo demás, sería más fácil convertir un ensayo de rugby a cincuenta metros de distancia y con el viento en contra en el estadio de Murrayfield. —Lanzó un puñetazo al aire—. Pero a lo que íbamos. Tampoco es un problema que te afecte. De hecho es posible que ni siquiera se trate de un problema. —Resiguió con la mano la raya del pantalón.
—Pero siempre puedes contármelo, ¿no?
—Conque invirtiendo los papeles, ¿eh? Bueno, supongo que es lo que yo mismo tenía en mente. —Se sentó en el borde de la tumbona, cuya lona se estiró al máximo y soltó un agudo quejido—. Vamos a ver. ¿Conoces Pilmuir?
—¿Estás de broma?
—Tienes razón. Vaya una pregunta más tonta. Y en Pilmuir, ¿conoces el polígono Garibaldi?
—Garibaldi es el barrio más peligroso de toda la ciudad, y tal vez de todo el país.
—En Garibaldi también vive buena gente, pero tienes razón. Por eso la Iglesia envió a un trabajador social.
—¿Y ahora tiene problemas?
—Es posible. —El padre Leary se terminó la cerveza—. Fui yo quien tuvo la idea. En el polígono hay un centro comunitario, que llevaba meses cerrado. Se me ocurrió reabrirlo y montar un club para jóvenes.
—¿Para jóvenes católicos?
—Para jóvenes de ambas fes. —Se arrellanó en el asiento—. Y hasta para los que no profesan ninguna fe. En Garibaldi predominan los protestantes, pero también hay católicos. Llegamos a un acuerdo y establecimos un pequeño presupuesto. Yo tenía claro que necesitábamos a una persona especial para dirigir el centro, a una persona con mucha energía. —Soltó un puñetazo al aire—. Alguien capaz de unir a los dos bandos.
Misión imposible, se dijo Rebus. Un proyecto así era susceptible de autodestruirse en diez minutos.
Uno de los problemas de Garibaldi era la división sectaria... o la falta de dicha división, según como uno lo mirase. Los protestantes y los católicos vivían en las mismas calles, en los mismos bloques de pisos. Por lo general lo hacían en relativa armonía y compartían la misma pobreza. Pero, dado que en el polígono había muy poco que hacer, los jóvenes del lugar tendían a organizarse en bandas enfrentadas y darse a la guerra pandillera. Cada año se producía una batalla organizada contra la policía, casi siempre en julio, en torno a la festividad protestante del día 12 de ese mes.
—Bueno, ¿y llamaste a los cuerpos de élite del Ejército? —preguntó Rebus.
El padre Leary tardó un poco en captar la broma.
—Nada de eso —dijo—. Me limité a captar a un joven, a un joven normal y corriente pero con gran fuerza interior. —Su puño volvió a cortar el aire—. Con gran fuerza espiritual. Y, al principio, el proyecto parecía estar abocado al desastre. Nadie iba al club y rompían las ventanas en cuanto cambiábamos los cristales. Las pintadas eran cada vez más insultantes y personales. Pero, poco a poco, este joven empezó a conseguir resultados. Y eso parecía ser un milagro. Cada vez acudían más jóvenes al club, y de los dos bandos.
—¿Y qué es lo que pasó?
El padre Leary se encogió de hombros.
—Las cosas no terminaron de salir conforme a lo previsto. Yo pensaba que habría deporte, un equipo de fútbol o algo por el estilo. Compramos las camisetas y solicitamos el ingreso en una liga de la ciudad. Pero los chavales no estaban interesados. Lo único que querían era holgazanear en el recinto del club. Y el equilibrio también se ha roto, pues lo católicos ya no se apuntan. De hecho, la mayoría de los católicos han dejado de asistir. —Miró a Rebus—. Y no estoy exagerando ni lo digo porque me parezca inadmisible, que quede claro.
Rebus asintió con un cabeceo.
—¿Las pandillas protestantes se han hecho con el club?
—No he dicho eso exactamente.
—Pues es lo que me ha parecido. ¿Y tu... trabajador social?
—Se llama Peter Cave. Bueno, sigue en el club. Demasiadas horas al día, para mi gusto.
—Sigo sin ver el problema. —Lo cierto era que Rebus sí que lo veía, pero quería que el otro se lo dijera con claridad.
—John, he estado hablando con gente del polígono y de todo Pilmuir. Las bandas campan por sus respetos como siempre, con la diferencia de que ahora parecen haberse aliado, después de haberse repartido el terreno entre las dos. Sencillamente, ahora están mejor organizadas. Las reuniones las celebran en el club y luego hacen de las suyas por los aledaños.
—Así por lo menos no se pasan todo el día en la calle. —El padre Leary no sonrió ante el chiste—. Bueno, pues cierra ese club juvenil.
—No es tan fácil. No sería una buena señal, para empezar. ¿Y con eso arreglaríamos algo?
—¿Has hablado con Peter Cave?
—No me escucha. Ha cambiado. Eso es lo que más me preocupa de todo.
—Siempre puedes expulsarlo.
El padre Leary negó con la cabeza.
—Cave es seglar, John. Yo no puedo ordenarle nada en absoluto. Hemos dejado de financiar el club, pero sigue llegando dinero para su mantenimiento.
—¿De dónde viene ese dinero?
—No lo sé.
—¿De cuánto dinero hablamos?
—No hace falta una gran cantidad.
—Bueno, ¿y qué quieres que yo haga? —Era la pregunta que Rebus habría preferido no tener que formular.
El padre Leary volvió a dedicarle una sonrisa cansada.
—Para serte sincero, no lo sé. Quizá simplemente necesitaba contárselo a alguien.
—No me vengas con esas. Lo que quieres es que vaya al club a echar un vistazo.
—No, si no quieres hacerlo.
Entonces fue Rebus quien sonrió.
—He estado en lugares más seguros.
—Y también en algunos más peligrosos.
—No lo sabes tú bien, padre.
Rebus se terminó la cerveza.
—¿Otra?
Negó con la cabeza y observó:
—Qué a gusto y qué tranquilo se está aquí, ¿verdad?
El padre Leary asintió.
—Es lo bueno que tiene Edimburgo. Uno nunca está lejos de un sitio tranquilo.
—Ni tampoco de un sitio infernal. Gracias por la cerveza, padre.
Rebus se levantó.
—He visto que ayer ganó tu equipo —dijo el padre Leary.
—¿Qué te hace suponer que soy seguidor de los Hearts?
—Es el equipo de los protestantes, ¿no? Y tú eres uno de esos protestantillos.
—Vete al infierno, padre —soltó Rebus entre risas.
El padre Leary se levantó y enderezó la espalda con una mueca de dolor. Estaba mostrándose como un anciano de forma deliberada. Como un viejo indefenso. Abrió los brazos y dijo:
—John, en lo referente a Garibaldi... estoy en tus manos.
Como podrían estarlo unos clavos, pensó Rebus. Unos clavos de carpintero.
3
Rebus volvió al trabajo el lunes por la mañana. En el despacho del comisario, Watson el Granjero sirvió café para él y el inspector jefe Frank Lauderdale, después de que Rebus hubiera declinado la oferta. De un tiempo a esa parte solo bebía café descafeinado, y el Granjero ni siquiera conocía el significado de la palabreja.
—Un sábado por la noche ajetreado —dijo el Granjero, y le pasó a Lauderdale un tazón bastante astroso. De la manera más disimulada posible, Lauderdale se puso a borrar las manchas del borde con el dedo pulgar—. Por cierto, ¿se encuentra mejor, John?
—Mucho mejor, señor. Gracias —respondió Rebus, impertérrito.
—Muy desagradable eso que encontraron bajo City Chambers.
—Sí, señor.
—Y bien. ¿Qué es lo que tenemos?
Lauderdale se encargó de responder:
—A la víctima le dispararon siete veces con lo que parece haber sido un revólver de nueve milímetros. Los de balística van a pasarnos el informe completo esta tarde. El doctor Curt asegura que el disparo en la cabeza fue el que mató a la víctima, y resulta que ese fue el último disparo que hicieron. Querían que sufriera.
Lauderdale bebió un sorbo del tazón acabado de limpiar. Habían trasladado el Departamento de Homicidios al otro extremo del pasillo, y era él quien estaba al frente. Y por ese motivo vestía su mejor traje. Iba a haber declaraciones para la prensa y quizá también alguna aparición televisiva. Lauderdale daba la impresión de estar preparado. A Rebus le apetecía vaciarle el tazón de café por la camisa color malva y la corbata de cachemira.
—¿Y usted qué piensa, John? —preguntó Watson el Granjero—. Alguien ha mencionado eso del «paquete de seis»...
—Sí, señor. Es una forma de castigo habitual en Irlanda del Norte, y suele emplearla el IRA.
—Tenía entendido que más bien le rompían las rodillas a la gente.
Rebus asintió con un cabeceo.
—Cuando la falta es leve, aplican un balazo a la víctima en cada codo o tobillo. Si la cosa es más grave, le rompen una rótula. Y en los casos extremos recurren al paquete de seis: los dos codos, las dos rodillas y los dos tobillos.
—Se nota que es un entendido en la materia.
—Serví en el Ejército, señor. Y el tema sigue interesándome.
—¿Estuvo en el Úlster?
Rebus asintió lentamente con un cabeceo.
—Al principio del conflicto.
El inspector jefe Lauderdale colocó el tazón en la mesa con cuidado.
—Pero lo normal es que no terminen por matar a la persona, ¿verdad?
—No es lo habitual.
Los tres hombres guardaron silencio un momento. Watson el Granjero acabó por romperlo.
—¿Un grupo de ejecutores del IRA? ¿¡Aquí!?
Rebus se encogió de hombros.
—Podría tratarse de unos imitadores. Una banda criminal que esté imitando lo que han visto en los periódicos o en la tele.
—Pero utilizando armas de verdad.
—De una verdad incuestionable —intervino Lauderdale—. La cosa podría tener que ver con esas amenazas de bomba.
El Granjero asintió con un cabeceo.
—Es lo que empiezan a decir los periodistas. Cabe la posibilidad de que nuestro aspirante a terrorista con bombas comenzara a actuar por su cuenta y que los otros decidieran darle una lección.
—Hay algo más, señor —añadió Rebus. Lo primero que había hecho era telefonear al doctor Curt, para saber más—. Le dispararon a las rodillas por detrás. Allí donde el daño es mayor. Eso hace estallar las arterias antes de darle a las rótulas.
—¿Qué es lo que quiere decir?
—Dos cosas, señor. La primera, que sabían exactamente lo que se traían entre manos. La segunda, ¿para qué tomarse la molestia si de todas formas se proponían matarlo? Es posible que quien lo hiciera cambiase de idea en el último momento. Es posible que tuvieran la idea de dejar a la víctima con vida. Parece que se valieron de un revólver. Seis tiros. Quienquiera que fuese, tuvo que detenerse a cargarlo otra vez antes de descerrajarle el último tiro en la cabeza.
Los tres se esforzaron por evitar las miradas ajenas mientras se ponían en el lugar de la víctima. Te han metido un paquete de seis. Crees que ya se ha acabado todo. Y entonces oyes que están volviendo a cargar el revólver...
—Por Dios... —musitó el Granjero.
—Hay demasiadas armas en circulación —dijo Lauderdale con voz inexpresiva.
Era cierto: de unos años a esa parte el número de armas de fuego en las calles no había hecho más que aumentar.
—¿Por qué lo hicieron en Mary King’s Close? —preguntó el Granjero.
—Porque es casi seguro que allí nadie te va a molestar —aventuró Rebus—. Y el lugar parece estar prácticamente insonorizado.
—Lo mismo vale para un montón de otros lugares, casi todos ellos muy alejados de High Street. No olvidemos que estamos en pleno Festival. Estaban corriendo muchos riesgos. ¿Por qué?
Rebus se había estado haciendo la misma pregunta. Y no se le ocurría ninguna respuesta.
—¿Y eso de Nemo o Memo?
Era el turno de Lauderdale, quien se olvidó del café y respondió:
—Algunos de mis hombres están investigándolo, señor, mirando en las bibliotecas, las guías de teléfonos y demás. Con la idea de encontrarle un significado.
—¿Han estado hablando con esos tres adolescentes?
—Sí, señor. Parecen estar diciendo la verdad.
—¿Y la persona que les dio la llave?
—Ese hombre no les dio la llave: fueron ellos quienes la cogieron sin su consentimiento. El hombre tiene setenta y tantos años y es más recto que una pared.
—En la construcción trabajan personas que son muy capaces de torcer cualquier pared —repuso el Granjero.
Rebus sonrió. Él también conocía a personas así.
—Estamos hablando con todo el mundo —prosiguió Lauderdale—. Con todo aquel que haya trabajado en Mary King’s Close.
No parecía haber pillado la broma del Granjero.
—Muy bien, John —continuó el Granjero—. Usted sirvió en el Ejército. ¿Qué me dice del tatuaje?
El tatuaje, sí. Rebus tenía claro que todo el mundo iba a llegar a la misma conclusión. Al estudiar las notas tomadas en el lugar de los hechos, se habían pasado casi todo el domingo llegando a ella. El Granjero estaba examinando una fotografía, tomada durante el reconocimiento del fallecido efectuado ese mismo domingo. Las fotos tomadas en la escena del crimen el sábado por la noche no eran ni mucho menos tan claras.
La imagen mostraba el tatuaje que la víctima tenía en el antebrazo derecho. Se trataba de una inscripción tosca y hecha por propia mano, del tipo que uno a veces ve que llevan los adolescentes, en el dorso de la mano sobre todo. Todo cuanto hacía falta era una aguja y un poco de tinta azul... y que hubiera suerte y la cosa no terminara por infectarse. Era todo cuanto la víctima había precisado para inscribirse las letras «SaS» en la piel.
—No se refiere a los SAS —aclaró Rebus, en referencia a los Servicios Especiales del Ejército del Aire, cuerpo de élite del Ejército británico.
—¿No?
Rebus negó con la cabeza.
—Por varias razones. Para empezar, en ese caso habría puesto la A mayúscula. Y por lo demás, quien quiere hacerse un tatuaje de los SAS suele poner el emblema, el cuchillo con las alas, el lema «Quien se atreve gana»..., ese tipo de cosas.
—A no ser que la persona en cuestión no supiera nada sobre esa unidad militar.
—En tal caso, ¿para qué hacerse el tatuaje?
—¿Alguna idea? —preguntó el Granjero.
—Estamos investigando —contestó Lauderdale.
—¿Y todavía no sabemos quién es?
—No, señor, todavía no sabemos quién es.
Watson el Granjero suspiró y dijo:
—Bien, por el momento habrá que conformarse con lo que tenemos. Ya sé que estamos hasta arriba de trabajo con las amenazas de bomba en el Festival y todo lo demás, pero no hace falta que diga que este caso tiene prioridad. Utilicen a todos los hombres bajo su mando. Necesitamos resolver este asunto cuanto antes. Tengo entendido que en Londres están empezando a interesarse por lo sucedido.
Ah, se dijo Rebus, por eso el Granjero estaba mostrándose un poco más concienzudo que de costumbre. En otras circunstancias se habría contentado con que Lauderdarle llevara la investigación a su manera. Pero Lauderdale era un policía de oficina. No era la clase de profesional que uno querría tener a su lado en la calle. Watson empezó a agrupar los papeles de su escritorio.
—Veo que la Banda de la Lata está otra vez en activo.
Había llegado el momento de cambiar de tercio.
Rebus había tenido que trabajar en Pilmuir otras veces. En Pilmuir había visto cómo un policía honrado se transformaba en corrupto. Había conocido lo que era la oscuridad. Volvió a sumirse en la amarga sensación mientras conducía entre los árboles jóvenes tronchados y el césped lleno de calvas. A Pilmuir no llegaban los turistas, pero en su entrada había una pintada de bienvenida, en la pared trasera de una casa, con letras blancas de medio metro de altura: «QUE OS VAYA BIEN EN EL GAR-B».
El Gar-B era el nombre que los chavales (por decirlo finamente) le daban al polígono Garibaldi: una mezcolanza de casitas idénticas construidas a principios de los años sesenta y de grandes bloques de pisos típicos del final de esa década. Todas las fachadas eran de un feo enlucido grisáceo y había tediosas extensiones de hierba que separaban el polígono de la carretera principal. Por todas partes se veían conos de plástico anaranjado, de los que se emplean para regular el tráfico, pero que allí servían para establecer porterías de fútbol o peraltes para los ciclistas. El año anterior, algunos individuos emprendedores los habían usado para desviar el tráfico de la carretera principal hacia la avenida de entrada al polígono, donde los jóvenes del vecindario se divirtieron tirándoles piedras y botellas a los coches. Si los conductores salían de sus automóviles a la carrera, los jóvenes los dejaban escapar sin problema y se dedicaban a rapiñar cuanto hubiera de valor en los vehículos, incluyendo los neumáticos, las fundas de los asientos y las piezas de los motores.
Unos meses después, cuando fue necesario hacer obras de mantenimiento en la carretera, muchos conductores hicieron caso omiso de los conos de plástico que pusieron allí los trabajadores, con el resultado de que sus coches fueron a parar a las zanjas recién abiertas. A la mañana siguiente, los chavales del Gar-B habían arramblado con todo cuanto podía arramblarse en los vehículos abandonados. De haber podido, los chavales del Gar-B habrían arramblado hasta con la pintura de las carrocerías.
No había más remedio que rendirse ante su empuje e iniciativa. Si alguien les diera un poco de dinero y una oportunidad, esos chavales podrían salvar el sistema capitalista. Pero, en su lugar, el Estado les proporcionaba un subsidio por no hacer nada y programación televisiva durante todo el día. Rebus aparcó, mientras un grupito de preadolescentes no le quitaba ojo de encima. Uno de ellos le gritó:
—Oiga, ¿dónde ha dejado aquel otro coche tan molón? El cochazo.
—No es él, capullo —le increpó otro chaval y le soltó una desganada patada en el tobillo.
Estaban sentados en sendas bicicletas y daban la impresión de ser los líderes del grupo, pues eran un par de años mayores que sus compañeros. Rebus hizo una seña con la mano para llamarles la atención.
—Pero ¿qué pasa...? —Los chavales se acercaron de todos modos.
—Vigiladme el coche —ordenó Rebus—. Si alguien lo toca, le dais lo suyo, ¿entendido? Cuando vuelva, os paso un par de libras.
—La mitad ahora —dijo el primero de ellos al momento. El segundo asintió con un cabeceo.
Rebus les entregó el dinero, que se embolsaron.
—¡Aunque a nadie se le ocurriría tocar un coche como este, jefe! —añadió el segundo, lo que provocó carcajadas a sus espaldas.
Rebus meneó la cabeza con lentitud: seguramente había más ingenio en estas calles que en los espectáculos de humoristas del Fringe. Los dos chavales bien podrían ser hermanos. Unos hermanos de los años treinta, de hecho. Iban vestidos con baratas ropas modernas, pero iban pelados al rape y tenían unos rostros cetrinos con ojeras oscuras y las orejas de soplillo. La clase de rostros que aparecían en las viejas fotografías, de muchachos que calzaban unas botas demasiado grandes para sus pies y unas muecas de amargura más propias de ancianos. No solo parecían mayores que los demás chicos, sino que también parecían ser mayores que el propio Rebus.
Mientras se giraba y les daba la espalda, se los imaginó en tonos sepia.
Echó a andar hacia el centro juvenil. Tuvo que pasar junto a varios garajes cerrados con candado y uno de los tres bloques de doce pisos. El centro juvenil resultó ser una simple sala, pequeña y de aspecto desastrado, con las ventanas atrancadas con tablones y las habituales pintadas indescifrables. Rodeada de hormigón por todas partes, tenía el tejado bajo y llano, cubierto de asfalto negro. En lo alto había cuatro adolescentes que fumaban cigarrillos. Iban despechugados, con las camisetas anudadas en torno a las cinturas. En el tejado había tantos cristales rotos que los muchachos inducían a pensar que imitaban a faquires en un espectáculo de magia. Uno de ellos tenía un montón de cuartillas en el regazo, con las que estaba haciendo aviones de papel que luego arrojaba desde lo alto. A juzgar por la cantidad de avioncitos tirados sobre la hierba, la mañana había sido ajetreada en la torre de control.
Las puertas del centro juvenil estaban despintadas en vertical, mientras que en el contrachapado de abajo había un boquete producido por un puño o un pie. Eso sí, las puertas estaban bien cerradas, no ya con un candado, sino con dos. Junto a ellas había otros dos jóvenes, sentados con las espaldas apoyadas en la fachada y las piernas tendidas en el suelo la una sobre la otra, como guardias de seguridad que estuvieran haciendo una pausa en el trabajo. Llevaban unas zapatillas deportivas medio destrozadas, y pantalones vaqueros desgarrados y llenos de remiendos y nuevos desgarrones. Quizá se tratara de una simple moda. Uno iba vestido con una camiseta negra y el otro con una cazadora vaquera desabotonada y sin camiseta debajo.
—Está cerrado —dijo el de la chaqueta vaquera.
—¿Y cuándo abren?
—Por la noche. Pero la bofia no puede entrar.
Rebus sonrió.
—No creo conocerte. ¿Cómo te llamas?
La sonrisa que el otro le devolvió era una parodia. El de la camiseta negra soltó un resoplido que era un proyecto de risa. Rebus se fijó en que tenía caspa en el pelo. Ninguno de los dos iba a decirle nada. Los adolescentes del techo estaban poniéndose en pie, prestos a saltar a tierra si pasaba algo.
—Dos tipos duros —observó Rebus.
Se giró y empezó a alejarse. El de la cazadora vaquera se levantó y fue tras él.
—¿Es que pasa algo, don Bofia?
Rebus no se molestó en mirar al joven, pero se detuvo y dijo:
—¿Por qué tiene que pasar algo? —Uno de los avioncitos de papel, dirigido o no hacia él, fue a estrellarse en su pierna. Lo recogió. En el tejado se estaban riendo sordamente—. ¿Por qué tiene que pasar algo? —repitió.
—Tranquilito. Usté no es el poli de siempre.
—Un cambio nunca viene mal, aunque no sea para los restos.
—¿Que me arresta usté? ¿Y ahora qué dice?
Rebus sonrió otra vez. Se giró hacia el muchacho. En su rostro estaba desapareciendo el acné; iba a ser apuesto unos pocos años más, hasta que entrara en decadencia. La comida basura y el alcohol se encargarían de propiciarla, si no lo hacían las drogas y las peleas. Tenía el pelo rubio y con rizos, como el de un niño, pero no era espeso. En los ojos había una inteligencia despierta, pero los ojos estaban entrecerrados y eran estrechos. La inteligencia también iba a ser estrecha, tan solo centrada en la siguiente ocasión, en el próximo trapicheo. En aquellos ojos también había una ira de tipo fulminante, así como algo más en lo que Rebus prefería no pensar.
—Con esos chistes que haces —dijo—, tendrías que estar en el Fringe.
—El Festival me da mucho por el culo.
—Pues ya somos dos. ¿Cómo te llamas, chaval?
—Le gusta eso de andar por ahí preguntando los nombres. Ya se ve, ya.
—Puedo averiguarlo por mi cuenta.
El muchacho metió las manos en los bolsillos de sus vaqueros ajustados.
—No le conviene.
—¿Ah, no?
El otro meneó la cabeza con lentitud.
—Lo digo en serio. No le conviene.
El joven se giró y echó a andar hacia sus amigos.
—O la próxima vez igual se encuentra con que su coche ya no está.
Y claro, cuando Rebus llegó junto al vehículo, vio que estaba hundiéndose en el suelo, como si tratara de ponerse a cubierto. Pero tan solo eran los neumáticos. Habían sido generosos: únicamente le habían rajado dos. Miró en derredor. No se veía rastro de la pandilla de preadolescentes, quienes tal vez lo estuvieran mirando desde la segura distancia de la ventana de algún bloque.
Apoyó el trasero en el coche y desplegó el avioncito de papel. Era un folleto que anunciaba un espectáculo del Fringe. En el reverso ponía que el grupo teatral en cuestión iba a desplazarse del centro de la ciudad para actuar en el centro juvenil de Garibaldi una noche.
—No sabéis dónde os estáis metiendo —dijo Rebus para sí.
Unas madres jóvenes cruzaban el campo de fútbol. Un bebé lloraba en su carrito. Una de las madres arrastraba del brazo a un niño pequeño que no hacía más que gritar, con las piernas inmóviles en señal protesta, de tal forma que sus pies araban el césped. Al niño y al bebé los llevaban de vuelta al Gar-B. Pero se resistían con todas sus fuerzas.
Rebus comprendía que se resistieran.
4
El subinspector Brian Holmes estaba en la sala de homicidios, pasándole un vaso de plástico con té a la subinspectora Siobhan Clarke y riéndose de algo.
—¿De qué va el chiste? —preguntó Rebus.
—Es el del calamar que se encuentra sin un penique —respondió Holmes.
—¿El del calamar con bigote?
Holmes asintió con un cabeceo y se enjugó una lágrima imaginaria del ojo.
—Sí, el del calamar que habla con el camarero Gervase. Tiene gracia, ¿eh, señor?
—Para troncharse.
Rebus miró a su alrededor. En la sala de homicidios todo el mundo parecía estar ocupado en algo. En una pared estaban pegadas unas fotos de la víctima y del lugar de los hechos, junto a una pizarra de plástico con un listado de turnos de personal. Una agente de policía estaba cotejando los nombres que tenía en un papel y anotando los turnos de servicio en la pizarra con un rotulador azul. Rebus se acercó y dijo:
—¿Verdad que hará lo posible para que el inspector Flower y yo no tengamos que compartir servicio? Aunque sea por un pequeño descuido con el rotulador...
—Me puede caer un paquete, inspector.
La agente se lo dijo con una sonrisa, de forma que Rebus le hizo un guiño. Todo el mundo sabía que resultaba contraproducente juntar a Rebus y a Flower, dos inspectores que se detestaban el uno al otro. Pero quien estaba al mando aquel día era Lauderdale. El listado era de Lauderdale, y a Lauderdale le gustaba ver que saltaran chispas: seguro que habría sido más feliz trabajando en una fundición.
Holmes y Clarke tenían claro lo que Rebus acababa de pedirle a la agente, pero no dijeron palabra.
—Voy a acercarme otra vez a Mary King’s Close —indicó Rebus—. ¿Alguien se apunta?
Se apuntaron dos.
Rebus no dejaba de vigilar a Brian Holmes. Holmes aún no había presentado su dimisión, pero esta podía llegar en cualquier momento. Era sabido que cuando uno ingresaba en la policía, lo hacía para seguir mucho tiempo en el cuerpo, pero la media naranja de Holmes estaba tirando del otro extremo de la cuerda y no estaba claro quién iba a salirse con la suya.
Por otra parte, Rebus había dejado de preocuparse por Siobhan Clarke. Esta ya no era novata y estaba en camino de convertirse en una buena subinspectora. Era rápida, lista y entusiasta. Los funcionarios de policía raras veces eran las tres cosas a la vez. El propio Rebus podía aspirar a ser un treinta por ciento en de esas cosas un buen día de trabajo.
El día era nublado y bochornoso, con la atmósfera llena de insectos y sin el menor indicio de una brisa que aliviara la situación.
—¿Qué son? ¿Moscardones?
—A mí me parecen mosquitos.
—Un asco, eso es lo que son.
El parabrisas estaba lleno de manchas cuando llegaron a City Chambers y, como el líquido limpiaparabrisas se había agotado, tuvieron que dejarlo como estaba. Rebus se dijo de pronto que el Festival en realidad estaba circunscrito a High Street. La mayoría de las calles del centro estaban tan llenas o vacías como siempre. Mientras tanto, High Street se encontraba atestada de gente. El aparcamiento de City Chambers estaba lleno, por lo que aparcó en la propia High Street. Al salir sacó una hoja de rollo de cocina, escupió sobre el papel y limpió un poco el parabrisas.
—Estaría bien que lloviera.
—No digas eso.
Frente a la puerta de entrada a Mary King’s Close estaban aparcados una furgoneta y un camión de caja baja, señal de que los obreros de la construcción habían vuelto al trabajo. La carnicería estaba precintada, pero ello no iba a impedir que siguieran con las reformas.
—¿Inspector Rebus?
Un anciano los estaba esperando. Alto y con aspecto de estar en buena forma física, llevaba un impermeable de color blanco a pesar de lo caluroso del día. No tenía el pelo gris o plateado, sino de un tono amarillo pálido, y llevaba unas gafas con cristales en forma de media luna prendidas en la punta de la nariz, como si solo las necesitara para fijarse en las posibles grietas en la acera.
—¿El señor Blair-Fish?
Rebus estrechó la frágil mano del otro.
—Quisiera pedirles disculpas otra vez. Mi sobrino nieto a veces puede ser muy...
—No hace falta que se disculpe, señor. Su sobrino nieto nos ha hecho un favor. Si no hubiera bajado allí con las dos chicas, no habríamos encontrado el cadáver con tanta rapidez. Y en la investigación de un asesinato, la rapidez es fundamental.
Blair-Fish miró sus zapatos reparados una y mil veces y asintió con un cabeceo en señal de aceptación.
—Ya, pero sigue siendo una vergüenza.
—No lo es para nosotros, señor.
—No, supongo que no.
—Bueno, si es tan amable de llevarnos...
El señor Blair-Fish los llevó.
Los condujo por la puerta y escaleras abajo, lejos de la luz del día, hasta un mundo de bombillas de pocos vatios; más allá estaban las lámparas halógenas de los obreros de la construcción. Como en el escenario de un teatro, los obreros se movían con la estudiada precisión de los actores. Uno podría cobrar un par de libras por la entrada y reunir un público... y hasta obtener un primer premio en el Fringe. El encargado reconoció a la policía a la primera y saludó con un cabeceo. Los demás no les prestaron mucha atención, excepto por las ocasionales miradas de reojo admirativas que le dirigían a Siobhan Clarke. Los obreros de la construcción siempre eran iguales, bajo tierra o en la superficie.
Blair-Fish empezó a ilustrarlos con explicaciones. Rebus adivinó que había sido el guía cuando el agente de policía se sumó al recorrido por los subterráneos. Rebus se enteró de que Mary King’s Close había sido una calle importante y animada antes de la epidemia de peste, una de las incontables epidemias de ese tipo que se cebaron con Edimburgo. Cuando los vecinos volvieron a sus viviendas, juraron que la calle estaba embrujada por los espectros de quienes habían muerto en ella. Se marcharon otra vez, y la arteria quedó abandonada y en desuso. Luego se produjo un incendio, que solo dejó intactos los primeros pisos de las edificaciones. (Los edificios de Edimburgo por entonces podían contar con una docena de plantas o más, cuyo equilibrio resultaba precario.) El Ayuntamiento optó entonces por pavimentar con losas las ruinas y construir de nuevo, con lo que Mary King’s Close quedó sepultada.
—Hay que recordar que la Ciudad Vieja era un lugar muy abigarrado, construido bajo una ladera o, si prefieren creer en la leyenda, en la espalda de una serpiente enterrada. Larga y estrecha. Todos vivían apretujados, los ricos y los pobres vivían los unos juntos a los otros. En un edificio como este, lo normal era que los pobres vivieran en los pisos altos, la pequeña burguesía y la nobleza en los centrales, y los artesanos y tenderos al nivel de la calle.
—¿Y qué fue lo que pasó? —preguntó Homes con interés genuino.
—Que los burgueses y los aristócratas se hartaron —contestó Blair-Fish—. Una vez construida la Ciudad Nueva al otro lado del Nor’ Loch, fueron los primeros en irse. Tras la marcha de los vecinos acomodados, la Ciudad Vieja entró en decadencia, y siguió así durante mucho tiempo. —Señaló unos escalones que daban a una especie de nicho en la pared—. Ahí estaba la tahona. ¿Ven esas losas? Sobre ellas estaban los hornos. Si las tocan, todavía están más calientes que las demás piedras que las rodean.
Siobhan Clarke sintió la necesidad de comprobarlo. Al cabo de un momento regresó encogiéndose de hombros. Rebus se alegraba de haber acudido con Holmes y Clarke. Entre los dos mantenían ocupado a Blair-Fish mientras él observaba con disimulo a los obreros de la construcción. No parecían estar nerviosos; no más de lo previsible, cuando menos. Hacían lo posible por no mirar la carnicería y trabajaban silbando quedamente. No parecían sentirse inclinados a hablar del asesinato. Uno de ellos estaba en lo alto de una escalera, ocupado en desmantelar un tramo de cañería. Otro se encontraba en un andamio, atareado con la mampostería.
Siguiendo con el recorrido, después de dejar atrás a los obreros, Blair-Fish fue con Siobhan Clarke a ver un lugar donde un niño pequeño había sido emparedado en una chimenea, un hecho corriente en el siglo XVIII y que solía provocar las quejas de los deshollinadores.
—El Granjero hizo una pregunta que tenía sentido —confió Rebus a Holmes—. ¿Para qué molestarse en traer a alguien aquí? Piensa en ello. Eso indica que quien lo hizo es alguien de la ciudad. Tan solo los de la ciudad saben de la existencia de Mary King’s Close, y tampoco muchos.
Era verdad. La existencia de un recorrido abierto al público por las calles subterráneas no era demasiado conocida y las visitas de este tipo tenían lugar de forma esporádica.
—Tuvieron que bajar aquí por su cuenta o conocer a alguien que lo hubiera hecho. Si no, lo más probable habría sido que se perdieran en lugar de encontrar la carnicería.
Holmes asintió.
—Es una pena que no haya ningún registro de las visitas guiadas. —Lo habían comprobado, y los recorridos se efectuaban de modo informal, con una docena de personas o más cada vez—. Es posible que estuvieran al corriente de las obras de reformas y se dijeran que pasarían semanas antes de que alguien descubriera el cadáver.
—O quizá las obras de reformas son la razón que les llevó a escoger este lugar —apuntó Rebus—. Es posible que alguien les hablara de él. Estamos investigando a todo el mundo.
—¿Es la razón por la que estamos aquí? ¿Para echarles un vistazo a los currantes? —Rebus asintió con la cabeza y Holmes hizo otro tanto. En ese momento tuvo una idea—. Quizá lo que se proponían era enviar un mensaje.
—He pensado en ello. Pero ¿qué clase de mensaje y para quién?
—¿No le convence la posibilidad de que haya sido el IRA?
—Es una explicación aceptable e inaceptable a la vez —admitió Rebus—. En la ciudad no hay nada que pueda interesarles a los paramilitares.
—Bueno, el Castillo de Edimburgo, el palacio de Holyrood, el Festival...
—Es una posibilidad.
Se giraron hacia aquella voz. Iluminaron a dos hombres con las linternas. Rebus no reconoció a ninguno. Se acercaron y pudo estudiarlos un poco. El que había hablado, algo más joven que su compañero, tenía acento de Inglaterra y la pinta de un policía londinense de paisano. Eran las manos en los bolsillos las que lo delataban, así como el aire de fácil superioridad con que acompañaba el gesto. Y, por supuesto, iba vestido con unos viejos pantalones vaqueros y una cazadora de aviador de cuero negro. Tenía el pelo castaño cortado muy corto y con las puntas enhiestas con gomina, así como el rostro surcado por marcas de viruela. Debía de rondar los treinta y tantos años, pero daba la impresión de ser un cuarentón con problemas coronarios. Sus ojos eran de un penetrante color azul. Era difícil sostenerle la mirada. Casi no pestañeaba, como si estuviera decidido a no perderse un solo detalle del espectáculo.
El otro era alto y atlético, en la frontera de los cincuenta años, con las mejillas enrojecidas y el pelo negro y abundante con entradas plateadas. Daba la impresión de que necesitaba afeitarse dos y hasta tres veces al día. Iba vestido con un traje azul oscuro, que parecía recién salido del maniquí de un sastre. Y sonreía.
—¿El inspector Rebus?
—El mismo.
—Soy el inspector jefe Kilpatrick.
Rebus conocía ese nombre, por supuesto. Y resultaba interesante contar con la oportunidad de ponerle rostro por fin. Si la memoria no le fallaba, Kilpatrick seguía en la Brigada de Investigación Criminal de Escocia.
—Pensaba que estaba usted trabajando en Stuart Street, señor —dijo Rebus, mientras le estrechaba la mano.
—Hace unos meses que volví de Glasgow. Desde luego, la noticia no salió en la primera plana del Scotsman, pero ahora estoy al mando de la brigada.
Rebus asintió. La Brigada de Investigación Criminal se ocupaba de aquellos crímenes graves que precisaban de investigación simultánea por parte de diversos efectivos policiales. Su especialidad eran los casos vinculados al tráfico de drogas, o al menos así era antes. Rebus conocía a algunos hombres que habían sido trasladados a la Brigada de Investigación Criminal. Uno trabajaba en este organismo tres o cuatro años y salía de él de dos maneras: con desgana y, a la vez, tan correoso y duro de roer como el beicon cocinado un par de días atrás. Kilpatrick estaba presentando a su acompañante.
—El inspector de brigada Abernethy, de la brigada especial. Ha venido desde Londres para vernos.
—Hay gente para todo —dijo Rebus.
—Mi abuelo también llevaba faldas —repuso Abernethy, mientras le estrechaba la mano a Rebus, sin captar el chiste.
Rebus le presentó a Holmes y, un momento después, a Siobhan Clarke. Reparó en el rubor aparecido en las mejillas de Clarke y se dijo que alguno de los presentes en la calle subterránea le había soltado un piropo o había tratado de ligar con ella. Decidió descartar al señor Blair-Fish, pero el listado de sospechosos seguía siendo extenso.
—Bien —dijo Abernethy por fin, frotándose las manos—. ¿Dónde está ese matadero?
—En realidad se trataba de una carnicería —precisó Blair-Fish.
—Yo ya sé lo que me digo.
Blair-Fish se puso en marcha por delante. Pero Kilpatrick hizo un aparte con Rebus y murmuró:
—Mire, me gusta tan poco como a usted que este capullo ande por aquí, pero con un poco de paciencia nos libraremos de él cuanto antes, ¿entendido?
—Sí, señor.
Kilpatrick hablaba con acento de Glasgow, nasal incluso cuando se expresaba en susurros, un acento asimismo preñado de ironía y de la convicción de que Glasgow era el centro del universo. Por lo general, los de Glasgow de un modo u otro también transmitían cierto complejo de inferioridad, de sentirse menospreciados, pero Kilpatrick no parecía ser de ese tipo.
—Así que déjese de puñeteras bromas.
—Entendido, señor.
Kilpatrick hizo una pausa y agregó:
—Fue usted quien mencionó la posibilidad del elemento paramilitar, ¿verdad? —Rebus asintió con un cabeceo—. Bien hecho.
—Gracias, señor.
Y, sí, los de Glasgow también podían ser unos cabrones paternalistas a más no poder.
Cuando se unieron a los demás, Holmes miró a Rebus en señal de interrogación. Rebus respondió encogiéndose de hombros, lo que por lo menos era sincero por su parte.
—Así que colgaron el cuerpo aquí... —decía Abernethy. Miró en derredor y observó—: Más bien melodramático, ¿no? No es el estilo del IRA. A ellos ya les basta con una habitación cerrada o un almacén vacío. Quien hizo esto es alguien al que le gusta la puesta en escena dramática.
Rebus estaba impresionado. Era otra posible razón para escoger un lugar así.
—Le descerrajan varios tiros —prosiguió Abernethy—, y luego suben por las escaleras, se mezclan con el gentío y hasta es posible que vayan a ver un espectáculo nocturno antes de marcharse a casa a dormir.
Clarke interrumpió:
—¿Cree que la cosa tiene alguna conexión con el Festival?
Abernethy la miró de pies a cabeza, y Brian Holmes al momento dio un respingo. No por primera vez, Rebus se preguntó por el cariz de la relación entre Clarke y Holmes.
—¿Por qué no? —dijo Abernethy—. Me parece tan plausible como todo cuanto he oído hasta ahora.
—Pero al muerto le aplicaron un paquete de seis. —Rebus se sentía obligado a defender su territorio.
—No —corrigió Abernethy—. Un paquete de siete. Lo que no cuadra en absoluto con la forma de proceder de los paramilitares. Un desperdicio de balas, para empezar. —Miró a Kilpatrick—. Puede ser un asunto de drogas. A las bandas les gusta que haya un poco de melodrama, porque así se creen que están en una película. Y también les gusta enviar mensajes a sus enemigos. Mensajes muy claros.
Kilpatrick asintió con la cabeza.
—Lo estamos valorando.
—Yo seguiría apostando por los paramilitares —intervino Rebus—. Una pistola de ese tipo...
—Los narcotraficantes también usan pistolas, inspector. De hecho, las pistolas les encantan. Las pistolas grandes que hacen mucho ruido. Voy a decirle una cosa. No me habría gustado estar aquí abajo. El sonido del disparo de una nueve milímetros en un espacio cerrado como este... Bien puede reventarle los tímpanos a uno.
—Un silenciador —terció Siobhan Clarke.
No tenía el día. Abernethy se limitó a quedarse mirándola, de forma que Rebus tuvo que explicar:
—Los revólveres no admiten silenciador.
Abernethy señaló a Rebus, pero seguía con la mirada fija en Clarke.
—Escuche lo que dice su inspector, guapa. Igual así aprende algo.
Rebus miró alrededor. En la sala había seis personas y cuatro de ellas parecían tener muchas ganas de sacudirle de lo lindo a una quinta.
No le pareció que el señor Blair-Fish estuviera para esos trotes.
Abernethy ahora estaba arrodillado en el suelo, pasando los dedos por el viejo suelo de tierra.
—Los del laboratorio se llevaron la capa superior de tierra, de un par de centímetros o así —dijo Rebus, pero Abernethy no estaba escuchando.
Era un hecho que se habían llevado sacos y más sacos al sexto piso de la comisaría de Fettes para pasar la tierra por cedazos, analizarla y todo cuanto se les ocurriera en el laboratorio forense.
Rebus se dio cuenta de que todo cuanto el grupo podía ver en ese momento de Abernethy era su gordo trasero y un par de zapatillas deportivas Reebok de color blanco brillante. Abernethy se volvió hacia ellos y sonrió. Se levantó, se frotó las manos y dijo:
—¿El muerto consumía drogas?
—No había indicios.
—Porque estaba pensando que eso de SaS podría significar Smack and Speed.3
Rebus de nuevo se sintió impresionado, pero que muy a pesar. El polvo se había aposentado en la gomina del pelo de Abernethy, las suficientes motas diminutas como para alegrarle un poco la vista a Rebus.
—También podría ser una referencia a Scott y Sheena —dijo Rebus.
En otras palabras: podría ser cualquier cosa. Abernethy se limitó a encogerse de hombros. Acababa de efectuar una exhibición, pero el espectáculo ya se había terminado.
—Creo que ya he visto lo suficiente —apuntó.
Kilpatrick asintió con expresión de alivio. Rebus se dijo que tenía que ser duro eso de estar considerado el mejor policía en su terreno, un hombre con una reputación, y tener que hacerle de guía a un funcionario de menor rango... que además resultaba ser inglés.
Mortificante, esa era la palabra.
Abernethy estaba hablando otra vez.
—Ya que estoy por aquí, seguramente voy a acercarme a la sala de homicidios.
—¿Por qué no? —dijo Rebus con frialdad.
—No veo razón para no hacerlo —respondió Abernethy, tan afable como malintencionado.
5
La comisaría de St Leonard’s, cuartel de la División B de la ciudad, contaba con una sala de homicidios semipermanente. La actual investigación parecía estar en marcha desde siempre. A Abernethy parecía gustarle lo que estaba viendo. Su mirada iba de las pantallas de ordenador a los teléfonos, los gráficos y las fotografías en las paredes. Kilpatrick puso la mano en el brazo de Rebus.
—No lo pierda de vista, ¿eh? Voy a saludar un momento al comisario jefe ya que estoy aquí.
—Muy bien, señor.
El inspector jefe Lauderdale lo miró mientras se marchaba.
—Así que este es Kilpatrick, de la Brigada de Investigación Criminal, ¿eh? Es curioso, pero casi tiene aspecto de ser un mortal.
Era verdad que a Kilpatrick le precedía su reputación, una reputación exigente de mantener. En Glasgow había tenido varios éxitos espectaculares, así como algunos fracasos decididamente sonados. Se habían aprehendido unos enormes alijos de droga, pero unos cuantos sospechosos de terrorismo habían logrado escabullirse.
—Por lo menos da la impresión de que es un ser humano —prosiguió Lauderdale—, y eso es más de lo que puede decirse de nuestro amiguito londinense.
Abernethy no podía haber oído estas palabras —estaba en la otra punta de la sala—, pero de pronto levantó la cabeza, los miró y sonrió de oreja a oreja. Lauderdale fue a hacer una llamada telefónica, y el hombre de la brigada especial volvió andando hacia Rebus, con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora.
—Todo esto está bastante bien organizado, pero no tienen muchas pistas que seguir, ¿verdad?
—Verdad.
—Y las pocas de que disponen tampoco tienen mucho sentido.
—Por el momento.
—Usted trabajó con Scotland Yard en un caso, ¿no es así?
—Correcto.
—¿Con George Flight?
—Correcto también.
—Flight está haciendo un cursillo de reciclaje. ¡A sus años! De pronto le interesan los ordenadores... Y ¿quién sabe? Es posible que tenga razón. Los ordenadores son el futuro del crimen, ¿no? Llegará el día en que los grandes criminales no tendrán que moverse de sus salas de estar.
—Los grandes criminales nunca han tenido que hacerlo.
Abernethy correspondió a la respuesta con una sonrisa más bien torcida.
—¿Es que mi guardián ha ido a echar una meada?
—Ha ido a saludar a alguien.
—Bueno, pues despídame de él. —Abernethy miró a su alrededor y bajó la voz—. No creo que el inspector jefe Kilpatrick vaya a lamentar mi marcha.
—¿Por qué lo dice?
Abernethy soltó una risita.
—Pero ¿se ha escuchado usted? Si su voz fuera un poco más fría, serviría para almacenar cadáveres. ¿Le parece que en Edimburgo todavía hay terroristas? —Rebus no dijo nada—. Bueno, pues es su problema. A mí ni me va ni me viene. Dígale a Kilpatrick que hablaré con él antes de poner rumbo al sur.
—Se supone que tiene que quedarse.
—Usted dígale que ya hablaré con él.
No había forma pacífica de evitar que Abernethy se fuera, así que Rebus no se molestó en intentarlo. Pero se temía que Kilpatrick no iba a estar contento. Echó mano a uno de los teléfonos. ¿Qué había querido decir Abernethy con eso de que el problema era de Rebus? Si en efecto existía una conexión terrorista, el asunto dejaría de estar en manos del Departamento de Investigación Criminal. Y en tal caso, la investigación recaería en la brigada especial, en el M15. Entonces ¿qué quería decir Abernethy?
Llamó a Kilpatrick y le pasó el mensaje. Kilpatrick no pareció preocuparse en lo más mínimo. En su voz había relajación, del tipo que suele acompañar a un gran vaso de whisky. El Granjero había dejado de beber durante una temporada, pero estaba volviendo a las andadas. A Rebus tampoco le importaría echarse un traguito al coleto, la verdad...
Lauderdale, quien también había terminado de hablar por teléfono, miraba un taco de notas en el que había apuntado algo tras recibir la llamada.
—¿Alguna cosa? —preguntó Rebus.
—Es posible que contemos con una identificación positiva de la víctima. ¿Quiere ir a echar un vistazo?
Lauderdarle arrancó la hoja del taco.
—La respuesta a esa pregunta es tan obvia como si me preguntaras si los hinchas del Hibernian tienen motivos para llorar —apuntó, cogiendo el papel.
En realidad, no todos los hinchas del Hibernian eran propensos a las lágrimas. La misma Siobhan Clarke era seguidora de los Hibs, lo que la situaba en minoría en St Leonard’s. Como la habían educado en Inglaterra (otra minoría, y bastante más reducida), no comprendía las sutilezas de los prejuicios escoceses. No era católica, le explicaban con paciencia, por lo que tendría que ser seguidora del Heart of Midlothian. El Hibernian era el equipo de los católicos. Bastaba con fijarse en el nombre y en la camiseta color verde, ambos con reminiscencias de Irlanda. En Edimburgo, el Hibernian venía a ser lo mismo que el Celtic en Glasgow, de la misma forma que los Hearts eran el equivalente del Glasgow Rangers.
—En Inglaterra pasa lo mismo —le decían—, en todas las ciudades donde hay protestantes y hay católicos.
En Manchester estaban el United (católico) y el City (protestante), en Liverpool existían el Liverpool (católico) y el Everton (protestante). Las cosas solo eran más complicadas en Londres. En Londres incluso había equipos judíos.
Siobhan Clarke se limitaba a sonreír y a negar con la cabeza. De nada servía discutir, pero no por ello dejaba de intentarlo. Los demás seguían mofándose de ella, haciendo chistes y tratando de convertirla. De forma bienhumorada, aunque Siobhan no sabía hasta qué punto. Los escoceses tendían a gastar bromas con el rostro inexpresivo y a hablar pero que muy en serio cuando estaban sonriendo. Cuando algunos de los agentes de St Leonard’s se enteraron de que faltaba poco para su cumpleaños, Clarke se encontró abriendo media docena de paquetes en cuyo interior había una bufanda del Hearts. Todas fueron a parar a una tienda de objetos de segunda mano propiedad de una organización benéfica.
Clarke también había visto los aspectos más oscuros de unas y otras hinchadas futbolísticas. Las huchas para recaudar fondos en determinados partidos. Según en qué lugar del estadio se encontraran, los voluntarios pedían un donativo para una causa o la otra. Por lo general eran para «las familias», «las víctimas» o «ayudar a los presos». Pero todos los que contribuían eran conscientes de que muy bien podían estar perpetuando la violencia en Irlanda del Norte. Y daba miedo que la mayoría contribuyesen. Otra libra esterlina destinada a la compra de un arma de fuego.
Siobhan se había encontrado con lo mismo el sábado anterior, cuando estaba en las gradas de la hinchada del Hearts en compañía de un par de amigos. Le pusieron la hucha en las narices, pero hizo caso omiso. Sus amigos después estuvieron más bien callados.
—Tendríamos que hacer algo al respecto —se quejó a Rebus en su coche.
—¿Como por ejemplo...?
—Situar a unos inspectores de paisano en las gradas y detener a quienes estén detrás del asunto.
—Por favor.
—Bueno, ¿y por qué no?
—Porque no arreglaríamos nada, ni tampoco tendríamos nada serio contra ellos, como no fuera la falta de una licencia de venta oficial. Por lo demás, si quieres saber mi opinión, la mayor parte de ese dinero va a parar a los bolsillos del fulano de la hucha. No llega a Irlanda del Norte.
—Pero es una cuestión de principios.
—Lo que hay que oír.
Los principios tardaban su tiempo en desaparecer y había policías que no llegaban a perderlos del todo.
—Bueno, ya hemos, llegado.
Dio marcha atrás y aparcó en una plaza libre frente a un edificio de pisos en Mayfield Gardens. La dirección correspondía a un apartamento situado en la última planta.
—¿Por qué siempre tiene que ser el último piso? —se quejó Siobhan.
—Porque los pobres siempre viven en el último piso del edificio.
En el rellano había dos puertas. Junto a uno de los timbres aparecía el apellido MURDOCK. Ante la puerta había un felpudo marrón. Con una leyenda: ¡PIÉRDETE!
—Muy bonito.
Rebus llamó al timbre.
Abrió un hombre barbado y con gruesas gafas de montura metálica. La barba no facilitaba las cosas, pero Rebus se dijo que Murdock tendría unos veinticinco años. Llevaba el pelo negro largo hasta los hombros; se pasó una mano por los cabellos.
—Soy el inspector Rebus. Y ella es...
—Pasen, pasen. Cuidado con la moto. No vayan a tropezar.
—¿La moto es suya, señor Murdock?
—No, es de Billy. Se le averió cuando se vino a vivir aquí.
La moto tenía la carrocería intacta, pero habían desmontado el motor, y las piezas estaban desperdigadas por la moqueta del recibidor, sobre periódicos viejos manchados de grasa. Las piezas más pequeñas estaban metidas en bolsas de plástico, cerradas con gomas elásticas y marcadas con un número identificativo.
—Buena idea —aprobó Rebus.
—Pues sí —convino Murdock—. Billy es muy organizado. Pasen. —Los condujo a una sala atestada de muebles y objetos—. Esta es Millie. También vive aquí.
—Hola.
Millie estaba sentada en el sofá y envuelta en un saco de dormir. Veía la televisión mientras se fumaba un cigarrillo.
—Nos ha llamado usted, señor Murdock.
—Sí, bueno, tiene que ver con Billy. —Murdock empezó a pasearse por la estancia—. Es que al ver la descripción en el periódico y la tele, pues... En ese momento no pensé en ello, pero, como dice Millie, es raro que Billy se pase tanto tiempo fuera de casa. Como digo, Billy es muy organizado. Y lo normal sería que nos hubiera llamado, para avisar o algo.
—¿Cuándo fue la última vez que lo vieron?
Murdock miró a Millie.
—¿Cuándo fue? ¿El jueves por la noche?
—Yo lo vi el viernes por la mañana.
—Así que sí lo viste.
Rebus se volvió hacia Millie. Tenía el pelo corto y rubio, tan oscuro en las raíces como las cejas en el rostro. La cara era alargada y anodina, y la barbilla aparecía subrayada por un lunar protuberante. Rebus reparó en que era unos cuantos años mayor que Murdock.
—¿Le dijo adónde iba?
—No. A esa hora no hay mucha conversación en esta casa.
—¿Qué hora?
Millie dejó caer algo de ceniza en el cenicero situado en precario equilibrio sobre el saco de dormir. Se trataba de un tic nervioso, pues en la punta del cigarrillo apenas había ceniza.
—Las siete y media u ocho menos cuarto... —respondió.
—¿Dónde trabaja Billy?
—No trabaja —contestó Murdock, mientras apoyaba la mano en la repisa de la chimenea—. Antes trabajaba en correos, pero hace unos meses hubo un recorte de personal y lo despidieron. Ahora está viviendo del paro, como la mitad de los escoceses.
—¿Y usted a qué se dedica, señor Murdock?
—Soy consultor informático.
Era verdad que entre los trastos amontonados en la sala había teclados y discos duros, algunos de ellos desmantelados. También había montones de gruesas revistas, así como voluminosos manuales de uso.
—¿Alguno de los dos conocía a Billy antes de que viniera a vivir aquí?
—Yo sí —respondió Millie—. Era un amigo de un amigo... Ese tipo de cosas. Sabía que estaba buscando una habitación y en el piso había un cuarto vacío, así que hablé con Murdock.
Cambió de canales en la televisión. La miraba con el sonido apagado, los ojos entrecerrados por el humo del cigarrillo.
—¿Podemos ver la habitación de Billy?
—¿Por qué no? —dijo Murdock.
Había estado dirigiendo miradas nerviosas a Millie mientras esta hablaba y ahora daba la impresión de sentirse aliviado por poder hacer algo. Los condujo de nuevo al recibidor, en el que había tres puertas. Una era la de un armario y otra daba a la cocina. Junto al pasillo se encontraban el cuarto de baño, a un lado, y el dormitorio de Murdock, al otro. Así pues, solo quedaba una puerta.
Esta daba a un dormitorio muy pequeño y muy ordenado. Debía de medir apenas tres metros por dos y medio, y sin embargo conseguía albergar una cama individual, un armario, una cómoda y un escritorio con su silla. Sobre la cómoda había un equipo de sonido con dos altavoces. La cama estaba hecha, y no se veía nada en desorden.
—No habrán estado limpiando, ¿verdad?
Murdock negó con la cabeza.
—Billy siempre estaba limpiando. Debería ver la cocina.
—¿Tienen fotografías de Billy? —preguntó Rebus.
—Puede que sí, de alguna de nuestras fiestas. ¿Quieren verlas?
—Con la mejor que tengan nos basta.
—Voy a buscarlas.
—Gracias.
Murdock salió, y Siobhan se las arregló para entrar en el cuarto y situarse junto a Rebus. Hasta entonces se había visto obligada a quedarse al otro lado del umbral.
—¿Alguna idea para empezar? —preguntó Rebus.
—Un maniático de la limpieza y el orden —dijo, en un comentario propio de alguien cuyo piso daba la impresión de ser un cruce entre un restaurante de comida basura y un contenedor de botellas usadas.
Rebus estaba estudiando las paredes. Sobre la cama había un banderín del Hearts, así como una Union Jack, la bandera del Reino Unido, en cuyo centro destacaba la Mano Roja del Úlster con la leyenda «No nos rendiremos» y las letras QJP. Incluso Siobhan Clarke sabía lo que significaban aquellas letras.
—Que te jodan, Papa —murmuró.
Murdock volvió. No intentó colarse en el angosto espacio existente entre la cama y el armario, sino que se quedó en el umbral y le entregó la foto a Siobhan Clarke, quien se la pasó a Rebus. En ella aparecía un joven sonriendo a la cámara con una expresión enloquecida. Por encima de él, una mano alzaba una lata de cerveza, como si fuera a vertérsela sobre la cabeza.
—Es la mejor foto que tenemos —dijo Murdock en tono de disculpa.
—Gracias, señor Murdock. —Rebus estaba casi seguro. Casi—. ¿Billy tenía un tatuaje?
—En el brazo, sí. Uno de esos tatuajes que se hacen los chavales jóvenes sin muchas luces.
Rebus asintió con un cabeceo. Habían hecho públicos los detalles del tatuaje, con el objetivo de acelerar las cosas.
—La verdad es que nunca lo vi muy de cerca —prosiguió Murdock—, y Billy no hablaba de él.
Millie se le había unido en el umbral. Se había librado del saco de dormir e iba vestida con una camiseta recatadamente larga sobre las piernas desnudas. Pasó el brazo por la cintura de Murdock.
—Yo me acuerdo del tatuaje —dijo—. «SaS». Las eses en mayúscula, la a en minúscula.
—¿Le explicó alguna vez lo que significaba?
Millie negó con la cabeza. Las lágrimas comenzaban a aflorar a sus ojos.
—Es él, ¿verdad? ¿Es el que han encontrado muerto?
Rebus trató de mostrarse evasivo, pero su expresión le delató. Millie rompió a llorar estruendosamente; Murdock la abrazó. Siobhan Clarke había cogido unos cuantos casetes de la cómoda y los estaba estudiando. Se los entregó a Rebus sin decir palabra. Eran recopilaciones de canciones de los protestantes orangistas, sobre la lucha en el Úlster. Su título lo decía todo: «The Sash and other Glories», «King Billy’s Marching Tunes», «No Surrender». Se metió una de las cintas en el bolsillo.
Registraron un poco más la habitación de Billy Cunningham, pero lo único interesante que encontraron fue una carta reciente de su madre. En el sobre no constaba la dirección de la remitente, pero el matasellos era de Glasgow. Millie recordó que Billy había mencionado que se la había enviado desde Hillhead. Bueno, pues que Glasgow se ocupara del asunto. A Glasgow iba a corresponderle anunciar la noticia a una familia que no tenía ni idea de lo sucedido.
Siobhan Clarke encontró un programa del Fringe en uno de los cajones. Lo de siempre: una mezcla de obras como Abigail’s Partys y Krapp’s Last Tapes, espectáculos con títulos como Teenage Alsatian Orgy y presentaciones de humoristas que en Londres estaban más vistos que el tebeo.
—Hay un círculo en torno a uno de los espectáculos —observó Clarke.
Era verdad. Un concierto de música country en el Crazy Hose Saloon. El grupo de marras había estado tocando durante tres noches seguidas, al principio del Festival.
—Pero en su colección no hay casetes de música country —indicó Clarke.
—Por lo menos tenía buen gusto —observó Rebus.
Durante el trayecto de regreso a la comisaría, puso la cinta con las canciones orangistas en el vetusto reproductor de su coche.
La cinta iba un poco lenta, lo que acentuaba lo sombrío de sus contenidos. Rebus había oído cosas parecidas antes, pero no recientemente. Canciones sobre el rey Billy y los Aprendices de Derry, la batalla del Boyne y el triunfo de 1690, canciones sobre la derrota aplastante de los católicos y sobre por qué los hombres del Úlster iban a luchar hasta la muerte. El cantante tenía cierto vibrato de quien suele cantar en los pubs y poco más, y le acompañaban un acordeón, un tambor y, de vez en cuando, una flauta. Tan solo una banda orangista de desfiles era capaz de conseguir que una flauta sonase de forma marcial. Bueno, una banda orangista de desfiles o Ian Anderson, de Jethro Tull. Rebus de pronto pensó que llevaba años sin escuchar un disco de Jethro Tull. Cualquier cosa era mejor que estas canciones de... la palabra «odio» fue la primera que le vino a la mente, pero la rechazó al momento. En las letras no había ponzoña, tan solo una negativa tajante a ceder ni un solo palmo de terreno, el que fuese, a aceptar que las cosas podían cambiar ahora que la década de 1690 había dejado paso a la de 1990. Aquellas letras eran pura cerrazón y pensamiento reaccionario. ¿Cuán corto de miras podía ser uno?
—La putada es que luego no puedes evitarlo y te pones a tararearlas —apuntó Siobhan.
—Sí —convino Rebus—. El fanatismo tiene su lado pegadizo, es verdad.
Y por ese motivo comenzó a silbar canciones de Jethro Tull durante el viaje de vuelta a St Leonard’s.
Lauderdale había convocado una rueda de prensa y quería saber qué había averiguado Rebus.
—No estoy seguro —fue su respuesta—. No al cien por cien.
—¿Pues cuánto?
—Al noventa o noventa y cinco por ciento.
Lauderdale ponderó la respuesta.
—Entonces ¿tengo que decir alguna cosa?
—Eso depende de usted, señor. Un equipo de recogida de huellas dactilares va de camino hacia el piso. Muy pronto sabremos si es que sí o si es que no.
Uno de los problemas en lo referente a la víctima era que el último disparo le había destrozado la mitad del rostro, pues la bala había entrado por la nuca y salido por la mandíbula, que estaba hecha trizas. Como ya había explicado el doctor Curt, siempre era posible cubrir la mitad inferior de la cara y hacer que un amigo o familiar trataran de identificarla mirando la mitad superior. Pero ¿bastaría? Antes del potencialmente decisivo paso adelante de aquel día, se habían visto forzados a pensar en identificarlo examinando las piezas dentales. Los dientes del muerto eran el producto habitual de una niñez escocesa, erosionados por los dulces y más o menos apuntalados por los dentistas. Pero según el patólogo forense, la boca estaba muy dañada, y el trabajo dental visible era del tipo común y corriente. En la dentadura no había nada inusual que pudiera llevar a un dentista a reconocerlo como obra suya.
Rebus pidió que hicieran una copia de la fotografía tomada en la fiesta y la enviaran a Glasgow con los detalles relevantes. A continuación fue a la rueda de prensa de Lauderdale.
Al inspector jefe Lauderdale le encantaba someterse a las preguntas de los medios de comunicación. Pero aquel día estaba más nervioso que de costumbre. Quizá porque habían comparecido más personas de lo habitual, entre ellas el comisario jefe Watson y el inspector jefe Kilpatrick, quienes se habían acercado a escuchar. Ambos tenían el rostro enrojecido de una forma que no era natural, y el whisky era la causa con toda seguridad. Mientras los periodistas se acomodaban al frente de la sala, los policías tomaron asiento en la parte posterior. Kilpatrick vio a Rebus y se acercó.
—¿Es posible que ya haya hecho una identificación positiva? —susurró.
—Es posible.
—Entonces ¿es un asunto de drogas o ha sido el IRA?
En su rostro asomaba una sonrisa maliciosa. En realidad no estaba esperando una respuesta; el whisky le impelía a hablar, y eso era todo. De todas formas, Rebus tenía una respuesta preparada.
—Si se trata de alguien en concreto —dijo—, no han sido los del IRA, sino alguno de los muchos otros.
Los nombres de los grupos eran tantos que el listado era interminable: UDA, UVF, UFF, UR... En cada caso, la U hacía referencia al Úlster. Todos los grupos eran ilegales y todos eran protestantes. Kilpatrick echó la cabeza ligeramente hacia atrás. Su rostro estaba lleno de preguntas, de unas preguntas que pugnaban por abrirse paso hasta la superficie a través de los reventados vasos sanguíneos que le enrojecían la nariz y las mejillas. Una cara de bebedor. Rebus había visto demasiadas, incluyendo su propio rostro algunas noches en el espejo del cuarto de baño.
Pero Kilpatrick no estaba tan borracho. Sabía que no se encontraba en condiciones de hacer preguntas, razón por la que se fue y volvió junto al Granjero, a quien le musitó algo. Watson el Granjero dirigió una mirada a Rebus y asintió a lo que le decía Kilpatrick. Y ambos pasaron a concentrarse en la rueda de prensa.
Rebus ya conocía a los periodistas. En su mayoría eran veteranos y sabían lo que podían esperar del inspector jefe Lauderdale. Podías presentarte en las ruedas de prensa de Lauderdale gruñendo y rugiendo como un lobo, pero al final acababas tan neutralizado e indefenso como un perrillo de ojos adormilados. Por ese motivo, casi todos guardaban silencio y se contentaban con escuchar su cháchara insustancial.
Todos, menos Mairie Henderson. Estaba sentada en primera fila y hacía las preguntas que los demás no se molestaban en formular. No se molestaban porque sabían de antemano qué respondería el inspector jefe.
—Prefiero no hacer comentarios a este respecto —le contestó a Mairie por vigésima vez más o menos.
La periodista se dio por vencida y se arrellanó en la silla. Otro de los reporteros hizo una nueva pregunta, por lo que en ese momento miró a su alrededor para hacerse una composición de lugar. Rebus le saludó con un gesto del mentón. Mairie clavó la mirada en él y le sacó la lengua. Algunos de los demás periodistas miraron a Rebus con aire curioso. Rebus se limitó a sonreír.
Concluida la rueda de prensa, Mairie se acercó a él en el pasillo. En la mano llevaba un cuaderno, su habitual bolígrafo de punta fina y una pequeña grabadora.
—Gracias por haberme ayudado la otra noche —dijo.
—Prefiero no hacer comentarios a este respecto.
Mairie sabía que de nada servía mostrarse indignada con John Rebus. Emitió un profundo suspiro y dijo:
—Fui la primera en llegar. Podría haber tenido la exclusiva.
—Ven conmigo al pub a tomar algo y verás la de exclusivas que vas a conseguir.
—No tiene ni puñetera gracia.
Se giró y se alejó, mientras Rebus la observaba. Nunca dejaba pasar la oportunidad de mirarle las piernas.
6
El depósito de cadáveres de Edimburgo se encontraba en Cowgate, detrás del instituto Wynd y delante del centro comunitario Saint Ann’s y Blackfriars Street. El edificio era de poca altura y con la fachada de ladrillo y enlucido granuloso, construido de forma voluntariamente discreta y situado en un lugar algo apartado. Las empinadas calles de la zona conducían a High Street. Hacía mucho que Cowgate era una arteria con mucho tráfico y pocos peatones. Era angosta y profunda, como un desfiladero, y sus aceras ofrecían magro refugio de los taxis y coches que pasaban zumbando. No era un lugar para personas timoratas. Los más desfavorecidos de la sociedad solían encontrarse en Cowgate, hasta que llegaba la hora de volver al centro o refugio de turno.
Sin embargo, estaban reformando la calle a conciencia, e incluso estaba previsto construir una pequeña plaza. Los peces gordos de la ciudad primero habían limpiado la cercana Grassmarket y su nuevo objetivo era Cowgate.
Rebus estuvo esperando un par de minutos delante del depósito de cadáveres hasta que una mujer asomó la cabeza por la puerta.
—¿El inspector Rebus?
—Yo mismo.
—Me ha pedido que le dijera que lo encontrará en el Bannerman’s.
—Gracias.
Rebus echó a caminar hacia el pub.
Hubo un tiempo en que el Bannerman’s fue una bodega, y su estructura no había cambiado mucho desde entonces. Sus salas abovedadas llevaban a pensar de forma inquietante en las de Mary King’s Close. Las bodegas, carboneras y sótanos de este tipo venían a ser como unas madrigueras interconectadas y emplazadas bajo la Ciudad Vieja, desde Lawnmarket hasta pasado Canongate. Aún no había mucha gente en la barra. El doctor Curt estaba sentado al lado de la ventana, con el vaso de cerveza en lo alto de un tonel que hacía las veces de mesa. De un modo u otro, había conseguido hacerse con una de las pocas sillas cómodas del establecimiento. Era una silla alta, con brazos y largo respaldo, acaso propia de un pequeño aristócrata. Rebus pidió un whisky doble, agarró un taburete y tomó asiento.
—A su salud, John.
—A la suya.
—¿En qué puedo ayudarlo?
Por mucho que se encontraran en un pub, Rebus creía detectar el olor a jabón y alcohol metílico que emanaba de las manos de Curt. Bebió un trago de whisky. Curt frunció el ceño.
—A este paso, parece que voy a terminar examinando su hígado antes de lo deseable.
Rebus señaló con la cabeza el paquete de cigarrillos en la mesa. Eran de Curt y sin filtro.
—No, si sigue fumando esas cosas.
El doctor Curt sonrió. En realidad no hacía mucho que había empezado a fumar, con la idea de comprobar hasta qué punto era indestructible. No se lo tomaba como una muestra de ansia de muerte, exactamente; más bien lo consideraba un simple ejercicio relacionado con la mortalidad.
—¿Desde cuándo está liado con la señorita Rattray?
Curt se echó a reír.
—Por Dios, ¿para esto quería hablar conmigo? ¿Para hacerme preguntas sobre Caroline?
—Lo decía por decir algo. Lo cierto que no está nada mal.
—Oh, Caro es estupenda. —Curt prendió un cigarrillo y aspiró el humo, mientras asentía con un cabeceo para sí—. Lo que se dice estupenda —repitió, entre una nube de humo.
—Es posible que ya tengamos el nombre del muerto de Mary King’s Close. Ahora mismo están analizando las huellas dactilares.
—¿Por eso quería verme? ¿No para hablar de Caro?
—Quiero hablar sobre armas de fuego.
—No soy un especialista en el asunto.
—Muy bien. No estoy buscando a un especialista, sino a alguien con quien hablar. ¿Ha visto el informe de balística? —Curt negó con la cabeza—. Creemos que se trata de un Smith and Wesson modelo 547, a juzgar por las cinco estrías en los casquillos con giro a la derecha. Estamos hablando de un revólver, con carga de seis proyectiles de nueve milímetros Parabellum.
—Me he perdido.
—Probablemente estamos hablando de la versión con el cañón de tres pulgadas y no de cuatro, de un revólver de algo menos de un kilo de peso. —Rebus bebió otro sorbo del vaso. Los efluvios del whisky habían invadido sus fosas nasales y anulado todos los demás olores—. A un revólver no se le puede poner silenciador.
—Ah. —Curt asintió con la cabeza—. Creo que ya veo por dónde va.
—En un espacio cerrado como ese, con la forma que tiene... —Rebus señaló la sala con la cabeza—. De tamaño y forma muy parecidos a los de aquí.
—Tuvo que hacer ruido.
—Un montón de ruido. Ensordecedor, podríamos decir.
—¿Y eso qué significa exactamente?
Rebus se encogió de hombros.
—Me estaba preguntando si en realidad ha sido cosa de profesionales. En un principio lo parece, si nos fijamos solo en el modo en que se llevó a cabo la ejecución. Pero si uno se para a pensarlo, el asunto no está tan claro.
Curt se paró a pensarlo.
—Bueno, ¿y ahora qué va a hacer? ¿Peinar la ciudad en busca de individuos que se acaben de comprar un audífono?
Rebus sonrió.
—Es una idea.
—John, lo único que puedo decirle es que las balas causaron muchos daños. De forma intencionada o no, los disparos lo dejaron todo hecho un desastre. Es verdad que ya nos habíamos encontrado con otros asesinatos de tipo desastroso. Y lo normal es que semejantes destrozos nos faciliten las cosas a la hora de encontrar al asesino. Pero esta vez no parece que tengamos muchos indicios, dejando aparte los casquillos.
—Lo sé.
Curt soltó un manotazo sobre el tonel.
—Pero hay otra cosa. Quiero hacerle una sugerencia.
—¿Cuál?
Curt acercó el rostro como si fuera a revelarle un secreto.
—Déjeme darle el número de teléfono de Caroline Rattray.
—Váyase a tomar por culo —dijo Rebus.
Esa noche, un coche patrulla le recogió en la puerta del edificio de Patience en Oxford Terrace. El conductor era un agente llamado Robert Burns, quien estaba haciéndole un favor a Rebus.
—Se lo agradezco —dijo Rebus.
Aunque estaba asignado a la División C del barrio oeste, Burns había nacido y crecido en Pilmuir, donde conservaba muchos amigos y enemigos. En el Gar-B era un personaje muy conocido, y eso era lo que interesaba a Rebus.
—Nací en una de las casas prefabricadas —le explicó Burns—. Antes de que las echaran abajo para construir los bloques de pisos. Por increíble que le parezca, se suponía que los bloques eran más «civilizados». Los puñeteros arquitectos y urbanistas... Es imposible que reconozcan haberse equivocado, ¿no le parece? —Sonrió—. En eso se parecen a nosotros.
—Cuando dice «nosotros», ¿se refiere a la policía o a los seguidores de la Libre?
Burns era un miembro prominente de la Iglesia Libre de Escocia. Los domingos al mediodía llevaba su religión al pie de The Mound, donde predicaba sobre el azufre y las llamas del infierno a todos quienes quisieran escucharlo. Rebus le había estado escuchando unas cuantas veces. Pero Burns se tomaba los domingos libres durante la celebración del Festival. Como decía, ni siquiera su voz podía hacerse oír por encima de las bandas caribeñas de percusión y las guitarras sin afinar.
Estaban entrando en el Gar-B, pasando junto a la fachada que tenía el ominoso recibimiento.
—Déjeme tan cerca como pueda, ¿eh?
—Claro —dijo Burns.
Al llegar junto a los garajes, redujo la marcha ligeramente, pues el coche acababa de subirse a la acera y, un instante después, a la hierba.
—No es mi coche —explicó.
Siguieron conduciendo por el caminillo y dejaron atrás los garajes y uno de los bloques de pisos; ya no había por dónde seguir. Burns se detuvo. El coche estaba estacionado a unos tres metros del centro juvenil.
—Puedo ir andando desde aquí —dijo Rebus.
Los chavales que estaban tumbados en el tejado del centro ahora se habían levantado y los contemplaban. Los cigarrillos pendían de las bocas abiertas. Había más gente mirándolos desde el caminillo y las ventanas abiertas. Burns se volvió hacia Rebus.
—¿No estaría pensando en pillarlos por sorpresa?
—Así está bien. —Abrió la portezuela—. Quédese en el coche. No vaya a ser que nos revienten los neumáticos.
Rebus echó a andar hacia las puertas abiertas de par en par del centro juvenil. Los adolescentes del tejado lo miraron con experimentada hostilidad. En el suelo había avioncitos de papel, que el viento hacía despegar en algunos casos. Mientras se dirigía a la entrada, Rebus oyó unos gruñidos en lo alto. El público del tejado fingía estar formado por cerdos.
No había ningún vestíbulo; la puerta conducía a la propia sala. En uno de sus extremos había un aro de baloncesto clavado a la pared. La pelota estaba en el suelo y varios adolescentes pugnaban por hacerse con ella, con profusión de patadas a los tobillos y agarrones del pelo y de los brazos. ¡Y eso que se suponía que allí no se practicaban deportes de contacto! En un escenario construido de mala manera descansaba un gran radiocasete que emitía a todo volumen el tema de heavy metal más de moda. Rebus se dijo que no le serviría de mucho explicar que él había asistido de cerca al nacimiento de aquel género musical. La mayoría de estos chavales habían nacido después de la aparición de los Sex Pistols, así que no valía la pena venirles con batallitas sobre Led Zeppelin.
Había chicos de todas las edades, y era imposible determinar quién era Peter Cave. Quizás era el muchacho que estaba siguiendo con la cabeza los fraseos de la guitarra eléctrica distorsionada. Quizás era el que estaba fumando con la espalda apoyada en la pared. Quizás era uno de los que se apelotonaban bajo el aro de baloncesto. Pero no, en ese momento se dirigía hacia Rebus desde la dirección opuesta, alejándose de un grupo compacto que incluía al de la camiseta negra que había recibido a Rebus en su visita anterior.
—¿En qué puedo ayudarlo?
El padre Leary le había dicho que tenía unos veinticinco años, pero apenas aparentaba veinte. Las ropas acentuaban dicha impresión, y la verdad era que las llevaba como había que llevarlas. No era la primera vez que Rebus veía a miembros de la Iglesia vestidos con ropa vaquera. Por lo general daban la impresión de que se sentirían más cómodos si llevaran prendas menos cómodas. Pero vestido con una camisa y unos pantalones de tela vaquera desteñida, con media docena de delgados brazaletes de cuero y metal en las muñecas, a Cave le sentaba bien el uniforme.
—No hay muchas chicas —observó Rebus, para no entrar al trapo directamente.
Peter Cave miró a su alrededor.
—Ahora mismo no. Suele haber más, pero cuando hace buen tiempo por la noche...
Esa noche hacía buen tiempo. Rebus había dejado a Patience bebiendo vino rosado frío en el jardín. Le había costado irse. La primera impresión que se llevaba de Cave no era mala. El joven tenía aspecto lozano y la mirada limpia. Llevaba el pelo largo pero en absoluto desgreñado, y su cara era cuadrada, con gesto sincero, y un profundo hoyuelo en la barbilla.
—Discúlpeme por no haberme presentado —dijo—. Soy Peter Cave y dirijo el club juvenil.
Le ofreció la mano, entre el tintinear de los brazaletes. Rebus se la estrechó y sonrió. Cave quería saber quién era, lo que tenía su lógica.
—Inspector Rebus.
Cave asintió con un movimiento de cabeza.
—Davey me dijo que un policía había estado antes por aquí. Pero supuse que habría sido un agente de uniforme. ¿Qué problema hay, inspector?
—No hay ningún problema, señor Cave.
Un círculo de mirones malencarados se había formado alrededor de ambos. Rebus no se sentía inquieto, por el momento.
—Llámeme Peter.
—Señor Cave. —Rebus frunció los labios un instante antes de seguir—. ¿Cómo va todo por aquí?
—¿Qué quiere decir?
—Solo es una pregunta, señor. Se lo pregunto porque los delitos en Pilmuir no han disminuido precisamente desde que montó usted este lugar.
Cave entró en visible tensión.
—De un tiempo a esta parte no hay peleas entre las pandillas.
Rebus dio por buenas sus palabras.
—Pero sí que hay robos en las casas, agresiones... En el parque infantil sigue habiendo jeringuillas, aerosoles y...
—Le voy a dar yo aerosoles.
Rebus se giró para ver quién había intervenido. Era el chaval que llevaba el pecho desnudo y la cazadora vaquera. El círculo se había abierto lo suficiente como para dejarlo pasar.
—Hola, Davey —saludó Rebus.
El joven le señaló con el dedo.
—Pensaba que había dicho que no sabía cómo me llamaba.
—No puedo evitar que la gente me diga cosas, Davey.
—Davey Soutar —agregó Burns.
El agente de policía estaba de pie en el umbral, con los brazos cruzados y con el aire de quien se está divirtiendo mucho. No era el caso, por supuesto. Tan solo se trataba de un fingimiento necesario.
—Davey Soutar —repitió Rebus.
Soutar tenía los puños cerrados. Peter Cave trató de interceder.
—A ver un momento, por favor. ¿Es que hay algún problema, inspector?
—Dígamelo usted, señor Cave. —Miró a su alrededor—. La verdad es que estamos un poco preocupados por esta guarida de pandilleros.
Las mejillas de Cave enrojecieron.
—Es un centro juvenil.
Rebus pasó a estudiar el techo. Nadie estaba jugando al baloncesto en ese momento. Y el volumen de la música estaba muy bajo.
—Lo que usted diga, señor.
—Mire, ha entrado aquí dando la nota y...
—No creo haber entrado dando la nota, señor Cave. Más bien he entrado en plan tranquilo. No he venido en busca de problemas. Si el amigo Davey se toma la molestia de abrir esos puños que tiene cerrados, propongo que usted y yo hablemos fuera tranquilamente.
Cave se quedó mirando a Rebus, y sus ojos después se posaron en Soutar. Asintió con un lento cabeceo, que trataba de infundir calma, y Soutar terminó por abrir los puños. Con visible esfuerzo. Burns había entrado en la sala por algún motivo.
—Muy bien —dijo Rebus—. Vamos, señor Cave, salgamos a dar un paseo.
Echaron a andar por el parque infantil. Burns había vuelto a entrar en el coche patrulla, que condujo hasta un punto desde el que podía verlos bien. Algunos adolescentes los estaban mirando desde el tejado y la parte trasera del centro juvenil, aunque no se atrevían a ir más allá.
—La verdad, inspector, no entiendo por qué...
—¿Le parece que está haciendo un buen trabajo en este lugar, señor?
Cave lo pensó un momento antes de responder:
—Sí, me lo parece.
—¿Le parece que el experimento está teniendo éxito?
—Un éxito limitado, por el momento, pero tengo que volver a decirle que sí.
Con las manos a la espalda y la cabeza un poco gacha, Cave aparentaba no tener la más mínima preocupación.
—¿No se arrepiente de nada?
—De nada.
—Pues es curioso...
—¿El qué?
—Que los de su iglesia no parecen estar tan seguros.
Cave no tardó ni un segundo en replicar:
—¿Así que es eso? Es miembro de la congregación de Conor, ¿verdad? Le ha enviado aquí para... ¿cuál es la expresión? Para bajarme de las alturas, ¿es eso?
—En absoluto.
—Conor es un paranoico. Él fue quien se empeñó en que viniera aquí. Y ahora ha decidido que tengo que irme, ipso facto. Está acostumbrado a que todos le obedezcan sin rechistar. Pues bien, no tengo ninguna intención de irme. Me gusta estar aquí. ¿Es eso lo que le asusta? Pues me temo que no puede hacer mucho al respecto, ¿no cree usted? Y me parece que usted tampoco puede hacer mucho, inspector, a no ser que vea que algún miembro del club está quebrantando la ley.
Cave tenía el rostro enrojecido y gesticulaba con las manos.
—Estos chavales quebrantan la ley todos los días.
—A ver un momen...
—No, escúcheme un minuto. Es verdad que ha conseguido unir a los chavales católicos y a los protestantes, pero tendría que preguntarse el porqué de su buena disposición. Cuando no están divididos están unidos, y si están unidos es por alguna razón concreta. Son los mismos de siempre, solo que ahora tienen más fuerza. Se habrá dado cuenta.
—Yo no me he dado cuenta de nada de eso. Las personas pueden cambiar, inspector.
Rebus se había pasado toda su carrera profesional oyendo esa afirmación. Suspiró y hundió la punta del zapato en el suelo.
—¿Usted no lo cree así?
—Para serle sincero, no en este caso en concreto, y las estadísticas sobre la delincuencia respaldan lo que le digo. Lo que aquí se está dando es una tregua de algún tipo, cosa que de todos modos les viene bien para ir haciéndose con territorio. Si alguien los amenaza, están en disposición de vengarse a lo bestia... De partirle la cabeza a quien haga falta. Pero esta situación no va a durar, y cuando vuelvan a dividirse en sus pandillas respectivas va a correr la sangre, eso está más que claro. Dígame, ¿cuántos católicos hay en su club esta noche?
Cave no respondió, ocupado como estaba en negarlo todo con la cabeza.
—Lo siento por usted, y hablo en serio. El cinismo le sale por los poros. Pero resulta que no me creo nada de lo que me dice.
—Yo puedo ser un cínico, pero usted entonces es un ingenuo, lo que significa que lo están utilizando. Y eso es bueno, porque de lo contrario estaríamos hablando de que le han arrastrado a esta situación y de que usted la acepta, consciente de la verdad.
A Cave volvieron a ruborizársele las mejillas.
—¿Cómo se atreve?
Y le soltó un puñetazo en el estómago a Rebus, con fuerza. Rebus había encajado puñetazos de profesionales, pero aquel le había pillado desprevenido, por lo que sintió que se doblaba y le costaba respirar. Sentía una quemazón en las tripas que no tenía nada que ver con el whisky. Oyó vítores a lo lejos. Unas pequeñas siluetas estaban bailando de contento en el tejado del centro juvenil. Rebus ansió que tropezaran y se cayeran. Se enderezó.
—¿Le parece que con esto está dando un buen ejemplo, señor Cave?
Dicho esto, le estampó un tremendo puñetazo en la mandíbula. El joven retrocedió dos pasos y a punto estuvo de desplomarse.
De lo alto del centro juvenil llegó un rugido estruendoso. Los jóvenes del Gar-B estaban bajando del tejado y echando a correr hacia ellos. Burns había puesto el coche en marcha y cruzaba el campo de fútbol a su encuentro. El vehículo estaba ganándole terreno a la pequeña multitud, pero por muy poco. Una lata vacía impactó contra el cristal trasero. Burns frenó en seco nada más llegar a la altura de Rebus, quien abrió la portezuela de golpe y entró a toda prisa. Se contusionó una rodilla y un codo. Salieron del barrio de inmediato, en dirección a la carretera.
—Bueno —comentó Burns, mirando por el retrovisor—. Al final no ha pasado nada.
Rebus intentaba recobrar el aliento mientras se examinaba el codo lastimado.
—¿Cómo es que sabía el nombre de Davey Soutar?
—Porque es un maníaco —se limitó a reponer Burns—. Siempre trato de enterarme de estas cosas por adelantado.
Rebus suspiró ruidosamente y se bajó la manga de la camisa.
—Nunca hay que hacerle un favor a un sacerdote —dijo para sí.
—Tomo buena nota, señor —indicó Burns.
7
A la mañana siguiente, Rebus entró en la sala de homicidios con un sándwich de atún con pan integral y un vaso de papel con café descafeinado. Se sentó ante su escritorio y sacó la tapa del vaso de papel. Vio por el rabillo del ojo el montón de papeleo que se había acumulado en el escritorio desde la víspera. Pero no le prestó la menor atención durante los siguientes cinco minutos.
Las huellas dactilares de la víctima coincidían con las que se habían tomado en la habitación de Billy Cunningham. Así pues, el cadáver ahora tenía nombre, pero eso era casi todo. Habían interrogado a Murdock y Millie, y el servicio de correos estaba examinando su expediente personal. Ese mismo día iban a registrar de nuevo el cuarto de Billy. Seguían sin saber quién era en realidad. Tampoco sabían nada ni sobre su procedencia ni sobre sus padres. Había muchas cosas que no sabían.
Rebus había descubierto con el tiempo que, en una investigación de asesinato, no siempre era necesario saberlo todo.
El inspector jefe Lauderdale se encontraba a sus espaldas. Rebus lo sabía porque Lauderdale desprendía un olor peculiar. No todo el mundo era capaz de distinguirlo, pero Rebus sí. Era un olor particular, como si alguien hubiera empleado polvos de talco en un cuarto de baño a fin de encubrir otro aroma menos aceptable. Y a continuación se oyó un clic y el zumbido de la máquina de afeitar eléctrica de Lauderdale. Rebus dio un respingo al oír el sonido.
—El jefe quiere verlo —dijo Lauderdale—. El desayuno puede esperar.
Rebus se quedó mirando su sándwich.
—He dicho que puede esperar.
Rebus asintió.
—¿Le traigo un café en cuanto haya regresado?
Se llevó consigo el café, del que bebió unos sorbitos ante la puerta de Watson el Granjero, a la escucha. Se oían voces procedentes del interior, una de ellas más nasal que la otra. Rebus llamó con los nudillos y entró. El inspector jefe Kilpatrick estaba sentado frente al escritorio del Granjero.
—Buenos días, John —saludó el comisario jefe—. ¿Un café?
Rebus levantó su vaso.
—Ya tengo, señor.
—Bien, siéntese.
Tomó asiento junto a Kilpatrick.
—Buenos días, señor.
—Buenos días, John.
Kilpatrick tenía una taza en las manos, pero no estaba bebiendo. Por su parte, el Granjero se estaba sirviendo más café de su cafetera eléctrica personal.
—Bien, John —dijo, mientras se sentaba—. Vamos al grano. Va a ser asignado al grupo del inspector jefe Kilpatrick.
Watson bebió un trago de café y lo paladeó. Rebus miró a Kilpatrick, quien confirmó:
—Tendrá la base de operaciones en Fettes, con nosotros, pero será nuestros ojos y oídos en la investigación de este asesinato. Nuestro oficial de enlace, por así decirlo. De forma que va a seguir pasando la mayor parte del tiempo aquí, en St Leonard’s.
—Pero ¿por qué?
—Bueno, inspector, parece que este caso es competencia de la Brigada de Investigación Criminal.
—Sí, señor, pero ¿por qué yo en particular?
—Porque ha estado en el Ejército. Me he fijado en que estuvo sirviendo en el Úlster a finales de los años sesenta.
—De eso hace un cuarto de siglo —protestó Rebus.
Había empleado aquel lapso en tratar de olvidar todo cuanto tuviera que ver con aquel destino.
—Sin embargo, convendrá conmigo en que este caso contiene aspectos que llevan a pensar en los paramilitares. Como usted mismo dijo, la pistola no es del tipo que suelen usar los atracadores de bancos, por poner un ejemplo. Es un tipo de revólver que emplean los terroristas. Al Reino Unido han llegado muchas armas de fuego de un tiempo a esta parte. Es posible que este asesinato nos permita establecer una conexión con dichas armas.
—A ver, un momento. ¿Me está diciendo que en realidad no están muy interesados en el asesinato y que lo que de verdad les interesa es la pistola?
—Creo que todo le quedará mucho más claro cuando vea la naturaleza de nuestro trabajo en Fettes. Tengo que irme de aquí dentro de... —consultó su reloj— unos veinte minutos. Con eso tiene suficiente para despedirse de sus seres queridos. —Sonrió.
Rebus asintió con un gesto de cabeza. No había tocado su vaso de café, en cuya superficie se había formado una espumilla blanquecina al enfriarse.
—Muy bien, señor —dijo poniéndose en pie.
Seguía un poco confuso cuando volvió a entrar en la sala de homicidios. Un inspector estaba contándoles un chiste a otros dos. El chiste trataba de un calamar sin dinero, una cuenta de restaurante y un friegaplatos llamado Hans que trabajaba en la cocina.
A Rebus lo trasladaban a la Brigada de Investigación Criminal o, como la llamaban algunos, «la Brigada de los Cabrones». Tardó un minuto en descubrir que en su escritorio faltaba algo.
—¿Quién coño se ha comido mi sándwich?
Al mirar alrededor vio que el chiste se había acabado de manera prematura. Pero nadie le prestó atención. En la sala estaba corriendo la noticia y la atmósfera había cambiado. Lauderdale se acercó al escritorio de Rebus con un fax en la mano.
—¿Qué es eso? —preguntó Rebus.
—Los de Glasgow han localizado a la madre de Billy Cunningham.
—Bien. ¿La madre va a venir a Edimburgo?
Lauderdale asintió distraídamente.
—Sí, para efectuar la identificación oficial.
—¿Y el padre?
—El padre y la madre se separaron hace mucho tiempo, cuando Billy era un bebé. Eso sí, la mujer nos ha dado su nombre. —Le pasó el fax—. Es Morris Cafferty.
—¿Qué? —A Rebus se le había pasado el hambre de golpe.
—Morris Gerald Cafferty.
Rebus leyó el fax.
—Dígame que no es verdad. Que los de Glasgow nos están gastando una broma.
Pero Lauderdale negaba con la cabeza.
—De broma, nada.
Big Ger Cafferty estaba en la cárcel, desde hacía bastantes meses e iba a seguir encerrado muchos años. Era un hombre peligroso, especializado en el negocio de la protección, un extorsionador, un asesino. Tan solo habían podido colgarle dos asesinatos, pero hubo otros. Rebus sabía que había otros.
—¿Le parece que alguien quiso enviarle un mensaje?
Lauderdale se encogió de hombros.
—Está claro que el caso empieza a seguir otro rumbo. Según la señora Cunningham, Cafferty se encargó de pagar todos los gastos de Billy durante su niñez y se aseguró de que no le faltara de nada. A la mujer le sigue llegando dinero de vez en cuando.
—Pero ¿Billy sabía quién era su padre?
—No, según la señora Cunningham.
—Entonces ¿cómo podía saberlo alguien?
Lauderdale volvió a encogerse de hombros.
—Me pregunto quién va a decírselo a Cafferty.
—Mejor que se lo digan por teléfono. No me gustaría estar en la misma habitación que él.
—Menos mal que tengo el traje bueno en la taquilla —apuntó Lauderdale—. Va a haber otra rueda de prensa.
—Pero mejor dígaselo antes al comisario jefe, ¿de acuerdo?
La mirada de Lauderdale se iluminó.
—Por supuesto.
Echó mano al teléfono de Rebus para hacer la llamada.
—Y por cierto, ¿de qué quería el jefe hablar contigo?
—No tiene mucha importancia —respondió Rebus.
Y lo decía en serio.
—Pero es posible que esto cambie las cosas —insistió a Kilpatrick en el coche.
Estaban sentados en el asiento trasero, mientras el chófer los conducía a Fettes tomándose su tiempo. El hombre se empecinaba en seguir por las avenidas principales, en lugar de buscar los callejones, atajos y tramos sin semáforos, como habría hecho Rebus.
—Es posible —concedió Kilpatrick—. Ya veremos.
Rebus había estado contándole la vida y milagros de Big Ger Cafferty.
—Lo que quiero decir —prosiguió— es que si ha sido un ajuste de cuentas entre criminales, la cosa ya no tiene nada que ver con los paramilitares, ¿no le parece? Y entonces yo ya no le sirvo de nada.
Kilpatrick sonrió.
—¿Pero a usted qué le pasa, John? La mayoría de los policías que conozco darían la mano con la que beben a cambio de que los asignen a la Brigada de Investigación Criminal.
—Sí, señor.
—¿Pero no es su caso?
—Le tengo bastante cariño a la mano con la que bebo. También me sirve para otras cosas. —Rebus miró por la ventanilla—. Ya estuve asignado antes allí y no me gustó demasiado.
—Quiere decir en Londres, ¿no? El comisario jefe ya me lo ha contado todo.
—Lo dudo, señor —repuso Rebus con calma.
Enfilaron Queensferry Road, a menos de un minuto andando de la casa de Patience.
—Hágame este favor —dijo Kilpatrick en tono serio—. Al fin y al cabo, parece que también es un experto en todo lo relativo a ese tal Cafferty. De forma que sería una estupidez por mi parte no recurrir a un hombre como usted.
—Sí, señor.
Y lo dejaron ahí, sin añadir nada más. Estaban entrando en Fettes, donde se encontraba la Jefatura Superior de Policía de Edimburgo. Al final de la larga calle había una buena vista de las agujas góticas del colegio Fettes, uno de los más exclusivos de la ciudad. Rebus no sabía qué era más feo, si la ornada fachada del colegio o si el chato y anodino edificio de la Jefatura Superior de Policía. Este último bien podía haber correspondido a una escuela politécnica, no tanto por su diseño como por su carencia de diseño. Se trataba de uno de los edificios menos imaginativos que Rebus había visto en la vida. Quizá se tratara de una forma de expresar su propósito.
La Brigada de Investigación Criminal de Edimburgo operaba desde una oficina pequeña y llena de cosas y de gente en el quinto piso, que compartía con la unidad de investigación de la escena del crimen de la policía local. Los especialistas forenses y los fotógrafos de la policía trabajaban un piso más arriba. Entre una y otra planta se daba gran interacción.
El verdadero cuartel general de la Brigada de Investigación Criminal se hallaba en Stuart Street, en Glasgow. La Brigada de Investigación Criminal tenía otras ramas en Stonehaven y Dunfermline, la última de las cuales era una unidad de apoyo técnico. Ochenta y dos agentes y mandos en total, así como una docena aproximada de funcionarios no pertenecientes a la policía.
—Contamos con nuestros propios equipos especializados en vigilancia y tráfico de drogas —agregó Kilpatrick—. Escogemos nuestros hombres de entre todos los organismos escoceses.
Kilpatrick siguió dándole explicaciones mientras conducía a Rebus por la oficina de la Brigada de Investigación Criminal. Algunos de los que estaban allí trabajando levantaron la cabeza un momento, pero ni mucho menos todos. Dos de los que sí lo hicieron eran un hombre calvo y su pecoso vecino de escritorio. Sus miradas no eran de bienvenida; tan solo reflejaban curiosidad.
Rebus y Kilpatrick se acercaron a un hombre muy corpulento que miraba un mapa en la pared. El mapa mostraba las islas Británicas, así como el norte del continente europeo, y llegaba hasta Rusia. Algunas de las rutas marinas aparecían subrayadas con unas largas cintas de tela roja que llevaban a pensar en material usado en sastrería. Pero el hombretón no daba la menor impresión de tener nada que ver con las tijeras de un sastre ni con patrones de papel. Una de las rutas iba a parar a la costa oriental escocesa. El hombretón no se había dado la vuelta para verlos.
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