Читать книгу: «Bajo el drago»
El autor, Eugen Kuthe (seud. Horst Uden), nació en Silesia (Alemania) en el año 1898 y falleció en 1973. Después de la Primera Guerra Mundial abandonó su tierra natal y se afincó en Málaga (España). Desde aquí emprendió múltiples viajes a Canarias, Sudamérica, Alemania, Austria, pero siempre regresaba a Andalucía, su patria elegida. Visitó las islas Canarias en la década de los años 30, escribió «Bajo el drago», la presente colección de leyendas canarias, y la novela histórica «El rey de Taoro», que se convirtió en best séler en lengua alemana.
Plano del archipiélago canario y trazado de la ruta del autor

Horst Uden
Bajo el drago
Leyendas y tradiciones
de las islas Canarias

Título del original en Alemán: Unter dem Drachenbaum. Legenden und Überlieferungen von den Kanarischen Inseln
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito de la editora.
Todos los derechos reservados · All rights reserved
Bajo el drago. Leyendas y tradiciones de las islas Canarias
© 2010-2019 Editorial Verena Zech, Santa Úrsula (Tenerife)
www.editorial-zech.es
Texto: Horst Uden
Traducción: Guillermo Sans Huelín
Diseño de la portada: Karin Tauer
ISBN 978-84-933108-3-7
eISBN 978-84-948381-5-6
A mi distinguido amigo y mentor don Francisco P.
Montes de Oca García, Cronista Oficial de Canarias y
Académico Correspondiente de las Reales de la Historia
y Bellas Artes de San Fernando, en gratitud.
Horst Uden, 1940
Índice
La leyenda primitiva
TENERIFE, la isla feliz
Flores de guaidil
Vilaflor
El cantar de los cantares de los antepasados
La generosidad del guanche
«Mister Whisky»
El extranjero
GRAN CANARIA, la isla heroica
Atidamana
El vínculo invisible
«Al Cojo Pepe»
LA PALMA, la isla verde
Mirca y Niquiomo
El Salto del Pastor
Doce ducados
LA GOMERA, la isla legendaria
Hupalupu, el hechicero
La santa lluvia
El mejorador del gusto
EL HIERRO, la isla misteriosa
El milagro del «garoé»
El peregrino
El último zorrocloco
FUERTEVENTURA, la cenicienta
La Santa Virgen de la Luz
El aquelarre
Tumulto en La Antigua
LANZAROTE, la isla de arena
El juicio de Dios
Fiestas en Haría
El dragón de Arrecife
SAN BORONDÓN, la isla fantasma
La muchacha de San Borondón
«Solo nos queda el Océano,
que baña los benditos campos;
Icemos las velas para contemplar
las magníficas islas…»
(Horacio, Oda XIV. Ad Populum Romanum)
La leyenda primitiva
En la quebrada y bravía cordillera marginal que, cual muralla inaccesible, limita al país ibérico hacia el Norte, vivía la ninfa Pyrene como guardiana del sagrado manantial que cual cinta de plata se precipitaba por los elevados riscos para caer en el pequeño estanque, rodeado de bosque, sobre el que mecían sus altivas cabezas los nenúfares blanco-amarillentos. Tendida en actitud ensoñadora junto a la orilla, se reflejaba su cuerpo níveo en las aguas suavemente onduladas. Mariposas de múltiples colores revoloteaban sobre ella cual si fuese una flor, y una de ellas se posó con las alas extendidas sobre su brazo, semejando un adorno vivo, que brillaba con reflejos azules y dorados, como solo los dioses llevaban. De vez en cuando, el lejano canto de un pájaro se sobreponía al uniforme chapoteo del agua y al ligero murmullo de los alisos mecidos por el viento. Parecía dominar una paz arcádica en el valle boscoso que Zeus había destinado como morada a la ninfa Pyrene. Y, sin embargo, no era así.
Allá en lo alto, en las espaciosas cavernas de los escarpados abruptos que parecían escalar el cielo, hacían de las suyas los salvajes Gigantes, jugando a la pelota con nubarrones desgajados por el viento, precipitando grandes bloques de piedra sobre las laderas rocosas y viviendo en sempiterna lucha entre sí. Sus vociferaciones resonaban como retumbos de truenos, y sus gritos semejaban silbidos de tempestad que pasasen raudos a través de barrancos insondables. Nada les era más odioso que el acogedor silencio y la soledad soñadora que dominaban en el tranquilo valle boscoso, donde saltaba el atrayente manantial, con reflejos plateados, de la ninfa Pyrene en el verde estanque.
Una y otra vez habían intentado devastar el tranquilo valle y transformarlo en su campo de juego, aunque siempre en vano. Gigantescas moles rocosas eran precipitadas por ellos, pero el bosque las atrapaba con sus poderosos brazos, y cuantas veces se apoyaban contra los árboles, quedaban aprisionados sus pies en la espesura, los espinos arañaban sus rostros y manos, y los zarzales embarazaban su camino. Rabiosos, renunciaban al inútil forcejeo y retrocedían a las alturas para deliberar.
Un relámpago zigzagueante les mostró cómo podían aniquilar a su terrible enemigo, el bosque. Con sus poderosos puños asieron las negruzcas nubes, cogieron el ardiente rayo y lo lanzaron con terribles alaridos a la profundidad. Acompañado de fuerte estallido fue a dar en las copas de los nudosos alcornoques. Las llamas se levaron de la maleza, y una oscura y espesa humareda ocultó el valle en tinieblas tan negras como la noche.
Pero ya se aproximaba el vengador que Zeus había enviado para exterminar a los descomunales Gigantes y rescatar a Pyrene. Era Heracles, el amado de los dioses, que, ávido de aventuras, había desembarcado en la costa de Iberia, buscando descanso de su largo viaje en la alta montaña.
Los gritos de los Gigantes lo despertaron de su sueño. A grandes saltos avanzó impetuosamente hacia los más empinados riscos, mirando a su alrededor, en busca de nuevas hazañas que pudieran aumentar su fama.
Mientras tanto, los Gigantes lo habían divisado y reconocido como enemigo mortal. Por todos lados procuraban escalar las alturas, intentando lanzar al abismo al hijo de los dioses. Pero su maza silbante remolineaba sobre sus cabezas y destrozaba los brazos de los Gigantes asidos a las rocas. Al último que logró alcanzar le rompió Heracles la espina dorsal. Pesadamente se estrelló el cuerpo del monstruo en el abismo.
Sin vida yacían los Gigantes en la falda de la montaña, si bien tenazmente proseguía su tarea destructora el fuego en el valle de la paz. Entonces percibió el oído del radiante vencedor un grito semejante a alegre tañido de campana. A la escucha, inclinó su cabeza sobre el abrupto balcón. De nuevo lo oyó… más débil…, desesperado…
Como un alud descendió a saltos y abrió con la maza un amplio sendero a través del laberinto de los árboles ardientes, aplastó el monte bajo en ascuas y llegó pronto al sagrado manantial de Pyrene.
Al borde del lago, medio sofocada por el acre humo, encontró tendida a la ninfa. Con presteza, la levantó y la llevó en veloz carrera a través de las ondulantes llamas a la falda salvadora, donde acomodó a la desmayada, con cuidado, bajo un risco protector. Meditabundo, contempló su hermosa figura, y de repente le parecieron todas sus gloriosas aventuras insignificantes e insulsas frente a una vida tranquila junto a esta diosa de ensueño. Y de nuevo la cogió y la transportó a la orilla para conducirla como esposa a su país natal.
Mas la ninfa rogó con ahínco a su salvador que la dejase volver al sagrado manantial, que era su mundo, y Heracles la dejó marcharse con profunda pena, si bien disimuladamente la siguió desde lejos, pues no podía apartar de ella su vista.
Con aire dolorido, la cabeza inclinada hacia el suelo, avanzó Pyrene sobre ramas carbonizadas y árboles caídos hacia el pequeño estanque, que ahora, cual sucio charco, miraba al cielo. En vez de altivos nenúfares, flotaban maderos sobre las ondas ennegrecidas por el hollín, ninguna mariposa revoloteaba ya por sus orillas, ningún canto aflautado de pájaro lejano llegaba ya a sus oídos. No era el apacible silencio de la soledad lo que ahora encontraba sino el inquietante silencio de un campo de restos quemados.
Una vez más, elevó su cabeza y contempló entristecida los lugares devastados de su soñadora juventud. Entonces cayó muerta al estanque.
Allí la encontró Heracles. Las lágrimas se deslizaban por las mejillas del héroe cuando transportó el cuerpo de la amada al risco más elevado, donde había vencido a sus enemigos los Gigantes. Allí erigió a la muerta, en cuarenta días y cuarenta noches, un ingente mausoleo, cuya cima penetraba en las nubes, y al que denominó Pyrenea. De aquí deriva el nombre de Pirineos con que se conoce en la actualidad a la totalidad de la cadena montañosa.
Muchas lunas había llorado Heracles a la amada diosa, cuando decidió marchar hacia el Sur en busca de nuevas aventuras. Así, después de larga caminata, llegó a la montaña de Calpe, que ligaba Iberia con la tierra de los Atlantes. Desde su cúspide divisó por primera vez el Océano, que, como ancha faja, corría alrededor de la Tierra, así como el mar de su patria.
A sus pies, en la costa de Iberia, se elevaba el castillo de Gades, que había construido el gigante Gerión, de tres cabezas, después de haber sido amonestado por la diosa Atenea. Despreocupado, descendió Heracles para contemplar al señor del castillo con sus propios ojos.
Gustoso le dejó Gerión rebasar las murallas.
La noticia de la victoria del héroe sobre los salvajes Gigantes lo había atemorizado, y temía negar la hospitalidad a Heracles. Pero, pérfido como era, ideó una treta para perder al hijo de los dioses. ¿Para qué tenía tres cabezas? Con tres se puede pensar mejor que con una. Conocía el afán de aventuras de su huésped y comenzó a hablarle de las Hespérides.
Gea, la diosa de la Tierra y de la fertilidad, había regalado a Hera, en sus bodas con Zeus, doce manzanas de oro que proporcionaban facultades secretas. Quien comiese de ellas se volvía inmortal y disfrutaba de juventud eterna. En medio de la tierra de los Atlantes se encontraba el árbol floreciente, que guardaban las Hespérides, las siete hijas de Atlas y Hésperis. Mas astutamente le ocultó Gerión que aquellas estaban encomendadas a la protección del dragón Ladón, de cien cabezas.
Apenas se enteró Heracles de la existencia de las frutas misteriosas, se dispuso a partir. Alegre lo despidió el gigante ante la portada de piedra del castillo, que cerró tras él, después de haberle mostrado el camino que conducía al reino de los Atlantes…
Cuando el sol había remontado por cinco veces el disco de la Tierra, iluminaron sus rayos las manzanas doradas de Hera, que atraían relucientes entre el verde follaje de la abovedada copa del árbol, y a cuya sombra descansaban las Hespérides, de ojos azulados. Su dulce canto hizo detenerse a Heracles, extasiado ante la melodía divina.
Tan abstraído se encontraba escuchando las encantadoras tonalidades, que no se percató cómo se deslizaba el dragón Ladón desde su guarida, oculta tras un seto espinoso, aproximándose silencioso para despedazar al atrevido héroe.
Tan solo el cálido aliento del monstruo de cien cabezas lo sacó de su abstracción. Con rapidez se percató del peligro y se dispuso a hacer frente al ladino adversario.
Solo cuando una docena de cabezas del animal yacían ya por tierra, se dio cuenta de que esta vez se trataba de una lucha a vida o muerte. Un salto dio el dragón hacia Heracles, aunque este pudo esquivarlo y, agazapándose, logró hundirle su espada en el corazón. Sin vida se derrumbó el monstruo junto a su vencedor.
Mientras Heracles, con mano atrevida, cogía las doradas manzanas, que ocultaba en su jubón, entonaban las Hespérides, que sin aliento habían contemplado la terrible lucha, un canto de dolor con las siguientes estrofas:
¡Ay de ti, oh tierra de los Atlantes,
cuya paz perturbó el forastero
al matar con mano criminal
a nuestro vigilante Ladón!
Del árbol de la juventud
arrancó audaz los dorados frutos
que Gea, la diosa de la Tierra,
regaló a Hera en sus bodas.
¡Ay de nosotras, las Hespérides,
cuya razón de ser ya no existe
al haber sido robado el tesoro
que la diosa nos confió!
¡Ay de vosotros, hermanos Titanes,
que habitáis en lo alto de las montañas!
Más potente que la cordillera
son las aguas del Océano.
La ruina nos está reservada
a los hijos de la Atlántida;
solo en las profundidades del mar
podrá perdurar su nombre.
Sin hacer caso de las lamentaciones de las doncellas emprendió Heracles el camino hacia su patria para ofrecer como dádiva a su diosa protectora Atenea los dorados frutos que daban eterna juventud. Al pasar por el templo de Neptuno, próximo a la ciudad de los Atlantes, le salió al encuentro el rey Atlas, al frente de sus hijos, los Titanes, para vengarse del robo de las manzanas de oro. Pero Zeus ayudó al héroe griego: un intenso temblor de tierra hizo estremecer el templo, un rayo destruyó la estatua de Neptuno y el rey Atlas quedó sepultado bajo las ruinas del santuario.
Inmensa rabia se apoderó de los Titanes. Desgajaron árboles y blandieron sobre la cabeza de Heracles las columnas del atrio para aniquilarlo. Solo una huida acelerada podía salvar al vencedor del dragón.
Como un cervatillo, corrió por valles y alturas en dirección Norte, perseguido por los enfurecidos hijos de Atlas, que cada vez se acercaban más. Pero no bien hubo llegado a la cúspide de la montaña de Calpe, cogió con ambas manos su potente espada, la elevó hacia las nubes y, de tremendo tajo, dividió en dos la montaña: el ángel exterminador había guiado su brazo.
Con enorme ímpetu se mezclaron las aguas del Océano con las del mar de su país natal, remontándose y precipitándose en los valles de Atlantis, que Zeus había decidido devastar. Asustados, huyeron los Titanes a la montaña para alcanzar un lugar rocoso que los rescatase de la inundación.
Mas Heracles regresó y buscó por la noche a Hésperis, la viuda de Atlas, cuya belleza era ponderada por toda la faz de la tierra. Con un árbol encendido a modo de tea, trepó por las ruinas de la ciudad y la encontró, temblorosa, dentro de una gruta. Nada más contemplar Hésperis el rostro del radiante héroe, se inflamó su corazón de amor repentino y lo siguió de buen grado.
Al amanecer colocó Heracles sobre sus hombros a la reina para vadear el estrecho que, después del hendimiento de la montaña de Calpe, lo separaba de Iberia. Se apercibieron los Titanes de la huida de su madre, y desde las alturas lanzaron grandes peñascos al mar para matar al enemigo mortal. Pero Heracles alcanzó ileso las murallas de Gades.
Allí lo esperaba el gigante Gerión, que se apoderó de Hésperis, aún sobre los hombros del héroe, y la instaló en el patio del castillo. Después cogió un peñasco, que lanzó desde la muralla contra el odiado forastero que había hecho frente al dragón Ladón. Pero Heracles amortiguó el golpe con la espalda, saltó a la muralla y mató al monstruo. Sobre la tumba de Gerión brotó un tremendo árbol, un drago, cuyo tronco lloró sangre roja por la muerte del señor del castillo.
Mientras tanto, había trepado Hésperis a las almenas y había contemplado desde ellas la Atlántida, que se hundía en las olas del Océano. Una profunda pena embargó a la reina y, transida de dolor, se precipitó en el mar.
Los Titanes, sin embargo, no cejaron en la lucha contra las aguas ascendentes. Escalaron la cima más elevada para construir una torre gigantesca y trepar al cielo salvador. Ya habían llegado a las nubes, solo dos dedos los separaban del cielo, cuando se vino abajo el atrevido edificio.
Ciegos de cólera, lanzaron las ruinas de la orgullosa torre contra Zeus, que en el último instante les rehusó la salvación. El dios convocó a los elementos contra ellos: los rayos cayeron del cielo, la lluvia se precipitó a torrentes y cada vez ascendían más las olas. El ángel exterminador abrió una profunda fosa en el fondo del Océano, en la que se hundieron los Titanes. Después introdujo su espada flamígera en la vaina y se despidió de la Tierra hasta el día del Juicio final.
Del poderoso reino de la Atlántida solo subsistieron siete cumbres de montaña, rodeadas por las aguas del Océano: siete islas, que llevaron los nombres de las Hespérides; y Zeus colocó en el cielo, como brillante constelación de estrellas, a las hijas de Atlas, las de cabellos dorados.
Hasta aquí la leyenda. En la historia del mundo solo se conocen las islas desde que Juba II, rey de Mauritania, organizó una expedición en alta mar. El informe que le trajeron los audaces navegantes las señaló con el nombre de «Insulae Fortunatae», las «Islas Afortunadas». Sus pobladores originales, los guanches, vivieron allí sin ser conocidos, cual solitaria estrella, como hombres de la Edad de Piedra, hasta entrado el siglo XV. Entonces fueron presa de los conquistadores españoles. A partir de esa época a las islas se les aplicó el nombre de «Canarias», derivado de los grandes y pelambrosos perros (canes). Sus nombres son: Tenerife, Gran Canaria, La Palma, Gomera, Hierro, Fuerteventura y Lanzarote.
Tenerife, la isla feliz
Flores de guaidil
Como visión de una época ha tiempo desaparecida, cual resto del luminoso Jardín de las Hespérides, se yergue aún hoy, en la campiña de Taoro, el arbusto, alto como un árbol, al que una princesa guanche, bella como un sueño, adoptó como símbolo del amor. Con las blancas flores acampanilladas del guaidil, que del fondo de su cáliz emanan una fragancia de rosa, se hacía la corona para el vencedor del hercúleo contrincante, con ocasión del Beñesmén, la fiesta de acción de gracias por la cosecha. Aquí, en el tagoror, el lugar del Concejo, de asambleas y de celebración de los festivales, se encendió el corazón de una doncella en ardiente amor por un arrogante joven, simple vasallo de su padre, el poderoso rey de la isla.
Llamábase ella Guaima y él, Tamaide. Ella, de sangre real, y él, un modesto pastor, aunque noble, animoso y valiente, como cualquiera de los guanches que vivían en Tenerife.
Un día, al amanecer, descendió Guaima a la playa a escuchar el rumor de las olas, que sonaban a suspiros de amor. Largo tiempo llevaba sentada en una roca, y no se dio cuenta de que el sol iba ascendiendo cada vez más, hasta rebasar ya la hora del mediodía.
De pronto, alcanzó su oído un agudo silbido y, volviéndose, pudo observar cómo un joven de pies ligeros saltaba por los riscos del Chichimani y desaparecía por la garganta de Guabana. Demasiado bien conocía el silbido de aquel guanche de ojos claros, que siempre se le aparecía en sus sueños y que hacía latir su corazón más deprisa desde hacía tiempo.
Veloz corrió ella, y antes de alcanzar el arroyo que corría juguetón a través del abrupto desfiladero, se entreabrieron los arbustos de adelfas y ante ella apareció el joven pastor Tamaide, de elevada estatura. Este se inclinó profundamente ante la princesa, que, no solo por la precipitada carrera, aparecía encendida como la púrpura.
En conversación discreta la informó Tamaide respecto a lo que los pastores de las alturas del Chichimani habían decidido en la reunión de la última noche. Y si bien sabía él que la princesa no podía rehusar el alto honor —pues quien despreciase la voluntad del pueblo era declarado enemigo de la patria y sometido al castigo de Acorán, el dios reinante—, cumplía el encargo encomendado con alegría íntima, al percatarse del resplandor en los ojos de Guaima. Y así le habló:
«¡Noble hija del gran rey Bentinerfe, vuestro padre, cuyos fieles vasallos todos somos! Hace tiempo os buscaba en el amplio valle de Arautápala, y ahora que estáis ante mí os daré noticia de la decisión de vuestros súbditos, que me han escogido como mensajero de ellos. Por unanimidad han decidido escogeros como reina de honor para que entreguéis con vuestras propias manos el premio al vencedor en la lucha del próximo Beñesmén, quien os conducirá a casa como esposa. Os suplicamos de todo corazón que cumplimentáis nuestro deseo y aceptéis el honor que queremos dispensaros».
Temeroso, se arrodilló y besó la orla de su tamarco, la saya de piel fofa que descendía ajustada hasta los xercos, las sandalias de anchas correas.
Alegremente conmovida por las agradables palabras de Tamaide, que sonaron en sus oídos como las dulces sonoridades de un caramillo, dio la princesa su consentimiento. Después corrió presurosa a la caverna del rey para llevar a su padre la buena nueva.
Apoyado en su elástico banot, la jabalina de madera oscura de fresno, contempló encantado a la joven…
Había llegado el día del Beñesmén. En Alfaribor, el espacioso desfiladero de Taoro, dominaba gran actividad. Jóvenes maguadas, sagradas sacerdotisas, que hoy debían actuar como damas de corte de la reina de honor, se encontraban allí para ataviar a Guaima. Lindos collares de conchas colgaron de su blanco cuello, clavaron en su pelo las rojas flores del miracielos y le ciñeron en sus caderas un cinturón de abigarradas flores silvestres. Después condujeron a Guaima al sagrado manantial, cuya superficie cristalina devolvió la adorada imagen de la reina de honor.
La prolongada tonalidad del fatuto, un caracol de mar, que por tres veces se escuchó, avisó del comienzo del festival. Rápidamente se organizó la comitiva y, seguida de las maguadas, avanzó Guaima, con la cabeza erguida, al sitio de las competiciones.
El amplio círculo del tagoror estaba adornado con hierba fresca y flores de colores vivos. Entre ramas de laureles y adornos de palmas, embalsamaban el ambiente las blancas flores de la retama.
Bajo el viejísimo árbol del drago, el rasgo característico de Taoro, estaba sentado, sobre una piedra cubierta con una piel, el rey Bentinerfe, rodeado por los príncipes y nobles de su reino. Sobre la cabeza del gobernante colgaba el estandarte tejido de líber, la añepa, símbolo de poderío ilimitado. Alrededor del campo de combate estaban agazapados los vasallos sobre piedras hasta allí llevadas, mientras que los niños jugaban en la arena. En todos los rostros se traslucía una viva expectación.
Solemnemente se aproximaba el séquito de Guaima y las sacerdotisas, que en honor de Acorán entonaban un canto de alabanzas. Seguían jóvenes con tajarastes, pequeños tambores de mano, y chiflas, flautas. Después de la comida iniciarían la danza los guatativoa.
Portadores de angarillas con frutas del mocán y del madroñero iban de aquí para allá, para establecerse bajo las palmeras de abanico, alejados del polvo de la pista de combate. Se amontonaban también jugosas zarzamoras en cestos tejidos con líber, gofio cuidadosamente preparado, trigo tostado y después molido, leche fresca de cabra en enormes cántaros de arcilla y tortas de yoya. Se aspiraba el aromático olor de erizos y baifos, cabritos, asados, y en asadores se preparaban sabrosos carneros.
Sin una nube resplandecía el cielo como oscuro zafiro, hacia el que levantaba el cono del Teide su centelleante cima. De oro parecía el divino Magec, el sempiterno sol, lanzando sus dardos bienhechores sobre el feliz valle de Arautápala.
Comenzaron las competiciones. Se alternaban las carreras con lanzamientos de piedras y de lanzas. Saltos de altura y de anchura iban acompañados de gritos alentadores. Ya oblicuaban los rayos del sol sobre las alturas del Tigaiga cuando el rey Bentinerfe mandó hacer alto.
De nuevo resonó un caracol, y penetró altivo en la pista el hercúleo Tagara, maestro en la lucha, a quien nadie hasta entonces había logrado derribar. Inclinándose con profunda reverencia ante el rey, le dirigió el saludo real: «¡Zahaniat Guayohec!». Soy tu vasallo. Después miró a su alrededor en busca de un contrincante. Bien claro se leía en su mirada que hoy alcanzaría el máximo galardón destinado al vencedor: la encantadora hija del rey.
También había penetrado la princesa Guaima con sus damas de corte en el círculo del tagoror. En la mano sostenía el gánigo, la pequeña vasija de barro, símbolo de la victoria. A quien lo ganase pertenecería ella en cuerpo y alma. ¡Así lo quiere la ley de los guanches! Aunque era su indiscutible derecho señalar al adversario del retador.
Con anhelo paseó su mirada por los reunidos, acabando por encontrar al que desde hacía tiempo pertenecía su corazón. Allá, bajo el floreciente guaidil, cuyas blancas flores acampanadas caían como olorosos copos, se encontraba el pastor Tamaide, que, risueño, la contemplaba. Con voz alta lo nombró, y con paso decidido penetró aquel en el campo de lucha.
Un rumor de asombro corrió por la multitud. ¿Tamaide? ¿Tamaide se atrevía a luchar con el hercúleo Tagara? El rey Bentinerfe buscó los ojos de su querida hija. Su mirada suplicante le descubrió el deseo de la princesa y dio la señal para el comienzo de la lucha.
En un momento se encontraron enlazados los contrincantes. En vano procuró Tagara derribar al pastor, ya que siempre se deslizaba de entre los brazos, a modo de tenazas, del gigante. No había duda de que en fuerza no podía compararse Tamaide al hijo de la alta montaña, fuerte como un oso, y que solo su destreza podría salvarlo de una segura derrota. Sentía cómo los ojos de Guaima se dirigían a él, y sabía que, para la felicidad de su vida, debía hacer lo imposible para vencer a Tagara.
Cada vez con más ahínco lo acosaba el hércules. Notó cómo aflojaban sus fuerzas. Entonces se fijó en la parte flaca del adversario. Como una flecha, se adelantó y lo derribó al suelo. Arrodillándose enseguida sobre el pecho del gigante, oprimió sus hombros contra el suelo. El combate había terminado: Tamaide había resultado vencedor.
Mientras los gritos atronadores de júbilo de los jóvenes pastores resonaban, se deslizaba Tagara, cubierto de vergüenza, fuera de la pista. Lejos de Taoro viviría en adelante, lejos de sus hermanos de linaje. Esta derrota había quebrantado su corazón.
La princesa había llegado entre tanto bajo el guaidil para coger con rapidez un ramo de brillantes campanillas, que hábilmente tejió para la corona del vencedor. Después se precipitó a adornar con ella al escogido de su corazón. Enrojeciendo, alargó al arrodillado la pequeña vasija de barro y colocó la corona de flores en su frente. Con sus manos enlazadas se presentaron ambos ante el padre, que, risueño, los atrajo hacia su pecho.
Los vasallos lanzaron las armas al aire. Jubilosos sonaban sus clamores a lo largo del tagoror: «¡Que viva la princesa Guaima! ¡Viva el héroe Tamaide!».
Aquella misma noche se celebró la boda. Y desde ese día se adornan los novios de Tenerife con flores del guaidil, cuando avanzan hacia el altar en la primavera…
Vilaflor
Allá en lo alto, en la aireada altura, próxima a la zona de la retama, yace como pájaro en reposo con alas extendidas, en las empinadas laderas del Guajara, la pequeña aldea de Vilaflor. Atractivas lucen sus casas, pintadas de diversos colores, a los rayos del sol. Por encima de los últimos edificios, que, esparcidos entre floridos cerezos, miran al valle, comienza el bosque. Aquí se elevan altos pinos silvestres canarios junto a otras coníferas, cuyas copas cubren, como gigantescas sombrillas, el suelo cubierto de pinocha. Asustados por las pisadas del caminante, emprenden el vuelo unos pinzones azules del Teide, desapareciendo en el verde oscuro del boscaje.
Solitario caminaba yo a través del bosque silencioso, cuando dos gigantescos pinos silvestres llamaron mi atención. Mientras los contemplaba, intentando apreciar su altura y circunferencia, apareció repentinamente, como surgido del suelo, un hombrecillo de pelo blanco, que de forma pícara me miraba con ojos de aspecto juvenil, que no parecían ajustarse a su rostro, surcado por arrugas.
«Muchos forasteros llegan hasta aquí», dijo el pequeño, sin introducción, como si prosiguiese una conversación ya empezada, «para ver el ‹Pino gordo› y la ‹Madre del agua›, si bien pocos conocen la leyenda que rodea a ambos árboles. Yo se la contaré».
Diciendo esto se agachó, con lo que apareció del todo un enano misterioso escapado de improviso de un libro de cuentos de la niñez. También yo me senté en el suelo, incliné la espalda contra el ingente tronco del Pino gordo y presté atención a las palabras del desconocido, que subrayaba con expresivos movimientos de las manos, como si quisiese pintar en el aire las imágenes de sus protagonistas.
«Mucho antes de que los españoles pusiesen el pie en Tenerife, vivía en el valle de Güímar un joven guanche llamado Arico, del distinguido linaje del gran Tehinerfe, que poseía un gran rebaño de cabras y ovejas, heredado de sus padres, que habían gozado de buena posición. Sus tierras se extendían desde la cumbre hasta el azulado mar, alternando los prados de pasto con los campos de cereales. Para su dicha solo le faltaba una joven esposa que compartiese con él el hogar.
»Pero Arico no pensaba mucho en ello. Con humor juvenil daba a sus amigos banquete tras banquete. Sucesivamente fueron cayendo al filo de la tabona, la cuchilla de piedra bien afilada, los animales de su rebaño, que eran consumidos por los invitados entre cantos y danzas. En apuestas insensatas y en el juego desordenado perdió sus bienes, y pronto se encontró más pobre que el más desvalido pastor en todo el principado.
»Sin tardar, decidió emigrar. Pronto llenó de gofio su bolsa de cuero, echó sobre sus hombros la rodela de corteza de drago y encajó en el cinturón del tamarco la afilada cuchilla de obsidiana. Después cogió la jabalina y abandonó, sin mirar a su alrededor una sola vez, el hogar paterno y el lugar de su feliz juventud.
»Emprendió su camino montaña arriba, hacia la cima del Guajara, y cuanto más ascendía, más ágil se sentía aspirando el aire puro de la montaña. Comenzaba a olvidar el hogar, y cada vez le preocupaba menos lo que tras de sí dejaba. Varios días vagó por el frío bosque, descansando bajo los umbrosos pinos y escuchando el gorjeo de los pinzones azules.
»Pero pronto se terminó el gofio, el hambre comenzó a acosarlo, y aun cuando intentó salir del bosque, no encontró el camino. En su apuro invocó a Guayote, el demonio, que vivía en el Teide, para que lo ayudase. Después siguió andando con nuevos ánimos.
»Al poco tiempo llegó a un manantial, en el que divisó a tres doncellas guanches. La más hermosa estaba sentada en una piedra y dejaba colgar sus lindos pies sobre el agua. Rápido saltó Arico hacia ella, le sustrajo una de las botas de piel que se encontraban bajo un helecho y corrió al bosque para embromar a la doncella. Pero esta, apercibida, le gritó: ‹Devuélveme mi bota y seré tu esposa›.
»No dejó Arico que se lo dijesen dos veces. De un par de saltos volvió de nuevo, se agachó y calzó a la hermosa desconocida las botas.
»‹Yo soy Vilaflor›, dijo la joven, ‹y estas son mis dos hermanas, Jaruma y Tindalla. Nuestro padre es Guayote, el demonio, a quien tú buscas. Yo te conduciré hasta él y seré tu mujer, como te he prometido. Pero cuando mi padre te dé un cántaro para sacar agua de la hoya del demonio, no lo hagas, pues te matará. Di que eres de noble origen y que no realizas servicios de esclavo›. Dicho esto, lo cogió por la mano y lo condujo trepando a la cueva paterna.
»Cuando Guayote vio venir a los dos, supo enseguida lo que hasta él los traía. ‹Tú quieres casarte con mi hija›, dijo a Arico, sin saludarlo; ‹para ello tienes que bajar de la montaña, derribar árboles y descuajarlos, roturar la tierra, plantarla con judías y traerme la cosecha. Entonces te daré a Vilaflor como esposa›.
»Arico descendió, y comenzó la penosa labor. Pero Vilaflor lo auxilió, y antes de que llegase el invierno estaban las judías exigidas en la guarida del demonio.
»Mas no se dio por satisfecho Guayote con ello. ‹Ve abajo hasta el mar y tráeme el collar de conchas rojas que mi mujer perdió cuando se bañaba›, le mandó, ‹entonces tendrás a mi hija›. Enseguida se dedicó Arico a la nueva tarea, y Vilaflor lo acompañó.
»Cuando llegaron a la orilla del mar, le ordenó la doncella que rasgase su brazo con la punta afilada de su tabona y recogiese la sangre en una calabaza vacía. ¡Pero debía obrar con cuidado y no derramar gota alguna! Él habría de silbar una canción para que no se durmiese, mientras ella se sumergía para buscar el collar de conchas rojas. Diciendo esto, saltó desde una roca al espumoso mar.
»Y Arico silbó una canción, y luego otras, hasta que no se le ocurrieron más, y comenzó a silbarlas de nuevo. Por fin oyó un débil grito de auxilio, e inclinándose sobre el borde del escollo extrajo a Vilaflor. Cuidadosamente instiló a la desmayada su sangre; pero al hacerlo cayó una gota en el suelo. Y cuando la doncella abrió los ojos, le faltaba un dedo de la mano izquierda. Pero alrededor del cuello llevaba el collar perdido de su madre.
»Cuando llegaron a la cueva de Guayote, oyeron desde lejos su voz llena de ira: ‹¡Da el collar›, gritó, ‹o morirás!›. Y Arico se lo entregó.
»Entonces dijo la mujer del demonio a su esposo: ‹Como ves, este guanche es más diablo que tú, al haber encontrado el collar en el fondo del mar. Debemos darle a nuestra hija como esposa›.
»La muchacha fue llamada, y los tres se colocaron detrás de una cortina. Enseguida reconoció Arico a Vilaflor por el dedo que le faltaba; cogió su mano y condujo a la muchacha, que ahora era su esposa, hacia una cueva no muy alejada, donde querían vivir.
»En esa noche, cuando por vez primera dormían en una yacija común, despertó de pronto Vilaflor y dijo: ‹Antes del alba estará aquí mi padre y nos matará a ambos›. Rápidamente llenaron dos pellejos de cabra hasta la mitad con sangre de oveja y la otra mitad con viento silbante de la montaña, que había cogido Vilaflor. Después arrojaron los pellejos sobre el lecho y huyeron a los bosques de Adeje.
»La luna ya se había ocultado cuando Guayote se deslizó hacia la cueva de la joven pareja. Apenas divisó la yacija cubierta con piel, comenzó a golpear con su maza sobre los supuestos amantes hasta dolerle el brazo. Después cogió su lanza y la hundió repetidas veces en los pellejos de cabra. La rociada de sangre y el silbido del viento de la montaña, que tomó por gemidos de los moribundos, le hicieron creer que había matado a Arico y Vilaflor.
»No obstante, al día siguiente descubrió su mujer el engaño. Con sonrisa irónica se acercó a él y le dijo: ‹¿No ves lo listos que son? Pueden engañar mejor que tú. ¡Parte enseguida y mátalos en el bosque!›.
»Vilaflor vio venir al padre a lo lejos, y rápidamente se transformó en un madroño. Y Arico se agachó y recogió las frutas caídas a tierra. Guayote, al que volvía la espalda, le preguntó si no había visto a un hombre con una joven doncella. Arico, haciéndose el mudo, se limitó a negar con la cabeza, para no traicionarse con su voz. Rabioso, regresó el demonio a su cueva.
»‹¡Imbécil con cuernos de cabra!›, le dijo su mujer, ‹el hombre con quien hablaste era Arico, y Vilaflor se ha transformado en un madroño. Yo misma saldré para buscarlos y matarlos›.
»Tranquilamente descansaban ambos amantes, al amanecer, bajo la floresta de pinos, en la ladera del Guajara, cuando se acercó la madre con el hacha de Guayote. Mas el canto de un pinzón azul los despertó y, rápido, se metió Arico en el ‹Pino gordo› y Vilaflor en la ‹Madre del agua›.
»Inútilmente buscó la mujer del demonio a sus hijos. Entonces trazó con su palo un amplio círculo de encantamiento y, encendiendo fuego en el centro, pronunció esta tremenda maldición: ‹¡Que os olvidéis uno del otro por toda la eternidad!›. Dichas estas palabras regresó junto a Guayote.
»Apenas había desaparecido la madre, salieron ambos de sus árboles, aunque la maldición había hecho ya su efecto: no se reconocieron al verse. Arico marchó al valle de Adeje, donde desapareció. Vilaflor, en cambio, permaneció en el país y, al fundarse allí más tarde una aldea, se le dio su nombre.
»Pero el ‹Pino gordo› y la ‹Madre del agua› rumorean todavía hoy, durante las noches, al ser agitados por el viento montañero, en tono muy quedo, la historia de ambos amantes…».
El cantar de los cantares de los antepasados
Avanzaba ya la tarde sobre el amplio valle de Güímar. Aquí y allá erguían sus esbeltos troncos hacia el cielo palmeras datileras; suavemente mecía la brisa que descendía de las montañas, las espigas repletas de grano de los trigales, y en las jugosas laderas pacían rebaños de cabras.
Ante su cueva estaba sentado el sigoñe (noble) Bedo, que, al bautizarse, había recibido el nombre de Lorenzo. Una expresión de orgullo se reflejaba en el rostro del viejo guanche, al contemplar las fructíferas tierras que el gobernador, don Alonso Fernández de Lugo, le había reconocido en la distribución como premio a sus fieles servicios.
Solo unos pocos años habían transcurrido desde la conquista de la isla por los españoles y ya había cambiado el aspecto de Tenerife. Donde hasta hacía poco se elevaban bosques impenetrables, se extendían en la actualidad lozanos campos de judías, maíz y trigo. Por todos lados surgían cortijos, y en las alturas, donde hasta época reciente sonaba el grave sonido del caracol de mar llamando a combate, repicaban alegres las campanas de las pequeñas capillas, que brillaban con su blancura.
Al atardecer llegaron de la playa dos jóvenes. Desde lejos reconoció el padre a su hija Ijaga, la flor de la montaña, como siempre la llamaba, aunque desde hacía tiempo llevaba el nombre de María. Junto a ella, apoyado suavemente su brazo en el hombro de la muchacha, caminaba un guanche, de estatura elevada, con la cabeza inclinada, como si escuchase atentamente lo que aquella le decía. Era Blas, que en el colegio de religiosos había aprendido el español y ahora actuaba de intérprete junto al capitán Juan de Viana, cuyas tierras lindaban con las del sigoñe.
De buen grado acogía Bedo al joven y animoso muchacho, que poseía las más nobles propiedades de su raza: fidelidad y obediencia. Pronto se casarían María y Blas y él acariciaría sobre sus rodillas a sus nietos. Pero si Bedo hubiese podido escuchar la conversación de ambos, hubiera mirado el porvenir con menos confianza.
«Yo te suplico, Blas», dijo la muchacha, «que nos vayamos a la montaña, lejos de aquí, donde podremos vivir como pastores libres. Allí te perteneceré y seré tu fiel servidora».
«Tú sabes», prosiguió preocupada, «que tu señor, don Juan de Viana, el poderoso conquistador, me ama. A cada paso corre detrás de mí y quiere hacerme su esclava. Es grande, hermoso y fuerte, y mi padre se mostraría propicio a entregarme a él, pues está favorable y amistosamente dispuesto hacia el capitán».
«¿Lo amas?», la interrumpió el joven.
«No», contestó Ijaga, «jamás amaré a ese forastero que nos ha hecho siervos, aunque nos haya traído al Dios Todopoderoso y a la Sagrada Virgen de la Luz, que ahora protege nuestra isla y cuyo nombre yo llevo. Solo te amo a ti, Blas».
En silencio avanzó el joven junto a ella. La duda luchaba en su alma. Ijaga… María… Él era ahora un piadoso cristiano, que no recordaba ya su anterior nombre. Ciertamente, amaba también a la linda joven con todas las fuerzas de su corazón juvenil. ¿Pero debía quebrantar la fidelidad que guardaba a su señor, renunciar a la obediencia, arrojar por la borda el deber comprometido como el fruto podrido de un madroñal?
Sus pensamientos retrocedieron a días pasados. Presente había estado en la recepción del victorioso Capitán General celebrada en la península española. En la elevada sala de la Coronación de los Reyes Católicos había presenciado, al figurar en la guardia personal de Fernández de Lugo, cómo el poderoso dominador de un gran imperio mundial colocaba en el cuello de sus capitanes el collar de oro. Había contemplado a los Grandes de Castilla, con sus capas orladas de armiño y sus zapatos con hebillas de plata y las empuñaduras engarzadas con piedras preciosas de sus aceros toledanos. Inolvidable subsistía la imagen de las armaduras de los caballeros, que lanzaban los reflejos de miles de bujías, y que, como columnas, se encontraban de pie a ambos lados del trono. Y entonces había jurado él ser fiel a este ser sobrehumano, que parecía proceder de otro mundo…
No se dio cuenta de que ya se encontraban delante de la cueva. María seguía esperando en vano una respuesta, percibiendo en sus ojos una expresión de angustia. Después él sacudió la cabeza, dio la vuelta y marchó…
Los temores de María no eran infundados. El veleidoso capitán don Juan de Viana se había enamorado de la bonita doncella guanche. Su sangre aventurera lo había arrastrado con los conquistadores, y después de la sangrienta derrota de los insulares se le habían asignado, por su valor, las ricas tierras del valle de Güímar.
Sabía que también Blas amaba a la Flor de la Montaña, pero en definitiva se trataba solo de un criado, y fiel, por lo tanto. Para él había bastantes muchachas del pueblo. El capitán no se preocupaba mucho de los sentimientos de los demás. Esto quedaba reservado para los débiles. Si se casaba con la joven, le corresponderían, después de la muerte de Bedo, sus feraces campos, lo que significaba duplicar sus bienes raíces. Sonriendo satisfecho, se acarició su bigote de caballero, montó en su caballo tordo y galopó por el campo para ver dónde se encontraba María.
Pero el azar se cruzó con sus planes bajo la forma de un llamamiento que mandó hacer el gobernador: un barco se encontraba anclado en Santa Cruz, el cual debía llevar a África a todos aquellos que quisiesen combatir contra los moros paganos, enemigos de Cristo.
Un impetuoso entusiasmo corrió por toda la isla: despertaba el antiguo espíritu guerrero. Los mercenarios de otras veces buscaron sus armas enmohecidas y las limpiaron.
También el capitán don Juan de Viana soñó con nuevas glorias, con tintineos de armas y fragor de batallas, con el estallido de las piezas de artillería y el rabioso estampido de los basiliscos… ¡Y después…! ¡A la cabeza de la caballería, con sable desenvainado, arremetiendo como un alud contra los infieles, en honor de Dios y de la Santa Virgen! La muchacha guanche no lo rechazaría cuando regresase como vencedor.
Para Blas no había lugar a dudas. Adonde fuese su señor, él también iría. Así rezaba la máxima de sus abuelos; así, y no de otro modo, se entendía la fidelidad de los vasallos.
Conmovido, se despidió de María. Cuando regresase feliz, sería su mujer. Mas ahora, en el peligro, no podía dejar a su señor en la estacada.
Llegó la víspera de la marcha. El capitán ya había enviado a bordo a Blas con su equipo. Al anochecer se puso en camino para ver una vez más a María. Sabía dónde podía encontrarla. A la puesta del sol ella solía ir bajo los pinos, del brazo de Blas, en dirección de la vivienda paterna.
Y sucedió lo que tenía que ocurrir: la hora de la despedida, un brillo especial en los ojos de la muchacha, la ardiente sangre del conquistador, el sino inevitable…; involuntariamente cayó la joven en sus brazos.
A la mañana siguiente se hizo a la mar el bergantín. Sin contratiempos alcanzaron los voluntarios la costa de Berbería. Comenzó entonces la marcha hacia el interior. A la cabeza de la caballería, seguido por su escudero Blas, avanzó el capitán luchador don Juan de Viana.
Por ninguna parte se divisaban sarracenos. Quizá estaban agazapados detrás de las dunas que, en forma de colinas, se extendían ante los ojos del castellano. Entonces dio orden el general de tocar una marcha guerrera, de desplegar banderas y disparar morteretes para atraer a los infieles de los lugares donde estaban emboscados.
Y entonces aparecieron los blancos albornoces de los bereberes. Con valor temerario se lanzaron contra los falconetes y arcabuces, profiriendo su grito guerrero: «¡Allah il Allah!».
Un disparo de la pistola del capitán, y se precipitó éste sobre su caballo tordo, al frente de todos, contra el grupo enemigo, como siempre había soñado.
Un nuevo timbre de gloria en los anales de la historia patria constituyó esta victoria de los hijos de Castilla contra los infieles, de los que solo unos pocos pudieron escapar al desierto. Pero también los cristianos tuvieron que lamentar severas pérdidas. Debajo de su caballo tordo encontraron sin vida al valiente capitán don Juan de Viana. Su cabeza estaba hendida por la gumía de un moro. Junto a él yacía Blas, el escudero. En su corazón estaba clavada la punta de una flecha sarracena.
Velozmente se propagó la noticia de la muerte de ambos héroes por el valle de Güímar. En el primer choque con los paganos habían perdido su vida por la verdadera fe.
Sin derramar una sola lágrima contemplaba María, con la mirada perdida, desde una roca solitaria, la superficie del mar. Todo había terminado. Había deshonrado su noble linaje y no se atrevía a mirar los ojos venerables e inteligentes de su padre. Estremeciéndose, miraba la profundidad a sus pies. Allí solo apuntaba la solución de su pena insondable…
Su sentimiento maternal se despertó en aquel momento decisivo. Fue como si una mano invisible la hiciese retroceder del abismo. ¡No! ¡No le importaba su propia vida, pero no podía ser la asesina del niño! Debía aceptar las consecuencias que le aportase el fruto de su vientre.
Y Bedo, el noble sigoñe, que conocía bien los caminos torcidos de la vida, comprendió el dolor de Ijaga, la Flor de la Montaña, y perdonó a su hija…
María dio a luz un hermoso niño. Tenía la nariz atrevida, romana, de los conquistadores, y los ojos inteligentes y claros de los guanches. Al bautizarlo se le puso por nombre Antonio. Llegó a ser un mozo arrogante y se casó con Ana González, una isleña del valle de Igueste. Su única hija, María, fue la esposa del castellano Francisco Hernández. Y de este matrimonio nació don Antonio de Viana, el mejor poeta de Tenerife y más tarde ciudadano de honor de San Cristóbal de La Laguna, la capital en aquel entonces de la isla.
¿Quién es capaz de seguir la enrevesada marcha de las ideas de un espíritu creador? ¿Quién explica el misterioso fluido que lo induce a decir esto o aquello? ¿Supo el poeta Viana el secreto de su bisabuela Ijaga, la hija del noble Bedo, a quien debía la vida?
Su poema inmortal ‹Antigüedades de las Islas Afortunadas de la Gran Canaria›, que describe la lucha por la libertad de los guanches contra los conquistadores españoles, y que se imprimió en el año 1604, hace presumirlo. Figuran al comienzo estas sencillas palabras: «Cantaré el cantar de los cantares de mis antepasados…».
La generosidad del guanche
En el mercado de hombres de Sevilla dominaba una activa demanda de esclavos guanches. ¿Para qué servían los desdichados indios que salían de las tenebrosas escotillas de las carabelas cuando llegaban a España después de largo viaje desde el Nuevo Mundo? En doble fila, encadenados entre sí, aparecían de pie ante las tiendas y miraban al frente con ojos febriles. ¡No podía sorprender que no encontrasen compradores que quisiesen invertir sus buenos doblones de oro en esos cadáveres! ¡Al siguiente invierno ya no vivirían!
Con su pretensión acudieron los tratantes a don Alonso Fernández de Lugo, el gobernador de Tenerife. Atraía la ganancia, la floreciente Sevilla necesitaba trabajadores y los fuertes y resistentes guanches eran los más adecuados para el duro trabajo de prestación personal de sol a sol.
Con aire pensativo leyó el gobernador el escrito. Era ya el tercero que recibía. A fin de cuentas no podía él sacar esclavos de debajo de las piedras, y además había empeñado su palabra con los príncipes sometidos de no atacar la libertad de los insulares. Era cierto que la madre patria necesitaba trabajadores y los indios resultaban más débiles que los guanches. Por otro lado, estaba contento de que después de la sangrienta campaña reinase la tranquilidad en su isla, aparte de que tenía otras preocupaciones más importantes que la de llenar las insaciables bolsas de los tratantes de esclavos.
Con todo, era buena cosa disponer de amigos influyentes en la Península. Los vientos favorables a la nave del Estado y al Trono que lo regía podían cambiar de dirección, y, llegado el caso, no debían faltarle protectores. Quizás hubiese una posibilidad de hacer esclavos y prestar un servicio a los poderosos traficantes sevillanos sin quebrantar su juramento, que había prestado sobre los Evangelios.
¡Reflexionó! Precisamente acababan de recibirse de nuevo quejas de Buenavista. Al parecer, los belicosos guanches de Teno habían robado cabras y ovejas a los mercenarios establecidos. Era cierto que se había echado por tierra una primera investigación, aunque la denuncia señalaba un pretexto para exigir una reparación a Guantacara, príncipe de Teno.
A poco envió Lugo un escrito al gobernador de Buenavista para que hiciese las diligencias pertinentes. De este modo, y a juzgar por las apariencias, parecería que cada uno obraba bajo su propia responsabilidad, quedando él a cubierto. Nadie podría decir entonces que don Alonso había faltado a su palabra. Quizá consintiese Guantacara el comercio, pero si se temiese un choque sangriento, siempre habría tiempo para intervenir amigablemente.
Llegó el mensajero con el escrito, cuidadosamente redactado, a presencia del gobernador don Juan Méndez, en un momento no muy oportuno. Estaba satisfecho este de vivir en paz con los guanches de Teno. Y en lo que concernía al robo de ganado menor, la denuncia de los mercenarios establecidos no había podido probarse. Bien cabía que las ovejas y cabras se hubiesen perdido en algunas de las revueltas de los barrancos. Pero el deseo del gobernador era para él una orden, y acto seguido exigió cincuenta «esclavos de reparación» a Guantacara.
A pesar de que el príncipe de Teno había ofrecido obediencia al Rey Católico y abrazado el cristianismo, era defensor decidido de la vida y libertad de sus vasallos. Su respuesta fue el llamamiento bronco del caracol de mar, que resonó siniestramente desde las alturas de los riscos basálticos, llamando a las armas a los guerreros.
También el gobernador reunió precipitadamente a sus mercenarios en Buenavista y afirmó que se había visto metido en la aventura. Procuraría, en todo caso, evitar el choque. Todos debían confiar en él, pues conforme a la orden recibida, había quemado el escrito de don Alonso a la vista del mensajero.
Guantacara, asimismo, y no obstante sus preparativos guerreros, estaba dispuesto a un arreglo amistoso. Juan Méndez podría obtener tantas cabras y ovejas como quisiese, ¡pero esclavos, ninguno! ¡Estaba jurada la libertad de los guanches por el representante de los Reyes Católicos! Assano, como mediador, debía ponerse enseguida en contacto con los españoles.
No había recorrido aún el joven guanche la mitad del camino a Buenavista, cuando encontró en un calvero a dos castellanos enviados por don Juan Méndez para evitar el derramamiento inútil de sangre.
«Nuestro señor os ofrece la paz», dijo uno de los mediadores, «no exige cincuenta esclavos, como expiación debida, sino solo veinte».
Altivamente contestó Assano: «¡Ni cincuenta, ni veinte, ni ninguno! ¡Libres son los guerreros de Teno, y por su libertad lucharán y morirán!».
«¿Quién eres tú?», preguntó el español antes de responder.
«Assano, el hijo del príncipe Guantacara y vasallo del Rey Católico», contestó aquel con orgullo.
Era aquella una ocasión como no se volvería a ofrecer. Con una rápida mirada se entendieron los dos mercenarios. ¡El hijo del príncipe estaba desarmado! ¿Si lo cogiesen? Entonces podría don Juan tener tantos esclavos, a título de rescate, como desease. Solo necesitaban desenvainar sus espadas toledanas y amenazarlo con ellas.
«¿Y si nosotros te llevásemos ahora como primer prisionero a Buenavista?», le dijo el mercenario.
Despreciativamente miró Assano al pequeño español: «¡Atrás, mentecatos! ¿Creéis, barbilampiños, que podéis con un guanche solo? ¡Os daré una zurra como si fueseis unos perritos!». Diciendo esto, dio un paso hacia ellos.
En el mismo momento desenvainaron los castellanos sus espadas. Sus puntas rozaron el pecho desnudo del hijo del príncipe, para atravesarlo al primer movimiento que hiciese.
Pero los españoles no habían contado con el valor, la fuerza y la ligereza del príncipe Assano. En un instante asió con sus manos los filos de las espadas y arrebató a los taimados, con fuerte arranque, las armas. Dos puñetazos, cual mazazos, dirigidos a sus cabezas, los arrojó al suelo.
Allí quedaban a merced del vencedor. Lo mejor sería matar enseguida a estos infames, que habían pretendido insidiosamente hacerlo prisionero cuando se encontraba inerme.
Mas la generosidad del guanche venció. Eran estos unos verdaderos traidores, pero no representaban la voluntad de los más poderosos reyes del mundo, a los que estaban sometidos mares y tierras.
Assano contempló sus manos heridas, de las que goteaba sangre. De nuevo se exaltó. Su mirada se fijó en una piedra. ¿Por qué no machacaba sus cabezas, como correspondía a unos asesinos? Merecían la muerte.
¿Mas no le había ordenado su padre que hiciese todo lo posible para mantener la paz, y para ello precisamente le había confiado las negociaciones, como el más digno de confianza? Lo ocurrido, bien estaba: había obrado honrosamente y en defensa propia. Pero no debía matar a unos desarmados.
Así, echándose a los dos sobre sus hombros, los llevó a un arroyo próximo que corría por el borde del bosque. Después retrocedió y recogió las espadas.
Poco a poco volvieron en sí los castellanos. Repetidas veces roció Assano sus rostros con agua fresca y les frotó las sienes.
Transcurrió algún tiempo hasta que ambos se percataron de lo ocurrido. Pálidos y tambaleándose, ayudados por Assano, lograron ponerse en pie. Ninguna palabra de agradecimiento acudió a sus labios pero en cambio brillaba en sus ojos un resplandor siniestro.
El noble guanche no lo observó. Se inclinó hasta el suelo y les alcanzó, sin decir palabra, las espadas. Después dio media vuelta, orgulloso, para emprender el camino de su casa e informar a su padre.
Solo esperaban este momento los mercenarios. Apenas les volvió la espalda el guanche, le clavaron sus espadas entre las paletillas. Con un grito sordo se desplomó a tierra.
Poco tiempo permaneció oculta la muerte de su hijo al príncipe Guantacara. Un castigo ejemplar exigió por el cobarde asesinato.
Y tuvo la satisfacción de que se le hiciese justicia. Don Juan Méndez mandó detener a los criminales y, en presencia del príncipe y de los valientes guerreros de Teno, fueron ahorcados en el monte de Taco. Desde ese día la gente del pueblo denomina a ese elevado monte la Montaña de la Horca.
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