Читать книгу: «Historia. Libros III-IV»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 21
HERÓDOTO
HISTORIA
LIBROS III - IV
TRADUCCIÓN Y NOTAS DE
CARLOS SCHRADER

EDITORIAL GREDOS
Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por EMILIA MARTÍNEZ FRESNEDA .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
López de Hoyos, 141, Madrid, 1979.
PRIMERA EDICIÓN , 1979.
ISBN 9788424930523.
LIBRO TERCERO
TALÍA
SINOPSIS
REINADO DE CAMBISES (1-60).
Causas ocasionales de la campaña de Cambises contra Egipto (1-4).
Preparativos de la expedición. Relaciones de Cambises con los árabes (4-9).
Derrota y sumisión de los egipcios —con sumisión también de cireneos y barceos, voluntariamente— (10-13).
Humillaciones infligidas a Psaménito. Muerte del monarca egipcio (14-15).
Represalias de Cambises contra la momia de Amasis (16).
Proyecto de atacar simultáneamente a cartagineses, amonios y etíopes (17-18).
Imposibilidad de llevar a cabo la expedición contra Cartago (19).
Misión exploratoria de los ictiófagos en Etiopía (20-24).
Expedición de los persas contra los etíopes (25).
Expedición contra los amonios (26).
Cambises regresa a Menfis. Muerte de Apis (27-29).
Agudización de la locura de Cambises (30-37).
Asesinato de Esmerdis (30).
Asesinato de una de sus hermanas (31-32).
Causas de su comportamiento (33).
Asesinato del hijo de Prexaspes y de varios nobles persas (34-35).
Intento de acabar con Creso, que logra salvar la vida (36).
Otros sacrilegios de Cambises (37).
Excurso sobre el poder de la costumbre en el mundo (38).
Acontecimientos contemporáneos en Grecia. Campaña de los lacedemonios contra Samos (39-60).
Presentación de Polícrates. Su carrera triunfal (39-43).
Causas de la guerra y de la intervención espartana (44-47).
Cooperación de Corinto en la expedición. Razones de ello (48-49).
Historia de Periandro, tirano de Corinto, y de su hijo Licofrón (50-53).
Fracaso de la expedición contra Samos (54-56).
Historia de los samios expulsados por Polícrates (57-59).
Principales maravillas de Samos (60).
SUBLEVACIÓN DE LOS MAGOS (61-87).
El falso Esmerdis usurpa el trono de Persia (61-63).
Arrepentimiento de Cambises por el fratricidio cometido contra el verdadero Esmerdis. Muerte de Cambises (64-66).
Reinado del mago (67).
Sospechas de Ótanes y descubrimiento de la impostura (68-69).
Canjuración triunfante de los siete (70-79).
Intervención y suicidio de Prexaspes (74-75).
Muerte de los magos (76-79).
Debate sobre el mejor régimen de gobierno (80-82).
Entronización de Darío (83-87).
REINADO DE DARÍO (88-160).
Imperio de Darío. Organización, etnografía, geografía y maravillas de las distintas partes del reino (88-117).
Las satrapías persas (88-97).
La India (98-106).
Expediciones de los indios para conseguir oro (102-105).
Arabia (107-113).
Etiopía (114).
Los confines del mundo occidental (115-116).
La llanura del río Aces (117).
Insolencia de Intafrenes y castigo de la misma por parte de Darío (118-119).
Muerte de Polícrates a manos de Oretes y cumplimiento de los malos augurios de Amasis (120-125).
Crímenes y castigo de Oretes (126-128).
Aventuras de Democedes, enviado por Darío a Grecia en misión de espionaje (129-138).
Historia de Silosonte, hermano de Polícrates (139-141).
Los persas conquistan Samos. Instauración de Silosonte en la tiranía (142-149).
Sublevación de Babilonia y reconquista de esta ciudad gracias al ardid del persa Zópiro (150-160).
VARIANTES RESPECTO A LA EDICIÓN OXONIENSIS DE HUDE

Causas ocasionales de la campaña de Cambises contra Egipto
Pues bien 1 , contra el tal Amasis 2 [1] fue contra quien entró en guerra Cambises, hijo de Ciro, llevando consigo, entre otros de sus súbditos, contingentes griegos de jonios y eolios 3 ; e inició las hostilidades por el siguiente motivo 4 . Cambises había despachado un heraldo a Egipto para pedirle a Amasis la mano de una de sus hijas; y le hizo esta petición por consejo de un egipcio, que obró así por el rencor que sentía contra Amasis, ya que, de entre todos los médicos de Egipto, lo había puesto a él a disposición 5 de los persas, separándolo de su mujer y de sus hijos, en cierta ocasión en que Ciro despachó emisarios a la corte de Amasis en demanda del mejor oculista que hubiera en Egipto 6 . Sumamente [2] resentido, pues, por ello, el egipcio instigaba, con sus consejos, a Cambises tratando de convencerlo para que le pidiera a Amasis la mano de una de sus hijas, a fin de que este último se sintiera apesadumbrado si la entregaba, o incurriera en el odio de Cambises si no lo hacía 7 . Por su parte Amasis, atribulado y temeroso ante el poderío de los persas, no tenía valor para entregar a su hija —pues sabía perfectamente que Cambises no iba a hacerla su esposa, sino su concubina 8 —, [3] pero tampoco para negarse a ello. Así que, teniendo bien en cuenta estas consideraciones, hizo lo que sigue. Había una hija de Apries, el monarca anterior, muy esbelta y agraciada, que era la única superviviente de su familia y cuyo nombre era Nitetis 9 . Pues bien, Amasis hizo ataviar a esa muchacha con galas y alhajas de oro y la envió a Persia como si se tratara de su propia hija. Pero, al cabo de cierto tiempo, en vista de que [4] Cambises, cuando la saludaba, se dirigía a ella llamándola por su patronímico 10 , la muchacha le dijo: «Majestad, no te das cuenta de que has sido engañado por Amasis, que me envió ante ti con pomposas galas como si te entregara a su propia hija, cuando en realidad lo soy de Apries, a quien ese sujeto asesinó, pese a que era su señor, con ocasión de un levantamiento que los egipcios secundaron 11 ». Como es natural, esta revelación [5] y la propia acusación inherente a ella irritaron sobremanera a Cambises, hijo de Ciro, y le indujeron a marchar contra Egipto. Esto es, en suma, lo que cuentan los persas 12 .
[2] Los egipcios, sin embargo, consideran a Cambises de su raza, asegurando que nació precisamente de esa hija de Apries, ya que, según ellos, fue Ciro, y no Cambises, quien despachó emisarios a la corte de Amasis [2] a solicitar la mano de su hija 13 . Ahora bien, en esto que dicen no tienen razón; es más, en primer lugar no se les oculta (pues si hay personas que conocen las costumbres de los persas, ésas son los egipcios 14 ) que entre aquéllos no rige la norma de que un bastardo ocupe el trono cuando existe un hijo legítimo; y, por otra parte, no ignoran que Cambises era hijo de Casandane, hija de Farnaspes 15 —un aqueménida—, y no de la egipcia. Sin embargo, tergiversan la historia en su pretensión de estar emparentados con la estirpe de Ciro. Y así están las cosas.
Por cierto que también se cuenta la siguiente historia, [3] que a mí me resulta inverosímil: una mujer persa fue a visitar a las mujeres de Ciro y, al ver que junto a Casandane se hallaban unos niños guapos y espigados, vivamente impresionada, los colmó de elogios. Pero Casandane, que era esposa de Ciro 16 , le dijo lo siguiente: [2] «Pues, pese a que soy madre de unos hijos como éstos, Ciro, sin embargo, me tiene relegada, mientras que mantiene en un puesto de privilegio a esa que se agenció en Egipto». Esto fue lo que dijo, molesta como estaba con Nitetis; y entonces Cambises, el mayor de [3] sus hijos 17 , exclamó: «Pues bien, madre, a fe que, cuando yo sea un hombre, pondré todo Egipto patas arriba 18 ». Eso fue lo que dijo Cambises cuando aproximadamente tenía unos diez años de edad, por lo que las mujeres se quedaron estupefactas. Pero él, conservando un cabal recuerdo de sus palabras, cuando se hizo hombre y tomó posesión del trono, llevó a cabo la expedición contra Egipto.
[4] Y también contribuyó a la realización de esta campaña otro hecho que, poco más o menos, fue el siguiente: entre los mercenarios de Amasis había un individuo natural de Halicarnaso, cuyo nombre era Fanes 19 , bastante sagaz a la par que decidido en el campo de batalla. El tal Fanes, molesto por lo que fuera con Amasis [2], huyó de Egipto en un navío con el propósito de entrar en contacto con Cambises. Pero, como gozaba de no poco prestigio entre los mercenarios y tenía un conocimiento muy preciso de la situación de Egipto, Amasis lo hizo perseguir poniendo un gran empeño en su captura: en concreto encargó su persecución al más leal de sus eunucos 20 (a quien envió tras los pasos de Fanes en un tirreme 21 ), que lo agarró en Licia. Pero, a pesar de haberlo capturado, no logró conducirlo a Egipto, pues Fanes lo burló con astucia. En efecto, embriagó [3] a sus guardianes y se escapó a Persia.
Preparativos de la expedición. Relaciones de Cambises con los árabes
Y cuando Cambises estaba ya dispuesto a marchar contra Egipto, si bien albergaba sus dudas sobre la ruta a seguir para atravesar el desierto 22 , se presentó Fanes, quien le puso al corriente de la situación de Amasis y, entre otras cosas, le indicó la ruta a seguir, aconsejándole a este respecto que despachara emisarios al rey de los árabes 23 , para solicitar que le garantizara seguridad en el recorrido 24 .
Pues el caso es que sólo por esa zona 25 se ofrece [5] una vía de acceso a Egipto. En efecto, desde Fenicia hasta los aledaños de la ciudad de Caditis el territorio pertenece a los sirios llamados palestinos 26 ; desde Caditis [2] —una ciudad que, en mi opinión, no es mucho menor que Sardes 27 —, desde esa ciudad, digo, hasta la de Yaniso 28 , los emporios marítimos pertenecen al rey de los árabes 29 , mientras que, desde Yaniso, el territorio vuelve a ser de los sirios hasta el lago Serbónide, a orillas del cual, como es sabido 30 , se alza, en dirección al mar, [3] el monte Casio. Y a partir del lago Serbónide, en el que, según cuentan, está oculto Tifón, a partir, repito, de dicho lago empieza ya Egipto 31 . Pues bien, el espacio comprendido entre la ciudad de Yaniso, de un lado, y el monte Casio y el lago Serbónide, de otro —zona ésta que no es de reducidas dimensiones, sino que supone unos tres días de camino aproximadamente—, es terriblemente árido.
Y voy a explicar ahora algo que pocas personas de [6] las que se dirigen por mar a Egipto han advertido 32 . Todos los años 33 se importan a Egipto, procedentes de toda Grecia y, asimismo, de Fenicia 34 , cántaros llenos de vino, y, sin embargo, por regla general no puede verse vacío ni un solo recipiente de los muchos que [2] han contenido vino. ¿Con qué finalidad —se me podría objetar— los aprovechan entonces? Eso precisamente es lo que voy a explicar. Cada demarca tiene orden 35 de recoger todos los cántaros de su ciudad y de llevarlos a Menfis 36 ; y, por su parte, los de Menfis la tienen de llenarlos de agua y de transportarlos a esas zonas desérticas de Siria que he mencionado 37 . Así, todos los cántaros que llegan periódicamente y que se vacían en Egipto van a parar a Siria, donde se suman a los de años anteriores.
[7] Así pues, fueron los persas quienes, en cuanto se apoderaron de Egipto, acondicionaron esa vía de acceso a dicho país, surtiéndola de agua del modo que acabo de exponer. Pero como entonces 38 aún no había abastecimiento [2] de agua, Cambises, informado 39 por el mercenario de Halicarnaso, despachó emisarios al rey de los árabes y, tras empeñar su palabra y recibir la de aquél, tuvo éxito en su demanda de garantías 40 .
Los árabes, por cierto, son unas gentes que respetan [8] sus compromisos como los que más 41 . Y los conciertan de la siguiente manera: cuando dos personas quieren formalizar un acuerdo, un tercer individuo 42 , situado en medio de ellos, practica, en la palma de las manos de quienes conciertan el compromiso, una incisión próxima a los pulgares mediante una piedra afilada; acto seguido, coge pelusa del manto de cada uno de ellos y unta con su sangre siete piedras que se hallan colocadas en medio 43 ; y, al hacerlo, invoca a Dioniso [2] y a Urania. Entonces, una vez que el testigo ha cumplido estos ritos, el que ha promovido el acuerdo recomienda al extranjero a sus amigos (o, si lo formaliza con un conciudadano, al conciudadano en cuestión); y, por su parte, los amigos también consideran un deber [3] respetar el compromiso 44 . Y por cierto que consideran que los únicos dioses que existen son Dioniso y Urania (y pretenden que el corte del pelo lo llevan tal como lo llevaba cortado el propio Dioniso: se lo cortan en redondo, afeitándose las sientes 45 ). A Dioniso, sin embargo, lo denominan Orotalt; y a Urania, Alitat 46 .
Pues bien, después de haber concertado el acuerdo [9] con los mensajeros comisionados por Cambises, el árabe tomó las siguientes medidas: llenó de agua odres de piel de camello y los cargó a lomos de todos sus camellos vivos 47 ; hecho lo cual, se adentró en el desierto 48 y aguardó allí al ejército de Cambises. De las dos versiones [2] que se cuentan, ésta es la más verosímil; pero también debo referir la menos verosímil, pues, al fin y al cabo, tiene su difusión. En Arabia hay un gran río, cuyo nombre es Coris, que desemboca en el mar llamado Eritreo 49 . Pues bien, según esta versión, el rey de los [3] árabes mandó empalmar, cosiendo pieles de bueyes y de otros animales, un conducto que, por su longitud, llegaba desde dicho río hasta el desierto, e hizo llevar [4] el agua a través del conducto en cuestión 50 ; asimismo, en el desierto hizo excavar grandes aljibes para albergar el agua y conservarla (por cierto que desde el río hasta ese desierto hay un trayecto de doce días). Y aseguran que el árabe hizo llevar el agua, mediante tres conductos, a tres lugares distintos.
Derrota y sumisión de los egipcios (con sumisión también de libios cireneos y barceos, voluntariamente)
[10] Entretanto, en la boca del Nilo que recibe el nombre de Pelusia 51 , se encontraba acampado Psaménito 52 , el hijo de Amasis, en espera [2] de Cambises. Pues, cuando atacó Egipto, Cambises no encontró vivo a Amasis, ya que este monarca había muerto tras un reinado de cuarenta y cuatro años 53 , en el transcurso de los cuales no le sucedió ninguna desgracia importante. A su muerte, y una vez embalsamado, fue sepultado en el sepulcro que él personalmente se había hecho construir en el santuario 54 .
Durante el reinado de Psaménito, el hijo de Amasis [3], en Egipto, ocurrió, a juicio de los egipcios, un prodigio realmente muy importante: llovió en Tebas de Egipto, fenómeno que, al decir de los propios tebanos, nunca había sucedido antes, y que, hasta mis días, no ha vuelto a repetirse 55 (pues el caso es que en el Alto Egipto no llueve lo más mínimo 56 ; y aun entonces en Tebas sólo cayó una ligera llovizna).
[11] Por su parte los persas, después de haber atravesado el desierto, asentaron sus reales cerca de los egipcios con el propósito de trabar combate. Fue entonces cuando los mercenarios del egipcio, que eran soldados griegos y carios 57 , resentidos con Fanes por haber traído un ejército extranjero 58 contra Egipto, tramaron [2] contra él la siguiente venganza: llevaron al campamento a unos hijos de Fanes, a quienes éste, al escapar, había dejado en Egipto, y, a la vista de su padre, colocaron una crátera en medio de ambos campos; luego, hicieron aproximarse a los niños uno por uno y los degollaron sobre la crátera. Tras acabar, uno tras otro, con todos [3] los niños, echaron vino y agua en la crátera y, una vez que todos los mercenarios hubieron apurado la sangre 59 , se aprestaron a entrar en acción. La batalla resultó encarnizada y, cuando por ambos bandos habían caído ya un gran número de combatientes, los egipcios se dieron a la fuga 60 .
[12] Y por cierto que, merced a algunas informaciones que me facilitaron los lugareños, pude observar un fenómeno muy curioso: los huesos de los que cayeron en aquella batalla se hallan apilados independientemente unos de otros (en efecto, en un lado yacen los huesos de los persas, y en otro los de los egipcios, tal como los separaron desde un principio); pues bien, mientras que los cráneos de los persas son tan blandos que puedes perforarlos con que se te antoje darles con un simple guijarro, los de los egipcios, por el contrario, son tan sumamente duros que te costaría trabajo hacerlos [2] añicos aunque les atizases con una piedra. Me dijeron —y a fe que me convencieron con facilidad—que la causa de esta diferencia es la siguiente 61 : los egipcios empiezan a afeitarse la cabeza desde su más tierna infancia 62 , por lo que el hueso se fortalece debido a la acción del sol. Y a esto mismo se debe también [3] que no se queden calvos, ya que, de todos los pueblos de la tierra, en Egipto es donde pueden verse menos calvos 63 . Esta es, en suma, la causa de que los egipcios [4] tengan el cráneo duro, mientras que, por lo que a los persas se refiere, la causa de que lo tengan blando es la siguiente: desde la niñez mantienen sus cabezas a la sombra, ya que llevan tiaras 64 , que son unos gorros de fieltro. Esta es, en definitiva, la particularidad que pude observar; y también observé algo similar a lo que he contado en Papremis, a propósito de los soldados que, con Aquémenes, el hijo de Darío, perecieron a manos del libio Ínaro 65 .
[13] Entretanto, los egipcios, al verse obligados a retirarse del campo de batalla, huyeron sin orden alguno. Y, una vez confinados en Menfis, Cambises envió río arriba una nave mitilenea, con un heraldo de nacionalidad persa a bordo, para proponerles a los egipcios la capitulación 66 [2]. Pero ellos, al ver que la nave entraba en Menfis, salieron en tumultuoso tropel de la plaza, destrozaron la nave, lincharon brutalmente a sus ocupantes y llevaron sus despojos a la fortaleza 67 . Tras este incidente, [3] los egipcios fueron sitiados, entregándose al cabo de un tiempo.
Por su parte, los libios adyacentes 68 , atemorizados ante lo que había sucedido en Egipto, se rindieron a los persas sin presentar batalla, se comprometieron a pagar tributo y enviaron presentes. Y también cireneos y barceos 69 , con un temor similar al de los libios, hicieron [4] otro tanto. Pues bien, Cambises recibió con complacencia los presentes remitidos por los libios; pero, indignado con los que llegaron de Cirene, debido —creo— a que eran una miseria (concretamente, los cireneos habían enviado quinientas minas de plata 70 ), cogió esa suma con sus propias manos y la distribuyó personalmente entre sus tropas 71 .
Humillaciones infligidas a Psaménito. Muerte del monarca egipcio
Diez días después de haberse [14] apoderado de la fortaleza de Menfis 72 , Cambises, para afrentar 73 a Psaménito, el rey de los egipcios, que había reinado seis meses 74 , le obligó a tomar asiento en las afueras de la ciudad 75 ; le obligó, digo, a tomar asiento en compañía de otros egipcios, y puso a prueba su entereza haciendo [2] lo siguiente: mandó ataviar a la hija de Psaménito con ropa de esclava y la envió con un cántaro a por agua; y, asimismo, hizo que la acompañaran otras doncellas que escogió entre las hijas de los cortesanos más insignes [3] y que iban ataviadas igual que la del rey. Pues bien, cuando las doncellas, entre ayes y sollozos, pasaron ante sus padres, mientras que todos los demás, al ver a sus hijas afrentadas 76 , prorrumpían también en exclamaciones y sollozos, Psaménito, al ver y reconocer ante [4] sí a su hija, fijó sus ojos en el suelo. Una vez que las aguadoras hubieron pasado, Cambises le envió acto seguido a su hijo, en compañía de otros dos mil egipcios de su misma edad, con un dogal anudado al cuello y [5] un freno en la boca 77 . Los llevaban a expiar el asesinato de los mitileneos que habían perecido en Menfis con su nave; esa era, en efecto, la sentencia que habían dictado los jueces reales 78 : como represalia, por cada persona [6] debían morir diez egipcios de la nobleza 79 . Entonces Psaménito, al verlos desfilar ante él, y aun comprendiendo que a su hijo lo conducían a la muerte 80 , mientras que los demás egipcios que estaban sentados a su lado rompían a llorar y se desesperaban, mantuvo la misma actitud que en el episodio de su hija.
Pero, cuando los jóvenes habían terminado de pasar [7], ocurrió que un individuo, entrado ya en años, del círculo de los que compartían su mesa, que se había visto privado de sus bienes y que no tenía más recursos que los de un pordiosero, por lo que iba mendigando a las tropas, pasó por al lado de Psaménito, el hijo de Amasis, y de los egipcios que estaban sentados en las afueras de la ciudad. Entonces Psaménito, al verlo, rompió a llorar desconsoladamente y, llamando a su amigo por su nombre, comenzó a golpearse la cabeza 81 . Como es natural 82 , allí había guardias que [8] daban cuenta a Cambises de todo lo que el egipcio hacía al paso de cada grupo. Extrañado, pues, ante su actitud, Cambises despachó un mensajero, que lo interpeló en los siguientes términos: «Psaménito, tu señor [9] Cambises te pregunta: ¿por qué razón no prorrumpiste en exclamaciones ni en sollozos al ver a tu hija afrentada y a tu hijo camino de la muerte y, sin embargo, te has dignado a hacerlo por ese mendigo que, según se ha informado por terceras personas, no guarda parentesco alguno contigo?» Esta fue, en suma, la pregunta que le formuló. Y, por su parte, Psaménito respondió [10] como sigue: «Hijo de Ciro, los males de los míos eran demasiado grandes como para llorar por ellos; en cambio, la desgracia de un amigo, que ha llegado al umbral de la vejez 83 sumido en la pobreza después de haber gozado de una gran prosperidad, reclamaba unas lágrimas». Cuando esta respuesta fue transmitida † por el mensajero† 84 , consideraron que era [11] muy atinada. Y, al decir de los egipcios, Creso entonces se echó a llorar (pues se daba la circunstancia de que él también 85 había acompañado a Cambises a Egipto), lloraron asimismo los persas que se hallaban presentes, y el propio Cambises se sintió invadido de un sentimiento de piedad, por lo que, sin demora, ordenó que rescataran al hijo de Psaménito del grupo de los que estaban siendo ejecutados, y que sacaran al monarca de las afueras de la ciudad y lo condujeran a su presencia.
Pues bien, los que fueron en su búsqueda ya no hallaron [15] con vida al muchacho, puesto que había sido ejecutado el primero; a Psaménito, en cambio, lo trasladaron, llevándolo a presencia de Cambises. Allí vivió en lo sucesivo sin sufrir la menor violencia. Y, es más, [2] si hubiera sabido reprimir sus intrigas, hubiese recobrado Egipto, posiblemente en calidad de gobernador del país, dado que los persas tienen por costumbre conceder honores a los hijos de los reyes 86 ; y, aunque estos últimos se subleven contra ellos, a pesar de todo devuelven el poder a sus hijos. Muchos ejemplos, desde [3] luego, permiten constatar que tienen por norma hacerlo así, pero principalmente los de Taniras, el hijo de Ínaro, que recobró el poder que había detentado su padre, y Pausiris, el hijo de Amirteo (pues también este último recobró el poder de su padre); y eso que nadie ha causado jamás a los persas mayores quebrantos que Ínaro y Amirteo 87 . Mas el caso es que Psaménito urdió [4] abyectos planes 88 y recibió su merecido: fue sorprendido cuando trataba de sublevar a los egipcios; y, al ser descubierto por Cambises, tuvo que beber sangre de toro, muriendo en el acto 89 . Este fue, en suma, el fin que tuvo Psaménito.
Represalias de Cambises contra la momia de Amasis
Por su parte Cambises, desde [16] Menfis, se llegó a la ciudad de Sais, con el propósito de hacer lo que en realidad hizo 90 . Nada más entrar en el palacio de Amasis, ordenó exhumar de su sepultura 91 el cadáver del monarca; y, una vez que se hubo ejecutado su orden, mandó azotarlo, arrancarle el pelo, desgarrarle los miembros 92 y ultrajarlo con toda suerte de vejaciones. [2] Más aún, cuando se hartaron de hacer eso (pues, como es natural, el cuerpo, al estar embalsamado, aguantaba sin deshacerse lo más mínimo 93 ), Cambises mandó [3] incinerarlo, orden que constituía un sacrilegio. En efecto, los persas creen que el fuego es un dios 94 , por lo que ni uno ni otro pueblo tiene por norma incinerar nunca los cadáveres; los persas precisamente por lo que acabo de indicar —es decir, porque sostienen que no es correcto ofrecer a un dios el cadáver de un hombre—; los egipcios, en cambio, creen que el fuego es una fiera dotada de vida que devora todo lo que pilla y que, una vez ahíta de carnaza, muere a la par que su presa 95 . Pues bien, entre ellos no rige en ningún [4] caso la norma de entregar los cadáveres a fiera alguna; y por eso los embalsaman, para evitar que, una vez sepultados, sean pasto de los gusanos 96 . Así pues, Cambises ordenó hacer algo contrario a las costumbres de ambos pueblos.
Al decir de los egipcios, sin embargo, no fue Amasis [5] quien sufrió esas vejaciones, sino que fue otro egipcio, que tenía la misma contextura física que Amasis, a quien violaron los persas, creyendo que violaban a Amasis 97 . Pues cuentan que Amasis, que se había enterado, [6] gracias a un oráculo, de lo que a su muerte iba a suceder con su cuerpo, como es natural tomó sus medidas para evitar lo que le aguardaba, e hizo sepultar en el interior de su propia cámara funeraria, cerca de la puerta, el cadáver de ese sujeto, que fue quien recibió los latigazos, al tiempo que ordenaba a su hijo que a él lo colocara en el rincón más recóndito posible de [7] la cámara 98 . Ahora bien, a mí me da la impresión de que esas órdenes de Amasis, relativas a su sepultura y a ese sujeto, no existieron jamás, y que los egipcios simplemente dan una versión más decorosa de los hechos.
Proyecto persa de atacar simultáneamente a cartagineses, amonios y etíopes
[17] Posteriormente, Cambises planeó una triple expedición: una contra los cartagineses, otra contra los amonios 99 y una tercera contra los etíopes macrobios 100 , que están asentados en Libia, a orillas del mar del [2] sur 101 . Y, de acuerdo con sus planes, decidió enviar contra los cartagineses su fuerza naval, contra los amonios un selecto contingente de su infantería, y contra los etíopes, ante todo, unos espías, para que, so pretexto de llevar unos presentes al rey de ese pueblo, se cercioraran de si existía realmente la Mesa del Sol que, según la tradición, se hallaba en el país de los susodichos etíopes y, asimismo, para que se fijasen cuidadosamente en todo lo demás.
Por cierto que, según cuentan, la Mesa del Sol consiste [18] , poco más o menos, en lo siguiente 102 : en las afueras de la ciudad hay una pradera repleta de carne cocida de toda suerte de cuadrúpedos, en la que, durante la noche, todos los ciudadanos que ocupan un cargo público se encargan de colocar la carne, mientras que, de día, el que quiere puede ir allí a comer (los indígenas, sin embargo, pretenden que es la propia tierra la que produce cada noche ese manjar 103 ). En fin, en esto consiste, según cuentan, la llamada Mesa del Sol.
Imposibilidad de llevar a cabo la expedición contra Cartago
[19] Entretanto Cambises, en cuanto decidió enviar a los observadores, hizo venir, desde la ciudad de Elefantina, a aquellos ictiófagos 104 que conocían la lengua [2] etíope. Y, mientras iban a buscarlos, en el ínterin dio orden a su fuerza naval de zarpar contra Cartago. Sin embargo, los fenicios se negaron a hacerlo, alegando que estaban ligados a aquéllos por solemnes juramentos y que obrarían sacrílegamente si entraban en guerra contra sus propios descendientes 105 . Y, ante la negativa de los fenicios, los demás no se encontraban en condiciones de lanzar el ataque. Así fue, en suma, [3] como los cartagineses se libraron del yugo de los persas, pues Cambises no consideró oportuno emplear la fuerza con los fenicios, ya que se habían sometido voluntariamente a los persas, y, además, porque todo el poderío naval dependía de ellos 106 . (Por cierto que también los chipriotas se habían sometido voluntariamente a los persas, y tomaban parte en la expedición contra Egipto 107 ).
Misión exploratoria de los ictiófagos en Etiopía
Cuando los ictiófagos, desde [20] Elefantina, llegaron ante Cambises 108 , éste, tras haberles ordenado lo que debían decir, los envió a Etiopía con unos presentes 109 consistentes en una prenda de púrpura, una cadena de oro para el cuello, unos brazaletes, un jarrón de alabastro con perfume 110 y un cántaro de vino de palma 111 . Por cierto que esos etíopes, a cuyo país los enviaba Cambises, son, según dicen, los hombres [2] más altos y apuestos del mundo 112 . Y, por lo que cuentan, entre otras costumbres que los distinguen del resto de la humanidad, observan, a propósito de la monarquía, una muy singular; se trata de la siguiente: creen que merece ocupar el trono aquel ciudadano que, a su juicio, es más alto y tiene una potencia física proporcionada a su estatura 113 .
[21] Pues bien, cuando los ictiófagos llegaron hasta esas gentes, en el momento de entregarle a su rey los obsequios, le dijeron lo siguiente: «Cambises, el rey de los persas, en su deseo de convertirse en amigo y huésped tuyo 114 , nos ha enviado con orden de entrar en conversaciones contigo y te hace entrega de estos presentes, que son los objetos con cuyo disfrute él, personalmente, más se complace». Sin embargo, el etíope, [2] que se había percatado de que habían llegado para espiar 115 , les respondió como sigue: «No, ni el rey de los persas os ha enviado con presentes porque sienta un gran interés por convertirse en huésped mío, ni vosotros estáis diciendo la verdad (en realidad habéis venido para espiar mis dominios), ni él es una persona íntegra; pues, si lo fuera, no hubiese ambicionado más país que el suyo, ni sumiría en esclavitud a pueblos que no le han inferido agravio alguno 116 . Pero, en fin, entregadle [3] este arco y transmitidle este mensaje: ‘El rey de los etíopes aconseja al rey de los persas que ataque a los etíopes macrobios, con superioridad numérica, sólo cuando los persas puedan tensar con esta absoluta facilidad 117 arcos tan grandes como éstos; pero, hasta entonces, que dé gracias a los dioses por no inspirar a los hijos de los etíopes 118 el deseo de anexionar al suyo un nuevo territorio’».
[22] Dicho esto, desarmó el arco y lo entregó a los recién llegados. Tomó entonces la prenda de púrpura y preguntó qué es lo que era y cómo estaba confeccionada. Y, al revelarle los ictiófagos la verdad sobre la púrpura y sobre su tinte 119 , manifestó que semejantes individuos eran unos falsos y falsas también sus ropas 120 . Acto [2] seguido, pidió detalles acerca de los objetos de oro (la cadena para el cuello y los brazaletes). Y, al explicarle los ictiófagos que se trataban de unos adornos, el rey se echó a reír y, creyendo que eran unos grilletes, replicó que, en su país, había grilletes más recios que aquéllos 121 . En tercer lugar preguntó por el perfume; [3] y, al ponerle al corriente de su elaboración y aplicación, manifestó la misma opinión que expusiera a propósito de la ropa.
Pero, al llegar al vino e informarse de su elaboración, quedó sumamente encantado con la bebida y preguntó qué era lo que comía el rey y cuánto tiempo, como máximo, solía vivir un persa. Ellos entonces le [4] contestaron que el rey comía pan —explicándole de paso las caraterísticas del trigo— y que el límite máximo de la vida de un hombre se fijaba en ochenta años 122 . Ante esta respuesta, el etíope replicó que, si se alimentaban de estiércol 123 , no se extrañaba lo más mínimo de que vivieran pocos años; pues, ni siquiera podrían vivir semejante número, si no repusieran fuerzas con aquella bebida —y les señalaba a los ictiófagos el vino—, ya que en este punto ellos estaban en inferioridad de condiciones respecto a los persas 124 .
[23] Por su parte, los ictiófagos pidieron al rey detalles sobre la duración de la vida y el régimen dietético de los etíopes, y él les respondió que la mayoría de ellos llegaban a ciento veinte años 125 , que algunos superaban incluso esa cifra, y que la carne cocida constituía su [2] alimento y la leche su bebida. Entonces, en vista de que los espías manifestaban sorpresa ante aquellas cifras, los condujo a una fuente de la que —como si se tratara de una fuente de aceite 126 — salían más lustrosas las personas que allí se bañaban, y de la que se exhalaba un aroma como de violetas. (Y por cierto que, al [3] decir de los espías, el agua de dicha fuente era de tan escasa densidad 127 que ningún objeto —fuera de madera o de cualquier otro material más liviano que la madera— podía flotar en su superficie, sino que todos se iban al fondo. Y si es verdad que, tal y como dicen, poseen ese tipo de agua, en ella puede residir, debido a su permanente utilización, la causa de su longevidad 128 .) Cuando se alejaron de la fuente, los condujo [4] a una cárcel de reos comunes, en donde todos los prisioneros estaban encadenados con grilletes de oro, pues entre estos etíopes el bronce es lo más raro y apreciado del mundo 129 . Y, después de haber visitado la cárcel, visitaron también la llamada Mesa del Sol.
Acto seguido, visitaron por último las sepulturas de [24] los etíopes, que, según cuentan, se guarnecen, mediante una piedra transparente, de la siguiente manera: después [2] de tratar el cadáver con conservantes, bien sea tal como lo hacen los egipcios 130 o con arreglo a otro procedimiento cualquiera, cubren todo el cuerpo con una capa de yeso y lo decoran con pintura, reproduciendo lo más fielmente posible su fisonomía; y luego lo revisten con una columna hueca hecha de piedra transparente (producto que en su país es abundante y que se extrae del suelo en forma fácilmente maleable 131 ). [3] Introducido, pues, dentro de la columna, el cadáver se transparenta, sin despedir ningún olor desagradable, ni producir cualquier otra sensación de repugnancia; y refleja con exactitud todos los rasgos del difunto en [4] cuestión. Posteriormente, los parientes más allegados guardan en sus casas la columna durante un año, ofreciéndole las primicias de todo y brindándole sacrificios; y, al cabo de ese plazo, la sacan de sus domicilios y la depositan en los alrededores de la ciudad.
Expedición de los persas contra los etíopes
[25] Después de haberlo examinado todo, los espías emprendieron el regreso. Y, al dar cuenta de su misión, Cambises se llenó de enojo e, inmediatamente, partió contra los etíopes, sin haber dispuesto medida alguna para la provisión de víveres 132 y sin haberse parado a considerar que iba a llevar sus tropas a los últimos confines de la tierra 133 ; todo lo contrario, como estaba furioso [2] y no se encontraba en sus cabales 134 , al oír a los ictiófagos, ordenó a los griegos que formaban parte de su ejército que le esperaran allí mismo 135 y emprendió la marcha, llevándose consigo a la totalidad de su infantería [3]. Y cuando, en el curso de la expedición, llegó a Tebas 136 , separó del ejército unos cincuenta mil hombres y les ordenó que esclavizaran a los amonios y que incendiasen el oráculo de Zeus 137 , en tanto que él, con el resto del ejército, se dirigía personalmente contra [4] los etíopes. Pero, antes de que las tropas hubieran recorrido la quinta parte del camino, ya se les habían agotado todas las existencias de víveres que tenían; y, después de los víveres, también se agotaron las bestias [5] de carga, que era lo que se iban comiendo 138 . En definitiva, si, al tener conocimiento de ello, Cambises hubiera mudado de parecer y hubiese hecho retroceder al ejército, habría actuado, tras su inicial falta de previsión, como un hombre inteligente; pero el caso es que, sin pararse a reflexión alguna, prosiguió sin tregua [6] el avance. Por su parte, los soldados, mientras podían obtener algún sustento de la tierra, iban pasando a base de comer hierbas, pero, cuando llegaron al desierto 139 , algunos de ellos cometieron una acción horrible: se jugaron a uno de sus propios camaradas, de entre un grupo de diez, y lo devoraron. Al tener noticia [7] de ello, Cambises, por temor a que cundiera la antropofagia, renunció a la expedición contra los etíopes y emprendió el regreso, llegando a Tebas tras haber perdido el grueso de su ejército. Acto seguido, bajó desde Tebas a Menfis y licenció a los griegos, permitiéndoles que se hicieran a la vela 140 .
Expedición contra los amonios
Así fue como concluyó la expedición [26] contra los etíopes 141 . Entretanto, las tropas que habían sido enviadas para atacar a los amonios, después de haber partido de Tebas, poniéndose en camino con unos guías, llegaron, sin ningún género de dudas, a la ciudad de Oasis 142 , ciudad que ocupan unos samios que, según cuentan, pertenecen a la tribu Escrionia 143 y que distan de Tebas siete jornadas de camino a través de una zona desértica 144 (por cierto que ese lugar se denomina en lengua griega Isla de los Bienaventurados 145 ).
[2] Según cuentan, hasta ese lugar llegó, pues, el ejército; pero, a partir de allí, a excepción de los propios amonios y de quienes se lo han oído contar a estos últimos, nadie más sabe decir nada sobre su suerte, pues las tropas no llegaron al territorio de los amonios [3] ni regresaron a su punto de partida. En concreto, la versión que, a título personal, dan los amonios es la siguiente: resulta que, cuando, desde la susodicha ciudad de Oasis, se dirigían contra ellos a través del desierto y estaban, más o menos, a mitad de camino entre su país y Oasis, se desató sobre los persas, mientras estaban tomando el almuerzo, un viento del sur sumamente violento, que, arrastrando torbellinos de arena, los sepultó; y así fue como desaparecieron 146 . Esto es lo que, al decir de los amonios, ocurrió con este ejército.
Cambises regresa a Menfis. Muerte de Apis
Tras la llegada de Cambises a [27] Menfis, Apis, a quien los griegos llaman Épafo, se apareció a los egipcios 147 ; y, desde el momento de su aparición, los egipcios vistieron sus mejores galas y se dedicaron a festejarlo. Entonces Cambises, al ver que los egipcios hacían eso, [2] plenamente convencido de que se entregaban a esas manifestaciones de alegría por el revés que él había sufrido 148 , hizo llamar a las autoridades de Menfis. Cuando comparecieron ante él, les preguntó por qué los egipcios no habían hecho nada semejante durante su anterior estancia en Menfis, y, en cambio, lo hacían en aquel momento, cuando él llegaba tras haber perdido [3] una buena parte de su ejército. Las autoridades le explicaron que se les había aparecido un dios que solía dejarse ver muy de tarde en tarde y que, siempre que se aparecía, todos los egipcios celebraban con tal motivo una fiesta por la alegría que sentían 149 . Al oír esta explicación, Cambises dijo que mentían y, por falsarios, los condenó a la pena de muerte.
Después de hacer ejecutar a las autoridades, mandó [28] comparecer acto seguido a los sacerdotes; pero, en vista de que los sacerdotes se expresaban en los mismos términos, respondió que no iba a dejar de averiguar personalmente si el dios que había visitado a los egipcios era una divinidad apacible 150 . Y, sin decir nada más, mandó a los sacerdotes que trajeran a Apis; así que ellos fueron en su búsqueda para llevárselo. Por [2] cierto que el tal Apis —es decir, Épafo— es un becerro engendrado por una vaca que ya no puede concebir en su seno otra cría. (Los egipcios, además, aseguran que un resplandor procedente del cielo se posa sobre la vaca y que la res concibe a Apis por obra de dicho resplandor 151 .) Este becerro que recibe el nombre de [3] Apis presenta las siguientes señales 152 : es negro y tiene en la frente una marca triangular de color blanco, en el lomo la figura de un águila, los pelos de la cola de doble tallo y bajo la lengua un escarabajo 153 .
[29] Pues bien, cuando los sacerdotes llegaron con Apis, Cambises, como estaba bastante desequilibrado, desenvainó su daga y, en su intento de darle a Apis en el vientre, le hirió en el muslo. Entonces se echó a reír y [2] dijo a los sacerdotes: «¡Malditos estúpidos! ¿Así son los dioses? ¿De carne y hueso 154 y sensibles a las armas? Desde luego este dios es bien digno de los egipcios; pero a fe que vosotros no vais a hacer mofa de mí impunemente». Dicho esto, mandó a los encargados de este menester que azotaran sin piedad a los sacerdotes y que mataran a todo aquel egipcio a quien pillasen celebrando la fiesta. La celebración de los egipcios [3] quedó, pues, suspendida; y, por su parte, los sacerdotes fueron castigados. Entretanto Apis, herido en el muslo, agonizaba exánime en el santuario; y, cuando murió a consecuencia de la herida, los sacerdotes le dieron sepultura a espaldas de Cambises 155 .
Agudización de la locura de Cambises. Asesinato de Esmerdis
[30] Este sacrilegio fue, al decir de los egipcios, lo que motivó que Cambises perdiera súbitamente la razón 156 , aunque antes tampoco estaba en sus cabales. Su primera atrocidad consistió en acabar con su hermano Esmerdis, que lo era por parte de padre y madre 157 , y a quien, por envidia, había hecho regresar a Persia desde Egipto, dado que había sido el único persa que consiguió tensar —y tan sólo unos dos dedos— el arco que los ictiófagos habían traído de parte del etíope 158 , cosa que ningún otro persa había logrado. Pues bien, cuando Esmerdis [2] había partido ya hacia Persia, Cambises tuvo en sueños la siguiente visión 159 : creyó ver que un mensajero procedente de Persia le comunicaba que Esmerdis, sentado en el trono real, tocaba el cielo con la cabeza. Así pues, recelando en su fuero interno, ante esta visión [3], que su hermano lo asesinara para hacerse con el poder 160 , envió a Persia a Prexaspes —el persa que le era más leal— para que asesinase a Esmerdis. Prexaspes, entonces, subió a Susa y asesinó a Esmerdis, según unos llevándoselo a una cacería, o, según otros, acompañándolo al mar Eritreo y arrojándolo al agua 161 .
Asesinato de una de sus hermanas
[31] Este fue, en suma, el caso que, según cuentan, comenzó la serie de atrocidades de Cambises. En segundo lugar, acabó con su hermana, que le había acompañado a Egipto y que era su esposa, a la par que su hermana por parte de padre y madre 162 . Y he aquí, por cierto, [2] cómo se casó con ella (pues antaño los persas no tenían, ni mucho menos, por costumbre contraer matrimonio con sus hermanas 163 ). Cambises se había prendado de una de sus hermanas, así que, con el propósito de casarse con ella, convocó —debido a que pretendía hacer algo insólito— a los llamados jueces reales 164 y les preguntó si existía alguna ley que permitiese, a quien lo deseara, contraer matrimonio con una hermana suya. (Los jueces reales son unos persas escogidos para dicho [3] cargo hasta el momento en que mueren, o hasta que se descubre alguna injusticia suya 165 . Estos individuos administran justicia a los persas, son intérpretes del derecho consuetudinario y todo es de su incumbencia.) Pues bien, ante la pregunta de Cambises, [le] dieron [4] una respuesta justa y, a la vez, prudente: le dijeron que no acertaban a encontrar ninguna ley que permitiera a un hermano contraer matrimonio con su hermana, pero que, no obstante, habían encontrado otra ley, según la cual al rey de los persas le estaba permitido hacer lo que quisiera. Así, no derogaron la ley por [5] temor a Cambises 166 ; pero, para no perderse a sí mismos al atenerse a ella, dieron con otra ley complementaria que asistía a quien quería casarse con sus hermanas. Cambises, en consecuencia, se casó entonces con [6] su amada (sin embargo, no mucho tiempo después tomó asimismo por esposa a otra de sus hermanas 167 ). Pues bien, de las dos mató a la más joven, que era la que le había acompañado a Egipto 168 .
[32] Por cierto que, respecto a la muerte de esta mujer circula, como en el caso de Esmerdis, una doble versión. Los griegos cuentan que Cambises había azuzado a un león contra un perro, cachorros ambos, y que esta mujer se hallaba también contemplando el lance; y, cuando el perrito estaba a punto de resultar vencido, otro perrito de su misma camada rompió su correa y acudió en su ayuda, con lo que, al ser dos, lograron [2] imponerse al leonzuelo. [3] Cambises se divertía con el espectáculo, en cambio su hermana, que se hallaba sentada a su lado, estaba llorando. Entonces Cambises, al percatarse de ello, le preguntó por qué razón lloraba; y ella le respondió que se había echado a llorar, al ver que el perrito socorría a su hermano, porque se acordaba de Esmerdis y era consciente de que Cambises no tenía quien pudiera socorrerlo. Los griegos, en suma, sostienen que ella fue ejecutada por orden de Cambises a consecuencia de esta frase 169 .
Los egipcios, en cambio, aseguran que, cierto día en que ambos estaban sentados a la mesa, la mujer cogió una lechuga, empezó a deshojarla y le preguntó a su marido si la lechuga resultaba más vistosa una vez deshojada o cuando estaba recubierta de sus hojas. Él respondió que recubierta de sus hojas; y entonces [4] la mujer apostilló: «Pues, sin embargo, en cierta ocasión tú emulaste a esta lechuga 170 , al expoliar la estirpe de Ciro». Entonces Cambises se abalanzó lleno de ira sobre ella, que estaba encinta, y la mujer sufrió un aborto, perdiendo la vida 171 .
Causas del comportamiento de Cambises
Estas fueron las locuras que [33] Cambises cometió contra sus más allegados, bien fuese realmente por causa de Apis 172 o por otra razón cualquiera, porque muchas son las desgracias que suelen afectar a los hombres 173 .Y, en este caso, incluso se afirma que Cambises padecía de nacimiento una grave dolencia, esa que algunos denominan «enfermedad sagrada» 174 . Por lo tanto, no sería nada extraño que, si su cuerpo sufría una grave dolencia, tampoco estuviera en su sano juicio 175 .
Asesinato del hijo de Prexaspes y de varios nobles persas
[34] Contra los demás persas, por otra parte, cometió las siguientes locuras. Se cuenta, por ejemplo, que le dijo a Prexaspes, el persa a quien más distinción dispensaba (de hecho, este individuo era quien le introducía los mensajes 176 y, además, su hijo era copero de Cambises, cosa que, desde luego, no constituía una distinción insignificante). Se cuenta, repito, que le dijo lo [2] siguiente: «Prexaspes, ¿qué clase de persona me consideran los persas?, ¿qué comentarios hacen sobre mí?». «Señor —le respondió Prexaspes—, recibes grandes elogios en todos los sentidos; únicamente dicen que te [3] entregas con excesivo afán a la bebida 177 ». Esto fue, en suma, lo que le dijo Prexaspes de los persas. Entonces Cambises, lleno de ira, le replicó en los siguientes términos: «Así que, en resumen, los persas pretenden que, por entregarme al vino, desvarío y no estoy en mi sano juicio. Pues, en ese caso, sus anteriores afirmaciones no se atenían a la verdad». En efecto, resulta [4] que en cierta ocasión, en una junta que con él mantenían los persas, Creso incluido 178 , Cambises les había preguntado qué opinión les merecía su persona en comparación con la de su padre Ciro. Y ellos respondieron que era mejor que su padre, pues seguía detentando todos los dominios de aquél y, además, había anexionado Egipto, así como el mar 179 . Eso fue lo que dijeron [5] los persas; pero Creso, que se hallaba presente y que no se sentía satisfecho con el parecer [expuesto], le dijo a Cambises lo siguiente: «Pues, en mi opinión, hijo de Ciro, no puedes compararte con tu padre, ya que aún no tienes un hijo como el que él dejó en ti 180 ». Al oír estas palabras, Cambises se sintió complacido y alabó el parecer de Creso.
[35] Pues bien, haciendo alusión a este incidente, le dijo a Prexaspes en un arrebato de cólera: «Constata, pues, por ti mismo si los persas tienen razón, o si son ellos [2] quienes desvarían al hacer esa afirmación: si disparo contra ese hijo tuyo que está ahí en la antesala y le acierto de lleno en el corazón, quedará claro que los persas hablan sin fundamento; en cambio, si fallo, podrás afirmar que los persas tienen razón y que yo no estoy [3] en mis cabales 181 ». Dicho esto, tensó su arco y disparó contra el muchacho, que se desplomó; entonces dio orden de abrirlo en canal y de verificar el tiro; y, al cerciorarse de que la flecha estaba alojada en el corazón, se echó a reír y, exultante de alegría, le dijo [4] al padre del muchacho: «Prexaspes, ya tienes constancia de que yo no estoy loco y de que son los persas quienes desvarían. Y ahora, dime: hasta la fecha, ¿a quién has visto, en el mundo entero, manejar el arco de modo tan certero?». Entonces Prexaspes, viendo a un hombre que no estaba en su juicio y temiendo por su vida, exclamó: «Señor, desde luego creo que ni el propio dios hubiera disparado tan atinadamente 182 ». Esta fue la atrocidad que cometió entonces; mientras [5] que, en otra ocasión, hizo enterrar vivos, cabeza abajo 183 , a doce persas de rango similar a los de la más alta alcurnia, a pesar de que no los había podido hallar reos de nada importante.
Intento de acabar con Creso, que logra salvar la vida
Entonces, y ante la conducta [36] que observaba, el lidio Creso consideró un deber llamarle la atención 184 en los siguientes términos: «Majestad, no te dejes llevar en todos tus actos por los arrebatos de la juventud 185 ; al contrario, debes dominarte y contenerte. A no dudar, bueno es ser previsor y sabia cosa la prudencia; en cambio, tú matas a personas que son compatriotas tuyos, pese a no haberlos podido hallar culpables de nada importante, e incluso matas a niños. [2] Ten, pues, cuidado, si cometes muchos actos de este tipo, no vaya a ser que los persas se subleven contra ti 186 . Por otra parte, tu padre Ciro me encargó encarecidamente que te hiciera las advertencias y recomendaciones que juzgara oportunas 187 ». Creso, en suma, le daba estos consejos con claras muestras de afecto; [3] pero Cambises le respondió en estos términos: «¡También a mí te atreves tú a darme consejos! ¡Tú, que gobernaste acertadamente tu patria 188 ; que le diste a mi padre un atinado consejo instándole a cruzar el rio Araxes 189 para marchar contra los maságetas, cuando ellos querían cruzar a nuestro territorio 190 ; y que labraste tu propia ruina, por dirigir mal tu patria, y [labraste] la de Ciro por el caso que te hacía! Pero, desde luego, te vas a arrepentir, porque a fe que ya hace tiempo que deseaba encontrar contra ti un pretexto cualquiera». Dicho esto, empuñó su arco con ánimo de [4] dispararle una flecha, pero Creso dio un salto y salió corriendo. Entonces Cambises, en vista de que no podía alcanzarlo de un flechazo, ordenó a sus servidores que lo prendieran y le dieran muerte. Pero los servidores, [5] que conocían su carácter, escondieron a Creso 191 en razón de la siguiente consideración: si Cambises llegaba a arrepentirse y añoraba a Creso, ellos lo sacarían de su escondrijo y obtendrían una recompensa por haberle salvado la vida; en cambio, si no se arrepentía ni lo echaba de menos, en ese caso acabarían con él. Pues [6] bien, no mucho tiempo después, Cambises echó de menos a Creso, así que sus servidores, al percatarse de ello, le comunicaron que se hallaba con vida 192 . Cambises entonces dijo que se congratulaba de que Creso estuviera vivo, pero que, no obstante, aquellos que lo habían salvado no quedarían sin castigo, sino que los haría ejecutar. Y así lo hizo.
Otros sacrilegios de Cambises
[37] Muchas fueron, en suma, las locuras de esta índole que cometió Cambises, tanto contra los persas como contra sus aliados 193 , durante su estancia en Menfis, donde no sólo abrió antiguas tumbas, sino que [2] hasta examinó sus cadáveres 194 . Y es más, con la misma irreverencia, penetró incluso en el santuario de Hefesto 195 y se burló mucho de su estatua. (Resulta que la estatua de Hefesto es muy similir a los patecos de Fenicia 196 , que los fenicios llevan en las proas de sus trirremes 197 ; y para quien no haya visto patecos he de indicar que consisten en la imagen de un pigmeo.) Y [3] penetró asimismo en el santuario de los Cabiros 198 , donde, de acuerdo con la norma establecida, no puede entrar nadie más que el sacerdote; y hasta hizo quemar sus estatuas después de haberse mofado mucho de ellas. Por cierto que estas estatuas también se asemejan a las de Hefesto, de quien, según dicen, son hijos los Cabiros 199 .
Excurso sobre el poder de la costumbre en el mundo
[38] A mi juicio, pues, es del todo punto evidente que Cambises estaba rematadamente loco, pues, de lo contrario, no hubiera pretendido burlarse de cosas sagradas 200 y sancionadas por la costumbre. En efecto, si a todos los hombres se les diera a elegir entre todas las costumbres, invitándoles a escoger las más perfectas, cada cual, después de una detenida reflexión, escogería para sí las suyas; tan sumamente convencido está cada uno de que sus propias costumbres son las [2] más perfectas 201 . Por consiguiente, no es normal que un hombre, a no ser que sea un demente, haga mofa de semejantes cosas. Y que todas las personas tienen esa convicción a propósito de las costumbres, puede demostrarse, entre otros muchos ejemplos, en concreto por el siguiente: durante el reinado de Darío, este monarca [3] convocó a los griegos que estaban en su corte y les preguntó que por cuánto dinero accederían a comerse los cadáveres de sus padres. Ellos respondieron que no lo harían a ningún precio. Acto seguido Darío [4] convocó a los indios llamados Calatias 202 que devoran a sus progenitores, y les preguntó, en presencia de los griegos, que seguían la conversación por medio de un intérprete, que por qué suma consentirían en quemar en una hoguera los restos mortales de sus padres; ellos entonces se pusieron a vociferar, rogándole que no blasfemara. Esta es, pues, la creencia general; y me parece que Píndaro hizo bien al decir que la costumbre es reina del mundo 203 .
Acontecimientos contemporáneos en Samos. Presentación de Polícrates: su carrera triunfal
[39] Por cierto que, mientras Cambises llevaba a cabo la campaña contra Egipto, los lacedemonios emprendieron también una expedición contra Samos 204 ; en concreto, contra Polícrates, hijo de Éaces, que se había apoderado de Samos merced a un alzamiento 205 . Al principio, dividió la isla 206 en tres zonas y cedió dos de ellas 207 a sus hermanos Pantagnoto y Silosonte; pero luego mandó matar al primero y desterró a Silosonte, el hermano menor 208 , haciéndose con la totalidad de Samos. Una vez dueño de la isla, concertó relaciones de hospitalidad con Amasis, el rey de Egipto, enviándole [3] presentes y recibiendo otros de su parte 209 . Y, en poco tiempo, el poderío de Polícrates creció vertiginosamente y su fama se extendió por Jonia y el resto de Grecia, ya que siempre que se lanzaba a la guerra, fuera donde fuera, todas las campañas se desarrollaban favorablemente para sus intereses. Contaba con cien penteconteros 210 y con mil arqueros; y saqueaba y pillaba [4] a todo el mundo, sin hacer excepción con nadie 211 , pues sostenía que se queda mejor con un amigo devolviéndole lo que se le ha arrebatado que sin quitarle nada de nada. En fin, el caso es que se había apoderado de numerosas islas 212 y también de muchas ciudades del continente 213 . (En cierta ocasión, precisamente, se impuso en una batalla naval a los lesbios, cuando, con todos sus efectivos, acudían en socorro de los milesios, e hizo prisioneros, que fueron quienes, cargados de cadenas, abrieron todo el foso que rodea la muralla de Samos.)
[40] Por su parte, Amasis, con toda probabilidad, no dejaba de prestar atención a la enorme suerte de que gozaba Polícrates (al contrario, esta cuestión debía de tenerlo hondamente preocupado), pues, cuando su buena suerte alcanzó proporciones aún mucho mayores, envió a Samos una carta 214 redactada en los siguientes términos: «He aquí lo que Amasis participa a Polícrates 215 [2]: es grato enterarse de los triunfos de un buen amigo, y especialmente de un huésped 216 ; pero a mí esos grandes éxitos tuyos no me llenan de satisfacción, pues sé perfectamente que la divinidad es envidiosa 217 . Por eso, antes que tener éxito en todo tipo de empresas, personalmente preferiría que, tanto yo como las personas que me interesan, triunfáramos en algunas, pero que fracasásemos también en otras, pasando así la vida con suerte alternativa. Porque aún no he oído [3] hablar de nadie que, pese a triunfar en todo, a la postre no haya acabado desgraciadamente sus días, víctima de una radical desdicha 218 . Así pues, préstame ahora atención y, para contrarrestar tus triunfos, haz lo que te voy a decir: piensa en algo que tengas en la máxima [4] estima y cuya pérdida te dolería sumamente en el alma y, cuando lo hayas encontrado, deshazte de ello de manera que nunca más pueda llegar a manos de otro hombre. Y si, en lo sucesivo, tus éxitos continúan sin toparse alternativamente con contratiempos, sigue intentando poner remedio a tu suerte del modo que te he sugerido 219 ».
Después de haber leído estas líneas, y comprendiendo [41] que Amasis le brindaba un acertado consejo, Polícrates se puso a buscar, entre los objetos de su propiedad, aquel por cuya pérdida mayor pesar sentiría en su fuero interno; y, en su búsqueda, dio con la siguiente solución: tenía un sello engastado en oro que solía llevar puesto constantemente; se trataba de una esmeralda 220 y era obra de Teodoro de Samos 221 , hijo [2] de Telecles. Pues bien, una vez resuelto a deshacerse de dicha alhaja, hizo lo siguiente 222 : mandó equipar un pentecontero, embarcó en él y luego dio orden de ponar rumbo a alta mar. Y, al encontrarse lo suficientemente alejado de la isla, se quitó el sello y lo arrojó al mar 223 a la vista de todos los que con él iban en la nave. Hecho lo cual, mandó virar en redondo y, al llegar a su palacio, dio rienda suelta a su tristeza 224 .
Pero resulta que, cuatro o cinco días después de [42] estos sucesos, le ocurrió lo siguiente: un pescador, que había cogido un enorme y magnífico ejemplar, pensó que la pieza merecía constituir un presente para Polícrates. La llevó, pues, a palacio y manifestó que quería comparecer ante Polícrates; y, cuando su petición fue atendida, dijo, al hacer entrega del pez: «Majestad, yo [2] he cogido este pez y, aunque soy un hombre que vive del trabajo de sus manos, no he creído oportuno llevarlo al mercado; al contrario, me ha parecido que era digno de ti y de tu posición. Por eso te lo traigo como un presente». Entonces Polícrates, halagado ante sus manifestaciones, le respondió en estos términos: «Has hecho muy bien y, por tus palabras y tu obsequio, te estamos doblemente agradecidos; así que te invitamos a cenar 225 ». El pescador, como es natural, volvió a su [3] casa contentísimo con la invitación; pero, entretanto, al abrir el pez, los servidores encontraron que dentro de su tripa estaba el anillo de Polícrates. Nada más [4] verlo, lo cogieron y, llenos de alegría, fueron a llevárselo a Polícrates, explicándole, al entregarle la sortija, de qué manera había aparecido. Entonces Polícrates, en la creencia de que lo sucedido era obra de la providencia, consignó en una carta 226 todo lo que había hecho y lo que luego le había sucedido, y, tras su redacción, la envió a Egipto 227 .
[43] Cuando Amasis leyó la carta que llegaba remitida por Polícrates, comprendió que para un hombre resulta imposible librar a un semejante de su propio destino y que Polícrates no iba a tener un final feliz, porque tenía tanta suerte en todos sus asuntos que hasta encontraba [2] las cosas que quería perder. Entonces despachó un heraldo a Samos y le hizo saber que daba por cancelado su vínculo de hospitalidad 228 . Y esto lo hizo para evitarse el disgusto personal que, por tratarse de un huésped, sentiría cuando a Polícrates le sobreviniera una terrible y enorme desgracia 229 .
Causas de la expedición militar de los lacedemonios contra Samos
Pues bien, precisamente contra [44] el tal Polícrates, un hombre que tenía éxito en todas sus empresas 230 , fue contra quien los lacedemonios emprendieron una expedición, ante la petición de ayuda que les habían formulado los samios que posteriormente fundaron Cidonia 231 en Creta. Resulta que Polícrates, a espaldas de los samios, había despachado un heraldo a la corte de Cambises, hijo de Ciro, cuando el monarca estaba reclutando tropas contra Egipto, y le había pedido que enviara también comisionados a su corte en Samos en demanda de tropas. Cambises, al oír esta proposición, [2] despachó con sumo gusto un emisario a Samos para pedirle a Polícrates que enviase, juntamente con la suya 232 , una fuerza naval contra Egipto. Entonces Polícrates eligió a los ciudadanos presuntamente más decididos a rebelarse 233 y los envió en cuarenta trirremes 234 , encargándole a Cambises que no les permitiera regresar.
[45] En fin, según algunos, los samios que habían sido enviados [por Polícrates] no llegaron a Egipto, sino que, cuando, en el curso de su travesía, estaban a la altura de Cárpatos 235 , se plantearon el caso y decidieron no proseguir ya la singladura. Según otros, en cambio, arribaron a Egipto y, pese a estar vigilados, lograron [2] escapar de allí. Pero, cuando pretendían atracar en Samos, Polícrates salió a su encuentro con una flota y les presentó batalla; los que regresaban se alzaron entonces con la victoria y desembarcaron en la isla, pero, en un combate terrestre que en ella libraron, fueron derrotados y de ahí que zarparan con rumbo a Lacedemonia. Y hay quienes aseguran que los que retornaban de [3] Egipto vencieron a Polícrates 236 , afirmación que a mí se me antoja errónea, pues si hubiesen sido capaces de imponerse a Polícrates por sus propios medios, no hubieran tenido necesidad alguna de llamar en su auxilio a los lacedemonios. Además, el sentido común tampoco permite aceptar que un sujeto que contaba con gran número de mercenarios a sueldo y de arqueros del país pudiera ser derrotado por los samios que regresaban, que eran pocos 237 . Y por cierto que Polícrates [4] había congregado, en los arsenales del puerto, a los hijos y mujeres de los ciudadanos que estaban a sus órdenes y, por si acaso dichos ciudadanos lo traicionaban, pasándose a los que regresaban, los tenía listos para quemarlos con arsenales y todo.
Cuando los samios expulsados por Polícrates llegaron [46] a Esparta, se presentaron ante los magistrados 238 y, debido a la entidad de su demanda, pronunciaron un largo discurso. Sin embargo los magistrados, en la primera audiencia, les respondieron que se habían olvidado del comienzo de su discurso y que no comprendían [2] el resto 239 . Posteriormente, los samios volvieron a presentarse y no añadieron nada nuevo, únicamente trajeron un saco y adujeron que dicho saco estaba falto de harina. Ellos entonces les replicaron que con lo del saco habían exagerado 240 ; pero, en cualquier caso, decidieron prestarles ayuda 241 .
[47] Y efectivamente, los lacedemonios hicieron sus preparativos y organizaron una expedición contra Samos; al decir de los samios, lo hacían correspondiendo a un favor, ya que, en cierta ocasión anterior, ellos, con sus naves, les habían prestado ayuda contra los mesenios 242 ; sin embargo, y al decir de los lacedemonios, éstos organizaban la expedición no tanto para socorrer a los samios en su demanda como con el propósito de desquitarse por el robo de la crátera que llevaban a Creso 243 , y por el del peto, un presente que les había enviado Amasis, el rey de Egipto 244 . En efecto, resulta [2] que los samios se habían apropiado del peto un año antes que de la crátera. Se trata de un peto de lino que tiene numerosas figuras bordadas y que, además, se [3] halla adornado con oro y algodón 245 . Cada hilo del peto lo hace, asimismo, digno de admiración por el siguiente motivo: pese a lo fino que es cada hilo, en su composición consta de trescientas sesenta hebras, todas ellas visibles 246 . (Idéntico a éste es, igualmente, el peto que Amasis consagró en Lindos a Atenea 247 .)
Cooperación de Corinto en la campaña contra Samos. Razones de la misma
[48] Y por cierto que, para que la expedición contra Samos se llevara a cabo, en ella también cooperaron decididamente los corintios, pues también tenía que ver con ellos una afrenta de los samios 248 cometida dos generaciones antes de dicha expedición; es decir que no se había producido por las mismas fechas que el robo de la crátera 249 . Resulta que Periandro 250 , hijo [2] de Cípselo, había enviado, a la corte de Aliates 251 en Sardes, a trescientos muchachos, pertenecientes a las principales familias de Corcira, para que los castraran; sin embargo, cuando los corintios que llevaban a los muchachos arribaron a Samos, los samios, al enterarse del motivo por el que 252 eran conducidos a Sardes, ante todo aleccionaron a los muchachos para que se acogieran 253 [3] al santuario de Ártemis y, seguidamente, no permitieron que desalojaran a los suplicantes del santuario. Y, en vista de que los corintios impedían que a los muchachos les llegasen provisiones, los samios instituyeron una fiesta, que aún hoy en día siguen celebrando del mismo modo; durante todo el tiempo en que los muchachos recurrieron al derecho de asilo, organizaban, al caer la noche, coros de doncellas y de mozos y, en el momento de organizarlos 254 , establecieron una ley según la cual dichos coros debían llevar consigo tortas de sésamo y de miel, para que los muchachos de Corcira se las quitaran y contaran con sustento. Esta [4] situación se mantuvo hasta el instante en que los corintios que vigilaban a los muchachos se marcharon, dejándolos donde estaban. Y, por su parte, los samios llevaron a los muchachos de vuelta a Corcira 255 .
Sea como fuere, si, a la muerte de Periandro, los [49] corintios hubieran estado en buenas relaciones con los corcireos, aquéllos no hubiesen cooperado, por el motivo que he expuesto, en la expedición contra Samos. Pero el caso es que, desde que colonizaron la isla, unos y otros, pese a ser de la misma sangre, mantienen constantemente encontradas diferencias 256 . Esa era, en [2] suma, la razón de que los corintios guardaran rencor a los samios.
Por otra parte, Periandro envió a Sardes, para que los castraran, a los muchachos que había escogido entre las principales familias de Corcira con ánimo de venganza, ya que los corcireos habían sido los primeros en empezar, al cometer contra su persona 257 un acto incalificable.
Historia de Periandro, tirano de Corinto, y de su hijo Licofrón
[50] Resulta que, después de haber dado muerte a Melisa, su propia esposa 258 , a Periandro vino a sumársele, a su anterior desgracia 259 , esta nueva desdicha 260 . De Melisa tenía dos hijos; uno de diecisiete y otro de [2] dieciocho años de edad. Su abuelo materno Procles, que era tirano de Epidauro 261 , los había hecho acudir a su corte y los trataba con cariño, cosa natural siendo como eran hijos de su propia hija. Pero, al mandarlos de regreso a su casa, les dijo en el momento de la despedida: «Muchachos, ¿conocéis acaso al que mató a [3] vuestra madre?». El mayor de ellos no concedió la menor importancia a esta frase; pero el más joven, cuyo nombre era Licofrón, se sintió tan afectado al escucharla que, a su regreso a Corinto, y considerando a su padre el asesino de su madre, no le dirigía la palabra, no respondía nada si Periandro le hablaba, ni le daba la menor explicación cuando su padre le pedía cuentas 262 . Por eso, Periandro, sumamente enojado, acabó por echarlo de su palacio.
Después de haberlo echado, le pidió a su hijo mayor [51] detalles de los temas que su abuelo había tratado con ellos. El muchacho, entonces, le contó lo cariñosamente que los había recibido, pero no aludió a aquella frase que Procles les había dicho al mandarlos a casa, dado que no había captado su significado 263 . Periandro, sin embargo, afirmó que no cabía otra explicación, sino que su abuelo les hubiera insinuado algo, e insistió en sus preguntas. Entonces su hijo hizo memoria y mencionó asimismo la frase en cuestión. Periandro, pues, [2] lo comprendió todo y, con el firme propósito de no mostrar condescendencia alguna, envió un mensajero a aquellos en cuya compañía residía aquel hijo suyo a quien él había echado de palacio y les prohibió que lo albergaran en sus casas. Y cada vez que el muchacho, al ser expulsado de una casa, se dirigía a otra, también era expulsado de ella, ya que Periandro amenazaba a quienes le habían dado cobijo y les ordenaba que lo alejaran de su lado 264 . A fuerza, pues, de verse desalojado, iba de casa en casa, recurriendo a sus amigos, quienes, a pesar de sus temores, accedían, sin embargo, a recibirlo por ser hijo de Periandro.
[52] Finalmente, Periandro lanzó un bando, según el cual quien lo albergara en su casa, o conversara con él, tendría que pagar una multa —cuya cuantía fijó—, que [2] se consagraría a Apolo 265 . Pues bien, en razón de este bando, y como es natural, nadie quería hablar con él ni recibirlo en su casa; y además, el propio muchacho tampoco creía correcto tratar de hacer algo que estaba prohibido; sin embargo, persistía en su actitud y vagaba [3] por los pórticos 266 . Con todo, a los tres días, Periandro, al verlo sumido en la inmundicia y en la inanición, se apiadó de él; por lo que, deponiendo su indignación, se le acercó y le dijo: «Hijo, ¿qué opción es preferible: la situación en que por tu propio deseo te encuentras ahora, o estar a bien con tu padre y heredar la tiranía y los bienes que actualmente poseo? Tú, que eres mi hijo y príncipe de la opulenta Corinto 267 , [4] has elegido una vida de mendigo por enfrentarte y mostrarte resentido con quien menos debías. Pues, si en aquel asunto hubo alguna desgracia —razón por la cual me guardas recelo—, mía fue esa desgracia y yo soy su mayor partícipe, sobre todo teniendo en cuenta que yo personalmente fui el autor de lo ocurrido 268 . En definitiva, una vez que por ti mismo has apreciado [5] hasta qué punto es mejor ser envidiado que compadecido 269 y, de paso, qué supone estar a mal con los padres y con los poderosos, regresa a palacio». Con estas [6] palabras, Periandro pretendía ganarse al muchacho, pero éste no le dio a su padre la menor respuesta, simplemente le indicó que debía pagar la multa consagrada al dios por haber entablado conversación con él. Entonces Periandro, al comprender que el mal de su hijo era algo que carecía de solución y que no había forma de doblegarlo, mandó equipar un navío y apartó a Licofrón de su vista, enviándolo a Corcira, ya que [7] también imperaba sobre esta isla 270 . Después de haber alejado al muchacho de su lado, Periandro marchó contra su suegro Procles, porque, a su juicio, era el principal responsable de sus avatares de entonces; y se apoderó de Epidauro 271 , apoderándose también del propio Procles, a quien mantuvo en cautividad.
[53] Pero, andando el tiempo, Periandro, en vista de que había envejecido y, en su fuero interno, tenía conciencia de que ya no era capaz de supervisar ni de ocuparse de los asuntos del Estado, despachó un emisario a Corcira para proponerle a Licofrón que regresara a hacerse cargo de la tiranía; pues el caso es que en su hijo mayor no veía; <aptitudes>; es más, a su juicio, [2] saltaba a la vista que era bastante lerdo 272 . Sin embargo, Licofrón ni siquiera consideró al portador del mensaje digno de un cambio de impresiones. Entonces Periandro, tratando de ganarse como fuera al joven, le envió, en una segunda tentativa, a su hermana —es decir, a su propia hija—, en la creencia de que a ella le haría más caso que a nadie. Y, a su llegada, le dijo: [3] «Criatura 273 , ¿prefieres que la tiranía caiga en otras manos y que la hacienda de tu padre se vea saqueada antes que regresar para hacerte cargo personalmente de ambas cosas? ¡Vuelve a palacio! ¡Deja de perjudicarte a ti mismo! La obstinación es algo contraproducente; [4] no trates de remediar el mal con el mal 274 . Muchos, a la estricta justicia, anteponen la equidad más moderada 275 . También ha habido muchos que, por reivindicar los derechos de su madre, han perdido [5] los bienes de su padre 276 . La tiranía es una cosa peligrosa, pero son muchos los que sienten pasión por ella; además, él está ya viejo y decrépito; no entregues a otros los bienes que te pertenecen». Aleccionada por su padre 277 , la mujer, en suma, le aducía las más persuasivas razones; pero Licofrón le respondió diciéndole que, mientras supiera que su padre se hallaba con vida, jamás [6] volvería a Corinto. Cuando su hija le transmitió esta respuesta, Periandro, en un tercer intento, despachó un heraldo accediendo a trasladarse él a Corcira, pero a su hijo le pedía que regresara a Corinto para [7] que le sucediera en la tiranía. El muchacho, en esas condiciones, dio su conformidad; y entonces Periandro se dispuso a partir hacia Corcira, y su hijo hacia Corinto. Pero los corcireos, al tener conocimiento de estos pormenores, mataron al joven, para evitar que Periandro se trasladase a su país 278 . Esa es, en definitiva, la razón de que Periandro pretendiera vengarse de los corcireos.
Fracaso de la expedición contra Samos
Entretanto los lacedemonios, al [54] llegar a Samos con una poderosa flota 279 , pusieron sitio a la ciudad. Y, con ocasión del ataque que lanzaron contra la muralla, alcanzaron a pisar el baluarte que, en las afueras de la ciudad, se alza junto al mar 280 ; pero, posteriormente, cuando el propio Polícrates acudió con un nutrido contingente a defender el lugar, fueron rechazados. Por su [2] parte, los mercenarios, acompañados de un buen número de ciudadanos samios, efectuaron una salida por la zona del baluarte de arriba, que se halla sobre la cresta del monte 281 , y, tras contener durante un breve intervalo a los lacedemonios, huyeron a sus posiciones, si bien los enemigos se lanzaron en su persecución, diezmando sus filas.
[55] Desde luego, si <todos> los lacedemonios que se encontraban allí se hubiesen comportado ese día como Arquias y Licopas, Samos hubiera sido tomada. En efecto, Arquias y Licopas fueron los únicos que irrumpieron en la plaza con los samios que huían y, al serles cortada la retirada, encontraron la muerte en la ciudad [2] de los samios. Y por cierto que yo personalmente estuve en Pitana (pues era de ese demo 282 ) con un descendiente en segundo grado del mencionado Arquias, con otro Arquias, hijo de Samio y nieto de Arquias, quien a los extranjeros que más honraba en el mundo era a los samios. Contaba que a su padre se le había impuesto el nombre de Samio 283 porque su abuelo Arquias había muerto heroicamente en Samos; y explicaba que honraba a los samios, debido a que su abuelo había recibido de ellos honores fúnebres en pública ceremonia 284 .
Pues bien, los lacedemonios, cuando llevaban ya [56] cuarenta días asediando Samos sin que las operaciones progresaran positivamente lo más mínimo, se volvieron al Peloponeso 285 . Y por cierto que, según una [2] versión que se ha venido difundiendo, pero que es de lo más simple, Polícrates hizo acuñar en plomo gran cantidad de moneda local, le dio un baño de oro, y se la entregó a los lacedemonios, quienes, sólo después de haberla recibido, se retiraron 286 . Esta fue la primera incursión que lacedemonios de origen dorio llevaron a cabo contra Asia 287 .
Historia de los samios expulsados por Polícrates
[57] Por su parte, los samios que habían entrado en guerra con Polícrates, en vista de que los lacedemonios iban a abandonarlos, se hicieron también a la mar, [2] pero ellos con rumbo a Sifnos. Ocurría que necesitaban dinero y, por aquel entonces, la situación de los sifnios estaba en su cénit: como en su isla tenían minas de oro y de plata, de hecho eran los más ricos de los isleños 288 ; y ello hasta el extremo de que, con la décima parte de los recursos que se obtenían en su territorio, consagraron en Delfos un tesoro comparable a los más opulentos 289 ; además, los sifnios se repartían entre ellos los recursos que cada año se obtenían 290 . Pues bien, [3] cuando estaban construyendo el tesoro, consultaron al oráculo si iban a poder mantener por mucho tiempo su prosperidad de entonces; y la Pitia 291 les dio la siguiente respuesta:
Mirad, cuando en Sifnos blanco sea el pritaneo 292 , [4]
y blanco el friso 293 del ágora, justo entonces se requiere
una persona astuta,
para protegerse de una lígnea emboscada y de un heraldo
rojo.
(Y el caso es que, por aquellas fechas, el ágora y el pritaneo de los sifnios estaban decorados con mármol pario 294 .)
[58] Este oráculo no fueron capaces de comprenderlo ni en aquel mismo momento ni a la llegada de los samios. En efecto, tan pronto como arribaron a Sifnos, los samios enviaron a la ciudad una de sus naves con embajadores [2] a bordo 295 . (Por cierto que antiguamente todas las naves estaban pintadas con minio 296 ; y era esto lo que la Pitia advertía a los sifnios cuando les instaba a que estuvieran en guardia ante la lígnea emboscada [3] y el heraldo rojo.) Pues bien, a su llegada, los emisarios pidieron a los sifnios que les prestaran diez talentos 297 ; pero, en vista de que los sifnios se negaban a prestárselos, los samios empezaron a saquear sus campos. Al enterarse, los sifnios acudieron sin demora [4] con socorros y trabaron combate con los samios 298 , resultando derrotados; es más, muchos de ellos vieron cortada su retirada a la ciudad por la acción de los samios, quienes, después de la batalla, les exigieron cien talentos.
Posteriormente, y a cambio de cierta suma, obtuvieron [59] de los hermioneos una isla, la de Hidrea, que se halla cerca del Peloponeso, y la confiaron al cuidado de los trecenios 299 ; ellos, por su parte, fundaron Cidonia, en Creta 300 , aunque no se habían hecho a la mar con este propósito, sino para expulsar a los zacintios de su isla 301 . En dicha ciudad permanecieron, y gozaron [2] de prosperidad, por espacio de cinco años, de suerte que fueron ellos quienes erigieron los santuarios que hay en la actualidad en Cidonia, así como el templo de [3] Dictina 302 . Pero, a los cinco años, los eginetas, con la ayuda de los cretenses, los vencieron en una batalla naval y los redujeron a la condición de esclavos (además, cortaron los espolones de las naves samias, que tenían las proas en forma de jabalí 303 , y los consagraron en [4] el santuario de Atenea 304 en Egina). Los eginetas hicieron esto por el rencor que sentían contra los samios. En efecto, durante el reinado de Anfícrates en Samos, los samios fueron quienes comenzaron las hostilidades contra Egina 305 , causando graves contratiempos a los eginetas (aunque también ellos los sufrieron por parte de estos últimos). Esta, en definitiva, fue la causa.
Principales maravillas de Samos
Y por cierto que me he extendido [60] ampliamente a propósito de los samios, debido a que son ellos quienes han llevado a cabo las tres obras más grandiosas de todo el mundo griego 306 : en un monte —un monte de unas ciento cincuenta brazas de altura 307 — abrieron un túnel que comienza en la falda y que presenta una [2] boca en cada ladera. La longitud del túnel es de siete estadios, mientras que su altura y su anchura tienen, respectivamente, ocho pies. De un extremo al otro del mismo hay excavado, además, otro túnel, de veinte codos de profundidad y tres pies de anchura, a través del cual llega hasta la ciudad, procedente de una gran fuente, el suministro de agua, que va encauzada por [3] unos conductos. El ingeniero del susodicho túnel fue el megareo Eupalino, hijo de Náustrofo 308 . Esta es, en suma, una de las tres obras. La segunda es una escollera que, bordeando el puerto, se levanta en el mar, con una profundidad que alcanza veinte brazas y cuya [4] longitud es superior a dos estadios 309 . La tercera obra que los samios llevaron a cabo es un templo —que sepamos, el mayor templo del mundo- 310 —, cuyo primer arquitecto fue Reco, hijo de Files, un natural de la isla 311 . Por estas obras 312 ha sido por lo que me he extendido algo más a propósito de los samios.
El falso Esmerdis usurpa el trono de Persia
[61] Entretanto 313 , mientras Cambises, hijo de Ciro, prolongaba su estancia en Egipto y se dedicaba a cometer locuras, se sublevaron contra él dos magos que eran hermanos, a uno de los cuales Cambises, al ausentarse, había dejado al cuidado de su palacio. Pues bien, este sujeto se sublevó 314 contra él al percatarse de que, una vez perpetrada, la muerte de Esmerdis se mantenía en secreto 315 ; que eran pocos los persas que estaban al corriente de ella, y que los más creían que todavía [2] se hallaba con vida. Por todo ello, urdió el siguiente plan para atentar contra el poder real: tenía un hermano —que, como he dicho, cooperó con él en la sublevación— que, por su fisonomía, era el vivo retrato de Esmerdis, hijo de Ciro (a quien Cambises, pese a que era su propio hermano, había hecho asesinar); y por cierto que, además de poseer la misma fisonomía que Esmerdis, se daba también la coincidencia de que [3] tenía su mismo nombre: Esmerdis 316 . El mago Paticites 317 convenció a este individuo de que él personalmente se encargaría de resolverlo todo en su nombre, lo condujo hasta el trono real y le hizo tomar asiento. Hecho esto, despachó heraldos a muy distintos lugares —incluido, como es natural, Egipto—, para notificar a las tropas que en lo sucesivo debían obedecer a Esmerdis, hijo de Ciro, y no a Cambises.
Pues bien, los distintos heraldos lanzaron esta proclama; [62] y, en concreto, el que había sido encargado de Egipto (por cierto que encontró a Cambises y al ejército instalados en Ecbatana de Siria 318 ) se situó de pie en medio del campamento y proclamó las órdenes que [2] había recibido del mago. Entonces Cambises, al oír el comunicado del heraldo, creyendo que decía la verdad y que, por su parte, él había sido traicionado por Prexaspes (es decir, que este último, cuando recibió la misión de asesinar a Esmerdis 319 , no lo había hecho), se encaró con Prexaspes y le dijo: «Prexaspes, ¿así es como [3] me has resuelto el asunto que te encomendé?». «Señor —respondió Prexaspes—, esas manifestaciones no se ajustan a la verdad; es del todo punto imposible que tu hermano Esmerdis se haya podido sublevar contra ti o que, por iniciativa suya, pueda suscitarse contra tu persona cualquier tipo de oposición, sea grande o pequeña, ya que yo personalmente hice lo que tú me ordenaste [4] y le di sepultura con mis propias manos 320 . Ahora bien, si los muertos resucitan, ten por seguro que hasta el medo Astiages 321 va a sublevarse contra ti; pero si todo sigue como antes, no cabe duda de que contra ti no puede estallar ninguna rebelión, por lo menos promovida por Esmerdis. Por el momento, pues, soy de la opinión de dar alcance al heraldo y someterlo a interrogatorio, preguntándole que a quién representa cuando proclama que debemos obedecer al rey Esmerdis».
Tras estas palabras de Prexaspes —palabras que merecieron [63] la aprobación de Cambises—, el heraldo fue alcanzado sin demora, regresando al campamento. Y, a su llegada, Prexaspes le preguntó lo siguiente: «Buen hombre, supuesto pretendes venir como mensajero en representación de Esmerdis, el hijo de Ciro, confiesa ahora la verdad y, desde luego, podrás irte sano y salvo: ¿fue el propio Esmerdis quien compareció ante ti para encargarte esta misión o fue algún servidor suyo?». «Yo —respondió entonces el heraldo—, desde que el [2] rey Cambises partió contra Egipto, no he vuelto a ver a Esmerdis, el hijo de Ciro. Fue ese mago, a quien Cambises confió la custodia de su palacio, quien me encargó esta misión, alegando que era Esmerdis, el hijo de Ciro, quien ordenaba transmitiros ese mensaje». El heraldo, pues, les contó el caso sin faltar en nada a [3] la verdad. Y, por su parte, Cambises dijo: «Tú, Prexaspes, como un hombre de bien, hiciste lo que se te mandó y estás libre de culpa. Pero, ¿quién puede ser el persa 322 que se ha sublevado contra mí valiéndose del [4] nombre de Esmerdis?» «En mi opinión, majestad —respondió Prexaspes—, creo comprender lo que al respecto ha sucedido. Los magos son quienes se han sublevado contra ti: en concreto Paticites 323 , ese a quien dejaste al cuidado de tu palacio, y su hermano Esmerdis».
Arrepentimiento de Cambises por el fratricidio cometido contra el verdadero Esmerdis. Muerte de Cambises
[64] Entonces, al oír el nombre de Esmerdis, a Cambises le asaltó la verdadera significación de esas palabras y de la visión que había tenido; ya que en sueños había creído ver que alguien le comunicaba que Esmerdis, sentado en el trono real, tocaba el cielo con la cabeza 324 . [2] Y, al comprender que había hecho asesinar a su hermano infructuosamente, rompió a llorar por Esmerdis; concluido su llanto, y tras haberse lamentado por la magnitud de su desgracia, saltó a caballo con el propósito de dirigirse con sus tropas, a marchas forzadas, [3] en dirección a Susa para castigar al mago. Pero, al saltar a caballo, se desprendió de la vaina la contera de su espada y la hoja, que quedó desnuda, le lesionó el muslo 325 . Resultó, pues, herido en la misma región en que, tiempo atrás, él le asestara un tajo a Apis, el dios de los egipcios 326 ; y considerándose alcanzado de muerte, Cambises preguntó cuál era el nombre de aquella ciudad, indicándole los persas que era Ecbatana. (Por cierto que, un oráculo procedente de la ciudad de [4] Buto 327 ya le había predicho con anterioridad que acabaría sus días en Ecbatana. Él, como es natural, creía que moriría de viejo en Ecbatana de Media, donde tenía la sede de su gobierno 328 , pero resulta que el oráculo [5] se refería a Ecbatana de Siria 329 .) Y ocurrió que, cuando, al formular entonces aquella pregunta, supo el nombre de la ciudad, atormentado por el sufrimiento que le ocasionaban el asunto del mago y su herida, recobró la razón 330 y, comprendiendo el divino vaticinio, exclamó: «Aquí quiere el destino que muera Cambises, el hijo de Ciro».
[65] Nada más dijo entonces; pero, unos veinte días después, mandó llamar a los persas más notables que con él estaban y les dijo lo siguiente: «Persas, me veo en la obligación de revelaros algo que, por encima de todo, mantenía en el más absoluto secreto. Se trata de lo [2] siguiente. Resulta que, cuando yo estaba en Egipto, tuve en sueños una visión, que ojalá no hubiera tenido nunca. Creí ver que un mensajero procedente de mi palacio me comunicaba que Esmerdis, sentado en el trono [3] real, tocaba el cielo con la cabeza. Temí entonces verme privado del poder por obra de mi hermano y actué con más precipitación que cordura; pues, como es natural, no estaba al alcance de la naturaleza humana evitar el curso del destino 331 ; pero yo, necio de mí, voy y envío a Prexaspes a Susa para asesinar a Esmerdis. Una vez perpetrada semejante atrocidad, vivía libre de temores, sin pensar ni por un instante que, una vez eliminado Esmerdis, pudiera alguna vez sublevarse contra mí cualquier otra persona. Pero, como [4] erré en todo lo que el futuro me tenía reservado, héme aquí convertido en un fratricida sin necesidad alguna, y no por ello dejo de verme despojado del poder real; pues, en realidad, el levantamiento que la divinidad me predecía en mi visión era el de Esmerdis el mago. En fin, lo que mandé hacer, hecho está; así [5] que haceos a la idea de que Esmerdis, el hijo de Ciro, ya no existe; son los magos —en concreto, aquel a quien dejé al cuidado de mi palacio y su hermano Esmerdis— quienes se han apoderado del poder de vuestros reyes. En suma, quien, más que nadie, debía socorrerme ahora que me veo agraviado por obra de los magos, esa persona, víctima de una impía muerte, ha sucumbido por decisión de sus más allegados familiares 332 . Y, dado que esa persona ya no existe, me es del todo [6] punto ineludible, en segunda y última instancia, encargaros a vosotros, persas, lo que quiero que se haga en mi nombre cuando concluya mi vida. A todos vosotros, pues, y sobre todo a los aqueménidas 333 que están presentes, os conjuro, invocando a los dioses de la casa real 334 , a que no toleréis que la hegemonía vaya a parar nuevamente a los medos 335 ; al contrario, si la detentan por haberla conseguido merced a una artimaña, despojadlos de ella mediante otra artimaña; en cambio, si es que la han logrado con el apoyo de alguna fuerza militar, recobradla resueltamente por la fuerza [7] de las armas 336 . Y, si así lo hacéis, que, gozando de una eterna libertad, la tierra os dé su fruto, y que vuestras mujeres y vuestros rebaños sean fecundos. En cambio, si no recobráis el poder, o no intentáis recobrarlo, hago votos para que os suceda todo lo contrario 337 ; más aún, para que, además, a cada persa le llegue su fin como a mí me ha llegado». Y, al tiempo que pronunciaba estas palabras, Cambises se lamentaba por la magnitud de su infortunio.
Entonces, al ver que el rey se deshacía en sollozos, [66] todos los persas se rasgaron las vestiduras que a la sazón llevaban puestas y prorrumpieron en copioso llanto. Y poco después, debido a la ulceración que sufrió [2] el hueso y a la rápida gangrena que afectó al muslo, el mal se llevó a Cambises 338 , hijo de Ciro, que en total había reinado siete años y cinco meses 339 , y que no dejaba descendencia alguna, ni masculina ni femenina. [3] Ahora bien, los persas que con él estaban habían acogido con gran incredulidad su afirmación de que eran los magos quienes detentaban el poder; es más, estaban convencidos de que Cambises había dicho lo que había manifestado a propósito de la muerte de Esmerdis con ánimo de calumniarlo, a fin de que todo el pueblo persa se alzara en armas contra él.
Reinado del mago
[67] Los persas, en suma, estaban convencidos de que era Esmerdis, el hijo de Ciro, quien se había proclamado rey; pues, por su parte, Prexaspes negaba solemnemente haber acabado con Esmerdis, ya que, una vez muerto Cambises, para él suponía un riesgo confesar que había asesinado con sus propias manos al hijo de Ciro.
[2] Así pues, a la muerte de Cambises, el mago, usurpando la personalidad de su homónimo Esmerdis, el hijo de Ciro, reinó sin problemas durante siete meses 340 (los meses que le faltaban a Cambises para completar [3] sus ocho años de reinado), en el transcurso de los cuales concedió grandes mercedes a todos sus súbditos, de manera que, a su muerte, todos los pueblos de Asia, a excepción de los persas propiamente dichos, lo echaron de menos 341 . En efecto, el mago despachó emisarios a todos los pueblos de su imperio e hizo proclamar que iba a haber exención de reclutamiento y de tributación por espacio de tres años 342 .
Sospechas de Ótanes y descubrimiento de la impostura
Esta proclama, por cierto, ordenó [68] hacerla nada más asentarse en el poder; pero, a los siete meses, fue desenmascarado del siguiente modo. Ótanes era hijo de Farnaspes 343 y, por su linaje y propiedades, se igualaba al persa más destacado. El tal Ótanes fue el primero en [2] sospechar que el mago no era Esmerdis, el hijo de Ciro, sino quien en realidad era; y llegó a esa suposición sobre el particular debido a que no salía del alcázar y a que no hacía comparecer ante sí a ningún persa insigne. [3] Y, al albergar esa sospecha sobre el mago, hizo lo siguiente. Cambises había desposado a una hija suya, cuyo nombre era Fedimia; pues bien, el mago disponía a la sazón de dicha mujer 344 y convivía con ella, así como con todas las demás mujeres de Cambises. Ótanes, en suma, envió un recado a esa hija suya y le preguntó quién era el hombre con el que se acostaba, si con Esmerdis, el hijo de Ciro, o con algún otro sujeto. [4] Pero ella respondió a su recado diciéndole que no lo sabía, ya que no había visto nunca a Esmerdis, el hijo de Ciro, por lo que ignoraba quién era el que cohabitaba con ella. Ótanes le envió un segundo recado en estos términos: «Si no conoces personalmente a Esmerdis, el hijo de Ciro, averigua, no obstante, por medio de Atosa, quién es el sujeto con el que convivís tanto ella como tú, pues, indudablemente ella sí que debe conocer [5] a su propio hermano 345 ». Su hija le contestó a esto con otro recado: «No puedo mantener una conversación con Atosa, ni verme con otra cualquiera de las mujeres que viven conmigo, pues en cuanto ese individuo, sea quien sea, se apoderó del trono, decidió dispersarnos, alojándonos a cada una en un lugar diferente 346 ».
Al oír esta respuesta, a Ótanes empezó a resultarle [69] más evidente el asunto. Entonces le envió a su hija un tercer mensaje que decía así: «Hija, en razón de tu [2] ilustre cuna, debes arrostrar cierto peligro que tu padre te pide que afrontes; pues si, en realidad, ese sujeto que comparte el lecho contigo y que detenta el trono persa no es Esmerdis, el hijo de Ciro, sino quien yo sospecho, a fe que no debe escapar indemne, sino recibir su merecido. Así que haz ahora lo que te voy a [3] indicar: cuando vaya a acostarse contigo y adviertas que está profundamente dormido, pálpale las orejas; y si resulta que las tiene, hazte a la idea de que estás viviendo con Esmerdis, el hijo de Ciro; en cambio, si no tiene, lo estás haciendo con el mago Esmerdis 347 ». Fedimia respondió a esto con otro recado diciéndole [4] que, si lo hacía, iba a correr un gran peligro, pues, si daba la casualidad de que, en efecto, no tenía orejas y se veía sorprendida mientras lo estaba tocando, tenía plena conciencia de que la haría desaparecer; pero, no [5] obstante —agregó—, lo haría. La muchacha, en suma, le prometió a su padre que llevaría a cabo sus órdenes (por cierto que Ciro, hijo de Cambises, había ordenado, en tiempos de su reinado, cortarle las orejas al mago en cuestión, el tal Esmerdis, por algún delito que no sería [6] de poca monta 348 ). Pues bien, la susodicha Fedimia, la hija de Ótanes 349 , en cumplimiento de todo lo que le había prometido a su padre, al llegarle la vez de presentarse al mago (pues lo cierto es que en Persia las mujeres acuden ante sus maridos por turno 350 ), fue a acostarse con él; y, cuando el mago estaba profundamente dormido, le palpó las orejas. Entonces pudo constatar sin dificultad —mejor dicho, con suma facilidad— que aquel individuo no tenía orejas; y, en cuanto hubo despuntado el día, envió recado a su padre, dándole cuenta de lo sucedido.
Conjuración triunfante de los siete
Ótanes, entonces, con ánimo de [70] captarse a Aspatines y Gobrias —que se contaban entre los persas más importantes y que, a su juicio, eran los más indicados para hacerles partícipes de una confidencia—, les explicó detalladamente todo el asunto. Y se encontró con que ellos, por su cuenta, también sospechaban que tal era la situación; por tanto, cuando Ótanes refirió lo ocurrido, dieron crédito a sus palabras. Y decidieron [2] que cada uno de ellos se ganara para su causa al persa en quien más confiara. Ótanes, pues, implicó en la conjura a Intafrenes; Gobrias a Megabixo 351 ; y Aspatines a Hidarnes 352 . Y, cuando los encartados ya eran seis, [3] se presentó en Susa 353 , procedente de Persia, Darío, hijo de Histaspes 354 , pues resulta que su padre era gobernador de esas tierras 355 . Pues bien, a su llegada, los seis persas decidieron ganarse también a Darío para su causa.
Entonces los implicados, que sumaban siete 356 , mantuvieron [71] una reunión y expusieron sus respectivos pareceres. Y cuando le llegó a Darío el turno de manirestar su opinión, les dijo lo siguiente: «Personalmente, [2] yo creía que era el único en tener conocimiento del caso 357 ; es decir, que es el mago quien ocupa el trono y que Esmerdis, el hijo de Ciro, está muerto; y precisamente esta es la razón por la que me he apresurado a venir: para tramar la muerte del mago. Pero como ha coincidido que, sin ser yo el único, vosotros también lo sabéis, soy de la opinión de actuar de inmediato y de no [3] posponerlo, pues ello no nos beneficiaría». «Hijo de Histaspes —respondió a esto Ótanes—, desciendes de un padre ilustre y a fe que, con tu actitud, haces gala de no ser inferior a él. Sin embargo, no precipites tan atolondradamente 358 la empresa que nos ocupa; al contrario, tomátela con más parsimonia, pues para ponernos manos a la obra, es menester que seamos más numerosos». [4] A estas palabras Darío objetó: «Amigos que asistís a esta reunión, tened en cuenta que, si seguís el punto de vista expuesto por Ótanes, sufriréis la peor de las muertes, pues alguien os delatará al mago con ánimo de conseguir, en su propio provecho, una serie [5] de ventajas 359 . En realidad, lo mejor habría sido que hubiéseis realizado la operación por vuestra propia cuenta; pero, dado que decidisteis informar a más personas 360 , y también a mí me habéis puesto al corriente, actuemos hoy mismo o tened presente en vuestro fuero interno que, si transcurre el día de hoy, no habrá nadie que se me adelante a la hora de acusar; al contrario, yo personalmente revelaré el complot al mago».
Ante estas manifestaciones, Ótanes, al ver la vehemencia [72] que mostraba Darío, replicó: «Dado que nos obligas a obrar sin dilación y que no admites que haya demora, de acuerdo, explica tú personalmente de qué modo vamos a entrar en el palacio y a atentar contra sus vidas. Pues tú mismo debes de saber —si no porque lo hayas visto, al menos sí por haberlo oído decir 361 — que, como es natural, hay cuerpos de guardia apostados en diferentes lugares; esos cuerpos de guardia, ¿cómo lograremos cruzarlos?». Darío respondió en [2] los siguientes términos: «Ótanes, [realmente] hay muchas cosas que no pueden demostrarse en teoría, pero sí en la práctica; y, por contra, hay otras que en teoría sí se pueden demostrar, pero cuya ejecución no reporta ningún resultado positivo. Además, tened presente que no es nada difícil franquear los cuerpos de guardia que hay apostados. En efecto, en primer lugar, no habrá [3] nadie que, dado nuestro rango, nos impida el paso, bien sea por respeto a nuestras personas o, simplemente, por miedo. Pero, además, cuento, a título personal, con un pretexto muy apropiado para que podamos entrar: diré que acabo de llegar de Persia y que, de parte de mi padre, quiero notificar cierto asunto al rey. Pues cuando es menester contar alguna mentira, [4] hay que contarla 362 ; ya que tanto quienes mienten, como quienes se atienen a la verdad, ansiamos lo mismo. Los unos, sin duda, mienten únicamente cuando, mediante la convicción de sus mentiras, van a obtener algún provecho, mientras que los otros dicen la verdad para conseguir con ella algún provecho y para que se confíe más en ellos. Así, sin adoptar los mismos procedimientos, [5] todos aspiramos a lo mismo. Y, si no hubieran de obtener provecho alguno, tanto le daría mentir a quien dice la verdad, como decir la verdad a quien miente 363 . En suma, todo guardián de las puertas que nos deje entrar por las buenas, mejorará de posición en el futuro; en cambio, el que intente oponer resistencia, debe en tal caso quedar catalogado como enemigo declarado. Y, sin más, debemos penetrar en palacio y abordar la misión».
Acto seguido, Gobrias dijo: «Amigos, dado que, [73] siendo como somos persas, nos vemos regidos por un medo —más aún, por un mago—, que, además, no tiene orejas 364 , ¿cuándo se nos presentará una ocasión más idónea para recuperar el poder o para morir, si es que no somos capaces de recobrarlo? Todos los que, durante [2] la enfermedad de Cambises, estabais con él, tenéis forzosamente que acordaros de las maldiciones —maldiciones que entonces no tuvimos en consideración; al contrario, creíamos que Cambises hablaba con ánimo de levantar una calumnia— que, en los últimos instantes de su vida, lanzó contra los persas, si no procuraban reconquistar el poder 365 . En esta tesitura, pues, [3] voto porque sigamos el consejo de Darío y no suspendamos esta reunión más que para marchar directamente contra el mago». Esto fue lo que dijo Gobrias y todos convinieron en ello.
Intervención y suicidio de Prexaspes
[74] Entretanto —y mientras los conjurados estudiaban el plan a seguir—, por una feliz casualidad ocurrió lo siguiente. Los magos mantuvieron un cambio de impresiones y decidieron ganarse la amistad de Prexaspes 366 , porque había sufrido un trato infame por parte de Cambises —que le había matado a su hijo de un flechazo 367 —, y debido a que era el único que estaba al corriente de la muerte de Esmerdis, el hijo de Ciro, ya que lo había asesinado con sus propias manos 368 ; pero, asimismo, porque [Prexaspes] gozaba entre los [2] persas de la más alta consideración 369 . Estas fueron, en suma, las razones por las que lo hicieron llamar y, tras obligarle a prometer con solemnes juramentos que miraría por su propio interés 370 y no revelaría a persona alguna el ardid que ellos habían tramado contra los persas, trataron de granjearse su amistad, prometiendo concederle, sin tasa, toda suerte de bienes 371 . Prexaspes se avino a hacerlo y, entonces, los magos, [3] dado que, aparentemente, lo habían convencido, le hicieron una segunda proposición: le dijeron que ellos hiban a convocar a todos los persas al pie del muro del palacio real, y le pidieron que subiera a una torre y que proclamara públicamente que se hallaban regidos por Esmerdis, el hijo de Ciro, y no por otra persona. Este [4] fue, en definitiva, el encargo que le dieron, debido a que, sin ningún género de dudas, Prexaspes gozaba entre los persas de muchísimo crédito, a que en múltiples ocasiones había manifestado su convicción de que Esmerdis, el hijo de Ciro, se hallaba con vida, y a que había negado su asesinato 372 .
Entonces, en vista de que Prexaspes admitía estar [75] dispuesto a hacer también aquello, los magos convocaron a los persas, le hicieron subir a una torre y le invitaron a tomar la palabra. Pero, Prexaspes hizo caso omiso, deliberadamente, de lo que, en aquellas circunstancias, ellos pretendían de él y, a partir de Aquémenes, comenzó a trazar la genealogía de Ciro por línea paterna 373 ; y luego, al llegar a este último, aludió, como conclusión, a todos los servicios que Ciro había prestado [2] a los persas. Tras mencionar estos pormenores, reveló la verdad, explicando que hasta entonces la había mantenido en secreto, pues para él hubiera supuesto un riesgo contar lo ocurrido, pero que, en aquel instante, se veía en la ineludible necesidad de darla a conocer; y, en definitiva, contó que, obligado por Cambises, él personalmente había dado muerte a Esmerdis, el hijo de Ciro, y que eran los magos quienes ocupaban [3] el trono. Acto seguido, y después de haber lanzado cuantiosas maldiciones 374 contra los persas si no volvían a hacerse con el poder y no castigaban a los magos, se dejó caer de cabeza desde lo alto de la torre 375 . Así fue como murió Prexaspes, quien en todo momento 376 fue un hombre relevante.
Muerte de los magos
[76] Mientras tanto, los siete persas, una vez tomada la determinación de atentar de inmediato contra los magos, sin admitir demora, se pusieron en marcha, después de haber implorado a los dioses, sin saber nada de lo que [2] había ocurrido con Prexaspes. Pero, en el trayecto, justamente cuando se encontraban a mitad de camino, se enteraron de lo que había sucedido con Prexaspes. Entonces se apartaron del camino y volvieron a discutir la cuestión: unos, con Ótanes a la cabeza, pedían insistentemente que se pospusiera la tentativa y que no se llevara a efecto en un momento en que la situación estaba alterada 377 , en tanto que otros, incluido Darío, opinaban que había que emprender inmediatamente la marcha y realizar, sin admitir demora, lo que se había acordado. Y, mientras estaban discutiendo, aparecieron siete [3] parejas de halcones que, en persecución de dos parejas de buitres, les iban arrancando las plumas y desgarrando sus carnes. Entonces los siete, al verlo, aprobaron por unanimidad la propuesta de Darío y, sin más, se dirigieron hacia el palacio real animados por el presagio 378 .
Al personarse ante las puertas, les sucedió poco más [77] o menos lo que había previsto el plan de Darío; es decir, que los guardianes, sintiendo un profundo respeto ante unos individuos de la más alta nobleza persa, y sin sospechar que pudiesen abrigar semejante complot, los dejaron pasar (dado que los conjurados actuaban con el beneplácito divino 379 ), sin que nadie les preguntara [2] nada 380 . Pero, al llegar acto seguido al patio central, se toparon con los eunucos encargados de transmitir los mensajes 381 , quienes les preguntaron [3] el objeto de su visita (y, al mismo tiempo que les formulaban esta pregunta, lanzaban amenazas contra los guardias de la puerta por haberles permitido la entrada); y, en vista de que los siete pretendían seguir adelante, trataron de impedírselo. Entonces ellos, tras darse mutuos ánimos, desenvainaron sus dagas, acuchillaron allí mismo, en unánime acometida, a quienes intentaban detenerlos y luego se lanzaron a la carrera hacia el pabellón de los hombres.
[78] Allí dentro, precisamente, se encontraban en aquel momento los dos magos 382 cambiando impresiones sobre lo ocurrido con Prexaspes. Pues bien, cuando advirtieron el alboroto que reinaba entre los eunucos y el griterío que estaban organizando, salieron ambos a toda prisa 383 y, al percatarse de lo que sucedía, se aprestaron a defenderse. En concreto, uno de ellos corrió a proveerse [2] de arco y flechas, mientras que el otro se decidió por la lanza 384 . En definitiva, que unos y otros se enzarzaron en una pelea. Como es natural, al mago que había cogido el arco, no le sirvió de nada, porque los enemigos estaban demasiado cerca y lo acosaban; el otro, en cambio, se defendió con la lanza e hirió primero a Aspatines en el muslo y luego a Intafrenes en un ojo (por cierto que, a consecuencia de la herida, Intafrenes perdió el ojo, pero, pese a ello, no murió 385 ). En suma, mientras que uno de los magos hería a los [3] que he citado, el otro, en vista de que el arco no le servía para nada, y comoquiera que hubiese un aposento que daba al pabellón de los hombres, se refugió en [4] él con ánimo de cerrar sus puertas. Sin embargo, dos de los siete, Darío y Gobrias, entraron con él en la estancia. Pero, como Gobrias se abrazó al mago, Darío se quedó parado junto a ellos sin saber qué hacer, [5] porque, en la oscuridad 386 , temía herir a Gobrias. Entonces, este último, al ver que Darío permanecía a su lado en actitud pasiva, le preguntó que por qué no intervenía. «¡Es que temo herirte a ti!» —exclamó Darío—. «¡Clava tu daga —replicó Gobrias—, aunque nos atravieses a los dos!». Darío, entonces, siguiendo su indicación, asestó una puñalada y tuvo la suerte de darle al mago 387 .
[79] Después de haber dado muerte a los magos y de haberles cortado la cabeza, dejaron allí a sus heridos, tanto por la debilidad de su estado como para que se quedaran custodiando el alcázar, y los otros cinco salieron corriendo con las cabezas de los magos, dando voces y armando ruido; y, llamando la atención de los demás persas, les contaban lo ocurrido y les enseñaban las cabezas, a la par que iban matando a todo mago [2] que se cruzaba en su camino. Entonces los persas, al enterarse de lo que habían hecho los siete y de la intriga de los magos, se creyeron en el deber de hacer también ellos otro tanto y, desenvainando sus puñales, se dedicaron a matar magos, dondequiera que diesen con ellos 388 ; y si la caída de la noche no los hubiera detenido, no hubiesen dejado ni un solo mago. Ese día [3] los persas lo conmemoran oficialmente más que ningún otro, y en él celebran una gran fiesta, que entre ellos recibe el nombre de Magofonía 389 , en el curso de la cual no le está permitido a ningún mago dejarse ver en público; todo lo contrario, ese día los magos se quedan en sus casas.
Debate sobre el mejor régimen de gobierno
Una vez apaciguado el tumulto, [80] y al cabo de cinco días 390 , los que se habían sublevado contra los magos mantuvieron un cambio de impresiones acerca de todo lo ocurrido, y se pronunciaron unos discursos 391 que para ciertos griegos resultan increíbles, pero que realmente se pronunciaron 392 .
Ótanes solicitaba, en los siguientes términos, que la [2] dirección del Estado se pusiera en manos de todos los persas conjuntamente: «Soy partidario de que un solo hombre no llegue a contar en lo sucesivo con un poder absoluto sobre nosotros, pues ello ni es grato ni correcto. Habéis visto, en efecto, a qué extremo llegó el desenfreno de Cambises 393 y habéis sido, asimismo, partícipes de la insolencia del mago 394 . De hecho, ¿cómo [3] podría ser algo acertado la monarquía, cuando, sin tener que rendir cuentas, le está permitido hacer lo que quiere 395 ? Es más, si accediera a ese poder, hasta lograría desviar de sus habituales principios al mejor hombre del mundo, ya que, debido a la prosperidad de que goza, en su corazón cobra aliento la soberbia; y la envidia [4] es connatural al hombre desde su origen. Con estos dos defectos, el monarca tiene toda suerte de lacras; en efecto, ahíto como está de todo, comete numerosos e insensatos desafueros, unos por soberbia y otros por envidia 396 . Con todo, un tirano debería, al menos, ser ajeno a la envidia, dado que indudablemente posee todo tipo de bienes; sin embargo, para con sus conciudadanos sigue por naturaleza un proceder totalmente opuesto: envidia a los más destacados mientras están en su corte y se hallan con vida, se lleva bien, en cambio, con los ciudadanos de peor ralea [5] y es muy dado a aceptar calumnias 397 . Y lo más absurdo de todo: si le muestras una admiración comedida, se ofende por no recibir una rendida pleitesía; mientras que, si se le muestra una rendida pleitesía, se ofende tachándote de adulador 398 . Y voy a decir ahora lo más grave: altera las costumbres ancestrales 399 , fuerza a las mujeres y mata a la gente sin someterla a juicio. En [6] cambio, el gobierno del pueblo tiene, de entrada, el nombre más hermoso del mundo: isonomía 400 ; y, por otra parte, no incurre en ninguno de los desafueros que comete el monarca: las magistraturas se desempeñan por sorteo, cada uno rinde cuentas de su cargo y todas las deliberaciones se someten a la comunidad 401 . Por consiguiente, soy de la opinión de que, por nuestra parte, renunciemos a la monarquía exaltando al pueblo al poder, pues en la colectividad reside todo 402 .»
[81] Esta fue, en suma, la tesis que propuso Ótanes. En cambio Megabizo solicitó que se confiara el poder a una oligarquía en los siguientes términos 403 : «Hago mías las palabras de Ótanes sobre abolir la tiranía; ahora bien, sus pretensiones de conceder el poder al pueblo no han dado con la solución más idónea, pues no hay nada más necio e insolente que una muchedumbre [2] inepta. Y a fe que es del todo punto intolerable que, quienes han escapado a la insolencia de un tirano, vayan a caer en la insolencia de un vulgo desenfrenado. Pues mientras que aquél, si hace algo, lo hace con conocimiento de causa, el vulgo ni siquiera posee capacidad de comprensión. En efecto, ¿cómo podría comprender las cosas quien no ha recibido instrucción, quien, de suyo, no ha visto nada bueno y quien, análogamente a un río torrencial, desbarata sin sentido las empresas [3] que acomete 404 ? Por lo tanto, que adopten un régimen democrático quienes abriguen malquerencia para con los persas 405 ; nosotros, en cambio, elijamos a un grupo de personas de la mejor valía y otorguémosles el poder; pues, sin lugar a dudas, entre ellos también nos contaremos nosotros y, además, cabe suponer que de las personas de más valía partan las más valiosas decisiones 406 ». Esta fue, en suma, la tesis que propuso Megabizo.
En tercer lugar, fue Darío quien expuso su opinión [82] en los siguientes términos: «A mi juicio, lo que ha dicho Megabizo con respecto al régimen popular responde a la realidad; pero no así lo concerniente a la oligarquía. Pues de los tres regímenes sujetos a debate 407 , y suponiendo que cada uno de ellos fuera el mejor en su género (es decir, que se tratara de la mejor democracia, de la mejor oligarquía y del mejor monarca), afirmo que este último régimen es netamente [2] superior. En efecto, evidentemente no habría nada mejor que un gobernante único, si se trata del hombre de más valía; pues, con semejantes dotes, sabría regir impecablemente al pueblo y se mantendrían en el mayor de los secretos las decisiones relativas a los enemigos. [3] En una oligarquía, en cambio, al ser muchos los que empeñan su valía 408 al servicio de la comunidad, suelen suscitarse profundas enemistades personales, pues, como cada uno quiere ser por su cuenta el jefe e imponer sus opiniones 409 , llegan a odiarse sumamente unos a otros; de los odios surgen disensiones 410 , de las disensiones asesinatos, y de los asesinatos se viene a parar a la monarquía; y en ello queda bien patente hasta qué punto es éste el mejor régimen 411 .
»Por el contrario, cuando es el pueblo quien gobierna, [4] no hay medio de evitar que brote el libertinaje; pues bien, cuando en el Estado brota el libertinaje, entre los malvados no surgen odios, sino profundas amistades, pues los que lesionan los intereses del Estado actúan en mutuo contubernio 412 . Y este estado de cosas se mantiene así hasta que alguien se erige en defensor del pueblo y pone fin a semejantes manejos. En razón de ello, ese individuo, como es natural, es admirado por el pueblo; y, en virtud de la admiración que despierta, suele ser proclamado monarca; por lo que, en este punto, su caso también demuestra que la monarquía es lo mejor 413 . Y, en resumen, ¿cómo —por [5] decirlo todo en pocas palabras— obtuvimos la libertad? ¿Quién nos la dio? ¿Acaso fue un régimen democrático? ¿Una oligarquía, quizá? ¿O bien fue un monarca? En definitiva, como nosotros conseguimos la libertad gracias a un solo hombre 414 , soy de la opinión de que mantengamos dicho régimen e, independientemente de ello, que, dado su acierto, no deroguemos las normas de nuestros antepasados 415 ; pues no redundaría en nuestro provecho».
Entronización de Darío
[83] Estas fueron, en suma, las tres tesis que se propusieron; y a esta última se adhirieron los otros cuatro miembros del grupo. Entonces Ótanes, que era quien pugnaba por establecer la isonomía 416 entre los persas, al ver rechazada su moción, manifestó ante todos ellos lo [2] que sigue: «Camaradas, está bien claro que uno cualquiera de nosotros —bien sea que resulte designado por sorteo, que encomendemos su elección como tal a la totalidad de los persas, o que lo sea por cualquier otro procedimiento 417 — ha de ser rey; sea como fuere, yo no voy a entrar en liza con vosotros, pues no quiero mandar, ni recibir órdenes. Renuncio, pues, al poder a condición de no estar, tanto yo, personalmente, como mis sucesivos descendientes, a las órdenes de ninguno de vosotros». Tras haberse expresado en dichos términos, Ótanes, dado que los otros seis dieron su conformidad a las referidas condiciones, como es natural no entró en liza con ellos, sino que se mantuvo al margen. Y hoy en día la familia de Ótanes sigue siendo la única que, en Persia, goza de libertad y que, con tal de no conculcar las leyes de los persas, sólo obedece las órdenes que tiene a bien 418 .
Entonces, los otros seis conjurados mantuvieron un [84] cambio de impresiones para determinar el procedimiento más equitativo 419 de designar un rey. Y, a Ótanes y a sus sucesivos descendientes, decidieron concederle cada año, con carácter extraordinario —si el trono recaía en algún otro miembro del grupo—, un atuendo médico 420 y todos aquellos presentes que entre los persas son más apreciados 421 ; y acordaron concederle estas prerrogativas en razón de que había sido el promotor de la operación, y de que, con ellos, había formado [2] el grupo. Estas fueron, en suma, las prerrogativas que, con carácter extraordinario, fijaron para Ótanes; en tanto que para todos ellos 422 , en general, acordaron las siguientes: que todo miembro del grupo que lo deseara podría penetrar en el palacio real sin introductor de mensajes 423 , a menos que en aquel momento el rey estuviera durmiendo con una mujer; y que el rey no podría tomar esposa de otras familias que no fueran las [3] de los que se habían sublevado con él 424 . Y, por lo que al trono se refiere, decidieron lo siguiente: con los seis a lomos de sus caballos en las afueras de la ciudad, aquel cuyo corcel relinchara primero al salir el sol, ocuparía el trono 425 .
Por cierto que Darío tenía por palafrenero a un individuo [85] astuto cuyo nombre era Ébares 426 . Cuando los conjurados se separaron, Darío le dijo a dicho individuo lo siguiente: «Ébares, en lo que al trono se refiere, hemos decidido actuar como sigue: con los seis a lomos de nuestros caballos, aquel cuyo corcel relinche primero al rayar el sol, ocupará el trono 427 . Así que, si sabes de alguna treta, compóntelas sin demora para que seamos nosotros, y no otra persona, quienes consigamos [2] esa dignidad». Ébares respondió en estos términos: «A fe mía, señor, que si en ello estriba que tú seas o no rey, quédate tranquilo al respecto y ten confianza, porque no será rey nadie más que tú: cuento con los medios adecuados 428 ». «Pues bien —replicó Darío—, si sabes de alguna artimaña adecuada, momento es de que tomes tus medidas, sin admitir demora, pues [3] nuestra liza tendrá lugar mañana». Oído que hubo estas palabras, Ébares hizo lo siguiente 429 : al llegar la noche, condujo a las afueras de la ciudad a una de las yeguas —era a la que más deseaba el caballo de Darío—, la dejó bien atada, llevó acto seguido el caballo de Darío, le hizo dar varias vueltas junto a la yegua, acercándolo progresivamente a la hembra, y, por último, dejó que el caballo la cubriera.
[86] Al despuntar el día, los seis, tal como habían acordado, comparecieron a lomos de sus caballos; y en el momento en que, mientras transitaban por las afueras de la ciudad, se encontraban a la altura de aquel lugar en que, durante la noche anterior, había estado atada la yegua, justo entonces el caballo de Darío respingó y [2] lanzó un relincho. Y, al mismo tiempo que el caballo hacía eso, en un cielo despejado estalló un relámpago, acompañado de un trueno. Aunándose al relincho, estos fenómenos redundaron en favor de Darío, como si se hubieran producido en virtud de algún plan preconcebido 430 , y confirmaron su designación, ya que los demás se apearon de sus caballos y se postraron de hinojos ante Darío 431 .
Estas fueron, en suma, las medidas que, al decir de [87] unos, tomó Ébares; según otros, en cambio (pues resulta que los persas cuentan la historia de las dos maneras 432 ), fueron las siguientes: pasó su mano por el sexo de la yegua en cuestión, manteniéndola luego escondida en sus anaxirides 433 . Y cuando, a la salida del sol, los caballos iban a ponerse en camino, el tal Ébares sacó la mano de su escondrijo y la acercó a los hocicos del caballo de Darío, que, al percibir el olor, bufó y lanzó un relincho.
[88] Así pues, Darío, hijo de Histaspes, quedó proclamado rey, y todos los pueblos de Asia, salvo los árabes, eran súbditos suyos 434 , en razón de las conquistas que realizó Ciro y de las que posteriormente llevó a cabo el propio Cambises 435 . Y por cierto que los árabes nunca se plegaron al yugo de los persas, si bien se hicieron sus aliados al permitirle el paso a Cambises con ocasión de su ataque a Egipto 436 (de hecho, si los árabes se hubiesen opuesto, los persas no hubieran podido invadir Egipto 437 ).
Por otra parte, Darío contrajo, a juicio de los persas, [2] las más distinguidas nupcias 438 : se casó con dos hijas de Ciro, Atosa y Artistone (la una, Atosa, había estado casada previamente con su hermano Cambises y. en segundas nupcias, con el mago 439 , en tanto que [3] la otra, Artistone, era virgen); también contrajo matrimonio con una hija de Esmerdis, el hijo de Ciro, cuyo nombre era Parmis; y, asimismo, tomó por esposa a la hija de Ótanes que había desenmascarado al mago 440 . Y todo se iba llenando de su poderío 441 . En ese sentido, lo primero que hizo fue erigir un bajorrelieve de piedra, en el que figuraba representado un jinete, e hizo grabar [sobre él] una inscripción que rezaba así: «Gracias a la valía de su caballo (e indicaba su nombre) y a la de su palafrenero Ébares, Darío, hijo de Histaspes, consiguió el trono de los persas 442 ».
El imperio de Darío: organización tributaria de las satrapías persas
Una vez hecho esto, implantó [89] en el imperio persa veinte provincias 443 , que ellos, personalmente, llaman satrapías. Y después de haber implantado las provincias y de haber puesto gobernadores a su frente, determinó 444 los tributos que debían llegar a sus manos según los diferentes pueblos, incluyendo en la circunscripción de estos pueblos a sus vecinos y —una vez adscritos los inmediatamente limítrofes— distribuyendo en varios grupos los pueblos más lejanos 445 .
Y fijó las provincias y la aportación anual de tributos [2] de la siguiente manera 446 : a los pueblos que satisfacían su tributo en plata se les dio orden de satisfacerlo con arreglo al peso del talento babilonio, y con arreglo al del euboico a los que lo satisfacían en oro 447 (por cierto que el talento babilonio equivale a [3] setenta <y ocho> minas de Eubea 448 ); pues el caso es que, durante el reinado de Ciro y, posteriormente, durante el de Cambises, no se había establecido ninguna disposición a propósito del tributo: simplemente se satisfacían presentes. Y en razón de esta imposición tributaria y de otras medidas similares a ella 449 , los persas dicen que Darío fue un mercader, Cambises un déspota y Ciro un padre; el uno porque comerciaba con todo tipo de cosas, el otro porque era cruel y desdeñoso, y el último porque era bondadoso y, con su proceder, les había procurado toda suerte de bienes.
[90] Pues bien 450 , de los jonios, de los magnesios de Asia 451 , eolios, carios, licios, milias y panfilios 452 (pues Darío había fijado la tributación de estos pueblos globalmente) recaudaba cuatrocientos talentos de plata 453 . Esta era, en suma, la primera provincia que el monarca había implantado.

Por otra parte, de los misios, lidios, lasonios, cabalios e hiteneos 454 recaudaba quinientos talentos 455 , siendo ésta la segunda provincia 456 .
El tributo procedente de los pueblos del Helesponto [2] situados a mano derecha según se entra en el estrecho 457 , de los frigios, tracios de Asia, paflagones, mariandinos y sirios 458 ascendía a trescientos sesenta talentos 459 , siendo ésta la tercera provincia 460 .
[3] El tributo de los cilicios 461 consistía en trescientos sesenta caballos blancos —a razón de uno por cada día 462 — y quinientos talentos de plata; de esta suma, ciento cuarenta talentos se invertían en las fuerzas de caballería que guarnecían Cilicia 463 , mientras que los trescientos sesenta restantes 464 iban a parar a Darío. Ésta era la cuarta provincia.
[91] Desde la ciudad de Posideo, que Anfíloco 465 , hijo de Anfiarao, fundara en la frontera entre cilicios y sirios, a partir, digo, de esa ciudad, y hasta Egipto, el tributo, excepción hecha del territorio de los árabes (pues esa zona se hallaba exenta de impuestos 466 ), ascendía a trescientos cincuenta talentos 467 . En esta provincia, pues, se incluye toda Fenicia, la Siria que se llama Palestina 468 y Chipre, siendo ésta la quinta provincia 469 .
De Egipto, de los libios que lindan con Egipto, de [2] Cirene y de Barca 470 (pues dichas ciudades habían sido encuadradas en la provincia egipcia) recaudaba setecientos talentos 471 , sin contar la suma de dinero procedente del lago Meris 472 , que se obtenía del producto de la pesca. La recaudación, pues, ascendía a setecientos talentos, independientemente de dicha suma y de la aportación adicional de trigo, ya que, entre los persas apostados en el Alcázar Blanco 473 de Menfis y entre sus mercenarios, los egipcios distribuyen ciento veinte mil medimnos de trigo 474 . Ésta era la sexta provincia.
[4] Los satágidas, los gandarios, los dadicas y los aparitas 475 , que estaban agrupados en la misma circunscripción, aportaban ciento setenta talentos 476 , siendo ésta la séptima provincia.
De Susa y del resto del territorio de los cisios recaudaba trescientos talentos, siendo ésta la octava provincia 477 .
[92] De Babilonia y del resto de Asiria 478 recaudaba mil talentos de plata y quinientos eunucos de corta edad, siendo ésta la novena provincia.
De Ecbatana y del resto de Media, así como del país de los paricanios y del de los ortocoribantios, recaudaba cuatrocientos cincuenta talentos, siendo ésta la décima provincia 479 .
Por su parte, los caspios, los pausicas, [2] los pantimatos y los daritas, que tributaban juntos, satisfacían doscientos talentos, siendo ésta la undécima provincia 480 .
Desde el país de los bactrianos, hasta el de los eglos, el tributo impuesto 481 ascendía a trescientos sesenta talentos, siendo ésta la duodécima provincia 482 .
[93] De Páctica, de los armenios, y de los pueblos limítrofes, hasta el Ponto Euxino, recaudaba cuatrocientos talentos, siendo ésta la decimotercera provincia 483 .
[2] De los sagartios, sarangas, tamaneos, utios, micos y de los moradores de las islas del mar Eritreo 484 , donde el rey confina a los que reciben el nombre de «desterrados» 485 , de todos estos pueblos, digo, el tributo impuesto ascendía a seiscientos talentos, siendo ésta la decimocuarta provincia 486 .
[3] Los sacas y los caspios satisfacían doscientos cincuenta talentos, siendo ésta la decimoquinta provincia 487 .
Por su parte, los partos, los corasmios, los sogdos y los arios tributaban trescientos talentos, siendo ésta la decimosexta provincia 488 .
Los paricanios y los etíopes de Asia satisfacían cuatrocientos [94] talentos, siendo ésta la decimoséptima provincia 489 .
A los matienos, saspires y alarodios se les había impuesto un tributo de doscientos talentos, siendo ésta la decimoctava provincia 490 .
[2] Por su parte, a los moscos, tibarenos, macrones, mosinecos y mares se les había ordenado el pago de trescientos talentos, siendo ésta la decimonovena provincia 491 .
Y por cierto que, de todos los pueblos que conocemos, el número de los indios 492 es, con mucho, el más elevado; por eso satisfacían un tributo equivalente al de todos los demás juntos: trescientos sesenta talentos de oro en polvo 493 . Ésta era la vigésima provincia.
Pues bien, si el talento de plata babilonio se reduce [95] al valor del euboico, resultan nueve mil ochocientos ochenta talentos 494 ; y, por otra parte, si se tiene en cuenta que el oro tiene un valor trece veces superior al de la plata, se llega a la conclusión de que el oro en polvo equivale a cuatro mil seiscientos ochenta talentos euboicos 495 . Al sumar, pues, todas esas cifras, resulta [2] que el total amasado en el tributo satisfecho anualmente a Darío ascendía a catorce mil quinientos sesenta talentos euboicos 496 . Y eso que omito el detalle de las cifras de menor cuantía 497 .
[96] Este era el tributo que llegaba a manos de Darío procedente de Asia y de una pequeña parte de Libia 498 . Pero, es más, andando el tiempo, engrosaba, asimismo, sus arcas un nuevo impuesto procedente de las islas 499 y de los pueblos que, hasta Tesalia, habitan en Europa. [2] He aquí ahora cómo atesora el rey el tributo en cuestión 500 : hace fundir el metal y verterlo luego en unas tinajas de barro; y, una vez llena la vasija, manda romper el revestimiento de barro. Y siempre que precisa de dinero, acuña la cantidad de metal que, según la ocasión, pueda necesitar.
[97] Estas eran, en suma, las provincias y las cargas tributarias. Y por cierto que Persia es la única zona que no he citado como tributaria; la razón es que los persas habitan un territorio que goza de exención de impuestos. [2] Por otra parte, había pueblos que no habían recibido orden de satisfacer tributo alguno, pero que entregaban presentes; eran los que siguen 501 : los etíopes que lindan con Egipto, a quienes Cambises había sometido en el curso de su expedición contra los etíopes macrobios 502 503 , que están asentados en derredor de la sagrada Nisa 504 y que celebran las festividades en honor de Dioniso 505 . (Estos etíopes y sus vecinos tienen el esperma igual que los indios calantias y, además, poseen viviendas subterráneas 506 .) [3] Estos dos pueblos entregaban conjuntamente, cada dos años —y lo siguen haciendo todavía en mis días—, dos quénices 507 de oro sin acendrar, doscientos troncos de ébano, cinco muchachos etíopes y veinte colmillos de elefante.
[4] Y también los colcos y sus vecinos, hasta la cordillera del Cáucaso (pues el dominio de los persas llega hasta la mencionada cordillera, si bien los pueblos situados al norte del Cáucaso ya no se preocupan lo más mínimo de ellos), se habían impuesto la entrega de presentes. Pues bien, dichos pueblos todavía en mi época satisfacían, cada cuatro años, los presentes que se habían impuesto: cien muchachos y cien doncellas.
[5] Por su parte, los árabes entregaban, cada año, mil talentos de incienso 508 . Al margen del tributo, estos eran los presentes que hacían llegar al rey dichos pueblos.
La India
Por cierto que los indios consiguen [98] esa gran cantidad de oro, que les permite hacer llegar al rey el oro en polvo que he mencionado, del siguiente modo. La [2] zona oriental de la India 509 es un arenal (de hecho, de los pueblos que conocemos y sobre los que constan noticias fidedignas, los indios son los que, en Asia, residen más hacia el lejano oriente 510 ); pues bien, la arena hace que la zona que se extiende al este de los indios sea un desierto 511 .
[3] Entre los indios, por otra parte, hay numerosos pueblos 512 , pero entre sí no hablan una misma lengua; además, unos son nómadas, mientras que otros no; y algunos residen en las zonas pantanosas del río y se alimentan de peces crudos que capturan a bordo de embarcaciones de cañas (cada embarcación, por cierto, [4] la hacen con un solo cañuto de caña 513 ). Estos indios, además, llevan una vestimenta confeccionada con juncos: después de recoger el junco del río y de machacarlo, lo trenzan convenientemente a modo de una estera y, luego, se lo ponen como un peto.
[99] Otros indios, que habitan al este de estos últimos, son nómadas, comen carne cruda y se llaman padeos 514 . Y, según dicen, poseen las siguientes costumbres: cuando un miembro de la tribu —sea hombre o mujer—enferma, si se trata de un hombre, los hombres más allegados a él lo matan, alegando que, si dicho sujeto acaba siendo consumido por la enfermedad, sus carnes se les echan a perder. Y aunque niegue estar enfermo, ellos, sin darle crédito, acaban con él y luego se dan un banquete a su costa. Igualmente, si es una mujer quien [2] enferma, las mujeres más estrechamente ligadas a ella hacen lo mismo que los hombres. Pues el caso es que, a quien llega a la vejez, lo inmolan y luego se dan un banquete a su costa. Pero entre ellos no son muchos los que llegan a la condición de tal, dado que previamente matan a todo el que cae enfermo 515 .
Y hay otros indios que observan un régimen de vida [100] distinto; se trata del siguiente 516 : no matan a ningún ser vivo, no siembran nada, y no acostumbran a tener casas; simplemente se alimentan de hierbas y disponen de <cierta legumbre> —aproximadamente del tamaño de un grano de mijo— provista de una vaina, que surge de la tierra en estado silvestre 517 ; esas gentes recogen dicha legumbre, la cuecen con vaina y todo y, luego, se la comen. Y si uno de ellos cae enfermo, se va a un despoblado y se tiende en el suelo, sin que nadie, ni a su muerte ni durante su enfermedad, se cuide de él 518 .
[101] Todos estos indios de los que he hablado se aparean en público 519 , exactamente igual que las reses; y todos tienen la piel del mismo color, un color semejante [2] al de los etíopes 520 . Asimismo, el semen que estos individuos eyaculan al unirse a las mujeres no es blanco como el de los demás humanos, sino negro, como el color de su piel 521 (y por cierto que los etíopes también eyaculan un esperma del mismo color 522 ). Estos indios residen, en dirección sur, más allá de los persas 523 , y jamás han sido súbditos del rey Darío.
Expediciones de los indios para conseguir oro
En cambio, otros indios —que, [102] con relación al resto de los indios, se hallan asentados bastante más al norte 524 — son vecinos de la ciudad de Caspatiro 525 y de la región Páctica 526 , y tienen un género de vida similar al de los bactrios 527 . Precisamente estos indios son los más belicosos de todos y, además, son ellos quienes organizan expediciones en busca del oro, ya que, debido a la arena existente, en esa zona hay un desierto 528 .
[2] Pues bien, resulta que en ese desierto arenoso hay unas hormigas de unas dimensiones inferiores a las de los perros, pero superiores a las de los zorros 529 (pues lo cierto es que 530 en la propia residencia del rey de los persas hay algunos ejemplares que han sido capturados en dicho paraje). Estas hormigas, en suma, cuando se hacen su nido subterráneo, sacan a la superficie la arena, exactamente de la misma manera que las hormigas de Grecia (a las que, incluso en su aspecto, se asemejan extraordinariamente), pero la arena que sacan a la superficie es aurífera.
Justamente en busca de esa arena, organizan los indios [3] sus expediciones al desierto. Cada uno apareja una recua de tres camellos, a ambos extremos un macho encabestrado [para poder desengancharlos], y en medio una hembra 531 —sobre ella precisamente monta el indio, que, antes de uncirla, ha tomado la precaución de separarla de unas crías lo más jóvenes posible 532 —, ya que los camellos de los indios no ceden en rapidez a los caballos e, independientemente de ello, están mucho mejor dotados para llevar fardos.
No paso a describir ahora qué aspecto, más o menos, [103] tiene el camello, dado que los griegos lo saben; pero sí que voy a indicar una particularidad que ignoran sobre dicho animal: el camello tiene en las patas traseras cuatro muslos y cuatro rodillas 533 ; y el miembro del macho se halla, entre las patas traseras, vuelto hacia la cola 534 .
[104] Pues bien, equipados con una recua aparejada de la forma que he dicho, los indios parten en busca del oro, después de haber hecho sus cálculos para estar en pleno saqueo en el momento en que más ardientes son los calores, pues, debido a lo elevado de la temperatura, las hormigas se esconden bajo tierra.
[2] Entre esos pueblos, por cierto, el calor del sol es más intenso por la mañana; no a mediodía, como en el resto del mundo, sino desde el amanecer hasta la hora en que termina el mercado 535 . Y, durante ese intervalo, quema mucho más que en Grecia a mediodía, hasta el extremo de que, según cuentan, las gentes pasan ese tiempo [3] metidas en agua 536 . Sin embargo, cuando llega el mediodía, quema casi por un igual a todos los pueblos de la tierra, incluidos los indios, mientras que, a la caída de la tarde, el calor del sol les afecta como lo hace por la mañana en otros lugares; y, a medida que va declinando, refresca más y más, hasta que, cuando se pone, llega a hacer verdadero frío 537 .
Cuando los indios, provistos de unos saquetes, llegan [105] a su destino, los llenan de arena y emprenden el regreso a toda prisa, pues —según afirman los persas— las hormigas se percatan inmediatamente de su presencia, gracias a su olfato, y se lanzan en su persecución; y añaden que poseen una velocidad que no admite parangón con la de cualquier otro animal 538 , de manera que, si, en su retirada, los indios no tomaran la delantera mientras las hormigas se reúnen, no lograría salvarse ni uno solo de ellos.
Es más, cuando los camellos empiezan a marchar [2] con dificultades (pues, a la carrera, son inferiores a las hembras), los sueltan, pero no a ambos a la vez 539 . Y por su parte las hembras, con el pensamiento puesto en las crías que dejaron, no se conceden el menor respiro. Así es, en definitiva, como los indios, al decir de los persas, obtienen la mayor parte de su oro; en su país, sin embargo, cuentan con otros recursos auríferos —aunque bastante más exiguos— que se extraen del subsuelo 540 .
[106] Y por cierto que, al igual que a Grecia le ha tocado en suerte el clima probablemente más favorable y templado del mundo 541 , puede afirmarse que a las zonas más remotas de la tierra habitada les han correspondido los recursos más preciosos 542 .
[2] Así, por ejemplo, la India, como he dicho un poco antes 543 , es, hacia oriente, la más remota de las tierras habitadas; pues bien, en ese país los animales, tanto los cuadrúpedos como las aves, son mucho mayores que en los demás países, con la única excepción de los caballos 544 (estos animales son superados por los caballos de Media que reciben el nombre de neseos 545 ).
Además, en la India hay una incalculable abundancia de oro, oro que se extrae del subsuelo, que es arrastrado por algunos ríos 546 , o que, tal como he indicado, se obtiene por saqueo 547 . Además, en dicho país los árboles [3] silvestres producen un fruto consistente en unos copos de lana que, por su finura y calidad, supera a la de las ovejas; y los indios utilizan una ropa confeccionada con el fruto de esos árboles 548 .
Arabia
Por su parte, Arabia es, por el [107] sur, la más remota de las regiones habitadas 549 , y esa es la única región del mundo en la que se-produce incienso, mirra, canela, cinamomo y «lédano». Los árabes obtienen todos esos productos, salvo la mirra, con arduo esfuerzo 550 . En [2] concreto, el incienso 551 lo recogen sahumando estoraque 552 , sustancia que los fenicios exportan a Grecia. Lo cogen sahumando ese bálsamo, pues los árboles que producen el incienso en cuestión los custodian unas serpientes aladas —alrededor de cada árbol hay gran cantidad de ellas—, de pequeño tamaño y de piel moteada (se trata de los mismos ofidios que invaden Egipto 553 ). Y no hay medio de alejarlas de los árboles si no es con el humo del estoraque.
[108] Los árabes aseguran también 554 que toda la tierra se llenaría de esas serpientes, si no les sucediera el mismo tipo de percance que, según tengo entendido, les ocurre [2] a las víboras. Y cabe pensar en buena lógica que la divina providencia 555 , con su sabiduría, ha hecho muy prolíficos a todos los animales de natural pusilánime, y al mismo tiempo comestibles, para evitar que, a fuerza de ser devorados, resulten exterminados; y, en cambio, ha hecho poco fecundos a cuantos son feroces y dañinos. Por eso la liebre, debido a que todo el mundo—fieras, [3] aves y hombres— la caza, es un ser tan sumamente prolífico; es el único animal del mundo que, cuando está preñada, puede volver a concebir 556 . Y así, mientras que en su seno se albergan crías con pelo y otras sin él, nuevas crías se gestan en su matriz, al tiempo que otras van siendo concebidas. Tal es, [4] en suma, la fecundidad de este animal. En cambio, la leona, que es un animal muy poderoso y muy audaz, sólo pare una vez —y un solo cachorro— en el curso de su vida 557 , pues, en el momento del parto, con la cría expulsa asimismo su matriz. Y la razón de este fenómeno es la siguiente: cuando el cachorro comienza a moverse dentro del cuerpo de su madre, como tiene unas garras muchísimo más afiladas que las de los demás animales, rasga la matriz; y, como es natural, a medida que va creciendo, la va desgarrando más y más, así que, cuando el parto está próximo, de la matriz no queda ileso absolutamente nada 558 .
[109] En este mismo sentido, si las víboras y las serpientes aladas de Arabia se reprodujeran como lo exige su naturaleza 559 , la vida no sería posible para los hombres; pero el caso es que, cuando se aparean por parejas y el macho está en plena eyaculación, en el preciso instante en que emite el semen, la hembra lo agarra del cuello, [2] se aferra a él y no lo suelta hasta haberlo devorado. El macho, en definitiva, muere tal como acabo de decir, mientras que la hembra sufre, por la muerte del macho, el siguiente castigo: las crías, para vengar a su progenitor, devoran a su madre cuando todavía están en su seno, y así, una vez que han devorado sus entrañas, consiguen abrirse camino al exterior 560 .
[3] En cambio, los demás ofidios que no son dañinos para los humanos ponen huevos, y de ellos sacan adelante una gran cantidad de crías. (Por cierto que las víboras se encuentran por toda la tierra, mientras que las serpientes aladas se encuentran en bandadas en Arabia, pero no en otro lugar; por eso 561 da la sensación de que son numerosas.)
Así es, en suma, como los árabes consiguen el incienso [110] en cuestión; la canela 562 , en cambio, la obtienen como sigue: a excepción de los ojos, se envuelven con pieles de buey y de otros animales todo el cuerpo, incluido el rostro; y, acto seguido, parten en busca de la canela. Este producto crece en un lago poco profundo, a orillas del cual, así como en su superficie, viven cierto tipo de animales alados 563 , muy parecidos a los murciélagos, que emiten unos estridentes chillidos y que oponen una enconada resistencia. A esos animales hay que mantenerlos alejados de los ojos para poder coger la canela 564 .
[111] El cinamomo 565 , por su parte, lo recogen de un modo aún más asombroso que el incienso y la canela; por ejemplo, no saben decir 566 dónde nace y cuál es la tierra 567 que lo produce, sólo que hay quienes aseguran —y su pretensión resulta verosímil— que ese producto [2] se da en los parajes en que se crió Dioniso 568 . Y, según cuentan, unas aves de gran tamaño 569 son quienes transportan esas ramas secas 570 que nosotros denominamos cinamomo, nombre que hemos adoptado de los fenicios 571 ; las aves transportan las ramas para la confección de sus nidos, que, están adheridos, mediante barro, a unos escarpados riscos, que no ofrecen el menor acceso a un ser humano. Pues bien, en esta tesitura, [3] los árabes se valen de la siguiente estratagema: descuartizan en trozos los más grandes que pueden los miembros de los bueyes, asnos y demás bestias de carga que se les van muriendo, los llevan a la zona de los riscos y, luego, los depositan cerca de los nidos y se alejan bastante de ellos. Las aves no tardan en bajar volando y suben los miembros de los animales a sus nidos, que, como no pueden soportar su peso, se rompen cayendo al suelo. Entonces, ellos se acercan y así es como recogen el cinamomo que, gracias a esta recolección, llega desde esas tierras a los demás países 572 .
Por su parte, la procedencia del «lédano» 573 , que los [112] árabes llaman ládano 574 , es más asombrosa todavía que la del cinamomo, ya que, pese a estar en un lugar sumamente fétido, tiene un olor muy aromático. En efecto, se encuentra adherido a las barbas de los machos cabríos, por ser una resina que se da en la maleza 575 . Se emplea para multitud de ungüentos 576 y es la sustancia aromática que más queman los árabes.
[113] En fin, sobre los productos aromáticos basta con lo dicho; sólo añadir que de Arabia se exhala una fragancia extraordinariamente agradable 577 . Los árabes, asimismo, tienen dos especies de ovejas que merecen destacarse, ya que no se dan en ningún otro lugar. La primera de dichas especies tiene una larga cola —no inferior a tres codos 578 — que, de permitir que los animales la arrastraran, se llenaría de llagas, debido al [2] roce de la cola con el suelo; pero la cuestión es que todo pastor tiene unos conocimientos de carpintería suficientes para el caso, pues fabrican unos carritos y los sujetan bajo las colas, amarrando la cola de cada una de las reses a su respectivo carrito 579 . La otra especie ovina está dotada de una cola ancha; con una anchura que alcanza hasta un codo 580 .
Etiopía
Hacia el sudoeste 581 , por otra [114] parte, se extiende Etiopía, la más remota de las tierras habitadas 582 ; pues bien, dicho país produce oro en abundancia 583 , enormes elefantes 584 , toda clase de árboles silvestres, incluido el ébano 585 , y, además, unos hombres de una talla, una apostura y una longevidad excepcionales 586 .
Los confines del mundo occidental
[115] Estos son, en suma, los confines del mundo en Asia y en Libia. En cambio, sobre los límites occidentales de Europa no puedo hablar a ciencia cierta 587 ; pues, por lo que a mí respecta, no admito la existencia de cierto río, llamado por los bárbaros Erídano, que desemboque en el mar del norte 588 —río del que, según cuentan, procede el ámbar 589 —, ni tengo noticias de la verdadera existencia de unas islas Casitérides, de las que procedería nuestro estaño 590 .
[2] En efecto, en el primer caso, el mismo nombre de Erídano —que debió de ser creado por algún poeta— revela que es griego y no bárbaro 591 . En el segundo caso, y pese a que me he preocupado de la cuestión, no he podido escuchar de labios de ningún testigo ocular que los confines occidentales de Europa estén constituidos por un mar 592 . Sea como fuere, lo cierto es que el estaño y el ámbar nos llegan de un extremo del mundo.
[116] Asimismo, es indudable que en el norte de Europa es donde hay una mayor abundancia de oro 593 . Ahora bien, tampoco puedo precisar a ciencia cierta cómo se consigue, únicamente que, según cuentan, los arimaspos, unos individuos que sólo tienen un ojo, se apoderan [2] de él, robándoselo a los grifos 594 . Sin embargo, tampoco me creo 595 eso de que haya hombres con un solo ojo que tengan el resto del cuerpo igual al de los demás seres humanos. En cualquier caso 596 , parece ser [3] que las zonas más remotas del mundo, que circundan el resto de la tierra y delimitan su extensión, poseen fundamentalmente los productos que a nosotros se nos antojan más preciosos y más raros.
La llanura del río Aces
Por cierto que 597 en Asia hay [117] una llanura que se halla totalmente rodeada por un macizo montañoso; y en dicho macizo hay cinco desfiladeros. La llanura en cuestión pertenecía en otro tiempo a los corasmios, dado que se encuentra en los confines de los propios corasmios, de los hircanios, los partos, los sarangas y los tamaneos 598 ; pero, desde que los persas detentan el poder, pertenece al rey.
[2] Pues bien, de ese macizo que rodea la llanura procede un caudaloso río, cuyo nombre es Aces 599 . Antes ese río, dividido en cinco brazos, regaba, todas a la vez, las tierras de los pueblos que he mencionado, ya que se dirigía a sus respectivos territorios a través de cada uno de los desfiladeros; pero, desde que están bajo el dominio persa, han sufrido el siguiente contratiempo: [3] el rey ha tapiado los desfiladeros de las montañas, haciendo colocar unas compuertas en cada uno de ellos 600 ; dado, pues, que el paso del agua se encuentra obstruido, el llano situado entre las montañas se convierte en un mar, pues el río, como no tiene salida por [4] parte alguna, desagua allí 601 . Por consiguiente, quienes antaño solían emplear el agua, al no poder disponer de ella, sufren un serio revés. En efecto, en invierno la divinidad les envía lluvia como al resto de los humanos, pero, durante el verano, necesitan recurrir al agua en [5] cuestión, dado que siembran sorgo y sésamo. Pues bien, cuando no les conceden ni gota de agua, los lugareños, acompañados de sus mujeres, se trasladan a Persia y, de pie frente a las puertas del palacio del rey, empiezan a quejarse a gritos 602 . Entonces el rey ordena abrir las compuertas que dan a los campos de los campesinos más necesitados; y cuando su tierra está suficientemente [6] irrigada de agua, se cierran esas compuertas y ordena abrir otras para aquellos otros que, a continuación, más lo necesitan. Pero, según he oído decir, por abrirlas, el rey exige, además del tributo, grandes sumas 603 . Esto es, en definitiva, lo que sucede.
Insolencia de Intafrenes y castigo de la misma por parte de Darío
Entretanto, ocurrió que Intafrenes, [118] uno de los siete individuos que se habían sublevado contra el mago 604 , murió, apenas consumada la sublevación 605 , por haber incurrido en el siguiente atrevimiento: entró en el palacio real con la pretensión de tratar cierto asunto con el rey; pues lo cierto es que el protocolo establecía que los que se habían sublevado contra el mago tenían libre acceso al rey sin hacerse anunciar, a no ser que el monarca estuviera en aquel instante manteniendo relaciones [2] con una mujer 606 . Pues bien, el caso es que Intafrenes no consideraba procedente que se anunciase su presencia, sino que, como era uno de los siete, estaba decidido a entrar. Sin embargo, el guardián de la puerta y el introductor de mensajes 607 no se lo permitían, alegando que el rey estaba manteniendo relaciones con una mujer. Entonces Intafrenes, en la creencia de que aquéllos estaban mintiendo, hizo lo siguiente: desenvainó su alfanje y les cortó las orejas y la nariz 608 ; y, acto seguido, las ensartó a la brida de su caballo, les ató la brida al cuello y se marchó.
[119] Ellos se presentaron ante el rey y le explicaron el motivo del agravio que habían sufrido. Entonces Darío, temeroso de que lo ocurrido lo hubieran llevado a cabo los otros seis de común acuerdo, los hizo llamar uno a uno y contrastó sus impresiones, para saber si daban [2] su aprobación a lo sucedido. Y al constatar que Intafrenes no lo había hecho en connivencia con ellos, mandó prenderlo y, con él, a sus hijos y a todos sus deudos 609 , en la plena convicción de que, con el concurso de sus parientes, tramaba un alzamiento contra su persona; y, tras detenerlos a todos, los encarceló con el propósito de hacerlos ejecutar.
[3] La mujer de Intafrenes, por su parte, acudía asiduamente ante las puertas del palacio real, llorando y gimiendo sin cesar 610 . Y, a fuerza de hacer siempre lo mismo, despertó hacia su persona la compasión de Darío, quien le envió un mensajero con el siguiente comunicado: «Mujer, el rey Darío te concede la gracia de salvar, de entre todos los parientes que tienes en la cárcel, a uno solo, al que tú prefieras». Entonces ella, [4] después de habérselo pensado, respondió como sigue: «Pues bien, si el rey me concede la vida de uno solo, entre todos ellos opto por mi hermano».
Al tener conocimiento de su decisión, Darío se quedó [5] perplejo con su respuesta y, por medio de un emisario, le dijo: «Mujer, el rey te pregunta qué razón te mueve a abandonar a su suerte a tu marido y a tus hijos, prefiriendo que sobreviva tu hermano, que está menos ligado a ti que tus hijos, a la par que te es menos entrañable que tu marido 611 ». Entonces ella replicó [6] en los siguientes términos: «Majestad, si el destino lo quisiera, yo podría tener otro marido y otros hijos, si pierdo a éstos; pero, como mi padre y mi madre ya no se hallan con vida, es del todo punto imposible que pueda tener otro hermano. En aras de esta consideración fue por lo que di aquella respuesta 612 ». [7] Darío consideró que la mujer realmente estaba en lo cierto y, complacido con su proceder, le entregó, además de la persona que solicitaba, al mayor de sus hijos; a los demás, en cambio, los hizo ejecutar a todos 613 . En suma: que, tal como he relatado, uno de los siete había muerto muy pronto.
Muerte de Polícrates a manos de Oretes y cumplimiento de los malos augurios de Amasis
[120] Poco más o menos en tiempos de la enfermedad de Cambises sucedió lo siguiente 614 . Era gobernador de Sardes 615 Oretes, un persa que había sido nombrado para dicho cargo por Ciro. Este sujeto se propuso fervientemente llevar a cabo una acción execrable: sin haber recibido de Polícrates de Samos agravio alguno 616 , ni haber escuchado de sus labios la menor frase ofensiva —es más, sin haberlo visto con anterioridad—, se propuso apoderarse de su persona para matarlo. Según la versión más extendida, el móvil fue, más o menos, el siguiente. Oretes y otro persa llamado Mitrobates, [2] que era gobernador de la provincia de Dascilio 617 , estaban sentados en la antesala del rey, y de las palabras pasaron a los insultos. Resulta que discutían sobre su respectiva valía y Mitrobates le dirigió a Oretes el siguiente reproche: «¡Vaya valiente que estás tú hecho [3] 618 ! ¡Tú, que no has incorporado a los dominios del rey la isla de Samos, que está en las inmediaciones de tu provincia 619 , cuando es tan sumamente fácil conquistarla que uno de sus naturales, sublevándose con quince hoplitas 620 , se apoderó de ella, y en la actualidad es su tirano!».
[4] Algunos, en suma, afirman que, al oír este comentario, y dolido ante la injuria, fue cuando Oretes se propuso fervientemente no tanto vengarse de quien le había hablado así 621 , cuanto acabar a toda costa con Polícrates, que era el culpable de su mala reputación.
[121] En cambio otros, aunque en menor número, pretenden que Oretes envió a Samos un heraldo para solicitar algo determinado —pues lo cierto es que este punto concreto no se especifica—, y se encontró con que Polícrates estaba en aquellos momentos recostado en el pabellón de los hombres 622 (por cierto que con él [2] también estaba Anacreonte de Teos 623 ). Y ya fuese por un deliberado desprecio de Polícrates hacia la posición de Oretes, o bien que lo sucedido respondiera a una simple casualidad, el caso es que cuando el heraldo de Oretes se presentó ante él y le dirigió la palabra, Polícrates —que en aquel instante se hallaba vuelto de cara a la pared— no se volvió y ni siquiera le respondió nada.
Estos son, en suma, los dos móviles que se cuentan [122] a propósito de la muerte de Polícrates; y de ambas versiones cada cual puede creer la que quiera.
Pues bien, Oretes, que tenía su sede 624 en Magnesia, la ciudad sita a orillas del río Meandro 625 , envió a Samos al lidio Mirso 626 , hijo de Giges, con un mensaje, pues estaba al corriente de las pretensiones de Polícrates. En efecto, Polícrates fue, que sepamos, el primer [2] griego —sin contar a Minos de Cnoso 627 y a algún otro, si en realidad lo hubo, que detentara el dominio del mar con anterioridad a este último— que aspiró a conseguir la hegemonía marítima 628 . Es decir, en la llamada época humana 629 , el primero fue Polícrates, que abrigaba grandes esperanzas de llegar a imperar sobre Jonia 630 y las islas.
[3] En definitiva, como estaba al corriente de que albergaba esas pretensiones, Oretes le envió un mensaje que rezaba así: «He aquí lo que Oretes participa a Polícrates 631 : estoy enterado de que aspiras a grandes logros, pero que no cuentas con recursos acordes con tus proyectos 632 . Pues bien, si haces lo que te voy a decir, lograrás encumbrarte personalmente y, de paso, me salvarás a mí, ya que el rey Cambises trama mi muerte y mis informes al respecto son dignos de crédito. Sácame, pues, de aquí en unión de mis tesoros, toma [4] tú la mitad de ellos y déjame a mí conservar el resto. Así, en lo que del dinero dependa, podrás imperar sobre Grecia entera. Y si no me crees en lo tocante a mis tesoros, envía a la persona que en estos momentos goce de tu más absoluta confianza, que yo se los mostraré».
Al oír esta proposición, Polícrates se llenó de alegría [123] y dio su conformidad; y como, por lo visto, sentía una gran pasión por el dinero 633 , lo primero que hizo fue enviar, para que se cerciorara, a Meandrio, hijo de Meandrio 634 , un ciudadano samio que era secretario suyo (el mismo individuo que, no mucho tiempo después de estos sucesos 635 , consagró en el Hereo todos los objetos de arte que había en el salón 636 de Polícrates, y que son particularmente vistosos).
Y cuando Oretes se enteró de que era inminente [2] la llegada del observador, hizo lo siguiente. Llenó de piedras ocho cofres, a excepción de un espacio muy pequeño, próximo ya a los bordes, echó oro sobre las piedras y, acto seguido, ató cuidadosamente los cofres y los dejó a punto. Entretanto, llegó Meandrio, les echó una ojeada e informó a Polícrates 637 .
[124] Éste, entonces, se dispuso a emprender personalmente 638 el viaje, a pesar de lo mucho que se lo desaconsejaban tanto los adivinos como sus amigos, y a pesar, asimismo, de que hasta su hija había tenido en sueños la siguiente visión 639 : creyó ver que su padre, suspendido en el aire, era lavado por Zeus y ungido por [2] el Sol 640 . Debido a esta visión que tuvo, intentó por todos los medios que Polícrates no fuera a visitar a Oretes, e incluso exteriorizó sus malos presentimientos 641 en el momento en que su padre subía a bordo del pentecontero 642 . Polícrates, por su parte, la amenazó con que, si regresaba sin contratiempos, se iba a quedar soltera durante mucho tiempo, pero ella imploró a los dioses que esa amenaza llegara a cumplirse, pues, antes que verse privada de su padre, prefería seguir siendo soltera durante más tiempo 643 .
Desdeñando, pues, todo consejo, Polícrates se hizo a [125] la mar para entrevistarse con Oretes, llevándose consigo a muchos de sus amigos, entre los que, por cierto, se contaba Democedes de Crotón, hijo de Califonte, que era médico y, de los de su época, el mejor que había en el ejercicio de su profesión 644 . Pero, al llegar a [2] Magnesia, Polícrates sufrió una muerte infame, indigna de su condición y de sus maneras; pues, a excepción de los tiranos que ha habido en Siracusa 645 , ningún otro tirano griego puede, en justicia, compararse con Polícrates por su magnificencia 646 .
Oretes, en suma, lo hizo matar de un modo que, en [3] conciencia, no puede ni contarse 647 , y luego mandó crucificarlo. Y, de cuantos constituían su séquito, dejó en libertad a todos los que eran naturales de Samos, recalcándoles que tenían que estarle agradecidos por seguir siendo libres 648 ; en cambio, a todos los miembros de su séquito que eran extranjeros o sirvientes, los retuvo en su poder, incluyéndolos entre sus esclavos.
[4] Y, por su parte, Polícrates, colgado en la cruz, hizo realidad toda la visión de su hija, pues era lavado por Zeus cada vez que llovía 649 , y asimismo era ungido por el Sol, al dejar escapar los humores de su cuerpo. En este desenlace concluyeron, pues, los numerosos éxitos de Polícrates [tal como, tiempo atrás, se lo había pronosticado Amasis, el rey de Egipto 650 ].
Crímenes y castigo de Oretes
[126] Pero, no mucho tiempo después 651 , las potencias vengadoras de Polícrates 652 también alcanzaron a Oretes. En efecto, tras la muerte de Cambises y el reinado de los magos, Oretes permanecía en Sardes sin prestar servicio alguno a los persas, que a la sazón se hallaban desposeídos del poder por obra de los medos 653 . Es [2] más, durante aquel período de desorden, hizo asesinar a Mitrobates, el gobernador de Dascilio —aquel que le había echado en cara el asunto de Polícrates—, y lo mismo hizo con Cranaspes, el hijo de Mitrobates 654 , personajes ambos de gran prestigio entre los persas; además, cometió todo tipo de desafueros: en concreto, a un correo de Darío, que se había presentado en su corte, lo mandó asesinar cuando regresaba a Persia, debido a que no era de su agrado el mensaje que le traía 655 , preparándole con unos cuantos hombres una emboscada en el camino; y, tras haberlo asesinado, lo hizo desaparecer en unión de su caballo 656 .
[127] Por su parte Darío, cuando se hizo con el poder, ardía en deseos de castigar a Oretes por todas sus iniquidades y, sobre todo, por lo de Mitrobates y su hijo 657 . Sin embargo, en aquellos momentos no consideraba oportuno enviar abiertamente un ejército contra él, debido a que la situación se hallaba todavía revuelta 658 , a que él acababa de hacerse con el poder y a que, según sus noticias, Oretes contaba con un gran potencial militar (su guardia personal la componían mil persas y, además, controlaba las provincias frigia, lidia y jónica 659 ).
En esta tesitura, pues, Darío tramó el siguiente plan. [2] Convocó a los persas más insignes y les habló como sigue: «Persas, ¿quién de vosotros podría comprometerse a realizar en mi nombre cierto asunto, valiéndose de su astucia y no de la fuerza de un contingente armado? Pues, cuando se requiere astucia, no hay lugar para la fuerza. En definitiva, ¿quién de vosotros [3] podría traerme vivo a Oretes, o bien darle muerte? Porque ese sujeto no ha prestado jamás ningún servicio a los persas, e incluso lleva cometidas grandes felonías. No sólo ha acabado con dos de los nuestros, con Mitrobates y con su hijo, sino que, además, haciendo gala de una insolencia intolerable, asesina a quienes yo envío para llamarlo al orden. Así pues, antes de que pueda ocasionar a los persas un perjuicio mayor, debemos ponerle freno dándole muerte».
Este fue el caso que planteó Darío. Y, de entre los [128] asistentes, se le ofrecieron treinta hombres, cada uno de los cuales pretendía encargarse personalmente del asunto. Entonces Darío zanjó la polémica aconsejándoles que lo echaran a suertes; lo echaron, pues, a suertes y de entre todos salió elegido Bageo, hijo de Artontes. Y, una vez elegido, Bageo hizo lo siguiente: redactó [2] varias cartas de diverso contenido, les imprimió el sello de Darío 660 y, acto seguido, se fue con ellas a Sardes. A su llegada, y una vez que estuvo en presencia [3] de Oretes, fue desenrollando 661 , una a una, las cartas y se las dio a leer al secretario real (pues todos los gobernadores tienen secretarios reales 662 ). Bageo entregaba las cartas para comprobar si los guardias se avendrían [4] a desamparar a Oretes. Y, al ver que mostraban un gran respeto ante las cartas y más aún ante el contenido de las mismas, entrega otra en la que figuraban las siguientes palabras: «Persas, el rey Darío os prohíbe seguir al servicio de Oretes». Al oír esto, los guardias depusieron ante él sus lanzas 663 . Entonces Bageo, [5] al ver que, con este ademán, obedecían el dictado de la carta, desde ese momento cobró, como es natural, confianza y entregó al secretario la última de las cartas, en la que figuraba escrito: «El rey Darío ordena a los persas que se encuentran en Sardes que maten a Oretes». En cuanto los guardias oyeron esta orden, desenvainaron sus alfanjes y al momento lo mataron. Así fue, en suma, como las potencias vengadoras de Polícrates de Samos alcanzaron al persa Oretes 664 .
Aventuras de Democedes, enviado por Darío a Grecia en misión de espionaje
[129] No mucho tiempo después de que los bienes de Oretes 665 , que fueron transportados a Susa, llegaran a su destino, sucedió que, en el transcurso de una partida de caza mayor, el rey Darío se dislocó el pie al apearse [2] de su caballo; y debió de dislocárselo gravemente, pues el tobillo se le salió de las articulaciones. Entonces, y dado que desde antes tenía por norma albergar en su corte a los egipcios que pasaban por ser los más diestros en el arte de la medicina 666 , recurrió a dichos egipcios. Pero ellos, como le retorcieron el pie y se lo forzaron, [3] agravaron su dolencia. Por esa razón, Darío estuvo en vela durante siete días y siete noches, debido al dolor que sentía; finalmente, en vista de que, a los ocho días, seguía encontrándose mal, alguien, que en cierta ocasión ya había oído hablar en Sardes de la pericia de Democedes de Crotón 667 , se lo comunicó a Darío; por lo que éste ordenó que lo condujeran a su presencia cuanto antes. Y cuando lo encontraron, sumido en el mayor de los olvidos, entre los esclavos de Oretes, lo llevaron ante el rey arrastrando unos grilletes y cubierto de harapos.
Una vez en presencia del monarca, Darío le preguntó [130] si tenía conocimientos de medicina. Democedes respondió negativamente, pues temía que, si se daba a conocer, se vería alejado para siempre de Grecia. Sin [2] embargo, Darío se dio perfecta cuenta de que sí los poseía y de que estaba fingiendo, así que ordenó a quienes lo habían conducido que trajeran a la vista de todos los presentes látigos y peines de tortura.
En este trance, y como es natural, Democedes confesó, declarando que no contaba con conocimientos precisos, pero que, merced al trato que había tenido con un médico, poseía ligeras nociones de su profesión 668 . Acto seguido, y en vista de que Darío decidió ponerse [3] en sus manos, Democedes, recurriendo a remedios griegos y empleando, en lugar de las brusquedades, un tratamiento calmante 669 , logró que el rey conciliara el sueño y, en breve plazo, consiguió que recobrara la salud, cuando el monarca ya no esperaba volver a tener jamás el tobillo en condiciones. Por su parte, Darío le [4] obsequió, tras su curación, con dos pares de grilletes de oro; pero él le preguntó si le doblaba deliberadamente su desgracia por haberle devuelto la salud. A Darío le gustó la ocurrencia y lo envió a ver a sus mujeres. Entonces, los eunucos que lo acompañaban informaron a las mujeres que aquel individuo era quien le [5] había devuelto la vida al rey, por lo que cada una de ellas, deslizando una copa en la arqueta que contenía su oro, agasajó a Democedes con un regalo tan sumamente espléndido que el criado que iba con él, cuyo nombre era Escitón, fue recogiendo las estateras 670 que se caían de las copas y logró reunir una importante cantidad de oro.
[131] Por cierto que las circunstancias merced a las que el tal Democedes, que procedía de Crotón, había entrado en contacto con Polícrates fueron las siguientes. En Crotón vivía a mal con su padre, un hombre de un carácter desabrido; como no podía aguantarlo, lo abandonó y se fue a Egina. Una vez establecido en dicha isla, en su primer año de estancia superó a los demás médicos, a pesar de que no contaba con pertenencia alguna y de que no poseía ni uno solo de los útiles [2] propios del oficio 671 . Al segundo año los eginetas contrataron sus servicios como médico oficial 672 por un talento; al tercer año lo hicieron los atenienses por cien minas, y al cuarto Polícrates por dos talentos 673 .
Así fue como llegó a Samos; y a este individuo se debe principalmente el prestigio de que gozaron los médicos de Crotón 674 [pues resulta que esto sucedió [3] cuando los médicos de Crotón tenían fama de ser los más diestros de Grecia 675 , ocupando el segundo lugar los de Cirene. Y por esas mismas fechas los argivos, por su parte, tenían la aureola de ser los griegos más diestros en música 676 ].
[132] Por aquel entonces, pues, Democedes, por haber curado del todo a Darío, tenía en Susa una casa muy espaciosa, se había integrado en el círculo de invitados del rey 677 y, salvo una sola cosa —poder regresar a Grecia 678 —, tenía a su disposición todo tipo de comodidades. [2] Y por cierto que, intercediendo por ellos ante el rey, salvó a los médicos egipcios que atendían antes al monarca, cuando iban a ser empalados por haber sido superados por un médico griego; e igualmente protegió a un adivino eleo 679 del séquito de Polícrates que se encontraba totalmente desamparado entre los esclavos 680 . Democedes, en suma, era ante el rey un personaje muy importante.
Y resulta que, poco tiempo después de estos acontemientos, [133] tuvieron lugar estos otros. A Atosa 681 , hija de Ciro y esposa de Darío, le salió en el pecho un tumor, que, en su evolución, reventó y fue extendiéndose. Mientras fue de poca monta, ella, como es natural, lo ocultó y, por pudor 682 , no se lo dijo a nadie; pero, cuando se vio en grave estado, mandó llamar a Democedes y se lo mostró. Él entonces le aseguró que le devolvería [2] la salud, pero le hizo jurar solemnemente que, a cambio, ella le prestaría el favor que le pidiera, advirtiéndole que no iba a pedirle nada que supusiera un atentado contra el decoro.
Pues bien, al cabo de cierto tiempo, cuando con su [134] tratamiento la hubo curado, Atosa, que había sido convenientemente aleccionada por Democedes sobre el particular, le hizo a Darío la siguiente consideración mientras estaban en la cama 683 : «Majestad, con tanto poderío como tienes permaneces inactivo, sin anexionar nuevos países, ni aumentar el potencial de los persas 684 . [2] Sin embargo, es conveniente que un hombre, que es joven 685 y, al tiempo, dueño de inmensos recursos, se dé a conocer mediante alguna hazaña, para que, de paso, los persas se enteren perfectamente de que están regidos por todo un hombre. Además, actuar así redunda en tu interés por dos razones: primero, para que los persas sepan que su caudillo es todo un hombre y, asimismo, para que consuman sus energías en la guerra y no tengan tiempo para conspirar contra [3] ti 686 . A no dudar, es en estos momentos —mientras te hallas en plena juventud— cuando podrías llevar a cabo cualquier proeza. Pues, a medida que el cuerpo va creciendo, con él se acrecienta también el arrojo; pero, asimismo, al envejecer el uno envejece igualmente el otro y se va debilitando para toda iniciativa 687 ».
[4] Estas fueron, en suma, las palabras que, conforme a las instrucciones recibidas, pronunció Atosa; y, por su parte, Darío le contestó en los siguientes términos: «Mujer, has dicho justamente todo lo que yo tengo pensado hacer. En efecto, estoy decidido a tender un puente desde este continente hasta el continente vecino 688 para entrar en campaña contra los escitas. Y esto será una realidad dentro de poco tiempo». «Pues mira [5] —replicó Atosa—, renuncia a atacar en primer lugar a los escitas, ya que esos pueblos serán tuyos cuando quieras, y hazme el favor de emprender la guerra contra Grecia, pues, por las referencias que he oído contar, ardo en deseos de tener a mi servicio esclavas laconias, argivas, áticas y corintias. Además, cuentas con el hombre más idóneo del mundo para indicarte todas las peculiaridades de Grecia y servirte de guía; me refiero a ese que te dejó el pie en perfectas condiciones». «Pues bien, mujer —respondió Darío—, ya [6] que consideras que primero debemos intentar apoderarnos de Grecia, creo que, ante todo, lo mejor es enviar de exploradores a ese país a unos persas, acompañados de ese hombre que dices, para que nos informen con precisión de todas las peculiaridades de los griegos que hayan averiguado y constatado. Y, acto seguido, cuando esté bien informado, me dirigiré contra ellos». Así dijo y los hechos acompañaron a sus palabras.
En efecto, en cuanto despuntó el día, hizo llamar a [135] quince persas cualificados y les ordenó recorrer las costas de Grecia en compañía de Democedes, pero procurando que este último no se les escapara; al contrario, a su regreso, debían traerlo a toda costa. Tras haberles [2] dado estas órdenes, hizo llamar acto seguido al propio Democedes y le pidió que guiara a los persas y que les mostrara toda Grecia, pero que luego regresara. Y le invitó a que tomara todos sus bienes muebles y se los llevara para obsequiar a su padre y a sus hermanos, indicándole que, a cambio, le daría otros en número muy superior; y, además, le dijo que iba a contribuir, a sus propios regalos, con un carguero repleto de toda suerte de bienes, que le acompañaría en [3] su travesía. En mi opinión, Darío seguramente le ofrecía esos presentes sin doble intención 689 , pero Democedes, ante el temor de que Darío lo estuviera poniendo a prueba, no aceptó, ni mucho menos, a todo correr 690 la totalidad de lo que se le concedía; es más, afirmó que a su marcha iba a dejar sus pertenencias en su sitio 691 , para disponer de ellas cuando volviera de regreso; sin embargo, añadió que aceptaba el carguero que le ofrecía Darío para agasajar a sus hermanos 692 . Y tras haberle dado, también a él, las referidas órdenes, Darío los hizo partir en dirección al mar.
[136] Ellos, entonces, bajaron a Fenicia —en concreto, a la ciudad fenicia de Sidón—, equiparon sin demora dos trirremes y, con ellos, aparejaron también un gran gaulo 693 que llenaron de toda suerte de bienes. Y cuando lo tuvieron todo dispuesto, zarparon con rumbo a Grecia. Al arribar a su destino, inspeccionaron sus costas y trazaron planos 694 de ellas, hasta que, después de haber inspeccionado la mayor parte de Grecia, incluidos los parajes más célebres 695 , llegaron a Tarento, en Italia 696 .
Allí, y por su deseo de proteger a Democedes 697 , Aristofílides, [2] el rey de los tarentinos 698 , mandó desarmar los timones de las naves médicas y, acto seguido, hizo encarcelar a los mismísimos persas, so pretexto de que, en realidad, eran unos espías. Mientras los persas sufrían este trato, Democedes se llegó a Crotón; y en cuanto este último hubo llegado a su patria, Aristofílides liberó a los persas y les devolvió lo que había tomado de sus naves.
[137] Entonces los persas zarparon de allí y, en persecución de Democedes, llegaron a Crotón 699 ; y, al encontrarlo [2] en la plaza 700 , se apoderaron de él. Por su parte, entre los crotoniatas, unos, por temor al poderío persa, estaban dispuestos a abandonarlo a su suerte; pero otros lo rescataron y la emprendieron a bastonazos con los persas, pese a que éstos esgrimían las siguientes razones: «Crotoniatas, mirad lo que hacéis. El individuo que nos estáis arrebatando es un esclavo [3] del rey que se ha fugado. ¿Cómo le va a sentar al rey Darío este grave ultraje 701 ? ¿Cómo va a redundar en vuestro provecho lo que hacéis, si nos lo quitáis? ¿A qué ciudad dirigiremos primero nuestras tropas, si no a la vuestra? ¿Cuál será la primera que trataremos de sojuzgar?». Pues bien, pese a proferir estas amenazas, [4] no pudieron convencer a los crotoniatas 702 ; es más, se vieron privados de Democedes y despojados, asimismo, del gaulo que llevaban consigo, así que zarparon de regreso con rumbo a Asia, sin que, al llegar a Grecia, intentasen ya proseguir sus averiguaciones, faltos como estaban de guía. Y por cierto que, cuando se disponían [5] a hacerse a la mar, Democedes les dio el siguiente encargo: les pidió que comunicaran a Darío que Democedes había tomado por esposa a la hija de Milón. (Resulta que, ante el rey, el renombre del luchador Milón era realmente considerable 703 .) Y, a mi juicio, la razón de que Democedes acelerara el matrimonio en cuestión, desembolsando grandes sumas, tenía por objeto hacer ver a Darío que también en su patria era una persona importante 704 .
Tras haber partido de Crotón, los persas vinieron a [138] dar con sus naves en Yapigia 705 ; y allí, cuando se hallaban reducidos a la condición de esclavos, los liberó Gilo, un exiliado de Tarento, que los condujo a la corte del rey Darío. Para recompensar su gesto, el monarca estaba dispuesto a concederle lo que dicho individuo deseara. [2] Entonces Gilo, que previamente le había relatado su desgracia, optó por poder regresar a Tarento; pero, para no conmocionar el mundo griego si, por su causa, una gran flota zarpaba contra Italia, le indicó que bastaba únicamente con que los cnidios fueran quienes se encargaran de hacerle volver a su país, en la creencia de que con su intervención, dado que eran amigos de los tarentinos 706 , lograría el regreso con toda seguridad. [3] Darío se lo prometió y cumplió su promesa, pues despachó un mensajero a Cnido ordenando a sus habitantes que se encargaran de hacer llegar a Gilo hasta Tarento. Los cnidios obedecieron a Darío, pero el caso es que no pudieron convencer a los tarentinos 707 , y no [4] estaban en condiciones de emplear la fuerza. Así fue, en suma, como se desarrollaron los hechos. Y por cierto que esos fueron los primeros persas que, desde Asia, llegaron a Grecia 708 ; y desempeñaron una misión exploratoria por la razón que he expuesto.
Historia de Silosonte, hermano de Polícrates
Con posterioridad a estos sucesos [139] 709 , el rey Darío se apoderó de Samos —de entre todas las ciudades, griegas o bárbaras, fue la primera que conquistó 710 — por cierto motivo que voy a explicar. Con ocasión de la campaña de Cambises, hijo de Ciro, contra Egipto, acudieron allí muchos griegos 711 (unos, como es lógico, con fines comerciales; otros formando parte del ejército; y hasta algunos simplemente para visitar el país 712 ). Entre ellos se contaba Silosonte, hijo de Éaces, que era hermano de Polícrates y que se encontraba desterrado [2] de Samos 713 . Al tal Silosonte le sucedió un venturoso lance; fue el siguiente. Había cogido un manto de un rojo muy vivo 714 y, con él puesto, se paseaba por la plaza de Menfis 715 . En esto, lo vio Darío, que formaba parte de la guardia de Cambises y que no era todavía un personaje de mucha categoría 716 , se prendó del manto y abordó a Silosonte con ánimo de comprárselo. [3] Entonces Silosonte, al advertir que Darío anhelaba fervientemente el manto, felizmente inspirado por un dios, le dijo: «Este manto yo no lo vendo a ningún precio; pero, si, en realidad, tanto interés tienes en que sea tuyo 717 , te lo doy gratis». Darío celebró estas palabras y se hizo cargo de la prenda.
[140] En aquel momento Silosonte pensó que había perdido el manto por su candidez. Pero una vez que, andando el tiempo, Cambises había muerto, que los siete se habían sublevado contra el mago y que, de entre los siete, Darío se había hecho con el trono, Silosonte se enteró de que la dignidad real había recaído en aquel individuo a quien, en cierta ocasión, él le había regalado en Egipto la prenda que le había solicitado.
Subió entonces a Susa y se sentó a las puertas del palacio del rey, alegando que era un bienhechor 718 de Darío. Al oírlo, el guardián de la puerta informó de [2] ello al rey, quien, lleno de perplejidad, le dijo: «¿Y a qué griego le debo yo un favor, por ser un bienhechor mío, si acabo de hacerme con el poder? Además, hasta la fecha no ha subido hasta nuestra corte prácticamente nadie de ese pueblo 719 y no consigo hacer memoria de deuda alguna con un griego. No obstante, hazlo pasar dentro para saber qué pretende con esa afirmación». El guardián de la puerta hizo pasar a Silosonte [3] y, una vez en presencia del monarca, los intérpretes 720 le preguntaron quién era y qué es lo que había hecho para afirmar que era un bienhechor del rey. Silosonte, pues, contó todo lo que había sucedido con el manto y [4] que era él quien había hecho el regalo. Ante esta declaración, Darío exclamó: «¡Mi muy generoso amigo! Tú eres aquel que, cuando yo no poseía todavía poder alguno, me hiciste un regalo; y, aunque fue de poca monta, en cualquier caso a fe que mi agradecimiento es exactamente el mismo que si hoy en día recibiera de cualquier lugar un obsequio importante. En reciprocidad, te voy a dar gran cantidad de oro y de plata, para que jamás te arrepientas de haberle hecho un favor a Darío, hijo de Histaspes».
[5] «Majestad —replicó a esto Silosonte—, no me des oro ni plata, simplemente reconquista en mi nombre Samos, mi patria, cuyo poder —tras la muerte de mi hermano Polícrates a manos de Oretes— detenta en la actualidad uno de nuestros esclavos 721 , y entrégamela sin derramar sangre ni esclavizarla».
[141] Al oír esta petición, Darío envió un ejército al mando de Ótanes, que había sido uno de los siete conjurados, ordenándole que llevara a efecto, en nombre de Silosonte, todo cuanto éste había solicitado. Ótanes, entonces, bajó al mar y preparó la expedición 722 .
Los persas conquistan Samos. Instauración de Silosonte en la tiranía
En Samos quien detentaba la [142] autoridad (pues había recibido el poder de Polícrates a título de regente 723 ) era Meandrio, hijo de Meandrio, que pretendió convertirse en el hombre más justo del mundo 724 sin conseguirlo. En efecto, cuando le fue comunicada la muerte [2] de Polícrates, hizo lo siguiente: ante todo, erigió un altar en honor de Zeus Eleuterio 725 y, a su alrededor, fijó los límites de ese sagrado recinto 726 que en la actualidad se encuentra en las afueras de la ciudad. Tras haberlo hecho, convocó acto seguido una asamblea de [3] todos los ciudadanos 727 y les dijo lo siguiente: «Como vosotros bien sabéis, se me ha confiado a mí el cetro y todo el poder de Polícrates. En esta tesitura, se me ofrece, pues, la oportunidad de imperar sobre vosotros. En la medida de lo posible, sin embargo, yo personalmente no voy a hacer lo que en otra persona critico, ya que Polícrates no tenía mi aprobación cuando ejercía un poder absoluto sobre hombres que eran sus iguales, ni la tiene todo aquel que actúa de ese modo. En fin, Polícrates ha consumado su destino, pero yo, por mi parte, pongo el poder en manos de todos y proclamo [4] para vosotros la igualdad de derechos 728 . No obstante, considero de justicia poder contar, a título personal, con las siguientes prerrogativas: que de los bienes de Polícrates me sean asignados seis talentos 729 ; y, además de esto, reivindico, para mí personalmente y para mis sucesivos descendientes, el sacerdocio de Zeus Eleuterio 730 , ya que he fundado por mi cuenta un santuario en su honor y, además, os estoy otorgando la libertad». [5] Estas fueron, en suma, las exigencias que Meandrio planteó a los samios; pero uno de ellos se levantó y exclamó: «Pero es que, en cualquier caso, tú, siendo como eres un maldito villano, no eres digno de imperar sobre nosotros; es más, mejor será que des cuenta de los fondos que has administrado».
El que así habló era un ciudadano prestigioso, cuyo [143] nombre era Telesarco 731 . Entonces Meandrio —comprendiendo que, si renunciaba al poder, algún otro se erigiría en tirano en su lugar—, como es natural, desechó por completo la idea de renunciar a él. Es más, al regresar a la acrópolis 732 , hizo llamar uno a uno 733 , so pretexto de que en realidad iba a darles cuenta de los fondos, e hizo prenderlos y encarcelarlos. Pues bien, poco después, mientras estos individuos se [2] hallaban presos, Meandrio cayó enfermo. Y, en la creencia de que iba a morir, su hermano, cuyo nombre era Licareto 734 , para conseguir apoderarse con mayor facilidad del gobierno de Samos, hizo asesinar a todos los prisioneros, ya que, al parecer, no querían ser verdaderamente libres.
En fin, el caso es que, cuando los persas llegaron a [144] Samos propiciando el regreso de Silosonte, no sólo no alzó nadie las manos contra ellos, sino que los partidarios de Meandrio, incluido el propio Meandrio, declararon que estaban dispuestos a salir de la isla 735 al amparo de una tregua. Ótanes se avino a estas condiciones y, después de haber concluido una tregua, los persas de mayor rango se hicieron colocar unos sitiales frente a la acrópolis y tomaron asiento.
[145] Por cierto que el tirano Meandrio tenía un hermano bastante desequilibrado, cuyo nombre era Carilao. Este sujeto, por cierto delito que sin duda había cometido, se hallaba preso en una mazmorra. Pues bien, resulta que, en aquellos momentos, al oír lo que ocurría, se asomó por una reja de la mazmorra y, cuando vio que los persas estaban sentados tranquilamente, se puso a dar voces y a exclamar una y otra vez que quería mantener [2] una entrevista con Meandrio. Entonces éste, al oírlo, ordenó que lo pusiesen en libertad y que lo condujeran a su presencia. Y en cuanto compareció ante él, empezó a increpar y a tildar de cobarde a su hermano, tratando de convencerlo para que atacase a los persas, en los siguientes términos: «¡Grandísimo cobarde! ¿A mí, que soy tu propio hermano, y que no he cometido ninguna falta que mereciera la cárcel, me has cargado de cadenas considerándome acreedor al calabozo, y, en cambio, cuando ves que los persas te están expulsando y te están dejando sin casa, no te atreves a desquitarte, pese a que es tan sumamente fácil poder [3] aplastarlos? Ahora bien, si lo que ocurre es que sientes pavor ante ellos, préstame tus mercenarios 736 y yo los castigaré por haber venido hasta aquí; que, en lo que a ti se refiere, estoy dispuesto a facilitarte la salida de la isla».
Esto fue lo que dijo Carilao; y, por su parte, [146] Meandrio aceptó la proposición, no por haber llegado, creo yo, a tal extremo de insensatez 737 como para suponer que sus fuerzas podrían imponerse a las del rey, sino porque su resentimiento contra Silosonte hubiese sido mayor si éste, sin esfuerzo alguno, hubiera logrado recobrar la ciudad intacta. Pretendía, pues, debilitar lo [2] más posible el poderío samio, mediante una provocación a los persas, y entregar la isla en esas condiciones, pues estaba plenamente seguro de que, si los persas sufrían un atropello, iban a irritarse sumamente con los samios; además, sabía que él tenía asegurada su salida de la isla en el momento en que lo deseara, pues se había hecho construir un pasadizo secreto que llevaba desde la acrópolis hasta el mar 738 . Meandrio, en [3] definitiva, zarpó por su cuenta de Samos, mientras que Carilao proporcionó armas 739 a todos los mercenarios, abrió de par en par las puertas 740 y los lanzó contra los persas, que no sólo no esperaban nada semejante, sino que, como es lógico, creían que todo se hallaba arreglado. Y, en su irrupción, los mercenarios mataron a los persas que en sus desplazamientos utilizaban literas [4] 741 , es decir a los de mayor rango. Pero, mientras los mercenarios llevaban a cabo esta masacre, el resto del ejército persa acudió en socorro de los suyos. Los mercenarios, entonces, se vieron apurados y se retiraron, recluyéndose en la acrópolis.
[147] Por su parte Ótanes, el jefe de la expedición, al ver el gran revés que habían sufrido los persas, pese a que recordaba las instrucciones que le había encomendado Darío al enviarlo —es decir, que no matara ni esclavizara a ningún samio, y que le entregara a Silosonte la isla a salvo de estragos—, se olvidó de dichas instrucciones, y dio orden a sus soldados de que, sin hacer distinciones, mataran a todo el que cogiesen, fuesen [2] hombres o niños. Una parte de las tropas puso entonces sitio a la acrópolis, mientras que el resto se dedicó a matar a todo el que se ponía por delante, tanto dentro como fuera de los recintos sagrados.
[148] Entretanto, Meandrio, tras escapar de Samos, puso proa a Lacedemonia. A su llegada a dicha región, y después de haber hecho subir 742 los bienes que había cogido al partir, actuó como sigue. Mientras sus servidores limpiaban unas copas de plata y oro que había hecho colocar ostentosamente, él, que en aquel instante se encontraba charlando con Cleómenes, hijo de Anaxándridas, que era rey de Esparta 743 , lo condujo hasta su residencia; y cuando Cleómenes vio las copas, se quedó maravillado y perplejo 744 . Entonces Meandrio le invitó a que se llevara todas cuantas quisiera. Pero, pese [2] a que reiteró su ofrecimiento dos o tres veces, Cleómenes procedió con la mayor honradez del mundo 745 , ya que no estimó correcto aceptar el regalo que se le hacía; es más, comprendiendo que, si Meandrio hacía su ofrecimiento a otros ciudadanos, conseguiría ayuda 746 , se dirigió al encuentro de los éforos 747 y les dijo que, en bien de Esparta, era mejor que el extranjero samio saliera del Peloponeso, para evitar que intentara inducirle, a él o a cualquier otro espartiata 748 , a proceder mal. Los éforos atendieron su indicación y, mediante un heraldo, decretaron la expulsión de Meandrio.
[149] Por su parte, los persas, después de haber limpiado Samos mediante una redada 749 , se la entregaron a Silosonte yerma de habitantes 750 . Sin embargo, tiempo después, su general —el propio Ótanes— ayudó a repoblarla 751 a consecuencia de una visión que tuvo en sueños y de una enfermedad que le afectó los genitales.
Sublevación de Babilonia y reconquista de esta ciudad gracias al ardid del persa Zópiro
[150] Por las fechas en que se ponía en marcha la expedición naval contra Samos, se sublevaron los babilonios 752 , que estaban muy bien preparados; pues, durante el gobierno del mago y la rebelión de los siete, a lo largo, digo, de todo ese período, incluido el de desorden 753 , se estuvieron preparando para un asedio; y cabe deducir que lo hicieron sin ser descubiertos.
Y cuando se sublevaron abiertamente, hicieron lo siguiente: [2] sin contar a sus madres, ya que las dejaron al margen, cada babilonio escogió por su cuenta a la mujer de su familia que quiso —a una sola—; y a todas las demás las reunieron y las estrangularon (a la mujer en cuestión cada cual la escogía exclusivamente para que le prepara la comida 754 ). Y estrangularon a las mujeres para evitar que consumieran sus provisiones.
Entonces Darío, informado de ello, reunió todas sus [151] fuerzas y marchó contra ellos. Condujo, pues, sus tropas contra Babilonia y puso sitio a sus habitantes, que no sentían ninguna preocupación por el asedio. En efecto, subiendo a los baluartes de la muralla 755 , los babilonios bailoteaban en son de mofa y se burlaban de Darío y de su ejército; y uno de ellos pronunció esta [2] frase: «Persas, ¿por qué permanecéis aquí sin hacer nada y no os marcháis? Pues sólo lograréis rendirnos cuando puedan parir las mulas». Esto fue lo que dijo un babilonio, en la creencia de que una mula no podría parir nunca 756 .
Transcurrido ya un año y siete meses, Darío se desesperaba, [152] y, con él, todo el ejército, por su incapacidad para rendir a los babilonios. Y eso que contra ellos Darío había empleado todo tipo de estratagemas y todo tipo de tácticas 757 ; pero ni aun así podía reducirlos, a pesar de que, entre otras estratagemas que había intentado, también lo intentó, en concreto, con aquélla, merced a la cual Ciro los había reducido 758 . Pero el caso es que los babilonios estaban tenazmente en guardia y no era capaz de rendirlos.
[153] En esta tesitura, al cabo de veinte meses, a Zópiro, hijo de Megabizo —aquel personaje que había formado parte de los siete hombres que derrocaron al mago 759 —, a Zópiro, digo, un hijo del tal Megabizo, le sucedió el siguiente prodigio: parió una de las mulas que tenía para transportar grano. Cuando se le comunicó la noticia y Zópiro, que no se lo creía, vio el potrillo con sus propios ojos, prohibió a quienes lo habían visto que contaran a nadie lo sucedido, y se puso a reflexionar. [2] Y remitiéndose a las palabras del babilonio aquel que, al principio del asedio, había dicho que sólo cuando parieran las mulas podría tomarse la plaza, remitiéndose, repito, a esa profética frase, Zópiro pensó que la toma de Babilonia ya era factible, pues, a su juicio, las palabras del babilonio y el parto de su mula respondían a un designio divino 760 .
[154] Como se le antojaba, pues, que la toma de Babilonia estaba ya determinada por el destino, se fue a ver a Darío 761 , informándose de si tenía muchísimo empeño en apoderarse de Babilonia. Y al averiguar que le concedía mucha importancia, volvió a considerar la cuestión, decidido a ser él quien tomase la plaza y a que la gesta fuese obra suya 762 , ya que entre los persas las gestas importantes proporcionan, por la mucha consideración de que gozan, una mayor grandeza 763 .
Pues bien, llegó a la conclusión de que, si no era [2] mutilándose y pasándose a los babilonios, no había medio alguno de poder someter la ciudad. Entonces, sin concederle importancia 764 , se infligió una espantosa mutilación; en efecto, se cortó la nariz y las orejas; se rapó ignominiosamente el cabello y se dio de latigazos, compareciendo luego ante Darío.
Éste, al ver mutilado a un personaje del mayor rango, [155] se sintió sumamente contrariado; y, saltando de su trono, se puso a dar voces y le preguntó quién era el que lo había mutilado y por qué motivo. «Exceptuándote [2] a ti —respondió Zópiro—, a fe que no existe el hombre que posea la suficiente autoridad para haberme tratado de este modo; y tampoco lo ha hecho un extranjero, majestad; todo lo contrario, me lo he hecho yo con mis propias manos, porque considero una infamia que los asirios 765 se burlen de los persas». «¡Grandísimo [3] temerario! —replicó Darío—, al afirmar que te has desfigurado espantosamente por causa de los sitiados, has investido del nombre más hermoso a la acción más denigrante. Pero, insensato, ¿por qué van a rendirse antes los enemigos ahora que estás mutilado? ¿Cómo no vas a haber perdido el juicio, si te has destruido [4] a ti mismo?». «Si te hubiese confiado lo que pensaba hacer —contestó Zópiro— no me hubieses dejado; por eso actué bajo mi propia responsabilidad. Pero, en fin, si por ti no queda, no tardaremos en tomar Babilonia, pues yo, tal como estoy, disertaré a la plaza y diré a los babilonios que he sufrido estas vejaciones por orden tuya. Y creo que, si logro convencerlos de [5] que ello es así, obtendré el mando de un ejército. Tú, por tu parte, una vez transcurridos diez días desde el momento en que yo haya entrado en la plaza, sitúa frente a las llamadas puertas de Semíramis mil hombres pertenecientes al cuerpo de tu ejército cuya pérdida no te cause desazón alguna. Posteriormente, cuando hayan transcurrido siete días más, hazme el favor de volver a apostar otros dos mil frente a las puertas llamadas de los niniveos. Deja pasar entonces veinte días más 766 y, acto seguido, lleva a otros cuatro mil frente a las puertas llamadas de los caldeos y sitúalos allí. Y que ni los precedentes ni estos últimos tengan más armas defensivas que sus puñales; ese medio de [6] defensa deja, sin embargo, que lo tengan. Y al día siguiente, ordena sin más demora al resto del ejército que se lance contra la muralla por todas partes, pero hazme el favor de apostar a los persas frente a las puertas llamadas Bélides y Cisias 767 . Pues me figuro que, en virtud de las grandes gestas que habré llevado a cabo, los babilonios, entre otras cosas, me confiarán hasta los pasadores de las puertas 768 . Momento será entonces de que tanto yo como los persas nos cuidemos de obrar en consecuencia.»
[156] Tras haber dado estas instrucciones, se dirigió hacia las puertas, girándose constantemente 769 , como si en realidad se tratase de un verdadero desertor. Al verlo desde las torres, los que estaban apostados en ese lugar bajaron corriendo abajo y, entreabriendo ligeramente una hoja de la puerta, le preguntaron quién era y con qué objeto venía. Él, entonces, les dijo que era Zópiro [2] y que se pasaba a su bando 770 . Como es natural, los guardias de la puerta, al oír sus palabras, lo condujeron ante la asamblea de los babilonios 771 . Y una vez en presencia de dicho organismo, empezó a lamentarse, alegando haber sufrido por orden de Darío lo que había sufrido por voluntad propia, y explicando que había sufrido aquel trato por haberle aconsejado retirar el ejército, en vista de que, por el momento, no se vislumbraba [3] medio alguno de tomar la plaza. «Y héme aquí ahora, babilonios —prosiguió diciendo—, como vuestro mejor aliado y el peor azote para Darío y su ejército, pues a fe que, después de haberme mutilado a mí de este modo, no se irá sin su merecido, ya que conozco todos los pormenores de sus planes». Tales fueron sus palabras.
[157] Entonces los babilonios, al ver a un personaje del mayor rango entre los persas privado de su nariz y de sus orejas, y cubierto de arriba a abajo de verdugones y de sangre, en la plena convicción de que decía la verdad y de que había llegado para cooperar con ellos, se mostraron dispuestos a concederle lo que les pedía (les pedía un ejército). Y cuando vio satisfecha su petición [2] por parte de los babilonios, hizo exactamente lo que había acordado con Darío. En efecto, a los diez días, realizó una salida con sus huestes de babilonios y, tras rodear a los primeros mil hombres que, de acuerdo con sus indicaciones, había apostado Darío, acabó con ellos.
Los babilonios, al comprobar que Zópiro conseguía [3] que los hechos respondiesen a sus palabras, se hallaban sumamente rebosantes de alegría y, como era de esperar, se mostraron dispuestos a obedecerlo en todo. Él, entretanto, dejó pasar los días convenidos, seleccionó un contingente de babilonios 772 , y, en una segunda salida que efectuó, acabó con los dos mil soldados de Darío. Al ver esta nueva hazaña, todos los babilonios [4] tenían, con sus elogios, el nombre de Zópiro en los labios. Él, por su parte, dejó pasar una vez más los días convenidos, condujo sus tropas al lugar fijado de antemano y, tras rodear a los cuatro mil hombres, acabó con ellos. Al conseguir esta nueva gesta, Zópiro, como es natural, lo era todo entre los babilonios, de ahí que lo nombraran jefe del ejército y guardián de las murallas.
Pero, en el momento en que Darío, según lo convenido, [158] se lanzó al asalto en toda la extensión del recinto amurallado, fue cuando Zópiro puso al descubierto toda la trampa. En efecto, mientras los babilonios, subidos a la muralla, trataban de rechazar el ataque del ejército de Darío, Zópiro abrió de par en par las puertas llamadas Cisias, así como las Bélides, y facilitó a los [2] persas la entrada en la plaza. Entonces aquellos babilonios que vieron lo ocurrido huyeron hacia el santuario de Zeus Belo 773 , en tanto que todos los que no lo vieron permanecieron en sus respectivos puestos, hasta que, al cabo, también ellos comprendieron que habían sido traicionados.
[159] Así es, en suma, como por segunda vez fue tomada Babilonia 774 . Por su parte Darío, tras haber reducido a los babilonios, hizo, ante todo, desmantelar su muralla y arrancar todas las puertas 775 (pues, cuando Ciro tomó Babilonia por vez primera 776 , no había adoptado ni una ni otra medida); luego, Darío hizo empalar a los cabecillas, unos tres mil hombres aproximadamente 777 , y entregó la ciudad al resto de los babilonios para que vivieran en ella.
Y en previsión de que sus habitantes dispusieran de [2] mujeres, para que, con el tiempo, tuvieran descendencia (pues, tal como he indicado al principio 778 , los babilonios habían estrangulado a las suyas, velando por la cuestión del aprovisionamiento), Darío hizo lo siguiente: ordenó a los pueblos vecinos —fijándole a cada uno de ellos un número determinado— que llevaran mujeres a Babilonia, de manera que se reunió un total de cincuenta mil mujeres. Así que los actuales babilonios descienden de dichas mujeres.
A juicio de Darío, por otra parte, ningún persa, ni [160] entre los que vivieron posteriormente 779 ni entre los que lo habían hecho antes, superó a Zópiro en su bizarra gesta, con la única excepción de Ciro; pues con este último jamás ha osado compararse ningún persa 780 . Y, según cuentan, Darío manifestó en repetidas ocasiones la siguiente opinión: que, antes que agregar a sus dominios veinte Babilonias, además de la que poseía, preferiría que Zópiro no hubiera sufrido aquella ignominia. [2] En consecuencia, le dispensó grandes honores; en efecto, todos los años le concedía aquellos presentes que más preciados son entre los persas 781 ; asimismo, le concedió de por vida la administración de Babilonia libre de tributos 782 , y le confirió además otras muchas mercedes.
Y por cierto que hijo del mencionado Zópiro fue Megabizo, el que en Egipto mandó las tropas que se enfrentaron a los atenienses y sus aliados 783 . E hijo de dicho Megabizo fue Zópiro, el que desertó a Atenas, abandonando a los persas 784 .
1 Después de la larga digresión sobre la geografía, costumbres e historia de Egipto —que ocupa la totalidad del libro II—, Heródoto reemprende el hilo de la narración, interrumpido en II 1, 2.
2 Sobre Amasis, cf. supra II 162-163; 169-182; y nota II 580.
3 Como en II 1, 2, Heródoto vuelve a aludir a que, entre las tropas de Cambises, se contaban soldados griegos, con lo que sigue teniendo presente el plan general de la obra: la narración de las Guerras Médicas, objetivo central de la Historia (cf. M. POHLENZ , Herodot, der erste Geschichtschreiber des Abendlandes, Leipzig, 1937, para quien el propósito enunciado en el proemio estuvo siempre presente en el propósito del historiador, si bien su interés por todo lo humano —Heródoto es, con Homero, el mejor representante, en la literatura griega arcaica, de la llamada «composición abierta»— le movía a incluir constantes digresiones marginales). Por otra parte —y a pesar de que, en general, el libro III está dedicado fundamentalmente a narrar sucesos directamente relacionados con los persas (lo que, aunado a los constantes datos históricos que Heródoto proporciona sobre dicho pueblo, dio lugar a que se considerara, por parte de algunos críticos, que el núcleo central de la Historia era una Historia de Persia; cf. G. DE SANCTIS , «La composizione della storia di Erodoto», Rivista di Filologia e di Istruzione Classica 4 [1926], 289-310)—, el mundo griego y sus gentes son mencionados siempre que hay ocasión para ello: en III 25, 2 y 7, se precisa lo que hicieron los contingentes griegos durante la campaña de Egipto; en III 39-60, se narra la expedición espartana contra Polícrates, con diversos episodios que hacen referencia a acontecimientos, contemporáneos a la acción principal, que se sitúan en el mundo griego, remontándose en ocasiones a las causas de los mismos, como en el caso de la historia de Periandro, tirano de Corinto, y de su hijo Licofrón (III 50-53); y las relaciones grecopersas se ponen siempre de manifiesto: muerte de Polícrates a manos de Oretes (cf. III 120 y sigs.), conquista de Samos por parte de los persas (III 139 y sigs.), etcétera. La más completa investigación crítica sobre la unidad de la obra herodotea la proporciona J. COBET , Herodots Exkurse und die Frage des Einheit seines Werkes, Wiesbaden, 1971, páginas 4-42.
4 Las explicaciones que va a dar Heródoto del motivo que indujo a Cambises a atacar Egipto son un buen exponente de su afán por recoger todas las fuentes de información posibles (cf., por ejemplo, II 19 y sigs., y F. J. GROTEN , «Herodot’s use of variant versions», Phoenix 17 [1963], 79-87); afán que ha sido considerado por algunos críticos como una «invención» narrativa del historiador a partir de sus escasos conocimientos (cf. recientemente D. FEHLING , Die Quellenangaben bei Herodot. Studien zur Erzählkunst Herodots, Berlín, 1971, a partir de una tesis expuesta ya en el siglo pasado por H. PANOFSKY , Quaestionum de historiae herodoteae fontibus pars prima, Berlín, 1885). En realidad, la campaña llevada a cabo por Cambises surgió de una necesidad política y ya había sido proyectada por Ciro, en razón de la alianza existente entre Amasis y Creso (cf. supra I 77, 2 y 153, 4; el testimonio de JENOFONTE , en Ciropedia I 1, 4; VIII 6, 20, respecto a que ya Ciro había sometido Egipto, es erróneo). Eran muchas las ciudades griegas de Asia Menor que ofrecían resistencia a la soberanía persa; y tanto éstas, como las plazas fuertes del litoral fenicio, mantenían estrechas relaciones con los egipcios (cf. III 39: alianza entre Amasis y Polícrates; II 182 y III 47: ofrendas a templos griegos del faraón, que pretendía conseguir el apoyo de aliados griegos ante el presumible ataque persa; y II 182, 2: conquista egipcia de la isla de Chipre; medidas todas ellas insuficientes para poder equilibrar sus posibilidades de éxito ante una invasión persa. En general, cf. A. T. OLMSTEAD , History of the Persian Empire, Chicago, 1948, págs. 36 y sigs.). Para extinguir de una vez esos focos de agitación y prevenir una posible coalición, Egipto tenía que ser sometido. La campaña tuvo lugar cuatro alos después de la ascensión de Cambises al trono persa; posiblemente, en los meses de mayo/junio del año 525 a. C. Cf. A. B. LLOYD , Herodotus. Book II. Commentary 1-98, Leiden, 1976, páginas 3-4, acerca de los problemas cronológicos que plantean las fuentes documentales.
5 En el texto griego aparece el adjetivo ékdoton, que, además de la simple idea de «entregar», también encierra el significado más restringido de «entregar en matrimonio (a una hija)» (cf. HERÓDOTO I 196, 3; EURÍPIDES , Ifigenia en Áulide 132; PLATÓN , República 613 d; DIODORO , IV 53; etc.), con lo que la venganza del médico egipcio es sumamente refinada.
6 Sobre los médicos egipcios, cf. supra II 84, y nota II 314. Los papiros relativos a la medicina del antiguo Egipto, fundamentalmente el Papiro Ebers (un papiro descubierto por Georg Moritz Ebers, en 1862, en una tumba de Tebas, que se halla escrito en caracteres hieráticos, data del año 1500 a. C., aproximadamente, y consta de unas ciento diez páginas; constituye el documento médico más importante del antiguo Egipto y en él son tratados, con acentuado empirismo, el fenómeno morboso y el tratamiento de las enfermedades; actualmente se conserva en la Universidad de Leipzig. Sobre él, cf. A. WRESZINSKY , Der Papyrus Ebers, Leipzig, 1913), conceden gran importancia a las enfermedades oculares (tracoma, cataratas y hemeralopia, sobre todo), ya que las oftalmias causadas por el calor, el polvo y los parásitos eran frecuentes en Egipto; de ahí que los médicos tuvieran abundantes conocimientos empíricos para su tratamiento y que su fama fuese notable en la antigüedad (cf. HOMERO , Odisea IV 227-232, e infra III 129, 2, donde Darío, en su corte, aparece rodeado de médicos egipcios). En general, cf. G. LEFÈBVRE , Essai sur la médecine égyptienne à l’ époque pharaonique, París, 1956, págs. 66-88.
7 Para Heródoto —que, en este punto, probablemente está siguiendo fuentes persas (cf. infra III 89, 3), aunque los testimonios greco-egipcios no deben descartarse—, Cambises es el prototipo de déspota absoluto. Cf. K. H. WATERS , Herodotos on Tyrants and Despots, Wiesbaden, 1971.
8 Porque, ya con anterioridad a la ascensión de Darío al trono (en III 84, 2, la costumbre aún se circunscribe con mayor rigidez), el rey persa sólo podía tomar esposa entre las familias persas de más alcurnia. De hecho, y con anterioridad a la campaña egipcia, Cambises se había casado con dos hermanas suyas (según CTESIAS , Persiká 12, con Atosa y Roxana), siguiendo una costumbre elamita, ya que en 530 a. C. Cambises había asumido el título de «Rey de Babilonia».
9 Sobre Apries, cf. supra II 161-163 y 169. Nitetis es la forma griega del nombre egipcio Net-iyti, «Neit ha venido»; un nombre que era relativamente frecuente en el Egipto saíta, ya que Neit era una diosa originaria de Sais y, durante algunas décadas, se convirtió en la divinidad nacional de Egipto (sobre la diosa y su identificación con Atenea, cf. supra II 28, 1 y II 62, 1). Dado que la Estela de El Cairo (cf. supra notas II 576 y 595; aunque sobre la cronología del conflicto entre Apries y Amasis no existe coincidencia entre los historiadores; cf. F. K. KIENITZ , Die politische Geschichte Ägyptens vom 7. bis zum 4. Jahrhundert vor der Zeitwende, Berlín, 1963, págs. 161-165) permite fechar la muerte de Apries hacia 566 a. C., y que Cambises accedió al trono en septiembre de 530 a. C., al llegar a Babilonia la noticia de la muerte de Ciro (Cambises había recibido el título de «Hijo del Rey» cuando Ciro partió para la campaña contra los maságetas; cf. Cilindro de Ciro, líneas 26-28, y supra I 208), Nitetis contaría unos cuarenta años de edad cuando Cambises fue proclamado rey, por lo que, de ser cierta la historia que cuenta Heródoto, lo más probable es que Amasis se la hubiese enviado a Ciro (cf. infra III 2, 1, y H. DE MEULENAERE , Herodotos over de 26 ste. Dynastie, Lovaina, 1951, págs. 125-128). Según los testimonios de ATENEO , 560 d, y POLIENO , Strategemata VIII 29, fue Nitetis quien reclamó venganza a Ciro; y de ello se encargó su hijo y sucesor Cambises.
10 En una sociedad clasista, las clases superiores sienten el orgullo de casta. Designar a un personaje, mencionando al padre o al abuelo, supone halagar ese sentimiento (cf. HOM. , Ilíada X 67 y sigs.). A. BARGUET , en su versión de Heródoto publicada en el volumen Historiens Grecs, I, París, 1964, pág. 219, traduce, libremente, «l’appela ‘fille d’Amasis’».
11 Cf. supra II 169, 1-3.
12 Los capítulos 1-4 de este libro, donde se cuentan los móviles del ataque persa a Egipto, permiten entrever diversidad de fuentes: los capítulos primero y tercero proceden de fuente persa (sobre la importancia de la tradición persa en la obra de Heródoto, cf. K. REINHARDT , «Herodots Persergeschichten», recogido en Herodot. Eine Auswahl aus der neueren Forschung, Munich, 1965, págs. 320-369). El capítulo segundo tiene un origen egipcio, y el cuarto procede de fuente griega (Fanes era natural de Halicarnaso) o greco-egipcia, quizá a partir de los griegos establecidos en Náucratis (cf. T. S. BROWN , «Herodotus speculates about Egypt», American Journal of Philology 86 [1965], páginas 60-76).
13 La atribución de una madre egipcia a Cambises (esta pretendida filiación es mencionada también por otros autores griegos: DINÓN DE COLOFÓN , F. JACOBY , Die Fragmente der griechischen Historiker (= F. Gr. Hist .), Berlín-Leiden, 1923…, 522; LICEAS DE NÁUCRATIS (= ATENEO 560 e); POLIENO , Strategemata VIII 29) lo legitimaba como faraón (Cambises inaugura la dinastía XXVII, que abarcó de 524 a 404 a. C., y cuyos sucesivos faraones fueron Cambises [525-522 a. C.], Darío I [522-485 a. C.], Jerjes [485-464], Artajerjes [464-424] y Darío II [424-404], constituyendo la primera dominación persa sobre Egipto), ya que de este modo se hacía al rey persa único descendiente directo de Apries, el faraón destituido por Amasis (en III 1, 3, Heródoto dice que Nitetis era «la única superviviente de su familia»), con lo que por sus venas corría la sangre divina de los reyes egipcios, el elemento esencial para la legitimidad real (cf. A. MORET , Rois et dieux d’Egypte, París, 1916, págs. 19-21). Teóricamente, el nuevo rey debía ser hijo del anterior faraón; pero, cuando ello no ocurría, la doctrina se preservaba mediante algún subterfugio (por lo general se traía a colación alguna genealogía «olvidada», que emparentaba al nuevo faraón con su predecesor). Todo lo relativo a la sistematización ritual de la sucesión en el trono pertenece ciertamente al segundo milenio, pero hay que tener en cuenta que la doctrina de la divinidad real pervivió a lo largo de los siglos (cf. incluso PSEUDO-CALÍSTENES , Vida y hazañas de Alejandro I 4-13, respecto a la filiación de Alejandro con el faraón Nectanebo), y, además, que la dinastía saíta se caracterizó fundamentalmente por sus inquietudes arcaizantes, creando un mundo idealizado y ficticio que fijaba sus ojos en el pasado: por ejemplo, se volvió a conceder gran importancia a los viejos Textos de las Pirámides, que fueron grabados en las tumbas con preferencia a los textos del Libro de los Muertos (cf. E. DRIOTTON , J. VANDIER , L’Égypte = Historia de Egipto [trad. Y. DE VÁZQUEZ -PRESEDO ], 3.a ed., Buenos Aires, 1973, págs. 501 y sigs.). Es posible que la filiación egipcia de Cambises tuviera como origen círculos egipcios filopersas. No hay que olvidar que Amasis había contado con mercenarios griegos para llevar a cabo su programa antinacionalista y antisacerdotal, por lo que en Egipto —sobre todo entre la casta militar— existía un notorio descontento hacia su persona, como lo demuestra una inscripción, con un contenido de dudosa lealtad hacia el faraón, erigida por Nektarhebi, jefe militar de la zona oriental del Delta (cf. P. TRESSON , Kêmi 4 [1931], págs. 126 y sigs.). Y, asimismo, es reveladora la inscripción biográfica grabada sobre la estatua de Udjahorresne, que en el momento de la invasión se hallaba al frente de la flota egipcia (cf. G. POSENER , La première domination perse en Égypte, El Cairo, 1936, páginas 1-26), y cuya actitud no debió de ser muy gloriosa, pues su inscripción no aporta ningún dato sobre el conflicto egipciopersa: la hipótesis de su deserción parece probable; más aún si tenemos en cuenta el papel que los fenicios desempeñaban en la flota egipcia, participación que ha suscitado en la crítica moderna un enconado debate: cf. L. BASCH , «Trières grecques, phéniciennes et égyptiennes», Journal of Hellenic Studies 97 (1977), 1-10.
14 Por su carácter de súbditos del imperio persa, tras muchos siglos de independencia nacional. Recuérdese que Heródoto no menciona en ningún pasaje del libro II la conquista asiria, al no poder hacerse eco de la misma, por haber sido silenciada en los testimonios egipcios. Cf. supra nota II 523.
15 Cf. supra nota II 2.
16 Y no una concubina, dado su rango. Sin embargo, en el harén real convivían tanto las esposas como las concubinas del monarca persa. Cf. infra III 68, 4-5.
17 El menor era Bardiya, a quien Heródoto conocía por el nombre de Esmerdis. Cf. infra III 30; 32; etc.
18 Literalmente: «en Egipto pondré las cosas (que están) arriba, abajo; y las (que están) abajo, arriba». La historia que narra Heródoto no pasa de ser un «chisme» de harén. Cf. W. ALY , Volksmärchen, Sage und Novelle bei Herodot und seinen Zeitgenossen. Eine Untersuchung über die volkstümlichen Elemente der altgriechischen Prosaerzählung, Gotinga, 1969 (= 1921), páginas 31 y sigs.
19 Pese a que W. W. How, J. WELLS , A commentary on Herodotus, I, Oxford, 1967 (= 1928), pág. 256, consideran que la historia de Fanes debía de ser conocida por Heródoto ya en sus años mozos, por ser ambos de Halicarnaso, el pasaje relativo a la venganza que los mercenarios de Psamético III cobran de Fanes en las personas de sus hijos (cf. infra III 11) más bien parece apuntar a una fuente de información greco-egipcia (bien fueran griegos establecidos en Egipto o informadores locales). Incluso es posible que el nombre de Fanes fuese un apodo impuesto al mercenario en cuestión por los griegos residentes en Egipto: algo así como «el delator». Cf. M. L. LANG , «War and the rape-motif, or why Cambises invade Egypt?». Proceedings of the American Philosophical Society 116 (1972), 410-414, quien, salvo las noticias relativas a la princesa Nitetis, considera que los elementos de las tres versiones que se aducen como móviles que indujeron a Cambises a invadir Egipto pueden adscribirse a motivos populares, propagandísticos o etiológicos.
20 Los eunucos desempeñaban en Persia, como lo habían hecho en Asiria, el papel de servidores de confianza (cf. I 117, 5; VIII 105, 2); pero, en Egipto, raramente son mencionados, y nunca teniendo a su cargo la función de guardianes del harén real. Cf. J. VERGOTTE , Joseph en Égypte, Lovaina, 1959, páginas 40-42.
21 El trirreme era el navío de guerra que utilizaba por excelencia la marina egipcia desde los tiempos del faraón Nekao (609-594 a. C.) —cf. supra II 159, 1—, si bien no está definitivamente determinado si Egipto empleaba trirremes de origen griego o fenicio. Cf. L. BASCH , «Phoenician Oared ships», The Mariner’s Mirror 55 (1969), 139-162 y 227-245; y A. B. LLOYD , «Trirremes and the saite navy», Journal of Egyptian Archaeology 58 (1972), 268-279.
22 Se trata del desierto «sirio», que comenzaba al borde de la franja de Gaza y que, por la costa, se extendía hasta las cercanías de Pelusio, la entrada oriental de Egipto —situada en la boca pelusia del Nilo; cf. infra III 10, 1—, extendiéndose por el sur hasta la península del Sinaí.
23 No se sabe a ciencia cierta a qué árabes se refiere Heródoto, pues, aunque el historiador parece considerarlos una única nación (cf. infra III 97, 5; y VII 69), se hallaban divididos en varias tribus. A. GROHMANN , Kulturgeschichte des alten Orient, III, 4, Munich, 1963, págs. 22 y sigs., considera que son los Lihyān, que, en PLINIO (Historia Natural VI 155), reciben el nombre de Laeanitae, y, en TOLOMEO , VI 7, 18, el de Laianîtai, y que eran tribus nómadas que vivían al sur y al este de Palestina. No obstante, pueden tratarse también de los Nabateos, una tribu de origen árabe (cf. Génesis XXV 13) que habitaba en la Arabia Pétrea (la península del Sinaí) y al sur del Mar Muerto, y que tendrían importancia sobre todo desde el siglo III a. C. hasta el I d. C., por controlar el tráfico caravanero de la región desde la ciudad de Petra.
24 Heródoto utiliza en este pasaje una terminología típicamente griega: de un lado Cambises solicita «seguridad» (aspháleia ), término que supone la garantía de ausencia de cualquier contratiempo hostil en el curso de la travesía por un territorio; por otra parte —aunque el texto griego funde ambos conceptos en uno solo—, pide diédoxon, es decir, la concesión de paso franco que tenía que ser regulada ineludiblemente mediante un convenio (cf. Helénicas de Oxirrinco XXI). En general, cf. F. J. FERNÁNDEZ NIETO , LOS acuerdos bélicos en la antigua Grecia (época arcaica y clásica) , I, Santiago de Compostela, 1975, págs. 227 y sigs. No obstante, Cambises no deseaba tanto evitar el riesgo de un enfrentamiento armado con los árabes, como conseguir que se le asegurase a su ejército el aprovisionamiento de agua durante el paso del desierto (cf. infra III 9).
25 La zona costera que se extendía desde Gaza hasta Pelusio, ya que la travesía por el Sinaí hubiera resultado imposible para un ejército invasor. De ahí, por otra parte, la importancia estratégica de Pelusio, que era la verdadera «llave de Egipto» para un invasor procedente del este (cf. supra II 30, 2-3), para las guarniciones establecidas permanentemente en Dafnas, protegiendo la frontera occidental de Egipto.
26 Para los griegos, Fenicia era únicamente la franja costera que se extendía aproximadamente desde el río Eléutero (el actual Nahr-el-Kelb), en las cercanías de Biblos, hasta el monte Carmelo, y que incluía las plazas marítimas de Biblos, Berito (= Beirut), Sidón, Tiro y la posterior Tolemaida. Y recibía ese nombre en razón de los bosques de palmeras (en griego phoinikes). Por su parte, Siria Palestina era la zona costera situada al sur de Fenicia (cf. I 105, 1; II 104, 3; 106, 1; III 91, 1; IV 39, 2; y VII 89), aunque, en ocasiones, el historiador —como en este caso— distingue a fenicios de sirios palestinos, mientras que, otras veces, utiliza el término «Palestina» para referirse también a la costa fenicia (cf. VII 89, 2). Los sirios palestinos son los filisteos, que en esta época todavía constituían un pueblo poderoso, y cuyas principales plazas marítimas (Azoto, Ascalón, Gaza y Ecrón) fueron atravesadas por el ejército de Cambises en su marcha hacia Egipto (cf. Zacarías IX 5).
27 Caditis es, probablemente, Gaza (cf. supra II 159, 2). La comparación de esta ciudad con Sardes implica que Heródoto la visitó personalmente, quizá con ocasión del viaje a Tiro mencionado en II 44, 1; o, simplemente, cuando se dirigió a Egipto para conocer el país.
28 Yaniso es una ciudad de localización incierta, si bien se ha supuesto que se hallaba en las cercanías del uadi El Arish o algo hacia el este del puerto de Rinocolura, que fue importante en época romana (cf. JOSEFO , Sobre la guerra judía IV 11, 5; SÉNECA , De ira III 20). La pretendida atribución de su nombre al lugar en que Jonás fue vomitado por el gran pez que se lo tragó (cf. Jonás II 11) no es admisible, dado que, por estas fechas, el pueblo judío tenía poca importancia.
29 Esta afirmación está en contradicción con lo que el historiador dice en IV 39 (por lo demás, no contamos con testimonios antiguos que extiendan Arabia hasta las costas del Mediterráneo). Posiblemente, se hace aquí alusión a que las rutas comerciales, desde Arabia hasta el Mediterráneo, estaban bajo el control de la tribu árabe mencionada en III 4, 3, que obtendría pingües beneficios con la exportación de especias. Cf. E. MERKEL , Die Araber in der alter Welt, I, Berlín, 1964, págs. 167 y sigs.
30 Cf. supra II 6, 1.
31 En realidad, la frontera este de Egipto durante la dinastía saíta no estaba situada en el lago Serbónide, sino en el uadi El Arish (es decir, en las cercanías de Yaniso), tal y como había quedado fijada en 597 a. C. entre el faraón Nekao y el rey babilonio Nabucodonosor II (cf. II Reyes XXIV 7: «y no volvió a salir el rey de Egipto de su tierra, porque el rey de Babel había tomado, desde el torrente de Egipto [= el uadi El Arish ] hasta el río Eufrates, todo lo que había sido del rey de Egipto»). Para el lago Serbónide y el monte Casio, cf. supra II 6, 1; ESTRABÓN , I 3, 4; XVI 2, 32; y XVII 1, 35; DIODORO , I 30, 4; PLINIO , Historia Natural V 68; TOLOMEO , IV 5; ESTEBAN DE BIZANCIO , s. v. Sírbōn y Serbōnís.
En la mitología griega, Tifón era un ser monstruoso, hijo de Gea (= La Tierra) y Tártaro (= La región profunda). Nacido para vengar a su madre, persiguió a los olímpicos hasta Egipto y derrotó a Zeus, aunque luego fuera vencido por la astucia del dios del cielo, que lo fulminó con sus rayos. Su tumba fue relacionada con distintos lugares (cf. HOM ., Ilíada II 783), generalmente volcánicos debido a las llamas que vomitaba el monstruo (cf. PÍNDARO , Olímpicas IV 11, que la situaba en el Etna). En general, para todo lo relativo a su figura en la antigüedad, cf. A. RUIZ DE ELVIRA. Mitología clásica, Madrid. 1975, páginas 56-57. Dado que había perseguido a los dioses hasta Egipto (cf. APOLODORO , I 6, 3), los griegos lo identificaron con Seth (cf. supra II 144, 2 y 156, 4), el hermano y adversario de Osiris, a quien se enfrentó causándole la muerte, según refieren los Textos de las Pirámides (una colección de fórmulas funerarias mágicas y rituales de las dinastías IV y V, dirigidas a Osiris y escritas en las paredes de las pirámides. Para datos sobre Osiris extraídos de dichos textos, cf. J. H. BREASTED , Development of Religion and Thought in Ancient Egypt, N. York, 1912; y F. RUSH , «Doppelversionen in der Überlieferung des Osirismythus in den Pyramiden», Zeitschrift für ägyptische Sprache und Altertumskunde 67 [1931], 88-92). El símbolo de Tifón era el hipopótamo, que debía de abundar en el lago Serbónide; de ahí que se le situara en dicho lugar (cf. APOLONIO DE RODAS , II 1207-1215; PLUTARCO , De Iside et Osiride 50; Antonio 4).
32 Es posible que en esta afirmación haya una velada referencia a Hecateo. En todo caso, la información que recibió Heródoto al respecto puede provenir de los griegos establecidos en Náucratis (cf. E. LÜDDECKENS , «Herodot und Ägypten», Eine Auswahl aus der neueren Forschung…, págs. 434 y sigs.), y supone, por parte del historiador, una autoalabanza a su afán de investigación y a la amplitud de sus viajes, ya que un griego que se dirigiera a Egipto por mar, solía poner proa directamente hacia el Delta, sin tocar para nada en la zona costera que se extendía desde Yaniso hasta Pelusio.
33 O «dos veces al año», según otra lectura que presentan algunos manuscritos.
34 A la sazón Fenicia era uno de los países más importantes en la exportación de vino; vino que era muy apreciado (cf. I 194, 2 y III 20, 1, aunque los pasajes admiten diversas interpretaciones; cf. supra nota I 501).
35 La orden había sido dada por la administración persa (Heródoto, en este pasaje, se está refiriendo a una medida que tenía vigencia en su propia época), como se desprende del capítulo siguiente. El demarca (el término, sin embargo, es griego, ya que hace referencia al jefe elegido anualmente, junto a los funcionarios que le ayudaban, por la asamblea de todos los miembros de un demo, distritos administrativos del Ática que adquirieron especial importancia política a raíz de la legislación de Clístenes a finales del siglo VI a. C.) era, pues, una especie de alcalde de cada una de las comunidades menores que integraban en Egipto un nomo (= provincia, en egipto sepat ), y que estaban a las órdenes del nomarca o gobernador de un nomo (cf. supra II 164, 2 y nota II 585).
36 Durante la primera dominación persa en Egipto (dinastía XXVII), la capital fue trasladada de Sais a Menfis —de hecho, esta última ya era, comercialmente, la primera ciudad de Egipto—, de ahí que fuera el lugar de concentración de las vasijas. Cf. K. T. ATKINSON , «The legitimacy of Cambises and Darius as kings of Egypt», Journal of the American Oriental Society 76 (1956), págs. 167 y sigs.; y, en general, G. POSENER , La première domination perse en Égypte, El Cairo, 1936.
37 La afirmación de Heródoto merece bastante crédito, ya que en la costa este de Egipto —entre el monte Casio y el uadi El Arish—, cerca del desierto del Sinaí, existía una población llamada Ostrakínē (algo así como «Villacacharros»). Cf. JOSEFO , Sobre la guerra judía IV 11, 5.
38 Cuando Cambises se proponía invadir Egipto; es decir, en 525 a. C.
39 O bien, «siguiendo las indicaciones del mercenario de Halicarnaso», si, en lugar de pythómenos —que es la lectura que aparece en los manuscritos—, se lee pithómenos (que estaría más de acuerdo con III 4, 3: «aconsejándole a este respecto (Fanes a Cambises) que despachara emisarios al rey de los árabes…»). Para la construcción de peíth ō con genitivo, cf. HERÓD. , I 126; V 29 y 33; VI 12; TUCÍDIDES , VII 73; EURÍPIDES , Ifigenia en Áulide 733.
40 Cf. supra nota III 24.
41 La fidelidad de los árabes era proverbial en la antigüedad. Cf. E. MERKEL , Die Araber in der alten Welt, Berlín, 1964, páginas 178 y sigs. Hay que notar, por otra parte, que Heródoto se siente siempre interesado por las formalidades que rodean a la sanción de juramentos entre los diversos pueblos, en especial por aquellas que se caracterizan por el empleo de la sangre (cf. I 74, 5; IV 70).
42 El empleo de un testigo, o mediador, en semejantes circunstancias es una característica típicamente oriental (cf. Hebreos VIII 6).
43 El pasaje es muy interesante desde el punto de vista antropológico y revela abundantes concomitancias con testimonios que aparecen en la Biblia (para la incisión en los pulgares, cf. Levítico XIV 25 y 28). Las piedras que «están presentes en un juramento» —el número siete tiene un carácter sagrado (cf. supra I 86, 2; e infra III 76, 3)— solían servir de testigos entre los antiguos pobladores de Palestina y Transjordania; cf., por ejemplo, Génesis XXXI 45-53; Josué IV 20-24; XXII 27-28; XXIV 26-27. En general, cf. M. ELIADE , Traité d’histoire des religions, París, 1953, pág. 202.
44 Por medio de la mezcla de la sangre (que en el rito descrito por el historiador no se realiza directamente, sino a través de las «piedras-testigos», aunque originariamente el rito debía de consistir en que ambas partes unieran sus sangres directamente, de acuerdo con la idea de que la sangre es la vida), un extranjero era admitido, directa o indirectamente, como integrante de la tribu de la que fuera miembro el promotor del acuerdo. El término «conciudadano» (en griego astós ) debe de hacer referencia en este caso a un árabe de la misma tribu, pero de diferente clan.
45 La alusión a árabes nómadas que llevaban el pelo cortado en la forma en que describe Heródoto aparece ya en la Biblia (cf. Jeremías IX 25: «los que tienen las sienes rapadas y habitan en el desierto»). El historiador destaca esta característica por contraste con las costumbres griegas, ya que los griegos también se cortaban el pelo «en redondo», pero sin afeitarse las sienes.
46 La justificación de estos nombres para las divinidades de los árabes es problemática (cf. J. H. MORDTMANN , «Dionysos-Orotalt», Klio [1932], 430-433). Orotalt puede ser un dios de la fertilidad de los campos y de los ganados (y de ahí su identificación con Dioniso); pero, si cabe considerarlo una identificación de Baal, también es «el jinete de las nubes», dios atmosférico y del sol (según revelan las tablillas de Ugarit, fechadas hacia el año 2000 a. C.), que era adorado bajo la forma de una piedra erigida. Alilat, por su parte, que corresponde al semita Al Ilat, «la diosa», era inicialmente un apelativo que pasó a convertirse en nombre propio, y debe de proceder de la forma Bilit (= «señora»), que aparece en las inscripciones asirias y que es el femenino de Bel («[el] señor»). Heródoto la identifica con la divinidad persa Mithra (cf. I 131, 3, un nombre con desinencia femenina para un griego, pero que en realidad designaba al sol) y con la diosa asiria Milita (= Isthar, diosa de la guerra y del amor, y de ahí su identificación con Afrodita Urania; cf. I 199, 3). En general, cf. R. DUSSAUD , Les religions des Hittites et des Hourrites, des Phéniciens et des Syriens, París, 1945, págs. 410-411.
47 En griego, el sustantivo «camello» (= kámēlos) es de género epiceno, por lo que cabría también traducir la frase por «a lomos de todas sus camellas vivas», ya que, como el propio Heródoto dice en III 105, 2, las hembras superaban en resistencia y velocidad a los machos.
48 Posiblemente desde Petra, al sur del Mar Muerto, que estaba a orillas del uadi Musa.
49 En Arabia no existe ningún gran río que desemboque en el Mar Rojo (= «el mar Eritreo», cf. supra nota I 2). Probablemente el historiador está confundiendo el Mar Rojo (a ello pudo contribuir el que los dominios de los Nabateos se extendieran hasta el golfo de Akaba) con el Mar Muerto; y, al aludir al río Coris —sobre el que su informador debió de exagerar refiriéndose a su caudal—, puede estar haciendo referencia al uadi El Araba, que desemboca en dicho mar.
50 La referencia a este acueducto debe de ser una versión fantástica (Heródoto la cuenta como segunda alternativa, pero agregando que es «menos verosímil»), reflejo de unas medidas que los persas tomaron para el aprovisionamiento de agua entre Media y Partia por medio de unos conductos subterráneos (cf. POLIBIO , X 28, 1-4). No obstante, sistemas de conducción de agua mediante canalizaciones troncocónicas ya eran conocidos en Egipto (en Tanis, al este del Delta, se han encontrado restos de una de estas canalizaciones; cf. Orientalia 19, Roma, 1950, págs. 496-498; y supra II 100, 3, sobre el acueducto subterráneo que hizo construir la reina Nitocris).
51 Cf. supra II 17, 4, y nota II 72. Los persas llegan por la vieja ruta militar recorrida tan frecuentemente por los egipcios del Imperio Nuevo en sus campañas expansionistas y utilizada hacía poco por los asirios.
52 Psaménito (a quien Manetón llama Psamequeres, mientras que Ctesias lo confunde con Amirteo; sobre éste, cf. infra III 15, 3) es Psamético III, el último faraón de la dinastía XXVI o saíta, que reinó desde diciembre del año 526 a. C. hasta junio de 525 (cf. F. K. KIENITZ , Die politische Geschichte Ägyptens vom 7. bis zum 4. Jht…, págs. 154-159).
53 Según KIENITZ (Die politische Geschichte Ägyptens …., páginas 161-165), reinó desde 570/569 a. C. hasta 526. El problema, sin embargo, estriba en determinar si en los primeros años de su reinado compartió el trono con Apries (eso, al menos, parece deducirse de DIODORO , I 68, 1, según el cual habría que fechar la muerte de Apries en 566 a. C.). Pero, de acuerdo con H. DE MEULENAERE , Herodotos over de 26ste. Dynastie, Lovaina, 1951, pág. 153, no puede admitirse la corregencia, ya que la batalla entre ambos faraones (cf. supra II 169, 1-2), y que la estela de Amasis fecha en el tercer año del reinado de este último monarca, no debió de tener lugar en ese año, pues la lectura «año tercero» es casi con toda seguridad errónea: en la primera línea hay que leer «año primero», por lo que no habría habido corregencia, sino una simple coexistencia de ambos faraones durante algunos meses tan sólo. No obstante, esta hipótesis no es admitida unánimemente por todos los egiptólogos (cf. supra nota II 595).
54 En el santuario de Neit en Sais (cf. supra II 169, 3-5), ya que todos los faraones de la dinastía XXVI fueron sepultados en el patio del templo de su patrona, que por aquel entonces era la diosa nacional de Egipto. Sobre el sepulcro de Amasis, cf. PLINIO , Historia Natural XXXVI 12.
55 La afirmación debe de ser exagerada. En la actualidad, en El Cairo suele llover, por término medio, unas seis veces al año; y, al sur de Asiut, ya en el Alto Egipto, dos veces al año como máximo (aunque no con regularidad y siempre escasamente). Cf. P. MONTET , Géographie de l’Égypte ancienne, París, 1957-1961. Volvemos a encontrarnos con la aplicación del razonamiento post hoc ergo propter hoc, tan frecuente en la narración de Heródoto: los egipcios vieron en el fenómeno atmosférico (que tuvo lugar después de abril, cuando la lluvia sí que es excepcional) un presagio de la futura invasión persa.
56 La estancia de Heródoto en Egipto es uno de los problemas que mayor interés ha despertado entre la crítica moderna (cf. supra nota II 106, y F. OERTEL , Herodots ägyptischer logos und die Glaubwürdigkeit Herodots, Bonn, 1970, que representa la posición generalizada de la crítica actual al ver en Heródoto a un viajero que es fiel a lo que ve o a lo que le cuentan). Si esta aserción proviene de una constatación personal del historiador, habría que convenir con C. SOURDILLE , La durée et l’étendue du voyage d’Hérodote en Égypte, París, 1910, que Heródoto sólo estuvo en Egipto aproximadamente cuatro meses, en época de crecida (cf. supra nota II 534); es decir, de junio a septiembre (sobre la fecha de su estancia —J. E. POWELL , The History of Herodotus, Cambridge, 1939, sin embargo, pensó, a partir de II 104, que el historiador realizó dos viajes a Egipto, uno antes y otro con posterioridad a su viaje a la Cólquide: el primero en 461 a. C. y el segundo tras el año 448—, cf. supra nota II 51), cuando las lluvias son ciertamente inexistentes en el Alto Egipto.
57 Todos los faraones de la dinastía saíta contaron con tropas regulares integradas por mercenarios griegos y carios (que habían ayudado a Psamético I a conquistar el trono de Egipto; cf. supra nota II 545). Sin duda, no constituían la totalidad del ejército, ya que en él también servían cierto número de soldados libios y se conoce también la existencia de mercenarios sirios, pero sí las tropas escogidas, que lucharon en Siria al mando de Nekao (cf. II 159, 2), en Nubia con Psamético II (cf. II 161, 1) y, durante la mayor parte de la dinastía, formaron la guarnición de Dafnas, la frontera más peligrosa de Egipto (cf. II 30, 2).
58 Literalmente, «de otra lengua» (en el sentido de farfullar una lengua, de hablarla con dificultad). Cf. supra nota II 553 y la que sigue a la presente.
59 La noticia de esta venganza pudo recibirla Heródoto de los griegos establecidos en Náucratis, a quien los acontecimientos en los que se veían implicados compatriotas suyos les interesarían mucho más que a los egipcios. No está bien determinada la razón que movió a los mercenarios a beberse la sangre de los hijos de Fanes. H. STEIN , Herodoti Historiae, III, 6.a edición, Dublín-Zurich, 1969 (= 4.a ed. 1893), pág. 13, supuso que todo ello estaba relacionado con el culto de Zeus Guerrero (=Strátios), una divinidad caria (cf. V 119, 2), entre cuyos ritos se incluía una ceremonia que hermanaba a los oferentes al beber en común la sangre de la víctima consagrada (no obstante, cf. supra II 61, 2, un pasaje del que parece desprenderse el gusto de los carios por la sangre). Con todo, no hay que descartar la posibilidad de que la fuente de información del historiador fuese egipcia, y que la historia respondiera al odio que entre los egipcios despertaban los mercenarios extranjeros (recuérdese el relato novelado de Heródoto sobre la guarnición de Elefantina —cf. supra II 30 y nota II 116—, reflejo de dicho malestar; la crítica situación creada durante los reinados de Apries y de Amasis —cf. supra II 161, 3-162, 6—, y el traslado que de la guarnición de Dafnas realizó Amasis, llevándola a Menfis, para calmar la irritación del país contra los extranjeros), animadversión acrecentada por el hecho de que precisamente uno de esos extranjeros griegos (el empleo del adjetivo allóthroon, «de otra lengua» —aunado a la frase que aparece al comienzo del capítulo siguiente: los lugareños allí citados pudieron ser los mismos informadores de Heródoto en este punto—, puede dar mayor apoyo a la hipótesis de un origen egipcio para la historia del asesinato de unos seres humanos; cf., a este respecto, supra II 45, 2) había sido el causante de que los persas hubieran atacado Egipto.
60 La batalla tuvo lugar probablemente a finales de mayo del año 525 a. C. Según POLIENO , Strategemata VII 9, Cambises había conseguido apoderarse de la ciudad de Pelusio por haber provisto a sus tropas de perros, gatos, ibis, cabras, ovejas y otros animales; ante lo cual, los egipcios no ofrecieron resistencia por temor a herir a animales que consideraban sagrados. La anécdota responde simplemente a la contradicción que los escritores antiguos creían advertir entre la alta estimación en que se tenía a la civilización egipcia y los cultos zoomórficos que existían en Egipto (sobre los mismos, cf. A. ERMAN , Die Religion der Ägypter, Berlín, 1934, Index : Tiere, heilige).
61 La explicación que va a dar Heródoto carece, biológicamente, de sentido, ya que sería admitir la teoría de los «caracteres adquiridos», en la actualidad totalmente desechada en Biología. Unicamente cabría admitir que, entre los contingentes del ejército egipcio, figuraran elementos negroides, cuyo cráneo es más grueso.
62 Esta afirmación se halla en aparente contradicción con la noticia que refiere el historiador en II 65, 4 (quizá la laguna existente en dicho pasaje estableciera alguna condición especial a la costumbre ahora reseñada; cf. supra nota II 266). Sobre las costumbres egipcias relacionadas con el cabello, cf. A. ERMAN , H. RANKE , Ägypten und ägyptisches Leben im Altertum, Tubinga, 1923, págs. 246 y sigs.
63 En los papiros egipcios relativos a temas de medicina se mencionan varias recetas para combatir la calvicie. Cf. G. LEFÈBVRE , Essai sur la médecine égyptienne à l époque pharaonique, París, 1956, págs. 49-50.
64 La tiara era, por excelencia, la prenda de cabeza nacional de los persas (aunque ya había sido utilizada por los asirios), que, según la riqueza y cantidad de adornos, indicaba la categoría social de su poseedor. Aunque la forma podía presentar diversas variantes, el tipo general era similar al gorro frigio (con el extremo superior hacia adelante, o bien recto). Llegó a constituir un signo externo de autoridad. Cf., por ejemplo, R. HUYGHE , El arte y el hombre, I, Barcelona, 1966, págs. 303-310.
65 La localización de Papremis es incierta (cf. supra nota II 246 para la ciudad de ese nombre mencionada en II 59, 2 y II 63, 1, que habría que identificar con Pelusio), y hasta es posible que la ciudad mencionada en este pasaje no sea la misma que aparece citada en el libro II con ese nombre. A. KEES , Real-Encyclopädie der classischen Altertumswissenschaft (=R. E.) XVIII 4, Stuttgart, 1949, s. v. Papremis, col. 1107, sugiere que esta Papremis se hallaba al oeste de la boca bolbitina del Nilo, en el nomo VII del Bajo Egipto; y su nombre respondería en este caso al egipcio Pa-en-pa-remet, «la (ciudad) del hombre del norte». Esta localización, en la zona occidental del Delta, se acomodaría mejor a la insurrección del dinasta libio Ínaro, que difícilmente habría podido llegar a controlar la zona de Pelusio (la otra posible identificación de Papremis), donde permanentemente se encontraba apostada una guarnición persa (cf. II 30, 3, y A. B. LLOYD , Herodotus. Book II. Commentary 1-98…, págs. 270-272). La fecha de la batalla de Papremis no está bien determinada, pero debió de tener lugar entre 462 y 459 a. C. Se trató de una rebelión acaudillada por Ínaro, un dinasta libio, que fue secundado por el príncipe saíta Amirteo (que probablemente pertenecía a la antigua familia real), y que contó con ayuda ateniense (cf. TUCÍD. , I 104; CTESIAS , frs. 32 y 40, F. JACOBY , F. Gr. Hist. 688; DIODORO , XI 71 y 74), lo que hizo que la batalla se decantara del lado de los insurrectos, pereciendo en ella el sátrapa de Egipto, Aquémenes (cf. infra VII 7), que era hermano de Jerjes. Sólo al cabo de dieciocho meses la revuelta pudo ser sofocada por los persas, a pesar de los intentos atenienses por conseguir que Egipto lograra la independencia (cf. TUCÍD , I 110, 2, y DIODORO , XI 77).
66 O también, «para invitar a los egipcios a un acuerdo», pues Heródoto utiliza un término (homología) que, en principio, indica «conversación en condiciones de igualdad». Sin embargo, este concepto pasó a designar un «acuerdo de capitulación». Los ejemplos son abundantes en la historiografía griega: cf. HERÓDOTO , VI 33, 3; 85, 3; VII 156, 2; TUCÍD ., I 29, 5; 98, 3; 107, 2; 114, 3; 117, 3; JENOFONTE , Helénicas II 3, 6; Anábasis VI 1, 27-28; TEOPOMPO , fr. 103, F. JACOBY , F. Gr. Hist. 115; etc. Sobre el empleo del término en contextos retóricos, cf. G. BORNKAMM , «Homologia. Zur Geschichte eines politischen Begriffs», Hermes 71 (1936), 377-393. Y sobre la actitud de Persia en el plano político para concertar tratados de cualquier tipo, cf. G. WALSER , «Zum griechisch-persischen Verhältnis vor dem Hellenismus», Historische Zeitschrift 220 (1975), 529-542, donde se pone de relieve la costumbre del rey persa de no tratar nunca en condiciones de igualdad con pueblos extranjeros (no obstante, cf. infra III 37, 1, pasaje en que Heródoto se refiere a los egipcios como aliados [= sýmmachoi ] de los persas, aunque el término no invalida la traducción adoptada para homología = «capitulación»).
67 La implacable reacción de los egipcios de Menfis con respecto a la nave griega se debe probablemente al odio que entre los nacionalistas egipcios había despertado la más que probable defección de la flota egipcia, que, al mando de Udjahorresne, se habría pasado a Cambises (cf. supra nota III 13), traición que se consideraría como una de las razones capitales que habían determinado la derrota que los egipcios habían sufrido en Pelusio. Resulta, sin embargo, sorprendente que Cambises despachara una nave de Mitilene para tratar la rendición de Menfis. H. STEIN , Herodoti Historiae, III…, pág. 15, pensó que, en realidad, los mitileneos no procedían directamente de Lesbos, sino que serían naturales de esa isla asentados en Náucratis (cf. D. MALLET , Les premiers établissements des Grecs en Égypte, París, 1893, págs. 123 y sigs.). Por su parte, PH . E. LBGRAND , Hérodote. Histoires. Livre III, París, 1967 (= 1939), ad locum, considera que Mitilene podía haber participado en la campaña egipcia (cf. supra I 160, 2, para un intento de cooperación frustrada entre Mitilene y Mazares), a pesar de que las islas griegas no habían sufrido ataques persas durante la campaña de Harpago en Asia Menor (cf. I 162 y sigs.), por la carencia de efectivos navales entre las tropas persas (cf. I 143, 1 y 151, 3). Es posible que Mitilene —al igual que Quíos en I 160, 4— hubiese recibido alguna compensación territorial en el continente asiático por cooperar con Cambises.
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