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CIUDAD, ESPACIO URBANO Y ARQUEOLOGÍA

LA FÁBRICA URBANA

CIUDAD, ESPACIO URBANO Y ARQUEOLOGÍA

LA FÁBRICA URBANA

Henri Galinié

Traducción de Daniela Márquez

Edición e introducción de Ricardo González Villaescusa

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, de ninguna forma ni por ningún medio, sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso de la editorial. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

© Del texto, Henri Galinié, 2012

© De esta edición: Publicacions de la Universitat de Valencia, 2012

© De la traducción: Daniela Márquez, 2012

© De la edición del texto y de la introducción: Ricardo Gonzláez Villaescusa, 2012

Publicacions de la Universitat de Valencia

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

Ilustración de la cubierta: Marie Christine Bourven, Archéologies

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Maquetación: JPM Ediciones

ISBN: 978-84-370-8947-8

A mi padre Gabrielde buena memoria

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN A LA EDICIÓN ESPAÑOLA

Un punto muerto en la investigación

El cnau y el laboratorio Archéologie et Territoires

Los grandes temas del libro

Las fuentes y sus valedores

Espacio y Tiempo

Nuevos marcos, nuevos conceptos

Latraducción

PRÓLOGO

I. PRÁCTICAS ARQUEOLÓGICAS EN LA CIUDAD

Espacio y sociedad

Arqueología y ciudad

Arqueología e historia urbana

Paso del tiempo y estructuras

Describir, dar cuenta y fundamentar

La topografía histórica, todas las fuentes mezcladas

El estado de los conocimientos

La evolución de la ciudad a través del tiempo

Tres criterios urbanos

De ladrillos y estatutos

La explicación funcional y los efectos estructuradores

Las escalas múltiples

La tentacion organica

La lógica de lo viviente

El espacio como dato

II. LA CIUDAD EN SÍ

Analizar la ciudad en sí

Otro objeto

Como arqueólogo

Entrar en la ciudad a través de la acción social

Dos tipos de preguntas

Preferir el espacio

El inventario

El espacio urbano

Producto social, constructo social

La ilusoria reconstitución

La jerarquización de los hechos espaciales

Fábrica y funcionamiento

Explicar y comprender

El espacio urbano como producto social

El estado del mundo

Un marco teórico y metodológico

El retorno a las fuentes

Descomponer la sociedad

Demostración y acumulación

Tiempo, espacio, fuentes

La objetividad relativa

La complementariedad de las fuentes

Desinformación

Elección y sesgo

La doble tarea

Estados necesarios

El espacio como fuente

PERSPECTIVAS

GLOSARIO

BIBLIOGRAFÍA

Principales referencias sobre Tours desde los orígenes a 1100

Planos de T ours

Bibliografía general

POSTFACIO

Bibliografía posterior a 2000

INTRODUCCIÓN A LA EDICIÓN ESPAÑOLA

Ciudad, espacio urbano y arqueología es una pequeña gran obra que ponemos a disposición de un público hispano-parlante. Su lectura es una inversión a largo plazo y, como las inversiones, tiene un claro valor intrínseco, analítico sobre las prácticas propias de la arqueología urbana; propositivo sobre los cuestionamientos que deberían presidir la arqueología urbana. Pero el mayor valor es en el rendimiento en el largo plazo, por el carácter de inversión conceptual e intelectual que representa para quién lo lee y los cuestionamientos que suscita su lectura cuando se cierra el libro.

Desde el año 2000 en que fue editado el libro por la Maison des Sciences de la Ville, de l’Urbanisme et des Paysages de la Universidad François Rabelais de Tours, creí que iba a ser determinante para la arqueología aunque con toda certeza lo ha sido para mí y bastante menos para la disciplina como intentaré demostrar. En las relecturas necesarias para asegurar su correcta traducción y edición he apreciado cómo y cuánto ha influido en mi manera de analizar los problemas y de entender la arqueología, y no solo de la arqueología urbana. He usado el libro en la preparación de mis clases, lo he aconsejado a mis alumnos de licenciatura y de máster, lo he citado y parafraseado en conferencias y seminarios..., y todo ello independientemente de las numerosas e indudables virtudes que tiene el ensayo, e independientemente de aquellos aspectos en que se pueda estar de acuerdo, o no, con el autor, sino más bien por tratarse de una visión global sobre la arqueología y más concretamente sobre la arqueología de la ciudad.

UN PUNTO MUERTO EN LA INVESTIGACIÓN

Como el autor, que en el año 2000 se encontraba en un punto muerto en su trayectoria profesional, me siento (aunque no creo que sea solo un problema personal) en lo que podríamos llamar una crisis profesional. La práctica arqueológica ha entrado en crisis como consecuencia del crecimiento exponencial de las intervenciones realizadas aunque disponemos, en principio, de más datos que nunca. Sería el momento de hacer síntesis, calibrar, confirmar o refutar viejas hipótesis y lanzar otras nuevas pero el diálogo con el trabajo de campo se hace difícil y de manera puntual. Este diálogo es más bien fruto de la relación personal con algún profesional de la arqueología que de una auténtica relación establecida en un marco institucional, como creo que debería ser, la praxis arqueológica se ve inmersa en una lógica de inventario sin fin. Como en un puzle en permanente expansión se van encontrando piezas de la «realidad» del pasado que se van acumulando en la configuración preestablecida por el modelo o arquetipo. Como la producción de piezas de ese gran rompecabezas del pasado la arqueología está atomizada entre un sinfín de productores sin una visión global que las presida, que no vaya más allá de formulas bienintencionadas y estereotipadas. Quién posee la pieza posee el poder. Y cuando la pieza es clave por única o central en algún tipo de argumento los arqueólogos académicos aleteamos en torno al descubridor y acabamos por firmar algún artículo entre quién, por las leyes del mercado ha encontrado el hallazgo sin, a veces, demasiada noción de lo que ha encontrado y aquel que, por formación y tiempo, dispone de los elementos bibliográficos y la perspectiva científica que le permiten reintegrar el hallazgo en un discurso interpretativo. La situación no es satisfactoria para ninguna de las partes pero la atomización permite la mistificación de una práctica arqueológica donde el desarrollo urbano y territorial apenas se ve detenido, a pesar de lo que promotores y ordenadores del territorio puedan pensar, mientras que los políticos creen preservar el legado del pasado y los ciudadanos también.

La arqueología urbana deviene una arqueología en la ciudad en lugar de una arqueología de la ciudad como preconiza el autor. Las prácticas arqueológicas se convierten en una excavación sin fin donde los arqueólogos se enredan en una eternamente aplazada interpretación sobre preguntas que en unos años ya no serán las mismas y haciendo de la mayor virtud de la disciplina, así como su mayor dificultad, la razón de ser de su profesión y de ellos mismos: la producción constante de hechos inéditos, la acreción del corpus de datos. El estado del conocimiento de una ciudad se convierte en un fin en sí mismo, como si el inventario fuera neutro y a la espera de que surjan las respuestas del crecimiento del corpus de pruebas. Las características del registro arqueológico, inédito hasta su exhumación y acumulativo, al menos teóricamente, hasta el infinito, así como los procedimientos de obtención de la información y su tratamiento interpretativo, hacen de la práctica arqueológica un reservorio de científicos frustrados cuya máxima aspiración pudo haber sido ser profesionales de una ciencia de protocolo, una ciencia «inhumana», y que sólo su incapacidad para desenvolverse en los procedimientos propios de las disciplinas científicas les condujo a las ciencias humanas y sociales. Supone otorgar al protocolo y métodos propios de la arqueología el papel preponderante, alimentando el carácter «científico» de la arqueología. Olvidan que, a pesar de los aportes mayores de los métodos científicos a la arqueología durante la segunda mitad del siglo xx (la denominada arqueometría), las contribuciones más notables de la disciplina han surgido de la integración a la misma de los útiles conceptuales provenientes de las ciencias sociales como la sociología, la geografía y la antropología social. Algo que H. Galinié pone en evidencia a lo largo del texto.

Las consecuencias de estas prácticas son nefastas. A pesar de tratarse de un paso necesario, abordar la arqueología como una ciencia descriptiva, donde se establece una clasificación y se alimenta eternamente una base de datos de una realidad histórica que nunca llegaremos a aprehender es una quimera en la que caen muchos proyectos de arqueología urbana y su corolario, los sistemas de información geográfica (SIG) aplicados a la arqueología. Si indudablemente son una herramienta indispensable para manejar los datos de disciplinas que tienen el espacio como referente, incluida la arqueología como veremos, su carácter compilatorio ha permitido sublimar a los arqueólogos que aplazan eternamente las respuestas, en una postura de huida hacia delante. Si, en las palabras críticas de H. Galinié «describir sería duplicar la realidad», la base de datos georeferenciada que es un SIG se convierte en ese pozo sin fondo donde verter los datos, eso sí, con orden metódico, hasta alcanzar el umbral que permita la explicación. Hemos perdido casi dos décadas en discusiones sobre cuáles eran las herramientas más adecuadas (ordenadores, programas, estructuras de bases de datos...) y ahora que casi todos esos problemas están resueltos, podemos seguir perdiendo el tiempo si no somos conscientes de que no existe una base de datos eternamente válida porque su existencia solo se justifica por las preguntas que se le hacen y que, aun correctamente formuladas, varían con el tiempo. Si existió una realidad, ésta no es restituible en su infinita complejidad por más excavaciones, estudios o técnicas que sumemos. Lo peor es que todo ello ha sido dicho hace casi cinco lustros por Alain Gallay y si el colectivo arqueológico leyera más no se caería en estas tentaciones universalistas.

Otro problema más complejo que atañe a los SIG es la dificultad de representar el tiempo en el modelo (simplificación) de la realidad. Como demuestra el autor de este libro, en arqueología ni el espacio es el soporte- escenario de la actividad social, ni el tiempo es el tiempo cronológico del calendario, siquiera la datación que nos permiten los métodos arqueológicos. Un ejemplo que evoco en clase en relación con la arqueología urbana es el de la ubicación espacio-temporal de una calle cuyos orígenes remontan a la Antigüedad, prolongándose su uso en el Medioevo y en la época moderna y hoy sigue siendo un activo eje mayor de circulación de la ciudad. Si bien, el trazado de la calle actual perceptible en el plano es coincidente con el de la calle antigua o medieval, e incluso admitiendo la misma georeferenciación espacial en x e y, normalmente, el nivel de circulación, la z, es otra diferente, evidenciando que ambas calles no son completamente coincidentes ni siquiera en el espacio. ¿Cuál es la datación de esa traza perceptible en el plano? No podemos contentamos con adjudicar un tiempo (variable T en la base de datos) que tenga en cuenta el lapso de tiempo comprendido entre el origen y la actualidad. Incluso, aunque así sea, el SIG solo mostrará una evolución temporal cuando interroguemos a la base de datos sobre la topografía de un momento cronológico preciso de la ciudad y nos dé una respuesta gráfica de ese momento. Cuando volvamos a interrogar la base de datos para una cronología posterior, obtendremos otra imagen fija correspondiente a momento posterior, y así sucesivamente. En nuestro afán por mostrar la evolución, por ofrecer un continuo, construimos una película a partir de 3 o 4 imágenes fijas que representan una secuencia de 2000 años, cayendo en el defecto evocado a lo largo del libro y contra el que milita: pretendemos aplicar a las fuentes arqueológicas las secuencias y las periodizaciones de la historia social o económica construida con otro tipo de fuentes y con otros fines bien distintos de los que podemos alcanzar con el registro arqueológico.

No sorprende que el autor nada diga en su libro de los SIG, aunque ha ayudado a implantarlos en el equipo de Tours. A partir de su lectura se evidencian cuáles son los errores habituales que en nada ayudan al éxito de muchas experiencias llevadas a cabo en arqueología urbana. Como se ha dicho, los SIG no son una buena herramienta para representar la dimensión temporal. Los fracasos de muchas experiencias de SIG aplicados a la arqueología de las ciudades provienen de tres errores de partida que se desprenden de la lectura de este libro.

En primer lugar, la pretensión de construir modelos de la realidad (irreductible e inaprehensible) del pasado que acaben por darnos un modelo, ya no de la ciudad histórica en un instante preciso, lo que podría llamarse «utopía pompeyana», sino también de su evolución temporal, con las dificultades añadidas de representación del tiempo a las que aludía. Si además, descendemos al terreno más prosaico de las condiciones materiales de la arqueología urbana y las consecuencias que producen en una concepción dinámica de la investigación y del estado de los conocimientos, la utopía se aplasta contra el suelo de la realidad. En otras palabras, ¿de qué sirve una base de datos que permite producir un plano con todos los fragmentos de ánforas itálicas repertoriadas en 30 años de excavaciones ininterrumpidas en una ciudad, si cuando queremos revisarlas físicamente, fruto de nuevos interrogantes, somos incapaces de encontrarlas en los almacenes porque, o bien no hay quién las encuentre por problemas de espacio o de personal, o bien porque se ha estropeado la carretilla elevadora que da acceso a la fatídica estantería?

En segundo lugar, e íntimamente relacionado con lo anterior, el principal problema no deja de ser la pretensión de crear una base de datos disponible para responder las preguntas que surgirán algún día. Pretender aplazar no solo las explicaciones sino también las preguntas en la creencia de que los métodos de excavación, registro e inventario son uniformes y que algún día bastará con apretar la tecla adecuada para responderlas es, cuanto menos, un error de juventud. Algunos pasamos por él a principios de los 90 pero, a la vista de las experiencias, aciertos y fracasos, mantenerlo hoy en día es fruto de una arrogancia propia de la «modernidad». Significa creer, parafraseando a Karl Popper, que nuestra visión y praxis arqueológica es la última y más audaz realización de la historia de la disciplina, tan sensacionalmente moderna que muy pocos profesionales están suficientemente adelantados para comprenderla y que hemos alcanzado la cumbre del desarrollo disciplinario al final de una evolución.

Tan mesiánicos nos convertimos que osamos ser profetas. Nuestro tercer y último pecado es el de la profecía. A finales de los 80 y principios de los 90, coincidiendo con el final de lo que podríamos denominar la época dorada de la arqueología urbana, la pretensión de compaginar el desarrollo económico y social con el descubrimiento y puesta en valor del patrimonio exigió de los arqueólogos la capacidad de responder a una pregunta que es, a todas luces, imposible de contestar: ¿qué hay en el subsuelo antes de excavar? Consecuencia de otra pregunta más prosaica ¿Cuánto va a costar (en tiempo, en dinero) liberar al suelo de esa carga? Ante la presión y la lógica, por necesaria, autojustificación pragmática de nuestra actividad, confundimos dos niveles diferentes de respuesta. Un nivel, fruto de la investigación fundamental, que nos permite modelizar, restituir la realidad fragmentaria, proponer modelos explicativos de la fábrica urbana que nos permite comprender la ciudad del pasado. Y otro nivel, más propio de la investigación aplicada, de ayuda a la gestión de la ciudad actual a través de la compilación de las diferentes fuentes que conciernen a la ciudad y cuyo tratamiento sistemático ahorraría sorpresas innecesarias en la gestión cotidiana de nuestra acción social contemporánea sobre el espacio urbano. Era el filón necesario para los arqueólogos, surgidos de las carreras de letras, inútiles en términos de una orientación a la resolución de problemas sociales inmediatos con aplicación tecnológica y de rápidos réditos económicos, para encontrar empleo, la grave consecuencia de la democratización y acceso a la formación de las clases medias en la segunda mitad del siglo xx. Lo que con toda seguridad es incierto es que podamos prever y erradicar los problemas derivados de una sensibilización social, la documentación, puesta en valor y protección del patrimonio, convertida en una ley de obligado cumplimiento por una decisión política de nuestra sociedad.

Nos olvidamos de que esa misma decisión colectiva de nuestra sociedad ha diseccionado con precisión quirúrgica los fines de los medios, otorgando carta de naturaleza a la posición en la que muchos arqueólogos se encontraban a gusto. En España, privatizando el mercado de la intervención científica en el suelo hasta el punto en que la administración se diluye sin demandar mayor explicación sobre los resultados observados. En Francia con la modificación de la ley de arqueología preventiva de 2001 que despojó, escrito negro sobre blanco, del carácter de actividad científica a la arqueología preventiva, permitiendo a su vez, la entrada del sector privado en clara concurrencia con el INRAP1 La disparidad de modelos de gestión no es el problema de fondo porque los resultados no son tan diferentes, el problema principal (común a ambos modelos) radica en la separación entre las problemáticas científicas y las políticas patrimoniales, entre explicaciones y métodos, entre ciencia y técnica.

Pasada esa época en que se ejecutaron en nuestro país las políticas evidentes, aquellas que, en relación con el patrimonio, simplemente eran necesarias tras cuarenta años de oscuridad y desestructuración de la sociedad civil, se iría imponiendo el núcleo ideológico tecnocrático que diferencia entre práctica y técnica y donde la política no se orienta a la realización de fines prácticos sino a la resolución de cuestiones técnicas. Con la misma precisión quirúrgica se separó ciencia y praxis profesional, transformándola en una «ciencia sin seso» y favoreciendo una aplicación profesional rutinaria que no conduce sino a «sociedades conservadoras y economías dependientes». Una excelente prueba de esta separación es que en la Comunidad Valenciana, los primeros jefes de servicio de arqueología de la nacida Generalitat Valenciana eran profesionales de reconocido prestigio académico de los museos o de las universidades que fueron poco a poco reemplazados por cargos de confianza sin nivel académico reconocido, hasta la situación actual en que, la función es ocupada por funcionarios de empleo si posesión del título de doctor. No pretendo con ello que sea imprescindible, solamente ilustrar la evolución final.

La situación es tan generalizable a cualquiera de las administraciones españolas o francesas que conozco que cuesta creer que sea fruto del azar y de la incapacidad. La asepsia de la objetividad, la frialdad pragmática que preside la ejecución de la liberación del suelo con el pretexto de la modernización y la consiguiente generación de unos beneficios económicos corren paralelos a la falta de reflexión, a la existencia de servicios arqueológicos y empresas que bien poco contribuyen al que debería ser el fin último de las intervenciones arqueológicas. Este fin ha acabado subvertido llegando a confundirnos. El problema social inmediato al que la arqueología de las ciudades debe responder no es liberar el suelo de las cargas históricas como se deduce de la práctica habitual. El objetivo no ha de ser otro que el de conocer la fábrica urbana. Por qué la ciudad en que vivimos, por la que nos desplazamos, que admiramos o sufrimos y representamos es como es y no de otra forma. Si ese conocimiento de la realidad del pasado ampliamente difundido entre la sociedad se aplica a una mejor gestión del espacio urbano, transfiriendo ese conocimiento de la fábrica al ámbito de la ordenación (control) del espacio actual el conocimiento obtenido revertirá por duplicado a la sociedad.

Desconozco si existe alguna reflexión global como la que se hace en este libro, fruto de la experiencia del autor en la ciudad de Tours y en el equipo Archéologie et Territoires pero se me ocurre que ante la ausencia de alternativas consistentes, la arqueología urbana de cualquier ciudad debería obtener respuestas a los numerosos interrogantes que se abren en el mismo.

EL CNAU2 Y EL LABORATORIO ARCHÉOLOGIE ET TERRITOIRES

Henri Galinié fue el creador y primer director del CNAU, un centro que pretendía animar la reflexión metodológica con vocación de centralización de la información sobre los problemas relacionados con el patrimonio arqueológico de las ciudades. Un centro de recursos y documentación que actuaba como observatorio de la investigación en arqueología urbana, permitiendo la relación entre arqueólogos y promotores por medio de publicaciones científicas y donde arqueólogos, historiadores, urbanistas y geógrafos se unían en torno al objeto científico que es la ciudad. Garantiza la coherencia de la investigación realizada en las diferentes ciudades e inscribe el patrimonio en las políticas de ordenación y desarrollo urbano. Una experiencia que aunaba en su seno investigación fundamental y aplicada y que en estos momentos ha desaparecido, otro síntoma de la disección a la que me refería anteriormente.

Tras la experiencia del CNAU, Henri Galinié creó, junto a otros investigadores de la Universidad y del CNRS (Elisabeth Zadora-Rio, Alain Ferdiere, Gérard Chouquer...) en 1992 la UMR3 Archéologie et Territoires de la que fue su director, uno de los primeros laboratorios de investigación dedicados a la relación de las sociedades del pasado con el espacio.

A finales de los años 90 este laboratorio se fundió junto a otros dos: la UMR 6592 Centre d’Etudes et de Recherches sur l’Urbanisation du Monde árabe (URBAMA), creada en 1977, y el equipo EA 2111 Centre de recherche Ville/Société/Territoire, cristalizando en 2000 en tomo a la estructura federativa Maison des Sciences de l’Homme, editora de la edición francesa de este libro.

Casi desde su fundación formé parte de Archéologie et Territoires. En 1993, como investigador asociado del CNRS de la mano de Gérard Chouquer, entre 1994 y 1995 como investigador contratado de la misma estructura para la realización del estudio de los paisajes históricos atravesados por el TGV Mediterráneo Lyon-Montpellier, y entre 1996 y 1998 con un programa de postdoctorado de formación en el extranjero financiado por el Ministerio de Investigación y Ciencia español. Son los mejores años de mi vida profesional. Los más formativos y fecundos que recuerdo. Archéologie et Territoires supone para mí el modelo de funcionamiento de un laboratorio de investigación. Las reuniones mensuales, en las que se escuchaba y criticaba el avance de los proyectos de tesis de los doctorandos, o donde se debatía los posicionamientos científicos colectivos y particulares en torno a un tema de actualidad científica que pudiera tener algo que ver con las temáticas del laboratorio son prácticas poco comunes que entonces me parecían completamente normales. Los seminarios y clases que impartí a alumnos y en los que siempre estaban presentes los miembros del equipo, incluido su director, contribuyeron con sus críticas y debates a configurar mi línea de investigación o el nuevo artículo que tenía en preparación. Algunos de esos seminarios, clases o conferencias las realicé sobre ejemplos que luego plasmé en mi libro editado por la Universidad de Jaén que sintetizaba los resultados de mi proyecto de postdoctorado: Las formas de los paisajes mediterráneos. La formación de aquella época se completaba con mis estancias en la biblioteca del CNAU dirigido por entonces por su segundo director, Pierre Garmy, quién ponía a mi disposición la llave maestra del Château de Tours, sede del CNAU y de su imponente biblioteca. Esta y la biblioteca de URBAMA fueron de una gran ayuda en la elaboración de mi artículo sobre el barrio del Carmen de Valencia.

De aquel ambiente datan algunas de las reflexiones de Henri Galinié que más tarde cristalizarían en este libro y que evocaba a lo largo de las discusiones de las reuniones del laboratorio: la tentación organicista, la irreductibilidad de la realidad del pasado, los conceptos de la sociología de Max Weber en el análisis de las acciones de las sociedades sobre la ciudad y sobre la importancia del espacio como vertebrador de la arqueología.

LOS GRANDES TEMAS DEL LIBRO

La tentación es sugerir al lector que se sumerja en su lectura sin más. Pero resulta imposible no glosar algunas de las cuestiones que lo vertebran. No es una propuesta sencilla. No es un manual de excavación. No espere el arqueólogo iletrado fórmulas fáciles de aplicar. Se trata de asumir la implicación de los numerosos postulados que pueblan el libro y traducirlos a nuestras prácticas cotidianas. Se encuentra bien lejos de esos gurús de la arqueología que firman artículos metodológicos sin una sola referencia bibliográfica o quizá peor, de los ágrafos que pasan la vida impartiendo doctrina retórica.

El libro plantea un marco conceptual y un utillaje teórico para formular los interrogantes adecuados que permitan comprender por qué una ciudad es como es en su estado final, en su resultado observable.

Las fuentes y sus valedores

Una de las principales virtudes es el claro antipositivismo que respira todo el libro. Acostumbrados a tocar la realidad histórica con sus propias manos, los arqueólogos creen que ésta existe y que, como si de una transparencia en blanco y negro se tratara, los fragmentos «reales» que se encuentran van completando y dando color a esa utópica ciudad. Sin embargo, si desde un punto de vista constructivista aceptamos que esa realidad no es aprehensible, la construcción de la realidad de nuestras ciudades como de nuestro objeto científico es una «invención» que solo existe en función del sujeto. Así, de la misma manera que nuestra visión de la realidad es una construcción, igualmente lo son las otras construcciones sesgadas por otros tipos de fuentes: la documentación escrita es una construcción realizada por los que la produjeron y, por consiguiente, otra construcción la visión que los historiadores de los textos hacen de ella. En esta propuesta no existen ni fuentes principales ni la «documentación [escrita] es igual a historia» y la calidad de nuestra producción depende exclusivamente de «la calidad de la construcción del objeto científico que queremos estudiar». Al no existir esa «realidad» las fuentes solo son complementarias cuando hacemos el esfuerzo de establecer en qué medida lo son y qué aportan a la comprensión del espacio urbano.

Esta perspectiva libera de complejos a la arqueología. En algunas colaboraciones con los historiadores de los textos, cuando en ocasiones se les invita a observar los restos arqueológicos, no aprecian nada nuevo y no los entienden. Como mucho les permite poner «cara» a la ciudad que tenían en su cabeza, o dar soporte físico a las gentes e instituciones que frecuentan en la documentación. Pero el nuevo hallazgo no altera en nada los planteamientos previos, como mucho los alimenta aunque a priori parezca ir en contra de todo lo dicho anteriormente. En el peor de los casos la arqueología no habrá servido de nada.

En el otro extremo se encuentran los conversos. Bien sea por un imperativo profesional pues resulta difícil ocupar espacios académicos dando vueltas eternamente a las mismas fuentes documentales o bien por ese cierto glamour y exotismo que tiene la arqueología. Unos buscan las evidencias materiales de los textos que demostrarán in fine sus propias teorías perfectamente pautadas por los textos. Otros descubren súbitamente que la sociedad, los actores de un periodo, que han estudiado durante años tienen espacios sobre los que actuaron y quieren re-conocerlos. Otros, provenientes de disciplinas muy alejadas de la nuestra (farmacia, geología, informática...) simplemente se aburren y quieren demostrar lo útil que puede ser la arqueología cuando se apropian de ella.

Estoy seguro de que cada cual sabrá poner nombres y apellidos a cada uno de los ejemplos y también estoy seguro de que todos somos capaces de encontrar los contraejemplos. Pero lo que me interesa aquí no es iniciar un debate corporativista. Todas las disciplinas y sus practicantes tienen derecho a eso que está en boca de todos, la interdisciplinariedad, menos difícil de pronunciar que de practicar. Pero la práctica de algo tan complejo como es acercarse a las sociedades del pasado a través de los objetos materiales no es algo que pueda abordarse sin una reconversión de la que se anuncian algunas claves en el libro de Henri Galinié y a la que no son ajenos ni la concepción de espacio ni la de tiempo que en él se proponen.

Espacio y Tiempo

El espacio que Henri Galinié nos propone no es el soporte de las actividades humanas ni el antiguo marco geográfico que inauguraba las publicaciones de historia o de arqueología. No es el espacio cartesiano ni la distancia. Es un dato, una fuente más. En la relación que mantienen las sociedades con el espacio «el espacio da cuenta de esta relación aún cuando la sociedad no dice nada». Que existan desplazamientos enteros de ciudades algunos kilómetros más allá del lugar de su fundación original, que determinadas formas espaciales, monumentos y construcciones, terruños, castillos o palacios..., estén en un sitio y no en otro, dejen huella o no, o estén en el origen de conflictos sociales, no son otra cosa que esa capacidad de «hablar» cuando la sociedad no lo hace, o lo que es lo mismo, cuando la sociedad no escribe sobre lo que ha hecho ni merece ser reseñado por los productores del corpus de documentación. Es el valor de los silencios espaciales o temporales y de las lagunas documentales que no son necesariamente lo mismo. Pero, por todo ello, la arqueología es una disciplina eminentemente espacial. Como postula el autor, deberíamos hacer arqueología con los lugares.

El espacio, y por ende, la ciudad es un puro constructo, un constructo «impensado», inventado colectivamente por los actores sociales y, consiguientemente, dotado de una identidad. Su organización es, ante todo, la producción de un texto, de un lenguaje sobre el territorio y su organización. Cada una de las acciones sociales que se han sucedido en el espacio tiene como consecuencia la construcción de la ciudad pero no existe un proyecto global que sustente la forma última de la misma. A partir del producto final de la ciudad, del espacio, como la percibimos hoy, y de la privilegiada visión del proceso que nos ofrece la arqueología, podemos entender cómo fue la acción social que otorgó una determinada identidad y configuración, el «texto» primigenio que le otorga carta de nacimiento a ese espacio.

En ese marco espacial complejo no cabe el tiempo cronológico habitual. Espacio y tiempo son sociales. Las relaciones entre espacio y sociedades se hacen en el tiempo y se moldean a partir de esa dimensión. El tiempo es fruto de la acción social y los efectos de ésta van mucho más allá de los marcos temporales que pueden medirse habitualmente. ¿Cómo explicar si no la impronta en una calle actual de los límites circulares de un anfiteatro antiguo que aun hoy siguen constriñendo nuestras acciones sociales cuando pretendemos ordenar el espacio de la ciudad?

Nuevos marcos, nuevos conceptos

Weber, Bourdieu, Elias o Ricreur ayudan al autor a construir una lectura de las sociedades en el espacio. Si las sociedades son las que cambian y, como consecuencia, los espacios que construyen; si es indiferente observar el cambio en la ciudad porque ésta no es sujeto de su evolución, se hace evidente que debe proponerse un marco alternativo en el que interpretar la sociedad que se oculta detrás de la ciudad material. Si no es la ciudad la que actúa y tampoco es una indefinida sociedad el sujeto de las transformaciones urbanas, debemos esforzarnos entonces por comprender las relaciones entre los residentes en la ciudad que, con sus acciones, de manera colectiva o individual, conducen al resultado final, a la fábrica urbana, a su funcionamiento.

Separados solamente con una finalidad heurística los conceptos de fábrica y funcionamiento son el resultado de la aplicación de los conceptos weberianos de explicación y comprensión. La fábrica urbana nos muestra los procesos por los que, partiendo de un determinado estado se pasa al siguiente y así sucesivamente hasta alcanzar el producto final, impensado e inconsciente, en continua transformación, comprometiendo y condicionando las evoluciones posteriores. Mientras que el funcionamiento de la ciudad nos conduce a comprender las acciones sociales que condujeron del motivo inicial al desarrollo. Comprender fábrica y funcionamiento significa un paso obligado por la arqueología y por el espacio como fruto de las acciones sociales.

LA TRADUCCIÓN

Fuimos advertidos por H. Galinié de la dificultad que conllevaba la traducción de su «librito» como lo llama y así fue. A pesar de todo hemos intentado «decir casi lo mismo» como dice U. Eco. Para ello, aparte de las obvias adaptaciones de las estructuras gramaticales y de la lectura entre líneas del lenguaje arqueológico a ambos lados de los Pirineos hemos intentado leer en gran medida las referencias del autor. Hemos aportado un máximo de ediciones españolas de los principales autores de la bibliografía que se citan a lo largo del texto para proponer traducciones de los conceptos suficientemente asentadas en nuestra lengua sin entrar en una edición crítica que es tarea de otros. Esperamos haberlo logrado.

Ricardo González Villaescusa Catedrático de Arqueología Université de Nice Sophia Antipolis Reims, 14 de febrero de 2011

BIBLIOGRAFÍA

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1. Institut National de Recherches en Archéologie Préventive.

2. Centre National d’Archéologie Urbaine.

3 Una UMR (Unité Mixte de Recherche) es una Unidad Mixta de Investigación configurada entre el CNRS (Centre National de la Recherche) y una universidad, en la cual se aúnan las sinergias de la investigación y la educación superior en torno a una temática de investigación

PRÓLOGO

Este ensayo se origina en la práctica de la arqueología urbana llevada a cabo en Tours, ciudad a la que me referiré constantemente en este ensayo. No se debe a que Tours sea similar al resto de ciudades, sino a que tengo un conocimiento más familiar con sus orígenes y a que, por experiencia, he llegado a la conclusión de que existe una escala local, dominante e inequívoca de la arqueología urbana, en sentido estricto. Diferentes fenómenos son analizados con diferentes escalas pero la construcción de una ciudad en sí misma se realiza in situ, sometida a sus propias circunstancias. La influencia de fenómenos de mayor amplitud y su impacto a nivel local debe ser tomada en consideración por ser factores relevantes, que sin embargo están sometidos a otros factores zonales, claramente comprensibles e interpretables en el lugar, y que hacen que éste sea lo que es en ese momento determinado.

No está mal ensalzar las virtudes del método comparativo. Pero también hay que considerar que el tipo de historia que vamos a escribir sobrepasa los hechos locales; que lo particular es sólo una influencia parcial ya que existe un fuerte vínculo entre las micro y las macro-sociedades. No es sino una manera indirecta de defender un método que sea capaz de convencer a los demás de adoptarlo; sin su adopción no hay solución. No conozco diez ciudades en Europa cuyos orígenes se encuentren en el primer milenio que hayan sido objeto de un estudio sistemático; significa bien poco para avanzar. Si este ensayo abre la puerta al procesamiento sistemático de las fuentes habrá logrado su objetivo.

Cuando observamos el plano restituido de una ciudad europea antigua o medieval, o un levantamiento catastral del siglo xviii o del xix, nos resulta familiar. El plano nos habla, encontramos semejanzas, es algo reconocible. Algunos detalles nos pueden sorprender por ser respuestas locales a situaciones específicas. Pero los elementos que componen el plano, su distribución y organización, el callejero y las murallas, la totalidad de lo que llamamos estructura urbana tiene características comunes con otras ciudades que conocemos, lo que nos permite una primera comprensión intuitiva.

Este sentimiento fundado en un conocimiento más o menos profundo se refuerza por otro, de tierra extraña, al estar frente a un plano de una ciudad árabe, china o precolombina. Si bien al principio se reconocen los elementos inherentes a la idea de ciudad, una vez pasada la impresión global de conjunto, se evidencian las diferencias y nos hallamos huérfanos de referentes. Lo que era común ya no lo es, o lo es a otro nivel. Sí, vemos calles, barrios, plazas, espacios públicos, murallas, pero la ubicación de unos y otros -a excepción, quizá, de las murallas- es tan diferente que sabemos de inmediato que estamos ante otro tipo de urbanización.

La sensación de encontrar en Europa una forma urbana común; reconocer las variaciones debidas a las condiciones históricas, a la antigüedad del hecho urbano y a las particularidades regionales, entre una multitud de factores de amplitud diversa, no ha sido un obstáculo a la construcción de ciudades de una misma tipología. Es un desafío a nuestros sistemas de interpretación y justifica recurrir a teorías que sobrepasen ampliamente el campo urbano.

¿Cuáles son las fuerzas en juego para que de Milán a Dublín y de Burdeos a Colonia las semejanzas sean más fuertes que las diferencias? ¿La casualidad? ¿Una serie de casualidades? ¿O de necesidades? ¿Qué deter- minismos? ¿Qué voluntad, humana o superior? ¿Qué arquitecto?

Las respuestas, como la pregunta, son vanas en esos términos. La evidencia nos permite adquirir la convicción que referirse a una de estas ciudades es también referirse un poco a las otras, que los factores en acción son múltiples y complejos, más relacionados que ajenos. Si uno de los postulados consiste en analizar la iniciativa individual, como actor o causa, versus el peso de la sociedad, vemos que la balanza se inclina desde el principio a favor de lo segundo, a menos que elevemos a la casualidad al nivel de estructura codificada, uniformizada y organizadora.

Un pre-requisito del método científico consiste en precisar las opciones de las que dispone este actor urbano que constituye el individuo, a veces sujeto, a veces agente de un grupo social, comunidad u organización, en su relación operativa con el espacio urbano.

En relación con los periodos mal documentados conviene interrogarse sobre la validez y utilidad del proceso de creación de un «prototipo». Es decir, a partir de la sociedad medieval un «hombre-tipo de la alta Edad Media», a partir de una organización un «hombre tipo del poder central», a partir de una comunidad religiosa un «monje tipo» o de un grupo social un artesano o «mercader tipo»... El mismo nivel de tipificación se usa en arqueología, cuando las estructuras del suelo o la casa crean al habitante, el taller al artesano, el aderezo al rico o el arma al soldado.

Entrar a la ciudad a través de la arqueología no es sino una manera técnica de restringir el área de estudio a lo materialmente real. Significa establecer los límites del conocimiento posible y abandonar las enseñanzas pre-concebidas. Pero esto no significa restringir el área a la única materialidad de las cosas sino tratar de abarcar la totalidad aprensible por este medio. Esto exige modificar las relaciones con el resto de fuentes e instaurar otras diferentes de las que se llevan a cabo actualmente. Si adoptamos ese procedimiento, se origina un flujo desde las fuentes arqueológicas al espacio, después del medio a los componentes sociales, para acabar en un ir y venir permanente entre las unas y las otras. Es evidente que las fuentes arqueológicas, escritas y planimétricas, aisladas todas ellas, tal y como ocurre con los campos disciplinarios existentes, niegan el planteamiento de la cosa urbana tal y como se propone aquí.

Es necesario aceptar pues que entendemos «entrar a la ciudad a través de la arqueología» no como una limitación disciplinaria del campo de estudio -las realizaciones materiales, la ciudad como un conjunto de realizaciones- sino como una reducción del ángulo de aproximación de un campo, a su vez sin límites. En la interdependencia, la interacción, entre los factores sociales y el espacio es donde las realizaciones materiales revelan un doble significado simétrico: el fin que las inspiró y el resultado obtenido. La utilización de diferentes fuentes toma en consideración este doble objetivo de identificación de los fines, al comprender la complejidad de los factores que conducen al resultado observable, el proceso.

Comprobamos entonces que la comprensión y la explicación no se sitúan al mismo nivel en el proceso, no cumplen papeles simétricos o complementarios. La comprensión es un medio, un instrumento que persigue la identificación de los fines esperados, mientras que la explicación es un resultado buscado que utiliza sus propios instrumentos. Captar esta diferencia entre comprensión y explicación en la acción exige que se entienda el doble estatuto de la explicación, interior y exterior. Internamente, la explicación espera justificar el proceso local en un contexto más amplio que el de la ciudad considerada individualmente. Externamente, la explicación espera colocar una ciudad en situación de comparación con otras ciudades, apoyándose en la observación de las regularidades. En la escala que hemos elegido, la única explicación pertinente es la interna.

La primera certeza alcanzada es que el tipo de historia que se obtiene está muy alejado del habitual relato urbano de la topografía histórica al que estamos acostumbrados. No es la sociedad en su espacio lo que está en el centro de nuestras preocupaciones, sino la naturaleza de la relación que une espacio y sociedad. De esto se concluye rápidamente que con la documentación existente sólo se logran pequeños instantes de esa relación.

De esta forma, ya no nos hallamos en la arqueología urbana ni en la historia urbana o en el análisis de las formas urbanas. Es una situación incómoda para todos, porque la investigación se centra en un objeto científico de contornos mal definidos o inexistentes y nadie se siente cómodo en el seno de las disciplinas reconocidas, porque cada tema solo existe en relación al espacio en constante transformación.

El intento de ubicar el espacio en el centro de nuestras preocupaciones crea modificaciones en la práctica de las cuales solo creo haber atisbado su amplitud. Este ensayo no desea cerrar la discusión sobre este asunto proponiendo soluciones o recetas, sino que ambiciona contribuir al debate sobre las modalidades de estudio del espacio y las sociedades urbanas antiguas y medievales.

Este ensayo debe mucho a intercambios informales a lo largo del tiempo con arqueólogos e historiadores. Evidentemente también está en deuda con mis colegas de la UMR 6575 Archéologie et Territoires como con el pequeño grupo constituido por investigadores de diversos sectores de las ciencias humanas y sociales que acoge en su seno la Maison des Sciences de la Ville de la Universidad de Tours. En seminarios o discusiones libres compartimos una pasión común por la fábrica social de la ciudad. Sin la necesidad recíproca de conocer la praxis disciplinaria de cada uno, no hubiera hecho conocer los míos ni los hubiera corregido ni reorientado.

A todos ellos, que dieron origen a este ensayo, por lo que me enseñaron y me hicieron descubrir, muchas veces sin saberlo, les estoy muy agradecido.

I. PRÁCTICAS ARQUEOLÓGICAS EN LA CIUDAD

ESPACIO Y SOCIEDAD

Los arqueólogos tienen dos formas de adentrarse en la ciudad, a través del espacio o de la sociedad, a través de las estructuras arqueológicas o de aquellos que las hicieron. Sea cual sea la entrada escogida se trata de entender, reconstruir y describir las relaciones entre espacio y sociedad, entre fragmentos de espacios urbanos y componentes sociales, con el objetivo final de explicar la génesis del espacio urbano y su modo de funcionamiento. El trabajo transcurre necesariamente en diferentes fases más o menos simultáneas, destacando una que acapara la mayor parte de las energías, una sobre la cual se apoyan todas las demás, la adquisición de la información y su descripción.

La restitución de la realidad física de una ciudad a través de uno o dos milenios necesita un gasto de energía considerable sobre el terreno, en la reconstrucción cronológica y la caracterización de los lugares, en la confrontación de las fuentes para poder decir «simplemente» lo que hubo en algún momento en tal lugar.

La frase anterior se renueva en cada trabajo de campo, con cada investigación que venga a confirmar, desmentir o ampliar los conocimientos ya adquiridos que hayan servido a la interpretación de las relaciones ciudad- espacio. Es una especificidad del trabajo arqueológico la renovación permanente de las pruebas y, desde hace algunos años, la rápida acumulación de éstas. De tal manera que sentimos que las lagunas están destinadas a ser colmadas, que es demasiado pronto para interpretar, que es indispensable esperar, y que solamente podemos proponer esbozos de respuestas. Lo que importa es la descripción detallada, objetiva y verdadera, y, por lo tanto, definitiva de lo que hay en tal momento en tal lugar. El rol del arqueólogo se justificaría por la ubicación de estos fragmentos de verdad, que, a fuerza de acumulación, dan origen a la formación lenta y progresiva de una documentación que permitirá en un futuro cercano el mejor análisis cuando, por fin, se alcance un umbral cuantitativo.

Esperando alcanzar ese umbral, es aconsejable ceñirse a la investigación de aquello que está suficientemente documentado, aspectos de la realidad urbana, aunque no se puede evitar caer en generalizaciones. Este doble postulado simultáneo, uno hacia la hipercrítica, otro hacia la puesta en perspectiva histórica, conduce a los enredos de las escalas de análisis que justifican las lagunas documentales.

Trabajar sobre una ciudad es ante todo trabajar a micro-escala, postulando que lo singular no es lo particular. Significa adentrarnos de otra manera (lo que no significa de cualquier manera) en la historia global de las sociedades. Significa apostar, sin demasiado riesgo, que una sociedad local refleja la sociedad global. También significa reconocer una cierta cantidad de obstáculos que dificultan el trabajo, a los que llamaré, antes de reconocerlos «obstáculos de escala».

Arqueología y ciudad

Hoy en día, la práctica de la arqueología urbana metropolitana se ejerce sin referencias comunes, aparte de tomar en consideración todos los períodos de la historia de la ciudad, sin demostrar mayores preferencias. Se inscribe en esa «historia en migajas», en célebre expresión de François Dosse, cuya ascendencia sobre la práctica histórica coincide cronológicamente con la aparición de la arqueología urbana. En este movimiento en el que todo es objeto de historia, donde se privilegia «estar en el mundo», la arqueología encontró su rol, sin demasiado coste teórico. El conocimiento de lo citadino, de la cultura urbana, de la atmósfera de la ciudad, de las costumbres locales, del consumo, del hacer ciudad, ha sido exponencial debido a la multiplicación de los descubrimientos de las dos últimas décadas. Logrando que la vieja tradición arqueológica que considera la ciudad como un mercado donde cada cual, según sus intereses personales, «viene a hacer sus compras» de hechos inéditos, se viera confortada y justificada, y a veces elevada al rango de nueva disciplina.

A su manera, la arqueología urbana vive en un mundo aparte. La resolución de sus propias dificultades -que son inmensas- la mantiene apartada de la reflexión sobre la práctica científica. Completamente encauzada hacia un objetivo lejano y sostenida por una idea poderosa de tipo patrimonial, progresa a grandes pasos en la sistemática acumulación de hechos inéditos. De la infinita variedad de situaciones que tiene por misión revelar, surgirá un día una mejor comprensión de la infinita complejidad de lo urbano. Si así fuese hoy día nos encontraríamos en el estado de conocimiento que precede a la explicación. La prioridad, entonces, debe ser poner al día una documentación tan vasta que probablemente cada brizna valga por su unicidad. Nada podría justificar la pérdida de una información inédita. El acrecentamiento del corpus de pruebas es en sí una práctica científica auto- suficiente porque las explicaciones solo pueden ser parciales.

De esta forma lo urbano indiferenciado es la referencia común. Se re- troalimenta a sí misma. La reconstrucción, lo más precisa posible de lo que pasó en la ciudad es un preámbulo a la elaboración de un informe descriptivo de la realidad objetiva. Nos vemos sometidos paralelamente a dos tensiones contradictorias. Una que concierne a la sociedad urbana, la otra a la ciudad. Por una parte se encuentran los habitantes, su ser-en-la-ciudad, por otra, la ciudad en su ser propio, ambos llevando una convivencia común de pareja disociable, comprensible individualmente y de muchas maneras posibles, sin que sea necesario saber lo que fundamenta su relación para progresar. La relación de la sociedad con la ciudad, requisito necesario para la existencia de la última, adquiere el carácter de un dato obvio cuyas manifestaciones merecen su estudio.

La idea de que la arqueología es una disciplina, de que la arqueología urbana es una subdivisión de esta disciplina, y de que, como tal, ésta define un campo disciplinario propio, no ayuda a clarificar la situación. Yo adoptaría otra postura: los archivos del suelo constituyen una fuente que puede ser elevada al rango de fuente principal. La lectura de esta fuente necesita la disposición y la práctica de técnicas específicas, sobre todo en medio urbano. Pero incluso así no existe un campo disciplinario propio, definido por métodos específicos. Los métodos operativos provienen de las ciencias sociales. Es una práctica de la historia como cualquier otra, que puede ser teorizada pero que se mantiene como una práctica, con sus problemáticas y sus propios métodos que la sobrepasan. Pero las fuentes arqueológicas en su particularidad, imponen o al menos privilegian ciertas aéreas de estudio, condenan otras y necesitan de la elaboración de problemáticas particulares que toman en consideración su relación particular con el tiempo y el espacio. Hay, podría haber, debería haber, una manera arqueológica de interrogar la realidad.

Las fuentes tienen su propia lógica. El foso que las separa no se llena con la construcción de un objeto científico cualquiera. Que estas sean arqueológicas, planimétricas o escritas -que son las tres grandes categorías que destaco- son, cada una en su propia área, heterogéneas y requieren ser sometidas a una crítica interna previa, pero necesitan también someterse a un examen de las condiciones de su complementariedad, hecho para nada evidente, aunque a menudo se opine lo contrario.

Elevar la arqueología al rango de primera fuente es imponer un paso obligado por la materialidad de las cosas, a hacer transcripciones espaciales del mismo espacio, de los reveladores de los hechos urbanos -de los hechos sociales como suele decirse-, en función de la escala que se prefiera. Esto significa postular que existe una relación entre espacio y sociedad y que el espacio da cuenta de esta relación aún cuando la sociedad no diga nada. Significa también privilegiar la lectura espacial de las fuentes arqueológicas y escritas y postular que la inteligibilidad de la sociedad va a la par con la del espacio. Espacio y sociedad, tampoco es una propuesta muy original.

Arqueología e historia urbana

Para el estudio de una ciudad antigua y medieval a través de su espacio, el observador arqueólogo dispone de un gran abanico de posibilidades. En primer lugar se presenta la monografía urbana lineal, la ciudad-objeto seguida y descrita en el curso del tiempo, mal que bien, sacando información de todo origen, los ladrillos y los estatutos, según un esquema pre-estable- cido de la evolución urbana. Se trata de situar la ciudad para establecer el balance de las correspondencias y discordancias con el esquema general, según los ritmos impuestos por las teorías en boga, eso sí, matizadas por la documentación local. Seguidamente, bajo esta perspectiva y en forma de comentario, conviene explicar cómo se ciñe o se desvía esta ciudad del modelo general.

Esta manera de tratar las informaciones conduce inevitablemente, al subordinarse al estado de los conocimientos y a sus modelizaciones, a optar por una periodización que plantea restituciones estereotipadas. A la ciudad antigua se opone la ciudad medieval, separada por un largo periodo de estancamiento y desurbanización, característica de la Alta Edad Media. Con este tipo de razonamiento, asentado en tipologías prefabricadas solo se puede encontrar ambas ciudades esencialmente diferentes. Conociendo de antemano lo que caracteriza a la ciudad antigua y a la medieval, excavación tras excavación el arqueólogo documenta lo conocido, aportando su piedra al edificio del saber... Entre ambas ciudades se desarrolla otra en la alta Edad Media, el interminable fin de la Antigüedad, la lenta maduración de la ciudad medieval donde la religiosidad es un rasgo dominante.

En el caso de Tours, una periodización más fina basada en la documentación arqueológica reciente como en la relectura de las fuentes, conduciría hoy día, al igual que en otras ciudades, a ver una primera ciudad del Alto Imperio, después otra del Bajo Imperio, desde el siglo iv hasta el final de siglo vi, una especie de antigüedad tardía, seguida de las edades oscuras del siglo vii y viii, con un mutismo elocuente, salvo si se la quiere inscribir en el movimiento de recuperación del siglo vii, más tarde otra reanudación carolingia abortada por las incursiones escandinavas del 850 en una fecha discutible, un rol más o menos impulsor en el siglo x y por último una recuperación indiscutible poco después del año 1000 con la formación de la ciudad medieval y moderna. Hay que esforzarse por tratar de ver las diferentes dimensiones bajo aspectos distintos y con otros ritmos.

En realidad, si se considera la ciudad a partir de criterios externos a ella puede revelarse útil usar este tipo de organización de la información, teniendo claro que dicho orden no es un fin en sí mismo sino un desenca- denador de preguntas sin respuesta. Significa olvidar la historia urbana, no considerarla un preámbulo.

En nuestras prácticas la yuxtaposición, la suma de las informaciones disponibles cualquiera que sea su origen, otorga una base estable a partir de la cual se determina si hay o no hay materia para seguir más lejos. Son los hechos establecidos los que guían y delimitan nuestro discurso en esta manera de analizar la ciudad. Trataré de mostrar cuán discutible es esta posición.

¿Qué podemos observar al enumerar sucintamente los hechos confirmados por las fuentes a lo largo de un milenio en Tours?

A partir de las fuentes escritas

 un suficiente continuo documental que prueba que Tours ha tenido un rol administrativo, civil y/o religioso a escala local o regional durante todo ese milenio: capital de la civitas, sede episcopal, capital provincial, metrópolis religiosa;

 un primer acaparamiento de las fuentes por Gregorio de Tours, que acentúa el carácter cristiano de la ciudad del siglo iv al vi;

 otro acaparamiento, por las actas de la practica esta vez, a partir del siglo ix y durante unas décadas, por parte del monasterio de San Martín por sus relaciones con los soberanos carolingios. También subraya el rol de una de las grandes abadías reales carolingia, eclipsando al resto;

 un casi mutismo relativo a la ciudad que apenas se evidencia, sea por parte de las autoridades civiles en ejercicio o por parte del obispo y el cabildo catedralicio;

 una recuperación de la actividad, sobre todo en San Martín, porque las actas privadas del siglo x se conservan mejor que en otros lugares, y la única ausencia identificable se refiere al restablecimiento del monasterio de San Julián a mediados de ese mismo siglo;

 el significado local de civitas, castrum, vicus, burgus, suburbium y las realidades físicas e institucionales que cubren estos términos;

 un relativo reequilibrio a partir de finales del siglo xi, cuando las actas de la práctica se multiplican y constituyen un conjunto más variado que permite un mejor conocimiento de los sectores de actividad de los diferentes participantes.

A partir de las fuentes arqueológicas

 una débil presencia del Alto Imperio en el suelo de la ciudad;

 un retroceso importante del espacio urbanizado a partir de los siglos

ii y iii;

 la bipartición de este espacio a partir del siglo v en función de elementos religiosos, donde el rasgo urbano es objeto de controversias durante la alta Edad Media;

 huellas muy difíciles de rastrear de las actividades exteriores a la ciudad del Bajo Imperio en los siglos ix y x;

 una problemática y contradictoria transformación de extensas zonas destinadas a uso funerario entre el Bajo Imperio y los siglos x y xi;

 una reocupación de espacios abandonados a partir de los siglos ix y x;

 un cambio en la manera de residir y vivir a partir del Bajo Imperio;

 una adhesión a tradiciones culturales materiales nórdicas durante la alta Edad Media en perjuicio de otras meridionales de época antigua.

A partir de las fuentes planimétricas:

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